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Fotografía de portada: Ludvig Wiese, [Link]
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Este libro ha sido publicado de forma autónoma por el titular del copyright, sin el apoyo de una editorial. Por este motivo, es
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AQUÍ Y AHORA
LA TRILOGÍA
JAVIER MARTÍNEZ
“A TODOS LOS QUE AÚN CREEN
EN EL AMOR, LA LIBERTAD Y LA FELICIDAD.
Y PARA AQUELLOS QUE BUSCAN LAS FUERZAS
PARA LEVANTARSE Y SEGUIR CAMINANDO”
primera parte
ST. DEAN
Todos queremos alcanzar la felicidad. Todos. Pasamos días, noches y más
días buscándola. Es el motor que mueve nuestra vida y el corazón que
impulsa nuestros actos. Realmente es lo único que tenemos claro. Estamos
aquí para ser felices, de momento. Y, en ese transcurso, pueden ocurrir mil
cosas. ¿He dicho mil? Miles. Millones. Todas y cada una de ellas
provocadas por nuestros actos y decisiones. No hay nada casual. Y no me
refiero a que nuestro porvenir esté escrito a fuego desde el momento en el
que nacemos, sino a que absolutamente todo lo que acontece en nuestras
vidas es producto y consecuencia de lo que hacemos o dejamos de hacer.
Nos lamentamos de la mala suerte, pero la alabamos cuando va de
nuestro lado. Gritamos, lloramos y nos desesperamos cuando las cosas
salen mal, culpando a todo lo que nos rodea. Sin embargo, reímos, nos
emocionamos y nos alegramos cuando todo sale bien y nos lo
agradecemos a nosotros mismos. Error. Somos responsables tanto de lo
bueno como de lo malo. Somos los únicos dueños de nuestras vidas. Los
únicos capacitados para cambiarla, mejorarla o empeorarla a nuestro
antojo.
Y de eso trata esta parte de mi historia. De cómo pasé el mejor verano
de mi vida. De cómo fui feliz y me sentí desdichado por partes iguales. De
cómo tomé las riendas de mi vida cuando no me quedó más remedio. De
cómo sentí cosas que nunca antes había sentido. De cómo, de la noche a la
mañana –o incluso durante la misma luna llena– todo puede cambiar. De
cómo nada está garantizado. De cómo lo que llega se va, y lo que se va no
siempre vuelve. De cómo echaré siempre de menos aquellos días, aquellas
noches. De cómo viví el verano que cambió mi rumbo para siempre. Y de
cómo sobreviví al último septiembre que guardo en mi corazón.
1
LA PLAYA
Con la vista fija en el horizonte, contemplo cómo los últimos rayos de sol
se pierden entre las escasas nubes que hay en el firmamento y aparecen
una a una las estrellas, que brillarán sin parar durante horas. Las olas
rompen en la orilla. El atardecer se refleja en el mar, que adquiere una
amplia gama de tonos entre azules y anaranjados que se funden con el
cielo malva y rosa. Las gaviotas revolotean sin rumbo fijo, como el que
pierde algo y no recuerda dónde lo ha dejado. Una pareja de atletas corre
por la orilla mientras otra de ancianos se adentra en el agua para darse el
último remojón del día.
A mi mente llegan imágenes de la vida que dejo atrás. Muchos años de
colegio e instituto. Las risas, las fiestas y los codos todas las noches para
aprobar con buena nota se han esfumado para siempre. Tras el verano
llegará un cambio en mi vida que no sé aún cómo afrontar. Una nueva
época marcada por la inseguridad y el total desconocimiento de mi futuro
entorno. La vida de universitario está a la vuelta de la esquina y aún no
tengo claro por qué la he elegido. Ni siquiera sé si yo mismo la quiero o es
algo tan planificado desde siempre que ya no tengo elección. De todos
modos, todavía quedan tres meses para evadirme del mundo y de mis
problemas. Llega el descanso, la tranquilidad y, espero, la diversión.
Entierro los pies en la arena. Observo a un par de mujeres que están a
unos metros de mi casa. Son la definición gráfica perfecta de señora.
Bañadores estampados de flores –de esos que pronuncian aún más sus
poco discretas barrigas–, pamelas de paja promocionales de Coca-Cola –
que seguramente habrán conseguido comprando un pack de cuatro botellas
de dos litros en el supermercado del pueblo–, restos blancos de crema en
la nariz, barbilla, hombros y muslos, toallas raídas, bolsos de playa
interminables donde no sólo llevan la toalla, la crema y el pareo, sino
también botellas de agua, el tupper con un tentempié, un transistor –
probablemente sin pilas, aunque ellas no lo saben–, teléfonos móviles de
esos antiguos que no caben en una mano, bolsas de plástico para la basura
y, en definitiva, todo lo indispensable para pasar dos horas tomando el sol
–si es posible bajo semejante sombrilla de colores–, si eres una señora de
los pies al cardado.
Las mujeres se levantan y empiezan a recoger los restos de su síndrome
de Diógenes para marcharse.
Desbloqueo mi teléfono y descubro que no tengo mensajes nuevos,
aprovecho para enviarle uno a mi madre –Kate– para informarle de que he
llegado bien.
Mensaje enviado. Guardo el móvil en el bolsillo.
Todos los años hago lo mismo. Cada vez que regreso, me siento en las
escaleras del porche trasero que da a la playa y observo el atardecer. Juego
con la arena entre mis pies y hago un repaso de todo lo que ha ocurrido
durante los últimos nueve meses. Tanto los buenos momentos como los
malos. Levanto la vista y observo el mar. Me encanta. Pocas cosas hay en
el mundo que me relajen tanto como el vaivén de la marea, el sonido de
las olas acariciando la arena en la orilla y el olor a sal que inunda la zona.
Da igual cuantos problemas e incertidumbres ocupen mi mente, el mar
siempre estará ahí cada verano para llevárselos y dejarme como nuevo.
Es una pena porque esta será la última vez que estaré aquí sentado,
recordando mis días de instituto y a mis amigos de toda la vida. El año que
viene ya no pensaré en mi colegio de siempre, ni en mis amigos de
siempre, sino que seguramente tocará hacer repaso del primer año de
universidad, después el segundo, el tercero, y así hasta llegar un día en el
que mi memoria crezca y los recuerdos sean tan abundantes que no dé
abasto para resumirlo todo en un sólo atardecer. Me pregunto si, entonces,
tendré que pasarme días enteros encajado en la arena, viendo pasar el sol
ante mis ojos una y otra vez hasta que haya rememorado hasta el más
mínimo acontecimiento.
Cada verano, mi padre –Ben–, mi madre y yo venimos a la playa a
desconectar de la ciudad, a disfrutar del sol y del buen tiempo, pero este
año es distinto. Mis padres –o los Pinkert, como se les conoce en el
barrio– han decidido empezar una nueva etapa laboral, abandonar sus
respectivos trabajos y abrir un negocio por su propia cuenta. Ni se
imaginaban lo rápido que iba a despegar, y mucho menos que sería en
verano cuando les llegarían los encargos más importantes. Por eso este año
me toca vivir la experiencia a mí solo. Toda una casa para mí. Aunque de
poco sirve tener semejantes privilegios cuando apenas tengo amigos en
este pueblo.
Suena ‘We Found Love’ de Rihanna. Es mi teléfono.
–¿Sí?
–Ryan, cariño –contesta mi madre–, ¿Qué tal todo? ¿Has llegado bien?
¿La casa está bien? ¿Has mirado si la antena de la televisión está en su
sitio? Ya sabes que suele caerse con el viento en invierno. ¿Tienes
comida? Te dejaste en casa la bolsa con los bocadillos y el agua. No sé
dónde tienes la cabeza. ¿Estás ahí?
–¿Has acabado ya? –le pregunto.
–Sí.
–Todo bien. He llegado bien. La casa está en su sitio. No he mirado la
antena, ya lo haré mañana. Sí tengo comida, paré de camino en una
gasolinera y compré algo para la cena. La cabeza la última vez que la vi la
tenía sobre los hombros –mentira, la tengo sobre el cuello–. Y sí, estoy
aquí.
–No me vaciles porque cojo la furgoneta de la imprenta y me planto allí
en media hora –me recrimina de forma exagerada. Se tardan dos horas
mínimo en llegar.
–Vale. Estás tardando, que no tengo ganas de hacer la cama y
prepararme la cena.
«No caerá esa breva», pienso.
–No te caerá esa breva –responde mi madre al mismo tiempo–. Bueno,
te dejo, que las llamadas aún no las paga el aire. Hablamos mañana. Sé
bueno.
–Sé buena tú también. Buenas noches, mamá.
°°°
Se hace tarde. La luna brilla resplandeciente y las estrellas se han
multiplicado por miles. El mar, ahora con aspecto oscuro y tenebroso, sólo
se distingue por la espuma blanca de las olas que llegan a la orilla. Ya no
es el mismo mar, ahora incluso da miedo. Empiezo a sentirme hueco por
dentro, como si me faltara algo. No he cenado. Me levanto, me sacudo la
arena de los vaqueros, echo una última ojeada al paisaje nocturno y vuelvo
a entrar en casa.
En general no suelo ser muy despistado, pero a veces me escapo del
mundo de tal forma que regreso a él más tarde de lo planeado. Por suerte,
nunca me ha afectado en las cosas importantes. Aunque sí me he llevado
algunos sustos, como que se me pase la estación del metro cuando más
prisa he tenido, o ir a alguna tienda y marcharme dejando la bolsa con la
compra en el mostrador. Una vez, la señora Roberts –la típica vecina que
sólo conoces de saludarla, pero que aun así ella lo sabe todo sobre ti–
apareció aporreando la puerta de casa, quejándose porque mi coche estaba
ocupando su plaza de garaje. No sé si fue peor el enfado que me cogí por
su falta de educación y las groserías que estaba diciendo o la vergüenza
que sentí al llegar al garaje y ver que, efectivamente, me había equivocado
de planta y había aparcado en su sitio, que es exactamente el mismo que el
mío pero un nivel por encima.
Nada más llegar guardé en la nevera lo que compré de camino al pueblo.
También limpié por encima parte de la casa, le quité las sábanas a todos
los muebles e hice una pequeña inspección para comprobar que todo
estaba en condiciones de ser usado. Todo estaba intacto, tal cual lo
dejamos el año pasado, y funcionaba correctamente. Los
electrodomésticos estaban enchufados y listos y las luces encendían todas
menos la del porche trasero, que todos los años aparece fundida;
probablemente por culpa de los pájaros, la arena levantada por el viento o
un golpe por parte de alguna pelota. De poco me va a hacer falta, así que
decidí dejarla así.
Sólo me faltó comprobar la antena, pero la televisión funciona y está
sintonizada, algo sorprendente teniendo en cuenta que todos los años tiene
que subir mi padre al tejado y colocarla bien. Cualquier cosa para que la
familia disfrute de todas las comodidades posibles, pero, cuando se le
necesita de verdad, no hay quien dé con él.
Abro la nevera, saco el sandwich prefabricado que he comprado y un
zumo de manzana y me siento a cenar mientras veo la televisión. En la
Mtv están echando clásicos de los ochenta. Aparece una mujer teñida de
rubio con raíces negras, mallas a juego con las raíces, falda de tul, chaleco,
perlas, un crucifijo y un distintivo lunar encima del labio. Madonna.
–Quién te ha visto y quién te ve –le digo a la televisión.
Me aburren los ochenta. Reconozco que, aunque para gustos los colores,
en esa época se hizo la música que dio paso a todo lo que escuchamos
ahora. Pero me da pereza oír canciones de baja calidad, de estética
altamente cuestionable y, en su mayoría, calcos unos de otros que
finalmente suenan todos a más de lo mismo. Los noventa fueron mucho
mejores, sobre todo la segunda mitad, cuando el mundo del pop se abrió
camino a nivel mundial, aparecieron los fenómenos de fans, y tanto la
calidad como la estética de la música irradiaba cierto aire de inmortalidad
que a día de hoy aún desprenden. Los noventa fueron, quizás, el punto
justo en el que la música dejó de pasar de moda. Una canción de esa época
puede sonar igual de bien, pura y limpia –técnicamente hablando– que una
de hoy en día casi veinte años después. La música de los ochenta suena a
vieja, por muy buena que sea o las muchas remasterizaciones que le hagan.
Tras hacer zapping durante un rato y no encontrar nada que me llame la
atención, decido buscar en mi ordenador portátil una película.
Cojo el móvil y le envío un whatsapp a mi amigo Nathan. «Ya he
llegado al pueblo. ¿Sigue en pie lo de venir a pasar unos días? Mis padres
no vienen este año. Dile a Sussan que venga también». Sussan es su novia
y mi mejor amiga desde que tengo uso de razón.
Vuelve a sonar Rihanna en mi teléfono.
–Tengo que cambiar el tono de llamada –pienso en voz alta mientras
descuelgo.
–¿El qué? –pregunta Nathan al otro lado del la línea.
–Lo siento, se equivoca de número, el teléfono de atención sexual para
homosexuales es el nueve dos ocho…
–Eso ni en broma –me interrumpe. Si él supiera…
–¿Qué quieres?
–Nada, es que no me apetece teclear. Era sólo para decirte que sí voy. Ya
te avisaré cuándo, porque ahora mismo no tengo el coche.
–Vale, con que me avises el día antes me basta –le respondo.
–Pues ya hablamos, Ryan.
Me despido y cuelgo.
Es hora de irse a la cama. Recojo lo que he ensuciado al cenar, apago la
televisión, cierro la puerta de la terraza con llave y subo a mi habitación.
Lo que más me gusta de esta casa son los amaneceres que veo desde mi
ventana cada mañana. No hace falta despertador, ni madres desesperadas
llamando a gritos. Todos los días, el sol cumple su función y me despierta
justo a tiempo.
Saco unas sábanas del armario y las coloco sobre la cama. El olor a
cerrado y a humedad de las telas es casi insoportable, pero ya es tarde para
lavarlas. Por un momento contemplo la posibilidad de dormir en el sofá de
abajo. Me descalzo, me quito los vaqueros y me tumbo en la cama.
°°°
Abro los ojos y me doy cuenta de que me he dormido sin darme cuenta. La
luz de la lámpara de la mesa de noche sigue encendida. ¿Qué hora es?
Algo me ha despertado, pero aún no sé el qué. Me levanto algo aturdido y
me asomo a la ventana.
Las luces del pueblo brillan con menos intensidad que antes. St. Dean no
es un pueblo pequeño, pero mi urbanización se encuentra a las afueras y a
esta playa llega poca gente. Sólo aquellos que buscan tranquilidad, agua
limpia o intentan evitar colas en las duchas se acercan a esta zona durante
el día. Eso es lo bueno de esta casa. Estoy aislado de la civilización, pero
puedo adentrarme en el ajetreo del centro en menos de cinco minutos en
coche o poco más de veinte caminando. Y es que, a pesar de considerarse
un pueblo de costa, St. Dean tiene centro comercial, multitud de bares,
algunas discotecas, tiendas, restaurantes y todo lo que puedes encontrar en
una gran ciudad. Con la diferencia de que hay menos coches, menos
contaminación y, por supuesto, menos gente. De ahí que, a pesar de llevar
viniendo diez años a veranear, aún no tenga ningún amigo aquí.
Otro aspecto a destacar es que en Norwalk, la ciudad donde vivo, la
gente va a su ritmo y nadie se fija en ti, mientras que aquí es todo lo
contrario. Hagas lo que hagas y vayas a donde vayas, todo se sabe. No hay
más que dar un paseo por la playa para que alguna cotilla se acerque y te
cuente que «Cinthia, la hija pequeña de los O’Donell, ha estrenado su
mayoría de edad perdiendo la virginidad en la caravana de su primo con
Eddie, el vigilante del supermercado, que, a su vez, le puso los cuernos a
Erica, la chica rubia del puesto de fruta, esa tan amable que siempre me
regala una naranja cuando voy con mis nietos a comprar lo del almuerzo,
porque, al parecer, ella se los había puesto antes con su jefe; que, por
cierto, está casado, pero no con Judith, la encargada del supermercado,
como todos piensan, esa es su cuñada, sino con la mujer que regenta la
zapatería de la calle Bobbery, sabes quién te digo, ¿no?». ¡Y todo por
haberle pedido la hora a la señora!
Mientras miro por la ventana, un sonoro crujido me sobresalta. Uno
igual fue lo que me despertó, estoy seguro. Es la primera vez que duermo
solo en esta casa y cualquier ruido me parece sospechoso. Puede ser el
viento o el sonido del mar retumbando contra las paredes, pero no puedo
evitar ponerme nervioso y pensar que es algo más que un simple ruido.
Vuelvo a oír otro. Esta vez proviene del piso de abajo y mi nerviosismo
empieza a convertirse en miedo. Fuera todo parece normal, una ligera
brisa mueve las hojas de las palmeras que hay por todo el paseo. No es
suficiente como para causar semejante concierto.
Salgo de mi habitación y empiezo a bajar la escalera. Me acuerdo de
todas esas películas de miedo en las que la víctima, asustada, anda a
tientas en la oscuridad facilitándole el trabajo al asesino.
Enciendo todas las luces que me encuentro a mi paso.
Compruebo todas las habitaciones sin encontrar nada. Desde aquí abajo
los ruidos no parecen tan amenazadores. El grifo de la cocina goteando,
algunas plantas de la terraza golpeando las ventanas del salón y la madera
que cruje a cada paso que doy. He visto demasiadas películas.
Me acerco a la nevera, bebo agua y vuelvo a subir a mi habitación.
Un grupo de chicos y chicas caminan por la arena a unos metros de mi
casa. Están de fiesta, bebiendo, pasándolo bien y molestando a los que
queremos dormir. Abro la ventana y escucho cómo algunos se retan a ver
quién se mete en el agua sin ropa mientras otros intentan ligarse a la que
parece ser la chica más guapa del grupo, provocando probables celos en
las demás. Eso me recuerda las noches de fiesta con Nathan, Sussan,
Danny, Anna y demás amigos del instituto. Aunque nosotros nos
comportamos como personas y no como animales en celo. Creo.
Por un segundo, se me pasa por la mente la idea de vestirme, salir fuera,
presentarme con alguna excusa y ver si consigo hacer algún amigo. Pero,
antes de que pueda siquiera decidirlo, veo cómo unas luces azules se
acercan por el paseo. Un coche de policía se detiene entre mi casa y la de
los vecinos y dos hombres se bajan de él, se acercan hasta donde están los
chicos y les dicen algo que no consigo oír. Acto seguido, los policías se
marchan y se ha acabado la fiesta. Seguramente alguien se ha quejado.
Vuelvo a la cama.
2
EL CHICO RUBIO
Lentamente entreabro los ojos. La luz me ciega y los vuelvo a cerrar. Hago
un esfuerzo por volverlos a abrir y siento que estoy pegado a las sábanas.
Me estoy asando de calor.
Tal y como sabía que ocurriría, los rayos del sol se han colado poco a
poco por la ventana, haciendo que la oscuridad se transforme en claridad y
se dibujen cada uno de los objetos que hay en la habitación. El armario, el
escritorio con sus estanterías, el espejo que hay junto a la puerta y que
refleja la luz que proviene de la ventana. La sombra sobre mi cama se va
haciendo cada vez más pequeña, dando paso a la luz que va descendiendo
desde mi rostro. En el cielo no hay ni una sola nube y el sol de la mañana
se refleja en mi cara haciéndome imposible dormir ni un minuto más. No
sé qué hora es.
Me quito las sudadas sábanas de encima de un manotazo y me
incorporo, quedándome sentado en el borde de la cama y buscando las
zapatillas con los pies. Me froto los ojos en busca de legañas y me dirijo
hacia el baño.
Me lavo la cara, me miro en el espejo y el panorama es desolador.
Debajo de las gotas de agua, aparecen unos ojos rojos e hinchados de tanto
dormir, labios secos y casi pegados, algunas espinillas y unos pelos que ni
Gloria Gaynor en sus mejores momentos. Bajo al piso inferior, al cuarto
de lavado y planchado –como Kate lo llama–, y enciendo el termo. Menos
mal que es eléctrico. Vuelvo a mi habitación, saco de la maleta unos
calzoncillos, unos pantalones y una camiseta y me meto en la ducha.
Ya duchado, rebusco entre los discos de música que me he traído en la
maleta, pero no encuentro nada que me apetezca oír en este momento. No
he cogido nada “en plan ama de casa”. Finalmente desisto. Por más que
rebusque no voy a encontrar, por arte de magia, ningún disco que no haya
traído. Cierro los ojos, jugando conmigo mismo, y elijo uno al azar, lo
abro, bajo al salón y lo introduzco en el equipo de música.
Suena ‘Jealousy’ de Will Young.
Cojo las sábanas de la noche anterior y las meto en la lavadora. Subo y
ordeno el resto de la ropa en el armario. Al ir a guardar la maleta, se
resbalan de un lateral algunas fotos que no recordaba haber cogido. En casi
todas aparece Nathan –entre otros–. Llevamos juntos desde que éramos
unos críos y nunca nos hemos separado. Creo que no hay nada que pueda
separarnos. Somos uña y carne y voy a echarlo muchísimo de menos el
año que viene en la universidad. Cojo algunas fotos y las pego con cinta
adhesiva junto al espejo de mi habitación y otras tantas junto a la cama,
para que mis amigos sean lo primero y lo último que vea cada día durante
estos meses de verano.
Toalla en mano, salgo por la puerta trasera y bajo las escaleras del
porche en busca de mi primer día de playa. Tras un breve paseo de
inspección, encuentro un lugar perfecto cerca de la orilla, pero lo
suficientemente próximo a mi casa para no perder de vista la puerta. No he
cogido las llaves. Extiendo la toalla.
Después del primer y fugaz baño de la temporada, me tumbo boca abajo,
de forma que puedo controlar la casa y observar al grupo de chicos que se
han puesto cerca de donde estoy y que, si no me equivoco, son los mismos
de anoche.
Me llama la atención un chico en concreto que no parece seguir el
mismo patrón que siguen los demás. No hace tonterías y no se comporta
como si quisiera ligarse a alguna de las chicas. Se le ve más callado y
sereno. Igual tiene resaca. O quizás es el novio de alguna y por eso no
siente la necesidad de llamar la atención. Pelo rubio, ojos claros, sonrisa
de no haber roto un plato y cuerpo atlético. Creo que acierto al pensar que
está cogido, porque es, sin duda, el más atractivo del grupo, aunque
también aparenta ser bastante más joven que los demás. No le echo más de
dieciséis años.
°°°
Me ruge el estómago. Apenas he almorzado y es la hora de merendar. Me
acerco al agua para darme el último chapuzón y noto que el chico rubio me
sigue. Me quedo cerca de la orilla. No sólo por ver si se acerca, sino
porque odio la zona donde empiezan las rocas. Siempre me quedo donde
hay arena. El chico rubio se acerca nadando y empieza a hablarme como si
entablar conversación con un desconocido en mitad del mar fuese algo
natural.
–Verás, es que... –dice mientras mira hacia sus amigos que, desde la
arena, le hacen señas para que continúe– quería preguntarte una cosa.
– Sí, vale, dime. ¿Qué querías? –le respondo con un tono quizás mas
seco del que debería.
–Pues no sé cómo decirlo –titubea–. A ver, es que vi que me mirabas
antes y, bueno, en verdad eso no tiene nada que ver. Mejor déjalo.
Da media vuelta y comienza a nadar hacia la orilla. Lo sigo y le insisto
en que me cuente qué quería decirme. Negativo. Insisto un poco más.
–Está bien –accede a responderme–. No te asustes y tranquilo que no
pasa nada si dices que no, y espero que no te sientas ofendido. ¿Te gustaría
que hiciéramos algo esta noche?
–¿Qué? ¿Cómo? –¿de verdad me está pasando esto a mí?–. ¿A qué viene
esa pregunta?
–Tú sólo dime sí o no –insiste.
–Es que…
–¡Déjalo! –me interrumpe–. No me hagas caso. No hablaba en serio. Es
sólo una apuesta que hice con mis amigos. Y creo que ya he ganado. No
quiero que te sientas incómodo. Olvida lo que te he dicho.
El chico rubio sale del agua y es recibido por sus amigos con risas,
aplausos y palmadas en la espalda. Todo un campeón. Le sigo, pero decido
que es mejor pasar y no indagar en algo que, en el fondo, carece de sentido
e importancia. Cojo mi toalla, me seco la cara y el pelo y me marcho a
casa.
Ya en la puerta, termino de secarme, me enrollo la toalla en la cintura y
me quito el bañador para que no gotee dentro. Me doy una ducha para
quitarme la sal del mar mientras sigo dándole vueltas a lo ocurrido.
Vuelvo a ponerme la camiseta verde y los vaqueros que llevaba esta
mañana. Me pregunto qué opinará la novia de ese chico de lo que ha
ocurrido, por mucho que fuese una apuesta.
Salgo al porche a colgar el bañador y la toalla en la barandilla para que
se sequen y compruebo que el grupo de chicos y chicas sigue ahí. Me
pregunto a qué vino lo de la apuesta y qué pretendían conseguir con ello.
Parece ser que al final ni dieciséis ni quince, el chico rubio debe de andar
en torno a los trece o catorce porque esa actitud no es ni medio madura. Y
no es que yo, a mis dieciocho años, sea el más maduro del mundo, pero
procuro comportarme acorde a mi edad y he dejado muchas tonterías de
adolescentes atrás.
°°°
Cuando termino de cenar, el calor es insoportable. Tengo todas las
ventanas del salón abiertas, incluida la puerta que da al porche, pero no
corre el aire. No tengo ganas de peinarme así que cojo una gorra, las llaves
y salgo a dar un paseo nocturno.
Gran parte de las farolas del paseo están apagadas y la visión es escasa.
Sólo las luces lejanas del pueblo unidas a la de la luna dan cierta
iluminación que permite caminar relajadamente. Los grillos cantan sin
interrupción y convierten el momento en una típica escena romántica en la
que falta una pareja admirando la luna, al tiempo que escuchan los latidos
de sus respectivos corazones, pidiendo besos robados y miradas furtivas.
Daría cualquier cosa por no estar solo en este momento, por tener alguien
de mi mano ahora mismo, por tener alguien a quien abrazar mirando el
mar y sentir esas cosas que sienten los enamorados cuando se besan y
pasan tiempo juntos. «Eso sólo ocurre en las películas», pienso.
Empiezo a estar cansado y doy media vuelta. Me descalzo y empiezo a
volver, esta vez andando por la orilla del mar, sintiendo cómo el agua roza
mis tobillos y me calma los pies. Como si se tratara de magia, sólo con
sentir el agua golpeando suavemente mis tobillos, me relajo y me olvido
del mundo. Mi mente se queda en blanco. No hay sitio ni lugar para nada
más.
A medida que me acerco a casa, voy vislumbrando la figura de una
persona tumbada en las escaleras. Grito intentando averiguar quién está
ahí pero no obtengo respuesta. Lo vuelvo a intentar, elevando la voz, pero
sea quién sea parece no querer escucharme.
Me acerco y distingo lo que parece ser un chico joven, vestido con un
pantalón blanco y camiseta roja, acurrucado en mi porche cual vagabundo
en la puerta de un cajero automático. Es el chico rubio, el de la apuesta. Ya
a pocos centímetros de él es cuando me doy cuenta de que está dormido.
No sé si despertarle o dejarle aquí. Probablemente se habrá emborrachado
igual que anoche y lo habrán dejado abandonado sus amigos.
Entro en casa. Dejo las llaves sobre la mesa del comedor. Me quito la
gorra y la camiseta y me sirvo un vaso de leche y galletas de mantequilla.
Echo una ojeada fuera y veo que mi vagabundo particular sigue ahí, sin
moverse.
Vuelvo a asomarme al porche. Me da pena.
Recuerdo lo de la apuesta de esta tarde. Deja de darme pena.
Pasa media hora y decido despertarlo. No tiene pinta de ir a despertarse
solo y a mí no me gustaría estar en su lugar y que nadie me ayudara. Me
siento a su lado.
–Oye –susurro.
No hay respuesta.
–¡Ey! Despierta –insisto con un poco más de intensidad.
Sobresaltado, el chico abre los ojos de golpe, mirando a su alrededor
desorientado. Me mira y se le escapa una sonrisa piadosa que rápidamente
desaparece.
–No sé qué haces aquí –le digo– pero es tarde y deberías irte a tu casa.
Seguro que hay alguien preguntándose dónde estás.
El chico se incorpora mientras voy dentro y le saco un vaso de agua.
–Lo siento –se disculpa–. No sé cómo he acabado aquí.
–No pasa nada.
–Y siento también lo de la apuesta –continua, mientras desvía su mirada
avergonzado–. Esa gente... Son los únicos amigos que tengo. Sin ellos
estoy solo en este lugar y a veces tengo que hacer cosas de las que no me
siento orgulloso. Ya sabes, para integrarme y que no piensen que soy un
aburrido.
–Entiendo, pero me parece algo estúpido para alguien de tu edad.
Caigo en la cuenta de que no sé su edad, sólo mi propia aproximación.
–No te entiendo. ¿Tan importante es para ti una apuesta? –le pregunto
confuso–. Además la ganaste, ¿no? ¿Por qué estás preocupado por lo que
yo pueda pensar?
–Me sentí mal por no atreverme a decírtelo –responde, desviando de
nuevo la mirada hacia la orilla del mar.
–Sí me lo dijiste...
–¡No! –me interrumpe–. Me daba mucha vergüenza. No sabía cómo ibas
a reaccionar.
Me pierdo por completo.
–Pero, ¿de qué hablas? Llegaste, hiciste lo que tenías que hacer y
ganaste una estúpida apuesta. –le recrimino intentando aclarar la situación.
–No lo entiendes –dice mientras sus ojos, lentamente, se posan en los
míos–. ¡Esa no era la apuesta! Me lo inventé. Me bloqueé. No sabía cómo
reaccionar, ni que decirte.
Sorprendido, intento atar cabos y comprender lo que quiere decir.
Entiendo que sí quería una cita conmigo. Vamos, que le gusto. ¿Le gusto?
–¿Cómo te llamas? –le pregunto.
–Matt.
–Yo soy Ryan –le respondo y acto seguido señalo la escalera– y esta es
la escalera de mi casa.
–Lo sé. Supongo que no es casualidad que me dejaran aquí mis amigos.
Está claro que me la han jugado.
Entro en casa y Matt me sigue como un perrito abandonado que
desconfía de todo el que se le acerca. Me ha contado que, en su casa,
piensan que se ha ido a una fiesta y que dormiría en casa de uno de sus
amigos, por lo que no puede volver hasta mañana. No sé si he hecho bien,
pero le he invitado a pasar la noche aquí. Ambos estamos algo
desconcertados y nerviosos. Yo por tener en mi casa a un chico que se me
acababa de declarar y él por estar en casa de un desconocido, aunque
seguro que en el fondo está encantado con el resultado de sus actos durante
las últimas horas.
Le ofrezco algo de comer y le señalo la nevera para que se sirva él
mismo.
–Por cierto, ¿el coche que hay detrás de la casa es tuyo? –me pregunta
Matt.
–Sí, pero no llevo ni un mes con él. No sé ni para qué lo traje, debería
haber venido en tren.
Subo a mi habitación. Me cambio de ropa y me pongo algo más cómodo
para dormir. Me cepillo los dientes y bajo a ver que está haciendo el
perrito abandonado.
–Entonces ya tienes los dieciocho... –afirma, dejando atrás la vergüenza.
–¿Tu cuántos tienes? –le pregunto esperando confirmar mis sospechas.
–Uno menos que tú.
Fallo.
–Te había echado dieciséis y a tus amigos uno o dos años más.
–Así es. Ellos tienen tu edad o diecinueve –me confirma–. Algunos han
terminado ahora su primer año de universidad, aunque no lo parezca.
Mientras le veo devorar el sandwich que ha cogido de la nevera –adiós a
mi desayuno– me cuenta que es el primer año que viene a St. Dean. Sus
amigos, algunos de los cuales conoció durante este curso al cambiarse de
instituto, han venido otros veranos, por lo que Matt convenció a sus tíos
para alquilar un apartamento y poder pasar la temporada con ellos.
Compruebo que la puerta principal esté cerrada, cierro las ventanas y la
puerta del porche.
–Y dime, ¿tienes novio? –pregunta Matt, levantando la vista del
sandwich y haciéndome pasar el momento más incómodo de la noche.
–¿Cómo? –le pregunto levantando la voz–. Pequeño, estás equivocado.
–Pero... –insiste.
–Puedes dormir en el sofá o en la cama de mis padres –le sugiero,
cambiado de tema–. Ahí encima de la mesa te he dejado unas sábanas,
ponlas dónde más cómodo estés.
–Sí, pero... –insiste una vez más.
–Hasta mañana, pequeño.
–Hasta mañana –responde Matt resignado.
No sé por qué le he llamado «pequeño». Dos veces. Sólo es un año
menor que yo. ¿Eso me convierte en pequeño a mí también? No sé qué
imagen le habré dado, pero la que me estoy dando yo no me gusta. Debería
bajar a disculparme, aunque tampoco tiene nada de malo. No hagas un
drama de todo, Ryan.
Doy vueltas en la cama pensando en el momento surrealista que acabo
de vivir. No estoy seguro de que dormir con un completo desconocido en
el piso inferior sea una buena idea, pero tampoco podía dejarlo fuera. Y
ahora ya no puedo echarlo tampoco. No sería justo. Y al parecer le gusto,
eso me desconcierta. No sé qué hacer. No quiero juzgar a Matt, pero
tampoco veo normal que, sin apenas conocerme, me haya dicho eso. Una
persona con dos dedos de frente no lo habría hecho, ¿o sí?
La atracción es imprevisible y hace que las personas hagamos cosas
impensables. Analizo la idea de bajar, despertarlo y decirle que quiero
saber más de él, conocerlo y dejar que las cosas ocurran solas. Pero no
estoy seguro de que Matt sea la clase de persona que necesito conocer en
este momento de mi vida.
Me acuerdo de la historia que tuve con Josh hace meses y no quiero
pasar por eso de nuevo. Lo conocí en un campamento poco después de
Navidad y estuvo casi tres días haciendo lo imposible por seducirme y
conseguir que me gustara. Se hizo amigo de mis amigos e incluso intentó
hacer un trueque con Danny para que le diera su plaza en mi cabaña. Al
final, sin darme cuenta, me tuvo comiendo en su mano como un tonto y
vivimos una semana increíble. Fue mi primer romance, la persona que me
descubrió mis verdaderos sentimientos y me enseñó que sería más feliz si
no me negaba a mí mismo. No llegué a enamorarme. El amor es algo
mucho más grande. Pero cuando acabó el campamento supimos que no nos
volveríamos a ver en mucho tiempo y eso me destrozó por dentro. Al
menos durante unas semanas.
No quiero que ocurra lo mismo con Matt. No quiero un amor de verano
para luego pasarlo mal cuando llegue septiembre. Y no soy esa clase de
persona que disfruta de las relaciones pasajeras insustanciales. Matt
parece un buen chico, de momento, pero no me apetece llegar a sentir algo
por él y tener que separarnos cuando acabe el verano.
No puedo dormir y tampoco siento la necesidad de tener que hacerlo. No
tengo que madrugar. Me armo de valor y decido bajar para darle una nueva
oportunidad a Matt. Que no quiera enamorarme no significa que no pueda
tener un amigo. Evidentemente no pienso decirle que él también me atrae,
sólo quiero ofrecerle mi amistad.
A oscuras, bajo la escalera y, sin darme cuenta, me encuentro a Matt de
frente, subiendo y a pocos centímetros de mí. Nos asustamos mutuamente
y nos reímos de la ridícula situación. Mis ojos se adaptan a la oscuridad y,
gracias al escaso hilo de luz que entra por el ventanuco del rellano de la
escalera, consigo distinguir su cara. Nos quedamos quietos, mirándonos,
pensando, temblando. La situación se tensa por momentos pero ninguno
hace nada por cambiarla. Es como si se hubiera detenido el tiempo y sólo
existiéramos nosotros dos, unidos por la oscuridad y unos pensamientos en
común.
–¿A dónde vas? –le pregunto rompiendo el momento.
–¿Yo? –duda Matt al responder– Iba al baño pero no lo encuentro. ¿Y tú?
–Bajaba a por un vaso de agua –miento–. Hay un baño abajo, tras la
puerta que está junto a la cocina.
Continuamos mirándonos sin decir nada más, dejando que los grillos
sean los únicos que interrumpen el silencio. Matt me mira despacio,
haciendo un recorrido de arriba hacia abajo. Estoy descalzo, con
pantalones cortos, sin camiseta y con el pelo alborotado. En mi muñeca
derecha brilla la pulsera de plata que Sussan me regaló hace tres años y
que siempre llevo puesta.
Vuelvo a romper el momento y continúo bajando la escalera haciéndome
a un lado. Matt me sigue y entra en el baño. Bebo un vaso de agua que
ahora sí necesito.
–Buenas noches –le digo a Matt desde este lado de la puerta, antes de
subir a mi habitación.
Me tumbo en la cama, analizo lo que acaba de ocurriry pienso en las
irresistibles ganas de besarlo que tuve en mitad de la escalera, en como le
hubiera cogido por el cuello y hubiera acercado mis labios a los suyos
lentamente, mientras le habría susurrado «me has ganado» antes de
fundirnos en uno de esos besos de película, tan pasionales y sentimentales
que sabes que nunca los vas a vivir en tus propias carnes.
3
LA TORMENTA
Matt ha desaparecido. Me he despertado, he bajado y no está. Apenas lo
conozco de dos conversaciones y un encuentro a media noche en la
escalera, pero en el fondo me ha caído bien y me pregunto qué habrá sido
de él. Intuyo que se ha ido temprano para evitar encontrarse conmigo.
Después de todo, anoche le di calabazas, juraría que dos veces. Parece
mentira que hace veinticuatro horas tuviera como planes para el verano
relajarme, disfrutar de la playa y hacer el vago; y ahora se han esfumado
simplemente porque he conocido a alguien del que apenas sé nada. Atrás
queda el relax, la arena y el sol, ahora lo que me interesa es saber dónde
está y si volveré a verlo. ¿Quiero volver a verlo? Igual es mejor así,
quedarme con la anécdota.
Desayuno y salgo al porche a coger el bañador seco. Hace un día de
perros. Bastantes nubes cubren el cielo y no apetece nada bañarse. Me
pongo unos vaqueros, camiseta y gorra. Me lavo los dientes y me voy a la
playa en busca de un encuentro casual con Matt.
Recorro la orilla fijándome en cualquier persona que veo cerca. Me
detengo y me siento en la arena. Intento despejar mi mente. Después de
todo, sólo es un chico, nada más. Si no vuelvo a verlo será como si nunca
lo hubiese conocido. De hecho, no lo conozco.
Pasa media hora y no hay suerte. Vuelvo a casa, cojo el coche y voy al
supermercado. Regreso a la hora de comer y me preparo el almuerzo. No
soy el mejor de los cocineros, pero me defiendo. Enciendo la radio. Están
anunciando una verbena que tendrá lugar a finales del mes con motivo de
las fiestas de St. Dean. Estaría bien acudir si cuando llegue el momento he
entablado más amistad con Matt o con cualquier otra persona del pueblo.
No será como mis fiestas en la Norwalk, eso seguro, pero algo es algo.
Nunca he ido a ninguno de los bailes que hay cada año en el pueblo.
Siempre me han parecido un tostón y he preferido quedarme en casa
viendo alguna película, echarme en la arena a ver las estrellas o incluso
dormir. Pero este año tengo interés por ir. No sé si porque me hago mayor
o porque tengo la sensación de que, probablemente, sea el último verano
que pase completo aquí.
Apago la radio y pongo la televisión mientras almuerzo. Veo las
noticias. Nada destacable. Mejor. Odio que pasen cosas interesantes en la
ciudad cuando yo no estoy. Friego los platos, recojo todo, subo a mi
habitación y me echo en la cama sin nada que hacer. Puto pueblo. Levanto
la vista y veo mi cámara de fotos sobre la mesa. Ya tengo plan.
Apago el motor y apoyo la cabeza sobre el asiento. Contemplo las vistas.
Desde lo alto de esta montaña el pueblo parece más grande de lo que es.
Distingo el centro comercial, la estación de bomberos, la comisaría de
policía, la biblioteca Hudson y el parking de la bolera. Al fondo, justo
donde empieza el paseo que da a la playa, han instalado la feria con su
noria, coches de choque y demás atracciones. Me encanta.
Foto.
Sigo el paseo con la mirada hasta dar con a mi casa. Un kilómetro más
allá de mi urbanización hay un acantilado al que suelen ir los pescadores a
pasar el día. No es muy pronunciado, por lo que incluso se puede bajar por
las rocas y darse un baño. Al otro lado del pueblo, la costa continúa con
algunas casas salteadas aquí y allí hasta llegar al pueblo de al lado,
nuestros “enemigos”. Es algo así como una guerra de vecinos. Realmente
no nos molestamos unos a otros, pero tampoco hacemos nada por
llevarnos bien. Hay tanta envidia entre ambos que llegará el día en el que
acabarán ambos pueblos destrozados cual II Guerra Mundial. Si no es por
quién tiene las playas mas limpias, es por tener el pescado más fresco y, si
no, por tener los restaurantes más acogedores o las mejores verbenas.
Tiempo al tiempo.
Foto.
Aprovecho el atardecer, momento en el que mejor fotos puedo sacar.
Aparco cerca de la feria y me doy un festín fotográfico que fusiona los
últimos rayos del sol con las primeras luces de las atracciones y los
puestos de comida ambulantes. Miro a través del objetivo buscando el
ángulo perfecto cuando, a pocos metros, distingo a Matt en un grupo de
personas adultas. Siento ganas de ir y hablar con él, pero no quiero
entrometerme. No reconozco a ninguno de sus amigos en ese grupo así que
doy por hecho que son familiares.
Ahí está él, con su sonrisa de anuncio, contando algo aparentemente
divertido a su familia –o quienes sean– y haciendo monerías con un par de
niños más pequeños que él. Lleva la misma ropa que anoche; excepto la
camiseta, que ahora es de rayas azules. En el fondo me gusta, y creo que
bastante, por más que trate de negármelo a mí mismo. Y, sabiendo eso, es
mejor que siga sin darme señales de vida. Es mejor para los dos. Es mejor
para mí.
Vuelvo a casa y no me quito su imagen de la retina. No entiendo esta
obsesión temprana por un chico que simplemente vi un día en la playa, se
quedó dormido en mi escalera y le di cobijo durante una noche. Parece
como si llevara semanas observándolo.
Le he enviado un mensaje a Nathan para que venga mañana al pueblo.
Necesito compañía y distraerme.
Suena el teléfono. Tengo un mensaje nuevo.
«Lo siento Ryan, no puedo ir a verte. Tengo planes con Sussan para todo
el verano y no puedo dejarla plantada. Igual vamos algún fin de semana
juntos, pero no es seguro».
En cualquier otro momento de mi vida le hubiera insistido y
recriminado su actitud, pero no esta vez. No quiero que piense que me ha
sentado mal y seguramente es mejor estar solo, por si Matt reaparece.
Nathan es mi mejor amigo, pero no creo que estuviera a gusto con alguien
que no conoce, que ni yo mismo conozco ahora que lo pienso.
Agotado, regreso a casa y bebo agua como si fueran a prohibirla. Me he
levantado temprano, sin sueño, y he ido a correr durante una hora a lo
largo de la playa. Entre lo mal que voy a comer estos tres meses y la poca
actividad física que tendré cogiendo sol a diario, tengo que hacer algo para
mantenerme en forma. No es cuestión de llegar el primer día de
universidad hecho una bola de carne con ojos. Las primeras impresiones
son muy importantes y, aunque sea frívolo, prefiero aparecer con ropa
nueva y apariencia impecable.
Me doy una ducha y me paso el resto de la mañana y la tarde viendo
American Horror Story y Mad Men en mi ordenador portátil.
°°°
Abro los ojos de golpe y me resbalo del sofá. Caigo al suelo boca arriba y
me río de lo absurdo de la situación. Un resplandor ilumina la sala y, acto
seguido, un enorme trueno retumba en todas las paredes. Me asomo al
porche y veo cómo las nubes que cubrían el cielo esta mañana se han
vuelto de color negro intenso. Está lloviendo y, a juzgar por la cantidad de
agua sobre la arena, lleva así un buen rato. La lluvia golpea las ventanas y
el viento agita las palmeras. En el piso de arriba oigo ruidos y noto cierta
corriente de aire. Subo y cierro la ventana de mi habitación.
Ahora oigo cosas abajo.
–Todo estaba cerrado –pienso en voz alta.
Vuelvo a oír los ruidos. Son como golpes secos. Están llamando a la
puerta. ¿No saben usar el timbre? Bajo, abro la puerta y me encuentro con
lo último que esperaba ver.
–¡Casi me ahogo!
Matt está calado hasta los huesos. La ropa, empapada, parece recién
sacada de la lavadora. Su pelo chorrea agua como si fuera un grifo abierto
y su cara no deja de gotear por mucho que intente secársela con la manga
de su sudadera mojada.
–Espera aquí –le digo–, voy a por una toalla –que cojo del baño de la
planta baja–. Toma. Quítate esa sudadera, está empapada.
Matt la deja en el suelo y su camiseta está igual que el resto de la ropa.
–Será mejor que te lo quites todo –le sugiero–. Te prestaré algo.
Le invito a pasar y subo a mi habitación en busca de algo que pueda
servirle, ya que es más bajo y delgado que yo. Un pantalón de chándal
servirá. Vuelvo a bajar y me encuentro a Matt, en calzoncillos, tiritando en
mitad del salón, secándose con la toalla. Ha dejado su ropa en el suelo,
junto a la entrada.
–¿Tan desesperado estás que no has podido encontrar otra excusa para
desnudarte? –bromeo–. No he cogido calzoncillos, ¿quieres unos?
–No gracias. Creo que es lo único que tengo seco.
Le tiendo la ropa y me siento en el sofá a esperar a que se vista, tentado
de echar alguna mirada de reojo. Me contengo. Cojo el mando y trato de
encender la televisión.
–Creo que te has quedado sin luz –supone Matt mientras se sienta a mi
lado–. Llamé varias veces al timbre pero no sonó.
Espero que no sea un apagón. Me acerco al cuadro de luces y veo que
algunas palancas están bajadas. Las subo, mi ordenador se enciende solo y
la electricidad estática vuelve a la televisión.
Matt coge el mando y empieza a hacer zapping mientras yo me quedo
sentado en los primeros peldaños de la escalera. ¿Qué hace aquí? Esperaba
algún tipo de explicación. Más bien dos. Una por haberse ido la otra noche
sin avisar y otra por haber venido hoy.
–No parece que vayan a echar nada interesante hoy –me dice.
–¿Qué? –le respondo, saliendo de mis pensamientos.
–Televisión –aclara, señalando la pantalla–. No hay nada bueno.
Me siento junto a él, tomo el mando y le explico que tenemos satélite; es
decir, muchos más canales por los que indagar buscando algo decente.
Matt me arrebata el mando y comienza a buscar canales. Después de un
rato haciendo zapping, apaga la televisión.
Me cuenta que sus padres trabajan en la ciudad, así que él se va todos los
años a veranear con sus tíos, y que este año, como me había dicho, tocó
venir a St. Dean. También hablamos sobre nuestros respectivos institutos y
la casualidad de que él también estuvo en el mismo campamento que yo,
donde conocí a Josh.
–Aún no tenía claro lo que me gustaba –me comenta–. Si no, seguro que
me hubiera fijado en ti.
