Guion para Confirmación de Adultos
Guion para Confirmación de Adultos
CATIC:
879 El sacramento de la confirmación, que imprime carácter y por el que los bautizados, avanzando por el camino
de la iniciación cristiana, quedan enriquecidos con el don del Espíritu Santo y vinculados más perfectamente a la
Iglesia, los fortalece y obliga con mayor fuerza a que, de palabra y obra, sean testigos de Cristo y propaguen y
defiendan la fe.
842: 1. Quien no ha recibido el bautismo, no puede ser admitido válidamente a los demás sacramentos.
2. Los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la santísima Eucaristía están tan íntimamente unidos
entre sí, que todos son necesarios para la plena iniciación cristiana.
845: 1. Los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del orden imprimen carácter y, por tanto, no pueden
reiterarse.
2. Si, después de haber realizado una investigación diligente, subsiste duda prudente sobre si los sacramentos
tratados en el § 1 fueron realmente recibidos o lo fueron válidamente, sean administrados bajo condición.
1286 En el Antiguo Testamento, los profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría sobre el Mesías
esperado (cf. Is 11,2) para realizar su misión salvífica (cf. Lc 4,16-22; Is 61,1). El descenso del Espíritu Santo
sobre Jesús en su Bautismo por Juan fue el signo de que Él era el que debía venir, el Mesías, el Hijo de Dios
(Mt 3,13-17; Jn 1,33- 34). Habiendo sido concedido por obra del Espíritu Santo, toda su vida y toda su misión se
realizan en una comunión total con el Espíritu Santo que el Padre le da "sin medida" (Jn 3,34).
1287 Ahora bien, esta plenitud del Espíritu no debía permanecer únicamente en el Mesías, sino que debía ser
comunicada a todo el pueblo mesiánico (cf. Ez 36,25-27; Jl 3,1-2). En repetidas ocasiones Cristo prometió esta
efusión del Espíritu (cf. Lc 12,12; Jn 3,5-8; 7,37-39; 16,7-15; Hch 1,8), promesa que realizó primero el día de
Pascua (Jn 20,22) y luego, de manera más manifiesta el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-4). Llenos del Espíritu
Santo, los Apóstoles comienzan a proclamar "las maravillas de Dios" (Hch 2,11) y Pedro declara que esta efusión
del Espíritu es el signo de los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2, 17-18). Los que creyeron en la predicación
apostólica y se hicieron bautizar, recibieron a su vez el don del Espíritu Santo (cf. Hch 2,38).
1288 "Desde [...] aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los
neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del
Bautismo (cf Hch 8,15-17; 19,5-6). Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se recuerda, entre los primeros
elementos de la formación cristiana, la doctrina del Bautismo y de la la imposición de las manos (cf Hb 6,2). Es
1
esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo
origen del sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés"
(Pablo VI, Const. apost. Divinae consortium naturae).
1289 Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una
unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de "cristiano" que significa "ungido" y que
tiene su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios ungió con el Espíritu Santo" (Hch 10,38). Y este rito de la
unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente. Por eso, en Oriente se llama a este
sacramento crismación, unción con el crisma, o myron, que significa "crisma". En Occidente el nombre
de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y robustece la gracia
bautismal.
1290 En los primeros siglos la Confirmación constituye generalmente una única celebración con el Bautismo, y
forma con éste, según la expresión de san Cipriano (cf. Epistula 73, 21), un "sacramento doble". Entre otras
razones, la multiplicación de los bautismos de niños, durante todo el tiempo del año, y la multiplicación de las
parroquias (rurales), que agrandaron las diócesis, ya no permite la presencia del obispo en todas las celebraciones
bautismales. En Occidente, por el deseo de reservar al obispo el acto de conferir la plenitud al Bautismo, se
establece la separación temporal de ambos sacramentos. El Oriente ha conservado unidos los dos sacramentos,
de modo que la Confirmación es dada por el presbítero que bautiza. Este, sin embargo, sólo puede hacerlo con el
"myron" consagrado por un obispo (cf. CCEO, can. 695,1; 696,1).
1291 Una costumbre de la Iglesia de Roma facilitó el desarrollo de la práctica occidental; había una doble unción
con el santo crisma después del Bautismo: realizada ya una por el presbítero al neófito al salir del baño bautismal,
es completada por una segunda unción hecha por el obispo en la frente de cada uno de los recién bautizados (cf.
San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 21). La primera unción con el santo crisma, la que daba el sacerdote,
quedó unida al rito bautismal; significa la participación del bautizado en las funciones profética, sacerdotal y real
de Cristo. Si el Bautismo es conferido a un adulto, sólo hay una unción postbautismal: la de la Confirmación.
1292 La práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina
expresa más netamente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su
Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de
Cristo.
1293 En el rito de este sacramento conviene considerar el signo de la unción y lo que la unción designa e imprime:
el sello espiritual.
La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia
(cf. Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf. Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la
unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas
(cf. Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.
1294 Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes
del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza; la unción de los enfermos expresa
curación y consuelo. La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación,
es el signo de una consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más
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plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida
desprenda "el buen olor de Cristo" (cf. 2 Co 2,15).
1295 Por medio de esta unción, el confirmando recibe "la marca", el sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo
de la persona (cf. Gn 38,18; Ct 8,9), signo de su autoridad (cf. Gn 41,42), de su propiedad sobre un objeto
(cf. Dt 32,34) —por eso se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor—;
autentifica un acto jurídico (cf. 1 R 21,8) o un documento (cf. Jr 32,10) y lo hace, si es preciso, secreto
(cf. Is 29,11).
1296 Cristo mismo se declara marcado con el sello de su Padre (cf Jn 6,27). El cristiano también está marcado
con un sello: "Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos
marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Co 1,22; cf Ef 1,13; 4,30). Este sello
del Espíritu Santo, marca la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, pero indica también
la promesa de la protección divina en la gran prueba escatológica (cf Ap 7,2-3; 9,4; Ez 9,4-6).
880 § 1. El sacramento de la confirmación se administra por la unción con el crisma en la frente, que se hace con
imposición de la mano, y por las palabras prescritas en los libros litúrgicos aprobados. § 2. El crisma que se debe
emplear en la confirmación ha de ser consagrado por el Obispo, aunque sea un presbítero quien administre el
sacramento.
El crisma que se usa es el consagrado por el obispo, aun en el caso que administre el sacramento un presbítero
(cfr. c. 880, 2).
En cuanto a la unción se destaca en el canon la relación entre crismación y gesto de imposición de las manos
(Comunicaciones. 15, 1983).
881 Conviene que el sacramento de la confirmación se celebre en una iglesia y dentro de la Misa; sin embargo,
por causa justa y razonable, puede celebrarse fuera de la Misa y en cualquier lugar digno.
Una clara necesidad o conveniencia pastoral puede justificar la previsión final del canon.
