Eudocio
Ravines
La gran estafa
(La penetración del Kremlin en Iberoamérica)
1.ª Edición, enero 2010
ISBN 978-9929-8125-3-6
DERECHOS RESERVADOS
Copyright 2009
UNIVERSIDAD FRANCISCO MARROQUÍN
Diagramación:
Luis Fernando Paredes García.
La misión de la
Universidad Francisco Marroquín
es la enseñanza y difusión de los
principios éticos, jurídicos
y económicos de una sociedad de
personas libres y responsables.
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A los hombres y mujeres que se han batido y se baten contra las tiranías en
todas las trincheras de la libertad, que han sufrido por la causa de la dignidad
del hombre y que, como yo, han apurado el dolor y han vivido el drama de la
gran estafa.
El autor
Prólogo a la Primera Edición
En la hora en que golpea sobre las cabezas de los hombres libres y contra la
esperanza de los que aspiramos a serlo el peligro concreto de una esclavitud de
tipo totalitario, se convierte en cómplice cualquier silencio sobre la gran estafa,
sobre sus instrumentos, sobre sus máscaras y sobre sus métodos de subrepción.
Cuando arriba a las playas de este hemisferio el designio de transformar a
sus pueblos en la misma papilla sanguinolenta en que se ha convertido a miles y
miles de chinos, de coreanos, de indochinos en los campos de batalla, y a
millones de rusos y de europeos en los campos de concentración más vastos y
crueles de la historia universal, se vuelve imperativo entregar un testimonio
veraz, del que da fe cumplida una larga, dolorosa y desesperada experiencia, que
pueda ayudar a entender con más lucidez el sistema y el contenido —ya que no
es dable hablar de ética— del espíritu que pretende sojuzgamos, proclamando,
sin embargo, que viene a liberar a estos pueblos del yugo del imperialismo.
Este libro no es un alegato: sólo quiere ser un testimonio.
Es la crónica —novelada, para hacerla más accesible al lector común— de
hechos, acciones, planes y maniobras a los que me tocó asistir, como comparsa
pasivo unas veces, como espectador o actor en otros momentos, y siempre como
testigo.
Lo que aquí entrego es una sincera confesión humana, sin que por ello se
trate de un drama personal, ni sólo de una protesta aislada. Si alguna virtud tiene
este testimonio es la de ser unívoco. Son millares y millares de existencias que
han soportado análoga quiebra; es la tragedia minúscula y oscura de millares de
hombres y mujeres anhelosos de una vida mejor para sus pueblos, que fueron
traslumbrados por el reverbero de la Revolución Rusa, seducidos por el vigor de
la crítica marxista, por el patetismo del encendido mensaje comunista. Millares
de creyentes, que vieron transformados sus sacrificios y su fe en estiércol del
cultivo de una dictadura, que no es la de clase alguna, sino la de un clan
terrorista, policiaco y belicista. Es el testimonio que interpreta un momento del
drama de millares de existencias, que se acercaron alborozadas al comunismo y
que han sido estafadas con ludibrio y con crueldad.
No arribo a este libro sino tras haber cruzado una desgarrante y sombría
tempestad de vacilaciones. La fe que fue honda no sólo muere despacio, se niega
a morir: su agonía es muy larga y se llena con un rosario de catalepsias
intermitentes. Alejado de las filas comunistas, a pesar de mis vapuleantes
decepciones, siempre esperé el milagro: que el comunismo en Rusia se
convirtiese en democracia proletaria, en factor auténtico de paz para los pueblos;
que las proclamas pacifistas de Stalin saliesen de sólo formular, para inaugurar
de veras una colaboración humana entre capitalismo y sovietismo; que, en fin, el
cheque sin fondos de esta gran estafa fuese cubierto en beneficio de los
trabajadores del mundo.
Dos hechos macizos y tercos, concordes en todo con la siniestra política que
ya conocía, vinieron a crucificar mi postrera esperanza y aniquilar los vestigios
de mi fe. Uno de ellos, la invasión traidora y bellaca de Checoslovaquia, la
degenerada traición de Gotwald hacia un régimen progresista y avanzado, hacia
una nación de la que Rusia no tenía nada que temer; traición hacia el Presidente
Benes, amigo del Soviet y amigo de Stalin; traición repugnante, con la
imposición de un ignominioso “suicidio” a Jan Masaryk, amigo fervoroso del
partido comunista, amigo de Rusia, amigo de Stalin, amigo de Gotwald. Luego,
el segundo hecho, el anatema sin principios, la carga de odio lanzada con la
espuma en la boca, contra el régimen del comunismo yugoslavo, insumiso a la
yugulación rusa, rebelde al saqueo y a la rapacidad del sovietismo. Todo su
crimen ideológico, toda su traición política residen en haberse resistido a que se
hambreara a los yugoslavos para que la casta dominante rusa pudiese vivir
mejor. Sólo ante estos dos hechos crucé mi última valla y acepté con dolor que
de la Rusia Soviética y del régimen de Stalin no podía esperarse ya sino la
Tercera Guerra Mundial.
No vengo a denunciar al sovietismo desde un ángulo liberal, ni desde el
punto de vista de los derechos humanos o desde las plataformas que defienden
los derechos ciudadanos. Sería este un enjuiciamiento parcial —sin duda formal
a la luz de los hechos históricos— que considero sobrepasado por los hechos de
hoy. Lo denuncio enfocándolo dentro de su terreno propio, como estafa a los
principios que le dieron origen, como traición a la doctrina que le sirve de
bandera para encubrir su contrabando intérlope.
Denuncio una estafa no al espíritu liberal, sino al pensamiento, a la
ideología, a la realización socialista.
No es estafa a los que creen en la bienaventuranza del capitalismo: es estafa
a los que creemos en la redención del hombre, a los que nos hemos batido por la
liberación de los oprimidos, a los que hemos soportado hambre, persecuciones,
torturas, prisiones a los que hemos vivido “el tiempo del desprecio”, por buscar
la elevación humana, por redimir a los más menesterosos de redención, por
impulsar el progreso del socialismo.
Sé bien que la estafa no es producto de la perfidia de un dirigente malvado o
de la ambiciosa crueldad de un clan dueño del poder. Es la consecuencia
inexorable de sistemas y de métodos, de dogmas inhumanos que no pueden ser
abandonados, de condiciones económicas, políticas y sociales, que los dirigentes
soviéticos no pueden modificar ni suavizar, ya que ello implicaría su caída. Para
no caer están obligados a marchar sobre cadáveres, a golpear sin piedad sobre
todo lo que se les resista, y, por último, a lanzar a los pueblos a la hoguera del
achicharramiento atómico. Es por esta esencia que el comunismo se ha vuelto
guerra.
Que ellos me llamen como quieran: conozco los vocablos, su sentido y su
intención. Pero todos los vocablos no podrán desmentir ante la clase obrera ni
ante quienquiera un puñado de hechos tozudos.
La dialéctica marxista ha sido convertida en saqueo y degradación de Hegel,
en racionalismo dogmático, dúctil para la justificación cínica de todos los
oportunismos. De ágil concepción idealista, ha sido degradada por el sovietismo
a la jerarquía podrida de filosofía de la estafa, a la vez que de estafa de la
filosofía.
La doctrina ha sido convertida en guiñapo, en viscoso contenido que se
amolda a cualquier forma, en ropaje que se arregla para vestir, en cualquier hora
y circunstancia, los hechos consumados o los actos ejecutados por los jerarcas
totalitarios.
A la libre discusión dentro del partido ha sucedido el acatamiento
indecoroso, la imposición terrorista, la servidumbre espiritual impuesta por
hambre, por amenaza, por dádiva, por terror; terror al campo de concentración, a
la prisión de los familiares o al tiro en el occipucio.
La clase obrera ha sido suplantada por el clan imperante; el obrero no puede
sino designar como sus representantes a los que han sido ya designados por el
clan; los congresos de los soviets o del partido han sido abrogados; la libertad de
todo género, dentro de la esfera de la realización revolucionaria, ha sido
aniquilada hasta un lindero que es regreso histórico cercano a las teocracias.
Los manantiales de cultura han sido secados; la policía tiene racionado y
encasillado al pensamiento; el arte es negocio de propagandistas; la creación
espiritual de todo orden, asunto bajo la jurisdicción del servicio secreto; y el
campo del espíritu, tanto en Rusia como en los satélites, es lo más vecino al
campo de concentración y al alambrado de púas.
La rebeldía justa, la insurgencia fecunda contra la rapacidad imperialista de
los conquistadores colonialistas y de los trusts internacionales, han sido
utilizadas para imponer un tipo de conquista que se denomina con el sarcástico
eufemismo de “liberación” y que consiste en la trituración despiadada, en el
saqueo implacable, en la rapiña vandálica de los desventurados pueblos que han
sufrido la inmensa desgracia de ser liberados por el Kremlin.
Esta putrescente y degradada realidad no es asequible al hombre común de
nuestro hemisferio, ni es fácil ser mostrada en toda su impúdica objetividad,
porque ella se oculta y es ocultada tras la tupida brumazón de críticas válidas, de
paradisiacas promesas, de augustas y venerables palabras. Por ello, la lucha es
difícil, terca y áspera. Y, para hacerla convincente y fecunda, es preciso que el
mensaje democrático tenga potencial para ganar el corazón de las gentes, para
inspirarles fe y confianza, si no en su realidad actual, por lo menos en su
posibilidad inmediata.
En América Latina, ese potencial no lo tienen, no lo tendrán jamás, las
andrajosas dictaduras que padecen diversos pueblos de este hemisferio.
Dictaduras filisteas, sin principios y sin ética alguna, que en muchos casos
concretos cultivan relaciones clandestinas, a modo de vicios secretos, con los
comunistas y con los agentes ocultos de la Rusia Soviética, además de que, con
abominable inconsciencia y criminal irresponsabilidad, otorgan auxilios,
subvenciones y posiciones políticas y sociales a los altos comandos del quinta
columnismo ruso en sus respectivos países.
La privación de libertad, la ominosa restricción de los derechos humanos, la
envilecida limitación de los derechos civiles de la ciudadanía, la imposición
demagógica o violenta de Gobiernos de fuerza, es una realidad dramática en
muchas de las repúblicas latinoamericanas, y es, al propio tiempo, campo de
gravitación que acarrea militantes y combatientes para la quinta columna
soviética.
O las dictaduras de América Latina dejan libre paso a una vida democrática y
decente, o la vasta y tenebrosa campaña soviética minará la entraña misma de
América y abrirá brechas que, si son cerradas más tarde, han de serlo sólo con
montañas y torrentes de vida jóvenes, y en horas de angustia suprema para el
mundo libre.
La eficacia de la lucha contra el gran peligro reside en gran parte en que las
dictaduras demagógicas o violentas, civiles o militares, sean barridas de la faz de
este hemisferio y la democracia formal se convierta en democracia real.
Entonces, los pueblos comprenderán y ponderarán la tajante disyuntiva: o
democracia o comunismo.
E. R.
México, 1952
Prólogo a la Décima Edición
Auténtica gloria del pensamiento es que las ideas de ayer continúen
floreciendo, lozanas y válidas, mientras la carne, a la par que los
acontecimientos, las gentes, las modas y las cosas, se han envejecido y
marchitado.
Tan señalada capacidad de supervivencia es prerrogativa de las ideas que
aportaron en su mensaje la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad.
Bajo la luz implacable de la realidad, comprobamos hoy que el tiempo, que todo
lo refuta, acrisola y desvanece, no ha mermado vigencia ni a la requisitoria, ni a
la denuncia, ni al vaticinio de este libro.
Su primera edición vio la luz hace veintitrés años —la edad de una
generación— y apareció en inglés con el título de The Yenan Way —El Camino
de Yenán—, editado por Charles Scribners & Sons, de Nueva York. La segunda
edición —primera en castellano— salió en México en 1952; luego, dos ediciones
en Chile, 1953, 1955; tres en Cuba, 1959, 1960; y dos en España, 1961 y 1963.
* * *
La empecinada penetración comunista de las décadas 1950 y 1960 en
América Latina no ha sido realizada por la vía de la implantación ideológica ni
de la instauración doctrinaria. Se consumó mediante los métodos hipócritas, los
procedimientos emotivos y taimados, del Frente Popular, descritos en estas
páginas.
Carlos Marx instaló, como uno de los pensamientos capitales de su
Manifiesto comunista, el principio de que “los comunistas no ocultan sus
pensamientos, ni esconden sus propósitos”. Este libro refuta tal principio,
válidamente. En este cuarto de siglo, el comunismo no actuó como lo
prescribiera Carlos Marx, sino conforme a la línea que denunciara La gran
estafa.
Corrobora este aserto un hecho categórico. Desde que fueran organizados los
primeros grupos comunistas en América Latina, en el año 1919, hasta nuestros
días, no ha hecho su aparición en el horizonte intelectual latinoamericano ningún
marxista. No existe análisis, exégesis, ni siquiera un ensayo, sobre la realidad
latinoamericana, enjuiciada conforme a la filosofía o a la ideología marxista.
Existen millares de traductores de la literatura de propaganda soviética, pero no
existe un solo marxista latinoamericano.
La teoría, la estrategia y la táctica del Frente Popular —que se encarnaron en
la práctica en Chile y en Cuba entre 1935 y 1940— han dominado el proceso de
infiltración ideológica y la actividad comunista en Latinoamérica.
Desde la aventura de Jacobo Arbenz en Guatemala, hasta la implantación del
comunismo en Chile, pasando por la tiranía de Fidel Castro en Cuba, por la
guerra civil en la República Dominicana, por las frustraciones de Joao Goulart
en Brasil, de Juan José Torres en Bolivia, de Allende en Chile, por la imposición
del comunismo titoísta en Perú, el comunismo actuó disfrazado, ocultando su
verdadero rostro, disfrazándose de humanismo, organizándose tras la máscara
del Frente Popular o de la Unidad Popular, y aplicando las recetas denunciadas
en este libro al iniciarse la década del 50.
El comunismo no se ha introducido ni se ha impuesto frontalmente en
América Latina. Se ha disfrazado de intervencionismo estatal, de economía
dirigida, de Estado benefactor, de aperturas hacia el socialismo, fórmulas con las
que ha ocultado la esencia comunista del proceso. Se pretende ignorar y hacer
ignorar que toda forma socialista —por embrionaria que fuere— no es sino el
embarazo que dará a luz al comunismo a su oportuno vencimiento.
La táctica frente-populista ha introducido en la mentalidad latinoamericana el
grueso contrabando que hace sentirse como medio-socialistas a políticos,
catedráticos, escritores, militares, periodistas, estudiantes rebeldes. Cual si
pudiera existir un medio embarazo, o como si una mujer pudiese estar sólo un
cuarto embarazada.
Ninguno de los que han hecho comunismo en América Latina se proclamó
francamente comunista, en el estilo estridente de Lenin. Todos negaron serlo:
Arbenz y Castro, Quadros, Goulart y Frondizi, Bosch, Torres, Allende, Velasco
Alvarado: todos fueron nada más que medio-socialistas.
Este libro salió a denunciarlos y a anunciarlos. Mas la denuncia tuvo la
suerte de la profecía de Casandra, veraz, pero predestinada a la incredulidad, por
designio de los dioses que enceguecen a quienes quieren perder.
El pueblo cubano, como lo certifica el exilio, absorbió como esponja este
áspero testimonio a través de 1959 y 1960, en medio del tempestuoso proceso
que fue la consagración y el encumbramiento de Fidel Castro. En estas páginas
siguió, curioso, estupefacto y empavorecido, el deslizamiento de Cuba, de la
reivindicación gloriosa de la Constitución democrática de 1940, hacia el otro
lado de la cortina de hierro.
En aquellos días, el 9 de enero de 1959, en las horas en que los barbudos de
Sierra Maestra hacían su ingreso triunfal en la Habana, aparecía el artículo
periodístico titulado: “Cuba en el fondo más profundo de su crisis política”, en
Vanguardia, de Lima. Allí, alumbrado por el conocimiento de los métodos
frente-populistas, denuncié el deslizamiento de la revolución cubana hacia la
órbita soviética, realizada aprovechando la embriaguez de un pueblo que
celebrara la gran victoria que se volvía estafa.
No es azar histórico que los dos países donde la idea frentista, incubada en
Moscú, cristalizara en hecho político y en encubrimiento comunista a la cúpula
de los Gobiernos, hayan sido las áreas de la mayor dominación comunista.
El Frente Popular fue y continúa siendo la operación de ablandamiento
psicológico, de anestesia de la vigilancia democrática, de infiltración corrosiva
que actuó, utilizando la máscara, como la denunciara La gran estafa, sin
presentar el rostro, contrariando la receta de Marx.
* * *
Através de la década del 50, la infiltración comunista actúa como
acentuadamente frente-populista, encubriendo las aristas que provocan
resistencia en la actividad latinoamericana. La infiltración inicial procedió
inequívocamente de Moscú. Y ella se desplegó conforme a las maniobras en
diversos tiempos, a las normas y a los procedimientos denunciados en este libro.
Ulteriormente, la empresa frente-populista obtiene la vigorosa cooperación
de nuevos y poderosos promotores. La presión más intensa, la infiltración más
profunda, comenzó a llegar de Washington.
Es hecho histórico que Fidel Castro y su régimen fueron hechura de los
demócratas y de los “liberales” norteamericanos. Funcionarios del Departamento
de Estado y luminarias del famoso “cuarto piso” tripularon el escampavías que
abrió a Fidel Castro la ruta del poder. Conviene exhibir los fervorosos editoriales
escritos por Herbert Mathews y publicados por The New York Times —el primer
diario de los Estados Unidos—, defendiendo encendidamente a Castro y al
régimen que implantaba en Cuba, aun después de la proclama en que el dictador
anuncia su decisión de no convocar a elecciones y de preferir el marxismo-
leninismo.
La Bahía de Cochinos y la Alianza para el Progreso, han sido los
instrumentos modernos de penetración y de sojuzgamiento del neoimperialismo
de los Estados Unidos sobre América Latina. El invento de Moscú pasó a ser, sin
pago de patente, herramienta de dominación norteamericana.
La traición de Bahía de Cochinos fue la patente de corso otorgada por el
presidente Kennedy al comunismo en América Latina. Através de la Alianza
para el Progreso, el “clan Kennedy” incitó a los Gobiernos a contraer un
endeudamiento fabuloso, mediante el cual se les sojuzgó, determinando el
estallido de inflaciones ruinosas, el enriquecimiento ilícito de políticos y
gobernantes, de expertos, funcionarios y burócratas dorados de las Naciones
Unidas. Fue entonces cuando se instaló la marejada de corrupción cínica, a la
sombra de Estados benefactores y de series sucesivas de “new deals”, que
sacaron a la casi totalidad de estos países de la posibilidad del desarrollo, o sea
del campo de la competencia a los consorcios norteamericanos en los mercados
del mundo.
El grupo de intelectuales dirigidos por Adlai Stevenson, Arthur Schlessinger,
John Kenneth Galbraith, por los “cabeza de huevo” de Harvard y de Yale, por la
burocracia dorada de las Naciones Unidas la Cepal, la FAO, la Unctad, la
Unicef, la Unesco, y los corifeos del Partido Demócrata, han sido los artífices de
la torrentosa penetración del frente-populismo moscovita, que ha arrastrado a la
mayoría de las naciones latinoamericanas al estancamiento y al retroceso, a la
putrefacción de un subdesarrollo que, a causa de las presiones izquierdistas
norteamericanas, se ha vuelto subdesarrollo crónico y canceroso.
Las naciones que han seguido las vías frente-populistas de Estados
benefactores y de economías estatistas, están eliminadas, quizás por una, tal vez
por dos generaciones, de la posibilidad de hacerse promotores de la revolución
industrial, con capacidad de actuar como concurrentes de las poderosas
corporaciones norteamericanas. La infiltración progresista ha emasculado sus
potencias creadoras, ha lanzado sus procesos económicos en la vía de la
frustración, resultado fatal a través del mundo de todas las formas de socialismo.
* * *
Los progresistas norteamericanos, con la cooperación del Departamento de
Estado, han sido los promotores, financiadores y organizadores, de una eficiente
quinta columna del neoimperialismo norteamericano en América Latina.
Los democratacristianos de todos los países latinoamericanos, bajo la
advocación y con bendición eclesiástica, fueron convertidos en
coadministradores del frente-populismo comunista. Desde que los
democratacristianos aparecieron en el panorama político de Latinoamérica, las
directivas nacionalistas-revolucionarias, estatistas y frente-populistas vinieron
simultáneamente, con el mismo tono, aunque con diverso acento, de Moscú y de
Washington. Y a menudo de Pekín y de Belgrado.
Los democratacristianos llegaron a la América Latina para bendecir con
hisopos de agua bendita la Revolución Proletaria Mundial proclamada por
Moscú. La política democratacristiana en América Latina es homóloga de la que
desarrolló Kerensky en la Rusia pre-bolchevique. La prueba está patentizada y
consumada históricamente en Chile.
Para servir al frente-populismo de estilo moscovita, sin comprometerse, sin
aparecer como serviles compañeros de viaje, los democratacristianos recurrieron
a una hábil revolución semántica, que han impuesto a través de toda América
Latina. Tal revolución semántica consistió en eliminar la aspereza de la
terminología comunista. Fue el malabarismo del cambio de etiquetas sobre el
mismo contenido. La droga anestésica para la resistencia a la brutalidad
comunista.
Donde los comunistas alzan el espectro de la “revolución proletaria mundial”
con todos sus horrores, la Democracia Cristiana apacigua, convocando a realizar
el “cambio de las estructuras...”.
La lucha de clases del proletariado contra la burguesía, alma y esencia del
materialismo histórico y punta de lanza del combate comunista, se ve suavizada
por los términos democratacristianos de “lucha del pueblo contra la oligarquía” y
el imperialismo yanqui.
El ingrediente de odio contra la empresa privada y contra el régimen de
economía libre es en la lexicografía comunista “la explotación del hombre por el
hombre”. Los democratacristianos, promoviendo el mismo fin, nos plantean la
problemática de la “inequitativa distribución de la riqueza”.
El anticapitalismo es la piedra angular del comunismo. La de los
democratacristianos es el eufemismo de la “vía no capitalista de desarrollo”. Los
comunistas espeluznan a todo aquel que algo posee, pregonando la abolición de
la propiedad privada. Los democratacristianos ofrecen la “propiedad
comunitaria”.
Los comunistas declaran que operan bajo la inspiración del
marxismoleninismo; los democratacristianos latinoamericanos denominan a lo
mismo Doctrina Social de la Iglesia, lo que resulta más asequible y menos
indigesto.
Los comunistas plantean la táctica frente-populista de “mano tendida a los
católicos...”. Los democratacristianos replican con el “diálogo” y el
“ecumenismo”, o, en los hechos, con la fraternización sin principios de católicos
y comunistas.
Los comunistas, conforme al materialismo dialéctico, sostienen que “las
condiciones materiales de existencia determinan el pensamiento y la conciencia
de los hombres”. Sobre la infraestructura económica, con rígido determinismo,
hacen funcionar en la sociedad humana las ideas, la filosofía, la jurisprudencia,
el arte, la literatura, la religión.
Con análogo pensamiento, los democratacristianos de América Latina
justifican al comunismo, estimándolo como consecuencia de la miseria, de la
injusticia social, de la inequitativa repartición de la riqueza. Llegan a la
conclusión de que la ideología comunista es resultante de las condiciones
materiales de existencia.
Al establecer este criterio infiltrado donde impera un pesado coloniaje
mental, los democratacristianos se han negado a reparar que ni Cuba ni Chile
han sido los países más pobres y más retrasados de América Latina. Bien al
contrario: Cuba fue hasta 1959 el país con más confortable nivel de existencia, y
Chile exhibe en estadísticas anteriores al advenimiento de la Democracia
Cristiana y de los marxistas, condiciones de existencia muy superiores a las que
imperan en los demás países latinoamericanos. Luego no son la pobreza ni la
injusticia social las causas determinantes del comunismo. La historia viviente de
América Latina demuestra que el comunismo es el engendro de la impunidad.
Los democratacristianos no han querido tomar en consideración el fenómeno
objetivo de que ninguno de los partidos comunistas latinoamericanos está
dirigido por proletarios. En todos los países los dirigentes son pequeñoburgueses
calificados, o sea engendros del resentimiento social, no de la pobreza.
Los baluartes del comunismo latinoamericano no están en las fábricas, ni en
las minas, ni en los pozos petroleros. Están en las universidades, en el
magisterio, en los cenáculos literarios: o sea, en la mentalidad de quienes nunca
trabajaron con sus manos. Los democratacristianos se niegan a constatar el
fenómeno esencial de América Latina. En Latinoamérica, “las masas pobres no
son comunistas y los comunistas no son pobres”.
Los democratacristianos han santificado ante las masas populares el cinismo
marxista con el sofisma democratacristiano. La espesa confusión ideológica
viene demoliendo las resistencias a la penetración comunista. Por eso, en
nuestros días, para combatir con eficacia al comunismo, es absolutamente
indispensable combatir sin cuartel a los democratacristianos. En la vida social se
trata de dos hermanos enemigos que pelean por el mismo botín: la influencia
sobre las masas y el poder.
Al rechazar al marxismo, es absolutamente obligatorio rechazar la
infiltración progresista proveniente de los Estados Unidos. Si los comunistas son
agentes calificados del imperialismo soviético, los democratacristianos son los
quintacolumnistas del neoimperialismo norteamericano. Unos y otros han
colaborado en el desastre económico y en la crisis en que estos países han sido
hundidos en diversos grados. Merced a la cooperación de comunistas,
socialistas, liberals, curas tercermundistas y democratacristianos, los
neoimperialistas han sido servidos. El peligro de una acentuada competencia
industrial en los mercados del mundo ha sido conjurado en América Latina.
* * *
En el prólogo de la primera edición, escribí: “No vengo a denunciar al
sovietismo desde un ángulo liberal... denuncio una estafa, no al espíritu liberal,
sino a la ideología, al pensamiento, a la realización socialistas...”.
Se constata aquí la esperanza de que el socialismo pudiese alcanzar alguna
desembocadura positiva para el hombre. Las décadas recientes —las más
cargadas de avance para la humanidad— han demostrado que todas las
experiencias socialistas han engendrado negatividad pura. Los panoramas
generales de la Unión Soviética y de sus satélites, de Yugoslavia, de China, de
Cuba, del Perú y la desastrosa experiencia chilena ofrecen el mezquino
espectáculo de pauperización de las masas, de míseros niveles de existencia, de
inepcia total para equipararse a las condiciones de existencia que ofrecen a sus
pueblos los países regidos por una economía social de mercado.
Cuando, deslumbrado por el rayo de Damasco, abandoné el comunismo,
quedé paciente de la ceguera de creer que las frustraciones del marxismo eran
sólo la secuela del mal corazón de dirigentes enfermos del complejo de Calígula,
o de la deshonestidad de jerarcas malvados. La bondad generosa del hombre
debería redimir al marxismo de sus caídas para transformarlas en elevaciones.
La aplicación del Plan Marshall en Alemania Federal y en las naciones de
Europa occidental, arruinadas por la guerra, cayó sobre mí y sobre mi posición
como reto inevadible. Konrad Adenauer y Ludwig Erhard rechazaron los planes
benefactores de los expertos de Harvard, de los burócratas dorados de las
Naciones Unidas, de los consejeros partidarios del Estado benefactor.
Proclamaron su decisión indeclinable de imponer prioridad a las fábricas, a las
plantas eléctricas, a los puertos, a la siderurgia, a las líneas férreas, a los cultivos,
sobre las casitas, las maternidades y los gimnasios.
Aquel plan me llegó al corazón como absurdo, impracticable y, sobre todo,
inhumano. Mi posición fue la de los expertos, los burócratas dorados, los
asesores de Harvard y de Yale.
Una década después de la guerra, Alemania Federal, Japón, Bélgica, Holanda
habían limpiado los millones de metros cúbicos de escombros que dejó la guerra
y alzaban a sus pueblos hacia la más grandiosa realización humana de la historia.
Recorrí Alemania Occidental y tuve que palpar con los ojos y las manos la
grandiosa victoria obtenida por el capitalismo, gracias a la economía social de
mercado. Más tarde mi experiencia debía ser ratificada abrumadoramente en el
Japón y en Taiwán.
La economía de mercado condenaba integralmente, sin redención posible, al
marxismo y al socialismo, a la economía dirigida, al estatismo y a todas las
formas de “new deal” que pululaban arrojando pérdidas, frustraciones y miseria
sobre la Tierra.
La comprobación de la realidad barrió y aventó hacia afuera los restos de las
basuras marxistas que, a modo de lámpara votiva, había mantenido en la mente.
Llegaron más tarde las experiencias milagrosas de España y de Brasil,
remachando la concepción filosófica, política, sociológica de que el único
sistema capaz de redimir al hombre del retraso y a los pueblos de su miseria, es
el sistema capitalista.
La realidad me convenció de que si el comunismo se arrepintiese de sus
crímenes con la más sincera de las contriciones; si renunciase a sus métodos de
opresión y se postrase humildemente ante la libertad, sería obligatorio seguir
combatiéndolo encarnizadamente, por inepto.
Se me anclaron, con ésta, dos firmes conclusiones: el socialismo y la libertad
del hombre son incompatibles; y el socialismo y la miseria dolorosa y depravada
de las masas son inseparables. La opresión y la miseria siguen al socialismo
como la sombra al cuerpo.
La acerada realidad capitalista desmanteló la última justificación de mi
antigua filosofía marxista. Alentaba la idea de que el comunismo —a pesar de su
crueldad, de su envilecimiento, de su cinismo— había actuado como fuerza de
presión, obligando a los capitalistas a ceder algo de sus ganancias en beneficio
de los trabajadores, mejorando, por temor, la situación de las masas populares.
Es preferible siempre dar algo, en vez de perderlo todo.
Este razonamiento también fue demolido por la realidad capitalista y por el
triunfo de la economía social de mercado sobre la pobreza, sobre el retraso,
sobre el desastre. Comprobé que la elevación de los niveles de vida de las masas
populares, la prosperidad de los pueblos desarrollados, el bienestar de los
trabajadores en las naciones industrializadas no había significado en parte alguna
disminución de utilidades, ni sacrificio de beneficios. Bien al contrario: las
ganancias habían crecido conjunta y simultáneamente para los capitalistas y para
sus trabajadores. Una sociedad fundada sobre la carrera tras el lucro no
renunciará jamás a éste, por temor a ninguna amenaza.
Análisis severos —hechos con rigor científico— que demostraron que el alto
nivel de existencia de los obreros, la prosperidad de los campesinos, la vida
saludable y alegre de los pueblos, no era consecuencia de ninguna especie de
temor al comunismo. Eran el engendro legítimo de una magnífica productividad,
generada por la genial y milagrera tecnología capitalista de nuestro tiempo. Sin
esta productividad, a pesar del espectro del comunismo, los pueblos no habrían
sido beneficiados, como no lo son los que viven en países subdesarrollados.
Esta tesis es ratificada por la situación que prevalece en el mundo socialista.
Más grande que la presión que haya podido descargarse sobre el capitalismo, es
el interés que los regímenes socialistas tienen por “alcanzar y sobrepasar” los
niveles de existencia del mundo capitalista, para exhibirse triunfantes ante las
masas. Para el socialismo no es mera cuestión de concurrencia: es asunto de
supervivencia. Si, a sabiendas de esto —que es cuestión de vida o muerte— el
socialismo no puede mejorar los niveles de existencia de los pueblos que lo
padecen, acercándose a los que otorga el mundo capitalista, es porque sus
capacidades, sus realizaciones económicas no lo consienten.
En busca de ayuda para superar su fracaso, el mundo socialista ha salido en
humillante peregrinaje a demandar el auxilio del capitalismo: en granos para
aplacar el hambre, en tecnología, en bienes de capital, en colaboración
financiera, para disminuir las graves carencias de un sistema que se mueve bajo
el signo irredimible de la inepcia.
* * *
La salida de esta décima edición coincide con el alza en el horizonte político
de una era nueva. Las décadas del 50 y del 60 fueron marcadas históricamente
por el encantador frenesí de la carrera enloquecida de los pueblos de América
Latina tras las utopías del marxismo. No solamente los comunistas; sino todos
los demagogos, los democratacristianos, los compañeros de viaje, los tontos
útiles, los posesos del irracionalismo de la justicia social se lanzaron en la
frenética aventura de la carrera tras el mito.
Todos los países de Latinoamérica, en grados diversos, se hundieron a
distintas profundidades en la gran aventura. Ahora, cuando Gobiernos y pueblos
se dieron de cabeza contra la frustración invencible, al soportar en cada uno de
los huesos el fracaso demoledor y desastroso, esos pueblos comienzan a poner el
mismo frenesí en la realización de lo que justificadamente podemos llamar el
gran regreso.
Es fenómeno histórico evidente que Brasil, República Dominicana, Bolivia,
Uruguay y Chile están de regreso de la aventura socialista. Los demás se
acercan, con más rapidez de lo que piensan sus Gobiernos, a la realización de
este nuevo estilo de “gran marcha” que es el gran retorno.
No hay nación alguna en la que el estatismo haya aliviado la suerte de sus
pueblos. Todo Estado benefactor es un Estado de fracaso permanente e
irremediable. No hay región donde el intervencionismo estatal, la economía
dirigida, el régimen de empresas estatales, las formas socializantes hayan
aportado un mezquino lenitivo para la pauperización, para la ignorancia, para el
andrajo, para la mugre. En todas esas naciones, el gran retorno se vuelve
imperativo histórico, razón de supervivencia, obligación de inexorable
cumplimiento, para liberar a los pueblos de la pobreza.
La fiera y agresiva competencia ha quedado abierta en América Latina, y se
ha planteado disyuntiva y tajantemente ante los pueblos: Cuba o Brasil; Chile o
Perú. Y el frenesí que se puso en la carrera tras el mito se revierte ahora con el
mismo ímpetu, tomando el rumbo contrario al socialismo, a sus pompas y a sus
fracasos.
Del fondo mismo del desastre latinoamericano y alzando al hombro la
quiebra que dejaron como herencia los coloniajes mentales comunista y
kennediano, América Latina cambia sus rumbos económicos hacia la economía
social de mercado.
Merced a la política de libre empresa, de libre concurrencia, de imperio de la
ley de la oferta y de la demanda, Brasil repite, a modo de épico desafío, el
“milagro económico” de Alemania Occidental, de Japón, de España, de Taiwán,
de Corea del Sur, de Puerto Rico. Y la República Dominicana, Bolivia, Uruguay
y Chile, ensayan, con vacilaciones e indecisiones, el abandono del régimen
estatista, la renuncia a las planificaciones totalitarias y al intervencionismo
funesto de los burócratas dorados en las Naciones Unidas, que tan perniciosa
influencia ejercen en América Latina.
Superando dudas, prejuicios y dificultades de toda índole, las naciones que
han emprendido el regreso de la aventura izquierdista empiezan a aplicar el
sistema de economía libre y a abandonar las formas dirigistas.
* * *
En esta décima edición estimo un deber intercalar los capítulos que no fueron
publicados anteriormente, por negativa de los editores. Ellos consideraron que la
publicación de los capítulos sobre los asesinatos de Durruti y de Andrés Nin era
peligrosa, por las circunstancias en que fueron liquidados. De otro lado, en
representación del Komintern, Vittorio Codovila me amenazó con “un
accidente... una riña... un episodio análogo al de las balas que abatieron a Julio
Antonio Mella, en una calle de México, o al del veneno que liquidó a la
comunista veneciana, Tina Modotti...”, si revelaba quién había sido el “ejecutor
de los altos designios socialistas”.
En otro aspecto de este testimonio, figuras sobresalientes de la deserción del
comunismo que como yo emprendieron la áspera vía de los renegados, criticaron
el pasaje del libro en el que cito la presencia en la “dacha” de los chinos, en las
inmediaciones de Peredelkino, de Mao Tse Tung. Se ha comprobado que Stalin
utilizaba “dobles” de figuras importantes del Komintern, para hacerlos actuar
como en un tinglado, de acuerdo con sus planes. En los días a que mi relato se
refiere, Stalin y el comando supremo del Komintern tenían serias dificultades
sobre las divergencias respecto del Frente Popular y la manera de trazar la
estrategia y la táctica de la lucha contra el hitlerismo.
Para mitigar la irritación de las discrepancias, entre el dogmatismo alemán y
la apertura francesa, Stalin quiso aparecer en el Kremlin en compañía del
supremo comandante de la Gran Marcha. El ulterior descubrimiento de la
superchería no afectaría el éxito inmediato de la maniobra de Stalin. Además de
que la entrañable concordancia sino-soviética debía prolongarse más allá de la
vida del “padre de los pueblos”.
Este libro fue acremente criticado por periodistas y escritores de izquierda, y
atacado por compañeros de viaje y críticos no comunistas, a causa del
enjuiciamiento que en él se hace de la persona de Stalin. Fui acusado de haber
incurrido en deformación y en sofisticación de la verdad, nada más para servir al
odio personal hacia la figura comunista que llenó la actividad de un tercio de
siglo de la política del Kremlin.
El célebre discurso pronunciado por Nikita Kruschev ante el Congreso del
Partido, como enjuiciamiento de la persona y de la obra del dictador, en el que
denunció los crímenes de Stalin, vino a probar que mi denuncia fue auténtica:
que mis acusaciones no solamente no estaban tocadas de falsedad, ni de
exageración, pero ni siquiera de leve apasionamiento.
* * *
Con esta décima edición sirvo al anhelo de prestar utilidad a la operación del
rescate y a la marcha del gran regreso de las naciones de América Latina de la
aventura socialista. Considero que estos pueblos, realizada una experiencia
desgarradora y dramática, están psicológica y políticamente maduros para el
retorno del viaje hacia el mito kennediano comunista. No en vano la frustración
ha cabalgado sobre el lomo de sus pueblos, con la brutalidad de los cuatro jinetes
del Apocalipsis.
El regreso que anuncio se ha operado ya en Santo Domingo y en Bolivia,
alcanza una altura gloriosa en Brasil, se impone en Uruguay y ha triunfado en
épica y decisiva lucha en Chile. Fue en Chile donde la teoría y la práctica del
Frente Popular triunfaron más activa y emocionadamente en 1938. Y es en Chile
donde, por la valerosa decisión de su pueblo, la atrevida empresa del comunismo
internacional se hunde por debajo del horizonte, como fracaso mundial del
comunismo.
Que este doloroso testimonio, extraído de la entraña de la realidad, sirva para
enriquecer la ideología del rescate y el retorno.
E. R.
México, 1974
LA GRAN ESTAFA
Bajo el signo de las dos rayas
1
Relampagueaba sobre los mismos cerros y llovía a raudales sobre la misma
plaza que, tres y media centurias atrás, habían servido de escenario al dramático
encuentro entre el último de los incas y el primero de los conquistadores del
Perú.
Tras su estridente prefacio de granizo —descargado con tamborileo de
fandanguillo sobre el zinc y sobre las tejas que formaban la techumbre de las
casas— el aguacero verberaba las piedras de los templos que los conquistadores
hicieron construir a los indígenas. Y, como el río al guijarro, el agua del cielo
pulía los rostros y los mantos de granito de los santos que, desde lo alto de sus
hornacinas, presidían impasibles la vida estancada de la ciudad.
Con abnegación aséptica, la lluvia aseaba las toscas piedras que
pavimentaban las calles; al correr por las acequias —que cortaban la calzada en
dos— las aguas arrastraban lodo, basuras, cadáveres de animalejos y, según las
pertinaces aserciones de tía Martina, de misiá Minquinca y de las maestras
Shocllas, se llevaban asimismo sarampiones, tifoideas, viruelas y hasta —y esto
lo decían siempre en voz queda, a causa de su fervoroso catolicismo— males de
ojo, brujerías y maleficios.
Cuando el sol, con su luminosidad reverberante en aquella altura, reaparecía
sobre los últimos goterones de lluvia, la ciudad olía a viruta fresca, a levadura, a
cuerpo desnudo salido del río, a vaharada de ternero hambriento o de potranca
acabada de nacer.
En las ciento veinte o ciento treinta manzanas de la ciudad, la vida vegetaba
lenta, mustia, sin agitación, como si todo lo que estaba animado de vida tuviese
sólo savia y nada de sangre. Todo aparecía reclinado sobre la calma tibia y tersa
de una quietud que incitaba a caminar sobre la punta de los pies. Las gentes
envejecían despacio, se morían sin prisa y, cuando se marchaban del vecindario,
se amputaban con sigilo, como evitando hacer ruido. Lo único que cambiaba
sobre la quietud de las personas eran las cosas: cambiaban el día y la noche; las
mañanas en que sí era domingo o no era domingo; las tardes en que llovía
torrencialmente o en que el milagro de una luz diáfana iluminaba los campos, las
cordilleras, los rostros de los hombres y las copas de los árboles. Aquella tierra
sin estaciones, húmeda, fresca y siempre en primavera, ofrecía muy escasas
variantes sobre el tema de su pacata quietud: o la luna iluminaba las calles, las
iglesias y los patios —y entonces los faroles estaban apagados— o la tiniebla
envolvía la tierra y, ante tal contingencia, el farolero recorría las calles con su
escalera al hombro, encendiendo y apagando las lámparas de kerosene que
ardían en las esquinas principales. O, como una gran fosa común, el río mostraba
su cauce hondo, maloliente y casi seco, que las mujerucas atravesaban
plegándose la basquiña como una bandera, o llegaba turbulento y parduzco,
arrastrando en sus aguas oscuras un perro o un hombre, una mujer o un carnero,
lo cual constituía rico tema para la facundia pueblerina.
La habituación era que en la ciudad no aconteciese nada; que todo
permaneciese como al margen del ritmo del mundo.
En la media docena de cuadras de la calle central, allí donde se expresaba la
más alta intensidad del pulso de aquel pueblo, el señor Chávarri estaba siempre,
todas las mañanas, a la puerta de su bar-salón Los Andes, montando guardia en
espera del amigo que, oficiando de parroquiano, sirviese de acompañante para
“cortar la mañana”. En su origen castizo, los bebedores se justificaban diciendo
“cortar el frío”; pero, para liberar la costumbre de los caprichos de la
temperatura, se remplazó “el frío” por “la mañana”. De este modo, pues, se
podían “cortar” todas las mañanas del año, independientemente del frío o del
calor, con cáusticas copas de aguardiente.
Desde muy temprano iban desembocando en la Plaza de Armas las piaras de
pollinos cargados de voluminosos haces de alfalfa, con su violento color de
esmeralda, con su olor a optimismo y a salud, con su vaho apetitoso que hacía
agua la boca de los caballos. Arreando las recuas, avanzaban cabizcaídos,
tímidos y trotones, los indígenas de piel acobrada, de cabello setáceo,
empringado y crecido sobre nuca y orejas. Siempre, con helada o con resolana,
iban cubiertos por amplios ponchos abarrados, de gruesas rayas multicolores, y
enfundados en negrísimos pantalones zarposos, que se desplegaban como
cortinas al lado exterior de las piernas, al llegar cerca de los tobillos. Toda su
vestimenta estaba hilada en rueca y tejida en telar manual.
Los pies de los recueros indígenas no habían conocido ni conocerían nunca
la opresión de los zapatos; exhibían una piel gruesa y rajada, como si
adoleciesen de elefancía: las rajaduras eran profundas, mugrientas, terrosas,
como surcos que penetrasen más adentro de la piel, en lo hondo de la carne. Y
las plantas de sus pies eran callosas y planas, cual si estuviesen fabricadas de
caucho blancuzco.
De vez en cuando, cada día, los gendarmes —a quienes la gente llamaba
“loros”— detenían algunos indígenas obligándoles a realizar gratuitamente la
limpieza de la casa del señor subprefecto, la del patio y del traspatio de la del
jefe de policía, de la caballeriza del señor capitán; a otros se les forzaba a
acarrear agua desde el pilón público, hasta colmar las tinajas de la casa de
comidas picantes de la amiga del señor comandante. Los indígenas imploraban,
resistían, lanzaban imprecatorias en lengua quechua y súplicas en castellano,
pero todo era en vano cuando la alfalfa, la leña o la paja no eran de propiedad de
alguno de los señores de la comarca. Los gendarmes mostraban siempre astucia
lancinante para zahoriar esto y evitarse ulteriores complicaciones.
Cada día, siempre que no fuese domingo, en las primeras horas de la
mañana, el señor Cerna abría su tienda de tocuyos, driles, libros y lápices de
colores, y acudía a la acequia que cruzaba el centro de la calzada, a lavar la lata
que otrora contuviera anilina alemana y que debía servirle de urinario durante la
jornada. Hacía ya muy largo rato que el ñato Dávila había cerrado su tienda que,
todos lo sabían, era casa de juego. Y un poco más tarde, el señor Esparza sacaba,
a grandes escobazos, la basura de su almacén hasta la acequia donde, un poco
más lejos, a horcajadas sobre ella, el chino Alejandro —muy estimado por
haberse hecho bautizar— lavaba cuidadosamente su apostillado bacín. Antes de
que El Público, el gran reloj de esfera negra y números dorados, empotrado en la
torre trunca de Santa Catalina diese las ocho campanadas, pasaban a la vera de la
pila de piedra de una sola pieza, de la Plaza de Armas, el gringo Capelli, rumbo
a la Casa Sattui y Fidel Zevallos Palmer, camino hacia el Colegio de San Ramón,
donde inspiraba pavor por la destreza y la complacencia con que manejaba su
palmeta sobre las palmas de los muchachos. A menudo se topaban con doña
Papalocro —a quien por el ritmo de su andar apodaban también La Bicicleta— y
cuya tempranera aparición obedecía a la búsqueda desesperada de clientes
indígenas, litigantes en los juzgados, a quienes ordeñaba de sus escasos
centavos, con pertinaz habilidad.
Cada mañana, en el fondo oscuro de los tendejones, entre sacos de pimienta,
orégano, ají y canela, aparecían las figuras esmirriadas del chino Wing Va Long
y del chino Ajén, y los ojillos cegajosos, ojos de condolencia perenne, del chino
Ojitos. Y cada mañana también, las mujeres que pasaban a oír las misas
tempraneras de San Francisco debían volver el rostro hacia el muro para evitar la
visión impúdica del Chino Loco que deshacía su lecho y se vestía con
parsimonia y displicencia, bajo el gran arco de piedra, ebrio de arabescos, de la
puerta lateral de la iglesia matriz.
Todo sucedía así, del mismo modo, un día y otro día; se reiteraba con tan
idéntica monotonía que el pueblo parecía estático; inmóvil como las volutas de
los caminos que azotaban las lomas, como los cactus, como los Andes. Alguna
tarde llegaban de sus haciendas los grandes propietarios de las tierras que
ejercían el señoreaje feudal en la comarca, escoltados por regimientos de
campesinos indígenas que conducían loas cargamentos de las cosechas en sus
propias acémilas, los animales de los patrones y los niños pequeños que no eran
capaces de cabalgar solos. Esto era un acontecimiento, pero se despejaba pronto,
pues las gentes del lugar parecían no quererle prestar atención. Y luego todo
quedaba igual, reviniéndose, inmovilizándose, como reanudando su sueño
milenario. Un sueño en cuya ánima ardía —cual fuego sagrado inextinguible—
el espíritu de un pasado augusto de historia y de leyenda: de historia que parecía
leyenda y de leyenda que parecía historia. Bajo la maravillosa luminosidad de su
campiña descansó para siempre el último de los incas, del imperio que naciera en
el Cuzco. En el lugar que ocupaba su Plaza de Armas, fue abatido para siempre
el más poderoso Estado imperial de América, cuando los treinta mil indígenas
del Ejército del Inca fueron arrollados por la más asombrosa y épica carga de
caballería de todos los tiempos, lanzada por ciento treinta jinetes, amparados por
culebrinas y por cruces, por arcabuces y clamores a Santiago. A cuatro
kilómetros de la ciudad de Cajamarca, en el corazón de la campiña
verdegueante, siempre humeaban los pozos de las aguas termales, de poderosa
radioactividad, donde tomara sus últimos baños Atahualpa y donde, rodeado de
la nobleza, celebrara su postrer ayuno; en uno de esos patios fue donde los
capitanes del Inca ofrecieran oro, en anchas bandejas, a los caballos de los
emisarios españoles, pensando que aquellos centauros masticaban metales y se
alimentaban de los más preciosos.
En medio de la miseria, del retraso, del putrescente estancamiento, parecía
que sobre la existencia y la conducta de la gente pasase, siempre tempestuoso, el
soplo de la herencia de Atahualpa y de Pizarro. Era como si todos los moradores
de Cajamarca se sintiesen descendientes de una casta de héroes; casta de
bastardos —bastardos fueron Atahualpa y Pizarro—, pero, sin duda, casta de
héroes.
Pizarro fue el hombre que, cercano a los sesenta años, hambriento, desnudo y
enfermo en la Isla del Gallo, se enfrentó al descontento rebelde de la gente que
comandaba, negándose a retornar a Panamá y abandonar su inmensa y
enloquecedora aventura. Fue la hora en que todos desertaban y volvían la
espalda al sur, cuando don Francisco avanzó un paso, desnudó su acero y sobre
la arena húmeda trazó una raya; y luego, con la espada en alto, cual un trágico
insigne sobre un escenario de epopeya, clamó: “Por el norte se va a Panamá a ser
pobres; por el sur, al Perú a ser ricos. Escoja, el que sea buen castellano, lo que
mejor le estuviere”.
El viejo sexagenario pasó la raya. Sólo trece le siguieron: los famosos trece
de la Isla del Gallo, y con ellos emprendió la hazaña de la conquista del imperio
de los incas. Y esto, que parece ser leyenda, fue historia. Y fue historia
legendaria también el hecho de que un día, por todos los caminos que partían de
Cajamarca hacia todos los puntos de la rosa de los vientos, llegaron millares de
llamas y decenas de millares de indígenas, cargados con todos los tesoros del
imperio, que debían servir para pagar a los conquistadores el precio del rescate
del Inca.
Como testimonio macizo de que aquello fue historia y no leyenda, estaba allí
—está todavía— el pétreo salón donde el inca Atahualpa estuvo prisionero; allí
donde, empinándose, extendiendo el brazo sobre su cabeza, trazó la otra raya: la
que marcaba el nivel hasta donde el vasto recinto se llenaría una vez de oro y dos
veces de plata, a condición de obtener su libertad.
Y parecía, en aquel entonces, como si los hombres y las mujeres se moviesen
dentro de una lentitud y un orgullo señoriales, que trataba de hacer rebrotar en la
pequeña y retrasada ciudad la flor encantada del medioevo español. Era como si
la existencia de esa sociedad pobre, hundida en el quietismo, enferma de
parálisis, jactabunda de su prosapia, se meciese lentamente entre aquellas dos
rayas de grandeza: la raya de Atahualpa y la raya de Pizarro.
Pero había etapas de agitación y de alboroto que pasaban con fugacidad. Era
cuando llovía y llegaba el río, pleno de agua turbia de banda a banda; la ocasión
en que, al arribo de algún regimiento, se desarrollaban alardes militares; o las
etapas en que las contiendas electorales encendían la beligerancia entre los
ciudadanos y las familias: esto es, cuando advenía lo que se denominaba “tiempo
de elecciones”.
Una de estas etapas vivía mi ciudad tranquila en los primeros meses del año
1904: las dos fuerzas políticas mayores del país, en aquel entonces, se
enfrentaban en el fragor de zarabandistas algazaras populares. Y los hombres,
precedidos por una nutrida y jubilosa vanguardia de chiquillos, salían en
manifestaciones de homenajes a sus candidatos. Las piedras de las callejas eran
golpeadas, en forma resonante, por los gruesos zapatos o por las sandalias de
cuero vacuno sin curtir, o acariciadas silenciosamente por los pies descalzos de
piel elefanciaca de los manifestantes, que recorrían la ciudad gritando y
disparando tiros:
—¡Viva Piérola... canejo!... ¡Viva...!
—¡Vivan los demócratas...!
Y las manifestaciones se desarrollaban arrastrando siempre una cauda de
jinetes, caballeros sobre míseros jamelgos: jamelgos de talla mezquina y de
huesos tan salientes que no parecían ser los descendientes de las famosos
caballos de los conquistadores, que llevaban en la sangre las herencias de
Babieca y Rocinante.
Los chicos de los otros barrios, siempre temerosos de aventurarse en las
calles del que no era el suyo, aprovechaban la ocasión incursionando impávidos
en el barrio suyo y en el otro; marchaban a la vanguardia de los manifestantes,
repiqueteando con alharaquienta unisonancia los guijarros que portaban, uno en
cada mano.
—¡Viva Pardo...! ¡Viva el civilismo...! ¡Viva el pierolismo...!
Eran días febriles, de zafarrancho y zalagarda. Se jugaba el triunfo de uno y
otro bando. Los grandes terratenientes estaban con el civilismo, en tanto que la
gente del pueblo era pierolista. Y el antagonismo ponía bríos y emoción en los
pobladores de todos los tamaños, reavivaba las viejas animosidades y los
rencores adormilados entre las familias. El pueblo entero estaba entonces
escindido en civilistas y demócratas, en pardistas y pierolistas.
Escampaba el aguacero —que había interrumpido las manifestaciones— y el
despeje del cielo permitió la formación de una nueva, mucho más alegre,
abigarrada y fraternal, que corría camino hacia el río.
—¡Ya llega el río... ya llega el río!, chillaban corriendo las mozuelas y los
muchachos, las mujeres cargando sus críos bajo el brazo, y los hombres que
salían de las chicherías. Y el caudal de las aguas llegaba en efecto, metiendo
ruido, repletando el cauce, acallando el vocerío de los que habían acudido a
presenciar el espectáculo. La llegada de las aguas del río, después de las grandes
lluvias, fue siempre incentivo de movilización popular y acontecimiento digno
de ser tomado en cuenta, aun en los días de batalla electoral.
En el patio de la casa, el sol tardecino secaba suavemente y muy despacio los
guijarros del pavimento: unos guijarros redondos y pulidos, semejantes a los
huevos de un ave grande. Sacudiendo su paraguas y la capa de su abrigo
Macfarlan, llegaba —como contando sus pasos—, alto, austero y apacible el
coronel. Sus bigotes rubios traían gotas de agua, lo mismo que los cristales
azulencos de sus anteojos; sonreía al ver la conmoción que su llegada causaba
entre la parvada infantil, constituida por una veintena de pequeños: hijos,
sobrinos y nietos. Rodeado por todos, ora tirando de las orejas a uno, de los
cabellos a otro, el coronel se encaminó a la biblioteca donde vino el reparto de
caramelos, galletas y cromos de banderas, toreros y personajes, que eran
obsequiados como propaganda dentro de los paquetes de cigarrillos.
Sentado en su gran sillón, el coronel se cambió los zapatos; desbandó a los
más pequeños, no sin antes hacerles unas cuantas y desesperantes cosquillas,
dejándolos sólo después que hubieron lanzado algunas palabrotas, lo que le
divertía como ninguna otra cosa. Al final sólo quedamos los mayores de seis o
siete años, en la estancia que olía a papel, a engrudo, a cuero y a cartón mojado.
Y cada uno trató de participar en el trabajo de encuadernación de los libros, tarea
que el coronel ejecutaba con excepcional pericia, dejándonos asombrados.
Ordenaba tipos de metal en una pequeña prensa que calentaba; grababa los
nombres de los autores y los títulos de las obras sobre el lomo de los volúmenes
a través de un papel dorado.
—¿Esto es una imprenta... verdad?
—Es muy pequeña, pero es imprenta..., ¡imprime!
—¿Y qué dice allí... qué dice...?
—Así hablaba Zaratustra... Federico Nietzsche...,
Las últimas palabras fueron recibidas con un salto general, que le hizo
estallar en una carcajada. Los manifestantes volvían a lanzar descargas,
disparando sus revólveres, esta vez a poca distancia del balcón. Nos serenó la
risa del coronel y el clamoreo que llegaba de la calle.
—¡Viva Piérola... Viva don Nicolás...!
—¡Por Cocharcas otra vez... Por Cocharcas... otra vez!
Salimos al balcón en tropel, para verles pasar; eran numerosos y los
acaudillaba mi padre; un muchacho que iba junto a él, llevaba una gran bandera;
detrás venían los hombres que clamaban:
—¡Viva el Califa...! ¡Viva Piérola...!
Lanzaban entusiastas vivas al coronel, a Cocharcas, a Cieneguilla, a los
montoneros del 95, y se fueron rumbo a la Plaza de Armas.
Aquel espectáculo nos dejó absortos y llenos de curiosidad.
Silencioso y sonriente, con la mano derecha hundida entre sus barbas
blancas, había entrado el abuelo. Alto, con su abundante y larga cabellera
blanquísima, con sus barbas fluviales amarillecidas por el humo del tabaco
silvestre con que él mismo fabricaba sus cigarrillos, el viejo avanzó con los ojos
abiertos y claros, como si efectivamente estuviese viendo, y fue, sin tanteo, a
sentarse en el ancho sillón que él llamaba “el Buen Quijarudo”, donde habituaba
reposar.
—¿Qué tal, papá? —preguntó el Coronel—. ¿Ha escuchado usted los
gritos?... Allí va su hijo, encabezando la manifestación.
—¡Claro! —dijo el viejo, dirigiendo sus ojos vidriosos, azules y sin vista
hacia un punto situado mucho más arriba del umbral de la puerta—. El dirige a
los manifestantes, mientras tú les haces decir palabrotas a los muchachos. Y es
que aquí quedan ya muy pocos demócratas de verdad; por eso, nada más van a
ganar los civilistas. Porque, esta vez, acuérdate de lo que te digo, la va a ganar
don José Pardo... El único pierolista que hay aquí es mi hijo...
Rió el coronel expresando:
—Pero usted habla, papá, como si no tuviese sino un solo hijo.
—Bueno —masculló el abuelo— tú puedes ser bien su padre; le llevas
veinticinco años al muchacho.
—Pero eso no tiene nada que hacer...
—¿Cómo no tiene nada que hacer...? —Y el abuelo se solivió en actitud
retadora—: él es más muchacho que tú y es el más valiente; él se juega entero; es
el que sabe dar la cara... ¿Tú... qué...? ¡Ah... que yo estuve en San Pablo, que yo
estuve en Cieneguilla, que yo estuve en Cocharcas, que entramos combatiendo
hasta la Plazuela de San Agustín! ¿Y qué...? Eso fue antes; la cuestión es ahora.
Llegó el juez, doctor Pérez Velázquez, gran amigo de la casa y cuya opinión
era siempre muy tomada en consideración. Después de los saludos, bromeando y
alegre, exclamó el juez:
—¡Aquí huelo la pólvora de la batalla de afuera!
—Sí... en esta casa —manifestó el coronel— siempre estamos disputando
para saber quién es más demócrata, quién es mejor pierolista, quién es el más
valiente montonero.
La biznieta del abuelo interrumpió, lanzando la pregunta que nos torturaba a
todos hacía rato:
—¿Qué es Piérola..., qué es don Nicolás..., quién es Pardo... cómo es
califa...? ¿Ah...?
—Adiós, adiós... —profirió el juez—, ahora sí que tenemos problema:
explicar a esta tribu de analfabetos toda la historia contemporánea.
En la puerta de la biblioteca surgió, retaca y morena, la figura de Rosarito, la
sirvienta que gozaba de los mejores privilegios del sistema patriarcal de la casa.
—Dice mi señorita que pasen a merendar...
Alguien quiso objetar, pero la muchacha insistió imperativa:
—Dice mi señorita que los platos están servidos y que se enfrían.
Salimos de la biblioteca, presididos por el abuelo, en momentos que llegaban
de la calle mi padre, tío Joaquín, Vicente, el Raico, y una media docena más de
los que habían capitaneado la manifestación demócrata.
—Que les arreglen una mesa —gritó desde el interior tía Adela.
Subió mi padre, soportando estoicamente la reprimenda que mi madre había
salido a darle en voz baja, sin que lo que ella le decía alterase su buen humor.
Nos abrazó, nos besó, me levantó en los brazos.
—¡Viva Piérola...! —disparó.
—¡Viva Piérola...! —respondimos todos los niños.
La biznieta del abuelo volvió a lloriquear y terminando en un puchero reiteró
con acento bitongo:
—¿Qué es Piérola...? ¡Papá Bishayo...!
El coronel la tomó en brazos, la llevó a la sala y, mostrándole en la penumbra
un retrato de grandes dimensiones, pendiente del muro, colocado en el centro del
painel, satisfizo a la chica:
—¡Aquí está...; éste es Piérola...!
—¡No... no...! —negó lloriqueando de nuevo—, me engañas; ese es mi papá
viejo... cuando veía.
Reímos todos, ya que sabíamos de memoria que aquel gran retrato, con
marco dorado y ornado por fajas de terciopelo blancas y rojas, era el de don
Nicolás de Piérola. Tenía una cariñosa dedicatoria, escrita de puño y letra de El
Califa, que el coronel hacía leer siempre con manifiesto orgullo.
Nos sentamos a la mesa y la conversación prosiguió sobre el mismo tema.
—Ha sido una gran manifestación —entró diciendo tía Adela— y su éxito se
debe a ti, a tu trabajo empeñoso.
Y con la palma de la mano golpeó cariñosa un lado de la ancha espalda de mi
padre.
—Él es el único verdadero demócrata que queda aqui —reiteró sardónico el
abuelo— ; los otros... pues estuvieron aquí y estuvieron allá; todo en tiempo
pasado..., dormidos bajo sus laureles.
—Así será —intervino airada mi madre—, pero ni El Califa, ni sus
montoneros, ni sus manifestaciones van a alimentar a sus hijos, ni les van a dar
educación, ni les van a regalar una carrera.
—¡Cada muchacho trae su pan bajo el brazo! —interrumpió mi padre riendo,
con el ánimo de quitar importancia a los razonamientos de mi madre, que él ya
conocía de memoria.
La discusión iba a encenderse cuando ingresó la pequeña, enfundada ya en
una gran camisa, preguntando, agudizando su tono bitongo:
—¿Piérola es el retrato grande del salón...?
—Piérola es la solución de nuestros problemas; es el hombre que necesita el
país —sentenció mi padre— ; el país tiene necesidad de un cambio y ese cambio
es Piérola.
La chiquilla fue retirada del comedor, mientras mi madre increpaba en tono
agrio:
—El mejor cambio es trabajar por sus hijos, hacer dinero para ellos y no
dejarlos en la miseria.
—Soy joven y sano —puntualizó, abonanzado, mi padre— y en todo caso, si
el país es próspero y rico, pues ellos encontrarán camino, se lo abrirán con
facilidad.
—¿Y tú crees que Piérola...? —insinuó el juez, limpiándose la boca con la
servilleta.
Mi padre, con el bocado entre las mandíbulas, no pudo responder a la
insinuación. El coronel habló, como pensando en voz alta:
—Si ganásemos ahora, el país daría un gran paso adelante, no lo dudes; pero,
temo mucho que vamos a perder, vamos a soportar una derrota, quizás definitiva.
Esto no es montonera; no estamos en Cocharcas, ni hemos movilizado las
fuerzas del 95. Estas son elecciones con prefectos, subprefectos, alcaldes y
presidentes de mesa cavilistas, y mayores contribuyentes civilistas. Quizás los
demócratas vamos a ganar en una u otra parte; pero me parece que Piérola va a
ser barrido.
Se hizo un hondo silencio, que mi padre rompió:
—Piérola es el más popular; los demócratas somos la mayoría efectiva del
país. Si nos roban la elección —amenazó fanfarronamente—, habrá que levantar
las montoneras como el 95...
—Lo que hay que levantar es un porvenir para los hijos —altercó mi madre
—, algo para darles un mañana.
—Pero si aquí no se puede trabajar —contendió mi padre, recogiendo las
pertinaces alusiones de mi madre— ; ninguno de estos cochinos latifundistas es
capaz de hacerse empresario de algo. Hundidos en la pereza y en la mugre,
mantienen inmensas extensiones de tierras improductivas; no son capaces de
abrir un canal, de construir un camino, de traer una máquina. Son cretinos y son
mezquinos; incapaces de explotar la tierra como se debe, están dedicados a
explotar a los míseros e infelices indios. Su única aspiración —añadió con
tesitura áspera en la voz— es convertirnos a todos en indios...
—¿Y qué es lo que quieres..., qué pides? —interrogó con suavidad el juez.
—¿Quieres que te obsequien una casa? —interrogó mi madre con sarcasmo
—. ¿Que te regalen alguna de sus haciendas?
—No se trata de hacer burla de lo que es trágico —proclamó mi padre con
gravedad— ; nadie pide obsequio, ni siquiera servicio. Se pide simplemente que
trabajen y dejen trabajar; que hagan producir las tierras que heredaron; que las
hagan laborar y que no las tengan año tras año “descansando”; que no asfixien a
este pueblo; que no sean como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer.
Que tengan, por los demonios, dos dedos de frente para emplear la rueda y la
carreta, en vez del lomo del indio. En fin... se les pide muy poco, demasiado
poco.
Iba a replicar algo áspero mi madre, pero el abuelo intervino:
—Tiene razón; en este pueblo hay unas cuantas docenas de ociosos que
recibieron la tierra como “encomienda” y que no hacen nada con ella. Ni
siquiera disfrutan, porque vegetan en el pringor, arrancando miserables piltrafas
a los pobres indios. Ni siquiera saben darse buena vida; no entienden de
semillas, ni de abonos, ni de animales finos, ni de vacas lecheras. Son infelices
incapaces de hacerse ricos y de producir; mientras este pobre pueblo nace en el
suelo, come en el suelo, pare en el suelo, defeca en el suelo y muere en el suelo...
Sí, ¡qué caramba!, como una triste bestia carcomida por la mugre, la sarna y la
carroña.
Se calló el viejo y nadie habló una palabra. Sobre la mesa pasó un silencio
largo, que subrayó su imprecación.
—Allí están —remarcó tía Adela, que se había detenido tras la silla del juez,
con una fuente en alto—, como el viejo Revoredo, dueño de una hacienda tan
grande como la provincia, envuelto en su poncho haraposo, oliendo a llama y a
orines, y pasándose los días limpiando las papas con escobilla.
—Es que el pobre viejo está medio tocado —insinuó el juez, como
suplicando— ; es un enfermo.
—Sí, parece que está enfermo —dijo el coronel—, pero los otros, los que
están sanos, no viven ni se comportan mejor; muchos de ellos se largan a vivir
sin hacer nada, sin mejorar lo que tienen, sin producir. Y quienes pagan las
consecuencias son las gentes que viven aquí y que no encuentran qué hacer, ni
en qué emplear su tiempo, ni en qué trabajar. Yo no sé qué es peor en estos
latifundistas, si su inepcia o su parasitismo; hay que ver cómo hacen producir la
tierra en la costa.
—Estos —increpó mi madre con acrimonia—, los Cacho, el cholo Simón,
doña Paula Iturbe, todos, caminan a caballo una semana seguida sin salir de sus
propias tierras, y en su casa no tienen un mal baño; la suciedad les cocina vivos;
la mugre les sale por entre el cuello almidonado; la avaricia les lleva a no comer
un plátano, por no arrojar la cáscara. Y creo que no se acuestan, por no darse el
trabajo de desvestirse. Todo lo que obtienen quieren sacarlo de la piel de los
cholos.
—Pero esos no son solamente los civilistas —insinuó con intención el juez—
; hay pierolistas ardientes. Los Puga, nada menos, que se jactan de poseer una
hacienda que puede ser el territorio de un pequeño estado europeo, ¿qué
producen? Algunas arrobas de hojas de coca, para que los indios, y también los
que no son indios, se imbecilicen más aún. Eso es todo.
Las palabras del juez tuvieron efecto sedativo; la intención con que las
cargara había dado en el blanco.
Mi padre bebía un sorbo de café y el abuelo escanciaba su vino.
—Hay que ser buen cristiano —sentenció mi madre— ; no hay que codiciar
los bienes ajenos. A quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga; ellos tienen
sus haciendas, porque se las ha dado Dios.
—¡Vaya... vaya...! —contendió, burlándose tía Adela— ; Dios lo envía a uno
al mundo hasta sin pelo; mucho menos lo va a enviar con hacienda.
—¡Desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo tornaré al seno de la
tierra! —declamó el abuelo, como si rezara.
El abuelo y el coronel se pusieron de pie y todos les siguieron.
—Así que hemos tenido un día agitado, con truenos, relámpagos, granizo,
balazos y hasta heridos —dijo el juez, descargando palmadas cariñosas sobre el
hombro de mi padre.
—¿A quién han herido? —preguntó el abuelo.
—Dicen que al hijo de la Jarra de Oro. La bala le atravesó una canilla. Hay
otros contusos; golpes de palo y de puño. Yo los he visto. Nada grave —expuso
mi padre con displicencia—, nada de cuidado.
—Paños de árnica y unas frotaciones de trementina... —recetó riendo el
coronel.
Avanzamos a la sala oscura, atiborrada de muebles antiguos, con su gruesa
alfombra tejida por los indígenas y emanando un olor denso a tiempo. La
rancidez flotaba en el aire y parecía salir de las flores de los paineles del
empapelado, desprenderse de las cortinas, escaparse de los caireles de las arañas
de cristal o fluir de las fundas de los sofás, que evocaban la idea de sudarios.
Aquella noche, la sala se abría en homenaje a la presencia del juez.
—¿Y mañana no se podrá ir a misa de cuatro —sugirió con aspereza mi
madre— a causa de estos niños pierolistas...?
—¿Y por qué va usted a las cuatro de la mañana y no va a las ocho? —
indagó acentuando la intención el coronel.
—Comete la iniquidad —añadió con animosidad tía Adela— de hacer salir
de la cama a los niños a esa hora y de llevarlos a la iglesia, obligándoles a
hincarse durante toda la misa sobre los ladrillos húmedos y helados de la iglesia.
Un día de estos los va a traer con una pulmonía.
Mi madre se había irritado; estaba visiblemente colérica.
—Usted, señorita —increpó a su cuñada—, no comprende estas cosas. Al
Señor le agrada que lleguemos a Él por medio de la mortificación. Asistir a misa
de cuatro es imponerse una mortificación que resulta agradable a Dios.
—Pero, los niños... —sugirió el abuelo.
—La mortificación, señor, es mucho más agradable al cielo —replicó mi
madre, como si repitiese algo grabado indeleblemente en su cerebro—, si ella es
realizada por inocentes.
—Me parece que ese mismo pensamiento o algo muy semejante fue el que
tuvo Herodes —sugirió el juez riendo y provocando una risa general, que
encolerizó más aún a mi madre.
—La prueba de que esta mortificación es grata al Señor —controvirtió sin
referirse a nadie— es que mis niños son los más sanos de todos; mientras todos
los demás se resfrían y enferman, los míos están sanitos. Y eso es obra del Señor.
Y diciendo esto golpeó tres veces la cubierta de madera con los nudillos de
los dedos.
—Esa es la buena herencia —exclamó gozosamente el abuelo— ; es la buena
madera de los que llegamos enteros a los noventa...
Dulcificando el tono y como queriendo hacer olvidar su cáustica alusión a
Herodes, el juez insinuó a mi madre:
—Mañana puede ir con los niños a misa, después de las ocho; hasta les
servirá de distracción que les haga usted oír la misa cantada de nueve. Tocará el
órgano el padre Arcelai y el coro cantará una misa de Juan Sebastián Bach.
Además, a esas horas, pierolistas y civilistas estarán durmiendo.
Irguiéndose en todo lo diminuta que era, mi madre se levantó expresando con
seca cortesía.
—¡Con permiso...! Y dirigiéndose a nosotros... —Niños, ya está bien; hemos
tenido hasta política hoy; vamos a la cama.
Afuera, en los corredores de la casa, en medio del crepúsculo, la bandada de
primos, sobrinos, chicos del barrio y pequeños sirvientes, enarbolaban una
escoba con furtivo alborozo y repetía la voz de la calle:
—¡Viva Piérola...! ¡Por Cocharcas, otra vez...! ¡Por Cocharcas, otra vez...!
¡Arriba los montoneros...!
—Todo ha sido así y seguirá igual —murmuraba el abuelo, con la mirada en
tinieblas de sus ojos apagados puesta en la lejanía—. Este país es demasiado
duro, excesivamente difícil; tiene la riqueza enterrada en una entraña de piedra.
—El país necesita un cambio y ese cambio es Piérola —reiteraba
tozudamente mi padre.
—Está bien, los muchachos quieren cambiarlo todo —sentenció lenta y
suavemente el abuelo, mientras el coronel sonreía, limpiando los cristales de sus
anteojos con el pañuelo—. Y lo que vale en los muchachos como tú es la fe. Sí,
hijo, la fe.
—Y la fe mueve las montañas —recitó el juez— y lo que piden los milagros
es fe y juventud. El tiene las dos cosas.
Mi madre nos había organizado y nos condujo al dormitorio. A través de la
ventana entraba la fiesta luminosa del poniente. De rodillas ante las imágenes
repetía, sin pensar en las palabras que pronunciaba, los padrenuestros, las
avemarías, las jaculatorias. Mi alma estaba ebria de aquel maravilloso
crepúsculo que imaginaba una montonera comandada por El Califa en persona.
Me encantaba, hasta la voluptuosidad física, la palabra Califa y aquel crepúsculo
encelajado y moribundo.
Misa en si menor
2
Mi padre y mi madre me querían entrañablemente, cada uno a su manera y
según su temperamento, y cada uno para finalidades distintas. Siempre sentí
sobre mi vida el orgullo fruitivo que mi padre y mi madre pusieron en mí.
Escuchaba decir a mi padre que haría una gran fortuna y que me enviaría a un
colegio en Europa; mi madre, por su parte, sin osar proclamarlo ante mi padre ni
ante la familia, soñaba con que yo fuese un fraile franciscano, y laboraba con
tenacidad y paciencia por introducirme esta idea en la cabeza y hacérmela grata
al espíritu.
Jamás fui a una escuela primaria y mi madre fue mi primer maestro, por
decisión irrevocable y pertinaz, que mi padre no pudo ni supo contrarrestar.
Siendo niño, no tuve otros amigos que mis numerosos primos y sobrinos de mi
edad. Mis recuerdos primeros son los de las parábolas del Nuevo Testamento
aprendidas de memoria con sorprendente fidelidad. Asombraba a todos,
recitando con admirable precisión “El rico avariento” y “El publicano y el
fariseo”, “El deudor de los diez denarios”, “El hijo pródigo”, y el diálogo entre
Jesús y la samaritana a la orilla del pozo de Jacob. Me solazaba en el perdón de
los pecados de la adúltera y en la batalla contra los mercaderes del templo, y,
emocionado hasta las lágrimas, repetía las frases de “El sermón de la montaña”.
Tras los Cuatro evangelios, mi madre me hizo ingresar en ese laberinto cargado
de sensualidad, de sugerencias oscuras y de pasiones tempestuosas, que es el
Antiguo Testamento. Y conocí a Jehová, siempre irritado y enviando a sus
profetas, unos tras otros, a proferir amenazas contra el pueblo elegido y a ser
apedreados.
Mi padre no estaba de acuerdo con esta orientación unilateralmente religiosa,
que mi madre imponía a mis lecturas. El traía libros laicos, que se empeñaba en
que yo leyera: Episodios nacionales de la guerra del Pacífico; Historia de la
conquista del Perú, que culminaba con la ejecución del Inca en Cajamarca; un
libro de geografía, donde se afirmaba que la Tierra es redonda y que giraba
alrededor del Sol; decía también el libro que, por haber afirmado estas verdades,
la Iglesia había quemado a Giordano Bruno y había forzado a una retractación
humillante a Galileo.
—¿Cómo es posible que se le hagan saber esas cosas al niño? —imploraba
mi madre, amenazando, al mismo tiempo, con la incineración de ese libro hereje.
—Los niños deben saberlo todo y cuanto más pronto mejor.
Pero con eso lo único que se hace es crearle un conflicto; el pobrecito no
sabrá qué pensar, volvía a implorar mi madre.
—Vivir es ya haberse metido en un conflicto —replicaba con calma, pero
con firmeza, mi padre— y lo que hay que enseñarle al niño es a no temer los
conflictos y a resolverlos con el corazón sereno.
No obstante que mi madre era impermeable a toda disuasión relativa a su
deseo de eclesiastizarme y de alejarme de todo lo profano, por un anhelo
inequívoco de ostentación, y con sigiloso propósito de convertirse en el centro
de los comentarios familiares, me torturaba durante largas horas, obligándome a
aprender de memoria, sin que faltase una palabra, los discursos de don Nicolás
de Piérola, que luego repetía en el salón del coronel, ante una entusiasmada
concurrencia de fervorosos demócratas, quienes, después de Dios, creían en la
santidad milagrera y en el talento genial del Califa.
Hubo escasa fantasía en mi infancia, o quizás sea mejor decir que ella tuvo
esencia y aparecer místicos: fue ascética, teológica, poblada por trascendencias
que se movían en catacumbas y Tebaidas.
Mis padres tenían sentidos antagónicos de la vida, no obstante que se querían
y se llevaban muy bien.
—El único camino de felicidad es el que pasa por el Huerto de los Olivos —
sentenciaba mi madre, con menuda constancia de breviario—, porque la
verdadera felicidad no consiste en ganar el mundo, sino en salvar su alma, y
salvarla es sacrificarse.
—La felicidad —alegaba mi padre— consiste en vivir en paz consigo
mismo, en no traicionar la propia conciencia.
En las controversias domésticas ganaba siempre mi madre ante mí, por la
carga de emoción y de pasión que ponía en todo. Mi padre perdía, porque se
burlaba; no daba importancia a lo que la tenía para mí.
Complicó mucho mi infancia la dificultad para definir el pecado. Lo cual se
agravó desde el día en que fui castigado, por lo que llamé más tarde el pecado
del circo. Mi padre me llevó al circo trashumante una buena noche: acróbatas
que me juntaban todos los nervios como un ovillo en la boca del estómago,
animales que sólo había visto dibujados, payasos impúdicos, que decían y hacían
bigardías.
Al regreso fui sancionado, como avance a cuenta del castigo que me
aguardaba en el purgatorio y quizás en el infierno. Ala mañana siguiente debí
rezar credos y el “Yo, pecador...”, con aquello de “mi grandísima culpa”... Desde
entonces, los circos han tenido para mí la tentadora voluptuosidad del pecado y
la angustiada alegría de lo pecaminoso. Los payasos quedaron sellados por la
marca de Mephisto. Y, por último, a todo esto hube de asociar la penitencia que
mi madre me impuso y que consistió en aprender de memoria el soneto de autor
anónimo, que algunos atribuyen a Santa Teresa de Jesús: “No me mueve, mi
Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido...”.
Una mañana asoleada, transido por el fetichismo de aquella diafanidad tersa,
en la que todo se mostraba inmóvil, con todas las potencias del espíritu bañadas
en una maravillada sinfonía de color, que llegaba de las colinas cercanas y de los
sembradíos de las lomas circundantes, fui conducido, con una cinta blanca en el
brazo y un largo cirio en la mano, a la iglesia de San Francisco, para hacer la
primera comunión y al mismo tiempo para asistir por primera vez a escuchar una
misa cantada. Ambos acontecimientos se fundieron en un recuerdo inolvidable.
El altar mayor estaba engalanado y en los candelabros ardían docenas de gruesos
cirios; el retablo estaba asimismo pletórico de velas, que ardían con sus llamas
inmóviles, como si fuesen plegarias llenas de angustia, transfundidas de un pesar
inacabable: tal era su elevación en punta y su inmovilidad hierática.
Hundido en el arrobamiento místico de la comunión, vi salir a los frailes
revestidos con albas almidonadas y anchurosas, con casullas refulgentes en
gualda y rojo, con manípulos que coruscaban bajo las luces, como si sus
lentejuelas fuesen piedras preciosas, con dalmáticas amplias que parecían
encendidas en la gloria misma del paraíso. Una rueda empotrada en el muro
giraba haciendo sonar decenas de campanillas, mientras el órgano lanzaba por
sus flautas una melodía angélica. Un fraile joven, con enorme tonsura y cerquillo
circular en torno de la cabeza, llevaba en sus manos la cruz alta, adornada con
una especie de faldellín ampuloso y bordado de oro y plata; a los lados de la
cruz, dos frailes, casi niños, llevaban dos largos ciriales de plata maciza, con sus
gruesos cirios encendidos y llameantes. Y, en el medio, precediendo a los tres
sacerdotes que marchaban revestidos con amplias capas de coro, con bordados y
adornos que aprisionaban la luz de los cirios, marchaba el fraile alto, cenceño, de
rostro afilado y pálido, que manejaba el incensario con una maestría que me
parecía muy superior a la que exhibieran los acróbatas en el circo.
El órgano inició la Misa en si menor de Juan Sebastián Bach, lo que llegué a
saber sólo muchos años más tarde. Las voces de los frailes se alzaron bajo la
nave de piedra y estalló, plena y gloriosa, la liturgia creada para hacer entrever al
creyente las puertas de la Jerusalén celestial. En estas misas cantadas el fervor
místico se asienta sobre el fundamento basilar de las sensaciones: la visión
teatral del grandioso espectáculo; los sacerdotes revestidos; los diáconos al lado
de la epístola con sus ornamentos sagrados; el facistol, que parecía hecho de un
encaje de madera; los movimientos lentos y amplios de los oficiantes; el
decorado austero, bajo los arcos de piedra, con la luz tenue filtrada a través de
los vitrales; el tabernáculo, la custodia, la exposición del Santísimo Sacramento.
Todo esto se fundía armoniosamente en la música de Bach con el humo del
incienso, y el perfume de la vainilla y de las yerbas aromáticas, que se quemaban
en los pebeteros de plata labrada. Aquella misa cantada tenía, sin duda, un
embrujo que atraía, que seducía, que invitaba al sacrificio y a la entrega, que
convocaba a hacerse fraile de San Francisco. Y mi madre gozaba infinitamente,
asistiendo a esta sutil y encantadora captación.
Cuatro niños y una sola miseria
3
En la lucha electoral habían ganado los civilistas, derrotando a los
demócratas. De esta episódica contingencia se derivaron acontecimientos
trascendentales para la existencia y destino familiares. Empecé a comprender
que algo se había derrumbado o se estaba derrumbando en nuestro hogar. Mi
padre, habitualmente bondadoso, alegre, pletórico de buen humor, se tornó
huraño y callado; muchas veces, cuando llegaba a casa y nos besaba, le veía los
ojos llenos de lágrimas, y en la mesa, donde fue siempre un incansable
conversador, comía sin decir una palabra.
Mi madre enfervorizaba sus devociones; nos hacía levantar más de
madrugada, de seguro para que la mortificación fuese más grata a los ojos del
Señor, nos conducía a las misas de San Francisco y lloraba mientras rezaba sus
plegarias.
Un día nos dieron la noticia de que mudábamos de domicilio; iríamos a
ocupar sólo un par de habitaciones en la casa en construcción que tenía el
coronel. Ya no se podían pagar arriendos y se iniciaba el remate a vil precio de
los objetos de plata que mi madre estimaba tanto, de su capa de pieles y de la
gran cama de metal de dos plazas, con su alta y labrada corona de bronce, que
había presidido nuestros nacimientos y nuestra primera infancia.
La situación era clara y dura; habían perdido los demócratas; los pierolistas
eran perseguidos como conspiradores y montoneros y el nuevo régimen les
negaba la sal y el agua. Mi padre debía renunciar para siempre a su aspiración de
ser incorporando al Ejército con el grado de sargento mayor, que había
conquistado en la acción de las montoneras del 95 y ulteriormente.
En la nueva casa, en un rincón del gran patio donde se acumulaban los
materiales de la construcción, mi padre instaló un alero bajo el cual ubicó el
banco de cerrajero, mecánico y tornero. Desde allí empezó a hacer frente a la
derrota de los demócratas y al porvenir con su perspectiva de boca de lobo.
La ciudad, con su vida cataléptica, no daba ni trabajo ni pan a quien debía
vivir en su labor. La tierra de aquella comarca era fértil, pero el sistema era
estéril; era una tierra encrespada, hirsuta en su aislamiento, sin caminos, sin
amarras con el mundo, cuyo movimiento pasaba de largo por el mar y por la
costa. Tierra encantada y maravillosa, madre de un ambiente de pesadumbre que
aplastaba al hombre, que se adhería a él como una mortaja de cuero mojado,
constriñéndole los músculos, la piel, los huesos, hasta volverlo polvo y lodo de
polvo...
El milagro gayo y reverberante de la naturaleza acentuaba con áspera rudeza
el contraste con la miseria, el abatimiento, la opacidad de las gentes. Era una
naturaleza brillante, dentro de la cual se movían seres opacos; era un mundo
alegre, en el que chapoteaban individuos desaristados y tristes.
—Aquí es imposible hacer nada —rezongaba más y más a menudo mi padre
— ; aquí no hay otro porvenir que el de amanecer un día con musgo en la cabeza
y con yerbas sobre la barriga.
Y se paseaba a lo largo de la habitación, haciendo resonar los tacones sobre
el enladrillado y deteniéndose de tiempo en tiempo frente al muro revocado de
cal, con el rostro contraído, con los músculos en tensión, como si un agudo dolor
íntimo le estuviese castigando por dentro.
Más adelante, un nuevo tema se fue apoderando de las conversaciones en la
mesa, o por la noche, cuando imaginaban que los niños dormíamos. A veces no
comprendía bien todo lo que hablaban, pero captaba intensamente la infinita
amargura que estaba cayendo sobre ellos, como un incesante y copioso aguacero.
—¡Cuatro niños y una sola miseria... —decía él.
—El Señor no ha de abandonarnos, porque Él no abandona nunca a sus
criaturas —replicaba ella, mientras mi padre recibía la frase con una especie de
bufido, en el que podía estar disfrazada una burla o una blasfemia.
—No... no puede ser, no pueden hundirse —exclamaba él con desesperación.
—Los lirios del campo no tejen y los pájaros del cielo no siembran —repetía
mi madre como en un rezo— ; hay que confiar en la Providencia.
—Por desgracia, los niños no son ni lirios, ni pájaros. Hay que pensar que a
Dios rogando y con el mazo dando.
—Eso sí... es claro —auspiciaba presurosa mi madre— ¡Ayúdate, que el
Señor te ayudará...!
Y así, en cada anochecer me ganaba la curiosidad y el espanto de escuchar lo
que hablaban, de sentir su angustia, de dejarme agarrotar por su pesadumbre, de
sorber su mismo miedo frente al porvenir, de hacerme estrujar por el mismo
terror a la miseria que les estaba acorralando a ellos.
En el día, delante de nosotros, las conversaciones no eran muy alegres, pero
estaban podadas de amargura, mondadas de toda especie de terror o
desesperación.
A las narraciones sobre la montonera y la entrada en Cocharcas, a la
celebración de los combates heroicos y de las entradas triunfales, sucedieron las
conversaciones de sobremesa sobre el sueño mágico de Eldorado, sobre las
riquezas fabulosas de El Canelo. El hogar se pobló de visiones maravillosas. En
la selva amazónica no sólo había infieles a quienes ganar para la fe de Cristo,
sino también leyendas que eran historia e historias que eran leyenda: caucho,
maderas preciosas, lavaderos de oro, más caucho, yerbas milagrosas, bosques sin
linderos y ríos que se juntaban en creciente hermanazgo, para formar el río más
grande del mundo, y más caucho, un alud de caucho, que salía por los ríos de la
selva hacia las factorías de Europa y de los Estados Unidos.
El poblazo placible y abúlico se vio invadido por la fiebre embrujadora y
envolvente de la selva; el hálito caliente de la manigua llegó hasta la ciudad
serraniega; la visión encantada de la riqueza fabulosa la seducía, la obsesionaba,
la hacía soñar. Cada tarde llegaba una noticia más fantástica que la anterior: el
hijo de la Chabelita, aquella lavandera renga que se dolía sin pena ya, pero sin
fatiga, de la muerte de su marido, había regresado al pueblo rico, después de tres
años de trabajo como cauchero en el Napo. Don Sergio, que había partido sin un
céntimo cuatro años atrás, regresaba del Putumayo a comprar una farmacia y a
establecer un comercio floreciente. Y, entre todos, Napoleón Gil se había hecho
millonario con el caucho, con el añil, con los sombreros de paja tejidos a mano,
en especial aquellos que eran tejidos dentro del agua, para que no se quebrase la
paja, y a la luz de la luna, para que no la amarilleciese el reverbero del sol.
A toda esta leyenda sugestiva y seductora se venía a unir la razón patriótica:
toda la selva estaba en disputa; en cada río había que arrebatar los jirones del
territorio que pretendían absorber, había que disputar el patrimonio nacional,
mejor dicho, formarlo, no palmo a palmo, sino kilómetro a kilómetro.
Y mi padre fue poseído y arrebatado por la fiebre del caucho, por el
sortilegio de la selva: y el Amazonas, el Purús y el Acre, como un abismo, le
llamaron, le obsesionaron y le atrajeron.
Una mañana, en el desayuno, dijo seria y bruscamente:
—Me voy a la selva...
—¡Jesús, María y José...! —exclamó mi madre—. ¿Y qué va a ser de
nosotros...?
—El porvenir no se encuentra en medio de la acequia —ratificó él, sonriendo
con tristeza—, hay que salir a buscarlo y buscarlo, no donde uno quiere, sino
donde esté... ¡Hay que salir a buscarlo —añadió suspirando—, hay que salir!
Mi madre lloró, nos juntó a los cuatro bajo sus brazos, como hacen las
gallinas con sus pollos, y clamó entre sollozos que nos quedaríamos sin padre, lo
que nos hizo llorar a los tres: las dos pequeñas no podían darse cuenta de nada.
Avancé hacia mi padre, le abracé las piernas y supliqué:
—¡No te vayas, quédate con tus hijitos...! ¿Cómo vamos a quedarnos
solos...?
Es la primera de las dos veces en que le vi llorar; humedeció mi cabeza con
sus lágrimas, me besó tiernamente y, después de secarse los ojos, marchó a la
calle para no regresar durante todo el día.
La idea de su partida fue penetrando lenta, pero intensamente, en nuestra
vida; se incorporó a todos los pensamientos y actividades del hogar y se asentó
entre nosotros, como lo inexorable. En los primeros días llorábamos a cada rato;
después nos habíamos resignado ya y comenzamos a prepararle la partida. Él
estaba cada día más resuelto: se marcharía al Amazonas, al Putumayo, al Purús,
al Acre. Se haría cauchero; amasaría una fortuna.
Eran los días dorados del auge del caucho silvestre en la hoya amazónica,
cuando el automóvil invadía las calles de las metrópolis y los caminos del
mundo, en la primera década del siglo. Cada planta de caucho obsequiada por la
naturaleza en el desierto verde era un puñado de libras de oro, que el más osado
podía empuñar.
—Soy fuerte y sano —faranduleaba abotargado de suficiencia— ; estoy
pisando los treinta años; tengo salud de potro..., me compraré una canoa...
—Pero ¿con qué la vas a comprar...? —sollozaba, suplicante, mi madre,
como tratando de volverlo a la realidad.
—A última hora la haré con mis manos —se erguía mi padre hundiéndose
más en su gran sueño— ; sí, claro que la haré yo mismo, con estas manos. ¿Qué
me falta? —preguntaba— ¿No la fabricaron acaso Francisco Orellana y un
puñado de audaces? Y esto hace trescientos años... ¿Por qué no se ha de hacer lo
mismo ahora...? ¿Qué me falta a mí que el traidor Orellana no tuviese?
—¡Padre! —interrogué— ¿Quién fue el traidor Orellana?
—¡Ah, hijo...! ¡Fue uno de esos españoles que se las traía! Un tío más
valiente y más hombre que ya quisiéramos tenerlos. La leyenda hablaba de los
reinos de El Dorado y de El Canelo, y los españoles se lanzaron allá en su busca.
Salieron de Quito y entraron en la selva virgen; aquello fue horrendo. A las
orillas del río Napo, en plena selva, construyeron una embarcación de madera y
en ella se embarcaron don Francisco Orellana y sus hombres.
—¡Qué fantástico...! —dije.
—¿Fantástico eh?... ¿Parece un cuento, no? —preguntó entusiasmado como
si él fuese uno de los que estuvo embarcado en aquel barquito. Orellana dejó que
le arrastrase la corriente del Napo y así llegó al río Amazonas. El bravo español,
capitán de aquella minúscula y grandiosa expedición, se lanzó hacia la corriente
del río más grande del mundo y se dejó llevar hasta el Océano Atlántico...
—¿En aquel barquito tan chiquito...?
—Sí, en ése; en ese barco, que era un cascarón, descubrió la corriente de
agua más grande de la tierra.
—¿Y después...?
—Y de allí mismo se fue a España, a dar cuenta de su descubrimiento, y sus
compañeros, los que habían quedado esperándole a las orillas del río Napo, muy
arriba, le llamaron el traidor Orellana, una especie de cuervo del diluvio.
—¡Ah... yo sé... yo sé...; se fue y no volvió...!
—Eso es; y sus compañeros le acusaron de haberlos traicionado, de haberse
marchado en aquella barca con la misión de buscar víveres y de no haber
regresado trayéndolos.
—Padre —interrogué— ¿y tú harás como Orellana? ¿Te irás hasta el Océano
Atlántico...?
—No, no tendré ya para qué ir hasta el Atlántico; la fortuna no está allá; está
en los ríos; en el Putumayo, en el Acre, en el Purús, en toda la selva cubierta de
cauchales. ¡Caucho... —repetía— caucho, más caucho...!
Y se paseaba nervioso, hablando y hablando, como si pensase en voz alta;
como si, más que persuadirnos a nosotros, quisiese convencerse él de que tenía
dentro el suficiente valor para acometer la empresa. Hablaba como aquellos
niños que silban en la oscuridad, para apaciguar su miedo.
—Acaso yo, con todo lo que sé hacer —continuaba en tono exclamatorio—
¿no voy a ser capaz de hacer lo que tres siglos atrás hicieron Lope de Aguirre, el
rebelde, el Príncipe de Eldorado, y todos aquellos españoles que fueron a parar a
Venezuela...? ¡No... no! Lo que hace uno lo puede hacer otro... Por último, la
selva no se come a la gente; lo que devora es la quietud de este pueblo, donde no
se puede hacer nada. Aquí no es posible ganarse la vida; menos todavía hacer
porvenir para los hijos.
Y se callaba, hundía el mentón en el pecho, cruzaba los brazos y, hundido ya
en un par de botas enormes, seguramente soñaba. Soñaba con la gran aventura
que la selva ofrece en cada boscaje, con la rica posibilidad que estaba
aguardando en el recodo de cada río, con el puñado de libras de oro que
guardaba en su tronco cada árbol de caucho. Y se ratificaba en él la decisión
tomada. Sus últimos pasos resonaban con dolor ya en la casa que estaba
consumiendo la pobreza; se paseaba de un lado a otro sobre el enladrillado de la
habitación durante horas seguidas, sin cansarse; yo le miraba fijamente por
lapsos larguísimos: él me sonreía dulcemente y, a veces, ocultaba sus ojos de mí.
Aquel hombre grandote, con unos puños tan grandes como mi cabeza, con
espaldas de gigante, me alborotaba el cabello, me zamarreaba, tomándome por
los dos hombros, y me decía, oprimiéndome contra su pecho:
—¡Tú serás un hombrecito...! ¡Ya lo veo... ya lo veo...! ¡Y velarás por tu
madre y por tus hermanitos...!
Yo sentía como algo que me estrangulaba, que me retorcía el estómago como
un trapo mojado, que era como un gran miedo. El comenzaba a mostrar un rostro
bañado por esa serenidad que surge después de haber obtenido una gran victoria
interior. Esa serenidad yo la sentía, pero no alcanzaba a comprenderla entonces.
Llegó el día que temíamos y sus horas llegaron como las que preceden a la
ejecución. Por la noche, mi padre hizo ingresar al patio, atravesando la
habitación que nos servía de dormitorio, la mula en la que debía partir. Desde mi
cama, por entre las sábanas, contemplé los ojos verdosos, relucientes, del animal,
un tanto asustado al atravesar la pieza a oscuras. Los cascos herrados sonaron
sobre los ladrillos y aquellas pisadas golpeaban sobre mi corazón. Tenía pavor.
Me hundí entre la ropa de cama y sentí que todo el cuerpo se me humedecía de
miedo; sí, era de miedo a que aquel hombre no regresara nunca más.
El viajero creyó que todos dormíamos y hablaba en voz baja, dando sus
últimas instrucciones a mi madre. Dijo de lo inmenso del amor por sus hijos, de
su esperanza de hacerse rico, de volver pronto, de educarnos muy bien y de
darnos una profesión a cada uno.
No sé cuánto ni cómo dormiría aquella noche. Me desperté sobresaltado y vi
sobre mis ojos el rostro cadavérico de mi madre.
—¡Ven —ordenó— despídete de tu padre...!
Y él estaba allí, de pie, calzado con grandes botas, inmenso, blanco como la
cal de la pared, con los labios resecos, y los ojos enrojecidos y tumescentes. Su
chaqueta de cuero olía a piel curtida.
Lo abracé con frenesí; sentí sobre mí su vigoroso abrazo, con sus largas y
anchas manos sobre mí cuerpo enclenque; sentí sus lágrimas calientes sobre mi
cabeza y, como un sacudimiento de la tierra, el tremendo movimiento de su
pecho al sollozar. Este abrazo —que fue el último— me dio la medida de toda la
adoración que mi padre tenía por mí; lloré desesperadamente y, entre las
lágrimas, vi de nuevo los ojos verdes, fascinantes, infernales, de la mula que era
sacada a la calle. Y aspiré el fuerte olor del cuero de su chaqueta, que se hizo
penetrante.
—¡No te vayas... no te vayas...! Pero ¿qué va a ser de tus hijitos...? —grité.
—¡Cállate... cállate, por Dios...! —dijo besándome y llorando— ; volveré
pronto; ruega a Dios que vuelva pronto.
—¡Jesús, María y José! —dijo mi madre santiguándose. Y puso en mis
manos la cruz que había comprado, para que yo se la diese a mi padre en el
momento de su partida.
El inclinó la cabeza, le coloqué el cabestrillo, del que pendía una pequeña
cruz de metal, en torno al cuello, y la imagen de Cristo crucificado quedó
colgando muy arriba de su pecho. Me besó de nuevo, empapándome en
lágrimas, se metió la cruz dentro de la chaqueta y se desprendió de mí; abrazó,
uno a uno, a todos los que habían acudido a despedirle; cuando abrazaba y
besaba a mi madre, el reloj de Santa Catalina tocaba las cuatro de la mañana. Me
lanzó un beso con la mano, salió a la calle, montó en la mula; y los cascos
herrados lanzaron una resonancia metálica sobre las piedras del pavimento.
—¡Padre... no te vayas...! ¿Qué va a ser de mí sin padre...?
La puerta había quedado abierta de par en par, dejando que entrase en la
habitación un viento frío y una alborada gris negruzca.
Los que habían venido a despedirlo parloteaban en la calle como en un
mercado. Yo aguzaba mi oído, captando sólo el ruido de los cascos herrados de
la mula, hasta que no se oyó más. Sólo percibía el olor típico de la chaqueta de
cuero.
Y sentí que comenzaba una vida distinta para mí. ¡Me había quedado sin
padre...!
* * *
Diminuta, ágil, seco ya el llanto, mi madre despertó a mi hermano nos vistió
con presteza, nos chapuzó en el barreño de agua helada y nos puso en la calle,
rumbo a la iglesia de San Francisco.
—¡Vamos a rezar por el caminante...! —expresó con voz ronca. Tomó de la
mano a mi hermano menor y me hizo marchar delante. Los ojos verdes y
brillantes de la mula estaban delante de mí como una visión demoniaca; al llegar
a la iglesia, caí de bruces por una mala pisada; me magullé el codo, las rodillas,
la cara, y recibí algún pellizco por mi torpeza.
La iglesia estaba solitaria y con muy pocas luces; nos arrodillamos; desde la
sacristía salía el fraile viejo, cargado de espaldas, con una casulla morada,
llevando en las manos un cáliz y una patena. Celebró la misa en la capilla de la
Virgen de los Dolores, en el altar de la Virgen del Perpetuo Socorro, a cuya
advocación encargó ni madre la suerte del caminante.
Cuando el sol brillaba radiante, cuando una fiesta de luz caía sobre el valle y
sobre la ciudad, volvimos a casa. En la calzada de piedras muy burdas, muy
cerca de la puerta, quedaba un montón de estiércol de la mula. Volví a
encontrarme con aquellos ojos verdes, enormes, fascinantes, y al ingresar a la
habitación de la despedida me sobrecogió la olfacción de la piel curtida.
Y mi vida comenzó su primer día sin padre.
Quedamos solos: mi madre, yo, que era el mayor, y mis tres hermanos
menores, José Manuel, Leonor y Ana María. Anita sólo tenía unos meses de
nacida, y ese pequeño grupo de gente acurrucada en la sombra, gimoteando y
rezando, me hacía pensar en aquel otro que agonizaba en el barquichuelo, sobre
la inmensidad del Amazonas, comandado por el traidor Orellana.
¡Nunca hubo para mí personaje más fantástico; un héroe de cuento para
niños!
Y yo fundía en una sola visión épica a mi padre y a don Francisco Orellana.
Batalla contra la miseria
4
Las hermanas de mi padre nos visitaban un día sí y otro también; nos traían
obsequios que, con el transcurso de las semanas, fueron haciéndose más raros y
menos importantes, hasta que su presencia en nuestra casa se fue espaciando por
crecientes intervalos. Era como si el tiempo trajese consigo el decremento de la
compasión por el dolor ajeno. Las relaciones familiares regresaron a su antigua
temperia, sobre todo cuando empezaron a llegar las cartas del viajero.
Todo marchaba bien para él; estaba ganando dinero en los pueblos del
trayecto, donde se detenía para reparar las armas de fuego malogradas o
descompuestas, que en aquellas regiones eran instrumentos tan preciosos como
la vida. Como en los poblados que cruzaba no había mecánicos, encontraba
muchas armas defectuosas y máquinas de coser que no funcionaban, con cuya
reparación aseguraba la obtención de muy buen dinero, lo cual inspiraba
optimismo, esperanza y buenaventura.
Todos estaban de acuerdo en que el viaje había sido un acierto; aseguraban
que era un hombre a quien estaba agolletando el pobre ambiente serraniego y
vegetante. ¡En tanto que en la selva...!
En nuestro hogar, la pobreza se convertía, lenta, dura y decorosa, en miseria
escueta. Los pocos muebles antiguos que se habían salvado de esta quiebra
fueron cuantiados y vendidos en sumas míseras. El par de habitaciones de la casa
quedaron en exceso grandes para las camas en las que dormíamos y para un
menaje demasiado reducido y pobre, y que, al final, fue lo único que quedó; todo
estuvo rematado de mala manera, cuando recibimos la carta en la que mi padre
anunciaba su internación en las selvas del río Purús.
Mi madre asumió con vigorosa decisión directriz el arrumbamiento, el
criterio y el sentido de lo que fue mi formación infantil. Los santos padres
invadieron la casa. En la biblioteca del coronel, en el convento de los
franciscanos, en un viejo arcón claveteado, que había pertenecido al cura
Dositeo Villanueva, mi madre obtuvo gruesos volúmenes impresos en arcaicos
caracteres, con capítulos inaugurados por preciosas letras mayúsculas. Penetré
en la lectura yuxtalineal de la patrística, conocí a Orígenes y a Tertuliano, y me
hice enemigo de Martín Lutero y de los heresiarcas. Ingresé —sin captar y sin
entenderlo todo— en la Ciudad de Dios, del gran padre San Agustín, en la
Summa de Santo Tomás de Aquino, en el Libro de los Jueces, en los profetas
mayores y en los profetas menores, en el sensualismo del Cantar de los cantares
y en la desencantada tristeza del Eclesiastés.
De los profetas, Isaías ejerció una honda influencia en mi formación: sus
imprecaciones airadas contra la injusticia, su grito herido contra el egoísmo, su
defensa de la viuda y del huérfano, sus vaticinios sobre lo que vendría de
acuerdo con la voluntad encolerizada de Jehová, encontraban simpatía más
honda que los lamentos de Jeremías, los clamores de Ezequías o los fervores
incandescentes de Eliseo. Sentía vibrar la pasión del profeta cuando exclamaba:
—“Jehová dice: y llegará el día en que sólo los que siembren el grano
cosecharán el trigo, sólo los que amasen la harina comerán el pan...”.
Mi mente era un hervidero teológico, mi imaginación un torbellino místico,
poblado por profetas a quienes arrebataba el ruego del cielo o a quienes
lapidaban los mercaderes y fariseos; por mártires que bebían plomo hirviendo o
que bajaban a la arena del circo a enfrentar las fieras, o que eran decapitados por
los procónsules, caminando luego con la cabeza entre las manos, como Dionisio
Areopagita. Mi mundo era el de los cenobitas cuyos incensarios eran encendidos
por carbones ardientes que caían del cielo; el de Simeón Estilita, viviendo
cuarenta años solitario sobre una columna; el de Ignacio de Loyola, fundando
una falange en la que cada hombre debía obedecer como un cadáver; el de
Francisco de Asís, traspasado por las llagas de Cristo. Y en medio de este mundo
grandioso, tétrico, austero y tocado de majestad, la figura magnífica de Jesús,
arquetipo humano superior, el más alto ejemplo que imitar.
Mi madre amaba al Cristo del Calvario, del Vía Crucis, del Huerto de
Getsemaní; se complacía con verdadero deleite en la pasión, en las siete
palabras, en la noche en casa de Caifás, en la presencia ante Poncio Pilatos. Yo
amaba, sobre todo, al Jesús de Betania, en casa de Marta y María; al Jesús que se
ríe de Pedro, cuando éste le pide que le salve de morir ahogado; al que se sienta
a las orillas de los caminos a decir parábolas maravillosas, al que sube a la
montaña a pronunciar aquella oración conmovedora, el más bello y humano
discurso del hombre. Mi Jesús era quizás más pagano que el de mi madre; el de
ella era más divino; el mío, más humano.
Y aquí estaba la raíz de las discusiones que manteníamos entre lectura y
lectura.
Mientras tanto, la pobreza se descarnaba y se hacía miseria.
Por aquellos días aconteció lo que mi madre llamó una demostración
palmaria de la bondad de la Divina Providencia. Llegó a la ciudad un regimiento
de soldados, cuyo arribo fue recibido por las gentes con dos versiones
completamente adversativas. Aseveraban unos que esto era mejor, pues los
soldados gastarían algún dinero, lo mismo que los oficiales, y que aquello se
traduciría en algún movimiento comercial. Aseguraban otros que lo único que
harían estos soldados sería arramblar con todo: los huevos, los pollos, la carne y
las lechugas. Las discusiones sobre tal tema se hacían interminables en los
hogares y en el mercado.
Para nuestro hogar, la llegada del regimiento aportó una posibilidad. La ropa
de los soldados era lavada y planchada por cuenta del Gobierno; y un día llegó la
coja Nicida, una mujer canija con el pie equino, parlanchina y bondadosa, que
amaba el aguardiente con amor vergonzante y que se mostraba condolida de la
situación de mi madre. Ofreció la posibilidad de planchar la ropa de los soldados
del regimiento; pagarían veinte centavos por docena de piezas.
La habitación se llenó de grandes fardos con uniformes; el corredor fue
invadido por sacos de carbón y nuestra vida fue traspasada por el duro trabajo de
planchar toda aquella ropa burda, que olía a potasa, a desinfectante y a jabón
negro.
Pronto quedó organizado el trabajo.
Muy de mañana, yo llenaba las planchas de hierro con trozos de carbón que
era necesario romper cuidadosamente para no hacer cisco y desperdiciar el
combustible. Cuando ya mi madre había humedecido suficiente número de
uniformes, yo encendía los carbones en el interior de las planchas y avivaba el
fuego, agitando con ritmo rápido y sostenido los aventadores de paja que
fabricaban allí los indígenas. Sobre un cajón, más allá de las planchas,
descansaba, como sobre un atril, el grueso libro que iba leyendo en voz alta. Mi
madre tomaba las planchas, una tras otra, las acercaba a su cara fresca, probaba
su grado de calor pasando el dedo humedecido en saliva por la superficie lisa y,
escogiendo una, iniciaba la áspera y fatigante tarea.
Sentado o de hinojos en el suelo, daba aire a las planchas hasta sentir dolor
en el omoplato. Horas después, miraba a aquella mujer que me parecía la
encarnación del cansancio resignado. Los dedos largos y finos se crispaban sobre
los trapos del asa recalentada; a veces juntaba una mano sobre la otra para dar
mayor presión y los brazos se ponían tensos. Ante mis ojos sobresalía uno de sus
hombros; puntiagudo, anguloso, deforme. El brazo tenso, como el del náufrago
asido al borde del bote salvavidas; la espalda curvada, juntándose con la línea
del cuello, que se derrumbaba hacia la cabeza: una cabeza agachada, vencida con
el mechón de pelo húmedo sobre la frente mojada, con el cuello
desmesuradamente extendido y bañado de sudor, con la nuca estirada, cual si un
verdugo le estuviese presionando la cabeza hacia adelante, para descargar el tajo.
El sudor bajaba por el mentón, por el labio superior, por la frente, por todos los
poros y goteaba sobre los burdos uniformes.
A veces, ella se detenía, colocaba la plancha sobre un ladrillo, aspiraba con
fuerza, sonreía y se secaba el sudor. Me miraba con sus ojos miopes y
enrojecidos, y volvía a comenzar. Y ante mis ojos se difuminaba, como en una
pesadilla, aquel hombro en triángulo, que se alzaba agudamente sobre todo el
cuerpo, como un puntiagudo montículo de carne destrozada, macerada, exangüe,
que se estaba ofreciendo en silencioso sacrificio al Señor.
Cuando las planchas estaban calientes, me hacía leer la hagiografía del santo
del día, seguida de la epístola y del evangelio correspondientes, en unos libros
impresos en un tipo de letra menudo, de estilo monótono y afectadamente
devoto, rico en bondadosas calificaciones para los santos, para sus pensamientos,
para sus acciones, para sus vidas y sus martirios. El enfriamiento de las planchas
proporcionaba un momentáneo descanso y me permitía suspender la lectura, a
veces en el episodio en que el mártir iba a beber plomo hirviendo, o en el que
pedía le diesen vuelta en la parrilla donde se tostaba, o en el que la santa iba a
ser trozada en dos por una sierra.
Soplaba sobre los carbones encendidos, poseído por piedad impregnada de
un inmenso de ternura y compasión por aquellos mártires, al mismo tiempo que
por una indignación sin límites contra sus perseguidores y sus verdugos. Las
palabras procónsul, emperador o centurión, se hicieron para mí símbolos de
crueldad y de horror.
—Pero... —interrogaba— ¿por qué Dios consentía que se hiciese todo esto a
los santos..., a quienes defendían precisamente su doctrina y su fe...?
Porque la sangre de los mártires —me replicaba— es semilla de cristianos;
porque el dolor purifica el alma y la presenta inmaculada ante el Señor; porque
hay que sufrir para ganar la gloria.
—Cristo debió morir para redimir a los hombres, pero ya los mártires no iban
a redimir a nadie.
—No digas Cristo —increpaba mi madre, a quien siempre enfadaban estas
discusiones a las que yo era tan adicto— ; di Nuestro Señor Jesucristo y sigue
leyendo...; basta..., sigue leyendo.
Y recomenzaba la lectura.
—No tan rápido —ordenaba, imperativa y dura— más despacio.
El dinero que el planchado proporcionaba servía para volver a adquirir
carbón y aventadores, y siempre quedaban algunos centavos para la comida. El
hombro me dolía por la noche, como consecuencia del movimiento que por el
día diera al soplador.
No decía nada, ni me quejaba, comprendiendo lúcidamente que si yo no
soplaba las planchas no habría manera de que se hiciese el planchado. Y ella
¿acaso no estaría soportando dolor en aquel hombro puntiagudo...?
Las cartas del viajero arribaban cada vez más distantes. La última tenía seis
meses y venía fechada en el alto Purús. Como se había propuesto, tenía una
lancha, sacaba jebe, pero el transporte tenía que soportar penurias tan grandes
como las que afligieron a Orellana y, lo peor, la ley de la selva imponía defender
a tiros los árboles de caucho, los manchales de caucho y, sobre todo, las canoas
cargadas de caucho. Los brasileros disputaban a los peruanos, más que el
territorio, los productos arrancados tras ruda labor. Él escribía que tenía el deber
de resistir y de defender la frontera, junto con su caucho...
—Siempre, toda su vida —comentaba mi madre— tu padre fue un quijote;
nada sacará de defender las fronteras, ni de pelear con los brasileros. Nadie se lo
va a agradecer nunca. Lo que debe hacer es trabajar para él y para sus hijos. Pero
—añadía con tristeza— él ha sido siempre así; le gusta meterse en lo que no le
importa; así fue con los montoneros, se metió con los demócratas y perdió hasta
la camisa, y se quedó en la calle, y ni siquiera se lo agradecieron. Ahora ha ido a
meterse con los brasileros.
El abuelo venía todas las tardes, llenando la habitación con el olor de su
tabaco y las migajas de sus bizcochos. Su presencia me libraba durante algunas
horas de la lectura, dejándome tan sólo el trabajo de avivar el fuego de las
planchas. Su conversación era agradable y graciosa; refería muchas anécdotas,
recordaba cosas y hechos antiguos, y hablaba con gran entusiasmo de don Felipe
Santiago Salaverry, aunque le hacía el cargo de haber sido muy cruel.
—¿Quién es Salaverry, abuelito? —preguntaba con curiosidad.
—Ya no es —elucidaba riendo—, porque hace mucho que lo tronaron. Fue
un guerrero de la Independencia, que ingresó al ejército a los catorce años. Se
batió contra los españoles en Junín y en Ayacucho, y tuvo el valor de enfrentarse
a Bolívar, que nunca trató bien a los peruanos. ¡La época es de los muchachos!,
decía Salaverry, y antes de los treinta años se había hecho Presidente de la
República por la fuerza. ¡Todo un militarote...!
El viejo parpadeaba, como si recordase, y seguía narrando:
—Dicen que, siendo coronel, don Felipe tenía de ordenanza a un indio
llamado Cantalicio; indio viejo, que le quería mucho y que le había seguido
mucho tiempo, participando en numerosas batallas. Mientras el indio le lustraba
las botas, don Felipe Santiago dicen que se miraba en el espejo y proclamaba
muy orondo:
—Me han hecho coronel y yo haré lo demás. Soy joven, soy buen mozo, soy
temido y soy valiente. ¡Qué me falta, Cantalicio...? ¿Qué me falta...?
—Y dicen —proseguía el abuelo— que el cholo Cantalicio le respondía: “Ti
falta juicio, puis, me coronel, ti falta juicio...”.
Y el abuelo reía con nosotros, preguntaba por la hora y se quejaba de sentir
frío. Conocía de memoria cada una de las piedras de la calzada, hasta hacer
pensar que en la mente le tenía un nombre a cada una. Venía de la casa del
coronel a la nuestra, sin apoyarse siquiera en el bastón, caminando erguido, sin
tropezar una sola vez. Sabía quién se encontraba a la puerta de cada casa; para
todos tenía un saludo amable y familiar, en el que iba intercalada siempre una
frase humorística, una palabra cruda, o unos versos hechos por él que hacían
exclamar escandalizadas a las mujerucas:
—Pero, señor viejito, a sus años, diciendo esas cosas...
—¡Qué viejito! —decía el viejo sonriendo— ; ¡el hombre tiene la edad que
tienen sus piernas...! ¡Viejos son los caminos y los que tienen que estar
empollando como gallina clueca...!
Alguna vez su visita me liberaba como a un pájaro enjaulado. Me enviaba a
comprarle tabaco para los cigarrillos que iba a torcer o bizcocho para la botella
de leche que traía. Hacíamos sopas en las tazas de leche, y él y nosotros
comíamos aquello, encontrándolo delicioso. Charlaba incansable y se entretenía
en apartar las migajas del bizcocho sobre el mantel, para comérselas una a una.
—Parece usted un pollo picoteando, señor... —apuntaba mi madre.
Seré ya más bien un gallo sin espolones, hija... —disentía él— ; este gallo
que no canta porque va a cumplir cien años...
Y reía contento, festejado por nosotros.
Algunas veces preguntaba por mi padre; se hacía leer una y otra vez las
cartas recibidas meses atrás. Evocaba los días de la infancia del hijo ausente,
recordaba sus defectos de pronunciación, sus bribonadas, sus vandálicas hazañas
de muchacho consentido. De repente, el pobre viejo se echaba a llorar, las venas
azulencas se les engrosaban sobre la amplia frente asolanada, y las lágrimas
caían sobre el abundante copo de sus barbas blanquísimas manchadas de
amarillo por el tabaco.
—Dios lo ha llevado por aquellos ríos —recitaba— y Dios lo tiene que
devolver a sus hijos; su misericordia no puede fallar... ¡no!
Nos daba la bendición con frases bellísimas, que me emocionaban; se
despedía llamándonos churumbeles, y regresaba a la casa del coronel, dejándose
llevar de la mano por mí; el viejo era alto y fuerte; yo era raquítico y pequeño.
Se tomaba de mí, repitiendo: “a barco viejo, bordingas nuevas”, y tomábamos la
calle conversando. Me encantaba la manera que tenía de burlarse de todo y me
reía hasta no poder más, cuando recitaba las cuartetas en las que se mofaba de
mis tías, de mi madre, de la señora costurera, del sirviente que le registraba los
bolsillos, y hasta del propio coronel. El viejo entretenía su oscuridad visiva
haciendo versos picarescos, abellacados, que yo aprendí con rapidez pasmosa,
pero que mi madre me tenía terminantemente vedado repetir, porque aseguraba
que lo que en el abuelo era chacota en un niño se volvía pecado.
Lo esencial de Darwin
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Estábamos ya en el umbral de la escasez de lo más necesario, cuando, como
aseverara mi madre “el Señor se acordó de sus criaturas”. Un día fue a la casa
del coronel y regresó, contra su costumbre, entrada ya la noche. Traía los ojos
tumefactos de haber llorado, pero estaba extrañamente alegre.
—¡Nos vamos...! —exclamó con una tesitura juvenil en la voz— ; nos
vamos, hijitos... ¡Ya no te fatigarás —me dijo con ternura— soplando las
planchas; no plancharemos más la ropa de los soldados! ¡Es un milagro; mañana
iremos a dar gracias a la Virgen!
La habían nombrado maestra de escuela, con treinta soles mensuales de
sueldo; y debíamos partir a Matara, una aldea tranquila, recostada en un
recoveco cualquiera de los Andes. Una mañana fresca y alegre, los caballos y los
borricos se agruparon a la puerta de nuestra vivienda. Vinieron las tías a
despedirnos. Los indios cargaron las cosas y aseguraron a mis hermanos
pequeños en las acémilas, nos ayudaron a subir a nuestras cabalgaduras a mi
madre y a mí, y salimos de la ciudad. Me decepcioné al no encontrar “las puertas
de la ciudad” que tantas veces menciona la Biblia; deploré que Cajamarca no
estuviese a la par con Nínive, Sidón de Tiro o Babilonia.
Matara era una aldea chata y hospitalaria, donde el sol caía como una gloria
sobre las gentes y los pastos. Su iglesuca, con un pobre campanario manchado
atrozmente por la lluvia, se alzaba en la placita, tapizada por espeso césped
silvestre. Las mujerucas se alborotaron a nuestro arribo, mostrándose efusivas y
habladoras; las alumnas, que iban desde los seis hasta quizás los veinte años,
miraban a distancia, entre respetuosas y asustadas.
Era un apacible pueblo de campesinos mestizos; no habitaba en la aldea un
solo indígena; tenían los rostros asolanados, pero los pómulos, la forma de la
nariz, la ausencia de befedad en los labios, certificaban la ascendencia hispana y
la cepa ancestral de los conquistadores. La gran mayoría de los aldeanos eran
arrendatarios, en categoría de siervos, de las tierras de los latifundistas que
detentaban el señoreaje absoluto de la comarca. Los señores les entregaban
pequeñas extensiones de terreno para el cultivo y les permitían apacentar sus
rebaños en los prados silvestres de las haciendas. Los campesinos, por esto,
quedaban obligados a pagar un terrazgo en dinero, a entregar al señor una parte
de la cosecha y, además, a prestar, ellos y sus hijos, servicios personales
gratuitos en todos los trabajos para los que los patrones o sus administradores y
mayorales les requiriesen.
Los dos mil habitantes del tranquilo poblazo vivían en casas de adobe, con
pisos de tierra natural y techos de teja; me llamó la atención que las puertas
carecían de cerraduras y casi todas las habitaciones de ventanas; solo en la casa
del señor cura y en la del maestro se usaban quinqués a kerosene, como el que
nos alumbraba por las noches en la escuela. Aun las personas más cultivadas de
la aldea achacaban todas sus enfermedades al maleficio, a la brujería y al mal de
ojo; no tenían otra diversión que la embriaguez de los domingos por la tarde, ni
otro porvenir que un hueco en la tierra, bajo el pasto o bajo los sauces. Vivían
bajo el terror de que su cosecha se perdiese por culpa de los aguaceros o de las
heladas; de que el hacendado exigiese una parte mayor de grano que el que
correspondía, o de que el santo patrón, San Lorenzo, olvidase enviar a tiempo las
lluvias que necesitaban, en su oportunidad, los sembradíos. Daba una
desgarrante lástima verles trabajar tan duro para vivir tan mal; y, lo peor de todo,
que aquella forma de vida no parecía un episodio, sino que se presentaba como
un destino.
Las vidas de los hijos de los campesinos carecían de perspectiva y de
mañana: era como si estuviese escrito que el último día sería idéntico al primero;
era como tantas veces lo había gritado mi padre; todo sucedía sobre el suelo
pelado, como rezaba la sentencia del abuelo. ¡Era verdad... era cierto...! ¡La vida
me lo probaba con visiones tristes y patentes!
El sueño de los muchachos era “huir al valle” o “juirse a la costa” —como
ellos decían—, a trabajar en las plantaciones de caña y en los ingenios de azúcar.
—Allá te pagan tu plata cada sábado, según las tareas —aseveraban
entusiasmados—, y te dan ración de carne. Aquí... ¿qué...? Trabajas de sol a sol
y al final de la semana te apuntan seis rayas por los seis días en los libros de la
hacienda...; o si quieren, pues nada más que cuatro, y aunque hayas trabajado,
quedas debiendo dos..., y te vuelves para tu casa con una mano atrás y otra
delante. ¡Qué laya de patrones éstos, que no sirven para nada...!
Y en efecto, no servían para nada: sus feudos eran pobres, empleaban en
ellos las mismas formas de producir que las que trajeran los españoles; ellos,
después de cuatro siglos, no habían dado un paso adelante. En sus grandes
casonas de barro enjalbegado se alumbraban con velas, no empleaban la rueda
para nada, ni aplicaban la tracción animal; no conocían los servicios higiénicos,
se bañaban como los Luises de Francia, y vivían en el atraso y en la mugre.
Odiaban el valle azucarero, la mina, el pozo petrolero; se quejaban de la
corrupción y de la mala enseñanza que significaban para los mozalbetes
campesinos el darles dinero, el pagarles jornal.
Los mayorales que venían al pueblo conversaban que en la costa les daban a
los muchachos dinero contante y sonante. Y que, después, al regresar al pueblo y
a la hacienda, los mozos ya no saludaban diciendo como antes “amito”...,
“taitito”..., “patroncito”..., sino que decían, en seco, ¡señor...! Y añadían que el
que se quitaba el sombrero para saludar al patrón ya no se quedaba con él en la
mano, como antes, sino que se lo ponía luego. Y que eso estaba muy mal, porque
en esas tierras el hacendado era el representante de Dios. Y concluían que lo más
malo de todo, lo que más enojaba a los señores, era que esos subversores,
cuando el patrón o el mayoral les señalaban alguna faena, o les daban algún
quehacer, pues araban con los dos ojos, calculaban con miradas de tasadores y
preguntaban... como nunca, jamás, se habían atrevido a hacerlo:
—Bueno... ¿y cuánto es que va a pagar el señor...?
Y los mayorales, golpeando, con el puño de plata de su fusta de cuero
trenzado, las costras de barro de sus botas zarposas, redecían que todo eso estaba
muy mal; que los patrones de la costa no debían proceder como lo hacían.
—¡No hay cosa peor —subrayaban, gravedosos como hacendados— que los
muchachos se “juyan” para la costa...! Se vuelve de allá con muchas mañas.
—Todos tenemos la obligación de trabajar, pero nadie está obligado a
trabajar de balde —refutaba don Antonio, el maestro de la escuela, que se reunía
siempre a tomar copas con los mayorales y con los padres de sus alumnos.
—Eso será, pues, en la costa —alegaban los mayorales—, pero lo que es
aquí siempre fue de la mesma manera: los patrones dan la tierra, los
arrendatarios tienen que pagar, trabajar para el señor y dar una parte de la
cosecha. Así fue siempre y así será...
Comprobé a menudo que todas las simpatías, no expresadas de los aldeanos,
eran para don Antonio, quien llegaba a lanzar la aserción, cuando había bebido
algo más, que calificaba a los hacendados de ¡explotadores y ladrones...!
Fue así como mi ingreso en aquel pueblecillo luminoso y rural constituyó en
realidad mi ingreso al mundo, mi paso conectivo con la vida; en su ambiente salí
del estrecho contorno familiar y empecé a aprender, a conocer y a entrar en la
vida de las gentes, por primera vez; Matara fue la escuela primaria de mi
existencia y fue además la escuela en la que me cultivé enseñando a las chicas.
Mi madre poseyó siempre una rica inteligencia y un vigoroso poder de
razonamiento, pero que no venían de la instrucción; sus más altos conocimientos
eran teológicos, no los de la escuela primaria; por lo cual debí enfrascarme en la
lectura y en el desciframiento de los textos de enseñanza que había traído
conmigo. Aprendí así, solo, a explicar las fases de la luna, el proceso de las
estaciones, los secretos de la división de números enteros y de la decimalización
de los quebrados: penetré, de asombro en asombro, en un verdadero país de las
maravillas. Y poco tiempo después, la escuela funcionaba con gran progreso de
las chicas, bajo mi comando y dirección, sin que fuese obstáculo que las alumnas
me llevasen muchos años de edad.
