Filosofía del Lenguaje y Comunicación
Filosofía del Lenguaje y Comunicación
Santander
Educación Pre-escolar, Básica Primaria, Secundaria, Media y Educación de Adultos
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N° CELULAR
MOMENTOS DE APRENDIZAJE
¿Qué sé? 30 in
Un problema ulterior en esta dirección es que si una interpretación se da en términos lingüísticos (por
ejemplo: «Venus es el nombre del segundo planeta a partir del Sol»), entonces queda la duda de
cómo deben interpretarse las palabras de la interpretación. Si se las interpreta por medio de nuevas
palabras, entonces el problema resurge, y se hace visible una amenaza de regresión al infinito, de
circularidad, o de corte arbitrario en el razonamiento (tal vez en palabras cuyo significado sea
supuestamente autoevidente). Pero para algunos este problema invita a pensar en una forma de
interpretación no lingüística, como por ejemplo el conductismo o la definición ostensiva.
La pragmática, por otra parte, es la parte de la filosofía del lenguaje que se ocupa de la relación
entre los usuarios del lenguaje y el lenguaje.3 Algunas de las cuestiones centrales de la pragmática
son la elucidación del proceso de aprendizaje del lenguaje, de las reglas y convenciones que hacen
posible la comunicación, y la descripción de los muchos y variados usos que se le da al lenguaje,3
entre ellos: describir estados de cosas, preguntar, ordenar, bromear, traducir, suplicar, agradecer,
maldecir, saludar, rezar, etc.
¿PORQUE EL LENGUAJE?
Para estudiar esta teoría, vamos a partir, después de una doble división dicotómica de los nombres,
de las dos conclusiones de Frege en torno a los nombres propios que nos introducirán en las
nociones de sentido y referencia para llevarnos a la conclusión de que el nombre propio tiene
sentido, pero éste es idéntico al sentido de una descripción definida.
Como hemos destacado, dos son las conclusiones que Gottlob Frege establece sobre el nombre
propio:
Ambas conclusiones parten de una clasificación de los nombres en torno a una doble división
dicotómica (Frege, 1891, p. 6): expresiones saturadas, a las que denomina nombres propios, y
expresiones no-saturadas. Dicha división dicotómica se corresponde con otra de carácter ontológico:
entidades saturadas u objetos, que califica como entidades completas en sí mismas, y entidades no-
saturadas o funciones, las cuales caracteriza de incompletas y necesitadas de complemento.
Además, añade que los objetos son designados por nombres propios, puesto que para Frege son
expresiones que no contienen lugares vacíos, esto es, que están completas; mientras que las
funciones son designadas por expresiones o nombres de función, necesitadas de complemento
(Frege, 1891, p. 29).
No obstante, el sentido también está determinado, como dijimos, por una perspectiva semántica, en
cuanto que a través de él se puede determinar el referente de una expresión, el cual es un objeto
para el nombre propio.
Después de analizar la primera conclusión, cabe desarrollar los principales rasgos de la segunda: El
sentido de un nombre propio es idéntico al sentido de una descripción definida.
“El sentido de un nombre propio lo comprende todo aquel que conoce el lenguaje o el conjunto de
designaciones al que pertenece” (Frege, 1892, p. 27). Con esta afirmación comienza Frege a
argumentar su segunda conclusión; afirmación que sostiene que cada nombre propio tiene un único
sentido que todo hablante competente habría de saber. No obstante, Frege (Frege, 1892, p. 27)
señala dos posibilidades: dos hablantes competentes pueden asociar distintos sentidos, e, incluso,
un mismo hablante puede otorgar sentidos diferentes a expresiones localizadas en distintos
contextos
A pesar de la existencia de esta diversidad de sentidos, Frege sostiene que lo importante del nombre
propio es cómo se da a través de él lo designado: “En un nombre propio importa cómo se a través de
él, la o lo designado” (Frege, 1918, p. 65), proponiendo como solución la estipulación para cada
nombre de un único sentido:
Con todo, el sentido de un nombre propio será idéntico al sentido de una descripción definida la cual
expresa el sentido del nombre propio.
En conclusión, destacar que los nombres propios para Frege sí poseen sentido, determinando la
referencia y coincidiendo con el sentido de una descripción definida.
El estudio de Russell partirá del término “constituyente”, a raíz del cual, en un contexto
epistemológico, se analizarán dos teorías: la de los nombres lógicamente propios y la de las
descripciones a las que pertenecen los nombres ordinarios, las cuales nos conducirán a la
conclusión de que los nombres propios son descripciones abreviadas con denotación de un único
individuo y sin significado aislado.
Una vez dicho esto, comenzamos el estudio de Russell destacando que más que una teoría, Russell
nos habla de dos: una teoría de los nombres lógicamente propios y una teoría de las descripciones
enmarcadas en un contexto epistemológico.
Considerando esta relación entre el sujeto y los constituyentes, Russell señala que es necesario
enmarcar sus teorías dentro de un contexto epistemológico, distinguiendo entre el conocimiento de
verdades y el conocimiento de cosas, y dentro de éste, conocimiento por familiaridad y conocimiento
por descripción (Fernández Moreno, 2006, p. 47), de donde parten las dos teorías anteriormente
mencionadas.
Así, adentrándonos en la teoría de los nombres lógicamente propios, Russell (Russell, 1911, p.
203) se refiere al conocimiento por familiaridad cuando existe una relación cognoscitiva e inmediata
con una entidad sin inferencia o conocimiento de verdades, distinguiendo como entidades familiares
los particulares, como recuerdos de nuestros datos sensoriales y de nuestros estados mentales, y
los universales.
