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Copleston

Heráclito propone que la realidad es una, pero al mismo tiempo múltiple. Sostiene que la unidad solo puede existir a través de la tensión entre los contrarios, como el fuego que necesita consumir materiales heterogéneos para existir. La existencia del cosmos depende del equilibrio entre los caminos ascendente y descendente del cambio. La aparente estabilidad de las cosas se debe a las proporciones del fuego que se inflama o extingue según medidas.

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Heráclito propone que la realidad es una, pero al mismo tiempo múltiple. Sostiene que la unidad solo puede existir a través de la tensión entre los contrarios, como el fuego que necesita consumir materiales heterogéneos para existir. La existencia del cosmos depende del equilibrio entre los caminos ascendente y descendente del cambio. La aparente estabilidad de las cosas se debe a las proporciones del fuego que se inflama o extingue según medidas.

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COPLESTON, HISTORIA DE LA FILOSOFIA – TOMO I GRECIA Y ROMA

HERÁCLITO [SELECCIÓN]

Heráclito insiste en su «Palabra» [Logos], o sea, en su especial mensaje a la humanidad, y no es


creíble que se hubiese sentido con derecho a hacerlo así, si tal mensaje se redujera a la obvia verdad
de que las cosas cambian incesantemente, verdad que ya habían considerado los otros filósofos
jonios y que apenas parecería novedosa. No, la contribución original de Heráclito a la filosofía ha de
buscarse en otra parte: consiste en su concepción de la unidad en la diversidad, de la diferencia en la
unidad. Como ya hemos visto, en la filosofía de Anaximandro los opuestos aparecen invadiéndose
unos a otros sus terrenos, sus competencias, y, después, pagando cuando les llega el turno una multa
o compensación por tal acto de injusticia. Anaximandro considera la guerra de los opuestos como
algo desordenado, algo que no debería tener lugar, algo que mancha la pureza del Uno. Heráclito, en
cambio, no adopta este punto de vista. Para él, la lucha de los contrarios entre sí, lejos de ser una
tacha en la unidad del Uno, le es esencial al ser mismo del Uno. En efecto, el Uno solamente puede
existir en la tensión de los contrarios: esta tensión es esencial para la unidad del Uno. La realidad es
una según Heráclito, como lo patentiza bastante su dicho: «Es de sabios prestar oídos no a mí, sino a
mi Palabra, y reconocer que todas las cosas son una.» Por otro lado, que el conflicto entre los
contrarios es esencial para la existencia del Uno queda claro también por frases como «Conviene
saber qué la guerra es común a todas las cosas y lucha es la justicia, y que todo se engendra y muere
mediante lucha», y Homero se equivocaba al decir « ¡Ojalá se extinguiese la discordia entre los dioses
y los hombres!»: no veía que estaba pidiendo la destrucción del universo, puesto que, si su deseo
fuese atendido, todas las cosas perecerían14. Heráclito dice, además, positivamente: «Los hombres
no comprenden que lo diferente concierta consigo mismo y que entre los contrarios hay una
armonía recíproca, como la del arco y la lira.» Para Heráclito, pues, la realidad es una; pero, al mismo
tiempo, es múltiple, y esto no de un modo meramente accidental, sino esencialmente. Para que exista
el Uno, es esencial que sea a la vez uno y múltiple, identidad en la diferencia. La atribución hecha por
Hegel de la filosofía de Heráclito a la categoría del devenir está basada, por consiguiente, en una
interpretación errónea, lo mismo que se engaña al considerar a Parménides anterior a Heráclito,
pues Parménides, además de contemporáneo de Heráclito, fue crítico suyo, y, por ende, hubo de
escribir después que él16. La filosofía de Heráclito corresponde mucho más a la idea del universal
concreto, del Uno existente en lo múltiple, Identidad en la diferencia.

