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Apuntes Historia Contemporánea Ii

El documento resume las causas profundas que llevaron a la Primera Guerra Mundial. El imperialismo y el sistema de alianzas entre las potencias europeas crearon tensiones, mientras que los nacionalismos en los Balcanes provocaron conflictos entre Serbia, Austria-Hungría y Rusia. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 sirvió como detonante, pero la guerra fue el resultado de varios factores geopolíticos y militares que habían estado aumentando las tensiones durante décadas.
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Apuntes Historia Contemporánea Ii

El documento resume las causas profundas que llevaron a la Primera Guerra Mundial. El imperialismo y el sistema de alianzas entre las potencias europeas crearon tensiones, mientras que los nacionalismos en los Balcanes provocaron conflictos entre Serbia, Austria-Hungría y Rusia. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 sirvió como detonante, pero la guerra fue el resultado de varios factores geopolíticos y militares que habían estado aumentando las tensiones durante décadas.
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Tema 1.

La Primera Guerra Mundial

1. El detonante
El 28 de junio de 1914, un joven nacionalista serbio, Gavrilo Princip, vinculado a la organización clan-
destina “Mano Negra” asesinaba en Sarajevo al heredero del trono austro-húngaro archiduque Francisco
Fernando y a su esposa, la duquesa Sofía Chotek. El 23 de julio, casi un mes después del atentado, Austria-
Hungría daba un ultimátum de 48 horas a Serbia para que reconociera su participación en el asesinato, per-
mitiese que su policía investigase en territorio serbio y prohibiera la existencia de organizaciones nacionalis-
tas como la responsable del asesinato. Cinco días más tarde Austria-Hungría declaraba la guerra a Serbia
ante la negativa de ésta a aceptar tan humillantes condiciones. El 30 de julio, Rusia, en apoyo a Serbia, mo-
vilizó sus tropas, acción que implicaba la declaración de guerra a Austria-Hungría. Al día siguiente, Alema-
nia, aliada de Austria-Hungría, exigió a Rusia la detención de sus ejércitos, pero la negativa del Zar, Nicolás
II, supuso la movilización del ejército alemán y la declaración de guerra entre Alemania y Rusia. Francia,
que tenía un acuerdo con Rusia, movilizó sus tropas. El 3 de agosto Alemania declaró la guerra a Francia, y
su ejército comenzó a invadir Bélgica. Gran Bretaña, aliada de Rusia y Francia, se veía además comprome-
tida por un acuerdo con Bélgica (1839), declaró la guerra a Alemania. En los días siguientes, Austria-
Hungría, declara la guerra a Rusia, Francia y Gran Bretaña.
Aunque el atentado del heredero al trono de Austria-Hungría ha sido considerado el detonante que pro-
vocó la Primera Guerra Mundial, es necesario analizar una serie de causas profundas que se encuentran en el
origen de la que ha sido denominada como la “Gran Guerra”.
2. Causas profundas y antecedentes diplomáticos
La guerra fue el resultado final de varias causas: el enfrentamiento permanente entre los imperios, el sis-
tema de alianzas entre potencias y el avispero nacionalista que se habían convertido los Balcanes.
Europa, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, concentraba el mayor poder económico y mili-
tar. El fuerte desarrollo económico y científico de la época estaban ligados con el desarrollo del imperialis-
mo. Los países industrializados necesitaban la importación de materias primas y la exportación de sus artícu-
los para mantener su crecimiento económico, pero también la colocación de los excedentes de capital para
obtener mayores beneficios. En el contexto internacional, Gran Bretaña era el imperio más poderoso con
una superioridad militar indiscutible en el mar. Aunque Alemania, con un fuerte crecimiento económico,
reclamaba una posición destacada en el expansionismo colonial. La necesidad de cada potencia de hacerse
con nuevos mercados, controlar una serie de territorios que le permitiera mantener su desarrollo económico
y ponerlos a salvo de posibles intervenciones de otros países provocó el incremento de la industria de guerra
y dio lugar a un fuerte militarismo en los países imperialistas. De hecho, en el cambio de siglo se produjeron
varios enfrentamientos en los que el problema colonial se encontraba entre las causas principales: la guerra
de los Boers, en Sudáfrica; y la guerra de los boxers en China, levantamiento con un cariz antioccidental.
Por otro lado, dos nuevas naciones irrumpían con fuerza en el colonialismo internacional: EE.UU. y Ja-
pón. Estados Unidos venció a España en 1898, arrebatándole las colonias de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y
la isla de Guam; por su parte Japón derrotó a Rusia en 1905, en el primer gran enfrentamiento entre grandes
potencias desde 1870. La victoria japonesa, significo el comienzo de la expansión del país nipón por el con-
tinente asiático, que tuvo una de sus primeras consecuencias en la ocupación de Corea en 1910. Para Rusia
supuso el inicio de revueltas que preparaban la revolución de 1917. En este contexto, Alemania inició, en
1898, la construcción de una escuadra que le permitiera competir con la inglesa.
Este imperialismo faculto la organización de alianzas con el objetivo de dar estabilidad al sistema ante la
inexistencia de organizaciones internacionales que mantuviera el equilibrio existente. El fuerte desarrollo
alemán y su expansión en África llenaron de reticencias no sólo a los ingleses, sino también a los franceses,
que no olvidaban las pérdidas de Alsacia y Lorena anexionadas por Alemania en la guerra de 1871. En con-
secuencia, el canciller alemán, Otto Von Bismarck, quiso asegurar la unidad y prosperidad alemana median-
te la constitución de una alianza militar con Austria-Hungría, a la que se sumó Italia en 1882. Está Triple
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Alianza acordó que si uno de los tres países entraban en guerra con otras potencias, los otros le apoyarían en
el conflicto. Bismarck alcanzó otro acuerdo con Rusia para asegurar aún más esta paz tan necesaria para sus
intereses. Sin embargo, tras el retiro del canciller, los alemanes abandonaron este último pacto, circunstancia
que fue aprovechada por Francia para llegar a una alianza con la Rusia zarista en 1894.
A principios de siglo, en pleno desarrollo económico y militar alemán, ingleses y franceses abandonaban
sus contenciosos coloniales y firmaban una “entente cordiale”. Además Francia facilitó la aproximación
entre Gran Bretaña y Rusia, que en 1907 firmaban en San Petersburgo una “entente” que limitaba sus esferas
de influencia en Persia y Afganistán. Así que el doble acuerdo franco-ruso y anglo-ruso facultó la actuación
conjunta de los tres países en lo que se denominó la Triple Entente, está a diferencia de la Triple Alianza no
suponía ningún compromiso en caso de conflicto bélico. Al inicio de la segunda década del siglo XX, el
sistema de alianzas dividía a Europa en dos bandos: por un lado, Alemania y Austria-Hungría, y por otro,
Francia, Gran Bretaña y Rusia; Italia se fue alejando del acuerdo firmado con Alemania y Austria-Hungría.
Esta situación suponía que cualquier incidente fuera tomado como una prueba de fuerza por los dos gru-
pos y, en consecuencia, susceptible de convertirse en un enfrentamiento armado. La situación fue especial-
mente peligrosa en el dominio de Marruecos, con una política alemana agresiva que intentaba debilitar el
entendimiento entre Francia y Gran Bretaña; pero también en los Balcanes, donde los nacionalismos incita-
ban al enfrentamiento entre Rusia y Austria-Hungría.
En Marruecos hubo dos crisis; en la primera el káiser Guillermo II de Alemania pronunció un discurso
en Tánger, dentro de una visita al sultanato alauita en 1905, en la que defendió la independencia de Marrue-
cos frente a los intereses coloniales de Francia y España, y reclamo la libertad de comercio en la zona. A
requerimiento de Alemania, se convocó una conferencia internacional en Algeciras, en enero de 1906, donde
los alemanes intentaron frenar la expansión francesa en la zona. El Acta de Algeciras, firmada en el mes de
abril, aceptaba la división del territorio marroquí entre Francia y España. La actuación alemana había conse-
guido lo contrario de lo que pretendía: que Gran Bretaña estrechara sus lazos con Francia, cuyos intereses
defendió en todo momento durante la conferencia.
En 1911, la entrada de la cañonera alemana Panther en Agadir por el incumplimiento de los acuerdos de
Algeciras (la política de puertas abiertas), provocó otra situación peligrosa. La crisis se superó con el reco-
nocimiento por parte de Alemania de los derechos coloniales de Francia en Marruecos, a cambio de conce-
siones territoriales en el Congo francés.
En los Balcanes, el nacionalismo serbio salía en defensa de los eslavos que vivían dentro de los imperios
austro-húngaro y otomano. Por su parte, Rusia había vuelto su mirada hacia Europa, en concreto a los Bal-
canes, donde apoyaba a Serbia, lo que amenazaba la integridad del Imperio Austro-Húngaro. En 1908, Aus-
tria-Hungría se anexionaba Bosnia-Herzegovina. Rusia no pudo apoyar a Serbia, por lo que ambos países
tuvieron que aceptar la fuerza de los hechos.
En 1912, las reivindicaciones de Grecia, Serbia y Bulgaria sobre Macedonia enfrentaron a estos países
con Turquía, que se encontraba en guerra con Italia por Trípoli y las islas del Dodecaneso. Turquía fue ven-
cida fácilmente, pero a la hora del reparto surgieron diferencias. En 1913 explotó la segunda guerra de los
Balcanes. Grecia y Serbia declaraban la guerra a Bulgaria, que pretendía agrandar la zona obtenida en Ma-
cedonia. Rumania y Turquía vieron la oportunidad de recuperar posiciones y se unieron a la guerra contra
Bulgaria. El Tratado de Bucarest de 1913 certificaba la derrota de Bulgaria; Rumanía ocupó antiguos territo-
rios en litigio, mientras Grecia y Serbia se repartían Macedonia. De todas formas, Serbia veía frustrados sus
intentos de obtener una salida al mar, pues si bien había ocupado Albania durante el conflicto, en la paz tuvo
que aceptar la independencia de Albania. Después de esta segunda guerra, nadie estaba satisfecho de su re-
sultado. El equilibrio entre Rusia y Austria-Hungría se rompía con la fuerte conflictividad en la zona de los
Balcanes.
Los Balcanes se convirtieron en el polvorín de Europa en un momento en el que otros asuntos de mayor
calado estaban latentes. El asesinato del heredero de Austria-Hungría en junio de 1914 fue la chispa que
condujo a la guerra.

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3. La oposición a la guerra
La reacción en cascada de las potencias ante la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia no se
puede entender como un deseo irrefrenable de las potencias a enfrentarse a un conflicto armado. En los pri-
meros momentos hubo intentos diplomáticos que pretendieron desactivar la tensión. Alemania intento frenar
a Austria-Hungría; Francia hacía lo propio con Rusia, mientras Gran Bretaña promovía la realización de una
conferencia internacional para buscar una salida al conflicto. Pero las posiciones intransigentes de Austria-
Hungría y Rusia arrastraron al resto de potencias a una guerra que desde hacía tiempo se veía como irreme-
diable.
La oposición más importante a la guerra provino desde las filas socialistas. Los partidos socialistas se
habían integrado en la estructura de los países nacionales, por lo que, llegado el conflicto, sus militantes tu-
vieron que decidir entre las bases ideológicas y la llamada de la nación. No faltaron las advertencias en con-
tra de la guerra realizada por los líderes socialistas europeos en sus diferentes países. La II Internacional en
el congreso celebrado en Stuttgart, en 1907, señalaba su oposición a cualquier conflicto armado. Entre los
líderes socialistas más activos en contra de la guerra destacaba el francés Jean Jaurès, posición que le costó
la vida a manos de un nacionalista francés en París en julio de 1914. De todas formas, a pesar de la oposi-
ción de los socialistas, los obreros franceses no podían abstraerse de su nacionalismo, y no olvidaban la
afrenta de Alsacia y Lorena en poder de Alemania. Los dirigentes socialistas, en un principio contrarios a la
guerra, formaron parte del gobierno de unidad francés para afrontar el conflicto en agosto de 1914.
En Alemania, el enfrentamiento entre los miembros del Partido Socialista Alemán (SPD) fue en aumento
según evolucionaban los acontecimientos y el desarrollo económico y la expansión colonial de su país se
hacían patentes. Así, solo una minoría se opuso a la guerra, mientras la masa obrera, en general, eran procli-
ves al orgullo nacional. El SPD se opuso en diferentes congresos de la Internacional Socialista a convocar la
huelga general en su país si se declaraba la guerra. Con el inicio de la contienda los socialistas mostraron su
apoyo al gobierno.
En Inglaterra, los laboristas proclamaron su oposición a la guerra y votaron en contra de los presupues-
tos destinados al conflicto en el Parlamento. Sin embargo, la mayoría de los obreros británicos hicieron rec-
tificar a sus líderes y apoyaron el inicio de la contienda. Los laboristas entraron en el gobierno a finales de
1916. En definitiva, los sentimientos nacionalistas en toda Europa se impusieron a los planteamientos socia-
listas.
4. El desarrollo de la contienda
Cinco potencias distribuidas en dos bandos comenzaron el conflicto: por un lado, las potencias centrales,
Alemania y Austria-Hungría; por el otro, los aliados con Francia, Gran Bretaña y Rusia. En los meses y años
siguientes se fueron incorporando países que dieron a la guerra un carácter mundial. En el bando de los alia-
dos, entraron Japón (agosto 1914), Italia (mayo 1915), Portugal (marzo 1916), Rumania (agosto 1916),
EE.UU. (abril 1917) y Grecia (junio 1917). En el bando de los países centrales Turquía (octubre 1914) y
Bulgaria (septiembre 1915). El resto de los países Europeos mantuvieron su neutralidad.
La posición de Alemania entre dos países enemigos, Francia y Rusia, la hacía partir con cierto grado de
inferioridad al tener dos frentes abiertos a ambos extremos de su frontera. El Estado Mayor alemán disponía
de un plan desde 1892. El Plan Schlieffen preveía un ataque rápido contra Francia a través de Bélgica y Lu-
xemburgo que hiciera capitular al país galo en poco tiempo para, de este modo, atender en exclusiva el fren-
te ruso. Alemania puso en marcha el Plan Schlieffen en agosto de 1914. La penetración de las tropas alema-
nas en Francia por Bélgica y Luxemburgo fue muy rápida, y en pocos días llegaban al río Marne, próximo a
Paris. Este avance tan fulminante hizo pensar al responsable militar alemán, general Moltke, que había con-
seguido una ventaja definitiva en el frente occidental y decidió trasladar efectivos al frente oriental. Sin em-
bargo, el general francés Joffre, con el apoyo de fuerzas inglesas, contraatacó y logró estabilizar el frente
occidental. La victoria franco-inglesa en la batalla del Marne (5-12 de septiembre de 1914), significó la reti-
rada de los alemanes hacia Lorena. Los dos ejércitos se dirigieron hacia el mar, con la idea de ocupar los
principales puertos de la costa. Esta circunstancia provocó la construcción de una larga línea de trincheras
que iba desde el Mar del Norte a Suiza, donde quedaron inmovilizados los dos ejércitos durante casi cuatro
años.
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En el frente oriental, los rusos lograron penetrar en Prusia, pero la llegada de efectivos alemanes dese oc-
cidente facultó las victorias alemanas en las batallas de Tannenberg (agosto) y de los Lagos Masurianos
(septiembre), con lo que Prusia quedó liberada. El ejército ruso logró avanzar más al sur, en Galitzia, pero
un contraataque posterior de las fuerzas centrales estabilizó el frente. Por su parte, los serbios lograron dete-
ner la invasión austro-húngara. La guerra de movimientos había dado paso a una guerra de posiciones, don-
de las trincheras se convirtieron con el paso del tiempo, en la imagen de la Gran Guerra.
En agosto, Japón había entrado en guerra contra Alemania, con el fin de apoderarse de sus zonas de in-
fluencia en China y sus colonias en el Pacifico, pero también para extender su dominio en el Lejano Oriente.
En enero de 1915, convertía a Manchuria y China del Norte en su protectorado. En octubre de 1914, barcos
turcos bombardeaban puertos rusos en el Mar Negro. Los aliados declaraban la guerra a Turquía y creaba
una preocupación añadida a Inglaterra por su proximidad a los dominios ingleses de Egipto y la India. En
1915 la guerra ya se había mundializado.
La batalla en el mar, que sería determinante para la entrada de EE.UU. en la contienda, había provocado
las primeras escaramuzas. Gran Bretaña patrullaba las costas alemanas con el objetivo de evitar la entrada de
cualquier tipo de mercancías. Esta situación provocó las primeras quejas de países neutrales, entre ellos
EE.UU., que defendían el derecho del libre comercio en los mares de productos no militares.
Los ejércitos aliados atacaron en las zonas de Champagne y Artois, pero no obtuvieron resultados apre-
ciables. Aunque sí cosecharon un importante éxito diplomático al sumar a Italia a su bando. La entrada de
Italia en la contienda abría un nuevo frente en el sur de Austria-Hungría. Las potencias centrales compensa-
ron el desequilibrio con la inclusión de Bulgaria.
Alemanes y austro-húngaros decidieron atacar Rusia. Allí concentraron, desde la primavera de 1915, su
esfuerzo bélico, y fueron ocupando lugares como Galitzia, Polonia y Lituania, llegando hasta las puertas de
Ucrania. Además de las pérdidas territoriales, el ejército ruso había sufrido numerosas bajas, al tiempo que
empezaban a escasear el armamento y los víveres. Los aliados, con la idea de conectar con los rusos y aliviar
su situación, lanzaron una fuerte ofensiva en Turquía, que tuvo su punto más importante en la península de
Gallípoli (abril 1915). El resultado de la operación fue un auténtico fracaso después de más de ocho meses
de infructuosa batalla. A finales de 1915, los ejércitos centrales ocupaban Serbia, Montenegro y Albania,
mientras que Bulgaria entraba en Macedonia.
En respuesta a la actuación de la armada inglesa, los submarinos alemanes comenzaron el bloqueo de las
Islas Británicas en febrero de 1915. En mayo, el barco de pasajeros Lusitania, fue hundido con el resultado
de cerca de 1200 pasajeros muertos. El presidente norteamericano, Woodrow Wilson, advirtió a los alema-
nes que cualquier otro acto de esta naturaleza sería considerado por su país como “deliberadamente inamis-
toso”. Los alemanes rectificaron, utilizando sus submarinos de una forma más restringida.
A pesar de los grandes avances de las potencias centrales en el frente oriental, ambos bandos sabían que
la batalla definitiva se iba a producir en la zona occidental. Los alemanes atacaron, en febrero de 1916,
Verdún, fortaleza confiada al general Petain. Los bombardeos de la artillería y los ataques de la infantería
alemana fueron constantes durante los seis meses que duró el asedio. La resistencia de Verdún se convirtió
en un emblema del nacionalismo francés. Las pérdidas fueron excepcionales para ambos bandos. Los aliados
diseñaron un fuerte ataque en el río Somme (julio 1916), con el objetivo de aliviar el cerco sobre Verdún. En
los cuatro meses que duró la batalla, los ejércitos aliados sólo lograron avanzar pocos kilómetros. El frente
occidental continuaba estancado. Sin embargo, las tropas rusas iniciaron, en junio de 1916, un fuerte ataque
en el frente oriental, que obligo a los alemanes a retirar tropas de Verdún, lo que supuso el principio del fin
del cerco sobre la ciudad francesa.
Entretanto, la guerra en el mar continuaba sin grandes batallas navales hasta el enfrentamiento en Jutlan-
dia. La lucha entre las escuadras de Alemania y Gran Bretaña tuvo lugar enfrente de las costas de Dinamarca
el 31 de mayo y el 1 de junio de 1916. La mayor batalla naval de la Primera Guerra Mundial no tuvo un
vencedor claro, con lo que el poderío ingles en el mar continuaba en pie.
La guerra también se decidía en las maniobras diplomáticas que ambos bandos pusieron en marcha.
Aliados y países centrales no perdían la ocasión de dirigirse a los grupos descontentos que se encontraban en
los territorios controlados por el bando enemigo. Los aliados ofrecían la independencia a las minorías nacio-
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nalistas que poblaban los territorios del imperio austro-húngaro. Los ingleses provocaron una insurrección
de las tribus árabes contra el imperio otomano. Por su parte, Alemania prometía a Polonia una nación inde-
pendiente, incitaba el nacionalismo ucraniano y promovía la insurrección en Egipto o apoyaban a los irlan-
deses contra Inglaterra y a los argelinos contra Francia.
Los largos años de guerra hacían mella tanto en los principales dirigentes como en la población. El Em-
perador Carlos I de Austria, durante en 1917, realizó varios contactos con Francia para lograr una paz por
separado para el Imperio. Las conversaciones se realizaron a través del Príncipe Sixto Borbón de Parma y
entre las cláusulas del armisticio figuraban la devolución de Alsacia y Lorena a Francia y la independencia
de Bélgica. El primer ministro francés, Georges Clemenceau, hizo públicas las negociaciones, colocando al
emperador Carlos en una situación muy delicada ante su aliado, el káiser Guillermo II, a quien tuvo que ha-
cer declaración pública de lealtad.
En Alemania también surgían voces que abogaban por el fin de la guerra. Hasta organizaciones que ha-
bían defendido por amplía mayoría el inicio de la contienda, ahora tenían significativas disensiones. Dirigen-
tes del SPD exigían la vuelta al objetivo revolucionario y la oposición a la guerra, lo que provocó, en abril
de 1917, su escisión. El nuevo Partido Social Democrático Independiente (USPD), contó con la adhesión de
los “espartaquistas”, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Entre las pretensiones del nuevo partido figuraba
el fin de la contienda sin ningún tipo de beneficios territoriales para Alemania. Al mismo tiempo, en diver-
sas ciudades germanas se realizaron huelgas por la escasez de alimentos. Manifestaciones que tuvieron un
repunte durante 1918 en las principales ciudades de Alemania y Austria-Hungría, donde las exigencias de
paz se mezclaban con llamamientos a la revolución y, en el caso del imperio austro-húngaro, con reivindica-
ciones nacionalistas. Hay que tener en cuenta los acontecimientos que estaban sucediendo en Rusia, donde
la revolución protagonizada por los bolcheviques cambió ya no sólo la evolución de la guerra, sino el mundo
en las décadas siguientes.
5. La revolución rusa
5.1. El fin del imperio zarista
A finales del siglo XIX, Rusia era un país atrasado en relación con el resto de Europa. Su sistema políti-
co seguía siendo el absolutismo, mientras que sus estructuras sociales y económicas se encontraban anquilo-
sadas en el pasado. Rusia era predominantemente agrícola. Los campesinos representaban el 80% de la po-
blación, con el fin de la servidumbre en 1861 recibieron una parte de la tierra que habían trabajado durante
años, pero por la que tuvieron que pagar importantes cargas a los señores. Esta situación no significó un
cambio importante en las vidas de los campesinos, que siguieron dominadas por la escasez y la miseria, por
lo que muchos de ellos emprendieron el camino hacia las ciudades donde se estaba desarrollando una indus-
tria incipiente.
En las dos últimas décadas del siglo XIX, Rusia se fue industrializando con la ayuda de una fuerte pre-
sencia de capital extranjero. La industrialización implicó transformaciones económicas y sociales similares a
las acontecidas en otros lugares de Europa, así la población asalariada fue en aumento. Sin embargo, hubo
una cuestión que difirió del resto del continente: la importante concentración de trabajadores que se dio en
las fábricas rusas. Casi la mitad de los obreros rusos trabajaban en empresas de más de 500 operarios, favo-
reciendo la rápida conciencia de clase de este nuevo proletariado. Otra circunstancia, que la diferenciaba en
esos momentos de Europa, era la falta de derechos sindicales y de huelga, por la que cualquier protesta, y la
consiguiente represión, implicaban graves enfrentamientos con empresarios y poderes públicos.
El zar Nicolás II, que accedió al trono en 1894, dirigía el país de forma absolutista, apoyado en un gran
ejército y en la iglesia ortodoxa. El zar estaba en contra de cualquier cambio que implicara una merma de
sus poderes. En los años de cambio de siglo, aparecieron grupos opositores al zarismo desde diferentes es-
tamentos de la sociedad. La primera oposición vino del medio rural, donde los anarquistas promovían el
cambio en la estructura de la propiedad agraria y la transformación de la sociedad. En 1901, se fundó el par-
tido Social Revolucionario, que defendía principalmente los intereses de los campesinos.
Por su parte, los obreros de las ciudades tuvieron en el partido Social Demócrata, constituido en 1898, su
principal baluarte. Los socialdemócratas pensaban, de acuerdo con las ideas de Marx, que el proletariado
urbano era la auténtica clase revolucionaria, aquella que estaba llamada a dirigir la sociedad que nacería tras
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el fin del capitalismo. En 1903, el partido Social Demócrata quedo dividido en dos fracciones, bolchevique
(mayoritaria y revolucionaria) y menchevique (moderada y minoritaria). Entre los bolcheviques se encontra-
ba Lenin, que se convirtió en el principal dirigente de esta fracción. Lenin defendía la actuación de una mi-
noría muy concienciada que dirigiera el partido en su cúspide de forma autoritaria, mientras que los men-
cheviques apostaban por un partido más amplio y menos centralizado. Los bolcheviques querían llevar a
cabo una revolución socialista e implantar la dictadura del proletariado, mientras que los mencheviques es-
taban dispuestos a colaborar con liberales y demócratas para realizar los cambios necesarios en la sociedad.
Tanto el partido Social Revolucionario como el Social Demócrata actuaban en la clandestinidad, y sus
militantes solían ser jóvenes intelectuales que pertenecían a las clases altas y media. Por último, dentro de la
oposición al régimen zarista, se constituyó, en 1905, el partido Constitucional Demócrata (KD), los “cade-
tes”, partido liberal que estaba formado por la burguesía de la ciudad junto con los terratenientes, y cuyo
objetivo fundamental era la constitución de un parlamento elegido por sufragio.
5.2. La revolución de 1905
Las causas que provocaron la revolución de 1905 hay que buscarlas, por un lado, en la difusión de las
ideas socialistas y liberales a través de la propaganda realizada por los partidos políticos que exigían una
sociedad más justa y democrática; por otro, estaban las protestas de los campesinos y obreros que reclama-
ban mejoras en su calidad de vida. Por último, las derrotas sufridas por el ejército ruso contra Japón, en
1905, actuaron como desencadenante.
Los obreros rusos recopilaron una serie de peticiones que pretendían hacer llegar al Zar en persona. En
un domingo de enero de 1905, una manifestación de ciudadanos se dirigió hacia el Palacio de Invierno en
San Petersburgo. Los trabajadores solicitaban la jornada de 8 horas, el incremento del salario, la sustitución
de funcionarios corruptos y la formación de una asamblea constituyente elegida democráticamente. El ejér-
cito ruso disparó contra la multitud, causando números heridos y muertos. Esta jornada se conoce como el
“domingo sangriento”, y fue el inicio de una serie de huelgas y levantamientos revolucionarios.
El partido Social Demócrata organizó soviets (consejos) de trabajadores en las principales ciudades y
promovió una huelga general que se extendió por el país. Por su parte, los dirigentes del partido Social Re-
volucionario capitaneaban la ocupación de tierras que llevaron a cabo los campesinos. A su vez, los “cade-
tes” apoyaban el movimiento con la esperanza de lograr sus aspiraciones liberales. El zar prometió la con-
cesión de libertades, la promulgación de una constitución y la creación de una duma (asamblea) con poderes
legislativos. Estas promesas fueron insuficientes para los socialistas. La vuelta del ejército de Extremo
Oriente posibilitó la represión de los insurrectos y el fin de la revolución.
Nicolás II no cumplió sus promesas. El zar, aunque convocó la Duma entre 1906 y 1911, no permitió
ningún tipo de control político sobre su actuación, ni la participación real del pueblo, ni mucho menos la
instauración de un régimen democrático. Entre 1906 y 1911, su primer ministro Pedro Stolypin, realizó una
serie de cambios encaminados a mejorar la situación del campesinado. Sin embargo, las medidas aplicadas
fueron insuficientes, por lo que los campesinos siguieron viviendo en la miseria y reclamando tierra para
trabajar.
5.3. La revolución de febrero de 1917
La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial no contó con el apoyo de la población, por lo que las
derrotas en el campo de batalla, las pérdidas territoriales, la muerte de al menos dos millones de soldados
rusos, acompañadas de una grave crisis económica, la escasez de alimentos y la acción decidida de los revo-
lucionarios rusos provocaron la revolución de 1917.
La revolución tuvo dos fases diferenciadas, la primera se inició en febrero de 1917 (marzo según el ca-
lendario gregoriano occidental), y la segunda en octubre del mismo año (noviembre para occidente). La re-
volución de febrero fue una revolución democrática pero derivó, por el impulso decidido de los dirigentes
bolcheviques, hacia la instauración de un régimen comunista. La población se movilizó provocando motines
y huelgas en la capital Petrogrado.
En la capital se organizó un soviet de Diputados de los Obreros y Soldados, a lo que el zar reaccionó di-
solviendo la Duma. Sin embargo, ésta eligió un comité de parlamentarios que compartió el poder en la ciu-
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dad con el soviet de obreros de Petrogrado. El comité de la Duma constituyó un gobierno provisional que
tuvo como presidente al príncipe Lvov. El Zar intento hacerse con el control del poder, pero los soldados de
Petrogrado se habían sumado a la revolución, por lo que tuvo que abdicar el 17 de marzo de 1917.
El gobierno provisional publicó un programa que mostraba su carácter moderado, democrático y consti-
tucionalista. Frente al poder del gobierno provisional se alzaba el poder del soviet de obreros que, formado
por social revolucionarios, mencheviques y bolcheviques, defendía idea socialistas. Este doble poder del
gobierno se mantuvo hasta el triunfo de la revolución bolchevique.
5.4. La revolución de octubre
La decisión del gobierno de no poner fin a la presencia rusa en la guerra mundial fue un hecho decisivo
en el devenir de los acontecimientos. El gobierno entendió que la retirada de la contienda podía implicar una
dura reacción de las potencias aliadas y la pérdida de territorios, por lo que intentó convencer a obreros y
soldados para continuar en la guerra como defensa del nuevo régimen democrático. Sin embargo, los soviets
de Petrogrado y Moscú entendían como prioritario la salida inmediata de Rusia de la contienda, por lo que
reaccionaron convocando manifestaciones y huelgas contra la decisión del gobierno. La llegada de Lenin a
Rusia en abril de 1917, dio un nuevo impulso a la revolución. Lenin defendió, en sus famosas “tesis de
abril”, el fin inmediato de la participación rusa en la guerra, la no cooperación con el gobierno provisional,
exigió que el poder pasara a los soviets y se posicionó en contra las democracias parlamentarias.
El gobierno provisional prometía reformas pero éstas no llegaban. Las revueltas se sucedían y se creaban
soviets en toda Rusia. Con el empeoramiento de la situación el gobierno provisional tuvo que dimitir. En
Julio, los bolcheviques protagonizaron un levantamiento armado que fracasó, algunos de sus dirigentes fue-
ron detenidos mientras otros, como Lenin, lograron huir.
Al mes siguiente, un antiguo general zarista, Lavr Kornilov, intentó dar un golpe de estado dirigiendo sus
fuerzas contra Petrogrado. Sin embargo, fue derrotado por los soldados y revolucionarios presentes en la
ciudad, con una actuación destacada de los bolcheviques que desde este momento incrementaron su presen-
cia en los soviets. Lenin lanzó su consigna: “¡Todo el poder a los soviets!”, al tiempo que supo interpretar la
realidad de la situación y los deseos del pueblo ruso en un programa de cuatro puntos: paz inmediata con las
potencias centrales, reparto de tierras entre los campesinos, control obrero de las fábricas y entrega del poder
a los soviets. La influencia de los bolcheviques iba en ascenso, así el soviet de Petrogrado pasó a estar do-
minado por los bolcheviques, que colocaron como presidente a Trotski.
El 10 de octubre, Lenin imponía sus tesis revolucionarias en el Comité Central del partido bolchevique,
que decidía llevar a cabo la insurrección para alcanzar el poder. En los días 24 y 25, la Guardia Roja dirigida
por Trotski, junto con los marinos de la base de Kronstadt y grupos de soldados y obreros simpatizantes de
los bolcheviques, ocuparon los lugares claves de la ciudad. Por último, la sede del gobierno, el Palacio de
Invierno, fue ocupada el día 25, mientras que Kerensky huía con destino a EE.UU.
El Congreso de los Soviets nombró un nuevo gobierno, bajo el nombre de Consejo de Comisarios del
Pueblo. Lenin fue el presidente, presentando dos primeras medidas: las negociaciones para la consecución
de una paz justa sin anexiones ni indemnizaciones y la confiscación de la propiedad de la tierra sin compen-
saciones para su distribución entre los campesinos.
Tras el triunfo de la revolución, el gobierno celebró las elecciones para Asamblea Constituyente el 12 de
noviembre de 1917. Los bolcheviques obtuvieron el 25% de los votos, mientras que los social-
revolucionarios consiguieron el 60%. La Asamblea se constituyó en enero de 1918, e inmediatamente Lenin
la disolvió. El líder bolchevique no había llevado a cabo la revolución para establecer un régimen democrá-
tico, sino para instaurar la dictadura del proletariado. Desde este momento, fueron prohibidos los partidos
liberales y constitucionalistas, que pasaron a formar parte de las filas de la contrarrevolución, mientras que
los mencheviques y social-revolucionarios mantuvieron la legalidad durante algunos meses. En marzo de
1918, el partido bolchevique pasó a denominarse Partido Comunista.
Uno de los graves problemas al que tuvo que enfrentarse el nuevo régimen fue la negociación de paz con
las potencias centrales. Tras difíciles conversaciones, los dirigentes rusos firmaron el tratado de Brest Li-
tovsk con Alemania, en marzo de 1918, por el que Rusia perdía Polonia, Finlandia, Letonia, Estonia, Litua-
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nia, Georgia y Ucrania. Además, sus antiguos aliados se unieron a las fuerzas contrarrevolucionarias para
acabar con el poder bolchevique.
Rusia se vio envuelta en una guerra civil con participación de las potencias extranjeras. Los bolcheviques
estaban solos frente a los liberales, demócratas, burgueses y campesinos propietarios, a los que se fueron
uniendo los social-revolucionarios y mencheviques; por otra parte, se enfrentaron a las potencias occidenta-
les, que ayudaron al conglomerado contrarrevolucionario con la esperanza de conseguir la vuelta de Rusia a
la guerra mundial. Las fuerzas internacionales estuvieron formadas por japoneses, que veían la posibilidad
de ampliar su imperio a costa del ruso, estadounidenses, franceses e ingleses.
6. La victoria de los aliados
La revolución en Rusia provocó una difícil situación para las potencias aliadas que, sin embargo, se vio
compensada con la entrada de los EE.UU. en guerra. El bloqueo ingles hacia cada vez más daño a Alemania,
por lo que el Alto Estado Alemán entendió que debía llevar la lucha submarina hasta sus últimas consecuen-
cias. Alemania reanudó, en febrero de 1917, el bloqueo naval las Islas Británicas, con la advertencia al resto
de países que se hundiría cualquier barco con destino a los puertos británicos, independientemente de la
mercancía que transportaran. Los alemanes pensaban que, con esta táctica, podían acabar con Gran Bretaña,
antes de que EE.UU. pudiese intervenir en la guerra. Cuando el presidente norteamericano conoció la deci-
sión alemana rompió las relaciones diplomáticas. Al mismo tiempo, la opinión pública americana conoció
los términos del telegrama Zimmermann, lo que puso en alerta a muchos estadounidenses sobre la más que
probable implicación de su país en el conflicto. El hundimiento de varios barcos con bandera estadounidense
por submarinos alemanes supuso el fin de las reticencias. EE.UU. declaraba la guerra a Alemania el 6 de
abril de 1917.
A la espera de las tropas norteamericanas a Europa, el frente occidental, durante 1917, continuó estanca-
do. Lo que no impidió batallas desgastadoras, como las de Passchendaele, en el verano de 1917, donde los
ingleses perdieron cerca de 400.000 hombres, o la batalla de Caporetto, en octubre del mismo año, donde los
italianos sufrieron una dura derrota. Sin embargo, donde los aliados progresaron fue en Oriente Medio. Allí
los ingleses entraron en Bagdad, en marzo, y su oficial “Lawrence de Arabia”, al frente de tribus árabes,
tomo Aqaba, en julio, mientras que tropas inglesas ocupaban Jerusalén en diciembre.
En Alemania, las disensiones entre los dirigentes políticos y los mandos militares empezaron a ser evi-
dentes. Mientras que el gobierno alemán deseaba abrir negociaciones con las potencias aliadas para intentar
un acuerdo de paz, la cúpula militar, con los generales Ludendorff y Hindenburg a la cabeza, rechazaban
cualquier tipo de pacto. Los responsables militares diseñaron un ataque masivo en el frente occidental, en
marzo de 1918. El avance fue espectacular y se situaron cerca de París. Pero el ejército francés dirigido por
el general Foch, que había asumido la dirección de todas las fuerzas aliadas incluidas las tropas norteameri-
canas, detuvo el avance y contraatacó, haciendo retroceder a los alemanes hasta el río Aísne. Esta segunda
batalla del Marne fue determinante para el fin de la guerra. El ejército alemán había realizado su último es-
fuerzo y estaba prácticamente agotado. Los aliados mantuvieron la iniciativa; los generales alemanes reco-
nocieron ante el Káiser su imposibilidad de ganar la guerra, y aconsejaron la formación de un gobierno, lo
más plural posible, para enfrentarse a las negociaciones de paz.
Mientras, los países que habían luchado al lado de las potencias centrales fueron cerrando su participa-
ción en la guerra. Bulgaria firmó el armisticio de Salónica el 30 de septiembre. En Oriente Medio los ingle-
ses, en colaboración con los árabes, tomaban Amán, el 25 de septiembre, y Damasco, a principios de octu-
bre. Al mismo tiempo los franceses entraban en Beirut. El 14 de octubre, Turquía pedía el alto el fuego y, el
30 de octubre, firmaba el armisticio en la isla de Maudros.
Por su parte Austria-Hungría iba a protagonizar su última batalla en el frente sur. Los italianos lanzaron
una fuerte ofensiva a finales de octubre, cruzaron el río Piave y se dirigieron haca Trento. El ejército trasal-
pino consiguió la decisiva batalla de Vittorio Veneto. Esta derrota supuso el fin del Imperio Austro-
Húngaro, pero también el punto final para Alemania. El Káiser había nombrado el gobierno solicitado por
los militares, y las negociaciones de paz comenzaron mientras continuaba la guerra. Las conversaciones se
dilataban en el tiempo y no se llegaba a ningún acuerdo, además el general Ludendorff llevaba a cabo una
política de destrucción en los territorios que abandonaba y de resistencia a ultranza, cuestiones que provoca-
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ron la desconfianza de los aliados. El gobierno alemán cesó a Ludendorff y puso en su puesto al general
Groener. La caída de Austria-Hungría fue determinante para que los acontecimientos se precipitaran. La
orden dada a los marineros alemanes para librar su última batalla naval contra los ingleses, a finales de octu-
bre, provocó el amotinamiento de las tropas en el puerto de Kiel. A la rebelión de los marinos le sucedió la
de los soldados del ejército de tierra y las sublevaciones en las principales ciudades alemanas. El 9 de no-
viembre el jefe del gobierno, el príncipe Max Von Baden, cedía el poder al líder del Partido Socialista Ale-
mán, Friedrich Ebert, al que consideraba como la única persona capaz de ejercer un control efectivo sobre el
país. El mismo día, con el fin de evitar los disturbios y la actuación de una minoría revolucionaria, el Káiser
Guillermo II fue obligado a abdicar. La comisión encargada de negociar con los aliados el fin de la guerra,
dirigida por el católico Matthias Erzberger, firmo el armisticio el 11 de noviembre de 1918. La Primera Gue-
rra Mundial había terminado.
7. Características de la gran guerra
Era la primera vez que un conflicto bélico adquiría el carácter de mundial, pues habían participado países
de todos los continentes y se había desarrollado en buena parte del mundo. También fue una guerra total
porque no afectó sólo a los soldados que fueron a luchar en al frente, sino que el conflicto repercutió en la
población civil que se mantuvo en retaguardia. Cada estado intervino en el control de su economía, se pasó
de un liberalismo económico al control exhaustivo en el comercio, la producción, la distribución de los pro-
ductos, la moneda...
Durante la contienda aparecieron nuevas formas de guerra y nuevas armas. Con el estancamiento de los
frentes, la guerra de trincheras fue la característica común. Las trincheras representan la imagen de esta gue-
rra. Lugares insalubres con largas alambradas de espino, donde las condiciones eran inhumanas y se exten-
dían las enfermedades; y entre trincheras, de uno y otro bando, una tierra de nadie donde se acumulaban los
cadáveres.
En cuanto al armamento, la gran revolución fueron las ametralladoras. La artillería logró un gran desa-
rrollo, su precisión y calibre aumentaron con el paso del conflicto. El cañón más espectacular fue el Gran
Berta, construido por Alemania. Aparecieron los carros de combate utilizados en primer lugar, por los ingle-
ses. Los productos químicos, que estaban prohibidos por la Conferencia de la Haya de Julio de 1899, hicie-
ron su acto de presencia. El más popular fue el gas mostaza que producía ampollas en la piel y en las mem-
branas mucosas; otros eran letales como el fosgeno, gas asfixiante. En contra de ellos se inventaron las más-
caras, que redujeron su efectividad.
En el mar, la mayor innovación fue la utilización del submarino por parte de Alemania. En contra de
ellos se emplearon las cargas de profundidad, las minas y los convoyes. En el aire hay que señalar los famo-
sos zeppelines, que fueron utilizados para el bombardeo de ciudades, pero con escasa repercusión. Los avio-
nes de caza aparecieron en 1915. Aparecieron las fotografías aéreas, los lanzabombas y la inclusión de la
ametralladora en los aviones, pero también la artillería antiaérea. En cuanto a los transportes los más utiliza-
dos fueron el ferrocarril y el automóvil, mientras que en comunicación fueron esenciales la radio, el telégra-
fo y el teléfono.
En un breve balance de pérdidas humanas, hay que señalar que la guerra costó 10 millones de muertos,
mientras los heridos se cifran aproximadamente en el doble. Cada una de las principales potencias sufrió una
pérdida de entre uno y dos millones de soldados. Por su parte EE.UU. tuvo más de 100.000 muertos, y es
que el ejército norteamericano sólo combatió los últimos meses de la guerra, aunque su intervención fue
decisiva para la victoria final de los aliados.

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Tema 2. Las paces: derrotas y victorias pírricas

1. Reordenación territorial: destrucción de imperios y nacimiento de naciones


1.1. Las bases de los acuerdos
Cuando el 18 de enero de 1919 se reunieron en París los vencedores para formalizar el fin de la guerra, la
situación en Europa distaba mucho de encontrarse asentada. El antiguo Imperio ruso estaba en manos de los
bolcheviques, que hacían frente a una guerra civil en la que el Ejército Blanco era apoyado por fuerzas in-
ternacionales de Japón, EE.UU., Francia e Inglaterra. La República de los Soviets quedaba apartada de cual-
quier relación internacional, así que no participó en las negociaciones de París.
Los antiguos Imperios Alemán y Austro-Húngaro sufrían la división territorial y constitución de nuevas
repúblicas en las que no existían fronteras delimitadas ni gobiernos representativos. A falta de estructuración
y orden en los territorios al este de Francia, se añadía el miedo a la propaganda de la revolución. Entre 1919
y 1922, una fuerte agitación social recorrió Europa y EE.UU. consecuencia del ejemplo bolchevique y de la
profunda crisis económica sobrevenida en la posguerra.
Una cuestión más era motivo de inquietud en el mundo occidental: la constitución de partidos comunis-
tas en Europa en consonancia con el nuevo régimen socialista ruso. La III Internacional Comunista –
Komintern–, constituida en Rusia en 1919, agrupaba a los socialistas extremistas y promovía la lucha en
cada país con el objetivo de destruir la sociedad burguesa y la instauración de repúblicas de soviets.
En este contexto, los vencedores se reunieron en París. Varias cuestiones centraron los esfuerzos de los
mandatarios presentes en la capital francesa. Por un lado, las negociaciones abordaron de forma primordial
dos asuntos: acabar con el caos territorial existente y frenar el avance de la revolución bolchevique. Era ne-
cesario reestructurar los importantes vacíos provocados por el hundimiento de los grandes imperios. Esta
reestructuración debía tener en cuenta la necesidad de aislar al nuevo régimen bolchevique, pero también
controlar a Alemania para evitar futuros conflictos.
Las cuestiones importantes fueron decididas en las reuniones celebradas entre los dirigentes de las cuatro
grandes potencias vencedoras: EE.UU., Inglaterra, Francia e Italia, ejerciendo el presidente Wilson como
líder de la reunión. No en vano la intervención de los EE.UU. había sido determinante para el resultado final
de la contienda. El presidente norteamericano representaba la llegada de una nueva época en la que la demo-
cracia era el valor primordial. Defendía los pactos abiertos, donde los principios se impusieran a cualquier
tipo de intereses.
El punto de partida de las negociaciones fue, precisamente, un documento presentado en enero de 1918
por el presidente norteamericano, en que a lo largo de 14 puntos intentaba solucionar los problemas abiertos
por la guerra y sentar las bases de una convivencia futura en paz. En concreto, Wilson proponía: la abolición
de la diplomacia secreta; libertad de navegación en todos los mares, tanto en la guerra como en la paz; eli-
minación de las barreras para el comercio internacional; reducción de armamento; satisfacción de las preten-
siones coloniales justas; evacuación del área rusa ocupada por las potencias centrales; restauración de la
plena soberanía de Bélgica; retrocesión a Francia de Alsacia y Lorena; rectificación de las fronteras italia-
nas; libre acceso a la independencia de los pueblos que conformaban el antiguo Imperio Austro-Húngaro;
evacuación de Rumania, Serbia y Montenegro; independencia de Turquía, apertura de los estrechos e inde-
pendencia de los pueblos no turcos del antiguo imperio otomano; creación de un Estado polaco independien-
te con libre acceso al mar; y creación de una Sociedad de Naciones que garantizara la paz.
Las potencias aliadas se sentían reticentes a aceptar el plan propuesto por Wilson. La oposición venía, en
primer lugar, de Francia, para quien era fundamental tanto el control de Alemania como la garantía de que
las pérdidas provocadas por la guerra iban a ser a ser plenamente satisfechas. Por su parte, Gran Bretaña
quería limitar las expectativas de Wilson, por lo menos en lo que se refería a la libertad de navegación. Por
último, Italia quería hacer valer los acuerdos secretos firmados en 1915 con las potencias aliadas. Esta opo-
sición chocaba con la nueva diplomacia que defendía Wilson, quien, por otro lado, no se sentía obligado por
el alcance de dichos acuerdos.

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Las negociaciones en París se extendieron durante más de un año. Los vencedores firmaron cinco trata-
dos con los derrotados: St. Germain, con Austria; Trianon, con Hungría; Neuilly, con Bulgaria; Sèvres, con
Turquía; y Versalles, con Alemania. Los acuerdos alcanzados contaron desde el principio con el problema
de que los países vencidos no participaron en la negociación. Los acuerdos fueron, en realidad, una paz im-
puesta que supuso una humillación para los vencidos.
1.2. El Tratado de Versalles
El tratado más importante fue el de Versalles, firmado con Alemania en junio de 1919. Las negociacio-
nes contaron con la fuerte presión de Francia. Gran Bretaña, una vez conseguido el mantenimiento de su
supremacía marítima y la protección de sus intereses coloniales con la desaparición del imperio alemán, re-
bajó sus exigencias. EE.UU. pretendía la confección de una paz estable, por lo que intentó rebajar las pre-
tensiones francesas.
A pesar de las buenas intenciones del presidente estadounidense, algunas de las cláusulas del Tratado de
Versalles terminaron siendo el germen de futuros conflictos. Así, el artículo 231 –denominado del “delito de
guerra” –, señalaba que: “los gobiernos aliados y asociados declaran, y Alemania reconoce, que Alemania y
sus asociados son responsables, por haberlas causado, de todas las pérdidas y de todos los daños sufridos por
los gobiernos aliados y asociados y sus naciones como consecuencia de la guerra, que les fue impuesta por
la agresión de Alemania y sus aliados”. Los alemanes se sintieron ofendidos por la redacción de este artícu-
lo. Además, esta redacción abría la posibilidad a grupos radicales alemanes de abanderar la recuperación del
orgullo nacional en detrimento de la nueva república democrática.
Pero esa cláusula no iba a ser el único motivo de descontento de los alemanes. El Tratado atendía a otra
serie de cuestiones territoriales, militares y económicas que impusieron un duro correctivo a la nación ale-
mana. Alemania perdía Alsacia y Lorena en favor de Francia; Eupen y Malmedy se incorporaban a Bélgica;
Scheleswig a Dinamarca; mientras que la Alta Silesia, Posnania y el pasillo polaco, que conformaban los
territorios del este de Alemania, pasaban a Polonia; a todo ello hay que añadir el acuerdo de prohibir la
unión de Alemania y Austria. El Tratado de Versalles, además, dejaba sin efecto el Tratado que las potencias
centrales habían firmado con los bolcheviques en Brest-Litovsk, por lo que, Finlandia, Lituania, Letonia y
Estonia eran reconocidas como Estados independientes.
Por otro lado, Alemania perdía todas sus colonias. En un principio la Sociedad de Naciones se hizo cargo
de ellas para, a continuación, ser administradas por diferentes potencias.
Entre las cuestiones militares, el ejército alemán quedó reducido y se suprimía el servicio militar obliga-
torio, desmilitarizándose la zona de Renania e imponiéndose importantes limitaciones en la industria arma-
mentística y la prohibición de poseer aviones, submarinos y artillería pesada. Por último, la flota alemana
debía ser entregada a los aliados como pago adelantado de las indemnizaciones de guerra. Sin embargo, los
marinos alemanes prefirieron hundirla en Scapa Flow antes de sufrir tal humillación.
La forma de afrontar el asunto de las indemnizaciones de guerra quedó recogido en el artículo 233 del
Tratado: “El importe total de los susodichos perjuicios, por los cuales es debida una indemnización por parte
de Alemania, será fijado por una comisión interaliada que tomará el nombre de Comisión de las Indemniza-
ciones”. Las cantidades presentadas por los países vencedores fueron extraordinarias. Las potencias quisie-
ron cargar a Alemania con el total de las reparaciones. Hay que tener en cuenta que los principales países
embarcados en la guerra habían contraído una fuerte deuda con los EE.UU. y pretendían recuperar buena
parte de los gastos bélicos. La conferencia dejó la cuestión a una comisión que se constituyó en la Conferen-
cia de Londres en 1921 y fijó la cantidad a pagar en 6500 millones de libras más los intereses.
Los acuerdos señalados fueron fruto de una difícil negociación que pudo llegar a término debido a la fle-
xibilidad del presidente Wilson y a la ausencia de los alemanes en las conversaciones. Así que cuando los
aliados les presentaron el documento, en mayo de 1919, se negaron a firmarlo. A mediados de junio, eran los
aliados los que se negaban a aceptar la contraoferta alemana y amenazaban con la reanudación de las accio-
nes armadas. El presidente alemán Ebert corroboró con el mando de su ejército la imposibilidad de hacer
frente a un nuevo conflicto, por lo que Alemania se vio abocada a la irremisible firma del documento pre-
sentado. Esto provocó la crisis de gobierno de Scheidermann, al que le sustituyó el socialdemócrata Gustav
Bauer. El Tratado se firmó el 28 de junio de 1919 en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles.
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1.3. Los otros tratados
El Tratado de Saint Germain se firmó el 10 de setiembre de 1919 entre los aliados y Austria. El nuevo
Estado sufría un gran recorte territorial y demográfico. En primer lugar, a Austria se le prohibía la unión con
Alemania. El Tratado le separaba de Hungría y declaraba independientes a Yugoslavia, Checoslovaquia y
Polonia. El Trentino, Istria y Trieste pasaban a Italia; el ejército austriaco quedaba reducido.
Por el Tratado de Trianón, firmado el 4 de junio de 1920, Hungría perdía cerca de dos terceras partes
de su territorio. Rumanía se hizo con el control de Transilvania; Checoslovaquia recibía Eslovaquia y Rute-
nia; mientras que Yugoslavia obtenía Croacia, Eslovenia, Batchka y Banato.
Bulgaria firmó el Tratado de Neuilly el 27 de noviembre de 1919. La Tracia mediterránea pasaba a
Grecia. Rumania percibía Dobrudja y Yugoslavia Montenegro. Albania se constituía en Estado independien-
te. El Tratado reducía considerablemente los efectivos del ejército búlgaro.
El Tratado de Sèvres se firmó con Turquía el 10 de agosto de 1920. Sus posesiones pasaban a depender
de la Sociedad de Naciones para ser administradas en forma de mandatos. El Tratado obligaba a Turquía a
internacionalizar los Estrechos. El Kurdistán consiguió la autonomía, mientras que Armenia su independen-
cia. Gran Bretaña administraría Irak, Palestina, Chipre y Arabia. Siria y el Líbano serían administrados por
Francia. Italia controlaría el sur de Anatolia, el Dodecaneso, Rodas y Adalía. A Grecia pasaban Esmirna,
Tracia, Gallipoli y las islas del Egeo no italianas. La nueva República turca sólo poseía la ciudad de Estam-
bul en Europa y su ejército quedo limitado.
La dureza del Tratado provocó el levantamiento de los nacionalistas turcos, encabezados por Mustafá
Kemal, que situó su capital en Ankara. Kemal se negó a aceptar los términos del Tratado y tras recuperar
parte de los territorios perdidos, convocó elecciones y reunió el Parlamento en Ankara. En 1923 Kemal ex-
pulsó al sultán y proclamó la República turca. El ímpetu nacionalista obligó a la revisión del Tratado. El
nuevo acuerdo se firmó en 1923 en Lausanne, recuperando Anatolia, Armenia, Kurdistán y Tracia Oriental.
En 1921, Turquía había firmado un tratado con la Rusia soviética que impidió el aislamiento de ésta última
hacia el Cáucaso. Rusia y Turquía rectificaron los acuerdos firmados por los primeros con los alemanes en
Brest-Litovsk, y anularon la independencia de Armenia y Georgia.
1.4. Significado de los tratados
Los tratados supusieron la desaparición de los imperios austro-húngaro, alemán, ruso y otomano. Sus
contenidos servían para reestructurar el mapa de Europa y evitar la difusión de la revolución bolchevique.
Significó el triunfo del nacionalismo, que en el pensamiento de Wilson lo hacía consustancial con el progre-
sismo, el liberalismo y la democracia. En consecuencia, la Europa surgida después de la guerra era muy di-
ferente a la del inicio del conflicto.
Se constituyeron siete nuevos Estados independientes, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia,
Checoslovaquia y Yugoslavia. Checoslovaquia y Yugoslavia fueron construcciones nacionalistas de las que
no había ningún precedente. Un grave problema de estos nuevos Estados fue la realidad multiétnica de su
población. Estas nuevas formaciones tenían minorías pertenecientes a Estados vecinos. Así que problemas
que habían estado en el origen de la Primera Guerra Mundial quedaban sin solución con el nuevo reparto y
estuvieron presentes en los pasos previos a la siguiente guerra mundial.
Austria-Hungría conformaban dos pequeñas repúblicas independientes. Grecia amplió sus territorios.
Turquía se convirtió en república e Italia no se sentía contenta con el resultado final de los acuerdos. Es más,
el país transalpino mostró su enojo al señalar que los verdaderos beneficiados del reparto en África y el Pró-
ximo Oriente habían sido Francia y Gran Bretaña.
Mención aparte merece Alemania y el tratado de Versalles. Las potencias aliadas no trataron bien a los
alemanes. Éstos pensaban que la proclamación de la República y la aceptación de los ideales democráticos,
implicaría cierta benevolencia en los acuerdos de paz. A las perdidas territoriales, se unieron las reclamacio-
nes de indemnización y la cláusula de culpabilidad de la guerra. A todo ello hubo que añadir la ausencia de
los militares en la firma del Tratado, recayendo la responsabilidad sobre unos políticos que poco tenían que
ver con el desarrollo de la guerra. Que estos políticos representantes del nuevo régimen alemán firmaran el

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acuerdo en sustitución de los verdaderos responsables del conflicto fue un grave error, facilitando tanto su
descrédito como el de la República recién constituida.
Otras cuestiones hicieron del tratado de Versalles un acuerdo difícil de cumplir. En primer lugar, que el
principal valedor de los pactos, los EE.UU., nunc los ratificó. El Senado rechazó el trabajo realizado por
Wilson. Pero la rectificación a la política desarrollada por el presidente estadounidense en Europa no sólo
vino de la cámara alta estadounidense, sino también del pueblo norteamericano. El candidato republicano
Warren G. Harding venció en las elecciones de noviembre de 1920, lo que implicó la rectificación de la polí-
tica internacional.
Estas circunstancias lastraron los acuerdos de paz. En definitiva, un acuerdo que contaba exclusivamente
con el apoyo de Francia y Gran Bretaña, pues Italia también mostró su descontento, estaba condenado al
fracaso.
2. La Sociedad de Naciones
Una de las grandes apuestas del presidente norteamericano Wilson fue la creación de la Sociedad de Na-
ciones. Este nuevo organismo internacional estaba llamado a suplir las deficiencias del sistema diplomático
basado en las diplomacias secretas y la política de alianzas.
Una comisión presidida por el propio Wilson redactó los estatus de la organización en la primera quince-
na del mes de febrero de 1919. La Sociedad de Naciones puso su sede en Ginebra. Las cláusulas del acuerdo
recogían la existencia de un órgano principal: la Asamblea, en la que estaban representados los países
miembros, con una estructura plenamente democrática que otorgaba un voto a cada delegación. Hubo que
esperar hasta 1926 para que Alemania se incorporara; la URSS lo haría en 1934. Los estatutos señalaban la
constitución de un Consejo formado por nueve Estados, cinco de ellos permanentes: EE.UU., Inglaterra,
Francia, Italia y Japón, aunque EE.UU. no ingresó por decisión de su Senado. Esta circunstancia fue un duro
golpe para la credibilidad de la nueva institución. Así que órganos como el Consejo contaba con una presen-
cia europea que no se correspondía con la realidad de la nueva situación internacional. Los estatutos pre-
veían, además, la creación de un Tribunal Internacional de Justicia, con sede en la Haya, y la constitución de
la Organización Internacional del Trabajo.
La misión principal de la Sociedad de Naciones consistía en la solución de los pleitos entre naciones de
una forma democrática y pacífica. Para ello contaba con la fuerza de sus decisiones, que incluían condenas y
sanciones para los países transgresores del orden internacional. Sin embargo, no contaba con una autentica
autoridad internacional, a lo que se añadía la falta de mecanismos de fuerza y legales para llevar a cabo sus
resoluciones. En el fondo la Sociedad de Naciones era vista como un organismo en manos de Francia y Gran
Bretaña, que lo utilizaban para la salvaguarda de sus intereses.
Aunque todo indica que el nuevo organismo no hubiera podido evitar el enfrentamiento entre grandes
potencias, si demostró cierta eficacia en la solución de problemas menores en los años veinte. Por ejemplo,
en el conflicto entre Finlandia y Suecia por las islas Asland.
La nueva era de la diplomacia internacional tuvo su principal representación en los acuerdos de Locarno
de 1925. En ellos, Alemania firmó un tratado con Francia y Bélgica en el que garantizaba la configuración
de las fronteras existentes. Con Polonia y Checoslovaquia suscribió tratados de arbitraje por los que se com-
prometía a no intentar cambiar las fronteras por medio de la fuerza. Por su parte, Francia estableció acuerdos
de ayuda militar con Polonia y Checoslovaquia en el caso de que fueran atacados por Alemania. Mientras
que Gran Bretaña sólo se comprometió a utilizar la fuerza en caso de ataque alemán a Francia y Bélgica.
Toda esta buena relación internacional tuvo su colofón en 1928 cuando sesenta y cinco países firmaron un
acuerdo suscrito en París entre Francia y EE.UU. en el que se comprometían a la resolución de cualquier
conflicto mediante la negociación, nunca con la fuerza de las armas.
3. El impacto económico de la guerra y el fin de la hegemonía europea
La Primera Guerra Mundial cambió la relación de fuerzas entre Europa y el resto del mundo. A los cam-
bios políticos, hubo que añadir los cambios económicos y sociales, tanto en el plano internacional como en
cada una de las naciones.

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La guerra implicó, ante todo, un cambio en la economía mundial. Hasta el conflicto bélico, los Estados
aplicaban el sistema capitalista de forma ortodoxa. Esta situación sufrió una gran transformación con el esta-
llido de la guerra. Transformación que implicaba, por un lado, que los Estados controlaran el sistema eco-
nómico con el objetivo de transformarlo y orientarlo hacia la guerra; por otro, que la economía de mercado
diera paso a la planificación de la producción, distribución y consumo. Así que las industrias cambiaron su
producción habitual por aquella que necesaria en el frente: armamento, munición, vehículos, uniformes...
En Gran Bretaña se nacionalizaron sectores esenciales para el esfuerzo bélico como los ferrocarriles o la
marina mercante, y se aplicó un duro control al consumo de todos los productos, con especial atención a los
de primera necesidad. Alemania aplicó los mismos métodos que los países aliados per de forma más decidi-
da. En consecuencia, se ejerció un fuerte control sobre el consumo de los productos básicos, aunque también
de la producción. El gobierno creó industrias de nitratos, amplió la producción de nitrógeno, así como de
productos sintéticos como el caucho o la celulosa. Todas las industrias privadas del país trabajaban bajo la
dirección del Estado, y se veían sometidas a sus criterios de producción. Igual sucedió con la distribución y
el consumo.
Los gobiernos controlaron ya no sólo la producción de las fábricas, sino también la apertura de nuevas
industrias o el cierre de las ya existentes; y todo ello sin tener en cuenta el rendimiento de la producción,
sólo con el criterio de utilidad del producto para la guerra. Para ello fue suficiente el control del comercio
exterior, ya que los gobiernos entregaban a cada industria las materias primas necesarias para la producción,
lo que implicaba el control de las manufacturas.
Durante la contienda, el comercio internacional en manos de las principales naciones europeas se inte-
rrumpió. En consecuencia, EE.UU. y, en menor medida Japón, pasaron a controlar buena parte de los mer-
cados internacionales, lo que supuso un fuerte crecimiento económico de ambos.
En otros casos, países como Argentina y Brasil, iniciaron la fabricación de productos para sustituir las
importaciones. Un caso similar fue el de España que, como otros países neutrales, vio acrecentar sus recur-
sos financieros y su actividad industrial, debido al aumento de las exportaciones y a la sustitución de muchos
artículos que antes de la guerra importaba. El negocio fácil que brindaba la coyuntura impidió que se apro-
vechara satisfactoriamente las oportunidades de modernización económica que ofrecía la contienda.
En definitiva, el papel de Europa como gran industria del mundo estaba tocando a su fin. A esta situación
habría que añadir el gran coste de la guerra para los países europeos. Lo mismo se puede decir de las inver-
siones en el extranjero, donde el capital estadounidense sustituyó al europeo. Nueva York se convirtió en el
principal centro financiero del mundo en detrimento de Londres. Es evidente que el gran beneficiado de la
nueva situación fue EE.UU. Las exportaciones norteamericanas se multiplicaron por tres entre 1914 y 1918.
Los principales destinatarios eran los países europeos, que hacían frente al enorme gasto militar mediante los
préstamos que les proporcionaba el gobierno estadounidense. Esta nueva realidad supuso el cambio de los
papeles desempeñados por cada una de las potencias con anterioridad a la contienda. Es decir, los países
europeos dejaban de actuar como acreedores y pasaban a ocupar el puesto de deudores.
Los grandes gastos ocasionados por la guerra obligaban a los países a buscar medios para recaudar un
mayor volumen de fondos. Una solución vino de la financiación mediante la emisión de papel moneda, con
la venta de bonos o a través de la suscripción de créditos; lo que provocó una fuerte inflación. Además, las
deudas adquiridas, unidas a la reconstrucción y los gastos sociales necesarios para cubrir las necesidades de
mutilados, viudas y huérfanos, implicó la necesidad de fuertes subidas de impuestos para los años de pos-
guerra.
Si los países aliados se tuvieron que enfrentar a la fuerte inflación, la deuda exterior y los problemas so-
ciales derivados de la guerra, los perdedores tuvieron que hacer frente, además a las indemnizaciones. Todo
ello provocó una fuerte crisis económica no superada, en general, hasta la primera mitad de los años veinte.
En definitiva, la Primera Guerra Mundial supuso el fin de la hegemonía económica de Europa. Varias
cuestiones influyeron en este resultado: por un lado, las importantes destrucciones sufridas en los países con-
tendientes, la importante disminución en la producción industrial y en la agricultura. A esta situación hubo
que añadir la reestructuración de importantes sectores productivos, la pérdida de mercados internacionales y

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el quebranto financiero motivado por el retraimiento de los capitales europeos. Por último, el fuerte endeu-
damiento de los países europeos con los EE.UU.
Entre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, hay que señalar el fin del predominio del libera-
lismo económico. Desde este momento, los gobiernos intervinieron de forma más decidida en la economía
de sus países.
4. El impacto social de la guerra
La guerra no sólo trastocó las bases económicas y financieras en las que estaba asentada la sociedad, sino
que transformó en buena medida la realidad política y social de la época. Los ciudadanos fueron transfor-
mando su patriotismo de los primeros momentos en hastío, para dar paso a una hostilidad manifiesta ante la
inmensa sangría en que se convirtió el enfrentamiento. La oposición a la guerra estuvo presente también en
el mismo seno de las fuerzas armadas de los países beligerantes, como lo demuestran los levantamientos
revolucionarios en la base naval de Kronstadt, en Rusia, y de Kiel, en Alemania. En el mismo sentido, los
socialistas volvieron a ocupar en el transcurso del conflicto, un puesto destacado en su oposición. Por su
parte, el movimiento obrero perteneciente a las grandes industrias volvió a encabezar el puesto antibelicista
y revolucionario que mucho de sus líderes habían defendido en los años preliminares a la guerra.
Los levantamientos revolucionarios que invadieron las principales ciudades europeas en los últimos me-
ses de la guerra estaban relacionados con el cansancio que provocaba la guerra, aunque no fuese ajeno el
ejemplo de la revolución bolchevique.
Sin embargo, los dirigentes soviéticos cometieron un grave error que supuso la división del movimiento
socialista y obrero en general. La creación de la III Internacional, que pretendía la unidad revolucionaria
bajo la dirección de Moscú, provocó la reacción contraria. El movimiento sindical internacional se dividió
entre los partidarios del Komintern y los integrantes de la Federación Sindical Internacional, continuadora
de la línea de la II Internacional. División que también se produjo en el campo político, con el nacimiento de
los partidos comunistas.
Si antes del inicio de la guerra los partidos socialistas estaban dispuestos a mantener su oposición al sis-
tema hasta la llegada de la revolución, con el fin de la contienda buena parte de los socialistas moderados
comenzaron a compartir responsabilidades de gobierno en sus respectivos países. Este cambio de actuación,
además de surgir como reacción al intento de control bolchevique, estuvo facultado por las facilidades que
las fuerzas en el poder dieron a los partidos socialistas para integrarse en el sistema, en gran medida por el
miedo que la burguesía tenia a la extensión de la revolución soviética. No es casualidad que en este contex-
to los gobiernos asumieran un papel destacado en la economía de cada país y la responsabilidad de combatir
desigualdades sociales aprobando las reivindicaciones más preciadas por el movimiento sindical, como la
aceptación de la jornada de 8 horas en la mayoría de los países europeos tras el fin de la guerra. En el mismo
sentido, la Conferencia de París acordó la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el
seno de la Sociedad de Naciones, una especie de asamblea de sindicatos que tuvo como objetivo la elabora-
ción de una legislación laboral que obligaba a su cumplimiento a los países firmantes.
Mención aparte merecen los cambios acaecidos en el mundo laboral durante la guerra y, especialmente,
la incorporación de la mujer. En primer lugar hay que señalar que durante la Primera Guerra Mundial no
existió el trabajo forzado, ni los prisioneros de guerra tuvieron que realizar ningún tipo de trabajo. Las juntas
de reclutamiento seleccionaban a los hombres que debían incorporarse a los ejércitos y a aquellos que debían
trabajar en las industrias de guerra. Los trabajadores aceptaron las duras condiciones que impuso la guerra.
Los sindicatos renunciaron a la disminución de los horarios, a la subida de salarios y al derecho de huelga.
Las numerosas bajas provocadas en el inicio de la guerra obligaron a muchos hombres destinados a las
fábricas a incorporarse al frente. Las mujeres ocuparon sus puestos en industrias y oficinas, cambiando el
papel de la mujer en la sociedad, sus relaciones sociales, personales y perspectivas de vida que, desde este
momento, se situaban más allá del hogar. En los años siguientes al conflicto la mujer alcanzo el derecho de
voto en buena parte de los países occidentales.
Una última cuestión merece ser señalada: el control que los gobiernos intentaron sobre las ideas de los
ciudadanos. La propaganda y la censura se impusieron a la libertad de pensamiento, que sufrió el mismo
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control que la economía. Cada nación intentaba convencer de la justicia de su participación y de la sinrazón
que invadía al otro bando.
En resumen, a modo de conclusiones, la Primera Guerra Mundial provocó importantes cambios políticos,
económicos y sociales. En relación con los primeros, la guerra asestó un golpe definitivo a la institución
monárquica. Con su caída arrastró a la aristocracia y al mundo cortesano que la rodeaba. En contrapartida,
supuso la victoria de la democracia y los nacionalismos. Europa perdió el papel hegemónico en el concierto
internacional, al tiempo que EE.UU. se convertía en el nuevo líder mundial.
La guerra supuso el fin del liberalismo económico. Los gobiernos durante la guerra controlaron todos los
resortes de la economía, y una vez terminada la contienda no permitieron su exclusión del mundo económi-
co y financiero. El Estado tomó parte activa en las políticas de distribución económica de la riqueza y en la
asistencia social.
Entre las consecuencias sociales cabe destacar la incorporación de la mujer al trabajo fuera del hogar, lo
que implicó no sólo cambios en la vida individual, sino en los hábitos y costumbres de la sociedad. La gue-
rra supuso también el empobrecimiento de los trabajadores y ahorradores. Pero por encima de todo quedó el
recuerdo de la muerte y la destrucción, los rencores por las ofensas infligidas, los problemas sin solucionar y
una fuerte crisis de valores. Circunstancias que nos sitúan en la antesala de una nueva guerra mundial.

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Tema 3. Los inciertos años veinte
1. Los desajustes económicos de la guerra y de la paz (1919-1924)
La guerra tuvo efectos muy graves sobre la economía. El stock del capital europeo sufrió un importante
deterioro por las destrucciones de los activos fijos y por las pérdidas de activos financieros. Alemania vio
liquidadas todas sus inversiones exteriores; las de Francia e Inglaterra se vieron drásticamente reducidas. Si
se tiene en cuenta que antes de la guerra las inversiones exteriores de estos tres países representaban más de
las tres cuartas partes del total de los capitales mundiales exportados, resulta fácil imaginar la repercusión de
esas pérdidas en la riqueza de Europa y en la decadencia de sus posiciones mundiales.
La contienda tuvo además enormes repercusiones financieras, debido a que en vez de financiarse con
aumentos impositivos, se hizo sobre todo con recursos al crédito de los bancos centrales que incrementaron
la oferta de dinero considerando como “reservas” los compromisos de pago de los gobiernos. En 1918 la
oferta monetaria alemana había aumentado nuevo veces; el déficit presupuestario seis y la relación entre
billetes de banco y depósitos había caído de casi el 60% al 10%. Los resultados fueron inflación de precios,
depreciación de la moneda y el abandono de la paridad fija con el oro, que, antes de 1914 había sido el fun-
damento de la seguridad y fluidez de los intercambios internacionales. Esta situación se agravó por la inten-
sa presión de las deudas intergubernamentales y por la política permisiva de los gobiernos, que sólo a partir
de 1920-1921 comenzaron a adoptar medidas restrictivas de ajuste económico y financiero.
Estos y otros efectos de la contienda generaron cambios estructurales muy profundos, siendo uno de los
más importantes la ruptura del sistema económico internacional. Antes de 1914, a pesar de las prácticas pro-
teccionistas y monopolísticas, había predominado una economía intensamente internacionalizada de libre
mercado. La contienda desarticuló completamente este escenario. Los desajustes monetarios y el abandono
del patrón oro liquidaron el principal instrumento de intercambio internacional. Los controles de los gobier-
nos sobre precios, producción, asignación de recursos y de mano de obra, distorsionaron los mecanismos de
mercado. En fin, el comercio internacional, denso y fluido hasta 1914, se vino también abajo.
El resultado fue que Europa perdió la hegemonía económica mundial, indiscutible en 1914. Los grandes
beneficiarios fueron los EE.UU. y Japón, que vieron aumentada su capacidad productiva, liquidaron gran
parte de las inversiones extranjeras y pudieron expandirse por los mercados de ultramar que habían dejado
las potencias europeas.
La superproducción fue otra de las consecuencias estructurales de la contienda. El exceso de capacidad
productiva se vio impulsado por la guerra. Las necesidades bélicas dispararon la producción de los sectores
de interés estratégico, mientras que la obligada sustitución de importaciones dio lugar a la proliferación de
industrias nacionales, que, rompiendo la especialización económica internacional, generaron excedentes de
producción industrial. Y los fuertes incrementos de productos primarios de los países de ultramar para abas-
tecer durante la guerra a los mercados europeos arrojaron, cuando sobrevino la paz, una abultada superpro-
ducción, que hundió los precios mundiales y sumió en la ruina al sector agrícola de los países abastecedores.
A las negativas consecuencias de la guerra se añadieron los efectos económicos que tuvieron las decisio-
nes de la paz. Las grandes remodelaciones territoriales de la Europa central y oriental resultaron especial-
mente onerosas, al crear nuevas unidades aduaneras y un aumento de fronteras políticas. Estos nuevos Esta-
dos hubieron de crear nuevas legislaciones civil, comercial y fiscal, nuevas líneas de comunicación y nuevas
monedas. El espacio económico integrado por el Imperio austrohúngaro se vino abajo, mientras que las polí-
ticas nacionalistas de los nuevos Estados añadían un grave factor de dislocación que entorpecería cualquier
posibilidad de recuperar la unidad económica anterior a 1914.
El otro problema generado por la guerra y agravado por la paz fueron los pagos internacionales. La fi-
nanciación de la contienda por los países Aliados había dado lugar a un endeudamiento entre ellos. El prin-
cipal y único acreedor neto era EE.UU., al que seguían Inglaterra y Francia. Por otra parte, la decisión de los
vencedores por responsabilizar a Alemania de la guerra echaba sobre Berlín la obligación de pagar las repa-
raciones por los daños infligidos a los Aliados, sino también las indemnizaciones por los gastos de guerra
que había provocado.