1297 Un momento importante que precede a la celebración de la Confirmación, pero que, en cierta manera forma
parte de ella, es la consagración del santo crisma. Es el obispo quien, el Jueves Santo, en el transcurso de la misa
crismal, consagra el santo crisma para toda su diócesis. En las Iglesias de Oriente, esta consagración está reservada
al Patriarca:
La liturgia de Antioquía expresa así la epíclesis de la consagración del santo crisma (myron): « [Padre (...) envía
tu Espíritu Santo] sobre nosotros y sobre este aceite que está delante de nosotros y conságralo, de modo que sea
para todos los que sean ungidos y marcados con él, myron santo, myron sacerdotal, myron real, unción de alegría,
vestidura de la luz, manto de salvación, don espiritual, santificación de las almas y de los cuerpos, dicha
imperecedera, sello indeleble, escudo de la fe y casco terrible contra todas las obras del Adversario» (Pontificale
iuxta ritum Ecclesiae Syrorum Occidentalium id est Antiochiae, Pars I, Versión latina).
1298 Cuando la Confirmación se celebra separadamente del Bautismo, como es el caso en el rito romano, la
liturgia del sacramento comienza con la renovación de las promesas del Bautismo y la profesión de fe de los
confirmandos. Así aparece claramente que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo (cf.
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SC 71). Cuando es bautizado un adulto, recibe inmediatamente la Confirmación y participa en la Eucaristía (cf.
CIC can.866).
1299 En el rito romano, el obispo extiende las manos sobre todos los confirmandos, gesto que, desde el tiempo
de los Apóstoles, es el signo del don del Espíritu. Y el obispo invoca así la efusión del Espíritu:
«Dios Todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que regeneraste, por el agua y el Espíritu Santo, a estos
siervos tuyos y los libraste del pecado: escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito;
llénalos de espíritu de sabiduría y de inteligencia, de espíritu de consejo y de fortaleza, de espíritu de ciencia y de
piedad; y cólmalos del espíritu de tu santo temor. Por Jesucristo nuestro Señor» (Ritual de la Confirmación, 25).
1300 Sigue el rito esencial del sacramento. En el rito latino, "el sacramento de la Confirmación es conferido por
la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: "Recibe por esta señal
el don del Espíritu Santo" (Pablo VI, Const. ap. Divinae consortium naturae). En las Iglesias orientales de rito
bizantino, la unción del myron se hace después de una oración de epíclesis, sobre las partes más significativas del
cuerpo: la frente, los ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho, la espalda, las manos y los pies, y cada unción
va acompañada de la fórmula: Sfragis doreas Pnéumatos Agíou ("Sello del don que es el Espíritu Santo") (Rituale
per le Chiese orientali di rito bizantino in lingua greca, Pars I).
1301 El beso de paz con el que concluye el rito del sacramento significa y manifiesta la comunión eclesial con el
obispo y con todos los fieles (cf. San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 21).
1302 De la celebración se deduce que el efecto del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del
Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.
1303 Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
— nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm 8,15).;
— nos une más firmemente a Cristo;
— aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
— hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia (cf. LG 11);
— nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las
obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás
vergüenza de la cruz (cf. DS 1319; y LG 11,12):
«Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo
y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido.
Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del
Espíritu» (San Ambrosio, De mysteriis 7,42).
1304 La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto,
imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el "carácter" (cf DS 1609), que es el signo de que Jesucristo
ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo
(cf. Lc 24,48-49).
1305 El "carácter" perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y "el confirmado recibe
el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio)" (Santo Tomás
de Aquino, Summa theologiae 3, q.72, a. 5, ad 2).
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IV. Quién puede recibir este sacramento (CATIC)
1306 Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el sacramento de la Confirmación (cf CIC can.
889, 1). Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que "los fieles tienen
la obligación de recibir este sacramento en tiempo oportuno" (CIC, can. 890), porque sin la Confirmación y la
Eucaristía, el sacramento del Bautismo es ciertamente válido y eficaz, pero la iniciación cristiana queda
incompleta.
1307 La costumbre latina, desde hace siglos, indica "la edad del uso de razón", como punto de referencia para
recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han
alcanzado todavía la edad del uso de razón (cf. CIC can. 891; 893,3).
1308 Si a veces se habla de la Confirmación como del "sacramento de la madurez cristiana", es preciso, sin
embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural, ni olvidar que la gracia
bautismal es una gracia de elección gratuita e inmerecida que no necesita una "ratificación" para hacerse efectiva.
Santo Tomás lo recuerda:
«La edad del cuerpo no prejuzga la del alma. Así, incluso en la infancia, el hombre puede recibir la perfección de
la edad espiritual de que habla la Sabiduría (4,8): "La vejez honorable no es la que dan los muchos días, no se
mide por el número de los años". Así numerosos niños, gracias a la fuerza del Espíritu Santo que habían recibido,
lucharon valientemente y hasta la sangre por Cristo» (Summa theologiae 3, q. 72, a. 8, ad 2).
1309 La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima
con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder
asumir mejor las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se
esforzará por suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, tanto a la Iglesia universal como a la
comunidad parroquial. Esta última tiene una responsabilidad particular en la preparación de los confirmandos
(cf Ritual de la Confirmación, Praenotandos 3).
1310 Para recibir la Confirmación es preciso hallarse en estado de gracia. Conviene recurrir al sacramento de la
Penitencia para ser purificado en atención al don del Espíritu Santo. Hay que prepararse con una oración más
intensa para recibir con docilidad y disponibilidad la fuerza y las gracias del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14).
1311 Para la Confirmación, como para el Bautismo, conviene que los candidatos busquen la ayuda espiritual de
un padrino o de una madrina. Conviene que sea el mismo que para el Bautismo a fin de subrayar la unidad entre
los dos sacramentos (cf. Ritual de la Confirmación, Praenotandos 5; Ibíd.,6; CIC can. 893, 1.2).
889 § 1. Sólo es capaz de recibir la confirmación todo bautizado aún no confirmado. § 2. Fuera del peligro de
muerte, para que alguien reciba lícitamente la confirmación se requiere que, si goza de uso de razón esté
convenientemente instruido, bien dispuesto y pueda renovar las promesas del bautismo.
La renovación prevista en el in fine del canon no se realiza en el caso de administrar el bautismo y la confirmación
juntas a un adulto.
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890 Los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno; los padres y los pastores de almas,
sobre todo los párrocos, procuren que los fieles sean bien preparados para recibirlo y que lo reciban en el tiempo
oportuno.
El esquema del año 1980 preveía la edad que determine la costumbre del lugar o el decreto de la conferencia
episcopal.
Se propuso luego: “la edad de la discreción” en el marco de la secuencia: Bautismo – Confirmación - Eucaristía.
Otros planteaban la edad de los siete años.
Se discutía cuál era la edad de la discreción. Es un concepto lábil, se decía.
La fórmula que prevaleció es amplia, y permite conjugar distintas realidades y necesidades, personales y
pastorales (c. 891 CIC).
Documento pastoral: En anexo se coloca una disertación de Monseñor Aguer sobre este tópico: “Exposición de
monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el I Congreso teológico, en el marco del XI Congreso
Eucarístico Nacional de Tucumán, el 15 de junio de 2016”.
891 El sacramento de la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción, a no ser
que la Conferencia Episcopal determine otra edad, o exista peligro de muerte o, a juicio del ministro, una causa
grave aconseje otra cosa.
