El sentimiento de exclusión
El sentimiento de exclusión*
Guillaume le Blanc
Traducción del francés al español de Luis Alfonso Paláu-Castaño
Universidad Nacional de Colombia, Medellín, Colombia
[email protected]
¿Qué es un hooligan? ¿Un desraizado,
un no-alineado, un marginal? ¿Un exiliado?
(Norman Manea, 2005)
¿Por qué tenemos en la actualidad el sentimiento de estar a este punto exclui-
dos? Siempre es posible decir que la exclusión es una ficción, que en realidad
cada vez somos sujetos más integrados. ¿No es nuestra vida materialmente
mejor que la de nuestros padres? Sin embargo, la angustia de vivirse por fuera
nunca ha sido tan grande. En lo más profundo de las vidas psíquicas está el
espectro del sin-domicilio fijo, el sentimiento último de la caída, la inquietud
de hundirse. Como lo señala el escritor Bernard Chambaz (2011), “en todas las
lenguas, caer, por extensión, es morir” (p. 18). Con el temor de ser desembarca-
do, es claramente de nuestra vulnerabilidad de lo que se trata. Vulnerabilidad
social ante todo pues ya no estamos agarrados por ningún hilo de humanidad,
porque entonces “todo terminó, sin que se [nos] haya dado el derecho de co-
menzar, de decidir comenzar” (Djavann, 2004, p. 7). Vulnerabilidad psíquica
luego porque el espíritu está en suma precariedad, obligado a darse vuelta
permanentemente sobre la negación que lo absorbe, lo traga.
Sin embargo, el sentimiento de exclusión significa igualmente que las vidas
experimentan la injusticia y que ellas son capaces de cortar su nudo refiriéndola
al valor de la justicia y de no quedarse por ello en la constatación de una vul-
nerabilidad excesiva. Si da testimonio del valor social de las vidas, igualmente
revela que las vidas son portadoras de voces que rebasan ese valor social, pues
ellos vienen a percibir la vulnerabilidad inherente a la vida en la ciudad. Allá
donde la ciudad se encierra sobre su orden social, político y económico, voces
se levantan que se rehúsan a reducirse a un tal orden y nos obligan a ampliar
*
Cómo citar: Le Blanc, G. (2020). El sentimiento de exclusión. Ciencias Sociales y Educación, 9(17), 281-286.
https://doi.org/10.22395/csye.v9n17a13
Traducción realizada por Luis Alfonso Paláu-Castaño. Agradecemos a la editorial Bayard por permitir el ac-
ceso del libro en francés para su versión parcial en español. Se conserva la presentación editorial del francés.
Nota del editor.
Recibido: 10 de febrero de 2020.
Aprobado: 16 de marzo de 2020.
Ciencias Sociales y Educación, 9 (17) • Enero-junio de 2020 • pp. 281-286 • ISSN (en línea): 2590-7344 281 ▪
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el derecho de ciudad poniéndole atención a las vidas excluidas. En el Séptimo
hombre, el escritor John Berger, ayudado por las fotografías de Jean Mohr,
relata el destino de los trabajadores inmigrantes a Europa, de su improbable
éxodo hasta su regreso, no menos improbable, hacia sus países de origen. Es
un hecho que de esas vidas precarias salidas de las antiguas colonias (antilla-
nos, paquistaníes, hindúes, argelinos, etc.) no sabemos nada. Como tampoco
sabemos de todas esas vidas excluidas. Allí donde ese no-saber puede ser
objeto de una denegación suplementaria, el sentimiento de la exclusión, que es
claramente nuestra angustia de ser o de no ser, nos lleva a esas vidas exclui-
das, deja entrever un común que ninguna violencia política, económica o social
puede borrar totalmente. No se trata de una pertenencia sólida susceptible de
mudarse en plataforma de reivindicaciones, sino el sentimiento de una frágil
humanidad que ninguna autoridad, cualquiera sea su naturaleza, puede en
absoluto borrar. El sentimiento de exclusión es entonces lo irreductible de la
vida humana que persiste hasta en la ausencia de todo lugar. El excluido es,
a la manera del emigrado, un ser de ninguna parte, pero cuya borradura remite a
nuestra posible ausencia de todas partes. Desde entonces, las clasificaciones
para hacerlo entrar, a pesar de todo, en las lógicas económicas y sociales del
mundo contemporáneo no logran borrar esta ausencia de lugar. Al interesarse
en la trayectoria del inmigrante, Berger y Mohr (2009) anotan:
