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Generosidad en el hospital: una lección

El documento cuenta la historia de dos hombres enfermos en un hospital que comparten una habitación. Uno de ellos, ciego, describe paisajes hermosos que ve desde la ventana para entretener a su compañero de habitación que no puede levantarse de la cama.

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Velisa Calderon
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El documento cuenta la historia de dos hombres enfermos en un hospital que comparten una habitación. Uno de ellos, ciego, describe paisajes hermosos que ve desde la ventana para entretener a su compañero de habitación que no puede levantarse de la cama.

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DPTO. DE RR. HH.

Y
ADMINISTRACION
AREA DE CAPACITACION
Ing. Ramón Córdova A.
11 de Julio del 2007 - 118

GENEROSIDAD
Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital.
A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para
ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de
la habitación.
El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos charlaban
durante horas. Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos,
su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones. Y cada
tarde, cuando el hombre junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo
describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.
El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su
mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del
mundo exterior. La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes
jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes
enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris.
Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la
distancia una bella vista de la línea de la ciudad.
Según el hombre de la ventana describía todo esto con
detalle exquisito, el del otro lado de la habitación cerraba los
ojos e imaginaba la idílica escena. Una tarde calurosa, el
hombre de la ventana describió un desfile que estaba
pasando. Aunque el otro hombre no podía oír a la banda,
podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo
describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.
Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para
bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había
muerto plácidamente mientras dormía. Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes
del hospital, para llevarse el cuerpo. Tan pronto como lo consideró apropiado, el
otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La enfermera le
cambió encantada y, tras asegurarse que estaba cómodo, salió de la habitación.
Lentamente y, con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su
primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo él mismo. Se
esforzó para girar despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se
encontró con una pared blanca.
El hombre preguntó a la enfermera qué podría haber motivado a su compañero
muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ni ver la
pared, y le indicó: “Quizás solo quería animarle a usted a que tuviera una vida más
tranquila y no sintiera mucho su enfermedad. Ha sido una gran muestra de
generosidad”.

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