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Nuevas Subjetividades Juveniles

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ISBN: 978-84-7666-200-7

9 788476 662007
Lectura y bibliotecas escolares Cultura escrita
Este libro da la voz a una quincena de expertos para debatir algunos de los temas
de mayor actualidad en relación con la lectura y las bibliotecas escolares: desde

Lectura y bibliotecas
las nuevas culturas juveniles o el funcionamiento del lector en red, hasta la
consideración de la escuela como una comunidad de estudio, el papel de los
mediadores o las redes de lectura y de bibliotecas escolares. Contiene, además,
un informe sobre las políticas públicas en curso, así como la descripción de algunas
de las experiencias más destacadas desarrolladas en Iberoamérica para la creación de
comunidades de lectores, la implantación de bibliotecas escolares o el lanzamiento
escolares
de campañas públicas de lectura.
Inés Miret
Cristina Armendano
Series de la colección Coordinadoras

Alfabetización Cultura escrita Educación artística

Lectura y bibliotecas
Educación
Evaluación Infancia
técnico-profesional

Profesión docente Reformas educativas TIC

escolares
Cultura escrita
La sociedad de la información plantea grandes desafíos al aprendizaje de los alumnos

Cultura escrita
y al papel que la lectura y la escritura ocupan en la formación de las personas.
Esta serie de libros debate la situación y ofrece modelos y estrategias para que los
estudiantes lleguen a ser miembros activos de la cultura escrita.

Metas Educativas 2021


La conmemoración de los bicentenarios de las independencias debe favorecer
una iniciativa capaz de generar un gran apoyo colectivo. Así lo entendieron los

Metas Educativas
ministros de Educación iberoamericanos cuando respaldaron de forma unánime
el proyecto Metas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación
de los Bicentenarios. Semejante tarea colectiva, articulada en torno a la educación,
ha de contribuir al desarrollo económico y social de la región y a la formación de
Metas
2021

ciudadanos cultos y libres en sociedades justas y democráticas. La Colección Metas La educación que queremos
Educativas 2021 pretende ampliar y compartir el conocimiento e impulsar el debate, Educativas para la generación de los
la participación y el compromiso colectivo con este ambicioso proyecto. 2021 Bicentenarios

Organização Organización
dos Estados de Estados
Ibero-americanos Iberoamericanos

Para a Educação, Para la Educación,


a Ciência la Ciencia
e a Cultura y la Cultura

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Negro Pantone 266 C
Cultura escrita

Lectura y bibliotecas
escolares
Inés Miret
Cristina Armendano
Coordinadoras

Metas
Educativas
2021

Organização Organización
dos Estados de Estados
Ibero-americanos Iberoamericanos

Para a Educação, Para la Educación,


a Ciência la Ciencia
e a Cultura y la Cultura

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© Del texto: Organización de Estados Iberoamericanos
para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI)
C/ Bravo Murillo, 38
28015 Madrid, España
www.oei.es

Las opiniones de los autores expresadas en este libro no representan necesariamente


los puntos de vista de la OEI.

La colección METAS EDUCATIVAS 2021 es una iniciativa de la OEI en colaboración


con la Fundación Santillana.

Impreso en España por

ISBN: 978-84-7666-200-7
Depósito legal:

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Índice
Preámbulo, Álvaro Marchesi ............................................................................................................... 7
Introducción, Inés Miret y Cristina Armendano .............................................................................11
En perspectiva ........................................................................................................................................13
Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red, Luis Alberto Quevedo .....................15
Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión
a la mediación, Anne Marie Chartier ...................................................................................27
El lector en red, José Antonio Millán .........................................................................................49
Temas clave .............................................................................................................................................57
Construir la escuela como comunidad de estudio, Delia Lerner ...........................................59
La educación literaria, Teresa Colomer .....................................................................................73
De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”, Didier Álvarez
y Silvia Castrillón ...................................................................................................................83
Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones sobre
los orígenes y desafíos de las políticas públicas en Hispanoamérica,
Elisa Bonilla ............................................................................................................................93
Reescribir la lectura = releer las bibliotecas. Redes y servicios públicos de lectura,
Clara Budnik y Gonzalo Oyarzun .......................................................................................107
Educación y cultura: conveniencias y posibilidades de una política pública integrada
de lectura, José Castilho .......................................................................................................115
Informe de la situación actual ............................................................................................................127
Políticas públicas de lectura y bibliotecas escolares, Mary Giraldo ......................................129
Programas y prácticas .........................................................................................................................151
Entornos lectores y comunidades lectoras: una ecuación directa,
María Beatriz Medina ........................................................................................................153
¡Es posible! Reflexiones en torno a la biblioteca escolar, Constanza Mekis ..........................163
Campañas y programas públicos de lectura, Margarita Eggers ............................................171
Bibliografía ...........................................................................................................................................183
Webgrafía ..............................................................................................................................................193
Los autores ............................................................................................................................................195

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Preámbulo
Lectura y bibliotecas escolares: un objetivo
estratégico para las políticas educativas
y culturales
Álvaro Marchesi
Secretario general de la OEI

La sociedad de la información que se consolida y avanza de forma imparable abre grandes posi-
bilidades de aprendizaje y de conocimiento, pero también suscita dudas y preocupaciones. Entre
estas últimas, su impacto en las habilidades y los hábitos lectores de las nuevas generaciones,
considerados ya nativos digitales, frente a aquellos que son aún inmigrantes digitales y que tal vez
por ello mantienen el apego a la cultura escrita.
Frente a estos temores, el dato incontestable es que son los jóvenes quienes más leen y que el
tiempo de lectura es menor cuanto mayor es la franja de edad estudiada, lo que contradice la afir-
mación tantas veces repetida de que las generaciones pasadas eran las más aficionadas a los libros
y a su lectura. Pero aunque estos temores sean infundados, hay que reconocer que la sociedad
de la información plantea desafíos enormes al aprendizaje de los alumnos, a la forma de mejorar
sus conocimientos y al papel que la lectura ocupa en la formación de las personas: para aprender,
para vivir y para ser.
Leer para aprender. La lectura facilita conocer otros mundos y otras realidades, encontrar nuevos
sentidos e interpretaciones de la vida, de la cultura, de la sociedad y del mundo. La narración
es una bella forma de pensamiento que ayuda a construir significados no solo de las ciencias
sociales, sino también de las lógico-científicas. Leer permite explorar, descubrir, organizar los
conocimientos y relacionar los diferentes esquemas mentales que actúan en muchas ocasiones
alejados los unos de los otros. Un tiempo de lectura en cada una de las materias curriculares sería
una buena estrategia para despertar el interés de los alumnos.
Leer para vivir. La lectura permite conocer los sentimientos y las emociones de los otros, las re-
laciones establecidas, la fuerza de las pasiones, los riesgos de la vida y la búsqueda de soluciones
ante los conflictos existentes. Los libros abren también a otras culturas que ofrecen formas de
relación, normas y valores diferentes que obligan a situar en sus justos términos las normas y los
valores de cada uno. La lectura es también una fuente de conocimiento de uno mismo al contem-
plarse y revivirse en los personajes y en las historias narradas. Los libros son fuente inagotable
de experiencias que confrontan al lector con la historia de su vida, con sus propias tensiones,
frustraciones y esperanzas.
Leer para ser. La lectura no es solo un formidable ejercicio intelectual para ampliar los conoci-
mientos y para adentrarse en las relaciones afectivas de las personas. También contribuye a en-

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Preámbulo

frentar al lector con las decisiones éticas y morales, ya que le abre a diferentes formas de pensar, de
vivir y de actuar, lo que exige evaluar los acontecimientos y activar, tal vez en ocasiones modificar,
los propios juicios de valor. Entre todos los textos posibles, los literarios, que son expresión de la
historia cultural de los pueblos, ocupan un lugar privilegiado para ayudar a todos los alumnos
a recrearse con su historia y su cultura y con la historia y la cultura de los otros. El patrimonio
literario de la humanidad puede ser una de las principales riquezas colectivas que sirva, adaptado
a los nuevos tiempos tecnológicos, para construir la necesaria ciudadanía multicultural.

La lectura, que se sitúa perfectamente alineada con los principales objetivos de la educación, no
puede ser una tarea que dependa exclusivamente de la acción escolar, por importante que esta
sea. Es preciso al mismo tiempo un compromiso social con la lectura capaz de encontrar nuevos
lugares que faciliten el contacto con los libros y estímulos más eficaces para reforzar la actividad
lectora. El libro que el lector tiene entre sus manos presenta iniciativas sumamente valiosas en
diferentes países iberoamericanos en las que, junto a los nuevos lugares para la difusión del libro,
se muestran variados proyectos y campañas que aspiran a impulsar el gusto por la lectura.

Hace falta una sociedad de la información que sea lectora de su significado para avanzar hacia
una sociedad del conocimiento. Y para ello, además, es preciso reforzar el papel de las escuelas
con el fin de que se conviertan en comunidades de lectores. Sería enormemente positivo que las
escuelas fueran comunidades de aprendizaje y de lectura, en las que profesores, padres y alumnos
aprendieran y leyeran. Para ello es necesario que los profesores lean y disfruten leyendo, y que sus
alumnos perciban el ejemplo de sus maestros. Es preciso también que las familias comprendan
la importancia de la lectura en sus hogares y con sus hijos, pues no hay mejor antídoto contra el
fracaso escolar que un tiempo diario de lectura en casa. Y que las escuelas, conscientes de la im-
portancia del compromiso familiar, les animen, les orienten y les faciliten el acceso a los libros. Y,
finalmente, es imprescindible que los alumnos lean, aquí y allá, en el colegio y en casa, como una
actividad valorada y reforzada.

Desde esta perspectiva, la biblioteca escolar se constituye como uno de los motores de la comu-
nidad de lectores. Coordinar su funcionamiento con otras bibliotecas, orientar a los diferentes
públicos lectores, organizar actividades, informar de lo que merece la pena ser leído, cuidar las
colecciones más atractivas para las familias, facilitar encuentros y contactos con escritores, rea-
lizar representaciones teatrales o facilitar el préstamo de libros, son otras tantas iniciativas que
contribuyen a lograr los objetivos deseados. Hay que reconocer, sin embargo, que las bibliotecas
reducen su impacto si los usuarios potenciales no sienten su necesidad y no valoran sus enormes
posibilidades.

Desde hace años, la OEI ha sido consciente de la importancia de la lectura y de las bibliotecas para
mejorar la educación de las personas y para contribuir de alguna manera a su felicidad. Por ello,
en el año 2003, la OEI junto con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina
y el Caribe (CERLALC) asumieron, por mandato de la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno
de Iberoamérica, el diseño e implementación del Plan Iberoamericano de Lectura, Ilímita. Sus
principales líneas de acción se orientaron hacia el desarrollo de estrategias para la preservación de la
cultura y de la tradición oral, su registro y la producción de textos en las lenguas originarias de Amé-
rica; la mejora de los programas de formación inicial y continua de los docentes, bibliotecarios y
otros mediadores de lectura y escritura; la creación y actualización de las bibliotecas escolares, y la
creación de programas de lectura y escritura dirigidos a la primera infancia y a la familia.

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Álvaro Marchesi

No es extraño por ello que, cuando la OEI ha formulado en septiembre de 2008 el proyecto “Me-
tas Educativas 2021: la educación que queremos para la generación de los Bicentenarios”, haya
incluido el apoyo a la lectura y a las bibliotecas escolares como uno de los principales rasgos de
la educación de calidad para los alumnos iberoamericanos. El proyecto incorpora entre sus ob-
jetivos el respaldo a la lectura y a las bibliotecas escolares, así como la creación de comunidades
escolares de lectores. Para lograrlo se pretende continuar con los concursos nacionales (Viva-
Leitura en Brasil o VivaLectura en Argentina) que premian las experiencias sociales y escolares
de fomento de la lectura; realizar estudios sobre la situación de las bibliotecas escolares en los
diferentes países; elaborar modelos de funcionamiento de las bibliotecas escolares, y apoyar ini-
ciativas innovadoras que incorporen la lectura en las diferentes materias escolares para favorecer
el aprendizaje de los alumnos.
La mejora de la calidad de la educación necesita de la lectura para continuar su progresión. Pero
también es urgente una educación de mayor calidad, que llegue a un número creciente de alum-
nos, para conseguir más y mejores lectores.

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Introducción
Inés Miret y Cristina Armendano

La mejora de la calidad de la educación se ha instalado como una preocupación central en la


agenda de política educativa desde la última década del siglo pasado. Si bien los países de la región
abordan el problema poniendo el énfasis en el desarrollo de diferentes contenidos y temáticas,
crear las mejores condiciones para el acceso equitativo a la cultura escrita es el requisito necesario
y fundamental para el desarrollo de una educación de calidad.
La población analfabeta y los jóvenes y adultos con bajos niveles de escolarización constituyen el
crudo testimonio de la deuda que tienen los sistemas educativos con una importante parte de la
población. El tiempo de la escolaridad obligatoria se extiende cada vez más y los resultados de
las evaluaciones internacionales revelan que los niveles de comprensión lectora alcanzados son
problemáticos. Por otro lado, las prácticas de lectura no están equitativamente distribuidas en el
conjunto de la población y la escuela es la institución social que tiene la responsabilidad de con-
tribuir a democratizar el acceso a la cultura escrita y de asegurar la competencia en lectura.
Frente a este escenario, la preocupación por el acceso a la cultura escrita es cada vez mayor, lo
cual se manifiesta en numerosos acuerdos internacionales sobre educación y en la multiplicación
de los planes y programas de promoción de la lectura. Se trata de intencionalidades políticas que
provienen de los campos de la educación y de la cultura y que comparten la idea de considerar
que la escritura y la lectura alteran y amplían el marco de posibilidades para la socialización de las
personas a lo largo de toda la vida.
Hoy las políticas tienen que recuperar para la escuela un objetivo impostergable y que dio sentido
a su creación hace ya más de un siglo: hacer de ella el espacio propicio para que los estudiantes
lleguen a ser miembros activos de la cultura escrita, democratizando la participación en prácticas
de lectura y escritura para la construcción de una ciudadanía plena y crítica.
En efecto, hoy es un objetivo compartido: el hacer de la escuela una comunidad de lectores (y es-
critores) donde alumnos, maestros y padres acudan a los textos para comprender mejor el mundo
que es objeto de sus preocupaciones o propósitos; conocer otros modos de vida, identificarse
con otros autores y personajes, o diferenciarse de ellos; correr otras aventuras, vivir otras vidas;
compartir con otros la emoción de una frase o de un poema, la magia del clima creado en un re-
lato; tejer relaciones entre textos, descubrir otras formas de utilizar el lenguaje para crear nuevos
sentidos… Y en relación con ello, se reconoce el papel de las bibliotecas como instrumento para
que la escuela y los ciudadanos entren en contacto vivo con la cultura, con la imaginación y con
la producción, y a su vez interpelen a la creación.
Desde la perspectiva de la cooperación y en el marco de la propuesta “Metas Educativas 2021: la
educación que queremos para la generación de los Bicentenarios”, la OEI reúne a un amplio gru-
po de especialistas provenientes de diferentes campos institucionales, con el propósito de poner a

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Introducción

disposición de los lectores un panorama regional que, sin pretensiones de exhaustividad, intente
señalar tendencias, enfocar vacíos y problemas, y orientar caminos para una educación de calidad
como un derecho de todos.
Los autores de la obra abordan el tema desde perspectivas diferentes, aunque soslayando algunos
contenidos comunes: la lectura como actividad humana y como signo de ciudadanía; el debate
sobre la supuesta “crisis de la lectura” en los nuevos escenarios que plantean las culturas juveniles
y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación; el papel de la escuela en la forma-
ción de lectores; la función de mediación en los programas de formación y mantenimiento de
lectores, así como la función pedagógica de la biblioteca escolar como espacio de aprendizaje.
La obra se estructura en cuatro partes. Como apertura se presentan tres miradas complementa-
rias sobre distintos temas relacionados con la lectura y los jóvenes lectores: Luis Alberto Quevedo
en “Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red”, Anne Marie Chartier en “Lo que leen
los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación”, y José Antonio Millán
en “El lector en red”.
En segundo lugar, se incluyen varios trabajos monográficos sobre temáticas concretas: “Cons-
truir la escuela como comunidad de estudio”, de Delia Lerner; “La educación literaria”, de Teresa
Colomer; “De la mediación de la lectura o de cómo ir más allá”, de Didier Álvarez Zapata y Silvia
Castrillón; “Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones sobre los
orígenes y desafíos de las políticas públicas en Hispanoamérica”, de Elisa Bonilla; “Reescribir la
lectura = releer las bibliotecas. Redes y servicios públicos de lectura”, de Clara Budnick y Gonzalo
Oyarzun, y “Educación y cultura: conveniencias y posibilidades de una política de lectura inte-
grada” de José Castilho.
A continuación se presenta un informe sobre políticas públicas de lectura y bibliotecas escolares,
encargado al CERLALC y elaborado por Mary Giraldo.
El libro se cierra con la exposición de tres programas con trayectoria e importante repercusión
en Iberoamérica, planteados desde entornos y con objetivos diversos: el proyecto del Banco del
Libro de Venezuela, presentado por María Beatriz Medina; el programa de Bibliotecas Escolares
CRA del Ministerio de Educación de Chile, expuesto por Constanza Mekis, y las campañas y los
programas públicos de lectura emprendidos por el Ministerio de Educación de Argentina, en
escrito de Margarita Eggers.
Esperamos que la variedad de temas que abarcan estas páginas, las diversas perspectivas desde
las que se abordan los problemas y los interrogantes que suscitan los autores sean de interés para
los lectores.

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En perspectiva

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Nuevas subjetividades juveniles
en la sociedad en red
Luis Alberto Quevedo

TECNOLOGÍAS Y NUEVO ESPACIO PÚBLICO


El debate académico del siglo xxi está atravesado por la reflexión sobre la sociedad del conoci-
miento, las tecnologías de la comunicación, el fenómeno de las migraciones, los nuevos patrones
identitarios, los cambios en las culturas juveniles y la conformación de una nueva subjetividad.
Pero aun teniendo en agenda estos temas, realmente sabemos muy poco sobre el destino de estos
tópicos. Entre otras cosas, porque estamos viviendo intensamente estos cambios y, como ha ocu-
rrido siempre, las ciencias sociales suelen ser más eficaces a la hora de reconstruir fenómenos que
de predecir (o apenas hacer prospectivas) sobre lo que les está ocurriendo a nuestras sociedades.
Como les ocurre a los economistas con las crisis financieras globales. Sin embargo, hoy estamos
obligados a ensayar un diagnóstico que nos permita imaginar el futuro para actuar en el presente.
Lo que todos sabemos es que en estos últimos veinte años se han producido profundas muta-
ciones en los procesos de personalización, en el mundo del trabajo, en las instituciones básicas
que instituyó la modernidad, al tiempo que se establecieron nuevas claves culturales en relación
al mundo de las imágenes, la proliferación de los no lugares y la estetización de la existencia y la
producción de bienes y prácticas culturales caracterizadas por su inestabilidad y mutación per-
manente. Esto ha cambiado nuestra forma de percibir y actuar en el mundo y necesariamente nos
llevará a nuevas estructuras del conocimiento –y de la apropiación simbólica del mundo– que
estarán en discontinuidad con aquellas que conocimos en los últimos cuatro siglos.
El desarrollo de las nuevas tecnologías electrónicas para la transmisión y almacenamiento de
datos no solo ha impactado en estos territorios, sino que también han constituido un ecosistema
o ambiente donde se desenvuelve nuestra vida y donde se producen y recrean los lenguajes, sa-
beres, valores y orientaciones sociales que caracterizan a esta época. Y como el mayor impacto se
registra en la vida de los jóvenes, nos detendremos especialmente a mirar allí las marcas de estos
cambios y también a imaginar los mundos que se avecinan.
Comencemos por las tecnologías: nadie tiene dudas de que los niños y jóvenes se socializan hoy
en un entorno tecnocultural que puede ser considerado como una segunda naturaleza. Se trata
de un entramado tecnológico completamente nuevo que ha cambiado la geografía de los hogares,
el espacio público y la vida cotidiana de los jóvenes. El primer síntoma fue la multiplicación de
las pantallas de televisión y todos sus periféricos: videocaseteras, decodificadores, videogames,
DVD, filmadoras y otros tantos aparatos que se asociaron a la TV. Luego llegaron los equipos de
música de última generación, las computadoras, los juegos en red, los escáneres e impresoras y,
por supuesto, Internet. Los hogares se llenaron de cables y, si bien las diferencias de equipamiento
están muy relacionadas con las distancias socioeconómicas, lo que se verifica claramente en Amé-
rica Latina es que todos los sectores sociales están dispuestos a invertir en tecnologías.

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Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red

En este punto resulta importante destacar la experiencia social que ha significado el acceso a
Internet. La rápida expansión de la web en la sociedad contemporánea ha provocado también los
más variados efectos en el mundo de la economía, el trabajo, la educación, el espacio público, la
política y la guerra. Pero, aquí también, los modos de uso de esta tecnología, las formas específicas
de apropiación, varían según la edad, los grupos sociales, étnicos o lingüísticos y también por el
lugar geográfico de residencia. Pero, sobre todo, es entre los más jóvenes donde se puede apreciar
el impacto cultural de la red.
En todos nuestros países el acceso a Internet ha crecido de manera significativa, pero también
en todos lo ha hecho de manera muy desigual. No son iguales los tendidos físicos de redes que
conectan a un país, a una región o a un continente. Y no son iguales los equipamientos hoga-
reños, los lugares de acceso ni las formas en que se produce la conexión. Sin embargo, lo que sí
podemos constatar es que lo que más ha crecido en muchos países de Latinoamérica a diferencia
de los países desarrollados es el acceso desde los lugares públicos (locutorios, cibercafés, etc.), de
modo tal que Internet ha llegado a sectores de bajos ingresos que, aunque más no sea para jugar
en red, acceden a la web. Y dentro de este grupo también son los jóvenes los que sobresalen.
En esos espacios públicos/privados no solamente los jóvenes se conectan, sino que también
se vinculan personalmente, se encuentran, se miran, se enamoran, establecen disputas y se co-
munican.
El locutorio (o las cabinas públicas de acceso en todas sus formas) debe ser visto como un lugar
de sociabilidad, como un modo de ampliación del espacio público, como un lugar de encuentro
y también como un mecanismo de producción de localidad (o reterritorialización) en un contexto
marcado, como hemos dicho, por la inseguridad, la desigualdad y los déficit de acceso de las gran-
des mayorías. Todo esto, sin perder de vista los fenómenos estructurales que contribuyen a esta
“reclusión voluntaria” en apretados espacios de convivencia como son los locutorios o cibercafés.
Las amenazas del espacio público moderno (la calle y la plaza son en las grandes ciudades lugares
de inseguridad creciente) llevan a los jóvenes a encontrar seguridades en espacios no tradiciona-
les, semipúblicos, con el control de algún adulto, pero sin presencia paterna.
Pero en esta práctica no hay solamente una estrategia de resguardo o de cálculo económico en la
ecuación de costo-beneficio que ofrece la conexión en un locutorio público (frente a los costos de
la banda ancha hogareña, por ejemplo, que suelen ser altos en América Latina y no siempre están
disponibles). Hay allí también un deseo puesto en juego, un deseo de ingreso a los modos en que
se estructura la subjetividad en la sociedad contemporánea y en que se crean y reproducen los
lazos sociales. Este fenómeno nos revela un síntoma de época, ya que las relaciones personales
se dan al mismo tiempo en nuevos lugares de encuentro y sociabilidad, pero donde se producen
vínculos virtuales y donde la intervención y mediación tecnológica es creciente.
Este cambio en relación al espacio público está acompañado por otra transformación importante
para los jóvenes y para toda la sociedad: los cambio en los hogares. Detengámonos un momento
en este tema.

TRANSFORMACIONES EN EL HOGAR
Los cambios en la topología hogareña han sido tan importantes como lo son las modificaciones
que acabamos de describir en el espacio público. Durante algunos siglos, el hogar fue pensado
como un espacio social con reglas de poder completamente diferentes a las del Estado o a las de

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Luis Alberto Quevedo

otras instituciones sociales. El lugar de la intimidad familiar y la vida doméstica, el reino de la


autoridad paterna y de la crianza de los hijos, el espacio donde se combaten las fatigas, las enfer-
medades y las dolencias fueron algunas de sus características. Al mismo tiempo, el hogar burgués
fue un espacio privilegiado de la sociedad moderna donde tenía lugar la reproducción social: la
educación, la transferencia de valores, de ideologías y credos religiosos.
A comienzos del siglo xviii, los hogares europeos comenzaron a cambiar profundamente y se
conformó una topografía en la que era posible distinguir espacios íntimos, privados y públicos.
Y fueron justamente las tecnologías de la época, la imprenta y el desarrollo de la escritura, las
que modificaron la geografía hogareña en la modernidad. La pluma y el libro abrieron espacios
de intimidad dedicados al ejercicio privado de la lectura y la escritura, pero fueron también los
elementos culturales que dieron cabida en el hogar a un espacio de universalidad. En la primera
mitad del siglo xx, el teléfono doméstico fue también un contacto con el mundo, especialmente
para las mujeres que desarrollaban desde allí una parte de su vida social.
Con las nuevas tecnologías de los últimos veinte años se ha producido un cambio cualitativamen-
te distinto, ha cambiado el estatuto de poder en el seno del hogar. Una brecha inesperada en el
manejo del conocimiento ha marcado una distancia cultural que desconocíamos: son los niños
los que saben y los adultos los que deben aprender de ellos.
Pero, además de este cambio, hay otra forma de geo-referenciar a los hogares y de comprender
sus lazos con el mundo exterior. La presencia de la televisión, las computadoras y los celula-
res rompe lo que solía ser un mundo donde el círculo padres-niño mantenía cierta autonomía.
Cuando un niño ingresa, por ejemplo, en el chat (y la edad de ingreso es cada vez más baja) entra
en una conversación inacabada y en una especie de virtualidad cultural, como una ciudad con
barrios sin localidad, habitada por una comunidad imaginaria de moradores que viene de oríge-
nes remotos y donde las visitas inesperadas (e incontroladas) son cada vez más frecuentes. Esa
comunidad no tiene nada que ver con la familia, ni con el barrio, ni con la ciudad que conocimos
en la modernidad.
Si el niño es, en efecto, un invento del siglo xviii, recordemos que en la segunda mitad del si-
glo xx se produjo otro invento que revolucionó la estructura familiar y que podemos denominar
de modo genérico la cultura juvenil. Esta supuso un primer gran cambio: la creación de nuevas
formas de comunicación, estéticas, lenguajes, circuitos culturales, vestimentas, gustos musicales,
hábitos de consumo, espacios urbanos, ideologías y estructuras propias de poder, que de alguna
forma impactaron en el hogar bajo la forma de una nueva configuración de territorios. Hasta hace
pocas décadas, nuestras casas estaban bajo la hegemonía de los adultos, con reglas impuestas por
los padres y con una topología que respondió a un modelo de familia que hoy ya casi no existe.
Pero debemos tomar nota de que todo esto ha cambiado y que difícilmente volveremos a una
configuración como aquella que conocimos durante el siglo xix y buena parte del xx.
Tal vez debamos cambiar las denominaciones clásicas del espacio doméstico (living, comedor,
cocina, dormitorios y cuartos de baño) para analizar estas nuevas estancias como nodos de una
red de comunicación donde cada espacio se define a partir de las tecnologías que lo habitan, las
reglas de poder que lo rigen y los sistemas de ingresos y egresos (reales o virtuales) que los distin-
tos habitantes de la casa establecen al ocuparlo. Lo que para un habitante del hogar puede ser un
dormitorio (lugar para dormir), para otro puede ser el nuevo espacio público de reunión con sus
distintos vínculos afectivos.

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Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red

Derrick de Kerchove, en su libro La piel de la cultura, dice que la televisión le habla al cuerpo. Las
nuevas tecnologías de la comunicación tienen también una estrecha relación con el cuerpo de los
jóvenes: lo conectan al mundo, lo habitan de sonidos, lo excitan con imágenes, lo aíslan cuando
transita por el espacio público y lo hacen vibrar en medio de los mayores silencios. Las nuevas
tecnologías funcionan más que nunca como prolongaciones del cuerpo, para usar la conocida
metáfora de Marshall McLuhan.
Por todo esto, los niños y adolescentes están sufriendo cambios significativos en su estructura
psicológica, su lugar simbólico en la sociedad y en los modos de uso y tránsito dentro del tejido
urbano. Pero también en sus hogares. Allí suelen delimitar aquellos territorios que consideran
propios y de inmediato los pueblan de tecnologías y establecen un sistema de “privacidad den-
tro de la privacidad” que lo vuelven incomparable con lo que conocimos en los años cincuenta
o sesenta del siglo xx. Antes los jóvenes pretendían una vida privada y propia fuera del hogar
de origen: hoy muchos jóvenes pretenden fundar una territorialidad de nuevo tipo sin abando-
nar la casa familiar. Es probable que en un futuro no tan lejano estos mismos jóvenes decidan
emigrar de forma temprana de los hogares paternos y que, antes que bregar por la soledad o la
independencia, es probable que apunten a la formación de pequeñas comunidades de perte-
nencia.
A estos cambios en el poder hogareño se suma una mutación importante en el espacio público:
lejos de ser un lugar de encuentros y socialización, en las grandes ciudades aparece como espacio
hostil o de amenaza, y la revolución que introducen las tecnologías digitales en materia de nuevos
lenguajes, valores, formas de comunicación interpersonal, etc., nos obliga a pensar en una nueva
cartografía social en la que los individuos circulan por espacios públicos y privados que ya no tie-
nen que ver con aquello que fue típico de la modernidad: ni la calle y la plaza pública son objetos
de deseo, ni el hogar de los padres es para los jóvenes una frontera inexpugnable.
Los jóvenes están hoy en el centro de la escena cultural de muchas maneras: primero, porque
vivimos en una época de algo así como de endiosamiento de una etapa de la vida que es la ju-
ventud, de una cultura del no envejecimiento, que valoriza ser joven sobre cualquier otra cosa. Lo
anterior es cierto, pero saliendo de este tema un poco más antropológico y más de época, yo diría
que los jóvenes están en el centro de la escena cultural del siglo xxi también por otros temas:
ante todo, porque son el blanco preferido de las industrias culturales. La oferta de las industrias
productoras de tecnologías, del cine, del disco, del teatro o de la música para los niños y jóvenes
es arrasadora. Las industrias culturales atacan cada vez más a los chicos con ofertas dirigidas a
ellos, porque son además quienes tienen cada vez más capacidad de tomar decisiones en el seno
de la familia.
En efecto, los jóvenes son hoy los que definen e impulsan buena parte de los gastos del hogar, el
gasto familiar relacionado, sobre todo, con la aparatología electrónica está bajo su órbita, pero
también el esparcimiento, las vacaciones y el uso del tiempo libre. Es probable que en los próxi-
mos años esta tendencia se profundice y sean cada vez más los niños los que definen en qué es-
cuela estudiarán, dónde irán de vacaciones y cuáles son las películas que verán sus padres.
Pero sigue siendo hoy el hogar un territorio al que debemos prestar especial atención en el
momento de indagar sobre los nuevos vínculos sociales de los jóvenes, cuando pensemos en
la orientación del gasto familiar, el lugar de residencia y en las nuevas claves del poder genera-
cional.

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CELULARES
He mencionado más arriba una tecnología que se ofrece hoy como un condensador de medios
de comunicación, que ha modificado por dentro y por fuera a los jóvenes y que oficia como un
espejo del proceso de personalización: el teléfono celular o móvil.
El planeta entero ha vivido una expansión nunca imaginada de esta tecnología. Lo hizo de forma
desigual y en tiempos distintos, pero lo ha hecho con la fuerza que le dio una industria muy agre-
siva, una demanda sostenida de los consumidores y el abaratamiento de los costos de los aparatos,
aunque no de las tarifas. En particular, América Latina ha llegado –en los últimos cinco años– a
los estándares de penetración de los países más desarrollados: algo más de un teléfono móvil por
habitante, aunque no todos los habitantes tengan un teléfono móvil.
Por este motivo, nuestros países comienzan a vivir en estos años el impacto de estas tecnologías
que de distintas maneras modifican las formas en que se establecen los vínculos entre las perso-
nas, pero que también impactan en el mundo del trabajo, la economía, la política, etc.
El teléfono celular es hoy un dispositivo estratégico tanto desde el punto de vista industrial como
en su capacidad de resumir en un solo aparato casi todos los medios que conocimos en el si-
glo xx: es al mismo tiempo una filmadora, cámara de fotos, agenda, navegador de Internet, radio
FM, índice telefónico, mail, etc. Deberíamos tener el coraje, creo yo, de cambiarle el nombre de
teléfono para alejarlo un poco de lo que fue el gran invento de Graham Bell en el siglo xix. Un
aparato del que todavía sabemos poco, que se ha revelado como un localizador instantáneo de
personas (una especie de GPS voluntario que cada uno de nosotros lleva consigo) y cuyas conse-
cuencias culturales son todavía impredecibles.
Estas son las nuevas tecnologías con las que los niños nacen: un parque de objetos hogareños y
personales, que de inmediato son incorporados a su vida cotidiana y al cual aceptan como parte
del mundo en el que viven y por eso lo naturalizan. Estas tecnologías –sobre todo la telefonía ce-
lular– se han transformado en una parte de la vestimenta con la que hay que salir de casa, se han
convertido en un pliegue del cuerpo, en un aparato incorporado a su vida de relaciones y que, por
lo tanto, también ingresan a las instituciones donde transitan: la escuela, los cines, los espectácu-
los, los cafés y el espacio público.
Como dijimos antes, reflexionar desde una perspectiva social sobre lo que pasa mientras está pa-
sando, en estos tiempos de vértigo tecnológico, siempre plantea problemas: todo lo que decimos
queda obsoleto casi inmediatamente o debe ser complejizado o se transforma en otra cosa o cam-
bian los usos. Quienes trabajamos, investigamos y hacemos docencia en este territorio sabemos
que aparecen de manera constante temas novedosos y enfoques cambiantes para pensar el modo
en que las nuevas tecnologías generan prácticas sociales y culturales en el mundo, lo que nos lleva
a ejercer una especie de vigilancia epistemológica permanente sobre este territorio. En el final del
siglo xx resultó imposible imaginar la aparatología que está hoy disponible. Es muy probable que
dentro de diez años contemos con un mundo tecnológico tan diferente al actual como imprevisi-
ble e inimaginable. Y tal vez la industria logre concretar en algunos años dos promesas que siguen
pendientes: volver a los aparatos más transparentes y borrar hasta donde sea posible la frontera
entre la piel y el artefacto.
Pero el celular aporta hoy varias novedades sobre las que nos debemos detener. La historia de
los medios de comunicación nos ha acostumbrado a trazar siempre las líneas de continuidad

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Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red

y ruptura: diarios-radio, radio-cine, cine-TV, TV-Internet, etc. También podemos adoptar otras
perspectivas y hablar, con una mirada tecnológica, del pasaje del modelo analógico al digital, de
los softwares cerrados a los abiertos, de las computadoras aisladas al funcionamiento en redes, de
una aparatología aislada a la convergencia digital, entre otros. Pero hay una perspectiva sobre la
que se ha escrito menos: la evolución de la portabilidad de los medios de comunicación, desde
aquellos viejos aparatos “sedentarios” y gregarios, en tanto reunían a la familia a su alrededor,
hacia otros crecientemente portátiles y personales.