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Aunque los EE.UU. rechazaban la vinculación entre reparaciones y deudas interaliadas, ésta era una
realidad incontrovertible. Los pagos internacionales, y por tanto la economía mundial, se vieron gravemente
comprometidos por las cuestión de las reparaciones. No sólo Alemania era incapaz de asumirlas, sino que la
presión que ejercían sobre su economía desató una espiral inflacionista que puso la viabilidad económica de
la nación al borde del colapso.
En todas partes la economía de la paz se inició bajo el signo de la inflación, herencia de la contienda,
acentuada por las políticas permisivas de los primeros tiempos de posguerra. Los grandes déficits presupues-
tarios generados por las necesidades de reconstrucción, los gastos sociales y, en el caso alemán, la presión de
las reparaciones, llevaron a los gobierno a tolerar el gasto inflacionista. Pero el proceso inflacionario obede-
ció también al aumento de la demanda sobre unos stocks insuficientes. De modo que hasta finales de 1920 la
inflación representó en general un factor coyuntural de importante reactivación económica. Sin embargo
desde otoño de ese año el impulso se detuvo, y en 1921 hubo ya una caída brusca de producción, exporta-
ciones y precios. La crisis, breve pero profunda, se generalizó, salvándose de momento aquellos países de
Europa central, cuyas despreciadas monedas constituían un estímulo temporal a las exportaciones.
En todas partes se acometieron políticas de ajuste para combatir la inflación, estabilizar la moneda y re-
lanzar la economía sobre bases sólidas. A mediado de la década la mayor parte de las economías se encon-
traban en condiciones de entrar en una nueva fase de espectacular crecimiento.
2. Crisis de posguerra y primeras quiebras del sistema
2.1. El santuario soviético de la revolución mundial
Los primeros años de posguerra asistieron en todas partes a una crisis social de enorme envergadura que
puso en grave riesgo la estabilidad del sistema liberal; la guerra había generado una profunda frustración.
Las clases trabajadoras tenían la sensación de haber entregado sus vidas a la causa del poder, aliado del capi-
talismo. Las clases medias empobrecidas, miraban con hostil envidia al opulento capital y contemplaban con
temor las protestas revolucionarias del movimiento obrero. La revolución del proletariado o la rebeldía na-
cionalista de las clases medias atacaban directamente la esencia del sistema liberal.
La revolución social no era precisamente una utopía, puesto que desde 1917 la nueva Rusia bolchevique
constituía ejemplo y estímulo a todas las expectativas de revolución proletaria. La dictadura comunista esta-
blecida a finales de ese año, desencadenó la intervención de las potencias de la Entente, con el objetivo de
destruir el régimen y también de crear un segundo frente contra los alemanes, que en marzo de 1918 habían
firmado una ventajosa paz con los soviéticos. Sin embargo, estas intervenciones resultaron un fracaso, de
modo que los occidentales pasaron a actuar contra los bolcheviques apoyando las ofensivas de los “rusos
blancos”. La desunión y rivalidades de los ejércitos contrarrevolucionarios, la falta de apoyo social, la fuerte
tensión revolucionaria de la dirección bolchevique y su capacidad organizativa, fueron otras tantas razones
de la victoria bolchevique.
Esa victoria había logrado instalar el poder revolucionario en el imperio de los zares, pero el coste terri-
torial, humano y económico fueron formidables. La nueva Rusia había perdido casi 800.000 km 2 y algo me-
nos de 30 millones de habitantes. La guerra, las brutalidades de los contendientes, las requisas forzosas, la
indisciplina y la incompetencia de los soviets de obreros que dirigían las industrias, generaron un panorama
de miseria y desabastecimiento pavorosos. En 1921 habían muerto de hambre 5 millones de personas.
Esas condiciones desastrosas tornaban inviable cualquier proyecto político, y ni siquiera nacional. No só-
lo era necesaria la paz, sino la adopción de medidas de estímulo a la actividad económica. Así surgió la
“Nueva Política Económica” (NEP), impulsada por Lenin en el X Congreso del partido, celebrado en mar-
zo de 1921. La NEP, que reintegraba la propiedad privada y a la economía de mercado parte sustancial de la
economía agraria e industrial de Rusia, al tiempo que conservaba un poderoso sector público, era una medi-
da de realismo, puramente coyuntural, para resucitar el cadáver económico del país; un retroceso táctico
para tornar viable el horizonte, nunca abandonado, de la revolución social. Entretanto, los bolcheviques fue-
ron avanzando en la institucionalización revolucionaria del nuevo Estado, estableciendo en diciembre de
1922 una federación de repúblicas (la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y adoptando, en febrero
de 1924, una nueva constitución controlada por la carismática figura de Lenin.

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El prudente realismo de la NEP y de la construcción institucional del Estado, forzados por las circuns-
tancias desastrosas de la guerra civil y el aislamiento internacional del régimen, nunca pudieron ocultar el
temible carácter revolucionario del sistema soviético, ni sus poderosos efectos expansivos. La crisis social
de posguerra convirtió la revolución soviética en un poderoso catalizador de las tensiones que anegaron casi
todos los países europeos. Revolución social y contrarrevolución nacionalista fueron los actores de un con-
flicto, instalado en el corazón de la nueva sociedad de masas, donde en realidad se dirimía la suerte del sis-
tema liberal, laboriosamente edificado en el siglo XIX y aparentemente victorioso antes de 1914. En los
años siguientes a la paz, la amenaza revolucionaria puso en grave riesgo el sistema en Alemania y generó las
primeras quiebras en Italia y en España.
2.2. Alemania en el precipicio
En Alemania el vacío político creado por la derrota y la abdicación del Káiser, el 9 de noviembre de
1918, llevó a los socialistas al poder, bajo la dirección de Ebert. La extrema izquierda, bajo Karl Liebknecht
y Rosa Luxemburgo, deslumbrada por el ejemplo bolchevique e impulsada por la terrible crisis de la derrota,
desencadenó entre el 6 y el 11 de enero de 1919 un sangriento movimiento revolucionario en Berlín (revolu-
ción “espartaquista”), que fue sofocado por el gobernador socialista Noske, con el apoyo de los oficiales del
ejército. Y otro tanto ocurrió con la revolución en Baviera.
Entretanto, iba avanzándose en la institucionalización del nuevo régimen. El 19 de enero fue elegida una
Asamblea nacional que, reunida el 6 de febrero en Weimar, designó a Ebert como Presidente del Reich. Éste
confió la dirección del Gobierno (cancillería) al socialista Sheidemann, acompañado por Noske como minis-
tro del ejército y por el católico Erzbeger en la cartera de Asuntos Exteriores. El 11 de agosto de 1919 la
Asamblea aprobó una nueva constitución, de carácter federal e intensamente democrática.
La nueva democracia alemana estuvo hasta finales de 1923 pendiente de un hilo. La posguerra fue horro-
rosa. A la idea de que Alemania no había sido derrotada, sino traicionada por los políticos, se sumaban las
duras imposiciones del Tratado de Versalles. El empobrecimiento de los trabajadores y de las clases medias
contrastaba con la riqueza que podían acumular quienes se aprovechaban de la depreciación del marco para
especular en los mercados monetarios o bursátiles o para adquirir industrias y empresas con préstamos que,
cuando se pagaban, estaban a precio de ganga.
La República de Weimar, gobernada por católicos y socialdemócratas vivió los primeros años de la paz
gravemente amenazada tanto por la izquierda revolucionaria como, sobre todo, por la extrema derecha na-
cionalista, que explotaba el peligro de revolución social y el sentimiento general de humillación por las im-
placables cláusulas de castigo económico y recorte de la soberanía del tratado de Versalles. Para sostenerse
en este equilibrio inestable, el régimen tendió a transigir con uno u otro extremo cuando alguno de ellos in-
tentaba hacerse con el poder. Las revoluciones espartaquista y bávara habían sido derrotada con apoyo de
unidades francas del antiguo ejército que encuadraban a los sectores nacionalistas de extrema derecha. En
1920 el intento de un golpe de Estado en Berlín, dirigido por el Dr. Kapp y apoyado por la “brigada báltica”,
sólo pudo ser desarticulado por la huelga general de los sindicatos; mientras, el ejército se había negado a
disparar sobre las unidades militares revoltosas. En cambio, el propio ejército reprimió sin contemplaciones
las agitaciones obreras de Sajonia y del Rhur. El radicalismo nacionalista de la extrema derecha ensangrentó
también la vida política, con los asesinatos de Matthias Erzbeger, en agosto de 1921, y de Walter Reathenau,
en junio del año siguiente.
Esa corriente de nacionalismo radical alimentó sobre todo la refundación por el excombatiente austriaco
Adolfo Hitler de un partido que en esos años de crisis iría ganando activismo y visibilidad en la opinión pú-
blica y los medios de prensa. Hitler y el “Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores” proyecta-
ron un mensaje de nacionalismo radical, racista, social y antisemita, que encontraba suelo fértil en el males-
tar económico, los temores sociales y las frustraciones patrióticas de las clases medias, al tiempo que sugería
la posibilidad de un estratégico aprovechamiento por los grupos conservadores del capitalismo industrial y
financiero y por los círculos militares temerosos de la revolución comunista. El partido nazi reclutó parte de
sus cuadros en algunos medios intelectuales radicalizados y sin proyección social, o entre oficiales del ejér-
cito desmovilizados. Fue ganando con bastante rapidez la calle, desplegando una intensa propaganda de

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combate, prodigando emblemas, uniformes y desfiles de agresividad y organizando una milicia armada (las
S.A.), verdadera tropa de asalto que aseguraba mediante la violencia el eficaz avance del partido “nazi”.
Sólidamente implantado en Baviera, el 8 y 9 de noviembre de 1923 el partido de Hitler intentó sin éxito
un golpe de Estado. A pesar de contar con el emblemático apoyo del general Ludendorff, el “putsch” de
Hitler no prosperó. La población se retrajo y la policía disparó contra los manifestantes. Hitler fue condena-
do a cinco años de prisión, que aprovechó para escribir su catecismo político (“Mi Lucha”). Fue el punto de
inflexión hacia la recuperación de la normalidad. En los meses siguientes la terrible crisis de las reparacio-
nes encontró solución, mientras regresaba la prosperidad. La Alemania democrática de Weimar se había
salvado. El nacionalismo radical y el propio partido de Hitler entraron en reflujo.
2.3. El triunfo fascista en Italia
Mientras en Alemania el sistema demoliberal logró sostenerse, en la Europa del Sur triunfo la contrarre-
volución nacionalista, sobre todo en Italia, donde de manera bastante precoz se instaló una dictadura “fascis-
ta” que en los años siguientes vendría a inspirar el avance de otras formas autoritarias, como en España,
Portugal o en muchos de los Estados surgidos en el este europeo.
Como en Alemania y en otros lugares, la posguerra vino acompañada en Italia de una frustración nacio-
nalista, debido al fracaso de las perspectivas de expansión territorial por el Adriático, de una honda crisis
económica y financiera y de una agitación social que se tradujo en huelgas, ocupación de fábricas y de la
ocupación de tierras. El 20-21 de julio de 1919 se había declarado una huelga general y el primer trimestre
de 1920 hubo casi medio millón de trabajadores en huelga. Los gobiernos constitucionales se revelaban in-
capaces de acometer reformas, mientras que las clases medias y los grandes intereses agrarios e industriales
se mostraban favorables al establecimiento de un poder fuerte.
De forma similar a lo acontecido en Alemania, el radicalismo de la extrema derecha hizo aparición desde
el final de la guerra, con la organización de milicias nacionalistas violentas, creadas en Milán, en marzo de
1919, por Benito Mussolini, que había transitado del socialismo antibelicista a un apasionado nacionalismo
intervencionista. Mussolini propugnaba el establecimiento de una dictadura de Estado, que acabase con el
desorden social, restaurase la grandeza de la nación e impulsase las grandes transformaciones económicas y
sociales reclamadas por el mundo moderno. Exaltaba la violencia, el militarismo, la guerra y atacaba tanto a
la revolución comunista como el decadente parlamentarismo de las democracias y el pacifismo de la Socie-
dad de Naciones. Sus grupos fascistas se expandieron rápidamente por todo el país y desencadenaron con-
tundentes “acciones punitivas”. En noviembre de 1921 el fascismo se organizó en partido político con am-
plio arraigo en prácticamente todo el norte del país. Aunque su representación parlamentaria era exigua, la
división de la izquierda, la tardía aparición de los católicos y el descrédito de los constitucionales, daban al
partido de Mussolini un ascendiente, social y moral, de regeneración nacionalista muy superior al que podía
deducirse de unos resultados electorales, por otra parte siempre bajo sospecha.
Consciente de su fuerza agitadora y del descrédito generalizado de las instituciones, en el verano de 1922
el Consejo Nacional Fascista pasó a reclamar la disolución del Parlamento. Y el 20 de octubre organizó una
“marcha sobre Roma” desde el norte que, para evitar una guerra civil, llevó al monarca, Víctor Manuel III, a
la decisión de encargar la formación de gobierno a Mussolini. Desmoralizados, los prohombres y las fuerzas
políticas del régimen constitucional se rindieron con facilidad. La dictadura fue imponiéndose de forma pro-
gresiva. Bajo la amenaza de disolución, el Parlamento dio un mayoritario voto de confianza a Mussolini y
enseguida le concedió plenos poderes. El país apenas resistió. La prensa comenzó a ser amordazada, la ad-
ministración depurada y numerosos militantes de extrema izquierda perseguidos. Tras una reforma electoral
que favorecía a la lista mayoritaria, en enero de 1924 el Parlamento fue disuelto. Las nuevas elecciones die-
ron una aplastante mayoría a los candidatos fascistas. El 10 de junio de 1924 el emblemático diputado y
opositor socialista Matteotti fue asesinado por militantes fascistas. A principios de enero de 1925 anunció el
establecimiento de un modelo totalitario. La oposición, reprimida o exiliada, dejó de existir, mientras que las
reformas constitucionales de diciembre de 1925 y enero de 1926 concentraron prácticamente todo el poder
en el presidente del Gobierno, que ahora sólo respondía ante el Rey y adquiría facultades legislativas. Fi-
nalmente, la legislación de septiembre de 1928 convertía en una farsa el sistema representativo. La nación se
confundía con el Estado y éste con el Partido Fascista, que a su vez estaba en manos del poderoso “Duce”.

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Era la expresión de un modelo político totalitario que desde entonces marcaría el horizonte ideal de las con-
trarrevoluciones nacionalistas. La progresividad en el establecimiento del régimen, el restablecimiento del
orden, el éxito y la modernización económica, dieron un innegable prestigio al régimen de Mussolini, admi-
rado incluso en muchos medios del conservadurismo liberal europeo.
2.4. Las dictaduras ibéricas
La crisis del sistema liberal, manifiesta en muchos otros países, tuvo también en España, en septiembre
de 1923, un desenlace dictatorial, como consecuencia del apoyo del monarca al pronunciamiento militar del
general Primo de Rivera. La dictadura española no había obedecido sino de forma muy indirecta a las frus-
traciones internacionales, que habían sido tan determinantes en el caso de Italia. La incapacidad del régimen
constitucional para pacificar la zona del Protectorado marroquí, desasosegaba al país, desprestigiaba al ré-
gimen y generaba un peligroso malestar en las fuerzas armadas. Fueron en cambio relativamente similares al
caso italiano los efectos de la crisis económica, de la agitación social y de la amenaza subversiva de la ex-
trema izquierda que caracterizaron los años de la inmediata posguerra. E igualmente resultaban paralelos la
incapacidad en ambos países de sus sistemas representativos oligárquicos para generar las reformas demo-
cratizadoras exigidas por la presión de la dinámica sociedad de masas que emergía en el nuevo escenario
ciudadano.
La dictadura de Primo de Rivera no surgió de ningún partido contrarrevolucionario de signo “moderno”,
como era el fascismo, sino que respondía a la tradición del golpismo militar. El régimen de Primo de Rivera
pretendió tan sólo un paréntesis reformista. Y, cuando, la liquidación moral y política de las viejas estructu-
ras revelaron la imposibilidad de regresar a la normalidad, el dictador se mostró incapaz de articular un mo-
delo institucional alternativo y, falto de apoyos, optó por abandonar el poder en enero de 1930. En el fondo,
Primo de Rivera nunca dejó de ser un liberal.
El resultado de su experiencia de poder fue la satisfactoria solución del problema de Marruecos, el im-
pulso notable de la prosperidad económica, el desarrollo de una política internacional de prestigio fracasada,
pero muy inteligente en el ámbito de las relaciones peninsulares e hispanoamericanas, y el restablecimiento
del orden social, con medidas de represión del sindicalismo revolucionario y del exiguo comunismo y de
proscripción de los partidos políticos, y todo ello sin que en ningún caso se llegara a la crueldad. La dictadu-
ra liquidó la vieja política sin crear una estructura alternativa, provocando a su término un vacío de poder,
que en abril de 1931 vendría a llenar una avanzada democracia republicana.
En Portugal el régimen demoliberal de la I República, implantada en octubre de 1910 por el activismo
revolucionario popular de Lisboa ante la clamorosa pasividad del ejército, conoció desde su nacimiento una
vida atormentada. Los nuevos gobernantes se dispusieron a modernizar al viejo Portugal con una política de
radicalismo anticlerical. Ese choque de “civilizaciones” generó desde el principio una situación endémica de
crisis política y social, con períodos próximos a la guerra civil.
La tensión derivada de la decisión de meter al país en la guerra, por razones que combinaban la defensa
de la independencia nacional y de la soberanía colonial con el designio de apuntalar la República, añadió
fuego a la disputa interna. El ejército, nada conforme con la intervención en la contienda europea y cada vez
más distanciado del régimen, ensayó la vía de la dictadura, primero, entre enero y mayo de 1915, de forma
vacilante, y, por segunda vez, de forma más contundente, entre diciembre de 1917 y diciembre de 1918,
acabando esta última experiencia por desembocar en una breve guerra civil (enero-febrero de 1919) conclui-
da con la reposición de la democracia republicana y el regreso de los radicales al poder.
Sin embargo el aislamiento social del parlamentarismo republicano no pudo ya remontar la crisis social,
económica y financiera de posguerra, que en Portugal se vio acentuada por el denso malestar social que ha-
bía provocado la incomprendida intervención en la guerra, por sus desgraciadas consecuencias económicas y
por la frustración derivada de sus nulos resultados de regeneración internacional. El éxito del golpe de Primo
de Rivera en España estimuló las tendencias intervencionistas de las fuerzas armadas, que fueron superando
sus divergencias partidarias. El 28 de mayo de 1926 un movimiento militar amplio, puso término al demoli-
beralismo republicano, estableciendo una dictadura militar.
La desastrosa gestión de los militares ahondó aún más la alarmante crisis financiera del Estado. En abril
de 1928 la llegada al gobierno, como poderoso ministro de Finanzas, del Dr. Oliveira Salazar, un prestigioso
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catedrático de la Universidad de Coimbra y miembro destacado del Partido Católico, cambió el rumbo de la
historia portuguesa. Salazar, tan inteligente y pragmático como firme en sus convicciones y determinado en
la voluntad de ejercer con autoridad el poder, restauró la situación financiera y acometió con éxito entre
1930 y 1933 la instauración de un “Estado Nuevo”, sólidamente constitucionalizado, desde el que habría de
ejercer una verdadera dictadura personal conservadora, nacionalista, pretendidamente orientada por la razón
y limitada por la “moral y el derecho”, tan lejos del liberalismo y tan hostil al comunismo como también
diferenciada de las brutales experiencias totalitarias que iban abriéndose paso en otra latitudes.
3. Tiempo de discordia (1919-1924)
Las Paces de París crearon tensiones y frustraciones, destruyendo el viejo sistema del equilibrio europeo
sin aportarle una alternativa eficaz. Antes de 1914 el poder mundial se distribuía entre siete países, dos ex-
traeuropeos (EE.UU. y Japón) y cinco europeos (Francia, Alemania, Austria-Hungría, Rusia y el Reino Uni-
do). Después de 1919 la situación cambió de forma radical. La guerra hundió la posición de Europa y por
tanto su capacidad de liderazgo internacional, mientras que los EE.UU. y Japón ascendían como potencias
de rango mundial. Más grave aún fue la desaparición de la escena internacional de dos grandes espacios
geopolíticos: el Imperio austrohúngaro, fragmentado en diversas nacionalidades, y la Rusia zarista, aislada
por la revolución y por la naturaleza del régimen.
Se hundía por tanto el orden y los criterios internacionales que lo habían sostenido, pero la paz no conse-
guía establecerse, porque las heridas de la guerra y la surrealista balcanización del nuevo mapa europeo
mantenían vivos a los nacionalismos, y porque la alternativa pacifista resultó desde el principio una quimera.
Europa seguía sangrando por la llaga de los nacionalismos insatisfechos o humillados. Alemania, dura-
mente castigada, alimentaba un sentimiento revanchista que nunca desaparecería. Italia, frustrada en sus
aspiraciones, derivó enseguida, hacia una dictadura nacionalista, inquieta y reivindicativa. Francia, vivió en
el permanente temor al restablecimiento del poder alemán, que trataba de aniquilar por todos los medios.
Mientras que los países anglosajones, deseosos de normalizar la situación europea, se separaban de Francia
practicando una política más tolerante hacia Alemania.
El Pacto de la Sociedad de Naciones se había incorporado a cada uno de los tratados de paz. Sus prime-
ros miembros fueron los países Aliados y otros trece Estados neutros, entre ellos España. Pero la Sociedad
de Naciones, instalada en Ginebra, nació lastrada con importantes puntos débiles. Ni estuvieron representa-
dos los países derrotados, ni la URSS, que hasta mediados de la década vivió internacionalmente marginada,
ni los EE.UU. impulsores principales de la idea: el 19 de marzo de 1920 el Tratado de Versalles y con él el
Pacto de la Sociedad de Naciones fueron rechazados por el Senado norteamericano. La Sociedad de Nacio-
nes nacía huérfana de la que era ya la gran potencia mundial.
Por otra parte, la eficacia de la organización ginebrina se vía seriamente entorpecida por la exigencia de
unanimidad en las decisiones del Consejo y la carencia de mecanismo de autoridad impositiva. En realidad
las propias potencias representadas en la Sociedad de Naciones continuaban practicando la diplomacia clási-
ca de acuerdos bilaterales o multilaterales para asegurar sus intereses. Francia, privada de su tradicional
alianza con Rusia, buscó articular un sistema de alianzas en la retaguardia alemana para contrarrestar el pe-
ligro alemán, animando la formación de la llamada Pequeña Entente (Checoslovaquia, Yugoslavia y Ruma-
nía) y suscribiendo alianzas con ésta y con Polonia, mientras en 1922 Alemania y la URSS firmaban el tra-
tado de Rapallo (16/04/1922) por el que renunciaban a sus mutuas deudas de guerra. Alemania era así la
primera potencia europea en reconocer al régimen soviético, logrando en contrapartida mediante acuerdos
secretos utilizar el territorio ruso para experimentación de armamento.
Entretanto, en la Conferencia celebrada en Washington entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, los
EE.UU. conseguían fijar su hegemonía naval, frenar el poder japonés emergente en la región e imponer sus
intereses en el Extremo Oriente.
La cuestión alemana tensionó las relaciones internacionales en los primeros años de posguerra. El go-
bierno alemán exigía cambios y retrasaba los pagos. Los británicos y los norteamericanos eran favorables a
moderar el “diktat” de Versalles, mientras que los franceses no estaban dispuestos a alterarlo en lo más mí-
nimo. Entre noviembre de 1921 y enero de 1922 el gobierno francés, dirigido por Briand, se avino a aceptar
la propuesta del permier británico (Lloyd George) para una solución moderada del problema alemán. En la
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Conferencia de Cannes (enero 1922), Francia aceptaría una moratoria en el pago de las reparaciones, obte-
niendo en contrapartida la garantía inglesa de intervención en caso de una futura agresión alemana. Sin em-
bargo, la decidida oposición de los ministros franceses y del Presidente de la República, forzó la dimisión de
Briand, sustituido por Raymond Poincaré, dispuesto a imponer a Alemania de forma implacable el cumpli-
miento del Tratado de Versalles.
En el verano de 1922 la insostenible presión de las reparaciones llevó al gobierno de Berlín a cesar en el
pago y reclamar una moratoria. El gobierno francés procedió, en colaboración con Bélgica, a ocupar mili-
tarmente la importante cuenca industrial del Ruhr el 11 de enero de 1923, y obligando a la entrega de la pro-
ducción minera e industrial. El gobierno alemán replicó mediante la “resistencia pasiva”, ordenando la huel-
ga de los trabajadores, lo que provocó incidentes graves y represalias enérgicas de los franceses, que sustitu-
yeron a los huelguistas con mineros y soldados propios. Sin embargo, la “resistencia pasiva” acabó por fra-
casar. El pago de los salarios a los huelguistas disparó la inflación, provocando la una desestabilización polí-
tica y social, con acciones revolucionarias tanto de la extrema izquierda como del nacionalismo radical de
derechas. Así, el nuevo gobierno de coalición, del canciller Stresemann, nombrado el 31 de agosto de 1923,
decidió poner fin a la resistencia, acometer una profunda reforma monetaria, realizada por el Dr. Schacht,
con estabilización del marco y su sustitución por la unidad de una nueva moneda, el rentenmark, respaldada
por una hipoteca sobre la industria y la tierra alemanas.
Alemania buscó y encontró el apoyo de las potencias anglosajonas para hallar una solución internacional
al pago de sus reparaciones. Francia, vencedora con la intervención en el Ruhr, perdía sin embargo la batalla
diplomática.
4. Tiempo de esperanza (1924-1929)
4.1. Prosperidad económica
El Plan Dawes, aceptado en la Conferencia de Londres (julio-agosto de 1924) que reunió a franceses,
británicos, norteamericanos y alemanes, contemplaba la única forma de poner orden en los pagos internacio-
nales: las reparaciones se escalonaban a lo largo de varios años, mientras que la economía alemana se dina-
mizaba con un gran empréstito internacional cubierto fundamentalmente por capitales estadounidenses y de
algunos otros países. Retomado el pago de las reparaciones, fue ya posible comenzar la liquidación de las
deudas contraídas por los Aliados con los EE.UU. Por otro lado, el saneamiento monetario y la recuperación
de las economías permitieron el regreso de las divisas al patrón oro, siguiendo en buena medida el ejemplo
del Reino Unido, que en 1925 reinstaló la libra en la paridad anterior a la contienda.
Sobre esas bases de reconstrucción, estabilización de las monedas, normalización de los pagos e intensa
circulación internacional de capitales, la expansión económica, auxiliada por la seguridad que aportaba la
pacificación de las relaciones entre los Estados, se generalizó en el segundo lustro de la década. El intenso
desarrollo tecnológico y empresarial de la segunda ola industrializadora que se había iniciado a finales de
XIX, alcanzó ahora sus cotas más altas, con la expansión de la organización económica capitalista, de las
nuevas fuentes energéticas (electricidad, petróleo) y de la industria de bienes de consumo duradero. La
enorme difusión del crédito para inversión y consumo mantenía la fuerza de los mercados. A finales de la
década el crecimiento de la producción industrial superaba ampliamente los niveles anteriores a la contien-
da.
No obstante, la situación variaba bastante de un país a otro. El crecimiento británico había sido muy limi-
tado porque en realidad en los años veinte la economía del Reino Unido estaba reflejando la pérdida mani-
fiesta de su hegemonía mundial, acelerada por los efectos de la guerra. La demanda internacional de sus
industrias tradicionales se había desplomado y la adecuación de su estructura industrial a las nuevas tecno-
logías de la segunda revolución resultaba más costosa por el peso de las viejas industrias. A todo ello vinie-
ron a sumarse los efectos perniciosos del regreso de la libra en 1925 al patrón oro con la excesiva paridad
anterior a la guerra, tratando de restablecer el tradicional predominio financiero de la City de Londres.
El proceso económico francés fue muy satisfactorio. La reconstrucción tras la guerra resultó bastante rá-
pida. La ayuda gubernamental cifrada en las reparaciones que debía aportar Alemania y la propia caída del
franco estimuló las exportaciones y permitieron un importante relanzamiento de la economía. Francia logra-
ba incorporarse a la expansión del mercado de tecnología moderna donde destacaba el sector del automóvil.
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La estabilización de la moneda (1926) y el regreso del franco al patrón oro (1928), con paridad moderada y
limitación de su convertibilidad, no tuvo el efecto, como en Inglaterra, de detener la expansión económica.
En Alemania el espectacular proceso inflacionario situó el arranque de su crecimiento en 1924, después
de que la drástica reforma monetaria y el intenso flujo de capitales abierto por la adopción del Plan Dawes
crearan las condiciones de expansión. La fase inflacionaria también había favorecido la formación de plantas
y equipos industriales. Pero, la agricultura continuaba deprimida, el paro era abundante, las exportaciones
apenas si sobrepasaban los niveles anteriores de la guerra y, sobre todo, la expansión estaba estrechamente
ligada a los capitales extranjeros, lo que constituía una preocupante vulnerabilidad.
Aunque también la contienda había desorganizado la economía italiana, ésta se había visto menos afec-
tada que en otros países. La reconstrucción fue rápida. En 1922 tanto la producción industrial como el pro-
ducto interior habían superado ya los niveles de 1913 y la expansión industrial continuó hasta 1926. Esta
expansión se vio frenada desde 1926-27 cuando las circunstancias favorables del campo y de la emigración
llegaron a término, pero sobre todo por las consecuencias de la estabilización de la lira, en 1927, en niveles
sobrevalorados, que hundió las exportaciones, generó una grave deflación interior, estancó la producción
industrial y, entre 1926 y 1929, triplicó el número de parados.
Superada la intensa pero breve crisis de 1921, la economía de los EE.UU. creció de forma imparable
hasta el final de la década. Sin haber sufrido los efectos destructores de la guerra, con impresionantes recur-
sos naturales, una estructura empresarial concentrada y eficiente, una tecnología puntera, un enorme merca-
do interior y poderosos recursos de capital, la potencia norteamericana pasó definitivamente en los años
veinte a liderar el poder económico mundial. Los EE.UU. representaban un modelo ideal de organización,
eficacia y prosperidad capitalistas, constituyendo un referente mundial del sistema económico de mercado
sólo comparable en sus efectos emuladores a su contramodelo soviético, con ascendiente en auge sobre
buena parte de las clases trabajadoras europeas. La economía estadounidense se había convertido en motor
crediticio de la recuperación económica de Europa y de otros lugares. El boom económico se concentró de
forma especial en el auge de la construcción, el formidable desarrollo de la energía y de las industrias nue-
vas, como la automovilística. A través de los préstamos, las inversiones exteriores y las importaciones, la
prosperidad americana se contagiaba al resto del mundo.
La otra gran potencia económica mundial era el Japón que en la guerra y la posguerra había conocido un
formidable despegue económico, creciendo su producción industrial mucho más que la de las restantes po-
tencias. Su riqueza nacional se había duplicado entre 1905 y 1924 y la renta per cápita había crecido un
33%. Su economía exportaba, sobre todo a EE.UU., China y la India, seda, algodón y artículos industriales,
pero era tributaria de importaciones básicas, como acero, máquinas y petróleo, además de productos alimen-
ticios. El intenso crecimiento de la población, la dependencia de importaciones fundamentales y de merca-
dos de exportación para sus productos, siempre amenazados por las políticas proteccionistas, constituían
factores de precariedad, que a su vez estaban en el origen de tendencias políticas autoritarias y expansionis-
tas.
La URSS, tras el desastre económico de la guerra civil, conoció a partir de 1921, con la NEP, y desde
1928, con el lanzamiento de la economía planificada, un avance económico de extraordinaria magnitud. El
Estado revolucionario saneó la gestión de las cuentas públicas, con presupuestos equilibrados a partir de
1923, y ese mismo año se liquidó la inflación mediante la creación de una nueva moneda. En 1928 tanto la
superficie cultivada como el producto de la tierra había recuperado los niveles de 1913. Los resultados en el
sector industrial fueron menos positivos. A la altura de 1928, la recuperación económica, las limitaciones
manifiestas de la vía de la NEP, los riesgos que ésta implicaba para el desarrollo del proyecto revolucionario
socialista y el viraje político del secretario general del partido, Stalin, abrieron una nueva etapa en la econo-
mía soviética que en la práctica pasó a manos del Estado. La agricultura se colectivizó, las industrias y el
comercio se nacionalizaron; el conjunto de la actividad económica quedó férreamente planificada. Los obje-
tivos se centraron en el rápido desarrollo de las fuentes energéticas y de la industria de bienes de equipo. El
precio humano de esta revolución económica estalinista fue muy alto, los salarios reales padecieron una
fuerte reducción, que sirvió para financiar las inversiones estatales.

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4.2. Concordia internacional
La recuperación económica, la normalización de los pagos y, en fin, el relanzamiento de la economía in-
ternacional crearon un clima favorable a la mejora de las relaciones entre los Estados y a un impulso de la fe
en la Sociedad de Naciones.
En esa línea de distensión y pacifismo resultó fundamental la reconciliación franco- alemana, guiada por
las nuevas diplomacias de sus respectivos ministros de Exteriores, Arístides Briand y Gutav Stresemann. En
ambas se mezclaban dosis de idealismo pacifista con un indudable sentido de la realidad, apostando por el
entendimiento y la seguridad colectiva.
Aunque en 1924 la tentativa franco-británica (Protocolo de Ginebra) para reforzar los poderes de la So-
ciedad de Naciones, no llegó a prosperar, en octubre del año siguiente la Confederación de Locarno, impul-
sada por los británicos, dio un paso decisivo en el camino de la pacificación. En el principal de sus acuerdos
(el pacto renano) Alemania reconocía la situación de sus fronteras occidentales, con Francia y Bélgica, re-
nunciando por tanto formalmente a Alsacia, Lorena, Eupen y Malmedy, y aceptando abstenerse de enviar
tropas a la zona desmilitarizada. Británicos e italianos salían garantes del acuerdo. En cambio, Alemania
mantuvo abiertas en sus fronteras orientales sus pretensiones revisionistas, de modo que Francia hubo de
firmar tratados de garantía con Checoslovaquia y Polonia. De Locarno salió por tanto el triunfo de la diplo-
macia, del espíritu de reconciliación y el reconocimiento parcial por la diplomacia de Berlín del Tratado de
Versalles; ingresando Alemania en la Sociedad de Naciones en septiembre de 1926.
La inercia pacifista tuvo dos años más tarde (agosto de 1928) su elocuente, aunque más bien simbólica,
plasmación en el pacto de expresa renuncia a la guerra y de búsqueda de procedimientos dialogados para la
solución de conflictos suscrito entre Francia y EE.UU. La mayor parte de los Estados europeos se sumaron
al acuerdo.
También lo suscribió la Alemania de Stresemann, que en contrapartida presionó para que se adelantase la
evacuación de las tropas aliadas de ocupación en Renania. Los franceses se avinieron a condición de que se
aprobara un plan definitivo sobre el pago de las reparaciones. El 31 de agosto de 1929 en la Conferencia de
la Haya se aprobó el Plan Young por el que se reducía el montante y escalonaba aún más el paga de las repa-
raciones alemanes, vinculando una parte de las mimas a la decisión de Washington sobre el cobro de las
deudas aliadas, de modo que aquellas cesarían en la medida en que éstas vinieran a condonarse. Por su parte
los aliados aceptaban evacuar anticipadamente los territorios renanos ocupados.
Ese espíritu de optimismo pacifista estaba muy lejos de tener arraigos sólidos. El revisionismo, latente
en Alemania, permanecía como seria amenaza; y en la Italia de Mussolini se concretaba en una desestabili-
zadora política de influencia sobre la Europa danubiana y la costa adriática; mientras que el triunfo estalinis-
ta en la URSS reactivaba las desconfianzas de las potencias occidentales. Sobre todo, la prosperidad econó-
mica, fundamento principal de la mejora de las relaciones internacionales, se apoyaba en un suelo frágil. El
movimiento alcista de finales de los veinte ocultaba algunas debilidades: había sectores en crisis permanen-
te, excedentes gravísimos en el sector agrícola y, en general, una carencia de presión significativa sobre los
recursos reales; el sistema monetario internacional resultaba provisional porque, a la falta de un patrón oro
estable y del papel exclusivo que había tenido la libra antes de 1914, los capitales tendían a moverse con
excesiva facilidad, generando inestabilidad e incertidumbre en una economías fuertemente internacionaliza-
das. En suma, con un nivel de internacionalización por encima de la solidez de los mecanismos económico-
internacionales requeridos y en contradicción con el mantenimiento de las prácticas nacionalistas, cualquier
crisis sobrevenida podía generar un desplome generalizado. Eso es lo que ocurrió desde octubre de 1929.
5. Las grandes democracias
La guerra y luego la paz habían tenido efectos contradictorios sobre el sistema liberal. El desastre de
1914-1918, así como los refuerzos del poder para afrontar las circunstancias bélicas habían afectado al pres-
tigio y al desarrollo político del modelo representativo. Más tarde, las frustraciones de la expectativas de la
paz, la desorganización económica y la intensas presión social de posguerra habían ido generando experien-
cias autoritarias: en Italia (1922), en España (1923), en Polonia y Portugal (1926), Yugoslavia (1929), en los
países bálticos. A fines de la década la democracia sólo se conservaba en pie en la Europa Occidental (Fran-

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cia, Reino Unido, Países Bajos, Bélgica y Suiza), Estados escandinavos y Checoslovaquia. Fuera de Europa,
los EE.UU. eran el genuino y gran bastión de la democracia liberal.
Sin embargo, por más que hubiera progresado el autoritarismo, la democracia era el régimen de los gran-
des Estados y éstos seguían dominando el mundo con su enorme influencia, su poderosa cultura, sus econo-
mías hegemónicas, su ascendiente político, sus imperios coloniales, su poderío militar. En 1929, antes de
que la crisis socavase los cimientos del orden mundial, las grandes democracias occidentales continuaban
marcando la dirección de la historia.
5.1. El Reino Unido o el final controlado de la hegemonía mundial
En 1916 los liberales habían constituido con los conservadores un gobierno de unidad nacional para en-
frentarse a los graves problemas de la guerra, bajo la dirección de Lloyd George. En las elecciones generales
de diciembre de 1918, impuestas por el final de la contienda y celebradas por vez primera en régimen de
sufragio universal, triunfó por amplia mayoría la coalición, bajo Lloyd George, de liberales y conservadores.
Como el resto de los países, Inglaterra vivió de forma muy aguda los problemas económicos y las ten-
siones sociales de la posguerra. Tras una intensa explosión de la actividad económica, acompañada de infla-
ción, entre la primavera de 1920 y el verano del año siguiente la producción se estancó mientras que el au-
mento de los precios se disparaba, y en marzo de 1921 el número de parados superaba los 2,5 millones. El
movimiento obrero y la única y poderosa organización sindical que lo representaba (Trade Union Congress),
se proyectaron con inusitada intensidad. Los objetivos de la lucha obrera se orientaban a la consecución de
aumentos salariales que contrarrestaran los terribles efectos de la inflación, y a la obtención de coberturas de
paro. A pesar de no poner en entredicho la legitimidad del sistema, la ofensiva reivindicativa fue en Gran
Bretaña más intensa que en otro Estados, afectando sobre todo a los trabajadores de los ferrocarriles y de la
minería. El gobierno reaccionó con contundencia, pero también aprobó medidas importantes, como el fo-
mento de la construcción de viviendas sociales o el establecimiento del subsidio de paro.
Forzado por la mayoría conservadora de la cámara, en octubre de 1922 llegaba a su término el gobierno
de coalición de Lloyd George. Le sucedió al frente del gabinete el líder conservador Bonar Law, que provo-
có la disolución del Parlamento y la celebración de nuevas elecciones. En ellas, los conservadores alcanza-
ron la mayoría absoluta. Enfermo y ya mayor, Bonar Law fue reemplazado en mayo de 1923 por Baldwin
que, enfrentado a la persistencia de la crisis económica y social del país, paso a postular medidas proteccio-
nistas que rompían con la larga tradición librecambista de Inglaterra. En las elecciones generales de diciem-
bre de 1923, los conservadores perdieron la mayoría absoluta. Ramsay MacDonald, en enero de 1924 consti-
tuyó un nuevo gobierno.
Pacifista, trató de reconciliar a Francia y Alemania, reconoció oficialmente a la URSS e impulsó, junto
con el primer ministro francés, Édouard Herriot, el fracasado Protocolo de Ginebra. En el plano interno, in-
trodujo reformas sociales, sobre todo en el terreno de la vivienda. Pero su gobierno duró muy poco, lleván-
dole a convocar elecciones anticipadas en octubre de 1924. El resultado fue una aplastante victoria de los
conservadores de Baldwin. El partido liberal se hundía y era sustituido por el laborismo como alternativa
política al partido tory.
El nuevo gobierno conservador de Baldwin se prolongó hasta el final de la década con un programa de
regreso a la normalidad y de una pretendida gobernación sensata y eficaz. Sin embargo, la crisis de la hege-
monía económica inglesa y la paridad de la libra a 1914, perjudicaron el comercio de exportación y encogie-
ron la actividad de la economía. Ante la política deflacionaria que impulsaba el gobierno, los mineros del
carbón decidieron pasar a la confrontación en julio de 1925. El desafío obrero fracaso, por un lado los líde-
res de las Trade Unions, dominadas por los moderados, decidieron detener el conflicto; y por otro, el go-
bierno había actuado con firmeza. Los salarios en las minas se redujeron y en 1927 el derecho de huelga
quedaba limitado. En contrapartida se ampliaron los derechos sociales y políticos, mejoraron las pensiones y
los subsidios de desempleo y rebajaron a 21 años el derecho electoral de las mujeres. En el plano exterior,
las tendencias derechistas del gabinete se dejaron sentir en la ruptura de relaciones diplomáticas con la
URSS en 1927.
La posguerra asistió a la resolución del problema irlandés. La autonomía de Irlanda (“Home Rule”),
aprobada en 1914, resultó paralizada por la guerra, lo que impulsó las posiciones del nacionalismo extremis-
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ta, organizado por el partido Sinn Fein, que en la primavera de 1916 desencadenó una revuelta reprimida por
el gobierno. Tras el armisticio, las elecciones generales arrojaron una enorme mayoría de diputados irlande-
ses del Sinn Fein, mientras que en los condados protestantes del Ulster triunfaban los unionistas. Rehusando
incorporarse a la representación de Westminster, los diputados del Sur se constituyeron en parlamento irlan-
dés, proclamaron la independencia de la República de Irlanda el 21 de enero de 1919, comenzando desde
entonces una verdadera guerra entre las fuerzas británicas y el Ejército Republicano Irlandés (IRA), organi-
zado por Michael Collins.
Se impuso sin embargo el pragmatismo negociador de Lloyd George y de los nacionalistas moderados de
Michael Collins. El 23 de diciembre de 1920 el Government of Ireland Act establecía dos parlamentos, uno
para el Sur y otro para el Ulster, dominados tras las elecciones de mayo siguiente por el Sinn Fein y los
unionistas respectivamente. Las consiguientes negociaciones entre el gobierno de Londres y los nacionalis-
tas irlandeses abocaron a la firma del acuerdo del 6 de diciembre de 1921 que establecía en el Sur un “Esta-
do Libre de Irlanda” como dominio de la Corona. El 7 de enero de 1922 el parlamento irlandés aprobaba el
acuerdo por abrumadora mayoría. La oposición del líder radical Eamon De Valera y de sus seguidores dio
lugar a una verdadera guerra civil entre irlandeses, pese a lo cual los moderados se impusieron en las elec-
ciones generales del 16 de junio. Al año siguiente De Valera hubo de abandonar la lucha. Tras la abdicación
de Eduardo VIII en 1936, Irlanda se negó a reconocer al nuevo soberano, y en mayo del año siguiente De
Valera, ya en el poder, estableció una nueva constitución republicana que en diciembre hubo de reconocer el
gobierno de Chamberlain. Aún miembro teórico de la Commonwealth, Irlanda mostraría su distante inde-
pendencia negándose a participar en la Segunda Guerra Mundial.
5.2. Francia o la nueva República vieja
El último tramo de la guerra y las negociaciones de paz estuvieron dirigidos en Francia por Georges
Clemenceau. Clemenceau, presidente del Gobierno entre noviembre de 1917 y noviembre de 1919. Dirigió
al país hacia la victoria, persiguió sin contemplaciones a los pacifistas y en el Tratado de Versalles impuso
en gran medida los criterios de un duro castigo contra Alemania. Criticado por la izquierda, que lo conside-
raba excesivo, y por la derecha, que lo juzgaba insuficiente, en octubre de 1919 fue ratificado por la cámara
con abrumadora mayoría.
Las nuevas elecciones legislativas de noviembre de ese año para renovar una cámara elegida en 1914,
arrojaron una abultada mayoría del “bloque nacional”, una coalición de centro-derecha. Clemenceau, derro-
tado por Dechanel en sus aspiraciones a la Presidencia de la República, abandonó definitivamente la vida
política.
Las cuestiones exteriores, centradas sobre todo en las relaciones con Alemania y la aplicación del tratado
de Versalles, acapararon gran parte de la actividad de los gobernantes y de la atención de la opinión pública.
Entre 1920 y 1924 gobernaron sucesivamente Alexandre Millerand, Aristides Briand y Raymond Poincaré.
El gobierno de Millerand fue muy breve. Entre enero de 1921 y enero de 1922, Briand intentó en colabora-
ción con Lloyd George una política de moderación frente Alemania que le valió la caída. Le sucedió (enero
de 1922 a junio de 1924) Raymond Poincaré, bajo su gobierno las tropas francesas ocuparon la cuenca del
Ruhr lo que, paradójicamente, acabaría conduciendo al encuentro de una solución del problema alemán.
Bajo los gobiernos del “bloque nacional” la III República, laica y anticlerical anterior al 14, fue mode-
rándose. La guerra, con su fuerte impulso al sentimiento nacionalista, había cambiado muchas actitudes y
valores públicos. El temor de la revolución social animaba la conciliación con el catolicismo. Los gobiernos
del “bloque nacional” restablecieron las relaciones con el Vaticano (noviembre 1920). En el otro extremo
del arco social, las tendencias extremistas, influidas por la revolución soviética, ganaron ascendientes dentro
del movimiento obrero. Como en otros muchos países, bajo la presión de la poderosa III Internacional, el
socialismo francés se dividió.
Las medidas favorables a la Iglesia y las dificultades financieras llevaron al agotamiento de los gobiernos
del “bloque”. Frente a él, acabó por constituirse una coalición de centro izquierda (cartel de izquierdas),
integrados por socialistas, radical-socialistas y el ala izquierda del partido radical, que se impuso en las le-
gislativas de 1924. Presionado por la cámara, la dimisión del presidente de la República, Millerand, fue la
primera pieza cobrada por el cartel. Sustituido por Gaston Doumergue, éste entregó el gobierno al radical
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Édouard Herriot. Con fe en la Sociedad de Naciones y partidario del entendimiento con Alemania, intentó
sin éxito, junto con el premier británico, McDonald, impulsar las competencias de la institución ginebrina, y
dirigió a Francia por el camino del diálogo internacional para resolver el problema de las reparaciones. Fra-
caso en cambio en los dos grandes pilares de su proyecto interior: el regreso a la política anticlerical y el
saneamiento financiero. Caído Herriot, el gobierno de Painlevé que le sucedió, con Joseph Caillaux en las
Finanzas y Briand en Exteriores, vivió de los créditos y en el aumento de la inflación. Una sucesión de crisis
ministeriales condujeron en julio de 1926 a un nueva llamada a Herriot, lo que desencadenó la protesta y la
huida de los capitales, llevando la cotización del franco a su punto más bajo.
Con el viraje de los radicales hacia la derecha, en julio de 1926 Raymond Poincaré logro constituir un
gobierno de centro derecha (unión nacional) con el objetivo de resolver la grave situación financiera. El
nuevo presidente adoptó medidas enérgicas de reducción de gastos y aumento de impuestos, que le permitie-
ron equilibrar el presupuesto, conjurar la fuga de capitales y la desvalorización del franco. Pudo así estabili-
zar la moneda y retornarla en 1928 al patrón oro, aunque lejos de la paridad de 1914. La coyuntura general
de prosperidad y el éxito de su política financiera dieron una holgada mayoría al presidente del Consejo en
las legislativas de 1928, manteniéndose en el poder hasta su renuncia, en julio de 1929, por motivos de sa-
lud.
Después de un largo quinquenio en que estuvo arrastrándose la crisis de posguerra, la era “Poincaré” fue
el tiempo de la normalización, de la prosperidad y el del entendimiento con Alemania y la esperanza de un
orden internacional pacífico bajo los auspicios de la Sociedad de Naciones.
5.3. Los EE.UU. nueva potencia mundial
La quiebra del tradicional aislacionismo norteamericano, con la participación en la guerra desde abril de
1917, había sido un paréntesis. No era esa la idea de Woodrow Wilson, su programa progresista de “nueva
libertad” (reformas sociales, combate a los monopolios, defensa de los pequeños empresarios…) tenía su
correlato externo en un modelo de diplomacia abierta, derecho a la autodeterminación de los pueblos, demo-
cracia, paz y dialogo internacionales. Su sueño internacionalista, que vino a concretarse sobre todo en el
establecimiento de la Sociedad de Naciones, y que implicaba la activa participación de los EE.UU. en el
escenario internacional salido de los tratados de paz de París, fue frontalmente desautorizado por la repre-
sentación política y la opinión pública de su propio país. El tratado de Versalles y el pacto de la Sociedad de
Naciones, que constitucionalmente tenían que ser ratificados por el Senado, fueron rechazados por la cámara
en las sucesivas votaciones de noviembre de 1919 y marzo de 1920. Las elecciones presidenciales de no-
viembre de 1920 fueron ganadas por el republicano Warren G. Harding, que defendía el regreso al “aislacio-
nismo”.
Durante más de una larga década (1921-1933) la dirección del país estuvo en manos del partido republi-
cano, sucediéndose en la Presidencia Warren Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Después de la
grave y enseguida remontada crisis de superproducción de 1920-21, la era republicana presidió una fase de
crecimiento económico y prosperidad nunca vistas, lo que parecía reforzar la fe en los negocios, la autocom-
placencia y un nacionalismo nativista wasp (“White, Anglo-Saxon-Protestant”) que se dejó sentir en elo-
cuentes actitudes sociales (como las prácticas persecutorias del Ku-Klux-Klan), medidas puritanas (la “ley
seca”) o la legislación imbuida de xenofobia (tarifas aduaneras crecientes, de 1922 y 1930; severas cuotas de
1921 y 1924 para limitar la inmigración).
Sin embargo, sería erróneo identificar únicamente en la política y los políticos republicanos de los “feli-
ces veinte” a ese país encerrado, casi oscurantista e irresponsable en la rienda suelta dada al capitalismo sal-
vaje, que tan a menudo tiende a presentarse. Pese a su rechazo diplomático de los compromisos de las paces
de París, el poder económico y el ascendiente político de Washington dieron a la acción internacional norte-
americana un papel sobresaliente en la resolución de la crisis de la posguerra. Los planes Dawes(1924) y
Young(1929) fueron básicamente norteamericanos, como lo fueron la mayor parte de los capitales que per-
mitieron resolver la cuestión de las reparaciones, la normalización de los pagos internacionales, la recupera-
ción de la economía alemana y, en definitiva, la entrada en la fase de la concordia que caracterizó el segundo
lustro de los veinte.

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Tampoco las sucesivas Presidencias de la década fueron exactamente esa especie de paréntesis sin gran-
deza y de bajo perfil entre los mandatos demócratas de Wilson y Roosevelt. Es cierto que las Presidencias de
Harding y Coolidge fueron bastante anodinas. Pero no era ése el caso de Hoover que, como secretario de
Comercio durante el mandato de sus predecesores y luego como presidente, dejó su impronta a lo largo de la
década. Durante la guerra, bajo el mandato de Wilson, había desarrollado una importante labor humanitaria
en la Bélgica ocupada (al lado del embajador español en Bruselas, marqués de Villalobar) y, concluida ésta,
Hoover fue el organizador de la distribución de la ayuda norteamericana a la Europa devastada, en lo que
vino a ser un claro precedente del futuro Plan Marshall. La prosperidad de los veinte, asociada a su larga
gestión al frente de la economía norteamericana, reforzó su prestigio y le condujo en 1928 a la Casa Blanca.
Creía en la libertad, pero también en las posibilidades de una ingeniería social de porte corporativista que
organizase y armonizase las fuerzas económicas y los intereses sociales bajo el estímulo de la acción políti-
ca. Con esas ideas de intervención correctora y dinamizadora de la economía, se enfrentó a lo peor (1929-
1933) de la crisis del “29”. Por eso precisamente, porque era lo peor de la crisis, y también porque la larga
era de Roosevelt forjó con éxito su propia leyenda rosa y populista, la historia ha infravalorado injustamente
al presidente Hoover y, por extensión, a la década republicana de la que fue protagonista excepcional.

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Tema 4. La gran crisis de los años 30

1. La crisis económica: el mundo empieza y no acaba en Wall Street


En octubre de 1929 el desplome de la cotización de las acciones de la Bolsa de Nueva York dio comien-
zo a una crisis económica mundial de intensidad y amplitud desconocidas. Su punto más alto se situó en
1933. Siguió después una moderada e incierta recuperación, con nueva caída, aunque menos acusada, en
1937-38. En realidad, ninguna de las políticas para combatirla consiguió atajarla. Sólo la guerra la puso pun-
to final. Su enorme gravedad trascendió cualquier explicación cíclica, teniendo efectos demoledores sobre el
orden social, la estabilidad política y la paz internacional.
A finales del 29 llegó a su término la precaria, y aún breve, prosperidad de los años 20. Los precios se
hundieron, la actividad de las empresas se vino abajo, las inversiones se paralizaron, el comercio internacio-
nal se desplomó y el volumen de parados alcanzó niveles desconocidos. La crisis económica fue tan grave
porque las condiciones económicas en que sobrevino mostraban inquietantes debilidades. Bajo el espectacu-
lar crecimiento del segundo lustro de los años veinte, en gran medida estimulado por la expansiva política
crediticia del Banco de Inglaterra y de la Reserva Federal norteamericana, se ocultaban preocupantes defi-
ciencias: abundantes recursos desempleados en el sector industrial; excedentes en el sector agrario; depen-
dencia excesiva del capital extranjero y de los pagos por reparaciones y deudas interaliadas, mientras que el
sistema monetario internacional, lejos de recuperar la situación anterior a 1914, se mostraba inestable y pre-
cario.
En los EE.UU. esta situación podía resultar especialmente grave por la explosiva combinación de las de-
ficiencias de la economía real con los excesos de una financiación derivada hacia la especulación de los va-
lores de la Bolsa. La débil presión de la demanda sobre el exceso de recursos llegaba a ser dramática en la
agricultura, donde después de la guerra la superproducción estaba hundiendo los precios y arruinando a mu-
chas familias endeudadas con los bancos. La debilidad de la demanda frente a la capacidad productiva im-
pulsada por el desarrollo de las nuevas tecnologías pudo neutralizarse durante algunos años con las facilida-
des crediticias al consumo, la exportación de capitales y la canalización hacía el negocio bursátil de los ex-
cedentes del capital que no encontraban colocación rentable en la actividad industrial. Alimentados por una
espiral especulativa, la cotización de los títulos de las empresas en la bolsa se disparó, mientras que sus be-
neficios reales no reflejaban los precios del mercado financiero. Cuando la realidad se impuso, con el pin-
chazo de la burbuja bursátil en octubre de 1929, ésta arrastró consigo al conjunto de la economía. El sistema
crediticio, que se había puesto al servicio de la especulación, se colapsó; la actividad de las empresas se des-
plomó, los precios se hundieron y el paro representó el 27% de la población activa.
La crisis se extendió rápidamente a otros países como consecuencia de la creciente mundialización de la
economía y del peso de la norteamericana. El cierre del mercado de EE.UU. y la repatriación de capitales
contribuyeron a la mundialización de la crisis.
En una u otra mediada, todas las regiones del planeta se vieron afectadas. Sufriendo más las consecuen-
cias aquellos países cuyas economías eran también más dependientes del sistema económico y financiero
internacional, mientras que las economías más proclives a la autarquía fueron menos sensibles al impacto de
la crisis. Aquellos modelos cerrados al exterior y a las leyes del mercado, como la URSS, conocieron en los
años treinta un espectacular crecimiento.
La naturaleza internacional de la crisis era el reflejo exacto de una economía que desde finales del siglo
XIX venía internacionalizándose a gran velocidad. Pero mientras que antes de 1914 el sistema internacional
de pagos y los propios equilibrios, dominados por la libra-oro y el poder británico, creaban un marco efi-
ciente de estabilidad, después de la Gran Guerra ni el sistema monetario ni el poder internacional eran sóli-
dos, ni por tanto capaces de asegurar un escenario estable a la internacionalización de la economía. Las res-
puestas que generó acentuaron el proteccionismo, que lejos de aportar soluciones agravaron el problema.
Así, la colaboración internacional brilló por su ausencia. El fracaso de la conferencia económica mundial
de Londres (1933) demostró la falta de solidaridad entre las naciones y generalizó las prácticas económicas
nacionalistas: devaluaciones, políticas proteccionistas y tratados bilaterales. El nuevo esfuerzo realizado en
30
septiembre de 1936, con el acuerdo tripartito entre EE. UU., Inglaterra y Francia para la reducción progresi-
va de las medidas restrictivas a la libertad de cambios, se vio abocado al fracaso por la nueva recesión de
1937-38. Los únicos efectos positivos de colaboración se concretaron en el establecimiento de pactos regio-
nales preferentes, como el convenio de Oslo de 1930, que vinculó a los países escandinavos con Bélgica,
Holanda y Luxemburgo. Pero este tipo de convenios perjudicaba también la relación con las zonas no in-
cluidas en la preferencia.
En general está fuera de dudas que la crisis se mantuvo a lo largo de toda la década, aunque con situacio-
nes variables de uno a otro país: las dificultades y la incertidumbre fueron muy grandes en EE.UU., Francia,
Austria y Checoslovaquia. En Suecia y Gran Bretaña hubo en cambio una apreciable recuperación, que en
Alemania fue espectacular, mientras que la URSS vivió un impresionante impulso de transformación eco-
nómica. Los países que, como Alemania o la URSS, actuaron parcial o totalmente al margen del sistema de
mercado, pudieron sobrepasar o eludir los efectos de la crisis. Aquellos que lo respetaron se vieron enfrenta-
dos a graves dificultades, sin que las medidas adoptadas consiguieran supera la situación. La protección y las
devaluaciones tuvieron escaso efecto por lo generalizado de la práctica. En la medida que hubo recuperación
ésta obedeció más a las fuerzas reales de la economía que a las medidas de los gobiernos; y se apoyó más en
los mercados interiores que en los de exportación.
2. Las respuestas en el sistema
La crisis económica repercutió con enorme intensidad en todos los órdenes de la vida de los Estados,
agravando las tensiones ideológicas y las confrontaciones de clase de una sociedad que estaba consumando
su instalación en la “era de las masas”. Las grandes potencias que encarnaban el poder y la esencia de las
libertades públicas, de la democracia representativa y del dominio de la economía liberal tuvieron que en-
frentarse a una problemática gestión económica para superar la crisis, atajar el desempleo, neutralizar la cre-
cida de las tensiones sociales y, en definitiva, asegurar la legitimación del sistema demoliberal. Otros Esta-
dos, que carecían de tradición y estructuras democráticas tan sólidas, se deslizaron rápidamente hacia formas
políticas autoritarias o totalitarias, basadas en un nacionalismo radical. El desprestigio del modelo demolibe-
ral dio una fuerza inusitada a la URSS que se convirtió en los años treinta en gran potencia y referencia de
las esperanzas revolucionarias de la sociedad proletaria europea.
2.1. Estados Unidos: la dudosa respuesta innovadora
La crisis económica, iniciada en los EE.UU., tuvo allí una brutal repercusión. El presidente Hoover puso
en práctica una política intervencionista de gasto público, estímulos a la producción y apoyo al sostenimien-
to de los salarios. Promovió la inflación del crédito, redujo los impuestos, incrementó las ayudas guberna-
mentales a través de los bancos e incurrió deliberadamente en un enorme déficit presupuestario. Fue una
política bastante keynesiana, elogiada por el propio Keynes, cuyos resultados no consiguieron doblegar la
crisis económica, que en 1932 alcanzaba su punto más alto. La crisis pasó a Hoover factura política. La in-
fluencia de los republicanos, dominantes en las cámaras en 1928, había sido sustituida por la de los demó-
cratas cuatro años más tarde. En las elecciones presidenciales de noviembre de 1932 fue elegido el candidato
demócrata, Franklin Delano Roosevelt.
El nuevo Presidente tenía una voluntad férrea, un acusado sentido pragmático y una gran capacidad per-
suasiva. Fue un líder de la opinión, con amplio apoyo en los medios populares. Roosevelt estaba convencido
de que la crisis exigía dotar al gobierno federal de los medios necesarios para intervenir activamente en la
vida económica; presentó como proyecto esperanzador lo que denominó como New Deal, una versión, bien
publicitada, de la estrategia de su predecesor.
Asesorado por un brain trust de profesores de economía política de la Universidad de Columbia, el New
Deal se concretó en un abigarrado conjunto de medidas, la mayor parte adoptadas en los primeros cien días
presidenciales. En el plano monetario y financiero se abandonaba el patrón oro (junio 1933), devaluando el
dólar en un 40% para favorecer las exportaciones y aliviar las deudas de los productores; se rebajaban los
tipos de interés y se favorecían los créditos a los granjeros y pequeños propietarios; se controlaba a la banca,
estableciendo una garantía para los depósitos; se adoptaban medidas para combatir la especulación financie-
ra y bursátil.

31
En el sector agrícola puso en marcha generosas subvenciones (Agricultural Adjustment Act, mayo 1933)
para reducir áreas de cultivo de producciones fundamentales, como el algodón, permitiendo así el aumento
de los precios. El coste de la política agraria fue muy elevado.
La política industrial (National Industrial Recovery Act, junio 1933) trataba de reactivar la actividad de
las empresas, evitando la superproducción, impulsando la recuperación de los precios, aumentando los sala-
rios y disminuyendo las horas laborales. Para ajustar al mercado la producción se favoreció la cartelización
de las empresas y se impulsó una política social que, al tiempo que favorecía a los asalariados, animaba la
recuperación de la demanda. Se elaboró un código de trabajo modelo.
El gobierno federal intervino como mediador en los conflictos laborales a través de una Oficina Nacional
de Trabajo, protegió la acción sindical y el derecho de huelga y en 1935, estableció un sistema de jubilación
por edad. Para combatir el paro, en mayo de 1933 se estableció un fondo de ayuda a los desempleados.
Finalmente, el modelo intervencionista más acabado del New Deal fue la creación en mayo de 1933 de
una sociedad investida de poderes gubernamentales (Tennessee Valley Authority) para el desarrollo integral
de los recursos de la cuenca del Tennessee.
El balance económico del New Deal no fue positivo como sus promotores esperaban. La inversión priva-
da permaneció muy débil e incluso pude verse desalentada por el intervencionismo estatal. Después de una
recuperación desde el punto alto de la crisis en 1933, la depresión volvió a acentuarse en 1937-38. Sin em-
bargo, si el gasto público no hubiera acudido a suplir el hundimiento de las inversiones del sector privado, la
crisis hubiera sido aún más intensa. La alternativa al intervencionismo gubernamental de Hoover-Roosevelt
sólo podía ser el ajuste automático de la economía.
En cambio, en el terreno político y de la política económica y social el New Deal difundió cambios de
hondo calado. Las medidas resultaron enormemente innovadoras, sacrificando la ortodoxia monetaria y fi-
nanciera en beneficio de una reactivación económica que pasaba por el déficit público, la inflación, la re-
glamentación del sistema productivo y financiero, el aumento de las rentas salariales y todo ello mediante el
refuerzo de los poderes presidenciales.
Contrariamente a lo que sugerían sus opositores, Roosevelt no trataba de hacer una revolución para aca-
bar con el sistema, sino de adaptarlo para conseguir que sobreviviese. Su reformismo fue intenso, al punto
que, al doblegar la oposición del poder judicial, pudo hablarse de una verdadera reforma constitucional de
1937. Confrontada a los intensos desafíos económicos y sociales de los años treinta, la política norteameri-
cana introdujo dos cambios profundos: el refuerzo del poder Federal encarnado sobre todo en la Presidencia;
y la noción de que el sistema capitalista no podía dejarse a merced de la autorregulación del mercado y de
que la protección de los intereses de los trabajadores constituía no sólo un deber de justicia social, sino un
instrumento ineludible de recuperación del actividad económica.
2.2. El contramodelo francés
En Francia ocurrió todo lo contrario que en EE.UU. En primer lugar, existían unas realidades sociales y
políticas de carácter estructural que lastraban la capacidad del país para enfrentarse a la crisis de los treinta.
La Francia de entreguerras era una nación cansada, no sólo por el esfuerzo desplegado entre 1914-1919, sino
por la agudización de la debilidad demográfica, acrecida por la guerra, llegando a reducirse la población.
Consiguiente, la demografía del país envejeció, favoreciendo la intensificación de una psicología colectiva
dominada por valores conservadores, que por otra parte se inscribían con naturalidad en el aburguesamiento
del régimen y en el peso que mantenía el mundo rural. A esa Francia, se le oponía la sociedad de los trabaja-
dores industriales, de los partidos de izquierdas y de los sindicatos, cuyas penurias dificultaban la moderni-
zación e integración social, que se expresaban en forma de discontinuos impulsos de lucha obrera. Las ten-
siones ideológicas de derechas reaccionarias e izquierdas revolucionarias acabaron por generar en la década
de los treinta la polarización entre dos países y el debilitamiento del colectivo nacional para superar las difi-
cultades históricas que atravesaba la nación.
La realidad institucional y política de la III República se ajustaba mal al primado de lo económico y de lo
social, que desde el final de la Primera Guerra se imponía en todas partes. La parálisis de los gobiernos y de
los parlamentos ante la crisis monetaria y financiera de 1924-26 y frente a la recesión de los años treinta,
32
generalizó la sensación de que eran necesarias reformas profundas en el sistema. El inmovilismo, reflejado
en una notable estabilidad del cuerpo electoral, convivía y hasta engendraba una profunda inestabilidad de
las mayorías y de los gobiernos. El partido radical, configuraba mayorías a la derecha o a la izquierda del
arco parlamentario según conviniera a sus intereses, representaba justamente la combinación del inmovilis-
mo y de la inestabilidad. Pero esta inestabilidad obedecía sobre todo a un excesivo dominio del poder legis-
lativo sobre el ejecutivo. El balance fue bien elocuente: en veintiún años Francia tuvo cuarenta y dos gobier-
nos, con una media de seis meses de duración.
La dimisión de Poincaré por razones de salud, en julio de 1929, abrió un período de inestabilidad donde
se sucedieron en cascada efímeros e inoperantes gobiernos ante cuya impotencia habría de sobrevenir la
catástrofe económica.
Ésta alcanzó a Francia más tarde y más moderadamente que a otros países, puesto que las barreras adua-
neras y la estructura más familiar de su agricultura y de sus empresas industriales la tornaban menos vulne-
rable a los efectos de la recesión internacional. Pero, resultó más continuada e insidiosa, sobre todo porque
las autoridades respondieron más tarde y con medidas contraproducentes.
Las elecciones legislativas de mayo de 1932 condujeron a la formación de un gobierno presidido por He-
rriot, con socialistas y radicales. La caída del gabinete, en diciembre, liquidó esta efímera reedición del
“bloque de izquierdas” del 24, para orientar de nuevo la política hacia el centro-derecha, siempre con los
radicales como árbitros. Los importantes recursos de oro del Banco de Francia y la estabilización del franco
en 1928 a niveles competitivos habían permitido suponer que el país se encontraba bien pertrechado para
enfrentarse a la crisis. Pero el incremento comparativo de los precios franceses ante la ola de devaluaciones,
sobre todo de la libra (1931) y del dólar (1932), dispararon el déficit de la balanza de pagos. Los sucesores
de Herriot, empeñados en evitar el déficit de las cuentas públicas, optaron de forma obcecada por la defla-
ción de precios y salarios. Las consecuencias fueron desastrosas: la caída de los precios internos no pudo
competir con las devaluaciones, pero la actividad económica se contrajo aún más, el paro aumentó, y los
efectos sobre las rentas de productores, campesinos y asalariados se dejaron sentir en un descenso brusco del
nivel de vida. La crispación social y la polarización ideológica entre los radicalismos de derecha e izquierda
se agravaron, amenazando la paz social y el sistema político.
Esta radicalización tuvo un punto alto en febrero de 1934, cuando, como consecuencia de un asunto de
corrupción (el “caso Stavisky”), el día 6 más de cien mil personas, movilizadas contra el sistema por diver-
sas organizaciones de la derecha radical, intentaron asaltar el Parlamento. La manifestación, que se saldó
con un centenar de víctimas por las cargas de la policía, dio lugar a su vez a una acción de protesta masiva
de comunistas y socialistas que los días 9 y 12 llenaron también las calles de París con decenas de miles de
manifestantes.
Los gobiernos de centro-derecha que se sucedieron tras la caída del gabinete de Daladier fueron incapa-
ces de superar la honda fractura política y social, al tiempo que se mantenían aferrados al recurso deflacio-
nista. Frente a la amenaza de la derecha radical, animada por la crecida internacional de la experiencia fas-
cista, la crisis de febrero de 1934 fue el punto de arranque de la unión de las izquierdas para la formación de
un “frente popular”. Los comunistas, siguiendo las consignas de la III Internacional (es decir, Stalin) desde
1935, impulsaban la formación de ese “frente único” con socialistas y partidos burgueses democráticos para
cerrar el paso a los avances del fascismo. Se trataba de una alianza electoral, sin programa común, aunque
con objetivos mínimos compartidos: defensa liberal, de las libertades sindicales y abandono de la política
económica ortodoxa para combatir la crisis. En torno a las alternativas polarizadas de izquierda y derecha,
Francia vivió en 1935 y principios de 1936 un ambiente de intensa movilización que el 26 de abril de 1936
llevó a las urnas a casi un 85% del cuerpo electoral. Triunfó la coalición de centro izquierda.
El nuevo gobierno estaba integrado por radicales y socialistas, mientras que los comunistas debían
asegurarle su apoyo. Estaba presidido por Léon Blum, de familia judía; el gobierno suscitó tanto entusiasmo
por parte de la izquierda como rechazo por los sectores más radicales de la derecha que expresaron su anti-
semitismo con una propaganda injuriosa contra el presidente. Los comunistas no tardaron en acusar al gabi-
nete de debilidad y promovieron un amplio movimiento de huelgas con ocupación de fábricas. La guerra
civil de España acumuló desde julio de 1936 mayor tensión sobre la opinión francesa, dividida entre derecha

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e izquierda, al punto de que el gobierno hubo de renunciar a apoyar a la República vecina ante el temor a
provocar una confrontación en la propia Francia.
Entre junio de 1936 y marzo de 1937 el gobierno de Blum puso en marcha una política similar a la del
New Deal norteamericano. Los Acuerdos de Matignon (junio 1936) entre patronal y obreros establecieron el
sistema de convenios colectivos, la elevación de los salarios, la reducción a 40 horas de la semana laboral,
las vacaciones pagadas. Se trataba de mejorar la situación de los trabajadores y de estimular la demanda.
Para favorecer las exportaciones, el franco perdió su paridad de 1928, devaluándose hasta cuatro veces entre
octubre de 1936 y mayo de 1938. Los resultados fueron sin embargo decepcionantes. El empleo aumentó
rápidamente, pero la situación económica no logró enderezarse, al no obtenerse rápidamente un aumento de
la productividad, la producción tendió a retraerse y el aumento de sus costes salariales se trasladó a los pre-
cios que muy pronto superaron a los salarios, la manteniéndose las causas del descontento y de las agitacio-
nes sociales.
En junio de 1937 el bloqueo en el Senado de un proyecto que hubiera dado al Gobierno plenos poderes
en materia financiera, echó por tierra el gabinete de Léon Blum y con él la experiencia frentepopulista.
2.3. Inglaterra: el relativo éxito del sentido común
El Reino Unido resolvió bastante bien la crisis económica y tampoco padeció las tensiones políticas
francesas. De hecho, fue en los años veinte cuando la pérdida de su hegemonía mundial y las desastrosas
consecuencias del regreso al patrón oro (1925) provocaron un fuerte impacto sobre sus posiciones económi-
cas, generando una importante contestación social. En general la recesión de los años treinta fue combatida
con medidas razonables, desde un sistema de poder político caracterizado por la estabilidad y un sentido de
la responsabilidad nacional.
Fue un segundo gobierno laborista presidido por MacDonald, tras el triunfo electoral del 30 de mayo de
1929, el que tuvo que enfrentarse a la llegada a Inglaterra de la crisis económica. El número de parados
subió en un año. En julio de 1931 los generosos préstamos al Estado y a Alemania habían dejado baja la
solvencia del Banco de Inglaterra sujeto a masivas retiradas de oro. Sin posibilidad de obtener créditos del
extranjero, la libra se estaba hundiendo. Los medios políticos estaban divididos sobre las medidas para re-
solver la crisis. Mientras que la mayoría del laborismo postulaba un aumento de los impuestos, la oposición
conservadora reclamaba austeridad en el gasto y el establecimiento de un sistema proteccionista, mantenién-
dose el librecambio en las relaciones con el Imperio. El primer ministro se inclinó por la opción conservado-
ra. El grueso del partido le abandonó, pero MacDonald formó un gobierno con laboristas, conservadores y
liberales. Era una fórmula de unión nacional que iba a mantenerse hasta 1935.
Las medidas para combatir a la recesión fueron una mezcla de ortodoxia y heterodoxia económicas,
combinadas con manifiesto sentido pragmático. Se evitó financiar la recuperación con déficits. Se pusieron
en práctica medidas para favorecer la actividad económica y el empleo. El gobierno prestó ayuda a los para-
dos, favoreció el desplazamiento de la mano de obra a regiones con índices bajos de desempleo y trató de
estimular la actividad industrial, facilitando a los empresarios el acceso a las infraestructuras. Resultó inno-
vadora la devaluación de la libra, que permitió reactivar las exportaciones, y la implantación de medidas
proteccionistas para reservar el mercado interno. De golpe se echaba por tierra una larga tradición librecam-
bista. Fue asimismo innovador el acuerdo adoptado en la conferencia imperial de Ottawa (julio-agosto 1932)
de un sistema de “preferencia imperial”, que trataba de favorecer el comercio en el interior del espacio britá-
nico.
Los resultados fueron desiguales según los sectores. Los grandes centros textiles y de la construcción na-
val no recuperaron los niveles de 1929, en cambio se desarrollaron mucho las nuevas industrias (mecánica y
química) en la región de Londres, y la construcción de viviendas creció vertiginosamente. El número de pa-
rados descendió en 1937.
Tras la dimisión de MacDonald, en junio de 1935, le sucedió el conservador Stanley Baldwin. Los con-
servadores revalidaron su mayoría en las elecciones generales de 14 de noviembre de 1935. Bajo Baldwin
primero y con Neville Chamberlain como primer ministro desde mayo de 1937, gobernaron el país hasta
1940. La política británica estuvo cada vez más absorbida por los problemas internacionales suscitados por
el expansionismo hitleriano.
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2.4. España: una democracia extemporánea
La crisis económica, con sus secuelas de tensiones sociales e ideológicas, se había dejado sentir en la vi-
da de las grandes democracias, aunque, salvo en Francia donde el régimen e incluso el sistema tenían cada
vez más en contra a amplios sectores de opinión, su capacidad de resistencia a los vientos autoritarios se
había mostrado fuera de dudas. El bloque demoliberal de Occidente se había agrandado con la incorporación
de España que, tras la caída de la dictadura de Primo de Rivera (1930) y la imposibilidad de una regenera-
ción política dentro de la Monarquía, había establecido en abril de 1931 una república democrática (la II
República) con tintes muy avanzados en materia social. Hasta noviembre de 1933 el gobierno estuvo en ma-
nos de una coalición de republicanos de izquierda y socialistas, que trató de llevar a cabo reformas políticas,
sociales, territoriales y militares muy profundas, mientras que apostaba por un pacifismo internacionalista
basado en la Sociedad de Naciones. Pero las circunstancias del mundo eran las peores posibles para ese en-
sayo progresista. Acosado por la izquierda revolucionaria del anarcosindicalismo y por la derecha contrarre-
volucionaria, la coalición de centro-izquierda se vino abajo, siendo sucedida en el otoño de 1933 por un go-
bierno de centro-derecha, que se dedicó a desmontar la obra del primer bienio. Lo peor fue que los socialis-
tas, ahora fuera del poder, se echaron en brazos de la revolución con el pretexto de que el advenimiento de
las derechas a las instituciones anunciaba el triunfo del fascismo en España. La revolución de octubre de
1934, duramente reprimida, no trajo el fascismo, pero fue un punto sin retorno en la confrontación entre las
“dos Españas”. La victoria de un “frente popular” en las elecciones de febrero de 1936, constituyó ya el pór-
tico de una larga guerra civil (julio1936-abril 1939) que, ubicada en el escenario de las tensiones internacio-
nales conducentes a la Segunda Guerra Mundial, vendría a concluir con el establecimiento de la larga dicta-
dura del general Franco (1939-1975).
3. Las respuestas contra el sistema
La crisis de los años treinta (política, social, ideológica) fue terreno abonado para el triunfo o el ascenso
de las tendencias opuestas al sistema liberal, desde posiciones revolucionarias o contrarrevolucionarias.
3.1. La URSS de Stalin o el nacimiento del otro mundo
La Rusia soviética de los años treinta era consustancial al proyecto revolucionario de los bolcheviques
desde su triunfo a fines de 1917. Un año antes del crash de Wall Street, Stalin se había impuesto a Trotsky y
sus seguidores y ese mismo año el lanzamiento del primer plan quinquenal ponía término al accidentalismo
de la NEP. Frente al internacionalismo revolucionario y la “revolución permanente” de Trotsky, Stalin im-
ponía una revolución nacional, identificada con el ejercicio de un poder revolucionario despótico sobre el
partido, sobre el Estado y sobre el propio proletariado, cuya dictadura pretendía encarar. Este totalitarismo
estalinista se aprestó a realizar una brutal revolución desde arriba para transformar al país en una potencia
industrial. Los planes quinquenales fueron la expresión en el terreno de la economía de una dictadura totali-
taria.
A lo largo de la década se pusieron en marcha tres planes quinquenales (1929-1933; 1933-1937; 1938-
1941), el último de los cuales fue interrumpido por la invasión alemana. Se trató de un gigantesco esfuerzo
de revolución industrial impuesta desde el poder, desagrarizando y transfiriendo gran parte del potencial
demográfico rural a la industria, modernizando el sector agrícola y desarrollando la producción de bienes de
capital. Los recursos de inversión procedieron básicamente de las plusvalías del trabajo nacional “confisca-
das” por el Estado mediante impuestos, bajos salarios y escasa prestaciones sociales.
Los resultados fueron espectaculares. En términos generales los planes cumplieron e incluso sobrepasa-
ron los objetivos previstos. Y en vísperas de la guerra, la URSS era una gran potencia.
Pero el coste social había sido tremendo. La industria de bienes de consumo fue sacrificada en beneficio
de la de bienes de producción. La industrialización se había financiado con enorme sacrificio de los recursos
familiares. En el campo, las colectivizaciones (en la práctica estatalizaciones) fueron traumáticas por la opo-
sición de los campesinos que preferían destruir sus propiedades y animales antes que entrar en las granjas
colectivas. El saldo en términos de víctimas fue enorme y los resultados económicos de esta peculiar revolu-
ción agrícola resultaron muy inferiores a los de la industria.

