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Dora Barrancos

INCLUSIÓN/EXCLUSIÓN
HISTORIA CON MUJERES

Introducción

La alianza entre el hombre y la mujer se


convierte en un puente entre la naturaleza
y la cultura, un puente que aún debe
construirse.

Luce Irigaray

Estos ensayos son una contribución a los estudios históricos culturales


sobre la condición femenina en la Argentina. La subordinación de las
mujeres –perfeccionada a lo largo del siglo XIX– no puede comprenderse
si no se tiene en cuenta el juego pendular de la inclusión/exclusión. Un
término convoca al otro. La exclusión de las mujeres de la mayoría de las
actividades públicas significó un movimiento compensatorio glorificador,
de tal modo que la marginación femenina ha debido ser reparada con
celebraciones y rituales que han servido para subrayar la diferencia de los
sexos. Uno de los homenajes más impactantes que las mujeres han
recibido es la obsesión con que durante buena parte del siglo XIX e inicios
del XX se escribió y se debatió acerca de su verdadera esencia. Tomar a
la mujer como objeto a investigar es uno de los fenómenos que
caracterizan ese período, y Virginia Woolf, en su notable “Un cuarto
propio”, advierte sobre la magnitud del empeño.
Estar en las márgenes ha significado para las mujeres, sin embargo,
oportunidades para “nuevos cultivos e híbridos sorprendentes”, como
sostiene Natalie Zemon Davies. Para George Simmel –un agudo
sociólogo de principios del siglo XX–, era lamentable que la mujer fuera
obligada a ocupar los bordes ya que, en su opinión, era el sujeto principal,
el verdadero sujeto de la metafísica. El enorme valor acordado a la figura
de la madre habla a las claras de la maniobra compensatoria que se
ofrece a la devaluada condición femenina.
Presentaré en este texto pantallazos de los juegos de
inclusión/exclusión referidos a mujeres que aparecieron en la escena
pública matizando la hegemonía patriarcal en la sociedad argentina. Este

DORA BARRANCOS Inclusión/Exclusión


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texto se refiere a episodios en los que no faltaron divergencias dentro de
los colectivos femeninos, pero subraya su voluntad de remover la
exclusión. Muestra cómo se conceden cuotas de reconocimiento mientras
se asegura que las mujeres no dispongan de todos los derechos, cómo
se muestran con pompa –y, a veces, con alharaca–, algunos desempeños
mientras se oscurecen otros, cómo parece que se las considera mientras
menos se las dignifica. Aunque, a veces, también asoma la equidad.

1. Mujeres y política
en un texto olvidado

Bajo el impacto de los sucesos revolucionarios que intentaron –como es


bien conocido– poner coto a las formas republicanas mostrencas, a la
corrupción de las instituciones y a la descomposición de lo público, Luis
A. Mohr publica el libro La mujer y la política en 1891. No caben dudas de
que es una contribución a la reconstrucción republicana, a la democracia
representativa; “aquí, los gobiernos deben ser nada y los pueblos, todo”,
dirá. El texto se inspira en la ficción –aunque seguramente sugerida por
algunos hechos reales– que presenta a una matrona porteña de
ascendencia patricia y viuda de “un notable estadista argentino”. Mohr la
identifica como Da. Micaela, con un hijo de identidad roquista, muy
vinculado a la acción política y aglutinador de un grupo de seguidores que
el autor localiza en una de las parroquias definitorias por su peso político,
la de Catedral al Sur. La narración muestra el carácter de la dama y su
meridiano pensamiento sobre la vida republicana –aspecto central del
texto–, empeñada en orientar la conducta del hijo, el Dr. Rodolfo R. –que
no es otro que Rodolfo Rivarola, como quedará explícito más adelante– y
de sus amigos políticos (la mayoría con importantes funciones públicas).
Su discurso se ofrece como pieza ejemplar para la renovación de las
costumbres políticas. No puede sorprender que repose en una mujer el
sagrado fuego que impulsará las modificaciones de los desviados valores
del sistema, como tampoco puede sorprender que el altar de la prédica
desde donde se induce a la transformación cívica sea el propio hogar de
la matrona. La narración se desarrolla mediante dispositivos
representacionales que confieren cierta teatralidad al texto. Se trata de
reuniones abiertas por Da. Micaela, a las que se introduce con locuciones
exculpatorias, fingiendo no querer estorbar, pero que apenas disimulan el
propósito pedagógico rector conferido por el autor a la escena. Sin

