Bienvenido a un mundo post-apocalíptico, donde el más allá se
mantiene de tal forma que solo los más valientes pueden convocarlo, o
atreverse a desearlo.
Arrancada de su hogar y su familia, la shamaness Aisling McConaughey
debe adentrarse en el mundo de los espectros para salvar a la amante de
un hombre rico. Pero su poder tiene un precio: debe invocar al príncipe
Djinn Zurael en Caym… y rendirse a su salvaje y sensual cólera.
Zurael pretende asesinar a Aisling después de utilizarla como cebo para
encontrar a un enemigo que tiene en su poder una antigua tabla. Pero
cuanto más saborea su espíritu inocente, más utiliza su fiero contacto para
lograr que ansíe su piedad… incluso si de ese modo tejen un erótico
hechizo del que Zurael no puede escapar
TRADUCTORAS:
Veroniica
Naoru
Dark Lady
Alejitabb
Obsession
Abril_tonks
Anelisse
Geaf
Kuami
Magial_90
Rihano
Darkemily
CORRECTORAS:
Jey
Anelisse
Dark Lady
HellParadise
Lina
Virtxu
RECOPILACIÓN
Virtxu
DISEÑO
Madri
Capitulo 01
Miedo era lo que se respiraba en las tierras agrícolas de San Joaquín cuando se
oyó el ruido de un camión. Los niños fueron llamados de sus tareas y las mujeres
abandonaron la colada. Las pesadas puertas y los barrotes de las ventanas
estaban cerradas y bloqueadas, pedían plegarias a los dioses porque se decía que
los dioses todavía podían permanecer en un mundo alterado para siempre por la
guerra, nacido en la peste.
Un nudo frío de miedo se formó en el estómago de Aisling McConaughey
mientras corría hacia la casa.
Más allá podía ver a algunos de los otros dejándose caer en el granero, pero
estaba demasiado lejos como para ir allí al seguro lugar. La puerta de la calle
estaba abierta. Aisling se metió a toda prisa por delante de Geneva, la mujer en
cuyo umbral ella había sido abandonada cuando era un bebé.
Corrió por el pasillo y se metió en el armario de almacenamiento, a continuación,
en el pequeño escondite entre ella y la despensa de la cocina. Su garganta se
cerró con consternación cuando vio que no era la única que no había conseguido
llegar hasta el granero. Una de sus hermanas más jóvenes se sentó en sus rodillas
y se abrazó a su pecho, sus ojos oscurecidos por el miedo.
Aisling recogió a la niña en sus brazos y reclamó un lugar en el suelo.
- Vamos a estar bien, - susurró mientras abrazaba a la niña. - Probablemente
están conduciendo por aquí para asegurarse de que los huertos están siendo
atendidos adecuadamente. Tal vez se están llevando trabajadores. No conoces al
nuevo alcalde, no permite que la gente se quede en la ciudad si no puede ganarse
su sustento.
El suelo del escondite vibraba por el acercamiento de los camiones pesados.
Desde la última guerra y la peste que la puso fin, sólo los ricos o aquellos que
estaban en asuntos del gobierno se podían permitir el acceso a combustible para
sus vehículos. Los delgados brazos se apretaron alrededor del cuello de Aisling. -
¿Y si quieren a uno de nosotros?
- No ha ocurrido todavía, - susurró Aisling, con ganas de calmar los temores de
su hermana con una mentira, pero dándole la verdad en su lugar.
Después de que la guerra y la peste mataran a gran parte de la población de la
Tierra, los seres sobrenaturales habían salido de su escondite. Desde entonces, los
territorios se habían labrado. Stockton y las granjas de los alrededores fueron
controlados por los seres humanos que temían a los vampiros y los
cambiaformas, así como cualquier persona dotada de habilidades sobrenaturales.
El chirrido de los frenos envió una nueva oleada de miedo a Aisling. Los golpes
en la puerta, acompañados por la voz de un hombre exigiendo entrada, le hizo
crecer la respiración entrecortada.
Arrastrando los pies con un lento progreso Geneva fue con resignación. Otros,
huérfanos sin habilidades que los hicieran diferentes, se movían y el suelo crujía
a medida que tomaban posiciones por toda la casa para que todo pareciera
normal.
- Entren, - dijo Geneva, aunque las pisadas de las botas de sus inoportunos
visitantes estaban ya en el interior.
Las náuseas irradiaban en un nudo en el estómago de Aisling mientras la casa
era registrada. Cerró sus ojos y miró el espacio que compartía con otras varias
muchachas. Su pecho se oprimió cuando una voz llamó, - Capitán. Aquí. -
En su imaginación seguía los pasos a su dormitorio y el tocador donde el
amuleto inacabado descansaba.
Las siguientes palabras del capitán fueron como hielo deslizándose por la
columna vertebral. - ¿Dónde está la shamaness1?- Aisling supo entonces que
habían venido a por ella. El amuleto podría pertenecer a una bruja o un artista.
Muchos de los no-humanos cubrían sus apuestas mediante la compra de
talismanes y amuletos para protegerse. Pero para el guardia, el zorro tallado en
1
Shamanees: chamán: Hechicero al que se supone dotado de poderes sobrenaturales para sanar a los enfermos, adivinar,
invocar a los espíritus, etc.
abulón2 fue la confirmación de lo que estaban buscando. Se abrazó a su hermana
de nuevo, antes de levantarse y pasar la pequeña puerta que conducía a un
armario aparentemente lleno de ropa guardada. En la sala de arriba el guardia
volvió a preguntar, - ¿Dónde está la shamaness, vieja? - Aisling esperaba oír el
indicador de una bala en la recámara o el sonido de violencia física.
Para los ricos y bien posicionados, la vida era muy diferente, la libertad y la
igualdad era algo que daban por sentado. Pero para los pobres, especialmente los
que no eran dueños de la tierra que trabajaban, los derechos civiles eran algo que
solo se encontraba en los libros de historia y sueños. Ella abrió la puerta oculta.
Un poco de opresión abandonó su pecho cuando se encontró solo con la
oscuridad. Sospechaba que sus acciones fueran hechas para dar algo de
espectáculo, para intimidar más que con la esperanza de encontrar a alguien.
En el pasillo, una voz diferente, dijo, - Sra. McConaughey, no queremos hacerle
daño ni a usted ni a nadie a su cuidado. La Iglesia es consciente de su buen
trabajo. Por desgracia, hay más en juego aquí que una mujer y su familia de
huérfanos. Me han ordenado encontrar a la shamaness y llevarla a la Diócesis de
Oakland. Mi búsqueda me ha llevado hasta aquí, a su casa. Sería mejor para
todos los interesados su cooperación.
Aisling cerró la puerta oculta. Tomó una respiración profunda tranquilizadora
para pasar a través de los largos impermeables y mantas colgadas para cubrir la
entrada al escondite. Sus dedos dejaron de lado la pequeña bolsa de cuero con
amuletos que llevaba debajo de su camisa. No había otra opción más que
rendirse.
Los guardias podrían matar a todos los de aquí y asegurar que fue para erradicar
una enfermedad o defenderse a sí mismos. Mientras los huertos, jardines y el
ganado no fueran destruidos, no habría ninguna protesta, ninguna indignación.
Salió al pasillo y subió las escaleras de la casa de madera. Cuando llegó a la cima,
la oscura figura del sacerdote se volvió. Sus ojos se encontraron, brillando con
satisfacción y tal vez con algún indicio de alivio.
Él dio un paso adelante, su lenguaje corporal transmitía amistad. Ella permitió
un estrechamiento de manos.
Sus palmas eran ásperas, sus dedos callosos contra la suavidad de la piel de bebé
del sacerdote. Aisling se forzó para relajarse, fingir que aceptaba su acercamiento
y no lo veía sospechoso.
2
Abulón2: crustáceo
- ¿Su nombre? - Preguntó el sacerdote.
- Aisling.
- Ven, - dijo. - Reúna lo que necesite. Sus servicios son necesarios.
- ¿Podré volver?
Hubo un menudo parpadeo de vacilación antes de que él dijera, - Desde luego,
pero no sé cuándo. Le proporcionarán ropa y alimento. No hay ninguna
necesidad de embalar nada de eso.
El miedo trató de salir por la garganta de Aisling. El pánico la llenó ante la idea
de estar sin sus amuletos más grandes, estos permanecían en una caja fuerte del
granero excepto aquellas veces cuando viajaba a Las Tierras Fantasmas y los
requería para protegerse. No podía recuperarlos, no con la policía y el sacerdote
aquí.
- Estoy lista, - dijo incapaz de mantener su voz estable.
El sacerdote frunció el ceño. Las cejas plegadas enseñaron su preocupación. Un
atisbo de esperanza floreció en el pecho de Aisling. Él estaba bien informado.
Quizás su carencia de protecciones más fuertes la harían parecerle débil,
inadecuada para cualquier tarea a la que había sido conducida.
- ¿Tiene todo lo que necesita? - Preguntó. Sus ojos se fueron a su cuello y
muñecas, a los bolsillos de sus pantalones de trabajo y la cinta delgada que
estaba libre de amuletos.
- No he tenido ningún entrenamiento formal como shamaness, - dijo Aisling.
Era la verdad. Lo que sabía, lo había aprendido por su cuenta o de los guías
espirituales que la ayudaban. Para los ricos, o para los que vivían en
comunidades donde los dones sobrenaturales se aceptaban, tenían una
orientación y educación formal. Ella no se había beneficiado de eso tampoco.
El sacerdote cerró los ojos, tal vez rezando. O tal vez pensaba en los otros lugares
que orientaban, aunque la Iglesia era propensa a ver esos talentos de la misma
manera que consideraban a los vampiros y los cambiaformas, como diablos
nacidos o tocados por el diablo.
Aisling cerró la mano en un puño. Se obligó a no mostrar ninguna emoción. Aun
así, se sentía temblar un poco cuando el pequeño brote de esperanza fue
aplastada sin piedad, cuando él abrió los ojos y dijo, - Si usted está lista,
entonces, nos vamos. Quiero estar de vuelta en la diócesis antes de la noche.
Algo más allá de lo que el sacerdote dijo le llamó la atención. Cuando vio el
hurón negro con los ojos dorados, un pequeño rayo de felicidad penetró en la
oscuridad de su miedo a ser llevada. Aziel tenía la intención de ir con ella o él no
habría salido con la presencia de estos extraños.
- Tendrá que llevar a su mascota, - dijo Geneva con su estoica expresión. - No
voy a tenerlo aquí desatendido y persiguiendo a las gallinas.
- Ven, Aziel, - dijo Aisling aunque no era necesario. El hurón ya estaba corriendo
hacia ella. Hizo un trabajo rápido al subir la ropa y paños alrededor de su cuello
en una vida de robo.
- ¿Estás segura de que tiene todo lo necesario? - Preguntó el sacerdote, con los
ojos a la deriva mirando al hurón brevemente antes de volver a la cara de
Aisling. Ella asintió, con miedo de que si se trataba de hablar, el repentino nudo
que tenía en la garganta se lo impediría. Caminó hasta la puerta de entrada y
más allá vio, a los camiones pesados cogidos por la policía y los guardias cuando
viajaban al campo, era una imagen borrosa. Aisling enfocaba hacia el interior.
Tratando de aislarse de lo que estaba sucediendo. Inconscientemente buscó
consuelo. Enroscó su mano alrededor de la lujosa cola de Aziel y el hurón chirrió
en voz baja. Sólo dos guardias y el sacerdote habían ido a la casa, pero sentados
alrededor de la camioneta había tres hombres armados con ametralladoras. Un
cuarto estaba en la parte trasera, apoyado en la ametralladora que estaba
montada allí.
El capitán abrió la puerta de atrás y se apartó, el sacerdote metió a Aisling
delante. Ella se resistió a la necesidad de mirar hacia atrás mientras subía. Podía
sentir los ojos de los miembros de su familia mirar y también podía imaginar el
miedo que se aferraría a ellos incluso después de que el sonido del camión se
desvaneciera. Las puertas del camión se cerraron de golpe y el motor se
encendió. Los guardias tomaron posiciones en la parte de atrás.
- ¿Listos? - Gritó el conductor. Uno de los hombres de la parte de atrás golpeó en
el techo en señal afirmativa.
El sacerdote no dijo nada y pronto se encontraron en la carretera. Señales
marcaban la distancia hasta Oakland, San Francisco y más allá, a unos mundos
extranjeros y poco familiares para Aisling, lugares que nunca había visto excepto
en su imaginación o en los libros que a Geneva le gustaba reunir y compartir.
El miedo se desvaneció y la curiosidad fue creciendo con cada milla que
viajaban. Aziel se movía para mirar por la ventana. De vez en cuando gorjeaba
como si fuera un guía señalando diversos puntos de referencia.
- El hurón es inusual, - dijo el sacerdote, rompiendo el largo silencio. - ¿Lo
consideras como un familiar?
Aisling apartó la vista de la ventana para mirar al hombre que la había llevado
lejos de su casa. Era mayor que ella, con patas de gallo en las comisuras de los
ojos y una boca que parecía dispuesta a sonreír.
- Es un animal doméstico. Pensé que eran familiares de las brujas y brujos. ¿Los
chamanes no los tienen?
El sacerdote movió la cabeza. - No, no, que yo haya encontrado. - Con indecisión
movió la mano hacia el hurón, pero Aziel se volvió rápidamente e hizo un bufido
en señal de advertencia.
- No es amigable con los extraños, - dijo Aisling. Ella no quería hacerse enemiga
de alguien que podría llegar a ser un aliado. - ¿Por qué me están llevando para
Oakland? El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza para señalar a los dos
hombres del asiento delantero del camión.
- No tengo libertad de discutir el asunto. - Su mirada se desvió hacia el hurón
que una vez más había puesto las patas en la ventana y miraba hacia fuera.
- ¿De dónde sacaste a Aziel?
Su continuo interés preocupaba a Aisling. Sospechaba que él no admitiría la
posesión de dones sobrenaturales, al menos no con ella, pero le preocupaba que
hubiera adivinado que Aziel era algo más, aunque ella misma no estaba segura
de que era exactamente su compañero.
No pensaba en Aziel como un familiar. Si le diera un rol sería un guardián de
espíritu. Quizás una bruja lo interpretaría de una manera similar.
Lamentablemente las pocas brujas que conocía eran reservadas y formaban parte
de un aquelarre. No eran mujeres de las que compartían confidencias ni a las que
se podía preguntar nada.
Cuando el sacerdote no se apartó de ella, dijo, - Lo encontré. Creo que estaba en
una caravana de feria. Probablemente los pollos de granja lo sacaron de uno de
los vehículos. Un día o algo más después de que ellos siguieran adelante, lo
descubrí.
El sacerdote rió en silencio y dejó pasar el asunto. Aisling devolvió su atención al
paisaje urbano que se aproximaba rápidamente.
- No sé mucho sobre Oakland ni quien lo gobierna.
- En este momento tiene un alcalde y un consejo de supervisores. La Iglesia está
representada, como varios grupos de humanos. Es bastante seguro durante el día
pero la noche pertenece a los depredadores.
A Aisling se le puso la piel de gallina en los brazos y se extendió aún más por el
cuerpo cuando alcanzaron la ciudad y fueron saludados por edificios quemados.
Después de que la peste hubiera seguido su curso y los sobrenaturales revelaran
su presencia, la anarquía había reinado durante un tiempo.
Las calles, sobre todo en las grandes ciudades, llenas de violencia y miedo, y con
la cruda necesidad de sobrevivir en un lugar donde el refugio era abundante,
pero los alimentos y el combustible escaseaban. Finalmente, las fuerzas armadas
y de la Guardia trajeron el orden, pero las ciudades todavía seguían marcadas
por su pasado. Y aunque los Estados Unidos aún existían como una nación, no
era la nación gloriosa que había sido una vez. Todo sucedió mucho antes de que
ella naciera, y había parecido irrelevante para la vida cotidiana hasta ahora.
Nunca hubiera esperado ver alguna de las grandes ciudades. No había ninguna
razón para ir allí y tampoco había dinero para hacerlo, a menos que una persona
fuera rica, tuviera enchufe o se uniera a una caravana de mercaderes. Los viajes
eran caros y peligrosos.
Aisling se sorprendió cuando los hombres en la parte trasera de la camioneta
empezaron a disparar rápidamente con sus ametralladoras. El sacerdote dijo, -
No hay nada de lo que preocuparse. Estos son sólo disparos de advertencia.
Estudió la escena de delante de ella: edificios caídos, cristales rotos, automóviles
abandonados y la desaparecida basura. Ya sea algo real o imaginario, de repente
se sintió vigilada. - ¿Quién vive aquí? - Susurró a pesar de la imposibilidad de
que alguien fuera del camión oyera algo.
- Descontentos. Los locos. Los no-aptos y marginados.
- ¿Humanos?
- En su mayor parte, aunque me imagino que esto es un coto de caza para los
depredadores.
Aquel lugar ennegrecido y destruido poco a poco dio paso a zonas donde los
edificios estaban siendo recuperados. Almacenes de pie fuertemente custodiados
junto a los abandonados. Apartamentos oscuros y deteriorados con barras de
hierro, situados junto a edificios en un contorno de luz amarilla suave.
Las medianas ajardinadas y los árboles plantados marcaban el punto donde la
pobreza y la lucha daban paso a la comodidad, a pesar de las barras que
quedaban en las ventanas y las puertas. Los policías armados y los guardias
patrullaban las calles. Hombres, mujeres y niños estaban vestidos con ropas de
colores, mientras se apresuraban a llevar a cabo su negocio antes de que luz del
día se desvaneciera. Aisling miró su propia ropa usada y manchada por el
trabajo. Pensó en la vacilación del sacerdote cuando le había preguntado si
volvería a casa.
El temor se alojaba en su pecho y garganta de nuevo mientras se preguntaba si
sería capaz de sobrevivir en esta ciudad, una tarea que había llevado a hombres
armados y a un servidor de la Iglesia de San Joaquín, con el fin de encontrarla.
Aziel se apartó de la ventana. Su nariz húmeda encontró su oído en un
enraizamiento, con un gesto cariñoso que transmitía su convicción de que todo
estaría bien.
Sonrió a pesar de sus agitadas emociones y de la visión de la Iglesia que se alzaba
delante cuando el camión giró en una calle estrecha. Pasaron por una puerta
fuertemente custodiada, y luego redujeron sus pasos hasta pararse.
- Aquí estamos, - dijo el sacerdote. Se alisó la tela negra de la sotana mientras
miraba las rayas de color rojo que se veían por la inminente puesta de sol.
Lujo, riqueza, cuadros pintados por maestros que habían muerto cientos de años
antes de La Última Guerra. Esas fueron las impresiones con las que se quedó
Aisling cuando se dirigía por los pasillos con una mujer con su hábito de monja.
- Ahora que sé tu tamaño, me encargaré de tu ropa limpia, - dijo la monja cuando
introdujo a Aisling en una habitación pequeña y confortable.
- Toma una ducha. Tendrás comida esperando cuando termines. - Miró al hurón
con curiosidad. - ¿Necesitas algo para tu mascota?
- Una caja de arena.
La monja asintió con la cabeza y cerró la puerta. Un bloqueo se deslizó en su
lugar con un clic casi silencioso, Aisling estaba atrapada en una habitación con
alfombras tejidas a mano y pulidos suelos de madera, mobiliario que era
agradable a la vista, así como funcional. No se veía como una prisión, pero
incluso aunque la puerta no estuviese cerrada, la desconocida ciudad y la falta de
dinero o de aliados la convertían en una.
Miró hacia el cielo casi oscuro y dejó que fluyeran sus pensamientos sobre la
ducha de agua caliente y la comida que le había sido prometida. Eran los
prisioneros de la noche y por los que esperaban los depredadores.
Aisling sacó a Aziel de su hombro y lo puso en el borde posterior de la silla antes
de ir al baño. Se quitó su ropa, y se estremeció de placer cuando caminó por el
agua caliente. Se quedó hasta que una sombra anunció el regreso de la monja. La
consternación la llenó al salir de la ducha y encontrar que faltaban sus ropas,
estas habían sido sustituidas por un vestido negro largo con una amplia falda.
Era una prenda de vestir modesta, destinada a ocultar la forma femenina. Aisling
no quería usarlo, pero el vestido era su única opción a no ser que se envolviera
en una toalla o una sábana. Sus ojos se agrandaron cuando vio un secador junto a
la pileta. Era un lujo, un gasto de electricidad a la que no estaba acostumbrada.
En su disfrute del agua caliente, se había empapado el pelo completamente.
Cuando se desató el grueso pelo rubio rizado cayó alrededor de sus nalgas y
podría tardar horas en secar.
Usar el secador de pelo era casi tan maravilloso como la ducha. Tardó varios
minutos más allí en el punto donde su pelo podría ser trenzado y lo enrolló
detrás de su cabeza.
Aziel comía un pedazo de pollo cuando Aisling salió del cuarto de baño. Se rió
de sus travesuras. Él no habría desafiado a subirse a la mesa de la cocina en casa,
Geneva tendría...
Un nudo apareció en la garganta de Aisling. Parpadeó repentinamente
abrumada por la nostalgia y la preocupación.
El hurón levantó la vista de la carne que estaba cruzada entre sus patas. Gorjeó
con excitación.
Aisling aferró todos sus pensamientos para agradecer por la comida delante de
ella. Se unió a Aziel en la mesa y comió. Cuando comprobó la puerta, la encontró
cerrada. Sin libros para leer y nadie con quien hablar, se acostó en la cama con
Aziel acurrucado en la almohada.
Ya era tarde cuando el sonido de la puerta al abrirse la despertó. - Vamos, están
esperando por ti, - dijo la monja que la había acompañado a la sala.
Aisling se levantó de la cama. - Me gustaría tener de vuelta mi ropa.
- Están siendo lavadas. Cuando estén limpias, te serán devueltas.
Era una cosa pequeña, teniendo en cuenta todo lo que había sucedido y, sin
embargo lo que podría haber ocurrido, pero el conocimiento que pronto tendría
puesta su propia ropa levantó los ánimos de Aisling. – Gracias, - susurró,
mientras Aziel se posaba en su hombro.
La expresión de la monja se suavizó. – Ven, - dijo, su voz más cálida. - Están
esperando por ti. Creo que debe ser importante, dada la presencia del alcalde.
Aisling fue conducida a una habitación. Hacía frío, como si no se utilizara mucho
y por eso no se calentaba a menudo.
Aunque la monja había dicho que el alcalde esperaba, sólo había dos hombres en
la habitación, uno era el sacerdote que había ido a por ella, el otro un hombre
mucho mayor, usando sotana de color rojo sangre.
- Has conocido al Padre Ursu, - dijo el sacerdote desconocido. - Soy el obispo,
Routledge. Sus servicios son necesarios. A cambio de un desempeño exitoso de
ellos, se le concederá una licencia para practicar sus habilidades en Oakland.
Usted dispondrá de una residencia en la zona de la ciudad, donde otros con
controversiales capacidades se han establecido. También recibirá vales para
comida y transporte, así como una pequeña entrada, a fin de facilitar su
transición.
Comenzó a alejarse. Aisling dijo, - Padre Ursu me dijo que me estaría permitido
regresar a casa.
El obispo se detuvo. Sonrió, aunque no alcanzo sus ojos. - Regresar a casa con
una recompensa financiera es una posibilidad. Pero primero vamos a ver si
tienes éxito esta noche.
Aisling trató de parecer con confianza, sin miedo. Su voz y palabras confirmaban
lo que ya sabía.
No había ninguna posibilidad de decidir si sí o no los ayudaría. - ¿Qué servicio
tengo que llevar a cabo por el que me han traído aquí? - Preguntó, y sin embargo
sabía que sólo podía ser una cosa lo que querían de ella, entrar en la Tierra de los
Espíritus (Spiritlands) donde los muertos esperaban la sentencia o el
renacimiento, donde encontraban el cielo o el infierno, dependiendo de las
creencias. Ese era el regalo de un chamán al entrar en las Tierras Fantasma, para
caminar en la otra vida y negociar para obtener respuestas y ayuda de los seres
encontrados allí.
- Un componente importante necesita ayuda. Me pidió que actuara de
intermediario. Una conocida mujer suya ha desaparecido. La policía no ha sido
capaz de averiguar qué pasó con ella. Nuestros constituyentes quieren el cierre,
incluso si las noticias son malas. No es algo que la Iglesia normalmente tolera o
toma parte, pero hay circunstancias atenuantes. Tenemos la esperanza de que un
chamán o shamaness podría ser capaz de localizarla, especialmente si su alma ya
ha salido.
El Obispo Routledge recuperaba una fotografía de una mesa que Aisling no se
había percatado. Le entregó la imagen. - El nombre de la mujer es Elena
Rousseau. Me temo que el tiempo es esencial. El Padre Ursu permanecerá con
usted. Tengo otros asuntos que atender.
El obispo salió de la habitación sin decir otra palabra. El Padre Ursu indicó una
silla al lado de la mesa. - He sido testigo de este tipo de cosas antes. No voy a
interferir.- Cogió un cáliz y se lo entregó a ella.
Aisling logró contener su expresión y sus pensamientos cuando miró hacia abajo
para encontrar granos de sal en la copa de plata. Aziel charlaba alegremente
cuando el enterró sus manos en los gránulos blancos y lanzó algo de la sal en el
suelo.
El Padre Ursu se aclaró la garganta. Su rostro era tensó. - Es casi medianoche. La
policía ha descubierto varios cuerpos recientemente. Tenemos razones para creer
que las víctimas fueron todos asesinados durante la hora de la bruja.
Aisling se preguntaba de nuevo qué habilidades poseía. El miedo se escondía
dentro de sus ojos, como si hubiera visto el comienzo de algunos de los primeros
dibujos a las horas muertas de la noche.
Ella se trasladó al centro de la sala y se sentó en el desnudo y frío suelo. Si
hubiera estado en casa, hubiera puesto a Aziel en su regazo y cerrado a los dos
en un círculo de tiza o de ceniza, o rodeado con amuletos que usaba cuando
quería proyectar su propio ser astral en lo que la mayoría pensaba como la Tierra
Fantasma.
Aunque en realidad era una tierra de espíritus, un lugar antiguo conteniendo
mucho más que las almas humanas. Pero aquí, bajo la atenta mirada del
sacerdote, guiada más por intuición que la razón, arrancó el hurón de su hombro
y lo puso lejos de ella.
Ella introdujo los dedos en la sal, la incertidumbre sobre utilizarla. Era la
protección de una bruja, no de ella. Se preguntó si otros chamanes utilizaban la
sal para abrir una puerta hacia el mundo espiritual.
Efímeramente Aisling se encerró a sí misma en un círculo de sal. Aunque tenía
los ojos cerrados, era consciente de que el Padre Ursu miraba. Era consciente de
otra presencia también, de alguien cercano y capaz de ser testigo de lo que
ocurriría.
Trató de aquietar el pánico más profundo dentro de ella, se sentía atrapada en
una telaraña mortal, donde la lucha se volvió completamente enredada. Se centró
en su respiración, en estabilizar el ritmo de su corazón, y despejar su mente del
miedo.
Había signos que usualmente dibujaba, pero una vez más el instinto le advirtió
contra la revelación de la más sagrada parte de su ritual. Se concentró en cambio
en la visualización de estos, en hacerlos reales en su mente mientras
silenciosamente llamaba por el verdadero nombre a uno de los que ofrecía su
protección en Las Tierras de los Espíritus.
Su ritmo cardíaco se triplicó cuando las densas nubes grises del mundo de los
espíritus se apresuraron hacia ella. Se tenía a si misma abierta y el viento
fantasma soplaba a través de ella, en busca de resistencia, debilidad, llenándola
con el terror de la muerte sin fin, incluso si ellos la aceptan y la reclamaban.
Cuando se calmó y se estableció, miró hacia abajo y vio su cuerpo, allí y sin
embargo no allí, desnuda como siempre aparecía en Las Tierras Fantasma, su
pelo como cortina por su espalda.
Sin previo aviso, un hombre salió de la bruma gris. Su rostro mostraba los
tatuajes de un trasgresor de la ley. Se lamió los labios mientras miraba su cuerpo
desnudo. Su propio cuerpo estaba cubierto con ropa que parecía cara. Se inclinó
ligeramente hacia delante, haciendo hincapié en el hecho de que sus manos
estaban atadas detrás de él, como había sido en el momento de su muerte. Un
cable de metal servía como lazo para colgar al hombre. Se retorcía en torno a su
cuello luego se arrastraba hacia abajo por la espalda antes de desaparecer en la
bruma a sus pies.
- Veo que han enviado un chivo sacrificable, - dijo con voz ronca. - O tal vez ese
es el papel de Elena. - Ladeó la cabeza. - Una vez más, tal vez la tercera es la
vencida.
Aisling resistió el impulso de suavizar sus manos sobre la ropa no existente.
- ¿Estás aquí para llevarme a Elena?
- Puedo hallarla, si debo hacerlo. La sangre llama a la sangre y todo eso, - inclinó
la cabeza. - Y en pocos minutos habrá un montón de sangre. Puede ser que no me
necesites de todos modos para entonces.
- ¿Qué quieres a cambio de tu ayuda?
- Si sólo se tratara de una cuestión de lo que quiero. Personalmente dejaría a
Elena a su suerte. Una vez que comience a coleccionar las obras de arte facial, mi
hermana no tendrá nada que ver conmigo.- Sonrió y algunos de los tatuajes que
catalogaban sus crímenes se fusionaron. Sus ojos reflejaban un goce cruel. - Es
sólo cuestión de tiempo antes de que Elena se convierta en desechable. Cuando
usted hace su cama en un nido de víboras, eventualmente consigue ser mordido.
Pero el tiempo se desperdicia. A cambio de mi ayuda estará de acuerdo en tomar
el buen ofrecimiento del obispo. Quedarse en Oakland, - se rió, - es posible que
también. Ellos no tienen la intención de que se vaya. Esto es sólo el principio del
acto si sobrevive, por supuesto. Te das cuenta de eso, ¿no?
El corazón Aisling latía en su pecho. Sus palabras sonaron con la misma verdad
oculta que había oído en la voz del obispo. - ¿A quién sirven?
- A uno cuyo nombre no está destinada a conocer por el momento, - rodó sus
hombros, y el cable con el que había sido colgado brilló, una correa larga de plata
que conducía a un invisible maestro.
Aisling lo estudió. Bueno o malo, dañino o benéfico, sin formación académica
solo tenía su instinto para confirmar en cuando vendrían las guías espirituales y
entidades que se encontraban en las Tierras Fantasma. - Voy a quedarme en
Oakland, por un tiempo.
El hombre inclinó la cabeza como si estuviera escuchando una voz tácita. -
Suficientemente bueno, - dijo antes de girar y caminar más profundo en el paisaje
gris.
No tenía sentido del tiempo o de distancia en Las Tierras de los Espíritus. Podían
haber viajado durante unos segundos u horas, metros o millas. Tenía la sensación
de ser observada, pero Aisling no podía estar segura de en que plano estaba, la
presencia del Padre Ursu en la sala donde su cuerpo esperaba su regreso. Calor y
frío rozaron a través de sus tobillos; de vez en cuando había un toque fantasmal
en la parte posterior de su mano.
El gris dio paso al rosa. El color rosa oscuro se convirtió en rojo sangre. Su guía
se detuvo. - Fin de la gira para mi desgracia, - le dio una patada a la niebla roja a
sus pies. - Una lástima. No me importaría ver cómo a Elena le está yendo.-
Inclinó la cabeza. - Ella no está gritando. Podría ser un buen signo o uno malo. Si
se escapa de su destino, asegúrese de decirle que su querido hermano John tiene
la esperanza de verla pronto, - rió antes de tomar un paso atrás y ser tragado por
la Tierra Fantasma.
Aisling cerró los ojos y se dejó caer en el mundo físico mientras permanecía en el
astral. Fue recibida por el sonido del canto, por el fuerte olor del incienso
mezclado con sangre. Su aliento atrapado en su garganta cuando abrió los ojos y
se encontró en una escena de pesadilla de velas parpadeando montadas sobre
cabezas de cabra, figuras de sotanas oscuras que rodeaban un altar donde Elena
estaba desnuda y extendida como un águila. Signos pintados en los párpados y
los labios, en las palmas y las plantas de sus pies. El constante aumento y la caída
de su pecho era la única indicación de que aún estaba viva.
El brillo de una hoja que comenzaba a levantarse desvió la atención de Aisling a
un hombre al lado del altar. Llevaba el tocado de una cabra en su cabeza. El
canto se detuvo cuando comenzó a hablar en una voz profunda y fascinante.
Las palabras eran desconocidas para Aisling, pero se podía adivinar su
significado, su propósito. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos.
Ella no tenía presencia física real aquí. Era sólo un testigo de los hechos.
Aún cuando saliera de la habitación y determinara donde estaba Elena, al
momento en que regresara a su propio cuerpo y transmitiera la ubicación, sería
demasiado tarde.
Piel caliente rozaba sus tobillos. Miró hacia abajo y se sorprendió por la vista de
Aziel. Siempre antes, tocaba su cuerpo físico con el de ella y entraba en las
Tierras Fantasma con ella, o no aparecía en absoluto.
Las llamas de las velas parpadeaban y se refleja en sus ojos amarillos cuando se
encontró la mirada de Aisling. Sus mentes se tocaban de una manera que lo
hacían sólo cuando ambos estaban en forma espiritual. Es un nombre que puedes
susurrar a los vientos del espíritu, un ser que puedes convocar.
Era su elección. Siempre lo era. Pero había un precio que pagar. Dímelo.
El hurón se subió a su hombro. Su cara pegada a la suya, como para garantizar
que el nombre que se daba sólo fuese oído por ella. Zurael en Caym. Heredero de la
Serpiente. Hijo de quien es el príncipe.
Un escalofrío se disparó bajando por la espina en el alma de Aisling, el
reconocimiento profundo. No había tiempo para cuestionar la reacción o
agonizar por su decisión. La oración del sacerdote oscuro subía en crescendo.
Cuando lo alcanzara, la daga en la mano se hundiría en el corazón de Elena.
- Zurael en Caym. Heredero de la Serpiente. Hijo de quien es el príncipe. te
llamo, - dijo Aisling. - Yo te llamo a mí y te ordeno poner fin a esta ceremonia
antes de que el sacrificio se realice.
Las sotanas oscuras de acólitos chillaron cuando Zurael apareció, alas negras y
garras. Con un golpe casual le cortó la yugular al sacerdote oscuro y envió
sangre salpicando sobre el altar. En el pánico de los participantes por tratar de
escapar, sólo para que los atraparan y los asesinaran, sus cuerpos cayeron
casualmente al suelo, sus corazones dejaron de latir y sus almas escaparon.
El terror y el horror llenó a Aisling a la vista del demonio, a la destrucción que
realizó con tan poco esfuerzo.
Su rostro y su cuerpo desnudos eran humanos, pero sus ojos brillaban como el
oro fundido. Cuando el último de los participantes en la masa negra estuvo
muerto, fue a presentarse ante ella, recubierto de sangre, su expresión prometía
retribución por ser llamado y ordenado.
Un anillo estalló a la vida a sus pies, rodeándola, protegiéndola. Zurael con ojos
rasgados recorría con su mirada, recorría la dimensión de ella y su pene comenzó
a engrosarse. - Saborea estos momentos donde me tienes esclavizado, niña de
lodo. Esto va a costarte la vida, - dijo antes de desaparecer tan repentinamente
como había llegado.
Capitulo 02
Zurael cobró vida en el lugar exacto en el que abruptamente e involuntariamente
había desaparecido unos momentos antes. Las alas y las garras no estaban, como
la sangre, pero la furia continuaba, mortífera y concentrada. Los vientos
desérticos ondeaban a través de las ventanas de las que colgaba una delgada tela
de gasa. Más que calmarle y aliviarle, la brisa le hacía pensar en la mujer que
había susurrado su nombre en los Vientos de los Espíritus, quien le había retado
a convocar a un príncipe Djinn y ordenarle.
Ella pagaría con su vida. No podía permitirse que semejante magia se levantara
otra vez.
Sonó un golpe en la puerta. Era el consejero de su padre. Zurael podía sentir su
firma de energía. Sabía que no le llevaría mucho tiempo el enterarse de lo que
había ocurrido al alcanzar al Príncipe.
Zurael fue a la puerta y la abrió. Miizan en Rumjal retrocedió, la inclinación de
su cabeza le indicaba a Zurael que tenía que seguirle. Sus gestos no dieron
insinuaciones de sus pensamientos, y Zurael no había tenido intención de
preguntar por ellos. Aunque Miizan estaba atado a la Casa del Escorpión y no a
la Casa de la Serpiente, su lealtad hacia el Príncipe fue forjada hacia miles de
años, cuando solo había un lugar que había sido profanado por los humanos y
robado del Djinn en una conquista sangrienta y contaminada, esclavizando a la
magia.
Zurael entró en la aterciopelada oscuridad de la noche y siguió al consejero de su
padre en silencio cuando se movieron a través de la corte y debajo de elegantes
arcos. Las cortinas pastel en las ventanas le hacían pensar en florecientes flores
de noche, su color era revelado por el suave brillo de las velas. Aunque podían
haber adoptado un sinfín de formas y haber viajado rápidamente, caminaron
hasta que Miizan paró delante de una puerta de entrada.
- Él espera abajo.
Los labios de Zurael se curvaron en una nefasta sonrisa cuando abrió la puerta y
comenzó a descender las largas escaleras hacia el Vestíbulo de la Historia. No
necesitaba preguntarse cuál era el humor de su padre. Siempre era el más oscuro
cuando El Príncipe pensaba en el pasado.
Era como la boca del lobo, pero Zurael andaba con la facilidad de alguien que lo
había hecho durante siglos. Como era digno para algunas personas creadas del
fuego desde el mismo comienzo, cuando la Tierra bullía y hervía, mudando las
rocas y el inconsciente deseo de traer la vida, el aire alrededor de Zurael
aumentaba en calor con la profundidad y la cercanía cuando llegaba a donde su
padre esperaba.
Al pie de las escaleras, los débiles colores comenzaron su lucha contra la negrura
en una metáfora sardónica para la historia de un Djinn, fuego, recuerdo y sangre
de ángel. Zurael se agachó a través de un corredor abovedado y entró en el
Vestíbulo.
Su padre estaba de pie delante de un mural en el que se representaba la primera
llamada y el primer vínculo. Pero a diferencia del Djinn que había en el mural, el
cual se parecía mucho a Zurael, con el pecho desnudo y descalzo, una larga y
negra trenza que pasaba por sus hombros y acababa en sus caderas. El Príncipe
había tomado la forma de una pesadilla, el demonio que había sido llamado
cuando el dios le maldijo y retorció su forma en algo espantoso como una lección
para todo Djinn.
Sus dedos estaban ondulados en garras. Correosas alas de murciélago emergían
de su espalda, sus bordes cubrían elegantemente sus antebrazos. Como la cola de
una serpiente enrollada alrededor de sus piernas.
Los humanos creían que estaban formados a la imagen de su dios. La verdad era
que estaban formados a la imagen de un Djinn, no porque el Djinn lo quisiera,
sino porque el dios se entretenía a sí mismo con experimentos a los que había
dado forma y habían demostrado ser eficaces.
- Fuiste convocado, - dijo el Príncipe. Su voz era casi un silbido, pero hizo eco en
el vestíbulo. Resonó a través de la mente de Zurael como una maldición lanzada
en el pasado.
- Sí. La mataré si tú me concedes el permiso para pasar a través de las puertas.
La lengua del Príncipe salió, bifurcada para mantener la imagen que había
elegido para el proyecto, aunque desde hacia tiempo había roto la maldición que
una vez le atrapó en una abominación de Djinn y bestia.
Lentamente, los ojos rojos del demonio giraron para volverse negros. La cola se
desenrolló, así como las alas y las garras, cayeron cuando su padre se giró para
estudiar el mural una vez más.
Zurael miró el mural y la representación del primer Djinn no solo convocado
sino que estaba ligado a un recipiente de modo que sirviera para crear criaturas a
partir del barro. Aunque no admitiría nunca el miedo, un dedo congelado bajó
por su espina cuando miró el destino de Jetrel y destellos de ese momento en el
que él mismo fue convocado. Si ellos dos hubieran estado uno al lado del otro,
pocos habrían sido capaces de decir la diferencia entre el hijo primogénito de su
padre y el hijo más mayor de su padre, así de cerca era la semejanza.
Su padre había perdido docenas de hijos e hijas antes que él, junto con los
mayores poderes de los ancestros, había creado el Reino de los Djinn
intensamente con las Tierras Fantasma. Después hubo unos pocos nacimientos
de cualquiera de las razas, incluso el Príncipe.
El silencio reinó, pesado y lleno de recuerdos oscuros en el Vestíbulo donde el
Príncipe había pedido que pintaran la historia de los Djinn usando la sangre de
ángel y los colores del mundo que una vez había sido suyo para gobernar.
Su padre inclinó su cabeza como si escuchara voces que solo él podía oír, o
quizás alcanzó a ver un destello del futuro, como si eso le dijera qué hacer.
- Hay pocos ancianos para recordar, pero este es el momento cuando incluso esos
que pertenecían a la Casa de la Paloma se dan cuenta que no había un
compromiso con el dios que vino aquí desde un lugar más allá de nuestra
comprensión y reclamó nuestras tierras como su propio patio de recreo.
Nosotros, quienes fuimos creados del fuego de la Tierra, fuimos ordenados
arrodillarnos ante las criaturas de barro y someternos a sus deseos. Cuando nos
negamos, prefiriendo luchar hasta la muerte más que ceder, a ellos les
permitieron convocarnos y atarnos a un recipiente para que pudiéramos ser
utilizados cuando quisieran los familiares. - La mano del Príncipe se levantó para
planear sobre la imagen de Jetrel. - Este es el momento en el que aprendimos lo
que nos ocurriría si matábamos a un humano que nos mantenía esclavizados.
Esto es cuando aprendimos lo que significaba convertirse en un invocado, un
alma contaminada, alguien cuyo nombre no puede ser dicho en voz alta durante
mucho tiempo, alguien cuyo espíritu no puede ser guiado de vuelta y renacer
dentro de una nueva vida.
Su padre bajó la mano. Zurael luchó con la urgencia de repetir su pregunta,
señalar lo que su padre ya sabía, que él aún no había sido atado y que podía
matar al único humano que le había convocado sin convertirse en un invocado.
- Aunque pocos lo recuerdan y los que lo hacen no hablan de esto, - dijo su
padre. - Antes de este momento, cuando sabíamos que debíamos crear un reino
separado de nosotros mismos, hubo Djinn que encontraron a los humanos
seductores. El hijo cuya pérdida es una profunda cicatriz en mi corazón era uno
de esos. Nuestras mujeres eran abundantes entonces y nuestros niños fáciles de
concebir. Aún así él se llegó a obsesionar con una mujer humana, negándose a
abandonarla cuando lo demandé. Ella se convirtió en su debilidad, el cebo usado
para atraparle. Su sangre fue usada en el primer hechizo lanzado para convocar
y atar a un Djinn.
La espina de Zurael se tensó a lo que su padre insinuaba. - No tengo interés en la
hembra humana más que para matarla.
- Camina conmigo, - dijo su padre. - Háblame de la invocación.
La anterior rabia de Zurael regresó en un latido. El cuadro del Vestíbulo se apagó
desde su conciencia.
- No hubo aviso,- dijo. - Ninguna indirecta de que había sido cogido. No oí mi
nombre y con eso una orden para acabar la ceremonia antes de que el sacrificio
pudiera ser hecho. Como todos nosotros hemos sido educados a hacer desde la
niñez, tomé la forma que los humanos llaman demonio. Había figuras con togas
negras reunidas en una sala con velas y cantaban alrededor de un altar. Su
oscuro sacerdote tenía una daga levantada y estaba dirigida hacia el corazón de
una mujer. Les maté y hubiera matado a la que me había convocado, pero estaba
protegida. Cuando conseguí acercarme, un círculo cobró vida a su alrededor y no
pude atravesarlo. Me fui antes de que me ordenara más cosas o me atara.
- Esta mujer que te convocó, ¿estaba desnuda o vestida?
El cuerpo de Zurael se tensó cuando su ojo metal viajó otra vez sobre la figura de
la mujer. Se apartó con el fin de esconder la repentina erección que presionaba
contra su suelto y largo pantalón.
- Estaba desnuda.- dijo, odiando que su pene se hubiera endurecido delante de
ella también.
- Entonces no era su forma física la que te convocó sino su espiritual. ¿Había
símbolos en el círculo rodeándola?
- No. - El desasosiego se deslizó por la espina de Zurael cuando se dio cuenta que
no había visto su nombre entero escrito en cenizas o llamas como debería, ni que
ella le había convocado con la recitación de un hechizo como debería haber
hecho.
Su padre dejó de caminar y se giró para enfrentarle. A sus lados acababa el
mural. Ellos estaban en la cúspide del presente. Más allá de donde estaban de
pie, el Vestíbulo continuaba en la interminable oscuridad, el futuro aún no
capturaba las paredes.
- Una pregunta final y luego responderé a la única que me hagas. ¿Estuviste
obligado a matar a los humanos, o lo hiciste porque ellos se lo merecían y tú
querías hacerlo?
Zurael cerró sus ojos y recordó el instante cuando había tomado forma en un
mundo que raramente había visitado, aunque como mucho, lo había observado y
había soñado con el día en que los Djinn lo reclamarían. La pregunta de su padre
era un susurro en sus pensamientos cuando revivió el hedor del mal que era
reemplazado por el olor de la sangre. El horror le llenó cuando se dio cuenta de
que no había distinción entre las órdenes de su convocador y su propio
sentimiento de libertad, pero no se apartaría del espectro de eso cuando
respondiera la pregunta de su padre con honestidad.
- Quise parar el sacrificio. Maté a los humanos porque podía.
Él abrió sus ojos y vio a su padre estudiándole de cerca, quizás estaba dispuesto
a que le dijera más, para admitir que era la hembra y no la violencia lo que había
tomado forma en su ingle dentro de una rígida línea contra la parte delantera de
sus pantalones. Zurael no dijo nada y el silencio era como una respiración
mantenida. Todas las paredes, las escenas pintadas allí brillaban con emoción
capturada. No estaba dispuesto a que su mirada viajara a la distancia que sus
pies habían cubierto y parado en la imagen del primer hijo y la primera
convocación.
El terror congelador encontró su camino hacia el corazón de Zurael. No se había
disipado cuando su padre dijo, - Al menos convocado, deberías dejar el Reino de
los Djinn solo una vez.
***
Aisling se estremeció cuando miró la carnicería delante de ella. El miedo la
atrapó en el círculo protector. La promesa del demonio de castigarla congeló sus
miembros y atrofió su coraje, incluso aunque sabía que necesitaba averiguar
dónde estaba, así podía volver a su cuerpo físico.
Cerró sus ojos y giró su cara para enterrarla en la comodidad del cálido pelo de
Aziel. Su corazón aflojó el paso, casi con un dolor necesario para volver a la
única familia que había conocido.
- Atravesemos esto. - Susurró a Aziel antes de abrir sus ojos y salir del anillo
fantasma.
El pecho de Elena se levantó y cayó en un ritmo regular. Las señales
ensangrentadas pintadas sobre sus párpados y boca, sobre sus palmas y las
suelas de sus pies, removieron un recuerdo en Aisling, pero sabía que era un
recuerdo de shaman y no uno personal.
Subió las escaleras y, moviéndose a través de la casa, salió a la oscuridad a fin de
buscar una dirección. La noche era tranquila, pero la presencia de los
depredadores que deambulaban no la estaba ocultando como debería haber sido,
si su espíritu y su cuerpo físico estuvieran unidos.
Aisling podía sentir la firma de frío helado de un vampiro buscando una presa.
Más allá un solitario Were merodeaba, su cálida energía era un faro aunque no
estaba lo suficientemente cerca para que ella determinara su forma animal.
Dentro de la otra casa en la calle podía oír una conversación apagándose. Podía
sentir el terror que la noche agarraba para los ocupantes que se protegían detrás
de las ventanas protegidas y miraban a las puertas.
Al final del bloque en una curva un palo aún llevaba un cartel de la calle. Aisling
lo leyó y permitió tomar conciencia de los apagados alrededores. El gris de las
Tierras Fantasma pasaba con una rapidez que la dejó mareada. Cuando abrió sus
ojos encontró al Padre Ursu cerniéndose justo a unas pulgadas del círculo
protector.
- 3574 de Rhine Street, - dijo ella.
El Padre Ursu cogió el teléfono de su bolsillo y transmitió la dirección, aunque
Aisling sabía que era por el espectáculo. Justo antes, sintió otra presencia, alguien
más observando la sala. Esta vez miró alrededor y notó el pequeño espejo en la
pared sobre la mesa donde el cuadro de Elena había estado y donde Aziel ahora
estaba acurrucado aparentemente durmiendo.
- Encontraste a un poderoso demonio,- dijo el Padre Ursu, llamando la atención
de Aisling de vuelta a él y haciendo que su corazón tronara con renovado miedo.
- ¿Cómo lo supo? - Su voz salió un poco más que un susurro.
El Padre Ursu gesticuló al anillo ennegrecido de sal a su alrededor. - ¿Qué
ocurrió?
La respiración de Aisling era corta cuando miró al círculo protector. Se
estremeció cuando la maravillosa cara del demonio y las palabras de muerte
llenaron su mente. Durante un momento el terror la agarró completamente en su
abrazo. Impidiendo a la muerte cubrirla con una mortaja de seguridad. Tan
pronto como rompiera el círculo protector, el demonio vendría a ella. Intentó
encontrar las palabras y falló. Un suave golpe sonó cuando Aziel saltó de la
mesa. Correteó a través de la sala como si percibiera su angustia y su necesidad
de comodidad.
Delante del sacerdote podía agarrarle, él cruzó el círculo, barriendo la sal
ennegrecida con sus pies y rabo. Saltó a su posición favorita en los hombros de
Aisling. Parloteó como si la estuviera regañando, recordándola que él era el
único que la había dado el nombre de Zurael para susurrar a los Vientos de los
Espíritus.
Aisling tembló cuando el terrible miedo la dejó en un repentino apuro. Cerró sus
ojos y se concentró en responder la pregunta del sacerdote.
- Había una masa oscura. Estaban cantando, pero un demonio llegó antes de que
acabaran la ceremonia. - Tomó una fuerte e involuntaria respiración cuando los
eventos pasaron por su mente.
La culpa se enredó con el alivio de haber salvado a Elena. Ella había querido que
el sacrificio parara, pero ahora las muertes caía sobre su conciencia. Había
ordenado a Zurael parar la ceremonia y él había obedecido. Miró al sacerdote y
dijo, - Todos están muertos, todos excepto Elena.
El Padre Ursu asintió. - La magia negra es peligrosa. - Él estaba de pie y ofreció
su mano. - Ven, niña. Yo te llevaré de vuelta a tu dormitorio. Has tenido un día
largo y difícil.
Aisling le dejó ayudarla a ponerse de pie y guiarla a su dormitorio. Estaba
emocionalmente exhausta, no sería capaz de preocuparse por mucho tiempo si él
era un aliado o un enemigo.
***
Zurael empujó la puerta y salió a la noche. La generosa brisa y los ricos olores le
saludaron sin hacer nada para tranquilizar el desorden de sus pensamientos, el
conflicto de sus deseos, las preguntas sin hablar que le había hecho su padre y
que él no había respondido.
Durante un instante estuvo tentado de reunir la arena a su alrededor en un
remolino, enfureciendo la masa y rugiendo a través del desierto hasta que sus
emociones se resolvieran. Estuvo tentando a tomar la forma de un halcón y volar
hasta que estuviera demasiado exhausto para pensar o preguntar. Pero estas eran
las reacciones de un niño y había sido uno hace siglos.
Sobre él, el cielo estrellado y sin luna estaba negro como la boca del lobo. Si fuera
a cazar a alguien que le convocara, necesitaría hacerlo durante el día. La humana
que estaba buscando no saldría entre los depredadores de la noche.
Zurael volvió a trazar la ruta que había caminado con el consejero de su padre.
Se movía con una gracia casual, apenas consciente de su alrededor. Con cada
paso la urgencia de encontrar a la que le había convocado crecía y se extendía
hacia fuera como el veneno del mordisco de una araña.
Vaciló con el pensamiento, y lentamente paró. Estaba en el jardín en el que
raramente se entretenía. A su izquierda había un camino con arcos que rara vez
encontraba la necesidad de atravesar. Durante los largos momentos que
contemplaba lo que eso podría haberle costado. Pero al final giró y tomó el
camino dirigido a la Casa de la Araña.
Un joven macho Djinn, llevando el simple pantalón blanco de un estudiante,
abrió la puerta. Retrocedió para hacer paso a Zurael con una reverencia.
- Bienvenido, Príncipe Zurael en Caym de la Casa de la Serpiente. Nos honra con
su presencia. ¿Desea llamar a aquel que lidera nuestra casa? ¿O a otro que le
sirva?
- Veré a Malahel en Raum, - dijo Zurael. El pago requería que fuese empapado,
pero no quería compartir los detalles de su vergüenza, su convocación, con
alguien más que el más fuerte de la Casa de la Araña.
- Como desee, Príncipe Zurael. - El estudiante se inclinó otra vez. - Si me sigue, le
llevaré a la sala que ella preparó.
Como las paredes del Vestíbulo de la Historia, las paredes de la Casa de la Araña
estaban cubiertas de cuadros. Las imágenes estaban capturadas en seda tejida en
tapiz más que pintadas en sangre. Algunas de las escenas eran recordatorios de
las que su padre había creado. Pero donde la historia del Príncipe estaba llena de
guerra, con pequeñas victorias y muchas más derrotas, con el robo de la tierra de
los Djinn; la historia que se encontraba en las paredes en la Casa de la Araña
estaban entretejidas con decepciones carnales de humanos, ángeles y Djinn
entrelazados.
Los labios de Zurael se movieron en una silenciosa maldición cuando la imagen
de la hembra que le había convocado llenó sus pensamientos y su ingle se
endureció en respuesta. Apartó su atención de los sedosos hilos girados
cubriendo las paredes y forzándose a pensar en lugar del miedo que había
sentido en ese instante cuando su nombre había sido susurrado en los Vientos de
los Espíritus y su cuerpo se desmaterializó en contra de su voluntad.
La rabia volvió a llenar el lugar grabado por el terror. Pensaba en los humanos y
sus negras capas, sus imprudentes deseos de llamar a esos atrapados en el
infierno de las Tierras Fantasma. En un parpadeo sus muertes pasaron a través
de su mente, y antes de que pudiera pararse a si mismo estaba una vez más de
pie delante de la hembra.
El pene de Zurael latió. Sus labios retrocedieron, un silencioso gruñido en desafío
al calor que se levantaba hacia arriba, girando a través de su pecho, cuello y cara.
No había escondido la erección que presionaba contra la parte delantera de sus
pantalones. Asintió rígidamente cuando el estudiante paró en una puerta y se
inclinó dentro de una pequeña habitación.
- Le rogaría a su señoría que espere aquí.
La habitación estaba desnuda de influencias. Las paredes estaban pintadas del
gris de las Tierras Fantasma. Tres largas almohadas grises servían como asiento
alrededor de una mesa de madera solo a pulgadas del suelo. Tres tazas de té
esperaban en una bandeja en el borde de la mesa. Cerca había una tetera de
cerámica situada en un brasero, el brillo del carbón caliente un símbolo del Djinn,
cuyo reino de prisión estaba rodeado por las frías tierras de los espíritus.
En cuatro zancadas Zurael estaba al lado de los cojines. El olor a té de jazmín
llegó a sus ventanas nasales. Contempló las tazas de té y sintió la conmoción de
la dificultad en su pecho. Él nunca había sido alguien que frecuentara esta casa.
Se giró al oír la puerta abrirse. Malahel en Raum estaba de pie en la puerta. Ella
llevaba la túnica ocultando a un morador del desierto, aunque como la
habitación, eran grises. En deferencia a su posición, Zurael se inclinó ligeramente
y dijo, - Gracias por atenderme.
- Otro te atendería también,- dijo Malahel, entrando en la habitación.
El pulso de Zurael se clavó a la vista del Djinn que entraba por la puerta. Como
Malahel, Iyar en Batrael de la Casa del Cuervo estaba vestido con la toga que
ocultaba a un viajero del desierto. Su piel era tan negra como el material que
cubría todo su cuerpo y la mayor parte de su cara. Solo el dorado de sus ojos era
fácilmente visible.
- Entra, - dijo Zurael, agradeciendo a Iyar con una inclinación de igual
profundidad a la que le había dado a Malahel. Los tres se sentaron en los cojines.
- ¿Deseas servir? - Preguntó Malahel, indicando las tazas que esperaban con un
pequeño rápido movimiento de sus dedos y dando a Zurael la elección si llevaba
la conversación o no.
Zurael levantó la tetera y llenó las tazas de cerámica.
- Fui convocado.
Tanto Malahel como Iyar liberaron la parte medio baja de sus caras del material
del camuflaje. Los oscuros dedos de Iyar rompieron la mitad de una taza.
- ¿El Príncipe ha dado su permiso para pasar a través de las puertas con el fin de
matar al que te convocó?
- Sí.
Iyar asintió y llevó la taza a sus labios. Malahel dejó su taza. Sus iris estaban tan
negros como la piel de Iyar.
- Háblanos de la convocación, - dijo ella.
Zurael repitió lo que le había dicho a su padre, dudando durante un instante
pero finalmente incluyó la rareza de la habilidad del convocador para llamarle en
su estado astral con poco más que su nombre. Donde su padre no había
mostrado interés en los humanos que habían sido asesinados, Malahel y Iyar se
apoyaban hacia delante cuando describió a la negra masa y a la mujer cuyo
sacrificio había impedido.
- ¿Dónde estaban escritas las señales? - Dijo Iyar.
Zurael conjuró la escena, enfocándose en un aspecto que había sido insignificante
en el momento. Apenas había mirado a la mujer en el altar, y aún con la
incitación de Iyar él era capaz de responder.
- Sus ojos, boca, las palmas de ambas manos.
- ¿Las plantas de los pies?
- No lo sé.
Iyar se encogió de hombros.
- Lo que viste fue suficiente.
- ¿Suficiente para qué? - Preguntó Zurael, el malestar regresó con la mirada que
pasó entre Malahel y Iyar.
Malahel situó su taza en la baja mesa y estableció sus manos sobre sus rodillas.
- ¿Cuál es el deseo de la Casa de la Araña?
- ¿Qué quería? ¿Qué le ha impulsado a tomar el camino hacia aquí?
Zurael sorbió su té cuando sus pensamientos bailaron de una escena a otra,
siempre regresando a la hembra que le había convocado y al miedo de que
hubiera sido atado a su servicio antes de que pudiera asegurar su libertad para
matarla. La intuición era uno de los regalos de las Arañas.
- Saber que poder tiene la humana sobre mí para que ella sea capaz de
convocarme de la manera en que lo hizo.
La cabeza de Malahel se ladeó ligeramente. El pecho de Zurael se tensó cuando
se imaginó a si mismo cogido en su telaraña. Los oscuros ojos soportaban los
suyos, sin parpadear, los pensamientos detrás de ellos completamente
escondidos.
Siempre había un precio que pagar por venir a la Casa de la Araña. Por el
momento, su deuda era cancelar la información que había proporcionado sobre
el convocador.
Zurael se forzó a impulsar la taza a sus labios con una mano firme y drenarla de
su contenido. Cuando la dejó en la mesa, Malahel dijo, - Leeré las piedras de tu
parte si tú aceptas una tarea.
- ¿Qué tarea?
Los ojos de Malahel giraron hacia Iyar. Iyar dijo, - El oscuro sacerdote que
mataste estaba intentando convocar a una entidad de las Tierras Fantasma y
atarla a una forma humana. Los símbolos en los ojos, boca, palmas y plantas de
los pies significan que le da al sacerdote el completo control del ser. Esta no es la
primera vez que semejantes cosas han ocurrido en el pasado reciente. Hay Djinn
perdidos para nosotros, malditos para pasear en las Tierras Espirituales de los
humanos porque sus almas están contaminadas por lo que ellos asesinaron,
haciéndoles invocados. Sus nombres no se dicen, tachándoles en el Libro de los
Djinn. La Casa del Cuervo no tendría convocados otra vez, atados y usados otra
vez por los humanos.
- Ni yo, - dijo Zurael.
- Creemos que la masa negra que tú interrumpiste es la prueba de que un
humano está en posesión de una tabla de piedra ancestral que creíamos perdida,
- dijo Malahel. - Encuentra a quienquiera que esté en posesión de este
conocimiento y mátalo, luego tráenos la tabla sin demora.
Las cejas de Zurael cayeron juntas en consternación y confusión. Para aceptar la
tarea tenía que recordar el riesgo de ser convocado y atado por la hembra
humana.
- La Casa del Escorpión está llena de asesinos capacitados para hacer lo que
pides.
Las manos de Malahel dejaron sus rodillas para flotar sobre la mesa en un gesto
que abarcaba todo.
- Lo que dices es cierto, pero ninguno de ellos ha sido convocado como tú.
Ninguno de ellos ha vuelto a la Casa de la Araña a por su destino.
Una inclinación de su cabeza, un gracioso reconocimiento del té y la compañía, y
Zurael estaría libre para escapar con sus preguntas sin respuesta. Pero no podía
negarse a la rareza de encontrarse a sí mismo en un lugar que raramente había
visitado en siglos de existencia.
- Creemos que la tabla está en Oakland, - dijo Iyar. - La ciudad a la que fuiste
convocado.
Así estaría cerca de la hembra humana, pensó Zurael.
- Aceptaré la tarea, - dijo.
Malahel aplaudió. Inmediatamente la puerta se deslizó abriéndose. El macho
Djinn que le había guiado entró en la sala a través de la puerta del pasillo
seguido por dos hembras que llevaban más ropa blanca de la que marcaba a un
estudiante. Sin hablar sofocaron el carbón y removieron el brasero tan bien como
la mesa antes de cerrar la puerta detrás de ellos.
Zurael se inclinó hacia delante para estudiar la losa de cuarzo claro fantasmal
que había sido escondido por la mesa. Brillaba con secretos, cristales de
fantasmas atrapados en el más largo. La superficie estaba grabada con líneas de
arañas, sus diseños una espiral de entretejidos patrones que encontraba
imposible de desenmarañar.
Cerca de la tabla estaba un tazón de cerámica con diminutos piedras, cada una
pulida y redondeada perfectamente, con sus colores mezclados. Podía poner cien
de ellos en su mano ahuecada. Un segundo tazón contenía largas piedras, la
mitad del tamaño de la uña de su dedo meñique. Eran redondeadas y pulidas
también. Fue este tazón el que Malahel levantó. Ella se la ofreció.
- Elige la piedra que irá por tu nombre. Cuando la hayas encontrado, sitúala en el
tazón con las que tirarás.
Zurael metió la mano en el tazón y dejó que las piedras volaran a través de sus
dedos como agua. Reconoció muchas de las piedras y supo lo que significaban en
las enseñanzas de su propia casa, pero no cometió el error de pensar que
significarían lo mismo en esta casa. Cerró sus ojos para que las piedras le
susurraran y le guiaran a la que le representaría. En la parte de encima del tazón
encontró lo que buscaba y la capturó. Abrió los ojos y miró a la obsidiana que
había seleccionado. Entonces hizo lo que se le había instruido y la tiró dentro del
tazón conteniendo las diminutas piedras pulidas.
- Elige la piedra que representará a la que te convocó, - dijo Malahel.
Otra vez Zurael cerró los ojos. Inmediatamente la imagen de la hembra vino a su
mente y su cuerpo se tensó, su ingle se endureció. Su mandíbula se apretó y
cambió la posición en el cojín con la esperanza de que su respuesta física no fuera
notada.
La piedra de la hembra descansaba cerca de la parte superior. El recelo de haber
retrasado su propia tarea llenó a Zurael cuando abrió sus ojos y vio la angelita
azul y blanca con motas de rojo. En la Casa de la Serpiente era una piedra que
significaba un enemigo, uno que era tocado por un ángel y peligroso. Él la situó
cerca de la obsidiana.
Malahel dejó el tazón con las piedras largas al lado. Ella levantó el segundo tazón
y se lo entregó a Zurael.
- Mezcla las piedras como desees. Di tu pregunta cuando las lances.
Zurael cerró sus ojos en un esfuerzo por concentrarse. No había vuelta atrás, no
tenía escape de la red que le agarraba. Hizo como Malahel ordenó. Cuando sintió
que el momento era el correcto tiró el tazón y dijo, - Quiero conocer el poder que
la humana tiene sobre mí y porque fue capaz de convocarme de la manera en
que lo hizo.
Las piedras diminutas giraron alrededor del cuarzo fantasmal del altar de una
araña. Había miles de líneas para capturar y agarrar, pero muchos de las de color
vivo huyeron, rodando dentro de un estrecho canalón en los bordes de la tabla.
Zurael miró lo que estaba a la izquierda, las sombras grises de las Tierras
Fantasma y el rojo arcilla de los humanos, el rojo intenso de los ángeles y el
negro de las fuerzas poderosas, todo en círculo, atrapando a la obsidiana y a la
angelita juntas.
Malahel estudió las piedras durante largos momentos antes de inclinarse hacia
delante. La punta de su dedo planeó sobre las piedras. Trazó la curva que
atrapaba a la obsidiana cerca de la angelita. Silenciosamente señaló que la
obsidiana estaba de pie sola, sin ser tocada por nada excepto la angelita, mientras
las piedras rojas, grises y negras todas se reunían contra la que representaba a la
humana que le había convocado.
- El que posee la tabla que tú buscas estará atraído por la que te convocó, - dijo
Malahel. - Ella está profundamente conectada a las Tierras Fantasma. Nació de
ellos y puede llamar a los Vientos de los Espíritus cuando lo desee. Así es como
fue capaz de traerte hacia ella. Es bueno que ya intentes matarla. Es peligrosa
para nosotros y será incluso más si aprende lo que está escrito en la tabla.
