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Jack El Destripador

1) El documento describe la Inglaterra finales del siglo XIX, con Londres como la mayor ciudad del mundo y el Reino Unido como la nación más poderosa. 2) Sin embargo, no todo era prosperidad, especialmente en el barrio londinense de Whitechapel, donde la pobreza y miseria eran altas. 3) En 1888, Whitechapel se convirtió en el escenario de los asesinatos sin resolver de Jack el Destripador, cuyo misterioso caso continúa fascinando hoy en día.

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Jack El Destripador

1) El documento describe la Inglaterra finales del siglo XIX, con Londres como la mayor ciudad del mundo y el Reino Unido como la nación más poderosa. 2) Sin embargo, no todo era prosperidad, especialmente en el barrio londinense de Whitechapel, donde la pobreza y miseria eran altas. 3) En 1888, Whitechapel se convirtió en el escenario de los asesinatos sin resolver de Jack el Destripador, cuyo misterioso caso continúa fascinando hoy en día.

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Finales del siglo XIX.

Inglaterra es la más poderosa de las naciones de la Tierra, y Londres, la mayor


ciudad del mundo. Incluso sin saberlo, eso es algo que cualquier viajero puede intuir de una mirada.
Las torres del Parlamento de Westminster se alzan orgullosas para hablar del dominio político
británico, del mismo modo que los bancos de la City controlan el comercio internacional. Mientras, el
Times da cuenta de las diversiones de la aristocracia en todo lo que va del music hall a las batidas
para la caza del [Link] el palacio de Buckingham, la reina Victoria corona la edad de mayor
brillo y poder de la historia de Inglaterra.

Sin embargo, no todo es brillo en aquella Inglaterra. Y para comprobarlo no hace falta irse a las
minas de carbón o a los "satánicos telares"de Manchester. A muy poca distancia de las elegancias
del West End, todavía existe en Londres una zona inexplorada, Es el East End y, dentro del East
End, Whitechapel es el lugar donde la miseria toca fondo. Un lugar donde abundan las callejas
inundadas por las emanaciones malolientes del Támesis. Un lugar donde las enfermedades, el
alcoholismo y la prostitución causan estragos entre sus ochenta mil almas. Whitechapel es el
Londres que el resto de Londres no quiere ver. Pero, en el otoño de 1888, toda Inglaterra terminaría
por volver los ojos a esa barriada de mala nota. Porque Whitechapel iba a ser el siniestro escenario
de los crímenes de Jack the Ripper, el Destripador.

Es posible que Jack el Destripador no fue el más mortífero de los asesinos; a cambio, bien fue de los
más crueles y –sin duda– es el más famoso de todos ellos. Su nombre todavía nos evoca ese miedo
que sólo pueden provocar unos pasos en la oscuridad, el resplandor de un súbito cuchillo en una
calle solitaria. Algunos criminales nunca fueron capturados, pero a él hubo que ponerle un alias
porque ni siquiera se capturó su identidad.

Sin embargo, estas explicaciones no bastan para aclarar por qué, más de ciento veinticinco años
después, la figura del Destripador se ha convertido en leyenda; por qué siguen apareciendo libros y
más libros en torno a sus crímenes; por qué hay revistas especializadas en estudiar su perfil o por
qué las investigaciones han llegado incluso a dar nombre a una materia, la "ripperología", a medio
camino entre la ciencia y la mera especulación. La respuesta es sencilla: de haber sido apresado,
Jack el Destripador habría dejado de interesarnos hace mucho tiempo. Pero ocurre que, tanto tiempo
después, lo que sabemos de él es, en esencia, lo mismo que sabían en su tiempo: nada. .

Lo único que se sabe de Jack el Destripador, por obvio que suene, es que mató. Pero ni siquiera hay
consenso en torno al número de sus víctimas. Sus asesinatos son tan sólo una parte de los once
"crímenes de Whitechapel" que tuvieron lugar en la época. Los investigadores más reputados limitan
a cinco sus víctimas. Se trata de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine
Eddowes y Mary Jane Kelly, todas ellas prostitutas, todas ellas abatidas por el alcohol y todas ellas,
por desgracia, mucho menos recordadas que su asesino.