Los tiempos de siembra eran tristes, al contrario de los de cosecha, que eran
de estruendosa zarabanda en las parvas, pobladas de alaridos, pletóricos de
comidas, bebidas, hermanazgo humano y de una bulliciosa zalagarda. Acudían
gentes de toda edad y de todo el contorno a prestar ayuda en la colecta del grano,
la que era recompensada con un obsequio mayor o menor, según la tarea
realizada. A las eras llegaba también infaltablemente el primiciero, o sea el
negociante que había adquirido del señor cura el derecho de percibir los diezmos
de la Iglesia, y que los cobraba del modo más abundante que le era posible.
La fiesta religiosa mayor del pueblo era la del santo patrón San Lorenzo, el
día 10 de agosto, que coincidía precisamente con las cosechas. Aquél día era
glorioso; el pueblo aumentaba en nueve a diez veces su población. Las gentes
acampaban allí donde les tomaba el cansancio; las puertas permanecían abiertas
día y noche, y los músicos venidos de los más diversos pueblos soplaban
infatigables y entusiastas sus instrumentos, hasta que la embriaguez los
silenciaba. Los mozos del pueblo salían a las calles en grupos de danzantes,
disfrazados con trajes de la época colonial: pantalones cortos ajustados al muslo,
chaquetas largas, con cuellos muy erguidos, fajas anchas de colores violentos.
Los rostros de los varones estaban ocultos tras máscaras de seres fantásticos de
faunos cornudos, de fieros demonios. Las mozuelas salían vestidas de “pallas”,
con amplias faldas recargadas de adornos y lentejuelas brillantes, con mantones
y rebozos floreados, de muchos colores, con las cinturas de avispa, que eran
como el eje del amplio círculo que debían trazar las faldas durante la danza ante
las andas del santo patrón. Todos aquellos danzantes estaban dirigidos por
capitanes que, ocultos tras una gran máscara, provista de cuernos, hacían
restallar aparatosamente un largo látigo, como conminando a los danzantes y
empavoreciendo a los chiquillos.
Además de los danzantes, actuaban sin fatiga los cantores de loas: jinetes,
hombres y mujeres, sobre jamelgos con gualdrapas bordadas y jaeces de plata,
acudían a cantar y a declamar décimas y sonetos en honor de la Virgen, del Niño
Jesús y del Amito, Patrón San Lorenzo.
La fiesta se hundía despacio, con gravitación irresistible —como si la afonía
y la desmayatez fuesen agolletando la alharaca del comienzo— en gigantescas
botijas de chicha, la bebida alcohólica, fermentada de maíz en germinación, que
el mestizaje había heredado de los tiempos imperiales y de las celebraciones en
homenaje al Padre Sol. Al término del festival devoto, cuando la iglesia había
terminado sus funciones, cuando la efigie del santo había retornado al templo y a
su altar, cuando habían ardido ya, entre el clamoreo asombrado de los fieles, las
girándulas chisporroteantes y veloces, sobre las que forzosamente cabalgaba el
muñeco denominado “El Negro de la Cordelada”, cuando habían obsequiado sus
chorros de humareda y de luces de colores, sus bombardas y sus buscapiés, los
castillos y los fuegos artificiales, los millares de pobladores y de peregrinos,
masticaban, reían, bebían, se embriagaban y cantaban. Y un olor a digestión y a
alcohol en pleno fermento, a cebollas, especerías y repollos, se alzaba al cielo
diáfano y tibio, más que como homenaje a San Lorenzo y a su parrilla, como un
pagano orfertorio al helénico Dionysios.
Pasó el jolgorio y se reabrió la escuela. El estudio fue imposible, ya que cada
niña traía tembloroso y ágil el comentario sobre las incidencias, desgracias y
milagros de la fiesta. La fantasía adolescente se expandía como espesa
humareda: la verdad hecha farsa y la farsa transvertida en verdad, se hacían
alegres, sutiles, mucho más encantadoras que la fiesta. La tierra era como una
piedra inmaculada sobre la cual danzaba, ebria de dicha, la fantasía de una
cincuentena de almas que se abrían a la vida.
Se hizo tarde y las alumnas se desperdigaron; algunas permanecieron
parloteando hasta que se puso el sol. De súbito, se hizo un gran silencio: por el
fondo de la callejuela, resonando sobre las lajas, hicieron su aparición dos
caballos de gran alzada, jineteados por un hombre y una señora. Avanzaban
hacia la escuela.
—Son como caballos de los hacendados, jadeó una de las chicas.
—Parece que fueran los de Sóndor, asintió otra.
Instantes después, los caballos eran detenidos a la puerta de la escuela; de
uno de ellos desmontó Benjamín y ayudó a descender del otro a tía Adela.
Ambos estaban vestidos de negro, de la cabeza a los pies.
Hubo sorpresa y alegría desbordantes en la recepción; los bienvenidos se
instalaron inmediatamente y mi madre preparó un refrigerio. Ayudándole en la
tarea, le pregunté:
—¿Qué será...?
—Yo creo que ha muerto el abuelo —manifestó mi madre con incertidumbre
— y vienen a avisarnos...; por eso están vestidos de luto...
Poco a poco fue entrando la noche; hablaban de cosas diversas; aseguraron
varias veces que mi abuelo estaba muy bien, sano y alegre como antes. Y
llevaban la conversación hacia mí padre, su ausencia, la falta de cartas; nada se
sabía de él, ni de su paradero.
Tía Adela se mostraba suave en extremo, lo que no estaba de acuerdo con su
temperamento; esquivaba responder a las preguntas y con reiteración extraña se
dirigía a Benjamín, transmitiéndole nuestras interrogantes. Pronto se hizo
patente que algo grave traía oculto; su disimulo se hacía torpe y lerdo; Benjamín
intervino con lenguaje poco claro, pero más translúcido. Comprendí que él era el
mejor dispuesto a transmitirnos la noticia, por la cual habían venido.
—¿Qué sabes tú de mi papá? —interrogué con firmeza— ; porque... tú sabes
algo; de lo contrario no habrían venido...
Benjamín se levantó del banco en el que descansaba, hundió sus manos en
los bolsillos del pantalón, se suspendió éstos y replicó:
—¡Ah, mozo..., mozo... Hay que ser valiente y hay que saber ser hombre! La
desgracia agacha a los bueyes, no a los hombres; lo que está escrito no hay quien
lo pare; no tiene remedio y nada se gana con gritos ni llantos.
Y se rió con una risa helada, quedándose inmóvil, como aguardando algo,
como dispuesto a decir más.
Mi madre estaba amarilla y tenía las manos fuertemente entrelazadas.
—¿Qué sabes de mi padre...? —le grité, avanzando hacia Benjamín.
—Tienes que ser valiente —reiteró tomándome de los brazos y llevándome
con él a uno de los rincones— ; tu padre está muy enfermo; han escrito que se
encuentra mal, parece que muy mal.
Mi madre estalló; suplicaba llorando que le dijeran toda la verdad; acariciaba
a tía Adela, a quien nunca quiso bien, rogándole que hablara con franqueza.
¡Este luto...! —gemía— ¡estos trajes negros...! ¡Es que se ha muerto... está
claro... está claro...!
Benjamín volvió con sus recomendaciones sobre el valor, mientras tía Adela
lloraba junto con mi madre; habló de las virtudes heroicas de la familia y de lo
que nos habría aconsejado mi propio padre, si estuviese allí.
—¡El que tiene miedo de hablar eres tú! —increpé a Benjamín—. Si has
venido a decimos algo, pues dilo. ¿Por qué tienes tanto miedo?
—Bueno —exclamó Benjamín—, cuando escribieron estaba muy enfermo,
estaba grave; tan grave que quizás hasta la fecha haya muerto.
Un aullido animal salió de mí; mi hermano menor se asustó y se puso a
gritar. Sentí un dolor físico terrible y me caí de cabeza.
—Padre..., padre..., ya te has muerto.
Tía Adela me estaba amparando en su regazo; oía el ruido de las palabras,
pero no entendía lo que decían; distinguía el llanto de mi madre y la voz de mi
hermano menor, que hablaba con Benjamín. Tenía la cabeza empapada en agua
de colonia; tía Adela me dio de beber.
Dejé de llorar y sentí una creciente insensibilidad física y espiritual; palpé
con todos mis nervios una especie de anestesia total, pero con dominio absoluto
de la conciencia. Tenía una incontenible gana de reír y, al mismo tiempo, una
sensación absoluta de soledad y de orgullo agresivo de esa soledad. Luego como
un acto reflejo me hizo articular:
—¡Pobre padre..., te han matado..., te han matado...!
Tía Adela ahogó un grito y exclamó:
—¿Qué..., qué has dicho...? ¿Quién te lo dijo...?
—¿Quién me dijo qué...? —pregunté.
—Que lo han matado; que han matado a tu padre.
—¡No sé...; nadie me lo dijo; lo sentí...!
Y sollozando con amargura, tía Adela refirió que lo habían matado en la
frontera; estaba muerto. E hizo la narración larga tétrica, hinchada de
truculencia, de cómo habían acaecido los hechos.
Volví a sentir un dolor lancinante; lo recordaba con sus grandes botas, con su
chaqueta de cuero, con la cruz de metal pendiendo del cabestrillo que le colgué
del cuello; lo veía inclinado sobre mí, diciéndome: “Tú velarás por tu madre y
por tus hermanitos”. Y lo veía dirigiendo la manifestación pierolista, o armando
un mecanismo complicado, o caminando delante de los ojos verde-esmeralda de
la mula, con la chaqueta que exhalaba el olor a piel curtida...
Los cuatro niños, vestidos de negro, acurrucados en torno a la falda negra de
mi madre, quedábamos allí, quietos, azozobrados, como esperando que se
descargasen sobre nosotros todos los golpes del destino.
Las gentes del pueblo, el señor cura, las madres de las alumnas, el cojo
Oscar, los dos molineros y la propietaria del local de la escuela desfilaron por la
sala de clases, deplorando la muerte de un hombre a quien no había conocido.
Las niñas me abrazaron llorando y entonces volví a sentir un gran dolor; después
tenía horas de embrutecimiento y de sopor luego de infinita angustia y de miedo
a lo que iba a venir. Por la noche, veía en sueños al muerto, que inclinaba sobre
mí su gran torso gigante, que tenía la cruz prendida en el cuello, y que riendo me
decía:
—Tú serás un hombrecito...
En mi vida, jamás tuve ni el más leve sentimiento de la protección materna.
Era tan débil, tan pequeñita, caminaba con su pasillo tan menudo, carecía de tan
elementales conocimientos escolares —a pesar de su frondosa cultura teológica
— ,se abatía de tal manera frente al dolor y tenía tal miedo al porvenir, que desde
el comienzo me consideré un protector y un auxilio de mi madre. Me sumergía
en un goce interior muy grande, al sentir que se apoyaba cada vez más en mí. La
vida de ella parecía hecha de retazos; era una vida sin ilación, sin osamenta, sin
camino; ella la consideraba como un tránsito, pues la verdadera vida estaba más
allá de la muerte, en el seno de Dios.
Empecé sintiendo una inmensa distancia entre mis hermanos y yo. Miraba,
como a través de un macizo trozo de tiempo, sus juegos, sus dichos, su manera
de ver las cosas.
Y comencé a encarar la vida como un enemigo: aprendiendo a comprender
muy temprano, enseñado por áspera y raspante pedagogía, que todo estaba en
contra mía, nada en favor. No se trataba de disfrutar ni de pasar; se trataba de
luchar, afrontando todas las contingencias de la lucha. Y, sin que mis diez años
se diesen cuenta de ello, sin que lo presintiese siquiera, sobre mi vida tronaba lo
esencial de Darwin y lo vital de Nietzsche.
¿Qué se han hecho tus profetas?
6
Doña Merceditas, la suegra del propietario de la casa que ocupaba la escuela,
era como la abuela del poblacho, cuya vida y pasión conocía con sorprendente
minuciosidad y con sagaz astucia campesina.
Fue doña Merceditas quien persuadió a mi madre de la conveniencia de
dedicarse a la cría de animales.
—Críe sus gallinas, mi señora, y vuestra merced tendrá huevitos y carne de
ave, para cuando haga falta. Y no le costará gran cosa, porque los animalitos de
Dios saben rebuscarse la comida con más viveza que el mesmo cristiano. Y críe
también sus ovejitas; le darán lana.
—Pero ¿dónde voy a tener las ovejas? —objetaba mi madre.
—¡Vaya..., vaya!, que todo se le hace un entripado a vuestra merced —
replicaba burlona la vieja— ; compre las borregas y un morueco, y encárguelos a
cualquiera de las familias de sus muchachas de la escuela. Las pastearán y
cuando haya corderos pues irán mitad y mitad.
El triunfo persuasor de doña Merceditas pobló el patio de gallinas y don
Venancio, el padre de Luzmila, se encargó de las ovejas, menospreciando la idea
de adquirir un carnero; en recompensa, pues como Luzmila salía de su morada al
alba, desde lejos, almorzaba en la escuela y sólo regresaba con el crepúsculo.
Una mañana la chica llegó más temprano que de costumbre.
—Salí de mi choza todavía con el lucero —refirió acezando y dándose
importancia periodística, a causa de la noticia—, porque mi taitito me manda a
dar el recado de que las ovejas de la señora preceptora se las llevaron a la casa
de la hacienda. Es el “rodeo” —exclamó teatralmente la muchacha, verbeneando
los ojos y dando vueltas retorsivas a su trenza bermeja— ; también se han
llevado las ovejas de nuestra majada —añadió—. Y don Vena, mi taitito, me
manda a dar recado. Y la muchachita renovaba el breve ritmo de su aliento,
sintiéndose feliz de ser el personaje central de aquel drama aldeano de ovejas y
rodeo de ganado.
Se consultó el caso con la señora Merceditas y ella sentenció:
—No hay más remedio que el muchacho suyo, mi señora, vaya a la casa de
hacienda; que vaya donde las patronas y les pida que le devuelvan sus ovejas...;
ya está bastante maltón para estos menesteres..., ¡qué caray...! ¡No faltaba más...!
A mi madre no le agradaba que me llamasen el muchacho, pero en aquellos
momentos lo más importante no era yo, sino las ovejas. Se sabía bien lo que
significaba “el rodeo”. Cuando el hacendado lo ordenaba, sus mayorales y sus
peones arreaban todos los animales que se hallaban sobre la superficie de la
propiedad feudal, y los conducían a los corrales de la hacienda. Allí se
investigaba cuáles eran los que no se hallaban inscritos y los que, por ende, no
pagaban derecho de pasto, con la consecuente prestación gratuita de trabajo
personal. Todos estos eran declarados “mostrencos” y, por consiguiente, de
propiedad del hacendado. Esta era la costumbre; así estaba establecido desde la
época de las encomiendas de la Corona de España, y contra tal hábito no había
ley, ni fallo judicial, ni principio jurídico que valiese.
Nos pusimos en marcha, sirviendo de guía la pequeña Luzmila, que
caminaba con una velocidad sorprendente para su tamaño. En un punto del
camino, recogió guijarros y me aconsejó hacer lo mismo.
—Vamos a pasar por la puerta de aquella choza —y lo decía señalando la
que se hallaba más arriba, al borde casi del camino—. Siempre salen los perros a
ladrar y a querer morder al que pasa, añadió.
No tenía yo un miedo concreto a la muerte, pero los perros me infundían
miedo raquídeo. Recogí tantas piedras como pude y nos acercamos a la choza.
No salió ningún perro y la morada parecía desierta. Más, de pronto, se
escucharon los gritos de un niño de pecho.
—Es, pobrecito, el Vinchito —dijo Luzmila— ; cuando se van a trabajar lo
dejan en la batea; no vaya a ser que se haya caído. Y traspuso rauda el sendero
que conducía a la choza; empujó la puerta de magueyes partidos y se hundió en
la oscuridad de aquel hueco. Me quedé esperando y comprobando que en aquel
lugar no había una sola piedra; era por esto que Luzmila me invitó a recogerlas
más abajo.
Salió la muchacha enjugándose las manos en la basquiña y haciendo
mohines de repugnancia.
—Estaba todo sucio —ratificó, reemprendiendo la caminata— ; lo cambié y
se ha quedado calladito; se va a dormir.
—¿Y los dueños no dirán nada, porque entraste sin permiso?
—¿Permiso? —preguntó burlona—. Permiso se pide en la escuela.
La cuesta se empinaba y el cerro tomaba color rojizo. El camino se
ensanchaba, como sanguificado, pues era de un rojo brillante, cual si los pies de
los caminantes le untasen de barniz. La colina era como un gigantesco coágulo
de sangre, que se le hubiera endurecido allí a la tierra. Un rato más tarde, nos
sentamos a descansar. Yo estaba absorto ante el sobrecogedor silencio y captado
por un sentimiento nuevo. Algo incomprensible penetraba en mí: en aquella
cumbre diáfana y fría el alma se tornaba clara y dura; era como si se apagaran las
angustias pequeñas y los cuidados menores. Se alzaba como una vasta angustia,
como una percepción melancólica de lo trascendente y de lo eterno. Esto lo
aprendí solamente mucho más tarde, al evocar el añejo recuerdo, en las
prisiones, en los vagones y en los barcos que me arrastraban al destierro.
Seguimos caminando cuesta arriba y súbitamente nos asomamos a la cresta:
a ambos lados se abrían dos inmensos horizontes. El espectáculo era glorioso: la
luz estaba quieta, como en un reposo imperturbable, y caía sobre la tierra en
vertical; era una luz limpia, sin mancha alguna. El silencio era digno del cuento
de la Bella durmiente del bosque. Las tierras lejanas tomaban colores alucinantes
y lo único que se movía éramos nosotros. Me di cuenta de que había cambiado el
olor de la tierra. Allí no olía como en el campo en la madrugada, ni como la
loma cuando se alzaba el sol, ni como la cumbre cuando comenzaba a
empequeñecerse nuestra sombra. Era un olor a tiempo fresco y puro. Quizás, no
estoy seguro, pero me parece que allí fue donde sentí, en las venas y en los
huesos, que en vivir hay un hondo y vasto sentido de grandeza.
Corrimos cuesta abajo, sin parar, hasta el portillo que se abría en la pirca que
circundaba la choza de don Venancio.
—Llega, llega no más, muchacho —clamó don Venancio—. ¿Cómo está la
maestra; cómo quedaron las muchachas...?
—Está buena, don Venancio; todos están bien, gracias —le dije.
La choza de don Venancio era la expresión miserable de la más ascética
frugalidad; a través del techo de paja se escurría pomposamente la humareda de
la leña que ardía en el fogón. Los muros de cañas y barro tenían grietas, a través
de las cuales salía ahora el humo, y que dejaban pasar al interior tanto la luz
como el viento, el sol, el frío y sin duda el aguacero, cuando la lluvia verberaba
oblicua. Don Venancio hizo traer al corredor, que se cobijaba bajo el tejaroz un
gran mate lleno de papas cocidas con su hollejo, ají muy picante, cuajada fresca
y maíz tostado. Conversábamos mientras comíamos.
—¿Y por qué no manda a sus otros hijos a la escuela? —pregunté.
—¿A la escuela?... —preguntó, resoplando a causa del urente picor del
rocoto, especie de pimiento carnoso y picante, que había ingerido—. Pero,
m'hijo, si todos van pa l'escuela, ¿quién me va a hacer aquí los mandados? La
estoy mandando a la Luzmila, porque le ha tomado mucho cariño a la maestra.
Pero los otros... ¿pues pa qué m'hijo, pa qué? Ahí tienes a mi Rosaura; fue a la
escuela, sabe la cuenta, aprendió a escrebir. Pero, dime muchacho, ¿pa qué sirve
too eso? Podría servirnos que los muchachos supieran leer, escrebir y la cuenta,
si los patrones diesen fe de esas cuentas, si vendiéramos la lana de nuestras
borregas o el trigo de nuestras cosechas. Pero, no... no es así. Todo tiene que ser
entregado a los patrones y son ellos que hacen sus cuentas; y las cuentas tuyas o
las de mi Rosaura, o la que tu madre le enseña a mi Luzmila, no valen pa nada,
hijo, pa nada, frente a las cuentas de ellos. Entonces, ¿pa qué diablos vale saber
leer y escrebir en este mundo? ¡Sólo que sea pa hacele las cuentas en la otra vida
a Tata Dios...!
Y don Venancio se santiguó, lanzando una carcajada que mostró su boca roja
y su blanca dentadura intacta y maciza, entre el matorral de su barba renegrida.
Cuando terminamos de comer, nos pusimos en marcha rumbo a la casa de
hacienda; el descenso era suave por la senda y se hizomás suave aún en el
camino, a cuyos lados la lluvia había abierto un badén.
—¿Y si se vive tan mal con estos patrones —interrogué-por qué no se va la
gente a otra parte...?
—¡Seríamos lo mesmo que gitanos —rió don Venancio— y con eso nada
cambiaría. Porque dime, m'hijo, ¿pa ónde a de dir el pobre que no se lleve su
pobreza y su pena como la sombra? Algunos se van p'al valle a onde pagan un
jornal. Pero eso es cuando uno es solo, sin mujer y sin críos. Después, no les
gusta a estos patrones.
—¿Por qué no les gusta?
—Porque dicen que los muchachos regresan del valle muy alzaos; que no
rezan más el “Bendito”, sino que sólo dan los güenos días, y que quieren que les
paguen jornal por el trabajo, como en la costa. Y es claro, m'hijo; a ellos no les
gusta pagar; lo tienen todo de balde.
Tropezamos con un hato de vacas y don Venancio me habló de la virtud que
la leche tenía de curar de las viruelas a los enfermos que se bañaban en ella.
—¿Y después qué hacen con esa leche? —pregunté.
—¿Qué han de hacer? —replicó—. La llevan p'al pueblo y la venden pa que
la tomen los que no saben nada.
Me invadió una sacudida de asco, mientras él hablaba de las curaciones
hechas mediante brujería. Por último me narró las conversaciones que los cerros
tenían de noche, en la luna verde. La charla hizo más ligera la caminata; poco
antes del medio día estábamos divisando la casa de hacienda.
Enormes mastines encadenados —que debían comer más carne que todos los
campesinos de Sóndor, con sus mujeres y sus hijos juntos— gruñían a la vera de
sus casetas techadas de zinc.
Una vasta explanada rústica se extendía como una plaza ante la puerta de
entrada, ancha y alta como la de una catedral. Abigarrado conjunto de
campesinos, tan grande como el que se había reunido el día de la fiesta del
patrón San Lorenzo, llenaba la explanada. Todos estaban allí a causa de sus
animales; habían caminado parte de la noche y todo el día para ver si podían
librar a sus ganados de la sentencia de “mostrencos”, lo que significaba que
pasarían sin apelación a poder de la hacienda, como propiedad del señor.
Las gentes gimoteaban, comentaban, reían, imprecaban. Junto con los
mestizos había gran número de indígenas: los distinguía su indumentaria, la piel
acobrada, la cabeza cetácea, la resignación hierática y la actitud impasible. Por
momentos, parecían tallados en basalto, en granito de los Andes.
Don Venancio se abrió paso, saludó a sus conocidos y llegamos a la puerta
de la casa de hacienda. En cuanto estuve ante el gran portón me azozobré como
si estuviese entrando en la Casa del Juicio: arrastraba mis pasos como si allí
hubiese de ser juzgado; me golpeó una sensación semejante a la que soporté
años más tarde, al atravesar las fronteras con pasaportes falsos.
Traspusimos el portón y nos acercamos a una mesa en donde se hallaban los
empleados de la hacienda, que se ocupaban de los asuntos del rodeo. Al
acercarnos a la mesa, sentí que la mano de don Venancio, que me tenía asido del
cuello, temblaba sobre mi nuca. Aquel hombrón tenía miedo.
—Este es el hijo de la preceptora de Matara —dijo después de saludar
humildemente a los mayorales y empleados— y viene... Y se le cortó la voz...,
no pudo seguir.
—¿Qué quieren? —preguntó con rudeza un hombre alto, de grandes bigotes
negros, con poncho blanco de hilo, polainas zarposas, espuelas roncadoras y una
fusta de cuero trenzado que agitaba constantemente en la mano. Era uno de los
que discutía en el pueblo con don Antonio, el preceptor.
Carraspeé y haciendo de tripas corazón respondí con claridad: —He venido a
llevar mis ovejas...
—¿A llevártelas, no...? Pues eso será si te las entregan. —Y el hombre de los
bigotes sonrió, reconociéndome.
—Claro que tienen que entregarlas —repliqué animándome— ; son de mi
madre y no de la hacienda. ¡A esto he venido...!
—¡Tan chiquito y tan alzao...! —sentenció.
Y los empleados del hacendado me miraban como tasándome, como miraban
seguramente las ovejas lanudas, calculando la lana que llevaban. Me pidieron mi
nombre y preguntaron si yo era algo del coronel.
Cuando lo supieron, el hombre alto del poncho blanco y la fusta ingresó en el
zaguán y se perdió en el patio. Los demás, se agruparon en torno a la mesa y
abrieron conversación.
—¿Es cierto que enseñas en la escuela...? ¿Y qué es lo que enseñas?
—Enseño a leer y a escribir, quiénes fueron los incas, cuándo llegaron los
españoles y lo que trajeron, lo que hicieron; además, cuentas y números, y
Geografía...
—¿Y la doctrina cristiana..., está claro...? —preguntó el más viejo.
—Sí, claro, la doctrina, el catecismo.
—Sabe bastante el muchacho —terció don Venancio, muy animado ya;—
sabe pa su tamaño; es muchacho, pero sabe como gente grande.
Los hombres rieron, en tanto que el de la fusta y el poncho blanco reapareció
por el zaguán y dijo:
—¡Pasa, el patrón dice que dentres a hablar con él...!
Don Venancio vaciló, pero le cogí del poncho y les dije a todos con
imperativa alegría:
—El ha venido conmigo... hemos venido juntos. Tiene usted que pasar...
Ingresamos a un patio, anchuroso como una plaza, pavimentado con
guijarros menudos. Sobre los amplios corredores enladrillados se extendían los
aleros de la techumbre, descansando sobre pilastras de madera. Hacia los
corredores se abrían las puertas que daban acceso a las habitaciones. En una de
las más inmediatas fuimos introducidos por el mayoral.
Ante una espaciosa mesa —llena de frascos que contenían trigo, frijoles,
cebada, maíz— estaba un hombre maduro, con bigote rubio recortado, pantalón
de montar y casaca de cuero. Fulminantemente asocié el recuerdo de la chaqueta
de cuero que llevaba mi padre al partir a la selva. La habitación olía fuertemente
a almacén de chino, a tienda de comestibles o al depósito del molino. Saludamos
quitándonos los sombreros; don Venancio le dijo Patrón, yo le dije señor Cacho.
Me invitó a sentarme y me hizo preguntas sobre mi padre, sobre el coronel,
sobre la escuela y sobre el motivo de mi visita. Se echó atrás en su sillón,
recostándose sobre los sacos llenos de granos que estaban adosados al muro. Y
me pidió que le narrara cómo había muerto mi padre.
En medio de la narración ingresó una dama blanca, tocada con un mantón
que usaba como rebozo y vestida con un vistoso faldulario negro, cuya cola se
arrastraba sobre la estera amarillenta. No respondió casi a nuestros saludos y se
interesó por la narración, ordenando:
—Continúa, hijo; sigue hablando.
Cuando terminé, los dos hablaron de mí y de mi familia. Volví a insistir
sobre las ovejas.
—Menos prisa, menos prisa —festinó la dama, seca, pero cordial—. Todo se
les va a arreglar, pero ven antes, que a Juana Honoria le han contado muchas
cosas de ti. ¿Es cierto que te sabes La Biblia de memoria...?
Me tomó la mano y me condujo a través del corredor, hasta otra habitación,
donde ardía un brasero; allí la temperia era bien abrigada. Sobre una alfombra,
sentada como Buda y recodada sobre un faldistorio, estaba una mujer anciana,
muy blanca y de sonrisa simpática. Tras la presentación, la viejecilla se mostró
afectuosa y contenta; hizo llover preguntas sobre mí, y ordenó que llevaran a don
Venancio a la cocina y le diesen de comer algo.
—Me dicen que sabes las parábolas... tan pequeño, pobrecillo; vamos a ver,
recita una para mí. Tienes que hacerlo.
De pie ante la anciana, con la voz entrecortada, repetí la parábola del “rico
avariento”. Me hizo recitarle el “sermón de la montaña” y el “diálogo de Jesús y
la samaritana”. Me di cuenta de que la viejecita tenía los ojos con grandes
lágrimas. Me dio a comer cuajada fresca con miel de abeja, e hizo que me
sirvieran café con leche y tortas ázimas calientes.
Me despidió besándome y me obligó a recitarle el “Soneto” de Santa Teresa
de Jesús. Ordenó que se me entregasen las ovejas y que me regalasen una
cabrita.
Salí apenado y alegre. Cuando retorné al zaguán la solicitud de los
empleados era extrema. Don Venancio tenía una sonrisa de suficiencia, que ya se
la había visto en el camino. Fuimos a los corrales en busca de las ovejas.
El olor a establo subía hacia las copas de los eucaliptos, con sus hojas largas
y agudas, y brillantes como alfanjes. Miles de animales se apiñaban en
cardúmenes forzados, muy juntos, como en una lata de conservas. El mayoral
dio orden a los peones de que se nos entregasen todos los animales, sin cobrar
nada.
Largo tiempo empleamos en buscar y reunir el piño de don Venancio y el de
mi madre. Todas las ovejas habían sido prolijamente esquiladas: tenían el
pellejo, sin una mota de lana, hasta parecía que tiritaban de frío, a consecuencia
de la bien ejecutada decalvación.
—Y ayer no más —puntualizó don Venancio, cuando salíamos de los
corrales de la hacienda— estaban lanudas; hasta el barro lo andaban recogiendo
en las puntas; te juro que tenían lana para varios colchones. Y ora, mírales,
nomás cómo las han rapado; están chamorras como rastrojo. Así es —añadió a
sovoz— como los patrones juntan cientos de quintales de lana... sin criar las
ovejas que la dan y sin pagar nada...; y soalzando la voz, apuntó con sorna: vela
y la cabra que te dan como resarcimiento, pa que la maestra no diga nada por su
lana...
Nos acercamos de nuevo al portón, nos despedimos amablemente de todos y
caminamos, a paso apresurado, hacia la choza de don Vena.
—¿Y siempre hacen esto...? —pregunté indignado, cuando nos encontramos
solos.
—Todos los años hay rodeo y todos los años pasa igual, eludió con afectado
desdén.
—¿Y por qué dejan ustedes que se lleven así los animales?
—¡Qué gracioso! —ironizó, ordenando la recua—. ¿Y qué quieres hacerle?
La tierra es de ellos, de ellos es el pasto y todo lo que está encima. De ellos
somos los hombres, ¿y no han de ser las borregas? ¡Los hijos del diablo —juró
— me dejaron sin lana para todo el año! Menos mal que no se hayan almorzando
ninguna de las ovejas.
Me disgustaba su socarronería taimada; palpaba que este hombre había
perdido la capacidad de indignarse y que en su espíritu estaba abolida toda
insurgencia, toda idea de protesta o de cólera.
—Y ustedes —increpé— ¿por qué no se quejan a las autoridades?
Don Venancio ordenó mejor la marcha del piño y rió sarcástico:
—¿Ir ante las autoridades?... ¡Cállate mejor, no piense yo que estás tocao de
la cabeza! Me voy a quejar, siguiendo tu consejo, y capaz que pierdo no sólo la
lana, sino también las ovejas; y entoavía, quién sabe si a lo peor, pues me quedo
enredao, tal vez acusado de abigeo o de haber matado algún cristiano. Las
autoridades, muchacho, no se han hecho ni nada para el bien nuestro: se han
hecho para el bien de los hacendados... nada más...
—Pero entonces —le grité— ¿no hay justicia...?
—¿Justicia? —interrogó exclamativo—. ¡Justicia...! ¡No muchacho, cállate!
Lo único que los pobres queremos, después de nuestra mama, es no andar
metidos en justicias; te enredan siempre como hilo desovillado en manos de gato
tierno, y al fin, pues estamos endeudados hasta las orejas con los abogados y los
rábulas y, a lo mejor, en la cárcel. Los jueces y las autoridades serán muy buenos
caballeros, yo no digo nada, pa qué...; pero no hay peor cosa en el mundo que la
justicia..., y más peor todavía, pues, andar en justicias. ¡Ya serás mayor..., ya
aprenderás! ¿No ves que éstas no son cosas de la escuela...? —concluía vanidoso
y farandulero.
Mi conciencia oscilaba como un péndulo entre el escepticismo sombrío del
campesino y la fantástica luminosidad del crepúsculo. No supe qué responder.
Me absortó el crepúsculo, encendido, en agonía.
—Anda —requirió don Vena— anda, que la luz se está haciendo tinta. Nos
va a agarrar la tiniebla.
La tierra, en efecto, empezaba a ennegrecerse; pese al incendio del cielo, la
luz parecía convertirse en humo tenue, pero negro. La cordillera perdía todos sus
colores y se mostraba como la línea de un cuadro estadístico sobre la azulenca y
violácea claridad del cielo. Sólo mucho más tarde, en la vida, me di cuenta de
que el alma de los Andes sólo es captable caminándolos a pie. Es como si el
alma de las pétreas moles penetrara en la conciencia del hombre por los pies...;
¡andar... andar... andar...!
El poncho de don Venancio, a una de cuyas esquinas me aconsejó asirme, me
sirvió de guía y de tracción, agilitando mi marcha y acallando el redolor que me
atenaceaba los zancajos.
—La maestra debe mirar con sus vistas —reiteraba— el estropicio que le han
hecho a sus borregas..., ¡no vaya a pensar algo...!
Cuando ingresamos al patio de la escuela era quizá la media noche, a juzgar
por los cantos de los gallos. En la sala ardía un cirio votivo, mientras mi madre
de hinojos alzaba su plegaria un poco asustada. Don Venancio se acurrucó a
dormir en la cocina, después de haber comido. Yo narré mi emocionante
aventura del día, indignado por la esquila de las ovejas y por las modalidades
que asumía el rodeo contra los campesinos que trabajan sin recibir salario.
Mi madre insistió en que tales asuntos no eran de mi incumbencia, que no
tenía por qué meterme en ellos, y que cada uno merecía la suerte que llevaba,
porque así era la voluntad del Señor. Dictó una sapiente conferencia sobre
aquella cosa tremenda que es el libre albedrío en los libros de la patrística.
Sin contradecirla, yo pensaba en que mi padre tenía mucha mayor cantidad y
calidad de razón: todo aquello tenía necesidad de un cambio.
¿En qué consistiría ese cambio?... ¿Quién podría emprenderlo...? ¿Cómo se
haría y hasta cuándo...? ¿Y hasta dónde? Y miraba en torno de mis
pensamientos, antes de rendirme dormido, con mi redolor en los zancajos,
buscando algo que no sabía bien lo que era. Y me daban vueltas en la cabeza,
ideas, figuras y palabras del Antiguo Testamento.
Desde aquella salida, adquirí una especie de derecho para caminar, solo ya,
los caminos del mundo. Al recorrerlos, las interrogantes que me planteó ese
rodeo martillaron sobre mis vigilias y llegaron a barrenarme el sueño. Y
comprobando atristado que todo eso sucedía en la tierra, entre los hombres, hijos
de Dios, se me adentraba muy, pero muy adentro, la pregunta que clamaba con
tensa y angustiada inquietud:
¿Dónde está el Señor...? ¿Qué se han hecho sus profetas?
Y silbaba “yaravíes” y “huamitos”, para espantar aquellas preguntas, que
bien podían ser un pecado.
La revolución del espíritu
7
Ocurrió el milagro por el que mi madre clamaba mañana y tarde en su
oración: su hermano mayor, rector del Colegio Nacional, le ofreció un sitio para
mí en su casa y la posibilidad de que cursase estudios secundarios.
Ella preparó el viaje con gran labor de costura. Una noche lluviosa quedaron
alistadas las alforjas y a la siguiente mañana, muy al alba, como mi padre un día,
me despedí en medio de lágrimas, saliendo caballero en esmirriado caballejo,
rumbo a la ciudad, con destino al colegio.
Partí temeroso de lo desconocido, pero contento de afrontarlo. Los ríos
estaban crecidos, las cuestas resbaladizas y los llanos fangosos. El cerro chato y
amarillo como yema de huevo, que me era familiar, parecía hecho aquel día de
cansancio amontonado. La perspectiva en las cañadas se escapaba costante hacia
arriba, como si soportase el tiro de una chimenea cósmica. En aquel caminar,
bajo el cielo gris, comencé a sentir que no sólo se trataba de vivir, sino además
de ejercer la vida: ejercerla como una misión, como un destino, como una
manera de realizar algo... ¿Qué...?
En la otra banda del río los árboles parecían de metal: la calma se hizo
inmóvil, sin ruidos, sin murmullo siquiera, una vez que el rumor del río se quedó
atrás. Aquella calma daba la sensación de que el tiempo se hubiese inmovilizado.
Y el cuerpo llegaba a sentir la categoría de lo vegetal; se prendía de uno como la
necesidad de quedarse quieto, de enceparse en la tierra húmeda, de echar raíces,
madurar despacio y, extendiendo las raíces hacia adentro, chupar savia sin que lo
sintiese la tierra.
Atardecía cuando llegué hasta los muros de piedra del edificio colonial,
donde funcionaba el colegio. En la casa del rector se me recibió como si me
esperase, pero sin afecto alguno; sucedió como si siempre hubiese estado allí, en
la indiferencia de lo cotidiano y en la tolerancia de lo que es costumbre. Los
sirvientes me hacían preguntas, y sentía el deseo de mofa que había en sus ojos y
la angustia de lo que vendría al día siguiente. Mi arribo aconteció como si no
hubiese sucedido nada.
Fui instalado en una vasta habitación que denominaban “la torre”. Aislada
por completo del vasto edificio y ubicada en un extremo, tenía una amplia
ventana sin batientes ni cancelas: era más bien una ancha tronera, un alto
atisbadero sobre la campiña.
Me informé luego sobre la personalidad y el número de fantasmas que poseía
el colegio. El más desagradable era el fraile sin cabeza. Muerto en pecado,
quizás en el cuarto de la torre, dejó olvidada la cabeza de su alma, por la que
debía venir en ciertas noches, cargado de cadenas. Al comienzo, el miedo al
fraile sin cabeza me hacía sudar; luego hasta le llamaba, burlón, en la oscuridad.
La vida del colegio se abrió como una encantada sorpresa; el estudio no
constituyó carga alguna ni significó pena o contrariedad. Disciplina, trabajos,
profesores, y todo aquello que, en un momento, se me apareció como algo
áspero, de acceso complicado y penoso, se convirtió pronto en un juego
espiritual sin mayor importancia, con un poco de rutina, y otro poco de estrechez
mental y de espíritu mezquino. Entre los profesores, algunos adquirieron para mí
contornos de personajes y, con su enseñanza, ejercieron trascendente e
imborrable influencia en mi vida ulterior.
El profesor de Castellano —a quien los alumnos llamábamos “el Mono
Mata”, por su magrura— era un hombre cenceño, canijo, de larga nariz, ancha
frente, ojos acerados de mirada irónica, ironía que era acentuada por las
arruguillas que se le formaban en las comisuras de los párpados. Tenía un
conocimiento profundo del idioma, que exhibía con cierta jactancia y un poco de
ostentación. Conocía vasta y admirablemente los clásicos, los amaba, los gustaba
y sabía hacerlos conocer.
—No solamente hay que conocer a los clásicos —sentenciaba—, hay que
captarlos y poseerlos en el espíritu.
Dividía a los alumnos, según sus conocimientos, en categorías diversas, muy
bien definidas y cuidadosamente catalogadas por él.
—Yo soy como el Señor en el Juicio Final —discursaba en la clase—, separo
a las ovejas de los cabritos; las ovejas a la derecha, los cabritos a la izquierda,
pero muy lejos. ¡Huelen mal!
Y después de esta primera discriminación venían las demás: los que hacía
sentar inmediatamente junto a él, a su derecha, eran las “excelencias”; no
llegaban a cinco.
—Son como los cinco justos de la Biblia —apuntaba sonriendo— ; por ellos
se salva la clase, se justifica la asignatura, y por ellos no renuncio a venir aquí a
desasnar a esta juventud de mi patria.
A continuación de las “excelencias” se sentaban los “muy buenos”; les
seguían los “buenos”, los “regulares”, los “aspirantes”; al lado izquierdo se
sentaban los “malos”, los “peores”, los “pésimos” y los “adobes”.
—Los “adobes” —sentenciaba el “Mono Mata”— son como las buenas
intenciones: sólo sirven para pavimentar los patios del infierno...
Jamás decidió ubicarme a su izquierda; en dos oportunidades di saltos hasta
las Excelencias, para oscilar después entre los Aspirantes y los Muy Buenos,
según la mediocridad o la bondad de los estudios.
El “Mono Mata” ejercía autoridad soberana y total sobre todos nosotros; y
esto a causa de que jamás nos infligía castigos corporales y, sobre todo, como
repercusión de su austero sentido de la justicia. Nos desconcertaba, y nos hacía
respetarle, la perspicua penetración con que descubría nuestras socaliñas, la
sutileza con la que desnudaba nuestros trucos y nuestras trampas, y la nitidez con
que apreciaba la fuerza o la debilidad de nuestros conocimientos. Nunca exhibió
entre nosotros simpatías o antipatías, y siempre se empeñaba y lograba hacer
paladina su crítica de todo lo que era de mal gusto.
—No olviden —subrayaba-que es verdad aquello de que “el estilo es el
hombre”. Por esto, el estilo reside en la cultura que el hombre adquiere y, en
especial, en el amor que ponga en acercarse a todo lo que le rodea. El estilo—
añadía —no nace; recuerden que el hombre nace sin hablar palabra y sin
entender palabra; el estilo se forja a través de trabajo, de estudio, de larga
paciencia. No crean en la inspiración, sino más bien en la tenacidad, en la
perseverancia.
Don José María Arana, el viejo de ojos azules, de grandes bigotes rubios y de
rica y enrevesada fabla, era un romántico y un carlyliano, con solemne y
dramático sentido de la vida. En el tempestuoso torbellino de su elocuencia,
veíamos cruzar, como sobre un escenario, las grandes personalidades de la
historia. Se exaltaba y nos hacía temblar de emoción cuando nos presentaba a
Pizarro hambriento y guiñaposo, trazando la raya sobre las arenas de la Isla del
Gallo; nos conducía, a través de los versos de Homero, que recitaba en largos
trozos, de memoria, hacia la captación visiva del mundo griego, y nos hacía
amar la causa de la libertad y repudiar toda forma de opresión y tiranía, cuando
hacía la descripción encantada de la conspiración, y hacía cruzar a César el
amplio recinto hasta la estatua de Pompeyo, donde lo abatía el puñal de Bruto;
cuando nos mostraba a Alejandro arrojando el agua que se le traía para beber,
mientras sus soldados padecían de sed. Se indignaba y hacía hervir la
indignación en nosotros, haciéndonos llorar con la muerte de Sócrates. Con su
voz ronca y su oratoria atropellada, recitaba trozos bellísimos de Esquilo, de
Eurípides, de Sófocles, de Platón y de Epicuro, y parecía poner un acendrado
empeño en cultivar en nosotros la voluptuosidad del heroísmo y el amor por la
potencia creadora.
Aquel viejo era, incuestionablemente, muy superior al medio en que
vivíamos; era una de sus víctimas, pues la mezquindad del ambiente lo
constreñía y lo argollaba. Y, como si tratase de vengarse del fracaso que la vida
le imponía, alentaba en los muchachos el amor por horizontes grandes, por obras
eternas, por una vida heroica. Bueno y generoso, se nos aparecía, ante los ojos
asombrados, como un trágico cuando exaltaba las luchas y los sufrimientos de
los hombres y de los pueblos, en sus marchas penosas y heroicas hacia la
conquista de la libertad. Él mismo era un enamorado de la libertad, un maestro
de energía que nos enseñaba a amarla. Sabía que le apodábamos “Bocón” y reía
apostándonos que Bocón era el arcángel que debía tocarnos la trompeta el día
del Juicio Final.
El profesor de Historia era un negro con los párpados abultados como dos
nueces, bajo los cuales se agitaban vivaces un par de ojos de extraño brillo
satánico. Había viajado por Europa, Asia y África, leía sin descanso y no nos
ocultaba que conocía bien que le llamábamos “Zambo Gallinazo”.
—Si el hombre valiese por el color de su pigmento —remarcaba dirigiéndose
a uno de los muchachos rubios de la clase—, el papá o los tíos de usted serían
los profesores de Historia, y no yo, por cierto. Pero, no hijo mío..., el talento
tiene poco que ver con el color del pellejo; Manco Cápac fue indio y el creador
de un imperio...; tu papá, no.
—Yo sé bien —añadía en otra oportunidad— que ustedes andan diciendo
“Zambo Gallinazo” por aquí, “Zambo Gallinazo por allá”, pero aprendan desde
ahora, amigos míos, que lo que vale en el hombre no es el pigmento más o
menos claro de su piel, sino su calidad mental, la potencia de su espíritu, el vuelo
de su espíritu, el vuelo de su inteligencia.
De todos los profesores, el Negro Risco era quien ejercía mayor influencia
sobre el mayor número de alumnos. Lo tomábamos como a un orientador. Tenía
una fabla subyugante, conversaba con extraño encanto y era un expositor
amenísimo. Se deleitaba en describir los pecados de los Borgia y en exaltar la
figura y la obra de Martín Lutero; otorgaba a la Reforma el carácter de una
revolución espiritual inmensa en el desarrollo de la humanidad, y colocaba a
Lutero, Calvino, Zwinglio mucho más cercanos del ideal cristiano que los
príncipes de la Iglesia Católica. Sus lecciones eran eminentemente persuasivas,
tenían el sortilegio de la novedad, la tentación de la rebeldía y el prestigio de la
insurgencia. Sus dos grandes amores fueron siempre Martín Lutero y los
jacobinos, y sus grandes odios los tiranos de todas las épocas.
Las lecciones de Historia del Negro Risco eran completadas en su
orientación por las del profesor de Ciencias Naturales, el doctor Pérez
Velázquez, hermano del juez, amigo de mi casa paterna. El fue el primero que
me conmovió hablando de “la ingenuidad del Génesis”. La sacudida se tornó
más profunda y de más vastas consecuencias cuando expuso, con verdadero
amor didáctico, la teoría de la evolución de las especies, de Darwin, y más
todavía cuando nos mostró, cual si se deleitase con nuestro asombro, los
descubrimientos y las teorías de Haeckel.
Los recios cimientos de mi fe religiosa eran insensiblemente carcomidos. Las
exposiciones crudamente materialistas del doctor Pérez Velázquez y las
lecciones del Negro Risco arietaron la fortaleza de mis creencias infantiles.
Rebeldes contra el dogma, laicos y heréticos, horadaron la coraza dogmática y
abrieron las fisuras por donde debía penetrar la crisis del creyente; por donde se
deslizó el explosivo que debía hacer tambalear mi fe, como roca dinamitada.
Mientras el profesor de Historia era un crítico audaz, humorístico y herético,
el profesor de Geografía era un soñador que estaba persuadido, sin duda, de la
verdad de la sentencia shakes periana: “La vida está hecha de la misma tela de
que se hacen los sueños”. Lo apodábamos “El Loro”, a causa de su nariz
ganchuda, de su voz gruesa y gangosa y del jaquet de amplias alas que usaba
habitualmente.
El Loro Gallardo no se limitaba a indicarnos sobre el mapa dónde quedaban
los países y sus capitales, los ríos y los puertos. Nos hacía ingresar en las
ciudades, como en una alfombra mágica, obsequiándonos descripciones que
parecían cuentos de hadas, en los tiempos en que el cinema no era para nosotros
sino una complicada lección de Física. El Loro Gallardo, entrecerrando los ojos,
nos paseaba a las orillas del Sena y del Támesis. Describía con fidelidad,
elegancia y verdadero amor, las maravillas arquitectónicas de la Basílica de San
Pedro, de Notre Dame, de la Catedral de San Pablo, de la Giralda, de las
catedrales de Reims, Chartres, Colonia, Burgos. Nos hacía ascender a la Torre de
Eiffel y a la cúpula de Los Inválidos, a la Acrópolis y a la Torre de Londres.
Llevados por su descripción entusiasmada, cruzamos los jardines del Vaticano,
Hyde Park, Las Tullerías y Les Champs Elysées, la Quinta Avenida,
Copacabana, la Avenida Mayo y el Central Park. Con él ingresamos, por primera
vez en la vida, al Louvre y al Ermitage, al Museo del Prado y a la National
Gallery. Y nos enseñó a mirar y a ver la Victoria de Samotracia, los caballos de
Corot, los enanos, Las Meninas y Los Borrachos de Velázquez, los Cristos del
Greco y Las Brujas de Goya. Aquel hombre nos deslumbraba con un mundo
lejano, totalmente ajeno a la vida y al ritmo de aquel pueblo quieto, donde no
pasaba nada, donde no había sino aquellos templos de piedra que dejaron truncos
los conquistadores, como si repentinamente se hubiesen visto perseguidos por el
espectro vindicativo del inca Atahualpa.
Aquel profesorado que contribuyó a mi formación creo que estaba poseído
por el mismo espíritu que dominaba a mi padre. Eran descontentos que
anhelaban un cambio; era claro que estaban persuadidos de que el país lo
necesitaba. Y esta idea estaba en su ánimo radical, en su altivez espiritual, en la
acritud y la pertinacia de su protesta.
Una tarde, apenas terminadas las clases, alguien llegó a la casa del rector a
avisar que mi abuelo estaba gravemente enfermo y que solicitaba verme. Sólo se
me consintió ir a la casa del coronel a la mañana siguiente. Cuando llegué, ya el
abuelo estaba frío y rígido; lo vestían de negro y su peluquero, don Ramitos, le
peinaba las barbas fluviales que se derramaban como espuma sobre su pecho. El
viejo tenía una majestad impresionante. Nos vistieron de negro y marché tras el
féretro, evocando el olor a tabaco en los bizcochos, sus ojos azules sin luz y
aquella mano de largos dedos que se extendían sobre mi cabeza para
bendecirme.
Retorné al colegio y fui drásticamente segregado de mi familia paterna
durante cuatro años, hasta el día en que el azar político hizo que el Coronel fuese
designado prefecto de la circunscripción y que el rector se alejase, saliendo para
otra ciudad. Pasé de la tutela del rector a la del coronel, y mi familia paterna me
recibió con fiestas dignas del hijo pródigo.
Las estanterías de la biblioteca del coronel estaban repletas de libros: varios
millares de volúmenes amontonados, sin ningún criterio selectivo. Con mi fe
tambaleante, hundido en una tempestad de dudas, estremecido por el avatar de la
pubertad, tenaceado por una aguda crisis de conciencia, me entregué a leer; a
leer apasionadamente, sin fatiga, con voracidad, viviendo literalmente en el
mundo que esos libros presentaban.
Proust, Dostoiewsky, Víctor Hugo, y un día La vida de Jesús de Ernesto
Renán. Este libro, escrito en maravilloso estilo, impregnado de piedad sensual y
humana, fue una lectura penetrante. Vi a Jesús caminando con los pies descalzos
por las calles de Nazareth y por los caminos de Galilea. Lo vi con otros ojos,
bajo una luz y con mirada distintas. Mi madre me había presentado un Jesús y
Renán me presentaba otro: más humano y más heroico que el otro, aunque
siempre quizás demasiado divino para acercarse hasta la tragedia del adolescente
que duda, hasta la injusticia que muerde la carne del pobre diablo y del
desheredado.
Después de Renán llegó Federico Nietzsche. Su prosa abstrusa y lancinante,
sus frases buriladas y terribles, su filosofía agresiva y orgullosa entraron en mi
espíritu como elefante en bazar de porcelanas. Renán y Nietzsche, junto con los
dos o tres profesores de San Ramón, terminaron con la obra pertinaz y laboriosa
de mi madre.
¡Cuán verde era la aldea...!
8
Concluida la instrucción secundaria, la falta de medios económicos me
vedaron el ingreso en la universidad y la conquista de un título profesional. Así
fue que el fin de los estudios del colegio significó más un nuevo problema que
una solución.
Había dos firmas comerciales en la ciudad, a las que se denominaba casas
fuertes, quizás por el capital con que giraban. Auna de ellas ingresé, bajo la
dirección de Carlos Capelli, italiano, gran amigo del coronel. Capelli era un
hombre atlético. Su rostro, salpicado de pecas, emanaba una serena bondad.
Poseía una cultura prodigiosa en arte y en literatura. Era garibaldino, liberal
insurgente; había sido discípulo de Don Bosco y no se por qué razones estaba
allí en aquel pueblo quieto, dirigiendo un negocio de abarrotes.
Los años de trabajo que trascurrieron donde Sattui & Compañía sirvieron no
solamente para iniciarme en la faena de ganarme la vida, sino, lo que fue más
importante, para penetrar de modo más franco y esencial en la vida de mi
pueblo, que es la de centenares de pueblos latinoamericanos. La naturaleza era
gloriosamente alegre, pero dentro de ella se movía una vida lenta y viscosa. El
ambiente era constrictor y molía el porvenir de las personas como los molinos
muelen el grano: hasta volverlas literalmente polvo. La vastedad del horizonte
geográfico chocaba en rudo contraste con la mezquindad del horizonte espiritual.
Los hombres no sabían qué hacer, no podían ocuparse en nada. La vida se les
estancaba dentro de la piel como el vino espeso dentro de un odre. La ciudad
vegetaba asfixiada por los latifundios que abarcaban las sierras y los valles, las
cañadas y los cuatro puntos de la rosa de los vientos.
Corría un agua densa, cubierta por espesa nata, por las acequias que surcaban
las calles. De ellas se alzaba un olor a vespasiana, a establo, a inmundicia
fermentada. Y los niños jugaban en aquellas acequias, y un buen día tenían
fiebre y morían como moscas.
Niños barrigones, con las piernas arqueadas, cubiertos por una camisa que,
no se sabía cómo, siempre estaba sucia. A las puertas de los tugurios de adobe,
oscuros y húmedos, las mujerucas extraían piojos de las cabezas de los
pequeños. La miseria y la mugre caían sobre aquella gente, amortajándola
despacio y matándola tempranamente; envejecían frente al cromo del mismo
calendario, del que habían desaparecido ya las semanas, los meses y hasta el año.
Los únicos seres que turbaban la quietud silenciosa de las diáfanas noches
estrelladas eran los gallos, las gatas en celo y los perros —que, según decían,
aullaban al paso de las ánimas en pena—. Alguna noche tibia y lunada, los
amadores osados daban serenatas a las doncellas, bajo sus balcones. De vez en
vez, alguna virgen casadera moría de mal de amores; porque, según los
testimonios jurados de las mujerucas, en aquel pueblo la gente no sólo moría de
miseria y de vejez, de males desconocidos o de tedio. Todavía, algunas veces, los
niños morían de “mal de espanto” y las doncellas de “mal de amores”.
Durante tres años trabajé en la firma de abarrotes y viví con intensidad la
vida de mi pueblo. Sentía desgarradoramente en el punto más sensitivo de mi ser
que era verdad el dicho del abuelo: aquel pobre pueblo nacía en el suelo, comía
en el suelo, dormía en el suelo, paría en el suelo y moría en el suelo.
Una mañana, Capelli cayó herido, víctima de accidente casual. A un
mecánico ambulante se le escapó la bala de su pistola y el proyectil le perforó
uno de los pulmones, rozándole el vértice del corazón. En menos de un día,
aquel hombre alto, fornido, joven, fue convertido en un montón de carne que
comenzaba a podrirse. Desde entonces, ya no permanecí de pie ante el
mostrador, escuchando la plática seductora, animada de cultura y humorismo, en
la que se entretenía cada tarde Capelli. Salía presuroso y me marchaba a la
biblioteca del coronel, en donde leía sin descanso ni concierto.
Hube de hacer solo toda la lucha con la violenta carga de la adolescencia,
con la desgarradora crisis de mi fe de niño, con la exaltación febril de la
agresividad del instinto. Pensaba en la misericordia de algún ser supremo, pero
no tenía pensamientos claros; eran más bien ideas vagas, tentaciones
voluptuosas, sueños desarticulados, que se alzaban como una neblina o como
una humareda.
—Es un sentimental, con una infinita capacidad de absorber sufrimiento —
sentenciaba el coronel, queriendo definirme— ; tiene temperamento, es valiente
y es terco. Y eso se lo van a hacer pagar.
El coronel enfermó y los médicos sentenciaron que no llegaría a la edad del
abuelo. Y esto me infundió un gran pavor, me sumió en un grave desconcierto.
Para nosotros, el coronel había sido siempre el arquetipo del valiente;
escuchábamos asombrados las reseñas de sus batallas y las peripecias de sus
montoneras. Y tendido en el lecho, enfrentando a la muerte, comenzó a exhibirse
como un pobre ser ganado por el espanto. El coronel no quería morir: le vi llorar
un día como un pequeño desamparado; tiritaba, temblando de pies a cabeza.
—¿Tienes frío? —le preguntaron.
—¡No... no es frío, es miedo a morir! —respondió con voz segura—. Y un
hilo de lágrima corrió por un lado de su rostro apergaminado.
Duró cien días yacente y cada vez peor. Hacía encargos, daba consejos, se
despedía despacio y bondadosamente de cada persona, de cada cosa, de cada
recuerdo de la vida que había vivido.
—Es demasiado duro morirse tan despacio —murmuraba— .
—¡Una sola cosa, tú —me dijo una mañana tomándome la mano y
comodespidiéndose—: jamás te traiciones a ti mismo; que lo demás no te
importe!
Un día llamó a todos en torno a su lecho; nos bendijo con la misma
bendición que el abuelo. Sus ojos azules se clavaron sobre el rayo de sol que
penetraba como cilindro luminoso por el hueco de la cortina agujereada; el haz
de sol venía a morir sobre el pedestal de un candelabro de plata. Tras la mampara
de cristales, la gata Perla arañaba la jamba, tratando de ingresar a la habitación
de la agonía.
El rostro del moribundo pareció enharinado por la muerte. Se crisparon sus
dos manos empuñando el cobertor y clavando las uñas en la tela.
—¡La bandera! —deliró— ¡La bandera... —Y dejando caer su mentón
musitó:
—¡Todo, todo tiene su fin...! —Abrió la boca echando la cabeza hacia atrás y
se quedó quieto. No se movió más...
La base del candelabro refulgía con la luz del sol; la gata Perla había
ingresado y maullaba sentada sobre sus patas traseras. Las mujeres lanzaban
gritos, llamando al viejo con frases cariñosas.
En la sala contigua, donde se hallaban reunidas muchas personas, se presentó
el juez, vestido de negro, y con actitud, gesto y voz de actor dramático, exclamó:
—¡Señores, ha muerto el vencedor de San Pablo...!
El derrumbamiento del coronel se expresó en mí en un sentimiento extraño:
sentí que el destino de mi propia vida cesaba de ser exterior a mí, para actuar en
adelante desde el fondo da mí mismo. Y allí, ante su cadáver, resolví abandonar
aquel ambiente, salir en busca de otros horizontes y hacerme un porvenir.
Lo enterramos con honores militares: había sido el forjador de una victoria
en infausta guerra nacional. Su hermano había caído junto a él en el campo de
batalla. Echamos tierra en el hueco donde había descendido su ataúd y le
lloramos con amargura.
Un mes más tarde, la madrugada era fresca, el sol luminoso y la vida quieta
como siempre. La ciudad se iba quedando abajo, mientras yo me amputaba de la
comunidad de mi natío sin ruido, quedamente. El caballejo trepaba la cumbre
andina cargando mis alforjas flacas y mi angustia inmensa. Sobre la roca
granítica me encontraba ya solo, frente al porvenir: abajo estaba la campiña con
todas las ricas tonalidades del verde, con sus dos riachos, que corrían en la
vaguada del valle. Allá quedaban la madre, los hermanos, la adolescencia, la
sangre. Más arriba, al otro lado de la cumbre, una tempestad furiosa se
descargaba sobre la tierra. Miré hacia el abra por donde entraron Francisco
Pizarro y su diminuta legión a conquistar el imperio. Espoleé al animalejo y me
hundí en la tempestad.
Habituado, desde siempre, a la naturaleza silvestre y paradisíaca, la visión
del ferrocarril resultó fascinante. El convoy empezó a moverse muy de mañana;
es bien probable que sólo se deslizara a mucho menos de treinta kilómetros por
hora; hacía largas paradas en cada villorrio, en cada hacienda. Rodaba, y al rodar
parecía consumir todos los matices del verde, todas las tonalidades del azul, todo
el milagro magnífico de luz, para entregarlo transformado en gris uniforme, en
parduzco sucio, como si la humareda de su chimenea lo sumergiese todo.
A medida que el tren descendía a la costa, el paisaje aparecía yermo, reseco,
polvoriento. Cerros galayos, dunas calcinadas, llanos ocres, grises o de un sepia
oscuro. Y, por todos los puntos del horizonte, polvo terroso, arena impalpable
que se introducía dentro del cuerpo, en la garganta, dentro de las casas, en lo
permanente de la vida de los moradores, con más sutileza que el aire. Lejos y en
breves manchas verdosas, el yermo era vencido por el triunfo empenachado de
las guajanas de la caña de azúcar..., pero luego volvían la arena, el erial, el
desierto.
En un atardecer pesado, hecho de sabor áspero, de olor a vinagre y de dolor
de cabeza, el tren llegó a Pacasmayo. Un puerto triste, chato, polvoriento y
caliente. Las gentes allí se movían muchísimo más apresuradas que en la
serranía, sudaban copiosamente, hablaban con acento diverso y daban una
impresión tal vez más triste: sobre su miseria caía el polvo parduzco del desierto;
se les pegaba sobre el sudor, les formaba una costra sobre las aletas de la nariz,
les corría como un grueso goterón de mugre desde las sienes, arrastrándose
delante de las orejas hasta la barba. Cuando los trabajadores escupían, arrojaban
lodo; cuando las mujeres iban a servir la comida, sacudían el polvo de los platos;
y cuando la transpiración mojaba la columna vertebral, se sentía que sus gotas se
deslizaban pesadamente, mezcladas con polvo de la tierra.
La tragedia de todo el litoral ha sido y sigue siendo la falta de agua; allí
prevalece la sequía eterna y la leve llovizna invernal parece no tener otra misión
que yermar aquella tierra y mantenerla como paisaje lunar. Sobre ese horizonte
desolado, sobre ese páramo elegíaco, se alzan raquíticos, tristes, polvorientos,
los poblachos y los hombres, sus casas y sus vidas, más grises todavía. Es como
si todo estuviese taraceado en el sequedal.
Eran los años de la primera guerra; el barco tardaba semanas en arribar y la
permanencia en el hotel devoraba mis ahorros. Tuve miedo a encontrarme con el
peligro de regresar; las pesadillas del regreso torturaban mi sueño, hasta que un
día mi alma tuvo la fiesta del barco.
Mar afuera se mecía, blanco y pequeño, el Urubamba.
Por un pasaje de tercera clase fui embarcado, y en realidad arrojado, en un
cuadrilátero de hierro, separado por una barrera de tablones del establo de
vacunos: una muy amplia abertura dejaba ver el cielo; el mar solamente era
escuchado. La noche fue larga y penosa, el día tórrido y más mal oliente que la
noche. Hasta que se anunció el arribo al Callao, en una mañana soleada y
calurosa de marzo.
Desembarqué, me eché a la calle con un paquete bajo el brazo, que era todo
el equipaje. Un tranvía me condujo hasta Lima, donde sufrí aguda decepción: no
era en absoluto la gran ciudad de mi fantasía, la agitada urbe de mi sueño
arbitrario; era la ciudad atrasada, capital de un país más atrasado aún.
Al arribo, me subyugaba un cansancio agobiante; sentía los huesos como de
cera, estaba pegajoso, despedía un olor agrio, tenía una barba rala y crecida, y al
mirarme en un espejo de la calle comprobé que llevaba una camisa pringosa.
¡Cómo se hace salobre el gusto de todas las sensaciones en circunstancias como
aquélla...! ¡Qué repugnancia nos da vivir...! ¡Y cómo se palpa la tentadura de las
paredes mohosas de un pozo, en el que se siente haber caído y del que se
imagina no poder salir nunca...!
Encontré un albergue en el que sólo se permitía dormir, estando vedado
permanecer en él durante el día: una vasta sala del convento de San Agustín, que
el arrendatario, un viejecillo encanijado, mefistofélico, había dividido por medio
de tabiques de madera en celdillas, en las que no cabía sino una cama muy
angosta, con un colchón de paja. Había un lavatorio general, una ducha de agua
fría y un gran barreño para lavar la ropa.
Por la noche lavé la ropa interior; muy de mañana me di un baño y salí a las
calles, a conquistar la ciudad, adoptando el método que emplea la infantería en
las guerras: caminando a pie y tomando, por así decirlo, calle por calle y casa
por casa. Sólo a través de esta que llamaremos táctica, las ciudades nos entregan
la esencia de su alma; el tranvía, el autobús, el taxímetro, sofistican y adulteran
el alma de las ciudades. A pie, en cambio, captamos su verdadera esencia:
penetramos en sus recovecos, manipulamos sus coordenadas y sus abscisas,
estereotipamos en la mente sus letreros, sus balcones, sus esquinas y sus
plazuelas.
Bajo pendón insurgente
9
Amarga y angustiosa, cargada de sudor mugriento y de acedo cansancio, fue
la búsqueda de trabajo; los certificados de Sattui & Compañía no poseían la
eficacia que mis esperanzas les habían atribuido. Las cartas familiares a personas
amigas no tenían otra virtud que atraer sobre mí una catarata de consejos, frases
compasivas y voces lamentosas. Rehusé la idea de ingresar a la Escuela Militar,
pensando que los estudios allí durarían cuatro años, durante los cuales no podría
ayudar a los míos. Sentía pavor ante la posibilidad de que mi madre muriese y,
en consecuencia, mis hermanos quedasen en abandono total. Y aquellos días el
cielo era como de plomo y la tierra hervía bajo los pies; el amor a la vida se
resecaba y había mal olor en el ambiente.
Mi encuentro casual con herr Albert Köbrich, amigo de mi casa y alto
empleado de la firma alemana que trabajaba en mi ciudad natal, abrió mi
horizonte: ingresé a las oficinas de Hilbck, Kuntze & Compañía, laborando con
su gerente, don Félix R. León. Como a mi jefe le agradaba laborar desde las
últimas horas de la tarde, hasta la media noche, utilizaba mis horas diurnas para
leer y leer en la Biblioteca Nacional.
El mundo entero y mi juventud doliente fueron sacudidos por un retumbante
acontecimiento: la Revolución Rusa. Nuevos nombres y nuevas palabras
aparecían en las columnas de los diarios: los bolcheviques, Lenin, Karl Marx,
Trotsky, Zinoviev, Federico Engels, los Soviets, los mencheviques, la checa... Y
todo esto moviéndose trágicamente sobre la vasta estepa rusa, dentro de la
dolorosa vida rusa. Porque la vida rusa se me presentaba, a través de sus
literatos, una existencia lastimosa, análoga a la que arrastraban las gentes de la
serranía y de los poblachos polvorientos y resecos de la costa. Identificaba al
indígena de mi país con el mujik y a su desdichada mujer con la mujer del indio
de los Andes. Y este hondo y anonadante dolor justificaron ante mí la
insurrección, la protesta airada y sangrienta, el alud tempestuoso de la cólera
popular sin ataduras.
Los bolcheviques anunciaban el advenimiento de una sociedad más humana,
que venía a conceder al hombre la libertad de la miseria; proclamaban que traían
en los brazos la aurora de un nuevo día, para todos los desheredados de la tierra;
alzaban en alto la dolida esperanza de todos los que carecíamos de mañana y se
hacían presentes, marchando en la historia, como los redentores de todos los
pobres del mundo. Yo no podía dejar de estar al lado de ellos. Y fue desde
aquellos instantes cuando me hice fervoroso comunista, ardiente partidario de la
Revolución Proletaria y de una causa cuya doctrina, cuyo programa y cuya
ideología ignoraba por completo.
Mi madre era trasladada a un poblacho más mísero, de clima insalubre; mis
hermanos crecían en aldeas de ambiente aplastante. Tenía que procurarme otro
trabajo que me proporcionase más dinero.
A una de mis muchas solicitudes respondió Fort Hermanos. La ferretería de
la calle de Lescano tenía un aspecto vetusto e interiormente era un antro sombrío
repleto de tubos, varillas de hierro, codos, pernos, niples y crisoles. Julio Fort, el
jefe, era un hombre alegre, charlador y bondadoso. En aquella ocupación me
inicié ganando cien soles mensuales, en vez de los cuarenta y cinco que ganaba
con el señor León. La situación de mi madre cambió; pudo abandonar la aldea y
vivir en la ciudad. Durante siete años laboré sin fatiga; ahorré gratificaciones y
aumentos, y un día pude llevar a la capital a mi madre y a mis hermanos. Esta
acción me hundió en un placer infinito: sentía que con mi esfuerzo estaba
reconstruyendo el hogar que la desgracia había derrumbado; lo alcé en mis dos
brazos y experimenté el orgullo divino o satánico del realizador. Pensaba que la
vida se abría ante mí como una pista libre de obstáculos... ¡Era como la
borrachera de una inmensa victoria...!
Mientras la Revolución Rusa se consolidaba, al otro lado del planeta, la
convulsión social posterior a la guerra agrietaba la costra feudal del país. Hizo
eclosión un movimiento nuevo; resonaron por primera vez, en el seno de aquella
sociedad amodorrada y arcaica, las palabras socialismo, sindicatos, proletariado,
jornada de ocho horas, explotación del hombre por el hombre, pliego de
reivindicaciones..., huelga...
En las grandes reuniones obreras que se realizaban en las plazas y en las
avenidas, Nicolás Gutarra y los dirigentes obreros anarquistas arengaban a la
muchedumbre altivecida.
—Pedimos una sola cosa, grande y simple a la vez: que se nos consienta
vivir como seres humanos; que nos sea permitido vivir como hombres y no
como bestias de carga. Si para defender este derecho elemental a la vida es
preciso que nos rebelemos, camaradas, rebelémonos.
La muchedumbre congregada en torno a las tribunas, rodeada de policías,
fusiles, gendarmes, sables y caballos, aplaudía frenética. Era como un alarido,
como un “tam-tam” selvático, como un gruñido rabioso; no era el entusiasmo de
quien ha comprendido una idea, ni el alborozo del que ve modelarse el
pensamiento al que no pudo dar forma. Era el zumo del rencor vuelto añejo y
espiritoso por el tiempo lo que se derramaba allí, en embriaguez multitudinaria.
Observé que a la muchedumbre le sugestionaban hasta la epilepsia las
palabras esdrújulas y noté que Gutarra demostraba conocer bien este gusto de la
multitud, y que se esforzaba por satisfacerlo.
Una tarde en que se celebraba una de las muchas manifestaciones populares,
a las que siempre fui asiduo concurrente, los soldados, jinetes en grandes
caballos, se lanzaron en una carga violenta sobre la muchedumbre inerme. Las
herraduras chisporroteaban sobre los adoquines y me hacían recordar la manera
como el abuelo encendía sus cigarrillos con su primitivo encendedor de
pedernal. Las mujeres rodaban de cabeza bajo las patas de los caballos. Los
gendarmes, desde lo alto de sus monturas, irguiéndose sobre los estribos,
azotaban con las hojas de los sables las espaldas, los hombros, las cabezas de los
que corrían. Desde los extremos, los oficiales disparaban sus pistolas, irritados o
sonriendo, y herían o mataban a los manifestantes.
El ejercicio de aquella violencia, tan inútil como bárbara, me dio la
convicción maciza de que las gentes del pueblo tenían razón para rebelarse.
Quedé persuadido de que allí en esa dolorosa realidad, como en los Evangelios,
la justicia estaba de parte de los pobres, de los que, como decían en sus arengas
los anarquistas tenían todos los días de dolor, sin un solo día de alegría.
Allí, mis sentimientos revolucionarios, oscuros, informes y pasivos,
adquirieron aristas y se hicieron dinámicos. Era imperativo combatir aquéllo; era
un deber batirse contra tal abominación..., y estoy seguro de que allí, sobre la
sangre, me transformé en militante y devine combatiente.
Viviendo entre los empleados, conocía de cerca su drama cotidiano, su
señorío que se hace tragedia, la forma en que el imperio de la apariencia devora
su presupuesto. Escribí algo sobre ello y sugerí la conveniencia de crear una
organización que defendiese los intereses de los empleados y exigiese leyes que
los beneficiasen.
Dudé mucho; transpiré en la puerta misma de las redacciones de los diarios,
y un buen día el artículo aparecía publicado en El Comercio, diario centenario, el
más antiguo del país y en La Prensa, diario de tendencia menos conservadora
que El Comercio. Y en la tarde, en la puerta de la ferretería de Fort Hermanos,
me estrechaban la mano una media docena de muchachos desconocidos, que
debían de transformarse después en amigos y compañeros de campaña:
Augusto Goycochea, José Manuel Harrison, Humberto Nieri, Julio Castro,
Vicente Manuel Tarazona... La conversación fue larga, el plan vasto y la
iniciación de la tarea inmediata.
Encontramos un alero acogedor en el diario La Razón, que dirigía el
periodista José Carlos Mariátegui, fervoroso simpatizante de la Revolución Rusa
y propugnador y propagandista de las ideas socialistas. Mariátegui tenía una voz
persuasiva, que ponía al servicio de un claro razonamiento lógico. Su mirada
aquilina y diáfana se tornaba más intensa por la fijeza de sus grandes ojos negros
y por su arrogante nariz, que le daba un perfil imperativo. Los cabellos le caían
sobre la frente espaciosa, de color amarillento y enfermizo. Su voz, rica en
inflexiones, estaba traspasada siempre por un amable empeño persuasor, le
agradaba gastar ingenio y energía en convencer y, más aún, en conseguirlo. Al
caminar, renqueaba como consecuencia de una operación absurda que le
practicaron en la infancia. Sus íntimos le apodaban “el cojo”, lo que parecía no
molestarle en lo más mínimo: había superado victoriosamente, sin duda, el
complejo de inferioridad que debió causarle la cojera.
La Razón se transformó en un hogar del movimiento organizado de los
empleados y Mariátegui en uno de sus más expertos consejeros. Desde entonces
surgió entre nosotros la entrañable amistad que ardió incólume hasta el día de su
muerte.
La empeñosa campaña sólo daba frutos esmirriados y, para hacer más
sombría nuestra situación, José Carlos Mariátegui se marchó a Italia y el diario
La Razón cesó de aparecer, bajó la presión compulsiva del nuevo Gobierno de
don Augusto B. Leguía, que surgía mediante un golpe de Estado.
La crisis económica aguijaba el descontento general y ello nos condujo a
plantear las reclamaciones de los empleados. Audazmente dimos un plazo y
amenazamos con la huelga general. Mientras el plazo transcurría, nuestra
amenaza se transformó en el fatídico espectro del fracaso, que se volvía sobre
nosotros mismos: la gran masa de empleados nos respaldaba, pero sólo
“moralmente”. El temor a un desastre nos obligó a volver los ojos hacia los
obreros y a solicitar su colaboración, la que obtuvimos plenaria y entusiasta.
Estalló la huelga: nuestro comité, a la cabeza de piquetes, integrados en su
mayor parte por obreros, obligó a cerrar las puertas de bancos y establecimientos
comerciales. El presidente Leguía, deseoso de ganar popularidad y de consolidar
su régimen, surgido de modo bastardo, convocó a una reunión a los gerentes y
empleados, para buscar la solución del conflicto.
La primera batalla social en la que participé, siendo uno de sus gestores,
logró éxito: los empleados obtuvieron aumentos de salarios, mejoramiento en las
condiciones del trabajo y un régimen racional de descanso. Y, a través de esta
campaña, me vinculé estrechamente con todos los elementos inconformes e
insurgentes de los diversos campos: obreros, estudiantes, intelectuales de
avanzada, con quienes se fundó una hermandad que se prolongó más tarde, con
proyecciones en la política.
Mi primera acción bajo los pendones insurgentes me conquistó un sitial bajo
el sol candente de la revolución.
Juventud, juventud, torbellino...
10
En esa hora de tempestad social, se albergaba en la Universidad la
vanguardia orientadora y combatiente de la lucha por la dignidad humana y por
una decorosa vida democrática en el país. Además, la Universidad aparecía
como el manantial de los más altos conocimientos, todo lo que hacía de ella un
campo de gravitación espiritual ineludible. Mediante estricta racionalización del
trabajo, obtuve organizar mi labor donde Fort Hermanos, en forma que me
permitía seguir el mayor número de cursos en la Facultad de Historia, Filosofía y
Letras, e incorporarme al encrespado movimiento estudiantil.
No se hicieron obligatorios largo tiempo ni laborioso análisis para comprobar
la pobreza académica de la Universidad y lo infecundo de su creación
orientadora. Vida estancada en el peripato, arcaísmo escolástico en la
concepción, pedantería formular y rutina sin tradición, que se repetía a sí misma
como la lluvia; concilio profesoral en el que no despuntaba un maestro o un
guía, sojuzgado por un espíritu burocrático y administrativo, al que preocupaba
la concesión de títulos y no la forja de una élite dirigente y conductora.
Al lado de esto, un ambiente estudiantil electrizado por las más elevadas e
intensas inquietudes sociales, políticas y humanas, animado por grupos de
orientaciones diversas y, en sus extremos, de tendencias antagónicas. Mas, en
medio de la abigarrada disyunción, preponderaba el pensamiento unitivo de la
lucha unánime en defensa de la libertad, del combate acometiente contra la
dictadura que el presidente Leguía estaba implantando en el país. El “grupo de
los rojos” reunía a los exaltados partidarios de la revolución: de una revolución
imprecisa, sin caracterismo ni matiz, pero revolución, cambio, transformación.
Su distintivo esencial era que lo constituían estudiantes pobres y provincianos
con gruesa herencia racial indígena. En el seno de este grupo fue incubada y
nutrida la figura brillante de Víctor Raúl Haya de la Torre, quien ascendió más
tarde a los planos sobresalientes de la política del país.
Haya de la Torre era lo que se dice un “niño bien” de la capa aristocrática de
la sociedad de Trujillo, la ciudad fundada por don Francisco Pizarro, en
homenaje a la tierra de su natío. La sociedad trujillana guarda en relicarios sus
escudos y blasones, se contempla en los campos de gules, y vibra emocionada
con los leones rampantes. El orgullo señorial de su prosapia ha dado tema para
que la tradición humorística o la bigardía de los plebeyos asevere que en la Plaza
de Armas de la muy noble y muy señorial ciudad de Trujillo está sepultada la
pantorrilla de don Quijote de la Mancha, atribuyéndose aquí a la palabra
pantorrilla el sentido peculiar de arrogancia jactabunda y de fachendosa
ostentación.
Víctor Raúl era así un aristócrata, pero sólo aristócrata de provincia, y lo que
para él era peor o mejor, un aristócrata venido a menos por su carecimiento de
fortuna. Esto último, sobre todo, le vedaba alternar mano a mano con sus pares,
o con quienes estimaba como sus pares en la capital. Y esta situación material
inflexible, le arreaba terca y astringente al lado de los estudiantes pobres, de los
provincianos oscuros, de los cholos de pigmento acobrado, pómulos apezonados
y bocas bezudas. La vida trazó ante él una disyuntiva tajante: o marchaba aislado
o se juntaba a los descontentos y a los resentidos. Y Víctor Raúl no tenía
temperamento de solitario, ni categoría de anacoreta.
Mientras Haya se desprendía de su placenta aristocrática, para hacerse adalid
de los grupos de avanzada, José Carlos Mariátegui regresaba del viaje a Europa.
El fino observador y tenaz estudioso que había en el noble intelectual logró la
captación de la esencia misma del drama europeo y mundial, ulterior a la
primera guerra. Recolector acucioso de las mejores exégesis de los fenómenos
sociales, exhibía con acerado espíritu crítico las más recientes corrientes
filosóficas y se proclamaba “socialista militante”, “marxista convicto y confeso”,
“defensor del marxismo y de la Revolución Rusa”. Las conferencias de José
Carlos Mariátegui alcanzaron honda y dilatada resonancia en la conciencia
intelectual del país y en sus sectores obreros más despejados, y sirvieron de
tractivo hacia las filas de avanzada, y enriquecieron en calidad y cantidad el
fermento de la levadura revolucionaria. Mariátegui fue el promotor de una nueva
temperie espiritual; con sus discursos, sus artículos, sus libros y sus tertulias del
Rincón Rojo inauguró una época nueva en el pensamiento del Perú.
Por aquel tiempo, el presidente Leguía, con el ánimo de fortalecer su
Gobierno —al que imprimía un carácter dictatorial creciente— y con el
subrepticio designio de preparar la imposición de su permanencia arbitraria en el
poder —lo que realizó más tarde—, dispuso la consagración oficial de la
república al Corazón de Jesús. Era inequívoca, en la aparentemente devota
disposición, la finalidad de ganar el apoyo incondicional del sector católico más
fervoroso para la política despótica que estaba imponiendo y agravando.
La resolución del dictador creó una corriente unívoca en la universidad y
engendró la tregua inmediata entre las tendencias opuestas y distantes: los rojos
revolucionarios y los conservadores civilistas, el círculo protestante capitaneado
por el pastor inglés John A. McKay y la masa indiferente fundieron su
colaboración en la campaña opositora. Y los obreros —pletóricos de exaltación
anarquista— se sumaron entusiastas a la vasta coalición adversa a la dictadura de
Leguía. En realidad, la consagración al Corazón de Jesús sirvió sólo de pretexto
para la agitación y la convocatoria a la batalla.
En turbulenta asamblea estudiantil se levantó el pendón rebelde, no sólo
contra el propósito de Leguía sino contra sus métodos de abuso y su régimen
antidemocrático. Los oradores tronaron —no ya contra el Corazón de Jesús, ni
contra la proyectada consagración, sino contra las arbitrariedades, atropellos y
crímenes cometidos por la dictadura contra los ciudadanos—. Fue, sin duda
alguna, una batalla calificada en defensa de la libertad.
En la tumultuosa asamblea predominó la idea general de hacer algo que
significase oposición, fuese lo que fuese; y la idea muy concreta de hacerla de
inmediato y a barrisco. El desarrollo de la acandilada reunión ofreció, en medio
de la reciura de los alaridos y los anatemas, la más rica variedad de incidencias:
desde el dramático anuncio del sitio de la universidad por tropas de todas las
armas y el emplazamiento de nidos de ametralladoras frente a las puertas de la
vetusta casona, hasta el sainete bullicioso del clamoreo que exigía con tenacidad
la presencia de un orador que ocupase la tribuna sólo para distraer a la
concurrencia, en tanto que el comando de la acción estudiantil redactaba las
mociones que debían ser entregadas a la prensa como acuerdos del estudiantado.
—¡Que suba a la tribuna Calibán! —gritaban—. ¡Arriba... que suba!
Y no como un monstruo, sino más bien como sintiéndose un dios de aquella
tempestad juvenil, erguido y sonriente, con sus enormes anteojos, ascendía a la
tribuna Carlos Alberto Izaguirre, cuya presencia era saludada con un bramido:
—¡Calibán... Calibán... Calibán...!
Y se derrumbaba el clamoreo en un brusco silencio, mientras una risa de niño
bañaba su rostro de viejo.
—¡No... no... camaradas, compañeros, señores —declamaba con ímpetu
teatral Izaguirre—, Calibán... no... jamás... Ariel... siempre el mirífico y
luminoso Ariel...
—¡Calibán... Calibán... Calibán...! —alaridaba la muchedumbre en un
vocerío único.
—Yo sé bien que ese es el grito nefando de la derecha, del mefistofélico
civilismo, camaradas..., compañeros..., señores..., clamaba Carlos Alberto,
mientras una sola carcajada, alegre y procaz a la vez, se mezclaba con el nombre
del héroe shakesperiano:
—¡Calibán... Calibán...! ¡No... reaccionarios... Ariel!
Se hizo silencio para escuchar las mociones y aprobarlas; votadas por
aclamación, estalló la carga explosiva:
—¡A la calle..., a la calle..., a batirse contra la tiranía..., a pelear por la
libertad...! ¡La libertad no se pide, se conquista...!
El río humano llenó los patios y los estudiantes que salían se encontraron con
la afluencia de los obreros que llegaban de las fábricas. Allí estaban alegres y
resueltos, los capitanes anarquistas, con sus pendones enrollados, contentos de
librar una escaramuza contra la “trilogía Iglesia, Estado y capital”. Allí se
presentaban centenas de mozos desorientados que no sabían sino que estaban
hartos de miseria, de mezquindad, de enruinecimiento; se sumaban gruesos
contingentes de muchachos que deseaban algo grande, pero que no sabían qué
era, ni en qué consistía, ni cómo era factible conseguirlo. Y en medio de esos
grupos, vestido de negro, con el saco roto en una de las axilas, con el sombrero
en la mano, carialzado y agresiva la nariz aguileña, con la boca como detenida
en una mueca de asombro, avanzaba Víctor Raúl Haya de la Torre.
El remolino humano se organizó en columna; la muchachada de Letras y de
Ciencias —lo más joven de entre la juventud— asumió la vanguardia. Los
adolescentes son quienes exhiben mayor acometividad y un valor más temerario.
O es inconsciencia del valor de la vida o un hiperestésico amor propio, o quizás
lo que es el heroísmo humano en la sublimidad de la acción de abnegarse,
dándose a una idea. Tal vez era la explosión de la seguridad y del olímpico
orgullo de vivir lo que hacía que nos lanzáramos al peligro, gritando como los
héroes de Shuman: ¡Viva la muerte...!
El primer choque con los cordones de gendarmes y policías fue violento y
breve. La vanguardia juvenil los rompió, arrollándolos y desbordando su
agresiva avalancha: la escaramuza fue un impacto seco y decisiva: los policías
de a pie, al recibir los primeros golpes, se replegaron doblegados por el número.
El repliegue enardeció a la mozada; grupos fuertemente tomados de las manos se
alzaban en un salto colectivo y lanzando los pies por delante, iban a caer como
un proyectil sobre los pechos de los gendarmes; muchos de los atletas
universitarios estaban allí demostrando ante sus camaradas la potencia de sus
puños, la destreza de sus saltos y lo elástico de su juego de piernas. Los obreros
anarquistas habían traído cadenas de hierro enfundadas en cuero, bolsas
alargadas llenas de perdigones, con las que descargaban golpes aniquiladores
sobre los gendarmes y policías.
La manifestación se rehízo después del primer choque, en un tumulto de
fiebre común; el pensamiento colectivo pareció oscurecerse para univocarse
poderoso en la idea fija de pelear y vencer aquella tarde; el miedo individual se
extinguía bajo aquel recio vendaval; las piernas del hombre invadido por el
miedo tendían a huir, pero el campo de gravitación del valor humano, hecho
hoguera y torrente, atraía de manera inevitable. La muchedumbre, como un
tropel de tropeles de animales se descargó violento por una de las calles,
cantando con voz ronca el Himno de la Juventud:
Juventud, juventud, torbellino,
soplo eterno de eterna ilusión.
Mientras la infantería derrotada se retiraba, cargando las armas y recogiendo
del suelo los kepis y las jinetas, frente a los manifestantes apareció la caballería.
Los sables tenían un fulgor rojizo bajo las últimas luces del crepúsculo; los
soldados, jinetes en caballos de gran alzada, tenían algo de goyesco en las
siluetas y de sádico en los rostros incásicos. Se veía brillar los cañones de los
fusiles, pero sus bocas eran invisibles como la muerte.
—¡Los cosacos..., los cosacos...! —gritaron los anarquistas... para dar a su
grito un énfasis de novela tolstoiana o dostoiewskiana.
—¡Silencio...! —Rugió alguien, seguramente para asustar su pavor y otros
clamaron: ¡adelante..., adelante...! Los que marchaban a la cabeza agitaban las
manos llamando desesperadamente a los que venían detrás, como si les pidiesen
auxilio:
—¡Adelante...! —rogaban, porque su voz era de ruego...
Un tranvía se detuvo en la calzada; los pasajeros se tendían sobre el piso; las
señoras, que no podían correr, por las faldas, los altos tacones y el miedo más
amplio y más alto aún, se arrodillaban y abrían los brazos en cruz, implorando la
misericordia divina. Los muchachos, acodados en las ventanillas, miraban el
espectáculo. Y todo eso parecía el coro de una tragedia esquiliana. El conductor
del tranvía, desde la plataforma, miraba con curiosidad hacia el punto en donde
se iba a producir el choque físico entre los manifestantes y la caballería.
—¡Adelante! —gritaban—. ¡Muera el tirano..., abajo la tiranía...!
El tranvía detenido estaba sirviendo de parapeto; es increíble la cantidad de
gente que cabe entre el suelo y el techo de un tranvía, cuando es usado creyendo
defender la vida: el número sólo se hizo ponderable para mí, más tarde, en los
trenes blindados de la guerra de España.
—¡Adelante! —volvieron a gritar— y sonó la primera descarga. Las piernas
eran de goma y las gargantas de papel secante: una sola idea martillaba
obsedente... ¡Piedras..., piedras para proyectiles!
Y la calle fue desempedrada en segundos. Una lluvia de piedras caía sobre el
punto en donde brillaban los fogonazos de los fusiles.
¡Es magnífica una batalla callejera! Magnífica sobre todo para quien se
siente actor en ella, enfrentándose con los puños a las bocas de los fusiles y a los
filos de los sables. Es como un éxtasis, porque el hombre llega a olvidarse de su
miedo, es decir de su vida —porque la vida es miedo— y a entrar en la cima
helada, yerma y serena del heroísmo.
El heroísmo juvenil de esa noche intimidó a la caballería. Sonaron nuevas
descargas. Y, de pronto, el conductor del tranvía cayó suavemente, asiéndose a
los pasamanos de la plataforma, sujetándose, como tratando de no golpearse en
la calzada al caer, y queriendo más bien reclinarse junto al motor. Es asombroso
cómo el hombre parece llenar sus últimos instantes con el pensamiento de
arreglarse para morir confortablemente, de dar a su cuerpo, en el estiramiento
final, la mayor comodidad posible. Sucede cual si la conciencia se detuviese en
el cerebro hasta un instante más allá del último, para comandar los movimientos
de los músculos, de los nervios, de las vértebras, a fin de que el cuerpo no sufra
gran incomodidad en el salto hacia el vacío.
Salomón Ponce, el conductor de tranvías, que se mofaba de los choferes que
cruzaban su vehículo tripulando viejos carromatos, que reía satánicamente de las
viejucas que se santiguaban antes de subir y que desarrollaban una escena
tragicómica antes de bajar; el muchacho burlón, granuja, castigador de mujeres
que se colocaba la gorra sobre la oreja, cargando la visera con el número 83,
sobre la ceja derecha, estaba allí con ojos que tenían dentro el mismo fulgor de
los sables y de los cañones de los fusiles. Ojos quietos, sin parpadeos, que no
volverían a ver a la madre vieja, ni a la mujer sonriente, ni a las chicas que le
hacían mohines tras las ventanas de reja del Cercado. Los labios donde tantas
veces llevara un clavel, con el tallo cogido entre los dientes, se abría con una
sonrisa que espantaba a los vivos.
Por un juego macabro del azar, aquel hombre anónimo y completamente
ajeno a la inquietud política, se convertía en el protagonista de un crimen
político, que iba a ser explotado políticamente por muchos y muy largos años.
Sobre aquel charco de sangre joven, se alzó el nombre, la gloria y el renombre
de Víctor Raúl Haya de la Torre.
La caballería hizo otras descargas más y se lanzó sobre la multitud, en brioso
y ciego tropel. Los soldados, con el sable en alto, lo blandían y lo descargaban
sobre las cabezas, sobre los hombros, sobre las espaldas y las nalgas de los
manifestantes. En el choque cuerpo a cuerpo estaba la decisión de la batalla; si
se lograba pasar más allá de la línea de los caballos, la pelea estaba ganada.
Entretenía pensar cómo el triunfo de las ideas de las corrientes políticas, hasta de
las naciones, llega a depender, en un momento, de una cantidad concreta y
mensurable de terreno: de la energía y la ferocidad que se pueda poner en
recorrerlo; aquella noche no se trataba ya sino de veinte metros; quizás sólo de
quince; puede ser que nada más que de diez... ¡Diez metros, en cada uno de
cuyos centímetros, de cuyos milímetros, estaba erguida y pandiculada la muerte
misma!
Tras las descargas, los oficiales dieron órdenes y cargó la caballería:
obedeciendo a un impulso común, los manifestantes formamos una sola masa
con los muros de las casas y con los jambajes de las puertas cerradas; éramos
como lodo viscoso pero viviente, que se adhería a cada resquicio, que se fundía
con el marco de cada puerta, con los hierros de cada ventana.
Varios caballos resbalaron y cayeron con gran aparato, mientras los
manifestantes golpeaban rabiosamente al jinete caído, hasta inutilizarlo; otros,
entretanto, se lanzaban con desesperación hacia el caballo que venía detrás,
sujetándolo por la brida para impedir que los prensase contra el muro. El animal
retrocedía encabritándose, para recular hasta sentarse sobre las ancas; los
sablazos del gendarme perdían dirección y pronto era sacado, de un modo u otro,
fuera de la montura.
Las imprecaciones llenaban los alargados instantes de estos larguísimos
minutos: habían caído ya media docena de gendarmes, siguieron pronto cuatro,
diez, quince más; los caballos, sin dirección, ayudaban a romper las vallas. Y, sin
saber cómo, la brecha se abrió: se colaron dos, enseguida tres más, diez,
cincuenta...
—¡Ya... ya... por aquí..., muera el tirano...!
—¡Libertad... libertad... libertad...!
Los gendarmes buscaban a su teniente y a su alférez..., era como si les
hubiesen roto la capacidad de pensar; aplacados y temerosos, se pegaban
también sobre las paredes y se apequeñaban en ovillos de carne miedosa, para
librarse de ser lapidados. No obstante su fuerza, perdían, emprendían la retirada,
se marchaban. Todo el odio al blanco, el rencor que se había destapado allí, con
cargas cerradas, como champaña de cuatrocientos años, se marchaba con ellos,
con el sentimiento de satisfacción que se llevaban consigo de haber golpeado, al
fin, a un blanco; de haberse cobrado, un decimal siquiera, de la deuda y de la
vindicación de cuatro siglos de servidumbre.
Las tropas indígenas se marcharon en repliegue, mientras la masa estudiantil
incrementada por ese personaje frívolo, iluso y vacío que es “el curioso” de estas
manifestaciones, engrosaba la candente pira humana que salía de allí con la
sangre ardiente, después de haber olido y masticado humo de pólvora, después
de haber ofrendado la vida y haber salido de esa calle venciendo a la muerte.
—¡Abajo la tiranía...; libertad... libertad... libertad...! ¡Muera el tirano...!
¡Libertad... libertad... libertad...! Y mezclado entre los manifestantes, alegre en la
bullanguera comparsa, gritaba hasta enronquecer.
Y aquella noche se tambaleaba el Gobierno del dictador.
Después de la refriega, los manifestantes nos desbordamos, en medio de una
estridente zalagarda, hasta la Plaza de Armas, frente al palacio del Gobierno. Y
en uno de los bancos, convenientemente instalado, se encontraba ya Víctor Raúl
Haya de la Torre, acompañado de sus amigos. Se dirigió en improvisada tribuna
a los manifestantes, que llegaban con la garganta reseca. Fue un discurso pleno
de entusiasmo, incitando a la acción y anatematizando a todos los cobardes.
Habló después un obrero tranviario, invitando a rendir un homenaje a su
compañero de trabajo, muerto en la refriega.
Lento y grave subió al banco el estudiante de Medicina Luis Francisco
Bustamante y ofreció el local de la universidad para velar al muerto; citó a todos
para el día siguiente a la morgue, donde los médicos debían practicar la autopsia
del cadáver. ¡De allí —exclamó— lo llevaremos a la universidad...!
El clamoreo fue como un juramento.
Haya de la Torre se entusiasmó de nuevo y habló con más ardor, con
indignación y con violentos adjetivos contra el Gobierno. Era más de la
medianoche cuando la manifestación se disolvía espontáneamente.
En medio de aquel alboroto juvenil me parecía ver una alborada. Allí creía
que estaba palpitante el anhelo de liberación material y espiritual de mi pueblo.
La indignación de los mozuelos era la misma que sentía yo; su cólera contra la
dictadura, sus anhelos de libertad, su deseo de una vida política decente eran
como los sentimientos que abrigaba en el alma. Estaba alegre peleando,
lanzando pedradas, recibiendo sablazos, porque creía orientarme hacia el
encuentro del camino: el gran camino de la redención de un pueblo que nacía,
vivía y moría en el suelo pelado.
No dormí esa noche; recorrí las calles formando la comparsa que gritaba
contra la dictadura; fui a la universidad, estuve en la morgue y en el hospital. Vi
tendido, yerto para siempre, a Salomón Ponce; sobre los labios blancuzcos, hacia
una de las comisuras lívidas, se abría, como un clavel, un coágulo de sangre.
Esta vez llegué temprano, más que nunca, a la oficina de Fort Hermanos. Las
espaldas me dolían de los golpes recibidos en la noche.
¡El quinto, no matar...!
11
La ciudad amaneció agitada y el pueblo lleno de alborozo; había voluntad de
lucha en los ojos de las gentes de muy arriba y de muy abajo; la masa
intermedia, los negociantes, los que usufructuaban privilegios concedidos por el
Gobierno, estaban ganados por la vacilación y la pusilanimidad.
La universidad se convirtió en cuartel general insurgente. Era la anarquía
juvenil enfrentada al abuso del poder y la desobediencia civil contra el desmán
del gobernante. La ciudad estaba paralizada; los trabajadores decretaron una
huelga, que se extendió a todas las actividades. Y esto era lo que daba colorido y
contorno a la derrota que el Gobierno estaba sufriendo, a la victoria ganada por
el pueblo.
El más selecto grupo de combatientes universitarios y obreros montaba
guardia en la universidad; cada portón fue convertido en barricada y los muebles
apilados en los pasadizos servían de parapeto y de defensa. En el interior, la
noche transcurría en medio de comentarios y vaticinios de toda clase.
—El bárbaro casi me abre de arriba a abajo con aquel feroz sablazo —
comentaba jactancioso el mozo larguirucho, nervioso, con la nariz chata y la risa
tan ancha como la cara—. Y desnudándose, en medio de piruetas que se hacían
lentas como pasos de danza, se quitaba la camisa con tal cuidado que parecía que
se estaba despojando de su propia piel, y dejaba ver el cintarazo violeta y rojizo
que le había hendido la carne desde el hombro hasta la corva, atravesándole la
espalda y las nalgas.
El pequeño rapaz, que nadie sabía de dónde salió, llevaba orgulloso, con aire
de coquetería infantil, un gorro de gasas que le vendaban la cabeza, cubriendo la
docena de puntos que suturaban su herida.
El gordo y rubicundo boxeador del segundo de Letras llevaba el brazo en
cabestrillo.
Y en el gran diván del salón rectoral descansaban los heridos, y quizás
alguno que se simulaba herido, para presumir de héroe.
En uno de los rincones, tendido en un ancho sofá, estaba Haya de la Torre.
Sobre los hombros tenía el saco negro, colocado como capa o cobertor, con un
periódico sobre la cara. Con los pies en calcetines, daba la impresión de hallarse
vencido por la fatiga. Bajo el diario que cubría su rostro, no se sabía si pensaba,
soñaba o dormía.
Un brusco ruido exterior sobresaltó a los circunstantes.
Las voces se hicieron más altas, chirriaron los cerrojos, al mismo tiempo que
los muebles eran desplazados sobre el suelo. Las miradas se concentraban en la
gran puerta que se abría chirriando.
—Son Bustamante y los de Medicina —anunció el guardián del corredor.
—Esos vienen del hospital o de la morgue —anotó uno de los heridos.
En el jambaje de la puerta aparecieron una media docena de hombres
jóvenes; todos tenían el rostro serio, menos Cornejo Köster, el rubio en quien la
sangre alemana dejara una huella perenne: Cornejo reía con suave e inalterable
ingenuidad alemana.
—¡El estudiante de Letras que fue herido en el muslo ha muerto!
Se hizo un silencio espeso después de la frase.
De súbito estalló un grito salvaje. Haya de la Torre, en mangas de camisa y
calcetines, había lanzado lejos el saco negro y el diario que le cubría la cara,
para, en medio de un nervioso palmoteo de sus dos manos, exclamar como
traspasado de gozo báquico:
—¡Eso era lo que nos hacía falta: un estudiante y un obrero...! ¡Era lo que
necesitábamos...!
Las miradas cargadas de asombro, los gestos con un tanto de alelamiento, le
rodearon presionándolo. Uno de los viejos catedráticos que velaba, por interés
político o por adhesión a la algarada juvenil, le susurró:
—Está usted muy agitado, Víctor Raúl; debe serenarse. Es una desgracia
para todos, y en especial para la Universidad, que haya muerto un estudiante.
Haya, como transportado, volvió a gritar:
—¡Un estudiante y un obrero... pero estupendo!
—Por favor, señor Haya, está usted loco, imploró el profesor.
Haya pareció darse cuenta del asombro general y de lo extraños que sonaban
sus gritos y la celebración. Se azoró confuso y preguntó a Bustamante:
—¿A qué hora murió... por qué murió... dónde está?
Bustamante explicó en términos médicos, con su voz grave, la causa de la
hemorragia y de la muerte. Murió en la madrugada. Al desnudársele se le
encontró un escapulario del Señor de los Milagros y un detente del Corazón del
Jesús. El cadáver yacía en la morgue, junto al del conductor del tranvía.
Haya se había vuelto a erguir, pero esta vez con aire pensativo y con la
expresión de que le invadía una amarga congoja por el fallecimiento del
muchacho.
Al día siguiente, una multitud formada por estudiantes y obreros, en plena
batalla contra los gendarmes y la policía, arrancábamos los cadáveres de los
frigoríficas de la morgue, conduciéndolos en vilo a través de las calles hasta la
universidad. El recorrido se realizó en medio de una lluvia relampagueante de
sablazos, acosados por las cargas de caballería, soportados en forma valerosa y
estoica. Ami amigo el zambo Pedraza le habían machacado el cuerpo a sablazos.
Al curarlo en la cama, Bustamante decía que era muy difícil hacerlo, ya que los
sablazos tenían color igual a la piel del mulato, quien, pese a su postración, reía
de las bromas del joven médico, por quien tenía especial cariño.
El sepelio de las dos víctimas alcanzó caracteres de acontecimiento histórico.
Haya de la Torre asumió la representación de los estudiantes y pronunció el
discurso cuya tema fue “el quinto, no matarás”.
El Gobierno de la dictadura sufría un rudo golpe político y moral; no hubo en
aquellos momentos sector, hombre, ni partido que capitalizara en su beneficio la
victoria popular. Y pasado el grueso susto, el dictador Leguía reagrupó sus
fuerzas, las preparó mejor y organizó la revancha.
Cuatro meses más tarde, Haya de la Torre salía desterrado rumbo al norte;
con posterioridad, todos los que tuvimos alguna participación en la campaña
fuimos saliendo desterrados del país.
José Carlos Mariátegui asumió, desde aquel momento, el comando del grupo
que había seguido a Haya de la Torre. Reunió a muchos otros que no habíamos
formado parte del núcleo inicial.
—Es preciso salir del campo simplemente verbal —arengaba animoso José
Carlos— para entrar en el de una actividad austera, que repose sobre grandes
principios. Si queremos construir algo duradero —añadía con sugestivo y
contagioso fervor—, tenemos que organizamos y pensar en organizar un país
que yace en la desorganización casi total. Por lo que a mí toca, ustedes lo saben,
yo soy un marxista convicto y confeso.
El marxismo de José Carlos era sobre todo una vigorosa inclinación
sentimental, más que una ortodoxa posición ideológica. Emotivo y romántico,
seducido por la belleza de la forma, alma sedienta de las refinadas
complacencias del espíritu, Mariátegui no pudo ser jamás un marxista lógico,
materialista consecuente, dogmático y acabado. Su obra ha sido rudamente
vapuleada por los críticos rusos, a causa de sus devaneos sorelianos, de sus
amores con el idealismo de Benedetto Croce, el amigo por quien tenía verdadera
devoción, y de sus analogías teóricas e ideológicas con otro italiano, Pietro
Gobetti.
El grupo se aglutinó con firmeza; se denominó a sí mismo “comunista” y
“bolchevique”, pero en realidad se trataba de un cardumen de gente joven, cada
uno de cuyos componentes desarrollaba en verdad la más aguda competencia en
un concurso de demagogia. Del seno del grupo salían atronadoras palabras,
arengas abotargadas de violencia y de cóleras teatrales, que, a pesar de la
acrisolada sinceridad con que eran lanzadas, no eran auténtica interpretación del
sentimiento popular, sino más bien adulación del gusto procaz de la
muchedumbre. La herencia de Haya de la Torre pesó mucho más que la
enseñanza persuasora, deliberadamente exenta de toda intención de autoridad,
que impartía Mariátegui.
La demagogia infecunda habría desembocado en un desdichado fracaso o
quizás en una reacción saludable, si la intervención policíaca no hubiese dado un
rumbo diverso a esta aventura, desterrando a los principales miembros de ese
grupo juvenil y expulsando del país a los que fueron considerados como
dirigentes o como peligrosos.
Mi actividad oratoria y organizativa, mi cooperación económica en el
sostenimiento de la revista Claridad, órgano de las llamadas Universidades
Populares González Prada, mi participación fervorosa en las asambleas obreras y
estudiantiles, en las que se protestaba contra los actos de la dictadura y se exigía
respeto por las libertades cívicas, fueron hechos que la policía captó fácil y
abundantemente. Había perdido el miedo al público y llevaba los mensajes de
protesta en inflamados discursos, a Vitarte y al Callao, a las haciendas vecinas y
a los textiles o ferroviarios. La policía de Leguía me catalogó tempranamente
entre los agitadores subversivos y los agentes de la Rusia bolchevique. En
verdad, yo no tenía idea clara de nada de esto: quizás me sentía orgulloso de que
la policía me apodase bolchevique. Lo único veraz y efectivo era que yo buscaba
un camino para encontrar el beneficio de la gente que formaba mi mundo
circundante; y lo buscaba empeñosa y hasta desesperadamente.
Una noche, en el hogar tan paciente y penosamente reconstruido, que tan
largo y arduo trabajo me había costado levantar, se produjo un nuevo
derrumbamiento. Los policías de Leguía invadieron mi casa en la madrugada,
rompieron las puertas, saquearon las habitaciones, llevaron los libros,
despanzurraron colchones y sofás. Me condujeron preso y, sin proceso alguno,
sin que hubiese visto la figura de un juez ni en fotografía, fui encerrado en una
prisión destinada a los presos políticos en la Isla de San Lorenzo.
Los obreros y estudiantes protestaron: declaré una huelga de hambre, como
un recurso para obtener mi libertad, la que anhelaba sobre todo por evitar que mi
madre y mis hermanas cayeran en el desamparo. No conseguí con esto sino
acelerar mi exilio. La policía me colocó en el camarote de un barco que partía
para el puerto de Valparaíso, en Chile; en el mismo camarote iba, asimismo
desterrado, el estudiante de Medicina Oscar Herrera, gran amigo de Haya de la
Torre y profesor de las llamadas Universidades Populares González Prada.
En un ambiente mucho más amplio, mayorcitas ya, mis dos hermanas
afrontaron la situación con energía, convirtiéndose en las protectoras de mi
madre; montaron un taller de costura, con la indemnización que les diera Fort
Hermanos por mis tiempos de servicio, y pocos días después de mi partida, en
las noches hasta muy tarde, zumbaba el rumor de las máquinas de coser. A ellas
les tocaba levantar las ruinas.
Los chilenos recibieron a los desterrados peruanos de diversas maneras. La
plana mayor del anarquismo, encabezada por el doctor De María, nos abrió los
brazos, acogedora y cordial; las izquierdas estudiantiles, que capitaneaban
Roberto Meza Fuentes, Eugenio González y Oscar Schnacke, nos dispensaron
cordial recepción, lo mismo que los diversos sectores proletarios.
La tirantez entre Chile y Perú era acre en aquellos momentos, a causa de la
disputa de Tacna y Arica. Sin tomar en cuenta tal situación, prescindiendo de
mesurar las consecuencias, nos confundimos con los obreros y los estudiantes
chilenos de izquierda en las protestas y en la beligerancia política que
convulsionaba la vida chilena con golpes de Estado, realizados alternativamente
por los viejos militares y por la juventud del Ejército.
—Ventura Maturana es el mejor policía del mundo —repetían los chilenos,
incluyendo a los anarquistas y comunistas— ; tiene al olfato fino, aguda pupila y
descubre una aguja en un pajar. ¡Es bien habilidoso el ñato...!
Y bien pronto experimentamos lo que significaba este ojo de águila y olfato
perdiguero. Una buena tarde nos hizo prender cautelosamente, nos puso en un
tren de carga entre dos carabineros y nos hizo conducir hasta la cumbre de los
Andes, donde la estatua de bronce del Cristo Redentor abre los brazos: uno sobre
Chile y el otro sobre la Argentina. Rápidamente, como de un empellón
sorpresivo, nos puso en el territorio de la República Argentina, sobre el camino
de los Granaderos de San Martín.
La conejera de San Martín
12
Fascinante y sobrecogedora sensación de eternidad se apodera del hombre al
cruzar la pampa argentina. La locomotora se arrastra, con su convoy cargado de
seres humanos, las ruedas giran y giran, el tren pasa y pasa, y el mismo horizonte
está siempre delante, igual al que se deja atrás. Parece que aquella superficie no
tuviese fin y que, al rodar sobre ella, se ingresara en el umbral de la eternidad.
¿Por qué no se tiene una sensación semejante —pensaba yo— cuando se está
sobre el mar? ¿Por qué el mar no penetra en el alma con este espíritu de
infinitud, a pesar de su uniformidad, de su rutina, de su calmada estupidez? En
cambio, la pampa, su silencio, su magnitud, su vastedad aparecen como el
pariente más cercano de lo eterno.
¡Buenos Aires, cosmópolis...! —había cantado Rubén Darío— Los
argentinos estaban allí en minoría y yo llegaba a aumentar el número de los
extranjeros.
Los gallegos forman un trozo considerable del pueblo argentino, y su nombre
es el despectivo que los hijos de italianos, judíos, turcos o yugoslavos dan a los
emigrantes arribados de España, sea cual fuere la región de su procedencia. Y en
aquella oportunidad de nuestro arribo a Buenos Aires, gallega fue la salvación, la
esperanza y la posibilidad. El dueño de la pensión era un gallego carrilludo, de
ojos aventanados y con el brazo derecho paralítico. Tenía el aire y el color
desmayados, y el rostro con la expresión de haber absorbido largo dolor físico.
Conservaba, no obstante, un agradable buen humor. En su casa de huéspedes de
la esquina de Tucumán y San Martín habían encontrado acogimiento, y no sólo
hospedaje, muchos de los desterrados por el dictador Leguía.
El poeta Luis Fernán Cisneros, director del diario La Prensa de Lima, se
encontraba allí: ofreció su garantía, que consistió en la promesa de pagar cuando
encontrásemos trabajo.
—Pues cuando el mocito trabaje y gane, pues pagará..., sí señor —declamaba
el gallego agitando su brazo paralítico como un badajo—. No faltaba más; pues
es claro, don Luis Fernán, que a dónde han de ir a parar los pobrecillos. Sin duda
que bien merecido les estaría por meterse en cosas de esas..., vamos, en camisa
de once varas de políticas, en vez de seguir una profesión y hacerse dotores.
¡Vamos..., pues, arre!
Y el gallego nos instaló en las habitaciones de la azotea. Me condujo él
mismo hasta la que me había destinado y explicaba:
—La pieza es pequeña, pero tú no necesitas más, chico; aquí, al darte ésta,
yo estoy mirando por ti y por tus ochavos; esto te costará mucho más barato que
las piezas de abajo; y como ahora no tienes trabajo, pues necesitas algo de bajo
precio..., ¿no te parece...? Si te sientes incómodo y mañana, con el apoyo de
Dios y la bendición de la Virgen, encuentras un buen trabajo, pues..., no faltaba
más..., te mudas abajo y tendrás habitación con balcón. Por lo demás, pues me
pagarás como puedas.
La bondad del gallego Fernández fue, en verdad, conmovedora.
Era imperativo abrirse un sitio bajo el sol en aquella ciudad indiferente y
ruda, como lo comprobé después. Debía empezar de nuevo: todo lo que había
construido en mi década anterior no sólo estaba en ruinas, sino que no existía en
absoluto. No tenía nada frente a la gran ciudad, llena de gente, de grandes
avenidas y de raspante aspereza humana. Y poseído por el sentimiento de verme
envuelto en el gran torbellino, me sumergí en los avisos de los diarios, impresos
en tipo menudo, y en los que se ofrecía trabajo.
Después de largas semanas obtuve una plaza de empleado en la sección de
contabilidad de la firma comercial Mayón Limitada. Esta negociación, en el
aspecto espiritual, era el reverso de Sattui & Compañía, y de Fort Hermanos. No
había familiaridad, ni formas patriarcales. Todo estaba rígidamente
reglamentado: la hora de entrada y la solicitud de lápices, estampillas o plumas;
las elecciones de autoridades de la Sociedad de Empleados Mayón Limitada,
bajo el comando de la gerencia, y el presente que debía ser entregado en solemne
ceremonia al jefe, el día de su cumpleaños. Era una organización mecánica, con
alma rígida y pensamiento planificado.
El arribo al trabajo con segundos de retardo era marcado en rojo por el
implacable reloj, y tal marca determinaba la intervención seca y pertinaz del
contador, mister Church House. Rubicundo, cenceño, menudo, el contador
poseía o había cultivado habilidad especial para golpear sobre los nervios más
sensibles, para actuar como esmeril sobre el espíritu de los empleados. Era
dueño de una tenaz facultad retorsiva, que empleaba haciéndola llegar a la
confinidad del sadismo.
—Debo pedirle disculpas por el leve retraso y además...
—Las disculpas —interrumpía, pues jamás consentía que se terminase el
pensamiento— las lleva el viento de la mañana. Ningún retraso es leve...: treinta
segundos o treinta minutos da lo mismo...
—Es que perdí el tranvía...
—Debió usted tomar el tranvía anterior al que perdió; así el reloj no habría
marcado rojo...; ¡mire..., rojo!
* * *
El tema inagotable del grupo de desterrados era la cuestión social. Su
discusión asumía, casi a diario, de cama a cama, caracteres tales de estruendo,
que súbitamente teníamos en la habitación dos o tres huéspedes en calzoncillos,
que venían a protestar airados.
—¡Vamos a ver si calláis, charlatanes! —gritaba un gallego—. ¡Pizarro habló
muchísimo menos y conquistó vuestro país! ¡A callar, hombre, a callar; idos al
diablo con vuestros indios...!
Y al día siguiente, a la hora del almuerzo, agitando su brazo yerto, el gallego
Fernández nos amenazaba de nuevo con arrojarnos de su casa de huéspedes,
“para imponer la disciplina”... —sentenciaba con solemnidad.
Y replicábamos que seríamos nosotros quienes terminaríamos por echarle a
él. Y todo, como siempre, se disolvía en carcajadas.
—¡Sois unos bigardos, más que bigardos...; y lo sois tanto y de tal manera
que hasta de vuestro país hubieron de sacaros...! ¡Pobre dictador aquél..., si ya no
podría aguantaros más...! ¿Qué le haríais...?
Y Fernández se escurría, mientras le llamábamos tirano.
Dos sentimientos adversativos operaban dentro del grupo de exilados de la
casa de huéspedes de San Martín. Por un lado, un sentido de subestimación y
menosprecio por las opiniones y las ideas de los viejos —viejos eran para
nosotros los que habían doblado los cuarenta años— y, por otro, el anhelo
vehemente de ser guiados, de encontrar una cabeza experimentada que nos diese
indicaciones sobre el camino, que nos hiciese perceptibles los escollos del
derrotero.
En aquel tiempo, José Vasconcelos en el norte, y José de Ingenieros, Alfredo
Palacios, Manuel Ugarte y Juan Bautista Justo en el sur, aparecían como los
guías y maestros de la juventud. Y así se les llamaba en apasionadas charlas,
atribuyendo elevada validez a su pensamiento, teniendo la certeza de que ellos
eran los escogidos, que poseían la clave de los problemas sociales, cuya solución
estremecía nuestras inquietudes espirituales hasta el punto de consustanciarse
con nuestro destino.
Tras gestiones diversas, una noche vino a visitamos el estudiante Dillón,
nuestro amigo argentino. Alto, delgado, con ojos lánguidos, Dillón era
simpático, un tanto introvertido, hablaba con parquedad y cuando lo hacía
empleaba la forma sentenciosa, seguramente imitando a los maestros. Dillón
trajo aquella noche la embajada especialísima de invitarnos a saludar y a
conversar con Ingenieros.
—¿Cuándo...? —exclamamos anhelantes.
—Mañana, sábado, a las dos de la tarde.
Se hizo un gran silencio en la mesa; hasta los gallegos burlones guardaron
respetuoso mutismo. Íbamos a conocer, a escuchar, a ver en persona, a don José
de Ingenieros. Aquél, sin duda alguna, iba a ser un gran día... Felizmente era
sábado: no trabajaba.
Nos encaminamos a la casa del maestro, bajo la pesadumbre candente de la
canícula bonaerense; marchaba a la que, en esos momentos, era para nosotros la
Casa de la Sabiduría, lo que Manolo denominaba “el jardín zoológico”; o sea, el
conjunto de desterrados de Brasil, Bolivia, Perú, algún chileno y los dos
estudiantes uruguayos expulsados del colegio, por granujas. Sobresalía el
brasilero moreno, con su gran chambergo negro, que pedía para su país nada más
que “voto secreto” y “Democrazía”. Le llamábamos despectivamente liberal, a lo
que respondía invariablemente que era lo único realista a que se podía aspirar en
ese momento en América Latina.
Cuando arribamos a su casa, el maestro tomaba una ducha. Desde el baño
daba voces diciendo:
—Ché, gallego, acomodálos...; siéntense; qué cosa bárbara... qué calor
fenómeno, amigos; acomódense...
Nos hacinamos, porque los asientos no alcanzaban para todos. Apoco
apareció Ingenieros, con su figura opulenta.
—¿Qué tal, muchachos? ¡Qué calor bárbaro, qué fenómeno...!
Hombre adiposo, de blancura ebúrnea, con vello escasamente distribuido
sobre la piel, apareció ante nosotros totalmente desnudo. Se cubría los hombros
con una toalla; no dio la mano porque las ocupaba en enjugarse. Quizás pensó el
maestro que en esta forma introducía de golpe una familiaridad plenaria en la
entrevista; quizás sólo se trataba de una de aquellas burlas que el escritor
habituaba con las gentes de quienes quería reírse.
Conversamos sobre la situación política de nuestros diversos países, de la
miseria, de las dictaduras, de los indígenas. Cada uno ponía un acento patético
en la narración; casi todos esperábamos la gran panacea que saldría de los labios
del maestro aquella tarde. Ingenieros escuchó, ora sentado con las manos juntas
entre sus piernas albas, ora paseándose desnudo, resoplando y repitiendo:
—¡Qué calor fenómeno..., qué tiempo bárbaro...!
Cuando iniciábamos otro aspecto de la narración, Ingenieros interrumpió al
que hablaba para preguntar a Cornejo:
—Pero dígame: ¿Quiénes son los indios? ¿Ustedes u otros? Porque parece,
por ejemplo, que usted no tiene nada de indio; usted parece nórdico. ¿Cómo se
llama?
—Enrique Cornejo Köster.
—Köster... —rectificó Ingenieros— es apellido alemán, ¿verdad?
—Sí, maestro; apellido alemán.
—Köster, alemán como la Quinta Sinfonía; Cornejo, español, castizo como
la Puerta del Sol; y esa pinta, amigo... ¿Y me viene a hablar de indios?...
Dígame, Köster, ¿con qué se limpian los indios, con papel higiénico o con
piedra?
Cornejo quedó asombrado, tanto como nosotros, con los dos ojos fijos sobre
el rostro del maestro. Los otros fueron ganados por la risa.
—Maestro —repuso lentamente Cornejo—, tiene usted razón, claro..., los
indios...
—Los indios se limpian con piedra —exclamó con voz poderosa y con un
grano más de su jactancia habitual Manolo Seoane—, salvo en los lugares donde
no hay piedras.
—¿Y allí qué emplean? —preguntó con bellaquería el maestro.
—Emplean un manojo de yerbas —interrumpió Herrera, conteniendo la risa
— ; y en donde no hay ni yerbas, pues arena...; después de arrojarse varios
puñados de arena, se frotan sobre el talón...
Ingenieros reía a carcajadas, lo mismo que Dillón, los uruguayos y
brasileros. Cornejo sonreía cortado; Heyssen tenía su aire doctoral, empeñado en
hacerse hierático; el boliviano Hinojosa y yo sufríamos con todo aquello.
Restregándose los ojos para enjugárselos, Ingenieros, que había reído hasta
las lágrimas, interrogó:
—Hablando en serio, ¿pero creen ustedes que los indios son capaces de
dirigir su país...? ¿Qué prefieren ustedes, guijarros o papel higiénico...?
—Papel higiénico, es claro —exclamaron simultáneamente Seoane y
Herrera, sorprendiéndose luego de haber coincidido.
—Papel higiénico quiere decir servicios higiénicos —subrayó el maestro— ;
quiere decir limpieza y salud, disminución de la mortalidad infantil; es decir,
civilización, hombre blanco. Blancos que orienten e indígenas que aprendan a
vivir dignamente. ¿Comprenden? Que aprendan a vivir; aprendizaje simple,
animal. Después, sólo después, vendrá el aprendizaje de espíritu.
Me sentí con ánimo para seguir la conversación en este plano y lancé la
pregunta:
—¿Y qué cree usted, maestro, que le hace falta a mi país...?
Ingenieros volvió hacia mí soltando la toalla; se puso en jarras y, como si
fuese el primer instante que reparase en mi presencia, cargó el acento, con voz
ronca, sobre dos palabras:
—¡Raza blanca...!
Debí mirarle con extrañeza, quizá asombrado. El maestro, cuya elevada
figura se estaba volviendo añicos allí mismo, repitió:
—Raza blanca, hijo; raza blanca.
Volvió el rostro hacia Cornejo y le interrogó:
—¿Y qué le pasó a usted con Leguía, joven Werter?
—A mí, maestro, pues me cogieron un día por orden de Leguía.
—¿Lo cogieron..., le hizo coger Leguía...? —preguntó, teatral y
ruidosamente, Ingenieros.
—Sí, me cogieron en la calle.
—¿En la calle...? Pero qué horror, ché; ¡qué cosa bárbara!
Y el maestro Ingenieros reía a carcajadas; los argentinos le imitaban.
—Porque, bueno, que lo cojan a uno, pase; pero que lo cojan en la calle y por
orden del dictador. No, por favor...; ¡qué cosa bárbara...!
Y volvieron a sucederse estridentes carcajadas.
Sólo más tarde, ya en la calle, nos enteramos del doble sentido o del sentido
típico, del espíritu pornográfico, que la palabra castiza tiene en la Argentina.
Entre las risas y las lágrimas del maestro abandonamos la casa a donde había
llegado, como si fuese a escuchar la voz de Zaratustra. Me sentía abatido y
colérico a la vez, con deseos de lanzar alguna maldición al rostrode alguien.
Salía desmaravillado y, en consecuencia, entristecido y disturbado, hasta el punto
de masticar decepción y amargura. El prestigio del maestro ante mí entraba con
rapidez en su menguante; su estatura espiritual tomaba medidas diminuentes,
escorzándose; aunque a los pocos días reía aceptando que sólo se trataba de una
ilusión más, que la vida se había encargado de volver polvo, y pensando que no
todas las telas de nuestros sueños sirven para vestir los personajes y las cosas de
la vida.
La Liga Antiimperialista
13
Como en ninguna otra estación de mi existencia, me penetró entonces la
tortura interior de columbrar una perspectiva clara y de comprender las razones
profundas o los principios basilares de la organización social del hombre, y de
aprender las soluciones que la sociología y los sociólogos aportaban al problema
del dolor humano.
Esta búsqueda y mi desencanto de los viejos ídolos me condujeron a buscar
amistad con comunistas, anarquistas y socialistas de izquierda. Bien pronto, mis
nuevas vinculaciones me llevaron hasta un abigarrado y hospitalario grupo de
trabajadores, profesionales y estudiantes, que tenían el proyecto de fundar la
Liga Antiimperialista. Kauffman, un judío de gimnástica agilidad mental, dueño
de una vasta cultura sociológica, se convirtió en el ideólogo del grupo y en su
dirigente espiritual. Celebrábamos reuniones académicas, que llenábamos con
diálogos socráticos, que se prolongaban hasta la madrugada y que nos tomaban
buena parte del domingo. En aquellas conversaciones, en las que los temas eran
variados, pero siempre comprendidos dentro de las lindes del problema social,
Kauffman trituraba con suavidad, con elegancia, hasta con dulzura, las
argumentaciones anarquistas. Su lógica era diáfana, limpia y, sobre todo,
acerada: sus argumentos, sus paradojas, tenían dureza diamantina. Carecía de la
más elemental cualidad didáctica; no se le ocurría enseñar, esclarecer o iluminar;
su lógica avanzaba pulverizando y teniendo razón, lo que al final le hacía
antipático. El viejo castellano Barrajón, anarquista, individualista, antidictatorial
y enemigo a muerte de la Revolución Rusa, gruñía contra Kauffman, diciendo:
—Pues en este lío lo que me joroba no es que sea comunista o partidario de
los dictadores; lo que me envenena es que este tío siempre tiene razón...,
¡maldita sea...! Y lo peor es que me llega a parecer que la lengua no la tiene en la
boca..., sino más adentro, en la cabeza. Y eso... pues es una puñeta, maldita sea.
La Liga Antiimperialista prosperó y se abrió camino; profesores de la
Universidad de la Plata tomaron interés por la organización; pequeños sindicatos
obreros enviaban óbolos para sostenerla; los actos que realizaba comenzaron a
convocar a un público de más de doscientas personas. Y se pensó en sacar una
revista.
Varios miembros de la liga, estudiantes de tendencia comunista, editaban una
publicación denominada Revista de Oriente: su finalidad era divulgar lo que se
hacía en Rusia, los progresos de la revolución, sus dificultades y los esfuerzos de
los trabajadores. La Revista de Oriente se incorporó al nuevo organismo y el
campo de actividades se extendió sobremanera.
