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Historia de la Prisión Preventiva

La prisión preventiva tuvo sus orígenes en el derecho romano, donde existían tres formas de aplicarla. Durante la Edad Media se utilizó ampliamente para someter a los acusados a tortura y obtener confesiones durante los procesos inquisitorios. En la Edad Moderna, la Revolución Francesa de 1789 promovió regulaciones para su uso, aunque aún se aplicaba de forma discrecional. Las primeras casas de corrección surgieron en los siglos XVI-XVII con el objetivo de corregir a los reclusos a través del trabajo

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Historia de la Prisión Preventiva

La prisión preventiva tuvo sus orígenes en el derecho romano, donde existían tres formas de aplicarla. Durante la Edad Media se utilizó ampliamente para someter a los acusados a tortura y obtener confesiones durante los procesos inquisitorios. En la Edad Moderna, la Revolución Francesa de 1789 promovió regulaciones para su uso, aunque aún se aplicaba de forma discrecional. Las primeras casas de corrección surgieron en los siglos XVI-XVII con el objetivo de corregir a los reclusos a través del trabajo

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MARCO TEÓRICO

Prisión preventiva
Antecedentes históricos.

Derecho Romano.
Revisado diversos textos respecto a los antecedentes de la prisión preventiva, logramos

inferir que tuvo su inicio de aplicación en el Derecho Romano, toda vez que durante esa

época se permitió a los jueces penales utilizarla de manera discrecional, pero en vista de la

degeneración en el uso abusivo de esta medida cautelar, fueron dictadas regulaciones y

sanciones para contrarrestar dicha práctica.

Posteriormente, con la expedición de la Ley de las Doce Tablas y en atención al principio

de igualdad de oportunidades, la libertad del acusado, en el transcurso de la causa penal,

comienza a recibir un notable respeto que terminó proscribiéndola en la mayoría de casos,

decretándose su ejecución solamente contra delitos relacionados a la seguridad del Estado,

a las capturas en flagrancia, y a los reos confesos

Lo indicado en el párrafo precedente, se apoya en el siguiente texto:

Durante la República, siglo V hasta el año 134, a. de J.C. y más precisamente bajo la

vigencia de la Ley de las Doce Tablas, es decir, a partir de mediados del siglo V (…) por lo

general se prescindía del encarcelamiento, (…) Ya a partir de las Leges Iulia de vi publica

et privata, año 17, a. de J.C., los ciudadanos romanos estaban exentos por prescripción legal

de tal medida, tratándose de ciertos delitos. Tal situación se justificaba por el (…) principio

de igualdad, (…) situación, que, en el sistema de judicia publica, había desembocado en la

supresión de la detención preventiva. Esta medida, sin embargo, era de rigor en los casos de
crímenes contra la seguridad del Estado, de flagrante delito o cuando mediaba confesión

(Rodríguez y Rodríguez, 1981, p. 18).

Conforme al derecho romano, existía tres formas de prisión preventiva: la primera, in

carcelum, donde el indiciado de delito grave se enviaba a la cárcel pública; la segunda,

militi traditio, la libertad del indiciado era responsabilidad de un militar, por lo general

anciano; y tercero, custodia libera, donde el indiciado estaba en custodia de un particular,

quien daba una fianza por él.

Desde esa perspectiva, consideramos que para el derecho romano, esta medida de coerción

procesal constituía una regla general, puesto que los jueces solo lo aplicaban en casos de

reos ausentes, no pudiendo ser concebida como pena anticipada.

Edad Media.

La Edad Media, caracterizada por la tortura como medio de confesión, requirió

indudablemente que el acusado estuviera presente para que esta pudiera ser realizada. Es

por ello, que en esta etapa, este tipo de cautiverio adquiere considerable relevancia, pues

dentro del proceso inquisitorio la prisión preventiva se convierte especialmente “en la reina

de las pruebas”, la restricción a la libertad del acusado constituía condición indispensable

para la tortura y la obtención de la confesión (Gómez Filho, 1995, p. 65).

En la Edad Media Alta (siglo XVI), adquirió carta de ciudadanía la utilización de la prisión

preventiva como regla general, lo cual puede considerarse natural al tenerse en cuenta el

funcionamiento de la lógica objetiva del proceso penal inquisitivo, predominante en esa

época, que aplicó como método de interrogación la tortura, lo cual presuponía como
necesidad técnica mantener detenido al imputado, en aras de la extracción efectiva de la

verdad.

A principio del siglo XVI, los fines del procedimiento inquisitorio se reducían a dos;

primero, establecer la naturaleza y gravedad del delito y, segundo, descubrir y aprehender

al sospechoso de haberlo cometido (…) Así, durante el Medioevo, la detención pierde su

carácter excepcional ya que, en consonancia con el sistema inquisitorio, la captura se

convierte en operación preliminar indispensable a fin de someter a tortura al inculpado y

arrancarle una confesión(…) (Rodríguez y Rodríguez, 1981, págs. 20 y 21).

Edad Moderna.

Como parte de la historia que ha marcado un referente en la edad moderna, es la

Revolución Francesa de 1789. Este suceso de gran importancia, marca la pauta del origen

de la mayoría de los sistemas jurídicos latinoamericanos. Dicha revolución promulgó la

Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; posteriormente, con los

principios científicos del derecho romano, fue creado en 1804 el Código Civil, y en 1808 el

Código de Instrucción Criminal

La primera Declaración Francesa de 1789, estipuló en su artículo 7°, la obligación de

decretar la detención conforme a la ley. Esta primera Declaración fue incorporada en la

Constitución Francesa de 1791, la cual reguló en su artículo 10°, unos mandatos para

proceder a la detención del presunto culpable de un delito. En lo concerniente al Código de

Instrucción Criminal de 1808, la detención preventiva se decretaba a discreción del

juzgador, permitiendo a los delincuentes primarios mantener la libertad provisional bajo


caución, siempre y cuando estuvieran acusados por delitos castigados con pena correccional

(Rodríguez y Rodríguez, 1981, págs. 22 a 24).

Los orígenes históricos de la prisión como lugar de castigo.

«Lugares donde retener a la persona acusada o culpable de haber cometido un delito han

existido siempre». En sus orígenes, la prisión solo cumplía la misión de «segregar

socialmente, sin preocuparse por la suerte del recluso». Simplemente se buscaba

proporcionarle sufrimiento, por lo que la idea de «corrección» era todavía muy lejana. La

influencia del correccionalismo surgirá a mediados del s. XIX como consecuencia de la

aparición de los diversos sistemas penitenciarios, con el afán de «corregir» a los penados,

no de hacerles sufrir inhumana y deliberadamente, cometido que a sus inicios sostenía la

prisión.

A continuación, estudiaremos las primeras ideas que surgieron de corregir a los penados,

examinando las instituciones que se crearon para llevar a cabo dicho fin.

La idea de corrección (del siglo XVI hasta el XIX)

Con la idea de corregir a las personas y convertirles en útiles ciudadanos aparecieron las

primeras «Casas de Corrección» en los siglos XVI y XVII. Estos nuevos Establecimientos

fueron lugares destinados a la reclusión de hombres y mujeres, de manera que fue entonces

cuando se empezó a observar una clasificación según el sexo de los/as reclusos/as. Estas

Casas suponen el origen histórico de los centros penitenciarios que hoy en día tenemos,

siendo las primeras en aparecer las de Inglaterra, Holanda, Alemania y Suiza. Podría

señalarse como la más antigua e influyente de todas ellas la denominada «House of

Correction», ubicada en Bridewell (Londres), inaugurada en 1552. Ésta era pensada para la
corrección de aquellos pobres que, siendo aptos para trabajar, se resistieran a ello. Años

después son especialmente reseñables los ejemplos de Ámsterdam –en 1596–, como primer

Establecimiento correccional en suelo continental. Como expone Von HENTIG, le «siguen

otras ciudades, [como] Brema en 1609, Lübeck en 1613, [o] Hamburgo en 1622».

De seguido se abordarán estos «experimentos», surgidos y desarrollados entre los siglos

XVI y XIX, tanto en el ámbito internacional como nacional.

Las primeras Casas de Corrección: Bridewell (1555) y Ámsterdam (1595)

Las llamadas «Casas de Corrección» y «Workhouses», surgidas en Inglaterra y en los

Países bajos en el siglo XVI, fueron creadas, en un principio, como establecimientos

destinados a la corrección de vagabundos, mendigos, vagos, prostitutas y pequeños

delincuentes. Estas primeras Casas de Corrección inglesas influirán en gran medida en la

justicia penal occidental, pues significarán el origen y la creación de las primeras prisiones

en las que se empleará, por primera vez, el trabajo y en las que se establecerá, más adelante,

una clasificación de los penados, según el sexo, la edad y el delito que este hubiera

cometido. Más adelante se profundizará sobre ello.

Como hemos señalado, estas «Workhouses» se fueron extendiendo por toda Europa a partir

de establecerse y consolidarse por primera vez en Inglaterra y después en los Países Bajos.

Como apunta Pieter SPIERENBURG, el cometido específicamente punitivo de las

prisiones viene a prevalecer, por primera vez, en aquellas instituciones establecidas desde

finales del siglo XVI: las conocidas «Bridewells» o «Houses of Correction», en Inglaterra,

y «Tuchthuizen», en los Países Bajos.


Hasta entonces, la reclusión había tenido un uso distinto, pues no perseguía una finalidad

penal, sino más bien asegurativa y procesal. Su principal objeto y su razón de existencia era

servir como medida cautelar, más que tratarse de un lugar donde se tomase una decisión

punitiva respecto a la libertad del interno. Así pues, las cárceles surgieron como

establecimientos para poder asegurar la disponibilidad del reo hasta que se celebrase su

juicio; por lo que en sus orígenes no eran lugares en los que se cumpliera condena, como en

las actuales prisiones. En definitiva, anterior a estas Casas de Corrección y su sistema

regimental y laboral, el fin de la cárcel no era otro que retener y custodiar a los que allí se

encontraban internos, que eran personas que habían sido acusadas o eran culpables de haber

cometido un determinado delito, y por ello tenían que esperar a ser sentenciadas. Esta es la

idea de la «cárcel de custodia».

