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Fe y Socialismo en La Carta de Santiago

Este documento resume el contenido y temas principales de la carta de Santiago. En 3 oraciones o menos: La carta de Santiago aborda los temas de la fe y la sabiduría, exhortando a los creyentes a poner en práctica su fe a través de buenas obras y denunciando la discriminación social. También enfatiza la necesidad de que el culto a Dios vaya acompañado de la práctica de la justicia y el servicio al prójimo. La carta promueve un ideal de igualdad y fraternidad en la
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Fe y Socialismo en La Carta de Santiago

Este documento resume el contenido y temas principales de la carta de Santiago. En 3 oraciones o menos: La carta de Santiago aborda los temas de la fe y la sabiduría, exhortando a los creyentes a poner en práctica su fe a través de buenas obras y denunciando la discriminación social. También enfatiza la necesidad de que el culto a Dios vaya acompañado de la práctica de la justicia y el servicio al prójimo. La carta promueve un ideal de igualdad y fraternidad en la
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LUIS FERNANDO RIVERA

FE Y SOCIALISMO EN LA CARTA DE SANTIAGO


Sobre el socialismo de Santiago (St 2,1-13), Revista Bíblica, 34 (1972) 3-9

Y también Roberto Sartor Bressan, Culto y compromiso social según la epístola de


Santiago, id. 21-31

Género literario

Con la interpretació n de Santiago sucede lo mismo que con la de Marcos. A primera


vista parece un escrito desarticulado, desordenado y ecléctico; pero cuando se penetra
en el temperamento altamente semita de la composición, se descubre una obra maestra
en perspectivas y simetría. Solamente el saludo inicial le da el carácter de carta; tanto al
final como en el contenido del texto faltan los elementos típicos de la literatura
epistolar.

Lo más común hoy en día, a partir de Dibelius, es opinar que Santiago pertenece al
género parenético, lo que implicaría una yuxtaposición de instrucciones concretas,
aunque desconectadas entre sí, como se estila en las colecciones de máximas. El origen
del escrito habría que buscarlo en la literatura judía -una halakáh, exhortación moral u
homilía sinagogal. Por mi parte, considero que es un modelo de halakáh perfectamente
estructurada a base de los simanim (palabras claves) y de los kelalot (sumarios). Y, por
tanto, cualquier tema tiene un lugar y una proyección dentro de toda la epístola y no ya
sólo dentro de una sentencia aislada o de un simple pasaje.

Temática

Podemos desdoblar dos temas capitales: el de la fe (1,19-2,26) y el de la sabiduría (3,1-


5,6).

A partir de una generación nueva que tiene su origen en Dios por medio de la Palabra de
la verdad (1,18), lo urgente es oír (1,19) esa Palabra sembrada, que tiene el poder de
salvar (1,21). Tan importante es esta actitud de fe en el oír, que para corroborarla
encontramos en este lugar una de las raras citas explícitas del AT que ofrece Santiago
(Si 5,11; cfr 1,19). Y si los versículos 19-21 del primer capítulo son una kelalah
(sumario) introductoria, entonces no es nada extraño que ya aparezcan allí los temas
fundamentales de la fe y de la sabiduría (1,21; cfr. 3,13).

Consecuencias

La Palabra postula una fe, la cual, a su vez, para ser coherente se lanza a la obra. De
hecho, la exhortación de Santiago está dirigida concretamente a una comunidad que en
la práctica contradice lo que cree y lo que celebra cultualmente.

La ley perfecta, al ser identificada con la libertad (1,25; cfr 2,12), abre el camino a su
realización auténtica, de ahí que amar al prójimo como a uno mismo sea una "ley regia"
(2,8). Lo interesante es que para Santiago "la religión pura e intachable ante Dios Padre"
LUIS FERNANDO RIVERA

(1,27) es la que se expresa en el servicio al prójimo; con otras palabras, es vana la


religión del que no refrena la lengua (1,26); y practica la verdadera religión el que visita
a los huérfanos y las viudas, y se conserva incontaminado de este mundo.

Aplicación práctica

Después de iniciar el tema de la fe como respuesta a la Palabra sembrada y de


considerar su trascendencia social como la verdadera religión, Santiago se embarca en
la primera aplicación práctica: "Hermanos míos, no entre la acepción de personas
(prosopolempsía) en la fe que tenéis en la gloria del Señor Jesucristo" (2,1).

Esta sección no es un pasaje aislado, sino un principio básico de índole social que para
Santiago deriva directamente de la fe. Y el centro propio de este pasaje es la
prosopolempsía (cfr. Dt 10,17; 2Cro 19,7): lo que podríamos llamar hoy "aceptación del
principio de la división de la sociedad en clases". Estamos, por lo tanto, ante un texto
que por su peso conmueve las mismas bases de nuestra cultura occidental.