Por el contrario, el conocimiento por descripción (Russell, 1912, p. 26) se produce cuando
conocemos la entidad como la única que satisface una descripción definida, incluyendo en este caso
los objetos físicos, así como los humanos.
No obstante, Russell (Russell, 1911, p. 209; 1912, p. 32) señala que todo conocimiento se
fundamenta en la familiaridad, de tal forma que toda proposición ha de estar compuesta por
entidades que conozcamos; por tanto, afirma Russell, toda oración que podamos entender, ha de
estar constituida por universales, por predicados, y por particulares, los nombres lógicamente propios
identificados con los pronombres demostrativos siempre serán usados para una referencia familiar.
Siguiendo con los postulados de Russell, cabe hablar en este momento de la segunda teoría: la
teoría de las descripciones (Russell, 1905; 1910; 1918-19; 1919), a la que pertenecen los nombres
propios ordinarios según la cual son descripciones definidas abreviadas, de forma que el análisis de
los nombres propios ordinarios se reduce al análisis de las descripciones definidas, las cuales no
considera auténticos constituyentes porque no poseen significado por sí mismas o de manera
aislada, cuya función se reduce a la denotación de un único individuo, siendo esto el único aspecto
constante, pues las descripciones, afirma Russell siguiendo a Frege, pueden ser diferentes en
distintos hablantes o, incluso, en el mismo hablante:
Las palabras ordinarias, incluso los nombres propios, son generalmente, en realidad, descripciones.
Es decir, el pensamiento en la mente de una persona que usa un nombre propio correctamente sólo
puede ser expresado explícitamente, por regla general, si reemplazamos el nombre propio por una
descripción. Más aún, la descripción requerida para expresar el pensamiento será distinta para
diferentes personas, o para la misma persona en diferentes momentos. La única cosa constante- en
la medida en que el nombre es usado correctamente- es el objeto al que el nombre se aplica. Pero
en la medida en que éste permanezca constante, la descripción en cuestión no afectará la verdad o
falsedad de la proposición en la que el hombre aparece (Russell, 1911, p. 206; 1912, p. 29).
Por tanto, la relación entre objeto y descripción no es biunívoca debido a que cada hablante está
familiarizado con distintos objetos (1918-19, p. 195).
En conclusión, los nombres propios ordinarios son descripciones que poseen una denotación de un
único individuo dependiente del significado de sus constituyentes, sin significado en sí mismos de
manera aislada.
La función de una expresión referencial es identificar un objeto determinado acerca del que se dice
algo mediante el uso de un predicado, por tanto, la función de dichas expresiones es la de identificar
y por ello Strawson califica esta función como “función de referencia identificadora” (Strawson, 1961,
p. 59). No obstante, antes de continuar con esta función identificadora, conviene señalar tres
aspectos que diferencian las expresiones referenciales:
El contexto de emisión.
El significado descriptivo.
Reglas o convenciones generales de uso.
Atendiendo a los nombres propios, que es nuestro foco de interés en este artículo, decir que
Strawson considera, atendiendo al primer aspecto, que la referencia de los nombres propios
depende del contexto de emisión (aunque no tanto como en el caso de los términos indéxicos), ya
que los nombres propios designan en diferentes contextos de emisión individuos diferentes
(Strawson, 1950, p. 21). En relación al segundo aspecto, destacar que para Strawson, “el nombre
genuino no tiene significado descriptivo” (Strawson, 1959, p. 21), siendo las descripciones definidas
las que poseen mayor significado descriptivo. Por último, mientras el uso referencial de los términos
indéxicos y de las descripciones definidas está gobernado por reglas, en el caso de los nombres
propios su uso referencial está gobernado por “convenciones que son ad hoc para cada uso
particular” (Strawson, 1959, p. 21), entendiendo por convención ad hoc una convención local de un
grupo de usuarios del nombre (Strawson, 1974, p. 60) y por uso particular el conjunto de
aplicaciones del nombre a un mismo individuo.
Una vez indicadas estas diferencias entre las expresiones referenciales y centrándonos en la función
identificadora, hay que señalar que Strawson especifica que quien debe identificar dicho objeto es el
oyente:
Esta función se lleva a cabo con éxito si y sólo si el término usado establece para el oyente una
identidad, y la identidad correcta, entre el pensamiento de aquello acerca de lo que se está hablando
por parte del hablante y el pensamiento de algún objeto ya dentro del ámbito del conocimiento,
experiencia o percepción del propio oyente, es decir, de algún objeto que el oyente podría, de un
modo u otro, seleccionar o identificar por sí mismo con sus propios recursos. Para tener éxito en esta
tarea el término singular, junto con las circunstancias de su emisión, debe basarse en el hecho
apropiado de estos recursos (Strawson, 1961, p. 63).
En conclusión, la función propia desempeñada por el uso de las expresiones referenciales consiste
en capacitar a un oyente a fin de que éste identifique al particular al que el hablante se está
refiriendo. Todo ello con ayuda del contexto de emisión y dentro de un marco comunicativo
lingüístico, por tanto, el oyente identifica los particulares demostrativamente (Strawson, 1959, p. 20).
Pasando al siguiente aspecto: las condiciones para que la referencia se produzca y se entienda con
éxito, Strawson considera que las tres condiciones que han de cumplirse para que una referencia
identificadora a un particular sea hecha por un hablante y entendida por un oyente, son las
siguientes (Strawson, 1959, p. 181):
Uno puede significativamente usar un nombre para referirse a alguien o a algo a menos que sepa a
quién o a qué se está refiriendo mediante ese nombre. Dicho de otra manera, uno debe estar
preparado para sustituir el nombre con una descripción (Strawson, 1959, p. 181, 1957, p. 214).