Respecto al régimen que se seguía en estas Casas de Corrección, se puede advertir que el

trabajo apareció como un elemento necesario y obligatorio en la institución. El trabajo

forzado realizado por el recluso en el mismo Establecimiento servirá «como amenaza,

como terapia rehabilitadora y como fuente de sustento» del propio corrigendo. Por tanto, su

fin principal era el de corregir y enseñar un oficio al interno. Sería, pues, un claro elemento

distintivo entre las cárceles tradicionales y estos nuevos Establecimientos de corrección, ya

que pasarían de ser establecimientos de simple custodia y retención a lugares de corrección

de personas. Igualmente, estos locales debían distinguirse de los hospitales, albergues o

asilos, al igual que de las Casas de Corrección o «Workhouses» voluntarias, donde el

trabajo de las personas que allí residían no correspondía al cumplimiento de una pena. Por

último, es preciso aclarar que tanto en las Casas de Corrección holandesas como en las

inglesas, los internos cobraban por realizar su trabajo una suma de dinero que les era
confiscada para el pago de su propia manutención. Los excedentes de lo exigido en la

producción laboral para cada interno les suponía una pequeña cantidad que podrían gastar

en el propio Establecimiento.

La gestión de estas primeras prisiones fue también una de las principales diferencias de

estos Establecimientos respecto a los modos de reclusión que había anteriormente. Con el

fin de rehabilitar a los internos, las autoridades dictaban códigos de normas que todos

debían seguir, las cuales eran supervisadas por el Juez de Paz competente La legislación

(«Poor Law») había establecido cuatro categorías de personas en situaciones de pobreza y a

cada grupo se le asignaba para su cuidado un lugar de internamiento, designándose aquellos

locales como «hospitales». El más importante de aquellos Establecimientos sería el

conocido Bridewell, situado en Londres y puesto en funcionamiento como Casa de

Corrección en 1557.

El modelo inglés

La Prisión y Hospital de Bridewell fueron ubicados en un antiguo palacio real en el año

1553. Con su creación se buscaría conseguir principalmente dos objetivos: el primero sería

castigar a aquellos pobres indisciplinados que alterasen el orden público, y el segundo sería

servir como casa de acogida para niños huérfanos en la ciudad de Londres. Localizada en la

orilla del río Támesis, fue la primera Casa de Corrección del país, así como una gran

institución de caridad, reflejando así la moderna definición que se tiene hoy de «hospital».

Sus registros sirven como prueba de la evidente situación de delincuencia que padecía el

siglo XVIII; justificación de que en dicho establecimiento residían tanto personas que

habían cometido crímenes menores, como pobres mendigos que no tenían hogar. Bridewell

ha llegado a considerarse como una de las instituciones pioneras en el campo del


tratamiento de los penados, ya que fue la primera casa de corrección que utilizaría el trabajo

forzado15 como medio para corregir a los penados. Fue, en esencia, la primera prisión que

surgió, pues en ella se intentaba corregir a los internos por medio del trabajo, haciéndoles

de esta forma cumplir su condena.

Según VAN DER SLICE, las consideraciones penales introducidas por el Bridewell

«suponen algo nuevo a nivel penal, un más humano y reformador tratamiento de los

pequeños delincuentes, junto a la aplicación de la sentencia indeterminada, la correctiva y

decisiva influencia del trabajo prisional y la rehabilitación industrial del internado», al

admitir pequeños delincuentes e infractores como reclusos y, posteriormente, por las Casas

de Corrección de Ámsterdam, que actuaron de igual forma que las inglesas.

La administración y dirección de estas «Workhouses» quedaba en manos de un «Keeper» o

carcelero administrador y, asimismo, de sus guardianes. Sus principales labores eran

corregir y vigilar a los internos, educarles moralmente y enseñarles un oficio. Empero, la

institución terminará perdiendo su sentido original con el desgaste de la idea laboral. El

deterioro de las condiciones de trabajo llevaría al abandono de estas actividades en las

Workhouses a finales del s. XVII, lo que daría lugar a que estas Casas de Corrección

perdieran todo su carácter reformador

El modelo neerlandés

En 1595 se estableció en Ámsterdam la primera Casa de Corrección o «Tuchthuïs»

holandesa. Fue conocida como «Rasphuïs» o «Casa del Raspado». En esta Casa del

Raspado los internos se dedicaban a raspar y pulir la madera. Se reestructuró un convento

de la Orden de las Clarisas, y el 3 de febrero de 1596 se admitieron sus doce primeros


reclusos. El 13 de noviembre de aquel mismo año se constituiría la «Spinhuïs» o «Casa del

Hilado», en el antiguo convento de Santa Úrsula. Esta institución fue destinada a hospedar

a 40 mujeres que se dedicarían, como bien indica su nombre, a hilar y tejer18. Fue entonces

cuando estos nuevos castigos de trabajo forzado en estos innovadores establecimientos

supusieron una reforma en el ámbito penitenciario; pues ello serviría a la vez para evitar

que las personas siguieran cometiendo delitos y que se «contagiaran» de otros delincuentes

en el exterior, empleándose como disciplina, pues se les inculcaba hábitos laborales y se les

enseñaba un oficio con el que pudieran sobrevivir una vez volvieran a estar en libertad. Así

pues, estas casas de disciplina y corrección fueron destinadas a personas que habían llevado

a cabo actos constitutivos de infracciones penales y habían sido juzgadas por los tribunales

competentes, excepto aquellas secciones destinadas a los jóvenes conflictivos.

Respecto a la evolución de la prisión como sanción punitiva y a su modo de organización y

su régimen, SPIERENBURG entendió que Ámsterdam fue la primera ciudad de Europa

que tuvo una autentica prisión criminal, siendo la primera en experimentar con un sistema

totalmente nuevo, según el cual el comportamiento de los reos en su interior podía influir

sobre el tiempo de duración de la condena que éstos tuvieran.

Antecedentes de estudio de la prisión preventiva.

Como se ha mencionado, la prisión preventiva está considerada como una medida de

coerción personal de naturaleza excepcional y provisional, conducente a asegurar los fines

del proceso.

Al respecto, la Corte Suprema hace alusión que: “La prisión preventiva (…), es una medida

coercitiva personal estrictamente jurisdiccional, que se adopta a instancia del Ministerio


Público y en el seno de un proceso penal debidamente incoado, siempre que resulte

absolutamente imprescindible, que persigue conjugar un peligro de fuga o riesgo de

ocultación o destrucción de fuentes de prueba. Está sometida en comparación con la

detención (…), a requisitos más exigentes (…), tanto desde la intensidad de la imputación

necesaria para dictarla cuando desde la propia configuración y valorización de los peligros

que la justifican – sometida con más rigurosidad formal y material a los principios de

necesidad y motivación

Asimismo, la Corte Suprema, en la Sentencia Casatoria Nº 626-2013- MOQUEGUA,

refiere: (…) “Noveno: La libertad es uno de los Derechos Fundamentales en los que se basa

el Estado de Derecho, por ello no es cuestionable su importancia y preferencia dentro del

sistema jurídico. Sin embargo, existen casos en los que esta tiene que retroceder frente a

otros intereses o bienes jurídicamente protegidos: “Décimo: La libertad ambulatoria puede

ser limitada dentro del proceso penal a efectos de asegurar sus fines. Esta es la justificación

de la imposición de una medida cautelar personal como la prisión preventiva”; “Décimo

primero: La aplicación de esta medida es excepcional, en atención a la preferencia por la

libertad del sistema democrático, por ende, su adopción se hará solo en los casos necesarios

y que cumplan los requisitos de ley, en especial el peligro procesal. Pues de otra forma se

lesionará no solo la libertad, sino también la presunción de inocencia, pues se encarcela

como si fuera culpable a quien se le debe presumir inocente”; “Décimo segundo: La prisión

preventiva solo se decreta cuando existe peligro que el imputado se pueda sustraer del

proceso y no se llegue a una sentencia de fondo, así como cuando existe afectación a la

actividad probatoria, son los llamados peligro de fuga y de obstaculización probatoria4 ”.


Para Asencio Mellado (2003, p.1), la prisión preventiva o provisional constituye una

medida cautelar de carácter personal, cuya finalidad, acorde con su naturaleza, es la de

garantizar el proceso en sus fines característicos y el cumplimiento de la futura y eventual

pena que pudiera imponerse. No puede asignarse a esta medida una naturaleza tal que la

haga devenir en una medida de seguridad o, incluso, en una pena anticipada. Ni el proceso

penal es un instrumento de política criminal, ni puede serlo tampoco cualquier tipo de

resolución que en su seno se adopte. El proceso no es otra cosa que un método de

determinación de hechos y responsabilidades y para la consecución de este fin ha de

permanecer en la más absoluta neutralidad; toda perversión de esta finalidad conduce o

puede conducir a determinaciones y a declaraciones no ajustadas a la realidad. Y si el

proceso es así, no puede dotarse de una finalidad distinta a una medida decretada en su seno

cuya pretensión es asegurar su desarrollo adecuado.

Pero, a su vez -lo que con frecuencia sucede en el ámbito del proceso penal-, mediante la

prisión provisional se restringe la libertad de un sujeto que, al no haber sido aún objeto de

condena, debe ser reputado inocente a todos los efectos. En definitiva, la prisión preventiva

constituye una limitación del esencial derecho a la libertad, adoptada sin lugar a dudas con

infracción del de presunción de inocencia, lo que exige que, a la hora de su acuerdo, se

adopten todas las prevenciones posibles y se huya de fórmulas automáticas o de reglas

tasadas.