–Yo estuve bastante ocupado en ese campamento –le digo evitando
hablar de Josh–. No tenía el cuerpo para enamoramientos, la verdad.
Es hora de cenar y nos disponemos a preparar unas hamburguesas. Matt
es bastante patoso en la cocina y casi todo el trabajo lo hago yo.
–Has tostado muy bien el pan –bromeo al terminar.
Si las miradas matasen, ahora mismo mi cadáver estaría sobre la
encimera de la cocina asándose sobre la vitrocerámica.
Cenamos y vemos una película. Nos pasamos todo el tiempo criticando a
los personajes, los efectos especiales y algunas tramas. Charlamos en las
partes aburridas y, cuando se acerca el final, tengo unas ganas horribles de
que se acabe. Me interesa más saber de él, conocerlo, descubrir sus
secretos, miedos e ilusiones. Sentado junto a él, no quiero que esta noche
termine.
Miro hacia abajo y me fijo en que mi mano está muy cerca de la suya,
casi a punto de rozarse. Me pregunto si debería cogérsela. Tal vez se
asuste, tal vez no. Pausadamente voy moviendo mi mano, dedo a dedo,
milímetro a milímetro. Avanzo y retrocedo. No quiero mirar y no sé a qué
distancia estoy. Nervios. Tiemblo. Rozo su dedo meñique y rápidamente
separo mi mano de la suya.
Sin haberme movido, siento como su dedo roza el mío y, sin quitar la
vista de la televisión, nos cogemos de la mano. Comenzamos a sentirnos,
tocarnos, comunicarnos... tan sólo con los dedos y la palma de las manos.
Parecemos adolescentes de trece años en la sesión de las cuatro del cine.
Le acaricio, haciéndole saber que, aunque apenas nos conocemos, siento
algo por él.
La película llega a su fin. Matt suelta mi mano y se levanta del sofá.
–¿El baño? –me pregunta.
–Ya sabes dónde está –le respondo arqueando una ceja en señal de
extrañeza.
Aún no comprendo lo que está pasando, pero tampoco quiero correr y
equivocarme. No sé cuáles son sus intenciones conmigo. Lo único que sé
es que le gusto, pero no es suficiente.
Matt sale del baño y lo acompaño a la puerta principal.
–Has conseguido en un día lo que mis amigos no han hecho en años –me
dice mientras me acaricia el brazo con el dorso de su mano y mi cara, sin
hablar, le pide que continúe–, que me sienta a gusto conmigo y con lo que
soy, sin pensar en si estoy haciendo bien o mal.
Me quedo en blanco.
–Me voy que se me va a escapar el bus que me lleva al pueblo–
continúa–. Lo he pasado muy bien.
–Yo también.
Me quedo en la puerta, atontado como un adolescente que espera a que
vengan a recogerlo para ir al baile de fin de curso, mientras veo como se
aleja.
–¡Matt! –le grito en el último momento–. ¿A qué viniste esta tarde?
Matt da media vuelta y se acerca caminando lentamente, mirándome
fijamente a los ojos hasta quedarse de puntillas a un palmo de mi cara. Mi
respiración se detiene.
–No lo sé –dice finalmente, encogiéndose de hombros.
Da media vuelta y se aleja en la oscuridad de la noche. Por un momento
creí que iba a recibir un beso y por poco me fallan las piernas. Estoy
temblando y pienso que, tal vez, no hubiera estado mal que me hubiera
besado. Es más, debería habérselo dado yo. Ha sido la oportunidad
perfecta.
Esta noche es distinta. Está más llena de vida, más dulzona, más alegre.
O quizás soy yo el que estoy distinto. Estoy más lleno de vida, más dulzón,
más alegre. Y todo por culpa de un chico al que no esperaba ver más. Sé
que no debería hacerme ilusiones pero, ahora que sé que vivimos en la
misma ciudad, no puedo evitarlo. Está claro que yo iré a la universidad y
sólo estaré disponible los fines de semana, pero podría funcionar. La duda
es lo que me contiene.
Por la ventana entra la brisa, que trae consigo el olor del mar. Mi playa,
mi apreciada playa me ha hecho un regalo que no voy a desperdiciar. No sé
si estamos yendo rápido pero no me importa. Sólo sigo los impulsos de mi
corazón, que me indican que siga adelante. No estoy haciendo nada malo,
ni hiriendo a nadie. Sólo somos Matt y yo, juntos los dos. Nadie más. No
importa lo que puedan pensar los demás, la vida es corta y no estamos aquí
para desperdiciarla. Tal vez me vuelva a equivocar, tal vez estoy
confundiendo sentimientos y corriendo deprisa, pero en eso consiste todo,
¿no? En dejarse llevar y vivir.
°°°
Hoy el día está tranquilo, el mar en calma, el cielo despejado, el viento
sereno y la nevera vacía. Lo poco que compré en el supermercado para
sobrevivir un par de días se ha extinguido. Algo normal, teniendo en
cuenta que ya he invitado a Matt a cenardos veces.
Me visto y, sin desayunar, cojo el coche en dirección al pueblo. Voy tan
atontado pensando en Matt que me pierdo y no consigo dar con el
supermercado. Las calles del pueblo son estrechas, mal señalizadas y, lo
que es peor, todas iguales. Prácticamente todas las construcciones son del
mismo estilo, en colores crema o blanco y lo único que diferencia unas de
otras son los locales comerciales, bares y portales. Hago memoria y,
cuando por fin doy con un punto de referencia que conozco, logro llegar
sin problema.
–Si te llevas seis latas de cerveza, te regalamos una pelota de playa, una
colchoneta o unas raquetas –me comenta la cajera.
–No gracias –le sonrío–. Con cuatro tengo de sobra.
–Bueno, como quieras –se resigna sonriente–.
En la chapa de su pecho leo su nombre. Erica.
–Eres el hijo de Kate, ¿verdad? –me pregunta. ¿De qué conoce a mi
madre?
–Sí –asiento–. ¿Cómo lo sabes?
–Tu madre solía venir mucho el año pasado a comprar fruta –claro,
¡Erica!, la del puesto de fruta que se lió con su jefe–. Aunque hoy ha
faltado una compañera y me han puesto a mí en la caja.
Le sonrío. No quiero parecer antipático o maleducado, pero no me sale
ningún tipo de respuesta.
Se acerca una mujer con un uniforme más serio. Seguro que viene a
preguntarme si soy mayor de edad por estar comprando cerveza.
–Erica –dice la mujer–. ¿Le has pedido la identificación a este chico? –
lo sabía.
–No me la ha pedido –le recrimino–. Pero tenga –rebusco en mi cartera
y le muestro que tengo dieciocho años–.
–Gracias –me agradece la mujer–. Por cierto, Erica, dentro de una hora
ya no estarás en caja. Vete al almacén que hay que empezar el inventario –
le dice a la cajera antes de marcharse.
–Es una bruja –se queja Erica, mirándome con tristeza.
–O quizás se ha enterado de que te acuestas con su marido –le respondo,
en un alarde de maldad como si fuera una de esas señoras que tanto odio.
–¿Cómo? –pregunta Erica escandalizada.
Trágame tierra. ¿Por qué he dicho eso? ¡Si la encargada ni siquiera es su
mujer, según cuentan los rumores!
–Que igual hace tiempo que no se acuesta con su marido –disimulo–. Ya
sabes. Quien no tiene buena noche, no puede tener buen día.
Erica se ríe. Pago y me marcho avergonzando antes de comprobar si he
salvado la situación o no.
Tras dejar la compra en el coche, decido dar un pequeño paseo por el
centro. En apenas un año, la zona ha cambiado mucho. Gran parte de las
casas más viejas han sido derruidas para construir más de esos edificios
color crema. El paseo de la playa ha sido ampliado y ya no sólo cuenta con
un par de duchas, sino que tiene casetas con duchas, cambiadores,
servicios, etc. También han abierto algunos restaurantes al pie de la playa.
Mi adorada playa se convertirá pronto en una zona de turismo más. Estoy
convencido de que perderá su encanto especial. Cada año hay más turistas
que no son del pueblo, pero con respecto al año pasado, este verano se han
multiplicado por tres. Lo más probable es que, con el paso de los años, el
pueblo llegue a transformarse en otra gran ciudad. Mi urbanización ya no
estará aislada, sino que formará parte del bullicio diario. Si la situación
continua así, lo más probable es que deje de darle importancia a mi
apreciado mar y ya no sienta el mismo interés cada verano, si es que tengo
tiempo de volver.
Paso junto a una nueva tienda de juguetes y veo en una esquina del
escaparate un osito de peluche gris con un lazo rojo. Típico osito antiguo
como los que tenían los niños de antes, pero con una realización industrial
y moderna. Me da pena verlo ahí solo, rodeado de tantos juguetes de la
nueva generación, y me acuerdo de Matt, de aquél momento en el que lo vi
por fuera de mi porche, solo y abandonado. Entro y lo compro.
De regreso a casa veo una librería que hace esquina y decido parar un
momento para comprar. Aparco a un lado de la calle. Me acerco al
mostrador y pregunto si tienen algún manual de cocina o un libro de
recetas, pero algo sencillo, para principiantes. Me indican tres títulos, de
los cuales me llevo dos. A tan sólo unos metros, se acerca un coche de la
policía. Le pido a la dependienta que se de prisa y llego al coche antes de
que me pongan una multa.
Una vez llego a casa, guardo la compra al mismo tiempo que voy
haciéndome un esquema mental sobre lo que podré hacer de comer. En el
supermercado, pensé en la posibilidad de que Matt se quede más veces a
almorzar, cenar o incluso a desayunar. Así que compré algunas cosas
pensando en lo que puede gustarle. Aún es temprano así que pienso en
coger algo de sol antes de comer. Me cambio, cojo la toalla y me tumbo a
unos pocos metros de casa.
Las pequeñas gotas de lluvia me despiertan. Miro al cielo y veo como el
sol se ha escondido detrás de las nubes. No creo que llueva como anoche,
pero tampoco está el día como para seguir echado en la arena. Recojo mis
cosas y doy por finalizado el día de playa.
°°°
–¡Buenos días! ¡Despierta!
Abro un ojo y, por un segundo, pienso que estoy en casa, en la ciudad.
–Serán buenas noches, mamá –respondo mientras me incorporo, me
siento en el borde de la cama y me estiro –. Vaya siesta me he pegado.
Me dirijo al baño mientras le informo de que ayer fui al supermercado,
pero no estoy seguro de haber comprado todo lo que hace falta. Cierro la
puerta tras de mí.
Abro la puerta de golpe, con los ojos abiertos como platos y el corazón a
punto de salir por mi boca.
–¡Mama! –le grito sorprendido–. ¿Qué haces tú aquí?
–Yo también me alegro de verte –ironiza–. Se ha estropeado la
furgoneta. No nos la arreglarán hasta finales de verano y ya sabes que nos
hace falta, así que he venido a por tu coche.
–Qué bien…
–No te preocupes, que sólo voy a quedarme un par de días –¿Cómo?
¿Que no se va ya?–. Y así de paso compruebo si sabes defenderte solo.
–¡Genial! ¡Una niñera! –exclamo sarcásticamente.
–No voy a controlarte –responde ella indignada–. Simplemente vine a
por el coche. Si quieres me voy en cuanto amanezca.
–No seas dramática, Julia Roberts –le respondo–. Es tu casa y puedes
quedarte los días que te de la gana. Pero no te metas en mis cosas.
Bajamos a la cocina para preparar algo de cenar.
–¡No me lo puedo creer! –exclama mientras agarra uno de los libros que
compré–. ¿Vas a aprender a cocinar?
–Lo compré por si me hacía falta.
Aprovechando que está la compra hecha y con los dos libros a mano,
escogemos una receta rápida de hacer y nos entretenemos. Cenamos juntos
y pasamos el resto de la noche viendo la televisión. Charlamos sobre lo
que he hecho estos días, la imprenta, la familia y todo lo que ha acontecido
en nuestras vidas en el poco tiempo que llevamos sin vernos. Le cuento
todo, menos lo de Matt. No sé si es el momento adecuado y tampoco sé
qué ocurrirá entre nosotros como para meter a la familia por medio tan
pronto.
Llaman a la puerta.
«No seas tú. No seas tú». Pienso.
Giro el pomo, abro la puerta y me encuentro a Matt de frente.
«¡Mierda!».
Hace un amago de entrar y lo detengo poniéndole la mano en el pecho.
–¿Qué pasa? –pregunta Matt mirado desconcertado a su alrededor–. ¿Ya
me estás poniendo los cuernos? –bromea.
Me río.
–No es eso –me disculpo–. Mi madre está dentro. Ha venido a llevarse
mi coche y se quedará un par de días. Es mejor que no nos veamos.
–¿Y eso a qué viene ahora?
–No quiero que se entere de los nuestro aún.
–¿Lo nuestro? –pregunta mientras se le dibuja una sonrisa en la cara–.
Pero, ¿es que tenemos algo?
–No… Bueno, no lo sé –dudo–. Podría ser. Ya veremos.
–Pero no tiene por qué enterarse. Podemos ser amigos. ¿Tú no tienes
amigos?
–Créeme –intento convencerle–. Mi madre sabe que aquí no tengo
amigos. Acabaría atando cabos.
–Si tú lo dices…
–Te lo compensaré, te lo prometo. Dame tu número de teléfono y te
aviso en cuanto me quede solo.
Matt me da su número y se marcha cabizbajo. Me da muchísima pena y
me dan ganas de ir tras él y compensarle el mal trago con un gran, y
merecido, beso.
–¿Quién es? –pregunta Kate desde el sofá.
–¿Qué? ¿Quién? –respondo nervioso. ¿Me ha pillado?
–El que descubrió América, si te parece –responde ella con sarcasmo–.
¡El de la puerta!
–¡Ah! Nadie. Un chico preguntando si habíamos visto su cartera por la
playa –miento–. Me ha dado su número por si la encontramos poder
localizarlo.
Noto que mi madre no se ha tragado la historia del todo, pero tampoco
sigue preguntando, simplemente apaga la televisión y viene tras de mí
hasta el piso de arriba.
–Las sábanas del armario apestan a humedad –le informo–. Cuando
llegué lavé dos juegos pero ya los he usado.
–¿Los dos? Si no llevas aquí ni una semana.
Rápido. Invéntate una excusa.
–La primera noche hizo mucho calor y acabaron las sábanas empapadas
–técnicamente no he dicho ninguna mentira.
–Pues entonces duermo contigo.
Mi madre se ha ido. Llevo toda la mañana buscándola por todas partes y
no la encuentro. Ni en la casa, ni en la playa. La llamo al móvil y no
responde. Ha desaparecido sin despedirse. Me muero de hambre. Me
acerco a la nevera para coger un zumo y veo una nota en un post it de la
que no me he percatado hasta ahora.
«Tu padre necesita el coche con urgencia hoy. He vuelto a casa. Pórtate
bien y cuídate mucho. Mamá».
–Genial, me he quedado sin coche –me digo a mí mismo con sarcasmo–.
¡Genial! ¡Puedo llamar a Matt!
Dudo entre llamarlo o enviarle un mensaje por whatsapp.
Marco su número y, después de tres o cuatro tonos, responde al otro lado
de la línea. Se alegra de que mi madre haya desaparecido y me responde a
todo que sí. Podría pedirle que se comiera un bocadillo de arena, que su
respuesta sería sí. Se le nota ilusionado.
4
LAS NARANJAS
Nunca he tenido suerte en el amor. Bueno, quizás «nunca» es una palabra
demasiado drástica, pero es así como me siento. Mientras todos mis
amigos han tenido unas y otras historias de amor y desamor, yo siempre he
pasado desapercibido sin nada trascendental que comentar en las típicas
tardes de cotilleo con Sussan y Anna. He tenido mis pequeños encuentros
y grandes decepciones, como Josh, pero no he llegado a descubrir lo que es
el amor junto a una pareja de esas que, en cuanto la conoces, piensas que
durará para siempre. Nunca he celebrado un aniversario ni el día de San
Valentín. Ni siquiera he pasado una Navidad en pareja. Y no creo que sea
porque no valgo o porque no sirvo. Creo que es simple suerte. Suerte que
nunca ha querido posarse en mi hombro.
Mis padres se conocieron cuando tenían mi edad. Ben trabajaba de
repartidor en el supermercado del barrio, así podía ahorrar dinero y
pagarse la universidad. Mi abuela Rose, la señora más distinguida y
elegante de la ciudad, es viuda desde que mi madre era pequeña, por lo que
se pasó el resto de su vida buscando hombres que sustituyeran a su difunto
marido y le dieran a mi madre esa figura paterna que nunca tuvo. Tanto se
centró en su aventura que descuidó por completo algo tan importante
como criar a su hija –irónicamente, el objetivo principal por el que quería
encontrar un nuevo marido–; por eso, mi madre tuvo que aprender a
arreglárselas sola desde muy joven. Apenas tenía quince años cuando un
día, ensimismada tratando de recordar la lista de todo lo que tenía que
comprar, chocó contra un apuesto joven en la entrada del supermercado,
provocando que se le cayeran las cajas de naranjas que cargaba y, con
ellas, también ella; y detrás el joven.
Y allí quedaron ellos, tirados en el suelo sobre una alfombra de naranjas,
mirándose sin saber qué decir hasta que el joven reaccionó, se incorporó y
la ayudó a ponerse en pie.
–Lo siento –se disculpó mientras le tendía la mano–. No te vi venir.
–¡Qué vergüenza! –respondió ella con la cara roja como un tomate y
bajándose la blusa que se le había subido hasta el ombligo.
–Soy Ben. Trabajo aquí.
–Encantada. Yo me llamo Kate. Y no trabajo aquí –bromeó.
–Jajaja. Eres muy dulce, igual que las naranjas.
–Eres muy amable –le respondió Kate sonrojada–. Bueno, Ben, tengo
que comprar o mi madre se va a preocupar. ¿Te volveré a ver por aquí?
–Cuenta con ello. Ahora que has entrado en mi vida, no te voy a dejar
escapar.
Tres años más tarde, en cuanto mi madre cumplió los dieciocho, se
casaron. Dos años después llegué yo. Y ahora, dieciocho años después,
aquí sigo, esperando encontrar el amor en la puerta de algún supermercado
sobre una alfombra de naranjas.
°°°
Llaman a la puerta y corro a abrir.
–Pequeñín, ¿está tu mami en casa? –pregunta Matt mirando hacia mis
muslos, como si fuera de ese tamaño.
Cierro la puerta y lo dejo fuera. Me río y me quedo esperando un rato
para fastidiarlo.
Vuelvo a abrir. No hay nadie.
–Que sea la última vez que me cierras la puerta en las narices –dice una
voz detrás de mí, al mismo tiempo que dos manos suaves me tapan los
ojos.
–¿Cómo has entrado?
–La puerta de atrás está abierta –responde Matt.
Me doy la vuelta y le regalo una de mis mejores sonrisas. Lo abrazo. Lo
huelo. Me teletransporto a un lugar donde el mundo no gira. Huele a
naranja.
–Me encanta tu colonia.
–Gracias –se ruboriza–. Huele como a mandarina o naranja, ¿verdad?
Me la ha prestado mi primo.
Salimos a la playa y paseamos durante un rato sin decirnos nada.
Miramos el agua que llega hasta la orilla del mar, la arena que pisamos y
se introduce entre los dedos de nuestros pies, la brisa que mueve las hojas
de las palmeras, el sol que brilla para nosotros… Le miro y me sonríe.
Seguimos caminando. Llevo días queriendo estar con él y ahora nos
embriagamos mutuamente y no sabemos qué decir.
Finalmente, rompo el hielo y le pregunto por sus estudios, su vida
escolar y cosas por el estilo, ya que es lo último de lo que hablamos la
noche de la tormenta. Me cuenta que es un chico tímido aunque no lo
parezca últimamente. En el instituto tiene un reducido grupo de amigos –
algunos de los cuales vi el otro día– y no es muy popular.
–No sé qué quiero ser de mayor –me comenta–. Tengo un año para elegir
a qué universidad voy a ir y qué voy a estudiar.
–Tienes suerte –le respondo–. A mí me quedan sólo tres meses para
decidir si quiero o no quiero ir a la universidad que me ha aceptado. Y si
quiero estudiar derecho o no.
–¿No deberías tenerlo claro a estas alturas?
–Debería, pero no.
–Yo tengo que enviar las solicitudes a las universidades que me
interesen en septiembre –continúa contándome–. Así que en cierto modo
estoy como tú. Menos mal que estos meses en la playa me ayudarán a
decidirme.
–Ya tenemos algo en común –le digo–. Yo también vengo a la playa para
aislarme del mundo. La ciudad está bien pero, después de tanto tiempo
allí, uno acaba algo cansado de ese tipo de vida, de la presión familiar, del
mundo en general.
–Ya. Te entiendo. Yo no me quejo de mi vida pero sí que me gustaría
cambiar algunas cosas, sobre todo el modo en el que me ven los demás.
Me juzgan demasiado por lo que soy o por lo que no soy.
–Odio la gente que prejuzga sin saber. Aunque yo a veces lo he hecho,
pero sólo en mis pensamientos. Nunca he criticado ni hablado de nadie sin
conocerlo antes –mentira, lo hice con él el día de la apuesta.
°°°
Las horas van pasando sin que apenas nos demos cuenta. No nos aburrimos
ni un segundo, siento como si jamás pudiera cansarme de oír cosas sobre
él.
–En un colegio, como no juegues al fútbol estás perdido –me cuenta
Matt.
–Es cierto –le respondo mientras juego con unas hormigas que suben por
el muro en el que estamos sentados–. Yo sí juego. Pero mi mejor amigo
Nathan nunca ha jugado, lo odia. Y, mira por donde, él tiene novia a pesar
de lo que se ha dicho de él. Y yo soy el desviado –bromeo–. La gente es
muy cruel a veces.
La tarde va cayendo mientras nos contamos más y más cosas sobre
nuestro pasado, nuestros sentimientos y las experiencias que hemos
vivido. Los minutos pasan volando mientras las palabras surgen entre los
dos. Historias felices, otras tristes, anécdotas, sorpresas y coincidencias en
las vidas de ambos. Tenemos vidas muy diferentes y a la vez coincidimos
en muchas cosas. No parece lógico que, con las vidas que ambos hemos
tenido, hayamos llegado a tener una forma de pensar tan similar.
–Aún no me puedo creer que estuviéramos en el mismo campamento –se
sorprende Matt.
–Tienes razón. No me suenas de nada. Aunque la verdad es que yo
estaba algo ocupado –afirmo contándole mi historia con Josh.
–Yo nunca he estado con un chico. He tenido algunas novias, pero nada
serio. No se pueden tener relaciones serias con catorce o quince años –
algún día le contaré la historia de mis padres–.
Le cuento que yo, antes de conocer a Josh, tuve también algunas novias
en el instituto. No es que me parezcan importantes pero igual viene a
cuento que sepa que tuve un proceso hasta ser quién soy a día de hoy.
–Con ellas no llegué a sentir nada. No sé si sería por la edad o porque
realmente no había nada que sentir. Mientras que con Josh fue todo
distinto. Nunca había hablado de esto con nadie.
–Yo tampoco. Nadie sabe nada de todo esto. No me da vergüenza
contarlo, pero nadie que conozca, excepto tú, se merece saberlo.
–¿Cuándo te diste cuenta? –le pregunto.
–¿De qué? ¿Lo de los chicos? No sé. Todavía no estoy seguro de lo que
soy. Sé que hay algo en los chicos que no encuentro en las chicas. Pero
supongo que empezó hace unos dos años.
–Más o menos como yo entonces. Por cierto, explícame lo de la apuesta
esa.
–Bueno... Te vi cogiendo sol en tu toalla y le dije a una amiga que eras
guapo. Ella le preguntó a los chicos que opinaban de ti y dijeron que eras
una marica de playa, mientras que las chicas decían que no, que eras
demasiado guapo para ser gay. Cosa que es cierta –añade poniéndose
rojo–. Así que me retaron para que fuera a preguntarte si lo eras o no.
–Pero te echaste atrás.
–Sí. Una vez que te tuve delante, sentí algo –¿algo?–. No me preguntes
qué. Pensé que estaba cometiendo un error y que podía perder la
oportunidad de conocerte si pensabas que era un niñato. Así que decidí
improvisar, pero luego me entró miedo. Cuando volví a la arena les conté
que me habías dicho que sí lo eras.
Es bueno tener, por fin, todas las piezas del rompecabezas y poder
completar en mi mente la historia de cómo y por qué apareció Matt en mi
vida.
°°°
Empieza a refrescar y es hora de volver a casa. Los grillos empiezan a
cantar y, nuevamente, las estrellas empiezan a surgir lentamente en el
firmamento. Caminamos por el paseo y recuerdo cuando, hace algunas
noches, yo mismo hacía este recorrido deseando poder hacerlo con alguien
a mi lado, que me quisiera y me amara, como en las películas. Espero que
Matt sea esa persona algún día.
Llegamos a casa y nos sentamos en el porche.
–Mira, aquí nos conocimos –recuerda Matt.
–Y la parte del agua te la saltas, ¿no?
–En el agua hablamos, aquí nos conocimos –diferencia Matt–. No supe
tu nombre hasta que estuvimos aquí.
–Cierto.
Permanecemos sentados, mirando el horizonte, viendo el atardecer, sin
decir nada más. El sol desaparece detrás del mar y el cielo se torna naranja
y rojizo. Va oscureciendo lentamente. Apoyados uno contra el otro
observábamos la escena en silencio. Disfrutamos del momento como si
nunca se fuese a volver a repetir. Con cuidado y lentamente, muevo mi
brazo y rodeo suavemente la cintura de Matt. Él descruza sus brazos y
coge mi mano, que aparece por su lado derecho. Me la aprieta con fuerza y
ternura, lo miro a los ojos y le sonrío. Me siento vivo.
De vuelta en casa, Matt ve los libros de cocina que compré y me
propone preparar algo juntos. No tiene mano para la cocina pero puede ser
divertido. Optamos por una tarta de limón con nueces que, en la foto, tiene
buena pinta. Ponemos música para animar el ambiente y abro un par de
cervezas.
–No le digas a tu madre que te he dado alcohol –bromeo.
El intento de repostería termina con una guerra de comida, una
desastrosa tarta en la nevera y dos niños con necesidad de una ducha
urgente. Dejo que Matt se duche primero. Coge una mochila que no sabía
que había traído y se dispone a subir las escaleras para ir al baño de arriba.
–¡Venías preparado! –le recrimino sorprendido.
–Nunca se sabe –responde Matt con sonrisa picarona, mientras coge algo
de ropa y deja la mochila en el suelo junto al sofá.
Meto unas pizzas en el horno y, mientras ordeno un poco el desastre,
encuentro la bolsa con el peluche del lazo rojo. Pongo en duda la idea de
dárselo hoy y decido esperar a otro momento más oportuno.
Durante la cena, Matt me propone pasar el día de mañana en la playa.
Después de todo, aún no hemos tenido un verdadero día de playa juntos y
se supone que el verano es para eso.
–Quédate a dormir –le propongo–. No vale la pena que te gastes dinero
en el bus dos veces sólo para dormir en tu apartamento.
–Como quieras –accede Matt, mientras saco “sus sábanas” del armario y
le preparo el sofá.
Me despido y subo a mi habitación. Me cambio y me acuesto.
No puedo dormir. Esta vez por falta de sueño. Me acerco a la ventana y
me quedo mirando a la nada. Pensando en nada. Sintiendo nada. O tal vez
en verdad siento tantas cosas que no puedo concentrarme en ninguna. De
nada me ha servido resistirme, al final he caído. Sin darme cuenta, algo ha
surgido y ya es tarde para detenerlo. No quiero detenerlo. Es posible que lo
pase mal, que no lleve a nada. Pero también es muy probable que esta
historia me haga feliz. Las cosas ocurren por algo, eso dicen. Y yo no
pienso ser tan tonto y, quizás, irresponsable de ponerle freno a algo que
puede convertirse en el resto de mi vida.
–¿Te gusta la noche? –me sobresalta Matt tras de mí.
Me doy la vuelta con el corazón a mil por hora y lo veo sentado en mi
cama. Su espalda apoyada en la pared, las rodillas contra el pecho y su
carita mirándome con dulzura. Parece que mi perrito abandonado se ha
colado entre mis sábanas buscando refugio.
–A mí me encanta –continúa diciéndome–. Muchas veces me paso la
noche en vela mirando el cielo y pidiendo deseos a todas las estrellas
fugaces que veo. Lástima que nunca se cumplan. Bueno… –duda–. Casi
nunca.
Sonrío sin decir una palabra y vuelvo a dirigir mi vista hacia el cielo
estrellado. Inconscientemente busco una estrella fugaz para pedirle que
esta noche no termine nunca.
–¿Cómo fue? –me pregunta.
–¿A qué te refieres?
–Lo de ese chico, Josh. El del campamento.
–Eso es una historia muy larga –respondo intentando evitar pasar por
eso.
–No tengo prisa –insiste Matt mientras da unas palmadas en la cama
para que me siente a su lado.
Cojo una almohada, la apoyo en la pared y me siento a su lado.
–Un día, en uno de los juegos nos emparejaron sin darnos la posibilidad
de elegir. No sé si lo recuerdas –añado acordándome de que Matt también
estuvo en ese campamento. Asiente–. A mí me tocó con Josh. Al principio
ni siquiera le presté atención. No lo estaba pasando bien pero, a medida
que avanzaba el juego, fuimos hablando un poco más. Él tuvo claro desde
el principio que yo era cómo él. Gay. O por lo menos eso quería creer. Y,
por más que yo intenté disimularlo, cada vez me costaba más hacerme de
rogar y fingir que era lo que no era. Incluso un par de veces me pilló
mirándole de una forma que demostraba una evidente atracción hacia él.
O, como poco, curiosidad.
–Y una cosa llevó a la otra y...
–¡Que va! No fue tan rápido –le aclaro–. Los tres primeros días no le
hice caso, aun sabiendo que él quería algo conmigo. Pero al final, cada vez
que organizaban algo, íbamos juntos. Fuimos de caminata, hicimos más
juegos emparejados e incluso él intentó cambiarle su cama a mi amigo
Danny para estar en la misma cabaña que yo. No lo consiguió.
Hablamos sobre los días que pasamos allí. Nos contamos anécdotas y
desviamos el tema. Recordamos cómo por las noches solíamos salir a
explorar el monte y en menos de veinte minutos estábamos todos de vuelta
muertos de miedo.
–Así que los ruidos que oía por las noches eran culpa de vuestras
escapadas –recuerda Matt–. Pues que sepas que, por tu culpa, pasé varias
noches en vela.
Me río mientras le hago una pequeña caricia en la rodilla con la palma
de mi mano y reconduzco la historia de vuelta a Josh.
–Un día me convenció para que fuéramos al lago a la hora de comer,
cuando todos estaban descansando en el campamento. Después de un tira y
afloja un tanto absurdo, me reconoció que yo le gustaba.
–¿Y que le dijiste? –pregunta Matt intrigado.
–No lo recuerdo exactamente, pero sé que me bloqueé y le di largas.
Matt hace una mueca burlona y me cuenta que él, en su lugar, hubiera
seguido su instinto y le hubiera enseñado a ese chico lo que era un beso de
verdad. Me río mientras Matt continua su pequeña historia inventada sobre
lo que debería haber hecho. Sin apenas darme cuenta, sumergido en su
cuento para adolescentes, le he puesto la mano tras la nuca y le acaricio el
cabello.
–Las cosas no son tan fáciles como parecen, pequeño –le digo–. Pero no
quedó ahí la cosa –continúo–. Por la tarde hablamos muy poco. Josh creía
que había hecho algo malo o que me había enfadado con él. Por la noche,
cuando todos dormían, fui a buscarlo a su cabaña, lo desperté y le dije que
me siguiera.
La cara de Matt es un poema. Se muerde el labio inferior y hace
movimientos con los ojos indicándome que siga, que le cuente más y más.
–Salimos a las afueras del campamento y nos sentamos en una roca. Le
dije que no se preocupara, que no me había molestado lo que me había
dicho. Fue cuando me abrazó, me resbalé, se resbaló, y acabamos
tumbados en el suelo.
Me detengo intentando no emocionarme demasiado. Después de todo, no
quiero que Matt piense que estoy enamorado de Josh. No quiero que, por
contarle mi historia del campamento, él pierda el interés en mí. No ahora
que me he tirado a la piscina y estoy disfrutando al cien por cien.
–Me besó.
Matt sigue en silencio. Como un niño asombrado mira a su abuelo que le
cuenta historias de cuando era joven e iba a la guerra a luchar.
–Al principio no hice nada. Ni me aparté, ni le seguí la corriente. Me
quedé ahí, con sus labios besando los míos. Me fui dando cuenta de que
estaba perdiendo una buena oportunidad de aclarar mis sentimientos, así
que me dejé llevar y le besé también.
–¿Y qué sentiste? –me pregunta Matt, cada vez más intrigado.
–Me gustó. Me gustó mucho.
Matt vuelve a quedarse en silencio, su rostro empieza a cambiar y
adquiere cierto aire de nostalgia o tristeza. Me pregunto si es por mi culpa
o si es por la pena de no haber vivido nunca algo parecido. Decido que ya
hemos tenido demasiado Josh esta noche y termino mi historia.
–El último día de campamento, nos fuimos al bosque y nos abrazamos.
Nos prometimos que nunca nos quitarían esos días y que los
recordaríamos siempre. Y lo he cumplido.
–¿Estás enamorado? –la pregunta que más temía que me preguntara.
–No. Ha pasado el tiempo y no estuvimos juntos lo suficiente como para
llegar a sentir amor. Lo pasé mal cuando nos separamos pero, viéndolo
ahora con la perspectiva del tiempo, puedo afirmar que no estaba, ni estoy,
enamorado.
Matt me abraza. Se me escapan un par de lágrimas que no sé de dónde
vienen ni qué las ha provocado. Me las seco antes de que pueda darse
cuenta. Lo miro a los ojos, le doy un beso en la mejilla, le sonrío y me
echo a dormir dándole la espalda. Matt se levanta de la cama lentamente y
sale de la habitación.
–Quédate aquí –le susurro, para que se quede a dormir en mi cama.
–¿Qué?
Me arrepiento. ¿Demasiado pronto?
–Que te quedes. Cuando me despierte quiero verte abajo. No te marches
como el otro día.
Me quedo en silencio sin saber si se ha ido o no. No escucho nada.
–Ryan.
–¿Sí? –respondo sin volverme hacia él.
–Yo no soy Josh.
–¿A qué te refieres? –pregunto mientras me giro para mirarle a la cara.
–A que yo no voy a dejarte escapar.
5
LA VELA
Preparo tostadas con mermelada, croissants rellenos de chocolate, galletas,
cereales y zumo. Matt sigue durmiendo en el sofá. Debe de estar cómodo
porque no se ha despertado con ninguno de los ruidos que he hecho a
propósito en la cocina. Me acerco con el desayuno en una bandeja, que
deposito en la mesita que hay junto a él, y lo despierto lentamente
acariciándole el pelo y la cara.
Desayunamos juntos y me agradece lo amable que estoy siendo con él
estos días. El cielo está totalmente despejado, el mar en calma y la playa
aún vacía. Mientras recojo los restos del desayuno, Matt ve dibujos
animados.
–¿No cierras la puerta con llave? –me pregunta Matt mientras salimos
en dirección a la playa.
–¿Para qué? No vamos a irnos lejos, podré controlar que nadie entra.
Extendemos nuestras toallas en mi lugar habitual y nos disponemos a
pasar nuestro primer día de playa oficial.
–¡Ni se te ocurra! –me suplica.
–¿El qué? –pregunto, haciéndome el despistado mientras hago un amago
de salpicarle con el pie.
–¡Ni se te ocurra! –repite.
Sin dejarle terminar de hablar, ni reaccionar, doy una fuerte patada al
agua, salpicándole todo el cuerpo. Repito la acción un par de veces
mientras Matt permanece inmóvil, aguantando el frío del agua como
puede, sin decir nada, mirándome con cara amenazante. Ahora que ya está
empapado, empieza a correr tras de mí. Huyo. Me persigue. Corre más
rápido que yo y me alcanza. Me agarra por la cintura e intenta tirarme al
agua, pero es él el que cae y termina de mojarse por completo. Río y nado
huyendo de él, adentrándome en el mar.
–¡Ven a buscarme si te atreves! –le grito.
Matt empieza a nadar hacia a mí, amenazándome con que es buen
nadador y me pillará tarde o temprano. Sigo alejándome evitando que me
alcance. Miro hacia abajo y se entrecortan mis risas. He nadado demasiado
y ya no hay arena bajo mis pies, sólo rocas. Odio el fondo del mar. Nado
en dirección a la orilla hasta volver a donde hay arena y dejo que Matt me
alcance. Nos salpicamos e intentamos hundirnos como si fuéramos dos
niños de ocho años.
El calor es insoportable, así que nos quedamos sentados en la orilla,
dejando que las olas sacudan nuestros pies una y otra vez.
A mi espalda, aparecen dos de los amigos de Matt. Se acercan y le
preguntan qué hace aquí conmigo. Me incomodo. Supongo que estarán
sorprendidos de ver a su supuestamente heterosexual amigo con una
marica de playa como yo. Matt les responde que estamos cogiendo
conchas y caracolas para hacer collares y nos echamos a reír.
–¿Y tú de que te ríes? –me pregunta uno de los chicos, con actitud
amenazante.
–De dos rubias tontas que pretenden joderme el día –le respondo.
El chico se pone hecho una furia. Obviamente se ha dado por aludido,
pese a no ser una rubia tonta.
–¿Tú qué te crees? –dice acercándose a mi cara–. ¿Te crees que me da
miedo un marica como tú?
Matt intenta interponerse, pero lo detengo con mi mano.
–Mira… rubita. No tengo por qué aguantar tus boberías. Date un baño a
ver si te pica una medusa y déjame tranquilo –termino, volviendo mi cara
hacia el horizonte para ignorar su posible respuesta.
–Matt, ¿éste no es el del otro día? –pregunta el otro chico–. ¿Eres amigo
de este tío?
–Sí –responde Matt de forma tajante.
Sigo escuchando como el primer chico murmura y lanza insultos a mi
espalda, hasta que finalmente me harto y me levanto dándome la vuelta.
Lo único que veo son cinco dedos en forma de puño que se acercan a mi
cara. Trato de esquivarlo pero me alcanza en la mandíbula. Pierdo el
equilibrio y me tambaleo. Lo miro. Me toco el labio para comprobar si
sangro. Negativo. Duele. Lo vuelvo a mirar y esbozo una pequeña sonrisa
irónica.
–No voy a rebajarme a tu altura, niñato –le digo a mi agresor, mientras
su amigo lo agarra para que no continúe la pelea–. Me han enseñado que a
los niños no se les pega.
Agarro por el brazo a Matt –que sigue discutiendo con su amigo– y me
lo llevo a empujones.
–¡No me esperaba esto de ti, Matt! –grita su amigo mientras nos
marchamos.
–¡Es verdad! –grita mi agresor–. ¡Vete con tu mujercita! ¡Ya no te
queremos con nosotros!
Llegamos a casa, entro, le doy un puñetazo lleno de rabia a la mesa del
comedor y me encierro en el baño refunfuñando entre dientes.
Matt sigue fuera. Oigo como camina de un lado para otro cerca de la
puerta. Llevo aquí encerrado cerca de diez minutos y no me apetece salir.
No quiero que me vea así. Se supone que yo soy fuerte, el mayor, el que lo
tiene todo bajo control, el que cuida de él. Me miro en el espejo y veo
como me caen las lágrimas por la cara sin apenas esfuerzo. Tengo el labio
hinchado y me escuece. No entiendo como puede haber gente tan estúpida
en el mundo. Siento pena por Matt, después de todo son sus amigos. Eran
sus amigos. Y va a tener que verlos a diario el curso que viene en el
instituto.
Llama a la puerta. No respondo.
Vuelve a llamar.
–¿Estás bien? –pregunta.
Sigo en silencio sin poder contener las lágrimas.
–¡Ryan! –me grita–. ¿Estás bien?
–Sí –respondo–. Vete, no quiero que me veas así.
–No seas tonto. Sal de ahí –insiste.
–Te lo digo en serio. Me da vergüenza. ¡Vete!
Tras un par de minutos en silencio, oigo la cremallera de su mochila y
sus pasos en dirección a la puerta principal.
–¡Matt! –grito, entreabriendo la puerta del baño.
–¿Qué? –contesta justo antes de cerrar la puerta tras de sí.
–Esta noche. A las diez.
–Esta noche, ¿qué? –pregunta desconcertado.
–Ven a las diez de la noche.
Oigo la puerta cerrarse. ¿Eso es un sí o un no? Me calmo, seco mis
lágrimas y voy a buscar hielo al congelador. Lo pongo en un paño y me lo
aplico en el labio.
°°°
Termino de comer, me visto y salgo a dar un paseo. Me obsesiono con las
caras de la gente que encuentro a mi paso, intentando distinguir a los
amigos de Matt. Lo último que necesito ahora es encontrarme con ellos
estando solo.
Llego caminando hasta el centro comercial y deambulo mirando tiendas
sin fijarme en nada. Me compro otro bañador, ya que sólo tengo uno, dos
camisetas, unos pantalones cortos y unos vaqueros. Me detengo en una
tienda de velas y jabones. Compro algunas velas de olor a naranja. Seguro
que a Matt le gustan.
El camino de vuelta se me hace pesado y estoy cansado de cargar bolsas.
Maldita la hora en la que mi madre se llevó el coche. Llego a casa, suelto
las bolsas, me pongo mi bañador nuevo y salgo a la playa a estrenarlo.
Paso el resto de la tarde en el agua y sentado en la orilla, haciendo lo
mismo que hice antes con Matt, pero solo. Cuando la tarde empieza a caer
y el sol pierde sus fuerzas, vuelvo a casa. Tengo mucho que hacer.
Subo al desván y busco la mesa de plástico plegable que usan mis padres
cuando quieren cenar en el porche. Encuentro un balón de playa pinchado,
una caja llena de bañadores de mi padre, dos botes de crema vacíos, las
raquetas de ping-pong,otra caja con trapos de cocina, tres pelotas de tenis,
la televisión vieja del salón –cuya pantalla explotó, literalmente, hace
cuatro años por culpa de un rayo que, además, dejó sin luz a todo el pueblo
durante horas. Me pregunto qué hace aquí arriba–, una caja con libros, otra
pelota de tenis, dos linternas sin pilas, mi colección de cromos de béisbol,
una maleta de viaje raída, una colchoneta con forma de pie, más pelotas de
tenis –pero, ¿quién juega al tenis en esta casa?–, tres sillas de plástico –
perfecto, pero sin mesa no me sirven–, una cucaracha muerta, una caja con
productos de limpieza y, por fin, detrás de las tablas de surf de mi tío
Robert, encuentro la dichosa mesa. Y por suerte no está rota.
Bajo la mesa, dos sillas y las raquetas de ping-pong, que nunca se sabe.
Caigo en la cuenta de que no hay pelotas de ping-pong. Vuelvo a subir las
raquetas al desván. Mi gozo en un pozo.
Cojo mi libro de recetas y busco alguna que no sea complicada. Algo
que pueda hacer sin tener que volver al pueblo a comprar. Me paso dos
horas en la cocina. Calderos por aquí, ingredientes por allá. El horno a la
máxima potencia, la nevera que se abre y se cierra sin parar, restos de
comida por el suelo y, sobre todo, mucho amor, que es como dicen las
madres que se cocina mejor.
Finalmente dejo la carne en el horno para que se mantenga caliente. De
postre podemos comernos la tarta que hicimos anoche, si a eso se le puede
llamar tarta, que aún no la hemos probado. Caigo en la cuenta de que no he
confirmado que Matt vaya a venir. ¿Y si tanto esfuerzo no sirve para nada?
Limpio la cocina y me voy directo a la ducha. Me asusto. No me
acordaba del hinchazón del labio. Doy pena. Me quito la ropa y me ducho.
Echo en falta mi baño de la ciudad, dónde tengo el equipo de música cerca
y me ameniza todas las mañanas. Canto.
No he cogido ropa. Salgo de la ducha con la toalla enrollada en la
cintura y busco en el armario algo que ponerme. Esta noche quiero estar
guapo. Elijo mis vaqueros preferidos, una de las camisetas nuevas, y
zapatos. Ya con los vaqueros puestos, vuelvo a bajar y termino de
prepararlo todo. Despliego la mesa y la coloco en el porche, con las dos
sillas a cada lado. Le pongo el mejor mantel que encuentro, los cubiertos,
servilletas, copas y en el centro la vela que he comprado antes. Vuelvo a
subir y me termino de vestir.
Busco entre mis discos alguno que sea relajado y acompañe la velada.
Escojo uno de Sade y lo dejo al lado del equipo de música. Subo al baño,
me pongo colonia y me miro en el espejo.
–Hoy toca peinarse, Ryan –me digo en voz alta.
Cojo un frasco de gomina, me la extiendo por las manos y luego por el
cabello. Tardo un poco hasta que consigo el efecto que quiero. Utilizo el
secador de pelo para culminar mi obra y que no se mueva en toda la noche.
Son las diez en punto. Estoy nervioso, sentado en la escalera del porche.
Es la primera vez que quedamos a una hora en concreto así que podré
comprobar si Matt es una persona puntual o no, si se digna a venir.
Diez minutos más tarde veo a Matt aparecer por un lateral de la casa.
Lleva puestos unos vaqueros oscuros, una camisa de botones blanca,
zapatos y engominado igual que yo. Es como si alguien le hubiera contado
que le estaba preparando algo especial.
–Llevo más de cinco minutos tocando el timbre en la otra puerta –se
queja.
–Lo siento –me disculpo–. Llevo aquí fuera un rato y no lo escuché.
Matt se sienta a mi lado y se fija en mi labio hinchado. Me lo acaricia
con suavidad y se disculpa.
–Qué guapo te has puesto –me dice.
–Lo mismo digo.
–Gracias. Lo mío tiene más mérito –responde–. Fue difícil prepararme
sin que me vieran mis tíos.
Le miro extrañado.
–Me castigaron. –reconoce mirando al suelo avergonzado–. Me soltaron
un sermón sobre no dormir en casa sin avisar y no me dejaron salir. Pero
aquí estoy.
–¡Estas loco! –exclamo mientras me llevo la mano a la frente–. Y eso
me gusta. Más te vale que no te pillen.
Le pido que no se mueva y voy en busca de la comida. La llevo a la
mesa junto con una botella de agua.
–Hubiera puesto vino, pero no me gusta –me disculpo–. Y no iba a
comprar una botella entera para ti que no quiero que acabes durmiendo en
el porche del vecino –le digo sonriendo.
Nos sentamos. Enciendo la vela y empezamos a cenar. La carne está un
poco seca y las verduras algo quemadas, pero aparte de eso se puede
comer. Al principio Matt es bastante educado, pero termina la cena
haciendo todo tipo de burlas sobre la comida.
–¿Se lo has dicho a alguien? –pregunto.
–¿El qué?
–Que nos conocemos –respondo, terminando de beber el agua que queda
en mi copa.
–No. Sólo lo sabemos tú y yo. Bueno… Y los dos gilipollas de antes. ¿Y
tú?
–A nadie. Pero no me preocuparía decirlo si hiciera falta.
–No creo que haga falta de momento –añade Matt mientras hace
movimientos con las manos para atraer el calor de la vela y comprobar su
olor–. Esta vela huele como yo, no?
–¿No crees que merezca la pena, Matt?
–¿El qué? –pregunta, aunque estoy seguro de que sabe a lo que me
refiero.