También se ha acotado temporalmente la actuación del monstruo: de finales de agosto a mediados


de noviembre, el Destripador asesinó durante apenas setenta días. Tal y como iba a escribir el
detective Reid, uno de los más sagaces de los que siguieron el caso, "éstos son los únicos hechos
comprobados. Todos los crímenes se cometieron tras el cierre de los bares; todas las víctimas eran
de la misma clase –la más baja entre las bajas– y vivían no más lejos de un cuarto de milla unas de
otras. Todas, además, fueron muertas del mismo modo".

El resto es todavía sombra y misterio impenetrable. De hecho, su crueldad sin precedentes fue en
buena parte responsable del fenomenal pánico levantado tras las muertes: como dijo uno de los
encargados de las autopsias, no le bastaba con matar, sino que también tenía que hacer un "daño
gratuito al cadáver". Con pocas excepciones, su modus operandi era el siguiente: comenzaba por
cortar de un lado a otro la garganta de la víctima con una cuchillada para, acto seguido, abrir,
también a cuchilladas, su cavidad abdominal. En la mayor parte de los casos, pasaba entonces a
extirpar sus órganos; en alguno de ellos, además, aprovechó para llevarse un riñón, por ejemplo, a
modo de macabro souvenir. Ante tales matanzas, la descripción forense de los cadáveres todavía
puede turbar a los contemporaneos: "Las vísceras se hallaron en diversas partes: el útero y los
riñones, bajo la cabeza; el otro pecho, junto al pie derecho, el hígado junto a los pies, los intestinos
junto a su costado derecho [...] El corazón faltaba del saco pericárdico".

Como bien apunta un ripperólogo, "el núcleo del miedo es que es incomprensible [...] y lo
desconocido es lo más temido de todo". En el caso del Destripador, el misterio se sumaba al temor.
Nunca nadie oyó un solo grito, una petición de socorro, en un barrio donde la gente vivía,
literalmente, empaquetadas. Ninguno de los cadáveres presentaba las heridas defensivas que
resultan de oponer resistencia a un ataque. De hecho, el único presunto avistamiento del criminal
sólo ha servido para arrojar más terror sobre su modo de matar. En la noche del 8 de septiembre de
1888, una mujer se encontró con Annie Chapman acompañada de un extranjero de piel morena y
mediana estatura, ataviado con una capa oscura y una gorra como la de Sherlock Holmes. El
encuentro se había producido recién pasadas las cinco y media de la madrugada; pues bien, a las
seis y diez –cuando el médico G. B. Phillips acudió a levantar el cadáver–, el Destripador ya había
matado a Chapman. Como sus otras víctimas, ella tampoco pudo "ni resistirse ni gritar".

En un Londres todo miedo y rumores, hasta la reina Victoria iba a tener sus teorías sobre el asesino.
En su caso, como en el de buena parte de la aristocracia, la hipótesis bien podía resumirse en el
titular de un diario de la época: era imposible que un inglés hubiera cometido tales crímenes. Por ser
Whitechapel lugar de residencia de numerosos judíos, los antisemitas tuvieron su coartada. Y entre
las clases más olvidadas cobró fuerza la convicción de que tales asesinatos sólo podían ser obra de
algún aristócrata perverso. .

Scotland Yard –la policía metropolitana de Londres– interrogó a cientos de personas. Se aludía a la
cercanía de Whitechapel al puerto: podía haber sido un marinero de paso o tal vez un estibador. Se
supuso que el asesino tenía que ser un médico o –como mínimo– un carnicero, es decir, alguien con
conocimientos de anatomía o, por lo menos, de despiece. Pero incluso las posibles pistas
multiplicaban la confusión. Por ejemplo, la inscripción en tiza junto al delantal ensangrentado de
Catherine Eddowes, en la que se culpaba a los hebreos: "Los judíos son los hombres que no serán
culpados por nada"; el texto fue borrado enseguida para evitar ataques antisemitas. O una de las
piezas mayores de la ripperología: la carta con remite "desde el infierno" que, acompañada de un
trozo de riñón, recibió la policía y que, por una vez, no parecía invención de la prensa.

Son pocos los consensos en torno a la personalidad del Destripador. Uno de los pioneros en la
elaboración de perfiles criminales sería el doctor Bond, cuyo dictamen ha merecido el aplauso
general: "El asesino debe de haber sido un hombre físicamente fuerte y de gran frialdad y audacia
[...] En su aspecto exterior debe de ser un hombre tranquilo, de apariencia inofensiva, probablemente
de mediana edad y vestido de modo cuidadoso y respetable". Hay otro rasgo que Bond no señaló: el
asesino tenía un conocimiento minucioso de Whitechapel y sus ínfimas callejas. El perfil del doctor ha
recibido alabanzas hasta hoy, pero se sigue sin contestar la pregunta básica: ¿Quién?