Evidentemente, estamos de acuerdo que con la aplicación de la prisión preventiva se busca

asegurar los fines del proceso, toda vez que en mérito a los hechos y circunstancias que

dieron lugar a la comisión del delito y en razón a las condiciones propias del agente y sus

antecedentes, más allá de existir fundados y graves elementos de convicción que lo


vinculen con el hecho ilícito, así como de una prognosis de pena superior a cuatro años

privativa de libertad, se logre colegir razonablemente que tratará de eludir la acción de la

justicia (peligro de figa) u obstaculizar la averiguación de la verdad (peligro de

obstaculización).

Entendido así, indudablemente cuando a un imputado se le dicta una medida de esta

naturaleza, nos conlleva a deducir que se ha cumplido con los presupuestos materiales que

estipula el artículo 268° del Código Procesal Penal de 2004, la cual fue sometido a un

debate oral y público por los sujetos procesales en el desarrollo de la audiencia

correspondiente.

Según Maier (1996, págs. 253 a 255), resulta claro que no se puede utilizar la prisión

preventiva como pena anticipada, pues se violaría el principio de presunción de 31

inocencia y la Constitución misma, por ello, dicho principio no afirma que el imputado sea

en verdad, inocente, sino antes bien, que no puede ser considerado culpable hasta la

decisión que pone fin al procedimiento, condenándolo.

Sabemos que el Código Penal en su artículo 28°, precisa las clases de penas que se aplican

en nuestro sistema de justicia penal. Entonces, cuando una persona es sometida al

juzgamiento, etapa en que se actúan y debaten los medios probatorios aportados por los

sujetos procesales, el juez delibera y vota (en este último caso si se trata de un juzgado

penal colegiado) sobre las pruebas que fueron materia de diligenciamiento en el juicio,

entre ellas, las relativas a la existencia del hecho y circunstancias; a la responsabilidad del

acusado; a las circunstancias modificatorias de la misma y su grado de participación en el

hecho; a la calificación legal del hecho cometido; a la individualización de la pena aplicable

y, de ser el caso, de la medida de seguridad que la sustituya o concurra con ella; a la


reparación civil y consecuencias accesorias y cuando corresponda, a las costas. Con este

fundamento, no podemos asumir que la prisión preventiva sea considerada como una pena

anticipada, en razón a que el imputado aún no es sometido a juicio, etapa en la cual recién

se tiene certeza sobre su responsabilidad penal o no, y por ende, la aplicación de una pena

probable o su absolución; más aún, si se tiene en cuenta, que en el desarrollo de la

audiencia no se valoran pruebas, sino solamente elementos de convicción.

Haciendo una comparación entre en el Código Procesal Penal de 1991 (mandato de

detención) y el Código Procesal Penal del 2004 (prisión preventiva), advertimos que los

requisitos sustanciales son los mismos, pero la diferencia está en las prácticas procesales

del juez, del fiscal y del abogado, más allá del hecho de que la cultura inquisitiva aún es

predominante y que la sociedad siempre ha identificado a la prisión preventiva con una

pena anticipada. Efectivamente, el juez ya no ostenta la dirección de la investigación y no

puede actuar pruebas, menos ordenar una prisión preventiva de oficio. El fiscal es el titular

probatorio y de las medidas coercitivas, por lo que sólo si el fiscal lo solicita y tiene

fundamento probatorio y cautelar, lo solicitará ante el juez, quien decidirá en audiencia

pública. El abogado por su lado, tiene la oportunidad, inédita en nuestra legislación

procesal, de cuestionar públicamente la pretensión cautelar del fiscal, así como de acreditar

sus propias pruebas y hacer comparecer incluso al imputado para que realice su defensa

material. Sin duda que este modelo procesal rodea de las suficientes garantías para

restringir la libertad de las personas, de una forma más excepcional, razonable y justificada

(Burgos Mariño, Taboada, Riego, Binder y Duce, 2010, p. 15).

Concepto de prisión preventiva


Quiroz y Araya (2014, p. 126) expresan que la prisión preventiva es una medida coercitiva

personal de naturaleza provisional. Se trata de la privación de la libertad que formalmente

decide un juez de investigación preparatoria, dentro de un proceso penal, con el fin de

cerciorarse que el procesado esté sometido al proceso y no eluda la acción de la justicia o

no la perturbe en su actividad probatoria.

Por su parte, Peña Cabrera (2007, p. 712), señala que la prisión preventiva es una medida

de coerción procesal válida, cuya legitimidad está condicionada a la concurrencia de ciertos

presupuestos formales y materiales, los que deben ser tomados en cuenta por el juzgador al

momento de decidir su aplicación, que se encuentran taxativamente previsto en las normas

que modulan.

La prisión preventiva o prisión provisional es una medida cautelar de carácter personal que

afecta el derecho de libertad personal durante un lapso más o menos prolongado, la cual

sólo procederá cuando las demás medidas cautelares fueren insuficientes para asegurar los

objetivos del procedimiento penal. Cuando se dicta la prisión preventiva, el imputado o

acusado de un delito es obligado a ingresar en prisión, durante la investigación criminal,

hasta la celebración del juicio.

En el ordenamiento penal dominicano, se regula que la prisión preventiva deba interponerse

de manera excepcional, y no en todos los casos procede aplicar esta medida sin antes

observarse la procedencia de otra medida que no cohíba al procesado o imputado a la

privación de estatuto de libertad del que goza este. Sin embargo, a pesar de que en los

últimos años, desde el sistema de justicia se ha venido impulsando la utilización de los

medios alternativos de resolución de conflictos, es un hecho indiscutible de que la mayoría


de cárceles, tanto del nuevo modelo como del viejo, el 65% de los privados de libertad

están de manera preventiva

La prisión preventiva está consagrada en la normativa procesal penal como una de las

medidas de coerción personales, entendiéndose como medida de coerción aquellas

limitaciones de derechos concebidas legalmente en el desarrollo de una investigación o

desarrollo de un proceso penal, de tal manera que la persona investigada o procesada no se

ausente del proceso.

Para la imposición de la prisión preventiva el Ministerio Público y/o el querellante deben

solicitarla por ante el juez competente, y para su procedencia deben concurrir una serie de

circunstancias en perjuicio del imputado, las cuales incluyen que los hechos que han dado

origen a la investigación o al proceso estén previstos y sancionados con penas privativas de

libertad; que existan elementos de pruebas que haga entender que el imputado podría

resultar ser autor o cómplice de alguna infracción; y que el imputado no presente ningún

tipo de arraigo que haga presumir que se ausentaría del proceso.

En consonancia con los planteamientos precedentes, Polanco, (2011), identifica como las

particularidades de la prisión preventiva, que tienen un “carácter judicial. Sólo la puede

ordenar un juez o tribunal…; es una medida única. No puede combinarse con otras medidas

de coerción; limita el tiempo de la investigación…; no procede en acción privada”,

planteamientos que compartimos, toda vez que los mismos han sido válida y legalmente

sustentados en la normativa vigente.

La prisión preventiva está consagrada en la normativa procesal penal como una de las

medidas de coerción personales, entendiéndose como medida de coerción aquellas


limitaciones de derechos concebidas legalmente en el desarrollo de una investigación o

desarrollo de un proceso penal, de tal manera que la persona investigada o procesada no se

ausente del proceso.

De conformidad con el artículo 234, la prisión preventiva, además de las circunstancias

generales exigibles para la imposición de las medidas de coerción, sólo es aplicable cuando

no pueda evitarse razonablemente la fuga del imputado mediante la imposición de una o

varias de aquellas que resulten menos gravosas para su persona. Por un lado, existen teorías

que asimilan la prisión preventiva a la prisión punitiva, dejando de lado el principio de

inocencia, y, por otro, que las concibe como figuras distintas.

Procedencia.

Según Felipe (2022), la prisión preventiva, procede bajo los mismos presupuestos para la

imposición de las medidas de coerción de:

1) Existencia de elementos de prueba suficientes;

2) Peligro de fuga; y

3) Que la infracción esté reprimida con pena privativa de libertad.

Felipe (2022) establece también que la prisión preventiva, finaliza cuando:

1) Existen nuevos elementos demostrando que no concurren las razones que la motivaron, o
tornen conveniente su sustitución por otra;

2) Su duración supere o equivalga a la cuantía mínima de la pena imponible,


considerándose las reglas del perdón judicial de la pena o la libertad condicional;

3) Su duración exceda los 12 meses;

4) Se agraven las condiciones carcelarias.


Característica de la prisión preventiva

El magistrado Arbañil Sandoval, Juez Superior Supernumerario de la Sala Penal

Liquidadora Transitoria de Jaén, distrito judicial de Lambayeque, refiere que la medida de

prisión preventiva tiene las siguientes características:

a) Es una medida excepcional.- La detención de un imputado es la excepción, siendo

la regla general la de ser procesado con una medida menos gravosa como es el de

comparecencia con restricciones, que implica no cambiar de domicilio ni ausentarse

de él sin conocimiento y autorización del juez; concurrir a todas las diligencias en

los días en que se le cite por parte de la autoridad judicial o por el Ministerio

Público; la prohibición de concurrir a determinados lugares de dudosa reputación en

donde se vende alcohol o drogas; las prohibición de comunicarse con determinadas

personas, como por ejemplo la víctima, siempre que no afecte el derecho de

defensa.

b) Es una medida provisional. - Es decir, no es definitiva y se dicta por un plazo, que

no durará más de nueve meses o más de dieciocho meses tratándose de procesos

complejos. Respecto a éste punto debemos señalar que mediante Decreto

Legislativo 1307, se estableció que para los procesos de criminalidad organizada, el

plazo de la prisión preventiva no durará más de 36 meses. Esto quiere decir que

vencido el plazo, sin haberse dictado sentencia de primera instancia, el Juez de

oficio o a solicitud de las partes decretará la inmediata libertad del imputado, sin
perjuicio que se dicte medidas necesarias para asegurar su presencia en las

diligencias judiciales.

c) Es una medida variable. - Como toda medida cautelar, está sujeta a cambios, es

decir, puede cesar si nuevos elementos de convicción demuestran que no concurren

los motivos que determinaron su imposición y resulta necesario sustituirla por una

medida de menos gravedad. Esto se conoce como cesación de la prisión preventiva.