–Nosotros. Que la gente lo sepa.
–No es eso. Sólo que nos acabamos de conocer. Aún quedan dos meses
de verano y no sabemos lo que ocurrirá entre nosotros.
–Tienes razón –le digo, bajando la mirada y rozando su mano.
Terminamos de cenar bajo la luz de la luna y al calor de la vela,
mirándonos a los ojos de cuando en cuando con miradas cómplices.
Recojo los platos y regreso con el postre.
–¡Sorpresa! –le digo mientras le pongo la tarta bajo la vista–. ¿Te suena?
–¡Anda! –dice sorprendido–. Esa no es... –se ríe–. ¡Qué bien!
¡Moriremos esta noche intoxicados!
Nos servimos un trozo cada uno y bromeamos a ver quién la prueba
primero. Como Cleopatra, necesitamos un catador oficial que pruebe
nuestro experimento para ver si es peligroso o no. Me adelanto y me llevo
un pedazo a la boca. Está más buena de lo que esperaba. Algo pastosa,
pero comestible. Repetimos un par de veces y, antes de terminar, Matt
llena su dedo de crema y me lo pasa por la cara mientras se ríe. Me
levanto de la mesa, fingiendo estar molesto y me llevo los platos del
postre.
Veo como Matt se queda en su sitio, quizás decepcionado por mi falta de
humor. Echo todos los restos de tarta en el mismo plato y me acerco
sigilosamente por detrás.
–¡Matt! –grito.
Al mismo tiempo que Matt mira hacia detrás, le estampo el plato de
tarta en la cara, procurando que quede lo más manchada posible. Matt se
levanta, se limpia toda la cara con la misma mano y sale corriendo tras de
mí. Corro como un loco por la arena. Me quito los zapatos. Se los tiro uno
a uno. Sigo corriendo y cada vez está más cerca.
Finalmente me coge. O me dejo coger, pensando en lo que puede ocurrir
si lo consigue. Matt llega hasta mí. Me arrodillo pidiendo clemencia. Me
tira en la arena y empieza a restregarme los restos de la tarta que tiene en
la mano por la cara hasta convertirme en un payaso desfigurado.
Nos quedamos tumbados intentando recobrar el aliento y riendo. Me
quito los calcetines y me pongo en pie.
–¿Qué haces? –me pregunta.
Me quito la camiseta nueva y empiezo a desabrocharme el pantalón.
–¡Venga! ¿No te atreves? –le pregunto a Matt con tono desafiante–.
¡Vamos al agua!
Me quito los vaqueros y salgo corriendo hacia el mar. Prefiero meterme
de golpe para no sentir el frío. Doy un par de zancadas y me tiro de cabeza.
Me va a dar un corte de digestión.
Matt me mira desde la orilla con pocas ganas de meterse en el agua.
Vuelvo a insistirle, vociferando que se meta conmigo, que está caliente –
mentira– y se está a gusto –doble mentira–.
–¡Deja de gritar o vendrá la policía! –me grita desde la arena–. ¡Que el
otro día nos echaron a mis amigos y a mí!
–¡Ya lo sé! –le informo, recordando que lo vi desde mi ventana–. Si
vienes... –le sugiero a Matt dejando la incógnita en el aire.
–Si voy, ¿qué?
Me quedo callado durante unos segundos. No quiero pensar, quiero
actuar.
–¡Si vienes, te ganas un beso!
Parece que mi oferta es de su agrado porque se quita la camisa, los
pantalones y se acerca a la orilla de forma tímida. Prueba el agua con los
pies y vuelve hacia atrás. Parece que duda. Se aleja cada vez más. ¿No le
gusta mi propuesta? Vaya corte. Sigue alejándose y, de pronto, echa a
correr hacia el agua. Llega nadando hasta donde estoy yo. No mentía
cuando decía que era buen nadador.
–Menos mal que te decidiste a entrar –le susurro–, porque me estoy
helando.
–Yo estaba helado desde que toque el agua con el dedo gordo del pie.
Nos quedamos en silencio, temblando en las frías aguas, mirándonos
fijamente con la luz de la luna reflejada en nuestras pupilas. Bajo el agua
nos cogemos de la mano. Miles de pensamientos pasan a toda velocidad
por mi mente. A nuestro alrededor sólo hay agua. Estamos los dos solos,
fundidos con la oscuridad del mar.
Quiero besarlo. Es evidente que los dos queremos que pase. No sé por
qué ninguno se atreve a dar el paso. Es sólo un beso. ¿Qué tiene de malo?
Me paso la mano por la cara para quitarme algunas gotas que me nublan la
vista. Lentamente nos acercamos. Noto como sus manos se deslizan por
mi brazo y se aferran a mi cintura, como si estuviera al borde de un
precipicio y tuviera miedo de caer. No consigo fijar la vista en ningún
punto. Mis ojos viajan desde los suyos hasta sus labios, de sus labios a sus
ojos y vuelta a empezar. Tiemblo. Él también.
Justo cuando mis labios empiezan a rozar los suyos, el mundo se detiene
y, antes de cerrar los ojos para fundirnos en el más romántico de los besos,
veo una luz incandescente que proviene de la playa, miro a mi derecha y
veo como la mesa se está prendiendo fuego. Salgo corriendo del agua e
intento coger un poco con las manos. Cuando llego al porche, con las
manos vacías, veo como lo que quedaba de la vela se ha volcado y ha
quemado el mantel. Rápidamente lo agarro y lo arrastro hasta la arena,
apago el fuego y me siento angustiado.
–¡Por poco! –exclama Matt mientras llega corriendo.
Cierto. Por poco se quema el porche. Por poco se quema la casa. Y por
poco nos besamos. Nos tumbamos en la arena, cogidos de la mano, y
observamos el cielo en silencio.
Abro los ojos y siento un picor horrible en el cuello y por la espalda.
Estoy tumbado en la arena y Matt duerme con su cabeza apoyada en mi
pecho mientras lo rodeo con mis brazos. Los restos del mantel quemado
están casi enterrados en la arena y una pareja, que pasea por la playa, no
nos quita ojo de encima. Está amaneciendo y será mejor despertarlo. Le
acaricio el pelo y el cuello, llamándolo suavemente.
Matt se despierta, me mira y sonríe. Vuelve a acurrucarse y cierra de
nuevo los ojos. En cuestión de segundos, vuelve a abrirlos de golpe, se
levanta bruscamente y empieza a ponerse nervioso.
–¡Me matan! ¡Me matan! ¡Me matan! –grita mientras sacude las manos
y se tapa la boca para que no se escuchen sus lamentos–. Si se enteran de
que he salido, ¡mis tíos me matan!
–Aún es temprano –trato de calmarlo–. Seguro que siguen dormidos.
Matt sigue dando vueltas cada vez más angustiado.
–Vamos –le digo mientras me levanto–. Te acompaño a coger el bus.
6
LA FERIA
Llegó la noche de la verbena. Hace dos semanas que no veo a Matt. Por lo
visto sus tíos lo pillaron cuando regresó a casa la noche del mantel
chamuscado y lo volvieron a castigar, más severamente, vigilándolo
veinticuatro horas. ¡Ni que fuera un niño! Con motivo de la fiesta de esta
noche, le han permitido salir, pero tuvo que inventarse que lo haría con sus
amigos del instituto, ya que a mí no me conocen y la respuesta sería un
«no» rotundo.
Nunca entenderé la manía que tienen algunos padres, o simples
familiares en este caso, de tratar a sus hijos en función de la edad que
tienen y no de la madurez –o falta de ella– que demuestran tener. Quizás es
porque, en este caso, la libertad que pueda tener Matt me afecta a mí, pero
yo no considero que con diecisiete años sea un chico del que haya que
estar pendiente. En cambio, los imbéciles de sus amigos sí que merecen
tener a un vigilante de seguridad todo el día a sus espaldas.
Quedamos en el paseo, frente a la pizzería de Fred, y llego bastante
puntual. Según me acerco, descubro que Matt ya ha llegado.
–No quería llegar tarde y creo que me he pasado –me cuenta–. Llevo
unos quince minutos aquí, viendo la vida pasar.
–Pobrecito –me dan ganas de darle un beso en la mejilla, pero me da
vergüenza que nos vean. Le doy la mano y un pequeño abrazo.
Los neones de la feria iluminan la zona y veo cómo la cara de Matt
cambia de colores a medida que me cuenta lo que ha estado haciendo estas
dos semanas. Verde. Me cuenta que ha estado yendo a la playa con sus
primos. Rojo. Que fueron de visita al pueblo de al lado. Azul. Que tuvo
que volver a la ciudad durante dos días porque su tía tuvo que hacer unos
papeleos. Amarillo. Y que me ha echado de menos. Ahora el que está rojo
soy yo.
El escenario donde toca la orquesta lo han ubicado junto al acceso de la
feria y una multitud de señores y señoras mayores bailan sin parar los
mejores éxitos del verano interpretados a ritmo de bachata. La gente
joven, por suerte, rellena cada espacio de la feria. Colas para subirse a
cualquier atracción, colas para comprar perritos calientes, colas para
disparar a los patos, colas para usar los servicios. ¿De dónde ha salido
tanta gente?
Pedimos un par de copas en uno de los bares.
–Dos vodka con limón –pido, mientras Matt intenta disimular su cara de
menor de edad–. No hace falta que pongas cara de machote –le digo–. Yo
sí puedo comprar alcohol.
Se ríe, al tiempo que los músculos de su cara vuelven a su estado
original y se le desinfla el pecho.
Tras dos vueltas en la casa del terror, disparar sin éxito a los patos y
conseguir un vale para dos hamburguesas tras encestar tres pelotas en un
aro minúsculo –¿dónde quedaron los osos de peluche?–, nos sentamos en
un banco a tomarnos otra copa.
–Este año en St. Lucas –el pueblo vecino– no han hecho fiesta –oigo
como dice una mujer que habla por teléfono a mi lado –y está la feria a
reventar. Vente, Claudia, no seas boba que lo pasarás bien. ¡Olvídate de
Richard!
–¡Eso! ¡Ven! –grita Matt acercándose al teléfono de la mujer–. ¡Pasa de
Richard!
La mujer se ríe. Nosotros también.
–Estás loco –le digo–. Vamos a la Wonder Wheel –la noria– a que te dé
un poco el aire, que ya se te están subiendo las dos copas.
–¡Pero si estoy bien! –me regaña.
Hacemos la que parece ser la madre de todas las colas y media hora
después estamos en lo alto de la noria, en el que esta noche es el punto
más alto del mundo.
–La verdad es que…–comienza a decir Matt, al tiempo que nuestra
cabina de un bandazo y la noria se detiene–. ¿Qué ha pasado?
Miro hacia abajo y no veo nada raro.
–Se estará subiendo o bajando alguien –le respondo.
–Pues más vale que no pase nada –se queja–. Odio las alturas.
–¿Qué? –pregunto sorprendido–. Habérmelo dicho, tonto. Y no
hubiéramos subido.
–Quería vivir esto contigo –dice mientras me agarra la mano–. Es muy
romántico, aunque sea típico.
Sonrío.
–¡Desde aquí veo tu mantel quemado! –bromea Matt mientras señala
hacia lo lejos en dirección al otro lado de la playa.
–Ni siquiera se ve mi casa desde aquí, ¡exagerado! –mentira, sí que se
ve–. No conocía esta faceta tuya. ¿Siempre eres así de divertido cuando
bebes?
–No sé –se encoge de hombros y sonríe.
La noria sigue sin moverse. Oficialmente ha pasado algo. Matt sigue
sonriendo como un tonto, echándome miradas escondidas de vez en
cuando para comprobar si lo estoy observando. Tiene razón. Es un cliché,
pero esto es muy romántico. Digno de una película, como prácticamente
todo lo que he vivido con él en estas semanas.
Desde aquí arriba el mundo parece no importar. Todo se ve desde otra
perspectiva. El pueblo brilla como nunca antes lo había visto. La música
techno de la feria se fusiona con la orquesta de la verbena y el bullicio de
la gente, sirenas, alarmas, gritos, risas… Y, casi inaudible, el sonido de las
olas rompiendo en la playa. Típico momento veraniego. Pero este año es
distinto y no sé por qué. Mentira, sí lo sé. Es por culpa del perrito
abandonado que apareció en mi porche. Un perrito al que di cobijo y cuidé
como nadie ha sabido hacerlo. Un perrito que me da la vida.
–Bésame.
–¿Qué? –pregunta Matt, volviendo la vista hacia mí.
–Que me beses –repito, mientras pongo mi mano en su cuello y acerco
su cara a la mía–. Y esta vez se puede venir abajo el mundo, que no voy a
echarme atrás –digo justo antes de que mis labios se junten con los suyos y
nos demos, por fin, nuestro primer beso.
Todo se ha detenido. Ya no oigo la música, ni los gritos, ni las bocinas de
los coches de choque. No siento la brisa con olor a sal. No veo luces, ni
colores. No escucho a los ocupantes de la cabina de arriba haciendo teorías
sobre por qué se ha parado la noria. Sólo siento la piel erizada del cuello
de Matt en mi mano, su cabello entre mis dedos, sus labios rodeando los
míos, su respiración sobre mi mejilla, su mano rodeándome la cintura y
los latidos de mi corazón.
Pum pum.
Pum pum.
Pum pum.
Otro bandazo. La noria se mueve. Vuelvo a oír la música, vuelvo a ver
las luces, vuelvo a sentir el bullicio. Me echo suavemente hacia atrás y
miro a Matt a los ojos.
–Eres lo mejor que me ha pasado en la vida –le digo casi sin pensar.
Caminamos lentamente por la feria sin decir nada. No hemos abierto la
boca desde que nos bajamos de la noria. No ha hecho falta. Llevo un rato
dándole patadas a una manzana caramelizada. Levanto la vista y veo a los
amigos de Matt. Hay cuatro chicos y dos chicas, los mismos que ya había
visto antes, entre ellos el que me dejó el labio hinchado. No nos han visto
aún.
–¿Nos vamos? –le pregunto a Matt.
–¿Por qué?
–Estoy cansado –miento–. Prefiero estar contigo en casa o en la otra
playa.
–Vale. Me gusta ese plan.
No es que huya de ellos pero la noche ha sido especial y no quiero que
me la fastidien. Apenas hemos empezado a cambiar de dirección cuando
sus amigos nos ven y vienen a nuestro encuentro.
–¡Mirad quiénes han venido! –dice el que me pegó.
–¡La pareja del año! –anuncia otro.
Las dos chicas sacan una sonrisa forzada, saludan desde lo lejos a Matt y
se van directas al puesto de perritos calientes.
–John, ¿no tienes otra cosa mejor que hacer? –pregunta Matt.
–No, esto es más divertido –responde mientras mira a los demás en
busca de apoyo y aprobación.
–No sabía que tenías novia –dice uno de los chicos mientras me mira de
arriba abajo.
Matt mira al suelo con cara decepcionada. Yo sigo en silencio. Mirando
a los cuatro uno a uno, sin ninguna intención.
–Vamos, Ryan –dice Matt mientras me agarra de la mano y tira de mí.
–¡Vamos Ryan! –se burla John canturreando cada sílaba–. ¡Que tenemos
muchas cosas de mariquitas que hacer!
Me planto delante de John. Lo miro de los pies a la cabeza mientras me
río forzadamente.
–¿Qué problema tienes? ¿Te gusta Matt y te jode que esté conmigo? –le
pregunto pasando mi brazo por encima del hombro de Matt–. Pues lo
siento, pero tiene buen gusto. ¡Qué le vamos a hacer!
–¿Estás llamando maricón a mi amigo? –pregunta mi agresor mientras
se acerca.
–Ah, espera –le digo–, ¿eres retrasado? No me había dado cuenta –me
río–. ¿Estoy hablando contigo?
–¿Quieres más? –dice mientras levanta el puño.
–Si un labio hinchado es todo lo que puedes hacer –le respondo– mejor
baja la mano, campeón, si no quieres comprobar ahora qué hubiera pasado
si te hubiera devuelto el golpe el otro día.
Matt tira de mí e insiste en que nos vayamos.
–Paso de vosotros –les dice mientras empezamos a alejarnos.
–¿Prefieres a tu novia antes que a tus amigos? –le pregunta John.
–No es mi novio, aunque eso no es asunto tuyo. Y sí, lo prefiero a él.
Vosotros no valéis nada, ¿me oyes? ¡Nada! –le grita Matt pegado a su cara
y dándole un empujón en el hombro, antes de alejarse conmigo.
–¡Eso! Mejor marchaos –grita uno de los chicos–. ¡A mariconear a otra
parte!
Matt se da la vuelta y hace un amago de ir a por él. Lo sujeto por la
camiseta y tiro de él.
–Déjalos –le insisto–. No vale la pena. Por favor. Vámonos.
Llegamos a casa y Matt se echa en el sofá. Cuando me acerco me doy
cuenta de que está llorando. Como si hubiera venido por todo el paseo
conteniéndose y al entrar por la puerta no hubiera podido aguantar más.
–Es injusto –dice sin levantar la cara del cojín–. ¿Oíste lo que dijeron?
¿A qué vino eso?
–La gente es así –le respondo intentando calmarlo–. Bueno, no todos.
Algunos son así –rectifico secándole las lágrimas y acariciándole la
espalda.
–Pero, ¿por qué? No hacemos daño a nadie –solloza y se da la vuelta
quedando tumbado boca arriba.
–El mundo está lleno de gente de toda clase, pequeño. Unos tienen una
mentalidad y otros tienen otra distinta. Hay gente que tiene dos dedos de
frente y sabe razonar. Y hay gente que no.
–Ya –dice Matt quedándose callado unos segundos para respirar–. Pero
no lo veo lógico. No sé cómo lo verás tú, pero creo que hay personas muy
egoístas. Ni son felices, ni dejan que los demás lo seamos. No hacemos
ningún tipo de mal. No es algo anormal, ¿no? ¿Por qué tanta queja? ¿A qué
viene tanto odio?
–Es envidia de que tú seas feliz y ellos no –le abrazo–. Simple y llana
envidia. No se puede cambiar el mundo en dos días, Matt. Y tus amigos
creo que aún van a tardar mucho en hacerlo.
–Esos ya no son mis amigos –me dice Matt–. Ya no existen. Nunca han
existido.
–Mejor. Esa gente no se merece tu amistad. Vales más que ellos. Mucho
más.
Me acerco y le doy un beso en la mejilla. Él gira su cara y consigue
robarme un beso en los labios. Se lo devuelvo y me tumbo a su lado.
–¿Puedo dormir aquí? –me pregunta con voz tímida–. En teoría hoy me
quedaba a dormir en casa de una de mis amigas –añade mientras hace un
gesto con las manos a modo de comillas.
–Claro, pequeño.
°°°
Empieza un día nuevo y, para variar, al mirar a mi lado veo como mi
perrito abandonado duerme acurrucado entre mi cuerpo y su almohada. El
sol me ha despertado, como siempre, pero a él no hay luz natural o
artificial que lo saque de su sueño. Todas las veces que ha dormido aquí
me ha costado lo que no está escrito levantarlo de la cama. Más que un
perrito, creo que debería empezar a contemplar la posibilidad de que sea
un cruce entre marmota y Bella Durmiente. De todos modos, está tan
guapo cuando duerme que me siento culpable y suelo acabar dejando que
duerma hasta el mediodía.
Tal y como le aconsejé hace un par de días, Matt le ha contado a sus tíos
los problemas que ha tenido con sus amigos. Evidentemente, no les ha
dicho la causa de esos problemas –ni falta que le hace–, pero les ha
contado que no le tratan bien, que se han metido con él y creo que se ha
inventado algunas historias un tanto delictivas para hacerlos parecer aun
peor. También les ha hablado de mí, diciéndoles que nos conocemos de un
curso de informática que hicimos en Norwalk –ya, claro...–, que este
verano nos hemos hecho amigos y que yo sí soy buena persona. ¿Lo soy?
El caso es que ahora ya es libre para salir y entrar cuando quiera, incluso
para quedarse a dormir en mi casa siempre que le dé la gana, siempre y
cuando avise con tiempo y sus tíos sepan que está bien. Lo que nos viene
de lujo para poder seguir disfrutando de esto que ha surgido entre nosotros
sin pensar en los horarios, las excusas o las mentiras.
Ayer por la noche cogimos el bus hasta St. Lucas. Fuimos a Lighthouse,
una mezcla entre cervecería, pub y discoteca a la que suele ir bastante
gente joven en verano. En parte por hacer algo diferente fuera de St. Dean
pero, principalmente, por no cruzarnos con los ex amigos de Matt en algún
bareto del pueblo. Nos pidieron identificación al entrar y por poco Matt se
queda fuera, pero logré convencerlos de que sólo bebería refrescos y nada
de alcohol. Sobra decir que sí bebió, con lo que le gusta a este niño una
graduación de más del treinta por ciento.
Allí conocimos a Joana. Una señora que va de moderna y que es
conocida por todos en el local por sus grandes borracheras, sus
espectáculos de karaoke improvisados y sus bailes erótico-vomitivos
encima de la barra. Una friki de los pies a la cabeza, pero muy divertida.
Era de esas personas que por fuera parecen como llegadas de otro planeta,
pero que por dentro son mentes perturbadas por una infancia difícil, un
marido que no les hace caso o la idea de hacerse mayor sin haber
disfrutado de su juventud. Cualquiera que fuera su trauma personal, la
actitud que tenía hacía la vida era cuanto menos curiosa y, como
distracción turística, no tenía nada que envidiarle a los borrachos que
plagan las discotecas de Norwalk. Nos invitó a varias copas, así que lo
mínimo que podíamos hacer era reírle las gracias y hacerle compañía.
Entretenimiento gratis made in St. Lucas.
En un momento de la noche, se empeñó en leernos el futuro según las
líneas de nuestras manos. Aceptamos sin hacernos de rogar y me dijo que
seré un brillante publicista –me mordí la lengua para no decirle que voy a
ser abogado, pues no quise fastidiarle la falsa lectura–, que encontraré al
amor de mi vida antes de que acabe el año y no se qué historia de un nuevo
miembro en la familia por parte de mi hermana –soy hijo único, Joana
dando en el clavo–. A Matt le dijo que viviría una gran decepción que
luego se convertirá en el momento más importante de sus existencia.
Luego puso una cara rara, como de sorpresa y angustia y, tras pedirnos
otras dos copas a cada uno, nos dijo que aprovecháramos nuestra juventud.
Después se fue y no la volvimos a ver. Me dio pena porque me estaba
divirtiendo, pero Matt se alegró de que se fuera porque decía que era una
loca y que, cuanto más caso le hiciéramos, más nos iba a costar
deshacernos de ella. Brindamos a su salud y terminamos de cogernos el
punto sin haber gastado aún nuestro dinero.
Cuando me vengo a dar cuenta, Matt tiene los ojos abiertos y no tiene
muy buen aspecto. Se levanta de un salto y corre hacia el baño. Lo
siguiente que oigo son sus vómitos y, antes de que me provoque el mismo
estado, me tapo los oídos con la almohada esperando y deseando que no lo
haya hecho por fuera del váter.
Media hora después y cuando ya no le queda literalmente ni un sólo
líquido más que expulsar, hacemos repaso por todo lo que comió y bebió
ayer y suponemos que entre los margaritas de Lighthouse al principio y la
hamburguesa que se comió en el camino de vuelta tiene que estar la
respuesta a su estado actual. Mucho me temo que hoy me va a tocar hacer
de enfermero. A ver si mañana amanece mejor, que tenía pensado llevarlo
por sorpresa al parque acuático que hay en Cherry Lawn, a veinte minutos
de St. Lucas en tren. Aunque, pensándolo bien, igual será mejor dejarlo
para la semana que viene, por si acaso.
7
EL ENGAÑO
Llaman a la puerta. Doy vueltas en la cama y soy incapaz de abrir los ojos.
Vuelven a llamar.
–¡Entra! –grito desde mi habitación, intentando que Matt me oiga desde
fuera.
En estos días no hemos hecho gran cosa, como debe ser en verano. Nos
pasamos los días en la playa, las tardes en el porche o dando paseos y las
noches en casa viendo películas y disfrutando de la compañía mutua. Atrás
quedaron los días tensos en los que parecíamos adolescentes que no se han
rozado en su vida. Los besos, abrazos, caricias y muestras de cariño en
general forman parte de nuestro día a día cotidiano y hemos perdido la
timidez. Realmente nunca nos hemos parado a tener una conversación
seria sobre lo que somos o lo que no somos. Creo que, sin haberlo hablado,
los dos sabemos que lo importante ahora es aprovechar el momento y no
ponerle nombre ni etiquetas a lo que está surgiendo.
Vuelven a llamar a la puerta.
En vista de que no me oye o sigue sin tener confianza para usar la llave
que le di hace días, decido levantarme de la cama y bajar a abrir. Igual no
es Matt, sino un vecino, o el cartero, o un turista perdido o…
–¡Nathan! –grito sorprendido.
Me quedo de piedra. Es la última persona que esperaba ver aquí.
–¿No me vas a decir nada? –pregunta.
Me quedo mudo. Mi mente está en blanco. No sé si alegrarme por ver a
mi mejor amigo o asustarme por si a Matt le da por aparecer en este
mismo instante.
–Sí, claro –digo mientras intento recomponer mi cara–. Pasa. ¿Qué
haces aquí?
–¿Qué pregunta es esa? Tú me invitaste, yo vengo.
–Cierto… Pero no has avisado.
–¡Sorpresa! –grita Nathan extendiendo los brazos y volviendo a sonreír.
Tierra, ¡trágame! No, mejor trágatelo a él. Nathan no sabe que Matt
existe. De hecho no tiene ni idea de que pueda haber un Matt en mi vida.
Él cree que, en todo caso, habría una Paula, una Eli o una Julia, pero no un
Matt.
Nathan deja su maleta en el salón y echa un vistazo a la playa desde la
ventana que da al porche. El día está estupendo y no quiere esperar para
disfrutar del sol. Dice que viene para quedarse todo el mes y yo ya
empiezo a buscar excusas para echarlo dentro de tres días.
Subimos a mi habitación y empezamos a deshacer juntos su maleta,
metiendo sus cosas en el armario vacío de la habitación de mis padres.
Mientras guardamos la ropa, reparo en la cámara de fotos que hay sobre
mi escritorio y que está repleta de imágenes con Matt. Me apresuro y la
escondo antes de que se le ocurra ojear las fotos. Bajamos al salón y me
cuenta que ha estado estudiando para recuperar las asignaturas pendientes
y saliendo por ahí con Sussan. Yo le cuento que llevo todo el verano solo,
replanteándome mi vida y mi futuro.
–Un billete para ir al centro –le digo a Jeff –. Gracias.
En vista de que Nathan ha decidido aparecer sin avisar, tengo que
acercarme al supermercado a comprar más comida para estos días. Y lo
peor es que tengo que hacerlo solo. Según almorzamos, se echó a coger sol
en el porche y dijo que no tenía ganas de ir al centro, que fuera yo
mientras él se quedaba vigilando el fuerte.
Me siento en los asientos delanteros –aunque normalmente cuando voy
al centro con Matt nos sentamos atrás– para darle conversación a Jeff –el
conductor del bus–, que es amigo de mi padre desde hace años. Me habla
del buen día que hace hoy y de lo cansado que es hacer su ruta en verano,
con tanto calor. Sólo hay un bus en toda la zona y siempre realiza la misma
ruta que es, básicamente, pasar por mi urbanización, dar un rodeo por el
centro, hacer lo mismo en St. Lucas, donde está la estación central, y
regresar.
Tras hacer la compra, encargo el servicio a domicilio y pago. No estoy
por la labor de volver con todo este cargamento yo solo.
°°°
Abro el grifo de la ducha y, mientras se calienta el agua, me pregunto qué
habrá sido de Matt. Ayer, cuando llegó Nathan, no dio señales en todo el
día. Y hoy tampoco se ha dignado a aparecer. Lo llamo y siempre tiene el
teléfono apagado. Espero que no le haya pasado nada. Ni siquiera sé dónde
queda su apartamento para ir a ver si está bien. Me enjabono la cabeza y
oigo que llaman el timbre.
–¡Nathan! –grito desde arriba–. ¿Puedes abrir? ¡Están llamando!
Acto seguido pienso que puede ser Matt. ¡Mierda! Quiero verlo y que dé
señales de vida, pero no precisamente ahora que no puedo atender la
puerta. Nathan no sube a avisarme así que supongo que no era él, ni nadie
importante. Termino de ducharme, me seco y me visto. Salgo del baño y
bajo al salón. Nathan está en el sofá viendo la televisión.
–¿Quién era?
–Un tal Matt –me responde sin quitar la vista de la televisión.
–¡¿Era Matt?! –pregunto sin evitar emocionarme.
Me relajo para que no sospeche.
–Sí –responde Nathan mientras se levanta–. Vino y se fue. Te dejó un
recado.
–¿Qué dijo? –pregunto intrigado.
–No le entendí muy bien, la verdad –se disculpa–. Dijo algo de no poder
seguir con lo que tenéis entre manos. Supongo que tú lo entenderás aunque
a mí me suena a chino.
–¡¿Cómo?! –pregunto sorprendido.
–Lo que oyes. Creo que sus palabras literales fueron “septiembre está
cerca y no podemos seguir con lo que tenemos entre manos. No vale la
pena”. Después se marchó.
Me derrumbo.
–Ryan, igual sueno a estúpido pero –añade Nathan– ¿vais a matar a
alguien o qué?
–Idiota.
No doy crédito a lo que acabo de oír. No sólo Matt ha decidido romper la
relación entre ambos, sino que además lo ha hecho a través de Nathan,
arriesgándose a que pudiera descubrir algo. Aun sabiendo que nadie sabe
lo nuestro, ni lo mío. Y, lo que es peor, no me lo ha dicho en persona.
Ya hemos hablado de ese tema antes. La llegada del fin del verano y las
pocas oportunidades que tendríamos para vernos pese a vivir en la misma
ciudad. Yo iré a la universidad y estaré poco en casa. Pero aun así me
duele que haya terminado con todo así sin más, sin darme opción a opinar.
No es justo. ¿Por qué me hace esto?
Durante la mañana, Nathan me pregunta por Matt.
–¿No se supone que no tenías amigos aquí?
–Lo conocí el verano pasado. Es hijo de una amiga de mi madre –le
miento–. Y este año es cuando hemos hecho buenas migas.
–¿Y lo del recado que me dio? –insiste Nathan.
–No lo sé. Y la verdad es que tampoco me importa –vuelvo a mentir.
°°°
Los días con Nathan pasan lentos y aburridos. Llevo dos semanas sin ver a
Matt. Lo echo de menos y no dejo de recordar los felices días que pasamos
juntos. He intentado llamarlo por teléfono pero no contesta o lo tiene
apagado, y en el whatsapp hace días que no aparece conectado así que
seguramente me ha bloqueado. No termino de entender qué hice mal o qué
ha pasado para que Matt haya decidido terminar con todo y olvidar que
nos conocemos.
Todos el tiempo lo paso en la playa con Nathan. No hacemos nada
nuevo. En varias ocasiones he intentado convencerlo para ir de excursión o
a cenar al centro, pero está siempre desganado; nunca quiere salir de casa,
a no ser que sea para ir a la playa.
Hoy he conseguido convencerlo para que me acompañe al cine. Llevaba
meses sin ver ninguna película nueva y me pareció buena idea venir. Lo
han inaugurado hace sólo un par de meses y tenía curiosidad por ver cómo
es. Curiosidad que conseguí contagiar a Nathan para sacarlo de casa.
A la salida, nos sentamos en una cafetería a tomar unas cervezas.
Estamos charlando amigablemente cuando, a lo lejos, creo ver a Matt. Sí.
¡Es él! Está con sus tíos y su primo. Siento la necesidad de levantarme e ir
corriendo a hablar con él y que me explique qué pasó, pero con sus tíos de
por medio es muy complicado.
Matt se acerca hacía dónde estoy pero no me ha visto. Sigo hablando con
Nathan, disimulando para que no se note que estoy pendiente de otra cosa,
mientras Matt se acerca cada vez más sin darse cuenta de que estoy aquí.
Si sigue caminando en el mismo sentido acabará pasando justo al lado de
nuestra mesa.
Finalmente me ve y no parece muy ilusionado. No sé si levantarme o
quedarme sentado. Intento hacerle un saludo disimulado y gira la cara. Ha
dejado de mirarme y en su rostro puedo ver cierto enfado. No lo entiendo.
¿Qué he hecho? ¿Tan grave ha sido que no merezco ni una mirada? Vale
que pueda tener sus razones para no querer continuar lo nuestro, pero de
ahí a ignorarme como si fuera un vagabundo… ¡Yo lo acogí cuando él era
mi perrito abandonado!
El camino de vuelta a casa se hace amargo. Se nos ha escapado el último
bus y tenemos que volver caminando, lo que me recuerda la multitud de
paseos nocturnos que he dado con Matt, en especial el primero de todos –
sin él– el día que lo encontré dormido en las escaleras del porche. No me
puedo creer que nuestra historia haya terminado así sin más. Es imposible.
–Tenemos que hablar –le digo a Nathan mientras me siento a su lado y
apago la televisión.
–¿Qué pasa? –me pregunta.
Permanezco un rato en silencio, ordenando ideas y conceptos en mi
cabeza, buscando la mejor forma de decirle lo que quiero decir.
–No sé cómo empezar a decirte esto, así que seré breve.
Nathan se acomoda en el sofá y centra toda su atención en mí.
–El chico que vino hace tres semanas, Matt, no es un amigo. Es… Era
algo más –trago saliva.
Nathan permanece en silencio, mirándome, esperando a que continúe.
–Me gusta –reconozco mientras noto como me tiembla la pierna
derecha–. Durante este último año me he ido dando cuenta de cosas. Mi
vida ha ido cambiando en algunos aspectos y éste es uno de ellos –trato de
explicarle–. Eres mi mejor amigo y debería habértelo dicho antes pero
quería esperar a que llegara el momento idóneo.
–¿A qué te refieres? –me pregunta confuso–. ¿Eres...?
–Sí. Me gustan los chicos, no las chicas. Bueno, a Angelina Jolie aún le
daría un repaso –bromeo–. Espero que no te moleste ni te sientas
incómodo a partir de ahora.
Nathan pone cara de sorpresa. Se queda mudo. Aunque, en el fondo, no
tiene la reacción que esperaba que tuviera. Es como si ya lo supiera, cosa
que dudo.
–No pasa nada, Ryan. Yo estoy aquí para ayudarte.
–Gracias, aunque tampoco necesito ayuda. Lo único que quiero es que
no cambies conmigo –le pido.
–Pero yo te… –empieza a preguntar.
–Que me gusten los chicos no significa que tengas que sentirte
intimidado –le interrumpo– o que tengan que gustarme todos. Antes creías
que era hetero y no pensabas que me gustara Sussan, ¿no? Pues esto es
igual. Eres mi amigo y te veo como tal.
–Entonces guay.
Sonrío y le doy un abrazo. Pensaba que se lo iba a tomar peor y me
alegro de que esté aquí para apoyarme.
–Ven –le digo agarrándolo del brazo–, quiero que veas algo.
Pasamos el resto de la noche viendo las fotos que nos hicimos Matt y yo
mientras le cuento cómo nos conocimos y algunas de las anécdotas que
vivimos el mes pasado.
8
EL OSO DEL LAZO ROJO
Agosto va llegando a su fin y sigo sin saber nada de Matt. Nathan tampoco
ha cambiado mucho, la verdad. Sigue con su actitud de no mover un dedo
y sólo se levanta del sofá para ir a echarse en la arena. Únicamente estuvo
activo el fin de semana pasado, cuando Sussan hizo un hueco en sus
horarios de estudio para venir a vernos.
Volvimos a ir al cine, salimos a cenar e incluso tuvimos una pequeña
fiesta en casa rememorando los viejos tiempos. Fue un fin de semana
genial. Además aprovechamos para contarle a Sussan mi pequeño secreto
y toda la historia de Matt. O eso creía Nathan, ya que Sussan sabe todo
sobre mí, incluso mi historia con Josh en el campamento. Pero no
queríamos que Nathan se sintiera desplazado o se enfadara, así que
trazamos un inocente plan para disimular.
–¿En serio no te molesta? –le pregunté, sabiendo de sobras su respuesta.
–¿Por qué nos iba a molestar? –preguntó mirando hacia Nathan–. Es tu
vida, mi rey, y haces con ella lo que quieras. ¡Qué más da con quién!
Le di un abrazo tan grande que sentí que iba a romperla. Ojalá Nathan
hubiera reaccionado igual cuando se lo conté, no de forma tan fría. Aunque
podría haber sido peor.
–¿En serio has conocido a un chico? –preguntó Sussan muy ilusionada
tras hablarle de Matt–. ¡Qué bien, cariño! Me alegro por ti.
–El problema es que ya no estamos juntos –le conté–. De la noche a la
mañana me dejó y aún no sé por qué.
–Es una pena, Ryan –me consoló Sussan–. Pero ya encontrarás a otro el
año que viene en la universidad. ¡O a otros! No tienes por que centrarte en
uno –bromeó.
Cuando llegó el domingo y Sussan se marchó, las cosas volvieron a ser
como antes. Secas, frías y aburridas. No sé qué le pasa a Nathan, pero su
actitud no es normal. No reconozco a mi mejor amigo.
–¡Nathan! –lo llamo desde mi habitación–. ¿Quieres que hagamos algo?
–¡No me apetece!
–Pero si en un par de días te irás –insisto–. Vamos a aprovechar el
tiempo, ¿no?
Silencio.
Ante la negativa de Nathan, cojo el iPod, me pongo los auriculares y me
siento en el alféizar de la ventana de mi habitación a escuchar música
mientras los minutos se pierden en la oscuridad de la noche, intentando
agotar el día que termina.
Suena ‘Set Fire To The Rain’ de Adele.
Cuando estás triste, no hay nada como Adele para ponerte aún peor.
Llevo sólo cuatro canciones y me siento como una mierda.
Observando al exterior, noto algo raro en el reflejo de la ventana. Hay
alguien detrás de mí. Me doy la vuelta y veo a Matt hecho un manojo de
nervios, temblando y con lágrimas que rebosan en sus ojos como si fueran
una fuente. Está diciéndome algo pero no le oigo.
Pause. Me quito los auriculares.
–¿Qué estás diciendo? No me he enterado de nada.
–¡Que te quiero, joder! –grita Matt dando un golpe sobre la mesa al
darse cuenta de que no lo he estado escuchando–. Que me da igual todo.
Me da igual el mundo. Me da igual la vida. Te quiero y no puedo permitir
que esto quede así.
–Matt... –digo boquiabierto, sin saber continuar.
–¡Me da igual, Ryan! –solloza–. Te repito que me importa una mierda tu
novio, que estará allí abajo oyéndolo todo. Yo sólo quiero decirte lo que
siento y que me digas por qué me has hecho esto. ¡No me lo merezco!
–Espera –le interrumpo–. ¿Mi novio? ¿De qué me estás hablando?
–Nathan –afirma Matt intentando secarse las lágrimas.
–¿Qué dices? –me río–. Nathan es mi mejor amigo. Ya te lo dije. Vino
sin avisar y, como supongo que has podido comprobar, duerme abajo en el
sofá. Si fuese mi novio, ¿no crees que estaría aquí arriba conmigo?
El silencio es atroz y sólo se escucha la televisión del piso de abajo.
–Bueno, sea o no sea tu novio, –continua Matt– me dejó claro que tú
estas bien como estás ahora y que no necesitas a nadie más.
–Nathan no te pudo haber dicho eso –le replico.
–¿Encima me llamas mentiroso?
–Sí. Nathan es mi amigo y no haría semejante cosa.
–¡Vete a la mierda! –me grita mientras da media vuelta para marcharse.
–¡Creía que ya lo había hecho! –le respondo.
Matt me mira con cara deno entender lo que digo.
–No te hagas el loco –le insisto–. Ya me contó Nathan tu visita de hace
un mes para dejarme claro que lo nuestro no tenía futuro y que era mejor
dejarlo todo ahora que lamentarlo después.
Matt sigue con cara de asombro y extrañeza. Por mi parte, empiezo a
atar cabos y lo que estoy descubriendo me está destrozando más de lo que
ya estaba. ¿Nathan me ha mentido?
–Ryan –susurra Matt acercándose a mí–. Yo he hablado con Nathan dos
veces.
–¿Cómo que dos veces? –pregunto alterado, levantando la voz. Matt me
hace un gesto para que la baje.
–Hace un mes vine a verte por la mañana, él me abrió la puerta y me
dijo que no estabas. Al día siguiente volví –continúa–, me hizo algunas
preguntas y acto seguido te llamó “su niño” y me dio a entender que
estabais juntos y que no volviera. ¿Cómo puedes creer que yo...?
–Lo sé. Lo sé –me cuesta reconocerlo–. No me lo puedo creer.
–Y ahora ni siquiera me dejaba subir –terminó por decir Matt–. Me dijo
que estabas durmiendo y yo insistí porque vi tu sombra en la ventana
iluminada. Sabía que estabas despierto.
No sé si llorar o bajar al salón a darle a Nathan la paliza que no le di al
amigo de Matt en la feria. No puede ser que mi mejor amigo me haya
mentido de esta forma. Él no.
–¿Me estás diciendo que tú nunca quisiste separarte de mí? –me
pregunta Matt.
–¿Estás loco? –me acerco y le abrazo–. Eres lo mejor que he tenido
nunca. Estas semanas no he parado de pensar en ti y en todos los
momentos que compartimos. No sé qué ha pasado pero te he tenido dentro
de mi cabeza todo el tiempo.
–Yo sí sé lo que ha pasado –me mira–. Nos hemos enamorado.
°°°
Llevamos un rato abrazados, en silencio, llorando como tontos. Me
acuerdo de Nathan. Corro escaleras abajo y todo está a oscuras. La
televisión apagada. Enciendo las luces del salón.
–¡Fuera! –le grito.
Nathan se despierta, aunque estoy seguro de que finge.
–¡Fuera! –vuelvo a gritar.
Nathan se levanta del sofá y mira hacia el reloj de pared que hay encima
de la televisión. Son casi las dos de la mañana.
–¡Fuera! –le insisto por tercera vez sin importarme la hora.
–Déjame que te explique –me dice Nathan–. Estás equivocado, Ryan. Tú
no eres así.
–¿Así? ¿Cómo?
–Maric… Gay –rectifica–, o como lo llames. Tú estás bien.
–Encima de mentiroso, eres idiota. ¡Fuera! ¡Y ya van cuatro!
–Ryan, escúchame –dice cogiéndome la mano–. Yo te puedo ayudar.
Ahora no te das cuenta, pero algún día verás que tenía razón. Pasa de ese
idiota.
Me río y me libro de sus manos.
–Ese idiota que tú dices ha hecho que pase los mejores días de mi vida.
¡Así que cállate y lárgate!
Nathan agacha la cabeza. Sube la escalera y comienza a hacer su maleta
mientras lo observo desde la puerta de la habitación. Estoy furioso y
dolido. Me está doliendo en el alma lo que está pasando, pero si él no tuvo
remordimientos para hacer lo que hizo y encima llamarme enfermo en mi
cara, yo no los voy a tener por echarlo de mi casa y de mi vida.
Nathan se cambia de ropa, cierra su maleta y lo acompaño a la puerta.
–Algún día te arrepentirás de ésto –me amenaza.
–No, Nathan. Tú lo harás.
Doy un portazo tan fuerte que uno de los cristales que cubren toda la
parte superior de la puerta se rompe en dos y se hace pedazos contra el
suelo. Salta la alarma del coche del vecino. Al darme la vuelta, Matt está
delante mirándome con cara de enamorado orgulloso. Me abraza y me
besa.
Subimos a mi habitación y nos sentamos en la cama. Encima de la mesa,
está el oso de peluche con el lazo rojo. Lo señalo con la mirada.
–Es tuyo –le digo a Matt.
–¿Mío?
–Sí. Lo compré poco después de conocerte, pero no había encontrado el
momento adecuado para dártelo. No quería asustarte y no sabía tus
sentimientos, así que lo guardaba hasta que llegara ese momento.
–Me encanta. Gracias.
Me da un beso en la mejilla. Se levanta y coge la cámara de fotos que
está junto al oso. Todo se ha solucionado, así que no vendrá mal un
pequeño repaso por nuestros mejores momentos. Tenemos mucho tiempo
que recuperar. Vamos viendo las fotos una a una.
–¿Te acuerdas de ésta? –le digo, señalando una foto en la que aparece
Matt apoyado en una farola del paseo–. Lo mejor de todo fue la cucaracha
que se había pasado de la farola a tu hombro sin que te dieras cuenta. ¡Que
pena que no salió en la foto!
Matt se ríe avergonzado mientras me da un codazo.
–¡Mira ésta! –señala–. ¡Tu también hiciste el ridículo, guapo!
En la foto salgo yo, tumbado sin bañador, con la arena tapándome lo
justo. Pasamos horas recordando nuestro especial verano, dándonos todas
las muestras de cariño que nos hemos perdido, besos, abrazos, caricias…
Cuando levanto la vista de su cara, veo como el cielo empieza a aclararse.
Está amaneciendo. Cojo a Matt de la mano y le pido que me siga.
–Hoy es un nuevo día, ¿no?
–Sí. Supongo que sí –responde.
–Para mí, hoy comienza un nuevo verano. Ahora ya sabemos lo que hay
entre nosotros.
Salimos al porche y nos sentamos en las escaleras.
–Al comienzo de cada verano, cada vez que llego a la playa, me siento
en esta escalera a observar el atardecer. Es entonces cuando hago balance
de todo lo ocurrido durante el año, lo bueno y lo malo –le explico–. Pues
ahora voy a hacer lo mismo, pero con el amanecer. Cada vez que amanezca
me acordaré de ti y de este momento. No importa donde esté ni con quien
esté. Siempre te tendré en mi corazón. Mis atardeceres son míos, pero mis
amaneceres serán tuyos siempre.
Matt me mira con ternura. Me coge de la mano y me besa.
–Haz tú lo mismo –le digo–. Acuérdate de mí cada vez que veas el sol
nacer.
Me acerco a él y termino el beso que hemos dejado a medias. Lágrimas
caen por las mejillas de ambos. Después de tanto sufrimiento, ahora
estamos juntos y nos hemos dejado llevar por el corazón, sin temer a nada
ni a nadie. Nuestro amor es así, limpio y puro, como cualquier otro amor.
No es nada más, ni nada menos. Sólo amor, el sentimiento más poderoso
del mundo.
9
LA SEXTA COPA
Faltan cuarenta y ocho horas para volver a casa. Y, cuando digo casa, me
refiero a la ciudad. Va a ser un momento muy duro. Para más inri, los
padres de Matt se han ido de viaje, así que no puede volver conmigo a la
ciudad; tiene que quedarse aquí con sus tíos y nuestra historia va a
quedarse en stand by durante bastantes días a partir de mañana.
Hemos pasado una última semana increíble. Hemos ido al cine, a cenar
al centro, a la bolera e incluso nos hemos acercado a St. Lucas para
comprar mis billetes de tren. Hemos disfrutado de cada segundo que
compartimos como si fuera el último. Y me ha hecho sentir cosas que
jamás pensé que se pudieran sentir.
Después de un rato esperándolo, aparece sonriente y nos acercamos a la
tienda de deportes náuticos que hay junto a la playa del centro.
–Ryan, ¿qué vamos a hacer? –me pregunta, reacio a entrar en la tienda–.
No me lleves a bucear, ni nada por el estilo, ¿eh? Lo odio.