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embargo, un efecto alto del relato resulta de los diálogos con el hijo
Rodolfo en la intimidad del hogar.
Nuestra protagonista

no concebía una norma política sin religión civil. Una ley modificable si se
quiere, pero cuyos principios fueran comunes y siempre determinantes del
criterio y de la acción de los partidos. Eso de mitristas, roquistas, juaristas
era algo que no se avenía a su impersonalismo político […] Que los
hombres sirvan a tales o cuales principios, convengo –decía Da. Micaela– y
que en la acción se distingan y lleguen a puestos de mayor confianza, los
más consecuentes y los más resueltos, está bien –agregaba– ; pero de
ese rol y carácter a la de convertirlos en credo, bandera y pensamiento de
partido, hay una distancia insalvable.

Resulta una conclusión obvia que el autor encarna en Da. Micaela sus
propias concepciones y preceptos. Claramente movido por simpatías
hacia la Unión Cívica, no vacila en subrayar que Da. Micaela se sentía
“más cívica que los cívicos […] para servir en la medida de sus fuerzas a
la noble causa de la reacción política”. Cuando introduce la escena de la
segunda reunión, a la que concurren unas cuantas personas, Mohr
aprovecha para caracterizar la escasa o nula participación de los cuadros
militantes en las decisiones de los partidos del poder, tornándolos apenas
“politiqueros”, e identifica estas ideas con el pensamiento de la matrona.
“La palabra de orden viene siempre de lo alto”, “el uso de la palabra,
aunque nunca aparezca coartado, está reservado sólo a determinadas
personas […] El voto de las asambleas es de pura fórmula”, así se
manifiestan los sentimientos de nuestra matrona.
A estas alturas del texto queda claro que se trata de gente antes
vinculada al juarismo y que ha tomado una posición crítica frente a la
descomposición del régimen y a los nuevos acontecimientos,
disponiéndose a modificar las instituciones. Al debatir con uno de los
contertulios –quien acaba de explicar que les queda la “ingrata tarea de
reparar los lamentables desaciertos” de Juárez Celman–, Da. Micaela
inquiere incisiva: “Pero en ese supuesto, ¿qué rol, qué importancia
concede Ud. a la Unión Cívica […]? ¿No sería ella el alma y el cuerpo más
bien de la reacción política cuyos efectos saludables cree Ud. tocar? Le
ruego –solicita– me precise mejor el antecedente para, en justicia, dar a
cada uno lo suyo, porque los resultados obligan la pública gratitud”. Éste
es el momento en que el interlocutor realiza un balance de la
descomposición del gobierno de Juárez Celman, el privatismo de la
gerencia del Estado y en general de la cosa pública, el incondicionalismo
de sus secuaces, la crisis económica sobreviniente y su impacto
especialmente en la “vida del trabajador humilde”. Su examen no puede
sino concluir que “la Unión Cívica, puede decirse, encarnó la protesta
pública. Supo agitar el pensamiento común y, organizándose, se hizo
fuerza y acción, animada por el interés del momento”. Los elementos

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roquistas habrían “salvado al país de la anarquía”, ya que ello
seguramente hubiera sido la consecuencia de un gobierno derivado de la
acción revolucionaria.
La voz de Da. Micaela se impone entonces, con una salmodia
ejemplar:

Me permitiré una libertad propia de mi sexo –usar de una galantería tal vez
para herir– y es la de poner en duda la actitud que atribuye Ud. a los
roquistas, anterior a la revolución. Diga Ud. más bien que supieron
reaccionar a tiempo y que su estrategia […] les ha dado el triunfo y no la
gloria que corresponde en absoluto [sic] a la Unión Cívica. Que sea pues
para todos el beneficio de tan singular victoria.