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La dictadura económica tuvo su correlato en el ejercicio despótico del poder político, que a partir sobre
todo de diciembre de 1934 dio lugar a una masiva represión de disidentes y sospechosos frente al dominio
de Stalin. Las célebres “purgas” se tradujeron en decenas de miles de deportaciones de bolcheviques a Sibe-
ria, donde fueron sometidos a trabajos forzados o simplemente eliminados. Acusados de traición o de espio-
naje, muchos de las más destacadas personalidades del régimen, como Zinoviev, Kamenev (1936), Radek,
generales como el mariscal Tukhachevski y otros (1937), Ryckov o Bujarin (1938) fueron ejecutados, obli-
gándoseles a autoinculparse de crímenes políticos inexistentes. Mediante el ejercicio de la “autocrítica” el
partido quedó depurado de cualquier veleidad futura de oposición a la tiranía estalinista. Las universidades
fueron también saneadas, los historiadores y escritores silenciados o forzados a ponerse al servicio del culto
a la personalidad de Stalin.
A pesar de todo, esta URSS despótica de Stalin fue percibida en los años treinta por los comunistas de
todos los países, y por una parte de la intelectualidad occidental, como el santuario de una revolución mun-
dial que debía redimir al proletariado internacional de la miseria y de la nueva esclavitud generada por el
capitalismo. La III Internacional (comunista) fue el gran instrumento del imperialismo ideológico de Stalin.
La llegada de Hitler al poder y el avance de la ola de autoritarismos de derecha, hizo comprender a la URSS
que el combate al fascismo resultaba prioritario, llevándola desde 1935 a promover la formación de “frentes
populares” con las “caducas” fuerzas de las “democracias burguesas” para oponer un dique al amenazador
avance del enemigo común. No duró mucho aquella alianza, porque la evidencia de que las democracias
liberales estaban dispuestas a comprar la paz al precio de la transigencia con el expansionismo nazi, condujo
a Stalin a sumarse al expolio polaco de Hitler.
3.2. Hitler en Alemania: la solución de la guerra
El proceso de derrumbe del edificio democrático europeo, aparentemente en su plenitud tras la victoria
aliada en la Primera Guerra, había comenzado en 1922 con el advenimiento de la dictadura de Mussolini en
Italia. En los años siguientes se habían impuesto situaciones dictatoriales en España, Portugal, Polonia, Gre-
cia, Hungría, Yugoslavia. Pero fueron las consecuencias desastrosas de la crisis económica y la poderosa
influencia de la “revolución” hitleriana los catalizadores de la “era fascista” que a muchos pareció anunciar
la entrada del mundo en una nueva fase histórica.
En Alemania, la insatisfacción nacionalista subyacente por la derrota de 1918 y las duras imposiciones
de los vencedores, aliada a las desastrosas consecuencias de la crisis económica, proyectaron el ascenso
electoral del partido nazi. La economía alemana fue especialmente sensible a la crisis del 29 por la intensa
dependencia de los capitales extranjeros. En julio de 1931 el Reichsbank hubo de suspender sus pagos al
exterior. Ante la caída de los precios internacionales, el gobierno optó por una política deflacionaria, decre-
tando en diciembre de 1931 la reducción de los salarios al nivel de 1927, que debía producir una reducción
equivalente de los precios interiores. También como aconteciera en Francia, esa disminución no pudo com-
petir con las devaluaciones de otros países, mientras que el plano interno la deflación agravó hasta límites
desconocidos los efectos de la crisis, acentuando la inhibición de productores y consumidores y disparando
las cifras de paro. El país se había hundido. La respuesta fue el advenimiento al poder del Partido Alemán
Nacional- Socialista de los Trabajadores convertido por Hitler en una fuerza política arrolladora.
El proyecto hitleriano, expreso en la obra Mi lucha, publicada en 1925, se basaba en un nacionalismo de
fundamentos racistas que aspiraba a reunir bajo el techo del Reich al conjunto de la población alemana dis-
persa en otros Estados y a ampliar el “espacio vital” europeo de la nueva Alemania en dirección al Este. El
objetivo declarado era por tanto la expansión territorial; su condición previo, el establecimiento de un poder
totalitario; el camino final, la guerra.
Su asalto al poder fue consecuencia directa del impacto económico y social de la crisis del 29. Sus inme-
diatas consecuencias políticas se reflejaron en una intensa erosión del espectro partidario del centro (social-
demócratas, católicos, liberales) que constituía el soporte del régimen constitucional de Weimar, y un fuerte
crecimiento de las alternativas extremas, comunista y nazi. Los sucesivos procesos electorales entre 1930 y
1932 convirtieron al partido de Hitler en la fuerza mayoritaria, sin la cual resultaba imposible gobernar. Se-
ñor de la calle, a través de una agresiva milicia partidaria (las S.A.) y capitalizando la acomplejada concien-

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cia nacionalista del alemán medio, demagógicamente atraído con el señuelo “revolucionario” del doble
combate a la “plutocracia” y al comunismo, en enero de 1933 Hitler fue designado canciller.
La imposición de la dictadura nazi fue rápida y contundente. En febrero del propio 1933, el incendio del
Reichstag, del que se culpó a los comunistas, puso en marcha la expeditiva implantación de la dictadura.
Una nueva Cámara, reunida tras las elecciones el 5 de marzo, que dieron el 44% de los votos al partido nazi,
concedió a Hitler plenos poderes. La constitución de Weimar había muerto. Al régimen de libertades suce-
dió un Estado policial encarnado en la figura del Führer que persiguió de manera implacable todo tipo de
oposición y depuró brutalmente a su propio partido en junio de 1934. Tras la muerte de Hindenburg, el 2 de
agosto de ese año, la celebración el día 19 de un plebiscito, que arrojó un 90% de votos favorables, puso
también en manos de Hitler la jefatura del Estado, completando así el control de las instituciones.
La lucha contra la crisis económica dio un giro de ciento ochenta grados, consonante con la naturaleza
dictatorial del nuevo régimen, que estableció una estricta política de controles (salarios, precios, comercio
exterior, cambios, mercados monetarios y de capitales), de planificación selectiva y de impulso a las inver-
siones públicas, orientadas sobre todo desde 1936 al rearme. El gasto gubernamental se disparó a costa del
gasto privado y del consumo. De forma similar a lo que estaba practicando la URSS de Stalin, para hacer
frente al enorme dispendio público, hubieron de detraerse recursos del sector privado, limitando las inver-
siones en industrias de consumo y frenando su demanda mediante estrictos controles de salarios y precios,
aumento de los impuestos y ahorro forzoso. El comercio exterior fue objeto de estricta regulación, limitando
las importaciones no esenciales y estimulando las exportaciones. Para evitar la salida de divisas, se firmaron
acuerdos bilaterales de clearing, sobre todo con los países de la Europa sudoriental, que fueron entrando en
la órbita económica del Reich, preparando así su satelización política. Los resultados fueron espectaculares:
el paro era prácticamente inexistente en 1938.
La eficacia en el combate a la crisis económica, la utilización de una propaganda movilizadora y el em-
pleo implacable de una máquina represiva aseguraron en Alemania el éxito de una extremosa experiencia
totalitaria, solo comparable a la coetánea de la URSS. Estaba genéticamente condenada al desastre (de Ale-
mania y de Europa) puesto que, carente de divisas y de mercados de exportación, y por tanto de los recursos
propios de una normal economía de mercado, sólo el pillaje internacional y la política armamentística eran
capaces de sostener la regeneración alemana. Y, porque, en último término, la confesada razón de ser de ese
Estado totalitario era la realización de unos objetivos imperialistas que pasaban por la guerra y la destruc-
ción.
3.3. Salazar en Portugal: “un Estado tan fuerte que no precise ser violento”
Inscritas dentro del mismo fenómeno de crisis del Estado liberal, las experiencias dictatoriales se exten-
dieron en el período de entreguerras y alcanzaron su más amplia expresión en los años treinta. La Italia fas-
cista había creado un modelo desde 1922 que se radicalizó en los años treinta, pero perdió también en gran
medida su liderazgo como referente desde el ascenso nazi al poder. Otras dictaduras se habían ido impo-
niendo en España (1923, 1939), en Portugal y Polonia (1926), en Grecia (1928), en Yugoslavia (1929), en
Hungría (1932), en Austria y en Rumanía (1933), en Bulgaria (1934) y, en fin, en los Estados bálticos. Sin
embargo, la naturaleza de estos regímenes era más autoritaria que totalitaria. Bajo una parafernalia simboló-
gica y/o institucional de aspecto fascistoide, encubrían a menudo simples dictaduras conservadoras cuyos
objetivos eran siempre más de control que de movilización social.
En Portugal, la crisis permanente de la República parlamentaria establecida en octubre de 1910, acabó
desembocando en un amplio movimiento militar (28 de mayo de 1926) que estableció una dictadura. Sin
embargo, los militares no solo demostraron ser unos gestores desastrosos, agravando la situación de la Ha-
cienda Pública, sino que se revelaron incapaces de articular un sistema alternativo estable que conciliara el
mantenimiento de la tradición liberal-constitucional con la eficacia administrativa y la solidez del poder. En
abril de 1928 fue invitado a hacerse cargo de la cartera de Finanzas el Dr. António de Oliveira Salazar; éste
exigió poderes excepcionales en materia financiera y logró de inmediato enderezar las cuentas del Estado.
El éxito agrandó su figura y su poder, pasando a ocupar la Presidencia del Consejo de Ministros en julio de
1932 que no abandonaría hasta su retirada, por grave enfermedad, en septiembre de 1968. La clave del as-
censo y consolidación del poderoso ministro fue el haber sabido aportar a la dictadura ideas e instituciones

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que transformaron una desorientada situación política de facto, de naturaleza militar, en un régimen de estir-
pe civilista y fundamentación jurídica, estable y autoritario, a la vez que dotado de un entramado institucio-
nal no frontalmente antidemocrático y de una praxis dictatorial relativamente templada.
La estructura del llamado Estado Novo quedó configurada en los primeros años treinta con la publicación
del Acta Colonial (1930), que establecía la indisoluble unión de Portugal y sus colonias; la formación de la
Unión Nacional (1932), mezcla de partido único y plataforma cívica de apoyo y legitimación del régimen; la
Constitución política (1933), modelo “ecléctico” que combinaba elementos autoritarios con otros del consti-
tucionalismo liberal clásico; y los decretos de organización corporativa (1933). La política económica sala-
zarista (conciliando ortodoxia financiera, devaluación del escudo, inversiones públicas y cartelización indus-
trial) contribuyó de forma importante a amortiguar los efectos, en sí mismo débiles, de la crisis mundial so-
bre el país. Las tensiones internacionales y la guerra de España (en las que Salazar intervino en apoyo del
franquismo) acentuaron los perfiles “fascistas” de la dictadura: creció la represión y se crearon organizacio-
nes tan representativas del nuevo estilo como la Legión Portuguesa y la Juventud Portuguesa. Pero el régi-
men nunca llegó a alcanzar los niveles de crispación de otros países, la represión fue comparativamente bas-
tante moderada y el propio Salazar marcó expresas distancias con los regímenes totalitarios, que decía com-
prender, pero que también condenaba por despóticos y ajenos a los valores de la sociedad. Como el fran-
quismo, y aún de forma menos problemática y más confortable, su neutralidad en la Segunda Guerra Mun-
dial, permitió al salazarismo sobrevivir a la caída de los fascismos en 1945 y prolongar la dictadura del Es-
tado Novo hasta su derrumbe en abril de 1974.

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Tema 5. El camino de la guerra
1. La quiebra de la seguridad colectiva (1931-1936)
1.1. Manchuria: el arranque del expansionismo japonés
La primera iniciativa frontal contra el orden internacional procedió de Japón, cuyo desarrollo y presión
demográfica se vieron gravemente comprometidos por el cierre de los mercados internacionales a conse-
cuencia de la crisis económica. Desde finales del XIX Japón se había convertido en la potencia dominante
en Extremo Oriente. Aliado de los occidentales en la guerra de 1914, la victoria de 1919 había reforzado sus
posiciones en la región.
Esta situación preponderante era inaceptable para Inglaterra y sobre todo para los EE. UU., las dos po-
tencias rivales en el área. La alianza anglo-japonesa fue denunciada en 1921 y la presión norteamericana
obligó al gobierno de Tokio a aceptar la reunión de una conferencia en Washington sobre el Extremo Orien-
te (noviembre 1921 a febrero 1922), cuyos acuerdos le forzaban a renunciar a las ventajas territoriales obte-
nidas en 1919, comprometiéndole también a respetar el statu quo y a limitar sus posibilidades de rearme
naval. Sin embargo Tokio conservaba sus privilegios en Manchuria meridional, así como los archipiélagos
alemanes en el Pacífico. La fuerte presión demográfica y los intereses económicos mantenían unas tenden-
cias expansionistas sostenidas por los sectores militares. La idea de que en las tres provincias manchúes ha-
bía que liquidar la administración china para desarrollar allí la necesaria expansión poblacional y económica
del país pasó a constituir un objetivo persistente, estimulado por la actitud antijaponesa del gobierno chino
del Kuomintang, que había restablecido más o menos la unidad del Estado. Hasta finales de la década se
había impuesto la política del sector liberal encarnada en el ministro de Exteriores, Shidehara, partidario de
procedimientos pacíficos de penetración comercial. Pero en 1930 el poder se desplazó hacia los medios mili-
tares, representantes de un nacionalismo agresivo. El inmenso territorio vecino del Estado chino, que vivía
en una situación de crónica debilidad, se ofrecía como la mejor perspectiva para el expansionismo japonés.
Desde 1905 las tropas niponas ocupaban la “zona del ferrocarril” meridional de la provincia china de
Manchuria, donde Japón ejercía su influencia económica. El estallido el 18 de septiembre de 1931 de una
bomba en el ferrocarril fue el pretexto para una acción militar que en pocas semanas se extendió por toda la
provincia manchú. El 1 de Marzo de 1932 se proclamó la independencia, respecto a China, de Manchuria
que, bajo el nombre de Manchukúo y el poder nominal del príncipe Pu-Yi, quedaba de hecho como un pro-
tectorado de Tokio.
Se trataba de una iniciativa doblemente grave porque China era también miembro de la Sociedad de Na-
ciones, a la que el gobierno de Pekín inmediatamente apeló. Los resultados de la respuesta internacional a
esta frontal agresión a los principios y a los tratados, resultaron muy débiles. La Sociedad de Naciones co-
menzó por evitar calificar al Japón de agresor, aceptando la posibilidad de una ampliación de los privilegios
económicos nipones en la región. Y, cuando vino a constituirse el Estado fantasma de Manchukúo, a pesar
de no reconocerle, surgió la solución de que las provincias manchúes recibieran un régimen de autonomía
administrativa. Sólo cuando la firmeza de Tokio tornó inviable cualquier solución de compromiso, la Socie-
dad de Naciones exigió, el 24 de febrero de 1933, la retirada de las fuerzas japonesas y declaró formalmente
que no reconocía al Estado de Manchukúo. Pero ni calificó al Japón de agresor, ni contempló la aplicación
de las sanciones previstas en el artículo 16 del Pacto. La debilidad de la Sociedad de Naciones era el reflejo
de la debilidad de las grandes potencias con intereses en la zona, Inglaterra y los EE.UU., que no se atrevie-
ron a enfrentarse a Japón.
La crisis de Manchuria fue un golpe de muerte a los principios, a los tratados y a las organizaciones in-
ternacionales. Se había atentado contra la soberanía de un Estado, que además era miembro de la Sociedad
de Naciones, sin que el agresor sufriera otra sanción que la condena moral. Incluso la réplica a esa condena
había sido el abandono por el Japón de la Sociedad de Naciones el 27 de marzo de 1932.
1.2. Etiopía en el objetivo expansionista italiano
La frustración del nacionalismo italiano por los acuerdos de Paz había estado en el origen del estableci-
miento de la dictadura fascista en 1922. Su política revisionista se había reflejado ya desde otoño de 1923 en
una reactivación de su acción colonial en el África Oriental donde poseía los territorios de Somalia y Eritrea.
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El verdadero sentido de estas colonias era la expansión hacia el Estado independiente de Etiopía, que podía
suministrar mercados y un territorio de acogida a la emigración italiana. La dictadura fascista basaba sus
pretensiones de expansión económica o política en Etiopía en el acuerdo firmado el 13 de diciembre de 1906
con Francia y Gran Bretaña delimitando sus respectivas zonas de influencia en el Estado etíope. En 1925 el
gobierno de Roma había suscrito otro con Inglaterra, obteniendo el plácet británico para construir un ferro-
carril y acometer una política de realizaciones en su zona de influencia exclusiva. Sin embargo, en los años
siguientes la resistencia del gobierno etíope frente a las ofertas económicas italianas, decidió al gobierno
fascista a despejar la oposición del Negus por la vía de la fuerza. Desde 1932 se acometieron los estudios
para llevar a cabo una acción militar y a finales de 1933 Mussolini consideraba que en un plazo de tres años
el problema debía quedar zanjado. Daba igual que Etiopía fuera también miembro de la Sociedad de Nacio-
nes, ante la que ya en 1926 el gobierno del Negus había denunciado el tratado anglo-italiano como una ame-
naza para la independencia del Estado etíope. Desde principios de los años treinta Italia estaba dispuesta a
anexionarlo. Francia e Inglaterra conocían estas intenciones y se veían afectadas por las mismas. Sin embar-
go, las posibilidades de una respuesta seria de las grandes democracias eran escasas. Los franceses, temero-
sos de las intenciones alemanas de anexionar Austria, precisaban el apoyo de Italia para frenar las iniciativas
germánicas, mientras que las fuerzas armadas y la marina británicas estaban aún muy disminuidas.
De esta forma, al mismo tiempo que Japón mutilaba la soberanía china con la creación del Estado de-
pendiente de Manchukúo, la Italia fascista se preparaba desde 1932 para consumar una agresión en toda re-
gla contra otro Estado, también independiente y también miembro de la Sociedad de Naciones.
1.3. Los primeros pasos del revisionismo alemán
Las primeras iniciativas alemanas para liquidar los acuerdos de la posguerra fueron anteriores a la llega-
da de los nazis al poder. Los últimos gobiernos conservadores de la República de Weimar se vieron presio-
nados por la crisis económica y por el sentimiento nacionalista. Pretendieron además evitar el ascenso arro-
llador del nacionalsocialismo retirándole los argumentos patrióticos en que basaba su estrategia.
La declaración del canciller Brüning, en junio de 1931, de que Alemania dejaría de pagar las reparacio-
nes de guerra fue la primera medida de revisión del tratado de Versalles. La posición comprensiva de las
potencias anglosajonas (Inglaterra y EE.UU.), dejó aislada a Francia, que a su vez se vio obligada a cancelar
unilateralmente las deudas interaliadas. El segundo éxito del revisionismo alemán tuvo lugar en diciembre
de 1932, cuando el gobierno del canciller Von Papen consiguió, también con el beneplácito de Londres, que
en la conferencia internacional de desarme reunida en Ginebra en el mes de febrero se aceptase el principio
de la igualdad de derechos. Probablemente las potencias democráticas temieron que una negativa acelerase
la llegada de Hitler al poder. En cambio, Alemania tuvo que renunciar en septiembre de 1931 a un proyecto
de unión aduanera con Austria (marzo de 1931), para combatir los efectos de la crisis económica, que hubie-
ra sido la antecámara de una unión política.
La llegada del nacionalsocialismo al poder en enero de 1933 supuso una aceleración intensa y brusca de
un revisionismo expansionista que en cuestión de seis años habría de conducir a la guerra. Los objetivos
hitlerianos apuntaban en una primera fase a la reconstrucción de las fuerzas armadas y a la incorporación al
Reich de las poblaciones alemanas de otros Estados, antes de acometer la conquista del “espacio vital” en
dirección al Este.
La política de incorporación de las poblaciones alemanas sólo tuvo éxito en el territorio del Sarre, cuya
población segregada de Alemania en 1919 y puesta bajo la jurisdicción de la Sociedad de Naciones, debía
decidir su futuro mediante referéndum. La consulta del 13 de enero de 1935 arrojó un 90% de votos a favor
del regreso a Alemania.

En cambio, el objetivo de anexionarse Austria fracasó rotundamente. Hitler había actuado con cautela en
el tema de las poblaciones alemanas en el exterior, optando por moverse paso a paso. Así, la cuestión de los
alemanes en Polonia y las disputas generadas por el pasillo de Dantzig, fueron de momento relegadas. A
propuesta alemana, en enero de 1934 los gobiernos de Varsovia y Berlín suscribieron un pacto de renuncia a
la guerra.

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La política de paz hacia Polonia tuvo su contrapartida en las iniciativas para incorporar a Austria. Aun-
que desde el ascenso de Hitler al poder el mayoritario apoyo de la opinión austriaca al Anschluss había sido
sustituido por una actitud de rechazo, el gobierno alemán tenía dos importantes bazas a su favor: la existen-
cia de un partido nacionalsocialista austriaco, y las intensas luchas internas que enfrentaban al socialismo
con el gobierno del partido cristiano-social del canciller Dollfuss. Del 11 al 13 de febrero de 1934 Viena
vivió una verdadera batalla entre las milicias socialistas y las fuerzas gubernamentales y el 1 de mayo se
instauró una constitución autoritaria. El partido nazi austriaco trató de explotar la profunda crisis interna
preparando un golpe de Estado que acabó con la vida del canciller Dollfuss (25 de julio de 1934) pero no
llegó a cuajar, carente del respaldo de la población y de las fuerzas del Estado. El nuevo canciller Schussch-
nigg ocupó el poder sin oposición. Berlín no se movió en apoyo de los nazis austriacos, debido a la rotunda
oposición de Italia que había advertido sobre su firme decisión de proteger, incluso por las armas, la inde-
pendencia austriaca. En cambio, las potencias democráticas estuvieron mucho menos firmes, evitando vin-
cularse de forma directa a la posición del gobierno italiano.
Fracasada momentáneamente en su proyecto de anexión austriaca, la dictadura nazi actuó en cambio con
contundencia en la cuestión del rearme, violando los compromisos y obligaciones internacionales. Francia,
abandonada por Inglaterra, había aceptado en diciembre de 1932 la igualdad de derechos, pero, a la hora de
llevarla a cabo, proponía un período de cuatro años para que entretanto pudiera entrar en juego mecanismos
de control por parte de la Sociedad de Naciones. En mayo del 33 Hitler reclamó la inmediata puesta en prác-
tica de la igualdad de derechos y, ante la negativa francesa, el 14 de octubre abandonó la Conferencia de
Desarme y la propia Sociedad de Naciones. Fue ése el comienzo de un rearme clandestino que, a partir de
marzo del 35, pasó ya a declararse abiertamente por el gobierno alemán. Los británicos y los franceses no se
enfrentaron de forma eficaz a las iniciativas germánicas y esta pasividad dio una fácil victoria a Hitler.
1.4. Fracaso de la contención e impulso del bloque fascista
Ante el derrumbe de las estructuras internacionales para poner coto a las iniciativas revisionistas alema-
nas, la diplomacia francesa buscó desde 1934 el entendimiento con los países afectados por la política ale-
mana: la URSS y la Italia fascista. Esta barrera frente al peligro germánico se concretó en dos actos diplo-
máticos: la declaración de clausura de la Conferencia celebrada en Stresa(16 de abril de 1935) por Francia,
Gran Bretaña e Italia, y en el tratado franco-ruso de ayuda mutua (2 de mayo de 1935). Por la declaración de
Stresa, las potencias signatarias se comprometían a oponerse a cualquier medida que violara los tratados
internacionales, mientras que el pacto franco-soviético comprometía a las partes a una ayuda inmediata fren-
te a una agresión no provocada.
Sin embargo, ambos instrumentos diplomáticos estaban llenos de reservas. Los acuerdos de Stresa in-
cluían arreglos coloniales concernientes a los intereses italianos en Etiopía. Mussolini daba por sentado que
su interlocutor francés aceptaba sus pretensiones, mientras éste, habiéndose mostrado en general compla-
ciente, alegaba que en sus cálculos sólo entraba el control económico del territorio. En suma, el Duce vincu-
laba sus esfuerzos en defensa del statu quo europeo que tanto interesaba a Francia, a la obtención de mano
libre en su proyecto etíope. El acuerdo de Stresa nacía lastrado por un equívoco que a ninguno interesaba
despejar porque era el resultado de intereses contradictorios.
Tampoco el pacto franco-soviético gozaba de gran entusiasmo, ni en Moscú, ni en París, donde se le
consideraba más una forma de descargar los compromisos de Francia con Polonia y la Pequeña Entente e
incluso de inquietar a Berlín induciéndole a entablar negociaciones, que una extensión seria del sistema
francés de alianzas en la retaguardia germánica. Por eso Francia eludió la oferta de la URSS para concretar
el acuerdo con un pacto militar.
El frágil y equívoco dique de Stresa se vino abajo ante el previsible desencadenamiento de la invasión
italiana a Etiopía a primeros de octubre de 1935. La única posibilidad de mantenerlo hubiera sido la acepta-
ción de la conquista italiana que concluyo en marzo de 1936. Pero ante un hecho de tanta gravedad, que
afectaba además a un miembro de la Sociedad de Naciones, la actitud de las grandes potencias democráticas
reveló indudable debilidad. Londres descartó las medidas de fuerza y optó por el recurso a las sanciones de
la Sociedad de Naciones, aprobadas el 7 de octubre. Se prohibía el suministro de armas a Italia, la concesión
de créditos y las importaciones procedentes de la península. Pero no se contemplaban medidas, como el blo-

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queo o el derecho de visitas, para hacer efectivas las sanciones, mientras que el petróleo, vital para el éxito
de las operaciones, continuó siendo abastecido por los EE.UU.
La actitud del gobierno francés fue aún más débil. Apoyaba a Inglaterra en caso de que se produjera un
enfrentamiento con Italia, aunque no realizó ninguna exhibición de fuerza y votó a favor de las sanciones. Y,
ante el hecho consumado de la agresión, atrajo en diciembre al ministro británico de Exteriores a la propues-
ta de un vergonzoso plan de reparto que entregaba a Italia dos tercios del territorio etíope. La frontal oposi-
ción del parlamento de Londres echó por tierra el proyecto.
La diplomacia franco-británica pretendía oponerse a la agresión italiana sin pagar el precio de una ruptu-
ra del frente de Stresa, que resultaba vital para poner en dique al peligro nazi en Europa. La firme determi-
nación del Duce evidenció una vez más la debilidad de las democracias ante las iniciativas revisionistas de
las potencias dictatoriales. El 28 de diciembre de 1935 el gobierno fascista respondía a las sanciones con la
denuncia de los acuerdos franco-italianos de enero de 1935 y de la declaración de Stresa, de abril de ese
mismo año.
Entretanto, en tratado franco-ruso del 2 de mayo había ido entrando en una vía muerta. El gobierno fran-
cés hizo oídos sordos a las propuestas soviéticas para que se firmase un acuerdo militar y retrasó hasta febre-
ro de 1936 la ratificación parlamentaria del tratado. El debilitamiento de la relación franco-soviética y la
liquidación del acuerdo entre las potencias democráticas y la Italia fascista habían destruido el frágil muro
diplomático que protegía la legalidad internacional.
Cuando la crisis de Etiopía estaba tocando a su fin, Alemania aprovechó para dar un paso más en la li-
quidación del Tratado de Versalles. Pretextando que el pacto franco-soviético estaba en contradicción con
los acuerdos de Locarno, el 7 de marzo de 1936 Hitler anunció la entrada de tropas alemanas en la zona
desmilitarizada de Renania. Hitler estaba convencido de que Francia no reaccionaría, porque carecía el apo-
yo de Italia y de que Inglaterra, que en junio del 35 había firmado un ventajoso acuerdo naval con Alemania,
no querría perderlo. Hitler no se equivocó.
Francia, directamente afectada por la remilitarización, no reaccionó. La actitud británica, aceptando, con
malestar pero resignación, el hecho consumado y recomendando prudencia a los franceses, influyó podero-
samente en la actitud del gobierno de París, paralizado también por la impresión de que, a pesar de la alianza
franco-polaca, el gobierno de Varsovia y en general las “alianzas de retaguardia” no eran muy seguras en
caso de guerra con Alemania. De nuevo se había impuesto en las democracias occidentales el espíritu conci-
liador y acomplejado que se revelara en anteriores ocasiones.
2. Hacia la guerra (1936-1939)
2.1. Los conflictos periféricos: la guerra de España y la guerra chino-japonesa
Al mismo tiempo que se liquidaba la crisis de Etiopía con el levantamiento de las sanciones a Italia, en
julio del 36, comenzaba en España una larga y cruenta guerra civil. La guerra civil española obedeció úni-
camente a circunstancias internas, aunque enseguida adquirió una dimensión internacional. Las dos “Espa-
ñas” confrontadas recibieron apoyos del exterior.
La España franquista fue eficazmente auxiliada por Alemania, Italia y Portugal. Roma contemplaba un
refuerzo de sus posiciones en el Mediterráneo, con la obtención de bases en las Baleares, la amenaza a Ingla-
terra en Gibraltar y, en general, mediante una cierta satelización española a sus intereses internacionales en
la región. Alemania valoraba la posibilidad de crear una amenaza contra Francia en la frontera de los Piri-
neos, así como el acceso a importantes materias primas para su industria de guerra. Para Portugal, la victoria
franquista era políticamente deseable, puesto que el salazarismo entendía que la alternativa en España era el
triunfo de una situación revolucionaria que representaría una amenaza segura tanto para el régimen autorita-
rio del Estado Novo como incluso para la propia independencia nacional, que la naturaleza federal e interna-
cionalista de la España roja no respetaría.
Estas tres potencias apoyaron desde el principio de forma decidida la causa de la España de Franco, aun-
que sus aportaciones fueron distintas. La alemana consistió básicamente en el envío de especialistas, de re-
cursos técnicos y armamentísticos. La italiana se concretó, además de en el suministro de armas y blindados
ligeros, en el envío de un contingente de voluntarios. El apoyo portugués en hombres fue modesto; en cam-
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bio, el apoyo logístico desde la frontera peninsular, el respaldo propagandístico al franquismo y, sobre todo,
el auxilio diplomático en el marco de sus privilegiadas relaciones con Inglaterra, resultaron extraordinaria-
mente útiles a la causa de Franco.
La contrapartida de estos auxilios recibidos por el franquismo fue sobre todo el apoyo que la URSS pres-
tó a la República, a partir sobre todo del otoño de 1936, bien directamente, bien con su patrocinio de la In-
ternacional Comunista que organizó las Brigadas Internacionales, decisivas en el sostenimiento de la defensa
de Madrid. También la frontera francesa, tanto la pirenaica como la marítima, canalizó periódicamente ar-
mas y hombres, franceses o no, con destino a la zona republicana.
Las potencias democráticas, Francia e Inglaterra, pretendieron en cambio aislar internacionalmente el
conflicto español ante el temor de que pudiera provocar una guerra general. Por otra parte, sus opiniones
públicas distaban de sentir unánime simpatía hacia la República. Franceses y británicos impulsaron la firma
de un acuerdo de “no intervención”, con un Comité de control en Londres.
La asimetría de los apoyos recibidos por uno y otro bando favoreció indudablemente a la España fran-
quista, colaborando a su victoria. Por otra parte, la no intervención y su incumplimiento fueron el exacto
reflejo de la política de apaciguamiento que venían practicando las potencias democráticas frente a las ofen-
sivas de los poderes fascistas. El resultado fue un paso más en el camino de los desafíos de las dictaduras y
un primer avance en el establecimiento de una expresa solidaridad entre ellas a partir de su común actitud
ante la guerra de España. En octubre de 1936 Italia y Alemania firmaron un protocolo de solidaridad; nacía
así el Eje Roma-Berlín.
Al tiempo que la contienda de España entraba en su segundo año, Japón dio comienzo en julio del 37 a
una ofensiva contra China que se prolongaría durante la Segunda Guerra Mundial. Después del estableci-
miento de su protectorado en Manchuria, en 1932, los japoneses habían proseguido su presión expansionista.
Las razones fueron políticas y, sobre todo, económicas, puesto que la fuerte presión demográfica y la crisis
de las exportaciones agrarias e industriales obstaculizaban la recuperación y extendían la pobreza y el paro.
La presión militar sobre China había continuado de forma intermitente tras la ocupación de Manchuria. El
25 de noviembre de 1936 Tokio y Berlín suscribieron el Pacto Anti-Komintern, contra el comunismo inter-
nacional al que un año más tarde vendría a adherirse Italia. La respuesta de Moscú consistió en favorecer la
aproximación de los comunistas chinos y los nacionalistas para luchar juntos contra Japón.
Después de que en marzo de 1937 el gobierno de Tokio cayera en manos de los nacionalistas más intran-
sigentes y ante la resistencia china a abrirse a los intereses económicos de Japón, en julio de 1937 la estrate-
gia de presión armada dejó paso a la guerra abierta. Las campañas de 1937 y 1938 pusieron en manos de
Japón la China del Norte, numerosos puertos y el valle medio e inferior del Yang-Tsé-Kiang, un territorio en
suma extendido por las regiones más importantes desde el punto de vista económico. Pero el espacio rural y
la guerrilla de nacionalistas y comunistas se le escapaban de las manos. A finales de 1938 los japoneses de-
tuvieron las ofensivas masivas, comprendieron que la única forma de acabar con la resistencia de Chiang
Kai-shek era asfixiarle mediante el corte de las vías de abastecimiento. China no acababa de doblegarse y la
guerra se prolongaría en los años siguientes.
Sin embargo, Japón había extendido sus tentáculos por el continente, con perjuicio de los intereses geo-
políticos de la URSS en la frontera norte y de la importante presencia económica de las potencias occidenta-
les (Inglaterra y EE.UU.), en las ciudades chinas. Pese a lo cual la reacción internacional fue prácticamente
inexistente.
2.2. La expansión nazi en Europa Centro-oriental: Austria, Checoslovaquia, Polonia
A finales de 1937 Alemania había conseguido destruir las cláusulas no territoriales del Tratado de Versa-
lles, rearmándose y remilitarizando Renania. El 5 de noviembre de ese año, Hitler anunció a sus colaborado-
res que había llegado la hora de acometer su programa de expansión territorial, incorporando al Reich a las
poblaciones alemanas del exterior.
El 12 de febrero de 1938 el dictador alemán impuso al canciller austriaco Schuschnigg la entrada en el
gobierno del nazi Seyss-Inquart, que con el control de la policía debía realizar desde dentro la unión con
Alemania. Cuando el canciller trató de despejar la presión de Berlín mediante la convocatoria de un plebisci-
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to sobre el Anschluss, Hitler le forzó a renunciar y a abandonar el poder, sustituido por el propio Seyss-
Inquart (11 de marzo), que al día siguiente abría las puertas a las tropas alemanas. La unión quedó procla-
mada y “legalizada” por un plebiscito en ambos países.
Las potencias no se movieron. Francia, como era habitual, mantuvo una actitud estrechamente depen-
diente de Inglaterra, sin cuyo apoyo no se atrevía a actuar. Londres siempre había mostrado un claro rechazo
a involucrarse en los asuntos continentales y su gobierno conservador era partidario de una política de “apa-
ciguamiento”. Italia se había ido aproximando a Alemania. Por tanto había ido aceptando lo que parecía
inevitable, conformándose con que Berlín la previniera con antelación, lo que por otra parte no sucedió.
A pesar de todo, a raíz de la imposición alemana del 12 de febrero al canciller Schuschnigg, hubo un
cierto amago de reconstrucción del frente anglo-franco-italiano de abril de 1935 para oponerse a la anexión
austriaca. Italia sugería en contrapartida el reconocimiento por Londres de la anexión de Etiopía y la satis-
facción a los intereses italianos en el Mediterráneo. Chamberlain se mostraba proclive, pero el ministro del
Foreing Office condicionaba el acuerdo a la retirada de las tropas italianas de España. En cualquier caso la
tentativa de reconstruir el dique contra el expansionismo nazi no pasó de allí. Pero el Duce estaba ya decidi-
do a orientar sus aspiraciones de grandeza hacia el Mare Nostrum, lo que exigía el apoyo de Berlín y la
aceptación de las pretensiones nazis.
El Anschluss fue el primer paso del expansionismo alemán. Una vez realizado, Hitler se volvió hacia
Checoslovaquia, donde existía una minoría alemana de 3,2 millones en los Sudetes. La negativa del presi-
dente de la República checa, Benes, a negociar una solución de forma bilateral con los alemanes de los
Sudetes y los ataques de la prensa germánica acabaron por desencadenar la crisis desde abril de 1938. El 12
de septiembre Hitler dejó claro que la solución no sería la autonomía, sino la incorporación a Alemania.
Una vez más, todo dependía de la actitud de las restantes potencias. La responsabilidad afectaba princi-
palmente a Francia y a la URSS, puesto que Inglaterra, cuando se firmaron los tratados de Locarno (1925),
se había negado a garantizar las fronteras de Checoslovaquia. Francia sí lo había hecho en el tratado de
alianza firmado con Praga el 16 de octubre de 1925, mientras que las URSS, que había suscrito también una
alianza con Checoslovaquia (16 de mayo de 1935), solo se había comprometido a dar su apoyo armado en la
medida en que París cumpliera sus obligaciones. El retraimiento francés se apoyaba en la inferioridad mili-
tar, en las vacilaciones de los propios gobernantes checos y en la ausencia de energía por parte de las otras
potencias. La URSS, que no tenía fronteras con Checoslovaquia, precisaba la autorización de tránsito de sus
tropas por Polonia o Rumanía lo que ninguno de ellos aceptó. Y en cuanto a los EE.UU., se mantuvieron
como simples espectadores de los asuntos europeos.
La crisis alcanzó su punto más alto en el mes de septiembre. El día 15 Chamberlain viajó a Berchetes-
gaden para escuchar de Hitler su decidida voluntad de anexionar los Sudetes. Un verdadero ultimátum fran-
co-británico forzó al presidente checo a aceptar la segregación. Pero ahora Hitler exigía también que antes
del 1 de octubre la población checa abandonase el territorio sin sus bienes. La negativa franco-británica pa-
recía que inevitablemente conduciría a la guerra. Ésta se evitó por una iniciativa de Mussolini, a sugestión
de Chamberlain, de reunir una conferencia en Múnich (29-30 de septiembre). En ella Hitler aceptó escalonar
entre el 1 y el 10 de octubre la ocupación de los Sudetes y la liquidación de sus bienes por la población che-
ca. La paz se había salvado de momento.
Las consecuencias de Múnich fueron desastrosas: se había dado vía libre a la razón de la fuerza. Francia,
perdió su prestigio, y la URSS, comprendiendo que no podía esperar nada de las democracias occidentales,
se dispuso a aproximarse a Alemania. La vía de la fuerza se dejó sentir de inmediato. Tras un ultimátum, el
1 de octubre, Polonia se anexionó el territorio checo de Teschen, mientras que Hungría se vio adjudicar por
el Arbitraje italo-alemán de Viena, del 2 de noviembre, un territorio al sur de Eslovaquia. Alemania sobre
todo se dispuso a acabar con Checoslovaquia. Forzado por Hitler, el nuevo presidente checo, Hacha, no tuvo
más remedio que aceptar la llamada de las tropas nazis, que al día siguiente entraron en Bohemia. Hitler creó
el “Protectorado de Bohemia y Moravia”, mientras que Eslovaquia se segregaba como satélite de Alemania.
Hungría se anexionaba la Rutenia subcarpática y Hitler incorporaba la antigua ciudad prusiana de Memel.
Mussolini, que no quería desperdiciar la ocasión para fortalecerse en el control del Adriático, conquistaba
Albania.

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Liquidada Checoslovaquia, Hitler dirigió inmediatamente sus objetivos expansionistas hacia Polonia,
con la que en enero de 1934 había firmado un acuerdo por diez años de renuncia a la guerra. Los días 26 y
27 de marzo de 1939, el ministro de Extranjeros, Von Ribbentrop, planteaba al embajador polaco las reivin-
dicaciones alemanas: la ciudad de Dantzig y la concesión de un pasillo extraterritorial de comunicación a
través de territorio polaco con la Prusia Oriental. En realidad, los objetivos de Hitler eran acabar con Polo-
nia. Desde el mes de abril se había ya fijado la fecha del 1 de septiembre para realizar la invasión. Ahora
plenamente conscientes de la imparable dinámica expansionista nazi, las potencias occidentales acabaron
por reaccionar. El 31 de marzo el premier británico se declaró dispuesto a ir a la guerra para defender la in-
dependencia de Polonia, y el 25 de agosto se formalizó una alianza anglo-polaca, que completaba de la París
y Varsovia de 1921.
Con las vistas ya en una guerra inevitable, desde la primavera del 39 se activaron los preparativos diplo-
máticos. La Italia fascista, que desde la guerra civil española había ido estrechando su solidaridad con la
Alemania nazi, firmó el 22 de mayo una alianza ofensiva con Berlín, el llamado pacto de acero.
La atracción de la URSS era clave tanto para las democracias occidentales como para Alemania. Las ne-
gociaciones de franceses y británicos con Moscú dieron comienzo en el mes de abril. Pese a las diferencias
sobre la suerte de los países bálticos, a los que aspiraba la URSS, el 24 de julio estaba ya listo el acuerdo.
Ahora sin embargo el obstáculo provino de Polonia que, temiendo más a los rusos que a los alemanes, se
negó a permitir la necesaria entrada en su territorio de tropas rusas.
Pero entretanto los soviéticos estaban negociando también con los alemanes. Stalin desconfiaba de los
occidentales desde la conferencia de Múnich. La URSS deseaba también expandirse a costa de los Estados
bálticos, de Polonia y de Rumania, y sabía que encontraría más facilidades en Alemania que en las potencias
democráticas. El 23 de agosto la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin firmaron un pacto de no agresión,
que en la práctica daba luz verde a la invasión de Polonia y un protocolo secreto, que dividía entre ambas el
territorio de Polonia y entregaba como zona de influencia y de expansión soviética los Estados bálticos (Es-
tonia, Letonia, Lituania, Finlandia) y Besaravia, que estaba en poder de Rumania.
A última hora, franceses y británicos hicieron en vano una llamada a Alemania y trataron de promover
negociaciones germano-polacas. Italia trató de organizar una conferencia similar a la de Múnich, que las
potencias occidentales únicamente admitían si se evacuaba Polonia. El 3 de septiembre, Francia e Inglaterra
declaraban la guerra a Alemania.
3. Las grandes potencias ante la guerra
Italia era, tras el advenimiento de Mussolini, un país que gozaba de prestigio entre los sectores conserva-
dores internacionales, porque había reconstruido la economía nacional y constituía una barrera frente a las
amenazas revolucionarias del comunismo, sin caer en los peores excesos de los regímenes totalitarios. Esta-
ba presente en todas las grandes decisiones internacionales y había conseguido abrirse una situación domi-
nante en el Mediterráneo. Su poder militar había resurgido mediante un aumento muy significativo de los
gastos de defensa.
Sin embargo, este panorama no tenía el respaldo de una economía sólida. La política del gobierno fascis-
ta de apoyar la economía agraria para evitar la emigración, reducir la dependencia de alimentos extranjeros e
impedir el aumento de las tensiones sociales urbanas, limitaba las posibilidades de modernización económi-
ca. Los gastos del Estado en la preservación de una agricultura, que era atrasada y poco rentable, y el impul-
so a las fuerzas armadas, limitaban los recursos para inversión en actividades industriales. La política autár-
quica, que favorecía la ineficacia empresarial, obstaculizaba asimismo la necesaria entrada de capitales ex-
tranjeros que hubieran contribuido a desarrollar los sectores económicos modernos. Su dependencia de las
importaciones de materias primas y de petróleo, hacían a Italia extraordinariamente vulnerable, mientras que
la escasez de divisas constituía un obstáculo a la importación de bienes.
Incluso sus fuerzas armadas había llegado a finales de los años 30 a una situación nada prometedora. Las
guerras de Abisinia y España habían consumido recursos y habían desgastado el poder militar italiano, que
la carencia de divisas para importar máquinas de fabricación armamentística y las limitaciones tecnológicas
de la industria impedían su renovación. Por último, Mussolini no tenía ni mucho menos el poder de Hitler.
Italia era a finales de los años treinta una potencia mucho más aparente que real.
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Alemania en los años veinte era una potencia fuertemente limitada en su libertad de acción por los ven-
cedores. Todo cambió en los años treinta, como consecuencia de la crisis económica y el consiguiente as-
censo de Hitler al poder. Pero había algunas continuidades fundamentales: una era el intenso espíritu nacio-
nalista y revisionista, que concitó un indiscutible apoyo social al régimen nazi y el fuerte potencial industrial
que conservaba Alemania, a pesar de las grandes crisis que había atravesado desde el final de la Primera
Guerra Mundial.
Hitler poseía un régimen realmente sólido e indiscutiblemente muy popular, así como una estructura y un
espíritu económicos favorables para los empeños de convertir al país en la gran potencia mundial. El rearme
alemán, sobre todo desde 1935, fue espectacular.
Sin embargo para afrontar este esfuerzo armamentístico la economía alemana carecía de recursos necesa-
rios a largo plazo. La planificación económica era poco coherente y no tenía en cuenta las posibilidades
reales de la economía alemana. Para importar las cuantiosas materias primas necesarias al esfuerzo militar,
Alemania ya no podía contar con los ingresos de sus exportaciones de artículos industriales, puesto que la
actividad industrial estaba ahora centrada en la fabricación de armamento y los mercados exteriores se ha-
llaban cerrados por la crisis económica internacional, mientras que los gastos de la Primera Guerra Mundial
y el pago de las reparaciones habían acrecentado el déficit de divisas con las que hacer frente a las importa-
ciones.
La propia incapacidad de la economía alemana para afrontar los enormes gastos armamentísticos impul-
saba también su política expansionista abocada a una guerra, que Hitler preparaba para mediados de los cua-
renta, suponiendo erróneamente que las potencias occidentales aceptarían una vez más la anexión de Polo-
nia.
Japón había salido muy fortalecido de la Primera Guerra Mundial, que le había permitido aumentar su
potencial industrial. El país había podido liquidar sus deudas, convirtiéndose en acreedor. En los años treinta
su actividad industrial había progresado a un ritmo muy superior al de todas las potencias, con excepción de
la URSS. A pesar de las limitaciones impuestas por el tratado de Washington (1922), las construcciones na-
vales habían desarrollado una marina poderosa y moderna. Además de unas fuerzas armadas poderosas y
modernas, sus efectivos humanos estaban bien instruidos e imbuidos de un espíritu de abnegación y sacrifi-
cio que iba literalmente hasta la muerte, lo que representaba un valor militar añadido de primer orden.
Si la expansión nipona en los años treinta había obedecido en gran medida a necesidades económicas
(búsqueda de materias primas, alimentos y mercados), la dependencia estratégica del exterior constituía la
principal vulnerabilidad de Japón. El radio de su expansión por el continente asiático era enorme. La inter-
vención en China desde 1937 nunca pudo asegurar una victoria definitiva y exigía un esfuerzo cada vez ma-
yor. Para aislar a China y acceder al petróleo y otras materias primas de la región, Japón se veía obligado a
expandirse por todo el sudeste asiático, mientras en el norte tenía que sostener la presión militar de la URSS.
No era difícil, dada su superioridad, imponerse a holandeses, franceses e incluso británicos, pero otra cosa
era enfrentarse al tiempo con los rusos y con los norteamericanos. La guerra con EE.UU. era un riesgo exce-
sivo, que no se ocultaba a los estrategas nipones, pero que resultaba inevitable por el potencial económico y
la capacidad de estrangulamiento de suministros estratégicos vitales que poseían los EE.UU.
De las potencias occidentales la más débil era sin duda Francia. En los años veinte conservaba una posi-
ción dominante en términos de prestigio e incluso de posición económica. En 1930 Francia poseía una in-
dustria moderna y unas reservas de oro muy importantes. Sin embargo, en los años siguientes la deflación
producida por la política de ortodoxia monetaria y financiera de los gobiernos fue agravando la posición
económica del país.
Las dificultades económicas repercutieron seriamente en la capacidad militar. Entre 1930 y 1934 los gas-
tos de defensa disminuyeron y sólo volvieron a incrementarse a partir de 1937, aunque la mayor parte de
este aumento hubo de destinarse a reparar deficiencias. Únicamente la marina, que era el arma menos impor-
tante a la hora de parar una ofensiva alemana, tenía calidad. La fuerza aérea realizó escasos progresos. Una
de las mayores debilidades militares es que no existía una estructura de coordinación y de planteamiento
estratégico de la defensa.

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Si la postración económica y el conservadurismo de los jefes militares limitaban la capacidad militar
francesa, la situación sociopolítica del país en los años treinta constituía un serio agravante. La sociedad
francesa carecía de vigor demográfico y acusaba un cansancio y un espíritu pacifista nada favorables a la
realización de esfuerzos colectivos. El régimen político de la III República estaba muy desacreditado. La
derecha radical temía y detestaba más a los “rojos” de dentro que a los nazis, mientras que la extrema iz-
quierda se oponía al aumento de los gastos de defensa.
Francia encaraba la futura guerra en un estado de profunda desmoralización del espíritu público. Los
medios políticos franceses se enfrentaban a la amenaza alemana con un talante defensivo, entregado a la
idea de que, llegado el momento, la opción más razonable era resistir la ofensiva germánica y esperar que el
vital auxilio británico y norteamericano impusiera la victoria aliada. De hecho, a lo largo de los años treinta
la diplomacia francesa había actuado con dependencia de la actitud adoptada por las potencias anglosajonas.
Inglaterra había salido de la Primera Guerra Mundial con una situación poco propicia para realizar un
nuevo esfuerzo. El espíritu pacifista estaba muy extendido como consecuencia del cansancio y del escepti-
cismo respecto de los problemas internacionales. Como en Francia, la cuestión social, propia de un estado
democrático, concentraba la atención de la opinión y de los gobernantes. Aunque la crisis económica había
sido menos intensa que en otras potencias, reducía también las posibilidades de atender a las necesidades de
defensa. Los gastos militares comenzaron a subir en 1936 y solo dos años más tarde se inició un rearme de
grandes proporciones. Las debilidades de la economía, la preocupación de los gobernantes por mantener el
equilibrio presupuestario, el gasto social, en fin, fueron en definitiva obstáculos que limitaron el desarrollo
de las fuerzas armadas. Por otra parte, las tendencias aislacionistas, que rechazaban complicar al país en los
asuntos europeos, y la oposición de los dominios de la Corona (Canadá, Sudáfrica, Eire) a toda implicación
en problemas continentales, no favorecían la resistencia frente al expansionismo de las potencias fascistas.
De hecho Inglaterra seguía siendo un poder mundial que tenía que defender sus intereses en los lugares
más distantes del planeta, pero sus recursos económicos y militares eran notablemente inferiores a los que
había dispuesto antes de 1914.
Gran Bretaña tenía sus intereses fuera de Europa, pero carecía de poder suficiente para defenderlos de
forma aislada y había perdido apoyos estratégicos vitales. Si a esto se le suma el espíritu pacifista y reacio a
las implicaciones europeas que exhibía la opinión, se entiende la diplomacia de transigencia con las poten-
cias revisionistas que caracterizó a la política externa británica hasta el año 39.
No hay duda de que la suerte de las armas en una confrontación mundial dependería de las dos grandes
potencias periféricas que después de 1945 se repartirían la hegemonía mundial: la URSS y los EE.UU. Pero
en los años treinta sus capacidades eran sobre todo potenciales y sus posiciones ante un conflicto europeo no
estaban claramente definidas.
Después del terrible hundimiento producido por la revolución y la guerra civil entre 1917 y 1922, la po-
tencia económica y militar de la URSS había despegado con extraordinario vigor desde finales de los años
veinte como consecuencia del asentamiento del poder estalinista y del lanzamiento de los Planes Quinquena-
les. La brutal “revolución agrícola”, con la colectivización forzosa, había lanzado masas de trabajadores al
sector industrial aumentando vertiginosamente la fuerza de trabajo, mientras que la drástica reducción de la
renta destinada al consumo había permitido acumular formidables inversiones de capital en la formación de
los trabajadores y de técnicos y en el desarrollo de la industria de bienes de equipamiento, ahora planificada
desde el poder.
El agravamiento de la situación internacional dio un enorme impulso a los gastos militares. La potencia
militar de la URSS residía más en la cantidad que en la calidad de sus armamentos, muy por debajo de la de
los alemanes. Por otra parte, las terribles purgas estalinistas tuvieron efectos desastrosos sobre las fuerzas
armadas. La URSS cuyo territorio se extendía desde la frontera polaca al Pacífico, se encontraba en una si-
tuación delicada entre la presión del expansionismo japonés y los conocidos designios alemanes de avanzar
hacia el Este. La desconfianza hacia las potencias de la Europa occidental acabó por llevar a la diplomacia
estalinista a concertar con Berlín un entendimiento de reparto territorial en los confines europeos de ambas
potencias, del que fue principal e inmediata víctima el Estado polaco.

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En los años veinte el poder mundial relativo de los EE.UU. era extraordinariamente alto como conse-
cuencia de su fabulosa capacidad económica y de la debilidad comparativa del resto de las potencias, sobre
todo de Alemania y del URSS. EE.UU. era entonces con gran diferencia la primera potencia en producción
industrial y agrícola, en capacidad financiera y en reservas de oro. El intenso sentimiento aislacionista de la
opinión norteamericana y la ausencia de rivales en el mundo, explican el repliegue de la diplomacia de Wa-
shington y la escasa atención dedicada a la expansión de las fuerzas armadas.
Por el contrario, la crisis económica de los años treinta contrajo la economía norteamericana mucho más
que la de cualquiera de esas otras potencias. Entre 1929 y 1933 el producto nacional bruto se había reducido
en más de la mitad, el valor de los artículos manufacturados había caído un 75% y el número de personas sin
trabajo casi se había cuadruplicado. La gravedad de la crisis económica y la consecuente prioridad de las
cuestiones internas reforzaron las tendencias aislacionistas, debilitándose los vínculos con París y Londres
para poner coto al revisionismo de las potencias fascistas.
Solo a partir de 1937-1938 el presidente Roosevelt comenzó más comprometido con la causa de las de-
mocracias europeas. También a partir de entonces se impulsaron los gastos militares. En suma, las dos gran-
des debilidades de los EE.UU. ante los desafíos al orden internacional de los poderes revisionistas eran el
sentimiento aislacionista dominante y los déficits en el terreno de la defensa. A finales de los años treinta la
economía norteamericana estaba infrautilizada y su potencial de crecimiento era altísimo. Los alemanes y,
aún más los japoneses, lo sabían muy bien. Y parece que esta previsión sobre las inmediatas posibilidades
norteamericanas de desequilibrar su capacidad militar, les debió inducir a no retrasar más de la cuenta sus
iniciativas bélicas.

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Tema 6. La Segunda Guerra Mundial

1. Guerra total, guerra mundial


El 1 de septiembre de 1939 el ejército alemán cruzaba la frontera con Polonia. El 3 de septiembre, Gran
Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania. Comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Al igual que la
Gran Guerra, el enfrentamiento se originó en Europa y, en sus primeros compases, fue un conflicto interno
del viejo continente. Superada la primera fase, la guerra se extendió por todo el planeta y alcanzó a la in-
mensa mayoría de la población mundial. Como la anterior, fue una guerra de gran duración, en gran parte
por las importantes victorias iniciales de los alemanes y el control que ejercieron en toda Europa, lo que
obligó a una dura y larga etapa de recuperación. Esta nueva contienda fue también una guerra total ya que
afectó a los soldados y a la población civil. Los bombardeos aéreos sobre ciudades y las actuaciones de los
ejércitos de ocupación provocaron una sangría de la población civil sin precedentes. Sin embargo, a dife-
rencia de la anterior, puede ser considerada más una guerra ideológica que una guerra entre estados; prueba
de ello es que en más de un país hubo fuertes divisiones y enfrentamientos internos, cuando no una guerra
civil entre simpatizantes del fascismo y los antifascistas, que agrupaban desde liberales hasta comunistas.
La guerra condicionó la economía de todos los países, cuyos recursos se emplearon con un objetivo béli-
co. Además impulsó la investigación ya no sólo en la industria estrictamente de guerra, sino en aquella cuyo
objetivo era el producir materiales para el frente, como los productos sintéticos. El Estado, de nuevo, tomó
las riendas de la economía, y la mujer volvió a ocupar puestos de trabajo en fábricas y oficinas.
En cuanto a las innovaciones técnicas en materia militar, la más importante fue la sufrida por la aviación.
Aparecieron los bombarderos cuatrimotores. Antes de la guerra ya se pensaba en la utilización de los bom-
barderos para la destrucción de la industria del país enemigo e incluso para debilitar psicológicamente a po-
blación. Alemania ya había probado el bombardeo de ciudades durante la Guerra Civil española. Este tipo de
actuaciones fue utilizado con cautela en los primeros momentos, sin embargo, la situación cambio con la
Batalla de Inglaterra, donde ambos contendientes atacaron ciudades enemigas. En cuanto al ataque de cen-
tros industriales, los bombardeos fueron ganando, según avanzaba el conflicto, en táctica y exactitud de sus
ataques, aumentando los daños. La superioridad aliada se puso en evidencia con los B-17. Mención aparte
merece la bomba atómica. Tanto las potencias del Eje como los aliados mantuvieron una carrera por su con-
secución. Pero fueron los estadounidenses quienes, con ayuda de científicos huidos de Alemania, lo consi-
guieron en primer lugar.
En tierra lo más destacado fue el uso masivo de carros de combate. En un principio fue Alemania la que
utilizó los tanques en situaciones en las que había una superioridad del enemigo. Esta táctica fue clave en la
guerra relámpago durante los primeros meses de contienda. En los años siguientes los aliados perfecciona-
ron los carros y su utilización en la guerra, y terminaron siendo superiores a los alemanes. Aparecieron otros
armamentos individuales, como las armas anticarro y los fusiles de asalto, qué aumentaban considerable-
mente la capacidad de fuego. En artillería, los alemanes continuaron fabricando cañones de grandes dimen-
siones.
En el mar, los submarinos volvieron a tener una actuación destacada, al igual que los grandes buques.
Aunque más novedosa fue la utilización de portaaviones. Otros barcos y lanchas utilizados para el traslado
de tropas y desembarcos cumplieron una misión fundamental. Hay que hacer mención al radar, instrumento
importante para la guerra aérea y marítima. Las armas químicas y bacteriológicas apenas se utilizaron a dife-
rencia de lo sucedido en la anterior contienda.
2. El desarrollo de la contienda
2.1. “Blitzkrieg” (1939-1941)
El avance de las fuerzas armadas alemanas –Wehrmacht– en Polonia fue rápido. Las divisiones acoraza-
das con el apoyo de la aviación –Luftwaffe– facilitaron la penetración de los soldados alemanes que invadie-
ron en poco más de un mes el territorio polaco. Era la guerra relámpago (Blitzkrieg). Alemania no podía
permitirse una guerra de desgaste. El Estado nazi no pensaba entrar en guerra hasta 1944, por lo que al inicio

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del conflicto el ejército alemán no estaba completamente preparado. Necesitaba una victoria rápida que le
permitiera ganar tiempo. A los pocos días del ataque alemán, el 17 de septiembre, la URSS había penetrado
en la parte oriental de Polonia, de acuerdo al pacto firmado entre germanos y soviéticos de finales de agosto.
El 28 de septiembre Varsovia era ocupada y el 6 de octubre desaparecía cualquier tipo de resistencia. Ale-
mania se anexionaba Danzig, Posnania y Alta Silesia, y la URSS volvía a ocupar los territorios arrebatados a
la Rusia zarista tras el fin de la Primera Guerra Mundial. El estado polaco quedó como un pequeño territorio
alrededor de Varsovia y Cracovia. A su frente se situó al nazi Hans Frank, como gobernador al servicio del
III Reich.
Tras la derrota polaca, la URSS pretendió establecer bases militares en los estados bálticos y Finlandia.
Ésta se opuso a las pretensiones soviéticas. El 30 de noviembre de 1939, los soviéticos atacaban y los fin-
landeses se refugiaban tras la línea Mannerheim. La URSS era expulsada de la Sociedad de Naciones en
diciembre de ese año por este acto de agresión. A pesar de la ayuda que ingleses y franceses enviaron a los
finlandeses, la guerra había concluido en marzo de 1940. Por el tratado de paz de Moscú, la URSS ocupaba
Hango, las islas Aland, Carelia y Besarabia, aunque Finlandia mantenía su independencia.
Mientras, en el frente occidental, el conflicto se había convertido en una guerra de posiciones. Los fran-
ceses situados detrás de la línea Maginot, mientras los alemanes hacían lo propio tras la Sigfrido. Ambas
líneas se consideraban seguras contra el ataque de carros de combate. Este estancamiento sin enfrentamien-
tos supuso que se hablara de la “guerra de pega” o “guerra en broma”. Todavía se pensaba que el conflicto
se podía solucionar sin lucha armada. El propio Hitler realizó una oferta de paz a las dos potencias occiden-
tales que fue rechazada. Ambas partes intentaban ganar tiempo.
Pasado el invierno los alemanes reiniciaron su política de expansión. El 9 de abril atacaban Noruega. Es-
grimían que los ingleses intentaban cortar la llegada de mineral de hierro sueco a la industria alemana me-
diante la colocación de minas en aguas noruegas. A principios de mayo la parte sur del país escandinavo
estaba ocupada. El Rey Haakon huyó a Inglaterra, mientras se instauraba un gobierno provisional presidido
por Vidkun Quisling, militar noruego fundador del partido nazi en su país. Al mismo tiempo, los alemanes
invadían Dinamarca.
Días antes de finalizar la guerra en Noruega, el 10 de mayo, el ejército alemán atacaba el frente occiden-
tal. La guerra relámpago con ataque masivo de carros de combate combinado con fuertes bombardeos y pa-
racaidistas surtió un efecto demoledor. En dos días los alemanes ocupaban los Países Bajos y Bélgica. Los
holandeses capitularon. Los aliados esperaban el ataque por Bélgica pero el avance se produjo en las Arde-
nas, zona que los franceses consideraban imposible de traspasar con carros de combate. El avance de los
tanques alemanes fue irresistible. El 27 del mismo mes el rey belga, Leopoldo III, pidió el armisticio. El
ejército aliado, con la rendición belga, quedaba en una situación muy comprometida. Los aliados se retiraron
hasta Dunquerque con la intención de evacuar hacia Inglaterra al mayor número de soldados. Lograron em-
barca a más de 330.000 hombres. Aunque 40.000 soldados franceses que cubrían la retirada fueron hechos
prisiones.
Las divisiones de carros blindados alemanes cruzaron la línea Maginot en extremo noroccidental, allí
donde no había terminado de construirse. Las fuerzas alemanas avanzaban hacia el sur de Francia, mientras
el gobierno francés presidido por Paul Reynaud se instalaba en Burdeos. El 13 de junio el ejército alemán
desfilaba por las calles de París. Reynaud dimitió y fue sustituido por el mariscal Petain que firmó el armis-
ticio el 22 de junio. El III Reich ocupó dos terceras partes del territorio francés, quedando el tercio restante
en manos del gobierno colaboracionista francés ubicado en Vichy bajo la presidencia de Petain.
Mussolini también atacó Francia, pero sólo cuando las posibilidades de defensa eran mínimas. El 10 de
junio invadía territorios fronterizos y seguidamente se dirigió hacia Grecia y el norte de África. La entrada
de Italia en la guerra implicaba que también el Mediterráneo se convertía en lugar de conflicto. En este pun-
to la ayuda de España era fundamental. Dos días después de la entrada de Italia en la guerra, Franco abando-
naba la neutralidad y se declaraba “no beligerante”. El día 14 ocupaba la ciudad internacional de Tánger y
planificaba la invasión de Gibraltar, lo que supondría la entrada de España en la guerra. Sin embargo, la des-
trucción y agotamiento de España a causa de la guerra civil y la falta de un buen equipamiento del ejército
no facilitaba la incorporación al conflicto. En la reunión que mantuvieron Hitler y Franco en Hendaya, el 23

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de octubre de 1940, el Fuhrer se mostró dispuesto a ayudar a España, y Franco expresó su interés por parti-
cipar en la guerra al lado del Eje. El dictador español estaba convencido de la victoria de los países fascistas,
y admitió la futura adhesión de España al Pacto Tripartito, pero no fijó el momento de la incorporación de
España a las operaciones bélicas. En los meses siguientes, Hitler presionó para la incorporación de España a
la guerra, pero entre los dirigentes franquistas se imponía la prudencia.
2.2. La Batalla de Inglaterra
Tras la caída de Francia, los alemanes consideraron la posibilidad de invadir Gran Bretaña. En Inglaterra,
el conservador Winston Churchill ocupaba el cargo de primer ministro en un gobierno de Unidad Nacional
tras la salida del gabinete de Neville Chamberlain, quien continuó vacilando en la política a seguir incluso
tras la ocupación alemana de Noruega. Churchill en su primer discurso a la nación dijo que no tenía nada
más que ofrecer que “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, y se comprometió a luchar hasta el final contra la
tiranía.
La Batalla de Inglaterra comenzó el 10 de julio de 1940. Hitler, en un último intento de conseguir la
desunión entre las potencias aliadas lanzó una proposición de paz a los ingleses el 19 de julio, que fue recha-
zada. La invasión de las Islas Británicas no podría realizarse sin dominar antes el espacio aéreo, así que la
Luftwaffe bombardeó intensamente ciudades y centros fabriles. A pesar de todo, los alemanes nunca contro-
laron el mar y el aire como para proceder a la ocupación de Inglaterra. Hitler decidió, a finales de octubre de
1940, posponer la invasión y avanzar hacia el este.
La entrada de Italia en la guerra, en junio de 1940, vaticinaba un más que seguro enfrentamiento en el
Norte de África. Los italianos, con sus colonias de Libia y Abisinia, entraron pronto en colisión con los in-
gleses, asentados en Egipto y África Oriental. El 13 de septiembre, penetraron en Egipto con el objetivo de
avanzar hacia el Canal de Suez, lo que implicaba el control del Mediterráneo. El ejército italiano contó con
la ayuda del Afrika Korps alemán, dirigido por el mariscal Erwin Rommel, y con colaboracionistas france-
ses de Vichy, que aportaron suministros a través de Túnez.
En el sur de Europa el avance italiano sobre Grecia, coincidió con el ataque alemán sobre Yugoslavia, lo
que provocó la retirada de más de 10.000 soldados ingleses hacia el mar. Países de la zona como Hungría,
Rumanía y Bulgaria se adhirieron a la alianza militar de las potencias del Eje. En los meses siguientes nue-
vos países como Yugoslavia y Croacia entraban en la órbita de los dominadores de Europa.
2.3. La “Operación Barbarroja”
El pacto germano-soviético de 1939 nunca fue entendido por las potencias occidentales y seguramente
tampoco gozó de plena confianza entre los firmantes. El avance de la URSS hacia los Balcanes y los intere-
ses alemanes en la zona, con la incorporación de buena parte de estos territorios al Nuevo Orden nazi, lle-
naba de interrogantes el mantenimiento del pacto. Hitler, consciente de las grandes riquezas naturales de la
URSS, puso en marcha con el inicio del verano, el 22 de junio de 1941, el plan Barbarroja. Más de 3 millo-
nes de hombres atacaron la URSS. El avance fue espectacular. En el otoño de 1941, los alemanes se habían
apoderado de la Rusia Blanca, ocupaban parte de Ucrania, Leningrado estaba sitiado y sus tropas se encon-
traban a 35 kilómetros de Moscú. Pero el invierno soviético y la dura resistencia rusa detuvieron el avance a
principios de diciembre de 1941.
En medio de esta situación, los japoneses bombardeaban la base norteamericana de Pearl Harbor (7 de
diciembre de 1941), en las Islas Hawai. El país nipón, al igual que Alemania en Europa, llevaba a cabo una
política expansionista en Asia y reclamaba su “gran espacio oriental”. En China, había colocado un go-
bierno títere en Nan-Kin, en el verano de 1937, y habían ocupado Indochina en julio de 1941. EE.UU. reac-
cionó con el embargo de exportaciones de productos importantes para la economía japonesa como el hierro
y el acero, y en noviembre de 1941 exigió el fin de ambas ocupaciones.
De todas formas, a pesar de que era evidente que los intereses de ambas naciones terminarían chocando
en el Pacífico y que las relaciones entre EE.UU. y Japón estaban deterioradas, el ataque a Pearl Harbor fue
una auténtica sorpresa. Al día siguiente del bombardeo, EE.UU. y Gran Bretaña declaraban la guerra a Ja-
pón. El 11 de diciembre, Alemania e Italia hacían lo propio con EE.UU.