Más, ¿qué quiere decir esto del Uno en lo múltiple? Para Heráclito, igual que para los estoicos del
último período —quienes tomaron de él tal concepción—, la esencia de todas las cosas es el fuego. A
primera vista, quizá parezca que Heráclito se dedicase a hacer meras variaciones sobre el viejo tema
jonio, algo así como si, porque Tales identificó la realidad con el agua y Anaxímenes con el aire,
Heráclito, sólo por distinguirse de sus predecesores, hubiese optado por el fuego. Claro está que
pudo haberle influido un tanto el deseo de afirmar otro Urstoff (Arje-principio) distinto, pero en su
elección del fuego había algo más que semejante afán: tenía una razón positiva y muy buena para
fijarse en el fuego, un motivo muy relacionado con el pensamiento central de su filosofía. La
experiencia sensible nos enseña que el fuego vive alimentándose de una materia heterogénea a la
que consume y transforma en sí. Brota, por así decirlo, de multitud de objetos, que va transformando
en sí, y sin esta provisión de materia se muere, deja de arder. La existencia misma del fuego depende
de esta «lucha», de esta «tensión».

USO DIDACTICO
Tenemos aquí, seguramente, un símbolo sensible de una noción genuinamente filosófica, pero está
claro que este simbolismo se vincula con tal noción de una manera mucho más intrínseca que lo que
sucedía con el agua y con el aire. La elección del fuego por Heráclito como naturaleza esencial de la
realidad no se debió simplemente a un capricho, ni tampoco al interés por distinguirse de sus
predecesores, sino que le fue sugerida por su idea filosófica esencial. «El fuego —dice— es falta y
exceso», o sea, en otras palabras, es todas las cosas que existen, pero es esas cosas en una constante
tensión de combate, de consunción, de inflamamiento y de extinción. En el proceso del fuego
distinguía Heráclito dos caminos: el camino ascendente y el descendente.

«Decía que el cambio sigue dos vías, una hacia abajo y hacia arriba la otra, y que en virtud de este
cambio es como se hace el cosmos. El fuego, al condensarse, se humedece, y, comprimido, se
convierte en agua; el agua, al congelarse, se transforma en tierra. Y a esto lo llama él la vía hacia
abajo. Viceversa, la tierra se licua y de ella sale el agua, y del agua todo lo demás, pues él lo atribuye
casi todo a la evaporación del mar. Y ésta es la vía hacia arriba.»

Sin embargo, si se mantiene que todas las cosas son fuego y que están, por lo tanto, en continuo fluir,
es evidente que se ha de explicar de algún modo lo que, por lo menos, parece ser la estable
naturaleza de las cosas en el mundo. Heráclito da su explicación en términos de medida: el mundo es
«un eterno, fuego viviente, que se enciende y se extingue conforme a medida». De modo que, si el
fuego se alimenta de las cosas, transformándolas en sí al abrasarlas, les da también tanto como de
ellas toma. «Todas las cosas se transforman en fuego y el fuego en todas las cosas, lo mismo que se
cambia el oro por las mercancías y las mercancías por el oro.» Así, mientras la sustancia de cada
clase de materia está siempre cambiando, la cantidad total de esas especies de materia permanece la
misma.

Hay en el universo, como hemos visto, un incesante combate, y hay también una estabilidad relativa
de las cosas, debida a las diferentes proporciones del fuego, que se inflama o se extingue según
medidas más o menos iguales. Y estas proporciones, junto con el equilibrio de los dos caminos,
descendente y ascendente, constituyen lo que llama Heráclito la «oculta armonía del Cosmos»,
armonía que asegura ser «mejor que la armonía manifiesta». «Los hombres —dice Heráclito en un
fragmento que ya hemos citado— no comprenden cómo lo que es diverso concierta consigo mismo.
Hay una armonización de las tensiones opuestas, semejante a la que se da entre el arco y la lira.» En
suma, el Uno es sus diferencias, y las diferencias son ellas mismas el Uno, son diferentes aspectos del
Uno. Ninguno de estos aspectos, ni el camino hacia arriba y el camino hacia abajo, pueden cesar: si
cesaran, dejaría de existir el Uno.

