CHARLES FREDERICK WORTH fundó la casa que, para muchos, dio vida al más
alto nivel de creatividad en la moda: la alta costura. Este término originalmente se
utilizaba para referirse a la costura más fina, aunque después adquirió una
definición muchísimo más específica, que se conserva hasta nuestros días.
En 1838, Worth se convirtió en aprendiz de la novedosa tienda Swan & Edgar of
Piccadilly Circus, en Londres, en donde aprendió la base de lo que luego sería su
propio modelo de negocios. La firma londinense capitalizaba en la importancia de
las compras como pasatiempo de clase media, ofreciéndoles una gran variedad
de productos a la moda, desde vestidos hechos a la medida hasta chales y
mantones.
La fama que Worth se ganó por su habilidad de escoger y manipular las telas para
que se adaptaran a la complexión y la personalidad de sus clientes. Pero la vida y la fama de Worth habrían
de encontrarse en París. Después de arduos meses aprendiendo francés mientras trabajaba de asistente,
encontró un mejor trabajo como costurero en Gagelin & Opigez, en la famosa rue de Richelieu. Allí se expuso
a las más finas telas y guarniciones, desarrollando aún más sus habilidades. La calidad sorprendentemente
simple y perfectamente construida de sus vestidos se ganó muy pronto la atención de las clientes, por lo que
la compañía estableció un departamento de modistería, del cual Worth se hizo cargo.
Hacia 1856–7, el diseñador fundó «Worth», que luego (probablemente
hacia 1858) se convertiría en la Casa de Worth. Su esposa, Marie
Vernet (1825–98) se convirtió en la mejor modelo para sus creaciones,
llamando la atención de algunas mujeres de la alta sociedad parisina. La
reputación de Worth se ganó el patronaje de la Princesa Metternich,
esposa del embajador austríaco en París y, a través de ella, el de la
Emperatriz Eugenia. Amante de la moda, la emperatriz nombró a Worth
el costurero oficial de su corte en 1860. Los diseños de Worth llegaron,
incluso, a vestir a la Emperatriz Elisabeth de Austria.
Charles Frederick Worth fue un gran pionero en la historia de la moda.
En París, diseñaba conjuntos de corpiños y faldas intercambiables, en
vez de vestidos completos, que daban mayor versatilidad a la ropa.
Además, en su casa mostraba y probaba sus creaciones en cuartos
pintados de distintos colores e iluminados de formas distintas, para dar
mayor dramatismo a los diseños. Finalmente, mostraba sus colecciones
a un público limitado de clientes y personajes influyentes importantes en
señoritas refinadas, en lo que podría reconocerse como un antecedente
de los desfiles de moda contemporáneos.
Década tras década, Worth sobresalió por su actitud
progresista hacia la moda. Hacia mediados de la década de
1860, experimentó con crinolinas de frente plano y faldas
corneadas. En los 70s, exploró la silueta casi de sirena que
requería la famosa «línea princesa», sin corte en la cintura. Y
en los 90s, aprovechó el resurgimiento de las mangas gigot,
cuyo nombre viene de la forma que tenían, similar a la de un
pernil de cordero.
Worth fue uno de los primeros diseñadores modernos y conocía muy bien la importancia de mantener su
reputación y una gran habilidad para los negocios, más allá del talento creativo. Con su destreza para la
autopromoción y la gran capacidad que tenía para convencer a sus clientes de la singularidad de sus diseños,
las técnicas de Worth se convirtieron en la base del «mito de la moda» moderno.