51
2.4. 1942, el dominio del Eje
Las potencias del Eje consiguieron durante 1942 la máxima extensión de su dominio. Cuatro zonas van a
marcar el fuerte empuje de sus ejércitos: el Pacífico, el Norte de África, el Atlántico y la Unión Soviética.
En enero de 1942, veintiséis países, entre los que se encontraban las principales potencias, Gran Bretaña,
la URSS y EE.UU., decidieron no poner fin a la contienda hasta la derrota total de las potencias del Eje. Por
su parte, EE.UU. y Gran Bretaña acordaron coordinar sus actuaciones bélicas en un Estado Mayor Combi-
nado y decidieron dar prioridad a la guerra en Europa postergando, de esta manera, la guerra del Pacífico a
la derrota de Alemania. Así, los japoneses lograron importantes avances tras el ataque a Pearl Harbor. En los
primeros cinco meses de 1942 ocuparon: Malasia, Indonesia, Filipinas, Birmania, Hong Kong, Guam, Nue-
va Guinea y amenazaban Australia.
En el Norte de África, tras el avance italiano, los ingleses, a comienzos de 1941, habían logrado entrar
en Libia y Etiopía, poniendo fin al dominio italiano en la zona. El protagonismo pasó a manos del Afrika
Korps de Rommel, que a mediados de 1942, había penetrado en Egipto. Los panzer alemanes lograron avan-
zar, a finales de agosto, hasta El Alamein, localidad situada a un centenar de kilómetros de Alejandría, con
lo que la amenaza se cernía sobre el Canal de Suez.
Por su parte, los submarinos alemanes controlaban la navegación en aguas del Atlántico. A principios de
1942, EE.UU. no estaba completamente preparada para la guerra y pasaba por un momento de movilización
y producción de material bélico. Así que durante buena parte de este año, los barcos ingleses y norteameri-
canos sufrieron ataques germanos incluso cerca del continente americano, imposibilitando la salida de tropas
estadounidenses con destino a Europa.
Por último, la ofensiva alemana en la URSS tuvo su punto álgido en 1942. Hitler destituyó al general
Von Brauchtisch, jefe de las unidades invasoras, y tomó el mando de las operaciones. En mayo de 1942,
intensificó el ataque sobre Crimea. En los meses siguientes dirigió sus fuerzas hacia los campos petrolíferos
del Cáucaso; mientras que en los meses siguientes dirigió sus fuerzas hacia los campos petrolíferos del Cáu-
caso y la ciudad de Stalingrado, donde más de 22 divisiones intentaron cruzar el Volga. Los rusos perdieron
en esta batalla, considerada como la más atroz de toda la guerra, a más hombres que los EE.UU. en todas
las acciones bélicas durante la contienda. Igual de terrorífico fue el asedio de Leningrado que duró 900 días,
de septiembre de 1941 a enero de 1944. La resistencia rusa en todos y cada uno de los frentes fue excepcio-
nal en unos momentos extremadamente delicados: la cuenca industrial del Don estaba ocupada, al igual que
la zona de Ucrania, lo que provocaba escasez de alimentos. Los dirigentes soviéticos decidieron el traslado
de la industria hacia el este. Con esta decisión se aseguraban la continuidad de una producción que, a pesar
de todo, no había sido seriamente dañada.
Todo este panorama comenzó a cambiar a finales de 1942. Los estadounidenses, bajo el mando del gene-
ral Douglas MacArthur, consiguieron victorias importantes liberando a Australia de la presión japonesa. Al
final de año los americanos desembarcaban en Guadalcanal, en Islas Salomón, lo que suponía el fin del
avance japonés y el inicio de la contraofensiva. Al mismo tiempo, la fuerza submarina alemana fue perdien-
do efectividad en el Atlántico, con lo que los aliados empezaron a planificar la invasión de Europa a través
de Inglaterra. En el Norte de África las tropas inglesas dirigidas por Montgomery lograron contener en octu-
bre de 1942 a los alemanes en El Alamein; un mes más tarde, el general Eisenhower, al mando de tropas
estadounidenses, lograba desembarcar y avanzar desde el oeste. Ambos ejércitos acorralando a Rommel en
Túnez, donde lo vencieron en mayo de 1943. Por último, los soviéticos lograron la victoria en Stalingrado,
en febrero de 1943, donde capitularon cerca de 330.000 alemanes. Desde este momento los rusos avanzaron
continuamente hacia el oeste.
2.5. La victoria aliada
Desde África, las tropas aliadas lograron cruzar el Mediterráneo y penetrar en el continente. En julio de
1943 entraron en Sicilia. Ante el avance aliado, Mussolini dimitió y fue detenido. El rey, Víctor Manuel II,
nombró un nuevo gobierno que solicitó el armisticio –firmado el 3 de septiembre- y declaró la guerra a
Alemania. Italia fue admitida como “cobeligerante” por los aliados. Los alemanes invadieron el norte de
Italia, mientras que Mussolini lograba escapar de su encierro ayudado por tropas alemanas el 22 de septiem-
bre y se desplazaba al norte donde fundó la República Social Italiana –o República de Saló– bajo protección
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alemana. El 4 de junio de 1944, los aliados entraban en Roma; y en abril de 1945, los partisanos detenían a
Mussolini cuando intentaba huir. El Duce fue fusilado y descuartizado.
Dos días después de la entrada de los aliados en Roma, el 6 de junio de 1944, se ponía en marcha la ope-
ración Overlord: 100.000 hombres, principalmente ingleses y norteamericanos, desembarcaban bajo el man-
do del general Eisenhower en las costas de Normandía. Esta acción fue el mayor desembarco de tropas por
mar que se había realizado en la historia. El avance en esta zona fue más complicado que la entrada de los
aliados por el sur de Italia debido, en gran medida, a las importantes fortificaciones construidas por el ejérci-
to alemán. Además, el mejor estado de las carreteras hacia que la comunicación entre las zonas de defensa
fuera más fluida que en el sur del continente. La liberación de París tuvo lugar el 25 de agosto. Mientras en
el sur los aliados lograron desembarcar en Provence el 15 de agosto y ocupar Marsella el día 23. Ambos
contingentes se unieron en la zona de Dijon a mediados de septiembre. A finales del mismo mes cruzaban la
frontera con Alemania en dirección a Berlín.
En el frente ruso, el avance de tropas soviéticas fue continuo. En 1944, los rusos expulsaron a los alema-
nes de Ucrania, la Rusia Blanca, los Estados Bálticos y Polonia oriental. En agosto llegaban a Varsovia, y en
los meses siguientes a Rumania, Bulgaria y Hungría. En febrero alcanzaban Oder, a menos de 100 kilóme-
tros de Berlín, donde el general Zhukov reagrupó sus fuerzas. Al mismo tiempo, los aliados también detu-
vieron sus efectivos en el oeste cerca de Berlín. Eisenhower permitió que fueran las tropas rusas las primeras
en entrar en la capital alemana, como reconocimiento al gran sacrificio realizado por el pueblo ruso durante
la guerra. Berlín fue ocupada entre el 25 de abril y el 2 de mayo. El 30 de abril, Hitler se suicidaba en el
bunker de la Chancillería. Ocho días después el almirante Karl Dönitz, designado sucesor por el Fuhrer, fir-
maba la capitulación.
La caída de Alemania suponía el fin de las acciones en Europa, pero no el de la guerra. En el Pacífico,
las fuerzas americanas fueron ocupando entre enero de 1944 y marzo de 1945 las islas Filipinas, las Mars-
hall, las Carolinas y las Marianas. Los americanos pusieron bases en islas que se encontraban cerca de Ja-
pón. Desde estas bases y desde portaaviones desencadenaron un intenso bombardeo sobre Japón desde mayo
de 1945 que destruyó el resto de la flota y la industria nipona. A pesar de todo se pensaba que la rendición
de Japón iba a ser larga y costosa. Harry S. Truman, que había sustituido a Roosevelt fallecido el 12 de abril
de 1945, decidió lanzar la primera bomba atómica de la historia. El 6 de agosto de 1945, el “Enola Gay”,
bombardero cuatrimotor B-29, despegaba de Tinian y dejaba caer a “Litte Boy”, bomba atómica de unos
cuatro mil kilos de peso, a las 8:15 de la mañana en Hiroshima. La ciudad de 200.000 habitantes, fue des-
truida prácticamente en su totalidad, pereciendo a causa de la explosión más de 70.000 personas. Tres días
más tarde lanzaban una nueva bomba atómica, “Fat Man”, sobre Nagasaki que mató a más de 80.000 perso-
nas. Los japoneses pidieron la paz inmediatamente. El 2 de septiembre de 1945 firmaban la rendición a bor-
do del acorazado “Missouri”. Japón pasaba a ser ocupado por EE.UU., aunque mantenía a su emperador,
Hirohito, como jefe del Estado.
3. Las retaguardias
3.1. Las potencias combatientes
La Segunda Guerra Mundial influyó en mayor medida en la población porque las acciones bélicas deja-
ron de circunscribirse exclusivamente al frente de batalla, y los habitantes de ciudades y pueblos pasaron a
ser un objetivo más.
Las potencias democráticas anglosajonas exigieron un gran esfuerzo productivo a su población. Su fuer-
za estaba en el nivel de producción, y entendían que por cada momento que alargaran la guerra aumentaban
sus posibilidades de victoria. EE.UU. incrementó de forma excepcional su producción; al final de la guerra,
alcanzaba los dos tercios de la producción mundial. En el orden político, tanto Gran Bretaña como EE.UU.
mantuvieron en esencia el funcionamiento de sus instituciones. Las libertades y derechos ciudadanos fueron
respetados. Los medios de comunicación pudieron ejercer su libertad de informar de una forma amplia y
mantuvieron una actitud crítica frente al poder. Aunque los ciudadanos británicos soportaron peores condi-
ciones de vida que los estadounidenses, hubo un ambiente de ayuda colectiva que facilitó la superación de
las dificultades. En este ambiente de sacrificio y unidad, el líder conservador Winston Churchill fue elegido
para conducir al país en los difíciles momentos de la guerra, siendo relevado de su cargo una vez finalizada.
53
Los ingleses reconocían la actuación de su primer ministro durante la contienda, pero dudaban de su capaci-
dad para gestionar los nuevos tiempos de paz en los que los avances sociales debían ser importantes.
Uno de los problemas fundamentales a los que tuvo que enfrentarse Gran Bretaña fue la pérdida de con-
trol de sus colonias. Mientras que en algunos casos la guerra estrechó los lazos con la metrópolis, como su-
cedió con Australia y Canadá, en otros territorios se vio la posibilidad de poner fin a años de sumisión. Diri-
gentes de países del Norte de África y asiáticos apoyaron a alemanes o japoneses con el único objetivo de
acabar con el imperialismo occidental.
En EE.UU., en los primeros compases de la guerra, la opinión pública estaba dividida entre los que apo-
yaban la intervención y los que se oponían. Unos y otros tenían visiones enfrentadas de cómo la contienda
podía influir en su país. El presidente Roosevelt era partidario de la intervención, y su política facilitó la
ayuda a los aliados. Si en los años treinta el gobierno norteamericano defendió la neutralidad, como quedó
reflejado en la Guerra Civil española, en noviembre de 1939 aprobaba la ley “Cash and Carry” que permitía
la venta de armas a los aliados al contado. La puesta en práctica de esta nueva política se puso de manifiesto
con el envío de armas a Inglaterra en el verano de 1940. En marzo de 1941, Roosevelt, cada vez más procli-
ve a la intervención, aprobaba la ley de “Préstamo y Arriendo”, que permitía la compra de armas y otros
productos como materias primas y alimentos a crédito. Al mismo tiempo, el país se preparaba para la posible
entrada en el conflicto, lo que incluía la reorganización del ejército y la ampliación de la fuerza aérea y la
flota. Con el ataque japonés a Pearl Harbor la opinión de los norteamericanos cambió. Algunas minorías,
como la población negra, mejoró sus condiciones de vida por su participación en la guerra, mientras que los
japoneses, en su mayoría ciudadanos norteamericanos, perdieron sus derechos y fueron internados en cam-
pos de concentración ante una posible colaboración con el enemigo.
Dentro de los aliados, la otra gran potencia, la Unión Soviética, movilizó desde el principio todos sus
efectivos. El sacrificio exigido a su población fue excepcional, y a pesar de que buena parte de sus recursos
y territorios estuvieron en poder alemán, mantuvo una producción alta, en gran parte consecuencia de la de-
cisión de trasladar la industria a territorios del Este. La política de tierra quemada puesta en marcha por los
soviéticos durante el avance de los alemanes supuso una reducción considerable en su Renta Nacional.
Además de todos los sacrificios derivados de un trabajo agotador con el objetivo de mantener el nivel pro-
ductivo, lo que incluyó una disminución de los salarios, la brutal acción de las tropas alemanas en suelo ruso
vino a castigar de una forma especial a toda la población. Por otra parte, los dirigentes políticos y militares
soviéticos y las principales autoridades en ciudades y pueblos no dudaron en tomar medidas que eliminaron
las libertades, derechos y las divisiones entre la población civil. Las tropas fueron obligadas a mantener la
resistencia o iniciar el contraataque a cualquier precio. La Guerra Mundial en la URSS se convirtió en la
Gran Guerra Patriótica que logró aunar el sentimiento nacional y a la que se supeditaron todos los esfuerzos
necesarios para conseguir la victoria.
En las potencias del Eje se intentó, en los primero meses de guerra, que la población no sufriera los efec-
tos de la contienda. En Alemania, a diferencia de 1914, los ciudadanos no soportaron ningún tipo de restric-
ción. La estrategia de Hitler de realizar una guerra relámpago estaba directamente relacionada con la nece-
sidad de una victoria rápida, ante la superioridad material de los aliados, que le permitiera el acceso a las
materias primeas tan necesarias para la industria. El Estado no acaparó todos los resortes de la economía, así
que se mantuvo la iniciativa privada aunque en todo momento estuvo supeditada a las necesidades de los
dirigentes nazis. La economía se vio beneficiada por el expolio de los países ocupados: se incrementó la
producción de petróleo en Hungría, en Noruega se puso en marcha una importante industria de aluminio y
de Polonia se desviaron grandes cantidades de minerales para la industria germana.
En otros casos, países denominados neutrales colaboraban con la potencia que dominaba Europa. España
aportó a Alemania productos alimenticios y un mineral, wolframio, necesario para la industria bélica. Franco
pagaba, de esta forma, la ayuda recibida de Hitler durante la guerra civil. En cuanto a la mano de obra en las
fábricas, la falta de hombres en la industria, requeridos para engrosar el ejército, no fue suplida con mujeres
alemanas, en parte por la propia ideología nazi, pero también porque el régimen utilizó la mano de obra for-
zosa compuesta por prisioneros, miembros de razas consideradas inferiores o por los propios alemanes opo-
sitores al Nuevo Orden. La nueva sociedad nacida de la victoria nazi implicaba la unidad de pensamiento,

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con lo que se exacerbó el totalitarismo y con ello la marginación y la eliminación de cualquiera que disintie-
ra con las bases del Estado nacional-socialista.
Italia sintió la necesidad de imponer restricciones a la población durante los primeros meses de la guerra.
Mussolini unió su destino a Hitler convencido de la superioridad alemana y de su victoria. Sin embargo, la
actuación de los dirigentes italianos fue menos previsora que la de sus correligionarios e hicieron gala de
una mayor improvisación. El régimen italiano mantuvo el totalitarismo que había presidido su actuación
desde la subida del Duce al poder y continuó ejerciendo la represión contra los opositores de forma sistemá-
tica.
Por su parte, Japón tenía graves problemas con el suministro de productos, especialmente petróleo, que
además compraba a EE.UU. La ocupación de territorios en Asia facilitó el suministro de materias primas
para la industria japonesa. A estas serias carencias se unía el problema de mantener a una población sin los
recursos alimenticios adecuados, base de la justificación de su expansión colonial. La sociedad japonesa
estaba educada en una férrea disciplina, consecuencia de su cultura y de una larga e importante tradición
militar. Sus enfrentamientos bélicos con otros países en las últimas décadas se habían saldado con victoria,
lo que unido a su avanzada tecnología militar y su concepto de honor y patriotismo hacían de ellos un
enemigo difícil de batir. Los japoneses mantuvieron la unidad y estuvieron dispuestos a defender cada isla y
cada casa hasta el final. Solamente la sobrecogedora experiencia de las explosiones nucleares doblegó su
espíritu de resistencia. De todas formas, el Consejo Supremo de Guerra nipón dudó hasta el último momento
en aceptar la rendición por miedo al levantamiento del ejército y la oposición de la población que prefería su
sacrificio en defensa del Emperador. Pero Hirohito aconsejó la aceptación a las exigencias aliadas y la ren-
dición. A pesar de esta decisión imperial, hubo militares que, desperdigados por las islas del Pacífico, se
negaron a aceptar la derrota y se mantuvieron en guerra hasta la década de los setenta.
3.2. El colaboracionismo
En la Segunda Guerra Mundial, la victoria de las potencias del Eje llevaba implícito la constitución de un
Nuevo Orden que tenía sus bases en la ideología fascista. Sin embargo, como sus victorias fueron tempora-
les y su derrota final impidió su instauración, sus realizaciones fueron parciales y tuvieron diferente aplica-
ción dependiendo de la nación ocupada, ya fuera considerada inferior o asimilable.
Entre las naciones denominadas como inferiores hay que señalar a la URSS y Polonia. En ambos países
se puso de manifiesto que los alemanes buscaban la explotación del territorio y de sus habitantes. En la
URSS las tierras fueron consideradas propiedad de Alemania y sus ciudadanos utilizados como mano de
obra servil, cuando no asesinados con la aplicación de un terror sin límites. Igual que se puede decir de Po-
lonia, donde la población fue tratada de una forma inhumana; a los polacos se les redujo el suministro de
alimentos a la mínima necesidad, se prohibieron derechos fundamentales y una parte importante de la pobla-
ción, incluidos niños, fueron desplazados a Alemania como mano de obra esclava.
En el lado opuesto estaban los países que los alemanes consideraban racialmente asimilables. En primer
lugar, Austria, cuyos dirigentes fascistas ocuparon puestos relevantes en el III Reich. En Dinamarca la ocu-
pación se realizó de forma incruenta. La colaboración que allí se estableció, como en Bélgica y Holanda,
fue, en gran medida, circunstancial y basada en mínimos que facultara la continuidad de los servicios bási-
cos. Lo que no impedía la colaboración de aquellos que mantenían misma base ideológica. Fue en Noruega
donde tuvo lugar uno de los casos más representativos de colaboracionismo, el protagonizado por Vidkun
Quisling, dirigente del partido fascista noruego, cuyo apellido pasó a ser utilizado como sinónimo de colabo-
rador o simpatizante nazi. Quisling fue primer ministro de Noruega entre 1942 y 1945.
En otros países los alemanes preferían utilizar a partidos autoritarios y anticomunistas en la administra-
ción del país ocupado, lo que no impedía la colaboración estrecha con partidos fascistas. En Rumania, apo-
yaron al militarista conservador Antonescum, en lugar de a Horia Sima, miembro de la Guardia de Hierro
fascista. En Hungría se mantuvo en el poder al regente Miklós Horthy, con un gobierno conservador. En
1944 el dirigente fascista húngaro del Partido de la Cruz Flechada, Ferenc Szálasi se hizo con el poder. Por
su parte, Yugoslavia fue dividida en el estado croata, bajo dominio italiano, y la zona de Serbia, con admi-
nistración alemana.

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Francia significó un caso especial. La rápida derrota francesa dejó sin respuesta a una inmensa mayoría
de franceses. Entre ellos a los miembros del parlamento, que aceptó la derrota y concedió plenos poderes al
mariscal Petain, jefe de estado en la “Francia libre”. El régimen autoritario de Vichy contó con importantes
colaboradores como Pierre Laval, que alcanzó la presidencia del gobierno entre 1942 y 1944. La colabora-
ción estrecha entre el gobierno de Laval y la Alemania nazi perjudicó de una manera excepcional a los miles
de refugiados españoles que habían huido de la represión franquista. Laval pretendió anular el acuerdo entre
México y Francia que permitía la salida de refugiados hacia América, con la pretensión de utilizarlos en los
campos de trabajo alemanes. Su gobierno aprobó una disposición administrativa que incrementaba las difi-
cultades de los españoles que quisieran salir de Francia y estuviera en edad de trabajar. Por su parte, los diri-
gentes de los partidos fascistas franceses, no estuvieron en Vichy, sino colaboraron con la administración
alemana en París, como Jacques Doriot, dirigente del Partido Popular Francés.
La colaboración con el III Reich incluyó en algunos casos la formación de ejércitos que combatieron jun-
to con el ejército alemán. Esta circunstancia fue especialmente relevante a raíz del ataque a la URSS. En
buena parte de los países ocupados o aquellos que se declararon neutrales, pero eran afines a la Alemania de
Hitler, se formaron ejércitos para combatir al comunismo. Fueron los casos de la Legión Walona en Bélgica,
la División Vikingo en Noruega, la Legión de Voluntarios Franceses o la División Azul en España.
En Asia, Japón llevó a cabo una política similar a la alemana. Los japoneses explotaron territorios y po-
blaciones sin ninguna consideración. El discurso se basaba en el antioccidentalismo. No faltaron, colabora-
cionistas o nacionalistas que apoyaron las tropas japonesas para conseguir la independencia de las metrópo-
lis europeas, como el caso de Sukarno en Indonesia. De hecho, la descolonización de Asia tuvo su punto
álgido con el fin de la Segunda Guerra Mundial.
3.3 Las resistencias
La diversidad que observamos en la colaboración con Alemania se repite cuando abordamos la resisten-
cia que surgió en los países ocupados. Patriotas, defensores de la libertad, luchadores antifascistas, personas
que habían sufrido la represión nazi formaron parte de los grupos de resistencia. Esta oposición al Nuevo
Orden tuvo un momento clave en la invasión alemana de la Unión Soviética. Desde este momento, los
miembros de los partidos comunistas de los países ocupados desempeñaron un papel fundamental ya no sólo
en la resistencia, sino en la reconstrucción y reorganización política de sus países una vez finalizada la con-
tienda.
Las decisiones del Parlamento francés y la asunción de poderes del mariscal Petain retrasaron la forma-
ción de la resistencia francesa que tuvo diferentes puntos de organización: por un lado, la interior que se
formó desde los primeros momentos de la ocupación y tuvo en los “maquisards” los grupos más significati-
vos; por otro lado, hay que mencionar la resistencia organizada en el exterior y protagonizada por el General
De Gaulle, quien se opuso a la claudicación ante los alemanes y tomó el camino del exilio. En Inglaterra
constituyó “Francia Libre”, con el objetivo de expulsar de suelo francés a las fuerzas de ocupación., El go-
bierno de Churchill le reconoció como el “jefe de los franceses libres”. La Colaboración entre la resistencia
interior y el exilio fue más intensa desde 1942.

El dirigente de la resistencia interior, Jean Moulin, promovió, a principios de 1943, la unificación de los
diferentes grupos ubicados en suelo francés en el denominado Comité Nacional de la Resistencia; labor que
continuó George Bidalut, tras la detención, tortura y asesinato del primero a manos de la Gestapo. La actua-
ción de la resistencia francesa fue dirigida, por un lado, a la realización de atentados y sabotajes que dificul-
taban la movilidad y acción de las tropas alemanas, y, por otro lado, a la captación de información que resul-
tó clave para las acciones de los ejércitos aliados, además de la publicación de hojas y folletos. De Gaulle
supo incluir a Francia entre los países vencedores, con lo que pudo desempeñar un papel importante en la
inmediata posguerra.
En países como Italia y Yugoslavia la guerra desembocó, prácticamente, en una guerra civil. En los pri-
meros años, los italianos formaron la resistencia en el exterior, aunque a partir de la firma del armisticio en
septiembre de 1943, cuando la resistencia partisana tuvo una presencia destacada. El punto álgido de su ac-
tuación hay que situarlo en la constitución de la República Social de Mussolini en el norte del país, y su final
56
en la rendición de los alemanes en abril de 1945. Las acciones más frecuentes de los partisanos consistieron
en sabotajes contra las tropas de ocupación.
En Yugoslavia los enfrentamientos entre la resistencia y las fuerzas que apoyaron a los alemanes fueron
especialmente duros. La ocupación alemana provocó la creación de un Estado croata dirigido por los usta-
chis de Ante Pavelic, líder fascista croata, y controlado por el III Reich. En Serbia, los chetniks dirigidos por
el coronel monárquico Dragoljub Mihailovic, y apoyados por los alemanes se enfrentaron a la Resistencia
partisana dirigidos por el comunista Joseph Broz, “Tito”. Este último sería el vencedor, y Yugoslavia se
convirtió en el único caso de implantación de un régimen comunista en la Europa Oriental sin la interven-
ción de las tropas soviéticas en su avance hacia Berlín.
En Alemania, la resistencia al régimen nazi tuvo un alcance muy limitado. La forma expeditiva con que
los dirigentes alemanes se enfrentaban a cualquier tipo de oposición hizo que ésta fuese prácticamente
inexistente. Al estallar la guerra mundial en Alemania ya había 8.000 personas en campos de concentración.
Según avanzaba la guerra y se vislumbraba la derrota final, la disidencia dentro de las propias instituciones
germanas se hizo más presente. El ejemplo más representativo fue el intento de asesinato de Hitler en el
complot liderado por el coronel Claus Von Stauffenberg, la denominada operación Walkiria.
3.4. Represión y holocausto
La brutalidad de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial quedó patente en todos los países que ocu-
paron: torturas, ejecución de rehenes, trabajos forzosos, campos de concentración, experimentación con se-
res humanos, cámaras de gas... En Croacia, el líder fascista Pavelic promulgó, a semejanza de los nazis, le-
yes antisemitas y abrió el campo de exterminio de Jasenovac, donde fueron asesinadas cerca de 80.000 per-
sonas entre gitanos, serbios y comunistas. De la brutal represión no se libraron los propios alemanes: tras el
fracaso de la operación Walkiria fueron ejecutadas cerca de 7.000 personas. Uno de los países que sufrió la
represión de forma especial fue Polonia, donde el 20% de la población murió en la guerra. El general Hans
Frank, gobernador del III Reich en Polonia, ejecutaba a 100 rehenes por cada soldado alemán asesinado.
Más de 200.000 niños polacos fueron utilizados como mano de obra esclava en Alemania. En el campo de
concentración de Liblin fueron fusilados o gaseados miles de prisioneros soviéticos.
En campos de concentración se realizaron experimentos médicos utilizando a seres humanos como coba-
yas. Huesos, nervios y músculos fueron extraídos de los prisioneros para luego realizar trasplantes o injertos
en operaciones que se realizaban sin anestesia; se experimentó sobre el efecto de determinadas drogas,…
Japón no se quedó atrás en la realización de este tipo de experimentos. La Unidad 731, que llevó a cabo
su actuación en Manchuria, estaba formada por unos 2.000 japoneses que formaban un grupo de investiga-
ción sobre las armas biológicas. Para sus estudios realizaron experimentos con humanos: disección en per-
sonas vivas, estudios sobre la agonía y la muerte,… A las atrocidades cometidas por la Unidad 731, se puede
añadir la actuación de las tropas japonesas en buena parte de Asia: torturas, fusilamientos, represalias, viola-
ciones,...
Mención aparte merece el Holocausto judío. El antisemitismo de Hitler estuvo detrás de su intento de ha-
cer desaparecer a todo un pueblo. Las medidas represivas supusieron la emigración de Alemania de cerca de
250.000 personas antes del inicio de la guerra. Pero las victorias alemanas volvieron a colocar bajo su domi-
nio a miles de judíos que vivían en las naciones ocupadas. Los dirigentes nazis pensaron, en un principio, en
deportar a los judíos; aunque con la llegada de las derrotas la actuación contra los judíos se fue endureciendo
hasta desembocar en la “Solución final”, que no era otra cosa que su completa eliminación. En la guerra con
la URSS ya se pusieron en marcha medios de exterminio como asesinatos masivos mediante fusilamientos,
ejecuciones sumarias mediante un tiro en la nuca o la utilización de camiones como cámaras de gas móviles.
La eliminación racial o política realizada en los campos de exterminio aplicaba los criterios de mínimo coste
y máxima eficacia. En total, unos 6 millones de judíos fueron asesinados.

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Tema 7. La reconstrucción de la paz: hacia un sistema bipolar

1. Las destrucciones de la guerra


La Segunda Guerra Mundial terminó con un terrorífico balance. Los muertos se han calculado en torno a
60 millones. Hubo también 35 millones de heridos y otros tantos refugiados o desplazados. El paradójico
resultado fue una composición étnica de muchos Estados más homogénea que en 1939.
La situación económica y humanitaria en 1945 era desastrosa por la terrible devastación material. Las
ciudades habían sufrido más, sobre todo las alemanas, británicas y japonesas. La falta de viviendas era un
gravísimo problema. La producción agrícola cayó en picado, de ahí que hambre, desnutrición, racionamiento
y mercado negro fueran la regla. La capacidad productiva general europea estaba en el 50% respecto a 1939.
La no convertibilidad de las monedas lastraba las transacciones comerciales y financieras. Los beligerantes
habían salido de la guerra arruinados: enormes deudas públicas e inflación, a veces con monedas sin valor.
Sólo había crecido el producto interior bruto, gracias a la demanda de los beligerantes, en Argentina, Brasil,
Canadá y, por supuesto, EE.UU. convertido en la gran potencia industrial y el único país capaz de ofrecer
ayuda a la reconstrucción.
El paisaje político general era inquietante. Países invadidos y ocupados varias veces; ilegalidad, degrada-
ción moral y violencia convertidas en normalidad por las prácticas de la resistencia, el colaboracionismo y la
represión; con viejas elites e instituciones descreditadas por su ineficacia o su ayuda al enemigo. Alemania
había quedado devastada, ocupada militarmente, sin gobierno, ejército, ni autoridades locales, con riesgo de
ser desmembrada y desindustrializada. El futuro político de Europa central y oriental, bajo ocupación militar
soviética, era también incierto. Stalin se encontraba al frente de un Estado exhausto, con toda su parte occi-
dental, la más industrial, asolada. Con el legado geopolítico de la Rusia zarista en mente, se disponía arran-
car las máximas reparaciones de guerra, a solventar el problema de seguridad de la URSS en el oeste y a
engrandecerla con la anexión de lo perdido desde 1918 y reocupado desde 1939.
Había guerra civil en Grecia: milicias comunistas frente al gobierno monárquico respaldado por Gran
Bretaña. También en Yugoslavia, donde la ocupación nazi y la resistencia se habían superpuesto a los con-
flictos interétnicos, con la victoria final de las milicias comunistas. Italia se encontraba en una situación crí-
tica, en un clima de guerra civil en el norte por el enfrentamiento final entre fascistas y antifascistas. Francia
se enfrentaba al colapso de su aparato institucional, la Tercera República, y Gran Bretaña a la ruina econó-
mica. La capacidad de influencia mundial de ambas potencias había menguado y el coste de retener sus im-
perios resultaba casi insostenible.
En Asia, Japón fue despojado de sus últimas conquistas territoriales. Era un país aplastado, bajo el abso-
luto control de las fueras de ocupación norteamericana. En China el corrupto e inoperante régimen del
Kuomintang de Chiang Kai-shek retomó de inmediato su guerra contra los comunistas de Mao Zedong su-
miendo al país, de nuevo, en la guerra civil. El Sudeste asiático se encontraba en plena ebullición anticolo-
nialista, situación que se repetía en Oriente Medio.
La guerra también había supuesto una intensa conmoción moral, por la destrucción y muerte derivadas
de la “guerra total”: bombardeo de ciudades abiertas, armas nucleares, estrategias de terror, deportaciones
masivas, campos de concentración y, sobre todo, de exterminio. Como reacción, se buscó castigar a los cul-
pables y a quienes habían colaborado con ellos. Los juicios ejemplarizantes de Nuremberg y Tokio en 1945-
1946 contra jerarcas nazis y japoneses, resultaron los primeros celebrados por crímenes de guerra, contra la
humanidad o genocidio y fueron precedente para el desarrollo de una jurisprudencia internacional que cul-
minó en 1998 con la creación de un Tribunal Penal Internacional permanente. Además se pusieron en mar-
cha programas de reeducación en Alemania y Japón para intentar cambiar sus culturas políticas. Sin embar-
go, su eficacia fue relativa, porque durante décadas ambos pueblos se sintieron más víctimas que verdugos.
La memoria colectiva de la guerra y del Holocausto que se fue construyendo después tuvo sus luces y
sombras. Los vencedores recordaron a los caídos y perpetuaron la idea de que la guerra había sido justa,
motivo de orgullo nacional. En la URSS se celebró la heroica resistencia para reforzar el nacionalismo ruso
y legitimar la política estalinista posterior. En EE.UU. se reforzó la autoimagen idealista de la política exte-
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rior nacional. En Europa, con la excepción de Gran Bretaña, los recuerdos fueron más conflictivos. Se glori-
fico la resistencia antinazi y el antifascismo como nuevos mitos nacionales y se rehuyeron los episodios os-
curos de las distintas historias nacionales: el colaboracionismo y la humillación de las derrotas y la ocupa-
ción. En Japón se impuso un pacifismo radical tras la experiencia nuclear, pero hubo poca autocrítica. En
Alemania la contrición oficial fue temprana y se concretó en compensaciones económicas y políticas, vincu-
ladas al Holocausto.
La tragedia del genocidio judío no fue asumida ni rememorada públicamente hasta bien entrada la pos-
guerra. Tras años de propaganda antisemita en el continente, los supervivientes judíos del horror nazi no
fueron bien recibidos. En Europa Oriental llegaron a ser perseguidos y la mayoría de los campos de extermi-
nio se destruyeron. En Austria o Suiza las complicidades antisemitas no se admitieron hasta fechas muy re-
cientes. En la Europa Central y Oriental postcomunista aún quedaba mucho camino para incorporar el Holo-
causto a su historia contemporánea.
2. Expectativas de cambio en 1945
La sacudida moral de la guerra y el miedo a repetir los errores que la habían propiciado llevaron a inten-
tar reformar la organización política y social tanto en el ámbito nacional como internacional. En Europa ca-
yeron cinco monarquías: Italia, Rumanía, Bulgaria, Yugoslavia y Albania. En varios países europeos se
otorgó el voto a las mujeres y, sobre todo, en las primeras elecciones celebradas ganaron opciones de iz-
quierda o centro-izquierda. También los comunistas obtuvieron muy buenos resultados como premio a su
papel en la resistencia. Churchill fue derrotado por los laboristas; en Francia el primer gabinete del nueva IV
República liderada por De Gaulle incluía socialistas y comunistas; en Italia, las izquierdas alcanzaron el
40% de los sufragios. En Europa Central y Oriental, más allá de la determinante influencia soviética, las
primeras coaliciones que gobernaron también reflejaron la voluntad popular de romper con la realidad polí-
tica de preguerra. En las dos elecciones libres que se celebraron vencieron, en Hungría, el Partido de los
Pequeños Propietarios; y en Checoslovaquia, la izquierda (un 38% de voto comunista). En EE.UU. el demó-
crata Harry Truman fue reelegido en 1948; en América Latina se vivió un cierto impulso democratizador
hasta1947-1948 y en Japón ganaron los socialdemócratas en el 47.
La reivindicación de mayor justicia social y equidad para las clases trabajadoras se plasmó en la fuerza
de los sindicatos, reorganizados sobre bases unitarias. Las plataformas (Confederaciones o Federaciones
Generales del Trabajo) de Francia, Italia o Bélgica coaligaron centrales sindicales católicas, socialistas y
comunistas, constituyendo un grupo de presión decisiva no sólo para lograr reivindicaciones salariales y
laborales, sino a favor del pleno empleo y los sistemas de protección social. En consecuencia las coaliciones
gobernantes que afrontaron la reconstrucción en Europa apostaron por las reformas sociales.
La crisis de 1929 y la guerra influyeron para que todos confiaran en el papel del Estado como instrumen-
to de regeneración nacional, regulador socioeconómico por excelencia. Se nacionalizaron amplios sectores
de la economía en muchos países y se afrontaron reformas agrarias. Pero el Estado, además debía ser promo-
tor de una sociedad más justa a través de la expansión de los servicios y seguros sociales para todos sus ciu-
dadanos. Se trató de implantar el modelo del Estado de bienestar, que tuvo su paradigma en Gran Bretaña.
Mientras, en la Europa bajo influencia soviética, había un modelo más radical, en teoría con parecidos pre-
supuestos de democracia social, pero sin elecciones libres.
En el ámbito internacional existía voluntad de fundar una nueva organización que previniera los conflic-
tos bélicos. El mecanismo ideado para establecer un sistema de seguridad mundial fue la ONU. Su base fue
la Carta del Atlántico de 1941firmada por Gran Bretaña y EE.UU. La URSS aceptó sumarse al proyecto en
1943 y, sobre un borrador establecido en Dumbarton Oaks en 1944 entre EE.UU., Gran Bretaña, URSS y
China, se creó la ONU en la Conferencia de San Francisco (junio del 45). Su Carta fundacional fue firmada
ese año por 51 Estados, con la exclusión inicial de los vencidos en la guerra. Se buscaba una estructura con
más poder de actuación que la Sociedad de Naciones. Sus instrumentos fueron la Asamblea General, con
una reunión anual de todos sus miembros en igualdad de votos; el Consejo de Seguridad, a modo de comité
decisorio, con 11 países, seis electivos y cinco permanentes con derecho a veto (URSS, EE.UU., Gran Bre-
taña, Francia y China); más una Secretaría General cuyo titular, elegido por cinco años, se convertía en ges-
tor y representante máximo. Aparte se crearon organismos especializados de cooperación internacional y un

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Tribunal de Justicia Internacional. Sin embargo, la capacidad operativa de la ONU quedó lastrada por las
reglas del Consejo de Seguridad: sin cooperación entre sus miembros permanentes su parálisis era segura.
Por otra parte, había que reestructurar la economía mundial para impedir nuevas crisis como la de 1929.
Era preciso reactivar el comercio mundial y crear un nuevo sistema de pagos fluido para superar el protec-
cionismo y las políticas autárquicas de los años treinta que habían contribuido a incrementar las tensiones
nacionalistas y la política de esferas de influencia. Las bases de un nuevo orden que fomentara la coopera-
ción económica entre los Estados se establecieron en julio de 1944 en la conferencia de Bretton Woods
(EE.UU.). Para que el mercado internacional funcionase era clave que las monedas fuesen convertibles unas
en otras, con tipos de cambios fijos, y que cada una quedara definida por un peso en oro ligado a su poder de
compra real. Además los Estados se comprometieron a estabilizar su moneda y a equilibrar su Balanza de
Pagos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BIRD Banco Internacional para la
Reconstrucción y el Desarrollo), creados en julio de 1945, se encargarían de supervisar las paridades de las
monedas y de ayudar a aquellos países en dificultad con préstamos y créditos a largo plazo y bajo interés.
Como complemento, se estudió crear una Organización Internacional de Comercio; aunque sólo se llegó a
firmar en 1947 el GATT (Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio): acuerdo de desarme arancelario para
limitar las tentaciones autárquicas por el que 25 países se comprometían a aplicarse la cláusula de nación
más favorecida y a no usar el dumping ni contingentes comerciales. Era una fórmula mínima hacia una ma-
yor libertad de comercio, que sirvió durante décadas.
3. El fin de la cooperación interaliada: la Guerra Fría
3.1. La quiebra de la Gran Alianza
Muchas de las nuevas esperanzas que trajo la paz se frustraron pronto a causa de las tensiones entre los
socios de la Gran Alianza, en particular entre EE.UU. y la URSS, las superpotencias tras el conflicto.
EE.UU. aparecía como más claro triunfador, único gigante económico, además de militar. Los objetivos
nacionales definidos por Roosevelt, aparte de reconvertir la economía de guerra y contrarrestar el riesgo de
una nueva recesión interna, eran evitar futuras amenazas a la paz mundial a partir de la nueva organización
internacional de seguridad, la promoción del libre comercio y, en lo posible, de la democracia y autodeter-
minación política.
Stalin, con una inmensa reconstrucción por delante, tenía la voluntad de aprovechar la ocupación militar
soviética de 1944-1945 para conjurar de una vez las amenazas externas a la URSS y engrandecerla recupe-
rando los antiguos territorios del imperio zarista. Daba prioridad a las necesidades de seguridad y poder so-
bre el objetivo ideológico de alentar una revolución comunista mundial, pero al tiempo seguía creyendo en
la eterna hostilidad occidental. Deseaba un “cordón sanitario” en Europa Oriental y los Balcanes, con go-
biernos socialistas afines, para poner territorio de por medio y evitar un nuevo ataque por sorpresa del blo-
que capitalista; también una salida al Mediterráneo, el control del Cáucaso y un colchón de seguridad en
Extremo Oriente para alejar a las potencias occidentales de las fronteras soviéticas.
Así pues, en 1945 las dos superpotencias buscaban un nuevo equilibrio de poder internacional que les
asegurase una posición de influencia en el mundo de posguerra. Pero para cubrir sus objetivos, ambas nece-
sitaban mantener un cierto grado de cooperación entre sí. Esta doble aspiración se demostró poco realista.
En cuanto desapareció el enemigo común, las relaciones bilaterales se deterioraron y resultó imposible llegar
a acuerdos sobre temas básicos. La tensión y la desconfianza aumentaron a lo largo de 1946. En 1947, pese a
la voluntad inicial de ambas partes de impedir la ruptura, se puede hablar de Guerra Fría.
En 1945, entre las dos reuniones en la cumbre para organizar la posguerra, la Conferencia tripartita de
Yalta (febrero) y la de Potsdam (julio), se manifestaron las diferencias en torno a qué hacer con las fronteras
y reparaciones de guerra de Alemania y, sobre todo, con Polonia y Europa Centro-oriental. Como Stalin
estaba decidido a crear allí una zona de influencia, conforme las tropas soviéticas habían ido ocupando los
países de la zona desde 1944 se habían establecido gobiernos de coalición antifascista y asegurado posicio-
nes de poder a los partidos comunistas locales. Churchill había reconocido a Stalin la lícita preponderancia
soviética en la zona en octubre de 1944, a cambio de la británica sobre Grecia; sin embargo, en Yalta Roo-
sevelt se mostró contrario a los evidentes planes soviéticos de control del área. Si aceptó la vaga promesa
soviética de permitir allí elecciones libres fue porque no deseaba un enfrentamiento prematuro.
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Las distancias interaliadas aumentaron a raíz de la Conferencia en la cumbre de Potsdam, entre Stalin,
Clement Attlee y Harry Truman, al morir Roosevelt en abril. Allí quedó patente que la interpretación acerca
del futuro político de Europa oriental era del todo divergente. No obstante, en la reunión se logró una solu-
ción provisional para el tema de Alemania, reeducar a su población y mutilar su economía y su ejército. Las
cinco “des” (desmilitarización, desnazificación, desindustrialización, democratización y descentralización)
favorecían los intereses de la URSS, aunque no tanto como deseaba Stalin, porque los occidentales controla-
ban dos tercios de Alemania y pronto empezaron a dar pasos para mantenerlos fuera del alcance soviético.
Por otra, mientras el proyecto de la ONU salía adelante, surgió la cuestión nuclear. Las bombas atómicas
sobre Japón, aunque aún no representasen una amenaza directa para la URSS, resultaban una demostración
de poder y debilitaban la posición negociadora soviética: Stalin estimó que Washington quería ejercer una
especie de chantaje con el arma nuclear. EE.UU. decidió excluir a la URSS de la ocupación de Japón. Stalin
endureció sus posiciones, ordenó un colosal proyecto para acceder a la tecnología nuclear y otros de rearme.
En paralelo habían surgido discrepancias económicas. Stalin había accedido a participar en Bretton
Woods en 1944 ante la perspectiva de préstamos norteamericanos. Pero cuando los solicitó en 1945, las
condiciones impuestas (libre comercio en Europa Oriental y cumplimiento de los acuerdos de Yalta) fueron
rechazadas por Moscú. En mayo llegó la decisión de Truman de eliminar las ayudas económicas de présta-
mo y arriendo que la URSS recibía desde 1941 y una menor disposición a aceptar las peticiones soviéticas
de reparaciones de guerra. Las posteriores negociaciones bilaterales sobre créditos y préstamos norteameri-
canos tampoco prosperaron y, finalmente, a principios de 1946 Moscú anunció que no se adhería a las insti-
tuciones de Bretton Woods: preferían renunciar a las ayudas para no quedar en situación de dependencia o
debilidad.
A pesar de todo, por entonces parecía que aún había espacio para cierta cooperación. De hecho, las
reuniones de los ministros de Exteriores de los países vencedores celebradas entre diciembre de 1945 y junio
de 1946 permitieron la apertura de la Conferencia de Paz de París, que condujo a la firma (febrero de 1947)
de los tratados de paz con Italia, Rumanía, Hungría, Bulgaria y Finlandia, con los acuerdos definitivos sobre
reparaciones y fronteras, incluidas las cesiones territoriales a la URSS. Truman había reconocido a los go-
biernos europeos impuestos por la URSS, había intentado facilitar un acuerdo entre comunistas y nacionalis-
tas en China, así como un acuerdo sobre la energía atómica. A su vez, Stalin había retirado sus tropas de
Checoslovaquia, permitido elecciones libres en ese país, en Hungría y en su zona de ocupación austriaca.
Sin embargo, tanto en la administración Truman como en los gobiernos europeos occidentales había ido
calando la idea de incompatibilidad de intereses con la URSS y la urgencia de contener lo que empezó a
percibirse como una política agresiva en Europa Central-oriental (al facilitar o forzar el acceso al poder de
los comunistas y la persecución de sus oponentes) y el Cáucaso. Stalin, que había arrancado el control de
Mongolia a China, había aplazado la retirada de sus tropas del norte de Irán y apoyado el secesionismo azerí
y kurdo en busca de petróleo; al tiempo exigió a Turquía participar en el control de los Estrechos y bases
navales en el Mediterráneo. Quería, además, la anexión de las provincias orientales turcas para completar el
control de la estratégica zona del Cáucaso. Mientras, Tito ayudaba a los comunistas en la guerra civil griega
y se entrevió el riesgo de una creciente influencia comunista en Francia o Italia, dada su desastrosa situación
socioeconómica.
En ese contexto, el diplomático George F. Kenan envió en febrero de 1946 su famoso Telegrama largo,
advirtiendo del peligro expansionista soviético: Stalin nunca cooperaría con Occidente. Por tanto, se preci-
saba adoptar una política realista, de contención a largo plazo, para impedir la expansión comunista en Oc-
cidente, y tazar unas fronteras claras de las respectivas áreas de influencia. La primera parte de ese dictamen
se convirtió en la base de la estrategia norteamericana durante décadas. En marzo de 1946, EE.UU ya se
opuso a las pretensiones soviéticas en Turquía y llevó al Consejo de Seguridad de la ONU el tema de Irán.
“Paciencia con firmeza” fue la nueva consigna: EE.UU. abandonaba la pasividad. Ese mismo mes Chur-
chill, en su discurso de Fulton, recurría a la imagen del Telón de Acero para describir el peligro soviético y
llamar a la cooperación angloamericana.
Otra discrepancia radical surgió en torno a Alemania, vital en el equilibrio de poder europeo. Aunque en
Potsdam se decidió considerar al país como una unidad económica, cada una de las cuatro zonas funcionaba
de manera autónoma. La URSS (como Francia) perseguía acabar para siempre con el poderío industrial ale-
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mán, pero EE.UU. y Gran Bretaña se opusieron. Consideraban vital la recuperación alemana para la del res-
to de Europa occidental, necesitaban reducir pronto los costes de la ocupación y no querían que el descon-
tento germano terminara beneficiando a Moscú. Stalin no aceptó en 1945 una propuesta norteamericana de
desmilitarizar Alemania por 25 años por temor a que pudiera llevar a la negación del derecho de la URSS a
mantener sus tropas en Europa Central y los Balcanes. En respuesta, desde mayo de 1946 se cortó el envío
de reparaciones de las zonas occidentales a la URSS. El siguiente paso fue la unificación de las dos zonas de
ocupación anglosajonas: la Bizona empezó a funcionar en enero de 1947. Mientras unos optaban por re-
construir la industria e instituciones de Alemania occidental, Stalin buscaba una Alemania unificada adscrita
a su esfera de influencia, o como alternativa, neutralizar la zona occidental y crear su propia Alemania socia-
lista en la parte oriental. Los pasos dados por Occidente eran interpretados por Stalin como prueba de que
EE.UU. deseaba sacar a la URSS de Alemania y negarle su esfera de influencia en Europa Central.
El intento de tranquilizar a la URSS en el tema del monopolio nuclear también fracasó. El llamado Plan
Baruch consistía en poner bajo supervisión de una agencia internacional los recursos mundiales de uranio y
materias fisibles, a fin de vigilar y garantizar su uso para fines pacíficos. El proyecto se presentó en la ONU
en junio de 1946, pero en su redacción final EE.UU. insistió en retener el monopolio atómico. La URSS se
opuso y planteó destruir y prohibir en adelante las armas nucleares. El monopolio nuclear sólo sirvió para
atizar la tensión bilateral y aceleró la carrera nuclear: en diciembre de 1946 la URSS tenía su primer reactor
atómico experimental y en junio de 1948 el primer reactor no experimental.
Entretanto, a lo largo de 1946 la URSS había seguido incrementando su influencia y control en la Europa
Centro-oriental, donde los gobiernos fueron cayendo bajo dominio comunista: Bulgaria y Rumanía en otoño
de 1946, y Polonia en enero de 1947. Desde finales de 1946, Stalin también aceleró la “construcción del
socialismo” en su zona alemana (creación de una policía secreta y una fuerza paramilitar y rehabilitación de
exnazis para reavivar el nacionalismo alemán), mientras mantenía el discurso de una Alemania reunificada,
neutral y desmilitarizada que permitía seguir culpando a los occidentales de la división del país.
3.2. El asentamiento de la Guerra Fría
1947 fue el año decisivo. Los desencuentros, la creciente anarquía internacional y, sobre todo, la grave-
dad de la situación económica y política de Europa Occidental en el otoño-invierno de 1946-1947, baza in-
dudable para Stalin, llevaron a la administración Truman a diseñar una estrategia global de ayuda a Europa.
En febrero de 1947 Gran Bretaña anunció que, por problemas económicos, no podría seguir prestando ayuda
anticomunista a Turquía y Grecia, ni pagar los costes de la ocupación alemana. Truman aprovechó esta cir-
cunstancia para lograr el apoyo del legislativo y poder aprobar el auxilio económico a Europa y un incre-
mento del presupuesto militar contra la amenaza soviética. En un famoso discurso (12 de marzo) expuso que
EE.UU. ayudaría “a los pueblos libres que resistieran las tentativas de dominio por parte de minorías arma-
das o presiones exteriores”: era la Doctrina Truman. El Presidente habló de dos modos de vida, dos concep-
ciones del mundo opuestas en pugna: la contención se “ideologizaba”. Tras fracasar un último intento de
acuerdo sobre Alemania con la URSS, el general George C. Marshall, Secretario de Estado, dio a conocer el
plan que llevaría su nombre de ayuda masiva a Europa.
En principio del Plan Marshall estuvo abierto a la URSS y a los países de su área de influencia. Si no
aceptaban, EE.UU. podía tomar la iniciativa geopolítica y moral de la Guerra Fría, como sucedió. La per-
cepción soviética fue que con dicho Plan y la firme decisión de levantar Alemania se intentaba crear un blo-
que para aislar a la URSS y debilitar su control sobre Europa Oriental, así que forzó a sus Estados satélites a
renunciar al programa y aceleró la última fase del proceso de control comunista sobre Europa Oriental: cár-
cel, ejecución o exilio para los líderes agrarios de Bulgaria, Rumanía y Hungría, prohibición de los partidos
de oposición y, por fin, en Checoslovaquia, desaparición del único gobierno democrático de la zona en el
llamado golpe de Praga de febrero de 1948. En septiembre de 1947, se creó la Cominform (Oficina de In-
formación Comunista) para coordinar y mantener bajo control al movimiento comunista internacional, que
condenó el Plan Marshall como estrategia para extender el poder norteamericano y provocar una nueva gue-
rra. Poco después Moscú anunciaba el Plan Molotov, un programa propio de asistencia económica a Euro-
pa. Además se ordenó a los partidos y sindicatos comunistas occidentales oponerse al Plan Marshall.

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En los primeros meses de 1948 había democracias populares con gobierno comunistas controlados por
Moscú en todos los Estados de la Europa Oriental. La excepción era la Yugoslavia comunista de Tito, que
optó por resistir el control soviético en 1948. La ofensiva contra Tito fue comparable a la campaña contra el
trotskismo de los años 30. Este proceso ratificó las percepciones occidentales sobre la necesidad de frenar al
comunismo. Tras el golpe de Praga, se rubricó por 50 años el tratado militar de Bruselas en marzo de 1948,
para asistencia mutua entre los países del Benelux más Francia y Gran Bretaña, que formaban así la Unión
Occidental. Entretanto seguía adelante el Plan Marshall y se dieron los primeros pasos para erigir un estado
independiente en Alemania.
Además, EE.UU. se había encargado de reforzar las relaciones panamericanas con la firma de un Tratado
Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR o Tratado de Río de septiembre de 1947), para garantizar la
seguridad continental, que se completó con la Organización de Estados Americanos (OUA), creada en abril
del 48. También había cambiado de estrategia en Japón. Desde principios de 1948 se dio primacía a recupe-
rar la economía japonesa. La respuesta de Stalin fue un giro en su política china, apoyando a los comunistas
en la guerra civil. Por último, la reacción soviética a la creación de un Estado alemán occidental fue la crisis
de Berlín, primera de la Guerra Fría. Stalin creó un nuevo marco en su zona de ocupación y ordenó el blo-
queo de la parte occidental de Berlín desde junio de 1948 a mayo de 1949, con el corte total de sus comuni-
caciones, en un intento de expulsar a los occidentales u obligarles a renegociar el tema alemán. El bloqueo
no hizo más que acelerar los planes occidentales, pues ayudó a crear la Tri-zona, a que los propios alemanes
occidentales aceptasen la división alemana y, sobre todo, la presencia anglosajona en Alemania que hasta
entonces carecía de legitimidad popular. En mayo de 1949 se aprobaba la Ley Fundamental por la que se
creaba la República Federal Alemana (RFA), operativa en septiembre, con Konrad Adenauer como canci-
ller. En octubre la URSS anunciaba la transformación de su zona ocupada en el nuevo Estado de la Repúbli-
ca Democrática Alemana (RDA). La división de Alemania era el símbolo de la división de Europa en dos
bloques.
La contención se militarizaba. En junio de 1948, EE.UU. había creado la IV Flota, para ser utilizada en
el Mediterráneo Oriental en caso de peligro comunista y la Resolución Vanderberg del Senado permitía a
Truman establecer acuerdos regionales y colectivos de seguridad. Además, los Estados de Europa Occiden-
tal, conscientes de que necesitaban la asistencia militar de EE.UU., buscaron incluir a este país en una alian-
za militar europea. En abril de 1949 se firmaba el Tratado del Atlántico Norte sobre la base del monopolio
nuclear de EE.UU., con Canadá, Gran Bretaña, Francia, Benelux, Portugal, Italia, Dinamarca, Noruega e
Islandia. La nueva alianza suponía que EE.UU. se comprometía a una presencia militar permanente en Eu-
ropa. Además, no sólo protegía de la URSS, sino que también era garantía contra un futuro revanchismo
germano. La respuesta soviética fue la creación en enero de 1949 del COMECON o CAME (Consejo de
Ayuda Mutua Económica), para coordinar el Plan Molotov y el comercio soviético con sus satélites euro-
peos. El Pacto de Varsovia se formalizó en 1955, pero la presencia militar soviética en la zona era un hecho.
La política de bloques estaba en marcha.
Stalin parecía haber perdido este primer asalto entre 1947-1949. EE.UU. y sus aliados habían tomado la
iniciativa en Europa: Plan Marshall, OTAN, RFA, fin del bloqueo a Berlín, ayuda al hereje Tito y no había
indicios de una ruptura entre los países capitalistas. Sin embargo, en julio de 1949 la URSS efectuó su pri-
mera prueba atómica en la atmósfera. El monopolio nuclear había acabado y Truman tuvo que aprobar una
ampliación del arsenal convencional y atómico de EE.UU. más el programa para la bomba termonuclear o
de hidrógeno. Además el 1 de octubre de 1949 se producía la definitiva victoria comunista en China. Mao
Zedong se benefició de su labor en la resistencia antijaponesa, de la crisis económica del país, del apoyo del
campesinado gracias a la reforma agraria implantada, de la desmoralización del ejército y del abandono de
las élites intelectuales al régimen de Chiang Kai-shek.
El principal objetivo del nuevo régimen era reconstruir un país destrozado por las guerras; pero la victo-
ria de Mao, inspirado en el modelo soviético, no dejaba de ampliar los dominios comunistas, como demostró
el Tratado de Amistad chino-soviético de febrero de 1950. En consecuencia, la geografía del conflicto de la
Guerra Fría se expandió a aquel continente, principal foco de tensión en los años cincuenta: el temido se-
gundo frente que comenzó en Corea y siguió en Indochina.

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En 1949 la dinámica de enfrentamiento entre dos bloques antagónicos liderados por las superpotencias
estaba definitivamente en marcha. El término Guerra Fría que le dio nombre lo divulgaron Bernard Baruch y
Walter Lippmann desde 1947, aunque fue acuñado por George Orwell en 1945. Este conflicto internacional
no se cerró hasta 1991 y se caracterizó por una rivalidad y lucha en todos los frentes (político, cultural, in-
formativo, económico y militar), la creación de alianzas y una peligrosa carrera armamentística. No se pro-
dujo un combate militar directo entre EE.UU. y la URSS, pero hubo graves crisis diplomáticas y guerras que
implicaron a sus aliados y protegidos.
4. La reconstrucción política y económica
Nada más acabar la guerra se fueron perfilando dos modelos antagónicos para afrontar la reconstrucción:
por una parte, el occidental, dependiente del motor económico y militar norteamericano, basado en la eco-
nomía de mercado y la democracia liberal; por otra parte, el modelo comunista, inspirado y controlado por la
URSS, con economías estatistas y democracias populares.
4.1. El Occidente capitalista
Desde abril de 1945 Truman fue el encargado de la desmovilización militar y la reconversión económica
en EE.UU. Siguió con la filosofía intervencionista del New Deal de Roosevelt buscando mantener el pleno
empleo, subir los salarios mínimos y mejorar los derechos sociales con su propio programa, el llamado Fair
Deal. Desde el principio se encontró con la oposición del partido Republicano, inclinado a volver al libera-
lismo clásico y a una política aislacionista. La saneada economía de EE.UU. impidió la recesión, pero el
rápido crecimiento provocó inflación. Estas dificultades propiciaron una victoria republicana en las eleccio-
nes legislativas de noviembre de 1946. Esa reacción conservadora, apoyada por los demócratas del sur, en-
torpeció la política de Truman. A pesar de su reelección en 1948, su programa de reformas para ampliar la
sanidad pública y acabar con la discriminación negro no terminó de cuajar. Además, la alarma por la supues-
ta infiltración comunista preparó el terreno para le maccarthismo desde 1950. Entretanto, la economía norte-
americana siguió creciendo a un ritmo vertiginoso, lo que favoreció la estabilidad y el consenso interno. El
dólar era patrón monetario mundial, EE.UU. controlaba amplios mercados, precios de referencia y la finan-
ciación internacional, contaba con la mayor producción industrial, la tecnología más avanzada, a lo que se
sumaba su enorme potencial militar y científico.
Más compleja fue la recuperación de Europa Occidental. Los programas de nacionalización y la planifi-
cación económica indicativa para modernizar y reactivar los aparatos productivos tardaron en dar frutos.
Además los nuevos programas de protección social incrementaron el gasto público en una coyuntura crítica.
Ni la ayuda de emergencia procedente de EE.UU. a través del UNRRA o de los préstamos bilaterales conce-
didos desde 1945 habían enderezado la situación. El riesgo de que un deterioro de la situación pudiera abrir
procesos de inestabilidad hizo que en 1947 EE.UU. se planeara una ayuda prolongada a Europa.
El Plan de Recuperación Europea (ERP) o Plan Marshall se puso en marcha en una reunión celebrada en
París en julio de 1947 con la participación de 16 Estados. Supuso una inyección económica, en préstamos y
donaciones, que entre 1948 y 1951 beneficiaron por este orden a Gran Bretaña, Francia, Alemania Occiden-
tal e Italia y en menor medida a Grecia, Yugoslavia, Turquía, Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Noruega, Di-
namarca, Suecia y Portugal. El programa, cuyo objetivo técnico era la racionalización de las economías eu-
ropeas y la creación de un área de libre comercio para que Europa se integrara en el esquema de Bretton
Woods, obligó a los gobiernos a planificar mejor su economía y sus inversiones, forzó una mayor coopera-
ción económica e integración comercial entre los participantes y ayudó a asumir la necesaria recuperación
de la economía alemana. Para gestionar los fondos del Plan, se creó en 1948 la Organización Europea de
Cooperación Económica (OECE), origen de la Unión Europea.
El Plan Marshall consistía en préstamos a largo plazo y donaciones de productos norteamericanos, mate-
rias primas, bienes industriales o alimentos. Con éstas últimas se generaba una contrapartida en moneda na-
cional que iba a para a un fondo de desarrollo destinado a inversiones en infraestructura, tecnología, finan-
ciación de déficits. La fácil adquisición de productos básicos supuso una mejora inmediata del nivel de vida
de los países europeos. También evitó lo que pudo haber sido una profunda crisis política y facilitó la
cooperación económica entre los europeos, propiciando el proceso de integración europea de la década si-
guiente. La relación europea con EE.UU. desde 1945 fue, sin embargo, ambivalente y compleja, mezcla de
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gratitud, envidia y resentimiento. Los vínculos transatlánticos fueron más sólidos que nunca, pero la crecien-
te “americanización” de Europa y la dependencia militar provocaron reacciones negativas al ser percibidas
como amenazadoras para la cultura y la independencia europeas.
En cualquier caso, norteamericanos y europeos occidentales compartieron un sistema político y econó-
mico de libertad y democracia. En 1947 los partidos comunistas salieron de las coaliciones de gobierno oc-
cidentales y tras el golpe de Praga, se produjo un distanciamiento entre socialistas y comunistas que se tra-
dujo en la ruptura de la unidad sindical que se había mantenido hasta entonces, lo que debilitó la unidad de
acción de los trabajadores.
La moderación del electorado benefició a los partidos democratacristianos, que consiguieron atraer un
electorado amplio al hacer suyos los programas del estado de bienestar y mantener una cierta indefinición
ideológica apelando a los valores de la civilización cristiana, además de aprovechar las redes sociales de la
iglesia católica. Solos o en coalición acapararon los gobiernos de Europa Occidental. Las excepciones fue-
ron Gran Bretaña, Suecia y Noruega. Las dictaduras de Francisco Franco y Antonio de Oliveira Salazar en
España y Portugal también constituyeron una singularidad. El Franquismo, por una Resolución de la ONU
de diciembre de 1946, fue condenado al ostracismo internacional a causa de la estrecha relación mantenida
con Alemania e Italia desde 1936, a pesar de haber emprendido desde 1943-1945 una operación de camufla-
je ideológico: se despojó de la simbología fascista, dio más peso político a la familia católica y aprobó una
amnistía y diversas Leyes Fundamentales para adaptarse a los nuevos rumbos democráticos occidentales. En
cambio, Salazar, que también suavizó desde 1945 los aspectos más duros de su dictadura, pudo beneficiarse
del Plan Marshall y formar parte de la OTAN, en la que ingresó como miembro fundador en 1949.
En Japón la implantación del modelo occidental se produjo durante la ocupación militar norteamericana.
Se impuso una nueva constitución (1947) con una democracia parlamentaria. Se llevó a cabo una política de
reeducación para acabar con el militarismo japonés y minar el poder de la oligarquía tradicional: se abolió la
nobleza, se procedió a una reforma agraria y a desmantelar los grandes complejos económicos basados en
clanes familiares. Se favoreció la expansión de la educación y la organización de sindicatos.
4.2. La URSS y la Europa Oriental
En 1945 Stalin era visto por sus conciudadanos como un héroe por haber salvado a la URSS. Tras los sa-
crificios de la guerra, Stalin decidió mantener un férreo control, sobre la base ideológica del nacionalismo
ruso, el antisemitismo y el miedo al Occidente capitalista. Acaparó un poder casi absoluto y el culto a su
personalidad se hizo agobiante. Optó por ignorar a las cámaras electivas e incluso al partido. Las fuerzas
armadas y las élites políticas fueron depuradas, se reintrodujeron los comisarios políticos. El sistema de
campos de trabajos forzados o Gulag se volvió a llenar con minorías étnicas, judíos, exprisioneros de guerra
y cualquier sospechoso de colaboracionismo o contaminación ideológica. La ciencia y la cultura también se
vieron afectadas, con la campaña de “pureza ideológica” y reeducación contra las influencias burguesas y
occidentales, que dio lugar a un arte oficial y una cultura dirigista y chovinista rusa. Estas obsesiones se
plasmaron también en la prohibición de matrimonios entre soviéticos y extranjeros.
La tremenda destrucción provocada por las acciones bélicas, las imposiciones alemanas, más la política
de tierra quemada practicada por los soviéticos deshicieron parte de lo conseguido por los planes quinquena-
les de preguerra. Como Stalin prefirió renunciar a la ayuda de Occidente por razones políticas, la reconstruc-
ción y el proyecto de convertir a la URSS en una superpotencia se plantearon con los recursos propios, las
reparaciones de guerra y los beneficios extraídos de las economías de su bloque europeo a través de la impo-
sición de precios en los acuerdos bilaterales firmados entre 1947-1948, el cobro de los gastos de las tropas
de ocupación y las ganancias obtenidas a través de sociedades mixtas. Stalin anunció un programa de re-
construcción de 15 años y un primer plan Quinquenal muy ambicioso en marzo de 1946 que fue bastante
exitoso en el ámbito industrial y energético, pero no tanto en vivienda y agricultura. Los niveles de produc-
ción de preguerra se habían recuperado hacia 1950, pero el coste social había sido muy alto.
Los países de Europa Central y Oriental evolucionaron al son marcado por Moscú, merced a la influencia
de su ejército de ocupación y la toma del poder por los partidos comunistas nacionales. Las tropas soviéticas
se retiraron de Checoslovaquia (1945) y Bulgaria (1947), pero siguieron en Hungría y Rumanía hasta avan-
zados los años cincuenta y nunca se marcharon de Alemania Oriental y, por tanto, de Polonia. En las “zonas
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liberadas” desde 1944 se instalaron gobiernos de coalición o frentes nacionales, volviendo a la política de
Frentes Populares, con representación de las fuerzas que habían tomado parte en la resistencia. Todos termi-
naron convertidos en “democracias populares” pues, tras ganar la izquierda las elecciones convocadas (con
la excepción de Hungría), con la presión soviética, los partidos comunistas o sus aliados comenzaban con-
trolando puestos claves de los gobiernos de coalición, como el de Interior. Conseguían depurar de estos ór-
ganos a los miembros de otros partidos con denuncias, detenciones, ejecuciones o forzando su exilio. Los
partidos moderados eran prohibidos y perseguidos. Las elecciones terminaban por perder sentido democráti-
co y se convertían en meros plebiscitos, a menudo con recuentos manipulados.
Los procesos variaron de un país a otro: fueron más rápidos donde el interés de Moscú era central y en
los países menos industrializados. En Polonia el Gobierno de Unidad Nacional de 1945 ya tenía mayoría
comunista e inició las nacionalizaciones, colectivizaciones y persecución de la oposición no comunista. En
Bulgaria los comunistas y sus aliados ya obtuvieron un 86% de los votos en las elecciones de 1945 y se en-
cargaron de ir eliminando a los partidos de la oposición a lo largo de 1947. En Rumanía, en cambio, donde
el partido comunista era muy débil en 1945, la presión soviética forzó su entrada en el gobierno. Tras las
elecciones de noviembre de 1946 prohibieron los partidos de la oposición y el rey huyó del país en 1947. En
Alemania Oriental, la URSS decretó la desnazificación, reforma agraria y nacionalizaciones industriales. En
abril de 1946 promovieron la fusión de los partidos socialistas y comunistas y cualquier oposición no comu-
nista fue inviable. La RDA se proclamó en octubre de 1949.
El camino hacia el poder fue más complejo en Hungría y Checoslovaquia. En Hungría el Partido de los
Pequeños Propietarios obtuvo el 57% de los votos en las elecciones de noviembre de 1945, pero, de nuevo
por presión soviética, los comunistas fueron incluidos en el gobierno. Desde allí debilitaron a los partidos de
la oposición. Absorbieron a los socialistas y las elecciones de 1949 fueron de lista única. Finalmente en el
caso checo, los comunistas entraron el democrático y reformista gobierno en el exilio de E. Benés. Su fuerza
real se manifestó en las elecciones de 1946, donde obtuvieron el 38% de los votos. El nuevo gobierno de
coalición, presidido por el comunista Klement Gottwald tuvo que renunciar pro presión soviética a la ayuda
del Plan Marshall en julio de 1947. La creciente tensión política por esta decisión motivó la desacertada di-
misión de los doce ministros no comunistas, aprovechada para establecer un nuevo gobierno comunista mo-
nocolor, en una mezcla de golpe de Estado y revolución comunista en febrero de 1948. En mayo ya hubo
elecciones de lista única.
Las dos excepciones a esta dinámica fueron Albania y Yugoslavia, en cuya liberación apenas había in-
tervenido el ejército soviético. El comunista Enver Hoxha tomó el poder en Albania desde diciembre de
1945, con un régimen muy ligado al yugoslavo hasta 1948. Josip Broz, Tito, contra la opinión de Stalin,
estableció desde noviembre de 1945 una República Federal Popular en Yugoslavia, con una constitución de
modelo soviético. La socialización de la economía siguió las pautas estalinistas, pero terminó enfrentado con
Moscú. También Finlandia pudo eludir el control soviético, aunque tuvo que renunciar al Plan Marshall.
Los partidos demócratas resistieron la presión de Moscú. Se mantuvo la democracia, aunque en compensa-
ción, el país se declaró neutral, siempre con una cauta posición internacional para no provocar a la URSS.
El resto de las democracias populares europeas siguieron las directrices soviéticas, tanto en el ámbito
político, como económico, para construir una sociedad sin clases, comunista. La recuperación económica
fue muy difícil por el daño sufrido en guerra más las exacciones soviéticas. Se aprobaron Planes con objeti-
vos obligatorios de promoción de la industria pesada en detrimento de artículos de consumo y servicio. El
proceso culminó en la integración comercial de todas las economías, subordinadas a las necesidades de la
URSS en el COMECON que se encargó de coordinarlo todo desde 1949.
5. La primera fase de la descolonización
El origen de los movimientos nacionalistas en los territorios colonizados se remonta al período de entre-
guerras y tuvo que ver con la explotación económica, la destrucción de estructuras culturales, políticas y
culturales tradicionales y la desigualdad social y jurídica entre colonos y colonizados. Sus líderes, pertene-
cientes a una élite educada y occidentalizada, en principio sólo reclamaban igualdad jurídica y autonomía en
un marco federal, pero se radicalizaron ante la intransigencia de las potencias coloniales, que respondieron
sólo con represión. La Segunda Guerra Mundial aceleró el proceso. Los aliados, que se presentaban como

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defensores de la libertad, la justicia y la democracia, habían aprobado en agosto de 1941 la Carta del Atlán-
tico que “reconocía el derecho de todos los pueblos a elegir su forma de gobierno”. En Asia, Japón apoyó a
los movimientos nacionalistas en su lucha contra las potencias occidentales y otro tanto hizo Alemania en el
Magreb. En 1942 el Partido del Congreso invitaba a los ingleses a abandonar la India; en 1943 el sultán de
Marruecos reclamaba a Roosevelt el fin del protectorado francés y F. Abbas, una constitución para Argelia.
En 1945 una conferencia panafricana reunida en Manchester exigía autonomía para el África negra. Tam-
bién se produjo el despertar del panarabismo desde la fundación de la Liga Árabe (El Cairo, marzo de 1945)
contra la creación de un Estado judío en Palestina y a favor de la unidad árabe y del fin del colonialismo en
la zona.
Las nuevas superpotencias eran hostiles al imperialismo por razones ideológicas e históricas. Muchos
movimientos nacionalistas estaban inspirados en el comunismo y la URSS apoyaba la emancipación colo-
nial en nombre del marxismo. En EE.UU. no era popular y los demócratas lo habían condenado abiertamen-
te, además los mercados coloniales protegidos eran contrarios a la libertad comercial. Durante la guerra,
habían alentado el nacionalismo norteafricano y dieron ejemplo otorgando la independencia a Filipinas en
1946. La nueva ONU, que reconocía el principio de igualdad de derechos y autodeterminación de los pue-
blos en su carta fundacional, se convirtió pronto en tribuna privilegiada para la causa anticolonialista.
Sin embargo, en 1945 las potencias imperiales europeas sólo se planteaban algunas reformas coloniales;
nunca renunciar a sus imperios, fuente de materias primas para la reconstrucción y único atributo que disi-
mulaba su decadencia tras la guerra. El problema fue su falta de medios económicos y militares para retener-
los. Sólo Gran Bretaña actuó con más realismo y se dispuso a transferir el poder en sus colonias asiáticas y a
lanzar un proceso gradual para preparar la autonomía en África.
El largo proceso de descolonización que se abrió en 1945 afectó primero al Sudeste Asiático y Oriente
Medio y, en una segunda oleada, a África. Las colonias británicas fueron las primeras en independizarse de
forma pacífica. Gran Bretaña abandonó India, Ceilán, Birmania y se retiró de Palestina entre 1947-1948,
hasta la década siguiente no se desprendió de Malasia (1957) por sus recursos, ni de la futura ciudad-Estado
de Singapur (1958), ni tampoco renunció al control sobre algunos países de Oriente Medio, ricos en petró-
leo.
En India se había iniciado la lucha décadas atrás, bajo el impulso de élites occidentalizadas, con Gandhi
como su difusor más destacado desde 1914. El proceso se retrasó por el enfrentamiento entre las comunida-
des religiosas mayoritarias: hinduistas, representados por el Partido del Congreso o Partido Nacional Indio,
partidarios de conservar la unidad de la India, y la Liga Musulmana que exigía la partición, con n Estado
musulmán independiente por temor al dominio de la mayoría hindú. En agosto de 1947 nacieron dos Estados
independientes: la Unión India, con los territorios de mayoría hindú, y Pakistán, escindida en dos zonas se-
paradas por 1700 Km., de mayoría musulmana. Sin embargo, el proceso término en un conflicto entre ambas
comunidades, masacres y desplazamientos de refugiados de un Estado a otro. Un símbolo de este clima de
intolerancia fue el asesinato de M. Gandhi por un fanático hindú en 1948. En Birmania la Liga Antifascista
para la Independencia del Pueblo ganó las elecciones de abril de 1947 y proclamó la independencia sin ad-
herirse a la Commonwealth. En 1948 se declaraba la independencia de Ceilán, con autonomía desde 1946.
En las Indias holandesas, ocupadas por los japoneses desde 1942, los líderes nacionalistas Sukarno y
Hatta proclamaron la independencia en agosto del 45, pero Holanda no la reconoció y comenzó el conflicto.
La resistencia nacionalista y la presión de la opinión pública internacional obligaron a la metrópoli a nego-
ciar e integrar a la República de Indonesia en una Unión holandesa-indonesia a finales de 1946. Pero entre
1947-1948 Holanda intentó retomar con sus tropas el control de la isla. Al final, las acciones de la guerrilla,
la desobediencia civil de la población, la presión de los nuevos países asiáticos, de EE.UU. y de la ONU
obligaron a Holanda a admitir la plena soberanía de Indonesia en un marco confederal, con Sukarno como
jefe del ejecutivo, en diciembre de 1949. La independencia definitiva llegó cinco años después y en 1963
incorporó la Nueva Guinea Occidental, último reducto holandés en la zona.
Francia optó por resistir la presión anticolonialista, se aferró a las bondades de la asimilación cultural
practicada en sus colonias y se negó a negociar con los movimientos nacionalistas. La Constitución de la IV
República creó la llamada Unión Francesa (1946), de apariencia federal, una teórica unión con igualdad de

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derechos entre la metrópoli y los territorios ultramarinos; aunque sólo Francia tenía capacidad decisoria y
sólo los residentes europeos gozaban de derechos civiles plenos. Apenas sirvió para enmascarar la oposición
de Francia a una verdadera autonomía o independencia, evidente cuando se empleó la más dura represión en
Argelia, en Madagascar y, sobre todo, para retener Indochina. Allí el líder nacionalista Ho Chi Minh, funda-
dor en 1930 del partido comunista vietnamita, había creado en 1941 el Viet Minh, una liga para la indepen-
dencia del Vietnam. En septiembre de 1945 proclamó el nacimiento de la República Democrática de Viet-
nam. Francia retomó pronto el control de la zona y, en principio, pareció dispuesta a conceder autonomía:
los acuerdos de marzo de 1946 con Ho Chi Minh reconocían un Estado libre de Vietnam, en el marco de la
Unión Francesa y de la Federación Indochina. No obstante, De Gaulle endureció su política poco después,
proclamó la separación de Cochinchina (en el Sur), bajo protectorado francés, y bombardeó Haipong. La
respuesta fue la matanza de decenas de europeos en Hanoi y el comienzo de una larga guerra de descoloni-
zación que el Viet Minh peleó con táctica de guerrillas. La teórica independencia otorgada en 1948 a Viet-
nam, Laos y Camboya (1949) no resolvió un conflicto internacionalizado. Sólo la humillante derrota de
Dien Bien Phu en 1954 forzó la retirada francesa y la independencia de los tres países implicados, con Viet-
nam dividido en dos Estados.
En Oriente Medio, británicos y franceses retenían mandatos y protectorados desde el final de la Primera
Guerra Mundial. Siria y Líbano obtuvieron la independencia total de la Francia de Vichy a finales de 1943
por presión británica, pero al acabar la guerra, el gobierno de De Gaulle intentó conservar su influencia en la
zona. Sólo la presión angloamericana y la creciente fuerza del panarabismo lo impidieron. Gran Bretaña
pudo conservar su influencia sobre Egipto (independiente en 1922) y Transjordania (independiente en 1946)
y, en menor medida, sobre Irak (independiente desde 1930) e Irán, ocupados parcialmente durante la guerra.
Peo en la zona quedaba pendiente el problema de Palestina, también bajo mandato británico. La situación se
hizo insostenible para los británicos, que anunciaron su retirada y el fin de su mandato para agosto de 1948.
La ONU intervino y propuso, en una Resolución de noviembre de 1947, la partición en dos Estados más una
zona internacional bajo control de Naciones Unidas en Jerusalén y Belén. Sin embargo, los países árabes
vecinos proclamaron la guerra santa contra la resolución, que tampoco fue aceptada por la parte judía. Los
choques sangrientos entre las dos partes comenzaron meses antes de que se proclamara el Estado de Israel
(mayo de 1948), reconocido de inmediato por EE.UU. y la URSS. Para entonces las fuerzas armadas israe-
líes controlaban todo el territorio previsto por la ONU excepto el desierto del Néguev y se enfrentaban a
unidades militares de Egipto, Transjordania, Irak, Líbano y Siria. La primera guerra árabe-israelí había co-
menzado. A pesar de la superioridad numérica árabe, la baja calidad de su armamento, su mala coordinación
militar y sus divisiones políticas determinaron su derrota. Se acordó un alto el fuego en enero de 1949, pero
nunca hubo acuerdo de paz. Los árabes estaban dispuestos a aceptar la partición de 1947, pero la parte israelí
no quiso asumir recortes. Los Estados árabes se negaron a reconocer a Israel, organizaron su boicot econó-
mico y político y se declararon en estado de guerra permanente. El conflicto no había hecho más que co-
menzar.