Kauffman propuso un día que la Liga Antiimperialista organizase un acto de
solidaridad con los mineros ingleses que iban a declarar una gran huelga en
Inglaterra; la iniciativa mereció cálido acogimiento y la faena organizativa fue
emprendida con denuedo.
Dormía poco, cometía errores en el trabajo, me torturaba el sueño en el
ambiente tibio de la calefacción central de la oficina, tenía los ojos cegatosos,
que me ardían, y los pies tumefactos, doloridos, como si tuviesen ampollas.
Vivía angustiado, ansiando el éxito del acto; el estómago llegaba a
endurecérseme, como si fuese de metal, pensando en lo que resultaría.
Entretanto, mister Church-House encontraba multiplicadas ocasiones para
reiterarme su frase estereotipada: “use la cabeza..., use la cabeza”.
Visitamos al dirigente del Partido Socialista, doctor Juan Bautista Justo, para
pedirle su participación en el acto de la liga.
Justo nos recibió como el médico recibe a sus pacientes: afable, hospitalario,
hasta compasivo, pero sin afecto alguno.
—La Liga Antiimperialista..., antiimperialista... —musitó después de
escucharnos—. Anti... pues entiendo que quiere decir contra..., ¿no es así...?
Kauffman sonrió asintiendo:
—Usted lo sabe, doctor.
—Pone usted demasiado énfasis llamándome doctor —indicó con ligera
aspereza Justo, para añadir luego:
—Antiimperialista, contra el imperialismo. El imperialismo —repitió,
tamborileando con los dedos sobre el libro que tenía en la otra mano, cuyo índice
estaba sepultado entre las páginas, impidiendo que se juntaran. Miró a todos y se
detuvo en mí, preguntando:
—Usted es el peruano..., ¿verdad?
—Sí —vacilé un poco, para no decir doctor, y le dije, como a Palacios o a
Ingenieros, maestro.
—¡Ah, mi viejo, mi viejo...! Es tan difícil ser de verdad maestro, y más
difícil todavía ser maestro de gente joven en esta época. ¡No me digas maestro;
me resulta un poco pedantesco; llámame compañero, como me llaman todos en
el partido! ¿Qué te parece?
Frente a mi sonrisa de asentimiento, o de azoramiento, añadió:
—Los compañeros me han dicho que eres muy activo y que tienes gran
espíritu de sacrificio. ¡Eso está bien! Cuando el hombre se da a algo, debe
hacerlo sin escatimación ni regateo. Pero, me han dicho también que no saben a
qué hora duermes; y eso está mal. Hay que dormir, viejo; hay que dormir para
trabajar mejor y con mejores resultados. Nosotros, los socialistas, luchamos
contra la fatiga. ¿Es verdad o no? —preguntó.
—Sí, es verdad, compañero —dije imperceptiblemente, como si hubiese
quedado afónico.
—Antiimperialista, contra el imperialismo —volvió a repetir Justo, para
acercárseme aún más, diciéndome en la cara: ¡Bueno...! ¿Y qué es el
imperialismo?
—El imperialismo —respondí— es la última etapa del capitalismo.
—Jé... jé... jé..., eso dice Lenin —exclamó riendo Justo—. Pero tú ¿qué
dices? Ante todo, mi viejo, no repitas las malas traducciones del ruso: eso es
mortal, desastroso. Lenin escribió: “El imperialismo, etapa superior del
capitalismo”. Los traductores comunistas —con no tan tonta bellaquería— le
pusieron “última etapa”.
—Es un error de traducción —interrumpió Kauffman.
—¿Sabe usted ruso? —indagó bruscamente Justo.
—Sí, tan bien como el castellano —repuso Kauffman, un poco picado y con
aire provocativo.
—Bien, pues no estoy de acuerdo con usted en lo del error de traducción —
enunció Justo— ; me parece más bien una bellaquería; una sutileza de dicción,
que pretende dar a los novicios la idea medieval del milenio, algo así como la
inminencia del Juicio Final, con lo de la “última etapa”. Porque —dígame con
honestidad—, si estamos viviendo ya la última etapa del capitalismo, ¿qué
viene?
—El socialismo, respondió con firmeza Kauffman.
—¡Ah...! —sonrió Justo— ; es que para ellos socialismo es bolchevismo. Y
son dos cosas diferentes, mi viejo. No sólo distintas, sino opuestas; algo más:
antagónicas. ¡Ya lo verán con el tiempo, ustedes que son jóvenes...! Kautsky
tiene razón, a pesar de los libros de Lenin y de Trotsky, atacándole con tanta
violencia como sinrazón. Miren ustedes algo que es esencial: el socialismo es,
primero que nada, libertad del hombre, derechos del hombre, respeto por la vida
y por la dignidad del hombre. Cuando esto falta, pues podrá haber todo de todo,
pero no habrá socialismo.
Hizo una pausa, dejó el libro y los anteojos sobre la mesa, y me preguntó:
—¿A tu país le perjudica el imperialismo?
—Sí, compañero —respondí—, como ha perjudicado a Panamá, a Cuba, con
la Enmienda Platt: a Centroamérica, a México, a Santo Domingo y Haití, con la
guerra y la ocupación.
Justo me miró largamente.
—¿Has leído a Marx? —preguntó.
—No..., compañero.
—¿Y a Lenin, el imperialismo última etapa...?
—No —respondí débilmente, para acentuar después— ; no, no lo he leído.
—¡Ah...! Si tienes tanta pasión por estas cosas y por los fenómenos sociales,
debes leerlos: siempre sacarás algún provecho. Y encontrarás que, para Lenin, el
imperialismo es un fenómeno económico, concepción que él saca de los estudios
de los ideólogos socialistas y laboristas. Los hechos a que te has referido y que
los has sacado de Diplomacia del dólar, de Scott y Nearing, son de carácter
militar, episódico, que irán siendo abolidos a medida que haya mayor comunidad
de intereses. Hay un poco, a pesar de todo, en los hechos que mencionaste, de
choque entre la civilización y la no civilización; entre lo progresivo y lo
estacionario; entre lo que marcha hacia delante y lo que quiere permanecer tal
como estuvo. ¿En tu país hay muchas empresas extranjeras? Vamos...
¿imperialistas?
—Sí, hay varias, compañero.
—¿Pagan salario a los obreros?
—Sí, les pagan jornal y les dan casa..., muy mala.
—Bien, bien... Y los grandes propietarios de la tierra ¿pagan salarios y les
dan casa a los que trabajan en sus feudos...?
—Bueno —respondí—, en las grandes haciendas azucareras sí pagan jornal a
los obreros, les dan casa y también ración de alimentos.
—¿Les dan carne en la comida...?
—Sí, les dan carne.
—Bien, estas son las haciendas organizadas, de tipo capitalista. ¿Pero en las
otras haciendas, donde no producen azúcar o algodón, en los latifundios de las
montañas? —preguntó Justo.
—Allí no pagan salario los hacendados —respondí.
—No les dan carne, por cierto. Ni médico, ni hospital, ni maternidad donde
puedan parir las mujeres, ni agua para lavarse... ¿Verdad?
—Sí, compañero, así es.
—Pues dime ahora, con toda honradez: ¿de los dos, cuál es el sistema que te
parece mejor, para tu gente, para tu pueblo?
—Ninguno de los dos —le respondí, sintiendo incomodidad física, en la
posición en que me encontraba.
—¡Ah...! —Interrogó de nuevo— ¿Así que los dos sistemas te parecen
malos?
—Sí, porque la gente no vive bien, no viven como la gente —repliqué con
aplomo.
—Está bien, está bien —dijo Justo agitando las manos— ; vos vas a ser un
buen socialista; el día que regreses a tu país harás lo posible por formar un
partido socialista; pero, déjate de imperialismo y de pavadas. Hay que tener
sentido, compañero.
—Doctor —terció Kauffman— ¿podemos contar con la participación
socialista en el acto de solidaridad con los mineros ingleses?
Justo volvió la cara, le miró con cierta dureza y repuso:
—Sí, participaremos, aunque seguramente los comunistas irán a gritarnos
social-traidores, social-patriotas y puercos reformistas. ¿No es así? Bueno,
pueden anunciar que el compañero Nicolás Repetto hablará en nombre del
Partido Socialista. Pero, como debo hablar antes con él, pues me piden la
confirmación por teléfono.
Dimos las gracias, y Justo dijo a Kauffman:
—Mira, Kauffman, no le pongás “dotor”, como me dices a mí; hacele poner
compañero... ¿De acuerdo?
—De acuerdo —selló Kauffman.
Justo se despidió de nosotros con mayor amabilidad de la que había
empleado para recibirnos. Nos ofreció su casa, nos invitó a regresar, a llamarle
por teléfono y a pedirle libros prestados.
Llegamos al café de la Calle Triunvirato, donde estaban concentrados todos
los dirigentes de la liga. Después de escuchar nuestra narración, alborotaron el
recinto con sus gritos, sus abrazos y las exclamaciones de júbilo por el éxito de
nuestras gestiones.
—También hablará Carlos Sánchez Viamonte, el catedrático de la
Universidad de la Plata.
—Ché, sos una fiera —me decía abrazándome el viejo Barrajón y lanzando
hacia un lado su tos de fumador— ; la actuación será un éxito. ¡No hay nada que
hacerle! ¡Un éxito...; vos no sabés cómo va a estar eso... ¡No sabés...!
Y cuando se discutió sobre la persona a quien debía confiarse la presidencia
del acto, Barrajón y los anarquistas exigieron que fuese yo quien lo presidiera.
—Ché..., él está por encima de los odios del conventillo... —decían.
La actuación fue efectivamente un éxito. Nicolás Repetto dictó una
conferencia didáctica sobre las causas económicas y técnicas de la crisis del
carbón en Inglaterra. Algunos trataron de molestar con gritos y silbidos, pero se
les hizo callar. Los oradores hablaban en nombre de organizaciones importantes.
Al finalizar el acto, recibí un papel que decía: “Camarada: le ruego concederme
el uso de la palabra antes que hable el camarada Rodolfo Ghioldi: el Partido
Comunista me ha encargado hacer su presentación. Su affmo. Vittorio
Codovila”.
No mostré el papel a Kauffman porque sabía que se opondría allí mismo y
temía a lo que pudiera sobrevenir. Desde un ángulo lejano del escenario, un
hombre rechoncho, cuellicorto, con el pelo ensortijado, cargado de espaldas y
con rostro sonrosado, hacía señas apuntándose al pecho con el dedo índice.
Parecía decirme “yo..., yo...”. No reaccioné ante su insistencia y fingí no verle,
más que nada para evitar una distracción en la presidencia del acto.
Cuando llegó el turno de Rodolfo Ghioldi —atendiendo la solicitud del papel
enviado, dije con voz clara:
—Tiene la palabra el camarada Vittorio Codovila.
El hombre rechoncho, desprovisto de cintura y de cuello, con la cabeza de
“permanente”, avanzó hacia el proscenio. Tenía las caderas enormemente anchas
y las piernas cortas: aquel hombre era Codovila.
En cuanto le anuncié, me di cuenta de que pasaba un soplo helado por los
rostros de los organizadores del acto; todos clavaron sus ojos en mí, con una
inmensa carga de reproche. Sólo en aquel momento comprendí la trascendencia
que tenía el paso que ligeramente acababa de dar.
Codovila comenzó a hablar de modo agresivo. No se trataba de las palabras
de presentación de Ghioldi —de que hablaba en el papel— ; era una carga de
enfurecidos anatemas, con recargado acento italiano y con esa pronunciación que
los argentinos denominan “cocoliche”. Usaba términos ásperos y palabras de
grosera vulgaridad. Habló mal de los ingleses, de los franceses, de los belgas y
de los norteamericanos. Dijo cosas duras de los alemanes, exaltó con frases
desprovistas de toda emoción, pero cargadas de énfasis, el papel que estaba
desempeñando Rusia en el mundo, la obra de la Revolución Rusa y la luz que
llegaba de Moscú. Era una oratoria especial para hacer antipática la causa o las
ideas que este hombre propugnaba. Estallaron aplausos, que venían de grupos
formados en diversos rincones del teatro, y a quienes el resto del público parecía
empeñado en dejarlos aplaudir solos. Se notó inmediatamente que eran aplausos
regimentados.
Codovila continuó y se refirió al acto que se estaba desarrollando, y atribuyó
el éxito al Partido Comunista y a los contingentes comunistas que estaban allí.
Aseveró que los comunistas eran los únicos verdaderos antiimperialistas
consecuentes, y que todos los demás eran veleidosos, vacilantes, sin firmeza;
entre ellos, algunos intelectuales, que sólo deseaban figurar y alcanzar
notoriedad, como era el caso del “snob” Carlos Sánchez Viamonte.
El vocerío se tornó ensordecedor; los anarquistas le gritaban:
—¡Dictatorial, agente ruso, sirviente...!
Los otros le injuriaban, llamándole “tano”, macarroni, cretino y hasta
asaltante. Como algunas personas coléricas comenzaran a subir al escenario,
Codovila dio por terminado su discurso.
En medio del barullo, fue obligatorio conceder la palabra al profesor Sánchez
Viamonte, que había sido aludido por Codovila.
—Soy un hombre de avanzada —exclamó el catedrático de la Plata—,
fervoroso simpatizante de la Revolución Rusa y del movimiento revolucionario
mundial, pero estimo que tanto los rusos como los obreros en general deben
tener más cuidado en escoger sus portavoces. Porque, amigos míos, resulta
ridículo y promueve a risa que tengamos que escuchar la palabra artificialmente
enfurecida de un hombre que declama hambre, miseria y explotación,
exhibiendo un cuerpo relleno como una salchicha, cebado, pletórico de grasa,
que ha engordado y que sigue engordando seguramente a expensas de los
trabajadores.
El clamoreo se tornó enloquecido; el público berreaba, aplaudía, silbaba y
coreaba vivas. Ghioldi habló calmando a sus partidarios; el acto terminó con el
canto de la Internacional, que, conjuntamente con el cansancio, aquietó los
ánimos.
Desde aquella oportunidad quedó establecida mi conexión personal con los
altos dirigentes comunistas argentinos. Insistían en hacerme saber que el Partido
Comunista Argentino era tan antiguo como la Revolución Rusa y que ellos lo
organizaron aún antes de que fuese fundada por Lenin la Tercera Internacional.
Me invitaron al local del Partido y a las fiestas que organizaban, y me llegaron a
mostrar los uniformes de oficiales del Ejército Rojo que les habían obsequiado
en Moscú y que correspondían a los grados honoríficos que se les había
otorgado. El viejo Penelón tenía un uniforme de coronel del Ejército Rojo;
Codovila, el de capitán, Rodolfo Ghioldi, el de teniente.
Y aquello ejercía una poderosa fascinación sobre mí y sobre los que
simpatizaban con el movimiento ruso.
Concordancia con Haya de la Torre
14
La actividad entre los círculos políticos de avanzada de Buenos Aires me
condujo a una triple conclusión: la primera, que mi ignorancia en cuestiones
sociales, políticas y económicas era casi enciclopédica; la segunda, que mi
actividad anterior estaba impregnada de un sentimentalismo ingenuo, de espíritu
cristiano y nada más: me faltaba “conciencia de clase”, como decía Codovila; y
base científica, concepción realista, como aseveraba Kauffman; la tercera era
que ya no podía continuar soportando la rutina rígida de Mayon Limitada y los
sermones de mister Church-House, hasta cuyo escritorio habían llegado noticias
de mis conexiones con anarquistas, comunistas y socialistas, lo que significaba
una amenaza y un atentado contra la disciplina interna de la firma.
Mi plan de ahorro se desarrollaba con tanta rigidez como la disciplina de
Mayón; tenía ya reunidos más de mil pesos argentinos y con ellos pensaba
marcharme a Europa. La salida de Buenos Aires era decididamente sólo cuestión
de tiempo.
En Francia, un buen día del año 1926, cayó precipitado el Gobierno del
Cartel de las Izquierdas, que presidía Edouard Herriot. Se derrumbó el gabinete
izquierdista y arrastró consigo al franco; la cotización de la moneda francesa
bajaba por horas. Impulsado por mi anhelo de marcharme, adquirí los francos
depreciados de Monsieur Herrlot, invirtiendo en la compra todo lo que había
ahorrado.
Tuve el placer embriagante de ser yo quien diese la despedida a mister
Church-House, dejándolo con una larga cara de sorpresa. El jefe de la firma, don
Alberto Mayón, me llamó, me felicitó por mi decisión, aseguró que mi
permanencia en su casa había sido provechosa para mí y terminó diciéndome
con solemnidad:
—Si te va muy mal en París y corres peligro de caer en el “atorrantismo”,
escríbeme. No te prometo enviar dinero, ni un centavo. Pero sí te enviaré un
pasaje de regreso... y tendrás trabajo aquí.
Le di las gracias y salí gozoso de las oficinas.
Hubo conferencia plenaria de los desterrados; discusión amplia y la
resolución solemne de hacerme portador de un encargo, con categoría de misión.
El acuerdo era unánime para que Víctor Raúl dirigiese nuestro movimiento
político, con jerarquía de jefe; para que se considerase a José Carlos Mariátegui
y al grupo que comandaba como la piedra angular de toda actividad ulterior, y
para que se procediese de inmediato a dar forma orgánica, estructura de partido,
al movimiento del que formábamos parte.
En la tarde gris, bajo menuda llovizna, subí al barco en el Río de la Plata.
Desde la dársena, mis camaradas de exilio, el gallego y algunos amigos me
miraban con ojos en los que no se ocultaba el asombro. Pensé que así debieron
mirar a los tripulantes de la “Santa María” los que acudieron a ver partir la
carabela en Palos de Moguer.
* * *
El barco se desprendió lento y crujiente, y se fue hundiendo en la brumazón
del río, en busca del mar.
Rarísimas son en la vida de un hombre las impresiones semejantes a aquella
que experimenté al pisar Europa y al arribar a París. Un largo y magnífico
ensueño hecho realidad, convertido en hecho del que yo era protagonista. Los
milagros de las narraciones de mi infancia cobraban forma real. La primera
noche en aquel bullanguero barrio de Montmartre, en el hotel de la Rue Pigalle,
estuvo llena de sobresaltos. Hundido bajo el edredón en la ancha cama parisién,
soñaba que debía levantarme muy de mañana, a pesar del frío, para llegar a
tiempo a marcar el reloj. El sueño se hacía claro, definido como una realidad, y
se tornaba pesadilla: al despertar, transido de angustia, tardaba un tiempo en
captar y hacerme dueño de la conciencia del lugar donde me encontraba; y
llegaba a sentir en los nervios, en los ojos, en lo profundo de los oídos, la dicha
de estar en París, efectivamente; de haberme convertido en uno de los habitantes
de Europa.
Mis excelentes calificaciones de francés en el colegio carecían de valor
práctico. Los franceses no entendían una palabra de aquel francés que yo había
aprendido y cuyo conocimiento me valiera tan buenos calificativos. Los “je ne
vous comprends pas” caían sobre mí como golpes humillantes, rodeándome de
silencio y privándome del exquisito vino de la divina voz humana. Leía la prensa
traduciendo; solo varios meses más tarde tuve la alegría de comprobar que
comenzaba a pensar en francés.
En mi vida, París significaba la clausura de una época de tanteos y de
titubeos, y la inauguración de otra, en la que vería con claridad los caminos que
conducían a la creación del bienestar, aunque fuese sólo un poco de bienestar
para las gentes más desventuradas de mi pueblo. Desde París —magnífica y
luminosa encrucijada de los caminos sociales y políticos del mundo— podría
escoger el derrotero más accesible y mejor para emprender la conquista de la
redención para aquellos campesinos de Matara, a quienes había enseñado a leer,
y cuyas ovejas eran trasquiladas por los gamonales en los rodeos; desde esta
atalaya universal del pensamiento y de la cultura, podría descubrir el abra por
donde era factible tramontar al otro lado: al de las soluciones que impidiesen que
las mujeres de Pascamayo y de Cajamarca, del Callao y de Tembladera, pariesen
sobre el suelo, y que sus hijos se arrastrasen como gusanos sobre el polvo, para
morir tempranamente, siempre sobre el polvo, sobre la mugre, bajo la
pesadumbre de la miseria.
A la luz de la cultura milagrosa, en París tenía que encontrar, junto con una
firme concepción del mundo, un auténtico sentido de la vida. Pero, sobre todas
las cosas, tenía que hallar, en medio de aquel mundo viejo y sapiente, el camino
y la meta que buscaba.
Ante mí se abría el camino inmediato que me acercaba a mi compatriota
Haya de la Torre, el héroe estudiantil del 23 de mayo de 1923. Cuatro años más
tarde, cuando yo arribaba a París, se estaban dirigiendo hacia él las miradas de
esperanza de decenas de hombres jóvenes, veteranos prematuros del combate
por la libertad, conductores bisoños, improvisados, de las luchas del pueblo por
su mejoramiento material y espiritual. La figura de Haya de la Torre podía
transformarse en la del gran guía que orientase a nuestro pueblo hacia su
redención de la miseria y la ignorancia. Había que acercarse a Haya, colaborar
con él, organizar bajo su comando el movimiento político nuevo, con capacidad
de renovar, de transformar, de crear. Era imperative organizar un partido político
que no estuviese tarado por el caudillaje primitivo ni por la barbarie dictatorial;
que fuese capaz de captar el amor y la confianza del pueblo. Es en tal estado de
ánimo como me acerqué a la amistad política y personal de Víctor Raúl Haya de
la Torre.
Después de su viaje a Rusia y de su estancia en Suiza, Haya había anclado en
Oxford, la ciudad universitaria, a donde le escribí anunciándole mi arribo y mi
deseo de hablar con él. Lo saludaba muy cordialmente y le comunicaba que era
portador de un encargo político del grupo de exiliados en Buenos Aires.
Su respuesta llegó con retardo. Era una carta fría, no exenta de cierta agrura,
la que se filtraba entre las líneas escasas.
Antes de aprender marxismo sería conveniente que aprendiera usted francés
—escribía— Lo que más mal nos ha hecho siempre es la resistencia a reconocer
un jefe y un comando único; los aliados tuvieron que sufrir graves derrotas antes
de comprender esto; lo que nosotros no comprendemos ni aceptamos, sí lo
entienden y lo aceptan gustosos los rusos. En Buenos Aires se vive
cómodamente y, por lo tanto, se puede pasar el tiempo haciendo bizantinismo.
AMariátegui le cortaron la pierna buena: es una lástima, a pesar de que el pobre
era cojo. Apropósito, ¿ha conocido Ud. algún jefe político que sea cojo? Yo no
he visto una estatua sin pierna, y entiendo que las estatuas son levantadas a la
memoria de personas que valieron algo.
Después de esto, escribía muy mal de la Rue Pigalle y de Montmartre, y me
decía:
Váyase de allí lo más pronto que pueda y cuídese; el invierno entra y en
Europa es frío y duro; no es como en Lima donde no pasa nada, ni siquiera
llueve. Escríbame y ya nos veremos.
Dos días más tarde interrumpió mis estudios de francés la visita de dos
hombres jóvenes, que venían por encargo de Haya. Tenían el rostro familiar de
los mestizos con alta dosis de sangre incásica, los abrigos raídos y el acento
típico de la serranía sureña del Perú. La sorpresa de aquella visita me produjo
inmensa alegría; sabiéndome segura y firmemente en París, me alegraba oír
hablar español y con acentos nativos.
—Hemos recibido carta de Víctor Raúl —me dijeron— y hemos venido a
verle, a conversar...
A través de la conversación comprendí que tenían encargo de sondear la
situación, y de obtener un informe sobre lo tratado y acordado en Buenos Aires.
Fuimos hacia el Barrio Latino; conversamos toda la noche; casi al amanecer
regresaba esperanzado y contento. Así fue todas las noches siguientes: trabé
amistad con una cuarentena de muchachos estudiantes, todos de mi país, y
además con numerosos latinoamericanos residentes en París. Por ellos conocí la
biblioteca penetré en ella y me adherí a los libros como el molusco a la roca
donde se alimenta. Otra vez Renán, Nietzsche, los clásicos franceses e ingleses,
y Carlos Marx, Federico Engels, Lenin, Plekhanov, Kautsky, Bebel, Sorel.
Unos cuarenta días después de mi arribo, acudí a la Gare Saint Lazare a
recibir a Haya de la Torre, que llegaba de Inglaterra.
Sonriendo, con esa alegría desbordante y comunicativa que ya le había visto
en Lima, la marcha segura y plena de jactancia, carialzado, el pecho abotargado
como el de una paloma, y la nariz oteando la lejanía, Haya avanzó a nosotros
sujetándose, con la mano enguantada, el ala del fino sombrero que doblaba el
viento.
Abrazos, saludos, palmadas largas y resonantes. Haya sujetaba a los
muchachos por los hombros, los colocaba frente a sus ojos, y riendo alegre y
cordialísimo, comentaba:
—Estás bien, pareces muy bien, pero tienes el ojo izquierdo rojo, como si
padecieses un derrame; hay que hacerse ver con el oculista.
—Tú estás mucho mejor —exclamaba abrazando a otro— ; mucho mejor
que cuando te vi la vez última. ¿Has tomado el jarabe que te recomendé? Es lo
mejor que hay para curar la tos. Y hay que cuidarse de las corrientes de aire. Y,
sobre todo, no beber, nada de trago.
Uno a uno, todos merecían su comentario, su consejo médico, su palabra de
curandero; por él todos los ciegos habrían visto y todos los sordos habrían oído.
Pensé que había gran bondad en él, y que le preocupaban los grandes problemas
sociales y al propio tiempo los pequeños problemas de quienes le seguían. Su
actitud amigable, cariñosa, tan llena de alegría, borró la impresión áspera que me
hizo verle bajar de un coche de lujo.
Su acogida fue calurosa; me aseguró que me perdonaba el viaje sin haberle
consultado previamente; que su opinión habría sido adversa.
—¿Y por qué? —pregunté riendo, también alegre.
—Europa no sólo es un continente viejo —pronunció en tono exclamatorio
—, sino que es el continente envejecido. Es un mundo que ya dio todo lo que
pudo dar y que carece de fecundidad; es un mundo estéril. Lo verdaderamente
nuevo está allá, en el mundo de donde usted viene, el que ha abandonado por
esto.
—Pero —objeté— la cultura, los maestros, las conferencias, los museos, en
fin, la vida espiritual.
—Cómo se ve que está usted enfermo de literatura —dijo riendo y
dirigiéndose a nuestros acompañantes—, pero no importa, ya está aquí y usted
mismo se desengañará.
Los otros celebraron la sentencia de Victor Raúl y esto me irritó por lo que
tenía de falso en ellos.
—¿Y entonces usted —pregunté—, todos ustedes, ¿qué hacen en Europa...?
Mi pregunta le confundió un poco y los otros dejaron de reír. Apresuró el
paso y, separándose del grupo, me tomó del brazo y se echó a andar, diciéndome:
—Yo vine a Rusia; había que conocer el hogar del más gigantesco
experimento social de nuestro tiempo. Necesitaba verlo, que no me contaran
cuentos, que no me diesen gato por liebre.
Y río golpeándome familiarmente la espalda.
—Yo también vengo para ir a Rusia —repliqué amistosamente— ; quiero ver
lo mismo que usted ha visto; además, usted tiene que comprender que era
urgente e imprescindible conversar con usted. Es preciso que organicemos algo,
que emprendamos una obra duradera con seriedad. Y en todo esto, la palabra de
usted, Haya de la Torre, la consideramos todos decisiva.
Cambió de expresión; un fresco y generoso reverbero de risa bañó su rostro,
absorbiendo todo lo áspero que había hasta ese momento en él.
—Tenemos que hablar mucho...; me alegra que haya venido —dijo
cambiando súbitamente su juicio sobre mi llegada.
Celebramos numerosas y largas entrevistas, conversamos mucho y nos dimos
cuenta de que, bien pronto, habíamos pasado de la mera camaradería política al
conocimiento de los problemas personales, al intercambio de juicios y opiniones
sobre hombres y acontecimientos, y hasta a confidencias sobre sueños,
desilusiones e inquietudes. La mera compañía en el infortunio y en la lucha se
transformaba en amistad cordial, salpicada, de tanto en tanto, con sensibles
toques fraternales.
A pesar de esto, algunas cuestiones quedaron para mí en la sombra. Cuando
se estima en mucho una amistad, parece que nos domina el temor a cualquier
hallazgo que pudiera abrir una fisura en ella. Renunciamos a la investigación, a
la pregunta, a la mera curiosidad, y preferimos este renunciamiento, quizás a
veces claudicante, a la captación de algo que pudiese mermar nuestra confianza.
Y este fue el sentimiento predominante en mí ante una serie de cuestiones de la
vida y el pensamiento de mi amigo y camarada.
Esta actitud era reforzada por la convicción que abrigaba respecto de la
personalidad de Víctor Raúl. Su psicología no era la de un hombre corriente, ni
su conducta la de una persona con quien se encuentra uno todos los días. Fluía
de sus actitudes, de su comportamiento, de sus palabras, una alegría juvenil,
fresca, henchida de calor humano, de contagiosa alegría de vivir. Poseía una
locuacidad ingeniosa y amable, que llevaba a las personas la sensación física de
sentirse queridas, distinguidas en especial entre todas; era sutil en enfocar y
descubrir los pequeños problemas inmediatos de las gentes y en tratarlos con
cautivadora bondad, interesándose verbalmente por ellos. Al propio tiempo,
tenía una truculenta capacidad para odiar y odiar a los hombres; se amaba a sí
mismo hasta la adoración; se enamoraba enloquecidamente de sus ideas, de sus
opiniones, de sus posiciones. Alimentaba con paciencia y hasta la devoción la
hoguera en la que ardían sus rencores más crueles; tenía un sublimado amor por
la humanidad y al mismo tiempo un penoso desprecio, un asco lastimoso por los
hombres. Tras su bondad elocuente era medularmente cruel. Y sobre todo,
ambicioso: vibrante, febrilmente ambicioso, sin ser valiente; al contrario: tenía
un miedo extraño al dolor físico y carecía de la más mínima capacidad de
absorber sufrimiento.
De otro lado, no amaba a las mujeres; se acercaba a ellas para utilizarlas
como instrumento de sus planes; poseía el don de adivinar el potencial de
servicio que había en cada mujer y tenía para ellas —rubias o morenas, viejas o
jóvenes, bellas o sin gracia— la misma actitud utilitaria. Quizás también
respecto de los hombres estaba animado por los mismos sentimientos, pero éstos
se hacían invisibles tras la espesa maraña de su alegría, de su bondad, de su
simpatía, saturada siempre de amable contento.
Lo que más resaltaba era la súbita cólera que le invadía, transformándose en
rencorosa y vindicativa iracundia, cada vez que se discordaba de su opinión y se
le discutía algún plan, oponiéndosele. Se quería tanto a sí mismo que adoraba
tener siempre razón y detestaba a quien se la quitaba o se la mermaba, sobre todo
si era en presencia de otro. Se sentía —sin tener pudor en proclamarlo— un ser
de excepción, un predestinado, un hombre que llevaba una marca especial y que
estaba indicado por los dioses para la ejecución de un gran designio.
Ante esta complejidad de alma, sobre mis temores y mis dudas brillaba
luminosamente la idea de que en todas las actividades, sobre todo en la acción
política, los hombres tienen que ser tomados como son y no como nosotros
queremos que sean. Y apaciguado de esta manera, la amistad que había nacido
entre nosotros al calor de un ideal político se hacía más ancha, más lozana y más
firme.
Achicando mis dudas, como quien achica el agua de un bote viajero, acepté
gustoso el establecimiento de una concordancia política, sobre cuyo fundamento
empezamos a colaborar como un par de hermanos.
Sin que lo decidiéramos, sin que lo sospecháramos siquiera, bien pronto
íbamos a aparecer públicamente juntos, sosteniendo idénticas posiciones
ideológicas.
* * *
En la vida política alemana, el Tratado de Versalles se había convertido en la
gran presa que trataban de cazar todos y cada uno de los partidos políticos del
Reich. Comunistas y socialdemócratas alemanes se transformaron en los
incitadores de una encendida campaña mundial contra el imperialismo. Bajo la
égida del Kremlin, fue convocado el Congreso Antiimperialista de Bruselas, al
que la Liga Antiimperialista de la Argentina me acreditó como su delegado.
Haya tenía adversarios empecinados y, entre ellos, Julio Antonio Mella,
quienes deseaban impedir que fuese invitado al Congreso. Cuando mi gestión
ante los organizadores se tambaleaba, hice valer los títulos de la visita de Haya
de la Torre a Rusia, su amistad con Zinoviev, con Lunacharsky, con Lossowsky
y Peskowsky. Los argumentos sirvieron y Víctor Raúl fue especialmente
invitado.
Haya me escribió sobre esto muy contento; me recomendó que obtuviese
para él en Bruselas un alojamiento digno de él, y me previno contra la actitud
que asumiría Mella.
Julio Antonio era mucho más joven que Haya; alegre, franco, optimista; pese
a que dejaba notar que poseía una alta estimación de su propio valer, se
comprobaba inmediatamente su magna sinceridad. Mella no sólo era un
comunista militante; era, de pies a cabeza, un dirigente, un conductor. En Cuba
había puesto en jaque a la tiranía de Gerardo Machado, convulsionando la isla
políticamente. El Partido Comunista de Cuba lo había expulsado de sus filas y
Mella marchaba a Moscú a reivindicarse. Willy Münzenberg, uno de los jóvenes
califas del comunismo alemán e internacional, se mofaba de la resolución de los
comunistas cubanos y admiraba abiertamente a Mella. Julio Antonio, por su
parte, detestaba a Haya de la Torre, le llamaba “Chiang Kay Shek criollo”, y
rechazaba airado mis insinuaciones para un avenimiento. Cuando los dos
hombres llegaron a Bruselas, su separación, ideológica y personal, era ancha y
definitiva: no había puente posible entre sus posiciones.
La antevíspera de la apertura del congreso corría entre los delegados la
información sensacional de la presencia de Grigory Zinóviev en Bruselas.
Afirmaban haberle visto en el Palacio de Egmont, sede del certamen
internacional.
Pronto la noticia cayó en el terreno humorístico. No era Zinóviev: era
Vittorío Codovila, disfrazado de Zinóviev. Las mismas botas altas de cuero, el
mismo pantalón a cuadros blancos y negros, la misma chaqueta de pana oscura
—especie de cazadora que los rusos denominan “tolstolka”—, y la misma gorra
de tela igual a la del pantalón. Todos los que conocían a Zinóviev convinieron en
que existía gran parecido físico entre los dos hombres y que Codovila explotaba
el parecido.
El comunista argentino se me mostró afable y cordial; habló mal de Julio
Antonio Mella, le llamó pequeño burgués, caudillista e intelectual, y vaticinó
que no sería sino un “bonapartista”.
Me llamó la atención que, al contrario de su actitud hacia Mella, mostrase un
gran interés en conocer personalmente a Haya de la Torre. Quizás era a causa de
la tirantez existente entre Haya y Mella.
—La gran debilidad de la lucha antiimperialista —dogmatizó Codovila— es
la rivalidad entre los caudillos. Allí tiene usted lo de Haya y Mella; nada más
que rivalidad sin principios; no pueden verse, se detestan; lo mismo pasa en
Brasil y otro tanto en México. Y la Komintern ve muy mal esto.
—¿Cómo cree que puede arreglarse?
—Yo propondría una división de América Latina en sectores. Un sector del
Caribe; otro de los países bolivarianos; el tercero de Argentina, Chile, Uruguay y
Paraguay; y por último, un cuarto, Brasil.
—¿Quiere que sondee las opiniones sobre esto?
Recibido el asentimiento de Codovila, comuniqué el plan a Víctor Raúl,
quien lo recibió con tan escaso entusiasmo que era indiferencia. A la mañana
siguiente, apenas se inauguró la sesión que celebrábamos los delegados de
América Latina al congreso, Haya pidió la palabra; tan luego como le fue
concedida, planteó la necesidad de dividir la América Latina en cuatro sectores.
¡La proposición de Codovila...!
El comunista argentino no se inmutó; estaba sonriente y daba muestras de
aprobación, al propio tiempo que me dirigía miradas como de agradecimiento.
Interrumpiendo a Haya exclamaba:
—¡De acuerdo..., estoy completamente de acuerdo...!
Mella estaba iracundo; miraba alternativamente a Codovila y a Haya,
sospechando que entre ambos había un oscuro contubernio.
Esa misma noche, Haya me expuso su plan, que era una socaliña:
—Este Congreso —planteó— no resolverá nada: discursos que nadie
escucha, boletines que no se leen, y resoluciones que sólo tratarán de cumplir los
comunistas como Mella..., sin conseguirlo, por cierto. Lo que a nosotros nos
conviene —añadió con vigor— es llamar la atención sobre nuestro movimiento;
que se fijen en el APRA; que se den cuenta de la existencia de algo que se llama
Alianza Popular Revolucionaria Americana..., ¿entiendes?
Como manifestase, con un gesto, incomprensión o duda, acentuó:
—Si votamos todo lo que ellos proponen, nadie se fijará en nosotros; si
votamos “con reservas”, nos señalaremos como excepciones. Preguntarán de qué
se trata, en qué residen las discrepancias, y como una consecuencia sabrán que
se trata de la Alianza Popular..., ¿ya...?
—Alcibiades le corta el rabo a su perro... —murmuré.
—Y treinta siglos después, se sigue hablando de Alcibiades —opugnó tajante
— ;si te gusta lo clásico, pues hemos de cortar el rabo a nuestro perro; ¡es una
propaganda —añadió— demasiado al alcance de la mano, para dejarla perder...!
En medio de disputas campales, llamando la atención del congreso mucho
más de lo que habíamos pensado ambos, haciendo correr de un lado a otro a
Codovila y a los secretarios de las diversas “fracciones comunistas” en el Palacio
de Egmont, votamos las resoluciones del Congreso Antiimperialista de Bruselas
“con reservas”. Y al socaire del certamen internacional, gracias a la maniobra
socaliñera de Haya, llamamos la atención sobre la Alianza Popular
Revolucionaria Americana, con un vigor que repercutió en Colonia, semanas
más tarde, y ulteriormente en Moscú, en México y en toda la América Latina.
—¡Ha sido un golpe maestro...! —exclamaba Víctor Raúl con frenesí— ; han
sabido que el APRA existe; y eso quedará registrado y bajo la mirada de Moscú.
El resplandor sobre el abismo
15
Para el amor por la cultura y para la ambición de saber del recién llegado, La
Sorbona se presenta como un embrujado laberinto y una desconcertante
desorientación; como si en sus aulas confluyesen todas las encrucijadas del saber
del mundo.
Cursos, conferencias, lecciones; filosofía antigua, con estudios individuales
sobre los filósofos; en la sala A, Platón; en la sala C., Heráclito de Éfeso; en el
rincón, a la derecha, conferencia sobre el proceso de Sócrates; la Teoría de la
Relatividad y la tragedia de Baudelaire, la crisis monetaria en China y los
impresionistas y la moral de Spinoza... Más allá, en la tercera puerta, monsieur
Bergson; en la siguiente, termina la conferencia sobre Omar Khayyán y va a
iniciarse la lección sobre los empiristas ingleses.
Frecuentaba aulas y cursos como alumno libre, matriculado sin derecho a
obtener título; a través de los estudios me vinculé con gentes diversas; llegué a
trabar amistad con tres estudiantes: Monsieur Peng Yu Lang, chino, estudiante
de filosofía; Pierre, el francés que estudiaba idiomas y que me ofreció
intercambiar su francés por mi español; y una bondadosa muchacha, con el pelo
desgreñado y las uñas carcomidas, que fumaba sin cesar cualquier clase de
cigarrillo, aunque no fuese de tabaco. Ella seguía cursos de Literatura y Arte.
Después del primer cigarrillo al que le invité, encendiéndoselo, habló de pintura;
se entusiasmaba con los colores de Corot, con las formas de expresión de Monet,
y con las líneas del dibujo de Picasso. Los superrealistas le indignaban.
—Son farsantes —gritaba—, imitadores del italiano Marinetti; no les
interesan ni el arte, ni el juicio de las gentes sobre sus obras, ni la educación de
quienes no somos artistas, ni el placer divino de crear algo bello. Sólo les
interesa meter ruido, llamar la atención. ¡Ya los verá usted...! Su ambiente es el
del sainete escandaloso; parecen más agentes de publicidad que artistas. Sienten
placer en enfurecer al público.
Mi amigo Monsieur Pierre se burlaba del hombre y de la humanidad. Yo no
soy —decía— un francés de pura sangre; debo tener alguna mezcla normanda,
algún ancestro huno... Quería viajar, ir a las colonias o embarcarse a Buenos
Aires, para intentar hacer la América.
—Yo aprendo español —confesaba como soñando—, para utilizarlo en mis
viajes por América Latina. ¿Se imagina usted un continente que habla un sólo
idioma? ¡Es magnífico..., qué ricas posibilidades...! Aprendo también a colocar
inyecciones, a suturar heridas, a contener hemorragias, a curar la picadura de las
víboras, a llevar una contabilidad bien arreglada y a soldar cacharros con
métodos primitivos. ¿Comprende usted?
—Sí, le comprendo; usted quiere hacer dinero en los países atrasados.
—¡Bueno... si usted quiere mirar así la cuestión, pues piénselo! Yo creo que
soy el civilizado que lleva a los rincones perdidos del mundo la luminaria de la
civilización. No soy el egoísta que usted cree; podría bien quedarme en París;
conciertos, mujeres, buen vino, cafés, bulevares, pernod, exquisita carne. Pero
no. Yo trabajo y estudio y me preparo, para ir a soportar penurias y, de paso,
pues a procurarme un poco de dinero... y de dicha tranquila para más tarde.
Mi amigo el chino era trascendente; vivía siempre en profundidad; le
sugestionaba lo complejo, y su encanto especial era enjuiciar los sentimientos,
las reacciones, la conducta humanas.
—Todas las religiones son buenas —manifestaba en su francés típico,
desprovisto de erres—, a condición de que le presten la mayor suma de consuelo
al creyente, de que le hagan menos cruel con los otros, de que le ayuden a
mejorar su condición humana. La religión deviene perniciosa cuando el hombre
la toma para hacer negocio; entonces deja de ser un sentimiento moral para
hacerse una codicia egoísta.
—¿Cuál de los filósofos cree usted que ha logrado plasmar una filosofía más
completa y mejor?
El chino miraba tras sus pómulos, que brillaban más que sus ojos, chupaba la
pipa con fruición y se callaba. Tras una pausa, expresó con honda convicción:
—Creo yo, y tienes que perdonar que hable dogmáticamente, que el más
grande filósofo del mundo desde que Thales fundó la filosofía hasta nuestro
tiempo, es el alemán Jorge Guillermo Federico Hegel. Es superior a todos los
demás. Si penetras con amor y con tenacidad en la filosofía hegeliana, tendrás
una concepción clara del mundo y un sentido preciso de la vida. Eso sí, no la
aceptes tal como está; fúndate en ella nada más.
—¿Cuál crees que es el verdadero sentido de la vida?
—Hacer el bien a los otros.
—¿Qué es hacer el bien?
—Que los que reciban algo de nosotros, lo que fuere, se sientan felices.
Hacer que la vida sea alegre para los otros, aunque a nosotros nos duela. Llevar
bienestar a los demás y no pedir nada. En breves palabras: abdicar del egoísmo,
eliminar el yo.
—¿Y eso es filosofía hegeliana?
—No —replicó secamente el chino— es mi propia opinión.
—¿Eres comunista? —interrogué con viva curiosidad.
Peng me miró largamente; tras las ventanillas oblicuas de sus párpados
relampagueaban sus retinas; repuso con desprecio:
—¡Todo eso es una feria; demagogia y estafa de la buena fe...!
—¿No tienes opiniones políticas?
—Son mías —exclamó con sequedad— ; no las de ningún partido.
No insistí en mis preguntas y seguí su consejo; me dediqué paciente y
tesoneramente al estudio de Hegel. Peng comentaba con una especie de
sensualidad los conceptos oscuros sobre los cuales le pedía explicación. Era un
ferviente hegeliano; veía contradicciones en todas partes y en cada hecho
buscaba el aufheben hegeliano.
Mademoiselle Paulette me dio sedantes y virtuosas lecciones de pintura;
recorríamos juntos las exposiciones y museos, y los establecimientos de los
marchands des tableaux. Le encantaba opinar sobre cada cuadro, sobre cada
pintor, sobre cada trazo, sobre cada mancha de color. Era tajante en sus juicios,
inflexible en sus apreciaciones, y sostenía que Velázquez era el Júpiter de los
pintores. Los italianos, demasiada azúcar; los franceses, demasiada carne;
Velázquez, los españoles, son belleza pura, drama trascendente como la vida,
que va más allá de las Meninas y de las Hilanderas; más allá de los caballos, de
sus jinetes y de las risas de sus bufones.
En el teatro adoraba a Shakespeare y abominaba de Racine. Lloraba en
Antígona y sentía todo el dolor de Edipo Rey; sus dioses en literatura eran
Sthendal y Balzac, con Flaubert. Tenía un desinterés, que parecía afectado, por la
literatura extranjera. De los contemporáneos —aconsejaba— lea a Romain
Rolland, a Barbusse, a André Malraux.
Muchos días de alegría y de hambre, de contento y de miseria compartimos
Paulette y yo; Peng y yo; Peng terminó enamorándose de Paulette. Y decía que
tal dicha me la debía en parte a mí. Y ciertamente, fui feliz con la alegría de
ellos.
Con gran frecuencia comíamos juntos en el restaurante chino de la Rue
Cujas; arroz y té verde gratuitamente. Y la conversación comandada siempre por
Paulette. Al hablar de Barbusse, de su actuación y de sus libros, recordé que
hacía muchos meses que tenía en mi poder una carta dirigida por Mariátegui al
gran escritor. En ella me recomendaba entusiasta, decía cosas buenas de mí y
pedía a Barbusse que me acogiera con benevolencia, que no le defraudaría.
Muchas veces había intentado entregar la carta y presentarme ante Henri
Barbusse; en algunas oportunidades no me atreví a tocar el timbre, en otras me
quedé en la mitad del camino y alguna vez que, venciendo mi timidez, llegué
hasta sus oficinas de trabajo, no le había encontrado: se hallaba fuera de París.
Cuando referí todo esto a Peng, el chino me miró como si tuviese lástima de
mi bisoñería. Sonrió más compasivamente aún, y dijo:
—No hay escritor alguno en Europa que reciba con más placer las visitas de
la gente joven y, sobre todo, de los jóvenes extranjeros. Nosotros —añadió—
vamos a visitarle todos los martes, siempre que su salud le permita estar en París.
Somos un grupo internacional: chinos, anamitas, un par de algerianos, un
búlgaro... ¿Quieres ir tú? Más todavía, si tienes contigo la carta de un intelectual
amigo suyo.
—Pues, ¿qué he de decirte, Peng...? Si ustedes van, pues iré el martes. ¿No
crees que haya necesidad de pedir la venia de Barbusse...?
Peng volvió a reír suavemente y su risa cortaba finamente como una navaja.
—¡Qué venia, hombre! ¡Qué hemos de pedir venia, ni audiencia! Has dicho
que entre tu amigo Mariátegui y Barbusse hay gran cariño... ¿Y bien...? Barbusse
es amplio, sencillo y cordialísimo. Es gran conversador y hombre de
comprensión universal y universalista. Trata con verdadero deleite los problemas
sociales de los países lejanos. En esto no parece francés.
Paulette gruñó, simulando enfadarse, de manera exquisita.
—Hay un adagio francés —dijo Peng, sonriendo— que define al francés
como un señor mal vestido, que usa mostachos y que no se interesa en absoluto
por la Geografía.
—Y que divide a los habitantes del mundo en tres categorías —añadí, riendo
con intención: los civilizados, que son los franceses; los bárbaros, que son los
alemanes, los ingleses, los belgas, y quizás hasta todos los habitantes de la
Europa Occidental, hasta los Pirineos; y, por último, los salvajes, que somos
todos los demás; muy en especial los americanos de todos los colores, razas y
latitudes.
Peng reía maliciosa y alegremente.
Paulette dramatizaba la comedia encantadora de su indignación, abocelando
sus labios y abocardando graciosamente su boca... Sentenció que ella nos haría
amar y comprender a Francia. Y dijo que los extranjeros teníamos el defecto de
exagerar nuestros juicios..., carecíamos del sentido de la medida...
Pasé días llenos del anhelo de conocer al escritor; repasé Les enchainements
y El resplandor sobre el abismo; puse en un sobre nuevo la carta de Mariátegui y
acudí puntual a la cita con Peng. El chino estaba acompañado por un alemán
rubicundo, apolíneo, que juntaba los descalcañados tacones de sus zapatos al
saludar.
La visita estuvo plena de interés; Barbusse tuvo frases de viva devoción para
Mariátegui; lo encomió cálido y sincero, y dijo de él, ante los demás: ¡Voilá;
vraiement un homme...!Barbusse era un conversador sugestivo, de delicado
espíritu crítico: animaba su charla con sentencias, hacía preguntas a menudo, se
sorprendía poniendo un suave encanto de ingenuidad en sus sorpresas, y como
un leit-motiv volvía sobre el mismo tema: para los grandes dolores humanos,
para llegar a la realización del Hombre Total, del hombre sin desgarramientos ni
contradicciones, pues no había otro camino que el de la revolución. Como en su
libro, Barbusse repetía a través de toda su conversación el mismo ritornello: ¡Por
necesidad vital, por imperativo humano, por piedad, rebelaos!
Varias veces se dirigió a mí, haciendo preguntas sobre la América del Sur,
sobre la vida en mi país, sobre los niveles intelectuales de los diversos países. Se
mostraba interesado en la Revolución de México; hablaba con famliaridad de
Madero, Carranza, Pancho Villa, Zapata. Nos manifestó que estaba interesado en
lanzar a la publicidad una revista para “las gentes de letras” de América Latina,
que llevase allá el mensaje de la revolución y que fuese capaz de realizar aquello
que, para él, era particularmente caro y esencial: “hacer la revolución en los
espíritus”.
El alemán le hizo notar que los comunistas se mofaban de eso de la
revolución de los espíritus. Barbusse no respondió; miró con aire triste al
muchacho rubio y expresó:
—Yo creo en el poder del espíritu y en su inmensa potencia creadora; creo
que nada puede pasar en la realidad social, si antes no ha pasado por el espíritu;
creo que el hombre no puede realizar la redención, si su espíritu no ha sido antes
redimido. Nada hay más cierto, queridos amigos míos —expresó en tono
exclamativo—, en esta época tormentosa en que vivimos, que la verdad de que
el espíritu está fuerte, pero la carne es débil. Y yo digo aquí —afirmó rotundo—
que nadie, sino el espíritu, será capaz de superar y vencer las debilidades de la
carne.
Cuando nos marchamos, ya en la calle, el alemán quiso enjuiciar la
conversación; pero lo hizo en un francés que resultaba penoso escucharle y más
aún conversar con él. En general salimos complacidos; sólo Peng se mostró un
poco escéptico.
Me fui a dormir y en el sueño me rebotaba dentro del cráneo, como una
pelota de tenis, la frase barbussiana: ¡Por necesidad vital, por imperativo
humano, por piedad... rebelaos...!
Gravitación e influencia barbussianas
16
Henri Barbusse anunció la aparición de la revista Monde, que él dirigiría
luego, y el anuncio fue un llamamiento amplio y fraternal a “todos los espíritus
libres”. Desde el primer momento ofrecí mi colaboración al escritor y la presté
en las más diversas formas: desde la organización de direcciones para el envío de
la publicación a través de América Latina, hasta la acumulación y ordenamiento
de materiales sobre la situación política latinoamericana, o sobre los programas
en Rumanía, o la agresividad de la reacción en Bulgaria. Através de esta labor —
creciente, intensa y desinteresada— fue creándose una vinculación amigable,
una confianza plena de calor humano, en el que tan pródigo era Barbusse, y una
relación íntima y cariñosa de maestro a discípulo. La bondad del escritor se tornó
más acogedora, y más sensibles su amparo intelectual y la intervención de su
consejo político. En poco tiempo, él adquirió la conciencia lúcida de lo que su
influencia estaba significando en mi vida; de lo que su orientación tenía de
rumbo y de brújula para mi camino.
Un día y otro conversó sobre América Latina: su miseria, sus dictaduras, su
democracia formular, la rapacidad de sus políticos aventureros, la índole y el
sentido de sus golpes de Estado. Y se interesó vivamente por mi actividad
política en París, por la formación de la Alianza Popular Revolucionaria
Americana, por Víctor Raúl y por Mariátegui, por sus discrepancias, por las
relaciones entre Haya y Lossowsky.
Más adelante, del tema particular pasó a la política general del mundo,
mostraba su temor por el derrame del fascismo sobre Europa y auguraba días
muy oscuros para el orbe... Y en la perspectiva, clara para él..., de nuevo la
guerra...
Una tarde, en la que mostraba un alegre buen humor y un claro estado de
euforia, pues no tosía, no tenía la mirada febril, le pregunté:
—Maestro ¿es usted cristiano?
—Creo que religiosamente no —respondió—, pero profeso una viva
admiración por Jesús, como arquetipo humano. Yo creo que si él viviera en esta
época, el humilde carpintero de Nazareth, como dice Renán, estaría del lado de
nosotros y de nuestra lucha. Con sus parábolas, con su pobreza, con su sermón
de la montaña y con su pureza. Pueden variar las filiaciones, hijo mío, pueden
cambiar las teorías, pero la actitud espiritual es eterna. El que luche por el bien
de los otros, el que se sacrifique por la felicidad ajena, sin pedir recompensas,
ese es un verdadero discípulo de Jesús. La verdadera dicha del hombre,
convéncete, es prodigarla a los demás. El egoísmo es una áspera angustia, en
tanto que el altruismo es una liberación. La más alta satisfacción humana está en
la roca de Prometeo: nada hay más sublime en la dicha del hombre que robar el
fuego a los dioses para obsequiarlo a los mortales, pagando por ello el precio que
hace pagar siempre Júpiter... ¡Y cuando cobran el precio, hay que pagarlo!
Había algo de transfigurado en aquel rostro macilento, surcado por hondo
rictus, macerado por la fiebre y por la imagen cercana de la muerte. Barbusse se
alzaba ante el escritorio, como queriendo librarse de su encorvamiento, y su
sombra se proyectaba sobre el techo y sobre el muro.
La pantalla de la lámpara de mesa proyectaba su sombra sobre el rostro de
Barbusse y yo no podía ver sus ojos; me los imaginaba dilatados por la fiebre,
brillantes como cuando se entusiasmaba. Alentado por aquellas palabras, le
pregunté:
—Si la gente joven le pidiese a usted un consejo para ubicarse en un campo
determinado, a fin de luchar mejor, para asumir una posición política, ¿qué
consejo le daría usted?
Se puso de pie, agitando entre los dedos un largo cortapapel de acero, que era
un puñal caucasiano; la bella hoja centelleaba bajo la luz. Barbusse me miró por
encima de la lámpara y repuso:
—Cada hombre, por joven que sea, debe escoger su posición por su propia
cuenta, de acuerdo con su propia conciencia, sin dejarse sugestionar por
influencias ajenas. Pero, si se me pide mi opinión personal, pues estoy
convencido de que en el único lugar en donde un hombre puede luchar
honradamente, con posibilidad de vencer y de realizar, es en el seno del Partido
Comunista.
—¿El Partido Comunista? —interrogué como extrañado.
—¿Te ha sorprendido? —preguntó a su vez y añadió: El anarquismo, hijo
mío, es nada más que onanismo social, sueños generosos, sentimentalismo
ardiente, enriquecido por una imaginación brillante. Por eso el español, el pueblo
de más rica y fecunda imaginación, ama el anarquismo, es anarquista.
Hizo una larga pausa, como si se fatigara, para continuar:
—¿La socialdemocracia? Demasiadas transacciones; excesivo comercio
político; su marcha puede llamarse la marcha de las capitulaciones; los
socialdemócratas hace muy largo tiempo que no son derrotados: capitulan antes
de presentar combate y así... evitan toda derrota. ¡La guerra fue una capitulación;
un renunciamiento...!
No queda sino el Partido Comunista, hijo mío, como esperanza y como
posibilidad, como promesa y como fuerza creadora.
Es claro —añadió con énfasis—, es claro que hay que meditar mucho antes
de adoptar la resolución; hay que observar, hay que estudiar, hay que pensarlo...
Se volvió a hacer un silencio largo y me acerqué para despedirme. Barbusse
me extendió su mano y oprimió la mía con afecto, comunicándome la fiebre que
le consumía. Con la mano izquierda sostenía verticalmente el puñal caucasiano:
tenía la palma de la mano completamente abierta y la punta del puñal sobre la
mesa. La sombra era una gran cruz. Clavé los ojos en el lugar del muro donde se
juntaban los dos brazos de esta cruz de sombra y salí diciéndole:
—Creo que usted tiene razón... pero debo pensarlo... Quizás no haya sino ese
camino.
—No hay otro —replicó—, pero antes es menester pensarlo mucho.
Metí bajo el brazo mi cartapacio de papeles y abandoné la estancia tibia.
Afuera hacia frío; lo sentí más probablemente a causa de salir bruscamente de la
habitación calefaccionada; quizás también tenía un poco de miedo y otro poco de
angustia.
* * *
A través del escritor y de su generosa amistad me vinculé a sobresalientes
intelectuales comunistas y dirigentes del Partido. El viejo Charles Rapoport,
Marsel Carhin, Vernochet, Florimond Bonte, Georges Cogniot, y al ala
comunizante del movimiento surrealista.
Y fue asimismo gracias a Barbusse como obtuve una colocación en
l'Internacionale des Travailleurs des Enseignement, con un salario de mil francos
mensuales.
—Eso aliviará tu situación económica en París y te permitirá estudiar —dijo
Barbusse, cuando le agradecí su gestión.
Presidente y Secretario activo del organismo unitario donde actuaban juntos
maestros comunistas y socialdemócratas era León Vernochet. Gruñón y mordaz,
pulcro en el estilo, amante de la buena mesa y francés ciento por ciento,
Vernochet era acusado por Cogniot de “derechista”; de ser un nacionalista
francés incurable, que en el fondo detestaba todo internacionalismo. A su vez,
Vernochet acusaba a Cogniot de inclinarse al sacrificio de los intereses de
Francia a otros intereses... Nunca señaló cuáles eran esos “otros intereses”, pero
—como se esmeraba en hacerla notar Cogniot— la referencia aludía al Kremlin
y a la Internacional Comunista. Sin duda que el uno y el otro encarnaban dos
tipos polares de mentalidad francesa. En medio de la sorda pelea, yo trabajaba en
la edición de los materiales de propaganda en español: revista, boletines,
circulares...
Entretanto, la discrepancia entre Mariátegui y Haya se acentuaba. Mariátegui
pedía una discusión amplia, que desembocase en resoluciones obligatorias para
todos; Víctor Raúl se negaba a discutir.
—¡No estamos para academias ni para ateneos! —sentenciaba.
Hube de confesar mi honda confusión a Barbusse; le expuse la tentación que
me rondaba de dedicarme a una labor técnica o a escribir cuentos, novelas o
informaciones periodísticas sobre las andanzas de los millonarios
latinoamericanos en Europa. Así, podría conservar, lejos de la lucha política, la
amistad de Haya y la de Mariátegui. Hablamos sobre la carta de Lossowsky a
Víctor Raúl.
—Escribiré a Lossowsky —dijo suavemente Barbusse— ; le escribiré,
pidiéndole que me responda con franqueza. Sé que lo hará...
Había recurrido en busca y demanda de consejo a él, y él a su vez pedía
consejo más allá, en vez de dármelo. Cuando intenté marcharme, Barbusse me
retuvo y habló despacio, sin que su rictus se modificase, sin que su aire triste se
perdiese. Comenzó a hablarme, como si mi estado de ánimo fuese traslúcido y le
dejase vislumbrar mi desconsuelo.
—El hombre —exclamó con voz opaca, como si la tisis le agarrotase
lalaringe— lleva en sí un destino. El no es exterior al hombre, como lo colocaron
los griegos: lo llevamos en el fondo de la entraña, en la esencia del ser;
seguramente está con el líquido que forma nuestra sangre y en la pasta que
constituye la médula de nuestros huesos; es algo que debe estar, hijo mío, en los
hilos de nuestros nervios y en la sustancia que se agita, como un embrión, bajo
nuestro cráneo.
Se calló, levantó los ojos brillantes, como si tuviese dentro dos grandes
lágrimas; juntó sus dos manos, trenzando los dedos de una con los de la otra, se
recodó sobre el cristal verdoso del escritorio y, con los labios descoloridos,
resecos, como si estuviesen ardientes, con la lengua que parecía más roja en
medio de la palidez cetrina del rostro, Barbusse acentuó soalzando la voz ronca:
—Si faltas a ese destino que está dentro de ti, te traicionarás a ti mismo y
serás inexorablemente infeliz. Podrás obtener muchas ventajas materiales, pero-
como dice la Escritura —perderás tu alma, hijo mío. Y perder el alma es ser
infeliz.
Volvió a callarse para exclamar luego con voz grave:
—No hay felicidad posible fuera de nuestro destino interior; y la dicha
consiste en vivir de acuerdo con ese destino.
Quise decirle algo, pero él me detuvo con un ademán; se veía que deseaba
seguir hablando.
—Como mecánico de automóviles, o como escritor de novelas para el
público grueso, o como empresario de cualquier empresa, seguramente podrías
hacer dinero. Tendrías automóviles de último modelo, buena carne, vino
generoso, queridas perfumadas. Pero, esto no es lo que está en tu destino. No
conseguirías sino la amargura de saberte cobarde, fugitivo de ti mismo, víctima
de una conciencia infeliz, de la agónica certidumbre de saberte desdichado;
porque no hay desdicha más acerba que la que viene de nuestra propia traición.
No, hijo mío, nadie puede marchar pisándose las propias entrañas.
Se hizo una prolongada pausa; no dije nada, porque no sabía qué decirle; me
parecía haber llegado a una encrucijada y tenía una enloquecedora confusión en
la cabeza; una oscura y rampante emoción me agolletaba el cuello.
—¿Usted le escribirá a Lossowsky pronto? —pregunté por decir algo.
—Sí, mañana mismo —respondió— ; ya veremos lo que dice. Hay que
esperar. Yo les tengo confianza ilimitada. Son revolucionarios que marchan
como los viejos Santos Magos, guiados por la estrella de la liberación de la
humanidad. ¡Hay que tener fe en su obra, en su gran sueño y en sus difíciles
realizaciones!
La entrevista se me hacía penosa y quería terminarla.
—La única causa por la cual se puede luchar honradamente ahora —
sentenció con energía— es el comunismo.
Me acompañó hasta la puerta y me despidió afectuoso.
Aquella entrevista probablemente fue mi quo vadis; abandoné la idea de
hacerme un experto en mecánica de automóviles, de radio o de linotipos. Y me
dediqué con entusiasmo al trabajo de unificación que había prometido a Víctor
Raúl, esperanzado en la carta de Lossowsky y confiado en que, si se lograba una
vasta unión, su solidez impediría que Haya nos tratase como insoportable
dictador.
La actitud de Víctor Raúl variaba en cada carta: ora amable, ora cáustico;
una semana persuasivo, la siguiente colérico e insolente. Era como si él mismo
atravesase una crisis, como si se hallase en el centro de una encrucijada.
Anunció una conferencia en Oxford, sobre el tema de la internacionalización
del Canal de Panamá, para la que pidió y exigió una muy intensa y nutrida
propaganda epistolar. Luego, anunció su viaje a los Estados Unidos y a México.
—El APRA —escribía— se desplaza hacia su auténtico centro de gravedad:
hacia América... y el único que se desplazaba era él.
—La realidad manda —añadía— y la realidad está aquí, no en el Louvre, ni
en Luxemburgo. No es lo mismo quedarse boquiabierto mirando la Victoria de
Samotracia o los colores de Corot que estar viendo aquí el proceso vivo de la
realidad americana. No es lo mismo estar parado como tonto ante aquella
Olimpia que celebrabas tanto, que encontrarse aquí en presencia de la United
Fruit Company, de la Huasteca Petroleum y de la Anaconda Copper. Tus
opiniones son muy literarias, muy bien escritas, muy académicas, pero un
pedazo de realidad mirado por el resquicio de mi persiana vale mucho más que
toda la literatura que te molestas enviarme desde París, en seis, diez y hasta
veinte carillas a un espacio. No hay duda —terminaba— de que para trabajar
eres una acémila.
Un día llegó un abultado paquete de recortes, procedente de México.
Recortes de diarios y revistas, de volantes y manifiestos publicados y editados
por un supuesto Partido Nacionalista de Abancay, que no existía en parte alguna,
y que lanzaba la candidatura de Víctor Raúl a la presidencia de la república.
Se le llamó la atención; era un procedimiento estéril y ridículo, además de
constituir una farsa grosera y grotesca. Víctor Raúl respondió con un salterio de
injurias y con la amenaza de la Iglesia Católica:
—Les expulsaré de mi partido; les echaré como granujas, por traidores, por
judas, por vendidos.
No quiero saber nada.
Llegó a Panamá y fue a parar a Bremen repentinamente.
Las autoridades de la Zona del Canal lo habían embarcado por la fuerza, a
bordo del vapor Phoenicia.
Apenas conocí su dirección en Berlín, le escribí una carta patética y le invité
con acento suplicante a cimentar un entendimiento. En respuesta, obtuve una
epístola saturada de iracundia y soberbia en pleno flujo.
—Si continúan con sus críticas de intelectuales castrados para la acción, pues
los echaré de mi partido o me iré. Sí, me iré a reposar por un tiempo y a escribir
un libro sobre todo esto. Pero no me iré —sépanlo bien— sin blandir lo que
queda del cuerpo de Mariátegui, tomándolo por el muñón y arrojándolo en su
propia porquería, para que allí sea rey. Entonces te harás “realista” y podrás
gritar, en francés, para que seas más elegante: ¡Vive le roi! Y yo te responderé
con el grito de Monsieur Cambronne, también en francés, si quieres: ... ¡m...!
La discusión epistolar estaba terminada.
De otro lado, el grupo de exilados en México, no obstante su escaso número,
se había escindido en dos: Mariátegui, por su parte, anunciaba que él y su grupo
no marcharían por el camino que Haya seguía; y Barbusse, que había recibido la
respuesta de Lossowsky.
—Nuestros amigos de allá —como él los llamaba— han respondido a mi
consulta —me dijo en una tarde lluviosa, golpeándome familiarmente la espalda
y metiéndose rápidamente en el automóvil que lo conducía fuera de París.
Jamás me mostró carta alguna, ni hizo referencia a haberla recibido: siempre
que habló de esto, dejó la impresión de que se trataba más bien de un recado
traído verbalmente. Cuando me llamó para conversar sobre ello, me invitó a
sentarme, cerró la puerta y se sentó ante su escritorio.
—Creo que debo confirmarte lo que te decía antes; la única causa por la cual
se puede luchar honradamente es el comunismo. En ninguna parte tu acción
alcanzará más eficacia, ni abarcará campo más vasto, ni tendrá cosecha más
abundante que en el partido comunista.
Hizo una larga pausa, como fatigado, o como queriendo reposar, y prosiguió:
—El partido comunista es la organización humana contemporánea traspasada
por la fe de los místicos del medioevo, impregnada por la voluntad de abnegarse
de los mártires, heredera de la combatividad de los jacobinos de la Revolución
Francesa. Es, hijo mío, una de las más bellas creaciones humanas en nuestro
tiempo desencantado.
Tosió y, tras una pausa prolongada prosiguió:
—Sólo uno mismo puede penetrar en el oscuro y tempestuoso mar de sí
mismo; piensa tú, analiza y resuelve.
Y yo pensaba después de aquel discurso: ¿Y qué tiene que ver esto con la
respuesta de Lossowsky o con el recado de Moscú?
—Tú vas a quedar aislado —profetizó Barbusse, poniéndose de pie y
saliendo de entre su sillón y el escritorio— ; no lograrás ni reducir a tu buen
amigo Víctor Raúl, ni unificar a un grupo de hombres que están separados por
gruesas y hondas grietas de ideas, grietas sobre las cuales no podrás tender
puentes...; ¡se romperán, todos, se romperán...! No hay sino un puente que pueda
unir a los hombres y es la fe en una misma idea; y en tu grupo ese puente falta.
Volvió a toser, y en silencio, con pasos lentos, se marchó hacia la ventana.
Apoyó su espalda en el ajimez, volvió su rostro hacia mí y elucidó con acento
persuador:
—Por mi parte y con todas las reservas que quieras, tengo la impresión —la
que te aseguro no es una mera suposición— que tu amigo Haya no toma la
política como una misión, y la política que no es alta misión humana, hijo mío,
se convierte en arte fenicio, en pelea selvática, en turbia combinación de
negociantes más turbios todavía. Y tú —sentenció mirándome a la cara— no vas
a poder seguir esa política...
—Sí —le dije— yo no podré seguir por ese camino; además, Víctor Raúl es
excesivamente vanidoso.
—¡Tanto peor aún! —exclamó Barbusse—. Vanidoso es decir carcomido por
el implacable corrosivo de la modestia más destructiva. La gran vanidad no es
sino modestia infinita y corrosiva, que tiene vergüenza de sí misma. El vanidoso
es el que no cree en su propio valer, el que no tiene fe en su potencia íntima y
necesita desesperadamente la validación que puedan darle los otros: como del
aire, necesita de la lisonja, de la adulación, de la ayuda de los demás, para sentir
que vale algo. Cuando le falta este ambiente se siente un mísero gusano; le
devora la angustia, le asalta el temor de sí mismo y se deja ganar por la duda, por
la vacilación, por la irresolución. Y entonces viene la acción instintiva, el acto
impulsivo, que por lo general desemboca en el fracaso.
Hizo otra pausa; volvió el rostro hacia el ventanal, movió el tul de la cortina,
miró a la calle como si aguardase la llegada de alguien, o como si buscase una
idea que debía llegarle de fuera.
—Estás asistiendo a un naufragio espiritual —dijo retornando el rostro hacia
mí—, pero pronto ganarás tu playa y te sabrás aislado. Yyo pienso, hijo mío, que
un hombre aislado se puede mover bien por impulsos de tipo subjetivo: el arte, el
amor, la pasión por el juego, por los deportes, por los viajes...
—¡O por los puñales...! —interrumpí.
—Sí —dijo sonriendo, y mirando hacia la gran panoplia—: por la pasión de
reunir puñales y coleccionarlos. Pero el hombre, como elemento gregario, como
parte de grupo o de asociación, se mueve en política por intereses materiales, por
grandes atracciones de tipo económico. Estoy seguro de que tú no podrás
permanecer aislado; no podrías realizarte nunca. Tendrás que vincular tu destino
al de otros hombres; tendrás que ubicarte a uno o a otro lado de la barricada. O
con los unos o con los otros: cada vez más la cuestión se plantea así. Y en esta
hora de la vida del mundo, si estás con el pueblo, tendrás que unirte a la clase
obrera, a la organización militante del proletariado. Y, comoquiera que el
movimiento de la clase obrera no es local, ni se desarrolla únicamente en
determinado país, sino que es un proceso mundial, pues por los más diversos y
zigzagueantes caminos vendrás a desembocar en el movimiento que comanda la
Internacional Comunista y que abre, sin duda, una época nueva en la vida de la
humanidad.
Barbusse llegó hasta la chimenea, apoyó sus codos sobre ella y quedó
silencioso mirando el busto de Beethoven que se hallaba a la derecha del de
Lenin. Aquel silencio me confundió, se tornó denso y pareció que me aplastaba.
Lentamente, Barbusse giró dándose vuelta hacia el lugar donde me hallaba, y
abriendo sus dos manos dijo:
—¡Y he aquí... que esto era todo...!
Me puse de pie, víctima de una confusión que se me hacía tiniebla. Le di las
gracias y quería preguntarle si Lossowsky le había respondido, y qué era lo que
había respondido.
Barbusse se dio cuenta de mi turbación y sonriendo acentuó:
—Sé que el porvenir no puede ser decidido en un día y sé asimismo que te
hallas en una encrucijada: en uno de esos momentos en que el alma se ofrece a
todos los caminos como un albergue, pero donde no se puede permanecer mucho
tiempo. Tendrás que decidir y hablaremos otra vez, conversaremos. Hoy
solamente quiero asegurarte que, si alguna vez llegas a las filas de la
Internacional, no se te recibirá como a un simple recluta.
—¡Muchas gracias —repetí— muchas gracias! Todo esto exige una gran
lealtad...
—Una limpia y abnegada lealtad —volvió a decir Barbusse—, pero lealtad
que no sea, que no puede ser jamás, infidelidad contigo mismo. Yo sé bien que
habrá más adelante muchos que vendrán a reclamarte lealtad... al amigo, al
grupo, a la organización. Son siempre los mismos; siempre te reclaman lealtad a
una fe los que jamás tuvieron ninguna; te exigirán lealtad a una doctrina los
filisteos que jamás han profesado doctrina de ninguna especie, clamarán por tu
permanencia rígida en un terreno los parásitos espirituales que jamás tuvieron ni
defendieron terreno alguno. Lo imperativo es ser leal a la propia esencia
humana.
Se acercó a mí, me puso la mano sobre el cuello y me condujo hasta la
puerta.
—Hasta la vista, camarada —me despidió—, acentuando la última palabra.
Salí a la calle turbado, ajeno al mundo que me circundaba; penetraba en mí el
presentimiento, o quizás la convicción, de que algún gozne profundo estaba
girando en mi vida, de que la encrucijada ante la que me encontraba estaba
girando bajo mis pies. Las palabras de Barbusse resonaban obsesivamente en mi
pensamiento. Llegué hasta la pieza del hotel, me encerré y divagué, soñé, hice y
deshice planes. Como si necesitase ordenar mis pensamientos en forma exterior,
me senté a la máquina y escribí sobre todo lo que me había ocurrido. Luego,
escribí cartas a José Carlos Mariátegui, a Víctor Raúl, a los desterrados de
México y a los de la pensión de San Martín y Tucumán. Quedé aliviado cuando
el sol de la mañana entraba con gloriosa refulgencia por la ventana.
Sobrevino la ruptura entre José Carlos Mariátegui y Haya de la Torre, y José
Carlos y su grupo nos orientamos más definidamente hacia la Tercera
Internacional. Al convocarse el II Congreso Antiimperialista en Francfort sur le
Main, asistí como delegado del sector que orientaba Mariátegui. Barbusse me
despidió bien provisto de recomendaciones a sus amigos de Alemania, en
especial a WilIy Munzenberg, dirigente comunista alemán y organizador del
certamen. Solicitaba para mí cordial acogida y la protección “debida a un
excelente amigo y magnífico camarada”. Cogniot, por su parte, me otorgó la
credencial para los comunistas, en la que afirmaba: “Es ya un candidato a
miembro del partido y nos presta una preciosa colaboración”. En Francfort, en
1929, aconteció algo análogo a lo que sucediera en Bruselas, dos años atrás, con
la diferencia de que Nicaragua ocupaba el centro de la atención mundial, y de
que los comunistas cubanos y mexicanos estaban constantemente bajo el
proyector de las “vedettes”, lo mismo que chinos e hindúes.
Tan pronto como fue clausurado el congreso, me dirigí a Berlín, atendiendo a
la insinuación de Munzenberg y con el deseo de hablar con Haya de la Torre.
Por el profesor Alfredo Goldsmith y su señora, a quienes visité a mi arribo,
supe que Víctor Raúl no solamente se alejaba de toda idea socialista y hasta
democrática, sino que se acercaba, con admiración y con vehemencia
proselitistas, a las concepciones y a las prácticas de los nacionalsocialistas. Se
había hecho amigo del General Van Faupel y de su bella señora.
Fui a verle y me mandó a decir con la camarera que sólo podría recibirme
por la tarde, algo después de las cinco. Esto me hizo comprender que nuestra
situación estaba ya lejos de ser cordial. Ami retorno, le encontré a la puerta de la
casa que habitaba, acariciando a un gran perro. Vestía pantalón claro y una
camisa de estilo militar, cortada al estilo nazi, aunque de color diferente. Nos
saludamos como si nos hubiésemos visto la víspera; quizás sin frialdad, pero sin
afecto.
La confrontación fue breve y brusca. Haya planteó con nitidez la
discrepancia.
—Mariátegui y tú quieren la organización de un partido de la clase obrera,
sometido al tutelaje de Moscú y a un evidente coloniaje mental.
Yo planteo la organización de un amplio Frente Único de Trabajadores
Manuales e Intelectuales, independiente de todo tutelaje extranjero, que tenga
como dirección a la élite de la clase media y como columna vertebral a los
sindicatos obreros. Esta será la Alianza Popular Revolucionaria Americana
APRA, que, si es necesario, se enfrentará al comunismo y luchará contra él.
—Tendrás que luchar contra nosotros.
—Si quieren pelea... la van a tener.
Haya no contaba entonces sino con algunas decenas de seguidores. Nunca
sospechamos que la influencia de su pensamiento político iba a trascender tan
honda y dinámicamente sobre la actividad social de América Latina.
Nos despedimos fríamente, sellando el divorcio entre aprismo y comunismo
en el Perú.
La tierra prometida
17
Después de la entrevista con Haya de la Torre, sólo deseaba presenciar la
manifestación comunista contra la guerra de Berlín, palpar el poderío de la
sección alemana de la Internacional Comunista y retornar a París. Durante el
desfile sufrí un percance, como consecuencia del fiero golpe que me propinó en
la mandíbula un “shuppo” germano. Cuando me reponía, recibí la llamada de
Munzenberg, que me invitaba a cenar con él aquella noche.
Vino a buscarme en un automóvil. Me presentó a Neumann, quien hablaba
un español castizo, con acento hispano, y fuimos a comer a un restaurante
céntrico. Al final de la comida, Munzenberg rió, diciendo:
—Tu amigo Barbusse se va a quedar perplejo. Te estima mucho ¿verdad?
—Sí —repuse—, es muy generoso conmigo, pero ¿por qué ha de quedarse
perplejo?
—Porque dentro de unos cuantos días sales para Moscú.
Quedé anonadado; quise preguntar algo, dar las gracias a Munzenberg,
expresar mi desbordante alegría, pero me quedé inmóvil, como si me hubiese
embrujado la Polonesa militar de Chopin, que tocaba la orquesta.
Neumann me sacudió, riendo ruidosamente.
—No dices nada, te has quedado mudo...
Los miré sin decir nada. Munzenberg reía contento. La música me penetraba
por todo el cuerpo, como si yo fuese una esponja de sonidos. Me parecía estar
caminando en la entraña de un sueño; creía estarme fugando de la realidad;
extendí la mano y apreté vigorosamente la de Willy Munzenberg, con emoción,
como embriagado.
Aquella noche fue una gran noche; una medianoche de verdadera Navidad,
un amanecer encantado en el que la felicidad caía sobre mi alma, como una
milagrosa catarata. El negro Goblan también partiría; seríamos compañeros de
viaje; él reía con su geta abocelada, con toda la gruesa bofedad de su boca. Le
refulgían luminosos los dos ojos, como dos fosforescencias blancas y negras.
Estaba alegre. El también partía para Moscú y haríamos el viaje juntos. Reímos,
bebimos, cantamos:
Arriba los pobres del mundo
De pie los esclavos sin pan...
Dos días después, el tren rodaba cruzando Alemania, rumbo a Polonia,
rumbo a la frontera de la tierra socialista: iba a ingresar en el país en donde se
forjaba la felicidad de todos los hombres y mujeres de la tierra.
Quedó atrás el río Oder y a la mañana siguiente el Vístula. Pasamos por
Varsovia, por Baranowice, por Stolpce. Cuando el cielo se incendiaba en un
luminoso crepúsculo sobre la inmensa llanura, llegábamos a la frontera que
separaba dos mundos distintos. Con la cabeza fuera de la ventanilla, anhelante y
emocionado, miraba el arco de madera sobre el cual estaban esculpidos la hoz y
el martillo, y la frase rotunda como un disparo: ¡Proletarios de todos los países,
uníos...!
Habíamos llegado a Negoreloye. ¡Allí estaba, sólo a unos cuantos pasos toda
la vastedad y la gloria de la tierra socialista...! ¡Tierra de promisión para todos
los pobres del mundo!
* * *
Cuando los místicos jefes de Las Cruzadas llegaron al Santo Sepulcro,
poniendo los pies en la Tierra Santa, debieron sentirse sacudidos por una
emoción que venía de los más tempestuosos abismos de la conciencia y del
instinto; consustanciarse con un soplo vital surgido de la tierra, venido del
campo, de los árboles, de los hombres y de los caminos. Esta fue la emoción que
sentí y la que han sentido, según su confesión, centenares de comunistas
fervorosos, al llegar a las fronteras de la Unión de las Repúblicas Socialistas
Soviéticas.
Cuando se anunció la llegada a Stolpce, última estación de la frontera polaca,
y cuando los policías, con aquellas gigantescas viseras del quepí sobre los ojos,
devolvían los pasaportes y las hojitas en ruso añadidas a él, la vida entera
pareció hallarse, en aquel instante, en vilo; estaba como suspendida y en éxtasis
ante el anhelo plenamente logrado. “La vida está hecha de la misma tela de que
se hacen los sueños” —repetía Shakespeare—, y la frase me martillaba las
sienes, se alzaba en mí como una voz interior.
Cambiamos de tren y avanzamos sobre la estepa un breve trecho. Un tosco
arco de madera; en lo alto, sobre una plataforma, cuatro o seis soldados del
Ejército Rojo, con el típico uniforme de anchos pantalones y largas bayonetas en
los fusiles. Se detuvo el tren y bajamos: estábamos en la tierra del socialismo.
La estación era amplia, toda de madera, como una gran barraca. Estaba
limpia. Sobre los muros, en todos los idiomas, “Proletarios de todos los países,
uníos”. Retratos de Marx, Engels, Lenin y Stalin; ventanillas para el cambio de
moneda; yentes y vinientes en todo sentido.
Cambié diez marcos y recibí cerca de ocho rublos y algunos kopeks; fui al
restaurante, pedí té y algo de comer. Un terrón de azúcar, dos rebanadas de pan y
una de pescado, que parecía prensado. Al pagar, tuve una violenta sorpresa:
aquello costaba más de doce rublos; esto es más de quince marcos alemanes, el
equivalente de unas diez o doce comidas en Francia, con vino inclusive.
Nos reunimos todos los viajeros que llevábamos idéntico rumbo y que
hablábamos español y francés. Era como si allí cada uno de nosotros levantase la
máscara que le había cubierto la faz a través del viaje; un comunista argentino,
joven, quien fuera más tarde secretario de Guralsky, el ruso dirigente del Bureau
Sudamericano de Buenos Aires; un muchacho de la juventud comunista
argentina, presuntuoso, dogmático, pleno de suficiencia y de satisfacción en
términos de agradecimiento. Apareció Karracick, el comunista brasileño, que
todo lo sabía y que daba interpretaciones inmediatas a todo lo que veía. Según él,
aquel exorbitante precio de las cosas se debía al deliberado propósito de los
rusos de limpiar los bolsillos de los extranjeros que arribaban a Rusia. El poeta
mexicano Litz Arzubide, alegre, burlón y exigente, que oficiaba de crítico, a
veces acerbo y certero, de las lacras que mostraba aquella sociedad nueva,
engendrada por la más grande revolución de la historia humana. Una mujer
canadiense, quizás en la treintena, pero que por su grueso volumen aparentaba
haber cruzado la cuarentena: tenía ojos verdes, rostro violentamente sonrosado,
cabello rubio y pies menudos, que contrastaban con sus piernas exageradamente
gruesas. El hombre alto y enjuto que decía viajaba desde Vancouver y ser
comerciante en pieles resultó ser delegado comunista, demasiado íntimo de la
mujer canadiense.
Bajo el crepúsculo nocturno de aquellas latitudes, el tren rodaba hacia
Minsk, rumbo a Moscú. En cada uno de nosotros había un entusiasmo
comunicativo, una alegría con la que nos embriagábamos mutuamente.
Hablamos y reímos hasta adormecernos; callamos uno a uno, ingresando en
deliciosa desmayez...
Era seguro que ninguno dormía...
Alguien anunció que llegábamos a Minsk.
Pobre estación, pobre ciudad, pobres casas. Salía de allí una viviente
expresión de miseria, no sólo de pobreza; miseria dura, amasada con espanto,
con dureza, con descaro. Niños vagabundos, desde tres hasta veinte años, se
arrastraban pegados a las ruedas y a los rieles, en busca de una ventanilla abierta
en los coches. Si la encontraban, o si lograban romper los cristales, se lanzaban
sobre ella como felinos y arrancaban del interior todo lo que podían pillar antes
de emprender la huída. Los guardas del tren advertían constantemente que se
tuviesen bien cerradas las ventanillas, que no se dejase nada cerca de ellas: era la
plaza de los “biezprizori”, vagabundos, engendro de la revolución.
Karracick explicó que todos aquellos niños eran huérfanos de la guerra y de
la revolución. Que, careciendo de padre y madre, se dedicaban al pillaje. Y que
en un Estado socialista no era posible encarcelar, ni perseguir, ni maltratar a tal
especie de niños; había que convencerles por la bondad y por la persuasión.
Reímos de la tesis de Karracick, pero no dejamos de creer parcialmente en
ella. La presencia de tales granujas le produjo muy mala impresión al poeta Litz
Arzubide, y calificó aquello como una tara de la revolución, como un estigma de
la patria socialista.
Al día siguiente se anunció Moscú. Desde las ventanillas, se nos señalaban
las “montañas de Lenin”, y luego las estrellas del Kremlin, las cúpulas doradas
de la Iglesia del Salvador —aun no demolida—. Por último, los arrabales, las
callejuelas sucias, la estación de Alejandro. Allí estaba, ante nosotros, bajo
nuestras plantas de peregrinos devotos, la ciudad sagrada de la revolución
mundial, el manantial mismo de la felicidad de los hombres y mujeres del
mundo.
Bajamos del tren e ingresamos a la estación, formando un grupo. De alguna
parte salieron un par de hombres que cogieron nuestras maletas y las llevaron
hasta un automóvil anticuado: anchos tapabarros, estribo muy alto, carrocería
semejante a la de los coches de pompas fúnebres. Aquella debió haber sido una
limusina elegante, en los días de la revolución de octubre. Detrás de éste se
colocó otro automóvil tan antiguo como el primero. Nos instalamos en el
vehículo y el que hacía de guía le dijo al chofer:
—Ozhod-Niriat... Komintern.
La gran palabra pronunciada en Moscú, por un ruso, tomó un encanto
mágico. Marchábamos a la sede desde donde se dirigía la revolución proletaria
mundial.
Bajamos por la calle de Twerskaya y doblamos hacia Ozhod-Niriat. Los
automóviles se detuvieron frente a una casona vieja, oliente a resina, con puertas
ridículamente pequeñas. En el vestíbulo, durante medía hora, nos dimos cuenta
de lo que significaba el método ruso del propuskaia o salvoconducto, para
penetrar en todo local, o del partido o de los sindicatos.
Se nos dispensó una acogida cordial: estaban allí Astrogildo Pereyra,
dirigente comunista del Brasil; Humbert Droz, el amigo de Lenin, de quien se
decía que estuvo dedicado al altar en Suiza, pero que la revolución rusa desvió
sus caminos; Stirner, el suizo que jamás quiso presentarse bajo su verdadero
nombre y que era el traductor oficial del ruso al español; era un devoto amigo de
Haya de la Torre. Más tarde llegó, con sus anchas espaldas, su cuello corto y sus
luengas barbas, Alejandro Lossowsky, a quien fuimos presentados, en medio de
extraordinarias muestras de cordialidad. Llegó asimismo Ricardo Martínez, el
venezolano bullanguero, de voz chillona y de grandes gritos, que estaba allí en
representación de los sindicatos venezolanos, que en los tiempos de Juan Vicente
Gómez no existían, sino en la mente de Codovila y en la representación farsante
de Martínez.
Nos invitaron a té, pescado, jamón, pan y algunos terrones de azúcar, cuya
escasez era notoria. Y el refrigerio estuvo salpicado de preguntas y respuestas
sobre América Latina.
En los días siguientes, se abrieron las discusiones sobre la situación en
diversos países. Se comenzó por el Perú y Bolivia, donde no existían partidos
comunistas. Humbert Droz manifestó un conocimiento bastante amplio, y de
cierta profundidad, de aquellas regiones. Aseguró que nunca había estado allá,
pero su conocimiento era tal que pensé que no estaba diciendo la verdad. Droz
era un hombre suave, indulgente, cuidadoso de conocer la opinión de cada cual;
se sentía verdadera satisfacción en discutir con él, en intercambiar ideas y hasta
en discrepar. En todo momento trataba de buscar lo trascendente, lo que estaba
más allá de las opiniones, de las resoluciones y de las discusiones. Tenía mirada
de largo alcance en el tiempo y le encantaba que, en su compañía, la gente
aprendiese algo. Tenía la pasión de enseñar.
Ricardo Martínez, el venezolano, representante de sindicatos fantasmas ante
el Profintern, era un hombre introducido de contrabando en el lugar donde se
hallaba. Yo conocía la historia, pues me la habían narrado en detalle Julio
Portocarrero y Armando Bazán, quienes asistieron a uno de los congresos de
Moscú, enviados por José Carlos Mariátegui y en representación de las
organizaciones sindicales peruanas.
Ricardo Martínez era un charlador torrentoso y un charlatán incontenible;
empleaba con afectación y solemnidad los términos de la jerga del Komintern,
desconocidos para muchos de nosotros; ponía un énfasis pedante en sus
alocuciones, cargadas de suficiencia insoportable. Martínez había vivido muchos
años en los Estados Unidos, pero no había logrado captar sino los defectos de los
norteamericanos y parecía, más que un venezolano, un comunista argentino: tal
era la dosis de suficiencia, pedantería y grandilocuencia que poseía.
El arribo de Ricardo Martínez a Moscú, en calidad de funcionario del
Profintern, o sea de la Internacional Sindical Roja, tenía orígenes turbios y
envolvía un drama sangriento; en realidad, su presencia advenediza en la capital
soviética había sido lubricada con sangre humana y con sangre comunista.
Julio Portocarrero y Armando Bazán conocían todas las incidencias, que
habían precedido y determinado a un mismo tiempo, la muerte trágica de Julio
Antonio Mella, el líder cubano, y la incorporación de Martínez al Profintern.
Cuando, terminado el Congreso Anti-imperialista de Bruselas, Julio Antonio
Mella se dirigió a Moscú, Alejandro Lossowsky, supremo dirigente de la
Internacional Sindical Roja, solicitó que los latinoamericanos designasen a una
persona que debía quedarse en Moscú a trabajar con él y con la organización,
tomando a su cargo los asuntos sindicales de América Latina.
Cubanos y mexicanos pensaban que Mella estaba en serio peligro, si
retornaba a América. Sus amigos clamaban desesperadamente que, si Mella
regresaba, el dictador Machado le haría matar. Y abogaban porque Julio Antonio
se quedase en Moscú.
Vittorio Codovila, que se encontraba también en Moscú en aquella ocasión,
trató de impedir que Mella se quedase en la Internacional Sindical Roja. Lo sabía
inteligente, enérgico, dueño de una alta combatividad y de una aguda
perspicacia. Temió probablemente que Mella conquistase en Moscú la simpatía y
la voluntad de los dioses del Olimpo comunista, y se convirtiese en una de las
grandes figuras del comunismo latinoamericano.
Varios delegados latinoamericanos propusieron a Lossowsky la candidatura
de Julio Antonio Mella.
—Si la mayoría de la fracción latinoamericana lo propone —repuso el viejo
—, estaré encantado de trabajar con el muchacho. El y todos saben la simpatía
que le profeso; decidan ustedes, decídanlo como les parezca.
Codovila se empeñó en una batalla campal para impedir que Mella se
quedara en Moscú. Atacó violentamente la insinuación, peleó con los camaradas
que la defendían, lanzó contra Mella todo género de acusaciones y de ataques.
Visitó a los delegados latinoamericanos, habitación por habitación, y cuando se
encontró con que se le acusaba o se insinuaba que pretendía imponer la
hegemonía del Plata sobre el Caribe, abandonó inmediatamente la candidatura
del comunista uruguayo que él había sugerido y defendido, para propugnar en su
lugar la del venezolano Ricardo Martínez. Venezuela, al fin de cuentas, no queda
en el Plata, sino en la hoya misma del Caribe.
—Pero si en Venezuela no existen sindicatos —exclamó Bazán en tono
burlón— bajo la tiranía de Juan Vicente Gómez no hay ni partido comunista, ni
organizaciones sindicales. ¿Cómo se va a designar a un venezolano funcionario
de la Internacional Sindical Roja en Moscú, en representación de sindicatos que
no existen?
Codovila desarrolló una violenta carga contra Mella.
—Es un intelectualoide, pequeño burgués, caudillista, se siente el semidiós
del Caribe. Toda su actividad está corroída de oportunismo, carece de disciplina
revolucionaria.
Cuando Codovila hubo terminado de lanzar los apóstrofes e invectivas que
había acumulado en muchos días, habló el obrero Julio Portocarrero. Y Julio
refería la anécdota adoptando el tono y la actitud que asumió en aquellos
momentos.
—Yo quiero aceptar todas las acusaciones que el camarada Codovila ha
lanzado sobre el compañero Mella. No quiero discutirlas. Uno de los comunistas
más experimentados en América Latina no puede equivocarse sobre el juicio
que, de manera tan rotunda, emite sobre un compañero de la categoría de Mella.
Si no todo, por lo menos gran parte de lo que afirma Codovila debe ser verdad.
Codovila estaba radiante. Cuando los cubanos y otros interrumpieron a
Portocarrero, él salió en su defensa y lo saludó como a uno de los obreros más
honestos y más limpios de América. Sufrido y heroico, puro y honrado a carta
cabal, fueron los menores adjetivos con que Codovila saludó a Portocarrero en
aquella intervención.
Portocarrero prosiguió:
—Siendo Mella un hombre tan defectuoso como asevera y garantiza aquí
nuestro querido camarada Codovila, teniendo tan graves taras políticas encima...,
¿cómo vamos a cometer el error de hacerlo regresar a América? Mella iría allá,
donde tiene ganado un prestigio y donde ha conquistado autoridad, a proceder
como le diese la real gana. No obedecería a nadie, molestaría como un zancudo,
se haría más arrogante y más rebelde, se convertiría en un tipo insoportable.
En cambio —añadió persuasivo y enérgico—, si le dejamos aquí en Moscú,
no podrá actuar de esta manera. Aquí no hay grupitos estudiantiles, ni asambleas
bullangueras, ni periódicos que le hagan propaganda, ni compañeros que le
obedezcan dócilmente. Aquí se va a encontrar en el Profintern, en una escuela
que le va a enseñar mucho, que va a ser como un reformatorio donde le van a
limpiar de todos sus defectos. Por otro lado, evitaremos que Machado lo haga
asesinar por sus pistoleros. Le haremos un bien al movimiento y un bien a Mella.
Por estas razones, yo voto porque Mella se quede en Moscú, para que lo
reformen.
La alocución de Portocarrero dio en medio del blanco. Los que hablaron
después se inclinaron por análogo punto de vista, hicieron ver lo absurdo que
sería dejar a Martínez, en representación de sindicatos venezolanos que no
existían ni siquiera en el papel y que sólo vivían como fantasmas en la
imaginación de Codovila. Además, era conveniente salvar a Julio Antonio Mella
de una muerte segura.
Codovila se burló de estas afirmaciones, que calificó de exageradas y
dramáticas e hizo suspender la sesión antes de que el asunto fuese votado. Se
aplazó para votar en la reunión siguiente.
Codovila era un comunista argentino nacionalizado, y no un tío a quien se
pudiese exigir resignación para perder una votación democrática.
Comprendiendo que no ganaría con los votos de los latinoamericanos, recurrió a
una de sus habituales socaliñas.
Hizo citar a todos aquellos que sabía votarían en favor de su proposición,
para determinada hora; a los dudosos, los citó para quince minutos más tarde; y a
los que estaban en favor de Mella, pues para media hora después. Cuando
llegaron a la reunión estos últimos, la cuestión había sido votada, Martínez era
designado funcionario latinoamericano ante la Internacional Sindical Roja, y
Julio Antonio Mella, no teniendo nada más que hacer en Moscú, debía regresar a
Cuba, al Caribe, o a donde quisiese. Los delegados que llegaron en la tercera
hora, además, fueron acusados de subestimar el trabajo y de no ser puntuales en
su asistencia a las reuniones.
Y Codovila, que contaba con la imposibilidad de los delegados de hacerse
entender en ruso, con su desconocimiento de las vías formulares del Komintern
y con la cómplice complacencia de los traductores, reía del éxito, se mofaba de
los “inteleitualoides”... y haría chistes gruesos sobre el estupendo funeral que
debía prepararse ya a Mella, con toda anticipación.
Martínez, el venezolano representante de los sindicatos fantasmas, se quedó
en Moscú por obra y arte de Codovila; Mella fue a México a morir
dramáticamente, tal como fuera vaticinado, abatido a tiros no por los pistoleros
de Machado, sino por el pistolero comunista Vittorio Vitale. Mella cayó
asesinado en México, por orden de Manuilsky, para impedir que dirigiese la
conspiración contra Machado.
Y estos eran los orígenes de la permanencia de Martínez en Moscú.
Humbert Droz profesaba, al revés de Codovila, un sincero sentimiento de
admiración por Mariátegui, pero se mostraba opuesto a su tesis de organización
de un partido socialista, con una fracción comunista secreta actuando en el
interior.
—No pienso que sean buenos los rodeos —aseveraba Humbert Droz—, y si
se va a organizar un partido socialista con una fracción comunista secreta
interna, al final una de las dos modalidades se impondrá absorbiendo a la otra: o
el partido se vuelve comunista, triunfa la fracción nuestra y en tal caso sólo se ha
perdido tiempo, o el partido se vuelve socialista y la fracción comunista interna y
secreta es absorbida, expulsada o linchada. No tiene remedio.
—En países como los vuestros —argumentaba Lossowsky—, la palabra
comunista y la organización comunista sirven de vacuna a la estrecha mentalidad
reaccionaria. El temor al comunismo, que ha dejado ya de ser un fantasma que se
pasea por Europa, les hace meditar y hasta entrar en razón. Cuando saben que
hay obreros comunistas, intelectuales comunistas, presos comunistas, muertos
por el comunismo, en Bolivia, Perú o Paraguay, los elementos más
conservadores, con o sin su voluntad, se dejan ablandecer y conceden ventajas.
¡Tienes que tener el coraje de administrar la vacuna! —terminaba sentenciando
Lossowsky, paseando a lo largo de la habitación, con las manos juntas hacia la
espalda.
—Sobre este particular —insinuó Humbert Droz— elaboraremos una amplia
carta política, que será enviada por la Internacional Comunista a los trabajadores
de tu país. Será una especie de carta abierta, destinada a obtener una vasta
audiencia en el país, que ustedes mismos se encargarían de difundir y de hacer
circular.
Lossowsky tocó el punto de Haya de la Torre y de la Alianza Popular
Revolucionaria Americana.
—No creo yo —decía en su intervención— que la tal alianza de mi amigo
Haya de la Torre sea efectivamente revolucionaria, ni precisamente popular, y de
ninguna manera americana. Pero sí creo que Víctor Raúl va a organizar, si no un
partido político, por lo menos un movimiento de gran amplitud. Es tenaz, es
ambicioso, tiene audacia y, lo que es más importante, en este momento en su país
no hay ningún partido político organizado. Por lo tanto, su alianza, lo mismo que
el partido comunista, van a responder a una necesidad; van a prestar un servicio.
Y cuando se presta un servicio, cuando se responde al mandato de algo que al
pueblo le está haciendo falta, se tiene éxito; no hay duda alguna.
—Víctor Raúl —observé— está en estos momentos muy entregado a los
nacional-socialistas.
—En efecto —confirmó Lossowsky—, pero forzosamente en contacto con la
realidad de su país cambiará; en los países atrasados, no hay posibilidad de
fascismo operante; la organización económica, política y social no consiente tal
especie de organización. Puede ser que más tarde haya posibilidad de entenderse
con él..., ¡no debes descartarlo...!
—Es demasiado aficionado a los métodos terroristas —objeté.
—¿Terroristas? —preguntó con extrañeza Lossowsky— ¿Y para qué? Sería
un insensato, pues no tiene la menor necesidad de recurrir a eso; si trabaja con
tesón y usa la sagacidad de esperar, el poder le vendrá como fruta madura, que
cae por su sola madurez.
—Yo no creo que él esté pensando en esta forma —volví a observar.
—Pues entonces es menos inteligente de lo que creía —apuntó Lossowsky,
encogiéndose de hombros, con ese ademán tan típico de los franceses. Y
permaneció pensativo.
Aquella actitud me hizo pensar que podría planteárseme allí, en la
Internacional, la necesidad o la obligación política de trabajar con Haya de la
Torre, no obstante mis reparos y resistencias. Y mi fe en el comunismo
alcanzaba tal profundidad, mi confianza en el Komintern era tan ilimitada, que
íntimamente estaba decidido a otorgar mi aceptación plena, si tal exigencia era
planteada.
El silencio meditativo de Lossowsky fue roto por Humbert Droz, que reabrió
la sesión, concediéndole la palabra.
Lossowsky se extendió en apreciaciones de carácter razonante, que tendían a
demostrar la necesidad inaplazable de organizar partidos comunistas en aquellos
países en donde aún no existían.
—La marcha de la revolución mundial —sentaba como un dogma— exige la
presencia actuante de partidos comunistas en todos los países del mundo. El que
ame la revolución, el que quiera liberar a su pueblo de la miseria, el que anhele
la elevación del nivel de existencia de su gente, tiene el deber de forjar el órgano
que deberá presidir la gran transformación. Y ese órgano único y seguro es el
partido comunista.
Se extendió argumentando con persuasivo vigor, y con evidente ánimo de
convencer y de cimentar la convicción que defendía. Se refirió a las
posibilidades de alianzas futuras con otras fuerzas; pero acentuó, como paso
primordial y sustantivo, la organización de un partido comunista adherido a la
Tercera Internacional. Y al enfocar el tema de las relaciones de la naciente
organización comunista con fuerzas políticas de izquierda, como la que Haya
pretendía crear, sostuvo que esa formación sólo podría realizarse a través de una
candente lucha ideológica, a semejanza de la que sostuvo Lenin con los
mencheviques.
—En el mundo —afirmó— se levanta en esta hora un peligro tremendo para
toda la humanidad: el fascismo. ¿No lo ves..., no lo sentimos...? Pues en el
mundo, en la hora presente, nadie quiere luchar contra el fascismo, sino los
comunistas. ¿No es acaso razón suficiente —interrogó—, para ser comunista
militante, tener que librar la lucha en calidad de vanguardia contra el peligro más
grande que amenazó a la humanidad en su historia? ¿O no tengo razón? —me
preguntó.
—Sí, tiene usted razón.
La discusión prosiguió con la intervención de Vasiliev, de Béla Kun, el jefe
de la Revolución Húngara, de Astrogildo Pereyra, de Droz y de Anetkala
secretaria de Bujarin. Se confirmó la proposición de Droz: la Internacional
Comunista dirigiría una carta abierta.
Cuando la discusión finalizaba, ingresó a la habitación Zinoviev. Todos nos
pusimos de pie, saludándole, y Droz le ofreció el asiento de honor.
Inmediatamente, le hizo un resumen de lo que habíamos tratado y del acuerdo a
que se llegaba.
—¿Eres tú el camarada que ha promovido esta discusión? —preguntó
dirigiéndose amablemente a mí.
—Sí, soy yo, camarada Zinoviev.
—Bien. Lo que me parece esencial en todo asunto, como en todos los
asuntos, es la cuestión del hombre. ¿Quién es el hombre o quiénes son los que
van a ejecutar las resoluciones que se adopten? Sin él o sin ellos, la resolución
será sólo un papel estérilmente escrito. ¿Han pensado en ello? —interrogó
Zinoviev.
—¡Es claro que sí! —replicó Droz—. En el Perú está actuando muy cerca de
nosotros Mariátegui y su grupo, y ahora tenemos a nuestro camarada, que ha
venido hasta aquí con la recomendación de Henri Barbusse.
—¡No es eso solamente! —objetó Zinoviev— ; el camarada viene hasta aquí
a visitar la Unión Soviética, a conversar con nosotros, a confrontar sus opiniones
con las nuestras. Pero esto no garantiza que la resolución que adoptemos aquí va
a ser cumplida. Es así como creo imperativo plantear la cuestión.
—Pido permiso para intervenir —dije, con gran sequedad en la garganta— ;
quiero ampliar el juicio del camarada Zinoviev: he venido a visitar la Unión
Soviética, a confrontar mis puntos de vista con los suyos, pero también a
incorporarme en las filas de la Internacional y a trabajar por ella.
Zinoviev rompió a aplaudir, siguiendo Lossowsky y los demás.
—¿Estás en condiciones de regresar a tu país; quieres ir a trabajar allá;
deseas colaborar con Mariátegui y los demás en la fundación del partido
comunista?
—Sí, camarada; estoy resuelto a hacerlo —repuse con seguridad.
—¡Sería magnífico entonces! —aprobó Zinoviev— ; pero antes, piénsalo,
medítalo mucho; cuenta tus pasos y tus días. No olvides que en tu país los
Gobiernos tienen policías, tienen espías, tienen fusiles y ametralladoras. En todo
esto es necesario pensar.
—Estoy dispuesto a ir a mi país a trabajar en la organización del Partido
Comunista —volví a repetir.
Todos guardaron silencio. Zinoviev hizo una seña a Droz y éste levantó la
sesión.
Zinoviev me llamó y me abrazó con efusión.
—Muy bien, haces muy bien muchacho. Has dado un gran paso.
Lossowsky me abrazó también, frotándome el rostro con sus barbas,
golpeándome la espalda y diciéndome:
—Barbusse tenía razón; yo sabía que tenía razón.
Béla Kun, Droz y los demás me dieron cariñosos abrazos, como si se tratase
de un viejo amigo. Cuando fui a despedirme, Zioneviev habló en ruso con
Lossowsky y me invitó a comer.
—Te agradará mucho —dijo— conocer algunos amigos rusos.
Un cuarto de hora más tarde partíamos rumbo a la casa de campo donde
estaba Zinoviev, ubicada en las afueras de Moscú. Droz se sentó junto al chofer
y detrás íbamos Zinoviev, Lossowsky y yo.
Zinoviev habló de las dificultades materiales para el resurgimiento de la
economía rusa, de la lucha contra la miseria, de los grandes obstáculos. Y se
extendió largamente sobre lo que él denominó “la herencia del pasado”.
Dispusieron allí que, mientras la dirección de la Internacional discutía el
contenido de la carta abierta, se debía organizar un viaje de la delegación
latinoamericana al sur de Rusia, a Crimea, al mar de Azov, a Bakún y a la zona
del Volga.
—Que visiten Kharkov, que vean Tuja y Tangarowa, y nuestra región
petrolera.
Humbert Droz quedó encargado de organizar la gira de inmediato.
Atardecía cuando llegamos a la casa de campo, que estaba llena de gente.
Era una “dacha” rusa, metida dentro de un arbolado, con cierto aire rústico, pero
dotada de confort y rodeada de jardines.
Después del ruido que causó el arribo de Zinoviev y Lossowsky, fui
presentado uno por uno; Lossowsky o Zinoviev decían algunas palabras
benévolas sobre mí.
—El camarada Bujarin..., el de A.B.C. del comunismo... ¿Ya le conoces, no
es cierto? El camarada Radek, el camarada Tomsky, de los sindicatos; el
camarada Dimitri Manuilsky, el camarada Rikov y el camarada Kamenev, a
quien tienes la suerte de ver por pura casualidad hoy.
Me temblaban las piernas, volvía los ojos de uno a otro rostro, y no sabía qué
pensar ni qué decir. Los acontecimientos me arrollaban de modo aparatoso y sin
dejarme recobrar mi propio control. Una semana atrás, dos días atrás, no habría
soñado esto. Me parecía que estaba febril.
En grandes bandejas trajeron jamón, queso, pan de diversas clases, pescado,
mantequilla, atún ahumado. Y luego, vodka.
Yo no podía comer, a pesar de la insistencia de todos. Respondía con
monosílabos a las preguntas que me dirigían o que hacían que me tradujeran.
Con excepción de Tomsky y de Kamenev, todos hablaban correctamente el
francés.
Radek tomó un vaso y me dijo que me enseñaría a tomar vodka. Esta bebida
rusa no se bebe por tragos —exclamaba—, ni paladeándola, como hacen los
franceses con su cogñac o su pernod, o los ingleses con su whisky. El vodka no
se ha hecho para gustarlo, sino para sentir sus efectos. Se bebe de un solo
trago..., todo el vaso..., ¡así!
Y bebió hasta agotar todo el contenido del vaso, de un solo trago. Después
me hizo beber a la salud de Barbusse.
Entrada la noche, vino la típica cena rusa, rociada con té y con abundante
vodka. Ellos hablaban indistintamente en ruso y en francés, y celebraban que me
hubiese decidido a marcharme a América llevando la misión de organizar el
partido comunista en mi país.
Pasada la medianoche, fui conducido hasta el hotel Lux.
No pude dormir. Trataba de cohesionar las ideas, que se movían con extrañas
velocidades dentro de mi cabeza. Pensaba en mi retorno a América, en la
tremenda pobreza que reinaba en Rusia, en las dificultades de la revolución, en
el ínfimo nivel de vida de la gente, en la “dacha” con sus jardines y su moblaje
modesto, y en aquellos hombres que integraban la plana mayor del comando de
la Revolución Mundial.
Pensé que se había cumplido el vaticinio de Barbusse:
—Si llegas a las filas de la Internacional, no serás recibido como un mero
recluta.
La herencia del pasado
18
María era una mujercita delgada, de pequeña estatura, con el rostro salpicado
de pecas y dueña de un español raro: lo hablaba con bastante conocimiento de
los modismos y de las palabras comunes, pero con un acento tan extraño que no
pude saber jamás en qué parte del mundo había aprendido a hablarlo. Era mujer
de Ramón Casanellas, el catalán que mató a Dato y que actuaba como aviador en
la Unión Soviética. Casanellas tenía un hijo pequeño, que había encontrado en
María una madre. Esta fue la persona que designaron como guía y traductora del
grupo latinoamericano en su viaje a Crimea, al Cáucaso, a la cuenca del Don y a
la zona del petróleo.
La muchacha y el pequeño se pusieron al frente del grupo. El niño resultó un
precioso informador, porque hablaba corrientemente los dos idiomas: el español
y el ruso.
El otoño era tibio todavía; los árboles no estaban totalmente desnudos; los
campos alzaban al cielo claro su vaho fresco y amoroso. María nos instaló en un
coche de pasajeros, hizo valer nuestros privilegios especiales para obtener
lugares de preferencia, y salimos de Moscú hacia Tula.
Al atardecer tuvimos un percance. María no quiso decir en qué consistía y el
resto de las gentes hablaban en ruso. El tren quedó detenido en medio de la vía, a
las inmediaciones de una aldea. Aprovechamos el accidente para revistar aquel
campamento, que se había formado junto al tren, y para visitar la aldea.
Quizás nunca he visto un espectáculo de más horrenda y pavorosa miseria:
un hacinamiento de harapos, de millares de cuerpos, un hormiguero de seres
mugrientos, enflaquecidos, entristecidos, enfurecidos. No habíamos contado con
aquella visión dantesca; era como si aquel pueblo estuviese viviendo en plena
guerra. No parecía en absoluto que hubieran transcurrido doce años ya de la
revolución y de la conquista del poder por los bolcheviques. Era algo que
producía una verdadera convulsión interior. Era la plasmación de lo
inconcebible. Que existiese en la tierra un conjunto de personas, un pueblo, con
tan inmensa, tan desmesurada capacidad de absorber sufrimiento..., y de
absorberlo pasivamente.
El pequeño Casanellas tenía sueño y tenía sed. Le adquirí una pequeña
botella de refresco, le hablé de lo que estábamos viendo, y le hice preguntas. Y
él, a pesar de la prohibición estricta de su madre, dijo con desprecio:
—¿Esto...? ¡Pues qué..., toda Rusia es igual...!
—¿Y cómo lo sabes...?
—Pues porque por donde he pasado ha sido lo mismo; es igual.
A través del largo camino, María nos hacía mostrar lo mejor. Las mejores
fundiciones, las mejores fábricas de herramientas agrícolas, las mejores casas de
reposo, sanatorios y clubes. Y todo eso estaba tocado del mismo barniz
impalpable de primitivismo, de sordidez, de miseria, de ausencia absoluta del
más elemental buen gusto. Aquella era una inmensa tierra triste, con vidas
humanas que se arrastraban como gusanos, vidas quebradas, hundidas para
siempre en la tragedia que sólo encuentra su desembocadura en la muerte.
Cada vez, en cada lugar, había un nuevo motivo de pena lancinante, de
dolorosa pesadumbre. En los campos se estaba desarrollando lo que se
denominaba en los medios comunistas “la batalla contra el kulak”; o sea, como
repetía María con fruición, como lo decían todos los presidentes del soviet que
nos recibían en los pueblos, “la liquidación del kulak como clase”. Se estaba
comenzando a pasar del régimen de la propiedad privada al de la organización
colectiva de la propiedad, del trabajo y de los rendimientos. Los koljozianos
estaban reemplazando a los kulaks.
En las ciudades, la campaña contra el kulak consistía en hacer odiar con
verdadera ferocidad al campesino rico y amar con todo el corazón al campesino
pobre. Los llamados campesinos ricos eran calificados como puñado de egoístas
contrarrevolucionarios, enemigos empecinados del socialismo y, por
consiguiente, enemigos del pueblo. Los llamados campesinos pobres, al
contrario, eran la inmensa masa de gentes que habían sufrido un tratamiento
inhumano bajo el zarismo, y que estaban dispuestos a colaborar con el nuevo
régimen creando los koljoses y forjando de esta manera el socialismo. Los
obreros de las ciudades hablaban un lenguaje de odio al kulak y le atribuían toda
o gran parte de la responsabilidad de las desdichas que debían soportar.
—¿Estuvieron detenidos toda la noche?... ¿Un accidente? —nos preguntaban
los jerarcas del partido o las autoridades del soviet local, y añadían siempre en
gran tono exclamatorio y patético—: ¿Lo estás viendo, Yuri...; lo ves, Natacha?
Los camaradas no llegaron a tiempo a causa del accidente. ¡Los kulaks, los
miserables, los contrarrevolucionarios, los bandidos!
Nosotros sabíamos que no era verdad; no teníamos la menor simpatía por el
kulak, ya que lo único en que estábamos verdaderamente interesados era en que
se construyera a toda prisa el socialismo y se presentase al mundo un ejemplo
viviente que imitar de felicidad humana realizada. No reparamos con mayor
detención, ni analizamos más hondamente aquello de “la liquidación de kulak
como clase”, que en realidad era el comienzo del baño de sangre en el que el
régimen de Stalin ha hundido a Rusia.
En el campo, la cuestión era distinta. Llegamos acompañados por el
responsable del partido a una finca donde se iniciaba el colectivismo. Una
máquina bastante destartalada, con toda la apariencia de artefacto de fabricación
casera, estaba trabajando en la parva. Hombres y mujeres nos rodearon con
curiosidad, mirando recelosos. Mas, en cuanto supieron o se dieron cuenta de
que entre los recién llegados se encontraba el responsable del partido en la
ciudad, hicieron cabal abstracción de nosotros y de nuestra presencia y se
lanzaron hacia él.
Hablaban todas las mujeres al mismo tiempo, como si fuesen a morir dentro
de breves minutos y quisiesen decir antes toda su voluntad. Un viejo trataba de
poner orden y hacer sesión; los más jóvenes se burlaban y un hombre maduro,
tranquilo, huesudo, se reía moviendo la cabeza como si pensase: ¡tiempo
perdido...! Y reía tristemente, mirándonos.
Nos dimos cuenta de que aquella gente estaba protestando; se quejaban de
algo; le mostraban al responsable una batea con pescado dentro; se lo hacían
oler, gritaban. Y una muchacha, la menos harapienta de todas, lloraba y besaba
las manos al responsable, le decía frases que reflejaban desesperación, por la
forma en que las decía y por las contracciones de aquellas manos en las que los
huesos parecían cuerdas.
En el primer momento, el hombre que encabezaba la comitiva, el
responsable del partido, se sintió víctima de un serio malestar delante de
nosotros. Nos miraba alelado y había puesto en su boca una mueca de aturdido.
Pero bien pronto se repuso y comenzó a tratar con los trabajadores de aquel
koljoz. Les halagaba, reía, les increpaba, y repetía sin cesar las palabras que son
las primeras que se aprenden en ruso, por la frecuencia con que se les escucha:
—Si chás... si chás...; es decir: enseguida, inmediatamente, muy luego. Algo
equivalente al “mañana”, “mañana” latinoamericano.
Por la noche, en el hotel, mientras descansábamos de las andanzas del día,
tomé a mi cargo al pequeño Casanellas. Como le había agasajado cuidadosa e
interesadamente durante el día, me habló largo sobre lo que decían las gentes de
koljoz al responsable del partido.
—No se lo vayas a decir a mi madre, ni a los camaradas —recomendaba el
pequeñov, pues los koljosianos le decían a Petrov cosas horribles. Le insultaron,
le dijeron que la comida que se les daba era una inmundicia; que hacía meses
que no probaban un terrón de azúcar; que el pan era vinagre y que destilaba agua
cuando lo retorcían como trapo; que el pescado estaba podrido; que muchos se
habían enfermado gravemente al comerlo y que allí estaban en aquel hediondo
barreño, terminando de podrirse, como debían podrirse todos los del partido y
los del Gobierno. Que trabajaban mucho y que vivían peor que los perros.
El muchacho se detuvo en su narración, para decirme:
—Pero júrame, camarada, que no se lo vas a decir a María.
Se lo prometí con solemnidad, pidiéndole que continuara.
—Pues, cuando ya nos marchábamos —continuó el pequeño— le insultaban;
le dijeron que tenía la cabeza como col, que era un sinvergüenza, que los
dirigentes del partido se daban buena vida a costa del hambre de ellos. Que
algún día la iban a pagar como la pagó el zar.
Y el muchacho añadía riendo:
—Y Petrov, cuando le decían aquellas cosas tan feas, se hacía el tonto, fingía
no entender lo que le estaban diciendo, hablaba con nosotros de otra cosa. Te
aseguro que, si no hubierais estado allí vosotros, pues la habría emprendido a
golpes con todos ellos; tanta era la injuria que le decían. Pero, se hacía el bobo,
reía como si no fuese con él. Seguramente que, cuando os vayáis de aquí, irá a
arreglarles las cuentas.
—¿Cómo, qué es lo que hará?
—Yo no sé lo que harán, pero algo hacen.
María daba voces desde la ventana, llamando al pequeño.
El estado de ánimo reinante en los otros lugares no era muy distinto: miseria,
odio a los kulaks, abundante literatura sobre la industrialización y el plan
quinquenal, más miseria aún. Inmensos mapas de Rusia en los que, moviendo
una u otra palanca, se iluminaban con luces de colores los diversos lugares
donde iban a surgir poderosos centros industriales. Y en medio de todo y por
todas partes, un grueso y áspero descontento. Nosotros, por lo que palpábamos,
comprendíamos que aquella gente no tenía ninguna razón para estar contenta;
tenía excesivos motivos para quejarse y maldecir como lo hacían.
Llegamos a Tangarowa y visitamos una estación veraniega a la orilla del Mar
Negro; era un establecimiento limpio, moderno, dotado de comodidades. Estaba
repleto: hombres gordos, con las cabezas decalvadas a navaja; mujeres vestidas
con sencillez, pero sin miseria; gentes que disfrutaban de un nivel de vida muy
superior al de los trabajadores de las ciudades y de los campos.
—¿Quiénes son... qué hacen... a qué sector pertenecen?
—Son trabajadores calificados, gente que gana mejor, porque trabaja más y
también mejor —explicó María con naturalidad— ; pero pronto el pequeño
Casanellas la desmentía en la mayor reserva.
Aquella mujercita cicatera, que economizaba los kopeks en la gira, mentía de
manera descarada y afluente. Persuadida de que no comprendíamos el idioma,
pretendía hacernos tragar ruedas de molino.
Toda la jira fue penosa. Un rico y gigantesco país hundido en el más
desgraciado retraso técnico, sumido en la miseria y en la desorganización,
después de doce años de haber realizado la más grande revolución de todos los
tiempos.
En la fábrica de herramientas agrícolas, al lado de la hacienda triguera del
Estado —el sovjós “gigante”—, nos encontramos con un abigarrado grupo de
gentes, con quienes pudimos conversar con franqueza.
La hacienda estaba a cargo de un joven ingeniero, descendiente de la
aristocracia; vivía con una mujer mucho mayor que él, rubia desteñida, en
extremo descuidada en su persona, no así en el cuidado de su casa, que estaba
arreglada, muy limpia y con profusión de flores y floreros, y de tapetes bordados
a mano.
En la casa del ingeniero se reunieron a comer con nosotros el presidente del
soviet de la aldea, el director de una fundición vecina —mozo alto, fornido, de
vigorosa belleza varonil— y tres hombres más, que podían ser ayudantes,
capataces de la hacienda o guardaespaldas del presidente del soviet.
El ingeniero nos habló de sus ensayos genéticos, de su labor en la selección
de trigo, de la preparación de las tierras, de los abonos, de las formas de trabajo
desconocidas hasta ayer en Rusia. Había dividido la gran extensión de tierras
cuyos cultivos dirigía, en zonas cruzadas por carreteras asfaltadas a través de las
cuales circulaban los camiones que conducían a los trabajadores a sus lugares de
labor y que acarreaban semillas, abonos, herramientas, utensilios, y después la
cosecha, que debía ser transportada a los grandes centros de consumo.
La señora hablaba muy bien el francés, lo mismo que el director de la
fundición; el ingeniero hablaba inglés, alemán y danés. Sus estudios los había
cursado en Dinamarca y en Suecia.
En la noche después de la comida, luego de haber bebido varias copas del
excelente vino de Crimea y del Cáucaso, expusimos ante aquellos hombres todo
lo que habíamos visto y oído en la jira: el descontento que bullía por todas
partes; la miseria que alcanzaba caracterismos de exceso; de los muchos dolores
inútiles; de los grandes sacrificios en su mayor magnitud estériles; del leganal de
mugre que bien podía ser disminuido nada más que con menos espíritu formular
y burocrático, y con un poco, nada más que con un poco, de voluntad.
El director apagó su cigarrillo en el tiesto que se hallaba sobre la mesa y
zambucando las manos entre el cinturón, debajo de la rubashka —o camisa rusa
— habló con acento suave, pero firme.
—Rusia ha sido uno de los países más retrasados del mundo y de este punto
es obligatorio partir, para hacer un análisis correcto; luego no hay que olvidar
que ha sido uno de los combatientes de la gran guerra Y que esto afectó
profundamente su economía, mucho más que las de Inglaterra, Francia o Italia.
Cuanto más retrasado es un país, más duramente repercuten sobre él las crisis y
sus consecuencias. Después —añadió encendiendo un nuevo cigarrillo— vino la
Revolución. Solamente los que hemos vivido esta etapa sabemos lo que ella ha
significado como empobrecimiento, como desquiciamiento, como profunda
conmoción humana. Lo peor no fue la Revolución, no. Lo peor fueron las
invasiones: hoy invasiones blancas, mañana invasiones rojas; en la mañana los
cosacos de Koltchak, en la tarde las brigadas de milicianos rojos; al anochecer,
las patrullas de Machno y de los anarquistas; y antes del amanecer, las bandas de
facinerosos que aprovechaban el pánico, disfrutaban de la oportunidad y se
llevaban lo poco o lo último que quedaba.
—De eso hace doce años, mi buen Dorogan, objeté.
—No son doce años, amigo mío; mucho menos. En realidad no hemos tenido
paz hasta hace unos cinco o seis años; y en este plazo es muy difícil, es
imposible, rehacerlo todo. Estamos comenzando —y haciendo una pausa, apagó
el cigarrillo sobre el tiesto, retorciéndolo nerviosamente—. Pidió vino y lo hizo
servir en las copas. Preguntó al ingeniero si se aburría y éste respondió que no,
que continuase.
El director de la fundición, camarada Dorogan, continuó con evidente
propósito didáctico:
—El socialismo es hijo de la industria, eso ustedes lo saben. En Rusia no hay
industria avanzada; este no es un país industrial. Para realizar el socialismo, se
hace obligatorio industrializar a Rusia; y aquí reside toda la cuestión:
industrialización, más industria, más producción moderna. Transformar a Rusia
en lo que son los Estados Unidos de América. ¿Se imaginan ustedes? ¿El
progreso técnico de los Estados Unidos más el socialismo?...
—Tú lo has dicho, camarada; la felicidad de millones y millones de hombres
y mujeres que hoy has visto revolcándose en la miseria y en la pringue. La
felicidad material y espiritual que no nos vendrá como presente, ni como don del
cielo en calidad de milagro, sino que saldrá de nuestros cerebros y de nuestros
brazos. De nuestra capacidad para organizarnos y para superar esta inmensa
pereza rusa; porque, te digo la verdad: a los rusos nos gusta trabajar poco y soñar
mucho.
Escanció su vino y nos invitó a beber el nuestro, continuando:
—Es claro, amigos míos, que la gente del koljoz no tiene por qué conocer ni
comprender estas cosas, toda esta concepción gigante, toda esta empresa
complicada y enorme. Por eso se quejan, protestan, insultan al responsable. Si no
obrasen como ustedes han visto, pues entonces o serían ángeles del cielo o serían
los dirigentes de la revolución. Ellos no entienden por qué sufren, ni para qué
pasamos todo este cúmulo de padecimientos. Nosotros sí lo sabemos: no es para
que el ingeniero Vanko se enriquezca, ni para que mi Lenka use diamantes. Es
para que todos puedan disfrutar de una vida verdaderamente nueva.
La botella de vino estaba totalmente escanciada. El comunista argentino que
entendía francés estaba radiante; decía que había encontrado la piedra filosofal.
Yo trataba de comprender aquel vasto problema, pero estaba sugestionado por la
fe y la seguridad de Dorogan. Se sentía sinceramente un constructor del mundo,
un reformador, un creador; y esto daba una fuerza extraordinaria a sus palabras y
a sus argumentos: su inmensa fe, inconmovible y compacta.