Una tal salida puede ser clasificada en muchas categorías generales para lograr
normalizarla: la vía del desarrollo, la unificación de Europa, la historia del capita-
lismo, e incluso la lucha revolucionaria que se anuncia. Pero estas categorías no le
devuelven su patria. En el espacio y el tiempo. (p. 237)
A los excluidos se los busca reintegrar en las diferentes justificaciones de
la ciudad, pero ellos escapan y con ellos es claramente la referencia a la norma-
lidad la que se atasca. Porque no tener sitio, no tener lugar, dada la necesidad
de desplazarse, es terminar interrogando el orden de la ciudad que produce
el lugar de los unos y la ausencia de lugar de los otros. Un mundo donde no hay
lugar para todo el mundo ¿será aún un mundo? El sentimiento de exclusión que
es compartido en la actualidad casi por todas las vidas, a causa de la escasez de
lugares (Lussault, 2009) y de su precariedad vincula, sin embargo, las vidas las
unas a las otras. Y nos reconocemos cada uno a nuestra manera como vulnerables,
como expuestos a todas las formas de violencia, física, social y psíquica; damos
un paso hacia una comprensión de la exclusión como una cosa común más bien
que como el único asunto de los excluidos.
Por un lado, estamos cada vez más absorbidos por los imperativos económi-
cos de la ciudad; nunca habíamos sido tan exigidos para producir y consumir
(Lister, 2004, p. 26), y esto supone que las normas sociales y culturales que con-
dicionan nuestras necesidades fundamentales adquirieron cada vez más poder
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para hacer inteligibles las vidas humanas a la luz de sus mensajes subliminales.
Por otro lado, estamos cada vez más precarizados en la ciudad y nuestras vidas
se nos aparecen como cada vez más frágiles. ¿Qué podemos hacer con esta
fragilidad? ¿La podemos devolver contra los presupuestos autoritarios de la
ciudad y hacerla jugar como una autoridad alternativa? Esta pregunta resume el
propósito de este libro. ¿Se puede considerar que exista una potencia de actuar
de los “sin-poder” susceptible de cuestionar lo que se espera de la ciudadanía
jurídica, social, política y económica, que garantizan un orden de la ciudad
particularmente hegemónico? En su ensayo consagrado a Antígona, la filósofa
Judith Butler señala que Antígona, al rehusar la orden de Creón de no enterrar
a su hermano, ciertamente “no solo porque desafía a la ley sino también porque
se apropia de la voz de la ley para cometer un acto en contra de la ley misma”
(Butler, 2001, p. 26). Antígona terminará por ser excluida de la ciudad, pues ella
se opondrá al orden simbólico que excluye a su hermano de la comunidad de
los humanos dignos de ser enterrados. Pero esta exclusión lleva en sí misma el
índice de un rechazo de la ley que incluye/excluye en provecho de una preten-
sión a ser igualmente la “voz de la ley”. Y este es el punto más importante: los
excluidos no son sujetos negativos que esperan solamente ser puestos sobre
sus rieles. Ellos tienen una voz que discute el privilegio de la ley que incluye a
los unos, para excluir a los otros. Es esta voz la que atraviesa los movimientos
sociales, políticos por los que las vidas llegan a reconsiderar lo que las liga a la
ciudad. El sentimiento de exclusión que agarra por el cuello a una vida, incluso
cuando esta no está excluida, da testimonio de una humanidad más vasta que
la ciudad y también de la posibilidad de una comunidad de vidas hasta en la
experiencia de la exclusión. Entonces necesitamos decir esto: el excluido, en
su invisibilidad real, en su supuesta peligrosidad; el ausente de los lugares y
de las clasificaciones, por la persistencia de su voz y de su actuar, interroga el
curso normal presunto de las cosas. En particular, al recusar estar del lado de
la patología, al criticar la definición del excluido como un “enfermo”, nos obliga,
a partir de la aceptación de un fondo de vulnerabilidad común, a interrogarnos
sobre lo que hoy constituye mundo, y sobre nuestra capacidad de abrirlo a as-
pectos de la vida bien diversos sin llegar por ello a legitimar la exclusión de los
excluidos, considerándola como un mal necesario o un daño colateral.