Malahel situó sus manos sobre su rodilla y Zurael supo que había acabado de
hablar. Había respondido a su pregunta justo cuando las piedras ahora revelaban
que a fin de lograr la tarea que había estado de acuerdo en hacer, necesitaría
encontrar a la humana que le había convocado y vigilarla hasta que la ancestral
tabla fuera recuperada y el que la poseía fuera destruido.
***
La casa con los símbolos de shaman pintados en ella parecía desgastada y
cansada, encantada por el fracaso y tristeza. Era pequeña, vieja, las puertas y
ventanas tenían barrotes como las casas de alrededor.
La mano del Padre Ursu dejó el bolsillo de su toga.
- Puedes hacer los honores, - dijo, presionando una llave dentro de la palma de
Aisling.
Ella abrió la puerta de barrotes, entonces abrió la puerta de madera de detrás
también. La casa olía a polvo, a cerrado y a muerte.
La luz del sol luchaba contra la oscuridad de las cortinas que cubrían las
ventanas. Pequeños rayos se deslizaban para capturar las motas de polvo, la
penumbra y los muebles destrozados. La percha de hurón sobre el hombro de
Aisling parloteó en excitación al tener una oportunidad para explorar.
- El alojamiento es tuyo, y por el momento, en apreciación a tus servicios, no
tendrás que preocuparte por pagar la electricidad, - dijo el Padre Ursu.
Su mano desapareció dentro de su bolsillo. Esta vez cuando emergió contenía un
puñado de papeles.
- ¿Deberíamos ponerlos sobre la mesa?
Aisling asintió. Dejó la puerta de madera y después dejó la bolsa que contenía su
ropa nueva en el suelo antes de desviarse a las ventanas para abrirlas
ligeramente por aire fresco y retirar las cortinas para no encender las luces. No
había fallado en notar la formulación exacta del sacerdote y la advertencia que
contenía. Por el momento no sería necesaria, pero eso podía cambiar en cualquier
momento. Era un viejo juego, uno existente incluso antes de La Última Guerra y
la plaga, esclavizando a quien no tenía nada para permitirles fortalecer su deuda
por el coste de la comida, ropa y refugio.
Cuando se unió al Padre Ursu en la mesa, él ya había dejado los papeles.
- Este es el mapa más reciente de Oakland, - dijo. - ¿Puedes leerlo?
Aisling dudó, insegura de si admitirlo o no. Él se tomó su demora en respuesta
por la vergüenza a su ignorancia.
- No importa, - dijo, empujando el mapa a un lado. - No dudo de que harás
amigos aquí y establecerás clientes rápidamente. Ellos te ayudaran a navegar por
la ciudad.
El Padre Ursu levantó una mano con una tarjeta que tenía una banda magnética
en la parte de atrás.
- Esto es una pase de transporte. Hay autobuses para muchas áreas de la ciudad
y a San Francisco. Casi cualquiera que requieras está lo bastante cerca para ir a
pie, pero si necesitas tomar un autobús, asegúrate que tendrás bastante tiempo
para regresar a casa. No hay transporte público pasada la puesta de sol o antes
del amanecer y cualquier conductor no parará para coger a un pasajero al
anochecer. Para entrar en San Francisco requieres papeles de autorización. Ven a
la iglesia y pregunta por mí si te encuentras necesitándolos. No intentes ir sola.
Incluso las horas del día son controladas por los vampiros.
Situó la tarjeta sobre la mesa y levantó un libro de vales. Lo tiró a través
rápidamente para su beneficio. Había palabras en las páginas pero las imágenes
servían también. Leche. Carne. Fruta enlatada. Buenos surtidos.
- Cuando dejes la casa, si vas a la derecha y sigues recto, llegarás a una tienda de
comestibles. Ellos aceptarán estos vales.
Dejó los vales a un lado y tiró el final del artículo sobre la mesa, una pequeña pila
de billetes de dólares.
- Cualquier cosa que encuentres en la casa es tuya para mantener o disponer de
ello como veas. Este es el dinero que te prometí. - Dudó entonces asintió. -
Deberías estar bastante segura aquí durante el día, pero sé cuidadosa. Los
residentes aquí no pagan por el área para que sea patrullada por la policía.
Aisling estudió el surtido de artículos sobre la mesa. El pánico amenazó con
levantarse en su interior. Estaba sola y no había nadie en quien pudiera confiar.
Un afilado mordisco en el lóbulo de su oreja la hizo sonreír. El pánico se hundió
cuando Aziel se lanzó fuera de su hombro y fue a la mesa.
- Necesito irme, - dijo el Padre Ursu.
Aisling le acompañó a la puerta y se quedó hasta que él consiguió entrar en el
coche con chofer y se fue.
A lo largo de la calle, otros coches estaban aparcados desplazando pasajeros o
empujando el freno para retirar clientes fuera del área dejando un lado para esos
con habilidades controvertidas. Además de los barrotes, vio que muchas casas de
la calle habían separado las cortinas y abierto las ventanas o puertas, como si los
residentes en esta parte de la ciudad no tuvieran miedo de lo que podría entrar a
la luz del día. Aisling se apoyó contra el umbral de la puerta y cerró sus ojos.
Instantáneamente la imagen del cuerpo cubierto de sangre de Zurael y los
ardientes ojos llenaron su mente, su amenaza susurrada envió un temblor de
miedo directo a su corazón.
Había protecciones grabadas en la madera alrededor de la puerta y ventanas de
la casa del shaman, pero no pudo asegurarse de que la protegieran del demonio
que había convocado.
- Déjame estar a salvo. - Susurró, levantando su cara para que el sol pudiera
acariciarla.
Quiso encontrar la fuerza para enfrentar lo que fuera que estaba por venir, para
tener el coraje para conocer su destino. Aziel le dio el nombre de Zurael como él
le había dado muchos otros nombres.
No había mentido cuando le dijo al sacerdote que el hurón apareció poco
después de que una caravana comerciante visitara la granja. Lo que no le había
dicho era que antes el hurón había sido un cuervo, y antes del cuervo había sido
una serpiente, y antes de la serpiente, un gato, y todos eran Aziel.
Aisling abrió sus ojos y dejó el umbral de la puerta a favor de explorar. La casa
era más larga que ancha. El salón y la cocina eran un simple espacio separado
por una encimera. A la derecha de la puerta delantera había otra habitación. La
aprensión llenó a Aisling cuando entró y vio las fetiches. Había otra percha en
lugares donde sus fuerzas podían ser preparadas. Estaban situadas para guardar
y mirar.
Un banco de trabajo contra la pared, cuyas piedras y cristales tenían filos sin
acabar, su creación interrumpida. Las herramientas necesitaban girar la roca
dentro de algo más que se diseminaba cerca de ellas.
Una cama de mugre estaba en el centro de la habitación. Era la puerta de un
pobre hombre dentro de las Tierras Fantasma, era nostálgico ver el suelo del
granero donde había comenzado tantos viajes que una ola de añoranza la asaltó.
Aisling limpió las lágrimas de sus ojos y se fue, retirándose al salón y a la cocina.
Había platos sucios en el fregadero, sus superficies tenían polvo. La nevera tenía
un cartón de leche estropeada y un cajón de verduras podridas. Los armarios
estaban vacíos excepto por una pequeña colección de tazones y platos. Los
anillos marcaban los lugares donde las latas de comida habían estado
almacenadas.
El cuarto de baño estaba a través de la cocina. La cuchilla de un hombre
descansaba en el lavabo. Una pastilla de jabón dejada en la parte superior de una
enorme bañera con patas que pertenecía a un pasado antes de la Última Guerra.
Había una ducha también.
La sólida puerta de metal al final del pasillo se abría a un jardín trasero. Aisling
miró fuera luego cerró la puerta otra vez.
En el dormitorio un escaso y gastado surtido de ropa colgaba en el armario. Las
camisas y los pantalones estaban hechas para un hombre cuyo volumen
explicaba el tamaño de la bañera y la ducha. Tentativamente Aisling alcanzó el
armario y tocó un par de pantalones. Ella sabía que el hombre que una vez fue
propietario estaba muerto, no porque sintiera a los fantasmas o porque supiera
que su espíritu estaba en las Tierras Fantasma, sino porque la evidencia de su
paso llenaba la casa.
Sin intentarlo, la imagen del hermano de Elena vino a su mente. Sus palabras no
llevaban más comodidad ahora que lo que llevaban cuando las dijo en las Tierras
de los Espíritus. Veo que ellos han enviado un cordero sacrificable. O quizás es el papel
de Elena. Entonces otra vez, quizás a la tercera sea la vencida.
Aisling cambió las sábanas. Volvió a la cocina y se dispuso a tirar la leche y las
verduras podridas.
Un cajón de la cocina tenía bolsas de compra almacenadas. Las echó sobre su
brazo antes de levantar el libro de los vales de comida de la mesa del salón.
Aziel emergió del trabajo de shaman y la sala de ceremonias. Correteó a su
encuentro en la puerta delantera. Ella le dejó salir y esperó a que él se ocupara de
sus asuntos.
Pero aunque él había persistido en explorar, Aisling rió y dijo, - Tendremos una
noche larga y hambrienta si no encuentro la tienda de comestibles.
El hurón volvió a su lado. Se levantó sobre sus piernas traseras en disposición
para escalar sobre su hombro y montar a una nueva aventura. Aisling sacudió su
cabeza.
- Quédate aquí donde sepa que estás a salvo.
Su reprimenda la hizo sonreír pero no cedió a su petición. En su lugar le levantó
y le puso un beso a través de su frente. Frotó su mejilla contra su suave pelo y le
puso dentro de la casa.
- Volveré.
La tienda estaba a una milla de distancia. Normalmente la distancia de un viaje y
el peso de los comestibles no cansarían a Aisling. Pero los eventos de las últimas
veinticuatro horas, y las noches sin sueño que había pasado cuando se preocupó
por el demonio Zurael, finalmente la alcanzaron. Sus pasos se arrastraban en el
momento en que volvía a la casa del shaman. Sus manos se sacudían con una
provocación sin nervios por la falta de sueño y los vestigios de miedo.
Aisling hurgó en los bolsillos por la llave y la deslizó en la cerradura. Su espina
hormigueaba con la conciencia de alguien que sabía que estaba siendo observada
y que no era el objetivo de un depredador. Con un clic la primera cerradura
cedió. Abrió la puerta de barrotes de metal y encontró la llave para la de madera.
Unos pocos segundos después la abrió también.
El olor a humedad se había ido, reemplazado por una especia exótica
desconocida. Eso fue su aviso antes de que una mano se cerrara alrededor de su
garganta y una afilada garra peleara ligeramente sobre su yugular.
- Saludos, niña de barro.
Capitulo 03
Terror sintió Aisling, mudo e inmóvil. Su aliento cargado dentro y fuera de su
garganta junto con pequeños quejidos. Su única concentración estaba en las
garras de Zurael.
La escena de la noche pasada se apresuró a través de su mente, imágenes
empapadas de sangre de gente que él había asesinado con una fuerza casual. Las
bolsas de comestibles se cayeron al suelo y ella tembló, y como un gato jugando
con un ratón, Zurael la giró para hacerle frente.
Excepto por las uñas alargadas en garras, tenía un cuerpo humano vestido de
piel negra, pantalones moldeados a su piel y un chaleco abierto mostrando un
pecho bronceado. Un tatuaje en forma de serpiente estaba en el camino hacia
bajo de su antebrazo y mano, tan real que Aisling bizqueó para tener sus ojos
solamente a unos centímetros de distancia de ella.
Su cabello estaba recogido en una trenza, revelando los oídos tachonados con
obsidiana. Una ira ardiente bailó en el centro de las pupilas rodeada de un
líquido oro, haciendo que su rostro prometiera muerte.
Zurael cerró su mandíbula contra las sensaciones bombardeándolo. El miedo de
ella lo golpeó en su palma. Irradiaba fuera de ella y aún por debajo de su esencia
fue una fragancia embriagadora que inundó su nariz y lo tentó con imágenes
peligrosas de acoplamiento con ella. Fue alentado, no a causa de su terror, pero
también lo llamaba.
El conocimiento de que ella no solamente podía convocarlo a su voluntad, sino
que pudiera hacer que la deseara, envío ira que quemaba sus venas. Ella era
débil, frágil, su vida se alargó un día en comparación con la suya. Ella trabajaba
duro apenas notando al Djinn, y todavía le resultó imposible dejar de mirarla.
Ella tenía unos ojos angelicales y brillantes, indefensa como un ciervo y delicado
como uno. No tardaría en matarla. Un movimiento en su muñeca y estaría hecho.
Lentamente él lo pensó. Con un pensamiento, las garras cortarían y limpiaría las
uñas.
- ¿Por qué no te presentas? - Preguntó. Ella pestañeó. Una pequeña lengua
humedeció sus labios, y se irguió con un impulso de deseo, y se escapo un
pensamiento de excitación a través de él. Zurael cerró sus manos en puños y
repitió, - ¿Por qué no te presentas?
- Aisling.
Su voz fue apenas un susurro pero su nombre entró hasta su alma. Dio un paso
para atrás involuntariamente cuando hizo eco, clamando, resonando dentro de sí
mismo diciendo que su nombre combinaba con el de él para formar un acorde
melodioso que le diera poder sobre él.
Era la razón por la que los Djinn nunca hablaban de theifrit, es un espíritu
maldito. Decir su nombre en voz alta era invitar a la suerte.
El miedo dejó a Aisling con un sentimiento de náuseas y debilidad. Fue hacia sus
rodillas e inclinó su cabeza, ocultando la falta de fuerza en sus piernas
recogiendo los comestibles tirados en la bolsa de yute.
Ella buscó en el cuarto a Aziel. La preocupación dio paso al alivio cuando un
hurón se deslizó por debajo del sofá como si detectara su temor por su
seguridad. El habló con ella, su voz la tranquilizó aunque permaneció al abrigo
de una mesa de café.
Desde bajo sus pestañas, la atención de Aisling regresó al demonio. Él era como
un gigante gato, color oro a punto de saltar.
Ella se puso de pie con piernas inestables. Sus ojos se encontraron con los de
Zurael y se estremeció. Él podría matarla con facilidad. El conocimiento estaba
entre ellos como un abismo.
- Necesito poner los alimentos lejos, - susurró, cuando dio un paso por miedo a
que le hiciera algo.
La mirada de Zurael fue a la bolsa de yute con comestibles. Asintió, aunque sus
ojos prometieron represalias si ella hacia algo que lo amenazara.
Aisling estaba contenta de que la casa fuera pequeña. Solo la fuerza de su
voluntad la llevó a la pequeña cocina. Zurael la siguió hasta la puerta.
Sus manos temblaban cuando ella se ocupó de los comestibles bajo la mirada
inescrutable de Zurael. Su estómago se había encogido con hambre mientras
caminaba, pero ahora el pensamiento de la comida hizo una rebelión.
Aziel reunió su coraje y se escurrió dentro de la cocina. Subió por la pierna de
sus pantalones y se mantuvo en sus hombros, su presencia familiar le dio
comodidad.
Aisling ligeramente giró su cabeza y cerró sus ojos. Enterró su cara en su suave
piel y se concentró en el débil ritmo de su corazón y calidez. La vibración de su
estómago hizo que sonriera. Volvió a la tarea de hacerle frente a las cosas que
había comprado. Un paquete de pechugas de pollo se quedó en la encimera
cuando terminó.
Aziel hubiera sido feliz si se comía los alimentos crudos, pero ella lo necesitaba
para mantener sus manos y mente ocupadas. Lavó una tabla para cortar después
comprobó con una nerviosa mirada al demonio antes de tirar del cuchillo en un
bloque de roble.
Su sonrisa era como un salvaje destello blanco en una cara digna de un Dios
antiguo.
Su corazón se agitó. Sus mejillas se ruborizaron con calor, y se obligó a mirar a
otra parte. Recordaba muy bien como sus ojos viajaron a través de su cuerpo
desnudo, y su pene había crecido en respuesta. Se preguntó si la razón de que él
no la hubiera matado era porque estaba interesado en usarla primero.
La cola de Aziel se movió. Sus garras afiladas se hincaron en la carne como si
sintiera la dirección de sus pensamientos y quisiera hacer aparecer su miedo
antes de que se elevara y la consumiera.
Aisling tomó una respiración profunda y cortó una pechuga de pollo en rodajas
buscando el aceite y una sartén. El olor de la carne friéndose hizo aparecer su
hambre. Colocó más pollo. Su mirada se desvío hacia el demonio con facultad
para satisfacer sus ojos, para reclamar su coraje cuando hablara con él.
Su nombre fue dado por Aziel. Lo había convocado con un corazón puro y
guiado a la pelea con algo malo. No eran cosas que ella podía deshacer y no
quería hacerlo.
- ¿Tienes hambre? – Preguntó ella.
La sorpresa pasó por la cara de Zurael. Le siguió un endurecimiento de sus
músculos y un refuerzo de su columna vertebral, como si de algún modo le
hubiera golpeado con su pregunta de algún modo que no podría con el cuchillo.
- No.
Aisling regresó su atención al pollo. Quitó unas tiras para Aziel y las puso a
enfriar. Mientras que lo que quedaba se cocinaba, abrió el armario y estudió las
latas que trajo a casa. Ninguna etiqueta decía fruta fresca o verduras, la pequeña
cantidad de dinero que le había dado el padre Ursu apenas podía pagar por la
ensalada. Tenía que sembrar un jardín una vez que encontrara el modo de
protegerlo de humanos y animales carroñeros.
La nostalgia atravesó el pecho de Aisling. Su mano fue hacia sus pantalones de
trabajo. Tocó el dinero dentro del bolsillo. En ese momento parecía imposible que
tuviera suficiente dinero para regresar a la granja. Viajar era un lujo para quienes
podían permitirse las casetas en la carretera y el costo de protección, así como un
transporte.
Sacó una lata de judías verdes y la abrió, después las lavó en una sartén y calentó
las verduras en la estufa. Cuando la carne se terminó de cocer, la puso en un
plato. Puso la cena de Aziel en un platillo antes de sentarse en el suelo.
Había una mesa en la esquina de la sala pero Aisling permaneció en la cocina,
consciente de que estaba allí Zurael. Aziel comió ávidamente, después
desapareció dentro del cuarto de trabajo del chaman. Aisling se acabó su comida
lentamente. Era difícil comer cuando Zurael la miraba, pero la perspectiva de
acabarse su comida y caminar a su lado fue igualmente nerviosa. Lavó los platos
cuando terminó de usarlos. Su estómago se contrajo cuando Aziel reapareció
sosteniendo la imagen de un halcón en su boca.
Era el momento de pagar por el nombre que se le había dado. El hurón se fue a la
sala de ceremonia del chaman. Aisling endureció su columna vertebral y se
acercó a Zurael. Trató de concentrarse en el pequeño espacio entre el borde del
contador y donde él se apoyaba en el marco de la puerta.
Era imposible mantener los ojos lejos de la piel expuesta, los pantalones
fuertemente ajustados. La serpiente tatuada enrollada alrededor de su brazo. Su
mirada se fue hacia arriba cuando él cambio de posición. Sus ojos se encontraron
con los de él, pero él no fue alcanzado por ella cuando se deslizó a su lado.
A Zurael le estaba resultando cada vez más difícil mantenerse al margen. Lo
había tomado desprevenido con su oferta de consumir su comida. Sabía que la
vida era dura para los seres humanos sin riquezas o privilegios. Él había
asumido que una mujer con la capacidad de convocar a un Djinn debía emanar
arrogancia y mantener una posición de poder. En su lugar se encontró a Aisling
vulnerable y extrañamente inocente. Era una combinación embriagante.
Desde el momento en que había regresado a casa, él había surgido sin querer.
Había sido asaltado por oscuras fantasías eróticas y el aroma de la dulce
rendición.
Su temor había disminuido. Su mirada se había desviado para permanecer
encima de su carne. Su mente se llenó de imágenes que la dejó pestañeando y
ruborizándose. Él podría tenerla si lo deseara. Los Djinn no eran promiscuos,
pero no tenían miedo del lado carnal de su naturaleza tampoco.
Zurael apretó sus manos en puños. Obligó a sus pensamientos a dejar la
dirección que estaban tomando. Recordó que una vez que hubiera honrado su
deuda con la Casa de la Araña entonces estaría libre para terminar lo que había
ido a hacer allí, no sólo para sí mismo, sino para su pueblo. No podía permitir
que Aisling viviera, no si era capaz de convocar a alguno de ellos a voluntad y tal
vez un día se unirían.
El recelo apareció a través de él. Había pensado que sería fácil matarla, pero
ahora no había apuro de rabia para catapultarle a la acción. No había satisfacción
en las imágenes sangrientas de la retribución.
No pudo precisar el momento en que su decisión se había debilitado. ¿Era su
ofrecimiento de compartir su comida? ¿Fue el instante en que valientemente se
había enfrentado a él y sus ojos vieron sus garras bailando sobre su yugular y el
terror golpeó contra su palma?
Ya no estaba seguro de que pudiera matarla, pero sabía con certeza de un asesino
de la Casa de la Escorpión que podría enviar en caso de que regresara al Reino
de los Djinn y ella estuviera con vida. Un ser humano que podía convocar a un
Djinn era una amenaza para todos ellos.
Zurael se encogió de hombros y dejó los pensamientos de lado. No tenía mucho
sentido pensar en el futuro y su parte en este. Por el momento Aisling era un
cebo para la presa más peligrosa.
La siguió con los ojos cuando ella graciosamente se sentó en un lecho de tierra
apisonada en el centro de la habitación. Cuándo cruzó sus piernas y agachó la
cabeza, no pudo apartar la vista de la delicada curva de su cuello.
Se puso una cadena de cuero fino, hasta que una pequeña bolsa surgió desde
debajo de su camisa. Zurael entró en la habitación vigilando los fetiche cuando
ella abrió la bolsa y arrojó una docena de pequeñas esculturas en su mano antes
de que se dispersaran en la tierra.
Los hueso de fetiches brillaron contra el suelo de arcilla roja. El hurón corrió a su
lado. Dejó caer el halcón que llevaba en la boca a una corta distancia de la
colección de trozos sobre la tierra apisonada.
Zurael se acercaba. En su pecho sintió malestar cuando se dio cuenta de que el
hurón había estado con ella cuando ella lo había llamado en su estado astral.
Antes no lo había recordado. En el ojo de su mente no había visto a la criatura, y
sin embargo, recogió una serpiente y la colocó en la mano de Aisling, los
recuerdos de Zurael más temprano estaban cubiertos con unas frescas imágenes
con Aziel sobre los hombros como él había estado en la cocina. No podía sentir
nada del otro mundo sobre el animal, pero ahora su presencia le preocupaba. Se
hizo preguntas que no podía contestar. Un fetiche cuervo siguió a la serpiente,
una araña vino después. Los pensamientos de Zurael brillaron a su visita con
Malahel, donde una araña, un cuervo y una serpiente se habían reunido en torno
a un altar cristalino cuando las piedras se emitieron.
Aziel vaciló. Inclinó la cabeza como si estuviera escuchando una voz que sólo él
pudiera oír. Cuando su atención volvió a los fetiches dispersos, tomó una
cerveza. Una vez que estaba en la mano de Aisling, araño la tierra hasta que las
tallas restantes estuvieran en una pila.
Aisling juntó los cuatro que tenía en la mano y recogió los demás. Los devolvió a
la bolsa de piel y la dejó caer debajo de la camisa.
Zurael se pasó a la otra tira de madera, una de las cuatro trampas de la tierra en
un cuadrado. La mirada de Aisling era nerviosa en su cara y luego volvió a lo
que estaba haciendo.
Se agachó, pero no interfirió cuando ella seleccionó el cuervo y lo puso sobre la
tierra. La araña seguía, a la derecha y hacia abajo, al este hacia el norte del
cuervo. El sur estaba marcado por la serpiente, al oeste por el oso. Ella recogió el
halcón que descansaba en el centro de los otros cuatro y lo puso aparte.
Zurael se tensó cuando sacó una pequeña daga de una vaina escondida en su
espalda. Se maldijo por no pensar que pudiera estar armada, aunque sería casi
imposible para ella matarlo.
Ella conectó los cuatro fetiches con las líneas arqueadas de manera que se
dirigían en un círculo. Cuando volvió la palma hacia arriba y vio que tenía la
intención de arrastrar la hoja del cuchillo sobre ella, Zurael reaccionó sin pensar.
El miedo y la rabia lo inundaron. Le quitó la daga de su mano y la llevó a la
tierra con la rapidez de un puma saltando.
- No me vas a atar, - dijo.
La confusión en su rostro lo calmó tan rápido como la vista de ella preparándose
para hacer una ofrenda de sangre que lo impulsó a defenderse. En lugar de la ira
y el miedo fue la conciencia, de la suavidad de su cuerpo por debajo de él, de su
olor, de la dureza de su parte presionándose contra la unión de sus muslos.
Ella se humedeció los labios en un gesto nervioso y él quiso taparle la boca con la
suya. Quería meter su lengua en la profundidad climatizada y el gusto de su
esencia.
La impresión le hizo apartarse de ella. Para el Djinn, el intercambio de aliento era
el intercambio de espíritu, y no tenía ningún deseo de dar un pedazo de su alma
a alguien, especialmente a una de las creaciones del dios extranjero. Aisling se
sentó. Sus palabras resonaban en su mente. El calor de su cuerpo y una
conciencia fuerte de su excitación apareció.
Ella dudó un segundo antes de decir, - No tengo ningún deseo de atarte, e
incluso si quisiera, sé cómo hacerlo. No soy una bruja o una hechicera. La ira
brilló en los ojos del demonio. Ella sabía que estaba recordando como lo convocó.
- No me hubieras llamado si la necesidad no fuera urgente. Si hay otro nombre
que pudiera haber usado por el contrario, lo habría hecho.
Su admisión lo sorprendió. Su mirada viajó a los fetiches que se habían
dispersado que cubrían el suelo. Ella podía ver la pregunta formándose, pero
antes de que pudiera preguntar, alguien llamó a la puerta, y le siguió el sonido
de una puerta abriéndose y la voz de una mujer diciendo, - Hola. ¿Hay alguien
en casa?
Aisling se levantó y se arregló. Aziel se precipitó a la sala de estar delante de ella.
La sorpresa inundó a Aisling en la puerta durante un segundo cuando reconoció
a la mujer que estaba con el sacerdote oscuro y sus seguidores que tenían la
intención de sacrificarla.
- Espero que no te importe que este aquí, - dijo Elena.
- No me importa.
- ¿Puedo sentarme? ¿Podemos hablar? ¿O tienes un cliente contigo?
- Por favor, siéntate. Puedo darte agua o hacer té caliente.
- No. Estoy bien. - Elena tomó una silla.
Aisling se sentó en el sofá mientras Aziel se acurrucaba en la segunda silla.
- Luther dice que salvaste mi vida la otra noche, - dijo Elena.
Aisling no creía que Elena se refiriera al padre Ursu o al obispo Routledge.
- ¿Luther?
- Luther Germaine, - los ojos de Elena se ampliaron ligeramente cuando Aisling
no respondió. - Él es el alcalde de Oakland.
- Hasta ayer vivía fuera de Stockton.
Elena sonrió. Su mirada recorrió la habitación. - Eso explica mucho. Alguien con
tus habilidades... - Sus ojos se encontraron con los de Aisling. Había una
intensidad febril en ellos. - Quiero contratarte para averiguar lo que me pasó
anoche.
El estómago de Aisling se agitó nerviosamente. - ¿Qué quieres decir?
Un movimiento en la esquina distrajo a Aisling. Su ritmo cardíaco se disparó
cuando movió la cabeza y vio la serpiente moviéndose hacia ellos en un
fascinante deslizamiento de escalas sobre la madera. Su semejanza con la
serpiente tatuada en el brazo de Zurael era inconfundible. Elena se quedó sin
aliento y empezó a levantarse de su silla.
- Está bien, - dijo Aisling automáticamente, aunque no tenía ni idea de si lo era o
no. La serpiente era venenosa, el demonio era tan letal en esta forma como en
cualquiera otra.
Unos ojos dorados brillaban en la sala oscura cuando Zurael cerró la distancia
entre ellos. Con facilidad encontró el borde del sofá y siguió con la parte superior
del cuerpo hasta que llegó al reposabrazos bajó la cabeza para que la gravedad
trabajara a su favor cuando se deslizó a través de la almohada y hacia Aisling, el
resto de su cuerpo seguía un patrón exótico de negro y oro.
El pulso de Aisling se aceleró. Su respiración se acortó cuando la parte superior
del cuerpo de Zurael subía más, balanceándose como una cobra lista para atacar.
Su rostro estaba sólo a pulgadas de distancia del de ella, pero ella no se acobardó
o se apartó de él. Ella se negó a encogerse cada vez que la ponía a prueba.
Su lengua salió para tocar su mejilla, para probar su miedo y medirlo. Por un
instante, ella pensó que vio la aprobación en el fondo oro de sus ojos cuando no
se inmutó.
Se enredó a sí mismo alrededor de su brazo y apoyó la cabeza en la parte
posterior de su mano en la imitación perfecta del tatuaje que llevaba en su forma
humana. Sus escamas eran suave y cálidas en su piel, su lengua un susurró a
través de los nudillos.
Aisling miró al hurón acurrucado en la silla y sonrió. Si Zurael pensaba que la
horrorizaba y aterraba, entonces se había equivocado. Aziel había llevado el
cuerpo de una serpiente rey enorme, en gran medida en bandas. Había pasado
horas con lo que le cubría la nuca o en espiral alrededor de su cintura.
Elena se dejó caer en su asiento. Aisling regresó su atención a su huésped.
- Quiero contratarte para averiguar lo que me pasó anoche, - repitió Elena, tomó
del bolsillo de su chaqueta y sacó un monedero con costura de fantasía. Lo tiró
sobre la mesa de café entre ellos.
El sonido de eso golpeando la mesa fue como un arma de fuego en la habitación.
Aisling vio muy de cerca a Elena entonces. En lugar las imágenes de una mujer
desnuda pintada con sigilo y postrada en un altar, vio el corte de ropa de Elena,
el tejido caro, las joyas que llevaba en sus dedos y en las muñecas, el cuello y las
orejas.
-Siga adelante y cuenta con eso, - dijo Elena con un gesto insignificante de la
mano hacia la mesa de café.
Aisling abrió la bolsa. Sus manos temblaban un poco al ver las piezas de plata.
Eran más valiosas que las monedas y billetes creados por el Tesoro. Incluso
ahora, mucho después de la última guerra y de la peste, la desconfianza de algo
más que piedras preciosas o metales finos como pago le vino a la mente.
Con monedas de plata suficiente para poder regresar a casa. Ella podría
devolverle algo a la mujer que la había sacado de su casa como un niño
abandonado y se crió con amor y aceptación. Aisling contó los trozos de plata.
Había diez de ellos.
- Eso es la mitad de lo que estoy dispuesta a pagar, - dijo Elena.
Aisling cerró la bolsa y la puso en la mesa otra vez. Sus manos húmedas mientras
las frotaba encima de las rodillas.
- ¿Qué quieres decir cuando dices que quieres saber lo que te pasó anoche?
- Quiero saber cómo acabé en ese altar. Lo último que recuerdo es estar en un
club. Entonces me desperté en una habitación en la iglesia. Una monja estaba
lavando la parte inferior de mis pies y el padre Ursu estaba orando por mí. No
me dejaron salir hasta que estuvieran seguros de que no estaba poseída,- se
estremeció, y por un instante la anticipación en los ojos brillantes dio paso a un
temor.
- ¿Las autoridades no van a investigar?
- No. Ahora no. Luther se tragó su orgullo cuando le pidió ayuda al obispo
Routledge. - Los labios de Elena se retorcieron en disgusto. - La esposa de Luther
es devota y de una familia muy influyente. Ella ha estado confesando sus
pecados al obispo, desde que era niña. Estoy segura de que ha oído lo de la
aventura de Luther conmigo. Dudo que el buen obispo hubiera ayudado si
Luther no fuera el alcalde y estuviera casado con una de sus componentes
importantes. - Elena se inclinó hacia adelante con la intensidad de un
depredador. - El Padre Ursu me dijo que estabas allí cuando algo salió mal
durante la ceremonia. Dijo que un poderoso demonio sacrificó a todos.
- Yo estuve allí en un estado astral.
- ¿Puedes encontrar sus almas? ¿Les puedes preguntar por qué me tomaron
como un sacrificio? - Elena se deslizó hacia delante, al borde de su asiento. - La
policía no va a investigar porque el sacerdote oscuro fue Anthony Tiernan. Su
familia es rica y poderosa. Sus seguidores eran de familias similares. Luther no
presionará porque todas las familias involucradas quieren mantener lo que pasó
en silencio. La Iglesia quiere que el asunto se cierre, también, el asunto del
demonio. Todo el mundo con quien he ido piensa que se hizo justicia, todo el
mundo menos yo.
Aisling se estremeció. Incluso para una bolsa de plata que no estaba segura de
que quería buscar al sacerdote oscuro o su seguidores en las Tierras Fantasma.
No eran seres malévolos que se llevaran almas humanas solo por la canción de
sus gritos de terror y el placer de oír sus gritos torturados. Había lugares oscuros
que requerían un alto precio para entrar y una aún más pesada para salir. No
había conocimiento de que pudiera romper la mente de una persona y entidades
que se dividiesen en espíritus viajeros de su cuerpo a fin de tener la posesión y
vestirse en carne humana.
- ¿Podrías encontrarlos entonces? – Preguntó Elena.
- No lo sé.
La mano de Elena se estableció en la bolsa. La empujó hacia Aisling, - Podríamos
llamar a esto una tercera parte de tu cuota en lugar de la mitad. - Parpadeó para
alejar las lágrimas. - Por favor, tengo que saber por qué me eligieron. Tengo que
saber si estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado o si alguien
puso a Anthony allí. Era arrogante y consentida, pero no tenía motivos para
odiarme ni para atacar a Luther. No la he visto o a cualquiera de sus seguidores
en el club.
Aisling miró la bolsa de brillantes estampados. La tentación se retorcía de miedo
en su vientre. El dinero que le dio el padre Ursu representaba más dinero de lo
que siempre tuvo, y sin embargo no era suficiente para comprar frutas o
verduras frescas. La plata que Elena estaba ofreciéndole... se trataba de un pago
inicial que Aisling nunca soñó o se había atrevido a creer que era posible para
ella o su familia, una vida sin temor de ser recogidos por las autoridades a
voluntad o expulsados de las tierras que no poseía.
Miró a Aziel, pero sus ojos estaban ocultos por la curvatura de la cola. Dormía, o
fingía dormir, dejándole decisión a ella.
Aisling empujó la bolsa hacia el centro de la mesa. No podía estar de acuerdo, no
ahora, cuando el hambre por la seguridad quemaba en su vientre con tanto ardor
que su presencia hizo caso omiso de su advertencia.
- Tengo que pensar en lo que pides.
Elena apretó sus labios. La irritación brilló en sus ojos, sólo para que a
continuación aparecieran lágrimas.
- Estoy rogándote. Por lo menos inténtalo. Me salvaste la vida ayer por la noche.
Eres la única que me puede ayudar.
- Sólo puedo prometer que lo consideraré.
Elena se limpió las lágrimas de sus ojos. Se metió una mano en la cara chaqueta.
Agachó la cabeza como si estuviera luchando por recuperar su control, pero
Aisling estaba recelosa, recelosa de las fáciles lágrimas después del destello de
ira.
- ¿Has oído hablar de Ghost? - Preguntó Elena, tomándole la mano con mano de
su bolsillo, pero no mirando hacia arriba.
- No.
- Hay un club al que voy a veces, cuando Luther asiste a las funciones sociales
con su esposa. Está en la zona roja, - Elena miró entonces. - ¿Sabes lo que eso
significa?
- No.
- La policía no patrulla del todo. No responden a las llamadas de allí.
Entras en esa zona por tu propio riesgo, sabiendo que es peligroso. Los clubes
alquilan su protección y toman la justicia en su propia manera. Cierran sus
puertas al anochecer y no las abren hasta el amanecer. Algunos de los clubes son
por reserva nada más. Algunos de ellos están abiertos a cualquier persona con
dinero para entrar. Bueno, todos humanos. No Cambiaformas, vampiros u otros
seres sobrenaturales. Hay guardias para asegurarse de que sólo los
completamente humanos se les permite entrar. La mayoría de los clubes no ven
muy de cerca cuando se trata de si los seres humanos tienen habilidades
especiales o de la magia práctica. Eso es parte de lo que hace a los clubes
divertidos. - Se humedeció los labios. - Lo que pasa en cualquier club durante la
noche se queda ahí. Lo que sucede fuera de los clubes no se cuestiona tanto...
Aisling estudió la joyería cara de Elena y la ropa. Miró más allá de ella, para el
privilegio y la seguridad que representaba. Emociones llenaban su pecho, la ira y
la tristeza, una barandilla contra la injusticia de que alguien tomara la
supervivencia para garantizar sus emociones en un lugar de la zona roja,
mientras que otros, como el de Geneva McConaughey, rascando y trabajado para
mantener un techo sobre su cabeza y la comida en la mesa para criar a los niños
que no había dado a luz.
El silencio se hizo pesado alrededor de ellas. Aisling se dio cuenta de que sus
manos estaban apretadas en puños. Se obligó a abrir sus dedos. Miró el
monedero en la mesa de café y recordó a Elena diciendo que había estado en un
club antes de despertar para encontrarse a sí misma en la iglesia.
Aisling se obligó a reconocer la mirada de Elena y a preguntar, - ¿Ghost es el
lugar donde te tomaron?
- No.
Elena tiró de la silla hacia adelante, golpeando la mesa de café por lo que se
golpeó contra las piernas de Aisling. Ella abrió la mano para revelar un
contenedor grabado. Parecía una tabaquera en miniatura o una caja de
medicamentos, algo que solo se ve en colecciones privadas y en los libros de
historia de Geneva recogidos cuando podía adquirirlos por casi nada.
- Ghost es una... sustancia. Una increíble, y poderosa sustancia. - Elena pasó el
pulgar sobre la parte superior del contenedor. Sus ojos buscaron los de Aisling.
Sin decir nada más, abrió la caja.
El miedo se precipitó en Aisling con una fuerza que le dejó a su corazón latir con
violencia en su pecho. Los vientos de Ghostland llenaron sus pensamientos con
torturados gritos, lamentos y citaciones. Se puso de pie, con la intención de
alejarse de la pasta gris enfermiza en la parte inferior del recipiente, pero la mesa
la tenía atrapada.
Zurael silbó. Sus anillos se apretaron más en su brazo cuando levantó la cabeza
de la parte posterior de su mano, la boca abierta para exponer los colmillos
mortales.
Aisling se alejó, tratando de escapar de la trampa de los muebles y los vientos
Espíritus. Elena clavó los dedos en el contenedor y agarró el brazo desnudo de
Aisling.
No había tiempo para prepararse, no había tiempo para que Aisling convocara
los nombres de sus tutores o establecer las protecciones necesarias. Su espíritu
fue arrancado de su cuerpo y lanzado hacia Ghost.
Zurael silbó por segunda vez cuando el frío viento lo sacudió, como si la tierra de
los espíritus reconociera lo que era y tratase de negarle la entrada. Las marcas de
su forma de serpiente marcaban el brazo de Aisling. Su gemido de protesta
sonaba en su mente, junto con la carrera de latidos de su corazón. Su miedo se
apoderó de su lengua para mezclarse con la suya.
El reino de su padre podía ser profundo en las Tierras Fantasma, pero era un
lugar fuera de ella. Había pocas salidas, y los que existían se abrían a las vías
metafísicas unidas directamente con el mundo físico ahora reclamado por el dios
ajeno. Ni siquiera aquellos que pertenecían a la Casa del Cuervo entraban en esos
humanos nacidos en la tierra de los espíritus malditos.
Los dedos de Aisling empujaron en una de sus marcas como si fuera una pulsera
que quería cambiar de posición. La confusión se deslizó por Zurael en una
superposición confusa que no tenía sentido hasta que las imágenes de otros
viajes en el mundo de los espíritus se deslizaron a través de sus pensamientos
como la niebla gris girando alrededor de ellos. Un aumento de shock fue directo
a su núcleo con la conciencia de que era una sombra en la mente de Aisling y ella
era una sombra en la suya.
Se apartó de sus marcas de nuevo, y se dio cuenta de que ella estaba
completamente desnuda, su cabello rubio suelto, e incluso en forma de una
serpiente reaccionó a la vista de ella. El calor le inundó, le quemó hasta casi el
punto de del dolor.
Ella gemía y cambió sus marcas de nuevo. El alivio estaba escrito en su cara.
Con una repentina claridad se dio cuenta que estaba lastimándola. Era una
criatura de fuego, y en este lugar la separación entre la forma y la esencia era
delgada. Si ella lo despojaba de su brazo y lo arrojaba a la niebla, se convertiría
en ifrit tan seguro como que los Djinn que había matado a los que los ataban.
Su agarre se reforzó involuntariamente. Ella susurró, - Detente. No puedo
pensar. No puedo estar segura.
Zurael vio su cara cuando, lentamente, soltó las marcas. Sintió un alivio cuando
la neblina gris acariciaba y enfría la piel.
El paisaje despejado como su ritmo cardíaco lento y su angustia se desvaneció.
Miró a su alrededor y se sorprendió por la esterilidad, por el interminable mar de
gris vacío. Había esperado lugares horribles y seres aterrorizados. Había
imaginado un paisaje lleno de sangre con gritos torturados.
Cuando lo pensó, la escena a su alrededor cambió. Una pared de color gris se
abrió para revelar los restos óseos de edificios incendiados. Los hombres y las
mujeres llevaban ropa hecha jirones sentados en huecos en puertas, gimiendo,
balanceándose, ajenos a todo a su alrededor. Ametralladoras sacudieron en la
distancia. Las ratas no hacían pretensiones por esconderse al haber un festín de
cadáveres humanos.
Elena estaba gritando en medio de la calle. Se detuvo cuando Aisling pasó a
través de la entrada a la escena.
- ¡Esto no es lo que quiero! - Gritó Elena. Su terror se convirtió en ira, que centró
su atención en Aisling.
Un hombre salió de un callejón. Su rostro estaba marcado con los tatuajes de un
criminal. Sus manos estaban dobladas detrás de su espalda. Un cable de metal
retorcido en su cuello luego arrastrado por la espalda. Se deslizó por detrás
mientras caminaba hacia Elena, aunque Zurael no podía ver su fin.
- No es lo que quieres, - dijo el hombre. - Pero tal vez es lo que mereces, hermana
querida. Veo que estas desafortunadamente... aún con vida.
Elena le echó mano, como si pudiera rechazarlo con el gesto. Ella se escabulló
hacia atrás y hacia los lados hasta que llegó a Aisling.
- No, - dijo Elena, asiendo el brazo de Aisling tal como lo había hecho en la sala
de estar con Ghost en los dedos.
- Haz que esto desaparezca. Esto no es lo que quiero.
- ¿Qué quieres?- Preguntó Aisling.
Zurael vio la imagen en la mente de Aisling. Sintió el remolino los vientos de los
espíritus cuando se reunieron a fin de cumplir las órdenes de Aisling incluso
antes de que Elena, dijera, - Sinead.
El tiempo transcurrió lentamente. El corazón de Aisling se demoró entre latidos.
La escena en torno a ellos no se desvaneció, pero una mujer salió. EL cuero negro
moldeaba su cuerpo. Los labios llenos de sangre enroscados hacia arriba. Su risa
era una invitación de la garganta.
Ella golpeó la fusta que llevaba contra su muslo. - Así que me encontraste al
final. - Su atención se centró en el hermano de Elena. Sus ojos se abrieron
momentáneamente. Ella volvió a reír cuando se acercó y acarició el pañuelo
enrollado alrededor del cuello. - Parece ser que el querido John y yo tuvimos
similares finales, aunque, por supuesto dio una paliza en el orgasmo. Me
imagino que no se puede decir lo mismo. - Su mano estaba en su cuello. Le
ofreció esto a Elena, - Ven, mi mascota. Vamos a hacer tu visita una muy buena.
Elena soltó la muñeca de Aisling y se fue con Sinead. La niebla gris se alzó en
cuanto sus manos se tocaron. Cuando volvió a salir, la envolvió por completo
luego se extendió a bloquear los edificios destruidos y las almas perdidas.
-Bueno, eso es un interesante giro de los acontecimientos y un excitante secreto
que estoy seguro de que mi hermana ruega por guardar, - dijo John. - Llegarás a
lamentar salvar su vida. Pero, ¿quién soy yo para quejarme?- Se encogió de
hombros y las manos de repente estuvieron libres. Estiró sus brazos y giró las
muñecas y los hombros. - Su error es mi ganancia.
Hizo un gesto con las manos delante de ellos y la niebla a sus pies se diluyó.
Zurael sintió los escalofríos de Aisling cuando el gris se desvaneció hacia la
arcilla roja, y los huesos esparcidos tallados de los fetiches, junto con su daga
fueron revelados. Con un lanzamiento casual, el hermano de Elena lanzó la
estatuilla Hawk al suelo. Un indicio de la crueldad se estableció en sus ojos. - Es
hora de pagar.
Capitulo 04
Aisling se arrodilló en el suelo. Zurael podía sentir los latidos de su corazón
salvaje, pero su mano era firme cuando recogió el cuervo y le puso sobre la tierra.
La araña que vino después, a la derecha y hacia abajo, como los había colocado
antes, norte y este para el cuervo. El Sur estaba marcado por la serpiente, el oeste
por el oso.
Él cogió la ola de sus pensamientos y supo que la deuda que ella debía pagar
ahora era a un alto coste. Y aunque él no podía tocar los nombres de los que
ofreció su sangre en el pago, podía sentir que ella no tenía miedo a los espíritus
representados por los fetiches.
Su corazón tronó porque ella tenía miedo de lo que ellos podría revelarle. Temía
lo que pudieran pedirle, lo que podrían exigir.
Un zarcillo de culpa se desenrolló en lo profundo del pecho de Zurael. Se
arrepentía de su parte en esto. Él había actuado sin pensar cuando la había
clavado al suelo y evitó que ella hiciera esta ofrenda de sangre en la habitación
de la ceremonia del chamán.
Aisling se inclinó para recoger el fetiche halcón. A diferencia de antes, esta vez
no cedió su posición en el centro de los otros cuatro.
El hermano de Elena chasqueó su lengua. La espiral de Zurael se apretó
involuntariamente cuando se levantó la daga. Él sintió el golpe de fiero dolor
dispararse a través del brazo de ella y se obligó a aflojar su control sobre ella.
Aisling colocó la punta de la hoja a la derecha del cuervo y dibujó un arco hacia
la araña. Puso la punta de la hoja a la derecha de la araña y dibujó un arco hacia
la serpiente, y luego un arco desde la serpiente hacia el oso y vuelta al cuervo
para que todos estuvieran conectados en un círculo.
- Toma mi sangre como quieras, - susurró en una voz suave y melódica. Se
ofrece libremente en el pago de la ayuda que me has dado.
La rápida cuchilla atravesó su palma cortado la línea de la vida en un gesto
simbólico. La sangre se derramó de ella en un río no natural, continuo de color
rojo, a pesar de la poca profundidad del corte.
Se derramó sobre el halcón, luego se extendió hacia el exterior, los largos dedos
buscaban los otros fetiches. Pero incluso cuando llegó a ellos, la sangre seguía
fluyendo de su mano, para profundizar y estancarse hasta que el halcón
desaparecido y no se veía nada más que un círculo perfecto de color rojo y los
cuatro centinelas tallados.
El hermano de Elena se agachó para que su rostro estuviera aún con Aisling.
Cuando su mirada viajó por encima de su cuerpo y su mano viajó a su
entrepierna, la rabia se alzó a través de Zurael. Con un silbido, levantó la cabeza
y abrió su boca, dejando al descubierto colmillos mortales y brillantes.
John rió. Acarició su polla a través de la tela de sus pantalones vaqueros. - Tu
mascota tiene celos, hermosa. Él puede ser largo y grueso, pero yo puedo
complacerte mejor. ¿Qué dices tú, ang… - Sus palabras terminaron en un
gorgoteo, cuando el cable de metal se tensó, sacando la cabeza hacia atrás. Un
grito siguió, un sonido de tal tormento que el corazón de Zurael se aceleró en
sincronía con el de Aisling.
El ruido terminó tan rápido como empezó. El hermano de Elena se inclinó hacia
delante con las rodillas debajo de él y su frente apoyada en la tierra roja, como si
estuviera rezando, pidiendo clemencia. Sus jadeantes sollozos sustituyeron la
agonía de su grito torturado.
Se estremeció y encogió y, finalmente, se calmó. En voz baja, dijo, - Al que sirvo
te enviará una visión del futuro y una oportunidad para cambiarlo. La elección
es tuya, pero la decisión debe ser tomada antes de salir de aquí.
El terror vibró a través de Aisling mientras miraba hacia abajo al charco de
sangre. La superficie era lisa y brillante, una pantalla de imágenes horribles en
reproducción. El aliento atrapado en su garganta como un huerto de árboles se
extendió hacia la existencia. Su pecho se tensó cuando el contorno de una casa
familiar brillaba en su lugar. El antiguo granero y prados para el ganado siguió.
Y a pesar del sangriento medio las imágenes eran capturadas, por un precioso
segundo la escena era hermosa. Luego vinieron los cuerpos.
Las líneas delgadas de la tela de Araña proporcionaban detalles lo suficiente
como para que Aisling reconociera a cada uno de los miembros de su familia.
Ellos estaban esparcidos, como si hubieran muerto donde habían caído.
El dolor se alojó en su pecho y garganta. Las lágrimas cayeron de sus ojos,
goteando en la piscina y enviando ondas a través de la superficie hasta que no
quedó nada más que su propio reflejo.
- ¿Cómo puedo evitar que esto suceda? - Susurró, volviendo la cabeza para poder
mirar al hermano de Elena.
Como si su pregunta le sacara de su suplicante actitud, se puso de pie. - Busca a
los responsables de la creación de Ghost, y luego mátalos.
- ¿Ghost es responsable de esto? - Ella no dudó de la visión, pero le resultaba
difícil entender cómo podría ser posible. Nadie en su familia estaría tentado por
una sustancia que te echaba en las tierras espirituales sin protección.
- Y más, - dijo John, agitando la mano sobre el charco de sangre.
El horizonte de Oakland llegó a la vista y con la carnicería adicional. Sólo en esta
escena la vida bailó con alegría, con sus cabezas echadas hacia atrás, en los
aullidos de la victoria.
Se comían a los muertos, pero los cambiaformas no excavaban o las criaturas que
surgieron de la clandestinidad después de la última guerra y la peste. Eran las
entidades malévolas de las Tierras Fantasma, que había encontrado un camino
de vuelta al lugar que alguna vez habían llamado casa.
Aisling se estremeció ante la visión de su maniaco placer. Era su más oscuro
temor de que mientras se encontraba en las Tierras Fantasma su cuerpo físico
fuera poseído y que ataran su espíritu en algo roto.
Cerró los ojos y buscó un lugar de calma. En la pantalla de sus pensamientos la
secuencia de eventos jugó como una red que creció más y más enredándose
dentro, los guardias y el padre Ursu llegaron a cogerla de su casa, el obispo y el
padre Ursu no le dieron ninguna opción real excepto entrar en las tierras
fantasma con el fin de buscar a Elena, el hermano de Elena apareció, ofreció su
ayuda con la condición de que permanecieran en Oakland... Zurael. Ella abrió los
ojos para mirar a la serpiente enroscada alrededor de su brazo. Él se quemó con
el fuego del infierno.
- ¿Personalmente debo matar a los creadores de Ghost, o podría verlos muertos?
John ladeó la cabeza. Pasó un latido del corazón. - Cualquiera de las obras,
siempre que el conducto está cerrado.
Aisling no sabía cómo las tierras espirituales se mantenían abiertas para que los
vientos pudieran fluir a través de una sustancia terrenal y crear una puerta de
entrada a las Tierras Fantasma. Pero sabía que tal hazaña no se podría lograr a
menos que se involucraran fuerzas poderosas en el mundo del espíritu.
- ¿Voy a ser protegida?
La risa de John fue un afilado y enfadado ladrido - ¿Qué más necesitas? Tú… -
Su cabeza se quebró cuando el cable se tensó.
Aisling se preparó para el sonido de sus gritos, pero esta vez no llegaron. La
niebla se empezó a reunir en su lugar. Giraba alrededor de sus pies y
rápidamente se tragó las piernas y las caderas, señal de que pronto podrían venir
para responder a sus preguntas, y su ayuda no sería ofrecida sin un coste.
Miró hacia abajo. El charco de sangre sólo tenía su reflejo. Los fetiches del
cuervo, la araña, la serpiente, y el oso seguían como centinelas. Los seres que
representaban sólo esperaban por su decisión antes de que terminaran la
ceremonia y aceptaran su oferta.
Un peso pesado se estableció en el corazón de Aisling. Ella no sabía lo que la
mancha dejaría en su alma, pero para salvar a su familia sólo había una opción.
- Voy a matar a quien sea responsable de la creación de Ghost, o los veré
muertos.
Tan pronto como fueron pronunciadas las palabras, la neblina gris reclamó al
hermano de Elena. Luego se abalanzó sobre Aisling con una fuerza que la llevó
fuera de las Tierras Fantasma.
Zurael fue consciente de la presencia del hurón de inmediato. Aziel estaba
subido sobre el hombro de Aisling, tan cerca que podría lanzarse a sí mismo y
hundir sus mortales dientes afilados en forma mortal de la serpiente.
Zurael silbó. Mantuvo sus colmillos expuestos cuando lentamente se desenrolló
de su brazo y cayó al suelo en el salón de actos del chamán.
La rabia rugió a través de él cuando se dio cuenta de la verdadera magnitud del
delito que Elena cometió cuando obligó a Aisling, y a él, a entrar en las tierras
espirituales. La puerta principal estaba abierta. Sus cuerpos físicos a la izquierda
vulnerables. Con un pensamiento, cambió de serpiente a hombre. Su atención se
centró en Aisling.
Lleno de ternura mientras se agachaba a su lado. Fluía en forma inesperada y
trajo un sentido protector que iba más allá de mantenerla a salvo mientras ella
servía como cebo. Había sido una sombra en su mente. Ahora sabía que ella
había sido atrapada en la misma tela de araña en la que él había sido capturado.
Sus ojos tenían moretones que parecían de agobio y agotamiento. Se encontró a sí
mismo deseando cuidar de ella y miró su mano, preocupado por la cantidad de
sangre que había perdido.
El corte en la palma de la mano se había ido. Por un instante se preguntó si ella
había pagado con una parte de su alma y la sangre había sido una ilusión. Pero
entonces ella alcanzó los huesos de los fetiches. Eran de color rojo brillante, como
si se hubieran alimentado de lo que ella ofrecía.
El cuervo, la araña, la serpiente y el oso continuaron de pie hasta que los reunió
en su mano. El halcón estaba destrozado, como si hubiera sido sacrificado con el
fin de dar a luz a un pentagrama tallado en ónice.
El malestar se deslizó a través de Zurael cuando Aisling recogió el talismán y él
vio los sellos tallados en su superficie de color negro. Le eran familiares
haciéndole pensar en los tomos meticulosamente cuidados en la Casa de la
Serpiente, los volúmenes de una lista de enemigos de los Djinn, los libros con los
nombres de los ángeles.
Aisling recorrió su dedo pulgar sobre el pentagrama. Comparó los sellos
grabados en su superficie lisa, con el recuerdo de esos escritos en Elena. No eran
los mismos.
Se sorprendió cuando la mano de Zurael le agarró su muñeca. Su pulso se
aceleró a la suavidad de su tacto y el calor de su carne. Estaba agachado junto a
ella por lo que era imposible pasar por alto la hinchazón de su polla en el cuero
moldeado de sus pantalones.
Una respuesta combinada de calor en los pliegues de su vagina. El nerviosismo
revoloteó en su pecho con la conciencia de que su anterior miedo le había
impedido reconocer la atracción de su cuerpo hacia él. Se estremeció cuando su
mirada recorrió su torso para chocar con la mirada de Zurael.
El deseo quemó en el oro líquido de sus ojos, allí y luego desapareció, como si
hubiera luchado y conseguido extinguir las llamas abanicando la vida entre ellos.
- ¿Reconoces los sellos? - Preguntó él.
- No.
- ¿Es un hechizo de protección?
- Creo que sí. Sería de poca utilidad si me adentro en las tierras espirituales cada
vez que estuviera en presencia de Ghost.
Él asintió con la cabeza y le soltó la mano. Ella sacó la bolsa de cuero suave de
debajo de su camisa y puso los fetiches alimentados con sangre y el pentagrama
en ella antes de dejarla caer de nuevo en su lugar.
Un gemido se filtró desde la sala, recordándole Elena y las monedas de plata. El
nerviosismo revoloteaba en el vientre de Aisling junto con la profunda ira. - Voy
a tener que tomar su dinero. Nunca volverá a confiar en mí con lo que sabe a
menos que piense que me compró con su plata. A parte del padre Ursu y el
obispo, no conozco a nadie aquí.
Zurael le tomó la mejilla con la mano y envió a su corazón deslizarse en un baile
de deseo. Sus ojos se encontraron con los de ella. - Al final, desearás no haberme
convocado nunca para salvar su vida. Ella ya te ha costado mucho. Su egoísmo
podría haberte costado la vida hoy.
- Pero eso me dio la oportunidad de salvar a mi familia.
Zurael acarició con el pulgar sobre su boca. Su polla pulsó cuando le cortó la
respiración en la garganta y sus pestañas bajaron en una invitación inconsciente
para su beso. En el mundo físico, tenía el pelo trenzado, pero la imagen de ella en
su estado astral, desnuda y con la melena rubia fluyendo por su espalda, estaba
grabado en su mente.
Era un príncipe serpiente, un ser que podía adoptar cualquier forma y ninguna.
Él podía trazar su línea de nuevo hacia el primer Djinn nacido de los fuegos de
una Tierra fundida. Ella era todo lo que él no era, sin embargo, luchó para no
responder a su llamada silenciosa para tocar sus labios con los suyos y compartir
su espíritu con ella.
Ella era fruta prohibida, una dulce tentación que le resultaba más y más difícil de
resistir. Por todo eso su mente se opuso por conocerla de una manera carnal, él
no podía dejar de presionar su boca en la esquina de la suya para después
besarla bajando hasta el lugar en el cuello donde su pulso no latía de miedo, sino
con el deseo.
Zurael se deleitó con la suavidad de su piel, el aroma embriagador de su
excitación y el conocimiento de que él tenía el poder de cautivar y esclavizarla.
Sus gemidos casi en silencio le hicieron querer estirarla hacia abajo y cubrirla con
su cuerpo.
Se imaginó metiéndose en ella. Sumergiéndose dentro y fuera hasta que sus
gemidos bajos se convirtieran en gritos llenos de placer. Los gemidos de la
habitación de al lado se hicieron más fuertes. Su naturaleza sexual se hizo
evidente.
Zurael sonrió cuando el rubor avergonzado de Aisling quemó sus labios. El
recuerdo de que no estaban solos le dio la fuerza para romper el contacto y
acunarse de nuevo en los talones.
Aisling se puso de pie y se balanceó en un asalto de vértigo. Sólo Zurael de pie y
agarrando sus brazos le impidió caerse.
- Has perdido mucha sangre, - dijo, tirando de ella contra él.
El sonido de los latidos de su corazón era firme y la sensación de su calor apartó
los mareos. Ella respiró su masculino aroma exótico y cerró los ojos.
- El té ayuda, - dijo ella, pero no tenía la energía para alejarse de él y dar el
primer paso hacia la cocina.
Por un largo momento permanecieron juntos. La sorpresa le hizo abrir sus ojos
cuando se dio cuenta de que Aziel todavía estaba sobre su hombro. La confusión
le hizo retirarse del ligero abrazo de Zurael.
En cada una de las vidas de Aziel siempre había sido demasiado protector y
agresivo hacia cualquier macho que mostrara interés en ella. Sin embargo, ahora
permitía a un príncipe de los demonios abrazarla.
Un escalofrío se deslizó a través de Aisling cuando se preguntó si Aziel era un
demonio. Nunca había visto su verdadera forma. Nunca había sido capaz de
determinar qué tipo de persona era. Había rechazado sus esfuerzos suavemente
pero con firmeza cada vez que su curiosidad conducía en esa dirección.
Fue su compañero desde mucho antes de que se convirtiera en su guía espiritual.
Ella le había amado siempre. Él no era un cambiaformas, pero ella nunca se
permitió ver su posesión de sus formas de acogida como demoníaca.
La gente de fe pinta a todos los demonios con un pincel único. Ellos los veía
como seres maliciosos que sirven a un maestro del mal y buscan la caída de la
humanidad. Ella no había encontrado que eso fuera verdad. Había encontrado
estas entidades en las tierras espirituales, tal como había encontrado criaturas
que una vez habían sido dioses, pero que más tarde habían sido nombrados
demonios cuando una religión conquistaba otra.
Nunca había estado en las puertas del infierno, pero no dudaba de que un lugar
de castigo podría ser encontrado en las Tierras Fantasma. Cuando Zurael la
había llamado niña de barro y prometió represalias con sus ojos, había creído que
él era un príncipe del infierno. Ahora se preguntaba por qué le había dado Aziel
su nombre y que significaba que Aziel permitiera a Zurael tocarla.
- ¿Por qué estás aquí? - Preguntó ella, levantando la barbilla mientras encontraba
la mirada de Zurael.
Su mano fue al cuello de ella. Su pulgar rozó su pulso, - Porque me llamaste.
- Sólo una vez.
- Una vez es todo lo que se necesita.
Ella se estremeció ante la amenaza que subyacía en su voz, recordaba muy bien
su promesa de seda de retribución.
Todavía podía sentir el pinchazo fantasma de sus garras, cuando la había
saludado en la puerta antes, pero se negó a ocultar la verdad. - Has venido a
matarme.
- Sí. - Su expresión se suavizó cuando ella no se apartó de él. Se inclinó para que
su mejilla tocara la de ella. Su respiración era una brisa cálida que fluía por
encima de su oído. - Descansa tranquila, niña de barro. Estás a salvo de mí si no
me llamas de nuevo.
Abrió la boca para decir que no lo haría, luego la volvió a cerrar, cuando las
imágenes que había visto en el charco de su propia sangre se levantaron de su
conciencia en alerta. Ella caminaría en los fuegos del infierno si esto significaba
salvar a su familia. Aisling dio un paso atrás y se alejó. Estaba aún débil y
vacilante, pero de alguna manera llegó a la puerta de la sala.
Su anterior rubor volvió con ardiente calor. Elena estaba en el suelo, la falda y las
bragas bajadas para revelar los rizos entre los muslos. Su blusa cara estaba
separada, sus botones dispersos a toda prisa. El sujetador estaba abierto para que
sus dedos pudieran coger y tirar de los pezones ya golpeados.
Zurael maldijo en voz baja. Puso su mano sobre el brazo de Aisling y la llevó
hacia la cocina.
Los finos temblores recorrían sus manos mientras llenaba la tetera y la ponía en
la estufa después de sacar las astilladas tazas del gabinete junto con un frasco de
miel. Frustradas lágrimas humedecían las comisuras de sus ojos cuando el té se
dispersó en el mostrador cuando trataba de llenar las pequeñas bolas de metal de
té con hojas. Odiaba la debilidad que la dejaba tan inestable.
Aisling cerró los ojos y trató de mantener el equilibrio. Estaría bien tan pronto
como bebiera algo.
Zurael salió de la cocina. Lo oyó moverse alrededor, pero no abrió los ojos hasta
que él volvió a mecerla en sus brazos. Su corazón se agitó con la ternura de su
rostro. En dos pasos él la estaba depositando en una de las sillas que había traído
de la sala.
- Supongo que prefieres tomar el té en la cocina, - dijo. - Bajo circunstancias
diferentes el espectáculo de tu invitada puesta así debería ser excitante, pero por
el momento no encuentro nada agradable acerca de su presencia aquí.
Aisling asintió. Le resultaba imposible apartar la mirada cuando Zurael se hizo
cargo de la preparación del té. Sus movimientos eran fluidos y agraciados. Era
hermoso para mirar. Aziel frotó su peluda mejilla contra la de ella antes de
deslizarse a su regazo y saltar al suelo para desaparecer en la sala de estar.
Zurael vertió agua hirviendo en las tazas. Su cuerpo se endureció y se quemó con
la sensación de los ojos de Aisling sobre él. Incluso sin mirarla, era muy
consciente de ella.
La infusión de té avanzaba mientras revolvía en el armario. Él recuperó una lata
de melocotones y lo colocó sobre el mostrador, luego removió la bola de té y
añadió miel antes de tomar la taza a Aisling.
Había sombras bajo sus ojos, una fragilidad a sus gestos que le hicieron querer
recogerla en sus brazos y cuidar de ella. Ahuecó sus manos alrededor de las de
ella para sujetarlas cuando la ayudó a llevar la taza a sus labios.
Sus pensamientos visitaron la Casa de la Araña y el té que había tomado con
Malahel y Iyar. Se imaginó el altar de cristal de Malahel y las piedras que había
lanzado, como la angelita de Aisling había sido tocada por fuerzas poderosas, así
como los seres humanos y ángeles. Él había asumido que las piedras oscuras
representaban a los seres en las tierras espirituales, pero bien podría haber
representado a los Djinn poderosos.
Los cuervos eran espíritus viajeros como Aisling. Volaban en el lugar donde las
almas de los Djinn esperaban a ser guiados de vuelta y renacer, mientras Aisling
caminaba por las Tierras Fantasma creadas por la muerte humana y la creencia.
Las arañas se veían cómo el pasado, presente y futuro entretejidos juntos.
Trabajaban en las alteraciones de los sutiles hilos que podría cambiar el destino
entero.
Se preguntó si Malahel y Iyar habían sabido rápidamente que su mente se uniría
a su cuerpo en el deseo por ella. Si lo habían enviado allí por una razón más allá
de la recuperación de la antigua lápida. Aisling suspiró y bajó la taza para
descansar en su regazo. Sus manos mantuvieron acunando las de ella, atrapando
el calor de ella entre el té y el suyo propio.
