Sofía era una niña dulce, atenta y cariñosa.
Sus padres no tenían ninguna queja de ella,
excepto que era demasiado perezosa. Le gustaba perder el tiempo cazando mariposas o
simplemente haciendo nada.
Esto se convirtió en un problema cuando Sofía empezó en el colegio. No se esforzaba en
aprender a leer, ni tan siquiera mostraba un poco de interés. Su mamá incluso contrató a una
profesora que se pasaba largas horas intentando que al menos se concentrara.
– “No sirve de nada”, – le decía la señora a la madre de Sofía, – “no le interesa aprender”. –
Ya casi estaba a punto de darse por vencida la profesora, cuando ocurrió lo inesperado.
Resulta que un día asistió al encuentro con Sofía, llevando a su hijo que era un poco mayor. El
corazón de Sofía latió fuerte al verlo y no supo nunca por qué, sus ojos brillaron de una
manera que solo su madre supo descifrar. Aquel día la niña prestó toda la atención que pudo,
hasta que terminó el encuentro y se dirigió al patio donde se encontraba el niño esperando.
– “Hola Sofía”– dijo el niño, –“¿cómo te fue hoy? Sé que mi mamá ha estado enseñándote a
leer pero dice que no quieres aprender”.
Sofía apenada lo miró y consintió. Nunca había sentido vergüenza en su vida.
Pasaron los días y los niños se hicieron buenos amigos, montaban patines en el parque y
disfrutaban de lo lindo. Llegaron las vacaciones estivales y el niño tuvo que irse a casa de su
papá, donde iba a pasar el verano. Antes de irse prometió enviarle una postal y un regalo a
Sofía.
Pasaron las semanas y Sofía cada vez se esforzaba más, para sorpresa de su madre. Un día
llegó el cartero con una caja en la que Sofía anhelaba que estuviese la postal prometida. Sobre
ella se encontraba rotulado “Para Sofía López. Si puedes leer lo que dice en el exterior de esta
caja, entonces te puedes quedar con lo que contiene”. Y como Sofía pudo leer cada palabra
con total claridad y fluidez, pudo disfrutar de la postal que le enviaba su amigo, junto a la que
se encontraban unos hermosos patines.