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El Viaje de Oriflama y Más Leyendas

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El viaje de

Oriflama y

más leyendas

Ediciones

Cuentos de brujos I
Cuento de un chaneque
La mujer armadillo y la mujer
tepezcuintle
Cuatro vientos brujos
Un hombre que fue hasta el
infierno
El cazador
La madre del sol y de la luna
El águila y el león
Dos comerciantes brujos
Cuento de un rayo
El brujo con cara de tigre
Cómo se ayudan los brujos
La gente del agua
Pueblos de brujos
Los compadres tigres
La diosa que vivía bajo el
arcoíris
El viaje de Oriflama
El viaje de Oriflama

y más leyendas

Ediciones

Primera edición: 1979

Segunda edición: 1990

Tercera edición: 1994

Quinta reimpresión: 1999

Cuarta edición: 2000

D. R. © CONSEJO NACIONAL
DE FOMENTO EDUCATIVO

Río Elba 20, col. Cuauhtémoc


C. P. 06500, México, D. F.

IMPRESO EN MÉXICO

ISBN 968-29-3112-6 (obra


completa)

ISBN 968-29-1393-4

ISBN 970-18-3946-3 Edición


electrónica
Cuentos de brujos I

Adaptación de cuentos chinantecos: Elisa Ramírez


Ilustración: Maximino Javier
Recopilación y traducción: Alfonso Martínez Merced

La Chinantla es una zona montañosa del Estado de


Oaxaca, en la cuenca del río Papaloapan.

En los bosques, entre las matas de café, sobre los puentes


colgantes se habla en voz baja de chaneques y de la gente
del agua, de naguales que viajan sobre nubes.

Estos cuentos los narraron en su lengua los viejos


chinantecos de Santa Cruz Tepetotutla y Usila.
Cuento de un chaneque

Una vieja y su nieto habitaban el rancho. En los


alrededores, vivía un chaneque que les robaba la
comida cuando salían de la casa.

Un día, la abuela fue a cortar hierbas y, cuando


regresó, ya no encontró a su nieto. Le preguntó al
chaneque si lo había visto, y éste contestó:
—Por ahí ví que se fue.

La abuela buscó y buscó al niño y no lo encontró.


"¿Qué le pasaría?" —se preguntó— "¿Se lo comería
el chaneque?"

Fue al pueblo a avisarle al papá del niño y juntos


regresaron al rancho. Todavía andaba por allí el
chaneque.
—Ayúdanos a recoger leña —le dijeron—, y la pones
cerca de la casa.

Así lo hicieron. Al anochecer, todos se fueron a dormir.


El chaneque se estiró las orejas, y se le hicieron tan
largas, que una la dobló para utilizarla como
almohada, y con la otra se tapó.
Cuando la abuela vio que el chaneque dormía,
encendió la leña y huyó con su hijo.
—¡Me estoy quemando, quemando, quemando —gritó
el chaneque—, me quemo arriba, me quemo abajo,
me estoy quemando, quemando, quemando!

La abuela y su hijo se escondieron en la copa de un


árbol.

Cuando los otros chaneques oyeron las quejas de su


compañero, acudieron corriendo, recogieron las
cenizas del chaneque quemado, se las comieron y así
revivió el chaneque.

La abuela y su hijo se fueron al pueblo y nunca


regresaron al rancho.
La mujer armadillo y la
mujer tepezcuintle
Antiguamente, las mujeres tenían nombres de animales.

Una mujer llamada Armadillo y otra Tepezcuintle estaban


tejiendo sus huipiles. Deseaban estrenarlos antes de que
amaneciera.

El huipil de la Armadillo era muy difícil de tejer, porque ella lo


quería lleno de flores. El sol empezaba a salir y no habían
acabado.

Desesperada, se lo puso sin darle fin, con todo y telar, pues ya


amanecía. Por eso, hasta la fecha, se le ven al armadillo unos
escalones en la espalda, que son los hilos y los palos del telar.

La Tepezcuintle, en cambio, sí terminó su huipil; por eso, hasta


la fecha, el animal tiene un traje bonito y elegante.
Cuatro vientos brujos
Un viejito iba a su rancho cuando vio cuatro guajolotes en el
río. Eran brujos: vientos que se habían transformado en
aves y que se estaban bañando. Al rato, los guajolotes
salieron a la orilla. Se abrazaron con las alas, jugando;
frotaron sus picos uno contra otro e hicieron un ruido
parecido al de la corneta de un soldado.