Cerró los ojos y echó atrás la cabeza. - Estaré bien tan pronto como el té y la miel
hagan efecto.
Zurael la dejó el tiempo suficiente para abrir la lata de melocotones y ponerlos en
un tazón. Se maldijo por tonto cuando se arrodilló delante de ella, cogiendo un
trozo de melocotón con los dedos y llevándolo a sus labios. Sus ojos se abrieron
para encontrar los suyos. Un rubor delicado de incertidumbre se apoderó de sus
mejillas cuando ella aceptó su ofrenda. Su polla bruscamente reaccionó al tacto
de su lengua contra sus dedos. La lujuria quemaba por sus venas.
Ella tomó un segundo trozo, y un tercero. Su lengua se demoró, deslizándose
sobre su piel en busca del zumo del melocotón. Sus labios se cerraron sobre sus
dedos brevemente cuando él le ofreció un cuarto pedazo. Luchó contra el
impulso de recogerla y llevarla a la habitación. Era fácil imaginarla desnuda, sus
labios en su polla, chupándola en el calor húmedo de su boca.
Trozo por trozo él la alimentó con los melocotones. Vio cómo sus ojos se
oscurecían con la necesidad y sintió su propia hambre crecer cuando cada pieza
dejaba sus dedos. Cuando el recipiente estuvo vacío, lo colocó en el suelo,
después tomó la taza de té de sus dedos inestables y lo dejó a un lado también.
Sus ojos se encontraron con los de él. Sus labios se abrieron en invitación. Con un
bajo gemido, se inclinó, desesperado por el gusto de ella, pero aún bajo control,
todavía suficientemente sano como para evitar estragos en la boca y compartir su
espíritu con ella.
Presionó besos a lo largo de su mandíbula antes de viajar a su oído. Jadeaba
cuando sus dedos se deslizaron a través de la apertura de su chaleco y se
separaron a través de su pecho desnudo. Ella gimió cuando chupó el lóbulo. Se
estremeció contra él cuando su lengua trazó el delicado pabellón de su oído antes
de caer en el canal auditivo.
- Zurael, - susurró, su voz golpeó en él y le hizo tener hambre por el tacto de piel
contra piel.
Él se agitó cuando sus dedos encontraron sus pequeños pezones. Los músculos
de su abdomen ondularon cuando luchó la urgencia de tomar sus manos en las
suyas y moverlas hacia abajo a su erección.
Los gritos de Elena se agudizaron en la habitación contigua. Su grito de orgasmo
aclaró la mente de Zurael con la inesperada inmersión en un arroyo helado. Dio
un paso atrás, respirando con dificultad, sin poder apartar la mirada de los labios
de Aisling entreabiertos y suaves, los ojos de color angelita. La intensidad de su
necesidad de protegerla, de fusionar su cuerpo y alma con la suya, iba casi más
allá del aguante. Dio otro paso hacia atrás, lejos de Aisling, aunque temía que la
distancia no sería suficiente para evitar imaginarse a los dos desnudos juntos y
retorciéndose de placer.
Miró por encima del mostrador y vio a Elena manejándose torpemente con su
ropa. Tenía los ojos todavía cerrados, pero sus movimientos le advirtieron que
había regresado de las Tierras Fantasma. Zurael tomó la imagen de la serpiente
en su mente. Se alegró del cambio de su forma y así escapar a la tentación mortal
de Aisling.
Aisling recogió los platos sucios, entonces se puso de pie. El mareo causado por
la pérdida de sangre se había ido, pero en su lugar el pánico reinaba en la
confusión. No se reconoció a sí misma cuando Zurael la tocó. No tenía voluntad
de resistirse a él, sin otro deseo que el de encontrar placer en sus brazos.
Aisling temblaba mientras miraba a la serpiente enroscada en su cocina. Sus ojos
de oro siguieron sus movimientos, mientras colocaba los platos en el fregadero.
Su larga lengua bífida tiró dentro y fuera. Volvió la cabeza cuando las imágenes
de él besando su oído, la asaltaron con una lengua humana, enviando una ola de
nostalgia directamente a sus labios hinchados. En sus bragas mojadas con la
excitación, y en la forma de la serpiente él había saboreado el olor.
¿Estaba tentada por él porque estaba destinado a ser? ¿O porque él era un
demonio del infierno y los demonios se decían que usaban la tentación para
engañar a los seres humanos a su suerte?
Inconscientemente, su mano se dirigió al lugar donde su camisa escondía una
pequeña bolsa que contenía los fetiches y el pentáculo de ónice. Había venido a
matarla, pero había dicho que estaba a salvo de él mientras no le convocara de
nuevo. No tenía ningún motivo para seducirla. Su alma y su vida ya estaban en
peligro.
La taza intacta de Zurael estaba sobre el mostrador. Ella sacó la bola fuera y puso
el té en una cacerola. Cuando se calentó en la estufa obligó a sus pensamientos
apartarse del demonio y centrarse en la tarea por delante.
En la sala Elena rodó a su lado. Abrió los ojos. Durante unos segundos se
quedaron desenfocados. Cuando se aclararon, se sentó y casualmente cerró la
chaqueta, indiferente y despreocupada sobre lo que había hecho, lo que había
arriesgado para su placer.
Aisling pagó su ira. Sirvió el té. Una vida de ocultar sus pensamientos y
emociones de cualquier persona fuera de su familia hace que sea fácil para ella
tomar su asiento en el sofá, como si el viaje a las tierras espirituales no le hubiera
costado nada.
- Esto ayudara, - dijo Aisling, ofreciendo la taza de té después de que Elena
reclamara la silla en la que había estado sentada anteriormente.
Elena tomó la taza. Temblaba un poco cuando su atención se centró en la
serpiente deslizándose en la habitación, la amenaza que irradiaba a lo largo de su
largo patrón.
Esta vez Zurael no se unió a Aisling en el sofá. Se deslizó por la pierna de
madera de la mesa de café y giró sobre sí mismo en su superficie dentro de la
asombrosa línea de Elena.
Aisling utilizando el miedo que leyó en los ojos de Elena para hacer un punto.
- Es peligroso ir a las tierras espirituales sin la protección adecuada.
La mirada de Elena se deslizó hasta encontrar la suya, entonces de inmediato
volvió a la serpiente mortal. Se humedeció los labios con nerviosismo, pero
ignoró la advertencia. - Yo era Ghosting. Es por eso que no recuerdo abandonar
el club o estar en la masa negra. Tenía que estar segura de que lo entendías. Tenía
que saber si lo que he oído de ti era cierto.
El corazón de Aisling se sacudió. Fue su turno para sentir un temblor de miedo.
Al igual que todos los niños abandonados sobrenaturales tocando las puertas de
Geneva de McConaughey, Aisling nunca habló de su habilidad como shamaness.
Ella rara vez usaba sus talentos abiertamente. Hasta que los guardias y el padre
Ursu llegaron, nunca había ido a las tierras espirituales en nombre de alguien en
quien no confiara o que no había estado respondiendo a alguien en quien ella
confiaba.
- ¿Qué has oído? - Preguntó Aisling, inclinándose hacia adelante, ansiosa,
aunque algunas de sus preocupaciones desaparecieron cuando Aziel salió del
cuarto de trabajo del chamán y corrió por volver a su regazo.
- Oí hablar al padre Ursu con Lutero que eras capaz de guiar en un viaje
fantasma, - dijo Elena.
El alivio se vertió en Aisling. Podían haberla mencionado por su nombre pero
ellos podían haber estado hablando acerca de cualquier chamán o shamaness. No
tuvo un entrenamiento formal, no había razón para pensar que otro dotado con
la capacidad chamánica no podía hacer lo que había hecho. Un escalofrío
repentino barrió apartando al alivio. Las palabras de John la atormentaron desde
las tierras espirituales.
Ya veo que han enviado un chivo expiatorio. O tal vez el papel de Elena. Una vez
más, quizás la tercera vez funcione el hechizo.
A Aisling se le hizo un nudo en el estómago mientras miraba alrededor del
cuarto gastado, la vida dura y el pensamiento de los fetiches abandonados y las
herramientas en la habitación de al lado, de la ropa del hombre que quedó
colgada en el armario.
La voz de John susurró a través de su mente. Ellos no tienen la intención de que
te vayas. Esto es sólo el inicio del acto, si sobrevives, por supuesto.
Ella se estremeció al recordar al obispo diciendo que tendría que elegir entre
quedarse en Oakland o ir a casa, sólo que nunca había habido una elección.
Fuerzas poderosas en las Tierras Fantasma habían visto eso y atarla para que de
alguna manera estuviera creando Ghost. Se preguntó si esas mismas fuerzas
habían llevado al padre Ursu a ella y si la Iglesia también estaba buscando la
fuente de Ghost.
Su atención regresó a la serpiente enroscada en la mesa de café. La presencia de
un príncipe de los demonios de repente parecía como un claro mensaje, una
advertencia contra la confianza hacia el Padre Ursu o el obispo.
Aisling centró su atención en Elena. No sabía cuál era el papel de Elena en esto.
Tal vez John tenía razón y su hermana era un chivo expiatorio, tal vez todos ellos
lo eran. Por el momento, no importaba. Elena era el punto de partida para
encontrar a los responsables de Ghost.
- Voy a ayudar a descubrir cómo terminaste en la masa negra, pero no cazaré
para Anthony Tiernan y sus seguidores en las Tierras Fantasma, no a menos que
haya otra opción.
- Eso está bien. Puedes buscar las respuestas en el club. - Elena se inclinó hacia
adelante con entusiasmo, pero se echó para atrás cuando se acordó de la
serpiente. - El hombre al que compré Ghost era nuevo. Me dijo que tendría
mejores resultados si encontraba un lugar privado donde la gente no podía
interferir en mi viaje. Dijo que era un lote especial, una garantía que me llevaría a
donde quería ir.
- ¿Lo hizo?
- No, pero me conseguí acercar más de lo que he estado hasta hoy, contigo.
Los ojos de Elena brillaron con una intensidad febril. - Encuentra al hombre que
me vendió Ghost. Averigua para quién trabaja, pero déjeme decírselo a las
autoridades. Eres nueva aquí. Tú no sabes en quien se puede confiar y en quien
no.
Se inclinó hacia adelante, esta vez haciendo caso omiso de la serpiente con el fin
de susurrar, - No le digas a nadie que puedes controlar el paseo a Ghost. No es
un conocimiento común, de lo contrario el padre Ursu no habría hecho prometer
a Lutero mantener su conversación confidencial.
El horror se estremeció a través de Aisling con el pensamiento de ser forzada a
entrar en las tierras espirituales de nuevo. Su mano se contrajo con el deseo de
mantener el pentagrama de ónice negro. - Dime lo que necesito saber sobre el
club, y lo que recuerdas.
- El club se llama Pecadores. Está en la zona roja. Ya he hablado de eso. ¿Tienes
un mapa?
- Sí.
- Te mostraré donde está la zona roja y te diré cómo llegar en autobús. - Elena
miró vigilante. - No tenemos mucho tiempo. Los buses dejarán de recoger a los
pasajeros pronto. - Frunció el ceño cuando vio lo que Aisling llevaba puesto.
- Puedes ponerte eso, pero si pareces pobre, estás buscando problemas. ¿Tiene
algo más reciente?
Sólo había algunas prendas en la bolsa que el Padre Ursu le había entregado en el
coche, pero cada punto fue mejor que cualquier cosa que jamás había poseído.
Era una tontería resistirse a usar la ropa que había sido dada, pero se aferró a la
familiaridad de sus propias posesiones, ya que la conectaban a una vida que
parecía estar perdiendo más y más lejos.
Aisling hundió sus dedos en el pelaje de Aziel. Sabía muy bien lo que significaba
ser pobre y juego limpio.
- Me pondré algo más.
- Bien. - La mirada de Elena se quedó en el hurón cuando se lanzó a por la
serpiente. - No lleves a tus mascotas. El portero no te dejará entrar con ellos, y si
son descubiertos en el interior, van a ser asesinados.
- Gracias por decírmelo, - dijo Aisling y sintió un pequeño brillo de gratitud
hacia Elena, a pesar de todo lo que había sucedido.
Elena puso la mano en la bolsa de monedas de plata que seguía sobre la mesa de
café. - Esto es entre tú y yo. Lutero cree que estoy aquí para darte las gracias por
salvar mi vida. No quiero que nadie sepa que te he contratado. No quiero que te
pongas en contacto conmigo. Voy a volver a revisar su progreso en cuanto
pueda. ¿Estás de acuerdo con esos términos?
- Sí.
Elena sacó la mano fuera de la bolsa. - Los vendedores de Ghost no vienen a
Pecadores cada noche. Cuando lo hacen, llegan unos minutos antes de que el
club cierre sus puertas. Hasta este momento han sido siempre las mismas dos
personas, un hombre con una cruz marcada en la mejilla y una mujer con una
marca parecida en el hombro. Creo que van a hablar contigo cuando se enteren
de lo que eres. Es posible que el hombre que me vendió Ghost esté compitiendo
contra ellos. No tenía el tatuaje de una cruz, pero fue marcado en el dorso de sus
manos.
- ¿Cómo se ven las marcas?
Elena cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió, tiró la casi taza vacía y
mojó un dedo en el té antes de trazar varios símbolos mojando la mesa de café.
- Creo que eso es lo que parecían, pero no estoy segura. ¿Significan algo para ti?
- No.
Elena se encogió de hombros. - Son probablemente las marcas penales entonces.
He oído que hay lugares que no se molestan con los tatuajes más porque es más
barato utilizar una marca y más difícil para un delincuente ocultar pagando a
alguien para alterar el diseño.
- He escuchado lo mismo. Además de las marcas en las manos, ¿qué aspecto
tenía él?
- Cabello castaño y corto. Un rostro delgado. Pálido. No me habría fijado en él en
absoluto si no hubiera sido la última persona en entrar en el club antes de cerrar
las puertas.
- ¿Te buscó fuera?
- No, yo estaba esperando con los otros.
- ¿La gente que quería comprar Ghost?
- Sí.
- ¿Cuántos?
- Seis, creo. Él me llevó aparte después de haberles vendido a ellos. Ahí fue
cuando me dijo que tendría mejores resultados si encontraba un lugar privado
donde la gente no pudiera interferir en mi viaje. No creo que le dijera a los otros
eso.
- ¿Dónde usaste Ghost?
- En uno de los dormitorios principales de arriba. El armario es lo
suficientemente largo para acostarse y tiene una puerta.
- ¿Te siguió?
- No lo sé.
- ¿Alguien te vio entrar en el armario?
- Había un trío en la cama. Había mucha gente dando vueltas observando.
Realmente no noté quien estaba allí. ¿Lo qué pasa en el club se queda en el club,
esa es una de las pocas reglas. La clientela no te dirá nada, pero los distribuidores
de Ghost, creo que estarán muy interesados en ti.
Elena recupero una cartera fina de otro bolsillo y colocó un poco de dinero sobre
la mesa. - Esto es suficiente para que entres en Pecadores un par de veces. Te
puede tomar más de una visita antes de que los vendedores de Ghost aparezcan.
Hay comida y bebida en el interior a la venta, pero se te permite traer tu propia
comida. - Ella ladeó su cabeza y estudió a Aisling de manera crítica. - Con tu
aspecto, no deberías tener problemas para conseguir que los hombres te vendan
comida y bebidas. La violación no está permitida. Incluso los borrachos, los
hombres que estarán en el club no son lo suficientemente estúpidos como para
intentar eso, pero casi cualquier cosa pasa. - Ella miró su reloj. - ¿Irás esta noche
al club?
El nerviosismo se apretó en el pecho de Aisling. – Sí.
- Déjame mostrarte dónde se encuentra en el mapa, luego tengo que salir. Ya he
estado aquí mucho tiempo. No quiero que Luther sospeche.
El mapa aún estaba sobre la mesa contra el mostrador. Elena tardó sólo unos
minutos para mostrar a Aisling la ruta de autobús y la calle de Pecadores estaba
en marcha.
Tan pronto como se fue, Zurael recuperó su forma humana. - Iré contigo.
- No te dejaran entrar, - dijo ella y su risa ronca envió una caliente necesidad en
espiral a través de ella.
A pesar de sus intenciones de mantener su distancia de ella, Zurael no podía
dejar de acunar su cuello. El ritmo rápido de su pulso contra la palma de su
mano se hizo eco en los latidos de su polla.
- ¿De verdad crees que pueden evitar que salga?
La necesidad de tocarla estaba empeorando. La fascinación que ella tenía sobre él
estaba creciendo más profunda. Una simple mano ancha no era suficiente
contacto. Se inclinó y tocó la mejilla de ella cuando su brazo fue alrededor de su
cintura. Un gemido escapó cuando la empujó ruborizada contra él, y por un
momento no pudo hablar. Las sensaciones lo bombardearon. La lujuria quemaba
por sus venas como la roca fundida de la que los Djinn habían salido.
- ¿Crees que no puedo pasar por humano? - Susurró, besando su oreja, dejando
sentir la fuerza de su deseo en la forma de su erección. Aisling rodeó con sus
brazos su cintura. Ella no debería sentir alivio y confort estando con él.
Tenía que ser mala la lujuria de un demonio. Pero al parecer ella no podía dejar
de quererle, de obtener un poco más de ella misma cada vez que la tocaba.
- Tenemos que salir, - susurró, casi agradecida de tener que ir a algún lugar en el
que ella no estaría a solas con Zurael.
Su mano izquierda dejó su cuello y barrió bajando por su espalda. Ella gimió
suavemente cuando cogió sus caderas y aterrizó a sí mismo contra su clítoris. Le
hizo sentir dolor de una manera que ella nunca había sentido antes. La hizo
fantasear acerca de las cosas que no se debían permitir que ocurrieran. Ella
volvió la cabeza y le besó en el cuello. Sus caderas bruscamente respondieron.
- Aisling, - dijo él, y el sonido de él diciendo su nombre hizo que sus labios se
hincharan y se preparara para él. Las manos de ella se movían por los costados y
alrededor para encontrar sus pezones. Eran puntos de fuerza contra sus palmas.
Ella los frotó y emocionada por la forma en que él jadeaba ligeramente tomó sus
nalgas para que pudiera tirar de ella con más fuerza contra su pene endurecido.
- Dime, Aisling. ¿Puedo pasar por humano? - Había una oscura diversión en su
voz que la hizo temblar.
- Sí.
Se rió suavemente luego la dejó a un lado. Por un instante se sintió despojada,
rechazada. Pero cuando sus ojos se encontraron, se encontró con el oro fundido y
un hambre que coincidían con la suya. Levantó la mano, pero la dejó caer a su
lado antes de que él la tocara. Esta vez fue Zurael quien dijo, - Tenemos que salir
si tenemos la intención de tomar el autobús.
Capitulo 05
Fue un paseo corto. Si hubieran tenido más tiempo antes de la puesta del sol,
podrían haber recorrido más.
Aisling tiró de la ropa poco familiar. Era consciente de la blusa y los pantalones
caros, como una mano de campo vestida para suplantar a un rico terrateniente.
Zurael tomó su mano en la suya. A lo largo de la calle, los coches con chofer se
detenían para dejar a sus pasajeros antes de la partida.
Las emociones de Aisling iban desde la ira a la tristeza mientras miraba a los
victorianos hermosamente restaurados, albergando los clubes con nombres como
Lujuria, Avaricia y Envidia. Le resultaban irónicos los poderosos y privilegiados,
la gente que vivía cómodamente y sin preocuparse de cómo era la vida para
cualquier persona fuera de su clase, se reunían aquí para su entretenimiento.
La Última Guerra había sido iniciada por fanáticos religiosos, por determinadas
personas para limpiar la humanidad del pecado.
Había quienes creían que la peste puso fin a la guerra que fue creada por Dios y
no la guerra que había evitado el nacimiento del Apocalipsis porque la
humanidad se vio obligada a concentrarse en la supervivencia en lugar de otra
vida.
Aisling sólo sabía que la tierra de los fantasmas estaba llena de dioses tirados a
un lado, y de las almas humanas que se demoraban o habían pasado por la
voluntad de algo desconocido, que las tierras de los espíritus podrían ser un
lugar del cielo o del infierno.
Se estremeció y pidió perdón con una mirada al demonio a su lado, era
plenamente consciente del calor ardiente de la palma de su mano contra la de
ella cuando se acercaron al club llamado por aquellos que algún día se
encontrarían en su dominio.
Pecadores se encontraba en medio del bloque. A pesar de su nombre, estaba
pintado en alegres tonos de amarillo. Sus ventanas no estaban manchadas por
barras, aunque Aisling no tenía duda de que hubieran elaborado algún tipo de
seguridad en el lugar. Las cortinas de colores estaban echadas hacia atrás. Los
clientes bien vestidos se quedaban atrás y veían la actividad en la calle.
Aisling frotó su mano en su pantalón cuando se acercaron a los porteros a ambos
lados de la puerta. Eran hombres corpulentos, con músculos abultados y difíciles,
con los ojos llenos de emoción.
- Mano, - dijo el de la derecha.
Ella le ofreció la mano y no sintió nada, era piel callosa contra piel callosa.
Los ojos del gorila se estrecharon ligeramente. Dejó caer la mano y volvió la
cabeza hacia su compañero.
- Dotados.
El segundo gorila tomó su mano.
- ¿Qué eres?
- Una shamaness, - dijo Aisling, con miedo y emocionada al mismo tiempo,
siendo capaz de reconocer un don que pocas veces había admitido abiertamente
antes.
- Puede entrar. - La atención del gorila volvió a Zurael. La mano de Zurael ya
estaba levantada. El contacto fue breve. - Estás limpio.
Aisling sacó las cuentas que Elena le había dado y pagado. El gorila de la derecha
abrió la puerta.
Una fiesta ya estaba en marcha dentro de la casa. Las personas estaban reunidas
en pequeños grupos. La mayoría tenía vasos de cristal llenos de líquido de
colores. Más de una de las mujeres hizo una pausa en su conversación para dar a
Zurael una mirada con hambre, mientras los hombres le daban sonrisas
atractivas a Aisling.
Zurael la tomó de la mano de nuevo y la llevó a un mirador. Fuera, la noche
estaba llegando rápidamente.
El nerviosismo y la curiosidad luchaban dentro de Aisling. Todo a su alrededor
era demasiado diferente a cualquier cosa que jamás hubiera conocido.
Zurael tiró de ella contra su parte delantera, luego instaló sus musculosos brazos
alrededor de su cintura. La imagen de ellos dos capturados en el cristal de la
ventana llenó a Aisling con un anhelo que iba más allá de lo físico.
Un hombre y una mujer se unieron a ellos en la ventana, su expresión
depredadora fue capturada en el cristal antes de darse la vuelta y en una acción
perfectamente coreografiada levantaron sus manos, los de ella hacia el brazo
desnudo de Zurael, los de él alcanzando a Aisling.
- No, - dijo Zurael con amenaza de muerte bajando las dos manos de inmediato.
- No hay mucha gente rechazándonos, - dijo el hombre, inclinado contra el
saliente de la ventana, la mujer a su lado hacía juego vestida de rojo.
- Sois nuevos aquí, - dijo la mujer. - Podemos ayudaros a conseguir el ritmo de
las cosas. De hecho, no hay nadie mejor. Todo el mundo sigue nuestra dirección,
especialmente cuando se trata de la votación.
El hombre se encontró con los ojos de Aisling. - Ven a jugar con nosotros. Sola, si
tu compañero no puede convencerte. Lo disfrutarás. Te lo prometo.
- No.
- Es conveniente para ti, aunque creo que encontrarás que has cometido un error
en rechazarnos. - Se apartó de la ventana, pero no antes de que Aisling viera el
destello de ira por haber sido rechazada. La mujer tiró de su brazo y se marchó.
La atención de Aisling se demoró en ellos. Se preguntó qué quería decir la mujer
acerca de los otros siguiendo su ventaja a la hora de la votación, pero luego su
atención se desplazó a un hombre corriendo en la zona roja en dirección a la
parada del autobús justo fuera.
La gente en la sala se desplazó a las ventanas de la fachada. La conversación bajó,
la atmósfera, cargada de emoción anticipada, como una bestia colectiva que se
estaba preparando para saltar.
Los brazos de Aisling se aferraron a Zurael. Sus dedos se deslizaron a través de
los suyos.
Las ventanas de las casas victorianas a través de la calle estaban libres de
barrotes, también, y repletas de vigilantes. Uno por uno los guardias que
custodiaban la entrada a los clubes entraron antes de que el hombre llegara a
toda prisa a la acera que conducía a sus puertas.
- No va a conseguirlo, - alguien susurró en el profundo silencio de la habitación.
- Lo hará, - dijo alguien, con una pizca de arrepentimiento en su voz. - Pecadores
siempre es el último en cerrar.
Cuando el hombre alcanzó el saliente de la ventana, la emoción se deslizó a
través de Aisling. No era el hombre que había vendido a Elena Ghost, pero la
cruz en la mejilla lo marcaba como uno de los distribuidores regulares.
Un suspiro desalentado pasó a través de la multitud reunida cuando la puerta de
Pecadores se abrió y el hombre se lanzó al interior. Los porteros le siguieron.
Era el sonido de una puerta haciendo clic en su lugar. Un zumbido de bajo nivel
señalaba que algún tipo de corriente eléctrica había servido para mantener a los
indeseados fuera.
Poco a poco la multitud se dispersó. Los clientes elegantemente vestidos se
reagruparon en grupos más pequeños. Algunos vagaban por una escalera de
madera. Otros cayeron en salas abiertas.
Aisling se dio cuenta de que ninguna de las habitaciones interiores tenía puertas,
y comprendió la importancia del comentario de Elena. ¿Por qué la intimidad era
tan difícil de encontrar?
El hombre y la mujer de rojo se quedaron cerca. El comerciante de Ghost fue a
una puerta con un pequeño rebaño de personas detrás de él. Aisling se obligó a
dejar la comodidad de los brazos de Zurael y para caminar a través de la
habitación.
El comerciante estaba en un antiguo salón. Muebles de época, o copias de ella,
engalanaban la sala. Había una chimenea. La herramienta estaba cubierta de
ceniza y ennegrecida indicando que no era sólo para mostrarla.
No hubo ningún intento de ocultación. Como discípulos a un Mesías, hombres y
mujeres se reunieron alrededor del traficante de Ghost. Le ofrecieron plata, oro,
joyas. Ellos recibieron pequeñas cajas metálicas a cambio.
Aisling se estremeció ante la visión de los contenedores. El que estaba en
posesión de Elena le había hecho pensar en una píldora de antigüedades o
tabaquera. Ahora veía los pequeños ataúdes metálicos.
Tres de los compradores se apresuraron a salir de la habitación. Los cinco
restantes se establecieron en las sillas y sofás. Aisling se preparó cuando sus
dedos acariciaron con reverencia las tapas de las pequeñas cajas.
La cabeza de Zurael calentó su espalda. Echaba de menos la comodidad y la
seguridad que su contacto habían llegado a representarle, pero no le culpó por
permanecer apartado, sabía que no podría arrastrarlo a las tierras de los
fantasmas.
Aisling había sentido los vientos de los espíritus tan pronto como la primera tapa
se abrió. Su mano fue hacia la bolsa fetiche escondida que contenía el
pentagrama. Los vientos la reconocieron. Se arremolinaron alrededor de ella,
pero no tiraron de su espíritu.
Los usuarios de Ghost introdujeron sus dedos en la sustancia contaminada.
Algunos de ellos la frotaron contra su cuerpo, mientras que otros la lamieron y
chuparon. Uno por uno, fueron tomados.
Los clientes del club iban llegando a la sala como espectadores de teatro
esperando a que comenzara el espectáculo. Algunos revisaron sus relojes. El
comerciante de Ghost se trasladó a la chimenea y se apoyó en la repisa de esta.
Examinó la habitación, quizás en busca de otros clientes. Aisling se tensó cuando
su mirada se posó sobre ella.
Fue allí sólo por un instante, y luego desapareció.
Había esperado sentir una sacudida de reconocimiento, para sentir algo de las
tierras de los espíritus en él. En cambio, no sintió nada, como si fuera sólo
humano, un hombre sin conexión con el mundo del espíritu.
Aisling volvió a mirar a Zurael. - Voy a por él.
Los ojos de Zurael ardieron con una cursante intensidad que envió un calor
salvaje a través de ella. Su mano se enroscó en su antebrazo, posesivamente y
protectora, que no admitía discusión. - Iré contigo.
Ella aceptó. Hasta que llegara el amanecer, todos estaban atrapados en la casa.
No tenía mucho sentido que ella y Zurael fingieran que no estaban juntos.
El quinto hombre quien era un Ghosting comenzó a gemir. Al igual que Elena
debían haber buscado el placer en las tierras de los espíritus. Se bajó la
cremallera. El endurecido pene emergió para ser tocado por su mano. Sus
caderas se levantaron cuando se retiró el dolor. Aisling no pudo impedir que el
rubor diera color a sus mejillas. Había crecido en una granja y fue testigo de los
apareamientos de los animales. No se avergonzaba del deseo sexual o asistía a
esas necesidades, pero nunca había imaginado a hombres y mujeres, extranjeros,
entreteniéndose en esos términos.
Ella no podía decir si el distribuidor de Ghost estaba vigilando a los que había
vendido o si solo estaba observando. Su atención se centró en ella mientras se
acercaba. - El último, - dijo, sacando un contenedor de su bolsillo.
A pesar de lo que él dijo, los vientos espirituales cambiaron y el gruñido rítmico
de los hombres que eran imágenes de fantasmas se silenciaron. Un frío barrió en
la habitación junto con una presencia maligna.
Aisling se alejó del comerciante para mirar a los Ghosters. Sus dedos estaban
cerrados en torno a sus órganos hinchados, olvidados. Todos estaban sentados,
se centró en su pesar de que entre los muertos había ojos vacíos de zombis.
Oyó un leve susurro, una orden hablada en los vientos espirituales. La nada
apagada dio paso al odio en las expresiones de regocijo de los hombres, y el
distribuidor de Ghost dejó rápidamente el hogar.
Instintivamente Aisling agarró el atizador de entre las herramientas de la
chimenea. No era tan bueno como una azada o una horquilla, pero serviría como
un arma.
- Quieren atacar, - dijo.
Zurael ya se había posicionado delante de ella. Los hombres no se molestaron en
cerrar sus pantalones antes.
Aisling se hizo a un lado cuándo el primero se lanzó hacia donde había estado.
Un segundo hombre atacó cuando Zurael arrojó al primero a través de la sala. El
tercero y cuarto estaban justo detrás de él, y mientras Zurael trataba con ellos, el
quinto saltó hacia Aisling.
Ella balanceó el atizador y golpeó su brazo, pero siguió viniendo, golpeándola
contra la pared. Sus dedos se cerrado alrededor de su cuello.
El empuje del acero en su mano y su rodilla levantada rompió su agarre. Pero su
libertad duró sólo unos segundos antes de que él la cogiera de nuevo, sus dedos
un tornillo de banco privándole de aire.
Aisling era vagamente consciente de la sala llenándose con gritos cuando los
gorilas entraron. El brazo de Zurael se precipitó alrededor del cuello de su
agresor. Su mano agarró el mentón de su agresor, y con un chasquido
repugnante rompió el cuello del hombre antes de lanzarlo a un lado.
Por un instante Aisling volvió a la masa negra y los cuerpos que él había
desechado. Su mirada se encontró con la suya, pero a diferencia de la otra noche,
esta noche los ojos de Zurael prometían protección en lugar de retribución.
- Suelta el atizador, - dijo un portero. Era uno de los tres que se acercaron a ellos,
liderando con porras.
Aisling sabía que eran capaces de lanzar un golpe lo suficientemente grande
como para dejar a alguien inconsciente. Dejó caer la herramienta de la chimenea
a sus pies. - Nosotros sólo nos defendíamos.
El gorila se encogió de hombros, pero no le dio la espalda. Él y sus compañeros
se detuvieron a varios metros. Bajaron sus armas hasta la cintura. Su volumen
continuó atrapando a Zurael y a Aisling cerca de la chimenea.
A través de los límites de la habitación adicional sostenidas alrededor de los
cuatro atacantes restantes. Dos de los Ghosters se perdieron una vez más en el
placer. Los otros dos estaban de pie, los ojos muertos, aunque Aisling sintió un
espíritu diferente escondido en ellos, seres que encontraban un huésped y
planeaban seguir poseyéndolo.
Lentamente la habitación se llenó con el poder y el privilegio. El aire creció
pesado con entusiasmo anticipado como cuando estaba bien antes de que el club
cerrara sus puertas. Las conversaciones cayeron en murmullos expectantes, solo
dejando una canción. - ¡Vota! ¡Vota! ¡Vota!
La palabra viajó a través del club con un pulso intenso. Eso trajo a más hombres
y mujeres vestidos elegantemente dentro de la multitud. Cuando eso alcanzó el
crescendo, el gorila que había pronunciado el talento de Aisling levantó su porra.
El silencio descendió. El gorila apuntó hacia uno de los hombres que eran
Ghosting, sus caderas agitándose cuando su mano trabajó su pene. - ¿Dentro o
fuera?
Una risa femenina respondió. La mujer vestida de rojo ondeó una mano y dijo,
- Sus actos han sido viejos y aburridos. ¡Fuera!
Estos la rodearon tomando la canción. Ellos solo estaban en silencio cuando el
gorila impulsó su porra. La misma rutina siguió al segundo hombre Ghosting, y
luego para los otros dos que estaban de pie como zombis. Todos ellos fueron
echados.
Cuando el gorila señaló su porra hacia Zurael, la mujer de rojo se lamió sus
labios y le desnudó con sus ojos. - ¿Qué dices? ¿Jugará bien si votamos dentro?
Aisling levantó la mirada y tembló a la vista del líquido dorado de los ojos de
Zurael. Estos quemaban con un odio tan profundo que era imposible perder su
intención de matar a alguien que intentara forzarle sus deseos sobre él.
- Creo que no, - dijo el hombre de rojo. - ¡Fuera!
La canción fue tomada inmediatamente. Esta giró a través de la casa y llenó el
aire hasta que estuvo en silencio.
Cuando la porra fue apuntada hacia Aisling, el hombre de rojo dijo, - ¿Teniendo
segundos pensamientos, preciosa?
- ¿Pero jugará o será tan interesante como una piedra? - Preguntó su
acompañante femenina.
Un paso más fuerte hacia delante. Él ondeó su mano en la dirección de los cuatro
hombres que habían usado el Ghost.
- Lo encontrarás más entretenido que echarla con los otros. Ella es una
shamaness.
- Una pieza interesante de información, Peter, - dijo el hombre de rojo.
La mujer de rojo sonrió, pero el destello de sus dientes hicieron a Aisling pensar
en un perro vicioso. El humor de la multitud fue más depredadora. Ella dijo,
- ¡Fuera! - y los otros se unieron.
Los gorilas agarraron a los dos hombres Ghosting por sus brazos. La gente se
movió, empujándose, apartándose para formar un camino hacia fuera de la
habitación. Con horrible claridad Aisling comprendió lo que significaba ser
votado dentro o fuera, cuando los gorilas arrastraron a los hombres hacia la
puerta delantera.
Los gorilas adicionales aparecieron llevando pistolas. - ¡Fuera! - Dijo uno de ellos,
apuntando hacia los dos hombres poseídos por espíritus. Las entidades de las
tierras de los espíritus solo estaban demasiado felices para acceder.
El puro terror a la posibilidad de ser echados después de la oscuridad dejó a
Aisling congelada en el lugar durante un instante. Luego reunió su coraje y
desechó el atizador. No renunciaría a esta vida sin luchar.
Zurael se inclinó hacia abajo. Su suave risa derritió algo del miedo helado que se
atrapaba en su pecho. Rozó sus labios contra su mejilla. - Esta noche yo soy tu
arma.
Un gorila apuntó la pistola hacia ellos. - Vosotros dos, fuera.
Nadie intentó tomar el atizador de Aisling cuando caminó desde la sala hacia la
puerta delantera. Pesadamente los gorilas reforzados que llevaban cascos habían
arrastrado a los hombres Ghosting ya fuera dentro de la mitad de la calle y
estaban corriendo de vuelta al club, mientras los otros gorilas estaban de pie en el
porche, con los rifles listos en caso de ataque.
La respiración de Aisling fue más rápida, los pantalones subieron cuando caminó
a través de la puerta y entró en el porche. Además de la confianza de Zurael, su
fácil seguridad de que él serviría como su arma, su corazón corría tan rápido que
pensaba que rompería su pecho.
Su mano se tensó en el atizador de la chimenea. Forzó su miedo a retirarse. Si iba
a sobrevivir, no podía afrontar el hecho de un miedo ciego. La gente se reunió en
las ventanas en las otras casas Victorianas tan buenas como Pecadores. Las
farolas de bajo voltaje iluminaban la calle. La escena hacía que Aisling pensara en
el antiguo coliseo Romano y los hombres y mujeres cuyas luchas por sus vidas
servían como un deporte.
Su piel picaba. Sintió el placer de los extraños observando desde la seguridad de
los clubs. Más allá de eso, sintió un hambre fiera radiando desde los callejones
oscuros entre las casas Victorianas.
Tan pronto como los reforzados gorilas entraron dentro de Pecadores, el hombre
armado se retiró. La puerta se cerró. La cerradura sonó en el lugar. El bajo
murmullo avisó a los guardias de seguridad adicional.
La calle tomó el silencio esperando a la presa y al depredador examinando sus
alrededores cuidadosamente antes de actuar. Uno de los hombres en el medio de
la calle se movió y se sentó. Miró alrededor con la incomprensión de un
noctámbulo caminando en un lugar extraño y preguntándose si aún estaba
dormido. Cuando la realidad chocó sobre él, se puso de pie y salió corriendo. El
segundo hombre de espíritu poseído le siguió. Ninguno de los dos había llegado
más lejos de la longitud de una casa antes de que los hombres lobos emergieran
de un callejón envuelto en la noche.
Zurael luchó la urgencia de tomar a Aisling por la mano y paralizar su habilidad
para protegerse ella misma. Su mente se aclaró a través de las posibilidades
incluso cuando maldijo a los ángeles que patrullaban este mundo. Podía cambiar
dentro de la nada, pero no podía proteger a Aisling contra esta amenaza sin una
forma. Podía transportarlos a ambos a su casa, pero el rápido viaje alertaría a los
ángeles de su presencia y les guiaría hacia él.
El salvaje gruñido lanzado por Zurael llamó la atención del hombre tumbado en
medio de la calle, aún perdido en las tierras de los espíritus. Los fieros perros se
prepararon para reclamar el precio que los hombres lobo ignoraron. Rodearon y
se reunieron alrededor del cuerpo. Arremetieron en un mordisco. El más fuerte
gruñó cuando agarraron los brazos y las piernas en sus mandíbulas y empujaron
en un baño de guerra sangrienta.
Zurael se permitió una mirada a las ventanas llenas de espectadores. Los
hombres tumbados tenían poco interés para ellos. Muchos de la multitud
observaban a la manada de hombres lobo jugar con los hombres que habían
corrido, proporcionando entretenimiento por el intercambio de carne fácil.
Él podía sentir a otros depredadores esperando en los callejones oscuros entre los
clubs. Durante un momento Aisling estaba segura en el porche, pero no se
quedaría de esa forma mucho tiempo. Los lobos no podían matarle. Incluso los
ángeles probablemente intentarían capturarle más que destruirle si venían a por
él. Pero Aisling...
Zurael la miró y sintió un fiero orgullo por su coraje. Su cara estaba tensa. Sus
nudillos estaban blancos donde agarraban el atizador, pero no estaba encogida
de miedo, aunque podía olerlo en ella.
Los hombres lobo se cansaron de jugar con su comida. La noche se llenó con el
sonido de los gritos.
Zurael levantó la mirada hacia los testigos con el placer enfermo de las caras de
los hombres y las mujeres a salvo dentro de los clubs, y decidió un curso de
acción. Agarró a Aisling de la mano y la sacó del porche. Cuando alcanzaron el
callejón muy oscuro, la empujó dentro de la oscura ocultación y paró. - Confía en
mí, - dijo él, cogiendo el atizador de su mano y tirándolo a un lado. Podía sentir a
los hombres lobo acercándose a ellos. - Sube a mi espalda.
Aisling no dudó. Abrazó el cuello de Zurael y sus piernas alrededor de su
cintura. En la calle detrás de ella hubo un repentino silencio seguido por los
sonidos de los gruñidos del frenesí de un alimento. Por delante de ella pudo oír
el susurro de los depredadores. Jadeó cuando las alas de Zurael emergieron y se
deslizaron a lo largo de sus lados en una sensual caricia. En el ojo de su mente le
vio como él había sido cuando le convocó, garras negras y alas negras,
demoníacas.
Desde algún lugar en la oscuridad una bestia se lanzaba a los demás. El caliente
chorro de sangre golpeó la cara de Aisling y los brazos incluso cuando algo
gorjeó y cayó. Tensó su agarre sobre Zurael. Sus alas estaban estiradas. Solo tuvo
un segundo para maravillarse de cómo se defendería de un ataque desde detrás,
antes de que sintiera el balanceo de un poderoso rabo a pulgadas por debajo de
sus nalgas y oyó el sonido de huesos siendo rotos. Otro ataque siguió, y esta vez
la sangre golpeó su espalda y empapó su camisa. Cerró sus ojos y presionó su
cara en el cuello de Zurael. Zurael no sintió satisfacción en matar a los hombres
lobo. Estaba cubierto en su sangre, pero bastantes más de ellos se tiraban hacia él,
esto comenzaba a actuar como un repelente. Comenzaron a aullar, anunciando la
presencia de un demonio.
Sus labios se curvaron en una fiera sonrisa. Hace mucho, en un esfuerzo de hacer
la reverencia de los Djinn delante de criaturas de barro, el extraño dios creó un
simple demonio para maldecir Al Príncipe en una imagen espantosa. En el
milenio desde entonces, los humanos habían seguido el ejemplo de su dios. Ellos
habían conjurado miles de criaturas de pesadilla, llamándolas demonios, y junto
con sus guerras y falsos profetas habían dado a los Djinn una manera de
desaparecer de la memoria de los humanos.
Zurael se aferró a la oscuridad cuando llevó a Aisling lejos de Pecadores. Detrás
y delante de él depredadores sobrenaturales por igual salieron disparados de su
camino. Cuando la adrenalina cayó y no tuvo miedo más de un ataque, encontró
imposible ignorar la cálida presión de Aisling contra su espalda. Estaba excitado,
más allá de excitado. Una parte de eso era instinto genético, la necesidad de
emparejarse y asegurar otra generación después de estar en presencia de la
muerte y la violencia. La parte más grande era su fascinación con ella. Se detuvo
un bloque más lejos y no encontró nada. La luna estaba más alta, la oscuridad
menos completa. Evaluó el área buscando peligro y no encontró nada. Con un
pensamiento las alas, las garras, la puntiaguda cola se fueron.
Aisling se deslizó fuera de su espalda sin que él le dijera nada. Su cuerpo se tensó
en protesta. Él se giró y tuvo una mirada de ella. Estaba pálida, cubierta de
sangre, sus ojos ensombrecidos con emociones que no podía leer. Cogió su mano
y se dieron prisa en reducir la distancia a su casa. Cuando estuvieron a salvo
dentro, la siguió hacia el cuarto de baño. Las ropas ensangrentadas golpearon el
suelo un instante antes de que ella arrancara la cortina de la ducha abierta.
En esos primeros pocos minutos, cuando el agua giraba roja alrededor de sus
pies antes de desaparecer en el sumidero, Zurael no estaba seguro de que ella
fuera consciente de él. Pero cuando el agua finalmente se aclaró, ella levantó la
mirada y encontró sus ojos. El rubor destelló entre ellos. La razón por la que él se
había alejado de ella antes, parpadeó a través de su mente brevemente y luego se
fue. Su respiración se quedó atrapada en su garganta cuando ella enjabonó sus
manos y tocó su pecho. Su ingle se balanceó contra su abdomen. Se estiró hacia
delante como si quisiera alcanzar sus dedos.
- Salvaste mi vida, - dijo ella, golpeando a través de sus pezones, luego bajó por
sus lados, levantando el hambre más alto con sus caricias.
Él situó sus manos en su cuello y quería matar a su agresor por los moratones
que dejó. Su pulso tronó contra su palma. Sus ojos se oscurecieron con el deseo
cuando siguió la delicada línea de su cuello hacia su hombro. Ella se lamió sus
labios cuando su otra mano se situó en su cadera, imitando la hábil mirada de
sus dedos en sus lados.
- Nosotros no deberíamos, - susurró ella.
Él sabía que tenía razón. Sabía que eso no importaba. Sus pezones estaban duros,
puntos tensos suplicando su atención. Ella cerró sus ojos y arqueó su espalda
cuando sus dedos trazaron su clavícula, luego se deslizaron hacia abajo para
rodear una pálida areola rosa. Él se apoyó y capturó su gemela con su boca. La
lujuria pinchó a través de él cuando su vientre rozó contra su ingle. Su mano se
movió de su cadera a su baja espalda. Ahora que la estaba tocando no podía
parar. Sus dulces gemidos envolvieron a la ducha en un seductor paraíso. Su olor
de excitación hizo que su pene llorara y vibrara. Zurael quería bañarse en ella.
Sumergirse dentro de su humedad, caliente y profunda. Quería empujar dentro y
fuera de ella hasta que gritara su nombre y convocara la lava caliente liberándose
de su semilla.
Ardía por ella con el fuego fundamental del Djinn. Se enroscaba alrededor de sus
venas en un bramido que no podía ser denegado. Zurael se forzó a apartarse de
su pecho y apagó el agua. Habría otras veces para tomarla en la ducha. Esta
primera vez la quería debajo de él. Aisling paró en el compartimiento de la
ducha. Se secó con una toalla, aunque la atención estaba en sus ojos fuera del
brillante cuerpo de Zurael.
Él era músculo duro y fuerza fácil, una promesa masculina y sensualidad de otro
mundo. Ahí estaban esos que la quemarían en la estaca si averiguaban que había
mentido por él. A ella no le preocupaba. Ardía con la necesidad de sentirle contra
ella, dentro de ella. Cuanto más se perdiera ella misma completamente en la
pasión que él prometía. Después recordaría lo que ocurrió en Pecadores. Después
la culpa la asaltaría. Por ahora quería que la realidad solo fuera lo que estaba
compartiendo con él. Apretó el agua de su trenza como mejor pudo, luego le
pasó la toalla a él. Observando cuando la deslizó por su resbaladiza piel. Su ingle
pulsaba cuando su mirada persistió sobre ella. Sus testículos eran suaves globos,
como los de un semental.
Aisling tembló cuando se lo imaginó cubriéndola como un semental montando a
una compañera. Giró su cabeza ligeramente, colorada y excitada, ya húmeda y
abierta para él, una participante dispuesta en una seducción que la dejaría
maldita. Cuando su mano tomó la suya, ella entrelazó sus dedos con los suyos.
La anticipación y la necesidad se construyeron con cada paso hacia la cama.
Paró cerca de ella y la empujó tenso contra él. Ella besó su garganta y sus manos
vagaron sobre su espalda y nalgas. Cuando levantó su cara y buscó sus labios, él
la relajó hacia atrás, hacia la manta.
- Zurael, - susurró ella, arqueándose cuando su boca encontró su pecho otra vez
y él comenzó a succionar.
Se sentía como pensaba que lo harían sus labios cuando alcanzaran entre sus
muslos y empujó una ola tras ola de placer desde la profundidad de dentro de su
útero. Su clítoris pedía atención. Latía al ritmo de su boca succionando su pezón.
Sus manos alcanzaron debajo de sus nalgas, la urgió a desplegar sus muslos para
que el hábil pliegue de sus labios y su erecto clítoris estuvieran presionados
contra el acalorado vientre. Aisling gimió. Su canal se apretaba y se liberaba. Sus
manos fueron a su pelo. Ella tembló en frustración. Su pelo estaba mojado y
tensamente trenzado, justo como el de ella.
La besó más abajo. Bromeó con su lengua en su ombligo, apuñalando dentro y
fuera en el mismo lugar que ella quería que hiciera con su boca. La lujuria hizo
que Zurael casi se quedara ciego. La sirena que cantaba su nombre en los labios
de Aisling le hacía querer presionar su boca en la suya y compartir su alma.
Estaba salvando su tentación por el embriagador almizcle de su excitación, por la
atracción de su suave pétalo más debajo de sus labios y el misterio femenino de
su vagina.
Estaba lista para él. Sus pliegues estaban resbaladizos e hinchados, abiertos,
como una flor floreciendo de noche. Él no podía alejarse más de su dulce néctar
de lo que no podía alejarse del agua en el desierto. Presionó su boca en su suave
piel y se deleitó en la manera que ella se arqueó y gritó su nombre. Golpeó su
lengua a lo largo de su raja y encontró su sabor más intoxicante que cualquier
vino.
Aisling estaba perdida en la sensación, en el calor presionado y retirado de su
lengua. Su nombre era una letanía que repetía una y otra vez. Sus manos fueron
a sus pechos, acunándolos, frotándolos, pellizcando los duros pezones cuando
lavó sus labios inferiores y los besó, cuando empujó dentro de ella con su legua.
Ella gritó cuando su boca encontró su clítoris y comenzó a chupar. Sus caderas se
agitaban al ritmo que él marcó. Estaba indefensa contra él, indefensa contra lo
que la hacía sentir.
- Por favor, - dijo ella, jadeando, a penas capaz de respirar bajo su ataque.
Él tensó su agarre en sus nalgas como si tuviera miedo de que intentara escapar.
Su lengua junto con sus labios atormentaron su hinchado clítoris. El remolino
sobre la cabeza expuesta, golpeó la sensible parte inferior hasta que estuvo
desesperadamente follando el diminuto órgano a través de sus labios. Las manos
de Aisling dejaron sus pechos y agarraron las sábanas cuando la erótica
sensación giró a través de ella. Los sonidos de su placer alimentaron los suyos
propios. La imagen de él entre sus muslos estaba impresa a fuego en su memoria.
Su lengua era una llama lamiendo sobre ella, llenándola, volviendo su sangre
lava fundida hasta que finalmente su raja se apretó e hizo espasmos en una
liberación que la dejó llorando, como si solo las lágrimas pudieran extinguir el
fuego dentro de ella. Pero incluso la humedad de sus lágrimas no era bastante.
Ella aún estaba dolorida. Aún necesitaba. Aún quería sentir su cuerpo contra el
suyo, dentro del suyo.
Zurael estaba desesperado por emparejarse con ella, desesperado más allá de
cualquier cosa que hubiera conocido en siglos de existencia. Quería tumbarse
encima de Aisling y presionar su boca en la de ella. Quería compartir su gusto en
un beso profundamente carnal. Quería sentir el deslizamiento de su lengua
contra la suya y tragar sus gemidos cuando su polla presionara profundamente
dentro de su canal.
Peligrosa, era demasiado peligrosa para él. Si no era cuidadoso, ella poseería su
alma y le exigiría, incluso sin vincularle con el hechizo que el dios había dado a
sus criaturas de barro. Levantó su boca de su exuberante y húmeda vagina pero
no le dio a Aisling tiempo para tentarle arrastrándose hacia arriba por su cuerpo.
Zurael la posicionó sobre sus manos y rodillas. Se deleitó en la manera que ella
estuvo de acuerdo, en la manera que ella extendió sus muslos y se presionó hacia
atrás, tentándole para penetrarla. El primitivo placer surgió a través de la vista
de su disponibilidad. Su polla pulsó y goteó. Sus bolas se tensaron en
advertencia.
Fue un ejercicio tortuoso el controlarse para evitar empalarla con una dura
embestida. Él gimió cuando presionó la punta de su pene contra su caliente
abertura. Jadeó y forcejeó por ir lentamente. Estaba demasiado tensa, demasiado
caliente. Las paredes de su vaina se aferraban a él, midiéndole, luchándole
incluso cuando llamaban para que fuera más profundo.
- Aisling, - dijo él, incapaz de detenerse de inclinarse y besar la delicada línea de
su columna.
Ella le respondió con un impulso hacia atrás, para tomar más de su polla y
susurrando su nombre. Sus caderas se resistieron una vez, dos veces. Fue
suficiente para conducirle todo el camino hacia dentro, tan cerca de su útero que
su semilla hirvió con la necesidad de escapar y fluir dentro de ella.
Zurael cerró sus ojos cuando sus músculos internos se tensaron sobre su asta en
un casi insoportable éxtasis. Su pecho tiró con el esfuerzo que requería quedarse
tranquilo. Quería persistir en su primer momento de estar completamente dentro
de ella. Quería capturarlo y agarrarlo para siempre. Era exquisita, inocente
sensualidad y una fragilidad que escondía su fuerza. Era dulce tentación y
mortal fascinación.
Excepto por esos momentos en las tierras de los espíritus cuando había sido una
sombra en su mente, era un enigma para él, una inexplicable contradicción de las
largas creencias tomadas. No debería quererla pero lo hacía.
- Por favor, - dijo ella, moviéndose, tirando su pene dentro de una excitación
hábil, abrasándole con un calor para rivalizar el líquido mundo que había nacido
para el Djinn, inundándole con potente lujuria y una necesidad ineludible para
empujar.
La mano de Zurael se deslizó de su cadera hacia el peludo nido de su pelo
púbico. Sus dedos encontraron su clítoris. Sus caderas se agitaron con el contacto.
Su lloro se ajustó al suyo cuando su vaina se tensó sobre él.
- Por favor, - dijo ella otra vez, y esta vez no pudo resistir su súplica. No pudo
luchar el deseo que los atrapó a ambos.
Sacó su polla casi completamente fuera de su raja y sintió un salvaje placer
cuando ella lloró por su perdida, luego le dio la bienvenida otra vez con un
estremecimiento. Dentro y fuera, empujó, lentamente al principio, luego más
rápido, más duro. Su realidad se convirtió en un puño caliente y húmedo en su
canal. Su razón de existir se estrechó para satisfacerla, hacerla gritar cuando el
orgasmo atacó violentamente a través de ella, llenándola con su necesidad en un
incontrolable baño de lujuria.
Cuando ella gritó y su vaina se tensó sobre él, Zurael la siguió sobre el borde. Se
corrió dentro de ella, muerto un poco muerto por ella, y estaría de acuerdo en
hacerlo todo otra vez.
Aisling se sintió saciada, protegida. Suaves olas de placer se mecían a través de
ella. Su raja continuaba teniendo espasmos y agarró la polla de Zurael aún
enterrada dentro de ella como si no pudiera aguantar el vacío que vendría con su
liberación.
Su corazón advirtió contra seguir acostumbrándose a la sensación de sus fuertes
brazos a su alrededor y su cálido pecho en su espalda. Él era temporal, en su
vida por razones suyas propias o porque había estado maniobrando
protegiéndola. En el momento que estuviera demasiado agradecida por su
presencia, demasiado necesitada para pedirlo.
Los pensamientos y recuerdos que había esperado evitar en la plataforma
abarrotada. La culpa seguía. - Esos hombres murieron porque yo estaba allí.
Los brazos de Zurael se tensaron. Cambió de posición para que su mejilla tocara
la suya. - Ellos trajeron la muerte sobre sí mismos.
Aisling tembló cuando sus suaves labios encontraron el pabellón de su oído. Su
cálida respiración hizo que sus pezones gotearan. El brazo descansando debajo
de su vientre y su palma cubriendo su pecho. Ella susurró cuando su otra mano
golpeó su vientre antes de que sus dedos peinaran a través de su vello púbico
bajando y encontrando su clítoris.
- Tú eras la única humana que valía la pena salvar en el club, - susurró.
Sus caderas se endurecieron en un gentil movimiento, registrando un sutil
círculo de su palma contra su pezón, a la ligera presión y masaje de sus dedos
sobre su clítoris hinchado, al decadente calor de su lengua girando en su oreja.
Aisling cerró sus ojos. Le permitió alejar su culpa. Encontró sus empujes y amaba
la sensación de su dureza llenándola, alcanzando profundamente dentro de ella.
La ancló en un mundo donde lo único que importaba era el placer que
compartían, los sonidos de jadeos murmurados cuando ascendían, los afilados
gritos cuando encontraban la liberación.
Zurael besó a Aisling en el hombro cuando se acurrucó para dormir. La ternura
le llenó, una profunda satisfacción posesiva que nunca había conocido antes.
Duró hasta que su mejilla tocó la fila de cuero y sus pensamientos cambiaron a
una bolsa conteniendo los fetiches ensangrentados y el pentáculo inscrito. Un frío
nudo se formó en su pecho y creció más largo cuando la mascota de Aisling
subió a la cama, sus ojos dorados aguantaron los suyos. Se preocupó sobre cómo
iba a mantenerla a salvo, no solo de los humanos y de los espíritus enemigos,
sino de los Djinn.
Capitulo 06
Aisling se despertó para encontrar a Aziel acurrucado en su almohada. Sus ojos
se abrieron y tenían una inteligencia más allá de lo que un hurón ordinario
poseía. Él la estudió así como ella lo estudió. Lo que leyó en su rostro, sólo lo
podía adivinar. Ella creyó ver la satisfacción de placer en al suyo, pero no podía
estar segura.
- Me gustaría que me digas lo que sabes, - susurró, llegando a acariciar su piel, a
rascar detrás de las orejas, sabiendo incluso cuando lo hizo que el deseo era en
vano. Cualquiera que había llevado a Aziel a su vida y lo mantuvo allí, seguía
siendo un secreto que no podía descifrar, en las Tierras Fantasma.
Detrás de ella, la respiración de Zurael le dijo que él todavía dormía. Su brazo
envuelto en su cintura le hizo un canal de espasmos y sus labios vaginales
crecían enrojecidos y muy logrados como recuerdos atestados en ellos.
Se decidió a mirarlo. Su belleza se encontraba sólo en los libros de la mitología
antigua, en los libros de arte capturado de obras de los maestros que habían
muerto, aquellos cuyas pinturas de los ángeles y los dioses antiguos, colgados en
los finos museos para ser vistos por ricos y pobres por igual.
Era de otro mundo. La tentación y la condenación. Un ser peligroso enredado en
la telaraña de su vida. Uno que podría por última instancia tomar su vida.
Ella quería tocarlo, explorar los labios masculinos, el mentón firme y la nariz
elegante. Ella quería apoyarse, presionar su boca contra la suya, su lengua contra
la suya, pero no lo hizo.
Continuar acostándose con él podría costar a Aisling su alma, así como su
corazón. Y aunque ella no encontró el arrepentimiento, a pesar de lo que había
ocurrido entre ellos la noche anterior, sería mejor no repetirlo.
Al igual que con Aziel, quién había traído a Zurael a su vida seguía siendo un
secreto. Pero a diferencia de Aziel, cuya presencia le dio fuerza, Zurael era una
debilidad que no podía permitirse.
Nada bueno puede venir de amarlo. Ella no sabía si los demonios existían antes
de hacer su evolución o se les dio la vida por la fe humana. Pero ella sabía que
había oscuros y terribles lugares en las tierras de los espíritus que reclamaban
almas humanas, y no le cabía duda alguna de que algunos de ellos estaban
gobernados por los demonios, un infierno era el único nombre definido por la
Iglesia.
De mala gana se levantó de la cama y caminó suavemente al cuarto de baño,
necesitando espacio, distancia, una oportunidad para obtener su equilibrio. No
estaba acostumbrada a los días sin el ritmo de las tareas, sin el flujo y reflujo de
las voces de los niños más jóvenes que jugaban y se peleaban. Se levantó y fue
sobre el trabajo necesario para sobrevivir.
Los latidos de su corazón tartamudeaban en su pecho mientras soltaba su pelo
debajo de la ducha. Las imágenes capturadas en la piscina de su sangre jugaban
dentro de su mente y la amenazaron con la desesperación. ¿Cómo iba a impedir
la masacre de su familia?
Aisling levantó la cara y dejó que la cascada de agua caliente cayera sobre ella y
lavara sus sentimientos de horror y miedo. Ella obligó a sus pensamientos a
revisar los pecadores, para considerar un curso de acción que la llevaría a quien
fue el responsable de Ghost.
Iba a empezar por hablar con el talento alrededor de mí, pensó mientras se
enjabonaba y enjuagaba su cabello. El número de automóviles que había visto en
el poco tiempo antes de la puesta de sol del día anterior era una indicación de
que aquellos que fueron tocados sobrenaturalmente podían dejarse de lado del
resto, pero no fueron rechazados por la sociedad de Oakland. Sólo los ricos y
poderosos llegaban a esta parte de la ciudad en automóviles.
Sintiéndose refrescada, segura, salió de la ducha y se secó con una toalla. Su
nariz arrugada a la vista de su cabello mojado. Un suspiro marcó su memoria del
lujo decadente de la utilización de un secador de pelo después de la ducha en la
iglesia.
Vio un movimiento por el rabillo su ojo en la puerta del baño. Sus ojos se
encontraron a Zurael en el espejo del baño y sus pezones se tensaron en
respuesta a su cercanía, a su desnudez.
- Permíteme, - dijo, sosteniendo su mirada, dando un paso adelante para tomar el
cepillo de su mano sin ofrecer resistencia.
Olía a especias exóticas, un deseo traído por los vientos del desierto. Un pequeño
gemido se le escapó cuando su cabello se unió y su esencia se acentúo a su
alrededor en una sensual niebla.
El nuevo día magnificaba, no disminuía, el deseo de Zurael. Fue un error tocarla
de esa manera, deslizaba sus dedos por el pelo húmedo desenredándolo con
giros cerrados y usó el calor fundido de Djinn, su derecho de nacimiento, para
acelerar el secado.
El pelo era una debilidad del Djinn. Había algunos días que para doblar su
amabilidad a la voluntad no era otra que la propia. Pero un conjuro usando
cabello era uno de ellos. Y del mismo modo que rara vez había tocado sus labios
con otro en un intercambio de espíritu, él raramente confiaba en otro para
deshacer sus trenzas.
Ámbar oscuro se volvieron vetas de oro, hilos de seda, mientras él cepillaba el
cabello de Aisling. Su pene se endureció aún más, su punta lamiendo a través de
su vientre. Un estremecimiento se apoderó de él cada vez que su cintura, tocaban
la longitud cerrada de su pene.
La piel de ella era suave, su cuerpo delicado, totalmente femenino. Su olor, flores
de primavera y excitación. Con un gemido bajo, él tocó su mejilla cerrada de
satén. Se frotó contra los mechones sueltos de su cabello mientras devoraba el su
reflejo en el espejo.
Había tanta lujuria como el vapor entre ellos. El cepillo cayó al suelo. Sus
pezones apretados, sus ojos oscuros. Sus manos se asentaron en sus pechos,
ahuecando y pesándolos antes que sus palmas se establecieran sobre las
endurecidas puntas. El escalofrío de Aisling hizo que el tirara de ella girándola
para que él pudiera sentir la longitud de su cuerpo contra él y aún así no era
suficiente.
El pequeño triángulo de oscuridad, miel de oro bajo, atrajo su mano para
explorar sus logrados pliegues hinchados y erecto clítoris. La boca de ella se
abrió, su lengua salió para dejar sus labios relucientes.
- No deberíamos, - susurró, haciéndose eco de su anterior pensamiento.
- Pero lo haremos, - dijo Zurael, besando su cuello, su hombro. Sus manos
haciéndola temblar de placer.
La preocupación destelló en los ojos de ella. La renuencia e construyó incluso si
los globos elegantes de sus nalgas se frotaran contra su pene, atrayéndolo a
doblarla y empujar en la lograda bienvenida de su vaina.
- Tú no me negarás, - dijo, acariciando la punta desnuda y suave parte inferior de
su clítoris con sus dedos. - No vas a negarte a ti misma. Di mi nombre, dime que
no quieres sentirme dentro de ti.
- Zurael, - susurró ella, cerrando sus ojos y girando su rostro fuera del espejo
donde la señal de su rubor, su acalorada piel y sus pezones maduros
manifestaban la verdad de su deseo. - ¿Qué lugar llamas hogar? ¿A quién
respondes tú también?
Supuso que sus preguntas tenían por objeto reforzar su resistencia hacía él. Para
luchar contra su deseo por él.
- Los nombres no son para que los seres humanos conozcan o apelen. Ellos son la
muerte.
Sus dedos se apretaron en los pezones de ella. Él se negó a dejarla escapar de lo
que había entre ellos.
- ¿Hace la luz del día que tú me temas? ¿Te acuerdas lo que parecía yo debajo de
la luna? ¿Y lamento haberme dejado cubrirte? ¿Puedes romperte? ¿Hace mi
forma cambiar la naturaleza de lo que soy? ¿Hace que me defina?
- No, - dijo, temblando cuando ella abrió sus ojos.
- Entonces mírame, mira mientras te tomo.
Aisling trató de resistir su orden. Se obligó a ignorar el deseo desesperado de su
cuerpo, para alejarse, escapar de su voz, de su calor, de sus brazos y de la
necesidad que generaba en ella. Pero ella no podía hacer nada contra la él, así de
impotente como lo había sido la noche anterior.
Con un gemido, obedeció. Volvió su cara y encontró los ojos de él en el espejo, no
se resistió cuando él la instó a inclinarse hacia adelante, para sujetar el borde del
mostrador, para extender sus muslos.
Ella sacudía sus caderas bruscamente. Los rayos atacaban con lujuria
arrastrándose a través de ella y el pene de él se bañaba en su excitación, se
deslizaba sobre los pliegues de su clítoris, hinchado y rígido. Él besó su vientre
en dulce tormento y retraso agonizante.
- Por favor, - susurró ella, y trató de cambiar el ángulo de su cuerpo para que él
la encontrara abierta y apretada en el interior.
Zurael agarró sus caderas. Él la mantuvo donde quería, aunque la imagen
captada en el espejo reveló cuánto esfuerzo le costó. Los músculos de sus brazos
sobresalieron como si estuviera luchando consigo mismo. Su pecho subía y
bajaba bruscamente, rápidos movimientos. Pero era su rostro el que enviaba
temor erótico, deslizándose hacia abajo a la piscina entre sus muslos, y pulsó
entre su parte de mujer. Él estaba bellamente salvaje. Sus ojos eran de oro
fundido, su expresión dominante, posesivo, su atención se centró por completo
en ella.