—¿Crees tú, camarada Dorogan —pregunté—, que todo este gran dolor que
estamos palpando es sólo temporal?
—Tiene un plazo —respondió con aplomo Dorogan—, se le ha fijado un
vencimiento inexorable: terminará un día. Después de dos planes quinquenales
—añadió con seguridad—, cada ruso podrá comprarse tantas camisas como un
ciudadano de los Estados Unidos, y podrá comer un bistec en la mañana y una
chuleta de puerco en la tarde. No habrá más pescado podrido, concluyó riendo.
Al día siguiente, Dorogan fue a vernos muy temprano y nos llevó a su casa.
Su mujer era encantadora y amable; nos recibió con gentileza exquisita y nos
presentó a sus tres hijos: Lena, Natacha y Aliosha. Las dos muchachas mayores
que el niño. Nos hicimos amigos, comimos juntos y nos dijimos adiós.
Abracé a Dorogan como a uno de los constructores del socialismo. Le dejé
optimista, alegre, pleno de esperanza.
Diez años más tarde había de encontrarle totalmente triturado, convertido en
un pobre guiñapo espiritual.
Fatigados de caminar por las ciudades y los campos de Rusia, cansados de
indagar, de ver y de comentar; adoloridos por la visión dantesca del dolor y de la
miseria humana, y con la segura confianza de que toda esta sordidez era
temporal, de que se le había dado un plazo inexorable para liquidarla,
retornamos a Moscú.
Allí estaba la capital soviética, con sus calles pavimentadas con gruesas
piedras sin labrar; con su olor a resina, a caballeriza y a mugre humana; con sus
callejas, que formaban una especie de telaraña gigantesca en torno al Kremlin.
Estábamos de nuevo en el hotel Lux. Y traíamos en la retina una visión
objetiva y captada en la realidad, de lo que era el país del socialismo en aquella
etapa de liquidación de la herencia del pasado, como se la llamaba.
¡Ah..., pero mañana...!
Mariátegui cae para siempre
19
Fui citado por el camarada Piatnisky, uno de los viejos bolsheviques,
compañero de Lenin y promotor de la revolución de octubre. Gruñón,
malcontento siempre y no obstante simpático, Piatnisky era el teórico y
comandante general en cuestiones de organización. Era el organizador de la
Internacional Comunista.
Piatnisky no se encontraba en sus oficinas y se me pidió que aguardara.
Entretanto, ingresó Zinoviev, con su típico pantalón a cuadros, la cazadora de
pana negra y la gorra también a cuadros, como el pantalón.
—¿Has visto ya un pedazo de Rusia? —preguntó, después de saludarme—.
¿Qué te parece?... ¡Con franqueza, vamos, de hombre a hombre!
Y rió familiarmente, como para darme ánimo.
—Me parece que la región que recorrimos es un tanto atrasada.
—¿Un tanto... nada más? No, no; es bastante atrasada y no es la más atrasada
de todas, muy al contrario; de modo que ya puedes sacar las conclusiones sobre
el estado general de Rusia. Seguramente se diferencia poco de la realidad social
de América del Sur, en sus sectores menos desarrollados, ¿verdad?
—Sí, puede ser —repuse—, pero Rusia tiene la vecindad de Europa, su
inmensa riqueza y su tamaño.
—¡La vecindad de Europa...! has dicho y qué bien. Es así, en efecto; no
somos sino los vecinos de Europa.
—No, yo no quise decir... —expliqué confundido.
—Te comprendo bien camarada —interrumpió— ; te comprendo y sé lo que
quieres decir. Sé que no quieres decirnos asiáticos, pero comprendo asimismo
que aquí no te sientes en Europa. Y tu apreciación es justa. En cuanto al retraso,
no puede ser más evidente, más palpable: no para el ruso que siempre ha vivido
aquí, sino para el extranjero o para el ruso que ha conocido Europa. Pero tendrás
que estar de acuerdo conmigo en que políticamente nos hemos colocado ahora
en el primer puesto, después de la revolución, y que estamos resueltos a superar
el atraso que has visto..., que estás sintiendo.
—Estoy de acuerdo con usted y lo comprendo.
—Muy bien, me alegro; no podías apreciar las cosas de otro modo. Medita
que cuando tomamos el poder hemos encontrado solamente lodo y que con este
lodo tenemos que forjar un mundo socialista. Un mundo de gente feliz y de
ciudadanos libres. Sobre todo —exclamó lanzando vigorosamente la respiración
— de hombres libres, lo que no será fácil. ¡No..., no lo será!
Quedó unos instantes en silencio, cogió una regla que se hallaba sobre el
escritorio de Piatnisky, la agitó golpeando suavemente la palma de su mano
izquierda, habló con lentitud:
—No lo será, porque los rusos hemos librado dolorosas y heroicas batallas
por la libertad, pero jamás hemos podido vivir bajo ella, libremente. La libertad
ha sido hasta ahora, para los rusos, un concepto abstracto, un gran sueño; nuestro
pueblo no tiene la práctica de la libertad, que es algo con lo que no se nace y que
tampoco se aprende en los libros, ni en las escuelas; es algo que se adquiere sólo
viviendo libremente. ¡Y esta es una tara, un factor de retraso...! Pero también lo
superaremos.
Y golpeó fuertemente la ancha palma abierta de su mano izquierda con la
regla que agitaba en la derecha.
—Claro que, dentro de algunos años más, podrás respirar en Rusia un
ambiente de absoluta libertad ciudadana. Cuando logremos superar nuestras
dificultades materiales, tan pronto como el nivel de vida del ruso medio sea algo
decoroso, cuando la prosperidad interior nos haga menos temibles, pues la Unión
Soviética será una tierra feliz y envidiable.
—Yo tengo una gran fe en que así será —afirmé.
—No te descorazones con lo que has visto ni con lo que hayas podido oír —
dijo con tono patético Zinoviev—. El retraso, la miseria, la injusticia quizás, son
la herencia del pasado que hemos venido a liquidar y que la revolución liquidará.
Quizás no se avance con la celeridad que la vida rusa requiere, pero nos anima la
voluntad de marchar adelante. Una vez liquidada esta herencia del pasado,
entonces todo cambiará en Rusia. Ya lo verás cuando regreses dentro de algunos
años; ya notarás el cambio vasto y profundo que se ha operado en todos los
órdenes, cuando vuelvas a referirnos tus éxitos y los progresos del partido
comunista de tu país.
—Sí, es claro, así será —dije, para llenar el silencio que él dejara y que se
prolongaba demasiado— ; puede confiar, camarada, en que haré todos los
sacrificios que sean necesarios.
—Entre vosotros —dijo Zinoviev, abandonando la regla sobre la mesa y
haciendo girar el gran globo terráqueo que se hallaba reposando sobre su elíptica
de cobre y su eje de acero en el rincón— de lo que se trata es de impulsar el
desarrollo de un movimiento nacional de progreso y de bienestar. La burguesía
de vuestro país es, como lo ha dicho bien Mariátegui, “una planta raquítica que
se alza sobre un suelo feudal”. ¡Qué bien dicho...!, ¿no?
Había detenido el movimiento giratorio del globo y miraba hacia América
del Sur. Me miró a la cara y encargó:
—Dale mis saludos a Mariátegui; dile que le agradezco muy vivamente
aquello que escribió sobre mí y sobre otros camaradas en su Escena
contemporánea. Te haré llegar algunos ejemplares de las publicaciones en ruso
donde aquellos artículos fueron reproducidos. Mariátegui es una vigorosa
mentalidad; es un verdadero creador: no parece latinoamericano; no plagia, no
copia, no repite lo que dicen los europeos; crea lo suyo. Salúdalo y trabajen en la
organización del partido.
Tocaron a la puerta e ingresó a la oficina una mujer regordeta, con el cabello
cortado a lo garçonne, muy risueña, con los ojos intensamente verdes. Me llamó
por mi nombre y luego dijo:
—El camarada Piatnisky te manda suplicar que vuelvas esta noche. No podrá
venir ahora como lo había dispuesto. Esta noche, por favor.
Saludó la mujer y se fue por donde había venido.
—Piatnisky es así; se enmaraña él mismo, concertando reuniones que no
logra atender; pero, no importa, estarás un día más entre nosotros.
Zinoviev se quitó la gorra, se arregló la abundante cabellera y me
recomendó:
—Nos veremos aún antes de tu partida, pero, en todo caso, saluda muy
cariñosamente a Barbusse y, cuando llegues a tu país, a Mariátegui. Una cosa: no
te vayas sin ver al camarada Bujarín; él tiene informaciones sobre ti y te aseguro
que no son malas.
Me estrechó la mano, me pasó el brazo sobre la espalda y se despidió. Vi su
cuello corto y sus espaldas anchas, su cabellera alborotada con hilos grisáceos,
su pantalón a cuadros. Y fue la última vez que le vi. Cuando años más tarde, a mi
regreso a Moscú, quise verle, ya estaba fuera de la Internacional, acusado de
saboteador, espía y enemigo del pueblo. Poco después, Stalin le hacía matar.
Aquella misma noche regresé a la oficina de Piatnisky. Hasta la madrugada
duró la entrevista, que fue un largo monólogo. Piatnisky explicaba la forma en
que debía ser organizado el partido; la estructura y la actividad de las células de
fábrica y de barrio; la organización y el funcionamiento de los comités. El viejo
sentía verdadera voluptuosidad explicándolo todo, salpicando su exposición con
recuerdos y anécdotas, evocando a Lenin, narrando sus discusiones, sus
desacuerdos, sus disgustos y sus luchas comunes. Era subyugante oírle referir
historias que parecían cuentos y cuentos que parecían trozos de historia. Casi al
alba, me condujo en automóvil hasta el hotel Lux; se despidió diciéndome:
—Te deseo un bello éxito y te recomiendo un gran valor moral y físico. Es lo
esencial en toda nuestra lucha. Mucha felicidad para ti y para los tuyos. Ya nos
veremos... ¡Adiós...!
No me fue posible despedirme de Zinoviev, no pude ver a Bujarín, ni decirle
adiós a Radek.
—En Moscú —dijo Humbert Droz—, no te dejarán jamás la oportunidad de
ser cumplido con tus amistades; una noche te acostarás en el Lux y despertarás
quién sabe en cuál frontera del mundo.
Y esa misma noche se presentaba en el hotel Lux diciendo:
—Saluda mucho a Mariátegui en nuestro nombre; abraza a Portocarrero;
trabajen mucho. Y se marchó diciéndome: ¡adiós!
Más tarde, un hombre desconocido, silencioso, con el rostro aborrachado, me
condujo hasta la estación, meentregó los documentos y me puso en el tren.
Minutos después resoplaba la locomotora y el crepitar de los vagones tenía algo
de la nueva existencia que emprendía. El tren rodó hacia Minsk, de nuevo rumbo
a Polonia y hacia Europa.
Barbusse me otorgó una cálida recepción y saludó con alegría todas las
etapas e incidencias de un peregrinaje del que se sentía autor o, por lo menos,
guía.
—Para Goethe, para Beethoven, para los hombres luminosos de su tiempo —
expresaba cansinamente Barbusse— lo incisivo y lo decisivo era el viaje a Italia;
en nuestro tiempo, es el que tú acabas de hacer; el viaje a Moscú.
Cuarenta días después llegaba a Lima, por la línea de tranvía por donde,
trece años atrás, había llegado de mi ciudad serrana. Venía, esta vez, con una
misión trascendente, que me parecía heroica y gloriosa. Y me embriagaba una
felicidad sin linderos, cuando aquella noche conversaba con José Carlos
Mariátegui, en la calle Washington, en su Rincón Rojo.
—¿Partido Socialista o Partido Comunista?
Tal era el enigma, la pregunta o el problema que se hallaba planteado ante
nosotros. Mariátegui miraba con aquellos dos ojos claros, sin reticencias ni
claroscuros. Ojos profundos, de mirar aquilino, radiantes siempre, aun cuando la
enfermedad le abatía el ánimo y le doblaba el espinazo. Discutía con agudeza, en
medio de risas constantes y de frases ingeniosas. De su silla de ruedas se alzaba
como una estremecedora paradoja: una maravillosa alegría de vivir y, sobre
todas las cosas, un vehemente deseo de alargar su vida, de aumentar el número
de sus días, que él sabía consciente y dolorosamente contados.
Desde el primer momento llegamos a una conclusión neta: no se trataba allí
de ideas, sino solamente de palabras. Si el partido se llamaba socialista o
comunista, ello no iba a cambiar en un ápice la esencia del movimiento, ni la
sustancia de la doctrina o del programa. Con uno u otro nombre, de lo que se
trataba era de organizar una sección peruana de la Internacional Comunista.
—Esto está más claro que el agua —dijo alegremente José Carlos—, pero
analicemos las conveniencias y las inconveniencias.
Y al entrar en el análisis de esta cuestión, nos convencimos de que no
estábamos discutiendo ya una cuestión política, sino un fenómeno de carácter
policial.
—Si le llamamos comunista, la policía nos va a perseguir más; si le
llamamos socialista, quizás nos persiga menos. A esto se reduce todo. ¿No le
parece? Sellamos nuestro acuerdo integral y días más tarde celebrábamos las
primeras reuniones con obreros, intelectuales y estudiantes de confianza. Lo
mejor de la gente que constituía aquel grupo se pronunció ardiente y
fervorosamente por la adhesión a la Tercera Internacional; tres jóvenes abogados
se alejaron, temerosos de lo que podría acontecerles.
Mariátegui sacó de entre sus papeles las famosas veintiuna condiciones de
Lenin, redactamos el programa y elaboramos los estatutos. Se inició la obra de
captación de nuevos elementos. Hasta el día en que hubo que suspender
totalmente el trabajo: Mariátegui tenía fiebre alta, deliraba, le salían forúnculos,
le aparecía una úlcera supurante en el muñón. Se le llevó a la clínica Villarán.
El brillante escritor acababa de cumplir treinta y cinco años y la vida se le
apagaba como si fuese un octogenario; los médicos celebraban consultas,
discutían, recetaban y se equivocaban. Mariátegui se moría sin remedio. Yo me
ganaba un mísero sueldo trabajando en una imprenta. Y aguardaba, con la
garganta agolletada, la hora del desenlace, que estaba decretada como
inexorable. Miraba el porvenir con angustiado espanto: en el trabajo político
había contado con el amparo, la protección, la gran sombra de Mariátegui;
muerto él, quedaba solo, sin tener a quien recurrir en demanda de consejo, de
opinión; sin autoridad, sin prestigio, con una responsabilidad que sentía
abrumadora como una montaña, y sin experiencia alguna para arrumbar el
movimiento.
Lo que se temía aconteció en una mañana tibia y asoleada.
Mariátegui, tendido en el lecho de la clínica, tenía el vientre abotargado y las
pupilas enormemente dilatadas. Con clara conciencia de todo, conocía a cada
uno. Miraba con hondura tal que era como una mirada de ultratumba ya. No
pudiendo soportar aquello, salí a la avenida y me desplomé sobre una banca.
¿Por qué, pero por qué se moría en aquellos momentos en que hacía tan
enorme falta? ¿Por qué se iba precisamente cuando recién llegaba yo,
aportándole un mensaje, cuando acabábamos de elaborar un plan, de trazar un
camino, de fijar una meta?
Regresé a la clínica; la habitación donde se hallaba José Carlos tenía ya las
puertas abiertas de par en par, como si se tratase de dejarle paso libre a la
muerte; ya no quedaba ningún temor del frío, ni de las corrientes de aire, ni de
las neumonías. Era como si hubiese no sólo resignación, sino también entrega,
abandono, desafío.
—Pues bien..., ¿a qué tanto padecimiento? ¡Aquí está, lleváoslo, y que sea de
una vez!
—No quiero, no quiero irme —gritó Mariátegui—, pero ¡qué le hemos de
hacer! —balbuceó roncamente. Se aletargó y tras algunos minutos pronunció
distintamente:
—No puede haber renovación sino sobre la base de grandes principios...
Trabajen mucho.
Y luego clamó con grito desgarrador:
—Adiós..., adiós, camaradas... Adiós, adiós..., ¡Anita!
Se acabó aquella vida promisoria y magnífica. Perdíamos a uno de nuestros
más grandes valores; no tanto por lo que había hecho, sino por lo que entrañaba
como segura promesa en el futuro inmediato. Abrumado por el triste suceso, nos
parecía que nunca la muerte cortó una existencia más preciosa, más útil, más
limpia.
Salí de allí dejando para siempre aquella cabeza que había dejado de pensar;
en la calle la voz gangosa de una radio invitaba a los fieles a acudir a escuchar el
Sermón de las Siete Palabras. Y por asociación de ideas escuché dentro de mí:
—¡Eli, Eli, lamma sabacthani...! ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado?
Y un Viernes Santo, en medio de la pesadumbre popular, entre cantos
revolucionarios y banderas rojas, enterramos a José Carlos, cubriendo su ataúd
con una gran bandera escarlata.
Y aquel desfile fue sin duda el primero que capitaneaban en aquellas
latitudes los mílites de la Internacional Comunista.
Muerto el hombre que era lumbrera y autoridad, prestigio y respaldo, hubo
que continuar el trabajo.
Los prosélitos llegaban, aparecían los primeros núcleos, se organizaban las
primeras células, según las directivas de Piatnisky. El mensaje salía a las fábricas
y a las aldeas, a los campos y a las minas.
Era un mensaje transido de fe y de esperanza; la Internacional Comunista
redimiría a los pobres y quitaría todo yugo a los que soportaban servidumbre,
salvaría de la desdicha a todos y abriría una época de paz, de libertad y de
prosperidad para todos.
Y la gente creía, tenía fe en el milagro y cantaba esperanzada:
Y la Tierra será el paraíso
de toda la humanidad.
—¡Tenemos un nuevo prosélito!, dije a Hugo Pesce, al salir de una charla de
capacitación, en el fondo de un callejón sucio.
—O un agente provocador, enviado por la policía —replicó Pesce— ; nunca
sabe uno, jamás.
—¿Y por qué dice usted eso, Hugo, en este momento precisamente?
—Sin razón concreta —respondió—, en Italia, de cada tres nuevos militantes
que ingresaban al partido, uno era agente provocador enviado por la policía. Es
claro que aquí todavía es diferente.
Una noche, en plena madrugada, mi hogar era nuevamente invadido por los
agentes de la policía secreta; registraron las habitaciones, despanzurraron los
colchones, levantaron los pisos, golpearon a mis hermanas y me llevaron
detenido.
—Usted es agente de la Cominterna —gritaba airadamente Fernández Oliva,
el jefe de la policía— .¿Por dónde entró usted..., por dónde...?
Pensé que no podía ni debía demostrar temor; eso, lo primero. Lo segundo,
callar, sonreír, no decir nada. Lo tercero, hacer de tripas corazón y repeler a todo
trapo y de cualquier manera todo intento de agresión.
—¿Por dónde entró usted —volvió a gritar, levantando en alto una fusta de
cuero trenzado, con grueso mango de plata.
—Por la puerta... —le respondí, haciendo un esfuerzo titánico para
mostrarme tranquilo y para no aparecer burlón.
—No..., no —dijo con voz más calmada—, no le pregunto eso. ¿Por dónde,
cómo ingresó nuevamente al país?
—¡Ah...! —me fingí sorprendido—, al país entré legalmente, con visado
consular y recibiendo en el pasaporte todos los sellos de la policía que usted
dirige.
—¡Policía... policía! —resopló, y guardó silencio.
Comprendí que le había derrotado en este punto. Ahora, otro.
—Necesito saber —articuló con lentitud y con voz afectadamente grave—
¿qué es lo que se trató en el Congreso de Francfort? Hable, hable. ¿De qué se
trató?
Estaba de pie frente a mí, aguardando la respuesta. Me causó un inmenso
asombro que este hombre saliese con una pregunta tan tonta, tan estéril, que
denunciaba estentóreamente su ignorancia sobre la misión que yo tenía, sobre lo
que estaba haciendo y sobre mi viaje a Rusia. Esto me serenó.
—Todo lo que se trató en el congreso de Francfort —le respondí con voz
suave y con acento tranquilo— ha sido publicado; por lo menos está impreso. Si
usted lo desea, puede hacer pedir toda la documentación a Berlín; tendrá usted
en sus manos todas las resoluciones y las tesis. Si desea, puedo darle la
dirección.
Fernández Oliva, hombre de piel datilada, tomó un color ceniciento, pues su
pigmento no le permitía palidecer. Avanzó hacia mí con la espuma en los labios,
como ululando:
—No, no le aguantaré que se burle de mí, por el demonio: no se lo toleraré.
Cuando avanzaba, tuve la certeza de que iba a cruzarme la cara con aquella
fusta. Como un relámpago me azotó el cerebro: si le consentía y soportaba un
primer golpe, aquel hombre me destrozaría, pensé. Y como bajo la presión de
una descarga nerviosa total, salté más que me puse de pie, me quité los anteojos
y mis músculos todos se crisparon para el asalto. Le cogería por el cuello, le
hundiría las uñas... Es claro, vendrían inmediatamente otros policías y me darían
golpes y me harían perder el sentido. Y esto era lo mejor..., perder la conciencia
de mi cuerpo, no saber ni siquiera dónde, ni con qué me golpeaban.
Fernández Oliva se replegó, bajó la fusta y dijo con tono abonanzado y
burlón:
—No se quite los anteojos; véame bien la cara.
Recalcitré, me coloqué de nuevo los anteojos y le vi el rostro sonriente;
estaba apacible.
—¡Siéntese...! —ordenó.
Lo hice con lentitud.
—La policía lo sabe todo —pronunció con tono exclamativo— ; nosotros
trabajamos científicamente; usted ha venido aquí a organizar la caída del
Gobierno, provocando huelgas. Pero nosotros somos más inteligentes que
ustedes. El único que sabía leer y escribir era Mariátegui, ustedes todos son
pobres diablos, incluyendo a Haya de la Torre...; pobres diablos que no ven más
allá de sus narices.
Habló durante una hora larga; pasaba afluente, de un tema a otro, sin orden
ni concierto; ora enfocaba el motivo de la crisis económica, ora revelaba el
inminente desembarco de armamentos y municiones en un puerto del sur, lo que
ya era conocido por él con toda anticipación. Y adoptaba un lenguaje sibilino
sobre la rica documentación que había logrado atrapar y en la que se denunciaba,
de manera puntualizada con pelos y señales, el plan comunista en la América
Central y en las Antillas.
Era bellaco y toda su exposición estaba abellacada de modo supremo; no
sólo fabulaba, sino que sus presagiosas mentiras estaban envueltas en
fantaseadora estupidez. No dije una palabra; le escuché sentado y sólo me moví
cuando ordenó que me condujeran a un calabozo.
El piso parecía el de un establo por el fango, un lodo con acre olor a letrina;
los muros rezumaban humedad y rancidez, y las cuatro paredes se alzaban
demasiado cercanas entre sí. El calabozo no sólo estaba desierto, sino vacío por
completo...: no había ni un ladrillo, ni una tabla, nada para defenderse del lodo.
—Aquí se aprende a dormir de pie —me dijo uno de los policías que hacía
de guardián.
—O se aprende a no dormir —repliqué, afectando una risueña indiferencia.
Y comenzaron a pasar lentos los días; pesadas y más duras, las semanas. Una
madrugada me sacaban de allí para conducirme a la Isla de San Lorenzo, que ya
me era conocida.
Mientras tanto, mi amigo y camarada Henri Barbusse, notificado de mi
prisión, movilizaba enérgicamente lo que él llamaba la “intelligentsia” en
Francia, en Bélgica y en España. El dictador recibía mensajes de diversos puntos
de Europa, firmados por una brillante plana de escritores, pintores, músicos,
dirigentes políticos, en los que se le exigía mi libertad o, por lo menos, mi
sometimiento a un proceso. El dictador se impresionó, sus policías se
ablandaron, los agentes comenzaron a tornarse serviles y los guardias
obsequiosos.
Uno de los funcionarios policiales me hizo saber, en forma muy confidencial,
que Barbusse acababa de dirigir un segundo mensaje al dictador Leguía,
amenazándolo con denunciar sus procedimientos ante el mundo civilizado,
acusándolo de privar arbitrariamente de su libertad a los ciudadanos, sin proceso
alguno y sin la sentencia de ningún juez ni tribunal.
No obstante que tal era lo habitual de aquella dictadura, a pesar de que los
jueces no intervenían jamás, ni con un gesto, cuando se trataba de la libertad de
los ciudadanos, el Gobierno dictatorial se intimidó y sus altos dignatarios
resolvieron desterrarme nuevamente.
Y una tarde húmeda, bajo una llovizna pertinaz y menudísima, fui conducido
al barco que debía llevarme hacia el sur.
Valparaíso, Santiago de Chile, Buenos Aires, de nuevo. Eran los días de 1930
y mi segundo destierro.
Mientras tanto, la semilla comunista había caído ya en el surco, siendo
imposible saber cómo, ni cuándo, ni dónde germinaría.
Derrumbe del dictador Leguía
20
En la Suramérica Latina había comenzado a actuar un selecto grupo de
comunistas de diversas nacionalidades, constituyendo el Bureau Sudamericano
de la Internacional Comunista y laborando, por primera vez, bajo la dirección
inmediata y el comando personal de guías soviéticos y bolcheviques expertos en
las tareas revolucionarias.
Frente a la nutrida delegación venía Guralsky, bolchevique de largo y
brillante historial, no obstante su juventud, ya que apenas se acercaba a la
treintena. Comunista lituano, de origen hebreo, desempeñó un papel
sobresaliente por la sutileza, audacia y clarividencia de su estilo del trabajo, en la
insurrección de 1917. Arrestado y condenado a muerte, se le conmutó la pena a
causa de su corta edad, ya que sólo cumplía los quince años. Se fugó de la
prisión y fue a Rusia, donde se incorporó a las filas del Ejército Rojo, peleando
contra las invasiones. Allí le conoció Lenin y le encomendó los más altos
puestos en el movimiento juvenil soviético, de donde pasó a las categorías más
elevadas del partido. Amigo de la intimidad de Zinoviev, hombre de la amistad
de Rikov, de Kamenev, de Trotsky, de Rakowsky, era compañero de Bujarín en
la investigación teórica del marxismo y en los altos estudios filosóficos y
políticos.
—Nunca fui menchevique —decía Guralsky—, porque la revolución me
encontró muy joven y esto quizá favoreció que siempre estuviese al lado del
gran viejo..., de Lenin.
El año 1927, con ocasión del décimo aniversario de la Revolución de
Octubre, Guralsky reaparece en primer plano, como uno de los comandantes de
la campaña opositora contra la política que se desarrollaba ya en Rusia bajo el
signo staliniano. Mas este tipo de oposición se distinguía no por su carácter
teórico, sino orientado con firmeza a la acción. Se afirmaba que él fue el
organizador de la manifestación formada por millares de trabajadores y de
bolcheviques, que recorrieron las calles de Moscú protestando contra la política
de Stalin y contra sus orientaciones. Tal manifestación motivó el pasmo de los
numerosos delegados extranjeros que asistieran al festival del décimo
aniversario.
Aquella protesta sacudió el aparato constrictor del terrorismo, que estaba en
las manos de Stalin, pero que no había sido su creación. El terror, su sistema, sus
aparatos operativos, sus gestores y sus ejecutores, eran engendro de la
revolución, del partido bolchevique, de la nueva mentalidad creada por el
cambio, del pensamiento y la acción del propio Lenin, y asimismo de todos los
que se hacían opositores. Después de la manifestación del año 27, los
procedimientos respecto de los comunistas se dulcificaron y, en vez de las
amenazas, del acosamiento, de la prisión, se emplearon las cartas de abjuración,
el reconocimiento público de los errores, los actos de contrición que alguna
oscura analogía guardaban con el de Galileo Galilei. El terror fue desviado hacia
los kulaks y hacia los nepmans, campesinos acomodados y pequeños
comerciantes, cuya liquidación como clase fue proclamada como necesidad
imperiosa de la revolución. Sólo más tarde, cuando el régimen pasase
íntegramente a las manos del grupo de Stalin, el terror experimentaría una nueva
desviación, para descargarse sobre las cabezas de quienes lo habían forjado. Y es
que el terror, como las potencias infernales, como las grandes pasiones
desencadenadas, no puede detenerse, porque ello significa siempre anonadar el
manantial y la matriz que le diera origen; así ha acontecido en todas las
revoluciones, y la de Rusia no ha constituido excepción; y lo único que ha hecho
el stalinismo es darse cuenta de esto y, para no caer o ser su víctima, mantenerlo,
avivarlo, alimentarlo con sagacidad, como quien alimenta arrojando carne a las
fieras.
La historia reciente de Guralsky estaba vinculada a la actividad del partido
francés; en sus manifestaciones, los comunistas franceses sacaban a las calles
cartelones en los que se preguntaba ¿As tu vu Crément? —¿No has visto a
Crément?—, burlándose de este modo de la policía de Monsieur Chiappe, el
reaccionario prefecto de París, que buscaba con todo empeño al agente del
Komintern que se hacía llamar Crément. Tal Crément no era otro que Guralsky,
el “Rústico” del Bureau Sudamericano, un poco más tarde.
Al lado de Rústico actuaban “Pierre” y dos o tres rusos más, algunos de los
cuales se hacían pasar por franceses, gracias al dominio casi perfecto del idioma
de Racine, a su larga vida de emigración en Francia, y al vasto conocimiento del
espíritu, las costumbres y la geografía francesas. Algunos de ellos habían
recibido toda su educación en París. Guralsky era un conocedor profundo de la
literatura francesa y hasta dominaba la jerga del barrio de Saint Denis, pero el
acento delataba al ruso puro que aprendió el francés siendo ya crecido. Pierre era
ruso y se jactaba de serIo de estirpe y de mentalidad soviéticas. Al referirse a la
revolución decía siempre “los que entonces teníamos doce años”.
No obstante que era uno de los más jóvenes del Bureau del Komintern,
gozaba de extraordinaria preponderancia, hacía pesar su opinión en los asuntos
esenciales, y a veces llegó a vetar resoluciones ya aprobadas, impidiendo su
cumplimiento. Sin embargo, reconocía en todo momento la jerarquía de
Guralsky, dándole el trato que correspondía a un superior, aunque hubo
circunstancia en que las opiniones de ambos tenían análogo valor.
Atlético y sonrosado, con rostro de adolescente y cabello cortado al rape,
Pierre hablaba el español con marcado acento brasilero y con una dicción en la
que mezclaba palabras del portugués. Conocía el litoral brasilero como la
Avenida Mayo, de Buenos Aires, por donde pasaba todos los días. Había
organizado una red de núcleos secretos en cada puerto, en cada vilIorrio costero,
en cada caleta brasilera. Hacía funcionar bajo su control directo los grupos
comunistas dentro de cada uno de los barcos que hacían la carrera entre el Brasil
y los diversos puertos del mundo. Se afirmaba que no se le había escapado un
solo barco, sin exceptuar los italianos.
Pierre era astuto, de voladora agilidad mental, con gran imaginación y una
alta capacidad para el humorismo. No reía casi nunca y cuando se mofaba de
algo lo hacía con remarcable seriedad.
Pese a su juventud, Pierre pertenecía al plantel de los hombres de confianza
de Stalin y de su grupo. Estaba vinculado personal y directamente a los círculos
dirigentes del Gobierno y del Partido Bolchevique. Orestes, el italiano, y Nemo,
el tunecino —ambos miembros del Bureau Sudamericano— aseveraban que
Pierre era algo así como los ojos y los oídos del Kremlin dentro del
destacamento del Komintern que operaba en la América del Sur.
La mayoría de este organismo estaba formada por soviéticos y polacos
sovietizados voluntariamente por el checo, Glaufbauf, el tunecino, Nemo y los
italianos Marcucci y Orestes.
La minoría la constituíamos los dirigentes de los partidos de América del
Sur. Sudamericanos eran también los componentes de la falange de funcionarios
que realizaban los más diversos trabajos, oficinescos, editorial e informativo.
El Bureau Sudamericano del Komintern no tenía una sede fija; actuaba a
modo de brigada volante, que se desplazaba de un día al otro, de una ciudad a
otra, de un país al otro. Un domingo, el Bureau Sudamericano estaba sesionando
y trabajando en la ciudad de Rosario, para encontrarse con la delegación venida
de Chile en Córdoba o en la Plata, el martes; al amanecer del jueves, ya se
encontraba de nuevo en Montevideo, trabajando con delegados venidos del
Paraguay y preparando el viaje para salir a Piriápolis o a Santa Ana do
Livramento, para conferenciar con los brasileros.
Guralsky era hombre de actividad prodigiosa; actuaba con la segura
serenidad de un lobo de mar de la revolución. Poseía un dominio pasmoso sobre
sus nervios y sobre las situaciones, aun las más complicadas. Era perspicaz,
bondadoso, siempre cordialmente alegre y animado por el espíritu de lo que él
llamaba “dar seguridad al dirigente” e “inspirarle confianza en su idea y en su
acción”, levantándole el ánimo siempre y “manteniendo su moral al rojo vivo”.
Ningún hombre del grupo soviético dio a conocer jamás el nombre con el
cual viajaba oficialmente. Por lo general, se hacían llamar con nombres castizos:
“Juancito” era el representante de la Internacional Sindical Roja; “Inés” la
encantadora mujer, enviada por el Komintern, que trabajaba en compañía de
Guralsky; “Mauricio” era el experto en cuestiones de organización; Marcucci,
dirigente de la juventud comunista italiana, variaba de nombre como de lugares
y atendía especialmente los problemas de la juventud, participando siempre en
las cuestiones políticas del partido. Guralsky se hacía llamar “Rústico” en la
Argentina, “El Viejo”, en Montevideo, “Juan de Dios” en Chile. Los otros eran
“Luis”, “Panchito”, “Manolo”, “Julián”. Nadie sabía dónde vivían; ellos podían
llamarnos por teléfono, pero nosotros no podíamos hacerlo, sino por un
intermediario que tampoco sabía a dónde dirigirse, pero que sé recibía llamadas
periódicas durante el día. Y nos vinculábamos con seguridad por intermedio de
los “contactos”, muchachos de la juventud que traían recados, comunicaban
citaciones, concertaban encuentros en los cafés, en las plazas, en las
exposiciones y en los lugares públicos, donde entraba y salía mucha gente.
A mi llegada a Buenos Aires encontré, en la estación de Retiro, a gente que
me esperaba; no obstante que no me había vinculado con nadie en Valparaíso y
que únicamente la policía conoció mi partida, Gayo, el argentino que había
hecho la gira conmigo en Rusia, estaba allí. Y lo único que sabía era que
Gurlasky le había enviado a recibirme.
Cuando más tarde hablamos de esto con Guralsky, me dijo:
—Hay que trabajar con métodos mucho más elásticos que los que ustedes
han venido empleando. En todo el mundo, la policía está formada por burócratas
rutinarios, descontentos y mal pagados, que no tienen inconveniente en
suministrar algunas informaciones y hacer algunos favores, siempre que puedan
aumentar su paga.
La primera persona a quien traté fue a Inés. Ella me proporcionó informes de
tipo general; me dio el santo y seña para las llamadas telefónicas y me explicó la
forma en la cual se concertarían las citas; yo debería permanecer en el hotel,
aguardando a que se me llamase. Estimaba que la situación argentina se
complicaba gravemente y que se vivían las vísperas de un golpe militar. Vinieron
las recomendaciones usuales sobre la eliminación forzosa de todo papel, sin
excepción: cartas, anotaciones, informes. Todo eso debía ser eliminado o puesto
en manos de personas que tuviesen cajas de seguridad en un banco.
Los consultorios de médicos y dentistas eran lugares preferidos para las
citaciones. Al principio, pensé que se trataba de consultorios de miembros del
partido o de simpatizantes; pero no era así; muchas veces las citaciones
convocaban al consultorio de un médico, o de un dentista sobresalientemente
conservador. “Panchito”, un soviético que hablaba correctamente el castellano,
había escogido como centros de cita las bibliotecas socialistas, los centros de
reunión del Partido Radical y los locales de las asociaciones católicas. En Chile,
su lugar de cita eran las iglesias.
—Se está muy bien —decía—, sobre todo en verano. Se conversa a gusto,
nadie le molesta a uno, y cuando viene algún sacerdote, pues lo mejor es ponerse
de rodillas y rezar con unción. ¡Hay que ver el rostro de gratitud y de alegría con
que nos obsequian los reverendos! Se jactaba de no haber caído preso jamás y de
haber escapado a la persecución en una docena de países, incluyendo Portugal.
Antes de las cuarenta y ocho horas de mi arribo, el Bureau Sudamericano del
Komintern se reunía para conocer los informes de que era portador. Guralsky me
había escuchado antes atentamente. Preguntó una y otra vez, indagando el
significado de las palabras que yo empleaba y que él no entendía, esclarecía
situaciones y sacaba las más inesperadas y lógicas conclusiones. Se trataba de un
entendimiento agudo, de una inteligencia agilizada por la acción, de un sentido
nítido de la realidad, de lo que era y de lo que no era factible, de las
posibilidades concretas de cada momento y de la magnitud de las tareas a
realizar o en realización. Tenía un espíritu sereno y perspicuo para percibir y
mesurar las dificultades, y para ponderar la importancia de lo que cada uno había
hecho.
Guralsky fue, desde el primer momento, un hombre calurosamente humano,
comprensivo y limpio respecto a mí. Gran estudioso, le agradaba en extremo el
deseo de aprender de los demás. Alentaba la curiosidad de todos, abría nuevos
caminos, empleaba toda su capacidad didáctica —que era extraordinaria— para
hacer progresar a los que actuaban cerca de él. Le agradaban las preocupaciones
filosóficas y era a menudo el invitante de largas caminatas durante las cuales
discutía y conversaba sobre temas de filosofía.
Guralsky, no obstante la intimidad y confianza que llegó a tener conmigo, no
habló jamás sobre sus discrepancias dentro del partido bolchevique, ni se refirió
para nada a Zinoviev, que era íntimo amigo suyo, ni a las cuestiones internas del
partido ruso.
Dos días más tarde se me ordenaba salir a Montevideo, donde encontré
reunidos a todos los miembros del Bureau Sudamericano, con excepción de los
dirigentes argentinos; el día mismo de mi arribo fui incorporado al trabajo. Se
leía, se discutía, se trazaban orientaciones, se redactaban documentos y se
analizaban los informes venidos de los más diversos puntos de América del Sur,
por vías insospechadas. Un informe del Cusca venia de Panamá, por avión; una
larga carta llena de datos sobre lo acontecido en una huelga en Valparaíso venía
desde Montevideo; un informe sobre la actividad de los comunistas en el seno
del Partido Liberal, en Cali, venía escrito en forma de crónica periodística, desde
Santiago de Chile. Y desde diversas casas de Montevideo llegaban paquetes
traídos a mano por marineros, aviadores, turistas, deportistas.
—Este es el aparato organizado por Guralsky —decían con admiración los
funcionarios del Bureau Sudamericano del Komintern.
Una tarde, sonó la sirena del diario El Día, mientras estábamos reunidos en
el sótano de una casa comercial. El emisario despachado para recoger la
información regresó antes de los diez minutos, acezante y entusiasta.
—Un golpe militar ha derrocado a Leguía en el Perú.
—Este es el primero de la serie, o mejor dicho el segundo, después del de
Bolivia —sentenció Guralsky— ,ya seguirán otros. Es la consecuencia de la
crisis y de las graves dificultades económicas que se derrumban sobre el sistema
semicolonial de estos países.
—¿Quién es Sánchez Cerro? —preguntaron.
—Un teniente coronel.
Del fondo de mis recuerdos surgió nítidamente una escena en casa de
Mariátegui. Me había invitado a concurrir a una reunión íntima en la que debía
estar presente un militar, quien deseaba exponer sus planes. Pocos minutos
después de la hora convenida llegaron Pedro Bustamante Santiesteban y un
hombrecillo de menos que mediana estatura, que llevaba mal las ropas civiles.
De rostro pronunciadamente oscuro, de pómulos salientes, tenía una mirada
aquilina, plena de energía y una mano en la que faltaban varios dedos. Tan luego
como se inició la conversación, aquel hombre juró que derrocaría a Leguía.
Mariátegui estaba tan sorprendido como yo. Sánchez Cerro se paseaba con
pasos muy largos para su estatura y repetía como un juramento:
—Tengo que ser presidente; tengo que derrocar a este granuja...
Y como si pensase en lo que nosotros estábamos pensando, decía con un
acento de burla:
—No son fanfarronadas; lo que digo lo hago, aunque no me crean; no pasa
de este año, pero quizás dentro de un mes, si la suerte me acompaña; quizás dos,
pero, les juro por mi madre, que no dejarán de oír hablar de mí.
—Pues estamos oyendo hablar de él —aseveró Guralsky. Se comprueba que
estamos frente a un hombre ambicioso, tenaz, dueño de una gran firmeza y de
elevada dosis de audacia. Carece de principios, no profesa doctrina alguna;
estará dispuesto a marchar con cualquiera que le preste apoyo, por cualquier
camino, y con el sector que más le tiente y que mejor le amamante su ambición.
No podrá hacer demagogia ni acercarse a la clase obrera, porque la crisis no se lo
va a consentir. Las conmociones obreras que sobrevendrán como consecuencia
de esta crisis le malograrán todos sus planes y lo traerán abajo más tarde o más
temprano. No hay que prestarle ninguna confianza; habrá que combatirle en la
medida en que él se vaya oponiendo a los trabajadores.
Prosiguió la discusión y se acordó en principio que regresase al Perú.
—¡Es una lástima!, me confesó Guralsky, porque yo deseaba trabajar contigo
en Argentina y Uruguay, y luego partir a Chile, y más tarde a Brasil. Pero, creo
que es necesario que regreses a tu país; debemos contar allá con un partido
comunista.
Huida ante el enemigo
21
Desde Buenos Aires llegaban noticias alarmantes, planteando la posibilidad
de un golpe de Estado contra el Gobierno del presidente Irigoyen, como hecho
inminente. Hubo discusiones zahoríes, presagios y vaticinios. Pero, en medio de
todo, surgió urgente la necesidad perentoria de sacar de Buenos Aires los
archivos de direcciones de América del Sur. En esas listas figuraban nombres de
centenares de personas que servían al movimiento comunista, de una u otra
manera: nombres de los encargados de los comités en los puertos y en los
barcos; nombres de las personas que servían de enlace; nombres de los
simpatizantes de mayor confianza, en cada ciudad importante de Sudamérica. Si
tal lista caía en manos de la policía de un Gobierno militar, significaría que
estaba descubierto el aparato clandestino, organizado con una labor larga y
pertinaz. Sobre todo —decían Pierre y Guralsky— las del Brasil y Chile son las
más importantes y las más peligrosas.
—Irás tú —me dijo Guralsky— ; no te conocen en Buenos Aires y la policía
no te ha visto la cara jamás. Irás con documentos falsos, pero perfectos. Buscarás
a Codovila y le dirás que debe permanecer al frente del trabajo clandestino y que
debe entregarte los documentos para que los traigas a Montevideo
inmediatamente. ¿Comprendes la importancia que tiene la misión que te
encomendamos?
—Sí, la comprendo —repuse.
Las instrucciones para el viaje, así como para perquirir el paradero y obtener
la entrega de los preciosos papeles, y las normas sobre el procedimiento para
sacarlos de la Argentina, debían ser concretadas por Pierre.
—Almorzarán juntos —dijo Guralsky— y hablarán lejos de todos; ten bien
presente que debes ceñirte con suma estrictez a las directivas que Pierre te dará.
No te dejes llevar por tu temperamento, ni por tu entusiasmo, ni por tu iniciativa
del momento, porque es casi seguro que ello te llevará a las fauces de la policía.
En lo posible, trata de ajustarte a las pautas que trace Pierre. El tiene larga
experiencia. Participó en todo nuestro trabajo clandestino en China, y afrontó
solo la compleja situación, con evidente tino, cuando Miguel Borodin tuvo que
salir a toda prisa rumbo a Vladivostock.
Guralsky insistió una y otra vez en sus recomendaciones y al mediodía me
despedí de él para marchar con Pierre.
—Nos veremos a tu regreso —presagió riendo— ; no te deseo buena suerte,
porque sé que tú tienes capacidad para dominar la mala, y que esta vez te
emplearás a fondo. Se trata de salvar de la cárcel, y quizás de la muerte, a
centenares de nuestros mejores camaradas de América del Sur. Compréndelo
bien. No lo has de olvidar ni un instante. Si esas direcciones caen en manos de la
policía, el General que dé el golpe de Estado no tardará en poner en manos de
cada Gobierno sudamericano, y de la policía de los Estados Unidos, la lista de
hombres de confianza de cada país. Esto será demoledor y, sobre todo,
desmoralizador para el futuro: si esa lista cae, la gente no querrá acercarse a
nosotros en muchos años. ¿Comprendes la trascendencia del encargo que llevas?
—Sí, lo comprendo perfectamente. No sé si esos papeles llegarán aquí, pero
puedo asegurarle que no los tendrá en su mesa la policía.
—Así... así me gusta... —exclamó Guralsky riendo, con aquella risa que le
bañaba la faz de fraternidad, de candor, de alegría de vivir.
Partimos, Pierre y yo. Era un automóvil particular; lo manejaba un chofer
extranjero, a quien Pierre se dirigió invariablemente en francés, sin que aquél
llegara a pronunciar una palabra. Nos fuimos hasta la playa de Carrasco, la más
elegante de Montevideo, y en un bungalowacogedor, hundido entre la fragancia
de las flores, con una verja azul cielo, elegantemente amueblado, pasamos la
tarde. Poco después del mediodía se nos sirvió el almuerzo a los dos. El hombre
que oficiaba de criado, cocinero y cuidador del precioso bungalow era un ruso
atlético, un poco mayor que Pierre, de gran cabeza con un corte de pelo de
oficial alemán; se mostraba jovial y empleaba en su trato afabilidad extrema.
Hablaba bien el castellano pero se entendía con Pierre en ruso. Me di cuenta de
que entre ambos había una gran familiaridad; preponderaba una situación, entre
uno y otro, muy distinta de la que podía existir entre amo y criado, en cualquier
parte del mundo.
Pierre me expuso con amenidad, y entremezclando su exposición con datos
históricos, la filosofía del trabajo clandestino. Me refirió que su más larga y
eficiente práctica la hizo en China, después que partiera el alto comisionado del
Komintern, Miguel Borodin, que con seguridad —dijo sonriendo— no era ni
Miguel ni Borodin. Los chinos, en su opinión, eran policías muchísimo más
eficientes que los latinoamericanos.
—Los policías chinos —aseveró— tienen algo de lo que carecen los
latinoamericanos: ¡paciencia...! Te espían pacientemente, te siguen los pasos con
aterradora pertinacia, te dejan actuar impune y confiado, sin que se les agote la
paciencia. De modo que, cuando ellos descubren algo, es en verdad caza mayor;
los latinoamericanos se contentan con la caza menor; se precipitan y, sobre todo,
se dejan llevar, en grado que admira, por las apariencias. De otro lado, son
policías rutinarios; se burocratizan, llegando al grado de burocratizar hasta sus
actos reflejos. Cualquier persona inteligente sabe cómo van a reaccionar en cada
caso, ante cada situación, frente a un fenómeno determinado. Eso sí —acentuó—
son brutales: usan a los boxeadores retirados para que te golpeen, de acuerdo con
reglas técnicas; saben pegar hasta molerte la carne, sin dejar huellas; y en los
países en los que el juez, el hábeas corpus y el Poder Judicial no son sino un
sarcasmo, o una rueda de la carroza del dictador, allí saben introducirte agujas
entre la uña y la carne, saben aplicarte descargas eléctricas que te remueven los
sesos y hasta tienen la sabiduría de introducirte un palo de escoba dentro del ano.
¡Ah, son policías feroces, los de tu país y de muchos de tus países hermanos...!
No saben emplear con sutileza ni inteligencia la tortura psicológica; son bestiales
en la tortura física, que no es la peor. ¿Lo sabes tú...?
—Creo que, ante una u otra cosa, hay que ser igualmente valiente —repliqué
con seguridad—. Si no empleas toda tu voluntad de resistencia, tienes que
entregarte forzosamente. Creo que lo mejor, en tales casos, es perder el
conocimiento.
—¡Ahí está... ahí está...! —exclamó, dejando abierta su boca y exhibiendo
una dentadura blanquísima y bien mantenida— la tortura física; si eres valeroso,
te lleva a la pérdida del conocimiento; la tortura intelectual no. Al contrario: te
exacerba la capacidad de pensar, te obliga a pensar en profundidad, te penetra en
el ser como un taladro sin fin; se te enreda en cada nervio y lo sacude, lo estira,
lo templa, lo desgarra y lo vuelve a unir. ¿Comprendes?
—Sí —repuse— comprendo.
—En Rusia se prefiere siempre la tortura psicológica a la otra; rinde más
provecho, sobre todo con las personas de cierto nivel intelectual. ¿Sabías que el
intelectual resiste mucho mejor la tortura física que los otros...?
—No— le dije —, no lo sabía. ¿Cómo lo sabes tú...? —pregunté.
Me miró, no dijo nada, me invitó a beber una mezcla de Iicores, en la que
había coñac, cacao, benedictine y quizás algún brebaje más. Introdujo una
variación sobre el tema y me aconsejó.
—Antes de partir, tienes que alquilar ropa elegante. Te llevas un traje de
etiqueta completo en la valija y alguna ropa de la estación. No puedes marcharte
con el traje que llevas encima. Te haré comprar uno mañana temprano y haremos
que le quiten las etiquetas y las reemplacen por otras. No puedes ir con ropa
adquirida en un almacén de ropa hecha: el traje llevará la etiqueta de una de las
buenas sastrerías de Montevideo. Te será útil.
Se paseó, abrió una de las ventanas que daba al jardín por el lado del mar y
habló suavizando el tono, casi a sovoz, como si pudiesen escucharnos.
—Te proveeremos de unas veinte o treinta corbatas de las mejores marcas
inglesas; pañuelos, camisas, calcetines. Esto, como comprendes, no es para que
lo uses; es simplemente para que, si caes, la policía vea que tu ropa es de fina
calidad. No te imaginas cómo tu policía latinoamericana se impresiona con esto;
o te cree un personaje de valía a quien hay que tratar bien; o un granuja con
mucho dinero, de quien se puede obtener una suculenta propina, una buena
coima. ¿Entiendes? Llevarás una buena suma de dólares en cheques de viajero.
Deben ser cheques de un gran banco; el National City, prefiérelo siempre,
porque es de buen tono y psicológicamente impresionante para la policía. No
midas tus gastos, cuando debas hacerlos; te hospedas en un hotel de lujo; ve al
Plaza; no pidas una habitación, tomas un pequeño departamento.
Le sonreí y él me dijo:
—Sé que todo esto te parece extraño, pero así debes actuar. Encarnando al
hijo de papá que tira el dinero por la ventana; al nuevo rico, que está aburrido
con el dinero y lo despilfarra. Piensa bien, camarada, que en cada paso debe
intervenir el personaje que encarnas. ¡Cuidado con el menor renunciamiento...!
Puede ser que por ese pequeño desliz te atrapen. ¿Comprendes?
—Sí, Pierre, te comprendo. Lo esencial es salvar los documentos.
—¡Exactamente, eso es...! —asintió con énfasis—. Salvar los documentos,
es decir salvar a centenares de personas y de familias, y salvar el prestigio de
nuestra labor. ¿Cuánto se puede pagar por eso? Pues lo que sea necesario pagar,
debes pagarlo sin vacilación. En Buenos Aires contarás con la cooperación de
personas excelentes. Las direcciones que lleves en la cabeza...
—¿En la cabeza? —interrumpí.
—Sí, en la cabeza; nada de apuntes, nada de papeluchos. El apunte, el papel,
no hacen sino comprometer y servir para que la policía te atenace entre tus
propias contradicciones. El papel, el lápiz, la pluma fuente, la máquina de
escribir, camarada, son enemigos peores que los mejores policías, en el trabajo
clandestino. La cabeza, la memoria, la milagrosa asociación de ideas. ¿Me
comprendes...?
—Te comprendo, Pierre —acentué con énfasis— ; te comprendo bien.
Pierre me entregó las direcciones de las personas a quienes podía dirigirme
en Buenos Aires: algunas, para buscar contactos; otras, en caso de apremio, para
solicitar auxilio; y, por último, otras, a las cuales sólo se podía recurrir en último
extremo y de modo excepcional.
Buenos Aires vivía en una atmósfera sobrecargada de inquietud. En todas
partes se hablaba de la inminencia de un golpe de Estado que derribaría al
Gobierno constitucional de don Hipólito Irigoyen, y en los cuarteles del
radicalismo se fanfarroneaba sobre la resistencia y la lucha a mano armada en
defensa del régimen.
El 6 de septiembre, a las seis de la tarde, las tropas comandadas por el
General Uriburu entraban a la ciudad, atravesaban sus principales arterias en un
paseo triunfal y deponían a Irigoyen, tomándolo prisionero.
Por la noche se entregaba un bando a los diarios, en el que se prohibía todo
género de reuniones, se cancelaba todo derecho de oposición, su suprimían todas
las garantías individuales, y se amenazaba con la pena de muerte, aplicada de
modo sumario y por orden de sólo un teniente.
Cundió el pánico en las filas del Partido Comunista Argentino, habituado a la
blanda y tolerante actitud del régimen radical. Mi búsqueda de Codovila resultó
infructuosa; lo seguí a través de numerosas pistas, pero siempre llegaba cuando
había partido; al fin pude comprobar que el hombre no estaba en Buenos Aires;
la misma noche del golpe de Estado se embarcó rumbo a Montevideo;
comprendí por qué, a través de su larga actividad comunista, Codovila no había
caído jamás en manos de la policía.
Tras una gestión de arduidad agotadora, no por el trabajo que ella exigiese,
sino por el agudo e incesante miedo que acarreaba, pude recoger los
documentos, diseminados en diversos puntos. Codovila no había tomado en
cuenta el asunto y, por otra parte, la policía no había prendido a ningún
comunista, ni llegó a estorbar en lo mínimo mis andanzas en Buenos Aires, ni mi
regreso a Montevideo, cargado con los valiosos documentos.
Guralsky, Pierre y los rusos me recibieron con explosiva alegría. Lanzaron
juramentos en idiomas diversos, maldiciendo a Codovila y deseándole lo peor,
pero dieron a entender que nada podían hacer contra él. Me di cuenta de modo
translúcido de que Codovila, además de miembro del Partido, era uno de los
agentes secretos de la NKVD, lo que, en cierto modo, le volvía invulnerable. No
pudiendo eliminarlo del Buró Sudamericano, se resolvió enviarlo a Moscú.
Preparaba mis bártulos para el viaje de regreso al Perú, cuando Guralsky me
llamó para decirme:
—No podrás marcharte sin ayudarme antes a persuadir a Prestes; debemos
prepararlo psicológicamente para que no sufra en “La Casa” el desencanto de los
intelectuales pequeñoburgueses. Tú te has dado bien cuenta de eso...
El deseo de “La Casa” en lo concerniente al capitán Prestes no coincidía con
el pensamiento acariciado por Guralsky, que a mí me parecía más inteligente y
más cargado de fecundidad política.
—Prestes comunista —decía Guralsky— verá rotos, en muy breve plazo, los
magníficos vínculos de amistad que mantiene con los jefes y oficiales
progresistas. En el seno del Ejército brasilero hay muchos que le quieren
fraternalmente, otros que le admiran, y muchos más que, sin estar de acuerdo
con él políticamente, están dispuestos a seguirlo la vez que tengamos la
posibilidad de aprovechar o de crear una circunstancia favorable. En cambio,
Prestes al margen —aunque bajo el control del Partido— se mantendría en la
postura heroica del “Caballero de la Esperanza”, con una muy rica influencia y
con la posibilidad de realizar una profunda infiltración marxista en la mentalidad
de los oficiales de regimientos enteros. Me gusta Prestes como militar; muy poco
o nada como militante..., ¿me comprendes...?
Es claro que le comprendía bien y estaba de acuerdo con su criterio. Pero él
tenía un vivo interés en no presentarse discrepando con el pensamiento de “La
Casa”.
—Yo soy como las mujeres hermosas —decía—: tengo una tempestuosa
historia y debo caminar como alambrista de circo. En “La Casa” —repetía,
haciendo una mueca que podía ser despectiva— están todavía muy penetrados
de sectarismo. Al exigir que Prestes sea incorporado públicamente como
miembro del Partido, da mayor importancia a la propaganda de ahora que a la
perspectiva política de mañana. Pero ¿qué le vamos a hacer...? Y se encogía de
hombros, con cierto mohín francés.
Marchando sobre la arena húmeda de las playas de Montevideo, en la
estación vacía de turistas, conversaba sobre su plan respecto del lavado de
cerebro de Prestes, tomando en cuenta con sorprendente delicadeza que se
trataba de un romántico poseído por la vocación heroica de la vida.
Desde los primeros contactos surgió una fraterna intimidad con el capitán de
la famosa “Columna Prestes”. Comentábamos a Clausewitz, dando a las
enseñanzas del estratega alemán sentido político, y más adelante ingresamos a
los campos del marxismo.
Frente a Prestes era imperativo salvar la aridez de los viejos textos para
mantener interés en las conversaciones. Le persuadía con versículos
entresacados de la Biblia, seleccionando aquellos que servían a los fines de
persuasión sentimental. Mi formación infantil me facilitó la selección. Me
prestaban gran servicio las citas del Antiguo Testamento, referentes a las arengas
de algunos profetas, y las citas del Nuevo, que reflejaban las influencias de los
esenios y las de Juan Bautista.
Nos prestaba gran servicio en la operación detergente la realidad derivada de
la gran crisis mundial, tras el derrumbe de Wall Street en 1929 − 1930.
Los noticieros del cine que veíamos juntos presentaban las interminables
colas de seres andrajosos que recibían sopa caliente en las calles nevadas de
Nueva York. El locutor, con voz amaestrada, decía:
—Las manos que están recibiendo esa lata de sopa no son las de un
vagabundo, ni las de un mendigo. Son manos expertas en la fabricación de
motores de automóvil.
Si el régimen capitalista había llegado al extremo decadente de no poder dar
trabajo a los obreros y los convertía en mendigos, se trataba de algo que sólo
quedaba bueno para ser arrojado al basural de la historia. No había otra salida
que la marcha hacia el socialismo. Sólo que, para realizarlo, era obligatorio
cruzar el desierto, como lo hicieran los judíos para legar a la tierra prometida.
Nos leíamos, alternándonos largas parrafadas, capítulos de libros diversos.
En El capital suprimí la lectura de la teoría del valor y de los temas que Marx
trata con oscuridad. Fui a la “génesis del capital” y a las secciones donde Marx
hace literatura sobre la miseria, sobre la miseria de la filosofía, y sobre todo lo
que podía conmover los sentimientos, sin que fuese necesario comprender las
ecuaciones del marxismo.
Cuando Guralsky consideró que mi labor estaba cumplida, me hizo preparar
el viaje a través del altiplano ya que, antes de seguir al Perú, debía cumplir
algunas misiones en Bolivia. Antes de partir, despedí a Prestes, que salía rumbo
a Moscú.
La batalla que iba a trascender
22
Atravesé Bolivia haciendo intermitentes paradas para establecer contactos
con el Buró Sudamericano de la Internacional, ya que en el país no existía un
Partido Comunista. Cumplida la tarea, que más tarde mereció los parabienes de
Guralsky y un alza de mis valores políticos, ingresé en el área encantada del lago
Titicaca.
Sobre la planicie donde se alza la Portada de Tiahuanacu y sobre la que se
extiende uno de los dos lagos más altos del mundo, recibí, con la conmoción de
la nostalgia, la sensación de grandeza que cae sobre el hombre cuando marcha
sobre el techo del mundo. Luminosidad celestial, aire enrarecido y la inmensidad
por todas partes. Llegaba al Perú como uno de los últimos comunistas de la
avanzada internacional, sin sospechar que debía salir como uno de los primeros
en la cerrada jerarquía de la Internacional Comunista.
Descendí los Andes rumbo al Cuzco, buscando —por mandato de su padre el
Sol— el punto donde se había de hundir la barra de oro, señalando la sede del
imperio de los Incas. Pensé que ninguna ciudad más adecuada políticamente para
registrar el acta de nacimiento del Partido Comunista del Perú que esta urbe
historiada, con pasado de grandeza, transida de resentimiento y de ánimo
revoltoso.
Sobre la pétrea plataforma de la fortaleza incaica de Sacsahuáman, reuní a
los profesores, poetas, periodistas, estudiantes y algunos obreros, que tenían
constituido el Grupo Resurgimiento, y los integrantes de dispersos cenáculos
inconformistas de difusas y discrepantes observancias, junto con sindicatos de
artesanos de la única fábrica textil existente en la región.
Unánimes, proclamamos la fundación del Partido Comunista del Perú,
Sección Peruana de la Internacional Comunista. Se me aclamó como Secretario
General y se me encargó solemnemente gestionar el reconocimiento del partido
por la Internacional Comunista.
Organicé los destacamentos que debían partir a los diversos puntos del sur a
promover la creación de grupos y comités comunistas, que más tarde darían al
partido carácter nacional.
En Lima, los primeros pasos se hicieron en extremo difíciles. El numeroso
grupo formado por José Carlos Mariátegui carecía de unidad de pensamiento y
no tenía la menor consistencia ideológica. Había idealistas empeñados en seguir
la huella del maestro; charlatanes enfermos de literatura; intelectuales,
pequeñoburgueses de esos que habían sido definidos por Lenin como “viviendo
atormentados por la desgarradora contradicción entre el terror y la esperanza: el
terror de caer en el proletariado y la esperanza de llegar a ser burgueses...”;
místicos evangelistas y revolucionarios resueltos a hacer la revolución, a
condición de que la policía lo permitiese.
Era todo el conglomerado heterogéneo reunido en torno a la revista mensual
Amauta, que dirigió Mariátegui y que fue manantial literario de confusionismo
bajo la orguIlosa divisa mariateguista, que se proclamaba —pese a su acendrado
idealismo pequeñoburgués, severamente criticado por Moscú— “marxista
convicto y confeso”...
Todos los obreros de ese grupo eran anarcosindicalistas, poseídos por oscura
aversión al comunismo. Defendían celosamente la tradición sentimental y
heroica en que se habían formado, en un combate indeclinable contra los tres
enemigos capitales: el capitalismo, la Iglesia y el Estado. Lenin los había
bautizado como “liberales de izquierda, con una bomba en la mano”. A los que
encontré como materia prima les faltaba la bomba en la mano. Me recibieron
como invasor que venía a destruirles la ciudad y el templo, y a no dejar piedra
sobre piedra.
La visita de Orestes, el sindicalista del Buró Sudamericano, me permitió
hacer conocer mis dificultades a Guralsky, hacerIe confidencias sobre mis
desencantos y pedirle consejo y, de ser posible, ayuda, en una situación que yo
estimaba sin salida.
—No hay situación sin salida —fue la respuesta de Guralsky. Para él la
diferencia entre el sabio académico y el hombre de acción era que el primero
buscaba el camino más difícil, mientras el segundo buscaba las obras más
fáciles. Si no era factible formar inmediatamente el partido como tal, había que
buscar la actividad revolucionaria más asequible. No importaba cuál, a condición
de que estuviese animada por concepción revolucionaria. Orestes, el imaginativo
italiano, de viejo pasado anarquista, quedó como mi ayudante en Lima, para
domesticar a mis anarcosindicalistas.
Mariátegui había proclamado antes de morir la formación de la
Confederación General de Trabajadores. De la bella intención no existían sino
las cuatro letras, aureoladas por el prestigio del difunto luchador. Desde mi
llegada a Lima me había apoderado del grupo de obreros entusiasmados por la
idea, con ambiciones de dirigentes.
El trabajo en el área sindical fue inmensamente más fácil. Las federaciones y
sindicatos funcionaban dispersos, débiles, asfixiados por el localismo. La idea de
una organización nacional agitada en plena “Primavera Democrática” soliviantó
las energías de muchos. Fue menester ocultarles los planes comunistas que se
movían secretamente en el trasfondo, manipulados por un pequeño grupo, que se
denominaba sibilinamente “La Fracción”.
Resolvimos convocar a un gran congreso nacional y celebrarlo antes de que
se agotase la “Primavera Democrática” de que entonces disfrutaban los obreros y
todo el pueblo.
La caída de los dictadores en América Latina es seguida por una estación a la
que llamábamos “Primavera Democrática”. Durante unos cuantos meses el
ciudadano se siente libre y, por lo general, se desborda. La prensa se quita la
mordaza; los jueces recuerdan que existe el habeas corpus, la policía secreta cesa
de violentar las puertas de los hogares en la madrugada y de llevar presos a los
opositores, sacándolos de las camas.
Como toda estación, la “Primavera Democrática” tiene sus días contados.
Los necesarios para que el nuevo Gobierno organice sus propias brigadas
policiales, y reciba la adhesión de quienes no estuvieran participando en el festín
de la dictadura anterior, y las explosiones de servilismo de los burócratas que no
tienen otra ideología ni otra pasión que la de conservar sus puestos y trepar en el
escalafón. Cuando las posiciones de su dominación están consolidadas, en medio
de la pirotecnia de proclamas sobre la salvación del país, sobre la justicia social,
sobre la devoción por los marginados, se implantan de nuevo los viejos métodos.
Y entonces la “Primavera Democrática” se convierte bruscamente en un invierno
represivo.
Conocía bien la historia y su despliegue rutinario e inveterado. Trabajé e hice
trabajar día y noche, esforzándome hasta el agotamiento para ejemplarizar con
mi voluntad de trabajo. Despaché emisarios que debían realizar en una jornada el
trabajo de dos. Enseñé a trabajar con comidas frugales, escasas horas de sueño y
máximos rendimientos. Con mes y medio de anticipación al plan, reuní el
Congreso Sindical en Lima, con asistencia de representaciones obreras de todo el
país.
Impuse a la municipalidad la concesión del primer teatro de la ciudad para
clausurar el congreso, lo que causó asombro entre los trabajadores y adquisición
de sentido de las potencias de la masa, al mismo tiempo que admiración y
entusiasmo delirante. Ante los obreros se alzaba la figura de un triunfador que
sabía arrancar concesiones a la burguesía.
En la sesión de clausura, en medio de una entusiasta ovación, me erguí sobre
el escenario para pronunciar el discurso que debía ser la presentación oficial y
pública del Partido Comunista del Perú. La ovación que selló la cálida arenga
fue una consagración. El díscolo grupo de Mariátegui se encontró ante un
dirigente que no oficiaba de mártir, sino de vencedor. Y aprendieron
fulminantemente que el vino del éxito es embriagante para la masa, y también
para los cenáculos.
La dulzura voluptuosa del triunfo no alcanzó a ser saboreada una semana.
Llegaron los emisarios soviéticos de Guralsky, atraídos por el rumor de la
victoria que llegó hasta ellos. Me presenté como victorioso, pero ellos desviaron
el análisis hacia la autocrítica, insistiendo en que ésta se hiciese con espíritu
bolchevique.
Analizaron la documentación completa del congreso, sus reivindicaciones,
sus programas, sus posiciones. En todo estaba presente, a modo de pespunte
rojo, la línea ideológica del comunismo.
Se detuvieron en el examen de las delegaciones asistentes: textiles, fideleros,
choferes, cerveceros, maestros, campesinos, barrenderos, empleados de hotel y
ramos similares, albañiles y obreros de la construcción...
Los ojos y oídos de Moscú concluyeron:
—El congreso ha sido un éxito resonante y cabal de propaganda. Su línea ha
sido marxistaleninista. Ha inspirado confianza a los trabajadores, haciéndoles
sentir la potencia de su fuerza. Es una victoria política que ha clavado la bandera
de la Internacional Comunista frente a la burguesía y al proletariado al mismo
tiempo, frente al Gobierno, a sus fuerzas armadas, a su policía y a su burocracia
y, primordialmente, frente al imperialismo yanqui. Desde hoy, para siempre, el
comunismo ha cesado de ser en el Perú un espectro, para convertirse en fuerza
activa, en potencia, frente a todas las potencias nacionales. Y de estas acciones,
nuestro camarada Secretario General es el autor y el héroe. ¡No hay duda!...
—Pero, querido camarada, debemos preguntar cuál es tu finalidad: ¿La
creación de una poderosa Confederación Sindical o la Revolución Proletaria
Mundial...? Debemos saber todos, tú inclusive, si tu confederación es un medio o
un fin.
—Es claro —repliqué con energía y convicción— que la finalidad tiene que
ser siempre la Revolución Proletaria Mundial. La confederación no es, ni será,
sino un medio. Lenin planteó: ¿Por dónde comenzar? Guralsky me aconsejó que
por el eslabón más asequible de la cadena. Escogí lo más fácil y lo hice, con
éxito, como todos reconocen.
—Es evidente que con gran éxito —acentuó Pierre—, pero ¿crees que en
este país vas a realizar la revolución proletaria con tus amados trabajadores
cerveceros, choferes, galleteros, empleados de hoteles y ramos similares...?
Nosotros debemos preguntarte: ¿Por qué razones han estado ausentes de este
magno congreso los mineros, los petroleros, los del azúcar, que son el
proletariado fundamental del Perú? Creemos que el árbol te ha hecho un poco
perder de vista el bosque.
La crítica, por lo justa que era, me apabulló y me encolerizó. No contra
Pierre, ni contra el checo, ni contra el otro que olía a vino, sino contra mí mismo.
—No quiero excusarme, replicando que esos trabajadores no estuvieron
jamás organizados —repliqué tajante—, porque me estoy respondiendo a mí
mismo que debí organizarlos previamente. Cierto que era más difícil. Pero
quiero garantizar que en el próximo congreso estarán presentes las delegaciones
de todo el proletariado fundamental del Perú.
Recibí elogios por lo que llamaron la forma positiva de encarar la autocrítica
y nuevas felicitaciones por el éxito.
Al día siguiente, al ir a buscarme, se encontraron con la sorpresa de que me
había marchado a las minas, a trabajar en la organización sindical de los
mineros.
Las viviendas en La Oroya no eran insalubres, pero no tenían ningún confort.
Los obreros tenían un club social, cinema y hospital. Todos tenían un respeto
místico por los norteamericanos. Allí imperaba la relación de obrero a
empresario, pero entremezclada de modo indefinido con el complejo de
inferioridad del indio hacia el hombre blanco y rubio, y con el criterio que
dominaba la actitud del hombre que había llegado allí a mandar y la del que no
sabía sino obedecer. El obrero era, además, un siervo que no se daba cuenta de
su servidumbre.
Fue necesario un intenso lavado de cerebro, y promover ejemplos de rebelión
y de protesta. La docena de comunistas que, trayéndolos de Lima, habíamos
logrado introducir en las minas, se encargaron de provocar incidentes,
enfrentando a los capataces con los obreros. La primavera democrática favoreció
la impunidad de las rebeliones. Y, a la sombra de ella, se fueron incubando los
resentimientos que eran la bomba de tiempo que debía explotar más adelante.
Antes de los seis meses, estaba circulando en los diversos asientos mineros la
convocatoria al congreso que debía constituir la Federación Sindical de Mineros
del Perú. Los obreros murmuraban su estupefacción ante el raro suceso de que
todo se hiciese sin pedir permiso a los norteamericanos.
—Este camarada es un diablo —comentaban en las cantinas— ; desde que
trabajamos en estos socavones, nadie se había arriesgado a cuadrárseles a los
gringos, sin tenerles miedo... No hay duda de que el tipo tiene un par de cosas...
—Eso está bueno... nos gusta... sólo que el prefecto...
El prefecto, coronel Santibáñez, me convocó a la prefectura para conversar
sobre el congreso minero, sobre la federación y sobre la tempestad que se
agitaba en toda la región.
Quería conocer mis propósitos. El estaba allí para resguardar el orden y
mantener a esa gente tranquila; el Gobierno no quería dificultades, y no había
que abusar de la libertad que no había bajo la dictadura.
Le hablé persuasivamente, tratando de conmover su estrecho criterio militar.
No se trataba de crearle conflictos, sino de obtener que en el Perú los
norteamericanos discutiesen con los mineros tal como lo hacían con sus obreros
en Estados Unidos. Si allá aceptaban sindicatos y federaciones, no había razón
para que aquí los rechazaran. No éramos colonia. Éramos nación soberana, con
un ejército para defender esa soberanía. Intensifiqué la provocación del orgullo
nacional del mestizo, tratando de hacer preponderar este sentimiento sobre su
interés ya que se sabía que el prefecto estaba subvencionado por la empresa.
Llegaron los delegados de las diversas minas a La Oroya y debí prolongar las
sesiones preparatorias para dedicarlas a los cursos de capacitación de sus
primeros dirigentes sindicales. Aquí se ignoraba la tradición anarcosindicalista
de los obreros y artesanos de Lima.
El congreso fue inaugurado solemnemente en el club social de La Oroya;
funcionaron activamente las comisiones de trabajo y, tras establecer las
reivindicaciones inmediatas de los obreros, fueron elegidos los dirigentes de la
federación.
La noticia de las reivindicaciones, de las que se hablaba por primera vez en
aquellas altitudes, indignó a los norteamericanos. Sobre todo la del
establecimiento de la jornada de trabajo.
Las minas eran profundas y los ascensores, a causa de su tamaño y del
tonelaje que cargaban, debían moverse lentamente. La reivindicación aprobada
por aclamación en el congreso era que la jornada de trabajo no debía contarse
desde que el obrero recibía las herramientas en el fondo de la mina hasta que
hacía entrega de las herramientas, abajo. La cuenta de las horas de labor debía
comenzar desde el momento en que el obrero entraba al ascensor hasta que
volvía a poner los pies en la superficie.
El prefecto me volvió a llamar.
—Los obreros están muy inquietos y es usted quien los ha puesto así. Ya no
saludan como antes, diciéndome amito, patroncito, sino que me dicen que
¡buenos días señor prefecto, que buenas tardes señor prefecto! Y los
norteamericanos están muy disgustados...; hasta creo que han pedido tropas a
Lima...
Comprendí lo que venía y recomendé a los dirigentes sindicales que no
durmiesen en las casas de La Oroya, sino que fuesen a los cerros, donde serían
albergados en las chozas de los campesinos.
La víspera de la clausura del congreso, la serena media noche fue turbada por
la sirena de las locomotoras, que llegaban arrastrando y empujando un convoy
lleno de soldados. Desde la cumbre fue posible ver los desplazamientos con
grandes linternas. Parecían enormes luciérnagas que alumbraban los pasos de los
piquetes que recorrían las callejas, golpeando brutalmente las puertas o
derribándolas y sacando a los obreros desnudos para vestirse en la calle.
Reunieron una cuarentena, señalados por los policías de La Oroya y por los
soplones de la empresa. La prefectura estaba iluminada, lo mismo que las
oficinas de la Cerro de Pasco Corporation.
Los soldados empujaban a los obreros con la culata de sus fusiles hacia el
interior de los vagones. El tren se deslizó pesadamente cuesta abajo. La primera
federación de mineros había sido semidecapitada por los norteamericanos.
Abrumado, con una salobre sensación de derrota, me senté sobre un peñasco,
aturdido y desorientado. Comenzaron a llegar los que conocían mi escondrijo y a
preguntar lo que resolvía hacer. Por responder algo, les pedí que congregasen a
la gente en el fondo de la hondonada.
Hombres y mujeres fueron llegando silenciosos en la oscuridad, ya que no
había más luz que la de las estrellas. Los primeros en llegar daban informes
sobre lo que acababan de presenciar; luego iniciaron los comentarios.
Súbitamente corté las conversaciones y di órdenes.
Primero: debíamos atacar la comisaría y amarrar a los ocho policías, que
debían estar durmiendo. Segundo: provistos de las armas que pudiésemos reunir,
asaltaríamos el sector alambrado donde vivían los norteamericanos. Tercero: los
sacaríamos de sus camas, como habían hecho con los obreros, y los pondríamos
presos. Cuarto: no los soltaríamos en libertad, sino cuando todos los obreros
estuviesen libres y las prisiones del Gobierno vacías.
La enumeración de lo que íbamos a hacer fue recibida en silencio. De las
trecientas personas reunidas, quedaron un centenar dispuestos a seguirme.
Piedras metidas en retazos de sábanas y en los manteles que utilizaban las
mujeres para transportar la comida, varas de hierro, machetes, gruesos bastones
de chonta, la madera más dura conocida, sirvieron de armas. El avance sobre la
comisaría fue silencioso y el despliegue severamente organizado, a la señal dada
con un fósforo encendido. En segundos, las ventanas y la puerta de la comisaría
quedaron destrozadas. Los policías dormían pesadamente, tras haber cumplido la
fatigante tarea de la medianoche. Les hicimos vestirse y les atamos a una silla
cada uno, utilizando las sábanas que fueron convertidas en cuerdas. Cargados así
por los mineros, les encerramos en la cárcel, me guardé las llaves y les puse
centinelas de vista, con orden de disparar.
Cuando subíamos desde la cárcel hacia la rampa que conducía hasta las
viviendas de los ejecutivos de la Cerro de Pasco, las fuerzas asaltantes llegaban a
bien cerca de dos mil personas. La ascensión se realizó en silencio, con los
hombres armados con fusiles y pistolas adelante. El guardián nos lanzó enormes
mastines bravos, a los que fue obligatorio matar sin misericordia, para no ser
devorados. Amedrentados los celadores de los norteamericanos, no hicieron
sonar la alarma y obedecieron cortando la corriente eléctrica que electrizaba los
alambrados de púas.
Ingresamos a los bellos jardines, cultivados con plantas y flores adaptadas a
esa altitud sobre el nivel del mar. Alzamos un griterío estridente y descargamos
grandes golpes sobre las puertas de los bungalows. En menos de media hora,
todos los ejecutivos de la empresa estaban formados con las manos sobre la
nuca, en fila india mixta, formada por hombres y mujeres. Se les ordenó
descender y marchar hacia el club social obrero, donde debían permanecer en
calidad de prisioneros.
Como las ventanas tenían rejas, la vigilancia de los prisioneros era fácil. De
otro lado, todos eran víctimas de un miedo cerval, ya que pensaban que iban a
ser asesinados. Se les notificó que podían hacer traer sus camas, ya que tendrían
que permanecer allí seguramente varios días.
La insolente altivez del primer momento y los agresivos intentos de
resistencia fueron dominados a golpes. Al atardecer, ya todos estaban silenciosos
y tranquilos. Las mujeres charlaban en inglés, encontrando lo que les sucedía
very exciting. La esposa del Superintendente General, mister Kingsmill, a quien
apodaban en el Perú El Virrey, pedía exigentemente scotch, por lo que su marido
—con visible desagrado—, debió firmar las órdenes para sacar de los almacenes
de la empresa whisky, leche y alimentos para niños, y los víveres necesarios para
el sustento normal de los presos. Sus cocineros bajaron a prepararles sus
comidas y sus valets a servirles.
El país y toda América quedaron estupefactos. Era la primera vez que se
consumaba en este hemisferio un hecho semejante. Los partidos comunistas
celebraban el acontecimiento como si fuese una efeméride. Moscú saludó la
acción de La Oroya como “suceso ejemplar, llamado a inaugurar una nueva era
en la lucha antiimperialista”, y me calificó como “héroe de la Internacional
Comunista”.
Sobrevinieron negociaciones con el Gobierno del Perú, que se iniciaron con
amenazas.
—Si usted, señor ministro envía tropas, haremos volar el puente del
Infiernillo —la obra maestra de ingeniería del ferrocarril central del Perú— y los
trenes no pasarán en muchos años. En lo que concierne al envío del acorazado
Pennsylvania, tienen que organizar la defensa de Lima. Los cañonazos del barco
americano no llegarán hasta La Oroya.
Al tercer día se me hizo hablar por teléfono con los obreros que habían sido
llevados presos de las minas. Me negué a poner en libertad a los
norteamericanos, mientras no quedasen totalmente vacías las prisiones políticas,
donde se hallaban más de cinco mil obreros acusados de revoltosos. Era la
revuelta de la desocupación causada por la crisis general de 1929 − 30.
Los obreros fueron recibidos en triunfo en La Oroya y aquella misma noche
celebramos la sesión de clausura del congreso, dejando solemnemente instalada
la Federación de Trabajadores Mineros del Perú. Terminada la ceremonia con mi
fogosa arenga antiimperialista, huí acompañado por dos miembros del partido,
rumbo al norte, siguiendo al revés la ruta que siguieran las fuerzas de Pizarro
cuando partieron de Cajamarca.
Siete meses más tarde, víctima de una delación, caí en manos de la policía.
Conducido a Lima, el Gobierno, sin proceso alguno, decretó contra mí una
condena de veinticinco años de presidio, que debían ser cumplidos en los aljibes
del Castillo del Real Felipe, en el Callao.
El aljibe es un pozo de unos diez o doce metros de profundidad, con una
bóveda y muros pétreos. Allí, los españoles almacenaban el agua que debía
servir para soportar los sitios en la lucha contra los piratas. Durante catorce
meses permanecí en él, sin comunicación con el exterior, en el mayor silencio y
en medio de la oscuridad, ya que el resplandor de la luz del día se colaba por el
estrecho boquete que antes ofició de canal.
Un día me arrojaron un periódico, un cabo de vela y una caja con algunos
fósforos. Esperé que relevaran la guardia y encendí la vela: el gran titular del
diario decía: “HitIer asumió el poder en Alemania”. Unos días más tarde,
repitieron la operación. Esta vez el titular era: “Thaelman, Secretario del Partido
Comunista Alemán, fue apresado anoche”.
La soledad y el silencio se prolongaron por mucho tiempo. Una mañana
hicieron descender dos escaleras de cuerdas y me obligaron a salir a la
superficie. El sol me deslumbró y caminaba como ebrio. Me llamó la atención el
profundo silencio que reinaba en el vasto patio, no obstante que las casernas
debían estar llenas de prisioneros. Se me hizo atravesar los patios para ir a dar al
comedor de los oficiales de la guardia del presidio. Había una mesa dispuesta
como en un buen restaurante y el mayor Flores me ofreció una silla frente a ella.
Se me iba a servir de almorzar. Como me negara a sentarme y a comer, el jefe
militar me dijo:
—¡Cómo! ¿Usted también se declara en huelga de hambre?
—También —repliqué, entre afirmativo e interrogante— comprendiendo lo
que pasaba.
—No sea tonto, hombre. Usted no está de acuerdo con los apristas, quienes
por otra parte le detestan. Ellos han almacenado alimentos que no van a
descomponerse. Usted no tiene nada..., ni agua.
—¡También estoy en huelga de hambre...; como preso, tengo un deber de
solidaridad con los demás...!
Permanecí impasible ante las reflexiones y las amenazas, y cuando se
persuadieron de que todo era inútil, volvieron a conducirme al aljibe,
diciéndome que no se me daría agua.
Al tercer día ronroneó la polea de la pértiga y descolgaron un balde con agua
fresca, que cambié por el depósito de excrementos que fue izado rápidamente.
Tras largo rato, cuando calculé que se habían ido, me lancé sobre el balde y bebí
gozosamente.
Mantuve la huelga de hambre veinticuatro días. Los primeros, se sufre —a
intervalos que se separan más y más—, la sensación de hambre. Después se tiene
la del estómago, como la de la mano cuando se hace algo con ella.
Más tarde es como todas las vísceras se volvieran sensibles, como si la
sensibilidad nerviosa penetrase en el interior del organismo. Sobreviene un leve
estado febril que aquieta dulcemente. Acunado por la suave calentura,
dormitaba, soñaba y despertaba, sin poder definir el lindero entre la vigilia y el
sueño.
Al fin de la segunda semana, comencé a padecer alucinaciones, que tenían
calidad cinematográfica. Cuando las visiones se oscurecieron, se me clavó en el
cerebro una insoportable obsesión. Los versos escritos por Rubén Darío, en una
borrachera de coñac, en honor de José Santos Chocano, me martillaban
implacables, palabra por palabra, sílaba por sílaba. Y los veía escritos en gruesos
caracteres de imprenta que temblaban:
Me permites Chocano que como amigo fiel
Te ponga en el ojal esta hoja de laurel...
Sentí el espanto de la locura, pero me daba cuenta de que estaba preso, de
que había un gran silencio en el aljibe, de que me ardían los pedazos de mi
cuerpo que habían perdido la piel por la falta de luz. Todo parecía, más que caída
en la locura, ingreso en una sesión preparatoria de la muerte. No sentía pesar por
dejar la vida. Todo sucedía con naturalidad, sin dramatismo y sin el “espanto
seguro” que escribió el mismo Darío, que me torturaba con su verso.
Una noche, con escaleras de bombero, grandes linternas de mina y ruido de
botas, el aljibe fue invadido. Me acostaron en una parihuela y me izaron hacia el
boquete.
—No pesa nada —comentaron los que tiraron de las cuerdas.
—Todavía está vivo —dijo, lanzando una imprecación otro.
—Tiene el pellejo duro..., qué rico tipo —dijo el oficial.
Los versos de la obsesión se repetían, debilitándose.
En la sala del hospital me pincharon con agujas de toda dimensión. Me
inyectaron suero, vitaminas, aceite alcanforado. Con una sonda me introducían
caldos y jugos dentro del estómago. Los trozos donde me faltaba la piel eran
untados con un líquido verdoso, que me producía una sensación de quemadura.
Y una mañana soleada me devolvieron al castillo, pero ya no a los aljibes. Los
médicos habían ordenado que recibiese luz y sol durante todo el día. Me
encerraron en una caserna pequeña, con siete compañeros, que, después de tanto
tiempo, me hacían oír la divina voz humana, más voluptuosa que todas las
sinfonías.
Una noche, el muchacho rubio, el más joven de nosotros, que había hecho
apagar la luz para acechar por el ventanillo, volvió el rostro diciendo:
—¿Qué pasará...? Les han puesto bayonetas a los fusiles...
El viejo aprista, que padecía todo género de dolamas, lanzó ágilmente su
mugriento cobertor para comprobar la versión del rubio.
—¡Es verdad...! Como si fuesen a lanzarse en una carga a la bayoneta. Si
aquí no ha pasado algo..., ¡pues va a pasar!
A la mañana siguiente se nos dio el agua caliente con el café hervido, a
través del ventanuco. El viejo reclamó, pidiendo que se nos dejase salir al patio,
como de costumbre.
—¡Cállate la boca, si no quieres que te despanzurre! —dijo roncamente el
soldado que servía.
La guardia había sido redoblada; los piquetes recorrían los patios con sus
hombres armados de mosquetones. Siempre el muchacho rubio se volvió del
ventanillo para gritar:
—La bandera está a media asta en la almena. ¡Duelo nacional! —exclamó
gozoso.
Sólo al tercer día recibimos la noticia. Había muerto el general Sánchez
Cerro. Habían asesinado a tiros al dictador.
Cambió el Gobierno y se abrió de nuevo otra primavera democrática. Cada
día engrosaba el contingente de presos, a quienes los guardianes les gritaban.
—Fulano... con todo.
Este era el grito de libertad para el fulano.
Un mes más tarde, estaba de nuevo completamente solo; sin embargo, las
condiciones de mi prisión mejoraron mucho y se me permitió recibir visitas dos
veces por semana. Era el hálito, nada más, de la primavera democrática que
llegaba hasta mí.
La fuga y la apoteosis
23
El domingo fue una fiesta verdadera. Mi sala se llenó de visitantes. Mis
hermanas, la viuda de Mariátegui, las chicas Bustamante, mis enlaces con el
Buró Político; militantes del partido y, vestida de enfermera, la hija del general
Pizarro, ex ministro del Gobierno de Leguía.
Al notar mi extrañeza por su disfraz, me dijo sonriendo:
—Vengo de parte del doctor a ponerle la inyección... cuando todos se hayan
ido... la guardia me consentirá quedarme.
Cuando quedamos solos, los guardias permanecieron en la puerta. Al
frotarme para esterilizar la piel, sentí que temblaba.
—Tienes que controlarte..., lo van a notar...
Se me acercó al oído y, continuando su actividad manual, susurró despacio:
—Han llegado cuatro primos de nuestra casa. Van a sacarte de aquí.
Necesitan planos de aquí hasta la salida.
Me senté sobre la cama, mientras guardaba sus instrumentos profesionales.
—Todo estará en la próxima visita. Salúdalos.
Comprendí que Moscú había enviado un destacamento especial, para
sacarme de la prisión.
Cuando me sacaron a tomar sol, comencé a contar lentamente los pasos y a
medir con la vista las distancias del patio exterior, del gran zaguán de salida,
donde estaba la sala de descanso de la guardia.
El día de la visita siguiente, llegó a la hora en punto la más devota militante
del partido, Celia Bustamante, acompañando a dos de los rusos.
—Te presento a mis primos, Camilo y Miguel.
Nos estrechamos las manos y abrimos una conversación alegre y en voz alta,
para distraer la atención de la guardia, que permanecía afuera. Celia y Miguel
siguieron una animada charla en voz alta, mientras Camilo daba instrucciones en
voz con sordina:
—Te sacaremos la víspera del 28 —el 28 de julio es el aniversario de la
independencia nacional del Perú— a mediodía. Tenemos dos médicos y una
enfermera comprometidos. También el taquígrafo, que otorga los pases para las
visitas. En el bolsillo de este lado encontrarás un papel con instrucciones.
Destrúyelo bien, masticándolo. Haz lo que los médicos ordenen. Eso es todo.
Se despidieron, excusándose porque tenían que llevar a la hermana de Celia
a la clínica. Les acompañé hasta la reja, que se abrió para dejarles pasar. Les vi
cómo se alejaban despacio, deteniéndose como embargados en animada
discusión. Sabía que estaban midiendo cada paso, observando cada detalle,
ponderando cada distancia. Antes del zaguán había una angosta escalera de
piedra, que conducía hacia la profunda hornacina abierta en el muro, y donde
estaba emplazada, ostensible, una ametralladora. Se detuvieron ante el primer
peldaño, discutieron como acaloradamente y luego se perdieron, doblando por el
corredor del jardín.
Inmediatamente después, llegaba el grueso del contingente de visitas.
Comprendí la razón por la cual llegaban tarde.
A la mañana siguiente recibí la visita de un médico, acompañado de una
enfermera auténtica. Con el médico venía un policía de civil, a quien el médico
me presentó como estudiante de Medicina.
El doctor me hizo despojarme de la camisa, mientras la enfermera disponía
los artefactos que debía usar el médico. Se colocó los auriculares y oprimió el
auscultador de su estetoscopio sobre mi espalda. Sentí frío e hice un esguince, lo
que pareció molestar vivamente al médico.
—Mire usted esto..., es hueso y pellejo. No se entiende cómo individuos tan
quebradizos se meten a provocar incidentes como el escándalo internacional que
éste fue a promover en La Oroya. ¡Ha visto que meter presos a los
norteamericanos...! Rica fiera... Primero arman el bochinche y después están
pidiendo misericordia...
—Yo no pido misericordia, ni a usted ni a nadie... —repliqué con dureza,
simulando estar enfadado—, y me parece que usted es médico y no policía...,
—Esas tenemos —dijo burlonamente el médico—, y me colocó el
estetoscopio en el otro lado de la espalda.
—Diga treinta y tres..., otra vez... otra... otra...
Le obedecí, repitiendo treinta y tres varias veces.
—Candidato fijo a la tuberculosis galopante, para pronto —murmuró.
—¿Cree usted...? —preguntó el polizonte.
—Ochenta por ciento seguro.
Luego se colocó un espejo circular sobre la frente, me hizo abrir la boca, me
introdujo una linterna y el laringoscopio. Diga ah... ah... ah.
Le obedecí de nuevo, una y otra vez.
—Tiene las amígdalas en putrefacción..., no sé cómo puede hablar. ¿Le duele
mucho la garganta?... —preguntó, oprimiéndome con los dedos la clavícula y el
omóplato, como indicándome que debía responder afirmativamente.
—Sí —respondí—, me duele hasta no dejarme dormir...
—¿Y por qué no ha pedido que le lleven al consultorio...?
Comprendí lo que estaba sugiriendo.
—Porque pensé que no querrían autorizar mi salida.
—¡Pensé... pensé...! —Estos comunistas, amigo, son como los alacranes...:
cuando se ven en el círculo de fuego, se clavan su propio aguijón... Tiene que
dejarse tratar, bravucón... ¿Usted sabe que de eso se puede morir...?
—Sé que uno se puede morir de cualquier cosa..., y no soy médico.
Me dio una palmada en la espalda y volvió a repetir:
—¡Bravucón...!
El policía y la enfermera reían, mientras ésta última guardaba su instrumental
en el maletín médico.
Haré mi solicitud —dijo el docto— que usted me hará el favor de entregar a
la comandancia del castillo, para que autoricen la salida de este mozo al
consultorio. Aquí no es posible atenderlo...; quizás será necesario que lo
hospitalicen...; esta caserna es demasiado fría.
Y húmeda... —añadió el policía.
Tres días seguidos fui sacado de mi prisión, para cruzar la reja del patio y
llegar al ancho corredor a donde salían los consultorios médicos, casi todos
cerrados, a consecuencia de la liberación de los miles de presos que antes
poblaban el castillo.
Sabía que tenía la garganta irritada y dolorida desde mis primeras semanas
en el aljibe, pero comprendía que todo no era sino pretexto para hacerme
trasponer las rejas, que eran la gran barrera.
Al mediodía del 27 de julio me sacaron de la caserna y llegó hasta mis oídos
el jolgorio de la fiesta nacional. Un guía conducía a un grupo de turistas que
visitaban el castillo. En la galería que conducía al patio reconocí a Miguel, el
“primo” de la casa, y a varios de los míos.
Los policías me ordenaron detenerme, mientras los turistas se alejaban hacia
el interior. Luego avanzamos al vestíbulo de los consultorios. Al fondo del
corredor surgieron dos individuos, que reñían golpeándose brutalmente e
injuriándose de modo soez. El más pequeño, pero más ágil, derribó al gordo y se
lanzó sobre él como estrangulándolo. El más joven y atlético de los policías que
me acompañaba corrió hacia los pendencieros, con su cachiporra en alto.
En ese instante, un mozo con delantal blanco, que llevaba un cabecil con una
bandeja llena de tazas, platos y utensilios, se acercó junto a mí y me introdujo en
el bolsillo de la chaqueta algo pesado. Era una pistola... De uno de los
consultorios cerrados salió con violencia un mozalbete, que fue a chocar con
todo su cuerpo con el policía que había permanecido a mi lado. Le arrojó un
puñado de harina en los ojos y con rapidez bien aprendida le arrebató el arma. El
mozo del cabecil había dejado sobre el suelo su bandeja y, armado con una
manopla de plomo, descargó un tremendo golpe sobre la nuca del policía
enceguecido, haciéndolo callar.
Mientras tanto, los dos pendencieros habían desarmado al segundo policía,
en tanto que tres o cuatro llegaban en su ayuda, amordazando y atando las manos
del caído.
Un joven teniente, que intentó subir por la escalera de piedra para utilizar la
ametralladora, se encontró con dos hombres armados que le inmovilizaron,
haciéndole levantar las manos sobre la nuca y poniéndole contra el muro. La
guardia estacionada en “La Prevención” había sido encerrada con llave. Cuatro
policías y un capitán estaban con las manos sobre el muro, como si cada uno
estuviese sosteniendo un cuadro. Crucé detrás de ellos, arrastrado por dos
hombres atléticos, ambos escandalosamente pelirrojos.
Un automóvil esperaba en la puerta del castillo, con el motor en marcha. A
corta distancia había tres automóviles estacionados, con choferes al volante.
Cuando fui metido dentro del primer automóvil, los demás se llenaron de
pasajeros. Partimos velozmente hasta el escondrijo que los “primos” habían
arreglado previamente. Quedaba frente a la prefectura.
Los diarios de la tarde daban la noticia con escándalo, compitiendo en
sensacionalismo y fabricando leyendas de gánsters, que el público devoraba,
absorbiendo a raudales la propaganda comunista.
—Es la mejor propaganda que hemos podido hacerle al partido —les dije a
quienes me rodeaban.
Quedé bajo la custodia del jefe de la brigada, que no había actuado en la
ejecución de la fuga. Era un letón atlético, que hablaba castellano con el acento
de Guralsky. El debía acompañarme hasta Moscú, para dejarme en manos de
quienes había designado la Internacional Comunista.
Nunca hice viaje más penoso, con mayores peripecias y más lleno de
dolorosa e inaguantable incomodidad, que aquél, entre el Callao y Antofagasta,
en Chile. Después, todo mejoró notablemente. Los documentos falsos
funcionaron como si hubiesen sido legítimos.
VIadsky, el letón, me entregó en Nyegoreloye, frontera de Rusia con Polonia,
a un grupo de tres médicos y dos enfermeras. Fui sometido a un examen que
duró más de dos horas. Al salir de la enfermería, Vladsky me notificó que el
dictamen de los médicos era que no podía seguir viaje a Moscú. Debía partir a
Crimea, al sanatorio del Kremlin. Hubo consultas telefónicas de larga distancia y
debí salir rumbo al sur.
En el sanatorio fui recibido como si fuese uno de los dirigentes del Kremlin.
Las enfermeras empleaban especial deferencia, aunque poniendo una firmeza
policial para que cumpliese cada una de las prescripciones médicas. Los doctores
que me examinaron conocían mi biografía, tanto como mis radiografías.
Celebraban mis acciones y acumulaban informes destinados a los médicos que
llegaban de Moscú.
En el aeropuerto moscovita me esperaban Dimitri Manuilsky, presidente del
Komintern, con varios miembros del “Grupo Stalin”. Luiz Carlos Prestes, el
brasilero; Rodolfo Ghioldi, el argentino; Hernán Laborde, secretario del Partido
Comunista de México; Guralsky, Sinani, y todo el personal del Buró
Latinoamericano de la Internacional, y fui presentado con elogios a Jorge
Dimitrov, el búlgaro, héroe de Leipzig, que enfrentó al tribunal nazi que le juzgó
por el incendio del Reichstag.
La jerarquía de las personas que habían acudido a recibirme me dejó
anonadado, lo que confesé a Manuilsky después de la cena.
—Es distinción que te has sabido ganar. Lo que hiciste queda inscrito, como
hecho ejemplar, en los anales de las mejores luchas comunistas del mundo
entero. Nadie ha hecho lo que tú en América Latina. Diste una lección a nuestros
camaradas de los cinco continentes. Los mejores luchadores saben ya que tienen
en tu acción un ejemplo a seguir.
Días más tarde, se me preparó para ser recibido en una sesión plenaria por
todas las delegaciones de la Internacional Comunista, que sumaban más de mil
representantes de todos los partidos comunistas del mundo. Esa tarde, yo debía
presidir la sesión solemne, pues se me iba a declarar “héroe de la Internacional
Comunista”.
Fui conducido a una antesala, hasta donde llegaba el murmullo de voces del
gran salón de sesiones. Las grandes puertas se abrieron despacio; me escoltaban
Jorge Dimitrov, señalado ya como presidente de la Internacional Comunista, y
Dimitri Manuilsky, que aún ejercía la presidencia. El ingreso fue acompañado
por el vocerío de los megáfonos, que decían en diferentes idiomas:
—Nuestro gran camarada..., héroe de la Internacional Comunista.
Mi presencia fue saludada con una tempestuosa ovación, acompañada de
gritos que consagraban la apoteosis:
—¡Viva...! ¡Hurra...! ¡Bansai...! ¡Long life...! ¡Heil...!
Atravesé el vasto salón a lo largo, pisando la alfombra roja como si fuese
hecha de nube, hasta llegar al podio presidencial, donde aplaudían gozosos los
miembros del Comité Ejecutivo de la Internacional. Ubicado en el centro, casi
desaparecí en el sillón que parecía trono. Hablaron elogiosa y brevemente
Dimitrov y Manuilsky, proclamándome en forma oficial “héroe de la
Internacional Comunista”.
El chino Lin Piao ofreció la descripción de lo que denominó “el
acontecimiento histórico del comunismo en América Latina”. Al terminar,
desplegó una ancha y deshilachada bandera norteamericana, exclamando:
—Y he aquí la bandera que nuestro camarada, héroe de la Internacional
Comunista, arrebató a los norteamericanos en la fundición de la Oroya...
La ovación se repitió acentuada, mientras yo me desconcertaba al ver aquella
bandera que no arrebaté a nadie y que mis manos no habían tocado nunca.
En medio de un gran silencio pronuncié mi arenga, breve y fogosa, incitando
a la lucha indeclinable contra el imperialismo y por la liberación de los pueblos
oprimidos.
Ante la presencia del caudillo
24
Barbusse me recibió con intensa carga de emoción, tanto que llegó a
conmoverme, porque ella se expresaba en la mirada, en su voz, en sus palabras,
en el estrecho abrazo... Interrumpía su tos tuberculosa, para repetir los elogios y
para hacerme vaticinios optimistas.
—Has comenzado a brillar como estreIla de la constelación de nuestro
Komintern, hijo mío. Sé que tus actos acentuarán el brillo, que no se eclipsará ni
con la muerte.
Me habló largamente sobre la honda discrepancia que se agitaba en el seno
de la Internacional sobre la táctica a seguir frente al fascismo. O la vía
insurreccional o la recientemente planteada del Frente Popular.
—Como comprendes, no se trata de variar la estrategia fundamental, siempre
y en todo caso la misma: la Revolución Proletaria Mundial. Sólo estamos ante un
viraje táctico. O marchar solos a la acción insurgente o atraer a nuestro campo de
lucha, junto a los obreros, no sólo a los campesinos, sino además a la pequeña
burguesía vacilante e indecisa, a los intelectuales, a los católicos —frente a
quienes debemos proclamar la política de mano tendida— y hasta a los
burgueses desorientados y sentimentales que no tienenideología, pero que
prefieren la democracia al nazismo.
—Maestro, mi posición es contraria al aislamiento de la lucha insurreccional,
porque la encuentro infecunda. El campo de acción se ensancha y las
posibilidades de victoria crecen, si el Partido Comunista se moviliza con aliados
en el Frente Popular.
—Quería conversar contigo sobre esto. Dimitrov está muy interesado por la
opinión de cada uno, pero en especial aprecia la tuya..., por todo lo que ha
venido pasando... Como él defiende la idea del Frente Popular, casi le he
asegurado que —con toda la autoridad que acabas de ganarte— ayudarás y
defenderás la misma posición.
—Absolutamente..., puede usted asegurarle que estaré a su lado.
—El te llamará para hablar sobre esto..., ya que has tomado una importancia
tan inesperada dentro de la Internacional.
—¿Y cuál es la opinión de Stalin...?
—Nuestro camarada Stalin se muestra impenetrable. Hace recomendaciones
sobre la necesidad de estudiar profundamente las contradicciones que nos están
separando. Por esto ordenó que se suspenda la realización del Séptimo Congreso
de la Internacional...
—Entonces, ¿deberemos regresar de inmediato a nuestros países? —
pregunté sorprendido por la información.
—No. Habrá una conferencia interna, de carácter reservado, de los
comunistas de la Gran Asia y del sudeste asiático, y otra de los Partidos
Comunistas Latinoamericanos. Estás llamado a desempeñar un papel de primera
jerarquía...
—¿Cree usted de veras...?
—Te han honrado como luchador, como hombre de combate. Pero yo te
conozco mejor como ideólogo, como creador político... Y para ayudarte en este
aspecto, he obtenido que asistas a una entrevista con nuestro camarada Stalin.
—¿Con Stalin...? —pregunté sorprendido, con la voz ahogada, como
tratando de deshacer el nudo que se me formó en la garganta.
—He pedido que te incluyan en un pequeño grupo exclusivo, del que formo
parte, que será recibido en breve por nuestro camarada...
Comencé a reponerme despacio, mientras Barbusse proseguía:
—Ten dos fotografías y, si deseas hacer preguntas, tienes que entregarlas con
anticipación, por escrito. Dos preguntas, no más de tres... Recibirás muy pronto a
los encargados de la organización de la visita.
Aquel mismo día llegaron los anunciados organizadores de la gran entrevista.
Con seriedad aprendida de memoria, iniciaron un largo y detallado
interrogatorio. Nacimiento, procedencia social, estudios, ocupaciones diversas,
vocación, anteriores ideas políticas, sociales, artísticas; lectura, autores...
Causas determinantes de mi ingreso al Partido Comunista. Historial de
luchas, prisiones, amigos, participación en tendencias dentro del partido, actitud
frente a Trotsky, respecto de Zinoviev y de Bukharin.
Vinieron una y otra vez sobre el ataque y la prisión de los ejecutivos de la
Cerro de Pasco Corporation, como si fuese el asunto de mayor importancia.
El asistente del que parecía el principal me dijo:
—Es evidente, camarada, que tú tienes viva curiosidad por conocer
personalmente a nuestro querido camarada Stalin.
—No es por simple curiosidad, camarada —repuse—, no soy un turista.
—¿Interés político? —preguntó de nuevo.
—Sí, es claro, interés político, y también satisfacción personal.
Continuaron las preguntas y respuestas, y las anotaciones que el hombre de
la cabeza chamorra hacía en una gruesa libreta.
—Debes entregar dos fotografías y tus documentos..., las preguntas...
—No tengo más documento que el carné del Komintern —indique— y he
aquí mis dos preguntas.
Tomó todos los papeles, los guardó en su portafolio y se fue, no sin reiterar
una y otra vez que no dijese una palabra de aquello a nadie.
A la hora de la cena me visitó una pareja amable y joven; el hombre vestía
una rubashka blanca de seda; me llamaron la atención sus pies, por lo pequeños;
la muchacha era más alta que él, llevaba un vestido extranjero y calzaba
sandalias: nada de lo que llevaba correspondía a lo que podría llamarse la moda
soviética.
La pareja fue mucho más amable; la mujer hizo las preguntas en francés;
conversó sobre mis preferencias intelectuales y puso gran interés en saber si
alguna vez había padecido alguna enfermedad nerviosa.
Cuando terminó el prolongado interrogatorio, pregunté:
—¿Será posible que me permitan asistir a la entrevista?
—No podemos saberlo —dijo sonriente la muchacha, para cambiar luego
unas frases en ruso con su acompañante—, pero mi compañero dice que es
difícil que se niegue algo al camarada Barbusse. ¡Tenga confianza!
Dos días después se me notificó que no saliese del hotel en la mañana del día
de descanso —el bujadnoi— y que... podía ser...
Estaba como cuando subí a un avión por primera vez; o como en los
momentos en que, en aquella celda de la prisión del Callao, el sargento dio la
orden de que nos condujesen al consultorio...
El día de descanso fui conducido al hotel Metropole, donde esperé a
Barbusse junto con dos anamitas y un indonesio, los tres sin duda dirigentes
comunistas. Pensé en el gran cuidado que se ponía siempre en evitar que los
latinoamericanos o europeos nos relacionásemos con los asiáticos; a éstos se les
alojaba en casas de campo, fuera de Moscú, y sus escuelas no eran las mismas
que aquellas a las que asistíamos los europeos y americanos.
Arribó Barbusse, nos sirvieron un desayuno abundante y después partimos
hacia el Kremlin, entrando por el puente levadizo que da hacia el costado de la
Biblioteca Lenin. El auto ascendió una pendiente, atravesó un patio amplio,
donde fuimos detenidos, debiendo presentar los documentos, no obstante que
nos acompañaba un oficial de la policía secreta. Avanzamos por una calzada, a
cuyas veras había jardines cuidados. Volvieron a examinar los papeles y se nos
hizo abandonar el vehículo.
Por dentro el Kremlin es como una ciudad diminuta y extraña. Evoca
aquellas exposiciones donde cada país construye su pabellón. Jardines, patios,
iglesias. Atravesamos galerías, patios y corredores, hasta una sala de techo muy
bajo, donde volvieron a revisarnos los papeles, comparando a cada uno con su
fotografía. Allí, un hombre se acercó a Barbusse, le saludó en correcto francés y
le invitó a pasar; nosotros quedamos aguardando en una gran sala, amoblada con
severidad y con muebles antiguos, de gran belleza.
Un hombre joven, magro, de rostro enjuto, me llamó por mi nombre, y me
anunció, en un aparte, que mis preguntas no habían merecido aceptación, porque
otras personas habían planteado lo mismo, o quizás porque estaban demasiado
vinculadas a la actualidad internacional. Se me advirtió que debía limitarme a
escuchar. Se insistió de nuevo sobre la reserva.
Poco después se nos invitó a seguir adelante. Llegamos hasta una pieza
cuadrada, sin más adorno en los muros que unas banderas rojas, a un lado, y un
retrato de Lenin, empuñando su gorra y en actitud de hablar; y en el muro
adyacente, un cuadro donde Lenin y Stalin conversaban sentados, como si
estuviesen tomando el sol. Allí estaban ya Henri Barbusse y otras personas, a
quienes se nos presentó: entre ellos se reconocía a Mao Tse Tung, dirigente del
Partido Comunista chino.
Se nos indicaron los lugares donde debía permanecer cada uno. A la derecha
de Stalin quedó Barbusse y a su izquierda, Mao Tse Tung. Luego a uno y otro
lado, fueron ubicados los traductores y secretarios. Y enfrente, al otro lado de la
gran mesa, los catorce asistentes a aquella entrevista, todos asiáticos, a
excepción de Barbusse y de mí.
Un hombre con botas muy brillantes, que jugaba con una especie de rosario
de ámbar entre los dedos, anunció en voz baja al camarada Stalin. Todos
estábamos de pie.
Por una puertecilla lateral apareció Stalin. Vestía rubashkablanca de algodón,
atada a la cintura, pantalón caqui, botas de color castaño oscuro; llevaba su pipa
en la boca y la sostenía con la mano derecha; sonreía, aunque la sonrisa le
bañaba el rostro con un gesto burlón.
Apretó la mano de Barbusse y luego la de Mao; éste se inclinó en profunda
reverencia; luego, nos fuimos acercando de uno en uno, para darle la mano a
través de la mesa cubierta con un tapete bordado.
Stalin es un hombre de baja estatura, en comparación con las estatuas,
pinturas y su gigantesca iconografía. Su rostro es más bien pálido, ligeramente
ocroso, con la piel marcada por hoyos de viruelas. Es un hombre barrigudo hasta
ser panzón, defecto que parece molestarle, pues era evidente el empeño de
ocultar su abdomen tras los pliegues de la amplia rubashka. En los retratos y
pinturas, la barriga staliniana es incuestionablemente sofisticada, ya que era la
primera vez que yo veía un Stalin tan panzón. Al reír, con una risa que lleva en sí
la marca de la burla, deja ver dos hileras de dientes picados: los de la mandíbula
superior tenían las caries mucho más avanzadas que los de la parte inferior. El
pelo y el bigote eran grises y abundantes, y a los lados de los ojos, hasta las
sienes, se le habían formado numerosas arrugas estrechas, como si hubiesen sido
trazadas por la punta de un lápiz muy fino o de un puñal muy afilado. Estuvo de
pie durante toda la entrevista, pero me pareció que tenía las piernas,
especialmente los muslos, demasiado cortos en relación con el tronco y con el
resto del cuerpo. Tenía el pelo unguinoso y estaba cuidadosamente peinado,
notándose por el ángulo de los cabellos que no era él mismo quien se había
peinado.
Su mirada era la de un hombre astuto más que inteligente; en ella brillaban
más la desconfianza y el recelo que la agudeza y la perspicacia. Era ostensible
que se esforzaba por aparecer bondadoso y condescendiente y, tanto en su
apariencia general como en sus gestos e inflexiones, se atrapaba de manera casi
impalpable que su indulgencia no fluía espontánea, sino que surgía como
fabricada para la ocasión. Stalin, desde el primer instante, mostró una
cordialidad especial tanto por Barbusse como por Mao Tse Tung. Barbusse
parecía un poco fatigado; Mao tenía el rostro duro, estaba deliberadamente
severo y su obsequiosidad tocaba los límites de la devoción. Cuando Stalin
afirmaba algo, él movía la cabeza con insistencia, y una o dos veces que Stalin
afirmó que ya la pregunta que le planteaban estaba respondida, Mao adoptó una
actitud policial; parecía enfadado y exhibía en el rostro un profundo disgusto; las
cicatrices de los granos de su cara tomaban un tinte violeta negruzco.
Uno de los traductores planteó a Stalin la pregunta sobre las ideas racistas,
sobre la discriminación y la inferioridad o superioridad de las razas.
—Toda idea racista, de discriminación o de segregación racial —dijo—
encarna odio chauvinista y es chauvinismo de gran potencia. Sin mencionarlos,
se refirió a los Estados Unidos y exaltó la gran fraternidad de razas que existía
en la Unión Soviética. Refirió que en las fábricas, en los sindicatos y en los
clubes de trabajadores se llegaba a amonestar en público y severamente a las
personas que proferían insultos racistas, como, por ejemplo, motejar a alguno de
“judío”.
Hablaba sacándose la pipa de la boca, con recancanilla, en especial cuando
subrayaba las palabras primero, segundo, tercero, cuarto, las que empleaba a
menudo para dividir las cláusulas o períodos de su exposición; mientras los
traductores hacían la versión de sus palabras, Stalin se dedicaba a mirar, uno a
uno, a los visitantes que estábamos de pie frente a él, separados por la vasta
mesa cubierta con el tapete bordado. En todas sus respuestas empleó siempre el
estilo clausulado, deteniéndose con deliberación en lo que ortográficamente
habría llevado un punto y seguido.
A una de las preguntas que planteó uno de los traductores sobre la situación
de los indios en la América del Sur —y que me constaba que no había sido
planteada por mí— Stalin respondió que los indígenas sudamericanos vivían en
condiciones análogas a las que predominaron en la época de la Colonia, cuando
Fray Bartolomé de las Casas hiciera sus famosas denuncias ante la Corona.
Aseveró que en América Latina había discriminación racial, aunque ésta no
asumía las características conscientes y organizadas que se veían en los Estados
Unidos; se trataba de una segregación racial mucho más difusa, primitiva, sin
formas conscientes ni claramente definidas. Pero no por ello no existen, aseveró.
Se refirió luego al fenómeno racial de un modo más amplio y aseguró que los
chinos, por ejemplo, eran victimas de la discriminación que imponía el hombre
blanco.
—¿Verdad, camarada Mao? —preguntó Stalin, dirigiéndonos a su izquierda.
Con asombradora devoción, Mao se inclinó reverentemente, afirmando que
sí. Y al responder, no lo hizo en chino, sino en ruso.
—Dá... dá... dá... Tovarich Stalin, Dá tovarich, spasiva, balshoi spasiva...
(Sí, sí, sí camarada Stalin, sí camarada, gracias, muchas gracias).
El traductor vertió al ruso una pregunta sobre el Frente Popular y su política.
Stalin se mostró complacido por la pregunta; celebró que hubiese causado
tan gran interés este asunto en las esferas de la Internacional Comunista y en el
seno del partido bolchevique, donde se debatía apasionadamente la idea del
Frente Popular y de la nueva política. Terminó aseverando que el debate debía
ser profundo, que debía enfocar todos los aspectos, aun los más recónditos y que,
al fin, debía clausurar toda discusión estéril más adelante.
La última pregunta se refirió al éxito del Plan Quinquenal, a la situación de
los koljozianos, al futuro de la vida del ciudadano medio en Rusia.
Stalin ratificó los asertos de la propaganda; el Plan Quinquenal segundo tenía
un éxito arrollador; anunciaba la entrada en el régimen socialista; más del
ochenta y seis por ciento quedaría socializado; se aseguraba sobre el terreno
económico que el socialismo no recalcitraría hacia el sistema de la propiedad
capitalista, y reiteró que dentro de cinco o seis años más el ciudadano medio de
Rusia podría obtener cómodamente todo lo que obtenía entonces el ciudadano
medio de los Estados Unidos o de los países más desarrollados de Europa. Se
trata —añadió— de abolir todos los vestigios del capitalismo en la vida y en la
conciencia de los hombres, al finalizar este Plan Quinquenal.
Stalin clausuró la reunión refiriéndose al grave peligro de guerra que
amenazaba de modo inminente a la Unión Soviética, y a la necesidad que el país
tenía de intensificar sin descanso su preparación bélica. Como quiera que fuera,
él estaba persuadido de que la guerra no le sería declarada a la Unión Soviética,
que no le sería previamente anunciada, sino que los capitalistas se lanzarían
sobre las fronteras de Rusia por sorpresa, y era obligatorio que el vasto país y su
inmensa población estuviesen cotidianamente movilizados: de día y de noche.
En cuanto a los sacrificios que el armamentismo exigía, afirmó que los
sacrificios que podrían parecer exagerados a un hombre del occidente no lo eran
para el ruso, que estaba habituado a un nivel de vida en extremo bajo, que fue el
que le dio el régimen zarista.
Se refirió, por último, a la vida paradisíaca que llevaban los koljozianos y
puso tal énfasis en lo que aseveraba que parecía efectivamente convencido de
ello. Hasta llegué a pensar si las informaciones que le llegaban no estaban ya
cabalmente deformadas, al pasar por los numerosos tamices de aquellos siete
círculos que le rodeaban estrechamente.
Se despidió de cada uno de nosotros cordialmente; llamó a cada uno por su
nombre y a cada cual le dijo breves palabras de simpatía.
Se marchó dejándonos. La entrevista había terminado.
Se acercaron a nosotros los traductores, oficiales, vigilantes y secretarios,
para advertirnos en diversos idiomas que nos estaba prohibido utilizar nada de lo
referente a la entrevista en forma alguna. Ni en las conversaciones privadas, ni
menos aún con fines periodísticos.
Salimos atravesando los mismos patios, corredores y galerías y ya dentro del
automóvil pasamos bajo el arco de la entrada, donde estaba apostada la guardia,
entregándonos los salvoconductos, y cruzamos hacia Ozhod Niriat.
Me resistía íntimamente a confesármelo, evadía confrontar ante mí mismo el
recuerdo con la ficción imaginada previamente, pero era incontestable que la
entrevista y el hombre me habían defraudado: Stalin estaba muy lejos de ser el
arquetipo superior que había soñado; me pareció opaco, frío, despectivo,
receloso y astuto. No fluía de él aquella impresión que dan los hombres que se
han forjado en medio del fragor de las luchas, mezclados con la masa,
dirigiéndola o afrontándola, burlándose una personalidad de conductores. Stalin
era el hombre que había surgido en medio de la sombra, agazapándose,
fingiéndose pequeño y débil, lejos de las muchedumbres, colándose a través de
los pasillos y por entre los antagonismos grandes y pequeños de sus antiguos
camaradas, a quienes más tarde convirtió en adversarios, en perseguidos y en
víctimas.
Y en medio de todo, flotó en mí una idea, concreta y vaga a la vez; una idea
que no ha hecho sino endurecerse a través del tiempo: Stalin no es en absoluto
un europeo; me pareció extraño en todo al modo de ser occidental y satisfecho
de mostrarlo, de hacerlo sentir.
Salí con la impresión difumada, pero profunda, de que mi asistencia a la
entrevista había sido marginal y fortuita: se había consentido en ello por
complacer a Barbusse exclusivamente. La finalidad maciza de aquel concilio
había sido mostrar ante la docena de altos dirigentes asiáticos la elevada
jerarquía, el privilegiado sitial que ocupaba ante Stalin el chino Mao Tse Tung;
la privanza de que gozaba en las cumbres del Vlast, su influencia y el poder que
de todo ello se derivaba. Los intencionados gestos de Stalin, la deferencia, en
cierto momento teatral, la calurosa apreciación de las preguntas de Mao por
parte del caudillo, el acento en las palabras “nuestro camarada Mao..., ¿verdad,
camarada Mao?..., como alguna vez lo dijera nuestro amigo Mao”... demostraron
bien en dónde se encontraba la intención esencial que traspasaba la reunión.
Al comentar la entrevista, explané mi pensamiento ante Barbusse.
Es bien posible —comentó— que no estés en un error. Los dos son muy
amigos y puede ser que el camarada Stalin haya querido hacerlo saber, a nuestros
camaradas del Asia... Además..., bien lo necesita Mao en este momento, en que
su estrella ha padecido en China, y cuando la crisis del Partido Chino se ha
hecho peligrosa para él y para el partido. ¡Es probable que por eso se les haya
hecho venir hasta aquí...!
Calló Barbusse y las preguntas que siguieron de parte mía fueron
respondidas con monosílabos; con ellos daba a entender que conocía mucho de
la gravedad de la crisis china, de la importancia que la Internacional atribuía a la
situación interna de Partido Comunista Chino y a la precaria situación de Mao,
entonces acorralado por sus opositores, quienes pretendían arrojar sobre él la
responsabilidad de las revueltas del Sinkiang y los ásperos reveses del Ejército
Rojo chino.
Cuando acentué este punto, Barbusse defendió con vigor a Mao.
—No..., no..., ni Li-Lisan ni los otros tienen razón; nosotros sabemos que no
es Mao quien dirige todo...; tú lo sabes bien, camarada. Svanidze, Voitinsky,
Stephanov, hasta el general Blücher...; no..., no..., si no se hace más es porque no
es posible hacerlo. Mao no hace bien en testimoniarlo así ante los altos
dirigentes asiáticos y ante los propios comunistas chinos; los opositores de Mao
y de Chu Teh, en primer término, sin duda.
En efecto, Barbusse estaba en lo justo en su opinión sobre Mao. En la
chismografía íntima y reservada con exclusividad a los altos dirigentes
internacionales que se hallaban en Moscú, en charlas de sobremesa o en las
veladas de absoluta intimidad que se prolongaban hasta la madrugada en alguna
de las habitaciones del hotel Lux, se hablaba como de un tema central, de la
aguda crisis china y de la sombría situación comunista en el Asia.
—Pero, hay que tener confianza, no hay que vacilar en la fe: en China están
las mejores cabezas de la Internacional; la campaña está dirigida por el propio
Stalin y por su estado mayor del Politburó.
—Allá están Svanidze, el georgiano de la confianza plena de Stalin... y el
camarada Voitinsky... y el gran Stephanov, el héroe de Vladivostock en la
Revolución... y el doctor Sorge.
Y al mencionar al doctor Richard Sorge todos cambiábamos una mirada de
entendimiento, desconfianza o temor.
El doctor Sorge se estaba convirtiendo en personaje raro, temible y agorero.
Hombre de la amistad íntima de Manuilsky y se decía que de la de Stalin,
adquiría la fama de llevar la desgracia a sus amigos: lo había sido de Zinoviev y
de Bujarin, de Radek y de Krestinsky, de Rakowsky y de Madjar.Magyar, de
Béla Kun y de todos los que estaban cayendo, de los que estaban recibiendo
golpes de hacha o de los que debían caer abatidos para siempre... como
enemigos de la clase obrera. El prestigio de Sorge había crecido como secuencia
de la gran labor que se decía había efectuado en Alemania, en los Estados
Unidos y también en China. Y el doctor Sorge era un defensor enérgico de Mao
y de Chu Teh.
—La China es un continente, camaradas —decía el doctor Sorge,
respondiendo a nuestras preguntas sobre las calamidades que afligían al Ejército
Rojo chino—, así que la mirada de un solo hombre no puede abarcarla..., y lo
que se pierde en Hunán se gana en Sinkiang, lo que pueda perder Manuilsky,
Stephanov o Sorge... pues lo ganará Blücher..., la felicidad de los chinos es haber
nacido en la frontera de la Unión Soviética.
En una de aquellas conversaciones, se nos anunció la inminencia de una
entrevista con el camarada Mikhail Kalinin, el presidente de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas. Íbamos a conocerle. Y nos estaría permitido
darle la mano y hablar con él...
La entrevista se desarrolló en una especie de vasta asamblea, en la que
predominaban los europeos no comunistas: ingleses, belgas, franceses, suecos,
checoslovacos. En total, los asistentes pasábamos del centenar. Se nos condujo a
una especie de auditórium y allí se pasaron los cuartos de hora en espera del
arribo del camarada Kalinin.
Recibido entre aplausos, el jefe nominal y representativo de toda la vasta
Rusia, se mostró jovial y de muy buen humor. Alto, rubio, con ojos claros, de tez
y manos blanquísimas, vestía como europeo, con pantalón, saco, chaleco, cuello
duro y corbata. No llevaba sombrero, sino una de esas clásicas gorras de los
trabajadores franceses, llamadas casquettes. De un bolsillo al otro del chaleco,
pasando por uno de los ojales, cruzaba una gruesa cadena de reloj. Sin que me
explicase por qué, Kalinin me dio la impresión de un viejo relojero, a pesar de
que —como para refutarme tal caprichosa idea— él afirmó reiterada y
orgullosamente que era un obrero metalúrgico.
Terminaron los aplausos y Kalinin se sentó ante una ancha mesa, en la
especie de escenario de aquel auditórium. Los traductores iniciaron la traducción
de las preguntas planteadas, no obstante que ninguno de los circunstantes había
pronunciado todavía una sola palabra.
La primera pregunta enfocó el tema del Plan Quinquenal, a la que Kalinin
respondió con sencillez, exaltando la magnitud de la obra realizada y afirmando
que un gran economista inglés había sentenciado en la sobremesa de una de las
comidas de su club: “o el Plan Quinquenal nos aplasta o nosotros aplastamos al
Plan Quinquenal”.
Una carcajada general clausuró la respuesta de Kalinin. Los rusos que le
acompañaban, lo mismo que los vigilantes, secretarios y traductores, no se
mostraron de acuerdo con la risa de la asamblea.
La segunda pregunta se refirió a la situación de los koljosianos. Kalinin
respondió que jamás el campesino ruso había disfrutado de mejores condiciones
de existencia y que el Gobierno protegía ampliamente el colectivismo en los
campos. Aseveró que, por ejemplo, en una de las regiones de la margen
izquierda del bajo Volga, las cosechas se habían perdido totalmente como
consecuencia de una sequía. No sólo el Estado condonó sus deudas a los koljoses
de la región, sino que les proporcionó grandes créditos para adquirir víveres,
semillas, abonos y todo lo que les era necesario para volver a sembrar.
En esta forma se desarrollaban las preguntas y las respuestas, hasta que uno
de los asistentes se puso de pie y, hablando en inglés, pidió perdón y dijo que él
deseaba preguntar algo allí mismo y verbalmente.
Hubo murmullo de aprobación en la sala y los vigilantes y secretarios rusos
vieron doblegada su resistencia, cuando el presidente Kalinin ordenó que se le
tradujese la pregunta del obrero que hablaba.
—¿Cuántos planes quinquenales cree necesarios el compañero presidente de
la Unión Soviética, para que el obrero ruso medio tenga un nivel de vida
parecido al del obrero inglés medio?
