ESCATOLOGIA
Es la ciencia del más allá (skatos, lo último, en griego; logos, tratado). O mejor,
es la rama de la Teología que estudia el fin de los tiempos y los misterios del
más allá de la vida terrena.
. Como ciencia teológica, o parte de la Teología cristiana, se dedica a explorar,
interpretar y exponer los misterios que se refieren a los últimos tiempos o a las
últimas realidades del hombre. Su objeto son las postreras situaciones de los
creyentes, o "postrimerías" (últimos días), tanto desde las expectativas indivi-
duales, como en el contexto del Pueblo que camina hacia un destino designado
por el Creador.
En Teología católica se entiende la Escatología como estudio a la luz de la fe,
es decir de la Palabra divina, de las enseñanzas del Magisterio, de la Tradición
de la Iglesia y de la reflexión de la inteligencia del creyente, que tiene por objeto
lo que Dios tiene reservado a los hombres en el más allá.
1. Centro de referencia
En una buena y objetiva visión escatológica, la esperanza en la venida del Hijo
de Dios a "juzgar con poder y majestad" a los hombres tiene que ser el centro
básico de referencia. Es doctrina que se recoge en el Símbolo apostólico y en
los demás credos de la antigüedad. Y supone que el hombre es caminante en
este mundo, donde se halla de paso, y que su destino se orienta al más allá.
Individualmente el hombre busca el significado de ese más allá. En cuanto
miembro del Pueblo de Dios que camina por la vida, trata de ser coherente con
las enseñanzas colectivas y perfilar su explicación "eclesial" de esas realidades.
Evidentemente, el elemento de referencia para el cristiano no puede ser otro
que Jesús triunfante. El mismo anunció su última venida dentro del plan gran-
dioso de la salvación y el hombre sólo puede explicar las realidades del más allá
por la fe que preste en el más acá a las enseñanzas del Señor.
De alguna forma el cristiano se siente llamado a participar en el gran triunfo de
Jesús y teme sentirse alejado de él si su comportamiento en este mundo no está
conforme con los planes divinos.
El triunfo de Jesús, Dios y hombre, se halla en el centro del pensamiento esca-
tológico cristiano. En nada se parece a las mitologías cósmicas de las religiones
antiguas (egipcias, babilónicas y persas) y tampoco a las modernas, aunque se
denominen cristianas, como acontece con los movimientos adventistas, milena-
ristas o con los "Santos de los últimos días".
La Escatología católica, por ser bíblica y evangélica, es una contemplación
cristocéntrica del futuro Reino de Dios, en donde la caridad y la esperanza ad-
quieren la dimensión principal en la mente y en el corazón de los creyentes.
Sólo estudiando lo que Jesús y la Escritura dijeron y dicen se puede tener una
idea real sobre los acontecimientos que sobrevendrán en los últimos tiempos, si
bien no se desvela el misterio de lo que "tiene Dios reservado para aquellos que
le aman... por que ni ojo vio ni oído oyó nada de ello." (1 Cor. 2.9).
Lo que sí podemos reconocer y declarar es que los últimos días para cada per-
sona son los últimos instantes de su vida mortal, ya que una vez trascendida la
existencia terrena se ha terminado para cada ser humanos las categorías del es-
pacio y del tiempo.
Sólo de forma analógica podemos hablar en este mundo de nuestras reali-
dades aplicadas al otro, aunque precisemos algún tipo de lengua para expresar
creencias y expectativas.
Ni la fantasía literaria ni las invenciones de los pintores o escultores ni la crea-
tividad derrochada en las demás artes expresivas de los hombres, resultan sufi-
cientes para una aproximación al misterio inexplicable del más allá.
Por eso los temas escatológicos requieren actitudes de fe cristiana y no alar-
des de imaginación visionaria. Se inspiran en la fe de un Dios Supremo, que ha
enviado al Hijo al mundo. El Dios encarnado, Jesucristo, ha sido constituido Se-
ñor de vivos y muertos y a todos deberá recibir como Juez universal, justo y mi-
sericordioso, al final de los tiempos: de los tiempos de cada uno, cuando la vida
se acabe, y de los tiempos de la comunidad total de los creyentes, cuando se
termine la Historia.
Los hombres pasamos nuestra vida en la confianza de la ayuda e intercesión
de Jesús resucitado y glorificado. Miramos nuestra muerte y nuestro más allá
con los ojos puestos en la obra salvadora de Jesús. Esperamos la segunda veni-
da del Señor con la serena alegría de que vendrá para salvar y no para condenar,
como en su primera venida desempeñó su misericordiosa misión de salvación
universal. Los antiguos llamaban a la venida de Jesús "parusia" (paraousia, pre-
sencia). Hoy nos gusta denominarla triunfo final del amor y de la verdad del mis-
mo Jesús.