PORTABLES Y PERSONALES
La portabilidad, esa dirección hacia la cual evolucionaron los medios, unida al fenómeno de la
personalización, da como resultado significativos cambios sociales, nuevos circuitos urbanos y
constituye otra alteración en la percepción del tiempo y del espacio, tal como sucedió con cada
avance tecnológico.
Las sociedades fueron volviéndose cada vez más ligeras. Al menos desde la Edad Media y hasta
el siglo xx se pensaron con una estabilidad y una perdurabilidad que no se registran en las socie-
dades actuales. Los dispositivos de los que los hombres se rodeaban eran voluminosos, pesados,
en algún sentido únicos y hechos para durar mucho tiempo. El avance de la tecnología, la repro-
ducción en serie y la industria cultural fueron creando objetos cada vez más pequeños, menos
duraderos y más reemplazables rápidamente por otro mejor. Aprendimos a convivir con la obso-
lescencia planificada y hasta empezamos a ganarle a su misma durabilidad: hoy la frecuencia de
recambio del celular es significativamente mayor que la vida útil de esos aparatos.
La portabilidad es el fruto de sociedades en constante movimiento, con individuos que necesitan
revestirse de los objetos que utilizan, tenerlos siempre consigo. Algo así como un “hombre cara-
col” que se lleva su vida simbólica a cuestas en uno o varios pequeños dispositivos.
Tomando la palabra ‘tecnología’ en un sentido amplio, la historia de su portabilidad se remonta
más allá en el tiempo, hasta el comienzo de la cultura. La escritura, contra la que luchaba Platón,
con su capacidad de trascender la palabra inmediata, es la primera forma de portabilidad cultural
y comunicacional. La portabilidad de los medios de comunicación instantánea comenzó con la
radio portátil, que tuvo gran impacto en los años cincuenta y sesenta. Incluso cuando la televi-
sión ocupó el lugar de la radio en el living familiar, la existencia de la radio portátil permitió que
la radio migrara a otros espacios donde la televisión no podía llegar. La portabilidad de la radio
llegó al trabajo, a la calle y al auto.
La portabilidad de la música, por su parte, no solo se vio reflejada en la radio a transistores, sino
también en los “minicomponentes” a pila. El hip hop, un ritmo global muy exitoso entre los jóve-
nes, es producto de las reuniones con música portátil. Surgió como movimiento cultural a princi-
pio de los setenta en las comunidades afroamericanas e hispanas en los barrios neoyorquinos de
Bronx, Queens y Brooklyn, donde los jóvenes se juntaban a escuchar música, bailar breakdance
y rappear. Sin embargo, este caso es diferente al del mp3, el celular, ipot, la notebook, mp4, etc.
El pasacasetes creaba comunidad en el sentido de que los jóvenes se reunían en un espacio. En
la portabilidad actual no hay reunión, sino individuo puro, que puede hacer red con otros, pero
sostenido en una experiencia extrema de individuación.
La evolución del celular ha permitido disminuir su tamaño y peso: baterías más pequeñas y dura-
deras, pantallas más nítidas con colores y software más amigable son algunos de los atributos que

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fueron adquiriendo los celulares en su proceso de achicamiento. Es decir, los celulares de última
generación refuerzan la autonomía e independencia del sujeto, garantizan su ubicuidad, prome-
ten la conexión sin fronteras.
Los jóvenes que han venido al mundo de forma contemporánea a estas tecnologías las incorporan
más “naturalmente” a su equipamiento básico y se las pegan al cuerpo: así el teléfono, además de
un medio de comunicación, forma parte de sus marcas de identidad, de aquello que los nombra
y los distingue.
En el mundo de los jóvenes, cuerpo y tecnología se mimetizan cada vez más. De hecho, el término
finlandés que denomina al teléfono móvil es känny, que significa pequeña mano. La tecnología
como prolongación del cuerpo, esa vieja preocupación teórica y cultural de Marshall McLuhan,
vuelve a resonar en el siglo xxi con la misma fuerza que en los años sesenta. Y esta práctica tecno-
cultural está produciendo (y probablemente se profundice cada vez más) un estilo de vida móvil,
que ponga a los sujetos en una especie de vida nómada permanente basada en la conectividad
perpetua y en la no linealidad de sus recorridos.
El desarrollo tecnológico entonces produce o acelera cambios no solamente en relación a la con-
vergencia digital y a las organizaciones sociales (formaciones de redes, nuevos vínculos sociales,
etc.), sino también en cuanto a la concepción del tiempo y del espacio. Las transformaciones en
el tiempo y en el espacio no tienen su origen en la modernidad ni son resultado de la revolución
digital. Ya desde el mundo premoderno se puede comprender la influencia de cambios tecnoló-
gicos y de la portabilidad de la tecnología en la concepción del tiempo y del espacio, así como en
su separación. Las culturas premodernas tenían sus propias formas de calcular el tiempo. Pero la
noción del “tiempo” estaba siempre vinculada a un “espacio” (lugar) determinado.
La digitalización y la expansión de las nuevas tecnologías han producido un vaciado temporal,
que en realidad ha sido una precondición para el vaciado espacial y como tal tiene prioridad
causal sobre este, porque la coordinación a través del tiempo es la base del control del espacio.
Asimismo, los avances tecnológicos también separaron paulatinamente el espacio del lugar. El
avance de los medios de comunicación permitió mantener relaciones entre personas localizadas
a distancia. Pero en las condiciones actuales tanto de las relaciones laborales como personales
el lugar se hace crecientemente fantasmagórico: los jóvenes (y cada vez más, los ciudadanos en
general) están en sus redes y no en un espacio físico.

ESCRITURAS
Los jóvenes no privilegian la voz en el uso del teléfono, sino que tienden a incorporar los mensa-
jes de texto y reducen al mínimo el habla (lo hacen casi exclusivamente con sus padres o adultos,
pero no con sus pares). Es más, con esto ya muestran una distancia con los mayores a quienes les
resulta extraña y difícil esta práctica.
Uno de los fenómenos más notables que arroja esta nueva práctica de escritura consiste en ha-
cernos vivir algo así como una vuelta al género epistolar, pero ahora a través del teléfono y de la
mano del mail. Si la invención del teléfono en el mundo de las telecomunicaciones del siglo xx dio
lugar a que el ámbito privilegiado de comunicaciones fuera la voz (desplazando al género episto-
lar), el teclado de computadora se extiende al dispositivo celular: los jóvenes se envían mensajes
de texto, como opción más barata, pero también como continuación del chat, y todo esto a tra-
vés de lenguajes y escrituras de última generación.

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El tipo de escritura, que está en parte condicionada por el medio, las palabras cortadas y las fra-
ses cortas son una exigencia de un diálogo que, si requiriera de frases largas, se volvería lento y
aburrido, y en parte se constituye en un código propio: el uso de la fonética (ke kontas?) no es por
rapidez de escritura, sino que debe ser interpretado como la construcción de un código propio.
Los niños detectan si un adulto entra en el messenger justamente porque tiende a escribir de ma-
nera diferente, siguiendo las reglas del siglo xx.
El tópico de conversación es otra característica de este tipo de comunicación. El chat suele des-
plegar un espacio de comunicación donde se habla esencialmente de nada. Podemos decir que
es puro contacto, justamente porque no equivale a una conversación ni del mundo real (cara a
cara), ni telefónica, ni de una comunicación realizada por carta. Lo interesante es que los chicos
marcan en sus escuelas o lugares de encuentro una hora para conectarse y a esa hora todos se
ponen on line para sostener infinitas “charlas” paralelas de este tipo, es decir, de nada. Estamos sin
duda frente a nuevos modos de relación, no verbal ni corporal, sino virtual, que como las otras
modalidades tiene características y reglas propias.
El uso del nick name tiene relación con las identidades inestables de las que se hablaba más arri-
ba. El nick, que es la tarjeta de identificación de cada “hablante”, cambia cada dos o tres días y
tiene una lógica de construcción en la que debemos detenernos. Mi nick de hoy no será el mismo
el fin de semana y menos aún dentro de 15 días. Pero no solamente porque cambia, sino porque
además tiene diferentes lógicas de enunciación. Puede ser:
– un mensaje a otra persona: (l) (h) (K) flor no t v@ll@s d l@ €scu€l@ x q v@ @ €st@r todo m@l
(l) (traducción: Flor, no te vayas de la escuela porque va a estar todo mal);
– una broma: $-3-#!”-=<GUiDO>$-3-#!” Si El TiEmPo FuErA OrO lOs VaGoS sErIaN rIcoS);

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Luis Alberto Quevedo

PRÁCTICAS DE PROXIMIDAD
Una persona puede estar físicamente en un lugar y socialmente en otro a partir de la conversación
que está manteniendo por su celular. Esta superposición de espacios afecta también a la escena en
la que se encuentra físicamente la persona. Muchas veces el lenguaje corporal del espacio virtual
no tiene nada que ver con el espacio real donde se encuentra la persona: una clase en la univer-
sidad, una reunión de trabajo y charla entre una madre y su hijo mientras esta viaja en autobús
genera una ruptura de espacios. También un trabajador dándole indicaciones por celular a un
compañero mientras está en un espectáculo deportivo o en una reunión social forma parte de
esta nueva deslocalización.

Las relaciones sociales a través de los medios de comunicación ya no están atadas a un lugar con-
creto, sino que están atadas a una persona. Por eso la primera pregunta que se hace a cualquiera
que llama desde un teléfono celular es: ¿dónde estás? Por otra parte, y a diferencia del acceso a
Internet, el celular es una tecnología que tiene una enorme capacidad de producir transversalidad
tecnológica en todos los segmentos socioculturales, etarios y de ingresos, en cualquier pirámide que
seamos capaces de construir.

Considerando lo dicho anteriormente, podemos decir que, sin embargo, existen al menos dos cla-
ses de brechas en el uso y apropiación de las TIC que modifican el modo en que se estructuran las
subjetividades en las sociedades contemporáneas. Podemos afirmar que, además de las brechas
de acceso (ligadas muy directamente a las desigualdades económicas o culturales que operan en
el mundo analógico), se registra: a) una brecha generacional en el consumo y la incorporación
de las tecnologías digitales, fundamentalmente en lo que hace a las destrezas de los jóvenes en el
manejo de los lenguajes audiovisuales y digitales, y b) una brecha en la disponibilidad al acceso, ya
que los jóvenes –para quienes las TIC forman parte de su entorno natural– desarrollan estrategias
de apropiación y uso de las tecnologías que a los adultos les resultan más lejanas y dificultosas.

¿Qué impacto tienen estos fenómenos en el campo de las subjetividades juveniles y las tecno-
culturas del siglo xxi? En primer lugar, y como hemos dicho más arriba, que los jóvenes han
nacido o se han educado/socializado en entornos donde lo digital se comporta como naturaleza.
En segundo lugar, los jóvenes suelen tener una visión positiva de las tecnologías (no se vinculan
con ellas a partir de un juicio crítico) y tienden a incorporarlas a su vida como herramientas que
están a la mano. Alguien dijo que un aparato se comporta como tecnología únicamente para las
personas que nacieron antes de que fuera inventada. Y en este sentido, las nuevas generaciones,
socializadas en el uso de las pantallas, viven la tecnología actual con naturalidad, sin la sensación
de estar frente a máquinas extraterrestres. Su mayor proximidad y familiaridad en su manejo les
impide caer en la mirada negativa y puesta a la defensiva de muchos adultos. Pero, en rigor, la
nueva generación digital no es tecnófíla ni tecnofóbica, simplemente nació en las tecnoculturas y
no se interroga sobre ellas: forman parte de su ambiente.

Ahora bien, ¿cuáles son las características de este nuevo ambiente?

Es un ambiente veloz, es decir, donde el procesamiento de información duplica o triplica la veloci-


dad de los procesos que caracterizaron el mundo de sus padres. Los videojuegos son un entrena-
miento básico para la adquisición de esta habilidad, y estas destrezas no nos hablan de una solidez
reflexiva en el momento de la toma de decisiones que deviene de tal proceso, sino de la rapidez de
respuesta ante los estímulos que recibe.

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Nuevas subjetividades juveniles en la sociedad en red

Han cambiado los parámetros espacio-temporales. Como resultado de un mundo de chips y de


procesadores (máquinas y hombres) de alta velocidad, los tiempos se redujeron al instante, y
las distancias son equiparables a los clicks que hacemos con el mouse. En este sentido, la digita-
lización del mundo y la globalización de las comunicaciones y los mensajes han generado una
sensación de proximidad temporal-espacial que lleva el patio de la casa hasta el lugar más recón-
dito y al futuro como una forma del presente. La combinación de comunicaciones sincrónicas y
asincrónicas acompaña la mezcla de temporalidades y provoca en los jóvenes una experiencia,
desconocida por los adultos, basada en la superposición de temporalidades y no en la elección de
una de ellas.

Se registra una crisis –y también una ruptura– de la linealidad que caracterizó tanto a la galaxia
Gutenberg como al mundo industrial del capitalismo fordista. Estamos frente a la primera genera-
ción que accede a un medio no lineal de aprendizaje y que superpone tareas en el momento de la
adquisición de conocimientos. El mundo de los hipertextos (y de los entornos que nos proponen
las pantallas) supone el corte con la secuencialidad y arroja a los usuarios a la apertura de una
arborescencia de rumbos que implica el desvanecimiento de jerarquías de lectura con definido
acotamiento (centro-margen; tiempo-espacio). Esto significa que estamos ante una organización
de la información que no sigue el orden secuencial del texto y la escritura que fundó la moder-
nidad.

Los jóvenes se socializan según un procesamiento en paralelo, esto es, una práctica que les ha
hecho adquirir la destreza de realizar varias actividades a la vez. Se trata de una práctica de mul-
titarea permanente que puede plasmarse en trabajar en diferentes cosas a la vez, como en recibir
el estímulo de distintos medios (música, TV, chat, telefonía, etc.). Por este motivo, la escuela suele
tener problemas con los alumnos que se han socializado en entornos de estímulos múltiples y que
son recibidos por arquitecturas del siglo xix que esperan la atención en un solo punto y en un
solo texto.

Dada la experiencia de vivir en un mundo interconectado, los jóvenes viven experiencias de en-
redamiento y conectividad en las que sus operaciones de intercambio simbólico se dan siempre
en medio de múltiples accesos a redes sociales, bancos de información y participación en comu-
nidades flexibles, cuyos usuarios (de un blog, chat o de una red social) producen sus intercambios
sin que esa actividad se inscriba siempre en un orden de navegación y permutación permanente
que hace que toda relación sea siempre débil, mutante y efímera, como la mayoría de los pro-
ductos culturales que los jóvenes “suben” a YouTube, cuyo objetivo central consiste en estar allí y
entrar en contacto con los otros, más que volverse únicos e inmortales.

Como la práctica cultural de la navegación y la conectividad se realiza siempre con otros (de
manera sincrónica o diacrónica, pero siempre con otro enfrente), las posibilidades de interac-
ción aumentan en forma exponencial y el caudal de información crece de manera también ex-
ponencial. Estas nuevas herramientas facilitan la constitución de un entorno colaborativo, que se
expresa en la fundación de comunidades virtuales, la propuesta de “código abierto”, la literatura
hipertextual, las enciclopedias y glosarios de creación colectiva que forman parte de este nuevo
mundo de pertenencia. En este sentido, un buen ejemplo es la creación musical (sobre todo, de la
llamada música tecno), que suele realizarse siempre de manera colectiva y que ha abierto debates
en torno a uno de los conceptos centrales del capitalismo como es el de “propiedad intelectual”
de las obras.

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Estas prácticas de los jóvenes en el ciberespacio forman parte de la imagen del mundo que se for-
jan y muy pronto entra en colisión con el mundo que vivieron sus padres o abuelos. Los jóvenes
se sienten libres en un entorno digital que esencialmente no está dominado por los adultos, sino
por ellos mismos. Viven una experiencia de autonomía de los adultos y un sentimiento intenso de
libertad. Las TIC representan una nueva frontera, un lugar donde se sienten libres, como en la
noche, en las casas de sus amigos o en los lugares de baile. La autoridad de los adultos se diluye o
desaparece en la web y ese terreno es vivido como propio por todos los jóvenes.

En el ciberespacio, los adolescentes –y, en rigor, también los adultos– pueden inventarse, trabajar
sobre su personalidad, construir subjetividad y adoptar toda clase de roles, identidades e his-
torias, cambiando su nombre, edad, lugar de residencia e incluso su género. Estas experiencias
podemos considerarlas como una práctica de exploración de la identidad, donde la metamorfosis
y la experimentación forman parte de las nuevas reglas del juego. En aquellos procesos clásicos
de la adolescencia (donde los jóvenes tramitan sus identidades) encuentran en el ciberespacio un
terreno dúctil para la experimentación y el juego de roles. La posibilidad del anonimato estimula
a crearse distintas personalidades y experimentar con ellas aprovechando la flexibilidad –y segu-
ridad– que ofrecen los ambientes virtuales.

Justamente, es durante la adolescencia donde el sentimiento de pertenencia a un grupo es consti-


tutivo del proceso de construcción de la propia identidad. Como lo hemos dicho antes, el ciber-
espacio les ofrece la posibilidad de conocer un número ilimitado de personas y grupos con los
que interactuar. Pueden dejar un grupo y rápidamente integrarse a otro o constituir uno nuevo
generado por ellos mismos acorde a sus necesidades e intereses, lo que en buena medida equivale
a decir al proceso de desarrollo de su identidad. A través de su participación en estas comuni-
dades virtuales, los jóvenes experimentan la cibergrupalidad generando nuevas relaciones, expe-
rimentando intensamente sus vínculos, que no necesariamente terminarán en relaciones cara a
cara, sino que se pueden mantener por mucho tiempo en el plano ambiguo, frágil pero intenso,
de la virtualidad.

De esta manera, los jóvenes están viviendo experiencias de la subjetividad y formas de construc-
ción de identidades que eran desconocidas por las generaciones anteriores. Tecnologías, cultura y
procesos de personalización parecen haberse encontrado en el ciberespacio y dan lugar a nuevas
experiencias del yo. Las oportunidades que se abren con el despliegue de las nuevas tecnologías
son enormes, tanto como los desafíos vinculados a la socialización de los jóvenes y a estos proce-
sos más complejos que involucran la formación de identidades.

No es fácil imaginar el futuro de este territorio cambiante, impredecible y de experimentación.


Pero de lo que podemos estar seguros es de la novedad que traen todos estos procesos: vivimos
una verdadera ruptura generacional en el campo de las experiencias del yo, donde los adultos,
como nunca, están descolocados en un mundo que crearon, pero que no dominan. Detrás de
todos estos temas se encuentra la acción de las nuevas tecnologías, pero los interrogantes no son
técnicos, sino sociales y políticos. La construcción de los vínculos interpersonales, la producción
de ciudadanía y de identidades están en el centro de los debates de la modernidad y lo siguen es-
tando en los albores del siglo xxi. Más allá de constatar el profundo impacto que han provocado
las TIC en este pantanoso terreno donde se forja la subjetividad.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones
educativas: de la transmisión a la mediación1
Anne Marie Chartier

En los albores del siglo xxi, aquellos a quienes compete que las generaciones jóvenes lean tienen
que atender a dos temas urgentes. El primero es el de convertir a un niño analfabeto en un lector
autónomo que lea “deprisa y bien”, como suele decirse, lo cual está ya a punto de lograrse cuando
los niños vuelven a leer solos esos libros que alguien les había leído antes; y la meta se alcanza
cuando los adolescentes eligen personalmente los libros que les gustan. Así es como, merced a la
acción conjunta de la escuela, la familia, los editores y las bibliotecas, sigue vivo un patrimonio
inmaterial. Ese patrimonio, constituido pacientemente con el paso de los años, al que enriquece
continuamente la aparición de obras nuevas y que no pertenece a una sola nación, es la literatura
juvenil.
Lo que nos jugamos en esta transmisión es tan evidente que no siempre se explicita. Mediante
textos que engloban realidad y ficción, documentos y narraciones, lengua e imagen, códigos cul-
turales varios y estructuras simbólicas estables, los niños van descubriendo poco a poco cuántos
goces y penas hay en el mundo, cuántas maravillas y cuántos peligros, pero también cuántos
conocimientos por adquirir, cuántos enigmas o misterios por entender, cuántos seres humanos
por descubrir. La literatura es, está visto, un recurso inagotable: proporciona palabras que per-
miten una representación del mundo, colma de sentido las experiencias personales, permite que
los lectores vean situaciones que no han de vivir nunca, para que así puedan pensar en ellas.
Por lo demás, dado que nada más útil que saber leer puede darse en nuestras sociedades, en don-
de los textos escritos son omnipresentes, no hay quien no destaque que leer libros repercute en
los resultados escolares. La satisfacción de leer esas experiencias, reales o imaginarias, incrementa
la capacidad del niño lector para leer solo, le aporta un vocabulario más rico, aguza su capacidad
de análisis y contribuye a sus logros2. Se combinan de este modo el propósito funcional de “saber
leer” y la riqueza cultural de los libros, lo útil y lo grato, el pan y las rosas.
Eso no quita para que el lugar del libro en nuestras sociedades se halle en plena evolución. Todo
tipo de cambios rivalizan con el libro y lo ponen en cuestión. Las revoluciones tecnológicas (te-
levisión, Internet), económicas (globalización, competencia), ecológicas (urbanización, conta-
minación), sociales (migraciones, empobrecimiento) han modificado tan deprisa los ámbitos de
vida de los niños que las prioridades educativas del pasado no pueden perpetuarse sin cambios.

1
Este capítulo, originalmente escrito en francés, ha sido traducido por María Teresa Gallego Urrutia.
2
Stanovich, K. E., “Matthew effects in reading: some consequences of individual differences in the acqui-
sition of literacy”, Reading Research Quaterly, 21, 1986, pp. 360-407. Rieben, L. y Perfetti, C. (eds.),
L’apprenti lecteur. Recherches empiriques et implications pédagogiques, Neuchâtel, Delachaux et Niestlé,
1989.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

En los países en donde abundan los libros en el entorno social y escolar, las encuestas nos dicen
que los adolescentes dejan de leer y prefieren otras formas de ocio más participativas (deportes,
música, videojuegos) incluso entre las clases privilegiadas en las que hay alumnos que salen ade-
lante con brillantez en estudios científicos o técnicos, aunque “no les guste leer”. Vemos en otras
encuestas que los alumnos no entendieron bien con frecuencia esos textos literarios que dicen
que les gustaron; y en muchas ocasiones no fueron sino un pasatiempo efímero que olvidaron en
seguida. Esas constataciones, realistas o pesimistas, constituyen otra cuestión urgente más para
los educadores. ¿Cómo concebir un proyecto educativo basado en la lectura que no mire al pasa-
do, sino que se halle afincado en el presente y el porvenir? En las circunstancias actuales, ¿pode-
mos seguir creyendo en las virtudes redentoras de los libros y de la lectura de la misma forma que
en los tiempos en que no existían ni la televisión ni los ordenadores ni Internet?

LA NUEVA EDUCACIÓN, LAS LECTURAS EDUCATIVAS


Y EL MODELO PACIFISTA DE LA DÉCADA DE 1920
El papel de la literatura juvenil tal y como acabamos de formularlo data de la década de 1920.
Nació tras el desastre humano y el traumatismo social de la Primera Guerra Mundial, que aca-
baron con la confianza en los propósitos políticos que engendró el final del siglo xix. La escuela
obligatoria y gratuita3 se sumaba al derecho de voto, a las libertades civiles, al triunfo de la cien-
cia, de la medicina y de las técnicas industriales. Todo ello parecía prometer mejoras sin tasa
de la seguridad y del bienestar social. La guerra de 1914-1918 dio al traste con esas esperanzas.
Los educadores que sobrevivieron al desastre sabían ahora que ni la alfabetización generalizada,
ni la democracia, ni la ciencia, ni el progreso científico serán nunca suficientes para conservar
la paz. ¿Qué hacer como no fuera “educar de otra manera” a las generaciones jóvenes a las que
correspondería concebir un mundo nuevo? Por ello, los pensadores de la nueva educación y los
psicólogos infantiles enseñan a los educadores a que vean en el niño un ser que aprende tanto
con sus iguales cuanto con los adultos. Se instruye con el estudio, pero también con el juego; con
el esfuerzo, pero también con lo placentero; se construye4 mediante la interacción y se desarrolla
mediante la acción. “Learning by doing”, escribe Dewey para dejar asentada la supremacía de los
métodos activos sobre la clase magistral.

Por vez primera busca la educación sus principios y sus bases en algo que no sea la “transmisión”.
¿Qué hacer, pues, en adelante con los conocimientos heredados del pasado? ¿Dónde poner la his-

3
La escuela se convirtió en obligatoria por ley en 1736 en Prusia, en 1764 en Sajonia, en 1802 en Baviera,
en 1842 en Suecia, en 1848 en Noruega, en 1868 en España, en 1869 en Austria, en 1872 en Escocia, en
1874 en Suiza, en 1877 en Italia, en 1878 en Portugal, en 1880 en Inglaterra, en 1882 en Francia. En Es-
tados Unidos la escuela era obligatoria en unos doce Estados en 1880 (fuente: Dictionnaire de pédagogie
et d’instruction primaire, bajo la dirección de F. Buisson, Hachette, 1887). El hecho de votar esa ley no
quería decir que fuera de aplicación inmediata. En Francia, la gratuidad se votó en 1880, pero la escuela
obligatoria y laica, que proscribía la religión del programa de enseñanza, no se votó hasta dos años des-
pués, en marzo de 1882.
4
La psicología del niño en que coinciden, pese a sus diferencias teóricas, Wallon, Vygotski y Piaget recibe
el nombre de “genética” (estudia la génesis del desarrollo), “desarrollista” (elabora una teoría de las etapas
del desarrollo), o “constructivista” (el individuo se construye mediante la interacción del hecho biológico
y del hecho social).

28

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Anne Marie Chartier

toria y la literatura? Por entonces, se consideraba la lectura como algo que se recibía pasivamente5,
puesto que el texto es una autoridad. En eso consisten, al tiempo, la fuerza de su influencia y las
limitaciones de sus méritos: para que la lectura resulte benéfica, el lector debe estar acompañado.
Escribe Henri Wallon, al citar el primer Congreso de la Liga Internacional de Educación Nueva de
1921: “Pareció entonces que para garantizar al mundo un futuro de paz nada podía resultar más
eficaz que desarrollar en las generaciones jóvenes, mediante una educación adecuada, el respeto
por las personas. Así podrían florecer esos sentimientos de solidaridad y fraternidad humanas
que se hallan en las antípodas de la guerra y la violencia6”. La Oficina Internacional de Educación7
llevo a cabo una intensa política de promoción y traducción de un corpus internacional de litera-
tura infantil. Los adultos, mediadores más que prescriptores, tenían que quedar en la sombra para
permitir que los textos mostrasen a los niños de todas las latitudes que un mundo de fraternidad
y respeto a las personas era posible. Todos sabemos cómo naufragó ese sueño cuando le llegó el
turno en la Segunda Guerra Mundial. Y, no obstante, medio siglo después siguen siendo esos
mismos ideales (o esas mismas ilusiones) los que sirven de guía a la fe que tienen los educadores
en las virtudes redentoras de la lectura.

5
Hay que esperar a la década de 1970 para que la lectura se considere no como algo que se recibe de
forma pasiva, sino como una actividad que implica un margen de juego (de selección, de interpretación,
de olvido) y una parte de creación o de inventiva (las relaciones que el lector urde entre lo que lee y lo
que esa lectura pone o vuelve a poner en movimiento en la memoria). Umberto Eco habla de obra abierta
(Opera aperta, 1962) y también de “cooperación interactiva” en los textos narrativos (Lector in fabula,
1979). Roland Barthes traspasa el poder de lo escrito del autor al lector en un artículo harto conocido de
1968 “La muerte del autor” (en Le Bruissement de la langue. Essais critiques, IV, París, Seuil, 1984). Si
no nos limitamos al ámbito de la literatura, el artículo de Michel de Certeau “Lire, un braconnage” es la
referencia que caracteriza el cambio de punto de vista (L’invention du quotidien, 10/18, 1980. Traducción:
La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer, México, Universidad Iberoamericana, 1996, XXXV-229 p.
cap. XII, “Leer: una cacería furtiva”, pp.177-189). Los cognitivistas insisten más en los obstáculos de la
comprensión, que conciben como “la capacidad de obtener una representación global del texto”, para lo
que es menester almacenar y jerarquizar las informaciones (Michel Fayol et al., Psychologie cognitive de
la lecture, París, PUF, 1992. “Acerca de la lectura de los alumnos”, Observatorio Nacional de la Lectura,
Michel Fayol et al. (dir.), Maîtriser la lecture, CNDP-Odile Jacob, 2000).
6
Henri Wallon, Pour l’ere nouvelle, n.° 10, 1952. A muchos intelectuales (Durkheim, Lavisse, Kipling) les
mataron a un hijo. Kipling escribe en un poema, en 1915 : “If any question why we died/ Tell them, because
our fathers lied” [“si preguntan por qué morimos / decidles que porque nos mintieron nuestros padres”].
7
Fueron impulsores de la Oficina Internacional de Educación (BIE, Bureau International d’Éducation), fun-
dada en Ginebra en 1925, Ferrière y Claparède (quien fundó el Instituto Jean-Jacques Rousseau en 1912).
Llevó a cabo “una intensa actividad documental acerca de las reformas escolares, la educación para la
paz, la enseñanza de la lectura, la correspondencia entre colegiales […]; mantiene una red de correspon-
sales en cientos de países. Lo que unifica todas estas iniciativas, aparentemente dispares, es la edificación
de la paz universal mediante la educación”, Rita Hofstetter y Bernard Schneuwly (eds.), Passion, fusion,
tension. Éducation nouvelle et sciences de l’éducation, fin 19e, milieu du 20e siècle, Berna, Peter Lang,
2006, p. 128. A partir de 1929, Piaget y Dottrens orientan al BIE hacia la realización de informes internacio-
nales (papel de la psicología en la formación de los docentes, análisis de los planes de estudios escolares
y de los sistemas de enseñanza). En el tema de la lectura, el BIE fija un programa de traducciones de obras
famosas (labor que ahora dependería de UNICEF o de la UNESCO). La bibliotecaria responsable de la
sección internacional de literatura infantil del BIE hasta 1940 fue Blanche Weber, suiza y pacifista, que se
hizo cuáquera en 1932 y se fue a Estados Unidos en 1940.

29

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

¿Es aún posible conseguir que los niños compartan esa confianza? Y, en el supuesto de que fuera
posible, ¿es realmente sensato? ¿No es más bien una lucha perdida de antemano en la era de las
imágenes digitales y de los videojuegos? Quizá la actividad de leer libros esté dejando el sitio a
otros medios de comunicación8 con mejores prestaciones, que mezclan las imágenes y el sonido,
y ese proyecto de democratizar la literatura infantil parece que llega demasiado tarde. ¿No les es-
pera a los bibliotecarios el destino de “los ángeles que velan en las iglesias vacías9”? Cierto es que
siempre habrá lectores prendados de los libros, de la misma forma que hay personas entusiastas
de la música clásica pero, si dejamos aparte los círculos de aficionados, ¿cuenta la lectura literaria
con un porvenir que justifique los esfuerzos de todos cuantos la sitúan en el meollo de las políticas
escolares?
La lectura de los jóvenes plantea, pues, múltiples cuestiones. Tiene que ver con la forma, con
el hecho de “poder leer” y con sus soportes, sean estos libros o no lo sean, estén en papel o en
pantalla. Tiene que ver con los contenidos, con todo cuanto se nombra al nombrar “el mundo de
los libros”, pero también con todo lo escrito “fuera de los libros”. Tiene que ver finalmente con los
mediadores (personas, pero también instituciones) que actúan como intermediarios o se interpo-
nen para conseguir que los niños accedan a la lectura en general y al mundo de los libros en par-
ticular. Este capítulo no pretende responder a todas las preguntas que aparecen en los capítulos
que vienen a continuación. Quiere presentar, en el marco de una retrospectiva histórica esbozada
a grandes rasgos, qué trato se le dio a la literatura juvenil antes del consenso de la década de 1920
y preguntarse qué partes de este consenso han sobrevivido hasta nuestros días. No hay nada que
indique que los obstáculos antiguos no sigan existiendo en la cultura de algunas familias. Antes
de lanzarse a la acción, dando por hecho que existe un acuerdo general en lo referido a los fines,
más vale que entendamos por qué ha padecido tal rechazo durante tanto tiempo la literatura ju-
venil. Serán así más eficaces las tácticas educativas del presente.

EL LUGAR DEL LIBRO Y DE LA LECTURA AL NORTE Y AL SUR DE EUROPA


Siempre cuesta creer que la escuela no diera buena acogida “de toda la vida” a la literatura juve-
nil. Pero es que a la escuela, lugar de transmisión del conocimiento, no le resultaba fácil brindar
lecturas frívolas e infantiles. El maestro que hubiera ofrecido a los niños lecturas que les hicieran
disfrutar en una etapa de escolaridad tan breve habría perdido la confianza de los padres. Mil
desconfianzas o reticencias mantuvieron siempre bajo rígido control, en consecuencia, los libros
para niños. De lo que se deriva otra pregunta: ¿por qué unos sistemas escolares con similares
objetivos recurrieron, según los países, a tácticas tan diferentes? Con frecuencia nos presentan In-
glaterra y los Estados Unidos como modelos que deben imitarse. Si sus autores siguen siendo los
más prolíficos en lo tocante a obras maestras para niños, ¿no será acaso porque el lugar reservado
a la lectura tuvo un trato más favorable que en otros sitios? Sus héroes de papel, Gulliver y Robin-
són, Oliver Twist y Tom Sawyer, Mowgli y Tarzán, Alicia y Moby Dick, dieron la vuelta al mundo
mucho antes de protagonizar películas y películas de dibujos... y mucho antes que Harry Potter.
Las bibliotecas de esos países, al alcance de todos, fueron desde el siglo xix instituciones que los
poderes públicos valoraban mucho, por no mencionar que una plétora de sociedades caritativas o
filantrópicas se dedicaron a la literatura popular y tuvieron buen cuidado de escoger obras de ca-

8
Jean-Yves Mollier (dir.), Où va le livre?, París, La Dispute, 2007.
9
La expresión está tomada de Marisa Lajolo. Acerca de los “abusos” de la literatura, ver Marisa Lajolo,
Usos e abusos da literatura na escola, Río de Janeiro, Global, 1982.

30

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lidad10. El resultado fue que los pedagogos y los bibliotecarios franceses, españoles, italianos y la-
tinoamericanos que fueron a ver a sus colegas ingleses o norteamericanos volvieron casi siempre
maravillados11. En 1924, al inaugurar la primera biblioteca francesa para niños, el conservador
Eugène Morel le dirige a Norteamérica esta vehemente plegaria: “Lo que te pedimos [América] es
ese celo apostólico que tuvieron los hombres y mujeres que en tu suelo crearon la biblioteca libre
y, dentro de esta, desde hace treinta años, esa cosa única ¡la biblioteca para niños!12”.
Las bibliotecas grandes solo existen en las ciudades. Ese retraso que tantas veces se comprueba
en los países latinos ¿se deberá acaso a la pobreza de las escuelas rurales y a la indiferencia de
los padres campesinos? De hecho, hallamos una tendencia idéntica hacia las instituciones cuyo
cometido es la lectura en Alemania y en los países nórdicos, que cuentan con zonas rurales parti-
cularmente extensas. Se sigue avanzando por este camino hasta nuestros días: en Dinamarca, en
el Reino Unido, en Finlandia más de la mitad de la población frecuenta las bibliotecas, los ingleses
sacan de ellas 10 libros al año; los daneses, 1513; no puede, pues, extrañarnos que los niños tengan
un trato frecuente con la literatura juvenil. Los historiadores de la cultura suelen resumir estas
diferencias oponiendo la Europa del Norte a la Europa del Sur, es decir, los países protestantes
a los católicos. ¿Cómo es posible que la religión protestante haya podido fomentar en los niños
la lectura de novelas de aventuras y de cuentos de hadas? Entraría dentro de lo posible suponer a
priori que el puritanismo podría haber tenido efectos contrarios, puesto que condena los relatos
de milagros, las supersticiones y las leyendas con mayor ahínco que el catolicismo, que los tolera-
ba o intentaba cristianizarlos.

EDUCACIÓN CRISTIANA Y CULTURA DEL LIBRO EN LOS PAÍSES


PROTESTANTES Y CATÓLICOS
Para entender este rasgo característico del occidente de Europa y de los países que colonizó14
hay que volver a la primera escolarización masiva. Tras la Reforma del siglo xvi, todo el mundo
tiene que poder hacer profesión clara de su fe, saber el credo y decir sin equivocarse (“de carreri-
lla”) las oraciones de su culto o de su parroquia. Por lo tanto, el catecismo, que aprenden los niños

10
En Inglaterra, con los impuestos locales se financian bibliotecas desde 1850. En 1902, la ciudad de
Leeds cuenta con una biblioteca central y 14 anejas que abren a diario. Muchos lectores autodidactos
escribieron sus memorias y cuentan que intentaban con frecuencia aprender de memoria lo que leían (la
Biblia, poesía, pero también novelas y libros científicos). Ver Martyn Lyons, “Los nuevos lectores del siglo
XX Mujeres, niños, obreros”, en G. Carvallo y R. Chartier, Historia de la lectura en el mundo occidental,
Madrid, Taurus, 1998, pp. 473-518.
11
Jean Hassenforder, Développement comparé des bibliothèques publiques en France, en Grande-Bre-
tagne et aux Etats-Unis (1830-1914), París, 1967.
12
Texto publicado en Revue des bibliothèques, tomo 32, 1925, p. 82. La responsable de la biblioteca es
Marguerite Gruny, sobrina de Eugène Morel.
13
Martine Poulain (dir.), Les bibliothèques publiques en Europe, Editions du Cercle de la Librairie, 1992;
Public library statistics 1990-1 Actuals, CIFPA, Londres, Statistical Information Service, 1992.
14
No hablaremos de la lectura juvenil en los países asiáticos debido a las peculiaridades de las culturas de
referencia (religiosas, literarias), de las autoridades tutelares (administrativas y científicas) y de las lenguas
(de sistemas no alfabéticos) No obstante, en el ejemplo del Japón hallamos semejanzas inesperadas. Ver
Christian Galan, L’enseignement de la lecture au Japon. Politique et éducation, Toulouse, Presses Univer-
sitaires du Mirail, 2001.