No obstante, Strawson afirma que una persona posee conocimiento identificador de un particular si
cumple estos tres requisitos:
Una persona puede ser capaz de seleccionar una cosa en su presente campo de percepción. O
puede saber que hay una cosa (no situada en su presente campo de percepción) a la que cierta
descripción se aplica y que no se aplica a ninguna otra cosa; llamaré descripción identificadora a tal
descripción. O puede saber el nombre de una cosa y ser capaz de reconocerla cuando la encuentra,
aun cuando normalmente no puede dar una descripción identificadora de ella aparte de la que se
incorpora su propio nombre (Strawson, 1964, p. 77).
Como puede verse, si anteriormente el uso correcto de un nombre propio se hacía únicamente
cuando el hablante disponía de una descripción identificadora sustitutiva por un nombre; ahora el uso
correcto se centra en la posibilidad de discriminación entre las entidades percibidas o en el
reconocimiento del objeto, aunque no se pueda sustituir el nombre por una descripción
identificadora. Además, en 1974 Strawson modifica las tres condiciones anteriormente mencionadas
en torno al uso exitoso de los nombres propios según la referencia identificadora. Las condiciones
ahora se reducen a dos (Strawson, 1974, p. 47):
En conclusión, destacar que para Strawson los nombres propios no tienen significado descriptivo,
pero son expresiones referenciales con la función privativa de identificar objetos o individuos
particulares a un oyente en un contexto de emisión mediante descripciones mostrativas que
contengan el nombre en cuestión, sean o no compartidas por hablante y oyente.
Siguiendo los postulados de Searle, dos aspectos centrarán nuestra atención en este apartado: el
sentido de los nombres propios entendidos como descripciones definidas abreviadas, y la teoría de
la referencia de los nombres propios; todo ello enmarcado en la teoría del uso del lenguaje en la
comunicación.
A este fin, comenzaremos especificando su teoría de los actos de habla en relación con la referencia.
Así, Searle nos dice lo siguiente:
La referencia es un acto de habla, y los actos de habla no son realizados por palabras, sino por los
hablantes al emitir palabras. Decir que una expresión refiere [...] es, en mi terminología, o carente de
sentido o es una forma abreviada de decir que la expresión es usada por los hablantes para referir
[...] (Searle, 1969, p. 28).
Por tanto, Searle enmarca todas sus teorías dentro del uso del lenguaje en la comunicación
considerando el acto ilocutivo como la unidad mínima en la que es posible la realización de otros
actos, como el de expresar un contenido proposicional que, según Searle, incluye, a su vez, el acto
de referir y el acto de predicar (Searle, 1969, p. 26). Partiendo de estas consideraciones, la teoría de
la referencia de Searle (1969) es una teoría sobre el acto de referir mediante la emisión de
“expresiones referenciales definidas singulares” (Searle, 1969, p. 28), entendiendo por expresión
referencial aquella cuya emisión tiene como finalidad la identificación de un particular. Searle
clasifica las expresiones referenciales en: términos indéxicos, descripciones definidas, descripciones
indéxicas y nombres propios.
Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que la referencia es un acto de habla, Searle especifica
que dicho acto obedece a reglas constitutivas para su realización exitosa y por ello presenta tres
axiomas (Searle, 1969, p. 77): el de existencia del referente, si bien Searle afirma que la existencia
puede ser tanto en el mundo real como en el de la ficción; identidad, relacionado con la predicación
verdadera de un objeto; y el de identificación que, como señalamos, es la finalidad de toda expresión
referencial para evitar la ambigüedad acerca de quién o de qué se está hablando mediante
descripciones identificadoras que para Searle (Searle, 1969, p. 86-92) pueden ser: presentaciones
ostensivas o demostrativas de un objeto, descripciones formuladas en términos generales y
verdaderos de un objeto único y expresiones que combinen recursos descriptivos y demostrativos;
todos controlados por el denominado principio de identificación:
Una condición necesaria para la realización exitosa de una referencia definida mediante la emisión
de una expresión es que o la expresión ha de ser una descripción identificadora o el hablante ha de
ser capaz de producir una descripción identificadora si se le requiere (Searle, 1969, p. 88).
De ahí, la formulación de unas reglas para la correcta emisión de una expresión, R, (Searle, 1969, p.
96):
R ha de ser emitida sólo en el contexto de una expresión cuya emisión pudiese constituir la
realización de un acto ilocutivo.
R ha de ser emitida sólo si existe un objeto X tal que R es o contiene una descripción
identificadora de X o el hablante S es capaz de suplementar R con una descripción
identificadora de X, y tal que, en la emisión de R, S intenta seleccionar o identificar X para el
hablante H.
La emisión de R cuenta como la identificación o selección de X para H.
A partir de aquí, surge la teoría de Searle acerca de los nombres propios[v] centrada en una
cuestión: ¿tienen sentido los nombres propios como descripciones definidas abreviadas?
1. Si los nombres propios no tuviesen sentido o contenido descriptivo, el significado sería, como
defendía Mill (1843), el propio referente.
2. Si los nombres propios carecen de sentido sería imposible determinar los enunciados de
identidad verdaderos portadores de información fáctica[vi].
3. Para que mediante la emisión de un nombre propio se lleve a cabo exitosamente un acto de
referencia, el hablante debe de sustituir ese nombre propio por una descripción identificadora del
objeto referido.