Se retira luego de la escena con un acto locutorio que exhibe claramente


la condición genérica: “Disculpen ustedes el tiempo que mi natural
curiosidad de mujer haya podido robar a otras atenciones del momento”,
mientras casi al unísono los participantes no pueden omitir la admiración y
el reconocimiento a nuestra mujer por su aguda intervención: “Buena su
defensa, pero mejor el ataque y magnífica la retirada de la señora
Micaela: al fin mujer”.
No es posible sustraerse a las interpretaciones de este texto en las que
Mohr muestra con suspicacia las características de los sexos, mediante
una buena dosis de ironía, en la arena que les está vedada a las mujeres.
La condición femenina, a través del discurso de la matrona, pone en
evidencia el revés de la trama significativa caracterizado por los signos
inhabilitantes. Esta mujer expresa saber y experticia para la interpretación
de la vida pública, alta competencia para el debate con varones y
dirección ética. Mohr se vale del ardid del propio estereotipo para
consagrar, como un valor hermenéutico y no como defecto, la “natural
curiosidad” de las mujeres. El modelo femenino que presenta el autor no
puede ser más fértil para rendir nuevas imágenes de las relaciones
público/doméstico en el período. Da. Micaela es una excelente lectora de
diarios –suscribe a La Nación, La Prensa, The Buenos Aires Herald, El
Correo Español, La Patria Italiana y Le Courrier de la Plata– y véase, de
paso, su competencia en idiomas producto de una educación típica de su
clase. “Mujer de criterio –nos dice el autor– de ilustración vasta y de
experiencia cosechada en las más elevadas esferas de la vida, sabía
hacer el proceso de cuanto leía, separando la verdad de la mentira, el
cálculo de la expontaneidad [sic], el interés egoísta de la franca
generosidad, o sea, la paja del grano llamado a fructificar en la conciencia
pública.”
De ordinario, nuestra matrona no ha dejado de interesarse en la
marcha de algunas cuestiones de la casa antes de abordar una atenta
lectura de los diarios y dirigirse luego a misa. Su preocupación esencial

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se cifra en “la felicidad del hijo”, y vale la pena detenernos en las
propiedades en que se asienta ese estado.

Como abogado, lo quería defensor del pobre, del desamparado sin más
objetivo que el triunfo de la justicia, sin más compensaciones que la
satisfacción de la conciencia y el justo precio del trabajo honrado. Como
político, procuraba que fuese probo, leal, franco, enérgico, servidor del
pueblo, obediente a la ley sin las impaciencias de la audacia y con todas
las virtudes del ciudadano modesto y perseverante en el cumplimiento de
sus deberes y la defensa o ejercicio de sus derechos.

Este detalle de conductas y actitudes coagula el estereotipo de la


condición femenina y hace honor a los recursos ideacionales del período:
las madres inteligentes, sabias y dignas fungen en el hogar proyectos de
hijos que irán a conducir lo público. Pero nuestro autor exhibe un
excedente, un plus diferencial. No se trata de consagrar el maternalismo
natural que actúa como autómata en virtud de la base instintiva. Más bien,
interviene aquí una reflexiva ilustración acerca de lo público capaz de
discernir con notable solvencia sobre cuestiones fundamentales de la vida
política, al punto de permitirse ser el motor de las orientaciones cognitivas
y valorativas del varón de la familia. Y más allá de la inveterada
religiosidad atribuida a las mujeres (sobre todo de este rango social), el
texto muestra una mujer con voluntad clara de interferir en un dominio del
que está excluida y que Mohr quiere reivindicar. Es notable la autonomía
que le permite exigir que cada uno debe “trazar su propio camino” en
épocas en que parece imposible nadar contra la corriente. “La corriente
arrastra a todos porque todos se dejan arrastrar por ella” –pone Mohr
entre las notables ideas regeneradoras de Da. Micaela, que no dejan
precisamente cómodo al expectable hijo, sin duda mucho más cerca del
pragmatismo–. “Los sentimientos delicados de la mujer –dirá– son
inconciliables con los dictados de la política, que prefiere la luz de las
grandes cabezas a las debilidades de los grandes corazones.”
La respuesta de la madre es una larga enunciación de tesis
roussonianas que pueden cifrarse en la cita “El pueblo que obedece
mientras se ve forzado a ello, hace bien; si el momento en que puede
redimirse del yugo, lo sacude, obra mejor, pues recobra la libertad con el
mismo derecho con que le fue arrebatada”. Es la inspiración de Rousseau
la que le hace decir: “Ya ves pues, hijo, que no me encuentro sola aunque
mujer; combatiendo el error de las convenciones humanas, reformables
siempre y hasta tanto se llegue al imperio del derecho natural”; y continúa:
“La política de la imposición tiránica, para los dictados de la conciencia
individual, es política de convención y esclavitud […] Contra ella hay que
reaccionar”.
Un momento singular de la primera parte del texto es alcanzado cuando
el autor inflaciona su objetivo igualitario y pone en boca de Da. Micaela la