En qué consista la prosopolempsía ce dice, en forma gráfica y suficiente, en el ejemplo


del rico, "clasificado" socialmente por el anillo de oro y la vestimenta deslumbrante, y
del pobre, que lo es por su vestimenta sucia (2,2-4). Obrar de acuerdo a estas
apariencias (prosopon), colocando al rico en el pedestal y al pobre en el polvo, significa
introducir discriminaciones en base a criterios cristianamente falsos (2,4).

Pero no sólo los ricos y los pobres dan pie a la prosopolempsía, sino también el estar al
frente de una comunidad o el ocupar algún cargo. Pablo designa a estas personas como
"los notables" y como tales nombra a Santiago, Cefas y Juan, columnas de la Iglesia
jerosolimitana (Ga 2,2. 6.9). Pero, con respecto a estos notables, Pablo declara que no le
interesan en absoluto en calidad de tales, por la razón expresa de que Dios no tiene en
cuenta las apariencias (Ga 2,6). Por lo demás, y en calidad de apóstol, se siente
consagrado a los pobres (Ga 2,10). Y es en este contexto en el cual Pablo delata
públicamente como una hipocresía el comportamiento discriminatorio de Pedro y de los
judíos en Antioquía (Ga 2,13). Por su parte, Santiago dirá, en la sección siguiente de su
carta, que la sabiduría de lo alto es sin hipocresía. Nuestro texto, por lo tanto, no
reivindica sólo el "respeto debido a los pobres" (como intitula la sección la Biblia de
Jerusalén); sino que además deriva de la fe cristiana el principio de la no institución y
organización de la sociedad en clases. El principio de la asimilación e indiscriminación
sería un rasgo peculiar del cristianismo primitivo y, por lo mismo, también hoy en día se
ha de pregonar contra toda discriminación racial, religiosa y política.

A la luz de la epístola de Santiago todavía se podría decir más. Que el criterio que
distingue a los hombres por el poder, la riqueza y la ciencia que tengan, es anticristiano,
porque da cabida e importancia a otra cosa que a la gloria del Señor Jesucristo (2,1).
Tema éste de tanta relevancia para la vida social cristiana, que en él se vuelca casi toda
la cristología de la epístola. El Señor Jesús es objeto de fe en su glorificación. Y la fe de
Santiago hace que la gloria del resucitado eclipse la gloria mezquina e injusta que
mediante la fuerza del poder, de la riqueza o del talento introduce la discriminación y la
injusticia entre los hombres. Consecuentemente, quien establece precedencias o
jerarquías, no vive la fe del resucitado, que se da a todos por igual.
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Y así, una comunidad cristiana debe practicar el ideal de igualdad y fraternidad, no


aceptando parcialidad alguna en el trato de las personas por su condición social. Por eso,
la acepción de personas constituye un pecado social que favorece la injusticia,
aceptando el principio de la división de clases; el cual es más detestable todavía, porque
se practica precisamente en favor de los ricos, que no esperan en Dios, sino en el poder
de su dinero, y que causan la desigualdad social por la acumulación injusta de bienes y
la falta del pago debido a los trabajadores (4,13-5,6).

Culto y compromiso social

Esta contradicción se patentiza también en el culto. Santiago se sitúa en continuidad con


la línea profética, que denuncia una desconexión entre el culto rendido a Dios y la
práctica de la justicia. Toda la crítica anticúltica de los profetas se centra ahí: no puede
haber culto acepto a Dios, sin la práctica de la justicia para con los oprimidos y
marginados sociales. Los oráculos proféticos ponen en la boca de Yahvé amargos
reproches, que rechazan toda acción cultual mientras no exista una justicia interhumana.
El Dios que liberó a los israelitas oprimidos y explotados en Egipto, no puede aceptar
un culto que vaya unido a la injusticia, legitimándola (cfr. Is 1,11-17).

Es que en realidad el culto, la oración, la vida "espiritual", pueden transformarse en una


expresión viva de "alienación" religiosa, de un "opio" que adormece y permite una
evasión hacia el mundo mágico y sacral, totalmente trascendente. Efectivamente, como
el hombre satisface con el culto una parte de su apertura a lo trascendente,
frecuentemente canoniza de tal forma sus expresiones cultuales, que se aliena en ellas,
transformándolas en un fin en sí mismas: de ahí el hecho de que el culto a un Dios de
justicia y fraternidad, de amor y libertad, sea capaz a veces de legitimar o tolerar
fácilmente un estado de injusticia, de odio, de opresión, de desigualdad social.

La epístola de Santiago recuerda que el amor es el camino del conocimiento y del


servicio de Dios. El acceso a Dios se mediatiza a través de nuestro prójimo, por medio
del amor. El culto debido a Dios, debe igualmente expresarse a través del "servicio" al
prójimo, especialmente en la búsqueda de la realización de la justicia (cfr 1 Ju 3,17-18;
4,7-8).

Fe viva y fe muerta

Cristo mismo por gracia se empobreció para que nosotros fuéramos enriquecidos (2Co
8,9). Así también nosotros por gracia debemos organizarnos en koinonía como
comunidad efectiva y visible, de acuerdo con el criterio de igualdad y equidad, no
admitiendo la acepción de personas.