A pesar de ello, Searle es consciente de la ausencia de definiciones para los nombres propios, lo
que le lleva a señalar la siguiente cuestión: ¿hay enunciados analíticos que contengan como sujeto
un nombre propio y como predicado una expresión descriptiva?
En conclusión, decir que los nombres propios nos permiten realizar el acto de habla del referir
separando la función referencial de la descriptiva o predicativa del lenguaje, esto es, los nombres
propios tienen como función privativa identificar la referencia sin describir sus propiedades, aunque
dicha referencia está incluida en el nombre propio, dado su carácter identificativo, para satisfacer un
contenido intencional expresado por el hablante en aras al reconocimiento del objeto.
TEORÍAPROPUESTA POR WITTGENSTEIN PARA EXPLICAR CÓMO EL LENGUAJE PUEDE REFERIRSE AL MUNDO
Y DESCRIBIRLO. CONSISTE EN CONSIDERAR QUE EL LENGUAJE ES UNA REPRESENTACIÓN ISOMÓRFICA O
MODELO DEL MUNDO.
Tanto nuestro lenguaje como nuestro pensamiento tienen dos peculiaridades que sin duda están
relacionadas pero que son distintas: con nuestro lenguaje nos referimos a las cosas y con él decimos
algo de ellas; llamamos a la primera de estas capacidades del lenguaje referencia y a la
segunda sentido o significado: las proposiciones “Wittgenstein construyó una cabaña en Noruega” y
“Wittgenstein fue maestro de escuela en Austria”, tienen el mismo referente, se refieren a la misma
entidad, Wittgenstein, pero dicen cosas
distintas, tienen el mismo referente pero
distinto sentido. Los filósofos han intentado
comprender cómo es posible que con el
lenguaje y con el pensamiento podamos
referirnos a las cosas del mundo y decir algo
de ellas, y han propuesto diversas teorías
para entender este hecho; la que
Wittgenstein propone en el “Tractatus” ha recibido el título de “teoría pictórica o figurativa del
significado”.
En lo esencial esta teoría nos dice que nuestro lenguaje y nuestro pensamiento tienen sentido y
referencia porque son pinturas, figuras o representaciones de las cosas del mundo . Llamamos
“representación” a toda realidad que sustituye, imita o refleja a otra. Un cuadro puede “representar”
un paisaje, un retrato a la persona retratada, un mapa las calles de la ciudad, una partitura la música
que con ella podemos interpretar... Wittgenstein señala que con frecuencia nos hacemos
representaciones de las cosas. Emplea el término “Bild” (y “Abbildung”) y el verbo “abbilden”. Las
traducciones más frecuentes para “Bild” y “Abbildung” son “pintura”, “figura” y para “abbilden” “pintar”,
“figurar”, aunque estos términos relacionan en exceso el concepto de “Bild” con la representación
mediante imágenes, razón por la que otros prefieren la traducción “representación isomórfica”. Ser
una figura de una situación es lo mismo que describirla o que ser un modelo de ella. Un cuadro, un
mapa, una maqueta, una partitura, el lenguaje escrito y nuestro pensamiento son realidades
semejantes en varios aspectos fundamentales:
1) son representaciones: nos sirven para representar algo distinto a ellas mismas, están en
lugar de otras cosas;
2) pero son representaciones isomórficas (representaciones que tienen la misma forma que lo
representado), y, como tales, tienen las siguientes características:
son realidades compuestas, constan de elementos;
a cada elemento representado corresponde un elemento en la representación;
a las relaciones que hay entre los elementos del hecho corresponden relaciones
entre los elementos de la representación.
En toda representación isomórfica (“Bild”), Wittgenstein distingue los siguientes aspectos:
1. Primera condición, ser una representación: la proposición “El círculo está dentro del
rectángulo” es un hecho pero, a diferencia de otros hechos que no remiten a nada, tiene la
peculiaridad de vincularnos con algo distinto de ella misma, de señalar uno o varios objetos
y describir alguno de los rasgos que les pertenecen; como una fotografía remite a la
persona retratada, la proposición remite al hecho descrito en ella, es decir, es una
representación y tiene una relación figurativa con el hecho al que se refiere.
2. Segunda condición, tener el mismo número de elementos que la realidad
representada: podría parecer que esta representación no cumple dicha condición pues
aparentemente tiene más elementos: la oración tiene seis palabras y la cosa representada
tiene sólo tres elementos (los objetos rectángulos, círculo y la relación “estar dentro de”).
Para solucionar esta dificultad Wittgenstein nos dice que toda proposición tiene elementos
esenciales y elementos accidentales; los aspectos esenciales de la proposición son
aquellos que se descubren tras un análisis lógico de la misma, los aspectos accidentales
son aquellas partes de la proposición que no determinan el significado y dependen de las
formas concretas que cada lengua tiene de expresar dicho significado; el pensamiento
presente en la oración anterior también se podría expresar con la oración “círculo en
rectángulo”, que desde el punto de vista sintáctico no está bien construida pero que sin
embargo recoge el significado de la oración. Es preciso observar que el aspecto sintáctico
no coincide con el aspecto lógico de la oración, ocurre frecuentemente que el aspecto
sintáctico oculta el aspecto lógico. Wittgenstein mantiene la hipótesis de que si hiciésemos
el análisis lógico de la oración, la representación que obtendríamos tendría el mismo
número de elementos que el estado de cosas representado; éste es un punto de vista
razonable pues en distintas lenguas el mismo concepto se puede expresar con un número
distinto de palabras (en latín, por ejemplo, utilizamos una sola palabra para lo que en
castellano son tres palabras: “inesse” por “estar dentro de”).