892 En la medida de lo posible, tenga el confirmando un padrino, a quien corresponde procurar que se comporte
como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al sacramento.
893 § 1. Para que alguien pueda ser padrino, es necesario que cumpla las condiciones expresadas en el c. 874. §
2. Es conveniente que se escoja como padrino a quien asumió esa misión en el bautismo.
No es obligatorio tener un padrino. Es conveniente. Y puede haber más de un padrino según Piñero Carrión;
porque pueda que así haya sido en el bautismo, incluso.
Se suprimió el viejo canon 794, 1: Patrinus unum tantum confirmandum aut duos praesentet, nisi aliud iusta de
causa ministro videatur. §2. Unus quoque pro singulis confirmandis sit patrinus.
Piñero Carrión sostiene que puede haber un padrino o una madrina, sin importar el sexo del confirmando.
Fue suprimido el viejo canon 796, 2: Sit eiusdem sexus ac confirmandus, nisi aliud ministro in casibus
particularibus ex rationabili causa videatur.
a) La Suma Moral del año 1818 (Madrid – España) de Don Juan Manuel González – Presbítero: indicaba
“conviene que por decencia el conformando tenga un padrino de su propio sexo”.
Decía “no se acostumbra admitir que el padrino sea de sexo distinto del confirmando. No se permite que los
jóvenes sean padrinos de los ancianos” (Instituciones de derecho canónico americano, de Justo Donoso,
Presbítero – Para uso de los Colegios en las Américas Españolas - 1848). Algún autor ha dicho que lo primero es
una costumbre, y lo segundo una prohibición. Podía eventualmente, con permiso del obispo, admitirse un padrino
de sexo distinto del confirmando.
b) Es verdad también que se puede aplicar la máxima jurídica: “donde el derecho no distingue no se debe
distinguir” La ley no exige la identidad de sexo entre padrino y confirmando.
c) Pero algunos sostienen que es una costumbre: por lo que podría aplicarse el canon relativo a la interpretación
de la ley por la costumbre o incluso una costumbre praeter legem (ver. cánones 27 y 24-26). De todos modos la
práctica pastoral es variada, y admite la no identidad.
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d) Instructivos diocesanos y arquidiocesanos: no establecen nada al respecto. Dejan libertad en este tema.
e) En la práctica se conserva la identidad, pero hay excepciones. La tradición conserva lo que se considera una
“pía costumbre”.
f) No debe desatenderse el caso de un confirmando varón con madrina de bautismo, y el Código recomienda que
se mantenga, como algo conveniente, en la confirmación. Es el argumento de Piñero Carrión.
No. Los padrinos se suman a la acción paterna. No la suprimen, sino que la acompañan, fortalecen y
eventualmente la suplen (Comunicaciones. 15, 1983).
En Oriente es ordinariamente el presbítero que bautiza quien da también inmediatamente la Confirmación en una
sola celebración. Sin embargo, lo hace con el santo crisma consagrado por el patriarca o el obispo, lo cual expresa
la unidad apostólica de la Iglesia cuyos vínculos son reforzados por el sacramento de la Confirmación. En la
Iglesia latina se aplica la misma disciplina en los bautismos de adultos y cuando es admitido a la plena comunión
con la Iglesia un bautizado de otra comunidad cristiana que no ha recibido válidamente el sacramento de la
Confirmación (cf. CIC can 883,2).
1313 En el rito latino, el ministro ordinario de la Conformación es el obispo (CIC can. 882). Aunque el obispo
puede, en caso de necesidad, conceder a presbíteros la facultad de administrar el sacramento de la Confirmación
(CIC can. 884,2), conviene que lo confiera él mismo, sin olvidar que por esta razón la celebración de la
Confirmación fue temporalmente separada del Bautismo. Los obispos son los sucesores de los Apóstoles y han
recibido la plenitud del sacramento del orden. Por esta razón, la administración de este sacramento por ellos
mismos pone de relieve que la Confirmación tiene como efecto unir a los que la reciben más estrechamente a la
Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo.
Pastorale Munus, Pablo VI, 1963 dice que puede el Obispo residencial: “Conceder a los capellanes de todos los
hospitales, orfanatos y cárceles la facultad para que, no estando presente el párroco, puedan administrar a los
fieles en peligro de muerte el sacramento de la confirmación”.
Hoy el código prevé esto de modo general y dice: “para los que se encuentran en peligro de muerte, el párroco,
e incluso cualquier presbítero” (c. 883, 3).
1314 Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la Confirmación (cf. CIC can.
883,3). En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más tierna edad, salga de este mundo
sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la plenitud de Cristo.
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882 El ministro ordinario de la confirmación es el Obispo; también administra válidamente este sacramento el
presbítero dotado de facultad por el derecho universal o por concesión peculiar de la autoridad competente.
¿La concesión de la autoridad debe ser dada inexorablemente por escrito? No (cfr. comunicaciones 15, 1983).
¿Se puede conceder a varios presbíteros? Sí.
883 Gozan ipso iure de la facultad de confirmar:
1. dentro de los límites de su jurisdicción, quienes en el derecho se equiparan al Obispo diocesano;
Hay que ver en cada circunscripción eclesiástica (Iglesia particular) quien detenta el oficio capital. El titular del
oficio puede confirmar ipso iure. Ver. canon 368 CIC.
Recuérdese aquí lo relativo a circunscripciones personales y territoriales (Libro II CIC).
2. respecto a la persona de que se trata, el presbítero que, por razón de su oficio o por mandato del Obispo
diocesano, bautiza a quien ha sobrepasado la infancia, o admite a uno ya bautizado en la comunión plena de la
Iglesia católica;
Dice el canon 863: “Ofrézcase al Obispo el bautismo de los adultos, por lo menos el de aquellos que han cumplido
catorce años, para que lo administre él mismo, si lo considera conveniente”.
No obstante, el presbítero puede confirmar ipso iure al bautizado adulto o al admitido a la plena comunión1. Esto
es ipso iure en el párroco y también en el presbítero delgado por el Obispo.
De todos modos, si se trata de un católico bautizado que está completando la iniciación debe pedir el presbítero
la facultad al Obispo o la autoridad que éste designe para otorgar la misma.
Asimismo, se ha dicho oficialmente que al bautizado católico que perdió la fe de chico y luego vuelve a la iglesia
católica, no se le aplica este canon 883, 2 (AAS, 1980).
En el Ritual de la Admisión a la plena comunión con la Iglesia Católica de los ya bautizados válidamente se lee:
1
Canon 883 De Juris Minister. De Juris ministers: 1º diocesan bishop in the diocese; 2º priest who baptises or admits adult to full
communion; 3º in danger of death, any presbyter (The Reception of Baptized Christians. Por Ronald A. Oakham).
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Un sacerdote no puede administrar válidamente el Sacramento de la Confirmación en las siguientes situaciones:
• Católicos bautizados que fueron instruidos en/ o adheridos a una religión no católica por su propia voluntad.
• Católicos bautizados que no fueron criados como católicos, pero que nunca han pertenecido a otra religión.