Al verlos, el viejito se dijo: "¿Qué clase de animales serán


ésos? Voy a echarles fuego, a ver qué hacen." Y lo hizo.
Los animales volaron y se transformaron en vientos. El cielo
se nubló y comenzó a caer un aguacero muy fuerte con
rayos y viento.

El viejito se espantó muchísimo, y regresó a su casa todo


empapado. Se enfermó de susto y ya no sanó.
Un hombre que fue hasta
el infierno
Hace tiempo vivía un hombre que no tenía trabajo.
Desesperado, un día se dijo: "He de encontrar trabajo, aunque
sea en el infierno."

Cuando salió de su casa, se encontró en el camino, con un


hombre que le ofreció trabajo y se fue con él.

El primer empleo que le dieron fue de separar por colores unos


montones de maíz enormes: maíz blanco, maíz rojo, maíz
negro, maíz amarillo... Entonces las hormigas llegaron a
ayudarlo.
Luego, el patrón le dijo que amansara unos caballos y, esta
vez, unos leones lo ayudaron.

Por fin, le ordenaron que fuera a traer leña para atizar la


lumbre y secar unas jícaras muy grandes que el señor tenía
sobre el fuego. Todos los días el hombre iba a traer leña y
encendía el fuego.

Un día, una jícara le habló y le dijo:


—Nosotras no somos verdaderas jícaras, sino almas. Éste es
el infierno y nosotras estamos aquí porque enterramos dinero
antes de morir. Cuanto te vayas de aquí, no pidas tu pago en
dinero, di que te regalen una jícara.

El hombre acabó su trabajo en el infierno y le pidió a su patrón


una jícara seca en pago de lo que había hecho. Y esa jícara
seca le dijo dónde había enterrado su dinero. Así, el hombre
fue muy rico, y el alma de aquélla quedó libre.
El cazador
Un cazador andaba disparando en el monte cuando vio a un
hombre que le preguntó.
—¿Qué haces?
—Estoy cazando —contestó.
—Ven, sígueme.

Aquel hombre lo condujo y, como en un sueño, el cazador vio


a todos los animales que había herido sin matar.

—¿Ya viste cuántos animales has lastimado? Cuando vayas a


cazar, apunta bien, porque si nada más los lastimas y hieres,
te voy a mandar a mis perros para que te castiguen.

El hombre se asustó mucho, pues supo que aquel hombre era


el Dueño de los Animales. Ya nunca volvió a cazar.
La madre del sol y de
la luna

Hace mucho tiempo, vivía una muchacha a la que le brillaba el


cuerpo. Por eso, la gente le tenía mucho miedo. La
molestaban y querían deshacerse de ella. Un día, las
autoridades la mandaron llamar.

—Aquí tienes una mota de algodón —le dijeron—. Con ella


debes tejer una tela que cubra el cielo. Nos la debes entregar
mañana.
—Está bien —contestó la muchacha. Regresó muy triste a su
casa y les platicó a sus hermanas lo que le habían ordenado.
—¿Cómo voy a hacerlo con una mota de algodón?
—No te preocupes —le dijo una de sus hermanas—, yo te
ayudaré.

Se sentaron juntas y la hermana se comió la mota de algodón.


—¿Qué haces? ¿Ahora cómo voy a hacer mi tela?
Pero la hermana no contestó, se transformó en araña y
comenzó a tejer.

Al día siguiente, la muchacha que brillaba fue a entregar la


tela. Todos quedaron muy sorprendidos.

Pasaron dos o tres semanas y la volvieron a llamar:

—Toma un colibrí —le dijeron — con él vas a preparar una


comida que debe alcanzar para que almuerce el pueblo entero.
—Está bien —dijo la muchacha.

Se fue muy triste a su casa y les comentó a sus hermanas lo


que le habían pedido.
Cuando anocheció, otra de sus hermanas se convirtió en zorra
y, mientras la gente dormía, ella les robó sus pollos.

Prepararon la comida y, al día siguiente, tenían listas siete


ollas de caldo para que todos comieran. La muchacha que
brillaba sirvió el gran almuerzo.

Pero no la dejaron en paz. Una tarde, la llevaron al río y la


obligaron a cruzar un puente colgante. Cuando estaba a la
mitad, cortaron las cuerdas del puente y la muchacha cayó al
río.
Pero antes de desaparecer en el agua, tuvo dos hijos, uno
hombre y otra mujer. A los niños primero los cuidó la rana;
luego, la tepezcuintle fue su madre.
Los niños crecieron y, cuando fueron grandes, supieron que la
tepezcuintle no era su verdadera madre y se fueron muy
enojados.