Si nuevos elementos de convicción ponen en cuestión los primeros, es evidente que

la medida ya no resulta razonable mantenerla y debe ser sustituida. Para tal caso, el

Juez debe tener en consideración, adicionalmente, las características personales del

imputado, el tiempo transcurrido desde la privación de libertad y el estado de la

causa.

Consideramos que lo antes expuesto, se condice con lo manifestado por Roxin (2000, p.

257), asegurando que la prisión preventiva tiene tres objetivos:

- Pretende asegurar la presencia del imputado en el procedimiento penal.

- Pretende garantizar una investigación de los hechos, en debida forma por los

órganos de persecución penal.

- Pretende asegurar la ejecución de la pena.

La prisión preventiva en República Dominicana

La naturaleza estrictamente excepcional de la Prisión Preventiva fue diluida cuando el

artículo 234 de la Ley 76-02 fue modificado por la Ley 10-15, la cual no sólo agregó
nuevos márgenes de aplicabilidad, sino que eliminó barreras gramaticales que, en conjunto,

hacen maleable la posibilidad de imposición de esta de coerción.

No es tema de discusión, entonces, que el estado de inocencia prima ante cualquier accionar

adverso al individuo, y que, de todo el plantel de medidas de coerción, la prisión preventiva

debe ser la más excepcional y celosamente guardada. Veamos, entonces, el artículo 234 de

nuestra normativa procesal penal, adentrándonos inmediatamente al tema en discusión, por

lo que lo colocaremos en dos versiones, antes de la modificación del año 2015, y posterior a

ésta. Aclaramos dejamos fuera el segundo párrafo, por ser irrelevante a la discusión actual

Artículo 234 según la Ley 76-02: 

“Prisión [Link]ás de las circunstancias generales exigibles para la imposición

de las medidas de coerción, la prisión preventiva soloes aplicable cuando no pueda evitarse

razonablemente la fuga del imputado mediante la imposición de una o varias de aquellas

que resulten menos gravosas para su persona.” 

Artículo 234 según la Ley 10-15: 

“Prisión preventiva. Además de las circunstancias generales exigibles para la imposición

de las medidas de coerción, la prisión preventiva [solo]esaplicable cuando no pueda

evitarse razonablemente la fuga del imputado mediante la imposición de una o varias de

aquellas que resulten menos gravosas para su persona, para evitar la destrucción de prueba

relevante para la investigación, y cuando la libertad del imputado pueda constituir una

amenaza para la sociedad, la víctima o sus familiares, o los testigos del proceso.”
Lo primero que salta a la vista es que el legislador del 2015 decidió eliminar el “solo”, que

cumplía un rol sumamente importante, ya que indicaba que la prisión preventiva solamente

podía ser considerada cuando no se pueda cumplir el mismo objetivo con otra medida. Es

fácil identificar que ese adverbio era un muro de contención jurídico-procesal a la

imposición de la prisión preventiva, ya que, si los actores procesales no lograban probar la

ineficacia absoluta del menú de medidas de coerción, no podían acceder a la más gravosa.

Pero, siguiendo con la lectura del artículo 234, el legislador agregó unas líneas que

completan, conjugándolo con la supresión del “solo”, la aparente intención de despojar de

su carácter excepcional a esta medida.

El Senado, al recibir la propuesta legislativa, produjo una redacción alterna a la propuesta

que eliminaba todo lo que está después de “para evitar la destrucción de prueba relevante

para la investigación”, lo que quizás también hubiese sido sabio, en caso de no pretender

profundizar en las causales de imposición según estas variables.

Y es que hasta el año 2015 la prisión preventiva solo buscaba evitar que el imputado se

sustraiga del proceso, pero el legislador agregó que también aplica dicha medida “para

evitar la destrucción de prueba relevante para la investigación, y cuando la libertad del

imputado pueda constituir una amenaza para la sociedad, la víctima o sus familiares, o los

testigos del proceso”.

En Honduras, y aclaramos no tomamos en cuenta los comentarios o novedades discutidas

por el CEJA por no considerarlo relevante, los artículos referentes son el 178, que trata la
prisión preventiva, el 179 y el 180, que expanden sobre lo necesario. Transcribiremos y

luego comentaremos.

“Artículo 178. De la prisión [Link] prisión preventiva se entenderá la privación

de libertad que se produzca, durante el proceso, en cumplimiento de la orden emitida por el

órgano jurisdiccional competente, hasta que la sentencia definitiva adquiera el carácter

firme. 

Para ordenar la prisión preventiva, deberá concurrir alguna de las circunstancias siguientes: 

 Peligro de fugadel imputado;

 La posible obstrucciónde la investigación por parte del imputado;

 Riesgo fundado de que el imputado se reintegre a la organización delictivaa la

que hay sospecha que pertenece y, utilice los medios que ella le brinde la que hay

sospecha que pertenece y, utilice los medios que ella le brinde para entorpecer la

investigación o facilitar la fuga de otros imputados; y

 Riesgo fundadode que el imputado atente o ejecute actos de represaliaen contra

del acusador o denunciante. 

En la resolución que ordene la prisión preventiva, se deberá consignar expresamente la

causa o causas en que se funde, así como los indicios resultantes de las actuaciones

practicadas, que se hayan tenido en cuenta para acordarla.” 

“Artículo 180. Peligro de obstrucció[Link] decidir acerca del peligro de obstrucción de la

investigación, se tendrá en cuenta todo indicio racional del cual se infiera que el imputado: 

1) Destruirá, modificará, ocultará, suprimirá o falsificará la prueba o pruebas existentes,

relacionadas con el delito;


2) Influirá en los demás imputados o en los testigos o peritos, para que informen falsamente

sobre lo que saben o para que se comporten de manera desleal o reticente; y

3)Forzará o inducirá a otros interesados a observar los comportamientos previstos en el

numeral anterior.

Los motivos precedentes solo servirán de fundamento para la prisión preventiva del

imputado, hasta la conclusión del debate.”

Aunque son preceptos parecidos a los estipulados en nuestro código, la diferencia es que es

el mismo legislador que le da al juzgador las herramientas claras para aplicar, en cada caso,

según la naturaleza de la medida. Por eso vemos que, por un lado, en el artículo 178,

homólogo de nuestro 234, se especifica que "se deberá consignar expresamente la causa o

causas en que se funde, así como los indicios resultantes de las actuaciones practicadas", es

decir, hay que hacer una labor de redacción y concatenación importante de manos del

juzgador.

Pero siguiendo con el artículo 179, vemos que se evalúa desde circunstancias personales,

afectivas y patrimoniales, tomando en cuenta incluso su actitud (lo que crea otra discusión

que no abordaremos en este momento, de qué ocurre con la solicitud de prisión preventiva

cuando el imputado voluntariamente se entrega a las autoridades).

Condiciones de los Centros Penitenciarios y la situación de los prisioneros

La Constitución y la Ley 224 sobre Régimen Penitenciario116 contienen disposiciones que

estructuran el sistema carcelario y las obligaciones y derechos de los reclusos.

La Ley 224 establece que la Dirección General de Prisiones, un organismo central

dependiente de la Procuraduría General de la República, mantiene la dirección y control de


todos los establecimientos penales del país. Sin embargo, la administración interna y la

seguridad de los centros penales está a cargo de las fuerzas de seguridad del Estado, el

Ejército Nacional y la Policía Nacional. De las 32 cárceles que tiene el Sistema de

Prisiones, 22 están bajo la seguridad del Ejército Nacional, y 10 de la Policía Nacional. Un

importante número de estas instituciones se encuentran dentro de las fortalezas del Ejército

Nacional y de los cuarteles de la Policía Nacional.

Según información suministrada por la Dirección General de Prisiones durante la visita de

la Comisión, en junio de 1997, las 30 cárceles en la República Dominicana tenían una

población carcelaria de 11.114 reclusos. El 96% de los presos eran hombres y el 4% eran

mujeres. La gran mayoría de los presos, aproximadamente 85%, se encontraban en estado

de prisión preventiva, mientras solamente el 15% tenían sentencia condenatoria en su

contra.118 El 29% de los presos estaban por crímenes relacionados con la ley de drogas, el

27% por robo y el 24% por homicidio. La primera planta de la prisión La Victoria fue

construida en su gran mayoría en la década de los 40 y según la Dirección General de

Prisiones, "casi en el 100% presentaba serias deficiencias en los sistemas sanitario,

eléctrico y de agua potable, observando un gran deterioro".

En sus observaciones al Proyecto de Informe de la CIDH, el Gobierno dominicano informó

que la población carcelaria había aumentado a 14.871 y las últimas estadísticas mostraban

que un 25% de los presos eran por crímenes relacionados con la droga, el 31% por robo, el

25% por homicidio, el 5% violación sexual, el 4% riña, el 2% porte ilegal de armas, y el

8% por otros delitos que incluían falsificación e incendios.

En el mismo documento de observaciones, el Gobierno indicó que las deficiencias

estructurales del centro penitenciario La Victoria habían sido corregidas en una proporción
significativa luego de remodelaciones y reparaciones que incluían la habilitación de 1.500

plazas adicionales, la reconstrucción del área "Alaska" y la finalización de un edificio de

dos plantas conocido con el nombre de "Galpones", así como la subdivisión, en ocho áreas,

del patio adyacente al sector "Vietnam". Igualmente, el Gobierno informó sobre la nueva

cocina industrial, la mejora del sistema sanitario, la terminación de la celda de los veteranos

y la celda de los reclusos en tránsito, la instalación de un puesto de ventas populares, el

aumento del personal de vigilancia, la eliminación de una celda obscura, la construcción de

una caseta de recepción y registro de visitantes (aduanas), y la instalación de teléfono

público

 Los más importantes problemas que sufre el sistema carcelario dominicano y los más

significativos avances logrados por el Estado en relación con este tema.