–Tranquilo –lo tranquilizo–. Ya sabes que a mí tampoco me gusta el
fondo del mar.
Pasados unos minutos, salgo con unas llaves en la mano. Sigo
caminando y le pido a Matt que me siga sin hacer preguntas. Hace caso
omiso y no deja de preguntar.
Caminamos por el pequeño puerto, dónde reposan algunas lanchas y
pequeños yates hasta llegar a la zona de las motos de agua. Hablo con el
encargado, arreglamos ciertos asuntos y me indica dónde está la moto que
he alquilado. Matt me sigue sorprendido. Me subo primero y le tiendo la
mano a Matt para que suba tras de mí. Arranco y salimos del puerto a toda
velocidad.
Matt se agarra a mi cintura como si no hubiera mañana. A ratos me hace
cosquillas y me dan ganas de dar algún bandazo para tirarlo al agua.
Llegamos a una cala que hay a unos kilómetros del pueblo, a la que es
prácticamente imposible acceder caminando. A medida que nos
acercamos, aprieto el acelerador, llegamos a la orilla y dejo encajada la
moto en la arena.
–¡Bienvenido a mi isla desierta! –le digo mientras giro sobre mí mismo
con los brazos extendidos.
–¿Y este sitio? –pregunta.
– Lo descubrí el otro día en Google Maps y me pareció que sería buena
idea venir a visitarlo.
–¡Está genial! Y además estamos solos –dice Matt mientras me hace
cosquillas por el pecho y el costado.
La pequeña playa no tiene más de cincuenta metros de arena, el resto
son rocas. El agua, transparente y pura. El sol brilla en lo alto del cielo a
pesar de que el otoño llegará en tan sólo dos semanas.
Disfrutamos todo el día de nuestra exclusiva playa. Aquí no tenemos que
escondernos y podemos dar rienda suelta a todos nuestros deseos. Incluso
fantaseamos como si estuviéramos viviendo una luna de miel improvisada.
–¿Quiere otro coco helado señor? –bromea Matt.
–Prefiero un bocadillo –le respondo sacando un par que llevo en mi
mochila.
–Duele.
–¿El qué? –pregunta Matt asustado–. ¿Qué te pasa?
–Esto de tener que separarnos –continúo–. Si por mí fuera, nos
quedaríamos en esta playa para siempre.
–Cierto. Es injusto, ¿no? La vida nos ubica en lugares y momentos
diferentes, sin conocernos... Y en vez de dejarnos así, hace que nos
encontremos en mitad de la playa, nos enamoremos y todo para volvernos
a separar justo cuando más nos hiere.
Empieza a atardecer.
–Ayúdame –le digo mientras me levanto y me acerco a la moto.
Empujamos la moto de vuelta al agua y comenzamos el camino de
vuelta. Esta vez la sensación emocionante se ha esfumado y nos amarga la
tristeza. Aún falta cerca de media hora para que termine el tiempo de
alquiler, así que damos un paseo acuático por la zona, descubriendo
lugares y paisajes que me gustaría poder fotografiar, pero no he traído la
cámara.
°°°
En mitad de la playa, justo delante de casa, brilla un pequeño fuego. Sus
llamas incandescentes iluminan nuestras caras. Entre ambos: una pequeña
cena y dos copas de cava. Sentados sobre una manta, arropados por el
calor de la hoguera, pasamos nuestra penúltima noche juntos. Pocas
palabras hacen falta para expresar lo que sentimos. Simples gestos
conducen la situación a medida que pasa el tiempo. Nos acariciamos, nos
miramos y nos regalamos sonrisas y besos.
La luna llena brilla como nunca y las estrellas se agolpan en el cielo
como si quisieran enterarse de todo lo que pasa en nuestra peculiar escena.
El mar está en calma y el viento ha cesado. Todo es perfecto para celebrar
la despedida. Más bien, para celebrar que nos hemos conocido.
–No quiero que te vayas –dice Matt con lágrimas en el borde del ojo a
punto de rodar sobre su mejilla.
–Yo tampoco pero no tengo otra opción. Tarde o temprano tenía que
llegar este día.
–Lo sé. Y lo entiendo. Pero aun así no quiero. Te necesito.
Me acerco a Matt y lo abrazó fuertemente, como si tratara de unirnos en
un solo ser. Me mira a los ojos y me besa mientras sus lágrimas no
aguantan más y caen sin cesar por su cara y se juntan con las mías a la
altura de nuestros labios.
–Venga –me separo y me seco la cara con la manga de la camiseta–. Aún
queda noche y la vamos a aprovechar.
Terminamos de cenar y pongo música romántica. Otro cliché. ¿Qué más
da? Estoy enamorado y quiero ser clásico, típico, corriente y predecible.
Quiero recordar este momento como si fuera una película.
Agarro a Matt por la cintura, mientras él apoya una mano sobre mi
hombro y con la otra me acaricia el brazo.
–No te he dicho que esta noche estás guapísimo –me dice.
–No creas. Contigo cerca no hay quien brille.
Se echa a reír y continuamos nuestro baile, como dos enamorados que
han sido elegidos rey y rein… Rey y rey en el baile de fin de curso, y se
disponen a disfrutar de su momento mientras los demás les rodean y miran
envidiosos porque nunca van a tener algo tan mágico.
Recordamos los comienzos de nuestra historia. Todo lo que nos ha
costado llegar a estar juntos. Nada en el mundo puede ahora romper este
amor que hemos forjado. Nos separaremos pronto, pero el amor
permanecerá aquí para siempre. La historia queda escrita y nadie podrá
borrarla.
–Nunca te voy a olvidar –me susurra Matt al oído–. Por muchas cosas
que ocurran en mi vida siempre te voy a tener en mi corazón.
–El amanecer –le digo–. ¿Recuerdas? Siempre nos tendremos el uno al
otro. Pase lo que pase.
La noche es larga y la música nos acompaña. Nos movemos lentamente.
Más besos. Más abrazos. Nadie podrá tener nunca una noche más
romántica que ésta.
Seis copas de cava y empezamos a perder el control de nuestras
acciones. No estoy borracho. Vergüenza me daría estarlo sólo con cava.
Pero Matt está más contento y animado de lo habitual. Me recuerda a la
noche que pasamos en la feria. Tiene el mismo brillo en los ojos y la
misma simpatía en la cara.
Nos acercamos andando hasta la orilla. Matt chapotea en el agua
calándose los pantalones y parte de los míos. Pícaramente vamos
aumentando la fuerza de los chapoteos hasta que acabamos en una guerra
de agua para ver quién es el primero que acaba empapado. Peleamos,
corremos, huimos uno del otro y gritamos hasta que, a modo de tregua,
caemos los dos al agua y rodamos por la orilla.
–¡Venga! –exclama Matt poniéndose en pie–. ¡Vamos!
–¿A dónde?
–¡Venga! ¡Al agua! –se quita los pantalones.
Me río y permanezco inmóvil. No me apetece nada bañarme y ya estoy
más mojado de lo que tenía planeado.
–¡Venga Ryan! –insiste mientras se quita la camiseta–. ¡Me debes un
beso!
–Ya te he dado muchos –le digo.
–¡No! Me debes el de aquella noche, cuando se quemó el mantel.
¡Venga, te espero!
Matt se adentra corriendo en el agua. Debe de estar helada, pero con las
copas que se ha tomado no creo que lo note.
–¡No voy a ir! –le grito
–¡Sí lo harás!
Me pongo en pie y valoro la posibilidad de unirme a él. Es nuestra noche
de despedida y tengo que aprovecharla. Matt se sigue alejando mar
adentro. Debería decidirme ya. Vamos, Ryan. Me desabrocho el pantalón.
–¡Cuanto más tardes en entrar, más lejos estaré! –grita Matt que
empieza a convertirse en un borrón oscuro en la oscuridad del mar–.
¡Venga! ¡Ven a besarme! –insiste.
Levanto la vista mientras me quito la camiseta pero no lo veo. ¿Dónde
se ha metido?
Vuelve a aparecer para sumergirse de nuevo.
Sale a flote.
–¡Deja de alejarte, que ya voy! –le grito– Si me lo pones tan difícil no
voy a darte el beso, ¿eh?
Me quito los pantalones y me meto en el agua.
–¡Oye! ¿Dónde te has metido? –pregunto mientras nado hacia donde
estaba hace unos segundos– ¡Déjate de juegos, que te quedas sin beso!
Sigo nadando y cada vez se hace más oscura el agua. No tengo ni idea de
si debajo hay arena o rocas. Prefiero no comprobarlo. Buceo un poco para
sorprenderlo y que no me vea cuando salga a la superficie. Me parece
increíble que aguante tanto la respiración, aunque ya me avisó de que es
un buen nadador y creo recordar que me dijo algo de unos campeonatos de
natación hace un par de años.
Sigo nadando. Buceo. Vuelvo a nadar.
–¡Esto empieza a perder la gracia! –me quejo–. ¿Dónde estás? ¡Sé que
me estás oyendo!
Pasan varios minutos y empiezo a preocuparme. Mi corazón se acelera y
me chirrían los dientes del frío.
–Joder, Matt, ¿dónde estás? –vuelvo a gritar– No seas imbécil, que está
oscuro y no te encuentro.
Por más que busque y nade de un lado para otro, no lo encuentro.
Empiezo a cabrearme. No me gustan estas bromas. Lejos queda ya la
arena, me adentro en el mar y estoy seguro de que ahora sí que tengo rocas
y algas bajo mis pies. Eso ahora no importa. Me sumerjo y busco a tientas.
Miro hacia la orilla, por sí ha vuelto nadando y se está riendo de mí. Nada.
Estoy desesperado. Empiezo a llorar y a sentir que no está bromeando.
Está bajo el agua y lleva ahí más de cinco minutos. Lloro. Cojo aire y me
sumerjo. Mis lágrimas se confunden con el agua del mar.
–¡Déjate de juegos! –grito llorando a pleno pulmón, esperando crearle
remordimientos y que aparezca.
Vuelvo a sumergirme y buceo hasta el fondo. No veo nada. Siento como
toco las rocas llenas de musgo. Ni rastro de Matt. Vuelvo a la superficie,
respiro hondo y me adentro una vez más en el fondo marino para seguir
buscando. Me falta el aire. El corazón cada vez me late más deprisa. No
puedo respirar y siento que me va a dar un infarto de un momento a otro.
–¡Ayuda! –grito con las pocas fuerzas que me quedan– ¡Por favor!
¡Ayudadme!
Buceo durante dos segundos y vuelvo a la superficie. No puedo retener
aire en mis pulmones. ¿Dónde está? ¡Joder!
–¡Ayuda! ¡Ayuda! –grito casi sin aliento, perdiendo cada vez más
fuerzas– Ayuda...
No puedo más. Vuelvo hacia la orilla para pedir ayuda cuando noto algo
en el pie. Algo me ha rozado. Cojo la mayor bocanada de aire posible que
mis cansados pulmones me permiten y me introduzco de nuevo en el agua
palpando todo el fondo con las manos.
Estoy desesperado, bajo el agua, con los ojos abiertos y no veo más allá
de dos palmos. Muevo los brazos en todas las direcciones posibles,
pataleo, nado un poco más, me doy la vuelta y lo siento. Me acerco y, por
fin, lo noto entre mis brazos. Lo agarro por los hombros y salgo a la
superficie.
–¡Ayuda! –vuelvo a gritar–. ¡Por favor! ¡Ayudadnos!
Respiro agitadamente. Estoy mareado y no sé exactamente qué hacer.
Saco a Matt del agua, manteniendo su cabeza en la superficie. Llego a la
orilla y lo arrastro hacia la arena.
Lo tumbo boca arriba y lo abofeteo.
–¡Matt! –grito– ¡Matt! ¡Vuelve!
No sé qué hacer. Está inconsciente. Debería correr hacia casa y pedir
ayuda pero no puedo dejarlo solo. Tengo que intentar que vuelva en sí.
Igual está [Link] de reanimarle como he visto en telvisión, pero
no tengo ni idea de cómo se hace correctamente.
–¡Termina el juego ya, por favor! ¿Quieres el beso? –le pregunto
mientras me acerco a su cara y le beso en los labios–. ¡Ya tienes el beso!
¡Venga, Matt!
Me derrumbo sobre él y grito desesperado. Bajo mi cara, apoyada en su
pecho, no escucho sus latidos ni siento su respiración. No entiendo por qué
está pasando esto. Le doy golpes en el pecho y en la cara intentando
reanimarlo. No reacciona. Pasan los minutos y su corazón no reacciona. Lo
abrazo y puedo notar cómo ya no está. Su cuerpo inerte no reacciona.
–No me diste tiempo –le susurro mientras sostengo su cuerpo sin vida
sobre mis brazos.
Me acerco a su cara. Ya no me quedan lágrimas. Se me encoge el
corazón y deseo cambiarme con él. Quiero irme yo. Él no, por favor.
–No me diste tiempo –vuelvo a decirle en voz baja–. Te has ido, y no te
dije que yo también te quiero.
Me tumbo a su lado y noto como se entumecen mis brazos y piernas.
Apenas siento mi propio cuerpo. No me quedan fuerzas y no puedo
moverme. No puedo respirar. Me arden los pulmones. Miro hacia el cielo
tumbado boca arriba. Las nubes tapan la luna.
–No pude decírtelo –repito susurrando–. Te quiero. ¿Por qué ha pasado
esto? Te quiero. ¡Te quiero! –ahogo un grito.
Se me cierran los ojos. Me pesan los párpados y apenas puedo pensar.
Intento abrirlos pero no soy capaz. Siento que estoy durmiendo, o quizás
me estoy muriendo. Matt… Espérame.
A duras penas consigo abrir en parte los ojos y veo luces amarillas. No,
azules. Ambas. Miro a mi lado. Matt permanece en la arena, sin moverse.
Su piel está pálida y sus labios morados. Oigo una sirena.
Dos paramédicos aparecen, se colocan sobre Matt y lo pierdo de vista.
Noto como unas manos me agarran de los hombros y me echan hacia
detrás. Levanto la vista y no conozco a nadie. Son policías, creo. Me pesan
los ojos.
Abro los ojos y veo médicos y policías a mi alrededor. Miro a la
derecha. Vecinos. ¿Y esta gente?
–¿Dónde estoy? –pregunto sin saber muy bien a quién.
–Incorpórate con cuidado –me dice alguien que lleva un uniforme con
una cruz azul en el hombro.
Miro a mi izquierda pero Matt ya no está ahí. Dirijo la vista hacia una
ambulancia que tengo cerca y veo cómo introducen una camilla envuelta
en una extraña tela reflectante.
–¿Qué ha pasado? –me pregunta uno de los paramédicos.
–No le dije que lo quería –respondo en estado de shock.
–Tranquilo. Dime, ¿qué es lo que ha ocurrido?
Termino de incorporarme y me quedo sentado en la arena. Miro a mi
alrededor e intento recordar lo que ha pasado.
–No lo sé –titubeo–. Él quería un beso. ¡Se lo debía! Se metió en el agua
pero yo no quería entrar –siento que me falta el aire–. Se alejó. Mucho.
Cuando me metí en el agua ya no estaba. Lo busqué, lo busqué y lo
busqué… –miro hacia la ambulancia de nuevo–. Se fue. Y no le dije que lo
quiero.
El paramédico apunta algo en una libreta, se la guarda en el bolsillo y
me ayuda a levantarme. Vamos hasta la otra ambulancia y nos subimos.
Durante el trayecto, me hacen preguntas sobre lo que ha ocurrido y apenas
puedo responder.
–Se ha ido –digo una y otra vez–. Se ha ido sin saberlo. No sé qué ha
ocurrido.
°°°
He dormido durante toda la mañana y no me siento nada bien. Algo me
oprime el pecho. Me siento débil y no puedo parar de llorar. Dos policías
llevan tres cuartos de hora haciéndome preguntas y ya he repetido la
historia veinte veces.
–¡Dejadme en paz ya! –les suplico–. ¡No quiero seguir recordando!
¡Quiero que se acabe esta película! –lloro.
–Tranquilo muchacho. Ya pasó todo –me consuela uno de ellos.
–Venga –anima un enfermero que entra en la habitación–. Dejadlo
descansar que ya ha sufrido bastante.
–Hemos contactado con sus familiares gracias al teléfono que había en
los pantalones de tu amigo, los encontramos junto a la orilla –me dice el
otro policía–. Ya está todo hecho por tu parte. Si te dan el alta, podrás irte
a casa en un par de horas.
°°°
Con la vista fija en el horizonte, contemplo cómo los últimos rayos de sol
se pierden entre las escasas nubes que hay en el firmamento y aparecen
una a una las estrellas, que brillarán sin parar durante horas. Hay una en
concreto que ya no se apagará jamás. Las olas rompen en la orilla. El
atardecer se refleja en el mar, que adquiere una amplia gama de tonos
entre azules y anaranjados que se funden con el cielo rosa y las lágrimas
que caen de mis ojos. Las gaviotas revolotean sin rumbo fijo, como el que
pierde algo y no recuerda dónde lo ha dejado. No son las únicas que han
perdido algo hoy.
Acaban de traerme a casa los de la ATS. Sigo en shock. Algo más que
eso. Estoy ausente, no soy yo mismo. Intento no pensar en lo que ha
ocurrido. Estoy convencido de que, si no pienso en ello, acabaré por
despertarme y Matt estará durmiendo a mi lado, con su brazo derecho bajo
la almohada y el izquierdo sobre mi pecho. Y yo le acariciaré el cabello, le
daré un beso en la frente y seguiré durmiendo en busca de algo más
placentero. Me resulta imposible pensar que se ha ido para no volver, que
no voy a sentir nunca más sus manos aferrándose a mi cintura, que ya no
voy a ver nunca más esa sonrisa contagiosa, que sus ojos no me van a
mirar más, que sus labios no me van a hablar nunca más, ni los voy a
sentir junto a los míos. Lo siento, pero me niego a creerlo. Esto no puede
estar sucediendo.
Me pellizco un brazo. Despierta, por favor. Despiértate, Ryan.
°°°
Despierto lentamente y los primero que veo es la televisión encendida. Me
incorporo en el sofá y me froto la cara. ¿Ha sido un sueño? Me pongo en
pie y subo corriendo a mi habitación.
¡Matt! –le llamo–. ¡Matt!
Al llegar arriba me encuentro la maleta hecha junto a la puerta, mi
escritorio lleno de pañuelos, el oso de peluche en el suelo y mis
certificados del hospital encima de la cama. No, por favor, no. Caigo de
rodillas en el suelo y vuelvo a llorar mientras me llevo las manos a la cara.
No ha sido un sueño.
No tengo el cuerpo para cargar maletas, ni para estar cogiendo trenes.
No quiero quedarme en este pueblucho junto a esta asquerosa playa, pero
tampoco estoy listo para volver a casa solo. Mis padres aún no saben nada
de lo ocurrido. No quiero preocuparles, aunque igual debería. Ya es tarde
para eso.
No tengo fuerzas para recoger la casa, ni volver a poner las sábanas
sobre los muebles del salón. Ni las tengo, ni las quiero. Sólo deseo salir al
porche y ver a mi perrito abandonado durmiendo en las escaleras, sin
hacer ruido y tranquilo. Me asomo por última vez y lo que veo no me
gusta. Miro hacia el mar. Él se lo llevó.
–Te odio –susurro.
Cierro con llave, bajo las persianas y me dirijo hacia la puerta principal
arrastrando mi maleta cuando reparo en el post it que hay en la nevera.
«Lunes, 11:30. Vienen a cambiar el cristal».
¡Mierda! Me he olvidado por completo del cristal roto y no puedo
dejarlo así porque podrían entrar a robar.
Aprovecho que tengo que esperar a que venga el técnico y subo a mi
habitación. Recojo todos los pañuelos usados y los tiro a la papelera. Cojo
el oso de peluche.
–Vigílame la casa –le digo mientras lo huelo y lo coloco en la estantería.
Suena el timbre.
–¡Voy! –grito desde arriba.
–¡Vengo a reparar el cristal! –grita un chico desde fuera.
Cojo mi teléfono y, mientras bajo la escalera, le escribo un mensaje a mi
madre para avisarla de que en un rato salgo rumbo a la estación de St.
Lucas.
Abro la puerta.
–¡Ryan!
Levanto la vista del teléfono.
–¿Josh?
segunda parte
NORWALK
Enfrentarte a lo que te da miedo, mirarlo directamente y afrontarlo
siguiendo los impulsos innatos que te dicta el corazón. Una lección de vida
que deberíamos traer instalada de fábrica y que muchos aprendemos de la
peor manera. Todo es efímero. Nada es eterno. No hemos llegado para
quedarnos y, precisamente por eso, no vale la pena hundirse y quedarse
atrás en el camino, reviviendo lo que nos ha hecho daño. Seguir adelante
es la única opción que debemos plantearnos. Ser fuertes y no volver la
vista atrás. Bueno, sí. De vez en cuando hay que hacerlo, porque sólo así
podemos comprobar cuánto hemos avanzado y es también la única forma
de recordar nuestros errores y no repertirlos.
Todos hemos pasado por situaciones que creíamos imposibles de
superar, pero se consigue. No importa lo alta que sea la montaña, lo
profundo que sea el precipicio o lo lejos que esté el otro lado. La
constancia, la fuerza y, sobre todo, las ganas de ser felices son la clave
para sobrevivir y demostrarnos a nosotros mismos y al mundo que es
posible estar mejor. Sé que cuesta, pero, una vez lo hayamos aprendido y
puesto en práctica, es algo que tendremos con nosotros para siempre.
Yo perdí algo que apenas llegué a tener. Pasé semanas rozándolo con las
yemas de mis dedos y, justo cuando alcancé a sujetarlo con mis manos, se
me escapó y jamás tendré la oportunidad de recuperarlo. Aún no me he
hecho a la idea de que todos los sueños que surcaron mi mente durante el
verano jamás podrán verse hechos realidad, por muchas ganas que le
ponga. Cuando pierdes a alguien que te importa y que era protagonista
indiscutible de todos tus sueños, es obvio que necesitas hacer borrón y
cuenta nueva. Empezar de cero con una hoja de papel en blanco, dibujar
nuevas aspiraciones en tu mente y forjar un nuevo futuro. Y, quizás, ese
sea el mayor error de todos. Pensar en el futuro es absurdo cuando ni
siquiera disfrutamos del presente. Por ahí es por donde comenzaré esta
vez, por mi presente. Aquí y ahora.
10
LOS CUATRO CAFÉS
Apenas he empezado a aceptar lo que ocurrió y la verdad es que no me
siento bien. Tengo pesadillas cada noche. En ellas, estoy en una habitación
rodeado de amigos y familiares pero nadie puede verme ni escucharme.
Intento hablarles o tocarles y me es imposible. Noto como abro la boca
intentando decir algo pero de entre mis labios no surge ningún sonido.
Siento un agobio enorme y un fuerte dolor en el pecho. De pronto la
habitación comienza a llenarse de agua, mi gente desaparece y me quedo
solo, sumergido en la oscuridad respirando agua mientras el dolor aumenta
cada vez más. Cuando miro hacia arriba veo una brillante luz y lo que
parece ser la silueta de alguien flotando en la superficie. Nado hasta
alcanzarlo y, cuando le doy la vuelta, compruebo que es Matt. Abre los
ojos completamente en blanco, que me miran con odio y desprecio. Dejo
escapar un grito sordo bajo el agua y despierto.
Han pasado tres semanas y aún me culpo de su muerte a todas horas,
aunque Tom –el psicólogo con el que estoy haciendo terapia– dice que no
fui responsable. Y, en el fondo, lo sé. Pero no puedo sacarme de la cabeza
la idea de que si lo hubiera encontrado antes, si no lo hubiera dejado solo
en el mar, si hubiera entrado con él en el agua, si no hubiéramos bebido o,
incluso, si no hubiera luchado por conquistarlo, él ahora estaría vivo.
Se nota que ya es otoño porque el sol ha dejado de brillar como antes. En
las calles, los árboles empiezan a teñirse de marrón y muy pronto perderán
todas las hojas que les dan vida. Las nubes cubren el cielo de Norwalk y
amenaza lluvia. Atrás quedan las camisetas y los pantalones cortos,
aunque en estos momentos mi imagen es lo que menos me preocupa.
Llevo unos vaqueros viejos desgastados, unas botas de estilo militar, una
camiseta gris y una sudadera verde oscuro con la palabra «salvation»
escrita en el frontal. Ni hecho adrede. Estoy a apenas dos manzanas de
casa y giro en la esquina de la calle Price para entrar en un Starbucks. He
quedado aquí con Sussan, como siempre, para que me haga su evaluación
personal de mi evolución psicológica. Es lo que va a estudiar este año en
la universidad y está literalmente obsesionada con todo lo relacionado con
el tema.
Hace días estuvimos en casa y le conté lo que ocurrió en St. Dean
durante el verano y hoy le quiero contar lo que ocurrió con Josh desde que
nos fuimos del campamento hasta que nos reencontramos inesperadamente
en la puerta de mi casa de la playa. Desde ese día, en el que fingí tener
prisa para evitar hablar con él y contarle lo mal que estaba en ese
momento, hemos estado en contacto. Él ha aprovechado para contarme qué
ha sido de su vida en estos seis meses y yo he dedicado el tiempo a hacer
terapia con Tom, preparar mi inminente acceso a la universidad e ignorar
constantemente los mensajes que Nathan me ha enviado pidiéndome
perdón. Sussan está empeñada en que hable con él, pero yo sigo dolido y
enfadado por lo que hizo. Hay días en los que incluso también lo culpo a él
por la muerte de Matt. Sé que no es justo para él, a pesar de lo que hizo,
pero no lo puedo evitar.
Aprieto el botón pause en mi iPod para hacer callar a Adele que me
atormenta, porque en el fondo soy masoquista, con ‘Hiding My Heart’.
Lentamente giro mi cabeza y dirijo la vista hacia detrás, con la falsa
esperanza de que mi perrito abandonado esté ahí, envuelto en lágrimas,
diciéndome que me quiere.
Vuelvo al mundo real.
–Caramel Macchiato –le pido al camarero en la barra–, tamaño venti. A
nombre de Ryan.
Pago, reanudo la música y cinco minutos después recojo mi café con
leche y caramelo. Me acerco hasta nuestro sitio habitual y me siento, no
sin antes dejar el iPod, iPhone, chaqueta y demás sobre la mesa y
quemarme el costado del dedo índice con unas gotas de café hirviendo que
se han escapado del vaso.
Sussan aparece diez minutos después de la hora acordada. La veo
elevando la vista por encima de las demás mesas hasta que sus ojos se
encuentran con los míos y sonríe. Se acerca a la barra y pide algo. Yo aún
no he probado mi bebida, sigue ardiendo. Unos minutos después por fin
llega hasta donde estoy yo, suelta su bolso con un gesto entre cansado y
desesperado y se acomoda a mi lado en el sofá, junto a la ventana. Siempre
que venimos nos sentamos en el mismo lugar, desde el que podemos ver la
calle y comentar durante horas todo lo que vemos al otro lado del cristal.
La gente de la ciudad es muy variopinta, nosotros los primeros, y merece
nuestra atención tanto como cualquier famoso que se cuele en la portada
de alguna revista del corazón.
Lo mejor para olvidar es estar distraído. Aunque Tom no deja de
decirme que las cosas se afrontan directamente, no distrayéndose de ellas.
Pero en estas semanas lo que he querido ha sido olvidar. Más bien, diría
archivar, ya que olvidar es una palabra demasiado importante y con
carácter definitivo. Mi intención es esa, archivar lo que me ha ocurrido
este verano para poder seguir con mi vida. Una vida que yo consideraba
que estaba en mis manos y que he comprobado que no es así. La vida hay
que vivirla, eso dicen. Y muchos se olvidan precisamente de eso, de
vivirla.
Miro a Sussan, que no ha dicho una palabra desde que llegó, como si
supiera que estoy dándole vueltas a muchas cosas en la cabeza y no
quisiera interrumpirme.
–¿Te acuerdas de Josh? –le pregunto.
–¿El del campamento? –pregunta ella acertadamente–. Claro, como para
olvidarlo.
Hace un gesto de placer con los ojos mientras se muerde el labio, inclina
la cabeza hacia atrás y aprieta sus manos contra los muslos. Josh es de
esos chicos guapos y atractivos que le gustarían hasta a mi padre. De esos
que siempre salen bien en las fotos. De esos que chasquean los dedos y
tienen a diez chicas suspirando por él. De esos que juegan al fútbol y
regalan su camiseta sudada a la primera fan que se la pide. De esos que
hablan de coches y motos con sus amigos mientras arregla el motor del
coche de su madre. De esos que tienen una aventura con otro chico en un
campamento de invierno.
–Pues espero que hayas traído dinero, porque esto nos va a llevar unos
cuantos cafés.
Josh no era el típico chico del que yo me podría enamorar, pero sí que
era el típico chico del que cualquier chica se podría enamorar. Ya no sólo
por su atractivo físico con esos ojos azules intensos, su cara aniñada, su
pelo castaño que sería la envidia de cualquier modelo y su cuerpo atlético,
aunque de pequeñas proporciones –Dicen que las mejores cosas vienen en
envases pequeños y él parecía ser la prueba viviente de ello–, sino también
por su forma de hablar y de actuar. Era de esas personas con un tono de
voz tan cautivador que ya podría decirme que su perro le cuenta historias
por la noches, que le hubiera creído sin dudar una palabra. No llegaba a ser
muy empalagoso ni sensible, de hecho tenía cierto aire tosco y bruto, pero
que extrañamente se fusionaba a la perfección con la suavidad de sus
palabras. Probablemente a cualquiera que no lo conociera podría darle la
impresión de ser un deportista chulo y consentido que sólo vivía para jugar
al fútbol y tontear con chicas, pero al conocerlo pude comprobar que,
aparte de todo eso, también tenía un buen corazón y, si las almas tuvieran
color, la suya sería transparente y azulada, muy brillante. Evidentemente
no era el chico perfecto, aunque eso no lo comprobé hasta hace poco,
cuando los recuerdos que tenía de él se fueron enturbiando y dando paso a
un ser atormentado, con falta de personalidad propia y con algunos
matices de cobardía.
Nuestra aventura en el campamento fue corta pero intensa. Tal y como le
conté a Sussan hace meses y a Matt en uno de nuestros paseos por la playa,
estuvo insistiendo y luchando por conquistarme durante tres días. No
consiguió dormir en mi cabaña, pero sí consiguió ganarme. Pasamos
algunos días fabulosos a escondidas de nuestros amigos, bañándonos en el
lago, escapándonos hacia el bosque por las noches y dándonos besos
furtivos cada vez que no había nadie a nuestro alrededor.
Josh no fue el primer chico en el que me fijé, pero sí el primero que
consiguió traspasar el muro que había construido en torno a mi corazón y
mi cabeza, para que nadie pudiera llegar hasta ellos, y demostrarme que
podía amar y ser amado sin miedo al rechazo. Y es irónico que ahora yo
haga de esa libertad y confianza mi día a día y él esté atrapado en un
mundo al que no pertenece y del que no sabe, o no quiere, salir.
En estas tres semanas que hemos estado hablando, me comentó que,
cuando nos fuimos del campamento, se pasó todo el trayecto hasta casa
llorando y pensando que nunca más nos volveríamos a ver. Quizás por
despiste o tal vez porque tenía que ser así, no nos acordamos de darnos
nuestros números de teléfono así que, en cuanto nos separamos, supimos
que no había forma de volver a reencontrarnos salvo que se diera la
casualidad de ello. Recuerdo que pasé los siguientes ocho o diez días
entrando a Facebook a diario, buscando todos los posibles Josh que
pudiera tener en común con otros amigos, pero no hubo forma. Al final me
di por vencido y no fue hasta hace unos días cuando él me confesó que
había hecho lo mismo, con éxito, pero que no pudo, o no quiso, ponerse en
contacto conmigo por causas de fuerza mayor. Pero, ahora que nos
habíamos reencontrado por casualidad, ya tenía excusa para contactarme
siempre que quisiera sin que Verónica, su novia, sospechara nada.
–¿Cómo que su novia? –me pregunta Sussan dando un salto en su
asiento.
–Lo que oyes. Tiene novia y no desde hace poco. Llevan juntos un año,
más o menos. Es decir, que le puso los cuernos conmigo en el
campamento.
–Nunca entenderé a esa clase de heteros, o lo que sean. Sabes que soy la
primera que defiendo el amor libre y que cada uno meta su cosita donde
más le guste, pero ¿qué necesidad hay de tener a una pobre chica engañada
de esa forma?
–Yo tampoco lo entiendo. Y de hecho se lo comenté hace poco. No hace
falta tener novia para no parecer gay, ni siquiera hace falta tenerla para
parecer hetero. ¿Cuántos tíos heteros hay sin novia que cada noche se van
con una distinta? Es absurdo salir con una chica sólo para aparentar. Si la
gente no sospecha de tu sexualidad, tampoco lo van a hacer si estás
soltero. Y si sospechan, lo van a hacer de igual forma tengas novia o no.
¿No?
–Exacto –me confirma Sussan–. No tiene sentido. Mira a Jenny, la prima
de mi amiga Nora. Tiene casi treinta años, lleva diez con el mismo chico y,
aun sabiéndolo, Nora está convencida de que es lesbiana. Es la prueba de
que da igual estar soltero, comprometido, casado, divorciado, viudo o lo
que sea; el que tenga sospechas las va a seguir teniendo.
–Yo creo que la que es lesbiana es Nora –le respondo dejando escapar
una malvada sonrisa.
–Esa es otra historia –se ríe–. Pídeme otro café y sigue contándome lo
de Josh. ¡Aunque lo de Nora tiene mucha plancha también!
El problema de Josh es que, probablemente, ni él mismo sabe lo que
quiere. Tal vez lo del campamento fuese solo una fase. He oído que mucha
gente pasa por “la fase”. Ese momento en el que tonteas con amigos de tu
mismo sexo, porque es cuando empiezas a descubrir tu sexualidad y la de
los demás; y parece más fácil empezar con alguien similar a ti, conociendo
lo que le gusta y lo que no, lo que se debe hacer y lo que no, que irse a por
los del otro sexo metiéndose en un berenjenal del que quizás no saldrías
airoso.
La cuestión es que, con fase o sin ella, Josh me ayudó a descubrirme a
mí mismo, a ser fiel a mis sentimientos y a comprender que no había nada
malo en lo que era. Me hizo ver que no me pasaba nada y que podía ser
feliz si me lo proponía. Y también me enseñó lo que era la tristeza y que,
en cierto modo, te rompan el corazón. Aunque nunca me llegué a
enamorar, sí lo considero mi primer amor.
Por lo visto yo no fui el único desliz que tuvo Josh. Y es que la pobre
Verónica tiene que tener un cuello a prueba de bombas para poder sujetar
el peso de todos los cuernos que le ha puesto. Vale, lo reconozco, no han
sido tantos. Pero, teniendo en cuenta que sólo han pasado seis o siete
meses desde el campamento, considero que tres amantes son demasiados,
sobre todo si –supuestamente– eres heterosexual y todos han sido chicos.
El primero, después de mí, fue el hermano de su mejor amigo. Josh me
contó que solía ir casi todos los fines de semana a dormir a casa de Jack.
Eran, como lo éramos Nathan y yo, los mejores amigos y entre su círculo
de amistades y familiares los llamaban los JJ porque siempre estaban
juntos. Una de esas veces, los padres de Jack estaban de viaje así que se
quedaron Josh, Jack y su hermano solos en su casa. Esa noche Jack comió
algo que le sentó mal y se fue a la cama temprano, así que se quedaron su
hermano y Josh jugando a la Wii. Josh no me contó exactamente como
pasó, sólo sé que, cuando se vino a dar cuenta, el hermano de Jack –que
tenía veinte años, tres más que él– le dio un beso en la mejilla y Josh se lo
devolvió con otro en los labios, que dio paso a otro más profundo y que
culminó con ambos en la cama intentando hacer el menor ruido posible
para no despertar a Jack.
Del segundo chico no me quiso contar nada. Creo que algo esconde. No,
no lo creo, lo sé. Recuerdo que me lo comentó de pasada en un e-mail y
cuando le volví a preguntar por él no quiso darme más detalles. Sólo sé
que es unos diez años mayor que nosotros y que, por lo visto, es alguien
más o menos conocido en Norwalk. Apuesto a que es alguien de su entorno
deportivo, ya que Josh entrena en el mismo campo donde juega el equipo
de fútbol local, cuyos jugadores son famosos a nivel nacional. Todo
encaja, aunque podría estar equivocado.
Y el último llegó a finales de verano. A diferencia de los otros dos, Mike
le gustaba en serio, no sólo para un revolcón. Lo conoció en la sala de
espera de una empresa que estaba realizando entrevistas para un puesto de
trabajo de camarero. Rápidamente hicieron buenas migas y no les faltó
tiempo para darse cuenta de que se gustaban mutuamente. Estuvieron
saliendo un par de semanas en plan amigos y con algunos tonteos
esporádicos, hasta que un día Josh lo invitó a su casa para ver una película.
Como suele pasar, acabaron más pendientes el uno del otro que de la
pantalla de la televisión. Las caricias condujeron a los abrazos, luego los
besos y, finalmente, la proposición de seguir adelante con lo que pudiera
surgir en la cama de su habitación.
Sus padres llegaron a casa justo cuando Josh le quitaba la camiseta a
Mike. De un sobresalto se levantaron, Mike se puso la ropa y trataron de
alisar la cama para no dar señas de lo evidente. Para cuando su padre llegó
a la habitación, ya estaban sentados junto al ordenador tratando de
disimular lo mejor posible; pero se olvidaron de esconder el condón que
Mike había dejado sobre una repisa y fue lo único en lo que se fijó su
padre. No dijo nada, pero su hijo sabía perfectamente que la cara que puso
era de desaprobación y sabía también que no tardaría en enviarlo unos días
con su tío Gordon, como hacía cada vez que actuaba de una forma que su
padre consideraba incorrecta. Gordon era aún peor, mucho mas estricto y
cerrado. Y Josh no sólo le tenía respeto, sino miedo.
°°°
Llevamos casi dos horas sentados en el sofá de la cafetería. Tengo los
muslos medio dormidos y Sussan, que está tumbada apoyada sobre mi
hombro y con los pies encima del asiento, lleva un rato en silencio
mirando por la ventana, mientras da pequeños golpes en el cristal con las
uñas. Fuera ha estado lloviendo, la calle está mojada, pero no nos hemos
dado cuenta hasta ahora. Hemos estado tan sumergidos en la conversación,
que apenas nos hemos molestado ni una sola vez en buscar alguna víctima
al otro lado de la ventana a la que poder criticar.
Un camarero se acerca y nos pregunta si queremos otro café. Llevamos
ya dos cada uno y le hago un gesto de negación. Doy un último sorbo a mi
vaso y dejo que se lleve los cuatro que hemos usado y empiezan a estorbar
en la mesa.
–Y por todo eso acabó en St. Lucas, trabajando en el taller de su tío.
–Pero, ¿cómo llegaste a encontrarte con él? –me pregunta Sussan.
–La noche que eché a tu “maravilloso novio” –hago el gesto de comillas
con ambas manos– cerré la puerta con tal fuerza que se rompió un cristal.
La mañana que me iba apareció Josh para arreglarlo, sin saber que me iba
a encontrar a mí al otro lado de la puerta.
–Me parece increíble la actitud de Josh con respecto a sí mismo –dice
Sussan, que no da crédito a todo lo que le acabo de contar–. Engañando a
su novia con tíos que conoce aquí y allí, mientras finge ser algo que no es
jugando con ese tal Mike. Bueno… Y contigo. La verdad es que me quedo
sin palabras.
Y no es algo muy habitual. Normalmente Sussan habla hasta por los
codos. Es de esas personas que siempre tiene algo que contar, algo que
decir, algo que opinar, pero que no llega a resultar cargante ni agobiante
con tanta palabrería. Habla mucho, pero siempre aporta algo interesante.
–Ya ves –le digo–. Y a parte de todo eso, estoy yo y mis traumas. Mi
vida ha cambiado por completo de la noche a la mañana. Incluso he dejado
de ser el mismo. No sé qué será de mí.
–No pienses en eso –me dice mientras me sujeta las manos con ternura–.
Lo importante ahora es que pongas en orden todo lo que tienes en el
“coco”, sin darle demasiadas vueltas a tus pensamientos y centrándote en
ti y en lo que se nos avecina ahora que seremos universitarios.
–Tienes razón –la abrazo.
–El bolso que lleva esa me lo compré yo en verano –apunta Sussan
señalando a una chica que pasa junto a la ventana–. Es de la colección de
Versace para H&M y aún no lo he estrenado.
–Pues hace ya tiempo de esa colección. ¿Has estado recluida en casa
estudiando? –le pregunto.
–Ojalá –suspira–. Los exámenes los terminé el día antes de que
volvieras de la playa.
Sussan se incorpora, vuelve a sentarse como una persona cívica y
normal y se pone seria mientras me mira.
–Nathan está raro conmigo. De hecho, lleva raro más de un mes, desde
que te enfadaste con él.
–Lo siento.
–No lo sientas. Si te soy sincera, creo que no es por ti y tampoco por mí.
Algo le pasa. Se ha estado comportando de forma extraña desde hace
mucho más tiempo, pero ahora es peor.
Intento consolarla pero continúa hablando antes de que yo pueda abrir la
boca.
–Él ya lo sabía.
–¿Quién sabía qué? –le pregunto–. ¿Te refieres a que Matt ya sabía que
lo quería? No me apetece hablar de eso ahora.
–No, no –me interrumpe–, aunque, ahora que lo mencionas, claro que lo
sabía, Ryan. No hace falta decir «te quiero» para que la otra persona sepa
que lo sientes. Eso lo has aprendido en los dramas innecesarios de las
películas.
Me quedo en silencio con la mirada perdida hacia el exterior.
–A lo que me refiero –continúa Sussan– es a que Nathan ya sabía que
eres gay. Se lo dije yo poco antes de verano.
Durante unos segundos, siento unas incontenibles ganas de mostrarle a
Sussan mi decepción por no haberme guardado el secreto. Tampoco
entiendo por qué Nathan hizo como si no lo supiera cuando se lo conté.
Pero, a estas alturas, poco me importa ya. No quiero saber nada de él y no
pienso volver a abrirle las puertas para que forme parte de mi vida. No
merece la pena discutir con Sussan por esto.
–Vale. No pasa nada. Es tu novio y, en cierto modo, es normal que os
contéis esa clase de cosas.
Me quedo en silencio un rato más hasta que decido que no me apetece
seguir compartiendo la tarde con ella. No le voy a guardar rencor, ni me
voy a enfadar, pero necesito al menos unas cuantas horas sin verla para
poder reconducir mis sentimientos y no decir o hacer algo que pudiera
poner en peligro mi amistad con ella también. Bastante he perdido ya en
tan poco tiempo.
–Se está haciendo tarde. Deberíamos irnos. Además, estoy cansado.
Quiero llegar a casa, meterme en la cama y no salir de ella hasta dentro de
dos años.
–La universidad empieza el lunes así que mejor que sean dos días,
guapo.
Nos levantamos y caminamos hacia la salida. La puerta de la cafetería se
abre y, para mi sorpresa aparece Josh acompañado de una chica. Nos
encontramos de frente los cuatro.
–¡Ryan! –me saluda Josh sorprendido–. No esperaba encontrarme
contigo aquí.
Le presento a Sussan y Josh me presenta a su acompañante. Es Verónica.
Curiosa la sensación de ponerle cara y tenerla delante después de todo lo
que me ha contado sobre ella. No puedo evitar mirarla de arriba a abajo y
compadecerme por la mentira en la que vive a diario.
–Ni yo, la verdad –le respondo antes de que se percaten de mis
pensamientos–. Y eso que venimos mucho por aquí.
–Pues entonces creo que nos vamos a ver mucho más a menudo a partir
de ahora –dice Josh arqueando las cejas a modo de señal hacia la barra–.
Mañana empiezo a trabajar aquí, he venido a traer unos papeles.
Y, cuando parece que las cosas no podían ir peor, la vida te complica un
poco más la existencia. Nos despedimos y Sussan y yo caminamos en
silencio hasta doblar la esquina.
–Vaya putada, ¿no? –me pregunta.
–Un poco. ¿Cuántas cafeterías hay en Norwalk? ¡Y le ha tenido que
tocar en la nuestra!
Seguimos caminando hasta llegar a mi casa. Sussan se despide con un
beso en la mejilla y un abrazo mientras me da ánimos para afrontar
nuestra nueva vida de universitarios que comenzará la semana que viene.
Le devuelvo el beso mientras saco las llaves y me dispongo a entrar
mientras se marcha.
–¡Oye! –dice Sussan mientras se da la vuelta y vuelve a acercarse–. ¿No
decías que Josh conoció a ese tal Mike en una entrevista para un puesto de
camarero?
–Sí –le respondo.
Nos quedamos pensando en silencio. Nos reímos.
–Con un poco de suerte, a Mike también lo habrán contratado para
trabajar en el mismo sitio y, tarde o temprano, se encontrarán los tres –
añade Sussan–. ¡A ver cómo se las arregla Josh para salir de ese
momentazo!
Me río. Ojalá.
11
EL PROFESOR
Aquí estoy, de pie frente a la puerta principal que da acceso al Aula Magna
de la Universidad de Eastmond. Los nervios se han apoderado de mí y me
tiemblan las piernas. Es la primera vez que me enfrento a un cambio tan
importante en mi vida y, para colmo, también es el primer encuentro social
que tengo con más de 3 personas a la vez desde que volví de St. Dean.
Debido a la muerte de Matt y sus consiguientes repercusiones en mi vida,
me he aislado tanto del mundo que ahora me siento como un niño que
aprende a caminar. Sé cómo hacerlo, pero me aterra y pienso que si me
caigo jamás podré volver a levantarme.
Esta mañana, pese a la falta de ganas, hice un esfuerzo y elegí la mejor
ropa que encontré en mi armario, sin llegar el extremo de llamar la
atención por ir demasiado arreglado. Quiero dar buena impresión y,
aunque es absurdo pensar que eso podría pasar, no quiero llegar el primer
día dando la imagen del pobre desgraciado que se ha quedado casi viudo
hace menos de un mes y con el que es mejor no tener relación por el
momento. Intentaré parecer una persona normal, sin traumas recientes, e
integrarme lo antes posible.
Fiel a su estilo, Sussan llega tarde y decido entrar solo antes de que nos
quedemos sin sitio y tengamos que aguantar de pie la inauguración oficial
y el discurso del rector. Subo las escaleras de la derecha y, en mi mente
nerviosa y paranoica, noto como mucha gente me mira raro por estar solo.
Elijo algunos asientos del final –cuantas menos miradas haya clavándose
en mi nuca, mejor– y le envío un mensaje a Sussan para comunicarle que
estoy dentro.
En la parte frontal hay un pequeño escenario, algunas sillas y un atril.
Todo muy cutre pese a que Eastmond es de las universidades más
prestigiosas del país. En lo alto han colgado, de lado a lado, una lona
blanca con letras doradas en la que se lee «EASTMOND 2012.
BIENVENIDOS» y la dirección web, Facebook e incluso Twitter de la
universidad.
–¡Que modernos! –me dice, con cierto tono sarcástico, un chico que se
ha sentado a mi lado sin que me haya percatado de ello.
–¡Y tanto! –le respondo algo nervioso por lo inesperado de la situación–.
Sólo les ha faltado traer a Katy Perry para que cante el himno oficial.
Cuando estoy nervioso digo muchas tonterías.
–¿Qué vas a estudiar? –me pregunta.
–Publicidad.