A estas alturas hay que recordar la sección siguiente de Santiago que completa el tema
de la fe y puede tener por título: "inutilidad de la fe sin obras" (2,14-26). Existe
lastimosamente bastante confusión al respecto. En realidad, no se establece una
oposición entre la fe y las obras, sino entre la fe viva y la fe muerta. Con otras palabras,
no es suficiente la cómoda dogmática de verdades. En esta sección el autor no se cansa
de repetir que la fe sin obras es estéril y está realmente muerta. Hasta se puede afirmar,
a la luz de 2,18, que las obras son más básicas que la fe; porque mientras es posible
LUIS FERNANDO RIVERA

deducir la fe de las obras, no es posible deducir las obras de la fe. Toda obra buena
puede llevar implícita una fe; pero la fe, para serlo, necesita expresarse en obras, y estas
obras tienen necesariamente dimensión social.

Quien introduce en la vida social cristiana un principio discriminatorio, tiene una fe


muerta o inoperante, porque no aplica a la vida concreta las consecuencias de la
aceptación del Resucitado como única fuerza, poder y ciencia. El cristiano "clasista"
vive una fe que no va más allá de las afirmaciones meramente conceptuales.

Paralelos en Hechos y Pablo

La prosopolempsía denunciada por Santiago es el reverso del ideal de koinonía


(comunión) de los Hechos de los Apóstoles. La koinonía tiene como punto de partida la
donación de un mismo Espíritu a todos los creyentes que, por lo mismo, pueden vivir en
unidad de corazón y de Espíritu, y en comunidad de bienes. Ésta es la manera social
según la cual la Iglesia debe vivir. La prosopolempsía, en cambio, es un pecado contra
el Espíritu Santo, paralelo al pecado cometido por Ananías y Safira, porque atenta
contra una comunidad, cuya unidad intrínseca se debe a la posesión en común del
mismo Espíritu.

En Pablo el anverso de la prosopolempsía es la igualdad o la equidad: "no que paséis


apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad" (2Co 8,13).

Dios es parcial

Pero hay otro motivo aún para no aceptar el criterio "clasista" en la vida social cristiana.
Y es que Dios, de hecho, obró al revés, al escoger a los pobres según el mundo, para
hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino. Si hay una "acepción de personas" posible,
ésta es solamente aquella que Dios mismo ha practicado al tener preferencia por los
pobres de este mundo (cfr. 2,5). A veces se escucha, hasta en discursos oficiales, que
Dios es imparcial e igual para todos. Y se menciona a continuación a los ricos y a los
pobres. Los evangelios dicen, en cambio, que Dios obra parcialmente, porque tiene
privilegiados: los pecadores, los pobres, los niños. Los cristianos clasistas, entonces, al
menospreciar al pobre no obran como Dios obró (2,6). Los ricos arrastran a los pobres a
los tribunales y blasfeman del hermoso nombre que es invocado sobre los mismos
(2,6.7).

Pablo, a su vez, cuando trata los problemas comunitarios de la Iglesia de Corinto,


presenta el evangelio como una necedad, y no sólo por su contenido y su forma, sino
también por sus destinatarios (1 Co 1,8ss). Aquí el término equivalente a pobre es necio
(1Co 1,26-31): el que no tiene ni ciencia, ni poder, ni nobleza, ni fuerza. Pero desde el
momento en que Dios a la necedad de Jesús la hizo sabiduría, justicia y santificación,
quedó abierto el camino para que también los necios de este mundo encuentren la vida,
la liberación, la santificación. La Iglesia de todos los tiempos aparece ante los hombres -
auténtica nota visible- como la elección de los necios, débiles, menguados y sin nombre
(1Co 1,26-28), que sólo pueden gloriarse en el Señor.
LUIS FERNANDO RIVERA

La justicia nueva que vive el cristiano, por una parte es en tal medida abundante, que
permite vivir jubilosamente la injusticia de los tribunales, con los que cuenta de
antemano y, por otra, sólo puede ser juzgada por un hermano sabio (1Co 6,5): es decir,
el que tiene el Espíritu de Dios para conocer las profundidades de Dios y juzgar
curando, liberando y salvando (cfr. 1Co 2,600ss).

Conclusión

La epístola de Santiago, releída así, en nuestra situación, contiene un mensaje concreto,


lleno de esperanza. La denuncia contra la injusticia y la opresión causada por la mala
distribución de la riqueza, mueve a un compromiso social que lleve a expresar en obras
nuestra fe cristiana.

Por eso, en toda América Latina brilla hoy una nueva esperanza de que convertidos
verdaderamente al evangelio, junto con todos los que buscan la liberación, podamos
construir una sociedad nueva en nuestro continente. Una sociedad más fraternal, más
justa, donde la riqueza y la posesión del mundo estén al servicio de todos los hombres.

Extractó: LUIS FERNANDO RIVERA

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