Los excluidos de hoy tienen mala prensa. ¿Más que ayer? Se les achaca todo
tipo de males. Ora son malos trabajadores que prefieren vivir de las migajas
oficiales que encontrar un empleo. Ora son malos extranjeros que no quieren
integrarse. O son mujeres dudosas, demasiado veladas como para ser honestas.
O desplazados atolondrados que no saben asentarse. Y todo ese nuevo pueblo del
margen es una gran familia. Hay primos, tíos, tías, abuelas, o son desplazados, la
escoria, emigrantes indocumentados, sin domicilio conocido, desempleados que
sin duda no tienen gran cosa en común, pero que son enrolados en la categoría
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de los “excluidos”. Poco importa saber si los propios excluidos reivindican esta
categoría como pertinente. Parece que esta sea una violencia suplementaria que
surge a partir de una experticia que no les pertenece, en la que les es incluso
prohibido participar, excepto bajo la forma discutible de población-objetivo en
los registros de las hipótesis, pensamientos y diagnósticos producidos por
científicos que no pertenecen precisamente al mundo de los excluidos. Los
excluidos tienen la palabra solamente en la medida en que ellos confirmen su
exclusión, en que ellos suscriban los estereotipos que los comprenden como
seres solamente de carencias que tienen que llegar a hacer un esfuerzo para
salir adelante. Pues está implícito que ellos, o no hacen esfuerzos, o no son su-
ficientes o no en el buen sentido. El excluido tiene rabia evidentemente, y esa
rabia no va a ninguna parte. Es un muro opuesto a otro muro.
Por un lado, los excluidos siempre son identificados demasiado rápida-
mente. O bien son más que todo sujetos considerados como inútiles, que es-
torban, que no se sabe qué hacer con ellos. O bien son sujetos que se los tiene
por peligrosos de los que hay que desconfiar, que hay que administrar por
medio de dispositivos disciplinares renovados. Por el otro lado, a los excluidos
frecuentemente se los invisibiliza. No se los escucha, ya no se los quiere ver.
Solo pueden existir como espectros, vidas a la espera de confirmación pero que
deben enterrarse, ocultarse. Estas dos consideraciones de la exclusión pueden
parecer contradictorias al punto que la primera establece una ficha señalética del
excluido, mientras que la segunda se esfuerza por sacarlo de todos los campos de
percepción. En realidad, en esto consiste la ambigüedad del tratamiento social,
antropológico y político de la exclusión. Son dos elementos de un dispositivo
en el que el excluido es visto como un humano que no es como los otros, en los
bordes de lo social y amenazador, peligroso y potencialmente ausente. Según
este dispositivo, el excluido está en la ciudad y por fuera de ella, es un elemento
supernumerario con el que no se sabe qué hacer y que es necesario entonces
(en el mejor de los casos) hacerlo invisible, así como hay que poner cuidado que
no vaya a perturbar el orden público.
¿Pero, quién se oculta tras este dispositivo? Todos nosotros, en nuestras vidas
ordinarias, pertenecemos a este dispositivo, lo hacemos prosperar. Cada vez que
volteamos a mirar para otra parte cuando somos interpelados por un “indigen-
te”, cada vez que construimos un muro entre “ellos” y “nosotros”, le damos más
impulso, lo alimentamos, nos convertimos en un rodamiento esencial del orden
social, del imperativo siempre más actual según el cual “hay que defender la
sociedad”. Tal parece ser claramente el tratamiento social de la exclusión hoy:
más bien se tiende a “defender la sociedad” de los excluidos que defender una
sociedad de los excluidos, es decir, reiterar el orden social con respecto a y a
pesar de todo, antes que querer ampliar el mundo común buscando comprender,
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por una parte, por qué los excluidos están excluidos y, por otra parte, penetrar
en la potencia de actuar de las vidas excluidas.