Caminaron hasta que llegaron al centro del mundo. Ahí había


mucha gente y muchos animales, que estaban esperando a
que llegaran ellos.

Los hijos de la doncella que brillaba empezaron a subir al cielo.


El muchacho se transformó en sol, y su hermana en luna.

Las personas y los animales que subieron con ellos, se


convirtieron en estrellas.
El águila y el león
El águila les dijo a los otros animales:
—No se metan con los hombres, contra ellos no podemos
hacer nada, porque son muy listos.
—No es cierto —rugió el león—, a mí nadie me gana. Yo soy
el rey —y enseñaba sus garras presumiendo.

El león salió al monte buscando a un hombre para demostrarle


que él era más valiente. Se encontró uno que estaba cortando
leña.
—¡Te voy a comer! —le amenazó.
—¿Por qué? Yo no te he hecho nada. Siquiera espérame a
que acabe de cortar mi leña.

El hombre dio un golpe fuerte con su hacha y ésta se quedó


atorada.
—Tú que eres tan fuerte —le dijo al león—, ayúdame a sacar
mi hacha.

El león quiso sacar el hacha, y la pata se le quedó atorada.


Mientras tanto, el hombre huyó.

El león regresó y les dijo a los otros animales:


—De veras que no podemos con los hombres, son muy listos.

Por eso es que, hasta la fecha, los leones no molestan a los


hombres, les tienen miedo.
Dos comerciantes brujos
Dos comerciantes brujos andaban de pueblo en pueblo
vendiendo su mercancía; uno podía transformarse en ratón y
el otro en rayo.

Llegaron a un poblado y se quedaron en una casa. A media


noche sintieron que unos animales los pisoteaban; se
levantaron muy asustados para sacar a las bestias.

Pero los dueños de la casa corrieron a los comerciantes por


maltratar a sus animales.
—Váyanse inmediatamente —les dijeron.

Y los comerciantes se fueron. Los de la casa se transformaron


en tigres, y fueron a esperarlos al camino. Se trataba de toda
una trampa para comerse a los comerciantes. Al empezar la
vereda, éstos se detuvieron.

—¿Qué hacemos? Es peligroso andar a oscuras.


—Conviértete en ratón y averigua si hay algún peligro.

El comerciante se hizo ratón y fue a investigar. Más adelante,


vio dos tigres y regresó a avisarle a su compañero. Éste sacó
un cigarro y se puso a fumar. Poco a poco el humo del cigarro
se fue transformando en nube. El hombre se metió en la nube
y, en ella, se fue al cerro.
Cuando llegó encima de donde estaban los tigres, soltó un
rayo y los mató. Luego, regresó a donde estaba su compañero,
y así los dos comerciantes pudieron seguir su viaje sin peligro.
Cuento de un rayo
Un hombre de Usila iba por el monte cuando escuchó un grito.
Se espantó, pues no veía a nadie. Oyó el grito tres veces y,
entonces, preguntó muy quedito:
—¿Quién grita?

Y vio que quién le hablaba era un rayo que estaba atorado en


un árbol.
—Soy yo. Ven, ayúdame a salir.

El hombre lo ayudó y, al sacarlo, sonó un trueno, se vio un


relámpago y empezó un aguacero.

Más adelante, en el camino, se encontró con el rayo y con


toda la familia rayo. Le dieron las gracias, lo invitaron a comer
y le pagaron por haber salvado al rayo padre.
El brujo con cara de tigre
Había una vez un brujo que se convertía en tigre. Como hacía
muchas maldades, la gente lo siguió, lo cazaron y lo
apalearon, dejándolo destrozado. Regresó todo lastimado a su
casa. Estaba llorando cuando su compadre llegó a visitarlo y le
preguntó:

—¿Qué te pasa?
—Me cazaron, ayúdame. Tráeme los sesos de mi cabeza y la
sangre de mi corazón; están en el lugar donde me golpearon.

Su compadre fue a buscar lo que le había pedido el brujo


enfermo, pero no encontró ni la sangre ni los sesos. El brujo ya
no sanó, se le quedó la cara de tigre y hasta se le alargaron
los bigotes.
Cómo se ayudan los brujos
El pueblo estaba de fiesta y llegó un comerciante. Como todos
estaban bailando, no le hicieron caso, ni le ofrecieron nada de
comer. Por eso él se enojó. Como era brujo, se transformó en
tigre y se llevó del pueblo a una señora.