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Tema 8. La transición de los cincuenta

1. La globalización de la Guerra Fría: la primera crisis periférica en Corea


La proclamación de la República Popular China obligó a Truman a extender a Asia la política de conten-
ción del comunismo. La percepción de amenaza para EE.UU. se reflejó en el NSC-68, un documento marco
sobre seguridad redactado en los primeros meses de 1950 en el Consejo de Seguridad Nacional. En él se
asumía que la URSS tenía aspiraciones de dominio mundial y trataría de fomentar conflictos limitados en
cualquier parte del mundo. EE.UU. debía prepararse con todos los medios a su alcance para neutralizar ese
peligro, lo que le obligó a afrontar un costoso programa y a interpretar la Guerra Fría como una guerra real
en la que estaba en juego la civilización occidental. En este clima estalló el conflicto de Corea (1950-1953).
Liberada en 1945 por los aliados, Corea quedó dividida en dos zonas de ocupación (soviética y norte-
americana) dividida por el paralelo 38º. EE.UU. llevó la cuestión a la ONU y se decidió la celebración de
elecciones en ambas zonas, aunque sólo se realizaron en el Sur. En 1948, cuando se retiraron las fuerzas de
ocupación, había en el norte un estado comunista apoyado por Moscú, muy militarizado, con Kim Il Sung al
mando y, en el sur, un régimen poco democrático liderado por Sygman Rhee y protegido por Washington.
Kim Il Sung, tomó la iniciativa en junio de 1950 y, con el conocimiento y ánimo de China y URSS, trató de
unificar el país bajo su mando. Con una rápida ofensiva ocupó buena parte del territorio surcoreano. La
reacción norteamericana fue inmediata: Washington promovió la condena e intervención de la ONU y pudo
enviar tropas bajo su cobertura con otros 19 países. Los soviéticos no lo impidieron: Stalin no quiso ejercer
su veto porque deseaba que EE.UU. se enredara en una guerra con China para debilitar su prestigio y dis-
traer su atención de otros frentes geográficos. Desde septiembre de 1950, el general MacArthur dirigió una
contraofensiva que logró traspasar el paralelo 38º. Pero hubo una rápida respuesta militar de China. Los con-
tingentes de EE.UU.-ONU tuvieron que retroceder. El frente se estabilizó en noviembre de 1951 cerca del
paralelo 38º, sin embargo la guerra siguió y el número de bajas no cesó. Por fin, en julio de 1953, se cerró un
acuerdo definitivo que no alteraba la frontera de 1950.
La crisis bélica de Corea constituyó un punto culminante de la Guerra Fría. Se intensificó la atmósfera de
miedo originando una radicalización ideológica del conflicto. En la URSS se vivió de nuevo la cara más
dura del estalinismo. Stalin aceleró desde 1952 el programa de construcción del socialismo en la Alemania
Oriental buscando hacer de ella una especie de baluarte para la inminente guerra con Occidente. En EE.UU.,
el comunismo se convirtió en el enemigo por excelencia, percibido como una amenaza inminente. El am-
biente de temor y sospecha dio lugar al llamado McCartismo, por el nombre del senador que lo promovió.
Entre 1950 y 1954, a partir de casos reales de espionaje se desató una verdadera persecución judicial contra
los sospechosos de militancia comunista.
La vertiente cultural y propagandística de la Guerra Fría cobró más importancia porque las cuestiones de
seguridad eran inseparables del conflicto ideológico. Se trataba de dos estilos de vida: capitalismo democrá-
tico y comunismo combatían por el alma de la humanidad, sobre todo en Europa occidental. La URSS tenía
ventaja en este terreno, al disponer de aparatos de propaganda más eficaces que venían trabajando desde
hacía décadas. Además, contaba con la simpatía de la intelectualidad y de la nueva clase política europea.
Por el contrario, la propaganda anticomunista estaba desprestigiada a consecuencia de su uso por los fascis-
mos y autoritarismos de preguerra. De ahí el éxito de iniciativas soviéticas como el Movimiento por la Paz
Internacional, creado en 1948, que difundió una imagen positiva de las posicione soviéticas, pacifistas, fren-
te al militarismo e imperialismo norteamericanos. El Llamamiento de Estocolmo (1950) contra las armas
nucleares fue su campaña más exitosa y tras la muerte de Stalin, la URSS pudo aprovechar las declaraciones
de sus sucesores a favor de la distensión. La respuesta anticomunista tomó cuerpo con el Congreso para la
Libertad Cultural (Berlín 1950), financiado por la Fundación Ford y la CIA. Además, EE.UU. puso en mar-
cha diversos programas y organismos para mejorar la imagen de su país y de sus objetivos de política exte-
rior en todo el mundo: el programa Fulbright, la USIA (Agencia de Información de EE.UU.), las Casas de
América, Radio Europa Libre, etc. A su favor tuvo la influencia de la cultura norteamericana y la creciente
americanización de Europa Occidental; en contra, las suspicacias en torno a las bases militares estadouni-

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denses en muchos países, más el antiamericanismo tradicional contra una cultura estimada mediocre y de
masas.
La Guerra de Corea también repercutió en la planificación militar de EE.UU. Las polémicas directrices
del NSC-68 fueron aceptadas en 1951 como doctrina oficial por Truman. Al marcar como objetivo el freno a
la expansión comunista en todo el mundo indujeron la definitiva militarización de la estrategia de conten-
ción: la expansión de la red de bases y alianzas militares norteamericanas alrededor de todo el perímetro de
la URSS y un formidable incremento de los presupuestos de Defensa. Otra lección de Corea fue la ineficacia
de disponer de armas atómicas en un conflicto limitado: era difícil señalar objetivos apropiados, se temía la
reacción de la opinión pública mundial, pero sobre todo podía provocar una intervención nuclear soviética.
Para neutralizar esta debilidad, el Presidente Eisenhower advirtió (enero 1954) de que en caso de cualquier
agresión comunista, EE.UU. respondería de forma global, inmediata y con todos los medios, incluidos los
nucleares, en lugar de una respuesta gradual como en Corea. Esgrimía la amenaza de una segura destrucción
mutua y optaba por una estrategia de represalia nuclear que resultaba más barata y sencilla, dada la superio-
ridad norteamericana en número de armas y bases. Además, EE.UU. dispuso de la bomba de hidrógeno a
fines de 1952 y en 1954 la bomba de 15 megatones, aún más potente.
En Asia la Guerra de Corea abrió dos décadas de hostilidad en las relaciones entre EE.UU. y China.
EE.UU. se convirtió en el guardián de la estabilidad de la zona oeste del Pacífico. Se aceleró la independen-
cia de Japón, baluarte estratégico de EE.UU. en la región, y su rehabilitación internacional. En 1954 se crea-
ba la SEATO (Organización del Tratado del Sureste Asiático), con EE.UU., Francia, Gran Bretaña, Austra-
lia, Nueva Zelanda, Filipinas, Tailandia y Pakistán. Además EE.UU. se comprometió a apoyar a Francia en
su guerra de Vietnam y a respaldar a Chiang Kai-shek en Taiwán.
En el área atlántica, Corea contribuyó a convertir a la OTAN en una verdadera alianza militar. El miedo
a que el siguiente golpe comunista fueran en Europa hizo que los aliados exigieran un mayor compromiso de
EE.UU. Truman aceptó y desde septiembre de 1950 se enviaron más tropas de combate a Europa. El Plan
Marshall, cancelado en 1951, fue sustituido por ayuda militar. En 1952 la OTAN se dotaba de sus estructu-
ras civiles y militares y EE.UU. empezaba a transferir armas nucleares a Europa, aunque bajo su control.
Para reforzar el flanco mediterráneo de la OTAN, Francia cedió a EE.UU. bases militares en Marruecos y se
integraron en la organización Grecia y Turquía. También se firmó un acuerdo militar bilateral con España en
1953 que ayudó a la rehabilitación de la dictadura franquista y a su aceptación en la ONU en 1955. Incluso
Tito recibió ayuda militar norteamericana.
Así mismo, desaparecieron las reticencias europeas contra el rearme alemán. Hasta ese momento la solu-
ción propugnada por EE.UU. había sido auspiciar la iniciativa francesa de crear un ejército europeo, con
unidades de los seis países de la CECA, donde integrar al alemán (Plan Pleven 1950), formando así la lla-
mada Comunidad Europea de Defensa (CED) aprobada en 1952, sin EE.UU., pero vinculada a la OTAN.
Finalmente el parlamento francés no ratificó el tratado de la CED en 1954 y, como alternativa de urgencia,
el Tratado de Bruselas de 1948 se amplió a Italia y a la RFA: nacía la Unión Europea Occidental y Alemania
ingresaba en la OTAN con el visto bueno francés. Además concluía el régimen de ocupación en la RFA.
La respuesta soviética en 1955 fue la creación del Pacto de Varsovia, una alianza de “amistad, coopera-
ción y asistencia mutua”, con Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, la RDA y la
URSS como socios. Dicha organización no sólo protegía de cualquier agresión exterior, sino también de los
peligros de subversión o revolución interna; por eso pudo ser invocado por Moscú para intervenir en Hun-
gría en 1956. Además, la RDA fue dotada también de plena soberanía.
2. El primer deshielo frustrado: la desestalinización y la presidencia de Eisenhower
En 1953 había habido relevos en la cúpula de las dos superpotencias. En enero, Dwight D. Eisenhower,
un militar prestigioso, diplomático hábil y pragmático, se convirtió en Presidente de EE.UU. y buscó poten-
ciar la seguridad nacional al menor coste posible, sin descartar una negociación con la URSS para rebajar la
tensión. Dos meses después, moría Stalin. Su sucesión no se resolvió de inmediato, pues en principio se im-
puso una dirección colegiada (con Malenkov, Beria y Kruschev como hombres fuertes), pero desde su inicio
provocó cambios significativos en todas las vertientes de la política soviética. En el ámbito internacional se
abrió una oportunidad para rebajar la tensión entre las superpotencias.
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Los nuevos líderes soviéticos necesitaban concentrarse en la problemática interna y preferían menor ten-
sión exterior. Por eso indujeron a Corea del Norte y China a negociar para zanjar la guerra coreana y se mos-
traron dispuestos incluso a poner freno a la carrera armamentística. Eisenhower se mostró cauto en un pri-
mer momento: no reaccionó cuando los tanques soviéticos aplastaron las revueltas obreras en Berlín Oriental
en junio de 1953. Eisenhower también estaba interesado en conciliar seguridad con ahorro fiscal y el mejor
camino era la distensión con la URSS.
La confluencia de intereses de las dos superpotencias hizo que se pudiera celebrar una primera conferen-
cia de cancilleres en Berlín a principios de 1954, pero no fructificó por la incompatibilidad en las soluciones
propuestas para Alemania.
Sin embargo, zanjado el tema del rearme alemán en la OTAN, Kruschev, el nuevo líder soviético desde
febrero de 1955, propició la solución al problema de Trieste (entre Yugoslavia e Italia) y la firma del tratado
de paz con Austria, independiente y neutral desde entonces. También por acuerdo entre las superpotencias,
veinte nuevos estados entraron en la ONU entre 1955 y 1956 y, sobre todo, tuvo lugar una reunión en la
cumbre sobre desarme en Ginebra (julio de 1955). Aunque sus resultados sobre el control de armas fueron
desalentadores, el encuentro sirvió para dar confianza a Kruschev y para que la URSS reconociese a la RFA.
Además en febrero de 1956 Kruschev declaraba en el XX Congreso del PCUS la necesidad de una “coexis-
tencia pacífica” entre los dos sistemas como única alternativa a una guerra mundial. Como complemento, en
abril la Kominform era disuelta.
Este clima conciliador, el llamado “espíritu de Ginebra”, apenas tuvo continuidad: se esfumó en los me-
ses siguientes porque las crisis de 1956 (Hungría y Suez) acabaron con él. Tampoco lo acontecido hasta en-
tonces en otros escenarios contribuyó a distender las relaciones. Ambas superpotencias habían seguido tra-
bajando para incrementar su influencia en el Tercer Mundo. En la parte soviética, Kruschev confiaba en la
expansión mundial del comunismo y buscó reafirmar la posición de la URSS alentando alianzas con otros
líderes y grupos revolucionarios-nacionalistas. Kruschev creía en la superioridad del comunismo como sis-
tema para llevar el bienestar a las masas trabajadoras del mundo y en la obligación de la URSS de apoyar a
los pueblos colonizados. Además la dinámica de política interior había favorecido este discurso revoluciona-
rio-imperialista porque todos los líderes postestalinistas habían ofrecido a las élites soviéticas estrategias
encaminadas a reforzar la influencia soviética en el mundo. Por eso la URSS multiplicó sus ayudas a los
países en desarrollo, a los movimientos nacionalistas africanos y, sobre todo, árabes.
En el campo norteamericano, el proyecto más ambicioso soñaba no sólo con bloquear la posible influen-
cia soviética en esas áreas, sino incluso con hacer. Además, la parte norteamericana no percibió el cambio
soviético y su nueva flexibilidad diplomática como una oportunidad, sino como una amenaza. EE.UU. utili-
zó operaciones encubiertas de la CIA, que resultaban baratas y estaban libres del control parlamentario. Con
ellas se derribaron algunos gobiernos en países que poseían materias primas o estaban situados en puntos
estratégicos. La mayor parte de las veces no constituían una amenaza directa para EE.UU., pero sí para sus
aliados europeos o para Japón, que podían perder fuentes de aprovisionamiento de materias primas o merca-
dos. Un ejemplo de esta política fue el apoyo al golpe de estado en Guatemala que derribó a Jacobo Arbenz
y abrió una larga etapa de dictaduras en ese país. Más evidente resultó la operación desarrollada en Irán des-
de 1953 contra el gobierno de M. Mosaddeq, que acabó con la instauración del régimen autoritario y prooc-
cidental del sha Reza Pahlavi. Como complemento y barrera contra el comunismo en Próximo Oriente,
EE.UU. patrocinó en 1955 el Pacto de Bagdad, con Turquía e Irán, Pakistán y Gran Bretaña: una alianza
militar a la que solo se adhirió Irak (hasta 1958). Además la administración Eisenhower se mostró más neu-
tral en el conflicto árabe-israelí y, en principio, adoptó una actitud favorable a Nasser.
En Asia Oriental no se había aplacado el temor norteamericano a la expansión comunista. Se mantuvo el
presupuesto de que, si caía Vietnam caerían otros países. Cuando Francia abandonó Vietnam, EE.UU. no
reconoció la división su territorio en el paralelo 17º acordada en la Conferencia de Ginebra de 1954. En el
norte, bajo dominio comunista se instauró la República Democrática de Vietnam, con capital en Hanoi. Al
sur, el emperador Bo Di, marioneta de los franceses, siguió al mando desde Saigón, su capital. Los norte-
americanos se convirtieron en protectores militares de Vietnam del Sur, con ayuda económica y militar,
mientras tanto la recién creada SEATO extendía su radio de defensa a Vietnam del Sur, Laos y Camboya.
EE.UU. apoyó un golpe de estado en Vietnam del Sur con el que comenzó la dictadura de Ngo Dinh Diem.
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La oposición a su régimen, el Vietcong, inició acciones para derribarlo y unificar el país. Hacia 1958 ya ha-
bía una guerra civil en la que EE.UU. estaba muy implicado.
Por otra parte, necesidades presupuestarias y avances tecnológicos alimentaron la carrera nuclear y la re-
tórica extremista sobre su uso. En la parte soviética, las urgencias económicas internas contribuyeron de
forma indirecta a acelerar el programa nuclear. El Kremlin apostó por desarrollar misiles balísticos para ar-
mas atómicas en vez de costosos bombarderos de gran autonomía. En 1955, cuando EE.UU. inicio la pro-
ducción del misil intercontinental (ICBM) Atlas y del Thor, de alcance medio (IRBM), en la URSS probaron
la bomba de 1,6 megatones; un año después, el primer misil balístico de alcance medio y, por fin, en agosto
de 1957 un misil intercontinental. En octubre, mostraron ante el mundo sus avances con el lanzamiento del
satélite artificial Sputnik, cuya órbita llegó a EE.UU. Allí cundió la alarma y durante los años siguientes se
temió una superioridad tecnológica soviética acelerándose la carrera espacial y el programa de misiles.
Kruschev, por su parte, había intentado crear la apariencia de un empate nuclear para debilitar a la OTAN y
las otras alianzas militares anticomunistas y no se amedrentó por la inferioridad atómica soviética. Pensó
que el miedo a una guerra nuclear en EE.UU. permitía a la URSS promocionar el comunismo en el Tercer
Mundo. De ahí que desde 1956 (Suez) comenzase también a utilizar los misiles atómicos como argumento
definitivo en las crisis internacionales. En consecuencia, aunque en 1957 se creaba en la ONU la Agencia
Internacional de Energía Atómica para controlar información y materiales nucleares y facilitar el uso pacífi-
co de esa energía, la suspensión de experimentos nucleares, negociada en 1958 entre las dos superpotencias,
no duró ni tres años. Ninguno de los dos países podía prescindir de la estrategia nuclear. El único logro fue
la firma en diciembre de 1959 del tratado de la Antártica, que desmilitarizaba la región y prohibía el vertido
de desechos radiactivos en ella.
Aquella década terminó con un repunte de la tensión en el otoño de 1958 que tuvo como escenarios Tai-
wán y Berlín. La crisis con China se cerró pronto, porque EE.UU. no deseaba una escalada bélica y Pekín no
recibió el apoyo nuclear soviético que esperaba. Algunos meses antes, la URSS, temiendo que la RFA con-
siguiera el arma atómica, había propuesto una zona desnuclearizada en la Europa Central, que no fue acep-
tada. Kruschev reaccionó presionando en Berlín. La ciudad, en territorio de la RDA, servía como vía de es-
cape para quienes decidían abandonar el comunismo y refugiarse en Occidente. El creciente número de de-
serciones constituía un elemento de desprestigio para la RDA y la URSS. En noviembre de 1958, Kruschev
conminó a las potencias occidentales a acordar un modus vivendi sobre la ciudad antes de seis meses: o con-
vertían Berlín en una "ciudad libre” o cedería el control de sus accesos occidentales a la RDA. Con este ul-
timátum pretendía una retirada militar occidental para minar la credibilidad del compromiso norteamericano
con la defensa de Europa, alimentar las oposiciones neutralistas y antinucleares que le beneficiaban y obligar
a EE.UU. a negociar de igual a igual. En todo caso no hubo respuesta occidental y el tema se atascó.
Kruschev dio marcha atrás y anuló el ultimátum, de esta forma pudo viajar en visita oficial a EE.UU. en el
verano de 1959. Incluso se preparó una cumbre en París en 1960 para tratar la prohibición definitiva de
pruebas nucleares. Sin embargo, el derribo de un avión espía norteamericano en territorio soviético, alteró
el clima bilateral, la conferencia se anuló y quedaron sin resolver el tema de las pruebas nucleares y la cues-
tión de Berlín.
En conclusión, ni en EE.UU. ni en la URSS estuvieron dispuestos a correr riesgos para alcanzar la paz en
los años cincuenta. Las visiones acerca de las amenazas y oportunidades del sistema internacional siguieron
prisioneras de ideologías antagónicas y de percepciones sobre seguridad nacional incompatibles. Al equipo
de Eisenhower le preocupaba sobre todo la situación de Alemania y que los nacionalistas revolucionarios se
pudieran alinear con el comunismo. Kruschev creía en la obligación soviética de ayudar a expandir la revo-
lución comunista en el mundo y además, desde 1957 se vio obligado a restaurar el prestigio de la URSS en
el exterior, dañado tras los sucesos de 1956. Así que la guerra fría continuó.
3. Desestalinación y disidencias en el bloque comunista
En 1953 la URSS era una potencia industrial pero a un precio muy alto: el mundo rural sacrificado, bajo
nivel de vida general, duras condiciones laborales y represión. Cuando Stalin murió, sus sucesores trataron
de restablecer el orden “constitucional” devolviendo atribuciones al estado en detrimento del partido. Para
ello diseñaron un gobierno colegiado y colectivo: G. Malenkov, presidente del Consejo de Ministros, con
cuatro vicepresidentes, de los cuales Beria era el hombre fuerte. El problema de la sucesión no terminó de
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resolverse hasta 1955, cuando Nikita Kruschev, que había venido desempeñando las funciones de secretario
general del partido único, se hizo con el poder.
El proyecto de la nueva dirección era humanizar el comunismo. Un primer paso fue limitar la represión.
Los sucesores de Stalin decretaron la amnistía para delitos de hasta 5 años de condena y prohibieron el uso
rutinario de la tortura física. Esta línea reformista promovida por Malenkov se confirmó tras la eliminación
de Beria y las revueltas en los campos de trabajo siberianos. En 1955 el control de la policía política pasó al
Comité Central, aunque la definitiva ruptura con el pasado llegó con la denuncia de los crímenes del estali-
nismo que hizo Kruschev en su informe secreto al XX Congreso de febrero de 1956. Unos cinco millones de
prisioneros del gulag fueron liberados desde 1953 tras la revisión de sus causas.
El otro objetivo interno fue mejorar el nivel de vida de la población. Para ello se reequilibró el V Plan
Quinquenal (1951-1955) dando impulso a la industria de bienes de consumo, vivienda y más facilidades
para los agricultores de los koljoses. También se flexibilizó la legislación laboral. Para disponer de recursos
se previó limitar el incremento de gastos militares, lo que obligaba a mejorar o, al menos, estabilizar las re-
laciones con Occidente, aunque temieran que EE.UU. pudiera aprovechar su debilidad.
Desde 1956, Kruschev, una vez que se deshizo de sus adversarios y asumió incluso el cargo de coman-
dante en jefe de la URSS, profundizó las reformas iniciadas en los años anteriores. No obstante, nunca pres-
cindió de un cierto culto a la personalidad, ni rompió con la visión ortodoxa acerca del antagonismo básico
entre comunismo y capitalismo. Alcanzó su máximo poder entre 1958-1960, con elevadas cotas de populari-
dad por las ventajas para la población soviética de sus cambios económicos y sus reformas sociales. Incluso
permitió una mayor libertad cultural, con muchas limitaciones, una cierta democratización de la enseñanza
superior y la rotación de los cuadros del partido. Sin embargo, al final de la década el rápido ascenso del
nivel de vida experimentado desde 1953 se estancó. Su programa agrícola de poner en explotación “tierras
vírgenes” no dio resultado y tuvo que tomar medidas para frenar el desarrollo de las explotaciones agrícolas
privadas, lo que provocó escasez de algunos productos. Por otra parte, el programa armamentístico terminó
resultando más oneroso de lo previsto. La ayuda masiva a China, los subsidios a Polonia y Hungría desde
1956 y la generosidad con Egipto también incidieron negativamente, de modo que hubo que anular los tres
últimos años del plan quinquenal y anunciar uno nuevo de siete años.
En el resto de los países del bloque comunista europeo a principios de los cincuenta continuaba el proce-
so de homologación de sus sistemas políticos y económicos con el soviético. Se había conseguido cierto
desarrollo económico y progresos en la escolarización, pero a costa de graves desequilibrios y penalidades
que quebraron el consenso político. Las disfunciones de la modernización comunista suscitaron la crítica en
las ciudades, en la nueva clase obrera, la universidad y los intelectuales. Los primeros síntomas fueron las
revueltas obreras de 1953 en Berlín, en la ciudad checa de Pilsen y en Bulgaria, todas ellas reprimidas con
dureza. Tras una cierta confusión inicial, los dirigentes soviéticos post-estalinistas buscaron extender a los
países satélites sus reformas en la planificación para mejorar el nivel de vida y relajar la represión. En los
primeros años se hicieron algunas rectificaciones económicas, se impusieron direcciones colegiadas, fueron
relevados señalados estalinistas y rehabilitados algunos dirigentes víctimas de los procesos de 1948-1952.
En todos los países surgieron corrientes opuestas de renovadores e inmovilistas, pero, sobre todo, se generó
un clima de esperanzas de evolución. Además, la reconciliación de la URSS con la Yugoslavia de Tito en
1955 y la disolución de la Cominform (abril de 1956) parecían mostrar que Moscú permitiría en adelante a
sus satélites “distintos caminos hacia el socialismo”, haciendo compatibles el comunismo y libertad nacio-
nal.
Las consecuencias explosivas de la desestalinización se manifestaron en pocos meses: al descontento por
el bajo nivel de vida se sumaron pulsiones nacionalistas, intelectuales críticos y un sistema con crisis de lide-
razgo político desde la muerte de Stalin. Los problemas comenzaron en Polonia, primero con movilizaciones
obreras por conflictos laborales, que fueron reprimidas. Les siguió una oleada de protestas multitudinarias
que pedían “paz y libertad”, la salida de los rusos y la liberación del cardenal Wyszinski. Los dirigentes esta-
linistas se vieron desbordados. Para contener el descontento popular fue rehabilitado Wladyslav Gomulka,
prestigioso líder comunista disidente, en la cárcel entre 1951-1954, que pronto inició un programa reformis-
ta. Cuando Moscú trató de reemplazarle en octubre de 1956, Gomulka garantizó que mantendría el orden y

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no rompería con la URSS. Kruschev, ante la alternativa de una llamada a la resistencia popular, cedió y no
ordenó la intervención militar soviética prevista.
Si la crisis polaca se resolvió casi sin sangre, no sucedió lo mismo en Hungría. Entre 1953-1955 había
gobernado el reformista Imre Nagy, con un programa de liberalizaciones. Fue vetado por Moscú y relevado
primero por el stalinista Matias Rákosi y finalmente por el prosoviético Erno Gero. La situación se complicó
desde octubre de 1956, a raíz de una conmemoración histórica que derivó en actos de homenaje a Laszlo
Rajk y otras víctimas de las purgas stalinistas. Con el aliciente de lo que sucedía en Polonia, comenzaron las
manifestaciones de estudiantes organizados al margen del partido único, con un programa de reformas eco-
nómicas y liberalización política. Como mal menor, Moscú accedió a rehabilitar a Nagy como presidente del
consejo. Sin embargo, las protestas adquirieron el carácter de insurrección. Las tropas soviéticas se retiraron
después del nombramiento de Janos Kadar como secretario del partido. Pero Nagy sobrepasó lo que podía
ser tolerado por la URSS al declarar el 30 de octubre su voluntad de restaurar un sistema de partidos y salir
del Pacto de Varsovia. Además existía alto riesgo de contagio: el movimiento húngaro estaba prendiendo
entre los estudiantes rumanos, los intelectuales búlgaros y, aún peor, había revueltas en el Báltico y Ucrania
Occidental así como manifestaciones y huelgas de hambre de estudiantes en Moscú y otras ciudades.
Kruschev tenía encima, además, a los sectores duros del partido y a la burocracia nada proclives a la disten-
sión. El 4 de noviembre las tropas soviéticas intervinieron y aplastaron a los resistentes, que no recibieron la
ayuda esperada de los países occidentales. Nagy acabó fusilado en 1958; János Kádár, su sustituto en el go-
bierno hasta 1989, retomó, sin embargo, la senda reformista, sobre todo en lo económico.
La espontánea revuelta húngara tuvo importantes consecuencias dentro y fuera del bloque soviético. En
la URSS el proceso de liberalización se frenó de golpe y hubo una oleada de arrestos; también un intento
fallido de relevar a Kruschev en 1957 promovido por sus antiguos aliados la considerar que estaba debilitan-
do el dominio soviético en Europa Oriental. El líder soviético salió fortalecido de la crisis, pero a partir de
ese momento se mostró decidido a introducir cambios en su política exterior para demostrar al aparato del
partido y a los militares su capacidad para mantener y aun expandir el poder internacional soviético.
En Europa, Moscú procuró equilibrar su férreo control de la zona con ayuda económica y con cierto gra-
do de permisividad hacia las políticas de liberalización nacionales. Se abrieron las llamadas “vías nacionales
hacia el socialismo”, que permitieron mayor autonomía, sobre todo en política económica. El modelo gene-
ral de planificación se flexibilizó. En algunos países los criterios de elección de los cargos comunistas em-
pezaron a depender más de las competencias profesionales que de la fiabilidad política y también hubo más
libertad para establecer relaciones comerciales con Occidente. Sin embargo, excepto Checoslovaquia, donde
la intelectualidad tuvo algo más de margen, siguió el férreo control sobre la vida cultural. De hecho, pese a
las lentas mejoras del nivel de vida de los ciudadanos el sistema del “socialismo real” fue perdiendo legiti-
midad y surgió una nueva disidencia de jóvenes intelectuales. En paralelo, Yugoslavia volvió a enfriar sus
relaciones con la URSS y optó por atenerse a una orientación autónoma no alineada y acercarse a Occidente.
Occidente también defraudo. En 1956 quedó claro que EE.UU. no intervendría para liberar a la Europa
del Este: una cosa era la propaganda y las acciones secretas y otra utilizar la guerra para conseguirlo. Co-
mienza a funcionar una especie de pacto tácito entre las superpotencias que deja a cada una libertad para
poner orden en su zona de influencia. La afiliación de los partidos comunistas cayó en Europa Occidental y
el aura positiva que la URSS había tenido entre la intelectualidad de izquierda se desvaneció.
Entretanto, el nuevo régimen comunista de China se enfrentaba a la necesidad de desarrollar un país de
más de 600 millones de personas. Para lograrlo, una de las primeras medidas fue socavar la estructura fami-
liar patriarcal y las prácticas sociales que sostenían el mundo campesino tradicional: con la ley matrimonial
de 1950 se prohibieron el matrimonio concertado y entre menores de edad, la bigamia, el concubinato y el
infanticidio, se estableció el divorcio y se dio impulso a la escolarización infantil. Se aprobó una amplia re-
forma agraria que redistribuyó las tierras de grandes propietarios y comunidades religiosas. Como comple-
mento se aprobó en 1953 el Primer Plan Quinquenal para una industrialización acelerada, dándose prioridad
a la industria pesada sobre las necesidades del sector agrario. Estos procesos no se hicieron sin violencia.
El régimen de la República Popular China, bajo el absoluto control del partido Comunista, sancionó en
1954 una nueva constitución centralista. Dos diferencias con el modelo soviético fueron la no aceptación de

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las minorías étnicas y la inexistencia de una policía política independiente del estado. La peculiar dinámica
política china tenía que ver con la personalidad de Mao, comunista ortodoxo pero a la vez influenciado por
el pensamiento tradicional chino.
El régimen chino tuvo un problema inicial de legalidad internacional: muchos estados y la ONU seguían
reconociendo al gobierno nacionalista refugiado en Taiwán. La desestalinización tuvo su reflejo en China
con el llamado movimiento de las “cien flores”, que supuso una efímera liberalización. Sin embargo, ante
las críticas al régimen, la campaña se cerró rápidamente. Dada la lentitud de los logros económicos, en lugar
de buscar un desarrollo más equilibrado, Mao optó por criticar la desestalinización y endurecer la revolu-
ción. Se puso en marcha el llamado “Gran salto hacia delante”, que impuso una brutal colectivización rural y
lanzó una irracional campaña para acelerar la industrialización en detrimento de la producción agrícola. La
búsqueda de la máxima productividad llevó al caos económico y a una hambruna en torno a 1960 que causó
casi 30 millones de muertos.
A un tiempo, China puso en marcha un ejército moderno y buscó expandir su influencia exterior, sobre
todo en Asia, donde se implicó en los conflictos de Corea y Vietnam. Se erigió en defensora de todos los
pueblos oprimidos por el imperialismo y se opuso a la distensión con Occidente defendida por los líderes
soviéticos post-estalinistas. Sus relaciones con la URSS se deterioraron, sobre todo a raíz de la limitada ayu-
da soviética en la crisis de Taiwán con EE.UU. y de la estrategia nuclear de Kruschev que relegaba a China
a una posición secundaria en la jerarquía de las grandes potencias.
4. Las democracias occidentales y la Comunidad Europea
En EE.UU., la Guerra de Corea y el programa de rearme vinculado a la Guerra Fría fueron dos estímulos
para la economía. A principios de los cincuenta era la primera potencia en todos los campos. La amplitud de
su mercado interno era un factor positivo a añadir y el resultado fue el desarrollo de una sociedad de consu-
mo de masas, en la que sólo los indios, negros e inmigrantes permanecían como sectores más desfavoreci-
dos. Con respecto a la política, Truman había presentado la Guerra Fría como un conflicto ideológico entre
dos formas de vida para contrarrestar las tesis nacionalistas y aislacionistas de los republicanos. No deseaba
lanzar una cruzada ideológica, pero por presión de éstos, aceptó la creación de los comités de lealtad, para
investigar el pasado de los funcionarios federales y apoyó la legislación para crear la CIA y el Consejo de
Seguridad Nacional. Su principal consecuencia fue el MacCarthismo, una reacción conservadora que expli-
ca, en parte el triunfo republicano en noviembre de 1952. El nuevo presidente Dwight D. Eisenhower puso
en marcha su programa de “Republicanismo moderno” que implicó reducción de impuestos y menor control
sobre la economía. Sin embargo, no rompió con las políticas sociales heredadas de los demócratas.
En Europa Occidental, gracias a las políticas económicas puestas en marcha desde 1945 y al Plan Mars-
hall, las distintas economías pudieron recuperar en 1953 sus reservas de oro y divisas de 1938. Hacia 1950
habían estabilizado precios y mejorado su balanza exterior. La demanda generada por la Guerra de Corea
ayudó después y se entró en una etapa de crecimiento económico sostenido. En lo político la característica
común fue la estabilidad. La tensión internacional de la Guerra Fría influyó de forma positiva. Funcionó un
particular consenso para evitar la polarización política y enfrentamiento que pudiera tener el efecto de con-
vulsionar el equilibrio que tanto había costado conseguir. La izquierda socialdemócrata y los partidos demo-
cristianos reformistas siguieron monopolizando el poder, pero sus programas se moderaron y despolitizaron.
En Gran Bretaña los conservadores acapararon el poder entre 1951 y 1964. Tuvieron que abordar el fi-
nal del imperio y no dudaron en mantener los programas sociales laboristas. El elevado coste de éstos suma-
do un gravoso gasto militar constituyeron una pesada carga presupuestaria, que unida a unos salarios eleva-
dos determinó menor competitividad y un crecimiento económico más moderado que el resto de Europa
Occidental. En Italia, la Democracia Cristiana se mantuvo por encima del 40% de los votos y gobernó en
coalición con pequeños partidos de centro hasta 1963. Su principal proyecto fue la campaña para desarrollar
el sur del país. En Bélgica y Holanda los partidos católicos reformistas también controlaron el gobierno du-
rante dos décadas más y lograron la cooperación entre las comunidades culturales que dividían histórica-
mente ambos países. En Austria, los dos partidos mayoritarios optaron por gobernar en coalición hasta 1966.
La RFA, bajo la dirección de Konrad Adenauer, consiguió restaurar su plena soberanía, la integración
político-defensiva en el occidente democrático y el resurgir vertiginoso de su economía, con el llamado “mi-
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lagro alemán”. Las nuevas instituciones federales, con gobiernos estables y cancilleres competentes, resulta-
ron eficaces a la hora de fomentar la paz social. En contraste con los países vecinos, en la RFA se mantuvo
una única central sindical, lo que facilitó las relaciones sociales. La CDU gobernó hasta 1966, con un socio
minoritario, la conservadora Unión Social Cristiana (CSU). El país también se benefició de la abundante
mano de obra barata procedente, primero, de los refugiados de la zona oriental y luego de los inmigrantes de
la Europa del Sur. La otra cara de su éxito fue el olvido selectivo del pasado nazi. El proyecto europeísta y la
prosperidad económica se convirtieron en los nuevos estímulos de la sociedad alemana.
La estabilidad de la IV República francesa resultó dificultosa, en parte por los elevados costes de las gue-
rras coloniales (Indochina, Argelia) que determinaron alta inflación y déficit presupuestario permanente pese
a una alta tasa de crecimiento económico. Se sucedieron inestables gobiernos de coalición, casi todos de
centro que no se ponían de acuerdo en ninguna de las cuestiones políticas de fondo, con la consiguiente pa-
rálisis gubernativa. Además la conflictividad laboral se mantuvo alta, en parte por la ascendencia que man-
tuvo el sindicato comunista de la CGT. En 1956 ganó las elecciones una coalición de centro-izquierda que
culminó la descolonización de Túnez y Argelia, preparó la de África Negra y firmó el Tratado de Roma,
pero no pudo encarar la grave situación argelina. En mayo de 1958, ante la actitud rebelde de los militares
en Argelia, el Presidente Coty encargó el gobierno a De Gaulle, quien consiguió de la Asamblea Nacional
plenos poderes para preparar una nueva constitución. Tras ganar un referéndum convocado en septiembre de
ese año, De Gaulle puso en marcha la V República, con un poder Ejecutivo reforzado en manos del Presi-
dente de la misma y un sistema electoral mayoritario en dos vueltas que sustituía al proporcional.
Las dos dictaduras ibéricas vivieron años de estabilidad política y relativo estancamiento económico. En
el caso español, con la oposición muy debilitada y desunida en el exilio, Franco reforzó su liderazgo entre
familias políticas del Régimen y logró sus primeros éxitos internacionales (Pactos con EE.UU. y Concordato
de 1953 e ingreso en la ONU en 1955). Pero aparecieron signos de intranquilidad a partir de 1956 crisis es-
tudiantiles y guerra de Ifni); aunque el mayor problema era el económico, por el fracaso absoluto del modelo
autárquico vigente desde 1939. En Portugal, para el Estado Novo la década de los cincuenta fue tranquila,
con la oposición muy dividida también, el logro de la integración en la ONU (1955) y un atlantismo que
garantizaba su estatus internacional. Los problemas afloraron al final de la década: fractura en el interior del
régimen entre reformistas y ortodoxos, reorganización de la oposición y el inicio del problema colonial en
Naciones Unidas.
Entretanto en los cincuenta se dieron pasos decisivos en el proyecto de integración continental. La pri-
mera institución europeísta, el Consejo de Europa, se había creado en mayo de 1949, a partir del congreso
organizado por el “Movimiento para la Unidad Europea”. Su primer logro fue la “Convención Europea de
Derechos Humanos” (1950).
En lo económico, el Plan Marshall no había conseguido acabar con los aranceles y legislaciones protec-
cionistas de los países europeos y, aún menos, crear un área de libre cambio continental. Sólo se había for-
mado una pequeña Unión Aduanera, constituida por Bélgica, Holanda y Luxemburgo, integrados en el Be-
nelux (1948). El proyecto de extenderla a Francia e Italia no fructificó. Los grandes estados solo visualiza-
ban proyectos económicos a escala nacional. En 1950 otro obstáculo para avanzar en la integración europea
era la desconfianza que aún suscitaba Alemania. Por fin una iniciativa francesa, el “Plan Schumann” (ideado
por Jean Monnet), puso en marcha el definitivo proceso de integración de la RFA a partir de la creación de
la CECA en abril de 1951(Tratado de París). Sólo se trataba de una especie de cártel internacional (Francia,
Italia, RFA y Benelux) para la industria de carbón y acero, pero constituía una verdadera revolución diplo-
mática en Europa, porque suponía la superación de la hostilidad franco-alemana. Y por primera vez seis paí-
ses europeos aceptaban la cesión de una parte mínima de soberanía a favor de un organismo supranacional,
la Alta Autoridad de la CECA.
Tras los avances en materia militar (estructuras europeas de la OTAN y la UEO), el siguiente paso en la
integración europea fue resultado de la Conferencia de la CECA en Mesina (1955), donde se empezó a ne-
gociar lo que fue el Tratado de Roma de 1957. Nacía la Comunidad Económica Europea, un proyecto para
crear un mercado único sin barreras aduaneras (con la excepción de los productos agrícolas), un arancel ex-
terno único, libre circulación de mano de obra y capitales, armonización de la legislación social y una insti-
tución para la investigación y experimentación nuclear, EURATOM, con el fin de minimizar la dependencia
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del petróleo árabe tras la crisis de Suez y garantizar autosuficiencia energética. Además se previó un parla-
mento con una función de control sobre las decisiones de la Comisión y un Tribunal de Justicia.
Gran Bretaña se quedó al margen y, con ella, los países escandinavos. Los británicos recelaban de cual-
quier proyecto federal y tenían objeciones comerciales por la importancia de sus relaciones con los países de
la Commonwealth. Además estaba su especial nexo con EE.UU. y su desconfianza del nuevo eje continental
franco-alemán. La decisión británica de autoexcluirse del proyecto convirtió a Francia en el puntal de la
nueva Europa de los Seis. Desde Londres se auspició en 1959 un bloque comercial paralelo, aunque sólo con
desarme arancelario de productos industriales y sin tarifa exterior común: la Asociación Europea de Libre
Comercio (EFTA), con Irlanda, Austria, Dinamarca, Portugal, Noruega, Suecia, Suiza y Finlandia. Gracias a
estas dos organizaciones económicas se incrementó el comercio intra y extracontinental europeo y se resol-
vió para siempre el problema del Sarre, con su integración a Alemania.
Por lo que respecta a Japón, la demanda generada por la Guerra de Corea sirvió para reactivar su indus-
tria. Su posterior desarrollo fue espectacular. Las exportaciones se multiplicaron en cantidad y calidad (má-
quinas, motos, navíos, etc.) y EE.UU. se convirtió en su principal mercado. Las razones del milagro japonés
fueron un escaso gasto militar, un sistema educativo eficiente y selectivo, más la inversión de los bancos en
el sector industrial, tipos de interés bajos y el papel dirigista del estado, con un sistema de aranceles que ase-
guró a la industria nacional el control del mercado interno. Además la mano de obra era abundante y barata.
La economía también se benefició de la estabilidad política, con dominio del partido Liberal-demócrata des-
de 1955. Al final de la década el país se había recuperado y había logrado respeto internacional: en 1955
entro en GATT, en 1956 en la ONU y en 1964 organizó los Juegos Olímpicos.
5. El segundo impulso descolonizador: África del Norte y Oriente Medio. La crisis de Suez. El no-
alineamiento y la emergencia del Tercer Mundo
En los años centrales de la década de los 50 tuvo lugar un segundo impulso descolonizador que afectó a
los territorios asiáticos de Francia (independencia de Vietnam y Camboya en 1954) y al Norte de África. El
derrocamiento del sultán de Marruecos por el Residente General francés y su deportación en 1953 provocó
una oleada de actos terroristas antifranceses y, meses después, se inició una guerra en Argelia sostenida por
el llamado Frente de Liberación Nacional (FLN). Esos factores aceleraron la decisión de otorgar la indepen-
dencia a Túnez y Marruecos en marzo de 1956. La España de Franco se vio forzada a seguir la misma polí-
tica en su parte norte del Protectorado marroquí inmediatamente después y, al año siguiente, en 1957 afron-
tar un conflicto militar en Ifni.
Desembarazarse de Argelia fue un problema más complejo, porque estaba considerada como parte del te-
rritorio francés. Desde el Estatuto de Argelia, otorgado en 1947, contaban con una Asamblea que garantiza-
ba su preeminencia, reforzada por la manipulación electoral ejercida contra el nacionalismo argelino. Un
sector de éste (liderado entre otros por Ahmed Ben Bella) optó por la lucha armada y logró el apoyo del res-
to: la insurrección argelina, que estalló en 1954, se prolongó durante 8 años en una sangrienta guerra civil.
En 1958 la situación provocó la crisis definitiva de la IV República. La pesadilla argelina se cerró a partir de
los Acuerdos de Évian (1962), un alto el fuego y un referéndum que permitió la independencia de Argelia en
julio de este año.
Libia había conseguido su independencia bajo patrocinio de la ONU en 1951, con Idris I al frente de una
monarquía constitucional ultraconservadora y prooccidental. Como el resto de los países árabes, formal-
mente independientes, no tenía el control de sus recursos minerales (petróleo), en manos de compañías de
países occidentales que, además, apoyaban al sionismo. El único intento de nacionalizar el sector petrolífero,
en Irán, había sido abortado en 1953. Pero Egipto tomo el relevó. Este país, protectorado británico entre
1914 y 1922, había mantenido desde entonces una relación de dependencia con Gran Bretaña, estado que
siguió interfiriendo en la política interna de la deslegitimada monarquía egipcia. La derrota en Palestina, que
conmocionó al mundo árabe, tuvo pronto consecuencias en Egipto. En 1952, el rey Faruk fue derrocado por
oficiales nacionalistas del ejército contrarios a la presencia militar británica en el país. Londres retiró sus
tropas de Egipto, pero ocupó militarmente el canal de Suez ante el temor de perder el acceso al mismo. En
dos años el coronel Gamal Abdul Nasser se convirtió en el hombre fuerte de un nuevo régimen. Sus objeti-
vos inmediatos fueron una reforma agraria, la definitiva salida de Egipto de Gran Bretaña y que este país

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concediera la autonomía a Sudán (independiente en 1956). Londres accedió en 1954 ante el temor de perder
el suministro de petróleo a través del canal. En junio de 1956 acabó la evacuación británica, pero para en-
tonces Nasser se había erigido en líder del nuevo movimiento de países no alineados y del panarabismo. No
sólo condenaba el colonialismo, sino que se negó a entrar en el Pacto de Bagdad, se acercó al bloque sovié-
tico y firmó un acuerdo para el suministro de armas checoslovacas (1955), aparte de reconocer a la China
Comunista. Además rubricó una alianza militar anti-israelí con Arabia Saudí, Siria y Yemen y facilitó los
ataques palestinos desde su territorio. Con París y Londres ya en contra, también se enemistó con EE.UU.
por su acercamiento al bloque comunista, congelando Washington la aportación financiera para la construc-
ción de la presa de Aswan en el Nilo. La respuesta de Nasser fue la nacionalización de la franco- británica
Suez Canal Company el 26 de julio de 1956.
Mientras se celebraba una conferencia internacional en Londres para la solución pacífica del problema,
Francia, Gran Bretaña e Israel organizaron en secreto una invasión conjunta de Egipto. Inició el ataque Israel
en octubre, con la ocupación de la península del Sinaí y esta acción sirvió de excusa para la intervención
anglo-francesa. Sin embargo, sólo ocuparon la parte norte del Canal y Nasser reaccionó hundiendo barcos en
el Canal, que quedó fuera de servicio, además de cerrar el oleoducto Irak-Siria-Líbano, con grave daño para
el suministro petrolífero de Europa Occidental. La torpeza de sus aliados enfadó a Eisenhower, quien pro-
movió una resolución de la ONU a favor de un alto el fuego. Ante la presión de EE.UU. y la URSS, británi-
cos y franceses se retiraron; Israel lo hizo cuando recibió la garantía norteamericana de que sus barcos ten-
drían paso libre en el estrecho de Tirán, su salida marítima al Índico.
La crisis resultó desastrosa para los intereses occidentales. Ratificó la decadencia francesa. La economía
británica, su influencia en Oriente Medio y sus relaciones con EE.UU. se resintieron. La crisis incrementó la
popularidad de Nasser y estimuló sus ambiciones como líder regional. El reforzamiento de los lazos econó-
micos y militares con el bloque soviético convirtió a la región en un nuevo escenario de confrontación entre
las superpotencias. Eisenhower logró que el Legislativo norteamericano autorizara el uso de la fuerza en el
área y un costoso programa de ayuda económica y militar a los países que resistieran los avances soviéticos
en la región. Esta doble estrategia para llenar el vacío dejado por la influencia franco-británica se conoció en
adelante como la “Doctrina Eisenhower” e incluyó el apoyo a las monarquías árabes conservadoras y a Is-
rael.
La crisis de Suez contribuyó a dar más visibilidad a lo que se llamó Tercer Mundo, el bloque de países
recién emergido. Jóvenes estados que echaban a andar tras luchar por su independencia y que, a pesar de su
fragilidad política y sus graves problemas de subdesarrollo, demostraron una clara voluntad de hacerse oír
en la escena internacional y cierta reticencia a participar en la dinámica de la Guerra Fría. Se fue creando
entre ellos una solidaridad y convergencia basadas en problemas compartidos de desarrollo, defensa del
principio de la autodeterminación de los pueblos y rechazo al intervencionismo de las grandes potencias. En
abril de 1955, se organizó una conferencia afroasiática en Bandung bajo el lema de la no alineación y la
condena del colonialismo en todas sus manifestaciones quedando definidos los principios básicos de la co-
existencia pacífica y de la no alineación.
En principio las divisiones ideológicas, institucionales y culturales entre los países participantes impi-
dieron avanzar más al grupo. Pero la India de Nehru, la Yugoslavia de Tito, el Egipto de Nasser y la Indone-
sia de Sukarno, decidieron profundizar sus lazos y concertar su acción política para tratar de influir en las
relaciones internacionales utilizando la equidistancia entre los bloques con el objetivo de presionar a ambas
partes y acelerar el proceso de descolonización.

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Tema 9. Desarrollo y democracia social en los sesenta
1. Crecimiento y desarrollo en el mundo capitalista: cambios sociales y políticos
Durante la década de los sesenta se vivió una coyuntura económica mundial de crecimiento sostenido,
con un incremento anual de PIB de en torno al 5% en Europa Occidental y un espectacular 11% en Japón.
También América Latina y Asia experimentaron porcentajes de crecimiento significativos que se ha calcula-
do en torno al 8%. Sin embargo, sólo en Occidente se consiguió un desarrollo sostenido. En el primer mun-
do tuvo lugar un proceso de rápida industrialización y el consumo de energía se cuadruplico. Los sectores
que jugaron un papel motor fueron, entre otros, el siderúrgico (acero) y el petroquímico (plástico, textiles
sintéticos…); a los que se unieron las industrias electrónica, aeroespacial y nuclear. También fue el momen-
to de expansión de la circulación por carretera y la industria automovilística que, a su vez, dinamizó otros
sectores. Estos progresos industriales estuvieron ligados a los científicos-técnicos (cibernética), que se apli-
caron con rapidez a las comunicaciones y a la automatización de la industria.
Las industrias crecieron y se concentraron, aparecieron las grandes multinacionales que aplicaron el
principio de la división internacional del trabajo. Los países occidentales industriales acapararon el 72.7% de
las exportaciones mundiales. La interdependencia creciente de las economías se vio favorecida por el mejor
funcionamiento de los mecanismos creados desde 1944 en Bretton Woods y el compromiso de los estados
de mantener la convertibilidad de sus monedas, equilibrar su balanza de pagos y liberalizar los intercambios.
En Europa, además el proceso de integración reforzó estas tendencias.
El estado tuvo su papel en el proceso económico. En algunos países se mantuvo un potente sector públi-
co. En la mayoría de ellos proporcionó a las empresas financiación privilegiada y pedidos. Además lanzó
programas de modernización, se preocupó por reducir los desequilibrios regionales, desarrolló infraestructu-
ras, promovió la escolarización y la investigación y también fomentó el empleo público. En la RFA y los
países escandinavos los gobiernos prestaron mucha atención a mitigar los conflictos sociales. El modelo
consensuado desde 1945 de gasto público elevado, servicios sociales, fiscalidad progresiva y aumentos sala-
riales moderados se manifestó exitoso y alcanzó su apogeo en los sesenta.
También el sector agropecuario experimentó una verdadera revolución por el proceso de mecanización,
la aplicación de hallazgos científicos, mejores abonos, fertilizantes y técnicas de regadío, mayor especializa-
ción, más formación y la mejora de las redes comerciales. Se incrementó mucho la productividad. Este pro-
greso terminó alcanzando también áreas del Tercer Mundo.
Todos estos avances provocaron enormes transformaciones sociales. En primer lugar, el crecimiento de-
mográfico, el baby boom se tradujo en incrementos de población gracias a la combinación de seguridad so-
cial, empleo y paz. También creció la esperanza de vida pero, sobre todo, la pirámide poblacional rejuvene-
ció. Este elemento, junto con la mayor escolarización, favoreció el espíritu de empresa, de innovación y una
mayor cualificación laboral. La mujer se incorporó con más intensidad al mercado de trabajo. Hubo una
disminución de la mano de obra agrícola y el consiguiente éxodo hacia las ciudades. Los emigrantes de la
Europa meridional, junto con los procedentes de excolonias, constituyeron un formidable caudal de mano de
obra barata para los países más industrializados.
El mundo laboral experimentó los consiguientes cambios. Fue el momento de apogeo del sector obrero
industrial y de la generalización del taylorismo y fordismo. En muchos países el crecimiento económico ga-
rantizó casi el pleno empleo y amplias posibilidades de promoción, las condiciones laborales mejoraron y la
jornada laboral disminuyó. También se afirmó el sector terciario o de servicios. En cambio el sector primario
retrocedió de manera imparable.
En pocos años los salarios se multiplicaron, lo que sumado a las amplias prestaciones sociales del estado
y a los sistemas impositivos redistributivos, permite explicar el crecimiento de las clases medias y la incom-
parable mejora de la situación de las clases populares. Al crecer el poder adquisitivo, los hábitos de consumo
cambiaron. No todo fueron bondades. Hubo sectores que perdieron pie o tardaron en recoger los frutos de la
nueva economía. Otros inconvenientes fueron la contaminación y otros daños al medio ambiente.
Por otra parte, la venta masiva de radios y televisores permitió una mucho más rápida difusión de la in-
formación revolucionando las formas de movilizar y hacer política. Los jóvenes dispusieron por primera vez
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de poder adquisitivo y utilizaron la moda para marcar actitudes de inconformismo. A un tiempo, se produjo
una ruptura cultural que afectó a toda la sociedad. Tuvo lugar un cambio de valores, un rechazo a los con-
vencionalismos y un proceso de secularización que afectaron a toda Europa. También en el mundo laboral
los trabajadores dejaron de demandar sólo salarios más altos y jornadas más cortas, para pedir cambios en
sus relaciones con los jefes, una mayor autonomía profesional, incluso la autogestión.
En política, su plasmación más conocida fueron los movimientos de protesta de 1968, los más famosos
en Francia, pero también en Italia, Alemania, Checoslovaquia, Yugoslavia, Japón, México o EE.UU. En
Europa, los jóvenes universitarios más radicales, cansados del reformismo de la izquierda tradicional, atraí-
dos por corrientes marxistas heterodoxas que se identificaban con prácticas revolucionarias del Tercer Mun-
do, con la guerra de Vietnam como catalizador de las movilizaciones, dieron vida a una nueva izquierda, con
un espíritu en esencia libertario, que en algunos países empezó a coquetear con la violencia. Su influencia
política fue efímera, pero sus efectos culturales, sobre las conciencias, valores y costumbres, fueron mucho
más duraderos.
En EE.UU. el demócrata John F. Kennedy se impuso en las elecciones de 1960 al republicano R. Nixon,
con un programa optimista e idealista: la Nueva Frontera. Era un proyecto muy en consonancia con la fase
de crecimiento económico que vivía el país. Fijaba nuevas metas nacionales en todos los ámbitos, desde la
conquista del espacio y los avances científicos a la resolución de todos los problemas sociales pendientes.
Sus primeros pasos no fueron rompedores ni en política interior ni exterior. Buscó dar un nuevo impulso a la
economía norteamericana con una bajada de impuestos, para favorecer inversiones y consumo, acompañada
de un incremento del gasto público. No consiguió sacar adelante un seguro de salud universal, ni crear un
Departamento de Asuntos Urbanos, ni ayuda federal para la educación, pero con estas iniciativas dejó plan-
teado el programa social que su sucesor se encargó de cumplir. Algo parecido se puede decir en el tema de
la integración racial. Kennedy supo atraer el voto negro al identificarse con la lucha de Martin Luther King,
pero inicialmente no legisló sobre esta cuestión porque no quería perder el apoyo de los demócratas del Sur.
Fue la lucha de los activistas contra la segregación en los espacios públicos y la falta de derechos electorales
en muchos estados lo que obligó a los hermanos Kennedy a tomar conciencia de las implicaciones morales
del problema y su contradicción con los principios de libertad y democracia del sistema político norteameri-
cano. El asesinato en Dallas, en noviembre de 1963, supuso una tremenda sacudida psicológica para la so-
ciedad norteamericana.
Entretanto una clase media mayoritaria seguía disfrutando de una vida confortable y de la nueva cultura
de masas que difundía los valores nacionales y cierto conformismo. Sin embargo, desde los años cincuenta
se estaban produciendo transformaciones sociales profundas por los movimientos migratorios desde zonas
rurales y regiones pobres hacia zonas más prosperas. Otros signos de cambio surgieron desde las universida-
des. Los jóvenes hippies rechazaban los valores capitalistas y se manifestaban a favor del retorno a la natura-
leza, la vida en comunidad, la liberación sexual y el uso de drogas. También el feminista fue otro movimien-
to relevante. Mayor trascendencia tuvieron las movilizaciones antisegregacionistas, con apoyo de iglesias y
asociaciones religiosas de base, que utilizaron métodos de no-violencia y resistencia pacífica. Su profundo
impacto popular hizo que, a los pocos meses de llegar a la Casa Blanca, el Presidente L. B. Jonhson hiciera
aprobar la Civil Rights Act, era el fin de toda discriminación racial en lugares públicos. Un año después la
Voting Rights Act eliminaba la desigualdad electoral.
Tras ganar las elecciones de noviembre de 1964, Lyndon B. Johnson se volcó en cumplir su programa
que buscaba no sólo igualdad de derechos para todos, sino acabar con la pobreza. Pero su fructífera política
social se vio empañada por la guerra de Vietnam. Primero, por el peso creciente del gasto militar y, en se-
gundo lugar, por la impopularidad de la guerra. En este clima surgieron movimientos inspirados en el líder
Malcolm X (asesinado en 1965), que defendía la independencia del movimiento negro y se oponía a las polí-
ticas de integración y a la línea moderada de M. Luther King. En 1968 Johnson renunció a presentarse a la
reelección y en plena campaña electoral fue asesinado el reverendo M. L. King. Al poco tiempo mataron a
tiros a Robert Kennedy, que se perfilaba como el candidato demócrata. En noviembre ganaba el republicano
Richard Nixon y se convertía en el nuevo presidente de un país noqueado por los recientes magnicidios, la
crisis económica, la agitación social y una guerra inacabable en Vietnam que provocó un colapso moral du-
radero en la sociedad norteamericana.
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Las democracias de Europa Occidental siguieron administrando sus estados de bienestar sin muchos pro-
blemas hasta el final de la década. El proceso de integración económica abierto con el Tratado de Roma de
1957 prosiguió con la entrada en vigor en 1962 de la PAC (Política Agraria Común). Además, en julio de
1968 se cerró la Unión Aduanera cuando todas las tarifas comerciales entre países miembros fueron elimi-
nadas. No se avanzó, sin embargo, en aspectos políticos. La aceptación de la atribución de recursos para la
PAC, que beneficiaba sobre todo a Francia, fue posible gracias a la colaboración de la RFA. El entendimien-
to entre ambos países constituyó el motor de la CEE en esta etapa. Pero De Gaulle se opuso a cualquier
avance hacia una mayor supranacionalidad o federalismo y optó por boicotear la toma de decisiones retirán-
dose del Consejo (crisis de la “silla vacía” en 1965). Reacio a ceder soberanía nacional, su proyecto alterna-
tivo era una Europa de la Patrias, una confederación política homogénea. Al final, aunque llevó a la CEE al
borde de la quiebra, logró mantener el voto por unanimidad en todas las decisiones de la Comunidad y blo-
quear por dos veces el ingreso de Gran Bretaña y, por tanto, de otros países de la EFTA. El único avance
institucional, sin embargo, fue la fusión (1967) de los ejecutivos de las tres instituciones CECA, CEE y
EURATOM y el compromiso para una cierta división de poderes entre la Comisión y el Consejo de Minis-
tros de la CEE.
Con respecto a la evolución por países, en la RFA tras la retirada de Adenauer en 1963, la CDU siguió
gobernando, primero con Ludwig Erhard como canciller y desde 1966 con K. Giorg Kiesinger, quien optó
por un gobierno de gran coalición con el SPD e incorporó a Willy Brandt, el líder socialdemócrata, como
ministro de Exteriores. Este gabinete obtuvo relevantes éxitos económicos, aprobó leyes trascendentes y
promovió la normalización de relaciones con los países del Este.
Frente a la solución alemana, en Austria desde 1964 a 1970 gobernaron los conservadores, empeñados en
mantener el dinamismo económico del país y dar mayor impulso al sector privado.
En Francia, el carismático De Gaulle gobernó hasta 1969 con un parlamento dominado por su partido.
Se dedicó, primero, a estabilizar la economía francesa. A un tiempo, acentuó el aspecto presidencialista del
régimen republicano. Una vez que se desembarazó del problema argelino, se dispuso a frenar la decadencia
de Francia y recuperar condición de gran potencia económica y política. Para ello puso en marcha una polí-
tica exterior ambiciosa que complementó la industrialización y la modernización económica del país.
Su control sobre la política francesa comenzó a resquebrajarse a partir de las legislativas de 1967. La
oposición se reorganizó, el clima social se deterioró, se incrementaron las huelgas y la agitación universita-
ria, hasta desembocar en la crisis de mayo de 1968. La represión empleada contra unas protestas de los uni-
versitarios de Nanterre provocó una huelga estudiantil general respaldada por una parte de la intelectualidad
francesa. Además sirvió de detonante de una serie de huelgas y encierros que generaron un movimiento de
protesta social masiva. Gobierno, partidos y sindicatos se vieron desbordados. Tras la disolución de la
Asamblea y una inmensa manifestación de los gaullistas en París, en las elecciones de junio venció la UDR
por mayoría absoluta. Sin embargo, a los pocos meses, De Gaulle perdió un referéndum planteado para reva-
lidar su confianza. Dimitió en abril de 1969, relevado por George Pompidou, y murió a los pocos meses
después.
En Italia se consolidó el crecimiento económico de los años anteriores, con un proyecto industrializador
muy dirigido y participado por el estado, que provocó profundas transformaciones sociales. La emigración
desde el sur, menos desarrollado, pudo ser aprovechada en las regiones industriales del norte y también en
otros países europeos. El marco político no fue, sin embargo, muy estable teniendo en cuenta las frecuentes
crisis de gobierno y la alta conflictividad laboral. Desde 1963 terminó la hegemonía de la DC y se sucedie-
ron gobiernos de centro-izquierda. Aldo Moro inició gobiernos de coalición con los socialistas del PSI. Así
se abrió un nuevo ciclo político caracterizado por el reformismo social.
Gran Bretaña siguió con problemas económicos. Los gobiernos, conservadores hasta 1964 y laboristas
después siguieron alternando políticas restrictivas, de control de la inflación y devaluación, con otras desti-
nadas a promover el consumo y mejorar la situación de las clases más desfavorecidas. El intento de H.
Macmillan en 1961 de negociar la adhesión a la CEE como posible remedio a los males británicos no dio
resultado. En 1970 los conservadores volvieron al poder de la mano de Edgard Heath. Sólo en los países
escandinavos se consolidó en esa década el monopolio de los socialdemócratas, con un consenso basado en

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la bonanza económica, un sólido estado de bienestar y la concertación entre gobierno, sindicatos y empresa-
rios.
Las excepciones autoritarias fueron España, Portugal y Grecia. En España, siguió la dictadura de Franco,
cuyos gobiernos tecnócratas pusieron en marcha desde 1959 una política de racionalización y liberalización
económica e industrialización dirigida que permitió un espectacular crecimiento económico. El proceso de
modernización social se aceleró. El régimen impulso una mínima apertura, pero hubo una creciente demanda
de cambios políticos entre los sectores más jóvenes y más concienciados.
En Portugal la década de los sesenta estuvo marcada por el problema colonial. El fracaso del golpe de
Estado de Botelho Moniz al frente de la cúpula militar en abril de 1961 decantó la dictadura hacia el inmovi-
lismo interno y la resistencia colonial a ultranza. Ese año había comenzado la guerra en Angola, seguida en
1963 por Guinea y desde el año siguiente en Mozambique. El esfuerzo militar conllevó cierta liberalización
económica, sin embargo el aislamiento internacional y los acelerados cambios sociales generaron una cre-
ciente contestación interna.
En Grecia, las esperanzas reformistas y modernizadoras que suscitó en 1964 el triunfo de Georgios Pa-
pandreu se vinieron abajo al estallar el conflicto civil de Chipre. El arreglo de independencia acordado con
Gran Bretaña en 1960 se rompió al estallar una guerra civil entre la mayoría griega y la minoría turca, que
enfrentó a los gobiernos de Atenas y Ankara. El clima de tensión dio pie a un golpe de estado militar en
Grecia: la dictadura de los Coroneles, hasta 1974.
2. La “segunda NEP” en la URSS y el bloque del Este
En la URSS las reformas emprendidas por Kruschev no supusieron cambios esenciales en el centralismo
democrático y el control de la economía por parte del estado. Hubo mejoras salariales y del índice general
del consumo. La jornada laboral diaria y la edad de jubilación se recortaron y los habitantes rurales recibie-
ron pasaporte interior, lo que permitió legalizar el éxodo a las ciudades. Pero estos logros, sumados a los
éxitos del programa espacial y nuclear, la expansión de la red de gas natural y el programa de construcción
de viviendas no compensaron los fracasos de Kruschev. Sus iniciativas agrarias no dieron resultado. El bie-
nestar alcanzado fue inferior al prometido. Finalmente, Kruschev terminó de perder credibilidad con sus
fracasos exteriores. En octubre de 1964 era defenestrado por el Comité Central del partido comunista mien-
tras estaba en Crimea.
Le sucedió Leonidas Brezhnev, un burócrata del partido. Con él la élite del partido, la administración y
el ejército siguió adquiriendo más poder. La URSS se convirtió en una dictadura colectiva ejercida por un
aparato del estado envejecido y privilegiado. La hipertrofia burocrática, la corrupción y el anquilosamiento
ideológico paralizaron el sistema. Se abandonó cualquier proyecto reformista. La producción agrícola e in-
dustrial siguió en ascenso, pero se mantuvo el ineficaz modelo económico de la planificación centralizada,
que convivía con una creciente economía sumergida, tolerada por el estado comunista. El creciente descon-
tento se manifestó con la resistencia pasiva de la mayoría, pero también con la multiplicación de organiza-
ciones de base.
En lo países satélites, después de 1956 fue más fácil proseguir en la vía revisionista buscando alternati-
vas, sobre todo económicas, dentro del comunismo y aportando soluciones “nacionales” en el camino de
construcción del socialismo. El grado de reformismo aplicado varió según el país. En la RDA, a principios
de la década se relajó un poco la represión y se aprobaron en 1963 reformas económicas descentralizadoras
y liberalizadoras que permitieron un significativo crecimiento económico. En Polonia Wladislaw Gomulka
volvió en los años sesenta a la represión contra intelectuales y clero católico disidente y retomó el proceso
de colectivización agrícola.
En Hungría, János Kádár procedió a una liberalización desde 1959. Permitió viajes al extranjero y mayor
autonomía a los católicos. Se aplicó a corregir los objetivos económicos: favoreció la industria de consumo
y autorizó la venta libre de productos de la agricultura privada. En 1968 aprobó el Nuevo Mecanismo Eco-
nómico, que permitía establecer pequeñas empresas privadas. En Checoslovaquia hubo un proceso paralelo,
pero con distinto final. En 1967 el Congreso de Escritores se convirtió en un foro de debate político muy
crítico con el sistema. Pocos meses después el máximo dirigente A. Novotný fue relevado por el reformista
Alexander Dubcek, que en abril del 68 presentó un avanzado programa. Dubcek creía en una tercera vía, un
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socialismo compatible con la libertad individual. Las presiones para rectificar que llegaron de Moscú fueron
inútiles. El 20 de agosto el sueño de la Primavera de Praga terminó en unas horas cuando soldados y tan-
ques, soviéticos y de los países vecinos, ocuparon el país. Los dirigentes checoslovacos tuvieron que aban-
donar el programa reformista.
Entretanto el modelo yugoslavo siguió su camino. En 1965 Tito introducía la “economía socialista de
mercado”, con liberalización del comercio y las inversiones extranjeras, convertibilidad monetaria y mayor
autonomía de las empresas que facilitaron el crecimiento económico hasta 1973. Albania, país muy pobre
bajo el poder autocrático y represor de Enver Hoxha hasta 1985, optó en 1961 por el aislamiento al salirse
del CAME y del Pacto de Varsovia para alinearse con China. En Rumania tampoco hubo desestalinización:
G. Gheorghiu-Dej hasta 1965 y Nicolaw Ceauçescu hasta 1989 mantuvieron una de las dictaduras comunis-
tas más duras.
En China el fracaso del “Gran Salto hacia adelante” y la ruptura con la URSS, provocaron descontento
entre los dirigentes del partido. Mao se vio obligado a ceder la presidencia de la república a Liu Shaoqi,
aunque conservó el control sobre el partido. El cambio se tradujo en una política económica más racional
desde 1961-1962, que dio prioridad a la agricultura, con una reestructuración profunda de las comunas.
El gran líder se había retirado del primer plano público tras el fracaso del Gran Salto hacia delante, pero
desde 1962, cuando vio que el poder se le escapaba, Mao denunció la deriva derechista de la revolución y
lanzó un “movimiento de educación social”: era la “Revolución cultural proletaria”. Esta campaña de movi-
lización se inició en 1966, con apoyo de una parte del ejército y de la dirección del partido.
Lo que se inició como una nueva purga masiva, que debía afectar sobre todo al ámbito urbano, se des-
controló y llevó al país en 1967 al borde de la guerra civil y al colapso de la autoridad gubernamental. Para
frenar el movimiento, en septiembre de 1967 hubo que recurrir al ejército en defensa del orden y aplastar las
resistencias. En principio Mao se había deshecho de los “derechistas”, pero en los años siguientes siguió la
lucha entre facciones.
3. Rebrote y deshielo de la Guerra Fría
Kruschev dejó patente en la Asamblea General de la ONU de 1960, que estaba decidido a convertirse en
el azote del colonialismo. En enero de 1961 declaraba que su país apoyaría las “guerras de liberación nacio-
nal” para que, de esta manera se decantaran hacia el socialismo y el Tercer Mundo se alinease con la URSS.
Tampoco las declaraciones iniciales de Kennedy fueron alentadoras. Tenía un discurso anticomunista du-
ro, que contemplaba la Guerra Fría como la lucha entre el Bien y el Mal. No quería mostrar debilidad ante
las amenazas de Kruschev, máxime tras el fracaso de Bahía de Cochinos. Estaba dispuesto a detener a la
URSS dónde y cómo hiciera falta.
En consecuencia, la primera cumbre bilateral entre ambos líderes (Viena, junio de 1961) no produjo re-
sultados. Como Kennedy se negó a acceder a las peticiones soviéticas sobre la retirada occidental de Berlín,
Kruschev optó por volver a presionar en esa ciudad. Ante la avalancha de emigrantes de la parte oriental
autorizó a la RDA a construir el muro (agosto 1961) para separar las dos zonas de Berlín. Y relanzó la carre-
ra nuclear, anunciando que ponía fin a la moratoria de suspensión de pruebas nucleares acordada en 1958.
La administración Kennedy alteró su doctrina nuclear. Se diseñó una estrategia que permitiera responder
a cada agresión comunista adaptando los medios a la naturaleza de la agresión, sin comprometerse a un en-
frentamiento directo y nuclear con la URSS desde el principio. Así nació la doctrina de la llamada respuesta
flexible, del general Maxwell D. Taylor, más eficaz en la reacción contra cualquier intento comunista de
expandir su influencia por el Tercer Mundo, con la posibilidad de llegar hasta las armas atómicas si la esca-
lada de tensión obligaba a ello. Este cambio conllevó un incremento de las fuerzas convencionales y nuclea-
res. Por tanto hubo un aumento del presupuesto militar y del dedicado al programa espacial: en 1962 John
Glenn orbitó sobre la tierra.
Por lo demás, Kennedy se atuvo a la filosofía de la contención y siguió actuando contra cualquier posible
ampliación de la esfera de influencia mundial soviética. El lanzamiento de un programa anticomunista pre-
ventivo que ayudase al desarrollo de América Latina y sus tentativas de derrocar a Castro después de 1961
se enmarcan en esa línea. En cambio, su decidido apoyo inicial a los procesos de descolonización y su respe-
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to al neutralismo de los nuevos países africanos se quedaron en más bien en nada, como se demostró en la
crisis del Congo y en la escasa presión ejercida sobre el régimen racista de Sudáfrica y sobre Portugal. Tam-
bién hubo continuidad en la política asiática; creía en un efecto dominó de cualquier avance comunista: así
que impidió el avance del Pathet Lao izquierdista en Laos, ordenó un compromiso militar más decidido en
Vietnam y apoyó a India contra China en 1962.
En 1962 Kruschev estimó conveniente compensar la inferioridad nuclear soviética para contrarrestar la
posición de fuerza de EE.UU. y obligarle a ceder en problemas pendientes, como Berlín. Por otra parte, el
líder soviético también se sintió obligado a sostener el régimen de Castro en Cuba, el único foco revolucio-
nario de América Latina. Kruschev decidió instalar rampas de lanzamiento de misiles nucleares en Cuba. En
septiembre empezaron a llegar los misiles de alcance medio e intermedio. Cuando los aviones espía norte-
americanos descubrieron las instalaciones en construcción, Kennedy lo denunció públicamente y decretó un
bloqueo naval de la isla para impedir la llegada de más buques soviéticos, movilizó tropas para preparar una
invasión y puso en alerta misiles y bombarderos atómicos. Había comenzado la crisis de los misiles, uno de
los momentos en que la guerra nuclear estuvo más cerca. Menos mal que ambas partes percibieron el riesgo
que se corría y se esforzaron por resolver la cuestión de forma negociada. Se cerró un acuerdo entre Robert
Kennedy y el embajador soviético en EE.UU. La URSS no instalaría los misiles a cambio de que EE.UU. no
invadiese Cuba, además Washington se comprometía a retirar los misiles Júpiter de Turquía.
La crisis tuvo consecuencias relevantes en la URSS y en la evolución de la Guerra Fría. Kennedy salió
reforzado. Kruschev perdió prestigio ante Cuba y China y su imagen interna también quedo dañada. Su rele-
vo en octubre de 1964 no puede desligarse de la crisis de los misiles.
La conciencia general del riesgo corrido creó el clima propicio para retomar las negociaciones sobre el
control de armamentos. En junio de 1963 se instaló una línea directa entre el Kremlin y la Casa Blanca para
evitar malentendidos en momentos de crisis. En agosto, ambos países y Gran Bretaña firmaban un acuerdo
para poner fin a los experimentos nucleares atmosféricos. Comenzaba la etapa de la coexistencia pacífica.
3.1. Los problemas de las superpotencias con sus aliados desde 1964
Con unos meses de diferencia se produjeron relevos en la dirección política de las dos superpotencias.
Lyndon B. Johnson se había convertido en el nuevo presidente de EE.UU. Aunque mantuvo a los asesores
de Kennedy, su prioridad no era la distensión, sino sus programas sociales domésticos. Simplemente se pro-
ponía frustrar los triunfos revolucionarios en el Tercer Mundo e impedir una derrota en Vietnam. Johnson y
su equipo creyeron que EE.UU. tenía capacidad para afrontar semejantes tareas: pero la guerra en Indochina
demostró lo contrario y terminó convirtiéndose en la pesadilla de su Presidencia.
En la URSS, Kruschev fue relevado en octubre de 1964 por una troika del Politburó que enseguida dejó
paso a la hegemonía de Leonidas Brezhnev. El nuevo líder optó por la vuelta a la ortodoxia ideológica y la
represión de cualquier forma de disidencia. Poco preparado e inseguro en temas internacionales y rodeado
de consejeros conservadores hostiles a Occidente, no se mostró en principio partidario de mejorar las rela-
ciones con EE.UU: y menos aun cuando en 1965 se produjo la escalada de la guerra en Vietnam.
Pasado un tiempo, sin embargo, tanto Brezhnev como Johnson se mostraron muy interesados en recortar
la tensión bilateral: el norteamericano por las crecientes dificultades derivadas de Vietnam; el soviético por
su deseo de evitar una futura guerra, pero también para ganar tiempo a fin de cerrar la brecha armamentística
y tecnológica con Occidente. Había, además, un incentivo común, el peligro nuclear chino agravado desde
1966 por la Revolución Cultural. Por último, ambas superpotencias se vieron afectadas a la vez por proble-
mas de cohesión y liderazgo en el seno de sus respectivos bloques.
Las relaciones de EE.UU. con sus aliados europeos se habían ido tensando en los años anteriores. Las
metas norteamericanas era, por una parte, tratar de equilibrar la balanza comercial y de pagos con la región,
cada vez más deficitaria para EE.UU sin obtener los resultados esperados. El otro objetivo consistía en in-
crementar la contribución de los socios europeos a la defensa de su continente. La nueva doctrina podía da-
ñar la seguridad europea si no había una reacción nuclear desde el principio. Las suspicacias aumentaron
tras la crisis de los misiles. Desde Washington habían intentado tranquilizar a sus aliados.