• Bautizado católicos que nunca dejaron la iglesia, pero nunca fueron confirmados.
Por lo tanto, aunque el párroco no tiene la facultad de la ley para confirmar a las personas en las tres categorías,
podría solicitar al obispo diocesano le conceda la facultad por escrito para confirmarlos según el canon 884
¿Quién puede administrar válidamente el sacramento de la Confirmación en peligro de muerte?
En situaciones de peligro de muerte, cualquier presbítero tiene la facultad por ley a confirmar (cf. RConf 7, DOL
2516).
3. para los que se encuentran en peligro de muerte, el párroco, e incluso cualquier presbítero.
Dice el canon 530 Son funciones que se encomiendan especialmente al párroco las siguientes: 2) la administración
del sacramento de la confirmación a quienes se encuentren en peligro de muerte, conforme a la norma del c. 883,
3.
Al decir el canon “se encomienda especialmente” al párroco, quiere decir que no se reserva sólo a él esta
posibilidad.
El canon 566 § 1. Dice: “El capellán debe estar provisto de todas las facultades que requiere el buen cuidado
pastoral. Además de aquellas que se conceden por derecho particular o especial delegación, el capellán, por
razón de su cargo, tiene la facultad de oír las confesiones de los fieles encomendados a su atención, predicarles
la palabra de Dios, administrarles el Viático y la unción de los enfermos, y también conferir el sacramento de la
confirmación a los que se encuentran en peligro de muerte”.
Y agrega el canon 571: “El capellán debe guardar la debida unión con el párroco en el desempeño de su función
pastoral”.
¿Se puede aplicar el canon 144 en esta materia (cc. 882 y 883)?
Sí. Sea en el caso de error común o de duda positiva y probable.
884 § 1. El Obispo diocesano debe administrar por sí mismo la confirmación, o cuidar de que la administre otro
Obispo; pero si la necesidad lo requiere, puede conceder facultad a uno o varios presbíteros determinados, para
que administren este sacramento.
El obispo debe preferir a otro obispo en lo posible; y en subsidio a presbíteros. Respecto de esto último, los autores
sugieren que se haga según su jerarquía: Vicarios, párroco, etc; pero esto no es obligatorio para el obispo.
¿Sólo el obispo puede delegar?
Sí. Empero, puede el obispo delegar (facultad especial) especialmente a otros para esta “función de concesión”.
Esto quiere decir que el Vicario general no está de suyo habilitado a delegar.
§ 2. Por causa grave, el Obispo, y asimismo el presbítero dotado de facultad de confirmar por el derecho o por
concesión de la autoridad competente, pueden, en casos particulares, asociarse otros presbíteros, que administren
también el sacramento.
Asociar no quiere decir “delegar”. Es simplemente pedir ayuda para la administración. De todos modos, Piñero
Carrión señala que in actu el ayudante asociado es el ministro concreto del confirmando, y no el que “preside”.
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885 § 1. El Obispo diocesano tiene la obligación de procurar que se administre el sacramento de la confirmación
a sus súbditos que lo pidan debida y [Link] disposición se articula con el canon 843 y con el relativo
a la edad (c. 891).
§ 2. El presbítero que goza de esta facultad, debe utilizarla para con aquellos en cuyo favor se le ha concedido la
facultad.
886 § 1. Dentro de su diócesis, el Obispo administra legítimamente el sacramento de la confirmación también a
aquellos fieles que no son súbditos suyos, a no ser que obste una prohibición expresa de su Ordinario propio.
§ 2. Para administrar lícitamente la confirmación en una diócesis ajena, un Obispo necesita licencia del Obispo
diocesano, al menos razonablemente presunta, a no ser que se trate de sus propios súbditos.
887 Dentro del territorio que se le ha señalado, el presbítero que goza de la facultad de confirmar puede
administrar lícitamente este sacramento también a los extraños, a no ser que obste una prohibición de su Ordinario
propio; pero, quedando a salvo lo que prescribe el c. 883, 3, no puede administrarlo a nadie válidamente en
territorio ajeno. Obsérvese la diferencia entre el obispo y el presbítero respecto de la invalidez en territorio ajeno.
De todos modos, algunos autores aplican en el caso del presbítero la suplencia del canon 144.
Pero otros autores señalan que no es tan clara la aplicación de ese canon 144, pues en la confirmación no hay sólo
una cuestión de “régimen”, sino también de “orden”.
888 Dentro del territorio en el cual están facultados para confirmar, los ministros pueden administrar este
sacramento también en los lugares exentos.
Disposiciones finales
CAPÍTULO V - DE LA PRUEBA, ANOTACIÓN y AVISO DE LA CONFIRMACIÓN
894 Para probar la administración de la confirmación, obsérvense las prescripciones del ⇒ c. 876.
895 Deben inscribirse los nombres de los confirmados en el libro de confirmaciones de la Curia diocesana,
dejando constancia del ministro, de los padres y padrinos, y del lugar y día de la administración del sacramento,
o, donde lo mande la Conferencia Episcopal o el Obispo diocesano, en el libro que ha de guardarse en el archivo
parroquial; el párroco debe notificarlo al párroco del lugar del bautismo, para que se haga la anotación en el libro
de bautismos a tenor del ⇒ c. 535 § 2.
896 Si el párroco del lugar no hubiere estado presente, debe el ministro, por sí mismo o por medio de otro,
comunicarle cuanto antes la confirmación administrada.
ANEXOS
La edad requerida para recibir el sacramento de la Confirmación
De acuerdo con el canon 891 del Código de Derecho Canónico, se exige haber llegado a la edad de la discreción
de juicio, salvo que la Conferencia Episcopal determine otra edad: la edad de la discreción de juicio se suele
interpretar como sinónima de otra expresión también clásica, como es la edad del uso de razón: cfr. p. ej.,
Directorium catechisticum generale, Addendum: 1 AAS 64 (1972) 173, en que se usan ambas expresiones como
sinónimas. No se exige, por lo tanto, haber llegado a la discreción de juicio, sino haber llegado a la edad de la
discreción de juicio. No es una cuestión terminológica, sino que por el contrario, existe un matiz importante. La
edad de la discreción o del uso de razón se presume que es a los siete años: cfr. canon 97 § 2. De modo que no se
exige tener discreción de juicio, sino haber llegado a los siete años, porque se presume que toda persona a esa
edad tiene uso de razón o discreción de juicio. Aunque no es lícito administrarla a un sujeto que haya llegado a
esa edad y no tenga uso de razón.
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Se debe añadir, además, que no se exige una discreción de juicio específica para la confirmación, sino la discreción
de juicio común. Sólo hay que comparar este canon con el canon 1095, 2º, en que se ve que se exige una discreción
de juicio específica para el matrimonio. Se puede observar, en este caso, que la discreción de juicio para el
matrimonio se considera distinta del hecho de haber alcanzado el uso de razón (canon 1095, 1º).
Por lo tanto, se puede concluir afirmando que para la licitud del sacramento de la confirmación se requiere que el
sujeto haya alcanzado la edad de la discreción de juicio, es decir, los siete años, aunque se podría denegar si se
comprueba que efectivamente el sujeto, que ha cumplido los siete años, no ha alcanzado el uso de razón.