3. Tercera condición, ser capaz de reproducir las relaciones entre los elementos de la realidad
representada: ¿qué imita la proposición?; ya se ha dicho que no imita los aspectos físicos,
ni los espaciales; Wittgenstein nos dice que imita o reproduce los aspectos lógicos de la
realidad, el sentido presente en los hechos; hay algo común entre los hechos y las
proposiciones y los pensamientos: la forma lógica. El mundo es lógico y nuestro lenguaje y
nuestro pensamiento también. La frase “el círculo está dentro del número pi”, leída de un
modo no metafórico, no tiene forma lógica pues carece de sentido. Y en realidad no es una
proposición, ni propiamente un pensamiento. Que una proposición tenga una forma lógica
quiere decir que los sentidos presentes en ella son compatibles, que es posible reunirlos,
articularlos de modo que puedan referirse a un hecho. Por esto dice también Wittgenstein
que la forma lógica establece la posibilidad de un hecho, aunque no su realidad. No es
posible el hecho de estar un círculo dentro del número pi, pero sí es posible que un círculo
esté dentro de un rectángulo. Una proposición puede ser verdadera o falsa, pero para que
lo sea primero debe tener sentido, debe tener una forma lógica; es verdadera si existe
realmente el hecho que era posible, y falsa si dicho hecho no existe. Una figura representa
una situación posible en el espacio lógico. El espacio lógico es el conjunto de hechos
lógicamente posibles. Este espacio lógico queda delimitado por las leyes de la lógica. No
todo lo que se incluye en el espacio lógico es real. La forma lógica establece que una
proposición puede ser verdadera o falsa, que el hecho es posible, pero no que el hecho sea
real o irreal, ni, por lo tanto, que la proposición sea realmente verdadera o falsa.
Hay distintos géneros de formas figurativas (espaciales, materiales, ...) y cada una representa la
realidad a su manera, recogiendo también aspectos de la realidad distintos, pero todas las formas
figurativas participan de un modo común de representación, la forma lógica (die logische Form)
“Toda figura es también una figura lógica (pero, al contrario, v. g., no toda figura es espacial)”
(“Tractatus”, 2.182). Dado que la forma es aquello en lo que coincide la representación y la realidad
representada, y que toda representación incluye como forma mínima la forma lógica, Wittgenstein
concluye que la forma lógica es también la forma de la realidad. (“Tractatus”, 2.18). Esto quiere decir
que la realidad tiene colores, dimensiones espaciales, formas, pero también una estructura lógica.
REPRESENTACIONES ISOMÓRFICAS
Representaciones que tienen la misma forma que lo representado, y, como tales, tienen las
siguientes características:
VERIFICACIONISMO
Es una filosofía libre de especulaciones metafísicas. El conocimiento verdadero o cierto es posible a
partir de la observación de un número de hechos particulares que permiten establecer leyes. La
ciencia observa repetidas veces el comportamiento de fenómenos de hechos físicos o sociales con
el propósito de describir las regularidades a través de las leyes empíricas, dado que estas leyes
provienen de la observación y se consideran como verdaderas. . . A este tipo de método se le
conoce como verificacionismo.
FALSACIONISMO
La teoría de los actos de habla es una de las primeras teorías en pragmática de la filosofía del
lenguaje. Su formulación original se debe a John Langshaw Austin en su obra póstuma Como hacer
cosas con palabras.
Acto Ilocutivo: Es la intención o finalidad concreta del acto de habla y puede o no crear una
respuesta, es dirigido de alguien que tiene mayor mando a otra que es más débil.
Acto Perlocutivo: Es el (o los) efecto(s) que el enunciado produce en el receptor en una determinada
circunstancia, este acto Perlocutivo puede o no ser activo: como es en el caso de una bendición
donde no implica acción o el cumplir de alguna petición
Directos
Indirectos
Clasificación
-Actos Asertivos o Expositivos: El hablante niega, asevera o corrige algo, con diferente nivel de
certeza
-Actos Declarativos: El hablante pretende cambiar el estado en que se encuentra alguna cosa.
Actos Directivos
-Asertivos o expositivos
-Actos Compromisorios
-Actos Declarativos
-Actos Expresivos
Jürgen Habermas
Nació en Düsseldorf Alemania el 18 de junio de 1929 es un filósofo y sociólogo conocido sobre todo
por sus trabajos en filosofía práctica (ética, filosofía política y del derecho). Entre sus aportaciones
está la construcción teórica de la democracia deliberativa y la acción comunicativa
PRAGMÁTICA UNIVERSAL:
INTERSUBJETIVIDAD:
Esta noción implica la interacción entre los sujetos en una red de sentidos en las cuales se ubica lo
que se dice o se habla. El lenguaje es algo previo y objetivo para los sujetos, que ofrece una
estructura de condiciones de posibilidad para la interpretación de sentidos. Estas prácticas de
entendimiento son intersubjetivas, es decir, se producen entre sujetos
LOS ACTOS DE HABLA EN HABERMAS:
FILOSOFIA DE LA COMUNICACIÓN
El hombre de hoy ha sido atrapado por las fechas, la hora, los días, sus agendas y calendarios; se
ha dejado atrapar por la palabra escrita, tanto, que se le dificulta discernir la distancia que le
proporcionaba, parece que su texto se convirtió en su propio pensamiento.
Platón criticaría esta naturaleza pasiva de la escritura, aquello que dice sin poder explicarse, con
camino de ida, pero sin recibir el de vuelta, a saber, la retroalimentación de su interlocutor; intento de
objetividad el pensamiento humano a cambio del riesgo de ser ignorado en el olvido, porque ¿no es
verdad que el texto es y cobra vida gracias a que hay quien lo lee?