Así es, después de toda una vida creyendo que sería abogado, en
cuestión de horas decidí cambiar de opción y pude entregar la matrícula en
tiempo récord justo cuando terminaba el plazo. Incluso estuve a punto de
no seguir estudiando y tomarme un año sabático, pero Sussan me
convenció de lo contrario. Ella también estaba aterrada con esto de
empezar la universidad sola, así que me pasó información sobre las
carreras universitarias que se podían estudiar en Eastmond, donde ella
hará Psicología, y enseguida tuve claro que quería estudiar Publicidad. De
todos modos, Sussan y yo no tenemos asignaturas en común, aunque
seguro que podrá echarme una mano con Psicología del Consumidor, una
asignatura que tendré el año que viene.
–¿En serio? –se sorprende el chico–. ¡Yo también! Parece que he hecho
bien eligiendo este sitio, al menos ya conoceré a alguien cuando empiecen
las clases.
–Lo mismo digo, siempre viene bien…
–¡Lo siento! –me interrumpe Sussan, que ha llegado sin darme cuenta.
Hoy no tengo la visión periférica muy afinada–. Se me ha escapado el
metro, luego me he bajado en la estación que no era y, en fin, ya me
conoces. ¿Me he perdido algo?
–Nada, aún no han empezado –le respondo–. Mira, este es…
Pero, cuando miro a mi izquierda, no hay nadie sentado a mi lado. ¿Lo
he espantado? ¿Ha sido Sussan? ¿O me estoy volviendo loco?
–¿Qué? ¿Quién? –pregunta Sussan buscando con la mirada por encima
de mi cabeza.
–¡El rector! –consigo disimular, al ver que alguien sube al escenario y se
coloca tras el atril–. ¡Ese es el rector! Empieza el mitin.
–¿Tú te drogas? –se ríe Sussan–. Ese no es el rector, si acaso será algún
profesor. ¿No ves lo joven que es y lo bueno que está?
Y no le falta razón. No es el rector, sino el profesor de Psicología
Evolutiva, según dice al presentarse, y, aparte de no llegar a los treinta
años, está de muy buen ver.
–¡Bien! –a Sussan se le escapa un grito, que sólo es percibido por dos
chicas que están sentadas delante–. ¡Me va a dar clase! –me dice, ahora
susurrando, mientras me tira de la manga de la camiseta.
–¡Qué suerte tienes!
Después de cinco minutos de presentación por parte del profesor potente
y de cerca de diez minutos de discurso por parte del rector, efectivamente
más mayor y menos apetecible, miro a mi derecha y veo que el chico de
antes vuelve a estar ahí.
Le doy unos pequeños toques a Sussan en el hombro.
–Por favor, dime que no estoy loco y que tú ves al chico que está sentado
a mi lado.
Sussan se inclina hacia delante y mira hacia mi izquierda.
–¡Claro que lo veo! –me responde en voz baja–. ¿Estás tonto?
Suelto un largo suspiro de alivio.
–Es que antes se ha sentado a mi lado –le cuento a Sussan– y hemos
hablado un rato, pero cuando has llegado había desaparecido y empezaba a
creer que me lo había imaginado.
–Está bueno –dice Sussan sin quitar la vista de su nuevo profesor.
–¡Que sí! –le respondo con tono cansado–. Pero no me ignores.
–¡El profesor no! Bueno, sí, también. Me refiero al chico ese. Está
bueno.
La verdad es que no me había parado a pensar en eso. Desde lo de Matt
no siento ganas de tener nada con nadie y, por consiguiente, tampoco me
fijo mucho en lo guapos que sean o dejen de ser los chicos que veo por ahí.
Tímidamente miro hacia mi izquierda de reojo.
–Bueno, no está mal. Pero Matt era mucho más guapo.
–Pero éste está vivo.
Según salen las palabras de su boca, Sussan abre los ojos de par en par,
me mira rápidamente y me agarra las manos.
–¡Dios! ¡Lo siento, Ryan! ¡No me odies! ¡No sé por qué he dicho eso!
¡Lo siento! ¡Perdona! ¡Soy una hija de puta!
Por un momento me dan ganas de levantarme, escupirle en la cara e
irme. Pero respiro hondo y trato de recordar que, antes del verano, yo era
el primero que amaba el humor negro y que le seguía esa clase de chistes a
Sussan.
–No pasa nada –le digo para que se calme–. Habría tenido más gracia en
otro momento, pero es normal que se te haya escapado. No te lo tengo en
cuenta.
Le doy un beso en la mejilla.
–¿Qué le pasa a tu amiga? –me pregunta el chico.
–Nada, que es un poco bocazas.
–Ah, vale. Bueno, no quería meterme donde no me llaman. Es que esto
es muy aburrido.
Razón no le falta.
–¿Son cosas mías o antes has desaparecido? –le pregunto intrigado.
–Sí, perdona. Tenía que ir al baño y, como ya había llegado tu amiga, no
creí que te importara que me fuera sin avisar.
Sussan me pellizca el brazo disimuladamente.
–Deja de ligar –me susurra y me río.
Una hora después, por fin ha terminado la inauguración y podemos ir a
ver los horarios, aulas y profesores de cada asignatura. Me levanto de mi
asiento y, mientras estiro las piernas, veo como Sussan se inclina sobre la
pequeña mesa plegable de su asiento y abre la boca. Sé exactamente lo que
está a punto de hacer.
–¿Vienes con nosotros? –le dice al chico, que ya estaba en pie y
marchándose por su izquierda.
No quiero darme la vuelta de la vergüenza, así que me mantengo tenso,
con los hombros algo levantados y con cara de circunstancia como si me
estuvieran pasando un hielo por la espalda.
–¡Claro! Aquí no conozco a nadie –respondió.
Me relajo. Me doy la vuelta mientras intento que mi cara vuelva a
parecer normal y le hago una seña para que nos siga por las escaleras de la
derecha. Estoy seguro de que Sussan quiere ver a su profesor de cerca así
que me posiciono delante y los guío escalera abajo, en dirección hacia
donde el profesor está de pie charlando con otra profesora.
Nos quedamos un rato rondándolo, hablando de tonterías, esperando a
que se vacíe el Aula Magna. Cuando parece que el profesor termina la
conversación, se da la vuelta para marcharse y Sussan finge un tropiezo.
–¡Uy! –exclama–. Lo siento, profesor…
–Kinsey.
–¡Eso! ¡Kinsey! –tontea Sussan–. Es que desde ahí arriba apenas se oía
nada.
–¿Y tú eres? –pregunta el Sr. Kinsey.
–Sussan. Sussan Donovan. Soy alumna suya, voy a estudiar Psicología.
–Nos veremos en clase. He de irme –se disculpa–. Un placer.
Sussan se queda embobada mirando como el Sr. Kinsey abandona el
aula. De cerca es más atractivo aún, pero se le notan más los años. Ahora
sí creo que pasa de los treinta, aunque no mucho. O quizás ha sido profesor
desde muy joven y el estrés le ha pasado factura. De todos modos, tiene
ese aire de madurez atractiva que llama mucho la atención. Las arrugas las
tiene tan bien posicionadas que le quedan realmente bien y le dan mucha
más expresividad a unos simples ojos marrones que, en otras
circunstancias, no hubieran sido nada llamativos. Aunque lo que más le
gusta a Sussan, seguramente, es que no es muy alto ni muy bajo; tamaño
estándar, de buenas proporciones y generosos brazos.
–No te ha hecho mucho caso, ¿no? –le digo a Sussan.
–Da igual –responde ella mientras se recoge el pelo con una mano y se
lo vuelve a soltar–. Te recuerdo que tengo novio, así que no me interesa lo
más mínimo el Sr. Kinsey… De momento.
Nos echamos a reír y salimos del aula, mientras el rector nos mira con
mala cara con unas llaves en la mano. Somos los últimos.
–Un sandwich vegetal y un café con leche –le digo al camarero de la
cafetería.
Me lo sirve, pago y tomo asiento en la silla que me han dejado libre.
–¡Esto ya es otra cosa! –exclama Sussan mientras mira a su alrededor.
La cafetería de la universidad no tiene nada que ver con lo cutre del
Aula Magna. Debe de ser porque pertenece a un ala nueva del edificio
principal que no tendrá más de cinco años, pero tiene un aspecto mucho
más moderno y minimalista. A la derecha hay una barra bastante larga con
tres camareros –aunque tiene pinta de ser porque hoy es la inauguración,
seguro que durante el curso sólo hay uno y las colas serán interminables–
y al fondo hay otra barra un poco más pequeña con vitrinas para comida y
una especie de carril para bandejas. Supongo que es el bufet que aún no ha
abierto. Las mesas son todas blancas nacaradas, con sillas naranja de
diseño moderno pero con aspecto de ser mucho más baratas de lo que
aparentan. Del techo cuelgan lámparas redondas amarillas y toda la pared
izquierda es una gran cristalera que da hacia el parque central. Por la
megafonía suena música a un volumen tan bajo que no logro reconocer y
sólo se interrumpe cuando hacen algún tipo de anuncio desde dirección o
secretaría. Parece que estamos en la cafetería de algún aeropuerto.
–¡Esto está lleno de chulazos! ¿No? –exclama Sussan con los ojos que se
le salen de la cara.
–No sé, tú sabrás –le respondo con aire desinteresado y poniendo una
cara tan evidente que, en el acto, Sussan comprende que no quiero que
airee tan pronto que soy gay.
–Oye… –comienza a hablar de nuevo Sussan, que se queda dubitativa
mirando hacia nuestro nuevo amigo, como si tratara de recordar algo–. No,
espera. No me había dado cuenta de que no nos han presentado. Yo soy
Sussan.
–Lo sé, te oí cuando se lo dijiste al profesor.
–Y yo soy Ryan –me presento, mientras Sussan gira su cara y me mira
con sorpresa–. No me mires así, tampoco nos habíamos presentado
nosotros.
Nos reímos por lo estúpido de la situación.
–¿Y tú cómo te llamas, guapete? –le pregunta Sussan.
–Mike –responde entre risas–. Me llamo Mike.
–No te preocupes por lo de guapete. Yo soy así, no te estoy tirando los
tejos. Además tengo nov… ¿Has dicho Mike?
Sussan y yo nos miramos. No puede ser el mismo Mike. Saco el iPhone
y le envío un mensaje a Sussan sin que Mike me vea.
«No creo que sea el mismo Mike de Josh. De todos modos, no hay forma
de saberlo porque, supuestamente, nosotros no sabemos lo que pasó. ¡No
preguntes!».
Suena el móvil de Sussan en su bolso, que se inclina para recogerlo del
suelo, sacarlo y leer el mensaje. Me mira y me guiña un ojo a modo de
aprobación. Pese a todos los problemas que he tenido en las últimas
semanas y lo que estoy cambiando psicológicamente, aún no he perdido
esa afinidad que tengo con ella, en la que basta con mirarnos para saber lo
que estamos pensando.
Vuelve a sonar otro móvil. Mike se inclina, levanta media nalga del
asiento y extrae su teléfono del bolsillo trasero de su pantalón. Mira la
pantalla y, con una cara de decepción que apenas logra disimular, se
marcha para hablar con más intimidad y vuelve a los pocos segundos.
–Chicos, ha sido un placer, pero tengo que irme –dirige su mirada hacia
mí–. ¿Nos vemos mañana en clase?
–Claro.
–A ti espero verte por los pasillos –le dice a Sussan.
–¡A mí me verás en todas partes, guapete!
°°°
Llevo desde esta mañana dándole vueltas a la posibilidad de que Mike sea
el Mike de Josh y la verdad es que no me hace ninguna gracia. Sería una
coincidencia muy grande. Es cierto que, ahora mismo, no busco ningún
tipo de relación, pero tampoco estoy por la labor de que vuelvan a estar
juntos y tenga que ver a Josh con otro cada dos por tres. Apenas siento
nada por él, de hecho siento hasta rechazo ahora que sé que tiene novia y
demás, pero tampoco es plato de buen gusto ver como alguien que fue
importante en tu vida pasa la suya junto a otra persona y, al mismo tiempo,
no quiero acabar siendo amigo de Mike y tener que ocultarle que Josh
tiene novia, si no lo sabe ya.
Si algo he aprendido en el último mes, es a no anticiparme y pensar en
las cosas que podrían o no podrían pasar, sino a preocuparme por lo que
vivo día a día. Ya habrá tiempo de reaccionar ante los problemas que
puedan surgir en el camino.
Se nota que hoy he pasado la mañana con Sussan porque Nathan no deja
de llamarme. Es como si, cada vez que la veo, luego ella hablara con su
novio y lo motivara a llamarme para que arreglemos nuestra amistad. Para
ella es fácil, no la han llamado enferma en su cara, ni le han intentado
joder la mejor relación que ha tenido en su vida. Tampoco entiendo por
qué insiste, si ella misma no está bien con él.
Suena el timbre de la librería, lo que provoca que me escape de mis
pensamientos y vuelva al mundo real. Tengo que aprovisionarme de
material escolar, bueno, universitario. Libretas, archivadores, bolígrafos,
subrayadores y algunos libros que me faltaban. La librería Price –que da
nombre a la calle, aunque parezca lo contrario– es la más antigua del
barrio, pero es sin duda la más completa. Su dueño es muy meticuloso,
además de ser un señor muy culto que sabe mucho sobre muchas cosas, y
siempre que no encuentro algo en ninguna librería o centro comercial de la
ciudad, él lo tiene. Y si no lo tiene, me recoge el encargo y por seguro lo
consigue. Su mujer falleció hace dos o tres años y, desde entonces, vive
por y para su librería.
Cuando salgo, camino por la acera en dirección hacia la esquina que da a
mi calle y, al pasar junto al Starbucks, miro al interior y veo a Josh
recogiendo una de las mesas. Como si alguien le empujara la cabeza, la
levanta y se cruzan nuestras miradas. Me hace una seña para que entre.
–¿Cómo estás, pequeño? –me pregunta sonriente.
Así llamaba yo a Matt.
–Bien, pero no me llames así, por favor.
–¡Vaya humor me traes! –se queja.
–No, es simplemente que me trae recuerdos. Ya sabes…
Se queda dudando unos segundos hasta que por fin pone cara de entender
a lo que me refiero.
–Lo siento. No sabía… –se disculpa y lo interrumpo.
–Tranquilo. ¿Qué tal el trabajo?
–Muy bien. Empecé el sábado y estuve todo el fin de semana
aprendiendo. Ya hoy me desenvuelvo un poco mejor.
–Y el horario de tarde es el mejor, ¿no? Así no madrugas.
–Bueno, es sólo durante un par de días. Hasta que se incorpore alguien
nuevo a finales de esta semana, entonces estaré siempre en el turno de la
mañana y mediodía.
Me pregunto si ese alguien será Mike, su Mike. Se lo tendría merecido
por mentiroso.
–¿Y eso qué es? –continúa señalando a mi bolsa de Price–. ¿Qué te has
comprado?
–Cosas para la universidad, empiezo mañana.
–¿Te acuerdas del chico del que te hablé? ¿Mike?
El corazón me da un vuelco y por poco me fallan las piernas.
–Creo que sí –disimulo–. El que llevaste a tu casa y te pillaron en mitad
del polvo.
–¡No fue a mitad! Ni siquiera le había metido mano. Pero sí, ese.
–¿Qué pasa con él?
–Lo vi esta mañana. Bueno, lo llamé y después pasó por aquí. No lo vi
muy motivado, la verdad –dice Josh mientras se entristece su cara.
–¿A qué te refieres?
–Pues que apenas hablamos. Es como si hubiera venido sólo para
hacerme un favor, o para no decirme por teléfono que no quiere volver a
verme. No me lo dijo directamente, pero estoy seguro de que es lo que
pensaba.
–Que putada –aunque te lo mereces por gilipollas–. ¿Y eso?
–No sé. Supongo que será porque desaparecí cuando me fui a St. Lucas a
trabajar con mi tío y no le dije nada. Pero ya sabes lo que te conté, no
podía arriesgarme a que mi tío me pillara. Me hubiera matado.
–Entiendo –le digo con desgana, dejando claro que no me apetece nada
seguir con esa conversación–. Bueno, ya se le pasará.
–Sólo me contó que ha empezado la universidad, igual que tú, y que iba
a estar muy liado a partir de ahora. Después se pidió un café para llevar y
se marchó.
Blanco y en botella. No me puedo creer que esto me esté pasando a mí.
No tenía suficiente con que Josh fuera el que vino a arreglar el cristal en la
casa de la playa y que haya empezado a trabajar en mi cafetería favorita
aquí en la ciudad, sino que ahora el único conocido que tengo en la
universidad es su último ligue. Esto de las coincidencias empieza a
tocarme un poco la moral.
No te anticipes Ryan, si pueden existir tantas coincidencias para
amargarte la vida, también las pueden existir para facilitártela y que el
Mike de Josh no sea tu Mike, es decir, el Mike de tu universidad.
Le pongo una excusa a Josh para marcharme y lo dejo casi con la
palabra en la boca. Demasiada información para asimilar en tan pocos
segundos.
Salgo de la cafetería, doblo la esquina y sigo caminando hacia casa,
dándole vueltas a la más que probable posibilidad de que Mike y Mike
sean la misma persona. Por mucho que no quiera anticiparme al futuro,
ahora sí que me aterra la idea de tener que compartir un amigo con Josh.
No importa como me posicione, haga lo que haga estoy destinado a
fallarle a uno de los dos. Si mañana ignoro a Mike como si no nos
hubiéramos conocido, me voy a sentir muy mal. Pero si me hago más
amigo suyo, llegará el momento en el que coincidiremos los tres (¡o
incluso los cuatro si aparece Verónica!) y será muy incómodo. Al mismo
tiempo, si fuese tan cruel de pasar de él mañana, cabe la posibilidad de que
me lo encontrara con Josh algún día, sepa que nos conocemos, y piense
que pasé de él por culpa de Josh... ¡Cuanta plancha!, como diría Sussan.
12
LA HIPÓTESIS, LAS DOS RUBIAS Y EL AMOG
LIBGE
Hoy es una de esas mañanas en las que preferiría no salir de la cama y
esconderme bajo las sábanas, esas telas protectoras que sirven tanto para
protegernos del frío, como de los asesinos y monstruos que aparecen bajo
la cama o de los sentimientos negativos que nos provoca el mundo que hay
al otro lado de ellas. Es el primer día de clase oficial en Eastmond y mi
segunda prueba de fuego, enfrentándome al mundo real en un lugar
abarrotado de personas. Levanto la vista y descubro que el despertador no
ha sonado. Tengo media hora para llegar a clase.
Dejo de lado todas mis teorías sobre las primeras impresiones y me
pongo lo primero que pillo, culminado con mi sudadera «salvation». Mal
desayuno tres galletas y un zumo, me cepillo los dientes y me voy directo
a la estación de metro, no sin antes despedirme de mi madre. Corro
durante dos manzanas y bajo tan rápido las escaleras mecánicas que a
punto estoy de romperme los dientes contra el suelo. Llego justo a tiempo
para darme de bruces contra las puertas del vagón mientras una señora me
mira y me sonríe.
–Siempre pasa lo mismo, corazón.
Le doy la razón y me siento a esperar unos minutos hasta que llegue el
siguiente tren. Introduzco mi mano en el bolsillo del pantalón y no
encuentro lo que esperaba encontrar.
–¡Mierda! ¡El iPod! –exclamo en voz alta.
Será un trayecto musicalmente silencioso y aburrido, teniendo que
soportar los murmullos de la gente, las conversaciones a grito pelado y los
ruidos de los vagones chocando contra las vías. Cuando por fin llega el
tren, descubro que, para culminar el gran momento, tendré que ir de pie.
Menos mal que Eastmond está a sólo cinco estaciones.
Cuando llego a mi destino, me bajo corriendo y, cual conejo blanco en el
País de las Maravillas, subo los escalones de dos en dos mientras miro
constantemente mi reloj y me digo «¡Llego tarde! ¡Llego tarde!». En la
calle, trato de ubicarme y corro en dirección al campus. Ya en a la entrada
principal, estoy tan acalorado y sudado que tengo que quitarme la sudadera
y pasar por la cafetería para comprar una botella de agua. Vuelvo a mirar
en mis bolsillos.
–¡Mierda!
También he olvidado la hoja dónde apunté el horario y las aulas en las
que se imparte cada asignatura. Para cuando encuentro el aula de
Introducción al Lenguaje Visual, ya se me ha hecho tarde veinte minutos.
Dudo si entrar o ir directamente a la siguiente clase más tarde. Bebo agua
y doy vueltas en el mismo sitio, haciendo un amago de agarrar el pomo de
la puerta un par de veces.
–Entre.
Me giro y me encuentro de frente al rector.
–Es el primer día, no se lo tendrán en cuenta.
–¿Usted cree?
–Absolutamente. De hecho, las puertas suelen dejarse abiertas el primer
día para que los rezagados como usted no tengan vergüenza de entrar. No
sé por qué ésta la han cerrado.
–No quisiera interrumpir.
El rector alza la vista para ver la identificación del aula.
–Este aula tiene varios niveles. Si tanta vergüenza le da, suba al piso
superior y entre por la puerta del fondo. Así nadie se percatará de su
presencia y el profesor no se verá obligado a detener la clase.
–¡Gracias!
Salgo corriendo. Más escaleras. Encuentro la puerta y, haciendo el
menor ruido posible, la abro y entro en el aula. Hay menos gente de la que
esperaba y, antes de que pueda pensar siquiera dónde sentarme, oigo que
alguien me llama entre susurros.
–¡Ryan! ¡Aquí!
Mike está en la última fila, pero al otro lado del aula. Atravieso todo el
pasillo y me siento a su lado.
–¿Va muy avanzada la clase? –le pregunto a Mike al tiempo que saco
una libreta y un bolígrafo.
–Ni idea –se encoge de hombros–. Acabo de llegar hace cinco minutos.
Tras lo que pareció ser la clase universitaria más corta de la historia (es
lo que tiene llegar media hora tarde), miramos los horarios y descubrimos
que la siguiente clase no empieza hasta dentro de una hora, así que
optamos por ir a la cafetería, que parece ser que será el lugar en el que más
tiempo pasaremos durante los próximos años. Ahora entiendo que todas
las historias y anécdotas universitarias que se escuchan ocurran siempre en
las cafeterías.
De camino, encontramos a Sussan saliendo de una de sus clases y, tras
ella, el Sr. Kinsey, que cierra la puerta con llave y se despide de nosotros
educadamente.
–¡Es estupendo! –nos cuenta Sussan mientras levanta los brazos como si
representara una obra musical del instituto.
–Estupenda te deja la entrepierna, que no es lo mismo –bromeo.
–¡Eso también! –me contesta–. Pero, en serio, como docente es igual de
bueno. Es la primera vez en mi vida que atiendo en clase y me entero de lo
que el profesor explica sin necesidad de leerlo en el libro varias veces.
–Pues que suerte tienes –le contesta Mike–. Nuestra primera clase ha
sido un tostón, menos mal que llegamos tarde. Y ni siquiera pudimos
alegrarnos la vista al menos.
Miro a Sussan y, sin palabras, nos preguntamos si eso que acaba de decir
Mike significa lo que parece o estamos viendo cosas donde no las hay. ¿Se
refiere al físico poco apetecible del profesor que nos dio clase?
–No pongáis esa cara –continúa Mike–. Que la policía no es tonta.
°°°
Tres cafés, un desayuno en condiciones y mil conversaciones absurdas
después, Mike y yo estamos sentados en nuestra siguiente clase, esta vez
de Comercialización I y llegando los primeros al aula, mientras vemos por
el ojo de buey de la puerta como Sussan nos pone caras, hace burlas y,
finalmente, es reprendida por el rector –que parece estar en todas partes– y
obligada a despejar el pasillo.
El aula en cuestión es más pequeña que la anterior, pero tiene una
enorme cristalera similar a la de la cafetería por la que se divisa la avenida
que atraviesa la ciudad de lado a lado, el parking de la universidad, la
residencia de estudiantes y el parque lateral en el que siempre suele haber
gente fumando o tomando el sol, matando las horas libres.
–¿A qué te referías con eso de que la policía no es tonta? –le pregunto a
Mike.
–Ya lo sabes.
–No, no lo sé –insisto.
–Sí, sí lo sabes. No te hagas el loco.
Mantengo silencio porque, en el fondo, sé que tiene razón. Pero me
sigue quedando la duda de si estoy en lo cierto y ambos estamos pensando
en lo mismo.
–Pero –continúo–, ¿cómo sabes que…?
–Josh –me interrumpe.
Me quedo con la boca medio abierta. Parece que se confirman todas mis
sospechas y esta vez si que no hay duda alguna al respecto.
–¿Y cómo sabes que yo…?
–Ya te dije que la policía no es tonta –me vuelve a interrumpir.
El profesor levanta la vista y mira hacia el fondo de la clase, dónde
estamos ubicados, intentando descubrir de dónde provienen los
murmullos.
–Te vi en Facebook –continúa Mike, en voz baja–. Cuando nos
conocimos, Josh me contó que tuvo un lío con un tal Ryan en un
campamento y hace dos o tres semanas vi que te había agregado como
amigo así que supuse que eras la misma persona.
–¿Entonces ayer…?
–No fue casualidad –me interrumpe una vez más–. Bueno, en parte sí,
porque no esperaba encontrarme contigo. Pero, cuando te vi, me senté a tu
lado sabiendo quién eras. No pienses mal, no soy un descarado.
Simplemente creí que sería más cómodo estar con alguien con el que
tengo algo en común, que sentarme solo y empezar aquí de cero sin
amigos.
–¿Y por qué no lo dijiste antes? –le pregunto.
–No sé –se encoge de hombros–. Supongo que al principio pensé que no
haría falta. Pero ayer fui a ver a Josh y me comentó que te había visto en la
cafetería, así que lo pensé bien y supuse que lo mejor era no disimular y
que se supiera todo para que no hubiera mal rollo. Sussan y tú me caéis
bien.
–¡Pero si he tenido que sacártelo yo!
Mike se ríe.
–Cierto, pero no era mi intención. Pensaba decirlo antes en la cafetería,
pero como no salió el tema me sentí incómodo y no lo encontraba
oportuno.
Me siento más aliviado, ahora que todo ha salido a flote y ya no tendré
que enfrentarme a dilemas personales ni encrucijadas. Parece mentira lo
rápido que se ha resuelto el problema. Definitivamente descubro que no
sirvió de nada preocuparme tanto de este asunto durante todo el día de
ayer. Al final se ha arreglado sin tener que mover un dedo, sin estrés y sin
complicaciones.
–No quiero meterme dónde no me llaman –le digo a Mike– pero, ¿por
qué eres tan seco con Josh?
–¿A qué te refieres?
–Ayer yo también hablé con él, por la tarde. Me contó que fuiste a verlo,
pero que te comportaste de forma muy rara y te fuiste rápido, como si no
quisieras volver a verlo.
–¡Qué dramático es! –se ríe.
–Pues creo que yo soy peor, así que ve acostumbrándote al drama.
–No le dije nada de no querer volver a verlo. Pero sí es cierto que no
quiero volver a tener nada con él.
–¿Es por lo de St. Lucas?
–¿Quién es Lucas? –me pregunta levantando un poco la voz mientras el
profesor vuelve a intentar identificar de donde provienen las voces.
–Su novio –bromeo y a Mike le cambia la cara–. Es broma. Lucas no, St.
Lucas, es el pueblo donde vive su tío.
–¡Ah! –suspira Mike–. Bueno, reconozco que eso no me hizo nada de
gracia. Se fue sin avisar y, de un día para otro, no supe nada de él. ¡Llegué
a pensar que su padre se lo había cargado después de pillarnos!
Me río y le explico que conozco toda esa historia ya que Josh me la ha
contado con anterioridad.
–Pero no es por eso –continúa–. Simplemente hay algo en él que no
termina de encajar. Tengo la sensación de que me esconde algo. No algo en
concreto, sino que da la apariencia de ser de esas personas que nunca son
transparentes, que siempre tienen algo que ocultar y todo lo cuentan a
medias.
Si él supiera. Estoy tentado a decirle que Josh lleva un año saliendo con
Verónica, pero me muerdo la lengua. Esa información se la debería dar
Josh a él y, de todos modos, si Mike no quiere nada con él tampoco le va a
perjudicar la ignorancia.
–Y luego estás tú –culmina Mike.
–¿Yo? –pregunto arqueando las cejas.
–¿A cuántos «tú» conoces? –responde Mike con sarcasmo.
–Pues, a día de hoy, a dos. Mi «yo» de hace un par de meses y mi «yo»
de ahora. Pero esa es otra historia.
–Interesante. Igual que sabías a qué me refería antes, sabes a lo que me
refiero ahora. Te encanta hacerte el tonto, ¿eh?
Me pongo rojo y, una vez más, tiene razón. Me acuerdo de Matt y del
momento en el que se acercó hasta mí mientras nadaba en el mar, de su
timidez, de la apuesta con sus amigos y de cómo, en el fondo, yo sabía que
le gustaba y no lo vi hasta que me lo reconoció la noche siguiente cuando
lo desperté en las escaleras del porche de mi casa. Ahora está ocurriendo
algo parecido y, aunque me cueste verlo y reconocerlo, está claro que a
Mike le gusto y ese es parte del motivo por el que no le ha dado más pie a
Josh. No sé cómo voy a salir de esta situación, ni cómo decirle que no me
interesa.
–No pongas esa cara. No pretendo que te enamores de mí –me dice–.
Apenas nos conocemos y yo no busco nada contigo. Al menos no de
momento. Sólo quiero un amigo. Pero, si tengo que elegir entre ser amigo
tuyo y conocerte o seguir liado con Josh, prefiero lo primero. Tú eres más
transparente... O eso parece.
–No te he pedido que elijas.
–Lo sé, sólo es una hipótesis de lo que podría…
–¡Os vais a callar de una vez! –grita el profesor, que parece que por fin
nos ha ubicado–. Esto no es el instituto, los que quieran charlar que se
vayan a la cafetería o al parque, que nadie les obliga a estar en mi clase.
Muertos de la vergüenza, nos quedamos callados y no abrimos más la
boca durante la siguiente hora.
°°°
De vuelta a la cafetería, donde nos espera Sussan –que se ha hecho amiga
de dos rubias espectaculares con pinta de haberse equivocado de lugar
buscando algún casting de moda–, una vez más el rector aparece y nos
informa de que la profesora que imparte Taller de Redacción ha sufrido un
percance y estará de baja, por lo que tenemos el resto de la mañana libre
ya que, con el imprevisto, no disponen de un profesor sustituto.
Mike decide irse a casa, así que Sussan, las rubias y yo nos vamos al
parque lateral y nos iniciamos en el mundo de los hippies, que invaden la
zona y nos invitan a fumar maría y a beber lo que parece ser una extraña
mezcla de ron blanco, zumo tropical y refresco de limón. Entre calada y
calada, las rubias –que se llaman Angelica y Moniquè– nos cuentan que
han venido de Francia para hacer el tercer curso de Periodismo y así
mejorar otro idioma. Incluso convencen a Sussan para que vaya a Francia
a pasar la misma experiencia. Le ofrecen vivir en el piso que compartirán
el año que viene y le prometen que será el mejor año de su vida.
–Yo creo que estas dos son un poco Nora –me susurra Sussan al oído–.
Van de súper amigas liberales y me da en la nariz que lo que quieren es
llevarme al catre.
–Te está afectando la maría –le respondo–. Sólo están siendo amables.
Y cuando más convencido estoy de mi teoría, veo como Angelica y
Moniquè se funden en un beso mientras los demás las miramos atónitos.
Tras lo que, sin cortarse un pelo, nos invitan a los demás a hacer lo mismo.
–¡Viva el amog libge! –exclama Moniquè con acento francés mientras se
acerca a mí cerrando los ojos y abriendo la boca.
Me echo hacia atrás de tal forma que caigo de espaldas y ella sobre mí,
derramando su bebida por encima de su falda. A Sussan se le entrecorta la
risa cuando uno de los hippies que nos acompañan la agarra de la cintura e
intenta besarla. Tras un bofetón y cuatro gritos, se pone en pie, me ayuda a
levantarme y decidimos que ya hemos tenido suficientes nuevas
experiencias por hoy. Las rubias ponen caras tristes y nos piden que nos
quedemos, que será divertido, pero no les hacemos caso.
–¡Júrame que jamás vamos a volver a pisar este parque!
–Te lo juro! –le digo entre risas–. Creo que se me ha subido un poco el
ron tropical ese.
–¡Nos hemos equivocado de gueto!
–Desde luego. Habrá que buscar un grupo que no sea tan liberal, ni tan
conservador, que acepte nuestras desviaciones.
–Habla por ti, rarito –me responde mientras hace un gesto mariquita con
la mano–. ¡Que yo soy “normal”! –se ríe.
–No lo decía por ti, estaba incluyendo a Mike en ese plural.
Sussan se detiene y, como por arte de magia, se le pasa el colocón y me
mira fijamente, muy seria.
–¿Mike?
Asiento con la cabeza y sonrío malvadamente.
–¿Es que no quedan tíos heteros en el mundo? –grita Sussan levantando
los brazos. Otro momento dramático de instituto.
–El hippie ese que quería besarte lo era… –le respondo.
–¡Antes me lío con Moniquè!
–El Sr. Kinsey también parece serlo –le sugiero mientras le doy
suavemente con el codo en el brazo–. Y el gilipollas de Nathan también lo
es, por si no te acordabas de tu novio.
–Bueno… Pero a Nathan le quedan dos telediarios.
Ahora soy yo el que se queda serio. Odio cuando Sussan suelta
bombazos como ese sin previo aviso. Me pilla desprevenido y no sé cómo
reaccionar.
–¿Qué me estás contando? –le pregunto algo alterado, aunque no
sorprendido.
–Anoche quedamos, follam... ¡hicimos el amor! –rectifica entre risas–.
Y no fue como antes. Lo noté distinto, más que de costumbre. Fue como si
no quisiera estar conmigo y lo hiciera por rutina.
–¿Y tú que sentiste?
–Ese es el problema, que yo estaba igual. No sentí nada más de lo que
podría haber sentido con cualquier tío que conozca alguna noche en una
discoteca. Por eso sé que esta relación está en las últimas. Realmente sólo
falta que alguno de los dos se digne a dejarlo y el otro acceda sin
inmutarse.
–Pues lo mejor es que lo hagas cuanto antes –le sugiero.
Seguimos caminando en dirección a la estación de metro, bajamos las
interminables escaleras y nos separamos en los pasillos cuando cada uno
se dirige hacia una línea diferente. Me parece extraño que Sussan no me
haya preguntado cómo sé que Mike es gay o si ya descubrí que es el ex-
ligue de Josh. Igual estaba saturada con el tema de Nathan. Iba a decir que
no me alegro de lo que les ha ocurrido, pero la verdad es que sí. Sussan
está bien y ya no siente lo mismo por él, así que no me siento culpable de
alegrarme de su inminente ruptura. Ella se merece un tío que la trate como
se merece y, sobre todo, un tío con dos dedos de frente sin veneno en la
lengua y sombras en la cabeza, que es lo que tiene Nathan, aunque yo haya
tardado años en darme cuenta.
Ya en el vagón del metro, coincido con el Sr. Kinsey y nos sentamos
juntos.
–¿Cómo es que un profesor de universidad como usted no puede
permitirse un coche? –le pregunto.
–Lo tenía, pero se lo quedó mi exmujer tras el divorcio el mes pasado.
–Lo siento. No pretendía…
–No te preocupes –me interrumpe–. Es sólo un divorcio y estoy bien.
Fue decisión mía. Estábamos interesados en cosas diferentes y… Y no sé
qué hago contándole mi vida a un alumno.
–Tiene usted razón, aunque en teoría no lo soy. No me da clase a mí,
sino a mi amiga Sussan.
–Es cierto. Vaya elemento su amiga –se ríe.
–¿Por qué lo dice? –le pregunto curioso.
–No sé. En clase se comporta de forma ejemplar, pero por los pasillos la
he visto y es un poco… No sé cómo definirla. Pero no es algo malo, me
recuerda un poco a mí cuando tenía su edad, hace exactamente diez años.
Sabía que no llegaba a los treinta.
Minutos después, suena la megafonía del metro. Hemos llegado a mi
estación. Me despido del Sr. Kinsey, no sin antes advertirle de que Sussan
es muy buena persona, estudiante y amiga. Y, en un alarde de confianza, le
pido que no le ponga malas notas o tendrá que vérselas conmigo y me río.
–¡Descuida! –me responde antes de que se cierren las puertas.
13
BLUE BAYOU
El día de hoy está siendo bastante raro. Bastante no, mucho.
Por un lado, Sussan por fin ha dejado a Nathan; el cual, por lo visto, no
tuvo ningún tipo de reacción ante la noticia, ni buena ni mala. Ocurrió
anoche. Después de despedirnos e irse a casa, estuvo horas pensando en lo
que habíamos hablando y decidió no alargar más la agonía, se plantó en su
casa a las diez de la noche y le dijo las tan temidas palabras «tenemos que
hablar». Apenas cinco minutos después ya eran libres y su relación se daba
por finiquitada, sin indemnizaciones ni cartas de recomendación. Aunque,
típicamente, quedaron como amigos. Y claro, hoy Sussan no es Sussan,
porque por mucho que diga que ya no sentía nada por él, algo siente y no
está convencida de haber tomado la decisión más correcta, pero tampoco
piensa echarse atrás; lo que provoca que haya estado todo el día como un
zombie, sin apenas hablar y con la mirada perdida todo el tiempo.
Y, por otro lado, está Mike, que no sé si serán cosas mías pero tengo la
sensación de que la conversación que tuvimos ayer se quedó a mitad de
camino y lleva todo el día en tensión, con cara de preocupado y evitando
tocar ciertos temas cada vez que hablamos. Me queda claro que le gusto y
que quiere conocerme para ver si le termino de convencer como persona y
surge algo entre los dos, pero aún no he tenido la oportunidad de decirle
que yo no quiero nada con él. Ni con él ni con nadie. Ahora mismo, el
amor es un sentimiento que no me puedo permitir el lujo de tener.
Así que aquí estamos, matando el tiempo antes de la hora de comer,
sentados en el césped del parque central del campus, que parece ser el
punto de encuentro de todos los guetos existentes en la universidad. Están
los hippies, algunos de los cuales ya conocimos ayer; los pijos, que
normalmente se reúnen en el parking y presumen de cochazos; los nerds o
frikis, que suelen invadir la cafetería para jugar a las cartas o navegar por
internet con sus portátiles y iPads; los chonis, que aún no entendemos qué
pintan en una universidad; luego está lo que parecen ser las personas
normales, que son como gotas de lluvia repartidas en torno a los diferentes
grupos; y, por último, nosotros tres que aún no tenemos claro dónde
encajamos.
–Deberíamos crear nuestro propio gueto –bromea Mike.
–Sí –afirma Sussan–, el de los gays y la mariliendre, ¿no?
–O el de los más guapos y guapas –le responde Mike.
–O el de los que han perdido a alguien.
Nos quedamos los tres en silencio. Silencio incómodo porque es cierto
que los tres, de una forma u otra, hemos perdido a alguien que nos
importaba en mayor o menor medida durante el último mes.
–Casi que prefiero lo de la mariliendre, ¿eh? –apunta Sussan.
–Además –añade Mike–, que aquí estamos para empezar una nueva vida,
¿no? No hay que pensar en el pasado. Tenemos que tener en mente el
futuro y vivir el presente. Lo hecho, hecho está y el pasado no se puede
cambiar y deshacer. Aparte de que Josh me la suda, no lo quería así que no
siento haberlo perdido.
–¡Y parecía tonto cuando lo compramos! –bromea Sussan.
–¿Comprado? –le pregunto continuando su broma–. No te confundas,
está alquilado. En cuanto nos cansemos de él, lo devolvemos.
Parece que el ambiente tenso y caldeado de toda la mañana se ha ido
relajando poco a poco y todo vuelve a la normalidad. Si es que puede
haber algún tipo de normalidad con una amiga medio chalada que acaba de
dejar a su novio y con un chico al que conozco desde hace tres días.
Después de bromas varias y una larga lista de ácidas críticas hacia todo
lo que se movía a nuestro alrededor en busca de atención, vemos aparecer
al Sr. Kinsey y Sussan empieza a salivar.
–¡Buenos días Sr. Kinsey! –dice Sussan como si fuera una niña de
primaria.
–¡Serán buenas tardes ya! –responde él entre risas–. Hoy no te he visto
en clase, Sussan.
–Hoy no teníamos su asignatura Sr. Kinsey… Creo.
–Puede ser –responde el Sr. Kinsey medio avergonzado–. Que tengáis
buena tarde –añade antes de irse.
Tras un prudente momento de silencio para que no pudiera oirnos, en el
que, además, Sussan confirmaba en su horario que hoy no tenía clase con
el Sr. Kinsey, Mike tomó la palabra.
–Que raro que se haya fijado en que no estabas en una clase en la que no
tendrías por qué haber estado.
–Sí, ¿no? –duda Sussan.
–Eso me huele a que te buscó a propósito, sin darse cuenta de que no era
tu curso, y se decepcionó al no verte –añado yo.
–¿Tú crees?
–Tiene toda la pinta –responde Mike.
Así que ella, más chula que un ocho, se pone en pie y sale corriendo tras
el Sr. Kinsey. Mike y yo nos asustamos y no nos da tiempo a reaccionar
para impedírselo.
–¡Esta loca! –exclama Mike–. ¿Qué va a hacer?
–Nada bueno –respondo agachando la cabeza. No quiero ni mirar.
Vemos como Sussan alcanza al profesor, que se da la vuelta y le sonríe.
Están uno o dos minutos hablando y, finalmente, Sussan le roza el brazo
con la mano a modo de despedida, quizás más cariñosa de la que debería.
Cuando regresa no podemos articular palabra durante un buen rato.
–¿Tenéis plan para mañana? –nos pregunta.
Mike y yo nos miramos extrañados.
–Le he dicho al Sr. Kinsey que mañana iremos a Blue Bayou y le he
invitado a pasarse por allí para tomarnos algo.
Blue Bayou, aparte de una canción de Roy Orbison, es un pub al que
solíamos ir los fines de semana antes de verano, pero desde que he vuelto
de la playa no he tenido ánimos ni tiempo para volver. A Sussan le encanta
porque suele llenarse de chicos guapos y a ella se le hace la boca agua –y
lo que no es la boca–. Aparte de que es de los pocos sitios en los que no
nos pedían identificación antes de cumplir los dieciocho. Y, ahora que está
soltera de nuevo, más que le va a gustar. A mí no es que me disguste, pero
tampoco me parece una pasada de sitio. Es algo pequeño y, cuando se
llena, agobia un poco, además tiene muchos desniveles y la barra del bar
es pequeña. Eso sí, la decoración es sublime. Todas las paredes del local
son de color blanco y están retroiluminadas con luces de neón en varias
tonalidades azuladas; el suelo es casi todo de cristal y, bajo él, hay agua
que se mueve alrededor del local como si de un lago se tratase; está lleno
de sofás también blancos y mesas azules que se encienden por dentro
como si fueran lámparas. La música suele ser bastante relajada, tipo chill-
out o baladas comerciales y, dos o tres veces al mes, hay algún artista
musical novel dándose a conocer en el pequeño escenario. Cuentan las
leyendas urbanas que una de las Spice Girls dio un par de conciertos allí
cuando ya nadie se acordaba de ella.
–¿Te vienes? –le digo a Mike con cara de resignación, porque a Sussan
no se le puede decir que no, mientras me encojo de hombros.
–Vale, ¿por qué no?
°°°
Odio las salas de espera de los hospitales. Da igual si vienes como
paciente o como acompañante, son igual de desesperantes. Esa sensación
constante de que nadie te hace caso, que a ninguna enfermera le importa la
gravedad de tu situación o que el médico de turno no se entera y no se da
cuenta de que te estás muriendo, aunque lo cierto sea que estás
perfectamente y todo son obsesiones mentales. Siempre pensaba que las
urgencias, en general, eran menos por las noches. Ya se sabe que hay
mucha gente aburrida que se dedica a ir y venir del hospital con tonterías,
sólo para entretenerse. Y yo daba por hecho que por la noche todo era
distinto, porque esa gente aburrida o alarmista está en su casa durmiendo.
Pero no, por lo visto esto por las noches se llena igual que la panadería
antes de la hora de comer. Y, si no es así, nos ha tocado la excepción.
Sussan lleva dentro más de una hora y aquí estamos Mike, el Sr. Kinsey,
Verónica y yo esperando a que nos digan algo. Tampoco es que su vida
corra peligro, nadie se muere por un corte en el brazo, pero el simple
hecho de tener que esperar en un hospital ya es, de por sí, angustioso; y si
a eso le sumas que aún tenemos los efectos del alcohol en nuestro cuerpo,
es probable que alguno empiece a llorar de un momento a otro. El Sr.
Kinsey se levanta cada diez minutos y se acerca a recepción para preguntar
si saben algo de Sussan. Está extrañamente preocupado por ella y tanto
Mike como yo estamos desconcertados ante tal atención. Verónica tiene
cara de no comprender cómo ha llegado hasta aquí.
La cuestión es que, hace apenas tres horas, Sussan y yo llegamos a la
entrada de Blue Bayou, donde nos estaba esperando Mike y, tras una
inspección de nuestras identificaciones por parte del portero, accedimos al
pub y nos tomamos las primeras copas. Sussan se pidió un Cosmo, que
lleva vodka, triple seco, lima y zumo de arándanos; Mike un Smirnoff Ice
y yo un mojito. Cuando quisimos enseñarle el local, Mike nos sorprendió
diciéndonos que ya había estado aquí hace un par de años, en lo que
pretendía ser un concierto de una Spice Girl. Y es que hay leyendas
urbanas tan reales como la vida misma.
Después de una hora yo ya iba por mi tercer mojito, Mike se había
pasado a los margaritas y Sussan ya se había bebido tres cosmos y media
carta de chupitos, recomendados por un camarero que le tiraba los tejos.
Cuando, sin venir a cuento, se largó corriendo al baño sin avisarnos.
Supusimos que había ido a vomitar, pero cuando volvió tenía el maquillaje
retocado, las tetas recolocadas y la falda más arriba de lo normal.
–¿Te has tirado a alguno en el baño? –le pregunté.
–¡Calla y mira! –me gritó, mientras señalaba a uno de los sofás del
fondo del pub.
Allí estaba el Sr. Kinsey, con un grupo de gente joven, más que nosotros,
entre los que estaba Verónica. Sussan y yo nos quedamos de piedra al
contemplar la estampa y comprendí que lo que hizo en el baño fue
arreglarse para que su profesor no la viera con aspecto de borracha
adolescente. Disimuladamente, como si no lo hubiera visto, ella se fue
acercando hasta que fingió sorprenderse y se inclinó sobre el sofá para
saludarlo, nada más ni menos que con un beso en la mejilla –que a él no
pareció importarle porque se lo devolvió–. Mientras tanto, Mike y yo
pedíamos la cuarta copa en la barra y hablábamos de lo loca que estaba
Sussan y de los problemas en los que se iba a meter si seguía el tonteo con
el Sr. Kinsey.
Al cabo de quince minutos, se acercaron a la barra y detrás de ellos dos,
cual perrito faldero, los seguía Verónica, que se sorprendió de la gran
coincidencia. Resulta que Verónica tiene dieciséis años, es hija del
hermano mayor del Sr. Kinsey y estaba en el Blue Bayou con unos amigos,
también menores de edad, que se fueron a casa poco después de que
Sussan saludara al Sr. Kinsey, así que decidió quedarse con su tío, Sussan y
ahora nosotros también.