31

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

de ambos sexos, hay que recitarlo al pie de la letra. El único sistema seguro es contar con la ayu-
da de un libro, que impide las variantes y las aproximaciones de la tradición oral. Todas las Iglesias
crean herramientas adaptadas a esta instrucción cristiana, que pretende dar acceso al pueblo sin
excepciones a la cultura escrita. Los protestantes redactaron catecismos “mayores” y “menores” a
imagen y semejanza de los célebres catecismos de Lutero. Su misión es guiar a quienes instruyen
a los ignorantes de cualquier edad y no se escribieron para niños. Pero sí se escribieron en la len-
gua nacional, la lengua de las Iglesias oficiales que habían reconocido los soberanos. Son, pues,
los pastores quienes edifican las identidades nacionales al sumar los conocimientos de la religión
y el conocimiento de la lengua escrita.
En los países católicos se adapta y se traduce a todas las lenguas europeas el catecismo que redactó
el Concilio de Trento (1545-1562), pero la lengua de la Iglesia sigue siendo el latín, como recuer-
dan los Gloria, Credo y Agnus Dei que se entonaron hasta el Concilio Vaticano II. La identidad de
un fiel tiene que ver, pues, con varios ámbitos. Pertenece a una parroquia en donde le enseñan el
catecismo en la lengua local; es también súbdito de un príncipe o ciudadano de una nación que
cuenta con una lengua oficial; y, finalmente, es miembro de la Iglesia romana (el latín es el símbolo
de esa lengua que ya no se habla, pero en la que se ora y se canta durante la misa). Los católicos tie-
nen que ser a un tiempo leales a sus gobernantes y mostrar fidelidad al papa por mediación de su
obispo. Incluso aunque los soberanos vayan a misa, las relaciones entre los Estados y las autorida-
des episcopales serán siempre fuente de tensiones y conflictos15 debido a esa obediencia a Roma.
La política interfiere en la religión en muchos aspectos y, en particular, en lo referido a la escuela y
los contenidos de las lecturas permitidas o prohibidas, recomendadas o desaconsejadas16.

LA FORMACIÓN CRISTIANA DE LOS JÓVENES ENTRE LA CULTURA ESCRITA


Y LA CULTURA ORAL
Abundantes obras piadosas aparecieron en ambos campos para acompañar el esfuerzo de conver-
sión de la Reforma o el de reconquista de los católicos, sobre todo en los territorios en que ambas
Iglesias entraban en liza. No obstante, la parte visible de la enseñanza, centrada en el contenido
del dogma que se halla en letra impresa en los catecismos, no debe hacernos olvidar la parte oral y
práctica de esta educación. Los maestros van con sus alumnos a la iglesia o al templo, les enseñan
a comportarse de forma correcta, a repetir o a leer en voz alta las oraciones junto con los demás
fieles, a cantar los himnos que determina la liturgia dominical. Las iglesias reformadas tienen
gran empeño en destacar la ruptura con las tradiciones medievales, no menos que la ruptura con
las prácticas romanas, y en conseguir que el comportamiento de los fieles evolucione.
La Reforma proscribe el culto a los santos, reprueba que se adoren imágenes, intenta decantar la
devoción, sustituye la Leyenda dorada17 por relatos tomados de la Biblia. En los diversos países

15
Hasta que Roma se convirtió en capital de Italia, el Papa fue un soberano que mantenía relaciones polí-
ticas con los demás Estados. Después de 1870, siguió siendo una autoridad moral y dogmática, de forma
tal que siempre se considera a la jerarquía católica de un país un “contrapoder” en potencia, ya que el
episcopado se pronuncia acerca de las leyes que afectan a la libertad de culto, la escuela, la legislación
del divorcio, etc.
16
Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard, Discursos sobre la lectura, 1880-1980, Barcelona, Gedisa, 1994
[1989]. (Primera Parte: “Discursos de la Iglesia”, pp. 21-110).
17
El obispo de Génova, Jacobo de Vorágine (1230-1298), escribió la Leyenda dorada de las vidas histó-

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reformados de Europa y en los Estados de Norteamérica en donde se refugiaron las comunidades


disidentes huyendo de las persecuciones se redactó una nueva literatura para edificación de los
fieles, tanto en prosa (comentarios de la Biblia) cuanto en verso (los himnos que se cantaban en el
templo18). El examen de ingreso en la comunidad religiosa es la confirmación, que se celebra a los
catorce o quince años19, de forma tal que el período de instrucción religiosa de los niños es pro-
longado. Crece con rapidez la cantidad de jóvenes con capacidad para leer y una cultura bíblica
basada en los libros se convierte en el meollo de la literacy, palabra que nombra mucho más que
la alfabetización elemental puesto que incluye los “conocimientos” adquiridos en ese período de
aprendizaje20. La corriente pietista fomenta la lectura intensiva de la Biblia en familia y la redac-
ción de un diario espiritual que entra en el ámbito del examen de conciencia: y así la escritura y la
lectura se refuerzan mutuamente21.
En la Europa católica del Sur también se enseña el catecismo en la lengua propia, así como las
oraciones cotidianas22, pero la comunión es a los doce años23. Se reduce mucho el tiempo de ins-
trucción y a muchos niños apenas si les da tiempo a mal leer, por lo que el clero da preferencia a la
memoria oral en las oraciones y a la participación preceptiva en los ritos religiosos. Salvo en las ciu-

ricas y legendarias de los primeros santos y mártires de la cristiandad y el origen de las fiestas litúrgicas
(Navidad, Epifanía, Anunciación, Pascua de Resurrección, Ascensión, Pentecostés). Se usaba en los ser-
mones (relatos edificantes y milagrosos, vidas ejemplares) y constituía un acervo de cultura compartida.
18
En 1720, en la ciudad sueca de Rättvik, de 3.400 habitantes, el libro de himnos que se usaba en el
templo tenía cerca de mil páginas, y el 92% de las familias contaba con un ejemplar; el 28%, tenía dos;
el 34%, tres o más. La tasa de lectores se acercaba, a la sazón, al 80%. E. Johansson, Women and the
tradition of reading around 1700. Examples from Sweden and Germany, en Women and Literacy yesterday,
today and to-morrow, Symposium for Study of Education in Developing Countries, Estocolmo, junio de
1989, Estocolmo, Svenska Unescorådets Skriftserie, n.º 1/1992, pp. 77-94.
19
En Suecia y en Finlandia, para recibir la confirmación hay que saber leer y decir el catecismo; y desde
1686 la partida de confirmación hace falta para casarse, ser testigo en un juicio y firmar un documento
público. Por lo tanto, un analfabeto está prácticamente fuera de la ley. Egil Johansson, “The history of lite-
racy in Sweden”, en Harvey Graff (ed.), Literacy and social development in the West. A reader, Cambridge,
Cambridge University Press, 1981, pp. 151-182.
20
En el famoso abecedario inglés que se exportó a Estados Unidos, el New England Primer (1792), a cada
una de las viñetas bíblicas que ilustran todas y cada una de las letras corresponde un pareado.
A: In Adam’s Fall/We sinned all [Por culpa de Adán / somos todos pecadores]
B: Heaven to find/ The Bible Mind [En hallar el cielo / piensa la Biblia]
C: Christ crucify’d/ For sinners dy’d [Cristo crucificado / murió por los pecadores] (etc.).
21
David Hall, “Readers and reading in America: historical and critical perspectives”, Proceedings of the
American Antiquarian Society, 103, parte 2, 1994, pp. 327-357.
22
Los misioneros traducen las oraciones y el catecismo a las lenguas locales de Europa (en Francia, al
vasco, al catalán, al bretón, al alsaciano) y en América a las lenguas indias. Cuando se impuso la lengua
nacional en las escuelas públicas, fue un motivo de disensión entre la Iglesia católica y el Estado. Ver, en
lo referido a Francia, M. De Certeau, D. Julia y J. Revel, Une politique de la langue: la révolution française
et les patois, París, Gallimard, 1975; en lo referido a México, C. Castañeda, L. E. Galván y L. Martínez
Moctezuma (eds.), Lecturas y lectores en la historia de México, México, CIESAS, 2004.
23
Serán patentes los efectos hasta finales del siglo xx. En los países protestantes la escolarización normal
dura hasta los 14 o 15 años, mientras que en los países católicos los niños dejan la escuela a los 11 o 12
años, cuando hacen la comunión.

33

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

dades, en donde las órdenes docentes24 abren escuelas gratuitas, la catequesis no garantiza a todos
los niños una alfabetización irreversible. Impregnan, pues, la cultura católica de forma duradera re-
latos de milagros y apariciones, culto a los santos cuyas imágenes adornan las iglesias y los hogares,
ritos piadosos que van desde el rezo del rosario a las peregrinaciones. Todos estos conocimientos
religiosos se transmiten practicándolos y mediante intercambios orales más que mediante la lectu-
ra. Las mentes emancipadas de la Ilustración se ríen de esas creencias, que consideran tan absurdas
como las supersticiones rurales. Como los clérigos son personas instruidas, los anticlericales los
acusan de tener al pueblo sumido en el oscurantismo para reforzar su poder y el del papa.
En los territorios católicos, la necesidad de saber leer y escribir parece en consecuencia más vin-
culada a las necesidades sociales y económicas, referidas a la vida familiar o profesional, que a la
instrucción religiosa y a la formación de los individuos. Ahora bien, para llevar los documentos
oficiales (contratos, arrendamientos, escrituras de propiedad, facturas) basta con que una per-
sona por familia sepa leer y escribir25. Por lo tanto, los padres sacan a sus hijos de la escuela en
cuanto saben juntar las letras (sobre todo a las niñas). La palabra “alfabetización” nombra ese
“saber leer elemental” independiente de los conocimientos a los que da acceso la lectura. Sabidas
son las repercusiones de esas diferencias. Hacia 1850, escribía con soltura el 10% de los adultos en
Rusia; el 25%, en Italia y en España; el 60%, en Francia (con un marcado contraste ente el norte y
el sur del país); el 70%, en Inglaterra; el 80%, en Escocia, y el 90%, en Suecia26. Hubo que esperar,
no obstante, a las evaluaciones internacionales (PISA) de los años 1980-2000 para que aflorasen
los malentendidos fruto de esa diferencia cultural: traducir literacy por “alfabetización” era un au-
téntico contrasentido, pero no había a la sazón otra palabra disponible en las lenguas románicas.

LOS LECTORES NOVELES ANTE LA FICCIÓN


No son menores las repercusiones en la creación de las culturas escolares profanas cuando los
poderes públicos se hacen cargo de las escuelas. No bien las prensas de vapor permiten incre-
mentar la producción a partir de 1820, a las autoridades les preocupan los efectos que pueden
tener en la moralidad pública las lecturas que libremente brinda el mercado. Hay que proteger
a tres grupos de población en peligro: el pueblo27, las mujeres28 y los niños. Resulta fácil seducir

24
Congregación de los Clérigos de las Escuelas Pías en Italia, que fundó en 1597 el sacerdote español
José de Calasanz, y de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en Francia, que fundó en 1680 Jean-
Baptiste de La Salle.
25
Para el sur de Europa, ver las síntesis de los trabajos de investigación de Antonio Viñao Frago, Leer y es-
cribir. Historia de dos prácticas culturales, México, Fundación Educación Voces y Vuelos, IAP, 1999; Marina
Ruggero, L’Alfabeto conquisto. Apprendere e insegnare nelle’Italia tra Sette e Ottocento, Saggi, Il Mulino,
1999. Justino Magalhães, Ler e escrever no mundo rural do antigo regime. Um contributo para a historia da
alfabetização em Portugal, Braga, Universidade do Minho, 1994; Rita Marquilhas, A Faculdade das Letras.
Leitura e escrita em Portugal no século XVII, Lisboa, Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 2000.
26
C. M. Cipolla, Literacy and development in the West, Harmondsworth, 1969; Hervey Graff, The legacies
of literacy. Continuities and Contradictions in the western culture and society, Indiana University Press,
1987.
27
Martin Lyons, Le triomphe du livre. Une histoire sociologique de la lecture dans la France du XIXe siècle,
París, 1987; David Vincent, Literacy, popular culture, England 1750-1914, Cambridge, University of Cam-
bridge, 1989.
28
Kate Flint, The woman reader, 1837-1914, Oxford, Oxford University Press, 1993.

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a esos lectores noveles y frágiles. Muchos escritos mediocres o peligrosos intentan distraerlos y
alterarlos más que instruirlos. Mientras que la lectura piadosa es una práctica colectiva y contro-
lada, que atraviesa por el cuerpo social de arriba abajo, las novelas y los periódicos fomentan una
práctica horizontal, individual o compartida entre iguales. Los riesgos que se desprenden de los
libros malos o, sencillamente, de las lecturas libres modifican la idea que tenían los educadores de
la lectura, de sus modalidades, de sus intenciones y de sus efectos. La responsabilidad de los Esta-
dos en cuestiones de instrucción se convierte en una urgencia política, ya que una alfabetización
generalizada va preñada de tantos peligros como promesas.
De la misma forma que las autoridades religiosas inventaron los catecismos para difundir y
controlar la ortodoxia religiosa, las autoridades políticas convierten la instrucción escolar ele-
mental en muralla contra las lecturas anárquicas que no pueden controlar. La escuela tiene que
combatir la ignorancia, difundir conocimientos útiles, condenar las ficciones que fomentan las
transgresiones tanto en la vida privada (novelas inmorales) cuanto en la vida política (prensa
revolucionaria)29. Los folletines que publican los periódicos, de lectura mucho más grata que
las parábolas evangélicas, mueven a las cabezas débiles a confundir la ficción con la realidad y a
medir lo que vale un relato con el escantillón de la emoción que causan30. Cuanto más intensa es
la emoción más verdadero parece lo que cuenta el libro. Esta comprensión, que sale del corazón,
da al traste con las costumbres anteriores. El texto religioso había que memorizarlo literalmente y
lo explicaban los maestros. La novela, mientras no se incluya en la escuela, se puede parafrasear,
comentar y deformar impunemente, como pasaba con la tradición oral. Los educadores, tanto
protestantes como católicos, la condenan, pues esas ficciones mendaces de la novela realista son
tanto más perniciosas y turbadoras cuanto más intensa sea “a impresión de realidad”. Pueden to-
lerarse algunos relatos inocuos en el seno de las familias, en donde los padres vigilan las lecturas
de los hijos, pero no hay ni que pensar en introducir novelas en las escuelas.
No obstante, en los países de tradición protestante hace mucho que unos relatos muy “novelescos”
forman parte de los textos que aprenden los lectores incipientes. Pero tienen la inmensa ventaja
de proceder de la Biblia31. Perduran, pues, junto con textos instructivos, geográficos y científicos,
cuando las escuelas regentadas por pastores ceden el sitio a escuelas que administran las autori-
dades municipales. Los abecedarios (Primers) y los primeros libros de texto para aprender a leer
(First Readers) van destinados a niños de cualquier confesionalidad32, pero nada impide que los
niños practiquen la lectura con el relato de José vendido por sus hermanos, la aventura de Moisés
salvado de las aguas, la dramática historia de David y Jonatán, la parábola del hijo pródigo o del

29
Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard, op. cit., 1994.
30
Los best-sellers del siglo xviii (Pamela, La nueva Eloísa, Los sufrimientos del joven Werther) hicieron
llorar a mares a los lectores de ambos sexos de Richardson, de Rousseau y de Goethe, e incrementaron
la desconfianza que inspiraban los efectos patológicos de las ficciones literarias. Y no dejaba de citarse
siempre el ejemplo del primer personaje a quien trastornó la lectura: Don Quijote.
31
Acerca del papel de los relatos bíblicos o evangélicos en la representación literaria de la realidad, ver
Erich Auerbach, Mimesis, Berna,1946.
32
Noah Webster publicó en Boston en 1790 The american spelling book, libro de lectura en que los co-
nocimientos religiosos ocupan un espacio reducido en provecho de un “catecismo ético y patriótico”.
En 30 años se vendieron más de 10 millones de ejemplares. David H. Russel y Henry R. Fea, “Research
on teaching reading”, en N. L. Gage (ed.), Handbook of research on teaching, Chicago, Rand McNally &
Company, 1963, 3.ª edición, 1967, p. 8

35

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buen samaritano. Esas referencias van ocupando cada vez menos espacio a medida que se otorga
más protagonismo a los relatos profanos, pero no se suprimen. Son historias que forman parte de
la cultura social común y son “textos que hay que entender” y tienen valor ético y educativo. Se
les da el trato de textos literarios “verídicos”, no de ficciones.
En realidad hay centros escolares católicos donde son habituales estos usos: en los colegios de
jesuitas, en donde enseñan latín y griego, cuando hay que leer a los autores clásicos, la rebelión
de los Titanes, la ira de Aquiles o el genio militar de César, el propósito es desde luego hacerse con
la cultura que comparten las élites y captar la moraleja de la historia. Los profesores colocan al
mismo nivel mitos religiosos (la victoria de Zeus sobre los Titanes), ficciones poéticas (la victoria
de los griegos en Troya) y acontecimientos históricos (las victorias de César en las Galias), pese
a que sean diferentes “tipos de verdad”, puesto que se trata de textos que pertenecen al mismo
patrimonio clásico. Pero nos hallamos ante una enseñanza característica de la cultura humanista
erudita, que no implica postura doctrinal alguna en lo referente al dogma. A ese modelo se atie-
ne el obispo Fénélon cuando escribe en francés una obra formativa que se nutre de la mitología
antigua: Telémaco33: el hijo de Ulises, que va a buscar a su padre, pasa por las pruebas que han de
convertirlo en un soberano culto y prudente. El Telémaco, este modelo de obras ad usum delphi-
ni34, cruzó las fronteras de las lenguas (se tradujo ya en el siglo xviii al portugués y al castellano)
y la barrera de las clases sociales: fue la única novela presente en las escuelas primarias francesas
hasta 1850.

EL PAPEL DE LA FICCIÓN Y DE LA IMAGEN EN LA EDUCACIÓN FAMILIAR


Hay, pues, que distinguir entre las prácticas escolares y las familiares, el trabajo y el ocio, los man-
datos colectivos de las autoridades espirituales y los gustos de los padres, que velan por la edu-
cación de sus hijos como mejor les parece. ¿Qué publican los editores que apuntan, sobre todo,
a hacerse con la clientela de las familias acomodadas? Para satisfacer sus expectativas, idean las
nuevas formas de la literatura juvenil, que tardarán varias generaciones en entrar en las escuelas:
libros de estampas, cuentecitos morales, novelas de aventuras. Los primeros tomos de viñetas,
que consisten en abecedarios ilustrados35, tienen el cometido de familiarizar a los pequeños con
el alfabeto. Por entonces, los niños, que aprendían a leer en casa con su madre o con un profe-
sor particular, “empezaban con las letras” a partir de los tres o cuatro años. No hay más camino
posible a esa edad que la pedagogía del juego; los dibujos estimulan la atención inconstante y las
interacciones con el adulto vinculan la forma y el nombre de la letra inicial al nombre de lo repre-
sentado. En los países anglosajones, los abecedarios siguen recurriendo durante mucho tiempo a
referencias cristianas (A de Adán, B de Biblia, C de Cristo o de cruz), a las que acompañan unas
viñetas pequeñas, junto a otras versiones profanas (A de Archer o de Apple, B de Book o de Bee).

33
Compuesto entre 1694 y 1696, el Telémaco usa toda la mitología que aparece en Homero y Virgilio y
esboza el gobierno del soberano ideal. Se tradujo decenas de veces durante el siglo xviii, y en los años
1821-1825 ocupa el tercer lugar en la lista de los best-sellers (después de las Fábulas de La Fontaine y
el Catecismo histórico del padre Fleury). Martyn Lyons, “Los best-sellers”, en R. Chartier y H. J. Martin,
Histoire de l’édition française, tomo 3, París, Fayard-Cercle de la Librairie, 1990, pp. 413-437.
34
En las colecciones ad usum delphini [destinadas al delfín] hallamos obras clásicas adaptadas para el
príncipe (decantadas, con moraleja añadida, abreviadas) o escritas para él: son las primeras colecciones
juveniles.
35
Ségolène Le Men, Les abécédaires illustrés du XIXe siècle, París, Promodis, 1985.

36

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Poco a poco las ilustraciones van cobrando importancia y ocupan la página entera. Ese libro de
estampas se convierte en la primera enciclopedia infantil, junto con los abecedarios de animales,
de oficios, de soldados, de juguetes, de flores y de fruta. Estos libros, lujosos o baratos, se venden
por doquier en Europa y en Norteamérica, pero no cruzan la puerta de la escuela, porque son
incompatibles con los nuevos métodos de lectura que se atienen a una progresión silábica que no
guarda relación con el orden alfabético.
Más adelante, los padres intentan combinar, para los lectores principiantes, lo útil y lo agradable.
Abundan las ediciones de cuentos en que aparecen niños a quienes, como sucede en la condesa
de Ségur36, les pasan muchas “desgracias” y se les castiga por haber sido glotones, perezosos,
iracundos, egoístas, envidiosos e insolentes (¡la lista entera de los pecados capitales con la única
excepción de la lujuria!), mientras los virtuosos “niños buenos” reciben la merecida recompensa.
A veces, esos protagonistas de las clases privilegiadas conocen a niños pobres con quienes ser
caritativos. Estas fábulas educativas transmiten las pautas de la vida social y concluyen con una
moraleja que remata las aventuras: los padres recompensan o castigan a los protagonistas, sus
compañeros los quieren o los rechazan, su entorno los elogia o se ríe de ellos. Entran en la escuela
en el apartado de “libros bonitos” que reciben, en los repartos de premios, los alumnos que se los
merecen, pero no son todavía lecturas de clase.
Finalmente, para los niños que ya leen de corrido, nuevos autores famosos, traducidos a todas
las lenguas de Europa, remozan el surtido de géneros y estilos. Hay cuentos y novelas, cuentos
populares (Grimm), poéticos (Andersen), fantásticos (Mérimée), imaginativos (Carlo Collodi),
novelas sociales (Dickens), científicas (Jules Verne), sentimentales (George Sand) y, sobre todo,
incontables novelas de aventuras del tipo de Robinsón Crusoe, pero cuyos protagonistas son ni-
ños (Mark Twain, Pierre Loti, Stevenson y otros muchos). A punto de empezar el siglo xx, ahora
que la escolarización en la enseñanza primaria empieza a hacerse más larga, los ministros, los
inspectores y los pedagogos destacados, que proceden de la burguesía culta, recuerdan todos
los viajes inolvidables que hicieron en la infancia con Tom Sawyer por las orillas del Misisipi o
junto con Jim Hawkins a bordo de La Hispaniola para ir a la Isla del Tesoro. ¿No son acaso esos
escritores humanistas, progresistas, de estilo irreprochable, los mediadores soñados para infundir
a los niños del pueblo el amor por la lectura y prepararlos poco a poco para las grandes obras
literarias? Quienes toman las decisiones políticas, que proceden de la burguesía, serán quienes se
esfuercen en introducir la literatura juvenil en la escuela popular.

LAS LECTURAS DE FICCIÓN EN LA FORMACIÓN DE LOS MAESTROS


El primer obstáculo con que se topa la ejecución de este proyecto es la cultura escolar de los
“mediadores de campo” o, más bien, la incultura de los maestros en lo referido a la ficción. No
han recibido una formación que los prepare para combinar la lectura estudiosa con lo que se
llama a la sazón “lectura recreativa”. En la escuela normal “se leen libros de texto de ciencias y
de letras, tratados de pedagogía, antologías de textos escogidos, e incluso a algunos clásicos, los
que figuran en el plan de estudios. Muy bien, pero todo eso no es leer, es estudiar. Aprenden, por

36
En Les malheurs de Sophie, 1859, Hachette (Las desgracias de Sofía, Madrid, Aguilar, 1958), la condesa
de Ségur (1799-1874) cuenta la educación de una niña de cuatro años revoltosa y tozuda, prescindiendo
de los estereotipos al uso. El libro fue un éxito de ventas y se tradujo al inglés, al ruso y al castellano, pero
no se leía en las escuelas laicas francesas por ser la autora una católica ferviente.

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lo tanto, a usar los libros, no a disfrutar de ellos; a utilizarlos, no a amarlos37”. Al escribir estas
líneas, el director de la enseñanza primaria francesa sabe que va contracorriente de los direc-
tores de escuelas normales, que temen que los maestros jóvenes pierdan el tiempo con lecturas
frívolas (novelas de aventuras) o pierdan el alma con lecturas inmorales (novelas de amor).
Desde que las autoridades civiles quitaron a la Iglesia católica el monopolio de la instrucción,
el contenido de los libros de texto se establece ateniéndose a los indiscutibles conocimientos de
la ciencia. Cuando el ministro dispone que en todas las escuelas haya un armario biblioteca38
para que los ex alumnos de las escuelas rurales tengan a su alcance lecturas instructivas y útiles,
quiere combatir la influencia nefasta de los libros que venden los buhoneros y de los almana-
ques, perpetuadores de creencias populares erróneas que obstaculizan los avances del progreso.
Los títulos seleccionados se refieren a técnicas agrícolas, economía doméstica, química aplicada
e historia natural.
Los conflictos políticos entre la Iglesia y el Estado repercuten, pues, durante mucho tiempo en
la cultura y las lecturas escolares. Las historias tomadas de la Biblia, que hallamos en los países
protestantes, no tienen cabida en las escuelas laicas de países que cuentan aún con muchos cató-
licos: si se autorizase la lectura de “José vendido por sus hermanos”, ¿cómo prohibir el milagro
de San Antonio de Padua, que predicaba a los peces, o la leyenda de San Nicolás, que resucitó a
tres niños? Esas historias maravillosas gustarían mucho a los niños, pero una cosa es contarlas
en casa, después de cenar, y otra mandarlas leer a los alumnos en libros de texto con el visto bue-
no de los organismos oficiales. Al pasar de lo oral a lo escrito, la historia cambia de rango. Para
unos maestros formados en la escuela de los conocimientos objetivos, leer en clase “historias”
así equivaldría a convertirlas en “historias verdaderas”. En un momento en que los cenáculos
eruditos y la opinión pública debaten la existencia histórica de Jesús y sus milagros39, los libros
escolares no pueden brindar sino textos “que expongan verdades objetivas”. Los cuentos popula-
res40 quedan, pues, eliminados también, pues sería como si la escuela avalase la existencia de esas
brujas, espectros y hombres lobo que viven aún en las creencias campesinas. Los únicos relatos
que hallan favor ante el ministro41 son, por una parte, las grandes obras clásicas de la literatura
(El Quijote, Los viajes de Gulliver, Robinsón Crusoe, el Teatro escogido de Molière y de Corneille)
y, por otra, las biografías de los protagonistas preclaros de la historia de Francia. Los libros ju-
veniles no pueden, pues, abrirse camino en la escuela más que apoyándose en la literatura y en
la historia.

37
Ferdinand Buisson, Prólogo del Catalogue de livres destinés aux lectures récréatives, París, 1888.
38
Circulares del ministro Rouland en 1860 y 1863.
39
Ernest Renan (1832-1892), profesor de hebreo en el Colegio de Francia, publica en 1863 La vida de Je-
sús, que fue todo un escándalo. En esa biografía, Jesús es un sabio de la Antigüedad. La Iglesia condena
en el acto el libro, que se convierte en todo un éxito de ventas (14.ª edición en 1864, 150.000 ejemplares
vendidos). Isabelle Parinet, “Un éxito en las librerías, La vida de Jesús de Renan”, en R. Chartier y H. J.
Martin, Histoire de l’édition française, vol. 3, París, Fayard-Le Cercle de la Librairie, 1990, pp. 441-443.
40
Charles Perrault publicó Cuentos de la Madre Oca en 1697; los hermanos Grimm publicaron la edición
abreviada, Cuentos de infancia y hogar, en 1822; la traducción al inglés se publicó en 1823; luego se tra-
dujeron a todas las lenguas europeas.
41
Obras citadas en una lista de 1868. Jean Hébrard, “Las bibliotecas escolares”, en Dominique Varry (dir.),
Histoire des bibliothèques françaises, tomo II, 1789-1914, Promodis-Editions du Cercle de la Librairie,
pp. 549-577.

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LA HISTORIA, ENTRE LA OBJETIVIDAD CIENTÍFICA Y LA NOVELA NACIONAL


El único relato de envergadura que la escuela admite sin más es la historia nacional. La historia
se convirtió en el siglo xix en una ciencia positiva basada en fuentes documentales comprobadas;
rechaza las leyendas, los rumores, los testimonios dudosos de las memorias partidistas o flojas.
Ofrece las garantías de una verdad científica que no toma en consideración ni los designios de
Dios sobre un pueblo, ni la influencia de los astros en el resultado de las batallas, ni la existencia
de hombres providenciales. Educa, al tiempo, pues da cuenta de las fundaciones, de los terri-
torios, de las dinastías, de los acontecimientos magnos que determinan los destinos sociales y
políticos. Estados Unidos son ejemplo de una historia nueva, cuyos cimientos se hallan en una
revolución que rompe con la lejana Europa: nuevo éxodo, nueva salida de Egipto agrupándose
en torno a los Padres fundadores42; proporcionan así un modelo a los países de Latinoamérica
que se estaban emancipando de las coronas española y portuguesa. Para las naciones jóvenes de
América la historia empieza con Cristóbal Colón43. Aunque en los libros de texto se menciona la
existencia de civilizaciones precolombinas, las historias nacionales empiezan con la colonización
y las naciones llegan a “adultas” cuando se emancipan de esa tutela. De forma semejante, la his-
toria de Francia hace de la Revolución el acontecimiento fundacional que permite una nueva in-
terpretación del pasado, que ahora se llama “el Antiguo Régimen”, igual que el Nuevo Testamento
permitió volver a leer la Biblia convertida en “Antiguo Testamento”. Los revolucionarios opinan
que la historia que se debería enseñar a los ciudadanos no es ya la historia de la cristiandad, ni
la de los reyes y los imperios, y que debe convertirse en “una historia de los pueblos y no ya en la
historia de unos cuantos jefes44”.
Por lo tanto, todos los libros de historia escritos para colegiales establecen una nueva categoría
sacra, “el sagrado amor a la patria”, al que cantan todos los himnos nacionales. Los historiado-
res del siglo xx45 que examinaron los libros de texto criticaron con razón estas creaciones que
tienen más que ver con la “novela nacional” que con la ciencia histórica. Pero no podemos por
menos de considerar su función narrativa esencial46. Pues se trata efectivamente la historia de
una “persona”, ya que tiene nombre propio (Argentina, Italia) y una historia singular. No se trata
de historia construida en torno a algo neutro (como la historia de las ciencias, del derecho o del
sindicalismo), sino entorno a un sujeto único, la nación (todas los libros de historia escolares son
“nacionales”, pero la historia de la Argentina no es la de Italia). Para contribuir a que niños sin

42
Los puritanos, expulsados de Europa rumbo a Nueva Inglaterra, se comparaban frecuentemente con el
pueblo elegido que salió de Egipto rumbo a la Tierra Prometida.
43
Por ejemplo, en la cubierta del “Libro primero de lectura” Paso a paso (1908) hay un anuncio de La Histo-
ria argentina, explicada en noventa y cinco lecciones, desde el descubrimiento de América hasta nuestros
días, por Carlos Cánepa, aunque la geografía que se recomienda es universal (La Geografía de los niños
argentinos. Elementos de la geografía universal, por Z. Vélez de Aragón).
44
Talleyrand, Rapport sur l’instruction publique, de septiembre de 1791.
45
Héctor Rubén Cucuzza, Historia de la educacíon en debate, Buenos Aires, Niño y Dávila, 1996, especial-
mente Cecília Bravlasky, Los usos de la historia en los libros de texto para escuelas primarias argentinas
1916-1930; Stella Maris Scatena Franco, Luces e sombras na construção na nação argentina. Os manuais
de história nacional (1868-1912), Universidade de São Francisco, CDAPH, 2003; Anne-Marie Chartier,
¿Con qué historia de la educación debemos formar a los maestros?, CIHELA, noviembre de 2007, en
espera de publicación.
46
Paul Ricoeur, Temps et récit 1, París, Seuil, 1983.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

derechos cívicos se sientan ciudadanos de su país, los relatos didácticos cuentan cómo nació la
nación, cómo creció, cómo se emancipó pasando por pruebas que la convirtieron en una nación
adulta que hay que respetar, que admirar y que querer igual que se quiere a una madre. Todos
deben sentir que la historia de la nación es también “su” historia, cuyas huellas pueden contem-
plarse (palacios, plazas, nombres de calles y estatuas de próceres). Esta Vulgata escolar transmite
ese acervo común de los lugares para la memoria47 y borra o quita importancia a las luchas san-
grientas que con frecuencia dividieron a la nación en dos bandos.
Como la historia puede contarse en infinitos episodios, lo mismo que un folletín, la escuela puede
ora enseñar a los niños el argumento en conjunto, añadiéndole puntos de referencia importantes
que se fijan con las imágenes, ora presentar en primer plano un personaje o un acontecimiento
lo bastante “novelesco” para merecer un relato particular. Le tour de la France par deux enfants48
va por el primer camino, enseña historia y geografía y educa cívicamente a André y Julien en el
transcurso de un viaje colmado de peripecias. Si hojea el libro sin detenerse en el texto, un colegial
irá de estampa en estampa como en un álbum de fotos familiares, y con ese recorrido basta para
leer la lista de nombres propios (sitios y personas) y el breve comentario que aporta las explicacio-
nes que es menester recordar. El otro camino es el que sigue De Amicis49. La vida cotidiana de los
colegiales de Turín que cuenta Corazón alterna con la vida de niños heroicos a quienes se presenta
en los “cuentos mensuales” que se leen en clase. Esas “narraciones dentro de la narración” reme-
moran la unidad nacional, recién concluida, y la función educadora de la escuela pública.
Por tanto, en vez de ser una ciencia de objetiva frialdad, la historia en la escuela hace vibrar el
orgullo patriótico, infunde fe en el destino singular de un país, enseña a convertir a ese país en
el centro del mundo. En la época en que los Estados se enfrentan a las Iglesias en lo tocante a la
educación, fueron sobre todo los países latinoamericanos los que adoptaron estos modelos, desde
México50 a la Argentina51, pues la creencia de que el progreso llega por la instrucción convierte
a la escuela en lugar decisivo de la lucha política e ideológica. En cambio, como el patriotismo

47
Pierre Nora (dir.), Les lieux de mémoire, 7 tomos (tomo 1: La République, tomos 2, 3, 4: La Nation, tomos
5, 6, 7, Les France), París, Gallimard, 1984-1992.
48
El segundo título de Le Tour de la France par deux enfants, de G. Bruno, es Devoir et Patrie. Editado
en 1877, pasó por un filtro laico tras las leyes de Jules Ferry (nada de imágenes de catedrales o de igle-
sias); se vendieron más de siete millones de ejemplares hasta 1914 (Jacques et Mona Ozouf, Le Tour de
la France par deux enfants, en Pierre Nora (dir.), Les lieux de mémoire. I. La République, París, Gallimard,
1984, pp. 291-322.
49
De Amicis (1846-1908), ex oficial que se hizo socialista, se puso al servicio de la escuela pública que
tiene que infundir el amor por la lengua italiana y conseguir que coexistan fraternalmente los niños de toda
Italia, que pertenecen a clases sociales diferentes (burgueses, obreros, emigrantes). Fue el texto más leído
en Italia entre 1886 y 1960. Se tradujo al francés y al castellano en 1886. Todos los colegiales de Francia y
Latinoamérica lo conocen por los extractos que se incluyen en los libros de lectura. Ver la traducción con
notas históricas de Gilles Pécout, Le livre cœur, París, Éditions de l’ENS-rue d’Ulm, 2001.
50
Lucía Martínez Moctezuma ha estudiado las adaptaciones de las creaciones francesas en México (la
Vuelta a Francia se convirtió en la Vuelta a México).
51
Roberta Paula Spregelburd, “De los Apeninos a los Andes: las lecturas de Corazón en la escuela argen-
tina”, en Héctor Rubén Cucuzza y Pableau Pineau (dir.), Para una historia de la enseñanza de la lectura y
escritura en Argentina. Del catecismo colonial a La razón de mi vida, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2002,
pp. 231-251.