De todas maneras, el canon 891 remite a la legislación de desarrollo que puedan promulgar en esta materia las
Conferencias Episcopales. Generalmente todas han promulgado normas al respecto. La Conferencia Episcopal
Española, en1984, estableció como edad “la situada en torno a los 14 años, salvo el derecho del Obispo diocesano
a seguir la edad de la discreción a la que hace referencia el canon”, es decir, aun teniendo en esta materia potestad
para hacerlo, prefirió no obligar a todos los Obispos españoles a seguir una determinada edad. De hecho, por
término general, en todas las diócesis se confirma en torno a los 14 o incluso a los 15 años, e incluso en algún
caso, como en Cuenca, se confirma en torno a los 12. La edad de 14 años en realidad sigue una práctica pastoral
introducida en la Iglesia en los años 70, y en algunos lugares en los 60. De modo que el canon 891 no hizo sino
recoger y consolidar la práctica existente en 1983.
La materia tiene además otro enfoque, porque en la tradición latina se considera que existen tres sacramentos de
iniciación cristiana, que son el bautismo, la confirmación y la eucaristía. Y con esta norma, vigente en muchos
países, lo que se hace es alterar el orden de los sacramentos de la iniciación cristiana: actualmente en la práctica
son el bautismo, la eucaristía y la confirmación, suponiendo la confirmación el punto culminante de proceso
catequético del fiel, en vez de serlo la eucaristía. Ahora los fieles no terminan su iniciación cristiana recibiendo
al Señor en la Eucaristía, sino recibiendo al Espíritu Santo, suponiendo una verdadera confirmación de lo que se
inició cuando fue bautizado. Aún es pronto para observar la trascendencia de esta práctica en la formación del
pueblo cristiano.
Por supuesto, lo anteriormente dicho se refiere a la administración ordinaria del sacramento de la confirmación:
la práctica cristiana inmemorial, confirmada por el vigente Código de Derecho Canónico, es la de considerar
válida la administración de la confirmación a cualquier edad. Actualmente es posible administrar la confirmación
a una persona que no haya adquirido el uso de razón, en peligro de muerte: cfr. canon 889 § 2 y 891.
Un caso2
La norma diocesana del domicilio de la familia establece que la edad mínima para recibir el sacramento es 17
años. Por este motivo, los padres solicitan una dispensa de esta norma particular, alegando la madurez y el
progreso de la fe de su hija. El Obispo diocesano, en su momento, deniega la dispensa solicitada y por este motivo
los padres interponen un recurso contra el acto administrativo denegatorio ante el Dicasterio correspondiente.
Como determina la Constitución apostólica Pastor Bonus, es la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos la que debe conocer los recursos contra los actos administrativos que contienen la autorización
o la denegación de la recepción de los sacramentos o la participación en actos de culto.
Los padres al interponer el recurso jerárquico están haciendo valer un derecho, el derecho de su hija a recibir un
sacramento. Un derecho erga omnes que debe ser respetado por todos los fieles, también por la jerarquía.
2
EL DERECHO A RECIBIR EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN Y EL REQUISITO DE LA PREPARACIÓN DEBIDA.
FRANCISCA PÉREZ-MADRID, IUS CANONICUM, XLIV, N. 87, 2004, págs. 87-112. Ponencia presentada en el «XXIII Curso de
Actualización en Derecho Canónico», Universidad de Navarra, 15-17 de septiembre de 2003, que versó sobre el tema general «La
disciplina sacramental a la luz de algunas intervenciones recientes de la Santa Sede».
11
Un derecho que implica la obligación de administrar los sacramentos por parte de los ministros sagrados a quienes
los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho, como dice el c. 843,1.
Este derecho a la administración de los sacramentos, sin embargo, no puede entenderse de modo absoluto o
arbitrario, sino que su recto y justo ejercicio puede estar condicionado —como de hecho, lo está— por una serie
de presupuestos y requisitos. Es más, el ejercicio de todos los derechos fundamentales debe tener el requisito de
la racionalidad, es decir, que el derecho se ejerza de acuerdo con la ley divina y la recta razón, y debe ser conforme
a las leyes eclesiásticas correspondientes. Algunos de estos límites no provienen sólo del derecho positivo sino
que se fundan en el propio derecho divino, hasta el punto de que, más que un límite al ejercicio de un derecho,
cabría considerarlo como una condición sine qua non para que exista en acto ese derecho. Como señala el prof.
Rincón glosando esta idea, «la exigencia estar bien dispuesto no depende sólo de las disposiciones positivas que
se establezcan al respecto, sino de la naturaleza misma del sacramento de que se trate. Por ejemplo, la falta de un
serio propósito de enmienda puede determinar la negación de la absolución por parte del confesor. Pero esta
negación no significa negación del derecho a recibir el sacramento, sino constatación de que es el propio penitente
el que se niega a realizar el signo sacramental en la parte que le corresponde».
En cualquier caso, como ha subrayado Hervada, «constituyen un abuso contra este derecho (c. 213) las prácticas
que retrasan indebidamente la recepción de los sacramentos, obligan a recibirlos de formas no determinadas por
el derecho, etc., esto es, las prácticas pastorales que transforman en obligatorios modos a los que el derecho no
obliga o impiden el ejercicio conforme a derecho (por ej., retrasar los bautismos más allá de lo establecido en el
c. 867, §1, etc.
El c. 890 dice que los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno. Por otra parte el c.
885 recuerda la obligación del Obispo diocesano de procurar que se administre el sacramento de la Confirmación
a quienes lo pidan debida y razonablemente. Es decir, estamos ante un derecho-deber de los fieles a pedir y recibir
el Sacramento de la Confirmación. Su recepción no modifica sustancialmente la condición jurídica del fiel, ya
que su trascendencia consiste fundamentalmente en un perfeccionamiento y fortalecimiento de la condición
bautismal. En cambio, el ordenamiento canónico determina, en algunos supuestos, haber recibido la Confirmación
como un requisito jurídicamente exigible. Por ejemplo, para ser padrino del bautismo y de la confirmación, pero
sobre todo para quienes van a acceder a una nueva condición canónica personal. También para contraer
matrimonio. Aunque prevalezca el ius connubii, los contrayentes deben recibir el sacramento de la confirmación
y es una exigencia absoluta para quienes vayan a recibir el sacramento del Orden.
El CIC determina quién es el titular de este derecho, el sujeto capaz. Dice el c. 889,1 que sólo es capaz de recibir
la confirmación todo bautizado aún no confirmado. El bautismo es un requisito de capacidad necesario (sólo el
bautizado) y a la vez suficiente (todo bautizado) para recibir el sacramento de la confirmación.
Es decir, ni la edad, ni el uso de razón, ni la preparación pre-sacramental son exigencias de capacidad. Todo
bautizado no confirmado es sujeto capaz y, por tanto, le asiste el derecho fundamental a recibir el sacramento,
aunque su ejercicio esté legal y legítimamente delimitado.