En la mañana, el marido de la señora salió a buscarla y lo


único que halló fue huellas del tigre y gotas de sangre.

Estaba muy enojado y quería vengarse. Le puso una trampa al


tigre y lo agarró. Lo llevó al pueblo para quemarlo. Cuando
estaba preparando el fuego, se apareció por allí un gato flaco
al que nadie le hizo caso. Pero en realidad era otro brujo, que
ayudó al tigre a escapar. Y huyeron juntos al bosque. Así,
pues, los brujos se ayudan unos a otros.
La gente del agua
Hace mucho tiempo, vivía en el pueblo una muchacha muy
bonita, con quien los jóvenes querían casarse, pero ella
siempre se negaba.

Unos vecinos notaron que cuando sus padres iban al rancho a


trabajar, la muchacha se ponía a hacer tortillas y salía de la
casa llevando comida.

Nadie sabía a dónde iba. Una vez la acusaron con su mamá y


ésta decidió seguirla. La vio salir y caminar hacia el río.
Cuando la joven llegó al río, no se detuvo, se metió al agua
con todo y ropa y desapareció.

La mujer regresó a su casa y al rato llegó la muchacha, quien


le dijo:
—Ahora que usted ya descubrió mi secreto, me debo ir y no
volveré a la casa. Para dentro de tres días, prepare una buena
comida y la lleva a la orilla del río. La deja usted sobre un
petate fino y se aleja. Después, regresa usted, dobla el petate
con mucho cuidado, se lo lleva y lo pone siete días sobre la
viga; luego lo abre.

La mujer hizo todo lo que le dijo su hija. A los tres días fue
junto al río y puso la comida sobre el petate. Al rato, vio salir al
Hombre del Agua, un viejo calvo que tenía una cresta de gallo
en la cabeza; detrás de él venían dos niños calvos. Eran el
marido y los hijos de la muchacha.
Se sentaron a comer y, cuando acabaron, los niños se
pusieron a bailar sobre el petate. Con los brincos se les caían
pellejitos de la piel. Luego, la familia se regresó al río.

La mujer dobló el petate con cuidado, como le había dicho su


hija, y se lo llevó a su casa. A los siete días lo abrió y, al
desdoblarlo, aparecieron muchas monedas de plata.

Así fue como el Hombre del Agua les dio mucha riqueza a sus
suegros, para que pudieran mantenerse.
Pueblos de brujos
En un pueblo llamado Llano Tlacuache vivía una viuda con su
hijo. Una vez, la mujer estaba lavando en el río; su hijo estaba
nadando y jugaba en el agua cuando vio que por allí andaba
un animal, que era mitad trucha y mitad camarón. El niño
quería atraparlo, pero su mamá lo llamó.
—Ven, no juegues por ahí.

La señora siguió lavando. Al rato, buscó al niño y no lo


encontró. Regresó al pueblo y vinieron muchas gentes a
buscarlo por el río y por el bosque. Y no lo encontraron.

Tres brujos del pueblo se transformaron, uno en arco iris, otro


en sapo y el tercero en cangrejo, y buscaron al niño a lo largo
del río. Llegaron a Paso Escalera y preguntaron por él.
Estaban seguros de que los brujos de ese pueblo se lo habían
robado; pero como éstos no quisieron decirles dónde estaba,
se regresaron enojadísimos a su pueblo.
Así empezó el pleito. Los brujos de Paso Escalera se
prepararon, llamaron a todos los animales del agua: lagartos y
peces.
Los de Llano Tlacuache llamaron a sus aliados. Y trece brujos
que se convertían en rayos fueron a pelear. Estuvieron siete
días echando rayos sobre el río y durante siete días hicieron
hervir el agua.
Así acabaron con los de Paso Escalera. Pero a pesar de todo,
nunca encontraron al niño que se había perdido.
Los compadres tigres

Eran dos compadres: uno rico y otro pobre. Un día, mientras


trabajaban en la milpa, el pobre se quejaba y el rico ofreció
ayudarlo:
—Ve a mi casa hoy en la noche —le dijo—, pero no le digas a
nadie.