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puede adquirir a no mucho tardar tonos belicistas o xenófobos, ese modelo les pareció incompa-
tible con el ideal de paz entre pueblos a los educadores que se volvieron pacifistas tras la Primera
Guerra Mundial, sobre todo a quienes militaban en las nuevas pedagogías. Sucede lo contrario
con la literatura que, aunque sea nacional, no por ello deja de carecer de fronteras.

LENGUA NACIONAL, PATRIMONIO LITERARIO E IDENTIDAD CULTURAL


El otro camino es la literatura. El único camino posible con frecuencia para los países que aún no
se han constituido en Estado-nación y no poseen historia propia. En los siglos xix y xx los mo-
vimientos nacionalistas o anticolonialistas vincularon a obras literarias emblemáticas su eman-
cipación política, las reivindicaciones lingüísticas o una identidad que se hallaba a la espera de
contar con un reconocimiento. Por ejemplo, estudiar a Goethe y a Schiller en las universidades y
los liceos germánicos dio vida a una “identidad alemana”, siendo así que las personas se hallaban
aún dispersas por multitud de reinos, ducados y principados. En Latinoamérica, los escritores se
emanciparon de los modelos europeos bajo regímenes autoritarios (Vargas en Brasil, Cárdenas
en México, Perón en la Argentina). Si nos fijamos en el ejemplo del Brasil, vemos que quienes
inventaron la “brasilidad” no fueron los historiadores, sino los antropólogos (Freyre, Buarque de
Hollanda, Mario de Andrade) que, muy lejos de Río de Janeiro, muestran a sus lectores las tierras
de Minas y del Nordeste, el mestizaje de los pueblos y el arte barroco colonial. A ellos les deben
la vanguardia erudita y los movimientos partidarios del arte moderno el haber dejado de mirarse
exclusivamente en el espejo de París durante esa época clave que fue la dictadura nacionalista de
Vargas. Los escritores y los intelectuales de todas las procedencias, comunistas perseguidos, libe-
rales relegados o que se adhirieron al poder, diplomáticos católicos o francmasones, construyen
la identidad de un Brasil en vías de descolonización mental. Escriben obras de las que no tardan
en leer y recitar fragmentos todos los alumnos, desde las clases de párvulos hasta la universidad:
eso que en la escuela llaman los clásicos. Hallamos antiguos (Machado de Assis, Castro Alves),
modernos (Graciliano Ramos, a quien metió en la cárcel el Estado Novo, o Cecilia Meireles, que
firmó el Manifiesto de los Pioneros por la escuela nueva). Hallamos novelistas y poetas (Guimarães
Rosa, Drummond de Andrade), y en Monteiro Lobato tenemos una figura magistral de la litera-
tura infantil. Los libros de texto de literatura de la década de 1950 pueden sin mayor dificultad
dedicar un capítulo de introducción a las “letras portuguesa” y saludar en Camões a un prestigio-
so antepasado lejano; cuentan ahora con más autores de los precisos para exponer la historia de
la literatura brasileña, en la cual puede leerse la identidad nacional.
Podríamos referir historias semejantes en la América hispánica, en donde aparecen a un tiempo
una literatura nacional y una nebulosa internacional de grandes escritores en lengua castellana en
donde brillan estrellas de primera magnitud que se llaman Borges, Neruda, Paz, García Márquez,
Vargas Llosa y muchos otros. En los países de Europa hay autores que de la misma forma se han
convertido en esos “monumentos sagrados” en los que todos los colegiales de un país aprendieron
la lengua y la identidad de ese país suyo. Con variantes fruto de las tradiciones nacionales se fue
creando poco a poco una lista de nombres y un corpus de obras52 en el que todo el mundo coin-
cide; y existe el riesgo permanente de fijar un canon definitivo y limitarse a la gloriosa herencia

52
Emmanuel Fraisse, Les anthologies en France, París, PUF, 1997; André Chervel, La culture scolaire,
París, Berlín, 1998; Martine Jey, La littérature au Lycée. L’invention d’une discipline, 1880-1925, Université
de Metz, 1998.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

del pasado (el Siglo de Oro en España, el Gran Siglo en Francia, el Romanticismo en Alemania).
Los grandes autores literarios proceden de todas las clases sociales, políticas e ideológicas y la
literatura enseña a apreciar textos y autores, aunque no se compartan sus ideas. Al aprender a que
les gusten a un tiempo Swift y Byron, Voltaire y Rousseau, Borges y Neruda, la ironía escéptica de
unos y el lirismo visionario de otros, ¿no aprenden acaso los alumnos a ir más allá de sus emocio-
nes espontáneas y de su sensibilidad inmediata para encaminarse hacia la auténtica tolerancia?
De esta forma sería la literatura la educadora mejor, pues es un modelo para la coexistencia pací-
fica entre hermanos enemigos.
No obstante, la historia sigue, la literatura también, los niños y los adolescentes cambian. ¿Hay
que darles prioridad a los “clásicos”, a los que nadie pone en entredicho, a los autores que ya
murieron? ¿O hay que hacerles leer autores vivos y controvertidos aún? ¿Hay que anteponer las
“vanguardias” que recurren a formas de escribir inusuales, difíciles, o los autores de moda? La
fuerza de las lecturas escolares reside en que son colectivas y obligatorias: constituyen la cultura
común de una generación. Su debilidad reside en que escolarizan cuanto tocan. Las obras se
convierten en selecciones, las lecturas en ejercicios formales, los alumnos aprenden a expresar
una admiración que no sienten. ¿Cómo conseguir que el mundo de los libros se convierta en el
mundo del lector? Durante todo el siglo xx se usó la literatura infantil como recurso para que se
produjera el siguiente milagro: un niño que aprende a amar la lectura con cuentos pensados para
él llega insensiblemente de las lecturas de la infancia a las lecturas adultas, de la literatura menor
a la mayor.

LOS MEDIADORES PARA LA LECTURA EN EL SIGLO XX, ENTRE FAMILIA,


ESCUELA Y BIBLIOTECA
“¿Cómo iban a poder los maestros hacer partícipes a otros de una experiencia que no conocen, la
de ese libro que se lee de un tirón, que proporciona descanso y satisfacciones de calidad?”, escribía
Ferdinand Buisson. Para conseguir que los demás amen la lectura, hay que ser un lector; y para
que los maestros sean “amigos de la lectura, de la lectura de verdad, de lo que leemos por gusto, de
la lectura desinteresada”, la literatura contemporánea (teatro, poesía, novela) tiene que entrar en
las escuelas normales. Las maestras53, más amantes de la lectura que sus colegas masculinos, dan
a la “afición a la lectura” prioridad pedagógica. No obstante, la institución que legitima las lecturas
juveniles en la escuela está fuera de la escuela: es la biblioteca infantil. En Estados Unidos la crea-
ron a finales del siglo xix y exportaron el modelo a Europa en la década de 1920, en el momento
en que responde a las expectativas de la nueva educación. Tales instituciones siguen escaseando
y las visitan los niños de clase media más que los del pueblo; pero la actividad incansable de las
bibliotecarias (todas son mujeres) suena en los congresos internacionales de bibliotecarios, de
docentes y de movimientos educativos.
Los cometidos de la biblioteca infantil son meridianos: “desarrollar en el niño el amor por la
lectura; ilustrarlo, al brindarle los mejores libros, tanto desde el punto de vista de la moralidad
cuanto desde el punto de vista literario, estableciendo algo así como una graduación entre ambos;

53
Los estudios sociológicos han dejado patente que en varios países (Francia, Estados Unidos, Inglaterra,
Italia) las maestras proceden con mayor frecuencia de la clase media que los maestros, que muchas de
ellas son solteras y con mucha afición por la lectura y que intentan transmitir esa afición a sus alumnos.
Para Francia, ver Ida Berger y Roger Benjamin, L’univers des instituteurs, París, Éd. de Minuit, 1964.

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proporcionar al niño recursos variados para que pueda satisfacer sus gustos y aptitudes y afirmar
así su personalidad; prepararles a las bibliotecas de adultos un público ilustrado54”. ¿No es esa aca-
so la mismísima razón de ser de la escuela? No obstante, el hecho de estar de acuerdo en los co-
metidos no quiere decir que los usos sean comparables. Incluso en los casos en que los maestros
están decididos a más no poder a fomentar la lectura precoz, las existencias escolares son parcas,
antiguas y con frecuencia en mal estado y los libros forrados con papel negro y almacenados en
un armario cerrado con llave no resultan nada atractivos. Por el contrario, las bibliotecas infan-
tiles son emporios, se puede disponer con libertad de los libros y todos los niños pueden ver las
tapas de colores y consultar y hojear los libros a placer. Los animadores muestran las nuevas ad-
quisiciones, enseñan a los recién llegados cómo orientarse y rellenar las fichas de inscripción. Las
bibliotecarias leen libros en voz alta a la “Hora del cuento”, organizan exposiciones, se interesan
por los libros de documentación ilustrados tanto como por las novelas. Defienden la idea de que
la mejor literatura infantil se halla en el sector de las novedades y no solo en las herencias.
La edición infantil, efectivamente, tuvo en la década de 1930 una temporada de tanta inventiva
como en la década de 1850 (o en la década de 1970): avances técnicos (reproducción en color,
fotografía), nueva estética (tipografía, formato, maquetación), nuevos viveros de autores y edi-
tores. Los tomos de viñetas entran por primera vez en las aulas de primaria y de párvulos. Paul
Faucher, a quien convierte a la causa de la educación nueva el pedagogo checo Frantisek Bakulé,
saca la famosa colección francófona Le Père Castor. En Brasil, Monteiro Lobato crea, con esa
misma mentalidad, sus famosas colecciones, con ayuda de Fernando de Azevedo. Para Faucher
no se trata ya de publicar “libritos pensados para niños que ya tienen costumbre de leer y afición
a la lectura”, sino de “empezar por el principio, de dar el gusto por la lectura a los chiquitines y
hacerlo nacer en niños a quienes no les gustaba leer o leían mal55”. El proyecto, que pareció en
aquella época “revolucionario”, era hacer que leyesen los “no lectores”, puesto que apunta a los que
aún no han aprendido a leer (están en la edad de la enseñanza preescolar) y, lo que es mucho más
ambicioso, a los que necesitan ya que los “reconcilien” con la lectura tras un aprendizaje infruc-
tuoso o doloroso.
A muchos docentes les parece el proyecto idealista, es decir, poco realista. Gustan de la calidad
de las ilustraciones y los textos, pero opinan que la biblioteca escolar está más bien destinada a
proporcionar a los alumnos aprovechados del pueblo, que leen bien y a quienes les gusta leer, esas
obras que sus padres no pueden comprarles. Se esbozan así dos formas de concebir el papel de la
literatura juvenil. Una lleva a los niños hacia la literatura en nombre de un ideal democrático de
apertura a los autores vivos: los adultos son “mediadores” y tienen que dar prioridad a los niños
a quienes les cuesta leer solos. La otra convierte la literatura infantil en un estribo de calidad para
que una élite popular pueda elevarse hasta las obras maestras de la literatura nacional que impo-
nen los estudios de larga duración. El papel de los adultos es ayudar a quienes tengan capacidad
para ello a descubrir las obras maestras (internacionales) de la literatura infantil: prevalece la
función transmisora.

54
Marguerite Gruny, en Henri Lemaître (dir.), La lecture publique: mémoire et vœux du congrès international
d’Alger, 1931, p. 134.
55
Paul Faucher, “La mission éducative des albums du Père Castor” (conferencia pronunciada cerca de
Zurich el 18 de mayo de 1957), L’École Nouvelle Française, n.º 87, pp. 3-14. En el congreso de Locarno
de 1927 Faucher conoció a F. Bakulé.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

EL LIBRO JUVENIL CONTRA LAS HISTORIETAS O LA LUCHA


DE LA CULTURA CONTRA EL COMERCIO
Las bibliotecarias no ven motivo para no combinar ambas cosas, puesto que entre su público se-
lecto no abundan los malos lectores. Idean en cambio para los chiquitines tácticas de iniciación
a los libros de viñetas que se generalizarán en la siguiente generación, introduciendo el “rincón
de leer” en las aulas de preescolar. Los maestros, apremiados por urgencias más prosaicas (lectu-
ra, aritmética, ortografía, historia y geografía), se contentan con animar a los lectores de buena
voluntad para que lean más en los ratos libres, fuera de la clase. Es, pues, frecuente que las biblio-
tecarias reprochen a los docentes que se conforman con poco y hacen que demasiados niños le
“cojan manía” a la lectura al convertirla en un ejercicio. Pero todo el mundo comparte esa misma
preocupación por las “obras de calidad” estilística, estética y ética, de forma tal que, tanto en las
escuelas norteamericanas cuanto en las escuelas francesas, la función de transmisión prevalece
hasta la década de 1950, ya que la transmisión se basa en el libro y ese producto duradero parece
estar al abrigo de las tentaciones comerciales que acechan a otros productos efímeros: las publica-
ciones periódicas para niños. La corporación docente tiene la obligación de levantar barreras que
aparten a los niños de las malas lecturas.
Pues, dado que se da por hecho que los niños son muy influenciables, se temen los daños que de-
terminadas lecturas podrían causar en su “alma sensible” o en su “psiquismo en pleno desarrollo”:
los psicólogos recuperan lo que antes predicaban las Iglesias. Ahora bien, por culpa de la Segunda
Guerra Mundial han quedado abandonados muchos adolescentes y, en consecuencia, durante
la Liberación la delincuencia juvenil se convierte en un tema preocupante de envergadura. Hay
quienes señalan con el dedo a la prensa popular y sus narraciones escritas manga por hombro
con un estilo ramplón y unas ilustraciones feas y de colores chillones y cuyos protagonistas son
de moral dudosa o tienen comportamientos antisociales. Los educadores estigmatizan las edicio-
nes mercantiles que solo piensan en la ganancia y las publicaciones de historietas juveniles que
rebosan de bandidos enmascarados, ladrones mañosos o gamberros impunes. Tanto en Inglaterra
como en Estados Unidos los cartoons inundan el mercado; se traducen o se adaptan a otras len-
guas con tanta profusión que algunas Ligas para la protección de la infancia, en las que participan
todas las tendencias políticas, se encrespan contra “esos periódicos infantiles que presentan de
forma favorable el bandidaje, el robo y la pereza”, aunque esté demostrado que “el 88% de los
niños leen libros malos56”.
Contra la prensa de mala calidad, contra las historietas que “embrutecen” o “intoxican”, pero
que los adolescentes compran porque son baratas y “no tienen nada más para saciar su sed de
lectura57”, los mediadores se convierten en defensores incondicionales del libro. Es fácil soltar
sermones indignados, resulta más difícil idear tácticas defensivas. En Estados Unidos, ya desde

56
Charles Schmidt, conservador de las bibliotecas, en L’éducation nationale, 3 de diciembre de 1952.
“Cette relation, soit-disant ‘démontrée’, entre mauvaise lecture et délinquence est un lieu commun de
l’époque”.
57
Raoul Dubois, miembro del Partido Comunista, elabora un informe en que analiza el éxito de las histo-
rietas y llega a la siguiente conclusión: “1. A los niños y a los adolescentes les gusta leer. 2. Las historietas
se leen con más facilidad y en cualquier situación, estén cómodos o incómodos. 3. La historieta resulta
práctica para llevar en el bolsillo y sale barata. 4. El niño y el adolescente no tienen nada más para saciar
su sed de lectura”. Éducation nationale, 27 de enero de 1955, pp. 10-11.

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Anne Marie Chartier

la década de 1950, a las bibliotecas llegan con regularidad las novedades; y los autores a quienes
avalan sus éxitos comerciales (como Enid Blyton58) penetran también en el ámbito escolar; de
algunos libros se compran treinta ejemplares, para que toda la clase pueda leer la misma novela
bajo la dirección de un adulto (el maestro, uno de los padres, la bibliotecaria). Esas lecturas se co-
mentan en grupitos, se hacen redacciones sobre ellas y exposiciones de dibujos, pero no ejercicios
escolares. Las escuelas inglesas, francesas y suizas siguen por ese derrotero en la década de 1970,
pero para entonces ya ha cambiado todo, porque la televisión ha entrado en la vida cotidiana de
los niños.

LAS LECTURAS JUVENILES ANTE LOS NUEVOS MEDIOS


DE COMUNICACIÓN: 1970-2000
Tres factores se combinan en las décadas de 1960 y 1970 para que las lecturas juveniles se convier-
tan en una cuestión política de ámbito internacional. Las encuestas de la UNESCO ven en el anal-
fabetismo persistente de los países recientemente descolonizados un factor decisivo de subdesa-
rrollo. En los países desarrollados, el fracaso escolar que queda patente en muchas encuestas en
cuanto la enseñanza secundaria se convierte en obligatoria59 trae consigo una crisis de la escuela
y de las pedagogías de la lectura. Los profesores comprueban en todas partes que los adolescentes
de la clase popular “no saben leer”, es decir, no saben leer solos. Formar en edad temprana “lecto-
res autónomos” se convierte en la nueva consigna. Otro de los factores es el ascenso inexorable de
los estudios de ciencias y técnicos, que pasan por delante de los estudios de letras, que se conside-
raban hasta esa fecha el camino por excelencia para la selección de élites. En la iconografía social,
la figura del ingeniero sustituye a la del jurista o a la del profesor; y en los planes de estudios, el
gusto por las matemáticas adquiere más importancia que el gusto por la poesía. Por esta circuns-
tancia, la relación entre la afición a la lectura y el éxito escolar empieza a quedar en entredicho. Y,
para terminar, el tercer factor: la irrupción de los nuevos medios de comunicación audiovisuales
le cambia el rango, en la vida cotidiana, a lo escrito. El teléfono sustituye a las cartas, la televisión
sustituye al libro y al periódico, nos trae a domicilio lo que necesitamos para estar informados,
lo que necesitamos para instruirnos (documentales, reportajes y debates entre expertos) y, sobre
todo, nos trae ficción (emisión de películas, de obras de teatro y de obras originales). ¿Qué peso
pueden tener las historietas y las novelas de las bibliotecas frente a las películas de dibujos y las
adaptaciones para televisión de series infantiles?
A los mediadores de la cultura escrita siempre se les había visto, desde el siglo xvi, en la zona de
la modernidad; ahora están en el bando de los “nostálgicos”, aferrados a la galaxia Gutenberg60 en
el preciso instante en que estamos entrando en la galaxia Marconi. Para ellos, el peligro residía
en los arcaísmos que tenían que ver con el analfabetismo; y las destrezas de la escritura auna-
ban el prestigio del patrimonio heredado y la racionalidad occidental. Ahora bien, los medios

58
Enid Blyton (1897-1968) vendió más de 400 millones de libros de sus diferentes series: Los cinco, Los
siete secretos y, para los pequeños, Noddy.
59
Publicados a principios de la década de 1960, el informe de Lady Plowden en el Reino Unido, el informe
Coleman en USA y los estudios del INED en Francia muestran que la selección escolar penaliza a la clase
popular y aboga por una democratización de la enseñanza secundaria por razones económicas (elevar
el nivel de capacidades), políticas (favorecer la vida democrática) y sociales (ayudar a los alumnos de las
familias del pueblo).
60
Marshall McLuhan, The Gutemberg Galaxy, University Press of Toronto, 1962.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

de comunicación de masas no son ni arcaicos (los modelos son norteamericanos) ni autoritarios


(cada cual es libre de consumirlos o de no consumirlos), sino democráticos, puesto que su difu-
sión depende de las decisiones del público de a pie. Por primera vez desde tiempos de Gutenberg
se pone en duda la supremacía de lo impreso y, por lo tanto, de la lectura como forma inevitable
de acceder a “todos los conocimientos del mundo”.
Para luchar contra esas “escuelas paralelas”, los mediadores cambian de táctica. Si los niños se
pasan a la televisión ¿no será porque se les ofrece, como hacen los profesores de literatura, obras
“demasiado difíciles”? Los profesores saben que sus alumnos no pueden apreciar la ironía ima-
ginativa de Pierre Menard, autor del Quijote o la gracia absurda de Cronopios y famas: ahí están
ellos para hacérselo notar. Pero ¿las lecturas libres deben ceñirse a esos criterios escolares61? ¿Al
ofrecer a niños de diez años Oliver Twist o El principito, no se propicia un fracaso en vez de un
logro? Se revisan “a la baja” los criterios del BIE y, a partir de las décadas de 1960 y 1970, la escuela
da paso, como en Estados Unidos, a las series de moda y a las historietas y aumenta el lugar de
los tomos de estas. Cuanto favorezca la lectura vale, el lema de los mediadores es conseguir por los
medios que sea que se lea, recurriendo a las mismas tácticas que los medios de comunicación au-
diovisuales. El “placer de leer” se convierte en un eslogan consensuado, los contenidos no tienen
ya por qué contar con consenso alguno, puesto que dependen de las preferencias subjetivas.
¿Estamos ante una ruptura con los ideales de la década de 1920? Más bien se trata de un aleja-
miento debido a la pérdida de unas cuantas ilusiones, que requiere una nueva formulación, en un
entorno nuevo, de los objetivos definidos en 1920. En los discursos se sigue predicando la edu-
cación mediante la lectura y la valoración de obras del mundo entero, sin limitarse a los autores
que escriban en la lengua nacional. Pero las leyes del mercado están en las antípodas: dan prefe-
rencia a los best-sellers, reducen de facto el abanico de elecciones, al tiempo que aparecen todos
los años decenas de miles de títulos nuevos. Las modas las fijan las Ferias del Libro Juvenil, en
donde se negocian contratos y derechos de traducción. La cantidad de traducciones, en una len-
gua estándar, de libros norteamericanos es abrumadora. Debido a ello, la literatura juvenil parece
un iceberg. La parte que se ve la componen clásicos de toda la vida y títulos bien conocidos, que
se consideran difíciles para los niños de hoy, pero inevitables. La van enriqueciendo muy poco a
poco títulos nuevos. La parte sumergida consta de lo esencial de las publicaciones, que no es un
depósito, sino un flujo del que solo saben los especialistas y se renueva continuamente. Pueden
verse en él libros que han tenido éxito (y seguirán editándose durante una temporada); y todos
los demás son de vida breve: una novela o un tomo de historietas que no han dado con su público
al cabo de tres meses desparecen de las librerías y la bibliotecaria no podrá sustituir un ejemplar
deteriorado. ¡Viva lo nuevo!
Este fenómeno se aceleró con la llegada de los medios de comunicación digitales, a los que les
llegó el turno de desviar el caudal de imaginación de los jóvenes hacia otros soportes; los video-
juegos en 3D crean mundos lúdicos en los que se puede entrar para vivir guiones novelescos,
inventar peripecias, interactuar con personajes de ficción e imaginar desenlaces. ¿No era exac-
tamente eso lo que deseaban quienes andaban buscando “métodos activos” para desarrollar el
mundo imaginario de los niños? De momento, a los educadores les da miedo la fascinación que
ejercen sobre ellos esos nuevos soportes, de la misma forma que les dieron miedo los estragos de

61
Daniel Pennac defendió vehementemente la libertad del lector en Comme un roman, París, 1992 (Como
una novela, Anagrama, 1994, traducción de Joaquín Jordá).

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Anne Marie Chartier

la novela y de la televisión en las “débiles mentes” de los niños, pero la generación que se ha criado
con las consolas digitales y los juegos en la red no cabe duda de que hallará vías de coexistencia
pacífica en los soportes tradicionales. Por lo demás, esos nuevos medios son los primeros en
recurrir a las riquezas del patrimonio cultural: por razones comerciales evidentes, las creaciones
digitales se nutren de los guiones de las “grandes obras”, de la misma forma que lo hicieron antes
las películas y las películas de dibujos.

CONCLUSIÓN
¿Tiene porvenir la literatura juvenil? ¿A qué tácticas deben recurrir los mediadores para ayudar
a los jóvenes a meterse en la lectura? Destaquemos tres puntos a modo de conclusión de este
recorrido. Primero: la escuela, al no poder convertir en prescripción educativa los hábitos de
lectura individual, solo pudo hacer suya la literatura juvenil integrándola en un proyecto escolar.
No pudo hacerlo ni con lecturas recreativas, ni con las que tenían propósitos de transmisión re-
ligiosa, ni con aquellas cuyo cometido era transmitir conocimientos positivistas, ni tan siquiera
con las que tenían que transmitir la historia y la literatura nacionales. Los libros juveniles tienen
difícil cabida en una escuela cuyo objetivo no es distraer sino formar. Sigue siendo esto cierto
cuando la escuela de la literacy tiene que enfrentarse con la televisión. La misión de la escuela
es la instrucción, es decir, capitalizar, y no puede dar el espaldarazo a una cultura de consumo
que se rige por el principio del placer. No puede limitarse a instruir de forma lúdica y jovial,
aunque haya quienes sueñen con ello. La lectura es también una tarea que exige esfuerzo, por
más que prometa satisfacciones. Está aún por demostrar si las lecturas escolares colectivas con
tiempo limitado ayudan a leer mejor a los lectores noveles y contribuyen a su formación (literaria,
cultural y científica). Las tácticas de los bibliotecarios, de las familias y de los demás mediadores
gozan de mucha más libertad, transcurren en una relación dual o en grupos muy pequeños y no
les beneficia en absoluto imitar las tácticas escolares. Es la escuela la que sueña con introducir en
esa institución las modalidades de lectura informal que pertenecen a los ámbitos privados. Por
más que haga intentos de acomodarlas de forma marginal, no puede convertir esas lecturas en un
proyecto pedagógico.
Segundo: la imaginería de ficción y los conocimientos narrativos que la lectura aportaba en la dé-
cada de 1960 acontecen ahora fuera de los libros. Los niños de todos los países del mundo no se
enteran de qué es un cuento oyendo lo que les leen, y menos aún oyendo a una abuela contarlos
al amor de la lumbre, sino viendo películas de dibujos y anuncios en la televisión. Con la llegada
de Internet, los relatos se han convertido en herramientas de marketing (storytelling) que incitan
a comprar, orientan los gustos y manipulan las opiniones. No obstante, los nuevos soportes brin-
dan posibilidades interactivas inéditas que deben aprovechar los educadores. Son herramientas
para el desarrollo cognitivo y emocional; transmiten valores y prejuicios que no deben ignorar
aquellos a cuyo cargo corre la educación, y ya están entrando en la escuela. Pero quien busque
un soporte con porvenir, barato, sólido, de uso ilimitado y que puede funcionar sin electricidad y
sin descodificadores y nunca se estropea no halla en el mercado sino un único producto: el libro
impreso en papel, que solo requiere “que se sepa leer” (lo cual no es poco). Esas virtudes hacen
de él un soporte de vanguardia. Parece, pues, que durará, lo que no es el caso de otros soportes de
tecnología más compleja, mucho más efímeros y más frágiles. Cualquiera puede leer un libro
editado en 1900 (o en 1800, en 1700, en 1600...), pero es prácticamente imposible oír la música
grabada en “discos negros” en 1960 desde que los lectores de CD expulsaron de casa los tocadis-
cos. El material digital actual se queda obsoleto aún más deprisa.

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Lo que leen los jóvenes y las instituciones educativas: de la transmisión a la mediación

Tercero: la literatura juvenil no es el cauce exclusivo para enseñar valores e iniciar en cualesquiera
aprendizajes; la fuerza de la literatura no se halla ya en el campo de las diferencias sociales62 (que
se han trasladado a los nuevos medios de comunicación) ni de la rentabilidad escolar (en este
aspecto ocupan ahora su lugar los conocimientos científicos). No obstante, desempeña un papel
específico porque sus narraciones cuentan solo con el poder de la lengua. Se trata de un poder que
posee en común toda la especie humana, pero se reparte de forma muy desigual: los niños son
seres humanos que están aprendiendo a hablar. No les bastan, para tener una representación del
mundo, ni la experiencia vivida ni las imágenes, porque estas nunca “hablan” solas. La literatura
brinda a los niños palabras, diálogos, historias completas que viven protagonistas que solo son
lengua pura. Y así la literatura “inventa historias”, es decir, “fabulaciones”. Tanto si la medimos
con el escantillón de la verdad (“a los niños hay que decirles la verdad desnuda”, decía Rousseau
censurando las fábulas y los animales parlantes) como si la medimos con el escantillón de la
realidad (los cuentos son cosas de niños y no queda más remedio que darlos de lado para mirar
la realidad en serio y “cara a cara”) es vulnerable. Ahora bien, resulta que algunas de esas histo-
rias (aunque no todas) son la única vía posible para decir, de formar parcial y provisional, unas
cuantas verdades. La literatura es un filtro y también un espejo. Además necesita “mediadores”
convencidos de que esa función es esencial para que se perpetúe el diálogo entre los libros y la
infancia y para que el mundo de los textos entre en el mundo del lector.

62
Pierre Bourdieu, La distinction, París, Éd. de Minuit, 1979.

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El lector en red
José Antonio Millán

UN CIRCUITO HABITUAL
A una persona le recomiendan un cierto libro. Tras localizarlo en una librería, lee la contraporta-
da y lo hojea un rato. Por fin decide adquirirlo; se lo lleva a su casa y, durante unos días, procede a
su lectura. Subraya pasajes que le resultan de interés, hace algunas anotaciones marginales, y co-
pia y manda un párrafo especialmente brillante a un amigo. Acabada la lectura, comenta la obra
con algunos conocidos. Tras unos meses, presta su ejemplar a un compañero que tiene interés no
solo en leer la obra, sino en conocer las anotaciones que ha hecho.
Pues bien, el cambio radical de la época actual es que todas estas operaciones se pueden realizar
sin que nadie toque siquiera un libro físico, un libro en papel. Y este es el panorama que queremos
analizar en el presente capítulo. Pero ¿por qué tiene interés hacerlo?
La digitalización de procesos y servicios está teniendo el efecto lateral de trazar un auténtica ra-
diografía de numerosos elementos de nuestro mundo y de nuestra sociedad. Así, prácticas con
decenios, o siglos, de antigüedad se ven despiezadas para recombinarse en el medio digital, adap-
tándose a sus condiciones específicas. Interacciones ya asentadas se reconfiguran en los universos
virtuales, erigiéndose en una especie de realidad paralela.
En el curso de estos movimientos afloran aspectos cualitativamente nuevos, que se entrecruzan
con las prácticas antiguas, porque en el mundo de la cultura rara vez hay revoluciones tajantes. El
ejemplo con el que hemos comenzado podría ser perfectamente mixto, es decir, estar compuesto
por una mezcla de procesos digitales y otros tradicionales. Por ejemplo, puede coexistir la reco-
mendación digital con la adquisición de un libro tradicional, cuyo contenido es al tiempo busca-
ble digitalmente; y su comentario y la recomendación a otros pueden desenvolverse al tiempo en
el terreno digital y en el presencial.
Este es el panorama, movedizo y mixto, en el que se desenvuelve ahora la lectura. Pero una ima-
gen destaca poderosamente en él: cada lector es el centro de una red por la que circulan obras,
informaciones y recomendaciones, citas y comentarios. Esta red ha estado tradicionalmente com-
puesta por personas e instituciones (tanto comerciales como culturales), pero ahora hay un tercer
componente: las máquinas, que leen los libros antes que nosotros, escrutan nuestros gustos y
actividades y generan sus propias interacciones con los humanos.
Este capítulo quiere ser la descripción de esta red.

PRESUPUESTOS METODOLÓGICOS
Voy a tratar de dilucidar qué supone el trasvase al medio digital de esta visión compleja de la lec-
tura, y de la nube de prácticas conexas que rodean a sus sujetos y sus objetos. Por fines de claridad

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El lector en red

dividiré esta materia en siete apartados, que siguen grosso modo un circuito ideal de la lectura en
el seno de nuestra sociedad.
Partiré como eje del libro, como representante canónico del “objeto de lectura”, por mor de la
simplificación. Pero no olvidaremos que hay un numeroso conjunto de “objetos de lectura” en el
mundo tradicional (periódicos, revistas, prospectos, instrucciones, documentos de trabajo, me-
morandos, contratos), casi todos los cuales tienen su correlato en el mundo digital, que además
añade sus propios tipos (blogs, páginas personales, sitios de recomendación, etc.). Aludiré a ellos
siempre que sea necesario.
Igualmente, consideraré las dos vertientes principales de uso del libro, a las que aludiré como
“libro-ocio” y “libro-trabajo” (abreviadamente, libroo y librot). De nuevo, no se nos escapa la mul-
tiplicidad de usos que se extienden entre medias, o la misma dificultad de asignar ciertas lecturas
a una u otra categoría, pero esta simplificación nos servirá de herramienta de trabajo.

1-CONOCER
Con frecuencia una precondición para su lectura es llegar a saber de la existencia de una obra que
nos interesa. En el universo de los libros de ocio (libroso), que arquetípicamente son las novelas,
una de las vías principales es la recomendación de las personas de la red social inmediata (Con-
treras, 2002). En las lecturas profesionales (librost) asimismo está muy activa la recomendación de
colegas. En el apartado “7-Recomendar, sugerir” analizaremos la generación de estos procesos.
Pero en el medio digital, y muy concretamente para las lecturas profesionales y librost, hay una
nueva fuente de acceso. Se trata de los buscadores en la web, que son capaces de buscar un tema o el
nombre de un autor en el conjunto de documentos que forman parte de la www. Por una parte, son
capaces de localizar la presencia de una determinada palabra en un documento (el caso típico sería
la detección de un nombre propio), pero también pueden acceder a descripciones de la temática
del mismo que no se encuentran literalmente en el texto, sino que figuran en el texto de los enlaces
con los que usuarios de la web apuntan al documento. Por último, de las distintas obras que pue-
den cumplir con el requisito de una búsqueda, el buscador destaca unas frente a otras, en función
de la cantidad y calidad de enlaces que ha recibido. Cada enlace es un voto (Candeira, 2001).
Pero este procedimiento de búsqueda no se limita a las páginas web: cada vez es más frecuente
la incorporación de obras impresas a sitios digitales accesibles mediante buscadores: es lo que
ocurre en librerías virtuales como Amazon (Search Inside), en sedes web de editoriales (caso de
HarperCollins), en bibliotecas virtuales (como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) o en si-
tios que reúnen fondos heterogéneos de todas las procedencias, como Google búsqueda en libros.
Hay que llamar la atención sobre una cuestión: es posible que el propietario de una obra consienta
en dar acceso vía buscador a la totalidad de su texto, aunque al lector potencial solo se le permitirá
leer unas pocas líneas de la página donde aparece el término encontrado. De esa forma se ponen
en manos del lector unas auténticas concordancias, que le permiten saber, por ejemplo, que en las
páginas 37, 142 y 235 de un determinado libro se habla de “péptidos opioides” (y se puede conocer
en qué contexto) y, por tanto, que es un buen candidato a sernos útil en un estudio sobre el tema.
Mediante el uso de buscadores podemos, en resumen, acceder a obras cuya existencia descono-
cíamos, mediante procedimientos automáticos, que a veces incorporan juicios o descripciones
hechas por humanos.

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José Antonio Millán

2-HOJEAR
El paso siguiente a la localización de una obra potencialmente valiosa para un lector es recorrer
sus paratextos: índice, solapas, contracubierta, introducción..., o bien hojear sus páginas. Ambas
cosas han encontrado su correlato electrónico de nuevo en sitios de librerías virtuales, en webs de
editoriales, en bibliotecas virtuales o en sitios como Google búsqueda en libros.
La diferencia fundamental entre estos proyectos (o a veces entre libros contenidos en un mismo
proyecto) radica en si es posible acceder a la lectura en pantalla de la totalidad de la obra o sola-
mente a una parte. Por lo general, los propietarios de obras con copyright vigente tienden a dar
acceso tan solo a una parte de la obra (que incluye los mencionados paratextos), mientras que las
obras en el dominio público suelen ofrecerse íntegras. El equivalente tradicional de la primera
práctica sería encontrarse en la librería al libro retractilado en un plástico que impide hacer nada
más que mirar su exterior, lo que, por cierto, a veces ocurre.
De todas formas, un número creciente de propietarios de derechos optan por dar la posibilidad
de leer cualquier página de la obra, en la creencia de que esta práctica no disminuye las ventas de
las misma, sino que al contrario sirve de promoción.