A pesar de los defectos que Platón encuentra en la escritura, presenta sus objeciones -
contradictoriamente- a través de aquello que reprueba. Pareciera que parte de la esencia de la
escritura encierra una especie de misterio paradójico, a saber, su relación con la muerte. Más arriba,
hemos mencionado cómo es que el texto no ‘’vive’’ a menos que haya quien lo resucite, lo extraiga
del estado inerte en el que se encuentra, dicha función correspondería propiamente al lector, si no
hay quien lea, no hay escritura que respire; sin embargo, ella misma traspasa y sobrevive al paso del
tiempo se trate de siglos o milenios, el escrito se inmortaliza, perdura y con ello la palabra de su
autor. De tal suerte que la palabra oral queda encerrada en una especie de cámara que la congela e
inmoviliza mientras no exista quien le inyecte calor con su lectura e interpretación, pero al revivir
sufrirá la metamorfosis convirtiéndose en palabra escrita desnudada primero por uno, luego por otro,
otro y otro hasta que las lecturas se vuelvan infinitas y ese texto esté más vivo que muerto. Para
ejemplificar basta pensar en El Quijote, en los mismos Diálogos de Platón, libros que permanecen
vivos a pesar de llevar en su esencia lo estático, lo pasivo, lo inerte que tanto se le criticó a la
palabra escrita en sus comienzos.
Mientras el habla es completamente natural, la escritura es artificial. Los seres humanos aprendemos
a hablar naturalmente como consecuencia del convivio diario con otros que ya hacen uso oral de la
lengua, de hecho, hablar resulta un asunto tan inherente a uno mismo que en ocasiones se pierde la
conciencia de lo que se dice, es muy común escuchar la frase "piensa antes de hablar",
precisamente porque para hablar no se requiere de una selección previa de enunciados o de
correcciones de gramática y redacción, es cierto que muchas personas cuidan mucho su vocabulario
pero, el lenguaje les está dado naturalmente, tal vez un ejemplo pueda ayudarnos a esclarecer este
punto: una persona cuya primera lengua es el Español, piensa y habla automáticamente en este
idioma; supongamos que inicia el aprendizaje del Inglés, necesariamente su pensamiento tendrá que
iniciar la difícil tarea de "desaprender" las palabras en Español para pensarlas en Inglés y en un
futuro poder hablar naturalmente en la nueva lengua aprehendida, esto lo logrará sólo cuando se
haya apropiado del Inglés, es decir, lo haya asumido y hecho parte de él mismo. El caso de la
escritura es distinto, en ella sucede que el que escribe se hace consciente de lo que deja en la
página a partir de su propia conciencia, en el caso del habla, el orador lleva a la conciencia lo ya
tocante en el inconsciente. En otras palabras, el que habla no puede desprenderse de aquello que
habla para después verlo, analizarlo; a lo más que podría llegar sería al recuerdo de lo que dijo y a
partir de ahí estudiarlo, sin embargo, todo queda en su pensamiento; el caso de la escritura permite
extraer ese pensamiento y objetivarlo en la imagen visual de la letra, de ahí que reestructure la
conciencia. La escritura viene a ser una especie de intento de ver el ojo por el que se mira. Al
menos, se puede observar el pensamiento con relativa distancia a través de la escritura.
Pensar en la escritura como el conjunto de grafías que ayudan a la memoria para no olvidar sería un
error, cierto es que forman una parte del nacimiento y características de ella, pero no la agotan, por
el contrario, el conjunto de grafías corresponde necesariamente a un código, de tal suerte, que el
interpretante descodifica y descubre el enunciado que de ellas se desprende. El autor de una obra
presenta a su lector una serie de signos visibles a través de los cuales expone sus ideas, de ahí que
quien lo lee, sustituya al oyente - si fuese el primero un orador - es decir, el mundo del hablar y
escuchar se traslada al mundo del observar, estrictamente, del leer lo que el prosista ha querido
comunicarnos con la puntualidad de las palabras estampadas en la página; haremos un paréntesis
en relación a éste último aspecto. Es cierto que quien escribe elige las palabras para enunciar lo que
a su vez ambiciona sea comprendido por el lector, sin embargo, la distancia proporcionada por un
texto lleva también a la libertad de interpretaciones por parte de quien lo ve. Lo que ha sido
plasmado en permanencia permite ulteriores lecturas que posiblemente lleven a entendimientos
distintos de los originalmente pensados por el autor. El significado de los signos dependerá en gran
medida del contexto y aun así quedarán pasillos obscuros que deberán ser iluminados por el lector,
de tal suerte que la escritura parece tener un tipo de esencia ambivalente, a saber, por un lado, se
trata de la expresión de ideas que no podemos refutar ni cuestionar pues no hay persona que
responda o se defienda, quien ‘’dice’’ es la obra no su autor, da la impresión de ser una soledad
divina y callada que suple a su progenitor. PERO, es justamente ahí, en su silencio donde se le
puede exprimir la verdad, es preciso ir y venir una y otra vez sobre sus líneas, sus comas y sus
puntos para escuchar las respuestas que da a nuestros cuestionamientos, para entender su posición
defensiva ante nuestra incomprensión; nace una nueva obra, la nuestra, la de la palabra escrita y
nuestras interpretaciones, agradeceremos a su padre biológico tan grande composición, pero su
formador es el lector. El destino del habla es distinto, más efímero, difícilmente regresaremos sobre
las mismas líneas sin alterar su presencia y ser original, quererlas atrapar para leerlas y verlas desde
nuestra mente equivaldría a detener el tiempo, aprisionar el presente, apresar la palabra que al
hablarse va muriendo y dejando de ser, significaría darle vida (si hay quien la lea) o muerte eterna (si
nadie la mira). Y ¿qué es todo esto sino la escritura?