Los requisitos canónicos para el ejercicio del derecho fundamental
El marco para el ejercicio del derecho del fiel y la correlativa obligación del Obispo se delimita en el c. 889. Así,
fuera del peligro de muerte, se establecen como requisitos de licitud para recibir este sacramento, que quien goce
de uso de razón deberá estar:
a) convenientemente instruido —apte institutus—,
b) bien dispuesto —rite dispositus—, y se exige también que
c) pueda renovar las promesas del bautismo.
12
Por tanto, sensu contrario, se deduce que, en caso de peligro de muerte, será suficiente que el sujeto capaz, el
bautizado no confirmado, no muestre o no haya mostrado una voluntad contraria a la recepción del sacramento,
si se trata de un adulto.
Destaquemos ahora el alcance de la expresión para quienes gocen de uso de razón. Del tenor literal del canon
comentado, se deduce que el uso de razón no es una condición de licitud. Cuando un fiel adulto carece
habitualmente de uso de razón, sigue siendo sujeto del derecho al sacramento; podrá recibirlo, aunque su ejercicio
efectivo dependerá lógicamente de la iniciativa de sus padres o tutores. En el resto de los casos, los candidatos
tendrán que estar convenientemente instruidos, bien dispuestos y deberán tener capacidad para renovar las
promesas del bautismo. Se trata de conceptos jurídicamente indeterminados, y su determinación habrá de
realizarse en la legislación particular, y en el caso concreto, por parte del ministro que prepare a los candidatos.
En cuanto a la indicación del canon respecto a la necesaria capacidad para renovar las promesas del bautismo,
tiene su origen en Sacrosanctum Concilium número, donde se recomendaba que se manifestara con claridad la
íntima conexión del sacramento de la Confirmación con toda la iniciación cristiana, por lo que en la recepción
del sacramento habrían de renovarse las promesas del bautismo. En ningún caso debe interpretarse como una
ratificación personal y libre de la fe que solucione una supuesta falta de libertad del bautizado infante.
En cuanto a la preparación presacramental, el requisito de estar apte institutus, se convierte en un deber jurídico
cuando se prescriben ciertos requisitos en el derecho universal o particular. Ahí es donde pueden entrar en
conflicto el derecho a recibir oportunamente el sacramento y el deber de estar convenientemente preparado. En
efecto, una vez cumplido el deber, se hace operativo el derecho a recibir el sacramento, que, en caso contrario,
queda en suspenso, sin que resulte lesionado ningún deber de justicia, siempre que los responsables hayan puesto
los medios adecuados para la requerida preparación.
Pero ciertamente, a la hora de hacer esta valoración, debe tenerse en cuenta que cabe un gran margen de
discrecionalidad; de ahí que esa ponderación deba realizarse con la necesaria flexibilidad y equilibrio pastoral,
acudiendo no sólo a la letra sino al espíritu de la legislación universal. Es decir, siendo perfectamente admisible
el retraso de la recepción del sacramento hasta que los candidatos adquieran la preparación mínima para recibir
fructuosamente el sacramento, se ha de tener en cuenta que un retraso indebido puede equivaler a una denegación
injusta; de ahí la necesidad de velar para que la preparación requerida no sea el cauce mediante el cual queden
desprotegidos los derechos de los fieles.
Dos observaciones deben hacerse respecto al momento de la valoración del requisito apte institutus que
comentamos:
a) En primer lugar, es preciso tener en cuenta que el derecho universal no concreta el modo en que debe cumplirse
esta obligación de formación, por lo que ciertamente corresponde hacerlo al derecho particular; pero convendrá
distinguir entre el contenido de esta preparación y los medios oportunos para adquirirla.
b) En este sentido, respetando el «principio de variedad» presente en la letra y en el espíritu del Código, habrá
que tener en cuenta las implicaciones de la máxima sacramenta propter homines. No se puede difuminar el bien
de la persona individual en un sistema uniformador o igualitario. La salus animarum, consiste en la salvación de
cada una de las almas y la justicia no es algo abstracto y genérico, sino la justicia del caso concreto. Por tanto,
habrá que valorar que dentro de una parroquia habrá fieles cuya formación religiosa sea adecuada y a quienes no
se les podrá exigir otra formación específica, ni plantear otro impedimento para que reciban el sacramento. Parece
oportuno insistir de nuevo en la necesidad de una ajustada distinción entre los contenidos exigibles y los medios
de preparación que, a nuestro juicio, no se deben identificar.
c) En tercer lugar, es preciso tener en cuenta que la formación catequética es un dato demostrable y objetivable,
por lo que podrían establecerse diversos itinerarios de acceso al sacramento de la Confirmación, flexibles en
13
cuanto al lugar de preparación, o duración, siempre que se demuestra el suficiente nivel de instrucción y de
práctica religiosa.
La resolución que estamos estudiando dispone:
El obispo, «aun admitiendo que la niña está bien instruida y que sus padres son muy buenos católicos, entiende
que la instrucción no es el único criterio para concretar el tiempo oportuno de la confirmación. La evaluación es
pastoral e incluye muchos otros aspectos que el de la debida preparación».
La Congregación contesta a este argumento aceptando la necesidad de hacer un juicio pastoral, pero —dice
explícitamente—, «teniendo en cuenta que por “juicio pastoral” se entiende la obligación de los Sagrados Pastores
a determinar si los requisitos previstos por el nuevo Código de Derecho canónico se cumplen: a saber, que la
persona esté bautizada, tenga uso de razón, esté debidamente preparada, y esté dispuesta y en condición de renovar
sus promesas bautismales».
No se puede exigir más ni tampoco menos.
No es admisible una interpretación extensiva de los requisitos, ni cabe aceptar otro tipo de valoraciones derivadas
de una peculiar visión de la communio o de la dignidad de propio sacramento.
La Congregación resuelve respecto a esta primera objeción referente a la necesaria instrucción —a partir del
testimonio dado por la familia y por el propio Obispo—, que la niña ha satisfecho cada uno de los requisitos
exigidos.
Cuestiones doctrinales generales
El CIC determina que se ha de administrar la Confirmación en torno a la edad de la discreción, a no ser que la
Conferencia episcopal determine otra edad, exista peligro de muerte o, a juicio del ministro, una causa grave
aconseje otra cosa. Recordamos aquí que la edad de la discreción o del uso de razón, clásicamente se ha fijado en
torno a los 7 años.
Debe señalarse que en la actualidad gran parte de las Conferencias episcopales han optado por fijar una edad más
tardía para la recepción de este sacramento.
La razón del retraso, tal y como aparece recogido en diversos Directorios vigentes, es el intento de mejorar la
preparación y la recepción fructuosa. Se comprueba un retraso en la maduración de los adolescentes, y de esta
manera se pretende favorecer la personalización en la fe y la incorporación consciente y comprometida en la
Iglesia.
El requisito de la edad marca el tiempo oportuno para poder recibir el sacramento, de tal forma que el fiel que
quiera recibir el sacramento antes de la edad, tendría que acudir a la súplica, a una petición de gracia.