En la noche se vieron y salieron al monte; el rico le enseñó a


su compadre a convertirse en tigre. Así, transformados en
fieras, anduvieron matando y comiendo puercos, pero las
gentes y los perros los corretearon.
Muchas veces salieron de cacería, hasta que en una ocasión
lograron alcanzarlos. Mataron al compadre pobre e hirieron al
rico. Desde entonces, éste estuvo muy enfermo y, como ya no
podía convertirse en tigre, no tenía qué comer.
Todas las personas —dicen los chinantecos— tienen un
nagual que los acompaña como su sombra desde el
nacimiento hasta la muerte. Es su doble natural: si a la
persona le sucede algo, su nagual también lo sufre
dondequiera que esté, ya sea en el monte, en el mar, en el
aire.

El nagual puede ser un animal, un rayo, una nube, un trueno o


una tempestad

No todos saben cuál es su nagual; los que llegan a saberlo


tienen mucho poder y pueden transformarse a voluntad. En
estas historias no existe una separación clara entre los
hombres y la naturaleza, entre las personas y los animales,
entre los lagos y las nubes que en ellos se reflejan; parece que
escuchan algo entre los árboles y las piedras que con el ruido
de las grandes ciudades ya no se alcanza a oír.
La diosa que vivía bajo
el arcoíris
Texto: Magaly Martínez
Ilustración: Mariana Yampolsky

Xochiquetzalli, la primera mujer, se sumergió en el violeta. Allí


nadó con flores en el pelo.

"Los hombres y las mujeres necesitan vestidos", dijo, y de


espaldas se dejó arrastrar por la corriente. Contempló al ave
azul de largo cuello.

"No basta que sus ropas los cubran del viento, del sol o del
frío", pensó, y dentro de las aguas de añil movió sus manos
como pequeños pescados.
Es necesario que sus vestidos sean bellos." Y caminó sobre el
verde como por un pasto mullido de plumas de quetzal.

"De todas las posesiones valiosas de la tierra, las más nobles


son las que significan algo para nosotros; poco o nada
podríamos hacer sin los símbolos", y se engalanó el pecho
con flores amarillas, brillantes como el sol.

Cuando llegó al naranja miró hacia los rostros que la


contemplaban desde la tierra. "¿Qué es la vida de los seres —
se preguntó la primera mujer— si su fuerza no se manifiesta en
todo lo que hacen?

Ellos aman la vida y temen a la muerte; están rodeados de


lucientes flores de color guacamaya, de las oscuras flores del
cuervo.

Se encuentran amenazados por la sangre. ¿Qué vestido les


daré?" Y bajo el sol, su cuerpo se volvió rojo.

La diosa, que vivía bajo el arco iris, meditó: "Lo que más
agrada a la divinidad es la poesía, los colores, las sorpresas."
Entonces, rápida como el viento, tomó los colores y bajó a la
tierra. En el tianguis levantó una tienda hecha con el arco iris.

Con cantos y música, dulces flautas, el sonido de caracoles


marinos, chirimías, teponaztles y huéhuetls, convocó a mujeres
y hombres capaces de tejer y de bordar. Cuando los tuvo
frente a sí, pidió que le hicieran un vestido amarillo y rojo y un
tocado de algodón en rama, como convenía a las divinidades
del cielo y de la tierra.

—Desde hoy —les dijo— el tejido es de origen divino. Se


perdonará la vida de los esclavos cuyas manos sean capaces
de elaborar telas maravillosas, y a nadie se sacrificará a los
dioses si de sus manos salen texturas hermosísimas.

Les enseñó a preparar colores con insectos, flores, plantas,


minerales, conchas y caracoles.

—Con rojo pondrán el fuego en los vestidos y significarán el


calor y la fuerza del corazón de los hombres. Con azul
representarán el agua, con amarillo el sol y con negro de humo
la obscuridad y el miedo.
Del caos producirán el orden en prendas perfectas. Y los trajes
representarán los deseos de sus dueños, sus creencias, los
anhelos de quienes los hacen.

Las serpientes significarán la lluvia. Bordarán el movimiento


zigzagueante del comején bajo la corteza de los árboles.
Imitarán figuras humanas, vegetales y animales, los
negriamarillos y rojos pájaros, la riqueza de las flores, porque
ellas representan la vida.