Kalinin respondió que, en efecto, los trabajadores asistentes a esa asamblea
se habrían dado cuenta de que el nivel de vida del obrero ruso era demasiado
bajo con respecto al occidental. Ello se debe —aseguró— a la desmedrada
herencia que nos dejara el zarismo, a las durísimas condiciones en que se afirma
la revolución. Y añadió que, en cuanto a que el ruso tuviese un nivel de vida
análogo al del inglés, no era problema fácil. Y no lo es —afirmó— porque el
trabajador inglés participa de las cuantiosas plusvalías que los imperialistas
sacan de las colonias.
Un nuevo murmullo recorrió la sala. La intervención del trabajador inglés
había roto, por otra parte, la norma impuesta por los sectarios rusos. Un
metalúrgico belga se puso en pie y preguntó:
—Camarada Kalinin: usted es el presidente de la Unión Soviética, es decir, el
primer ciudadano de este país, el de mayor jerarquía, ¿verdad?; pues ¿por qué se
dice en Europa que a usted le manda y le gobierna Stalin...?
—¡Yo no soy ningún tonto! —replicó Kalinin— ; yo soy un obrero
metalúrgico y tú sabes que éstos no tienen nada de bobos. Yo soy presidente de
la Unión Soviética y, en mi categoría de tal, yo mando a Stalin; él es secretario
del Partido Bolchevique y, en mi calidad de militante, debo obedecerle a él.
¿Está claro?
El obrero belga se sentó, mientras la sala reía de la ocurrencia de Kalinin.
—¿Por qué —preguntó un francés católico—, según su declaración, los
obreros rusos carecen de mantequilla, de huevos, de pan, mientras en casi todos
los países de Europa el trigo ruso, los huevos y la mantequilla, el pescado y las
salchichas invaden los mercados, y se venden a precios que hacen competencia a
los productos nativos...?
El traductor debió repetir dos veces la pregunta, solicitando explicación al
obrero que la había planteado.
Kalinin respondió con una exposición larga sobre los peligros de guerra,
sobre el cerco capitalista, sobre las feroces dentelladas de los tiburones
capitalistas, de donde obtuvo la conclusión de que se privaba de alimentos
esenciales al pueblo ruso para proveer las fábricas que producían armamentos. El
viejo hizo lo posible, con no escasa habilidad, por abogar la magnitud del hecho
en invectivas agudas contra el capitalismo y sus agentes.
La pregunta de un obrero sueco, inquiriendo sobre las razones por las que
existían tan diversas y separadas categorías de obreros, pues él se había
informado de que había en las fábricas hasta diecisiete categorías de salarios y,
en consecuencia, de niveles de vida, no fue respondida. Intervinieron obreros
comunistas franceses y checos planteando nuevas interrogaciones sobre el Plan
Quinquenal, los koljoses, la vida del futuro y otros puntos, que acompasaban con
el concierto agradable a los soviéticos.
No obstante, en medio de aquel retorno a las normas del Kremlin, uno de los
obreros de la delegación inglesa, viejo y solemne, hizo con gravedad y cortesía
esta pregunta:
—¿Por qué la Rusia bolchevique celebra los más ventajosos tratados de
comercio con la Italia fascista, en vez de hacerlo con países que no son enemigos
de los trabajadores?
—El día que los obreros ingleses —respondió Kalinin— hayan realizado la
revolución que ya sus hermanos rusos han realizado, ese día celebraremos
tratados para dar todas las ventajas a los obreros ingleses. Pero —añadió— ese
día ya no lo veré yo, porque el obrero inglés es un gran oportunista; sin duda, el
más oportunista de la tierra.
Una alegre carcajada volvió a recorrer la asamblea. El viejo obrero inglés se
sentó, aseverando que su pregunta había sido esquivada. Los traductores no
alcanzaron a comprender lo que significaba en ruso esta palabra.
Terminó la entrevista y Kalinin se retiró sonriente, saludado por los aplausos
de toda la concurrencia.
Había conocido a los dos hombres más importantes de Rusia. Les había visto
de cerca y les había escuchado.
Con la piel tostada por el sol del Mar Negro y por los vientos de Crimea, con
el alma esperanzada, inicié mis labores en el Komintern. Iba allá a defender la
teoría y la práctica del Frente Popular, alentado por Barbusse y por los franceses.
Maurice Thorez, que acababa de arribar de París, lo mismo que Guyaut, eran
acérrimos partidarios de la pronta organización de un vasto frente, para resistir la
embestida del fascismo.
Comedia de provocación
25
Las delegaciones de Argentina, Brasil, Cuba, México, Colombia y Uruguay
llegaban a Moscú sin haber alcanzado a recibir en sus respectivos países la
noticia del aplazamiento del séptimo congreso de la Internacional Comunista. Y
se había acordado la celebración de una Conferencia Latinoamericana, en la que
deberían enfocarse los asuntos capitales de todo el sector del hemisferio, de
habla española y portuguesa, tanto por la dirección suprema del Komintern como
por una treintena de los principales dirigentes comunistas de Latinoamérica.
Se habían iniciado las conversaciones preliminares y el debate central giraba
en torno a las posiciones distintas, y hasta opuestas, de Manuilsky y de
Dimitrov; y a las tesis sostenidas de un lado por Guralsky y del otro por Sinami,
los dos dirigentes principales de la Sección Latinoamericana del Komintern.
La tarde en que con más acandilado acuciamiento discutíamos las distintas
posiciones, Moscú fue sacudida como por un temblor de tierra. Desde
Leningrado se anunció que Sergio Kirov, el segundo hombre del equipo
dirigente soviético, el corifeo bolchevique señalado como el sucesor inmediato
de Stalin, miembro prominente del Politburó y hombre número uno de
Leningrado, había sido victimado de un tiro en la nuca.
El hotel Lux se conmovió desde la azotea hasta el sótano; ninguno de sus
moradores permanecía en su habitación; se preguntaba, se inquirían noticias, se
comentaban las lecturas de la Pravda y de las Isveztias, y de todas las hojas que
se editaban en inglés, francés y alemán. La conmoción en el Komintern era
asimismo intensa y agudísima.
El asesino había operado con extraordinaria y extraña facilidad. El crimen
tenía la característica asombrosa —rica en suspicacias— de que en el instante
del asesinato estuvieron solos la víctima y el victimario. No obstante tratarse de
la primera figura del Soviet y del Partido, en la segunda ciudad de la Unión
Soviética, el matador había llegado hasta detrás de la nuca del dirigente, con
facilidad inconcebible.
El asesinato de Kirov me dejó perplejo y anonadado. Nadie podía subir a
verme, si antes no autorizaba yo mismo telefónicamente la visita; cuando se me
llamaba desde la administración por teléfono, para pedirme la autorización, yo
debía hacerlo empleando un santo y seña que mudaba con frecuencia, en
ocasiones dos veces por día, y todo visitante debía presentarse provisto de su
salvoconducto, el que yo debía firmar indicando la hora en la que el visitante
abandonaba mis habitaciones. No comprendía, por tanto, cómo un asesino podía
entrar de modo tan fácil hasta el despacho del mismo presidente del Soviet de
Leningrado, provisto de una pistola cargada, y colocarse a la espalda de la
víctima en momentos en que ésta se hallaba absolutamente sola; en la sala y en
los pasadizos contiguos no había sino dos personas: Kirov y su asesino. Todas
las explicaciones que se daban no lograban pasar de la esfera de turbios y
enmarañados paralogismos.
Esto me resultaba inexplicable, absurdo, inconcebible. Lo comenté en el hall
con otros camaradas; expresé mi extrañeza y comparé las precauciones de que se
rodeaba a cada uno de nosotros y aquellas que habían debido tomarse
forzosamente en torno a la persona de Kirov.
Después de la cena fui a visitar a Maurice Thorez; conversé media hora con
él y con Raymond Guyaut, y como ellos debían salir me despedí, marchándome
a mi habitación.
En el interior encontré a dos personas; tenían puestas las gorras y llevaban
las chaquetas negras, felpudas y largas. Sobre la mesa, junto a la lámpara, había
una pistola de gran tamaño.
Uno de los visitantes habló durante aquella entrevista; el otro permaneció
silencioso y, cuando hablaba, lo hacía con su compañero y siempre en ruso. El
que hablaba español me hizo una serie de preguntas sobre mi origen social, la
fecha de mi ingreso al partido, mis parentescos, mis amigos, los hechos íntimos
de mi vida privada. Perquirió con tenacidad y, en ciertos momentos, con
bellaquería, un cúmulo de informaciones que le proporcionaba gustoso y veraz,
no obstante que experimentaba la sensación de que aquel hombre me estaba
ganzuando; estaba hurgando en la entraña misma de mi vida. Yo sabía bien que
estaba ante miembros de la policía soviética.
Me llamó la atención con gran insistencia, con acento gravedoso y solemne,
y poniendo énfasis teatral en lo que decía, sobre lo que calificó como ligereza de
juicio y debilidad de mi confianza en el régimen soviético, de mi fe en la clase
proletaria, al emitir mis opiniones sobre el asesinato de nuestro camarada Sergio
Kirov.
—No he emitido juicio alguno —refuté— ; he dicho que me parece
monstruoso que mientras comunistas como yo eran rodeados de una cuidadosa
vigilancia, se consintiese que los asesinos entrasen y saliesen en las oficinas de
hombres como Kirov y que, además, pudiesen quedarse solos con sus víctimas.
—¿Eso significaría que ha habido ineptitud? —preguntó.
—Si eso significa lo que he dicho, bien. No veo por qué se ha de tomar tan
seria cuenta de mi opinión; y si alguien puede pedírmela es el partido... Y mi
aserción fue lanzada con tono cortante.
La voz del individuo de chaqueta negra se tornó insinuante y se hizo
meliflua. Suavizándola, haciéndola tenue, insinuó la demanda de las opiniones
que tenia sobre Zinoviev, Bujarin, Rikov y otros.
—Mira —le dije riendo y tuteándolo—, si quieres conocer las opiniones que
yo tengo sobre lo que desees, dirígete al Komintern. Tan pronto como allí me
ordenen que lo haga, no tendré inconveniente en responder a todas las preguntas
que desees plantear.
Hubo un cambio de opiniones entre los dos policías, que hablaron siempre en
ruso; el que hablaba español explicaba al otro que yo me negaba a darle ninguna
opinión y que le pedía que se dirigiera a la célula del Komintern.
—No se trata de ninguna manera de una investigación, ni menos todavía de
un interrogatorio —dijo el policía— ; es una conversación amistosa entre
camaradas que tratan de ponerse de acuerdo.
—Francamente —le argüí riendo—, yo no trato de ponerme de acuerdo
contigo en nada. No comprendo ni tu visita ni tu actitud.
El policía se sentó y habló largamente sobre las actividades perniciosas de la
“oposición”; alabó la mano firme, el talento magnífico y la visión genial de
Stalin, y afirmó que si creyese en una providencia, diría que ella protege la
revolución: muerto Lenin, el mundo necesitaba, sin duda alguna, un Stalin,
afirmó como un dogma.
Continuó lanzando maldiciones contra la oposición, jurando que no quedaría
uno solo con vida y anunciando que aquella misma noche se había fusilado en
Leningrado a ochenta espías que se hallaban presos ya hace tiempo, y juró que la
mano vengadora de la justicia soviética seguiría castigando implacable y
despiadada a los diversionistas, a los enemigos del pueblo, a los zinoviefistas.
Era la primera vez que escuchaba la calificación de zinoviefismo en la misma
categoría que el trotskismo, el espionaje y el banditismo.
Era molesto escucharle: hablaba con frases estereotipadas, empleaba los
mismos argumentos y hasta las mismas palabras que utilizan la Pravda y las
Isveztia; repetía como un fonógrafo y no había la menor sinceridad en todo lo
que decía. Oyéndole se llegaba a sentir repugnancia por él y por lo que decía, o
le hacían decir.
Se marcharon los dos, despidiéndose con recargada ceremonia y delusiva
cordialidad. Quedé asustado e intranquilo, al mismo tiempo que perplejo, por la
trascendencia que atribuían a mis juicios sobre la muerte de Kirov, emitidos en
un comentario casi íntimo, y la rapidez con que los términos de ese comentario
habían sido transmitidos hasta el centro directivo de las esferas policiales.
La nerviosidad que conmovía al Lux contrastaba con la indolente
indiferencia de la gente que caminaba por las calles, no obstante que la noticia
era ya ampliamente conocida en toda la Unión.
Al día siguiente, las oficinas del Komintern se cimbraban como azotadas por
un huracán, y sobre ellas y sus funcionarios pasaba la racha de una ruda
conmoción; cada oficina fabricaba un rumor; cada grupo de mecanógrafas
llevaba y traía las informaciones más espeluznantes. Sobre los rostros y sobre las
cabezas aleteaba el miedo, el pánico. Era como el instinto de conservación
indefenso y desnudo. Por la tarde circuló la noticia, de modo concreto y
conclusivo:
—Han tomado preso a Magyar..., al húngaro...
En efecto, no se encontraba en sus oficinas el amigo de Béla Kun y camarada
íntimo del doctor Sorge; estaba preso uno de los teóricos mejor calificados de la
Internacional y uno de los más conocidos por su colaboración permanente en el
Imprecor —correspondencia internacional—. Sus oficinas estaban desiertas...
Tampoco estaba la secretaria.
Por la noche se reunió una gran asamblea de todos los miembros del
Komintern. Iba a jugarse la conducta de Magyar o, mejor dicho, él iba a
explicarla. Se le acusaba de mantener vinculaciones con el asesino de Kirov y
hasta de intentar protegerle contra la mano vengadora de la implacable justicia
soviética. Hizo gestiones, por intermedio de su criada, para hacerle llegar dinero
y algún recado..., y el comentario señalaba una vez más al doctor Sorge... en este
asunto.
Ingresamos a la amplia sala y se nos hizo sentar en la misma fila en la que se
encontraba Manuilsky. Magyar estaba en el escenario, tranquilo, desafiante,
comiendo con pasmosa calma un emparedado de gran tamaño. La primera fila
estaba ocupada ostensiblemente por miembros de la policía soviética.
El primero en intervenir fue Manuilsky.
Habló con indignación, enrojeciendo por la cólera, increpando con dureza a
Magyar y a todos los que llamó “amigos de Zinoviev y de Bujarin, que
trabajaban en el Komintern”. Los emplazó a confesar sus crímenes y, en el caso
de Magyar, a decir cuáles eran las vinculaciones que lo ataban al asesino de
Kirov, por qué había tratado de ayudarle y de impedir que actuase “la mano
vengadora de la justicia soviética”.
La sala entera aplaudió a Manuilsky; en un momento, en el comienzo, hubo
sectores de la sala donde los aplausos tuvieron una resonancia tibia y
desmayada, y otros donde no resonaron del todo. Pero, tan luego como los
hombres ubicados en la primera fila se pusieron de pie y volvieron los rostros
hacia el público, las salvas se hicieron nutridas y totales, desapareciendo las
lagunas notorias del primer momento. A continuación, habló en términos graves
y enérgicos, secundando a Manuilsky, el camarada Motylev, otro de los íntimos
de Magyar.
Magyar se irguió en el escenario; tenía en la mano el emparedado que no
terminaba de comer, a pesar del tiempo transcurrido. Avanzó hasta el centro de la
parte delantera y empezó a masticar, mamullando con ruido; miraba a la vasta
audiencia con desprecio, que se esforzaba por hacer notorio a todos. Tragó el
bocado, se restregó los labios en la manga, con grosería artificiosa, y dijo:
—Yo creo que es mucho mejor que se esperen hasta que yo termine de
comerme este emparedado, pues de otro modo no voy a poder hablar.
Protestamos contra la bellaquería de Magyar. No me explicaba cómo un
hombre que se hallaba frente a una acusación gravísima, que le costaría la vida,
tomaba el asunto de modo tan provocativo, adoptando posturas e insultando a la
gente, sin necesidad alguna, tratándola con tan agresivo desparpajo.
Manuilsky y otros lanzaron imprecaciones contra Magyar.
—No te enfades Manuilsky —replicó Magyar despectivo, aderezando su
frase con risa cínica—: estás viejo y te puede afectar el funcionamiento del
riñón...; ¡del corazón no, porque ésta no es prenda tuya...! ¡Cálmate, hombre,
cálmate...! ¡Hazlo por Stalin...!
Los hombres de la fila delantera se miraban unos a otros, miraban hacia los
que nos hallábamos en las filas de atrás, meneando la cabeza, como preguntando
¿qué les parece?
Magyar habló e hizo un discurso largo, retórico, con marcada afectación
teórica en el contenido y en la terminología; se refirió a la revolución húngara y
describió el papel preponderante y de primera magnitud que le había
correspondido desempeñar. Por fin, refiriéndose al asesinato de Kirov, expresó
que el asesino era un buen hombre, que era su amigo y que él había tratado de
ayudarlo. ¿Quién de ustedes —exclamó— no tiene un amigo? ¿Y quién no ha
tratado de ayudar a su amigo, cuando se encuentra en algún aprieto? ¿O es que
hemos dejado de ser humanos, al adquirir un carné del Partido...? ¿Eh...?
—Es que, al proceder a ayudarle —sentenció Manuilsky desde su butaca—
estás desafiando a la justicia soviética.
—¡Estás viejo, Manuilsky, para estar repitiendo las tonterías que fabrican los
secretarios de Stalin —replicó Magyar—, yo no desafío a...
El griterío era ensordecedor. Los hombres de la primera fila protestaban con
gruesas voces, como si se les hubiese abierto toda la clavija del tono de altavoz
en las gargantas; los otros gritaban palabras en idiomas diversos; increpaban e
injuriaban a Magyar. Este, desde el escenario, con otro emparedado en la mano,
y una botella de refresco, reía agitando el torso y los hombros.
Después que se hizo el silencio y todos ocuparon sus asientos, Magyar
exclamó:
—Yo no desafío a ninguna justicia, ni a ti tampoco, Manuilsky, ni a los
necios que están empeñados en hacer drama esta noche. Porque, veamos: ¿Aqué
viene tanto ruido por la muerte de Kirov? Casi todos los soviéticos que están en
esta sala y todos los húngaros que están aquí, incluyendo a Kolarov, ¿no han
matado a uno por lo menos? Amí no me pueden decir que no, porque sé bien lo
que ha sido todo esto. Y yo les pregunto: aquellas vidas que vosotros liquidasteis
¿no valían tanto como la de Kirov... humanamente hablando?
El vocerío se elevaba de nuevo.
—¡Esto es insoportable...! ¿Por qué se le aguanta?
—Pero ¿qué te pasa, Magyar? Estás inconocible, no eres tú...
—¡Se ha vuelto loco..., es un comediante..., es un miserable!
—Dejadle continuar, camaradas —gritó el hombre de cabeza rapada, que
oficiaba de presidente de la asamblea— ; que se exprese sin coacción alguna. Y
dirigiéndose al protagonista decía con voz amable:
—Prosiga, ciudadano Magyar, continúe...
—Yo sé que todos vosotros —decía Magyar, después de haber bebido un
trago del refresco y masticando un grueso bocado—, todos vosotros, habéis
renunciado al sentimiento y al lenguaje humanos. Claro que lo sé bien y hace
tiempo. Yo también, pero sucede que la memoria mía es terca, dura y a veces
recuerda el viejo lenguaje humano..., lo que vosotros llamaríais lenguaje
burgués. Y en ese lenguaje, yo os pregunto: ¿Qué más da, cretinos, Kirov o
cualquier otro?
En la sala volvió a levantarse una nueva tempestad.
—¡Está hablando como un insano! ¡Es un grosero farsante...! ¡Está
representando una comedia...! ¡Está loco...!
—Ni loco, ni farsante —gritó Manuilsky— ; es un contrarrevolucionario, un
enemigo del pueblo, un bandido zinoviefista.
Y la indignación contra Magyar recorría la sala como el oleaje nervioso de
una piscina, ondulando suavemente en todas direcciones.
Yo había conocido bien a Magyar: era serio, mesurado, escribía con
brillantez y claridad, corregía los artículos que entregábamos para la
“Correspondencia Internacional”, haciéndolo siempre con gran bondad y con un
devoto empeño didáctico. Al pasar por los pasillos del Komintern, con su gran
portafolio bajo el brazo, su aire tranquilo y austero, se le habría tomado por un
profesor universitario. En sus escritos había sido stalinista. Cuando hablaba, lo
hacía con amabilidad, pausadamente, con voz grave y siempre con una seriedad
que impresionaba... ¿Sus amigos...? Bueno, Manuilsky, Motylev, el doctor
Sorge, Kuusinen..., los más sobresalientes...
¿Cómo podía ser un bandido aquel personaje? Uno de los más lúcidos
intérpretes del marxismo, tranquilo y diáfano; pareció siempre exento de
violencia y enamorado del razonamiento lógico y, de repente, de una semana a
otra, como consecuencia de que un pobre diablo —así lo presentaba la prensa
soviética— había asesinado a Kirov, Magyar se transformaba en un energúmeno.
Allí, de pie sobre el escenario, devorando su emparedado a grandes
tarascones, con grosería estudiada, Magyar era como una imagen
monstruosamente deformada. Insolente, abellacado, encanallado de repente, más
parecía en efecto representando una comedia, desempeñando un papel de
encargo, que afrontando una realidad terrible. Desde más atrás, desde mucho
más adentro de sus frases y de sus actitudes de aquella noche, disparaba como
flechas de duda, de incredulidad, sobre lo que estaba haciendo. Hubo largos
momentos en los que la carencia de sinceridad se hizo plástica, tangible; y en los
que se palpó el esfuerzo que hacía para abarraganar las teorías marxistas y la
provocación grosera.
Cuando terminó, Magyar se sacudió las manos con estrépito, abrió sus
piernas, en amplia horcajadura, y cruzó los brazos frente a la asamblea en actitud
desafiante.
Tres asambleístas pidieron la palabra y hablaron sucesivamente. Rindieron
homenaje a Kirov, el gran bolchevique, caído en la lucha contra los enemigos del
pueblo, caído por el triunfo de la revolución proletaria mundial. El, Kirov, el
mejor amigo, el más preciado e inteligente colaborador, el más devoto hermano
de Stalin. El más legítimo candidato a la sucesión en el comando...
Cada vez que los oradores pronunciaban el nombre de Stalin, los hombres de
la primera fila se ponían de pie y aplaudían frenéticos y espoleantes.
Volvían el rostro hacia atrás y, aventando hacia arriba las palmas de sus
manos, incitaban a todos a hacer lo mismo que ellos. De otro lado, hombres
apostados entre la concurrencia se distinguían de los demás por la periodicidad
con que lanzaban los gritos y por la energía que ponían al lanzarlos.
—Stalin... Stalin... Stalin.
—Magyar pidió la palabra, para hablar de nuevo. El presidente, de cabeza
monda y de cara sonrosada, impuso silencio e invitó a escuchar a Magyar.
Comenzaron a funcionar aparatos electrónicos, registrando sus palabras.
Magyar no acusaba, pero hacía insinuaciones terribles. Insinuaciones que
caían como tiros sobre los más cercanos amigos de Zinoviev; sobre Béla Kun, el
ex presidente de la República húngara; sobre dos de los secretarios de Bujarin;
sobre el viejecillo finés, que se hacía llamar Martens, en el Komintern, y que era
uno de los concurrentes de Kuussinen en el partido comunista de Finlandia,
donde se le tenía como una figura venerable; sobre el larguirucho Chemodanov,
presidente del KIM-Komunist Internacional Molodioch, o sea la Internacional
Comunista de la Juventud, a quien Manuilsky profesaba una empecinada ojeriza,
que no se sabía si llegaba hasta el odio; sobre el viejo Vasiliev y sobre varios de
los hombres protegidos en el Komintern por Zinoviev.
Sentí la impresión oscura de que todo aquello era forzado. No surgía con
naturalidad; parecía la faena de un actor que no lograra encarnar sino muy
torpemente el personaje; una comedia grotesca que, por otra parte, estaba
destinada a convertirse en horrendo drama real, un poco más tarde y más allá del
escenario.
Salimos después de las tres de la madrugada; no se había esclarecido sino
que Magyar era un bellaco y un granuja; en todo caso, sin duda, un individuo
con alma de bandolero.
Al salir, nos extrañamos de que Magyar se hubiese atrevido a mencionar al
camarada Vasiliev y a mezclar en sus referencias a la camarada Helena Stasova,
la encantadora vieja, amiga de la intimidad de Lenin y a quien éste llamaba “mi
querida autócrata”.
Al escuchar los comentarios que hacíamos, Manuilsky intervino con energía
y un tanto enfadado:
—Vasiliev —gritó— y Helena Stasova creen que haber sido amigos de Lenin
es patente de talento; pero su actuación sólo está demostrando cómo por el
camino del sectarismo se puede llegar a la imbecilidad.
Nos llamó a todos muy intensamente la atención que, a la mañana siguiente,
la prensa soviética anunciase una cantidad elevada de ejecuciones, sin proceso
alguno, sin mostrar al asesino de Kirov, sin exhibirlo ante los tribunales, en suma
sin juzgarlo de modo normal. Nadie vio nunca al asesino, no se le conoció, no le
juzgaron y solamente se supo que una madrugada uno de los esbirros de la
policía soviética le había pegado un tiro en la cabeza.
No comprendí que en aquellos momentos se desencadenaba en Rusia la más
horrenda carnicería de todos los tiempos. No me di cuenta consciente de que
aquella asamblea era una especie de sesión preparatoria del drama sanguinario
que organizaba el régimen de Stalin, y que se desenvolvería implacable y feroz a
través de muchos años en la inmensidad de la estepa, ahogando en sangre,
aplastando bajo una montaña de crímenes, todo leve síntoma de mera
discrepancia.
Quizás en un instante me cruzó por el cerebro la idea consciente de que
Magyar estaba representando una comedia de villanos. Quizás en un milésimo
de segundo, en una de esas medidas imponderables de duración, que ningún
reloj, y sólo la conciencia, es capaz de captar, apareció translúcido, puede ser
que hasta lúcido, el pensamiento de que todo aquello era ficticio: una comedia
sangrienta montada especialmente por Manuilsky, por los servidores de Stalin en
el aparato del Komintern, por el comando de la NKVD y por los jefes de la
policía, con el propósito de explicar, justificar —quizás no convencer— ante la
opinión pública la despiadada represión que, desde aquel momento, se desató
con ferocidad siniestra contra Zinoviev, Bujarin y sus amigos, y que se extendió
luego a todos los sectores de la vida rusa. Pero, en aquellos momentos, no logré
alcanzar el dominio de la conciencia lúcida de todo este horrendo proceso
histórico, que sólo fue horadando y se abrió paso lenta y dolorosamente en mí a
través de largos años.
Cuando una idea nos posee como fe y como obsesión, cuando marchamos
enamorados del camino y encandilados por la meta, las ideas contrarias llegan a
nuestra mente y golpean de modo fugaz, pero no logran hospedarse en nuestra
conciencia. Es como si algo misterioso construyese tabiques impermeables,
capaces de impedir que las ideas contrarias se junten en nuestra conciencia y
choquen entre sí. Sólo el transcurrir de la vida y las experiencias que golpean
sobre nosotros, como implacable aguacero, pulverizaban lentamente tales
defensas, dejando penetrar las ideas antagónicas que llegan muchas veces a
producir el derrumbamiento de todo un alto y sólido andamiaje de ideas.
Sólo mucho tiempo después, años más tarde, pensé que la escena en la que
Magyar hizo de grotesco y cínico protagonista había sido parte de una comedia
siniestra. Sólo muchos años más tarde me atreví a pensar que a Kirov no lo
habían matado los zinoviefistas, sino que el candidato a la sucesión de Stalin fue
liquidado por uno de sus más cercanos concurrentes, Molotov, Zhdanov, el cruel
y frío Malenkov, o por Stalin mismo, y que el asesino fue uno de de la NKVD.
Sólo pensando de esta manera, se establecía la lógica de los sucesos de aquel
tiempo, en los que fui testigo.
Días después de la asamblea del Komintern fueron desapareciendo de sus
oficinas los miembros del aparato moscovita de la Internacional, amigos de
Zinoviev y casi todos aquellos que, resistiendo al comando de Manuilsky, habían
auspiciado el encumbramiento de Jorge Mimitrov, apoyando enérgicamente su
candidatura a la presidencia de la Internacional Comunista.
Una de aquellas mañanas no llegó más a sus oficinas el feo y rechoncho Béla
Kun. Juancito, el polaco, mi camarada del Bureau Sudamericano, a quien había
aludido Magyar en su disertación, desapareció también. No vimos más un buen
día al larguirucho Chemodanov, presidente del KIM, al alegre y ameno viejo
Piatakov, al traductor Smirnov, a la mecanógrafa Anetka y a los ayudantes
Shapiro, Goldenberg y Cheliabin.
Por los pasillos de la vetusta casa del Komintern soplaba un helado viento de
terror; el ingreso en cualquiera de las oficinas causaba sobresalto a quienes
trabajaban en ella; la gente comenzó a caminar encogida y aterrada y, muy en
especial, sobre los rusos, finlandeses y polacos, pasaba un vendaval de pavor.
Era como si el foco de la conspiración que culminara en el asesinato de Kirov
hubiese sido el Komintern, la organización donde se habían atrincherado los
viejos bolcheviques, donde Zinoviev y Bujarin, dos de los grandes colaboradores
de Lenin, ejercieron la presidencia. Parecía como si la actuación de Magyar
hubiese sido la señal, el argumento, el justificativo, para que la NKVD
emprendiese la persecución inmisericorde que, hacía tiempo, tenía planeada.
Pese a la dramaticidad del espectáculo y a la truculencia de los
acontecimientos, el terror no era nada nuevo; lo único nuevo en ese momento era
que cambiaba de dirección: en vez de descargarse sobre los burgueses, sobre los
kulaks, sobre los nepmans, se descargaba sobre sus propios forjadores,
demostrando que se convertía en su negación, triturándolos. La maquinaria era
más compleja, estaba más engrasada, sus engranajes eran más finos, pero era la
misma “checa” que creara Lenin... Que aquel otro terror era empleado contra la
burguesía, contra la contrarrevolución, contra el enemigo de clase... Pues bien:
las palabras eran las mismas que repetía Stalin, poniendo en vez de los burgueses
e imperialistas, a los viejos bolcheviques, a los comunistas leninistas, que no
habían tenido la habilidad, o la indigencia moral, de hacerse oportunamente
stalinistas.
Esto lo vi claro sólo muchos años más tarde. ¡Cuando nos apasiona la fe
contraria, cuánto... cuánto tarda en esclarecerse el hecho en la conciencia...!
Catártica stalinista
26
Entre el anochecer y la madrugada seguían desapareciendo los dirigentes
más conspicuos de las diversas dependencias del Komintern. El hotel Lux se
convirtió en un centro de actividad de la policía soviética. La NKVD instaló una
oficina especial en el edificio y allí eran conducidas, previamente para
identificarlas, las personas que, arrancadas de la cama, eran embutidas luego en
el camión cerrado que las llevaba para siempre camino de la Lubianka, de los
campos de concentración o del tiro en el occipucio.
De modo simultáneo, la prensa soviética, las resoluciones del partido
comunista, los organismos del Gobierno, anunciaban que el racionamiento sería
suprimido, que se aumentaría la ración de mantequilla y que su distribución sería
ampliada a sectores de obreros que no la recibían. Se publicaron informaciones
abundantes y optimistas sobre el éxito del plan quinquenal en aquel año y se
mencionó —aunque vagamente— la posibilidad de que las restricciones para
obtener vestuario y calzado disminuirían en forma sensible. Se anunció con
bullanguera aparatosidad teatral que los trabajadores podrían adquirir bicicletas,
receptores de radio y hasta artículos de aluminio para cocina. El anunciado
receptor de radio era del llamado “tipo soviético”, en el que el auditor no podía
escoger ni controlar la audición; servía exclusivamente para escuchar las
transmisiones controladas y organizadas por el Gobierno y por el partido.
El comentario popular sobre la supresión de las colas del pan, unido al temor
policiaco, apagaban en realidad todo lo que se hubiese podido decir sobre la
persecución desencadenada en el seno del partido bolchevique y realizada contra
las más altas cumbres de su dirección política. Además, el pueblo, el ruso
corriente, estaban habituados al terror; él formaba parte de su existir, desde el día
siguiente de la revolución; y así, le daba lo mismo que cambiase o no de
dirección, siempre que no le tocase a él...
En el hotel Lux se intensificó la agitación; se anunciaron nuevas “chiskas” o
asambleas de limpieza política y se perfilaron nuevos procesos contra
personalidades de primera magnitud. Sonó el nombre de Sinani, el dirigente del
Bureau Latinoamericano del Komintern en Moscú, como el de uno de los
candidatos a la sangrienta catártica.
Sinani era un hombre alto, enjuto, permanentemente calzado con botas muy
limpias y vistiendo un saco europeo con un ceñido pantalón de montar. Tenía
aire militar, rezago y sello de su estada en el Ejército. Durante la revolución,
Sinani era teniente del ejército del Zar; estuvo al lado de los blancos y, más
adelante, fue capitán de los ejércitos de Koltchack. Sólo a principios del año
veinte se pasó a las filas de los bolcheviques y más tarde se afilió al Partido
Comunista. Sinani era hombre de elevada tenacidad; discutía con mucha calma,
pero poniendo una especie de terquedad en sostener sus razonamientos y en
enriquecer constantemente su argumentación, aun después que ella había sido
rebatida. Cuando encontraba un argumento vigoroso, machacaba sobre él hasta
cansar al auditorio; no cedía sino tras dura pugna, que a veces se prolongaba
semanas. Gran estudioso y con prodigiosa potencia de análisis, Sinani era
elemento de gran valor en toda discusión teórica sobre los problemas
latinoamericanos. Y sobre la temática del imperialismo y de su acción sobre la
vida económica y política de los países semicoloniales, había tenido largas
discusiones con el doctor Sorge.
Sinani era el hombre del Komintern elegido como candidato a la acusación:
se hablaba de su pasado, de sus orígenes, de su procedencia, del rubio cabello de
su mujer —asegurando que era pintado, como el de una burguesa— ,de la
seducción que emanaba de su rostro fino y marfileño, y del hecho extraño de que
no estuviese afiliada al partido.
Convocaron a una asamblea en el salón de actos del Lux; se le denominó
sesión de célula y en el orden del día se había escrito: “El caso Sinani”. Se
trataba incuestionablemente de una “purga”, de la función catártica del partido
bolchevique.
Allí comenzaba algo de lo que había de terminar quizás ante un trozo del
suelo agujereado por el tiro del pistolero ejecutor. La gente que concurría a la
asamblea parecía comprenderlo así; todos estábamos poseídos ya por el miedo
más íntimo; no obstante, sonreíamos y nos mostrábamos alegres..., con la alegría
rutinaria que existía en las sesiones en que iban a discutirse temas sobre la “la
estabilización relativa del capitalismo”, o sobre “la construcción del socialismo
en un solo país”.
Sinani estaba ya allí ocupando una tribuna; apenas se abrió la sesión, se le
concedió la palabra.
En la primera fila estaban los hombres inconfundibles de la NKVD, con sus
chaquetas largas, con sus rostros rellenos y sus cabezas rapadas a navaja.
Pronto me habitué a descubrirlos entre mucha gente o entre grupos
reducidos: por la manera de mirar, por la ropa de clase infinitamente superior,
por los pasos, por las risas, por el ritmo insolente de caminar. Era claro que no
tenían interés en ocultarse, sino al contrario: tenían interés en impresionar, en
mostrarse, en dar corporeidad al ejercicio del terror.
Sinani estaba verdoso, salvo en la parte vecina a los pómulos, donde le
quedaban dos manchas lívidas, de un violeta que se hacía intenso cuando la luz
caía de cierto modo sobre su cara. Alto, cenceño, fornido, hablaba con la voz
entera, con acentuada energía y se estaba sintiendo que con honda sinceridad.
—Desde niño —exclamaba— aprendí a amar ardiente y apasionadamente a
Rusia, quizás porque me tocó vivir siempre en sus fronteras, en las que dan al
oriente. Mi padre murió en la guerra con el Japón, en 1904. Murió por Rusia y
fue uno de sus héroes. Yo era un niño.
—¡Menos literatura! —gritó uno de los NKVD.
—Nous ne sommes pas dans une academie... —chilló en francés Henriette,
la mecanógrafa francesa de Manuilsky.
—¡Que hable...! —decían otros.
—Se me ha pedido mi biografía, camaradas —dijo con voz tranquila Sinani
— y la estoy haciendo. La sé de memoria, porque la he vivido con intensidad y
con honradez, y además porque me han obligado a relatarla muchas veces.
—¡Está prohibido interrumpir al camarada —dijo el presidente de la sesión
— ; prosiga, Sinani!
Habló de su educación, de su adolescencia, de sus estudios, hasta que, por
ser hijo de un oficial muerto en el campo del honor, se le abrieron las puertas del
ejército de Rusia.
—¡Del ejército zarista! —gritó la mujer que nos servía té en la oficina y que
siempre me había parecido no sólo una pobre mujer, sino un pobre diablo sin
opinión y sin ideas políticas. Y allí estaba ella, de pie, desgreñada y rabiosa,
acusando a Sinani.
—Sí, camarada Shura —respondió suavemente Sinani—, del ejército
zarista...; en aquel tiempo no había otra clase de ejército en nuestra Rusia.
La concurrencia rió y el presidente dijo con sequedad:
—No dialogues, Sinani, no llames a los camaradas por su nombre, dirígete a
la presidencia y evita que se te llame la atención.
Sinani prosiguió su narración y dijo cómo había hecho estudios en las
academias militares y cómo estuvo de guarnición en Petrogrado, en Kiev y en
Vladivostock, y su participación en la guerra.
—Pero, la madre de usted, camarada Sinani —interrumpió el secretario de la
célula, agitando un legajo de papeles— recibía un estipendio del Gobierno
zarista..., estipendio que implicaba algún servicio.
—En efecto, camarada Secretario —replicó con intencionada cortesía, Sinani
—: mi madre recibía la pensión que el Gobierno le daba por la sangre que mi
padre había vertido defendiendo el suelo ruso en una guerra desafortunada.
—¡Desafortunada guerra —gritó con sorna el camarada que hacía la limpieza
de nuestras oficinas en el Komintern— ; ya estás resultando chauvinista! ¿Qué
buena laya de comunista es este tránsfuga?
El presidente impuso silencio.
—¿Puedo pedir, camarada presidente, que no se me injurie? —preguntó
Sinani— ; no soy un condenado, ni siquiera un reo: soy sólo un miembro del
partido a quien...
—A quien estamos juzgando —gritó airadamente uno de los traductores, a
quien siguieron la francesa Henriette y varios policías.
—Mi madre —continuó Sinani— percibía una pequeña pensión; la que
reciben las viudas de los soldados que mueren por la patria. Mi madre no prestó
servicio de ninguna clase por el pequeño estipendio que recibía.
—¿Así que vivía parasitariamente? —murmuró el Secretario.
—Creo que el término no es justo, camarada Secretario —repuso con
dignidad Sinani— ; vivía de la sangre de mi padre.
Y la voz de Sinani se quebró por la emoción.
Como si se advirtiese que esta misma emoción se comunicaba al auditorio,
uno de los hombres de la NKVD exclamó:
—Vamos, menos patetismo, menos literatura.
Sinani relató cómo había peleado en el frente y las batallas en las que había
participado; sus heridas, su actuación en la batalla de Tannenberg. Luego, la
revolución de Kerensky, su traslado a Vladivostock convaleciente; su actuación
contra las bandas armadas de pícaros que no pertenecían a ningún partido, que
no profesaban credo alguno, y que se dedicaban al pillaje.
Se alzó un tremendo vocerío en la sala, pero era levantado por una exigua
minoría, entre ellos, además de la policía, por los empleados más bajos de
nuestra sección. La secretaria de Sinani estaba intensamente pálida, pero le
quedaba energía para sonreír cada vez que la miraba. Julio, el camarada con
quien trabajábamos en el sector del Pacífico para la América del Sur, no decía
una palabra; me miraba con asombro y dirigía miradas de cólera o de miedo —
no lo pude saber— a los que injuriaban a Sinani.
Los que gritaban proferían injurias:
—Está insultando a la clase proletaria...
—Está blasfemando contra la revolución.
—Este tipo es un contrarrevolucionario, un bandido...
El Presidente obligó a callarse y a ocupar sus asientos a los que gritaban.
Sinani, a su vez, replicó:
—No, aquello no era clase obrera, porque en el lugar donde me hallaba no
había un solo obrero; ni era revolución, ni comunismo, ni credo alguno. Eran
bandas de asaltantes que robaban para llevarse consigo lo que pillaban; eran
asesinos e incendiarios, que saqueaban e incendiaban las aldeas.
—¡Eran los guerrilleros de la revolución proletaria! —le gritaron.
—¡No..., no..., yo sé bien lo que digo! No eran guerrilleros; eran individuos
que ejercían las más bestiales formas del bandolerismo. Y eran bandidos rusos y
bandidos chinos.
—Está empleando un lenguaje capitalista —le gritaban— .Sinani, eres un
burgués...
Sinani estuvo impresionante al narrar su paso al lado de los comunistas, su
ingreso al Ejército Rojo, su labor tesonera como instructor de los reclutas, sus
campañas contra las invasiones.
—¡Que sí, que diga —le gritaron— a cuántos comunistas fusiló...! Que lo
diga...!
El presidente de la asamblea repitió la pregunta.
—No hice fusilar a ninguno —respondió Sinani.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó el Secretario de la célula.
—Porque nunca hice fusilar a nadie —replicó sonriendo Sinani.
—¿Así que eres un militar vegetariano? —volvió a preguntarle.
—Fusilar es una cosa, matar en combate es otra —replicó secamente Sinani.
—Bien, entonces te pregunto —dijo el secretario: ¿A cuántos comunistas
mataste en combate?
—Si ello hubiese sucedido —dijo con dureza Sinani— yo no podría saberlo
ni precisarlo.
—¡Está ocultando la verdad..., está mintiendo..., está pretendiendo engañar al
partido! —clamaban los grupos de hombres y mujeres que se habían puesto de
pie.
Alguien lanzó un siseo; los demás nos envalentonamos y le seguimos. Julio
gritó con voz trémula:
—¡Que haya orden en esta asamblea, camarada presidente!
—El presidente está dirigiendo con toda corrección la asamblea de la célula
—dijo con altivez teatral el que presidía—, y el camarada Julio no tiene por qué
llamarme la atención; yo sé bien lo que debo hacer.
Julio no dijo nada y la sala quedó en silencio. Pasaba un soplo frío sobre ella,
bajo las miradas inquisidoras de los policías.
Sinani prosiguió su narración con desgano. Estaba mucho menos pálido;
había recobrado su habitual color rojo encendido; parecía más seguro de sí
mismo o del tema en el que entraba. Habló sobre su trabajo en la Internacional
Comunista; sus informes, sus artículos, los ensayos de los que era autor y que
estaban en poder de la Academia Leninista, sección América Latina. Sus
estudios sobre Bolívar y las campañas de la independencia iberoamericana;
sobre Porfirio Díaz y el régimen de los científicos; sobre las dictaduras de
Machado en Cuba, de Gómez en Venezuela, de Leguía en Perú, de Ibáñez en
Chile.
El presidente le interrumpió:
—Una tarde —le dijo después de haber leído una de las carillas del legajo
que le presentara el secretario de la célula— estabas en la Plaza Roja; te
acompañaban Julio y tu mujer, Ossia. Te encontraste con Vasiliev, el amigo de
Piatnitsky, y con Lenka, la secretaria de éste. Conversaron... Fue una
conversación política. ¿La recuerdas...?
—Francamente —respondió Sinani con turbación— no lo recuerdo con
mucha claridad, pero puede ser; naturalmente, he tenido tantos encuentros en
tantos lugares y con tantas personas..., y mi conversación siempre es política.
—Haga memoria —dijo el presidente.
—Haz memoria —reiteró el secretario de la célula—. Haz memoria Sinani.
—Bien puede ser, no puedo afirmar que no —replicó Sinani—. Pero ¿qué
puede tener o qué puede no tener la conversación sostenida ante varias personas
con un camarada del partido y activo colaborador del Komintern?
—Ossia, tu mujer, puede ayudarte a recordar Sinani —dijo el secretario de la
célula—, pero esto será en tu casa, ya que ella no se encuentra aquí, puesto que
no es miembro del partido.
—¡Ah! —exclamaron en la sala— ¿conque no ha hecho ingresar al partido a
su mujer... y él es un dirigente del Komintern? Pero ¡qué buena ficha, qué raro
ejemplar de comunista!
Sinani estaba turbado. Quiso explicar por qué su bella mujer, rubia y
hermosa, con ojos chinescos y extraño rostro de vampiresa que llamaba la
atención por su manera de vestirse y de peinarse, no había ingresado al partido.
—Camaradas, falta de cultura política; no hace un año aún que vivimos
juntos; de otro lado, yo respeto la personalidad de mi mujer; no quería hacer
presión, porque creo que al partido debe llegarse sin presión alguna.
—Pequeño burgués —gritó Henriette—, pequeño burgués.
—Matrimonio pequeño-burgués —añadió la mujer que servía el té.
—Tu mujer —preguntó el secretario— ¿tampoco pertenece a ningún
sindicato?
—No, en efecto, no pertenece —reconoció Sinani.
—¿Tampoco trabaja?
—Bueno... en una fábrica no... no —volvió a responder Sinani.
—¿Y de qué vive? —tronó el presidente—. ¿Quién la mantiene?
—La sostengo yo —dijo Sinani con firmeza— ; el salario que percibo en el
Komintern y lo que se me paga por mis trabajos intelectuales me permiten
hacerlo. Vivimos en el Lux, en una habitación; todos ven cómo.
—Pido que se tenga en cuenta todo esto —solicitó en tono exclamatorio el
secretario— ; que se tenga en cuenta.
—Así será —ratificó el presidente— mientras indicaba al taquígrafo que
subrayase este punto.
—Pero —dijo el secretario— volvamos al tema de la conversación con
Vasiliev en la Plaza Roja. El te dijo a ti, Sinani..., recuérdalo bien, recuérdalo:
“¿Te imaginas lo que sucedería si desapareciesen los jefes del partido?”... Tú te
extrañaste un poco, como si no comprendieses. Y entonces Vasiliev te dijo, más
claramente: “¿Qué pasaría, qué crees tú que pasaría, por ejemplo, si muriese el
gran camarada Stalin?” En aquel momento te apartaste de todos, tomaste del
brazo a Vasiliev y, acompañados de Lenka, se fueron conversando los tres... —
¿Recuerdas ahora, Sinani?
El hombre había recibido un golpe en la nuca; abrió la boca, con los labios
secos; intensa palidez le invadió de nuevo, reduciendo a pequeños puntos los
tintes violáceos debajo de los pómulos. Se tomó, con nerviosa violencia, una
mano con otra y respondió:
—Sí, ahora recuerdo bien —hizo una pausa y reanimándose afirmó: La
pregunta de Vasiliev no surgió así, de la nada; vino del comentario que
hiciéramos sobre la muerte de nuestro camarada Sverdlov, sobre los méritos de
su obra, sobre su amistad con Lenin y sobre la pesadumbre que significó para el
pueblo ruso aquella muerte. A continuación fue que Vasiliev preguntó...
—Así fue, así exactamente —exclamó Julio, poniéndose de pie— ; y fue una
conversación que escucharon más de seis personas.
—¿Y a qué fuiste con Sinani a la Plaza Roja? —preguntó el secretario de la
célula.
—A ver si los carteles que iban a colocarse en la fiesta del siete de
noviembre tenían la traducción exacta del ruso al español; además, para ver si las
palabras en castellano no tenían faltas.
—Pero, Sinani, ¿qué castellano sabe...? —dijo con mofa el secretario.
—Lo leo bastante bien —dijo Sinani— pero yo no fui a ver los carteles;
acompañé a Julio por estirar las piernas; debíamos regresar al hotel a continuar
el trabajo pendiente.
—Está mintiendo —gritó un NKVD—. Que se anoten sus contradicciones.
—¡No hay contradicción! —exclamó con vigor Sinani—. Julio fue a revisar
los carteles en la Plaza Roja; yo y mi mujer fuimos acompañándolo para regresar
juntos al hotel. Vasiliev y Lenka estaban en la plaza, por azar...; estaban
asimismo varios decoradores y pintores.
—Pero ustedes hablaron sobre la muerte del camarada Stalin —dijo con
burla uno de los miembros de la NKVD que había tenido los ojos cerrados muy
largo rato.
—No mencionamos en absoluto nombre alguno —replicó Sinani— y no
pronunciamos el del camarada Stalin.
—¿No lo señalaste como a Kirov? —gritó histérica y sorpresivamente el
hombre de la NKVD que había tenido los ojos entornados.
Sinani volvió a perderse en el laberinto de sus emociones. Reaccionando,
con visible esfuerzo, imploró:
—Pero ¿por qué se lanzan así cosas tan terribles?
—Bien —bien dijo el presidente— ; vosotros hablasteis de la muerte de los
dirigentes del partido, de lo que sucedería, de la forma en que recibiría tales
sucesos el pueblo ruso... ¿Tú, Sinani, qué dijiste?
—Pues dije, y lo dije con toda convicción, que los dirigentes del partido
estaban muy bien, que gozaban de perfecta salud y que no debíamos
preocuparnos por eso. Así fue todo.
El presidente hizo varias preguntas sin importancia, miró al que
probablemente hacía de jefe de los NKVD, miró su reloj, y afirmó que la hora
era avanzada, por lo que levantaba la sesión.
A la mañana siguiente, Sinani estaba trabajando en su escritorio, como de
costumbre. Y al cuarto día comenzábamos ya a olvidar las incidencias de la
asamblea del Lux, ya que no tenían desenlace truculento.
Un par de semanas después, al entrar por la mañana al Komintern encontré la
noticia: Sinani no está, Sinani ha desaparecido.
Al día siguiente, la rubia y vampiresca Ossia, su mujer, se marchó con toda
tranquilidad del Lux. Sacó sus objetos de uso personal de día y a la vista de
todos, lo que extrañó mucho y provocó turbias conjeturas.
Una noche, en la cena, el joven comunista cubano que acompañaba en la
delegación a Candelaria, o Blas Roca, se acercó a nuestra mesa y nos dijo:
—Han desaparecido Julio y la secretaria de nuestra sección.
—¿La que trabajaba con Sinani?
—Sí...
—¿Y Sinani...?
—Chst..., ¡cuidado...! Se ha descubierto un complot para asesinar a Stalin...
¡Lo han fusilado...!
Perspectiva del camino de Yenán
27
Las conferencias secretas de la Gran Asia Oriental y de la América Latina,
que se desarrollaron en Moscú al final de 1934, habían terminado. Através de
ellas se había hecho sensible el antagonismo de las posiciones políticas de
Dimitrov y de Manuilsky. Mientras Dimitrov planeaba su táctica de “Frente
Popular en todo el mundo”, como medio para hacer frente al fascismo,
Manuilsky propugnaba la aplicación de tácticas insurreccionales, allí donde era
factible tomar las armas.
Luis Carlos Prestes y la delegación comunista del Brasil habían defendido
con verdadero encarnizamiento la idea de un movimiento insurreccional en el
Brasil, que debería estallar en la zona del nordeste, sobre el Amazonas. Los
delegados argentinos aprobaban esta tendencia plegándose a Manuilsky, a causa
de que —como ellos afirmaban— su poderío en la Internacional continuaba
siendo omnímodo, pese a la presencia de Dimitrov y a la acentuada fuerza con
que éste defendía sus posiciones. Mi posición fue la misma que la de Dimitrov:
Frente Popular en todas partes, aunque por mi lado acentué mi oposición al
intento de realizar un movimiento insurreccional en Brasil.
La Conferencia había acordado ya, a proposición de Dimitrov y de Guralsky,
venciendo la oposición de los dirigentes argentinos, que se me designase jefe de
la delegación del Komintern que partiría a Chile, a poner en práctica la táctica
del Frente Popular, por la que tanto había luchado a través de todo el certamen.
Mi pertinaz oposición al levantamiento en Brasil enfadó a Manuilsky, no sólo
hasta el punto de vapulearme en las discusiones, sino hasta intentar que se
anulase mi designación como dirigente supremo de la delegación que partiría a
Chile.
Creía en la vigorosa personalidad de Prestes y en la influencia política del
prestismo en Brasil, pero no esperaba sino el fracaso de un movimiento
insurreccional. Prestes y los brasileros estaban persuadidos de que el pueblo
entero les seguiría, como consecuencia del hartazgo popular respecto de la
dictadura de Vargas.
—Cuando los pueblos en América Latina —argumentaban— tienen bastante,
están cansados de un dictador, pues siguen a cualquiera que se alce contra el
dictador, aunque ese cualquiera sea comunista.
Mi oposición debió orientarse a encontrar razonamientos más y más
poderosos, entre los que hice valer el poderío de los Estados Unidos.
—La sola presencia de un par de acorazados en las bocas del Amazonas o en
la rada del Río de Janeiro bastará para anonadar cualquier éxito inicial que
pudiese haberse obtenido con el levantamiento —sostuve entonces.
Al adoptarse las resoluciones finales, Dimitrov transó: mientras en Chile y en
otros países se aplicaría la táctica del Frente Popular, en Brasil se intentaría la
insurrección armada.
A raíz de la discrepancia que mi opinión había significado, Manuilsky
convocó a una “conferencia estrecha” a la que sólo asistimos cinco dirigentes
latinoamericanos: Prestes, Rodolfo Ghioldi, Blas Roca, Da Silva y yo.
Participaron en las reuniones secretas, además de Manuilsky y de Dimitrov,
Guralsky, Kuusinen, Motylev, Myrochewsky y “el camarada Grinkov”, profesor
de arte militar, que dirigía los cursos en una academia especial, sobre métodos de
sabotaje, de ataque y defensa, de lucha callejera, de asalto a cuarteles, líneas
férreas, depósitos de armas, víveres, etc.
En aquellas reuniones “estrechas” Manuilsky rebatió mis opiniones,
burlándose sarcásticamente de ellas.
—Nuestro querido camarada —había dicho— tiene razón, si dejamos las
cosas donde él las deja planteadas. ¡Si los Estados Unidos movilizan barcos y
tropas hacia Brasil..., pues es claro... no vamos a pedir que el pueblo brasilero
luche con estacas o con orquídeas contra los cañones...! Por felicidad para
nosotros y para la suerte del proletariado mundial, la Internacional Comunista ha
planteado ya con mucha anticipación el problema que ha visto el camarada y
también su solución, que es la que el pobrecito no ha visto ni sospechado. De
sospecharlo, su posición habría sido diferente en nuestra Conferencia. La
Internacional, camaradas, se ha preocupado más bien que de controlar los
cañones y los barcos de guerra, de influir, de sujetar el dedo que habrá de
oprimir el botón mágico —al que con tanto susto ha hecho referencia nuestro
camarada— y que será el que haga zarpar la flota.
Se extendió en una amplia información sobre las grandes realizaciones
comunistas en los Estados Unidos, sobre la penetración en muy altas y poderosas
esferas y sobre los servicios que habían de prestar, de una u otra manera, muy
importantes personajes. De otro lado, explanó su pensamiento sobre la ayuda
que recibiría el levantamiento y sobre la acción de solidaridad que se
desarrollaría en toda América.
Prestes, por su lado, con el acolitazgo de Américo, de Da Silva y de toda la
delegación brasilera, auguró fervorosa acogida a la insurrección. Y no tan sólo
de parte de los obreros de la “Leopoldina” o de los peones de las “fazendas”,
sino también, y muy devota, de parte de poderosos e influyentes círculos
sociales, militares y políticos.
Se narró con patetismo la anécdota, fresca en su acaecimiento, de la
conferencia dictada por alto jefe del Ejército en una de sus academias de guerra.
El conferencista habíase referido en términos acres a las simpatías que existían
dentro de la oficialidad y que alcanzaba hasta la esfera de los jefes, hacia
ideologías extranjeras, extrañas a la mentalidad, a la tradición y al proceso
histórico de Brasil.
Un joven oficial se puso de pie e interrogó con voz desafiadora:
—¿Se refiere usted, mi General, a nosotros, los marxistas?
El denso silencio que dejó la pregunta fue roto por la palabra lenta y grave
que emergió, bañada en la amable sonrisa del conferenciante:
—No..., Capitán..., no me he referido a vosotros, los marxistas...
Finalmente, Kuusinen, Motylev y Manuilsky invocaron el poder submarino
de Rusia; se dijo que sin paralelo ni competidor posible en el mundo... y se
insinuaron desembarcos nocturnos..., armamentos..., técnicos..., estrategas...,
“agit-prop” armada..., lo que en la guerra fueron los comandos. Se sugirió todo
lo que la Internacional Comunista podría dar... y lo que, cuando llegó la tragedia
de España..., no pudo dar, no quiso dar. Pareció en aquella circunstancia que el
Brasil de Prestes tenía mucho más suerte en el Komintern que la Alemania de
Thaelman; ésta, en vez de ayuda bélica, había recibido la orden de colocar el
mentón sobre el tajo y la nuca bajo el hacha.
Hube de retirar todas mis objeciones, reconocer mi grave error y declarar que
mi pensamiento no había llegado a concebir la idea atrevida de que hubiese
comunistas en los puestos de Comando del Estado en los Estados Unidos, y de
que la Internacional Comunista tuviese sus puestos de penetración y avanzada en
puntos fundamentales del alto mando capitalista. Y así, por unanimidad y sin
reserva alguna, fueron selladas las grandes decisiones del Komintern para
América Latina: insurrección en Brasil, Frente Popular en Chile, exaltación
nacionalista en México, formación de un partido gemelo de masas, partido de
“hombres nuestros” en la isla de Cuba.
Fue en aquellas sesiones reservadas donde se nos notificó el cambio esencial
que se introduciría en el sistema de organización de los partidos comunistas. En
adelante, no más una sola jerarquía de comunistas, los militantes, astrictos a
registrarse como tales, a trabajar en una “célula” y bajo la inmediata dirección de
los organismos jerárquicos del partido. Es cierto que así fue establecido por
Lenin, tras una lucha pugnaz contra los mencheviques y oportunistas..., pero las
circunstancias mundiales habían cambiado y era preciso ejecutar uno de esos
“bruscos virajes” de los que hablara el genial camarada Stalin.
En adelante, pues, además de militante comunista de partido, habría
comunistas de dos categorías: una, llamada de “hombres fieles”, que podrían ser
o no militantes, según lo determinase la Internacional y hacia quienes los
partidos comunistas y sus comités centrales deberán profesar una consideración
especial, dándoles participación cuando lo solicitasen en las “comisiones de
control”. Como arquetipo de esta categoría de “hombre fiel” en América Latina
se nos dio a Vittorio Codovila. Sólo mucho más tarde vine a intuir, y después a
corroborar palmariamente, que el título de “hombre fiel” no era potestativo del
Komintern, sino de la NKVD, la policía secreta rusa.
La otra categoría sería la de los “hombres nuestros”. Este sería el comunista
que jamás se presentaría como tal; que, muy al contrario, llegaría a mostrar
disconformidad con el Partido Comunista y a criticar sus debilidades o sus
errores. A esta reunión asistieron especialmente invitados los profesores Mitin y
Adoratsky, para cimentar la claridad de la identidad y de la diferencia entre lo
esencial y lo aparente. Los “hombres nuestros” iban a ser comunistas esenciales,
pero liberales, o socialistas o anarquistas aparentes. Muchos de ellos trabajarían
directamente vinculados a las altas cumbres de la Internacional, sin conexión con
los comités centrales. Y como arquetipo de “hombres nuestros” se insinuó al
comunista mexicano Vicente Lombardo Toledano, influyente personaje de la
actividad sindical del país norteño.
Después de los felices acuerdos y de la ratificación de mi designación como
jefe de la delegación del Komintern que partiría a Chile, recibí las felicitaciones
de los altos comandantes y la clásica cena de homenaje, en la que se come caviar
y se bebe vodka sin tasa.
En la cena, Dimitrov me indicó la necesidad urgente de que viese a
Barbusse...; por la mañana me buscaría un automóvil y me conduciría a la casa
de campo donde el escritor se encontraba.
Barbusse estaba contento de mi designación, la exaltó ante mí como un
honor que sólo muy escasos comunistas llegaban a conquistar. Y se mostró
apesadumbrado por una de mis actitudes, censurando que me hubiese opuesto a
Manuilsky en la cuestión concerniente a Brasil. Criticó mi poca fe en los altos
dirigentes y en la clarividencia de sus designios, al propio tiempo que mi osadía
de opinar sin conocer en su vastedad y en su verdad los elementos con que ellos
contaban para adoptar tal especie de resoluciones.
Luego me expresó con viva emoción, con ese su patetismo conmovedor, que
ejercía sobre mí un extraño papel convincente, su esperanza de que tuviese éxito
en Chile, y de que obtuviese la creación y desenvolvimiento triunfal del Frente
Popular allá.
—Comprende bien, hijo mío —repetía una y otra vez—, que, si tienes éxito,
ello influirá sobre la suerte de mucha gente, de pueblos enteros hoy amenazados
por el fascismo y por la guerra. El honor que recibes comporta una muy grande
responsabilidad; tienes que hacerte digno de esa responsabilidad..., y se extendía
en consideraciones sobre la suerte de la democracia, sobre el destino del mundo,
sobre el peligro de la guerra que él veía con claridad como intrínseco al marchar
del nazismo.
Me di cuenta con honda fuerza persuasiva del inmenso amor que Barbusse
profesaba por su creación, la idea de la unidad realizada en el Frente Popular; él
estaba seguro de que con el Frente Popular se derrotaría al fascismo, se
impediría la guerra..., y otra vez de nuevo, la guerra surgía ante este antiguo
combatiente, como una psicosis, como un dolor agobiante, como una pesadilla.
—Antes de partir —me dijo—, y es para esto que te he solicitado, deberás
conversar mucho con nuestros camaradas chinos. No debo decirte que esto sea
una emergencia del propio camarada Stalin, pero... es imperativo que converses
con ellos, que conozcas las experiencias de Sinkiang, que saques conclusiones
muy claras, pues tal claridad te ayudará a tener aciertos y a evitarte errores. Tu
éxito o tu descalabro serán los míos..., no lo olvides... Has de hablar con ellos;
todo está arreglado...
Aquella fue la última vez que hablé con Barbusse; no volví a verle jamás; no
llegó a conocer el éxito del Frente Popular en Chile... Pocos meses más tarde
moría, sin que su deceso pareciese haber causado mayor impresión en las cimas
de la Internacional Comunista.
Quedaron pendientes así todas las preguntas que me había propuesto hacerle
sobre un cúmulo de acontecimientos que, sólo muy largo tiempo después, he
podido interpretar con claridad. Los años de 1933 a 1935 fueron, sin
equivocación, los más críticos y los más difíciles para el régimen de Stalin. La
ola del terror, desarrollada con despiadada virulencia en los campos, realizando
“la liquidación del 'kulak' como capa social y económica”, se había detenido en
las goteras de las ciudades donde existían gruesas concentraciones obreras. El
trotskismo, así como el “zinooviefismo” y el “bujarinismo”, eran en lo esencial
blancos de ataques verbales, motivos de preparación psicológica, propaganda
intensiva utilizada por Stalin para enaltecerse, al propio tiempo que para mermar
y arrebatar prestigio a sus adversarios, a quienes arrancaba cartas de abjuración y
arrepentimiento, en las que “reconocían públicamente sus errores”. Pero la
quiebra del Partido Comunista alemán y la cadena de desastres ocurridos a los
comunistas, en China y en todos los rincones del mundo, habían creado el
ambiente adecuado para que prosperase el apodo que la oposición daba a Stalin,
casi en voz alta, llamándole “el general de las derrotas”. Manuilsky, dentro del
Komintern, era mirado como el lugarteniente inmediato que comandaba esas
derrotas.
Fue esta situación crítica, fue este ambiente de tensión y dificultades
supremas lo que operó como factor determinante de varias maniobras un tanto
extrañas y del bárbaro y despiadado golpe criminal que cortó la vida de Sergio
Kirov. Fue la situación lo que les astringió a presentar a Jorge Dimitrov, el
comunista búlgaro héroe, escapado de la garra nacionalsocialista alemana, como
Presidente de la Internacional Comunista, antes de que la designación fuese
aprobada por congreso alguno. Fue asimismo, por la crítica situación, por lo que
se convocó primero, y se suspendió luego, el Séptimo Congreso de la
Internacional Comunista. Llegaron los delegados de los puntos más alejados del
orbe y solamente los europeos alcanzaron a recibir la notificación del
aplazamiento. Asiáticos y latinoamericanos celebraron conferencias que tuvieron
carácter secreto, ya que jamás fueron publicadas las resoluciones adoptadas, y en
una y otra participaron los más altos dirigentes de los partidos comunistas
respectivos. Se evitó de esta manera el estallido de la tempestad en torno a la
idea del Frente Popular o del Camino de Yenán. Y, para poder desatar la ola de
terror, dentro de las ciudades, contra los altos dirigentes comunistas, contra los
más conspicuos capitanes sindicalistas, pues... aconteció el asesinato de Sergio
Kirov. Nadie más que Stalin y su grupo necesitaban con apremio de este crimen.
De su realización debían obtener la razón bolchevique para el viraje del terror, la
justificación para su cambio de rumbo y la explicación de que él cayera, no ya
sobre las cabezas de los burgueses y de los “kulaks”, sino sobre las de aquellos
mismos que habían engendrado la revolución.
Muchos acontecimientos debían golpearme todavía, zarandeándome en todos
los sentidos, antes de que surgiese diáfana la interpretación de los
acontecimientos de aquellos años.
Jorge Dimitrov me sorprendió un día, obsequiándome un libro,
primorosamente encuadernado en piel, con mi nombre en letras doradas, que
contenía los textos mecanografiados de mis intervenciones en defensa del Frente
Popular. Con tipografía especial estaban grabados los pasajes que debían formar
lo que se denominó “Ideología del Frente Popular”. Concepciones filosóficas,
políticas, organizativas, de estrategia y de táctica. Todo lo que podía constituir
un sistema de ideas para el uso de los no comunistas, que formasen parte de los
contingentes políticos y electorales del Frente Popular.
Gracias a mis profundos conocimientos de la patrística, de los profetas del
Antiguo Testamento, de las parábolas y de literatura sobre pasajes como el
“sermón de la montaña”, había elaborado, a través de ardorosas discusiones en la
Academia Leninista, un sistema de ideas, en el que se entremezclaban sin
choque y sin antagonismo principios cristianos y concepciones comunistas.
Figuraba allí, de manera sobresaliente, la teoría y la práctica de la política
apodada “mano tendida a los católicos”, a quienes —según Dimitrov— era
imperativo lavarles el cerebro, no con citas de Marx, Engels, Lenin y Stalin, sino
con versículos del Evangelio y citas de los profetas, como aquella de Isaías: “Y
Jehová dice: en verdad, en verdad os digo que llegará el día en que solamente los
que siembren el grano cosecharán el trigo y sólo los que amasen la harina
comerán del pan...”.
En los debates, esto fue estimado como verdadero hallazgo.
Se planteó la difícil cuestión de la doctrina económica que debía sustentar el
Frente Popular. Los ardorosos debates en los que participaron todos los
delegados latinoamericanos fueron dirigidos por el economista húngaro, ministro
de Economía del Gobierno de Bela Kun, Eugéne Varga, quien, a pesar de ser
judío sefardí, era economista de confianza de Stalin, a quien le suministraba
argumentos para los fundamentos del leninismo.
Dimitrov, Varga y todos los demás reconocimos unánimes la imposibilidad
en que nos encontrábamos los comunistas de plantear en el Frente Popular la
abolición de la propiedad privada, la expropiación de los medios de producción,
la implantación del colectivismo. Sobre tales ideas sería inasequible la
formación del Frente Popular.
Eugéne Varga y Dimitrov aportaron la solución.
Al comunismo se puede llegar por la vía del golpe de Estado de nuestro
camarada Lenin. Pero, sería sectario considerar que ésta era la vía única;
significaría caer en el “izquierdismo, enfermedad de infancia del comunismo”...
Al comunismo también se podrá llegar mediante una serie progresiva de “New
Deals”. Era el sistema que acababa de inaugurar en Estados Unidos Franklin
Delano Roosevelt, quebrando las normas liberales y estableciendo una política
de intervencionismo estatal, copiado del que se había impuesto durante la guerra,
que propugnaría el funcionamiento de un Estado benefactor. Era un sistema
análogo al que había comenzado a implantar en Alemania el régimen hitleriano.
Se concluyó que la pequeña burguesía, los socialdemócratas, y hasta amplios
sectores de burgueses latinoamericanos, que se apodaban liberales sin tener una
idea clara de lo que es el liberalismo, aceptarían sin mayores renuencias la
marcha acelerada hacia el “New Deal”. Esta fórmula permitiría así hasta la
conquista de elementos reaccionarios, ya que era la impuesta por el fascismo en
Italia y, con mayor vigor organizativo todavía, por el nacionalsocialismo en
Alemania.
En cuanto a una ideología más coherente, capaz de aglutinar a los no
comunistas, aún recalcitrantes, fue recomendada la que señaló Lenin ante el
Segundo Congreso de la Internacional Comunista, en 1920, en sus “Tesis para
los países coloniales y semi-coloniales”, elaboradas por el comunista indio
Manabendra Nath Roy. El nacionalismo-revolucionario, “política atrasada para
los países atrasados”.
Como me lo dijera Barbusse, dos días más tarde me encontraba en la vasta
casa de campo, rodeada de parques y de alambradas de púas, donde habitaban
alrededor de unos setenta chinos dirigentes comunistas. Todos habían sido
traídos, so pretexto de asistir al Séptimo Congreso de la Internacional, que fue
frustrado, con la finalidad de cimentar la autoridad de Mao y de su grupo,
liquidar la oposición que capitaneaba Li Lisan, y aplastar en germen el agudo
peligro de división que fermentaba en el seno del partido. Mao era incapaz de
contrarrestar ni de hacer frente a la crisis con sus propias fuerzas y las de su
violento, terco y necio amigo Chu Teh. Tenía necesidad de que se le consagrase
y se le ungiese en Moscú, pues, de lo contrario, él y sus partidarios serían
barridos por sus oponentes, que eran sin duda los más, los mejores, y los más
brillantes y cultivados.
Mao se limitaba, dogmático y débil, a llamarlos “occidentales”, “europeos” y
“europeizantes”, a guisa de injuria, y como calificativo de desviación política
peligrosamente antiproletaria y antichina. Todos los chinos residentes en aquella
casa de campo sí sabían bien que Mao había sido recibido por Stalin: uno de los
que estuvo en la entrevista se hallaba presente allí y hablaba de tal entrevista,
obligándome, junto con Mao, a confirmarla, pese a la prohibición que me vedaba
hacerlo.
Los dirigentes superiores me fueron presentados con nombres que no eran
los propios. Reconocí a Li Lisan, a Mao Tse Tung y a Chu, por las fotografías
que había visto de ellos o que vi más tarde.
Li era un chino de formación europea, en tanto que Mao era un chino
purísimo sin influencia extraña alguna. Li tenía el cutis suave; Mao tenía el
rostro marcado por las tumefactas cicatrices de alguna afección herpética; sus
pies y sus manos eran grandes. Discutía repitiendo sí... sí... sí... o no... no... no...
Era dogmático, pobre en sus argumentaciones, pero tenía el pensamiento preciso
de lo que quería o de lo que sabía. No adornaba sus discursos, ni cuidaba su
lenguaje; era brusco y directo para expresarse, y pedía con encarecimiento al
traductor que repitiese el equivalente de las interjecciones con que llenaba sus
lagunas mentales. Y, en efecto, aun en la traducción, esas interjecciones daban
un sabor especial, un significado típico, a las palabras o a las ideas que Mao
quería expresar con ellas.
Mao era un devoto de Stalin. Le nombraba a cada momento; lo hacía
también, sin duda alguna, por darse importancia ante los demás, especialmente
ante Li Lisan, su concurrente y adversario en la intimidad partidaria. Acada par
de frases, Mao subrayaba que esa idea luminosa y magnificente no era de él, la
había tomado del camarada Stalin; que aquella otra expresión, tal idea, tal otra
sugerencia, no tenían la paternidad de este humilde Mao. No. El había tenido tan
sólo el talento de tomarlas del camarada Stalin.
Tenía una memoria asombrosa para recordar con exactitud literal las frases
de Stalin. Y no sólo a la letra, sino con el recuerdo preciso del momento en que
Stalin las pronunció, la oportunidad, el motivo y las circunstancias que rodeaban
el nacimiento de aquellas frases. Un viejo pastor, asiduo lector de la Biblia,
dotado de memoria prodigiosa, no habría recordado mejor los versículos y los
salmos, como aquel chino las frases, discursos y sentencias del gran Stalin.
Las discrepancias entre Mao Tse Tung y Li Lisan no se referían a la táctica
política, ni a la metodología comunista que habría de llamarse, poco tiempo más
tarde, “el Camino de Yenán”. En seguir tal camino y desplegar tal táctica uno y
otro se hallaban de acuerdo. Las divergencias eran de índole más abstracta. La
ventaja la llevaba evidentemente Mao, a causa de su fervoroso y hasta teatral
stalinismo, lo que le había valido quizás la gracia del caudillo dilecto. Y se hacía
claro, ya que Mao empezaba a utilizar con plena eficacia su categoría de ungido
del Kremlin.
Hablamos sobre lo que Mao, Chu Teh y su inseparable guardián Kang Sheng
denominaban la “experiencia de Sinkiang”, y que bien pronto había de cambiar
de nombre, llamándose oficialmente “Camino de Yenán”.
Hasta tres chinos oficiaban de traductores y se corregían mutuamente; de tal
manera, la versión llegaba purificada de errores. Lo mismo hacían los
traductores con mis preguntas y opiniones, de modo que ellas llegaban destiladas
a mis interlocutores.
Me quedé en aquella tranquila casa de campo, donde se desarrollaba una
tempestad china, durante tres días con sus noches. Tanto Mao como Li se
mostraban encantados de tenerme como huésped y de agradar con ello tanto a
Barbusse como al ínclito camarada Stalin.
Después de la amplia exposición que les hice sobre la Alianza Popular
Revolucionaria Americana, estuvieron de acuerdo en que existían grandes
analogías entre el Apra y el Kuo Min Tang, y entre Haya de la Torre y Chiang
Kai Shek, pero que existía la posibilidad de obtener que el aprismo marchase por
los caminos del Komintern; y en esto podría cooperar muy bien la táctica de
Yenán, afirmaron.
—La clave fundamental del Camino de Yenán —manifestó Li— reside en
que nuestra labor no se desarrolla pensando exclusivamente en términos
proletarios; o sea, tomando en cuenta únicamente a la clase obrera. De acuerdo
con la llamada táctica de Yenán, pensamos en términos mucho más amplios, que
abarcan a otros sectores sociales y que comprenden a otras clases. Ante la
amenaza del fascismo, millones de personas están dispuestas a luchar a nuestro
lado. Y nosotros debemos utilizar este nuevo estado de ánimo.
Pero no es sólo el temor de perder la libertad lo que puede darnos ambiente y
abrimos camino. Es principalmente la ambición de millares y millares de
políticos de todo tamaño, salidos de la pequeña burguesía rural y urbana, que no
logran escalar posiciones importantes, no tanto de acuerdo con sus méritos, sino
de acuerdo con sus ambiciones. Si nosotros, los comunistas, con las grandes o
las pequeñas fuerzas de que podamos disponer, ofrecemos nuestro apoyo a esos
políticos, ellos vendrán hacia nuestro campo, no como militantes afiliados al
partido, que a ellos no les conviene ni a nosotros tampoco, sino como servidores.
Servidores de conveniencia. Les dará provecho servirnos; nosotros les
retribuiremos siempre mucho mejor que sus partidos propios o los sectores en
los cuales ellos actúen.
Hizo una pausa Li Lisan y habló Mao Tse Tung.
—Nosotros hemos conquistado por este camino a centenares de oficiales del
ejército de Chang Kai Sheck. El militar chino es ambicioso; tiene hambre de
poder —que no tiene el militar europeo— y sed de riquezas, de comodidades, de
lujo. Hay generales del ejército de Chiang que son provincianos pobres y
oscuros. De no haber ingresado al Ejército, habrían quedado como escribientes
de juzgado, como propietarios de piaras de mulas, como maestros de escuelas
rurales, a lo sumo. En cambio, por la vía militar llegaron a generales. Y en tal
categoría, lo único que anhelan ya es salir de su condición económica mediocre,
de su ubicación social inferior, a la de hombres ricos, a la de personajes
poderosos y afortunados.
Sirviendo las ambiciones de estos generales, muchas veces poniéndonos al
servicio de estos señores de la guerra, los comunistas hemos obtenido ventajas y
posiciones que no habríamos ganado mediante la lucha. No siempre la lucha de
masas conduce a la victoria política; a menudo estos procedimientos que, a
veces, parecen de serpiente, otorgan mejores y más duraderos triunfos. El talento
del comunista está en saber aprovecharlos.
Mao se puso de pie, avanzó hacia un ventanuco que se abría en el muro, y
pidió bebida y vasos. Prosiguió con calma, mirándome desde lo alto de sus ojos
rasgados, y de su tez asolanada y granujosa.
—El más grande talento de este trabajo es procurar siempre, querido
camarada, no hacer causa común con el que cae. No defender jamás al que no
tiene fuerza, aunque tenga razón. No atacar al que pilla al erario, si ese que pilla
es dueño de una gran fortaleza. Puede triturarnos y no hay necesidad de ser
mártires.
Intenté decir algo, haciendo una seña al traductor, pero Mao me detuvo con
un gesto de su mano y continuó:
—Nuestra experiencia, la experiencia del Camino de Yenán, es que los
elementos tales como los doctores, generales, dentistas, comandantes, abogados,
que carecen de fortuna, no aman el poder por el poder mismo —menos para
hacerle bien a alguien—, sino que les seduce la captura del poder para hacerse
ricos.
Mao hizo una pausa, dio unos pasos hacia el centro de la habitación y,
riendo, exclamó:
—Llegan al poder y empiezan a clamar como Napoleón: dinero, más dinero,
todavía más dinero. Y comprende bien, querido camarada: si nosotros ayudamos
a estos elementos, si les ayudamos a encumbrarse, si les servimos de escalera,
porque ello nos tiene cuenta y nos da provecho, pues es incongruente y absurdo
que luego queramos fiscalizar sus manos, poner cierres en sus bolsillos o diques
a su codicia. Si lo hiciésemos ingenuamente, pues de inmediato se volverían
contra nosotros y harían lo posible por aplastamos. Esto sucedió con Chiang en
1927: quisimos hacer de moralistas y Chiang Kai Sheck lanzó toda su potencia
contra nosotros.
Li Lisan dijo algo en chino, interrumpiendo a Mao. Se promovió una
discusión aguda, que el traductor no vertió al francés. Durante más de una hora,
Li, rojo y chillón, discutía y gritaba; Mao respondía con gravedad y con tono
medido.
Mao invitó a beber; sirvió las copas y liquidó su polémica. Hizo salud,
diciendo en francés a la votre, y degustando el licor sentenció:
—Deja que hoy se enriquezcan, que luego, muy luego, les expropiaremos.
Mientras más complicidad encuentren de nuestra parte en sus saqueos, más
posiciones nos dejarán tomar y ocupar, ayudándonos a conquistarlas y también a
extenderlas. Eso sí, dos cuestiones esencialísimas: no participar en forma alguna
en los fraudes y saqueos, lo cual es sumamente difícil, aunque no te parezca, y
realizar este tipo de colaboración sin que la masa pueda percibir algo indecoroso
y sin que nuestros enemigos puedan demostrar en modo alguno la existencia de
tal complicidad. Esto —añadió Mao, riendo con sarcasmo— les resulta siempre
encantador a ellos; encantador y provechoso, amigo mío, puesto que nuestra
limpieza aumenta la parte que les corressponde y les permite repartirla con
mayor número de granujas.
Mao volvió a reír con aquella enigmática sonrisa china. Nunca supe si reía de
los conceptos que enunciaba, de los granujas y pícaros con quienes había que
tratar, o de mi asombro y perplejidad.
Hizo una pausa y, curvándose en una reverencia teatral, Mao dijo en francés,
abriendo ambos brazos:
—Vous avez la parole, camarade(tiene usted la palabra, camarada) —y me
hizo decir a través del traductor:
—Mao te pide que seas tan gentil de referirte al aspecto puramente práctico
de la cuestión. Que dejes el asunto moral a un lado..., que... lo trataremos
después.
Mao dijo algo en chino, con gran velocidad, y el traductor expresó:
—O no lo trataremos...
—Comprendo —les dije— la forma en que plantean ustedes la cuestión. Se
trata de una estratagema con la cual debemos desorientar y engañar a ciertos
sectores de la pequeña burguesía, para abrirnos camino. ¿Verdad?
Hecha la traducción, Mao agitó la cabeza nerviosa y negativamente, y
haciendo con las dos manos ahuecadas como si nadase o como si espantara
moscas, agitándolas de adentro hacia afuera.
—No has comprendido; no se trata de engañar a nadie sobre nuestra posición
ni nuestro ideario. No has comprendido, camarada.
Li Lisan intervino interrogando:
—¿Crees tú sinceramente que es engañar el hecho de contribuir, por ejemplo,
al triunfo de un político radical de última fila, cien veces postergado en su
partido, quizás a causa de su inepcia, pero que tiene ambiciones, que es
manejable y que puede llegar a ser elegido diputado, por ejemplo, por una
circunscripción de la Gironda o de la Bretaña, precisamente donde los
comunistas no podemos sacar triunfante a ninguno de los nuestros...? ¿Crees que
esto es engaño?
Estaba hondamente conturbado en aquel momento y no supe cómo
responderles. Sentía como si tuviese necesidad de asimilar aquellas ideas o de
desentrañar previamente el significado de las palabras.
—Bueno —balbuceé— es claro engaño, habría que...
—Eso es obrar colocando las cartas sobre la mesa, haciendo ese juego limpio
que les agrada tanto a los ingleses, dando y recibiendo —aseveró rotundo Li
Lisan. En el caso que te he propuesto, nosotros damos a ese radical socialista lo
que él no alcanzaría sin nosotros, recibiendo luego lo que necesitamos obtener.
¡Ah... eso sí, sin duda...! El radical va electo como diputado, pero irá
comprometido firmemente a apoyar a un camarada nuestro para alcalde del
distrito, o por lo menos para concejal o regidor. A ellos esto no les importa
mucho. No toca ni su bolsa, ni su sentimentalismo y, por ello, lo conceden no
sólo con facilidad, sino con verdadero placer. La concesión les parece una
piltrafa y no dejan de pensar mucho en que quizás puedan necesitarnos más
tarde. Y siempre hay que hacerles saber con claridad que ellos subirán siempre
más arriba, contarán con defensores aguerridos y con aliados firmes, en la
medida en que nos sirvan.
Se calló Li y habló Mao, apenas terminó el traductor.
—Aquí hay dos cosas: la primera, que ese hombre minúsculo, ese comunista
que, gracias al convenio, resulta electo alcalde de distrito o concejal del
municipio, encontrará ya el camino abierto cuando el partido quiera lanzar su
diputado o imponer su alcalde. Entonces, ya no elegirán al radical, sino al
comunista: el fin es siempre el mismo; cambian los medios de acuerdo con
nuestra potencia para obrar o para descargar golpes. Este método parece más
lento, pero, aunque parezca paradoja, es más rápido y, sobre todo, es más seguro.
Esta es la primera cuestión.
—Ahora —añadió— la segunda cuestión: cualquier persona que reciba
nuestro apoyo y que no cumpla sus promesas debe ser convertida en el blanco de
un ataque frontal, de ferocidad despiadada. Es suficiente que hagamos el
escarmiento con uno; basta que se convenzan de que tenemos capacidad para
cerrarle el camino a alguien y de convertirlo, mediante nuestra campaña pertinaz,
en un verdadero palo de gallinero, que no haya por donde tomarlo, para que los
demás se dejen ganar por el miedo. Un miedo que los comunistas no sabemos
medir con su verdadera medida. ¡No sé por qué...!
Mao esperó que el traductor terminara de hablar, para reanudar su
exposición.
—El pequeño burgués ambicioso, tomado por la fiebre de la codicia, siente
una angustia envenenada en cuanto nosotros le golpeamos con tenacidad. Hay
que inventarIo todo; hay que dejarle en la miseria moral, hay que vapulearle con
todas las armas; que no quede al final sino un miserable guiñapo arrollado y
amasado en su propia pringue; en esa pringue que hayamos fabricado
especialmente para él.
Se calló Mao y ordenó que llenaran de nuevo las copas. Estaba sosegado y
dueño de una gran calma; sus miradas parecían agujas de jeringuilla
hipodérmica; en sus labios reposaba inmóvil un gesto de desprecio.
Él parecía que esperaba que yo dijese algo, pero en verdad me hallaba
hondamente conturbado con aquella desnuda y quizás, sí, hasta obscena
exposición. Quería reponerme; pensar; elaborar ideas y digerirlas; estaba
hundido en una tormentosa confusión.
Mao pareció sondear mi pensamiento y proclamó:
—La realidad, la vida, el momento mundial nos colocan las narices frente a
una disyuntiva, cortante como el filo de una navaja. Piénsalo bien; disciérnelo;
húndetelo en el cráneo: o abdicamos de algunos principios o dejamos el paso
libre al fascismo.
—Es que podríamos tratar de conciliar... —dije, pero me interrumpió
bruscamente y con acritud:
—Sí, podríamos, por ejemplo, eliminar al fascismo con una resolución
teórica, ¿verdad? Sería cómodo; no se movería un cabello de la cabeza de
nuestros principios y de las doctrinas morales. Pero, querido camarada,
desgraciadamente, después de elaboradas, votadas y pronunciadas una o mil
resoluciones, el fascismo avasallaría el mundo. ¿Y sabes tú lo que eso podrá
significar?
Y Mao desató una vigorosa elocuencia para presentar la perspectiva de un
mundo sojuzgado por los nazis, sometido a la dictadura fascista. Y al terminar
dijo: y éstas no son las ideas de Mao. No. Son aspectos débilmente enunciados,
de la forma clarividente en que enfoca este gran problema nuestro ínclito y
benemérito camarada Stalin, el guía sabio y genial que conduce con mano de
timonel infalible la nave de la revolución hacia el triunfo.
Llegó la hora de la cena y Mao dispuso que no fuéramos al comedor general,
donde concurrirían todos los chinos que se hallaban en la casa, y que eran como
setenta en total, sino que se nos sirviese en una pequeña habitación: nos
quedamos Mao, Li, Van Min y dos traductores.
La luna llena sobre la inmensa planicie y la tibieza del ambiente nos hizo
salir a pasear por los bien cuidados jardines, después de la copiosa cena china.
Más tarde quedé solo sumergido en las más tormentosas reflexiones. Y por todos
los caminos que seguía mentalmente, iba a desembocar siempre en la disyuntiva
que, según Mao, estaba ante nuestras narices, cortante como un filo de navaja:
—O el nazismo o...
Y frente a mí se alzaba, en efecto, como un espectro, el terror nazi, la
crueldad nazi, el sadismo nazi, la bestialidad desatada sobre la cabeza y sobre los
lomos de la especie humana.
No, eso no era posible consentirlo; sus fuerzas eran inmensamente poderosas
ya, pero era un deber hacerles frente, cerrarles el camino como quiera que fuese.
Quizás Mao y Li iban muy lejos, se excedían, resbalaban por un plano inclinado
que podía llegar hasta lo tenebroso, pero tenían razón plena cuando afirmaban
que era imperativo detener al fascismo, impedir que se impusiera sobre la
humanidad. Tal vez su mentalidad asiática —pese a que Li poseía una formación
europea— les lIevaba a plantear el Camino de Yenán con tosca crudeza. Tal vez
no había necesidad alguna de llegar a caer en claudicaciones como las que Mao
enunciaba con aquella su franqueza brutal. Podía ser que en toda esta exposición
hubiese mucho del temperamento agresivo, de la virulencia congénita de Mao
Tse Tung. Porque Mao disfrutaba entre sus compañeros de la fama de ser
violento, despiadado y hasta cruel; se contaban historias un tanto macabras sobre
la suerte de sus mujeres y de sus hijos.
¡Quizás, tal vez, puede ser...! Yen esta forma el alma humana entra, como por
un resquicio, hacia el plano inclinado de las concesiones morales. Transa hoy,
cede mañana, para terminar en entrega inevitable, en capitulación incondicional.
El anhelo fervoroso de ver realizada una bella y amada esperanza, el terror al
espectro que amenaza de muerte esa esperanza, el amor a la idea largamente
acariciada por cuyo triunfo se ha padecido, se ha sangrado y se ha visto la
muerte ante las pupilas, son los ingredientes de un espejismo que no sólo nubla
la claridad del entendimiento, sino que derrama luminoso resplandor sobre el
camino que parece conducir a la meta deseada.
Mao Tse Tung blandía con toda su furia, y con plena conciencia de lo que el
argumento valía, la pregunta dilemática:
—¿Qué prefieres: el triunfo del nazismo o cualquier mal menor?
Y el chino sonreía sabiendo que de la perplejidad no se podía salir, sino
buscando el camino de lo que él llamaba el mal menor. Y reía con seguridad y
con ese desprecio infinito que los chinos sienten por el hombre blanco.
—El argumento no es de Mao; humildemente debo decirte que es el
argumento del genial y clarividente Stalin, repetía, como si sintiese la
voluptuosidad de su devoción al dirigente ruso. Y húndete un pensamiento en el
cráneo, querido camarada latinoamericano: Stalin no se equivoca nunca. Su
visión abarca los pueblos y las edades; no sólo la vastedad de la Rusia Soviética,
sino también la gigantesca perspectiva china; su mirada domina el Asia entera
sobre todo. No lo olvides, camarada.
Al día siguiente reiniciamos la conversación. Mao y Li se percataban de mi
estado de ánimo, hundido en la confusión, del tempestuoso zarandeo de la duda
que me convulsionaba interiormente.
—Tienes que salir de los linderos estrechos de tu mundo subjetivo —decía
Li Lisan—: tus ideas, tus principios, tus prejuicios. Piensa objetivamente; y
objetivamente, el mundo contemporáneo te plantea una dramática disyuntiva: los
nazis o la lucha contra los nazis, con todas las armas, con cualquier clase de
armas, ¿entiendes...?
—Tenemos que captar y atraer hacia nuestro campo —aseveraba Mao Tse
Tung— al sector de donde saca sus mejores contingentes el nazismo: la pequeña
burguesía. Tenemos que usar los procedimientos que ya te enuncié ayer con los
políticos postergados, con los abogados hundidos en la estrechez económica, con
los doctores que no han logrado sobresalir y que chapotean en la mediocridad o
en su fracaso. Y este procedimiento es eficaz, te lo digo yo, porque nos dio
resultados, que te dejarían boquiabierto, en las esferas del ejército chino, tanto en
las medianas como en las superiores, porque allí la ambición y la corrupción son
los distintivos del oficial que pasa a ser jefe.
Pero, amigo mío, fracasa siempre cuando se trata de conservadores con una
mentalidad hecha al pensamiento duro, con los representativos de la clase
pudiente, con los sectores económica y financieramente poderosos. Estos
piensan a través de sus intereses y no están dominados ya por la codicia de
enriquecerse; saben que pueden lograrlo con arreglo a sus códigos y sin nuestra
cooperación, ni nuestra ayuda. Ellos saben, con un pensamiento demasiado
claro, que la menor concomitancia con nosotros les irroga perjuicios
irreparables.
—El que casi siempre es elemento de gran valor —intervino Li Lisan— es el
gran señor arruinado, la dama o el hombre que proceden de las altas esferas
sociales y que han venido a menos; el que un tiempo alternó con los altos
círculos y que ha perdido sus posiciones, cayendo en lo que él estima un abismo.
Si nos acercamos a él para darle la mano, para encumbrarlo, aunque sea
ligeramente, pues nos servirá encantado. Hará lo que se le pida; será auxiliar
precioso; entregará lo que sea muy difícil de alcanzar. Eso sí, dentro del partido
habrá que tratarle siempre como a un gran señor.
Li Lisan había hablado en francés, de modo que el traductor debió verter sus
palabras al chino, para que las conociera Mao. Este asintió con la cabeza.
—En esto siempre estuvimos de acuerdo, Li —dijo Mao riendo— ; es una
lástima que no fuera así en todo. Y volvió a reír mostrando su dentadura.
Li no hizo caso y continuó.
—Cuando los comunistas ofrecemos la poca o mucha fuerza que podamos
tener, en cualquier país —afirmó con aplomo Li Lisan—, estamos en realidad
utilizando el prestigio que han llegado a tener en el mundo la Internacional
Comunista y la Unión Soviética. Cuando movilizamos la ambición de los
ambiciosos y el desinterés de los románticos, la esperanza de los liberales
rezagados del siglo XIX y la codicia de los que ansían riquezas, es insospechable
la cantidad de gente de los más diversos sectores, excepto del sector pudiente,
que se allegan y se someten a nuestros designios.
—Y es claro y es lógico —añadió— que suceda de esta manera. Si tú, en
nombre del partido comunista sugieres o auspicias la candidatura de un liberal de
izquierda, de un radical de avanzada, tú estás tocando varios puntos sensibles:
ante todo, el desinterés ostensible del Partido Comunista y, además, el
sentimentalismo del hombre y su ambición secreta que, muchas veces, él no se
atreve a mostrar. Hay centenares de estos hombres que no han pensado jamás,
por ejemplo, ser presidentes de sus países.
En cualquier caso, la sugerencia comunista les llenará de júbilo y, como
reflejo forzoso, surgirá en su círculo la simpatía hacia los comunistas, el auspicio
favorable al partido. Habrá simpatía para estos comunistas que lo dan todo, que
no piden nada, que trabajan con devoción y con entusiasmo en todo el país.
Resonará el nombre del partido y ellos ayudarán a producir esta resonancia; nos
ampararán para que el partido obtenga posiciones. Y, a través de todo este
proceso, hay que pensar siempre que los radicales izquierdistas, los pequeño-
burgueses avanzados y sus campañas pasan, mientras que el partido queda.
El traductor hizo otra señal para que Li hablara más despacio. No alcanzaba
a traducir todo lo que él decía a Mao y a Chu Teh, que miraban atentamente los
labios de Li cuando pronunciaba el francés.
—Sí, querido camarada —exclamó Li Lisan—, ellos pasan y nosotros
quedamos. Somos lo eterno frente a lo efímero: los tronos pasan, la Iglesia
queda. Los radicales, los demócratas izquierdistas, los liberales de avanzada,
suben, bajan y se van: la Internacional Comunista permanece y dura...
Li Lisan hizo una pausa, tradujeron al chino lo que había dicho y luego me
invitó a exponer mi pensamiento.
—Dinos tú lo que pienses —insinuó— ; comprende bien que esta no es una
reunión oficial de partido; es una conversación entre camaradas. Manuilsky nos
recomendó mucho esta discusión; tiene un alto concepto de ti, aunque con sus
reservas..., tú comprendes... Los camaradas soviéticos son desconfiados y
guardan sus reservas, pero no importa. En cambio, el camarada Dimitrov está
mucho más cerca de ti, en una mayor concordancia política. El nos dijo que tú
vendrías...
El traductor iba traduciendo a medida que Li hablaba y en este punto
irrumpió Mao colérico, hablando con voz de bajo y lanzando las íes del chino
roncamente.
Li le replicaba enfadado. Intervino Chu Teh con algunos monosílabos, en
tanto que Mao se paseaba a grandes trancos, resoplando:
—Bó... bó... bóó... bú... bú... búú...
Li sonrió, suave y sarcástico, diciendo en francés:
—Mao y Chu creen que no he debido mencionar ni a Dimitrov ni a
Manuilsky. Yo sostengo que no hay necesidad de tales tonterías. ¿Sabía, sí o no,
el camarada Manuilsky que venías a vernos...?
—Le hice saber que vendría —repuse también en francés a Li, sin saber si
Mao entendía o no lo que estábamos hablando— y Manuilsky se limitó a indagar
quién había organizado la entrevista, y estuvo de acuerdo cuando le expliqué que
el propio camarada Stalin se lo había sugerido a Barbusse.
Van Min, sonriente, ratificó lo que yo decía y añadió que él mismo había
informado con toda amplitud a Dimitrov.
—El asunto no tiene ya más importancia —sentenció con displicencia Li,
para añadir luego con un grano de sal de sarcasmo—: ¡si hasta hablaste de ello
con el camarada Stalin!
Mao se enfureció; gritó con voces guturales en chino, golpeó la alfombra de
la sala con el pie. Había abandonado su voz de bajo y gritaba en falsete. Lo
único que yo podía entender era la repetición de la palabra ¡Stalin... Stalin...
Stalin...!
—Pero, escuchemos lo que el camarada nos quiere decir —insinuó con
suavidad Van Min.
—Dinos lo que tú piensas sobre esto, con toda franqueza —exclamó Li—
aquí no habrá desviaciones, ni falsas posiciones, ni errores políticos que se
carguen en tu debe, pues no se trata de una reunión de partido.
—Toca el aspecto práctico —hizo decir Mao— ; deja de lado los aspectos
morales. En la vida, camarada, no hay victorias con ética; la moral fue siempre
el postre de las victorias. Es cuando el animal se repleta cuando piensa en los
valores morales. La moral es como el acompañante de la digestión.
Y el chino alto, con el rostro áspero y huesudo, rió diabólicamente.
—Creo que el Camino de Yenán —dije— plantea una forma de trabajo
político totalmente distinta. Según lo que ustedes sugieren, hay que salir de los
límites estrictos de la clase obrera, de los campesinos pobres, de los pequeño-
burgueses que viven con estrecheces. Hay que salir, con audacia, hasta otros
campos, poner la mirada en las posiciones que necesitemos conquistar y olvidar
otras cuestiones; conquistarlas a todo trapo; ganar amigos, simpatizantes y
servidores.
—¡Eso... especialmente eso...! —gritó Mao cuando terminó el traductor—.
Tú lo has dicho: servidores. Personas que nos sirvan: por codicia, por miedo, por
interés, por inferioridad, por venganza, por lo que sea; pero que nos sirvan. Que
sirvan al Partido Comunista, que sirvan los designios del Komintern, que sirvan
la causa de la revolución. ¡Te felicito, amigo querido: has captado la esencia
misma del Camino de Yenán; ahora, aplica eso en la vida!
—Lo que Mao ha dicho —expresé— me abrevia la exposición. El dice que
he comprendido; yo también creo que he entendido lo que ustedes han expuesto.
Sólo quiero conversar sobre algunos puntos particulares.
—Eso es fácil —advirtió Li Lisan—, si se comprende lo fundamental.
Veamos: ¿Cuáles son los aspectos particulares...?
—En América Latina —dije— son demasiado frecuentes los regímenes de
tipo dictatorial, ya sean civiles o militares. Tratándose de personajes que se
imponen por la fuerza, pese a que declaman pomposamente sobre la democracia
de sus actos..., ¿cómo actuar...?
—Son algo semejantes a nuestros “señores de la guerra” en China —apuntó
Li Lisan— ; por lo general personajes que toman las academias militares, los
galones y los grados, como trampolín para dar el salto hacia el poder.
—¿Es eso...? —preguntó Mao Tse Tung.
—¡Más o menos! —dije con indiferencia, para preguntar luego de modo
vehemente—: ¿Cómo nosotros, los comunistas, los más avanzados
ideológicamente, los dirigentes de la clase obrera, vamos a aparecer como los
amigos o los aliados de estos personajes? El pueblo desconfiaría de nosotros; los
enemigos del partido nos lo lanzarían al rostro, y el pueblo en general nos vería
como a los aliados de sus enemigos, de quienes les arrebatan sus libertades.
—¡Oh, buen amigo nuestro —exclamó tomándose la cabeza con las manos,
Mao Tse Tung— ¡Pero de qué manera estás engañado respecto del pensamiento
político de la gente común...! Tienes un criterio romántico de la revolución y de
la política de la revolución; crees que los obreros, los campesinos, los pequeño-
burgueses actúan plenos de limpias intenciones y respetando fielmente normas y
principios. ¡Pero qué error más grueso...! No es así, amigo mío. La inmensa
masa de nuestros amigos, y de nuestros enemigos, está formada por oportunistas.
De esto es de lo primero que debes convencerte...; oportunistas concretos y
cuadrados, amigo mío.
Los demás asintieron. Chu Teh gruñó enfadado por lo que él llamó, como
dijera el traductor, “falta de sentido práctico”, y añadió que él no era amante de
las discusiones largas, como Li Lisan. Mao dijo algo que apaciguó a Chu Teh; en
lo que le dijo, pronunció el nombre de Stalin. Chu Teh se calló y habló Mao.
—No te vamos a insinuar siquiera —sentó con aplomo— que vayas a
desarrollar una política en favor de los dictadores, ni que vayas a unirte o uncir
al partido al carro de los militares triunfantes. De ninguna manera, y, en este
punto, pues hay que ser muy claros, luminosamente claros.
Hay sectores sociales, hay países en los que se desarrolla una política de
partidos; hay allí una vida democrática, libertades cívicas efectivas, en donde se
desarrolla, en fin, una política civilizada . Allí, sin lugar a dudas, se impone la
política del Frente Popular: atraer a los izquierdistas e izquierdizantes, buenos o
malos, sinceros o pícaros, no importa.
Tentarlos. Crear tentaciones para su ambición particular; inventar tentaciones
como el demonio..., ¿comprendes...? Ayudarlos a conseguir lo que desean:
ejercer presión; ya con ofertas, ya con amenazas. Hay que comprometerlos tanto
que luego no puedan zafarse. Y esto cada día, sin cesar, uno tras otro, con un
estudio psicológico tan profundo como sea posible de cada cual...
Chu Teh batió palmas con sus dos anchas manos y dijo en chino palabras
ininteligibles: los que estaban con él hicieron un rumor que era indudablemente
de aprobación.
—Sabemos —intervino Li— que es trabajo difícil y trabajo para personas
inteligentes; los cuadros mediocres del partido fracasarán, se darán de narices,
no sólo contra la dificultad, sino contra la facilidad.
—Bien —interrumpió secamente Mao— ; esto en los sectores donde sea
factible organizar el Frente Popular. Es lo más comprensible, ¿verdad...?
—Sí —le respondí— es lo más comprensible; enfoquemos lo otro.
—¡Tus dictadores...! —exclamó Mao—, precisamente ellos, son quienes me
interesan. Es más: aquí en confianza familiar te diré, querido camarada, que ésta
ha sido precisamente mi especialidad. Sabes bien que en China no se puede
hablar seriamente de ninguna forma de democracia. ¡Ninguna, en absoluto...! En
los sectores o en los países en donde la política no ha alcanzado un grado de
civilización; allí donde impera el abuso franco o enmascarado; allí, en aquel país
en donde las elecciones constituyen una farsa torpe y burda; donde el caudillo
militar o el cacique hacen lo que quieren, en esos sectores nacionales en donde el
ciudadano no cuenta para nada, donde el hombre ni siquiera es un número, pues
¿qué quieres...; qué esperas hacer con tu romanticismo político...?
—Bien —repliqué, ante su silencio y su mirada interrogativa—: pues será
preciso luchar, habrá que luchar.
Cuando el traductor vertió al chino mis palabras, Chu Teh se levantó
bruscamente, gruñó y salió a la veranda.
—Chu Teh dice que eres como un niño —dijo Van Min sonriendo.
—Sospeché que había dicho que soy un tonto, anoté, mientras Mao hablaba
de nuevo:
—Luchar, luchar y perder... —y lanzó un suspiro— ; el golpe del dictador lo
recibirás siempre en la cabeza, te hará torturar a ti y a los tuyos, hará que sus
policías te abran el cráneo como un coco. ¿Cuál es la ganancia...? ¡Ninguna en
absoluto, amigo mío! Te quedarás solo, porque a nadie le place compartir el
dolor de los que son golpeados. Ninguna ambición humana se nutre de la
desgracia y ninguna codicia puede ser saciada con infelicidad. Escasísimos serán
aquellos que vengan hacia nosotros, teniendo como perspectiva la cólera del
dictador. Estarás pidiendo héroes no militantes. Y los héroes, querido amigo, no
se reclutan como reclutas. ¡Son la divina excepción...!
Tu pensamiento es anticuado —añadió— ; es el pensamiento de la edad
heroica; ahora, cuando ya el régimen está establecido, de uno u otro modo sobre
la sexta parte del mundo, pues hay que emplear otros métodos, otras tácticas,
otros procedimientos.
—Si das tu apoyo encubierto al dictador, él te dará en cambio posiciones
políticas. Podrá lanzar discursos terribles contra el comunismo; podrá hasta
llegar a poner fuera de la ley al partido y dictar leyes contra el comunismo. Pero,
si te has hecho su amigo y le prestas servicios, no te tocará un pelo de la cabeza.
Te dejará hacer, te utilizará contra sus adversarios, te pedirá apoyo en los
momentos críticos y hasta te pedirá que hagas alguna huelga en aquellos sectores
de la producción en donde imperan sus enemigos, o allí donde tienen
preeminencia los que se niegan a darle acciones y a otorgarle participaciones en
determinados negocios. Y si le sirves en tales casos, concederá nuevas
posiciones al partido. ¿Qué importa lo demás...?
Hizo una pausa, bebió e invitó a hacer lo mismo a los demás. Y enfocó una
cuestión capital.
—Nos falta un punto esencial —manifestó con énfasis—: el de los
trabajadores. ¿No te parece...? ¿Qué harán, qué dirán de todas estas maniobras
los proletarios y los campesinos, los intelectuales y los empleados que siguen al
partido, que le respetan o que, por lo menos, le consideran? ¡Ah, mi buen
camarada!: todos éstos, en tu país y en el mío, son hombres, con todas las
fortalezas y las debilidades de los hombres.
Con sus virtudes, con sus vicios, con sus egoísmos y sus anhelos. Los
trabajadores y los empleados estarán contigo si les haces dar algo, y te
abandonarán si no obtienen nada efectivo para ellos y sólo te oyen hablar de
ideas y de principios. Obtened que el dictador dé ventajas a los obreros,
mediante vuestra gestión, y los obreros os besarán las manos. Empujadlos a
exigir y a atacar a la clase acomodada y, por lo general, el gobernante o dictador
disimulará vuestras exigencias y hasta las atenderá en cuanto necesite o quiera
ganar popularidad.
Y no olvides nunca que es muy bueno encontrar hombres, grupos o partidos
que, por ambición, por oportunismo, por picardía o por lo que fuere, se hagan
empresarios de la misma política que nosotros queremos. En China hay muchos,
incontables, que hasta son enemigos de los comunistas, pero que llegan a abrazar
nuestra misma política en los hechos, golpeando sobre el punto preciso contra el
cual queremos golpear, atacando a aquellos que queremos atacar, y muchas
veces lo hacen hasta con nuestros mismos argumentos, con las razones que
hemos creado, con la lógica que hemos construido.
—Nuestra influencia —intervino Li— no reside sólo en el número de carnés
que ha otorgado el Departamento de Organización del Partido. La influencia
consiste en contar con amigos, con muchos, con el mayor número posible de
servidores o de sirvientes —como quieras— y en hacer que hasta quienes dicen
estar contra el comunismo realicen en los hechos una política paralela o análoga
a la nuestra.
En aquella vasta y trascendente exposición mondada de todo principio
doctrinario, donde el marxismo había sido no sólo sofisticado, sino extirpado,
sentí que palpitaba un fondo desconsolador y amargo de realismo descarado, en
el que lo que campeaba era el cinismo. Ellos parecieron darse cuenta de mi
raciocinio y Mao dijo:
—¿Cuál prefieres: este camino o el nazismo...?
—Pero, camarada, ¿cómo lo preguntas...?
—Entonces, no puedes vacilar..., no hay sitio para la duda..., no podemos
escoger..., ¿entiendes? La disyuntiva es pura: o esta senda, que fluye de la
experiencia de Sinkiang, o el triunfo del hitlerismo... ¿Se puede escoger,
camarada?
—No..., no se puede... —le respondí con la voz rajada.
Retorné a Moscú al cuarto día, acompañado por Wang Ming y por Kang
Sheng. Nos resguardaban dos hombres de la NKVD.
Wang Ming criticó mi posición ante el problema de la lucha insurreccional
en Brasil.
—Me hacías recordar a Plekhanov —sentenció—: ¡no había que tomar las
armas...! ¿Lo recuerdas...?
En la copia del feliz edén
28
De la dacha de Mao fui a parar a las oficinas de la Comisión de Cuadros del
Komintern. Había una sesión íntegramente dedicada a mí y a mi estancia durante
los días últimos. Allí vi por primera vez al hombre con quien debía toparme
muchas veces en la vida y que más tarde, en la España republicana, tendría poder
omnímodo. Era el camarada Bielov, conspicuo jerarca de la NKVD.
Se me notificó sobre el secreto hermético que debía mantener en torno a la
presencia de los camaradas chinos en Moscú, mi entrevista con ellos y lo que en
ella se había dicho. Bielov intervino largamente, hasta pasada la medianoche,
subrayando la importancia política que tenía la reserva que se me estaba
recomendando. Mao no estuvo jamás en Moscú, y todo lo que se dijese
sosteniendo la tesis de que el comunismo chino era diferente del ruso estaría
muy bien. Prometí no hablar sobre esto a ningún camarada, olvidarlo por
completo, y me fui a dormir.
Se sucedieron las postreras conversaciones con Dimitrov y Con Manuilsky, y
en ellas se me repetía con encarnizamiento y pertinacia:
—¿Qué prefieres... eso o el triunfo del nazismo...?
Y la siniestra perspectiva amortiguaba y anonadaba todas mis repugnancias
morales. El mundo tenía miedo, yo era de los que participaban de ese miedo, ese
miedo era sutil, hábilmente explotado por el Komintern..., y en mí y en millares
de gentes como yo. ¡La disyuntiva!
De otro lado, la riqueza sofística y la aguda sutileza lógica, más frondosa que
todas las escolásticas, con que la fe defiende su imperio sobre el hombre y sobre
la razón razonante del pensamiento. No hay espíritu que ame la frustración: y es
como si la fe se defendiese, mostrándola como la inevitable secuencia de su
extinción.
Prometí a Manuilsky poner todas mis fuerzas, sin escatimar sacrificio, en el
apoyo a la insurrección en Brasil, en cuyo éxito creía ya después de las
reuniones “estrechas”.
Y un anochecer llegó un hombre de la NKVD, tomó mis bártulos, me
entregó los documentos y veinte mil dólares en efectivo, que debían ser
entregados a través de mi camino en Berlín, en París y en Río de Janeiro. Crucé
la Alemania nazi sin novedad, no pude entrevistar a Barbusse en París, pues no
se encontraba allí, y semanas más tarde estaba en Santiago de Chile.
Los expertos de la brigada comunista internacional, que debían trabajar bajo
mi comando, llegaban uno a uno. Federico Glaufbauf, el checo, profesor de la
Academia Leninista; Manuel Cazón, nombre y pasaporte falsos, tras el cual se
ocultaba un alemán comunista, hijo de un catedrático nazi de la Universidad de
Bonn. Ricardo Martínez, el venezolano, hombre del Profintern y auxiliar de
organización sindical. El ruso Kazanov, con su español impecable, documentos a
nombre de Casanova, oculto a todas las miradas, con excepción de las nuestras.
Y Marcucci, el italiano dirigente de la juventud, mentalidad poderosa y
verdadero comisario político de la delegación.
La instalación fue organizada y realizada sin que de ella tuviesen el menor
indicio los hombres del comunismo chileno. Oficinas con toda la apariencia de
negocios inofensivos, moradas con salidas a dos calles, habitaciones
independientes, aptas para cualquier emergencia.
Los más altos dirigentes del Partido Comunista de Chile, Carlos Contreras
Labarca y Elías Lafertte, estaban ausentes del país. Y el partido se hallaba
literalmente deshecho por la persecución: el Presidente de la República, don
Arturo Alessandri, había declarado que el Partido Comunista no pasearía jamás
su trapo rojo por la Alameda de las Delicias. Y se notaba que el mandatario
estaba resuelto a cumplir su promesa. El comunismo estaba en plena ilegalidad,
su acción era nula en el país, y sus dirigentes ambulaban paralizados.
Iniciadas las conexiones con el secretariado del partido, tras varios fracasos,
fue factible celebrar una reunión. El local era un tugurio, cuya parte exterior
servía de expendio de fruta, en la Avenida Mata. La propietaria era la amiga del
camarada ferroviario Luis Valenzuela Moya, lo que era del conocimiento de todo
el barrio. Marcucci se negó a entrar; los demás nos encontramos con Galo
González, Chacón y Corona, Pablo Cuello, y los diputados Andrés Escobar y
José Vega. Ubicados en la trastienda de la frutería, comían furtivamente
rebanadas de sabrosas sandías.
El espectáculo era grotesco, por la mezcla de ingenuidad, de bonhomía y de
estulticia política. Y ellos eran lo mejor del partido.
—¡Con este material humano hay que hacerlo! —murmuró Cazón.
—Nosotros organizaremos la reunión —les dije— y les llamaremos. Nadie
en absoluto, nadie, debe saber a dónde van, ni en qué lugar, ni a qué hora están
citados..., y esto no es un consejo, es una orden.
Se miraron extrañados y convinieron en aguardar la convocatoria.
Las reuniones que siguieron se desenvolvieron bajo el signo de la inercia, de
la incomprensión, de la falta de fe de los dirigentes chilenos en sí mismos. Por
doquier veían peligros, obstáculos, represión...
—Usted cree, camarada, que está en Francia —murmuraban— ; no se da
cuenta de lo que es este Gobierno.
Y acatándolo todo en las palabras, votando resoluciones que no tenían
ninguna intención de aplicar, dejaban correr el tiempo, tal vez esperando que él
nos venciese. Tenían fe plena en la potencia inquebrantable de la fatiga..., y la
empleaban con indiferencia y hasta con humorismo.
Hubo que asumir una actitud de combate: batir a los propios miembros de la
delegación que alentaban el quietismo, y rehusar, como lo quería Kazanov,
efectuar un cambio de hombres, ya que tal medida no resolvía nada. Además,
aquellos hombres estaban elegidos en un Congreso de Partido.
—Somos una delegación del Komintern y podemos designar una nueva
dirección —sentenciaban Kazanov y Cazón.
—El problema no es remplazarlos, sino ganarlos —objetaba.
Y para afrontar todo el problema, pese a la represión y a la policía y a la
persecución, dispuse que se convocaría a una Conferencia Nacional del Partido:
debían venir hombres de todo el país; era inevitable afrontar el riesgo, si se
quería una solución para el problema. Ningún ruso estaría presente en la
conferencia...
La aplicación de la nueva táctica exigía atención especial a los no
comunistas, susceptibles de prestar servicios y de otorgar su colaboración. La
tarea resultó más fácil que dentro del partido: venían gentes de buena fe,
conmovidas por el dolor humano, dispuestos a servir siempre que se mantuviera
su adhesión en secreto. No deseaban sino que el ritmo normal de sus vidas no
fuese alterado ni complicado.
Los unos querían conocer las esencias del marxismo, cuya crítica contra la
explotación humana les seducía; los otros deseaban saber lo que pasaba en
Rusia; la forma en que se construía el socialismo, el porqué de las purgas; no
faltaban quienes venían con curiosidad teórica y con inquietudes filosóficas.
Todos deslumbrados por el fulgor de la revolución.
Eran más numerosos los que deseaban conocer en su fundamento la doctrina
comunista, iniciarse en la nueva ideología y conocerla en su esencia. Hombres y
mujeres de vasta cultura y de excelente situación social, que habían viajado por
Europa frecuentando universidades y centros científicos, comenzaron a llegar a
los círculos restringidos en los que se desarrollaban las conferencias y se
dictaban los cursos. Todo acontecimiento mundial de cierta importancia, lo
mismo que los sucesos nacionales, eran interpretados en aquellos círculos, dando
siempre una perspectiva favorable al proceso revolucionario y presentando ante
la creciente audiencia el peligro mortal del fascismo.
Los círculos se multiplicaron y funcionaban en los sectores más elegantes de
la ciudad; las lecciones eran dictadas en casas que eran palacetes, teniendo a
veces a la puerta una veintena de coches de lujo. No se pasaba una semana sin
que nuestro balance no arrojase la conquista de nuevas y más firmes posiciones.
Marcucci no había concordado al comienzo en la realización de esta labor.
Ante los resultados, manifestó su asombro por la facilidad con que se realizaba
la tarea proselitista y por el éxito que se obtenía en término tan breve.
—Tienes —dijo Marcucci— la ventaja de conocer el ambiente y la
psicología del hombre de aquí. Para un europeo esto es inconcebible. El
pequeño-burgués de Europa es el guardián devoto, entusiasta y convencido del
régimen capitalista y de su sistema. El burgués latinoamericano está más
desprevenido, es más ingenuo que el europeo. El americano —incluyendo
naturalmente al del norte— está viviendo en la etapa del paraíso terrenal; en
política viven la etapa de la suprema inocencia.
—Estas posiciones que ves ganadas aumentarán —aseveraba yo— y serán
utilizadas en la primera oportunidad, sin necesidad de forzar los plazos para
sacar al partido a la legalidad, para dotarlo de un órgano, de un diario legal...
—¿Diario? —interrumpía Glaufhauf—. El trabajo va muy bien, pero no hay
que soñar, no hay que opinar de modo tan ligero.
—Sin diario, diario de todos los días y diario legal —replicábale— no habrá
posibilidad de construir un sólido Frente Popular. Un partido político que no es
capaz de mantener un diario, no logra convencer al público de su capacidad para
conducir al pueblo y para llegar a conquistar el poder.
—No discutamos lo lejano —alegaba Marcucci— ; acerquemos la vela a la
realidad más inmediata y mirémosla tan claramente como sea posible. Creo que
se ha entrado con magnífico pie; estoy convencido de que el trabajo que se está
realizando es el mejor. El Camino de Yenán en Chile es, a esta hora, mucho más
que un camino. Es ya una marcha. Lo que no veo claro es cómo vas a hacer para
desplegar y poner en movimiento los contingentes que estás agrupando. No se
trata sólo de tener el órgano, es preciso hacerlo funcionar. ¿Cómo lo ves tú?
—Todo es cuestión de tiempo y oportunidad, como decía el viejo Salomón
—replicaba, riendo.
—Sí... y cómo lo repite Lenin, objetaba Marcucci, pero...
—No sé cuándo se presentará la oportunidad; no puedo decir en qué instante
habrá condiciones favorables para actuar.
En el seno del partido radical chileno existía un cisma latente. Mientras el
partido prestaba su colaboración al Gobierno de Alessandri, los conservadores y
liberales disponían de todos los puestos públicos, de las posiciones mejores en
los organismos estatales, de los sueldos que eran denominados “de los grandes
duques” de la administración pública. Los radicales menguaban su prestigio, se
desgastaban políticamente y se limpiaban la boca mientras sus colegas liberales
y conservadores comían y bebían. Y era un rumor de descontento sordo en un
vasto sector radical. Y esa fue la fisura que el comunismo se encargó de
transformar en grieta.
¡El partido radical merece otro destino que el mísero que lleva! El sino
histórico del partido radical es ascender a la presidencia de la República,
conquistar el poder... el próximo presidente de Chile debe ser, tiene que ser, un
radical.
La sugerencia comunista se deslizaba sin estridencia más allá de las lindes
partidarias, llevada por generosos simpatizantes. Y era recibida como una
especie de revelación que llegaba en un pentecostés magnífico, y era captada y
propugnada por contingentes mayores de fervorosos radicales. En el campo de
las ideas se había establecido un nexo invisible, una alianza imponderable entre
radicales y comunistas.
La campaña fue preparatoria de un acercamiento entre dirigentes comunistas
y asambleístas radicales activos pero postergados, fogosos pero poco influyentes
en la dirección. Hubo reuniones amistosas rociadas con los generosos caldos de
las vides chilenas. Hubo sugerencias sobre posibilidades políticas de futuros
diputados, senadores, altos directores de las Cajas y de las empresas
dependientes del Estado. Y era asombroso comprobar la facilidad con que estas
sugerencias prendían en el ánimo de los jóvenes políticos. Pero, lo más
asombroso fue comprobar cómo aquellas sugerencias que parecían ensoñaciones
se convertían en hechos consumados.
—Bien... bien..., todo está muy bien. Pero ¿qué es lo que quieren los
comunistas..., qué se proponen..., a dónde van...?
—Los comunistas sólo quieren una cosa: que no triunfe el fascismo.
Se conmovían y concordaban en la necesidad de cerrar los caminos al
nazismo, a su dictadura, a su barbarie, a sus cachiporras.
Si sólo se abstuviesen de atacarnos —decía alguno— ya estaría bien; habría
que darles las gracias y dejarlos tranquilos. Porque estos comunistas atacando
son una chinche en el oído. Es mejor tenerlos como amigos, en vez de tenerlos
como enemigos.
—¡Aunque fuese en categoría de amigos..., con el puñal bajo el poncho...!
Esta era precisamente la filosofía política que convenía a los comunistas y de
la que se podían obtener grandes y pequeños provechos. La filosofía que
auspiciaba la política de dejarles tranquilos, desarrollando sin inconvenientes y
con toda amplitud su trabajo, agazapándose en el presente para desplegar toda su
fuerza y hacer uso de ella en el futuro.
La víspera de su partida de Chile, Marcucci comentaba:
—¡Es increíble..., qué tierra de promisión para los comunistas...! Y lo más
importante —añadía sentencioso y meditativo— es que en los Estados Unidos,
con su gigantesco desarrollo y su fuerza inmensa, las cosas no son muy
diferentes. Allá también, intelectuales, profesionales, artistas, políticos, se
acercan ingenuamente como los radicales chilenos. ¡Si el proceso revolucionario
estuviese más maduro...!
Comimos juntos aquella noche, por primera y última vez en Chile; en la
madrugada tomó el avión y se fue a Buenos Aires.
En el trabajo con la gente no comunista comprobaba los casos de abogados
que durante el día defendían los intereses de los consorcios por muy buen dinero,
mientras por la noche anatematizaban la explotación de esos mismos consorcios.
Era farisaico, era una lucha falsa y sin riesgos; y había que aceptar tal línea y
practicarla, no ya porque fuese expresión de las doctrina de Marx, sino porque
era un tramo del Camino de Yenán. Aquellos hombres servían al partido:
cotizaban, daban garantías a los bancos, intervenían en el seno de la policía
secreta para favorecer los planes y movimientos de los comunistas, debilitando o
haciendo estériles las medidas represivas dictadas por el Gobierno. Algo
parecido acontecía con médicos, funcionarios del Estado y hasta industriales y
comerciantes, que preferían esta forma de protección contra las huelgas y
conflictos.
Era claro, sobre todo, que la militancia comunista había recobrado la fe en sí
misma: del alma de gente entristecida y derrotada se habían limpiado los
complejos de inferioridad. Eran comunistas firmes, agresivos, combatientes,
resueltos a librar donde fuese la gran pelea. Así, todo estaba preparado y en
espera de una oportunidad.
Murió Pedro León Ugalde, senador por Santiago, político de la izquierda
radical, amado por el pueblo, combativo y valiente. ¡Y esta era la oportunidad
que era imperativo atrapar con firmeza...!
Ante la reunión plena de dirigentes comunistas fue planteada la cuestión: el
Partido Comunista debía presentarse en masa, con banderas desplegadas, y
rendir respetuoso homenaje a la memoria y a la obra de un radical eminente:
Pedro León Ugalde.
Vencida la resistencia sectaria y agolletados los escrúpulos, agentes
comunistas recorrieron los pueblos vecinos, los centros de trabajo de Santiago y
de las ciudades inmediatas, convocando a los trabajadores al sepelio. La
aborrascada situación política facilitaba el laboreo comunista.
Marcos Chamudes, el mejor orador del partido, tuvo a su cargo el discurso
capital. El obrero Piloña debía enfocar el tema de la colaboración radical con un
Gobierno francamente derechista.
Decenas de millares de personas de todas las categorías sociales marcharon
tras el féretro del prestigioso radical, opositor del régimen; cordones de
carabineros, armados de garrotes, escoltaban el cortejo, que crecía en volumen y
que se mostraba encendidamente opositor al Gobierno. La manifestación había
adquirido una grandiosa magnitud; el pueblo de Santiago estaba allí sin duda
alguna.
Había nerviosidad y corrían escalofríos. Volantes y manifiestos habían
anunciado la presencia del Partido Comunista en el entierro. La inmensa mayoría
estaba persuadida de que el comunismo adoptaría una actitud agresiva, virulenta,
contra el Gobierno y contra el partido radical.
Llegó el momento decisivo para el Partido Comunista. Chamudes fue
acogido con un vocerío hostil.
—¡Fuera, que lo bajen..., miserable..., comunista, fuera!
—Los comunistas fueron enemigos de Pedro León, fuera.
Y entre la masa rugiente, alguien trató de arrancar a Chamudes del lugar
donde se había colocado; ante el intento, el grupo comunista avanzó agresivo,
desplegó sus banderas, y el minúsculo puñado de individuos se mostró resuelto a
todo.
—Que hable —gritó alguien, y se hizo el silencio.
Y las palabras se desgranaron solemnes y sonoras, cortadas por la emoción,
de la garganta de Chamudes.
—¡Chilenos...! —y el silencio se hizo más hondo; era la primera vez que un
comunista empleaba tal vocativo.
—En nombre del Partido Comunista —clamó con voz tonante y dominando
el nuevo griterío—, vengo a inclinar nuestras banderas de lucha ante la tumba de
un hombre que combatió por la libertad de su pueblo...
Una atronadora ovación se elevó al cielo. ¡Viva Pedro León Ugalde: viva el
combatiente por la libertad...!
Se había roto el muro de odio y de resistencia; se explotaban allí los
sentimientos populares y el sincero dolor de las gentes; se utilizó un momento
psicológico favorable.
Se anunció a Juan Luis Mery, director del diario La Opinión, quien estaba
perseguido en aquellos momentos por la policía, con un proceso por haber
atacado el Contrato Ross-Calder, un arreglo entre el Gobierno y el monopolio de
la electricidad.
Habló Mery, saludó a su amigo muerto, y puso la nota de emoción afinando
que no habría podido dejar de venir a sepultarlo, aunque por ello se jugase su
libertad. La calurosa acogida que se tributó al periodista demostró que se hallaba
en el instante cumbre de su popularidad. Y de allí surgió la idea: Juan Luis Mery
debía ser el sucesor de Pedro León Ugalde, en la senaduría por Santiago.
