Vasos Consagrados
Nos convertimos en vasos útiles cuando nos consagramos enteramente para Dios.
La Biblia se refiere a nosotros como vasos de barro, frágiles, humanos (vea 2 Co 4:7).
Como se forma la vasija en la rueda del alfarero, así mismo nosotros somos hechos del
barro (vea Is 64:8). Dios formó a Adán "del polvo de la tierra" (Gn 2:7) y el Salmo 103:14
expresa, "Porque él [Dios] conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo".
A pesar de que somos débiles e imperfectos, cuando llenamos nuestras vasijas (nosotros
mismos) con la Palabra de Dios, nos convertimos en recipientes de su bendición, listos para
ser llenados para su uso. Todos somos valiosos para el Señor--¡Dios aún puede usar vasijas
rotas!
Cuando Él llamó a Jeremías, le dijo, "Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes
que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones". Como Jeremías, podemos
ofrecer la verdad de Dios a la gente dondequiera que vayamos.
Pero primero debemos estar enteramente consagrados a Dios. En 2 Timoteo 2:21 se
declara, "Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra,
santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra".
Una clave importante para que sea-mos vasos útiles es controlar nuestras lenguas. El Salmo
50:23 nos dice, "El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le
mostraré la salvación de Dios".
¿Sabe qué sucedería si cada día le damos nuestras bocas a Dios para que sólo salgan de
nuestros labios palabras que le glorifiquen? El Salmo 34:13 nos advierte, "Guarda tu lengua
del mal, y tus labios de hablar engaño". Dedique su boca a Dios y úsela solamente para
aquello que le place a Él--para alabanza y adoración, edificación y exhortación, y dar
gracias. Ponga sus labios en el altar cada mañana. Déle su boca a Dios orando su Palabra:
"Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza" (Sal 51:15).
Mucha gente quiere recibir de Dios, pero no están dispuestos a darse ellos mismos por
completo a Él. La parábola de los talentos nos instruye a usar lo que Dios nos da para
expandir el Reino del Maestro (vea Mt 25:14-30).
Haga un compromiso nuevo de ser un dador e invertir su tiempo y dinero, y darse usted
mismo en la obra del Señor. No permita que el diablo le susurre y le inhiba dar porque
usted tenga deudas y obligaciones que cumplir, cosas por las cuales usted se preocupa.
Jesús nos exhorta a no estar preocupados o ansiosos por nada, porque Dios conoce nuestras
necesidades y promete cuidar de nosotros (vea Mt 6:25-34).
Proverbios 3:9-10 declara, "Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus
frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto". Pablo
declaró que los creyentes en Macedonia no sólo dieron su dinero, sino también se dieron
ellos mismos al servicio del Señor (vea 2 Co 8:1-5). Pablo también dio su vida en el
servicio al pueblo de Dios.
Alguien necesita su vida hoy. Ofrézcase usted mismo(a) a Dios, y deje que Él le muestre
quién necesita ser servido o ministrado por Él. Bríndele todo su ser, todo lo que espera ser,
todos sus sueños, visiones, esperanzas y deseos. Hágalo a Él dueño de todo y Él le
demostrará su poder a través de su vida.
Cuando ministro, yo comparto con la gente cosas sobre mi familia. Les hablo de nuestros
fracasos y también de nuestras victorias. Comparto nuestros testimonios para ayudar a que
otros puedan tener vidas victoriosas también.
Si nunca ha dedicado su vida al servicio del Señor, usted se está perdiendo una gran
aventura. Diariamente usted necesita entregarse por completo a Dios. Diga: "Señor, yo soy
tuyo(a). Quiero ser un vaso perfecto para tu uso. Dedico mi vida a tu servicio. Te entrego
mis manos, mi boca, mi mente, mi cuerpo, mi dinero y mi tiempo. Haz conmigo lo que
quieras hacer hoy".
Joyce Meyer es una maestra de la Palabra y la autora de varios éxitos de ventas como lo
son: Controlando sus emociones, El desarrollo de un líder, la serie ¡Ayúdenme!, La batalla
es del Señor y Conozca a Dios íntimamente.