3-COMPRAR, ACCEDER
Dada la localización de una obra, ya sea por la vía tradicional o por vía digital, caben dos opcio-
nes: que ello nos lleve a la adquisición de un libro tradicional (o a su préstamo por parte de una
biblioteca) o a la bajada de la red de un archivo digital que la contenga. En este último caso, la
obra podrá ser leída en la pantalla de un dispositivo de uso general (ordenador o smart phone) o
de un dispositivo dedicado (e-book) (Millán, 2008a).
Y cabe incluso una tercera posibilidad, mixta: que el archivo digital se convierta en un libro im-
preso, con la tecnología del print on demand o impresión bajo pedido.
El acceso a un archivo digital introduce una novedad espectacular en el mundo del libro, al ampliar
el acceso generalizado a las obras. Pensemos que una librería muy grande puede albergar unos
70.000 títulos (aunque los clientes puedan pedir otros que no están en el local y que las editoriales
tengan en catálogo). Una librería virtual como Amazon tiene millones de títulos: no se sabe exac-
tamente cuántos. Una librería de libros antiguos y usados como el español Uniliber puede contar
con casi tres millones, mientras que Iberlibro, que es parte de Abebooks (comprado por Amazon),
da acceso a 110 millones de obras diferentes. En cualquier caso, no parece demasiado, si pensamos
que en el 2006 se publicaron en el mundo un millón y medio de nuevos títulos (Hoffman, 2007).
Hasta aquí estamos hablando de la adquisición de libros físicos, libros tradicionales, pero si pasa-
mos al terreno electrónico Google búsqueda de libros da acceso a algunos millones de libros digi-
talizados de bibliotecas y enviados por sus editores. Y saliendo del ámbito del “libro” recordemos
los millares de periódicos digitales y páginas web que existen. Y del género más famoso en la ac-
tualidad, el blog, sabemos que existen unos 133 millones, aunque activos en los últimos seis meses
parece haber solo (afortunadamente) 7,4 millones. Estos blogs activos generan aproximadamente
un millón de post ¡¡al día!! (Technorati, 2008).
Es decir, la cantidad de material textual accesible hoy día, ya sea impreso, nativo digital o impreso
digitalizado es inmenso. Por eso las redes de selección, filtrado o recomendación tienen una im-
portancia clave en este panorama.

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El lector en red

4-LEER, TRABAJAR
El acto de lectura es, por lo general, íntimo y privado, pero sirve a muchos propósitos: el ocio o la
evasión (libroo) o la formación y el trabajo (librot). Al primero se le piden una serie de requisitos,
como la facilidad de lectura y la portabilidad (que se manifiesta en los libros de bolsillo y edi-
ciones en rústica). El segundo puede demandar mayor tamaño, calidad en gráficos y esquemas,
espacio para anotaciones, etc.
Un segmento significativo del libroo está pasando a dispositivos dedicados o e-books, aparatos
concebidos para la lectura, hoy día basados, por lo general, en la tecnología de tinta electrónica,
de los que el más famoso es el Kindle. Pero también están adoptando progresivamente estas fun-
ciones los smart-phones, teléfonos móviles o celulares avanzados, con pantallas significativamente
grandes, en los que ya hay programas para leer libros. A estos últimos soportes está pasando parte
de la lectura circunstancial, la que se lleva a cabo en un viaje, o si sobreviene un tiempo de espera
no previsto (por ejemplo, en la sala de espera de un médico).
Al tiempo, y según demuestran sondeos de varios tipos realizados en España (Millán, 2008b), ya
hay un hábito asentado de lectura de libros en pantallas de ordenador, es decir, de nuevo en un
dispositivo no especialmente destinado a la lectura. Según los datos reunidos, esto afectaría tanto
a los libroso como a los librost.
Pero el tipo de lectura más propio de los librost es la que interviene en el texto, a través de su-
brayados o anotaciones marginales. De nuevo, esta es una posibilidad que se ha implementado
en obras electrónicas (por ejemplo, determinados formatos para e-books), que permiten marcar
zonas del libro o incorporar anotaciones. Estas operaciones pueden ser privadas, pero más fre-
cuentemente conducen al trabajo en colaboración, lo que aconseja que las veamos en el apartado
siguiente.

5-COMPARTIR, PRESTAR
Una práctica común es el préstamo de libroso entre particulares, que funciona como una suerte de
recomendación amplificada y que se detecta normalmente en el seno de comunidades de lectores
(Contreras 2002). Y, por supuesto, el préstamo institucional por parte de las bibliotecas es una
realidad constante.
Es cierto que muchos editores de libros tradicionales, sobre todo en el ámbito estadounidense,
vetan formalmente esta práctica. Véase esta advertencia estándar (cursiva y traducción nues-
tras):
“Este libro se vende sujeto a la condición de que no será, por vía de comercio o de cualquier otra
manera, prestado, revendido, alquilado, o que no experimentará ninguna otra forma de circula-
ción sin el permiso previo del autor”.
Sin embargo, incluso estos libros vendidos con la condición explícita de no ser prestados (o, por
cierto, revendidos) circulan de mano en mano...
Pues bien, esta práctica usual ha intentado tener su correlato en el mundo virtual: los archivos
digitales de libros (ya sean comprados o bien bajados de sitios abiertos de la red) están llamados a
circular de lector en lector, habida cuenta de sus facilidades de replicación y envío. Sin embargo,
muchos propietarios de obras (no solo textuales, sino también sonoras o visuales) incorporan un

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José Antonio Millán

procedimiento de Gestión de Derechos Digitales, conocido por sus siglas inglesas DRM (Digital
Rights Manager). El DRM puede fijar numerosas restricciones, como plazos de tiempo limitados
para poder leer la obra, o que los archivos no puedan verse más que en el equipo del comprador
(Cano, 2008).
Estas barreras artificiales y paradójicas (puesto que están limitando técnicamente lo que las mis-
mas tecnologías permiten) han chocado de lleno con las prácticas más asentadas en las comuni-
dades lectoras, y la prueba del rechazo que experimentan es que están desapareciendo paulatina-
mente de la red.
Pero el tipo de lectura más propio de los librost es la que interviene en el texto, a través de subraya-
dos o anotaciones marginales, o copia porciones de él para integrarlo en documentos de trabajo.
De nuevo, aunque la tecnología permite que los libros digitales reciban marcas o anotaciones, o
se copien fragmentos, el DRM puede impedir que todo ello salga del círculo físico de un deter-
minado e-book.
En Jackson (2001) se puede acceder a una descripción de las prácticas tradicionales en anotación
de obras y la difusión de los ejemplares anotados entre conocidos.

6-DISCUTIR, COMENTAR
La discusión y el comentario de un libro tradicional se podían llevar a cabo de forma presencial
(en una clase, pongamos, o en un club de lectura), o mediante los mecanismos de crítica y reseña
en distintas publicaciones.
Pues bien, tanto los libros electrónicos como los tradicionales pueden comentarse en la red me-
diante diversos sistemas:
• Amazon y otras librerías virtuales habilitan comentarios sobre cualquiera de los libros que
tienen a la venta.
• Bibliotecas virtuales como la Cervantes tienen foros para cada una de las obras que contie-
nen.
• Hay también sitios web dedicados específicamente a comentar obras, electrónicas o no. Por lo
general suelen estar especializadas por géneros: en español existe, para ciencia-ficción y terror,
Sedice; para novela romántica, El rincón romántico. Generalista y también en español (a pesar
de su nombre) es Bookaffinity.
• Hay clubs de lectura presenciales que tienen un complemento en línea; un ejemplo entre mu-
chos, el Club de lectura de la biblioteca de La Calzada.
• Y saliendo del ámbito del libro, ¿qué son los blogs muchas veces sino comentarios y metaco-
mentarios sobre un tema cualquiera, distribuidos a lo ancho de la red?
Hay que señalar que, además de comentarios explícitos, existe otra práctica también creciente en
la red, que es el tagging o etiquetado. Consiste en que los usuarios añaden una o varias etiquetas
(o tags) para caracterizar una cierta obra. Las tags pueden estar constituidas por cualquier pala-
bra o frase, con lo que de hecho no hay límites para las caracterizaciones que quieran aportar los
lectores.

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El lector en red

Este recurso lo pueden facilitar sitios generales que facilitan el etiquetado de cualquier página
web: Del.icio.us es el caso más típico. Pero también lo presentan librerías como Amazon o sitios
dedicados a gestión de bibliotecas personales, como LibraryThing, y precisamente las prácticas
que provienen de uno u otro tipo de sitios difieren significativamente (Spalding, 2008).

Pero el concepto que mejor refleja la encrucijada digital en la que se encuentran las obras en la
actualidad es el de libro en red (networked book) (Berenstein, 2006). Se considera libro en red tan-
to una obra acabada como una en curso de redacción, que se beneficia de los comentarios de los
lectores, quienes pueden irla complementando, comentando o rectificando sobre la marcha. De
nuevo, se trata de la versión digital e inmediata de una práctica común en el terreno de la creación
científica: la obra original, junto con las observaciones o críticas, las reseñas y comentarios, se va
integrando en un todo superior. La diferencia que aporta el medio digital es no solo la rapidez
con la que pueden aparecer estos nuevos elementos, sino también el hecho de que pueden estar
ligados directamente a la obra original (o incluso a los apartados concretos para los que resultan
pertinentes).

Un simple wiki (programa que permite editar una página web) puede bastar para la gestión de
estas interacciones, pero hay distintas aplicaciones que intentan resolver los problemas de inte-
racción y control que se plantean. Entre ellas destacan las que promueve el Institute for the Future
of the Book.

7-RECOMENDAR, SUGERIR
En el circuito tradicional de los lectores de libroso la recomendación es un acto frecuente. Y no
solo funciona explícitamente: en ciertos grupos de lectores, basta con que uno de sus miembros
más populares mencione el título de una obra o incluso se exhiba con ella bajo el brazo.

En la relación mediada digitalmente, hay sitios que permiten también hacer exhibición de qué se
lee, como Gurulib. Sin embargo, puede tener más valor de recomendación la asignación de una
etiqueta: en los libros de Amazon podemos encontrar tags temáticas o descriptivas, pero también
valorativas, en positivo o en negativo, como brilliant o junk (“brillante”, “basura”).

Pero el rasgo que tiene que ver más con las nuevas posibilidades que presentan los entornos digi-
tales son las “recomendaciones tácitas” que surgen del análisis de los datos de los usuarios.

De esta forma actúan los periódicos digitales, cuando presentan un listado de “Lo más visto” o
“Lo más enviado” (por ejemplo, en la edición electrónica de El País): las acciones de quienes nos
han precedido constituyen una guía de popularidad. Pero más útil y sutil es la recomendación
que extrae Amazon del análisis de las compras de sus usuarios. Su enunciado es muy simple: “Las
personas que compraron X, también han comprado Y y Z”. Frente al acto relativamente simple
y sin compromiso que supone asignar una etiqueta (positiva o negativa) a un libro, el acto de la
compra se lee en este sistema como un auténtico voto.

Hay que señalar que los algoritmos de Amazon actúan con cierta finura, agrupando los libros de
temáticas afines: es decir, pocas veces nos señalarán que quien compró el libro sobre historia de la
lectura que estamos considerando compró también una novela policiaca, sino que nos informará
sobre otros títulos de ensayo, de historia y materias afines. Además, este dato no suele reflejar las
acciones de un solo comprador, sino la acumulación de datos (la tendencia) de varios de ellos.

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José Antonio Millán

Muchas instituciones bibliotecarias tienen recomendaciones, pero querría terminar con un ejem-
plo que muestra claramente la hibridación entre prácticas presenciales y virtuales: la biblioteca de
La Haya, que ofrece a sus usuarios dos bandejas de devolución: una para libros normales y otra
para aquellos que el lector ha encontrado especialmente motivadores (Johnston, 2008). El simple
acto de poner el libro en una u otra bandeja equivale a la asignación de un tag, y el elemento de
recomendación (que forma parte del mundo físico) puede pasar también, convenientemente tra-
tado, a la web de la institución.

A MODO DE CONCLUSIONES
He intentado resumir este circuito en un gráfico, que tal vez (por ser la simplificación gráfica de
una simplificación conceptual) puede resultar doblemente inexacto.

Gráfico 1. El circuito social mediado de la lectura

1 Conocer 2 Hojear

7 Recomendar, 3 Comprar,
sugerir acceder

6 Discutir, 4 Leer,
comentar trabajar

Área individual
Instrucciones 5 Compartir,
automáticas prestar

Fuente: elaboración propia.

Sin embargo, la imagen destaca varias cosas. El lector (la lectora, en el icono utilizado) está ro-
deado de su red social. Algunas de sus acciones (las que aparecen a la derecha etiquetadas como
“Área individual”) son realizadas aisladamente, pero en todas las demás pueden intervenir otras
personas.
Las flechas negras del perímetro unen los siete elementos del circuito ideal que hemos esboza-
do. Las flechas blancas son interacciones con humanos. Las flechas grises son interacciones auto-
máticas, en último extremo con bases de datos.

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El lector en red

Ya avanzábamos al comienzo que todos los elementos del circuito eran susceptibles de llevarse a
cabo hoy día sobre un medio digital, empezando por el acceso a la obra y su misma lectura.
Además, y como hemos visto, todas las interacciones con humanos en torno al libro pueden
también realizarse hoy día en soporte digital. Ni que decir tiene que los conceptos clásicos de
“red social” experimentan una explosión en el nuevo medio. Las flechas que surgen del nodo 6
“Discutir, comentar” pueden reflejar un club de lectura presencial (compuesto, por tanto, por
personas que viven en la misma localidad). Pero en su vertiente digital pueden ser participantes
en un mismo foro de discusión de un libroo, o componentes de un seminario de una universidad
virtual trabajando en un librot, y en cualquiera de los dos casos cuenta más la participación en
procesos comunes que la localización geográfica.
Más sorprendentes resultan las interacciones automáticas que pueden formar parte del “Cono-
cer”. Los algoritmos que, en buscadores como Google, procesan lo que las personas piensan sobre
los distintos sitios web (“Conocer”), representan de forma quintaesenciada y estadística opinio-
nes generalizadas. Y en cuanto a los mecanismos de análisis de consumos de Amazon (“Reco-
mendar”), el “voto por la compra” aporta, también de forma estadística y resumida, los preciosos
conocimientos de muchos humanos sopesando, averiguando y, por fin, tomando decisiones.
Curiosamente, incluso en estos procedimientos automáticos, lo que se recoge en último extremo
son actividades humanas. La tecnología ha intervenido aquí para extraer de la masa confusa de
actividades aquellas que tienen más valor para otras personas. En este sentido, las mediaciones
digitales no solo permiten abolir el tiempo y el espacio, sino que pueden extraer del mar de accio-
nes (compras, comentarios, enlaces) el oro del conocimiento1.

CODA
Una observación final: haríamos mal en pensar que la situación de la lectura que hemos descrito, a
caballo entre lo tradicional y lo digital, es la regla en el terreno de los países hispanohablantes. Los
subconjuntos de lectores con alfabetización avanzada, con acceso a Internet, inmersos en prácti-
cas de lectura digital, con prácticas sociales en la red, usuarios de e-books, etc., son progresivamen-
te más reducidos. No analizamos aquí estas prácticas por su importancia cuantitativa, sino por lo
que indican de tendencias en curso y por lo que enseñan sobre algunos de los circuitos activos en
el mundo de la lectura tradicional. También porque estas interacciones digitales pueden aportar
ideas aplicables al mundo de papel y de ladrillos en el que la mayoría nos seguimos moviendo.
Nos gusta la lectura y nos encanta la interacción con las personas en torno a los libros. Y creemos
que las nuevas mediaciones pueden expandir los goces asociados a una y otra.

1
Instituciones citadas en este capítulo: Amazon: http://www.amazon.com; Biblioteca Virtual Miguel de
Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com; Bookaffinity: http://www.bookaffinity.com; Club de lectura
de la biblioteca de La Calzada: http://gijon.cuadernosciudadanos.net/club_de_lectura_de_La_Calzada;
Del.icio.us: http://delicious.com; Google: http://www.google.es; Google búsqueda en libros: http://books.
google.es; Gurulib: http://www.gurulib.com; HarperCollins: http://www.harpercollins.com; LibraryThing:
http://www.librarything.com; Iberlibro: http://www.iberlibro.com; Institute for the Future of the Book: http://
www.futureofthebook.org; El País: http://www.elpais.com; Project Gutenberg: http://www.gutenberg.org;
El rincón romántico: http://www.elrinconromantico.com; Sedice: http://www.sedice.com/portada; Topix:
http://www.topix.net; Uniliber: http://www.uniliber.com.

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Temas clave

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Construir la escuela como comunidad
de estudio
Delia Lerner

“Estudiar es una forma de reinventar, de recrear, de reescribir, tarea de sujeto y no de objeto. De esta
manera, no es posible, para quien estudia en esa perspectiva, alienarse con el texto, renunciando así a
su actitud crítica frente a él. La actitud crítica en el estudio es la misma que es preciso adoptar frente al
mundo, la realidad, la existencia. Una actitud de adentramiento con la cual se va alcanzando la razón
de ser de los hechos cada vez más lúcidamente.”

Paulo Freire (1984)

Imaginemos una escuela habitada solo por estudiantes y estudiosos. Son estudiantes los que
aprenden –el aprendizaje es el resultado del estudio1–; son estudiosos los que enseñan. Los apren-
dices estudian no solo porque esa es su responsabilidad en la escuela, sino ante todo porque de-
sean comprender mejor el mundo; los enseñantes estudian no solo porque así lo exige su trabajo,
sino también porque “el proceso de enseñar contiene la pasión de conocer”2.

Unos y otros están comprometidos con un proyecto vital pleno de sentido. Es un proyecto com-
partido. Los aprendices comparten lecturas, intercambian y confrontan ideas con sus compañe-
ros y con el docente para construir nuevos conocimientos, para apropiarse de los contenidos que
están estudiando. Los enseñantes interactúan con sus colegas para poner en común sus preocu-
paciones, para coordinar diferentes puntos de vista sobre los problemas planteados por la ense-
ñanza, para discutir sus interpretaciones de los materiales bibliográficos que pueden contribuir a
conceptualizar y resolver esos problemas, para analizar críticamente la posición de los autores de
los textos que leen, para revisar las prácticas usuales a la luz de los nuevos saberes construidos,
para producir juntos nuevos conocimientos.

Las imágenes antes esbozadas pueden parecer utópicas, pero representan una meta hacia la cual
caminar. Construir la escuela como comunidad de estudio es una meta imprescindible, al menos
por dos razones:

1
Como señalan Chevallard, Bosch y Gascón (1997), “Lo didáctico es todo lo referente al estudio. Habla-
remos de procesos didácticos cada vez que alguien se vea llevado a estudiar algo […] solo o con la ayuda
de otras personas. El aprendizaje es el efecto perseguido por el estudio. La enseñanza es un medio para
el estudio, pero no el único” (p. 59).
2
P. Freire (1992): “El proceso de enseñar contiene la pasión de conocer, que nos inserta en una búsqueda
placentera aunque nada fácil”. Cartas a quien pretende enseñar (Novena carta).

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Construir la escuela como comunidad de estudio

• Porque formar a los alumnos como estudiantes es condición necesaria para democratizar el
acceso al conocimiento, para lograr que todos culminen con éxito la escolaridad obligatoria y
continúen aprendiendo más allá de ella.
• Porque enseñar es una tarea de alta complejidad y requiere conocimientos especializados que
solo pueden elaborarse cooperativamente, reflexionando juntos acerca de la práctica y estu-
diando para hacer frente a los desafíos que ella implica.
Formar a todos los alumnos como estudiantes supone instituir la lectura y la escritura para apren-
der como objetos de enseñanza. Comprometerse como integrantes de un equipo de estudiosos,
inaugurar y sostener un ámbito propio de estudio en la escuela supone producir un cambio pro-
fundo en la concepción del trabajo docente.

LA LECTURA Y LA ESCRITURA COMO OBJETOS DE ENSEÑANZA


Y HERRAMIENTAS DE APRENDIZAJE

“Todos los problemas de la alfabetización comenzaron cuando se decidió que escribir no era una pro-
fesión sino una obligación y que leer no era marca de sabiduría sino marca de ciudadanía”.

Emilia Ferreiro (2001)

Asumir la responsabilidad de alfabetizar significa hoy para la escuela el compromiso de lograr


que todos sus alumnos se incorporen activamente a la cultura escrita, se formen como practican-
tes asiduos de la lectura y la escritura y puedan utilizarlas como herramientas para desarrollar sus
estudios, su trabajo, sus proyectos e intereses personales3. En este sentido amplio, leer y escribir
son “marcas de ciudadanía”.
El desafío es fuerte. Para enfrentarlo, es ante todo ineludible hacer realidad la permanencia pro-
longada de todos los alumnos en la escuela. Es imprescindible generar transformaciones en la
enseñanza que contribuyan a retenerlos, que permitan evitar la expulsión operada por el sistema
escolar tanto al comienzo del nivel primario (cuando no se logra que todos se apropien del siste-
ma de escritura) como en los primeros años de la escuela secundaria4, cuando los alumnos se ven
enfrentados a la exigencia de estudiar simultáneamente diferentes asignaturas5, exigencia que los
encuentra en condiciones muy desiguales.

3
Es la concepción de alfabetización que sostienen los organismos internacionales. Por ejemplo, la En-
cuesta Internacional de Alfabetización de Adultos (Internacional Adult Literacy Survey, IALS) aplicada en
varios países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) define la alfabe-
tización como la capacidad para utilizar “materiales impresos e información escrita para funcionar en la
sociedad, para lograr las propias metas y para desarrollar el propio conocimiento y potencial” (citado por
Rosa María Torres, 2008).
4
Solo un ejemplo para mostrar la gravedad del problema. En la Ciudad de Buenos Aires, en el año 2007,
en las escuelas de gestión estatal, el porcentaje de alumnos repitientes de primer año de secundaria fue
del 22%, en tanto que solo un 1% repitió 7.º grado, el último año de primaria. En ese mismo año, un 11%
de los alumnos salió de la escuela “sin pase”, es decir, que no ingresó en ningún otro establecimiento
escolar. Fuente: Relevamiento de Matrícula Final 2007, DIyE, DGPl, Ministerio de Educación, GCBA.
5
Los alumnos deben responder además a los requerimientos de muchos profesores, con cada uno de los
cuales interactúan durante un tiempo limitado, así como a otros problemas que es imposible tratar aquí.

60

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Delia Lerner

Si las prácticas del lenguaje involucradas en el estudio no están equitativamente distribuidas en


la población, si, por lo tanto, no todos los padres tienen las mismas posibilidades de compartirlas
con sus hijos, entonces es ineludible instituir esas prácticas como objetos de enseñanza cotidia-
namente presentes en las aulas.
Si sabemos que comprender las visiones del mundo que los textos nos acercan es siempre un
reto –aun para los lectores más experimentados– y que escribir para profundizar nuestros cono-
cimientos o para dar a conocer nuestras ideas es un desafío aún mayor, si sabemos que solo se
apropian de la lectura y la escritura como herramientas de aprendizaje quienes tienen oportuni-
dades de ejercerlas con continuidad y con sentido, entonces estamos obligados a preguntarnos
cómo lograr que la experiencia escolar contribuya de manera decisiva a la formación de todos los
alumnos como estudiantes.
Es una pregunta compartida con muchos investigadores. En las últimas dos décadas, múltiples
trabajos –realizados desde diferentes perspectivas teóricas6– aportaron conocimientos valiosos
para esclarecer la problemática planteada y vislumbrar alternativas de solución.
En nuestro caso, el análisis de proyectos de enseñanza vinculados con el estudio permitió
explicitar condiciones didácticas que se mostraron favorables para que los alumnos aprendieran
leyendo y escribiendo, así como reformular otras que se revelaron poco propicias para el apren-
dizaje.
Los proyectos en cuestión –en particular “Hacerse experto en…” (Lerner, Levy, Lobello y otros,
1997) y “Consultora” (Lerner, 2001)– se centran en temas potencialmente interesantes para los
alumnos y que no suelen formar parte de los programas en la escuela primaria: la historia del
cine, del teatro o del deporte; la vida de diferentes personalidades de la cultura, etc. Contemplan
la lectura de varios textos sobre el tema elegido, así como la elaboración de una producción propia
dirigida a comunicar a otros lo aprendido.
Destacaremos ante todo tres condiciones generales –ya analizadas en otros trabajos (Lerner,
2002 y 2004)– que, entrelazadas, parecen contribuir a la formación de lectores-escritores autó-
nomos7:
1. Plantear proyectos que se desarrollan durante un tiempo más o menos prolongado y propó-
sitos compartidos por todos los integrantes de la clase permite a los alumnos instalarse en la
duración (Sensevy, 1998) –interrumpiendo el incesante desfile de contenidos propio de la en-
señanza usual–, así como tomar iniciativas para avanzar en el tema estudiado.
2. Distribuir cuidadosamente las atribuciones del docente y los alumnos con respecto a la lectura
y la escritura hace posible la coexistencia de dos requerimientos aparentemente incompatibles:

6
Los trabajos desarrollados en este sentido en psicología y en didáctica de la lengua, tanto desde el
cognitivismo como desde la psicología genética y el enfoque sociocultural, son tantos que sería imposible
citarlos aquí. Algunos de ellos han sido incluidos en la Bibliografía.
7
Por estar vinculadas con dimensiones fundamentales de la enseñanza –el manejo del tiempo didáctico,
la distribución de derechos y obligaciones con respecto al contenido y las formas de organización de la
clase–, estas condiciones tienen un alcance más general. De todos modos, se han hecho particularmente
notables al analizar proyectos centrados en la lectura y la escritura para aprender.

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Construir la escuela como comunidad de estudio

que el docente realice todas las intervenciones necesarias para contribuir al aprendizaje de los
alumnos y que estos últimos se sientan personalmente convocados a enfrentar el desafío de
comprender y producir.

3. Articular el trabajo colectivo, grupal e individual de diferentes maneras –según una organiza-
ción ascendente o descendente, o bien combinándolas (Sensevy, 1998; Lerner, 2002)– permite
que todos los alumnos puedan beneficiarse con los aspectos productivos de la interacción cog-
nitiva con sus pares y con el docente y puedan al mismo tiempo desplegar sus propias interpre-
taciones, encontrar su propia voz, asumir la responsabilidad del aprendizaje.

En segundo lugar, enunciaremos intervenciones del docente que son necesarias cuando los alum-
nos leen textos que les resultan difíciles –se trata de textos extraídos de enciclopedias u otros
materiales dirigidos a un público general– o cuando producen un texto basándose en materiales
escritos que han leído.

Acompañar a los alumnos en el estudio supone ofrecerles oportunidades de leer en clase textos
que no serían accesibles para ellos si tuvieran que enfrentarlos en soledad8. En estas situaciones,
la intervención del docente es intensa y está dirigida tanto a promover el despliegue de las inter-
pretaciones infantiles como a abrir nuevas vías de acceso a la comprensión. Comparte la lectura
con sus alumnos, aporta informaciones que no están explícitas en el texto, pero son necesarias
para comprenderlo, pone en evidencia relaciones entre diferentes afirmaciones del autor, hace
observables problemas inadvertidos por los niños e incita a buscar en el texto elementos para
resolverlos, invita a sus alumnos a confrontar sus interpretaciones entre ellos y con la infor-
mación presente en el texto, los alienta a avanzar en la lectura, aunque no hayan comprendido
todo lo leído, a hacerse nuevas preguntas, a desentrañar las intenciones del autor. Los alumnos
van familiarizándose así con el tema tratado en el texto y resulta posible entonces que vayan
asumiendo una responsabilidad creciente con respecto a la comprensión. Aunque con menor
intensidad, el maestro interviene también de diferentes maneras mientras los alumnos leen en
pequeños grupos o individualmente (Lerner, Levy, Lobello y otros, 1997; Lerner, 2002).

Producir un escrito propio basándose en diversos materiales que se han leído –y se consultan
reiteradamente durante la escritura– plantea en el aula, además de los problemas inherentes a
cualquier situación de escritura, un desafío específico: los alumnos no diferencian por sí mismos
el nuevo texto que producen de las anotaciones que han hecho durante la lectura; en consecuen-
cia, sus producciones corren el riesgo de quedar “pegadas” a la reproducción de fragmentos
seleccionados en los materiales leídos. Este problema se plantea agudamente cuando –como
ocurre en la segunda etapa de los proyectos mencionados– cada pareja de alumnos lee y escribe
sobre un tema diferente del de las demás9. Esta devolución de la responsabilidad es muy produc-

8
Al estudiar, es usual abordar textos que revisten cierta complejidad. Para adentrarnos en el tema tratado,
nos vemos obligados a releer, a distinguir lo que entendemos de lo que no estamos seguros de entender,
a saltear provisoriamente lo que no entendemos y recurrir a otras fuentes de información, a discutir con
otros nuestras interpretaciones.
9
Después de haber leído y escrito colectivamente con la orientación del docente textos sobre cierta per-
sonalidad de la cultura, cada pareja de niños elige uno entre los escritores, pintores, grupos musicales,
etc. (las personalidades propuestas varían según el eje que se haya elegido), para “hacerse expertos” en
su trayectoria. En el caso de la consultora, cada pareja se responsabiliza por responder una pregunta.

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Delia Lerner

tiva para el aprendizaje, ya que los niños tienen a su cargo el estudio de un tema que solo ellos
abordarán en el aula y que luego comunicarán, pero se trata de una situación cuya coordinación
resulta difícil y precisamente por eso es imprescindible afinar las condiciones didácticas en que
se desarrolla.

Ahora bien, ¿cómo evitar que los niños se limiten a yuxtaponer lo dicho por otros?, ¿cómo pro-
mover que adopten un punto de vista propio en relación con el tema acerca del cual escriben?,
¿cómo lograr, en suma, que la escritura contribuya efectivamente a profundizar el aprendizaje?
Al revisar las condiciones en que originalmente proponíamos la escritura, tomamos conciencia
ante todo de que era necesario que los alumnos conocieran mejor su tema antes de comenzar a
escribir. En efecto, si bien el trabajo realizado en lectura –con intenso apoyo del docente– hacía
posible que todos se aproximaran a comprender los textos leídos, no se había reservado un espa-
cio para el estudio. Una cosa es comprender los textos y otra cosa es apropiarse del tema sobre el
que se está leyendo.
Diferenciamos entonces tres situaciones, que se realizarían en este orden: toma de notas de cada
uno de los textos; estudio del tema; planificación y producción del texto propio.
1. La toma de notas se realiza durante una segunda o tercera lectura del texto, después de haber
realizado una lectura global que permite aproximarse al tema. A partir de las notas que los
alumnos han tomado, el docente dialoga con ellos por escrito: les hace algunas preguntas que
orientan hacia una relectura cuidadosa del material leído y otras que los incitan a incluir sus
inquietudes e impresiones personales sobre el tema.
2. Los alumnos estudian, preparan una breve exposición oral sobre lo aprendido y la realizan10,
contando siempre con el apoyo del docente. Durante la exposición, los oyentes preguntan
cuando no entienden, requieren la información suplementaria que necesitan, expresan sus re-
acciones frente a la cuestión.
3. Mientras los alumnos planifican y escriben, el maestro lee lo que van produciendo y sostiene
rápidas conversaciones con ellos para ayudarlos a organizar sus ideas, para sugerirles que re-
visen los materiales leídos u orientarlos en la relectura cuando han dejado de lado un aspecto
relevante o cuando es posible establecer una nueva relación, para recordarles los interrogantes
que ellos mismos se habían planteado en relación con el tema y sugerirles formas de hacerlos
presentes en el texto, para alentarlos a incluir sus sentimientos u opiniones, a configurar el
texto desde su perspectiva personal.
Los diálogos sostenidos con el docente y los compañeros, así como el constante ir y venir entre
la lectura y la escritura a partir de los interrogantes de sus interlocutores, contribuyen a la reor-
ganización y profundización del conocimiento. Los alumnos adquieren también un mayor con-
trol sobre sus interpretaciones, aprenden a “vigilarlas”, releen para verificar o reinterpretar, para
enriquecer su representación del tema. Además, aprenden a citar –diferenciando lo citado de lo
escrito por ellos– y, sobre todo, comienzan a incluir su propia voz.

10
Las parejas se reúnen de a dos y cada una dirige su exposición a la otra. De este modo, el tiempo de
clase requerido es limitado.

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Construir la escuela como comunidad de estudio

Al modificar las condiciones en que se desarrollaba la escritura, el producto elaborado por los
niños se modificó notablemente: en lugar de apegarse a los textos-fuente, las producciones con-
servan marcas de oralidad, que seguramente resultan de las interacciones con los compañeros y
que pueden interpretarse como indicios de apropiación del tema. En tanto que en las condiciones
anteriores muchos escritos no permitían captar lo que los niños habían entendido, en las nuevas
condiciones creadas hay que revisarlos para redactarlos “en lengua escrita”. Es esta una nueva
muestra de que las producciones de los alumnos dependen estrechamente de las condiciones
didácticas en que fueron elaboradas.

Si bien las condiciones didácticas planteadas parecen ser potencialmente generalizables a una di-
versidad de situaciones, es necesario hacer una advertencia: los contenidos específicos tratados en
el texto constituyen una variable fundamental cuando se trata de leer y escribir para aprender. Al
interactuar con textos de una disciplina, se plantean a los alumnos desafíos específicos, que no se
plantearían al leer otros textos: son desafíos vinculados con los conocimientos previos necesarios
para aproximarse a comprender los contenidos tratados y con ciertos rasgos de los textos que
responden a características del saber producido en esa disciplina. Cuando los niños leen textos de
historia, por ejemplo, se enfrentan con problemas estrechamente relacionados con la construcción
del conocimiento histórico. En este sentido, Beatriz Aisenberg (2008) ha mostrado que, frente a
los vaivenes temporales propios de los textos históricos, sujetos de 9 a 11 años suelen interpretar
que un texto referido a una situación histórica pasada únicamente puede aludir al pasado. Tal
interpretación se pone en evidencia no solo en el intercambio acerca de lo leído, sino también en
la producción de un error reiterativo de lectura: los niños leen en pasado verbos que en el texto
aparecen en presente. Además interpretan marcadores temporales referidos al presente de la enun-
ciación (“en la actualidad”, por ejemplo) como si aludieran a la situación histórica pasada de la que
trata el texto: “porque hay dos tipos de actualidad: la de ahora o la de ahí”, señala una de las niñas
entrevistadas11. La autora considera que la producción de estos errores está vinculada con la histo-
ria enseñada –más precisamente, con la concepción de historia subyacente a la enseñanza usual–.
Los resultados reseñados, así como otros obtenidos en el marco de la investigación interdidáctica
que estamos desarrollando12, llaman la atención sobre la singularidad de los desafíos que plantean
a los alumnos los textos de diferentes áreas del conocimiento y sobre la necesidad de tomarlas en
consideración al diseñar las situaciones de lectura para aprender contenidos específicos.

EL ESTUDIO COMPARTIDO: UNA DIMENSIÓN CONSTITUTIVA


DEL TRABAJO DOCENTE

“La cuestión central que se nos plantea a nosotros, educadoras y educadores, en el capítulo de nuestra
formación permanente, es la de cómo hacer para, partiendo del contexto teórico y tomando distan-

11
Por otra parte, los niños parecen suponer que el orden de las ideas en el texto se corresponde con el
orden temporal. Aisenberg señala que, en relación con la representación lineal del tiempo en el texto, se
obtuvieron resultados similares en una investigación realizada desde la perspectiva psicolingüística (Pe-
llicer, 2006).
12
Es una investigación centrada en el estudio de la lectura y la escritura como objetos de enseñanza y
como herramientas de aprendizaje en ciencias sociales y en ciencias naturales. Codirección: Delia Lerner
y Beatriz Aisenberg; Ana Espinoza coordina el subequipo de naturales (Proyecto UBACyT, Instituto de
Investigaciones de Ciencias de la Educación, Universidad de Buenos Aires).

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cia de nuestra práctica, desentrañar de ella su propio saber. La ciencia en la que se funda. En otras
palabras, es cómo desde el contexto teórico “tomamos distancia” de nuestra práctica y nos hacemos
epistemológicamente curiosos para entonces aprehenderla en su razón de ser […]. En este sentido, el
trabajo intelectual en un contexto teórico exige poner plenamente en práctica el acto de estudiar, del
que la lectura crítica del mundo no puede dejar de formar parte, incluyendo la lectura y la escritura
de la palabra.”

Paulo Freire, Cartas a quien pretende enseñar (Novena carta)

Concebir a los docentes como estudiosos e imaginarlos leyendo y discutiendo para construir una
perspectiva teórica desde la cual analizar la práctica, problematizando su actividad cotidiana,
registrando situaciones de clase para analizarlas con colegas y entender mejor tanto sus propias
intervenciones como las interpretaciones de los alumnos, revisando trabajos de diferentes autores
acerca de los contenidos para definir qué aspectos considerarán prioritario enseñar, produciendo
juntos conocimiento sobre su difícil tarea, son imágenes que no concuerdan con la representa-
ción habitual del trabajo docente, pero deberían hacerse realidad en la escuela.