Al regreso, celebramos una reunión; el ambiente era distinto por completo:
se había abierto el Camino de Yenán...
Los candidatos a ocupar el puesto de León Ugalde en el Senado surgieron
como hongos bajo la lluvia; el llamado Block de Izquierdas seguía siendo la
abastionada barrera opuesta al avance del Partido Comunista; era preciso
resquebrajarlo y utilizar todas las coyunturas para escindirlo.
Oscar Schnacke, socialista, y Juan Antonio Ríos, radical, más tarde
presidente de Chile, se insinuaron como candidatos, y dentro del Partido
Comunista surgió la tendencia de proclamar a Elías Laffertte, que se hallaba
desterrado a la sazón. Tras una batalla intestina, en la que se comprobó que el
Camino de Yenán resultaba un trago demasiado amargo para muchos dirigentes
chilenos del Partido Comunista, triunfó la resolución que proclamaba la
candidatura de Juan Luis Mery a la senaduría por Santiago y que oponía a la
consigna del Block de Izquierda “Los parlamentarios de izquierda debemos
acompañar a Mery hasta la frontera”; la consigna comunista “No se trata de
acompañar a Mery hasta la frontera, sino de impedir su destierro”. ¡Viva Mery,
senador por Santiago, sucesor de Pedro León Ugalde...!
Antes de la medianoche, Juan Luis Mery recibía la notificación del auspicio
comunista en su escondrijo. Ya la mañana siguiente, la vida política chilena fue
sorprendida por la irrupción comunista, adecuadamente disfrazada, y sufrió una
sacudida que hacía dudar de si los comunistas habían asumido o no la dirección
de la batalla política del momento.
El diario La Opinión viró hacia sus nuevos aliados; el Block de Izquierdas se
agrietó de la cumbre a la base y, lo que más importaba, los socialistas quedaban
aislados. Ante la creciente afirmación de la candidatura de Mery y la
movilización popular en su apoyo, el Gobierno decretó el indulto de la pena de
destierro que pesaba sobre Mery, otorgando un triunfo a la posición comunista y
arrojando un torrente de luz sobre su consigna:
“No se trata de acompañar a Mery a la frontera, sino de impedir su
destierro”. Los socialistas cedieron, gracias a la intervención unionista de
Marmaduque Grove, y la unidad se hizo en torno a Mery, cuyo destierro había
sido eficaz y limpiamente impedido.
Mery llamó a todos sus adherentes a realizar una gran manifestación por las
calles y precisamente por la Alameda de las Delicias. La manifestación,
encabezada por los radicales, seguida por socialistas y democráticos, marchaba
cerrada por el Partido Comunista; el lugar era el mejor, ya que la masa popular
gravitaba a la cola del desfile, a causa de que la cabeza estaba constituida por
gente de clase social más elevada. Así —como lo habíamos previsto— los
efectivos comunistas aparecieron decuplicados. Y —lo que se acentuó con
resonantes interludios— la bandera roja se paseó por la Alameda de las Delicias,
bajo la presidencia del señor Arturo Alessandri. ¡Y esta cosa simple era un
clamoreo de victoria!
Después de esa jornada, los políticos de izquierda se mostraron mucho más
solícitos con el Partido Comunista. Todo embrión de político, todo el que
aspiraba a ser aupado, todo el que codiciaba una posición, sin fuerza ni potencial
para conquistarla, se hizo amigo entrañable del Partido Comunista. El
movimiento revolucionario de otrora devenía ineludiblemente una feria ajena
casi por completo a la emancipación del proletariado, o al alivio de las duras
condiciones de vida de las masas populares chilenas. Sí era claro, un éxito de la
Internacional Comunista. Mery perdió la elección, pero el Partido Comunista
había conquistado la legalidad de hecho.
A la batalla electoral siguieron conferencias reiteradas con los dirigentes
radicales más avanzados. Justiniano Sotomayor Pérez Cotapos —radical
izquierdista de prosapia ilustre— y Saco Labarca capitanearon la tendencia que
debía sustentar la idea de la formación del Frente Popular en la Asamblea
Radical de Santiago, organismo de influencia decisoria en la política radical.
Había prendido ya la idea de que el próximo Presidente de Chile debía ser un
radical; y prendió también la de la estructura de la fuerza política que podía
realizar tal aspiración.
Justiniano Sotomayor, Saco Labarca y su grupo de jóvenes lanzaron,
sostuvieron e hicieron triunfar la idea del Frente Popular en forma brillante y
arrolladora. Los altos dirigentes del radicalismo se encontraron frente a una
exigencia definida, propugnada con ardor y auspiciada por inequívoco y
poderoso respaldo en Santiago; además, deseaban tomar un baño lustral ante la
masa de su partido, que les limpiase de sus vergonzantes barraganías con los
conservadores y “pechoños”. Entretanto, el Partido Comunista actuaba por
control remoto; se había tornado invisible pese a que estaba ejercitando estrecho
contralor.
Y una nueva oportunidad vino a favorecer los planes comunistas.
La circunscripción de Cautín y Bío-Bío debía elegir un senador...
Y esta vez era obligado alcanzar y ofrecer una victoria: victoria de la nueva
línea, de la línea del Camino de Yenán, victoria sobre el Gobierno —
barnizándola de un subido matiz antinazi—, y victoria sobre las resistencias
crecientes que ofrecía el círculo director del Partido Radical a la organización
militante del Frente Popular. No sólo se criticaba ya acerbamente a los jóvenes
radicales de servir de agentes a los comunistas y de ser los ejecutores de su
política, sino que —sin rechazar la teoría del Frente Popular, para no disgustar a
la masa— se aplicaba ese procedimiento latinoamericano tan general y tan
típico: aceptar, no impugnar, asentir, otorgar aquiescencia en las palabras; mas,
no sólo no intentar ninguna acción práctica, sino oponer a ella la más alta dosis
de inercia, la pasividad espesa, la resistencia que no deja rastro de su paso.
Para demoler sin agresión ni violencia las abastionadas posiciones de la
Junta Central Radical, el Partido Comunista proclamó e hizo suya la candidatura
a senador por Cautín y Bío-Bío del doctor Cristóbal Sáenz, gran propietario de
tierras en la zona y el más rico triguero de Chile.
A la crítica amargada del sector comunista que protestaba, se replicó que en
Cautín y Bío-Bío el Partido Comunista no podía combatir en nada la resolución
que adoptasen los radicales: sólo tenía siete militantes... ¿Con qué triunfo —se
les preguntaba— se meten ustedes a pedir briscán...? En cambio, si se apoya al
millonario radical, pues se conquista la confianza de un sector dirigente, por lo
menos, y se neutraliza a los menos dúctiles. Y, además, la campaña electoral
permitirá la formación del partido en la zona y la posibilidad de que, dentro de
poco, se conquistarán puestos de alcaldes, regidores y otros, en Cautín y Bío-
Bío.
Toda resistencia fue doblegada con rápida facilidad; los más aguerridos y
experimentados contingentes comunistas salieron rumbo a la región electoral; no
faltaron obreros que llegaron a derramar lágrimas y otros que obedecieron,
lanzando imprecaciones. Pero todos alzaron los pendones de batalla del rico
terrateniente que marchaba a la contienda auspiciado por el partido de la
revolución proletaria mundial. Estaba claro ya: el Partido Comunista de Chile
estaba marchando, a intenso ritmo, por el Camino de Yenán.
La batalla se desarrolló ya francamente bajo el signo del Frente Popular,
gracias a que los comunistas actuaron decididos y abnegados como signíferos. Y
el Frente Popular chileno ganó su primera victoria en Cautín y en Bío-Bío. La
prensa de todos los matices anunció el triunfo y comentó sus más variadas
alternativas. Pero nadie dijo una palabra sobre el torrentoso crecimiento del
Partido Comunista, en todos los distritos, pero muy especialmente en la zona del
carbón, donde se concentró el trabajo, a la sombra de la batalla electoral.
El Partido Comunista salía con gloria de la clandestinidad y en la práctica,
sobre los hombros del Partido Radical. Abandonaba las guardias ilegales, salía
de sus cavernas a ocupar un sitio bajo el sol de la democracia confiada. Y no
como fugitivo ni como indultado: como La Cenicienta, en carruaje de gala, del
que tiraban —a disgusto y protestando— los dirigentes socialistas y muchos
conspicuos dirigentes radicales.
Las previsiones del alto comando del Komintern fueron leves y las
perspectivas moscovitas demasiado estrechas, en relación con los resultados que
se estaban obteniendo en Chile a ritmo acelerado. Los políticos de las más
diversas observancias, que se sentían o se sabían postergados, fueron los
primeros en acercarse al Partido Comunista, a raíz de los éxitos electorales. Se
abría ante ellos un horizonte cargado de promesas; el Partido podía ayudarles a
salir de su postergación, a imponerse a sus contrincantes. Además, intrigaba y
seducía a todos que el Partido Comunista no pedía nada por su colaboración: no
la negociaba, la otorgaba con verdadera munificencia.
Todo político ambicioso, sin fuerza para subir y con deseos de conquistar una
posición, recibía conmovido la tentación comunista. La tentación asumía una
fuerza absorbente, que convertía a millares de ciudadanos burgueses en padrinos,
instrumentos y agentes del comunismo.
En avalancha llegaban los servidores que había dicho Mao Tse Tung. Los
había de las más diversas calidades morales y políticas, de las más distantes
posiciones económicas, de las más distintas posiciones sociales.
Había el tipo generoso, conmovido por la miseria del pueblo, esperanzado en
la obra soviética y en el advenimiento de un mundo nuevo. Éstos tenían
confianza absoluta en la palabra del Komintern y profesaban verdadera devoción
por todo lo ruso: por los libros de Stalin, soberbiamente impresos en castellano
en Moscú; por las ampolletas eléctricas rusas; por los muñecos de madera, que
algún viajero mostraba, más que como una curiosidad, como un tesoro.
Es inconcebible la potencia dinámica que poseen la compasión y la piedad
por el dolor humano en el corazón de la gente común. La descripción de las
situaciones de miseria y la resolución comunista de aliviarla, aun a costa de
sacrificios, llegaban a conmover a miles de personas de la pequeña burguesía.
Estas gentes, por norma general, no tenían en lo absoluto nada de
revolucionarios, pero estaban sinceramente de acuerdo en que era imperativo
hacer algo por aliviar la situación de sufrimiento del pueblo.
Y éste era el campo, y ésta era la cuerda sentimental que el Partido
Comunista hacía vibrar delicadamente, sin estridencia, sin insinuar recursos
violentos y, al contrario, condenando dramáticamente la guerra, la carrera
armamentista, el sacrificio de millares de jóvenes. La defensa de la paz, la
defensa del patrimonio de la humanidad que iba a ser incendiado por los
traficantes de armas, por los grandes monopolios internacionales, servían como
ideas matrices para hacer vibrar la emoción en grandes sectores bondadosos e
ingenuos. Es de tosca flagrancia que la fervorosa plegaria por la paz, elevada con
devoto patetismo en asambleas y manifiestos, estaba en contradicción con la
violencia revolucionaria, con los métodos vigentes en la Unión Soviética, y con
la despiadada carrera armamentista rusa, que transformaba en bombas y cañones
la sangre y la vida, el nutrimento y la existencia de millones de trabajadores,
hombres, mujeres y niños.
El sacudimiento de lo emotivo, el trabajo sutil para conmover los
sentimientos, encontraban un eco inmenso en la juventud, sobre todo. Los
estudiantes de los colegios y universidades, los adolescentes en busca de trabajo,
los mozos amantes de la aventura y de la vida peligrosa, se acercaban con amor
y asombro al Partido y abrazaban con fervor la lucha militante en favor del
comunismo y de las directivas que impartía la Delegación de Agentes del
Komintern que constituíamos el “Apparatchik”.
Siempre dio resultado benéfico el ofrecimiento de los servicios electorales
del Partido Comunista a los candidatos de diversas tendencias, que habían sido
batidos por los hombres de la derecha. Recibían el ofrecimiento con lágrimas en
los ojos y aceptaban la ayuda, que iba desde las simples reuniones de
propaganda electoral en favor del aliado, hasta la organización de huelgas en las
industrias, de las que era dueño o accionista su contendor de la derecha.
Los comunistas, caminantes del Camino de Yenán, se especializaron en las
campañas de odio. De modo terco y paciente, un núcleo de comunistas lograba
formar en la aldea, en el barrio, en la localidad, la bola de nieve del odio contra
personas, organismos o entidades determinadas. De esta manera, el Partido se
hacía temer en cada lugar: ejercía una especie de duro chantaje, de cuyo rescate
era difícil librarse, y al que era mucho más difícil combatir.
El ejército de simpatizantes superó en número al de militantes, en muchas
veces; el simpatizante, el comunista sin carné servía siempre muchísimo mejor;
su actividad era más valiosa, porque no se les podía acusar de ser comunistas, no
se les consideraba como tales, y, en consecuencia, estaban abiertos mayor
número de caminos, y disponían de facilidades mayores para trabajar en campos
donde el comunista afiliado no puede penetrar.
De esta manera, al aplicar la Táctica de Yenán, los comunistas aprendieron a
explotar tanto el sentimiento de amor al prójimo como la indignidad de los
ambiciosos fracasados. Se utilizó tanto la sana aspiración de subir de la gente
joven como el odio al concurrente de la profesión, al superior jerárquico en el
trabajo. El partido comunista se convirtió bien pronto en el gran centro de
atracción de los profesionales fracasados y de las mujeres segregadas de los altos
círculos sociales; de los funcionarios desplazados y de los estudiantes que salían
mal en los exámenes y debían repetir el año. Pero, sobre todo, el partido
comunista se hizo el gran campo de gravitación de los millares de candidatos a
senadores, diputados, alcaldes y concejales, que ambicionaban ser elegidos, pero
carecían de electores, prestigio y capacidad.
Para abrir el Camino de Yenán en Chile se empleó y se movilizó tanto el
idealismo como la ruindad humana; la piedad y la concupiscencia; el noble amor
por los demás y la compasión por sus sufrimientos, así como la codicia
envilecida y el apetito que empuja a trepar sin reparar en los medios. De tal
manera, el proselitismo comunista estuvo saturado de nobleza y de
envilecimiento, de grandeza y de miseria política.
No eran necesarias ni una conciencia moral escrupulosa, ni tampoco una
aguzada perspicacia para darse cuenta de que la obtención de aquellas victorias
estaba imponiendo a los trabajadores chilenos los más duros sacrificios; es cierto
que se defendía la libertad política, pero los sacrificios no eran compartidos por
todos los sectores sociales. Era evidente que los que menos tenían estaban dando
más. Y lo peor era que lo daban, muy a menudo, en provecho de granujas que
gozaban de situaciones influyentes, desde las cuales podían dispensar favores al
Partido Comunista. En verdad, el Partido Comunista se convertía en el
explotador de la clase obrera, en el tratante de la miseria del pueblo trabajador.
Se operó así una separación de intereses; un antagonismo entre los caminos y
las aspiraciones auténticas y permanentes de la clase trabajadora y los del
Partido Comunista. El partido se transformaba en un parásito de la clase obrera:
trepado sobre eIla, proclamándose su vanguardia, le chupaba la sangre y vivía a
expensas de la declamación de sus dolores y de la explotación de su miseria.
El Camino de Yenán penetró en el campo de los sindicatos obreros con
presión mucho más alta todavía y bajo el poderoso empuje que le permitían los
triunfos en el terreno político. Cada una de estas victorias, que llegaban siempre
magnificadas a los obreros, eran empleadas como arietes para derrumbar
resistencias; como yugos para someter a los indecisos, a los débiles, a los
tímidos; y grilletes para sujetar al carro victorioso de los comunistas a los
corifeos sindicales independientes.
Los agentes del Komintern desalentamos con energía la antigua tendencia
comunista a pelear en los sindicatos por imponer direcciones comunistas.
—No, no —les gritábamos— tan imposible es fabricar un dirigente sindical,
un conductor de obreros, como fabricar artificialmente un hombre. El dirigente
sindical se forja desde el embrión hasta la adultez, paso a paso, mediante un
proceso íntimamente vinculado a la vida, al trabajo y a las luchas de los obreros.
Él no se presenta un día con un carné o con una credencial en la mano. ¡Jamás...!
Los trabajadores no lo admiten; tal dirigente será repudiado.
—El dirigente sindical —añadía Cazón con vehemencia— se forma a través
de las experiencias que van realizando los obreros con sus propias cabezas y
según las actividades, los trabajos, las luchas y los aciertos del hombre que se
encumbra a la categoría de conductor. Aquí hay una cuestión psicológica, no
política, y como todo lo psicológico, se plasma a través del tiempo.
El Camino de Yenán en el terreno sindical consistió, en consecuencia, no en
imponer comunistas en la dirección de los sindicatos, sino en atraer, corromper,
convencer, doblegar, a los dirigentes sindicales que se habían hecho una posición
por su esfuerzo propio.
Los dirigentes comunistas chilenos alegaban que ellos poseían un magnífico
plantel de jefes sindicales.
—Es verdad —replicábamos con la abrumadora autoridad que nos confería
la victoria—: a muchos dirigentes sindicales comunistas les han sido arrebatadas
posiciones legítimamente ganadas, como secuela de la persecución, de los
confinamientos, de la prohibición de poner los pies en su centro de trabajo... ¡Es
verdad...! Pero es más fácil atraer al que hoy la ocupa, que destronarlo para
recuperarla...
—Es que se trata de un pobre diablo...
—Hay circunstancias que necesitan de la presencia de un pobre diablo; no es
raro que a los intereses del Partido convenga, a veces, estimar como una preciosa
cualidad la estupidez, la tontería. Además, el pobre diablo que convence a los
demás de que puede y debe dirigirlos, pues tiene un mérito cualquiera... ¡Hay
que ser realistas...!
Y así triunfaba el realismo del Camino de Yenán.
El trabajo capital, insistente y uniforme, consistía en atraer a los dirigentes
sindicales que no tenían filiación política, o que sólo eran tibios simpatizantes
del radicalismo o del socialismo, hacia el campo orbital del Partido Comunista.
Se planeó un acercamiento organizado como un cerco impalpable: estudiar
analíticamente cada caso, prestar servicios, despertar ambiciones, fraguar
conchabanzas de toda ralea, amamantar codicias y ofrecer posiciones. El asedio
no tenía desperdicio.
Se ponía a disposición de los dirigentes sindicales independientes o
miembros de otros partidos, asesores aptos, especializados en tareas de
redacción, conocedores de los artículos y de los incisos del Código del Trabajo,
experimentados en los ajetreos, trámites, antesalas y martingalas indispensables
para el acceso y hábil desempeño en los Ministerios del Trabajo y en sus
dependencias burocráticas. Existe un sinnúmero de problemas grandes y
pequeños, que un dirigente sindical enérgico y capaz no puede dominar. Todos
estos problemas —que aleteaban como tábanos— eran resueltos por los
comunistas, graciosa y gratuitamente. Se ofrecían hombres que ejecutaban las
órdenes con fidelidad y que llenaban las funciones como meros servidores
gratuitos en la primera etapa, para convertirse despacio, sin ruido, en los
hombres necesarios, en los verdaderos orientadores, en los directores espirituales
del dirigente sindical. De esta suave manera, los jefes sindicales independientes
se convertían, quisiéranlo o no, en arcilla dócil, plastecida por hábiles y oscuros
dedos comunistas.
Detrás del secretario, del mecanógrafo, del auxiliar legal, actuaba una célula,
un comité o un núcleo directivo del Partido. Y así terminaba éste por redactar las
notas de la dirección sindical, por elaborar los discursos que los independientes
pronunciaban, por plantear las reivindicaciones que más tarde eran defendidas
por la directiva sindical y por la masa obrera. De esta manera, el bravo dirigente
sindical independiente se convertía en marioneta comunista. Y servía mejor que
diez o que cien comunistas afiliados: porque aparecía entre patrones y
funcionarios, y en especial ante la masa obrera, como hombre sin partido, como
dirigente que se jactaba de su independencia y como persona que, en ciertas
oportunidades, se permitía el lujo de criticar en público algunos errores veniales
cometidos por los comunistas, con lo que su calidad de independiente se
reafirmaba y ganaba resplandor. Era la experiencia que luego se aplicaría por el
Komintern en México, en el caso de don Vicente Lombarda Toledano.
—Hay que trabajar con pertinacia por atraer a todos los nuevos que
sobresalgan en los sindicatos —reiterábamos a los miembros del Partido, a las
células de fábricas, los Agentes del Komintern— ; hay que ganar a todos los que
descuellen por su combatividad, por su talento organizador, por su elocuencia...,
o aunque sea sólo por su audacia, por su viveza criolla y rampante..., no
importa... Sobre los nuevos elementos hay que tender un cerco de amistad, de
ayuda, de presión firme y suave, que no determine reacción en contra. Hay que
hacerle sentir que tendrá dónde cobijarse en cualquier mal rato...
Los que resistían debían atenerse a las consecuencias. Se les cerraban
herméticamente los caminos; se les hacía comprender que no surgirían jamás,
que no habría sitio bajo el sol para ellos, sino a condición de someterse a los
dictados comunistas, de convertirse como lo quería Mao Tse Tung, en
servidores..., en sirvientes del Partido Comunista y del Komintern.
Más drástica era la política desarrollada frente a los dirigentes sindicales que
ofrecían resistencia, o que se atrevían a enfrentarse a las directivas del Partido.
Se les armaba un cerco que se iba cerrando sin apresuramiento; ya se ganaba a
sus mejores amigos y colaboradores, privándoles de auxiliares de confianza y
aislándolos; ya se les creaban dificultades de todo género, que rompían sus
nervios y pulverizaban su voluntad; ya se desarrollaba una campaña tan lenta
como perniciosa, para sugerir el pensamiento entre los trabajadores de que
existía un entendimiento oscuro entre el dirigente sindical que se resistía y los
patrones.
—Es claro —se decía con indiferencia— él es un hombre bueno, honrado,
incapaz de ser un agente patronal, pero no quiere llevarse mal con los capataces,
ni crearse dificultades con los patrones; es un conciliador, prefiere transar,
sacrificando así los intereses de centenas o miles de hogares. Y despacio, pero
inexorablemente, se minaba la posición del dirigente sindical que resistía. A esta
política se le denominó en las filas comunistas la acción de “barrenar el bote”;
no espolonearlo, no hundirlo violentamente y a la vista de los obreros, no
chocarlo ni empujarlo contra las rocas, provocando su naufragio. No.
Simplemente barrenarlo: abrir pequeños orificios para que fuese penetrando el
agua. Así, el bote, su bote, se hundía solo.
Todo, naturalmente, estaba permitido en los sindicatos, según las normas del
Camino de Yenán, menos la violencia que hiciese reaccionar con ánimo adverso
a los obreros. Hacer fracasar una huelga con la finalidad exclusiva de culpar del
fracaso al dirigente sindical que resistía, y utilizar el fracaso para golpearlo como
con una cachiporra, apareciendo al propio tiempo los comunistas como los
auténticos defensores de los intereses de la clase obrera. Amplificar y dar
violencia a un movimiento huelguista restringido y pacífico, para comprometer a
esos dirigentes y obtener su caída, ya porque la policía les tomaba presos, ya
porque la empresa los hacía despedir, ya porque, desesperados, se enfrentaban
rabiosos a la multitud. Pero el método que daba siempre los mejores saldos
favorables era el que consistía en alcanzar el favor de los funcionarios y de las
oficinas de los departamentos gubernamentales de trabajo. Esta era y es uno de
los talismanes del Camino de Yenán.
Los ministros, en general, no tienen deseo alguno de complicarse la vida;
menos aun el de perder sus sueldos, sus puestos, sus automóviles, las mujeres
que van a pedirles favores y la situación que se deriva de ser ministro. En
América Latina, un ministro de Trabajo es siempre un personaje amante de la
transacción y del arreglo; los intereses de la industria y los verdaderos de los
trabajadores le tienen absolutamente sin cuidado. Lo que les pone nerviosos son
los conflictos. Y esos ministros saben que los comunistas son expertos en crear
conflictos; en mantener la chispa encendida como fuego votivo, para convertirla
en llama y en incendio, a la menor oportunidad favorable. Y cuando los
dirigentes comunistas se presentan suaves y humildes en sus oficinas, trayendo
la fórmula de arreglo y la combinación transaccional, pues los ministros de
Trabajo, los directores, los inspectores se convierten en los mejores aliados de
los comunistas.
El éxito es alcanzado cuando los dirigentes comunistas llegan a convencer a
ministros, directores e inspectores de que le es posible al Partido auspiciar
candidatos a senadurías y diputaciones, a alcaldías y concejalías.
Y lo que tenemos que obtener —sentaban los agentes del Komintern,
golpeando la mesa, en las reuniones de las “fracciones sindicales”— es que
todas las ventajas que obtengan los obreros sean otorgadas por nuestro medio;
que los beneficios, los arreglos, las soluciones de conflictos, los aumentos de
salarios, les lleguen por los canales comunistas.
Y, en efecto, desde ese momento, todas las resistencias desaparecían, los
obreros se agrupaban en torno a los vencedores, y a los independientes no les
quedaba sino un camino: doblegarse ante la presión que ejercíamos en los
sindicatos y sobre los dirigentes sindicales.
Quienes ofrecían resistencia tenaz eran los dirigentes sindicales socialistas,
los que tenían tras de sí el respaldo político de su partido. En tal situación no
había otro camino que buscar el compromiso, encontrar la fórmula de
entendimiento. Y tras laboriosas discusiones, tras encendidas polémicas, siempre
comunistas y socialistas llegaban a un acuerdo. Cierto que turbio, inmoral y
podrido, ya que siempre se prescindía de la inclinación y de la verdadera
voluntad de la masa trabajadora, y ya que la duración del pacto oscuro estaba
sujeto al cambiante interés de los bandos. De este modo, las direcciones
sindicales se convirtieron en verdaderos botines de piratas, en cuya conquista
tenía que ver todo, menos el interés auténtico de los obreros, y comunistas y
socialistas se repartían ese botín aun antes de haberlo capturado. De esta manera,
toda elección sindical fue siempre la expresión de la correlación de las fuerzas o
de las pugnas socialistas y comunistas, y no la del designio de los trabajadores.
Sucedía en los sindicatos, en minúsculo lindero, algo análogo a lo que acontecía
con la dictadura del proletariado en la Rusia Soviética. Un grupo decidía,
comandaba, resolvía y operaba. A esto se le denominaba en jerga del Camino de
Yenán la “cocina sindical”, y en el seno del movimiento comunista surgieron
verdaderos expertos en tal cocina. Entre los más hábiles, ingeniosos, ricos en
sutilezas y artilugios de todo género, figuraba el licenciado mexicano Vicente
Lombardo Toledano, quien comenzaba por presentarse como hombre neutral...,
ya que él “no era” comunista, ni socialista tampoco.
La actuosidad operativa de la “cocina sindical” no abarcaba los sindicatos
solamente, sino que se mostraba particularmente activa en la designación de los
organismos nacionales e internacionales de los trabajadores. Los votos de los
delegados son siempre cosa secundaria, el mandato que puedan traer pierde toda
eficacia en el acto electoral: siempre, los dirigentes socialistas y comunistas
llevaban la lista de la directiva totalmente arreglada; para imponerla y hacerla
triunfar todo estaba permitido: desde el agasajo fraternal, el festival dionisíaco,
hasta la presión, el chantaje, la amenaza, la dádiva y, si era menester, pues el
arma, cortante o de fuego, pero dispuesta a ser empleada.
Fue así como el Partido Comunista chileno ascendió a ocupar un sitial de
honor en el Séptimo Congreso, y un lugar sobresaliente, al lado de China, de
Francia y de España, en el Olimpo del Komintern.
La alegría de esta marcha victoriosa fue repentinamente conturbada por el
estallido de la insurrección en Brasil. El levantamiento estalló como un trueno en
cielo de vacaciones; cuando nadie de los que lo organizaban lo presentía; cuando
los preparativos insurreccionales se encontraban en su etapa preparatoria, ya que
el alzamiento popular estaba planeado y previsto para seis o siete meses más
tarde. Era, objetiva y brutalmente, un aborto, con todas las desastrosas
consecuencias que tal fenómeno significaba.
Fue evidente que el estallido se produjo en el epicentro de una osada
provocación montada por el Gobierno, empujado a realizarla quizás frente a la
seria amenaza de la perspectiva. Era claro, por otra parte, que en la preparación
del movimiento se había introducido, con mucha fuerza y en gran estilo, el
criterio de los pronunciamientos militares latinoamericanos, el espíritu peculiar
que presidió siempre el típico “cuartelazo” y, como consecuencia, el anhelo y el
empeño ejecutivo de los elementos militares que debían participar en él.
La insurrección no llegó a alcanzar contornos verdaderamente populares; se
desencadenó como un “putsch” lamentable, desprovisto de fuerza material y
espiritual para derramarse, para transformarse en potencia capaz de imponer la
transformación que se proponían sus organizadores. Su extensión fue mínima y
su extinción aparatosa. Una de las grandes ilusiones de Manuilsky se hundió en
la sangre y en el lodo: el desastre comunista brasilero fue a ratificar la crítica de
los que le consideraban no apto para obtener ninguna victoria.
No hubo posibilidad de otorgar el apoyo que hubiese demandado el
levantamiento popular brasilero; tampoco fue dable movilizar la solidaridad
continental, ni recurrir a los conspicuos elementos fraternales que operaban
entonces en el Departamento de Estado de Washington y en las cumbres del
aparato gubernamental de los Estados Unidos.
Los vaticinios hechos en Moscú durante la conferencia secreta de los
partidos comunistas de América Latina se confrontaban con los hechos
consumados. Y Manuilsky salía perdiendo muchos de sus atributos de profeta,
sin duda alguna; esto debía significar en él un aguijoneante y molesto
reconcomio.
Arribaron de regreso al país los dirigentes comunistas chilenos Carlos
Contreras Labarca y Elías Lafertte. Con ellos acontecía en Chile lo mismo que
en otros países. Su calidad no estaba en relación con la del Partido como
organismo colectivo; el Partido valía más que los que estaban erigidos en
directores. Y es que la clase obrera era inmensamente superior al núcleo
dirigente, y los comandos comunistas no eran la expresión de la libre voluntad
del Partido, sino el grupo sostenido e impuesto por oscuras y ciegas
combinaciones internacionales.
Carlos Contreras Labarca era un hombre tímido, de personalidad truncada,
ambicioso y mediocre. Al fracasar en su intento de hacerse abogado, se hizo
comunista; opaco, de escasa cultura, desprovisto de imaginación, tenía la
cualidad del estilo sigiloso y de la lentitud fríamente calculada, para subir sin
alzar sospechas, y para empotrarse a fuerza de toda clase y volumen de
concesiones o de alevosías. Vivía obsesionado por el temor de ser desplazado de
la Secretaría General del Partido —que le vino en momentos críticos para la
organización— y bajo el dominio de este pensamiento paranoico perdía todo
escrúpulo político o moral. Tal temperamento condujo a que lenta, pero
inexorablemente, hundiese y anulase a los elementos más valiosos, en quienes
sospechaba futuros concurrentes, y otorgase protección y defensa a los
elementos más inútiles, vacíos e ignorantes del Partido.
Había llegado la hora de que la Delegación del Komintern se desprendiese de
las funciones directivas, entregándolas más y más a los propios chilenos. Pero
las condiciones en que se desarrollaba el trabajo exigían compulsivamente la
presencia de un órgano periodístico, de un diario que hiciese escuchar las voces
de orden del Partido Comunista todos los días del año.
La devoción de los simpatizantes fue sometida a prueba. Damas aristócratas
y atareados y pacíficos burgueses, entusiastas pequeño-burgueses, encantadoras
hijitas de papá, fueron los fundadores de la empresa periodística del Partido
Comunista en Chile. El óbolo llegó de todos lados y en contingentes diversos.
Murió la hoja eventual Bandera Roja y nació el diario Frente Popular, editado
por la empresa Antares, de Barra y Compañía Limitada. Viejas maquinarias de
una imprenta quebrada y una linotipo a gas, instaladas en un galpón cuya
techumbre traspasaban las lluvias heladas, y un heroico grupo de comunistas,
abnegado hasta el más doloroso sacrificio, lanzaron a las calles, en una clara
tarde de septiembre, el primer número del diario controlado por el Partido
Comunista.
El hecho fue interpretado generalmente como un síntoma de poderío y fue
sorprendente la forma en que afluyó la cooperación financiera. Los bancos
empezaron a otorgar créditos cada vez mayores; las grandes entidades de crédito
de Chile concedían gruesos pagarés a la organización periodística que les
combatía, y las firmas importadoras se disputaban la clientela de la firma que
contaba con el respaldo político de la sección chilena de la Internacional
Comunista. Sin estos ricos, potentes y generosos auspicios, la organización
editorial comunista no habría podido levantarse ni prosperar.
Un día, los telegramas que enviaba la United Press al diario llevaron la
noticia del estallido de la revolución en España. Los militares se habían
sublevado contra el Gobierno de la República y había comenzado la guerra civil.
La revolución española vitalizó más aún el Frente Popular chileno. Las
elecciones parlamentarias chilenas exhibieron la fuerza arrolladora con que se
alzaba el Frente Popular; y el Partido Comunista de Chile llegaba a la Cámara y
al Senado, con una representación que el más optimista no se habría atrevido a
vaticinar un par de años atrás solamente.
Una de las conquistas más valiosas para el comunismo fue la gran confianza
que el Partido había logrado adquirir en el seno del radicalismo. Sus más
conspicuos dirigentes eran amigos y defensores del Partido Comunista. Y entre
la joven falange combativa sobresalía el apoyo que prestaba Gabriel González
Videla. Gracias a este apoyo particular y personal, los comunistas chilenos
alcanzaron ventajas que, sin él, no habrían sido conquistadas jamás. La terca
resistencia de los dirigentes socialista y trotzkista Oscar Scnacke y Manuel
Hidalgo fue quebrantada gracias al apoyo que Gabriel González Videla dispensó
entonces al Partido Comunista.
Cuando el equipo comunista traspuso triunfalmente los umbrales del Senado
y de la Cámara, marchando del brazo con los más altos dirigentes radicales, sentí
la voluptuosidad dionisiaca del éxito; pero, en lo hondo de mí, nebuloso, como
repelido y arrinconado, sentía un vago y angustioso sentimiento de culpabilidad.
Sabía lúcidamente que la situación material y espiritual de los obreros y de los
campesinos chilenos, de las costureras y de los mineros, de las lavanderas y de
los trabajadores del mar, no había mejorado en lo menor. Y en la perspectiva, me
dolía como el presentimiento de que tampoco mejoraría con aquella
esplendorosa y embriagante victoria política.
En pleno drama de conciencia, como una centella, caía la disyuntiva tajante,
que tan hábil como siniestramente explotó Moscú en el alma de millones de
individuos, amantes de la libertad y de la dignidad humanas: o las transigencias,
quizás culpables, con el Camino de Yenán, o el nazismo victorioso, el fascismo
vencedor. Y en esta inescapable disyuntiva, el mal menor resultaba Moscú, con
su Stalin dictatorial y fríamente sanguinario, con su Camino de Yenán cínico e
inescrupuloso, con sus chinos comunistas, plenos de odio hacia el mundo
occidental, con sus Frentes Populares, en los que triunfaban los radicales y los
dirigentes comunistas, y en los que la inmensa masa trabajadora, con sus mujeres
y sus hijos, arrastraban todos sus días de dolor sin un sólo día de alegría.
Es ahora inconcebible para muchos la gigantesca fuerza que ha tenido para
millones de seres humanos en la década pasada la presencia del fenómeno nazi y
fascista: era odio y pavor, al propio tiempo; era encendido amor a la libertad y
presencia del inminente peligro de perderla, ahogada en un charco totalitario de
sangre y lodo.
Y el miedo al fascismo, el odio al régimen nazi, nos hacía ceder pasivamente
y transigir con procedimientos que, en diversas circunstancias, no se habría
podido aceptar jamás.
Nada como la victoria para enervar la agudeza racional; ella opera sobre la
conciencia como un vino de caldos capitosos. Y, en aquella oportunidad, junto
con la embriaguez de la victoria política, llegó para mí la ebriedad sortílega de
un suave y tranquilo idilio sentimental. El amor de una mujer que compartía mis
ideas, que amaba también mis ilusiones más altas y mis más queridas
esperanzas, que militaba bajo las banderas comunistas, me conquistó íntegro y
me captó en un embrujo de maravilla.
Y en aquella contingencia llegó insinuante la voz de Moscú:
—Podrías quizás ser más útil en España que en Chile...
Y España, convulsa y revolucionaria, se presentó ante mí como el Jordán en
el que podía lavar mis pecados. España no era el Camino de Yenán: era la senda
áspera y dura de la revolución; era el auténtico derrotero de sacrificio, de
heroísmo, de redención humana. Era, en ese instante dramático y ensangrentado,
la cumbre más alta de la dignidad del hombre.
Y anuncié mi resolución: ¡Partiré a España...!
Chile sobre el camino de Yenán
29
Como rabadán de la delegación del Komintern en Chile, no usé nunca ni mi
propio nombre ni tampoco el del pasaporte con el cual había viajado desde
Moscú. Era un pasaporte “falso pero no falsificado”, decían de él los hombres
del sector que se encargaban de la fabricación, intercambio y arreglo de los
documentos con los que los diversos emisarios debían viajar a través del mundo.
Dentro del Partido y fuera de él se me conoció por el pseudónimo de Jorge
Montero.
El “camarada Jorge Montero” llegó a figurar en los anales de la policía
chilena sólo cuando había desaparecido de la actividad política. Y esto no fue
resultante sólo del cuidadoso y eficiente trabajo clandestino, sino, de modo
principal, de la protección que recibía de los más conspicuos e influyentes
miembros de Partido Radical, y, después del triunfo, de los hombres del
Gobierno, de los administradores de la victoria.
Ocupó siempre el primer puesto entre estos protectores Gabriel González
Videla, quien fuera más tarde presidente de Chile. Él y Justiniano Sotomayor
fueron los extraños, por decirlo así, que mejor y más ampliamente informados
estuvieron sobre mi procedencia, la misión que realizaba, y la jerarquía y
autoridad de que gozaba dentro del comando comunista. Ambos radicales
compartieron la responsabilidad del éxito del Frente Popular en Chile y, sobre
todo, la del cultivo y florecimiento lozano de la amistad y de la cooperación
radical-comunista.
Es casi seguro que este conocimiento ha servido en mucho como
primerísima fuente de información para el libro que, más tarde, publicara el
Gobierno de Chile sobre las actividades de quienes denomina “instructores” en
forma generalizada. En ese libro, editado bajo el auspicio y la revisión del
Gobierno de La Moneda, hay un largo capítulo sobre las actividades, la persona,
la vida y pasión del camarada Jorge Montero en Chile. El libro ha recogido datos
erróneos, equivocados o falsos, en algunos pasajes; en otros, sus aserciones son
verídicas y están ajustadas a la verdad. Los juicios sobre personas y hechos le
corresponden íntegramente. En el capítulo referente al peruano Ravines, o al
camarada Jorge Montero, hay fragmentos ilustrativos que revalidan y sirven de
complemento esclarecedor a esta confesión.
Del mencionado libro cito, a la letra, los párrafos que siguen:
El hecho de que Dimitrov, recién elegido Secretario General de la Tercera
Internacional, en reemplazo de Manuilsky, resolviera este nombramiento —el de
Eudocio Ravines como dirigente de la Delegación del Komintern en Chile— con
la aprobación de su antecesor y con la de Marcel Cachin, el viejo luchador
francés, da la medida de la confianza que tenían en Ravines los más altos jefes
del comunismo y de la importancia que atribuían al movimiento comunista de
Chile. Por los demás, las intervenciones de Ravines en el Congreso en nada
habían desmerecido de las de Palmiro Togliatti —Erco Ercoli— Clement
Gottwald, Matías Rakosi, Anna Pauker, José Broz, jefes hoy día de los partidos
comunistas de Italia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania y Yugoslavia. (Broz se
llama ahora el Mariscal Tito).
El único sudamericano que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo de la
Internacional Comunista fue el brasileño Luis Carlos Prestes. El único que fue
promovido a instructor, fue el peruano Eudocio Ravines. Sin embargo, la
Sección Chilena era el único Partido Comunista organizado en América Latina.
El nuevo instructor para Chile sabía manejar su cultura portentosa con un
brillo y una agilidad que daban vértigo. La historia de los países sudamericanos
no tenía secretos para él. Conocía a sus hombres del pasado y hablaba con lujo
de detalles, desconocidos para la generalidad, de los que en el presente
significaban algo en la política, en las ciencias, en la economía, en las artes. Lo
mismo que Haya de la Torre, había sido un discípulo preferido de José Carlos
Mariátegui, el teórico de la primera y más brillante generación a prista y autor de
la Defensa del marxismo.
El libro publicado por el Gobierno de Chile entra en apreciaciones sobre el
momento mundial de entonces y sobre las razones que habrían actuado sobre el
ánimo de los dirigentes de la Internacional para marchar por las vías del Frente
Popular. Esboza asimismo las condiciones que prevalecían en la vida chilena y
mundial en aquella etapa. Y afirma a continuación:
Se comprende el provecho que un hombre de las condiciones de Eudocio
Ravines podía sacar de esta situación. Al pisar tierra chilena, como es de rigor,
cambió su nombre por el de Jorge Montero...
El camarada Jorge Montero, sin pérdida de tiempo, asumió la situación del
Partido, hizo la crítica de la línea fijada y expuso la nueva táctica de los Frentes
Populares, sus fundamentos y sus objetivos.
El conocimiento personal y directo de casi todos los dirigentes comunistas
del país, y principalmente de los miembros del Comité Central, lo llevó muy
luego a la convicción de que, en su mayoría, eran sectarios, intransigentes, sin
imaginación y con muchos odios. Material humano muy deficiente para
emprender y realizar la tarea que se le había encomendado. Mientras se
esforzaba en producir un cambio en la mentalidad de estos dirigentes, por una
enseñanza sistemática, no descuidó un instante a la aplicación práctica de “la
nueva línea”. Para esto se formó una especie de equipo de colaboradores ágiles y
dúctiles, de preferencia jóvenes, sin remover a nadie de sus cargos de
responsabilidad. En la forma, respetó las atribuciones de Contreras Labarca.
Pero, el órgano efectivo de sus determinaciones pasó a ser Marcos Chamudes.
En la Juventud, robusteció la autoridad de Frías, la cual trataba de socavar el
profesor Ricardo Fonseca, con la ayuda de Contreras Labarca. En la directiva
sindical mantuvo a Lafferte y a Salvador Ocampo, pero trajo de Valparaíso a
Juan Vargas Puebla. Sólo en las Secretarías Regionales tuvo que hacer
remociones dolorosas: Víctor Contreras pasó a ocupar la de Antofagasta; el
doctor Mario Contreras VilIalón, la de Valdivia; Primitivo Palma, la de
Valparaíso y Raúl Barra Silva, la de Santiago. Para ello se atuvo estrictamente a
la necesidad de disponer de órganos con cualidades adecuadas a una aplicación
expedita de las nuevas consignas. Algo análogo hizo en todas las organizaciones
“independientes”, de obediencia comunista.
El Buró Político del PC aprende la Canción Nacional
Una vez que estuvo a punto la máquina burocrática del Partido, se dedicó a
orientar, reorganizándolos, todos los instrumentos de su acción pública —
prosigue el libro del Gobierno de Chile, sobre las actividades que denomina de
los “instructores”.
De un Partido introvertido había que hacer un partido extrovertido, amplio,
cordial, acogedor, “mimetizado con todos los sectores sociales”. Vasta tarea que
abarcó varios años y en la que cosechó grandes frutos, afectos, envidias, odios e
ingratitudes.
Suprimió el “Socorro Rojo Internacional” y en su reemplazo promovió la
fundación de la “Liga de los Derechos del Hombre”, con un programa en que
cabían todas las opiniones políticas o religiosas.
Abrió las puertas del partido a los intelectuales, poniendo término al
“obrerismo”; más aún, los convirtió en un objeto preferente de la atracción
proselitista de la organización. Hizo fundar la “Casa América” en Alameda,
esquina Arturo Pratt, con el carácter de una institución social sin exclusivismos
políticos. Obligó al Partido Comunista y a sus organizaciones filiales a usar la
bandera nacional en las manifestaciones públicas y efemérides patrióticas. El
peruano Ravines le enseñó al Buró Político del Partido Comunista de Chile a
cantar la Canción Nacional.
En materia de prensa, suprimió simplemente Bandera Roja, vocero oficial de
la Sección Chilena de la Tercera Internacional, que circulaba sólo entre sus
militantes; y Frente Único, órgano de la Federación Obrera de Chile. En su
reemplazo creó Frente Popular, con imprenta en la calle de San Francisco 347,
de tendencias “amplias”, “informativo”, “periodístico”. Hizo contratar los
servicios cablegráficos con la agencia norteamericana United Press y no con la
agencia soviética Tass. En Iquique fundó El Despertar;en Antofagasta, El
Popular; en Valdivia, La Libertad, etc. Por último, coronando su labor
periodística, echó las bases y fundó El Siglo. Hizo adquirir imprenta y local para
el Partido. Incluso una broadcasting, la Radio Nacional, todo ello por intermedio
de la Sociedad Barra y Compañía Limitada, fundada con tal objeto.
Comandos en la “Tierra de nadie”
En la acción externa, organizó a los parlamentarios y elementos de mayor
valía del partido, de acuerdo con sus condiciones particulares, para llevar la
propaganda a todos los sectores políticos, sociales e intelectuales.
Fueron verdaderos “comandos” que operaban en la tierra de nadie, en el
campo de los amigos y de los enemigos, no para destruir sino para llevar una
palabra fraternal del comunismo redimido de las intemperancias del pasado... La
poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, llegó a ser en los círculos intelectuales y
políticos y en los cenáculos artísticos, la paloma mensajera de la nueva fe
popular. Esta penetración concertada, esta maniobra envolvente que dirigía el
camarada Jorge Montero pronto dio su primer fruto: un discurso resonante del
diputado Justiniano Sotomayor Pérez Cotapos, que fue la partida del Frente
Popular en Chile.
Su primera cosecha fue el triunfo senatorial del acaudalado terrateniente de
Cautín, Cristóbal Sáenz, con el apoyo decisivo y entusiasta de la “Sección
Chilena de la Tercera Internacional”.
El camarada Jorge Montero, como tutor responsable del partido comunista,
operó siempre en las sombras y conservó su nombre adoptivo, a pesar de que
puso fin a la costumbre de que los dirigentes comunistas tuvieran nombres de
batalla.
Introdujo finalmente otra innovación:
Abrió un curso de marxismo, en la casa de una familia respetable, en la calle
Cienfuegos de esta capital. Asistieron estudiosos de ambos sexos, de todas las
tendencias y categorías. Por esos días había llegado a ser de buen tono ser
“comunizante”. Una niña adorable, Lela de la Fuente, quiso una tarde escuchar
al profesor de marxismo de que tanto se hablaba. La lección continuó en el
Parque Forestal y, pasando por el Registro Civil, todavía continúa en la Ciudad
de los Virreyes.
En suma, actuando en todos los frentes posibles, el instructor logró sacar al
Partido Comunista de su madriguera ilegal y convertirlo casi en un “partido
histórico”. Con claridad, flexibilidad, cultura y audacia, el peruano Ravines
transformó al Partido Comunista de Chile de partido nómada y perseguido, en
colectividad sedentaria, con domicilio conocido, con dirigentes y militantes que
usaban sus propios nombres y que hasta llegaban a emocionarse al oír el Himno
Patrio.
Cuando esta obra del talento del camarada Jorge Montero estaba en su
apogeo, recibió la orden de trasladarse de nuevo a España, destrozada por la
revolución franquista.
* * *
Un día cualquiera —hace escribir Gabriel González Videla en otro pasaje del
capítulo de aquel libro— Andrés Nin apareció asesinado misteriosamente en un
suburbio de Barcelona. El escritor Víctor Serge acusa derechamente a Codovila
de haber ordenado este crimen. Ravines, que acariciaba la certeza de poder
vencer lealmente a Nin con las armas de la inteligencia y del talento, manifestó
su reprobación por este acto, en la única forma en que le era posible dentro de la
organización de que formaba parte: pidió ser trasladado a otro país. Dimitrov lo
devolvió a Chile.
El capítulo sobre el camarada Jorge Montero es clausurado con estas
palabras:
Nunca se han publicado las “razones” de la expulsión de Ravines. Hay
quienes sostienen que fue inspirada desde Buenos Aires, por Vittorio Codovila,
al asumir sus funciones de Delegado Extraordinario de la Internacional, con
poderes discrecionales para toda la América Latina.
Tal es la opinión general del Gobierno de Chile y del conspicuo dirigente de
la izquierda radical que cooperó enérgica e inteligentemente en la obra
mancomunada de radicales y comunistas. Más tarde, el presidente González
Videla rectificó áspera y fulminantemente su orientación y su actitud política
respecto del Partido Comunista. Se convirtió, bajo la compulsión de la
experiencia, y ante la comprobación de un quinta-columnismo más y más
descarado y virulento, en uno de los adversarios más categóricos y, sin duda, en
uno de los más eficientes y sinceros del hemisferio, de la organización, de la
obra y de los propulsores del quinta-columnismo comunista en América Latina.
En el libro editado y en el capítulo del camarada Jorge Montero hay datos
inexactos y hechos cronológicamente trastrocados; se presentan aspectos un
tanto exagerados en tanto que otros están eclipsados. No obstante, hay un valor
documental y otro mucho mayor en la apreciación que demuestra cómo el sector
más avanzado del radicalismo chileno repara su grave error de ayer,
reconociendo la magnitud del peligro y la forma sutil en que se infiltra.
Entre los asistentes a los cursos que funcionaban para las diversas clases de
simpatizantes y militantes, figuraban chicas de la buena sociedad chilena, que,
sin tener ni el más lejano vínculo con el proletariado, se interesaban por la
doctrina extraña, perseguida y aguerrida que era el comunismo. En no pocas
damas actuaba el oscuro y poderoso atractivo de la tentación de lo prohibido, de
la aventura cargada de misterio, de la presencia del peligro y de las emociones
nuevas. Otras eran muchachas que se acercaban halconeando por aparecer
dotadas de personalidad ante el círculo de sus amistades. Y en no pocos casos,
actuaba una sincera inclinación a paliar el dolor humano, a trabajar por el
advenimiento de un mundo mejor y más justo.
Entre otras, se hacían presentes siempre dos amigas que formaban una
inseparable pareja, armoniosa y discordante a la vez. Se les conocía por “la Chita
y la Lela, la Lela y la Chita”.
No eran estos sus nombres, sino esos apodos familiares que se dan a los
niños en el hogar y que perduran muchas veces hasta el fin de la vida, mejor
adheridos a la persona que el nombre bautismal. Eran dos temperamentos
opuestos que marchaban siempre juntos. Mientras Chita era burlona, con agudo
sentido del humor, Lela era adversa al humorismo, con ágil y aguzado sentido
crítico, partidaria de tomar las personas y los hechos con espíritu trascendente.
La pareja se fue acercando más y más al comunismo. Y un buen día, los nombres
de Lucía Acuña Sepúlveda y Delia de la Fuente Smith aparecieron inscritos en el
registro de militantes del Partido Comunista de Chile.
Delia de la Fuente se distinguía por su obsecuencia en el aprendizaje, por la
puntualidad y la devoción que ponía en la ejecución de las grandes o pequeñas
tareas que el Partido le confiaba. Lucía, al revés, empleaba el tiempo en
desconcertar con sus bromas, en fabricar historietas y en señalar a su amiga
Delia como una aristócrata, a causa de que descendía de don Antonio José de
Irisarri, intelectual guatemalteco que en la época de la independencia de Chile
desempeñó un papel preponderante en la vida política chilena, distinguiéndose
por sus tendencias reaccionarias y adversas al liberalismo propugnado por los
Carrera.
Insensiblemente, entre aquella muchacha que amaba penetrar en las
oscuridades del hegelismo y que soñaba esperanzada con la Revolución
Proletaria Mundial y yo se estaba forjando un vínculo sentimental, uno de esos
amores entre comunistas, que surgen tarados casi siempre por la carga de frío
racionalismo ideológico, y de estimar las manifestaciones emotivas como
dolencias pequeño-burguesas.
Fue un idilio de tipo intelectivo, un tanto huérfano de ternura, en exceso
razonante y trascendido siempre por la idea fija de la revolución, de la
militancia, de los deberes del Partido. No obstante, fue un idilio amable, cargado
de emoción prisionera y de cariño más prisionero aún. Hablamos poco de amor y
mucho de nuestra concepción del mundo, del sentido de la vida, del camino que
habíamos buscado. Comprobé que su advenimiento a las filas comunistas no se
debía casi a simpatía hacia el proletariado, ni a una tendencia que la llevara a
paliar el dolor de los otros, sino más bien al anhelo de dotar su vida de un
contenido superior, de llenar su existencia con una gran idea.
En mí, la adhesión al comunismo había venido del dolor de afuera; había
penetrado fluyendo del sufrimiento de los otros. En ella, al contrario, esa
adhesión surgía más bien como necesidad interior, como el ansia de realizarse,
realizando algo que estuviese dotado de bondad y de grandeza. Habíamos
llegado por caminos distintos y estábamos resolviendo seguir por la misma
senda en el futuro. Me presentó a sus padres: ella, que adoraba el arte y las
expresiones artísticas; él, que cultivaba alegremente y en serio el espiritismo, el
rosacrucismo, el yainismo indostano y las tendencias yoguis. Fuimos excelentes
amigos y un mediodía cerramos una etapa y abrimos otra en uno de los registros
civiles de Santiago.
Proyectamos vacaciones, descanso, viajes a las regiones encantadas de los
lagos chilenos; proyectos para embriagarse de amor, de vino chileno y de
naturaleza paradisiaca. Mas, en aquella hora precisamente, llegó el mensaje de
Moscú. El deber de comunista me llamaba a España.
Mi mujer resolvió acompañarme y partir conmigo. Todo el empeño de
persuasión que se puso para presentar ante ella la realidad de una guerra fue
vano. Y una mañana, entre la neblina de marzo, sobrevolamos la cordillera
majestuosa que separa Chile de Argentina, rumbo a España, en donde se
refugiaba en aquel momento todo nuestro amor, toda nuestra esperanza de
creyentes comunistas.
Dentro del drama de España
30
Había leído a Clausewitz, al mariscal Lundendorf y a Von Schliefel. Poseía
una idea clara, aunque no bien concretada, sobre lo que sería un país en guerra,
un pueblo en armas, resistiendo a un enemigo poderoso. Y con estas ideas me
acerqué a la frontera española. Llegamos a Cervére, cruzamos la línea divisoria y
entramos en Port Bou.
Apacible pueblo provinciano, lugar tranquilo, sin muestra alguna de que
aquello perteneciese a España o de que España estuviese verdaderamente
incendiada por sus cuatro costados. Se vivía la vida pueblerina normal; las
gentes marchaban con calma y la rutina de la era de paz no tenía signo de
perturbación.
En una de las rocas del acantilado, un par de hombres barrenaban tratando de
horadar la piedra. Mientras ejecutaban el trabajo canturreaban fandanguillos.
Acercándonos, les preguntamos qué iba a ser aquello.
Nos miraron, apreciaron nuestra calidad de extranjeros y respondieron
sonriendo:
—¿Pues no lo veis...? Es un refugio.
No objetamos. Un refugio a flor de tierra; una especie de boquete abierto
sobre el muro de roca, lo que indicaba que allí se quimereaba sobre la defensa y
de que en aquel pueblo la idea de la guerra era parecida a la que se tenía sobre
una verbena.
Alaridaron las sirenas, anunciando que la aviación enemiga iba a bombardear
Port Bou: las personas que se hallaban con nosotros en la estación, se
arremolinaron sin desorden para ir al refugio. Se consideraba como tal el lugar
que estaba bajo el puente de mampostería de la estación. El peligro era tanto
mayor allí, ya que si bombardeaban el pueblo era forzoso que el blanco sería la
estación o sea lo único importante de Port Bou, y no sólo como cosa estratégica.
Mi esposa subrayó esto que le parecía absurdo.
—Descuida, camarada —exclamó alguien— ; éste es el sitio más seguro,
precisamente por lo que dices: si los aviadores de Franco dirigen su puntería
sobre esto, pues no caerá una bomba nunca.
Las gentes reían de lo dicho, entre tanto caían las bombas. Media docena de
estampidos con algunos cráteres en los campos, cerca de la vía férrea.
Llegó y partió el tren y arribamos a Barcelona.
Sobre las ramblas asoleadas garrulaban los cafés repletos de gente;
aspaventaban los organillos y los micos saltaban sobre las notas de la “Bien
pagá” o de “María de la O”. El público caminaba tranquilo y alegre. Ano ser por
los milicianos uniformados que verbeneaban en todas las calles y plazas, y en
todas direcciones, y por la libertad que se tomaban las mujeres —haciendo que
la Rambla de las Flores se pareciese a Montmartre—, Barcelona habría tenido el
aspecto de ciudad que se movía normalmente y que vivía en las antípodas de
algún lugar donde se disparasen tiros y rodasen cañones y carros de asalto.
En la dirección del Partido se nos reiteró que la situación era grave; se hacía
tensa la tirantez con poumistas y anarquistas.
Una semana más tarde, en las primeras horas de la noche, se escuchaban
disparos por todas las rutas de la Rosa de los Vientos. Cafés y hogares cerraron
sus puertas; las calles, sin transeúntes casi, estaban iluminadas. Alrededor de la
media noche se escuchó ruido de camiones, carros y hombres que gritaban y
disparaban. Milicianos anarquistas y poumistas estaban en las calles
combatiendo, no contra el fascismo, ni contra Franco, sino para dirimir una
cuestión de superioridad de grupo, de hegemonía de partido: o mandaban la FAl,
la CNTy el POUM, o se imponían los stalinistas, como ellos llamaban a los
comunistas.
La batalla, dirigida en forma extraña, sin objetivos precisos, hasta el punto de
no saber lo que aquellos combatientes se proponían, duró tres días. Centenares
de muertos, millares de heridos, grandes cantidades de municiones quemadas,
carros destruidos y riqueza aniquilada. Una situación caótica que no beneficiaba
en absoluto a la República. Al cuarto día empezó la defección de los
combatientes y el ingreso de las Tropas de Asalto, enviadas desde Valencia por
el Gobierno de Largo Caballero.
El ingreso de las tropas fue pacífico; la revuelta se apagó sin mayor
estridencia y los insurrectos regresaron por donde habían venido. Aquello
parecía no tener ni pies ni cabeza.
—Esta guerra la gana Franco —sentenció mi mujer, empleando, desde el
primer momento, su acentuado sentido crítico— ; en esta forma no hay ejército
que pueda ganar.
Se hizo una pausa larga y pesada entre nosotros, y ella reiteró, como
aguardando respuesta:
—¡Esto está perdido..., perdido...!
Como permaneciese en su actitud de espera insistente, le dije:
—Mira, querida, lo primero que debes aprender aquí es a no crear para
nosotros una situación difícil; cuando alguien, en un país que se halla en guerra,
afirma que esa guerra se va a perder, pues se le llama derrotista y se le puede
acusar como a tal.
Mi esposa juró que no volvería a decir tal cosa, pero que, entre nosotros y en
confianza, la guerra se perdía.
Partimos a Valencia.
El Comité Central del Partido Comunista español ostentaba un movimiento
mucho más intenso que el Komintern en un día de congreso. Y en su sede se
encontraban figuras sobresalientes del movimiento comunista internacional, y
viejos conocidos y amigos míos: allí estaban Palmiro Togliatti, el italiano que
actuaba bajo el nombre de Ercoli; mi gran amigo, el francés André Marty, el
famoso sargento de marina de la flota de Francia, que se sublevara frente a
Odessa; siendo ya diputado, estaba mi amigo y compañero de labores, Cogniot;
Luigi Longo, con su brigada de italianos; el llamado General Kleber, que pasaba
dificultades serias en el Partido en aquellos momentos. Y estaba también,
transformado en el gran comisario político de los tercios comunistas, el mismo
Vittorio Codovila, que huyera de las fanfarronadas del General Uriburu en
Buenos Aires, y que fuera segregado por Guralsky, para venir a caer en Madrid.
Tiempo atrás, Codovila, como delegado del Komintern en España, había
liquidado la dirección del Partido que no se sometía dócilmente a su mandato.
Invitó a un viaje a Moscú a Trilla, Adame, Vega y algún otro y, en tierra
soviética, con procedimientos soviéticos, les liquidó políticamente y les hizo dar
el golpe de gracia. Asu regreso a Madrid, dueño de amplios poderes otorgados
por el Komintern, le fue extremadamente fácil fabricar una dirección chata, dócil
y sumisa. Una dirección integrada por elementos subalternos a su voluntad y a su
dirección.
El Partido Comunista había exaltado a Largo Caballero en forma paroxismal,
siguiendo las directivas que partían desde los escritorios de Manuilsky; Codovila
hizo que el Comité Central Comunista le saludara, en forma pública, como el
“Lenin español”; como la figura dilecta del caudillo, digno de las gestas de los
Comuneros de Castilla; como el gran adalid que conducía a España hacia la
victoria.
En aquel mes de mayo de 1936, el antiguo amor hacia Largo se estaba
transformando en desprecio, en odio, en sarcasmo, en asco. Se estaba preparando
ya la más gruesa artillería, la más procaz, la más virulenta, para lanzarla sobre el
Primer Ministro y sobre sus más íntimos colaboradores. Se elaboraban discursos
cargados de acusaciones y de apodos, de cargos de negligencia y de traición, que
serían pronunciados cuando sonasen los clarines que serían soplados desde
Moscú. Los altos dirigentes del Partido Comunista semejaban una jauría que
pugnaba por lanzarse sobre la presa, señalada de antemano.
Codovila, lo mismo que la apasionada Dolores Ibárruri, el enfermizo y
desventurado José Díaz, con su voz de falsete, el desdichado obrero español a
quien la NKVD hizo defenestrar años después en Tiflis; Chueca, el hombre
fuerte, y Jesús Hernández, el implacable del Comité Central y Angelita, el bello
demonio cruel, aseguraban mediante juramento, con la mano derecha extendida
sobre los Fundamentos del Leninismode Stalin, que aquella guerra la tenía
perdida Franco y que, al final, la victoria estaba ya asegurada para el partido de
Marx, Engels, Lenin, Stalin, Dolores y Pepe Díaz. Todo lo cual era indiscutible,
so riesgo de incurrir en derrotismo.
—¡Hablan con una seguridad que pasma...! —anotaba Delia, mi mujer, con
un reconcomio de duda.
—Ellos tienen por qué saberlo —altercaba yo—, porque tienes que aceptar
que saben más de España y de esta guerra que tú y que yo. ¿No te parece?
—Es claro, muy bien —replicaba con tenacidad—, pero tú ¿qué crees?
—Creo lo que ellos dicen; que vamos a ganar.
—¿Por qué...? —interrogaba inmisericorde, siempre con idéntico
reconcomio de desconfianza.
—Creo que vamos a ganar porque ellos lo aseguran y yo les tengo fe; luego,
porque tenemos razón; bueno, porque debemos ganar. —Y me extendía en un
complejo razonamiento, en el fondo del cual, mucho más que fe, había temor: un
inmenso temor a que la victoria fuese del fascismo. Miedo a que se confirmase
en la vida el apóstrofe reciente de Romain Rolland, precisamente refiriéndose al
caso de España:
—¡Oh Democracia, Democracia, que no sabes defender a tus defensores...!
En realidad, la fe y la esperanza de millares de combatientes, de millones de
seres humanos, estaba puesta en la victoria republicana. Estábamos seguros de
que el indomable coraje español no sería derrochado en vano; de que la
fervorosa valentía de millares de luchadores, venidos de todos los confines del
mundo, a batirse con altruismo que se tornaba venerable, no se perdería en un
esfuerzo estéril. Creía y, sobre todo, sentía una angustiosa necesidad de creer en
la victoria.
Todo deseo espiritual ardiente engendra, como principio de su acción para
realizarse, una fe invencible. Con todas las potencias de la mente se iluminan los
más ínfimos aspectos, que puedan nutrir la esperanza en lo que anhelamos, al
mismo tiempo que se ensombrecen, hasta eliminar todo resplandor de todos
aquellos que pueden hacernos dudar o desfallecer. Ante el peligro, se agiganta la
voluntad de vivir y rehusamos con milagrosa energía la idea misma de la muerte.
Ante la amenaza contra un vehemente anhelo, que se ha hecho ideal para el
hombre, el rechazo de todo lo que puede mancillarlo o derribarlo es más
poderoso quizás que la voluntad de vivir. Y era esa terca y acérrima voluntad la
que me obsesionaba en España.
Estaba persuadido, lo mismo que todos los combatientes que abandonaran
sus hogares para acudir a batirse, que en España se estaba jugando la decisión;
que una vez más, la tierra de los Reyes Católicos se convertía en el gozne de la
historia de la humanidad.
Comprobaba la desorganización reinante, el relajamiento del sentido de
jerarquía y de orden, la bronca tensión de la rivalidad entre anarquistas y
comunistas, entre socialistas de Largo Caballero y socialistas de Prieto y de
Negrín; pero, me adormecía, o me encandilaba, la confianza, la seguridad, de
que todo eso era lo episódico, que un día sería superado por lo definitivo.
Una semana después de mi arribo, tras sostener cordiales conversaciones con
Codovila, quedé incorporado al trabajo. Trabajaría en la redacción del diario
Frente Rojo y realizaría además el trabajo político que, en cada oportunidad, se
me encomendare. Antes de la primera semana era introducido, con grandes
precauciones, en lo que podría llamar el santa sanctórum de la dirección del
Partido. Mi sorpresa fue inmensa, cuando encontré, recostado sobre una ancha
butaca, al camarada Stephanov, uno de los escasos amigos de Lenin que había
escapado de las purgas, figuraba, junto con Manuilsky, entre los amigos más
cercanos de Stalin, y tenía el prestigio de haber dirigido durante varios años el
movimiento revolucionario del comunismo chino.
—El camarada Moreno quería verte y hablar contigo —me dijo Angelita,
conduciéndome hasta la habitación interior donde se encontraba Stephanov—.
¿Has entendido? —preguntó—: ¡el camarada Moreno!
Stephanov rió, se levantó al verme, y me abrazó con familiaridad y
alegremente.
—¿Qué tal, hombre? ¿Llegaste bien... Has venido con tu mujer, eh? ¿Ya les
instalaron...? ¿Qué tal todo aquello? Me dicen que eres el hombre de los grandes
éxitos.
—¿Y tú, camarada Moreno...? —dije sonriendo y mirando a Angelita, que
había quedado sorprendida de la recepción que me tributara Stephanov. Angelita
era una mujer bella, no desprovista de encantos femeninos, a pesar de la dureza
que emanaba de su mirada y de su trato más superficial; cargaba una pistola al
cinto y llevaba en alguna parte seguramente una buena provisión de tiros. Pensé
en la española del flamenquismo, con la navaja en la liga. No se lo dije, porque
aquella mujer no gastaba bromas y tenía algo de satánica. Supe más adelante que
ella misma había “dado el paseo” a muchos que eran difuntos; posteriormente
supe que había muerto con admirable valor, frente a un pelotón de fusilamiento.
Stephanov era en España el dirigente máximo de la revolución, de la guerra,
de las fintas y movimientos del Partido Comunista. Su palabra era recibida como
la inspiración personal de Stalin, y sus consejos tenían tanto valor como si
viniesen de las estancias del Kremlin, donde, rodeado de guardias, vive el
hombre bajito, picado de viruelas, disimulando su voluminosa panza bajo la floja
tolstoika, y sujetando en el puño a millones y millones de hombres que tiemblan
al escuchar su nombre.
Conversamos sobre la marcha de la guerra. Stephanov no era optimista como
los demás; al contrario: abrigaba, muy serios temores de que se pudiese perder
definitiva y aplastadoramente.
—Hemos perdido mucho tiempo —me dijo— ; se ha esterilizado un tiempo
precioso, empleándolo en cometer los más desdichados errores, que luego
deberemos enmendar, si queremos ganar o, por lo menos, neutralizar o aliviar las
consecuencias de una derrota demasiado dura. Esta guerra no es sólo una contra
los militares sublevados: es, además, una guerra contra el tiempo. Cuanto más
tiempo pase, mayor será el peligro de que seamos arrollados.
Hablamos detalladamente sobre Largo Caballero y sobre la crisis que se iba a
provocar.
—¿Qué quieres? —se lamentó Stephanov—. Largo es un buen hombre,
honesto, quiere a su pueblo y a los trabajadores, pero es necio. Es un romántico
del siglo XVIII. Su pensamiento es subjetivista y arbitrario: lo que a él se le
ocurre está persuadido de que es lo mejor, y cree que lo mismo es formar un
batallón que organizar un sindicato; que, tanto una huelga como una guerra,
deben ser dirigidas de la misma manera, y que la disciplina militar hay que
formarla a base de los comités obreros.
Hizo una pausa y añadió:
—Es, además, personalmente y en exceso vanidoso, y, lo que es peor, muy
difícil de manejar; se subleva más y más contra nosotros, no quiere escuchar
nuestros consejos, y se niega a adoptar cualquier medida que pueda crearle
dificultades con los anarquistas o con los poumistas.
Se calló de nuevo. Puso en un vaso con agua una cucharadita colmada de
polvillo blanco, agitó el agua y formó un líquido como leche. Lo bebió de un
solo trago, se enjugó los labios y prosiguió:
—Largo comete el gran error de no comprender que en la guerra toda la
política tiene que ser íntegramente una política de guerra. Quiere hacer política
de tiempos normales, democracia de tiempos de paz: consultar a los anarquistas,
conversar y tomar parecer a los caudillos de la FAl, no actuar si así lo exige la
C.N.T. y esperar, si tal es la condición que ponen los poumistas. Y ha comenzado
a desconfiar de nosotros; se niega rotundamente a actuar en el sentido que le
indicamos y... trata de enfrentarse al Partido.
—¿Crees —le dije en un instante de silencio— que se puede convertir en un
peligro?
—No es que crea..., estoy convencido. Si le dejamos organizar sus propias
fuerzas, aglutinarlas y sentirse capaz de agredirnos, no dudo que lo hará y con
despiadado ensañamiento. Un deber elemental de conservación nos obliga a
liquidarlo.
—¿A liquidarlo...? —pregunté extrañado.
—Bueno —sonrió, y quedó un instante con la boca abierta—: liquidarlo
políticamente; sacarlo de la órbita del poder...; ¡nada más, hombre, nada más...!
—y añadió en voz baja—: ¡aquí no estamos en Rusia!
—¿Y quién vendría...?
—¿A sucederle...? Pues Indalecio Prieto.
—¿Cómo...? ¿Ya son amigos ustedes ahora...?
—Para nosotros, tú lo sabes, no hay amigos ni enemigos. Hay personas que
sirven y personas que no sirven.
—¿Crees tú que Prieto servirá?
—Por lo menos para neutralizar a Largo, sí. Es el único que puede liquidarlo;
cualquier otro correría el riesgo de fracasar. Prieto es enérgico, Largo es blando;
Prieto trabaja, Largo divaga.
Se interrumpió y dijo con gesto de cansancio:
—La úlcera me sigue atormentando. Hizo una pausa y añadió: por lo pronto,
colaborarás en el diario. Luego te daremos otras comisiones; visitarás los frentes,
te vincularás a los dirigentes españoles. Ya veremos..., ya veremos.
Ingresó Angelita, trayendo una taza que tomó Stephanov y de cuyo
contenido bebió. Había palidecido y su rostro demacrado denotaba que sufría.
Salí, quedé en regresar pronto y atravesé varias oficinas interiores; al pasar
frente a una puerta labrada, que se hallaba entreabierta, un grito me detuvo. Del
interior se lanzó un hombre hacia fuera diciendo:
—¡La madona...! Tú, tú mismo aquí...
Me abrazó estrechamente; yo estaba un tanto paralizado. Era Marcucci, el de
la Juventud Comunista Italiana.
—Espera, espera un poco; no puedes irte, aguárdame.
Minutos después salió con la chaqueta en el brazo; dijo algunas maldiciones
en italiano y me abrumó a preguntas. Al salir recogió su pistola en la portería, y
salimos a la calle a recorrerlas y a conversar.
El acababa de regresar de Moscú; había trabajado algunos meses en el
Komintern, con Manuilsky y con Dimitrov. Amis preguntas sobre varias
personas amigas, respondía:
—No está, no se le ve más, se habla de él en voz baja: ¡lo fusilaron...!; o
¡parece que está en un campamento de trabajos forzados...!; o, por último, ¡le
estaban siguiendo un proceso administrativo!
Le miré a los ojos y se había puesto triste.
—No te imaginas —exclamó—. Si vieras..., Moscú es una pena; si
estuvieses allá no tendrías otro anhelo que salir, salir, escaparte como de un
presidio..., huir.
—Pero ¿qué estás diciendo...? ¡No te reconozco, hombre! —Y le miré
escudriñándole, exhibiendo ante él mi desconcierto por oírle hablar así.— No te
conozco —repetí.
—¡Ni yo tampoco...; cada día me conozco menos! Este viaje a Moscú,
después del fracaso de Brasil, me ha hecho un daño terrible. Se lo he dicho a
Palmiro, a Togliatti: no puedo aguantar más. Lo que está sucediendo es horrible:
Stalin está haciendo asesinar a medio partido, o quizás a las cuatro quintas
partes, o a las nueve décimas. Todos los amigos de Lenin, todos los que le
acompañaron en 1917, o están bajo tierra o se hallan presos en los campos de
trabajos forzados. Sí, amigo mío: o en las cárceles o sepultados.
—Pero —insinué— los trotskistas, la contrarrevolución, el sabotaje, el
entendimiento con los nazis...
—Pero, dime una cosa, hermano: ¿Crees tú que es posible que millares de
hombres que entregaron toda su vida, todo lo que eran, todo lo que poseían, a la
causa de la revolución..., que dieron su sangre para realizarla, que se expusieron
cien veces a la muerte para conquistar la victoria, una vez obtenido el triunfo, así
de repente, por una especie de satánica locura colectiva..., todos aquellos miles
de revolucionarios de la mejor calidad se conviertan en traidores, espías,
contrarrevolucionarios, asesinos de Stalin y enemigos de la clase obrera...? ¿Lo
concibes tú, lo crees tú...? Yo no puedo concebirlo, menos aún puedo creerlo.
Nos habíamos sentado en un banco de la Plaza Castelar, a la puerta del cine;
Marcucci estaba horriblemente deprimido.
—Acepto —reinició su exposición— que Trotsky es un bellaco y que puede
llegar a convertirse en granuja. Pero es que todos los amigos de Lenin no fueron
mencheviques; es que millares de miembros conspicuos del Partido ruso no son
todos iguales a Trotsky. Esto es lo que no puedo soportar como idea dentro de la
cabeza.
Aquella angustia desesperada era, con diafanidad, la crisis de su fe. Era su fe,
que se apagaba y estremecía, en doloroso estertor agónico.
—Tienes que pensar como europeo, y como europeo occidental y latino —le
dije, por aportar algún razonamiento—. Si los rusos, con su experiencia histórica
propia, de acuerdo con su tradición secular y con su temperamento, no
excepcional, pero sí típico, aceptan un régimen de esclavitud, un gobierno
policíaco, pues allá ellos. En estos países será diferente. España, por ejemplo, no
se dejará hacer; los españoles son otro tipo humano: no tienen ni la resignación,
ni el ánimo sumiso del ruso; el español tiene, además de su temperamento, la
experiencia de la libertad, el conocimiento del sistema democrático, lo que los
rusos no tienen en absoluto.
—¡Cómo tratas de engañarte...! —se lamentó con lástima e ironía—. Ya lo
verás: nada hay en efecto más distinto, ni más opuesto a Rusia que España.
Nadie hay más recalcitrantemente individualista e independiente que el español.
En un español, es verdad, se pueden hallar muchos defectos, pero no la sumisión
del ruso.
—Pues, ahí está...; eso es lo que te digo —argüí.
—Ya verás. En España se llegarán a aplicar los mismos métodos que en
Rusia; se están aplicando ya. A esta misma hora, en el Partido Comunista no sólo
comanda y dirige el camarada Stephanov: ya verás actuar a la NKVD,
reconocerás sus procedimientos, te encontrarás con sus huellas. Los soviéticos
no han enviado a España un sólo combatiente, pero sí han enviado millares de
policías comandados por un frío y avezado chekista, que se hace llamar el
“coronel Popov”. ¡Es Bielov!
Me quedé espantado, mientras él marcaba el piso con un palillo, totalmente
inclinado hacia la tierra. Se irguió y dijo, sonriendo con resignada melancolía:
—En tu América hubo un hombre que, después de muchas batallas, se fue a
morir en un poblacho, diciendo que había arado en el mar...
—Sí, en efecto, Simón Bolívar...
—Pues bien —y rió con sarcasmo y agrura—: nosotros también hemos
arado, estamos arando en el mar.
—¿Nosotros...? —interrogué con aspereza.
—Sí, hombre —dijo riendo y haciendo resonar su risa— ; hemos arado en el
mar...: tú..., yo..., y una inmensa masa de pobres diablos.
Se irguió lentamente, me miró entornando los ojos claros y húmedos, y
preguntó:
—¿Qué tal en Chile... Tuviste un éxito...? ¿Y Glaufbauf...? Se dejó atrapar
tontamente... ¿verdad?
—Sí, lo atrapó la policía chilena y lo golpearon de mala manera.
—¡Pobre checo...! Cazón gustaba de apodarle “Bolitas”, y a mí me hacía
gracia la forma en que exponía las mil y una reglas científicas del trabajo
clandestino, que hacían imposible que le atrapase la policía. Un día le insinué
que escribiese un manual, conteniendo todas aquellas reglas.
Marcucci rió, como si un hálito de olvido pasase sobre su angustia agónica.
Entramos en el campo de las cosas sin importancia. Evocaciones de personas, de
lugares, de momentos caducados. Muy tarde ya, o muy de madrugada, cuando la
oscuridad densa anuncia la aurora, caminando a tientas, ya sin decirnos palabra,
nos separamos dándonos las buenas noches. Abrumados por un sentimiento de
frustración, tal vez mucho más nítido y racional en él que en mí, nos fuimos cada
uno a las habitaciones de aquel palacio que nos servía de dormitorio.
Marchábamos por el corredor en sentidos opuestos, como si esta vez
pusiésemos conciencia en las pisadas y en los pasos.
El comando supremo de la guerra
31
Temprano, bajo un sol radiante, en medio de un aire con olor a azahares, el
miliciano condujo raudamente el automóvil hasta el huerto de naranjos en medio
del cual se hallaba la casa de campo donde se reunía el Comando Supremo de la
Guerra. En las inmediaciones, aunque a unos cuantos kilómetros, funcionaba la
instalación de Radio Vedat, por medio de la cual se mantenía la comunicación
permanente con Moscú.
Pese a las severas penurias de la guerra, en el comedor estaba servido en
amplia y alba mesa, un desayuno suculento. Allí se hallaban ya los soviéticos:
Boris Stephanov (camarada Moreno); la Vasilievska (Carmen), llenando el sillón
con su obesidad y físicamente la antítesis de la heroína de la ópera de Bizet;
Orlov, llegado por la noche de Barcelona; también Erno Geroe, el húngaro
(camarada Pedro). Pronto llegaron el francés hecho famoso por el motín del Mar
Negro y Codovila, el argentino.
Una compañía de milicianos armados, a las órdenes del italiano Vitorio
Vitale (comandante Carlos), rodeaba el contorno de la casa y montaba guardia en
las puertas. Me llamó profundamente la atención no encontrar allí ningún
español.
Después del desayuno, nos trasladamos a la sala de sesiones, que tenía la
apariencia del lugar de reunión del directorio de una gran empresa capitalista.
Stephanov abrió la sesión.
Codovila (el camarada Medina) puso al voto el orden del día: mi situación en
España y las tareas que se me iban a confiar.
Con voto unánime fui incorporado como miembro activo del Comando
Supremo de la Guerra, con los derechos y prerrogativas —por no decir
privilegios— que tal puesto otorgaba.
Luego se pasó al punto de las tareas que debían encomendárseme.
La Vasilievska —que como Codovila y Vittorio Vitale, era agente secreto de
la NKVD— transmitió con acento indignado el profundo disgusto de Moscú y,
sobre todo, del camarada Stalin, por los sucesos de Barcelona. Anarquistas, bajo
el mando de Buenaventura Durruti, y poumistas, dirigidos por Andrés Nin,
antiguo secretario privado de León Trotsky, habían salido a las calles armados, a
levantar barricadas y a combatir contra los comunistas. Durante dos días y tres
noches, los combates se habían sucedido —mañana tarde y noche—
encarnizadamente. Los locales de uno y otro bando habían sido cañoneados.
Había sido una guerra civil dentro de la guerra civil.
Según Vasilievska, el camarada Stalin ordenaba terminantemente trabajar
con intensidad para cancelar la división, haciendo una severa autocrítica dentro
del Partido, atacando el sectarismo, que no era sino expresión del izquierdismo,
enfermedad infantil del comunismo. Todos debían releer el libro de Lenin sobre
esta cuestión.
El camarada Stalin —acentuó Vasilievska— había puesto como ejemplo a
Chile. Allá, socialistas y comunistas, separados por un odio envenenado, se
habían reconciliado y unido en alianza, gracias al trabajo realizado por la
delegación soviética que yo dirigiera. Esa unión había consolidado el Frente
Popular y lo había conducido a la victoria.
Intervino Stephanov diciendo:
—Quiero repetir las palabras del camarada Stalin, transmitidas por su
secretaría: “Si este trabajo ejemplar de unión pudo hacerse en Chile, pues puede
y debe hacerse en España, aunque sea necesario trasladar hasta allí a todo el
equipo que operó en Chile, todo el apparatchik”.
Todas las intervenciones coincidieron en que yo, asesorado por Marcucci y
auxiliado por todos aquellos a quienes quisiésemos elegir, emprendiésemos la
tarea inmediata de promover la paz, y de fundar relaciones de alianza con
anarquistas y comunistas.
Acepté la misión, acentuando las dificultades que debía superar, y exigí que
no se fijara más plazo que el de lo más pronto posible.
Antes de una semana había conseguido que se me presentara a Buenaventura
Durruti, el “Apolo de Levante”, capitoste general de los anarquistas y
comandante de la F.A.I. —Federación Anarquista Ibérica—, la élite del
anarquismo español. En nuestro primer encuentro debí soportar con destilada
habilidad, para no aparecer cobarde, la virulenta andanada de injurias con que
quiso apabullarme.
—Dictatorial, staliniano, déspota miserable; porque eso sois todos los
comunistas, que mal rayo os parta. Sanguinarios, como ese tío bigotes, y bandas
de pillastres, como todos los que le siguen.
—Mira, compañero...
—No. Yo no puedo ser vuestro compañero, ni tu compañero...
—Te ofendería, si te llamase señor..., y mi ánimo está lejos de ofender al ser
humano, como lo estás haciendo... La palabra le fue dada al hombre para
razonar. Te llamaré nada más Buenaventura, sin el “compañero” que te
desagrada...
—¿De dónde eres tú...?
—De América del Sur... del Perú...
—¿Y desde tan lejos has venido...? ¿Para qué?
—A combatir por la libertad..., lo mismo que tú.
—¿Lo mismo que yo...? —repitió, como pensando en voz alta.
—Y esto es lo que —por encima de todas nuestras discrepancias— nos une
entrañablemente...
—Aun anarquista, como el hijo de mi madre, no le une nada con un
dictatorial como todos vosotros.
—¿Y la defensa de la libertad..., y la guerra, y la victoria?
—La defensa de la libertad..., ganar la guerra... —masculló Durruti.
El tema de la conversación varió y la discusión se enrumbó hacia un campo
en el que preponderó lo positivo. En un momento se detuvo, como recalcitrando,
y lanzó:
—Mira que te estoy discutiendo, porque eres hispanoamericano. Si fueses
español, pues ni hablar... ¿Para qué...? Porque es siempre respetable que, desde
tan lejos, vengáis a pelear a nuestro lado contra el fascismo.
La vinculación comenzó a llenarse progresionalmente de buena voluntad y
luego de afecto que se deslizaba a la amistad. Comíamos juntos, hablábamos de
temas alejados de la política que a él le interesaban, cambiábamos informaciones
sobre los más distintos acontecimientos.
Cada vez que debía encontrarme con él o con posterioridad, me reunía con el
grupo de soviéticos que examinaban cada frase, cada gesticulación, cada
pensamiento de nuestra entrevista. Sacaban conclusiones y daban recetas. Todos
celebraban la precisión con que refería cada fase de cada entrevista. Como
profesaba simpatía por los latinoamericanos, le presenté a todos los que pasaban
por Barcelona, entre ellos al pintor mexicano David Alfaro Siqueiros.
Pasaron las semanas, y un día Buenaventura Durruti y sus amigos más
cercanos dieron la buena nueva de que estaban dispuestos a entenderse con el
Partido Comunista, a deponer la animosidad, a colaborar unidos en la gran tarea
de ganar la guerra.
La noticia fue recibida con alborozo en Moscú. No se puso reparo alguno a
las condiciones —ingenuas y de mero prestigio— impuestas por los anarquistas
de la FAl. Por su parte, Durruti quedó contento del acuerdo y de que se llegase a
él sin discutir sus exigencias.
Los contactos y negociaciones con Andrés Nin y con el comando del POUM
—Partido Obrero de Unificación Marxista— tuvieron un carácter que revestía
mucha mayor seriedad. Las discusiones tuvieron tono polémico, ricas en
citaciones de Marx y de Lenin. Las críticas fueron mutuas y las condiciones
fundamentales de tipo ideológico. Hubo momentos en que los poumistas trataron
de romper las negociaciones, llevando la polémica al estado candente. Su
agresividad se estrelló contra la calma aprendida de memoria y mantenida con
austera consecuencia a través de todas las negociaciones.
Al final, quedaron selladas las condiciones, entre las que estaban la de
garantizar plenamente la vida de Nin y las de cada uno de los dirigentes del
POUM, la libertad de su prensa y el funcionamiento de sus locales partidarios.
A través de la radio, la secretaría privada de Stalin siguió paso a paso las
negociaciones, aprobó que se otorgasen las garantías solicitadas, y dispuso que el
Comando Supremo de la Guerra me expresase oficialmente su felicitación,
considerando que el trabajo había sido excelente y cumplido con espíritu
bolchevique.
Pero recomendaba que completase la tarea, obteniendo que Buenaventura
Durruti abandonase Barcelona, para ir a instalarse en el frente de Madrid. Esto
me fue comunicado como recomendación personal del camarada Stalin.
No fue difícil cumplir la segunda parte de la tarea. Bastó herir la vanidad de
Durruti, diciéndole que las gentes murmuraban que permanecía en la
retaguardia, bebiendo cerveza y castigando mujeres, mientras los milicianos se
batían en los frentes. Días después partíamos juntos para instalarnos frente a la
Ciudad Universitaria, con miles de anarquistas que le siguieron hacia el
combate.
Mis acciones políticas tuvieron alza increíble en el Comité Central, en el
Gobierno de la República y en el Comando Supremo de la Guerra. Hasta Orlov
—hombre de la NKVD— participó de la obsecuencia, derivada sin duda de la
felicitación de Stalin.
Un par de semanas más tarde, Stephanov y la Vasilievska me comunicaron
que Stalin me ordenaba cortar mis relaciones con anarquistas y poumistas. Me
mostré renuente a cumplir la recomendación, tomándola como decisión de la
Vasilievska —quien, sabía, era miembro de la NKVD—. Stephanov, ante mi
indecisión, me sugirió ir a la madrugada siguiente a Radio Vedat, pidiendo
comunicación con la oficina de Stalin en el Kremlin.
Mi consulta confirmó la recomendación. Amis objeciones, acudió otra
persona, a quien se denominó “camarada responsable”. Éste, con voz autoritaria,
preguntó:
—¿Crees tú, camarada, que Andrés Nin, secretario de Trotsky, no es
enemigo de la clase obrera y de su vanguardia...? ¿No lo consideras como
saboteador criminal de la revolución, como víbora lúbrica, digno de la suerte de
contrar revolucionarios como Zinoviev, Bukharin y comparsa...?
Transpiraba copiosamente; sentía que un pavor angustiado me penetraba en
escalofrío por la columna vertebral, y busqué el asiento, porque me temblaban y
me flaqueaban las piernas. Temblaba de miedo, no frente al enemigo, sino ante
mis más admirados camaradas.
—¡Adelante..., Radio Vedat..., adelante! —gritaban al otro lado, ante mi
silencio—. ¡A la escucha, Radio Komintern!
Reaccioné con viva cólera contra mí mismo.
—Cumplí la misión que se me encargó... Por su cumplimiento se me
transmitieron felicitaciones del camarada Stalin. No quiero sino que se me diga
si tal misión ha terminado... ¡Adelante, Radio Komintern...! ¡A la escucha...,
Radio Vedat!
—Nuestro camarada Stalin tuvo la generosidad de hacerte felicitar por tu
buen trabajo. Tienes que ser dialéctico; la situación ha cambiado y ese cambio
exige prescindir de ti, porque no podrás ser el ejecutor de la voluntad de nuestro
camarada Stalin. El decidirá los casos de Juligán y de Sovaca ¡Adelante, Radio
Vedat...!
Como ebrio y con escalofrío de palúdico, respondí:
—Está bien, he comprendido... ¡Adelante, Radio Komintern...!
—Buenos días..., camarada.
Se cerró la intercomunicación y quedé sumido en un sopor de convaleciente,
rumiando la transmisión. Pensamientos contrarios se cruzaban como relámpagos
dentro de mí, sin ilación, sin concierto, hasta sin sentido. La referencia a
Zinoviev evocaba con nitidez el tiro en la nuca. Juligán, en nuestra clave, era
Buenaventura Durruti, y la palabra en ruso significa forajido; Sovaca en ruso
significa perro, y era el nombre clave de Andrés Nin. La referencia a su
colaboración con Trotsky me traía olor de sangre coagulada... ¿Cómo iba a
evadir sus llamadas? ¿Qué iban a pensar de mí...? Me sentí repugnantemente
miserable y que caía demasiado bajo. Me invadía la sensación de náusea física;
era como si de mi estómago pendiese un ahorcado. Y, como un relámpago, azotó
mi mente el pensamiento: ¡Y esto es el comunismo...; esto haces en nombre de la
sublime redención de los pobres del mundo...!
Rechacé el pensamiento como el creyente rechaza la blasfemia, pero tuve la
conciencia lúcida de que él había brotado de lo más esencial, de lo irrenunciable
de mí mismo.
Permanecí largo rato hundido en la butaca, paralizado. Me sobresaltó una
llamada, probablemente de Moscú. Entró en la habitación el técnico, oficial de la
NKVD —que seguramente había estado observando mi reacción por algún
hueco del muro—, me pidió permiso respetuosamente y me franqueó la salida.
Aquella tarde, toda mi confidencia desesperada, mis sospechas, mis temores,
fueron recibidos por Marcucci. Ya le habían notificado la orden de Stalin.
Brutalmente ratificó mi sospecha:
—Los van a matar —dijo con certeza.
—¡No seas bárbaro..., no puede ser..., sería una infamia...!
—¡Cuánto quisiera equivocarme..., y cuándo entenderemos que comunismo
es infamia...! Nos han utilizado sucia y bajamente. No somos militantes
comunistas; hemos sido sirvientes del verdugo de la NKVD.
Comprendí que Marcucci había comenzado a expulsarse del Partido, pero no
tuve visión para ver que yo estaba sobre la misma vía.
El teléfono de la casa de los Condes de Toro y Fiel —donde vivíamos— dejó
de ser atendido por mi mujer. Debió serlo por una telefonista del Partido que, a
cada respuesta, me hacía viajar por todos los confines de la España Republicana,
cuando no daban la clave establecida. Todos mis amistosos contactos con
anarquistas y poumistas quedaron rotos.
Un mediodía me llamó la telefonista:
—Le llama de urgencia el camarada Marcucci.
—Habla Aldo... Buenaventura Durruti ha muerto en el frente de Madrid...
Nada por teléfono... Arregla tu valija, que salimos a Madrid...
Él alcanzó a escuchar el aullido que lancé y cortó bruscamente. Di la noticia
a mi mujer y ella comentó sardónica y acre:
—¿Murió en el frente...? No, hombre, lo murieron en el frente, que es bien
distinto.
—¡Cierra la boca, que puede oír la telefonista...!
Llegó Marcucci y partimos, sin poder hablar, a causa de la presencia del
chauffeur. Viajamos toda la noche. Madrid estaba de duelo. Avanzado el día,
llegaban trenes cargados de flores, procedentes de todos los rincones del sector
republicano. Los anarquistas lloraban inconsolables y caminaban gritando por
las calles. El Partido Comunista lanzó una proclama consagrando a Durruti como
héroe antifascista, caído luchando frente al enemigo.
Nos hospedamos, como siempre, en el palacio de la Alianza de Intelectuales.
Todos los comentarios aseveraban que Durruti había caído abatido por siete
tiros, todos con entrada por la espalda.
Por la noche, en mi habitación, hacíamos comentarios amargos, cuando
súbita y ruidosamente se abrió la puerta. La figura demudada y colérica de Luis
Companys, Presidente de la Generalitat de Cataluña, apareció en el jambaje.
Gritó como un energúmeno:
—¡He aquí tu obra..., vuestra obra! Tú le tendiste la trampa para que tu
grande y glorioso partido lo cazara..., ¡miserables, de lo peor!
Tratamos de calmarlo; a nuestros ruegos gritó ebrio de cólera:
—No..., bandidos... ABuenaventura el enemigo lo mata de frente...; vosotros,
los gánsteres comunistas, matáis a los héroes del pueblo por la espalda...
¡Criminales..., inmunda carroña sin moral ni honor. Sé a lo que me expongo
diciendo esto, pero no puedo callar..., estallaría!
—Todo lo que has vociferado no saldrá de estas cuatro paredes.
—¿Y vuestros micrófonos...? —escupió Companys.
Cuando se hubo aquietado, le acompañamos al bar, donde bebió el mejor
coñac de las bodegas del Duque de Alba. Se le juntaron otros y le dejamos.
—Tenéis que rumiar mi mensaje —volvió a gritar con desprecio.
Y en efecto, fuimos a rumiarlo con amargura, con la desesperación que
engendra una irreparable derrota.
De regreso a Valencia, el primer cuidado de Marcucci fue indagar sobre la
suerte de Nin. Violando las recomendaciones, llamó a Barcelona y dio la noticia.
—Andrés Nin ha desaparecido, anoche... Nos vamos a Barcelona.
Me negué a acompañarle, recordándole la recomendación expresa de Stalin.
Marcucci me lanzó algunas maldiciones en italiano y se marchó solo.
No pudiendo soportar más, me hice conducir hasta la casa de campo donde
vivía Stephanov, el camarada Moreno.
El ruso me hizo pasar a su dormitorio; reposaba en su cama, pues aquella
tarde le había sangrado la úlcera. Le tendí la mano y me la tomó con las dos
suyas. Dio una palmada sobre el dorso de la mía y me invitó a sentarme.
—Sé a lo que vienes..., te comprendo... Es por Andrés Nin... ¿verdad?
—Sí... —musité.
—¿Y qué quieres...?
—Saber lo que va a suceder... Quiero tranquilizarme. Estoy viviendo una
pesadilla insoportable..., me asfixio...
—Mira, camarada..., hermano..., amigo..., tienes que ser razonable.
Comprende que se trata de enemigos irreconciliables... No son siquiera
miembros del Partido, como Zinoviev, Bukharin, Radek..., y tú sabes bien que la
suerte de Nin depende de la decisión de Stalin, exclusivamente.
Me llamó la atención que suprimiese el “camarada” antes de Stalin.
—Pero ¿por qué me utilizaron a mí..., por qué yo...? Y me retorcí las manos,
llorando.
Stephanov se conmovió. Tocó el timbre y ordenó a la enfermera que me
hiciese tomar un calmante.
—Tienes que medir mucho cada palabra —dijo autoritario— ; estás en un
estado de excitación políticamente peligroso para ti. No te pongas la soga en el
cuello.
Prosiguió su plática en tono amable; recordó mis éxitos, mi prestigio; la
autoridad que había adquirido; el puesto que ocupaba ante el camarada Stalin...;
eso era algo de cristal...; debía cuidar de que no fuese ni siquiera empañado.
Nada de esa gloria mezquina tenía valor alguno ante el desprecio que sentía
por mí mismo. Sabía conscientemente que me estaba traicionando a mí mismo,
por no traicionar al Partido.
Al cuarto día Marcucci estaba de regreso. Andrés Nin había sido apresado
por la Cheka que funcionaba en Barcelona. Se le había conducido preso a
Alicante, donde se le entregó a Vittorio Vitale, el comandante Carlos, asesino de
oficio del Komintern. Él asesinó a Julio Antonio Mella, el líder cubano, en una
calle de México, por orden de Manuilsky. Cuando Marcucci llegó a Alicante, la
celda donde habían encerrado a Nin estaba vacía. Vitale tampoco estaba; se
había marchado a Castellón de la Plana. Partimos hacia allá.
Sobre una larga plancha de mármol yacía Andres Nin, acribillado a tiros.
Vittorio Vitale reposaba tranquilamente en la jefatura de policía. Al vernos, dijo,
sin que le pidiéramos explicación:
—Yo soy comunista disciplinado; cumplo las órdenes de nuestro camarada
Stalin.
No éramos a nuestros ojos sino piltrafa humana. Ni políticos, ni militantes, ni
combatientes de ninguna causa honorable. Agentes de la paranoia enfermiza de
un sádico, atacado del complejo de Calígula, que degradaba todo lo que estaba
en torno suyo, que prostituía asquerosamente todo lo que merecía su alabanza.
Mi recia fe en el comunismo, en la revolución proletaria mundial, en el
comando de Moscú, comenzó a ser barrenada.
La praxis rusa en España
32
Aumentaban las dificultades en la España Republicana y, como paralelo
imponderable, crecía el poderío del Partido Comunista: más preciso es decir el
de los gerentes y administradores del comunismo en España.
Al lado del estado mayor de Stephanov se formaba otro, cuyo comandante
era el coronel Bielov, que actuaba como General Popov, cuyos poderes eran tan
grandes, en relación con las proporciones, como el de la NKVD en la Unión
Soviética. No llegaban combatientes rusos, por complejas y escabrosas razones
diplomáticas e internacionales, pero sí miles de policías escogidos, miembros de
la policía secreta.
El Partido Comunista proclamó el “trabajo de choque de tipo stajanovista”,
como necesidad de urgencia para la suerte de la guerra. No es que se estuviese
perdiendo. No. Tal pensamiento era derrotista, era el de los enemigos del pueblo.
Sólo que era urgente ya comenzar la tarea de mejoramiento de las condiciones de
vida de la gente...
Escasez de lo más necesario, carestía vertiginosa de los comestibles,
especulación en grande y pequeña escala, se presentaban como los heraldos del
hambre y de la miseria, que azotaría más aún a la población que la propia guerra.
Se inauguraba el sacrificio en masa de caballos, pollinos y gatos, no ya en forma
clandestina, sino de manera franca y meridiana. Y hasta en los restaurantes y en
las fondas se pedían estas carnes con su verdadero nombre.
El Comité Central del Partido Comunista celebró una sesión “ampliada”
como cuando se trataban asuntos de honda trascendencia. Aella concurrieron no
sólo los dirigentes calificados del Partido, sino además comisarios políticos,
dirigentes sindicales, hombres de la prensa del Partido. Estos tenían voz, pero no
voto.
La plana olímpica del comunismo reconocía por primera vez que el pueblo
español estaba ya soportando hambre física y que las raciones menguantes de
lentejas acelerarían el desastre. No eran sólo las gentes comunes, que no
disfrutaban de ración privilegiativa, las que estaban sintiendo hambre; eran ya
los cuadros inferiores e intermedios..., comunistas, socialistas... anarquistas, que
sentían la mordedura.
—La quinta columna está alentando el mercado negro —clamaban.
—Sí, ella está organizando el hambreamiento y la especulación...
Y en este tonto y estéril sentido pronunciaban discursos Dolores y Checa,
Codovila y Angelita, Antón, Mije, Delicado, Martínez Cartón, Uribe, Pozuelo,
Falcón...
Y como superación de la crisis se propuso una medida soviética: el control
absoluto de los precios y la fijación de éstos por decreto.
Las objeciones a estas políticas mecánicas y constrictivas, el vaticinio de
que, como consecuencia, los campesinos ocultarían sus productos, el mercado
negro asumiría proporciones gigantes y los comestibles desaparecerían de
tiendas y mercados, fueron calificadas de académicas, intelectuales, pequeño-
burguesas y contrarias a las sabias doctrinas del camarada Stalin, que los hacía
aplicar en Rusia desde hacía mucho rato.
—Las situaciones concretas, en una y otra parte, son diferentes —objetó
Marcucci, defendiendo su oposición, con criterio marxista.
El Comité Central acordó que la nueva política económica de la República
sería impuesta como en Rusia, y que campesinos y mercaderes serían forzados a
venderlo todo a los precios que el Gobierno señalase.
Veinticuatro horas después de la promulgación del decreto, los mercados
quedaron literalmente vacíos y en silencio. Y en las carreteras y aldeas de
España se demostraba que la idea staliniana de los koljoses para campesinos
felices podría tal vez ser aplicada en los Polos y en el Ecuador, pero no podría
ser impuesta jamás en España.
La aldeana que traía dos canastos de huevos era detenida en la carretera y
conminada, bajo la boca de los fusiles, a vender al precio oficial, so pena de
prisión, multa y hasta fusilamiento.
—Pues no faltaba más... Te voy a vender los huevos al precio oficial, claro
está, pero me darás una propina de cuarenta pesetas por cada docena; o, si no
tienes pesetas, pues la linda camisa que llevas...
Tras larga batalla verbal, y ante el acosamiento de que era víctima, la aldeana
se sentaba sobre una canasta y danzaba sobre la otra. Mostrándonos la basquiña,
destilando yemas y claras, bramaba:
—Ahora sí, salaos... Llevaos los huevos por nada, mangantes. Lleváoslos a
vuestros dirigentes..., hijos de perra. Hinchadles la barriga, atragantadles... todo
de balde, y que sea por la República.
Los Guardias de Asalto, los comandantes de las brigadas de choque del
Partido, los portaluces de la agit-prop regresaban compungidos, con el peso de la
frustración sobre las cabezas.
—¿Por qué no habéis hecho un escarmiento...? —vociferaba Líster.
—Porque al menor intento —replicaban— nos habrían linchado...
El Partido Comunista acentuaba su obra de proselitismo dentro del Ejército
Republicano y dentro de las esferas de la Administración. La actividad era
negada ante la opinión como un pecado, y hasta se llegaron a hacer propósitos de
enmienda, pero continuaban ejerciéndose las presiones más variadas y
compulsivas para acarrear adherentes. Para ello era utilizado todo: la oferta de
puestos en los ministerios y en las dependencias donde los sueldos eran pagados
por el Estado; la amenaza del cese; la perspectiva del ascenso; la promesa del
traslado; la concesión de un “enchufe” a la esposa, a la hija, a la hermana
solterona, a la suegra, convertidas en carga para el jefe de familia: con quinientas
o seiscientas pesetas del erario se captaba, a veces, la adhesión de una familia
entera. Y siempre, el nuevo funcionario debía ceder el diez por ciento a la caja
del glorioso partido de Lenin, Stalin y Pepe Díaz.
Ante las resistencias, muy débiles ya, de los socialistas, pero tercas aún, de
poumistas y anarquistas, el Comité Central comenzó a emplear su propia policía;
una herencia o un calco de la cheka rusa de la revolución, pero perfeccionada y
pulimentada por la teoría y la práctica que aportaban los subalternos del
camarada Bielov. Los poumistas, declarados oficialmente trotskistas, fueron
tratados con procedimientos iguales a los que se les aplica en Rusia. Asesinado
Andrés Nin, los chekistas soviéticos se dedicaron a la caza del hombre de
Cataluña, baluarte y sede del alto comando poumista. Y en todas partes se alzó,
clandestina, pero feroz, la marejada del terrorismo de la misma estirpe del que se
abatía sobre la Unión Soviética.
Secuestros, liquidaciones, “paseos”, torturas, “accidentes”, “balas perdidas”,
riñas sangrientas..., todo era empleado para doblegar las resistencias. Los
propios comunistas, descontentos, indóciles a la yugulación cabal,
murmuradores o disconformes con la política del Partido o con la excesiva y
brutal intromisión rusa, eran llevados a los frentes donde “caían heroicamente,
defendiendo la democracia y la libertad”..., mereciendo luego los honores del
grande y glorioso partido de Lenin, Stalin y la Pasionaria...
Arribaron ingenieros, técnicos y constructores de fortificaciones de tipo
staliniano. Construyeron las de Belchite, en concordancia con los planos
revisados por el propio camarada Stalin, y decretaron que aquellas
fortificaciones eran inexpugnables.
Y tras prolongadas y vivas discusiones, el Comité Central del Partido
Comunista acordó que las fortificaciones de Belchite, en efecto, eran
inexpugnables. Y la resolución fue sellada con el “no pasarán”. Líster blandía la
proclama, arrastrando su sable, y pedía que la resolución fuese discutida en cada
célula y que se anunciase que él, el coronel Enrique Líster, émulo de Alejandro
el Macedonio, se encargaría de que aquel decreto partidario se cumpliese hasta el
fin.
Aguisa de réplica, llegó la voz de Queipo del Llano, radiodifundida desde
Sevilla.
—Abrid bien los oídos, mangantes del Mediterráneo... Habéis dicho que
vuestras fortificaciones de Belchite son inexpugnables... Pues bien: yo os digo,
granujas, que no aguantarán una docena de cañonazos..., y os veremos correr de
nuevo como conejos..., precisamente delante de Belchite.
El comando comunista y el coronel Líster volvían a jurar que eran
fortificaciones de tipo staliniano...: ¡no caerían nunca!
Al despuntar el alba de una madrugada lechosa, cargada de extraña blancura,
se iniciaba el cumplimiento de la promesa de Queipo. Nuevos cañones, nuevos
explosivos, nuevos metales, eran probados por los artilleros alemanes sobre los
muros, troneras y fortines de tipo staliniano. Y en unas cuantas horas, las
fortificaciones constituían hacinamientos de trozos de roca, de troneras puestas
boca arriba, de fortines desnivelados, transformados en una especie de torres de
Pisa pequeñas, desde cuyos boquetes se hacía imposible utilizar ni
ametralladoras pesadas ni cañones. Las posiciones inexpugnables se volvieron
insostenibles: el inmenso valor, bravamente español, no podía nada contra la
enorme superioridad técnica del armamento. No había remedio; continuar la
heroica resistencia era suicida..., y se dio la orden de retirada... ¡Y la retirada se
consumó en orden, despacio, estoicamente!
Líster lanzó bramidos histéricos: su prestigio, su honor militar, sus laureles
de César, sus trazas de Bonaparte..., todo mancillado, por obra de un puñado de
cobardes, que huyeron abandonando posiciones stalinianas..., trazadas por el
propio caudillo, genial y sapientísimo.
—Fue imposible, Líster, entiéndelo bien, se hizo imposible mantenerse allí;
todas las fortificaciones fueron destruidas, hechas polvo.
—¡No puede ser... no, eso es mentira; aquellas fortificaciones eran
inexpugnables! Las entregaron los cobardes.
Se presentaba como un insano, sediento de sangre y de sangre comunista; sus
amenazas alcanzaban tonos agudos, fabricó toda una confusa historia de
espionaje, sabotaje y traición, y comenzó a señalar a los culpables.
Se reunió el Ejecutivo del partido; se invitó a los que alguna participación
habían tenido en las acciones anteriores y posteriores a la caída de Belchite; y
Líster, tras una intervención cargada de violencia y de amenazas, señaló a los
responsables del desastre: todos ellos oficiales comunistas, miembros activos del
Partido desde sus horas más sombrías. Hombres valientes, insospechables de la
menor sombra, no ya de deslealtad, sino de la más leve pusilanimidad. Se habían
jugado la vida en cien momentos; la habían ofrendado entera a la revolución y al
Partido, como quien ofrece una flor a una novia... ¡Con alegría, con goce
supremo del sacrificio...! Ya esta plana de hombres les acusaba Líster de
cobardes, de traidores, de haberse fugado frente al enemigo. ¡Y esta fuga —
gritaba— es en realidad una convivencia con el fascismo...!
En las altas esferas del partido estalló una verdadera batalla.
—No puede ser; Líster no puede tener razón, ni menos aún puede ser
satisfecho. Ahora querría fusilar a jóvenes oficiales, quizás porque han
comenzado a hacerle sombra; mañana nos fusilará a nosotros, si así le ocurriese.
El Partido no podrá soportarlo.
Llovieron, como era ya normal dentro del Partido, cuando alguien disentía
del pensamiento de unos cuantos dirigentes, los calificativos más villanos, las
amenazas y las más bastardas acusaciones.
—¡Intelectualoides, pequeño burgueses! Sois cobardes y sois tránsfugas.
Traicionando a vuestra clase de origen, la pequeña burguesía, os vinisteis a
refugiar bajo el ala generosa del Partido Comunista y de la clase obrera. Os
acogimos porque os necesitábamos, porque pensamos que podíamos ganaros a
nuestra causa, la causa del proletariado. Y ved ahora: en cuanto la justicia
proletaria quiere hacerse sentir, abatiendo las cabezas de cobardes y de traidores,
estalláis con todo vuestro sentimentalismo lacrimoso, con vuestros llantos
mujeriles, con vuestro vegetarianismo revolucionario. ¡Babosos...
revolucionarios de agua de lavanda...!
Era duro, era amargo y era asqueroso.
Marcucci regresó de Madrid y comimos juntos; mientras comíamos una cena
frugalísima, le informé de lo que estaba aconteciendo. En la noche se presentó
en la reunión.
—Tú no tenías porque estar aquí —le dijo Codovila— ; tu puesto está en otra
parte. ¿Te hicieron llamar con urgencia? —preguntó con sarcasmo.
—¿Y puedo saber dónde debería estar? —preguntó a su vez el italiano,
visiblemente irritado.
—¡En el frente! —dijo con sequedad Codovila.
—De allí vengo —replicó tranquilo Marcucci— ; ni ofensiva, ni
contraofensiva. Los milicianos se aburren; por eso regresé. Por mi propia cuenta,
pienso que mi presencia aquí hace más falta en estos momentos que en Madrid,
donde no pasa nada.
—Tú no eres quién para decidir dónde debes estar —dijo Codovila en
italiano, enrojeciendo hasta el cráneo.
—Ni creo que tú, Vittorio —repuso riendo burlonamente Marcucci—, estés
investido de poderes militares para mandarme como se manda a un cabo. ¡Estás
perdiendo el tiempo..., Codovila...! Y voy a oponerme enérgicamente a lo que
están tramando.
—¿Y qué es lo que estamos tramando? —gritó Codovila.
—Un crimen... —dijo roncamente Marcucci.
El diálogo fue interrumpido por la llegada de varias personas. La sesión iba a
iniciarse: ya estaban sentados los miembros del Comité Central; detrás de sus
asientos había otros, que no eran del Comité Central; unos disponían de sillas,
otros estaban de pie.
Líster se paseaba agitado en el reducido espacio libre que había: lanzaba
miradas rabiosas y mascullaba frases ininteligibles. Se pasaba constantemente
por los labios la manga de la elegante casaca. A Líster le sugestionaban, como a
una colegiala, los uniformes, las charreteras, los cordones dorados, las capas
amplias, con forros de colores.
El informe sobre el fracaso de Belchite fue leído; la acusación había sido
escrita en un legajo y la firmaban Líster y varios jefes y comisarios políticos de
su división. Cuando se dio término a la lectura, ninguno de los altos dirigentes
dijo nada. El presidente ofrecía la palabra y sólo respondía el silencio.
Habló Carmen —la vieja rusa regordeta, que se hacía llamar con tal nombre
— y reforzó la acusación, afirmando que ella, como jefa de la comisión de
cuadros del partido, tenía la convicción de que los jefes y oficiales que
ordenaron la retirada eran individuos sospechosos de traición. Dio a conocer la
procedencia social de cada uno de los acusados y demostró que todos ellos eran
hijos de burgueses o de pequeño-burgueses; no había allí un sólo proletariado o
hijo de proletario. Por consiguiente, no cabía duda: eran elementos falaces,
corruptibles, que vivían —como dijera nuestro gran camarada Lenin— entre el
terror y la esperanza: el terror de caer en el proletariado, la esperanza de llegar a
ser burgueses. De tales elementos había que esperar todas las puñaladas por la
espalda que pudieran concebirse.
Se hizo un silencio largo y oprimente. Se vio forzado a hablar Líster.
Gesticuló, blasfemó, repitió cien veces las mismas palabras, y dio vueltas en
torno a la misma idea fija: las fortificaciones de Belchite eran “inexpugnables” y
habían sido entregadas al enemigo. ¡Sí, camaradas..., han sido entregadas...! Y
esto era traición y crimen contrarrevolucionario y connivencia con el fascismo.
Por ello, él pedía una sanción ejemplar: que todo el ejército bajo sus órdenes y
bajo el comando comunista se diese cuenta de que quien se negaba a morir frente
al enemigo fascista caía abatido por el plomo vengador de la justicia proletaria.
Se ofreció la palabra a los que algo pudiesen agregar.
Habló Marcucci:
—Ellos, los camaradas a quienes Líster acusa tan injustamente; nosotros, los
que estuvimos en la acción de Belchite, no tenemos la culpa de que el cemento
soviético no haya resistido los disparos de los cañonazos alemanes. Eso está más
allá de la voluntad humana.
Interrumpió la gorda Carmen, luego Líster, Angelita, los demás. El
presidente pidió compostura y Marcucci pudo continuar:
—Belchite se volvió indefendible. La tierra hervía literalmente bajo los pies
de nuestros hombres. Cayeron muchos, muchísimos más, de aquellos que
inevitablemente debían caer. Aguantar habría sido un suicidio estúpido. Eso no
se podía hacer. Además, lo fundamental estaba hecho: los camaradas soviéticos
habían probado que sus fortificaciones no servían frente a los cañones alemanes.
¿No era esta la finalidad de la acción...?
Un griterío se levantó acallando a Marcucci.
—No se le puede tolerar —gritaban—, no se le debe escuchar. Está lanzando
aquí conceptos contrarrevolucionarios.
—Que lo callen para siempre —gritó otro— ; es un enemigo de la Unión
Soviética...
—¡Que le den el paseo... con los otros traidores...!
—Pido que se me deje dar mi opinión entera —gritó Marcucci— ; después,
que se tomen las medidas que se crean convenientes.
—Sí... sí... dejadle hablar...
—Pido que se le deje decir —exclamó Codovila— todo lo que quiera; y, eso
sí, que se tome la versión taquigráfica de sus palabras.
—¡Habla —exclamó el presidente— ; da tu opinión completa! Ruego a los
camaradas que le escuchen en silencio.
Marcucci se limpió la boca con el pañuelo, se enjugó la frente y, luego de
sorber un largo trago de agua, prosiguió:
—Se han probado los materiales soviéticos para fortificaciones y se ha
demostrado, con una dura lección práctica, que esos materiales son o se han
vuelto inservibles. Se ha hecho así un servicio a la Unión Soviética. No
comprendo por qué los camaradas chillan y se enfadan.
—¿Es que quieres sugerir —gritó Checa— que en España se están probando
los materiales bélicos soviéticos?
El presidente llamó la atención y prohibió interrumpir.
—No —replicó enérgicamente Marcucci—, no lo quiero sugerir; no lo
sugiero; lo afirmo categóricamente, porque ésa es la verdad. Todos vosotros lo
sabéis, porque lo habéis comprobado. Los camaradas soviéticos —no... ellos no,
me rectifico— el Gobierno que preside nuestro amado camarada Stalin, enviaron
a España varios tipos de aviones: vosotros sabéis que todos esos tipos fueron
probados. Y los mejores, los más veloces, los que técnicamente respondían
mejor a las necesidades de la guerra, fueron desarmados, desaparecieron de los
aeródromos y sólo quedaron los “chatos”, aviones mediocres y defectuosos.
Vosotros lo sabéis bien; lo hemos conversado aquí muchas veces.
Codovila, de pie, agitaba sus dos manos, impidiendo que interrumpiesen a
Marcucci. Él estaba poseído por un vehemente deseo de que hablara, en el
sentido en que lo estaba haciendo; el par de taquígrafos trabajaba velozmente.
—He afirmado que en España se están probando los materiales soviéticos y
es verdad. Modesto sabe que él hizo entregar al tercer batallón de Luigi Longo
aquellas planchas de acero fabricadas en Rusia, que debían ser colocadas en un
tren blindado, a modo de coraza. Y la dirección del Partido sabe que aquella
coraza fue convertida en harnero por las ametralladoras alemanas. De los once
camaradas que penetraron en aquel tren blindado no regresaron sino tres y
malamente heridos. Y así se prueban proyectiles y explosivos y aceros y
blindajes. Y todos vosotros sabéis que los materiales que resisten la prueba, que
demuestran alta eficiencia, son retirados. No aparecen más en la escena de la
lucha.
Se alzó un nuevo griterío. Líster avanzó hacia Marcucci; todos se habían
puesto de pie. Marcucci estaba transfigurado, endemoniado, delirante.
—Ya has probado los materiales que te enviaron —le gritó en la cara a Líster
—, ya sabes que no sirven; ya lo saben tú y ellos, gracias a la vida y a la sangre
de millares de españoles... ¿Qué más quieres...? ¿Implantar el terror dentro del
Partido? ¿Aterrorizar a los camaradas...? Yo...
No pudo continuar; todos le increpaban a grandes voces; las mujeres le
injuriaban con adjetivos agudos; los hombres le decían insultos en voz grave.
—Eso es una infamia —exclamó teatral y con gran tranquilidad Codovila— ;
es la infamia propia de un traidor. Yo pido la expulsión de este individuo; hay
que echarle a puntapiés del Partido. Y hay que comenzar a emplear aquí métodos
stalinistas, si queremos defender la unidad de nuestro gran Partido, el porvenir
de su obra y el prestigio de la Internacional Comunista, de sus sabios dirigentes
y, muy en especial, el honor y la gloria de nuestro venerado camarada Stalin.
La sala prorrumpió en una ovación. Inmediatamente ingresaron numerosas
personas, por las diversas puertas. Eran personas que, por primera vez, aparecían
ante mi vista en la escena española.
Marcucci abrió ojos y boca desmesuradamente al mirarles, acorralado por el
asombro... ¡Sí, sí, eran ellos, no cabía duda... allí estaban! Yo sentí hormigueante
frío en la columna vertebral: los individuos que así irrumpían en la sala eran los
legionarios que comandaba el general Popov, el Bielov de la NKVD. Sí, aquellas
eran sus tropas selectas. Los policías del camarada Stalin estaban allí, haciendo
respetar con sus pistolas las decisiones del Comité Central del Partido
Comunista Español.
No podía caber duda: el terror venía desde la estepa; venía en los rostros de
aquellos hombres, en sus chaquetas de astracán, que habían cambiado por ropas
de obrero español; en sus bolsillos; en las manos zambucadas en aquellos
bolsillos, que acariciaban las pistolas automáticas con las cacerinas llenas, sin
seguro ya, y con bala en la recámara...
Hablaron otros dirigentes del Partido. Y habló pomposamente Delicado:
—Tenemos que imponer respeto en el seno del Partido Comunista: ha
crecido mucho; han venido gentes de toda clase a sus filas y, por eso, hay que
infundirles respeto con actos ejemplares, como el de la ejecución de un lote de
cobardes. Que sepan todos, y que lo sepan bien, que quien corre en el Partido
Comunista cae sin haber terminado la carrera. Que sepan bien que castigamos
las traiciones, las cobardías. En Rusia, nuestro glorioso camarada Stalin ha
cimentado el régimen, castigando implacablemente a los traidores, a los
diversionistas, a los enemigos del Partido, que son los enemigos del pueblo.
Pronto comparecerán ante la justicia soviética los Bujarín, los Krenstinsky, los
Rakowsky y toda la banda de pícaros, mangantes y saboteadores. ¡Eso, eso
mismo hay que hacer aquí en España; eso mismo y algo más! ¡Sí, camaradas...!
La oración de Delicado demostró que el Comité Central tenía ya una línea
trazada; todo lo que se estaba desarrollando en aquella sesión era una especie de
parlamento del coro de la tragedia: ni influiría en nada en el juego de los
protagonistas, ni en el desenlace de la obra, ni en los dichos de los
deuteragonistas o tritagonistas. Se trataba de una discusión típicamente
comunista: la resolución había sido tomada antes de que fuese iniciada.
Las intervenciones que siguieron estaban calcadas sobre el mismo original:
todas ellas eran sólo la quinta, sexta y séptima copia al carbón de ese original.
Los aplausos entusiasmados de los hombres de la NKVD allí presentes nos
convencieron de que todo estaba perdido.
El terrorismo policíaco de tipo soviético, la máquina trituradora de
voluntades, el sádico aparato de tortura y de espionaje, de delación y de muerte
que funcionaba en la Rusia de Stalin iba a funcionar también en España. La
pesadilla que creíamos que tenía por escenario la estepa rusa estaba llegando
también a España. Eso era el retorsivo mecanismo de precisión montado y
lubricado para doblegar, someter y oprimir a rusos, españoles, búlgaros, chinos o
latinoamericanos. Aquello no era meramente ruso: era la esencia del régimen
que se hacía llamar comunista, que proclamaba con grandes y venerables
palabras su decisión de construir el socialismo.
Todas las dudas, aun las más repudiadas, se alzaban como un oleaje
tempestuoso, y me sentía como Pedro sobre las aguas del Tiberíades: gritando
sin que nadie escuchase. ¡Señor, Señor, sálvame...! Y no había nadie que pudiera
salvarnos.
Con un valor moral que me sumió en la admiración hacia él, Marcucci volvió
a pedir la palabra para defender la vida de nuestros camaradas. Marcucci gritaba
y sus gritos me parecían los de todos los comunistas que habíamos realizado
sacrificios todos los días y que nos sentíamos defraudados. Su clamor traducía
todo el dolor de nuestras vidas rotas, vidas inútilmente sacrificadas por la
libertad, que sólo servían en la práctica como hediondo y sucio abono para hacer
florecer y fructificar la esclavitud más odiosa.
—A vosotros no os interesan ya a estas horas ni Belchite ni sus
fortificaciones; lo que os interesa es aterrorizar al Partido —acusó Marcucci—,
infundirle pavor, para domesticarlo y hacerlo instrumento...
La carga de insultos era una erupción. El presidente, de pie, gritó:
—Marcucci no tiene más el uso de la palabra... ¡Sacadlo de aquí!
Y dos muchachotes fornidos, armados de pistolas, le sacaron en vilo y le
arrojaron sobre una banca en el pasadizo. Allí quedó como roto: tenía color
verdoso, los ojos enrojecidos y los labios resecos. Un pequeño grupo nos
rodeaba:
—¡Callaos ya..., no tiene remedio..., habéis perdido la partida...!
En el interior, la sesión prosiguió; dos o tres personas más fueron expulsadas
y, al amanecer, fueron aprobadas varias resoluciones.
Los que ordenaron la retirada de Belchite serían sancionados. Líster quedaba
encargado de formar un Consejo de Guerra; sólo que, en vez de las cincuenta y
tres cabezas que había pedido el jefe comunista, no se le concederían sino once;
los demás serían expulsados del Partido, degradados militarmente y señalados
como traidores que habían huido frente al enemigo. El caso de Marcucci y el de
otros más sería llevado a la Comisión de Control, esa especie de tribunal del
Santo Oficio del Partido Comunista, que en los países burgueses expulsa y
excomulga, y en los países socialistas entrega al militante a la NKVD.
Las resoluciones terroristas se cumplían con celeridad. Líster había reunido
su Consejo de Guerra, que pronunció el fallo y la sentencia que él deseaba, pues
sus integrantes eran comunistas.
Marcucci, en su calidad de comisario político del regimiento, debió estar
presente en la ejecución.
Rondamos juntos toda la noche por las calles silenciosas y a oscuras de
Valencia; apenas clarecía, él se separó para dirigirse al lugar donde había sido
convocado; cuando le despedí, sentía el pavimento blando, como si caminase
sobre un tremedal.
Más tarde narraba, con patetismo y pesadumbre, la dramática escena a la que
acababa de asistir.
—¡Qué largos son los minutos, cuando esperamos que termine algo que nos
está estrangulando...! Los segundos del sufrimiento son más largos que todos los
otros segundos... Éramos un grupo, nadie hablaba, ninguno se atrevía a mover
los labios. Y cuando la madrugada clareció del todo y fue posible verse la cara,
cada uno rehuía encontrar la mirada del otro; los ojos de todos estaban dirigidos
hacia el centro del muro del frente... Me di cuenta de que era de piedras grandes
y toscamente labradas.
Se calló largo rato, con la mirada perdida, como si tuviese el pensamiento
quieto, clavado en aquel muro, en esas piedras...
—Ala derecha nuestra y al fondo, había un arco que se abría en el muro; por
allí salieron soldados con tambores y otros más con bayoneta calada; se ubicaron
y quedaron plantados como estacas. Pasaron minutos largos, qué sé yo cuántos...
Redoblaron los tambores levemente, pero dolían como si fuesen dolores de
muelas. Salieron los oficiales del regimiento, los sargentos, los cabos... y se
formaron... después los que iban a ser ejecutados. Yo estaba seguro del llanto de
los espectadores... ¡Pero qué horrible es todo esto...!
Uno quiso leer la sentencia con una voz que le temblaba...
—Me la sé de memoria... nos la sabemos ya... —gritó, con una voz
sorprendentemente entera, el comandante que había ordenado la retirada en
Belchite.
—No tengáis tanto miramiento —gritó un capitán—. ¿Tenéis miedo de que
muramos... o vosotros tenéis miedo a ver la muerte y quedaros con vida...? ¡Qué
valientes eran... qué valientes...!
Y volvió a intervenir un largo silencio, que se hizo doloroso.