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La reacción de De Gaulle fue tajante. Empeñado en la recuperación de la potencia francesa, se negó a re-
nunciar a su autonomía nuclear y vetó a los británicos en la CEE, sobre todo por su relación especial con
Washington. Para compensar, buscó un acuerdo permanente con Alemania que contrarrestase la influencia
de Washington sobre la RFA. Los problemas con Japón fueron muy similares. El dinamismo de la economía
japonesa y su proteccionismo perjudicaban los intereses económicos de EE.UU., que deseaba una mayor
contribución japonesa para financiar la defensa del Pacífico. Además desde 1965 se forjó un gran consenso
nacional a favor de la devolución por parte de EE.UU. de la soberanía sobre la base militar de Okinawa. Se
llegó a un acuerdo en 1969 y en mayo de 1972 la isla era restituida a Japón.
Por lo que respecta a la URSS, en la Europa bajo su influencia Kruschev trató de compensar desde 1956
la obediencia política exigida con unas relaciones económicas algo más favorables a los intereses nacionales
de sus satélites, aunque el de la URSS siguiera primando por encima de todo. Sin embargo, aparte del ya
tradicional no alineamiento yugoslavo, tuvo que consentir el viraje de Albania hacia Pekín y la actitud nada
dócil de Rumania. La reacción nacionalista de los dirigentes rumanos a las directrices de los planificadores
económicos soviéticos se tradujo en la negativa a autorizar maniobras del Pacto de Varsovia en su territorio;
tampoco participaron en la intervención militar en Checoslovaquia. Se acercaron a la Yugoslavia de Tito y
mejoraron sus relaciones con el bloque capitalista en busca de financiación para su proyecto de industriali-
zación.
En cambio, la disidencia de Checoslovaquia no fue permitida por Moscú. La situación estratégica del
país, su avanzada industria armamentística y sus minas de Uranio hacían de él un elemento relevante del
Pacto de Varsovia. La soberanía de sus satélites tenía un límite, si la hegemonía comunista se resquebrajaba,
la intervención militar soviética sería la respuesta.
También hubo tensión en las relaciones con Cuba tras la crisis de los misiles. No obstante, el gran pro-
blema de Moscú en los sesenta fue China. Mao quería desafiar la supremacía soviética en el mundo comu-
nista y abogaba por la confrontación con el imperialismo norteamericano como alternativa revolucionaria a
la diplomacia de distensión. Las raíces del enfrentamiento con la URSS venían de lejos. La neutralidad de
Moscú en el primer choque de China con India (1959) fue el último incidente antes de la ruptura oficial en
1960. Kruschev retiró sus técnicos de China y en 1961 condenó a Mao por sostener la línea estalinista.
A partir de ese momento los chinos desautorizaron la actitud soviética en las crisis de Berlín y Cuba, su
neutralidad en el nuevo conflicto chino-indio de 1962 y, por supuesto, las iniciativas de coexistencia pacífi-
ca. Comenzó también la rivalidad en el Tercer Mundo. China se presentaba como el nuevo líder ideológico
del Tercer Mundo, como una tercera vía y no dudó en sostener movimientos revolucionarios de todo tipo.
Desde Moscú se reprendió el dogmatismo de China. Esta tensión ideológica explica que en marzo de 1969
un litigio fronterizo en torno al río Ussuri y en el Sing Kiang llevara al borde de la guerra. El inesperado
apoyo de Nixon a China en esta crisis abrió el camino para un diálogo chino-norteamericano que fructificó
poco después. En 1971 China era reconocida miembro permanente del Consejo de Seguridad en lugar de
Taiwán, pero la rivalidad con Moscú por el liderazgo del comunismo mundial no se cerró.
3.2. Enfrentamientos en el Tercer Mundo
Aunque desde 1964 funcionaron las reglas de la coexistencia pacífica, la competencia siguió en los paí-
ses en desarrollo, convertidos en teatros de guerras convencionales. La ONU no pudo hacer casi nada parali-
zada por la regla del veto de su Consejo de Seguridad.
En Oriente Medio, después de Suez, EE.UU. había amarrado mejor su influencia estrechando lazos con
Israel y los países árabes moderados y había afianzado sus intereses petrolíferos. Por su parte, la URSS aflo-
jó sus relaciones con Israel, utilizó a regímenes socialistas y nacionalistas árabes y apoyó el nacionalismo
palestino. Pero ni la influencia de la URSS ni la de EE.UU. fueron decisivas en el equilibrio de Oriente Me-
dio. En junio de 1967, las tensiones regionales estallaron de pronto en la llamada “Guerra de los seis días”.
Nasser, que quería conseguir la unidad política árabe utilizando la causa anti-sionista, había multiplicado sus
provocaciones en 1966. Pidió en mayo la retirada de los cascos azules presentes en la frontera del Sinaí, fir-
mó un acuerdo militar con Jordania y cerró el golfo de Aqaba, vital para la economía israelí. Sin dar tiempo
a más preparativos árabes, Israel bombardeó por sorpresa la aviación egipcia el 5 de junio del 67, se apoderó
de los territorios egipcios del Sinaí y Gaza más la Cisjordania jordana, ocupó totalmente Jerusalén y con-
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quistó los Altos del Golán sirios, que dominan Galilea. El potencial desestabilizador de este conflicto en la
zona y fuera de ella se puso muy pronto de manifiesto. EE.UU., que había apoyado a Israel en la guerra,
anudó aún más su alianza con este país. Moscú optó por romper relaciones diplomáticas con Israel, que no
restableció hasta 1991.
Mucho más terrible fue la guerra de Vietnam, que implicó a los tres países de la península de Indochina
y terminó con la derrota de EE.UU. y el triunfo revolucionario en 1975. La situación llevó a Kennedy a un
mayor compromiso en Vietnam del Sur. Allí el éxito de las acciones armadas del Vietcong, su control de
amplias zonas rurales gracias a la reforma agraria que impulsaba, frente al malestar ocasionado por la estra-
tegia del gobierno de Saigón de reagrupamiento forzados de población en aldeas estratégicas para evitar el
contacto con el Vietcong fueron los factores clave del golpe de estado con apoyo de EE.UU. La nueva dicta-
dura militar no consiguió dominar la situación. Así que, tras el supuesto ataque a un buque estadounidense
en el golfo de Tonkín (agosto de 1964), se inició una intervención militar masiva de EE.UU. El Presidente
Johnson consiguió un verdadero cheque en blanco del Legislativo. De inmediato, ordenó una campaña de
bombardeo masivo sobre Vietnam del Norte y la ruta por la que le llegaban los suministros a través de Laos,
decretó el reclutamiento obligatorio y el envío masivo de tropas regulares norteamericanas.
Sin embargo estas medidas no se tradujeron en una victoria decisiva. Al contrario, el 31 de enero de
1968, una centena de poblaciones del Sur e instalaciones norteamericanas sufrieron graves ataques del Viet-
cong y los norvietnamitas. Fueron repelidos, pero supusieron una derrota psicológica para EE.UU. Se des-
vaneció la esperanza de una victoria militar a lo que se sumó los problemas de financiación del conflicto, el
creciente rechazo a la guerra de la opinión pública internacional e interna y la caída de la popularidad del
presidente. En marzo de 1968 Johnson prometió no enviar más soldados, renunció a presentarse a la reelec-
ción y anunció su disposición a negociar. La llegada de Nixon a la presidencia en 1969 abrió la etapa de
repliegue militar norteamericano, que acabó en 1973.
3.3. El camino hacia la distensión
Entre 1967 y 1972 se conjugaron diversos procesos internos y externos a las superpotencias que abrieron
la senda de la llamada distensión. En primer lugar la desesperación del Presidente Johnson por acabar con la
guerra de Vietnam. En plena guerra árabe-israelí (junio de 1967), para conseguir la mediación soviética en
dicho conflicto ofreció negociar una reducción del armamento estratégico. La hostilidad china, la represión
anticomunista en Indonesia y la derrota de sus aliados árabes flexibilizaron la posición soviética. Ya en junio
de 1968 la URSS, preocupada por las aspiraciones atómicas de la RFA y la carrera nuclear china, secundaba
en la ONU el Tratado de No proliferación de armas atómicas, para evitar que más estados dispusieran de
éstas.
Otros procesos siguieron allanando aún más el camino del diálogo. Brezhnev consiguió dominar el apa-
rato del partido y se rodeó de consejeros de mentalidad más abierta. El final de la crisis de Checoslovaquia,
sin la temida intervención de la OTAN, dio a Brezhnev confianza en su capacidad para resolver crisis inter-
nacionales.
Las iniciativas de los líderes occidentales vinieron a converger con la evolución soviética. Por un lado, la
firma del Tratado de Moscú, un pacto de no agresión entre la RFA y la URSS, tras convertirse Willy Brand
en Canciller en 1969. El nombramiento de Erich Honecker al frente de la RDA abrió el camino a la normali-
zación de relaciones entre las dos Alemanias.
Del lado norteamericano, la obsesión del equipo del nuevo presidente Nixon seguía siendo Vietnam.
Moscú se desentendió hasta 1971. El nuevo apoyo de la URSS a EE.UU. en Vietnam y los contactos perso-
nales Brezhnev-Kissinger, abrieron el camino para la visita de Nixon a Moscú en 1972, que cambió por
completo el clima de las relaciones bilaterales y sirvió de base para toda una serie de acuerdos políticos y
económicos. Empezaba la era de la Distensión.

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Tema 10. Mundialización y desarrollo
1. La gran oleada descolonizadora
Al finalizar la década de los cincuenta, quedaba pendiente la descolonización de la mayor parte de África
que se independizó con cierta rapidez en los quince años siguientes por el impulso de los procesos en Asia y
Magreb, el impacto de la crisis de Suez y el acicate ideológico de Bandung. No obstante, la Segunda Guerra
Mundial también había roto la paz colonial en ese continente y desde 1945 los movimientos nacionalistas
africanos se empezaron a mostrar muy activos. Además cobro nueva fuerza el panafricanismo, un movi-
miento consolidado en las décadas anteriores en torno a la figura de W.E.B. Du Bois. En 1945 se celebraba
el V Congreso Panafricano de Manchester, donde los principales líderes nacionalistas del área británica to-
maron conciencia de la problemática común. En el África francesa, F. Houphouet-Boigny, de Costa de Mar-
fil, próximo al partido comunista francés, había fundado en 1946 el Rassemblement Décocratique Africain
(RDA), con líderes de distintos países. En 1948, el intelectual senegalés Leopoldo Sédar Senghor creó el
grupo Independientes de Ultramar, que propugnaba una república federal africana con autonomía interna
pero unida a Francia. Ambos círculos pidieron desde 1957 una autonomía real de las colonias y en poco
tiempo la independencia.
En paralelo se fue desarrollando la acción de Naciones Unidas, organismo que exigió a las metrópolis el
cumplimiento del Capítulo XI de la Carta sobre territorios no autónomos, con la obligación de tener en cuen-
ta los intereses de la población autóctona, velar por el desarrollo e informar al Secretario General sobre la
evolución del mismo. Desde esta plataforma los países con pasado colonial presionaron a las potencias colo-
niales a acelerar los procesos pendientes.
1.1. La independencia del África francesa
En el África francesa, la opción ofrecida en la Constitución de 1946, de integrar las colonias en la metró-
poli a través de la Unión Francesa, no satisfizo las crecientes aspiraciones de los nacionalistas africanos. Los
líderes negros reclamaron la igualdad legal y social, crearon partidos y trabajaron en las asambleas locales y
en el legislativo francés. Desde 1956 se abrió un proceso que permitió la transferencia progresiva de sobera-
nía. El gobierno aprobó un nuevo estatuto para las colonias (la Ley-marco Defferre), que suponía la definiti-
va participación de la población colonizada en la administración de sus territorios: se reducía la discrimina-
ción jurídica entre ciudadanos franceses europeos y locales, se aceptaba la participación autóctona tanto en
las cámaras legislativas de la metrópoli como en las de cada territorio colonial, el sufragio universal y un
colegio electoral único, así como un consejo de gobierno electo como poder ejecutivo local, plena incorpo-
ración de los africanos a la burocracia colonial y mayor respeto a su diversidad cultural. Esta línea se con-
firmó tras la llegada de De Gaulle al poder: la Constitución de la V República recogía el derecho de autode-
terminación de los territorios de la nueva Comunidad francesa, una especie de Federación que incluía la
metrópoli y sus doce colonias africanas, convertidas en estados asociados si aceptaban en referéndum. En
principio sólo Guinea lo rechazó y se independizo en 1958.
El resto de colonias también optó en 1960-1961 por la independencia, hasta crear catorce nuevos países,
unos dentro y otros fuera de la Comunidad Francesa. Mauritania nació como república islámica, muy de-
pendiente de Francia; dirigida por M. Ould Dada, con un régimen de partido único desde 1964 hasta 1978.
La nueva Federación de Mali y Senegal se escindió poco después en sendas repúblicas. Modibo Keita fue el
presidente de Mali, con una política progresista y no alineada hasta el golpe militar derechista de 1968. En
Senegal, L. Sedar Senghor se mantuvo al frente del país hasta 1981, con un régimen presidencialista de pari-
do único entre 1962 y 1976. En Costa de Marfil, F. Houphouet-Boigny fue presidente has su muerte (1993)
de un régimen prooccidental de partido único desde 1963 has los años setenta, también muy ligada a la anti-
gua metrópoli. Alto Volta (Burkina Faso desde 1984) fue liderado por M. Yameogo, como presidente hasta
1966 de un sistema político que derivó hacia la dictadura y fue derrocado por un golpe de estado, al que si-
guieron otros. En Dahomey H. Maga gobernó hasta que en 1963 se abrió una interminable serie de golpes
de estado acabaron en 1972 con el establecimiento de un régimen marxista-leninista y un cambio de nombre
del país (Benin). Níger fue liderada por H. Diori al frente de una dictadura hasta 1974. Chad Tuvo a F.
Tombalbaye como presidente hasta 1976, con un régimen de partido único desde 1963, apoyado por Francia,

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más la complicación de un país muy dividido entre poblaciones cristianas negras del sur e islámicas del nor-
te.
L. Mbá fue el hombre fuerte de Gabón con la colaboración, incluso militar de Francia. La República del
Congo fue liderada por Fulbert Youlú hasta que en 1963 un golpe de estado asentó un sistema afrocomunis-
ta. La República Centroafricana estuvo presidida por D. Dacko hasta 1966, cuando otra intervención mili-
tar dio el poder a J. B. Bokassa, dictador hasta 1979. Madagascar proclamó su independencia bajo el go-
bierno de T. Tsiranana hasta 1972, con un régimen inspirado en el socialismo africano pero muy ligado a
Francia y a Occidente. De los mandatos a cargo de Francia, las antiguas colonias alemanas de Togo y Ca-
merún, esta última fue regida bajo un régimen de partido único por A. Ahidjo, partidario del no alineamien-
to, pero muy dependiente de Francia. Togo, tuvo al autoritario S. Olympio en la presidencia hasta su asesi-
nato en el golpe de estado de 1963, que hizo de G. Eyadema el nuevo hombre fuerte del país hasta 2005. Por
último, las Comores se transformaron en república federal y la Somalia francesa en Yibuti, en 1977.
1.2. La independencia del África británica
El África británica también fue descolonizada con cierta rapidez. El proceso se había abierto en 1946,
con la aprobación de nuevas constituciones en las distintas colonias que fueron ampliando sus poderes hacia
una autonomía plena. Primero fue Costa de Oro que se independizó en 1957 con el nombre de Ghana e in-
cluyó el Togo británico. Su presidente fue K. Nkrumah, partidario del neutralismo y del socialismo africano,
hasta 1966, cuando fue derrocado por un golpe de estado, el primero de los muchos que se sucedieron des-
pués.
Ghana sirvió de modelo al resto. A partir de 1960 tuvo lugar la independencia de la mayor parte del
África Occidental (Nigeria, Sierra Leona y Gambia) y Oriental (Somalia, Tanganica y Uganda) tras ne-
gociar con Gran Bretaña; aunque a veces el proceso fue lento por las rivalidades étnicas o la división entre
los movimientos nacionalistas. En Nigeria había que poner de acuerdo a Ibos del este, poblaciones sudane-
sas (Hausa) islamizadas del norte, Yorubas del oeste, más la capital Lagos, importante puerto y nudo comer-
cial. Cada grupo contaba con sus propios líderes, que luchaban por una mayor autonomía y por la africani-
zación de las instituciones coloniales contra el dominio de los jefes tribales tradicionales. En 1951 y 1954
nuevas constituciones federales conllevaron una creciente autonomía, hasta la independencia en 1960. Al
año siguiente una parte del sur se unió al Camerún francés. Los lazos con la metrópoli se cortaron en 1963 al
proclamarse la República Federal. En 1967 comenzó la guerra de secesión de Biafra. Sierra Leona obtuvo
la independencia en 1961. En Gambia, la independencia llegó en 1965 como monarquía constitucional den-
tro de la Commonwealth: hasta 1970 el país no se convirtió en República.
En el África Oriental británica, una zona más atrasada, el peso de los jefes tradicionales era muy impor-
tante, pero también existía un notable grupo de colonos europeos y comerciantes árabes e indios. El primer
país independiente fue Somalia, que recibió la independencia como República en 1960. La siguiente inde-
pendencia fue la del mandato de Tanganica, antigua colonia alemana, que obtuvo la independencia en 1961.
En 1964, la isla de Zanzíbar (habitada por árabes y africanos), que había conseguido la independencia el año
anterior, se unió a Tanganica creando la República Federal de Tanzania. Uganda era una federación de
pequeños reinos donde se habían conservado las instituciones africanas, más otros territorios bajo adminis-
tración directa británica. El proceso terminó con una constitución federal que reconocía cierta autonomía a
las monarquías. Desde 1966 se instauró un régimen de partido único de tendencia izquierdista y en 1971 el
ejército, con apoyo británico, dio un golpe de estado y se implantó la dictadura de Idi Amín Dadá, que aca-
bó aislado internacionalmente.
La independencia más problemática fue la de Kenia, donde los colonos europeos habían usurpado las
tierras fértiles del país. En 1944 Jomo Kenyatta creó la primera organización, la Unión Kenia Africana
(KAU), que reivindicó mejores condiciones de vida para los africanos y, desde 1951, mayor representación
en las instituciones coloniales. Entre 1952-55 los Mau Mau emprendieron una campaña de asesinatos de
europeos que fue reprimida sin piedad por las autoridades coloniales. No obstante, en 1954 se abrió el pro-
ceso institucional que posibilitó elecciones y la independencia en 1963, siendo su presidente J. Kenyatta
hasta 1978.

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En el África Central resultó imposible crear la federación planteada en 1953 por Londres con la colonia
de Rodesia del Sur (Zimbawe) y los protectorados de Niasalandia (Malawi) y Rodesia del Norte (Zambia).
Sus instituciones estaban copadas por los colonos europeos, que tenían todo el control y contaban con el
apoyo del gobierno racista de Sudáfrica. Los distintos partidos nacionalistas africanos querían acabar con la
Federación. En 1959 todos ellos fueron prohibidos y se desató la represión. Sin embargo, en Niasalandia
triunfó en MCP en las elecciones y Londres decidió transferir el poder a un gobierno presidido por su líder
Hastings K. Banda, que pronto abandonó la Federación y en 1964 proclamó la independencia de Malawi.
Algo parecido sucedió en Rodesia del Norte, donde el UNIP ganó las elecciones de 1962. Se constituyó un
gobierno presidido por su líder K. D. Kuanda y en 1964 se declaró la independencia de Zambia.
En Rhodesia del Sur los colonos blancos consiguieron prohibir el Partido Nacional Democrático y ganar
las elecciones de 1962. El Frente Rodesiano aprobó nuevas mediadas segregacionista y la represión san-
grienta de los nacionalistas africanos. En 1965 se proclamó la independencia y la salida de la Common-
wealth. El régimen racista resistió hasta 1979 apoyado por Sudáfrica. En 1979 nacía Zimbawe. En el país
vecino, la Unión Sudafricana, se mantuvo el régimen segregacionista con leyes de discriminación racial. Se
practicó la más dura represión contra los movimientos nacionalistas negros, sobre todo contra el Consejo
Nacional Africano, liderado por Nelson Mandela. Esta política condujo a la ruptura con Gran Bretaña desde
1961, pero tuvieron que pasar tres décadas más para que el aparheid fuera abrogado. Entretanto, en Nami-
bia, excolonia alemana bajo control de la Unión Sudafricana desde 1918, guerrillas nacionalistas (SWAPO)
lucharon desde mediados de los sesenta hasta 1990 por la independencia. Gran Bretaña se la había concedi-
do hacía tiempo a los tres protectorados que rodeaban Sudáfrica: Bechuana, como Botswana en 1966; Basu-
tolandia como Reino de Lesoto y, en 1968, Suazilandia. Las islas de Mauricio y Seychelles consiguieron la
independencia en 1968 y 1976 respectivamente.
1.3. La independencia del África belga
La independencia del Congo belga se hizo de forma precipitada, sin apenas preparación. Grandes com-
pañías explotaban las inmensas riquezas minerales del país con mano de obra local rudamente explotada, sin
otorgar a la población autóctona ningún tipo de participación política. La administración belga ejercía un
control total, en colaboración con empresas y misioneros católicos. Pero el ejemplo de las otras colonias
africanas, el desarrollo económico y los cambios sociales internos dieron lugar a una acelerada toma de con-
ciencia nacional. Las reivindicaciones nacionalistas chocaron contra la cerrazón de los colonos europeos.
Pero en las primeras elecciones municipales con participación africana (1957) ganó un líder nacionalista que
solicitó elecciones por sufragio universal y plena autonomía. En enero de 1959 se produjeron sangrientos
motines en Leopolville. La situación económica se había deteriorado y Bélgica optó por conceder la inde-
pendencia en 1960. Muy pronto estalló una terrible guerra civil: la provincia de Katanga, al sur, muy rica en
minerales, optó por la secesión apoyada por el capital belga que explotaba la región. El gobierno congoleño
pidió asistencia a la ONU y amenazó con solicitar ayuda a la URSS. El país se sumió en la anarquía. El gol-
pe de estado del coronel Mobutu Sese Seko (1965) supuso el retorno del orden pero inauguró una de las más
largas dictaduras africanas, claramente alineada con los intereses occidentales. Entretanto, la independencia
de Ruanda y Burundi, antiguas colonias alemanas convertidas en mandatos tutelados por Bélgica desde
1918, se vio empañada por el enfrentamiento entre hutus y tutsis que tuvo lugar en ambos países. En Ruanda
se proclamó la independencia en 1962, seguida del éxodo de miles de tutsis hacia los países vecinos. Burun-
di optó por la monarquía constitucional hasta 1966, año en que se proclamó la República.
1.4. Los Estados ibéricos: trabas españolas y resistencia portuguesa
Frente a la posición de Gran Bretaña, Francia y Bélgica, que lograron encauzar la descolonización de sus
territorios dependientes con relativa rapidez, España y Portugal trataron de retener sus colonias. En el caso
portugués, la dictadura de Salazar consideraba su imperio africano un activo indispensable para el desarrollo
económico metropolitano y un elemento central de la identidad nacional portuguesa. Su respuesta a la pre-
sión de los nuevos países afroasiáticos y de las Naciones Unidas fue una estrategia de integración: negar la
existencia de colonias al transformar éstas (Guinea-Bissau, Mozambique, Angola y las islas de Cabo Verde,
Santo Tomé y Príncipe) en “provincias”. Sin embargo, la dureza del régimen colonial que sólo comenzó a
modificarse con las medidas reformistas del ministro Adriano Moreira en 1961-1962, dio lugar a la creación
de movimientos nacionalistas apoyados por los países vecinos o anticolonialistas. En Guinea-Bissau el Par-
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tido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) de Amílcar Cabral, inició una guerra
de guerrillas desde 1963, táctica que fue seguida por el Frente para la Liberación de Mozambique (FRELI-
MO). Otro tanto sucedió en Angola. El Portugal salazarista sostuvo una pesada guerra en los tres escenarios,
para lo cual contó con el apoyo de Sudáfrica y Rodesia del Sur, pero también de Francia y Alemania, una
vez que su causa se convirtió en aliada de los intereses occidentales. La resistencia portuguesa se derrumbó
en 1974 cuando la “revolución de los claveles” hizo caer la dictadura: 1975 fue el año de la independencia
del imperio portugués, pero no de la paz en Angola y Mozambique.
La España de Franco optó por seguir la posición portuguesa y retener sus territorios aplicando una políti-
ca de “provincialización”. Sin embargo, el temor a un nuevo aislamiento internacional por la presión de Na-
ciones Unidas y la simultánea demanda española a Gran Bretaña de Gibraltar en ese organismo llevaron a la
dictadura a aceptar la descolonización, aunque con un ritmo lo más lento posible. En Guinea los primeros
movimientos nacionalistas aparecieron a finales de los años cincuenta. En octubre de 1968 se proclamó la
independencia de Guinea como República Federal. En las elecciones triunfó un paranoico personaje, Fran-
cisco Macía que antes de un año encarceló o asesinó a sus rivales políticos e instauró una dictadura hasta
que en 1979 fue derrocado por su sobrino Obieng, nuevo dictador desde entonces. En el Sahara, el descu-
brimiento y explotación de las ricas minas de fosfatos de Fos-Bucra y las aspiraciones expansionistas de
Marruecos complicaron el proceso. En 1975 España se retiró del territorio sin concluir la descolonización,
atenazada por la llamada Marcha Verde justo en el momento en que la apertura de la transición política, con
Franco hospitalizado, resultaba inminente. Comenzó de inmediato la resistencia armada del Frente Polisario
contra el control marroquí de su territorio, que fue el inicio de un conflicto aún hoy irresuelto.
En esta época también se produjeron las últimas descolonizaciones de los países árabes del Próximo
Oriente: en 1961 Kuwait se independizó como Emirato; en 1967 le tocó a la británica Adén, que se trans-
formó en la República Democrática y Popular de Yemen del Sur. Finalmente, Qatar, Bahrein y los Emiratos
Árabes Unidos se constituyen en nuevos estados en 1971. Así mismo se abrió la descolonización de Ocea-
nía y de las últimas colonias americanas en torno al Caribe. Primero fueron los mandatos de Samoa Occi-
dental (1962) y Nauru (1968) por Australia; Jamaica y Trinidad-Tobago (1962), Barbados y Guyana (1966).
El proceso culminó con la independencia de las cinco repúblicas exsoviéticas de Asia Central en 1991.
2. Desarrollo, neocolonialismo, opciones ideológicas e internacionales de los nuevos países.
Décadas de explotación colonial, de destrucción de las estructuras económicas tradicionales, trabajo for-
zado, desigualdad jurídica y segregación racial, con la desestabilización de las sociedades y culturas indíge-
nas, dejaron una impronta duradera en los nuevos estados. Sus dificultades políticas y económicas tras la
independencia se han achacado a la larga tutela colonial, por no haberles preparado para romper los lazos de
dependencia. De alguna manera, las antiguas metrópolis sentaron las bases de la modernización en infraes-
tructuras de transportes, administración, educación y sanidad, incluso en el ámbito de la política. Tras la
independencia se establecieron nuevas relaciones de cooperación con las exmetrópolis a través de la Com-
monwealth, en el caso británico, y de los acuerdos bilaterales firmados con Francia o con alguna de las po-
tencias industriales. Sin embargo, en muchos casos, en lugar de ayuda al desarrollo, estos lazos fueron un
neocolonialismo larvado, es decir, una forma indirecta de control a través de vías económicas, comerciales y
financieras, técnicas, incluso culturales, teniendo en cuenta que en muchos países las lenguas europeas se
mantuvieron como oficiales.
En su nueva senda como estados, unos gobiernos optaron por mantener el sistema capitalista heredado, la
alineación occidental y buenas relaciones con las respectivas exmetrópolis; otros se decidieron por la vía
socialista o comunista, a veces se aproximaron a la URSS o China, y sus relaciones con las antiguas poten-
cias coloniales fueron más complejas. Pero ninguna de las dos alternativas garantizó un desarrollo armónico
y mucho menos un sistema de libertades democráticas. El subdesarrollo se convirtió en el rasgo común de
estos países. La integración de estas economías en el mercado mundial se hizo en condiciones de extrema
vulnerabilidad, dada su dependencia, su escasa diversificación y su fragilidad ante cambios en el proceso de
producción o de la coyuntura económica internacional.
Todas esas deficiencias se vieron agudizadas por el rápido crecimiento de la población. El relativo cre-
cimiento económico no fue suficiente para traducirse en una mejora sustancial del bienestar general y sólo

90
una parte de la sociedad se benefició. A partir de 1970, los problemas de la deuda contraída con los países
industrializados aún empeoró la situación. El resultado fue un mundo rural superpoblado, que dio lugar a un
enorme flujo de emigración a las ciudades y un proceso de rápida urbanización, concentrada en muy pocas
poblaciones sin servicios y rodeadas de cinturones de suburbios pobres. La sociedad resultante era muy de-
sigual, con una débil clase media y un nivel de vida general muy bajo, malnutrición e insuficiencias médico-
sanitarias; mucho paro, subempleo y trabajo infantil; altos niveles de analfabetismo y carencias educativas
que contribuían a la pervivencia de prejuicios, costumbres y tabúes ancestrales.
No obstante, en términos socioeconómicos hubo marcadas diferencias entre los distintos grupos de paí-
ses, lo que llevó a hablar no de un Tercer Mundo, sino de varios, y a optar por una terminología más neutra
desde los años setenta. Se empezaron a utilizar como categorías generales “Norte” y “Sur”, para diferenciar
entre países desarrollados y en proceso de desarrollo, con el nivel de renta per cápita como baremo general.
En el Sur se distingue por orden decreciente entre “países en desarrollo” y “países menos adelantados”.
En el ámbito político, los nuevos países han tenido graves problemas para la construcción de sus estados
nacionales. La multiplicidad étnica en muchos de ellos por la arbitrariedad de las fronteras trazadas durante
la etapa colonial, la introducción de poblaciones extranjeras o la promoción de unos grupos étnicos sobre
otros fomentadas por las administraciones coloniales o tras la independencia y su utilización por intereses
políticos y económicos nacionales o extranjeros provocaron que, en muchos casos, el etnicismo se convirtie-
ra en un lastre. A pesar de la creación de estados federales y de las políticas de nacionalización para fomen-
tar un sentimiento nacional, la prevalencia de las identidades étnicas ha provocado tragedias terribles.
En la década de los sesenta ya hubo guerras civiles en Congo, Eritrea, Camerún, Mali, Yemen, Omán,
Kenia, Chad, Nigeria, Laos y Camboya. Aun cuando la descolonización se realizase de forma pacífica y se
institucionalizaran sistemas políticos liberal-democráticos al estilo occidental, pasados unos años, la mayoría
de países terminaron dominados por regímenes autoritarios. Las características generales de los nuevos esta-
dos fueron la fragilidad institucional, el continuado intervencionismo del ejército, administraciones poco
competentes y corruptas, personalismo político, mantenimiento del control por parte de las oligarquías tradi-
cionales, ausencia de una cultura democrática y una débil sociedad civil.
Por regiones, en el África subsahariana se sucedieron golpes de estado que impulsaron regímenes autori-
tarios y dictaduras de diverso tipo, en la mayoría de los casos sobre la base de partidos y sindicatos únicos.
En el Norte de África, se consolidó la monarquía autoritaria de Marruecos, que con Hassan II, sucesor de
Mohamed V en 1961, alternó períodos muy represivos con ensayos de liberalizar un régimen marcado por la
corrupción y los abusos de la administración. En Túnez, la monarquía del Bey fue derrocada por un golpe de
estado que dio el poder a H. Burguiba, con un régimen de partido único, reformista y modernizador, despe-
gado de la tradición islamista y árabe. Ambos países adoptaron una posición prooccidental, en contraste con
Argelia, donde se organizó una República democrática y popular, de religión oficial islámica, con el FLN
como partido único bajo los principios del socialismo, desplazado en 1965 por el golpe de Huari Bumedian.
El nuevo líder amplió el proceso de nacionalización de la economía y dio apoyo a todo tipo de movimientos
revolucionarios. Libia siguió un camino similar a partir del golpe de estado de M. Gaddafi en 1969, con su
socialismo árabe respetuoso con la doctrina islámica.
En el Próximo y Medio Oriente, junto a las monarquías tradicionales y semifeudales de Arabia, Yemen,
Jordania, Irán y Afganistán, se mantuvieron los regímenes inspirados en el socialismo de Nasser, en Egipto,
y del Baas en Siria e Irak. Estos últimos oponían a aquéllas un nacionalismo panarabista, laico y moderniza-
dor, atizado por el conflicto árabe-israelí, aunque su rivalidad por el liderazgo de la causa pan-árabe les im-
pidiera colaborar más entre sí. En 1968 y 1970 se produjeron sendos golpes de estado que dieron paso a re-
gímenes más radicales en Irak, con Saddam Hussein y Siria, Hafez el- Assad.
En Asia, sólo India, Ceilán, Malasia y Singapur lograron mantener una democracia parlamentaria de tipo
occidental, bien que con rasgos autoritarios en los dos últimos casos. En India, a pesar del éxito de sus pla-
nes quinquenales de industrialización y de la prioridad dada a la autosuficiencia alimentaria, la producción
agraria no aumentó lo suficiente como para cubrir las necesidades de una población en constante crecimien-
to. La tensión con China obligó, además, a incrementar el presupuesto militar. El resto de países de la región

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sufrieron dictaduras de distinto tipo. Entretanto el sistema comunista se impuso en Corea del Norte, Mongo-
lia, Vietnam y, finalmente, Laos y Camboya.
En el ámbito internacional, los países afroasiáticos fueron adquiriendo visibilidad pública a partir de
Bandung (1955) y siguieron reivindicando la necesidad de una coexistencia pacífica, rechazando la política
de bloques y condenando el colonialismo resistente. Sus plataformas de actuación fueron la Asamblea Gene-
ral de Naciones Unidas, las organizaciones regionales, como la OUA (Organización de la Unidad Africana,
creada en 1963) y el Movimiento de Países no Alineados. Sin embargo, la unidad del grupo fue más aparen-
te que real. Tras la independencia se produjeron un rosario de enfrentamientos entre países del bloque no
alineado. Por otra parte, el contexto internacional bipolar influyó muy negativamente, pues casi ningún país
pudo sustraerse de la atracción y presión ejercida por las grandes potencias
Las dificultades para crear una Tercera fuerza internacional verdaderamente independiente se confirma-
ron muy pronto. En 1964, durante la II Conferencia del grupo en El Cairo, India, Yugoslavia y Egipto ya se
negaron a adoptar las radicales posiciones antioccidentales reclamadas por China e Indonesia. La siguiente
cumbre (Lusaka, Zambia) no pudo celebrarse hasta 1970.
El Movimiento de Países no Alineados se fue institucionalizando desde 1970 y ha sido relevante no sólo
por su denuncia al imperialismo, el neocolonialismo y el racismo, sino también por dotar de una doctrina
internacional orientadora a los nuevos países. Además ha servido para reivindicar medidas en busca de una
salida al subdesarrollo, problema común por encima de las divergencias políticas e ideológicas. Se reclamó
la instauración de nuevas reglas económicas mundiales basadas en el principio de la soberanía integral de
cada estado sobre sus recursos y actividades. Se produjeron arreglos para la reducción de la deuda pública y
acuerdos comerciales beneficiosos. El acuerdo de los países industrializados adoptado en la II Conferencia
de la UNCTAD (1968) de destinar el 0,7% de su PIB en ayudas (en 1970 era del 0,4%) está aún por cumplir.
3. América Latina: entre el crecimiento y la revolución
Desde 1945 esta región experimentó un significativo crecimiento económico que, sin embargo, no se
tradujo en estabilidad política. La gran depresión de 1929 había tenido un fuerte impacto en la economía
latinoamericana, basada en el sector exportador de materias primas y productos agropecuarios, y muy vulne-
rable por tanto a los vaivenes del comercio y la financiación internacional. La reacción proteccionista se
compaginó con la búsqueda de una reorientación de la economía: comenzaron las políticas de “sustitución
de importaciones”, con facilidades para la puesta en marcha de industrias de bienes de consumo e industrias
ligeras. Los problemas comerciales causados por la Segunda Guerra Mundial facilitaron la continuidad de
esta política al dificultar la importación de manufacturas de los países beligerantes, aunque la demanda béli-
ca facilitó las exportaciones de países como Brasil, México o Argentina.
Desde 1945 se mantuvieron las políticas autárquicas (aranceles, subsidios) y el modelo de industrializa-
ción. Sin embargo, esta estrategia precisaba de nueva tecnología e infraestructuras, con inversiones que sólo
el estado podía abordar. Así que la intervención estatal creció y ya no sólo protegió a las industrias nacien-
tes, sino que suplió a los inversores privados. Al tener garantizado un mercado cautivo, los industriales deja-
ron de preocuparse por mejorar la productividad de sus empresas y el estado terminó financiando con déficit
público empresas cada vez menos competitivas. Estas políticas fueron avaladas por los sindicatos que mode-
raron la conflictividad laboral a cambio de seguridad en sus puestos de trabajo y salarios dignos. Además se
beneficiaron de la fuerte demanda internacional de la primera posguerra y de los años de la Guerra de Corea,
con una coyuntura global expansiva hasta 1973; también de las nuevas políticas de desarrollo de la CEPAL
(Comisión Económica para América Latina); de la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (1959);
de la puesta en marcha del Área Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en 1960, seguida de la fun-
dación de organizaciones regionales como el Mercado Común Centroamericano (MCCA), la Zona de Libre
Comercio del Caribe (CARIFTA, 1968) y el Pacto Andino (1969); así como de la puesta en marcha de la
Alianza para el Progreso desde 1961 y de la llegada de inversiones externas, sobre todo norteamericanas.
En consecuencia, la economía planificada e intervenida, justificada con un discurso nacionalista se gene-
ralizó y, con ella, florecieron empresas públicas, agencias encargadas de promover la industria y los produc-
tos nacionales, bandos de desarrollo, etc. Este modelo de crecimiento hacia dentro permitió que entre 1945 y
1973 aumentase el PIB y la producción industrial de la región. Ese dinamismo económico redujo la depen-
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dencia del exterior, amplió el peso del sector secundario y propició una mayor integración de los mercados
internos. Además, permitió incrementar el gasto público, financió adelantos en comunicaciones, mejoras en
la sanidad, en todos los niveles de la educación, una más eficaz administración pública, incluso reformas
agrarias en Bolivia (1952), Perú (1969-1975) y Venezuela (1960), entre otros. A corto plazo, hubo una ma-
yor movilidad social, un mejor reparto de los ingresos y se redujo la pobreza. Los avances socioeconómicos
fueron compensados por el elevado crecimiento demográfico de la región. Además hubo resultados desigua-
les según los países: se beneficiaron más, en términos de modernización de estructuras productivas y creci-
miento del mercado interno, las economías que antes adoptaron este tipo de políticas, la mayoría grandes y
con una base industrial previa (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay); menos, aquellos
países que siguieron basando su crecimiento en el modelo exportador de materias primas y se sumaron a la
corriente principal en los setenta (Bolivia, Ecuador, Paraguay, Perú, Venezuela, Centroamérica). Cuba se
mantuvo al margen desde 1959 al adoptar el modelo de planificación central socialista.
En torno a 1973 la tendencia positiva de las economías latinoamericanas cambió y se empezaron a poner
de manifiesto las limitaciones de las políticas ejecutadas: descuido del sector agrícola y una industria muy
subsidiada y protegida en expansión pero muy poco competitiva, lo que se traducía en un recorte de las ex-
portaciones y la caída de las divisas disponibles. Tampoco se encararon las reformas estructurales que se
necesitaban. Al mismo tiempo, los compromisos con los sindicatos llevaron a mantener altos los salarios de
los trabajadores con contratos formales, pero la incapacidad para crear suficientes puestos de trabajo que
absorbieran el rápido crecimiento demográfico y la brutal emigración procedente de las áreas rurales hizo
que el paro y la pobreza volvieran a convertirse en una característica común en el subcontinente. La crisis
del petróleo de 1973 y 1979 más la crisis de la deuda externa desde 1982 terminaron borrando buena parte
de los avances de la década anterior.
Desde el punto de vista político, América Latina había vivido desde la década de los años veinte un pro-
ceso de cambio político acelerado, como consecuencia de los procesos de urbanización, secularización, alfa-
betización, movilización y demanda de participación política y reformas sociales de grupos antes excluidos
del estrecho marco impuesto por los regímenes liberales bajo control de oligarquías tradicionales. A distinto
ritmo, según el país, se fueron incorporando a la vida política los sectores medios urbanos y el proletariado
industrial, sobre todo. Sin embargo, el impacto de la crisis de 1929 y de las nuevas corrientes autoritarias
europeas, provocaron profundas convulsiones con la proliferación de dictaduras militares y regímenes auto-
ritarios. En la década de 1930 apenas Colombia y Costa Rica aguantaron con su sistema constitucional intac-
to.
Las dictaduras patrimonialistas de Anastasio Somoza en Nicaragua y Rafael L. Trujillo en la República
Dominicana fueron las más duraderas. Los otros gobiernos autoritarios fueron el reflejo de los intereses de
los sectores poderosos tradicionales, respaldados por las fuerzas armadas y en algunos casos por una parte
de las clases medias, asustadas por la crisis. Algunos ensayaron desde esa época un modelo político, el po-
pulismo, difícil de definir por sus heterogéneos componentes ideológicos y llamado a tener gran continuidad
en la región. Tuvo su raíz en la aparente incapacidad del liberalismo y sus élites económicas para impulsar el
bienestar general y en el nuevo protagonismo otorgado al Estado para cumplir ese objetivo interviniendo en
la economía. Así que se buscó un incremento de los poderes del ejecutivo (presidencialismo), con la simul-
tánea postergación de derechos y libertades individuales y valores democráticos, en aras del interés nacional
y de la eficacia del estado para generar desarrollo sin dependencia exterior. El discurso político se aderezó
con un fuerte nacionalismo y antiimperialismo, mezclando elementos fascistas y reaccionarios con otros
progresistas. Con la excepción del peronismo, donde el sindicato de la Confederación General del Trabajo
(CGT) tuvo una gran fuerza, en los populismos americanos solían convivir movimientos-partidos populares
fuertes con sindicatos débiles. Las políticas de gasto público y las fiscales engrasaban las lealtades creando
verdaderas clientelas políticas. La propuesta ideológica pretendía ser una especie de tercera vía, entre el ca-
pitalismo y el socialismo.
La situación de pobreza y desigualdad existente más la debilidad institucional y el descrédito del sistema
político explican el atractivo del modelo en la región, tanto en países que aplicaron tempranamente las polí-
ticas de sustitución de importaciones, de desarrollo hacia adentro, como en aquéllos que mantuvieron duran-
te más tiempo el modelo económico exportador.
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El panorama autoritario de los años treinta comenzó a cambiar conforme el signo de la Segunda Guerra
Mundial basculó hacia el triunfo aliado. Se abrieron procesos democratizadores, aunque en algunos casos
tutelados por militares en la sombra. Esta tendencia democratizadora fue, sin embargo, contenida desde
1948 por golpes de estado favorecidos por el clima de Guerra Fría y por la nueva política anticomunista de
Washington, firmando además, diversos acuerdos bilaterales de asistencia militar.
Las nuevas dictaduras anticomunistas se sumaron a las ya consolidadas en la región centroamericana y
caribeña donde la excepción fue Costa Rica.
De nuevo a finales de los años 1950 y principios de los 1960 se reabrieron procesos democráticos en al-
gunas repúblicas que fueron apoyados inicialmente desde EE.UU. por la administración de J. F. Kennedy.
Cayeron las dictaduras colombiana, venezolana y cubana y en 1961 Trujillo en la República Dominicana fue
asesinado. Luego hubo siete nuevos golpes de estado hasta 1964, porque la evolución política del nuevo
régimen de Fidel Castro en Cuba tuvo un impacto imprevisto en la región. Ideológicamente, el movimiento
guerrillero incluía sectores liberales, progresistas y marxistas. Cuando el 1 de enero de 1959 cayó la dictadu-
ra de Batista, abandonada por EE.UU. meses antes, su líder, Fidel Castro impulsó reformas económicas y
sociales con amplio respaldo popular: reforma agraria y nacionalización de industrias, bancos y refinerías de
petróleo, campañas de alfabetización y mejoras sanitarias. Sin embargo, Castro se resistió a institucionalizar
la revolución y a convocar elecciones y pronto impulsó un giro autoritario y personalista, con un discurso
antiimperialista y nacionalista.
Al principio, el régimen fue bien acogido por la opinión pública internacional y fue reconocido por
EE.UU. Sin embargo, ante las medidas contra intereses norteamericanos, EE.UU. comenzó a presionar al
nuevo régimen con la amenaza de suprimir la cuota azucarera, principal fuente de divisas de Cuba. Entretan-
to, Castro se había declarado neutralista y había dejado que los comunistas controlasen sectores políticos
importantes. En febrero de 1960 la URSS se ofreció a enviar petróleo y a comprar el azúcar necesario para
sostener el régimen cubano y los lazos bilaterales empezaron a cobrar importancia. El castrismo también
había emprendido iniciativas en Panamá y República Dominicana para extender la revolución. En enero de
1961 las relaciones con EE.UU. se rompieron y en abril se produjo el fallido desembarco en Bahía Cochi-
nos. La respuesta fue la definición del régimen cubano como República Socialista. En 1962 vino la crisis de
los misiles.
Desde EE.UU., para prevenir la expansión del castrismo, el presidente J. F. Kennedy puso en marcha en
1961 el programa de la Alianza para el Progreso. La filosofía de partida era que sólo promoviendo un rápido
crecimiento económico, con industrialización y reformas agrarias, más la ayuda de la integración económica
regional, se podrían dar unas condiciones económicas que, sumadas a programas de alfabetización y mejoras
sanitarias y sociales, reformas fiscales y una mejor distribución de la renta, permitieran la plena integración
de las masas en un marco democrático. Todos los países, excepto Cuba, se adhirieron.
Sin embargo, buena parte de los gobiernos no afrontaron las reformas necesarias: la Alianza sólo resultó
útil allí donde hubo interlocutores dispuestos a colaborar en el proceso de democratización y modernización
de sus países, como fue el caso de Venezuela, Bolivia y Chile. Y, sobre todo, el programa reformista de
Kennedy se desvirtuó al ser asesinado su promotor. Los gobiernos de Johnson y Nixon no mantuvieron las
mismas prioridades. La seguridad y la defensa de las inversiones primaron sobre los objetivos de desarrollo.
Desde Washington se empezó a considerar a las Fuerzas Armadas como un instrumento indispensable para
la contención del comunismo y la estabilidad política y se facilitó su rearme y modernización con tratados
bilaterales.
En paralelo, la revolución cubana sirvió de acicate a la izquierda radical que imitó la creación de “focos”
guerrilleros rurales para la conquista del poder. Estos movimientos guerrilleros, respaldados por Cuba, que-
daron enfrentados a veces a los partidos comunistas prosoviéticos, cuyas estrategias de frente popular eran
contrarias al empleo de la lucha armada en el contexto americano según la consignas de Moscú.
Las reforzadas Fuerzas Armadas latinoamericanas comenzaron a participar en la prevención y lucha con-
tra las guerrillas revolucionarias. Nació la Doctrina de la Seguridad Nacional que dio cobertura ideológica a
los golpes de estado y a la consiguiente represión.

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Ante el desequilibrio creciente entre crecimiento económico y demandas sociales, las nuevas formas de
movilización social y activismo político de carácter populista, toleradas por los regímenes constitucionales,
dieron a los sectores más afectados por los problemas económicos el cauce para expresar su descontento. La
conflictividad social, atizada por el nuevo radicalismo revolucionario en algunos países, amenazó la estabi-
lidad de los gobiernos civiles, controlados casi siempre por los grupos sociales dominantes. Estos últimos
sintieron peligrar sus posiciones y se mostraron proclives a soluciones de fuerza, considerando, además, que
este tipo de salida institucional era necesaria a fin de acometer las reestructuraciones necesarias para salir de
la crisis, bien a través de políticas ortodoxas de ajuste, bien promoviendo un cambio industrial acelerado.
Como las Fuerzas Armadas estaban dispuestas para ejercer el papel de actores privilegiados del proceso, el
resultado fue una oleada de golpes militares.
Desde mediados de la década de 1960 se instauraron nuevos regímenes dictatoriales con rasgos bien dis-
tintos de los que habían caracterizado a las dictaduras tradicionales que asaltaban el poder como una solu-
ción temporal. Los nuevos regímenes trataban de reorganizar la nación de acuerdo con una ideología o idea-
rio. No sólo se restringían libertades civiles y sindicales, sino que se buscaba erradicar con cualquier método
las bases del poder de la izquierda.
El nuevo militarismo suponía el gobierno de la institución militar en bloque, como corporación, frente a
las dictaduras personales, y prescindió de los partidos políticos en cuanto que organizaciones representativas
de la sociedad civil en el estado, porque prefería la apatía de las masas. Estas dictaduras funcionaron con
una mentalidad jerárquica, básicamente conservadora. Al final, el ejecutivo dependía de la voluntad política
de las Fuerzas Armadas y de la burocracia técnica, únicos contrapesos del todopoderoso ejecutivo militar.
Hasta la década de los ochenta, bajo la sombra de la crisis económica de la deuda, no se pusieron en
marcha los procesos liberalizadores y de transición a la democracia que desembocaron en la restauración de
sistemas constitucionales y en la apertura política de aquellas democracias meramente formales.

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Tema 11. La crisis de los setenta

1. Los fundamentos económicos de la crisis


En octubre de 1973 tropas egipcias y sirias atacaron Israel por sorpresa aprovechando la fiesta judía del
Yom Kippur. Después de varios días de iniciativa árabe la guerra cambió de rumbo y en apenas tres semanas
Israel consiguió imponer su superioridad atravesando el Canal de Suez y estableciendo su control sobre la
península del Sinaí. La guerra finalizó por imposición del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En
medio del conflicto, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), compuesta en su mayoría
por países árabes, decidió incrementar los precios del crudo y anunció su intención de utilizar el petróleo
como nuevo instrumento en su lucha contra Israel. De esta forma, apenas dos meses después de una inicial
subida de más de un 160%, el cártel productor volvió a elevar el precio del barril de petróleo, que acabó por
multiplicar por cuatro su valor respecto del vigente a inicios del mes de octubre. Era la mayor subida expe-
rimentada hasta esa fecha, ya que le barril pasó de 1,62 dólares en enero de 1973 a 9,31 en enero de 1974,
una subida del 475%.
Este radical aumento del llamado oro negro se tradujo en una crisis inmediata de las economías occiden-
tales que abrió una profunda fase recesiva cuya intensidad hizo pensar a muchos analistas que el mundo
desarrollado se enfrentaba, más que a una crisis coyuntural, a una crisis estructural producida por el agota-
miento del modelo de desarrollo vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Como sucediera en
1929, volvió a aparecer el ya recurrente debate entre los partidarios del mantener los beneficios de la eco-
nomía de libre mercado y aquellos que abogaban por la necesidad de intervenir y disciplinar un sistema
capitalista que parecía producir crisis cíclicas cada vez más graves y traumáticas. Pero a diferencia de crisis
anteriores, el debate de los años 70 asumió nuevos contenidos, en especial dos: el primero, el papel que los
países del Tercer Mundo jugaban o debían jugar en las relaciones económicas internacionales y la necesidad
de reconsiderar el cada vez más importante conflicto Norte-Sur; y el segundo, la percepción acerca de los
límites de un modelo de crecimiento basado en el consumo indiscriminado de los recursos naturales y la
necesidad de revisar el modelo de desarrollo dentro de una nueva perspectiva de sostenibilidad. La crisis
ayudó a popularizar el concepto de “crecimiento cero” que adquiriría inusitada relevancia al ser adoptado y
desarrollado por un pensamiento ecologista en lento pero imparable auge.
Lo esencial de la crisis de 1973 es que impactó de forma notable en los cuatro ejes sustentadores del mo-
delo de desarrollo seguido hasta entonces: la revolución científico-técnica; la existencia de una fuente de
energía barata y abundante; la existencia de un sistema monetario estable y la expansión de la intervención
del Estado.
Lo verdaderamente importante de la revolución científico-técnica experimentada en los años 50 y 60 fue
su capacidad para impactar en los procesos productivos. Ello obligó a una potente racionalización de todo el
ciclo del producto, incluyendo dentro del mismo las fases de comercialización y venta a través de fórmulas
de marketing y publicidad cada vez más sofisticadas. La revolución tecnológica estimuló la producción en
masa y la consiguiente democratización del consumo, pero también hizo que los beneficios empresariales
pasaran a depender básicamente del abaratamiento de los costes de producción mediante la venta masiva del
producto.
Además, la industrialización de la ciencia obligó a ingentes inversiones en investigación, desarrollo e in-
novación, lo que facilitó la expansión de las grandes multinacionales que aseguraban las cantidades inverti-
das por su capacidad para vender millones de unidades en todo el mundo. La extraordinaria importancia de
las multinacionales convirtió al capitalismo en sinónimo de consumo de masas. La crisis estimuló de nuevo
la búsqueda de salidas basadas en nuevas respuestas tecnológicas, que comenzaron a centrarse en la aplica-
ción de la microelectrónica y de las telecomunicaciones, teniendo su período de maduración en los primeros
años 80 para irrumpir con fuerza a finales de la década y ya plenamente en los 90.
El segundo eje de sustentación del modelo fue la existencia de una fuente de energía abundante y barata
como el petróleo o el gas natural, que en los años 70 representaban ya más del 60% del consumo total de
energía. Lo fundamental de la crisis de 1973 y de los continuos incrementos de precios fue la convicción de
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que esas dos cualidades asociadas al petróleo, la abundancia y el bajo precio, habían desaparecido para
siempre. De hecho, comenzaron a proliferar informes como los del Club de Roma que alertaban sobre la
finitud de los recursos petrolíferos y acerca de lo relativamente inmediato que era su agotamiento, por lo
menos en condiciones suficientes de rentabilidad. Las alzas de 1973-1974 alertó a los países occidentales
acerca de su enorme vulnerabilidad hacia un producto cuyo precio sólo controlaban parcialmente a través de
sus empresas multinacionales, pues el volumen de la producción, esto es, la oferta de crudo, estaba en manos
del cártel de la OPEP.
El tercer factor básico fue la existencia de un sistema monetario estable, imprescindible para garantizar
los pagos internacionales y, en general, las relaciones financieras y comerciales mundiales. El sistema esta-
blecido en 1944 se basaba en un patrón de paridad norteamericana como moneda de cambio internacional.
En síntesis, el sistema monetario internacional se ajustaba sobre la base de la convertibilidad del dólar en oro
y el mantenimiento de un sistema de cambios fijos de las principales monedas del mundo.
Hasta los años 60 el sistema cumplió perfectamente su función a pesar de ponerse de manifiesto dos con-
tradicciones de fondo. La primera era que dado que la liquidez internacional se basaba en la salida masiva de
dólares de EE.UU., esto es, en el déficit de la balanza de pagos norteamericana, a medida que este déficit
creció las posibilidades de que el dólar pudiera mantener estable su valor eran cada vez más pequeñas, hasta
el extremo de poder hacer imposible la convertibilidad y el mantenimiento del valor fijo del dólar. La se-
gunda contradicción esencial apuntaba en la misma dirección. Dado que EE.UU. era el único país que podía
mantener una situación permanente de desequilibrio negativo de su balanza de pagos sin tener que recurrir,
como el resto de países, a costosos planes de ajuste si incurría en déficit, el propio sistema estimulaba au-
mentos continuos de ese déficit de la balanza de pagos norteamericana, lo que generó una espiral que acabó
por disolver todo el mecanismo vigente.
De hecho, el proceso de ruptura del sistema monetario internacional comenzó a principios de los años
70, cuando las reservas de oro norteamericanas cayeron por debajo del volumen de los pasivos monetarios
exteriores. El gobierno de Nixon no tuvo más remedio que reconocer en 1971 la no convertibilidad del dólar
y proceder a dos devaluaciones sucesivas de su moneda, lo que obligó a un reajuste de las paridades de otras
monedas destacando la apreciación el marco alemán y la del yen japonés. El sistema de cambios fijos dejó
de existir en favor de un sistema de cambios flotantes.
Lo verdaderamente esencial es que un sistema de cambios fijos obliga a un país que incurre en déficit en
su balanza de pagos a realizar una política interna deflacionista y de ajuste para conseguir equilibrar sus
cuentas a través de un incremento de sus exportaciones, mientras que un sistema de cambios flotantes existe
el recurso a la devaluación de la moneda para ganar competitividad.
El cuarto y último elemento de sustentación del modelo de desarrollo que también se vio afectado por la
crisis de 1973 fue el imparable proceso expansivo de la intervención del Estado en la economía y en la so-
ciedad. Es decir, el Estado no sólo había asumido la prestación de los servicios sociales básicos en conso-
nancia con el modelo de Estado social y democrático de Derecho, sino que se había convertido en un agente
económico extraordinariamente activo que intervenía en numerosos ámbitos económicos además de ser un
rígido agente de regulación de los mercados a través de la llamada planificación indicativa.
La convergencia de los procesos de transformación de estos cuatro componentes básicos del modelo de
desarrollo seguido hasta esos instantes fue lo que dio a la crisis de los 70 esa apariencia de crisis global que
pareció diferenciarla de una mera coyuntura bajista del ciclo económico. En definitiva, la crisis de 1973 fue
una más, aunque especialmente grave, de las crisis cíclicas del capitalismo, pero en modo alguno se puede
considerar una crisis radical del sistema. De hecho, aunque cambió algunas visiones acerca de la realidad
social, lo hizo sobre la base de una vuelta al liberalismo. En otros términos, la respuesta general de las so-
ciedades desarrolladas a la crisis del capitalismo de los años 70 fue profundizar en el capitalismo.
En definitiva, los fundamentos económicos de la crisis de 1973 no pueden entenderse fuera del marco de
unas sociedades occidentales en acelerada evolución. Unas sociedades que aunque todavía estaban digirien-
do e integrando buena parte de las propuestas éticas, culturales y de estilos de vida surgidas a finales de los
años 60, ya reivindicaban la vuelta a valores más tradicionales y estables. El paro, la incertidumbre ante la

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nueva situación económica y la pérdida de ciertas referencias axiológicas clásicas generaron una situación
de inseguridad que reforzó la percepción de crisis.
2. La crisis del petróleo
La crisis petrolífera de 1973 representó un problema esencial pues afectó de forma directa a los costes de
producción y, por tanto, a las posibilidades de seguir manteniendo una fórmula de beneficio basada en el
abaratamiento de costes por la producción y venta en masa. La nueva situación obligó a una reducción de
costes vía mano de obra y empleo, lo que a medio plazo se tradujo en el estancamiento e incluso un cierto
deterioro de la situación socioeconómica de muchos trabajadores.
El incremento de precios entre enero de 1973 y enero de 1974 fue del 475%, momento en el que la línea
alcista se moderó pero no descendió. De hecho lo precios registraron en junio de 1979 un incremento acu-
mulado del 56,18%, lo que situó el precio del barril en 14,54 dólares. A partir de junio de 1979 las desave-
nencias entre los países productores provocaron que en vez de fijarse un precio único se estableciera una
banda de fluctuación que osciló entre los 18 y los 23,5 dólares por barril. Meses después se aceptó el princi-
pio de imposición unilateral de precios que llevó al crudo a bascular entre un precio mínimo de 26 dólares
en Arabia Saudí a los 37 dólares fijados por el gobierno de Argelia. En todo caso, lo verdaderamente sustan-
tivo es que el precio del barril de petróleo había experimentado un alza brutal, del 1.725% en apenas siete
años.
Las dos devaluaciones del dólar llevadas a cabo por la Administración Nixon en 1971 y 1973 habían he-
cho perder valor real al petróleo ya que su cotización se fijaba en dólares. Las devaluaciones perjudicaron
notablemente a las industrias europeas y japonesas frente a las norteamericanas, pero también llenaron de
inquietud a los países productores que vieron como su principal, y en la mayoría de casos única, fuente de
recursos perdía valor real por una medida que escapaba a su control. Por eso intentaron presentar la decisión
de subir el precio del petróleo como una reivindicación general de los países del Tercer Mundo a favor de la
plena soberanía sobre sus recursos naturales y como una forma legítima de mejorar esa tasa real de inter-
cambio que, desde su punto de vista, expresaba su situación de dependencia estructural respecto de los paí-
ses avanzados.
Pero estos argumentos de fondo no pueden hacer olvidar que los incrementos de precios fueron esen-
cialmente un instrumento más de guerra utilizado por los países árabes en su enfrentamiento contra Israel.
El espectacular aumento de los precios del crudo tuvo consecuencias gravemente negativas para los paí-
ses del Tercer Mundo. El enorme aumento de la factura energética repercutió en una disminución notable de
las importaciones realizadas por los países avanzados, lo que a su vez dio lugar a una apreciable bajada de
precios de los productos básicos de exportación de los países menos desarrollados. Esta merma de ingresos
llevó a muchos de estos países a buscar nuevas fuentes de financiación vía deuda, ya que la superabundancia
de dólares derivados del incremento del precio del crudo generó un exceso de liquidez crediticia internacio-
nal. De esta forma, los llamados petrodólares acabaron alimentando la deuda de muchos países no desarro-
llados creando una situación de colapso financiero en muchos de ellos.
El impacto de la crisis fue mayor en Europa occidental que en EE.UU., ya que aunque los norteamerica-
nos tuvieron que asumir medidas de racionamiento de combustible desconocidas hasta entonces, su depen-
dencia energética era menor que la de los europeos. En ambas partes de Atlántico se crearon reservas estra-
tégicas a fin de asegurar en casos de emergencia el abastecimiento durante un tiempo determinado. La crisis
también hizo a Japón plenamente consciente de su dependencia energética y de su fuerte vulnerabilidad ex-
terior, lo que agudizo la apuesta tecnológica en sectores clave de su economía, en especial el automovilísti-
co, que comenzó a producir coches mucho más eficientes, lo que le permitió dominar el mercado durante los
años siguientes.
En definitiva, el incremento de los precios petrolíferos impactó de forma profunda y duradera en la eco-
nomía mundial, tanto en los países desarrollados como en los menos avanzados. Sólo la URSS se libró de
sus repercusiones directas ya que era prácticamente autosuficiente.

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3. La quiebra del modelo keynesiano de desarrollo
El keynesianismo se había configurado como la teoría económica triunfadora tras la Segunda Guerra
Mundial al aportar un conjunto de propuestas divergentes y novedosas respecto de las clásicas recetas libera-
les. La teoría del célebre economista inglés es inseparables de la crisis de 1929, de ahí que su gran preocu-
pación fuese explicar el ciclo económico y encontrar las condiciones en las que una economía llega al pleno
empleo. De forma muy simple el keynesianismo parte de la idea de que la renta se puede dedicar a inver-
sión, ahorro o consumo. Inversión y consumo son actividades productivas, mientras que el ahorro no lo es ya
que deja recursos sin movilizar, lo que se traduce en paro.
Según Keynes el mercado tiende naturalmente a dejar recursos ociosos que se traducen en desempleo,
por lo que el Estado es el único capaz de movilizar esos recursos no utilizados y en único que puede crear
condiciones de certidumbre que animen la inversión privada. Además, el intervencionismo estatal asegura
un alto nivel de consumo, que es para el economista británico el motor del crecimiento económico. Keynes
no pretendía socializar la economía, pero sí afirmaba que el Estado podía ser igual de eficiente que el mer-
cado en la asignación de los recursos, por lo que debía ocuparse de estimular sectores en los que el mercado
fallaba o en los que, simplemente, no encontraba estímulos suficientes para entrar. El intervencionismo esta-
tal imprimía a la economía un dinamismo que la orientaba hacia el pleno empleo, aunque a costa de unos
niveles de inflación considerables y de un alto gasto público. El problema era, por tanto, de elección, y para
los keynesianos ésta era obvia: el pleno empleo era preferible al control de la inflación y del déficit público.
El keynesianismo dio base económica al compromiso político e ideológico que desarrolló el Estado de
Bienestar, cuya legitimidad descansaba en la oferta de prestaciones sociales a los ciudadanos con objeto de
mejorar sus condiciones de bienestar y seguridad, lo que convirtió al Estado en el principal actor de las eco-
nomías capitalistas desarrolladas. Lo que la crisis de los 70 puso de manifiesto es que ese modelo había al-
canzado un punto que amenazaba con desbordarse. En primer lugar por la denominada crisis fiscal del Esta-
do, es decir, por la imposibilidad de elevar indefinidamente los impuestos como vía de financiación de un
Estado cada vez más grande y costoso.
El segundo factor de la crisis se basaba en el concepto de expectativas crecientes. Esto es, el desarrollo
de amplias prestaciones sociales y la expansión continua de la intervención pública extendió la creencia de
que existían derechos adquiridos que el Estado debía garantizar en todo momento y circunstancia, lo que
daba una enorme rigidez al gasto público.
La crisis enfrentó al modelo keynesiano con una doble circunstancia. Por un lado, su lógica argumental
era incapaz de explicar técnicamente la crisis ya que la masiva intervención pública había creado fuertes
ineficiencias que llevaron a los economistas liberales a hablar de los fallos del Estado en idéntico sentido al
utilizado por el economista inglés para justificar el recurso a lo público. Por otra parte, se empezó también a
cuestionar la idea implícita del modelo según la cual lo público equivalía a expresión del interés general, en
contraposición al ámbito privado donde imperaba sólo el interés individual.
Los análisis críticos del modelo keynesiano insistían en una sobrepolitización del modelo que se traducía
en una fuerte base clientelar, ya que extendía una tendencia a la dependencia de amplias capas de la pobla-
ción. Ello suponía según estas posiciones introducir una pasividad social incapaz de asumir criterios de
competencia y mejora. Además, añadían, las cargas fiscales daban un extraordinario poder a los aparatos del
Estado que eran quienes decidían lo que hacer con el dinero recaudado, aspecto que restaba libertad al indi-
viduo para decidir cómo utilizar ese dinero que tenía que aportar como impuesto, y dado que esa elección
burocrática no siempre expresaba el interés general, lo probable era que se gastara de forma ineficiente. Por
tanto, el modelo entró en crisis por la contradicción existente entre la creencia de los individuos de tener
derecho a un progreso continuo de su bienestar a través de prestaciones crecientes del Estado y la imposibi-
lidad de los público de generar los ingresos necesarios para realizarlo.
4. La victoria de Friedman
Los defensores del liberalismo económico habían asumido desde el final de la Segunda Guerra Mundial
un papel secundario en las orientaciones generales de la política económica de los principales países occi-
dentales. La crisis les dio la oportunidad de recuperar esas posiciones de influencia perdidas y sus postula-
dos pasaron a constituir referencias esenciales de las políticas económicas puesta en marcha desde entonces.
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Lo hicieron por dos razones: primero porque ofrecieron soluciones plausibles a problemas concretos a
los que el keynesianismo no parecía en condicione de responder; y en segundo lugar porque al ser exitosas
en el Reino Unido y en los EE.UU., se aprovecharon de un proceso de expansión por emulación y contagio
fruto del poder y prestigio político, económico, cultural y académico que volvieron a adquirir los norteame-
ricanos. De ahí la importancia de la escuela monetarista de Milton Friedman.
El monetarismo friedmaniano se inscribe dentro del amplio marco del liberalismo económico, aunque
centrado en el análisis de los efectos que genera la oferta monetaria sobre la economía. De forma muy sim-
ple sus postulados básicos se pueden resumir en los siguientes. Primero, que la inflación es un fenómeno
esencialmente monetario. Segundo, el cuestionamiento de la llamada curva de Phillips, de clara inspiración
keynesiana y que establecía una relación inversa entre paro e inflación, o sea, que la inflación iba asociada a
un bajo desempleo. A juicio de Friedman los intentos de los gobiernos de reducir el paro creando inflación
podían ser efectivos como mucho a corto plazo, pero eran estériles a medio y largo plazo.
La apuesta monetarista de Friedman se basaba pues, en un ajuste de la masa monetaria circulante como
vía de reducción de la inflación, considerada el principal desequilibrio estructural de una economía, y en
garantizar una desregulación de los mecanismos de intervención del Estado, ya que el mercado era el único
proceso de intercambio elegido implícitamente por los ciudadanos. En otras palabras, su gran crítica al key-
nesianismo y a quienes abogaban por la primacía de lo público, era que tal opción quebraba la libertad de los
ciudadanos para elegir lo que querían, pues en esa elección eran sustituidos por unos gestores que se arroga-
ban el derecho a decidir lo que ellos creían que les interesaba a éstos. En esto, Friedman no hace más que
asumir las tesis del muy influyente Friedrich Hayeck, que había articulado su pensamiento bajo la premisa
de que una excesiva intervención estatal en la economía llevaba inexorablemente a la instauración de unas
formas autoritarias de gobierno.
Las propuestas neoliberales se orientaron a la consecución de una acción de gobierno no coercitiva. Es
decir, que no restringiera el libre desenvolvimiento de los agentes privados. Evidentemente, Milton Fried-
man no fue el responsable de la vuelta política a las soluciones liberales, pero sí es verdad que el economis-
ta norteamericano fue uno de sus grandes propagadores entre amplias capas de la opinión pública y, sobre
todo, entre las élites políticas y culturales del mundo occidental. Un éxito que se vio exageradamente am-
pliado por el fracaso de las propuestas alternativas de gobiernos como el socialista francés presidido por
François Mitterrand desde 1981.
5. Las repercusiones políticas de la crisis
Los años 70 fueron años políticamente contradictorios. Por un lado, la importancia creciente de los me-
dios de comunicación de masas tendió a que la imagen y el marketing político comenzaran a ser tan impor-
tantes como el contenido ideológico del mensaje, lo que obligó a los políticos a ensayar nueva fórmulas co-
municativas más superficiales e insustanciales. Por otra, fueron años en los que esa repolitización expresada
en 1968 explotó en forma de un terrorismo ideológico de extrema izquierda. Grupos como la Baader-Mein-
hof en la RFA, las Brigadas Rojas en Italia, los GRAPO o el FRAP en España, tiñeron de sangre una nihi-
lista quimera revolucionaria, al tiempo que también impregnaron ideológicamente a quienes como ETA en
España o el IRA en Irlanda utilizaban el terror para justificar reivindicaciones nacionalistas.
La incertidumbre frente a la crisis económica generó una tendencia electoral hacia soluciones conserva-
doras o, mejor dicho, de preferencia hacia políticas de ajuste independiente del color político del partido
gobernante.
La RFA fue el país que mejor representó este marco general descrito. El gobierno de coalición entre so-
cialdemócratas y liberales liderado por Willy Brandt había llegado al poder en 1969 con un programa que,
con el tiempo, había basculado nítidamente hacia la izquierda. El estallido de la crisis repercutió en un re-
punte significativo de la inflación que llenó de temor a los alemanes. El problema acabó encontrando una vía
de solución inesperada cuando se destapó que uno de los asesores más cercanos al canciller era un espía al
servicio de la RDA. Este oportuno escándalo acabó con la carrera política de Brandt, siendo sustituido por el
también socialdemócrata Helmut Schmidt.
La política del nuevo canciller fue diametralmente opuesta a la de su antecesor a la hora de enfrentarse a
los dos principales problemas del país: el terrorismo de extrema izquierda y la crisis económica. Se puso en
100
marcha una clásica política de ajuste y de control de la inflación basada sobre todo en la reducción del gasto
público, con lo que Alemania pudo transitar por la crisis de manera firme. El único factor negativo fue un
significativo aumento del paro.
Parecido consenso se dio en Gran Bretaña e Italia, sin duda, dos de las economías más afectadas por la
crisis. En el primer caso, el consenso fue tardío, lo que impidió tomar medidas adecuadas de lucha contra la
recesión. El enorme poder de los sindicatos había obligado al gobierno conservador de Edward Heath a
adoptar desde 1972 una política fuertemente intervencionista y de un recurso a las subvenciones que había
disparado el déficit público y, peor aún, había engendrado una espiral inflacionista del 15% anual. El estalli-
do de la crisis llevó al gobierno a extremar las medidas de austeridad, aunque más que para luchar contra la
crisis su verdadero objetivo fue romper el poder sindical. La respuesta fue una huelga de los mineros que
acabó paralizando el país. Tras unos años de indefinición que se tradujo en unos desastrosos datos económi-
cos, el gobierno logró un acuerdo de mínimos con los sindicatos. El resultado fue una mejora notable de los
principales indicadores, aunque la fragilidad de la recuperación siguió confirmando que los problemas eco-
nómicos de Gran Bretaña tenían una dimensión estructural profunda.
En Italia, el consenso social anti-crisis incluyó al partido comunista que decidió un histórico giro hacia
posiciones de intervención activa en el sistema político y aunque no pudo participar en el gobierno, decidió
apoyar parlamentariamente a la Democracia Cristiana. Las razones de este cambio no tenían sólo una base
económica sino también política, pues la extensión del terrorismo del MSI, estaba generando un clima de
peligrosa ingobernabilidad. La crisis explotó las profundas debilidades de la economía italiana: la inflación
superó cotas del 25%, la lira sufrió una fuerte devaluación en 1976 debido al enorme déficit de su balanza de
pagos y el paro alcanzó también cotas desconocidas hasta entonces. La iniciativa de compromiso mantenida
por el partido comunista fue a este respecto decisiva pues aunque no consiguió entrar en el gobierno, sí pro-
porcionó la estabilidad suficiente para asentar la labor de gobierno y el apoyo a las medidas de ajuste que
necesitaba la economía. El resultado fue inmediato: la economía se recuperó y el gobierno, después de sufrir
el gran golpe del secuestro y asesinato del líder democristiano Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas,
consiguió mejorar su instrumento de lucha antiterrorista. El lado negativo fue, una vez más, las altas tasas de
desempleo existentes en el país.
6. Crisis económica y transiciones políticas en Portugal, Grecia y España
El impacto de la crisis de 1973 fue especialmente relevante en la Europa meridional ya que coincidió con
sus procesos de transición hacia la democracia. La primera dictadura en caer fue la portuguesa. El régimen
de Marcelo Caetano, que había sucedió a Antonio de Oliveira Salazar en 1968, se desmoronó por un golpe
de Estado protagonizado por la Fuerzas Armadas debido a dos factores esenciales: la imposibilidad de en-
contrar una solución a las guerras coloniales que el país había emprendido 13 años antes, y la incapacidad
del régimen para transformar los impulsos liberalizadores en un proyecto coherente y razonable de democra-
tización. Por otra parte, aunque el período de Caetano fue de alto crecimiento económico y de significativas
transformaciones sociales, Portugal siguió sin encontrar una salida consistente a sus problemas de desarro-
llo.
El proceso revolucionario fue complejo, discontinuo y de orientaciones inciertas y alternativas, aunque
hasta 1975 siguió una línea de radicalización continúa. Las elecciones de abril dieron un triunfo claro al par-
tido socialista de Mario Soares, seguido del centro-derecha de Sá Carneiro. Sin embargo, la extrema izquier-
da civil y militar intentó desbordar la legitimidad democrática imponiendo una legitimidad revolucionaria
que llevó al país al borde del conflicto civil. La potente reacción de los sectores moderados y conservadores
se trasladó al ámbito militar donde también los elementos moderados acabaron imponiéndose a los revolu-
cionarios. En 1982 una reforma de la Constitución permitió suprimir el Consejo de la Revolución y terminar
con el control militar de la vida política del país. Cinco años después, la normalidad democrática se impuso
definitivamente con la elección del primer presidente no militar de la República: el socialista Mario Soares.
La crisis política ahondó todavía más los problemas de una economía que había entrado a partir de fina-
les de 1973 en un estado de deterioro acusado. Los graves problemas de balanza de pagos e inflación acaba-
ron incidiendo en la capacidad adquisitiva de los ciudadanos. Pero, en sentido contrario, la Revolución per-
mitió la puesta en marcha de los cimientos de un Estado de Bienestar propiamente dicho y la aprobación de

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las medidas sociales y legislativas muy favorables a los intereses de los trabajadores. Con todos los proble-
mas derivados de una transición compleja y difícil y de una economía muy frágil, la democracia portuguesa
consiguió estabilizarse y cambiar de forma definitiva los marcos de inserción política, ideológica y mental
del país en dirección a las Comunidades Europeas.
Grecia inició su transición a la democracia en el verano de 1974 aunque la dictadura había vivido su
momento más crítico un año antes, cuando un golpe militar de los sectores más inmovilistas de la Junta Mi-
litar había abortado el incipiente proceso de democratización que se estaba abriendo. El golpe originó una
fuerte protesta ciudadana, contestada por el poder mediante dos procedimientos: uno, la represión; otro, el
intento de buscar un factor exterior que cohesionara el país en torno a la nueva cúpula de poder. Esta acción
externa fue el apoyo a un golpe de Estado pro-griego en Chipre. El intento de asesinato en julio de 1974 del
máximo dirigente chipriota, el arzobispo Makarios, fue respondido por Turquía con una intervención militar
en la isla y la ocupación permanente de su zona norte, lo que dejó a Grecia y a Turquía al borde de la guerra.
El fracaso de la acción obligó a los militares a buscar una salida política de la mano del líder conservador
Konstantin Karamanlins. Era el fin de la dictadura y el inicio de una democracia lastrada por la fuerte crisis
económica. El inicial protagonismo conservador cedió el testigo al partido socialista que gobernará hasta
1991.
El apoyo norteamericano a los militares y a la desafortunada intervención en Chipre generó una poderosa
reacción popular anti-norteamericana que acabó con el asesinato de su embajador en Chipre. El gobierno
griego se vio obligado a retirarse de la estructura militar de la OTAN y forzó al VI flota que operaba en el
Mediterráneo a trasladar parte de su sistema logístico a bases italianas. Era la demostración evidente de que
las transiciones de Portugal y Grecia representaron un grave problema político y estratégico para EE.UU. y
para la estabilidad del sistema defensivo de la OTAN.
En España la transición a la democracia fue más sencilla por tres razones esenciales. La primera es que el
fuerte crecimiento económico de los años 60 había transformado las condiciones estructurales del país, pro-
piciando la aparición de una extensa clase media con una cultura política de base democrática, aunque fuer-
temente caracterizada por la idea de transición ordenada. En segundo lugar, por la búsqueda del consenso
como fórmula básica para llevar el cambio. En tercer lugar, la existencia de la institución monárquica, que
consiguió aglutinar una doble legitimidad: la derivada de su condición de sucesor legal según las leyes fran-
quistas, lo que le permitió controlar a los sectores más inmovilistas de la dictadura, y la derivada de su po-
tencial papel democratizador, que le permitió contar con el apoyo de los principales partidos políticos de la
oposición democrática.
A pesar de estos elementos de estabilidad, el proceso fue complejo por dos razones: porque pronto tuvo
que asumir una clara dimensión rupturista que eclipsara cualquier idea de inmovilismo, papel que interpretó
esencialmente Adolfo Suárez; y, en segundo término porque tuvo también que orientarse hacia la configura-
ción de una nueva estructura del Estado que superara el centralismo franquista en favor de un nuevo princi-
pio autonomista. El proceso se vio permanentemente enturbiado por la banda terrorista ETA. De hecho la
actividad terrorista de diferentes grupos y tendencias (FRAP, ETA, GRAPO), introdujo un significativo ni-
vel de violencia en todo el proceso de transición. Y como todo proceso de cambio, también soportó presio-
nes involucionistas de ciertos sectores militares que acabaron conformando una corriente golpista que estalló
en 1981 en un fallido intento de golpe de Estado.
La transición española tuvo que superar una situación de crisis económica muy compleja. La gravedad
de la crisis obligó a los partidos políticos y a los agentes sociales a buscar una fórmula de consenso que
permitiera hacer frente a los agudos desequilibrios que presentaba la economía española y acabar con la
fuerte conflictividad social que impulsaban los sindicatos. En octubre de 1977 se firmaron los Pactos de la
Moncloa que establecían un conjunto de medidas de ajuste económico que fueron compensadas por una am-
pliación de los derechos civiles y políticos. Algunas de las medidas de ajuste anti-inflacionista fueron una
política monetaria activa tendente a reducir la masa monetaria existente, una política presupuestaria dirigida
a limitar el crecimiento del gasto público y aumentar los ingresos del Estado y, finalmente, una política res-
trictiva encaminada a conseguir el equilibrio de la balanza de pagos que conllevó la depreciación del valor
de la peseta.