A) Control de los centros carcelarios

Tal como se mencionó anteriormente, el control efectivo de los centros carcelarios

dominicanos está a cargo de las fuerzas de seguridad del Estado. El director de cada prisión

es un alcaide civil nombrado por el Poder Ejecutivo, previa recomendación del Magistrado

Procurador General de la República. Tal y como el Gobierno dominicano señalara: "el

funcionario número 2 de cada recinto es el oficial encargado de seguridad, designado por la

institución militar o policial". El Director de la Dirección General de Prisiones, Bernardo

Santana Paez, es un Coronel de la Policía Nacional, ascendido recientemente al grado de

oficial general, a pesar del carácter civil de la agencia que dirige. A este respecto, el

Gobierno ha indicado que: "Mientras no entre en funcionamiento un cuerpo especializado


que no dependa del Ejército Nacional y la Policía Nacional, es imprescindible que el

Director de Prisiones posea la jerarquía militar o policial apropiada para ejercer sus

funciones".

La actual situación de control de las cárceles no cumple con los requisitos establecidos en

las Reglas Mínimas para el tratamiento de los reclusos de las Naciones Unidas. Dichas

Reglas Mínimas establecen que los miembros del personal de la administración de las

cárceles deben trabajar exclusivamente como funcionarios penitenciarios profesionales y

deben tener la condición de funcionarios públicos.

Las Reglas Mínimas establecen además que el personal penitenciario debe seguir, "antes de

entrar en el servicio, un curso de formación general y especial y pasar satisfactoriamente

pruebas teóricas y prácticas". Después de su entrada en el servicio el personal deberá seguir

"cursos de perfeccionamiento". A pesar de lo anterior, no existe actualmente ningún

programa de entrenamiento en la República Dominicana para las personas que trabajan en

las cárceles.

 El Gobierno actual reconoce que la situación de control de las cárceles no es aceptable. Por

esta razón, el Gobierno ha anunciado su intención de fortalecer el control civil de las

prisiones en manos de la Dirección General de Prisiones, sacar las prisiones de los cuarteles

e instalaciones de las fuerzas de seguridad del Estado, crear un instituto para el

entrenamiento del personal que trabaja en las prisiones, y crear una policía penitenciaria

especializada como cuerpo civil encargado de la seguridad de las cárceles.

B) Sobrepoblación carcelaria
Los centros penitenciarios en la República Dominicana fueron construidos para un cupo de

6.000 reos; sin embargo, la población carcelaria pasa la cantidad de 12.000 reclusos. En

algunos centros penitenciarios, la sobrepoblación es aún más acentuada. Por ejemplo, en la

Cárcel Preventiva de Najayo, en junio de 1997, se encontraban detenidas 2.059 personas en

una institución construida para 700. En la cárcel de La Romana, construida con una

capacidad para 89 personas, se alojaban 384. El hacinamiento crea una situación

extremadamente difícil en los centros penitenciarios para el mantenimiento del orden y

estimula la ocurrencia de los motines que han tenido lugar. Durante la visita in loco de la

Comisión, se realizó uno de estos motines en la Procuraduría del Distrito Nacional en Santo

Domingo. La situación de extremo hacinamiento, falta de espacio y sobrepoblación fue

constatada por la Comisión al visitar el centro penitenciario La Victoria y la cárcel de San

Pedro de Macorís. Se pudo comprobar también que además de celdas sobrepobladas los

presos se encontraban amontonados en otros espacios, tales como una vieja cafetería.

Durante la visita in loco de la Comisión, el Gobierno le informó que estaba considerando la

construcción de cuatro cárceles nuevas a nivel nacional, incluyendo una cárcel preventiva

para 500 mujeres en el Distrito Nacional. Asimismo, que estaba restaurando viejas cárceles

para agregarles más capacidad. Según el informe del Gobierno sobre la evolución de los

derechos humanos en la República Dominicana, del 30 de diciembre de 1997, se adicionó a

la cárcel de San Pedro de Macorís una capacidad mínima de 500 plazas y se modernizó la

cárcel de San Francisco de Macorís, sumando más de 300 plazas a su capacidad.

En sus observaciones al Proyecto de Informe de la CIDH, el Gobierno dominicano señaló

que con motivo de las ampliaciones y remodelaciones en los recintos carcelarios, se habían
agregado 3.000 plazas; sin embargo, reconoció que aún continuaba el alto nivel de

hacinamiento, debido al crecimiento de la población penitenciaria.

Por otra parte, el Gobierno ha informado a la CIDH que está haciendo esfuerzos para

disminuir la población carcelaria, adoptando medidas para: 1) agilizar los procesos

judiciales, lo que permite que algunas personas sean absueltas y puestas en libertad; 2)

asegurar que las personas que tienen derecho a salir en libertad provisional mediante el

pago de una fianza puedan beneficiarse de ello; 3) dejar en libertad a las personas que no

habían salido de las cárceles, por diferentes razones, a pesar de tener una orden de libertad

en su favor; 4) dejar en libertad a los detenidos que llevan en prisión preventiva más tiempo

que el que habrían sido recluidos si hubieran sido encontrados culpables y condenados a la

pena máxima prevista por el crimen de que fueron acusados. Dichas medidas permitieron,

por ejemplo, bajar en pocos meses la población del centro penitenciario La Victoria de

6.000 a 4.000 presos. En septiembre de 1999, el Gobierno indicó que el número de reclusos

había descendido a 3.300 en ese centro penitenciario. La Comisión reconoce que las

medidas tomadas, y/o anunciadas constituyen pasos iniciales importantes para resolver la

penosa situación de hacinamiento existente en el sistema penitenciario en la República

Dominicana.

Sin perjuicio del valor de las medidas señaladas anteriormente, la Comisión debe señalar

que algunas de las soluciones mencionadas son necesariamente parciales e insatisfactorias.

Por ejemplo, el dejar en libertad a una persona que ha estado en prisión preventiva durante

más tiempo que la pena máxima prevista para el presunto crimen implica que el acusado --

cuya inocencia debe presumirse--, deba cumplir la sentencia máxima que podría haberle

sido impuesta, sin que tenga condena en su contra. Tampoco le es reparado el daño causado
por estar encarcelado, esperando su juicio, durante un tiempo excesivo. Es urgente que se

agilicen los procesos penales para decidir sobre las acusaciones que pesan en contra de los

presos que se encuentran en prisión preventiva, de conformidad con el debido proceso y

dentro de un período aceptable, de acuerdo con los estándares internacionales en la materia.

La existencia generalizada de la prisión preventiva sin juicio agrava la sobrepoblación de

las cárceles dominicanas. Según se informó a la Comisión, ha sido necesario en algunas

circunstancias, por la situación de sobrepoblación, distribuir a los presos cuyos procesos

penales pertenecen al Departamento Judicial de Santo Domingo, a las diferentes cárceles de

la República Dominicana, en vez de recluirlos en la Penitenciaría Nacional de La Victoria,

que corresponde al Departamento de Santo Domingo. Esta distribución de presos fuera de

su jurisdicción trae como consecuencia que sus procesos judiciales no sean conocidos a

tiempo. La reubicación de presos a cárceles lejanas de la jurisdicción donde les corresponde

ser juzgados, aunado a la falta de logística para su traslado, resulta en que en ocasiones los

reclusos citados por los jueces no son llevados al tribunal.

Este problema se agrava por la escasez de medios de transporte de reclusos desde la prisión

a los tribunales. El Gobierno ha señalado que este problema ha sido resuelto con la

contratación de vehículos privados. Sin embargo, los prisioneros han señalado que este

servicio no se aplica en forma general y sólo se benefician aquellos que pueden pagarlo.

A ese respecto, el Gobierno dominicano señaló en sus observaciones que los medios de

transporte para los reclusos habían experimentado una mejoría, toda vez que actualmente

contaban con cinco autobuses con capacidad para ochenta pasajeros y varios microbuses.

Existían también contratos con empresas privadas, en los municipios del interior del país,
para el traslado local de los reos a los tribunales. Sin embargo, el Gobierno manifestó que a

pesar de los esfuerzos realizados, todavía persistían ciertas fallas.

La sobrepoblación carcelaria se agrava, según denuncias recibidas, porque las personas que

reciben órdenes de libertad en su favor siguen teniendo problemas para lograr salir de las

cárceles. Algunas de estas personas no pueden pagar las multas pecuniarias que les han sido

impuestas además de sus sentencias de prisión y son, por lo tanto, obligadas a servir tiempo

adicional en la cárcel antes de salir. En otros casos, no son liberadas inmediatamente por

dificultades burocráticas.

C) Asistencia judicial y tramitación de beneficios para los presos

 En el sistema de asistencia jurídica dominicano, los reclusos no tienen derecho a un

abogado defensor de oficio hasta el momento de su juicio. Por lo tanto, durante los

extendidos períodos de detención preventiva que sufren los reclusos, no gozan de ninguna

asistencia legal gratuita para ayudarlos a preparar, por ejemplo, solicitudes de libertad

condicional. Las organizaciones que trabajan con los presos señalan que los abogados de

oficio que son finalmente asignados en la etapa de juicio, frecuentemente reciben los casos

inmediatamente antes de tener que presentarlos, sin tener suficiente tiempo para la

preparación del caso.

En sus observaciones, el Gobierno dominicano se refirió a la existencia de un programa de

defensa legal gratuita, mediante el cual se habían estipulado convenios con las

universidades que prestan ayuda para la defensa jurídica; sin embargo, no aportó

información concreta sobre dicho programa ni los resultados obtenidos en beneficio de los

reclusos.
En mayo de 1993 se inició el Proyecto Piloto de Defensa Pública, con un equipo de 10

abogados, con el objetivo de proveer a los reclusos indigentes una asistencia jurídica

gratuita durante las etapas anteriores al juicio. Este proyecto fue sustentado por un acuerdo

entre la Suprema Corte de Justicia, organismos internacionales y universidades. El proyecto

sigue activo, pero no es una institución pública; ha sufrido una serie de interrupciones por

falta de fondos y no recibe actualmente financiación del Estado.