–Ahora que os veo juntos ya se de qué me suena tu cara –le dijo
Verónica a Sussan, que se estaba metiendo otro chupito entre pecho y
espalda–. Tu y… ¿Ryan? –asentí con la cabeza–. Ryan. Estabais en el
Starbucks el día que fui con Josh.
Algo me decía que Verónica no había bebido mucho o tenía una gran
memoria fotográfica.
Tras las presentaciones oportunas y pasadas casi dos horas desde que
Sussan se había escapado al baño, decidimos irnos en busca de una
discoteca, ya que el pub cerraba a la una y media. Mike sugirió ir a The G
Lounge, una discoteca de ambiente gay que hay a dos manzanas del Blue
Bayou y a todos nos pareció bien, incluso al Sr. Kinsey –que, a partir de
ese momento, empezamos a llamar por su nombre, Alex–, por lo que
salimos a la calle y empezamos a caminar calle arriba.
No habíamos cruzado la primera manzana cuando Sussan,
contradiciendo sus intenciones y haciendo tonterías típicas de una
adolescente borracha para llamar la atención de Alex, tropezó con un
desnivel en la acera, dio un traspiés y cayó al suelo sobre un montón de
bolsas de basura. Aún tengo la imagen a cámara lenta grabada en mi
retina, viendo como tropezaba, daba tres pasos mientras los tacones no le
permitían mantener el equilibrio, se le torcía el pie derecho y levantaba la
mano para intentar aferrarse a la farola que tenía al lado, le resbalaban los
dedos y, tras darse media vuelta en el aire, caía de espaldas sobre un
montón de bolsas de basura que había junto a los contenedores.
Habría sido todo muy divertido –de hecho los primeros segundos los
pasó sentada en su trono de basura, riéndose–, si no fuera porque, cuando
se levantó, empezó a chorrearle sangre por la parte de atrás del brazo hasta
la mano y goteaba hasta el suelo.
Verónica dio un grito y se puso las manos en la cara al tiempo que se
daba la vuelta y apoyaba su rostro contra el pecho de Mike.
–¡La sangre me pone enferma! –gritaba.
Alex y yo intentábamos averiguar de dónde procedía la sangre mientras
Sussan empalidecía y empezaba a temblar de los nervios. Cuando miré al
suelo, descubrí que una de las bolsas sobre la que había caído estaba llena
de botellas de cristal. Rápidamente le levanté la blusa para comprobar si
tenía cortes o cristales clavados en la espalda. Por suerte sólo tenía un
corte por detrás del antebrazo derecho, aunque era profundo y no dejaba de
sangrar.
El resto de la historia incluye dos taxis –porque todos no cabíamos en
uno– un trayecto angustioso y un taxista imbécil empeñado en que le
pagáramos de más porque, con el asiento lleno de sangre, no podía
continuar la ruta e iba a perder dinero; a lo que Sussan le respondió con un
escupitajo en el cristal y una patada en la puerta.
–Yo me voy a casa –le dice Verónica a su tío.
–¿Tú sola? Espera y vamos juntos en el metro. No quiero que andes sola
por ahí a estas horas.
–No pasa nada. No es la primera vez que salgo de noche y vuelvo sola a
casa. Además que voy a coger un taxi aquí fuera, no hay peligro.
Le da un beso a Alex y se despide de Mike y de mí con un simple gesto
de muñeca. Ahora que la conozco un poco más, entiendo como Josh puede
tenerla tan engañada. Aparte de ser un poco insípida, no es de esas
personas que se cuestionen mucho las cosas que ocurren o podrían ocurrir,
sino que se deja llevar y confía en que el mundo será un lugar bonito y
cómodo siempre. Quizás, en el fondo, muy en el fondo, me gustaría ser un
poco como ella. Así al menos no me pasaría el día preguntándome por
todo, mirando todas las posibles consecuencias, especialmente las malas,
de todo lo que hago.
Levanto la vista y veo aparecer a Sussan, lleva todo el antebrazo derecho
vendado y también la mano.
–¿Estás bien? –le pregunta Alex.
–Perfectamente, menos por los loncheados que me han sacado del brazo
–bromea. Al parecer sangraba tanto porque el corte no sólo era profundo,
sino que le había sajado un trozo de carne–. Y también me he cortado la
mano –añade–. Pensaba que era sangre de tocarme la otra herida, pero
tengo un corte en la palma.
–Vamos, te acompaño a casa –le sugiere Alex.
–No hace falta –miente ella, que seguro está encantada con la idea.
–Insisto.
–A mí me viene mejor –añado yo– porque mi casa y la tuya están en
direcciones opuestas desde aquí.
–¿Hacia dónde vas? –me pregunta Mike.
–Cojo la línea 3 en dirección a Monte Sullivan y me bajo en la estación
de Price, que está a dos manzanas de mi casa.
–Pues te acompaño, me viene bien esa ruta, si me bajo antes que tú en la
estación de Donovan.
–¡Me encanta esa estación! –exclama Sussan–. Cada vez que el metro
pasa por ahí digo que es mía.
Mike la mira extrañado.
–Me apellido Donovan –aclara Sussan.
–¿Nos vamos entonces? –pregunta Alex –. Aunque tú y yo nos vamos en
taxi, así te dejo y sigo hacia mi casa. ¿Os llevamos hasta la estación del
metro? –nos pregunta a Mike y a mí.
–No hace falta –le digo–, está al otro lado del parque.
Nos despedimos en la puerta del hospital y Mike y yo cruzamos la calle
para atravesar el parque. Es la primera vez que estamos solos en una
situación ajena a la universidad y la tensión empieza a crecer sin que nos
demos cuenta. El silencio es inevitable.
Son casi las tres de la mañana y tiene pinta de que va a empezar a llover
de un momento a otro. Aún no hace mucho frío pero se nota que el otoño
está ya más que implantado en la ciudad. Los árboles, aunque aún verdes,
han perdido muchas hojas y están casi despoblados. El césped, en cambio,
resplandece bajo la luz de las farolas sin perder un ápice de color. Apenas
hay movimiento en la zona y los vagabundos ocupan los bancos en los que
duermen plácidamente. Mike camina dándole patadas a una piedra hasta
que uno de sus golpes la desvía del camino y deja de encontrársela cada
tres o cuatro pasos. Yo tengo la mente en blanco y no encuentro tema para
sacarle conversación.
–Oye, Ryan –me dice Mike rompiendo el silencio–, perdóname por lo
del otro día en clase. No debí haberte dicho que me gustas así tan de
sopetón. Aún nos conocemos poco y quizás no fue oportuno.
–No te preocupes por eso, no le he dado importancia.
–¿No le has dado importancia?
–La verdad es que no, ¿por qué?
–Porque, si no se la has dado, significa que no tengo nada que hacer
contigo. ¿No?
–Es complicado –le digo mientras miro hacia el cielo y tomo una gran
bocanada de aire.
–Oye, que no pasa nada si no te gusto. No pretendo gustarle a todo el
mundo –dice en un tono a la defensiva–. Podemos ser sólo amigos, que yo
cambio el chip y punto.
–No es eso. –le contradigo–. No es que no me gustes, es que ahora
mismo no me gusto ni yo.
–No te entiendo.
–Nada –intento evitar que la conversación continúe–. Simplemente que
ahora mismo no quiero nada con nadie. Es una historia muy larga.
–Tengo tiempo –me dice Mike mientras se coloca delante de mí e
impide que siga caminando. Creo que una vez Matt me dijo lo mismo.
–Bueno –rectifico–, no es tan larga, pero no quiero aburrirte con mis
problemas.
–No me aburres. Ya te dije que quiero conocerte, para lo bueno y para lo
malo. Si quieres que sólo seamos amigos, pues sólo seremos amigos, pero
déjame conocerte.
Empiezo a pensar que, ahora mismo, carezco de un mejor amigo. Sólo
tengo a Sussan, mi mejor amiga, pero incluso ella está un poco aburrida de
mis problemas. Y no la culpo, puedo llegar a ser muy cansino y repetitivo;
y además ella tiene sus propios problemas. Todos los míos solía
contárselos a Nathan y ahora me he quedado cojo, me falta ese otro pilar
en mi vida, esa opinión y visión masculina que Sussan no puede darme
porque no sabe como pensamos los chicos, por mucho que ella crea que
nos conoce a todos. Mike tiene potencial para ser un buen amigo. Después
de todo voy a compartir con él partes de mi vida durante unos cuantos
años, hasta que terminemos la carrera. Y tiene razón, que yo no lo vea
como un posible novio no quiere decir que no pueda confiar en él y
tratarlo como a un amigo.
Le cojo del brazo y lo empujo suavemente hasta un banco libre que hay
a nuestra derecha. La luz de una farola lo ilumina por completo, quizás por
eso no lo ha ocupado ningún vagabundo. Nos sentamos y nos quedamos en
silencio. El viento sopla levemente y mueve algunas hojas secas de un
lado para otro frente a nosotros. De fondo se oye la sirena de una
ambulancia que llega o se va del hospital. Mike me mira con cara
impaciente, como si supiera que he accedido y voy a contarle algo
importante, pese a que aún no he dicho nada.
–¿Por dónde empiezo? –pregunto retóricamente–. Veras, yo todos los
veranos solía pasarlos en una casa que tienen mis padres en St. Dean, el
pueblo que está junto a St. Lucas, dónde vive el tío de Josh. Este año fui
solo, porque mis padres estaban liados con el trabajo y no pudieron coger
vacaciones. Una vez estuve allí, conocí a Matt, un chico guapísimo y
especial, muy especial. Era un ángel, aunque se comportaba como un
perrito. Perrito abandonado es lo que solía pensar acerca de él, por cómo
apareció adormilado en el porche de mi casa una noche, aunque nunca se
lo dije.
»Tardamos algunos días en encajar y dejarnos llevar pero, cuando lo
hicimos, vivimos los mejores días de nuestras vidas. Hasta que llegó
Nathan, el ex novio de Sussan y mi ex mejor amigo, y le dijo a Matt que
yo era su novio y que nos dejara en paz.
–¡Hijo de puta! –exclama Mike.
–Mucho –le confirmo–. La cuestión es que, después de unas semanas,
por caprichos de la vida, o por Matt que no se rindió tan fácilmente,
descubrimos la verdad y eché a Nathan de mi casa y de mi vida. También
tuvimos que luchar un poco contra los gilipollas de los amigos de Matt,
pero eso fue más fácil y menos traumático que lo que ocurrió después.
Cuando llegó septiembre y la hora de despedirnos porque yo tenía que
volver a la ciudad, le preparé una cena súper romántica y genial. Bebimos
más de la cuenta. No estábamos borrachos, pero si lo suficiente como para
no estar en plenas facultades.
Los ojos comienzan a brillarme y Mike, que debe presentir que se acerca
algo emotivo, me pone el brazo por encima de los hombros.
–No sigas si no quieres –me dice–. Igual es duro que estés recordando
esto y yo estoy aquí jodiendo sólo por haber insistido.
–Quiero contártelo –le digo, y continúo mi historia–. Pues eso, íbamos
un poco bebidos y a Matt se le ocurrió meterse en el agua en calzoncillos y
no dejó de insistir en que me metiera con él. Pero yo tenía frío y no me
apetecía, así que le dije que no durante un rato hasta que al final, pensando
que era nuestra última noche, decidí aprovechar el tiempo y disfrutar. Pero
ya era demasiado tarde.
Una lágrima cae desde el borde de mi párpado, mejilla abajo hasta llegar
a la mandíbula y caer en caída libre hasta la mano izquierda de Mike, que
tiene apoyada sobre mi brazo mientras me rodea con su brazo derecho.
–Lo busqué y lo busqué, pero no lo encontré. Había desaparecido… Se
ahogó –digo finalmente con un hilo de voz.
No aguanto más y rompo a llorar sin poder articular ninguna palabra
más. Me abrazo a Mike, apoyando mi cara cerca de su cuello y lloro sin
parar durante un rato. Él se limita a abrazarme y a pedirme perdón por
haberme hecho llorar. Cuando me recompongo un poco y levanto la vista,
veo que el también tiene los ojos brillantes y le falta poco para llorar.
–¿Qué te pasa? –le pregunto.
–Nada. Es que me ha dado mucha pena lo que te ha pasado. Y me ha
recordado a alguien.
–¿A quién?
–Alguien a quién quería más que a nada en el mundo y que también
murió, hace un año.
–¿También perdiste a un novio? –le pregunto mientras me incorporo y le
sujeto la mano entre las mías.
–No –hace una pausa y traga saliva–. Perdí a mi madre.
Y todo lo que había estado conteniéndose explotó. Empezaron a caerle
lágrimas de los ojos como si fuera una cascada, mientras mantenía la vista
fija hacia delante sin mirarme. Eso sí que es duro y no lo mío. Yo he
perdido a un novio que hacía tres meses que había conocido y él ha
perdido su madre. Y entonces me doy cuenta de lo fuerte que ha tenido que
ser Mike en el último año de su vida. Me veo en su lugar y no puedo evitar
compararme y pensar en lo exagerado e idiota que tal vez he sido. Si por
un chico casi desconocido me derrumbé como lo hice, no me quiero ni
imaginar lo hundido que estaría si perdiera a mi madre. Y en cambio él
está aquí, continuando con su vida, enfrentándose a ella sin miedo. Es
digno de admirar.
–Lo siento. Ahora soy yo el que no quería llegar hasta este punto.
–No importa –me responde–. Es sólo que me he emocionado con tu
historia y se me ha juntado con lo mío. La echo muchísimo de menos, pero
ya lo he superado.
De pronto, empiezo a notar nuevas gotas en mi cara. Esta vez son de
lluvia. Tal y como predije, no ha tardado en empezar a llover y como nos
quedemos aquí vamos a acabar calados. Pero la lluvia es más rápida que
nosotros y, para cuando llegamos a la estación del metro, estamos
empapados. Antes de bajar la escalera, miro a Mike. Su cara chorrea agua
por todas partes, el pelo lo tiene como recién salido de la ducha, la ropa se
ha teñido de un color oscuro y cada vez que mueve los pies –llenos de
barro del parque– se escucha el típico ruido de zapato mojado que,
seguramente, está inundado por dentro. Tiene exactamente el mismo
aspecto que tenía Matt el día de la tormenta. Miro hacia el cielo.
–¿Esto es cosa tuya?
14
LA PRUEBA
Ha pasado un mes desde que Mike y yo nos sinceramos en el parque y nos
hemos hecho muy buenos amigos. No sé muy bien si ha sido el vínculo de
haber perdido a alguien lo que nos ha unido o simple afinidad personal,
pero nos hemos vuelto casi inseparables y pasamos mucho tiempo juntos.
Él no ha vuelto a insinuar nada respecto a lo de ser algo más y yo estoy
empezando a sentir algo que no sentía antes por él. No alcanzo a describir
lo que es pero no es atracción ni nada sexual. Ni siquiera me he fijado en
él físicamente –de hecho sigo sin fijarme en nadie– pero empiezo a notar
algo distinto dentro de mí. Igual es que le estoy cogiendo cariño como
amigo y hacía tanto tiempo que no hacía amigos nuevos que no sé
distinguir ese tipo de emoción. Y lo que ocurrió hace dos días me ha
dejado aún más desubicado.
Serían las dos de la mañana cuando abrí la puerta y vi a Mike a punto de
darle un beso a un chico, lo que provocó en mí un intenso dolor, celos y
ganas de meterme en la cama y no volver a salir de ella hasta que se
hiciera de día. Pero vamos por orden.
Noche de Halloween. Un compañero de clase de Eastmond –Robert–
hizo una fiesta en su casa aprovechando que sus padres se habían ido a
pasar el fin de semana a no sé dónde. La cuestión es que invitó a sus
amigos y a muchos de sus compañeros de clase, entre ellos Mike y un
servidor. La fiesta comenzaba en torno a las nueve de la noche y, antes de
las doce, ya estábamos un poco perjudicados. De nuevo, adelanto
acontecimientos.
Quedé con Mike en una estación de metro cercana donde coincidían
nuestras respectivas líneas e hicimos el resto del camino a pie. Y ahí
estábamos, el Joker y Puzzle caminando bajo la noche estrellada con
dirección a una casa desconocida en la que se celebraba una fiesta con
gente casi desconocida, mientras cada tres o cuatro pasos aparecía algún
grupo de niños con bolsas repletas de caramelos, chucherías y demás
porquerías varias. La verdad es que yo estaba un poco nervioso, era mi
primera fiesta sin mis amigos de siempre –hace poco que conozco a Mike
y, aunque podíamos llevar a alguien más, Josh quedó con Verónica y
Sussan seguía extrañamente rara–. Encima el tema de Halloween no es que
me tranquilizara demasiado y tanto hablar de fantasmas, sangre, muertos y
demás no hacía más que recordarme a Matt y a mis constantes pesadillas.
Incluso estuve a punto de no salir, pero me pudo más el cargo de
conciencia por dejar tirado a Mike cuando ya estaba disfrazado y pintado
como el personaje de Saw I, II, III, IV, V, VI, VII y hasta que la muerte os
separe, amén.
La fiesta estuvo genial. Robert se lo trabajó muchísimo con la
decoración; parecía una casa de los horrores y la verdad es que daba miedo
en serio. El dinero que pidió como “entrada” lo amortizamos bastante. Y,
como decía, dos horas después de haber llegado ya estábamos algo
borrachos y desvariando. Resultó que los amigos no universitarios de
Robert eran gays, todos. Lo que también nos condujo a suponer y
posteriormente comprobar que Robert también lo es. Eso, o confundió a
uno de sus amigos disfrazado de enfermera zombie con una chica de
verdad. Lo dudo. En fin, que la mitad de los chicos que habíamos allí
jugábamos en el mismo equipo y, sin que suene presuntuoso, me pasé la
noche rechazando todo tipo de propuestas erótico-festivas. No estaba –ni
está– el horno para bollos, que también había algunas, por cierto.
Dos horas más tarde, yo llevaba ya al menos media hora sin ver a Mike.
Había entablado algo así como cierta amistad con una Barbie hawaiana,
dos Lady Gagas, un médico ensangrentado, tres o cuatro zombies de sexos
varios e incluso con mi archienemigo Batman, pero no tenía ni idea de
dónde se había metido Puzzle. Así que fui en su búsqueda. Tras recorrer el
piso de abajo, subí la escalera y busqué en el piso superior hasta que
empecé a sentir náuseas, me daba vueltas el estómago y notaba como algo
subía por mi garganta. Desesperadamente abrí una puerta tras otra
buscando el baño, pero sólo me topaba con dormitorios hasta que,
finalmente ,encontré todo lo que estaba buscando: el baño, Mike y que se
me cortaran las ganas de vomitar.
Me quedé de piedra al ver como Mike estaba cogido de la cintura de un
chico sin disfraz a tan solo un centímetro de su cara. Según oyeron el ruido
de la puerta al abrirse, miraron hacia mí y, aunque pareció un momento
eterno, en menos de un segundo volví a cerrar la puerta y me alejé. Volví
atrás hacia una de la puertas que había abierto anteriormente y me encerré
en una habitación a oscuras. Me senté en la cama y me eché a llorar. No
entendía muy bien lo que me estaba pasando, sólo sentía dolor y ganas
echar todas las lágrimas que me fuera posible. Y fue entonces cuando el
dolor se convirtió en miedo, auténtico miedo por no saber qué me estaba
pasando y a qué se debían mis lágrimas. ¿Me gusta Mike? ¿O fue el
recuerdo de Matt al verlos juntos? ¿Qué es lo que me dolía? ¿Que Mike
hubiera ligado con otro o que yo no tuviera al chico que quería tener junto
a mí? Volví a sentirme mareado y las náuseas retomaron su fuerza anterior.
Cuando nos fuimos de la fiesta, Mike no me preguntó nada y tampoco
me habló de su nuevo amigo. Yo me sentía muy tenso pero a él le notaba
tan relajado como de costumbre. Me contó que estaba tan borracho que ni
se acordaba de haberme visto y que él también me había estado buscando.
Preferí guardar silencio y no decirle que le había visto en el baño con otro
chico. Lo único que saqué en positivo de todo lo ocurrido fue que al menos
no hubo testigos y nadie pudo señalarme cuando Robert preguntó ayer
quién fue el que vomitó en la cama de una de las habitaciones. ¡Ups!
°°°
Al final, la profecía de Sussan se cumplió y Mike empezó a trabajar hace
tres semanas en el mismo Starbucks donde trabaja Josh. A ninguno de los
dos se nos ha ocurrido preguntarle qué tal la experiencia de compartir
trabajo con semejante personaje –Mike ya está al tanto de que Verónica es
su novia–, aunque por lo visto no han coincidido sino un par de tardes
porque tienen horarios diferentes. Y allí es a donde nos dirigimos
precisamente, ya que no hemos vuelto a ir a la cafetería desde la vez que
descubrimos que Josh trabajaría allí, y yo solamente he entrado de vez en
cuando a comprar café para llevar de camino a Eastmond.
Sussan lleva todo el trayecto pálida como Blancanieves y a duras penas
le he sacado tres o cuatro palabras desde que me avisó para que bajara al
portal de mi casa. De hecho, lleva comportándose de forma misteriosa
desde hace semanas, pero hoy es cuando le ha dado por volverse muda sin
un motivo aparente.
–Hola Mike –saludo nada más llegar a la barra–. A mí me pones un
Caramel Macchiato tamaño venti. Y a Harpo Marx no sé, porque después
de tantos años de critiqueo parece que se ha mordido la lengua y no hay
quién le saqué una frase completa.
–¡Eres gilipollas! –me grita Sussan–. Yo quiero una Chamomile Blend –
que es una infusión relajante– y un muffin de chocolate.
–Marchando.
Nos vamos hasta el final de la barra y nos sentamos a esperar. Mientras
yo le pongo caras y muecas a Mike cada vez que pasa cerca, Sussan juega
con la torre de vasos de cartón vacíos que tiene delante hasta que el
encargado la ve y le pide amablemente que no toque los vasos que luego
van a usar los clientes. Poco después, Mike desaparece y otro camarero se
acerca con nuestro pedido.
–Un Caramel Macchiato a nombre de Lady Gaga y una Chamomile
Blend a nombre de Tina Lamuda Turner. ¿Es vuestro? –dice al tiempo que
se percata de los nombres que acaba de leer en los vasos y se echa a reír.
–¡Este Mike es imbécil! –refunfuña Sussan, que se levanta y se va en
busca de un sofá para sentarnos– ¡Y encima yo soy la vieja! –oigo que dice
mientras se aleja.
Mike reaparece con cara de chiste, que yo le devuelvo antes de poner
cara de circunstancia por el humor de perros que tiene Harpo –el mudo de
los hermanos Marx– esta tarde.
–Ya puedes ir contándome qué te pasa o me largo a casa –le digo a
Sussan nada más sentarme–, porque paso de estar aguantándote esta
actitud todo el día sin saber a qué se debe.
–Estoy asustada.
Es la primera vez que Sussan me dice algo parecido desde que la
conozco. Y de eso hace muchos años. Ella es fuerte, independiente e
impulsiva; no le tiene miedo a nada y las cosas malas no suelen afectarle
como al resto de las personas, al menos las que yo he conocido. Siempre
ha sido de esas que afrontan todo con una sonrisa y positivismo. Y que
ahora me diga que está asustada, la verdad es que me asusta a mí.
–¿Qué te pasa? ¿Es por Nathan?
–No –me responde–. Bueno, puede ser, no lo sé.
–¿Lo echas de menos?
–Ni de coña, ¿estás tonto? ¿Ahora? ¿Después de un mes? Que va. Me
conoces y sabes que no estaba segura de haber tomado la decisión
correcta, pero a los pocos días comprendí que sí.
–¿Entonces qué es lo que te pasa?
–No me vas a creer –dice desviando la mirada hacia la calle para
observar a una chica que pasa por delante, con una chaqueta vaquera llena
de chapas y pins, unas medias de leopardo, zapatillas deportivas y el pelo
recogido con mechas de colores.
–¿Por qué no iba a creerte? –le pregunto–. Y no me cambies de tema
para poner verde a Punky Brewster.
Sussan se ríe y vuelve a dirigir su mirada hacia mí.
–Porque es una historia surrealista.
–¿Surrealista? –me sorprendo–. ¿Hace falta que te recuerde cómo hemos
acabado aquí? ¿Por dónde empiezo? ¿Matt? ¿Nathan? ¿Josh? ¿Mike?
¿Verónica? Incluso el Sr. Kins… ¡Alex! Que aún no me explico su
presencia la noche de tu percance.
–Bin… go –murmura Sussan.
–Escupe.
–¿Qué pensarías si te dijera que Alex se ha estado viendo con una
alumna a escondidas?
–Que no me sorprende –le respondo claramente–. No es un profesor
convencional.
–¿Y si te dijera que no sólo se han visto sino que se han acostado?
–Estamos en el 2012, lo daba por hecho cuando dijiste «se ha estado
viendo».
–¿Y qué opinas de que esa alumna sea de nuestra edad? –sigue
preguntando ella.
–Eso ya me empieza a parecer un poco peor. Nos saca diez años, por lo
que me dijo en el metro. No es lo mismo que si saliera con una de final de
carrera, a la que le sacaría cinco o seis años.
–Sí, es un poco fuerte, ¿no?
–Un poco. Pero, ¿cuál es el problema? ¿Estás celosa? –me río.
Empiezo a dar por hecho que el mal humor que trae Sussan se debe a
que otra lagarta se le ha adelantado y se ha ligado al atractivo, deseado y
famoso Sr. Kinsey de Eastmond. No le he dicho nada a Sussan, pero por lo
que me contó Verónica hace un par de días, parece ser que Alex es todo un
casanova y deja alumnas enamoradas allá por donde va. Ha roto más
corazones en tres años dando clases en la universidad que Ricky Martin
cuando salió del armario. Claro está que, según su sobrina, él nunca ha
tenido ningún lío con ninguna de ellas y, visto lo visto, eso es tan falso
como la heterosexualidad de Josh.
–No estoy celosa. ¡Es que aún hay más!
–¿Más aún? ¡Ya sólo falta que la haya dejado preñada! –bromeo.
Y entonces es cuando el corazón me deja de latir durante los tres
segundos que Sussan tarda en abrir su bolso y sacar una prueba de
embarazo.
Silencio incómodo. Boca abierta. Nervios. Toda la vida de Sussan me
pasa por delante de los ojos.
–¿Eres tú la lagart… la alumna? –le pregunto.
–Soy yo.
–¿En serio?
Sussan me tiende la mano.
–Hola, me llamo Sussan Donovan y me estoy cepillando a mi profesor
de Psicología Evolutiva.
Le estrecho la mano aún temblando y con la boca abierta.
–¡Hola Susan! –la saludo como si estuviéramos en una reunión de
alcohólicos anónimos– ¿Estás…? –pregunto sin atreverme a mencionar la
palabra clave.
–¿Embarazada? ¿Preñada? ¿Esperando? ¿En estado de buena esperanza?
¿Perdida? No lo sé. Tengo un retraso.
–Eso ya lo sabíamos todos desde hace tiempo, pero te queremos igual.
–¡Gilipollas! –me insulta mientras no puede evitar reír–. En serio, tengo
un retraso, pero uno gordo. Tenía que haberme venido hace tres semanas.
Al principio pensé que sería por el shock del accidente al salir de Blue
Bayou. He leído que experiencias fuertes pueden provocar retrasos, igual
que cuando estás estresada o según con qué medicamentos. Pero cuando
pasaron los días supe que algo no iba bien. No quise darle importancia,
hasta que esta mañana me la pasé entera con náuseas y vómitos.
–Típico. ¿Y qué? ¿Lo estás? –le digo mirando la caja del test de
embarazo.
–No me lo he hecho aún. No quería hacerlo sola.
Mike se acerca hasta nuestra mesa con un Frappuccino y se sienta ajeno
a todo el drama que nos rodea en este momento. Nos cuenta que tiene
quince minutos de descanso y Sussan le recrimina por estar tomándose
algo casi helado con el frío que hace en la calle. Y es que este año parece
que el invierno se ha adelantado y, aunque aún estamos en noviembre, la
temperatura y el clima en general es más bien parecido al que solemos
tener en enero.
–Sussan va a ser mamá –le digo a Mike sin preámbulos, que se atraganta
y escupe batido por toda la mesa y nuestros abrigos.
–¡Todavía no lo sé! –exclama mientras saca de nuevo el dichoso aparato
que nos tiene los nervios a flor de piel–. Voy al baño a mear mi destino.
Mike y yo nos quedamos solos y, cuando empezamos a charlar sobre las
clases de hoy a las que no pudo asistir, se abre la puerta de la cafetería y
aparece la cornud… Verónica. Durante este mes la hemos visto más a
menudo ya que nos hicimos más que conocidos y menos que amigos la
noche del accidentado Blue Bayou y, desde entonces, hemos estado en
contacto y hemos quedado con ella los tres en la universidad. Ella está
estudiando fotografía en una escuela que está al otro lado de la avenida,
junto a Eastmond y, de vez en cuando, se acerca para almorzar con su tío.
Uno de esos días, se despidió de nosotros informándonos de que tenía
que irse porque había quedado con su novio Josh. Y claro, cuando Mike
escuchó las palabras «mi novio Josh» se quedó boquiabierto y yo tuve que
darle una patada por debajo de la mesa para que volviera a cerrar la boca y
no hiciera ningún tipo de comentario al respecto. Cuando se fue, le
explicamos todo el culebrón a Mike y los restos de algo que pudiera sentir
por Josh se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos, no sin antes enfadarse y
recriminarnos que no le hubiéramos dicho nada antes.
La cuestión es que Verónica no es mala chica, pero es de esas personas
que sólo puedes soportar durante períodos cortos de tiempo cada equis
días. Sólo tiene dos años menos que nosotros, pero al estar en el umbral
preuniversitario, aún tiene las cualidades y características típicas de una
niña de instituto, tanto las buenas como las malas. Esas cualidades que
desaparecen de casi todas las personas el primer día que pisan la
universidad por miedo a hacer el ridículo y no encajar.
–¡Hola chicos! –nos saluda y se acerca–. ¿Qué tal?
–Pues aquí, esperando –le dice Mike.
–¿Esperando a qué?
Parece que Mike, por sí mismo, se ha dado cuenta de que no es oportuno
ni conveniente contarle el pequeño problema de Sussan, no vaya a ser más
lista de lo que aparenta, ate cabos y antes de que termine el día Alex esté
en casa de Sussan pidiendo explicaciones.
–A nada –le responde–. A que sea la hora de volver al trabajo. ¿Tú que
haces aquí?
Miro hacia la mesa y veo que del bolso de Sussan asoma la caja de la
prueba de embarazo. Disimuladamente, como si no me interesara la
conversación, cojo el bolso, escondo mejor la caja y extraigo el teléfono
de Sussan para simular que eso era lo que estaba buscando.
–He venido a ver a Josh –responde Verónica mirándome de forma
desconfiada.
–Quiero ver si a ella le va la Wi-Fi del local, porque a mí no se me
conecta el móvil –y le pongo cara de no haber roto un plato.
–Josh no está –le informa Mike–. Trabajó esta mañana.
–Qué raro –susurra Verónica mientras hace una llamada con su
teléfono–. Me dijo que hoy no podíamos quedar porque tenía que trabajar
y he venido a sorprenderle... Y no responde. ¡Muy raro!
Mike y yo nos miramos y nos mordemos la lengua para no decir lo que
estamos pensando. Es evidente que Josh ha quedado con alguien, no del
sexo femenino precisamente, y se ha inventado una excusa –poco creíble y
fácil de echar por tierra, como hemos comprobado– para que Verónica no
sospeche nada.
Levanto la vista y veo que Sussan se acerca, con el test en la mano y no
se ha percatado de la presencia de Verónica.
–¡Igual está en su casa! –le digo a Verónica–. Tal vez se encontraba mal
y no vino a trabajar.
–Ahora que lo dices, hoy ha faltado alguien al trabajo –mintió Mike–.
Igual es él y yo he dado por hecho que vino esta mañana. Deberías ir a su
casa a ver si está bien.
–Tenéis razón. Iré a ver. Gracias.
Verónica se despide y se cruza con Sussan al lado de la puerta. Por
suerte sólo se despide de ella con un típico gesto suyo de muñeca y se va.
–Hay que esperar unos minutos y no quiero ni mirar –dice Sussan
volviendo a tomar asiento.
A Mike se le hace la hora de volver al trabajo así que se incorpora y
cada treinta segundos se acerca a preguntar.
Cinco minutos después, no puedo aguantar más el suspense.
–¡Míralo ya! –le insisto a Sussan, que tiene la mano sobre el aparato y se
niega a levantarla–. Cinco minutos es tiempo más que suficiente. ¡Levanta
la mano!
–¿Es niño o niña? –pregunta Mike, que ha vuelto sin que lo viéramos
esta vez.
–Es un poco pronto para eso, ¿no crees? –le recrimino.
–No puedo mirar.
Sussan levanta las dos manos y se las lleva a la cara. Mike y yo nos
inclinamos sobre la prueba de embarazo y no nos cabe la menor duda. Nos
miramos y sonreímos. Sussan está temblando y no para de preguntarnos
por el resultado. Traer un niño al mundo no es algo para lo que esté
preparada. Ya no sólo por el hecho evidente de que apenas acaba de
cumplir los dieciocho y que no tiene trabajo, sino que toda su
independencia, su libertad y sus locuras habrían tocado a su fin, al menos
hasta dentro de muchos años.
Me meto la mano en el bolsillo y saco un billete, que introduzco en el
canalillo de Sussan.
–¿Qué haces? –dice ella destapándose la cara y sacándose el billete de
entre las tetas–. ¿Me ves cara de stripper?
–No –le respondo–. Es para que empieces a ahorrar para comprar
pañales.
Entonces Sussan, por fin, baja la mirada y ve las dos rayas azules que le
cambiarán la vida.
°°°
Llevo toda la noche pensando en el drama de esta tarde y no hay forma de
pegar ojo. No consigo relajarme y dejar la mente en blanco. Es como si
cada vez que consigo seguir adelante y superar alguna fase de mi vida,
tuviera que aparecer otro gran problema delante de mis narices para
recordarme que nunca debo bajar la guardia. Y eso que Tom no deja de
recordarme que no puedo estar siempre alerta, porque eso mismo es lo que
provoca que no termine de superar mi trauma personal del verano. Pero, a
veces, siento que por más que intente olvidarlo o archivarlo en mi
memoria, siempre habrá algo que me lo recuerde. Si no es una tormenta,
es un anuncio rodado en la playa, o un oso de peluche en algún escaparate,
o imágenes de una noria en alguna película. Hasta el fuego me recuerda a
él y hace que recuerde la noche en la que ardió en llamas el mantel de
nuestra cena romántica.
Y ahora resulta que Sussan va a ser mamá y eso también nos va a
cambiar la vida a todos, o por lo menos a mí, que no pienso dejarla sola.
Nunca lo he hecho y no voy a empezar a hacerlo ahora, igual que ella
nunca me ha dejado solo a mí bajo ninguna circunstancia, incluso después
de que su novio y yo pasáramos de amigos inseparables a enemigos
íntimos. Para ella debe de ser muy duro todo esto que le está pasando y no
quiero ni imaginarme lo que sentiría yo si me cayera encima una
responsabilidad tan grande; porque, tanto si decide tenerlo como si no,
cualquier decisión la estará recordando el resto de su vida.
–¿Estás bien? –pregunta mi madre, que ha pasado por delante de la
puerta de mi habitación.
–Sí, no te preocupes –le respondo, casi susurrando.
–¿Seguro? –insiste–. Ya sabes que me tienes para lo que quieras.
–Lo sé. Estoy bien. ¿Tú tampoco puedes dormir?
–Me he desvelado pensando en cosas importantes del trabajo. ¿Por qué
estás tan triste? –insiste de nuevo–. ¿Te estás acordando de él?
En septiembre, cuando me bajé del tren que me traía desde St. Lucas, lo
primero que hice fue darle un abrazo a mi madre –que me esperaba en la
estación– y romper a llorar. Asustada, me preguntó el motivo de mis
lágrimas y no tuve más remedio que contarle todo lo que había ocurrido.
Empezando por un «he conocido a un chico» –que vino a significar
«supongo que ya lo sabías, pero soy gay»– y terminando por un «¡...pero se
ahogó, mamá!» que provocó el abrazo más fuerte e intenso que jamás me
ha dado mi madre en su vida y las palabras que todo hijo en mi situación
quisiera oír «tú eres mi hijo y yo te voy a querer siempre más que a nada».
Contárselo a mi padre fue un poco más complicado, aunque no
imposible. Creo totalmente que, en otras circunstancias, le habría costado
más entenderlo y comprenderme, pero conociendo mi historia y viendo lo
derrumbado que estaba, es como si en cuestión de segundos hubiera
echado por tierra toda su lógica y sus principios y comprendiera que lo
verdaderamente importante era cuidar y querer a su hijo en un momento
tan difícil.
–No es eso –le respondo–. Son otras cosas que ahora no puedo contarte.
–Creía que ya no había secretos entre nosotros.
–Y no los hay. Pero no es algo que dependa de mí, está relacionado con
Sussan y me mataría si te contara algo.
–En ese caso, espero que me lo cuentes en cuanto te dé vía libre. Ya
sabes que para mí Sussan es como una hija.
–Lo haré, no te preocupes.
Me da un beso de buenas noches y se marcha a la sala de estar. Oigo
como enciende la televisión y cierra la puerta.
Aún a día de hoy sigo sin haber podido contactar con los padres de Matt
para darles el pésame. La única vía de contacto que tenía con él era su
móvil, que por lo visto sus tíos debieron apagar el mismo día que se lo
devolvieron. O quizás se quedó sin batería antes de poder cargarlo y llevan
dos meses como locos intentando adivinar el código para desbloquearlo.
La cuestión es que no tengo forma alguna de saber quiénes son y contarles
lo grande que era su hijo por dentro y lo feliz que me hizo en tan poco
tiempo.
Abro el cajón de la mesa de noche y saco mi cámara de fotos digital –
que lleva en ese cajón desde que regresé a casa–. La enciendo y lo primero
que aparece es la última foto. En ella, aparece Matt sentado en el sofá de
mi casa de la playa, mirando seriamente hacia la televisión. Recuerdo que
le saqué la foto cuando estaba distraído y luego se enfadó porque no le
gustaba que le fotografiaran sin avisar. Pero estaba tan guapo con esa cara
de persona mayor, los mofletes colorados por el sol y el pelo tan rubio que
casi parecía transparente, que no pude evitarlo. En cuanto saltó el flash
salió de su mundo y se abalanzó sobre mí para quitarme la cámara y
eliminar la foto. Poco más de dos horas después tuvimos nuestra última
cena y, antes de que saliera el sol, su vida se escapaba entre mis brazos.
Mis ojos se llenan de lágrimas que soy incapaz de detener y empiezo a
llorar desconsoladamente. Pongo mi cara contra la almohada y me dejo
llevar durante minutos que parecen horas. Un rato después, me siento más
relajado y desahogado; me doy la vuelta sobre mí mismo y, en cuestión de
segundos, me quedo dormido.
15
EL ABRAZO
Sussan lleva una semana fingiendo que no pasa nada, que no se ha
acostado con su profesor y que no se ha quedado embarazada. Ni siquiera
ha ido al ginecólogo para que le confirme su estado. Sobra decir que
tampoco ha pisado la universidad y Alex no ha parado de preguntarme por
ella cada día. La vieja excusa de la gripe ha funcionado esta semana, pero
no creo que funcione durante nueve meses, así que espero que se le pase ya
la fase del miedo escénico y aparezca por allí. Se ha encerrado en su casa y
se pasa los días y las noches pensando cómo contarle a su madre lo que ha
ocurrido.
Hace un par de días fui a verla para que me explicara cómo demonios
llegó a esta situación. Y no me refiero precisamente a estar embarazada,
sino al hecho de acostarse –varias veces– con su profesor.
Me contó que, la noche del Blue Bayou, iban Alex y ella en el taxi de
camino a su casa cuando Sussan se dio cuenta de que había perdido las
llaves, probablemente en la caída sobre la basura. Decidieron ir a casa de
Alex hasta que se hiciera un poco más tarde y los padres de ella estuvieran
ya despiertos. Subieron a su casa y se sentaron en la cama a charlar, ya que
Alex estaba reformando su piso y aún no le habían traído el sofá nuevo.
Una cosa llevó a la otra y, cuando se dieron cuenta, él estaba acariciando
su cuello y ella se acercaba para darle un beso que él no le negó.
Al día siguiente volvieron a quedar para tener la típica conversación de
«lo de anoche fue un error», que terminó con la típica escena en la cama
de «pero, ¿qué hemos hecho?» y que se estuvo repitiendo durante semanas
hasta que aparecieron las dos rayas azules en la prueba de embarazo. De
ahí el comportamiento tan misterioso que ha tenido Sussan durante el
último mes. Según ella, no es sólo sexo sino que hay algo más que no
acierta a describir. Los dos tienen claro que la diferencia de edad es
bastante amplia –aunque las hay peores, véase el caso de Demi Moore– y
que, aparte de eso, no deberían tener ningún tipo de relación más allá de
ser profesor y alumna. Pero, ¿quién le dice al corazón que no sienta lo que
quiere sentir?
Por otro lado, hace un par de días no pude aguantar más. Todavía no sé
cómo llegamos a ese punto de la conversación, pero finalmente le dije a
Mike que en la fiesta de Halloween lo vi en el baño con otro chico.
Evidentemente, no le conté cuál fue mi reacción ni lo raro que me siento
desde entonces cuando lo veo. Sólo sabe que iba al baño, los vi y cerré la
puerta. Tal y como suponía, ni se dio cuenta de que era yo.
El chico en cuestión se llama Alex –igual que el profeamante de Sussan–
y es el hermano de Robert. Por lo visto, Mike entró al baño a vaciar la
vejiga y se lo encontró allí llorando. Estuvo un buen rato intentando
consolarlo –de ahí que estuviera desaparecido media hora– hasta que se
calmó y le contó que su novia lo había dejado definitivamente. Típico
drama que ocurre en todas las fiestas, con la diferencia de que Alex no
venía de serie con el decorado y se derrumbó/desahogó con el primero que
le hizo algo de caso. No sé exactamente qué hacían tan juntos cuando yo
abrí la puerta del baño y tampoco le quise preguntar para no parecer celoso
o mostrar interés sentimental por él. Así que he sacado mi propia
conclusión y supongo que le estaría dando un abrazo para consolarlo.
Yo, por mi parte, intento no darle vueltas a lo que sentí cuando los vi
juntos. Prefiero dar por hecho que se debe a lo mucho que echo de menos a
mi perrito abandonado. Y así me ahorro el drama.
Así que esta noche hemos salido los chicos solos. Un plan de lo más
surrealista si tenemos en cuenta que mis acompañantes son Mike y Josh.
Aparentemente nos llevamos los tres bien, pero es la primera vez que
estamos juntos en un lugar que no es el Starbucks y, aunque por fuera
parecemos súper amigos, por dentro tenemos una serie de conflictos no
solucionados que se han ido tensando durante la noche y pueden estallar en
cualquier momento.
Mike se ha aficionado a los mojitos por recomendación propia y se está
comportando de forma más sociable que de costumbre. Incluso juraría que
ha intentado ligar con la chica del guardarropa. Josh, en cambio, lleva toda
la noche a base de refrescos y algún Red Bull. Y yo la verdad es que no sé
lo que he bebido porque perdí la cuenta después de la tercera copa. Con
todo lo que me ha pasado en los últimos meses, no me queda más remedio
que dejarme llevar por el alcohol y olvidar mis penas para pasarlo bien, al
menos durante una noche.
Tras el intento fallido de hace semanas, hoy sí que hemos llegado a The
G Lounge, después de haber pasado por el Blue Bayou para que Josh
dejara a Verónica con sus amigos. Si ella supiera que hemos venido aquí y
no a los billares de la calle Jackson como le dijo Josh... Aunque ahora que
me veo aquí, casi hubiera preferido eso. Al menos no estaría rodeado de
tíos raros, lesbianas que parecen skinheads y travestis que no dejan de
invitarnos a fiestas after hours cuando cierren la discoteca. También hay
gente “normal”, como diría Sussan, pero no llaman tanto la atención.
El local es bastante grande y, a diferencia del Blue Bayou, la decoración
es mucho más simple. The G Lounge es una antigua nave industrial y han
mantenido toda la estructura, haciendo las reformas oportunas para
mejorar el sonido, la iluminación y hacer varias salas VIP y unos servicios
más grandes. En las cuatro paredes hay barras con camareros y camareras
que parecen sacados de una agencia de modelos y cada semana hacen una
fiesta temática. Parece que hoy el tema es el Olimpo de los Dioses porque
todas las camareras van vestidas de diosa griega y los camareros sólo
llevan unas faldas blancas y doradas a juego con una corona con dos
pequeñas alas de plumas. El centro de la discoteca es la pista de baile y en
los extremos hay escaleras para subir al nivel superior, donde una pasarela
rodea todo el local y da accesos a diferentes habitáculos dónde hay sofás,
mesas y camas de tipo chill-out.
–Tu amigo Nathan se lo pasaría genial aquí –me dice Mike, sin poder
sostener la mirada.
–Ese no aguantaría aquí ni veinte segundos antes de empezar a escupir e
insultar a todo el que se le pusiera delante –le digo continuando su broma.
–¿Tan mal acabasteis? –me pregunta Josh.
–¿Tú qué crees? –pongo los ojos en blanco–. Es un gilipollas y un
homófobo. Me llamó enfermo y marica en mi cara, en mi propia casa.
¿Qué hubieras hecho tú?
–Partirle la boca –responde Josh.
–O darle un rodillazo donde más le duele –añade Mike–. Para
demostrarle lo marica que eres, digo.
Me río y le doy otro sorbo a mi copa. Mike se aleja de nosotros hasta
que parece que se da cuenta de algo y regresa para informarnos de que va a
salir a tomar el aire porque se siente mareado. Normal. Y desaparece hacia
una zona ubicada al fondo del nivel superior, donde estamos observando a
los que bailan en la pista, que da acceso a una gran terraza con sofás,
palmeras y fuentes que en verano suele ser un éxito.
–Pero dices que te ha llamado, ¿no? –continúa Josh–. Igual está
arrepentido.
–Me da igual –le respondo empezando a enfadarme–. También provocó
que Matt se alejara de mí. No puedo perdonarlo así como así.
–Ya, pero...
–¿Y de qué serviría? –le interrumpo–. ¿Tú podrías ser amigo de alguien
que cree que eres un enfermo?
–Creo que...
–Bueno déjalo –vuelvo a interrumpirle–. No es que tu opinión vaya a ser
muy objetiva, teniendo en cuenta que tienes a tu novia viviendo en la
inopia.
–¡Eso tampoco es así! –se queja.
–Ah, ¿no? –ironizo–. ¿Entonces? Porque, que yo sepa, no le has dicho
que eres gay y que no te gusta, ni la quieres y que estás con ella por
aparentar.
Me callo antes de seguir y decir algo de lo que pueda arrepentirme, pero
lo que en el fondo siento son unas ganas enormes de decirle el asco que me
da lo que está haciendo, lo cobarde que es y que por fingir tener novia no
es más hombre. Sin darme cuenta, acabo pensando en voz alta:
–De hecho, eres mucho menos hombre que las travestis que nos
acosaron antes.
–¿De qué hablas? –se sorprende–. No exageres.