El mundo fugaz del sonido de las palabras se transformó en el mundo espacial del alfabeto, (como
sabemos fue creado por los pueblos semíticos y enriquecido con las vocales por los griegos), las
letras del alfabeto perdieron todo vínculo con las cosas -como ocurre con el alfabeto chino en el que
el dibujo de dos árboles representaba el bosque y no precisamente dos árboles- el alfabeto
representa al sonido mismo llevado al mundo de la permanencia callada del espacio, de la escritura.
Dicha persistencia de la palabra fue vista en sus comienzos a partir de connotaciones mágicas,
encantamiento y des ocultamiento reservado para una élite, justo la minoría que leía y escribía. En
un principio la escritura no afectaba los procesos de pensamiento de una manera general pues se
mantenía -como hemos asentado- restringida a un diminuto grupo, no es sino hasta tres siglos
después en la época de Platón, que en la antigua Grecia la escritura es difundida y suficientemente
interiorizada dejando atrás aquella concepción mágica y misteriosa que encerraba.
El paso del pensamiento oral al escrito se distinguió por transportar los hábitos orales a los escritos,
pensar en voz alta abrió el camino al dictado; los literatos escribían como si hablaran con alguien
más, o por lo menos con ellos mismos. Posteriormente el autor ‘’dejará de dictarse a sí mismo’’ para
concentrar sus enunciados en un papel.
Un dato importante en relación a la escritura y que en nuestros días -con una cultura impresa tan
interiorizada- nos resulta común y en ocasiones hasta imperceptible, es el tema de la fecha. Dentro
de la reestructuración del pensamiento y conciencia que trajo consigo la escritura se incluye también
la referencia al tiempo con respecto a un pasado y un futuro. Es decir, en el contexto oral, la gente
no se preocupaba del día en que vivía, los asuntos eran vigentes mientras fueran presentes y lo
pasado trascendía sólo en la medida en que tuviera alguna relación con los acontecimientos de ese
momento, de ahí que fuera una cultura en la que la ley de la costumbre resultaba inevitable y por lo
tanto la gente vivía sin la conciencia de las consecuencias del pasado o lo que en el ‘’ahora’’
significaba las causas del futuro. El texto viene a plantear una división y a crear una conciencia de lo
antecedente y lo consecuente, inmoviliza el tiempo a su manera muy particular, vivimos
programados, existe una fecha exclusiva para cada uno de los 365 días, el pasado fue ayer, hace un
siglo, hace un milenio, el futuro es el siguiente día, la siguiente hora; los relojes y calendarios -fruto
de la cultura impresa- nos despertaron de aquella vida que vagaba adormecida enteramente sujeta a
lo que deparara el destino, regalándonos un espacio visual por medio del cual la reflexión humana se
cuela.
Más arriba mencionamos la importancia del contexto para poder entender el significado de las
palabras en un escrito, el contexto del que hablábamos era el lingüístico, mismo que como veremos,
debe acercarse lo más posible a las circunstancias reales de un discurso hablado. Es decir, entre las
grandes diferencias de los enunciados orales y escritos está el que los primeros no están solos y los
segundos sí; quien habla, habla con alguien y ambos están dentro de una situación, rodeados de
circunstancias y un entorno específico; el carácter de la conversación será de acuerdo a todo esto
que la rodea, no únicamente en relación a las palabras, éstas no existen en forma independiente de
los hablantes ni del contexto. Sin embargo, el caso del discurso escrito es distinto, la soledad de las
palabras obliga a quien las escribe a imaginar y a ubicar a su lector en la situación contextual y
circunstancial que requiere, de otra manera a su solitario interpretante se le dificultará entender el
sentido de lo que dice pues desconocerá el entorno a partir del cual debe descodificar, todo su
contexto está dado en la lengua misma. Lo escrito pudiera carecer de la espontaneidad del habla y
tal vez de la vitalidad de ella, pero la palabra en su propia agonía se vuelve perdurable y abierta.
Nada más significativo sobre la reestructuración de la conciencia, quien escribe necesariamente se
hace consciente de todo aquello que no es inmanente a su discurso y por ello debe crearlo, inclusive
su lenguaje deberá ser más rico que el del habla, de ahí que en la lengua oral, los interlocutores
puedan arreglárselas con 5,000 palabras, la lengua escrita requiere de muchas más y basta el
ejemplo del diccionario, no es sino hasta la aparición de la escritura y después de la imprenta que el
hombre se da a la tarea de un estudio exhaustivo de la lengua "forjando un vocabulario de una
magnitud imposible para una lengua oral. El Webster’s Third New International Dictionary (1971)
declara en el prefacio que a las 450 mil palabras que incluye podía haber agregado un número
muchas veces mayor".