102
Políticamente, el período de la transición estuvo dominado por la UCD, una amalgama de personalidades
de muy distinta procedencia cuyo nexo identificador dependía del carisma y del atractivo de su líder, Adolfo
Suárez. El PSOE había sufrido una fuerte renovación gracias a la figura de Felipe González, que representa-
ba un liderazgo mucho más moderno y actual que el de los viejos representantes del socialismo del exilio.
Su indudable carisma y su excelente imagen pública le permitieron abanderar un proyecto de cambio que
atrajo no sólo a los tradicionales votantes de la izquierda, sino a muchos componentes de esas clases medias
que habían aflorado durante los últimos años del franquismo. El socialismo acabó consolidándose como la
verdadera alternativa de la izquierda política, muy por delante de unos partidos comunistas que perdieron
gran parte de su atractivo electoral. Este proceso de crecimiento del socialismo y de ruptura de la alternativa
de centro-derecha representada por la UCD, acabó proporcionando a Felipe González su primera mayoría
absoluta. El socialismo no sólo demostró una pujanza electoral grande sino que pareció definir un sistema
nacional de partido hegemónico compatible con dos subsistemas específicos de mayoría nacionalista: Cata-
luña y el País Vasco. De hecho, el centro-derecha nacional español vivió hasta 1990 un permanente proceso
de refundaciones y de nuevos liderazgos hasta la llegada de José María Aznar, que después de tres intentos
alcanzó el poder en 1996.
La Constitución de 1978 concluyó el período de transición democrática. Aprobada por referéndum el 6
de diciembre de 1978, establecía los nuevos principios y valores articuladores del sistema político de la de-
mocracia, que homologaban a España con cualquier país de su entorno europeo y occidental.
En definitiva, como resumen general cabe decir que la crisis obligó a soluciones políticas y económicas
muy similares con independencia del color político o de la orientación ideológica de los diferentes gobier-
nos. Estas respuestas privilegiaron las políticas deflacionistas y de ajuste que se adecuaban ideológicamente
mejor a las opciones liberal-conservadoras que a las socialdemócratas.
7. La transición internacional hacia la última Guerra Fría
El impacto psicológico de la guerra de Vietnam en la sociedad norteamericana fue extraordinario. No só-
lo había sido el factor catalizador de todo ese descontento social que articuló la lucha por los derechos civi-
les, sino que había demostrado la fuerte oposición de una parte sustancial de la sociedad norteamericana a
las políticas de fuerza, lo que obligó a reevaluar la forma en la que el país debía ejercer su liderazgo interna-
cional. La política norteamericana comenzó a acusar un significativo repliegue tendente a aminorar las res-
ponsabilidades internacionales del país y a reducir las condiciones de conflicto a través de la negociación
directa con la URSS. En el fondo, suponía el reconocimiento de que la bipolaridad iba a ser permanente y
que daba la imposibilidad de vencer al otro bloque, había que establecer un modelo de coexistencia lo más
estable y duradero posible.
Esta nueva concepción se plasmó en una triple dirección: la búsqueda de soluciones a la guerra de Viet-
nam y al conflicto árabe-israelí, el desarrollo de negociaciones directas de desarme entre ambas superpoten-
cias y el establecimiento de un esquema multilateral de cooperación y seguridad en Europa.
Las negociaciones de paz con Vietnam se habían iniciado en 1969, pero se vieron periódicamente salpi-
cada por acciones militares norteamericanas en Camboya (1970) y Laos (1971). Los bombardeos sobre el
país con toda clase de gases químicos altamente venenosos no se interrumpieron hasta 1973 cuando el go-
bierno norteamericano decidió la salida definitiva de sus tropas. Sin embargo, EE.UU. continuó participando
en el conflicto hasta 1975 a través de una ayuda económica masiva al gobierno de Vietnam del Sur que, fi-
nalmente, cayó cuando esa ayuda cesó. Vietnam se reunificó bajo el régimen comunista de Ho Chi Minh. La
derrota moral, y en buena medida también material, de EE.UU. se había completado, aunque el precio de la
victoria había sido demasiado alto incluso para los vencedores.
La mediación en el conflicto árabe-israelí fue mucho más positiva para los interese americanos. El secre-
tario de Estado Henry Kissinger llevó a cabo la llamada diplomacia de ida y vuelta consistente en viajes con-
tinuos a Egipto, Siria e Israel. Fruto de esta frenética actividad diplomática EE.UU. consiguió la reapertura
del Canal de Suez, la retirada parcial de Israel del Sinaí y del Golán, y lo que era más importante, apartó a
Egipto de la órbita soviética. Sin embargo, siguió sin resolver el problema de fondo que era la creación de
un Estado palestino.

103
Las negociaciones para la reducción de armamentos tuvieron como gran logro los acuerdos SALT de li-
mitación en los sistemas de misiles anti balísticos y congelación por un periodo de cinco años de unidades
ofensivas. Pero lo más importante fue que el esquema de reducción de los compromisos asumidos para el
mantenimiento del orden internacional y de negociación directa entre las superpotencias supuso la revisión
del papel que EE.UU. debía desempeñar en Europa. De hecho, ya desde 1969 Alemania había adoptado una
política autónoma de apertura al Este (la llamada Ostpolitik) cuyo objetivo de fondo había sido asentar un
esquema de seguridad europeo y de distensión Este/Oeste. El artífice fundamental de esa política fue el can-
ciller socialdemócrata Willy Brandt y sus principales instrumentos fueron los acuerdos de 1970 firmados por
la RFA con URRS, con Polonia y con Checoslovaquia y el acuerdo fundamental de 1972 entre las dos Ale-
manias, que establecían la aceptación del statu quo de la Europa oriental, la inviolabilidad de las fronteras
vigentes y el reconocimiento de la existencia de dos Estados alemanes. Este paso hizo que muchos Estados
occidentales reconocieran a la RDA y que ambas Alemanias pasaran a ser miembros de las Naciones Unidas
a partir de 1973. Este nuevo clima propició la convocatoria de una Conferencia sobre Seguridad y Coopera-
ción en Europa en la que participaron todos los Estados europeos a excepción de Albania, más EE.UU. y
Canadá. El resultado, recogido en el Acta de Helsinki de 1975 fue muy pobre en cuanto a resultados concre-
tos, aunque por lo menos estableció un foro de diálogo multilateral que acabó institucionalizándose.
El clima de distensión comenzó a cambiar a partir de 1976 bajo la Administración Carter. Aparentemen-
te, la insistencia de la nueva presidencia en la defensa de los derechos humanos acabó propiciando un endu-
recimiento del régimen soviético temeroso, sobre todo, de que ese discurso calara en los países de la Europa
del Este especialmente sensibles a la disidencia. Pero la razón de fondo fue la política expansiva de la URSS
por Asia y África. La influencia soviética se extendió por países como Irak, Afganistán, Yemen del Sur,
Tanzania, Mozambique, Angola, Madagascar, Etiopía, Libia, Argelia, llegando también al Sahara occiden-
tal mediante ayuda militar y económica en favor del Frente Polisario.
La URSS demostraba una capacidad expansiva extraordinaria que amenazaba con expulsar a EE.UU. de
zonas esenciales desde un punto de vista estratégico y económico, lo que convenció a amplios sectores nor-
teamericanos de lo limitado de su estrategia de distensión. El reconocimiento de China por parte de los
EE.UU. en 1979 encendió todas las alarmas en Moscú, temeroso de una alianza chino-norteamericana.
El estallido de la revolución islamista en Irán acabó con un bastión esencial para EE.UU., al tiempo que
desestabilizó nuevamente el precario mercado de abastecimiento del crudo. La nueva subida del precio del
petróleo tuvo consecuencias todavía más devastadores sobre las economías occidentales, alcanzando tam-
bién a las principales economías de la Europa del Este que empezaron a acumular fuertes déficits y aumen-
tos espectaculares de su deuda. La crisis hizo todavía más difícil cualquier posibilidad de acuerdo que, fi-
nalmente, acabo por desvanecerse después de que en diciembre de ese año tropas soviéticas cruzaran las
fronteras de Afganistán. La Guerra Fría pareció volver a cobrar una intensidad que no había tenido a lo largo
de los últimos diez años.

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Tema 12. El desplome del universo comunista
1. La recuperación de los poderes atlánticos: británicos y norteamericanos
Tras una década de predominio político, ideológico y cultural de la izquierda, los años 70 finalizaron
con un apreciable giro hacia posiciones liberal-conservadoras que acabó consolidándose durante los diez
años siguientes. Era el inicio de lo que se ha bautizado como “revolución conservadora” en alusión a la lle-
gada casi simultánea al poder de Margaret Thatcher en el Reino Unido y de Ronald Reagan en los EE.UU., y
a la capacidad de ambos para exportar sus ideas por todo el mundo. Sin embargo, el concepto es exagerado.
Cierto que los años 80 supusieron el triunfo parcial del liberalismo económico y, en general, una expansión
de las ideas y cosmovisiones conservadoras, pero este predominio estuvo lejos de ser absoluto ya que las
alternativas socialdemócratas siguieron teniendo enorme fuerza.
1.1. La Gran Bretaña de Margaret Thatcher
La primera en llegar al poder fue Margaret Thatcher. En 1979 el Reino Unido se debatía en una situación
de profunda crisis, y aunque había conseguido una cierta estabilidad en 1977-1978, la opinión pública se
hallaba presa de la sensación de que el país había entrado en una fase de persistente decadencia. El exagera-
do poder de los sindicatos sobre el poder político, la revitalización de la actividad terrorista en Irlanda del
Norte y la notable reducción del poder adquisitivo de una parte importante de la población que, además,
había originado una creciente conflictividad social con claros tintes racistas y xenófobos, parecían haber
evaporado cualquier ideal colectivo basado en el convencimiento de ser una sociedad rica.
Parece indudable que la llegada de la alternativa conservadora fue inseparable de la percepción de crisis,
descontento y pérdida de peso que el país había experimentado durante los últimos años de gobiernos labo-
ristas. De ahí la amplia aceptación de su programa de reformas basado en el concepto de capitalismo social.
Sin embargo, la llamada Dama de Hierro se encontró con un hecho inesperado: la nueva subida del precio
del petróleo, que volvió a sumir a las economías europeas en una situación de inestabilidad y crisis. El resul-
tado fue que la primera legislatura de la primera mujer en ocupar el 10 de Downing Street resultó un signifi-
cativo fracaso.
La nueva recesión obligó a Thatcher no sólo a limitar su programa de reformas sino a aumentar el gasto
público para hacer frente a un creciente desempleo, que llegó al 12% en 1981 el más alto de toda la CEE, y
para salvar a numerosas empresas públicas de la bancarrota. También se vio obligada a subir los impues-
tos ese mismo año, contradiciendo no sólo su discurso político, sino también su inicial línea de recortes im-
positivos. Sin embargo, ni aun así pudo equilibrar las cuentas públicas. Por si fuera poco, los crecientes dis-
turbios sociales acabaron estallando en acciones de gran violencia en las grandes ciudades.
Todo cambió el 2 de abril de 1982 cuando la agonizante y brutal dictadura militar argentina decidió la
ocupación del enclave colonial de las Islas Malvinas. La reacción del gobierno británico fue radical e inme-
diata: mandó una potente flota de guerra que entre mayo y junio restauró su dominio sobre la colonia. Una
poderosa ola de orgullo nacional se apoderó de los británicos, hasta el extremo de que no sólo apoyaron en
masa la aventura militar de su gobierno, sino que abandonaron a un laborismo que había manifestado una
inconsistente oposición a la guerra. La fácil victoria militar coincidió con una apreciable recuperación de la
economía internacional que influyó en una notable mejoría de los principales indicares económicos del país.
La lucha contra la inflación y la política de ajuste estructural empezaron también a dar sus frutos y a finales
de 1982 y, sobre todo, en 1983 la recuperación era ya un hecho. El único factor negativo siguió siendo el
elevado nivel de desempleo.
Este cambio de situación fue hábilmente aprovechado por Thatcher para adelantar las elecciones a junio.
El resultado fue una rotunda victoria del partido conservador. El sistema electoral mayoritario dio a la Pri-
mera Ministra una mayoría extraordinariamente amplia para desarrollar su programa sin ningún impedimen-
to. El único freno que podía venir de los sindicatos desapareció también después del fracaso de la huelga
iniciada en 1984 por los mineros. Tras muchos meses de conflicto los huelguistas tuvieron que abandonar su
actitud sin conseguir arrancar al gobierno ningún compromiso. La total victoria gubernamental permitió que
ese segundo mandato de poder conservador fuera incontestado e incontestable.

105
Los resultados de este segundo mandato fueron notables en términos económicos y más discutibles en
términos sociales. El país creció de forma sostenida a un ritmo que doblaba el alcanzado por los restantes
países de la CEE. Se crearon más de un millón de nuevos empleos. La inflación se mantuvo controlada y en
niveles relativamente bajos y, en general, la industria incrementó notablemente sus niveles de productividad
y eficiencia. Indudablemente, fueron cuatro años que revitalizaron una parte considerable de la economía
británica. Los problemas se dejaron sentir en dos ámbitos fundamentales: primero, en aquellos sectores in-
dustriales poco competitivos que fueron desmantelados; y, en segundo lugar, en una peligrosa desinversión
pública en sectores como la sanidad o la educación. Del mismo modo, si bien la política de privatizaciones
fue generalmente acertada, originó algunos problemas importantes en ciertos sectores como el de las comu-
nicaciones, al introducir notables ineficiencias en las formas de gestión.
En definitiva, la política thatcherista transformó notablemente la estructura económica británica, pero no
consiguió grandes logros en lo que respecta a la disminución de la presencia del Estado en la economía ya
que aunque había bajado 4 puntos porcentuales del PIB, seguía representando el 44% del mismo. En cual-
quier caso, un balance lo suficientemente bueno como para asegurarse una tercera victoria electoral en 1987.
Pero los síntomas de cansancio eran ya evidentes pues si bien el voto conservador permaneció estable, el
laborista experimentó un notable avance. El ocaso político de la Dama de Hierro no fue fruto de una derrota
electoral sino que provino de las filas de su propio partido, que decidió utilizar en 1990 al gris John Mayor
como nuevo estandarte de enganche de los conservadores.
1.2. La crisis norteamericana: entre Nixon y Carter
Tan sólo un año después de la llegada al poder de Margaret Thatcher, Ronald Reagan sustituía al demó-
crata Jimmy Carter en la presidencia de los EE.UU. Al igual que la Premier británica, el nuevo presidente
cogía una sociedad presidida por el pesimismo y la frustración. El origen de esta frustración colectiva venía
de años atrás, en concreto, de la reelección de Richard Nixon en 1972.
La presidencia de Richard Nixon se inició en 1968 con la pretensión de restaurar, tal y como rezaba su
eslogan de campaña más repetido, la ley y el orden. Desde el punto de vista internacional los objetivos fue-
ron encontrar una salida digna a la guerra de Vietnam y redefinir el papel del país como superpotencia, lo
que supuso establecer un marco de acuerdo directo con la URSS para la limitación de armamentos, y una
peculiar política de reconocimiento y aproximación a la República Popular China que tuvo como conse-
cuencia la expulsión de Taiwán de su asiento como miembro permanente del Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas y su sustitución por el gobierno de Beijing. Desde el punto de vista interno la acción presi-
dencial se orientó a hacer frente a las crecientes debilidades de la economía norteamericana, asumiendo la
ruptura de la paridad entre el dólar y el oro y la devaluación de la moneda.
La percepción popular de la primera legislatura del presidente republicano fue enormemente positiva, lo
que le valió una aplastante reelección, bien es verdad que frente a un candidato demócrata atípico, George
MacGovern, seguramente el aspirante más izquierdista presentado nunca por este partido. Pero lo que se
presumía que iba a ser un plácido segundo mandato pronto se convirtió en un fracaso continuo. Primero en
Vietnam, dónde el procedimiento de negociación asumió una doble y oscura fórmula: la utilización de bom-
bardeos masivos sobre la población, y la “vietnamización” del conflicto, esto es, la sustitución de la acción
militar directa por el apoyo al gobierno pro-norteamericano de Vietnam del Sur, y la extensión del conflicto
a los vecinos Laos y Camboya. En segundo lugar, en América Latina, donde el visible apoyo de la CIA al
derrocamiento del gobierno chileno de Salvador Allende pronto extendió la percepción de complicidad de
Washington con la brutalidad represiva de la Junta Militar y, por extensión, con todas las dictaduras milita-
res del Cono Sur. Y, finalmente, por la implicación presidencial en las escuchas ilegales efectuadas al parti-
do demócrata en el edificio Watergate. El escándalo salpicó de forma esencial el prestigio de la presidencia,
lo que obligó a Nixon a dimitir el 8 de agosto de 1974. Un día después, Gerald Ford accedía a la presidencia
del país.
Ford nunca pudo superar el déficit de legitimidad que supuso su acceso a la presidencia sin refrendo po-
pular. Tampoco pudo nunca distanciarse lo suficiente de su predecesor como para elevar el prestigio man-
chado de la más alta magistratura del país. De hecho su decisión de exonerar a Nixon de todos los delitos
cometidos estableció una relación de dependencia y complicidad de la que nunca pudo zafarse. En el plano

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internacional Ford asumió la tesis del descompromiso hacia Vietnam, lo que acabó con la guerra en 1975.
La evacuación de la embajada norteamericana en Saigón tuvo el simbolismo de una amarga derrota.
En el plano interno, la política del presidente Ford fue igualmente negativa. Intentó sin éxito una política
de estímulo del consumo y la inversión a través de una rebaja de impuestos a las clases más pudientes, al
mismo tiempo que asumió una línea de lucha contra la inflación y de reducción del gasto público. El resul-
tado fue una enorme tasa de desempleo. A pesar de su baja popularidad, Ford decidió intentar su reelección.
Fue su último fracaso.
Las elecciones de 1976 dieron el triunfo a Jimmy Carter, un semidesconocido candidato demócrata sin
gran predicamento ni presencia entre el “establishment” de Washington. El nuevo presidente adoptó en los
primeros años de su mandato un fuerte tono moralista, no exento de un aire de ingenuidad y de una retórica
vaporosa e inconcreta, y un estilo de proximidad al pueblo con un populismo demagógico. Mostró un reno-
vado interés por las políticas sociales plasmado, especialmente, en la creación del Departamento de Educa-
ción, y de promoción de las minorías raciales. Pero su política de lucha contra la inflación y del estímulo
económico resultó contradictoria y poco efectiva. Igual que su política exterior, enormemente dubitativa. En
América Latina su discurso acerca de la justicia, la democracia y los derechos humanos tuvo dos caras: una,
permitió la caída de la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua y su sustitución por un nuevo gobierno
revolucionario que muy pronto fue monopolizado por el sandinismo antidemocrático; la otra permitió la
consecución de los acuerdos Carter/Torrijos con el gobierno de Panamá, que preveían la cesión al país cen-
troamericano de la plena soberanía del Canal en 1999 a cambio de un compromiso de neutralidad permanen-
te.
A partir de 1977 las posiciones internacionales de la Administración Carter fueron impregnándose de
una mayor rigidez y preocupación por los problemas de seguridad, al ser consciente de que sus decisiones
eran percibidas con frecuencia como expresión de indefinición y debilidad. Pero el cambio llegó tarde y
nunca fue completo. Al revés, todas las contradicciones acumuladas estallaron en 1979 en dos frentes esen-
ciales: Irán y Afganistán. En el primero, la tibieza demostrada hacia el Sha Reza Palhevi se tradujo en un
estímulo para el triunfo de la revolución islámica liderada por Jomeini.
Por otra parte, para buena parte de norteamericanos la invasión soviética de Afganistán fue otra demos-
tración de la debilidad internacional del país y el fracaso de las políticas de reconocimiento y consideración
mantenidas hacia Moscú. La idea de que era necesaria una política de firmeza acabó imponiéndose entre
amplísimas capas de la población. La falta de liderazgo, la confusa y desconcertante política exterior y la
incapacidad para hacer frente a la delicada situación económica del país acabaron con la popularidad de un
presidente que había despertado enormes esperanzas al principio de su mandato.
1.3. Ronald Reagan o el restablecimiento del poder
La campaña electoral se saldó con la elección de Ronald Reagan. Era un presidente de ideas simples pero
muy claras, basadas en los valores más tradicionales del espíritu colectivo norteamericano: creencia en Dios,
en el esfuerzo personal, en la iniciativa privada y en la actitud emprendedora. La Administración Reagan
debió asumir una contradicción que resultó irresoluble: compaginar una perspectiva socioeconómica en la
que el papel del Estado debía reducirse al mínimo posible con una política internacional basada en el rearme
y la hipertrofia de todos los instrumentos de poder del Estado. Esta contradicción hizo que el ideal liberal
que impregnó toda su presidencia no pudiera generar un modelo coherente e integrado.
Tras tomar posesión de su cargo con la noticia de la liberación de los rehenes de la embajada en Irán, que
años después daría lugar al escándalo conocido como “Irangate” tras conocerse que se habían vendido armas
a Irán cuyo beneficio fue utilizado para armar a la contra nicaragüense, los primeros pasos de la Administra-
ción republicana tuvieron un contenido claramente económico. Primero, diseñó una nueva política fiscal
basada en una reducción sustantiva de los impuestos como forma de reactivar la economía y una simultánea,
y también apreciable, disminución de los gastos del gobierno federal. Y, segundo, introdujo una política
monetaria restrictiva que elevó notablemente los tipos de interés y que le permitió atraer una cantidad ingen-
te de inversiones extranjeras que tuvieron un efecto positivo inmediato. Además, su perspectiva netamente
individualista le llevó a privilegiar la actividad empresarial disminuyendo todos aquellos elementos de regu-
lación que a su juicio distorsionaban el libre desarrollo del mercado. Sin embargo, su atípica política inter-
107
nacional le obligó a elevar de forma extraordinaria los gastos militares, con lo que la disminución del gasto
público sólo se pudo realizar de forma muy parcial. De hecho, la política liberal de Reagan no consiguió
alcanzar el principal postulado de esa corriente ideológica que es disminuir el déficit pública ni el déficit
comercial, que al final de su mandato constituían los dos principales desequilibrios de la economía norte-
americana.
Los resultados económicos de la Administración republicana fueron notables, aunque con importantes
sombras en algunos aspectos, como por ejemplo, la existencia de una persistente bolsa de pobreza que rondó
el 14,5% de la población total y una creciente diferenciación social. Tras un pequeño pero importante mo-
mento de ajuste en 1982, la economía norteamericana entró en una fuerte y consistente fase expansiva. De
hecho, su victoria frente al candidato demócrata Walter Mondale fue aplastante.
Los reiterados triunfos conservadores en el Reino Unido y la abrumadora reelección de Reagan demos-
traron que más allá de sus indudables éxitos económicos, la firme política internacional mantenida por am-
bos gobierno había producido una fuerte revitalización de la moral colectiva de sus respectivos ciudadanos.
2. La URSS de Gorbachov y la imposible “tercera NEP”
2.1. La agonía de la ortodoxia y el triunfo de Gorbachov
En noviembre de 1982 moría Leónidas Breznev, el último gran representante de la burocracia del partido
único y de la férrea ortodoxia comunista. Su avanzadísima edad, igual que la de sus principales colaborado-
res, en especial la de su eterno ministro de Asuntos Exteriores, Andrei Gromyco, había generado una imagen
de gobierno gerontocrático que simbolizaba el fuerte anquilosamiento que sufría el régimen soviético. De
hecho, la herencia dejada por Brezhnev no podía calificarse más que de envenenada: una guerra de imposi-
ble victoria en Afganistán; una creciente contestación interna al poder comunista en los países de la Europa
oriental; una situación económica muy delicada que no hacía más que agravarse con el paso de los años, y
una cada vez más evidente parálisis de la maquinaria política y administrativa del país.
La descomposición del régimen había hecho aflorar una significativa y creciente tensión interna dentro
del partido comunista entre un ala liberalizadora y reformista, y un ala inmovilista que consideraba que
cualquier transformación suponía traicionar la ortodoxia comunista. Esta tensión interna es la que explica la
compleja sucesión de Breznev: primero a favor de un reformista pero de muy avanzada edad, Yuri Andro-
pov; y tras su muerte, por un gris representante de la gerontocracia más conservadora del partido, Kostantin
Chernienko.
En 1985 la situación de indefinición política seguía en el mismo punto que tres años antes. Pero ese va-
cío político no hacía más que seguir deteriorando las condiciones socioeconómicas del país. De ahí que la
lucha interna dentro del partido comunista acabara girando definitivamente en favor de los reformistas, que
lograron imponer en la secretaria general a Mijaíl Gorbachov. Ese 11 de marzo comenzaba, aunque nadie
entonces lo sospechara, el principio del fin de la URSS.
Gorbachov era un reformista, no un demócrata. Su pretensión fue modernizar, flexibilizar y liberalizar un
sistema que estaba dando síntomas de clara parálisis, no iniciar ninguna transición del comunismo a la de-
mocracia. Lo que ocurrió es que la crisis del comunismo soviético no era una simple crisis coyuntural sino
que tenía una profunda dimensión estructural: era la crisis del modelo político, económico y social basado
en la planificación centralizada y en la negación del mercado como mecanismo de asignación eficiente de
los recursos.
2.2. El camino de la reforma
La línea reformista de Gorbachov se basó en tres pilares fundamentales: un nuevo pensamiento político
del que derivó una nueva concepción del papel de la URSS en el mundo; una reestructuración de todo el
modelo productivo o perestroika; y una nueva política de transparencia e información o glasnost.
La nueva propuesta ideológica derivaba de la renuncia a seguir manteniendo la ficción de paridad con el
mundo capitalista y, en consecuencia, la aceptación de que el país no podía seguir el ritmo competitivo im-
puesto por EE.UU. La carrera armamentística estaba obligando al país a destinar más de la quinta parte de su
presupuesto a gastos militares. La propuesta del presidente Reagan de poner en marcha una nueva Iniciativa

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Estratégica de Defensa fue el punto culminante de esa política de renuncia a seguir la carrera armamentística
que, en el fondo, suponía aceptar la superioridad competitiva del modelo capitalista. Por eso mismo se revis-
tió con una argumentación que evitara el reconocimiento público de la debilidad de la posición soviética.
La excelente capacidad de comunicación que poseía Gorbachov y su aspecto de hombre relativamente
joven (54 años), aparentemente dialogante, con un nuevo talante y nuevas ideas le permitieron cultivar una
excelente imagen internacional enormemente beneficiosa para sus planes reformistas. El nuevo secretario
general del PCUS ganó indudablemente el favor de la opinión pública mundial, factor con el que pretendía
favorecer los cambios que permitieran mejorar la situación del país. El momento decisivo de esta revisión
conceptual se produjo durante el XXVII Congreso del PCUS celebrado en 1986. La nueva idea de referencia
era la de interdependencia global, es decir, una nueva forma más dinámica de encarar las relaciones interna-
cionales superadora de la tradicional y más estática concepción de la coexistencia pacífica.
Esta idea fue muy bien acogida en Europa Occidental y a pesar de algunas reticencias iniciales, también
en EE.UU., lo que obligó al presidente Reagan a favorecer los contactos con el líder soviético en la búsque-
da de acuerdos concretos. Pero no se puede olvidar que el fin último de esta nueva orientación soviética era
preservar el estatus internacional de la URSS en un momento en el que su capacidad material no se lo permi-
tía.
A mediados de los años 80 la URSS se debatía en una profunda contradicción, pues si bien era una au-
téntica superpotencia política y militar y las estadísticas demostraban que era la segunda potencia industrial
del mundo, el país era un pobre socio comercial y se mostraba incapaz de satisfacer sus necesidades alimen-
ticias y de producir los bienes de consumo necesarios para garantizar un nivel de vida suficiente para su po-
blación.
Esta incapacidad para proporcionar bienestar social impedía al régimen soviético encontrar una nueva
forma de legitimidad que sustituyera en compromiso ideológico de los primeros decenios posrevoluciona-
rios. A medida que esa legitimidad ideológica fue decayendo, y en ausencia de un beneficio material sufi-
ciente, buen parte de la población se situó entre los deseos de cambio político, expresados a través de una
minoritaria disidencia que aunque todavía podía ser fácilmente reprimida no dejaba de manifestar la debili-
dad del sistema vigente, y la aceptación pasiva y resignada que mostraba la mayoría y que se manifestaba en
una profunda desmoralización ciudadana, una situación casi de nihilismo social. Por eso no es extraño que la
primera reforma de la era Gorbachov intentara acabar con las altísimas tasas de alcoholismo existentes en el
país. Esta situación de precariedad moral llegó a su punto máximo con el desastre acaecido en la central nu-
clear ucraniana de Chernóbil el 26 de abril de 1986. Pero más que los daños inmediatos, la explosión evi-
denció tanto en el interior como en el exterior del país la incapacidad de la administración soviética para
mantener niveles mínimos de seguridad en instalaciones de este tipo. Una incapacidad que ponía claramente
de manifiesto el deterioro de todo el sistema productivo.
La necesidad de introducir profundos cambios en el funcionamiento del sistema era, por tanto, evidente.
Reformas que se orientaron en varias direcciones esenciales: la apertura y liberalización de la economía,
incluyendo reformas en las empresas públicas y una ley de cooperativas que introducía la gestión privada en
algunos ámbitos; la asunción de determinados mecanismos de mercado, especialmente instrumentos de
competencia, adecuación de los precios a las leyes de la oferta y la demanda e incentivos a la producción y
al trabajo mediante una política de estímulo salarial a la productividad y la aceptación parcial y limitada de
la propiedad privada.
Estas medidas liberalizadoras mostraron pronto sus limitaciones ya que operaban en un marco institucio-
nal demasiado rígido para que pudieran ser efectivas. Por eso, a partir de 1987 el reformismo se aceleró
asumiendo una nueva orientación más integral tendente a cambiar ese entorno político negativo que le resta-
ba virtualidad. De esta forma, Gorbachov aceptaba que no era posible introducir un mecanismo de liberali-
zación económica sin asumir un cierto grado de liberalización del sistema político, aunque ello significara
admitir ciertos riesgos para el mantenimiento de las estructuras de poder vigentes. Esta orientación daría
lugar a la llamada glasnost.
Las glasnost era un requisito indispensable para que la política de reforma fuera creíble. Se traduce gene-
ralmente por transparencia y supuso la posibilidad de disfrutar de unas condiciones inéditas de libertad en el
109
debate periodístico y académico sobre los problemas del país. La glasnost supuso la aparición de conceptos
hasta entonces desterrados del lenguaje político como libertad individual, libertad de expresión o libertad
religiosa.
Esta nueva era de libertad generó nuevos consensos sociales en torno a la dirección que debía asumir la
salida de la crisis en la que se debatía el país. Como reacción a tantos años de dirigismo totalitario y de in-
tangibilidad de los dogmas de la planificación centralizada, la apertura hizo que el debate político acabara
por desacreditar el modelo seguido hasta entonces, al tiempo que se abría paso el aprecio por las fórmulas
vigentes en ese Occidente aparentemente tan exitoso.
2.3. El derrumbe de la URSS
Aunque la intención de Gorbachov nunca fue la quiebra del Estado, su política reformista abrió una di-
námica imparable de quiebra de todo el sistema socialista en su conjunto, pues acabó deslegitimando e inuti-
lizando a sus dos grandes bases de poder: el partido comunista y el ejército. El primero, clave para mantener
el sistema vigente de dominación política; el segundo, esencial para mantener la unidad y la integridad terri-
torial del país. Sin esos dos grandes soportes de poder, el Estado soviético acabó en una espiral de autodes-
trucción que hizo inviable cualquier medida de reforma. El PIB se desplomó y todo el sistema productivo y
comercial entró en una fase de desorganización completa ya que ni funcionaba el sistema de planificación
centralizada ni éste había sido realmente sustituido por un sistema de mercado. La gravedad de la situación y
el hundimiento de la economía hicieron recaer todas las críticas en Gorbachov y en su política reformista.
Los sectores ultras le acusaron de ser el único culpable del desastre y comenzaron a prepararse para retomar
el poder por la fuerza. Estaba claro que las reformas habían acabado de romper los ya frágiles equilibrios
políticos, sociales, económicos y nacionales en los que se asentaba la URSS.
La debilidad del poder central fomentó la reaparición de irresistibles poderes centrífugos. El reformismo
de Gorbachov fue absolutamente superado por una nueva dinámica rupturista que propició la aparición de
nuevos liderazgos como el ejercido por Boris Yeltsin y que asumieron un nuevo concepto de soberanía na-
cional desconectado del poder soviético. Yeltsin, que había sido expulsado en 1987 del PCUS, fue elegido
en 1990 presidente del Parlamento ruso, lo que le permitió presentarse como representante de una entidad
política todavía no reconocida pera ya existente de hecho como era Rusia. Y lo mismo hicieron los líderes
de otras repúblicas. Lituania fue la primera en declarar unilateralmente su independencia en 1990 aunque
tuvo que ser suspendida temporalmente hasta 1991 por la reacción militar soviética y la ocupación de su
capital, Vilnius.
El punto final del proceso se desarrolló a lo largo de 1991 y tuvo como gran protagonista e impulsor a
Yeltsin. La temida reacción de los ultras acabó estallando en un intento de golpe de Estado el 19 de agosto.
La falta de liderazgo militar y la fuerte reacción contraria del pueblo de Moscú frustraron la intentona gol-
pista y la imagen de un Boris Yeltsin haciendo frente al avance de los tanques acabó por convertirlo en refe-
rencia indiscutible de la nueva situación política. El golpe precipitó los acontecimientos: a principios de di-
ciembre, Ucrania votaba por su independencia y unos días más tarde los nuevos líderes de Rusia, Ucrania y
Bielorrusia acordaban por la declaración de Belovezhskaya Pusha la creación de la Unión de Estados Inde-
pendientes. El día 21, 8 repúblicas más abandonaban la URSS y se sumaban a la nueva entidad creada. Por
su parte, Estonia, Letonia y Moldavia optaron simplemente por su independencia. En la navidad de ese
mismo año un Gorbachov absolutamente aislado e impotente decidió dimitir de todos sus cargos. La bandera
roja fue arriada del Kremlin y sustituida por la nueva bandera rusa. La URSS había dejado oficialmente de
existir.
3. El final de la Guerra Fría
A pesar de sus profundos problemas internos la política soviética de los años 70 había tenido un sorpren-
dente carácter expansivo, sobre todo en África, e, incluso agresivo, con la instalación de los potentes misiles
SS-20 amenazando a los países de la Europa occidental. Esta política había alimentado una doble respuesta:
por una parte, varios gobiernos europeos se mostraron firmes partidarios de continuar con la política de con-
ciliación que tan buenos resultados parecía haber deparado en los primeros años 70; por otra, sectores cada
vez más mayoritarios en EE.UU. y el Reino Unido apostaban por una política de firmeza anticomunista.

110
Esta disyuntiva de fondo se manifestó definitivamente cuando en diciembre de 1979 las tropas soviéticas
traspasaron las fronteras de Afganistán en apoyo del gobierno pro-soviético existente en Kabul.
La tibia respuesta internacional a la guerra de Afganistán, limitada básicamente a un simbólico y poco
efectivo boicot a los Juegos Olímpicos celebrados en verano en Moscú, acabó agrandando esa divergencia
de fondo existente entre Washington, Londres y sus principales aliados europeos, que pensaban que un país
lejano y parcialmente cerrado como Afganistán no merecía poner en riesgo los avances conseguidos en el
ámbito de la seguridad en Europa. Pero la situación en Polonia trastocó definitivamente las líneas generales
del enfrentamiento Este-Oeste.
A comienzos de 1970 el régimen comunista polaco se había enfrentado a una poderosa oposición obrera
que había obligado a la sustitución del duro Gomulka por el tecnócrata Gierek. Nueve años después las pro-
testas resucitaron aunque con un hecho diferencial sustantivo ya que el movimiento obrero se había organi-
zado en un sindicato clandestino llamado Solidaridad. La contradicción no podía ser más evidente y más
lesiva para la legitimidad de un régimen que decía representar la revolución proletaria, pero que era comba-
tido por la mayoría de los trabajadores del país. La importancia de las protestas obligó al gobierno a recono-
cer la existencia del sindicato, lo que le costó el cargo a Gierek. En 1981 el gobierno fue asumido por el ge-
neral Jaruzelski que inició una política de represión que llevó a la cárcel a los principales dirigentes sindica-
les. La sombra de una intervención soviética al estilo de la Hungría de 1956 o de Checoslovaquia de 1968
sobrevoló insistentemente durante todo el período de crisis, lo que pareció dar la razón a quienes como el
presidente Reagan abogaban por una política de firmeza basada en la necesidad de un fuerte rearme que ase-
gurara el restablecimiento de la hegemonía política y militar de los EE.UU.
La llegada de Mijaíl Gorbachov a la secretaria general del PCUS cambió radicalmente la situación. La
formulación del nuevo pensamiento político, la consecuente revisión del papel que la URSS debía desempe-
ñar en el mundo y su apuesta por la cooperación y el consenso obligaron al presidente Reagan a una reorien-
tación parcial de sus posiciones.
Parece indudable que si bien la aceptación de esta nueva línea de negociación tuvo por parte del presi-
dente norteamericano un carácter instrumental, nunca se hubieran alcanzado acuerdos concretos si esa acep-
tación del diálogo no hubiera sido también un objetivo mantenido por Washington. De ahí que tras un en-
cuentro preliminar celebrado en Reikiavik en 1986, los acuerdos comenzaran a sucederse: en diciembre de
1987 se concluyó el Tratado de Washington, que suponía la eliminación verificable de armas nucleares de
corto y medio alcance; al año siguiente, y por iniciativa norteamericana, se iniciaron las negociaciones
STAR para la reducción de armas nucleares estratégicas, que culminaron en julio de 1991 con un acuerdo
firmado por Gorbachov y el nuevo presidente de los EE.UU., el también republicano George Bush; en mar-
zo de 1989 se iniciaron en Viena las conversaciones para la reducción de fuerzas convencionales en Europa,
que finalizaron con el acuerdo de Ottawa de 1990. Entre estas negociaciones, en diciembre de 1988 Gorba-
chov había anunciado en la Asamblea General de las Naciones Unidas una reducción unilateral de efectivos
de sus fuerzas armadas y la retirada de tropas de la Europa oriental. Finalmente, el 15 de febrero del 1989, el
Ejército Rojo se retiró de Afganistán.
Por otra parte, la política soviética de retraimiento había cortado los apoyos económicos y militares a
países que en América, Asia o África habían servido como soporte de su expansión internacional.
Los días 2 y 3 de diciembre de 1989, pocas fechas después de la caída del Muro de Berlín, los líderes de
las dos superpotencias, Bush y Gorbachov, celebraron la Cumbre de Malta en la que se dio por terminada la
Guerra Fría. La declaración final anunciaba solemnemente el inicio de una nueva etapa en las relaciones
internacionales, y el presidente norteamericano se comprometía a ayudar a la nueva URSS a integrarse en la
comunidad internacional.
4. El colapso del Este
Durante el período Breznev el concepto de soberanía limitada había permitido a la URSS intervenir uni-
lateralmente en la Europa del Este para preservar la hegemonía comunista. Sin embargo, esta política de
coacción fue cada vez más contraproducente. Primero, por aumentar las disidencias internas al poder comu-
nista; segundo, por crear cada vez más rechazo en algunos partidos comunistas de la Europa occidental; y,

111
tercero, por coadyuvar a romper con los efectos legitimadores que muchos intelectuales de la izquierda eu-
ropea habían mantenido durante décadas de defensa del comunismo.
Aunque existían numerosos núcleos de oposición cada vez más visibles en la mayoría de las indebida-
mente llamadas “democracias populares”, el caso más significativo se dio en Polonia, ya que al vigor de la
resistencia interna mostrada por los obreros polacos se unía la fuerte proyección internacional de una resis-
tencia en la que el papel de la Iglesia fue decisivo, sobre todo, desde la elección del Papa Juan Pablo II. En
esta situación de manifiesta aunque latente oposición a los regímenes existentes, la política de apertura ini-
ciada por Gorbachov fue entendida como una oportunidad hacia la democracia que no podía desaprovechar-
se. Por eso cuando el propio secretario general del PCUS aseguró que la URSS no iba a intervenir en apoyo
de los gobiernos comunistas de la Europa del Este, las presiones internas derribaron unas estructuras de po-
der que demostraron su extrema fragilidad, lo que sólo puede explicarse por su incapacidad para generar
unas mínimas condiciones de identidad y legitimidad. Pero aunque la caída de estos regímenes fue muy rá-
pida, los diferentes procesos de transición que se iniciaron en 1989 fueron enormemente complejos al asumir
múltiples dimensiones: primero, por las diversas formas en las que cayeron los regímenes comunistas; se-
gundo, porque junto a los procesos de transición política se iniciaron procesos de transición hacia economías
de libre mercado; tercero, el cambio incluyó también elementos culturales y de identidad nacional enorme-
mente conflictivos; y, cuarto, porque también se inició un proceso de inserción internacional nuevo cuya
meta fue la incorporación de muchos de estos países a la Unión Europea.
De forma sintética, se pueden diferenciar tres modelos de ruptura de los regímenes de la Europa del Este.
El primer modelo fue el de transición liderado por la oposición de fuera del régimen. El caso típico fue el
de Polonia, donde la contestación a la política represiva del general Jaruzelski llevó al gobierno a la disyun-
tiva de extremar la represión o aceptar las exigencias del sindicato Solidaridad de ser reconocido oficialmen-
te e iniciar un proceso de transición a la democracia. Jaruzelski consideró que sin el apoyo soviético no era
posible mantener una política efectiva de resistencia, por lo que decidió apostar en abril de 1989 por el
acuerdo, esto es, por aceptar la convocatoria de elecciones generales aun siendo perfectamente consciente de
que el partido comunista no tenía posibilidad alguna de victoria. Las elecciones del mes de junio permitieron
la constitución del primer gobierno no comunista de la Europa del Este.
Este mismo esquema siguió Checoslovaquia, donde el llamado “Foro Cívico” lideró la revuelta contra el
viejo líder comunista Gustav Husak. Igual que sucediera en Polonia, los intentos de contener las demandas
democráticas acabaron tras el fallido intento de reprimir una manifestación estudiantil convocada el 17 de
noviembre. El gobierno comunista se derrumbó de forma inmediata lo que permitió la formación de un go-
bierno presidido por Vaclav Havel. Esta llamada “Revolución de terciopelo” vivió sin embargo su momento
más complejo con las demandas secesionistas de Eslovaquia, que acabaron fracturando el país aunque de
forma pacífica y consensuada. En 1993 se produjo la partición efectiva y el surgimiento de la República
Checa y de Eslovaquia.
El segundo modelo de cambio fue el protagonizado por los sectores reformistas de los propios partidos
comunistas que acabaron por imponerse al sustituir a los viejos representantes de la ortodoxia inmovilista.
Este fue el caso de Hungría, dónde en 1988 los reformistas expulsaron del poder al ultra Janos Kadar dando
lugar a un proceso de transición en tres fases sucesivas: introducción del multipartidismo, disolución o trans-
formación del partido comunista y convocatoria de elecciones libres y democráticas. También fue el caso de
Bulgaria, donde se produjo un golpe interno que apartó del poder a Todor Yivkov y permitió a los reforma-
dores iniciar el proceso de transición. Y con algunas variaciones importantes, también fue el caso de la
RDA, sin duda el más importante, pues abrió la puerta, gracias al inquebrantable empeño del Canciller Kohl,
a la reunificación de Alemania.
El colapso de la RDA se aceleró por la decisión del gobierno húngaro de abrir sus fronteras con Austria,
lo que fue inmediatamente aprovechado por miles de alemanes del Este para huir hacia la RFA a través de
Checoslovaquia, Hungría y Austria. Como en otros sitios, la primera opción del gobierno presidido por Eric
Honnecker fuer recurrir una vez más a la represión, pero las claras y determinantes declaraciones de Gorba-
chov sobre la total inhibición de Moscú y la proliferación de manifestaciones callejeras contra el gobierno
comunista llevaron el triunfo a los sectores reformistas y a la salida de Honnecker del poder. El nuevo go-

112
bierno no pudo contener a una población que llegaba en masa a las inmediaciones del Muro para derribarlo.
El 9 de noviembre caía oficialmente el símbolo más representativo de la Guerra Fría y de la dictadura comu-
nista. A partir de entonces se abrió un proceso acelerado de reunificación que concluyó en octubre de 1990
con la regionalización de la RDA y su incorporación como nuevos Länders al conjunto nacional.
El último en iniciar su proceso de transición fue Albania, país en el que se había desarrollado una de las
dictaduras más peculiares de todo el conjunto. El dominio absoluto que Enver Hoxha había ejercido durante
décadas se tradujo en una situación insostenible de aislamiento y pobreza que hizo que tras la caída del dic-
tador en 1991 una parte importante de la población saliera del país en busca de un futuro mejor.
El último modelo de cambio fue el de transición violente, aunque existieron diferencias sustanciales en-
tre el caso rumano y el yugoslavo. En Rumania el uso de la violencia se explica por el soterrado odio que
despertaba la forma de gobierno paternalista pero férreamente despótica del dictador Ceaucescu, por el ca-
rácter patrimonialista con el que él y su familia ejercieron el poder y por el terror que despertaba su policía
política, la temible Securitate. De ahí que la muchedumbre acabara aplaudiendo un juicio sumarísimo que
sin ninguna garantía legal dictaminó el ajusticiamiento del dictador y el de su mujer, en un proceso de ruptu-
ra violente que acabó por cobrarse alrededor de 2000 víctimas. El caso de Yugoslavia fue distinto pues la
violencia estalló a posteriori motivada por el proceso de descomposición nacional que siguió al derrumbe
del régimen comunista. La primera independencia fue la de Eslovenia en 1991 y fue la única que no desen-
cadenó una guerra abierta. Las siguientes, Croacia en 1991 y Bosnia-Herzegovina y Macedonia en 1992,
acabaron convirtiéndose en violentos conflictos armados.
La descomposición de la Europa del Este transformó ampliamente el mapa geopolítico europeo e intro-
dujo nuevas expectativas de ampliación en la Unión Europea. La nueva Europa se iba a dibujar sobre un
conjunto de 27 países que alteraba por completo los marcos institucionales y funcionales por los que trans-
curría el proceso de integración. Y la ampliación conllevó necesariamente introducir nuevos y complejos
factores de heterogeneidad, pues los países del Este presentaban unos niveles de desarrollo muy diferentes y
varios de ellos también unas prácticas democráticas muy deficitarias. Ello obligó a partir de 1989 a la puesta
en marcha de cuantiosos programas de ayuda para la transición encaminados a facilitar los procesos de ad-
hesión.
5. La revolución del proceso de integración europea y el estímulo a la modernización de España y Por-
tugal
La incorporación en 1972 del Reino Unido, Irlanda y Dinamarca a las Comunidades Europeas había
permitido una cierta profundización en los instrumentos de integración expresada en medidas como la elec-
ción por sufragio universal directo de los miembros del Parlamento Europeo, la creación de una presidencia
del Consejo Europeo rotatoria y la reducción de los márgenes de fluctuación de las monedas de los países
miembros como primer paso para la creación de un Sistema Monetario Europeo. Además, a lo largo de los
años setenta se adoptaron otras decisiones destacadas como el principio de Cooperación Política Europea
(un mecanismo de coordinación de las políticas exteriores, en determinados ámbitos, de los Estados) y el
Fondo Europeo de Desarrollo Regional (para transferir recursos para infraestructuras e inversión productiva
a las regiones más pobres).
En los años 80 la Comunidad acometió una nueva ampliación con la incorporación de Grecia (1981),
Portugal y España (1986). La nueva Europa de los Doce se enfrentó sin embargo a una dinámica contradic-
toria: por un lado, la fuerte apuesta integracionista mantenida por líderes como Helmut Kolh, François Mite-
rrand o Felipe González; por otro, las enormes resistencias mostradas por el gobierno de Margaret Thatcher
cuya influencia generó un incipiente proceso de renacionalización y de salvaguardia de los intereses nacio-
nales, cuyo ejemplo más notable fue el llamado cheque británico (aceptación obligada de una notable reduc-
ción de las aportaciones que este país realizaba al presupuesto comunitario).
Esta dinámica contradictoria acabó consolidándose tras la firma del Acta Única Europea, el nuevo acuer-
do de 1986 que marcó el impulso definitivo hacia la creación del mercado único a través de un proceso de
convergencia normativa imprescindible para armonizar las legislaciones nacionales en varios ámbitos fun-
damentales, incluyendo algunos aspectos de cohesión social. El Reino Unido se negó sistemáticamente a
aceptar la ampliación de la regulación comunitaria a los derechos laborales y sociales, lo que obligó a adop-
113
tar una solución de compromiso basada en la aceptación de posiciones de exención en determinados ámbi-
tos, lo que si por una parte se consideró que podría permitir que determinados países pudieran progresar en
la comunitarización de ciertas políticas, en realidad, abrió una tendencia de avance a distintas velocidades
potencialmente negativo para la cohesión y homogeneidad internas del espacio comunitario.
La acelerada descomposición de la URSS y de los regímenes comunistas de la Europa del Este y la
reunificación de Alemania transformaron por completo el equilibrio geopolítico y geoeconómico de Europa.
La respuesta comunitaria fue un nuevo impulso integracionista cuyo instrumento jurídico más relevante fue
el Tratado de la Unión Europea (TUE) firmado en 1992.
La apuesta esencial de lo acordado en Maastricht fue superar de forma explícita el objetivo económico
del proceso para adoptar una vertiente más netamente política. Aparecía oficialmente el término Unión Eu-
ropea, aunque sin personalidad jurídica propia y se establecía un nuevo esquema basado en tres pilares dis-
tintos. El primero, de naturaleza supranacional, englobaba el conjunto de políticas e instituciones de la Co-
munidad Europea y todo lo relativo a las tres fases que debían conducir a la Unión Económica y Monetaria:
el cumplimiento de unos criterios de convergencia de las grandes magnitudes macroeconómicas, el estable-
cimiento de un Banco Central Europeo encargado de la política monetaria y la sustitución progresiva de las
monedas nacionales por una nueva moneda común: el euro. 11 países (España, Portugal, Italia, Bélgica, Paí-
ses Bajos, Luxemburgo, Francia, Alemania, Austria, Irlanda y Finlandia) alcanzaron este objetivo, mientras
que Grecia fue en principio rechazada para ser reincorporada en 2001. El Reino Unido y Suecia quedaron
fuera por decisión propia, y Dinamarca por la negativa de sus ciudadanos a ratificar el paso a la moneda úni-
ca.
Los dos pilares restantes siguieron anclados en el ámbito de la intergubernamentalidad, por lo que el
avance integracionista fue muy limitado. A pesar de su nombre, la Política Exterior y de Seguridad Común
solamente articulaba algunos mecanismos que permitían a los países miembros la posibilidad de establecer
determinadas acciones y fijar posiciones comunes. El pilar relativo a Asuntos de Justicia e Interior (AJI) era
más novedoso.
El Tratado de la Unión Europea introdujo otros 2 conceptos importantes. Uno, el de ciudadanía europea,
extendía a los ciudadanos europeos residentes en otro país de la Unión el derecho de voto en las elecciones
locales y europeas. El segundo, más fundamental, era el de subsidiariedad y se refería a la distribución de
competencias entre la UE y los Estados. Finalmente el TUE reforzó los mecanismos de cohesión regional
creando un Fondo de Cohesión que debía proporcionar ayuda financiera a los países con un PIB inferior al
90% de la media comunitaria. Los cuatro países receptores del nuevo fondo fueron España, Irlanda, Portugal
y Grecia. En lo que no se avanzó nada fue en materia social, aspecto que quedó relegado a un simple anexo
final sin fuerza jurídica vinculante.
A pesar de los avances de un desbordado optimismo oficial, el Tratado de Maastricht encontró fuertes re-
ticencias ciudadanas para su ratificación. De hecho, en Dinamarca obtuvo un resultado negativo y sólo la
aceptación de una cláusula general de exclusión relativa a la tercera fase de la Unión Económica y Moneta-
ria y a los asuntos de defensa permitió su aprobación tras la convocatoria de un segundo referéndum. El epi-
sodio fue significativo pues demostró las carencias y contradicciones por las que atravesaba el proceso. En
primer lugar, la pugna entre las urgencias coyunturales por absorber a nuevos miembros y las necesidades
estructurales derivadas de una obligada profundización en la integración para encontrar un marco institucio-
nal eficiente que permitiese racionalizar los procedimientos formales y los instrumentos de toma de decisio-
nes. En segundo término, la imposibilidad demostrada para ofrecer a los ciudadanos un esquema atractivo,
comprensible, transparente y participativo. El resultado fue una incoherente sucesión de tratados y proyectos
que lejos de ofrecer estabilidad sumió a la Unión en una evidente crisis de identidad, eficacia y estabilidad.
Sin embargo, y a pesar de todos sus problemas, la UE resultó crucial durante los años 80 y 90 para el
progreso acelerado de sus miembros menos desarrollados: Irlanda, España, Portugal, y en mucha menor me-
dida y con amplios matices, Grecia. El caso más sobresaliente es el de los dos países ibéricos, que supieron
combinar de forma altamente satisfactoria los recursos procedentes de la UE con unas acertadas políticas de
ajuste y modernización que permitieron a ambos países dar un salto decisivo en su desarrollo.

114
En Portugal, el gran protagonista político fue desde 1985 y hasta 1995 el líder conservador Aníbal Cava-
co Silva. Tras dos primeros años de mandato limitado dada su dependencia parlamentaria del Partido Reno-
vador Democrático, en 1987 consiguió para su partido la primera mayoría absoluta, lo que le permitió im-
plementar un amplio programa de reformas liberalizadoras y privatizadoras cuyo fin fue acabar con la rémo-
ra de un Estado excesivamente paternalista, sobredimensionado y enormemente ineficiente. Para ello tuvo
que afrontar una segunda reforma constitucional que acabara con ciertos vestigios revolucionarios y, en es-
pecial, con ese desiderátum de construcción de una sociedad socialista que todavía pervivía y su sustitución
por un modelo de economía de libre mercado en el ámbito de un Estado social y de derecho homologable a
cualquier Estado de la Europa occidental. El indudable éxito de las políticas de Cavaco Silva le permitió
disfrutar de una segunda mayoría absoluta en las elecciones de 1991. En 1995 renunció a ser el candidato de
su partido a las elecciones legislativas y un año después perdió las presidenciales frente al socialista Jorge
Sampaio. A pesar de sus indudables contradicciones y limitaciones, Portugal experimentó un acelerado
desarrolló.
Una conclusión muy parecida se puede aplicar a España, aunque en este caso, el gran protagonista políti-
co fue el líder socialista Felipe González, también el primero en alcanzar en 1982 una mayoría absoluta tras
la implantación de la democracia. González asumió un difícil programa de ajuste cuyas expresiones más
duras fueron el profundo proceso de reconversión industrial que tuvo que afrontar a pesar de ser plenamente
consciente del enorme coste social que representaba para su liderazgo político, y los planes de flexibiliza-
ción del mercado de trabajo, que le valieron dos huelgas generales por parte de los sindicatos. Igualmente
tuvo que convencer a su partido y a los votantes socialistas de la necesidad de ratificar la permanencia de
España en la Alianza Atlántica. Los gobiernos del presidente González fueron decisivos para la extensión
del Estado del Bienestar en España, especialmente en los ámbitos de la educación, la sanidad y la seguridad
social. Sin duda, su principal debilidad fue la incapacidad para atajar los casos de corrupción que empezaron
a aflorar en una España en crecimiento. Pero es indudable que el salto al desarrollo experimentado por el
país fue extraordinario a pesar, como en el caso luso, de evidentes limitaciones y debilidades, especialmente
la incapacidad para afrontar con éxito el endémico problema del desempleo. Ese salto cualitativo se reflejó
en una nueva imagen internacional que no sólo homologó al país con el resto de países desarrollados y de-
mocráticos de su entorno, sino que le permitió ejercer una presencia y una influencia regional e internacional
crecientes.
En definitiva, la europeización de los países peninsulares fue ampliamente exitosa, lo que permitió a am-
bos una desconocida capacidad para abandonar posiciones periféricas y reubicarse dentro de una Europa en
plena redefinición geopolítica y geoeconómica.

115
Tema 13. Heterogeneidad, conflicto y ruptura: una mirada al Sur
1. Sur o Tercer Mundo, algo más que un problema conceptual
El concepto “Tercer Mundo” fue utilizado por primera vez en los años 50 para referirse al espacio políti-
co conformado por aquellos países que dentro de la dinámica de la Guerra Fría no pertenecían ni al mundo
capitalista ni al mundo comunista, y que representaba como característica común su situación de subdesarro-
llo. A pesar de su popularidad y de su gran fuerza expresiva este concepto era demasiado amplio e impreci-
so, de ahí que al hilo del avance de nuevas teorías sobre el desarrollo perdiera protagonismo en favor de otro
que expresaba mejor la realidad de una bipolaridad más profunda y estructural que la que enfrentaba al Este
con el Oeste: era el conflicto Norte/Sur.
La base teórica del concepto enlazaba con las teorías de la dependencia según las cuales el desarrollo ca-
pitalista no era neutro sino que conformaba una realidad dual que se alimentaba recíprocamente. En otras
palabras, el capitalismo creaba un centro desarrollado (el Norte) que se alimentaba de una periferia subdesa-
rrollada (el Sur) a la que imponía unas condiciones de explotación y dependencia que perpetuaban su situa-
ción de pobreza. Por tanto no cabían más que dos soluciones: una radical pero inviable, que pretendía la des-
conexión con ese Norte capitalista para conformar una vía de relación Sur-Sur horizontal e igualitaria; la
otra, reformista, se orientó a introducir cambios en la economía internacional con el fin de mejorar los ingre-
sos de los países del Sur. Esta línea se concretó en varios programas de estabilización de los precios de de-
terminados productos agrícolas y minerales que evitaran las oscilaciones que se producían en los mercados
mundiales de productos primarios, base esencial y en muchos casos única de sus exportaciones. También se
introdujeron instrumentos de reducción preferencial y unilateral de derechos aduaneros.
El momento culminante de esta política reivindicativa fueron las resoluciones aprobadas por la Asamblea
General de las Naciones Unidas en diciembre de 1974 sobre un nuevo orden económico internacional más
participativo y equitativo. Los principios básicos de estas resoluciones se resumían en 4 grandes apartados.
En primer lugar, la soberanía e independencia de los Estados, esto es, la libertad de cada país para adoptar el
sistema político, social, y económico que considerara conveniente, y la soberanía económica, es decir, la
plena disponibilidad sobre sus recursos naturales, sobre sus actividades económicas y sobre todo las activi-
dades que las empresas transnacionales realizaran en su territorio. En segundo término, la transformación
estructural de los intercambios comerciales internacionales con la introducción de un tratamiento preferen-
cial y no recíproco para los productos de exportación de los países del Sur y la adopción de instrumentos que
les permitiera disfrutar de condiciones favorables para su acceso a la ciencia y a la tecnología modernas, y
seguridad en las transferencias financieras internacionales. En tercer lugar, un aumento de las actividades de
asistencia al desarrollo no condicionadas por razones políticas o militares. Y, por último, mejorar sus condi-
ciones de participación en las relaciones económicas internacionales aumentando su cuota de poder en los
principales foros de decisión de la economía mundial.
Para los países del Norte las condiciones existentes distaban mucho de ser estructuralmente tan injustas.
En su opinión las causas del subdesarrollo tenían un origen esencialmente interno, por lo que sólo aceptaron
introducir algunas modificaciones parciales en las relaciones comerciales internacionales y aumentar sus
contribuciones de cooperación para el desarrollo.
Con todo, el problema esencial fue que el equilibro Norte/Sur era para los países avanzados un objetivo
secundario, pues aunque la crisis de los precios del crudo les hizo conscientes de su vulnerabilidad relativa,
sus preocupaciones esenciales se dirigían a gestionar las nuevas relaciones de interdependencia existentes en
el mundo desarrollado y definir las nuevas relaciones de poder resultantes de las mismas.
La definitiva recuperación económica de los países europeos, el ascenso de Japón a la condición de gran
potencia económica y la pérdida relativa de peso de EE.UU. en la economía mundial habían transformado
los equilibrios de poder existentes entre los países avanzados, al mismo tiempo que estaban haciendo más
complejas las relaciones internacionales ya que esas nuevas condiciones de interdependencia habían creado
nuevos problemas económicos, tecnológicos, sociales o ecológicos.
En resume, el problema básico fue la aparición de dos formas muy distintas de percibir y encarar el futu-
ro de la economía internacional. Para los países avanzados la fórmula era progresar en la interdependencia y
116
la integración de la economía internacional, mientras que los del Sur partían de la idea de dependencia y, en
consecuencia, su objetivo era la transformación de una estructura capitalista que consideraban injusta y pola-
rizadora. Para muchos países desarrollados esta insistencia en los factores puramente externos tenía un único
fin legitimador de los regímenes dictatoriales y de partido único que habían aflorado en muchos países del
Sur, por lo que desde su punto de vista no cabía posibilidad de desarrollo sin una profunda transformación
política en dirección a la democracia, lo que para el Sur era una demostración de injerencia neocolonial.
En todo caso, el fracaso de sus propuestas demostró la fragilidad del Sur como actor internacional defi-
nido y su incapacidad para mantener condiciones de presión suficientes para alcanzar objetivos comunes.
La diversidad de caminos y el diferente éxito obtenido por cada experiencia desarrollista demostró que
no era cierta esa idea de que el sistema económico internacional imponía una dinámica de dependencia im-
posible de modificar. La dependencia no era, por tanto, una característica inherente a la estructura de un
sistema subdesarrollado, y la marginalidad el resultado obligado de la forma en la que dicho sistema opera-
ba. En conclusión, aunque el Sur dejó de ser una realidad tangible, continuó siendo un concepto de gran con-
tenido simbólico y de gran fuerza en la conformación ideológica desde la que millones de personas veían y
comprendían la realidad del mundo.
2. El cambio de modelo de desarrollo de América Latina
América Latina había conseguido esquivar el efecto negativo de la crisis de 1973 manteniendo hasta fi-
nales de la década un crecimiento sostenido basado en el modelo de sustitución de importaciones implantado
30 años antes. Pero ese crecimiento tuvo una base frágil ya que se mantenía gracias a la financiación exter-
na, es decir, gracias al recurso de la deuda. El aumento del precio del petróleo había inundado de petrodóla-
res la banca internacional, por lo que las posibilidades de crédito parecieron ilimitadas.
Todo cambió cuando la Administración Reagan decidió elevar los tipos de interés con el fin de captar fi-
nanciación internacional. De forma súbita, el servicio de la deuda alcanzó proporciones extraordinarias, lo
que llevó a la mayoría de economías latinoamericanas al borde de la bancarrota. La crisis de la deuda puso
de manifiesto las carencias del modelo de desarrollo seguido hasta entonces, y todas las contradicciones pre-
sentes en un subcontinente que seguía presentando rasgos estructurales propios del subdesarrollo.
En efecto, el desarrollo conseguido entre los años 50 y 70 fue un desarrollo parcial que apenas tuvo efec-
to redistributivo. Transformó el diminuto núcleo que conformaba la élite dirigente tradicional, pero fracasó
estrepitosamente a la hora de crear sociedades estables de amplias clases medias y étnicamente inclusivas. El
desarrollo fue capitalizado por la población blanca y mestiza, los negros y mulatos siguieron constituyendo
el grueso de la población pobre mientras que los indios no dejaron de ser en ningún momento esa población
excluida e invisible que tradicionalmente había sido. De hecho, el mapa del desarrollo de América Latina
coincidía básicamente con la estructura racial de la población.
A pesar de todo, ese desarrollo fue suficiente para generar procesos sociales de cambio que al no encon-
trar salidas adecuadas acabaron añadiéndose al cúmulo de problemas sociales que sufría la región. Por ejem-
plo, las migraciones internas del campo a la ciudad no alimentaron con mano de obra el desarrollo de la in-
dustria y los servicios, más bien crearon una doble situación de pobreza: la de un mundo rural crecientemen-
te abandonado y depauperado y la de unos conglomerados urbanos con impotentes masas de marginados
sin presente ni futuro, que originaron situaciones insostenibles de delincuencia y violencia tanto individual
como organizada. O, también, el imparable aumento demográfico, que contribuyó a aumentar los desequili-
brios existentes ya que crearon sociedades muy jóvenes incapaces de encontrar salidas laborales suficientes.
En definitiva, el crecimiento económico había sido significativo pero ni había reducido de forma impor-
tante el porcentaje de población que vivía en la pobreza ni había mejorado significativamente la redistribu-
ción de la renta, por lo que las apuestas ideológicas de signo revolucionario siguieron encontrando fuerte
predicamento entre las masas.
La antítesis reacción/revolución dio lugar a una fuerte inestabilidad política y a una sucesión permanente
de golpes de Estado que asentaron radicalmente la tradicional disposición de los militares a intervenir como
actores políticos. Pero mientras que en los años 50 y 60 esa función política había basculado ideológicamen-
te entre la derecha y la izquierda, lo característico de la década de los 70 fue el surgimiento de regímenes
117
autoritarios extraordinariamente duros cuyo objetivo básico fue acabar con las corrientes revolucionarias que
anidaron en la mayoría de países latinoamericanos. Todos los golpes de Estado liderados por los militares
durante los años 70 siguieron este esquema básico: Bolivia (1971), Chile y Uruguay (1973), Perú (1975),
Argentina y Ecuador (1976), a los que habría que sumar la continuidad de la dictadura brasileña establecida
tras el golpe de 1964 y la del general Stroessner en Paraguay. Todos ellos ensayaron también un modelo de
desarrollismo autoritario de éxito muy desigual, pues mientras en Brasil y sobre todo en Chile los resultados
fueron apreciables, en el resto de países no lo fueron en absoluto, destacando el caso de Argentina.
El endurecimiento de los regímenes políticos latinoamericanos se propagó a todos los países. La revolu-
ción institucionalizada mexicana se hizo cada vez más dura e ineficaz, escondiendo esa ineficacia con un
frenético endeudamiento externo que amenazó la estabilidad financiera del país.
A finales de los 70 el modelo de desarrollo por sustitución de importación entró en crisis, lo que obligó a
las economías latinoamericanas a introducir fuertes medidas de ajuste y una nueva orientación estratégica.
La fortísima recesión que recorrió el subcontinente latinoamericano fue en gran medida consecuencia, al
mismo tiempo que causa, de la enorme deuda externa en la que incurrieron la mayoría de países de la región.
A principios de la década de los 80 Brasil alcanzó un tope de deuda de 65.000 millones de dólares, México
de más de 55.000, Argentina de 24.000 y Venezuela de 15.000. Este disparate financiero obligó a restringir
las importaciones y a orientar las economías hacia el exterior con el fin de obtener recursos suficientes para
acometer las cargas financieras de la deuda, mientras que los enormes déficits de las balanzas de pagos obli-
garon a devaluaciones de moneda que agravaron los problemas de inflación y empobrecieron aún más a la
población. También se establecieron potentes programas de reducción de los déficits públicos, que llevaron
consigo amplias privatizaciones de empresas públicas con resultados desiguales, ya que si por un lado ayu-
daron a consolidar presupuestos más equilibrados, por otro estimularon una corrupción siempre presente en
los Estados.
En definitiva, las políticas de ajuste y el cambio de modelo de desarrollo establecido en los años 80 tu-
vieron una muy negativa repercusión social a corto plazo, aunque a medio y largo plazo resultaron impres-
cindibles para asegurar una mínima estabilidad económica en la región. Pero lo más importante es que ayu-
daron a transformar las mentalidades y la cultura política y económica. Esto permitió un importante proceso
de transición política que a lo largo de los años 80 reinstauró la democracia.
Las transiciones latinoamericanas contaron ahora con el apoyo de los EE.UU., el mismo país que veinte
años antes había favorecido buena parte de las soluciones autoritarias basándose en la doctrina de la seguri-
dad nacional, según la cual había que apoyar el establecimiento de regímenes barrera frente a una expansión
comunista que, desde su perspectiva, ya había establecido el castrismo como punta de lanza de penetración
en el continente. La zona que más sufrió esta evolución fue Centroamérica.
La justificación de tal ayuda se inscribió en el contexto de la Guerra Fría, pues para la Administración
Reagan el sandinismo no era más que un instrumento del comunismo soviético para llegar a las puertas de
Norteamérica. Otras visiones, como la mantenida por el presidente español Felipe González, insistieron en
que el conflicto centroamericano tenía un fundamento social basado en la insostenible situación de pobreza
y explotación en la que vivían millones de personas. EE.UU. tampoco renunció a seguir interviniendo direc-
tamente en América Latina, aunque el número de operaciones fue ya limitado: Granada (1983) y Panamá
(1989).
La emergencia pública de los cárteles del narcotráfico en Colombia y su cada vez más estrecha relación
con las guerrillas revolucionarias surgidas en los años 60, en espacial las FARC, sumieron al país en una
estado de guerra civil latente. En los años 80 el nivel de violencia alcanzó cotas extraordinarias, al tiempo
que la capacidad económica de las mafias de la droga les permitió penetrar en todos los ámbitos de la vida
pública, creando un sistema de corrupción sistemática y generalizada que amenazó, incluso, la viabilidad del
propio Estado colombiano.
Un último factor importante de la crisis fue que sirvió de estímulo para las propuestas de integración re-
gional. Pero fue un proceso complejo, lleno de proyectos de alcance limitado. Las grandes rivalidades na-
cionales y la incapacidad de las élites dirigentes para definir un proyecto coherente y articulado restaron
posibilidades de éxito a las fórmulas integracionistas ensayadas.
118
3. El Asia dual: del dinamismo de los “dragones” a las persistentes masas de miseria
A lo largo del siglo XX la historia de Asia estuvo marcada por cuatro factores esenciales: la expansión
del comunismo, la persistencia de la pobreza en amplias zonas del continente, la extensión del autoritarismo
político y, la fuerza expansiva del modelo de desarrollo capitalista japonés, que dio lugar durante los años 70
y 80 a un proceso de desarrollo regional muy llamativo que situó a muchos países del área en el ámbito pro-
pio del mundo desarrollado. La influencia del capitalismo nipón hizo que mucho de los regímenes de la zona
tendieran a sustituir la rigidez ideológica por un nuevo pragmatismo orientado a la creación de un capitalis-
mo de Estado que, sin renunciar al autoritarismo político, permitiera mejora la situación económica de estos
países. La excepción a esta tendencia general la constituyó Corea del Norte, donde la brutal dictadura perso-
nal de Kim Il Sung mantuvo al país en unas condiciones de aislamiento y pobreza extremas.
El ejemplo básico de esta evolución fue China. La década de los 70 estuvo marcada por dos factores
esenciales: por un lado, el recuerdo amargo de la llamada Revolución Cultural emprendida en los años 60 y
cuyo resultado había sido un completo fracaso; por otro, la muerte de Mao ZeDong y el declive casi instan-
táneo del maoísmo como doctrina política. En septiembre de 1976 murió el llamado “Gran Timonel”, lo que
originó una dura lucha por el poder entre el grupo de los Cuatro y los sectores más pragmáticos que querían
establecer una estructura política fuerte pero flexible que permitiera emprender al país una verdadera mo-
dernización económica. Tras la muerte de Mao, el poder pasó a manos de Hua Guofeng, un gris dirigente del
partido que apenas contaba con apoyos por lo que fue incapaz de frenar el ascenso de Den Xiaoping, verda-
dero líder de esa línea pragmática que acabó por triunfar y artífice esencial del cambio de rumbo emprendi-
do por el gigante asiático a través de las conocidas como cuatro modernizaciones: la económica, la agrícola,
la científica y tecnológica y la de la defensa nacional.
Tres fueron las principales reformas: primero, la sustitución de los programas de industrialización basa-
dos en el desarrollo de la industria pesada y en las grandes infraestructuras por planes de estímulo de la pe-
queña industria de bienes de consumo; segundo, permitir que los excedentes de producción agrícola pudie-
ran ser comercializados por los campesinos directamente en el mercado; y, tercero, introducir el principio de
autonomía en la gestión de las empresas públicas, que después de pagar una cuota al Estado podían reinver-
tir sus beneficios en su propio desarrollo. En definitiva, la reforma se encaminó a introducir mecanismos de
mercado y de propiedad privada en la gestión económica, limitando la intervención centralizada del Estado.
Las reformas estimularon el crecimiento económico, mejoraron notablemente el sistema de rentas de los
campesinos y permitieron a los ciudadanos aumentar significativamente su nivel de vida. Para asegurar el
crecimiento las autoridades chinas asumieron una política antinatalista dura basada en la política del hijo
único, que limitó la descendencia a un solo hijo salvo para las minorías étnicas, para quienes no existía limi-
tación alguna.
La liberalización de la economía y la apertura al exterior se completaron con un proceso de restauración
nacional basado en la devolución de los enclaves que todavía continuaban sometidos a dominación colonial.
En diciembre de 1984 China llegó a un acuerdo con Gran Bretaña para la restitución completa de Hong
Kong en 1997 con el compromiso de mantenimiento del sistema político, económico y social de la isla. Me-
ses después el acuerdo se cerró con Portugal para la devolución de Macao en 1999. La fórmula de devolu-
ción dio origen al lema “un país, dos sistemas”, que hacía referencia a la posibilidad de compaginar una es-
tructura política comunista con una estructura económica de tipo capitalista y de respeto de las libertades
individuales, que a nadie escapaba tenía como designio final convencer a Taiwán de su reingreso a la sobe-
ranía política china.
El desarrollo y la liberalización política animaron la aparición de sectores de oposición democrática es-
pecialmente entre los estudiantes, que protagonizaron en 1989 una gran manifestación a favor de la demo-
cracia y los derechos humanos en el centro de Beijing, en la plaza de Tiannanmen, violentamente reprimida
por el ejército. El número real de muertos es una incógnita. Políticamente, la matanza de Tiannanmen produ-
jo un fuerte reflujo conservador en el núcleo de poder del partido comunista que obligó a Den Xiaoping a
asumir personalmente la defensa de la política de reforma económica que se había visto gravemente amena-
zada por la revuelta estudiantil. El partido comunista logró frenar las demandas democratizadoras pero a