Para responderla, tanto la policía como la prensa de la época tuvieron sus preferidos. Y, del siglo XIX
hasta hoy, la investigación ha venido sumando otros hasta engrosar un catálogo de centenares de
sospechosos. La policía recibió muchas cartas firmadas por Jack the Ripper, como la ya mencionada.
La inmensa mayoría no fueron escritas por el asesino en serie, de hecho, algunas incluso fueron
enviadas por los periodistas con la intención de aumentar la tirada de sus medios.

Una de las supersticiones del caso afirma que éste se suicidó tras cometer los crímenes. Entre los
investigados por la policía, Montague John Druitt cumplía ese papel: adulto joven, de buena
ascendencia, pero venido a menos, su cuerpo apareció en el Támesis en diciembre. Eso sí, a efectos
de culpa, él –como casi todos– tenía una buena coartada para librarse: el día del primer crimen se
hallaba jugando al cricket en el condado de Dorset. También Seweryn Klosowski se vería exculpado:
era conocido por su afición a envenenar mujeres, pero ocurre que los asesinos en serie rara vez
cambian de modus operandi. En cuanto a Aaron Kosminski –a quien no ayudó ser judío polaco–, se
le ha supuesto tan deteriorado mentalmente que de haber sido el autor de los crímenes hubiera sido
incapaz de guardárselo. ¿Francis Tumblety? También investigado, es uno de los personajes
excéntricos que rodean al caso: un médico extraño, dado a flirtear con la delincuencia y aparente
poseedor de una colección de órganos humanos.

La prensa, por su parte, no dejaría de privilegiar con su atención a un cierto doctor Cream, también
envenenador de amantes, que al parecer habría hecho una confesión –incompleta, eso sí– en su
agonía: "Soy Jack el...". El estamento médico siempre ha tenido relevancia en el ámbito de las
sospechas en torno al Destripador, y más aún si –como en el caso de sir William W. Gull– hablamos
de quien era el médico de la reina Victoria, lo que aporta morbo añadido. Algo semejante le pasaría a
sir John Williams, ginecólogo de la princesa Beatriz y acusado de asesinar a las prostitutas en un
vano intento de investigar las causas de la infertilidad femenina.

Otra de las conjeturas apunta a un príncipe, Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto de la reina
Victoria, hijo del crapuloso Eduardo VII y segundo en la línea de acceso al trono. Desde sus primeras
incriminaciones hace ya más de medio siglo, se supone que Alberto Víctor –solo, o en compañía de
un supuesto amante– habría como mínimo conspirado para erradicar a quienes supieran de un
presunto hijo ilegítimo suyo. Quien crea que esta historia es descabellada, no ha escuchado la de
Alexander Pedachenko, quien (según cierto manuscrito perdido de Rasputín y en su calidad de
agente de la policía secreta zarista, la Ojrana) habría cometido los crímenes para manchar la
reputación de Scotland Yard. ¿No es inverosímil que Rasputín, nada menos, tuviera algo que ver con
las muertes de Whitechapel? Será que la verosimilitud no ha sido nunca el fuerte de la ripperología.

Se cree que las muertes de 1888 sirvieron para tomarse en serio la situación de suburbios en verdad
mortales como Whitechapel. La insalubridad de esas zonas de peste llegaría, en efecto, a sede
parlamentaria. Para entonces, sin embargo, la fiebre asesina del Destripador ya se había convertido,
como dice uno de los grandes historiadores de la ciudad, "en un aspecto perdurable del mito de
Londres". Jack the Ripper fue el primer criminal de una gran metrópoli.

Los ripperólogos coinciden en que las cinco víctimas canónicas que murieron a manos de Jack el
Destripador eran prostitutas, alcohólicas y vivían de manera tan miserable que muchas veces no
tenían ni los pocos chelines que costaban las habitaciones en las que llevaban a cabo su oficio y
dormían.

Al final, el verdadero hito del caso de Jack el Destripador es que todos los crímenes sin resolver
terminan por remitir al suyo. Al final de cuentas, como afirmó uno de los prebostes de Scotland Yard:
"Nadie sabe nada, ni sabrá nada en mil años, sobre la historia verdadera del Destripador".

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