Enseñar supone asumir una fuerte responsabilidad en relación con la formación y, en particu-
lar, con la actividad intelectual de otros seres humanos. Enseñar es crear caminos para engar-
zar los conocimientos de los alumnos con los saberes y prácticas sociales, es plantear desafíos
que posicionen a los niños como productores de conocimiento, es orientar esa producción, es
ir pasando en limpio conocimientos comunes a la clase sin dejar de atender a la diversidad.
Trabajar como docente implica además sostener un delicado equilibrio entre la lógica de la
enseñanza y la lógica de la gestión de la clase (Goigoux, 2007): los maestros necesitan tomar
decisiones que no responden directamente al propósito de favorecer el aprendizaje, sino más
bien a la necesidad de mantener un orden propicio para el trabajo, de evitar o superar conflic-
tos grupales, de preservar el afecto de sus alumnos. Para llevar a cabo una tarea tan compleja,
parece ineludible analizar la práctica y acceder a los aportes teóricos que pueden contribuir
a comprenderla y mejorarla.

Por otra parte, como señalan Chevallard, Bosch y Gascón (1997, p. 199), “el proceso de estudio se
desarrolla siempre en el seno de una comunidad, sea esta una clase o un grupo de investigadores”.
Es una afirmación válida también en el caso de los docentes: la reflexión compartida y la discu-
sión son imprescindibles cuando se estudian producciones de otros y también cuando se analiza
la propia práctica, ya que es confrontando interpretaciones como pueden hacerse observables
cuestiones que de otro modo sería muy difícil objetivar y quedarían entonces limitadas al ámbito
privado.

Sin embargo, la enseñanza suele ser concebida –por la opinión pública y muchas veces por los
propios docentes– como una tarea que solo requiere experiencia y que puede prescindir tanto de
la discusión entre colegas como de saberes teóricos, supuestamente alejados o poco pertinentes
para la práctica.

Diferentes estudios, realizados considerando los aportes del análisis clínico del trabajo (Clot
y Faïta, 2000; Béguin y Clot, 2004; Yvon y Clot, 2004), han puesto en evidencia tanto la comple-
jidad del trabajo docente como el aislamiento que lo caracteriza. Entre ellos destacamos algunas
investigaciones en didácticas específicas y en formación docente que –a partir de preocupacio-
nes vinculadas con la distancia entre las transformaciones propuestas y los cambios reales en la

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Construir la escuela como comunidad de estudio

enseñanza– han comenzado hace unos años a incluir el análisis de la actividad del maestro, enten-
diéndola como un trabajo y reconociendo las múltiples tensiones a las que está sometido (Robert,
2004; Bronckart, 2004 y 2007; Plazaola Giger, 2006; Ruiz Bikandi, 2006 y 2007).
A diferencia de lo que sucede en otras actividades laborales, la enseñanza es una tarea que se de-
sarrolla en soledad. Las oportunidades de compartir la clase con otro docente son excepcionales
o inexistentes. Va configurándose así lo que Ruiz Bikandi (2006) ha denominado el síndrome del
topo: “no puedo ver ni quiero ser visto”. La práctica de cada maestro es invisible para los demás,
solo se accede a ella a través del relato de sus protagonistas. Las oportunidades de pensar con
otros acerca de la práctica son también escasas y, en tanto que para algunos docentes esto es natu-
ral, otros lo sienten como una carencia: “Reflexionar solo en el contenido y la forma de mis cursos
me aporta cada vez menos. Giro en redondo y encuentro las mismas posibilidades y los mismos
límites. Nos ahogamos solos frente a nuestras clases, aun cuando sean brillantes y simpáticas”
(docente citada por Yvon y Garon, 2006).
Felizmente, los últimos trabajos mencionados muestran también que, cuando se llevan a cabo
procesos de formación que toman como eje el análisis compartido de la práctica13 –a partir de
filmaciones de clases de los participantes, a las que estos asisten juntos–, la situación comienza
a transformarse: los docentes aprecian la importancia de intercambiar acerca de su tarea, toman
conciencia de ciertos aspectos de la práctica que no eran observables para ellos, se reconocen como
miembros de un colectivo (el nosotros ocupa el lugar del yo), detectan fallas que consideran necesa-
rio superar, adjudican un valor a los aportes teóricos. Lamentablemente, para algunos participan-
tes, la teoría tiene una función prescriptiva y produce angustia, opera como “prescripción insacia-
ble frente al humilde realizar humano” (Ruiz Bikandi, 2006, p. 235). Para otros, en cambio, la teoría
constituye un respaldo, “da pistas” para la acción y resulta tranquilizadora. “En esta representación
del ciclo del conocimiento –señala la autora (op. cit., p. 236)–, la investigación y el estudio resultan
fuentes que iluminan la práctica, pero no son una verdad cerrada. Las ‘pistas’ son para ponerlas en
práctica y para luego discutirlas, es decir, no son concebidas más que como orientaciones, señales
del buen camino que deberán probarse en la práctica y luego valorarse en equipo”.
Las virtudes de la reflexión compartida habían sido señaladas por Schön (1996), quien, refirién-
dose no solo a los docentes, sino a los “prácticos” en general, hizo notar diferencias entre la re-
flexión individual y el análisis grupal. Cuando una persona analiza sola su práctica –si bien puede
desentrañar saberes ocultos en ella, describir su reflexión-en-acción, detectar problemas y en-
contrar soluciones que considera deseables–, su reflexión está limitada a una situación particular,
extraída de su propia experiencia. En cambio, cuando se analiza en grupo, se producen hipótesis
múltiples –todas verosímiles– entre las cuales hay que decidir y se debate sobre las diferentes
explicaciones posibles. El grupo es fuente de puntos de vista que pueden ser contrapuestos, exa-
minados de manera crítica, experimentados y rediscutidos. Es así como se hace posible explicitar
argumentos y construir acuerdos.

13
Estos procesos de formación reúnen otras condiciones que nos parecen esenciales: los docentes par-
ticipan voluntariamente y el dispositivo puesto en acción favorece la autonomía, ya que los participantes
estudian, deciden cuál de sus integrantes dará la clase que será filmada y analizan la filmación en ausen-
cia del formador, quien participa, sobre todo al comienzo, coordinando un seminario y, al final, analizando
con los docentes la tarea realizada.

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Delia Lerner

El valor del estudio compartido y el análisis cooperativo de diferentes prácticas se ha puesto en


evidencia también en nuestro trabajo de formación permanente de maestros en diferentes países
latinoamericanos (Lerner, 2001 a y b; Cardoso, Lerner, Nogueira y Peres, 2007).
Ahora bien, ¿qué sucede en la realidad escolar cotidiana?, ¿es posible abrir un espacio para discu-
tir acerca de la enseñanza y para estudiar en grupo?
Para aproximar una respuesta, es pertinente recurrir a los resultados de una investigación en la
que intentamos comprender cuáles son las condiciones que favorecen o dificultan transformacio-
nes de la enseñanza14. La confluencia de la mirada socio-antropológica y la perspectiva didáctica
permitió poner en evidencia la relación estrecha –aunque no mecánica– entre el contexto institu-
cional y lo que efectivamente sucede en las aulas. Seleccionamos instituciones que –independien-
temente del modelo didáctico con el que trabajaran– asumían una fuerte responsabilidad sobre la
enseñanza, cuyos equipos directivos consideraban la gestión pedagógica como un aspecto central
de su rol. El trabajo de campo se realizó en dieciséis escuelas públicas que atienden a niños de
sectores populares, en cinco de las cuales hicimos un estudio intensivo.
La permanencia prolongada en las escuelas –a lo largo de un año y medio realizamos observa-
ciones de clase sistemáticas y entrevistas reiteradas con los directivos y los docentes– permitió
generar una confianza creciente con nuestros interlocutores, así como participar en diversas si-
tuaciones de la vida escolar y en muchas conversaciones incidentales entre los docentes. Por otra
parte, fuimos construyendo una genuina posición de diálogo con los actores: nuestras preguntas
–lejos de ser evaluativas– se referían siempre a aspectos que no conocíamos o no entendíamos
y que ellos podían ayudarnos a comprender (la viabilidad de ciertas transformaciones, los obs-
táculos que estas pueden encontrar en el funcionamiento habitual del sistema educativo, etc.).
En función de la confianza establecida fue posible abordar cuestiones problemáticas explicitando
nuestros conocimientos y opiniones, pidiéndoles que explicitaran los suyos y discutiendo sobre
las discrepancias15.
A pesar de que las instituciones estudiadas otorgan un lugar central a la enseñanza, en la ma-
yoría de ellas los encuentros entre docentes son muy restringidos y la idea de discutir acerca de
problemas de la enseñanza resulta ajena. Por ejemplo, en una de las escuelas en que realizamos
el estudio intensivo, los maestros hacen señalamientos como los siguientes: “hay mucho control
de la coordinación desde el punto de vista de los contenidos”, pero “acá somos todas de diferentes

14
Se trata de una investigación cualitativa (estudio de casos), realizada en la Dirección de Investigaciones
de la Secretaría de Educación de la Ciudad de Buenos Aires, coordinada por Patricia Sadovsky y Delia
Lerner. Integraban el equipo M. P. Otero, A. Padawer, R. Austral, A. Arri, S. Larripa, M. E. Quaranta, A. Siro,
D. Grunfeld, C. Ansalone, E. Guzmán y A. Illuzi. Las transformaciones en cuestión habían sido propuestas
por diseños curriculares vigentes desde 1999 y la investigación tuvo lugar en 2004-2005.
15
Elaborar una posición común a todos los integrantes del equipo de investigación no fue fácil: soció-
logos y antropólogos venían de una práctica metodológica en la cual la posición del investigador tiende
a ser de neutralidad en relación con lo observado; en tanto formadores de docentes, algunos didactas
estaban más habituados a una posición prescriptiva, representativa del “deber ser”, que a una mirada
interpretativa, propia de la investigación. Las entrevistas realizadas en conjunto, las observaciones de
clase compartidas y el análisis cooperativo de los registros –así como la reelaboración de los objetivos
de nuestro trabajo y la discusión metodológica constante– hicieron posible construir una nueva posición,
diferente de las anteriores.

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Construir la escuela como comunidad de estudio

generaciones y las clases acá… cada maestrito con su librito”; “lo que pasa que, bueno, que cada
uno considera los contenidos de determinada manera y por ahí no difiere en el contenido en sí,
pero sí en la forma en que el docente trabaja los contenidos”. Y la directora de la misma escuela
nos dice: “Entre ellos se pasan (actividades), pero no nos van a venir a avisar a nosotros: ‘la maes-
tra de 5.º del año pasado me dio tal cosa porque yo no sabía…’. Eso, ya te digo, a veces es muy
íntimo, entonces nosotros no tenemos conocimiento”.
Las respuestas de los directivos –similares a las que acabamos de citar– parecen revelar una pre-
ocupación pocas veces explicitada: ¿hasta qué punto una autoridad tiene derecho a intervenir
sobre acciones que siempre han pertenecido al ámbito privado del docente?
Sin embargo, encontramos –en estricta minoría, es cierto– dos escuelas que apuestan a consti-
tuirse como comunidades de estudio. Ambas atienden a población de sectores populares, una
es de jornada completa (JC) y otra de jornada simple (JS). En la primera, la permanencia de los
docentes en la escuela –ocho horas diarias– hace posible reservar espacios para el estudio com-
partido durante la jornada escolar16; en la segunda, los encuentros presenciales son reducidos: los
maestros de ambos turnos se reúnen una vez por semana (por un tiempo brevísimo) para discutir
sobre problemas previamente planteados, los directivos sostienen sistemáticamente encuentros
con los docentes de cada grado –hay dos secciones de cada uno–, el trabajo colectivo se intensifica
en el período en que los maestros no están a cargo de niños17. En las dos escuelas, los directivos
trabajan a menudo con los docentes en las aulas –lo cual es fuente de problematización de la
enseñanza– y tienen un propósito común: el de mejorar constantemente la calidad educativa y
sostener un proyecto de transformación a largo plazo. Sin embargo, este proyecto se concreta de
maneras muy diferentes.
En la escuela de jornada completa, el análisis compartido de la práctica es muy frecuente y se
consulta permanentemente con especialistas de las didácticas específicas –priorizando diferentes
áreas del conocimiento en diferentes períodos–. Al referirse al análisis de las clases18, la directora
da un ejemplo: después de discutir acerca de la lectura y su tratamiento didáctico, se propone
que los docentes se organicen por parejas para observarse mutuamente y registrar las clases; en
una reunión posterior, “se traían los registros hechos entre ellas, el registro de la clase tal cual,
sin ningún juicio de valor, simplemente como no podemos filmar la clase”. Fue posible desper-
sonalizar el análisis: se comentaba el contenido, las intervenciones docentes y las reacciones de
los niños, sin importar en qué grupo había sucedido aquello que era objeto de análisis. Por otra
parte, en relación con las propuestas curriculares y las consultas a especialistas, subraya la auto-
nomía institucional: solo adoptan las propuestas que comparten. Como es habitual, autonomía
y posición autocrítica van de la mano: “A todas nos falta un montón –señala la directora– […]
acá no llegamos nunca al punto máximo, pero estamos en el camino hacia ese lugar y vamos
caminando”.

16
Sin embargo, estos espacios no existen en otras escuelas que también tienen jornada completa.
17
Esto sucede en el mes de febrero, cuando los maestros se reincorporan (después de las vacaciones)
alrededor de veinte días antes que los alumnos. También se hacen algunas reuniones en diciembre.
18
La directora señala que comenzó a partir de la participación en un proyecto del Ministerio de Educación:
“Fue una propuesta del Plan Social, pero se pagaban las jornadas, entonces había como un compromiso
[…], porque además había que hacer los registros, había que mandarlos. Nos enganchamos mucho”.

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Delia Lerner

En la escuela de jornada simple adquiere un papel notable la lengua escrita: los directivos pro-
ducen y hacen circular resúmenes de materiales curriculares y de bibliografía didáctica, aportan
artículos referidos a cuestiones pedagógicas que están en debate en el medio, formulan preguntas
por escrito sobre lo leído para luego discutir en las breves reuniones semanales, hacen llegar ar-
tículos periodísticos que consideran relevante discutir con los alumnos, documentan los encuen-
tros de trabajo con los docentes, lo cual da lugar a una “memoria pedagógica” que es consultada
por los maestros nuevos que se incorporan a la institución. Cuando les hacemos notar, en una de
las entrevistas, que nos resulta algo chocante la idea de que operen como intermediarios entre los
autores y los docentes, aclaran que ponen a disposición de los maestros también los materiales
originales y que solo algunos los solicitan. Resumir es para ellos la manera de lograr que todos
los docentes lean sobre el tema planteado. Además, consideran fundamental instalar discusiones
en las que todos participen y enfatizan la función que en ese sentido cumple el distribuir cierto
material bibliográfico y proponer determinadas preguntas: “todos hablábamos de lo mismo al
mismo tiempo […], la función nuestra de alguna manera es amalgamar, es poner un tema en toda
la escuela a la vez” –señala la vicedirectora–.

Instalar el trabajo compartido no es fácil. “El docente –dice el director– es muy cerrado, digamos,
cuesta abrirlo. Yo, por ejemplo, trato de estimular cuando hay aunque sea dos grados que quieran
trabajar juntos, este año se dio en algunos casos […], pero en general el maestro tiende a cerrarse
[…], odia que lo observen, ni siquiera que lo observe un compañero”. Agregan que ellos mismos es-
tán solos –solo encuentran eco en unos pocos directivos de otros distritos–. “Por suerte nos hemos
encontrado –dice la vicedirectora mirando al director–, entonces la soledad no es tan grande”.

Para estos directivos es fundamental “que el maestro tome una actitud profesional, o sea, que sepa
fundamentar cómo va a trabajar” y “que esté dispuesto a aprender”. Los maestros entrevistados
señalaron que las demandas del personal directivo en relación con el estudio y el trabajo en el aula
representan una exigencia y al mismo tiempo un gran aprendizaje. Subrayan que, sin embargo,
pueden hacer oír su voz y conservar su autonomía y uno de ellos –la maestra de 7.º de la escuela
de JS– lo expresa así: “si hay algo que no me convence, seguramente no lo haría”. Agrega que no
es fácil rebatir los argumentos de la dirección, pero que, cuando las opiniones divergentes son
fundamentadas, el equipo directivo las acepta. Finalmente, los docentes marcan que la forma
de trabajo adoptada es poco usual: “yo en esta escuela aprendí mucho y la gente que viene acá de
paso dice ‘nunca me pasó esto, nunca vi algo igual’”.

A partir de las diferencias que fuimos encontrando entre las escuelas –así como entre diferentes
maestros de una misma escuela e incluso entre diferentes prácticas de un mismo maestro–, se
hicieron observables ciertos contrastes: en tanto que para algunos actores muchas prácticas esco-
lares están tan naturalizadas que resultan incuestionables, para otros la enseñanza es una fuente
constante de problemas; en tanto que para algunos la enseñanza es un asunto estrictamente pri-
vado –“íntimo”, nos dijo una directora–, para otros es un asunto público y compartido; en tanto
que algunos directivos y docentes fundamentan sus apreciaciones y sus acciones solo en su propia
experiencia, otros argumentan citando fuentes bibliográficas y refiriéndose a diversas instancias
de formación. Definimos entonces tres dimensiones que resultaron muy productivas para el aná-
lisis: naturalización-problematización; privacidad-publicidad y autorreferencia-multirreferencia.
A medida que avanzamos en el análisis de los datos, nuestras discusiones pusieron en evidencia
la interdependencia de las tres dimensiones que en un principio habíamos considerado por se-

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Construir la escuela como comunidad de estudio

parado. En un extremo del espectro de posibilidades y matices que describen estas dimensiones,
la naturalización de las prácticas hace invisible la necesidad de discutir sobre la enseñanza, y esta
invisibilidad contribuye a consolidar la consideración de la enseñanza como un acto privado, solo
vinculado con la propia experiencia. No aparece entonces la necesidad de apelar a otras fuentes
que lleven a tomar distancia de la propia práctica para objetivarla, estudiarla y eventualmente
modificarla. En el otro extremo, problematizar la enseñanza lleva a apelar a múltiples referencias
para alimentar la reflexión, reflexión que se hace posible solo cuando los actores aceptan dar a
publicidad su trabajo para transformarlo en objeto de discusión colectiva. Es así como se van
configurando dos entramados: por una parte, naturalización / privacidad / autorreferencia y, por
otra parte, problematización / publicidad de la enseñanza / multirreferencia19.
Las escuelas en las que se otorga un lugar relevante a la discusión sobre problemas de la enseñanza
y se recurre a diversas fuentes para fundamentar las prácticas son las que desarrollan proyectos de
transformación en las aulas y son también las que logran instituir ámbitos de estudio compartido
entre docentes.

REFLEXIONES FINALES
Un diálogo sostenido por el director (D) y la vicedirectora (VD) de una de las escuelas citadas nos
recuerda las imágenes algo utópicas con las que comenzamos este capítulo:
D– La escuela tiene que ser un lugar de estudio, pero de estudio para el docente, ¿no es cierto? […]
Si uno tuviera tiempo..., yo entiendo que el trabajo como maestro, el trabajo de una escuela
necesitaría tener horas diarias con chicos y horas diarias sin chicos porque, si no, no puede
haber reflexión sobre la práctica. [Si fuera así], seguro que uno podría dedicar tiempo a leer
textos, ayudar y demás.
VD– Sí, a mí me parece que [la escuela] es el lugar ideal y que debiera, después de estar cuatro horas
con los chicos, estar otras dos horas y hacer un buen diagrama.
D– Sí, eso es impensable, eso no lo voy a ver.
VD– Pero lo puede soñar.
Soñamos con transformar las condiciones laborales de los docentes, porque incluir en el hora-
rio de trabajo el tiempo de estudio compartido es condición necesaria para que este se concrete
en la realidad escolar. Sabemos que no es suficiente: el tiempo solo será utilizado productiva-
mente si se comparte un proyecto de transformación de la enseñanza, si se cuenta con una
dirección y con otros miembros del equipo docente que impulsen y orienten el proyecto, si se
crean lazos con otros maestros y otras instituciones… Pensamos que es necesario reconocer
la complejidad de la enseñanza, concebirla como una tarea difícil que no solo requiere ex-
periencia, sino también herramientas teóricas que ayuden a profundizar en los contenidos

19
Estos entramados constituyen modelos que resultaron fecundos para describir e intentar explicar cómo
se configura en diferentes escuelas el funcionamiento de la enseñanza. Ninguna escuela real se corres-
ponde exactamente con estos modelos. Por el contrario, pueden reconocerse muchos matices en rela-
ción con qué se naturaliza y qué se problematiza en cada escuela, con las referencias a las que se apela
y con los asuntos que los actores están dispuestos a hacer públicos.

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Delia Lerner

a enseñar, a comprender los procesos de aprendizaje de los niños y a interpretar situaciones


difíciles e inesperadas.
Asumir el estudio compartido como dimensión constitutiva del trabajo docente es superar la so-
ledad, es –como nos dice Freire– posicionarse críticamente tanto frente a la propia acción como
frente a los textos y sus autores, es reinventar, recrear, reescribir… Es rescatar cotidianamente el
sentido de la enseñanza.

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La educación literaria
Teresa Colomer

PARA QUÉ ENSEÑAR LITERATURA


Esa es la primera pregunta para ponerse a la tarea y no puede soslayarse, porque ello conduce a
muchos errores en la práctica del aula. Podemos empezar por recordar que con el lenguaje damos
sentido a la realidad y que la literatura explora las posibilidades del lenguaje en múltiples ámbitos
del saber y la experiencia. La literatura ofrece, pues, unas cualidades formativas –estéticas, cog-
nitivas, afectivas, lingüísticas, etc.– que permiten afirmar que el objetivo de la educación literaria
es, en primer lugar, el de contribuir a la formación de la persona, formación indisolublemente
ligada a la construcción de la sociabilidad y realizada a través de la confrontación con textos que
explicitan la forma en la que las generaciones anteriores y las contemporáneas han abordado y
abordan la valoración de la actividad humana. Probablemente es fácil estar de acuerdo con esta
afirmación, pero del análisis de la enseñanza escolar no se deduce este objetivo.
Si durante mucho tiempo se ha arrastrado la idea devaluada de que la enseñanza literaria se
proponía traspasar un patrimonio concreto, unas obras y unos autores que se deberían conocer,
hoy parece que lo más interesante de ese legado es la posibilidad de progresar en la capacidad
interpretativa de las personas, lo cual se produce siempre en el contexto de una cultura. En ese
patrimonio de textos que nos llevan a entender como idea rectora, se inscribe lo que ha dado en
llamarse el “imaginario colectivo”, un término utilizado por los estudios antropológico-literarios
para describir el inmenso repertorio de imágenes simbólicas que aparecen ya en el folclore y que
perviven y se renuevan en la literatura de todas las épocas. Se trata de imágenes, símbolos y mitos
que los humanos utilizan como fórmulas tipificadas para comprender el mundo y las relaciones
sociales y con los que dan forma a sus sueños, encarrilan sus pulsiones o adoptan diferentes
perspectivas sobre la realidad. La cualidad colectiva de ese imaginario refuerza la representación
social de una cultura, lo que contribuye a su cohesión.
En esa línea, no es secundario pensar que la literatura facilita la posibilidad de conjugar distintos
niveles de identidad cultural, ya que estos se superponen cada vez más en las sociedades occiden-
tales presididas por grandes migraciones humanas o por el reconocimiento de comunidades in-
ternas que habían sido marginadas por las culturas oficiales. El patrimonio literario se constituye
así como un conjunto de textos, estructuras poéticas y narrativas, símbolos, formas de enuncia-
ción, prototipos de conducta, etc., que testimonian las tensiones y avances del pensamiento hu-
mano expresado a través del arte a lo largo de los tiempos y que ofrecen a las nuevas generaciones
la posibilidad de incorporarse a un fórum permanente de voces que amplían su capacidad de
comprensión y disfrute de la vida.
Si bien funciones históricas de la literatura como proveedora de ficciones y de educación moral
comparten ahora terreno con otros canales, como las formas audiovisuales o los mass media, no

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se puede discutir, en cambio, su preeminencia en el dominio del lenguaje. Durante siglos la lite-
ratura sirvió sobre todo para aprender a construir discursos orales y escritos. Con el abandono
de la preceptiva retórica en el siglo xix en favor de la historia literaria se inició un divorcio que
en las últimas décadas ha intentado solventarse con fortuna variable. Por ejemplo, la lingüística
del texto y la investigación sobre los procesos de escritura “reinventaron” las técnicas de escritura
para volver a afirmar la forma en que la literatura nos permite apreciar las infinitas posibilidades
de estructurar y reestructurar los recursos del lenguaje al servicio de la actividad comunicativa.
Puesto que forma parte del oficio de la literatura el hecho de explorar deliberadamente la cons-
trucción del discurso, el análisis de los textos literarios supone un potente instrumento para no
quedar a merced de los discursos ajenos y poder construir los propios.
La educación literaria no es, pues, un “lujo” escolar de acceso al ocio, sino que revierte en la
capacidad de comprensión y expresión de todo tipo de discursos y no puede quedar marginada
por objetivos “más urgentes” en la planificación de la enseñanza lingüística. Lo verdaderamente
urgente es rescatar a la literatura de su anquilosamiento en antiguos modelos didácticos o bien
de su disminución en modelos comunicativos actuales que le otorgan un peso casi anecdótico.
La literatura ofrece modelos de lengua y discurso, genera un sistema de referentes compartidos
que constituye una comunidad cultural a través del imaginario colectivo y es un instrumento de
inserción del individuo en la cultura. No son funciones menores en la educación de la infancia.
Entender la educación literaria como un aprendizaje de interpretación de los textos renueva su
enseñanza en las aulas. Supone, en primer lugar, admitir que se necesitan dos líneas de fuerza
paralelas para que se produzca el aprendizaje: la adhesión afectiva a través de la autopercepción
de uno mismo como perteneciente a esa comunidad interpretativa, y el aprendizaje de las con-
venciones que rigen las formas literarias de forma que se pueda revelar el máximo de sentido.
Ambas líneas no se pueden divorciar; es decir, que no se trata de disfrutar en primaria y aprender
literatura en secundaria.
En segundo lugar, conlleva una práctica educativa que se desarrolla a través de otras dos líneas de
fuerza: la recepción oral o la lectura directa de los textos por parte de los aprendices y las formas
guiadas para enseñar la manera de construir sentidos cada vez más complejos. Sin duda, ambos
tipos de actividades han estado presentes a lo largo del tiempo, pero han mantenido relaciones
difíciles y variables en la sucesión de los distintos modelos de enseñanza literaria. Así, por ejem-
plo, en los últimos tiempos, la gran extensión de la llamada “animación a la lectura” ha primado
el acceso a los textos –en el mejor de los casos–, pero no ha incidido en el apoyo a los lectores en
su esfuerzo interpretativo. Por contra, el que un número importante de adolescentes confiese no
haber leído un libro entero en toda su vida, incluso cuando se hallan en un contexto favorable a
ello, muestra que la escuela actual puede continuar desentendiéndose aún de la construcción de
hábitos lectores.

LAS OBRAS Y LOS TEXTOS QUE AYUDAN A CUMPLIR


LOS OBJETIVOS ESCOLARES
En las últimas décadas, la escuela ha asistido al estallido del corpus de textos que era habitual
desde que se extendió la escolaridad obligatoria, hace ahora más cien años. Enseñar a interpretar
y desarrollar una competencia literaria no presupone la obligación de hacerlo sobre obras prede-
terminadas por la historia crítica. Así pues, ha ido calando la idea de que el corpus varía según los
contextos y según la función que otorguemos a una lectura concreta en el conjunto del itinerario

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de formación previsto. El corpus adecuado será entonces el conjunto de lecturas que mejor pue-
dan incidir en el aprendizaje literario de los niños.

En la práctica, sin embargo, ese criterio no se ha desarrollado convenientemente. No lo ha he-


cho, en primer lugar, en la articulación de los distintos corpus. Todos los recuentos y estudios
realizados en los últimos años sobre las lecturas escolares prescriptivas señalan que ese corpus
presenta ahora una enorme dispersión de títulos, autores y tipos de libros (folclore, literatura in-
fantil, novela juvenil clásica o actual, literatura patrimonial, en la lengua propia o traducida, etc.).
Pero la presencia de uno u otro tipo de textos se reparte de manera desigual en las etapas educa-
tivas: en primaria se utiliza de forma casi exclusiva un corpus de libros infantiles, mientras que
en secundaria coexisten dos líneas muy poco relacionadas entre sí: por una parte, se mantiene
el predominio de textos patrimoniales derivados de un programa que continúa basándose en el
desarrollo de la historia literaria; por otra, tanto la presión social, como las prácticas de primaria,
introducen la lectura de novelas juveniles o de títulos de actualidad en una lectura fuera del aula y
desgajada del aprendizaje planificado. En el caso de Iberoamérica, la tensión se extiende además
a la incorporación de las literaturas de tradición oral y de las propias de cada país respecto a los
programas importados de España.

En segundo lugar, tampoco se ha procedido adecuadamente respecto de la evaluación de las cua-


lidades formativas del corpus elegido. Los libros “exteriores” entraron en la escuela hace décadas a
partir de los cambios en la concepción sobre el acceso al escrito como práctica social. Pero la cre-
ciente preocupación por los bajos índices de lectura favorecieron que el criterio dominante fuera
simplemente el de su fácil conexión con los lectores. En muchos casos, la poca formación inicial
de los docentes sobre la tradición oral o el corpus infantil y juvenil se tradujo en la elección de
textos que no se sitúan entre los de más calidad, sino entre los más divulgados en aquel momento.
Tras un par de décadas de “libros fáciles”, la polémica se ha extendido y han surgido muchas voces
(Ana María Machado, 2005, por ejemplo) e iniciativas encaminadas a la utilización de lecturas de
calidad, sean infantiles o de otro tipo, y más o menos estables en el tiempo, de manera que puedan
ejercer una función referencial y cohesionadora de la sociedad.

La lectura de libros como práctica autónoma de los niños tiene su centro en la biblioteca escolar
de aula o de centro. La necesidad de impulsar y consolidar las bibliotecas escolares como instru-
mento central de las actividades de aprendizaje resulta un hecho evidente en el debate educativo.
Toda la literatura sobre el tema considera la biblioteca escolar como un elemento básico para la
igualdad de oportunidades en el acceso a la información y la cultura, un recurso fundamental
para conseguir los objetivos educativos y un gran potencial para la dinamización cultural de la
comunidad donde se encuentra.

En 2006 apareció el informe del Instituto de Evaluación Educativa (IDEA) sobre el estado y fun-
cionamiento de la biblioteca escolar en España y en estos momentos el proyecto evaluativo se
extiende a diversos países iberoamericanos. El estudio español revela una preocupante mala dota-
ción de las bibliotecas, así como deficiencias de uso y de dedicación de personal para su cuidado y
atención. Las leyes educativas más recientes y muchas iniciativas de las administraciones (la crea-
ción de bibliotecas o rincones de libros en las aulas, con dotaciones provenientes de meditados
procesos de selección, acciones integradas normalmente en planes de lectura, como los llevados a
cabo en México, Brasil o Argentina) han empezado a incidir en esta situación. El esfuerzo que se
plantea va dirigido a los aprendizajes escolares en general, pero es evidente que la lectura literaria

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tiene un papel esencial en la actividad lectora. Por fortuna, llevar los libros a los niños ha sido una
de las consignas más sentidas en estas últimas décadas y reseñar las experiencias llevadas a cabo
sería algo infinito.
Para continuar progresando en este ámbito tan sentido es necesario ahora profundizar en la tarea
de diagnóstico, con la evaluación de la existencia y del estado de las bibliotecas de cada uno de los
centros, dada la gran variabilidad de contextos; la creación de proyectos generales de soporte téc-
nico aprovechando las nuevas tecnologías; el desarrollo de mecanismos compartidos de selección
de libros de calidad adecuados a la lectura infantil y juvenil, así como el apoyo a la animación de
los fondos, con la introducción y difusión de prácticas continuadas de lectura y de préstamo de di-
cho tipo de libros, ya que la práctica revela que muchas veces los libros facilitados son claramente
desaprovechados, a veces sin salir ni siquiera de sus cajas. Un aspecto esencial entonces es el de la
dotación de personal específico y la formación de los educadores tanto a través de la formación
inicial, como de la formación permanente.

LA COLABORACIÓN ENTRE LA ESCUELA Y LAS DISTINTAS


INSTANCIAS SOCIALES
Los aprendizajes literarios se realizan dentro y fuera del ámbito escolar. Todos los estudios sobre
hábitos y nivel de dominio lector (como los informes PISA, tan citados últimamente) han coin-
cidido en señalar que la colaboración explícita de familia, escuela y comunidad social (biblioteca
pública, acciones culturales ciudadanas, etc.) potencian enormemente la adquisición de hábitos
lectores y el desarrollo cultural de las nuevas generaciones. Eso es así hasta tal punto que, en
nuestras sociedades occidentales, la escuela no puede ser vista como la institución responsable
de asegurar estos hábitos. El intento escolar de asumir esta función ha llevado muchas veces a la
reiteración de actividades de animación a la lectura llevadas a cabo por otras instancias, mientras
que, en cambio, se dejaban de asegurar determinadas funciones escolares que no tienen cabida en
los otros ámbitos. Por otra parte, la superposición indiscriminada de objetivos ha sido la norma
de los últimos tiempos, de manera que los estudios existentes sobre las opiniones de los ense-
ñantes muestran que estos se sienten escindidos entre las funciones de traspasar un patrimonio,
enseñar a leer y fomentar los hábitos de lectura, todas ellas finalidades que requieren de estrategias
y prioridades que no coinciden necesariamente en la programación escolar, sino que requieren
de un esfuerzo explícito y consciente de articulación (como se plantea, por ejemplo, en Colomer,
2005).
Parece urgente entonces clarificar qué es responsabilidad prioritaria de la escuela en cuanto a los
usos y saberes literarios y qué colaboraciones pueden establecerse con las otras instancias para
alcanzar entre todos los objetivos deseados. Así, podemos aventurar como competencias más
propias del cometido escolar:
• Enseñar a leer, en el sentido amplio que ha tomado en las últimas décadas. Este sería el objeti-
vo más propio de la tarea tradicional de la escuela, aunque actualizado ahora con todo lo que
sabemos sobre el proceso de lectura y de interpretación de los textos como práctica social.
• Asegurar la lectura de libros de calidad para todos, de manera que su lectura contribuya a esta-
blecer criterios sobre las jerarquías existentes entre los textos sociales. No todos los textos son
igual de valiosos desde el punto de vista estético y de sentido, aunque el lector pueda darles el
uso que le plazca según sus gustos, intereses y objetivos personales. Es algo que debe aprender-

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se en algún lugar y la escuela debe ofrecer a todos la oportunidad de crearse un horizonte de


lecturas sobre el cual proyectar e inscribir las propias.
• Asegurar el conocimiento, aunque sea a diferentes niveles, de algunos de los textos “clásicos”
que sirven como referentes de la colectividad. La función de “traspaso patrimonial” continúa
siendo una de las más sentidas por parte de la escuela y no se trata de prescindir de ella, sino
de actualizarla de manera reflexiva, por ejemplo, teniendo en cuenta el grado de complejidad
intercultural y de globalización de las sociedades actuales que pueden llevar a la recepción de
obras universales y de las culturas en contacto.
• Enseñar la manera de abordar textos inicialmente difíciles para el lector. O sea, ofrecer la ex-
periencia de lectura de textos lingüísticamente complejos, alejados temporalmente o de signi-
ficado poco transparente, y mostrar a los lectores qué pueden hacer para entender los libros en
profundidad y con espíritu crítico. La lectura guiada es una actividad propia de la escuela que
tiene que renovarse con lo que sabemos sobre las formas individuales y sociales de construir el
aprendizaje. Pero dar espacio a la construcción compartida o más protagonismo a los alumnos,
como sería deseable, no significa abandonar el papel de enseñarles qué es lo que deben hacer
(ellos) para entender un texto.
• Asegurar una cierta sistematización sobre el funcionamiento de los sistemas ficcionales y
literarios de la sociedad. La escuela es el lugar adecuado para analizar, conceptualizar y ad-
quirir esquemas mentales que organicen la comprensión explícita de cómo funcionan las
cosas.