119
costa de un desprestigio internacional absoluto, sólo matizado por los intereses que suscitaba su condición
de enorme mercado potencial.
Un proceso parecido al chino aunque más tardío y de mucha menor intensidad lo protagonizó Vietnam.
Tras el triunfo definitivo de Ho Chi Minh en 1975 el país sufrió un violento espasmo de integrismo ideoló-
gico que le llevó a intervenir en 1978 en Camboya contra el gobierno de Pol Pot y los pro-chinos jemeres
rojos. La intervención vietnamita se prolongó hasta 1989, momento en el que el fin del apoyo soviético
aconsejó al gobierno retirarse del país vecino, que pudo iniciar un lento proceso de normalización culminado
en 1993 con la restauración de la monarquía.
La salida de Camboya puso fin a 43 años ininterrumpidos de guerra, y con la paz llegó la hora del prag-
matismo. El gobierno de Hanói decidió emprender una lenta vía de apertura y liberalización económica que
desde finales de los años 90 propició un cierto crecimiento económico, aunque siempre relativo dada la si-
tuación de partida de completa destrucción del país. Con todo, la evolución de Vietnam fue seguida por
Camboya.
El caso de Indochina resulta especialmente llamativo en términos históricos. Francia mantuvo una brutal
guerra colonial cuyo único resultado real fue crear una respuesta nacionalista poderosa que obligó al país
europeo a retirarse de forma precipitada. EE.UU. se empantanó en una guerra con el objetivo de impedir la
extensión del comunismo, y el resultado del conflicto fue la aparición de regímenes comunistas en todos los
Estados de la zona.
Los procesos de apertura económica emprendidos por varios países asiáticos se vieron enormemente in-
fluidos por la fuerza centrífuga e integradora que desde los años 70 tuvo el capitalismo japonés, motor de
desarrollo regional que permitió la eclosión de los llamados dragones asiáticos y la conformación de un mo-
delo de desarrollo peculiar y exitoso que incluyó a países como Singapur, Hong Kong, Taiwán, Corea del
Sur, Malasia, Tailandia e Indonesia.
La crisis de 1973 demostró la extraordinaria dependencia energética japonesa, lo que repercutió en una
fuerte contracción de los altísimos niveles de crecimiento económicos experimentados en los años 60, y que
habían superado el 10% anual. Con todo, en los siguientes años el producto interior bruto continuó creciendo
a una media anual del 3,6% lo que permitió al país asiático convertirse en la tercera economía del mundo
sólo por detrás de EE.UU. y de la URSS. El milagro japonés se basó en un modelo de producción de alta
tecnología y alto valor añadido orientado a la exportación, lo que le permitió acumular grandes superávits
comerciales que convirtieron a Japón en un potente inversor internacional.
Esta capacidad expansiva del capitalismo japonés le permitió actuar durante los años 70 y 80 como lo-
comotora de crecimiento de la región Asia-Pacífico, y como factor de emulación para un buen número de
países. Los aspectos esenciales de este modelo fueron los siguientes. Primero, una gran capacidad de ahorro
y una fácil conversión de ese ahorro en inversión productiva. Segundo, la existencia de una mano de obra
especializada y muy cualificada, lo que indicaba la enorme mejoría experimentada por los índices educati-
vos, y que permitió una gran productividad sin exagerados costes laborales, lo que unido a una eficiente or-
ganización del trabajo generó economías muy competitivas. En tercer lugar, una estructura financiero-
empresarial fuertemente interrelacionada e interdependiente, capaz de mantener elevados niveles de liquidez
y solvencia empresariales a través de la articulación de enormes conglomerados oligopólicos. Un cuarto
aspecto relevante fue el incremento constante y rápido de la renta per cápita, lo que además de indicar una
aceptable socialización del crecimiento, permitió la extensión de los mercados interiores que muy pronto
pasaron a consumir un porcentaje importante de su propia producción. En quinto lugar, la fuerte inversión en
investigación, desarrollo e innovación, que permitió un desarrollo tecnológico sin precedentes que aplicado
a la industria se convirtió en un instrumento de competitividad esencial para garantizar la fácil introducción
de las producciones asiáticas en los mercados mundiales. Un sexto factor a considerar fue el enorme incre-
mento de los intercambios regionales que a inicios de los años 90 se habían más que duplicado con respecto
al de 20 años antes, representando ya aproximadamente un 7,6% de todo el comercio mundial, un nivel muy
parecido al que en esos mismos años representaba el comercio entre EE.UU. y Europa occidental. Y, por
último, un sistema de economía libre de mercado pero con una presencia fuerte del Estado que asumió no

120
sólo el papel de agente dinamizador de la economía, sino también el de intermediario entre todos los secto-
res económicos nacionales.
Estos componentes permitieron a estos países obtener altos niveles de crecimiento, que hizo que varios
de ellos alcanzaran y aún superaran a muchos países considerados avanzados.
El modelo de los dragones asiáticos se basó en un Estado eficiente en términos económicos, pero no
siempre democrático en términos políticos. Asumieron esa forma Japón y Hong Kong, mientras que en otros
casos la democracia se alternó con fases autoritarias para conformar modelos políticos más autoritarios que
democráticos como fue el caso de Corea del Sur.
Frente al dinamismo de los dragones asiáticos, Asia meridional continuó presentando bajos índices de
desarrollo y altos índices de conflictividad e inestabilidad política. Resulta curioso comprobar cómo el país
que más personas identificarían con el pacifismo, la India, ha vivido casi en una guerra permanente durante
los 30 años posteriores a su independencia: guerras indo-pakistaníes de 1948-1949 y 1965-1966, guerra con-
tra China en 1962, y nuevo enfrentamiento con Pakistán en 1971-1972. El resultado de este último conflicto,
militarmente favorable al ejército indio, fue una nueva fragmentación territorial con el surgimiento de un
nuevo país: Bangladesh, un paupérrimo Estado de más de 75 millones de personas. Los conflictos fronteri-
zos en la región de Cachemira obligaron tanto a India como a Pakistán a un exorbitado gasto militar, dando
lugar a la aparente paradoja de que dos Estados nuclearizados presentaban tasas de pobreza extraordinaria-
mente altas.
Los problemas territoriales expresaban en realidad la extremada complejidad social y religiosa de la In-
dia. El hinduismo, aunque mayoritario, seguía conviviendo con otras religiones importantes: musulmanes,
cristianos, sijs y budistas. Pero lo esencial es que muchas de estas minorías se concentraban territorialmente,
articulando respuestas independentistas al centralismo hindú que derivaron en importantes manifestaciones
terroristas: la presidenta Indira Gandhi fue asesinada por terroristas sijs en 1984 e igual suerte corrió su hijo
Rajiv Gandhi en 1991, esta vez a manos de terroristas tamiles. Mientras la heterogeneidad religiosa ponía en
riesgo la integridad territorial, la primacía del hinduismo y del sistema de castas en el que éste se asienta,
ponía en riesgo la cohesión social y los elementales principios democráticos, en los que se basaba la estruc-
tura política del país.
La India política estuvo durante décadas capitalizada por los sucesores de Nerhu, la familia Gandhi, que
orientaron al país hacia un socialismo con pretensiones de originalidad que combinó un papel activo en el
foro de los países no alineados con una fuerte dependencia política y económica respecto de la URSS. El
resultado de este socialismo a la india fue muy mediocre, lo que llevó en 1991 a buscar una nueva orienta-
ción basada en la liberalización de la economía y una creciente integración en la economía internacional.
Pakistán y Birmania constituyen ejemplos de regímenes militares de orientación dispar pero de resulta-
dos muy similares. Pakistán vivió tras su independencia una fuerte inestabilidad interna que convirtió al
Ejército en el principal actor político del país. El autoritarismo militar favoreció una inserción internacional
muy cercana a los EE.UU. En 1971 Pakistán tuvo que afrontar la independencia de su parte oriental, Ban-
gladesh, tras la guerra civil en la que los bengalíes recibieron la ayuda del ejército indio. El nuevo país se
convirtió en un ejemplo paradigmático de la extrema pobreza asiática, fruto de una inestabilidad política
permanente. Por su parte en Birmania se estableció una dictadura militar socialista que nacionalizó la eco-
nomía, lo que extendió aún más unos niveles de pobreza ya de por sí insostenibles. En 1989 cambió su nom-
bre por el de Myanmar dentro de un proceso de apertura política que pareció anunciar una cierta evolución
democrática. Por último Sri Lanka se vip paralizado por la guerra civil que enfrentó a la minoría tamil de
origen indio con la población cingalesa de adscripción budista. La inestabilidad social impidió cualquier
mínima posibilidad de desarrollo.
4. Oriente Próximo y el mundo árabe
La evolución histórica de esta zona estuvo marcada a lo largo de las décadas de los 70 y 80 por dos pro-
cesos esenciales: la imposible acomodación del Estado de Israel en Palestina y la extensión de un islamismo
cada vez más radicalizado y que tendió a crear fuertes perturbaciones internas en la mayoría de Estados de la
región.

121
La cuarta guerra árabe-israelí de octubre de 1973 tuvo tres consecuencias fundamentales. La primera fue
la descomposición del frente árabe con la progresiva desvinculación de Egipto, que acabó reconociendo a
Israel y, en consecuencia, legitimando la existencia de un Estado judío en Palestina. La segunda consecuen-
cia, íntimamente unida a la anterior, fue el aumento del protagonismo de EE.UU. en la región. Por último,
la tercera secuela básica fue la extensión del conflicto al vecino Líbano.
En este pequeño país existía un frágil equilibrio de poder entre la población cristiana y la musulmana que
primaba en exceso a los primeros sobre los segundos, pues con el paso de los años el aumento de población
musulmana había hecho que los cristianos pasaran a representar apenas un tercio de la población total. La
ruptura definitiva se produjo en 1975 cuando llegaron al país unos 300.000 refugiados palestinos que pronto
se sumaron a las milicias musulmanas. En 1976 su triunfo parecía inminente, pero una sorpresiva interven-
ción de Siria al lado de las facciones cristianas evitó su hundimiento. La aparente incomprensible posición
de Siria sólo se explica por su deseo de evitar un Líbano “palestinizado”. Un año después Siria rectificó su
postura y por presión de países como Libia, Argelia, Irak y Yemen del Sur, volvió a las lógicas posiciones
de apoyo a los ejércitos musulmanes y palestinos. La nueva política siria orientó a Israel hacia el lado cris-
tiano, propiciando su participación activa en la guerra después de sufrir un duro atentado terrorista en su
capital. La internacionalización del conflicto llevó al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a aprobar
una misión de interposición que dividió el país en dos zonas: la norte controlada por Siria y la zona sur en
manos cristianas.
En 1982 el conflicto se reprodujo. Israel respondió a los ataques que sobre su territorio se lanzaban desde
los campos de refugiados palestinos con una violenta ofensiva que le permitió llegar a Beirut oeste y expul-
sar a miles de palestinos. La ofensiva israelí fue aprovechada por las falanges cristianas para penetrar en los
campos de refugiados de Sabra y Chatila donde ocasionaron cientos de víctimas civiles. La ocupación del
sector oeste de la capital libanesa obligó a la OLP a instalarse en Túnez. En 1983 se llegó a un principio de
acuerdo. En 1990 las falanges cristianas y las tropas sirias volvieron a entrar en combate directo hasta que
un año después se firmó un tratado de paz con el régimen de Damasco.
El alejamiento de la OLP de Palestina cambió la estrategia de lucha de la organización presidida por
Yasser Arafat. En 1987 esta nueva táctica se puso de manifiesto cuando jóvenes palestinos de las franjas
ocupadas de Gaza y Cisjordania atacaron armados con piedras al ejército israelí. La llamada Intifada apare-
ció en un escenario que parecía de imposible solución.
La extensión de un islamismo más integrista y radicalizado tuvo como factor esencial la revolución iraní
de 1979 que acabó con el régimen pro-americano del Sha Reza Pahlevi. Desde principios de los años 70 la
contestación social al gobierno del Sha había aumentado muy notablemente. La concentración de la riqueza
en manos de unos pocos, la extensión de la pobreza y un régimen cada vez más despótico y corrupto propi-
ciaron la extensión de una idea de regeneración asociada a la introducción de un sistema de gobierno “justo”
basado en el Corán y en la aplicación estricta de la sharia, la ley coránica. Las corrientes islámicas chiíes
acabaron imponiéndose dentro de una oposición heterogénea en la que convivían con revolucionarios de
izquierda e intelectuales occidentalizados. El 16 de enero de 1979 el Sha huyó de Teherán y en febrero Jo-
meini llegó a la capital para liderar dos meses después la proclamación oficial de la República Islámica de
Irán.
La Revolución iraní rompió los frágiles equilibrios existentes en la zona especialmente por su carácter de
modelo a seguir para las corrientes islamistas afroasiáticas, por su radical oposición a la existencia del Esta-
do de Israel y por su hostilidad manifiesta hacia EE.UU., que asistió a un declive significativo de su influen-
cia en la zona. Sin embargo, los inicios del nuevo régimen fueron sumamente difíciles pues prácticamente
un año después de su proclamación entró en guerra contra su vecino Irak. La guerra, que se prolongó hasta
1988 sin un vencedor claro, tuvo un curioso efecto legitimador de ambos regímenes. En Irán afianzó el go-
bierno religioso de los ayatolás, ahogando una incipiente contestación social que permaneció largos años
larvada, al tiempo que sirvió para acelerar la islamización de la sociedad y acabar con la oposición laica; en
Irak asentó el poder personal de Sadam Hussein y ocultó la fuerte represión ejercida especialmente contra la
minoría kurda del norte del país.

122
El nuevo Irán se convirtió también en un factor indirecto de perturbación para las monarquías medievales
del Golfo, que vieron como crecieron las demandas de islamización radical de las sociedades y de ruptura
con los aliados occidentales. Idéntico crecimiento del islamismo experimentó Turquía, donde el ejército
acabó constituyéndose en el principal baluarte de la herencia laicista y modernizadora de Kemal Ataturk. Y
como no, el islamismo acabó alimentando con todo intensidad el nacionalismo afgano opuesto a la invasión
de las tropas soviéticas iniciada en 1979.
Las demandas del islamismo radical se propagaron también por todo el Magreb, especialmente en Arge-
lia, sumiendo al país en una situación de práctica guerra civil. A inicios de los 70 el régimen de Huari Bu-
median estaba evolucionando rápidamente hacia un sistema de partido único y nacionalización de la econo-
mía muy al estilo soviético. De hecho, a pesar de su actividad dentro de la Organización de Países no Ali-
neados, Argelia se convirtió en una importante base soviética en la zona y en punto de acogida de multitud
de movimientos revolucionarios, además de constate apoyo de los movimientos de liberación nacional de
orientación marxista del continente. La muerde de Bumedian en 1978 cambió la situación debido a la asfixia
económica que las medidas de nacionalización habían causado y que los recursos procedentes del petróleo y
el gas natural, prácticamente las únicas rúbricas de exportación del país, no podían equilibrar. La pésima
situación económica de un país de enorme riqueza natural originó fuertes protestas sociales capitalizadas por
los sectores islamistas radicalizados, cada vez más proclives a actuar mediante la violencia terrorista.
La caída del bloque soviético rompió los mecanismos de inserción internacional del país, lo que incidió
en una disgregación acentuada de las estructuras de poder. El pujante islamismo aglutinado en torno al Fren-
te Islámico de Salvación (FIS), legalizado en 1989, consiguió ganar al año siguiente las elecciones munici-
pales y en 1991 la primera vuelta de las legislativas, planteando una contradicción irresoluble: el aprove-
chamiento de los cauces democráticos por un partido cuyo programa se basaba en la destrucción de esa
misma democracia. El problema acabó encontrando una salida militar. En 1992 un golpe de Estado acabó
ilegalizando al FIS, que se transformó en los Grupos Islámicos Armados (GIA) que sometieron al país a una
extraordinaria espiral de violencia terrorista y durísima represión gubernamental.
Por el contrario, Marruecos, Libia y Túnez vivieron situaciones de mucha mayor estabilidad, dada la for-
taleza de sus respectivos gobiernos. En Marruecos la monarquía de Hasan II combinó ciertos elementos de
apertura con criterios fuertemente represivos que dieron al régimen un marcado carácter autoritario, arbitra-
rio y con importantes nichos de corrupción. Los problemas sociales fueron hábilmente ocultados bajo el
irredentismo nacionalista sobre el Sáhara o sobre las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, que el régimen
utilizó permanentemente como válvula de descompresión de los graves problemas internos.
El caso libio fue algo distinto. En 1969 un golpe de Estado había llevado al poder al coronel Gadafi que
estableció desde entonces una curiosa dictadura personalista que recordaba al nasserismo egipcio por sus
objetivos nacionalistas y socialistas. Sus posiciones rígidamente anti-occidentales y sus pretensiones de lide-
razgo panárabe le llevaron a desempeñar un activo papel internacional, primero como impulsor de nuevas
entidades territoriales de carácter federativo de imposible viabilidad (uniones con Egipto y Sudán en 1969,
con Egipto y Siria en 1971, con Túnez en 1974, en 1981 con Siria y en 1984 con Marruecos); segundo, co-
mo actor militar con su intervención en el Chad entre 1983 y 1988; y, tercero, como agente impulsor de ac-
ciones terroristas como las llevadas a cabo en 1989 contra 2 aviones comerciales occidentales.
Por su parte, la dictadura de Habibi Burguiba en Túnez creó un sistema político muy personalista, pro-
occidental y con una legislación inusual en un país musulmán al apartarse claramente de la tradición islámi-
ca. La estabilidad política creó una economía relativamente exitosa basada en el turismo, en una agricultura
moderna y en la exportación de fosfatos, aunque comenzó a dar signos de agotamiento a partir de 1983. La
crisis animó manifestaciones de carácter islamista, lo que llevó a la caída de Burguiba y su sustitución en
1987 por Ben Alí. El nuevo presidente optó por una política de dureza hacia el islamismo radical, negándose
a legalizarlos.
En definitiva, el Magreb no fue inmune a la fuerza expansiva del islamismo crecientemente radicalizado,
aunque la fortaleza de sus regímenes de poder personal consiguió establecer una fuerte barrera a su capaci-
dad de penetración. Sin embargo, no dejó de suponer un factor de inestabilidad política que se sumó a los

123
factores económicos y sociales basados en las enormes desigualdades existentes, para crear una situación de
acentuada fragilidad en la zona.
5. África subsahariana: ¿un futuro imposible?
África subsahariana representa el estereotipo más clásico y desalentador del Sur pobre, hasta el extremo
de constituir un subcontinente permanentemente excluido, situación que no dejó de acentuarse en los años
70 y 80. El África subsahariana era la región de las carencias absolutas, donde la línea entre la vida y la
muerte se volvió prácticamente invisible para millones de personas.
Las explicaciones para comprender esta situación han basculado entre dos polos. Para unos, la pobreza
estructural no era más que el fruto de la situación de explotación y dependencia que originó el colonialismo
europeo y que se vio agravado por la inserción involuntaria del continente dentro de la dinámica de la Gue-
rra Fría. Para otros, la causa esencial residió en el fracaso del Estado poscolonial y la incapacidad de los
dirigentes africanos para establecer estructuras políticas viables. Esta teoría alcanzó máximo relieve con el
concepto de “Estados fallidos”, que aludía a la quiebra de cualquier acuerdo institucional básico que permi-
tiera un consenso social mínimo que garantizara condiciones de gobernabilidad suficientes. Durante los años
70 y 80 se pueden destacar cuatro factores de conflicto esenciales: el neocolonialismo; la dinámica bipolari-
zada de la Guerra Fría; el fracaso del Estado poscolonial; y la política racista y de apartheid.
Los factores neocolonialistas fueron especialmente visibles en el África central, asociados sobre todo a la
política francesa, tendente a estimular los permanentes conflictos étnicos presentes en la zona para obtener
posiciones de ventaja en la explotación de sus recursos naturales. El ejemplo más significativo fue el Chad,
país que alcanzó la independencia en 1960 con el apoyo francés a las facciones animista y cristianas lidera-
das por Français Tombalbaye frente a la mayoría musulmana. París estuvo detrás de la deriva autoritaria del
nuevo presidente y de la formación de una dictadura de partido único que desembocó a partir de 1964 en
conflicto armado contra la oposición musulmana, favorable a la creación de un régimen marxista, y que con-
tó con el apoyo libio y de Sudán. En 1969 Francia decidió intervenir, pero la llegada al poder de Gadafi re-
dobló la injerencia libia. En 1973 Libia ocupó la zona norte del país provocando una reacción nacionalista
que llevó al presidente chadiano a liderar una política de integración y consolidación nacional. Esta nueva
estrategia tuvo como consecuencia la creciente marginación de la minoría cristiana que apoyada por Francia
acabó en 1975 protagonizando un golpe de Estado que instauró una dictadura militar orientada a la lucha
contra los musulmanes. Desde entonces El Chad vivió una cruenta guerra civil sostenida por Libia y Francia.
En 1989 se consiguió alcanzar un acuerdo de paz con Libia. La firma de los acuerdos fueron evaluados por
Francia como contrarios a sus intereses básicos, por lo que decidió retirar su apoyo al presidente Habré y
favorecer en 1990 un nuevo golpe de Estado que situó a Idriss Déby al frente del país. Este nuevo gobierno,
vinculado estrechamente a París, inició un proceso de pacificación envuelto en enormes dificultades ya que
la guerra había situado al país en la más absoluta miseria.
La Guerra Fría hipertrofió las condiciones de conflicto presentes en el continente, aunque su principal
manifestación en estos años se dio en los procesos de independencia de las colonias portuguesas de Angola,
Mozambique y Guinea. El carácter revolucionario de la transición portuguesa se trasladó a las colonias, lo
que dio lugar a un proceso de independencia capitalizado por los movimientos de liberación nacional de
filiación marxista. Todos ellos evolucionaron rápidamente hacia la constitución de dictaduras de partido
único con graves problemas de legitimación. La dependencia de estos nuevos regímenes respecto de Moscú
y subsidiariamente de La Habana incrementó notablemente el temor occidental al expansionismo soviético,
lo que favoreció el apoyo a las facciones internas de lucha contra los regímenes recién instalados. En Angola
el gobierno marxista-leninista del MPLA tuvo que hacer frete a la resistencia armada del FNLA y de la
UNITA, sostenidas por EE.UU., Zaire, Rhodesia y Sudáfrica y a partir de 1894 también a los intentos sece-
sionistas de la región de Cabinda. La guerra no comenzó a remitir hasta finales de los años 80, cuando las
tropas cubanas abandonaron el país. Los acuerdos de paz contemplaron el abandono oficial del marxismo-
leninismo y la celebración de elecciones multipartidistas que ganó el MPLA.
En Mozambique el FRELIMO instauró una dictadura que demostró su dependencia de la URSS con la
firma de un tratado de amistad y cooperación en 1977. A partir de 1980 se generalizó el enfrentamiento en-
tre el FRELIMO y la guerrilla del RENAMO apoyada por Sudáfrica. La guerra acabó por destrozar el país,

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obligando a ambas facciones a buscar un acuerdo que permitiese encontrar una salida a la situación de po-
breza y hambre generalizadas. En 1984 se consiguió llegar a un acuerdo con Sudáfrica, en 1989 se procedió
al abandono del marxismo-leninismo como ideología oficial y tres años más tarde se firmaron los acuerdos
de paz entre el FELIMO y la RENAMO.
Las explicaciones que priorizan los aspectos internos de conflicto están conectadas con el fin de esos
sueños mantenidos en los años 60 de la africanidad o de la negritud que debían llevar al desarrollo y que
hicieron del socialismo la base esencial de sus proyectos ideológicos. Pero el argumento ideológico es insu-
ficiente para explicar esa quiebra del Estado postcolonial, pues las experiencias desarrollistas de tinte occi-
dentalizante tampoco alcanzaron un éxito significativo. Así lo demostraron los casos de Costa de Marfil y
Kenia, donde una orientación pro-occidental no fue óbice para la instalación de regímenes autoritarios de
tipo presidencialista en los que la fuerte concentración de la riqueza creó una aguda inestabilidad social y
política.
El concepto de negritud mantenido por el senegalés Léopold Sedar Sénghor aludía a una forma de ser
específica que debía ser interpretada políticamente por una élite dirigente que mediante el control del Estado
llevara a los países a su desarrollo. Esta vía africana se plasmó desde 1962 en un sistema de partido único y
socialización de la economía que resultó un completo fracaso, lo que obligó a iniciar un lento proceso de
liberalización política y económica. En 1976 el partido único adoptó el nombre de partido socialista abando-
nado progresivamente ese ideal casi autárquico de desarrollo autocentrado mantenido por el dictador senega-
lés. En 1981 Sénghor abandonó el poder y al año siguiente el país se enzarzó en un conflicto armado en
Gambia.
Las mismas contradicciones las encontramos en las formulaciones de las vías africanas al socialismo del
guineano Sékou Touré, de Mobido Keita en Malí, de Julius Nyerere en Tanzania o del coronel Kérékou en
Benín. En principio, la pretensión era tomar como modelos de desarrollo a los países del Este europeo ha-
ciendo del Estado un agente activo de desarrollo, pero el resultado real en todos los casos fue la creación de
dictaduras socialistas de partido único y de fuerte contenido represivo.
La imposibilidad de encontrar un modelo de desarrollo que asumiera las características culturales africa-
nas pero que no cayera en dictaduras, llenó al subcontinente de experiencias políticas fallidas, cuando no de
regímenes despóticos o de simple apropiación basados en la corrupción sistemática de sus cuadros adminis-
trativos y políticos. Los casos más llamativos de despotismo se produjeron en Uganda, Zaire y Etiopía. En
Uganda un golpe de Estado militar permitió en 1971 la llegada al poder del general Idi Amín Dadá, que edi-
ficó un régimen presidencialista de extraordinaria violencia represiva. El país entró en una guerra civil per-
manente. Finalmente en 1986 el Ejército Nacional de Resistencia de Mousavini alcanzó el poder gracias, a la
ayuda militar tanzana. Por su parte en Zaire la dictadura de Mobutu Sese Seko, que se prolongó desde 1965
hasta 1997, se estableció gracias al apoyo de Francia y EE.UU. Mobutu consiguió establecer un poder per-
sonal absoluto y un sistema de apropiación sistemática de las riquezas del país mientras la población se su-
mía en una miseria absoluta. La bajada de los precios del cobalto y del cobre llevó al país a la bancarrota con
unos niveles de inflación muy altos. El resultado fue el hundimiento total de la economía zaireña y la forma-
ción de varios grupos de lucha armada, entre ellos el Partido Revolucionario del Pueblo de Laurent Kabila
que fue lentamente implantándose y ganado los apoyos internacionales que, finalmente, le permitieron llegar
al poder. En Etiopía la caída del emperador Haile Selassie en 1974 abrió paso a un régimen marxista-
leninista de enorme violencia liderado por Menghistu. El régimen de Menghistu sobrevivía por su estricta
dependencia de Moscú, por lo acabó desmoronándose cuando la URSS desapareció.
Por otra parte, Nigeria, el Estado más poblado de toda África y también uno de los más ricos por sus re-
servas de petróleo, es el ejemplo típico de país estructuralmente corrupto. La subida del precio del crudo
incrementó de forma extraordinaria las ganancias del país, pero esa riqueza tuvo un efecto muy negativo:
enriqueció extraordinariamente a la pequeña elite dirigente mientras empobreció al grueso de la población al
generar una espiral inflacionista permanente. En 1975 un golpe de Estado llevó al gobierno a sectores re-
formistas que abrieron un tímido proceso de reforma política que acabó en 1983 con un nuevo golpe de Es-
tado involucionista que prohibió la constitución y los partidos políticos. Tres años después un nuevo golpe
militar capitaneado por Ibrahim Babanguida proclamó una nueva constitución y convocó elecciones presi-

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denciales. Pero de nuevo en 1993 los sectores militares más duros volvieron a hacerse con el poder, inician-
do un régimen de fuerte represión.
Nigeria representa bien el conjunto de países sometidos a una fuerte inestabilidad política ocasionada por
el dominio de sus riquezas naturales y es, también, ejemplo de las enormes dificultades de los dirigentes
africanos tuvieron que afrontar a la hora de articular unas estructuras estatales que carecían de cualquier mí-
nima homogeneidad cultural o étnica y, en consecuencia, de una base social estable y suficiente.
El proceso de cambio más decisivo de todo el continente se produjo en Sudáfrica con la desaparición del
régimen del apartheid, sin duda una de las situaciones institucionales de violación masiva de los derechos
humanos más aborrecibles de la compleja historia africana. En 1990 el gobierno de Friedrick de Klerk inició
el proceso de desmantelamiento jurídico y político del apartheid legitimado por la convocatoria de un ple-
biscito entre la comunidad blanca. Procedió a la excarcelación de los principales dirigente negros, entre ellos
a Nelson Mandela (fallecido el 5/12/2013), que había permanecido en prisión 28 años. En 1994 se celebra-
ron las primeras elecciones verdaderamente universales que dieron el triunfo a Nelson Mandela. El nom-
bramiento del propio de Klerk como vicepresidente y la elección de varios blancos para conformar el go-
bierno fueron la señal inequívoca de que la mayoría negra renunciaba a cualquier política que mirase al pa-
sado. La ruptura del apartheid también permitió la autodeterminación de Namibia, el último gran país afri-
cano en alcanzar su independencia.
En resumen, a excepción de Sudáfrica, el único país de desarrollo medio de toda zona aunque con enor-
mes diferencias sociales, todos los países del África subsahariana fracasaron en sus intentos de encontrar un
modelo viable de desarrollo humano.
6. El mundo a las puertas del siglo XXI
Aunque de manera extremadamente sintética se pueden concluir algunas líneas básicas que después de
casi dos décadas del fin de la Guerra Fría continúan abiertas.
La primera es indudablemente la cuestión del orden internacional, pues el inicial unilateralismo norte-
americano parece haber remitido notablemente. La difusión del poder es cada vez más clara, igual que la
consolidación de los llamados Estados emergentes cuyos índices de desarrollo hacen pensar en un próximo
cambio en la estructura de poder internacional. A este respecto el factor esencial es la emergencia definitiva
de China como gran potencia económica.
La segunda línea es que frente a esta dinámica de cambio, una parte del mundo sigue anclada en la mise-
ria y el subdesarrollo o el exclusivismo cultural y el integrismo religioso, sin que se hayan podido encontrar
soluciones solventes para abordar estos problemas.
La tercera línea alude a la contradicción existente entre un mundo cada vez más homogeneizado e inte-
grado y las cada vez mayores reivindicaciones de heterogeneidad. Ello habla de la complejidad de un mundo
cada vez más cambiante, más fluido y, en consecuencia, más inestable. Y, en fin, una cuarta línea básica que
alude a las contradicciones presentes en la mayoría de sociedades democráticas en torno a las demandas de
participación, seguridad y progreso y las dificultades cada vez más profundas de los líderes políticos para
establecer mecanismos o generar ideas que transmitan esa confianza a los ciudadanos. La crisis de las ideo-
logías, la crisis de la política y, especialmente, la crisis de la representación, con un creciente desvaneci-
miento de los liderazgos políticos y sociales y una potente separación entre los ciudadanos y sus represen-
tantes, hacen necesario buscar nuevos criterios de legitimidad.

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Tema 14. Pensamiento y cultura en el siglo XX
1. La crisis finisecular
En un sentido amplio, desde 1890 hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial se extiende el período
de la llamada Belle Époque. La ciudad de París se convirtió en el símbolo de esta era. Se le dio el sobre-
nombre de “ciudad de la luz”. Fue la época dorada de la expansión colonial y de una fe sin límites en el pro-
greso y en los valores y principios que regían en las sociedades europeas.
Los cambios que se estaban produciendo en las sociedades europeas fueron objeto de estudio de una
ciencia, la Sociología, que entre 1890 y 1914 alcanzó su madurez. La mayoría de los científicos sociales se
preocuparon por analizar las causas de lo que el novelista Maurice Barrés llamó desarraigo. Emile Durkein
acuñó el término anomia para hacer patente el desasosiego que se produce en las personas cuando pierden
sus referentes anteriores y no encuentran una autoridad social reconocible. Max Weber se convirtió, por su
parte, en un líder intelectual y político para los alemanes de su generación.
Fue en estos años cuando se gestó la idea, que perdura hasta nuestros días, de que la sociedad occidental
estaba en crisis. Los siglos XVIII y XIX habían estado presididos por la razón. Ahora se entraba en la “era
de la sinrazón” y las tendencias irracionalistas empezaban a impregnar el pensamiento y la conciencia euro-
peos. Los intelectuales se conformaron como grupo social definido en clara oposición a una sociedad bur-
guesa progresivamente vulgarizada y masificada. Esa oposición se asentaba en la creencia de que el predo-
minio de la razón a lo largo del siglo XIX, había conducido a un pragmatismo materialista de la clase bur-
guesa que rechazaban. Se iba a producir, pues, una clara disociación entre los intelectuales y los principios y
modos de vida de la burguesía, a pesar de que la mayor parte de esos intelectuales procedían socialmente de
ella. Uno de los exponentes más importantes de ese espíritu fue Friedrich Nietzsche. Sus obras constituyeron
un revulsivo para la Europa finisecular y sus ideas alimentaron ese nacionalismo emergente señalado. Para
Nietzsche la excesiva racionalidad de épocas anteriores había llevado a un auge de lo materialista, pragmáti-
co y escéptico. Todo en su entorno era vacío y mediocre. Había que volver a un primitivismo basado en un
heroísmo épico y en la fuerza de la voluntad inconsciente. Las ideas de Nietzsche influyeron en la forma-
ción de los postulados del nacionalsocialismo, pero curiosamente él no fue nacionalista ni militarista. Tam-
poco racista ni antisemita. Eso sí, despreciaba la vulgaridad, la mediocridad y lo inauténtico. Filósofo de la
fuerza vital, de la voluntad de poder, de la capacidad de acción del superhombre, sondeó el mundo del in-
consciente y en este sentido se convirtió en precursor de Sigmund Freud y de Carl Gustav Jung.
También el filósofo francés Henri Bergson contribuyó al afianzamiento de ese irracionalismo caracterís-
tico de la época. Para él la realidad sólo se podía captar mediante esa facultad intuitiva.
En el siglo XIX la revolución industrial había puesto en evidencia la vinculación estrecha entre ciencia y
técnica. El científico, el técnico, el inventor trabajaban con la idea de dominar la naturaleza en aras de un
progreso material creciente. En la última década del siglo aparecieron una serie de inventos que modificarían
radicalmente la vida de las personas: la telegrafía sin hilos, el automóvil o nuevas fuentes de energía como el
petróleo o la electricidad. Entre los físicos y matemáticos de estos años destacan las figuras de Albert Eins-
tein, Max Planck o Marie Curie. Con ellos la Física se adentraba en el espacio interior (de los electrones) y
en el espacio intangible (de las radiaciones).
Otro de los grandes conformadores del pensamiento occidental, Sigmund Freud, publicaba en 1901 una
de sus obras principales: La interpretación de los sueños. Freud fue un científico que basó sus teorías en la
experimentación clínica sistemática. Su importancia viene dada por el objeto de su estudio: la psique huma-
na. Pero él no inventó la idea del inconsciente. Muchos escritores habían sondeado con anterioridad en las
profundidades del “alma” en busca de respuestas a los comportamientos humanos. Freud, desarrolló y sis-
tematizó las ideas acerca del inconsciente, dando origen a lo que se conocería como Psicoanálisis.
A principios de los años 80 del siglo XIX una nueva generación de escritores rechazaban los postulados
del Realismo naturalista. Fueron los simbolistas y decadentes que se recrearon en una escritura preciosista y
de una gran artificiosidad. El héroe literario era la figura del dandy sofisticado y depravado, flor marchita de
una civilización en crisis, del que Oscar Wilde ofreció un buen ejemplo en su obra El retrato de Dorian

127
Gray. De otro lado, la influencia de Freud se proyectó en el Simbolismo que tuvo su mejor expresión en la
poesía.
El 15 de abril de 1874 se celebraba en París la primera exposición de los pintores impresionistas. La re-
pulsa de la crítica oficial fue unánime y se repetiría en las sucesivas exposiciones, al margen siempre de los
salones oficiales. Ese rechazo provenía de lo que esa pintura tenía de nuevo desde los puntos de vista técni-
co, temático y compositivo. El impresionista quería pintar lo que veía, tal y como lo veía, pero lo que le dife-
renciaba de los pintores realistas era el tratamiento que daba a los temas y sobre todo la técnica, ya que el
pintor pretendía recrear en el cuadro lo que sus ojos percibían en un momento determinado, con una luz y
una atmósfera precisas. Para ello pintaron “al natural” y trataron de captar la variedad de un mismo motivo
en distintos momentos temporales.
El Fauvismo apareció como grupo en 1905. El nombre de fauves (fieras) se lo dio un crítico por el em-
pleo del color en su forma pura y directa, sin relación con lo que representaban. Entre los pintores de esta
tendencia destaca Henri Matisse. En cuanto al Expresionismo tiene un precedente en la pintura postimpre-
sionista de Van Gogh. También su origen se sitúa en 1905, en Alemania. El Expresionismo no se limitó a ser
un estilo pictórico sino que suponía una determinada actitud ante la vida en la que la influencia de las ideas
freudianas era patente. Los escritores y los artistas expresionistas interiorizaban la realidad que de nuevo
emergía como expresión de la propia subjetividad anímica y existencial.
Otro pintor postimpresionista, Paul Cézanne, suele considerarse como el precursor del Cubismo que tuvo
una primera expresión en 1907, en la obra de Pablo Picasso Las señoritas de la calle de Aviñón. Entre los
escultores, el propio Picasso, Constantin Brancusi, Henry Moore, Pablo Gargallo o Julio González. En el
Cubismo se suelen distinguir la tendencia analítica y la sintética.
Otros ismos artísticos de estos primeros años fueron el Futurismo y el Abstraccionismo. El Futurismo
centró su temática pictórica y escultórica en la ciudad y en todo lo que ella aparecía como reflejo de moder-
nidad. Este movimiento tuvo una clara impronta italiana. En cuanto a la Abstracción se suele considerar una
acuarela pintada en 1910 por Wassily Kandinsky como el primer cuadro abstracto. El cuadro de Marcel Du-
champ Desnudo bajando una escalera, expuesto por primera vez en Barcelona en 1912, es un ejemplo de
mezcla de Cubismo, Futurismo y Abstracción.
El Simbolismo iba a tener muchos puntos de coincidencia con otra importante tendencia artística que
surgió a finales del siglo XIX: el Modernismo que se manifestó en la arquitectura y en las artes decorativas.
En los orígenes del Simbolismo y del Modernismo están los Prerrafaelistas ingleses, pintores y decoradores
que, a mediados del siglo XIX, se sintieron atraídos por lo medieval, el temprano Renacimiento italiano y lo
bizantino. El Modernismo es un arte eminentemente decorativo.
Al igual que en la literatura y el arte, el panorama musical con el que se abrió el siglo, supuso una ruptu-
ra con la tradición musical vigente, a la par que se daba una relación estrecha entre música y vanguardias
artísticas que tuvo su reflejo en los ballets ahora de moda. Destacaron en este campo los ballets rusos de
Sergei Diaghilev creados en 1909. A caballo entre los dos siglos está la obra de los dos últimos románticos
Richard Strauss y Gustav Mahler.
Las figuras que dominaron en la primera mitad del siglo fueron Igor Stravinski, Béla Bartók y Arnold
Schönberg. Los tres crearon una música con un ritmo quebrado y disonante, pero la concepción musical de
cada uno de ellos era muy diferente. De los tres, Schönberg ocupa un lugar muy especial por ser quien in-
ventó el sistema de las 12 notas musicales.
La radio se configuró como el primer medio de comunicación de masas del siglo XX. Los dos prototipos
básicos de radio que se adoptaron en los diferentes países, fueron proporcionados por la radiodifusión britá-
nica con la organización de la BBC y por la estadounidense asentada en la publicidad comercial.
Con respecto al cine, su aparición a finales del siglo XIX es el resultado de un largo proceso de investi-
gación que se remonta a siglos atrás. Se configuró, al igual que había ocurrido con la fotografía, como arte
de lo real. Las primeras películas con argumento y con sentido comercial fueron producidas por Charles
Pathé y por Leon Gaumont.

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2. La cultura de entreguerras: entre la “deshumanización” y el compromiso
En la etapa inmediatamente anterior al estallido de la Gran Guerra existía en los ambientes sociales e in-
telectuales europeos un estado de ánimo belicista. Se veía la conflagración bélica con un carácter romántico.
Era necesario para “purificar” Europa, para hacerla salir de la crisis en la que se encontraba inmersa.
El choque brutal con la realidad de la guerra produjo en los intelectuales, muchos de los cuales se habían
alistado en los primeros momentos para combatir junto a su país, un sentimiento de profundo pesimismo. La
crisis no sólo no se había superado sino que se había ahondado más en sus cimientos. Uno de los libros que
mejor reflejaron esa conciencia fue La decadencia de Occidente (1918) de Oswald Spengler. Además, la
desilusión de la postguerra llevó a algunos escritores e intelectuales a expatriarse y a otros a dejarse cautivar
por culturas no europeas en un deseo de encontrar formas alternativas de vida.
En estos años 20, mientras Europa se reconstruía y la gente empezaba a “vivir” de nuevo (los felices 20),
el movimiento feminista alcanzó su madurez. Las dos reivindicaciones básicas eran el derecho de las muje-
res a poseer bienes y la posibilidad de las mujeres solteras de ejercer una profesión.
La consolidación de los movimientos socialista y anarquista influyó de forma determinante en el desarro-
llo del feminismo y en el planteamiento de sus reivindicaciones, ya que se vinculó la opresión que sufría la
clase obrera con la opresión secular de la mujer inmersa en una sociedad patriarcal. El movimiento de muje-
res socialistas alemanas liderado por Clara Zetkin fue el que alcanzó una mayor fuerza, promoviendo una
serie de medidas tendentes a la igualdad entre hombres y mujeres.
Al igual que el feminismo, el movimiento obrero experimentó un fuerte desarrollo en las primeras déca-
das del siglo. Se estaba produciendo el afianzamiento de los partidos obreros nacionales y la configuración
de diferentes corrientes ideológicas, especialmente en Francia y en Alemania. En este último país, a finales
del siglo XIX había tres líneas definidas: la revisionista de Eduard Bernstein, la centrista de Karl Kaustky y
la revolucionaria de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Esto es lo que llevó a la creación de la II Interna-
cional en París, en 1889. En sus Congresos se debatieron cuestiones teóricas referidas a las versiones orto-
doxas y revisionistas del pensamiento de Marx y tácticas. Dos aspectos que preocuparon fueron el tema co-
lonial y la guerra.
El apoyo de los partidos obreros a sus respectivos países en los momentos iniciales de la Gran Guerra
provocó una fuerte crisis en el seno de la II Internacional y su desaparición. Poco después de iniciada la con-
tienda fue lanzada por Lenin la idea de crear una III Internacional. El impacto de la Revolución de Octubre
en Rusia, en 1917, fue decisivo para que este proyecto llegara a ser una realidad.
El proceso de radicalización de clases sería uno de los fenómenos más característicos de la Europa de los
años 20 y 30. Ahora bien, para poder dirigir ese “choque” era necesario dotar al movimiento obrero de una
dirección internacional. Y aquí es donde está el origen de la III Internacional, conocida también como Inter-
nacional Comunista o Komintern, cuyo Congreso constituyente tuvo lugar en Petrogrado entre el 2 y el 6 de
marzo de 1919. A partir de ahora se exigiría a todos los partidos comunistas nacionales la subordinación a
las directrices marcadas desde Moscú. La progresiva instrumentalización de la Internacional Comunista por
los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética, fue la principal causa que llevaría a su disolu-
ción en 1943.
Los ismos habían llevado a la literatura y al arte a su agotamiento por el camino de una progresiva des-
humanización. A finales de los 20 se imponía una realidad económica y social muy conflictiva ante la cual
el intelectual tenía que adoptar una actitud de compromiso. En este sentido, la influencia de la Revolución
en Rusia y la evolución posterior de los acontecimientos con el Partido Comunista ya en el poder, ejercieron
en la mayor parte de los intelectuales europeos una profunda fascinación. A esto no fue ajena la atracción
que se sentía por el arte, la literatura y el cine soviéticos. Se imponía, pues, el movimiento del realismo so-
cial que tuvo su expresión en la URSS en el llamado Realismo Socialista practicado desde 1932 por la
Unión de Escritores Soviéticos. Ésta exigía a sus miembros la supeditación a las directrices de un partido
que representaba los intereses de los trabajadores.
Antes de que estallara la guerra de 1914 ya se había producido la decadencia de una parte de los ismos
artísticos que tuvieron su momento entre 1905 y 1912.
129
A la destrucción que estaba provocando la guerra, los artistas respondían con el anti-arte, con lo absurdo,
con una protesta negativa. Así, sus exposiciones, funciones teatrales y espectáculos eran una continua pro-
vocación a la que en algunos casos el público respondió de manera violenta.
En 1922 Tzara hacía pública la Oración fúnebre por Dadá y dos años después, en 1924, André Breton
sacaba a la luz el primer Manifiesto Surrealista. El Surrealismo tenía lejanos antecesores como fue El Bosco
y precedentes muy cercanos en la Pintura Metafísica. En el seno del movimiento se distinguieron dos co-
rrientes. En una los artistas adoptaron el automatismo en la ejecución de sus obras, en la otra se partía de la
razón para indagar desde ella lo irracional e inconsciente. En el primer caso el Surrealismo se orientó hacia
la abstracción, en el segundo, hacia una figuración asentada en un mundo de ficción y fantasía mágicas. Uno
de los representantes más destacados de la primera tendencia fue Max Ernst.
En estos años de entreguerras fue cuando la arquitectura Funcional alcanzó su mejor expresión. En 1930
Le Corbusier realizaba la Ville Savoye que es un ejemplo de sus presupuestos teóricos y aportaciones. Des-
pués de la Segunda Guerra Mundial su estilo evolucionaría hacia un Organicismo del que es reflejo la origi-
nal iglesia de Notre-Dame Ronchamp. En EE.UU. iba a destacar la figura de Frank Lloyd Wright que enten-
día la arquitectura como un conjunto de elementos que se desarrollan desde el interior hacia el espacio ex-
terno con el que deben fundirse.
Ya en el periodo de entreguerras EE.UU. se estaba convirtiendo en centro de las vanguardias literarias
artísticas, pero sin duda la aportación más genuinamente americana a la cultura occidental ha sido la música
de Jazz. Los años 20 fueron lo que el novelista F. Scott Fitzgeral denominó la era del Jazz. El auge de este
tipo de música era un reflejo del paulatino proceso de ennegrecimiento de la sociedad blanca estadouniden-
se, proceso en el que la música ocupaba un lugar de vanguardia. El Jazz surgió en Nueva Orleans. De aquí
siguió una ruta que le llevaría a Saint Louis, Chicago y New York. El Jazz fue rápidamente aceptado y asi-
milado por los músicos blancos y empezó muy pronto a gozar del favor del público.
3. Cultura de masas y sociedad de consumo
Si la Primera Guerra Mundial había generado en los intelectuales una cultura del pesimismo, la Segunda
añadió a todas las secuelas de la guerra, un balance de muertos sin precedentes en la historia, el descubri-
miento del horro de la política de exterminio nazi y los efectos de la bomba atómica sobre seres humanos.
También produjo desplazamientos de población no conocidos hasta entonces en cuanto a su volumen. Mu-
chos intelectuales abandonaron Europa y se instalaron en el continente americano, en especial en EE.UU.,
donde continuaron su obra y ejercieron su magisterio.
En espíritu “romántico” teñido de belicismo que había animado a los intelectuales en los inicios de la
Gran Guerra, no se había producido en 1939. Las circunstancias históricas eran muy diferentes. La mayor
parte de los intelectuales apoyaron la causa de los aliados, pero hubo algunos que se decantaron en favor de
Alemania e Italia.
El final de la guerra condujo a un claro retroceso de las ideologías y del activismo político que habían
configurado los años 30. La fascinación de los intelectuales por la URSS en esos años se había diluido ante
la política estalinista. El desencanto definitivo vino para algunos en 1948 con los sucesos ocurridos en Che-
coslovaquia y para otros en 1956 cuando, tras la muerte de Stalin y el descubrimiento de algunas de las atro-
cidades que cometió su régimen, los tanques soviéticos ocuparon Budapest. El marxismo-leninismo se
fragmentó en una serie de movimientos que poco o nada tenía que ver con el marxismo “ortodoxo” y a los
que se adhirieron los jóvenes universitarios rebeldes de los 60 (la Nueva Izquierda).
La atmósfera que alimentaba la cultura occidental en la década de los 50 tuvo una doble expresión en la
filosofía existencialista y en el teatro del absurdo. El existencialismo había aparecido en el período de entre-
guerras bajo la influencia del vitalismo de Nietzsche y de la fenomenología. Entre los filósofos propiamente
existencialistas destaca la figura de Jean Paul Sartre. Escéptico, nihilista, ateo, su obra contiene profundas
reflexiones sobre el hecho de la existencia. Para Sartre el hombre busca realizarse mediante la libertad en el
existir, pero sin poder llegar nunca a esa realización.
Desde un punto de vista político Sartre desarrolló un fuerte activismo un tanto errático. En los años 60 se
convirtió en uno de los líderes del radicalismo juvenil.
130
En las últimas décadas del siglo XX, entre los grandes problemas a los que se ha visto abocada la huma-
nidad, están el exagerado tecnicismo que invade todos los aspectos de la vida humana y la magnitud de la
información que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la sociedad.
Esta revolución tecnológica que vivimos, empezó a manifestarse de manera clara a mediados del siglo
XIX con el desarrollo de la Revolución Industrial. Cambió la forma como se había producido el conocimien-
to científico. A partir de entonces se daría una fuerte imbricación entre ciencia y aplicaciones técnicas, en
especial en el campo de la industria, lo que llevó aparejado una vinculación entre investigación científica,
normalmente recluida en la esfera universitaria o en institutos ligados a ella, e investigación promovida por
las industrias. La Primera Guerra Mundial proporcionó ejemplos significativos de la eficacia de los conoci-
mientos científicos en su aplicación a la industria bélica. Esto fue mucho más patente durante la guerra de
1939-1945.
La teoría de la relatividad de Albert Einstein y la cuantificación de la energía de Max Planck están en la
base de una nueva visión del universo que tiene su proyección en las investigaciones sobre la conquista del
espacio y, en el caso de la mecánica cuántica, en el desarrollo de la electrónica, el rayo láser, los materiales
semiconductores... La existencia de los seres humanos se ve condicionada por continuos avances científicos
que afectan a todos los niveles de la vida cotidiana, social y profesional.
La Segunda Guerra Mundial cerró el período de las vanguardias que había configurado el arte de las dé-
cadas precedentes. A mediados de siglo la expresión artística se debatía entre la figuración y la no figura-
ción. Esto se proyectó en una serie de corrientes dentro de las que se pueden insertar las obras de pintores y
escultores producidas desde los años 50. Estas corrientes, que se han sucedido con rapidez y que han acaba-
do imponiéndose unas a otras, han provocado una crisis en torno a la identidad de la creación, que corre pa-
reja a esa fragmentación de los conocimientos.
De forma paralela se desarrolló en Europa y en EE.UU., en los años 40 y 50, el Expresionismo Abstracto
y el Informalismo. Ambas corrientes se proyectaron en los inicios de los 60 en la Nueva Abstracción. En
España el Informalismo estuvo representado por los grupos Dau al Set, del que destaca la pintura de Antoni
Tápies, y El Paso formado en torno a Antonio Saura. La pintura figurativa tiene un representante de la talla
de Francis Bacon.
Otras corrientes de estos años son el Op-art, el Arte Cinético y el Pop-Art. Las dos primeras surgieron a
mediados de los cincuenta de la confluencia de la Nueva Abstracción con el desarrollo tecnológico. La in-
fluencia de los ready-mades dadaístas se proyectó en el Pop-Art en donde destacan las figuras de Andy
Warhol y Roy Lichtenstein. Como reacción al Pop-Art surgió el Minimal Art basado en formas geométricas
inmersas en un espacio con el que guardaban estrecha relación.
Como una derivación del dadaísmo está el Nuevo Realismo, tendencia de los años 60 que utilizaba obje-
tos reales como medio de expresión artística. A principios de los 70 apareció en EE.UU. el Hiperrealismo,
corriente figurativa que intentaba transmitir una visión de la realidad tan objetiva como la realidad misma.
En el campo de la música “culta”, la obligada dispersión que impuso la Segunda Guerra Mundial llevó a
los grandes compositores como Schönberg o Stravinski a EE.UU.
En estos años coexistieron dos métodos de composición: la música concreta que trabajaba sobre un soni-
do pregrabado en el que se prescindía del tono y de la armonía y la música compuesta por medios electróni-
cos. En los años 60 y 70 los compositores combinaban la música electrónica con la tradicional, mezclando
los sonidos electrónicos controlados desde un panel con el sonido en vivo de los instrumentos. Junto a estas
formas de composición, una serie de músicos experimentaron en una línea de música “indeterminada”, es
decir música sin forma concreta.
La aplicación de los elementos tecnológicos a la música como son los ordenadores o el rayo láser, está
revolucionando el campo de la composición y de la ejecución musical. Una de las características de la músi-
ca en las últimas décadas es la simbiosis entre música “culta” y música popular. Músicos clásicos participan
con grupos pop y algunos creadores de música de rock han estudiado con maestros clásicos.
Un aspecto singular que configuró la segunda mitad de siglo fue la vinculación entre la música popular
(pop) y los jóvenes. Estos buscaban en ella una determinada forma de identidad personal. En este sentido, la
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música negra americana sufrió por parte de las casas discográficas y de los disc-jockeys radiofónicos un
proceso de adaptación para hacerla popular entre una audiencia de jóvenes blancos.
En los años 60 y 70 la música popular británica y americana, en sus diferentes estilos, se convirtieron en
un modo de vida para los jóvenes. Ya el rock'n roll había demostrado como éstos podían crear un lenguaje
común y una forma de vida de y para ellos mismos, el de la beat generation. Ahora la música aparecía como
el mejor exponente de una contracultura que se oponía a los valores vigentes.
En los años 70 y 80 los grandes festivales fueron sustituidos por el disco sound o sonido discoteca. La
película Fiebre del sábado noche fue clave para el afianzamiento de una moda que continúa. Los sintetiza-
dores (la techno-pop) o la música por ordenador, ha ofrecido posibilidades insospechadas y nuevos caminos
de experimentación.
Una de las características de las sociedades occidentales de la segunda mitad del siglo XX ha sido el he-
cho de que se pasó de una economía de producción a otra de consumo, en el marco de la llamada sociedad
del bienestar, en la que el modelo de vida se asienta en el consumo, en una predisposición a comprar al mar-
gen de las necesidades reales. Ya no importa tanto, en consecuencia, la disponibilidad salarial de las perso-
nas como sus comportamientos ante los inagotables y efímeros bienes que la industria produce y la publici-
dad vende. El ciudadano es, antes de nada, un consumidor y todo lo que le rodea se orienta en esta dirección;
así, más que hablar de los derechos de la persona se habla de los derechos del consumidor.
El estilo de vida de esta sociedad consumista se caracteriza por su estandarización. Toda la ciudad es un
inmenso escaparate que seduce a las personas que trabajan para tener “libertad” para consumir.
A la vez en este tipo de sociedad las diferencias de clase quedan difuminadas. Todos son más o menos
iguales. Las distinciones vienen marcadas por los diversos niveles de consumo, ya que el desarrollo econó-
mico ha posibilitado el acceso de la mayor parte de la población a bienes de consumo.
La sociedad de consumo, pues ha generado una cultura que se basa en una forma nueva de producir, di-
fundir y disfrutar el hecho cultural en sí mismo, puesto al alcance de todos por los medios de comunicación
de masas, en especial por la prensa, la televisión y los medios de edición escrita y audiovisual. Es la mass
culture o la tercera cultura (Edgar Morin). Esta cultura se acomoda a las mismas leyes que rigen la economía
de consumo, presenta un carácter industrial, estandarizado y anónimo e impregna todos los espacios de la
vida cotidiana de hombres y mujeres.
Quizás sea la televisión el objeto que mejor simboliza esta mass culture y el comedor o la sala de estar el
espacio de sociabilidad por excelencia. Por último las posibilidades ilimitadas de internet en todos los ámbi-
tos de la vida, están modificando hábitos y costumbres sociales que afectan a las relaciones y a la comunica-
ción (redes sociales) entre las personas.

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Tema 15. Iglesia, religiosidad y secularización (siglo XX)

1. La Iglesia católica y el mundo moderno


A finales del siglo XVIII los católicos constituían el grupo cristiano más numeroso en relación con los
protestantes y los cristianos ortodoxos, a la vez que el más organizado en torno a la figura de su director
espiritual: el Papa. De otro lado, la iglesia católica poseía cuantiosos bienes en todos los países debido a do-
naciones de devotos y a privilegios que había ido adquiriendo a los largo de los siglos.
Los monarcas ilustrados y los filósofos atacaron el poder de la iglesia desde varios frentes. Por una parte,
los estados pretendían un control sobre aquellos bienes afirmando su autoridad por encima de la de las igle-
sias nacionales. En cuanto a los filósofos, asentados en el principio de la razón como iluminadora de toda
verdad, rechazaron de plano los dogmas, la revelación sobrenatural y la fe, es decir, todo lo que no se podía
explicar racionalmente.
Con estos planteamientos no puede extrañar que a lo largo del siglo XIX la confrontación entre la iglesia
católica y los estados fuera uno de los caballos de batalla de los fenómenos que jalonaron el siglo. El avance
continuado de la ciencia y de la técnica y el progreso económico que se traducía en sucesivas cotas de bie-
nestar material, se convirtieron en esa lucha en buenos avales de lo que entonces se llamaban las libertades
modernas.
Los estados americanos independientes entablaron pronto una relación cordial con la iglesia católica,
acrecentada durante el siglo por la afluencia de inmigrantes europeos. En cambio, los revolucionarios fran-
ceses llevaron a cabo una persecución religiosa sin precedentes, provocando con ello una escisión entre la
iglesia y la Revolución. El proceso de descristianización alcanzó su punto álgido durante el Terror. Por otra
parte, la invasión de Italia por el ejército al mando de Napoleón y en la entrada de las tropas en Roma, con-
dujo a la dispersión de la curia y al cautiverio del pontífice Pío VI en Valence- sur-Rhône (1797).
Con la Restauración en 1815 se iba a producir un renacimiento de la fe y un florecimiento de la espiritua-
lidad en amplias capas de la población de los diferentes países europeos. El Congreso de Viena devolvió los
estados de la Iglesia al Papa y se procedió al restablecimiento de las órdenes y congregaciones religiosas,
así como a la restauración de la Compañía de Jesús. Esto se tradujo en la creación de numerosos movimien-
tos de renovación de la fe: el abbé Coudrin fundó los Padres Picpus, Madeleine Sophie Barat, la Sociedad
del Sagrado Corazón...
Todo ello, no obstante, no había solucionado el problema de fondo que eran las relaciones entre la Iglesia
y el liberalismo. El enfrentamiento directo se produjo durante los pontificados de Gregorio XVI y Pío IX. En
el contexto revolucionario de 1830 un grupo de intelectuales católicos franceses intentaron desde el periódi-
co L'Avenir un acercamiento entre liberalismo y catolicismo. Pero el Papa Gregorio XVI en su encíclica
Mirari vos, promulgada en 1832, condenó la conducta de estos intelectuales. A pesar de esa condena, los
hombres de L'Avenir continuaron trabajando para la aceptación de las libertades políticas modernas. Este
movimiento católico liberal adquirió especial importancia en Francia y su influencia se extendió por otros
países.
Aunque las diferencias con los gobiernos marcaron el pontificado de Gregorio XVI y a pesar de que en
casi todos los países se estaban imponiendo medidas para condicionar por parte de los estados la influencia
de las iglesias nacionales, éstas lograron estar presentes en la vida social y política a través de la actuación
de sus fieles. De otro lado, con Gregorio XVI adquirió importancia creciente la actividad misionera, sobre
todo en los continentes asiático y americano.
A Gregorio XVI le sucedió Pío IX (1846-1870) quien, en los inicios de su pontificado, apoyó el movi-
miento del Risorgimento que aspiraba a la unidad de Italia. Tras los sucesos revolucionarios de 1848 y 1849
la actitud del Papa se volvió más cauta. El largo pontificado de Pío IX estuvo jalonado por una serie de
acontecimientos de gran trascendencia para la vida de la iglesia. En 1845 John Henry Newman, uno de los
principales representantes del Movimiento Oxford, se convertía al catolicismo influyendo de manera decisi-

133
va en el incremento de esta confesión religiosa en Inglaterra, país en el que se restablecía la jerarquía católi-
ca en 1850.
En 1854 el Papa declaraba el dogma de la Inmaculada Concepción y, siguiendo la postura de su antece-
sor, en la encíclica Quanta Cura (1864) y en el Syllabus que la acompañaba, condenada la doctrina del libe-
ralismo. Por último, convocó un concilio ecuménico, el Concilio Vaticano I, cuya apertura tuvo lugar el 18
de diciembre de 1869. El inicio de la guerra franco-prusiana y la ocupación de Roma por los piamonteses en
el mes de septiembre, interrumpieron las sesiones. En octubre quedó oficialmente suspendido. El principal
objetivo de su convocatoria fue la de proclamar la infalibilidad del Papa, lo cual despertó un profundo recelo
en los ámbitos de los gobiernos. A pesar de todo, en una sesión solemne, el 18 de julio de 1870 se votó con
533 votos a favor la infalibilidad del Papa.
El 20 de septiembre de 1870 Roma era ocupada por Italia. A partir de entonces el Papa se iba a conside-
rar prisionero de los italianos en reclusión voluntaria en el Vaticano. Un plebiscito celebrado el 2 de octubre
aprobaba la anexión de Roma al reino de Italia y pocos meses después la ciudad era proclamada capital del
mismo.
Entre 1878 y 1903 ocupó la sede pontificia el Papa León XIII. Su amplia preparación intelectual y su ta-
lante abierto, permitieron entablar un diálogo entre la iglesia y los gobiernos liberales, aunque el Papa no
consiguió llegar a un acuerdo con el estado italiano en el tema de la cuestión romana. El aspecto más impor-
tante de su pontificado fue la orientación del comportamiento de los católicos mediante una serie e encícli-
cas. Marcando distancias con sus antecesores, el Papa distinguió entre el liberalismo como doctrina filosófi-
ca y el liberalismo político, aceptando las facetas positivas que este último contenía. Aunque León XIII se
mostraba más comprensivo hacia las libertades modernas que sus antecesores, seguía sin aceptar la presen-
cia real que éstas tenían ya en la vida social y política de los países europeos.
2. La Iglesia católica ante los retos del siglo XX
En los primeros años del siglo el cristianismo se estaba extendiendo al compás de la expansión colonial
por los continentes africano y asiático. De otro lado, la continua inmigración de europeos de religión católica
hacia EE.UU. y Canadá contribuyó a crear en ambos países amplios e influyentes focos de esta creencia.
El Papa Pío X inició su pontificado con una encíclica, E supremi apostolatus, en la que exponía la nece-
sidad de definir claramente la doctrina de la iglesia, con objeto de hacer frente al modernismo que, asentado
en un agnosticismo, perseguía someter la fe a la razón. A esto se unía el hecho de que ese espíritu científico,
que impregnó el siglo anterior, había penetrado en la esfera religiosa.
Desde un punto de vista sociológico, el conflicto entre la razón y la ciencia afectaba a las capas ocultas
de las poblaciones europeas y, en otro nivel, a la clase trabajadora urbana influida por el socialismo marxista
y por el anarquismo.
Un factor que estaba contribuyendo a un cuestionamiento de la fe cristiana era el hecho de que la expan-
sión por otros continentes, ponía en contacto a los europeos con gentes de culturas que profesaban distintas
creencias religiosas, en la base de las cuales había ideas arquetípicas similares a las del cristianismo. Esto,
unido a ese deseo de comprobar la fiabilidad histórica de los textos revelados, contribuía a ver las religiones
como expresiones de cultura de las diferentes sociedades y civilizaciones.
También en los primeros años del siglo la iglesia tuvo que enfrentarse con las posturas anticlericales de
los gobiernos de Francia, Portugal, España y México.
Benedicto XV sucedió a Pío X en los momentos del inicio de la Primera Guerra Mundial. A lo largo de
la misma, el Papa lanzó varias propuestas de tregua y de paz que fueron desoídas por los estados beligeran-
tes. Procuró también desarrollar una labor caritativa hacia la población civil y los prisioneros de guerra. No
pudo intervenir directamente en las conversaciones de Paz de Versalles, pero su neutralidad durante la gue-
rra y la eficacia de la labor humanitaria que había llevado a cabo, le depararon amplio prestigio internacio-
nal.
En febrero de 1922 Pío XI sucedió a Benedicto XV. Siguieron la línea trazada por éste, su pontificado
estuvo marcado por un deseo de asegurar la paz en el mundo, progresivamente amenazado conforme se
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afianzaban los movimientos totalitarios. Junto a esto, el Papa desarrolló una intensa actividad doctrinal me-
diante una serie de encíclicas y documentos que trataban de fijar la postura de la iglesia ante las nuevas si-
tuaciones.
El afianzamiento de los totalitarismos en los años 30 y la radicalización de posturas en el seno del mo-
vimiento obrero internacional, condujo a la Iglesia a situaciones difíciles y en algunos casos a una auténtica
persecución. El triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 en la URSS significó el inicio de una serie de
persecuciones contra los cristianos ortodoxos y los católicos, ya que para el régimen salido de la revolución,
la nueva sociedad era incompatible con cualquier creencia religiosa. Con la implantación del Primer Plan
Quinquenal (1928-1932) esa persecución se recrudeció.
Con respecto a Italia, la victoria electoral del fascismo en 1924 y el deseo manifestado por Mussolini de
arreglar de forma definitiva la cuestión romana, condujo a un acercamiento entre la iglesia y el nuevo régi-
men. En febrero del 1929 se firmaban los Pactos Lateranenses por los que Pío XI aceptaba que Roma era la
capital de Italia y parte integrante del país. El régimen fascista, a su vez, reconocía la soberanía temporal del
Papa sobre el pequeño estado de la Ciudad del Vaticano.
En cuanto a Alemania, las relaciones fueron cordiales en un primer momento llegándose a la firma de un
Concordato en julio de 1933. No obstante, desde 1935 en que se promulgaron las leyes sobre la esteriliza-
ción de determinados grupos sociales y la iglesia se manifestó contraria a estas medidas, se inició la perse-
cución nazi contra los católicos que se acentuó en los años de la Segunda Guerra Mundial. Un número signi-
ficativo de sacerdotes católicos acabaron en campos de concentración y exterminio como Dachau.
En España, la implantación de la Segunda República supuso un intento de modernización de la vida so-
cial, a la par que un deseo por parte de los nuevos dirigentes de regular las relaciones entre la iglesia y el
estado en la línea ensayada ya en Francia. La fuerte oposición de los católicos y de las clases más conserva-
doras de la sociedad dio al traste con estos deseos.
Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial fallecía Pío XI. Su sucesor Pío XII (1939-1958)
adoptó en los años de la contienda posturas similares a las de su antecesor Benedicto XV. Envió a los países
beligerantes propuestas de paz y tomó medidas para ayudar a las poblaciones civiles afectadas por la guerra,
así como a los prisioneros constituyéndose en intermediario para los canjes de los mismos. Pero el compro-
miso con la dictadura de Franco en España y la actitud ambigua hacia las potencias del eje, al igual que con
la Francia colaboracionista de Vichy, hizo que, en algunos sectores, se acusara al Papa de una cierta colabo-
ración.
La división de Europa en bloques tras la guerra, acentuó los problemas de la iglesia sobre todo en los
países bajo la órbita de la Unión Soviética. Tampoco le favoreció la expansión del comunismo en África y
en Asia.
No obstante, en los años de la posguerra se produjeron una serie de circunstancias que llevaron a un flo-
recimiento de la religiosidad en el seno de las sociedades europeas occidentales y en los EE.UU. Después de
los padecimientos sufridos, la religión ofreció a muchas personas un refugio ante la imposibilidad de com-
prender y afrontar los males que aquejaban a las sociedades. Este alivio fue proporcionado no sólo por las
religiones oficiales, sino también por nuevos grupos religiosos y sectas que trataban de atraer a las masas de
inmigrantes desplazadas tras la guerra y a los grupos urbanos marginales y desarraigados. La iglesia católica
trató de contrarrestar este fenómeno subrayando el contenido social del evangelio y desarrollando funciones
sociales a través de una multitud de instituciones cuya creación propició, sobre todo las organizaciones ju-
veniles como la YMCA y la YWCA.
A finales de los años 50 se veía necesario un “aggiornamento” o compromiso de la iglesia con las reali-
dades que estaban imponiendo las nuevas formas de organización social. Era necesario también afianzar el
diálogo entre los distintos grupos cristianos y proceder a una adaptación de la iglesia a las situaciones crea-
das en los diferentes países africanos y asiáticos inmersos en pleno proceso de descolonización. Además se
tenían que encauzar los movimientos surgidos en el seno de la iglesia y que abarcaban los ámbitos de la re-
novación litúrgica, la hexégesis bíblica y la teología kerigmática. Por último, había que regular la actuación
de los seglares católicos en la vida de sus respectivas comunidades, mientras el clero se debía centrar en su
doble misión de apostolado y administración de los sacramentos.
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Fue el nuevo Papa Juan XXIII quien tomó la iniciativa de convocar un concilio ecuménico. Su pon-
tificado fue muy breve (1958 a junio de 1963), pero su simpatía y bondad personales, su preocupación por el
problema social y su empeño en entablar un diálogo fraternal con todos los pueblos cualesquiera que fueran
sus confesiones religiosas.
La convocatoria del Concilio Vaticano II la hizo Juan XXIII a través de la bula Humanae salutis el 25 de
diciembre del 61. La sesión de apertura tuvo lugar el 11 de octubre de 1962. A ella asistieron más de 3.000
obispos y 85 embajadores de diferentes países. Juan XXIII falleció cuando se preparaba la segunda sesión
del Concilio, que fue continuado por su sucesor, Pablo VI, hasta su clausura en diciembre de 1965.
A pesar de la duración del Concilio, hubo un interés continuado en amplios sectores sociales y de la clase
política de los diferentes países en los que la religión católica tenía un peso importante. Las deliberaciones
del Concilio se plasmaron en 17 documentos entre los que destacan la constitución pastoral Lumen Gentium
sobre la organización de la iglesia y el papel activo de los católicos laicos en la vida de la misma y la Gau-
dium et Spes acerca del ecumenismo de la iglesia.
Tras el breve pontificado de Juan Pablo I (33 días), le sucedió, en octubre de 1978, el cardenal polaco
Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II en un deseo de continuar las líneas de sus predecesores
que fueron trazadas en el Concilio Vaticano II. Su extraordinaria vitalidad la desplegó en sus numerosos
viajes a países de todos los continentes a los que trató de llevar un mensaje evangélico renovado y revitali-
zado con las aportaciones de esa nueva forma de vivir y de sentir la religión que se instaló en el mundo cris-
tiano desde mediados de los años 70.
No podemos terminar sin mencionar siquiera brevemente el movimiento de la Teología de la Liberación,
surgido tras el Concilio por mor de la acción de una serie de teólogos, que consideraban que la tradición
aceptada hasta entonces ya no era suficiente para dar respuesta a las necesidades de liberación de los seres
humanos, en especial de los más pobres y de las víctimas de la opresión y de la injusticia en los países de
Latinoamérica (donde nació el movimiento) y en otros del Tercer Mundo.

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