Esta inseparabilidad de los opuestos, el carácter esencial de los diferentes momentos del Uno,
aparece en frases tales como: «La vía ascendente y la vía descendente son idénticas» y «Para las
almas es muerte hacerse agua; para el agua es muerte hacerse tierra. No obstante, de la tierra nace el
agua y del agua el alma» Esto conduce, naturalmente, a cierto relativismo, como el que se patentiza
en las afirmaciones de que «El bien y el mal son una misma cosa»; «El agua del mar es la más pura y
la más impura: los peces pueden beberla y para ellos es buena, mientras que para los hombres es
impotable y funesta»; «El puerco se lava en el fango, y las aves domésticas en el polvo del corral». No
obstante, en el Uno se concilian todas las tensiones, se armonizan todas las diferencias: «Para Dios,
todas las cosas son bellas, buenas y justas; los hombres, en cambio, consideran buenas algunas de
esas cosas y otras malas». Es ésta, de seguro, la conclusión a que llega inevitablemente una filosofía
panteística: a la de que todo está justificado subespecie æternitatis.

USO DIDACTICO
Heráclito habla del Uno llamándolo Dios y sabio: «El sabio es únicamente uno. Quiérase o no, ha de
llamársele Zeus.» Dios es la Razón (Λόγος) universal, la universal ley inmanente a todas las cosas,
que sujeta a todos los seres a una unidad y determina el constante cambio del universo. La razón del
hombre es un momento de esta Razón universal, o una como contracción y canalización de ella, y el
hombre debe esforzarse, por tanto, para conseguir el punto de vista razonable y vivir conforme a
razón, realizando la unidad de todas las cosas y el reinado de la ley inalterable, dándose por contento
con el necesario proceso del universo y no rebelándose contra él, por cuanto este proceso es
expresión del Logos omnicomprensivo, de la Ley que todo lo ordena. La razón y la conciencia del
hombre —el elemento ígneo— es lo que en él vale: cuando el fuego puro abandona el cuerpo, el agua
y la tierra restantes, carecen de valor; este pensamiento lo expresa Heráclito diciendo que «Los
cadáveres son más para que se los arroje que el estiércol». Interesa, pues, al hombre conservar su
alma en un estado lo más seco posible: «Lo seco es lo más sabio y lo mejor.» A las almas tal vez les
agrade humedecerse, pero, así y todo, «para el alma es muerte convertirse en agua». Las almas han
de luchar para elevarse, por encima de los mundos particulares del «sueño», al mundo común de la
«vigilancia», esto es, al mundo común del pensamiento y de la razón. Tal pensamiento es, naturalmente,
el Logos de Heráclito, su «palabra». Hay, por lo tanto, en el universo, una Ley, una Razón inmanente, de
la que serían encarnaciones las leyes humanas, aunque sólo puedan ser, a lo sumo, imperfectas y
relativas encarnaciones de aquélla.

Y ¿qué diremos de la doctrina de Heráclito sobre la noción de la unidad en la diferencia? Que


hay una multiplicidad, una pluralidad, está bastante claro. Pero, a la vez, nuestra mente se esfuerza
sin cesar por concebir una unidad, un sistema, por obtener una visión comprensiva que abarque y
vincule todas las cosas; y esta aspiración del entendimiento corresponde a una unidad real que hay
en las cosas: las cosas son intrínseca y mutuamente dependientes. El hombre mismo, con su alma
inmortal depende del resto de la creación.

Actividad
1- Lea con atención el texto, identifique ideas principales y derivadas y confeccione un mapa
conceptual en el que queden organizadas dichas ideas.
2- Identifique las ideas centrales del pensamiento de Heráclito y marque las diferencias que el
autor señala entre las concepciones de Heráclito y Anaximandro.
3- Lea el texto de Néstor Cordero “La dinámica de la Polis en Heráclito” y apoyándose en la
lectura de este texto explique por qué el Logos y la Ley serían conceptos complementarios en
el pensamiento de Heráclito.
4- Identifique, explique y desarrolle el mensaje que pretende dar Heráclito cuando afirma que
“hay quienes aún despiertos, andan como si estuviesen dormidos”.

USO DIDACTICO

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