Y los tejedores pizcaron el algodón para elaborar telas finas y


de los magueyes extrajeron el ixtle. Con maderas y huesos
prepararon telares, husos e instrumentos, mientras la diosa
contaba:
—De coral es mi lengua, mis labios de esmeralda, así me
siento a mí misma.
—¿Qué forma le daremos a la ropa? —le preguntaron.
La primera mujer detuvo por un momento sus bailes y sus
cantos.
—Es importante que los seres puedan moverse con libertad en
la Naturaleza, —dijo—, así será feliz su corazón.

Y siguió bailando.

Entonces los tejedores hicieron el quechquémitl, el huipil y el


cueitl para las mujeres. Elaboraron el tilmatli y el maxtlatl para
los hombres.

Cuando una diosa trae el quechquémitl, parece un ave de


plumaje precioso dentro del triángulo doble de la tela. La mujer
es libre como una garza vistiendo el huipil.

Xochiquetzalli vio cómo tejían el cueitl, en una larga pieza de


tela que se sostiene con un cinturón tejido. Observó el tilmatli,
lienzo cuadrado que se ataba sobre el hombro o en el pecho, y
el maxtlatl que envolvía la cintura, pasaba entre las piernas y
se anudaba al frente, dejándose caer los dos extremos por
delante y por detrás.
Pero un día, Xochiquetzalli supo que venían otros tiempos. —
Adiós, —les dijo a los seres, y voló al cielo, abrió su casa,
regresó al arco iris.

—¡Oh! ¡Ah!,—lloraron hombres y mujeres cuando


Xochiquetzalli se marchó.
Los conquistadores derrocaron a dioses, reyes y caciques. Y
aunque dictaron leyes para que los indígenas no vistieran
como ellos, muchos se apresuraron a usar el traje español.

—¡Oh! ¡Ah!,— gimieron hombres y mujeres—. ¿Destruirá la


muerte nuestras creaciones?

—No se acabarán sus flores —afirmaron—, no se terminarán


sus cantos.

Y con los dones de Xochiquetzalli elaboraron los rebozos, los


sombreros, las camisas y los calzones de los hombres que,
inspirados en la ropa española, desde entonces se
incorporaron al atavío mexicano.
Bordadoras y tejedores, hombres y mujeres, insistían:
—¿Nos habrá dejado solos Xochiquetzalli? ¿Tendremos que
abandonarlo todo?—

Pero cuando los españoles introdujeron en México el cultivo de


la seda, un canto delgadito, delicado, se entretejió con las
fibras brillantes.

—Es la voz de Xochiquetzalli —se dijeron, y trabajaron en


seda hermosas piezas.
A veces sentimos que Xochiquetzalli ha muerto.

Pero todavía, cuando la serpiente-lluvia cae desde el cielo, la


casa de Xochiquetzalli brilla con sus siete colores.

Entonces, si uno se pone atentísimo, silbando en el viento, se


oyen unas dulces palabras: "Cubierto de flores estará mi
corazón, joyeles preciosos y bellos se habrán hecho, que en
ninguna parte de la tierra tienen su modelo."
El viaje de Oriflama
Texto: Magaly Martínez, Rosendo García
Ilustración: Anhelo Hernández

El Capitán Viento, magnífico e irresistible, les daba en la cara


con lenguas frías, se les echaba encima, silbaldo furioso.

Y sobre la vía secreta que encontraron de repente cuando


juntaban piedras, el vagón continuaba corriendo a velocidad
nunca vista.
—E-e-sto va cada vez más rápido— gritaban, y las bocas de
los cinco se inundaban de aire porque iban corriendo sobre los
rieles en una carrera loca.

Áurea, Argento, Oriflama, Azófar y Auricalco, con sus largas


cabelleras al viento y las caras pálidas por el susto, maldecían
la hora en que se les había ocurrido subirse a aquel vagón.

Áurea, cuyo cuerpo siempre brillaba como si fuera el sol, les


dijo a sus compañeros:
—¡Miren cómo cambia el paisaje! Parece como si nos
hubiéramos alejado del país donde empezamos a recoger las
piedras.—
—No, no es el país lo que cambia, Áurea— le contestaron, y
sus voces se oían extrañamente claras a pesar de su carrera
contra el viento.
—Es algo diferente. Sólo que no hay casas, ni podemos ver los
letreros de la ciudad como al principio. ¡Todo parece tan
lejano!—
¡Y miren! —¡Una pirámide!—
—Y allí, observen, corremos hacia un hombre. Llegaremos
rápido, a la velocidad que vamos.—
—¡Cómo desearía que el vagón se detuviera! —gritó Áurea.