—Los otros sentenciados —prosiguió Marcucci— fumaban, conversaban,
estaban tranquilos hasta producir asombro. Las bocanadas de aire que aspiraban
eran las últimas; la luz de la mañana se iba a apagar para siempre en sus ojos...,
pero nada de eso parecía preocuparles. Tenían una tranquilidad sin alarde, que
llegaba a ser majestuosa.
—No se dejaron vendar los ojos; ¡He visto muchas veces a la muerte —les
dijo mi comandante—, así que somos viejos conocidos...!
Leyeron los nombres, les arrancaron las insignias, y ellos a pleno pulmón
cantaron “La Internacional”:
Arriba los pobres del mundo,
de pie los esclavos sin pan...
Y todos coreamos, mientras les arrancaban las insignias con pedazos de
uniformes, que parecían ya vacíos.
El comandante avanzó hacia el muro, como si se lanzase en una de sus
cargas a la bayoneta, se detuvo al pie del muro y, volviéndose hacia nosotros,
gritó: ¡Viva el Partido Comunista!
Calzando alpargatas, ingresaron en el patio doce hombres armados de fusiles,
los que traían como si fuesen a lanzarse al ataque.
Volvió a resonar “La Internacional”:
Y el día que el triunfo alcancemos,
ni esclavos ni hambrientos habrá
Un grito horrible, espantoso... —no te puedo explicar...— hendió el aire.
Todos los condenados gritaron:
—¡Viva el Partido Comunista..., viva La Internacional Comunista!
Y los mataron, los asesinaron, los sacrificaron... ¡Se acabó!
Otro silencio pesado, áspero, nauseabundo.
—Cuando salía el sol, nos marchábamos: fuera del campo, en una de las
habitaciones estaba el coronel Bielov y unos cuatro o seis de sus hombres...,
rusos de la NKVD ¿Qué te decía...? El sol amoroso de España no es el de Rusia
y el español no es como el ruso; pero, querido camarada, el comunismo español
sí es igual al ruso...: la misma violencia desatada, la misma potencia trituradora
de hombres, ideas, criterios; idéntica estafa a la buena fe de gentes como tú y
como yo...; esto se ha perdido, mi viejo...; nos han estafado, nos hemos estafado,
y... no tiene remedio.
Marcucci se expulsa del partido
33
La segregación del Partido Comunista está regida por normas que abarcan
todas las relaciones con el mundo circundante: los camaradas retiran su saludo
habitual, clausuran toda forma de vinculación con el amenazado de expulsión o
tan sólo caído en desgracia, e inician frenética competencia hurgando en la vida
política, en la actividad social y en la existencia íntima, en busca de errores,
desviaciones de la línea, chistes, frases, juicios, apreciaciones, que puedan servir
de leña aceptable en la hoguera de este nuevo Santo Oficio. Hay en todo el
procedimiento demasiados elementos de tipo inquisitorial auténtico.
El proceso de la segregación de Marcucci se inició de modo fulminante;
tanto más que su enjuiciamiento ante la Comisión de Control había comenzado
ya; cierto que, dada su alta categoría y su brillante actuación pasada, el juicio se
desarrollaría en varios actos.
Pese a todo y afrontando las represalias que me sobrevendrían por variar las
normas de la segregación inquisitorial, yo no podía abandonar a mi amigo y
camarada en aquella contingencia. Y así lo proclamé. Al día siguiente de las
ejecuciones estábamos juntos, sin hablar. Nos sabíamos quebrados y estafados, y
no deseábamos hablar de la quiebra, ni hacer más comentarios sobre la estafa.
Por la tarde, Marcucci propuso:
—¿Por qué no nos marchamos al frente?... Aquello nos calmará los nervios,
y tal vez nos devolverá algo de la fe que hemos perdido.
—Pero, necesitamos pases —argüí— ; no tengo salvoconducto.
—Aún estoy en condiciones de obtenerlos —aseveró— y también de
conseguir un camión que nos lleve. Nos marcharemos esta madrugada...
En el camino debimos estar embotellados en un silencio cabal. Nada
podíamos decir sobre lo que nos atormentaba, sobre lo que nos daba tan honda
sed de confidencia, porque nos hallábamos en medio de una abigarrada hacina
de personas que viajaban en el camión de carga, en un amontonamiento de
ganado. Hubo momentos en que pensé que el camión estaba rodando hacia la
muerte... ¡Era como un presentimiento...!
El viaje duró mucho más tiempo que el necesario para un recorrido habitual:
en él se reflejaba ya la desorganización que era el principio del fin. Madrid
estaba a oscuras. Las plazas, las calles, las avenidas donde caían los obuses
quince y quince estaban desiertas; las bellas estatuas y las graciosas figuras que
ornaban la ciudad estaban ahora durmiendo bajo sacos de arena.
Ni un disparo, ni un obús, ni una bomba; era como si en Madrid no estuviese
aconteciendo nada, pese a que todas sus calles desembocaban en el frente, en las
chabolas de los hombres que se estaban batiendo por la libertad del mundo.
Visitamos las trincheras, bebimos con los milicianos, conversamos sobre lo
mismo: la guerra, los moros, la Ciudad Universitaria, los polacos, los alemanes,
los franceses, chinos y latinoamericanos.
Aquella noche la pasamos en la Alianza de Intelectuales; el día siguiente, de
nuevo en las trincheras, hasta el anochecer. Sonaron las sirenas, anunciando una
visita aérea. La gente canturreaba impávida.
Puente de los franceses... mamita mía...
Estallaron una, otra y otra bomba.
—Son pequeñas —comentó Marcucci— ; no alcanzan a sacudir la tierra.
Pasaron ambulancias, que iban a prestar socorro a los heridos, y camiones
con voluntarios a remover los escombros y quizás salvar alguna vida. Subimos a
uno de los camiones, llegando hasta un hacinamiento de casas chatas, barnizadas
por la pringue de la miseria; una bomba había elegido su cráter en medio de
ellas. Los heridos eran cargados con cuidado en las ambulancias, en medio de
gritos, quejas y solicitud de agua. Los milicianos y nosotros recogíamos restos
humanos, lodo sanguinolento, barro hediondo, que minutos antes era vidas
plenas de anhelos, esperanzas, ensueños... Al regreso, viajamos en los estribos
del vehículo y nos apeamos en el centro de la ciudad.
Llegamos al hotel donde Marcucci se hospedaba de costumbre. En Madrid
no había crisis de habitación, como en Valencia o Barcelona: era la única crisis
quizás que no castigaba a la noble villa, ya que todo quien vivía en Madrid, en
una u otra forma, era combatiente. ¡Y es claro que no se hace cola para
combatir...!
El portero reconoció a Marcucci, entregó las llaves de las habitaciones y
preguntó si nos arreglaríamos solos.
—Sí, camarada, vete a dormir, que nosotros nos arreglaremos. Descuida, no
te preocupes más.
—Bien, bien..., os agradezco. Pues aquí tenéis una vela; en vuestras
habitaciones encontraréis otra cada uno... ¡Pasadla bien...! ¡Buenas noches...! Y
se marchó con pasos pesados, de pies castigados por la fatiga, y con zapatos
descalcañados por el uso.
Marcucci y yo nos hundimos en los sillones, mirando nuestras sombras
inmensas proyectándose sobre los muros, a la luz de la llama desesperada y
danzarina de la vela.
—¿Qué horas serán...? —pregunté como en las prisiones, sin obtener otra
respuesta que una larga y sonora expiración de mi amigo.
Cuando yo era pequeño —dijo lentamente Marcucci— no me contaron los
cuentos de Alicia en el país de las maravillas, ni de Aladino y la lámpara
maravillosa; fueron cuentos más burdos, y me los contaba la vieja, una vecina de
mi aldea a quien le prestaba algunos pequeños servicios, como acarrearle agua
de la fuente o ayudarle a llevar los canastos de hortalizas hasta la carretera.
La buena mujer me contó un cuento que he recordado hoy durante todo el
día. Bueno, y ayer también.
—Era un ciego —me decía— que perdió la vista por haber mirado una gran
estrella roja que apareció en el cielo y que el señor cura dijo que no debía ser
mirada. Visitó curanderos y magos, pero nada pudo el arte de magia contra el
castigo divino. Fue hasta Nápoles, a la fiesta de San Cenara, y allí encontró al
viejo que escuchó su penosa historia. El viejo díjole: Ve a la gran ciudad donde
hallarás siete colinas: cuando pongas el pie en la cumbre de la séptima colina,
pedirás perdón por tus pecados y allí recobrarás la vista. El ciego obedeció:
cayendo y levantándose, implorando de puerta en puerta que le guiaran, llegó a
la ciudad, trepó a las colinas y al llegar a la séptima pidió perdón por sus culpas
y empezó a ver una claridad profunda: era una claridad púrpura como la de la
estrella que había mirado, pecando; era escarlata como la sangre, como el fulgor
que tiene el crimen. Pronto, su vista se aclaraba; cuando terminó su plegaria
sobre la cumbre de la séptima colina, las retinas se le iluminaron y vio de nuevo
la luz, el paisaje, los colores y lo que no había visto antes nunca: el interior de su
propio corazón y el del corazón azulenco de las montañas de la lejanía. Y lo que
no habían visto los demás hombres.
Sonrió, hizo una pausa larga y poniéndose de pie ante la llama de la vida,
dijo suspirando:
—Así estoy yo en este momento, como si hubiese llegado a la cumbre de la
séptima colina. Estoy viendo con diafanidad milagrosa; estoy viendo lo que pasa
en mi propio corazón y en el corazón de los demás hombres.
Se calló por un rato largo, como aguardando alguna respuesta o esperando mi
objeción; pero no dije nada. De haber hablado, la voz me habría salido como si
estuviese llorando. No dije nada.
—Me he equivocado como un niño o como un cretino —exclamó con
énfasis, aunque en voz baja— ; nos hemos equivocado tú y yo. ¡Somos millares
y millares los que nos hemos equivocado, los que nos estamos equivocando, aun
a sabiendas...! ¡Infelices...!
Volvió a hacer otra pausa, como esperando que yo dijese algo, pero no dije
nada.
—¿Tienes sueño..., estás muy fatigado...? —preguntó suavemente.
—¡No, hombre..., cómo se te ocurre...! Me sería imposible dormir..., te estoy
escuchando, continúa.
—¡Nos estamos equivocando...! —reiteró—, y el que en la vida se equivoca,
mio caro, comete un error, y los errores, todos los errores, como los artículos de
un bazar, tienen su precio. Y quien se equivoca tiene que pagar, debe pagar, ¡Es
como una ley inexorable!
Se volvió a callar, se enjugó los ojos, carraspeó y afirmó:
—¡Yo me he equivocado...! No hay duda, cierto que con la más limpia buena
fe, cierto que he sido víctima de un chantaje oscuro, de una estafa sucia; pero,
eso no cuenta, querido camarada, no cuenta. Debo pagar, tengo que pagar.
—¡Hombre...! —exclamé poniéndome también de pie con ánimo de
reconquistar mi propio control—, no sé por qué no se pueda tener derecho, en
cualquier momento, a rehacer su vida, o por lo menos a intentar rehacerla y
rectificarla...
—¡Rehacer su vida...! —exclamó— ¡Rehacer su vida! Es cierto, es posible
con un gran coraje, desafiándolos a todos, metiéndose los intestinos otra vez
adentro después que le han despanzurrado a uno... Soportando la aflicción y la
pesadumbre de este rehacimiento y de esta rectificación, ¿verdad...?
—Bueno, si lo planteas así, pues bien, sí. ¿Y qué...? —dije yo.
—¿Para qué? ¿Qué alcanzaría yo a hacer con mi vida? No avanzaría un paso
con rehacerla, puesto que la tengo rota por dentro. Y eso no se suelda nunca más.
Es como aquellos que se rompen la columna vertebral... ¿Sabes? Si viven, pues
viven paralíticos o viven enyesados. ¿Vivir enyesado?... ¡No camarada..., no;
mejor, mucho mejor, es convertirse en yeso. No ver, no saber nada..., dormir...!
—Tu comparación es un tanto gruesa —dije, por cortarle la ilación del
razonamiento.
—Toda comparación es grosera —sentenció—, pero siempre se alcanza a
expresar con ello lo más fuerte del pensamiento. Pero dejémonos de sutilezas
psicológicas: yo me siento definitivamente roto por dentro..., y... te juro que no
es la impresión de estos días; ni del proceso del Partido, ni las emociones de la
madrugada del otro día..., no... Te juro como a mi hermano que no. He visto ya
hechos tan crueles, tan empapados en crimen, que ésta no ha sido la última gota
sobre el vaso lleno. Pero —dudó un rato para decirlo, y al fin lo dijo— yo no
quiero hacerte perder la fe. Yo sé a dónde conduce eso. ¡No quiero...! Y lanzó
una interjección.
Insistí en que hablara; le confesé mis dudas, mis vacilaciones, mis terrores.
Le hablé de lo que había visto y oído en la Unión Soviética; de la hipocresía, de
las mentiras burdamente fabricadas, de la falta de libertad en la Unión Soviética,
de la farsa del socialismo ruso.
—La libertad, amigo mío —repuso—, no es solamente un ideal, una
adorable conquista del hombre y el triunfo espiritual de la mejor estirpe humana.
Es también, no lo olvides, una práctica, una costumbre, una rutina. ¿Sabes una
cosa, camarada? ¡A ejercer la libertad y a vivir bajo ella... se aprende... ¡Sí... sí...!
—exclamó— con entusiasmo se aprende. Es como el alfabeto, como saber leer y
escribir...
Pero tú estás equivocado. No hay duda alguna. La misma equivocación que
padecí yo exactamente —añadió sentándose y estirando las piernas sobre las
baldosas—, al creer que se trataba de un mal ruso, que nos hallábamos ante un
defecto de tipo nacional o de carácter puramente temporal. Yo también creí que
era una necesidad episódica del régimen para sostenerse, para mantenerse.
Piensa que yo he vivido en la Unión Soviética varios años; hablo el ruso como el
italiano y mejor que el castellano. He vivido con ellos, he recorrido decenas de
ciudades y centenares de aldeas; he dormido en los hoteles y en las casas de los
obreros, en las cabañas de los campesinos, en las casas de campo de los
dirigentes del soviet, en los tibios departamentos de los dignatarios del Partido.
Y he visto de todo: lo conozco bien.
Se levantó, se paseó de un lado al otro, y dijo, con voz mucho más fuerte que
la que había empleado antes:
—El partido comunista bolchevique, fundado por Lenin, querido viejo, no
existe ya en la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿Lo entiendes?
¡Ya no existe como organismo, como estructura, como material humano, y
menos, muchísimo menos, como espíritu marxista: ha sido devorado por el
mismo terror que él creara..., con ese mismo; lo ha destruido Stalin, lo ha
liquidado la policía de Stalin. Los ha hecho asesinar, los está haciendo asesinar,
uno a uno. ¡Lo he visto yo...! ¿Entiendes? Hay centenas de millares de
comunistas de la vieja guardia, de la Guardia Leninista, en los campos de
concentración. ¡Gritamos, hacemos un ruido truculento, que resuena en el
mundo entero, sobre los campos de concentración de Hitler...! Pues, ríete de
Dachau; ríete de las cámaras de tortura de la Gestapo; ríete de Hitler y de su
banda de asesinos. Todo eso es un lecho de bodas, al lado de lo que hay allá en la
Patria Socialista... ¡Puerca y sucia patria... bajo Stalin...! Los que no han vivido
tanto tiempo como yo allá no lo saben, no lo sospechan y, lo que es peor que
todo, no lo quieren creer... ¿Sabes? Yo sé, por ejemplo, que tú, ahí, en ese sillón,
no me crees, o no me quieres creer..., ¡dilo...!
Me callé..., no podía hablar y no quería hablar.
—No te atreves a creerme —dijo con voz apagada— ; así son todos, así
somos todos. Es la fe, mi caro viejo. La fe, que es peor, pero mucho peor que la
vida. La vida tiene su instinto egoísta, fiero, desesperado..., que se crampona
para no dejar que se le escape el soplo vital. Pero la fe, querido amigo, es más
brava para defenderse que la vida; es más recia, más dura para morir.
Posee una garra más dura que el platino; con ella se agarra a los resquicios
del alma, adivina las rendijas, se introduce en los más secretos y lóbregos
recodos de nuestra conciencia, para no quemarse, para no naufragar, para no
morir. ¡Qué subterfugios los que se nos ocurren; qué farsas sutiles, qué antifaces
geniales los que crea la fe para sobrevivir! Tú no sabes, mi viejo, el ingenio
insondable que posee nuestra fe. ¿Sabes...? Toda fe tiene su propia conciencia, su
talento autónomo, su instinto particular. Funciona como una conciencia dentro
de la conciencia, como un alma dentro de nuestra alma...
La vela se había convertido en un mísero cabo que se derretía con rapidez.
Marcucci miraba la llama que crecía y se alargaba, entre muriendo en agonía
epiléptica.
—¡Ah...— añadió —, cuando la fe muere, cuando llega a morir, hace todo lo
posible por arrastrarnos a la muerte. Como uno de esos trozos de riel que, en tus
países, la policía ata a los tobillos de los comunistas antes de largarlos mar
afuera... ¿Cómo se llama eso? —preguntó.
—Fondear —repuse—, ¡fondearlos...!
—Eso —aseveró Marcucci— ; cuando la fe muere trata de fondearnos. Y a
menudo lo consigue...
Y rió alegremente; en vez de mostrarse deprimido, se había animado. Pensé
que era la confidencia lo que le aliviaba de la pesadumbre interior. El se frotó las
manos y se quejó del frío de la madrugada. La vela se estaba extinguiendo.
—¡Vamos a dormir —le dije— ; conversaremos mañana...! Mañana —
exclamó en francés, repitiendo los versos de Hugo:
Mañana es Santa Elena.
Mañana es la tumba...
—A mí no me cuenta bellas epopeyas el señor Stephanov ni nuestro apacible
Palmiro tampoco. Yo he visto lo que pasa en Rusia, lo he vivido, lo he absorbido
no sólo como idea, sino como realidad sensible, de esa que se te mete hasta la
médula. Y dime...: ¿crees tú con honradez que en Rusia se está construyendo de
verdad el socialismo?
—Pues... —iba a responder, pero no me dejó continuar.
—No..., no, querido viejo; el socialismo —como dijera Marx— es la fruta
madura que se desprende del árbol capitalista... En Rusia, Lenin quiso crear un
capitalismo de Estado, para de él pasar al socialismo más tarde, cuando la
coyuntura lo favoreciera, cuando países más desarrollados económicamente
acompañasen...; pero se ha fracasado..., evidentemente... se ha fracasado en la
creación del socialismo en un sólo país, porque el capitalismo de Estado, el
gigantesco monopolio que depende del Gobierno soviético, del régimen de
Stalin, ha sido impotente para dar el paso hacia adelante, para superarse y dar el
salto en el que soñó Lenin. El capitalismo de Estado se estancó, y ahí lo tienes...,
con una oligarquía de nuevo tipo al frente, con el remplazo de las clases por
castas económicas, que son castas políticas y sociales, con una aristocracia
obrera, que es peor que la de cualquier metrópoli imperialista, con su impotencia
para ser lo que se quiso hacer con la Revolución de Octubre...
—Pero ¿dónde reside la responsabilidad...? —pregunté interesado.
—La primera responsabilidad de todas reside en ti..., en ti..., sin vueltas, que
tienes miedo de mirar la realidad de frente y, después de mirarla así, de
afrontarla, y afrontarla hasta las últimas consecuencias..., ¿entiendes?... Hasta el
fin del fin... ¡No, hombre..., pasarán tres, cuatro, seis generaciones, y no habrá
socialismo por este camino, por el camino ruso! Y como no lo habrá, porque no
fluye de la realidad, porque no viene de la raíz misma de la vida histórica, de la
entraña del proceso económico espontáneo, pues el monopolio del capitalismo
de Estado tiene que defender su permanencia mientras tanto..., y ahí tienes a
nuestro glorioso camarada Stalin, defendiendo sus posiciones y las de su grupo,
imponiendo lo que hay como resultado posible de la conmoción revolucionaria
de octubre y de sus consecuencias...
Se calló, agitándose dentro del asiento, como buscando una posición distinta,
que le diese descanso, y alargando el brazo arregló con los dedos el cabo de vela
que se convertía en masa achatada; se mojó los dedos en la boca para tocar el
candelero caliente y dijo con fuerza:
—Y Stalin lo está imponiendo con la misma arma que le creó la revolución:
con el terror. Él, al imponerlo así, convéncete, no puede detenerse, no puede
amainar, no puede contener ni medir la extensión o la profundidad del terror...; y
cuando sature sus propias fronteras, pues se derramará fuera, ya que, de lo
contrario, se lo llevará una pipa de diablos. Y apenas se sienta un tanto fuerte,
ese terror interno se expresará exteriormente en la guerra... ¿Qué tal socialismo
en un sólo país?
—¿Y qué podemos hacer nosotros...?
—¿Nosotros...? —preguntó y volvió a repetirlo, riendo con sarcasmo—
Piensas en nosotros, en ti y en mí, individualista, pequeño-burgués,
intelectualoide, como te diría tu camarada Codovila... Nosotros, mi viejo, no
podemos nada contra el terror, porque nosotros mismos hemos sido y somos sus
creadores. Tú, yo, los demás comunistas, hemos predicado con entusiasmo
delirante, y como el advenimiento de una buena nueva, la dictadura del
proletariado. Si la dictadura es buena cuando la propugnamos, no puede perder
su bondad cuando se vuelva contra nosotros... ¿Verdad...? No nos queda sino
agacharnos, recibir los golpes con estoicismo, porque la violencia que se
descargue sobre nosotros es la misma que hemos engendrado... ¡La misma, sin
duda...! Por eso agacharon la cabeza Zinoviev y Kamenev y Bujarin... ¿Qué...?
¿Protestar..., maldecir...? Es tonto y es estéril protestar o maldecir contra sí
mismo.
—Pero —objeté—, si en el seno del capitalismo maduran las condiciones
favorables al socialismo, es claro que esas condiciones madurarán también en el
seno del capitalismo de Estado...
—Siempre fuiste agudamente dialéctico... Es claro que maduran, porque el
desarrollo histórico no puede detenerse, ni ser detenido, pero eso es
independiente de los planes de tu camarada Stalin, del terrorismo de su policía,
de la matanza inhumana ejecutada a diario por este régimen inhumano, mucho
más inhumano sin duda que el capitalismo primitivo. Pero maduran contra ellos,
como sus antagonistas. Porque miran bien que la autenticidad del socialismo
reside precisamente en corresponder, en interpretar, en ser la expresión total,
íntegra, fiel, de la naturaleza humana. Y esto, esto es lo más importante, porque
define al régimen terrorista ruso como no socialista, como una forma de
capitalismo tipo monopolista.
—¿Cuál es la definición? —pregunté, mientras la vela parpadeaba.
—Pues ésta —repuso con honda convicción—: que el régimen soviético está
construido contra la naturaleza humana. Mira bien: el hombre tiene hambre y el
socialismo afronta como problema central el de ofrecer al hombre todas las
posibilidades, las más amplias, para procurárselo, y para vivir libre de miseria y
del temor a la pobreza. ¿De acuerdo...?
—Sí..., sí..., de acuerdo —le dije.
—Bien. El hombre ama y busca el amor: está condenado al amor y a
conquistarlo..., ¿no es cierto...? Pues el socialismo le brinda un campo social
libre, sin prejuicios, sin discriminaciones, sin tabiques artificiales entre clases,
grupos, razas, que limiten o vendan al hombre el amor, o que le hagan temer el
porvenir económico de ese amor... Bien. Pero el hombre, la naturaleza humana,
la condición humana, es también egoísta: el hombre se ama a sí propio, se ama
honda, sinceramente, a sí mismo. No es por casualidad que el mandamiento es
“ama a tu prójimo como a ti mismo”... ¡Eso... eso...! Y al amarse a sí mismo, el
hombre ama su comodidad, su bienestar, su existencia feliz, su porvenir dichoso
y el de los suyos, el de sus hijos, sobre todo. Y el socialismo, para estar de
acuerdo con la naturaleza humana, tiene que ofrecerle la posibilidad plena para
que despliegue ese egoísmo humano, en toda su plenitud, sólo que sin dañar, sin
estorbar, sin explotar a otro ¡La cosa es clara...! ¿Verdad...?
—Sí, en efecto, es clara —asentí—, bastante clara.
—Pues bien —prosiguió Marcucci—: el socialismo es que el mejor suba más
y más pronto; que el más inteligente, el más ingenioso, el más hábil, se adelante
al mediocre y conquiste condiciones mejores de vida que aquellas de las que
disfruta la mediocridad. Pues en Rusia, el socialismo de tipo leninista-stalinista,
ha optado mecánicamente por asfixiar la naturaleza humana, suprimiendo el
egoísmo..., y al suprimirlo han privado al hombre de incentivo, al trabajo de
propulsión volitiva, y a la obra colectiva del interés individual que es el
fundamento de la productividad del trabajador, en España o en la Carelia, en
América o en la India..., donde quiera... que en el trabajo intervengan hombres.
Sólo la máquina tiene el don divino, regalo del hombre, de no ser egoísta, de
carecer de ambiciones individuales, de no tener mañana...
Pero, el hombre..., ¡ah..., el hombre...! Bueno, bueno..., como en el
socialismo de tu camarada Stalin han suprimido ese factor egoísta individualista
de la naturaleza humana, pues han tenido forzosamente que remplazarle por otro
propulsor...: las pistolas de la NKVD, las de tu amigo Bielov, las celdas de la
Lubianka, los campos de concentración de la tundra y del Círculo Polar, las
torturas científicas de Yagoda, la digitalina en abundancia, las drogas socialistas
de los médicos socialistas. La muerte stalinista, como la del pobre viejo Gorki.
Tú sabes que el viejo no murió naturalmente, sino que Stalin lo hizo liquidar,
porque, con sus críticas y su descontento abierto, comenzó a serIe molesto al
régimen..., y no sólo hizo que su médico lo liquidara, sino que al hijo amado de
Gorki lo hizo transformar en un desventurado borrachito..., que se arrastró por
las calles y quedaba tirado durmiendo en la nieve..., hasta que murió de
neumonía... ¡Ah.., Stalin y sus amigos tienen preferencia por la enfermedad del
corazón.., para los adversarios a quienes no es posible procesar ni acusar de
traidores...! ¡Si te mandan al hospital del Kremlin, cuídate del diagnóstico...!
—Pero todo esto no es el engendro de la mala voluntad de Stalin. No,
hombre..., es la consecuencia del régimen. Un capitalismo de Estado en lo
económico no puede engendrar jamás ninguna especie de democracia política...
¡Nunca...! Un monopolio económico gigantesco, totalitario en todo su proceso,
no puede engendrar como superestructura sino un régimen dictatorial y tiránico.
La cosa no tiene remedio: es la consecuencia de la concepción marxista, si es
que sacas conclusiones honradas... y consecuentes, sin evasiones, fríamente.
Fíjate bien —prosiguió, como embriagándose con sus propias palabras—
que, después de veinte años, el asunto está claro ya, como fenómeno histórico: lo
único que existe, veinte años después, es un monopolio capitalista totalitario...
¿Te importa que el monopolio esté en las manos de un grupo de magnates, o en
la de un grupo de miembros del politburo y del alto comando de la NKVD?
Piensa que el grupo de magnates se ve forzado más y más a ampliar los derechos
de los trabajadores, a respetar las huelgas y los compromisos que dimanan de
ellas, a discutir con sus representantes, peleándoles los centavos, y a dejarles ir
cuando les da la gana, de una fábrica a otra, en busca de mejoramiento, y a que
los Estados capitalistas se vean obligados cada día con más presión a proveer los
medios para el mejoramiento de las condiciones de vida del obrero. En cambio,
en el paraíso socialista de nuestro ínclito camarada de los bigotes, pues, so
pretexto de socialismo, el obrero ha regresado al esclavismo. No puede
organizarse para defender sus aspiraciones; le está vedado en absoluto el derecho
de huelga; no puede reclamar más salario; no puede exigir mejor habitación,
mejor comida, mejores condiciones de vida; tiene que soportar humillado el
siniestro racionamiento; y, el colmo, no puede moverse libremente, no puede ir
de una fábrica a la otra en busca de trabajo.
Bajo el capitalismo, el obrero conserva una libertad que puede ser todo lo
formal que tú quieras, pero que el obrero mismo se encarga de hacer real; en el
paraíso soviético, no..., nada..., nada...: toda suerte de libertad ha sido aniquilada.
Y en este aspecto se ha retrocedido..., no se ha avanzado. Y el retroceso no
puede ser socialismo...
Tras una larga pausa, continuó:
—¡Lo dicho, querido camarada: una gran estafa...! Estafa a los que hemos
luchado por el socialismo, estafa al socialismo, estafa a los trabajadores. Sí, sí,
estafa villana, como esta que estamos haciendo a todos los que se están batiendo
en España. Piensa con franqueza o con cinismo, si quieres, que nosotros,
comunistas, creadores y defensores de la dictadura del proletariado, enemigos
declarados de toda forma de democracia burguesa, hemos llamado a combatir a
millares de hombres sanos de espíritu, generosos, valientes, por la libertad, por la
democracia..., democracia burguesa, chico. ¿Lo entiendes...? Y toda esta gente
pelea por la democracia que ella entiende, conoce y siente. Están peleando y
muriendo para que sus hijos sean libres, para que no los aprisionen sin proceso,
para que no los condenen sin juzgarles, para que no les torturen, para que no les
lleven a los campos de concentración, para que no les peguen un tiro en la
nuca... Piensa que toda esta gente está luchando contra el fascismo en todas sus
formas y por la preservación de la libertad..., y tú sabes que en Rusia no hay
nada de este ideal por el cual se baten y dan su vida... ¿No es verdad que les
estamos estafando..., estafando criminalmente...?
La vela se extinguía y un silencio largo se había hecho sobre nosotros, sobre
aquel desdichado drama de fe. Me sacudí y le dije:
—Vamos a descansar; hace varias noches que no duermes.
—Verdad..., varias noches..., pero ¿creerás que no tengo sueño?
Se levantó, hundió sus manos en los bolsillos y, encarándose a mí, dijo:
—¿Sabes una cosa...?
—¿Cuál...? —Interrogué.
—Manuilsky no te quiere. Hasta pienso que haría cualquier cosa por
atraparte en alguna combinación de tipo bujarinista o... qué sé yo. ¡Te haría
liquidar con todo su contentamiento...! Y es que tuviste el valor, sí, hombre, hay
que decirlo con su nombre, el valor de oponerte a su estúpida táctica en el
Brasil... El aplastamiento de la insurrección brasilera hizo que mucha gente del
Komintern pensara en tu oposición y en la terquedad de Manuilsky. Y esto le ha
herido, le escuece, le arde..., y Manuilsky no tiene ni pizca de generosidad; no te
lo perdonará nunca. ¡Cuídate...! Te considera acusador y, como tal, eres
candidato a la liquidación...; y, además, cuídate de tu camarada Codovila; el
hombre te profesa una enemiga que proviene de su complejo de inferioridad y de
su situación: él sabe que, si algo es en el Komintern, no lo es por su capacidad
política, sino por su condición de hombre de la NKVD.
El resto del cabo de vela se estiró en una llama lívida y larga, chisporroteó
dentro del candelero y se apagó.
—¡Se acabó...! —dijo con voz entera Marcucci— He perdido totalmente la
fe..., no creo más, no creo en nada..., se acabó.
—¿La fe —pregunté— la fe...? pensando en que cuando dijo “se acabó” se
había referido a la llama de la vela.
—Sí... sí... carissimo. La fe. La fe en el Partido Comunista, en Carlos Marx,
en la revolución proletaria, en el advenimiento del socialismo. ¡No... no..., y no
sólo es que ya no puedo creer, sino que tampoco puedo soportar esta
complicidad con la estafa, con esta miserable estafa...!
—Pero —quise argüir, aunque sin convicción—, ¿no crees tú que cuando la
transformación social se opere, de una u otra manera, en Europa, en los países
más avanzados del mundo, las cosas serán diferentes...? El Occidente no es
Rusia, ni el europeo es como el ruso. Diversa mentalidad, diverso grado de
cultura, diverso desarrollo económico y también político. Será otra cosa...
—Yo pensaba exactamente igual y razonaba así —replicó Marcucci, cuyo
rostro ya no podía ver yo—, cuando veía a los rusos sometidos a la bárbara
represión staliniana y me decía: “Pues bien merecido lo tienen...”; no sólo por
aquello de Hegel de que “los pueblos tienen los gobiernos que ellos merecen”,
sino por su inepcia para levantarse contra esta dictadura sanguinaria... En
Francia, en Bélgica, en España no sucedería esto..., los pueblos no lo
consentirían.
—Eso es lo que yo te decía —afirmé.
—Crees con la fe del carbonero —replicó riendo—: en España se está
instalando un régimen igual, exactamente igual al ruso. Policía, delación,
espionaje, NKVD auténticamente rusa. Y lo que sigue: juicios criminales, fallos
más criminales todavía, y fusilamientos, asesinatos, cadáveres. ¿Crees que esto
es el socialismo...? ¿Crees que así se está redimiendo a la humanidad y liberando
a los hombres...?
No le respondí. Trataba de mirarle a los ojos en la penumbra del amanecer.
—¡Hay que dormir! —exclamó alegremente Marcucci— ; hay que dormir
como los que cayeron la otra madrugada. ¡Qué sueño, amigo, qué sueño!
Se acercó y me cruzó la espalda con su brazo; casi a tientas buscamos la
escalera y él bostezó, llevándose el revés de la mano a la boca abierta. Y con
tono tranquilo y tranquilizador dijo:
—Tengo sueño; ahora sí que quiero descansar..., un descanso largo —y
añadió a continuación—: me voy a dormir profundamente agradecido de ti. Me
has acompañado en estos momentos y esto vale mucho para mí. Tú has podido
quedarte con ellos, haciéndoles sus discursos, llevándoles combustible para su
furia. Y te apreciarían mucho, porque son cobardes..., ¡asquerosamente
cobardes...! ¡Qué asco, mio carissimo, qué inmenso asco...!
Habíamos llegado a la puerta de la habitación que le estaba destinada.
—¿Tienes contigo la pistola? —le pregunté, sin poder dominarme.
—Sí —respondió— y la tengo cargada..., ¿por qué?
—Pues, si me la dieras...
—Dártela ¿y para qué...? No seas bobo, hombre. ¿Quieres matar a Codovila
o piensas destaparte la cabeza, para ver qué hay dentro? —y rió alegremente,
añadiendo—: no, ahora es cuando no puedo desprenderme de la pistola. Ya no se
trata de los moros, de los fascistas, de la Gestapo.
Ahora tengo que defenderme de las Brigadas del Amanecer y de alguno de
los pelotones de la NKVD.
Y rió con risa ronca, extraña, cargada de oscuros presagios.
Abrió la puerta, se negó a encender la luz, y penetró en la habitación en la
semioscuridad de la mañana. Le oí caer de golpe sobre la cama, lanzando una
respiración larga y ruidosa. Avancé y tomé la botella con agua, de la que serví en
un vaso.
—¡Hombre —dijo— dame esa agua; ya me diste sed al servirla! Se sentó
sobre la cama, tomó el vaso y bebió; al devolvérmelo dijo:
—Gracias, muchas gracias. Has sido siempre muy gentil conmigo, muchas
gracias.
Dejé el vaso y, cuando me preparaba a salir, Marcucci me abrazó
estrechamente. Sentí mi hombro humedecido, como si estuviese llorando.
—Muchas gracias —repitió— hasta mañana.
—Hasta más tarde —le dije, cerrando la puerta.
Recorrí de puntillas el pasillo y fui a la habitación que me habían señalado.
Saludé al mozo que limpiaba los pisos; me contestó amablemente.
Me senté sobre la cama, sin encender luz y comencé a desnudarme despacio,
distanciando los movimientos, como si mi cuerpo sufriese una modorra pesada
que le impusiese un dinamismo retardado, semejante al de la proyección de una
cámara lenta.
En el momento en que me quitaba la camisa, oí un disparo: agucé el oído,
tratando de ubicar si fue en la calle del hotel o en otra más lejana.
Afuera, el mozo que limpiaba los pisos había lanzado un grito... Daba voces,
llamaba.
Me lancé hacia afuera e instintivamente me dirigí a la habitación de
Marcucci: la puerta estaba abierta, olía a pólvora y, desde dentro, el mozo pedía
una cerilla...
—Encienda, camarada, por favor. Creo que ha pasado algo... Una cerilla, por
favor...
No tenía fósforos y no sabía dónde se hallaba la vela. Me dirigí al balcón y
logré levantar las persianas. Entró el administrador y encendió una vela.
Marcucci estaba tendido sobre la cama, sin chaqueta, con la cabeza y la
espalda hundidas en una gran mancha de sangre.
—¡Se ha matado...! Jesús, José y María —dijo el administrador, mientras el
mozo se santiguaba.
Me acerqué hacia él, pues aún una de sus piernas temblaba y el labio
superior tuvo un movimiento imperceptible. Le llamé; le tomé la mano izquierda
crispada. ¡Estaba mortalmente quieto!
Me arrodillé al pie del cadáver del muchacho que se iba de la vida
maldiciendo de su fe y protestando contra la estafa.
Me quedé allí, llorando por Marcucci, por los millares de Marcucci que
agonizaban así en el mundo entero. Lloré por mí, por mi vida, por mi juventud
estéril y quemada en vano, entregada para que se alzaran sobre mi sacrificio un
infame grupo de piratas.
En la noche, el Comité Central del Partido había acordado honores de héroe
al valeroso camarada Marcucci, luchador ejemplar contra la infame tiranía de
Benito Mussolini.
Bajo la zarpa de la NKVD
34
La tragedia de Marcucci me hundió en obsedente cavilación: más que duda
se abría paso en mí la resolución de zafarme de todo esto; pero es que no se
escamotea uno mismo; se puede evadir todo, hasta el remordimiento, pero no se
puede evadir la fe; y como para apuntalarla, pues allí se alzaba, totipotente y
terrible, el espectro del fascismo. La única verdadera puerta de escape era la que
se había abierto Marcucci..., pero yo no estaba dispuesto a abrirla: tenía a mi
mujer e iba a tener un hijo...; además, de caer, era más limpio y más concorde
con mi pensamiento caer luchando contra el fascismo.
Delia, mi esposa, indagó qué pasaba, y no dije nada para no agravar su
propia crisis, aunque la de ella era crisis fría, sin conmoción ni drama; ella se
alejaba del comunismo sin pena ni estertor, con cierta dosis de sarcasmo y de
aguda apreciación de los defectos.
Temía por ella, ya que cualquier día estaría envuelta en un proceso partidario
por poumista, derrotista o enemiga del pueblo, quizás, sí, hasta agente de la
Gestapo, término que comenzaba a figurar entre las acusaciones de la Comisión
de Control. Tenía miedo de que me la fueran a matar y para acallarla... pues le
mentía:
—Mire, mi niña, la quinta columna no actúa por medio de fascistas y de sus
agentes tan sólo; le sirven mejor los comunistas charlatanes. En momentos en
que el Partido está en pleno ascenso, es lógico además que crezca la resistencia y
la enemiga de los que pierden el autobús..., y éstos... pues inventan historias
macabras y pérfidas...
—No —replicaba con calma—, es que no se trata de comunistas charlatanes;
son camaradas responsables que sufren con lo que pasa, que llegan a derramar
lágrimas. No de arrepentimiento; no se arrepienten de ser comunistas; les duele
lo que está pasando.
—Pero..., ¡por favor...! —casi imploraba—, ¿qué es lo que está pasando...?
Lo que sucede es que todo lo deforma la guerra; si viniese la paz de la victoria,
la situación cambiaría..., sería otra.
—Por lo mismo que estamos en guerra —volvía a recargar—, debería
imperar entre nosotros una moral de guerra, una responsabilidad que estuviese
de acuerdo con el peligro y con el drama de España. Pero... no... no... Pero ¿es
que no lo estás viendo...? ¿No ves la cantidad de comunistas que se están
enriqueciendo en el mercado negro...? Y los altos dirigentes no sólo les dejan
hacer, sino que les honran con su amistad y con sus favores. Pero —insistía tenaz
— ¿no ves acaso que los jefes comunistas viven como duques, mientras el
pueblo desfallece de hambre...? Esto lo comentan los obreros del taller del
diario, lo dicen el portero y su mujer, y lo repite hasta Domingo, el chico de los
mandados del periódico. No hay qué comer, los mercados están vacíos, los
campesinos maldicen... y, mientras tanto, los camaradas comerciantes,
amparados por el sagrado carné del partido, esconden, especulan, cambian los
precios, y esto se parece al himno de la aviación, como dicen las gentes: ¡más
alto... más alto... siempre más arriba!
Era preciso suplicar, sofisticar, defender al Partido, arrojar la culpa sobre la
inflación, fenómeno económico que le decía era como los eclipses; había que
esperar que pasasen.
No me creía y yo estaba seguro de ello. Se mofaba..., ya no creía...
Una mañana fui citado de urgencia al Comité Central. Me recibieron la gorda
Carmen y Codovila.
—¡Felicitaciones...! —me dijeron—. Arregla tus cosas, porque debes partir
para la casa; te llaman de Moscú.
Quedé como atontado; me despidieron citándome para recoger mi pasaporte
con las visaciones necesarias, lo cual demoró algunas semanas, como
consecuencia de la partida del Gobierno a Barcelona.
¿Cómo iba a quedar mi mujer? Esperaba un hijo, no había comida, el frío era
inclemente, Barcelona era bombardeada cada día..., no había carbón, ni un trozo
de leña, sólo las lentejas racionadas...
Acudí al Comité Central a plantear este asunto: debí hacerlo ante Carmen y
Codovila; no estaban Ercoli, ni Martí, ni Stephanov, a quien le sangraba la
úlcera.
Codovila me escuchó con frialdad, para luego responderme:
—Pero si es a ti sólo a quien llaman; no les llaman a los dos.
Jamás he suplicado tanto, ni he exprimido con más angustia los más
destilados argumentos. Codovila me miraba, escuchaba, sonreía y...
—En España —replicaba con suavidad— hay miles de mujeres que están
esperando un niño; tu compañera será una más... ¿Qué tiene eso...?
—Es que ella no desempeña ninguna función útil aquí... ¿Para qué ha de
quedarse...? Si me dan la visación, yo pagaré el pasaje...
—¡Vamos, hombre! —reía contento Codovila— ¿Así es que tenemos
nuestros ahorritos...? No has perdido tus virtudes pequeño-burguesas. Pero el
problema no reside en el pasaje; a quien llaman de Moscú es a ti, no a ella. Yo no
puedo hacer nada; estás perdiendo el tiempo.
—Es que una palabra tuya o del camarada Stephanov bastaría, una
autorización al cónsul de Togliatti, de Martí, de Duelos...
—Duelos se fue a París, los otros están en los frentes por largo tiempo...
Stephanov está muy mal. No te apures..., aquí no le va a pasar nada... Como
siempre, te ahogas en un plato de sopa... Además, yo no puedo hacer nada...,
nada.
—Pero si el cónsul soviético —argüí— me ha dicho que con una orden tuya
o de Stephanov le bastaría para otorgar la visa a mi mujer.
—¡Ah...! ¿Conque dijo eso...? Pues entonces tienes que ver a Stephanov; si
él me lo ordena, no pondré reparo.
Renació la esperanza y abrí el asedio de Stephanov... Cinco, diez, quince
días... Fue imposible. Y un nuevo telegrama me reclamaba inmediatamente.
Debía partir..., debía dejarla allí..., sola, esperando el niño.
Reinicié mi requerimiento ante Codovila, esta vez en términos nada
suplicatorios; exigí que se dejase partir a mi mujer; yo la dejaría en Francia;
vería la forma de arreglar su permanencia, sin molestar al Partido. Pero ella no
podía quedarse en las condiciones en que se quedaría.
—Tu mujer no saldrá. Como militante del Partido permanecerá donde el
Partido lo crea conveniente..., y por lo pronto deberá quedarse. Tú comprendes
bien que no podemos estar a merced de las complicaciones sentimentales de los
camaradas intelectuales. Y dio por terminadas nuestras entrevistas; en lo
sucesivo, no me dejarían pasar a verle...
Recorrí las casas de personas amigas; a todos le recomendé a mi esposa que
quedaba sola... Podría sucederle algo... Además, el niño o la niña iba a venir. Les
rogué tan emocionado, les expresé en tal forma mis agradecimientos, que
algunos me despidieron con lágrimas.
Y una madrugada con nieve, volé hacia Toulouse, en una avioneta en la que
cabíamos tres personas.
Mi mujer, con su vientre abultado, se quedó sola en Barcelona, bajo las
bombas, bajo el hambre, bajo el frío.
Y entré a la tierra del socialismo por tercera vez, en el invierno del año 1938.
La miseria rusa de aquel año quizás sólo se diferenciaba en magnitud de la
que me había apabullado en 1929, y más tarde, en 1935. El triunfo impetuoso de
los planes quinquenales no se reflejaba en la vida corriente. En los campos
vivían en condiciones análogas a aquellas en las que vegetan los campesinos de
los países de América Latina. Veinte años después de la revolución, el
espectáculo era deprimente: no sólo escasez, miseria, soportadas por millones de
seres humanos, sino, además, aire de gentes aterrorizadas, que se sienten
fisgadas, que se mueven bajo vigilancia, que actúan como si estuviesen sintiendo
en la nuca el frío del cañón de la pistola o delante de los ojos la perspectiva de la
Lubianka.
Hasta la náusea molestaba la pertinacia con que se aceitaba el culto a Stalin.
Su nombre rompía los oídos más burdos y llegaba a perder el sentido por la
repetición. Era algo peor que lo que Hitler hacía en Alemania.
El aspecto exterior de la ciudad de Moscú sí había cambiado en algunos
aspectos con respecto a 1929. El asfalto era más profuso en el pavimento de las
calles céntricas, en las nuevas avenidas, en el anchuroso bulevar de Sadowa —
donde se afirmaba que podían aterrizar aviones— y en el que corría a lo largo de
lo que antes fuera la Muralla China. En la Avenida Ozhod —Niriat se alzaban
edificios de muchos pisos, de estilo moderno, destinados a departamentos
burocráticos del Gobierno y del Partido. La parte exterior de los muros bajos
estaba recubierta con mármol traído del Cáucaso. En la Calle Twerskaya, que se
llamaba ya Máximo Gorki, los ingenieros montaban aparatosa y
bullangueramente la maquinaria indispensable para hacerlo correr hacia atrás,
alineándolo en la nueva calzada el viejo edificio de tres pisos, llamado Palacio
del Té, que se decía databa del tiempo de Iván el Terrible. Nunca pude apreciar
en qué consistían los méritos artísticos de aquella casona.
En toda la transformación moscovita se notaba el propósito de impresionar a
la gente, ofreciéndole muestras de lo magnificente, lo raro o lo lujoso. El
procedimiento no era desconocido, ya que es el que emplean los dictadores que
ha padecido y viene padeciendo América Latina. Mientras sus pueblos se hunden
en la desnutrición, en la pringue, en la incultura, las dictaduras abren anchas
avenidas asfaltadas, alzan edificios de muchos pisos, donde funcionan el
Ministerio de la Guerra, la Jefatura de la Policía, el Ministerio de Hacienda o la
Clínica de Jefes y Oficiales del Ejército. A veces, unas veinte o cuarenta casitas
para obreros, y una o dos tiendas que venden víveres a precios más bajos. A esto
el pueblo le denomina “mermelada con palito”.
Los anchos escaparates de los nuevos establecimientos moscovitas
continuaban exhibiendo, al otro lado de sus cristales, la mezquindad y la
desdichada calidad de la producción soviética. El retrato del camarada Stalin, en
gran tamaño y en colores brillantes, se alzaba sobre unos cuantos zapatos que no
eran comparables a aquellos que producía la industria casera en las regiones más
atrasadas de América Latina. Un busto enorme del jefe supremo de todas las
Rusias descansaba sobre el polvoriento papel de estraza, entre el hacinamiento
de piezas de cerámica, utensilios y juguetes de madera. Las consignas del Plan
Quinquenal sobre el arte se balanceaban impresas sobre una abigarrada
acumulación de instrumentos de música, de cuerda y de viento, que llevaban
estampados todavía los nombres de los comerciantes que los vendían en la época
del zarismo.
En la mañana, muy temprano, se veía pan blanco en las tiendas donde había
una larga cola; esto era absolutamente nuevo. Se afirmaba en la prensa y en los
discursos que también se vendía mantequilla, pero jamás logré verla. Sobre el
umbral de algunas tiendas estaba colocado un flamante cartel que decía “lechería
cooperativa”, pero —como acontece a menudo en la vasta extensión del país
soviético— aquellos establecimientos no funcionaban y en ellos no se expendía
jamás ninguna especie de leche.
A la mañana siguiente de mi arribo me sorprendió ver cruzar con rapidez una
camioneta repartidora de pan. Comenté con alborozo mi descubrimiento, pero
me informaron que aquella camioneta sólo distribuía pan a las oficinas del
Gobierno y del Partido, y a las casas de algunos miembros muy conspicuos de
uno u otro sector. Pensé que lo que, en los más atrasados países capitalistas, era
un servicio general, para todos, en la tierra del socialismo, veinte años después
de la revolución, era un alto privilegio para servicio de las más elevadas esferas
del comando soviético.
Había en aquel entonces escaso número de delegados extranjeros en el
Komintern. España absorbía toda la atención y los españoles iban y venían en
gran número, sobre todo en las dachas, en donde se impartía enseñanza teórica y
práctica de tipo militar a los militantes políticos. América sí estaba representada
por Browder y por Foster, del Worker's Party; por tres dirigentes chilenos:
Lafertte, Barra Silva y Galo González; por tres argentinos, que viajaban
acompañados de sus mujeres; por dos brasileros y por dos cubanos. Chilenos y
cubanos gozaban en aquellos momentos de situación privilegiada en el
Komintern. Chile se presentaba como el campeón del Frente Popular en América
Latina, y Cuba era el escenario del amplio y profundo entendimiento entre el
Partido Comunista de Bias Roca, con el sector disfrazado que presidía el escritor
Marinello, y el Gobierno.
Al tercer día de mi arribo fui llamado por Dimitri Manuilsky, quien, no
obstante la presidencia de Jorge Dimitrov, seguía ejerciendo un puesto de
comando de primera clase en la Internacional Comunista. No podía afirmarse
que el dirigente búlgaro fuese un títere, pero Manuilsky gozaba de tanta
autoridad como él.
El viejo, alegre y socarrón siempre, se mostró particularmente agrio
conmigo: estaba prevenido ya por lo que me dijera Marcucci antes de matarse, y
me hallaba dispuesto a no dejarme apabullar por su agresividad o su
malevolencia. Cuando ingresé estaba con los dirigentes chilenos y uno de los
cubanos, que se hacía llamar Pérez.
—¿Vives aún, gran camarada? —exclamó al verme, extendiéndome la mano,
a diferencia de otro tiempo, en que siempre me abrazó cordial y alegre.
—¿Qué quiere usted, camarada Manuilsky —respondí sonriendo—. De todas
las bombas que han llovido sobre España, ninguna estaba dedicada a mí.
Rieron los que estaban presentes y yo permanecí con los ojos fijos sobre los
ojos de Manuilsky.
—¿Estás enfermo? —preguntó—. Me parece verte demasiado magro..., pero
demasiado... —repitió.
—Enfermo no —repuse— ; desnutrido nada más, porque en España no hay
mucho que comer.
—¿Se come mal en España ahora...? —interrogó, como intrigado.
—No se come mal, camarada —respondí—, sino que simplemente ya no se
come.
—No se come... ¿Y por qué? —dijo mecánicamente.
—¡Pues porque no hay comida!
—He visto a los camaradas españoles —dijo alzando la cabeza y como
significando que ponía en duda mis asertos— y todos tienen muy buen aspecto;
no dicen lo mismo que tú. Es claro, afirman que hay dificultades con los
alimentos, pero no han llegado a decir que el pueblo está padeciendo hambre.
—Quizás porque ellos no lo han padecido —dije riendo— ; pero yo puedo
asegurarle que el pueblo español está padeciendo seriamente por falta de
alimentos. Se vive a ración reducida de lentejas: lentejas por la mañana, lentejas
por la noche.
—Y el pueblo ¿qué dice...?
—Soporta y hace chistes; a las lentejas les están llamando las píldoras de
vida del doctor Negrín, marca registrada, Resistir.
—Resistir, eso es —dijo Manuilsky— Ahí está el secreto. Resistir... ¿No
estáis de acuerdo? —preguntó a los otros delegados.
—Sí, sí —repitieron—, hay que resistir hasta ganar la guerra. Y cada uno de
ellos trató de injertar en la charla alguna frase sobre la necesidad de la
resistencia.
—Parece que tú no estás muy convencido de que la República ganará la
guerra —insinuó Manuilsky, mirando de soslayo.
—Desgraciadamente creo qua vamos a perderla —le dije emocionado— ;
algo más: creo que ya la hemos perdido.
Se hizo un silencio dramático, que nadie se atrevió a romper. Manuilsky se
inclinó y dijo:
—Otros también lo han dicho.
Y volvió a pesar el silencio. Manuilsky no explicó si lo que habían dicho era
que la guerra estaba perdida o que yo me había expresado en tal sentido,
figurando así como derrotista.
Manuilsky se sentó ante su escritorio, cruzó los brazos sobre el cristal plano
que cubría la amplia mesa y manifestó:
—Vamos a tener discusiones muy interesantes: vamos a tratar las cuestiones
más importantes de América Latina: Cuba, donde los camaradas están
desarrollando una política muy inteligente; Chile, donde los camaradas chilenos
han logrado una máxima realización; Argentina, donde el Partido no marcha. Y,
si tú lo permites, hablaremos de Perú, cuyos dirigentes se han dedicado a imitar a
esos cuclillos sudamericanos que ponen huevos en los nidos de otros. Y
podríamos hablar también del caso de Brasil..., ¿qué te parece?
—Es un programa de gran interés, camarada —respondí—. Creo que
podremos sacar benéficas y provechosas conclusiones.
—Es claro que las obtendremos —dijo sonriendo y entrecerrando los ojos—
; y la primera conclusión que sacaremos será la de que deben terminar los
emigrados dentro del Komintern .
—¿Los emigrados? —pregunté con extrañeza.
—Sí, los emigrados —subrayó— ; como tú, por ejemplo. Y me miró,
acentuando la intención cáustica de sus palabras.
—Yo estuve allí donde el Komintern me envió, o a donde la policía quiso
conducirme —respondí con firmeza—, no donde a mí me pareció conveniente ir.
En cuanto a lo del cuclillo que pone huevos en otro nido para que se los incuben,
creo que hay un error: soy más bien como aquellos avestruces argentinos que
incuban todos los huevos que les ponen en el nido.
—¿Lo dice por nosotros, los chilenos? —preguntó Barra Silva.
—Lo digo en respuesta a la sugerencia del camarada Manuilsky, nada más.
Manuilsky tomó un block y un lápiz, anotó algo, se puso de acuerdo con los
chilenos para reunirse con ellos, y luego con el cubano.
—A ti —me dijo— te haré llamar cuando sea menester.
Y terminó la entrevista.
Como no se me adscribió a labor alguna, me dediqué a vagar a través de
Moscú. Había muchos edificios derrumbados y otros que se levantaban.
El ritmo de trabajo era en exceso lento y la desesperante lentitud era
reemplazada por el número; en cada edificio era empleada una desproporcionada
cantidad de personas: hombres y mujeres, jóvenes y viejos..., era un hormiguero.
Traté de entrevistar a mis antiguos amigos rusos. Guralsky e Inés ya no
vivían en Ozhod-Niriat. Mi amigo había sido desposeído de todos sus cargos;
eliminado del Komintern y hasta del campo del trabajo intelectual. Se me
aseguró que trabajaba en un pueblo cercano a Moscú, en una fábrica de calzado.
Otros me dijeron que estaba tal vez en un campo de concentración. Nunca más
pude verlo.
Al día siguiente por la tarde llegué hasta Pokrowsky Varoda, a visitar a
Dorogan: se había cambiado y me dieron la nueva dirección. Le llevaba algunos
regalos procedentes del mundo capitalista, adquiridos en las realizaciones de los
almacenes de París. Chalecos tejidos de lana, calcetines, medias para su mujer,
boinas para las muchachas, y algunos grandes pañuelos de seda de colores
vistosos que, en aquellos tiempos, costaban diez francos en París, pero que eran
un maravilloso tesoro en Moscú. Estaba seguro de que les causaría verdadero
júbilo todo eso, muy especialmente lo que era un sueño para una dama soviética:
las medias de seda.
Me recibió la esposa de Dorogan, pero como si se hubiera olvidado por
completo de mí, de mi nombre y de mi persona.
—Soy yo, camarada, ¿no me recuerda? ¿En aquella aldea cerca del sovjoz
“Gigante”, después en su otra casa, hace cuatro años? ¿Cómo están Lena y
Natacha y Aliosha?
La mujer, que fuera siempre tan bondadosa en las anteriores ocasiones, se
mostraba confundida. Me miraba, retorcía la tela de su falda entre los dedos. Iba
de un lado a otro y mascullaba palabras que no llegaba a escuchar. Por último,
me dijo que Dorogan sólo llegaría en la noche.
Me fui pensando que Irina se había olvidado por completo de mí o que
estaba un poco atontada.
Regresé por la noche, y encontré allí a Dorogan y a sus dos hijas. Entré
saludando en ruso y en español, y con gran demostración de júbilo dejé mi
paquete sobre una mesa.
Dorogan me recibió de pie, con el puño derecho cerrado sobre su estómago y
con la izquierda crispada sobre el puño derecho. Estaba inmóvil y las dos
muchachas como estatuas detrás de él.
Habían crecido: estaban hermosas. La madre se escurrió sin decir nada,
siempre agitando sus dedos retorsivos... Se fue hacia adentro.
—¿A qué has venido...? —me preguntó Dorogan—. ¿Qué quieres?
El hombre habló con basteza; su tono era áspero, inamistoso.
—Dorogan —dije confuso y extrañado de la dureza de la recepción—, tú
fuiste siempre tan bueno conmigo que apenas llegué quise saludarte, lo mismo
que a tu mujer y a tus hijas. Les traje un pequeño regalito...; creí que te alegraría
que nos volviéramos a ver...
Y traté de sonreír...
Alto, con sus ojos claros y su cabello rubio rapado como un cepillo sobre la
frente, Dorogan permaneció inmóvil sin un ademán, sin un gesto. Comprendí
que mi visita molestaba... Sentí frío.
—¿Por qué has venido? —preguntó con tono implorante— Por favor, vete;
perdóname, pero me comprometes; por favor, no vengas más.
—¡Padre...! ¿Qué haces...? —le dijo Lena, trenzando los dedos de ambas
manos ¡No está bien...!
—¡Por favor! —dijo Dorogan—. Te ruego que nos perdones, pero vete; nos
comprometes. Eres extranjero y pueden acusarnos de cualquier cosa. Vete, no
quiero tener dificultades con el Partido, y no dejes nada, nada, por favor.
Cogió el paquete con sus dos manos y me lo puso sobre el pecho,
obligándome a tomarlo.
—Perdóname —volvió a decir con desesperación—, pero llévate tu regalo,
camarada; no puedo aceptarte nada, ni tu visita. Adiós camarada, cuídate, y te
ruego que nos perdones. Adiós.
Estaba de pie, transido de miedo, de asco, de pena. Brumosamente
comprendía lo que le pasaba a Dorogan. “No quiero tener dificultades con el
Partido”...; es decir con la NKVD, con la policía de Stalin.
Regresé al hotel, después de haber caminado una larga extensión a pie, con
mi paquete bajo el brazo. Pensaba si esto era todo lo que habían conquistado los
trabajadores rusos, los forjadores de la revolución, después de más de veinte
años de horrendos sacrificios: hambre, miseria y miedo. Miedo pavoroso, terror
animal.
Al atardecer del día siguiente llegó a mi habitación un hombre, que no
hablaba sino ruso; venía a convocarme a una reunión de parte del camarada
Jorge Dimitrov.
—Mañana, a las cuatro de la tarde, en punto —insistió—, y se fue
dejándome el pase firmado y sellado, con el que podría embarcarme en los
ómnibus que llevaban al edificio del Komintern, que estaba situado ya fuera de
Moscú, a más de una hora de marcha desde el hotel Lux.
Ami llegada al Komintern, en la Sección Latinoamericana, se me hizo
entrega de un papel grisáceo, que parecía papel de envolver. Se me citaba para
las tres de la tarde, en las oficinas de la Comisión de Cuadros del Partido, en el
Komintern.
Estuve a la hora en punto. Me recibió una mujer desdentada, de edad
indefinible, pues podía tener tanto cuarenta como cincuenta y cinco años.
Descuidada, con el pelo castaño lacio, caído en greñas sobre los hombros, las
uñas ornadas por un filete negro en los bordes, los dientes que aún permanecían
en su boca, de un color amarillento y con una gruesa capa de releje, con una fina
franja verdosa cerca de las encías, que parecían tumefactas. Sus ojos claros
poseían una mirada suave y eran lo único que reflejaba cierta frescura en aquel
rostro ácido, rugoso y malamente marchito.
La mujer se mostró áspera y seca. Empezó a llenar un formulario: nombre y
apellidos, edad, nacionalidad, veces que estuvo preso, partidos en los cuales
trabajó, sindicato al que pertenece, clase social de la que procede; situación de
los padres, su origen social, su ocupación, su fortuna, sus medios de vida, el
número de hijos, el parentesco en grado cercano con militares, con propietarios
de la tierra, con industriales, con prestamistas. Después, la mujer, los hijos, la
familia de la mujer, los amigos íntimos, las relaciones. Las preguntas se sucedían
escuetas y la camarada anotaba las respuestas. Le expliqué que esos mismos
datos los había suministrado ya muchas veces, junto con mi biografía —una
biografía extensa y documentada— a la Comisión de Cuadros y que además...
—¡Basta, camarada! —dijo con rudeza— ; aquí soy yo la que debe orientar
el trabajo y no tú. Somos nosotros los que disponemos lo que se debe o no se
debe pedir a los camaradas, y no tú.
Se suavizó un tanto, ante mi silencio, sonrió, con una sonrisa gelasina,
repugnante, e ironizó con maleficencia:
—¡Ah..., ustedes los intelectuales son gente sin remedio...!
Y en otra mueca, volvió a mostrar los alveolos vacíos y los sucios dientes
que aún le quedaban.
Por su tono sarcástico, por la forma áspera de tratarme, percibí que la política
de las esferas dirigentes había dejado de serme favorable. Recordé, oscuros y
punzantes, los presagios de Marcucci, y comprendí que iba a enfrentarme a
dificultades cuya magnitud no alcanzaba a medir aún. Continué dándole los
datos y comencé a tratarla en el mismo tono en que ella me trataba. Estaba
preparado para no dejarme intimidar por aquella maquinaria que se movía con el
propósito deliberado de fabricar tensión, de desarrollar angustia, de crear una
psicosis de miedo. No me dejaría quebrar fácilmente. A los sarcasmos de la
camarada Blagoieva repliqué con otros, que traté de hacer punzantes y abrasivos
como esmeril para ella.
—Hoy más que nunca —exclamó en tono sentencioso— debemos vigilar la
conducta de nuestros dirigentes responsables. El enemigo de clase acecha por
todas partes y el fascismo internacional desarrolla una intensa campaña de
corrupción. ¡Es increíble...!
—Si hubiesen actuado de esta manera antes, camarada —repliqué sonriendo
— la dirección del Partido Comunista alemán no habría caído tan fácilmente, en
la primera semana, en manos de la Gestapo. Ni Prestes se hallaría preso en
Brasil, ni la retaguardia de la República española estaría tan repleta de espías...,
de agentes de la quinta columna...
Apreté los dientes, la miré con fijeza: ella me devolvió la mirada, pero
reflejando un asombro que parecía admirativo. Se dio cuenta cabal y lúcida de
que yo no estaba dispuesto a dejarme arrancar la piel con mansedumbre.
Sonrió cachazuda y, moviendo algunos papeles del legajo que me
correspondía, dijo con amabilidad, por primera vez:
—Dicen que eres valiente.
—¿Y quién lo dice? —pregunté con aspereza.
—Tus datos..., los que tenemos aquí, en tu dossier... Se te considera como
uno de los dirigentes con mayor tenacidad... y valor.
—Todo comunista debe ser valiente —sentencié, preguntando a continuación
—: ¿Algo más, camarada?
—¿Tienes prisa? —interrogó con afabilidad fingida.
—Sí, tengo prisa, a las cuatro estoy citado por el camarada Dimitrov..., en su
oficina.
—¿Tú pediste la cita...? —requirió con extrañeza.
—No, fue él quien me mandó llamar... —y mi respuesta salió bañada en
burla, cierto que involuntaria.
—¿Fue él quien te hizo llamar? —repitió interrogando.
—Me parece haberle dicho con claridad, camarada, que fue el camarada
Dimitrov quien me mandó llamar. No pedí yo la cita.
Ingresó a la sala un hombre con la cabeza afeitada y brillante como si tuviese
grasa. No entró por la puerta principal, sino por una especie de abertura que
había en el muro y que semejaba un estante: era una puerta disimulada y
acolchada por detrás. El único batiente giró con sigilo total..., un sigilo que
asustaba.
Este truco —pensé— está hecho para infundir miedo, para hacer una
comedia de misterio. Me puse de pie y saludé a aquel hombre.
La camarada Blagoieva lo presentó:
—El camarada Bielov, dirigente de nuestro Partido..., destacado en el
Komintern... Camarada Bielov..., este es...
—Sí sí... —interrumpió Bielov, expresándose en bastante correcto castellano
—. Pues... ¿y qué tal...? ¿Cómo estás, camarada? Ya te vi en Valencia, en el
Comité Central, y en Madrid estuviste en el Congreso de Escritores, con Ilya
Erhemburg y con ese francés católico... ¿Recuerdas...?
Como a través de una leve cortina de agua, evoqué los trazos fisonómicos del
coronel Popov, uno de los comandantes de la NKVD en España... ¡Sí, se parecía
a él...!
—¿Julien Benda...? —pregunté como lejano...
—¿Se llamaba así? —preguntó, enarcando jactabundamente las cejas—. ¿Y
ese otro que tenía miedo de las bombas...; uno alto, delgado, muy gentil...?
—¿Chamson...? —pregunté.
—Pues, camarada Blagoieva —comentó sin hacer caso de lo que había dicho
yo, sentándose en una butaca y estirando sus piernas calzadas con botas lustrosas
—, ese poeta se sacudía de miedo, se arrojaba de bruces sobre un sofá y decía
que sentía miedo, que era verdad...
—¿Y para qué fue a meterse allí entonces? —inquirió Blagoieva— ; habría
hecho mejor en quedarse donde no había bombas.
—Así son estos intelectuales... ¿Quién los entiende, querida Blagoieva...?
¿Pero quién...?
La insolencia de su manera de hablar me irritó.
—Ese hombre que tenía miedo —alterqué con firmeza— y que, sin embargo,
fue a España, sabiendo que bombardeaban y teniendo la certidumbre de que su
protesta iba a ser emitida en medio de bombas, es un poeta, un intelectual, como
fuera Henry Reine. ¡Ustedes saben, es claro..., quién fue Reine...! Amigo de
Marx y de Engels... Cuando Engels, en una de sus cartas a Marx, se queja con
acrimonia de las tropelías que Reine comete en el departamento donde vivían
juntos, Marx le responde que debe tolerarle, que los poetas son así, seres de
excepción, a quienes no se puede medir con la misma vara que al resto de los
mortales...
El hombre de la cabeza afeitada y engrasada se amostazó. Se movió en el
sillón, encendió un cigarrillo, que no tenía la boquilla rusa de cartón, eran
cigarrillos especiales, y carraspeó con fuerza, limpiándose la garganta.
—¿Así que tú crees que aquel poeta tenía valor...?
—Pero es claro —repuse con tono de convicción y entusiasmo—, sin duda
que lo tenía; se moría de miedo, sentía pavor, es probable. Y, sin embargo, estaba
allí protestando, presentándose con su miedo a cuestas, a combatir por la
libertad...
—¡La libertad... la libertad... Los franceses no piensan en otra cosa..., la
libertad...! —dijo con sorna Bielov, para preguntarme en seguida con sequedad:
—Tú eres un gran admirador de Malraux, ¿no es cierto...? ¿Le ayudaste
mucho en España...?
—Me parece un escritor de primera categoría en el mundo de hoy; no le
ayudé, porque no tuve oportunidad ni dispuse de ningún medio; consideré, sí,
que el Partido debió haber prestado más amplia colaboración a sus proyectos...
No se puede olvidar que Malraux fue el primer combatiente internacional por la
causa republicana... Se adelantó y dio el ejemplo a los que vinimos después...
—¿Qué te parece, Blagoieva...? —interrogó con socarronería Bielov—. Un
escritor burgués y trotskista da ejemplo a nuestro querido camarada.
—Yo entiendo que Malraux no es trotskista, ni stalinista..., ni comunista —
acometí, acosado por la acusación que se solapaba con torpe malicia tras
aquellas palabras— ; es un intelectual de avanzada...
—¡Gran amigo de los anarquistas y de los poumistas —interrumpió con
insolencia Bielov— y, dirigiéndose a Blagoieva, exclamó con bigardía: ¿Qué te
parece...; entiendes tú, camarada Blagoieva...? Para ser valiente, hay que tener
miedo... ¡Y para hacer bien las cosas, pues los comunistas deben tomar el
ejemplo de los escritores burgueses...! Así son estos intelectuales —añadió
despectivo—, con sus complicaciones, sus dramas y su conciencia borrascosa...
Carraspeó satisfecho, se alzó del sillón metiendo las dos manos abiertas entre
las correas que le sujetaban el pantalón, levantándose la falda delantera de la
rubashka negra; caminó, haciendo resonar los tacones de sus botas; se detuvo,
las frotó una con otra, produciendo un desagradable chirrido.
—¿Tomaste ya todos los datos? —preguntó a Blagoieva.
—Sí, sí, camarada —respondió Blagoieva, con afectada solicitud— ; aquí
están los que exige el formulario y además los que han sido solicitados
extraordinariamente... ¡Hará otra vez su biografía...!
—¿Has dicho toda la verdad? —me preguntó Bielov, frunciendo el ceño,
alzando el mentón y juntando sus manos por la espalda.
—Perdone usted, camarada —acentué—, pero creo que no debo aceptarle
que me pregunte así, tan tranquilo, si soy o no soy un mentiroso.
—Mira —dijo autoritaria y secamente—, aquí no se trata de hacer discursos;
ésta no es una sesión del Comité Central del Partido español, o chileno, o
peruano. Así es que no vas a hacer uso de tus facultades oratorias. Aquí debes
responder concretamente a las preguntas que tenemos que hacerte, sean cuales
fueren.
—Estoy dispuesto a responderlas todas —repliqué, esforzándome por
aparecer tranquilo y por dar fuerza a mis palabras—, pero tengo que exigir que,
mientras no se pruebe lo contrario, se crea que estoy diciendo la verdad.
—No..., no..., de ninguna manera —explicó el policía— ; no es que un
camarada sea mentiroso o que pretenda engañar. Pero, olvidos, recuerdos poco
claros, pequeñas exageraciones, deformación de los hechos. Nuestra
conversación va a ser larga, pero muy larga, camarada. Mucho más larga de lo
que tú imaginas, de modo que vas a tener que obsequiarnos mucha paciencia..., y
recordar, recordar mucho..., cada palabra sobre el caso de España... y sobre el
caso de Brasil...
Sentí frío en los hombros, una violenta contracción dentro del estómago y
una vibración helada dentro de la columna vertebral. Temí que mi voz cambiase
de inflexión o de tono, al hablar.
—No tiene por qué pedirme paciencia —dije con aplomo— ; me encantará
conversar todo el tiempo que quiera con usted, si con ello ayudo a la victoria de
la libertad sobre el fascismo.
El hombre de la policía se sacó las manos de la barriga y al sacarlas fuera de
su cinturón dejó ver una pistola en su funda. Creí que lo había hecho
intencionadamente. Se tendió casi sobre la muelle butaca y se disponía a decir
algo:
La camarada Blagoieva interrumpió sonriente, diciendo: —El camarada no
tiene mucho tiempo ahora, porque ha sido llamado por Jorge Dimitrov.
—¿Llamado por Dimitrov? —preguntó Bielov extrañado, hasta el punto de
reincorporarse y recoger sus piernas. Se alteró visiblemente y preguntó lo mismo
que la Blagoieva:— ¿Tú pediste la cita o él te llamó?
—Fue él quien la pidió... y él señaló la hora: hoy, a las cuatro. —Sonreí y
añadí con ostensible contento: dentro de catorce minutos; ni uno menos.
—Ya veremos —masculló—. El teléfono, deme el teléfono. Hola...
La camarada Blagoieva descolgó el audífono, dio vuelta al disco y se hizo un
largo silencio, mientras la mujer me miraba como queriendo saber qué pasaba en
mi interior.
Le pasó el audífono al policía. Habló en nombre de la Comisión de Cuadros,
explicó que se trataba de un caso delicado, muy importante y urgente,
remarcando las tres palabras, que se trataba de mi actuación política y de obtener
datos muy concretos.
Se oía distintamente la voz de la persona que hablaba al otro lado: era una
mujer; pero solo se entreoían trozos de sus frases. Respondía que, en efecto,
estaba citado; que la conversación estaba preparada con traductor y taquígrafo.
El policía insistió; volvió a subrayar la importancia del asunto y, ante la
negativa, exigió que se le preguntase a Dimitrov.
Pasaron minutos largos, lentos, acres.
Dimitrov hizo responder que los camaradas de la Comisión de Cuadros
hiciesen lo que recomendaban; o sea, aplazar sus preguntas para otro día.
La Blagoieva, que no había desprendido sus ojos del rostro del camarada
Bielov, lo miró significativamente. El hombre de la NKVD movió la cabeza,
encogió increíblemente el labio inferior, subiéndolo hacia arriba y marcándose
un par de gruesas arrugas, que iban hasta el nacimiento de su cuello toruno. Se
notaba que el hombre estaba sufriendo una decepción. Resopló, se acarició una
de las botas con la palma de la mano, y se rascó con la otra la nuca cerviguda,
mientras dejaba el audífono.
—Faltan aún algunos minutos —constató—. ¿Te entrevistaste ya con
Guralsky?
Disimulé lo mejor que pude mi pavor íntimo y respondí:
—No, no pude verle; me dijeron que no vivía más en aquella casa de Ozhod-
Niriat.
—¿Te urge mucho verle? —preguntó con sorna.
—Usted comprende que no tengo urgencia alguna —repuse recobrándome
—. Guralsky fue un excelente camarada y un buen amigo mío, en Sudamérica y
aquí en el Komintern. Es justo que tenga interés en verle y en abrazarle. Esto,
naturalmente, si es posible; si no voy a infringir ninguna disposición de la policía
soviética... o de la Comisión de Cuadros.
—Ninguna —respondió el policía, restregándose las botas—, ninguna, no te
preocupes. Sólo que nos llama la atención la cortesía que os gastáis vosotros, los
sudamericanos. Tan pronto como llegáis a Moscú, pues salís en busca de
vuestros amigos... ¡Salen de visita...! —acentuó, dirigiéndose a la camarada
Blagoieva ¿Lo sabías, Ola...? ¡Hacen visitas...!
—¿No es costumbre rusa? —pregunté en tono burlón—. ¿O las visitas a los
amigos contrarían las normas socialistas?
—Te burlas, ¿eh? —exclamó, mirándome fijamente y colérico, aunque con
una cólera agolletada, que se esforzó por hacer insuspicable.
—No —respondí, alargando la sílaba—, no me burlo; trato de orientarme
solamente, y le miré de frente, con fijeza.
Se puso de pie, respiró larga y hondamente, y, plantándose delante de mí
preguntó:
—¿Qué regalos le trajiste a Dorogan?
Fue como si me hubiesen introducido una aguja ardiente entre la piel y la
uña; creo que hasta di un salto y perdí todo control.
Hice lo posible por enumerar despacio las prendas que había traído como
obsequio y que Dorogan no había querido recibirme: chalecos y guantes de lana,
tejidos; pañuelos para la cabeza o el cuello; medias de seda..., chucherías...,
cosas muy baratas..., unos cuantos francos... ¡Ah...!, un par de boinas para las
chicas... ¿Les gusta tanto...?
—Al cruzar la frontera... —inquirió— ¿declaraste que introducías todo
aquello...?
—No declaré nada, porque nadie me pidió ninguna especie de declaración
sobre el equipaje; esta es la tercera vez que entro en la Unión Soviética y jamás
he hecho ninguna especie de declaración sobre equipaje. Además, puse la valija
a disposición de los aduaneros, y se trata de una pequeñez, un pobre regalo.
Quizás dije algo más; toda mi conciencia estaba empeñada en dominar el
miedo físico, que me invadía como una epilepsia.
Se calló largo rato, mientras se frotaba la barba con los dedos de su mano
derecha; extendió el brazo, miró el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca y
dijo:
—Van a ser las cuatro; debes acudir a la cita con el camarada Dimitrov. Te
llamaremos después; ya te llamaremos.
Comprendí muy bien la amenaza fría que encerraban tales palabras. Sabía ya
hasta dónde podía negar, hasta dónde llegaba la NKVD, cuando iniciaba la
persecución de una persona. Y en el interrogatorio, frente al jefe policial
destacado en el Komintern, sentí sobre mí la irritación de Manuilsky —por lo
que Marcucci me revelara— y la mano, que era garra, de la policía staliniana.
Pensé en mi mujer, en París, en el niño que iba a nacer, y aumentó mi miedo
a ser liquidado en Moscú.
El policía se paseó y, con el rostro vuelto hacia el muro, dijo:
—Ya te llamaremos, camarada. Hemos de conversar largo; —y volviendo la
cara hacia mí, añadió: sobre ti y sobre tus amigos...; sobre tu bonapartismo.
—¿Mi bonapartismo? —pregunté, sonriendo y extraviado, dominando mi
temor interno.
—Ya hablaremos..., camarada —reiteró, con un acento como si pretendiese
cantar— ; ahora, vete..., te está aguardando Dimitrov, no le hagas esperar.
Me dirigí a la puerta y apenas la había traspuesto, el policía ordenó a
Blagoieva:
—Llame a Manuilsky.
Me marché por el ancho pasillo, como pisando sobre la corteza de un
pantano, como andando sobre un tremedal. No tenía la sensación justa de la
distancia entre mis pies y el pavimento. Estaba seguro de que era espiado,
seguido, vigilado, cual si fuese el mismo comunista que vivía a salto de mata
bajo la dictadura criolla de los tiranuelos de América Latina.
Humillado, con el espíritu paralítico, ingresé en la amplia sala donde
trabajaba Dimitrov.
El búlgaro no me hizo demostración alguna de cordialidad; estuvo afable
pero indiferente. Me habló como si reanudásemos una conversación iniciada la
víspera. Me encareció hablarle con plena franqueza y sin temor...; sobre todo
esto: sin temor alguno. Me pareció que lo notaba.
Hablamos de España; del desastre que yo veía inminente e irremediable; de
la corrupción del Partido, de sus errores, de su gran festival de bellaquería y de
picaresca clásica. Me hizo hablar, exponer toda mi opinión durante dos horas
largas.
Tras un silencio espeso y largo, Dimitrov se detuvo con toda su corpulencia
ante la ventana, descorrió la cortina y retornó al centro del salón.
—Las versiones coinciden... ¿verdad camarada Lukacks? —preguntó a su
secretario y traductor al francés— y sin esperar asentimiento, me aconsejó
insinuante: será mucho mejor que no hagas ningún comentario, en absoluto, con
ninguno de los camaradas; compréndeme bien: no debes hablar de esto con
nadie.
Reinició su interrogatorio sobre mis opiniones personales en lo relacionado
con las causas profundas del desastre en lo que concernía a la tragedia de
Marcucci, como él mismo la denominó, en lo que él dijo antes de matarse, en
mis relaciones con los otros dirigentes: Togliatti, Gotwald, Martí, Longo,
Codovila..., en lo que yo mismo pensaba de los anarquistas y del Poum. Reiteró
la obligación que tenía de ser franco. Esta vez se mostraba cordial; estaba
emocionado hasta la fraternidad.
Hablaba con patetismo y con profunda emoción; llegó un momento en que
me retorcí las manos y las lágrimas asomaron a mis ojos, al tiempo que se me
enronquecía la voz. Me hizo callar y ordenó que nos trajeran té, un refrigerio. Se
tornó bondadoso y me golpeó el hombro...
Hablé como en una larga y amarga confidencia y se lo llegué a decir; le referí
mi desesperación, el dolor de la muerte de Marcucci, el agobio por el
fusilamiento de camaradas honrados, limpios, heroicos..., y la situación horrible
de mi mujer, sometida a un sacrificio estéril, que se hacía criminal, y el niño que
esperaba, y mi desfallecimiento...
Dimitrov se había conmovido; hubo momentos en que apretó los puños;
maldijo en ruso, lo que comprendí; y terminó asegurándome que me ayudaría,
que ordenaría inmediatamente que mi esposa saliese de Barcelona y que la
auxiliasen en París. Pero yo debía hacerle antes algunas promesas.
—Ninguno de los éxitos en Chile —sentenció— te pertenecerá en lo menor:
todos los triunfos serán adjudicados públicamente a los dirigentes chilenos; serán
ellos y no tú quienes recibirán el aplauso de la Internacional en pleno. Así lo ha
decidido..., lo hemos decidido —rectificó— con el camarada Manuilsky.
—No harás ningún comentario, ninguno, ¿entiendes...? ninguno, sobre
Brasil. Y si se discute la cuestión, pues guardarás silencio. ¡Ni una palabra, ni
una...! Y en cuanto a España, a la guerra, al Partido español, a sus dirigentes, a
los delegados del Komintern, a la suerte de la República..., pues... nada, ni una
sílaba...
Aquello era una capitulación; capitulación solicitada allí dentro de la sala
como un favor; pero, afuera estaba la zarpa... y, además, me había prometido
ordenar que mi mujer saliese de España. De otro modo, ya estaba vencido, ya no
tenía fe... ¿Qué más daba...?
Cuando Dimitrov dio por terminada la entrevista, eran las nueve de la noche;
todos los ómnibus del Komintern habían partido. Debió ordenar que se me
condujese en automóvil hasta el hotel Lux. Él mismo firmó la tarjeta que
ordenaba mi salida del edificio y que disponía asimismo que se me
proporcionase un abrigo de pieles, un automóvil y una habitación en el Lux.
Lukacks, el secretario, me condujo fuera y me indicó el lugar donde debía
aguardar que me recogiese el vehículo.
De entre la sombra surgió Bielov. Y no sentí temor al verle. ¿Qué tal,
camarada? —preguntó con voz amigable—, ¡Fue larga la entrevista...!
—¿Qué le parece, comandante Bielov —le dije con desfachatez, a pesar de
que el frío me hacía tiritar—, una conferencia de más de cinco horas con el
Presidente de la Internacional Comunista?
Bielov sonrió y me dio palmadas cariñosas en la espalda.
Llegó el chofer y le presenté la tarjeta, que tomó Bielov, subiendo después de
mí al automóvil y leyéndola con curiosidad.
—Esta tarjeta es histórica —dijo mientras el auto partía— ; está firmada por
el propio Dimitrov. No sucede nunca, quizás es la primera vez. ¡Es un verdadero
privilegio...! —acentuó.
—Cierto que es un privilegio, camarada; eso quiere decir que estoy con
suerte o que la mía en Moscú empieza a cambiar favorablemente.
El camarada Bielov volvió a aspaventar con su risa, que esta vez parecía fluir
franca e insospechable. Me inundó una sana y luminosa alegría, y reí contento de
vivir, de seguir viviendo, arrebujándome en el holgado abrigo de pieles que se
me había proporcionado.
—¡Empieza a cambiar favorablemente...! —repitió abemoladamente y
palabra por palabra el hombre de la NKVD. Sacó un cigarrillo y me invitó a
otro, los que encendimos, mascullando cumplidos.
Lancé con vigor una gruesa bocanada de humo y reiteré:
—Aunque le sorprenda o no le agrade a nuestra camarada Blagoieva —y
volví a reír en acordancia con él.
Luego, en mancomún, nos refugiamos en el disimulo de una dormitación
amodorrada, cual si nos dejásemos ganar por la anestesia de la velocidad del
auto, que rodaba raudo sobre la carretera, como acunándonos.
Al detenernos y bajar a la puerta del hotel Lux, el camarada Comandante de
la NKVD no era el mismo hombre áspero que había encontrado en la tarde, en
las oficinas de la camarada Blagoieva, en la Comisión de Cuadros. Al
despedirnos, amables y cordiales, me ratifiqué en el agradable pensamiento de
que mi vida se escurría entre los pliegues sedosos, aceitados, de la ancha zarpa
implacable de la constrictora NKVD.
Sentí como que la zarpa se abría... y me aflojaba...
La garra de la “Yezhovshina”
35
La Rusia Soviética entera vivía en aquellos días empavorecida bajo el
espectro sanguinario de lo que los comunistas denominaron la Yezhovshina,
palabra derivada del nombre del insano comisario de la Policía Secreta, Iván
Yezhov, sucesor de Yagoda y antecesor de Beria. Fue verdugo y luego víctima de
Stalin, y el que asesinó a mayor número de comunistas en la historia de las
purgas.
No me asignaron labor alguna dentro del aparato del Komintern. Cuando
reclamaba, me recomendaban no ser impaciente. Esta vez no ocupaba la suite de
privilegio en el Lux, sino una habitación de cuarta categoría, con cuatro
habitantes, en una pieza de 4 × 4. Vagaba por las habitaciones de los
latinoamericanos, españoles y franceses. Conversaba largamente, sobre todo con
el comunista cubano Aníbal Escalante, con el chino Van Ming, y me pasaba
horas enteras en la Biblioteca Lenin. Ni de visita viajaba hasta el edificio del
Komintern, situado a unos treinta kilómetros de Moscú.
Un día encontré, prendida en mi almohada, una citación en papel amarillo.
Me convocaba la Comisión de Cuadros a responder a las preguntas de Bielov y
de la Blagoieva, otra vez, a las diez de la mañana.
Me hicieron escribir, de nuevo, mi biografía. Conforme iba escribiendo, la
iban comparando con las escritas por mí anteriormente y que conservaban en el
archivo. Sobrevinieron los interrogatorios sobre las lagunas, sobre los lapsos que
no estaban ampliamente descritos, sobre los olvidos actuales o pasados. Había
anochecido y yo continuaba, con los dedos agarrotados, ampliando los pasajes
solicitados. Se turnaron los interrogadores hasta pasada la medianoche, en que
volvió a aparecer Bielov. Sus preguntas se concentraron en la parte de la
biografía que transcurrió en España. La mayor insistencia machacaba sobre las
relaciones que existieron entre Marcucci, Andrés Nin, Durruti y yo. Y el
interrogatorio duró hasta pasadas las dos de la mañana.
Bielov me hizo salir de las habitaciones y me dejó en el corredor. Se marchó
y, minutos después, oí el ruido del coche que le llevaba a la ciudad. Un guardián
me notificó que no podía quedar nadie dentro de la casa, lo que me obligó a salir
al campo, ya que el edificio se alzaba solitario en medio de un páramo. Allí
permanecí hasta la mañana, cuando llegaron los autobuses. En uno de ellos
regresé a Moscú.
En el hotel me encontré con una citación del comandante. En la comandancia
encontré mi valija y la notificación de que, a partir de aquel momento, yo debía
dormir en el sótano, en el gran colectivo de la servidumbre. Se me quitaron los
boletos para las comidas y se me dieron otros, cambiándome de comedor. En el
sótano, marcado con tiza, estaba asignado el trozo de suelo que podía ocupar.
Dormían allí unas ochenta o cien personas, hombres y mujeres. En las noches
estallaba allí una promiscuidad sexual de tipo zoológico.
La primera noche dormí sobre los ladrillos; la segunda recibí, como obsequio
de los habitantes de la pocilga, grandes puñados de paja, con los que formé un
colchón de no mucho espesor, pero que me defendía de la dureza y del frío de
los ladrillos.
Sobre el muro donde se me había señalado la yacija había un clavo grueso,
donde ensartaban los papeles amarillos de las citaciones de la Comisión de
Cuadros. Desde entonces, los interrogatorios no se me hacían en el local del
Komintern, sino en el segundo piso de la Lubianka, la temida prisión moscovita.
El corredor donde se me hacía esperar era ancho y de unos sesenta o setenta
metros de largo, con puertas a un lado, que daban hacia sendas habitaciones, y
ventanas al frente, que recibían luz de un patio. Citado a las siete de la noche, me
presenté algunos minutos antes, mostrando el propuskaya o salvoconducto.
Busqué el número de la oficina y, cuando el reloj marcó las siete de la noche,
toqué la puerta. Inmediatamente la abrió una mujer pelirroja, de rostro pecoso,
duro y descarado.
—Buenas noches, camarada. Estoy citado a las siete de la noche por la
Comisión de Cuadros...
—Está bien... eres puntual... ya sabemos. Pero está terminantemente
prohibido tocar las puertas. Jamás vuelvas a tocar. Espera de pie al centro de este
corredor, que te llamarán por tu nombre.
Me cerró la puerta en las narices, no sin antes señalar con el índice,
autoritariamente, el lugar donde debía permanecer de pie.
Dieron las diez de la noche sin que me llamaran. Oí dar la medianoche y la
una, las dos, las tres y las diez de la mañana del día siguiente. Intenté recostarme
en el muro, pero apareció un soldado armado de fusil. Con la bayoneta calada,
me la colocó tras la espalda, obligándome a ubicarme en el centro del pasillo. A
lo largo había varias personas, que estaban en la misma situación que yo. A
mediodía vi uno que caía de cabeza, quedando tendido, hasta que le recogían en
una parihuela, de las que la milicia utilizaba para recoger a los borrachos en las
calles, y se lo llevaban. Pensé firmemente que no debía caerme.
A las ocho de la noche del día siguiente de la cita me hicieron ingresar en
una habitación alargada, tapizada de verde, bien amueblada. Se me ofreció una
silla frente a una ancha mesa. Sobre ella iluminaba un potente reflector que mi
preguntante lanzó sobre mi cara, ordenándome permanecer quieto. Desde la
sombra comenzó a interrogarme.
—¿Cuál fue la última vez que te encontraste con el agente de Franco?
—Jamás tuve contacto con ninguno —respondí con desprecio.
—Sabemos que eres terco y que seguirás negando. Pero eso no hará sino
perjudicarte. Así como hoy tú, comenzaron Zinoviev, Yagoda, Radek,
Bukharin... Pero todos terminan confesando y pidiendo que se les aplique el
castigo que merecen sus crímenes.
El interrogatorio se repetía sobrecargado de estupidez, necedad y bellaquería.
Comprendí pronto que era un trabajo psicológico para conducir al interrogado al
embrutecimiento y a la desesperación.
Habrían pasado dos horas de preguntas, cuando apareció otra persona para
reemplazar a la primera. Era una mujer, entre los treinta y los cuarenta años.
Sonreía cuando hablaba. No sólo era menos presuntuosa y agresiva que su
antecesor, sino que era suave y amable. Me ofreció un vaso de agua y un
cigarrillo encendido. Bebí largo y me sirvió otro vaso. El cigarrillo me produjo
mareo. La mujer dijo dulcemente:
—Conmigo, camarada, no habrá interrogatorio. Sé que cuando nuestros
militantes cruzan una crisis, es obligatorio ayudarles. Por esto, quiero
conversar...; un diálogo amigable.
Habló largamente sobre la situación de España, sobre las condiciones de la
guerra, las dificultades en la retaguardia, las debilidades en el frente. Conocía
bastante bien la situación. Le hice algunas rectificaciones que aceptó de buen
grado. Llegó a la muerte de Durruti, a mi amistad, a la impresión que me había
causado su fallecimiento. Luego a la muerte de Andrés Nin, al suicidio de
Marcucci.
Conocía detalles asombrosos, llegando a darme las marcas del vino que
habíamos bebido con Durruti y los lugares donde habíamos comido juntos.
Hablé con ella de los sucesos, con cuidadosa objetividad. Evadí con firmeza
mis estados de ánimo, mis reacciones, el trasfondo de mi pensamiento.
Entró muy discretamente en el campo del interrogatorio, engarzándolo con
sutileza con el tema de la conversación. ¿Qué opinión me merecían Durruti, Nin,
Marcucci...? ¿Cuáles eran mis sentimientos respecto de cada uno de ellos...?
¿Cómo era psicológicamente cada uno...?
No había ostensiblemente ningún micrófono. Pero estaba seguro de que se
nos estaba grabando con alta fidelidad.
Se fue la mujer, sin obtener más que generalidades. La reemplazó un hombre
adusto, que apareció ante mí con estudiada severidad. Apagó la luz del reflector,
que me hacía lagrimear en abundancia, y corrió las cortinas, dejando entrar la luz
del sol.
Abrió su portafolio, extrajo papeles que puso ante su vista... leyendo.
Arrugaba el entrecejo y simulaba preocupación. Alzó los ojos, mirándome
fijamente.
—Es menester que esclarezcas las lagunas, las contradicciones, las
omisiones que hemos constatado en las diferentes biografías que has escrito.
Hemos realizado minuciosas confrontaciones y hemos formulado un
cuestionario al que debes responder. Comenzó a preguntar y, al tocar cierto
punto de su confrontación, le dije:
—Me olvidaría.., no recuerdo..., no siempre puede uno tener presente todo...
—Es claro que es un olvido..., pero lo que a nosotros nos interesa no es tu
disculpa, sino conocer cuál es la causa profunda, cuál el motivo por el cual te
ocurrió ese olvido. Nadie, jamás, olvida porque sí...
En ese tono, hablando despacio y con voz abemolada, prosiguió preguntando
hasta muy avanzada la mañana. Sacó lápiz y papel, y me pidió que escribiera mi
biografía, sin tomar notas ni guardar apuntes.
—¡He escrito ya tantas autobiografías! —murmuré.
—Cuando se trata de personas importantes, jamás una nueva biografía está
de más.
Me dejó el jarro con agua, unos cuantos cigarrillos y se marchó. Escribí
detalladamente, respondiendo al cuestionario y luego comenzando otra
autobiografía. Los dedos de la mano derecha se me agarrotaban dolorosamente.
Ya no podía llenar un nuevo renglón; había escritas unas cuarenta cuartillas y
oscurecía, sin que supiese dónde encontrar el interruptor de la luz. Me dormí
reclinado sobre la mesa, hasta que ingresó una nueva persona en la habitación
totalmente iluminada.
—¿Has terminado, camarada? —preguntó cortésmente.
—No, porque se acabó la luz y no sabía cómo encenderla.
—Comprendo. Terminarás cuando se te cite de nuevo. Puedes marcharte. Me
firmó el propuskaya que debía presentar a la salida.
Esta ominosa y desesperante situación duró una y otra y otra semana. Se me
dejaba de citar un tiempo indeterminado, para convocarme luego dos, tres, cinco,
diez días seguidos. Vivía con la obsesión del papel amarillo en el clavo oxidado
sobre el muro descascarado.
Comencé a meterme en la conciencia la idea de que debía poner término a la
pesadilla. Me negaría a responder las preguntas, no escribiría una línea más de
autobiografía, injuriaría a los interrogadores, les arrojaría encima cualquier
objeto. Provocaría el desenlace..., me tendrían que pegar un tiro.
A la nueva citación, tras una espera de más de treinta horas, de pie, desarrollé
la escena tal como la había pensado. El interrogador, esta vez, era un individuo
procaz, que se esmeraba en ser soez. Le repliqué agresivo en el mismo lenguaje,
doblándole en insolencia y agresividad, lo que le desconcertó. A una nueva
interjección suya, le lancé el vaso contra su cabeza y levanté en alto el jarro de
agua. Pese a su obesidad, esquivó el proyectil y se metió debajo de la mesa.
Seguramente hizo sonar alguna alarma, porque en forma fulminante ingresaron
cuatro individuos en la habitación. Uno de ellos me arrebató el jarro y me dio un
golpe sobre el cuello, derribándome. Me arrojaron agua fría sobre la cabeza.
—No le hagan nada —ordenó alguien—, déjenlo allí.
Se fueron todos, dejándome tendido en el suelo. Quedé dormitando, no sé
cuánto tiempo. Sentí que me sacudían suavemente por el hombro. Me senté y vi
de pie a la mujer del segundo turno del primer interrogatorio. Con la dulzura del
primer día, me dijo:
—¿Por qué has hecho esto...? No harás sino agravar tu pobre situación...; tú
mismo tienes la culpa.
Me puse de pie y pregunté: ¿Por qué?
—Siéntate, debes estar fatigado..., cálmate. En uno de tus interrogatorios,
hace cuatro o cinco semanas, dijiste que las tropas de Franco avanzarían hacia el
Mediterráneo y cortarían en dos al territorio de la República. Lo que se quiere
saber ahora es cómo lo sabías...
—¿Que lo sabía? —dije con sarcasmo—. No podía saberlo..., era una
deducción terriblemente lógica. Se le habría ocurrido a un cretino..., hasta a
cualquiera de los miembros de la policía soviética.
—Modérate..., no hables de ese modo conmigo. Sucede que tu predicción se
ha cumplido. Las tropas de Franco han tomado Tarragona..., están en la costa del
Mediterráneo.
—Pues, entonces, mi deducción era justa.
—¿Quieres decir que tienes el carisma de la profecía...?
—Hay cosas que se pueden predecir sin ser profeta. Marx vaticinó que los
franceses derribarían la Columna de Vendome a la caída de Napoleón III.
—No es lo mismo...; en todo caso, tú no eres el camarada Marx... Sea como
fuere, tu situación se complica..., camarada...; quizás hoy sea la última vez que
regreses al Lux...; la próxima vez te alojaremos aquí.
Me levantó, pasándome el brazo por la espalda, y me acompañó hasta el
corredor, poniéndome en la mano el salvoconducto sellado, para que me dejasen
salir.
En la calle tuve náuseas, llegué al subterráneo y me derrumbé sobre la paja,
pensando que en un par de días, en menos de una semana, sería el fin.
No pude dormir. Divagaba: mi mente se llenaba de cosas sin importancia, de
recuerdos que no servían para nada. En un estado entre la vigilia y el sueño,
tomé conciencia de que en el subterráneo penetraba la penumbra del amanecer.
Las gentes comenzaron a moverse, a vestirse, a parlotear, a salir. De pronto,
alguien estaba cerca de mí, llamándome por mi nombre.
Me erguí frente a él y reconocí al comunista cubano Aníbal Escalante.
—Tienes que venir conmigo —ordenó.
Me tomó del brazo y me condujo hasta la salida del subterráneo. Quise
preguntarle algo, pero subí las escaleras en silencio, como si me llevase ya a
morir y a descansar. Salimos y Escalante dijo:
—Pero qué flacura, qué barbaridad...
Caminamos hasta el ascensor, mostró los papeles por ambos, y me llevó a la
salita de la suite que ocupaba en el último piso del Lux. Me hizo sentar, sin que
preguntara nada, evocando los días de mi apoteosis de “Héroe de la
Internacional Comunista”.
La mujer que estaba con Escalante preparó un café cubano legítimo, sirvió
pasteles y jugo de fruta, huevos fritos con jamón y una tajada de melón
fresquísimo. Era un desayuno burgués, de dirigente comunista.
—Te he venido a buscar para llevarte a hablar con el camarada Dimitrov...
Tienes que bañarte, afeitarte, cambiarte de ropa...
Mi reacción inmediata fue de cólera.
—¿Dimitrov...? —interrogué— ¿Y qué quiere conmigo...?
—Si él te llama, no será para someterte a un interrogatorio.
—Ni para hacerme escribir la milésima biografía.
Un par de horas más tarde estaba en el amplio y elegante despacho del
presidente del Komintern. Me recibió Luckacks, su secretario, con quien nos
conocíamos bien. Me condujo hasta un sillón y me sepultó en él suavemente.
Cuando entró Dimitrov no pude ponerme de pie, más que todo a causa del
sillón. Dimitrov, avanzó sujetándome por los hombros, impidiendo que me
pusiera de pie.
—No hace falta..., continúa sentado... ¿Cómo estás...?
—Ya lo ves...
—Pero ¿cómo es posible que hagan esto con nuestros mejores camaradas...?
Esto es indigno de comunistas.
Íntimamente sentía que Dimitrov estaba representando un sucio paso de
comedia. Sentí vehemente deseo de decírselo, pero me lo reprimió el instinto de
conservación. Me había nacido una llamita de esperanza.
Entró una chica del servicio, trayendo té caliente y bizcochos calentitos.
—El camarada Dimitrov te ha hecho venir para consultarte un asunto de
mucha importancia —dijo Luckacks, para romper el hielo.
—¿Consultarme... a mí... en estas condiciones...? —dije irritado.
—Domínate y escucha... —repitió con suavidad Luckacks.
Habló Dimitrov, con su calma rutinaria. Habían llegado los dirigentes
comunistas del Partido Comunista de Chile..., y ellos pensaban que el Frente
Popular perdía la elección presidencial.
Era necesario que les oyera. Su exposición parecía realista y lógica: el Frente
Popular iba a ser derrotado. La consigna fabricada por mí “y el próximo
Presidente de Chile, por primera vez en la historia, será un radical” iba a resultar
falsa. Me pidió que aguardáramos a los chilenos.
Dimitrov habló sobre el desastre de España y me hizo algunas preguntas a
las que no respondí. Comprendió y tomó el tema de la frustrada insurrección en
el Brasil, de la prisión de Presotes y de Ghioldi, de la desdicha de Berger, el
alemán.
—Nunca hemos sentido mayor admiración por ti. Recordaba tus vaticinios y
comprobábamos la inmensa razón que tenías...
—Fracasó la insurrección y ahora va a fracasar el Frente Popular —dije con
sorna.
—Contigo no fracasará, dijo con vehemencia y con fe.
—¿No has perdido la fe en mí...?
—Al contrario..., muy al contrario —replicó.
—¿Y entonces...? —pregunté como acusando.
Ordenó que hicieran pasar a los chilenos. Elías Lafferte, Galo González,
Raúl Barra Silva. Se admiraron de verme esquelético.
—Estuvo muy enfermo —dijo Luckacks—, pero ya pasó lo peor.
La frase me tocó vivamente. Quise pensar que quizás se trataba de una media
verdad y la segunda parte podía ser cierta.
Los chilenos hicieron ante mí, y para mí precisamente, una larga exposición,
la que salpiqué con mis preguntas. Sentí la voluptuosidad suma, en medio de mi
desdicha, de emplear el método socrático que tantos éxitos me diera en mi labor
de formación de cuadros. Los ponía contra el muro y les dejaba en aprietos.
Todas mis preguntas se enderezaban a torturar a Dimitrov, quien —lo sabía yo—
estaba sufriendo por el destino de su carrera. Manuilsky había fracasado con su
defensa de la insurrección en el Brasil. Él también se iba a poner a su nivel, con
el fracaso del Frente Popular en España y ahora en Chile.
Llevé a los chilenos al terreno que sabía dominaban magistralmente, de lo
que llamaban “la voz de las cifras”, o sea los porcentajes electorales de cada
partido. Descubrí que allí residía la fuerza del razonamiento de los chilenos, la
que me interesaba acentuar, para elevar la cotización de mi importancia ante
Dimitrov y para alimentar mi esperanza de escapar de la Yezhovshina, de la
Unión Soviética, del Partido Comunista.
Cuando terminaron, dejé, a propósito, que se produjese una pausa excesiva.
La rompió Dimitrov, con nerviosismo, preguntándome:
—¿Qué dices, camarada...? ¿Qué podemos hacer...?
—¿Usted mismo cómo ve la situación? —le pregunté, cargando el acento en
el “usted”.
—Por el informe de nuestros camaradas chilenos, la veo perdida. Ganará la
derecha... Ross Santa María... Pero tú ¿qué dices...?
Sentí que sobre mi frente aleteaba de nuevo el ala de la victoria.
—No sé si mi opinión pueda tener alguna validez en la situación en que me
encuentro..., en mi enfermedad, como dijo el camarada Luckacks —inquirí, con
deliberada alta dosis de sarcasmo.
Dimitrov me refutó con sus elogios, los que dejaron asombrados a los
chilenos. Me rogó que reaccionara positivamente, sin resentimiento ni rencor...
Se trataba del Partido, de la Internacional, de él... En ese momento ingresó al
salón Manuilsky... No hice ademán de moverme. Él me saludó efusivo y como si
me hubiese visto la víspera. Hablé con seguridad:
—Si los camaradas chilenos dirigen la elección, el Frente Popular perderá,
como lo han comprobado aquí. Si la operación electoral la dirijo yo..., el Frente
Popular Chileno triunfará...
Detrás de estas palabras hervían los pensamientos de impresionar a aquella
gente, a la que detestaba, asegurar mi fuga y escapar de la Unión Soviética.
Intervino Manuilsky, con socarronería:
—Resulta que nuestro camarada tiene una gracia carismática. Él es capaz de
hacer lo que compañeros iguales o superiores a él no son capaces de realizar.
—Camarada Dimitrov —repliqué, desentendiéndome de Manuilsky—: es
claro que no tengo ninguna gracia carismática. Me siento el último en capacidad
de los que estamos aquí; pero cuento con una circunstancia favorable especial,
que me permite ganar donde nuestros camaradas chilenos van a perder
fatalmente. No soy yo, es la circunstancia.
Y me callé de nuevo, castigándoles con la pausa despectiva.
—Creo que ninguno de nosotros entiende, ¿verdad? —intervino Manuilsky.
—¡Yo sí..., Manuilsky! —lancé con insolencia—. Y veo tan segura esta
victoria como vi con claridad la derrota de la insurrección del Brasil.
Manuilsky hizo como si se estirase dentro del sillón... Yo proseguí:
—Creo que es obligatorio que esclarezca la circunstancia, que es mía y no la
de mis queridos camaradas chilenos.
Y dirigiéndome uno a uno, socráticamente, pregunté:
—Usted, camarada Lafferte, ¿qué quiere ser en esta elección?
—Senador por Antofagasta.
—¿Y usted, camarada...? —al otro.
—Diputado por Valparaíso.
—¿Y usted...? —al tercero.
—Diputado por Coquimbo.
—¿Y tú? —pregunté.
—Yo busco la reelección de diputado por Santiago.
Un buen silencio para el lavado de cerebro. Todos tenían clavados los ojos
sobre mí. En sus miradas había de todo, pero sobre todo... odio. Sentí que me
odiaban, porque había tenido la insolencia de volar sobre ellos como dueño de
helicóptero. Sólo Dimitrov tenía mirada de súplica. Hablé despacio y acentuando
el autoritarismo:
—Si yo fuese chileno, estaría en la misma situación. Cuidaría los votos de
mis electores por sobre el éxito de la elección. No haría nada que supusiera que
iba a disgustarles... Me guardaría mucho de alianzas pecadoras... en mi táctica,
en mis actos, predominaría la voluntad de mis queridos y necesarios electores, y
no la mía. No critico a los camaradas chilenos. Ellos tienen el deber de cuidar
cada voto y de alcanzar sus aspiraciones, ya que el Partido Comunista tiene
necesidad de representantes en el parlamento. Mi carisma, camarada Manuilsky,
es que no soy chileno..., soy extranjero en Chile, y no puedo aspirar a ningún
puesto electivo. Y esta impotencia es la clave de una gran libertad de
movimientos, de un gran menosprecio por la opinión del electorado vacilante.
Me daba cuenta de que mis palabras eran bebidas por todos, en especial por
Dimitrov. Volví a mi pausa psicológica, pensando que me estaba haciendo el
interesante, pero era lo que convenía para poder huir.
—Mi calidad de comunista extranjero, unida a la categoría de representante
del la Komintern —y esto es esencialísimo—, me permitirá realizar maniobras
electorales que nuestros camaradas chilenos no podrán desarrollar sin grave
peligro del triunfo de sus candidaturas.
Una nueva pausa, aparentando estar más fatigado de lo que realmente estaba.
Luckacks me alcanzó un vaso de agua, que rehusé. Después, uno de jugo de
naranja, que acepté. Apuré despacio la refrescante bebida, mientras las
respiraciones se escuchaban en la sala. Con forzada energía, sentencié:
—Yo, en Chile, trataré de negociar los votos del general Ibáñez.
Aquello fue Hiroshima. Dos chilenos se pusieron de pie para clamar:
—No..., no, eso nunca...; nos escupirían en la cara nuestros camaradas.
Los más viejos —Lafferte y Galo González— permanecieron sentados, pero
rechazando coléricos mi insinuación.
—Con perdón de nuestro camarada, a quien respetamos mucho..., eso es
oportunismo podrido. Con los ibañistas... nunca.
Sentía con agradecimiento que los chilenos me escanciaban el vino de la
victoria. Sin replicarles en nada, continué.
—Además, haría lo imposible por ganarme los cinco o seis mil votos del
Movimiento Nacional Socialista, los “monos” de González von Marés.
—¡Los fascistas...! —se escandalizaron los chilenos—. Son nazis,
camaradas. ¿Cómo puede proponer esto un camarada tan inteligente?
—Nazis chilenos, no alemanes —repliqué con cinismo.
Los cuatro chilenos hablaban al mismo tiempo, poseídos por santa
indignación.
Dimitrov les silenció, preguntando con voz ronca:
—¿Entre diecisiete y veinte mil votos... la victoria?
—¡La victoria...! —repitió con euforia Dimitrov.
—La victoria... es la voz de las cifras... —reconoció Manuilsky.
Intervino Dimitrov, hablando con solemnidad:
—Yo pido aquí que todos solicitemos el voto del Comité Ejecutivo del
Komintern, para que nuestro camarada vaya a Chile a dirigir las elecciones.
—Y el próximo presidente chileno, por primera vez en la historia, será
radical. ¡La izquierda, por primera vez, al poder! —grité como en una plazuela,
poniéndome de pie.
—Nuestro camarada, de paso a Chile, podría completar una importante
misión en España.
—Tendré particular interés en cumplirla, camarada Manuilsky.
Me convencí de que me había convertido en comediante hipócrita y cínico.
Pagaba el precio que me cobraban por dejarme vivir.
En la noche concurrí al gran salón vecino al paraninfo de mi apoteosis; pisé
las mismas alfombras, un poco más desteñidas. Me senté frente a la gran puerta
que había cruzado rumbo a la consagración.
Ante el Comité Ejecutivo en pleno estuve teatral, sobre estimado y con aires
de mandamás. Quizás disgusté a algunos. Pero, a la hora de la votación, todos
unánimes aprobaron que se me designase delegado del Komintern en Chile, con
amplios poderes para dirigir la campaña electoral, para concertar alianzas,
contraer compromisos, designar o retirar senadores y diputados. El Partido
Comunista Chileno debía reconocerme como el representante directo del
Komintern. De nuevo el mariscal partía en campaña, calzando las botas de la
victoria. Victoria que me interesaba secundariamente, ya que el primado lo tenía
la evasión, la escapada de la zarpa de la Yezhovshina, mi regreso a una vida a la
cual había ya renunciado sin resignación, y con asco y cólera contra mí mismo.
Pronunciada la votación, Dimitrov me invitó a cenar con los chilenos, con
Aníbal Escalante, con un comunista cubano, dirigente del sindicato de albañiles
de La Habana, que se hacía llamar Pérez. La invitación me repugnó, lo que notó
Escalante, para persuadirme diciendo:
—No hagas marchar el tiempo atrás con tu resentimiento.
Me volvió a iluminar la idea de la fuga. En la patria de los trabajadores me
sentía como enterrado vivo.
Dimitrov estuvo particularmente amable y elogioso. Después de la cena, me
condujo en su automóvil hasta el Lux, donde estaba dispuesta una suite igual a la
de mis días de gloria. El comandante me acogió con indecoroso servilismo, y los
chilenos se fueron deslumbrados por la suite.
Los contornos de la estafa
36
Mi partida fue fijada para nueve días después, que fueron más largos que los
de mi permanencia en el aljibe del castillo del Real Felipe. El plazo fue fijado
para emplearlo en conversaciones; pero, sobre todo, para pasar la mayor parte
del tiempo en el Hospital del Kremlin, sometido a un tratamiento intensivo de
recuperación.
Tres noches antes de mi partida, al regresar del Komintern, me encontré con
la sospecha de que alguien había ingresado a registrar mis habitaciones. Estuve
seguro de que eran los de la NKVD.
Me dormí soñando en el viaje. Debió ser medianoche cuando sentí que
alguien estaba en la habitación. Encendí la luz e iluminé el rostro del hombre
que ingresaba con paso felino. Era Dorogan, el ingeniero.
—¿Quieres pegarle a tu viejo camarada...? —dijo inclinándose, fingiendo
humildad.
—¿Qué te pasa..., qué quieres...?
—Pedir disculpas por mi cobardía...; todos los rusos la padecemos como una
enfermedad...; la cobardía es nuestra epidemia.
—No creo que seas cobarde..., eres un poco temerario. En cualquier
momento llegan aquí los de la NKVD y si te encuentran...
—No vendrán...; ya estás de nuevo en la gracia del padre de los pueblos, de
nuestro grande y glorioso camarada Stalin.
—Calla..., calla..., los micrófonos —dije con voz queda.
—Tus micrófonos graban cuando uno quiere —dijo en voz clara y
burlándose— ; vine hace varias horas a ver a mi hijo que vive aquí. Fue aviador
en España y a su regreso no tenemos lugar en casa para alojarlo. Y en su calidad
de subsecuente servidor de la gloriosa causa del comunismo —como su padre—,
pues tiene sus privilegios: vive en el Lux. El me dio el salvoconducto. Vine a
verte temprano y, como no estabas, abrí tu puerta con ganzúa y desconecté los
micrófonos: el de la sala, el del baño, el de debajo de tu cama. Como fui yo el
ingeniero que dirigió su colocación...
—Pero me vas a comprometer...
—¡Qué va, hombre...! Después que te haya dicho lo que quiero decirte, que
es una larga confidencia, los reinstalaré sin la menor huella de interrupción. Para
los micrófonos y sus grabadoras estás profundamente dormido...
—Me senté en la cama y él hizo lo mismo a los pies.
—Te agradezco que te muestres así, bondadoso y comprensivo. Mi mujer, tu
amiga Irina y mis hijas me pidieron que te diese disculpas. Yo les dije: no, no se
enfadará..., me escuchará... y, si se enfada, pues que se vaya enfadado hasta
América, maldiciéndome, en medio de sus alabanzas al maravilloso régimen
soviético y a nuestro ínclito camarada Stalin. ¿No es eso..., mi viejo?
Y explotó en una sonora carcajada, que contrastó con el tono de voz que
venía empleando. Volvió a parlotear con suavidad, diciendo:
—Tienes que comprender que estaba obligado a rehusar tus regalos y a dar
cuenta de tus visitas a la NKVD. No eres tonto y tienes que darte cuenta de la
forma en que ahora estamos viviendo en Rusia. La vida de un comunista no vale
ni esto —y sacudió la ceniza del cigarrillo que había encendido—, y la libertad
de un hombre y de toda su familia vale menos que una parte de esta ceniza. Así
estamos. Por eso tuve que dar cuenta a la NKVD, pues hace tiempo que he
tenido mis dificultades, bastante amargas... y, además, porque Aliosha estaba por
regresar de España. ¿Te acuerdas de Aliosha...?
—¿El pequeño?
—¿Pequeño...? —dijo con orgullo—. Si le vieras...; un muchachote
magnífico, gran aviador; fue a España a probar nuestros aviones de combate. Ha
regresado y está aquí..., aquí en el Lux. He venido a visitarlo; y como sabe que
ahora me agrada un poco el vodka, pues me tenía buena provisión, además de la
que yo traje. Después de conversar mucho con él y con varios amigos, pues me
dije: voy a ver a éste, que debe estar enfadado conmigo...; veré si ha obsequiado
mis regalos...
Y rió jubiloso, ahogando su risa. Sin pausa continuó:
—Cuántos deseos he tenido de hablarte con la misma sinceridad de aquella
otra vez. ¿Lo recuerdas...? ¡Qué lejos está eso...! Quería explicarte y que me
comprendieras, como amigo; quería hablarte de cosas que no es posible hablar
con los rusos: ni siquiera con Aliosha, ni con mis hijas, ni con mi mujer; con
nadie... ¿Comprendes? Con nadie. Y ahora, al fin, he venido a verte y a pedirte
que no me guardes rencor.
—No —repuse—, ¿por qué había de guardártelo? Hay cosas tan extrañas
aquí que ya nada me sorprende; ustedes los rusos se están muriendo de miedo.
—¿Miedo...? —preguntó—. Sí, tienes razón. Pero piensa tú que debía llegar
mi Aliosha; yo no sabía las condiciones en que llegaría o en que sería recibido.
No sabía nada. Sólo me había informado de que algunos aviadores que enviaron
de aquí a España, a probar nuestros aviones de guerra, fueron enviados a los
campos de concentración a su llegada; a algunos los fusilaron sin más. De otros
no se ha vuelto a saber nada.
—Pero ¿cómo puede ser posible todo eso? —pregunté con amargura.
—¡Así es, amigo mío, así ha sido! Unos dicen que es porque hicieron
comparaciones entre el nivel de vida que tenemos los rusos y aquel del que se
quejaban y contra el cual protestaban los españoles. Otros porque habían traído
ocultos algunos regalos de cierto valor. En fin, se dicen tantas cosas y nadie sabe
nada. Lo único que se sabe ya bien claro es que no están vivos.
Hizo un gesto de amargura, contrajo sus labios arrugando todo el rostro, y
preguntó:
—¿No tienes nada que beber?
—No, no tengo nada.
—Pues levántate y echa una mirada hacia el corredor; haz como si fueses a
salir y, si hay alguien, pues vas hasta los lavabos.
Le obedecí, llegué hasta la puerta abriéndola y atisbé.
—No hay nadie —le dije.
Dorogan se lanzó afuera diciendo:
—Ya regreso, deja la puerta entreabierta; será mejor que apagues.
Di vuelta al interruptor, me cambié los zapatos por pantuflas y me tendí en la
cama; estaba muy cansado, pero ahora tenía la cabeza despejada. Pasó un rato y
regresó Dorogan con media docena de pequeñas botellas de vodka y algunas
provisiones. Cerré la puerta, puse vasos mientras él desempacaba, sirvió el
vodka y se lanzó a comer.
—Todo esto —dijo— estaba en el cuarto de Aliosha; le obligué a
convidarme. ¡Cuántos deseos tenía de conversar contigo...! No podría decirle a
nadie lo que te digo a ti, a ningún ruso. Estamos hundidos en inmundicia hasta el
cuello; y en miedo, en cobardía. Porque todos los comunistas ahora somos
cobardes. Yo, tú, todos..., incluyendo a Bujarín, a Rikov, a Krenstinsky, a todos.
—¿Por qué dices que ellos son cobardes?
—¿Has asistido al proceso? —preguntó, bajando la voz—. Pues todo eso es
una farsa; todo eso es sucio, dan ganas de vomitar... —Y volvió a simular que
escupía tres veces: aj... aj... aj...
—Lo que no comprendo del proceso —dije, bajando también la voz— es por
qué y con qué fin Bujarín, Rikov, Krenstinsky y todos los demás se prestaron de
modo tan manso a desempeñar su papel en la farsa que tú dices. ¡No lo
entiendo...!
—¿No lo entiendes? —preguntó Dorogan— ; pues claro, no eres ruso. Pero
dime: ¿qué le queda al comunista ruso, que ha fracasado en Rusia, que ha caído
en desgracia y que, al final de cuentas, después de haber firmado cartas de
arrepentimiento, está cogido en la garra de la policía soviética que lo estruja, lo
humilla, lo zarandea y no lo volverá a soltar nunca...? ¡Nunca más...! Dime tú:
¿qué le queda a ese hombre? Nada más que pedir que le dejen escoger la postura
más cómoda para morir, que es la única forma que él ve ya de salir del
atolladero. Las de ellos son ya vidas sin perspectivas, selladas para siempre con
una sola salida: la muerte.
A los acusados que tú has visto ya no les importa nada, políticamente. No
tienen ninguna clase de esperanza en el exterior; no tienen confianza de la más
mínima categoría ni dentro de la Unión Soviética, ni menos fuera. ¿Quién los va
a defender? ¿Los partidos comunistas...? ¡No hombre...! ¿Quién entonces? ¿Los
católicos, los liberales, los socialistas...? ¡Nadie, absolutamente nadie! Y ellos lo
saben; no habrá ayuda de fuera; entonces ¿para qué luchar? ¿Para qué mayores
sufrimientos inútilmente...?
Sólo la esperanza nos da fuerza para soportar la tortura; sin esperanza... se
acabó.
Dorogan bebió, me alcanzó el vaso y prosiguió siempre en voz baja:
—Cada uno de los acusados o de los condenados tiene familia. ¿Tú no sabes
que Rikov tiene una hija bellísima, a quien adora? ¿Y que Bujarín tiene su padre
viejo, a quien ama con cariño entrañable? Kretinsky tiene hijas jóvenes, y así
todos. Si se doblegan, si ayudan a la farsa en el proceso, pues sus familiares no
sólo no serán tocados, sino que tendrán una manera de vivir decorosa,
proporcionada por nuestro glorioso Estado soviético. Todos los deudos cercanos
de los que han sido condenados en procesos públicos están bien, viven
cómodamente y nadie los molesta: es el ejemplo objetivo, para que vean los que
van a seguir.
Dorogan hizo una pausa y continuó:
—En estas condiciones, pues ¿qué quieres amigo mío?: ¿que resistan, que se
enfrenten, que se rebelen? ¿Para qué...? ¿Para que las personas queridas paguen
las consecuencias? Además, tú sabes, que cuando no logran convencer al
acusado para que colabore en la farsa del proceso, lo liquidan en secreto, sin
teatro, sin escenario, sin luces, ni Vishinski: le pegan un tiro cualquier día y se
acabó.
—Como ellos lo saben, pues ¿a qué resistir? ¿Qué quiere la NKVD? ¿Una
carta..., dos cartas..., tres cartas...? Bueno, hombre, traigan papel y tinta, y allí
están. ¿Quieren dos papeles más, tres papeles comprometedores? Bien, pues se
escriben de puño y letra todos los que hagan falta, diciendo lo que los camaradas
polizontes quieran que se diga. Ya estas cartas no significarán sino la salvación
de los seres queridos: nada más. Con papeles, sin papeles, el preso sabe que está
perdido; si no otorga los documentos que le exigen, pues le liquidarán
administrativamente y, además, su mujer, sus hijas, su padre, su madre, pagarán
las consecuencias.
—¿Pero cómo van a liquidar administrativamente a personalidades como
Bujarín, Rikov, los demás...? —pregunté.
—¿Personalidades? —gritó Dorogan—. ¡Pero qué estás diciendo!
¡Necedades...! Aquí no estamos metidos con la justicia inglesa, ni con la corte de
“Los Assisses”, en París. Yo me acuerdo cuando viví en Francia. La justicia
burguesa tiene otro estilo; en fin, es justicia burguesa. Aquí no, amigo: aquí se
trata de justicia proletaria. ¡Qué escarnio, mi viejo..., qué asco...! Y haciéndose a
un lado, simuló que escupía... —aj... aj... aj...— e inmediatamente siguió
hablando:
—¿Tú sabes la cantidad de personalidades, como tú dices, que han sido
fusiladas, liquidadas administrativamente, vamos, asesinadas, por tu gran
camarada Stalin? Pues dime: ¿dónde está Razianov, amigo de Lenin, director del
Instituto Marx y Engels, conocido en todo el mundo? No me dirás que no era
conocido, ni que no era personalidad. ¿Dónde está el presidente de la República
Soviética Húngara, camarada Belakun...? ¿Qué ha sido de tantos camaradas de
primera fila? Los liquidaron con simples procesos administrativos. Y no pasó
nada. Y nadie dijo nada.
Abrió una nueva botella de vodka, sirvió el contenido en los vasos y habló,
expulsando ruidosamente el aire de su garganta:
—Bebe, amigo querido; te estoy diciendo palabras de las que unas diez, a lo
sumo unas quince, bastarían para que me dieran el tiro staliniano en la nuca.
Estoy como el cochero del cuento de Chejov; tengo que hacer mi confidencia,
¿comprendes? Siento vergüenza de ser cobarde y me siento culpable; y este
sentimiento de culpabilidad nos ahoga, ¡entiéndelo, camarada!; y por eso siente
uno la necesidad de confesárselo a alguien, de decirlo. Y tú tienes que
comprender, camarada, que yo no puedo hablar de esto ni con mi mujer, ni con
mis hijos... ¡Ni una palabra...! Les quiero mucho, ellos adoran a su padre, pero
en Rusia sucede todo ahora...; mis hijos podrían delatarme.
—¡No seas bárbaro...! —le grité.
—¿Qué horrible es, verdad? Da asco, da miedo, da vergüenza. Pero ¿qué
quieres? Es la pura verdad. Y por esto yo me dije: éste tiene que saberlo; tengo
que decírselo.
Se oyó ruido en el exterior y Dorogan se calló; con un gesto me invitó a
indagar de qué se trataba. Me detuve tras la puerta, escuché largos segundos y
luego abrí, saliendo al corredor.
No había nadie; el pasillo estaba iluminado y desierto. Todas las puertas
estaban cerradas. El ascensor no trabajaba.
Volví y le tranquilicé.
—Mira, camarada, querido amigo —dijo secándose la transpiración que le
perlaba la frente—: sería mejor que apagaras la luz y que nos quedáramos
conversando así; de esta manera no se verá tu ventana iluminada desde la calle;
abre las cortinas y entrará la claridad necesaria para que podamos ver los vasos.
Hice como él quería y me tendí sobre la cama; él se aflojó los cordones de
sus zapatos.
—¿Te acuerdas de Makar, el del Magnitogorsk? —preguntó.
—¿El ingeniero constructor? —volví a interrogarlo, curioso y asombrado.
—El mismo. ¿Era una personalidad, no es cierto? Pues lo fusilaron
administrativamente. ¿Y recuerdas aquella vez que comiste con Mihailov, el
director de la represa de Dniepostroi; con Guralsky; con el alemán a quien
tomaron preso en el Brasil y los otros: Vlassov, el de Cheliabinsk; y aquel
grandote y alegre, Constantino Butenko, el del Kuzniestzk...? ¿Lo recuerdas..., lo
alegres que estuvimos?
—Bueno ¿y qué...?