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siguiente aseveración: “El negro como el blanco, la mujer como el
hombre, el ser inteligente como el idiota, los que proyectan la luz de las
grandes cabezas o acusan las debilidades de los grandes corazones,
son iguales. La diferencia surge tan sólo de los beneficios de esa
igualdad: no los gozará por completo quien carezca de la conciencia de
su valor moral”.
Mohr intercala un capítulo, “La atmósfera política”, que reseña algunas
circunstancias relacionadas con las escenas de julio de 1890 en el que
aparece el posicionamiento del grupo político de Rodolfo Rivarola, al
encuentro de los nuevos rumbos. Entran entonces a escena dos mujeres
más reales, probablemente, que Da. Micaela. Se trata de las jóvenes
Elvira Rawson y Eufrasia Cabral, aún estudiante de medicina la primera y
educadora –y mujer de letras– la segunda, que han abrazado la causa
revolucionaria participando activamente en las cruentas jornadas. “No
faltará el concurso piadoso de la mujer heroica” –comenta Mohr y es
necesario recordar que ambas estuvieron en el centro de las acciones
bélicas asistiendo a los heridos– “desdeñada siempre por la voz de la
ignorancia que le niega personería en la acción civil y política”. El autor
recuerda las intervenciones de ambas mujeres en las exaltadas jornadas
de celebración masiva, especialmente en la del 10 de agosto, y se
demora en los discursos apasionados de Eufrasia en la Plaza de Mayo,
luego en el Club de la Unión Cívica y más tarde al frente de la casa del
senador Dardo Rocha, por lo que ganará “estruendosos y delirantes
aplausos”. “Nadie pensó, en esos momentos –reflexiona con retórica
efectista– que la mujer carecía de derechos políticos y que se
encontraba allí, fuera de su cetro y arriba de su deber de hermana, de hija,
de esposa o de madre.”
La satisfacción de Da. Micaela al observar que Rodolfo acata
cardinalmente sus orientaciones que lo conducen a la fundación de la
“Sociedad Patriótica”, la llevan a sostener: “Yo pienso que la escuela
pública que forma ciudadanos aptos para el mundo […] se revela en la
acción de los partidos. Y para esa enseñanza, el hombre llevado de un
error lamentable, cree bastarse a sí mismo, desdeña a su auxiliar
obligada, necesaria y legítima –la mujer–. Las energías morales de todo
estado político, tienen su raíz y su savia en la cabeza y el corazón de la
mujer”. El programa es claro: salir de la condición actual de la sumisión y
la minusvalía, rechazar el “rol secundario […] de obrera de la caridad”.
Hay en su discurso la esperanza de la transformación de la conciencia y
de los sentimientos de hombres y mujeres. La respuesta de Rivarola, que
parece ya haber absorbido las grandes lecciones de la madre, no traduce
tanto optimismo:

La mujer que quieres digna y capaz de repudiar los placeres frívolos y al


hombre, elevado o enriquecido por medios ilícitos, en obsequio de su

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propio honor, forma la excepción y no la regla, de nuestra cultura social.
Como tú piensas, no piensa todo el mundo. Lo que han hecho la Elvira
Rawson y la Eufrasia Cabral es excepcional para nuestro ambiente social y
político. Lo mismo, esperar que nuestros partidos políticos sean honrados,
con los elementos que hoy lo forman, es incurrir en delito de candidez
indisculpable.

El texto de Mohr repone, como una cuestión de peso incontestable, la


pedagogía maternal que contribuyó a la reconversión de Rodolfo Rivarola
situándose entre los que abogaron por la igualdad jurídica de las mujeres
y por la obtención de los derechos políticos. Vino a expresarse luego en la
misma línea de pensamiento de Mohr, cuyo libro contiene como anexo el
debate con el conocido jurisconsulto Vaca Guzmán –datado en 1883, y
que inspiró largas controversias– que expresaba la necesidad de acordar
primero la equiparación de la mujer en el derecho privado, para hacerla
acceder después a los derechos cívicos. En esa polémica, nuestro autor
decía:

Eso de otorgar y negar derechos a la mujer es en el hecho la elevación


del hombre a la categoría de un Dios, con facultades omnipotentes, para
gobernar a la sociedad a su capricho, sin más ley que la de su voluntad y
la de su fuerza. Para nosotros –continuaba– la mujer tiene derechos en
paridad con el hombre, porque ambos se nivelan por su calidad moral,
aunque por su organización y sus aptitudes físicas, sean diferentes los
deberes recíprocos.