2. Temas escatológicos
La venida de Jesús como Señor de la vida, de la historia y del mundo, es el
tema central de la Escatología cristiana. Jesús no puede ceder el lugar a ninguna
otra consideración, al menos desde la perspectiva de la fe cristiana. La Escatolo-
gía no estudia realidades antropocéntricas, sino cristocéntricas.
A veces se pretenden mezclar con ellas cuestiones científicas, como el final fí-
sico o cosmológico del universo, o filosóficas, como la posibilidad e identidad
de la vida posterior a la muerte.
Nada de lo que no esté centrado en la venida del Señor tiene cabida estricta-
mente en la escatología cristiana, aunque sirva para elaborar formulaciones o
hallar modos expresivos asequibles
El hecho de que los cristianos creamos y confesemos que "Jesús vendrá al fi-
nal de los tiempos a juzgar a los vivos y a los muertos y que su Reino no tendrá
fin", abre la puerta a otras consideraciones escatológicas
Los temas escatológicos, pues, se centran en los elementos siguientes:
- Con la parusía, o venida del Señor, se vinculan multitud de interrogantes:
tiempos, modo, lugar, señales y protagonistas, que no hayan más respuesta que
lo que el mensaje cristiano ha podido comunicar.
- La muerte de cada hombre, cuando la hora señalada por Dios llega, abre la
lista. Los hombres sienten permanente miedo al morir y por eso en todas las cul-
turas y razas se han multiplicado sus teorías sobre el destino ultraterreno. El
pensamiento cristiano, a la luz de la Revelación y del Evangelio, ha tenido mu-
cho esmero en responder a los interrogantes trascendentes.
Del mismo modo se valora la enfermedad, el dolor, el peligro y el misterio del
sufrimiento. Es el tránsito lento hacia el más allá y en esa perspectiva tiene sen-
tido y explicación.
- El juicio particular para cada uno inquieta. Convencidos de la existencia de
la otra vida, en donde la justicia divina debe estar presente sin limitación de
tiempo, los hombres se sienten inmortales y llenos de esperanza.
- La resurrección de cada hombre al final de los tiempos es una persuasión.
La llamada del más allá queda latiendo en el cuerpo que se desintegra en el se-
pulcro y algo misterioso habla de resurrección de ese cuerpo, que se unirá al
alma real que poseemos y volveremos a la reconstrucción de nuestra identidad.
- El cielo como premio y el infierno como castigo eterno o el purgatorio como
castigo temporal antropológicamente se colocan en el mismo nivel de reflexión.
Pero su identidad es esencialmente diferente, como el odio lo es del amor. Son
estados, situaciones, hechos, realidades, más que lugar.
El cielo es un estado o una situación de encuentro estable con Dios, de la que
se beneficia el que se ha salvado por la misericordia divina. La recompensa más
grandiosa de ese estado será la amistad con Dios y la misteriosa visión beatífi-
ca, por la cual nos adentraremos directamente en la esencia divina.
El infierno será lo contrario: la soledad eterna de quien no quiso adherirse en
vida a Dios. Será también un estado más que un lugar, en el cual el hombre pe-
cador y no arrepentido antes de su muerte, se sentirá alejado de Dios y deprimi-
do por la pérdida del más maravilloso de los bienes. El tormento más significati-
vo de ese estado de condenación será la conciencia clara de la propia culpabili-
dad, así como la eternidad de semejante situación, al haberse terminado el tiem-
po de los actos libres.
Los cristianos creen con temor y reverencia en el misterio del cielo y del in-
fierno y evitan refugiarse en metáforas sensoriales y antropomórficas para en-
tender la realidad.
- El Purgatorio es el recurso, estado o situación transitoria de limpieza espiri-
tual. La salvación eterna implica perfecta limpieza de penas y culpas contraídas.
Como la experiencia nos indica que muchos hombres mueren sin tiempo de
haberse arrepentido de sus múltiples imperfecciones, los cristianos tienen con-
ciencia de ese estado o lugar en el que se produce la conveniente purificación y
en donde todavía se puede ayudar a los que en él se hallan.