Y el vagón se detuvo frente al hombre silencioso que metía las


manos hasta el fondo del agua y las sacaba llenas de arena.
Áurea se bajó del vagón y caminó hasta él.
—¿Qué haces?— le preguntó al ver que entresacaba piedras
de la arena.
—Estoy buscando oro, Áurea— le respondió.
—¿Y para qué lo quieres?—
—Para hacer cosas bellas.
Estas piedras que ves se convertirán en collares, orejeras,
cascabeles, anillos e imágenes de dioses. Ten, te regalo una,
guárdala para que recuerdes siempre que tu nombre significa
oro.—

Y Áurea regresó al vagón, que partió de nuevo empujado


vertiginosamente por el capitán viento.

Las minas son excavaciones que se hacen para extraer minerales. Las hay subterráneas, en
forma de grandes salones. También se excavan como pozos o zanjas. Después se dispone de
los metales para fabricar instrumentos y objetos bellos y útiles. No solamente se extraen de
las minas metales como la plata y el oro, también se obtienen de ellas elementos no
metálicos, como la sal.

Los antiguos mexicanos extraían de las minas oro, plata, cobre, estaño y plomo. Aprovecharon
el hierro para tallar espejos. Fabricaron cascabeles de hermosos sonidos con el cobre y el
plomo. Desde entonces, ya conocían los mismos sistemas elementales que utilizan los
mineros modernos. Nombraban las minas in tepeio, in oxtoio: "lo del monte, lo de la cueva".

Los artistas eran llamados tencuitlapitzque: "fundidores de metal" ; tlatlacianime, "los que le
dan forma a algo", o simplemente tolteca: que quiere decir "artistas."

Explotaban solamente los metales que se encontraban a flor de tierra. Reventaban las rocas y
profundizaban las vetas, pero no realizaban excavaciones subterráneas.
No tardaron ni un suspiro en llegar frente al barco.

Fue Argento quien vio primero aquella carabela que, con las
velas recogidas, esperaba paciente que los marinos la hicieran
a la mar.

—Yo me bajaré ahora— dijo Argento, y, como ya se había


imaginado, el vagón se detuvo.

Enfrente de él, una larga cadena de hombres se pasaban de


mano en mano pesadísimas barras plateadas que iban a parar
al barco.

—¿Qué están cargando?— les preguntó Argento.

Y desde el primero hasta el último de los hombres le


respondieron.
—Plata, plata, plata, plata, plata.
Hacían anillos, pectorales, figuritas de dioses, collares, mariposas, orejeras, narigueras,
máscaras, brazaletes, placas con jeroglíficos. Se servían de los metales para crear piezas que
aún hoy asombran al mundo.

La Conquista de la Nueva España abrió a la explotación sus yacimientos de metales preciosos.


Colón zarpó en busca de una nueva ruta a la India y encontró un nuevo continente rico en oro,
plata y otros minerales.

Cuando Hernán Cortés llegó a México, Moctezuma pensó que se trataba del dios Quetzalcóatl y
envió a sus embajadores a saludarlo con ricos regalos de oro, plumas, jade... Entonces, Hernán
Cortés mandó decir que le enviaran oro.

Moctezuma le envió una pieza de oro del tamaño de una rueda de carreta, otra pieza grande
de plata, y una bandeja de oro, collares y gran variedad de piezas de orfebrería.

—Y para dónde la llevan— insistió Argento.


—A España, a España, a España, a España, a España—
repitieron todos.
—Basta con que uno me conteste— dijo Argento, y se dirigió al
capitán que daba órdenes desde la borda—
—¿Y a quién le llevan todas estas riquezas?—
—Al rey— contestó el capitán con su voz de trueno.
—¿Al rey de España? ¿Y por qué a él?—
El capitán lo miró con sus enormes cejas juntas.
—Jovencito— le dijo— no ignorarás seguramente que hemos
conquistado estas tierras atraídos por las vastas riquezas que
se decía había en ellas.
—¡Ah! No, claro— contestó Argento.

Los viajes de la Conquista fueron, en principio, una empresa para buscar oro, perlas y piedras
preciosas. Cortés le pidió a Moctezuma que le mostrase las minas de donde sacaba tales
tesoros. Los conquistadores españoles quitaron el oro y la plata que adornaban los penachos
obsequiados por Moctezuma y, al quitarlos, destruyeron los preciosos plumajes. Fundieron el
metal e hicieron barras con él para mandarlo a España en la Nao Capitana.