El aliento de Aisling quedó atrapado en su garganta. Las alas de murciélago que
había visto dos veces antes se desplegaron y abrieron a cada lado de ellos, y por
un instante ella se mantuvo al borde, atrapada entre el terror que había
experimentado la primera vez que lo vio en la oscuridad, y el deseo oscuro que
generaba ahora en ella. Pero entonces se movió una vez más, deslizando su pene
en su clítoris congestionado y regordete, entre sus pliegues húmedos y estuvo
perdida.
- Por favor, - susurró, moviéndose un poco lo que sus manos en las caderas de
ella le permitía, tratando de atraerle para que la penetrara.
La satisfacción suavizó la línea dura de su boca. La victoria profundizó en el oro
de sus ojos.
Las alas vinieron hacia adelante, como ciervo suave contra sus brazos, formando
un capullo de protección, la encontró abierta y él se impulsó de un solo golpe,
duro. Ella gritó de alivio, de necesidad, obedeció su orden de mirar hasta que su
éxtasis la reclamara en una ráfaga de lava, sensación de calor y de semillas de
demonio.
Aisling regresó a la ducha, esta vez con el cabello trenzado y enrollado para
minimizar la humedad, esta vez con Zurael acompañándola, trayendo recuerdos
de la noche anterior, junto con el impulso de ponerse de rodillas y tomarlo a él en
su boca.
Se limpio a sí misma lo más rápido posible y escapó, vestirse a toda prisa antes
de retirarse a la cocina, y dedicarse a preparar el desayuno. Si hubiera estado en
casa, habrían sido huevos frescos y frutas, salchicha de cerdo sacrificado el otoño
anterior y leche traída de la granja por el que estaba asignado a la tarea de dejar
la del día.
Su corazón se ubicó en su garganta; nostalgia mezclada con preocupación, así
como su anterior pánico amenazaba con reaparecer y atraparla en su delta de
arenas movedizas. Obligó a las emociones desagradables distanciarse, resultaba
más fácil cuando Aziel corría y subía a su lugar familiar en su hombro.
- ¿Lo conoces? - Preguntó, mirando en la dirección del cuarto de baño y se
preguntó de nuevo si Aziel era un demonio también. - ¿Es por eso que me
ofreciste su nombre? ¿Por qué su presencia es permitida cuando has mordido a
otros hombres? ¿Tú le sirves?
El hurón no respondió, no reconoció a la pregunta. Su atención pareció fijarse
sobre el escaso contenido de la alacena, y con un suspiro, Aisling lo estudió,
también.
Ella había usado los cupones de la harina y la levadura cuando había ido a la
tienda de comestibles, y la idea de hacer el pan era tentadora. Pero sólo serviría
para retrasarla de la tarea de buscar a la persona responsable de Ghost. Mientras
ponía las latas de peras en conserva en el armario, el pánico estalló con el
recuerdo de cómo Zurael le había alimentado con sus melocotones, cuando ella
se quedó debilitada por su sacrificio de sangre en las tierras espirituales. Ella no
tenía voluntad de resistirse a él, y capacidad, tampoco. Había probado tanto de
ella con todas las interacciones sensuales, tomando un poco de su alma cada vez
que él la había tocado.
Puso la lata en el mostrador, sacó una pequeña caja de cartón con huevos y el
resto de las pechugas de pollo. Sus pensamientos fueron a la bolsa de plata que
había recibido de Elena, el puñado de cuentas que le dio el Padre Ursu, los bienes
dejados en la casa por el chamán muerto. Tendría que volver a la tienda de
comestibles o intercambiar con sus vecinos suministros.
Eventualmente Aziel cazaría y rebuscaría. Pero por el momento odiaba la idea de
dejarlo deambular libremente fuera. Era una tontería preocuparse por él, llorar
por él, cuando un día no regresaría, imaginarle muerto y el dolor por la
posibilidad de que él sufriera. Pero ella nunca había sido capaz de detenerse a sí
misma de hacerlo, temiendo que cada una de sus muertes sería el final, la que lo
llevó de forma permanente.
Zurael salió del baño usando un pantalón negro y una camisa de color negro. Su
pulso se aceleró, y ella rápidamente agachó su cabeza para concentrarse en hacer
algo de comer para ellos.
Se unió a ella en la cocina, trabajando a su lado como si siempre hubiera estado
allí, sus movimientos seguros y suaves. - Pensé en visitar algunos de mis vecinos,
- dijo un rato más tarde, después de que ellos habían comido y se habían
encargado de los platos.
Zurael ladeó la cabeza, la boca curvada hacia arriba en una sonrisa que le dio
ganas de apretar sus labios a los suyos.
- Creo que uno de tus vecinos ha venido.
Un golpe en la puerta manifestó la verdad de su comentario. Aisling de repente
se frotó la palma de la mano húmeda reconfortándose, contra la tela gastada de
los pantalones que había usado cuando el padre Ursu llegó a la granja. Ella
vaciló, se preguntó si debería pedirle a Zurael ocultar su presencia, entonces hizo
caso omiso al asunto, permitiendo que el demonio hiciera su propia elección, al
cruzar la puerta de entrada. El hábito hizo que pausara largamente para mirar
por la ventana antes de abrir la puerta, primero la apertura de la de madera y
luego la de metal. Un destello de negro en sus tobillos hizo que su corazón
corriese en su pecho.
- ¡Aziel! - Pero ya era demasiado tarde, el hurón estaba fuera y desapareciendo
en la esquina de la casa.
No tendría sentido gritar o que lo siguiese, pero el impulso la distrajo el tiempo
suficiente para que ella se sonrojase por la vergüenza cuando se dio cuenta que
había ignorado a su visitante. - Lo siento, - dijo, teniendo en cuenta la colorida
falda larga y la blusa, el negro de su cabello canoso y la riqueza en su mano en
joyería de moda usada por su vecina.
- Así que Henri está muerto, - dijo la mujer. No hubo ni siquiera un indicio de
una pregunta en su voz.
Aisling dio un paso atrás. - ¿Le gustaría entrar?
- Soy Raisa, - dijo la mujer, entrando en la casa. Su atención se trasladó a Aisling
y afiladamente con interés.
Aisling adivinó que Zurael había elegido permanecer en su forma humana. Giró
lentamente, indicando el miserable sofá y sillas. - ¿Puedo ofrecerle un poco de té
caliente? Soy Aisling. - Ella no ofreció el nombre de Zurael.
Él se acercó a su lado. - El agua está a la espera del té, - dijo para Raisa. - ¿Henri
fue el chamán que vivió aquí antes?
- Sí.
Cruzaron hacia los muebles, Raisa reclamó una silla mientras Aisling se sentó en
el sofá. Zurael regresó a la cocina, aunque sabía que tanto Aisling como su
invitado inesperado eran conscientes de su presencia.
- ¿Sabe lo que le pasó a Henri? – Preguntó Aisling.
- Vi su muerte y le advertí en contra de mantener sus citas. No me hizo caso. -
Raisa se encogió de hombros. - Pero ¿qué otra opción tenía? Como se puede ver
en sus posesiones, él no era un hombre rico, y la Iglesia trabaja con la política de
mantener a aquellos de nosotros con capacidades especiales contenidas en esta
zona de la ciudad.
- ¿Es una vidente? - Preguntó Aisling.
- Soy propietaria de un salón de té a varias cuadras de distancia. Es un lugar
popular de reunión, y se considera un territorio neutral. Leo las hojas para
aquellos que me preguntan.
Los dedos preocupados de Aisling remendaban un desgarro en la rodilla de su
pantalón. Ella consideraba si Raisa podía ser de confianza y lo mucho que podía
preguntar sin revelar su búsqueda por el creador de Ghost.
Zurael se unió a ellas, con dos tazas pequeñas que no coincidían sobre platitos
partidos y dejándolos en el mesa. Aisling recogió la taza frente a ella y tomó nota
de las hojas que contenía. Sus ojos fueron a su cara. ¿Era un reto? ¿O era
simplemente curiosidad acerca de las habilidades Raisa?
Aisling miró a Raisa y la encontró observándoles, teniendo en cuenta la cercanía
física de Zurael y sus reacciones ante él.
- ¿Sabe lo que le pasó a Henri? - Preguntó Aisling, volviendo a la cuestión que
Raisa aún no había respondido.
Raisa levantó su taza hacia sus labios y tomó un sorbo, retrasándolo, tal vez
también se preguntaba cuanto era seguro revelar. - No, - dijo finalmente, bajando
la taza e inclinándose hacia delante, como si compartieran una confianza.
- Sospecho que la Iglesia tenía una mano en él. Henri era un hombre infeliz, dado
a ataques de melancolía, como resultado de sus relaciones con el mundo
espiritual. A menudo iba a los servicios, y de vez en cuando el sacerdote que le
trajo aquí lo visitaba.
Tomó otro sorbo de té, tal vez esperando ver cómo reaccionaría Aisling. Pero
Aisling no dijo nada. Ella sentía los ojos de sus vecinos viendo como había salido
del coche con el padre Ursu, sabía que conduciría a la habladuría y a la
especulación. Era nueva y desconocida para ellos. Sería lo mismo para cualquier
persona que se instalase.
El silencio se cernía desagradable y cauteloso, pero no incómodamente. Raisa lo
rompió diciendo, - He oído que lo último que vieron de Henri fue cuando un
coche llegó al anochecer y él salió fuera de inmediato, vestido como solía
arreglarse, cuando iba al servicio o para confesarse la cosa que pesaba sobre su
alma. Se metió en el coche y su casa ha permanecido vacía hasta ahora. -
Esta vez puso la taza sobre el plato y se acomodó en la silla. A pesar de su
postura casual, a Aisling le recordó a un ave de presa situada sobre una cornisa,
igualmente dispuesta a permanecer o salir para una mejor caza en otros lugares.
Fue su elección. Al igual que en última instancia cada decisión lo fue. Aisling
posó sus manos alrededor de la taza de té caliente y eligió cuidadosamente sus
palabras. Sin aliados y poco conocimiento acerca de Oakland, tenía que correr
riesgos si iba a cumplir la tarea que había aceptado en las Tierras Fantasma. - El
Padre Ursu me recogió de mi casa en San Joaquín, en las afueras de Stockton. Él
me trajo aquí como un favor a alguien importante para la Iglesia. Una mujer
desapareció y su amante quería encontrarla, o quería saber si había dejado este
mundo. El padre Ursu me dijo que la policía había descubierto varios cuerpos
recientemente y había razón para creer que las víctimas eran todas asesinadas
durante la hora de las brujas. Tenían miedo de que esta mujer fuera una de ellos,
o lo sería.
La satisfacción bailaba en los ojos de Raisa. - Ya me lo imaginaba. ¿La
encontraste?
- Sí. - Aisling resistió el impulso de mirar a Zurael o de decirle a Raisa cómo
había encontrado a Elena.
Raisa se inclinó hacia adelante, el chasquido de sus collares como un sutil
redoble de tambor.
- La casa de otro chamán está vacía, en San Francisco. Era un hombre con más
ambición que talento.
Aisling se lamió sus labios secos de repente. - ¿Qué pasó con él?
Un encogimiento de hombros. - Nadie lo sabe, lo que dice mucho sobre el poder
detrás de su desaparición. Él no era ni de poco el chamán que Henri, pero tenía
sus usos para los vampiros que controlan esa ciudad. Sus secuaces han estado
buscando respuestas sin encontrar ninguna.
Un escalofrío atravesó a Aisling. No quería pensar en que uso los no-muertos
podrían tener para alguien que pudiera visitar la tierra de los espíritus.
- ¿Tu Padre Ursu mencionó cuántos de los tocados sobrenaturalmente se
encuentran entre los que se encuentran asesinados? - Preguntó Raisa.
- No, - dijo Aisling, incapaz de dejar pasar el comentario sin necesidad de añadir,
- No es mi sacerdote. No soy miembro de ninguna iglesia.
Un ligero movimiento de cabeza, una agudización radiante de Raisa, en sus ojos
como pájaro, se reunió con sus palabras. - Hay rumores de que algunos de los
asesinados eran ofrecidos como sacrificio. Fueron encontrados con sus corazones
cortados de sus cuerpos o con signos pintados en ellos. Pero cuando sus seres
queridos trataron de recuperar sus restos para su entierro, se les negó y sólo les
entregaron cenizas. - Raisa se acercó más. - He oído rumores de que hubo otra
desaparición anoche, una institutriz que servía a una familia rica. Si no afecta a
sus benefactores ricos, la Iglesia hace la vista gorda a lo que está sucediendo.
Creo que a Henri le pidieron que buscara a algunos de los sacrificados en un
intento de averiguar quién los ha matado. - Aisling puso su taza de té abajo.
Pensó en las horas que había dormido, encerrada en un dormitorio pequeño en la
iglesia, sólo para ser despertada cerca de la medianoche y traída ante el obispo y
el padre Ursu.
- Lo que usted dice puede ser verdad, - dijo Aisling, con un nudo formándose en
su estómago. Si una institutriz desapareció la noche anterior, entonces había más
sacerdotes oscuros que los que Zurael había asesinado. - ¿Cuántos superdotados
han sido asesinados?
- No puedo decirlo con seguridad. Algunos siguen desaparecidos y nunca se les
encontró. Cinco de ellos han desaparecido de las familias asentadas aquí por más
de una generación. Ha habido otros también, recién llegados, aquí y luego
repentinamente desaparecieron, tal vez por su propia elección, tal vez no. -
Zurael dijo, - ¿Quién más sabría sobre estas desapariciones?
- Javier. La tienda de ocultismo en la calle Safira le pertenece a él. Él tiene un oído
en el mundo humano, así como en el sobrenatural.
- ¿Hay un periódico de aquí? - preguntó Aisling. - ¿Una biblioteca donde pudiera
mirar las ediciones anteriores?
Su pregunta recibió una carcajada de burla. - Hay un periódico, pero no va a
encontrar nada útil en él. Los que dirigen esta ciudad, se aseguran de que sólo la
verdad que venden se imprima.
- ¿Pero hay una biblioteca? - Presionó Aisling.
- Sí, - dijo Raisa. - ¿Has estado en la iglesia? - Aisling asintió. - Entonces, has
estado en el centro de Oakland. El poderoso gobierna desde allí. La biblioteca
está a varias cuadras lejos de la iglesia. Es junto al edificio de la policía y los
guardias.
Aisling secó sus palmas contra las rodillas de sus pantalones desgastados. Dudó
en expresar su interés por Ghost, pero si lo que Raisa dijo sobre el periódico era
verdad, entonces le pareció una tontería desperdiciar la oportunidad de hacer
preguntas con la esperanza de encontrar respuestas en la biblioteca.
Se sorprendió cuando la mano de Zurael cubrió la de ella, la llevó a su rodilla y
la mantuvo allí, su pulgar ligeramente acariciando los nudillos de ella como una
lengua que se extendía desde la serpiente tatuada en su piel. Cuando miró hacia
arriba, se encontró con la mirada de Raisa clavada en sus manos unidas.
- ¿Ha habido rumores de una droga llamada Ghost? - Preguntó Aisling.
- Las drogas no son ilegales aquí. Infractores de la ley no escapan del tatuaje de la
pena de muerte por los actos que cometen durante el uso de ellos. - Raisa se
encogió de hombros. - La Iglesia la prohibiría si pudiera. Pero incluso ellos no
tienen el poder para hacerlo. Muchos de las familias fundadoras acrecientan su
riqueza a causa del comercio de drogas. Ellos no permitirán la primera
prohibición, saben que les abrirá las puertas a otras cosas ilegales.
Aisling asintió. Lo mismo ocurría en Stockton. Había algunos recursos, e incluso
los más conservadores no querían verlos desperdiciados en un esfuerzo por
erradicar las sustancias humanas utilizadas para escapar de la dureza de su
realidad.
No siempre había sido así. Los libros de historia de Geneva estaban llenos de
historias de la prohibición sobre el alcohol y, después, una guerra contra las
drogas que dejó aquellos de control de la producción y distribución, ricos y
poderosos más allá de lo que podrían haber logrado de otra manera.
- ¿Has oído algo acerca de Ghost? - Aisling empujó, consciente de que Raisa no
había respondido a su pregunta.
- Tal vez. - Raisa tocó con la punta de sus dedos el platillo que contenía la taza de
té vacía de Aisling. - ¿Puedo?
Un recelo se enrolló en el estómago Aisling. Quería decir que no, alejarse de la
lectura que le ofrecía, el costo implícito de tener respuestas a sus pregunta. Pero
las imágenes de sus familiares dispersos muertos en todo la granja la obligó a
decir, - Sí.
Raisa recogió el plato y se lo llevó hasta las rodillas, equilibrado allí mientras
contemplaba el patrón de la izquierda por las hojas de té. Oscuros, ojos de pájaro
se quedaron inmóviles, paralizados por lo que veían.
Fuera una nube tapaba al sol y la luz se desvanecía, echando la sala en la
penumbra pesada la misma que había tenido cuando Aisling llegó con el padre
Ursu. Erróneamente llevaba a través la esencia a jabón de Henri, aunque su
espíritu no estaba presente.
- Cortinas de muerte en ti como un manto ondulante, - dijo Raisa. - Se retuerce a
tus pies y se enrosca a tu alrededor, como de un nido de serpientes, por lo que tu
tacto se convierte en su precedente. - Un escalofrío atravesó a Raisa, lo
suficientemente fuerte como para que la taza de té sonara contra el plato. Ella lo
puso sobre la mesa y se levantó de su silla. - Habla con Javier acerca de Ghost, así
como aquellos que desaparecieron. Si me disculpan, saldré yo misma. Tengo que
volver al salón de té. - Aisling se puso de pie y siguió Raisa a la puerta, salió con
la esperanza de encontrar a Aziel esperando. Ella aparcó a un lado la lectura
mientras observaba a su visitante irse deprisa. Dada la presencia de Zurael, y la
suya en casa de Henri, era fácil ver la muerte en las hojas de té.
El sol dejó su escondite detrás de las nubes cuando Aisling regresó al interior.
Zurael todavía estaba en el sofá. Se agachó para recoger los platos sucios. Las
manos de él envolvieron sus muñecas, él envío lava fundida a través de sus
venas a pesar de la serpiente mortal tatuada en su brazo. Era un retorcido
recordatorio de lo que era. Sus dedos apretando. La obligó a mirar hacia arriba y
encontrarse con sus ojos.
Aisling se estremeció, creció una falta de aliento por el carnal calor ardiendo allí.
Ella recordaba muy bien lo que había sido estar en el cuarto de baño en frente del
espejo, obedecer sus órdenes y ver como él la tomaba.
- Sólo tenemos la luz del día para encontrar respuestas, - susurró ella, no
queriendo acrecentar su debilidad dándose a él de nuevo y perder la
oportunidad de visitar la biblioteca y la tienda de ocultismo.
Zurael leyó la resistencia de ella en su cara, vio la lucha contra el deseo que saltó
a la vida entre ellos, como una llama viva. Sabía que debía luchar contra él
también. Él tenía la intención de asegurarse de que ella estaba bien,
importunados por la lectura de Raisa. Pero tan pronto como tocó a Aisling, no
quería nada más que tirar de ella hacia el sofá, para despojarla de sus ropas y
cubrir su cuerpo con el suyo.
Ella llevó sus manos al pecho de él y empujó camisa abajo. Él la sostuvo contra
los endurecidos pezones de hombre, sintió su toque todo el camino hasta su
pene. Un bufido escapó cuando ella trató de retirarse. Un gemido siguió cuando
sus pestañas bajaron sumisamente y la tensión la dejó así como las palmas de sus
manos se suavizaron y se frotaron sensualmente contra él.
La lujuria rugió a través de él, necesidad ardiente. Cuando ella se humedeció los
labios, fue inundado con el impulso de lanzar la mesa de café a un lado y poner a
Aisling de rodillas delante de él, de desatar su cabello y guiar su boca a su
palpitante polla.
Ella se acercó, susurró su nombre en un aliento que acaricia sus labios, le sacudió
la conciencia por el peligro en el que estaba. Se puso de pie bruscamente y soltó
sus manos, se apartó de ella antes de que cediera a la tentación de besarla.
La confusión, la vergüenza, el dolor, las emociones de Aisling bailaban en su cara
antes de que su expresión fuera cauta. Recogió los platillos y se alejó de él,
dejándole sentirse arrepentido, confuso.
Se preguntó de nuevo si Malahel y Iyar sabían que él estaría atrapado, confuso.
Pensó en su padre posicionado delante de los murales de Jetrel, hablando del
pasado y del hijo que había perdido su vida debido a una hembra humana.
La atención de Zurael volvió a Aisling. Ella se puso de pie en el fregadero,
enjuagando los platos. Él quiso que su corazón se endureciera, su mente muy
cerca de lo que el futuro de ella contenía. Muerte.
Aisling secó sus manos. Podía sentir la mirada abrasadora de Zurael, como si se
la considerara responsable del deseo ardiente entre ellos. Nerviosa, se tocó el
bolsillo, sintió los billetes doblados y el pase de autobús. Sin mirar a Zurael, fue
hacia la puerta y la abrió, y se obligó a si misma a atravesarla.
El demonio podía hacer lo que quería con el día. Ella sabía, que incluso mientras
se aferraba a él en la pasión no era prudente que olvidara lo que era y ser
afectuosa con él le podría costar a ella. Sólo se tenía a sí misma. Y a Aziel. Era
suficiente. Tenía que serlo.
Capitulo 07
La calle estaba en silencio, aunque Aisling sintió los ojos de sus vecinos en ella.
Era desconcertante que en un lugar donde su talento era nombrado en la casa,
donde la habilidad llevaba a la sospecha y el ostracismo en otra parte que era
abiertamente revelador.
Un coche giró en la calle y se aproximaba lentamente. Se deslizó a través del
abierto camino para parar a lo largo frenando justo mientras ella llegaba a la
acera. El Padre Ursu surgió desde el asiento trasero. - Pensé en comprobarla y
asegurarme de que sobrevivió a su primera noche por sí misma, - dijo, apartando
la mirada de Aisling a la casa y más allá.
Aisling frotó las palmas de sus manos sobre la tela de su pantalón. Una brisa se
arremolinaba alrededor de ella, caliente como el desierto, y con olor a especias
exóticas, de Zurael.
- Estoy bien, - dijo, cautelosa, recelosa, preguntándose si él sabía lo que había
sucedido en Pecadores.
- Bien. ¿Y has conocido a alguno de tus vecinos ya?
¿Era una trampa? ¿La visita de Raisa había sido convenida? El miedo hizo que el
corazón de Aisling corriera más rápido. Preocupación, entonces la vergüenza,
envío calor a su cara.
Geneva favorecía libros de no ficción sobre la ficción. Pero incluso en aquellos
había historias de dispositivas de escucha y utilización de cámaras ocultas
usadas para espiar en los días antes de que encontrar alimento y refugio seguro
consumiera a ricos y pobres por igual.
Pensando en ello, Aisling se sentía enferma por su ingenuidad. Debería haber
considerado que la Iglesia podía supervisar sus actividades, podrían saber de la
visita de Elena y la presencia de Zurael.
- ¿Qué le pasó a Henri? - Preguntó ella, tratando de escapar de la vergüenza y
preocupación.
La resignación y la tristeza se mostraron en el rostro del Padre Ursu. - Había sido
su padre durante años. Su pérdida cayó pesadamente en mí. Murió en servicio a
la Iglesia. Como ya he mencionado la otra noche, la policía había descubierto
varios cuerpos recientemente. No hay razón para creer que las víctimas fueran
asesinadas durante la hora de las brujas. Henri se ofreció para ir en busca de
respuestas, pero no regresó.
- ¿Aquellos encontrados fueron sacrificados?
- Sí. – El Padre Ursu tomó sus manos, y de nuevo ella sintió la suavidad como de
bebé contra los callos que habían marcado las suyas desde el momento en que
tuvo la edad suficiente para asumir su tarea en primer lugar. - Si la situación no
hubiera sido grave... lo siento, niña. Pero gracias a ti, Elena ha sido devuelta a
aquellos quienes la aman. – El Padre Ursu sonrió y miró hacia la casa. - ¿Y has
tenido la oportunidad de extender sus alas y escapar de las sombras? Entiendo
que los ciudadanos de Stockton y las tierras que la rodean no dan la bienvenida a
aquellos con habilidades especiales. ¿Estoy en lo correcto?
- Sí, - dijo Aisling, pensando que no dejaría que su muestra de amistad o de
cambio de tema la descarrilara. Podría no tener el coraje de buscarlo y
preguntarle, pero él había venido a ella, y después de la visita de Raisa, no lo
dejaría escapar sin darle respuestas. - ¿Qué pasó con el chamán de San Francisco?
Un escalofrío atravesó al Padre Ursu. - ¿Qué pasa con él?
- He oído que ha desaparecido.
- No estoy sorprendido. Un hombre que sirve a los condenados no puede escapar
a la mano justa de Dios, no por mucho tiempo.
Aisling no había esperado que él hablara de manera franca o con vehemencia,
aunque sabía que la posición de la Iglesia a la hora de los vampiros y
cambiaformas, demonios y los que retozaban con ellos. Ella se tensó y resistió a
la tentación de mirar hacia la casa. Sacó sus manos del agarre de las del Padre
Ursu y las metió en sus bolsillos.
El Ursu Padre dijo, - Ahora que ya me he asegurado de que estás bien y
establecida, seguiré mi camino. - El comenzó a girar, se detuvo. - Perdóname,
pero siento un grado de responsabilidad para contigo porque soy el que te trajo
aquí. No puedo dejarte sin advertirte que tengas cuidado, especialmente cuando
se trata de hombres. Eres una mujer joven y bella sola por primera vez y en una
ciudad desconocida. Hay hombres quién se aprovecharan de tu vulnerabilidad.
Sería sabio establecerte primero antes de involucrarte con alguien. Pero si te
encuentras cayendo bajo un hechizo de amor, por favor, no dudes en venir a mí.
La Iglesia no está sin recursos, sobre todo cuando se trata de proteger a aquellos
que han ayudado. - Él sonrió y le dio unas palmaditas en su hombro. - Allí, he
dicho mi pedazo. Ahora me iré y dejare seguir con la exploración de tu nueva
ciudad.
Aisling vio como se deslizaba en el asiento trasero del coche. Ella esperaba que
Zurael saliera de la casa tan pronto como el coche oscuro diera la vuelta a la
esquina y se perdiera de vista. En lugar de ello fue Aziel quien atrapó su
atención, le hizo señas para seguir adelante con el castañeo antes de distanciarse
corriendo.
Ella lo siguió, con cuidado de prestar atención a su entorno y no perder de vista
el camino a casa, cuando él se precipitó a través de callejones y abandonados
jardines, permaneciendo siempre justo a la vista, hasta que finalmente
desapareció en un jardín cubierto de plantas venenosas y arbustos de aguja
afilada.
- Aziel. - Aisling le llamó, sabiendo que era inútil, pero lo hacía de todos modos.
Ellos habían jugado a este juego muchas veces y en todas sus diversas formas.
Ahí no había respuestas a su charla, aunque la quietud del jardín le dijo que no
estaba sola. Frente a ella una estrecha senda se abrió paso entre el roble venenoso
y espinas.
Parcialmente oculta con rocas planas a ambos lados de la ruta de acceso
llamando su atención. Cuando se acercó, vio los sellos grabados en la superficie
de la pizarra gris. Eran símbolos de brujas comunes, advirtiendo contra la
trasgresión y el robo.
- Aziel. - Llamó de nuevo Aisling. - Sal de ahí. No puedo ir detrás de ti.
- Tú eres el shamaness que vive en la casa de Henri ahora, - dijo una voz,
causando que Aisling se sorprendiera y girara lejos de la ruta.
Una joven embarazada se paró en una abertura en los arbustos espinosos que no
habían estado allí hace momento anterior.
- Sí, soy Aisling.
La niña asintió con la cabeza y cruzó las manos sobre su vientre hinchado.
Pequeños dientes blancos mordieron preocupados el labio inferior. Tenía
diecisiete años, tal vez, de cara pálida, con sombras, los ojos llenos de dolor.
- Soy Tamara Wainwright. Este es el jardín de mi familia. ¿Es Aziel tu mascota?
Dicen que tienes un hurón.
- Sí. ¿Lo has visto?
- No. - La cara de Tamara se tensó y se frotó círculos pequeños en su abdomen.
Echó un vistazo rápido en la dirección de la casa más cercana antes de decir,
- ¿Te gustaría ver el jardín?
A menos que Aziel viniera a ella, Aisling sabía que no lo encontraría en el jardín,
pero él la había llevado hasta allí así que dijo, - Sí.
Tamara se apartó de la apertura y dio un paso a Aisling en el camino antes de
liberar un arbusto largo con espinas que pinchaban cayendo a través de la puerta
de entrada. El lote abandonado era sorprendentemente profundo, la maraña de
espinas y espesas plantas venenosas, hasta que de repente dio vía al orden,
grupos de plantas dispuestas para formar un pentagrama con un altar en su
centro.
- Esto es increíble, - dijo Aisling, impresionada por el diseño y el hecho de que
sobrevivió a los depredadores de la noche.
- Mi familia ya estaba instalada en la zona de la ciudad cuando la ley y el orden
fueron restaurados y Oakland fue reclamada por la Iglesia y los no humanos
dotados. Dicen que mis antepasados sacrificaban cualquier persona que
transgrediera, y marcaron los bordes de la parcela con sangre maldita. - Ella se
encogió de hombros. - No sé si es verdad o no. Fue hace mucho tiempo. No
practicamos la magia negra, a pesar de lo que se puede escuchar de los demás, -
los ojos de Tamara se endurecieron, - O de la Iglesia.
Aisling suspiró en voz baja. ¿Iba a estar para siempre vinculada a la Iglesia y con
recelo a causa de ello?
- Sé muy poco acerca de Oakland o los que viven en esta sección de la misma, -
admitió Aisling, con la esperanza de que la verdad facilitara su camino con sus
vecinos. - No fue mi deseo ser traída desde la granja de mi familia fuera de
Stockton. Pero cuando los guardias llegaron con el padre Ursu... ¿Qué opción
había?
- ¿La Iglesia quería algo de ti?
Teniendo en cuenta lo que ya le había dicho a Raisa, Aisling no veía ninguna
razón para negarlo. - Sí, la amante de un hombre importante había desaparecido,
y ellos querían que viera si su espíritu ya había pasado a las Tierras Fantasma.
Tamara se mordió sus labios y desvió la mirada rápidamente - ¿Fuiste capaz de
encontrarla?
- Sí.
La atención de Tamara volvió a la cara Aisling. Viejos ojos se apretaron mirando
fijamente desde un rostro joven. - Pero entonces te trajeron aquí en vez de
llevarte de vuelta a casa. Ellos quieren algo más de ti. Otros ya han desaparecido.
Henri no pudo encontrarlos. Y entonces él se había ido, también.
- El Padre Ursu se detuvo esta mañana a verme. Le pregunté por Henri. Me dijo
que Henri murió en el servicio a la Iglesia. Admitió que la policía había
encontrado los restos sacrificados, pero no me dijo nada más. - Aisling apretó en
puños sus manos al recordar el miedo y la vergüenza que la habían asaltado.
- ¿La policía y Iglesia espían a los que viven en esta sección?
Tamara se encogió de hombros. - Estoy segura de que tienen sus informantes.
Pero teniendo en cuenta cómo muchos de los ricos y los poderosos encuentran su
camino hasta aquí, ¿qué ganan en saber las visitas de su casa o negocio? No es
ilegal el visitar y hacer negocios con nosotros. Ni siquiera es considerado un
pecado ya, no si la Iglesia quiere mantener su influencia en Oakland.
Aisling se sintió estúpida por empujar, pero no podía dejar que el tema decayera.
- ¿Qué pasa con las cámaras y dispositivos de escucha?
La risa de Tamara era genuina. - ¿Los has encontrado escondidos en la casa de
Henri? Me sorprende que la Iglesia o la policía hubieran perdido el tiempo en
instalarlos. No funcionan en esta área. Las señales son atacadas por la tecnología
de la última guerra. - Ella se estremeció y frotó círculos más abajo en su vientre
hinchado.
- ¿Cuando nace el bebé? - Preguntó Aisling, notando la pequeña cesta para
recoger hojas y raíces que había dejado cerca de uno de los puntos del
Pentagrama.
- En una semana más. Es un niño. Nacerá dotado con talento. Mi bisabuela nunca
se equivoca cuando hace su adivinación usando fuego. - Tamara miró de reojo a
Aisling y se mordió el labio inferior. - ¿Hay alguna planta que deseas del jardín?
Aisling sacudió la cabeza. Sólo había un par de cosas que reconoció, pero nada
que quisiera lo suficiente para incurrir en una deuda por ello. - Tengo todo lo que
necesito. Gracias por ofrecerlo.
Tamara se apartó el pelo oscuro detrás de las orejas, dándole un aspecto aún más
joven. - ¿Tienes un amuleto curativo? ¿Uno que sacara todo el veneno de las
mordeduras de serpientes, incluso la más venenosa?
Aisling se sobresaltó, se preguntó brevemente si Tamara sabía de alguna manera
de Zurael y su forma de serpiente, a continuación, rechazó la idea. Amuletos de
sanación era una oferta bastante común de las brujas, ya que pocos podían pagar
para ver a un médico capacitado.
Ella deslizó sus dedos en los billetes doblados en su bolsillo. Sería sabio tener un
amuleto, pero no podía pagar uno, no cuando sus armarios tenían poco de
comida y las monedas de plata fueron retiradas del sueño por la seguridad de su
familia.
Tamara removió un amuleto de su cuello. Era circular y multitexturado, un disco
duro completo de hilos intrincado tejido con plantas secas. Aisling nunca había
visto nada igual, aunque reconoció algunos de los sellos marcados en él.
- Mi bisabuela ha hecho este. Es como los que salvaron a mis antepasados
durante la peste. Ninguno murió, aún cuando todos sus vecinos y la mayoría de
Oakland lo hicieron. Impregnaban el amuleto en el té, tan pronto como el
síntoma aparecía por primera vez, y seguían haciéndolo durante tres días para
librarse de la enfermedad en sus órganos. Para las cosas como mordeduras de
serpientes venenosas o gangrena, la piel se puede cortar y abrir presionando el
amuleto contra la herida por lo que drenará la toxina ya que es absorbida por la
sangre.
- No tengo dinero para un amuleto tan poderoso, - dijo Aisling.
Tamara abrazó su extendido vientre. - Quiero intercambiarlo por tus servicios. El
padre de mi hijo ha desaparecido.
La tristeza llenó a Aisling. - ¿Crees que es uno de los sacrificados?
Los delgados hombros se levantaron en un encogimiento de hombros. - No lo sé.
Cuando es posible, me escabullo a la biblioteca y reviso el periódico por una
palabra suya. Su familia es influyente. ¿Incluso si pudiera acercarme a ellos, de
que voy a enterarme? Él era una oveja negra por su interés en la brujería. Lo
habían amenazado con mandarlo lejos un montón de veces. Si les dijo sobre el
bebé... - Sus manos temblaban mientras acariciaba su vientre. - Él no estaba
contento con el bebé. Sabía que no lo estaría, por lo que no se lo dije hasta que me
fue imposible de ocultar. No se lo dije a nadie, tenía miedo de lo que mi familia
iba a hacer. Él solía encontrarme aquí o en una casa abandonada y fingíamos que
era la nuestra, donde era un gran mago y yo era una bruja poderosa. -
Las lagrimas se arrastraban por sus mejillas cuando miró hacia arriba para
encontrarse con los ojos de Aisling. - Estaba enfadado por lo del bebé. Durante
meses y meses había estado enfadado. No dejó notas para mí o para responder a
las que dejé en nuestro escondite. Luego, hace un mes le vi... Quedamos en
encontrarnos en la casa. - Se secó enfadada las lágrimas. - Esperé allí mucho
tiempo hasta que no fue seguro regresar a casa hasta la mañana siguiente. Nunca
llegó y no he vuelto a verle. Sólo necesito saber si todavía está vivo. ¿Me
ayudarás?
Aisling miró el amuleto ofrecido y fue tentador. Seguramente Aziel la había
llevado hasta allí para este fin. La supervivencia de su familia dependía de ella y
su capacidad de encontrar quien viera fantasmas. No podía permitirse que
lesiones o enfermedades la detuvieran.
- ¿Estás ofreciéndome el amuleto a cambio sólo para saber si el padre de tu hijo
está muerto? - Preguntó Aisling, asegurándose de que Tamara no deseara o
esperara más.
Tamara se secó las lágrimas adicionales fuera de sus mejillas. – Sí.
- Voy a buscar las respuestas en la Tierra Fantasma.
Una mano pálida se enroscó alrededor del antebrazo Aisling. - ¿Quieres hacerlo
ahora? ¿Aquí? El jardín está protegido y no quiero que nadie sepa que te he
pedido que hagas esto. No quiero que mi familia sepa que te he dado su nombre.
- Su agarre era más fuerte. - Debes prometer con tu alma que no se lo revelarás a
nadie en este mundo.
- Lo prometo.
- Con tu alma.
- Con mi alma.
- ¿Lo harás ahora? ¿Aquí?
Aisling vaciló sólo un momento antes de aceptar, entonces encontró un lugar
más allá del pentagrama de la huerta y se sentó con las piernas cruzadas en el
suelo. Alisó la superficie de la tierra mientras Tamara llenaba su grupo de
canastas con ceniza, rico suelo y volvía con ella.
- Necesito el nombre, - dijo Aisling, mirando alrededor con rapidez cuando una
brisa caliente le tiró de la trenza y llenó sus pulmones con el aroma exótico de
especias debajo del sol en el desierto. Y aunque no vio a Zurael, se imaginaba que
estaba con ella, luego se dio cuenta aunque debería haberlo hecho antes, que un
demonio no necesitaba forma para estar presente en este mundo.
- Christopher. Christopher Alan Cooper, - susurró Tamara, tirando de un anillo
de bajo costo de su dedo meñique de la mano y ofreciéndoselo a Aisling. - Él
compró esto para mí. Es lo único que tengo que estuvo alguna vez en su
posesión.
Aisling tomó el anillo y lo colocó en su propio dedo. Su corazón se aceleró como
siempre lo hacía cuando estaba a punto de entrar en el mundo de los espíritus.
Ella instintivamente puso su mano enroscándola alrededor de la bolsa escondida
con sus fetiches. Pensó en llamar a uno de los fetiches, vinculados espíritus, pero
el precio era siempre alto, y después de su último viaje a las Tierras Fantasma,
tenía miedo de lo que pudiera ser la demanda.
Aisling tomó un aliento profundo. Deseaba que Aziel apareciera y se arrastrara
en su regazo. Pero nada se movió nada más que la brisa, las plantas dobladas.
Usó sus dedos para dibujar un círculo a su alrededor en la tierra, agregando los
símbolos necesarios de protección.
Cuando se cerró el círculo, cavó sus manos en el suelo con ceniza, dejando que se
tamizara a través de sus dedos, como el panadero con la harina, mientras sentía
el peso y la finura de su material de dibujo. Se imaginó el sigilo que tenía que
dibujar, uno adecuado para la tarea, y un nombre que podía recurrir en su ayuda
cuyo precio nunca había sido más de lo que podía pagar.
Cuando la tierra fue tan familiar como cuando solía sentarse en el suelo de la
granja de su familia, poco a poco, cuidadosamente dibujó el sigilo, un pequeño
puñado de tierra a la vez, las líneas formadas con la apertura de minutos y el
cierre de su puño.
En el momento en que estaba casi hecho, le dolía la mano y un brillo de sudor
fino cubría su rostro. Pero mirando abajo a su trabajo, Aisling se mostró
satisfecha. Se sentía tranquila mientras la última línea cayó en su lugar y el
remolino de masa gris del viento de los espíritus se apresuraba a reunirse y
reclamarla.
- ¿De regreso tan pronto? - Dijo una voz familiar cuando el gris se estableció para
revelar la forma desnuda de Aisling y su cabello suelto. Se llenó de consternación
cuando giró para encontrarse con el hermano de Elena en lugar del guía
espiritual que había esperado. - Estás decepcionada, - dijo, lamiéndose los labios
en un gesto descaradamente carnal mientras su mirada viajaba sobre ella,
depositándola en el triángulo de rizos de oro negro entre sus muslos. - Bueno, no
voy a decir que yo sí. - Sus ojos se sacudieron brevemente hacia el brazo donde
Zurael se había enrollado en su última visita. - Y es mucho más agradable, sin tu
mascota. Mucho más acogedor. - Ofreció su mano. - ¿Caminas conmigo? Vamos
a conocernos mejor.
El instinto le hizo dudar en seguirle. La precaución le impidió tomar su mano.
Rara vez tocaba a un espíritu en las Tierras Fantasma.
- ¿Por qué has venido a saludarme, John Rousseau? - Preguntó, haciendo
hincapié en el nombre, suponiendo que su apellido era el mismo que Elena.
John echó atrás la cabeza y se rió. Llegó de nuevo el tirón en el cable largo de
plata que actuaba como correa y como lazo de verdugo. Se enrollaba alrededor
de su mano. - Buen intento, pero ese truco de bruja no funciona en mí. Ya como
puedes ver, no, mi alma no es mía, aunque por el momento la atención de mi
maestro parece ser poco estricta.
Una expresión socarrona se movió a través de sus ojos. - Tú me preguntaste a
quién sirvo en tu primera visita. ¿Te gustaría ver el lugar que él llama casa? - Se
inclinó hacia delante y susurró, - Te dejaré entrar en secreto. A él le gustaría que
te unieras a él aquí. Tu madre logró escapar de él, o eso dicen. Pero esa es una
historia para otro día.
Fríos escalofríos y abrasada curiosidad se astillaron a través de Aisling. Ella no
era la única chica que fue abandonada en puertas de Geneva, sin historia o
indicio de su filiación. Ella no se sentía sola o enajenada o querida o no ser
amada a causa de eso, aunque una pequeña parte de ella siempre había deseado
las respuestas, las quería desesperadamente, sobre todo cuando se dio cuenta
que podía viajar a las tierras de los espíritus. Pero hasta ahora, las respuestas
parecían imposibles de obtener.
La tentación erosionaba su sentido a propósito. Regresó nuevamente la urgencia
de sus tareas, tanto en las Tierras Fantasma y en Oakland.
John dio un suspiro. Hizo una demostración girando sus hombros, y mientras lo
hizo la penumbra de ese lado le dio bajo una forma sutil y cálida brisa.
Una hilera de casas victorianas como la de Pecadores en su centro se convirtió en
un telón de fondo para un grupo de hombres con vacíos ojos. Estaban de pie, su
atención se centró en ella. Sus rostros estaban en buen estado aunque sus cuerpos
estaban con rasgaduras abiertos, los órganos colgando y huesos rotos, la
carnicería mezclada con sangre, ropa desgarrada.
La bilis rozó la garganta de Aisling. La culpa alojada en su corazón por la vista
de los hombres que habían sido imágenes fantasmas, cuyas muertes habían
llegado a causa de su presencia en el club.
John se estremeció dramáticamente. - ¿Tu trabajo? Estoy seguro de que hubiera
llegado a ellos, pero esa manera de irse... - Acarició el cable alrededor de su
cuello. - Hacen que mi propia muerte parezca humana.
Una vez más, le ofreció su mano. - ¿Vamos a apaciguar su curiosidad sobre el ser
a quien te demandan a ti como suya?
Una perversa diversión hizo brillar los ojos de John. Sus palabras sobre ella
siendo un ser reclamada por un ser en este ámbito trajo pensamientos sobre
Zurael y Aisling dudó sólo el tiempo suficiente para el anillo de Tamara llamara
su atención, para hacer su objetiva pregunta a John y recordar que todavía él
tenía que demostrar que había llegado como resultado del sigilo que había
elaborado antes de entrar en las Tierras Fantasma.
- ¿Por qué has venido a saludarme, John Rousseau? - Preguntó, repitiendo la
frase que había conocido con él.
- Qué aburrido. Esperaba pasar algún tiempo juntos. - Él se toco la parte
delantera de su pantalón. - No es que haya riesgo de tormento eterno y
condenación actualmente por cogerte a ti. Pero incluso un hombre muerto puede
fantasear.
Su mirada se desplazó más allá de ella de nuevo. - Oh, sí, un hombre ciertamente
puede fantasear, que es lo que me propongo hacer. Hasta que nos reunamos de
nuevo, - dijo, su voz se perdió en un torbellino de color gris mientras era
reclamado por las tierras Fantasma.
Aisling se frotó los brazos, consciente de las miradas de los hombres que
permanecían en el contexto pecador. Cerró sus ojos, deseando que la escena
desapareciera y sintió los vientos de los espíritus acariciar su piel desnuda.
El alivio la llenó cuando abrió los ojos y se encontró un gris interminable. Se frotó
las palmas de las manos contra los muslos, más consciente de su falta de ropa en
las tierras espirituales de lo que había sido durante mucho tiempo, y nerviosa
por ello.
Un hombre pequeño, vestido con un traje marrón apareció ante su vista. Su
expresión permanecía sombría, su comportamiento respetuoso. Su mirada
permanecía fija en su rostro mientras se acercaba.
Él era una figura salida de uno de los libros de historia de Geneva, un hombre
que llevaba un sombrero hongo, un derby del 18 y 1900, un tiempo mucho antes
de la última guerra. Su actitud sugería un hombre con una tarea a realizar.
Y aunque ella nunca lo había visto antes, Aisling no se sorprendió cuando se
quitó el sombrero para revelar el sigilo que había utilizado para pedir ayuda.
- Soy Marcus. ¿En qué puedo servirle?
Aisling se quitó el anillo del dedo y se lo ofreció. - El hombre que le dio esto a su
amante se llamaba Christopher Alan Cooper por sus padres. Quiero saber si su
espíritu ha pasado por esta tierra o si puede encontrarse aquí persistentemente.
Marcus tomó el anillo. Sus manos eran tan delicadas como las de una mujer y
encajaban fácilmente en el dedo pequeño el mismo que Aisling lo había llevado
antes.
Cerró los ojos y Aisling se preguntaba si tal vez una parte de él buscaba en las
tierras Fantasma, o si simplemente hablaba con el ser cuyo sigilo había dibujado.
Cuando abrió los ojos, dijo, - Para la respuesta a tu pregunta, le deberás una tarea
a un chamán, uno no pretende ser difícil o peligroso.
- Acepto.
Marcus giró la muñeca. Dentro del sombrero hongo un sigilo nuevo sustituyó al
primero que se había revelado. - El portador de esta marca la llamara por su
servicio.
Aisling memorizó el símbolo, luego asintió. Él colocó su sombrero en su cabeza.
– Sígueme.
Como siempre, el tiempo y la distancia eran inconmensurables, carecían de
sentido. Manos fantasmas, sintiendo el calor y frío, una mirada sobre su piel
desnuda mientras caminaban. La Nada dio paso a la construcción de calles
alineadas, a un puente separando dos ciudades y un horizonte lejano que estaba
ahora en casa.
- Esto es San Francisco, - dijo Aisling.
- La ilusión de ella, sí.
Miró a su alrededor, absorbiendo todo lo que podía, así que si alguna vez se
encontraba en la ciudad de la bahía, sabría algo de ella. Siguieron caminando por
las calles llenas de tiendas. Le tomó a Aisling una cuadra notar cómo
perfectamente los que ofrecían los servicios ordinarios y productos se integraban
con aquellos que se operaban por humanos con dones sobrenaturales.
Una panadería italiana pequeña estaba junto a un lector de palma. Un boticario
compartiendo el frente de un mural pintado con una vela de bruja y una tienda
de hierbas.
- ¿La gente se mezcla libremente así? - Preguntó Aisling a su guía, a medida que
pasaban una tienda de abarrotes. Su fachada era una gran ventana de vidrio, una
invitación abierta para allanamiento de morada y robo.
- Para la mayor parte. - Marcus se detuvo delante de una tienda de ocultismo.
Era el último en el bloque y lo suficientemente cerca de la bahía que Aisling
podía oír el golpe fantasma del agua contra el muelle y la orilla. Él señaló un
símbolo grabado en el cristal al lado de la puerta. Una serpiente sosteniendo una
manzana en la boca. Desde un punto por detrás de su cabeza justo antes de la
punta de la cola, los tres segmentos de su cuerpo en forma de S se empalaban por
una flecha. - Esta es la marca de la familia de vampiros que rige aquí
Aisling notó que las otras tiendas también llevaban el símbolo. - ¿Son dueños de
estos negocios?
Marcus se encogió de hombros. - En algunos casos, tal vez. En la mayoría,
aquellos que son propietarios han pagado por la protección con dinero o
servicios prestados. San Francisco es un lugar mortal para causar ofensas, como
el hombre por que usted ha preguntado descubrió.
La puerta se abrió con bastante facilidad para revelar un cadáver pálido que se
extendía en medio del caos. Las marcas de mordedura de doble colmillos de
vampiro en su garganta, revelaba la causa de su muerte. La naturaleza
transparente de la forma le contó a Aisling que no era el espíritu de Christopher
Alan Cooper, sino una ilusión creada en su beneficio.
- ¿Murió aquí?
- Sí.
Ella estudió la escena más de cerca y se dio cuenta de la puerta ilusoria que
Marcus había abierto y llevado a un cuarto interior en la tienda, una oficina en
vez de un lugar donde las mercancías se despachaban.
Una piedra plana con grabados de textos desconocidos estaba cerca de la mano
de Christopher. Pero fácilmente podría haber terminado en el suelo junto a él
durante su lucha con el vampiro que lo había descubierto en el allanamiento de
morada. O tal vez el amante de Tamara no había venido como un ladrón en
absoluto. Tal vez habría sido un desacuerdo o que no había estado a la altura de
algún negocio que había hecho.
- ¿Qué habrá hecho para ofenderlos? - Preguntó Aisling. - ¿Que habrá provocado
su muerte? - Marcus se quitó el anillo de su dedo. En la penumbra de la tienda se
veía torpe y barato. - Para un servicio de chamán completo todavía no le había
dado algo de valor razonable. ¿Deseas agregar más a tu deuda, para obtener
respuestas adicionales?
- No, - dijo Aisling, tomando el anillo y dejando que los vientos de los espíritus la
echaran de las Tierras Fantasma.
La cara de Tamara estaba paralizada por el miedo y los brazos alrededor de su
vientre hinchado como una protección. Su mirada nerviosa se posaba en un
punto detrás de Aisling, y ella ya sabía lo que iba a encontrar allí. El calor, el
aroma exótico de Zurael envolvía el ambiente. Aisling volvió la cabeza y lo vio
agazapado detrás de ella. Era un retrato de poder mortífero, su atención se
centraba únicamente en ella, sus ojos prometían castigo por algún pecado del
cual la había juzgado ya culpable. Con un golpe de su mano, Aisling borró el
círculo con sus protecciones y el sigilo que había usado para convocar a un
espíritu guía. Contra la palma de su mano el anillo se sentía frío. Abrió el puño y
se lo ofreció a Tamara. - Lo siento, - dijo Aisling, cambiando su tono antes de
impartir la noticia.
Los ojos da Tamara se llenaron de lágrimas, - ¿Estás segura?
- Sí.
- ¿Sabes cómo? - Tamara susurró. - ¿Dónde?
- San Francisco. - La cara de Tamara se puso aún más pálida.
- ¿Vampiros?
Cuando Aisling asintió con la cabeza, Tamara hizo una respiración profunda,
estaba temblando pero mantenía adentro sus lágrimas. Tomó el anillo que le
ofrecía y se lo cambió por el amuleto que le había prometido, luego se marchó
con pasos vacilantes. - Voy a dejarte salir del jardín ahora, antes de que alguien
de mi familia venga por mí.
Aisling miró al cielo y frunció el ceño con consternación por la cantidad de días
que había perdido en las Tierras Fantasma, donde podía pasar una hora en un
minuto o un minuto podía extenderse a una dolorosa eternidad. Zurael la tomó
por el brazo quemándola con un calor similar a lo que ya había experimentado
cuando la había acompañado en forma de serpiente a la tierra de los espíritus.
Un silbido pequeño se le escapó cuando trató de escarparse de su agarre. Frente
a ella, Tamara se estremeció y apresuró sus pasos. Salieron por el mismo lugar
donde habían entrado. Pero cuando volvió Aisling, tenía ganas de ofrecerle unas
palabras de apoyo que le aliviaran su pena, al volver se encontró con una pared
de espinas y roble venenoso.
- Tú misma corres peligros para ti innecesariamente, - dijo Zurael, había un
ronroneo amenazante en su voz mientras la colocaba frente a él y le tomaba el
rostro con su mano libre, obligándola a enfrentarse al oro fundido de su mirada.
Aisling se humedeció los labios, nerviosa y excitada al mismo tiempo, cuando
sintió su polla responder contra su vientre, podía ver como su rostro se
endurecía con la lujuria. Se estremeció ante la necesidad que podía generar en
ella con una mirada, un toque, trataba de recordar por qué debía de luchar contra
ese sentimiento
- Hice lo que tenía que hacer, - susurró. - Para mi familia. El amuleto tiene mayor
valor que el riesgo tomado.
Ella no era como él. Ni siquiera estaba segura de cómo matar a un demonio, o si
este podía ser asesinado.
- Hice lo que tenía que hacer, - repitió, levantando el mentón, hablándole con la
verdad que estaba llegando a temer. - Tú no estarás siempre aquí para
protegerme de todos los daños. - Un oscuro pensamiento paso a través de los
ojos de él, y fue inmediatamente sustituido por un afán posesivo y feroz, pero no
antes de que el corazón de Aisling fuera poseído por el miedo. Su poder de
controlarla aumentaba el calor entre ellos, sentía como si su ropa se fuera a
reducir en cenizas, como si sus pieles se pudieran tocar, fundirse en dos seres
que viven bajo una sola llama.
- Por el momento, estoy aquí. No hay escape de esta telaraña para cualquiera de
nosotros, - dijo Zurael mientras olas de lujuria salían a través de él, obligándola a
besarle, presionándola con sus labios y forzándolos con su lengua para entrar en
ella, preparándola para arrancarle su ropa y forzarla, él le hacía olvidar sus
obligaciones, su casa, la enredaba en los más profundos y oscuros deseos y
pasiones, hasta el punto que le causaba una dolorosa agonía estar separada de su
cuerpo.
Sólo la experiencia de toda su vida, el horror de ser descubierto en la tierra de los
espíritus, le impidió enrollarse alrededor de su brazo en forma de serpiente y
unirse a ella en el círculo, como lo había hecho antes, los pezones de ella se
sentían duros contra su pecho, podía sentir como los temblores la recorrían, la
combinación del miedo mezclado con la excitación. Embriagador. Hipnotizante.
Trató de recordar a una hembra de su propia raza que le hubiera afectado como
Aisling lo hacía, pero no recordó a ninguna.
Todo lo que podía pensar en este momento era totalmente carnal, solo veía
imágenes en su cabeza de seres humanos, Djinn y ángeles, teniendo sexo en
diferentes posiciones, con manifestaciones de placer y dolor en sus expresiones,
le dolía ya la polla y se vio obligado a inclinarse hacia delante, para perderse en
esos ojos azules y esos hermosos labios húmedos entreabiertos. Sus respiraciones
se mezclaban. Se sentían los aromas de miel, oro y especias del desierto
mezclarse y llenarle aún más su polla, creciendo a tal punto en sus pantalones
que le era imposible seguir respirando, los gemidos de ella eran música para sus
oídos, haciéndole excitar más, de lo que podía ya aguantar, ella era tan frágil, tan
delicada, tan absolutamente deseable que se le olvidó lo peligrosa que era para
él. Sus labios estaban casi tocándolo cuando una parte pequeña de su cerebro
hizo caso omiso de las necesidades de la carne, se recordó que darle un beso era
profundizar más en su esclavitud física tan a fondo como si un conjuro hubiera
sido utilizado contra él para asegurar su humildad. Un escalofrío lo atravesó y se
vio obligado a apartarse lejos de ella rápidamente, para que ella no pudiera ver
cuán doloroso era alejarse, seguía luchando con la necesidad de terminar lo que
había empezado, de satisfacer su deseo y encontrar el placer en su cuerpo, pero
sintió su deseo transformarse en rabia, cuando ella también se apartó, como si
fuera la que quisiera escapar de la maraña de sus almas, de sus propios deseos y
no él.
- ¿Cuánto has escuchado del Padre Ursu y de Tamara? - Pregunto Aisling, de
alguna manera ese pensamiento le hacía despertar de las nieblas del deseo de su
cuerpo atormentado por la lujuria y la necesidad de llorar por el placer no
encontrado
- Todo, - dijo Zurael, reconociendo su capacidad para seguirla en su estado de
invisibilidad. Aisling deslizó el collar amuleto sobre su cabeza y se lo colocó
debajo de su camisa. Mirando al cielo de nuevo. - Cuando salí de la casa, tenía la
intención de ir a la tienda oscura que Raisa mencionó. Todavía hay tiempo para
llegar y regresar a casa antes de que anochezca.
- Un buen plan, - dijo y empezó a caminar. Aisling no caminó de inmediato
dejando que él se pusiera un par de pasos delante de ella, la confundía, un
momento era oscuro, posesivo y la lujuria brillaba en sus ojos y luego en otro
momento, era frío y se alejaba de ella empujándola lejos, sus rasgos a distancia se
distinguían tensos como si estuviera enfadado con ella por su lujuria. El deseo se
agrupaba en su vientre. Sus labios vaginales estaban hinchados, abiertos para él,
a pesar de que lo deseaba sería más prudente mantener la distancia. Las lágrimas
amenazaron con escapar y se dijo que eran debido a la necesidad, a su deseo
insatisfecho y no por la razón de que se sintiera en peligro.
Las manos le temblaban ligeramente, por lo cual apretó la bolsa escondida en la
cual llevaba sus fetiches más poderosos y empezó a jugar con las pequeñas
figuras talladas y pudo sentir como la cordura y la calma le eran devueltas.
Zurael desaceleró sus pasos sutilmente para permitir que ella lo alcanzara y
caminar a su lado. Ella decidió reunir todo el valor que poseía y cuando le
alcanzo le repitió la pregunta que todavía no había respondido
- ¿Por qué te quedas aquí, si ya no tienes la intención de matarme?
Él se detuvo y se volvió, tomándole la cara de nuevo. Ella se estremeció cuando
sintió las agudas garras mortales rozarle ligeramente la piel de su cuello.
- Porque soy el cazador y mi presa vendrá por ti.
- ¿Soy el cebo? - Susurró Aisling, sintiendo el aguijón de las lágrimas regresar con
el retumbar de su corazón. Esos ojos oro y ámbar oscuro, no dejaban traspasar
ninguna emoción.
Zurael se inclinó tocándole las mejillas con su mano libre, la otra mano se
encontraba en su cintura, empujándola hacia él, para que pudiera sentir la
longitud rígida de su erección.
- Tu recompensa será, que mataré a todos aquellos que pretendan hacer
sacrificios humanos, al mismo tiempo que también mataré a otro que elija
escoger tu búsqueda en la tierra de los fantasmas. Lo siento tu destino de buscar
fantasmas y el mío de servir como un guía negro a las personas, están
entrelazados, como hebras de la misma telaraña. No hay escape posible, para
cualquiera de nosotros.
Su lengua estaba acariciándole el lóbulo de la oreja y enviándole una descarga de
ardiente deseo directamente a su clítoris, lo cual hizo que se recostara contra su
polla endurecida y la frotara. Sintió como él se estremecía de placer. Cuando la
soltó y se alejó, ella pudo leer claramente su intención de tenerla de nuevo
cuando regresaran a casa. Su cuerpo se alegró por el placer anticipado, pero su
corazón y su mente se oponían a ello.
Capitulo 08
Aisling estaba angustiada cuando llegaron a la tienda oculta. Les había tomado
mucho más tiempo de lo que había previsto y les llevaría aún más tiempo para
volver a casa.
Las sombras eran profundas en el lugar y la zona parecía abandonada. Los
edificios abandonados y los restos de escombros de las calles rasgadas por la
guerra, eran reclamadas por las criaturas salvajes, así como las sobrenaturales.
Los ojos brillaban entre los huecos oscuros y desaparecían en un parpadeo. El
viento traía susurros de voces, pero si pertenecían a su imaginación o a seres del
reino mágico, no lo sabía y no se arriesgaría a descubrirlo.
Había otros edificios, con las puertas cerradas y con barras, sus interiores
oscuros. La tienda de ocultismo estaba sola, además, de un círculo inscrito
pintado en rojo en la acera de hormigón que la rodeaba. Los sellos eran
tradicionales, sencillos, tan común que Aisling pensó que tal vez se hacían de
muestra para los seres humanos sin la magia inherente, y no con la verdadera
intención de mantener a los seres espectrales fuera.
- ¿Puedes cruzar el círculo? - Preguntó.
Su pregunta fue recibida con una divertida sonrisa. - Sí, - dijo Zurael,
demostrándolo dio un paso adelante y empujó abriendo la puerta, mientras la
sostenía para que ella pasara.
Una mujer levantó la vista de un cristal empotrado en frente de una estatuilla
primitiva detrás del mostrador rojo encendido y permaneció así durante un largo
rato antes de oscurecerse. - Genial, - dijo, mientras tiraba de un pendiente que
atravesaba la ceja, y luego frotó las palmas en una calva, de color almendra de
una cabeza. - Eso nunca había ocurrido antes. Tendré que decírselo a Javier.
- ¿No está aquí?
- No, - respondió ella, echándole un rápido vistazo antes de preguntarle a
Aisling, - Entonces, ¿qué eres? No eres una bruja o una hechicera. Recibimos un
montón aquí y el cristal nunca ha reaccionado.
- Una shamaness.
Aisling no sabía qué pensar de la reivindicación de la mujer de que el cristal
había reaccionado ante su presencia. Se acercó, estudió la cruda figura. Le
recordó los artefactos que había visto en los libros de Geneva sobre la historia
antigua, de algo descubierto hace mucho tiempo y creado miles de años antes, en
lo que una vez fue llamado las Tierras Santas, aunque al final de las mismas las
tierras se convirtieron en el lugar de nacimiento de La Última Guerra.
- ¿Eres la que tiene la casa de Henri ahora? - Dijo la mujer, llamando la atención
de Aisling lejos de la estatuilla primitiva.
- Sí.
- Soy Aubrey, asistente de Javier y aprendiz. La tienda estará abierta durante
unos minutos más. Dado que eres nueva en Oakland, aquí están las reglas. Sólo
en efectivo. Si deseas comerciar con los servicios, tendrás que esperar a que
Javier esté alrededor para negociar. Las velas y los suministros están a la venta.
Los libros no, a menos que haya ya un duplicado arriba. - Ella levantó una mano
sosteniendo un lápiz. - Si quieres un libro puedes pagar para que hagamos una
copia entera, a veces lo hacemos a mano, otras veces lo hacemos en una máquina
de copiar. También puedes comprar copias de una página o más. El precio varía,
dependiendo del libro. Puedes arriesgarte, tratar de memorizar la información y
salir con ella. Si te pillamos copiando, recibirás una advertencia la primera vez,
después de eso tendrás prohibida la entrada. - La pluma se inclinó para señalar
una colección de libros en una caja de cristal al final de la barra. - Aquellos se
sacan de uno en un uno y tienen que ser mirados ahí mismo. Están encantados y
no querrás saber lo que pasará si intentas salir con uno de ellos. - Aubrey miró al
mostrador, a una página que copiaba a mano. - Tengo que estar un poco más en
esto que estoy haciendo, de lo contrario te daría un recorrido por los libros.
Pregunta si tienes preguntas.
Aisling asintió con la cabeza y comenzó a explorar. Zurael hizo lo mismo.
La tienda era mayor de lo que le había parecido de frente, pero expuesto de una
manera que quien estaba al cuidado podría mantener un ojo sobre cualquier
visitante. Velas, joyas, pentagrama, fetiches, hierbas, varitas, calderos y dagas,
todos estaban disponibles y con abundancia para elegir. Pero fue el gran número
de libros de magia y brujería, lo que dejó a Aisling asombrada y cautelosa.
Toda una pared contenía una biblioteca de revistas con hechizos escritos a mano,
el Libro individual de las Sombras que ninguna bruja viviente se hubiera
desprendido de buena gana, y mucho menos compartirlo por dinero o permitir
ser copiado por alguien que ella no conozca o no confíe. La mayoría eran viejos,
probablemente rescatados de hogares donde familias enteras se habían perdido
por la peste y la guerra.
Aisling se alejó de ellos, entristecida por la pérdida que representan. Se unió a
Zurael en la estantería de cristal y comprendió de inmediato la rigidez de su
postura, la amenaza que leía en él cuando sus miradas se cruzaron. Entre los
textos había libros llenos de nombres de demonio y de rituales para convocarlos
y ordenarlos, así como libros sobre satanismo y la realización de magia negra. Un
escalofrío se deslizó hasta la columna vertebral de Aisling al verlos.
- ¿ Cómo puedes ofrecer estos? - Preguntó, sin percatarse de la voz horrorizada e
incrédula que sentía.
Aubrey levantó la vista de su trabajo. Los piercings en las cejas se unieron en
perplejidad. - ¿No has estado alguna vez en una tienda de ocultismo antes? -
Aisling agitó su cabeza. Si existiera una en San Joaquín, era un secreto bien
guardado, incluso Geneva, cuyo refugio de aquellos con los dones del otro
mundo era conocido, aunque nunca hizo alarde.
Aubrey echó un vistazo a la estantería acristalada. - La colección de Javier es
increíble, pero no es nada comparada a la tienda en San Francisco. - Se encogió
de hombros. - La Venta de información no es ilegal. Nueve de cada diez veces, o
bien no funciona para los inexpertos o acaba con la vida de estos. Y si no
funciona, y es sorprendido haciendo algo que no debería con él, entonces se les
castiga. Créeme, la Iglesia ve eso.
Aisling no dejó el asunto. - La gente está desapareciendo. Ha habido sacrificios
humanos.