—Nada de bueno, camarada —replicó—: eran personalidades de primer
rango. Pues ahora no son nada; los redujeron a un montón de carne que se pudre
bajo la santa tierra rusa. Todas éstas fueron personalidades. Y los liquidaron. Por
esto, Bujarín y Rikov y Krenstinsky y los otros sabían que les pasaría lo mismo
que a Makar, a Vlassov, a Bela Kun, a Butenko, a Mihailov, y a miles y miles de
viejos bolcheviques. Sabiéndolo, redactaron, firmaron y refrendaron lo que quiso
la NKVD.
—¡Qué horror..., qué absurdo...! —exclamé.
—¿Absurdo has dicho...? No, camarada; no le tengas miedo a las palabras.
Es lógico; es terriblemente lógico todo eso.
—Lógico, pero ¿por qué?
—Es terriblemente lógico, camarada, porque hemos fracasado. Bujarín y sus
compañeros de tumba, Butenko y Bela Kun, y tú y yo. Todos los que hemos
entregado la vida a esto. Hemos perdido nuestra vida y, lo peor, hemos perdido
nuestra alma. Los más inteligentes nos damos cuenta clara del fracaso y
sentimos desprecio por nosotros mismos, por nuestro cuerpo, por nuestra alma
que nos hizo fracasar, por todo lo que hemos hecho y por lo que no hemos
podido ni podemos hacer. Y al despreciarnos de esa manera, pues lo entregamos
todo por nada; lo echamos a los perros del Kremlin, como desperdicio; que se
vaya todo al diablo. ¡Se acabó...! Por eso se entregan así y, además, por el
cobarde amor a los suyos. Por amor a sus padres, a sus hijos, a sus esposas, a sus
madres.
Se calló largo rato, encendió un cigarrillo, me alcanzó otro y preguntó:
—Si tú te vieras en un caso así, ¿qué harías?
—¡Pues lucharía...!
—Eso es afuera; en el mundo capitalista; allí donde sabes que en las peores
condiciones vas a encontrar una defensa; donde el peor régimen tiránico no
liquidará jamás a tu padre ni a tus hijos, a tu madre ni a tu esposa; donde, en el
peor de los casos, pues morirías por una idea, defendiendo un ideal superior.
Pero aquí, en Rusia, bajo el régimen comunista y soviético, ¿qué defensa, qué
esperanza, qué perspectiva?... Nada..., nada. Hay que confesar todo lo que
quieran, hay que documentar la confesión y las acusaciones, hay que fraguar
todo lo que ellos necesiten. Así se salva a los seres queridos; se les libra de la
prisión, de la tortura, del campo de concentración, del tiro en la nuca. Tú
morirás, pero ellos vivirán tranquilos, garantizados, bajo la garantía de Stalin.
Alzó su vaso, bebió un trago largo y continuó:
—De otro lado, camarada, el pobre diablo que está en la garra implacable de
la NKVD piensa esta idea fija: Bueno, ¿y a mí qué me importa todo esto? ha
sido un fracaso; he fracasado, al demonio todo. Y cuando se llega a dar con las
narices del espíritu contra tal muro, pues ya no se lucha, ni se resiste. ¡Se acabó
todo, se acabó! La muerte es como un baño tibio después de haber caminado
mucho, bajo un sol quemante, por un camino polvoriento.
—¡Lo que estás diciendo es horrible —dije, como un quejido, y me lancé
fuera de la cama— ; es espantoso; qué odiosa estafa...!
—Ya sabía cuál era tu reacción —pronunció con burla Dorogan, y se echó a
reír... je... je... je..., bajando la voz hasta un nivel apenas audible—. Y si crees
que esto es una estafa, que es lo peor que has visto como tiranía, ¿por qué no la
denuncias? ¿Por qué no dices afuera lo que has visto, lo que está sucediendo
aquí, lo que está sufriendo el pueblo ruso...?
—¿Y quién soy yo para decirlo? —repliqué—. ¿No lo andan diciendo
Trotsky y sus amigos por todas partes? ¿Quién les hace el menor caso...? ¡Ni
siquiera les creen...!
Trotsky es un fanfarrón amargado —dijo Dorogan— y un pobre ingenuo, un
tonto. Ha ido a decir que el gran mal del régimen ruso reside en que está
manejado por la burocracia staliniana. Y eso de que un régimen sea burocrático
no alarma a nadie en Occidente; porque el burocratismo es un defecto que cuesta
dinero, pero que no mata a nadie. Y que un día puede corregirse poco a poco. Lo
de la burocracia staliniana es una necedad infantil, que no rasguña la emoción de
nadie.
—¿Y qué crees entonces?
—Que el deber de los comunistas que han visto la realidad es presentarla tal
como la vieron: ni más ni menos. Y tú la has visto; la viste en 1929, la volviste a
mirar y a contemplar por más de un año en 1935, y ahora, por tercera vez, ¿qué
has visto?
No le respondí. Era como si un oscuro pensamiento, que tuviese hundido en
el fondo de la conciencia, viniese repentinamente hacia la luz y se iluminase bajo
la evocación de aquellas palabras. Y que este pensamiento nuevo y terrible se
alzase sobre un zócalo granítico de verdad escueta y diáfana. Que toda la vida
rusa, que toda la actividad socialista, que todo el sistema soviético están
organizados, están traspasados, funcionan dentro de una estructura ferozmente
policíaca. ¿Sí o no...?... ¡Escucha la palabra: p o l i c í a c a...!
—Respóndeme —gruñó Dorogan—: ¿Sí o no?
—Sí, dices la verdad —asentí, haciendo un esfuerzo como si se tratase de la
confesión de un crimen.
—Ya lo sabía, lo sabía muy bien, camarada, por esto vine y por esto te he
dicho lo que has oído. Cualquier otro podría denunciarme y causarme daños.
¡Quizás no muy grandes, porque hace tiempo que vengo preparando mi coartada,
como todo ruso que tiene dos dedos de frente... ¡Ja... ja... ja...!
Rió sarcástica y amargamente para decir:
—¡Qué inmundicia haber caído tan bajo! Estar como los chicos granujas,
fabricando mentiras, fingiendo, haciendo de su vida una sucia e indigna
comedia. ¡Qué asco...! Aj... aj... aj...!
Y volvió a mover la lengua y a hacer resonar sus labios como si escupiese.
La pausa fue excesivamente larga, de modo que tuve que decir algo:
—Tú sabes, Dorogan, que soy amigo tuyo... —subrayé.
—Nada... En Rusia, bajo el régimen soviético, no hay amigos; aquí, la
amistad es un sentimiento burgués, que ha sido expulsado fuera. Si tratas de
auxiliar a tu amigo, que está en aprietos con la NKVD, te liquidarán a la misma
hora que a él, o le obligarán a señalarte como criminal, y hasta le harán servir de
verdugo de la suprema justicia proletaria. Cuando vine a hablarte no pensé un
instante en que eras amigo mío: todo se mueve y todo lo que se mueve cambia;
tú podías haber cambiado. Al venir a verte sólo pensé que a ti esto te repugna
tanto como a mí y que, en tu caso, yo tenía ya mi coartada: me llevaste regalos,
fuiste a verme, a saludar a mi mujer y a mis hijas, y yo no recibí nada, y di aviso
a la NKVD, a la sección que trabaja dentro de Komintern.
—¡Te has vuelto cínico! —dije casi involuntariamente—. ¿Cómo sabías que
a mí me repugnaba esto?
—¿Parece cinismo, verdad? Y no, querido camarada, es sólo instinto de
conservación; hipocresía para salvar la vida y poder seguir arrastrando una
existencia sórdida... ¡Bebe, hombre...! ¡Bebe algo; ponte contento como yo; me
da una gran alegría hablar así, estar hablando contigo sin riesgo!
Bebí después que él chocó su vaso con el mío y me palmeó en un hombro.
—¡Por ti, por tu salud, por tu vida...! —exclamó, y apuró el vaso de vodka;
yo le imité. Se enjugó los labios con el revés de la mano y prosiguió:
—En la habitación de mi hijo Aliosha estuvieron dos españoles y el
argentino, tu compañero de delegación. Y él me lo dijo:
—¿Qué dijo? —pregunté intrigado.
—Que eres un intelectual, pequeño burgués; que habías perdido la confianza
del camarada Manuilsky por tu espíritu crítico y por tu manera de hacer gala de
tu criterio independiente. Y yo me dije inmediatamente: ¡aquí está...! Este no
está conforme con la manera como van las cosas. Además, me alentó el enorme
interés que tomó Bielov, el jefe de la NKVD del Komintern, por mi denuncia.
—¿Mostró interés? —pregunté.
—¡Y cómo...! Se frotaba las manos, me hizo preguntas y repreguntas, volvía
a repetir varias veces lo mismo, aplaudió mi celo y espíritu de vigilancia
bolchevique.
—Pero ¿qué es lo que te preguntaba?
—¿Cómo le conociste? ¿Qué piensas de la Unión Soviética? ¿Qué has dicho
del camarada Stalin, de la política interna, de la política internacional...? ¿Habló
algo sobre España...? ¿Le notaste alguna desviación especial? ¿Qué le gusta más:
la bebida, las mujeres, comidas, fiestas...? Y me citó para la semana siguiente.
Fui a verle dos veces sin encontrarle; a la tercera vez hablé con él, pero me di
cuenta de que había perdido interés en el asunto. Al referirse a ti, me preguntó:
—¿A ti te parece un buen camarada, no es así Dorogan?
—En general, sí —respondí—, aunque tiene sus cosas.
—Sí —afirmó Bielov—, tiene sus defectos y sus grandes debilidades,
aunque tiene también costados fuertes. Y allí terminó todo, lo que me indicó que
la garra no caería sobre ti. Te dejaban escapar, te ibas afuera. Todo esto me
decidió a venir; además, la oportunidad que me brindó la estancia de mi hijo
aquí, porque de esta visita, de esta entrevista entre tú y yo, no ha pescado el
menor rastro la NKVD. ¡Ni el olor...! —exclamó riendo.
—El argumento sólido —le dije— es que el régimen soviético ha abolido las
clases sociales; aquí no existen clases, y por tanto no hay división de clases ni
intereses de clase.
—¿La sociedad sin clases, verdad...? —preguntó burlándose—. Por favor, no
repitas frases stalinianas, porque entonces sí... se acaba la amistad. Deja las
frases y mira los hechos; por donde has ido en Rusia has visto diferentes
categorías de gentes: el obrero francés o alemán; los otros que viven mal;
numerosas categorías que viven muy mal, y algunas, las más bajas, el mayor
número, que tienen un nivel de vida —zoológico le llamo yo—, viven como
animales inferiores... ¿Sí o no?... ¿Lo has visto o no lo has visto...?
—Sí, es verdad.
—Bien, eso es lo que has visto; pero lo que no has visto son las condiciones
en que arrastran sus vidas los millones de presos políticos, sometidos a trabajos
forzados. ¡No tienes idea clara de lo que es aquello...! Y esto es lo que me
subleva. Afuera, ustedes hablan de democracia, de libertad, de derechos
humanos, y no hacen nada por impedir toda esta bestialidad, por denunciar
siquiera lo que pasa en Rusia. ¿Y cómo vamos a quejamos de los católicos, del
Papa, de los liberales, de los radicalsocialistas, si nuestros propios camaradas
comunistas se callan cobardemente, algunos; la inmensa mayoría aplaude...?
Me sentía como afiebrado; caminé por la habitación en penumbra, tratando
de liberarme de la angustia que me estrangulaba. Dorogan fue a tenderse en la
cama.
—¡Qué bien se descansa aquí...! ¡Está buena la cama...! —dijo haciendo
saltar su cuerpo sobre los resortes, para proseguir, diciendo: Y sobre todas las
categorías, por encima de las diversas capas de burócratas, de oficiales del
Ejército Rojo, de funcionarios del Partido y del Soviet, hay una casta que ocupa
una situación de privilegio escandaloso. Es una casta, porque vive mejor que
todos nosotros; gana bien, se nutre mejor, tiene preferencia en las raciones, en
los zapatos, en la ropa. Ocupa las mejores viviendas; logra adquirir muebles,
baterías de cocina, y hasta bicicletas para sus hijos o sus sobrinos. Son la casta
privilegiada de la sociedad soviética. Y esta casta, querido camarada, es la
policía de la NKVD.
—¿Tanto...? —exclamé con asombro.
—En Rusia —continuó, soliviando la cabeza sobre la almohada— la policía
soviética, la NKVD, no es, como en los países capitalistas democráticos, una
institución integrada por individuos que pertenecen a ella. En Rusia, la política
es una vastísima red de gentes, de espías, de delatores, de informadores, que lo
invaden todo: la fábrica y las oficinas, los koljoses y los talleres, los cuarteles,
los hoteles, las organizaciones culturales, el Komintern. La NKVD recluta sus
agentes en todos los campos, en las más diversas actividades, en las más
distintas categorías de individuos. Todo agente, sin excepción, recibe alguna
forma de paga por el servicio que presta: aquél tiene primacía en la ración del
pan; éste obtiene que se desaloje de la casa que él habita al excesivo número de
pobladores; un tercero obtendrá puesto de portero en cualquiera de las casas de
vecindad que administra la Organización Soviética de la Vivienda; un cuarto
alcanzará un mejoramiento sustancial del estándar de vida de su familia entera,
si es que la hija bonita, hablando idiomas, se ofrece como prostituta a los
extranjeros, en los hoteles elegantes o en las fiestas donde acudan éstos.
Dorogan se sentó sobre la cama y bebió de nuevo, obligándome a
acompañarle. Se limpió la boca y se estiró, continuando:
—Todo está organizado de modo tal que la policía, esta casta tenebrosa y
severamente controlada, viva mucho mejor que el resto de la población. Y todo
está engranado en este régimen, de modo que la población entera trabaje y
entregue una gruesa parte de ese trabajo, para que los miembros de la vasta
organización policial disfruten de un nivel de vida mucho más elevado que el
resto de la población. ¿Te has dado cuenta de esto...? Además —añadió
incorporándose— es inútil que te asegure que el total del Partido Bolchevique
forma parte de la policía y trabaja, quiéralo o no, para la policía.
—Entonces tú también —insinué—, porque tú eres miembro del partido...
—¿Y por qué crees que fui a denunciar tu visita a Andreiev? ¡Ah, querido
camarada, somos cobardes, nauseabundamente cobardes! Lo soy yo, lo eres tú,
lo son todos estos que soportan y se resignan. Y este era el pensamiento nuevo y
regenerador con el cual soñábamos, frente a la decadencia burguesa. Dime
ahora: ¿Quién es más decadente? ¿Ellos o nosotros?
—Pero estas preocupaciones filosóficas no tienen lugar a estas horas aquí —
prosiguió, sin dejarme responder a su interrogación— ; lo que debes saber y lo
que debe darte pena es conocer que todo este gigantesco aparato policíaco,
depravado y odioso, lo engrasan y lo mantienen con piltrafas. En Rusia, el
Estado controla los alimentos, el vestuario, los cinemas, los sanatorios, las
playas, los salarios. Y todo esto es un instrumento policíaco en sus manos.
¿Comprenderás la monstruosidad...? El siete de noviembre, aniversario de
nuestra gloriosa revolución, ¿querrás ver Rigolettoen el teatro Bolshoi? ¿O la
opereta Rose Marie, no es verdad? ¿O, bueno, lo que sea...? No, no podrás,
porque todas las butacas están ya distribuidas por la NKVD entre sus más
escogidos agentes en las fábricas. Tú, constructor del socialismo en un solo país,
tendrás que esperar. ¡Espera, idiota..., alguna vez lo verás...! Y si no ves el
espectáculo, pues ¿qué más da...?
Hizo un largo silencio y preguntó:
—Ahora ¿han visitado algunos koljoses, verdad...?
—Sí, hemos visitado hasta seis.
—Los más prósperos, seguramente; pero ello no tiene mayor importancia.
Habrás visto que en esos koljoses hay hasta media docena de personas; en
algunos casos llegan a quince o a veinte, que son quienes distribuyen el trabajo,
haciendo en realidad de capataces, llevan las cuentas y actúan como los
negociadores de los productos del koljoz. En resumen: gentes que trabajan
menos, los que tienen a su cargo una labor mínima, suave...
—Sí, efectivamente, comprobamos eso.
—Pues, amigo mío, esa media docena o esa veintena de personas no
solamente no intervienen en las faenas del campo y llevan una vida descansada,
sino que se llevan la parte mayor de las utilidades del koljoz. Pero no han
llegado a esa situación de privilegio por méritos heroicos; están allí porque así lo
quiere la omnipotente NKVD, la policía sanguinaria de tu precioso camarada
Stalin. Todos esos privilegiados son policías, son vigilantes, son delatores, son
los tentáculos, los ojos y los oídos de la policía soviética en el koljoz y en la
aldea. ¿Quién protesta...? ¿Quién murmura? ¿Quién dice que no estamos
viviendo en el paraíso socialista, bajo la mirada protectora de nuestro caudillo
dilecto, el superhombre, camarada Stalin? ¿Quién? ¿Y dime tú, visitaron
fábricas, verdad?
—Sí, las más importantes de la región de Moscú...
—Pues allí pasa algo muy semejante. Los obreros pagan su cotización
sindical cada semana; no hay uno solo que escape a este pago; es el impuesto
más puntualmente pagado en toda la extensión de nuestras gloriosas repúblicas
socialistas soviéticas. Y toda esta cuantiosa cotización, descontada en la
ventanilla del pago semanal, va a la caja del sindicato. Y de esta caja sale el
sueldo de los camaradas dirigentes sindicales, de sus funcionarios, de sus
ayudantes, de los que no prestan servicios en las fábricas propiamente, sino que
dedican su tiempo a ocuparse del sindicato. ¿Sabes tú lo que quiere decir esto...?
Dorogan se incorporó al hacer la pregunta. Se reclinó de nuevo y siguió
hablando:
—Pues quiere decir que ésos, a ese precio, vigilan, espían, siguen, inventan,
aterrorizan a los trabajadores. Y tales dirigentes están donde están porque así lo
ha dispuesto en su alta sabiduría la NKVD. ¿Para qué te voy a decir que esos
dirigentes, funcionarios y ayudantes disfrutan de un nivel de vida superior del
que no goza ninguno de los auténticos trabajadores de la fábrica?... Y no laboran
como obreros, no producen, salvo en el caso de que sean espías que vigilan en el
interior: en los tornos, en los telares, junto a los motores, a las fraguas, a los
crisoles. También hay de éstos, a millares... Y sólo por un poco de mantequilla,
de jabón, de chocolate; por una ración más de chorizo o de jamón a la semana...
¡Barato, camarada! ¡Te aseguro que nadie organiza en el mundo una cosa como
ésta a tan vil precio!
—Bueno, pero ¿los millones de obreros, las decenas de millones de la
población entera, se dejan hacer como corderos? —pregunté despectivo.
—¡Ah... saltó el occidental! —exclamó Dorogan, volviendo a incorporarse
—. Saltó el prejuicio burgués y el pensamiento del mundo capitalista. Esto es lo
que ustedes no entienden: en el mundo capitalista vas a proponerle a un obrero
que haga de soplón en su fábrica y en más de noventa veces sobre cien recibirás
un insulto en la cara; te denunciará ante los otros y, en el peor de los casos, pues
se irá a otra fábrica, donde le dejen ganar el salario tranquilamente y sin meterse
a delatar a nadie. Y, si mucho apura, pues si es más fuerte que tú, te atizará un
par de buenos golpes, que te quitarán la gana de hacer proposiciones.
—Y si así es allá, ¿por qué no hacen algo parecido en Rusia? —pregunté por
provocarle.
—Porque aquí, idiota, vivimos bajo un régimen socialista, estamos
regenteados por un Gobierno soviético, que administra sabiamente la dictadura
del proletariado. Aquí, muy altísimo miembro del Komintern, el obrero que hace
un gesto de descontento es privado del carné sindical, de la tarjeta de trabajo, de
la tarjeta de racionamiento... ¿Entiendes, tonto? Se le priva del derecho a comer,
del derecho a trabajar, del derecho a vivir. Aquí, el obrero soviético no puede
cambiar de trabajo, no puede marcharse de una fábrica para ir a buscar trabajo en
otra; no tiene siquiera la libertad de elegir el trabajo que le guste. No.
Y Dorogan se sentó sobre la cama, con el cabello alborotado.
—No, brillante faro de la Internacional Comunista en la América del Sur —
exclamó haciendo un simulacro de reverencia—: aquí los obreros somos
esclavos; no nos queda sino un camino: aceptar lo que el Gobierno soviético, lo
que la NKVD impongan.
—En el mundo capitalista —dije por aguijonearlo— el obrero se declara en
huelga.
—Y el mundo capitalista —asintió—, con su policía, con sus tribunales, con
sus leyes y sus parlamentos, te permite hacer huelga; te la reconoce como un
derecho y hasta se da el lujo de poseer una legislación sobre huelgas. Y abre
discusiones y se arma la de Dios es Cristo, y los obreros pelean con los patrones,
hasta que los patrones llegan a un acuerdo con sus obreros... ¿Verdad...? ¡Qué
suave...!
—¿Y aquí qué...? —volví a decir con indiferencia, afectando una suprema
ignorancia de lo que ocurría.
—¡Huelga dijiste, luminoso staliniano...! ¡Uy, pero qué matanza sería
aquélla! ¿Te imaginas las pistolas de la NKVD: mil, tres mil, diez mil individuos
abatidos con metralla, y veinte mil, treinta mil, cincuenta mil; sus padres, sus
hijos, sus mujeres saliendo a pie hasta el círculo polar y al Mar Ártico, y a las
tundras heladas, a dejar los huesos sobre la nieve? Nadie diría nada. El
Occidente se encogería de hombros, las estrellas viajeras del Komintern
continuarían pronunciando sus discursos contra los crímenes horribles del
imperialismo yanqui, contra la piratería del imperialismo inglés, por la gloria y
la grandeza moral del augusto y noble camarada Stalin. Y si algo se rumorease,
pues los agentes del Komintern prepararían inmediatamente un Congreso de
Defensa de la Paz en cualquier parte, saldrían los rublos convertidos en dólares,
y artistas, novelistas, gentes que viven del pentagrama, idiotas de todos los
matices y pícaros que aman hacer turismo gratuito, pues irían a lanzar invectivas
contra los crímenes del mundo capitalista y a loar la magnificencia paradisíaca
de la patria socialista. Mientras tanto, nosotros nos podrimos aquí y pagamos
todos los gastos..., hasta el último kopek.
Dorogan se lanzó de la cama, de un salto, y se puso en pie abriendo,
estirados, los dos brazos.
—¡Estupendo...! ¿No te parece...? ¡Huelga en el país del socialismo...! ¡Pero
qué grandiosa idea la del brillante agente de la Internacional Comunista en el
lado del Pacífico de la América Meridional...! Aquí... la dirección sindical es
todopoderosa, como que forma parte integrante del acerado engranaje policíaco;
dispone de todo lo que el obrero puede necesitar: de las viviendas y de la ración
de carbón; de la comida y de los sanatorios; del salario y de la calificación de la
calidad del trabajo; de las maternidades y de las vacaciones; de la escuela para
tus hijos y de las vitaminas para tu madre achacosa; de todo, entiéndelo bien...,
tonto..., de todo... ¿Comprendes? Y así, en el país del socialismo, cada obrero
está cogido dentro de un engranaje, cuyos dientes lo exprimen, lo estrujan, lo
trituran. Y lo peor, lo más degradante...: cada obrero sabe conscientemente que
está vigilado, que le siguen, que le espían; y así le hacen sentirse más esclavo
aún y le prueban que, además de esclavo, es impotente y es cobarde. ¿Qué tal
nuestro socialismo, camarada...?
—Pero —sugerí— el gran mal del sistema...
—El gran mal —replicó Dorogan, sin dejarme proseguir— es que se ha
tomado en cuidadosa consideración que “el motor de la sociedad es la lucha de
clases”, que dijera Carlos Marx, y se ha olvidado por completo que el gran motor
del hombre individual, del hombre parte fundamental e integrante de la sociedad,
es el anhelo de ser algo más, de superar sus presentes condiciones materiales y
espirituales de existencia por otras mejores, para él mismo y para los que le son
queridos. Han olvidado ese invencible y vital instinto biológico, que es también
potencia racional y fuerza espiritual, que es el amor del hombre por sí mismo,
por su vida, por su porvenir, por la vida y el porvenir de los hijos, y de todos
aquellos a quienes todo hombre se siente atado por ligaduras indisolubles. Le
quisieron amputar su egoísmo instintivo y vital, y se vieron forzados a colocar,
en vez de este motor, el otro, repugnante y envilecido y envilecedor: la policía, el
terror, el espionaje, la permanente amenaza de los campos de concentración.
—Pero es que será hasta que se suprima la división de los hombres en clases
antagónicas... —repetí, con simulación maquinal y espontánea.
—¡Por favor..., pero por favor...! —exclamó Dorogan—. No vengas a estas
horas a repetir como un disco las frases teóricas que has repetido tantas veces
ante la boca abierta de los camaradas comunistas y simpatizantes... ¡Mira los
hechos, con los ojos abiertos: míralos, analízalos y júzgalos...! En la Rusia de
hoy es probable, es seguro, casi seguro en absoluto, que han sido ya suprimidas
las clases: no hay señores feudales, ni hacendados, ni clase burguesa, ni capa
social dueña de los instrumentos de producción. ¡No, amigo..., no! Todo ha sido
socializado; no hay más clase, como en tu mundo capitalista...; pero mira bien
que esas clases han sido reemplazadas por algo peor..., por castas... Las castas de
los que mandan y las castas de los que obedecen sin chistar... Hemos regresado a
una época más primitiva o, dicho mejor, más primaria; hemos retrogradado...
Se limpió la boca con el revés de la mano y prosiguió con acidez:
—Entre los trabajadores, a estas horas, hay diecisiete categorías, que son
otras tantas castas. Ellos viven según su casta: tienen o no tienen jabón, según la
casta en la que están encasillados; comen o no comen un trozo de mantequilla a
la semana, según la casta a que pertenecen; mastican pan blanco o engullen pan
negro vinagre, en concordancia con la casta que les asignó el sabio régimen
stalinista. Y aquí, mi viejo camarada, como en la India, hay marajás y hay
intocables; sacerdotes que gozan de la gracia del Buda viviente y réprobos que
están en la escala zoológica por debajo del caballo y del cerdo... ¿Qué tal tu
supresión de las clases sociales...?
No sé cuánto tiempo duró el silencio entre nosotros. Era como si Dorogan lo
prefiriese pleno y sostenido, para recibir algún ruido exterior, para indagar si le
atisbaban, si alguien más que yo escuchaba aquellas blasfemias que le habrían
conducido instantáneamente a los sótanos de la Lubianka.
Yo pensaba en la dura crueldad de sus palabras y en el terrible realismo que
ellas expresaban. Su crítica no teorizaba, en efecto; se circunscribía a mostrar, a
descarnar, a exhibir hechos irrefutables.
Y entonces pude ver con nitidez que, a la luz de esos hechos históricos y
palpables, no se trataba sólo de un mal del régimen stalinista, de su concepción
inhumana, de su policía, de sus medidas drásticas, de su incapacidad para
abarcar y comprender en su integridad la condición humana, sino que se trataba
de algo mucho más profundo, más trascendente; de algo que sentía
imprescriptible, consustancial con la vida misma del ser humano: era toda la
concepción del sistema bolchevique; todo su sentido extrahumano; toda su
racionalidad técnica, helada, implacable y, no sólo ajena al hombre, sino además,
contraria al hombre.
No era —y estaba claro en aquel momento—, como creía Marcucci en
Madrid y como lo creía también yo entonces, de acuerdo con él: no era que
Stalin y su criterio georgiano asiático habían deformado la concepción leninista;
era que la idea capital de la dictadura, de la supresión de las libertades políticas,
de la abolición de los derechos humanos, de la dominación de una clase, de un
sector, de un grupo o de un clan, sobre el resto de la sociedad, conducían, con
destino inexorable, a ese mismo punto de envilecimiento, degradación y
criminalidad a que había llegado el régimen de Stalin. Stalin era, en
consecuencia, no un autor de tal perversa monstruosidad, sino el mero ejecutor
de un plan que se desarrollaba concorde con su propia esencia y con una lógica
implacable; no era el creador del horrendo drama, sino tan sólo su cínico
intérprete; aquella carrera de lobos famélicos no sería contenida entonces por
paliativos ni por accidentes; ni por acuerdos o cambios de orientación, o por
caída o desaparición de tal o cual personaje protagonista; lo esencial era allí —
como en mi pobre país también oprimido— una cuestión de libertad humana, de
elevación y triunfo de la dignidad del hombre, de apertura plena ante el
individuo de la posibilidad de conquistar su libertad y de vivir sin sobresalto ni
angustia, bajo su amparo.
Había durado la pausa un lapso que adquirió pesadez. Dorogan tenía
clavados los oídos en el corredor, a través de las rendijas de la puerta. Quizás
tenía miedo. Puede ser que los dos lo tuviésemos sobre nosotros, asfixiándonos
como una atmósfera atosigante.
Como si regresase de una localidad abstracta y oscura, tal vez con el ánimo
de provocar su análisis tenaz sobre otro punto, dije despacio:
—Comprendo, es claro, que en muchas cosas tienes razón; quizás en todas...,
pero, poco a poco, la Constitución staliniana...
—¡Jajá... jajá... ja...! —clamó Dorogan en voz baja, ahogando su carcajada
de simulación y de burla—. Pero.., ¿qué cosas le estás contando a tu amigo,
queridísimo camarada del Perú...? ¡Alicia en el país de las maravillas...!
¡Pero qué ingenuidad más estúpida! ¡Cómo les engañan con una farsa escrita
en papeles! Mira una cosa, bobo: bajo el régimen zarista había elecciones y los
príncipes, los boyardos, los funcionarios y caciques de aldeas hacían trampa;
imponían elecciones fraudulentas. Pero nadie —¿entiendes bien...?—, nadie en
el mundo ha ideado y ha realizado un fraude mayor que el de las elecciones
rusas bajo la Constitución staliniana. En tu mundo capitalista tienes la
posibilidad de votar en pro o en contra, de gritar contra la trampa, de decir que
no, por lo menos. Aquí, bajo el régimen socialista, bajo la Constitución más
avanzada y progresista del mundo, no tienes sino un camino, uno solito, sin
alternativa: tienes que votar por la lista única; la que está integrada por los
candidatos que presenta el Partido, después que ella ha sido revisada por la
NKVD. Piensa bien que no tienes posibilidad de votar contra la lista única, ni de
cambiar los candidatos allí inscritos. Quizás podrías votar en blanco... ah...!,
pero buscarán y buscarán hasta descubrirte, si es en la aldea. Y allí donde
aparecieron varios o muchos votos en blanco pues se diezmará a la población;
realizarán lo que en el lenguaje político de la NKVD se denomina “la limpieza
política”. ¡Toma...! ¡Te la regalo, tu milagrosa y progresista Constitución
staliniana! ¡Puedes regalarla a los dictadores de América Latina!
—Pero luego circulan en el mundo —objeté intencionalmente— las
declaraciones oficiales, las del Partido Bolchevique, las de la Internacional
Comunista, afirmando que se han realizado las elecciones más democráticas del
mundo, con un índice insignificante de abstención.
—Sí, lo sé, esas son las declaraciones —replicó con desprecio—. Pero ¿has
tropezado en tu vida con algo más groseramente mentiroso, más abribonado y
cínico, que las declaraciones soviéticas o las afirmaciones o negaciones
comunistas? Hemos caído demasiado bajo, amigo mío; mucho más bajo de lo
que imagina. Más, tú, yo, sí, los dos, y todos los comunistas que comprenden
esta situación. Mentimos sin el más mínimo respeto por la fe de las gentes; les
engañamos, ayudamos a retocar la farsa, llevando a cuestas el agua que necesita
el molino del cinismo; de este asqueroso cinismo que se ha hecho parte de la
idiosincrasia del hombre soviético; cinismo que se ha incorporado a su
psicología, que le da fuerza para sostener como verdades las más indecentes
bellaquerías, sin que la sangre se le suba a la cara, sin que se le caiga el rostro de
vergüenza.
Se calló, encendió cigarrillos, apuró su vaso y siguió hablando, como si fuese
su postrera oportunidad.
—Los ciudadanos soviéticos, principalmente los comunistas, nos hemos
vuelto impúdicos hasta el asco. No tenemos esa vergüenza que sí se tiene en el
Occidente, para decir mentiras. Es claro que, al otro lado, mienten, tratan de
engañar, cuentan cuentos. Pero sólo hasta cierto límite; cuando llegan a él,
cuando la mentira se hace demasiado burda, cuando sienten que tienen que pasar
de la mentira al cinismo, pues prefieren detenerse; les da pudor, sienten
vergüenza. Aquí no, amigo mío, y ésta es una de las realizaciones morales o
amorales del régimen socialista. Aquí se miente groseramente, se sostiene la
mentira hasta el fin, suceda lo que sea; hemos llegado a la apoteosis del cinismo;
estamos superando a los nazis, como cínicos; los soviéticos y los comunistas
somos los virtuosos del cinismo.
—Está amaneciendo —le dije, mirando el alba blancuzca de Moscú, con un
cielo grisáceo y claro— ; hemos hablado largo y tu charla me ha hecho mucho
bien y mucho mal.
—Me interesan tus reacciones psicológicas —dijo Dorogan—, pero mucho
más que esto tenga algún efecto afuera; que se diga todo esto y que la gente
honrada no apoye esto, que no le dé el calor de su fe ni de su adhesión. Y que tú
y los hombres como tú se pongan frente a frente a la realidad; es decir, a su
fracaso. Porque, eso sí, querido camarada, hemos fracasado. Soñamos fundar el
socialismo y no hemos hecho sino colaborar en la creación y sostenimiento de
un régimen que no tiene corazón. ¡Mira bien...! Nos lanzamos a realizar una
revolución sangrienta para liberar a la humanidad y hemos sometido a los
trabajadores al más infame y duro de los yugos. ¿Qué somos los comunistas?
Responde con limpieza en el corazón, camarada, y tu respuesta será igual a la
mía: los comunistas somos, aquí y fuera de aquí, los bienhechores del mal;
hemos tomado una ideología romántica, sedienta de justicia, henchida de
generosidad, y hemos fabricado con ella el collar y el bozal de perro que le
hemos puesto a la clase trabajadora; en Rusia y en todo el mundo. Porque hemos
abozalado a los trabajadores, amigo mío, les hemos desplumado las alas. De
seres libres los hemos convertido en instrumentos dóciles, serviles, oportunistas
y pícaros. Porque el que se vuelve mentiroso, farsante y cínico al final, pues es
un pícaro. Y eso somos, aunque te dé vergüenza, la mayoría de los comunistas,
en especial los que tienen en las manos el pandero.
Avanzó hacia mí, me tomó los dos hombros, me sacudió con fuerza y
exclamó:
—¿Es así o no es así...? Es muy duro, pero es la tremenda verdad. Los
comunistas somos los granujas más cínicos desde los Borgia; quizás desde más
atrás: desde los que condenaron a Sócrates a beber la cicuta. Surgimos como los
héroes de la libertad y hemos resultado los más diestros artífices de la esclavitud.
Se sentó, hundió su cabeza entre las manos, resopló y dijo, casi con un
lamento desesperado:
—Los comunistas le hemos puesto al mundo una bomba explosiva bajo el
trasero... ¡Mira a los campeones de la paz y de la libertad...! Y estamos
aguardando a que lo haga volar en pedazos, para proclamar la implantación del
socialismo... sobre los pedazos. ¡Qué grandísimo asco, mi viejo! ¡Qué
gigantesco fracaso...!
Se calló con la cabeza hundida en el pecho y los brazos colgando. Me dio
lástima; estaba sollozando. No sabía qué decir.
—¡Ya veremos..., siempre hay esperanza...! —murmuré— ; después de lo de
España, tal vez.
—¿España? —interrogó, alzándose furioso—. ¿Guerra de liberación?
¿Trinchera de la libertad del mundo?... ¡Bazofia... ruindad...! España sólo ha sido
y sigue siendo el campo de experimentación de nuestras armas. Casi llorando me
lo ha dicho mi Aliosha. No hemos empleado allá ni una sola de nuestras mejores
armas: las hemos ido probando de una en una; las peores primero, las mejores
después. Y las que han dado resultado las hemos retirado inmediatamente. Eran
sólo para la prueba. ¿Y quieres saber más...? Pues sábelo y vomita de asco. La
guerra de España está perdida; en los altos círculos ya lo saben; saldrán millares
de excombatientes españoles y de otras nacionalidades hacia Francia. ¡Y
admírate y póstrate de rodillas ante el gran Stalin...! Rusia no les dejará entrar a
la tierra socialista; les cerrará la puerta en las narices, les pondrá cerrojo a sus
fronteras para no dejarlos pasar, como si fuesen enemigos. ¿Qué tal...?
—Pero eso no puede ser; sería un crimen; Francia los internará como si
fuesen prisioneros. Y les harán pasar las de Caín.
—Sí, y más adelante tu padrecito Stalin dirá que les peguen tiros en la nuca,
porque perdieron la guerra de acuerdo con los fascistas.
Hizo un largo silencio y preguntó:
—Pues bien ¿hemos fracasado... sí o no? —e inmediatamente, sin tomar
aliento casi continuó—: no, no me digas nada; sé que te dará pena. Mejor no
digas nada.
—Pero, mira Dorogan —dije con acento persuasivo—, en el momento, lo
más claro es la perspectiva de la guerra. Alemania se lanzará contra la Unión
Soviética. Dime entonces: ¿cómo vas a salir atacando al régimen soviético,
porque Stalin es un asesino...? Es decir ¿nos vamos a poner al lado de los
fascistas...?
—No hay duda de que Stalin tiene suerte —sentenció Dorogan— ; se ha
encontrado su Hitler, que le resulta un verdadero sostén: el uno se apoya en el
otro: qué par de bandidos... y... ¿sabes una cosa?
—¿Cuál...?
—Eres el tercer extranjero con quien hablo de esto, y los tres me han hecho
la misma objeción.
—¿Y qué dices entonces?
—¡Nada..., no hay nada qué decir; deplorarlo, tener vergüenza de ser tan
cobardes. Pero... quizás la guerra, tal vez, puede ser... No quiero perder la fe en
el pueblo de la Santa Rusia.
—¡Nunca se debe perder la fe en las raíces de nuestra esencia!
Dorogan repitió mis palabras, como si rezara. Y como iba a terminar nuestra
entrevista, le pregunté por la gente que no había podido ver.
—¿Qué es de Anetka..., la linda pelirroja...?
—¡Ah...sí! Tan alegre, cómo te amaba... La fusilaron.
—¿Y el colorado tragón..., en cuya casa, como también decía él, se comía
como en casa de Lúculo...? ¿El ingeniero?
—Isaac Rogachewsky, el director de la siderúrgica de Zaporoshe... Lo
mataron en un campo de concentración.
—¿Y el secretario de la Stasova...? ¿Y aquella inteligente colaboradora de
Sinani...?
Y repasamos una larga lista de liquidados, hasta que comenzó a circular la
gente en el Lux.
—Bien. No sabes cómo quedamos felices de que hayas resucitado. No soñé
volver a verte... Dame mis regalos... Sé que mandarás al infierno al Partido
Comunista y que combatirás al comunismo con energía de converso. Hazlo... y
piensa que un comunista ruso, amigo de Lenin, que se quedó pudriendo en
Rusia, te aplaude con fervor... Chisst..., no digas nada. Voy a conectar tus
micrófonos y a restablecer la alarma.
Lo hizo con delicadeza extrema y con pericia asombrosa.
En el Komintern, me parecía que todos me miraban con la sospecha sobre lo
que habría dicho el visitante furtivo.
Tres días después, Dimitrov me despedía con recomendaciones, alabanzas,
promesas: ¡Que el próximo presidente de Chile sea un radical!
En la noche encontré en mis habitaciones a dos hombres con botas,
chaquetas de cuero, gorras, que llenaban la suite con el olor de la Lubianka.
—Vamos —dijo el más adulto—. Davai... davai. Te vas por Finlandia. Todos
tus papeles están en regla. Irás a Estocolmo por barco, y de allí a Malmoe por
tren y a París por avión. Aquí tienes los boletos.
Tomé los papeles y no podía creerlo. Mis manos y mis espaldas estaban
húmedas. Estaba demoledoramente eufórico y herméticamente silencioso... La
alegría me estallaba dentro, porque me marchaba del país del socialismo, a
donde llegué la primera vez con unción y fervores de cruzado. Esa alegría era el
funeral de mi fe y el saludo a la libertad. Iba a volver a ser libre, pero no bajo el
socialismo, sino en el mundo capitalista al que tan fieramente había combatido.
Iba a saltar la línea que separaba a los dos mundos y la idea de ese salto sacudía
la ínfima partícula de mis nervios.
Mientras hundía las escasas prendas en la valija, vi que me temblaban las
manos. ¡No podía existir ninguna duda: ya no era un hombre del Komintern; no
sólo ya no creía en nada de eso, sino que tenía asco, vergüenza, dolor por todo lo
que quedaba allí..., sobre la estepa, bajo el claror blancuzco de las noches
blancas de Leningrado!
En el tren, al que subí como parapléjico, con las piernas transformadas en
cuerdas, no logré dormir, a pesar de mi inmenso cansancio. Nos detuvimos en
Leningrado; tras larga espera, el convoy partió y rodó sobre la nieve, entre
árboles vestidos de blanco. Cambió el paisaje, la apariencia de las viviendas y el
traje de la gente. Estábamos ingresando a Finlandia.
Otro acento humano, otros uniformes, otro tren... ¡Ya...! ¡Fuera! Estaba fuera
de la tierra de pesadilla. Fuera de la tierra donde quedaba mi fe calcinada; fuera
de la tierra donde se pudren los viejos bolcheviques, los que realizaron la Gran
Revolución del Siglo XX; de la tierra donde se pudre, hecha mentira, una idea
que agitó millones de cerebros y que conmovió pueblos enteros, haciendo creer
en el advenimiento de una humanidad mejor...
Quizás nunca en mi vida me he sumergido total y voluntariamente en una
alegría más plena de tristeza: mi júbilo era animal, casi puramente fisiológico.
¡Volvía a nacer! Escapaba con vida después de haber estado entre la telaraña
staliniana de la NKVD. Renacía y, como para completar mi felicidad, podía salir
de la patria socialista, trasponer sus linderos y largarme para siempre, sin volver
el rostro hacia atrás, hundirme en la soledad cabal que me esperaba en el mundo
capitalista. Me escapaba y podía abrazar a mi mujer, refugiarme en ella, en su
crítica persistente como una llovizna, en sus intuiciones oscuras, sibilinas, pero
certeras, en el porvenir del hijo que iba a venir, en el egoísmo chato, pequeñito,
sin alas, de nuestro interés familiar.
La tristeza que me envolvía era más amplia, más trascendente, más
espiritual, si se quiere, pero era menos profunda que mi júbilo. Sabía que, al
trasponer las fronteras soviéticas rumbo a Vipuri y a Helsinki, estaba marchando
con el cadáver de mi gran fe a cuestas y que arrastraba conmigo mi vida rota.
Había entregado todo: juventud, lucha por la vida, labranza de un porvenir, el
seguro para los tiempos de dificultad y de vejez, camino fácil en la política o en
el comercio, solamente por encontrar un camino que pudiese conducir a la
realización de la vasta obra de elevar a mi desdichado pueblo del suelo. Y,
después de largos y durísimos años de brega, después de haber pasado no una
sino cien veces, como lo quería mi madre, por el Huerto de los Olivos, me
encontraba aquí supremamente aislado, sin camino, sin brújula y con mis sueños
de hombre totalmente quemados. En mi país seguían imperando, con más rudeza
aún que en 1919, las mismas formas dictatoriales, los mismos procedimientos
cínicos, análogos atropellos a la libertad de la gente. Tenía sobre mí y sobre toda
mi vida, al cruzar el Báltico de Turku a Estocolmo, la pesadumbre de un fracaso
aplastante y despiadado. Se hizo aguda en mí la confrontación entre la
encantadora limpieza que domina toda la vida sueca y la suciedad que aplastaba
a mi país; quizás sí sentí un poco de pena egoísta por haber nacido en un país tan
pobre, tan duro, de gente con tan larga y honda capacidad para absorber
sufrimiento. Y se me vino a la mente, como una gran nostalgia, aquello de
Rubén: “...y pensar que algún día pude no haber nacido”.
Sólo quien tiene una alta capacidad de fe sabe la magnitud del dolor que
significa agazaparse, saltar y apuñalear despiadadamente esa fe: y hacerlo una
vez y cien veces más, tantas cuantas esa fe se alce en nosotros como un espectro,
para captarnos y observarnos de nuevo. Si es bello creer, es trágico y
desesperante ya no creer más.
Este gran dolor era anestesiado en mí por la alegría de escapar; yo había
caminado por las calles de Moscú, sintiendo sobre los riñones el hálito de los
perros de presa de la policía staliniana; teniendo sobre la nuca el círculo frío del
cañón de su pistola; viendo marchar delante de mí la sombra de su vigilancia, del
recuento de mis pasos, del registro de mis gestos, de la catalogación de mis
palabras. Me había invadido análoga psicosis de terror a la que domina al ruso
corriente; era el miedo mezclado con asco y con odio. No era simplemente el
miedo a la muerte, no. El animal se resiste a morir, pero sabe bien que eso es
fatal e irremisible. Era algo peor: el asco, el odio, el miedo a morir aplastado
como una rata en las cuevas de la NKVD, oliendo el olor a cuero y a sudor de las
botas de los policías de Stalin. Me escapaba de eso y me bañaba un goce
glorioso; el goce de sentir mi transformación: de mísero insecto entre los dedos
de la policía soviética me sentía hombre, y hombre libre en ese mundo capitalista
al que había atacado tan fiera y denodadamente, soñando en forjar la felicidad de
las gentes.
Volvía hacia él humillado, manando fracaso por los cuatro costados, tan
rudamente golpeado que se podían contar todos mis huesos. Borrosamente,
como en una décima copia al carbón, recordaba las palabras de la parábola de
“El hijo pródigo”. Y sabía que no había hogar paterno al cual retornar. Sabía que
los unos me señalarían como tránsfuga y los otros como pernicioso; me hundí en
el extremo límite, igualmente repudiado por los unos y por los otros.
No obstante, el júbilo cantaba dentro de mí; tenía la sensación que da la
aspirina tras el dolor de muelas. Solamente quien se ha escapado de la tierra
dominada por la ferocidad de la tiranía de Stalin puede saber lo que es tal
sentimiento.
¡Además, iba a tener un chico...!
Llegué a París y allí, en la habitación del sexto piso de un hotel sórdido, de la
orilla izquierda del Sena, encontré a mi esposa, contenta con la idea de tener un
hijo, pero totalmente inutilizada para valerse por sí misma.
Tenía el cuerpo hinchado, no podía realizar ningún movimiento que
demandase esfuerzo, estaba sometida a una alimentación exclusivamente láctea.
Los médicos declararon que su caso era grave; estaba atacada de albuminuria y
podía sufrir una eclampsia mortal. Recurrí a los amigos que tenía en París y el
viejo Marcel Cachin me presentó a su yerno, el doctor Hertzog, quien tomó a su
cargo a la enferma e hizo las gestiones que permitirían sacarla del hotel y
conducirla a una maternidad.
Fue imperativo buscar una cama de hospital. Una ambulancia se la llevó en
un mediodía tibio a la maternidad de la clínica Tarnier. Podía verla dos veces por
semana.
Una mañana supe que la habían conducido a la sala de partos.
¡Qué inmensamente largo fue aquel día...!
Hasta las últimas horas de la noche no pude obtener dato alguno. Supliqué,
fui de una oficina a otra, rogué, y al fin me convencí de que el sistema
burocrático de los hospitales de Francia es lo menos humano que tienen los
franceses. Hay algo de inmutable y de soviético en el régimen. Ala mañana
siguiente, el portero me notificó que mi mujer se restablecería, pero que el niño
había muerto.
Salí del vasto vestíbulo del hospital Tarnier sintiendo una mezcla acre de
dolor y de rabia. Me sentía perdido en el horrendo límite entre dos mundos, a
ninguno de los cuales pertenecía yo. Había perdido a mi hijito varón y me lo
habían matado mis camaradas comunistas; me lo habían asesinado sin utilidad
alguna, por sadismo, por sucia mezquindad humana. Si mi mujer hubiese salido
de España junto conmigo, no habría tenido que soportar el hambre prolongada y
diaria de aquellas lentejas escalofriantes, mal cocidas por falta de combustible;
ni habría soportado, con el niño en las entrañas, el frío agudo sin calefacción, ni
la nerviosidad tensa de los bombardeos, ni la carencia de cuidados médicos. La
criatura estaría, a esa hora, viva, gritando y llorando en un mundo
convulsionado, cuya convulsión llegaba golpeándonos con fiereza.
¡Había muerto mi chiquillo... y, lo peor, me lo habían matado la iniquidad, la
miseria moral, la indiferencia artificiosa de mis camaradas...!
Su experiencia política en España y su experiencia personal en lo que atañe a
los sentimientos humanos habían enardecido el descontento de mi esposa contra
el Partido. Un creciente resentimiento se derramaba en la sutileza y acerbidad de
sus críticas; y sus preguntas menudeaban sobre mí, indagando por mis opiniones,
por la suerte de mi fe, por mi pensamiento frente al porvenir, no al nuestro, sino
al de la humanidad avanzada y progresista, que amaba la causa de la libertad y
de la dignidad humana.
—No es honesto, ni es digno —concluía como examinando su propia
perspectiva espiritual— si se ha perdido la convicción, si ya no se cree...;
¡quedarse sin la fe es oportunismo... es repugnante...!
Me miraba profunda y largamente, como si presintiese lo sustantivo de mi
tempestuosa crisis espiritual, y aguardaba la respuesta...
—¿Y el fascismo...? —preguntaba yo, para responderle—. ¿Y el triunfo de
los nazis? ¿Adónde ir que no sea una fuga ante el enemigo, una deserción en
pleno combate, un abandono de los miles de camaradas honrados, que están
peleando y que seguirán peleando... sin nosotros...?
—¡Es verdad..., es verdad...! —repetía resignándose—, pero es triste haber
llevado a esta pobre fe defensiva, de mero antifascista...
Y se hacían silencios largos, de días y semanas, en que no tocábamos el tema
político; se hacía tabú; era como si le tuviésemos miedo.
Semanas después de la muerte del niño, nos embarcamos rumbo a Buenos
Aires, en tránsito para Chile.
En un atardecer, ya cerca de la costa brasilera, me confesó suavemente, y en
amable y dolido tono confidencial:
—¡Por ti, seguiré aún siendo miembro del Partido; pero quiero que sepas que
yo no soy ya una comunista...; para mí, se acabó...!
No dije nada, y ella se extrañó de que su noticia no me sorprendiese.
Comprendió que yo no era ya sino un antifascista...
Y Chile tuvo un presidente radical
37
Paradojal y dramático resultaba que un ardoroso misionero del comunismo
encontrase en Chile, en un ambiente de capitalismo retrasado, la libertad agible y
plena que no había podido encontrar —ni en una brizna siquiera— en la
embrujadora tierra del socialismo. En Chile, al amparo de la democracia chilena,
podía abjurar de Stalin y de todas las solemnes y engañosas teorías con las que
encubría su dictadura, sin que la abjuración implicase un tiro en el occipucio.
Era tan libre que podía marcharme de las filas comunistas y también podía
quedarme en ellas, simulando la fe que no sólo había muerto, sino que ya no era
sino un recuerdo en putridez. Era libre, era hombre con derechos, libre de
presiones constrictivas y de compulsiones oscuras, pero estaba deprimido hasta
la más acabadora lasitud, hasta la más guiñaposa sordidez. Nada hay más
deprimente ni sórdido para el espíritu que el cuerpo presente de los recuerdos
que se pudren bajo nuestro asco; recuerdos flotantes como cadáveres, que el
oleaje de la conciencia no alcanza a arrojar en la playa del olvido. Era claro y
lúcido que podía marcharme del Partido y que podía quedarme en él... ¿Qué
hacer...?
En la encrucijada, y bajo el choque persistente que abollaba todas las
voliciones y noliciones, lo más fácil resultaba dejar que el tiempo madurase la
resolución final, como maduran los vegetales; que en vez de la voluntad, operase
la gravitación de la inercia y de la rutina.
Sobre el pensamiento oportunista y abúlico brillaba refulgente la idea dotada
de complexión de deber: ¿era o no el fascismo una amenaza universal y
totalitaria? Como simple hombre libre —independientemente de toda ideología o
posición política—, no podía desertar del combate ni abandonar a los que
estaban trenzados en la pelea. En aquel momento, oprobiar la tiranía sangrienta
de Stalin, denunciar la estafa, señalar las rutas de su tráfico intérlope y sucio
habría sido llevar agua al molino del nacionalsocialismo y caer dentro del campo
orbital del fascismo. ¡No, no podía ser en aquel momento...!
Y tal vez... ¿por qué no...? La guerra podría cambiar la faz y la esencia de los
hechos...; hasta podría cancelar el estalinismo y promover corrientes de tipo
humano, por lo menos. Tal pensamiento era gaseoso y arbitrario, pero lo
acariciaba como el residuo postrero de mi triturada fe, de mi desvencijada
esperanza... ¡Y es que la fe posee una milagrosa potencia reviviscible: se parece
al polen de la selva...! Conquistamos la seguridad rotunda de su defunción y, al
menor indicio favorable, remanece traslumbrante y rediviva.
Operaba, además, el amor al éxito: esa obsesión absorbente que tan
gravitante acción ejerce sobre el espíritu humano; no es el interés material de
ganancia, ni el amor propio egoísta, ni el deseo de dominar o la voluntad de
poder. Es algo bellamente deportivo: ganar por el placer de aspirar la espiritosa
ebriedad de la victoria, por disfrutar de la voluptuosidad suprema que significa la
caricia del ala del triunfo sobre la cabeza. Es el goce, casi sensual, del jugador,
con los ojos adheridos al giro de la ruleta, a los puntos negros de los dados; es la
fiebre del entomólogo que busca el insecto raro; es el abrasivo que pule hasta el
dolor la intuición del físico que comprueba su ecuación en la velocidad de la
nebulosa, o la del químico que ratifica el efecto de su antibiótico.
Me amarraba a la espera, además, el respeto que debía a quienes habían
creído en mí, poniendo fe en mi conducción y confianza en los caminos que les
mostré. Si es doloroso marchar despedazando las propias creencias, más acerbo
y doliente es marchar atropellando la fe de los otros, como si su noble confianza
mereciese la ruindad de la estafa. Estaba seguro de que la inmensa mayoría
levantaría el coro de alaridos acusándome de traidor..., pero en muchos quedaría
el reconcomio salobre de mi deserción: se sentirían con sinceridad como si les
infiriese un ultraje. Pensé que era obligatorio justificarme, ante algunos, por lo
menos; hacerles conocer la esencia de la gran estafa, o siquiera los motivos
nefastos que me empujaban, de modo irremisible, a evadirme de las filas
comunistas. Al fin, yo era depositario de lo más valioso que otorga el hombre: la
confianza. Y no podía burlar la que muchísimos camaradas habían depositado en
mí.
Y, es claro, también actuó, por mucho que la idea se movía como
vergonzante, el temor a las represalias comunistas; a su resaca de lodo espeso y
cargado de mugre, a las calumnias que inventarían para vilipendiarme, al
“desgraciado accidente” que podían fraguar y hacerme el protagonista...
Y al final, pensando que todo podía acontecer, hasta un milagro, pues resolví
quedarme en el partido, aplazar la fuga, colaborar en el triunfo de la consigna
“Chile debe tener un presidente radical”, y cumplir mi compromiso con Jorge
Dimitrov, a quien le debía gratitud.
Ni las simpatías comunistas, ni la inclinación del poderoso Partido Socialista,
ni el entusiasmo popular estaban con el corifeo radical, don Pedro Aguirre
Cerda, a quien se apodaba “don Tinto”, por su color acobrado y por el del vino
oscuro de su hacienda, Conchalí. Antiguo ministro del Interior en uno de los
períodos del presidente Alessandri, don Pedro cargaba —con o sin razón— con
el tétrico recuerdo de lo que la masa trabajadora chilena denominaba “la masacre
de San Gregorio”. Fue una de las matanzas humanas en las que las tropas del
Ejército, en muchos países latinoamericanos, se cubren de gloria, ahogando en
sangre proletaria las reclamaciones y las huelgas de los trabajadores. Es general
que los propios estrategas de la matanza hacen montar la provocación, para
presentarse después como los defensores del orden constituido y los salvadores
de la patria amenazada. La historia de estas masacres culmina siempre con el
obsequio, por parte de los Gobiernos, de recompensas monetarias, ascensos,
condecoraciones y privilegios.
De otro lado, don Pedro Aguirre Cerda y muchos de los más conspicuos
directores del radicalismo sólo marchaban con grandes y severas reservas
respecto del Partido Comunista. No estaban aún lo suficientemente cercanos el
Partido Radical y el Partido Comunista. Y para cristalizar y consolidar tal
acercamiento hacía falta de mucho más que el último kilómetro.
Elías Lafertte y Raúl Barra Silva, a su retorno de Moscú, presionaban a todo
vapor sobre el Partido para que acelerase el ritmo de la marcha emprendida por
los caminos de Yenán. Comprendieron con claridad que, para los altos dirigentes
radicales, no había más razones suasorias que hacerles sentir que los comunistas
alaban el carro del triunfo radical. La consigna “El nuevo presidente de Chile
debe ser un radical” había sido ya planteada por ellos con caracterismo de
perentoriedad y, venciendo no escasas renuencias, obtenían que el Partido
Comunista sirviese la causa radical con abnegación, sin resarcimiento alguno, lo
que laxaba las resistencias radicales y ablandecía sus desconfianzas, socavando
las posiciones de los renuentes.
El cervigudo y bonanzoso Galo González, mientras tanto, organizaba lento y
paciente la Comisión de Control, según el esquema y las directivas que recibiera
del Comandante Bielov y de la camarada Blagoieva en Moscú.
La ambición de caudillos grandes y pequeños, la codicia de hombres y
grupos, el forcejeo de quienes veían en ésta una oportunidad particular única e
irreversible, trabajó más que miles de caballos de fuerza en favor de la coalición
radical comunista. Diversos sectores se lanzaron otorgando su apoyo a
candidatos sin horizonte; y al aislar al radicalismo y acarrear riesgos a su triunfo,
presionaron sobre él, cancelando sus escrúpulos y aplacando sus desconfianzas,
y decidiéndolo a lanzar desnudos a las calles todos sus pudores. El paso
decisorio no habría sido dado sin el trabajo pertinaz e inteligente que desarrolló
en las más altas esferas del radicalismo el activo sector que orientaba Gabriel
González Videla. Entusiasmo gallardo, intuitiva habilidad y alegre constancia
fueron virtudes que el conspicuo radical, años más tarde Presidente de Chile,
gracias al auspicio comunista, puso al servicio de la alianza radical comunista,
promotora y realizadora de la vasta movilización unitiva en torno a la
candidatura presidencial de don Pedro Aguirre Cerda. Y fue así como las
banderas farpadas del comunismo abrieron la marcha del Partido Radical hacia
su más grande victoria histórica.
Don Pedro Aguirre Cerda murmuraba: ¡Presentes de Artajerjes..., presentes
de Artajerjes...! —refiriéndose a la marcha subalternada y obsecuente del Partido
Comunista y a su reconocimiento objetivo del señoreaje del Partido Radical. Se
negaba a levantar el puño en alto en las manifestaciones, como lo hacían ya
radicales, comunistas, socialistas, trotskistas y democráticos, pero se dejaba
arrastrar por el incontenible tropel de los acontecimientos.
La gira política se encandeció al retornar de las regiones agrarias del sur,
para ingresar en las zonas proletarias del centro y del norte de Chile. En la zona
del salitre estaban los bastiones comunistas, y fue allí donde los comunistas
desplegaron su más cuidadosa habilidad, para ejercer presión y doblegar las
últimas resistencias radicales. Es cierto que sus recrudescencias surgían sin
fuerza, despejadas, sin encontrar resquicios dónde agarrarse..., pero don Pedro se
mostraba aún zahareño y huraño con sus generosos aliados comunistas. Y era
necesario que se mostrase menos esquivo con el Partido, pues tal actitud tenía
que significar un cuantioso capital político.
Anuncióse el paso del candidato presidencial y de su numerosa comitiva
rumbo a las ciudades, tan sólo y a través de la vía abierta por las ruedas de los
automóviles, sobre el páramo norteño. La vía del recorrido, denominada “la
huella”, corre lejos de los grandes centros de trabajo y a través del desierto: no
hay una gota de agua, ni un mezquino arbusto, ni la más leve sombra bajo la cual
cobijarse..., y el sol gotea como grasa caliente sobre las cabezas y las espaldas,
sobre el arenal del páramo abrasado y letal.
Los automóviles de la comitiva saltaban de bache en bache; el calor caldeaba
los cráneos como ollas hirvientes y parecía que iba a hacer saltar las venas de las
sienes. La dureza del paisaje golpeaba ensañado sobre el espíritu de los hombres.
Sobre el silencio del desierto se alzó un clamor gigantesco: era la
muchedumbre de obreros de las plantas salitreras, con sus mujeres y sus hijos,
que habían caminado hasta la huella, a pie, bajo el sol, sólo para ver pasar y
saludar a su abanderado: Pedro Aguirre Cerda. Y allí no había sino un clamor:
era el clamor del Partido Comunista; no había sino una bandera: la bandera roja
con la hoz y el martillo. Millares de seres harapientos, cubiertos de polvo,
tragando lodo, encanijados y entusiastas, estaban allí respaldando el triunfo
radical, cantando y con el puño en alto:
El partido de Lafertte
¡con Aguirre hasta la muerte...!
Pedro Aguirre Cerda se llevó la mano morena a la garganta, como para
impedir que la emoción le engolletase; en los ojos enrojecidos le daban vuelta
las lágrimas y el grito presagioso le hacía vibrar. Con tranquilo ademán ordenó
que se levantara la capota de su automóvil. Se puso de pie y saludó a la
muchedumbre enloquecida..., con el puño en alto...
Aquel gesto era valioso capital político para el partido de Lafertte; pero lo
era mayor y más rico para la Internacional Comunista, para el Camino de Yenán.
Y en su formación había colaborado, ágil y hendiente como una proa, el trabajo
eficaz y fecundo de Gabriel González Videla y del dinámico grupo de la
izquierda radical.
El vasto y bien organizado sector de la derecha cometió gruesos errores y se
condujo con una torpe conducta política, favoreciendo el triunfo del Frente
Popular. No sólo se agrupó en torno a un candidato impopular, sino que tiñó su
propaganda de simpatías agresivamente fascistas. Y como para más recio
agravamiento, el Gobierno reprimió con crueldad el absurdo e ingenuo “putsch”
en el que se embarcaron algunas decenas de muchachos del Movimiento
Nacional Socialista: sesenta y seis mozos, ninguno de los cuales tenía
veinticinco años, fueron aniquilados a tiros, después de haberse rendido. A la
indignación provocada por la bárbara forma de represión se unió el factor
decisivo que significó la votación nazi criolla por el Frente Popular y por su
candidato. ¡Votaron unidos en esta elección nazis y comunistas...!
Las elecciones chilenas de 1938 fueron un triunfo radical, pero también un
inmenso triunfo comunista: el éxito del Camino de Yenán.
Empezaron a llover sobre Aguirre Cerda compulsivas presiones para que se
desligase de sus aliados, una vez obtenida la victoria. Se le acusaba, entre otras
culpas, de la de haber sido el promotor del inmenso volumen y del poderío
alcanzado por los socialistas y, sobre todo, por los comunistas. Don Pedro
sentenciaba con filosofía criolla:
—¡Pero en qué poca agua se ahogan ustedes...! ¡Es una lástima...! Déjenlos,
déjenlos nomás...! Estos comunistas y estos socialistas no son rusos, son
chilenos: tan pronto como asuma el Gobierno les daré la oportunidad de manejar
las cajas, de dirigir las empresas fiscalizadas, de darles acceso a las dependencias
donde corre dinero... ¡Ya verán ustedes lo que va a pasar...! Estos “rotos” no
pueden con su genio, sean comunistas, evangelistas, radicales, socialistas o
católicos; se lanzarán, de todas maneras, sobre los pesos, como gatos sobre el
bofe.
Y don Pedro se reía como a sovoz, con risa sigilosa de conejo.
—Son chilenos “los gallos” —añadía— y se van a desacreditar más pronto
de lo que ustedes y yo pensamos. Van a perder por la sensualidad lo que han
ganado por la abnegación. ¡Yo los conozco...!
Y el presagio de Aguirre Cerda tuvo cumplimiento. El caso de España,
guardando las proporciones, tuvo su remanencia en Chile, bajo el Frente Popular.
Trabajadores de magnífico historial se transformaron en los dueños de una
concupiscencia que bastardeaba las mejores posibilidades del ser humano;
personas que se habían sacrificado hasta el límite de hacer pensar en lo
milagroso, estaban allí después de la victoria, convertidos de combatientes
abnegados en codiciosos usufructuarios. Daba lástima comprobar cómo los
ideales por los que el hombre está dispuesto a morir se degradan en moneda de
cambio, y cómo los principios doctrinarios quedaban como banderas flabeladas
sobre los muros, en calidad de grandes palabras sin contenido.
En diversos sectores del Partido Comunista despertaba, y a veces hasta se
hacía escuchar, la raciocinativa marxista y la condenación de lo que era
calificado como feria... —¡la feria del Camino de Yenán...!—, pero la zarabanda
del triunfo, la algazara del ascenso, sellaba todas las renuencias: en Moscú era el
terror; aquí, la borrachera del triunfo. Era como si un puño de boxeador hubiese
borrado los principios de toda moral prohibente, otorgando salvoconductos a
todos los pirujos que me rodeaban en los aledaños del Camino de Yenán.
La victoria se reflejó de modo fulminante en el crecimiento del volumen
militante, la influencia política y el poderío social del Partido Comunista. Los
más optimistas anhelos moscovitas fueron superados por el recontamiento de las
filas partidarias y simpatizantes. Nadie se atrevía ya a chocar con el poderoso
Partido Comunista de Chile —transformado en el segundo del orbe, por su
cercanía al poder—, pero toda persona honesta sentía la podredura y los
militantes más austeros preguntaban cómo se podía llegar hasta allí...
Y es que un partido político no puede saltar con impunidad de un lado al
otro: en Chile, como en España, ese era el castigo de los “virajes” moscovitas, de
los juegos políticos que dejaban los principios en calidad de lastre que molestaba
o de paraguas que se olvidaba. Era en aquella hora en la que “Don Tinto” —
cazurro, chilenísimo y paciente— obsequiaba con pródiga generosidad a
socialistas y comunistas y sus congéneres, con los caldos más embriagantes de
las ricas vides chilenas.
Se tornó obligatorio emprender la tarea del reflotamiento de la empresa
periodística del Partido, seriamente maltrecha. Y al reflotarla hubo que hacerlo
bajo el signo de una concepción nueva: la del poderío alcanzado por el Partido
Comunista de Chile.
Las puertas se abrieron con sorprendente facilidad: el Banco de Chile, la
Caja de Ahorros, las instituciones crediticias del Estado o de particulares se
complacían en contar a la empresa comunista entre sus más mimados clientes.
Los bonos comunistas se cotizaban tan altos como su ascenso en la cresta de la
ola política. El Partido adquirió una amplia y céntrica mansión; se instalaron
nuevas maquinarias impresoras y se adquirió, en muy ventajosas condiciones,
una rotativa perteneciente al diario del Gobierno La Nación. Con extraordinaria
tenacidad, gracias al apoyo de los amigos del comunismo, y a la sombra benéfica
de los hombres del Gobierno y de los corifeos del Partido Radical, se constituyó
una empresa de más de cuatro millones de pesos chilenos. En la esquina de las
calles de Moneda y Miraflores, en pleno corazón de la ciudad que fundara don
Pedro Valdivia, se iluminó una noche, toda en rojo vivo, la estrella de cinco
puntas de la simbología soviética. Abajo, en lo que fuera el patio de la casona,
roncaba la rotativa lanzando miles y miles de ejemplares del diario comunista a
las calles. Fue entonces cuando pensé definitivamente que mi labor había
terminado en Chile... y en el Partido Comunista. Y otra vez, ante mí, la
disyuntiva: ¿Qué hacer...? ¿Permanecía en las filas del Partido o me marchaba...?
Se me presentó un trabajo que ganaba todas mis simpatías, que encendió
vivamente toda mi emoción y que me hizo luchar con el entusiasmo más
fervoroso. Fue preciso arrancar de los campos de concentración de Francia al
mayor número de españoles, que morían allí víctimas de un tratamiento
inhumano, después de haberse batido por la suerte de las democracias del
mundo.
Hubo que luchar denodadamente, emplear toda la valiosa influencia de
Gabriel González Videla y de los altos jefes radicales, para conseguir que el
Gobierno chileno admitiese algunos millares de españoles republicanos.
—Pero, hijos míos —nos decía don Pedro Aguirre Cerda—, ¿por qué
quieren ustedes que Chile se haga cargo del muerto...? ¡Hombre...! —exclamaba
burlón—, debían ustedes, como buenos comunistas, gestionar ante ese Stalin,
para que los haga llevar a Rusia... ¿Qué le cuesta...? Porque, hay que ver,
amiguitos, que los pobres españoles se han batido principalmente por los rusos.
¡El deber de Rusia es acogerlos, y acogerlos bajo palio...!
—¡Señor —implorábamos—, los españoles también se han batido por Chile
y por la libertad del mundo. Además, es gente de trabajo, emprendedora, que
habla nuestro idioma...!
—¡Claro... claro..., y es gente blanca que, digan lo que quieran, cree en
Nuestro Señor Jesucristo y habla en cristiano! Pero díganme una cosa...: ¿Por
qué no quiere recogerlos ese Stalin...?
Y el presidente reía con picardía alegre, con espíritu burlón, refregando en
las narices comunistas la negativa rusa de prestar auxilio a los republicanos
españoles perseguidos y prisioneros. Y Pedro Aguirre Cerda, un buen día,
accedió a la demanda comunista. Varios miles de españoles pudieron abandonar
los campos de concentración de Francia e ingresar a Chile.
La amenaza hitleriana se había tornado candente; la Política de
Apaciguamiento no había hecho sino incitar al agresor. Las divisiones panzer de
la gran Alemania se disponían a cruzar las fronteras.
¡Era la guerra...! Una nueva guerra... ¿Qué haría la gran patria socialista...?
En aquella hora sombría para el género humano sentí que se encendían de
nuevo los apagados fuegos de mi esperanza en la Unión Soviética, de mi
simpatía hacia el destino de Rusia. Creo que llegué a persuadirme de la
necesidad de olvidar todo lo malo. Sobre el cadáver de mi fe se arrastraba,
rampante y pusilánime, mi esperanza en la inminente acción soviética para
salvar al mundo de la barbarie nazi...
¡Era sólo una cuestión de días, de meses quizás...; había que esperar...!
Pacto histórico y pacto oscuro
38
Fui uno de los primeros en recibir la noticia y ella me produjo un
embrutecimiento letargoso. ¡Hitler y Stalin se habían entendido... a la faz del
mundo! Ribbentrop volaba a Moscú para sellar el compromiso entre la Alemania
Nacional Socialista y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Los
nazis de Hitler y los comunistas de Stalin aparecían dándose la mano para arrear
al mundo al matadero. Hitler y Stalin entraban de brazo en la historia universal.
La revolución proletaria sirviendo de alcahuetería para este inmundo tráfico de
la carne y de la sangre, de la vida y del destino de millones de seres humanos.
Los dirigentes comunistas chilenos cayeron en una dramática indecisión; no
sabían qué pensar; no sabían qué hacer. Y mientras ellos se afligían, arribaba a
mí la convicción conclusiva de que este era el instante en que se cancelaban las
más indulgentes transigencias y las más disfrazadas capitulaciones. Aquí, los
hechos históricos, con su aplastante impacción, pulverizaban el cúmulo de
razones que amamantaban la idea de que era preciso aceptarlo, hasta la
claudicación, a fin de emplear todas las energías contra el nazismo. ¡Y he aquí
que se unían oficial y odiosamente el nazismo de Adolfo Hitler y el comunismo
de José Stalin!
El Comité Central del Partido Chileno elaboró un documento sibilino y
confuso, en el que se afirmaba en senda que el Pacto Germano-Soviético se
había firmado para preservar la paz, para cortar de un solo tajo y a cercén las
infames maniobras de los traficantes de guerra. Cuando discutían el documento,
llegaron los telegramas en que se anunciaba que Hitler invadía Polonia y que la
guerra dejaba de ser amenaza, para transformarse en acontecimiento. Y esto
significaba que el pacto sellado en Moscú por Molotov y Ribbentrop, lejos de
preservar la paz, había precipitado la guerra. Los dirigentes comunistas chilenos
resolvieron no emitir documento alguno y guardaron silencio.
De inmediato inicié la tarea de organizar la contabilidad de la empresa
periodística, a fin de hacer entrega de ella. Tenía capital interés en efectuar una
entrega impecable, para cerrar el camino a futuras acusaciones. Un accidente
automovilístico me tuvo paralizado más de cuarenta días, lo que retardó la
ejecución de mi propósito.
Entretanto, arribó a Santiago Vittorio Codovila. Me entrevistó y estuvo en
exceso amable en aquel primer contacto, como no lo había estado jamás: su tono
fue trascendente y su charla en extremo confidencial.
—Venimos de México —me dijo, hablando en plural— y allá hemos dirigido
la limpieza del Partido; ha sido una purga en regla; hemos debido expulsar a
Hernán Laborde, a Campa y a un núcleo inservible. Hicimos elegir a Dionisio
Encina, un tipo en quien creo que se puede fiar. ALaborde y a Campa se les
habían metido tonterías en la cabeza, como las de estar criticando a Lombardo
Toledano. Desde la Casa fue preciso comisionar al camarada Browder para que
volase a México a impedir que el Partido crease fricciones con Lombardo; tú
conoces el punto de vista de la Casa sobre este particular: el grupo de Lombardo
nos interesa mucho más que el Partido. Ahora queda un grupo dirigente al que
no se le ocurrirá nunca en la vida ya no enfrentarse a Lombardo Toledano, sino
ni siquiera causarle la menor molestia.
Sacó de un grueso portafolio la abultada documentación que me entregó para
que me informase. Tomé un folleto, eché una mirada sobre ésta y la otra página y
le devolví todo, diciéndole:
—Lo mismo de siempre; la política del “palo de gallinero”... El ejemplar,
genial y heroico camarada de la antevíspera se convierte en la carroña del día
subsiguiente... ¡Se ha perdido todo decoro...!
Noté que le llamaba la atención mi actitud, pero no hizo el menor reparo; al
contrario, hasta pareció querer mostrarse más cordial. Cambió el tema: hizo
recuerdos de España, habló de Moscú, de la liquidación del último resto del
bujarinismo y del zinoviefismo... —¡él que vivió en Moscú disfrazado de
Zinoviev...!—, y enjuició con una verborrea nauseabunda el Pacto Germano
Soviético. ¡Era un cimbalero de Stalin...!
—Mira, Codovila —le dije, interrumpiendo bruscamente—, lo del tal pacto
no me interesa, y menos aún después del reparto de Polonia que acaban de hacer
Hitler y Stalin.
Codovila no se alarmó ni demostró irritarse. Me pasmó su benevolencia y la
suavísima y delicada reacción, que se tradujo en una exposición didáctica de las
razones que habían determinado el entendimiento ruso-germano.
—Te digo —volví a interrumpirle— que el asunto no me interesa.
Con calma, que me llevó a la estupefacción, abandonó el tema y habló del
Perú, de los apristas, de las gestiones de Manuel Seoane y de Luis Alberto
Sánchez para buscar un entendimiento —con la Internacional Comunista, más
que con los comunistas peruanos—, esclareció gustoso: le agradaba darme la
noticia.
—Tampoco me interesa el contubernio apro-comunista —exclamé con la voz
ronca y un poco turbada.
—Pero es que un luchador comunista —dijo con amable energía—, un
dirigente de tu categoría y de tu talento no puede plantear las cosas de esta
manera...; —y cobrando entusiasmo, sentenció: tú no puedes obrar así; sería una
fuga, una deserción ante el enemigo...
—Bien... bien, piensa lo que quieras —repliqué, levantándome y echándome
a caminar por la habitación—, pero ya no me siento más, Codovila, un miembro
del Partido Comunista. Sé que estoy de más aquí...
—Pero... ¿qué te pasa, camarada? —preguntó con suavidad—. ¿Es que te has
vuelto loco...?
—No... no..., tú sabes que no estoy loco —repliqué—, es que ya no puedo
soportar más... ¡Se acabó, amigo, se acabó...!
—¡Estás muy afectado...! —insinuó cariñoso—, estás mal, no puedes seguir
trabajando; tienes que tomarte un descanso. Tendrás que ir a reposar a Moscú...
Debes ir lo más pronto a la Casa...
Le miré en los ojos, buscando algo de diabólico en su manera de mirarme,
indagando la cantidad y la calidad de satanismo que había en toda aquella
insinuación. Pero Codovila seguía apacible, tranquilo, cordialísimo como un
amigo.
Estallé en un largo monólogo; hice un rápido balance de errores, de bajezas,
de crímenes, de bellaquerías. Y terminé diciéndole:
—Ustedes pueden hacer lo que quieran; yo por mi parte no haré nada, no
diré nada, no acusaré a nadie; me escurriré como un fugitivo. Salvo que traten de
golpearme; entonces responderé, porque no estoy dispuesto a dejarme pasar por
encima.
Codovila sonrió como un niño y, como si no hubiese oído, me dijo:
—¿Quieres hacerme un favor...?
—¿Qué quieres...? —demandé.
—Redáctanos un informe amplio sobre el Perú; no conocemos sino
generalidades, y la única persona que puede proporcionar una visión justa de la
política de tu país eres tú. ¡Te lo vamos a agradecer...!
—Te voy a dar la dirección de la persona que puede hacerles un informe
mucho mejor que yo —repliqué— ; dirígete al señor diputado Juan P. Luna,
representante comunista. Cámara de Diputados, Lima, Perú.
—Pero ¿es que tenemos un diputado electo en el Perú...? —interrogó.
—Electo no —repuse—, solamente nombrado, designado por el dictador
Benavides... El pueblo no ha tenido nada que ver en el asunto...; tú sabes bien
que hace rato que en el Perú los diputados y senadores no son elegidos: son
nombrados, designados por el dictador...
—Así que Benavides lo nombró... —dijo con voz apagada Codovila.
—Si Benavides no hubiese querido, tú sabes bien que Luna no entra jamás al
Parlamento, ni como barredor.
—¡Así es...! —dijo—. Pero... es que...
—¡Nada, Codovila; en el Perú también el Partido Comunista se ha
embarcado o se ha enfangado en el Camino de Yenán...! Si el dictador designa y
tolera que un comunista vaya al Parlamento, es porque le tiene cuenta..., porque
el comunista se ha hecho sirviente...
—Tenemos que conversar..., ¡tenemos que conversar mucho más! —repitió
—, y me harás el favor de venir a verme, ya que yo no puedo... por la policía...;
estas cosas son muy importantes..., hay que discutirlas...
Me despedí cuando había oscurecido. Me dolía la cabeza por el exceso de
tabaco y había como un círculo violáceo ante mis ojos.
Días después vino a la redacción del diario Pierre en persona. Llegaba como
jefe de una delegación del Komintern, integrada por un comunista
norteamericano —a quien apodaba Jimmy, y que hablaba en nombre del
camarada Browder—, el tunecino Nemo y Vittorio Codovila. El estudiante
paraguayo Oscar Creydt oficiaba de mozo de estoques y hombre de contacto.
Pierre era el mismo de siempre: serio y cordial a la vez; el mismo que yo
conociera en Buenos Aires y que viera más tarde en España. Diez años habían
transcurrido para él sin una arruga, sin un cabello gris, sin cambio corporal
alguno. El tiempo había perdido toda relación con la tersura de su piel, con el
color de sus cabellos; parecía como que sanguificaba cada día y que aquella
sanguificación no solo le aportaba sangre nueva, sino además sangre joven,
sangre del doctor Fausto. Se lo dije y replicó afectuoso y gentil, no obstante con
intención:
—Pero te juro que no he vendido mi alma al diablo.
—Siéntate Pierre —le dije—, si quieres que hablemos.
—No... no... —replicó con vehemencia—, no puedo demorarme sino breves
instantes. Comprende, querido camarada, que corro un riesgo viniendo hasta
aquí. Esto te probará hasta qué punto me conmueve tu situación espiritual. Nadie
quizás te comprende como yo. Es necesario que hablemos..., tenemos mucho que
decirnos.
Hizo una pausa y preguntó:
—¿Qué dices...?
—Cuando tú quieras —confirmé—, cuando gustes, Pierre...
—¿Mañana a las tres de la tarde?
—Está bien.
—Pues entonces aguardarás aquí y un camarada vendrá a recogerte. ¿De
acuerdo?
—De acuerdo, Pierre.
La reunión se efectuó en la casa de un rico industrial chileno, dueño de una
planta refinadora de azúcar, que no laboraba. Yo iba a aquella reunión
convencido de que todo lo benévolo que quisieran mostrar era completamente
ficticio. Sabía, además, que Pierre era hombre muy bien abastado de argumentos
penetrantes; por consiguiente, no se trataba de una discusión con la finalidad de
persuadir, sino con la de sellar la ruptura; la discrepancia era ya demasiado
paladina y no había otro procedimiento que actuar paladinamente, sin paliar
nada, sin amortiguar el rompimiento.
¿Discutir con Pierre? Y para qué, si en realidad yo estaba muy lejos de él, de
su posición, de sus argumentos, de su devoción, de su stalinismo. Era tonto
pensar en traspasar la oclusión mental de Codovila; y en cuanto a Nemo...
¡carecía hasta un grado tal de olfacción política! que era infantil querer que
percibiese el olor putrefacto de los miles de cadáveres sobre los que marchaba
Stalin. Jimmy... ¿pero quién podría ser el tal Jimmy, amigo de Browder, el
virrey? Entré en una casa que olía a tiempo, a vejez. Dentro de las grandes
habitaciones, ornadas con muebles antiguos, flotaba un olor a rancidez que
parecía subir como un vaho de la alfombra, de los paineles del empapelado, de la
oscuridad de los cuadros de santos que pendían en las paredes.
Atravesé el amplio pasadizo remachando el pensamiento de que una espesa
impasibilidad debía envolverme en todo instante, como si estuviese barnizado
con ella, desde la coronilla hasta las uñas. Cuando aparecí en el jambaje de la
puerta, estaban reunidos ya Jimmy, Codovila y Nemo. Sobre una especie de
faldistorio estaba tirado un sombrero jarano. Junto a él deposité mi abrigo, los
guantes y el sombrero. Cuando entré, Codovila hizo un gesto como si buscase
una pistola en el bolsillo derecho del saco; retuvo su mano dentro, deseando
ostensiblemente que yo lo notase. Por aquella zafiedad precisamente me esforcé
en aparentar que su gesto había pasado inadvertido.
A poco llegó Pierre y me saludó cordialísimo; inmediatamente se oficializó
la sesión. Pierre me invitó a hablar.
—Todo lo que podría decirles aquí se lo he dicho a Codovila en conversación
anterior. Si ustedes quieren, pues él repetiría lo que le dije; en todo caso,
rectificaría cualquier error u olvido.
—Es que el camarada Codovila —expresó Nemo— no tenía autorización
para tratar el asunto, ninguna clase de asunto; lo habrá hecho a título personal, de
amigo.
—¿Amigo? —pregunté con burla—. ¡Qué te pasa, gran Nemo...! Pues el
camarada Codovila no me dijo que era a título personal; al contrario: se presentó
como el virrey enviado por la Internacional Comunista a la América Latina.
Codovila me miraba con todo el raimiento que llevaba dentro y que se
reflejaba en la actitud irritada, en la risa que le bañaba el rostro.
El silencio puso una tensión de crispadura entre nosotros; hacía un frío que
molestaba tanto como el silencio. Unos golpes suaves se dejaron oír en la puerta
del salón, y al abrirse entró por ella el dueño de la casa. Pidió disculpas,
cambiamos saludos y rogó que le perdonásemos por no haber encendido la
chimenea; pero todo estaba listo; haría fuego enseguida, calentaría la habitación,
traería whisky, vino, jerez, coñac.
Codovila pidió café negro; los demás, whisky con agua.
Mientras, en cuclillas, encendía papeles y charamusca, con la cabeza metida
bajo el alcabor de la chimenea, preguntaba:
—¿El whisky les agrada con soda o con agua natural, con hielo o sin hielo?
Se charló sobre temas intrascendentes: el frío, la nevisca, la majestad de la
cordillera. Parecíamos un grupo de jugadores que abrigaban la habitación antes
de perder y ganar el dinero en una partida de póker.
El dueño de la casa se despidió diciendo:
—Se quedan completamente solos. Volveré por la noche, si aún están aquí,
para servirles una cena de campaña.
—Con buen vino chileno —dijo Nemo.
—Con el que más les guste —asintió y se fue.
Cuando sonó la puerta de la calle y la lira cayó sobre la boca del león de
bronce, Pierre habló:
—Hemos venido a conversar como buenos amigos. Este no es ni un tribunal,
ni comisión de control, ni delegación del Komintern ante quien se te llama a
rendir cuentas. Es una reunión amigable para confrontar nuestras dudas y
nuestras preocupaciones: todos las tenemos. El dirigente comunista no es un
mineral, ni algo yerto. Es un hombre con pasiones, con psicología compleja llena
de altibajos, con horas de entusiasmo y minutos de desfallecimiento. Vamos,
hombre, cuéntanos qué te pasa, que lo único que deseamos es ayudarte;
convéncete de que aquí estás entre amigos.
Me di cuenta de que ellos sabían de antemano que no contarían ya para nada
con mi accesión; y sin embargo, puse toda mi voluntad para mostrarme en cada
momento más y más zahareño.
Nemo y Codovila hablaron en el mismo sentido y pidieron que olvidáramos
mutuamente todo lo que pudiese haber creado distancia o resquemor entre
nosotros.
—Es claro y seguro —expuse esforzándome, para que no se me quebrara la
voz— que Codovila les ha referido la conversación que ya tuve con él. Si estaba
autorizado o no, es lo de menos. Todo lo que él les haya dicho sobre mi caso es
verdad. ¿Aqué repetir lo mismo?
—Si cierras las puertas de esa manera, no llegaremos a ninguna parte —dijo
Pierre, poniendo cuidado en limar la aspereza de sus palabras.
—Ya no pretendo llegar a ninguna parte, Pierre —repliqué—, después de
haber caído donde estoy.
Pierre me miró largamente y hería el silencio espeso reproduciendo con los
golpes de sus dedos sobre la mesa letras del alfabeto Morse. Codovila dibujaba
sobre un papel, mientras Nemo entregaba a Jimmy, tratando de que viese un
papel en el que había escrito algo en inglés.
El café negro de Codovila vaheaba enfriándose.
—El Pacto Germano Soviético —dijo Pierre en tono de discurso, poniéndose
de pie y echando a caminar— obedece a una necesidad histórica. No es un
capricho del destino, ni es una resolución mediata y alambicada por Stalin y por
Hitler. Es un mandato imperioso de los acontecimientos, que tenemos la
obligación de obedecer, si queremos evitar que la Unión Soviética se vea
envuelta en una guerra sangrienta y destructiva. Tal vez no exagere al decirte que
quizás se trata hasta de salvar la Revolución de Octubre.
Pierre se calló y me miró de nuevo, esperando que le respondiera o le
objetara. No dije nada; le devolví una mirada tranquila, saturada voluntariamente
de impasibilidad.
—¡No estamos suficientemente preparados para una guerra! —exclamó, y en
su acento había algo de lacrimoso— y esto ha sido probado en España y en
Finlandia; tú conoces la deficiente calidad de la producción soviética.
Aunque todos los ciudadanos se han volcado en la industria bélica, a pesar de
todos los sacrificios arrojados en la hoguera donde se funden nuestros
armamentos, hay fallas muy graves; hay debilidades muy serias. Tenemos una
artillería tan buena como la mejor de Alemania, Inglaterra o Francia o
Checoslovaquia; pero, amigo mío, es deficiente nuestra aviación, son
deficientísimos nuestros medios de transporte: todos, sin excepción. Tenemos
algún buen tipo de tanques, pero muchos otros malos, y el resto muy malos. En
España lo viste.
Hizo una pausa, avanzó hasta la ventana y continuó:
—Es claro que disponemos, como nadie, del factor hombre. Millones de
hombres y mujeres; decenas de millones de soldados. En cualquiera
circunstancia, nuestro frente podrá ser débil y vulnerable en armamentos, pero
será un gigantesco y aplastante hormiguero, en material humano: olas de
hombres, montañas de hombres..., sí, como esta cordillera —dijo, señalando
hacia la inmensa mole de los Andes nevados, que se alzaba como una muralla de
la ciudad de Santiago. ¿Crees que Stalin, que los bolcheviques, vamos a cometer
el error de lanzar a esa inmensa masa humana a la guerra ahora? ¡No, camarada,
no...! Que ellos se rompan los cuernos y se extraigan mutuamente los bragados;
la Unión Soviética debe reservarse para el porvenir, para la hora final, para el
golpe de gracia.
Sentí que la indignación me sacudía con violencia. Tenía cólera y sentía la
irresistible tentación de expresarla, a pesar del propósito de impasibilidad que
me había forjado.
—Lo que quiere Stalin y los rusos —repliqué— es que los pueblos del
mundo seamos convertidos en cipayos de Rusia, en cipayos de Stalin.
Jimmy pidió la explicación de la palabra cipayo.
—Soldado hindú del ejército inglés —explicó Nemo.
—En otro sentido —insinué— cipayos son soldados que combaten y matan y
mueren por el engrandecimiento y la victoria de otro. Y lo que Pierre está
sosteniendo aquí es que por la estabilidad del régimen de Stalin, debemos
combatir los latinoamericanos hasta el último indio; los chinos hasta el último
coolí; los españoles con gitanos y todo y los hindúes, italianos y cochinchinos.
Todos, todos menos los rusos.
—Los camaradas rusos ya hicieron la revolución —intervino Codovila—, a
nosotros nos toca defenderla, y para eso no hay otro camino que seguir la
política que tan sabiamente traza nuestro camarada Stalin. Y continuó con el
insoportable majamiento de lo que se hacía repetir a los desventurados rusos sin
cesar.
Sonreí burlesco y musité:
—Tú no harás otra cosa que majar sobre lo mismo. Pierre intervino
acentuando con energía:
—¡Cipayos! Soldados que combaten y matan y mueren por la victoria de
otro. Bien, ¿y qué hay? ¿Por qué no han de ser Polonia y Turquía o Finlandia o
la China el escudo de la Unión Soviética? ¿Por qué ha de ser preferible que
mueran rusos y no árabes o manchurianos, indonesios o americanos? ¿Por
qué...?
Y Pierre me miró desafiante por primera vez.
—Porque si se trata de defender la libertad del hombre en el mundo,
luchando contra el nazismo y venciéndolo —repliqué con vehemencia—, es
inconcebible, es monstruoso que la Unión Soviética rehúse de esta manera el
combate y se alíe con los nazis, precisamente en el momento en que los otros
van a luchar contra ellos. En los hechos, Stalin está ayudando a Hitler, mientras
Hitler incendia el mundo, Stalin le acarrea el combustible. ¡Y eso es alianza con
el fascismo!
Codovila se alzó gritando, pero Pierre le obligó a sentarse.
—¡Alianza con el fascismo...! —repitió Pierre con pasmosa tranquilidad—:
he aquí lo craso de tu error. La Unión Soviética acaba de firmar un pacto. Pues te
declaro aquí que ese pacto se romperá el día que a la Unión Soviética y a Stalin
les convenga romperlo. Lo cumpliremos en función de nuestra debilidad; si
somos más fuertes que nuestro pactante, en un momento dado; pues no tengas
cuidado, sea quien sea, no solamente no le cumpliremos lo pactado, sino que le
obligaremos a tragarse el pacto, con firmas, sellos y cintas diplomáticas. Tienes
que comprenderlo bien, de una vez y para siempre: entre ellos, el mundo
capitalista, y nosotros, los bolcheviques, los comunistas, no hay sino una
cuestión y ésta es una cuestión de fuerza. ¿Lo entiendes?, de fuerza, de
violencia..., esa gran partera de la sociedad moderna.
—¡Formidable! —exclamé, dejándome arrastrar—. Cuando es necesario
oponer, para salvar la libertad de los hombres, la violencia socialista a la
violencia nazi, la Unión Soviética, los rusos y Stalin renuncian a las
fanfarronadas sorelianas y se tornan corderilmente pacifistas y amigos de Hitler.
¡No, Pierre; eso es una estafa, una engaño, una pillería!
Jimmy se había levantado de su asiento. Avanzó hacia la chimenea y movió
con el badil los trozos de leña encendidos, amontonándolos, y arrojó nuevos
troncos para avivar el fuego. Al trasluz rojo de las llamas, el rubio cabello de
Jimmy parecía un cepillo.
—¡Estafa, engaño, pillería...! —repitió Pierre—. Bueno, pero ¿a quién se
engaña?, ¿a quién se estafa? No se trata de engañar a los obreros, no. Si se logra
embaucar a los imperialistas, a los lores, a los grandes magnates..., ¿por qué no?
Si son tan estúpidos para creer seriamente en pactos, tratados y papeles, pues allá
ellos, que se hundirán más pronto. No el que pacta con nosotros, con la Unión
Soviética y los comunistas, sabe a lo que se expone; yo sí lo sé. Y esta es mi
ventaja, a la que no voy a renunciar.
Se mojó los labios en el vaso de whisky, sin llegar a tragar un sorbo, y
prosiguió, enfático y ardoroso:
—¿Quién cree en pactos ni en tratados, camarada? Todos ellos no son sino
como ciertas leyes que han sido establecidas para que las cumplan los pobres
diablos, los que carecen de fuerza. Lo que tienes que pensar siempre, camarada,
es que Stalin y la Unión Soviética pactarán con el diablo y con la suegra del
diablo, pero siempre dispuestos a clavar al pactante la puñalada por la espalda o
por el pecho; eso no importa, que ambas hieren y matan igualmente.
Se calló y vino lentamente hasta la silla en que estuvo sentado y cruzando los
brazos, exclamó:
—Lo que estamos haciendo ahora con el Pacto Molotov-Ribbentrop es
engañar, dilatar el choque, ganar la batalla contra el tiempo, ya que el tiempo nos
permite ser cada día más fuertes. Y el día que seamos efectivamente más fuertes,
pues se acabó... ¡Qué pactos, ni qué tratados, ni qué sociedad de naciones, ni qué
discursos por la paz...! Les aplastaremos literalmente, hasta no dejar de ellos más
que el pobre y desdichado recuerdo de su paso por la historia universal.
—¿Y después, Pierre? —exclamé, poniéndome también de pie y
pronunciando las palabras con acritud y con voz ronca y rajada—. Después, a
sojuzgar a los pueblos con los métodos siniestros del gran camarada Stalin; a
introducir las brigadas de la NKVD en cada país, en cada partido, en cada
gobiernillo fantasma; a inventar desviaciones, de izquierda y de derecha, para
asesinar dirigentes, gobernantes y personalidades, y hombres capaces de pensar;
a convertir al mundo en un campo de concentración, como es Rusia. ¡Tú, tú lo
sabes, Pierre...!: sobornar a los dirigentes obreros con medias libras de
mantequilla, con retazos de tocino y cuartillos de manteca; hacer del polizonte la
suprema categoría humana; convertir al adulador y al espía en paradigma de la
juventud del mundo y rebajar al hombre culto de Europa y de América al nivel
del ruso idiotizado por el terror...
Como tratasen de interrumpirme y agitasen las manos gritando Codovila y
Nemo, grité a todo pulmón:
—Sí, así es. Y transformar al asesino que dispara sobre tu nuca, atándote los
brazos a la espalda y poniéndote las narices contra el suelo, en el héroe de la
tragedia universal... ¿No es eso...? ¡No, Pierre, todo eso es infame; inspira asco!
—¡Ya les había dicho yo...! —interrumpió Codovila con satisfacción—. Es
un renegado, un trásfuga.
—Mira, Codovila —grité—, no soy Julio Antonio Mella, a quien empujaste
a la liquidación física. No soy Andrés Nin, ni los infelices poumistas, a quienes
hiciste asesinar en las prisiones, aplicando los métodos rusos del señor Stalin.
No. Yo no soy comandante ni oficial de la División Lister, a quienes hiciste
fusilar en el cuartel de Valencia. Aquí es otro cantar. Perdiste tu gran
oportunidad y te va a pesar toda la vida... Aquí, si me atacan, donde sea y como
sea, pues van a recibir el vuelto; no consentiré que me den un solo golpe, sin
replicar con otro por lo menos... ¡Y se van a acordar de mí...!
Codovila estaba con un amarillento color de retama; le temblaban los
músculos de la papada y tenía los labios blancuzcos. Pierre avanzó, le tomó por
un hombro y le obligó a sentarse.
—Vittorio, hazme el favor —dijo—, por favor, haz el favor.
Y luego, dirigiéndose a mí, alzando la voz y con tono autoritario, demandó:
—Lo que estás diciendo sólo refleja el mal momento por el que atraviesas; es
como la neurosis de los suicidas, como el impulso que arrastra a ciertos tipos a
tirarse bajo el tranvía o a lanzarse por la ventana de un quinto piso. Tienes que
recuperarte, camarada; tienes que volver a ser el comunista inteligente, valeroso,
abnegado, que fuiste siempre...
—Parece que dentro del Partido —interrumpió despectivo Codovila— ha
degenerado como un pequeño burgués, en vez de superarse...
—¡Eso es precisamente lo que hace el Partido con quienes llegan a él —grité
con llanto de rabia en los ojos y golpeando la mesa— ; porque el tipo humano
que se está imponiendo, que se ha impuesto ya en el Partido, es el del individuo
mediocre, dispuesto a la bajeza y dócil para la más bellaca adulación. El Partido
exige de sus hombres el abandono de toda independencia de raciocinio y el
sometimiento servil a la “línea”..., y la línea no es sino la política que cada
mañana le conviene trazar a Stalin, en concordancia con sus intereses
particulares o con intereses específica y egoístamente rusos...
—¡Esto no se puede tolerar..., camarada Pierre! —gritó Codovila—, mientras
Pierre se humedecía los labios en el vaso de whisky, sin beber, ostentando una
calma que me colmaba de pasmo.
—El Partido degenera a sus hombres, encharcándolos en la hipocresía, en la
insinceridad y en el cinismo. Ustedes saben bien que se nos obliga a mentir
todos los días, a engañar a gente sincera, noble, abnegada; se nos obliga a
acomodar los hechos a las exigencias de “la línea”, a la consigna, al interés
soviético. Al comunista se le exige falta completa de imaginación y sequedad
sentimental: los sentimientos en el buen comunista deben estar resecos o
reprimidos y ocultos como una falta. La amistad en el Partido se convierte en
traba y en culpa: la amistad puede conducirnos al hundimiento y el amigo puede
ser nada más que instrumento para el éxito personal. Se ha hecho así del Partido
una especie de barco pirata...
Gritaron Codovila y Nemo, mientras Pierre murmuraba...
Basta ya, hombre..., estás charlando como un insano.
—No, Pierre, tú sabes que digo la verdad —repliqué con más calma y mayor
dolor— ; tú sabes que el Partido está imponiendo en su seno la amoralidad como
hábito, el cinismo como cualidad; impera ya un profundo desprecio por toda
clase de principios, por todo género de valoraciones morales, y está triunfante la
bellaquería de una moral relativista, que se estira y se afloja a justo... y según las
circunstancias. Tú sabes bien que el marxismo para los comunistas se ha
convertido en putridez...
Me callé sollozando y se hizo un prolongado silencio. Jimmy permanecía
impasible, con el rostro terso y la mirada fija, sin decir palabra.
—Mira, camarada —insinuó Pierre con suavidad exquisita—: te encuentras
en un estado de exaltación lastimoso, que comprendo y disculpo, pero de modo
total. Necesitas discutir esto con amplitud y con calma; tienes necesidad de
descansar, de serenarte, de obtener tranquilidad. La lucha, amigo, te ha roto los
nervios; las prisiones te han vuelto neurasténico; has sacado una aguda psicosis
de las cárceles. Y lo que necesitas es reposo, descansar, librarte de
preocupaciones...
—Gracias por el consejo, Pierre —dije con sequedad, sin acritud.
—Te ofrezco una solución —acentuó con acento piadoso— ; te la ofrezco
como amigo tuyo, en reconocimiento de tu labor, de tu sacrificio, de la
abnegación con que has servido al Partido. ¿Quieres ir a Moscú a discutir todo
esto, pero antes que nada a descansar...? En un sanatorio de Crimea, o en Sochi,
o donde quieras. Si lo deseas, Jorge Dimitrov, que te estima sobremanera, puede
garantizar tu estadía...
Hablaron Nemo y Codovila, subrayando la bondad de la proposición.
La suavidad era sedosa y las voces se habían hecho tan insinuantes que entré
en el juego de ver hasta dónde se llegaba...
—Pero —objeté— viaje a Moscú en plena guerra... ¿Por dónde...? Es tener
que atravesar el mundo de un extremo a otro... y parece que se olvidan de que el
mundo está ardiendo... o va a arder... por todos lados...
Estas palabras tuvieron efecto hasta sobre la impasibilidad de Jimmy. El
rostro de tres de los cuatro hombres se iluminó; Pierre mismo estaba
transfigurado; Codovila sonreía como una de esas cabezas de ángel de algunos
cuadros renacentistas. Nemo estaba tierno, con las palmas de las manos abiertas,
casi en cruz. Sólo Jimmy bebía el whisky solo, indiferente a la conversación.
—Todo se arreglará del mejor modo —aseveró, recobrando su aplomo Pierre
—. Si deseas, puedes llevar a tu esposa; hay dos camaradas chilenos que deben
salir dentro de poco; podrían acompañarse y salir juntos.
—Andrés Escobar será uno —apuntó Codovila.
Como grueso telón después de un acto teatral, cayó un opaco silencio.
—¿Qué dices? —preguntó Pierre—. ¿Aceptas la oferta de la Internacional...?
¿O querrías tomarte tiempo para pensarlo?
—Mira, Pierre —dije con honda carga de emoción en las palabras—: lo
tengo pensado y decidido hace mucho. No me evadí antes del Partido, porque
estábamos trenzados en una pelea campal contra el nazismo; ahora que ellos y
ustedes se han metido dentro de la misma bolsa, pues se acabó... ¡Se ha acabado,
Pierre...! No creo en tu socialismo ensangrentado y sangriento; Stalin me inspira
el odio y el asco que cualquier tirano, que cualquier bandolero cobarde, que hace
matar por la espalda; estoy convencido por hechos que el régimen soviético es
un sistema monstruoso de extorsión, de envilecimiento humano, de privación
total de la libertad, de injuria permanente al pensamiento, a la cultura, a la
inteligencia.
—¡Te vas a callar de una vez! —gritó Codovila, golpeando la mesa.
Me encolericé; sentía que temblaba; tenía que descargar la tempestad que
hervía en mí.
—Sí, eso es lo que hiciste con Mella, con Nin, con los otros. Hacerles callar.
¡No me callaré...! Stalin ha impuesto en Rusia y quiere imponer al mundo un
régimen de sangre, de bajeza, delación y barbarie. Ha hecho retroceder la cultura
rusa mucho más atrás de Iván el Terrible. Ha liquidado la cultura.
—Gladkov, Fadeiev, Erhemburg... —intervino Nemo.
—No hablo de propagandistas de un régimen dictatorial, a quienes se paga
bien por su trabajo, y que tratan de eclipsar la criminalidad del régimen con el
himno pomposo a las obras materiales. Hablo de novelistas: de hombres como
Tolstoi, como Gogol, como Turgueniev, como Dostoievski, como cien más.
¿Dónde están? Stalin los ha ahogado en charcos de sangre humana.
Quiso interrumpir Pierre, pero continué gritando:
—En veinte años de revolución socialista no hay un solo músico digno de tal
nombre. Y esto en la tierra de Tchaikowsky, de Borodin, de Musgorsky, de
Rimsky Korsakov, de Stravinsky. No tienen un solo poeta que pueda lustrarle los
zapatos a Puschin. Stalin y su NKVD han matado el arte escénico. Han
constituido comités formados por patanes como críticos, comisarios políticos y
superintendentes soviéticos del drama, del ballet, de la sinfonía y de la orquesta.
¡Peor que Hitler...!
Estaba fatigado, tenía la boca reseca y la garganta ardiente. Me agarrotaba un
invencible deseo de llorar, de lanzar afuera mi desesperación íntima, en un solo
grande y largo alarido.
—¡Es lástima, te lo digo con toda sinceridad, oírte hablar de esta manera! —
dijo Pierre, poniendo el aire de un médico que atiende un caso desesperado.
—De veras —exclamé casi entre sollozos—: es lastimoso haber llegado a
este miserable estado; haber soportado el hundimiento en sangre humana del
Partido Comunista alemán; haber aguantado el sacrificio de miles y miles de
españoles, en cuya carne el señor Stalin hizo probar las armas que sirven para
imponer su tiranía; haber soportado sin gritarlo a todos los vientos que haya
convertido a Rusia en un campo de concentración inmundo. Es un estado
miserable, sin duda, haber otorgado sacrificios, sufrimiento, martirio, nada más
que para la consolidación de un infame régimen policiaco, en donde el hombre
es un sucio pingajo despreciable.
—No puedes hablar así, camarada —gritó Nemo— ; estás diciendo lo mismo
que un contrarrevolucionario.
—Me importa un pucho lo que quieran llamarme. Estoy harto. He soportado
toda esta infamia por miedo al triunfo del fascismo; ahora que están aliados,
pues al diablo todo..., se acabó... ¡Al cuerno Stalin y toda su pandilla...!
Pierre hizo una señal a Jimmy y ambos se retiraron a un rincón del lado de la
chimenea, a conversar en secreto.
Tras algunos minutos, ambos retornaron a sus asientos. Pierre dijo con voz
firme:
—No me has convencido de que tu resolución viene desde muy atrás. No has
convencido a nadie. Tu resolución la has adoptado recientemente, nadie sabe por
cuáles causas... ¡En fin...!
—Por favor, Pierre —le dije con dureza— ; todo esto es una farsa descarada,
una comedia cínica.
—Decirlo es fácil —dijo como un alfilerazo Codovila.
—Y probarlo es tanto más fácil aún —repliqué— ; vean ustedes una prueba,
un hecho, aquí. Stalin, o el Komintern, necesitan enviar una delegación para
imponer sus directivas en América Latina y escoge cuatro hombres. Helos aquí:
Pierre, que es como le llamaron siempre, los ojos y oídos de Stalin; el camarada
Jimmy, representante del Partido Comunista más minúsculo del mundo, si se
tiene en cuenta la población de los Estados Unidos, su electorado, los grupos
sociales que se interesan por la política, el número de trabajadores organizados...
—Se llama Worker's Party, camarada —interrumpió Jimmy—, que quiere
decir Partido de los Trabajadores, de los obreros. —Y el gringo se expresó en un
castellano bastante aceptable y perfectamente inteligible. ¡Y yo pensando que no
entendía mucho!
—La etiqueta no hace el whisky, camarada Jimmy —repliqué. Su partido es
hijo del Komintern y hermano de todos los partidos comunistas, aunque se llame
Tío Sam. Y lo objetivo es que usted representa al Partido Comunista más
chiquito del mundo. Al camarada Jimmy lo acompaña Codovila, del partido más
pequeño, más dividido y más inútil de América Latina; y a Codovila lo
acompaña Nemo, gigantesco ciudadano de Túnez, donde no existe Partido
Comunista y donde no hay comunista ni para poner un emplasto. Aexcepción de
Pierre, los tres generales sin tropas. Y estos son los hombres de confianza del
Komintern. Y se vale de ellos, porque son la pasta dócil que amasan Stalin,
Manuilsky y nuestro amigo Pierre. Son los Gottwald, los Mao Tse Tung, los
Kussinen, o tipos zamarras como el viejo Pieck.
—Estoy asombrado de la forma en que discurres —aseveró Pierre— ; estás
pensando de modo estático, sin mirar el fenómeno en su proceso. Hoy día, el
Partido americano, el Partido argentino, pueden ser muy pequeños, pero no
olvides que están alimentando el fuego sagrado, que están manteniendo la brasa,
para que no se extinga. Un día cualquiera, quizás después de esta guerra, quizás
cinco, doce o veinte años más tarde, sobrevendrá la crisis económica.
—¡La crisis general del capitalismo...! —apunté con sorna.
—Y bien. Lo que se hace ahora es sólo preparar la fuerza que se encargará de
dar dirección al golpe. Cuando Estados Unidos, Inglaterra, Alemania o quien
sea, se debiliten y estén agobiados bajo el peso de la crisis, pues surgirán como
insectos las tropas que hoy día no tienen los camaradas Jimmy y Codovila.
Estallará el incendio y el papel de nuestros Estados Mayores será extender el
fuego. La brasa de hoy será la conflagración de mañana. Entonces, los
imperialistas tendrán ante la nariz la visión maciza de la fuerza. Y bien sabemos
cómo los burgueses aman su comodidad; su buena vida, su veraneo y sus fines
de semana. Se asustarán; y una vez asustados, pues se rendirán ante los ejércitos
que entonces sí comandarán Jimmy, Codovila, Nemo.
—Bien, Pierre, estás ya en terreno fantástico. Cuando éstos tengan su ejército
podrán ser generales; ahora no son sino reclutas que obedecen tu voz y hacen lo
que les ordenas. Te basta insinuar algo para que se postren gritando: ¡Habla
Moscú, camaradas; habla Moscú...!
Prácticamente la reunión estaba terminada y lo único que había demostrado
era su esterilidad.
—Pues bien —dijo Pierre— vamos a terminar. Tú sabes que dentro del
Partido no toleramos abjuraciones; al que quiere marcharse se le expulsa.
—Lo sé —le interrumpí—, lo sé bien y hagan lo que quieran; lo que les
plazca. Eso sí, sepan que si me golpean van a ser golpeados.
—¿Has visto la documentación sobre el caso de la dirección mexicana? —
preguntó—. ¿Sobre la expulsión de Laborde, Campa y los demás?
—Sí.
—¿Qué te parece...?
Reí con indignación.
—La bellaquería de siempre —repliqué— si quitamos los mexicanismos, es
lo mismo que el Partido dijo mil veces sobre mil casos de mil personas distintas.
—Bien —dijo Pierre con energía—: te propongo que sobre tu caso no se diga
nada. Sólo se anunciará públicamente que te retiras del diario. Y, como
comprenderás, no te daremos las gracias por los servicios prestados. No te
prodigaremos la menor alabanza; al contrario, quizás habrá una pequeña crítica,
no un ataque. Ordena con calma la entrega de la empresa periodística, deja
funcionando todo y, cuando todo marche sin ti, pues te retiras sin dar ninguna
explicación, sin hacer comentarios, sin mencionar ningún desacuerdo. ¿Estás de
acuerdo?
—Sí, de acuerdo —respondí—, pero ¿no será esto como los pactos soviético-
imperialistas, Pierre?
—Nada hay peor —sentenció Pierre— que las palabras inútiles.
—Ahora —le dije— el aspecto final de la cuestión... ¿En qué condiciones
van ustedes a enjuiciar el caso de mi mujer...? ¿La van a expulsar...?
—Eso lo resolverá la dirección del Partido chileno —intervino con
brusquedad Codovila— .
—¡No —repliqué— ; eso se tiene que resolver aquí...! Te aseguro, Pierre,
que su posición es más enérgica aún que la mía; por ningún motivo se quedará
en el Partido: es su decisión irrevocable...
A la respuesta definitiva precedió un breve coloquio, en secreto, de mis
interlocutores, mientras yo permanecía alejado, recogiendo el abrigo y el
sombrero.
Pierre avanzó hacia mí, diciéndome:
—¡Bien...! Las resoluciones hay que llevarlas hasta sus últimas
consecuencias. No se dirá nada contra ti, ni se hará ninguna especie de mención
a tu compañera; ella quedará simplemente fuera del Partido y no se la tomará en
consideración para nada.
—¿No pronunciará expulsión contra ella el Partido chileno...? —pregunté.
—¡No...! —replicó con sequedad Pierre.
—¿No se dirá ni una palabra sobre ella? —volví a interrogar.
—Te digo que no —dijo con voz ronca el ruso— ; ¡te lo digo yo! —reiteró
con fuerza.
Con excepción del de Jimmy, los vasos de whisky estaban intactos; Codovila
apenas se había humedecido los labios con el café.
Me enfundé en el abrigo, saludé a todos y dije en voz alta:
—¡Buenas noches...!
Nadie respondió. Salí y Nemo me acompañó hasta la puerta.
Sentía el cuerpo lacio; estaba rudamente golpeado por la pesadumbre, pero
no pensaba que aquel era un día de malaventuranza; al contrario, me sentía
sereno y altivo. La situación y la perspectiva se me hacían lamentosas, pero me
animaba una aguerrida decisión para afrontar lo que viniese. Me sentía en un
desmesurado abandonamiento, pero no estaba triste. En la calle había neviscado
—fenómeno raro en Santiago— y comenzaba a llover copiosamente. Nemo
cerró la puerta violentamente después que la crucé. El frío era crudo y mordía
finamente los huesos.
Abarquillé el sombrero, para que el agua cayese por delante y caminé
buscando el paradero del tranvía. ¡Al fin, ya estaba fuera del Partido
Comunista...!
¿Estará mintiendo Pierre? —pensaba—. Si cumple, será la primera vez que
no digan nada... en un caso como este.
Trabajé por más de un mes en dejar convenientemente arregladas las cuentas,
y el funcionamiento de los talleres y el del equipo periodístico que había
formado; laboré varios días con Barra Silva, enseñándole el manejo del diario; y
pedí una sesión al Comité Central para la entrega definitiva. Toda la
documentación estaba ya en poder de los dirigentes chilenos. Un buen día recibí
la citación: a la orden del día estaba la cuestión del diario y de la empresa
editora.
Fue una noche pesada y una sesión larga y aburrida. La concurrencia de
dirigentes era nutrida y mayor que nunca; parecía más bien un pleno del Comité
Central.
Se me concedió la palabra y glosé el informe sobre la situación general de la
empresa. Giraba entonces con un poco más de catorce millones de pesos
chilenos: hice una relación de las partidas del activo y luego de las del pasivo;
inventarios, cuentas corrientes en los bancos, balance, cuadros de tiraje,
circulación, devolución.
Me di cuenta claramente de que aquello les aburría y traté de hacer un
abreviamiento. Yo también deseaba irme; quería terminar y terminar aquella
misma noche, ya que mi situación personal se hacía áspera, pues no dirigía la
palabra a ninguno de los dirigentes, y entraba y salía como un fantasma del taller
y de la dirección.
Al filo de la medianoche terminé la exposición y pedí que se me otorgara la
aprobación de las cuentas.
Cuando hube terminado, el silencio se hizo molesto, pesado, denso.
Contreras La barca ofreció la palabra y nadie lo solicitó. Otro lapso en el que se
encendieron cigarrillos, se cruzaron sonrisas hipócritas y hasta se incitó a hablar
el uno al otro. El español Manuel Delicado pidió la palabra.
—Se nos ha hablado aquí de la empresa —dijo— como quien exhibe los
libros de contabilidad de un negocio de sedería o de una fábrica de papel. Pero
nada nos ha dicho el camarada sobre la orientación del diario, sobre su
tendencia, sobre la posición política, sobre los grandes silencios que ha hecho y
que viene haciendo sobre cuestiones de interés capital para todos los
trabajadores..., sobre las razones que ha tenido para no escribir una sola línea
desde que regresó de la Casa... Puedo probar que no ha escrito una sola frase...
—Y añadió con rotundidad: Y esto es lo que el Comité Central quiere saber.
Volvió a hacerse el silencio. Deliberadamente no respondí, de modo que la
situación se tornó tirante. Contreras Labarca me invitó a hablar, muy
cortésmente.
Delicado se me había hecho insoportable: su quintacolumnismo soviético, su
insolencia, su grosera pedantería.
—No tengo nada que decir —exclamé con voz clara— ; he expuesto lo que
debía exponer; lo que se relaciona con el trabajo que yo he realizado y sobre el
cual debe pronunciarse el Comité Central. Amí no me interesa en absoluto lo que
pueda interesarle a Delicado: lo que me interesa es que aprueben el balance.
—¡Aquí debe hacerse autocrítica —gritó Delicado— y yo exijo que se haga!
—Si amas la autocrítica —repliqué burlonamente y sin que se me concediese
la palabra—, haz la de tu responsabilidad propia en el desastre de España.
La tempestad que se estaba acumulando estalló. Todos hablaban a un tiempo;
los gritos venían de todos lados. Delicado estaba blanco y tiritaba. En estado
semejante debía estar yo también.
Contreras Labarca impuso el orden y me pidió que presentase mis excusas,
pues había ofendido la memoria de los combatientes españoles.
—¡Basta, hombre...! —grité— no sean niños. ¿Hasta cuándo los oportunistas
van a querer vivir del heroísmo de los que se batieron? ¡No hay excusas... todo
esto me da asco...!
Volvió a estallar la tempestad de voces, las exclamaciones y las amenazas.
Algunos suplicaban que se discutiese con serenidad; estábamos entre camaradas
y, lo más sugestivo, es que no había ninguna cuestión importante en
discrepancia.
—Pido —exclamé— que se vote la resolución sobre el balance ¿Se aprueba
o no? ¡No me interesa más...!
De nuevo se alzó el vocerío.
—En esto tiene que intervenir la Comisión de Control.
—Tú no puedes pedir que se vote lo que tú quieres.
—De esta actitud tendrás que rendir cuenta al Partido...
Recogí lentamente los papeles que tenía delante, cerré el portafolio y, antes
de lanzarme hacia afuera por la puerta más cercana, les dije con voz ronca y
ásperamente:
—¡Buenas noches...!
Casi llegué a sentir la sensación de más de una treintena de miradas absortas,
coincidiendo sobre mi nuca, en vez del tiro de la NKVD. Ninguno se atrevió a
detenerme, ni a proferir una injuria, ni siquiera a pronunciar una palabra. Los
miembros del Comité Central y los comunistas españoles que gozaban de
privanza en el comando chileno estaban bien informados sobre la ruptura que se
había producido con la Delegación del Komintern.
Esperé con ansiedad y paciencia la resolución en la que se decretaría mi
expulsión de las filas comunistas. Tenía la seguridad rotunda de que cualquier
mañana un texto muy largo, lleno de calificativos inmundos, aparecería
publicado en el órgano comunista. Pese a la promesa de Pierre, la norma
ecuménica del Komintern tenía que cumplirse. Así se acababa de proceder con la
dirección íntegra del Partido Comunista de México, donde la Delegación del
Komintern había reemplazado a Hernán Laborde por el anónimo Dionisio
Encina. La resolución por la que se expulsaba a Laborde, Campa y los demás iba
a ser lanzada en el diario comunista, y había sido editada ya en decenas de miles
de folletos que se distribuían profusamente por toda la América Latina. Con mi
caso no podían hacer una excepción. Y cada mañana aguardaba el ataque.
Ninguna expulsión era guardada en secreto jamás. La norma rigurosa del
Partido Comunista era el escándalo tempestuoso desatado contra el réprobo. Su
política consistía en convertir al expulsado en un “palo de gallinero”, de modo
que nadie pudiese servirse de él, ni él pudiese servir a nadie, ni para nada. Como
pasaran las semanas y los meses y el Partido Comunista y la Delegación del
Komintern guardasen completo silencio, me persuadí de que mi caso había sido
elevado a Moscú.
Pierre partió de Santiago, lo mismo que Jimmy; Nemo estaba arreglando su
viaje inmediato; sólo quedaría Codovila, acompañado del paraguayo Creydt, su
ayudante. Todo esto me ratificó en la idea de que mi expulsión y la resolución
respectiva sería redactada bajo la mirada picaresca de Manuilsky en persona.
Meses más tarde, Codovila y los dirigentes chilenos hicieron venir desde el
Perú a una delegación comunista, a fin de que se entrevistara conmigo. La
presencia de hombres que se han batido en las mismas trincheras con nosotros,
que han padecido y que han sufrido en nuestra compañía, emociona siempre,
removiendo algo como sedimento fraternal que deja en el alma la hermandad del
combate. Ellos no tenían culpabilidad alguna en todo lo que acontecía; al
contrario —pensaba—, si algún culpable hay entre nosotros, ese era
indudablemente yo.
Mi situación ante ellos se hizo difícil por el entrechocar de sentimientos. Me
dolía que me creyesen desertor: me importaba poco o nada lo que pensasen o
dijesen el Komintern, Manuilsky, Pierre, Codovila y todos los dirigentes
chilenos. Pero me era doloroso que me juzgasen tránsfuga o simplemente
“pequeño-burgués que se ha cansado de luchar”, como afirmaba Codovila,
aquellos hombres a quienes yo había arrastrado al comunismo y que me habían
seguido con buena fe, confianza y cariño.
Se me ocurrió algo que me pareció genial, oportuno y útil.
—Estoy dispuesto a discutir ampliamente mi caso —les aseguré— con los
dirigentes chilenos, con Codovila y con los delegados del Komintern que estén
en Chile; la discusión se realizará ante ustedes. Planteen esto y señalen día, hora
y lugar para la discusión. Les aseguro que será una batalla campal, que va a
enseñarles mucho.
Realizaron insistentemente la gestión. Toda posibilidad de discutir fue
rechazada. Y el Partido Comunista Chileno y Codovila y la Delegación del
Komintern y el Komintern guardaron profundo silencio sobre mi abandono de
las filas comunistas.
Pierre, ojos y oídos del Kremlin, había cumplido su promesa y la había
hecho cumplir.
Sólo cinco años más tarde, perdida toda esperanza de rectificación de parte
mía, fracasados los múltiples intentos de obtener mi retorno al redil, los
dirigentes chilenos Contreras Labarca, Ricardo Fonseca, Andrés Escobar y
Vargas Puebla fueron comisionados a viajar al Perú y a dictar allí oficialmente
mi expulsión del Partido Comunista. Fui invitado a defenderme o a designar la
persona o personas que me defendiesen; invitación que me fue enviada de modo
oficial. Mi respuesta fue verbal.
¡Hagan lo que quieran. Eso sí, no olviden que estoy resuelto a devolver golpe
por golpe...!
Al abandonar las filas comunistas hube de enfrentarme a una ruda lucha
contra la miseria total. Me resultaba extraordinariamente difícil cambiar mi
situación de desocupado y empezar a rehacer mi vida trabajando, ya en el
comercio, ya en la industria o en el periodismo. El Partido Comunista me cercó;
era un acorralamiento implacable, imbuido de verdadera ferocidad. Quienquiera
que me prometía o me daba trabajo recibía inmediatamente el asedio del Partido
Comunista, la amenaza violenta y la intimidación, junto con la denuncia de mi
tremenda peligrosidad. Ya cada nuevo esfuerzo que realizaba me encontraba con
el obstáculo, más alto aún que el anterior, levantado por la dirección comunista.
Salir de Chile, emigrar a otro país, pensaba, pero ¿cómo?, ¿con qué?, si
carecía hasta del valor del pasaje para pagar un tranvía. El Partido Comunista
empleaba contra mí el poderío que yo mismo le había forjado. Y mi sentimiento
de culpabilidad se engrandecía, cobraba magnitudes infinitas y me aplastaba
psíquicamente, hasta un límite que se me hacía inaguantable.
Tenía que comenzar de cero, quizás a los dos tercios de mi vida,
desconcertado por una desorientación caótica. Creía que el marxismo podía ser
bueno, pero que los que se decían marxistas eran malos. Había perdido la fe en
los hombres, pero sobrevivía la confianza en el sistema.
Ante la tormenta que se descargaba brutalmente sobre mí, en un mundo que
salía sangrando y paupérrimo de la crueldad de la guerra, pensé que lo razonable
era buscar la verdad en la realidad, más que en ideologías o en doctrinas.
Pensé que el sistema que lograse sacar de la ruina a los países desvencijados
por la guerra sería incontestablemente el sistema vencedor, ya fuere el
capitalismo, ya el socialismo.
La suerte de Alemania libre, de los países de Europa occidental, del Japón,
decidiría el destino del mundo. Ya no era un acérrimo adversario del capitalismo.
Mi pensamiento oscilaba, indeciso, entre socialismo o capitalismo.
FIN
Epílogo
Me parece interesante que el lector conozca un relato que Eudocio Ravines
no incluyó en su libro The Yenan Way (título en inglés que precedió a La gran
estafa), porque sus editores en Scribners & Sons no pudieron comprobar los
hechos concernientes, en vista de que Ravines, al tiempo en que estos
ocurrieron, viajaba con pasaportes falsificados por la KGB y bajo un nombre
ficticio: es decir, no podía asegurar que él había sido protagonista y testigo de los
mismos. Sin embargo, yo tengo absoluta fe en que cuanto me dijo fue cierto: a lo
largo de su existencia demostró ser fiel a la verdad, aun a riesgo de su propia
vida, tanto como cuando fué comunista, como cuando se dio cuenta de que todo
aquello era una gran estafa. Además, verifiqué la historia dos veces con el editor
encargado de Scribners & Sons, el señor William F. Buckley.
He aquí el relato.
Después de un viaje a Cuba para dar dinero e instrucciones al líder laboral
mexicano, Lombardo Toledano, Ravines informó a Stalin que el Gobierno
mexicano planificaba expropiar a las compañías petroleras, sentando así un
precedente mundial. Este le ordenó entonces efectuar otro periplo para decir a
Toledano que no lo hicieran, porque la Unión Soviética necesitaba el
reconocimiento diplomático del presidente Franklin D. Roosevelt, y él,
seguramente culparía a Stalin de tal medida.
Me contó Ravines que Toledano se echo a reír, y le respondió que indicara al
camarada Stalin que dicha iniciativa era sugerencia del mismísimo Roosevelt,
con la condición, eso sí, de que a los propietarios norteamericanos se les pagara
bien. No importaba cuánto obtuvieran holandeses e ingleses.
Manuel F. Ayau
Guatemala, enero del 2010