LAS FORMAS DE ACCESO A LA LITERATURA: ORALIDAD, LECTURA


Y ESCRITURA
El acceso a los textos y la discusión sobre ellos conforman el núcleo de la educación literaria. Los
textos se reciben de forma oral o escrita y, en estos momentos, también a través del uso de las
nuevas tecnologías que facilitan experiencias audiovisuales de poemas y otros textos. Asimismo,
el uso creciente de las pantallas (de la televisión, el cine, la consola o la computadora) ofrece a
los niños formas de ficción y familiarización con elementos y obras literarias que colaboran ac-
tivamente en la construcción de todo un conjunto de saberes y competencias literarias. Con esa
inmersión textual hay que contar, en las proporciones correspondientes a cada contexto, para
prever lo mucho que los niños actuales pueden saber de manera previa y paralela a la actividad
escolar.
Los estudios educativos sobre lectura escolar hace décadas que señalan la importancia de de-
dicar un tiempo de lectura individual en la escuela y muchos países hace años que desarrollan
programas en este sentido. Las propuestas de la LOE en España en 2006, por ejemplo, acaban
de instaurar un tiempo de lectura en cada una de las asignaturas del currículo. Pero, aparte del
vínculo con los diferentes aprendizajes específicos de cada área, la lectura literaria es la que incide
más fácilmente en la adquisición de muchas de las habilidades de lectura que tienen que dominar
los alumnos y la que tiene más relación con la creación de hábitos permanentes de lectura. Así,
pues, tanto para la enseñanza literaria como para el acceso al escrito, es conveniente extender la
previsión de un tiempo dentro del horario escolar para fomentar la lectura literaria autónoma,
sea en la biblioteca escolar o en el aula, y hacerlo en las formas y modalidades que aconsejan la
investigación y la experiencia acumulada por la práctica educativa.

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Las antiguas actividades literarias basadas en la oralidad, que buscaban en parte potenciar la re-
cepción afectiva y la adhesión cultural, disminuyeron en la segunda mitad del siglo xx en favor
del acceso escrito al texto. En estos momentos, sin embargo, se ha iniciado una cierta recupera-
ción de estas actividades (narración de cuentos, recitado de poemas, dramatizaciones, lectura
en voz alta, etc.), así como también de la asociación textual con la imagen. No solo por criterios
didácticos, sino porque el desarrollo tecnológico de las sociedades occidentales potencia los ca-
nales comunicativos de la oralidad y la imagen. Por ello, es una línea emergente de gran fuerza
y potencial didáctico, que parece además especialmente rentable en las situaciones educativas
en las que los fenómenos propios de las sociedades avanzadas coexisten entremezclados con los
índices de una alfabetización muy escasa.
Otra forma de acceso a la literatura es la de la propia escritura literaria. Los talleres de escritura,
con los educadores argentinos como pioneros en su fomento desde hace décadas, se han demos-
trado enormemente eficaces en el desarrollo de la competencia literaria y el dominio del escrito.
Se trata de una línea clara de actuación que debería continuar extendiéndose en las aulas, ya que
presenta múltiples ventajas, como la de otorgar un protagonismo motivador a los alumnos, la
fusión natural de las habilidades lingüísticas en su desarrollo y la gratificación de alcanzar pro-
ductos concretos y visibles en el trabajo escolar.

LA ARTICULACIÓN DE LOS OBJETIVOS, LA PROGRAMACIÓN


DE LOS APRENDIZAJES Y LAS FORMAS DE ORGANIZACIÓN
ESCOLAR DE LA EDUCACIÓN LITERARIA
La educación literaria de los niños progresa de forma continuada a lo largo de todas las etapas
educativas. Pero su evolución en las últimas décadas ha conducido al difuminado de objetivos
concretos de aprendizaje en la etapa primaria, donde bastaría, al parecer, con el contacto con los
textos orales o escritos; mientras que la etapa secundaria continúa centrada en contenidos histó-
ricos o conceptuales y permite el debilitamiento de las prácticas lectoras.
Por ello resulta necesario que la comunidad educativa en general, y las administraciones en con-
creto, definan, con mayor claridad que la que presentan los currículos oficiales actuales, los ob-
jetivos literarios de cada etapa, teniendo muy presente tanto la continuidad de los aprendizajes,
como la necesidad de decidir qué es lo que es preciso haber conseguido en la formación literaria
de los ciudadanos al acabar el período de la enseñanza obligatorio. Muchos de nuestros países
han realizado notables reformas curriculares en la última década. En general, puede decirse que
en ellas se han actualizado positivamente los objetivos formativos de la literatura. Pero, en la
mayoría de los casos, la formulación se ha abordado con una prudencia que lleva a definiciones
excesivamente generales y vagas respecto a dónde se quiere llegar en la educación común de los
ciudadanos y a través de qué contenidos y prácticas recomendadas.
Probablemente, el trabajo escolar mejoraría si se cuestionara cuáles son realmente los apren-
dizajes que deben realizarse durante la escolaridad obligatoria. Por ejemplo, la importancia de
la traducción en la recepción de las obras es un aspecto importante en el acceso de cualquier
ciudadano a una gran parte de la literatura actual y, en cambio, no figura en ningún programa.
Tampoco ningún currículo alerta sobre la conveniencia de asegurar que los alumnos han expe-
rimentado las perspectivas generales –y poco numerosas– con las que los humanos contemplan
la realidad a través de la literatura: la épica, la parodia, la mímesis, etc. O bien puede verse que la
idea de influencia o variación respecto a la tradición, recurrencia de motivos y esquemas argu-

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mentales, etc., es algo que aparece implícito en los programas, cuando la potencia de esas ideas
merecería ser explicitada en las aulas, de modo que la imagen de un diálogo permanente de las
obras entre sí y de las voces de la humanidad reflexionando sobre sí misma y sobre la realidad
llevara a los jóvenes a sentir que la literatura tiene mucho que decir a los habitantes actuales. O
bien sería mucho mejor abordar el estudio de las formas poéticas en relación con la respiración,
el ritmo, la música, el habla… que como un juego caprichoso de estrofas. Y también resultaría
de interés compartir la idea de que la mayoría de las grandes obras pueden entenderse de modos
diversos, tanto desde la posición del lector, como, por ejemplo, según la perspectiva de distintas
teorías interpretativas.

El aprendizaje de la lengua y la literatura supone una interrelación evidente y hace tiempo que
los currículos hicieron una clara apuesta por la fusión de su enseñanza. Sin embargo, en la
práctica, ello parece haber tenido consecuencias claramente negativas para los aprendizajes li-
terarios, especialmente en el momento de una explicitación y conceptualización mayor durante
la etapa secundaria. Parece recomendable, pues, asegurar objetivos curriculares específicos que
mantengan la presencia de actividades de literatura a lo largo de las etapas educativas, así como
tal vez reservar un espacio curricular propio a la literatura en los últimos cursos de la etapa
secundaria.

Dentro de esta línea de clarificación y continuidad educativa, sería conveniente también estable-
cer rutinas concretas de colaboración entre los cursos, ciclos y etapas en cuanto al seguimiento
lector de los alumnos (por ejemplo, a través del traspaso de informes individuales de lectura,
información y acuerdo sobre las lecturas colectivas de los ciclos y centros educativos en el paso
de primaria a secundaria, etc.). Por otra parte, continúa siendo una realidad la poca coordinación
entre las áreas de lengua en las áreas bilingües, la ausencia de textos literarios en la enseñanza
de las lenguas extranjeras y la escasa presencia de la literatura universal. Si se quiere mejorar la
educación literaria, parece ineludible proceder a una nueva articulación de los diferentes espa-
cios curriculares en que debería producirse. Eso significa, por ejemplo, repartir y coordinar las
lecturas, los contenidos y las actividades entre las distintas áreas de lengua, para rentabilizar al
máximo el tiempo escolar que puede dedicarse a los aprendizajes literarios. La visión general
del itinerario de aprendizaje supone también seleccionar textos que resulten apropiados para las
diferentes funciones escolares (lectura autónoma, construcción compartida, lectura guiada, etc.)
e incluso propiciar el consenso sobre un cierto corpus de textos a través de listas recomendadas,
fomento de antologías escolares, etc.

En cuanto a las orientaciones didácticas, se puede decir que en la actualidad coexisten diversos
modelos de actuación que a menudo se superponen e interfieren de forma no deliberada. Nos
encontramos así con que la literatura a veces se utiliza como simple punto de partida para los
ejercicios de lengua; o bien sigue ordenadamente un hilo de exposición cronológica; existe solo
como lectura libre; ofrece material para el debate de temas de tutoría; se trata básicamente en
talleres de escritura creativa, etc. Probablemente, una de las razones de la marginación que acaba
sufriendo la literatura en la programación es la pérdida de seguridad escolar sobre la manera de
abordarla en el aula.

El divorcio entre la sistematización de los saberes literarios y la lectura (o escritura) libre de los
textos es una de las peores realidades en esa falta de articulación. Cabe recordar entonces que el
aprendizaje escolar está centrado en el esfuerzo por la construcción personal de sentido. Se puede

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representar como una franja situada en un espacio intermedio entre el efecto inmediato de la lec-
tura personal y el acceso al conocimiento de saberes exteriores que inciden en la interpretación
cultural. Interpretar los textos a los que se accede supone una tarea de reflexión y construcción
compartida. Verbalizar la propia experiencia estética de manera que sea comunicable o evaluar
las opiniones e interpretaciones ajenas para enriquecer la propia son procesos que requieren un
dominio creciente del lenguaje metaliterario y de la conciencia explícita de los elementos impli-
cados para hacerlo de manera eficaz. La discusión sobre los textos es el lugar por excelencia en el
que facilitar la información requerida. La guía del experto debe llevar la interpretación más allá
del lugar adonde llegan por sí solos los lectores: dar pistas para ver los niveles de lectura y lo que
hay “tras las líneas”, ofrecer información contextual si es necesaria, enlazar con el entorno actual
para hacer posible una comprensión que conecte con lo que los alumnos saben y piensan sobre el
mundo, sistematizar los descubrimientos para que sirvan como futuros esquemas interpretativos,
etc. Ese es el terreno de nuestro trabajo y no el análisis expuesto por el docente para propiciar una
admiración impostada. Las nuevas formas de socialización a través de la tecnología se ofrecen
también aquí como un nuevo recurso para la comunicación, el intercambio textual y el contraste
de pareceres.

LA FORMACIÓN DEL PROFESORADO


A raíz de los resultados del informe PISA, se ha destacado que una de las características del mo-
delo educativo finlandés (el que ha ofrecido mejores resultados en la lectura de los chicos) es la
alta preparación de sus docentes. Si nos centramos en la formación inicial, el repaso de los planes
de estudio de los docentes de nuestros países revela graves insuficiencias en aspectos clave para la
didáctica de la literatura, como, por ejemplo, el conocimiento de los libros infantiles y juveniles
o el uso de textos literarios en diferentes contextos sociales. Incluso en aquellos lugares donde se
están replanteando actualmente las titulaciones, los programas y las metodologías universitarias,
las mejoras, si se producen, lo hacen de forma enormemente escasa y parcial. No incidir decidi-
damente en la formación inicial conlleva la necesidad de que las administraciones amplíen sus
previsiones de formación permanente, lo cual supone un esfuerzo mucho mayor de tiempo y
economía. Así, pues, sería conveniente establecer una estrecha colaboración entre las administra-
ciones educativas, las universidades y todas las instancias implicadas en la preparación inicial y
continuada de los docentes alrededor de aspectos como los siguientes:

• La atención a la formación lectora y literaria de los propios profesionales de la educación. Se


trata de un requisito bien señalado por el sentido común, pero que es poco tenido en cuenta
en los actuales planes de estudios y de formación continuada. La necesidad de atender a la for-
mación de los propios docentes como lectores ha sido confirmada últimamente por la investi-
gación centrada en el pensamiento y la conducta profesional de los enseñantes, de manera que
cabe celebrar que distintos países ya hayan empezado a desarrollar algunas acciones centradas
en este ámbito en sus planes de formación de los educadores de lectura.

• La atención a la formación y actualización didáctica en un sentido más amplio del habitual


en relación a la enseñanza literaria. Por ejemplo, parece razonable pensar que una de las di-
ficultades para la extensión de algunas de las prácticas señaladas anteriormente es la falta
de formación que han recibido los docentes en lo que concierne a sus propias habilidades de
interpretación oral de los textos, de análisis de la imagen –ya se trate de álbumes ilustrados, ya
de la ficción audiovisual– o de capacidad de organización didáctica de aspectos como la dra-

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matización, las diversas posibilidades de programación de los contenidos literarios en las aulas
o la utilización de la biblioteca escolar y las nuevas tecnologías para la lectura.
• La potenciación de la investigación educativa en el ámbito de la educación literaria. Muchas de
las decisiones sobre las cuestiones que nos ocupan serían más fáciles de tomar si se supiera más
sobre las características de los textos dirigidos a los niños en nuestra sociedad; la interrelación
entre el desarrollo lingüístico, artístico y ficcional en la recepción que se hace de ellos; el grado
y la forma de dependencia entre la acción escolar y los hábitos sociales de lectura; las prácticas
de lectura más efectivas en el aula; las formas narrativas o poéticas propias de las distintas cul-
turas en contacto, etc.

PROPUESTAS DE AVANCE
Gustavo Bombini titula volver al futuro al “gesto de revisar el relato completo de una tradición
de enseñanza para imaginar su futuro”. De esa revisión surgen siempre los retos inmediatos para
renovar la enseñanza. Una renovación que, según el autor argentino, pasaría por:
“[...] recuperar la perspectiva histórica como requisito para la lectura de textos literarios, acoplar nue-
vos saberes teóricos para producir nuevas prácticas, revisar la tradicional relación entre lengua y li-
teratura para que ambos términos se potencien, en vez de subordinarse, e imaginar una práctica de
enseñanza sostenida en prácticas de lectura y escritura” (2008, p. 147).

Enseñar literatura es algo complejo, en el sentido de que integra distintos elementos. Debe res-
ponder a la conexión entre la capacidad de recepción y de producción literaria, entre la recep-
ción del texto y la posibilidad de elaborar un discurso analítico y valorativo sobre él, entre la
interpretación del lector y los conocimientos que la potencian, entre la educación lingüística y
la educación literaria, entre los aspectos lingüísticos y los aspectos culturales que configuran el
fenómeno literario o entre la literatura y los restantes sistemas artísticos y ficcionales existentes
en las sociedades actuales. La reflexión anterior intenta ofrecer una guía de ruta que podemos
sintetizar ahora en las siguientes líneas de actuación:

En la planificación educativa y de los centros escolares


• Potenciar las bibliotecas escolares, dotándolas de acervos negociados y personal responsable.

• Establecer con mayor claridad las prioridades de la responsabilidad escolar con respecto a otras
instancias sociales (familia, biblioteca pública, animadores de lectura, etc.) y acordar líneas de
colaboración que se potencien mutuamente.
• Establecer con mayor claridad y actualidad los objetivos y contenidos de la educación literaria
a lo largo de las etapas educativas.
• Instaurar un tiempo escolar de lectura literaria, recuperar formas orales de comunicación litera-
ria y abrir la escuela a las formas de ficción relacionadas con la imagen y las nuevas tecnologías.
• Diseñar planes de lectura de cada centro que articulen las prácticas literarias según sus funcio-
nes y coordinen los aprendizajes a cargo de las distintas áreas lingüísticas.
• Propiciar un consenso educativo sobre el corpus de lecturas escolar y difundir las orientaciones
didácticas más efectivas.

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La educación literaria

• Incorporar la literatura al trabajo de integración del alumnado que proviene de los intensos
flujos migratorios actuales.

En la formación del profesorado


• Incidir desde las administraciones en los cambios de planes de estudio de la formación inicial
de los docentes.
• Atender a la formación lectora y de escritura de los propios docentes, así como a su actualiza-
ción didáctica, en los programas de formación permanente.

En los elementos externos de apoyo


• Mantener, o crear, planes de dotación de libros de lectura a los centros, de participación de los
niños en actividades culturales y de realización de proyectos de calidad de recursos didácticos
(edición de antologías, audiovisuales, etc.).
• Potenciar recursos en línea para facilitar la tarea de los docentes (servicios de selección de
libros, propuestas e intercambio de actividades experimentadas, evaluaciones de resultados,
etc.).
• Propiciar proyectos institucionales de cooperación con las instituciones implicadas en el fo-
mento de la lectura de cada comunidad (bibliotecas públicas, ayuntamientos, secciones del
IBBY de los distintos países, fundaciones, equipos universitarios, editoriales, etc.).
• Apoyar la investigación en esta área a través de programas de becas, licencias de estudio, etc.,
para los propios docentes.

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De la mediación de la lectura
o de cómo “ir más allá”
Didier Álvarez y Silvia Castrillón

En el marco de la discusión sobre las relaciones de la escuela y la cultura escrita en la sociedad


moderna, este capítulo explora la tesis de que la mediación lectora es esencialmente una práctica
de intervención social que está afectada por determinantes éticos y políticos. Desde esta perspec-
tiva se afirma que la acción de la mediación lectora en las sociedades modernas (principalmente
la que ejercen el maestro y el bibliotecario escolar) responde a un cierto proyecto de ser humano y
de orden social que le exige trabajar por el logro de unos “mínimos culturales” que apenas si per-
miten hacer a las personas socialmente funcionales en ese orden y reducen la amplia dimensión
de la cultura escrita al uso instrumental de la lectura y la escritura.
El capítulo asume, por el contrario, la mediación lectora como una práctica que siempre debe “ir
más allá” y desplegar una clara voluntad de promover y ampliar el acceso de las personas a la cul-
tura escrita, ayudándolas a cuestionar los órdenes simbólicos que limitan su experiencia consigo
mismos, con otros y con el mundo. La humanización se convierte en el telón de fondo de una
mediación lectora éticamente responsable con un proyecto social incluyente, consciente y cons-
tructivo. En este sentido, el capítulo enfatiza la labor del mediador de la lectura y de la escritura
como una práctica de intervención profundamente comprometida y siempre dirigida a impulsar
la vida social en tres esferas críticas: la personal, la subjetiva social y la ciudadana.
Los autores agradecen muy especialmente al profesor Percival Leme Britto la lectura de los borra-
dores de este capítulo y sus sugerencias. Sus ideas enriquecieron el contenido.

CULTURA, LECTURA Y ESCRITURA


Conviene comenzar dejando en claro algo que aparentemente es obvio, pero que no necesaria-
mente se asume en todas sus profundas consecuencias: la práctica de la mediación lectora sucede
en el ámbito de la cultura escrita. En consecuencia, hablar de mediación lectora es aludir a pro-
cesos complejos de intervención que unos sujetos sociales realizan con otros en los dominios de
la cultura escrita.
Precisamente a este respecto debe afirmarse que la cultura escrita es un producto histórico que
expresa visiones del mundo, ideales y valores en conflicto, algunos de los cuales son dominantes
en función de las pretensiones de orden social que tenga el sistema que los difunde y promueve,
a pesar de que ese sistema (por más totalitario que sea) no logra anular por completo los “otros”
valores que lo contradicen en sus pretensiones hegemónicas.
En efecto, siempre habrá lugar para la acción simbólica emancipadora de las personas en el mun-
do social, y es allí donde tiene sentido y se hacen posibles las labores educativa y política de los

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De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”

maestros, los bibliotecarios y otros agentes sociales en el ámbito de la cultura escrita. Esto es lo
que, en última instancia, otorga un profundo –pero insuficientemente reflexionado– sentido pe-
dagógico, ético y político a la tarea intelectual del mediador de la lectura, que lo convoca, a la luz
de las propuestas de Edward Said, a ser un sujeto
“[…] con un papel público específico en la sociedad que no puede limitarse a ser un simple profesional
sin rostro […]. Para mí el hecho decisivo es que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de
representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud, una filosofía u opinión para y a
favor de un público” (Said, 1996).

No debe olvidarse que la mediación lectora, entendida como intervención social, es realizada por
agentes diversos que, en su conjunto, procesan indicaciones o mandatos que los comprometen
con la tarea de mantener y reproducir el orden simbólico y las relaciones de poder que sustentan
el mundo social. Ante ello emerge la amplia dimensión humanizante de las tareas ética, política
y pedagógica del mediador de la lectura, que lo convocan a colaborar con las personas en el pro-
pósito de develar, comprender y humanizar las estructuras y relaciones que sustentan el mundo
que habitan.

La conexión existente entre mediación lectora y cultura escrita, lejos de ser obvia e irrelevante,
resulta altamente significativa y útil en el momento de abordar el problema de la acción de los me-
diadores de la lectura (maestros y bibliotecarios especialmente) en el territorio del lenguaje y de la
cultura, pues leer y escribir, al ser consideradas como prácticas fundamentales de la cultura escri-
ta, son ámbitos de pugna, de luchas simbólicas y juegos de dominación y resistencia (de acuerdo
con los planteamientos de Paulo Freire); prácticas sociales que siguen modelos, patrones históri-
cos, protocolos de realizaciones, pero que también son susceptibles de transformación y cambio
(según Roger Chartier) y, por lo tanto, se constituyen en materia de acción y de aprendizaje.

Y es aquí donde debe advertirse el hecho de que para las sociedades contemporáneas la cultura
escrita, específicamente las prácticas de leer y escribir (más aún la primera que la segunda) se
hacen funcionales a las pretensiones de reproducción simbólica y de mantenimiento del orden
social.

En efecto, el sistema necesita de personas que puedan hacer un uso práctico de la lectura y la es-
critura en cuanto sean difundidas y apropiadas pronto y fácilmente como herramientas de intro-
yección del orden social y estrategias de adecuación a las demandas laborales. Pero un real acceso
a la cultura escrita va más allá de estos mínimos funcionales; los debe superar ampliamente y
convertirlos en medio para verse críticamente a sí mismo, al otro y al mundo.

He ahí la raíz de los discursos bienintencionados, culturizantes y civilizadores que difunden una
idea de la lectura como un asunto vinculado a la promoción de la convivencia ciudadana y al de-
sarrollo de competencias para el trabajo y el reciclaje profesional: autoeducación, “educación para
toda la vida”, lo cual, como advierte Emilia Ferreiro, no es más que un eufemismo: “Seamos claros:
la inestabilidad en el empleo, las reformas de leyes y reglamentos orientados hacia la ‘flexibilidad
laboral’, están por detrás de esta expresión. El aprendizaje a lo largo de la vida es una manera ele-
gante de decir: las nuevas tecnologías han introducido tales cambios en todas las esferas de la vida
laboral que solo podemos anticipar, sin mayor precisión, que los cambios seguirán. La educación,
por lo tanto, debe hacerse cargo de preparar individuos disponibles para el cambio, porque los
conocimientos son perecederos, tienen fecha de caducidad como las mercancías compradas en

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Didier Álvarez y Silvia Castrillón

el supermercado. Según algunos, los conocimientos deben reciclarse cada cuatro años, al igual que
las computadoras, y como los humanos no venimos equipados con una tecla delete, habría que en-
trenar habilidades de olvido (forgetting habilities)” (Ferreiro, 2008).
He ahí también las consignas que promueven la lectura como pasatiempo, diversión y mero pla-
cer, placebo que ayude a sobrellevar una vida aburrida y sin sentido.
La alfabetización que se practica bajo estos ideales se hace acción instrumental que desdice del
hondo significado ético y político que tienen leer y escribir, al permitir a las personas reconocer
su voz y construir su presencia, de acuerdo con palabras de Graciela Montes, en el “inmenso tapiz
que tejen las sociedades [cuando] dejan registro expreso de los universos de significación que
fueron construyendo a lo largo del tiempo y de las circunstancias”. Una alfabetización instrumen-
tal que se aleja del ideal crítico que la afirma, según Henry Giroux al comentar la obra de Paulo
Freire, como:
“La capacidad de denominar la propia experiencia […] y comenzar a entender la naturaleza política de
los límites y las posibilidades que conforman la sociedad en su conjunto” (Giroux, 1989).

LECTURA E INFORMACIÓN
En el territorio anteriormente trazado, es especialmente importante resaltar el problema de las re-
laciones entre la cultura escrita y la información. Dos ámbitos desde los cuales, tradicionalmente,
se han establecido los límites entre el aula y la biblioteca, los maestros y los bibliotecarios, y se han
configurado sus identidades y prácticas disciplinarias y profesionales.
A este respecto debe afirmarse que en la escena contemporánea las relaciones entre lectura e in-
formación se presentan bajo formas y dinámicas inéditas, en las que la información se entiende
y pretende instaurarse como el elemento caracterizador central de la última conformación de la
sociedad capitalista, llamada por Castells “sociedad informacional” (Castells, 1998). Y la cultura
escrita en una dimensión simbólica sacralizada, alejada del hombre común y destinada a una élite
capaz y digna de oficiarla.
Debemos afirmar que tales visiones dicotómicas de la cultura escrita y la información las alejan
hasta antagonizarlas. En efecto, en esa supuesta contraposición, se otorga a la información una
importancia restringida a su utilidad práctica y se reduce la cultura escrita a la lectura de libros,
con lo que se desconoce el hecho de que esta cultura no solo se refiere o se sustenta en ellos.
De hecho, por ejemplo, las búsquedas en soportes electrónicos en Internet o el uso de las bases de
datos electrónicas también son prácticas propias de la cultura escrita, pero mediadas por tecno-
logías distintas al libro.
Por otro lado, la cultura escrita se suele asociar de forma exclusiva con la lectura de la literatura
y, lo que es aun más preocupante, esta última se representa como alinderada en el tiempo libre,
dirigida al placer y lo lúdico, lejos de grandes esfuerzos comprensivos.
Desde esta concepción, que escinde la unidad de la cultura escrita y la información, se entrega a
la escuela (al maestro en su aula con su libro de texto y su tablero) la tarea de iniciar a las personas
en el orden escrito. Y se recluye la información en la biblioteca (en el territorio del bibliotecario
con sus colecciones y sus aparatos) para hacerla icono de poder y de dominio (“quien tiene la
información, tiene el poder”).

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De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”

Con ello se olvida que la escuela no tiene el monopolio de la integración de las personas a la
cultura escrita, pues solo es una institución con una tarea –gran tarea, de hecho– de formalizar
la adquisición de la competencia lectora. También se ignora que la biblioteca no tiene el dominio
absoluto de la información, puesto que, al contrario, la mayor parte de la información que se pro-
duce y circula en la sociedad lo hace por otros medios: unos muy amplios en los cuales circula la
información que banaliza la experiencia de sí mismo en el mundo; y otros muy restringidos por
los cuales se mantienen los órdenes excluyentes que amparan el uso del poder de ciertos grupos
sociales.
Sin duda, separar estas dos dimensiones culturales conlleva el gravísimo riesgo de distanciar las
intervenciones que complementariamente deberían hacer maestros y bibliotecarios en su calidad
de mediadores de la lectura. Esto puede llevar a la atomización de la acción social y cultural del
aula y de la biblioteca escolar.
Frente a ello hay que plantear la unidad cognitiva y pragmática de la cultura escrita y la informa-
ción. Ciertamente, si se tiene claro que la información es una dimensión de la cultura escrita, se
pueden empezar a romper las dicotomías que se establecen en la escuela entre lectura útil e inútil,
y lectura recreativa e informativa, por ejemplo. En efecto, leer información no es acumular datos,
cifras, etc. Para leerla, el lector requiere de unos recursos culturales y cognitivos, históricos y po-
líticos específicos, que le permitan criticar esa información, elaborarla, manipularla y verla desde
afuera, es decir, “ir más allá de ella”.
Es en el marco de estas cuestiones donde se ubica el asunto, absolutamente crítico, de la media-
ción de la lectura como práctica dirigida a ofrecer y promover condiciones dignas y dignificantes
de lectura e impulsar en el lector la necesidad de “ir más allá”, en su apropiación de la cultura
escrita, en la comprensión del funcionamiento del conocimiento y en la generación de nuevas
necesidades de comprensión de su propia vida y del mundo, desde su múltiple condición de per-
sona (sujeto de sí mismo), de sujeto social (que vive con otros) y de ciudadano (sujeto de poder).
Desde estas perspectivas se podría empezar a concretar una estrategia clara para luchar contra
aquellas terribles cegueras del conocimiento: el error y la ilusión o la tendencia de los hombres a
elaborar “[…] falsas concepciones de ellos mismos, de lo que hacen, de lo que deben hacer, del
mundo donde viven”, que denuncia Edgard Morin en sus Siete saberes necesarios para la educación
del futuro (Morin, 1999).

AULA Y BIBLIOTECA
A la luz de lo planteado anteriormente, es claro que el aula y la biblioteca cumplen, en el seno de la
escuela, funciones diferenciadas, pero a la vez complementarias, de socialización en cuanto ayu-
dan a integrar a las personas en la cultura escrita y, con ello, en la conformación de capacidades
básicas de uso de la información. No obstante, esta labor conjunta se enfrenta a grandes tropiezos
en el marco de las sociedades contemporáneas, lo que hace que se gesten socializaciones fallidas en
la cultura escrita que, por sus propias estructuras conceptuales, metodológicas e ideológicas, no
humanizan, sino que alienan.
Hay que aclarar que la tarea de socialización que cumplen el aula y la biblioteca se mueve entre
dos construcciones simbólicas supremamente complejas y profundamente interdependientes: la
cultura social y el currículo. En ese horizonte se les propone principalmente la tarea de participar
en la integración de las personas a los órdenes social, cultural y político imperantes, tarea que

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siempre constituye un reto y se realiza a contrapelo de otras visiones alternativas del mundo y del
orden social.
Esa es la paradoja fundamental que integra irremediablemente la acción cultural del aula y la
biblioteca: para cumplir su tarea de socialización de las personas, la escuela selecciona como
contenido ciertos universos y estrategias culturales ordenados y legitimados con arreglo a los
intereses del sistema; pero ello, a su vez, otorga a las personas que viven la acción de la escuela
herramientas para cuestionar, disentir y criticar ese orden que se difunde. Esto exige que maes-
tros y bibliotecarios asuman una actitud crítica del contenido, medios y procesos de la media-
ción lectora.
Para aliviar esta tensión, el aula y la biblioteca se ven en la necesidad de impulsar una educación
que abra decididamente las puertas de la escuela a una condición humana plena y no fragmenta-
da; que pueda, según lo propone el ya citado Morin, “enseñar la identidad terrenal, enfrentar las
incertidumbres, enseñar la comprensión y alentar una ética planetaria”.
Así pues, es necesario afirmar la unidad integral de la biblioteca y el aula dentro de una acción
educativa humanizante, es decir, comprometida con la conformación de estrategias de conoci-
miento superior, integrador, metacognitivo y crítico en las personas. La biblioteca escolar ha de
ser un ámbito cultural y pedagógico complementario, pero distinto al aula; una instancia que abra
ventanas para ver con amplitud el mundo y el sí mismo, en función de las necesidades curricu-
lares y sobre una sólida práctica pedagógica catalizada por la acción de saberes bibliotecológicos
que la comprendan y respalden adecuadamente con servicios de información y formación en la
cultura escrita.
En ello, desde luego, no cabe la imagen de un aula que encierra al estudiante en los mínimos po-
sibles de los libros de texto, ejerciendo con ello una localización informativa a todas luces dañina;
ni la de una biblioteca escolar que lanza al estudiante al territorio salvaje de la información (que
crece exponencialmente), sin ninguna ruta, ninguna bitácora y ninguna intención. El punto de
encuentro es una mediación curricular que dé sentido a las dimensiones educativas del aula y del
maestro, y a las acciones culturales de la biblioteca y del bibliotecario en el marco de la defensa y
ampliación, de la inclusión y promoción de las personas como nativos de la cultura escrita.
En este horizonte problemático es necesario enfatizar que los bibliotecarios y los maestros tienen
la necesidad de edificar identidades diferenciadas. Si no se sabe quién es y qué hace el bibliote-
cario en las tareas educativas de la escuela, no se sabrá para qué sirve y, por tanto, no se hará
necesario en la acción educativa propia del aula. Si no se sabe, asimismo, quién es y qué hace el
maestro dentro del ámbito de la realización bibliotecaria, se vuelve un invitado de piedra frente a
la acción de la biblioteca. Esas desconexiones tal vez sean la razón por la cual el bibliotecario no
se siente interlocutor del maestro en sus tareas pedagógicas, ni el maestro se ve cercano al biblio-
tecario en sus tareas bibliotecarias.
En este sentido es necesario afirmar a la biblioteca escolar como un elemento de la escuela que
trabaja contra la exclusión de las personas del ámbito de la cultura escrita y a favor del acceso
cualificado a la información. Proponerla como una esfera de apropiación de todas las formas de
la cultura escrita en la tarea de educar al ser humano en la ya aludida triple condición humana
de persona, sujeto social y ciudadano reflexivo y autónomo, pero al mismo tiempo éticamente
responsable por sí mismo y por “el otro”.

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De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”

LA MEDIACIÓN DE LA LECTURA EN LA ESCUELA ES “IR MÁS ALLÁ”


El concepto de mediación lectora en la escuela encierra de hecho un territorio de grandes tensio-
nes que ya han sido esbozadas en este capítulo. Una de ellas es la planteada entre aula y biblioteca
escolar. Frente a ello es definitivo afirmar enfáticamente que el aula y la biblioteca se encuentran
en el territorio común de la acción educativa de la escuela. Por tanto, la biblioteca escolar debe
“ir más allá” de sus fronteras y declararse un ámbito de potenciación del trabajo del aula en tanto
que ordene sus recursos de lectura e información en función de las demandas curriculares; pero
también proponerse como un espacio de vinculación de las personas al universo social, amplio
y diverso, y aminorar los riesgos de unas acciones mesocurriculares y microcurriculares que no
quieran o no puedan ver más allá de estándares que empobrecen la integración de las personas
al mundo social.
En efecto, el mundo social, la comunidad a la que sirve la escuela, se debe convertir en una pre-
sencia curricular viva y enriquecedora, de la mano de una biblioteca que ofrezca al aula posibili-
dades de información y lectura para introducir a la comunidad escolar a la diversidad del mundo
y del ser humano que lo habita. Ese es el extrañamiento permanente, la conmoción del sí mismo
que una educación digna y dignificante debe generar frente al otro y frente al mundo establecido.
Esa es su más valiosa tarea: confrontar al ser humano y conmoverlo en su necesidad de sí y del
mundo.
En el horizonte de esos deseables y felices encuentros entre el aula y la biblioteca, del maestro y
el bibliotecario, es donde se pueden y deben resolver las dicotomías inútiles entre los territorios
de la cultura escrita y la información. Es allí también donde se deben considerar las salidas a una
práctica de mediación lectora vital y liberadora en la escuela; donde deben cuestionarse las visio-
nes dañinas que asignan a la biblioteca escolar el deber mecánico de solucionar absurdas tareas
con datos que no alientan conocimiento, y de ofrecer, como premio de consolación, una media-
ción lectora reducida a una animación de la lectura “liviana” e incidental, llena de juegos y olvidos
de sí, diseñada para pasar el rato y amortiguar las “amarguras” de los deberes escolares.
Es ahí precisamente donde es necesario revisar otra grave tensión: la dada en una mediación
lectora neutralizante, que se fundamenta en una visión equivocada de la autonomía y el respeto
por el otro que lleva a obviar la intervención con el prurito de que la individualidad es intocable,
que la acción educativa solo debe favorecer y disponer las condiciones para el “libre desarrollo
de la personalidad” y que toda acción sobre el otro es un intento de sometimiento. En todo ello,
desde luego, se siente la influencia de un neoliberalismo que no solo moldea los mercados, sino
que también delinea un ideal de hombre encerrado en una individualidad aislante y egoísta. Se
entroniza la personalidad como torre de enroque desde cuya defensa se proscribe e interdicta
toda crítica a la vida interior y a las responsabilidades del “uno” con el “todos”. Por esta vía, tam-
bién, se auspicia la disolución del deber de promover una ciudadanía radical y se instaura como
ganador el paradigma del liberalismo individualista (con su icono rutilante: el éxito económico),
y se difunden los vanos ideales del egoísmo utilitario.
Así pues, toda mediación lectora debe ser asumida como intervención irremediablemente com-
prometida con el mundo del otro y el mundo social. Mediar en la lectura es una práctica dialógi-
ca, que encarna de hecho la relación de personas que pueden, mediante la acción comunicativa,
poner en conexión sus propias visiones de mundo, los universos simbólicos en los que y desde los
cuales coordinan su acción con otros y despliegan ciertos proyectos. Sujetos que buscan enten-

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derse entre ellos y conformar su propia identidad personal. Todo ello hace que la mediación de la
lectura sea, además de una práctica dialógica, una práctica histórica y autobiográfica.

Más que una mediación


En este sentido resulta incluso muy inquietante que se llame mediación lectora a una práctica tan
profundamente determinada por enfoques, paradigmas y hasta ideologías diversas. De hecho, llamar
mediación a la intervención en el territorio de la formación de los lectores y la promoción del dere-
cho a integrarse y vivir en la cultura escrita no deja de parecer bastante reducido y hasta ingenuo.