El Gobierno dominicano está haciendo esfuerzos para resolver el problema de la

tramitación de órdenes de libertad, solicitudes de libertad condicional, etc. Un paso

importante que se ha tomado en esta dirección es la instalación de agentes del Ministerio

Público en cada centro de detención con el objetivo de agilizar los varios trámites y hacer

conocer a los presos sus derechos. Sin embargo, varias organizaciones señalaron que esta

política se está implementando solamente en las prisiones y cuarteles de la capital y no en

el interior del país.

D) Falta de separación de los reclusos por categorías

El artículo 5(4) de la Convención Americana señala que "los procesados deben estar

separados de los condenados, salvo en circunstancias excepcionales". Las Reglas Mínimas

para el tratamiento de los reclusos también señalan que los reclusos "pertenecientes a

categorías diversas deberán ser alojados en diferentes alojamientos o en diferentes

secciones dentro de los establecimientos, según su sexo y edad, sus antecedentes, los

motivos de su detención y el trato que corresponda aplicarles".

Las autoridades de las prisiones reconocen que no ha habido ninguna categorización de los

presos, debido, en parte, a la planta física de muchas cárceles del país, que se caracterizan
por pabellones grandes sin divisiones suficientes para separar a los reclusos.146 Los nuevos

proyectos para la construcción y remodelación de cárceles prevén una mayor posibilidad de

separar a las diferentes clases de presos. Un proyecto importante es el destinado a construir

una cárcel preventiva para 500 mujeres en el Departamento Judicial del Distrito Nacional.

Hasta el momento, el Departamento Judicial de Santo Domingo no tiene cárcel preventiva

ni para hombres ni para mujeres.

El Gobierno ha señalado en sus observaciones que con la reciente designación de las

cárceles La Victoria y Najayo como centros preventivos, y las de Monte Plata y 15 de Azua

como centros de sentenciados, se inició la separación entre reclusos preventivos y

sentenciados; no obstante, el Gobierno indicó que todavía no se completaba la tarea.

Asimismo, los menores han sido recluídos tradicionalmente con los adultos en las cárceles

dominicanas. El artículo 5(5) de la Convención dispone que "[c]uando los menores puedan

ser procesados, deben ser separados de los adultos". Como se vio anteriormente, las Reglas

Mínimas también prevén la clasificación de los presos por edad, separando los menores de

los adultos.

El actual Gobierno y la Dirección General de Prisiones han señalado que desean dar

prioridad a resolver la situación de los menores encarcelados junto con adultos, que es

claramente violatoria de los estándares internacionales. Por ejemplo, a principios de 1997,

se encontraron en la Cárcel de La Victoria más de 250 menores de edad conviviendo con

los adultos detenidos allí. Todos estos menores fueron transportados a un centro de

corrección nuevo, en la ciudad de Azua.


No obstante, las organizaciones no gubernamentales que trabajan en el tema de los

derechos humanos denuncian que los tribunales siguen enviando reclusos menores a

instituciones carcelarias para adultos. El día de la visita de la Comisión al centro

penitenciario de La Victoria se encontraban tres menores en dicha cárcel, quienes habían

sido enviados el día anterior por el tribunal y que estaban siendo trasladados a una cárcel

adecuada para ellos.

La Comisión recibió información de la Dirección General de Prisiones y de fuentes no

estatales indicando que varios niños menores de un año de edad estaban alojados con sus

padres en los centros penitenciarios del país.150 Se reporta que en la cárcel de Najayo se

proveen una serie de servicios durante el primer año de vida de los niños, quienes son luego

trasladados fuera de la cárcel.

La Comisión expresa su preocupación con la situación de estos niños. Para la época de la

visita de la Comisión era claro que la infraestructura, alimentación y servicios médicos, que

eran generalmente insuficientes para los reclusos, serían aún más inadecuados en términos

de satisfacer las necesidades de los niños allí alojados.

El artículo 19 de la Convención Americana consagra que los niños tienen derecho a las

medidas de protección que su condición de menor requiere. La República Dominicana

también es parte en la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas. De

conformidad con estos instrumentos, debe prevalecer el interés superior del niño como

parámetro en la toma de decisiones con respecto a la política concerniente a los niños,

quienes naturalmente requieren acceso a una nutrición adecuada y servicios de salud y

educativos para su desarrollo.


E) Régimen disciplinario en los centros penitenciarios

Las Reglas Mínimas para el tratamiento de los reclusos señalan, a este respecto, que la

conducta que constituye una infracción disciplinaria y el carácter y la duración de las

sanciones disciplinarias que se pueden aplicar deberán ser establecidos por ley o por

reglamento de la autoridad administrativa competente.153 Las Reglas Mínimas también

señalan que las penas corporales, encierro en celda oscura, así como toda sanción cruel,

inhumana o degradante son absolutamente prohibidas como sanciones disciplinarias.

Durante la visita in loco de la Comisión se señaló que no existía en el sistema penitenciario

dominicano, ni en las prisiones, ningún reglamento o manual para el tratamiento de los

reclusos. El Director General de Prisiones reconoció durante la visita de la Comisión a las

cárceles que "la disciplina se ha impartido tradicionalmente sobre la marcha, dado que no

existía un sistema o régimen para el manejo de las cárceles y el tratamiento de los

reclusos".

La Comisión visitó la celda de castigo en el centro penitenciario de La Victoria y observó

las condiciones de insalubridad en que se encontraba: húmeda, obscura y sin ventilación.

La Comisión considera que no cumple con los estándares internacionales referidos sobre el

castigo disciplinario que se puede imponer a un recluso. El Director General de Prisiones

informó a la Comisión que los planes de remodelación para la Prisión La Victoria incluían

la construcción de una celda de castigo que cumpliría con todos los estándares

internacionales.

El Gobierno señaló recientemente que con el nuevo Manual Disciplinario del Recluso se

habían suprimido las celdas de castigo, y actualmente se construían celdas unipersonales,


de las cuales se retirarían los privilegios y comodidades, de acuerdo a la etapa de seguridad

en que se encontrase el reo.

Finalmente, la Comisión recibió denuncias señalando que, en algunos de los centros de

detención en el país, los guardias y administradores cometen actos de violencia en contra de

los reclusos. Dicho trato violaría la clara disposición del artículo 5 de la Convención, que

establece que " toda persona tiene derecho a que se respete su integridad física, psíquica y

moral". El inciso 2 del mismo artículo también establece que:

“Nadie debe ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.

Toda persona privada de libertad será tratada con el respeto debido a la dignidad

inherente al ser humano”

En las observaciones que hiciera el Gobierno de la República Dominicana al Proyecto de

Informe, expresó que la Procuraduría General, con el apoyo de dos organizaciones no

gubernamentales, Pro Familia y Participación Ciudadana, había puesto en marcha una

campaña sobre "los derechos de la persona detenida", donde se recogían las Reglas

Mínimas para el Tratamiento de los Reclusos de las Naciones Unidas, la Constitución de la

República y la Ley No. 224, las cuales indicaban la obligación de respetar la integridad

física, mental y moral del detenido.

F)  Condiciones de Salubridad y Alimentación


Para el año de 1997 una Comisión fue a supervisar el estado y las condiciones de las

diferentes Cárceles del país y en cuando a condiciones de salubridad observo que la basura

no era tratada de manera higiénica, que existía escasez de agua potable y que los presos

alojados en espacios más amplios (pabellones, cafeterías, etc.), construían pequeñas

divisiones con telas sucias, cartón y otros materiales. Se pudo constatar en las cárceles

visitadas que la lluvia entraba en las celdas y otros espacios de las prisiones, acumulándose

el agua en los lugares en que habitaban los presos, creando una situación de riesgo para su

salud.

Los proyectos de construcción y remodelación de las cárceles están dirigidos a corregir

estos problemas. Por ejemplo, en La Victoria, la Comisión pudo ver que en la sección de la

cárcel recientemente construida las condiciones higiénicas se preservaban más

cuidadosamente.

El Gobierno señaló en sus observaciones de septiembre de 1999 que se había mejorado el

problema de higiene en la mayoría de los recintos, con la instalación de zafacones,

recolección diaria de basura. El servicio de fumigación de las cárceles se había establecido

a fines de 1997 y continuaba funcionando.

La Comisión recibió importante información sobre la falta de una adecuada atención

médica y tratamiento psicológico para los presos. Los presos denunciaron que no existía

suficiente personal médico y que, aún en las prisiones con poblaciones grandes, no había

presencia permanente de un médico. Las Reglas Mínimas para el tratamiento de los

reclusos de las Naciones Unidas disponen que todo establecimiento penitenciario

"dispondrá por lo menos de los servicios de un médico calificado que deberá poseer

algunos conocimientos psiquiátricos". Las prisiones generalmente no tenían medicamentos


disponibles, sino que los debían pedir de la capital para casos específicos. La Comisión

también recibió quejas según las cuales era muy difícil conseguir el transporte a un hospital

en caso de grave enfermedad dado que existía una carencia de vehículos para transportar a

los internos al médico u hospital. Al respecto, las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas

disponen que los reclusos enfermos que requieren un tratamiento especial deben ser

trasladados a instituciones especializadas o a hospitales civiles.

A este respecto, el Gobierno informó sobre la existencia de un cuerpo médico de la

Dirección General de Prisiones, integrado por 40 médicos, 4 psicólogos, un psquiatra, 24

enfermeras, una bioanalista y una odontóloga. El Gobierno indicó que en el período de

enero-julio de 1999 se habían efectuado aproximadamente 8.000 chequeos médicos en los

hospitales públicos y se atendieron 22.946 reclusos en el interior de las cárceles. En

relación a las dificultades para transportar los reclusos enfermos a los hospitales, el

Gobierno señaló que todavía no contaba con una ambulancia, pero se habían asignado tres

microbuses a La Victoria, Najayo y Monte Plata.

La Comisión recibió también denuncias indicando que los enfermos de SIDA y de

tuberculosis no son separados de los demás presos y que no reciben un tratamiento

adecuado para sus graves enfermedades. Fue anunciado que se daba libertad a los enfermos

terminales de SIDA y tuberculosis, pero los presos de la Penitenciaria Nacional La Victoria

denunciaron que seguían en dicho centro personas con estas enfermedades. La Comisión

Nacional de los Derechos Humanos en la República Dominicana señaló a la CIDH la

existencia de más de 200 reclusos enfermos de SIDA y tuberculosis en las cárceles del país.