Ciertamente el nivel de formación y de práctica en muchas familias es muy bajo, pero no se puede aplicar el
mismo criterio a todos. No puede prescindirse de la virtualidad de la confirmación ex opere operato, y su eficacia
por ser un sacramento que imprime carácter.
La relación entre la normativa diocesana y la normativa universal en la resolución de [Link].1999
En la Resolución que comentamos, el Obispo alega la conformidad a derecho de la norma diocesana que establece
la edad superior, según lo previsto para la legislación complementaria concerniente a la Conferencia episcopal a
la que pertenece.
Sin embargo, la Congregación declara que toda legislación complementaria ha de ser siempre interpretada de
acuerdo con la norma general de la ley.
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Al demostrarse que la niña cumple los requisitos exigidos en la norma universal, se entiende que «cualquier otra
consideración, incluso las contenidas por la Normativa diocesana, ha de ser entendida como subordinada a las
normas generales referentes a la recepción de los Sacramentos».
Por lo tanto, procede la dispensa59, la excepción a la ley, como una manifestación concreta de la flexibilidad y
elasticidad del ordenamientocanónico.
Es decir, prevalece el derecho fundamental a los sacramentos en las condiciones establecidas por el Derecho
universal, ya que no es racional exigir un requisito formal cuando se cumplen todos los requisitos sustanciales
que tanto el Código de Derecho canónico como la normativa particular buscan asegurar mediante la determinación
de la edad.
La resolución de este recurso jerárquico, consiste en una obrogatio, es decir, se sustituye el acto impugnado por
otro contrario. El Dicasterio pide al Obispo que se ponga de acuerdo con los padres para fijar lo antes posible la
fecha de la confirmación y que envíe al dicasterio la información sobre el acuerdo alcanzado con la familia.
El papel de los padres y la parroquia en la preparación debida
Por último, es importante comentar que la Congregación «considera oportuno destacar que es papel de los padres,
como primeros educadores de sus hijos, y también de los Pastores Sagrados, velar para que los candidatos a la
recepción del Sacramento de la Confirmación estén debidamente instruidos para recibir el Sacramento y se
acerquen a recibirlo en el momento oportuno», como aparece establecido en el c. 890. Es decir, se entiende que
los padres puedan ser quienes asuman la instrucción y la iniciativa de solicitar el sacramento. Es evidente que la
parroquia, tiene una responsabilidad particular en la preparación de los confirmandos, como señala el Catecismo
de la Iglesia católica.
También el CIC70 se refiere al papel de los párrocos en la preparación catequética, pero a diferencia de otros
sacramentos, no se menciona la parroquia como el lugar propio de preparación o de celebración.
Sin embargo, en la Exhortación apostólica Catechesi Tradendae, Juan Pablo II ha llamado la atención sobre la
diversidad de «canales catequéticos», recordando el grave deber de toda parroquia de multiplicar y adaptar los
lugares de catequesis, frente a una posible monopolización o uniformidad.
Ser un Católico que ha sido Confirmado y que ha recibido el sacramento de la Santísima Eucaristía y lleva una
vida en armonía con la fe; [Esto significa que la persona es un católico completamente iniciado, habiendo
celebrado el Bautismo, la Confirmación y la Primera Eucaristía; y practica activamente su fe cristiana en su forma
de vida, en su participación en la parroquia católica, y los sacramentos de la Iglesia.
15
Yo, ___________________________________________, he leído y entiendo los requisitos para servir como
(Imprimir Nombre Completo) Padrino/Madrina en el sacramento de la Confirmación en la Iglesia Católica. Juro
solemnemente que soy un católico completamente iniciado; que practico mi fe en la forma en que vivo y mediante
la participación en mi parroquia y en los sacramentos de la Iglesia; y que (si está casado) mi matrimonio es
reconocido por la Iglesia Católica como un matrimonio sacramental válido o legítimo; y que (si es soltero) vivo
una vida de gracia.
16
utilizado para la elaboración del crisma, es siempre verde en su fronda, y por tanto virorem et misericordiam
Spiritus Sancti significat (a.2 ad 3). Llama la atención que el gran doctor de la Iglesia relacione el verdor con la
misericordia; ha pensado quizá que la misericordia del Señor dura para siempre. A partir del artículo cuarto el
Aquinate añade la finalidad específica para la cual se recibe la plenitud del Espíritu que lleva al cristiano a la
madurez objetiva del don recibido en el Bautismo: es la lucha. Para ello se le confiere una potestas, un poder
diverso de la capacidad bautismal. Hoy hablamos del testimonio, quizá sin advertir que esta actitud, o mejor, esta
acción que de hecho compete al cristiano, conlleva afrontar la contradicción, muchas veces en situaciones
sumamente conflictivas y penosas. Tomás lo enuncia así: confirmatus accipit potestas publice fidem Christi verbis
profitendi, quasi ex officio (a. 5 ad 2). Es el oficio que le corresponde. El Catecismo de la Iglesia Católica cita
este pasaje en el n. 1305. Según el Aquinate batallar contra los enemigos invisibles compete a todos; lo que
corresponde a los confirmados en cuanto tales es hacer frente a los enemigos visibles –persecutores fidei-; para
eso, para confesar el nombre de Cristo han sido llevados espiritualmente a la edad viril (a. 5.c.). Recuerdo que en
el lenguaje pastoral se decía comúnmente que la Confirmación hace al cristiano soldado de Cristo. Digamos de
paso que no corresponde, para una interpretación actual de estos términos, aplicar la perspectiva de género: es
obvio que en el texto se habla de varones y mujeres y que parece corresponder a la naturaleza de las cosas calificar
de viril el poder y la fuerza. Las santas mujeres –pienso, por ejemplo en Santa Teresita del Niño Jesús y en la
infancia espiritual que vivió y enseñó- fueron espiritualmente viriles. La situación que afronta todo cristiano en
la sociedad de nuestros días requiere efectivamente mucha fuerza espiritual, no sólo para difundir la fe, sino
también para no perderla el cristiano mismo. Es muy bello lo que indica Santo Tomás, a saber: que en la edad
infantil el hombre puede alcanzar la perfección de la vida espiritual (a. 5 ad 2). Otra vez el Catecismo (1308) cita
al Angélico (III, 72, 8 ad 2) para advertir que no se debe confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del
crecimiento natural.
Una última referencia tomasiana sobre la identidad del segundo rito de la iniciación. La Confirmación es quasi
ultima consummatio sacramenti baptismi: por el Bautismo los fieles son edificados, por la Confirmación son
dedicados como templo del Espíritu Santo; ellos eran como una carta espiritual a la que la Confirmación pone
como firma el sello de la cruz (a. 11 c.). Se alcanza entonces como un total acabamiento del Bautismo.
Hace ya más de medio siglo, Louis Bouyer, que estudió detenidamente las cuestiones referidas a la iniciación
cristiana, escribió: el Bautismo y la Confirmación tienen en el interior de la gran unidad eucarística una conjunción
absolutamente especial. Para decir verdad, no son sino dos fases sucesivas pero inseparables de una sola y única
iniciación; eso es lo que brota maravillosamente de los textos litúrgicos más venerables(3). El autor llama aquí a
la iniciación “gran unidad eucarística”, análogamente a como se puede designar agápe al conjunto sobrenatural
de la realidad cristiana: la fe, los sacramentos y la vida según el Evangelio.