La retórica académica y el latín culto fueron dos tendencias que si bien su origen estuvo en la
oralidad también tuvieron una influencia importantísima de la escritura. La retórica era el arte de
hablar en público, la presentación oral se convirtió en parte de la existencia humana, los pueblos
orales practicaban el discurso público antes de que fuera reducido a un conjunto de fundamentos
científicos para lograr la persuasión. La sensibilidad oral que llevaba consigo la retórica se perdió y
ahora un curso sobre retórica tiene que ver más con la redacción que con la persuasión misma. El
caso del latín culto no fue la excepción en cuanto al aislamiento del que fue objeto; siendo una
lengua escrita en su totalidad y aprendida por hombres, su naturaleza se alejó de lo llamado lengua
materna, en el sentido de que es de la madre de quien se aprende la lengua. En dichas
circunstancias, el latín culto fue un claro ejemplo de cómo la escritura lograba objetivar, poner
distancia y separar el conocimiento de las cargas emocionales que transmitía el aprendizaje de una
lengua materna, de ahí que Isaac Newton escribiera sus pensamientos abstractos en latín, una
lengua dominada por la escritura lograba la conciencia imposible de encontrar en la lengua oral.
El paso de la lengua oral a la escrita no fue sencillo, ésta última nació rodeada de la desconfianza de
un mundo de la conversación, del habla, del sonido; mundo que no estaba convencido de cambiar su
universo con el otro para ser uno solo, dejar de ser el nosotros por los otros y yo.
Como hemos visto, la escritura fue objeto de muchas críticas y rechazos, le argüían ser un veneno
para la memoria, además de no poder defender ni explicar sus argumentos como lo haría un orador
dentro de la conversación. Pero hemos explicado, la ambivalencia riquísima que el texto trae
consigo; si bien es cierto que los hombres descansan sus cerebros confiados en que la escritura es
la que guarda lo que deberían de tener ellos aprendido y presente, también es verdad que gracias a
los textos el hombre puede conocer mucho más, pues las obras en su naturaleza propia llevan
consigo la perdurabilidad, de tal suerte que es posible estudiar no sólo a quienes el infortunio de la
distancia nos imposibilita conocerlos, también a quienes el tiempo y la muerte han alejado de
nosotros por siglos, tal vez milenios.
Verdad es que la palabra escrita no puede defenderse ni responder como lo haría el interlocutor en
cualquier conversación, pero también es cierto que el texto con sus mismas líneas y sus mismas
palabras dirá más de lo que expresa en la primera lectura, el texto es abierto y el papel del lector es
desocultar lo no dicho, la obra necesariamente establecerá sus ganchos con los que nosotros a su
vez nos ‘’engancharemos’’ encontrando un segundo, tercero, cuarto…sentido de lo que dice, de esta
manera la obra superará a su creador, pues efectivamente no es el autor quien nos habla
directamente, lo hace a través de su literatura, rebasándolo por mucho.
Es la escritura la que nos abrió el entendimiento al mundo abstracto, del espacio, de la imagen para
conjugarlo con el mundo ya conocido, a saber, el del sonido, el habla, la conversación. El hombre
deberá equilibrar las ventajas que ofrecen ambos sin caer en extremos que pudieran afectar y
entorpecer la conciencia que reestructura uno y la proximidad que conserva el otro.
EL LENGUAJE HUMANO
Sistema de símbolos vocales arbitrarios mediante el cual los miembros de una sociedad se
comunican e interactúan entre sí. Se trata, en pocas palabras, del más eficiente sistema de
comunicación del que los seres humanos disponen, ya que es el vehículo principal mediante el que
se expresa tanto el significado como el pensamiento.
ORIGEN DE LA ESCRITURA
Sobre la base de las actuales pruebas arqueológicas, la escritura
apareció al mismo tiempo en Mesopotamia y Egipto, aproximadamente
un siglo antes del año 3000 AC. Es probable que comenzara un poco
antes en Mesopotamia, dada la fecha de las más antiguas tablillas de
arcilla de Uruk, alrededor del año 3300 AC, y la historia mucho más
larga de desarrollo urbano en Mesopotamia, en comparación con la del
valle del Nilo de Egipto. Sin embargo, no podemos estar seguros de la
fecha de la inscripción egipcia más antigua, una enorme paleta de
pizarra del rey Narmer, en la que está escrito su nombre en dos
jeroglíficos que muestran un pez y un cincel. La fecha es insegura, pero
probablemente cae en el período entre 3150 a 3050 AC.
LA IMPRENTA DE ORIENTE
Los tipos móviles, fundidos en moldes. Fueron inventados por los coreanos en el siglo XIV, pero
también lo consideraron menos útiles que la impresión tradicional a base de bloques.
LA IMPRENTA EN OCCIDENTE
LA COMUNICACIÓN ORAL
Sin embargo, el habla no podría existir sin su contrapartida, la lengua o idioma, en la que están
contenidos los códigos mentales necesarios para convertir una cadena articulada de sonidos en
signos lingüísticos, o sea, en información reconocible. Así, juntas, lengua y habla, componen una
enunciación o acto de habla, o sea, la materialización de una porción de información codificada de
acuerdo a las normas del idioma.
Elementos lingüísticos. Aquellos que son propios del lenguaje verbal, tales como:
Un canal, que son las ondas sonoras que transportan los sonidos.
El mensaje que contiene la información transmitida.
El código o idioma que los codifica y decodifica para crear un sistema de representación
común entre emisor y receptor. Si alguno no habla el mismo idioma, por ejemplo, la
comunicación es imposible.
Los interlocutores, esto es, un emisor (que codifica el mensaje) y un receptor (que lo
decodifica) y que normalmente intercambian sus roles.
Elementos extralingüísticos.
TALLER
1. Responder las siguientes preguntas de reflexión acerca del lenguaje en tu cuaderno:
¿Es el hombre el único ser que se comunica?
¿Podemos comunicarnos sin palabras?
¿Por qué crees que nosotros hablamos y los otros simios no?
¿Puede existir el pensamiento sin lengua?
¿crees que el lenguaje es innato o adquirido?