¿Podemos ampliar nuestra comprensión de lo humano más allá de las fron-
teras sociales que producen un “adentro” y un “afuera”? ¿Podemos imaginar
que la vida humana no se limita a una vida humana integrada? Para ello no es
suficiente con hablar en nombre de los otros, representarlos, sino que es nece-
sario igualmente ampliar el derecho de ciudad, encararlo, no como un derecho
exclusivo, sino como el derecho de toda vida al pleno de desarrollo, tanto en su
poder interior como en su poder exterior, en la ciudad, reformulándola en sus
normas sociales, políticas, jurídicas, antropológicas. Es necesario entonces
repensar la ciudadanía de los excluidos. Dos condiciones se revelan desde en-
tonces necesarias. Que ella sea igualmente una ciudadanía social que integre
los derechos sociales en su formulación al lado de los derechos civiles. Que la
ciudadanía sea igualmente resignificada desde los procedimientos de exclusión
que no afecten en nada las vidas por azar. Pues la exclusión, si puede llegar
frecuentemente de manera accidental, no por ello es un accidente de la vida
social. La exclusión es el reverso de la inclusión. La inclusión de los unos no
parece posible sino gracias a la exclusión de los otros. Si tal es el caso, es toda
la ciudad, es todo nuestro mundo el que está concernido por ella. ¿Por qué vivi-
mos en un mundo que no puede incluir a los unos sino excluyendo a los otros?
¿Quiere esto decir que no hay trabajo para todo el mundo? ¿Es decir que no hay
lugar para toda la gente? ¿Pero qué puede ser un mundo donde la posibilidad
de la caída está a tal punto no circunscrita?
Creíamos haber terminado con los excluidos. Eminentes personalidades nos
habían casi convencido de la inexistencia de esa categoría; demasiado comodín,
en exceso abigarrada, mezclando voces heterogéneas, trayectorias distintas.
Y es verdad: ¿qué idea es esa de interesarse a la vez en el desempleado, el
trabajador precario, el inmigrante, la mujer dominada, el solicitante de asilo?
Es seguramente exponerse a numerosas ilusiones, típicamente las que engen-
dran los filósofos con sus tópicos mal construidos, cosidos en trajes demasiado
holgados para la mirada de algunos expertos del mundo social. ¿Pero debe ser
la experticia la última palabra en el mundo social? ¿En este caso no se corre
el riesgo de que estemos siempre demasiado del lado de los gobernantes y no
suficientemente del lado de los gobernados? Acá estriba la dignidad de la cate-
goría de excluido; obliga a reconsiderar lo que actualmente constituye el pueblo,
obliga a volverle a dar sentido a un pueblo de los miserables y a penetrar desde
entonces, casi por la fuerza, en una serie de cuestiones prohibidas relativas a la
ontología social que subyace a nuestro mundo común. Durante mucho tiempo
nos hemos mantenido a distancia de esas interrogaciones, pues terminamos
por aceptar el escepticismo que manifestaban los gobernantes con respecto a
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las clases populares, a las que se identificó con demasiada ligereza con clases
peligrosas. Si esta desconfianza con respecto a las clases populares es tal ac-
tualmente que hay mujeres y hombres políticos que pueden estar tentados a
considerar que ellas no forman ya el corazón del blanco de su electorado (como
lo ha podido aún ilustrar recientemente un reporte de Terra Nova), entonces hay
que apostar a que las clases populares mismas terminarán por afirmarse cada
vez más en la desconfianza con respecto al mundo político tradicional, ya sea
alejándose de él totalmente (especialmente por el fenómeno de la abstención),
ya sea buscando en las extremas una alternativa para hacer creíbles sus formas
de vida. Solo reconociendo que somos vulnerables podremos afrontar la exclusión
y comprenderla, a pesar de todo, como una posibilidad humana y también como
una posibilidad de vida humana.
Referencias
Butler, J. (2001). El grito de Antígona. El Roure.
Berger, J. y Mohr, J. (2009). El séptimo hombre. Sur+.
Chambaz, B. (2011). Plonger. Gallimard.
Djavann, C. (2004). Autoportrait de l’autre. Sabine.
Le Blanc, G. (2011). Le sentiment d’exclusion. En G. le Blanc (dir.), Que faire de notre vulnérabilité?
(pp. 9-23). Bayard.
Lister, R. (2004). Poverty. Polity Press.
Lussault, M. (2009). De la lutte des classes à la lutte des places. Grasset.
Manea, N. (2005). El regreso del húligan. Tusquets.
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