La mano de Aubrey se apretó en su pluma. - La policía ya ha estado aquí varias
veces, preguntando quién miraba los libros. Nosotros cooperamos con ellos. No
hay garantías de privacidad. Cualquier tienda aquí lo sabe. - Ella soltó su pluma,
miró al crepúsculo creciente y bajó del taburete. Necesito cerrar la tienda ahora.
Zurael dijo, - ¿Javier estará aquí mañana?
- Quizás. Él viene y va.
Aisling se preocupó por hacer preguntas más allá y revelar su verdadero interés
en visitar la tienda de laicos, pero no podía desaprovechar la oportunidad.
- ¿Sabes algo sobre los hombres y mujeres que tienen cruces marcadas con hierro
en su piel?
Aubrey agitó su cabeza. - Parece que son fanáticos religiosos, tal vez los
miembros de uno de los cultos que viven fuera de la ciudad. Hay un lugar
llamado La Misión en el otro extremo de Oakland, justo antes de Los Baldíos.
Pregunta allí. Nosotros no conseguimos a muchos verdaderos creyentes aquí.
- ¿Has oído hablar de una sustancia llamada Ghost? - Preguntó Aisling.
- No. ¿Es algo que nosotros debemos tener aquí?
El miedo ante la posibilidad formó un nudo en el estómago de Aisling.
- No, no debes ofrecerlo para la venta. Cualquiera que lo usa invita a la muerte.
- Te sorprendería cuántos clientes, especialmente los seres humanos sin talento,
se activan por la perspectiva de la magia peligrosa. - Aubrey salió de detrás del
mostrador y Aisling la detuvo con un toque en su muñeca.
- ¿Qué pasa con estos símbolos? - Aisling utilizó su dedo para dibujar unas líneas
imaginarias en el mostrador.
Aubrey tomó una pluma y sacó una hoja de la libreta de papel. - Usa esto.
La ayudante de Javier se puso rígida cuando Aisling recreó los patrones
marcados con hierro que Elena había trazado en el té sobre la mesa de café
después del viaje a las Tierras de los espíritus.
- Son las marcas de castigo para alguien capturado con la magia que está contra
la ley, - dijo Aubrey, de inmediato alejándose de Aisling. - Ahora realmente
necesito cerrar y marcharme.
- ¿Sabes de alguien que lleve estas marcas? - Preguntó Aisling, pero Aubrey
estaba sacudiendo la cabeza y abriendo la puerta delantera para que salieran
antes de que las palabras estuvieran completamente fuera.
- Ella mintió acerca de conocer a alguien con las marcas, - dijo Zurael después de
que hubiesen puesto algo de distancia entre ellos y la tienda.
- Pensé lo mismo también. Pero sabemos más de lo que necesitábamos.
Aisling deslizó sus manos en los bolsillos de sus amplios pantalones de trabajo
para evitar enroscar uno de ellos en el brazo de Zurael mientras caminaban. Le
preocupaba que en tan corto tiempo su calor y su aroma hubieran llegado a
representar seguridad.
- Mañana podemos visitar La Misión y podemos preguntar por el hombre y
mujer que llevan las marcas de las cruces. No parece probable que esos
defensores religiosos frecuenten los lugares como Pecadores o vendieran algo
como Ghost.
La mano de Zurael le acarició la espalda y la hizo estremecerse de placer.
- Los seres humanos tienen un largo historial de la búsqueda de sustancias
psicodélicas. Pero estoy de acuerdo, el hombre que fue testigo de la venta de
Ghost en Pecadores no parece estar haciéndolo con la intención de convertir a los
seguidores o los lleva a la salvación.
A pesar de no creer en la visión de la Iglesia del cielo y el infierno, Aisling se
preocupaba por su alma. Sabía muy bien que decisiones adoptadas en la vida de
una persona eran perseguidas por la muerte.
- ¿Existe esa cosa de la salvación? - Preguntó, probablemente curiosa por lo que
un ser llamó a su casa a uno de los lugares oscuros de la tierra de los espíritus.
Zurael se rió y se detuvo. Ella se detuvo con él y ambos se volvieron.
Le tomó el rostro y rozó con el pulgar alrededor de los labios. En la penumbra de
la tarde el oro líquido de sus ojos se recreó con deseo. - Nunca me pregunté por
la salvación de los niños de barro. Hasta que te conocí, os habría visto a todos
destruidos en la hoguera ardiente de justicia y castigo.
- ¿Y ahora?
Zurael se inclinó, incapaz de detenerse para presionar un beso en la frente. - Y
ahora hay uno que por lo menos debería tener miedo.
Cerró los ojos y aspiró su olor. Se llenó los pulmones y se disolvió en el torrente
sanguíneo, extendiéndose hacia abajo hasta que el deseo pulsara a tiempo a
través de su polla con el latido del corazón y el sonido de su nombre, susurrado
través de su alma.
Sus dedos trazaron los delicados huesos de la columna, se deslizó sobre la suave
curva de sus nalgas. Si el primer hijo del príncipe se sintió de esta manera por la
hembra humana, ¿se habría obsesionado?
Zurael frotó la mejilla contra el pelo sedoso de Aisling cuando la voz imaginada
de su padre emitió una advertencia a través del tiempo, atrajo sus pensamientos
al momento que estuvieron juntos en el Vestíbulo del Museo, ante el mural de
Jetrel. Se convirtió en su debilidad, el cebo utilizado para atraparlo. Y
superpuestas en las palabras del Príncipe estaban las de Malahel los que le
habían hablado de Aisling. Es bueno que estés a su alrededor si piensas matarla.
Ella es peligrosa para nosotros y será aún más si se entera de lo que está escrito
en la lápida.
Un feroz sentido de protección surgió a través de Zurael cuando los brazos de
Aisling se ovillaron alrededor de su cintura y se apretó más fuertemente contra
él. Él argumentaría que ella se salvó.
Ella había admitido que no sabía cómo ligar y no se habrían citado si la
necesidad no fuera urgente. Había sido una sombra en su mente cuando estaban
juntos en las tierras de los espíritus. Él podría dar fe de la verdad de su inocencia
cuando vino el Djinn. Ofrecería su creencia de que las fuerzas poderosas estaban
en el trabajo y la habían atrapado en una trampa beneficiándose de la Djinn.
Su palma se deslizó hacia arriba. El calor se intensificó entre ellos.
Preocupándose por ella le preguntó, - ¿Cómo pudiste dibujar las marcas que
Elena te mostró? - Habían sido entintadas con té sobre la mesa de café y se
habían ido en segundos, tan rápidamente que habían dejado poca impresión en
él.
- Tengo buena memoria para esas cosas. A veces me siento como si los hubiera
visto antes, aunque sé que no lo hice.
- Como una memoria ancestral. ¿No sabes nada de tus padres?
- No. - Los labios de Aisling rozaron el lóbulo de la oreja y un punto de lujuria le
travesó con dolor.
Sus manos se apretaron en puños en la espalda con la tela de su camisa entre
ellos. Un gemido suave se hizo eco cuando el contorno de los pechos y los puntos
duros de sus pezones se hizo más pronunciado.
Sería tan fácil impulsarla hacia las sombras, apretarla contra la pared de un
edificio abandonado y tomarla allí. U ordenarle que se agarrara al alféizar como
cuando le ordenó que se agarrara al mostrador delante del espejo para que
pudiera montarla como había hecho entonces.
Un escalofrío atravesó a Zurael. La excitación se filtró hasta cubrir la cabeza de
su polla fundiéndose con el deseo.
- Tenemos que seguir caminando. Pronto estará oscuro, - dijo, su aliento caliente
en la piel. Arrastró sus pensamientos a los labios. Renovando su fantasía de
ponerse de rodillas delante de él para poder saber la sensación de su boca y su
lengua en su polla.
Él retiró sus manos, liberándola de su camisa dejándola resbalar delicadamente
sobre las curvas, femeninas hasta sus caderas. - ¿Crees que tengo miedo a la
oscuridad o a los animales que deambulan en la noche, Aisling?
- No. - Le dio un beso a su clavícula. - Pero yo sí. Y sería mejor si mis vecinos no
me ven, y se pregunten por qué no estoy encerrada como ellos.
A regañadientes Zurael la puso a un lado. Recelando, culpablemente, obligó a la
lujuria a retroceder hasta el fondo. En Pecadores había aceptado la necesidad de
Aisling de abordar al distribuidor de Ghost. La tarea de encontrar su fuente era
suya, puesto ante ella por los espíritus que la protegían en la temida tierral Djinn.
Pero en la tienda de ocultismo se había esforzado en permitir las preguntas de
Aubrey, llamando la atención aún más y el peligro para sí misma.
Era sólo una cuestión de tiempo antes de que las preguntas de Aisling ondearan
fuera y convirtieran a los cazados en cazadores. Si sólo le vieran nada más como
su amante, su compañero y guardaespaldas, infravalorarían cuán letal era. No lo
sabrían hasta el momento de sus propias muertes que nunca había habido la
posibilidad de derrotarle o de dañarla. Pero mirándola ante él, frágil y suave,
femeninamente embriagadora, sintió un miedo profundo en el alma por ella.
Zurael se arrodilló en el suelo. Golpeó la mano en la tierra suelta, alisada en una
lápida oscura. Unos pocos trazos seguros y había dibujado un símbolo que
representaba el nombre de un ángel menor asesinado por el Djinn en una antigua
batalla. Era uno que recordaba de su infancia y las interminables horas que había
pasado estudiando los tomos conservados por la Casa de la Serpiente.
Permitió que el símbolo permaneciera durante un latido del corazón entonces lo
borró con un movimiento de su mano. - ¿Puedes dibujarlo?
Ella se rió suavemente y su pecho se tensó. La facilidad con la que se arrodilló y
recuperó el nombre en las líneas rápidamente a través de la tierra, un talento del
que se sentía orgullosa de realizar y con confianza, era lo que la haría morir si
fuera necesario, si viera el texto escrito en la tablilla que había sido enviado a
recuperar.
- Cierra tus ojos, - dijo, un dolor se formó en su pecho cuando Aisling obedeció
con una sonrisa, confiaba en él tan fácilmente, cuando sólo podría traerle la
muerte.
Esta vez le escribió varias frases utilizando secuencias de comandos y muchos
símbolos de Djinn que ya no se estudiaba o se recordaba. Era una versión de un
texto de historia, un registro de avistamientos de ángel en las ciudades más que
muerto y olvidado.
- Puedes mirar ahora, - dijo, mirándola con atención, dándole tiempo suficiente
sólo para escanear cada línea una vez antes de que lo disipara. - ¿Puedes
copiarlo?
Sus ojos se encontraron con los suyos. El placer había dado paso a una expresión
sombría, a los pensamientos privados, guardados, deseando el anheló para
halagarla tanto cuando temió lo que podrían revelar.
Se inclinó hacia delante. Su mano se movió con la misma confianza segura que
exhibió al recrear un símbolo solitario. Sólo hubo una leve vacilación con el
nombre de un ángel cuyo propósito el Djinn nunca había sido capaz de
determinar, antes de que siguiera completando la tarea, su exactitud perfecta,
ahondando su miedo por ella.
Tenía que asegurarse que nunca viera la tablilla que buscaba. Ni siquiera por la
suplica de un príncipe Serpiente, un asesino Djinn no tendría piedad de ella.
Zurael borró su trabajo y se levantó. Le ofreció la mano porque no podía dejar de
querer sentir su piel contra su miedo. Un estremecimiento se apoderó de él
cuando le puso la mano en una simple exhibición de confianza. El dolor por
posiblemente traicionarla aceleró su corazón cuando su polla respondió
creciendo más dura y más completa.
Volvieron a caminar. El silencio reinaba entre ellos, aunque a su alrededor la
oscuridad creciente trajo sonidos de insectos y ranas, el balanceo de las malas
hierbas y el roce de hojas contra hoja en la silenciosa velada, ante los
depredadores que se movían y despertaban, para llegar a reclamar la noche.
- En la Iglesia de Stockton o un concilio religioso siempre estuvo implicado
cuando los practicantes de la magia estaban en juicio, - dijo Aisling a medida que
se acercaba a su casa. - Esto rara vez ocurre, ya que pocos admiten abiertamente
estar experimentando, pero si son las marcas de castigo que Elena vio como
Aubrey dijo, entonces el Padre Ursu podría ser capaz de identificar al hombre
que vende Ghost si fue juzgado aquí. Sin nada más, sabría qué delitos
representan.
Zurael apretó la mano sobre la suya en señal de protesta. No confiaba en la
Iglesia sin asignar a Aisling una tarea en las tierras del espíritu si se iba con ellos.
El padre Ursu podía haber exigido la muerte de Henri, pero pesaría sobre él,
aunque eso no le había impedido ir con hombres armados para llevarse a Aisling
de su casa y su familia.
- Sería peligroso para mí estar contigo si vas a verle, - dijo Zurael.
En una forma no corpórea, como lo había estado cuando la siguió a la casa, era
casi imposible de matar o de detectar. Pero también estaba invulnerable, cuando
una trampa, o un conjunto de hechizos para cualquier otro ser también podría
atraparlo. Se esperaba encontrar ese tipo de trampas en la iglesia, tal como
esperaba que estuviera presente uno de esos raros seres humanos que saben leer
las muy enmascaradas auras presentes. Pensarían en él como un demonio en vez
de Djinn, pero el daño se haría y aumentaría innecesariamente el riesgo para
Aisling.
- Le preguntaste a Raisa por la biblioteca. Busquemos allí primero la información.
Si le preguntas al Padre Ursu por las marcas o el hombre que las lleva, se
preguntará qué interés tienes, tal vez las autoridades intervendrán y recogerán al
hombre para ser interrogado.
- Tienes razón, - dijo Aisling, y podía oír la preocupación en su voz. - Nunca
tendremos oportunidad de hablar con él si la policía o la Iglesia le encuentra
antes que nosotros.
Doblaron la esquina y su casa apareció a la vista. Sintió aumentar su tensión con
cada paso. Varias veces llamó al hurón, Aziel, pero no hubo ninguna llamarada
de negro o chirrió saludando.
Zurael sacó las llaves de su bolsillo cuando se acercaron a la puerta principal. Se
rió de su consternación cuando se dio cuenta de que había tenido tanta prisa por
escapar de su presencia antes que había salido sin ellas.
Tomándolas, observó alrededor de nuevo, aunque el patio era anormalmente
grande y tenía varios lugares para que su mascota pudiera esconderse. - Quizás
aparezca una vez empiece a preparar la cena, - dijo, con preocupación en su labio
inferior. - Puedo dejar una ventana abierta a un poco más.
Los pensamientos de Zurael eran de las pocas cosas que tenía en sus armarios.
En el Reino del Djinn pocos conocían el hambre. Incluso los thesila, los recién
nacidos que no tenían capacidad para cambiar de forma o convertirse en no
corpóreos, no les faltaba ni siquiera comida o resguardo a menos que fueran
expulsaron en los elementos de sus casas o clanes y no aceptados en otro.
Su vida había sido de lujo, buena comida y sirvientes respetuosos, libertad
increíble a cargo, junto con la pesada carga de responsabilidad que conllevaba
ser el hijo del príncipe. Hasta que había sido convocado, nunca había conocido el
verdadero miedo, nunca había experimentado tan profundamente las emociones
que le sacudían cuando estaba en presencia de Aisling.
- Permíteme ofrecerte comida esta noche, - dijo, y tan pronto como las palabras
salieron, vio la oportunidad que proporcionaría regresar a la tienda de ocultismo.
- La oscuridad completa estará aquí en…
Se detuvo por el toque de un dedo en su boca y sintió que su corazón se llenaba
de calidez, cuando una mirada fugaz de preocupación se trasladó a través de los
ojos antes de que inclinara ligeramente la cabeza, aceptando que estaría a salvo
en la noche, dónde ella no lo estaría.
- Voy a viajar rápido y volver pronto, - dijo, encontrándose repentinamente
renuente a dejarla.
Ella asintió y se volvió hacia la puerta de barras de metal, deslizó la llave en la
cerradura y abrió lo suficiente como para abrir la puerta de madera detrás de él.
No pudo resistir la tentación de tocarla una última vez, acariciar su espina dorsal
y sentirla estremecer cuando el deseo estalló dentro de ella con tanta seguridad
como lo hizo dentro de él. Cuando regresara la tendría de nuevo. Conocía el
calor sedoso de su centro mojado, el éxtasis de enterrarse en lo más profundo,
sus latidos mezclados y el pulso en sincronización.
- Tendré que cerrar las ventanas antes de que regreses, - dijo Aisling,
permitiendo el cierre de la puerta de barras exterior cuando le dio las llaves de la
casa a Zurael.
De alguna manera se las arregló para apartarse de Aisling, para buscar la sombra
y la voluntad de su forma física a desaparecer. Se convirtió en un torbellino, un
remolino de viento que se retorcía, recogiendo ramas y hojas al azar volvió sobre
sus pasos a la tienda de ocultismo. Sabía que si lo hacía así no habría ninguna
posibilidad de examinar la primitiva imagen y quizás destruirla.
La ayudante de Javier había falsificado el cristal en la frente de la estatuilla que
reaccionó ante Aisling por primera vez a través de la puerta. Pero había visto
imágenes de estatuas similares en los libros de historia de los Djinn, y todos eran
las herramientas peligrosas en manos de alguien capaz de convocar y vincular a
los que podría arrojar su forma física.
Lo que había tomado un poco de tiempo realmente para hacer como un hombre,
tardó sólo unos minutos sin el obstáculo de la carne. Con un pensamiento, las
partículas invisibles se condensaron, le reformó y vistió en la forma que había
elegido cuando dejó el Reino de los Djinn.
Desde la profundidad de las sombras emergió otra presencia. El aura estaba muy
enmascarada, pero reconocible para Zurael. Se volvió y dijo, - ¿Qué te trae por
aquí, Irial?
-Mi padre me envió, - dijo Irial, dando un paso más cerca, el verde de sus ojos en
agudo contraste con el pequeño cuervo marcando la mejilla.
Donde Iyar en Batrael era negro azabache de la noche, el mayor príncipe de la
Casa del Cuervo era color marrón dorado del suelo del bosque a la luz de la
noche. Brillaron los dientes blancos, pero la diversión no acababa de llegar a los
verdes ojos, cuando dijo, - Creo que a mi padre le preocupa un poco que la
shamaness te distraiga de tu tarea y, tal vez sea tu caída. Por lo que he visto,
incluso desde una distancia segura, tiene motivos de preocupación. Más allá de
eso, soy simplemente un mensajero, enviado para recoger lo que has aprendido
para que pueda introducir la información a Malahel en Raum en hilos de seda
para cualquiera de las dos redes que están tejiendo.
No había ninguna razón para Zurael retener la mayor parte de lo que había
aprendido, aunque la analizó cuidadosamente a través de ella, evitó mencionar
la capacidad de Aisling de memorizar rápidamente la escritura y símbolos. Y
basó su relato en un mensaje sutil: No la consideraba un enemigo de los Djinn.
La quería ver a salvo.
El rostro de Irial era sombrío en el momento en que Zurael dejó de hablar. Echó
un vistazo a la tienda de ocultismo. - Puedo sentir las trampas aquí. Son
poderosas. No estoy seguro de que sea seguro para ti entrar en la tienda de
nuevo, incluso en una forma corporal.
- Nosotros podemos acercarnos, - dijo Irial. - Quiero ver la estatuilla.
Aisling, permaneció en la puerta un buen rato después de que Zurael
desapareciera. Había estado demasiado ansiosa por volver a la casa, para escapar
de la oscuridad inminente. Pero ahora la idea de ir al interior por sí sola no tenía
ningún recurso.
- Aziel, - dijo, a sabiendas que era inútil, pero incapaz de contenerse de hacerlo.
La piel de gallina se levantó en sus brazos al salir de la entrada. Estaba decidida a
no ceder ante el temor y la inquietud que se estaba completamente engendrando
por sí misma.
Decididamente, se obligó a dar la vuelta de la esquina de la casa, como Aziel
había hecho cuando se había escapado antes en el día. Pero no había ni rastro de
él en la enmarañada maleza y escombros.
Ella frunció el ceño cuando se imaginó el trabajo que exigiría salvar el patio. Tal
vez el tamaño de Henri le había impedido abordar el trabajo físico necesario para
el jardín, o quizás, la oscuridad de la casa y ambos Raisa y el Padre Ursu habían
aludido que, sufrían de depresión y no tenían energías para la gestión de un
patio.
- Aziel, - gritó de nuevo antes de volver a la escalera y mirando hacia el lugar
donde Zurael había desaparecido en las sombras. La necesidad de él se enrolló
en espiral en el vientre y se deslizó desde la espalda hasta sus pechos.
Cada vez que decidía guardar su distancia emocional, negar el deseo por él, su
resistencia se fundía contra la lujuria que estallaba entre ellos.
Aisling se estremeció. Los pezones se apretaron y su clítoris se endureció contra
las bragas mojadas con la excitación al recordar el ligero roce de sus garras contra
su cuello después de que salieran de la casa de Tamara, la promesa acalorada en
sus ojos y el intento de su cuerpo duro después de que salieran de la tienda de
ocultismo.
Otro escalofrío la atravesó, esta vez con el pensamiento de la escritura y los
símbolos que él había dibujado en la tierra. Muchos de ellos eran vagamente
familiares, quizás recuerdos ancestrales cuando los había reclamado. Pero si ellos
fueran…
Un nudo frío se tensó en el estómago de Aisling y amontonó los fuegos de la
necesidad. ¿Si fueran los recuerdos de sus antepasados, lo que hace su parte
demonio? ¿Qué otros símbolos y escrituras Zurael sabía y utilizaría tan
fácilmente para probarla?
Se limpió de repente las húmedas palmas de las manos contra sus pantalones. Su
corazón latía tan fuerte que ahogaba la llamada de los insectos con la amenaza
del profundo anochecer.
¿Vamos a apaciguar tu curiosidad sobre el ser que se declaran como suya? Tú me
preguntaste a quién serví en tu primera visita. ¿Te gustaría ver el lugar que llama su
casa? Me permites decirte un secreto. A él le gustaría que pudieras reunirte aquí con él.
Su madre se alejó de él, o eso dicen. Pero esa es una historia para otro día. Esperaba que
pudiéramos pasar algún tiempo, juntos. No es que me arriesgue al tormento eterno y una
jodida condena realmente por ti. Pero incluso un hombre muerto puede fantasear.
Las mofas que el hermano de Elena había hablado en las tierras de los espíritus,
susurraban a través de su mente, la perseguían con un significado diferente al
que antes les había atribuido. Había pensado que John hablaba de lujuria, pero
¿y si hablaba de su padre?
Aisling enroscó su mano alrededor de la bolsa oculta que contenía sus fetiches, se
imaginó la mezcla de escritura y símbolos mágicos que Zurael había dibujado en
la tierra, entre ellos había uno que conocía de memoria. Era un nombre que Aziel
le había dado hace tiempo, su protector más potente a pesar de que se había
negado a responder a sus preguntas o hablar del símbolo representado.
Él la había avisado contra el uso del nombre a menos que temiera por su alma. Le
había advertido el costo de convocar a su aliado y atraerlo hacía ella iba más allá
de lo que cualquiera podía imaginar pagar.
Aisling sacudió sus pensamientos y se fue dentro. Se mudó de ventana a
ventana, observando cuando aseguró de que las barras estaban cerradas, para
garantizar que no se pudiera levantar más desde el exterior y se mantuvieran en
su lugar.
El taller del chaman la atrajo. La visión de las piedras y las formas no terminadas
esperando en la mesa de trabajo, los fetiches de la sala de guardia, no le
brindaron un respiro de las preguntas sin respuesta y los temores inquietantes
circularon en su interior, no sólo por su padres desconocidos y su propia
identidad, sino a cerca de Zurael y Aziel. Si ambos eran demonios, entonces
¿eran enemigos de su padre o sus aliados?
Ella miró hacia la cama de tierra en el centro de la habitación, pero supo que no
tenía el valor para buscar a John en las Tierras Fantasma y pedir que le mostrara
el lugar en que su maestro llamó casa. Y más allá de lo que temía que el
conocimiento le costaría, y lo que significaría para ella.
Con un suspiro Aisling forzó al caos revuelto de sus pensamientos. Cogió la caja
de fósforos de la mesa de trabajo de Henri y encendió varias luces en vez de usar
la electricidad. Entonces volvió su atención para examinar los fetiches grandes
que Henri había colocado alrededor de la sala de guardia cuando viajó en forma
astral.
Levantó un búho esculpido en una gran piedra de color marrón verdoso que no
conocía. El trabajo de Henri era menos detallado que el suyo propio, le faltaban
las líneas diminutas que hacían que algunas de sus piezas más grandes
parecieran reales, como si en realidad pudieran alojar a los espíritus de los
animales que representaban.
Por un instante, brilló de nuevo a la estatuilla primitiva en la tienda de
ocultismo. Esperaba que la colección de libros de historia, que abarcaba la
antigüedad le brindara la oportunidad de aprender más acerca de la estatuilla,
pero no contaba con ello. Durante los años de la peste y la anarquía muchos
libros habían sido destruidos, quemados para proporcionar calor y luz, y en
algunos casos porque encontraron ideas y pensamientos con contenido ofensivo.
Cualquier libro verdaderamente valioso sobreviviente había desaparecido hace
mucho tiempo en colecciones privadas, en Stockton sólo había una pequeña
biblioteca, porque el gobierno de la ciudad no veía ninguna razón para gastar
dinero en libros, cuando los ricos y poderosos tenían los suyos propio y los
pobres que luchaban en la ciudad o en la tierra tenían poco tiempo para leer o
incluso para saber cómo. E incluso si lo hubieran hecho, la mayoría hubieran sido
cautelosos, preocupados por su elección del material de lectura, se notaría y se
juzgaría por la Iglesia y los que apoyaban al poder.
Aisling se preguntó si sería diferente en Oakland, o si la noticia de su visita a la
biblioteca con Zurael encontraría su camino hacia el Padre Ursu como él parecía
tener el viaje a Pecadores.
Una presencia en la puerta la hizo mirar hacia arriba. La adrenalina se vertió en
su torrente sanguíneo a la vista de la extraña situación allí, bloqueando su fuga.
Su mano instintivamente apretó el fetiche del búho.
Él sólo era ligeramente más grande que ella, pequeño contra otros hombres que
tal vez habían dado lugar a la violencia, que había sido declarado culpable.
Tatuajes de un trasgresor de la ley marcaban su cara, uno en cada mejilla, ambos
proclamaban la naturaleza de su grave crimen, un asalto contra un amante y otro
contra un miembro de la familia. Una tercera condena y bien podría ser
ejecutado, pero Aisling dudaba de que nunca se hubiese investigado cuando se
escapó de su casa.
Zurael. Gritó su nombre, pero no esperaba que él llegara corriendo para
rescatarla. El hombre entró en la habitación. Su mirada se desplazó sobre ella y se
le puso la piel de gallina. La longitud de la cuerda se desenrolló cuando abrió
una mano. Con la otra agarró el otro extremo y tiró de la cuerda estirándola, con
una violencia destinada para añadir más terror.
No se atrevió a mirar hacia otro lado, aunque escudriñaba frenéticamente a
través de su memoria lo que había en el banco de trabajo detrás de ella. Había
mazos y cinceles, pero ninguno de ellos le daría el alcance o el peso del fetiche en
su mano.
- ¿Quién te envió? - Preguntó Aisling, controlando como decía las palabras,
segura de que su presencia en su casa no era accidental.
- Lo sabrás cuando estés muerta, - dijo, sacudiendo el cordón de nuevo antes de
reajustarlo lentamente alrededor de su mano, cubriendo los nudillos con él y
besándolos como un boxeador puede hacer con su piel desnuda.
Él sonrió abiertamente y se lamió sus labios cuando Aisling asió el búho con
ambas manos. - Me gusta más cuando no es fácil.
Cada músculo en el cuerpo de Aisling se tensó cuando dio un paso hacia ella. Su
respiración entraba y salía de sus pulmones hiperventilando rápidamente. No
tenía ningún sentido gritar. Incluso si sus vecinos la oían, no eran tan valientes
como para acudir en la noche a ayudarla. Morir. Retrasarlo. Eran las únicas dos
opciones.
Aisling no permitió que la puerta abierta la tentara para arremeter con una
carrera salvaje hacia la otra habitación. Pero maldijo su ignorancia y su rápida
aceptación de la protección de Zurael, por no haber prestado suficiente atención
a los detalles que podrían representar una diferencia entre la vida y la muerte.
No tenía ni idea de si las cerraduras de las puertas interiores, eran lo
suficientemente fuertes como para durar hasta que regresara Zurael.
En su casa, conocía cada escondite, cada espacio seguro, todas las habitaciones
que ofrecían un refugio seguro y una oportunidad para la supervivencia no sólo
de seres sobrenaturales, sino de cualquier ataque de bandas marginales, y seres
humanos fuera de la ley. Vivir en un país, en una tierra con abundancia de
comida, agua y refugio era peligroso, aunque distinto a las veces cuando los
propietarios llegaban con los milicianos, o llegaba la policía con algún pretexto,
nunca se había sentido amenazada.
Ella mantuvo su atención en los ojos de su atacante, contando con sus
intenciones de llegar allí primero y dándole una advertencia. ¿Cuántas veces el
mayor de los chicos acogidos de Geneva instruía y impulsaba por el punto que la
casa a los más jóvenes, que ya estaban creciendo? ¿Cuántos cardenales habían
florecido en su piel en el transcurso de aprender a defenderse?
Sólo había un segundo para actuar y lo hizo, balanceó el fetiche como si fuera un
gran garrote sin detenerse ni un segundo para cuestionar o si acertaba o no su
instinto.
Su asaltador aulló de dolor cuando la piedra tallada golpeó su antebrazo. La
furia contorsionó su cara, ahuyentado el enfermo entretenimiento que había visto
cuando se burló y jugó con ella.
Aisling gritó de dolor cuando dejó caer un golpe en el pecho. La agonía se
extendió a su estómago cuando la punta de acero de su bota la golpeó,
llevándola hacia atrás contra el banco de trabajo. El pensamiento racional la dejó
y ella luchó, balanceando el fetiche cuando los sonidos originales y gimoteos se
mezclaron, se escapó junto con el sonido de su respiración.
La voluntad de matar, la necesidad de él, la montó. Se alimentó del miedo,
impulsado por oleadas de adrenalina y le dio la fuerza sin vacilar. Se las arregló
para hacerle retroceder un paso, y en lugar de esconderse se adelantó, pasó de
nuevo, y el crujido de un hueso roto envió satisfacción salvaje a través de ella.
Él arremetió y ella le esquivó, utilizando el fetiche como un bate de béisbol y lo
envió al borde del banco de trabajo. Él se golpeó de cabeza y cayó al suelo. No se
levantó. Aisling apretó el fetiche. Su estómago se revolvió con las opciones frente
a ella: matarlo mientras yacía inmóvil o acercarse lo suficiente para atarle las
muñecas y los tobillos.
Pequeños temblores advirtieron de los más grandes por venir. La llevó unos
segundo comprender que los sonidos lloriqueando de un animal herido eran
suyos. Se atrevió a apartar la mirada de su agresor lo suficiente como para
examinar la mesa de trabajo. Había algunas cuerdas al alcance de la mano. Las
recogió, y los temblores se hicieron más fuerte con la idea de soltar el fetiche para
poder afianzar a su atacante.
Aisling le observó atentamente cuando se arrodillaba lentamente. Con la
voluntad misma golpear primero, si él se movía. No podía matar a sangre fría.
Pero no le permitiría dominarla. Se quedó completamente quieta, por lo que se
detuvo para ver si su pecho subía y bajaba. Como no podía estar segura, dejó
caer el alambre para verificar su pulso.
Un estremecimiento se apoderó de él cuando ella puso sus dedos en la garganta.
Sus ojos se abrieron, revelando miedo y horror en el instante antes de que su
espíritu entraba en las Tierras Fantasma, dejando un cuerpo sin sustancia
mirando fijamente al techo.
Aisling se relajó aliviada y se sentó en el suelo. Las lágrimas. Las lágrimas
surgieron corriendo libremente por sus mejillas liberando el miedo, al principio,
y luego con el reconocimiento de la agonía que irradiaba de su estómago y
pecho, donde su agresor la había golpeado.
Durante un largo rato cedió a la emoción y al dolor, escondió el rostro en las
rodillas y se abrazó a sí misma, hasta que la necesidad de respuestas presionó
para reaccionar.
A diferencia de los hombres que habían sentido el efecto fantasma en Pecadores,
no sentía culpa por la muerte de este hombre. Tenía la intención de matarla. Los
tatuajes en su cara contaban su crimen, atacó contra un miembro familiar y
contra un amante, ambas delitos infligieron un grave daño lo suficiente como
para ser acusado. Ella supuso que sus víctimas habían sido mujeres, miró la
cuerda todavía envuelta alrededor de sus nudillos y dudó si él había advertido
de la presencia de Zurael.
¿Se había deslizado su atacante en la casa cuando se había dado la vuelta de
nuevo a petición de Aziel? ¿O había entrado durante el día para acecharla?
Aisling forzó a sus brazos a salir de las rodillas y se arrodilló a su lado. Se
preparó para tocarle, para buscar en sus bolsillos en busca de respuestas. Trató
de cerrar su mente, pero fue imposible ocultar su don a la ausencia de un alma,
no había nada más que un cuerpo, una cáscara ya en descomposición de la carne.
Había un fajo de billetes doblado en su bolsillo delantero. Lo dejó a un lado,
preguntándose si era con lo que había sido pagado para matarla. Su pulso saltó
cuando se encontró unas llaves en un segundo bolsillo. No estaría segura hasta
que lo probara, pero parecía el duplicado de las que había dado a Zurael para
que pudiera volver a la casa cuando regresara con la cena.
El dolor físico gritó a través de Aisling cuando hizo rodar a su atacante. Continuó
pasando en olas que hicieron sentir ganas de hacerse un ovillo.
No encontró ninguna respuesta en la parte de atrás de sus bolsillos, y sabía que
no tenía suficiente fuerza para desnudarlo en caso de que se ocultaran bolsillos
cosidos en sus ropas o marcas de identificación en él. Se preguntó que si
encontraría una cruz marcada con hierro en su carne pero sabía que tendría que
esperar para buscar hasta que Zurael volviera.
Aisling se puso de pie, se tambaleó y casi se desplomó. Su mano enroscada
alrededor del amuleto de curación que había recibido como pago de Tamara. Si
realmente era tan potente como la bruja reivindicaba… Si tan sólo pudiera llegar
a la cocina y hervir un poco de agua…
¿Pero y si hay una próxima vez? Apenas había empezado a buscar quien era la
creación de Ghost. Las lágrimas con las que había luchado con éxito volvieron
con indecisión. No tenía ninguna manera de saber cuánta de las propiedades
curativas del amuleto se filtrarían de inmediato si ella maceraba el té, incluso
durante sólo unos minutos, y lo usó ahora.
Aisling cerró sus ojos. Se obligó a luchar contra las olas de dolor y las náuseas
con la respiración constante y pura determinación. Si no estaba mejor en un rato,
se prometió a sí misma, tendría que utilizar el amuleto.
Y la promesa ayudó.
Respiración a respiración recuperó sus fuerzas. Dio un paso, luego otro. Encontró
el segundo más fácil que el primero. Su destino era el sofá, en el que poder
acurrucarse y esperar a Zurael. Pero al pasar junto al lecho de tierra en el centro
de la sala, se acordó de preguntar, ¿Quién te envió? Y escuchó a su atacante
contestar, lo sabrás cuando estés muerta.
Aisling se estremeció cuando, de forma espontánea y no deseada, una idea le
llegó. Si lo siguiera a las Tierras Fantasma, podría obtener la respuesta a su
pregunta. Si consiguiera llegar a él antes de que su alma fuera reclamada con
mucho gusto podría cambiar el nombre que tenía por lo que la protección que
podría ofrecer, incluso si sólo fuera temporal.
El nerviosismo intensificó las náuseas. Le preocupaba que pudiera tener lesiones
internas haciéndola sangrar en su estómago. La falta de aliento y el latido de su
corazón hicieron parecer el dolor en el pecho más agudo, más penetrante. Pero la
idea de seguir a su atacante era inquebrantable.
Poco a poco se sentó en la tierra roja. Cuando ella misma se encerró en un círculo
de protección, pensó en los nombres que podía recurrir para ayudarla, y los
desechó a favor de un guía espiritual más poderoso. El precio a pagar sería
mayor, pero nunca había viajado a las tierras fantasma cuando estaba dolorida o
débil. No sabía si su forma astral sería más vulnerable a causa de sus lesiones
físicas. Cuando cerró el círculo, sacó la bolsa que contenía los fetiches de debajo
de la camisa y los derramó al otro lado de su palma el tiempo suficiente para
seleccionar un halcón, sus alas y extendió las piernas.
Aisling se colocó en posición vertical con el halcón en la tierra y recuperó la
pequeña daga ceremonial de su vaina oculta cosida en la parte posterior de sus
pantalones. Con un movimiento rápido hizo un corte superficial a través de su
línea de la vida.
Su sangre brotaba, gota a gota. Cuando hubo suficiente agrupadas en la palma,
se aclaró la mente de todo, excepto de una sola palabra, un nombre único.
Extendió su mano sobre el halcón para que su sangre lo alimentara, y llamó a la
que necesitaba cuando el espíritu azotó los vientos, frío y feroz, para reclamarla.
Capitulo 09
Zurael no se sorprendió al mirar por la ventana de la tienda de ocultismo y ver
un lugar desértico en la plataforma donde la estatuilla había estado. - Se fue, -
dijo, preguntándose si el dependiente la había apartado o si el desconocido Javier
regresaría y lo hiciera después de enterarse de que el cristal había ardido a la
vida.
Junto a él Irial se encogió de hombros y dijo, - Lo cuál sólo aumenta mi interés en
ella. Teniendo en cuenta las protecciones alrededor de la tienda, sospecho que
está todavía dentro, escondida. Tal vez puedas convencer a la shamaness para
que robe en la tienda y la recupere para ti.
- No. Ella es demasiado importante como para arriesgarse.
- Por el momento.
Zurael se puso rígido, pero mantuvo sus palabras. Él sintió como Irial lo acosaba,
empujándole con un palo verbal como un tonto podría hacerle a una serpiente
con un palo de madera. Pero no cometió el error de etiquetar al príncipe mayor
Raven como un idiota.
En la oscuridad entre ellos, los dientes blancos de Irial destellaron. - Volveré a la
casa de mi padre y te dejaré para que vuelvas con la niña de barro. La shamaness
es hermosa, Zurael, pero es peligrosa. Sólo tuve que mirarla una vez para saber
que te afecta físicamente. No dejes que sea tu caída. Deja de aparearte con ella
antes de que pierdas el Reino Djinn. - La figura de Irial cedió el paso como una
brisa que se arremolina. Al instante Zurael hizo lo mismo, y sitió algo del alivio
habitual de un macho por la mención del apareamiento.
Él sentía la necesidad urgente de volver con Aisling, pero siguió adelante en la
dirección opuesta, hacia la zona más rica de la ciudad, así podría proporcionar la
comida prometida. Sin ninguna carne para detenerlo, se movió con rapidez,
aunque no tan rápidamente como si simplemente se hubiera movido a través del
tiempo y el espacio entre dos lugares, salir y llegar en una fracción de segundo
independientemente de la distancia entre esos dos puntos.
Todos los Djinn tenían la posibilidad de viajar de semejante manera. Pero hacerlo
en cualquier lugar distinto de su prisión en el reino tenía como resultado el
equivalente de un estampido sónico en el plano metafísico y dejaba un rastro a
seguir para los ángeles.
Tomó la forma de nuevo en una distancia segura más allá de donde brillaban las
farolas, desafiante contra la oscuridad en un claro despilfarro de recursos. Los
ricos y poderosos coqueteaban con el peligro aquí. Ellos recorriendo las calles, se
trasladaban de los bares a los restaurantes en sus limusinas con chofer, haciendo
alarde de su riqueza y su capacidad de pagar guardaespaldas armados para
protegerlos de ataques, que morían en su lugar si era necesario.
Cuando buscaba a Aisling, él había llegado aquí en primer lugar, esperando
encontrarla entre los privilegiados. Ahora nunca la podría imaginar aquí. Le
enternecía. Zurael cortó el pensamiento libre, pero espontáneamente le vino la
imagen de ella desnuda y tendida entre almohadas en la cama como una brisa
del desierto meciendo las delgadas cortinas encerrándola con un aleteo y
revelándola esperando por él. Incluso si él lo deseaba, ella no podría entrar en el
reino de su padre. Pero eso no impidió que el líquido extendiera el hambre a su
polla y testículos por lo que luchó contra el deseo de sacárselo él mismo, a
perderse en la fantasía de aparearse con ella en las sábanas de seda.
Aisling.
Ella le había hecho ansiar su cuerpo, el tacto de su piel contra la suya y el puño
apretado de su preservativo alrededor de su polla. Él debería arder con la
necesidad de destruirla por la forma con la que lo había atrapado. En su lugar,
sólo sentía el deseo ardiente de volver a ella y tomarla repetidamente, para
escuchar sus gimoteos de placer y sumisión.
Un estremecimiento le llegó otra vez cuando se imaginó a Aisling delante de sus
rodillas, sus ojos oscuros por la necesidad, sus labios ligeramente separados,
brillantes y listos para tomarlo en su boca. Su polla lo impulsó a apresurarse y su
mente le repitió el pensamiento, forzándole de noche y en las luces brillantes.
Él comprendió su error inmediatamente. La ausencia de guardaespaldas llamó la
atención no deseada y despertó la sospecha. Armas se deslizaban por las
desgastadas fundas abiertas. Cuchillos destellaban bajo las luces de la calle y los
restaurantes.
Zurael continuó hacia el restaurante más cercano, uno que ofrecía comida
italiana, sin darse cuenta de la alarma que causaba su presencia. Había salas en el
lugar; símbolos pintados en el edificio advirtiendo de su existencia. Dudaba que
le permitieran entrar y se sintió aliviado cuando un pálido y asustado camarero
fue forzado a cruzar las duras puertas que se estaban moviendo entre dos
guardias armados
El ser humano le ofreció el menú, sus ojos nunca se elevaron para recibir a
Zurael, por el temor de ser hipnotizado.
Vampiro. Zurael se rió cuando se dio de cuenta de que es lo que pensaban que
era, y de la razón por la que se abstuvieron de atacar. Incluso el más rico y
poderoso de los hijos de barro tenía cuidado de no levantar la mano contra un
vampiro que se acercase a ellos sin amenaza en un ambiente tan público.
Zurael echó un rápido vistazo al menú e hizo su elección. Sacó una piedra
preciosa de su bolsillo y se la entregó al mesero para pagar la comida.
La piedra roja era una baratija de poco valor para un Djinn, pero los ojos del
camarero se ampliaron y se apresuró a marcharse con ella. El dueño del
restaurante le llevó él mismo la comida cuando estuvo lista. Él se apresuró a
asegurarle a Zurael que no intentaba ofender a nadie y murmuraba sobre su
incapacidad de cambiar que las salas tuvieran una prevención contra los
vampiros que entraran al edificio.
Zurael tomó la comida y se retiró a las sombras. Una vez más, dejó que su forma
desapareciera convirtiéndose en un remolino de partículas invisibles.
Estaba ansioso por regresar con Aisling, y se notaba en la fuerza de la brisa en la
que viajaba. En calidad de humano esto no le llevaba mucho tiempo. De esa
forma parecía una eternidad.
El miedo se apoderó de él cuando se reformó en la oscuridad y se encontró con la
mascota de Aisling rascando frenéticamente la puerta de metal. El roce de las
garras de Aziel era un grito en la quietud de la noche.
El frío, la niebla gris de las Tierras Fantasma se establecía en los pies de Aisling.
Se enroscaba alrededor de sus tobillos a modo de saludo como había hecho
alguna vez Aziel con algún gato.
De la nada, emergió una figura blanco-gris dando la bienvenida, una bella mujer
vestida de seda, de la que fluía una túnica de plumas tejidas. - El alma que busca
ya ha sido reclamada. Reside ahora en un lugar que no puede visitar, o yo en
realidad.
Aisling pensó en el amuleto alimento sangre y se preguntó si ya el pago
obtendría una respuesta a otra pregunta. Ella no pudo acallar los temores y
dudas que le habían azotado antes, o cesar en su curiosidad. - ¿Mi padre reside
aquí? ¿Es un demonio?
La guía espiritual levantó el brazo y el tejido daba la ilusión de un ala
desplegándose. Ella le ofreció una mano y Aisling la tomó sin vacilar.
El calor fluyó a través de Aisling, como si en esta tierra de color gris, el sol
todavía encontrara el camino para entrar. Con un suave tirón, la movió hacia
adelante. La mujer se inclinó, dándole un beso en la frente. - Lo sabrás con el
tiempo. Por ahora te doy algo de mayor valor. Regresa a tu cuerpo y encuéntralo
sano.
Aisling regresó a la puerta de su casa que estaba abierta. Antes de que pudiera
reaccionar, Aziel estaba allí, seguido inmediatamente por Zurael. Ella bajó a toda
prisa el halcón sangre rojo a su bolsa encantada. A Zurael le brillaban sus ojos de
furia y tenían la misma promesa de castigo que había visto cuando regresó del
jardín de la bruja en las Tierras Fantasma.
- Lo seguiste a las tierras de los espíritus, - dijo entre dientes, ahorrando un
vistazo rápido al cuerpo de su agresor.
Aisling levantó el mentón cuando un escalofrío de miedo erótico se deslizó por
su espalda para golpearla en sus muslos en respuesta a su expresión. Las garras
rasparon su cuello como ya lo había hecho antes en el día. Y en ese instante, la
curación que le había dado su guía espiritual era mucho más importante que las
respuestas sobre su padre.
Con una confianza que era alardeo en parte, Aisling borró el círculo de
protección. Aziel le saltó a la parte delantera de su camisa y se apresuró a su
hombro, cuando unos dedos masculinos envueltos alrededor de sus brazos y la
puso de pies.
Unos ojos entornados, se clavaron en ella. - ¿Estás herida?
- Ahora no.
- ¿Qué pasó? - Preguntó Zurael, apenas capaz de contener la furia en parte por la
carga de culpa que sentía por no haber previsto que sus enemigos golpearían con
tanta rapidez.
Aisling le dijo que pensaba que él había adivinado la mayor parte de la historia,
cuando vio a la lechuza del amuleto caído, los billetes doblados y las llaves de la
casa en el suelo cerca del cuerpo.
Él desnudó a su atacante con violencia apenas contenida. Aparte de los tatuajes
de un infractor de la ley, no había indicios de su identidad.
Aisling descubrió un cuchillo y un garrote3 oculto en la ropa de hombre, nada
más. Sus manos temblaban ligeramente mientras los dejaba a un lado. - No hay
forma de saber quién le envió.
Zurael se puso de pie y la atrajo hacia sí para poder enterrar su rostro en sus
sedosos cabellos. - Nadie está más allá de toda sospecha. - Sus labios rozaron el
lóbulo de su oreja. - Voy a deshacerme de él. Nuestra cena está al otro lado de la
puerta.
- No puedo.
- Tú lo harás. Por ti misma o no. Comerás.
La soltó y se arrodilló al lado del cadáver, lo alzó en sus brazos y se levantó.
- Abre la ventana y luego ciérrala detrás de mí. Bloquea la puerta delantera.
Todavía tengo las llaves.
Zurael no esperó a su respuesta. Dejó que su forma física se disolviera, y cuando
ella abrió la ventana él se unió a la noche el tiempo suficiente para coger los
restos de su agresor y llevarlos a un área desierta.
Esta vez, cuando regresó a casa, se encontró con la sala de estar brillando con luz
de velas y a Aisling esperando por él. Ella había puesto la mesa y trasladado la
comida en platos para servir. Se echó a reír cuando encontró al hurón en una silla
muy ocupado comiendo de un plato de comida delante de él.
- Aziel no podía esperar, - dijo Aisling, con su suave voz que serpenteaba a
través del pecho de Zurael y descendía a los rizos alrededor de su polla. En un
segundo, el hambre de alimentos fue reemplazada por un hambre diferente.
3 Garrote: Un hilo, hecho de un material, utilizado para estrangular a un objetivo, por lo general, ya sea en un asesinato o
una ejecución, es decir, antes de ser quemado en la hoguera.
Él no cedió a la tentación de cargarla a la habitación, pero no podía dejar de ir a
ella. Las pertenencias de su agresor se encontraban en el mostrador que separaba
la cocina de la sala. - ¿Las llaves se ajustan a las cerraduras?
- Sí.
Se inclinó y le dio un beso en la frente.
- ¿Sabes quién es mi padre?
La pregunta le sorprendió, poniéndolo curioso. - No, ¿Por qué preguntas?
- Creo que. . . Pensé que podría ser un demonio por algo que dijo el hermano de
Elena en las tierras de los espíritus.
- John no es una persona de fiar. - Y ya que Zurael quería darle algo más, dijo,
- Si esto alivia tu mente, sé que tu mascota no es lo que parece, aunque aún no sé
lo que es.
- Yo tampoco, - admitió. - Los nombres que tú escribiste en la tierra…
- Son los nombres de mis enemigos, - dijo él, no pudiendo mantener siglos de
rabia en su voz.
La cautela brilló en sus ojos. Ella se apartó de él, pero la agarró del brazo antes de
que pudiera retroceder aún más. Un pequeño temblor pasó por ella, y él volvió a
luchar contra el impulso de llevarla hasta el dormitorio, de susurrarle que no
tenía nada que temer de él, mientras estuviese con ella.
- La comida se va a enfriar, si no la comemos pronto. - Pasó los nudillos por los
labios de ella, luego se alejó antes de que la tentación que se le presentara fuera
demasiado grande.
Ella se sentó en una silla frente a él, odiaba la distancia. Sin embargo, ella comía,
y mientras lo hacía, la luz de las velas acariciaban su rostro, haciendo que el
angelical azul de sus ojos se convirtiera en violeta y el dorado de sus cabellos se
oscureciera como la rica miel.
A Zurael le resultaba imposible apartar los ojos de ella. Él ansiaba liberar la goma
de la trenza y desatar su pelo, para poder peinárselo con los dedos en una
intimidad poco frecuente.
El deseo llenó el espacio entre ellos. Creció y se pulsó en el aire alimentándose en
onduladas y avivadas llamas en una danza sensual de calor y luz. Su aliento
evitado se escapó de pronto, cuando bajó sus pestañas para proteger su
expresión, en un esfuerzo para ocultarse de la lujuria.
Las fantasías que lo habían torturado durante todo el día se juntaron con otras
nuevas. De protección, de posesividad llenándolo y abrumándolo. Ella era
delicadamente vulnerable escondiendo la fuerza de su carácter, una mujer creada
para el placer de un hombre, para su placer.
Zurael esperó hasta que terminaron de comer. Mientras ella limpiaba la mesa, él
se fue al baño y abrió los grifos para que el agua comenzara a llenar la gran
bañera. De un bolsillo de la camisa sacó varias de las sustancias Djinn llenas de
perlas utilizadas para bañarse y durante el juego sensual. Las puso al borde de la
bañera y no se permitió a sí mismo preguntarse por qué se las había llevado con
él cuando dejó el reino de su padre, profesando un deseo sólo para matar al que
le había convocado.
Aisling se paró frente al fregadero, preparada para lavar los platos. Zurael se
detuvo en la puerta como lo había hecho el primer día, sólo que en vez de mirar
con desconfianza luchando contra el ardiente deseo que iba a través de él, dijo,
- Desnúdate, Aisling.
El color que se elevó a sus mejillas, y el temblor en las manos le sirvió como
reconocimiento de que ella le había oído. Leyó su intención de negarse en la
ondulación de su cuerpo antes de que ella le susurrara, - No podemos. -
La verdad sólo le hizo arder aún más, llenando su cabeza con el bramido de la
lujuria y su polla con dolorosa necesidad. Se apartó de la puerta y se acercó a
ella, atrapándola entre el fregadero y su duro cuerpo.
- Podría tomarte aquí, ahora, como lo hice el día de hoy frente al espejo. ¿Te
acuerdas cómo me suplicaste que te llenara, Aisling? ¿Cómo gritaste de
liberación cuando lo hice?
- Sí, - dijo, temblando contra él, exhalando un débil suspiro cuando las manos de
él viajaron sobre sus costados tomando posesión de sus pechos.
Zurael tiró de ella con más fuerza a su frente. Él necesitaba sentirla contra él,
quería sentir el instante en que se suavizara y se rindiera, se entregara a él
completamente. Trazó la concha de su oreja con la lengua. - Obedéceme esta
noche, Aisling.
Aisling cerró sus ojos luchando contra los impulsos del deseo que la atravesaban,
quemándola desde dentro y haciendo que los labios de su coño se mojaran y se
abrieran. Él era peligroso para ella, más ahora que sabía de la profundidad de su
rabia hacia su protector más poderoso, el que cuyo símbolo había dibujado en la
suciedad.
Ella todavía era como una polilla para su llama, desvalida contra las necesidades
de su cuerpo y la seguridad que encontraba en sus brazos. Se sintió desprovista,
perdida, cuando las manos de él dejaron sus pechos y el calor abandonó su
espalda. La lujuria se arremolinó en su vientre cuando él volvió a decir,
- Desvístete, Aisling.
Ella no se entendía a sí misma cuando estaba con él. No entendía los deseos
oscuros, la necesidad de someterse que florecía en su interior. Él iba más allá de
lo que había creído que experimentaría con un amante, algo que ella había hecho
anteriormente, aunque la remota ubicación de la granja y la presencia de Aziel
como guía y tutor no había permitido ir más allá de los torpes y apresurados
experimentos de pasión.
La necesidad de obedecer y complacerlo puso sus pezones duros y su clítoris
rígido. Sus dedos temblaban mientras trabajaba para desabrocharse la camisa,
retrasando el proceso de desnudarse, como le había ordenado, pero intensificaba
el ardiente deseo entre ellos.
Zurael inhaló bruscamente cuando la camisa de ella cayó haciendo que el
corazón de ella latiera con fuerte satisfacción. La orden de darse la vuelta le hizo
apretar el coño.
Aisling se volvió hacia él. Ella le miró con los ojos entreabiertos y quería ir a sus
rodillas como un suplicante frente a una antigua deidad. En el resplandor de las
velas parecía un ser hecho de luz dorada, un depredador sin igual. Él tenía un
fuerte poder y una fuerza invencible, una masculina perfección casi demasiado
dolorosa para contemplar.
- El resto, Aisling, - dijo con un sensual ronroneo en forma de amenaza que la
hizo temblar de necesidad.
Su mirada la quemó cuando la ropa que cubría sus pechos se unió a la camisa
que ya estaba en el suelo dejando sus pechos al descubierto. Ella tembló ante la
hambrienta mirada que tenía él, pero sabía instintivamente que mientras exigiera
su obediencia, no era también más que un esclavo que deseaba como ella.
Avergonzada, el calor añadió color a sus mejillas cuando se quitó los botines y
los calcetines y luego deslizó sus pantalones y su ropa interior hasta los tobillos
dando un paso adelante. Él la había visto desnuda antes, ya conocía su cuerpo
íntimamente, y sin embargo, era diferente desnudarse ante sus órdenes.
Era a la vez excitante y eróticamente aterrador estar delante de él, mientras su
mirada se desplazaba sobre su piel desnuda, como si ella le perteneciera por
completo y pudiera hacer lo que quisiera.
Él se acercó a ella, la carne dura y caliente y la piel, como el viento del desierto y
de especias exóticas. Sus manos se dirigieron a la goma de la trenza y se la
desenrolló, liberando los bloqueos cayendo así en olas melosas sobre las nalgas
como lo hacían cada vez que ella entraba en las tierras de los espíritus.
Él tomó sus pechos, frotando los pulgares sobre los pezones que sufrían por su
tacto, y su boca. Los ojos de oro se oscurecían convirtiéndose en líquido.
- No me toques, - ordenó, con voz áspera revelando lo que le costó la orden
cuando sus manos se arrastraron por sus lados y se arrodillaba delante de ella.
Ella amplió su posición sin decir nada, aunque sus manos apretaron los puños en
un esfuerzo para impedir la liberación de su trenza, sus dedos se enredaron en su
pelo y tirando de él a su canal separando la húmeda hendidura.
Su clítoris se endureció aún más, por lo que la suave y delicada capucha ya no
ocultaba la pequeña, cabeza sensible.
- Por favor, - susurró.
Le ahuecó las nalgas y la mantuvo presionada contra él con una sensual
invitación. Se inclinó hacia delante, deslizó su lengua por los pliegues húmedos y
sobre su botón endurecido, un éxtasis casi insoportable la atravesó, levantándose
bruscamente y rápidamente la alzó en brazos y a continuación la llevó al baño.
Zurael la puso en la bañera casi llena. Cerró los grifos antes de despojarse de su
ropa, sin apartar sus ojos de ella.
Estaba muy excitado, su polla dura y gruesa. Los testículos colgando debajo,
Aisling pensó en un semental, un toro. Era el elemento primordial de fuerza en el
hombre.
A pesar de la orden de que no le tocara, parecía la cosa más natural en el mundo
subir a sus rodillas cuando él entró las rodillas en la bañera, captó sus caderas y
presionó la boca en su carne endurecida. La satisfacción rugió a través de ella
cuando él gimió su nombre y enredó los dedos en su pelo, sosteniéndola contra
su polla rígida. Se estremeció cuando midió la longitud con sus besos, el sendero
mojado de su lengua. Él jadeó cuando le acarició los sacos pesados con su
semilla, calentándolos con su aliento.
- Tómame en tu boca, Aisling, - dijo, flexionando las nalgas, cerrando y abriendo
las manos en el pelo.
Hizo caso omiso de sus órdenes, el cambio en la dinámica la estaba embriagando,
estremeciendo, era demasiado temerario resistirse. Ella nunca se había sentido
tan femenina, tan poderosa.
Una mano dejó su cadera para acunar sus testículos, sopesándolos. Eran suaves
como la seda, calientes en la palma de la mano. Trazó las crestas y las venas de
su eje con su lengua, chupando hasta que los dedos se apretaron dolorosamente
en su pelo y su respiración entró en los pantalones rotos.
- Obedéceme, Aisling. Ahora.
Su voz prometió venganza, castigo, la dominación completa si ella no se rendía.
Y su coño apretado, su cuerpo hambriento. Estaba más allá de la razón, más allá
del rechazo.
Acurrucó una mano alrededor de su pene, lo desafió presionando su boca contra
la punta suave aterciopelada de él, apartando los labios sólo lo suficiente para
darle un beso superficial, con el dardo de su lengua para explorar la pequeña
ranura.
Cuando empujó, ella se apretó contra él, advirtió la prensión de los dientes, y
aumentó la presión alrededor de sus testículos, para que ella no se apresurara.
Zurael pasó los dedos por el pelo. Se frotó las cadenas de oro contra su vientre y
los muslos mientras luchaba por recuperar el control de sí mismo y de la
situación.
La lujuria, el deseo, la necesidad brutal fustigó a través de él en un torbellino
acalorado. La castigaría después, haciéndola gritar y rogar por su liberación.
Aprendería el precio por la desobediencia. Experimentaría la verdadera
sumisión.
Se inclinó, raspando las uñas contra su espalda, sus nalgas. Sintió su tirón
cuando él trazó el apretado pliegue de su entrada trasera. Él la tendría allí,
también. La tendría en todos los sentidos que un hombre podría reclamar a una
mujer.
- Llévame a tu boca, - dijo, enderezándose, encontrando sus pechos, los pezones,
sus dedos implacables, haciéndola gemir, estremecerse, rindiéndose. Él vino casi
cuando ella chupó la cabeza de su polla con el calor húmedo de su boca y lo
asaltó con su lengua pecadora. Sus caderas se sacudieron, empujaron. Pero el
firme puño de su mano le impidió forjar más profundamente, de conocer el
éxtasis de la mierda todo el camino y salir de su boca.
Zurael jadeó, gimió, luchó contra el refrenamiento que ella le impuso. Frotó y
atormentó sus pechos y pezones, le susurró lo que pensaba hacer con ella más
tarde. No se atrevió a continuar desafiándole, pero no cedió. La sacó hasta que su
piel estuvo cubierta de sudor y los sonidos de placer se hicieron eco
continuamente contra las paredes del baño.
- Aisling. - Ordenó, era una petición, una súplica desnuda. Y finalmente ella
cedió.
Él tiró su cabeza atrás y cerró sus ojos. Sus caderas bruscamente entonaron un
impulso frenético y fue más allá de su control, cuando ella lo llevó más profundo,
dejando tomarla como él había fantaseado.
El placer era casi insoportable, y sin embargo, luchó contra el descargo, trató de
sacarlo. Se obligó a mantener los ojos abiertos, quería memorizar la vista de ella
arrodillada ante él, su polla deslizándose entre sus labios, sus pestañas bajadas
en la sumisión, en el placer encontrado en el primitivo, acto carnal, que ellos
compartían.
Ella hizo su corazón y alma cantar, le hizo sentir masculino, potente, completo.
- Aisling, - susurró, queriéndola más de lo que nunca había querido algo en sus
siglos de existencia, sabiendo que lo único que tendría en la vida serían los
preciosos recuerdos vividos con ella.
Levantó las pestañas revelando ojos llenos de una emoción insondable, y perdió
el poco control que le quedaba.
Empujó, jadeando, se estremeció cuando el éxtasis llegó… y casi lloró cuando el
descargo acalorado sólo le dejó su deseo más intensamente.
Zurael se hundió en el agua y tiró de Aisling contra su pecho. Su boca pegada a
su oreja, su lengua trazó la delicada concha, luego sus dedos encontraron el canal
sensibles de su clítoris.
- Por favor, - dijo, aferrándose a él, frotando su montículo contra su mano,
deseando la liberación en un rollo firme de necesidad.
Debería sacarlo, reducirla a la impotencia como ella lo había reducido, pero el
peligro era demasiado grande. Una inclinación de su cabeza y sus labios estarían
cerca, casi tocando, y la tentación de hacer lo prohibido era demasiado grande
para resistirse.
Él encontró sus pliegues gordos y metió los dedos en el coño. Los retiró. Repitió
una y otra vez, con su mano golpeando la cabeza desnuda de su clítoris hasta
que el agua estuvo chapoteando violentamente y fue penetrante, hasta que ella se
desplomó con el placer que le había dado.
Zurael la envolvió en sus brazos, la besó en el cuello, los hombros. Murmuró
palabras de satisfacción mientras le acariciaba los senos, el vientre, y la mimó
hasta que ambos se recuperaron de la primera oleada de la pasión.
Entonces él recogió una cuenta translúcida de jabón y la aplastó entre sus dedos,
trabajó la espuma en sus manos antes de aplicarla en su sedosa piel.
La forma en que ella se fundió contra él, estaba lánguida cuando la bañó, era
profundamente satisfactorio. Se detuvo, dejando el pelo para el final. Y la
intimidad de lavarlo, peinarlo a través de ella con los dedos, era casi su
perdición, aunque sabía que no significaba lo mismo para los seres humanos que
para el Djinn.
Después de que el jabón se hubiese disuelto como que si nunca hubiera estado
presente, Aisling se volvió y subió a sus rodillas. - Mi turno.
La polla de Zurael se endureció a la vista de sus pechos, los pezones, rogando
por su tacto. Los recuerdos del placer que le había dado, cuando entró en la
bañera y se arrodilló delante de él, le dejó luchando contra el impulso de
levantarla.
Ella alcanzó su espalda y poco a poco liberó su trenza. Las olas de sensación
increíble ondearon atravesándole cuando ella le peinó su pelo con los dedos.
Cuando empezó a recoger una bola de color azul claro, él le dio un codazo con la
mano a uno translúcido. Ella lo aplastó entre sus dedos y él se entregó a su
cuidado, gimió cuando ella acarició su pecho y se burló de los pezones pequeños
antes de agarrar su polla.
Zurael le permitió bañarlo tan a fondo como él la había bañado a ella. Se volvió
de buena gana de espaldas a ella, inclinando su cabeza para que pudiera lavar su
pelo, tocarlo de maneras que nunca había permitido a una mujer.
Eso le relajó durante algún tiempo, ahuyentando los pensamientos de
dominación, de castigarla por su anterior desobediencia, aún cuando le llenó la
necesidad de poseerla completamente, en todos los sentidos. Su polla palpitó,
goteó, estaba más que dispuesta a facilitar el lubricante necesario para trabajar a
su manera hacia el virgen orificio que había trazado antes.
Zurael se volvió y capturó sus manos en la suya, vio la necesidad en sus ojos, una
ternura vulnerable que hizo que su corazón y su alma llorara. – Aisling, -
susurró, tirando de ella hacia él, disfrutando de la presión de sus pechos contra el
suyo, la forma en que temblaba en respuesta al deseo entre ellos.
La abrazó, pasó las manos sobre ella mientras le besaba el cuello, los hombros,
las orejas. Construyendo el fuego entre ellos hasta que ella se aferró a él, entonces
la giró, la puso de rodillas y la instó a agacharse más, para sujetar el borde de la
bañera.
Ella extendió sus muslos de buena gana, y la vista de los pliegues cuando se
separaron casi le distrajeron de su propósito.
Los pensamientos de empujar a través de los húmedos labios inferiores, de ser
presa de los músculos de su vagina, le hicieron apoyarse en la mano para
acercarse y empalarla con su polla.
Apretó los dedos, dejando una pista de dolor, clara lujuria para que pudiera
concentrarse en preparar el camino para un placer aún mayor. Ella se apretó
hacia atrás cuando le palmeó la nalga, pero cuando le rozó el rosetón de la puerta
de atrás intentó escapar de su tacto, y susurró, - No, - como había hecho otras
veces, una palabra carente de sentido.
- Sí, - dijo, acercándose, deslizando su pene entre los muslos, recubriéndolo con
la excitación que encontró allí mientras se frotaba sobre su clítoris y los labios
hinchados.
Ella gemía, en respuesta, tratando de mover las caderas de manera que pudiera
encontrar su apertura caliente. Sus manos en las nalgas la impidieron hacerlo;
sus dedos pulgares exploraban la grieta entre las sedosas mejillas reforzando la
intención de tomarla allí.
