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Homilía de Boda: Amor y Compromiso

La homilía para la boda de Isabel y Fernando destaca la importancia del matrimonio como un compromiso serio y sagrado, enfatizando que ambos deben compartir responsabilidades y fomentar la creación de una familia. Se menciona la necesidad de perseverar en el amor y la importancia de tener hijos, sugiriendo que la pareja no debe caer en el egoísmo. Finalmente, se celebra el amor entre ellos y se les invita a sellar su unión con un beso.
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Homilía de Boda: Amor y Compromiso

La homilía para la boda de Isabel y Fernando destaca la importancia del matrimonio como un compromiso serio y sagrado, enfatizando que ambos deben compartir responsabilidades y fomentar la creación de una familia. Se menciona la necesidad de perseverar en el amor y la importancia de tener hijos, sugiriendo que la pareja no debe caer en el egoísmo. Finalmente, se celebra el amor entre ellos y se les invita a sellar su unión con un beso.
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HOMILIA PARA UNA BODA

Hola, Isabel y Fernando:

¿Qué curioso, no? Os llamáis como los Reyes católicos, ya


sabéis, esos del “tanto monta, monta tanto”. Que en roman
paladino quiere decir que los dos, el hombre y la mujer, han de
llevar los pantalones en casa. ¡Uy! No he dicho nada. Tal vez suene
un poco machista eso de los pantalones. Los años, residuos de mi
formación juvenil… Lo dicho, no lo habéis oído.
Mira Isabel, te he nombrado a ti la primera porque pienso que
la mujer debe preceder al varón. Ya sé que Adán se os adelantó,
pero también que la virgen María dio a luz al Nuevo Adán, Cristo.
Y sin Cristo no hay cristianos. ¡Hala, a casarse todos con esos
concejalillos y juececillos, toda esa competencia desleal! Bien sé que
a muchos de vosotros no os gusta demasiado pisar la casa de Dios.
¡Quién sabe si nosotros mismos no la tenemos muy limpia y aseada
para hacerla acogedora! Pero no os preocupéis. Si no hubiese
incrédulos, y ojalá no los hubiera, nos quedaríamos sin ovejas
negras para hacer apologética. En cualquier caso, estáis aquí para
contraer matrimonio por la Iglesia. Y eso no está mal. Os dais
cuenta de que el matrimonio es algo serio y necesita un cierto
empaque, una cierta solemnidad. No es un contrato civil en el que
los contratantes se comprometen a tal, tal y cual.
He dicho que el matrimonio es una cosa seria, pero veo que os
estáis sonriendo. Y vosotros, los padres, también. ¿Os acordáis
cuando hicisteis lo mismo? Alegría, vamos, esto no es un sermón
para el día de difuntos. Yo entiendo que, humanamente, los
cristianos lloremos cuando perdemos a nuestros seres queridos,
pero debemos pensar que van a ver a nuestro Padre. Y también
está aquí Dios entre vosotros a través del amor que os ha unido. Ya
no sois -dice el evangelio- dos cuerpos sino una sola carne. Así,
pues, sonreid, sonreid. El diablillo de la tristeza nunca da ni los
buenos días. ¡Si lo sabré bien yo!
Estáis comenzando el primer minuto de vuestra vida en
común. El big-bang de una nueva familia. Bueno, y no hablo de
otras cosas previas al matrimonio porque yo no me chupo el dedo y
no soy tan puritano como otros. Yo no sé si eso de los noviazgos más
largos que un día sin pan es muy aconsejable. ¡Se tarda tanto
tiempo para conseguir un trabajo con el que formar un hogar! Lo
importante es el amor y no el cuándo. O sea, el quién y para
cuánto. ¡Qué dureza la de la Iglesia cuando dice y repite tan
machaconamente eso de “para toda la vida”! ¿No es cierto? Los
curas no nos casamos, pero podemos opinar quizás mejor porque, si
bien no conocemos un matrimonio por dentro, conocemos muchos,
más que nadie, por fuera. ¡Tantos hemos casado! Y algunos de ellos
se han cansado y se han descasado. No debemos, no debe la Iglesia,
ser poco comprensiva con esos marineros que, ante una fuerte
tormenta, deciden volver la espalda y regresar al puerto. Pero
debemos proponernos llegar como Colón hasta el final del océano
para descubrir un nuevo continente. Si no le hubiese movido la
firme fe para salvar las tormentas hoy no tendríamos culebrones,
jugadores de fútbol y a Rubén Darío, que vale por todos ellos. “No
aguantan nada”, decía mi madre cuando a algunas artistas muy
enamoradísimas se les rompía la navecilla del amor a los pocos
meses. No, las mujeres no deben nunca aguantar los malos tratos,
pero sí los ronquidos y las manchas en la camisa, pues como dice
esa cursilada tan verdadera: “amor es perdonarse”. Perseverar en
el amor es ir a por todas, buscar el sobresaliente aunque luego os
quedéis en un aprobado raspadillo. Por eso viene la exigencia, la
aspiración máxima de “para toda la vida”. Sin ser posible el
divorcio civil, el matrimonio indisoluble, sostenido a la fuerza del
sacramento, no tiene ningún valor. Sería como ser castos sin ser
antes tentados. Si aún os queda alguna llama en las dificultades, y
las tendréis seguro, soplad para que no se apague.
Fernando, también me dirijo a ti, pues no creas que tu amada
se está casando sola, eso no vale. Vais a comenzar una larga vida
compartida, y en la vida siempre hay obligaciones. Si un árbol no es
fecundo, es una mierda de árbol, con perdón sea dicho. Un
matrimonio no debe encerrarse en su egoísmo negándose a tener
hijos. Ya sabéis esas siglas inglesas de los “dinkis”, doble ingreso
sin hijos. De ese modo la pareja – no el matrimonio – puede salir
más a cenar, hacer viajes a lugares exóticos, y todo sin cambiar
pañales de caca y desesperarse por un suspenso en la escuela.
Hijos, traed hijos al mundo. ¿Cuántos? Dios no habla nunca de
aritmética. Y hasta el mismo Papa dice – que no me oigan los
obispos sin la esperanza de ser ellos un día pontífices - que las
mujeres no deben parir como conejas. Vuestras bisabuelas tenían
quince o veinte hijos muriendo exhaustas. Eso, si no aplicaban el
ingenio humano para remediarlo. ¿No habéis pensado que es falso
el dilema: familia numerosísima o abstinencia total? Dejaos de
chorraditas de eso de mirar el calendario, y ahora sí podemos y
ahora no. Esto es una forma de hacer trampas siendo antinaturales
por medio de la naturaleza. La Biblia nos dice solamente que
hemos de crecer y multiplicarnos, pero no dice si por dos, por tres o
por cuatro. Una cosa es cierta: una multiplicación por cero da
siempre cero patatero.
Tened hijos, dad nietos a vuestros padres, traed ciudadanos a
la sociedad, hombres y mujeres que proclamen que el amor mueve
el mundo. Y dejo ya de ser un pesado porque a mí, que he dicho
esto muchas veces, me puede siempre la emoción.
Isabel, Fernando, podéis besaros y, como dicen los jóvenes,
intercambiad vuestro fluidos.

Pablo Galindo Arlés


26 de octubre de 2018

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