–No exagero. Ellas al menos tienen los cojones bien puestos y son lo que
quieren ser. Quizás son un poco extravagantes y tienen un estilo de vida
que no encaja para nada en mi forma de ver las cosas. Pero afrontan lo que
quieren ser y lo son. Tú te escudas en tu supuesta heterosexualidad para no
reconocer que te gustan los tíos y que eso no va a cambiar. Y no sólo no te
aceptas, sino que encima usas a una pobre chica que está súper enamorada
de ti. Además de cobarde, no tienes escrúpulos. Juegas con la gente,
jugaste conmigo y jugaste con Mike. No te mereces si quiera que...
–¡Para! –me grita Josh con los ojos húmedos.
Me quedo en silencio, mirándolo fijamente y me doy cuenta de que
estoy agarrando el vaso con tanta fuerza que en cualquier momento se
romperá. Mi respiración es muy fuerte y el corazón me va a mil por hora.
Estoy tan furioso que quisiera estallar el vaso contra su cara en este mismo
momento. Pero su súplica para que pare me ha detenido entre tanta furia y
no quita sus ojos de los míos. Casi puedo ver en su interior a través de
ellos y siento que detrás de todo lo que pienso de él se esconde algo más.
Hay algo que no me ha contado y que le impide atravesar el muro tras el
que se esconde día tras día. Y, sin darme tiempo a reaccionar, se acerca
hasta mí y me da un beso.
Me quedo inmóvil, con el vaso en la mano derecha y la izquierda
apoyada sobre la barandilla. Cuando consigo reaccionar, me aparto y lo
empujo hacia atrás.
–No vuelvas a hacer eso.
–Ryan...
–Ni Ryan, ni hostias. No vuelvas a hacer eso, sabes que no puedo estar
con alguien como tú.
–Te equivocas conmigo.
–Permíteme que lo dude.
–Hay cosas de Verónica que tú no sabes.
–¿Como cuáles?
–No puedo decírtelo.
–Entonces hasta aquí hemos llegado –le digo mientras me doy la vuelta
para ir en busca de Mike.
–Ryan...
–¿Qué?
–Por favor.
–Es ahora o nunca –le digo a modo de ultimátum–. O me cuentas ya qué
es lo que pasa o se acabó. Ni siquiera me tendrás como amigo.
Estoy siendo demasiado tajante, pero es algo que no puedo evitar. Son
demasiadas semanas guardándome lo que pienso y parece que ahora está
saliendo todo a la luz. Josh desvía la mirada y suspira una y otra vez, como
si hubiera algo que le impidiera contarme lo que ocurre.
–Verónica me amenaza –admite finalmente.
–Explícate –le pido mientras me río con tono burlón.
–He intentado dejarla varias veces. Sobre todo cuando conocí a Mike y
mas recientemente cuando volviste a aparecer a mi vida. Pero no puedo.
–Típico. ¿Por qué no puedes? –insisto.
–Cada vez que he sacado el tema me dice que sin mi no podría vivir.
Abro la boca, me río de forma sarcástica y vuelvo a intentar irme. Eso
de no poder vivir sin la otra persona es lo que se dice siempre y nunca ha
sido una razón de peso para continuar una relación. Hasta aquí hemos
llegado con la tontería.
–Dice que si la dejo se suicidará.
–Tiene dieciséis años, todas dicen lo mismo.
–Pero ella lo ha intentado dos veces. Por eso no la puedo dejar. No
podría cargar con ese peso sobre mí si finalmente cumpliera su amenaza.
El shock es tan grande que tengo que soltar el vaso y sentarme en uno de
los sofás.
–La última vez acabó en el hospital y casi no lo cuenta.
De ahí que la noche del accidente de Sussan estuviera tan inquieta y
tuviera tanta prisa por irse. Seguro que estar en la sala de espera le
recordaba a su propia experiencia. Aunque no comprendo qué clase de
trauma o sensación negativa puede provocarte un lugar al que has llegado
por voluntad propia. ¿Sentimiento de culpa, quizás?
–Lo siento, Josh –me disculpo–. No sabía nada de eso. Y todo lo que te
acabo de decir... Soy un ogro.
–No importa. Yo habría pensado igual.
Le cojo de la mano para que se siente y le doy un abrazo sincero.
–De todos modos –le digo–, no puedes seguir así eternamente. No
puedes estar toda tu vida con alguien sólo por miedo a las locuras que
pueda cometer.
–Lo sé, pero tengo la esperanza de que se desenamore. Somos jóvenes y
seguro que, tarde o temprano, encontrará a otro que le llame la atención y
deje de estar obsesionada conmigo.
–¿Y si no ocurre? –le pregunto–. Tienes que enfrentarte a eso, Josh. Y, si
se quita la vida, es problema suyo. Tú no puedes seguir con ella por pena y
no puedes cargar con la culpa de su desequilibrio mental.
Me vuelve a dar otro abrazo, seguido de un beso en el cuello, luego otro
en la mejilla y, cuando va a por los labios, lo vuelvo a parar en seco.
–No, Josh, no.
–¿Por qué no? –pregunta tímidamente–. Me gustas y quiero estar
contigo.
–Porque yo ya no siento nada, Josh –me sincero–. Lo del campamento
fue, en su día, la mejor experiencia de mi vida, pero he cambiado y
también ha cambiado la forma en la que te veo. No es sólo por Verónica,
eres tú. No eres lo que quiero para mí.
–Pues no pienso rendirme.
–Ya no eres el chico del campamento. Ni yo tampoco.
Media hora después salgo a la terraza y veo a Mike solo, sentado en un
sofá, después de haberlo estado buscando por todas partes. Josh decidió
marcharse después de nuestra conversación y lo acompañé a la salida a
coger un taxi, para después volver dentro en busca de Mike.
–¿Dónde estabas metido? –le pregunto al llegar junto a él.
–Por ahí... –dice tristemente.
–¿Qué te pasa? ¿Se te ha bajado el alcohol?
–Es posible.
–Pues no te pongas a llorar, ¿eh? –bromeo.
–Llegas un poco tarde.
Me mira a los ojos y veo que los suyos están bastante rojos y con signos
de haber estado llorando. Intento averiguar qué le pasa pero todo lo que
recibo son negativas. Parece que hoy es la noche de los dramas personales.
Me acerco a la barra y le pido al camarero una botella de agua. Pago y
vuelvo con Mike, que ha abierto de nuevo el grifo y vuelve a llorar. La
discoteca cerrará en breve así que queda poca gente en el interior, el piso
superior está casi vacío y las pocas personas que quedan apenas reparan en
el estado de Mike. Vuelvo a preguntarle por el motivo de su tristeza y no
consigo sacarle ningún tipo de información hasta que al final decide
abrirse.
–Me dijiste que no querías nada con nadie.
–¿Y lloras ahora más de un mes después? –digo entre risas–. Si que
tienes efectos retardados. Estamos en noviembre, por si tu cerebro no
registra bien el paso del tiempo.
–Idiota –se ríe–. No me hagas reír que no te lo mereces.
–¿Por qué? –pregunto intrigado–. ¿Qué he hecho?
Bebe agua y se seca las lágrimas con la parte baja de su camiseta.
–Os vi antes.
–¿Nos? ¿A quiénes?
–A ti y a Josh. Vi como te besaba, así que no disimules.
Me río.
–¿Y qué más viste?
–Nada más porque me puse furioso y me fui. Y cuando volví hecho una
furia para echártelo en cara, os vi abrazados y eso ya me destrozó.
Típico de una película. El don de la oportunidad para ver justamente los
dos únicos segundos en los que parecía que iba a pasar algo. Y yo
pensando que ese tipo de situaciones no se daban en la vida real.
–Pues si te hubieras quedado, habrías visto como le apartaba de mí
cuando intentó besarme.
–No pongas excusas, ¿a qué vino el abrazo entonces?
–Me contó algo muy fuerte. Estaba triste y le di un abrazo. ¿Qué hay de
malo? También te puedo dar uno a ti cuando estés mal y necesites uno.
–Necesito uno ahora.
Me acerco más a él y lo envuelvo con mis brazos, dándole uno de los
abrazos más sentidos que he dado nunca. Uno de esos abrazos en los que el
mundo se para y no puedes evitar querer más y más y que ese momento se
extienda durante horas. Un abrazo en el que no hacen falta las palabras
porque, con el tacto, la otra persona siente todo lo que quieres decirle. Y,
de pronto, me descubro respirando su perfume, acariciando su nuca y
rozando mis labios por su cuello; seguido por un tímido beso cerca del
lóbulo de la oreja. Intento abrir los brazos y separarme pero algo me lo
impide. Me siento bien y a gusto, por primera vez en meses. Siento por
dentro un pequeño cosquilleo y mi respiración es más fluida y pura que
antes. Siento como si volviera a ser una persona normal, con toda la vida
por delante, capaz de disfrutar de las cosas buenas que ofrece el mundo.
–Venga, vámonos que es tarde –dice Mike mientras se separa de mí y se
pone en pie sin percatarse de lo que yo acabo de sentir–. Perdona por mi
actitud, no debería haberme puesto tan celoso. Pero es que no lo puedo
evitar, me gustas mucho.
–Creo que tú a mí también... –susurro en voz tan baja que incluso a mí
me cuesta oír. Y me asusto.
°°°
Cuando llego a casa no puedo dejar de pensar en lo que ha ocurrido en la
discoteca. Creo que aún siento ese cosquilleo, las famosas mariposas del
estómago que parecen haberse escapado y están revoloteando por todo mi
cuerpo.
¿Qué es lo que ha pasado? Es la primera vez que siento algo así desde
verano y no sé cómo reaccionar. Es como si fuera un recién nacido que
descubre que existe y se pregunta qué es todo eso que le rodea, para luego
empezar a aprender a vivir.
¿Es posible que Mike haya conseguido cruzar hasta el otro lado? Me
asusta la idea de no haber podido controlar mi corazón. No estoy
preparado para esto. No quiero sentir lo que probablemente estoy
sintiendo. Aún no es buen momento para fijarme en nadie y mucho menos
para dejarme llevar como si tal cosa. Ahora mismo no es algo que necesite
en mi vida para intentar ser feliz, estoy bien tal y como estoy, sin
presiones ni obligaciones, dependiendo sólo de mi y con la libertad de
poder aceptar la realidad a mi ritmo, poco a poco y con buena letra.
Volverme a enamorar sería la peor decisión que podría tomar a día de hoy.
Me acabo de escuchar y creo que voy a soltar una carcajada, como si
enamorarse fuese algo que uno decide, como quien elige irse de viaje,
comprarse un coche y cambiarse el corte de pelo. Hoy voy a comprarme
un perro y estrenar mis vaqueros nuevos, pero no me voy a enamorar.
Estoy loco.
16
EL DIARIO Y LOS FUEGOS ARTIFICIALES
Otra vez en la sala de espera y otra vez por culpa de Sussan. Bueno, esta
vez también tiene algo de culpa el que le dejó el paquete dentro. Después
de casi un mes dándole vueltas y meditándolo con su madre –y con la
mía–, ha decidido interrumpir el embarazo. Está convencida de que no es
el mejor momento para ser madre y, conociéndola como la conozco, estoy
seguro de que no está segura de estar tomando la decisión correcta. Saber
y aceptar que no es oportuno tener un hijo con dieciocho años, no significa
que automáticamente sepas que lo correcto es no tenerlo.
La miro y jamás la había visto tan nerviosa. No deja de enredarse el
dedo entre los rizos de su pelirrojo cabello, las manos le tiemblan cada vez
que se mueve, su voz suena entrecortada y ya no le quedan uñas –
literalmente, tiene incluso sangre en los pellejos de algunos dedos–.
Por mi parte, y para suavizar el ambiente, he recibido una gran noticia
que me ha permitido pasar página y dejar de sentirme culpable. Es como si
el universo me hubiera dado una tregua para poder enfrentarme con Sussan
a todo esto de ser o no ser madre y poder apoyarla sin tener viejos
fantasmas rondándome por la cabeza.
La semana pasada recibí una llamada de un hombre llamado Matthew
Barton y a los treinta segundos casi caigo en el suelo desmayado cuando
me comunicó que era el padre de Matt. Me citó en un pequeño bar antiguo
que hay entre el Starbucks al que siempre vamos y la librería Price.
Cuando llegué, me encontré con él y su mujer, Deborah –que tenía aspecto
de ser una mujer físicamente impactante pero que, debido a lo que estaba
viviendo, estaba muy delgada y desmejorada–. Me contaron que Matt solía
escribir un diario y que en él, aparte de hablar sobre mí, estaba escrito mi
número de teléfono en unas de las páginas, pero que habían tardado en
ponerse en contacto conmigo porque estaban intentando superar lo
ocurrido y no creían conveniente venir a verme con el dolor tan reciente.
Al parecer, Matt escribió maravillas sobre mí, sobre nuestras vivencias
y nuestro joven y fugaz pero intenso amor. Relató historias que vivimos
durante el verano, desde cómo nos conocimos hasta cómo nos
enamoramos. Describió la noche en la feria con pelos y señales, tal y como
yo la recuerdo y recordaré siempre –me alegra saber que para él ese día
también fue especial–. Pero faltaban algunas páginas del diario, que
habían sido arrancadas y los señores Barton sentían curiosidad por saber
qué había ocurrido en ese tiempo.
Les expliqué, sin entrar en detalles, que estuvimos casi un mes sin
vernos por culpa de un desalmado que era amigo mío –Nathan– y que
probablemente esas páginas que faltan estuvieran llenas de insultos y
reproches, de ahí que las hubiera arrancado cuando descubrimos la verdad
y volvimos a estar juntos. Me dieron las gracias de corazón por haber sido
tan bueno con su hijo y haberle hecho tan feliz durante los que serían, sin
saberlo, sus últimos días.
–Sabemos lo que pasó esa noche –me dijo su padre–. Y no queremos que
te culpes si se te pasa por la cabeza.
–Sí, es cierto, por favor Ryan, no cargues con esa responsabilidad –
añadió su madre–. Desgraciadamente, son cosas que pasan y esa noche le
tocó a nuestro Matt.
–Pero, tal vez si yo... –empecé a decir.
–¡No! –me interrumpió su madre al tiempo que se le escaparon unas
lágrimas y tuvo que contenerse –Matt estaba enfermo.
–Matt solía nadar y competir, era muy bueno –continuó su padre.
–Lo sé, me lo contó. Pero le pudo la presión o algo así y no quiso
hacerlo más, ¿no?
–No –negó tajantemente su padre mientras Deborah le ponía la mano
sobre el brazo para que la dejara continuar a ella.
–Matt dejó la natación porque, una de las veces, se quedó sin aire en
mitad de una competición y su entrenador tuvo que sacarlo de la piscina.
No le dimos importancia hasta que empezó a tener problemas para respirar
siempre que hacía demasiados esfuerzos o actividades muy intensas. Podía
correr, nadar o hacer cualquier deporte, pero de forma controlada, sin
presiones y sin mucha intensidad.
–¿Por qué no me lo dijo? –pregunté.
–Supongo que fue porque se avergonzaba. Matt prometía mucho como
nadador y se sentía frustrado por no poder hacer lo que quería –respondió
su padre.
–¿Qué le pasaba?
–Tenía una enfermedad –me contó su madre– que consiste en la
dificultad para respirar correctamente. Es un proceso degenerativo durante
el que las vías respiratorias se cierran progresivamente y a la larga puede
resultar mortal.
–De hecho, mi madre murió por esa misma enfermedad hace dos años –
añadió su padre–. Ella tuvo la suerte de que se le desarrolló cuando ya era
mayor.
Me quedé sin palabras y no sabía cómo reaccionar ante tal información.
Que Matt estuviera enfermo era algo que jamás se me pasó por la cabeza.
Nunca me dijo nada y con diecisiete años que tenía no me imaginé que no
estuviera en plenas facultades.
–Normalmente afecta a personas fumadoras o con sobrepeso que,
irónicamente, no practican ejercicio físico –añadió su padre.
–No te culpes, cariño. Por favor. Esa fatídica noche el no debía haberse
metido en el agua, sabiendo que había bebido y que tendría que hacer un
esfuerzo mayor para mantenerse a flote. Él sabía que tendría que haberse
quedado donde hiciera pie.
–Pero si yo hubiera...
–No te castigues, Ryan –insistió su padre–. Ya puestos, si nosotros no lo
hubiéramos dejado irse todo el verano con sus tíos a St. Dean tampoco
habría pasado nada. Pero no podemos culparnos de las cosas que se
escapan a nuestro control. Si no hiciéramos cosas por miedo a lo que
pueda pasar, nunca haríamos nada.
Comprendí que tenían razón y, entre lágrimas, les di las gracias por
haberse molestado en venir a verme y ayudarme a terminar de superar mi
experiencia traumática. Me dieron el diario de Matt y me pidieron que lo
guardara yo, que seguramente tendría más valor sentimental para mí ya
que lo empezó a escribir poco antes de verano y casi todas las páginas eran
sobre mí.
Desde ese día, siento que me he quitado un peso de encima. Superar la
pérdida de alguien es un camino largo y duro, pero hacerlo sabiendo que
no fuiste responsable lo hace menos complicado. Por fin pude quitarme la
última espina que me quedaba y dejar de martirizarme día y noche por lo
que podría o no podría haber hecho para cambiar el destino de Matt.
°°°
–¿Sussan Donovan? –preguntó una enfermera.
–Aquí.
Sussan se levanta lentamente, me mira y le digo que todo va a salir bien,
que yo seguiré aquí fuera esperando el tiempo que haga falta. Me suelta la
mano y se va con la enfermera hacia el pasillo del fondo, después
desaparecen tras una puerta que se cierra de golpe.
Diez minutos después, Mike y Alex se presentan en la clínica. No doy
crédito a lo que veo.
–¿Dónde está Sussan? –me pregunta Alex.
–Dentro, ¿qué hacéis aquí?
–Evitar que haga lo que va a hacer –me responde Mike.
Alex se acerca hasta el mostrador y, tras ser atendido por una enfermera,
se enfila hacia el pasillo por el que se fue Sussan hace un rato. La
enfermera corre tras él y le impide el acceso.
–¡Tiene que dejarme entrar! –le pide él.
–No es posible, tendrá que esperar en la sala.
–¡No lo entiende! –exclama Alex – Va a abortar y es mi hijo.
–Lo siento señor pero no tengo pruebas de ello y no puedo dejar entrar a
cualquiera que diga ser el padre del hijo de alguna paciente.
Mientras Alex sigue discutiendo con la enfermera y poniéndose cada vez
más nervioso, yo le pido explicaciones a Mike.
–¿Se puede saber qué has hecho?
–¡Debía saberlo!
–Creo que esa decisión le correspondía a Sussan.
–Le corresponde a los dos –insiste Mike –. ¿Y si él sí quiere y ella se
arrepiente cuando sea tarde? –pregunta con un brillo especial en los ojos.
–¡Es urgente! –oigo que Alex le grita a la enfermera–. Déjeme entrar
antes de que sea tarde, por favor.
–¿Y cómo has dado con él? –le pregunto a Mike.
–He ido a buscarlo a Eastmond y he tenido suerte.
Creo que Mike tiene razón y de todos modos Alex ya lo sabe, así que es
mejor que hable con Sussan ahora y no después.
–¡Es menor de edad! –le miento a la enfermera al acercarme.
–¡Eso no es posible! –me recrimina ella, con razón.
–Falsificó unos documentos –continúo con mi mentira para conseguir
convencerla.
–Ya sabe, señorita –continúa Alex–, si no quieren meterse en problemas
déjeme pasar para que impida una desgracia.
No sé si es por cansancio de tanto discutir o si es por la duda de que
estemos en lo cierto, pero la enfermera accede a que Alex pase a ver a
Sussan y le acompaña. Mike y yo nos quedamos fuera.
–¿Por qué te has tomado tantas molestias? –le pregunto.
–Por nada –responde dándose la vuelta para marcharse.
–La policía no es tonta –le digo.
Se detiene y tras varios segundos se da la vuelta y se acerca a mí.
–Mi madre estuvo apunto de abortar.
–¿Tienes hermanos?
–No. Quiso abortar cuando estaba embarazada de mí. Cuando supo que
esperaba un bebé, no se sintió preparada y decidió abortar. Pero en el
último momento mi padre se lo impidió. Le dijo que la quería y que juntos
podrían conseguirlo.
–Y tenía razón visto lo visto.
–Exacto. Imagínate si mi madre hubiera seguido adelante. Ahora mismo
yo no existiría, ni estaríamos teniendo esta conversación. Y, ahora que lo
pienso, nadie habría avisado al Sr. Kinsey y Sussan habría abortado, si es
que no lo ha hecho ya.
–Sussan es muy terca, es posible que haya seguido con sus intenciones.
–Es posible. Pero al menos lo habrá consultado con el padre, es lo justo.
La puerta se abre y aparece la enfermera, seguida de Alex y Sussan, que
tiene la cara cubierta de rímel corrido y lágrimas. La cara de Alex parece
decirlo todo, con un semblante entre furioso y decepcionado. Mike se lleva
las manos a la cabeza y se marcha antes de decir algo de lo que pueda
arrepentirse. Alex le sigue, no sin antes decirle a Sussan algo al oído. Yo
me acerco, le doy un abrazo y le digo que todo va a salir bien, que la voy a
cuidar como ella me cuidó a mí y nos vamos de aquí. Ya dije que odio los
hospitales.
Caminamos por la calle en silencio buscando la estación de metro más
cercana. Pienso acompañarla a casa, aunque tenga que rodear media
ciudad para volver a la mía. No es momento de dejarla sola.
–No lo he hecho –me reconoce cuando nos sentamos en un banco a
esperar al tren–. Aún estoy embarazada.
A mitad de camino, decidimos cambiar de ruta e ir a mi casa. Sussan
aún no está preparada para volver a la suya. Tiene mucho en lo que pensar,
aparte de hacer una llamada de teléfono, tras la cual tendrá que tomar la
que será la decisión más importante de su vida.
Llegamos a casa y nos encerramos en mi habitación. Sussan coge su
teléfono y, con el dedo temblando, consigue marcar el número.
–¿Nathan? –pregunta cuando descuelgan al otro lado–. Soy yo, ¿qué tal?
Silencio. Le hago una seña para que ponga el modo manos libres.
–...y centrándome en aprobar las asignaturas que he suspendido –oigo
que responde Nathan–. ¿Y tú qué tal vas?
–Bien. Bueno, tengo que contarte algo importante. Pero no creo que sea
lo más indicado hacerlo por teléfono. ¿Podemos vernos?
–Claro –le responde Nathan–. Donde quieras.
–¿En media hora en el Starbucks de la calle Price?
–Perfecto. Allí nos vemos.
°°°
Apenas llevamos cinco minutos sentados en nuestra mesa de siempre y ya
han aparecido Mike –que empieza ahora su turno– y Verónica –que ha
venido a buscar a Josh–. Nos cuenta que anda preocupada porque éste le ha
dicho que tienen que hablar y, según ella, eso siempre significa algo malo.
No le falta razón, aunque la vemos tan preocupada a su estilo que le
quitamos hierro al asunto para que no esté tan nerviosa.
Deben ser las hormonas por el embarazo, pero Sussan está extrañamente
simpática con ella. O igual es que se está esforzando tanto en no parecer
preocupada que se está pasando de amable. Incluso ahora parece que se
van juntas al servicio, como si fueran amigas.
–Tenemos que hablar –me dice Mike antes de entrar al almacén para
ponerse el uniforme.
–¿Es la frase del día? –bromeo y me doy cuenta de que me he quedado
solo.
Y es entonces cuando miro a mi alrededor y me doy cuenta de algo que
otros años habría anticipado y que esta vez me ha pillado totalmente
desprevenido. La cafetería está decorada con guirnaldas verdes por todas
partes, en la barra brillan luces blancas que bailan al son de la música, en
las ventanas hay adhesivos con forma de muñecos de nieve, en la vitrina
de comidas hay galletas de jengibre, en cada mesa del local hay un
pequeño abeto verde con una estrella en lo más alto y en el hilo musical
suena Silent Night. Es Navidad.
–¿Soy el único que no se había dado cuenta de que es Navidad? –
pregunto cuando Sussan y Verónica vuelven del servicio.
–Estoy yo ahora para Navidad... –se queja Sussan.
–¡A mí me encanta la Navidad! –añade Verónica.
–¡A ti es que todo te encanta, guapa! –le responde Sussan, que parece
que vuelve a ser un poco más ella durante unos segundos.
–¡Vero! –grita Josh desde la puerta de la cafetería– ¡Vamos!
Verónica se despide de nosotros con su ya tradicional gesto de muñeca,
que nosotros imitamos cuando se da la vuelta, y esperamos a que Mike
salga del almacén para que nos atienda. Nathan llega puntual.
Después de pasar los quince minutos más incómodos del día, esquivando
las miradas de Nathan, respondiendo con monosílabos y dándole patadas
por debajo de la mesa a Sussan para que se de prisa, decido tomar las
riendas de la conversación.
–Nathan, esto es una tregua momentánea que va a durar lo mismo que tu
café. Pero si no intervengo podemos estar aquí hasta fin de año.
–¿Qué ocurre? ¿Estás bien? –le pregunta a Sussan.
–Díselo –le digo sin darle más opción.
–Nathan, estoy embarazada.
Silencio incómodo. Dudas interminables. Tres caras que parecen un
poema. Una que se muerde los labios de los nervios esperando una
respuesta, otro que no reacciona como si le hubieran dicho que María era
virgen y yo en medio mirando a la una y al otro como si estuviera en un
partido de tenis.
–¿Y para esto me llamas? –pregunta Nathan algo molesto–. ¿Para
restregarme que estás con otro?
–No es eso –le digo.
–No sé quién es el padre –dice Sussan–. Bueno, tampoco hay muchos
candidatos, que una tiene buena fama. O la tenía hasta ahora.
–¿Cómo va a ser mío? Me dejaste hace tiempo.
–Estoy de nueve semanas. Eso te incluye a ti y a Alex.
–¿Quién es Alex? –pregunta Nathan.
–El Sr. Kinsey –respondo yo–. Su profesor de Psicolog...
–¡No hace falta dar tantos datos, Ryan! –me interrumpe Sussan a gritos.
–¿Tu profesor? –se sorprende Nathan–. ¿En serio te has liado con un
profesor? ¿Qué edad tiene?
–Veintiocho –vuelvo a responder.
–¡Ryan! –vuelve a gritar Sussan–. Eso a él no le importa. La cuestión es
que necesito que los dos os hagáis la prueba de paternidad.
–Vale, perfecto. Dime un día y una hora y allí estaré.
–¿Seguro? –pregunta ella.
–Claro, ¿qué crees? No te voy a dejar tirada si soy el padre. Ya me las
arreglaré, pero no voy a ser de esos que desaparecen.
–Me alegra saberlo.
–¡Y a mí! –añado.
Como no hay nada más que comunicar y yo no estoy por la labor de
pasar el resto de la tarde con Nathan, le sugerimos que queremos estar
solos para hablar de nuestras cosas y se marcha sin reparos. No sin antes
acordar que mañana irá a hacerse la prueba, igual que Alex. Si ninguno de
los dos elude su obligación, Sussan tendrá los resultados en dos semanas,
justo a tiempo para Navidad. Uno de los dos va a recibir un regalo de
Santa Claus que jamás hubiera imaginado. Una pena que el bebé no llegue
hasta junio porque habría sido un regalo incluso más impactante. Estos
meses que quedan a Sussan se le van a hacer eternos y para mí van a ser
una auténtica tortura.
Cuando estamos apunto de irnos, aparece de nuevo Josh sin Verónica.
Nos volvemos a sentar y nos cuenta que la ha dejado de una vez por todas.
Por lo visto, estaban paseando cerca del Memory Park cuando a ella le
ha dado por empezar a hablar sobre su boda ideal, el vestido, las damas de
honor, el banquete, las flores y no dejaba de darle vueltas y más vueltas al
mismo tema, dando por hecho –por supuesto– que su marido sería Josh.
Incluso insistió en entrar en una tienda de trajes de novia que se cruzaron
por el camino, obviamente sólo parar mirar, ya que aún son muy jóvenes
para eso, según le dijo. El caso es que se emocionó tanto que incluso se
quiso probar un vestido que le gustó en especial. Y ahí, en medio de la
tienda, rodeado de flores, vestidos y maniquíes, con Verónica vestida de
blanco con un traje de Elie Saab y apunto de colocarse el velo con una
lágrima de emoción resbalándole por la mejilla, él no pudo más con la
presión.
–Oye, que me van los tíos –le dijo. Así sin más, con tacto y buenas
formas.
Ella se quedó blanca y muda. Se limitó a cambiarse y arrastrarlo hasta la
calle. Siguieron caminando en silencio hasta llegar al Memory donde, tras
sentarse en un banco y respirar hondo tres veces, empezó a llorar y a gritar
de forma histérica. Le preguntó que como podía hacerle eso, que era
imposible que él fuese gay, que no se le notaba y que cuando nos
enteráramos nosotros le íbamos a dar de lado, que lo mejor era que se
dejara de tonterías y corrieran un tupido velo como si no hubiera dicho
nada.
–Después le dije que tú y Mike también sois gays y terminé de rematarla
–culmina Josh.
–¿Y qué pasa con el problema psicológico? –le pregunto.
–Me da igual. Ella sabrá lo que se hace y yo no pienso sentirme
culpable. Se quedó llorando en el puente del Memory Park, así que si
mañana aparecen los patos comiendo carne ya sabemos quién es.
–¡Qué bestia eres! –le recrimino–. Vale que Verónica esté ida de la olla
pero tampoco te pases.
–Haces bien –le dice Sussan–. Esa tía está chalada.
–Además –continúa Josh–, creo que al saber que soy gay ya no se siente
tan atada a mí. Espero que se de cuenta de que el tío por el que está
obsesionada no existe y eso le ayude a mantenerse cuerda.
–Le podrías haber dicho que Sussan está embarazada y que el niño es
tuyo –bromeo.
Nos reímos los tres.
–Claro –dice Josh–. Como si fuera creíble que Sussan se ha quedado
embarazada.
Nos quedamos en silencio. Sussan saca del bolso una ecografía rutinaria
en la que apenas se ven un par de manchas blancas sobre un fondo negro.
–En menos de siete meses ahí habrá un bebé fuerte y sano apunto de
nacer.
Josh se queda de piedra y no sabe qué decir.
–¿En qué clase de grupo me he metido?
Se ha hecho de noche y nos disponemos a irnos, cuando Mike –que no se
ha acercado a la mesa desde que volvió Josh– me recuerda que tiene que
hablar conmigo. Como aún faltan varias horas hasta que termine su turno,
le digo que me voy a casa y que me avise cuando haya salido para vernos.
En la puerta nos despedimos de Sussan y Josh insiste en acompañarme
hasta mi portal. No hemos pasado aún la primera calle cuando vuelve a
insistir y a pedirme que le de una oportunidad de demostrarme que ha
cambiado y que ahora que es libre podemos estar juntos sin problemas. Yo
sigo insistiéndole en que no quiero nada con nadie –aunque ese argumento
cada día me lo creo menos– y que ya le advertí en la discoteca que, con
Verónica o sin ella, no podemos estar juntos porque yo no siento nada.
Pero él está convencido de que, si no me cierro y le doy una oportunidad,
puedo llegar a sentir algo e incluso enamorarme de él.
Llegamos a mi casa y me da un abrazo acompañado de un beso en la
mejilla. Me pide que me lo piense, que no me voy a arrepentir y no tengo
nada que perder. Y, en el fondo, empiezo a creer que tiene razón. Le
devuelvo el abrazo e intento comprobar que es lo que siento. Busco los
cosquilleos y las ardientes ganas de vivir y entregarme a lo que dicte mi
corazón, pero no están por ninguna parte.
Me despido y subo a casa, dónde mi madre me está esperando bastante
inquieta.
–¿Cómo ha ido? –me pregunta–. Llevo toda la tarde acordándome de la
pobre Sussan. ¿Está bien? ¿Ha sufrido?
Caigo en la cuenta de que no avisé a mi madre del cambio de planes.
–¡Lo siento! Se me olvidó avisarte. Al final va a tener el bebé.
Kate da un enorme suspiro como si se hubiera quitado de encima un
problema de los grandes. Como cuando te dicen que al final tu hijo no
tiene que repetir curso, o que el arreglo millonario de la imprenta que se
estropeó corre a cuenta del seguro.
–El problema es que no sabe quién es el padre –termino.
–¿Cómo?
–No sabe si es de Nathan o de Alex.
–¿Quién es Alex? Cuando nos pidió consejo a Rose –la madre de
Sussan– y a mí, dimos por hecho que el padre era Nathan.
–No le cuentes nada a Rose hasta que lo haga Sussan, si es que lo hace.
Alex es el Sr. Kinsey, un profesor de la universidad.
Mi madre tiene que sentarse de la impresión. Este es uno de los
momentos en los que tener un hijo gay le parece una bendición del cielo.
Entre tener una hija de dieciocho años que se ha quedado embarazada y,
posiblemente, de un profesor diez años mayor que ella o tener un hijo al
que le gustan los chicos, queda claro cual es la madre que tiene un
verdadero problema en casa.
–¿Un profesor?
–Si te sirve de consuelo, sólo tiene veintiocho años –le digo, mientras
me río y me voy a mi habitación.
°°°
A las once de la noche recibo un whatsapp de Mike y voy a su encuentro.
Salgo a la calle y descubro que la Navidad está terminando de implantarse.
Me subo la cremallera del abrigo y me pongo la capucha. Está nevando.
Cuando llego a la cafetería, Mike me está esperando por fuera y seguimos
caminando hasta un banco cercano. En pocos minutos el suelo se cubre de
una capa fina de nieve.
–Lo que quería decirte es que no me voy a rendir.
Esa historia ya la he oído antes.
–¿Qué quieres decir?
–Que voy a esperarte. Quiero estar ahí cuando sientas que puedes volver
a tener una relación. Quiero ser yo el que te haga volver a disfrutar de las
cosas buenas de la vida. Quiero compartir todo contigo. Y para ello voy a
quedarme aquí, a tu lado, esperando el tiempo que haga falta.
No puedo evitar emocionarme con sus palabras. Hace tiempo que no me
dicen algo tan sincero y profundo. Llevo tiempo necesitando que me den
ese cariño y esa fuerza y ahora me viene como anillo al dedo.
–Eres increíble, Mike.
Se acerca y, tras darme un beso en la mejilla, le rodeo con mis brazos y
le doy un abrazo. Y ahí están, otra vez, los cosquilleos, la corriente
eléctrica volando por todo mi cuerpo, la sensación de libertad y bienestar,
las ganas de vivir y ser feliz, la respiración profunda, su perfume, su tacto,
su piel.
Los copos de nieve cubren parte de su pelo y sus pestañas. Las manos le
tiemblan del frío así que se las cojo entre las mías. Lo miro fijamente a los
ojos y veo como me sonríe. Desvía la mirada tímidamente y me vuelve a
mirar. Le guiño un ojo. Sonríe de nuevo y vuelve a desviar la mirada hacia
la lejanía. Vuelve a mirarme y le vuelvo a guiñar un ojo.
–¿Qué pasa? –me pregunta con una tímida sonrisa en la boca.
–Déjame que compruebe una cosa...
Me acerco hasta sus labios y le beso suavemente. Me separo y lo
observo quieto delante de mí, con los ojos cerrados y los labios medio
abiertos, como esperando a que lleguen más besos sin querer abrir los ojos
por si es un sueño y despierta. Sonrío y lo vuelvo a besar. Un batallón de
luciérnagas revolotea por mi cuerpo, subiendo desde el estómago hasta la
garganta y rodeando mi cabeza, haciéndome sentir un escalofrío que
recorre todas las terminaciones nerviosas de mi piel. Le sujeto con fuerza
las manos y le sigo besando sin poder evitar reír. Él se ríe también, pero no
nos separamos sino que nos abrazamos y terminamos fundidos en una
explosión de fuegos artificiales y estrellas que inundan el mundo paralelo
al que nos hemos desplazado.
Noto como ha dejado de temblar y sus manos pasan a estar calientes.
Acaricio su cara y siento como si fueran chispas entre mis dedos. No
puedo evitar volver a mirarlo y sonreír tontamente con cada beso que nos
damos. Es como si el resto del mundo no existiera, como si todo lo que
hemos vivido a lo largo de nuestras vidas fuera por y para conducirnos
hasta este mágico momento donde las emociones cobran vida propia y nos
arrastran hacia un lugar increíble donde sólo importa el aquí y ahora.
Cuando por fin consigo ser dueño de mi cuerpo, me separo unos
centímetros de su cara y le susurro al oído:
–Gracias por devolverme la vida.
17
EL HIELO
–¿Lo abrimos?
–Estoy nerviosa –responde Sussan–. Esto es como cuando eligen al
ganador de Gran Hermano. Sólo que éste no se lleva un maletín lleno de
dinero sino un hijo para toda la vida.
Sussan por fin ha recibido los resultados del test de paternidad que se
hicieron Alex y Nathan. No se atrevió a abrir el sobre en la clínica así que
ha venido a casa y estamos apunto de conocer quién es el padre del bebé y
disipar todas las dudas posibles.
Durante estos diez días, Sussan ha estado barajando todas las
posibilidades y pensando cómo sería su vida según qué nombre apareciera
en el sobre. Con Nathan le esperaba un futuro duro y complicado, tendrían
que dejar la universidad, buscar un trabajo, pedir ayuda a sus respectivos
padres y demás. En cambio, con Alex sería todo más fácil, aunque no por
ello un camino de rosas, ya que él tiene un trabajo estable, piso propio y,
además, tienen cierto tipo de relación sentimental –pese a que se ha
quedado un poco estancada últimamente por la duda de quién es el padre y
el estrés emocional que esto le está causando a ella–.
Sea como sea, es hora de enfrentarse a la realidad. Sussan me pide que
lo abra yo y le diga el resultado. Le tiemblan las manos. Es obvio que
desea con todas sus fuerzas que el padre sea Alex, aunque ella no deje de
decir que le da igual cuál de los dos sea siempre que carguen con su
responsabilidad.
Empiezo a abrir el sobre lentamente y con cuidado, para terminar
rompiéndolo de forma abrupta y extraigo los documentos.
–¿Hay dos? –me dice.
–Claro, ¿que pensabas? ¿Que esto era un concurso e iban a escribir el
nombre del ganador? –me río–. Hay uno de cada uno y supongo que en uno
de ellos pondrá «positivo» y en el otro «negativo». ¿Cuál miramos
primero?
–El de Nathan mismo.
Desdoblo una de las hojas que tengo entre mis manos y, tras leer para mí
mismo la parte aburrida, termino por informar a Sussan del resultado.
–Negativo.
–¡Bien! –exclama Sussan aliviada–. Entonces el padre es Alex, menos
mal.
–O ninguno. A saber qué más habrás hecho en esa universidad plagada
de hippies y franceses besucones en busca del amor libre.
–¿Por quién me has tomado?
Me río y desdoblo la otra hoja en la que, efectivamente, indica que el Sr.
Alexander Kinsey es el padre del bebé que espera Sussan. Ahora soy yo el
que respira tranquilo. Me alegra saber que, dentro de lo malo, no ha
ocurrido lo peor y Sussan tendrá alguien responsable y estable con ella. Lo
que no sé es si a Alex le va a hacer la misma ilusión, algo me dice que está
deseando que el padre sea Nathan.
De pronto me doy cuenta de que todo esto ha sido gracias a Mike. Si él
no hubiera avisado a Alex, Sussan habría seguido adelante con su plan de
interrumpir el embarazo y, probablemente, a día de hoy ya estaría más que
arrepentida. Lo curioso es que, el otro día en la clínica, decidió no hacerlo
porque el padre debía saberlo primero; pero se ha acostumbrado tanto a la
idea de que va a ser madre que no ha vuelto a pensar en la posibilidad del
aborto ni una sola vez, tiene claro que va a tenerlo con o sin ayuda del
padre. Ya no le interesa saber la opinión de cada uno, sólo si el culpable de
semejante aventura va a estar con ella o la va a dejar tirada a mitad de
camino. Me impresiona lo valiente que ha sido y la facilidad que ha tenido
para darse cuenta de que quiere seguir adelante.
Me despido de Sussan, que se marcha en busca de sus chicos para
informarles de los resultados, y vuelvo a retomar mi sesión de estudio.
Llevo cinco días frenéticos en los que he hecho ya tantos exámenes que he
perdido la cuenta. Apenas he tenido vida social, salvo los desayunos en la
cafetería de la universidad.
Y todos estos días los he pasado sin ver a Mike. Evidentemente, él está
igual de saturado con los exámenes que yo, pero también tiene que trabajar
casi todas las tardes, lo que ha provocado que no haya venido a clase para
poder prepararse los exámenes por las mañanas. La noche del beso ha sido
la última vez que hemos estado juntos más de cinco minutos y, cada vez
que he tenido algún momento libre para pensar, me he acordado mucho de
él. Quiero repetir lo que vivimos.
Tras nuestro beso, fuimos a comer y tomar algo en un bar cercano.
Estuvimos tonteando toda la noche, haciéndonos guiños, carantoñas y
controlándonos porque, a decir verdad, nos sentíamos raros por estar tan
receptivos y sueltos en tan poco tiempo. Habíamos pasado de ser buenos
amigos a algo más que aún no era lo suficientemente fuerte como para
ponerle nombre y, aunque no queríamos pensar mucho en ello, los dos
sabíamos que no era momento de correr y hacer las cosas con prisa.
Así que le prometí que tendríamos una primera cita oficial después de
los exámenes. Hemos quedado mañana por la noche y le he dejado a cargo
de elegir el plan. Quiero que me sorprenda, aunque no se lo he dicho.
Siento curiosidad por ver qué clase de cita se le ocurre, si va a recurrir a
algo típico o si va a ser original. Tampoco quiero que se pase de listo, con
algo que no sea ir al cine y dar un paseo me conformo. Estoy cansado de
esa clase de citas que llevo teniendo desde los doce años.
En casa también se han implantado las fiestas. Ben y Kate han estado
todo el día adornando el árbol y decorando la sala. Faltan cinco días para
el día de Navidad y este año no se me ha ocurrido ningún regalo. No sé ni
lo que quiero para mí, ni lo que voy a regalar –excepto a Sussan, que es
evidente que este año sólo recibirá cosas de bebés– así que dispondré de
tan sólo un día para hacer las compras. Me encanta la Navidad, es mi
fiesta favorita, pero este año estoy convencido de que no será como las
demás. Ya no sólo por todas las novedades que están apareciendo en
nuestras vidas, sino porque no podré evitar acordarme de Matt y su
familia. Deben de estar pasándolo mil veces peor que yo y no quisiera
estar en su lugar. Bueno, en parte lo estoy, pero yo no puedo quejarme
porque tengo a mi familia completa.
°°°
Al salir de mi último examen me encuentro con Sussan, que no para quieta
más de tres segundos en el mismo lugar y no cesa en dar vueltas en torno a
la puerta de la sala de profesores. Debe de llevar así un par de horas,
porque cuando llegamos estaba decidida a contarle a Alex que es el padre
del bebé en cuanto se cruzara con él y, por su aspecto, no creo que se lo
haya dicho aún. A Nathan se lo dijo el mismo día que supo quién era el
padre, pero Alex no había estado disponible hasta hoy.
–¿Aún nada? –le pregunto.
–No, llevo buscándolo todo este tiempo pero no hay forma de dar con él.
Supongo que estará en algún examen o no habrá llegado. No sé. Igual ha
huido y no lo vuelvo a ver más.
–Estás delirando.
–Lo sé. Pero es que estoy muy nerviosa. Imagina que lo de apoyarme lo
dijo por quedar bien. Igual estaba convencido de que el padre sería Nathan.
¿Y si me deja sola?
–¿Te recuerdo que fue él el que fue a la clínica y evitó que abortaras? No
va a abandonarte. No seas tan cruel contigo misma, no te fustigues hasta
ver su reacción. Como me dice siempre Tom, ¡no anticipes!
–Bueno, cambiemos de tema a ver si me despejo. ¿Qué tal el examen?
–Ni bien, ni mal. Creo que apruebo, pero por los pelos. He tenido tantos
exámenes esta semana que éste es el que menos tiempo he tenido para
preparar.
–¿Y qué tal Mike?
–Bien, aunque no nos hemos visto en toda la semana, salvo en clase
durante los exámenes. No hemos tenido una conversación de más de tres
palabras desde el día que nos besamos.
Sussan me mira sorprendida y su cara cambia por completo, pasando de
reflejar angustia a mostrar entusiasmo y alegría. No le veía esa cara desde
la noche del Blue Bayou, antes de su percance.
–¿Qué pasa?
–Me refería a «¿qué tal Mike en el examen?», ¡pero esto es mejor aún!
Sonrío levemente y miro a mi alrededor avergonzando porque mi amiga
se muestra demasiado entusiasta y ha llamado la atención de los que
estaban alrededor.
–¿Por qué no me habías contado nada?
–No sé. Estabas tan ocupada con tus problemas y tus dudas paternales
que no quise incordiarte con mis tonterías.
–No son tonterías, idiota –me reprocha mientras me abraza–. Me alegro
mucho de que hayas salido de tu burbuja.
–¿Mi burbuja?
–Sí, esa en la que te metiste cuando pasó lo que pasó. No me mires así,
ya sé que no fue algo voluntario, tú me entiendes. ¡Y ahora por fin vuelves
a tener vida sentimental!
–Bueno, no corras. Aún no sé lo que tengo. No somos nada, que yo sepa.
Sólo nos besamos. Aunque el resto de la noche fue genial. Tendrías que
habernos visto, era como si no fuéramos nosotros; como si siempre
hubiéramos sabido que tenía que pasar.
–De hecho él lo sabía, que lleva colado por ti desde que te vio.
–No exageres.
–Que sí, que me lo dijo. Él te contó que el día de la inauguración se
sentó a tu lado sabiendo quién eras, ¿no?
–Algo así.
–Pues lo que se calló, pero sí me dijo a mí, es que ahí ya le gustabas un
poco. Sabía quién eras porque te vio en el Facebook de Josh, pero no de
pasada, sino que vio varias fotos tuyas. Y quien dice varias dice las cientos
que has colgado. La cuestión es que ahí ya sentía curiosidad por ti, esa
clase de curiosidad que se siente cuando ves a alguien en fotos, en alguna
red social, y te dan ganas de que esa persona estuviera más a mano para
conocerla.
–¿En serio?
–Palabrita. Las embarazadas no mentimos.
–¿De dónde te sacas eso? –me río.
–Da igual, confía en mí Ryan. Lo de Mike contigo fue un flechazo de
cabo a rabo, ¡sobre todo de lo último!
–¡Qué asco me das!
Nos reímos y se abre la puerta de un aula, de la que aparece un profesor
para pedir silencio. Es Alex, aunque no se ha dado cuenta de que somos
nosotros y vuelve a cerrar la puerta.
–Ahí tienes a tu Sr. Kinsey. Ya sólo te falta hacer guardia aquí fuera
hasta que salga.
–¿Me haces compañía?
–Claro. Yo tengo que esperar a Mike, así que...
–Aún no están saliendo y ya se comportan como una parejita, ¡lo que
hay que ver! –dice Sussan como si pensara en voz alta.
Cinco minutos después, Mike se encuentra con nosotros en el pasillo.
Nos cuenta que el examen le ha salido genial y, durante algunos segundos,
siento envidia de que él haya podido prepararse tantos exámenes teniendo
en cuenta que trabaja, cosa que yo no hago, y dispone de menos tiempo
para hacerlo. Pero se me pasa cuando pienso en lo buen partido que es.