Es Adicto A La Aprobacion?
Una epidemia de inseguridad le roba la felicidad a mucha gente en la sociedad actual y causa grandes problemas en las
relaciones. Sé bien cual es el efecto de la inseguridad en la vida de la gente, porque lo he experimentado. Sé lo que le
ocasiona a la persona. Quienes han sido heridos profundamente como resultado de haber sufrido abusos o rechazo de
forma severa, como me sucedió buscan tener la aprobación de los demás para tratar de compensar el sentido de rechazo y
baja autoestima.
Esas personas sufren por esos sentimientos, y tienden a buscar la aprobación de las demás para evitar el dolor. Se sienten
abatidas si alguien parece no aprobarlas de alguna manera o por alguna razón, y se ponen ansiosas por la desaprobación
hasta tanto sientan que son aceptadas de nuevo.
Derivan su sentido de valor basándose en la aceptación de los demás en vez de la esencia de quienes son. Es por eso que
algunas personas se convierten en adictas a la aprobación, por necesitar siempre de la aceptación de los demás para
sentirse feliz y seguros.
Estas son personas controladas por su adicción. La aprobación se torna en algo que piensan no podrían vivir sin ella. Si la
tienen, son felices y se sienten bien de sí mismas; pero si no la tienen, se deprimen y ponen graves.
Quienes son adictos a buscar la aprobación de los demás tienen preocupaciones anómalas y, continuamente, se preocupan
por lo que los demás piensen de ellos.
Como cualquier otro adicto, las personas inseguras necesitan de alguien que les reafirme o asegure que todo marcha bien y
son aceptados. La aprobación externa que buscan les dicta el comportamiento. Buscan conseguir una aprobación o un
elogio y se sienten bien por un momento, pero hallan después que necesitan unos cuantos más.
No hay una cantidad de aprobaciones específica que los mantenga con seguridad total. No obstante, nadie tiene que sufrir
de inseguridad. Existe una cura para la adicción a la aprobación, y surge de la revelación que recibimos de la verdad del
amor incondicional de Dios. La Biblia nos dice: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Sólo una
cosa nos hará libres, y esa es la verdad. Sin embargo, es lo que más trabajo nos da para lidiar. No nos importa enfrentar la
verdad de las demás personas, pero cuando se trata de enfrentar la nuestra, eso ya es otro asunto.
La libertad verdadera nunca llega hasta tanto nos damos cuenta por completo que no tenemos la necesidad de luchar para
conseguir del hombre lo que Dios nos da gratuitamente: amor, aceptación, aprobación, seguridad, valor y apreciación.
Fue muy difícil para mí tener que enfrentar mi inseguridad y decir: “Soy insegura, no me gusta mi persona, y necesito la
ayuda de Dios para sanar en esta área de mi vida”. Pero tuve que pasar por el dolor de enfrentar la verdad y el cambio, y
eso me trajo libertad. Si me hubiese negado a enfrentar la verdad, aún estuviese en cautiverio, tratando de agradarle a los
demás.
La única forma de salir del cautiverio es comenzar a buscar de la aprobación de Dios en vez de la del hombre. Dios quiere
que nuestra seguridad provenga de Él, no de las cosas o los demás.
Él es nuestro refugio, nuestra torre fuerte, nuestra fortaleza, quien nos sostiene en momentos de tribulación y es nuestro
escondite (ver Sal. 9:9; 31:4; 32:7; 37:39; 46:11). Nuestro valor, apreciación, aceptación y aprobación provienen de Dios.
Siempre y cuando tengamos esas cosas, tenemos las cosas más valiosas del mundo.
Le insto a que evite distraerse y dirija su mirada hacia Jesús, “el autor y consumador de la fe [suya]” (Heb. 12:2). Se
elevará hacia nuevos niveles de libertad, y se tornará en la persona segura y madura para lo cual fue creada: para caminar
con la seguridad de saber quién es en Cristo.