Parece que con ello se proscriben otras ideas, otras concepciones que nombran la intervención
lectora desde convicciones y compromisos éticos y políticos específicos y explícitos, como lo hace,
por ejemplo, la propuesta de alfabetización freiriana, o la educación popular, la pedagogía social,
la animación sociocultural, la filosofía práctica y la pedagogía ética, campos todos que frecuente-
mente acuden a los territorios de la cultura escrita buscando en ella cumplir con sus ideales de
emancipación, promoción humana y crítica de los órdenes sociales inhumanos.

Hablar de mediación lectora no deja de antojarse una expresión políticamente correcta, que no
convoca, con la claridad y decisión éticas y políticas suficientes, una intervención social dirigida a
la integración y promoción plena del derecho a vivir y construirse un lugar en la palabra (su escri-
tura y su lectura); es decir, de habitar significativamente el territorio de la cultura escrita. Tal vez
ello sea la base ideológica de una concepción ingenua de la acción social o, peor, una corrupción
de la tarea de la educación que renuncia por estas vías a su compromiso con el ser humano que se
busca a sí mismo, y que hace concesiones éticas, políticas y estéticas.

Si ha de usarse el concepto de mediación lectora, debería hacerse con la advertencia de que es


ante todo una práctica de intervención en la dimensión simbólica de la cultura escrita que conlleva
grandes y evidentes presupuestos y consecuencias éticas, políticas y estéticas. Que debe ser, como
se puede comprender a partir de una luminosa idea de Graciela Montes, “una acción que parte del
enigma y no de la consigna” (Montes, 1999). Es decir, algo que ayuda a las personas a deconstruir,
entender y transformar ese universo vasto, ambiguo, misterioso y siempre incógnito que es el
mundo, el otro y el sí mismo; a habilitar la duda, el enigma, el reto, la dificultad… No a llenar los
silencios a quienes se pretende incorporar a la cultura escrita, no a hacerles “más fácil” la ardua
tarea de dar respuesta a lo que cada uno es y debe hacer por su vida.

En este sentido, la mediación como práctica de humanización no se orienta hacia la conforma-


ción de individuos, sino de personas (como sujetos de sí mismos) que se reconocen en las esferas
de lo subjetivo y de lo ciudadano, merced a que juegan conscientemente en las relaciones de po-
der instauradas y reproducidas en la cultura escrita. Eso es lo que debe hacer la mediación lectora:
ayudar a las personas a develar lo que encierra la palabra, a “ir más allá” de esta y a cuestionar las
relaciones de poder que encarnan las prácticas de escribir y de leer.

Para ello debe entenderse que la mediación lectora comienza en el momento mismo de la selec-
ción de los materiales de lectura. La selección no es inocua ni neutral, de ella depende en gran
parte que se cumpla lo que se busca en la mediación como práctica de humanización. Por ello,
seleccionar requiere un buen conocimiento de la oferta de materiales de lectura que, sin duda
alguna, y cada vez más dramáticamente, se configura especialmente en función de los intereses
comerciales, problema que impone mayores exigencias a la tarea cultural del mediador.

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De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”

A la selección le sigue, en efecto, el reconocimiento de las condiciones de la lectura, es decir, de lo


que Aidan Chambers llama ambiente de lectura (Chambers, 2007), en las que se evidencian y po-
nen en juego no solo la disponibilidad, la empatía y la habilidad del mediador para abrir el diálo-
go, convocar la palabra y dar lugar al silencio, sino también su contextura cultural, ética y política,
así como sus búsquedas estéticas y pedagógicas. Todo ello de cara a enfrentar el reto de “ir más
allá” y hacer práctica una intervención que no sea funcionalización de las personas o intromisión
abusiva en su vida, que no vulnere, pero que exija con convicción y responsabilidad de mundo.
No hay que olvidar que la mediación lectora no es otra cosa que comunicación de mundos que
se tocan y se afectan en una búsqueda de plenitud, de presencias que se hacen compañía en la
inquietante tarea de tener lugar en el mundo. La mediación lectora es comunicación que recupera
y estrecha la voz propia del lector con la voz de los otros que le escriben y han contado el mundo
para él. Una acción que ha de ser capaz de despertar y de estimular lo que la pedagogía freiriana
llama “curiosidad epistemológica” o el anhelo de conocer para conocerse y desentrañar el mundo
en su hondo misterio.

ALGUNAS IDEAS DE SALIDA A PROPÓSITO DE LA MEDIACIÓN LECTORA


Y LA BIBLIOTECA ESCOLAR
Se necesita una biblioteca escolar afirmativa de la cultura escrita, que sea consciente de su tarea
formadora de lectores, que se atreva a proponer y a aventurarse, a construir opciones de lectura y
escritura. Una biblioteca escolar que entienda que las personas siempre organizan con las palabras
“cosas” hacia un cierto dominio cultural, buscando la resolución de sus necesidades de identidad
y presencia. Una biblioteca escolar que les sirve para ver, para hacerse evidentes, para utilizar,
para seleccionar lo que de la realidad les sirve y lo que no. Por tanto, es necesario que la biblioteca
escolar corra el riesgo de adentrarse en el territorio de las palabras y abandonar la absurda idea de
quedarse solamente en la oferta estandarizada y formal de información, en la imagen polvorienta
de “templo del saber”, o en la de parque de diversiones intrascendentes.
Sin duda, las personas no ven para nada útil acoger las propuestas de lectura y escritura que vienen
de una biblioteca escolar lejana de sus vidas, distante de sus necesidades. He ahí la tensión insoste-
nible: bibliotecas escolares mudas frente a las palabras de los niños y jóvenes que piden que los vean,
que se abran de par en par a sus necesidades. He aquí el reto de las bibliotecas ante los escolares: im-
pactar sus vidas con la palabra, introducirlos al dominio de una cultura escrita que se vuelve ámbito
propicio para resolver las necesidades de vida; no un oscuro territorio de negaciones y coerciones,
rotundamente limitado por los mitos y ritualizaciones del libro y de la lectura que los sostienen.
Para la biblioteca, humanizar con la lectura y la escritura no significa la aceptación de una iden-
tidad abstracta del escolar, sino la necesidad de afirmar una vida que debe aprenderse a vivir con
dignidad, esperanza y trascendencia en medio de la incertidumbre y la contingencia del mundo,
entre otras vías, por la del leer y el escribir. Humanizar desde la biblioteca escolar entonces no es
impulsar una integración anestesiada de las personas a la cultura escrita para igualarlas en gustos
y apetencias en un canon inmutable y fetichizado.
Por otra parte, teniendo como telón de fondo el olvido de sí no hay posibilidades de hacer un tra-
bajo bibliotecario escolar que sea humanizante. En efecto, un asunto problemático de lo íntimo,
que suele no intervenir la biblioteca, es lo que algunos llaman el “olvido de sí” o la tendencia a la
disolución de uno mismo en la marea social y en el mundo que, vociferantes, ocultan nuestra pro-

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pia identidad de ser. Un trabajo bibliotecario comprometido y responsable ética y políticamente


es aquel que activa la capacidad de las personas para entrar en sí mismas, para preguntarse, para
cuestionarse, para revisar las estructuras comprensivas que cada uno tiene del mundo y que lo
alienan limitándolo en su ser.
De ello se desprende que la práctica del bibliotecario escolar como mediador de la lectura con
los niños y los jóvenes no es una acción al margen de su vida íntima, sino una acción premedi-
tadamente dirigida a intervenirla. Ello le exige ser crítico de aquellas ideas que consideran que
el lector debe vivir siempre en su silencio o, peor todavía, en medio de un alboroto constante
de palabras ruidosas y acciones vacías. En este horizonte, el trabajo de mediación lectora de la
biblioteca escolar se vuelve una acción de provocación y estímulo a la propia expresión que, no
obstante, no debería ser programada o rutinizada bajo fórmula alguna de control, o reducida a
una expresión individualista y egoísta.
En este sentido, la mediación de la lectura en la biblioteca escolar debe impulsar la lectura y
la escritura como dimensiones constitutivas de lo público. Esto es, la biblioteca debe vincular
compromisos y esfuerzos personales e institucionales dirigidos al desarrollo de una democracia
radical ejercida por hombres y mujeres con un sentido profundo de ser, puesto que la ciudadanía
requiere de personas en camino hacia sí mismas: esto debería empezar por la presencia de las
personas en la escuela.
Todo ello debe ser entendido como que los bibliotecarios no se deben formar para reproducir los
órdenes deshumanizantes que hoy por hoy dirigen el mundo, de la mano de los muy evidentes
proyectos de normalización de la vida económica, sino que, ante todo, se deben a la conformación
de la acción personal y la acción política, a la promoción de la pluralidad de visiones e intereses
dentro de la comunidad local, es decir, a la radicalización de la democracia.
En conclusión, la acción bibliotecaria escolar en el ámbito de la cultura escrita debe vincular a
todos los escolares (y en especial a los jóvenes) a la tarea superior de luchar por adquirir la ma-
yoría de edad, por hacerse sujetos y no objetos del mundo o de la sociedad, por hacerse a lo que
algunos llaman una verdadera “educación general”. Desde luego que ello requiere una decidida e
informada acción cultural y educativa que esté por fuera (o al menos en actitud de crítica) de sus
prácticas tradicionales. Una acción esperanzada y esperanzadora de lo humano.
Por último, y a la luz de lo anterior, podría plantearse un brevísimo ideario de la formación del
mediador de la lectura en perspectiva de su labor en el ámbito escolar. El mediador de la lectura
deberá tener capacidad de:
1. Contribuir, en general, a la transformación de las pedagogías de la lectura y, en particular, de
las prácticas pedagógicas y bibliotecológicas de la lectura y la escritura que se realizan en la
escuela. En ello ha de reiterar la unidad indisoluble de la cultura escrita y la información como
dimensión cultural fundamental de la sociedad contemporánea.
2. Trabajar por la humanización plena de los lectores en sus múltiples condiciones de personas,
sujetos sociales y ciudadanos.
3. Ayudar a habilitar a los lectores en el conocimiento liberador, lo que exige que el propio me-
diador tenga una relación con el conocimiento que lo haga consciente de las relaciones y los
mecanismos de poder que lo controlan.

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De la mediación de la lectura o de cómo “ir más allá”

4. Contribuir a la habilitación de los lectores para la vida en democracia y la participación en


los asuntos públicos. El mediador debe ayudar a promover un sentido digno de la condición
humana asentada en la acción ética responsable, la participación propositiva y la presencia
afirmativa de las personas ante sí mismas y el “otro”.
5. Reivindicar la dimensión estética de la formación lectora. Para ello ha de estar en capacidad de
motivar a los lectores al conocimiento y disfrute de la literatura, lo cual solo es posible desde su
propia condición de lector.

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Creación y sostenimiento de las bibliotecas
escolares: algunas reflexiones
sobre los orígenes y desafíos de las políticas
públicas en Hispanoamérica
Elisa Bonilla

“[…] siempre me interesé por que el libro completara, de la manera más libre, la acción de los profeso-
res. De nada vale enseñar a leer, ni crear escuelas, ni fomentar la educación fundamental de las masas
si los que acaban de aprender no pueden procurarse textos o, más aún, si no se ofrece o proporciona
material de calidad para el ejercicio de la lectura. [...] La escuela y la biblioteca no deben considerarse
como manifestaciones rivales; ni siquiera, en múltiples casos, como entidades independientes. Si una
y otra no se articulan, nuestro progreso será muy lento.”

Jaime Torres Bodet

INTRODUCCIÓN
El concepto de biblioteca escolar, esto es, un centro de recursos bibliográficos gestionado por
un especialista, que ocupa un espacio propio dentro del edificio de la escuela y cuyo objetivo es
nutrir al alumno en su proceso de aprendizaje, surgió a la par del concepto de “escuela moderna”
a fines del siglo xix y principios del xx.
En contraste con la pedagogía tradicional, que acentuaba la memorización de lecciones, pedago-
gos como el belga Ovidio Decroly, el francés Cèlestin Freinet o los estadounidenses William H.
Kilpatrick y John Dewey, entre varios otros, concibieron a la escuela moderna como la institución
responsable de desarrollar en los jóvenes habilidades para la solución de problemas y el pensa-
miento crítico (Bonilla, 2008).
Esta manera de entender la educación le dio un papel activo al alumno. Lo hizo sujeto de su
aprendizaje. Estas ideas favorecieron la democratización del conocimiento, la ampliación de las
oportunidades de escolarización a todos los niños y jóvenes, sin distinción de clase o género, y
apostaron por la educación como palanca para el desarrollo de las naciones.
La pedagogía de la escuela moderna (que incluye entre sus supuestos a la biblioteca escolar) se
gestó a la par de la construcción de los Estados nacionales y de los movimientos sociales que bus-
caban construir sociedades más igualitarias.
Si bien, por lo general, las políticas públicas no se distinguen por la rápida asimilación de la teoría
educativa a sus acciones, en esta ocasión las nociones acerca de la escuela moderna encontraron
terreno fértil en las políticas públicas de varios países que estaban en el proceso de construir un
sistema educativo de cobertura universal.

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Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones…

En particular, las ideas referidas a la existencia de bibliotecas en las escuelas para promover el
verdadero aprendizaje, que propusieron los ideólogos de la escuela moderna, hallaron eco en
algunos políticos y funcionarios públicos comprometidos con la tarea de construir un sistema de
educación pública en su país. En América Latina y más tarde en España, estas ideas dejaron huella
en la política educativa.
Destacan entre otros, en la segunda mitad del siglo xix, Jules Ferry en Francia, Domingo Faustino
Sarmiento y Juana Manso, en Argentina; y, a principios del siglo xx, José Vasconcelos en México
y, casi 40 años después, Jaime Torres Bodet. Todos ellos desempeñaron los más altos cargos y des-
de esos puestos tuvieron la misión de diseñar la educación pública de su país. En esa capacidad
promovieron con fuerza (es decir, con voluntad política e importantes recursos financieros) la
creación de bibliotecas escolares.
Ferry (citado por Torres Bodet, 1955), por ejemplo, proclamaba que: “Todo lo que se haga por la
escuela y por el liceo será inútil si no se organizan bibliotecas”, y Vasconcelos (1935) consideraba
que: “No podría subsistir la escuela moderna sin el auxilio de una adecuada biblioteca […] [pues]
en todo el mundo la biblioteca es anexo forzoso y, más bien dicho, porción integrante de una
escuela bien dotada”.
Durante la segunda mitad del siglo xix y las primeras décadas del xx, se realizaron importantes
esfuerzos en Hispanoamérica para acercar materiales de lectura a la población, en el entendido
de que las acciones para alfabetizarla que se impulsaban (por vez primera con carácter masivo)
debían contar con un buen soporte de materiales de lectura, tanto para aprender a leer con libros
como para tener qué leer una vez que se hubiera aprendido.
En ese tiempo primaba el analfabetismo en la región (por ejemplo, en 1921 en México, el 80% de
la población no sabía leer y escribir), de ahí que la capacidad lectora –y, por ende, la de ser usua-
rio potencial de una biblioteca– estuviera asociada al ámbito educativo, que es por excelencia el
ámbito destinado a enseñar a leer y escribir.
De ahí que las bibliotecas que se instalaron entonces, en una proporción importante, se concibieron
con un carácter público, pero con una fuerte vinculación a los centros escolares. Estaban dirigidas a
la población en general, pero su emplazamiento en una comunidad concreta se hacia con referencia
a la ubicación de la escuela de esa comunidad. A menudo escuela y biblioteca compartían adminis-
tración, edificio… y esta última tenía la doble función de ser biblioteca pública y biblioteca escolar.
Juan Vicens, bibliotecario e inspector de bibliotecas de la España republicana de los años treinta
del siglo pasado, da cuenta de este doble uso en una crónica en la que describe una visita a la
biblioteca de San Esteban del Valle, un pueblito enclavado en la sierra de Gredos: “La biblioteca,
unida a una de Misiones Pedagógicas y a otra que ya poseía la escuela, está instalada en un mag-
nífico grupo escolar” (citado por Salaberria, 2008).
Con el tiempo y el avance de la escolarización, esta dualidad, de atender necesidades del público
general y escolares en particular, se fue desgastando. Las bibliotecas, que por lo general se origi-
naron en el ámbito educativo de las administraciones públicas, al andar el tiempo, comenzaron
a depender del ámbito cultural, y así fueron dejando de lado su vocación original de apoyo a la
escuela. Sin embargo, este traslado a la esfera de la administración cultural tampoco significó,
para la mayoría de los países de la región, la posibilidad de constituir un sistema de bibliotecas
públicas moderno y equiparable al de países más desarrollados.

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Elisa Bonilla

Quizá las únicas excepciones, en este sentido, sean Colombia (que, con el impulso del Banco de la
República y otras administraciones locales, como las alcaldías de Bogotá y Medellín, ha prestado
especial atención a la creación y sostenimiento de bibliotecas públicas) y Argentina (que, como
se verá a continuación, cuenta con una extensa y antigua red de bibliotecas populares, adicional
a las bibliotecas públicas).

LOS PRECURSORES

Argentina
En la Argentina, hace más de 150 años, el educador y político Domingo Faustino Sarmiento im-
pulsó la creación de bibliotecas populares, las cuales se constituían “como producto de la asocia-
ción de personas que unieran sus esfuerzos para posibilitar el acceso universal (de pobres y ricos,
de chicos y grandes, de nativos y extranjeros) al conocimiento de las letras, las ciencias y las artes”
(Fiorito, 2007). Y con el propósito de apoyar los esfuerzos de generalización de la educación que
se impulsaba entonces como uno de los objetivos de la consolidación del Estado nacional.
La primera biblioteca popular vio la luz el 15 de abril de 1866 en la provincia de San Juan (donde
nació Sarmiento, artífice de la educación nacional y presidente de la República entre 1868 y 1874),
y en 1870 se promulgó la Ley 419, que dio origen a lo que es actualmente la Comisión Nacional
Protectora de Bibliotecas Populares, CONABIP (Ríos, 1999). Por su parte, Juana Manso (colabo-
radora de Sarmiento y primera directora de la Escuela Normal n.º 1) ayudó a fundar durante el
gobierno de Sarmiento 34 escuelas con sus bibliotecas públicas.
La CONABIP ha continuado su labor y se ha consolidado. Hoy cobija a unas 2.000 bibliotecas
populares, pero la relación de estas con las escuelas es precaria. No se promueve desde la Comi-
sión (que depende de la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la nación) la vinculación de
estas bibliotecas con las escuelas. Eso se deja a la decisión local. Hoy el sistema educativo (cuya
operación depende de las administraciones educativas estatales y municipales) se rige con una
lógica propia y las bibliotecas escolares de los planteles no parecen haber logrado una consolida-
ción equivalente.
En 2006, un siglo y medio después de la fundación de la primera biblioteca popular, se promul-
gó en Argentina la Ley de Educación que establece el marco legal para promover una política
pública de lectura y bibliotecas escolares; y a la letra dice:
“Fortalecer la centralidad de la lectura y la escritura, como condiciones básicas para la educación
a lo largo de toda la vida, la construcción de una ciudadanía responsable y la libre circulación del
conocimiento [Artículo 11, fracción l] […]. El Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, en
acuerdo con el Consejo Federal de Educación, fortalecerá las bibliotecas escolares existentes y ase-
gurará su creación y adecuado funcionamiento en aquellos establecimientos que carezcan de las
mismas. Asimismo, implementará planes y programas permanentes de promoción del libro y la
lectura [Artículo 91]”.

La actual Administración, en colaboración con la OEI y como parte de un estudio comparativo


con Brasil, Chile y México, está realizando el Primer Relevamiento Institucional de Bibliotecas
Escolares Argentinas, con objeto de “conocer el estado de situación de las bibliotecas escolares
de todas las ramas y niveles en el sistema educativo provincial y nacional. Dicho conocimiento,
relevado por primera vez en el país, permitirá avanzar en la construcción de un política pública

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Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones…

en torno a la gestión de la información y el conocimiento en el ámbito educativo” (Ministerio de


Educación, 2008).

México
En México, al comienzo de los años veinte del siglo pasado, durante los escasos dos años que duró
la gestión de Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación Pública, se realizaron múltiples
acciones para acercar material de lectura a las mayorías y, en particular, a los centros educativos.
Como parte del programa llamado Misiones Pedagógicas se impulsó la llegada de libros hasta
los rincones más alejados del país. Iban acompañados de voluntarios que los llevaban para rea-
lizar diversas actividades en las comunidades a las que estaban destinados los textos, los cuales
a menudo se transportaban a lomos de mula. Se repartieron casi 300.000 volúmenes en todo el
territorio y se pasó de 39 bibliotecas públicas a casi 2.000 de carácter dual (públicas y escolares),
lo cual equivalía a una biblioteca por cada 7.000 habitantes. Hoy hay una biblioteca pública por
cada 14.500 habitantes.
A su salida de la SEP, las acciones impulsadas por Vasconcelos en este renglón no tuvieron segui-
miento y, a lo largo del siglo xx, hubo muchas discontinuidades en la implantación de las políticas
públicas para el establecimiento de bibliotecas escolares y la distribución de libros a las escuelas.
Casi cuatro décadas después, Torres Bodet (quien había sido secretario de Vasconcelos en la SEP,
primer director de Bibliotecas durante la administración de este y director general de UNESCO),
en su segundo período a la cabeza de SEP fundó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gra-
tuitos que desde hace 50 años entrega un paquete de manuales escolares a todos los alumnos
matriculados en la educación obligatoria. En total, el gobierno mexicano ha distribuido, de 1959
a la fecha, la friolera de más de 5.000 millones de ejemplares de estos libros (Reimers et al., 2006),
los cuales son mayoritariamente editados por el Estado y adquiridos en parte, desde los años no-
venta, a la industria editorial.
En la administración pasada, estos esfuerzos se ahondaron para sumar otros acervos a la distribu-
ción de textos escolares para los alumnos, con objeto de conformar bibliotecas de aula (100 ejem-
plares por sala en promedio) en todas las escuelas públicas (de preescolar, primaria y secundaria),
así como de dotar a cada una de esas escuelas con pequeñas colecciones (de unos 400 ejemplares)
para fortalecer en unos casos y crear en otros bibliotecas escolares.
Este programa dista bastante de estar consolidado y tiene retos considerables por delante (Rei-
mers et al., 2006 y Bonilla et al., 2008). La recientemente promulgada Ley para el Fomento de la
Lectura y el Libro hace obligatoria para el Estado mexicano la distribución periódica a las escuelas
de estos acervos (Artículo 10.º, fracción II), lo que debiera contribuir al fortalecimiento y soste-
nibilidad de esta política; aunque, con base en la reducción que ha sufrido el presupuesto en los
últimos dos años (de más de un 50% anual), la dotación de acervos a las escuelas parece estar en
proceso de contracción.

España
En la primera mitad del siglo xix, se hicieron presentes en España las ideas del krausismo, avan-
zadas para su época y representadas por Francisco Giner de los Ríos, pero su concreción en polí-
ticas de carácter masivo es de las más tardías de la región. Estas llegan a España una década más

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tarde que a México, durante la II República, cuando se dio un gran impulso a la educación y la
cultura, inédito hasta entonces en ese país. Se retomó la iniciativa de las Misiones Pedagógicas, en
las que “misioneros” laicos, como Juan Vicens y María Moliner, colaboraban con el recién creado
Servicio de Bibliotecas, fijas y circulantes.

Entre 1931 y 1935 se crearon más de 5.000 bibliotecas populares en España, abarcando las zonas
más desfavorecidas social y económicamente; también se multiplicaron los establecimientos es-
colares, logrando construir, en el primer bienio de gobierno, 13.570 escuelas, casi 2.500 más que
las que la monarquía construyó a lo largo de tres décadas.

Este impulso no tuvo continuidad en la posterior dictadura franquista, por lo que España quedó
bastante a la zaga de otros países europeos comparables, en tamaño y situación económica, según
muestra un estudio reciente (Marchesi y Miret, 2005), el cual revela que las bibliotecas escolares
españolas no alcanzan los estándares establecidos en 2002 por IFLA y UNESCO. Para revertir
esta situación, se han tomado algunas medidas, como promulgar un ley que establece, entre otras
cosas, que todos los centros de enseñanza dispondrán de una biblioteca escolar, las cuales serán
dotadas de acervos de forma progresiva por las administraciones educativas (LOE, artículo 113).
La puesta en marcha de las medidas que marca esta ley ha sido lenta y, como la distancia es gran-
de, pasarán algunos años antes de que España alcance los estándares del contexto europeo en este
renglón y se equipare con Francia, Inglaterra o los países escandinavos.

LA FRAGILIDAD DE LAS BIBLIOTECAS ESCOLARES EN HISPANOAMÉRICA


En suma, el impulso que estos precursores imprimieron a la creación de bibliotecas (públicas,
populares y escolares) durante sus gestiones no es equiparable a la más bien poca atención que ad-
ministraciones subsecuentes le han brindado en la mayoría de los países de habla hispana (quizá
con la única excepción de Chile que, si bien no ha conseguido aún consolidar su política, sí lleva
casi dos décadas haciendo esfuerzos sostenidos e integrales para desarrollar en cada escuela un
“centro de recursos de aprendizaje”, como allí denominan a las bibliotecas).

Si se hubiese mantenido el ritmo con el que se comenzó a desarrollar bibliotecas escolares en los
diversos países y se hubiera entendido la necesidad de la continuidad y sostenimiento de estos
esfuerzos, la situación en Hispanoamérica sería hoy muy distinta. Al menos no estaría en la situa-
ción de fragilidad en la que se encuentra actualmente.

En contraste con otras naciones, principalmente de Europa y de América del Norte, en las cuales
el establecimiento de bibliotecas escolares –para uso de los alumnos matriculados en las escue-
las de educación obligatoria atendidas por el Estado– ha ocurrido de forma gradual, creciente
y sostenida, en los países de habla hispana este proceso está plagado de discontinuidades: se ha
dado de manera muy desigual, tanto en el tiempo como por la diversidad de modelos que se han
adoptado, al interior de un país y entre países.

Dichas discontinuidades han impedido que las políticas de creación y sostenimiento de biblio-
tecas escolares logren consolidarse, con el consecuente desaprovechamiento de las cuantiosas
inversiones que varios países de la región han realizado en algún momento de su historia re-
ciente, incluso con el apoyo de organismos multilaterales. En los años ochenta, por ejemplo, la
OEA impulsó el Proyecto Multinacional de Bibliotecas Escolares en Colombia, Costa Rica, Perú
y Venezuela, del que hoy solo quedan vestigios (Robledo, 2008).

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Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones…

Estas iniciativas, a pesar de que en algunos casos se ha avanzado en proveerlas de un marco legal,
están lejos de ser una política de Estado. Más bien tienden a ser efímeras, pues se las concibe
como acciones de gobierno, asociadas a personajes particulares o a partidos políticos, y no como
empresas de largo aliento. Muchas de nuestras autoridades educativas no rechazan frontalmente
la biblioteca escolar y hasta pueden declarar que es deseable. Sin embargo, la relegan a un segundo
plano, en el mismo cajón con otros bienes anhelados, pero no imprescindibles, como lo muestra
un estudio reciente (Robledo, 2008).

Este estudio da cuenta, en primer lugar, de la dificultad para encontrar información en nues-
tros países, lo que denota que las bibliotecas escolares no son prioritarias: “pocos datos, pocos
estudios, casi ningún diagnóstico, ausencia de interlocutores que pudieran dar cuenta del esta-
do de la bibliotecas en sus países”. Asimismo escasean los estándares, los presupuestos regulares
y el personal capacitado. Tampoco abunda la evaluación que permitiría reorientar las acciones y
favorecer la rendición de cuentas.

La noción de que la biblioteca escolar es pieza sustantiva de cualquier sistema educativo que pre-
tenda un aprendizaje de calidad es todavía una asignatura pendiente en la mayoría de los países
de la región. “Quizá […] –dice Robledo– subyace una falta de claridad, por parte de los gestores de
políticas y demás personas que inciden en los rumbos de las inversiones estatales, sobre lo que
significan la lectura y la escritura hoy en día y la concepción sobre la biblioteca escolar y su papel
fundamental dentro de la institución educativa”.

¿QUÉ HAN HECHO OTROS PAÍSES?


No es este el lugar ni hay espacio suficiente aquí para hacer un reporte pormenorizado del estado
de las bibliotecas escolares en los países desarrollados; pero sí es posible afirmar que, a diferen-
cia de lo ocurrido en Hispanoamérica, en otras latitudes ha habido políticas públicas consistentes
y de largo aliento que han permitido fortalecer las bibliotecas escolares para convertirlas en ele-
mentos centrales de una educación de calidad.

A continuación se presentará el caso de Estados Unidos, uno de los mejor documentados, con
apoyo de un interesante estudio (NCES, 2005) que reseña la política en materia de bibliotecas
escolares en ese país durante la segunda mitad del siglo xx. El único propósito de traerlo aquí
es identificar los hitos implantados a lo largo de 50 años, para comprender las acciones que se
requieren para construir y arraigar una política pública.

El caso de Estados Unidos


En América del Norte se pusieron en marcha las acciones de política pública en materia de biblio-
tecas escolares mucho antes que en el resto del continente. En 1835, Estados Unidos promulgó
una ley que permitía a los distritos escolares destinar una parte de su presupuesto a la creación y
mantenimiento de esas bibliotecas. Este país no solo se adelantó al resto del continente y a mu-
chos otros países en la implantación de políticas públicas para fomentar la existencia, dotación y
buen funcionamiento de las bibliotecas escolares, sino que ha continuado a lo largo del tiempo
impulsando dichas políticas con bastante consistencia.

Esta situación no solo es imputable a las acciones realizadas por las autoridades federales y esta-
tales, también es resultado de la labor de la sociedad civil, que cuenta con organizaciones como

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la Asociación Americana de Bibliotecas (ALA), que llevan muchas décadas en el ejercicio de la


prospectiva y cabildeo necesario para conseguir los escenarios a los que se aspira.
Como resultado de estas políticas, entre 1950 y 2000 se crearon en ese país 30.000 nuevas biblio-
tecas escolares en las escuelas públicas, las cuales a su vez con objeto de crear centros con mayor
matrícula y así garantizar a la población mejores servicios e infraestructura, como muestra el
Gráfico 1. A lo largo de estos 50 años, varios miles de bibliotecas escolares más fueron renovadas
para que contaran con características equivalentes a las nuevas.

Gráfico 1. Crecimiento de escuelas


Gráfico 1. Crecimiento de escuelas

140.000
128.231
120.000

102.487
100.000
83.824
78.455 80.740
80.000 76.807
75.352 77.218
67.350 71.817
60.000
51.498 62.141

47.546
40.000 46.000
33.401

20.000

0
1953-54 1960-61 1985-86 1993-94 1999-00

Número de escuelas públicas


Número de escuelas públicas con biblioteca escolar bien constituida
Número de escuelas públicas con bibliotecario

Fuente: NCES, 2005.

Además, en ese período, el concepto de biblioteca evolucionó diversificando sus colecciones para
incluir libros y materiales en otros soportes (audiovisuales y electrónicos). Asimismo, el 86% de
las escuelas cuenta hoy con personal cualificado (y con certificación universitaria) para atender
la biblioteca escolar.
De manera análoga, el número de alumnos que cuenta con los servicios de una buena biblioteca
escolar ha aumentado considerablemente a lo largo del tiempo. Al principio de la década de 1950,
menos del 60% de los alumnos que asistían a una escuela pública contaban con una biblioteca
bien instalada, mientras que, según este estudio, 97% de los alumnos cuentan hoy con este servi-
cio, a pesar de que la matrícula ha crecido más del doble en cinco décadas, como se muestra en
la tabla siguiente.

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Creación y sostenimiento de las bibliotecas escolares: algunas reflexiones…

Cincuenta años de desarrollo de bibliotecas escolares en Estados Unidos, 1953-2000

Concepto 1953-1954 1960-1961 1978-1979 1985-1986 1993-1994 1999-2000


Número de escuelas
128.231 102.487 83.044 78.455 80.740 83.824
públicas
Número de alumnos en
27.652.365 35.952.711 43.576.906 40.122.882 41.621.660 45.035.115
escuelas públicas
Número de escuelas
públicas con buena 46.880 47.546 70.854 73.352 77.218 76.807
biblioteca escolar
Escuelas públicas con
buena biblioteca escolar 36 46 85 93 96 92
(%)
Número de alumnos en
escuelas públicas con 16.276.181 25.300.243 40.606.100 39.146.923 40.884.333 43.599.096
buena biblioteca escolar
Alumnos en escuelas
públicas con buena 59 70 93 98 98 97
biblioteca escolar (%)
Número de escuelas con
51.498 33.401 n. d. 62.141 67.350 71.817
bibliotecario
Escuelas con bibliotecario
40 33 n. d. 79 83 86
(%)
Libros por alumno 3 4 12 15 18 17
Inversión en bibliotecas
por alumno excluyendo 6 12 n. d. 16 15 15
salarios (dólares)
Inversión en libros por
4 8 11 8 8 10
alumno (dólares)

Fuente: NCES (2005), Fifty Years of Supporting Children’s Learning. A History of Public School Libraries
and Federal Legislation From 1953 to 2000. US Department of Education.

Otra característica importante de la implantación de una política se refiere al establecimiento


de estándares. Desde 1920, Estados Unidos cuenta con estándares cuantitativos y lineamientos
normativos para el funcionamiento de las bibliotecas escolares. En 1945 se definieron nuevos
estándares cuantitativos para escuelas primarias y secundarias, estipulando 1.700 títulos y 2.000
volúmenes como mínimo para una escuela de 200 alumnos; y 8.000 títulos y 15.000 volúmenes
como mínimo para una escuela de 5.000 alumnos.
Asimismo se determinó un presupuesto mínimo anual para la compra de material impreso:
$300 dólares por escuela con 200 alumnos o menos y $1,50 dólares por alumno para escuelas
más grandes. De entonces a la fecha, esas cifras han aumentado a $2.853 dólares por escuela
(en el ciclo escolar 1999-2000) con 200 alumnos o menos, como presupuesto mínimo anual
para comprar material impreso, y un mínimo de $14,27 dólares por alumno para escuelas más
grandes.
Desde 1975 se estableció que una escuela de 500 o menos alumnos debía contar con una colec-
ción mínima de 20.000 materiales (incluyendo libros, audiovisuales, revistas, etc.), con una pro-
porción de entre 16 y 24 libros por usuario de la biblioteca.

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El Gráfico 2 muestra la proporción de libros por alumno, que pasó de tres en 1954 a 17 en 2000,
multiplicándose seis veces en 50 años. Asimismo da cuenta de la evolución de la inversión por
alumno en libros y en bibliotecas, para ese mismo período.
Estos promedios rebasan con mucho los estándares sugeridos por IFLA-UNESCO de 10 libros
por alumno y 2.500 volúmenes como mínimo para una biblioteca escolar, independientemente
del número de alumnos que estén inscritos al centro.
Por lo que se refiere a la inversión anual en libros para las bibliotecas escolares en Estados Unidos,
se llevó acabo otro estudio (Whelan, 2004) que muestra que, a pesar de que, en épocas recientes,
ha habido algunos recortes presupuestales a la inversión en el reglón de bibliotecas escolares,
anualmente se invierte en ese país alrededor de $1.400 millones de dólares (con fondos federales,
estatales y locales) en libros distintos de los textos escolares para las bibliotecas de aulas y escola-
res de los niveles: preescolar, primaria, secundaria y bachillerato (K-12).

Gráfico 2. Inversión en bibliotecas y libros por alumno


Gráfico 2. Inversión en bibliotecas y libros por alumno
20
18
18
16 17
16
15 15 15
14
12 12
10 10
8
6 8 8 8
6
4
4 4
3
2
0
1954 1961 1986 1994 2000

Libros por alumno


Inversión en bibliotecas por alumno (dólares excluyendo salarios)
Inversión en libros por alumno (dólares)

Fuente: NCES, 2005.

Hay una enorme disparidad entre la inversión de Estados Unidos y la de otros países de habla his-
pana en el renglón de bibliotecas escolares. Si se toma como ejemplo el caso de México, país que
ha hecho en años recientes una de las mayores inversiones de la región en bibliotecas escolares y
de aula (Robledo, 2008), se verá que, mientras invierte en educación la quinta parte que su vecino
del norte, proporcionalmente invierte varias veces menos en la adquisición de libros para biblio-
tecas escolares y de aula que Estados Unidos. En 2005, México invirtió 32,6 millones de dólares
en la adquisición de estas colecciones, monto que apenas representa el 2,3% de la inversión anual
de Estados Unidos en ese renglón (Reimers et al., 2006). De donde se deduce que la inversión en
libros no es prioritaria para nuestros países.

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