El Gobierno dominicano indicó, en sus observaciones, que en efecto había varios reclusos

afectados de SIDA y tuberculosis; sin embargo, estaban recibiendo un tratamiento médico.


Igualmente, el Gobierno señaló que en la cárcel La Victoria se había establecido un

consultorio de odontología y se estaba construyendo un dispensario médico.

El Gobierno informó a la Comisión durante su visita que el presupuesto para la

alimentación en las cárceles había aumentado y los presos entrevistados señalaron que el

programa de almuerzos había mejorado levemente. Sin embargo, el mismo Director

General de Prisiones expresó que era necesario obtener más presupuesto para la

alimentación de los reclusos. Varias fuentes informaron a la Comisión, además, que en

algunas instituciones carcelarias los presos no recibían siempre el desayuno y la cena o que

estas comidas eran exiguas. También informaron que en muchas prisiones los reclusos no

recibían comida los días domingo. En muchos casos, los presos dependían de sus familias,

quienes les llevaban comida, para recibir la alimentación necesaria.

La sobrepoblación en carcelaria
La sobrepoblación es uno de los fenómenos que más afecta al sistema penitenciario en

Latinoamérica y en varias prisiones del mundo; en nuestro país, este fenómeno se ha

agudizado de manera preocupante cuando menos en las últimas tres décadas.

No obstante que se han hecho una serie de esfuerzos para dotar de más instalaciones al

sistema penitenciario, los resultados no han sido los esperados, lo que demuestra que para

abatir este fenómeno se requiere de programas integrales, más allá de la construcción de

más prisiones.

Para comprender lo que es el fenómeno de la sobrepoblación es necesario partir de lo

general a lo particular, por lo que el señalamiento inicial surge en torno a precisar que la

densidad es la acumulación de gran cantidad de elementos en un espacio determinado, es en

términos demográficos, la cantidad de sujetos por metro cuadrado en un territorio

determinado y se mide dividiendo el número de personas sobre un territorio.

Para Nasif Nalhe (2014), la sobrepoblación es la condición en que la densidad de la

población se amplía a un límite que provoca un empeoramiento del entorno, una

disminución en la calidad de vida, o su desplome motivado por la escasez de recursos

disponibles renovables y no renovables que ponen en riesgo la supervivencia del grupo y en

su caso del entorno. En este sentido, la presencia de sobrepoblación conlleva,

necesariamente, la insuficiencia de recursos para atender de manera digna a determinado

grupo humano

Cuando la densidad poblacional dentro de una prisión alcanza niveles en los que se pone en

riesgo la satisfacción de necesidades mínimas como el abasto de agua para beber, un

espacio para dormir o para cubrir necesidades fisiológicas básicas, debe ser considerada
como sobrepoblación crítica, como condición de urgencia a atender, en virtud de la falta de

gobernabilidad a que suele exponerse y a la violación de derechos humanos, así como de

vida digna y segura en la prisión. Al respecto el mismo Carranza ha señalado a la

sobrepoblación critica como la condición de densidad poblacional en la que se encuentra un

grupo social o institución, previo a una situación de emergencia o colapso derivado de la

incapacidad del sistema para dar satisfacción a las necesidades del grupo derivado de la

falta de respuesta del medio ambiente, de la limitación o falta de recursos.

Alejandro Bringas y Luis Quiñones definen la sobrepoblación de forma más concreta, al

plantearla como la cantidad de presos que excede la capacidad instalada en un

establecimiento penal.

En ambos sentidos, al igual que el concepto general, se presenta una situación en la que

debido al exceso de personas, los recursos y los servicios se encuentran limitados y en

condiciones críticas.

Una de las mayores consecuencias que se ha observado de manera directa en los

Diagnósticos Nacionales Penitenciarios realizados por la Comisión Nacional de los

Derechos Humanos, refiere al hacinamiento en las prisiones como el exceso en la relación

entre el número de personas en un alojamiento y el espacio o número de cuartos disponibles

en éste. De acuerdo con el Índice de Calidad Global de la Vivienda, el hacinamiento se

mide a partir del número de personas habitando en una vivienda entre el número de

habitaciones con que cuenta ésta; estableciendo parámetros para identificar el hacinamiento

en medio y crítico
La valoración de hacinamiento, debe ser en conjunto, cuantitativa y cualitativa, dado que es

consecuencia del amontonamiento desordenado de individuos en un mismo lugar, que no se

encuentra habilitado para alojarlos en condiciones aceptables, dando como resultado la

ruptura de los parámetros de condiciones básicas para la vida, seguridad e higiene porque

en esas condiciones los servicios se encuentran notoriamente limitados o en su caso se van

suprimiendo, prevaleciendo situaciones de violaciones constantes a derechos humanos.

Por otra parte, existe otro concepto a atender en este tema, la capacidad instalada o

capacidad de diseño, según el Comité Internacional de la Cruz Roja, es el número total de

espacios destinados a los detenidos que se pueden albergar en una institución cumpliendo

los requisitos mínimos, incluyendo los servicios especificados de antemano, en términos de

área de suelo por persona, incluido el espacio de alojamiento. Dentro de ésta se incluye la

dotación de los servicios de agua, gas, drenajes, baños, inodoros, plantas de emergencia,

sistemas de iluminación y de seguridad de entre otros servicios generales; también dentro

de este rubro están los destinados a la prestación de servicios educativos, de salud, de

trabajo, de capacitación para el trabajo, de actividades deportivas y de recreación y las áreas

de vinculación con el exterior como son la visita familiar y la visita íntima, de entre otros

servicios.

De este concepto se retoma el de capacidad operacional como la referente a la cantidad

total de personas que pueden ser alojadas en condiciones humanas y sin riesgos de

seguridad en una institución de reclusión en cualquier momento dado. Y el de capacidad de

urgencia que es el porcentaje de personas, por encima de la capacidad oficial que no puede

ser superado ya que ello implica una amenaza para la seguridad y el correcto

funcionamiento de la institución
Los anteriores conceptos cobran importancia dado que las instalaciones de reclusión son

diseñadas para albergar un número determinado de población y, para el efecto, es

recomendable que se diseñe una institución con base en un cuadro de atención a la

demanda de espacios de albergamiento.

Desde el diseño original se determina la capacidad instalada, el número de personas que se

puede albergar en operación normal; si la densidad de ocupación crece a una tasa muy

acelerada puede ser rebasada la capacidad de operación del centro, como sucede en muchos

casos, y se entra en un proceso o fase de urgencia de atención a la población, que por ende

puede colapsar la prestación de algunos servicios. Por desgracia, muchos de los daños que

se provocan por la falta de esto, a lo cual está obligada la institución, no es tangible a

simple vista, salvo cuando el paso del tiempo, la revisión minuciosa o, en su caso, el

surgimiento de eventos graves, ponen en tela de juicio la actuación de las autoridades y

dejan de manifiesto la violación a los derechos humanos de los internos, como resultado de

la limitación de servicios provocados por el fenómeno de la sobrepoblación.

El hecho de aumentar en una celda una cama o una litera, no significa el aumento de su

capacidad operacional, puesto que ésta se comprende desde la capacidad instalada o de

diseño, la cual se rebasa por estas adecuaciones y pierde su razón de origen, sobre todo

cuando se trata de centros penitenciarios de máxima seguridad.

Esta Comisión entiende que el sentenciado debe cumplir una sanción, y no se opone de

ninguna forma a la aplicación de la pena de prisión cuando ésta se aplique de conformidad

la ley y con apego a los derechos humanos; sin embargo, la privación de libertad no tiene

por qué provocar males accesorios, ni debe constituir un factor de victimización

institucional impuesta al recluido, que conlleve una violación a sus derechos humanos.
Para la ONU, la sobrepoblación se determina con base en una serie de indicadores y

lineamientos acordados para evaluar la calidad de vida de los habitantes de una comunidad.

De esta manera plantea, por ejemplo, la correlación que existe entre la ocupación de

determinado número de personas al interior de una vivienda o casa y el espacio o número

de cuartos disponibles para ser habitados por éstos. Así, el número de personas establecido,

como un indicador básico simple de proximidad forzada, será óptimamente de 1 o 2

personas por habitación.10 Cabe hacer mención que existen criterios de diseño en prisiones

que sugieren preferentemente que la ocupación sea en números impares, privilegiándose las

celdas triples.

Cuando se aborda el problema de la sobrepoblación en las prisiones, este panorama es

preocupante también dados los riesgos que enfrenta el Estado de vulnerar los derechos

humanos de los internos que por esta razón se pueden generar.

En sistema penitenciario dominicano cuenta con 35 centros operando a la fecha, un poco

mas del 50 por ciento opera con nivel de sobrepoblación de estos, 12 centros alcanzan

niveles de sobrepoblación en mas de un 100 por ciento.

Hay que significar la existencia de igual número de centros sub-poblados, algunos de ellos

con nivel desocupación en mas de un 50 por ciento. La diferencia de la sobre población y la

subpoblación da un balance en general de sobrepoblación de un 60 por ciento.

Las cárceles más sobrepobladas del país son las 19 que pertenecen al sistema penitenciario

tradicional, en las que impera una tasa de hacinamiento de 262.5 por ciento.

Estos recintos tienen en conjunto una capacidad para albergar a 4,587 reos, pero están

16,630, o sea, 12,043 reos de más.


Mientras en los 22 centros del Nuevo Modelo de Gestión Penitenciario, donde hay internos

9,217, están por debajo de su capacidad, que es de 9,632.

Los centros del modelo tradicional son menos que los del nuevo modelo, pero reciben más

imputados, lo cual genera más hacinamiento.

Según el reporte de la Dirección General de Prisiones, hasta el 30 de noviembre del 2018

estaban privados de libertad 25,847 personas en los 41 centros, pero la capacidad en

conjunto es para 14,219.