El discurso acerca de la identidad de la Confirmación nos lleva a sostener que el bautizado que carece de aquel
“sello del Espíritu” tiene algo inacabado en su Bautismo y por lo tanto resulta asimismo inacabada su eventual
participación en la Eucaristía; el acabamiento implicaría –habiendo llegado a la mayor edad- un hacerse cargo
personalmente de la condición bautismal, sobre todo si se tiene en cuenta la separación temporal de los tres
sacramentos en el rito latino. No obstante, nos encontramos aquí en terreno peligroso, ya que ligar la Confirmación
a una renovación de las promesas bautismales, si se posterga la recepción del sacramento para después de la
primera comunión, equivaldría a una concesión absurda al planteo protestante: convertir la realidad objetiva del
don del Espíritu (que la Reforma ha eliminado) en una iniciativa del sujeto que profesa la fe ante la comunidad.
Para los católicos el ámbito adecuado para una solemne renovación de las promesas bautismales es la Vigilia
Pascual. En aquella hipótesis quien se bautiza siendo adulto no necesitaría de la Confirmación.
El Bautismo es llamado con razón la puerta de los sacramentos; la Confirmación –según lo reconoce Santo
Tomás- participa de esa cualidad, ya que este segundo paso de la iniciación también ordena al culto divino; en
cierta manera, quodammodo indica el Aquinate, lo cual por otra parte ya está insinuado en el uso que hago del
vocabulario de la participación, que no se encuentra en el texto (III q. 63 a. 6 c.). Esta indicación remite a otra:
todos los sacramentos se ordenan como a su fin a la Eucaristía, que es el principal, potissimum. El Bautismo tiene
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por fin la recepción de la Eucaristía, y en eso el bautizado es perfeccionado por la Confirmación. El texto de la
Suma (III q. 65 a. 6) reza: in quo etiam perficitur aliquis per confirmationem, ut non vereatur se subtrahere a tali
sacramento. Esta referencia al temor (vereatur) le parece muy poco a Jean-Hervé Nicolas(4), que comenta con
sorpresa el pasaje aquí citado. Es verdad que el vigor y la inclinación a la Eucaristía constituyen una cualidad
objetiva propia del plus de la perfección que otorga la Confirmación; se trata por tanto de una ordenación
sobrenatural propia de las relaciones intrínsecas en el orden sacramental. El verbo vereor significa también
respetar, venerar, reverenciar; es probable que la observación de Tomás se refiera a la situación religioso-cultural
de su época: el reconocimiento de la grandeza de la Eucaristía y de la indignidad propia del posible comulgante
de suyo lo retraen. La Confirmación lo impulsa. Es un asunto de máxima seriedad pastoral averiguar, si fuera
posible hacerlo, por qué la mayor parte de los bautizados, una amplísima mayoría, y confirmados muchos de
ellos, no participan del culto divino.
El ordenamiento del Bautismo y de la Confirmación a la Eucaristía puede expresarse utilizando la categoría del
votum, el deseo, con tal que se lo entienda como una inclinación objetiva, más aún, un reclamo o necesidad propia
de la estructura sacramental de la iniciación cristiana. El Bautismo comprende el deseo de la Eucaristía y por
tanto asimismo comprende el deseo (votum) de la Confirmación. Digamos entre paréntesis que por eso el simple
bautizado puede participar plenamente de la Eucaristía. Pero si atendemos a lo ya dicho con abundancia acerca
de la Confirmación como complemento y perfección del Bautismo, corresponde que el orden de los sacramentos
en la iniciación cristiana sea: Bautismo, Confirmación, Eucaristía. Esta secuencia puede ser observada –en mi
opinión debería siempre serlo- en un ciclo catequístico trienal en el que la Reconciliación aparezca, en relación
al Bautismo, como paenitentia secunda, ya que en el símbolo de la fe confesamos que la finalidad del Bautismo
es la remisión de los pecados, la penitencia o reconciliación primera.
Las cuestiones relativas al orden de los sacramentos de iniciación y a la edad en que corresponde recibirlos,
especialmente la edad adecuada para celebrar la Confirmación, están estrechamente vinculadas, tanto en la
historia de los ritos como en la argumentación teológica más reciente. Concretamente, el problema de la edad de
la Confirmación se relaciona con la planificación de la catequesis de los niños y con el lugar asignado a la Primera
Comunión en el itinerario de la formación cristiana. En 1910 el Papa San Pío X, reaccionando contra ciertos
resabios de jansenismo, estableció que debía admitirse a los niños a la Confesión y a la Sagrada Comunión
llegados a la edad de la discreción, que describe así: aquella en la cual el niño empieza a razonar, esto es, hacia
los siete años, ya algo después, ya también algo antes. En su decreto Quam singulari no se menciona la
Confirmación, aunque era bastante común que precediera a la Primera Comunión, ya que ésta quedaba postergada
hasta el comienzo de la adolescencia. En el Catecismo prescrito por el mismo pontífice en 1905 se indica como
edad conveniente para recibir el “sello del Espíritu” hacia los siete años. Se exhiben estas razones: porque ya
entonces suelen comenzar las tentaciones y además de conocer suficientemente el niño la gracia del sacramento,
puede luego acordarse de haberlo recibido (5). Cuando el acceso a la Eucaristía fue permitido a los niños a muy
temprana edad, se fue dejando la Confirmación para más tarde. Sin embargo, no era en absoluto necesario que su
recepción se dilatara mucho más, puesto que, si bien la tradición latina separa en el tiempo la Confirmación del
Bautismo y sugiere que el “sello del Espíritu” sea diferido hasta una edad en la que el niño pueda participar
personalmente, no se ve por qué haya que exigir mayores requisitos para la Confirmación que para la primera
recepción de la Eucaristía. Durante la renovación catequística de los años 60 del siglo pasado se sostuvo
tenazmente la opinión de que la Confirmación debía postergarse hasta la adolescencia y esa práctica se extendió
bastante. Todavía subsiste en algunos lugares. Se impone, en mi opinión, entonces recuperar el orden originario
y ubicar la Confirmación antes de la Primera Comunión. Tal es el lugar exacto que le corresponde, como lo
expresa la lex orandi en el primer prefacio que aporta el Misal para la misa de la Confirmación: Tú, en el Bautismo,
das nueva vida a los creyentes, y los haces participar en el misterio pascual de tu Hijo. Tú los confirmas con el
sello del Espíritu Santo mediante la imposición de manos y la unción del crisma. Tú invitas a la mesa del banquete
eucarístico a quienes han sido renovados a imagen de Cristo, el ungido por el Espíritu Santo y enviado para
anunciar la salvación, y los haces testigos de la fe en la Iglesia y en el mundo. Es propio del cristiano plenamente
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formado por el Espíritu Santo participar de la mesa del Señor en la asamblea eucarística. No corresponde alterar
el dinamismo propio de la iniciación cristiana y someterlo a dudosos arbitrios pastorales.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata
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