Finalmente, Mohr nos ofrece una novedad en materia de vocación


igualitaria: la inclusión de los discursos de Elvira Rawson y Eufrasia
Cabral. El estilo apasionado de Eufrasia, empapado de fervor romántico,
contagiado por las heroínas revolucionarias del siglo, se advierte en esta
proclama en la Plaza de Mayo del 10 de agosto de 1890:

Cuando faltan los gobiernos a la confianza pública, se violan los


derechos, se infama a la moral, el pueblo tiene entonces el deber
sacrosanto de defender sus instituciones, y Buenos Aires, a través de la
metralla y del hierro mortífero, corrió al combate el 26 de julio a salvar la
honra de la patria. ¡Haced callar el eco de las irritadas olas! Ahogad en el
pecho el grito de la deshonra! ¡Quitad los rayos de cólera de la mirada del
ser ultrajado! ¿Lo podéis? ¡No!, pues bien; tampoco del corazón de los
argentinos, arrancaréis, tiranos, el amor sagrado de la patria y de la
libertad.

Luego, desde los balcones de la casa que ocupa la Unión Cívica, Eufrasia
vuelve a conmover a la multitud recordando los sucesos que
desembocarían en la acción revolucionaria, en particular la procesión
cívica de cerca de cincuenta mil almas del 13 de abril: “Yo marchaba
también, hermanos míos, con la columna cívica, vestida con mi ropaje de

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duelo y sin lágrimas en los ojos, porque las había vertido todas
deplorando las desgracias de mi patria”.
Más tarde, en los salones del centro partidario, la educadora realiza un
discurso en el que por primera vez menciona la condición femenina: “La
mujer de nuestra patria –dice– debe erigirse en sacerdotisa de la libertad,
inculcando el sentimiento moral profundo en el hogar. Debe comprender
que estamos en un período de evolución humana, y por lo tanto su
personalidad no debe permanecer envuelta como en el pasado entre las
tinieblas de la mundana cortesanía”. La receta se reencuentra en el
siguiente programa: “Su conducta debe adaptarse al ideal presente,
cumplir su destino supremo que transformará a las sociedades; su acción
debe sentirse no indefinida, ardiente. Aspirar al bien de la patria y no ser
la espléndida cortesana de los salones, reinar por la moral y la virtud, y
encarnar este sentimiento íntimo y altivo en el sagrario de la familia”. Ese
breviario resulta inconfundible entre las mujeres que se permiten la
inclusión en un orden que las repele, porque suele abundar en las reglas
del deber más que en la reivindicación de los derechos. Frente al
domicilio de Dardo Rocha, implora: “Os repito que procuréis sea una
realidad el sufragio libre en toda la República y no se coarte a los pueblos
sus derechos”. Como en los anteriores finales, los vivas son inexcusables,
y en este caso se dirigen al mismo Rocha, a Pellegrini y a Roca.
Menos dada a la oratoria de masas y tal vez sin los méritos retóricos
de Eufrasia, Elvira Rawson deja un único discurso. “La mujer argentina –
dice– no ha podido acallar en su alma el grito de júbilo y aplauso sincero
que, desde un extremo a otro de la República, ha despertado unánime
esa noble legión de patriotas que se llama Unión Cívica.” Y afirma más
adelante: “Rota la valla de las conveniencias sociales que despótica
soberana de la mujer pone a veces un sello en sus labios y un candado en
su corazón, venimos a presentaros el humilde pero elocuente testimonio
de nuestros sentimientos”. Su alocución fervorosa se regocija frente a lo
que llama la recuperación “del patriotismo y la virilidad” en esas jornadas
históricas de 1890; “¡Adelante! –ordena–. Que los abrojos del camino no
esterilicen la semilla sembrada en su seno”.
Luis Mohr ha reconstruido las significaciones sociales atribuidas a tres
mujeres, si bien una de carácter ficcional, para enhebrar las tesis de un
texto que consagra el derecho igualitario, privado y público, de hombres y
mujeres, cuando ya se vislumbra el nuevo siglo. No resulta forzado el
papel de la madre de Rivarola, símbolo de la regeneración que aportarán
las mujeres a la vida cívica, convocándolo a transformar la sociedad
argentina, y menos aún la actuación pública –y publicitada enfáticamente–
de Elvira y Eufrasia. El texto se recorta como un gesto de inclusión que
debe pensarse menos solitario de lo que parece, aunque lo que redunda
socialmente sea un extenso sintagma de exclusiones.

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