Cuando ella estaba estremeciéndose con la necesidad, él alcanzó la cuenta azul
claro que le había impedido seleccionar antes.
La aplastó fácilmente entre sus dedos. El aceite lubrificado se calentó
inmediatamente, un breve hormigueo al penetrar la piel en busca de
terminaciones nerviosas.
Aisling tiró bruscamente cuando él lo aplicó firmemente en las arrugas de su
ano. Ella se tensó, pero en cuestión de segundos estaba jadeando ligeramente,
respondiendo a sus órdenes cuando él estiró y la preparó, la tentó prensionando
la cabeza de su polla contra la apertura.
La lujuria inundó a Aisling. Los colores explotaron en el interior de sus
párpados. Su apretado coño y su piel empapada en sudor mientras se presiona
hacia atrás, y lo llevó a su entrada prohibida tan despacio como le había llevado
a la boca.
Su respiración se hizo eco de su propia tortura. Sus palabras de alabanza y una
súplica ronca la llenaron con el deseo de agradarlo.
Ella gimió cuando él entró hasta el fondo, se sentía como si cada terminación
nerviosa la llamara por su nombre, pidiéndole que se moviera, que se alejara de
él, pero por ahora no se iba a escapar.
Dolor y placer se mezclaron en un éxtasis indescriptible cuando se rindió a los
deseos oscuros. Y él la premió con los gemidos guturales, la calidez de su semilla,
y estremeciéndose con el descargo.
Ellos se bañaron una vez más, compartiendo el jabón generado por la última de
las cuentas. Y como él había hecho anteriormente, utilizó el calor del demonio
para acelerar el proceso de secado cuando le cepilló su pelo y luego el suyo
propio antes de salir del cuarto de baño.
Aisling tiró de las sábanas, preparándose para deslizarse debajo de ellas. Él
calmó con una mano su muñeca, un recordatorio carnal. - Me desobedeciste
antes. Te dije que no me tocaras.
El deseo oscuro y el miedo erótico ahuyentaron la satisfacción profunda, el deseo
de abrazarle y dormir.
Ella humedeció los labios. Era un recordatorio de provocación de cómo le había
desobedecido, tomándolo en su boca. Era un sutil desafío para que le entregara el
castigo que había prometido.
Fundió los oscuros ojos, estrechándolos. Antes de que pudiera hacer más que
jadear, las afiladas garras como una navaja de afeitar, acuchillaron la sábana que
ella sostenía, dejando sólo una tira larga de tejido entre los dedos ligeramente
agitados.
Le soltó la muñeca y tomó la tela de su mano. - Métete en la cama, Aisling.
La orden en su voz, comprendiendo lo que pensaba, la hizo estremecerse y el
dolor, dio a luz una fantasía oculta cuando hizo lo que le pidió. Su rostro se
endureció cuando él leyó su deseo, perfumando la excitación que se apresuraba
para cubrir sus muslos internos, y sus pliegues carmesíes.
Aisling era agudamente consciente de la sábana fresca contra su piel caliente
cuando le ató las muñecas y las afianzó a la pata de la cama. Era un
reconocimiento simbólico de lo indefensa que estaba contra él. Un gesto para
admitir lo mucho que le gustaba estar por encima de ella, a caballo entre ella y su
polla rígida y pesados testículos, se frotó contra su abdomen cuando le miró con
posesividad en sus ojos.
- Zurael, - susurró, incapaz de pensar más allá de su nombre, más allá de la
satisfacción masculina, con el filo del deseo que vio en su rostro.
Ella gritó cuando bajó la cabeza y tomó un pezón entre sus labios, torturándola
como lo había torturado con bromas, lengüetadas, y ligeros toques cuando ella le
pidió la succión feroz de su boca.
Él la atormentó mientras ella se retorcía, revolvía y suplicaba. Y entonces se
extendió hacia abajo, cubrió sus piernas abiertas en la cama con manos
despiadadas, la complació con la boca y la lengua, llevándola al borde de la
liberación una y otra vez, pero no le permitió venir hasta que metió la polla en su
canal y la hizo gritar.
Capitulo 10
Aisling se levantó increíblemente cálida y sintiendo una profunda seguridad. Lo
primero era realidad, lo segundo una ilusión, aunque no intentó olvidarlo. En su
lugar se permitió saborear el calor de la piel de Zurael cuando él la agarró en sus
brazos, su mano ahuecando su pecho, el pecho de él contra su espalda. Ella se
permitió quedarse un rato en una fantasía donde estaba a salvo, amada.
Completa en una manera que no había sabido que pudiera ser hasta que él
estuvo en su vida.
Un dolor se formó en su pecho. Su corazón y su mente la avisaron de la
insensatez de tejer imágenes del futuro con él dentro. Y aún sus labios vaginales
estaban resbaladizos y separados como recuerdo de la noche apurada en el
placer carnal que él le había mostrado y las cosas que ella le había permitido
hacerle.
Un temblor la atravesó. Ella se acurrucó más profundamente dentro del abrazo
dormido de Zurael, dando la bienvenida al sentimiento de la erección que
presionaba contra su culo. Ella comprendió la dominancia y la sumisión,
aceptándolo como el orden natural de las cosas cuando venía de animales
domesticados con los que se había criado o los salvajes que había observado.
Pero cuando venía de humanos, talentosos e igualmente normales, siempre lo
equiparaba con débil y fuerte, con pérdida de poder e impotencia de la que estar
a la merced.
Su mundo siempre había sido cerrado, limitado pero seguro por esos límites.
Había estado Aziel, su familia, la gente de confianza de Geneva. Había muchos
días de trabajo físico. Tardes para pasar leyendo o explorando las tierras de los
espíritus con Aziel.
Algunas veces había soñado con tener una casa, un marido, hijos, de vivir en un
lugar donde no era temida, odiada, mirada con sospechas y hostilidad. Pero más
a menudo había pesadillas de militares conduciéndoles a la granja. Y debajo de
los sueños y las pesadillas por igual era una simple realidad que agradecía cada
mañana: Tenía un pequeño control sobre el futuro, así que necesitaba hacer más
cada día.
Los labios masculinos contra su hombro sacaron a Aisling de la meditación. Ella
gimió cuando la mano izquierda de Zurael dejó su pecho y se deslizó hacia abajo
sobre su abdomen, antes de deslizarse entre sus muslos que ella separó con gusto
para él.
- Estás recordando la noche, - dijo él, su voz ronca con satisfacción cuando sus
dedos bañaron dentro de su excitación, entonces fue a su endurecido clítoris.
- Sí, - susurró ella, la necesidad se levantó por él hacia un punto señalado con su
toque, su atención.
Las palabras que Zurael nunca había dicho a alguna hembra luchaban por
escapar cuando Aisling se presionó contra él en una sutil ofrenda y dulce
sumisión. Él quería exigir que ella admitiera su dominancia, quería oírla decir
que le pertenecía de todas las maneras y que siempre lo haría.
La fuerza de su deseo por poseerla tan minuciosamente revelaba cuan peligrosa
era para él, tenía su corazón y su mente urgiéndole levantar una barrera
emocional. No había futuro con ella. Él no podía continuar en su mundo. Ella no
podía entrar en el suyo. El miedo se deslizó a través de él como la espada de
hielo de un ángel. Él todavía tenía que asegurarse de que ella estaría a salvo de
los Djinn.
- Aisling, - dijo él, desesperado por mantenerla a salvo. Incapaz de luchar los
sentimientos que ella engendraba dentro de él, la necesidad que era más que
física, aunque él sabía solo que lo físico podía ser satisfecho.
Ella avanzó poco a poco, susurrando su nombre cuando los calientes y húmedos
labios de su coño besaron la parte de arriba de su pene. Él se estremeció y la dejó
envolverle en el fiero calor de su tenso canal, dejando la inseguridad del futuro a
favor del éxtasis encontrado en el presente.
Después se ducharon y se vistieron. Aisling fue a la cocina, y Zurael se encontró
a sí mismo una vez más sin hacer nada en la puerta del pasillo, mirándola como
preparaba sus desayunos.
Sus movimientos eran suaves, confiados, agradables en una manera que le
sorprendía. Hasta Aisling, a él nunca le dio por pensar mucho en el esfuerzo
detrás de las comidas que le servían. Eran preparadas por los sirvientes, servida
por los sirvientes, los restos retirados por los sirvientes, todos a sus órdenes.
Incluso por los niveles de los más pobres Djinn, las comidas que Aisling hacía
eran escasas, y todavía... Su pecho se llenó con emociones que no quería
identificar cuando la miraba mezclar las sobras de la noche previa con lo que
había conseguido. Él sabía que había preferido la carne hecha por sus manos al
más extravagante banquete presentado por sus sirvientes.
Aziel se les unió para comer. Él pió y charló entre sus mordiscos, entonces se
puso de pie sobre sus piernas traseras y miró hacia la cara de Aisling cuando el
plato que ella había puesto en la silla estaba limpio.
Su risa hizo sonreír a Zurael. La simple alegría que tenía en hacer burla al hurón
sobre convertirse en gordo y perezoso cuando deslizó el último trozo de comida
de su plato al suyo, hizo que Zurael quisiera cogerla dentro de sus brazos y
presionar sus labios en los suyos en una unión de almas.
- ¿Sabes lo que dice? - Preguntó Zurael, su curiosidad sobre la mascota de Aisling
se renovó.
Ella dudó ligeramente. - Solo en las tierras de los espíritus. Y solo si él lo elige.
- Él estaba allí la noche que me convocaste.
- Sí. Algunas veces viene conmigo. - Ella se puso de pie y recogió sus platos, su
desatado pelo se convirtió en una cortina que escondía su cara de él.
Él dejó la conversación, no queriendo admitirle que no sentía más ni siquiera una
brasa de la furia o rabia que había experimentado cuando ella había susurrado su
nombre en los vientos espirituales y ordenado su presencia. Sin querer admitir
que él confiaba en ella como ningún Djinn debería confiar en un humano.
Zurael la siguió dentro de la cocina y paró detrás de ella cuando lavó los platos y
la plata.
Su cuerpo vibraba sutilmente contra el suyo, diciéndole sin palabras lo mucho
que ella ansiaba el contacto físico.
Ella gimió cuando él ahuecó sus pechos, susurrando su nombre cuando le golpeó
y su mascota, hociqueó la sedosa perfección de su pelo deleitándose en el
sentimiento de este contra su pecho.
Él quería desabrochar sus pantalones y dejar el maravilloso dorado de la cascada
de su pelo sobre su ingle. Él quería una vez más verlo extenderse a través de la
cama, entretejido con el negro cuervo del suyo.
- Necesitamos ir a La Misión y a la librería, - dijo ella cuando el último plato
estaba seco en el estante cercano al fregadero. Pero no se apartó de sus manos. Su
ingle pulsaba en protesta. Sus manos persistían en su cintura. Las imágenes de
quitar sus pantalones e inclinarla sobre la encimera, cuando él empujaba a través
del dorado satén y encontraba el acalorado éxtasis, invadió sus pensamientos,
luchó con imágenes de urgirla a sus rodillas, de propulsarse dentro de su boca
cuando su pelo giraba alrededor de sus piernas y reunía sus sentimientos como
el sol.
- Lo sé, - dijo, forzándose a apartarse de ella.
Un temblor final se deslizó a través de Aisling. De alguna manera ella se las
arregló para dejar la cocina en lugar de suplicar a Zurael que la tocara otra vez.
Su vulva estaba hinchada, los pliegues resbaladizos, pero ella sabía que
necesitaba enfrentar el día y la tarea de encontrar los únicos responsables de
Ghost y reanudar los sacrificios humanos. Ella fue al dormitorio y reunió todas
las ropas de Henri. Volvió a la cocina solo lo bastante tarde para rellenarlas
dentro de una mochila, entonces fue al despacho e hizo lo mismo con las ropas
que Zurael le había quitado a su atacante.
- ¿Estás cogiéndolas para la Misión? - Supuso Zurael desde la puerta del pasillo.
- Sí. - En casa nada era desaprovechado. La ropa era rescatada y rehusada hasta
que eventualmente se desintegraba.
Él cogió el saco cuando ella pasó a su lado, y el gesto hizo que el calor llameara
en su corazón. Aziel esperaba en la puerta delantera. A su asentimiento él subió
para cubrirse a través de sus hombros.
Un rápido toque a sus bolsillos delanteros para confirmar que el pase del
autobús y el dinero doblado estaban ahí. La repentina humedad de las palmas de
sus manos revelaba su nerviosismo por dejar la casa después de volver a ella y
ser atacada.
La mano de Zurael ahuecó su mejilla y forzó su mirada en la suya. El calor
llameó otra vez en su pecho, no el ardiente calor de lujuria sino algo más
profundo, algo que dejaría un enorme y carbonizado agujero cuando él se fuera
de su vida.
Su pulgar cruzó su boca. - Confía en mí para protegerte.
- Lo hago.
Había varios bloques hasta la parada de autobús. Cuando caminaron, Aisling
podía sentir los ojos de los vecinos. Observando. Especulando. Ella se
preguntaba lo que Raisa les había dicho, si alguno de ellos fue testigo de su
asaltante metiéndose en la casa, si ellos tomaron nota de que él nunca salió.
Él autobús era viejo, una cáscara arrojada de metal rescatado y partes. La
conductora entrecerró los ojos cuando ella notó a Aziel.
- Mantenle bajo control o te echo, - dijo cuando Aisling pasó la tarjeta que el
Padre Ursu le había dado a través de la ranura dos veces, preocupado cuando
ella hizo que él consiguiera un documento de esto y saber que ella no viajaría
sola.
Caminaron pasando cestas llenas de pollos graznando para reclamar los asientos
libres en la parte de atrás del autobús. Un perro ladró desde los brazos de una
mujer mayor de edad. Un joven chico se giró, hablando excitadamente a su
madre y señalando a Aziel mientras los otros pasajeros evitaban sus ojos. Era un
viaje largo a la Misión, no por la distancia sino por el número de paradas que el
autobús hacía. Viajaron pasando la iglesia, pasando la librería, bordeando los
límites de lugares donde vivían los ricos, antes de entrar en una sección donde
los más pobres de los pobres vivían. El autobús paró. Su conductor anunció que
estaban en el punto final de la ruta.
Solamente Aisling y Zurael continuaban. Tan pronto como estaban despejando
las puertas, el autobús se fue. Pocas señales estaban de pie. Aisling estaba
agradecida de que la localización de la Misión apareciera en el mapa que el Padre
Ursu la había dado. Sin una palabra, Zurael la pasó el saco de ropa para que
ambas manos estuvieran libres.
Ellos comenzaron a caminar hacia la plataforma, luego a lo largo de sus bordes.
Las casas apiñadas juntas en grupo, como diminutos puestos de avanzada de
civilización reclamando desde el horror del pasado. Escombros, edificios
quemados y coches, restos ennegrecidos, todo se arrastraba con viñas pesadas,
separadas de un grupo de edificios rescatados de los siguientes.
En teoría, cualquier propiedad abandonada era levantada para aprovecharse,
perteneciendo a cualquiera que estaba dispuesto a restaurarla y defenderla.
Aisling dudaba de que la realidad aquí difería de la de Stockton. Siempre había
sido el rico alimentándose del pobre, el fuerte amenazando al débil,
demandando pagos e impuestos.
Más cerca al centro de la ciudad, el reclamo del depósito de los vehículos de
transporte y los muelles a lo largo de la bahía eran guardados por hombres que
llevaban pistolas automáticas, solo cuando el almacén esperaba y entraban
barcos eran protegidos, escoltas que se quedaban para proteger la carga. En las
afueras de la ciudad, los residentes tomaban sus oportunidades contra humanos
y depredadores supernaturales por igual.
Aisling sabía que estaban cerca de la Misión cuando vio a los niños a los largo de
los bancos, encargándose de muchas filas de pesca cruda con palos. Ellos
llevaban trapos, pero reían y se burlaban, jugando agarrando y tirando la pelota,
parando ocasionalmente para comprobar las líneas o sacar un pescado luchador
del agua.
Una ola de nostalgia lavó a través de ella a la vista de ellos. El trabajo de
sobrevivir era diferente en la granja. Pero la alegría de tener comida y refugio,
familia aunque pocos eran relacionados por sangre, borró el escozor de haber
sido abandonada y perseguida lejos en las sombras oscuras del miedo.
La determinación y resolución volvieron a ella deprisa. A pesar de lo que le había
costado, no permitiría el futuro que había visto en las tierras de los espíritus. No
permitiría que su familia fuera masacrada.
La risa de los niños lentamente se hundió cuando ella y Zurael se acercaron.
Algunos de ellos se reunieron en un pequeño grupo para obsérvales a los dos
pasar, mientras otros giraban sus espaldas. Sus expresiones recorrían la gama,
miedo, sospecha, hasta indiferencia. Esperanza. Varios comenzaron avanzar, solo
para ser cogidos y apartados por esos más cercanos.
Cerca de ella Zurael se tensó, como si no estuviera acostumbrado a la atención de
algunos niños, pero Aisling no tenía tiempo para preguntarle. Su atención estaba
puesta en la puerta delantera de la Misión.
Una mujer se apartaba apresuradamente, dejando al más pequeño detrás. El niño
gritó y lloró, intentando seguirla, pero sus diminutas muñecas estaban
amarradas a una reja de hierro y sin ropa. El dolor radió a través del corazón de
Aisling. Un nudo se formó en su garganta cuando avanzó hacia delante. La
puerta delantera se abrió justo cuando se arrodilló delante del niño asolado.
Aisling echó una mirada, vio a una mujer más vieja y a una adolescente, pero
concentró sus esfuerzos en liberar al niño de sus ataduras. Cuando estuvo hecho
la adolescente tomó al niño pequeño abandonado y desapareció dentro.
La mujer más vieja dijo, - Ese niño no será libre para adoptar durante un mes,
quizás más. Me gusta dar a los padres una oportunidad de cambiar de opinión. -
Su atención estaba en el punto donde la madre había desaparecido de la vista.
Ella giró su cabeza y miró a Aisling, luego a Zurael. - Hay abundancia de niños
aquí dentro necesitando casa. Vosotros necesitaréis referencias, y hay cuotas para
pagar. Las del gobierno no son negociables, pero las que ayudan a mantener a la
Misión lo son. Las pruebas de matrimonio es opcional. Las pruebas de residencia
no lo son.
- No estamos aquí para adoptar, - dijo Aisling, recordando el saco que había
dejado en su preocupación para liberar al niño pequeño que gritaba. Ella la
levantó y se la ofreció a la mujer. - Pensaba que podría encontrar un uso para el
material.
La mujer tomó la bolsa, abriéndola y asintió - Vamos dentro entonces. He
conseguido bastante tiempo para darte una rápida visita. Soy Davida.
- Yo soy Aisling.
La mirada de Davida se afiló cuando Aisling no ofreció el nombre de Zurael y él
no se presentó a sí mismo. Pero un ligero encogimiento de hombros indicó que
no era importante para ella.
- La Misión consiguió su nombre antes de la Última Guerra, - dijo Davida. - Era
un refugio sin techo originariamente, luego más tarde un centro médico de
rehabilitación. Durante la guerra fue una iglesia. Al comienzo de la plaga fue un
lugar para traer a los moribundos. Ahora es un lugar para los niños. Los
guardias y la policía vienen a esta distancia, pero no van más lejos, dentro de Los
Páramos, a menos que estén cazando. Algunas veces los niños encuentran sus
caminos aquí desde Los Páramos. Algunas veces los padres les traen. Pero
muchos vienen de otra dirección, de gente casi sobreviviendo en el trabajo que
pueden encontrar en Oakland. - Dentro del edificio era silencioso pero no
tranquilo. Las chicas de todas las edades trabajaban en las labores domésticas,
hablando tranquilamente entre ellas.
- Estamos intentando enseñarles las habilidades de la vida que podemos, - dijo
Davida, entrando a una habitación donde las chicas y los chicos por igual estaban
cosiendo ropa y retales de mantas. Ella abrió el saco y depositó su contenido
sobre una mesa.
Aisling dijo, - Guarda la bolsa si tienes un uso para ella, - y la unió a la pila.
La siguiente habitación era la enfermería. Pararon al lado de una mesa donde
una chica adolescente estaba en proceso de cambiar el pañal a un recién nacido.
- Fue abandonado al anochecer la pasada noche, - dijo Davida.
La garganta de Aisling se tensó dolorosamente con los pensamientos de su
abandono en los escalones de la puerta de Geneva. Eso había sido en el límite de
la oscuridad, justo antes de la comprobación final del ganado y las barras de las
puertas.
Había otros abandonados, antes y después de ella, pero nadie había sido dejado
en los momentos antes de que el depredador reclamara la noche. Después,
cuando el regalo sobrenatural de Aisling comenzó a emerger, Geneva dijo que
estaba aliviada. Dado el tiempo de la llegada de Aisling a los escalones de la
puerta, había tenido miedo de que Aisling fuera una cambiaformas y les pusiera
a todos en un peligro mortal.
Aisling levantó una mano y tomó la mano diminuta del infante en la suya. Tan
pequeño. Tan indefenso. - ¿Encontrarás una casa para él?
- No lo sé. Hay demasiados niños. Es una lucha para alimentarles y vestirles. Y
últimamente, a pesar del entrenamiento moral que proporcionamos, demasiados
vuelven a las calles cuando son demasiado mayores. Desaparecen dentro de Los
Páramos y se unen a bandas de infractores, solo al final son cazados por los
guardias. Si solo hubiera menos niños. Intento asegurarme de que son
adoptados, todos ellos, pero los pequeños en particular, van donde son tratados
bien y cuidados. Pero es difícil. Hay días...
Davida sonaba cansada, derrotada. Se encogió de hombros y se giró. - Al menos
no tengo que tratar con los que no son normales. La policía viene a por esos.
Un frío de horror pinchó a través de Aisling, - ¿A que te refieres?
- Algunos niños vienen a nosotros estando dañados más allá de nuestras
habilidades para cooperar con ellos. Dañados cerebralmente, dañados
físicamente. Algunos son más como animales salvajes que humanos.
- ¿Talentosos? - Preguntó Aisling, forzando las palabras fuera cuando recordó lo
difícil que había sido al principio para algunos de esos alojados por Geneva.
- ¿Así es como los llamas? - La voz de Davida tenía un cierto frío. - No, es algo
bueno que lames a esos que están malditos, ellos cuidan de sí mismos.
- ¿Qué hace la policía con los niños que les envías? - Preguntó Zurael, hablando
por primera vez.
Davida le dio una mirada. - No pregunto.
El niño pequeño abandonado minutos antes de su llegada aún estaba gritando
cuando entraron en la habitación siguiente. De la ropa, Aisling pensó que el niño
era probablemente más una niña pequeña. Estaba en el suelo entre bloques de
lana y otros niños, pero no era una consolación. Un chico adolescente y una chica
monitorizaban a los niños mientras limpiaban artículos caseros que parecían
como si hubieran sido rescatados de una casa largamente abandonada.
Una puerta abierta llevaba a un pequeño jardín trasero. Coloridas bolas de
basura en el césped delante de una gran caja de arena donde varios niños jóvenes
jugaban. Aziel se agitó de su posición sobre el hombro de Aisling. Su cabeza se
levantó, y algunos niños en la habitación chillaron con la comprensión de que era
un animal vivo. Suaves gorjeos y la dirección de su mirada le dijo a Aisling que
había encontrado algo de interés en el pequeño jardín.
Cuando se hubo deslizado de su hombro, Davida frunció el ceño avisándole que
no era aceptable. Aisling vio el instante en el que Davida se tensó y pudo
adivinar la dirección de sus pensamientos, que ella era la presencia de uno de los
malditos y que Aziel era el animal familiar de una bruja.
- ¿En qué sección de Oakland vives? - Preguntó Davida, confirmando las
sospechas de Aisling.
Ella intentó desviarse de lo que Davida estaba diciendo. - Soy nueva en Oakland.
Hasta hace unos pocos días, cuando el Padre Ursu vino a recogerme, vivía con
mi familia en Stockton. ¿La iglesia ofrece asistencia?
- Ocasionalmente.
Aisling respiró un suspiro de alivio cuando otra mujer paró en la puerta y
convocó a Davida para una discusión. Aziel hincó sus garras en su camisa,
recordándola su interés en algo de fuera. Una rápida mirada a Davida y Aisling
fue a jugar al jardín. El hurón no desaprovechó el tiempo. Saltó de su hombro y
corrió a la caja de arena. Aisling le siguió, y tan pronto como vio los símbolos
ordinarios que una chica diminuta rubia estaba dibujando en la arena, supo
inmediatamente lo que Aziel había querido que viera. Él no se resistió cuando
ella le recogió y le situó sobre su hombro.
La vista de los símbolos trajo un nudo a la garganta de Aisling. Ella se imaginó a
su hermana pequeña. Había tenido la misma edad que la niña ahora estudiando
a Aziel intensamente cuando comenzó a garabatear símbolos similares.
Tres años después, cuando tenía siete, eso había empezado a parecer que tenía
un talento innato de bruja. Aisling se arrodilló y casualmente alisó la tierra para
borrar los símbolos. Los valientes niños comenzaron a acariciar a Aziel, mientras
los más tímidos retrocedían. Si solo pudiera llevar a la niña pequeña con Geneva.
Pero incluso cuando lo pensó y se imaginó la bolsa de monedas de plata que
había conseguido de Elena, Aisling supo que era imposible.
El viaje era caro y peligroso. Había hombres y mujeres que no pensarían que ella
le daría dinero reclamando después que la niña había sido asesinada
accidentalmente en el viaje. El corazón de Aisling dolió con el pensamiento de
dejar a la niña pequeña, de no ser capaz de hacer algo inmediatamente, o hacer
alguna promesa. Pero dada la frialdad de Davida hacia los talentosos, no se
atrevería a decir nada de la niña. Y si podía producir el papel necesario, Aisling
sabía que no estaba en la posición de adoptar a la niña pequeña. Su propio futuro
era inseguro, amenazador, y aunque se negaba a tratar con eso y vivir con miedo,
había sabido cuando estaba de acuerdo con la tarea en las tierras de los espíritus
que podría guiarla a la muerte.
Aún, la esperanza se estableció en el corazón de Aisling. Si lo que Davida dijo era
cierto, y los talentosos cuidaban de ellos mismos, entonces encontraría una casa
para la niña si tenía que visitar cada casa en el área de al lado a esta con los
talentos del ultramundo.
- ¿Cuáles son vuestros nombres? - Preguntó Aisling, cuidándose de no mostrar
un particular interés en ninguno de los niños aunque intentaba memorizar cada
gesto distintivo de la bruja no descubierta. Zurael se agachó cerca de ella,
estudiando a los niños intensamente cuando uno por uno dieron sus nombres. La
niña pequeña era Anya. Curiosamente hizo que Aisling se girara y dijera,
- Pareces fascinado por ellos.
Sus ojos se encontraron con los suyos y su respiración cogió la ardiente furia en
ellos. Su brazo hizo un amplio gesto abarcando no solo a los niños en la caja de
arena sino al edificio y encargando las pilas de pesca a lo largo del agua.
- En el lugar que llamo casa, el nacimiento de un simple niño es gritado para una
celebración en el reino. Y aquí, se desperdicia a esos creados por barro. Como si
la tierra que caminan y el aire que respiran, no valieran la pena de lo que han
conseguido.
Davida apareció en la puerta antes de que Aisling pudiera pensar en algo que
decir. Más bien persistió con los niños y se arriesgó a revelar su interés en Anya,
Aisling se levantó hacia ella.
- Lamento la interrupción, - dijo Davida. - Dejadme acabar con la demostración
por los alrededores.
Seguían salas de trabajo, luego los dormitorios llenos y una cocina conectada al
área del comedor. Cuando volvieron a la puerta delantera, Aisling dijo, - En
Stockton, los infractores están tatuados, pero desde que vine a Oakland he visto
tanto a hombres como a mujeres marcados con la señal de la cruz. ¿De qué son
culpables?
Davida rió. - Solamente de ser devotos en sus fes. Ellos pertenecen a la
Hermandad de la Señal. Sus miembros han forjado una comunidad en El
Páramo, o más allá. Creía que varios se perdieron eventualmente encontrando
sus caminos a Dios cuando entraron en la Hermandad. Vienen a ayudar
ocasionalmente. Y cuando el número de adultos en la comunidad se expande,
ofrecen una casa para algunos de los niños.
Ellos alcanzaron la puerta delantera y estaban saliendo. Lo peor fue la rabia de
Zurael apagada cuando se distanciaron de la Misión. Eso refrescó con la
necesidad de continuar vigilantes.
- Harías bien en alejarte de ella, - dijo cuando pasaron el grupo de casas
separadas por retales de destrucción y la naturaleza reclamando la tierra.
Aisling le miró, sus ojos preocupados. - No pregunté sobre Ghost o si la gente se
había estado perdiendo en esta área, también.
- Dudo que Davida hubiera tenido algo que ofrecer sobre eso. Es mejor que dejes
esas preguntas sin respuesta y no la alertes de tus verdaderos intereses en la
Hermandad de la Señal.
- ¿Cómo vamos a encontrar su comunidad o entender eso sin confiar en el Padre
Ursu o en Elena?
Zurael se rió. Su mano se onduló en su brazo y el paró de caminar, girándola
hacia él cuando lo hizo. - ¿Crees que las cosas que he hecho en tu presencia son
inútiles excepto para espectáculo y defensa? ¿Crees que estoy limitado a las
únicas formas que has visto hasta ahora? Si necesariamente buscaremos en El
Páramo y más allá.
- ¿Puedes volar? - Preguntó ella, haciéndoles gemir cuando su mano se decidió
por su pecho.
- Por supuesto, pero primero intentaremos conseguir una mejor idea de dónde
buscar en el compuesto de la Hermandad. Y esta noche, haré una búsqueda
preliminar de El Páramo. - Zurael cubrió su mano con la suya y se atormentó a sí
mismo para guiarla debajo de su camiseta hacia el pezón masculino endurecido
por el deseo de la necesidad de un solo toque, una mirada de ella hacia el
destello a la vida. Él cerró sus ojos cuando ella frotó su palma sobre la fruncida y
sensitiva carne. Él sabía que no tenía nadie la culpa sino él mismo por el dolor
pulsante en su ingle y la fiera necesidad que recorrían a través de su torrente
sanguíneo.
- Aisling. - Fue un aviso y petición, maldición y bendición. Una suave boca
femenina presionó la suya, sorprendiéndole, tentándole casi más allá de la razón.
Él se apartó, retrocedió. Solo el profundo entrenamiento arraigado que venía con
ser el hijo de su padre, un príncipe en la Casa de la Serpiente, le evitó de
responder a su insinuación, de separar sus labios, hacer lo que ella ofrecía y
devolverlo, compartiendo respiración y espíritu con ella.
Ella se apartó de él y volvió a caminar, pero no antes de que él viera el dolor en
sus ojos, el temblor de dolor que se clavó a través de ella de igual manera que lo
hizo en él cuando él lo presenció. Él quería agarrar su brazo y arrastrar su
espalda contra él, para acabar lo que ella había comenzado sin conocimiento, o si
no, entonces explicar cuan peligrosamente él ya cuidaba de ella.
Zurael recordó demasiado bien estar de pie en el Vestíbulo de la Historia,
entonces tomando té en la Casa de la Araña, incapaz de esconder la lujuria que
ella le había inspirado desde que estuvo con ella. El miedo caló cada célula
cuando pensó sobre un asesino de la Casa del Escorpión siendo enviado a por
Aisling después de que la lápida fuera reclamada. Él podía mantenerla a salvo de
los Djinn si Malahel y Iyar se quedaban con él, si El Príncipe estaba de acuerdo.
Pero si sabían cuan minuciosamente ella le había atrapado...
Zurael la permitió poner distancia física y emocional entre ellos. Ese no sería el
último. Justo cuando él la había alcanzado una vez ellos llegaron a la parada del
autobús, la pared del dolor separándoles caería bajo el ataque de la pasión tan
pronto como se tocaran otra vez.
Aisling puso el silencio a su alrededor como una manta protectora. Ella se sentía
concentrada en la escena que pasó cuando caminó hacia la parada, en las tareas
delante de ella cuando subió al autobús, cualquier cosa excepto Zurael.
¿Cuán a menudo se había dicho que negara el deseo? ¿Para luchar la atracción?
Era un error aceptar más que su protección y ayuda, para continuar
permitiéndole acceder a su cuerpo.
Para consolarse Aisling se quitó a Aziel de su hombro y le abrazó contra su
pecho. - Tan pronto como volvamos a casa, veré lo que puedo hacer por
encontrar un lugar para Anya, - dijo ella, frotando su mejilla contra su suave pelo
antes de situarlo en su punto habitual.
Ella suspiró en alivio cuando el autobús paró delante de la librería y se escapó
del cerrado confinamiento. Zurael la siguió dentro del edificio, parecía contento
de dejarla tomar la iniciativa. Pero entonces este era su mundo, no el suyo. Algo
de la tensión se alivió de Aisling cuando miró alrededor. La sorpresa la hizo
mirar boquiabierta cuando vio la hilera de ordenadores contra una pared, cada
uno reclamado por un ciudadano sentado en un taburete.
El espacio entero que tachaba “librería” era difícilmente más grande que la casa
del shaman que ella llamaba casa. Tenía unos pocos libros; esos que fácilmente
podía ver estaban dejados a un lado en un área anexa por pequeñas paredes para
que los niños pudieran estar contenidos y apartados de las estanterías de revistas
y periódicos.
Aisling miró las revistas en su camino a los periódicos. Muchos eran de cocina o
construcción, rescatar y reclamación de la tierra, artesanía y jardinería, tópicos
prácticos, aunque unos pocos trataban de belleza y moda, deportes y los placeres
que solo los ricos podían afrontar. Los periódicos eran todos locales. Oakland.
San Francisco. San José. Había ediciones que eran de varias semanas. Ella echó
una mirada a Zurael. - ¿Puedes leerlas?
Su expresión se convirtió en una oscura diversión. - Por supuesto. - Y a pesar del
hecho que era el único que había rechazado su toque y envió dolor retumbando a
través de ella, se apoyó hacia delante y ligeramente sus uñas contra su cuello en
un sutil recordatorio de sus garras. - No gasto todo mi tiempo perdido en
fantasías de retribución.
Ella apartó la mirada de él. Sabía que no se fijaría en los puntos tensos de sus
pezones contra su camiseta. Pero se negó a dejarle ver el deseo en sus ojos.
- Comenzaremos con los periódicos de Oakland. Yo cogeré los de hoy .
Aisling no esperó a que él respondiera. Ella hurgó a través de los periódicos en
una mesa y rápidamente encontró lo que estaba buscando, entonces se retiró a
una silla alejada de los otros clientes.
A los pocos minutos sintió frío hacia el núcleo por lo que había descubierto. Un
toque hacia el muslo de Zurael y él se inclinó para leer el artículo sobre un
cuerpo encontrado en un área plagada de violencia.
¡Juicio final para otro pecador! La ilustración de la historia proclamaba una foto
de un hombre particularmente salvaje tumbado sobre escombros. Una más
pequeña insertada mostraba las marcas en sus manos. El daño fue hecho por los
depredadores de la noche bastante severo para causar la muerte poco clara, pero
después eso no era lo más interesante y el periodista no se disculpó. Eran las
marcas lo que fascinaban, eso proporcionaba valor sorprendente y entusiasta
para el lector.
Aisling tembló cuando vio las inserciones de las manos y revistiéndolas con los
símbolos que Elena había trazado en la mesa de té, las que ella había dibujado
para Aubrey la noche anterior a la tienda oculta. Eran los mismos. Y las marcas
de castigo quemadas en su carne eran un crimen que era igualmente culpable,
por mentir a alguien. Los labios de Zurael contra su oreja la distrajo de la espiral
que bajó de sus pensamientos. - Mataré a cualquier que te amenace, - dijo él, el
calor de su respiración no se encendió contra el profundo frío dentro de ella, su
promesa la hizo sentir miedo del castigo, sin reducirlo.
Aziel hizo conocer su presencia. Él se deslizó de su hombro lo bastante lejos para
que sus pies delanteros encontraran la bolsa escondida debajo de su camisa. Su
peso presionó los fetiches contra su pecho en un recordatorio de que ella tenía
aliados poderosos. Aisling cerró sus ojos. Se forzó a apartar el miedo. Si iba a
salvar a su familia, no podía preocuparse por su propio destino.
- Que ha sido hecho que no puede ser deshecho, - ella murmuró, golpeando el
suave pelo de Aziel después colocándolo de nuevo sobre su hombro antes de
reanudar su búsqueda a través de los periódicos.
Fue Zurael quien encontró el siguiente artículo de interés. Tú lo encontrarás más
entretenido por rechazarla con los otros. Ella es una shamaness. Su estómago se
anudó cuando aprendió que Peter Germaine era un hombre de poder, un
ayudante del jefe de policía, el hermano mayor, y no el amigo de algún humano
que había sido agraciado con habilidades ultramundanas.
- Interesante, - dijo Zurael. - ¿Él quería que murieras porque sabía que localizaste
a la amante de su hermano? ¿O él influenció a los otros porque odia y teme a
esos con talentos que él no tiene? Quizás mi curiosidad consiga lo mejor de mí y
vacile lo suficiente para preguntarle antes de que le asigne el castigo que se
merece.
No había calor en la voz de Zurael, ni pasión. Él debería haber estado hablando
de planes para quitar las malas hierbas de un jardín o limpiar el granero. Aisling
abrió su boca para protestar por su naturalidad, para discutir contra lo que
planeaba, pero las palabras continuaron atrapadas en su garganta. Las imágenes
del hermano de Elena conjuradas en las tierras de los espíritus se metió en sus
pensamientos sobre vientos helados, el hueco de los ojos de los fantasmas que
estaban delante de Pecadores, su atención enfocada en ella, sus caras intactas
aunque sus cuerpos estaban rotos, desgarrados con órganos colgando y huesos
húmedos brillando.
¿Tu trabajo ? Estoy seguro que ellos lo trajeron, pero que camino cogerá, John se
había burlado. Y ella no podía recordárselo para decirle a Zurael que no quería
que matara al hombre que tan casualmente sugirió que ella sería puesta fuera
dentro de la noche llena de depredadores.
Ella tembló. Los vientos helados se establecieron alrededor de su corazón como
un pesado peso cuando se preocupó por la corrupción de su alma, la facilidad en
la que aceptó la matanza de un humano incapaz de protegerse a sí mismo contra
un ser como Zurael. ¿Eso demostraba que era medio demonio? ¿La hija de su
padre? ¿O eso solo significaba que Zurael convocado, emparejada con él,
viniendo a ella, preocupada por él, que la humanidad fuese moderada y juzgada
cuando entró en las tierras de los espíritus la última vez que fue infiltrado?
Aisling bajó su cabeza y reanudó la búsqueda a través del periódico sobre sus
rodillas. Llenó su mente con información cuando escaneó los artículos sobre su
nueva ciudad. Geneva y la granja parecían una vida pasada. Un mundo aparte. Y
en el momento en que llegó a un foto del hombre y la mujer en rojo, Aisling se
preguntó si podía ciertamente volver a un lugar donde su talento tuviera que ser
escondido.
Como Peter Germaine, Felipe Glass, el hombre en rojo, estaba envuelto en
agencias del orden público. Él estaba al cargo de los guardias, poderoso en su
propio derecho pero también rico. Aisling se habría sorprendido al aprender que
la mujer de rojo era una amante, pero encontró que era la esposa de Felipe, Ilka,
la hija de una familia fundadora. Eso ayudó a tener nombres para esas caras de
Pecadores. Aisling dudó de que ellos tuvieran algo que ver con Ghost o las masas
negras, pero se sintió mejor sabiendo que ellos lo estaban, incluso si solo
confirmaba un alivio que había pasado toda su vida: La policía y los guardias no
podían ser de confianza.
Ella le pasó el periódico a Zurael sin comentarios y continuó a través de los
restos. No había mención de Ghost, ni mención de la Hermandad de la Señal en
ninguno de ellos.
- Estás cansada y hambrienta, - dijo Zurael cuando alcanzaron el final del
montón. Su voz era tan acariciadora como los nudillos que acariciaron su mejilla.
- Consigamos algo de comer.
Había restaurantes y puestos de comida a través de la calle. Aisling cogió su
bolsillo y sintió el dinero doblado allí. Las ansias de fruta fresca, pan y queso, se
levantó y se le hizo la boca agua. Ella lo luchó, se dijo a sí misma que no
desperdiciara el dinero, pero una voz interna invalidó su largamente arraigada
moderación por la comida.
Eso le recordó que algunos de los billetes en su bolsillo probablemente habían
sido pagados por su asaltante para matarla, susurrando que debería usarlos para
preservar la vida.
Ellos estaban cerca de la puerta cuando uno de los clientes dejó su puesto delante
de un ordenador. Aisling redujo la velocidad. Ella miró con nostalgia la
capacidad de las máquinas de las enormes librerías de las viviendas de
información, y las cuales una vez habían sido tan comunes que incluso los niños
eran propietarios y los usaban.
- ¿Sabes cómo usar uno? - Le preguntó Zurael.
- No. No hay poder para recorrer semejante tecnología cuando estaba en el lugar
al que llamo casa.
Aisling se frotó sus palmas contra sus pantalones y se acercó a la máquina
disponible. En los días anteriores La Última Guerra había sido comunicada y las
noticias de la tierra permitían por un instante la comunicación usando
ordenadores. Los niños no usaron más libros en la escuela, y raramente usaban
lapicero y papel, solo como la mayoría de la gente pagaban por cualquier cosa a
través de cuentas de acceso por tarjetas magnéticas como la que ella había usado
en el autobús, en lugar de usar dinero.
Dependiendo de la tecnología para semejante extensión era un concepto extraño,
intimidante. Aún la posibilidad de tener tanto conocimiento fácilmente
disponible era excitante. La joven librera quien había estado detrás de la
encimera paró cerca de ellos. - ¿Necesitáis alguna ayuda? Por favor dímelo si lo
haces. Tengo horas hasta salir de mi cambio y me voy a volver loca solo sentada
alrededor leyendo revistas.
- Nunca he usado un ordenador antes, - admitió Aisling.
- Es fácil. Serás una profesional en minutos. Toma asiento. Soy Cassandra, por
ahora .
- Yo soy Aisling.
Ella se sentó y se sintió incluso más intimidada en semejante proximidad a la
pantalla y teclado.
- ¡No te asustes! - Dijo Cassandra con una risa. - No hay que helarse. Créeme,
esto es simple. Los niños están jugando. Ellos dicen que antes de la Última
Guerra los más pequeños los usaban para aprender su alfabeto y números
jugando a juegos de ordenador. Créeme, tú te preguntarás porque no has sido
una visitante regular de la librería. Esta es tu primera vez aquí, ¿cierto?
- Sí.
- Eso creía. No será la última. Probablemente notaste lo a menudo que hay una
cola de espera para los ordenadores. Espero que consigamos más pronto. -
Cassandra se inclinó y tocó un único icono en la pantalla. - Okay. Aquí está la
gran foto. Estamos en un área local limitada de internet. Lo que significa que
bastante cable ha sido recuperado de demasiados ordenadores como este, y de
propietarios privados, están conectados a unos enormes ordenadores donde la
información es almacenada. Que está almacenado en los megas ordenadores que
están llenos de noticias, libros que han sido aportados, mencionados. Los
contenidos dependen de a quién pertenece los enormes ordenadores, para que tú
lo leas con un grano de sal. ¿Eres nueva en la ciudad, o solo en la librería?
- Solo he estado aquí unos pocos días, - dijo Aisling.
- ¿Te gusta?
Los pensamientos anteriores de Aisling volvieron, junto con la inquietante
comprensión de que no podía por más tiempo verse contenida con la vida que
había vivido en San Joaquín. Cierto, había violencia y prejuicio aquí, la poderosa
presa sobre el débil, pero también había libertad y la oportunidad de usar
abiertamente su talento para ayudar a otros.
- La vida es diferente de lo que he conocido. Pero sí, creo que puede llegar a
gustarme mucho.
- ¿Dónde te alojas?
Aisling dudó solo un segundo. - En el área reservada a esos con talentos
especiales.
- ¡Genial! Déjame adivinar... - Cassandra inclinó su cabeza. - ¿Bruja, brujo y
hurón familiar?
Aisling rió, aunque un rubor se levantó en su cara. - Shamaness. Amigo. Y
mascota.
- Que bueno. - Cassandra volvió al ordenador delante de ellos. - Ok, volvamos al
trabajo. El camino más fácil para encontrar lo que estás buscando es por letras en
una palabra o un par de palabras y haces una búsqueda. Ahora, mano al ratón, y
te llevaré a través de eso.
Aisling puso su mano sobre el “ratón” y fue absolutamente alucinante el mundo
que abrió por hacer eso. Eran ciertas las palabras de Cassandra, en unos minutos
se preguntó por que se había sentido abrumada por semejante tecnología simple.
- Creo que está bien para seguir, - dijo Cassandra, retrocediendo y sonrió con
satisfacción. - Te dejaré a ti. Grita si tienes un inconveniente.
- Lo haré, - dijo Aisling, esperando lo justo para que Cassandra se fuera antes de
escribir Hermandad de la Señal.
Solo unas pocas referencias, enlaces los había llamado Cassandra, llegaron.
Cuando Aisling las siguió, no proporcionaban más información que lo que ya
había aprendido de Davida en la Misión.
Ella escribió Ghost y fue inmediatamente abrumada con posibilidades, todas
conectadas a los espíritus observando o viejas historias de miedo pasadas de
moda. E incluso después había añadido y sustraído palabras como Cassandra
había demostrado, no había referencias a la sustancia llamada Ghost.
Aisling cerró el navegador y se puso de pie. A pesar de no encontrar nada sobre
Ghost o la Hermandad de la Señal, se sintió tonificada, poderosa de una manera
que no podía poner en palabras completamente.
La risa de Zurael y la calidez que vio en sus ojos solamente incrementó su
sentido del logro. - Estoy impresionado, - dijo, y el calor líquido de su voz
encontró su camino a sus pechos y vagina.
Ella apartó la mirada rápidamente. - ¿Listo para comer?
- Sí.
Ellos se fueron a través de la calle, hacia un puesto de comida que servía sopa y
ensalada. La euforia de Aisling por dominar el ordenador duró hasta que vio a
Cassandra dejar la librería y entrar al edificio de al lado. Miedo y preocupación
se afilaron, con el recuerdo de Raisa diciendo que la librería era la puerta
siguiente al edificio de la policía y guardias.
Una profunda tristeza invadió el alma de Aisling al ser presentada con evidencia
de lo peligroso que era confiar en alguien, de haber sido tan tonta como dejar a
un lado la línea de la vida de la precaución. Ella había sido tan buena para
preguntar como un niño, casualmente había revelado bastante información para
guiar a las autoridades hacia ella, y nunca se había preguntado si el ordenador
hubiera guardado los contenidos de su búsqueda después de que hubiera
cerrado el navegador.
- Tu trabajo es más traicionero que el mío, - dijo Zurael, poniendo su espalda
contra su parte delantera, rodeándola con su calor, su fuerza. Él le dio la
seguridad que ella ansiaba pero la hacía considerar otra vez la facilidad con la
cual su humanidad era apartada, tanto y tanto tiempo otra vez que ella encontró
lo que necesitaba en los brazos de un demonio.
Capitulo 11
Aisling estudió la casa de las brujas desde la seguridad de la agrietada y rota
acera. Complicados símbolos estaban impresos en la puerta y en los marcos de
las ventanas tan bien como en los postes de delante del jardín.
Una valla de hierro estaba de pie protegida contra el duende en un no tan sutil
aviso. Y aunque Aisling no era sensitiva mágicamente, como algunos de los
dotados, podía sentir la línea zumbando a través de las plantas de sus pies,
levantándose de las profundidades como una gran ballena cerca de romper la
superficie del océano.
Tamara podría haber reclamado a su familia que no practicara magia negra, pero
Aisling sabía que los Wainwrights eran más que brujas cuyas artes estaban
atadas a los elementos y a sus diosas. Al menos algunos de ellos serían
hechiceros, capaz de poner el rico poder pulsando a través de la línea donde su
casa estaba situada.
Instintivamente sus dedos se cerraron en la bolsa de fetiches de debajo de su
camisa. Miró a Zurael y pensó en regresar de su viaje en las tierras espirituales
para encontrar la cara tensa de Tamara por el miedo y sus brazos abrazados
protectoramente alrededor de su vientre hinchado. Al mismo tiempo que ella
había atribuido la reacción de Tamara a la inesperada llegada de Zurael y la
amenaza que radiaba de él; ahora se preguntaba si Tamara tenía dudas de lo que
él era.
- No creo que sea seguro para ti que vengas conmigo, - dijo Aisling. - No tengo
una afinidad al hechizo mágico, pero puedo sentir la línea cerca de la superficie
aquí. Es bastante fuerte para potenciar cualquier número de hechizos incitadores
o reveladores.
Aziel hociqueó el lado de su cara con aprobación, luego la sorprendió al saltar de
su hombro al de Zurael, el inusual comportamiento la hizo preguntarse otra vez
sobre el verdadero propósito de darle el nombre de Zurael.
- También puedo sentir la línea, - dijo Zurael, aceptando la presencia del hurón
sin comentarios. - ¿No persistirás?
- Tan pronto como les hable sobre la niña en La Misión y alguien mantenga su
promesa de recuperar a Anya o el nombre de alguien más para hablar de ella, me
iré.
- Tu mascota y yo entonces esperaremos aquí fuera.
Aisling empujó a través de la puerta de hierro y caminó hacia la puerta
delantera. La decisión de venir aquí para ayudar era algo fácil de hacer. La única
otra persona dotada que había conocido desde que se trasladó a la casa del
shaman era Raisa. Y dada la llegada del Padre Ursu minutos después de la
partida de Raisa y luego el agresor que había estado esperando, Aisling no estaba
preparada para confiar en el propietario del salón de té.
La pesada gárgola de latón con un anillo agarrado en su boca servía como un
llamador de puerta. Una vieja versión de Tamara respondió cuando Aisling lo
usó. Estudió a Aisling durante solo un segundo antes de mirar más allá de ella y
sonreír ligeramente. - Tú debes ser Aisling. Yo soy Annalise, la madre de
Tamara. Ella está incapacitada por el momento. ¿Puedo ayudarte?
- Eso espero. Estoy aquí por una niña que necesita una casa.
Las oscuras cejas se levantaron, la sonrisa se ensanchó. El hielo se deslizó por la
columna de Aisling con la impresión de que había sido esperada.
Annalise salió de la puerta y confirmó la sospecha de Aisling al decir, - Vamos.
Levanna está esperando en el salón.
El interior de la casa le recordó a Aisling el lujo que había encontrado en la
iglesia, aunque las ilustraciones antes de la guerra decoraban las paredes o
residían en los muebles de madera pulida, habría sido visto como pecaminoso y
destruidos si hubieran llegado a las manos de los religiosos. Hombres desnudos
y una mujer bailando y adorando. Ellos juntos en los ritos de fertilidad, sus caras
y cuerpos llenos de emoción y vida.
- Ah, la shamaness está aquí, - dijo Levanna desde el sofá, con la voz fuerte a
pesar de la fragilidad de un cuerpo encogido e inclinado por la edad. Llevaba un
vestido largo negro y se mantenía caliente por un chal sobre sus huesudos
hombros cubiertos con flecos. Su pelo plateado, con los ojos ciegos por las
cataratas, aunque Aisling imaginaba que la matriarca de los Wainwright no los
había necesitado para ver durante mucho tiempo.
Annalise se sentó en el sofá cerca de Levanna mientras Aisling reclamaba una
silla enfrente de ellas. - Háblanos sobre la niña, - dijo Annalise, y Aisling lo hizo,
siguiendo en la mesa de café los símbolos que había visto dibujar a Anya en la
tierra y sintió el alivio cuando Annalise asintió, reconociendo su importancia.
- Es bueno que vengas a nosotras por ella, - dijo Levanna. Su mano se dirigió al
lugar donde los bordes del chal negro sobrepuesto, sus dedos acariciaron los
amuletos y los talismanes que llevaba. - Es demasiado tarde para recuperar a
Anya hoy, pero lo primero que haremos mañana será enviar a alguien en buen
estado con las autoridades para conseguirla. Nosotras podemos asegurarnos que
tendrá una buena casa, si no es con nosotras entonces con otros que atenderán su
entrenamiento y cuidado.
Los ojos cegados por las cataratas encontraron los de Aisling cuando la mano de
Levanna se apartó de su chal para revelar un colgante. Capturó el sol dorado y
llamó la atención de Aisling. Los zarcillos de asombro y temor se deslizaron por
su piel como susurros demasiado débiles para oír, con el conocimiento fuera de
su alcance.
Annalise la liberó de la fascinación del amuleto diciendo, - Tamara nos habló
sobre su visita contigo y por qué la Iglesia te trajo a Oakland. Ella confesó lo que
te preguntó. No me sorprende que el padre de su hijo encontrara el final que
tuvo. Él era como muchos de los hijos de los ricos quienes han estado
chapoteando con la magia y han perdido sus vidas por eso. ¿Has oído que un
macho ha desaparecido por una bruja sexual?
- No. Raisa vino a mi casa ayer y se presentó ella misma. No me habló sobre la
bruja del sexo, pero me dijo que una institutriz desapareció.
- También hemos oído eso. La institutriz no era de los nuestros, aunque hemos
hecho averiguaciones, - dijo Annalise. - No conocemos los detalles de la
desaparición de la bruja aún. Su familia no ha venido a nosotros o a pedido
ayuda, pero otros nos han dicho que se perdió, con el hijo de su patrona rica.
Levanna se inclinó hacia delante abruptamente y el sol dorado barrió hacia
Aisling, haciendo que su respiración se capturara involuntariamente aunque no
había razón lógica para su reacción al colgante.
- En mis sueños he visto a un sacerdote oscuro y a sus seguidores asesinados por
un poderoso demonio, - dijo Levanna. - Si no eres cuidadosa, encontrarás el
mismo final que Henri y el shaman del vampiro. Hay seres de absoluta maldad
intentando entrar en este mundo y reclamarlo. Pero a pesar de nuestros esfuerzos
y aliados no hemos sido capaces de encontrar a los sirvientes humanos que
llaman a estos seres amos.
La respiración de Aisling se congeló en sus pulmones. Después de confiar en
Cassandra tan fácilmente en la biblioteca, ella no correría el riesgo de cometer el
mismo error sabiendo lo que ocurrió la noche en que entró en las tierras
fantasma para encontrar a Elena.
- ¿Sabes lo que le ocurrió al shaman del vampiro? - Preguntó en su lugar.
- Él no era un poderoso shaman, aún sus gritos persistieron e hicieron eco en una
pesadilla compartida por muchos de nosotros con talentos que rozan las tierras
de los espíritus, - dijo Levanna, sutilmente sabiendo que ella era más que una
bruja que practicaba magia basada en la naturaleza. Ella se apoyó contra el
respaldo del sofá una vez más e inclinó su cabeza ligeramente hacia Annalise.
- Solo mi nieta vio algo de su fallecimiento.
- Él estaba atado a la cama en un frío sótano de la iglesia, - dijo Annalise. - El
Obispo Routledge estaba allí, como el Padre Ursu. Solo había una astilla de
conciencia entre su despertar y encontrarse a sí mismo allí, y cuando ellos le
designaron con Ghost y le dijeron que buscara su fuente. Eso es todo lo que vi
antes de comenzar a gritar.
Las palabras de Zurael susurraron en los pensamientos de Aisling. Nadie está más
allá de toda sospecha. Ellos fueron seguidos por los insultos de John en las tierras
fantasma. Veo que ellos han enviado un chivo expiatorio. O quizás ese es el papel de
Elena. Entonces otra vez, quizás la tercera es la vencida. La visita de Elena y la bolsa
llena de monedas tomó un nuevo significado, haciendo que Aisling se
preguntara si la Iglesia había jugado un papel en su abducción, si el hombre
marcado por la invocación y tumbado con un demonio se había arrepentido de
sus pecados y penitencia buscando en la Iglesia, solo para ser eliminado cuando
estuviera hecho.
Aisling no pensaba que hubiera dos hombres llevando la misma marca. Ella no
creía que fuera una coincidencia que él hubiera sido asesinado. Se estremeció,
contenta de que no hubiera ido al Padre Ursu con preguntas sobre el vendedor
de Ghost.
- ¿Los vampiros saben lo que le ocurrió a su shaman? - Dijo Levanna. - Eso en el
poder lo saben. Pero se están tomando su tiempo y pretende ignorancia. Si la
Iglesia tiene sospechas sobre quién está detrás de la creación de Ghost, entonces
alguien tiene miedo de que actúen abiertamente en su contra. Los vampiros están
contentos por dejar a la Iglesia fuera de juego. Si la barrera entre nuestro mundo
y el mundo de los espíritus se rompe por Ghost, entonces los humanos sin
talentos una vez más tendrán miedo de esos de nosotros que los tengan. Su
miedo conducirá a la culpa y a la violencia, ambos pronto alcanzaran a los
vampiros cuando la Iglesia y sus aliados den una excusa para reclamar la riqueza
acumulada en San Francisco.
Aisling asintió comprendiendo. Stockton y las áreas de los alrededores estarían
bajo la Iglesia y los humanos sin talentos controlados por la violencia
emprendida como resultado del miedo y la culpa. Eso había ocurrido antes de
que ella naciera, cuando una ola de enfermedad mató a los niños por docenas.
Seres y vampiros fueron cazados y asesinados, culpados por llevar la
enfermedad. Algunos de los dotados eran asesinados también, acusados de crear
la enfermedad a través de la magia o por dar refugio a los sobrenaturales
responsables de eso.
La mano de Levanna se impulsó hacia el colgante del sol y la mirada de Aisling
se estableció en él. - Deberías volver a casa en el caso de que la familia de la bruja
joven sexual venga a ti en su nombre. Viaja cuidadosamente. Nosotros
enviaremos la palabra mañana cuando la niña haya sido recuperada de la
Misión.
Aisling tomó su entrada y se fue.
- ¿Has tenido éxito en tu visita? - Preguntó Zurael cuando Aziel se lanzó de su
hombro al de ella.
- Sí.
Aisling le dijo lo que había ocurrido con las brujas Wainwright cuando entraron
en la casa. Cuando rodearon la esquina, vieron a Raisa esperando allí con una
mujer joven.
- Esto no me gusta, - dijo Zurael. - No sabemos donde están las lealtades de
Raisa. Si esto es sobre la desaparición de la bruja del sexo, podría ser una trampa
para dejarte en las tierras espirituales.
Aisling tembló cuando los avisos de Levanna se deslizaron por su columna como
hielo. - Seré cuidadosa.
- Los alejarás sin tener que ofrecer tus servicios.
Ella paró y él giró para enfrentarla. La fuerza del propósito dio a Aisling el coraje
para quedarse de pie delante de él.
- Escucharé lo que tengan que decir y tomaré mis propias decisiones.
- Hay más en juego aquí que algunas vidas extrañas, - dijo él, la furia en sus ojos.
La intuición femenina guió sus acciones, apartándola del enfado y el dolor. Ella
situó sus palmas en su pecho y sintió el salvaje y rápido latido de su corazón. Él
estaba preocupado por ella, tenía miedo.
- Sé lo que está en juego. Pero no estoy sin protectores en las tierras de los
espíritus. Confía en mí.
El enfado voló de su expresión. Sus manos enmarcaron su cara. - Ya confío en ti
más de lo que es prudente o seguro para nosotros.
Ella quería apoyarse en él, abrazarle alrededor de su cintura y presionarse contra
su cuerpo endurecido. Ella quería... cosas imposibles, incluso si hubiera habido
tiempo para proponerlas.
- Están esperando, - susurró ella. - Están esperando.
Zurael la liberó y ellos continuaron hacia la casa.
- Esta es mi vecina, Nicholette, - dijo Raisa en saludo. - Su hermano ha
desaparecido.
Oscuras manchas debajo de sus iluminados ojos marrones le daba a Nicholette
un cardenal, frágil apariencia pero no disminuía su belleza. Su mano temblaba
ligeramente cuando ella tomó la de Aisling.
- Somos nuevas aquí y no puedo ofrecer mucho en la manera de pago, pero te
daré lo que quieras que puedo si tú... - Sus labios temblaron.
- Por favor, ¿puedes encontrar a Nicholas?
- ¿Tu hermano es el brujo perdido del sexo? - Preguntó Aisling.
- Sí. También es mi gemelo. - Los delicados dedos se enredaron y torcieron en
mechones de ondulado pelo marrón.
Las afiladas garras de Aziel se deslizaron a través de la tela de la camisa de
Aisling. Ella dijo, - Vayamos dentro y puedes decirme lo que sabes.
Cuando estaban sentadas, Nicholette dijo, - Mi hermano estaba con un cliente la
pasada noche. Fue una visita repentina, no era la primera vez con esta mujer,
aunque todas las otras fueron... espontáneas... o al menos él no fue a su casa para
intentar quedarse.
- Pero la pasada noche él intentó quedarse, - dijo Aisling.
- Sí. Él había programado la visita. - Nicholette bajó la mirada, suavizando sus
manos sobre las llamativas flores capturadas en el material de su vestido.
- Algunos clientes son más fáciles para... servir que otros. Él esperaba volver
antes del amanecer. Programó otra cita al mediodía.
Así que él tenía una excusa para irse.
Las palabras planeaban sin hablar en el aire. El estómago de Aisling se tensó con
el pensamiento de intimidad, del atractivo en el acto sexual con alguien por la
que no se preocupaba. Había lugares donde todas las brujas del sexo estaban
catalogadas como prostitutas. Justo como si hubiera practicantes humanos no
dotados haciendo una vida vendiendo sexo. Pero el sexo mágico real era
poderoso, y eso nacía con la habilidad de ejercer lo que era tan talentoso como
cualquier curandero, tan santo como cualquier sacerdote o sacerdotisa llamada
para servir a una deidad de la fertilidad.
- Nicholas no volvió de su visita nocturna, - dijo Aisling.
- No. - Los ojos angustiados encontraron los suyos. - Pensé que se había
retrasado. Su cliente... Ella estaba demandando mucho y no solía ser rechazada.
No tenemos teléfono. El amanecer llegó y se fue. Con cada hora me siento más
ansiosa. Finalmente, fui a la casa de su cliente. Las cosas estaban alborotadas allí.
Uno de los coches de la familia fue encontrado abandonado cerca antes del
amanecer. Había sangre en el asiento. - Las enormes lágrimas brotaron y se
deslizaron por las mejillas de Nicholette. - Ella tenía un hijo, más mayor que
Nicholas y yo. Esta mañana su hijo se ofreció a conducir a Nicholas a casa como
intercambio por usar su coche. Ellos salieron justo después del amanecer.
Aziel se deslizó del hombro de Aisling y la sorprendió subiéndose a la mesa de
café para posarse en la cadera de Nicholette. Nicholette dio una sonrisa llorosa,
entreteniendo sus temblorosas manos en golpear su pelo.
- ¿En qué área de la ciudad? - Preguntó Aisling, odiando que ella sintiera un
toque de celos por la deserción de Aziel, odiando el golpe de inseguridad que la
hizo mirar a Zurael para ver si él, también, quería ir hacia Nicholette y ofrecer
consuelo.
- El coche fue encontrado en la Calle Rhine, - dijo Nicholette.
La mezquina emoción hizo un camino hacia el frío congelador. Eso no podía ser
una coincidencia. Nicholas fue tomado para servir como cebo en un tipo
diferente de trampa, un reto directo de alguien quien sabía lo de la muerte del
sacerdote oscuro y sus acólitos en esa misma calle.
- ¿Puedes encontrarle? - Preguntó Nicholette. Ella tocó una delicada mano en su
pecho. - Está vivo. Creo que hubiera sabido si no lo estaba. Pero la desaparición...
las muertes... Raisa dijo que tú encontraste a la institutriz del hombre rico que
también fue tomada. ¿Me ayudarás?
La mirada de Nicholette se deslizó hacia Zurael, y esta hacia Aisling. - Mi
hermano y yo podemos pagarte por servicios, o con carne fresca. Tenemos unos
cuantos pollos y un pequeño jardín.
El calor se movió a través de las mejillas de Aisling al reconocer la primera
oferta, aunque no podía imaginar cualquier otro amante que no fuera Zurael, o la
necesidad de uno. Un toque de nostalgia giró a través de ella con recuerdos del
fresco jardín.
Fue Aziel quien decidió por ella. Sus ojos se encontraron y le comunicó un
mensaje tan claro como si estuvieran en las tierras de los espíritus. El quería que
ella aceptara la oferta de buscar al hermano de Nicholette.
- Te ayudare, - dijo Aisling y sintió endurecer a Zurael. Su disgusto era como una
llama rodeándola y robándole el aire de sus pulmones.
Aziel se deslizó de vuelta de Nicholette. Aisling vio como el hurón saltó de la
silla, y después por la mesa para comer, corrió al mostrador con abandonó y
envió el juguete al suelo y lo derramó sobre los blancos cristales.
Era un mensaje. Aisling no estaba segura de su significado. No podía saber si
entendía completamente hasta que estuviera en las tierras de los espíritus, e
incluso entonces, confirmaría que vendría solo si ella estaba bien o si Aziel se
uniera a ella y eligiera comunicarse mente con mente.
La magia en el mundo no estaba bien segura para ella, no en el camino de las
brujas o hechiceros o personas con dones de curanderos. Rara vez había sido
capaz de abandonar las tierras de los espíritus en una forma astral, como lo había
hecho la noche en que localizó a Elena. Pero recordándolo ahora, comparando lo
de esa noche con otros tiempos cuando había decidido volver al mundo de la
vida viajando fuera de su cuerpo, Aisling no pudo refrenar un estremecimiento.
En cada instante, un practicante de magia estaba envuelto, uno u otro mostrando
un ritual o apuntando una maldición, sus actos para adelgazar la barrera entre el
mundo de los vivos y los muertos.