De acuerdo con el informe, publicado en la página web de la Procuraduría General de la

República, 15,584 están en calidad de preventivos, equivalente a 60.3 por ciento, y 10,263

están condenados, 39.7 por ciento.  El 92 por ciento de los reos son dominicanos, con un

total de 23,767, y el 8 por ciento extranjeros, que en total son 2,080.

El mayor nivel de hacinamiento en los recintos tradicionales lo presenta la cárcel La

Victoria, ubicada en el distrito municipal del mismo nombre, del municipio Santo Domingo

Norte, donde el pasado viernes murió un recluso y dos resultaron heridos por electrocución

producto de un cortocircuito.

La tasa de hacinamiento allí se sitúa en 275.5 por ciento, al alojar a 7,553 privados de

libertad, que representan 5,54 2más de su capacidad, que es de 2,011.


Derechos fundamentales de los privados de libertad

Según lo implantado en la ley 113-21 que regula el Sistema Penitenciario y Correccional en

la República Dominicana y que deroga la Ley No. 224 del 26 de junio del 1984, nos dice en

su articulo 4 que las personas privadas de su libertad tienen los siguientes derechos:

1. Respeto de su dignidad como persona y la salvaguarda de los derechos e intereses

jurídicos no afectados por la condena y la ley.

2. Comunicar a su familia y abogado, sin demora innecesaria, su ingreso en un centro

de corrección y reinserción social, así como su traslado a cualquier otro

establecimiento o lugar.

3. No ser discriminadas por razones de género, color, edad, discapacidad,

nacionalidad, vínculos familiares, lengua, religión, opinión política filosófica o

de·otra índole, condición social o personal, posición económica, preferencia sexual

y condición de salud, entre otras. A que se garantice el derecho al voto de quienes

no estén condenados irrevocablemente a pena criminal.

4. Participar en actividades educativas, culturales, deportivas y recreativas

encaminadas a su desarrollo integral.

5. Tener acceso a los servicios de salud de que disponga el país, sin discriminación por

su condición de estar privado de libertad.

6. Realizar actividades laborales remuneradas y útiles que contribuyan a su proceso de

corrección y reinserción social, facilitando su inserción en el mercado laboral,

permitiéndoles contribuir al sustento económico de su familia y al suyo propio, de

acuerdo con las disponibilidades.


7. Tener a su disposición un espacio ventilado e iluminado suficiente, incluyendo el

necesario para dormir, asearse y descansar.

8. Disfrutar del aire libre y de la luz solar por lo menos una hora al día.

9. Recibir con la frecuencia que indique el reglamento de aplicación de la presente ley,

las visitas de sus parientes, abogados y amigos, o de personas que representen a

organismos o instituciones oficiales o privadas que se interesen por su protección e

inserción social.

10. Formular quejas y peticiones a las autoridades de los centros de corrección y

reinserción social a través de las vías establecidas en dichos centros.

11. Mantener comunicación postal o telefónica.

12. Demandar judicialmente a través de un tutor o curador judicial, siempre que sea

establecida su incapacidad para ello.

13. Obtener permisos para visitar a sus padres, hijos o cónyuge, en caso de gravedad

comprobada; y, en caso de muerte, para asistir a los funerales de algunos de estos.

14. A preservar su dignidad, así como su intimidad, sin perjuicio de las medidas

exigidas para la ordenada convivencia en el centro de corrección y reinserción

social.

15. A ser llamadas por su propio nombre.

16. A recibir beneficios correccionales y la asistencia social prevista en la ley, de

conformidad con su calificación de conducta y el período del régimen progresivo en

que se encuentren.

17. A recibir una adecuada y puntual alimentación por lo menos tres veces al día, para

el mantenimiento de su salud y de su fuerza.


18. A recibir información escrita y orientación en su idioma sobre el régimen del centro

de corrección y reinserción social y, específicamente, acerca de sus derechos,

deberes y obligaciones.

19. A recibir visitas íntimas, conforme lo establezca el reglamento de aplicación de la

presente ley.

20. A recibir información completa, precisa, actualizada y personalizada sobre su

situación procesal o la ejecución de su condena.

21. A ser informado de los acontecimientos importantes de la vida nacional e

internacional, mediante la circulación de periódicos, libros, charlas, conferencias,

programas de radio y televisión.

22. A recibir el servicio religioso de su preferencia, siempre que se preste con respeto a

los derechos de los demás.

23. A que se mantenga en reserva el expediente que contenga el diagnóstico o

tratamiento médico que resulte del padecimiento de alguna enfermedad.

24. A recibir apoyo de la comunidad e instituciones sociales para lograr incorporarse a

la sociedad en las mejores condiciones posibles.

25. Derecho a la tutela judicial efectiva y diferenciada y que las sanciones disciplinarias

impuestas sean precedidas del debido proceso.

De igual manera en ley 113-21 según su artículo 72 y 73 el cual nos habla concerniente a
los criterios de separación y alojamiento de las personas privadas de su libertad,
estableciendo que:
Artículo 72.- Criterios de separación. Las personas privadas de libertad ingresadas a los

centros de corrección y rehabilitación, se subclasificarán y separarán de acuerdo a los

factores siguientes:

1. Entre preventivos y condenados y, en ambos casos, los primarios de los

reincidentes.

2. Entre los individuos por edad.

3. Por tipo de conducta.

4. Por tipo de infracción.

5. Por duración de la pena.

6. Por enfermedad o deficiencias físicas o mentales.

7. Las mujeres privadas de libertad en estado de embarazo y durante el período de

lactancia.

8. Por el impacto social generado del hecho, considerando su nivel de peligrosidad

o riesgo personal, según aplique.

9. Por el programa de tratamiento al que vaya a ser sometido.

Artículo 73.- Alojamiento de las personas privadas de libertad. Todas las personas

privadas de libertad deben ser alojadas en dormitorios individuales o colectivos, en caso de

ser colectivos, se hará en número impar.

Párrafo. - Los pabellones y dormitorios contarán con espacio, iluminación, ventilación

natural y mobiliario suficiente para hacerlos habitables, así como con servicios sanitarios.
En estos dos artículos muestran claramente como es que un recluso puede pasar su estadía
mientras cumple su condena pero que lamentablemente en las cárceles de Republica
Dominicana son pocas normas las que se cumplen de parte de las autoridades
correspondientes.

Cabe destacar que el hacinamiento es considerado en este sentido como uno de los factores

que contribuyen también a la violación de los derechos humanos de las personas privadas

de la libertad, ya que:

• Supone muchas veces riesgos para la seguridad del interno

• Promueve la falta de control sobre las actividades de los internos.

• Influye en la calidad de la prestación de servicios esenciales para la reinserción

social.

• Restringe las posibilidades de promover el trabajo en los internos por falta de

espacios destinados a talleres.

• Limita los servicios de la educación formal y extraescolar a los internos por la

carencia de aulas.

• Restringe la actividad deportiva por la limitación de canchas y espacios para toda la

población.

• Disminuye el acceso a la capacitación para el trabajo en los centros de reinserción.

• Nulifica las opciones de esparcimiento debido a la formación de un ambiente

desfavorable y de desorden.

• Imposibilita la adecuada asistencia médica de los reclusos;

• Crea un entorno peligroso para el personal del Centro.


• Imposibilita el cumplimiento de las normas establecidas por los instrumentos

internacionales para el régimen de detención, definidas por las Naciones Unidas,

que exigen condiciones adecuadas de luz, aire, e intimidad, lacerando severamente

la dignidad de los internos y sus derechos humanos.

Cada institución penitenciaria debe contar, además de la capacidad instalada desde su

diseño, donde se aloja a la población interna con base en una clasificación, con áreas

denominadas de tránsito como son: las de ingreso, los centros de observación y

clasificación y las unidades hospitalarias del establecimiento. Si bien es cierto que estas

zonas cuentan con camas, se destaca para efectos de evaluar la capacidad instalada como

espacios disponibles, pero no debe incluirse como parte de la capacidad del centro,

precisamente porque la estadía de los internos en las mismas es meramente temporal.

Importa hacer esta aclaración debido a que de manera recurrente son incluidos estos

espacios dentro de los cálculos de unidades disponibles, ante la urgente necesidad de

albergar a un número determinado de personas dentro de los centros, o bien, se incrementa

el número de camas dentro de los dormitorios generando condiciones de hacinamiento, en

virtud de que se instalan en celdas diseñadas para albergar seis internos, hasta cuarenta

personas, implicando insuficiencia de espacio, de ventilación y de servicios sanitarios.17

En la mayoría de los casos, las instalaciones y servicios no son ampliados

proporcionalmente al crecimiento de la densidad poblacional dentro de los centros.

Al considerar las recomendaciones de los organismos internacionales que analizan y

estudian las mejores prácticas en materia penitenciaria, se puede concluir que éstas

convergen en los estándares mínimos para la vida en prisión, reconociendo la existencia de

medidas especiales de seguridad como las previstas en la Constitución, señalándose en todo


momento el respeto que debe existir a una vida digna y segura, respetuosa de los derechos

humanos de las personas privadas de la libertad.

Así, se destacan las siguientes consideraciones:

• Un recluso, una cama.

• Dormitorios que permitan el ingreso de luz natural, aire fresco y ventilación.

• Regímenes carcelarios que permitan un mínimo de 8 horas fuera de celda.

• Derecho y posibilidades de hacer ejercicio físico al menos un día a la semana,

incluso para quienes estén en medidas disciplinarias.

• Derecho y posibilidades de participar en actividades recreativas que promuevan el

bienestar físico y mental.

• Espacios físicos donde exista la higiene.

• Acceso a atención sanitaria.

• Espacios físicos que garanticen los vínculos familiares.

• Dieta alimenticia balanceada

• Comedores y cocinas higiénicas.

• Especial atención a mujeres en reclusión, así como a los hijos que conviven con

ellas.

• Atención y clasificación para personas en condiciones de vulnerabilidad.

• Respeto a las características socioculturales de las personas privadas de libertad.


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