- El fin del mundo, que como criatura es necesariamente perecedero, suscita
la pregunta de su momento o de su realidad. La limitación energética y cro-
nológica de la misma materia nos dice que no puede ser otra manera. Pero que-
da latiendo en la mente reflexiva la posible existencia de algo posterior, que ya
no será la realidad física, pero que será diferente de la nada absoluta.
- El juicio final, universal y total, se halla vinculado con el final del mundo, de
modo que después todo quedará en la serenidad activa de la visión divina o con
el castigo irremediable y eterno de los malvados.
- Otro temas resultan ambiguos y difíciles de explicar, pero no imposibles de
aceptar. Tales son la posible existencia de un "Limbo de justos" o estado, situa-
ción o lugar en que permanecieron las almas de los justos antes de la acción re-
dentora del Señor; o el "Limbo de los niños", para aquellos que se hallan con só-
lo el pecado original al morir. Son cuestiones alejadas de los intereses catequís-
ticos, por cuanto se basan en opiniones de teólogos especulativos más que en
las urgencias del Evangelio.
3. Catequesis de la esperanza
Las postrimerías siempre suscitaron en los cristianos temor, dolor, sorpresa,
curiosidad o desconfianza. Su misteriosa identidad o su indiscutible realidad hi-
cieron a los hombres sospechar, buscar y desear respuestas claras.
Los ritos funerarios de todos los pueblos se hallan llenos de signos de dolor y
de tristeza y los sufragios fueron signo de sus creencias en el más allá. En la ca-
tequesis hay que dar respuestas a los interrogantes, pero es más conveniente
adelantarse a sembrar mensajes de esperanza y de confianza en Jesús triunfa-
dor del pecado y de la muerte.
Se debe enseñar al cristiano a valorar el más allá con perspectivas de fe y en
función de la misericordia de Cristo resucitado.
Tenemos conciencia de que la vida del hombre es limitada sobre la tierra y que
el destino del mundo es pasajero. Herederos ricos de una historia de fe, acepta-
mos los designios de Dios sobre toda nuestra vida. Sabemos que existe un más
allá y nos preparamos en este mundo para afrontarlo un día en amistad divina.
Mientras Dios nos concede vida y salud, hacemos obras de misericordia y
compadecemos a quienes carecen de luz interior suficiente para dar sentido a su
comportamiento terreno
Algunos criterios deben estar siempre presentes en los catequistas al hablar
de estos misterios del más allá.
1. La figura de Cristo resucitado y la certeza de nuestra propia resurrección
personal debe presidir creencias y consideraciones, sin dejarse impresionar por
otros mensajes exóticos o esotéricos con los que se pueden encontrar los cate-
quizandos.
2. hay que dar carácter de presente a la consideración del futuro. Lo intere-
sante e inteligente es obrar bien ahora y no poner todo el interés en curiosear el
mañana. Debemos tratar de ordenar nuestras vidas con la práctica del bien y con
nuestros compromisos de fe.
3. La muerte del hombre es la primera realidad escatológica, a nivel personal
y a nivel de todo el género humano. Ella abre la atención al juicio universal y jui-
cio particular, supuesta la parusía o venida del Señor. Hay que prepararse para
ella, pues será un hecho de experiencia dolorosa en todos los momentos de la
vida.
4. El temor divino es una cualidad imprescindible en una buena educación
cristiana. Pero el temor sano es sereno, personal y eficaz. No se debe confundir
con el terror macabro, por lo que es imprescindible el dejar claro el mensaje, sin
caer en lenguajes incorrectos.
5. A medida que los catequizando crecen, sus terminologías debe crecer en
precisión, en claridad y en objetividad. La correcta postura del creyente se halla
a igual distancia de la desconfianza ante los mitos macabros y la ignorancia o in-
credulidad antes las realidades escatológicas.
6. Los lenguajes sociales del arte, de la literatura o de las tradiciones popula-
res deben ser conocidos y sabiamente interpretados. Pero en ellos interesan
más los mensajes de fe y de esperanza en el más allá, que los rigores que en
otros tiempos se usaban en su expresión e interpretación
7. El respeto cristiano debe ser el adorno de todo lo que se refiere a la Esca-
tología. Cualquier crítica mordaz o postura despectiva está fuera de lugar, sobre
todo a ciertas edades o para ciertos temperamentos, en quienes la sensibilidad y
la lógica débil incrementan la sensibilidad ante los temores religiosos o los mie-
dos prospectivos.
El respeto debe estar siempre hilvanado de objetividad y corrección, de con-
fianza en Jesús misericordioso y en la responsabilidad del hombre libre, siempre
invitado por Dios a llevar vida honesta y conforme con sus ofertas evangélicas.