Si Nicholas estaba vivo todavía, podría encontrarlo solo si estaba en las manos de
un sacerdote oscuro como Elena lo había estado...
La mano de Aisling fue hacia la bolsa de fetiches ocultos. Llena de temor,
preocupada por si era una trampa.
Aziel se volvió hacia Nicholette y subió hasta su hombro. Acarició su pelo, su
oreja, y ella se rió dulcemente. - ¿Siempre es tan afectuoso?
Un pequeño dolor se lanzó hasta el corazón de Aisling. En raras ocasiones Aziel
se permitía impasiblemente ser manipulado por algunos niños en la casa de
Geneva, pero nunca había sido cariñoso más que con ella.
- No sé mucho sobre los trabajos de los chamanes, - dijo Nicholette. -¿Podrías
buscar a Nicholas ahora?
Aisling dudó antes de contestar, no quería revelar los límites de su don. No
podía encontrar a Nicholas ahora si estaba muerto, o podía encontrarlo vivo pero
solamente si estaba en manos de alguien que lo usara para hacer magia, como
ella sospechaba. Esto no sería un alivio para Nicholette si sabía eso.
- Tendré que esperar hasta que oscurezca.
La cara de Nicholette perdió el color que había ganado por las payasadas de
Aziel. El miedo y la preocupación regresaron con temblores. - Si lo encuentras,
no habrá modo para que llegue a él. Tal vez para sus clientes, la policía o los
guardias podrían salir de noche, pero... - miró hacia la ventana, hacia el próximo
anochecer, - ...no hay forma de llegar a la casa de sus clientes.
La preocupación y compasión luchaban dentro de Aisling haciendo equilibrio.
Se apoyaba hacia adelante, tocando con su mano la espalda de Nicholette. - Haré
lo que pueda hacer para encontrar a Nicholas y ayudarlo. Ve a casa o con tus
amigos esta noche, estate con alguien...
Aisling podía leer el deseo de Nicholette de quedarse. Pero no podía ofrecerle esa
comodidad, y Nicholette no debía presionar, tal vez creyendo en la magia de los
shamanes que requería privacidad y era similar con las brujas.
- ¿Puedo volver al amanecer? - Preguntó Nicholette, sus manos temblando bajo
las de Aisling.
- Sí, ¿tienes algo que le haya pertenecido a Nicholas? ¿O algo que te haya dado?
Nicholette sacó su mano de la de ella y desabrochó una pulsera. Una pareja
entrelazada colgaba al final de la pulsera, su unión sexual la capturó. - Nicholas
lleva una pulsera idéntica. Nuestra madre los mandó hacer para nosotros.
Fueron elaborados por la misma piedra, pues somos gemelos. Creo que este será
el mejor objeto que pueda darte.
Aisling tomó la pulsera. Y minutos más tarde, sus huéspedes partieron, apurados
por irse antes que empezara a oscurecer.
A Zurael no le gustaban los celos que ardían en sus venas. No era familia, ni
cómodo, ni aceptado. Lo sabía casi desde la primera vez que Aziel fue más de lo
que aparentaba, pero viendo la silenciosa comunicación entre Aisling y el hurón,
cuan fácil se dejaba guiar por la criatura quien su verdadera naturaleza ella
desconocía, le dejó nervioso, inestable, con la sensación de reto, como si su
posesión fuera una ilusión. Quería discutir con Aisling sobre la búsqueda de
Nicholas, no porque no hubiera sido tocado por los argumentos de Nicholette,
sino porque sabía que era algún tipo de trampa, y no podía proteger a Aisling en
las tierras de los espíritus.
Estudió al hurón que estaba sentado a los pies de Aisling en la cocina y
esperándola que terminara de preparar la comida.
En el ojo de su mente estaba otra vez en la Casa de la Araña, sentado ante el altar
de Malahel y viendo las piedras que consiguió.
¿Alguna representaba a Aziel? ¿O Aziel servía a una potencia mayor?
La atención de Zurael cambió a Aisling. El fuego quemaba lo que quemaba
intensificándose, los celos cedieron a algo más primitivo y amenazaba con
quemarlo fuera de control.
Imágenes de cuerdas atándola a la cama, de tenerla indefensa, su mundo se
redujo a él y el placer que le daría, tentándolo con abandonar el curso de acción
que estableció para sí mismo. Cerró la distancia que había entre ellos,
presionando su endurecida ingle en la curva de sus nalgas, solo para ser asaltado
por diferentes imágenes, recapturando momentos de llevarla a su ano.
- Estas confiándole tu vida, - dijo Zurael, su boca encontró la piel satinada de su
cuello y sus manos la acariciaban por los costados y luego reclamando sus
pechos.
- Siempre lo hago, - dijo Aisling, pero la debilidad de su voz y la forma en que se
suavizó impidieron que las palabras lo prendieran.
Zurael cerró sus ojos y peleó con la necesidad que se encendía en él. No tenían
tiempo, no si tenía la intención de hacer la mayor parte de la búsqueda en los
Baldíos, cuando le dijo que pretendía hacerlo después de que dejaran la misión.
Todavía, vacilaba por dejar su cuerpo sin protegerlo mientras su espíritu viajaba
en una forma astral.
Había visto las marcas de protección talladas en la madera alrededor de las
ventanas y puertas, pero no lo había mantenido alejado, sin protegerla de la
muerte la primera vez que entró en su casa si matarla hubiera sido su propósito.
Algunos de los genios chapoteaban en el arte de los hechizos, aún así, si
cualquiera, entendieran o usaran la mayor parte de la magia ejercida por brujos
humanos y brujas.
- Lo puedo buscar mañana en la noche, - dijo.
- Deberías hacerlo así. Encontrar el compañerismo en la comunidad es
importante. Estaré bien por mí misma en la noche.
Fue una muestra de debilidad, admitió el poder que ella tenía sobre él, pero
Zurael no se forzaría a estar lejos de Aisling. La acarició, con besos placenteros
alrededor de su cuello, teniéndola contra él mientras ella preparaba la comida, y
solo a regañadientes se separó de ella para que pudiera comer.
Cuando la comida estuvo lista, la agarró en sus brazos una vez más, con
necesidad y quemándose con la necesidad de tenerla en la habitación y unirse.
- Prométeme que te cuidaras.
- Lo haré. Prométeme lo mismo.
Zurael se rió. - Hay muy poco a lo que le temo en primer lugar, - y por un
instante fue atrapado por la calidez de su preocupación, atrapado en los
angelicales ojos y la sensación a la que no estaba familiarizado. Pero muy pronto
se desvaneció, escenas del sacerdote oscuro y sus acólitos. - No me convoques.
- No lo haré, - susurro ella, temblando por la promesa de muerte en sus ojos,
pero no la reconfortó. Si lo invocaba mientras estaba en su mundo, los Ángeles
podrían escucharlo y venir.
Zurael se alejó de ella. Con un pensamiento, dejaría carne y sangre, músculos y
huesos para renunciar a su forma, para convertirse en un remolino de viento
antes de la reunión, para rehacerse búho. Con el jadeo de Aisling de sorpresa y
placer, Zurael extendió sus alas y por lo que podría admirarlo. Permitió que lo
tocara y no era inmune a ella ni como búho ni como serpiente.
Una voz de protesta escapó del búho cuando dejó de acariciarlo. Lo vio con
aprobación cuando ella lo envolvió alrededor de su brazo antes de ofrecerle un
lugar en la percha.
Unas garras fuertes se sostuvieron en el material, tocando su piel. Usó sus alas
para balancearse y entonces no la lastimaría en su carne cuando se levantó y lo
llevó a la puerta de atrás, ofreciéndole la noche.
Zurael dudó por un momento, estropeado entre el deseo de permanecer con ella
y la necesidad de tomar vuelo.
Finalmente, a regañadientes, se lanzó de su brazo y fue hacia los Baldíos.
Lo que había tomado mayor parte de su mañana ahora parecía poco tiempo.
Pronto voló sobre La Misión, las puertas estaban cerradas y la mayor parte de las
ventanas oscuras.
No había señal de vida humana cerca de la ciudad, pero las calles no estaban
vacías. Un destello gris marcó la presencia de un solitario hombre lobo. Los
paquetes largos de perros feroces corriendo a través de las calles abandonadas.
En algún lugar en la distancia, un hombre puma, o animal puro, gritó.
Debajo de las alas del búho, los murciélagos se abalanzaron sobre los insectos.
Los gatos cazaban ratas en edificios caídos, y ennegrecidos mientras otros
aullidos de la capucha de los carros, anunciaba su deseo de aparearse.
Lo más lejos de los Baldíos que había viajado, dominaba la naturaleza. Los
árboles crecían entre escombros. Vides se arrastraban sobre objetos y sitios no
identificables.
Buscó luz, fuego. Escuchó el sonido de voces. Abandonaría su tarea solo para
cuando necesitara comida con el fin de mantener el vuelo. Y en esos momentos
saborearía la caza, la muerte, reviviendo sus principios primitivos de Djinn
cuando esa tierra le pertenecía solo a ellos y cazaban al igual que él, en cualquier
forma tendría éxito.
Los espesos bosques de pinos, enebros y robles aumentaron cuando salió por las
millas. Anduvo y circuló, sabía que la noche no era lo suficientemente larga para
buscar donde las olas y la oscuridad creaban un sudario impenetrable de
secretos.
El paso del tiempo era marcado por el camino de la luz que cambiaba cuando se
unían más estrellas al cielo y la luna viajando a través de este, por el incremento
de la canción de un insecto, el aullido de los lobos y coyotes.
Voló y se encaramó. Esperó y observó. Tomó de nuevo el vuelo y otra vez, hasta
el sonido de los motores en la noche, abruptamente silenciaba a todos los ruidos
y llenaba el aire con la primera violencia innatural.
Los jeeps llegaron un momento después, cuatro de ellos hacían carreras hacia las
calles paralelas. Los focos golpeaban a los lados del edificio y parches de
vegetación. Cualquier movimiento causaba una lluvia de balas, seguido por
alaridos y gritos.
Un perro salvaje perdió su nervio y se lanzó desde abajo de un automóvil
quemado. Su cuerpo bailaba sobre la agrietada acera después de haber muerto.
- ¡Confirmo uno muerto! ¿Lo tienes? - Un hombre gritó y lo pateó para ver, cada
uno de ellos lo repitió. - Confirmo uno muerto. Lo tengo.
El odio y la furia salieron a través de Zurael. Solo suprimió apenas el impulso de
convertirse en una cosa de pesadilla humana, un demonio planeando desde el
cielo para llenar de terror a los hombres de los jeeps.
Aisling se arrodilló en el cuarto de trabajo del shaman, riéndose de las payasadas
de Aziel, disfrutando el momento incluso cuando se acercaba el tiempo de entrar
a las tierras de los fantasmas. El hurón se sentó en la parte superior del montículo
de sal, alegremente jugando con los granos blancos y lanzándolos debajo de la
mesa.
Asumió que el pesado saco contenía piedras que usaba para hacer amuletos o
fetiches.
Pero cuando entró en el salón de trabajo, la charla de Aziel insistió en abrir la
bolsa.
¿He estado haciendo esto mal todo el tiempo? Se preguntó, pensando en cómo el
padre Ursu le dio el cuenco de sal la noche que buscó a Elena, y como Aziel
había arrojado los granos al suelo, también, sutilmente diciéndole que hiciera un
circulo de protección sobre ellos.
Aisling se levantó lo suficiente para encontrar un contenedor, una lata que una
vez había contenido melocotones. Arrojó la colección de piedras pulidas que
contenía en el banco de trabajo, no pudo evitar recordar como había vuelto de su
involuntario viaje fantasma hacia las tierras de los espíritus para encontrarse en
esta habitación, y como Zurael la había ayudado en la cocina, dándole de comer
melocotones con la mano. Era el principio de su caída, su seducción.
Aziel habló urgentemente. Arrojó más sal al suelo, sus movimientos cambiando
de juguetones a agitados, sugiriendo que su inusual muestra de afecto hacia
Nicholette era más que una manera de comunicar a Aisling que debería aceptar
buscar a Nicholas.
Se arrodilló y llenó la lata de sal y entonces se colocó en su lugar en el centro de
la sucia habitación. El hurón gateó hasta su regazo. Pero cuando hubo trazado
sellos protectores en la suciedad y dibujó un circulo con sal, Aziel se quedó
completamente quieto, su señal para que parara y pensara, para recordar
lecciones pasadas, y entendió que necesitaba duplicar lo que había hecho la
noche que había buscado a Elena.
No me convoques.
La previa advertencia de Zurael, la promesa de muerte que había visto en sus
ojos, hizo que su corazón se acelerara tanto como el conocimiento de que
encontraría otro sacerdote oscuro esta noche. Solo el hecho de confiar toda la
vida en Aziel le dio el coraje para permitir que los vientos de los espíritus la
atravesaran, y la llevaran hacia el mundo de los muertos.
Cuando los vientos de los fantasmas se calmaron, Aisling acogió la nada gris a su
alrededor, la calma requiriendo ninguna acción, ninguna decisión, ningún
precio. Podía durar segundos, minutos, horas si lo permitía, y una parte de ella
quería hacerlo, pero en vez de eso levantó la mano y tocó el collar que había
recibido de Nicholette, dejó que sus dedos acariciaran los amantes entrelazados
esculpidos en jaspe.
El gris giró y se abrió, permitiendo a una familiar figura avanzar, aunque no era
la que Aisling había esperado. La risa ronca de Sinead llenó el espacio a su
alrededor, convirtiéndose en el ronroneo de un depredador. - ¿Preferirías que
fuese John? - Preguntó ella, tocando la bufanda atada alrededor de su cuello,
acariciando el instrumento de su muerte mientras tocaba ligeramente el látigo
que llevaba contra su pierna. - Oh, él se toma a la ligera el intercambio de sexo, si
puedes llamar para coger dinero para que los guardias puedan tener un poco de
deporte en sus días libres de ser parte del negocio del placer.
Sinead se deslizó hacia delante, piel y perfume, ejerciendo dominación. - Umm,
una naturaleza sumisa, - dijo, dando vueltas alrededor de Aisling, acercándose a
ella, haciendo que Aisling se avergonzara de su desnudez en las tierras de los
fantasmas. - Sería divertido entrenarte, pero no creo que sea por eso por lo que
estás aquí. ¿Estoy en lo cierto?
Aisling se sacó el colgante y lo sostuvo entre las dos. - Estoy buscando a un brujo
del sexo desaparecido, - dijo, y los vientos espirituales se levantaron, haciendo
brillar el jaspe y haciendo que pareciera que el hombre y la mujer se movían, sus
cuerpos brillando con sudor mientras hacían el amor.
Sinead se lamió los labios. - Que tentación. ¿Quién es ella?
- El brujo que busco se llama Nicholas. Este es el collar de su hermana.
- Que pena. - Sinead toco el látigo contra la piel de sus pantalones. - Una pena
que sea el hermano y no la hermana. Pero mejor para ti. - Cerró la mano
alrededor de los amantes atrapados en jaspe. Sus ojos se desenfocaron hasta que
se formó una sonrisa maliciosa. - Oh, este es un delicioso giro de eventos. Destino
del karma para aquellos que tienen el lujo de creer en esas cosas. Puedo llevarte
hasta él. Si nos damos prisa puede que hasta llegues antes de que sea bienvenido
en este mundo. - Sinead liberó el colgante y volvió a lamerse los labios,
acariciando a Aisling con sus ojos. - Por supuesto, te costará algo, e incluso aquí
mi tiempo tiene un precio.
Aisling se controló para no reaccionar a la brutal exhibición. Era parte del
proceso de negociación, algo que había aprendido hacia tiempo. Y porque sabía
que solo esos que vivían siempre en este reino podían cubrirse con ropa, no
quería mirar hacia abajo y encontrarse llevándola.
Sinead dio vueltas a su alrededor. Tocó el látigo en su pierna. - Podría hacer
mucho contigo si te pusieras en mis manos para entrenar. Hombres y mujeres
harían cola, todos compitiendo por el privilegio de oírte llamarlos Amo. - Paró al
lado de Aisling, su respiración era un susurró frío contra la piel desnuda. - ¿O ya
tienes uno? ¿Te han mostrado los placeres de ser sometida?
La imagen de Zurael apareció en su mente antes de que Aisling pudiera evitarlo.
Su cuerpo respondió instantáneamente, endureciendo sus pezones y mandando
calor en círculos a su ombligo.
Sinead se movió hasta quedar enfrente de Aisling. Dirigió su atención a Aziel,
reconociendo por primera vez que podía verlo. - Que pena que ya tengas dueño,
pero no es él, no lo creo.
Aisling deslizó el collar de Nicholette por su cabeza. Se preguntó si Sinead
reconocía lo que Aziel sería si tomara su verdadera forma.
Los ojos de Sinead descansaron en el amuleto de jaspe antes de moverse hacia la
bolsa conteniendo los fetiches, y entonces moviéndose bruscamente hacia la cara
de Aisling. Tocó el látigo ligeramente con la palma de su mano, el sonido era
rítmico, como un reloj marcando los momentos finales de la vida de Nicholas.
- Muy bien, mi precio. Te llevaré hasta el brujo del sexo Nicholas. A cambio me
traerás a Elena cuando encuentre su muerte. - Las afiladas garras de Aziel se
hundieron en el hombro desnudo de Aisling, instándola a que se apresurara a la
vez que advirtiéndola de que fuera cautelosa. Tembló, reconociendo la trampa y
el alto coste del favor.
- ¿Me llevarás hasta Nicholas lo más rápido posible, antes de que sea asesinado?
Sinead cerró su mano alrededor del final del látigo, deslizándolo hacia delante y
atrás a través de su puño, imitando el acto sexual. - Sí, te concederé ese punto. -
Su sonrisa era afilada, sus ojos duros. - No te concederé la otra petición, así que
no gastes tu tiempo, o el poco tiempo que le queda al brujo, en intentar poner
limitaciones y restricciones en la tarea que quiero que lleves a cabo. A mi manera
amo a Elena, como uno quiere a una bien entrenada y obediente mascota.
Tráemela cuando muera y te llevare al brujo a tiempo para que llames a otro para
salvar su vida.
Prométeme que tendrás cuidado.
Lo tendré.
Pero el rápido latido del corazón de Aisling desmintió sus palabras. Lo que
Sinead pedía era muy simple, pero podía costar a Aisling más de lo que podía
permitirse pagar. No había manera de saberlo, en este momento, quién
reclamaría la alma de Elena cuando muriera, donde iría el espíritu de Elena
cuando entrara la tierra de los fantasmas.
Aisling tembló. En su ojo mental vio el miedo de Nicholette por su hermano, y se
sintió mal por ella. Pero arriesgar tanto por un extraño... Dudó, indecisa, viendo
también las imágenes del futuro de su familia capturada en una pizarra de
sangre. Solo lentamente se dio cuenta de la tensión vibrando a través de Aziel
mientras esperaba a que decidiera.
Le estás confiando tu vida.
Siempre lo he hecho.
- Pagaré tu precio, - dijo Aisling.
- Ven entonces.
Caminaron a través de la nada gris y los vientos fantasma giraron hasta que
Sinead paró. La sangre no brotaba en las tierras de los espíritus de la manera que
lo había hecho cuando Elena estaba tumbada en el altar para servir a la masa
oscura.
- Aquí estamos. Con tiempo de sobra. Como prometí.
Aisling asintió, aceptando la deuda antes de cerrar sus ojos y permitiéndose
hundirse a través de la barrera que separaba el mundo espiritual del mundo
vivo.
La escena que la recibió era diferente a la que esperaba, pero igualmente
aterradora. Velas negras iluminaban una habitación preparada para una
ceremonia perversa. Nicholas estaba estirado amordazado, luchando contra
cuerdas, con cortes estropeando la perfección de su cuerpo, pequeñas heridas de
cuchillo hechas para drenar sangre por los ahora familiares sellos pintados en su
piel.
Dos figuras vestidas con túnicas estaban en la habitación. Mientras se
aproximaban al altar, uno de ellos abrió su túnica para revelar su rígido pene.
Deslizó su mano arriba y abajo de su asta. - Tenemos tiempo. Muchas ceremonias
empiezan así. Además, ¿no tienes curiosidad del por qué tu madre le tiene tantas
ganas?
- Preferiría mearle encima que follarlo.
- Como quieras. Pero no hasta que me haya divertido.
Aisling tocó la pareja entrelazada del colgante de Nicholette reflexivamente. Uno
igual parecía moverse donde yacía en el pecho de Nicholas.
Aisling curvó sus dedos alrededor de la bolsa de fetiches, presionó el colgante de
jaspe contra suave piel. ¿Aziel? Él se movió en su hombro, estudiando la escena
detenidamente. Esta no es la trampa que yo esperaba, la que quería que vieras y
entendieras. No hay hechizo aquí para atrapar a nadie que convoques. Te daré un nombre.
Pero no tendrás control sobre aquel al que llames.
La figura en la túnica negra subió al altar y se arrodilló entre las piernas de
Nicholas. Sus manos le cogieron por debajo de los extendidos muslos, levantó a
Nicholas hacia arriba y Aisling se estremeció por la repulsión de la violación que
estaba a punto de tener lugar.
Hubo un pensamiento fugaz para preguntar lo que le costaría, pero no le dio voz.
¿Cuál es el nombre?
Irial, príncipe de los Cuervos, hijo de Iyar en Batrael.
Ni siquiera un latido pasó entre el final de la silenciosa comunicación de Aziel y
la convocación de Aisling. Esta vez no sintió shock o terror cuando el demonio
llegó, con alas y talones negros, muerte furiosa con forma física.
Las figuras en túnicas murieron en una ducha de sangre, sus cabezas casi
cercenadas de sus cuerpos. Cuando la atención del demonio se volvió hacia
Nicholas, su furia como olas de lava, sin preocupación por quien era destruido
en el flujo de odio y muerte, el miedo envolvió a Aisling.
Intentó congelarla en el lugar como a un conejo en la sombra del halcón, pero se
las arregló para decir, - ¡No! ¡Por favor, no! - Y el sonido de su voz hizo que Irial
se diera la vuelta y no mirara al altar.
Todo lo que había visto en la cara de Zurael la noche que lo había convocado, lo
vio otra vez en la de Irial. El demonio se apresuró hacia ella, como si solo
entonces entendiera que ella era la que había pronunciado su nombre en los
vientos de los espíritus.
El círculo de protección se activó cuando se acercó a ella, brilló en sus ojos verdes
como pequeñas llamas ardiendo con la absoluta promesa de muerte. Pero
entonces su cabeza se giró un poco, y se quedó completamente quieto cuando vio
a Aziel.
La furia y el odio dieron paso a una sutil sorpresa y un atisbo de comprensión.
La amenaza de violencia desapareció como un fuego apagado.
Aisling se dio cuenta de la masculina perfección de Irial, lo similar que era a
Zurael. Y como si pensarlo forjara un vínculo entre ellos, Irial encontró sus ojos
otra vez. Solo que en esta ocasión un estilizado cuervo adornaba su mejilla de la
misma manera que una serpiente se enroscaba alrededor del antebrazo de
Zurael.
- ¿Confías en ese con tu vida, pequeña chaman? - Preguntó Irial, inclinando su
cabeza hacia Nicholas, quién yacía temblando en el altar, veteado con sangre, sus
tobillos y muñecas en carne viva y sangrando a causa de su forcejeo.
La facilidad con la que Irial la identificó, la manera casual con la que se dirigía a
ella, hizo que su corazón se acelerara. Pero no dudó en decir. - Sí. Su hermana me
pidió ayuda. Confío en él. - Miró los cuerpos en el suelo y después otra vez a
Irial. - ¿Lo liberarás?
- Lo liberaré.
- Gracias.
Los ojos de Irial se oscurecieron, y por la primera vez se deslizaron hacia abajo,
contemplando su desnudez. - Ahora entiendo mejor tu atractivo, - dijo antes de
dar media vuelta y caminar hacia el altar.
Inesperados, los vientos fantasmales entraron, pero en vez de llevarla de vuelta a
su cuerpo físico, la llevaron de vuelta a la tierra de fantasmas, a otra habitación y
otro circulo, a un lugar que una vez le hizo pensar en antiguos templos griegos
pero que ahora le recordaba a tierras desérticas y un tiempo anterior a la
existencia de los humanos.
Entradas arqueadas formaban las paredes a los cuatro lados. Cortinas de gasa de
colores pastel contenían el gris de la tierra de fantasmas. Sellos creados con
gemas de gran valor brillaban en el suelo de piedra. Algunos brillaban tanto que
si los miraba mucho quedaban grabados en sus retinas.
Aisling suspiró con alivio. En la tierra de fantasmas todo tenía un precio. No
había habido tiempo para reflexionar el precio de salvar a Nicholas, ni siquiera
para preguntar lo que ella tendría que hacer. Ahora sabía que tenía que pagar a
Aziel por el nombre de Irial.
Era un precio alto, pero uno que ella siempre había pagado voluntariamente. Los
otros espíritus que la habían guiado tomaban su sangre o una promesa de
servicio. Aziel tomaba parte de su alma, lo que los antiguos Egipcios habían
llamado ka, la fuerza vital.
Aziel bajo de su hombro y se asentó en uno de los símbolos enjoyados como
había hecho todas las veces anteriores, como había hecho en cada una de las
formas que había adoptado como su compañero.
Él te reconoció, dijo, pensando en el instante en que Irial vio a Aziel, queriendo
respuestas, como siempre, pero queriéndolas aún más ahora.
Puede.
Eres un demonio. Lo dijo como una afirmación. Dudó y después añadió, Como mi
padre.
La diversión de Aziel llegó hasta ella, una emoción compartida más que un
pensamiento, el vínculo entre ellos era más fuerte en este lugar. ¿Que es un
nombre, cuando es dado por otro y no reclamado por aquel al que se es dado?
La pregunta hizo sonrojar a Aisling y apartó la mirada. Memorias de una
pregunta similar surgieron, donde estaba de pie desnuda enfrente del espejo del
baño con Zurael.
- ¿Te acuerdas de mi aspecto bajo la luna y te arrepientes de dejarme cubrirte, penetrarte?
¿Acaso cambia mi forma la naturaleza de lo que soy? ¿Acaso me define?
No.
Entonces mírame, mira mientras te poseo.
Sin ningún pensamiento consciente, los dedos de Aisling se cerraron alrededor
de los amantes entrelazados del colgante de Nicholette, y el jaspe era cálido
contra su palma en el frío de la tierra de los fantasmas. Una fugaz, borrosa
imagen apareció, una huella de Nicholette retorciéndose en cojines de seda en
este círculo, las cortinas en las entradas ondeando mientras un hombre yacía
encima de ella, penetrándola, y Aisling supo que el interés de Aziel no había sido
fingido.
Soltó el colgante, no quería que sintiera la infantil, egoísta inseguridad que la
atacó y que sostenía el gran miedo de perderlo. Pero en este lugar, eso era
imposible, el vínculo entre ellos era demasiado fuerte, muy profundo. Él había
estado con ella desde su más lejana memoria. Era padre y hermano, guía
espiritual y mejor amigo.
Aún no es mi tiempo de dejarte, dijo, y su amor la envolvió como una manta,
calentándola tan profundamente que no hubo sitio para miedo o preocupación
por el futuro.
Dejó vagar a su mente, apenas notando los sellos, ardiendo y apagándose al azar,
como si una mano invisible tocara las notas que ella no podía oír. Primero vino el
cansancio, con el ligero esbozo de su ropa mientras su vida, su ka, se agotaba. La
extenuación vino después y puso sus brazos alrededor de sus rodillas dobladas,
casi podía sentir el material de los pantalones que llevaba en el mundo vivo.
Siguió el letargo y cayó en un costado en una bola fetal, cerró los ojos porqué no
quería ver como de cerca a la muerte física la llevaría Aziel.
Capitulo 12
Zurael se levantó en un codo y suavemente apartó el pelo del rostro de Aisling.
Ella dormía profundamente, con la insensibilidad de los muertos. Y aunque su
piel estaba caliente contra la suya, se estremeció cuando recordó regresar cerca
de la madrugada para encontrarla hecha un ovillo en la tierra roja del cuarto de
trabajo del chamán, que no respondía a su toque y voz, su piel fría y pálida.
- Aisling, - susurró él, inclinándose para dejar un rastro de besos sobre su suave
piel, para tocar sus labios con los suyos y el tentar el destino por hacerlo. ¿Cómo
se había convertido en algo tan importante para él? ¿Cuando el pensamiento de
su muerte había llegado a ser insoportable?
Rodeó su brazo alrededor de su cintura y tiró de ella más tensamente contra él,
clavó sus muslos sin resistencia a la sábana. Él estaba duro, como siempre
parecía estarlo cuando estaba con ella. Pero no fue el dolor en su ingle lo que
guió sus acciones o le instó a cubrirla por completo. Era el deseo de poseerla, de
protegerla.
Ella se movió como si respondiera a su cercanía, su necesidad de saber que ella
estaba completa, ilesa, a salvo regresando de las tierras de los espíritus. Algunas
de las preocupaciones se relajaron en su pecho, estallando en una ola de calor
que le había puesto su boca contra la suya de nuevo, casi retándola para
despertar, para desafiar el futuro compartiendo su aliento y el espíritu con tanta
facilidad como ella le había convocado desde el reino de su padre.
El movimiento acabó con el momento. Zurael giró su cabeza y vio al hurón. Aziel
estaba en la puerta, valiente ahora donde él no había estado de acuerdo en
mostrarse antes delante de la ira de Zurael al encontrar a Aisling aún tan muerta
en el suelo.
Un golpe en la puerta y Aziel se giró, retirándose al salón. Reluctantemente
Zurael dejó el suave calor de la carne de Aisling, salió de la cama y se puso un
par de pantalones. Más de su tensión le dejó cuando sus cejas se juntaron y su
boca formó un fruncido por su ausencia.
Se forzó a salir de la habitación para responder a la puerta de entrada. Era
Nicholette.
Su mirada fue detrás de él, en busca de Aisling, luego al hurón, quien se lanzó a
sí mismo al alrededor de sus tobillos como un gato antes de desaparecer en la
casa. Cuando Zurael no llamó a Aisling, ella dijo, - Traje pan fresco y verduras de
nuestro jardín. No es suficiente, no es suficiente para lo que Aisling hizo. Pero es
todo lo que podamos de sobra. Nos vamos de Oakland.
Los nudillos de Nicholette estaban blancos donde sus manos agarraban la
grosera arpillera. Ella le ofreció la bolsa y él la tomó.
- Por favor, dile que nunca de buen grado hablaremos de lo que pasó. Dile que
nadie sabe que Nicholas está a salvo. Su cliente nunca aceptará que su precioso
hijo trajo su propia muerte. Si ella se entera de que Nicolás está vivo, le culpará y
encontrará una manera de tenerlo detenido.
El miedo se instaló como el hielo en el pecho Zurael. El miedo le tentó para
preguntar cómo Nicholas llegó a estar vivo y libre mientras que el hijo de su
cliente había muerto. La precaución mantuvo sus labios sellados. Si Aisling había
convocado a otro Djinn. . .
Aziel regresó, trayendo el collar de Nicholette en su boca. Su preocupación se
desvaneció. La risa y el calor brillaba en sus ojos, poniendo de relieve su
exquisita belleza y rasgos delicados. Era impresionante, aunque Zurael no la
deseaba físicamente.
Nicholette se arrodilló y tomó el collar de Aziel. Le acarició la cabeza y la espalda
por un buen rato antes de deslizar la cadena en su cuello y se puso de pie.
- Tengo que irme ahora.
- Transmitiré tus mensajes.
Nicholette echó una última mirada a Aziel, luego se giró y se alejó de prisa.
Zurael la miró durante unos pocos minutos, sintió los ojos invisibles de los
vecinos notando su presencia, pero incluso eso no podía sacarlo del helado
presentimiento de sus propios pensamientos.
Regresó a la habitación, intentó despertar a Aisling, exigiendo respuestas. Pero la
vista de ella tirada en el centro de la cama, las mantas pateadas para revelar los
muslos abiertos y senos rosados le distrajo. La lujuria quemó, tan rápido y
peligroso como un destello de fuego.
Zurael cruzó la habitación y se despojó de sus pantalones sin ser consciente al
hacerlo. Su polla era una cresta dura a lo largo de su abdomen, sus testículos un
peso pesado y completo.
Él no cedería, se dijo mientras se arrodillaba en la cama junto a ella. Pero
entonces agitó las pestañas, se separaron, y él fue capturado en la sombra azul al
violeta, en un torbellino de deseo que él no pudo resistir.
- Zurael, - susurró, y él respondió a su llamada, respondió al sutil arco de su
espalda apoyándose sobre ella.
Con un gemido, se agarró a un pezón, succionándolo y mordiéndolo cuando ella
se giró y retorció, se movía con su pecho pegado sobre su rostro. Ella capturó los
mechones de su cabello y tiró de él hacia abajo hasta que ella pudo presionar la
boca en su carne.
El deseo del afilado afeitado pinchó a través de él cuando ella le mordió su
pezón. Sus caderas tiraron con cada toque de su lengua, cada succión, y habría
entregado su semilla si ella no hubiera tenido su polla en la mano, ahuecando sus
testículos y evitando la liberación con el tenso agarre de sus dedos.
- Aisling, - dijo jadeando, e hizo lo impensable. Él cedió su poder a ella.
Sometiéndose recolocarlos para que él estuviera tumbado sobre su espalda y ella
arrodillada, sus rodillas sobre el colchón cerca de su cabeza, su boca pecadora
besaba hacia abajo, hacia su pene palpitante.
Él palmeó sus pechos. Torturaba sus pezones y besó la sedosa piel de su vientre,
bañada en el aroma de su excitación cuando él se presentó con sus labios
calientes más abajo.
Un estremecimiento se apoderó de él cuando su boca capturó la cabeza de su
polla. Él no suplicaría, se dijo a sí mismo, que ella sería la que rogaría.
Sus manos abandonaron sus senos a fin de acunar sus nalgas. Él presionó sus
labios para suavizar, plegar los hinchados. Sondeó su núcleo húmedo con su
lengua.
Ella se resistió, gimió. Tomó su pene entre sus labios y envió un rabioso placer a
través de su eje y supo la profundidad de la mentira que se había dicho a sí
mismo.
Su nombre se convirtió en una súplica en sus pensamientos como hambre líquido
consumiéndole. Sus caderas se sacudieron, elevando el colchón en el ritmo de la
urgencia.
Su polla luchó por avanzar más profundo, pero sus manos lo impidieron. Si ella
hubiera preguntado, él habría hecho cualquier cosa que ella quisiera si solo le
tomase más allá en su boca, si solo le llevara a terminar.
Un alma que tragaba la lujuria lo tenía en sus garras. Él estaba consumido por un
carnal reclamo que nunca se había permitido con otro Djinn.
La belleza frágil, delicada de Aisling era una trampa de la que él no podía
escapar. Cuanto más pensaba en poseerla, más le poseía convertirse.
Su lengua apuñaló a través de los húmedos pliegues, lamió la pequeña cabeza de
su clítoris. - Aisling, - susurró, y casi lloró cuando finalmente ella le dio lo que
anhelaba más allá de cualquier otra cosa.
Ella le tomó más profundamente. Le acarició con su lengua. Ella le succionó
hasta que su mente era blanco calor y los gritos de insoportable placer cuando el
orgasmo lo reclamó.
Se sentía sin huesos debajo de ella. Los ecos de su liberación se estremecían a
través de él, pero tuvo la presencia en su mente y la disciplina para devolver lo
que ella le había dado, enviarla al borde con su lengua.
Ellos se ducharon y vistieron. Zurael esperó hasta que Aisling estuvo en la
cocina, tirando rebanadas de pan y verduras frescas cosechadas de la bolsa de
arpillera que había dejado en el mostrador, antes de que la atrapara entre sus
brazos.
De alguna manera él resistió la urgencia de presionarse contra ella, para perderse
en el calor sofocante y dulce de su encanto.
- Nicholette estuvo aquí. Ella y su hermano se van de Oakland sin decirle a
nadie que él está vivo. Ellos quieren que sepas que nunca revelarán
voluntariamente lo que hiciste. - Su voz se convirtió en apenas más de un
gruñido. - ¿Qué nombre llamaste anoche, Aisling? ¿A quién convocaste?
- Irial.
Zurael se puso rígido con la sorpresa. El miedo por ella congeló el aire en sus
pulmones. Eso hizo que su corazón tartamudeara y perdió un latido.
Aisling se giró y situó sus manos sobre su pecho. Los tranquilos ojos azules se
encontraron con la fusión de oro de su furia. - Él me habría matado si hubiera
podido. Tenía la intención de hacerlo. Pero cuando vio a Aziel en mi hombro, su
ira desapareció por completo. Me preguntó si confiaba en Nicholas con mi vida
desde que había sido testigo de todo. Cuando le dije que sí, Irial accedió a liberar
a Nicholas. ¿Qué pasó después de eso?, no lo sé. No me podía quedar por más
tiempo.
Zurael empujó a Aisling en sus brazos y frotó su mejilla contra su sedoso pelo. La
esperanza aumentó donde el temor había estado. Si la Casa de los Cuervos se
quedaba con él acerca de perdonar la vida de Aisling. . .
Se estremeció cuando ella presionó besos en su pecho. Su polla se endureció, y
sentía su sonrisa contra su piel, respondiendo con una propia. Un golpe en la
puerta le evitó urgirla a sus rodillas o tomarla contra el mostrador. Él retrocedió,
pero la siguió hasta el salón.
Raisa estaba de pie en el porche. Los ojos afilados de pájaro brillaban cuando
vieron el pecho desnudo de Zurael y color extremo de Aisling. - Espero no
interrumpir. Vi a Javier esta mañana. Mencionó que habías dejado la tienda de
ocultismo para buscarle. Me tomé la libertad de hablarle acerca de nuestra visita
del otro día. Le dije que te había sugerido que fueras allí con tus preguntas. Él
está dispuesto a reunirse contigo para el almuerzo en mi salón de té. Como ya he
mencionado durante nuestra anterior visita, mi tienda ha sido siempre un lugar
seguro, una zona neutral para los afectados por lo sobrenatural. No hay forma de
llegar a Javier, pero él dijo que va a pasarse dentro de una hora, en caso de que
puedas hacerlo.
Aisling dijo, - No sé si puedo.
- Estoy segura de que Javier comprenderá si no puedes en tan corto tiempo. -
Miró a Zurael, luego a Aisling. - Nicholette no ha respondido a su puerta esta
mañana. Ocurrió algo...
- Aún hay esperanza, - Aisling interrumpió. O al menos había... Su voz se apagó,
dando la impresión de preocupación. - Si me disculpas, hay algunas cosas que
tengo que hacer antes de que sepa si puedo reunirme con Javier para el
almuerzo.
- Por supuesto.
- Maneja eso bien, - dijo Zurael momentos más tarde, cuando estaban en la
cocina. - Curioso que ella llegara esta mañana con una invitación y una pregunta.
¿Qué pasó anoche?
Aisling se lo dijo, aunque no lo ocurrido con Sinead antes o después de Aziel, y
no cómo ella había venido con el nombre de Irial. Cuando terminó, dijo, - Creo
que debería reunirme con Javier para el almuerzo.
Zurael la empujó en sus brazos. - Nos reuniremos con Javier para el almuerzo.
Ella puso su mano sobre su corazón y sintió su constante, latido tranquilizador.
- ¿Crees que es seguro para ti ir conmigo? Los libros en su tienda...
- Probablemente tiene muy pocos conjuros en los que sería peligroso para mí
incluso si se hace correctamente y por un poderoso hechicero.
El latido del corazón de Zurael se mantuvo estable, seguro, hasta que ella le
acarició su pequeño pezón masculino. Entonces eso saltó y corrió, enviando una
oleada de placer a través de ella.
Aziel salió de la sala de trabajo y se escabulló por la puerta. Aisling lo levantó,
comenzó a decirle que tenía que permanecer aquí, entonces lo pensó mejor,
cuando recordó la lección que él había previsto para ella cuando encontraron a
Nicholas.
Esta no es la trampa que esperaba, lo quería que tú vieras y comprendieras. No hay
hechizo aquí para captura a nadie que puedas convocar.
Él siempre había sido más sensible a la magia que ella, aunque ellos rara vez lo
habían encontrado cuando vivían con Geneva. Ella le sentó en su hombro. - Si es
una trampa, creo que Aziel nos avisará.
Por detrás de las ventanas con cortinas y las puertas con pantallas, Aisling sentía
a sus vecinos observándoles cuando pasaron. Los coches con chofer dejaban
clientes ricos, los conductores dejaban o recogían en el bordillo.
Ella se puso tensa cuando un jeep quedó a la vista. Fue a varios bloques de
distancia, pero el verde de camuflaje y marrón lo marcaba como perteneciente a
la guardia. El instinto, toda una vida de costumbre, la hizo meterse en el callejón
más cercano.
Zurael apretó los dedos alrededor de su muñeca, deteniéndola cuando ella se
apresuró a seguir. - No, - dijo, tirando de ella detrás de una pared de arbustos y
utilizando su brazo para atrapar su espalda a su frente.
El motor del jeep era distintivo. Se acercó, se redujo al pasar por el callejón, pero
no se detuvo. - Espérame aquí, - dijo Zurael antes de que la calidez de la carne se
convirtiera en un remolino, la brisa caliente.
Las hojas se levantaron, permitiendo a Aisling seguir su avance hasta que fue
más allá de la fila de arbustos. Ella se quedó sin aliento cuando regresó sin previo
aviso, la saludó con el toque de sus labios contra su cuello. - Ellos no
manifestaron ningún interés particular en tu casa.
- Cuando el padre Ursu me trajo aquí, me dijo que la policía y los guardias no
patrullaban esta área.
- Tal vez están buscando a Nicholette o a su hermano. O pueden estar aquí por
asuntos personales.
En lugar de volver sobre sus pasos a la carretera principal, continuaron por el
callejón y salieron a otros justo como ese, hasta que salieron a la calle que les
llevaría al salón de té de Raisa. Al pasar por la Casa Wainwright, la puerta se
abrió.
- Espera, - dijo Tamara. - Estábamos a punto de enviar a alguien con un mensaje
para ti.
Una mano apoyada en el vientre extendido de Tamara, mientras que la otra se
agarraba a la barandilla mientras bajaba los escalones del porche. La felicidad se
levantó dentro de Aisling. - ¿Tienes a Anya?
Tamara estaba sacudiendo la cabeza como llegó a ellos. - No. Hay un proceso de
aprobación, que principalmente requiere pago de tasas al gobierno y a la Iglesia.
En el momento en que se hizo y la pareja que enviamos llegó a la Misión, la niña
desapareció.
Aisling apenas podía respirar. - ¿Ido?
- Sí. La dueña no proporciona ninguna información sobre quién tomó a Anya o
donde fue llevada, hasta que la pareja que enviamos le recordó que era un asunto
de registro público y le dijeron que tenían la intención de perseguirlo. Luego,
admitió haber enviado a la niña a Los Baldíos, junto con algunos de sus
compañeros de juego, a alguna comunidad religiosa que afirma que existe allí.
- La Comunidad del Signo, - dijo Aisling.
La cara de Tamara se tensó. - Ese es el nombre que nuestros amigos han oído. La
dueña no tenía derecho a enviar a una niña a Los Baldíos, sin la aprobación del
gobierno, cosa que dudo que ella tenga. Está más allá de la zona regenerada de
Oakland. Todavía está considerada fuera de la ley.
Aisling se sentía afligida. Se preocupaba por Anya más que de los otros niños.
Ella había estado tan segura de que Davida no había notado que Aziel fue al
recinto de seguridad, llamando la atención de los símbolos que Anya había
dibujado. Tal vez fue una coincidencia. . . o más probable, dado el disgusto de
Davida por los superdotados, que ella no había sabido que Aisling estaba
interesada en una niña en particular.
En cambio, ella había enviado a Anya y a sus compañeros de juego lejos
pensando que era para salvarlos a todos.
- Levanna quería que te dijera que no vamos a renunciar. Estamos tratando de
obtener más información sobre la Comunidad del Signo y como podemos
encontrarlos en Los Baldíos.
- ¿Me lo dirás tan pronto como lo sepas?
- Sí. - Tamara hizo una mueca, cuando su hijo no nacido dio patadas. - Tengo que
volver adentro.
Aisling esperó hasta que estuvieron a cierta distancia de la casa antes de
detenerse y dirigirse a Zurael.
- Ellos irán a pie. Caminar con los niños y tener que permanecer en guardia les
hará más lentos. Incluso si se fueron esta mañana temprano, puedes alcanzarlos.
Y si su complejo está en el bosque pasando los Baldíos, serías capaz de seguirles
a casa.
- No puedo estar en dos lugares a la vez.
Sonrió a la fiereza que escuchó en su voz. - Confío en Raisa lo suficiente para
creer que estaré a salvo en su salón de té.
Él tomó su cara entre las manos. Sus ojos brillaban con duro pesar. - ¿Y cuando
regreses a casa, Aisling? Ya he fallado en protegerte una vez.
- No fue culpa tuya. - Ella vio que él iba a discutir, y lo impidió al poner sus
manos sobre su pecho, acariciando los músculos firmes y duros pezones. - Esta es
nuestra mejor oportunidad de encontrar de dónde viene Ghost. Cuanto más
tiempo lleve y a más gente preguntemos, más cerca estamos, más peligroso será.
Aisling sintió su tensión contra las palmas, y su resistencia. Ella sintió que él
luchaba contra la verdad de su lógica y, finalmente, cedió a ella.
- Prométeme que enviarás a Aziel dentro de la casa para asegurar que está vacía
antes de entrar.
- Lo prometo.
Sus manos apretaron su rostro. Sus ojos se clavaron en ella. - Quédate a salvo, -
dijo Zurael antes de liberarla y alejarse.
Aisling miró la posición del sol en el cielo y corrió hacia el salón de té. Se detuvo
en el perímetro de la tienda cuando las garras de Aziel se clavaron en su hombro.
Había mesas redondas fuera, rodeadas por una pequeña verja de hierro forjada
que parecía como si una vez pudiera haber rodeado un jardín antes de la guerra.
Palos de sombrillas se levantaban de los centros de mesa y una ligera brisa hacía
el aleteo del material suave.
Los símbolos estaban tallados en la puerta y en el camino de ladrillo rojo que
conducía a la puerta de entrada. Aisling echó una mirada, los reconoció todos
como niveles de conjuros contra el uso de la magia en el local. Sin embargo, ella
hizo una pausa, esperando alguna señal de Aziel porque sabía que a pesar de los
sellos que podía ver y leer, podía haber otros de los que no era consciente de que
podría compensar y permitir manipulaciones sutiles.
- ¿Aisling? - La voz de un hombre la llamó.
Volvió la cabeza. - ¿Javier?
Él era demasiado apuesto que en un parpadeo hacía difícil recordar lo que
parecía, o por lo que pensaba hasta que Aziel le hizo sangre con sus garras.
Entonces se dio cuenta de que Javier no sólo era el propietario de una librería
oculta, sino que era un brujo por derecho propio lo suficientemente fuerte como
para crear un hechizo de glamour para ocultar su apariencia o debilitarlo para
que él lo convirtiera en olvidable.
Aisling volvió la cabeza, lo suficiente para cepillarse la mejilla contra Aziel en
reconocimiento de su advertencia.
El hurón volvió su atención a la tienda de té y pió en voz baja, levantando y
bajando su cabeza como diciendo: sí, entonces se deslizó de su hombro y salió
huyendo antes de que Javier llegara a ellos.
- Espero no asustar a tu mascota, - dijo Javier, que ofreció su mano a Aisling.
Un pequeño temblor de nerviosismo pasó antes de que pudiera detenerlo. Los
fetiches le daban alguna medida de protección, pero la precaución había
gobernado durante tanto tiempo que todavía dudaba antes de tocar su mano. La
sonrisa de Javier llegó a sus ojos. Era encantador, convincente, memorable, como
si algo de lo que ocultaba el glamour se hubiera desvanecido, pensó Aisling,
aunque lo más probable era que había cambiado para otro propósito.
Llevó su mano a la boca y le dio un beso en la parte de atrás. - Mi asistente no te
hizo justicia, cuando te describió después de tu visita a la tienda. Eres
maravillosa. Esclavizas, incluso.
Aisling se tensó a su elección de palabras y el brillo astuto que había entrado en
los ojos. Sacó su mano de la suya y miró al salón de té.
- ¿Nos vamos? - Preguntó Javier.
Aisling le precedido a través de la puerta abierta de hierro forjado. - Me gustaría
sentarme aquí, - dijo ella, sintiéndose más segura al aire libre.
- Una buena elección. - Sacó una silla para ella cuando llegaron a una mesa. Se
deslizó en ella y escaneó el área más allá de la valla, pero no vio a Aziel.
Raisa salió de la tienda con los menús. Imágenes sencillas acompañadas de las
descripciones de las opciones alimenticias de una selección de sándwiches, frutas
y quesos adecuadas para acompañar el té. El té también estaba listado, pero
Raisa lo recitó en lugar de preguntar si Aisling podía leer. Cuando terminó de
hablar, Javier dijo, - Yo invito, por supuesto.
Aisling luchó contra el impulso de tocar los billetes de dólar doblados en el
bolsillo. - No. Yo pagaré lo mío.
- Una mujer independiente. Me gusta eso, - dijo Javier. - Pero sospecho que no
hay nada de ti que no encuentre encantador.
Su coqueteo la hizo sentir incómoda. El aislamiento de la granja en las afueras de
Stockton no la había preparado para tratar con esto, y la presencia de Zurael en
su vida lo hizo más desagradable de lo que hubiera sido de todos modos. Le
bastó la reacción de Aziel hacia Javier, y su propio recelo sobre los brujos y los
hechiceros que jugaban con la magia, para dejarla desinteresada en Javier,
además de la información que ella podía obtener de él.
Pidieron y Raisa entró en la tienda. Regresó el tiempo suficiente para traerles su
servicio de té antes de retirarse de nuevo. Aisling tenía problemas para encontrar
la mejor manera de plantear sus preguntas.
Javier se inclinó para hacer la suya. - Aubrey dijo que mencionaste a Ghost. ¿Que
te has encontrado con esto?
- Sí, - dijo Aisling, sabiendo que tendría que dar alguna información si esperaba
ganar algo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice. - Voy a admitir que lo traté. Una
vez. También he de admitir que estoy extremadamente agradecido de haber
sobrevivido a la experiencia. Pero estoy seguro de que lo entiendes mejor que yo,
y comprendes que Ghost es mejor que yo y tengo grandes motivos para temerle.
Aisling analizó a través de sus palabras, considerando los significados posibles.
Su tono era de conversación, pero sus ojos de intención.
- ¿Sabes de dónde viene? - Preguntó finalmente.
- No, y sospecho que sería muy peligroso acercarse demasiado a su fuente, ya sea
en este ámbito u otro. La potencia necesaria para crear una sustancia como
Ghost, que permite a los seres humanos sin talento semejante facilidad y acceso
directo a los reinos de lo sobrenatural. . . - Le dio un escalofrío dramático. - Sólo
puedo imaginar qué tipo de entidades están detrás de su creación.
Sus palabras sonaron con la verdad, bastante para que Aisling sintiera algo de la
tensión salir de ella. Raisa apareció con los alimentos y los dejó.
Aisling estudiaba a Javier mientras comían. Ella no podía estar segura, pero creía
que lo que fuera que ocultaba el glamour que le cubría había desaparecido al
pasar por las salas de vigilancia del establecimiento de Raisa.
Ella pensó que le estaba viendo como era en realidad, al menos físicamente. Era
atractivo, muy bronceado, como Zurael. Pero, dónde Zurael era un depredador
con una musculosa larga melena, Javier era delgado, el cuero cabelludo afeitado
y libre de rastrojos.
- Te encuentro muy atractiva, - murmuró Javier, como si estuviera leyendo sus
pensamientos acerca de su apariencia. - Creo que encontrarías que tenemos
mucho en común, si deseas pasar un tiempo conmigo. Y estoy muy interesado en
tu trabajo.
Miró hacia abajo, porque no quería animarle.
- Preguntaste por Ghost, - dijo Javier, llenando el silencio.
- Tengo curiosidad, comprensible dado el ancho rango de los libros que he
adquirido durante los años. Bajo ciertas circunstancias, ¿puedes invocar un
espíritu prolongado y requerirlo para poseer la cáscara física dejada vacía por
alguien lo bastante insensato para Ghost?
Las imágenes de Elena y Nicholas, los símbolos pintados en ellos, se levantaron
como un maremoto helado. Y esta vez algo de los recuerdos ancestrales fueron
liberados del subconsciente de Aisling.
Su piel hormigueó cuando se dio cuenta de la naturaleza de lo que el sacerdote
oscuro, o quizás más preciso, el hechicero oscuro, estaban intentando lograr.
Ellos no estaban haciendo una oferta a un Satán como a Dios. No estaban
haciendo un sacrificio humano para alimentar un hechizo o ganar poder. Estaban
intentando atrapar a un demonio en carne humana, donde su fuerza estaría
limitada aunque su conocimiento sería extenso. Sin preguntar que Zurael cazó a
su guía en su persecución.
La mano de Javier capturó las de ella, forzando sus ojos en los suyos. - Te he
sorprendido con mi pregunta. Y ahora te estás preguntando si tengo algo que ver
con el repentino levantamiento de victimas de sacrificio. Una pregunta
razonable, una que la policía me hace cada vez que encuentran un cuerpo estos
días.
Él hizo una mueca y se inclinó hacia delante, ofreciendo una confidencia. - Lo
que parecen olvidar, aunque estoy seguro que son conscientes de eso, o al menos
lo son en poder, es que pasé un gran tiempo de mi infancia en el tierno cuidado
de la Iglesia. La Iglesia en sí ayudó a tramitar los papeles para que abriera mi
tienda. ¿Qué mejor manera para monitorizar cuantos humanos sin talento están
apartados para saber que los pecaminosos leían material de interés para ellos?
Javier frotó sus dedos sorbe los nudillos de Aisling. Pero donde Zurael había
tocado envió un enfado líquido a través de ella, Javier hundió la barbilla
extendida con cada latido. Si él pensaba desviar sus sospechas, no lo mostró. En
su lugar se solidificó.
Ella se había preguntado si la Iglesia jugaba una regla en la abducción de Elena
cuando encontró la conexión entre eso y el hombre marcado que había vendido
Ghost a Elena y la tomó de Pecadores. Y ahora Aisling tenía otro enlace, este
entre la Iglesia y un hombre cuya tienda estaba visitada por humanos sin
habilidades supernaturales. Hombres como Anthony Tiernan, el sacerdote
oscuro que mató Zurael. Hombres como el hijo del cliente rico de Nicholas.
Aisling escapó del agarre de Javier cuando Raisa volvió a llevarse sus platos
vacíos y ofrecer el postre.
- Nada para mí, - dijo ella a través de los labios congelados, hurgando cuando
sacó el dinero doblado de su bolsillo y contando lo que ella pensaba que debía.
Fue un esfuerzo para Aisling controlar su deseo de escapar de la presencia de
Javier y correr a casa. Escaneó el área pasando el límite de la sala de té de hierro
forjado buscando a Aziel, a Zurael, y sin encontrarlos. Javier siguió el ejemplo de
Aisling y pagó su comida, también. Raisa persistió como esperando una
invitación a sentarse o leer las hojas de té. Cuando nadie lo hizo, se alejó
lentamente.
- No quería asustarte con mi confesión, Aisling, - dijo Javier, - pero
aparentemente lo hice y lo lamento por eso. - Una pequeña sonrisa curvó sus
labios. - Compartí un poco del conocimiento, mi conexión con la Iglesia, contigo,
porque esperaba facilitarte las cosas, para mostrarte que estamos metidos en un
aprieto seguramente peligroso que compartimos una indeseable conexión con la
Iglesia, uno que tenemos que manejar con gran cuidado dado sus recursos
financieros y políticos.
Aisling se forzó a calmar sus miembros. Se forzó a encontrar su mirada. Sus
apenas iris negros la hacían pensar en entidades que robaban almas que podían
encontrar en las tierras de los espíritus. Y en un momento de claridad se dio
cuentas que esto era una trampa real, la que había esperado que estaba
esperando por ella cuando fue a buscar a Nicholas.
- No confío en la Iglesia, - admitió ella, dispuesta a sonsacar a Javier, para
retrasar el momento cuando tuviera que dejar el salón de té, porque ahora el
camino a casa parecía más que traicionero.
- Eres inteligente por no confiar en ellos, - dijo Javier, relajado, pareciendo
aceptar que él se las había apañado para reducir su miedo. - Ellos tienen sus
propias agendas, una de las cuales es encontrar a Ghost, creo. No puedo
imaginar que se alegren con la posibilidad de tener su uso esparcido a través de
las clases ricas. Sin mencionar lo que esas voces de poder comenzarían a oír, y lo
que los susurros de la Iglesia no tardarían en ser oídos por ellos.
Aisling asintió, animándole a continuar. Ella creyó que la visión de Annalise
Wainwright era cierta y la Iglesia había enviado al shaman vampiro a su muerte
intentando encontrar Ghost. Ella sospechaba por la que Henri había perdido su
vida por la misma razón.
El razonamiento de Javier se mantenía con lo que ella sabía de esos cuyas vidas
se habían movido más allá de la lucha diaria para sobrevivir, pero ella
encontraría igualmente creíble que él estaba detrás de la creación de Ghost.
Se inclinó hacia delante y dijo, - Tengo miedo de que no pueda quedarme mucho
más. Es un peligro que venga como propietario de la tienda. No todos los
guardaespaldas sirven solo a la ciudad o a la Iglesia. Algunos están en el bolsillo
de las familias ricas y poderosas que recientemente han perdido a seres queridos
en ceremonias mágicas que han salido mal. Están buscando a alguien a quien
culpar y eso me hace un maravilloso objetivo. No estaba mintiendo antes cuando
dije que te encuentro atractiva, Aisling. Creo que podríamos estar bien juntos.
Javier levantó una mano para golpear su mejilla, pero por respuesta ella no podía
aguantar su caricia. Se apartó. Sus ojos destellaron, estrechándose, luego
lentamente llenos con especulación. Su voz descendió a un susurro. - ¿El
demonio que te acompañó a mi tienda te sirve con tanto gusto, mata por ti tan
conforme, porque le has esclavizado con sexo, quizás incluso amor, Aisling? Es
un juego peligroso jugar con un demonio. Me pregunto si estás igual de
atrapada.
Aisling hizo lo mejor para esconder la alarma que sintió. Se negaba a reconocer
su referencia a Zurael.
Javier sonrió y se apoyó en su silla. - Conseguir acceso a tus talentos especiales
me interesan más que acceder a tu cuerpo. Estoy contento de no compartir nada
más que una relación de trabajo contigo.
Su absoluta confianza le puso de los nervios. Cada instinto gritaba que estaba en
la presencia del hombre que había orquestado las ceremonias oscuras, el hombre
que Zurael cazaba.
Aisling dudó que Javier admitiera su culpa, pero no se alejó. - No trabajaré
contigo. Esos que practican magia negra e intentan ganar poder con sacrificios
humanos están malditos por la oscuridad, llenando de horror los lugares en las
tierras fantasma.
Las cejas de Javier se levantaron. - ¿Estás diciendo que tienes miedo por tu alma?
Me imaginaba que ya había un lugar en el infierno para ti, al lado de tu amante
demonio.
Él abrió su chaqueta. De un profundo bolsillo interno recuperó la figura que
había estado detrás de la encimera de la tienda. Su pulgar golpeó el cristal rojo de
su frente. - Mi asistente erróneamente pensó que esto reaccionaría a tu presencia.
No la desengañé de la idea. Es un viejo artefacto, mucho antes de la civilización.
Antes de La Última Guerra pasaron siglos en las manos de varios coleccionistas
privados, todos los que ganaron su posesión a través de asuntos ilegales. Creo
que fue originalmente relegado a un almacén en un museo después de ser
encontrado por arqueólogos, aunque desapareció poco después y fue vendido en
el mercado negro. Si hay un puñado de esas estatuillas aún existiendo, lo
comprobaré. Será igualmente comprobado si un puñado de personas lo
reconociera y comprendieran su propósito real. No tengas duda de adivinar,
pero te lo diré de todas formas. Los humanos con talentos y los que no tienen
talentos igual, siempre lo han llamado seres de otro mundo. Ángeles, dioses,
demonios, diablos, llámalos como quieras, a través del ritual de sacrificio,
ceremonia o rito, oración y encantamiento, hemos intentando conseguir su
ayuda, obligando su ayuda. - Los ojos de Javier brillaron. Su pulgar otra vez
golpeó la oscurecida gema en la frente de la estatuilla. - Esta estatuilla en
particular fue usada por sacerdotes. Servía para avisarles cuando cualquier
espíritu malévolo estaba presente, seres que la Iglesia catalogaría como
demonios. Imagina mi sorpresa cuando además de los conjuros de protección de
mi tienda contra semejantes entidades, destellaron cuando entraste en la tienda
acompañada por uno de ellos caminando por ahí a la luz del día en forma
humana.
Él colocó la figurilla en la mesa entre ellos. - ¿Sabes lo que les ocurre a esos que
son encontrados culpables de consorte con demonios? Son marcados, y a pesar
del sexo se convierten en juego justo, aunque las mujeres sufren más que los
hombres. Después de todo, si alguien esta de acuerdo en mentir a un demonio,
entonces ¿cómo pueden protestar por el sexo con un humano, consentido o no? -
Su sonrisa se convirtió en depredadora. - Creo que comprendes ahora por qué
tengo tanta confianza en que estaremos trabajando juntos. La Iglesia no te
protegerá. Eres un poco más dispensable para ellos como lo era Henri. De hecho,
eres algún incordio para ellos. Aquí eres otra conociendo hechos. Como
mencioné cuando nos sentamos para comer, pasé un gran tiempo de mi infancia
en el tierno cuidado de la Iglesia, la mayoría de este con el Padre Ursu, quien vio
la naturaleza oscura de mi alma, leyó mi aura y la fuerza de mis talentos
inherentes, entonces intentó limpiarlo.
El estómago de Aisling se retorció. Recordó al Padre Ursu cerrando sus ojos en el
pasillo de las granjas como si parecía irse a otro sitio para asegurarse que ella era
la única que él debería tomar de Oakland. Pensó en su interés en Aziel y se
preguntó si él había visto el aura de un demonio.
Si sus sospechas eran ciertas sobre que la Iglesia estaba detrás de la abducción de
Elena, y si los vampiros tenían razón sobre que la Iglesia tenía miedo de ir
abiertamente detrás del que fuera responsable de Ghost, ¿ellos la habían usado,
sabiendo, esperando, que invocara a un demonio si encontraba a Elena en el
momento de evitar que fuera sacrificada? ¿Era un examen para ver si podía
acostumbrarse hacer algo que ellos no podían? Y si ella tenía éxito, ¿sería
marcada, puesta a morir por ser consorte de demonios, por estar mancillada por
un demonio?
Javier se puso de pie abruptamente, sacando a Aisling de su horror privado. Él
capturó su cara entre sus manos antes de que ella pudiera evadirle. - Necesito
que estés a mi camino ahora, pero me pondré en contacto pronto. Lo que he
dicho da que pensar, Aisling. Estoy seguro que verás los beneficios de nuestras
fuerzas unidas. Imagina lo que podríamos ganar si incluso un puñado de ricos y
poderosos pierden sus almas en Ghost, o permanentemente por esa cuestión,
mientras en sus cuerpos se alojan entidades que tú y yo podemos ordenar. - Sus
manos se apartaron de su cara. Levantó la figurilla. - Solo un aviso amistoso, si
realmente te importa tu amante demonio, no le envíes detrás de mí. Estoy bien
protegido.
Javier se giró y se fue al área del patio. Cuando caminó más allá de la valla de
hierro forjado marcando los límites de la sala de té, miró a la figurilla como si
comprobara la presencia de un demonio, luego se alejó corriendo.
Aisling se estremeció. El miedo congelado cambió de rumbo a través de ella,
propulsando el latido de su corazón más rápido.
- ¿Tuviste una buena visita? - Preguntó Raisa, sobresaltándola.
- Sí, - dijo Aisling, y de alguna manera se las arregló para sonar tranquila debajo
del escrutinio de pájaro de los oscuros ojos de Raisa.
Aisling se puso de pie. - La comida estaba maravillosa, como el té. Gracias.
Raisa asintió pero no alcanzó los platos de las mesas. El silencio colgó entre ellas,
demandando ser llenado con confidencias, pero Aisling no estaba tentada. Dijo
adiós y se fue.
Los nervios la arrastraron cuando corrió hacia su casa. A pesar de tener que ver
al guardaespaldas antes, Aisling se preocupó por lo que estaría esperándola en
los callejones más que preocuparse por estar fuera a la intemperie. Sus
pensamientos corrieron. La comida con Javier había jugado una y otra vez en su
mente.
No hubo señal de Aziel. No pudo evitar sino pensar que él había sentido de
algún modo la figurilla en posesión de Javier. Había sabido que el cristal
destellaría en su presencia y confirmándola sus sospechas sobre sus orígenes
demoníacos.
La preocupación por Zurael retorcía el estómago de Aisling. Ella no podía
esconderle lo que había aprendido. Y cuando se lo contara, él cazaría a Javier.
Giró la esquina y paró a la vista de un coche aparcado delante de su casa. Era
negro, las ventanas tintadas. Desde esa distancia ella no podía determinar si
pertenecía a la Iglesia o si era con el que Elena había llegado. La indecisión la
dejó sin movimientos. La falta de lugares seguros iba a evitar que se girara y
corriera.
El conductor abrió la puerta. Un hombre emergió del coche como si saliera de las
páginas de uno de los libros de historia de Geneva. Llevaba un traje marrón con
un sombrero de hongo a juego, como Marcus en las tierras de los espíritus
cuando ella había ido a buscar al amante de Tamara. Aisling supo en un latido
que él había venido a recoger la deuda de las tierras fantasma. Y bastante
extraño, el pensamiento la tranquilizó.