Hablamos sobre nuestra inminente primera cita de esta noche y me
cuenta que ha preparado algo muy divertido y que me va a gustar. Dice que
está convencido de que hace tiempo que no lo hago, pero que no me haga
muchas ilusiones que no es nada del otro mundo. Me garantiza que no es ir
al cine –al que no voy desde verano–, ni un paseo por el parque, ni nada
típico de una primera cita. Me gusta que él mismo haya pensado en esa
clase de detalles sin que yo tuviera que preavisarlo.
Lo cierto es que Mike y yo tenemos mucho en común pero, al mismo
tiempo, somos totalmente diferentes. Él es mucho más aplicado en los
estudios que yo, salta a la vista. Tiene una mayor facilidad para absorber
información o algo así. En cambio, yo tengo más capacidad para atender
en clase sin aburrirme, algo que él no puede hacer durante más de diez
minutos seguidos. Supongo que tiene algo que ver con esa hiperactividad
que le caracteriza. Yo jamás podría estudiar una carrera y trabajar seis
horas diarias en una cafetería sin perder el control de una o ambas cosas.
Luego está el tema de los deportes. En ese ámbito él es bastante vago, no
le gusta salir a correr por el parque como a mí –hace semanas quedamos
para hacerlo y no aguantó más de cinco minutos así que acabamos
comiendo rosquillas en el Dunkin Coffee, mucho más sano para el cuerpo,
por supuesto–, ni practica habitualmente ningún deporte en especial. Pero
tiene una genética impresionante que le ha dotado de un cuerpo sin un
gramo de grasa y estoy seguro de que, si se lo propusiera, le saldrían
músculos en menos de dos semanas. Casi que prefiero que no lo haga, no
sea que le guste su nueva imagen y se dedique a ligar con otros. Los
gimnasios son el demonio.
En el tema de las relaciones ambos lo hemos pasado mal y somos muy
enamoradizos, pero de resto somos completamente diferentes. Mike tiene
toda la pinta de ser un poco seco. No me refiero a que sea un soso, sino a
que no tiene pinta de ser el típico que está siempre encima de la otra
persona, insistiendo en lo mucho que la quiere y como su vida carece de
sentido sin ella y esas cosas. Yo tampoco soy tan empalagoso, pero sí soy
muy detallista y siempre estoy buscando muestras de cariño con la gente
que quiero.
De todos modos, me gusta que seamos tan iguales como diferentes.
Estoy completamente convencido de que el secreto para una relación viva
y duradera es precisamente ese, ser distintos. Dos personas iguales tienden
a aburrirse, a cansarse de hacer y decir siempre lo mismo o de estar
siempre de acuerdo en todo. Las discusiones y los enfrentamientos son
necesarios para que una relación tenga futuro. Para poder valorar lo bueno
de la persona con la que compartes tu vida, necesitas algo malo para poder
comparar. Para poder hacer las paces, antes hay que discutir.
Es en las cosas simples dónde se descubre lo que sientes por la otra
persona, no en las complicadas. No hace falta mirar muy profundamente,
basta con observar los pequeños detalles que ocurren día a día, esos
pequeños gestos que hacen que te enamores lentamente. Desde la forma en
la que se rasca la sien cuando piensa algo importante, hasta su manía de
sentarse siempre con su cabeza apoyada en tu regazo, pasando por la
forma tan curiosa que tiene de escribir la letra A. Cualquier simple detalle
es importante a la hora de calarse hasta los huesos con la necesidad de
compartir tu corazón con la persona a la que quieres. Y todos esos detalles
tan positivos pasarían desapercibidos si no hubiera otros negativos que te
pongan de los nervios, como cuando pone los pies sobre la mesa o cuando
se pone a cantar en la ducha desafinando cuatro de cada cinco notas.
Sé que soy joven y que tengo aún mucho tiempo por delante, pero ya
tengo claro que es lo que espero encontrar en alguien para poder
considerarlo “el definitivo” y no pienso parar hasta encontrar alguien que
encaje en el prototipo de persona que quiero en mi vida junto a mí, porque
sé que existe y en alguna parte él está pensando lo mismo que yo. Igual ya
lo he encontrado, pero es algo que no quiero pensar; no sólo porque aún es
extremadamente pronto para eso, sino porque no quiero mirar hacia nada
más allá del día de hoy y, como mucho, mañana.
De hecho, ahora sólo pensaré en esta noche y mi cita con Mike.
°°°
Hemos quedado en la estación de metro de Price, aunque no por fuera
como otras veces, sino dentro antes de pasar por las máquinas de acceso a
los andenes. Estoy bastante intrigado porque no comprendo qué le ha
impulsado a quedar precisamente aquí. La gente pasa y me mira extrañada,
algunos incluso se han ofrecido a informarme del funcionamiento del
metro como si yo fuera un turista cualquiera. Y lo peor es que aquí abajo
apenas tengo cobertura en mi teléfono, así que espero que no se retrase
mucho más.
Al levantar la vista veo como Mike se acerca por uno de los pasillos que
están al otro lado. Me busca con la mirada y lo aviso con un tímido grito.
–¿Qué haces ahí? Vamos, sal –le pido.
–No, no. Entra tú. Por eso hemos quedado aquí, para no tener que salir y
volver a entrar.
–¡Mira que eres usurero!
Introduzco mi abono del metro en la máquina y llego hasta el otro lado
donde continuamos el camino por otro pasillo diferente. Le pregunto una y
otra vez a dónde vamos, pero Mike no suelta prenda.
Ya en el vagón del tren, intento averiguar los posibles lugares que hay en
la ruta que va a seguir y son tantos que no atino a adivinar a dónde me
lleva. Me paso todo el trayecto dándole vueltas pensando en las opciones
posibles: al lago Hatcher, al parque de atracciones, a ver algún partido de
baloncesto, al hockey –¡espero que no!–, a algún restaurante, … Son tantas
las opciones que me rindo enseguida y, por suerte, el trayecto no dura más
de veinte minutos. Nos bajamos en la estación de Primrose y se disparan
mis alarmas. ¡Al hockey no, por favor! No tengo nada en contra de ese
deporte, pero ir a ver un partido es de lo más estresante y no me parece
adecuado para una primera cita.
Salimos a la calle y caminamos en dirección al palacio de deportes
donde se encuentra la pista de hielo. Empiezo a dar por hecho que su gran
y original –cierto, para qué negarlo– plan es ir a ver un partido y, como no
quiero pasarlo mal, intento cambiar mi estado de ánimo y valorar las
ventajas que pueda tener una cita tan peculiar. Está claro que, de algún
modo, ha querido compensarme el hecho de que nunca quiera venir a
correr conmigo y ha creído que tener una cita deportiva es una buena
forma de hacerlo. Bueno, me resigno. Ya me irá conociendo poco a poco.
Cuando entramos, descubro para mi sorpresa que la gente no tiene
mucho aspecto de fanáticos del hockey. Más bien todo lo contrario, hay
gente joven, familias con hijos y parejas.
–¿Qué hacemos aquí? –le pregunto.
–¿No es evidente? ¡Patinar sobre hielo!
Me río de mí mismo y finjo que le doy un cabezazo al mármol de la
recepción a modo de autoflagelación por mi estupidez mental. Llevo un
rato dándole vueltas al tema del hockey y no se me había pasado por la
cabeza que no veníamos a ver un partido, sino a patinar. Ni siquiera he
caído en la cuenta de que los viernes no hay partidos.
–Me gusta.
–¿En serio? –me pregunta–. Si quieres podemos hacer otra cosa.
–No, es perfecto.
Me acerco para darle un beso en la mejilla, pero me arrepiento a mitad
de camino ya que estamos rodeados de gente.
–Por mí no te cortes –me dice.
–Tú te lo has buscado.
Vuelvo a acercarme pero el beso se lo doy en los labios. Veo como se
pone colorado en cuestión de segundos y la chica que atiende en el alquiler
de patines se echa a reír, ya que ha oído todo lo que hemos dicho.
–Mira mami, esos dos chicos son novios –oigo que dice un niño pequeño
que está detrás de nosotros haciendo cola para ser atendidos.
–Sí, cariño –le responde ella de forma desinteresada.
–¡Igual que papi y su novio!
–Sí, cariño, sí. Igual que papi –le responde su madre con tono incómodo.
–¿Y tú por qué no tienes novio, mami?
–Porque mamá trabaja mucho y no tiene tiempo –responde ella
rápidamente–. Pero baja la voz que a la gente no le importa nuestra vida.
¿Por qué no vas a aquel banco y te sientas? Ve descalzándote que yo voy
enseguida.
Ahora me quedaré siempre con la duda de si su marido la dejó por otro o
si lo de tener un hijo fue un acuerdo anterior entre una mujer ocupada para
tener una vida amorosa y un amigo gay que querían ser padres antes de
que se les pasara el arroz. Sussan y yo tenemos ese acuerdo. Bueno,
teníamos porque ahora ya lo va a tener por su cuenta. Habíamos acordado
que, si a los treinta años los dos seguíamos solteros, tendríamos un hijo
juntos y lo criaríamos como si fuéramos padres divorciados.
Alquilamos nuestros pares de patines, nos los ponemos y nos
adentramos en la pista. Hace años que no patino y tardo un poco en tomar
el control de mis pies, no sin antes caerme tres o cuatro veces. Mike, en
cambio, parece que ha nacido con los patines puestos y no se resbala ni
una sola vez.
–¡Mira al deportista cómo le cuesta! –me dice.
–Ya te caerás, ya.
Y según digo esas palabras, Mike da un traspiés y cae al hielo de culo.
Se queda sentado un rato riéndose y después se levanta frotándose los
muslos quejándose del dolor. Le digo que es una nenaza y que debería
aguantar el dolor, que no ha sido para tanto.
Media hora después, nos detenemos y nos apoyamos en una barandilla
para descansar un rato y charlar. Hablamos sobre Sussan y todo lo que le
ha ocurrido, el valor que ha demostrado enfrentándose a ese reto tan
complicado y la decisión que tenía de ser madre soltera si Nathan y Alex
se hubieran echado atrás. También comentamos lo ocurrido con Josh y es,
realmente, la primera vez que hablamos de nuestro pasado en común con
él. Mike me cuenta que no es ni por asomo su prototipo de chico ideal,
pero le llamó la atención y lo engatusó en cuestión de minutos de tal
forma que no se pudo escapar. No se arrepiente de lo que pasó, pero no
podría volver a estar con él nunca, aunque yo no hubiera aparecido. Le
comento que yo estoy en la misma situación y que lo único que conservo
de él, aparte de su amistad, es el cariño con el que recuerdo los días que
vivimos en el campamento pero que, en el fondo, siento como si el Josh de
hace casi un año y el de ahora fueran dos personas distintas.
–¡Vamos! –me anima–. ¡Te echo una carrera hasta el otro lado!
Y, antes de poder responderle, sale patinando a toda velocidad en
dirección al otro lado de la pista. Reacciono y patino detrás de él aunque
he tardado tanto que es evidente quién va a ganar. Cojo el mayor impulso
posible y patino con todas mis fuerzas intentando alcanzarlo cuando veo
que da otro traspiés, se resbala y cae de espaldas al tiempo que sus piernas
parecen salir volando por el aire. Cae al suelo boca arriba y se golpea en la
cabeza y la nuca.
Llego hasta él intentando contener la risa automática que me ha
producido la caída y le tiendo la mano para ayudarle a levantarse. Cuando
me fijo en su cara veo que tiene los ojos cerrados y no parece moverse. Me
agacho junto a él poniéndome de rodillas en el hielo.
–¡Mike! ¿Estás bien? –pregunto mientras le doy pequeños toques en la
cara–. ¡Ey! No bromees.
Está inmóvil y no reacciona.
De golpe, siento un escalofrío que me recorre todo el cuerpo. Dejo de
sentir el frío hielo bajo mis piernas y noto como me arde el cuerpo y
siento una sensación de ahogo horrible. El miedo se apodera de mi cuerpo
como si hubiera explotado por dentro y no hubiera barreras que lo
detuvieran. Vuelvo a mirar a Mike y noto como mis ojos se encharcan de
lágrimas y empiezan a caer. Cubro mi cara con mis manos temblorosas.
–¡Otra vez no! –suplico–. ¡Por favor! ¡Otra vez no!
Esto no puede ser real. No puede estar sucediendo otra vez. No puede ser
que haya vuelto a abrir mi corazón y mi alma y la vida haya sido tan puta
de hacerme pasar por lo mismo de nuevo. Me niego a pensar que esta
situación es real. Esto no está pasando. No puede ser. ¡No!
–¡Otra vez no! –vuelvo a exclamar apoyándome sobre el pecho de
Mike–. No, por favor...
–Oye, hijo de tu madre –oigo que dice Mike con voz entrecortada–.¿Qué
eres? ¿La viuda negra?
Levanto la cara de su pecho y veo que tiene los ojos abiertos y se le
empieza a dibujar una sonrisa en la boca.
–¡Que yo no tengo intención alguna de ir hacia la luz tan pronto!
Suelto una intensa risa de felicidad y le doy un abrazo. Me siento
estúpido por el número que acabo de montar en cuestión de segundos.
–Pensé que te había perdido a ti también.
–Si solo ha sido una caída, tontorrón.
–¡No respondías!
–Ah, ¿sí? –se sorprende–. Pero si me he caído y enseguida estabas aquí
montando el drama.
–¡Qué va! Has estado inconsciente unos minutos. Bueno, unos segundos.
–Pues que bonito. Yo inconsciente y tú preparando el velatorio en vez de
pedir ayuda. ¿En serio no reaccionaba?
–Te lo juro.
–Entonces dame un beso y vamos a urgencias, por si acaso.
Le doy el beso que me ha pedido más otro de regalo y le ayudo a
incorporarse. Nos vamos hacia la salida, devolvemos los patines, nos
calzamos y cogemos un taxi para ir al hospital.
Tras un par de pruebas y revisiones, los médicos le comunican a Mike
que está perfectamente. Tan sólo tiene el cuello dolorido y le recetan una
pomada para que se la unte durante un par de días para bajar la
inflamación. Por suerte las vértebras no han sufrido daño alguno y en la
parte trasera de la cabeza sólo tiene un hematoma que desaparecerá con el
tiempo.
Salimos del hospital y cruzamos la calle en dirección a la estación de
metro. De día, el parque parece mucho menos romántico. Está lleno de
ancianos paseando, familias con niños pequeños e incluso pacientes del
hospital dando paseos.
–Ahí empezó todo –me dice Mike al pasar junto al banco en el que
estuvimos sentados la noche en la que se declaró.
Le cojo de la mano y seguimos avanzando, hasta donde quiera que nos
lleve el camino.
EPÍLOGO I
La vida da muchas vueltas. Tantas que nunca podemos estar seguros de
nada, excepto del aquí y ahora. Está llena de pequeños caprichos, enredos
y coincidencias que nos llevan por unos y otros caminos, a veces en línea
recta y otras tantas dando tumbos, pero otras muchas lo hacen de una
forma tan increíble que apenas podemos sentir el suelo bajo nuestros pies.
Y son esos momentos los que realmente vale la pena recordar y revivir una
y otra vez. Es en esos instantes en los que comprendemos que todo lo malo
ha ocurrido por algún motivo y que debemos aprovechar cuando las cosas
salen bien porque nunca se sabe lo que ocurrirá en la fracción de segundo
siguiente.
Reír, llorar, disfrutar, sufrir, caminar, caer, volar, chocar, sentir y
perdonar son fundamentales para poder sobrevivir. Lo malo complementa
a lo bueno y nos ayuda a darle importancia a aquello que realmente vale la
pena. Muchas veces nos cuesta salir adelante, pero en el fondo sabemos
que podemos, siempre y cuando tengamos gente a nuestro alrededor que
nos apoye y nos ayude en el transcurso de nuestras experiencias.
En los últimos seis meses yo he aprendido a disfrutar del presente, a no
darle vueltas al pasado y a no obsesionarme con el futuro. He comprobado
que no sirve de nada abordar ciertos temas que están fuera de nuestro
alcance, bien porque el pasado no se puede cambiar o bien porque el futuro
se escapa de nuestro conocimiento. Somos lo que nosotros hacemos de
nosotros mismos, pero sólo conseguiremos lo que nos proponemos si nos
centramos en aprovechar el tiempo y disfrutar de lo que tenemos enfrente.
Sussan, por ejemplo, ha estado toda esta semana de mudanza. Se ha ido
a vivir con Alex y van a empezar una nueva vida juntos. Su madre la apoya
al cien por cien, ya que ha conocido a Alex y sabe lo buena persona que es
y lo buen padre que será. En seis meses llegará el bebé y va a ser uno de
los momentos más emocionantes de nuestras vidas. ¡Quiero que llegue
junio!
Nathan y yo finalmente hicimos las paces. Es evidente que no vamos a
ser amigos, sobre todo porque no tiene la mentalidad que debería tener
para que podamos serlo; pero al ver lo mucho que apoyó a Sussan con lo
del embarazo y que estaba dispuesto a estar con ella y ejercer de padre, lo
mínimo que podía hacer yo era perdonar, en cierto modo, lo que ocurrió y
al menos tratarlo de forma cordial. Lleva un par de meses saliendo con una
chica de su universidad que conoció antes de verano cuando fue a entregar
la matrícula y, según me contó Sussan, ese era el motivo por el que su
comportamiento hacia ella fue degenerando hasta que la situación cayó
por su propio peso. Incluso estaba dispuesto a dejarla si no aceptaba que
iba a ser padre. No hace falta mencionar que el hecho de que el padre fuese
Alex fue la mejor noticia que ha recibido Nathan en toda su vida.
Josh, por su parte, dejó de insistir y está intentando aceptar que Mike y
yo hayamos empezado una relación. Se ha dado cuenta de que nos perdió a
ambos por no haberse encontrado a sí mismo antes. De todos modos,
seguimos siendo amigos e incluso estamos planeando alguna escapada
para el año que viene, a ver si le encontramos novio o al menos un amor de
verano que le haga descubrir lo genial que es enamorarse.
Mis padres han aprovechado las fiestas de Navidad y se han ido de viaje
al norte, a tomarse las merecidas vacaciones que no tuvieron en verano.
Han alquilado una casa en la montaña y van a pasar allí el fin de año, con
la única compañía de una chimenea y dos tazas de chocolate caliente.
Verónica se suicidó... ¡Es broma!. Tal y como Josh predijo, al saber que
su novio no era el semental heterosexual que ella imaginaba, le dijo adiós
a sus sentimientos por él con un simple gesto de muñeca.
Como dije, cada uno se forja su propio destino y nada es casualidad. No
existen las coincidencias, siempre hay algo que las provoca aunque en un
primer momento no nos demos cuenta. Y es ahí donde tenemos que centrar
nuestros esfuerzos, en vivir hoy acorde con lo que queremos ser mañana.
Y como yo quiero empezar con buen pie el día de mañana, aquí estoy,
con la pierna derecha levantada en el aire y agarrado del brazo de Mike –
mientras nos reímos a carcajadas– intentando no perder el equilibrio entre
los empujones de la gente, preparado para dar el primer paso del nuevo
año con buen pie. Quedan apenas unos segundos para que termine el 2012
y tan sólo tengo un propósito para el año nuevo: ser feliz sin mirar atrás.
Times Square es mucho más impresionante en persona y nunca olvidaré
el gesto que ha tenido Mike al traerme, gastándose sus ahorros de dos
años. Juntos decimos adiós a un año agridulce que me robó un corazón
pero me trajo otro de vuelta, un año en el que he perdido y ganado por
partes iguales, un año que nos ha cambiado la vida a todos y un año que
me ha marcado para siempre, porque ha supuesto un punto y aparte en mi
existencia. A partir de ahora, tengo fuerza y valor para afrontar lo que
venga. Estoy preparado y listo para ello.
Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos...
Me abrazo a Mike y le doy un beso que jamás olvidaré.
Uno.
–Feliz vida nueva.
9 MESES DESPUÉS
tercera parte
NUEVA YORK
Parece ser que la vida no siempre funciona como nos gustaría. No importa
lo que digan en la televisión, lo que nos cuenten los afortunados o lo que
prediquen las religiones, siempre habrá algo que se interponga en el
camino que nos lleva a aquello que siempre queremos y deseamos. Por
mucho que nos esforcemos en tener el control de la ruta escogida, casi
siempre aparecerá algún tipo de contratiempo que nos obligará a dar un
volantazo y desviarnos de la senda que habíamos elegido. Y es cierto que,
en la mayoría de los casos, podemos volver a girar el volante y retomar las
riendas de nuestro destino, pero ya nada es igual. El recuerdo dañado
seguirá ahí, en nuestra memoria, haciéndonos saber que no tenemos el
control de lo que se avecina, ni podemos cambiar el pasado.
Solía decir que todo lo que acontece en nuestras vidas es producto y
consecuencia de lo que hacemos o dejamos de hacer. Lo mantengo. Pero he
aprendido, tanto por las buenas como por las malas, que no todo está bajo
nuestro control y que muchas veces esas cosas que hemos provocado
pueden volverse contra nosotros en el momento más inesperado. Así de
caprichosa es la existencia, y ese animal que aparece en mitad de la
carretera obligándonos a cambiar el rumbo puede surgir en cualquier
momento o situación; una tarde de otoño en una cafetería mientras tomas
un té con un amigo, una noche de verano mientras disfrutas de una velada
de ensueño, en una discoteca, en un parque o en mitad de la calle cuando
regresas a casa a por un paraguas en un día de lluvia. Cualquier momento
es posible y, sin que puedas decidir si es lo que quieres o no, sin darte
apenas cuenta estarás dando ese volantazo que cambiará tu vida a corto,
medio o largo plazo.
En el último año he dado tantos giros en la carretera que me siento
afortunado por haber conseguido mantener el rumbo después de cada uno
de ellos. Descubrí el amor en verano y conocí el dolor pocas semanas
después. Toqué fondo y volví a la superficie. Descubrí lo fuerte que puedo
llegar a ser, lo profundo que puede ser el agujero del que no vemos la
salida y lo grande que pueden ser nuestras acciones aunque no nos
percatemos de ello. Descubrí que el mundo no se acaba cuando
tropezamos y caemos y comprobé que la fuerza de voluntad es mucho más
importante que las probabilidades de éxito o fracaso. Volví a sentir el
amor de una forma diferente, ni mejor ni peor, y comprendí que no existe
ese alguien único y especial destinado a ser nuestra media naranja. Las
oportunidades para encontrar el amor son ilimitadas. He sido feliz de
nuevo y lo sigo siendo, pero con los pies en el suelo.
Y en todo este tiempo he aprendido a no asustarme, a no temer todo
aquello que pueda plantarse delante de mi trayectoria, a ser consecuente
con mis actos, decisiones y sentimientos. He aprendido a vivir, a ser feliz
con esas pequeñas cosas que vivimos mientras encontramos nuestro lugar
en el mundo. He aprendido a esperar lo inesperado, a sentir lo que antes no
sabía que existía, a valorar lo que tengo y dejar de anhelar lo que no. He
aprendido a conformarme con una mirada, a ver todo un mundo en una
sonrisa y a sentir fuegos artificiales en mi pecho cada vez que soy feliz.
He aprendido que la vida no espera por ti; el tiempo pasa y eres tú el que
tienes que adaptarte a sus constantes cambios. Pero, por encima de todas
las cosas, he aprendido que sólo tenemos una oportunidad para descubrir
quiénes somos y exprimir nuestra existencia al máximo. Ni elegimos
nacer, ni nos dieron un ticket de compra, ni nos sellaron la garantía en la
tienda. Vivimos sin tener la posibilidad de cambiar ni un sólo segundo del
pasado y es por eso que debemos acostumbrarnos al hecho de que no hay
cambios ni reembolsos. Es hora de aprovechar el tiempo y vivir, ahora o
nunca.
18
LA CIUDAD, LOS DONUTS Y EL GATO
¿Alguna vez habéis sentido cosas por alguien que no conocéis? ¿Habéis
sentido esa amargura al ver a una persona casi a diario y llegar al punto
loco y arriesgado de necesitarla en vuestra vida sin apenas haber entablado
una conversación? ¿Habéis cruzado miradas furtivas con esa persona,
sintiendo que el mundo se detiene y pensando si él o ella estará en la
misma situación? La mente humana es un vaivén de posibilidades infinitas
que se cruzan e interactúan haciéndonos sentir los seres más fuertes del
planeta o más vulnerables que un mosquito sostenido entre los dedos. Y,
dentro de ese mundo extraño interior del que cada uno es dueño y
soberano, pueden ocurrir las mejores historias de amor jamás contadas.
Que luego esas historias se asemejen a la realidad es lo que solemos
proponernos, aunque pocos hacemos algo para conseguirlo.
Un día cualquiera de un mes al azar, podría estar sentado en el metro,
mirando mis rodillas y preguntándome si es impresión mía o tengo una
más ancha que la otra; podría estar midiendo con una mano su anchura
para confirmar o desterrar mi teoría; podría estar escuchando a Alicia
Keys en mi iPod y, olvidando el absurdo dilema de las rodillas, buscar el
reproductor en el bolsillo de mi pantalón para subir el volumen porque
suena mi canción favorita. Y, en ese mismo instante, podría sentir la
extraña e inconsciente necesidad de levantar la vista y perderla hacia el
fondo del vagón. Y ahí estaría él. Enseguida mi mente daría rienda suelta a
su imaginación y crearía una fantástica novela en la que él se acercaría y
me contaría que lleva semanas viéndome a diario en este tren, que le da
mucha vergüenza hablar conmigo pero no está dispuesto a seguir
perdiendo más el tiempo, que quiere tener mi número y llevarme al cine,
ser el que me robe las noches de luna llena y el que me haga sentir como
nadie jamás me ha hecho sentir antes. Yo le daría mi número entre
temblores de emoción, le diría que me escriba o me llame cuando quiera.
Y, como en toda buena historia, llegaríamos enseguida a su estación, se
iría caminando mientras yo lo observo a través del cristal y esa sería la
anécdota que recordaríamos siempre durante el resto de nuestra vida
juntos.
Todos hemos tenido una fantasía igual o similar en algún momento de
nuestras vidas. Suena a locura pero no lo es. Es la ilusión desesperada de
sentir cosas nuevas y llenar parte del vacío que sentimos a diario. Un vacío
que muy pocos logran llenar. Ellos son los verdaderos afortunados de este
mundo. Los que se sienten plenos por dentro, ya sea porque son
autosuficientes o porque han encontrado a esa persona con la que
compartir sus momentos. Yo aún soy joven para sentirme así, lo
reconozco. Diecinueve años dan para pocas experiencias en la vida;
aunque me atrevería a negarlo viendo mi currículum sentimental. Y quizás
es precisamente eso, el tener diecinueve años, lo que me hace creer aún en
la magia de una mirada perdida desde el otro lado de un vagón de tren, o
cruzando un paso de cebra, o a la salida de un restaurante, o incluso en la
cola del banco. El problema quizás radica en que esa magia es tan efímera
como un estornudo. Dura tan sólo unos segundos pero el recuerdo resuena
durante horas y, a veces, días.
Supongo que eso es a lo que se refieren cuando hablan de tener un
flechazo, aunque yo prefiero llamarlo magia. Un flechazo no es efímero.
Un flechazo te deja una herida que tarda en cicatrizar, lo recuerdas a
diario, no se te olvida jamás y podría incluso matarte. Un flechazo es que
tu marido te deje plantada en el altar el día de tu boda, que a tu madre le
detecten alguna enfermedad grave o que el amor de tu vida se ahogue en el
mar. Estar sentado en el Aula Magna de tu universidad y que un chico
guapo se siente a tu lado porque quiere formar parte de tu vida no es un
flechazo, es magia. Una magia que yo no supe ver ni reconocer hasta
semanas más tarde. Una magia que estuvo golpeándome en el pecho día
tras día hasta que logró colarse entre los poros de mi piel y alcanzar mi
corazón. Una magia que aún no se ha apagado y que, probablemente, sea la
misma que me ha traído hasta esta ciudad.
Y aquí, en el mundo real, estoy sentado en un vagón del metro
neoyorquino, Alicia Keys suena en mi iPod, mis rodillas siempre han sido
del mismo tamaño y, al levantar la vista de forma consciente, no veo a un
chico misterioso que va a acercarse a invitarme a ser la mitad que
complete su ser. En su lugar, veo a una señora de unos cuarenta y tantos
años con un pañuelo anudado intentando mantener a raya su mata de pelo
afro. Más a la derecha hay otra señora de su misma quinta, con el mismo
esplendor capilar pero suelto libre a su antojo, leyendo la edición del
Vogue de hace seis o siete de meses con Beyoncé en la portada –
seguramente robado de la peluquería–. Ambas llevan pantalones negros,
camisetas blancas y delantales de cocina que tienen algo escrito en medio.
Y entre ellas lo veo a él. Ese chico que me ha robado el corazón. El que se
pasó semanas viéndome en Facebook sin atreverse a contactarme para
decirme que le gustaba. El que no quiso perder más el tiempo y se lanzó
cuando tuvo la oportunidad. El que sufrió por no tenerme cuando yo no
podía ser de nadie. El que me ofrece sus noches de luna llena y las de luna
nueva, menguante, creciente e incluso los días, ya sean nublados o
soleados. El que me ha hecho sentir como nadie jamás me ha hecho sentir
antes. Ese chico que no va a desaparecer en la siguiente estación porque en
este viaje vamos juntos. La mitad que completa mi ser. Mi chico, mi ángel,
mi salvador, mi magia.
Intento aguantar la risa porque veo cómo está mirando de reojo el Vogue
de una de las señoras y, cada vez que ésta cambia de página o levanta la
vista, él se hace el despistado mirándose los bolsillos o fingiendo que
busca algo en el teléfono móvil. Y cuando la mujer vuelve a sumergirse en
su lectura de cotilleos varios, ahí que va él a sumarse a la aventura del
cotilleo gratuito. Estoy por decirle que deje de marujear, que no llevamos
ni dos semanas en Nueva York y ya se conoce la vida y obra de la mitad
del famoseo norteamericano y parte del extranjero.
–Yo sigo sin creerme que haya estado embarazada –me susurra Mike
desde en frente.
–¿De qué hablas, estúpido? Si le vimos la barriga y estuvimos en el
parto.
–¡Sussan no, idiota! –responde elevando la voz. Lo miro con cara de
asombro, intentando que intuya que quiero que baje la voz y no llame la
atención–. ¡Beyoncé!
La señora que porta la revista se inclina lentamente hacia Mike, le echa
una mirada que más bien parece un mal de ojo y vuelve a centrarse en su
revista, esta vez ladeándola para que Mike no pueda ver nada.
–¡Será hija de...!
–¡Mike!
Cuando cogimos el metro en York Street sólo había dos sitios libres, en
lados opuestos del vagón. Yo, que siempre he sido más espabilado, me
apresuré a ocupar el hueco más espacioso en el lado derecho, mientras que
Mike tuvo que conformarse con sentarse en el lado izquierdo entre las dos
corpulentas señoras. Sobra decir que en apenas un minuto de trayecto le
robaron parte del poco espacio que tenía para sentarse y lo que tengo
enfrente ahora mismo parece un sándwich de Mike hecho con pan de
chocolate. A estas alturas, he dejado de disimular la risa, mientras él hace
lo que puede para impedir que las dos mujeres terminen de echarlo del
asiento.
El resto del vagón viaja ajeno a nuestro particular drama. Y no me
extraña. En esta ciudad casi todo el mundo parece tener programada su
función dentro de la vorágine urbana y cumplen con su cometido sin
prestar atención a lo que ocurre a su alrededor. Los habitantes
neoyorquinos caminan y viajan tan sumergidos en sus propias vidas que no
se detienen ni un segundo a compartir su existencia con los demás.
Evidentemente, todo es una percepción que se tiene desde fuera. La
mayoría de la gente es muy metódica y responsables, como hormigas
trabajadoras que no pueden salirse de la fila porque si no toda la cadena se
perdería y no se conseguiría el objetivo común.
–Menos mal que la siguiente estación es la nuestra –me susurra
inclinándose hacia delante para que no le escuchen las rebanadas de pan.
Claro, ahora que ya no puede cotillear el Vogue le entra la prisa.
–Aún hay tiempo de hacer varios sándwiches –le respondo.
Tres minutos después llegamos a la estación de Bergen Street y nos
disponemos a bajarnos del tren. Gente que entra, nosotros que salimos.
Gente que se empeña en entrar, nosotros que insistimos en salir. Gente que
casi nos hace caer al suelo. Gente inepta que no se da cuenta que para que
unos entren, los otros han de salir primero. Está visto que las personas en
el metro se comportan exactamente igual da igual la ciudad en la que te
encuentres. Y quien dice el metro dice los ascensores. Lo único que
parecen respetar es la disposición en las escaleras mecánicas: a un lado los
que llevan prisa y las suben andando y al otro lado los que no tenemos
prisa alguna.
En la calle ha empezado a llover y no llevamos paraguas así que
elegimos esperar bajo una marquesina junto a la escalera de la estación
por la que acabamos de salir. Los coches circulan frente a nosotros a la
velocidad justa para que el agua que hacen salpicar sobre las aceras apenas
llegue a gotearnos un poco en los pies. No corre la misma suerte la señora
elegante del traje ochentero parada junto al semáforo que no ha visto venir
el bus escolar. En apenas tres segundos le han dado una ducha que no
olvidará hasta que termine el día. En la acera de en frente hay un Dunkin’
Donuts y me arrepiento de no haber salido a la calle por la otra escalera.
Empiezo a analizar si me compensa cruzar y mojarnos un poco o aguantar
el hambre hasta llegar a casa.
–Sigo diciendo que deberíamos haber alquilado un apartamento en
Chelsea –se queja Mike.
–Claro, porque en Chelsea no llueve –ironizo.
–Hoy estás sembrado, ¿eh? Lo digo por el tema del metro y tener que
vivir en Brooklyn.
En parte, Mike tiene razón. Brooklyn es fantástico pero nos da un poco
de pereza estar cogiendo el metro cada vez que queremos ir al centro,
sobre todo cuando es de noche y la gente rara empieza a abundar. Pero
también es obvio que esa opción se nos salía del presupuesto a ambos.
–Si hubiéramos hecho eso, en vez de pasar diez minutos rodeados de
gente extraña en el metro, los tendrías las veinticuatro horas en casa
porque no quedaría más remedio que compartir piso con una docena de
chinos. ¿Tú sabes el precio de los alquileres en Manhattan? Sería
imposible vivir los dos solos.
–Ya, pero...
–Además –le interrumpo–, desde Chelsea hasta la escuela es más de
media hora en metro. Prefiero esto.
No lo prefiero, pero me compensa.
–Parece que ha dejado de llover –dice Mike asomando la mano por fuera
de la marquesina–. Vamos, que en tres minutos llegamos.
–Espera, quiero un donut –digo agarrándole de la mano y tirando de él
en la dirección opuesta.
–Eres un gordo.
–¿Gordo yo?
Me detengo, me levanto la sudadera y la camiseta y le enseño mis
abdominales, o lo que queda de ellos tras todo el verano sin entrenar.
–Estás fofo.
–Puede ser, pero sigo estando mejor que tú, Michael.
Me encanta llamarlo así cuando quiero que se enfade. Uno de los puntos
débiles de Mike es que se enfada con facilidad si le tocas un poco algún
detalle que le moleste, como su nombre completo. No porque no le guste,
sino porque está tan acostumbrado al diminutivo que, cuando alguien lo
llama así, suele ser para algún tema serio. Y, como yo soy un poco
tocapelotas, es habitual en mí estar buscándole las cosquillas para hacerle
enfadar, a veces incluso hasta hacer que me dé dos o tres gritos para que
deje de burlarme de él. Luego le doy un beso y se le pasa.
Tras doblar la esquina de Warren Street, seguimos avanzando hasta el
que se ha convertido en nuestro nuevo hogar y al que aún no me he
acostumbrado. La zona que hemos elegido –mentira, que ha elegido
Sussan por nosotros– es bastante tranquila y acogedora. Nuestra calle es
estrecha pero bastante larga –repito, la calle– con una serie de edificios
típicamente neoyorquinos adosados uno tras otro con puertas de colores.
No hay mucho tráfico, por lo que los pocos ruidos que nos llegan cuando
estamos en casa provienen únicamente del parque que hay enfrente, más
concretamente de la cancha de baloncesto anexa en la que raro es el día
que no haya un grupo de adolescentes multirraciales jugando con la pelota
y tratando de meterla –la pelota, en la canasta–. Pese a lo bien que está
saliendo todo de momento, reconozco que echo de menos a mis padres, mi
cama, los muebles de mi habitación, mi intimidad, mi baño sin compartir,
el no tener que cocinar ni hacer la compra... Creo que hasta echo de menos
la ropa tendida de la vecina de enfrente que veía todas las mañanas por mi
ventana.
Suena el teléfono de Mike.
–No me puedo creer que aún tengas puesto el ‘Gangnam Style’ –le digo
entre risas para que no se ofenda, aunque hablo en serio–. Eres muy cutre.
–Pues bien que te pone este cutre –me responde mientras descuelga la
llamada–. Dime.
–¿Quién es? –le pregunto.
–Sí, sí... Espera –me responde–. Sí, estamos llegando.
–¿Quién es? –insisto.
–Calla, que no oigo –me responde–. No, no, tú no. Se lo digo al pesado
de Ryan.
–¿Pero quién es? –sigo molestando–. ¿Es Sussan?
–Sí. ¡No! No, no, no estamos en la escuela. Era a Ryan –me mira
amenazante y me doy cuenta de que o cierro la boca o esta noche duermo
en la cama pequeña. Pero me gusta tentar a la suerte –. Estamos llegando a
casa.
–¿Es Sussan? Dale saludos de mis partes.
–¡Joder! –se queja Mike–. ¿Te callas tú o le mando tus partes a Sussan
en una cajita con un lazo?
Me callo y dejo que termine la llamada. Cuando cuelga me hago el
remolón enfadado y sigo caminando.
–¿A dónde vas? –me pregunta.
Sigo en silencio mientras saco las llaves de mi bolsillo.
–Era Sussan.
Continúo sin responderle mientras subo las escaleras de la entrada.
Cuando llego a la puerta me giro y veo que él sigue exactamente en el
mismo sitio donde se paró a hablar con ella, frente a las escaleras del
bloque de al lado. Por un segundo pienso que me he equivocado y empiezo
a imaginar cómo Mike va a reírse de mí por fastidiarle la llamada y
encima equivocarme de número en la calle. Me inclino hacia atrás y miro
hacia arriba. 353. No me he equivocado. Además, bastante me costó
aprenderme que vivíamos en el bloque con la puerta azul.
–¿Qué haces ahí parado? –le grito.
–Si te hubieras portado bien te lo habría dicho antes.
–¿Qué pasa? –vuelvo a gritar.
–Vuelve aquí. Hay que ir a casa de Sussan.
–¿Ahora? ¿Por qué?
–Tiene que ir a comprar no sé qué a no sé donde y no puede llevar al
niño porque está enfermo y le da miedo que se ponga peor si lo saca a la
calle.
Bajo las escaleras que acabo de subir, me guardo las llaves en el bolsillo
y me acerco a Mike con cara de niño bueno. Viene siendo habitual que,
cuando intento hacerle rabiar, al final soy yo el que sale perdiendo y
humillado.
–¿Me das un beso? –le pregunto.
–¡Vámonos al metro, anda!
Nueva York enamora por cada rincón. Incluso el metro es genial, por
mucho odio que le inspire a Mike. Cada calle es igual que la anterior, pero
al mismo tiempo desprenden sensaciones diferentes. Últimamente todo es
mágico para mí. Intuyo que es por tanta vivencia anormal o extraña
durante el año pasado y éste. Pero es cierto, esta ciudad es mágica. Tiene
algo que no tienen las demás. Por lo menos las demás que yo he visitado.
El aire huele diferente, la gente actúa de forma diferente, incluso la
calefacción huele diferente. Estoy deseando que llegue el frío para volver
a oler el calor de la ciudad. Llevo desde fin de año añorándolo y ahora que
estoy aquí de nuevo lo espero con impaciencia. Muchos me llamarán loco
por ello, pero es cierto. El calor de Nueva York huele. Es una mezcla entre
olor a comida y a ropa recién sacada de la secadora. Mike no me entiende
y dice que a él todo le huele igual que en Norwalk. Una mierda de perro va
a oler igual aquí y en China, me dice siempre que saco el tema del olor
neoyorquino. Aún no entiendo cómo me enamoré de él. Pero sé que tengo
razón. Me di cuenta en nuestra primera visita, cada vez que cruzaba una
calle, entraba a un deli o me secaba con las toallas del hotel, ahí estaba ese
olor especial. Supongo que debe ser la calefacción.
Es cierto eso que dicen, la ciudad nunca duerme. No importa a qué hora
salgas a la calle, siempre habrá gente y lugares abiertos al público. Ya sea
una discoteca, una cafetería o el restaurante chino de aquí al lado. Incluso
Sussan está maravillada con esto de no tener que llevar siempre encima
compresas o tampones por si le surge una emergencia femenina, ya que a
cualquier hora del día y en cualquier lugar encontrará un bazar abierto
donde poder paliar sus necesidades.
Al día siguiente de que Mike y yo llegáramos, hicimos una pequeña
fiesta para darnos a nosotros mismos la bienvenida. Cuando se acabó el
hielo a eso de las tres de la mañana, Alex y yo bajamos a la tienda del
pakistaní que está en la esquina de Warren con Hoyt, a dos pasos de casa.
Al llegar vimos que estaba cerrado e intentamos observar el interior para
comprobar si había luz o no. Dos segundos después, el amable señor
estaba levantando la reja y preguntándonos si queríamos robar o comprar
algo, que tenía cámaras –mentira– y la policía llegaría antes de que nos
diera tiempo a llevarnos nada. Nos echamos a reír y le pedimos una bolsa
de hielo. Se disculpó, nos trajo lo que pedimos y, como forma de pedirnos
perdón, nos regaló tres latas de Coca-Cola que costaban más que el propio
hielo. Esas cosas no pasan en Norwalk, salvo que lleves una minifalda y el
vendedor quiera que acabes la noche en su trastienda.
Y esta aventura está ocurriendo gracias a Mike. De no ser por él, aún
estaríamos en Norwalk comenzando el segundo año de una carrera que no
nos motivaba en absoluto.
A raíz de nuestro viaje en Fin de Año, a ambos nos entró el gusanillo de
volver a Nueva York y rara era la semana que no nos quejáramos de vivir
en una ciudad como Norwalk, que es estupenda pero no es lo mismo. A eso
hay que sumarle el hecho de que la carrera de Publicidad no era
exactamente lo que esperábamos ninguno de los dos. El temario era
demasiado amplio y poco concreto, aparte de que tocaba demasiadas
ramas y pasaba muy por encima de lo que realmente nos interesaba. Es
curioso como Mike y yo somos dos personas totalmente distintas y muy
opuestas mentalmente pero, en cambio, respecto a nuestros estudios y
nuestro posible futuro laboral, tenemos prácticamente las mismas
aspiraciones y sueños.
La cuestión es que, un día antes de que Sussan diera a luz, Alex llegó
con la noticia de que le habían ofrecido un trabajo en la Universidad de
Nueva York. Aquello fue como un shock para todos y, con la llegada de
David al día siguiente, nos olvidamos del asunto durante días. Pero, una
vez pasada la euforia del recién nacido, a primeros del mes de julio Alex
tuvo que tomar una decisión. Irse o quedarse. Sussan estaba dispuesta a
irse con él, evidentemente, y todo parecía indicar que iba a ser la
separación definitiva del grupo. Mike llevaba sin dar señales de vida desde
hacía un par de días y, cuando por fin apareció, trajo la mejor información
que podíamos recibir todos. Había estado buscando en internet y encontró
un lugar donde podíamos estudiar él y yo.
Rellenamos mil y un formularios, adjuntamos todo tipo de pruebas,
identificaciones, ensayos, resúmenes y trabajos, enviamos las solicitudes
justo en el plazo fijo –como viene siendo habitual en mí– y tres semanas
después teníamos la confirmación. Nos habían aceptado a ambos en el
Miami Ad School de Nueva York. Lugar en el que llevamos ya una semana
estudiando Dirección de Arte, o al menos intentándolo. La escuela está en
Brooklyn así que lo más cómodo, como le dije a Mike, era vivir en esta
zona. Como Alex y Sussan tuvieron que dejar Norwalk desde mediados de
agosto, fue ella la que se encargó de recopilar información sobre pisos de
alquiler y la que nos confirmó que con el dinero que nos podíamos
permitir pagar, nos olvidáramos de Manhattan salvo que quisiéramos vivir
en un mini apartamento mugriento y lleno de gatos.
–¿Recuerdas la película ‘Coyote Ugly’? –me dijo Sussan en una de
nuestras sesiones de Skype.
–Claro.
–¿Su apartamento?
Me reí.
–Pues los baratos que he visto en el centro son aún peores.
Así que decidimos dejarlo de su mano y en menos de dos semanas nos
había conseguido un piso de dos habitaciones en la zona oeste de
Brooklyn, cerca del metro y a pocos minutos de la escuela. El casero fue
bastante amable y, previo pago de una fianza y un mes por adelantado, no
tuvo inconveniente en reservarnos el apartamento un mes más hasta que
viniéramos a la ciudad. Mes que, por cierto, se pasó volando entre
preparativos varios y lloriqueos de mi madre. Cuando quisimos darnos
cuenta, estábamos Mike y yo en un avión rumbo a la gran manzana, con
las maletas hasta los topes, sobrepeso a raudales, nervios a flor de piel y la
ilusión de comenzar una nueva vida en el mejor lugar del planeta.
Y ahora de nuevo en el metro. En tan sólo una semana he cogido el tren
más veces en esta ciudad que en Norwalk en toda mi vida. El abono
mensual lo tenemos ya más que amortizado. Por suerte, ha dejado de ser
hora punta y podemos ir cómodamente sentados sin señoras corpulentas ni
otra clase de incomodidades.
–Me parece increíble que te hayas comprado otro donut –me recrimina
Mike–. No hace ni quince minutos que te has comido uno.
–¿Qué quieres que le haga si tengo hambre? –me quejo–. Este cuerpo
hay que mantenerlo.
–Lo que vas a mantener es el ritmo de crecimiento de tu barriga.
–¡Bah! –exclamo ignorando sus críticas–. Es sólo un donut.
–¡Pero es que éste incluso es relleno!
–Y yo tengo mucha hambre.
–A estas alturas, deberías estar ya como Adele. No sé dónde lo metes,
Ryan.
–Si quieres te puedo decir por dónde lo saco.
–¡Eres un guarro!
Me río y provoco que me chorree parte del relleno de chocolate por el
borde del labio. Joder, Mike tiene razón. Soy un poco guarro. Con lo fino y
escrupuloso que yo era y en lo que me he convertido.
–Esta ciudad saca lo peor de mí –me río.
–Sí, claro. Ahora la culpa la va a tener la ciudad. ¡Anda! –exclama
mientras me pasa el dedo por la boca para limpiarme y lo culmina con un
beso.
–¡Vaya! –me sorprendo–. ¿Y esto? Estas cosas no las hacías en Norwalk.
–Hay muchas cosas que no hacía en Norwalk –me guiña un ojo.
–Y besarme en el transporte público era una de ellas. ¿Qué ha
cambiado?
–Antes me pediste un beso y te lo he dado. Si no lo quieres me lo
devuelves.
–No lo quiero –le digo mientras le doy otro beso como si le estuviera
devolviendo el que me acaba de dar–. No, espera –le doy otro más–. Mejor
sí lo quiero.
–No te aproveches.
Unas ocho estaciones de metro después, nos bajamos cerca d