—Por estas riquezas hemos enfrentado los mares y venido a


estos lugares remotos. Y válgame que hemos encontrado
verdaderos y efectivos montes de oro y plata, y que ahora
enviamos buena parte a España para su mayor riqueza. Mira,
oye esto— diciendo lo cual el capitán del barco golpeó con su
cuchillo una pieza de plata. El delicado sonido sorprendió a
Argento.
—Llévalo en los oídos— le rugió el capitán —,para que
recuerdes siempre al metal que te da tu nombre.—
Mientras el grupo continuaba su rápida marcha, los gemelos
Azófar y Auricalco se hacían preguntas.
—¿De dónde...— comenzaba Azófar —...sacarían tantas
riquezas?— continuaba Auricalco.
A su paso, tan veloces como el viento mismo, se levantaban
ciudades, se erguían magníficas construcciones de piedra,
multitud de calles quedaban empedradas, surgían catedrales
desde donde hermosísimas voces entonaban cantos que
llenaban el aire.

Como consecuencia de las actividades mineras, se dieron notorias transformaciones en la


economía, el arte y la cultura. Por obra de la minería surgieron las ciudades de Pachuca,
Guanajuato, Zacatecas —donde tan sólo en esa época había tres mil bocas de mina— , San
Luis Potosí, Durango, Chihuahua y Aguascalientes, inicialmente fundadas como reales de
minas.

Pero, de pronto, el vagón se introdujo en un socavón profundo,


donde cientos de hombres, mujeres y niños gritaban a su paso.
—Nosotros trabajamos las oscuras entrañas de la tierra.—
¡Aquí, algunos permanecemos presos, pagando nuestras
condenas!
—¡Crueles capataces se montan sobre nuestras espaldas
como si fuéramos bestias para bajar por estos túneles!

Cuando el vagón volvió a subir a la superficie de la tierra,


Azófar y Auricalco estaban encendidos.
—Esta injusticia...— dijo Azófar.
—... tiene que acabarse— terminó Auricalco, segundos antes
de oír el repicar del bronce.
Un hombre tocaba la campana y, sin cesar un instante, el
sonido viajaba por el aire hacia todos los oídos.

Despertaba a todos los que dormían y sacaba de sus casas a


hombres y mujeres.

Entre las minas más famosas estaba, en Guanajuato, la de La Valenciana. Cuenta la leyenda
que con toda la plata que se ha sacado de ella se podría "asfaltar" una carretera que llegara
desde allí hasta la ciudad de México. Los dueños de la mina, haciendo uso de la fuerza,
obligaban a cerca de mil mineros a depositar en la boca de la mina los sacos de mineral que
extraían y a volver a ella, de donde no salían ¡jamás!

Después de la guerra de Independencia, México se hizo dueño tanto de su tierra como de


todas las riquezas que el suelo contenía y, posteriormente, el país desarrolló tal actividad
minera que hoy en día es el primer productor de plata; se extraen aquí, además, cuarenta y
siete minerales diversos y, por lo menos en veintinueve estados de los treinta y dos que
forman la República se registran actividades mineras.
—Llévense en el corazón el tañido de este bronce —le gritó el
hombre a los gemelos—, y recuerden que su sonido está
hecho también del metal que forma parte de su nombre. Sean
siempre libres.

Y en el rápido correr del viento, se quedaron escuchando:


libres..., bres..., es.
Impulsados aún por el capitán viento, los cinco comenzaron a
divisar paisajes conocidos.

—¡Estamos en casa! ¡en casa!— y saltaron fuera de su veloz


nave, mientras el capitán viento se remontaba hacia las nubes.
Áurea, Argento, Azófar y Auricalco miraron con pena a
Oriflama.
—¡Oh!, —dijeron—, tú no has vivido ninguna aventura.
Ni sabes el significado de tu nombre.

En los últimos años —como siempre— la minería sigue siendo una actividad económica muy
importante. Se han descubierto valiosos yacimientos de minerales radioactivos como el uranio.
—Se equivocan —dijo— yo sé lo que significa mi nombre:
bandera de oro que ondea en el viento.

Y el pelo rojo de Oriflama se levantó hacia el cielo.

La tierra mexicana guarda todavía una inmensa riqueza mineral. Se descubrirán en el futuro
nuevos yacimientos. La historia de la minería en nuestro país es la historia de México. Pero, a
pesar de ser tan larga, hoy día estamos en el principio.

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