El hombre se quitó su sombrero y asintió respetuosamente cuando ella le
alcanzó. - Soy Marcus, enviado para recogerla, señora. - Él la cogió por sorpresa y
sonrió cuando situó el sombrero de vuelta en su cabeza. - El Amo nos llama a
todos Marcus, después de un sirviente favorecido cuando era un niño. Dice que
es más fácil de todas formas. Ningún otro nombre y hemos sobrevivido a nuestra
utilidad hacia él y lo sabe.
Aisling tomó el papel de él y lo abrió. Ella encontró lo que había estado
esperando, un simple símbolo, el mismo que Marcus le había entregado en las
tierras de los espíritus que la había mostrado dentro de su sombrero de hongo.
- ¿Necesitamos irnos ahora? - Preguntó ella. No había señal de Aziel, y Zurael no
estaba de regreso de su búsqueda de los Baldíos.
Marcus tiró de un reloj de bolsillo dorado. Una vieja pieza antigua cayó en su
mano. La miró.
- Tenemos unos pocos minutos, lo justo, antes de que tengamos que estar de
camino. No se preocupe por la comida. La cocinera le servirá. Pero tengo miedo
de no ser capaz de conducirla a casa hasta después del anochecer de mañana.
Aisling miró su puerta delantera, recordando su promesa de enviar a Aziel por
delante de ella. - Necesitaré ropas. Y dejar una nota. ¿Podrías entrar conmigo?
Marcus guardó el reloj en el bolsillo. Toda afabilidad dejó su cara. - ¿Hay algún
problema?
- Sí.
- Entonces debo insistir en ir primero para asegurarme que es seguro. El Amo
estaría disgustado si algo le ocurriese. No es que lo tolere tampoco, señora.
Él alcanzó debajo de su asiento. Aisling medio esperaba que sacara una pistola
pequeña prohibida. En su lugar él liberó una porra de madera.
Marcus deslizó el bucle de cuerda sobre su muñeca, luego golpeó la palma de su
mano como el macho del club antes de asentir, aparentemente encontrando el
arma satisfactoria. Él la siguió hacia la puerta delantera y esperó mientras ella
abría las puertas, pero entonces insistió en permanecer agachada mientras él
entraba.
Unos pocos minutos después emergió y agarró la puerta abierta para ella. Un
tirón del reloj de bolsillo otra vez. - Tengo miedo de que vayamos a llegar tarde
si no nos vamos rápidamente.
Aisling corrió a su dormitorio para recoger un cambio de ropas y algo para
dormir. Marcus se aclaró la garganta. - El Amo no esperará que esté vestida en
un pantalón para una fiesta declarada. Comprende que ha llegado recientemente
a Oakland. Pero quiere empaquetar lo mejor para la cita de esta noche.
- Gracias, Marcus.
- Mi placer, señora.
Aisling empaquetó sus ropas, luego fue a la cocina para buscar en los cajones la
libreta de papel que pensaba que había visto allí. Estaba debajo de la toalla
deshilachada de los platos y amarillenta por la edad.
Un lapicero estaba allí, también, con la punta rota. Ella usó el cuchillo para
afilarlo.
Había demasiado para contar a Zurael, nada de lo cual quería dejar escrito.
Dudó, el lapicero señalaba el papel, y preguntó, - ¿A dónde vamos?
Marcus sacudió su cabeza. - No tengo libertad para decirlo. ¿Está dejando una
nota para alguien que te importa?
- Sí.
- Entonces asegúrale que su seguridad física está garantizada. Como mi
equivalente dijo cuando pegó este trato con usted, esta noche este trabajo supone
la tarea de un shaman que no significa que sea difícil o peligroso. Comprende
que no podemos ofrecer seguridad cuando viene el uso de su talento. Pero lo
mejor de nuestras habilidades no se verán dañadas viniendo a usted.
Aisling asintió comprendiendo y aceptando. Tenía que limitarse a decirle a
Zurael que estaba pagando una deuda contraída y le vería por la mañana.
Solo cuando se dirigieron al Puente Bay y San Francisco se avecinó sobre ellos se
puso de los nervios como una ráfaga de viento helado. De repente las referencias
al Amo tomaban un significado helado, como la ropa que llevaba Marcus, ropas
siglos y siglos pasadas de moda. Él frenó en una parada en la cabina de guardia.
- ¡Autorización! - Espetó el guardia.
- Por supuesto.
Marcus sacó un trozo de papel de su bolsillo y se lo entregó al guardia, pero no
antes de que Aisling viera el verde del dinero impreso agarrado firmemente en la
parte de atrás del bolsillo. El guardia deslizó los billetes en su manga cuando
agarró el papel debajo de un escáner. Cuando el escáner pitó, le devolvió el papel
a Marcus.
- Todo está en orden. Por ley debo recordarle que bajo los términos del pacto
entre Oakland y San Francisco, el puente cierra desde el anochecer hasta el
amanecer.
Tan pronto como salieron de la cabina, Aisling dijo, - Marcus, ¿sirves a un
vampiro?
Capitulo 13
- Sí, señora, sirvo a un vampiro. Pero al menos hace algo extremadamente tonto,
lo cual no me puedo imaginar haciendo semejante corta relación, su seguridad
física está garantizada.
Aisling frotó sus palmas congeladas contra sus pantalones. Cien preguntas
atestaban sus pensamientos, corriendo a través de su mente con el latido de su
corazón.
En forma astral ella había sentido la presencia de un vampiro un par de veces,
pero nunca había visto uno, nunca habló con uno, ni en forma corpórea ni en
forma no corpórea. Lo que sabía de ellos lo había conseguido de chismorreos y
libros, de cuentos exagerados y recuerdos apagados de la gente mayor de edad
que visitaba con Geneva.
- ¿Cuánto tiempo le ha servido? - Preguntó Aisling.
Marcus la miró cuando alcanzaron el medio arco del puente.
- Varios cientos de años.
Aisling jadeó. Ella estudió su cara y él preguntó, - ¿Dónde vivía antes de
Oakland?
- En una granja fuera de Stockton.
- Ah, eso lo explica entonces. Hay muy pocos vampiros en esa área. Está
dominada por humanos, sin talento y fuertemente influenciados por la
organización religiosa como recuerdo. Me aventuraré en una adivinanza y le diré
que nunca ha pasado algún tiempo en la compañía de los vampiros.
- Nunca he conocido a uno, - admitió ella.
- Bueno, entonces, si no piensa en mi oferta como un pequeño consejo, solo trate
a los vampiros que conocerá esta noche de la manera que trataría a cualquier otro
cliente, es más seguro no mezclar asuntos de negocios con los sociales. Una vez
que la línea esté cruzada, las expectaciones cambian y las cosas se convierten en
un poco más engañosas para navegar. A ellos no les gustan las conversaciones
holgazanas y no apreciarán algunas preguntas no pertenecientes a la tarea que
está haciendo para ellos. No puedo hablar por los vampiros de los demás
lugares, pero los que reclaman San Francisco se adhieren a estrictos códigos de
privacidad y silencio. Mencionaré al Maestro de dónde ha venido. Él pasará la
palabra discretamente, aunque probablemente es innecesario. Ellos no esperaban
que comprendiera ni las rudimentarias reglas de su sociedad.
- Gracias, Marcus.
Él levantó una mano y dio a su mano una palmadita. - Lo hará bien, señora.
- Aisling.
Él se rió. - El Maestro tendría mi corazón si fuera tan informal con usted mientras
estoy sirviendo como guardia y chofer.
- Marcus, ¿realmente le ha servido durante varios siglos?
- Sí, efectivamente.
- No eres un vampiro.
- No. No estoy seguro de querer dar ese paso incluso si el Maestro pensara que
me habría ganado el privilegio de que me ofrecieran un lugar en su familia más
allá de sirviente. - Él miró a Aisling. - No debería decir mucho sobre eso, pero
dado su línea de trabajo, creo que puede comprender cuán difícil es para un alma
no conseguir moverse hacia delante después de la muerte. Algunas veces el
cuerpo se reanuda pero solo es una cáscara que tiene que ser destruida antes de
que algo más tome residencia en él. En otros tiempos no había un destello de
vida después de que el corazón parase por primera vez. La sangre no es lo
suficientemente fuerte para conseguir avanzar otra vez. Así que muchos no
pasan a través del cambio. Pero me imagino que es la manera en la que tiene que
ser. El mundo estaría invadido de vampiros si cada persona viviera a través de
eso. Y algunas líneas familiares tendrían un mejor ritmo de nacimientos que
otras.
Aisling miró por la ventana cuando la ciudad se aproximaba. Ella podía adivinar
la naturaleza del servicio a la que sería requerida para actuar pero no quería
examinarlo demasiado de cerca. - ¿Conoció al shaman de San Francisco?
Marcus bufó. - Un trozo del trabajo que era. Más ego que talento, pero alguna
habilidad es mejor que nada. Eso es lo que le mantenía vivo, aunque tanto como
se ninguna de las familias más poderosas le usaban. No le querían capitalizar por
su nombre, sospecho. No si una y otra vez de eso y no te pregunto para que de
detalles, pero ni los sirvientes de los vampiros hablamos. Ellos susurran que la
Iglesia le trajo aquí y sobrevivió a cualquier tarea que le dieron, donde su propio
shaman no lo hizo. Lo hará bien con los vampiros. Deles trabajo honesto y no
tomarán consecuencias contra usted si eso no termina de la manera que ellos
esperan. Como dije antes, ellos comprenden los negocios.
- Dio el dinero al guardia para que pudiera traerme a San Francisco sin que nadie
lo supiera, - adivinó Aisling.
Marcus se rió. - Exactamente cierto. El Maestro fácilmente podía haber arreglado
la autorización para que pudiera atravesar el puente, pero prefiere mantener sus
asuntos en privado.
El coche dejó el puente y entró en la ciudad. El silencio se asentó a su alrededor
como una manta cómoda cuando Aisling entró en sus alrededores. A diferencia
de Oakland, aquí no veía edificios quemados por fuera o restos carbonizados de
vehículos. Había un gran espacio donde los edificios una vez habían estado de
pie, pero estaban libres de escombros. Las residencias y las tiendas estaban de pie
de lado a lado en algunas calles pero estaban completamente separadas unas de
otras.
Marcus fue reduciendo la velocidad y giró. - Esto es Telegraph Hill. Los
ancestros del Maestro se establecieron aquí en los ochocientos, volvieron cuando
eran completamente humanos. Ellos han mantenido una presencia aquí desde
entonces.
Encima de la colina las casas eran más pequeñas y agrupadas juntas. Cuando
subieron, había menos casas. Y estas estaban escondidas detrás de paredes de
piedra o densos y altos arbustos. Cerca de la cresta de la colina Marcus giró
entrando en un camino de entrada. Las pesadas puertas se abrieron para revelar
una enorme casa. Cuando condujo hacia la parte de atrás, dijo, - El Maestro está
pasado de moda. Los sirvientes y los comerciantes tienes su propia entrada. Es lo
mismo con las familias poderosas, solo tienen una entrada a un lado para los
pedidos, también.
Marcus frenó para una parada. - Ahora, quédese quieta. Se ajusta para que abra
la puerta para que usted de su talento especial.
Aisling se pilló sonriendo. Incluso después de su experiencia en la biblioteca,
confiando en Cassandra solo para darse cuenta después de que la librera
probablemente estaba espiando para la policía o guardias, cuando vino Marcus,
el recelo no podía conseguir alguna compra. Ella amaba y confiaba en él, el cual
la hacía entrar en la guarida del vampiro una aventura más allá de una pesadilla.
Los muebles estaban pasados de moda, las alfombras poco iluminadas. Pesadas
cortinas cubrían las ventanas en las habitaciones por las que ellos pasaban.
El pasillo acababa en una T. Marcus señaló hacia la izquierda, donde una puerta
estaba de pie abierta al final. - Cuando tenga hambre, esa es la cocina. El cocinero
espera por usted. Ahí un rincón para comer allí o puede hacer como muchos de
nosotros hacemos y comemos en la encimera si eso quiere.
Ellos giraron a la derecha, luego a la derecha otra vez en el siguiente pasillo. A
medio camino él paró delante de una puerta y la abrió. - Estos son sus aposentos.
Marcus caminó a un lado, permitiendo a Aisling entrar primero. Él la siguió y la
indicó una cuerda. - Si necesita algo, tire de esto y una sirvienta vendrá.
Aisling apenas le oyó. Su atención estaba fascinada en el equipo de TV.
- ¿Funciona?
- Sí, por supuesto. Conseguimos cadenas locales tan bien como alimentos nuevos
nacionales. La cocina le preparará una bandeja si decide querer quedarse en su
habitación y ver la TV.
- Podría solo hacer eso, - dijo Aisling, a penas capaz de contener su excitación. Se
giró hacia Marcus y tocó su brazo. - Gracias por hacer esto más fácil para mí.
Marcus se quitó su sombrero. Su cara se sonrojó. - Mi placer, señora. Volveré a
por usted cuando el Amo esté listo para verla. Parece como si estuviera contenta
de quedarse. Sería mejor si no sale a explorar.
- No voy a ir más lejos de la cocina.
- Bien. La dejaré entonces.
El tiempo pasó en un giro de escenas cambiando cuando Aisling miraba la TV.
Ella no se había dado cuenta del hambre que tenía por información hasta que
estaba por consumirla. En casa la radio a menudo estaba encendida cuando iban
a sus coros. Y de vez en cuando, Geneva lo cambiaba por partes de televisiones y
conseguía un equipo en el salón, pero incluso así, la elección de programas
parecía tan limitada como la del lapso de vida de la TV.
La hora de la cena vino y se fue sin que lo notara, hasta que una llamada en la
puerta reveló a una mujer corpulenta en un delantal de cocina llevando una
bandeja de comida. - Marcus dijo que debería traerle esto. El Amo se ha
levantado. Aún está tomando su sustento. - Los ojos de la cocinera fueron a la
cama. - Y algunas veces eso lleva un par de horas de demora si sabe lo que quiero
decir. Pero mejor coma la cena y prepárese para ser convocada. Marcus estará
por aquí cuando el Amo quiera verla.
Aisling le agradeció a la cocinera y tomó la bandeja de comida. Después comió,
se puso el mismo largo y modesto vestido negro que había llevado puesto la
noche en la que el Padre Ursu la trajo de Oakland.
No parecía el mismo en ella. Cuando los llevaba puesto antes, se había sentido
solitaria, reducida, indefensa y asustada. Pero esta noche, la escueta simplicidad
parecía enfatizar su pelo rubio y sus ojos azules.
- ¿Lista, señora? - Marcus preguntó desde la puerta, haciéndola sonrojarse al
haber estado tan absorbida estudiando su imagen que no le había oído entrar.
El mobiliario creció más elegante cuando se movieron desde el área de los
sirvientes a la casa del Amo y su familia. Aisling habría adorado hacer a Marcus
preguntas, pero tomó su entrada y permaneció en silencio.
Finalmente él paró y la condujo a un asiento de la habitación hecho en terciopelo
rojo oscuro. Las gracias de las paredes, el sofá y las sillas, colgando delante de las
ventanas pesadas cortinas.
- Bueno, acércate, chica, - dijo una voz irritada, conduciendo sus ojos a un viejo
hombre arrugado sentado en la profunda sombra en una silla llena. Él movió su
mano. - Ven, chica. No voy a morderte, sin conocerte primero de todas formas.
Aisling obedeció. Su corazón latía, más por inseguridad que por miedo. El
vampiro delante de ella no era como se lo había imaginado. Golpeó su bastón en
el suelo de madera, y ella creció en aprensión cuando él pudo oír su mente
cuando dijo, - ¿Crees que todos los vampiros se mantienes en la flor de la vida?
- Creo que eres el primero que ha conocido, señor, - dijo Marcus desde la puerta.
- Hasta recientemente ha vivido en el área de Stockton. - Primitivo, lugar de agua
muerta. - El Amo se levantó de su silla con la ayuda de su bastón. - ¿Aún están
allí sin progreso, chica?
- Tienes miedo de los supernaturales y los humanos no son bienvenidos con
talentos de otro mundo.
El Amo bufó. - Ese lugar ha sido un sobaco durante siglos. - Su mirada viajó
sobre ella, pasando por el vestido antes de levantarla para arponear a Aisling con
ojos astutos. - Lo harás bien, creo. - Cambio su atención hacia Marcus.
Marcus dijo, - El coche está listo, señor.
- Bien, bien. - El Amo golpeó su bastón contra el suelo dos veces para puntualizar
sus palabras.
- Nos vamos pues. No puedo mantener a Draven esperando.
El hombre viejo se movía como un hombre joven a pesar de la frágil apariencia.
Salió al vestíbulo, el bastón era un accesorio y no una necesidad, y forzó a Aisling
a correr detrás para alcanzarle.
Una docena de preguntas vinieron a su mente, poniéndose una sobre la otra
hasta que sacudió su cabeza para tranquilizarlas antes de subir a la parte de atrás
de una larga, lustrosa y gris limusina y tomó asiento delante del Amo.
La curiosidad mantenía su miedo a los límites cuando Marcus le llevó a un
estado rodeando las paredes. Pero girando deprisa cuando vio el emblema
esculpido en las puertas de pesado metal. Una serpiente agarraba una manzana
en su boca. Desde un punto detrás de su cabeza para comérsela antes de que la
punta de su cola, los tres segmentos de su cuerpo formando una S estaban
atravesados por una flecha.
- ¿Reconoces el símbolo? - Preguntó el Amo.
- Pertenece a la familia vampiro reinante en San Francisco.
- Eso es. - Sus ojos cogieron y agarraron los suyos. Se inclinó hacia delante
abruptamente y advirtió. - La Tassone no es una familia para frustrar. Recuerda
eso.
Ella asintió porque parecía que se esperaba de ella. Luego el coche paró y Marcus
estaba allí, abriendo la puerta.
Desde la oscuridad dos hombres aparecieron de ningún lugar, su llegada tan
sigilosa que Aisling supo que ambos eran vampiros. Sin una palabra escoltaron a
Aisling y al Amo a la casa, un guardia delante y uno detrás.
La riqueza increíble encontró a Aisling de todas partes a donde mirase. Trabajo
manual bendecían las paredes. Figuras adornaban las superficies de madera
delicada del antiguo mobiliario, mientras estatuas más largas, ninguno en un
pedestal, servían como puntos focales. Pero fue la librería que pasaron lo que la
hizo coger su respiración y hacer sus pasos más lentos durante un instante.
- Draven os verá ahora, - les dijo el vampiro que les guiaba, parando en una
puerta abierta.
El vampiro situado detrás del escritorio era todo lo que Aisling se imaginaba a
como se parecía, y estaba claro porque una vez ellos habían sido confundidos
con incubus y succubus. Él la hizo pensar en el sexo cuando sus ojos azules la
fascinaron y la mantuve en el lugar hasta que giró hacia el Amo.
- Podéis tomar asiento, - dijo Draven, indicando dos sillas situadas delante de su
escritorio.
- Gracias por verme en tan corto tiempo, Draven. - La voz del Amo era deferente.
- Estás aquí con una petición. - La frase no llevaba ni siquiera la menor indirecta
de interés.
El Amo asintió. - Varias de las inversiones de mis negocios se han cancelado.
Quiero traer más trabajadores.
- ¿Cuántos más?
- Cien cabezas.
- ¿Permanente?
- Sí.
- ¿Solteros o con familias?
- Normalmente tienes menos problemas si no tienen familias por las que
preocuparse.
- Tus cien podrían fácilmente crecer en varios cientos. - Draven hincó sus dedos.
- Lo cual significa que necesitas ubicarles.
- Sí. Me gustaría ponerles en Tempe, Kenin y Grandin, y ofrecerles protección
como parte de sus incentivos.
- Puedo ver tu problema. Las tres calles bordean tu territorio y están controladas
por la familia Tucci. Ellos consideraran tus acciones como un paso más allá de la
anexión de su propiedad.
- Por eso vine a ti con mi petición.
La mirada de Draven se movió hacia Aisling y la clavó en la silla. - Debes creer
que tenemos algo que considero muy valioso. Soy escéptico. No me falta
compañía femenina, y tengo pequeñas necesidades para entrar en alianzas
potenciales como un significado de deseo satisfactorio físico.
- La chica es una shamaness. Me debe una tarea como shaman.
Algo parpadeó en los ojos de Draven. - Eres Aisling, la shamaness de Bishop
Routledge que ordenaron traer de Oakland.
Ella tembló bajo la intensidad de la mirada de Draven y el conocimiento de que
él sabía quién era. - Sí.
Salió un poco más como un susurro.
Él continuó estudiándola durante largos momentos cuando su corazón latió
furiosamente en sus oídos a pesar de cuan duro intentara calmarse. Finalmente él
giró su atención de vuelta al Amo de Marcus. - Me ofreces un trato idiota.
- No del todo. Soy yo quien está perdiendo algo de valor y sin ganar nada a
cambio. Si ella tiene éxito en la tarea que la mandes, entonces esperaré ganar
derechos de casa y protección en Tempe, Kenin y Grandin para mis cien cabezas
extras y la familia que ellos se traigan. Si ella falla, me cobraré lo que me debe.
- Déjala. Tu hombre ha venido a por ella antes del amanecer. Tendrás tu
respuesta entonces.
El Amo se puso de pie y salió de la habitación. Aisling se humedeció sus labios.
La conversación de Marcus cuando entraron en la ciudad antes la mantenía
tranquila en la presencia de Draven. Sin una palabra él se levantó de su silla y
caminó alrededor del escritorio como un gato ágil y depredador. Llevaba
pantalones negros, y combinaban con la camisa blanca y el pelo largo puesto
atrás y asegurado por un broche enjoyado, su apariencia la hizo pensar en un
mar pirata.
Ella se tensó cuando él acunó su barbilla. La sorpresa giró a través de ella cuando
él dijo, - Dime el nombre de tu madre.
El trueno de su corazón se convirtió en un zumbido de anticipación. Las
habilidades que usaba en las tierras de los espíritus se deslizaron en el lugar. Una
respuesta dad libremente era perder para siempre. - ¿Me recuerdas a alguien? -
Refutó ella.
Los sensuales labios de Draven insinuaron una sonrisa. - Sí, lo haces, aunque solo
la he visto unas pocas veces en los años. No llama a esta ciudad casa. Podrías ser
su gemela... o su hija. Dame un nombre y te diré su es familiar.
- No lo sé. Fui abandonada en los escalones como un recién nacido.
- Ah, ocurre a menudo, aunque no aquí en San Francisco.
- Esta mujer que recuerdas, ¿era una shamaness?
Draven frotó su pulgar sobre su mejilla antes de liberar su barbilla para apoyarse
contra el borde de su escritorio.
- He oído rumores de ese efecto. Si hay que creerlos, ella era muy talentosa,
quizás demasiado talentosa. Elegía a un vampiro de larga vida sobre seguir a un
humano y un día volvió permanentemente al mundo de las almas.
Durante un momento el viejo dolor amenazó con abrumar a Aisling. Ella había
sido abandonada en el borde de la oscuridad, cuando los depredadores
comenzaban a moverse, cuando la luz del sol había caído bastante, se lo
imaginaba ahora, por un vampiro para subir y moverse sin ser vito en los
escalones, sabiendo que había humanos en el establo que pronto estarían
corriendo a la seguridad de la casa.
- Tu madre se alejó de él, o eso dijeron. Pero esa es una historia para otro día. -
El insulto de John en las tierras de los espíritus se enrolló alrededor de Aisling
con el helado viento de los espíritus para recordarla lo que ella sospechaba que
era su padre, demonio. ¿Su madre lo había descubierto demasiado tarde? ¿Sería
tan aterrador lo que ella había hecho que prefirió arriesgarlo todo? En todas las
veces que Aisling había viajado a las tierras de los espíritus, nunca se había
encontrado el alma de un vampiro.
- ¿Cómo llegaste a estar en deuda con Thaddeus? - Preguntó Draven, sacando a
Aisling de sus pensamientos hacia el presente.
Ella sonrió al aprender el nombre del Amo. - Necesitaba información en las
tierras de los espíritus e intercambié para conseguirlo.
- ¿Has sido formalmente cualificada?
- No.
- Pero tu talento debe ser fuerte o no hubieras sobrevivido a tu noche en la
iglesia. Otros shamans habían muerto allí.
Aisling se estremeció con la frialdad mortal de su voz tan bien como el recuerdo.
Desde que él no lo había posicionada como una pregunta, ella no ofreció una
respuesta.
- ¿Sabes que tarea te encargaré? - Preguntó después de un largo interludio de
silencio.
- Yo... puedo adivinarlo. - Su respiración creció poco profunda con el
pensamiento de presenciar la muerte de un humano y el nacimiento de un
vampiro, de ser una parte de ello.
Draven se levantó de su escritorio abruptamente, haciéndola agitarse por la
reacción. - Ven conmigo.
No miró hacia atrás para asegurarse que ella obedecía. Pero entonces no lo
necesitaba. Se decía que los vampiros tenían un increíble oído y un aplicado
sentido del olfato. Probablemente oyó la manera en que su corazón corría,
probablemente olió su miedo.
Draven la guió escaleras arriba, donde incluso riquezas más grandes estaban
expuestas. Hacia el final del pasillo, paró y golpeó una puerta antes de abrirla y
pasar dentro.
- Me encanta que esperes a que diga pasa, Draven, - una voz masculina
reprendió cuando Aisling siguió a Draven dentro de la habitación.
- Esta es la shamaness de Oakland, - dijo Draven, ignorando la reprimenda. Un
pecho apenas rubio se giró en su silla. Sus cejas se levantaron en una sorpresa
cuando vio a Aisling. - Se parece a...
- También lo pensé. Le debe un servicio de shaman a Thaddeus.
El rubio estaba completamente tranquilo. - ¿Y te lo ha ofrecido a ti?
- En intercambio por una intercesión con la familia Tucci. Una que es bastante
fácil de acomodar.
- ¿Esta noche?
- Ella está aquí para la noche. Estoy seguro que Thaddeus apunta alto pero lo
dejaré débil. Me imagino que está lejos de arreglar otro trato en caso de que este
no se materialice.
La atención del rubio volvió a Aisling. Los ojos verdes mar y el pelo suelto le
daban la apariencia de un bucanero, también. E incluso aunque era un vampiro,
aún, Aisling sabía que pocas mujeres serían capaces de resistirle.
El silencio se asentó como un caramelo pesado siendo empujado entre los tres.
Ella resistió la urgencia de frotar sus palmas contra su vestido, luchando por
mantenerse tranquila de escalar en incontrolables temblores.
Finalmente el rubio habló, - Bueno, creo que esta noche es una noche tan buena
para morir como cualquiera. - Miró alrededor de la habitación antes de centrar
sus ojos en los de Draven. - Aquí me conviene.
Aisling era sumamente consciente de las palabras sin hablar entre los dos
hombres, aunque no tenía ni idea de lo que eran. Después de una larga pausa,
Draven dijo, - Aquí estará bien. Os dejaré solos durante unos minutos mientras
arreglo una guardia y una escolta.
Él cerró la puerta detrás de él. El rubio se puso de pie y se reunió con Aisling en
medio de la habitación. Él tomó su pelo en sus manos. - Bajo las circunstancias,
hubiera dicho que deberías presentarnos, soy Ryker.
- Aisling.
- Dime has hecho este tipo de cosas antes, Aisling.
- No.
- Oh bien, siempre he disfrutado los primerizos. - Sus ojos bailaron y su sonrisa
fue infecciosa.
- La mujer a la que parezco...
- No puede ser nombrada en tu presencia a esta hora o Draven lo habría hecho.
Es una ley para él, en caso de que no lo hayas averiguado; por lo demás no sabías
de su existencia después de todo. ¿Estás familiarizada con el término omerta? Las
viejas familias de la Mafia lo usaban.
- Era un código de silencio, ¿verdad?
- Y lealtad. Harías bien en recordar que los vampiros son extremadamente
cariñosos con el concepto de omerta.
Los ojos verdes mar crecieron serios. - Lo que ocurra aquí esta noche, Aisling, no
hables de ello.
La preocupación y la tristeza anudaron su estómago cuando ella levantó la
mirada hacia la apuesta cara de Ryker y lo imaginó drenado de color, tranquilo y
sin vida en la muerte. - ¿Por qué quieres esto?
- Mis razones son mías.
- Pero el riesgo...
- Es aceptable para mí.
La sonrisa volvió a sus ojos. - El pensamiento de mí siendo un vampiro no te
aterra después de todo. Es el pensamiento de mi muerte humana lo que hace que
tu corazón se acelere y tus ojos se nublen con preocupación. ¿Tengo razón?
- Sí, - susurró ella.
- Quiero esto, Aisling. No tengo dudas de que la sangre de Draven es lo bastante
fuerte para arrancarme el corazón, pero si fuera tan simple como eso entonces
habría muchos más vampiros. - Los nudillos de Ryker acariciaron su mejilla.
- Incluso en semejante tipo de noticia y solo con haber conocido, mi intestino me
dice que tengo suerte de Thaddeus quisiera algo de Draven.
La mano de Ryker se alejó. Retrocedió cuando Draven entró en la habitación. La
mirada del vampiro pasó a Aisling luego de vuelta a Ryker. Una oscura ceja se
levantó. - ¿Listo para comenzar?
- Listo, - dijo Ryker. Sus ojos encontraron los de Aisling y se llenaron con malicia.
- Siempre me he imaginado que acabaría muriendo en la cama, aunque no
necesariamente en la mía. ¿Puedes hacer lo que necesites hacer allí? El calor
subió por su cara. Ella rió en lugar del frío y pesado miedo que subió
quedándose en su pecho.
- Sí, - dijo Aisling, siguiéndole a una cama lo bastante grande para soportar a tres
o cuatro personas, luego quitando el colorido cuando Draven se quitó su camisa
y se les unió en el colchón.
Con una naturalidad que hablaba en volúmenes, Draven abrió un cajón en una
mesilla de noche y sacó un cuchillo.
- Seguro, - dijo él, deslizándolo en su muñeca lo bastante profundo para
derramar sangre.
- Ten cuidado. - Se burló Ryker, inclinándose para presionar sus labios en la
muñeca de Draven.
El hombre no tocó más allá, y la expresión de Draven no dio pruebas de sus
pensamientos. Pero Aisling encontró la vista de ellos dos juntos excitante. Ella
encontró el acto en sí mismo erótico, profundamente íntimo.
La cortesía demandaba que ella girara su cabeza, pero no podía apartar la
mirada, no pudo evitar que su mirada cayera a la parte delantera de sus
pantalones cuando los hombres se sentaron a su lado mutuamente, las piernas
cruzadas, una rodilla casi tocándola. Cerró sus ojos entonces, intentó cerrar sus
oídos al suave sonido de Ryker sacando la sangre de Draven de su cuerpo. Se
concentró en su lugar en lo que vendría a continuación. En lo que sería requerido
de ella a continuación.
Había habido un niño una vez, cuando ella era una niña. Él había caído en un
canal antes de que supiera como nadar. Su tío le sacó y forzó el agua en sus
pulmones. Presionó el pecho del niño hasta que su corazón latió por si mismo,
pero el chico no recuperó la conciencia. Vinieron a Geneva porque un médico era
demasiado caro y ellos tenían miedo de lo peor. Geneva tomó a Aisling con ella.
Aziel tenía en cuerpo de un gato esos días. Él la había guiado a través de las
nieblas grises de las tierras de los espíritus hacia una colina que parecía un lugar
de juego. El chico estaba allí, riéndose salvajemente cuando su padre le empujó
en el columpio mientras su madre sacaba la comida de una cesta de picnic y la
situaba en una manta extendida en el pasto.
Puedes llamar al chico a ti, aún hay tiempo, la dijo Aziel, las palabras en su mente
más que una voz.
Ellos no pueden evitar que responda si lo haces. Pero Aisling sacudió su cabeza. Ella
había sido demasiado joven entonces para fantasear con estar reunida con su
madre y padre, como si ella hubiera estado perdida de algún modo en lugar de
abandonada.
Está feliz de estar con sus padres.
¿Es lo que quieres decirle a su tío y tía?
Sí.
Y eso fue lo que ella había hecho, solo dándose cuenta después, después que las
imágenes felices de las tierras de los fantasmas fueron reemplazadas por las
expresiones afligidas y angustiadas de la tía del chico y el tío, que por su elección
ella les había dejado acabar lo que el agua había estado evitando hacer.
El colchón cambió debajo de Aisling. Abrió sus ojos para encontrar a Ryker
tumbado. Draven arrodillado a su lado, el cuchillo aún en su mano. Ambos
estaban mirándola, esperándola.
No habría círculo, no con una muerte requerida. Se arrastró hacia el lado opuesto
a Ryker y tomó su mano en las suyas, ondeando sus dedos a través de los suyos.
- Cuando Ryker vuelva, estará en el abrazo de la lujuria de sangre, - dijo Draven,
radiando completa confianza, como si no hubiera dudas sobre las consecuencias.
- Deja la habitación inmediatamente. Hay un escolta esperando fuera de la puerta
para llevarte a tu cuarto. Permanece allí hasta que el sirviente de Thaddeus
llegue antes del amanecer para llevarte a casa. ¿Estás lista?
La tensión en la garganta de Aisling hizo hablar imposible. Apenas tuvo tiempo
para asentir antes de que hubiera un destello plateado y un grito afilado de dolor
cuando Draven condujo el cuchillo a través del pecho de Ryker y partió su
corazón.
Ella fue tirada a las tierras de los espíritus con la misma brutalidad que cuando
Elena forzó a Ghost viajar en ella.
Solo la niebla gris inmediatamente se separó para revelar un muelle, un bote
pululando con hombres y mujeres parcialmente vestidos.
- ¡Ryker! - Gritaban, al unísono y aparte. - ¡Estás aquí! ¡Vamos! - Ryker rió
pasando sobre Aisling, despreocupado y feliz. Parecía no darse cuenta de sus
manos entrelazadas cuando corrió hacia el bote, arrastrándola con él.
Durante un instante ella se tambaleó, dejándole ir más cerca de sus amigos.
Estaba casi en el muelle antes de sentir la urgencia de hacerla hundir sus talones
dentro y decir su nombre. Ryker flaqueó. Le llamó otra vez y el comenzó a
alejarse de sus amigos.
Una mujer en el bote derramó su chal para revelar piel delgada y un cuerpo de
modelo. Un hombre igual de maravilloso se movió a su lado y deslizó su brazo
alrededor de su cintura desnuda. - ¡Vamos, Ryker! No me digas que has olvidado
lo que te gusta. Navega con nosotros.
Esta vez la risa de Ryker fue masculina y apreciativa. - ¿Cómo puedo decir que
no?
Él tiró de Aisling hacia delante con renovada determinación para alcanzar el
bote. - ¿Qué pasa con Draven? - Dijo Aisling, desesperada por conseguir su
atención cuando alcanzaron la madera del muelle. - Draven te está esperando. Te
espera para que vuelvas con él.
Ryker dudó otra vez. Se giró hacia ella. Sus cejas juntas en desconcierto. Las
voces del bote crecieron más demandantes.
Aisling deseó que la niebla de las tierras de los fantasmas bloqueasen el bote y
silenciaran las voces, y como si oyera su llamada, los vientos de los espíritus
vinieron en una brisa que envió el pelo de Ryker y el suyo propio bailando hasta
que un sudario gris estaba abrazándoles.
La confusión hizo más lenta la caída de los ojos de Ryker. Cuando lo hizo,
Aisling dijo, - Quieres que te lleve de vuelta a Draven.
La mano de Ryker fue a su pecho, donde el cuchillo había dejado solo una
pequeña herida mortal. La miró y notó su desnudez, luego la suya. La infecciosa
sonrisa volvió. - Otra primeriza. Draven lamentará que haberse incluido. Él tenía
una preferencia por los rubios ¿Debemos volver?
- Sí, - dijo Aisling, y las tierras fantasma se escondieron expulsándoles.
Aisling gateó de la cama y corrió a la puerta del dormitorio. Detrás de ella el
sonido de la paliza, maldiciones.
Abrió la puerta e inmediatamente la agarró y se tiró a través de ella hacia uno de
los vampiros estacionados en el pasillo. Incluso si hubiera tenido la tentación, no
tuvo oportunidad de mirar hacia atrás.
La puerta se cerró. Un segundo vampiro se trasladó a montar guardia.
- Sígueme, - dijo el que la había sacado de la habitación.
Aisling lo siguió hasta una habitación que parecía sacada de una revista sobre la
vida de los ricos. Una gran pantalla de televisión tomaba gran parte de una
pared, en una zona con un sofá y sillas. En la siguiente sala una gran cama con
dosel se colocaba en el centro, en medio de plantas y flores de todo tipo.
Más allá de la habitación había un cuarto de baño con bañera romana. Tocó los
grifos con gas y no pudo resistir la idea de sumergirse en el climatizado, baño de
burbujas con infusión de aguas.
Aisling se desnudó con la bañera llena. Cuando sus dedos rozaron sobre la bolsa
fetiche, sus pensamientos fueron a la mujer que podría haberla dado a luz antes
de convertirse en un vampiro. Abrió la bolsa y sacó un fetiche la que
representaba a su protector más poderoso, el ser que estaba empezando a pensar
que demostraba a su padre.
A diferencia de los otros, la mayoría de los cuales estaban hechos de hueso, el
que ella examinó era muy claro, sin forma distinta de la que ella había
encontrado en el día que Aziel la condujo a ella. El ser que representaba era la
única entidad que podría instar a que no estaba atada a las tierras fantasma, a
través de Aziel, aunque le había advertido más de una vez que el costo de decir
el nombre y la convocatoria a su tutor iba más allá de todo lo que ella podría
imaginar como pago.
El hielo se deslizó por las venas de Aisling. ¿Era tan espantoso? ¿Era el lugar que
llamaba su casa tan aterrador para que convertirse en vampiro fuera preferible?
¿O era la mujer que Draven y Ryker hablaban una hermana desconocida, un
primo o una tía?
Aisling devolvió el cristal a la bolsa y se metió en la bañera. Dejó que el agua
caliente y las lujosas burbujas mantuvieran a su mente lejos de respuestas que
nunca podría tener, las preguntas que podría costar demasiado preguntar.
La imagen de Zurael subió a sus pensamientos. Con él vinieron los recuerdos de
lo que habían hecho juntos cuando compartieron un baño.
Aisling cerró los ojos y deslizó las manos resbaladizas por las burbujas sobre sus
pechos. Sus pezones se tensaron cuando imaginó la palma de la mano y los
dedos de Zurael, acariciando, admirando, con el placer.
El deseo hizo tensar su coño en reacción. En su mente vio a los dos de pie delante
del espejo del baño, vio sus alas desplegadas detrás de ellos mientras él la
atravesaba con su polla.
Demonios. Y ella no podía hacer nada frente a la necesidad que él inspiró en ella.
Abandonó el pecho, se alisó la parte baja de los labios de su clítoris hinchado y
erecto. Oculto por las burbujas, sus dedos de los pies se doblaron con la más
dulce sensación enriquecida a través de ella cuando se frotó la pequeña cabeza
descubierta, deslizando sus dedos en su coño.
Un gemido escapó mientras se metía dentro y fuera de su canal, al principio
lentamente, saboreando la fantasía de la lengua de Zurael, el pene de Zurael. A
continuación, más rápido, aunque sabía que el éxtasis no sería nuca rival con lo
que su toque le hacía.
Estaba a punto de amanecer, cuando Zurael ya estaba cansado de la estimulación
de los confines de la casa de Aisling. Horas había transcurrido desde que volvió
de Los Baldíos. Se sentía como una vida completa. Había pensado pasar la noche
en forma de lechuza, buscando como lo había hecho antes, facilitaría su
preocupación por Aisling y hacia su ausencia más aceptable. Tampoco lo hizo.
Una vez más cogió la nota que había escrito, la examinó en busca de pistas acerca
de quién había venido a reclamar la deuda que le debía. No se le escapó que sólo
su seguridad física estaba garantizada. Un estremecimiento pasó por él cuando
consideró lo que podría sucederla en las tierras fantasma. Cuando ella
regresara…
Su polla contestó por él con un pulso fuerte. Zurael arrojó su ropa y se escapó a
la ducha. No podía permitirse el lujo de perder el control cuando volviera. El
agua en cascada sobre la carne caliente. Un gemido escapó cuando se tomó en la
mano.
Cuando regresó por primera vez para encontrar la nota, solo había sabido que la
miseria esperaría entre las sábanas de la cama sin su Aisling allí. Y así había
volado. Había cazado durante la noche y trató desesperadamente evitar la
verdad de su miseria.
Aisling. Su nombre se hizo eco en la mano cada vez que su puño subía y bajaba
sobre su eje. Imágenes se filtraron a través de su mente como el fuego se
construyó en los testículos. Sus muslos agrupados. Sus nalgas flexionadas.
Se folló a través del puño de su mano. Poco a poco al principio, luego más
rápido. Hasta que, con una nota de su nombre, la liberación se produjo en
chorros calientes de esperma, pero trajo sólo un momento de paz.
Zurael se vistió. Se frotó el pecho mientras paseaba, sintió el lugar vacío que se
ampliaba cada vez que pensaba en el futuro. La llegada del amanecer. Cayó la
mañana.
Un rasguño en la puerta de Aisling le había lanzando a abrirla. La consternación
le llenó cuando vio a Aziel, pero pasaron cuando el sonido de un coche llamó la
atención de Zurael se alejó del hurón.
Los dos se quedaron inmóviles en el umbral. Vieron como un coche negro paraba
delante de la casa. Aisling surgió. Se detuvo para decir algo al conductor y luego
se giró y corrió hasta la pasarela.
Su sonrisa atravesó el corazón de Zurael. La vista de ella corriendo hacia él le
llenó de emoción que no era lo suficientemente valiente como para nombrarla.
Le dio la bienvenida en sus brazos, hundió la cara en el oro de su pelo y la sujetó
hasta que se echó a reír y empujó su pecho. -Aziel espera un saludo, también.-
A regañadientes Zurael la soltó. Un aumento de la ira lo apuñaló cuando abrazó
al hurón en sus brazos, lloviendo besos en la cabeza de Aziel.
- ¿Por qué no te acompañó? - La voz de Zurael celebraba la mordedura de su ira.
Aisling entró más en la casa. Él la siguió, cerrando la puerta detrás de él, y luego
escuchó como ella le hablaba de la reunión con Javier. Era como Malahel en
Raum y Iyar en Batrael había pensado que sería. Uno detrás de los sacrificios, el
otro creía poseer la pastilla, que quería Aisling.
- Voy a tratar con él, - dijo Zurael, decidido a protegerla, así como la
preocupación por lo que leyó en su rostro casi le deshizo.
- Te ayudaré. Voy a ser tu cebo, - Aisling murmuró contra el pecho de Zurael,
pero antes de que pudiera contestar, llamaron a la puerta.
No reconoció a la mujer, aunque el parecido con la bruja Tamara sugirió que era
su madre. Aisling saludó a la mujer por el nombre de Annalise y la invitó a
entrar.
- Sólo tengo unos minutos, - dijo Annalise, echándole una mirada antes de
centrarse en Aisling. - Levanna a noche soñó con el pasado. En su sueño pasabas
la Misión y seguías el símbolo de la Iglesia como un pescado en Los Baldíos. Te
llevaron hacia la niña. Ella está fuera de nuestro alcance, pero no del tuyo. ¿Irás a
por ella?
Aisling no vaciló. – Sí.
Annalise sacó una banda trenzada de cuero de su bolsillo. Aisling se tensó al ver
el sol colgando de la misma. - Levanna envía esto para tu protección. ¿Aceptas?
Esta vez no hubo una pequeña vacilación antes de Aisling respondiera. - Sí.
En lugar de entregar a Aisling el encanto, la bruja ató el cuero alrededor de su
muñeca. El amuleto del sol oscilo en la correa delgada del que estaba atado, así
que estaba contra la palma de la mano de Aisling.
- Uno tiene poderosos enemigos, peligros que pueden viajar libremente entre los
mundos, - dijo cuando Annalise había terminado la tarea. - Toca esto en su piel y
se alejaran de ti, el cual les fuerza a irse de este mundo y volver al suyo.
Zurael agarró la muñeca de Aisling tan pronto como Annalise se fue. Estudió el
amuleto. Un recuerdo se agitó, una imagen de uno de los libros en la biblioteca
de la casa de su padre, pero se mantenía difícil de alcanzar. Por fin levantó los
ojos y se encontró con los Aisling. Vio su determinación, no sólo para ir a por la
niña, sino para encontrar la fuente de Ghost.
-Reúne los alimentos y vamos a salir ahora, - dijo, dispuesto a posponer su
búsqueda de Javier con el fin de mantenerla a salvo.
Capitulo 14
A Zurael le preocupaba que fuera una trampa. Ya iban dos veces que el bus
había sido parado por coches policía. Y en un cruce, un jeep de un guardián
había frenado y le indicó que pasara delante cuando él tenía el derecho a pasar.
El miedo de Aisling le invadió cada vez que las autoridades estaban presentes,
miedo tan integrado en ella que no podía evitar respirar rápidamente o los
pequeños temblores que la sacudían. Y aún así, no abandonó la tarea.
Le cogió de la mano mientras caminaban, sintió que la tensión en ella se
desvanecía. Su coraje le impresionaba. Su confianza en él le destruía. No podía
permitir que le pasara nada.
Pasaron las casas abrazadas en pobreza y dura supervivencia, los páramos
controlados, las quemadas y gastadas cáscaras de otras estructuras, hasta que
eventualmente llegaron al lugar donde los huérfanos harapientos llenaban los
bancos. La Misión continuaba, un último vestigio de civilización antes de Los
Baldíos.
Zurael creyó ver a Davida por un momento en una ventana de arriba. Su
sospecha de que era una trampa para Aisling creció.
Ojos escondidos les siguieron. Sintió las miradas, curiosas, apáticas, hostiles,
sospechosas. Predadoras. Su mano soltó la de Aisling. Estudió sus alrededores,
buscando el peligro. Preparado para matar a cualquiera o cualquier cosa que se
atreviera a atacar.
Habiendo explorado las Tierras Yermas con alas, Zurael alentó el paso al que
estaban forzados a ir por la necesidad de tener que buscar el símbolo de la órden.
Odiaba que Aisling fuese tan vulnerable, tan humana en un lugar lleno de
peligro.
Ella frenó en la primera cáscara ennegrecida más allá de La Misión. Estaba en
una intersección, a pesar de que no quedaba nada en tres de las esquinas y la
carretera estaba agrietada y llena de agujeros.
Una escuela de peces dibujados crudamente estaba a ras de suelo en las paredes
más fuertes aún de pie. Todos nadaban en la misma dirección, la cara apuntando
hacia delante, a través de la intersección.
- Los encontraremos, - dijo Aisling, la excitación y la anticipación hacían que el
azul de sus ojos rivalizara con el cielo.
Sin ningún pensamiento consciente, Zurael se inclinó hacia delante. Estaba solo a
una corta respiración antes de que se diera cuenta del peligro, de lo cerca que
estaba de tocar sus labios con los suyos. Se levantó bruscamente y se dio la
vuelta. Pero no antes de que le doliera el corazón al ver la incertidumbre de
Aisling.
Continuaron en silencio, progresando lentamente. La continua sensación de ser
observados, considerados presas, le mantuvo a su lado en vez de adelantarse.
Pararon lo suficiente para comer. Y después, cenar. La luz del día se convirtió en
luz de la tarde, pero ninguno sugirió volver hacia Oakland. Cada vez era más
difícil localizar los símbolos de la fe temprana.
Se escondieron varias veces mientras pasaban jeeps conducidos por guardias. La
llegada repentina e inesperada de un helicóptero los cogió en un terreno abierto,
a pesar de que no cambió de dirección hacia ellos.
Los grillos y cigarras revivieron. El retrueno de coches ronroneó en el ocaso a su
alrededor, alternando entre más y menos ruidoso.
Zurael consideró cambiar a su forma demoníaca y volar con Aisling hacia un
sitio seguro pero pensó en el juego que había visto jugar a los guardas cada vez
que había estado en Los Baldíos. El riesgo era muy grande. No podía protegerla
de balas, o de una caída fatal, si se estaba sin forma.
- Necesitamos encontrar refugio, - dijo, estudiando lo que quedaba del tiempo en
que una ciudad se mezclaba con otra y otra hasta que poco quedaba a parte de
hormigón y acero y conglomeradas masas de humanos encerrados en un lugar
que haría que fueran cazados fácilmente.
La naturaleza estaba en proceso de reclamar mucha del área donde estaban. Las
parras una vez desarrolladas por científicos para filtrar veneno industrial del
suelo ahora cubrían el horror dejado por el temporal mandato del hombre en la
Tierra.
Aisling señaló lo que debía haber sido un cobertizo seguro de almacenaje. - ¿Que
tal ahí?
Zurael lo estudió por un momento. Lo comparó con las estructuras más grandes
a su alrededor, la mayoría llenas de agujeros, con los coches enterrados debajo de
gruesos tallos y brillantes hojas. Asintió. Las paredes del cobertizo eran de
hormigón, el techo sólido metal. Estarían atrapados, pero la estrecha puerta
permitía un espacio de defensa.
El viento trajo el sonido de sabuesos aullando. A su lado, Aisling tembló y se
frotó los brazos. Él la apresuró dentro del edificio y le indicó que se asentara en
una esquina justo cuando el sonido de un helicóptero le llegó.
Era un riesgo, pero esta vez creyó que era necesario. Atravesó la habitación y se
arrodilló delante de ella, notando lo frágil que era, sentada en el suelo con sus
rodillas en su pecho y sus brazos alrededor de sus piernas. El deseo de protegerla
le llenó con la primitiva, explosiva calor de la roca fundida.
- No estaré lejos, - dijo, incapaz de impedirse tocar su mejilla, de tocar con su
pulgar sus labios y perderse en ojos angelicales.
El orgullo le invadió cuando sacó un largo cuchillo de cocina del bolso de tela
que contenía el resto de su comida. Lo puso en el suelo a su lado. - Estaré bien.
Zurael se desprendió de su forma física y se alejó de ella, motas de polvo y
porquería, ligeras hojas arrojadas y carcasas de insectos eran las únicas cosas que
marcaban su salida. El ruido de los coches le asaltó, vibró a través de él. La vida
salvaje se dispersó y corrió a esconderse del sonido anunciando la llegada del
hombre.
Una pequeña horda de hadas de un dedo de largo que se alimentaban con sangre
corrieron tras un ciervo que huía, esperando comer antes de que la caída de la
noche les obligara a refugiarse en sus nidos. Sus alas brillaban con los colores del
atardecer. La parte superior de sus cuerpos y caras eran vagamente humanas a
pesar que sus mentes eran las de insectos salvajes.
Zurael se alejó del refugio de Aisling cuidadosamente, calculando la distancia
para asegurarse de que podía volver con ella si había peligro. El aullido de los
sabuesos se acercó, viniendo de la misma dirección que el sonido de las hélices
del helicóptero. No pudo verlo hasta que alcanzó el final de su unión a Aisling.
Entonces le invadió ansiedad con el foco iluminando el suelo tras de él.
Había presenciado a los guardias ir de juerga a Los Baldíos, tranquilamente
despedazando cualquier cosa que se cruzara en su camino, pero esta noche era
diferente. Estaban cazando algo específico, y acercándose hacia donde se
escondía Aisling.
Centró su atención en los edificios más cercanos. Los revaluó. El cobertizo era
una posición defendible contra animales salvajes, humanos y seres
sobrenaturales, pero no era seguro contra hombres armados.
Zurael volvió con Aisling. - Encontremos otro lugar.
Se levantó sin discutir. En la entrada la cogió en brazos.
Con un pensamiento, las alas se desdoblaron, dejando de estar escondidas por la
tela Djinn de su camisa y chaqueta. En dos pasos estaba en el aire, su peso
insignificante, su suave, alegre risa mandando calor a su corazón mientras volaba
la corta distancia necesaria para llegar al agujero en el tercer piso de un edificio
que parecía relativamente estable.
- ¡Eso ha sido maravilloso! - Dijo ella, sus ojos brillantes, su voz sin respiración y
sus mejillas sonrojadas, por un instante no asustada por nada.
Deseaba poder mantenerla de esa manera. Pero pronto los sabuesos llegaron,
aullando, con la nariz en el suelo. Fueron directamente al lugar donde había
estado Aisling, luego dieron vueltas confundidos al perder la pista mientras los
guardas llegaban en jeeps.
La furia llenó a Zurael. Los brujos pagarían por su parte en mandar a Aisling
hacia una trampa. - Quédate aquí, - dijo antes de volverse a convertir en un
remolino de aire.
En el desierto un solo Djinn podía convertirse en una tormenta de arena
suficientemente mortal como para enterrar largas caravanas de hombres y
máquinas en cuestión de momentos. Tenía menos con lo que trabajar en Los
Baldíos, pero Zurael estaba decidido a interrumpir la caza de Aisling.
Hojas y palos, rocas y pequeños pedazos de metal, todos reunidos en la violenta
energía de su informe masa. Los hombres gritaron y los perros aullaron cuando
los dirigió hacia ellos, cegándolos temporalmente, haciendo que sangraran
cuando los golpearon. Algunos entraron en el refugio que él y Aisling habían
abandonado, mientras que otros corrieron hacia el edificio donde estaba
escondida ahora.
La rabia dio más fuerza al viento, pero los viñedos que cubrían la tierra cubrieron
el material suelto que lo hubiera hecho mortal. Mientras el primero de los
guardias se acercó al edificio donde estaba Aisling, Zurael se impulsó hacia
arriba, usando toda la energía reunida para alcanzar el helicóptero.
Este se balanceó, giró, pudo haber escapado de su ataque, pero la puerta abierta
donde un hombre con una metralleta estaba sentado permitió que la basura
distrajera al piloto en un instante crítico. Los humanos exclamaron mientras el
helicóptero giraba fuera de control antes de chocar contra el suelo.
Zurael volvió con Aisling. Debajo de ellos, hombres se apresuraban hacia el
helicóptero. Las radios gritaban. Voces asustadas, enfadadas informaban de la
colisión y fueron informados de que guardias adicionales estaban de camino. Ya
había muchos de ellos, extendidos por mucho territorio y armados hasta los
dientes, y muy nerviosos, para que Zurael los atacase con Aisling cerca, e incluso
si podía conseguir tiempo para que ella escapase, había otros depredadores por
los que preocuparse.
La metralleta explotó, accionada por la furia o el miedo de algún movimiento en
las sombras. A su lado, Zurael pudo sentir el temblor de Aisling, pudo oír su
rápida respiración mientras estaba completamente quieta, resistiendo el
primitivo instinto de correr.
Los guardias sacaron los cuerpos del piloto y su pasajero fuera del retorcido
metal. - No hay nada que podamos hacer por ellos, - dijo una voz autoritaria.
- Newman, coge el sensor de calor. Álvarez, los perros. Refréscales la memoria
con la muestra. Acabemos con esto. Estos hombres murieron por culpa de la
magia. Disparad a matar a cualquier cosa que se mueva y no seamos nosotros.
Dos hombres se alejaron del lugar del accidente. Uno se dirigió a un jeep, el otro
donde los sabuesos descansaban alrededor del edificio de cemento.
Zurael se volvió hacia Aisling. Lo que pretendía hacer era peligroso, pero no
había otra forma. La cogió en sus brazos y la levantó. - Pon tus piernas alrededor
de mi cintura, - susurró. Volver a la casa de Aisling no era una opción. No esta
noche y no con ella.
En su ojo mental vio Los Baldíos como las había visto en forma de búho,
considerando los edificios abandonados donde se había posado y vigilado la
actividad debajo de él. Escogió uno para refugiarse, pero eligió el tejado de otro
en su mente para transportarse, un lugar del que esperaba salir antes de que el
primero de los ángeles llegara, convocado por el sonido de él rompiendo el plano
metafísico.
Con un pensamiento, las alas de murciélago aparecieron otra vez; solo que esta
vez permitió que se manifestara la forma completa de demonio. Sus uñas se
alargaron en garras; una mortífera cola con púas completaba la imagen.
Zurael sonrió a la ironía de aparecer en la imagen que una vez fue forzada al
Príncipe por el dios alienígena, de posiblemente usarla para derrotar un ángel.
El estallido de las metralletas, y el casi instantáneo impacto de balas contra el
edificio, sirvió como detonante para su partida. Curvó un brazo alrededor de
Aisling en un gesto protector, y se movió a voluntad al tejado señalado por sus
pensamientos.
Como había temido, sus pies aún no habían tocado la plana superficie del tejado
cuando el cielo nocturno se abrió en resplandeciente luz. Alas blancas se
extendieron en lo que los humanos veían como una exhibición gloriosa.
Zurael depositó a Aisling a un lado y se movió para ponerse entre ella y el ángel,
pero no antes de que la oyera jadear de admiración y lo viera en sus ojos. Una
mortífera espada se formó en la mano del ángel. Resplandecía como el sol, pero a
pesar de lo que los humanos creían, no era un arma de fiera gloria. Era una
creación forjada en el más frío, profundo reino del espacio, porque solo eso podía
prevalecer contra el fuego de los Djinn.
La satisfacción inundó a Zurael cuando el ángel hizo pequeños movimientos
cortantes con la espada, indicando su intención de luchar. Un ángel anciano, uno
de mayor rango, usaría su voz como arma. Pero por sus acciones, el ángel
enfrente de Zurael había revelado su estatus, su inexperiencia cuando se trataba
de Djinn.
Zurael se movió hacia delante y a un lado, queriendo atraer al ángel lejos de
Aisling antes de que la lucha empezara.
Los ojos del ángel se movieron brevemente hacia Aisling. Escupió la palabra,
– Abominación, - y se arrojó hacia Zurael, la espada delante de él como si
estuviera cercando.
Zurael esquivó fácilmente la arremetida. Se le escapó una risa. Acuchilló,
enviando varias plumas de alas volando del tejado.
El ángel se balanceó entonces, ojos resplandeciendo, el arco de su giro llevando la
espada donde algunos pasos y una estocada eran todo lo que tomaría para
alcanzar a Aisling.
Zurael se impulsó hacia arriba y el ángel le siguió, sabiendo que tenía la ventaja
con la extensión de la espada.
El orgullo podía impedir que el ángel llamara a otros para que le ayudaran con la
matanza. Pero no era garantía de que otros no llegaran pronto, alertados por el
sonido de Zurael pasando a través de la barrera, atraídos por el rastro que la
firma de su energía dejó cuando se transportaba entre lugares terrestres.
Se dejó caer en un rincón lejano del tejado, y esperó hasta que el ángel estaba casi
sobre él para convertirse en una masa giratoria de partículas. El frío helado de la
espada apenas falló antes de que Zurael reclamara la forma demoníaca. Atacó y
extrajo sangre esta vez.
Un grito emergió del ángel, el rabioso sonido de un pájaro de presa en vez del de
un hombre. Se lanzó hacia delante, blandiendo la espada con ferocidad salvaje
mientras su sangre dejaba un rastro por el tejado.
Zurael retrocedió, conducido hacia atrás por la casi impremeditación del ataque.
Por el rabillo del ojo vio a Aisling intentando mantenerse lejos de la batalla. Pero
su movimiento atrajo la atención del ángel. El repentino brillo en los ojos del
ángel fue el único aviso que dio antes de parar sus salvajes estocadas y lanzarse
hacia ella.
Zurael se dio cuenta demasiado tarde de que era una trampa. Con la rapidez de
un halcón el ángel se dio la vuelta, acuchilló y abrió una profunda herida en el
pecho de Zurael. El frío entró en Zurael, tan persistente que congeló la
respiración en su pecho y llenó su mente con el sonido de su propia agonía. Solo
su entrenamiento le salvó de un golpe fatal. Instintivamente, se volvió, utilizando
la punta en forma de púa y el golpe de látigo de la cola de demonio como arma.
El ángel gritó. El brillo cegador de la espada desapareció al perder la
concentración y el brazo de la espada estaba manchado con sangre. Zurael
intentó moverse para rematarlo. Pero el frío se estaba extendiendo, haciendo
lentos sus movimientos mientras penetraba más profundamente en su ser en un
esfuerzo de alcanzar y extinguir el fuego Djinn en su centro.
Aisling.
El fuego que generaba en él, la necesidad que sentía por protegerla le ayudó a
luchar el veneno helado del ángel. Su carne sanó, expulsando un escalofrío que
habría requerido una visita a Cardinal House para sanar tan rápido. Pero así
como él se estaba recuperando, también lo estaba el ángel. Zurael se abalanzó
hacia adelante, manando sangre de sus garras, volviéndose carmesí las plumas
blancas. El ángel dio un salto atrás, golpeando a Aisling en el suelo. Espadas
mortales aparecieron en ambas manos.
- Abominación, - dijo, lanzando un golpe bajo a Aisling.
- ¡No! - Fue arrancado de las profundidades del alma de Zurael en el mismo
instante en que la rígida cara de Aisling y sus aterrorizados ojos quemaban su
mente.
Se lanzó hacia delante, y enfrentó un destello cegador, un estruendo tan fuerte
que sacudió el edificio y azotó a Los Baldíos como la onda expansiva de las
bombas destructoras de los seres humanos.
Por un segundo se mantuvo congelado en el lugar, sostenido en un portal helado
en la oscuridad infinita. Y entonces volvió para encontrar a Aisling frotando las
manos sobre su pecho, convocando al fuego Djinn con su tacto preocupado y sus
angelicales ojos azules.
- ¿Estás bien? - Dijo, con voz temblorosa, sin ocultar su miedo por él.
Él la agarró por la muñeca, de pronto consciente del soleado hechizo atrapado
entre la mano de ella y su cuerpo. El recuerdo que se le había escapado retornó
con claridad. En su mente visualizó el libro guardado como tantos otros en la
biblioteca de la Casa de la Serpiente. Pasó sus páginas y vio el poderoso símbolo.
- Tocaste al ángel.
Aisling se estremeció. - Lo envié de regreso, a donde quiera que sea.
Zurael leyó su cara, viendo sus pensamientos con tanta claridad como si fueran
propios.
Era una niña de las tierras fantasmas, pero todavía humana. Todavía tenía la
reacción instintiva, programada genéticamente de los seres humanos ante los
dioses guerreros extranjeros, encogerse y rendir culto, postrarse ante su gloriosa
hermosura y aceptar su sentencia.
Una fiera emoción se apoderó de él, mezclada con pulsante soberbia. La había
encontrado en presencia de lo que ella pensaba era un demonio y denominado
abominación, sin embargo, ella había tenido la fuerza de voluntad y la presencia
de ánimo para utilizar el encanto que la bruja le había dado y expulsar al ángel
del mundo humano. Era tan digna como cualquier Djinn.
Las nubes cubrían la luna, ofreciendo alguna protección. Se quitó la camisa
ensangrentada. Y, como no era del mundo humano, fue capaz de convertirla en
cenizas para que no fuera usada como pista para dar con él.
Zurael levantó a Aisling en brazos. En tres pasos estuvieron en el aire, volando
rápidamente hacia un lugar donde esperaba estarían a salvo de guardianes y
ángeles.
Sus emociones bullían. Toda una vida de fe y enseñanza se había perdido en el
caos, en el flujo de lava caliente del deseo que corría por su torrente sanguíneo.
Zurael apenas fue consciente de aterrizar en un quinto piso, en la cornisa de lo
que alguna vez pudo haber sido el balcón de un apartamento. No tenía ningún
pensamiento consciente al entrar en el espacio oscuro que no fuera la rápida e
instintiva búsqueda de un depredador de la presencia de los demás.
Tenía fiebre, ardía de adentro hacia fuera. Lo sintió más aún cuando Aisling
gimió, tan en armonía con él y le quitó los zapatos para que pudiera despojarla
de la cintura abajo antes de apretarle la espalda contra la lisa pared. Los brazos
de ella rodearon su cuello, sus piernas y su cintura, atrapando la dura longitud
de su erección cubierta de tela contra sus febriles y húmedos pliegues.
- Aisling, - susurró, complacido de que las nubes ya no cubrieran la luz de la luna
para poder ver la exquisita belleza de su rostro.
Ella era delicada y deseable. Lo había esclavizado desde el primer momento en
que susurró su nombre en los vientos de los espíritus, sólo ahora lo reconocía de
buena gana.
- Aisling, - susurró de nuevo, tocando con sus labios los de ella, separándolos con
la lengua y llevándose su aliento, su espíritu, su gemido de placer, y
devolviéndole lo mismo.
Se había preocupado por eso, lo había temido. Pero cuando sintió que sus almas
se tocaban, bailaban y se fusionaban como almas gemelas, se llenó de euforia.
Tanta desesperación como ahora felicidad sentiría si estuviera separado de ella
durante mucho tiempo. Pero no le importaba en ese momento en que fueron un
solo ser.
En la cálida oscuridad sus lenguas se frotaron y envolvieron, se burlaron y
atormentaron. Fue más allá de todo lo que alguna vez hubiera experimentado. Se
convirtió en algo que siempre había anhelado.
Cada uno de sus gemidos se alojó en su corazón, lo llenó de una satisfacción sin
igual. Deslizó las manos sobre su espalda, sintiendo una renovada oleada de
satisfacción primaria de que ella lo aceptara sin importar la forma que tomara.
Con un pensamiento, las alas y la cola de demonio desaparecieron. Sus manos la
dejaron el tiempo suficiente para poder liberar su erección de sus pantalones,
tomarla por las caderas y levantarla hasta que el extremo de su polla se colocó en
su apertura. Ambos se estremecieron en éxtasis cuando ella liberó sus dedos
enredados en su pelo y lo abrazó fuertemente, cuando su lengua se envolvió y se
apareó con la suya.
La sensación lo inundaba. Una emoción salvaje lo guiaba. Un ansia incontrolable
barrió a través de él con la fuerza devastadora de la lava fundida. Nadie, ni ángel
ni humano, ni ser sobrenatural o Djinn, negaría este reclamo o la apartaría de él.
Nadie, ni siquiera el Príncipe, los mantendría separados.
Liberó su pelo, y se deleitó en su sensación sedosa. Le dio aliento cuando los
pulmones de ella clamaron por aire.
Su polla imitaba el empuje de su lengua, sumergida profunda y dura, con fuerza
dominante. Y ella respondía con gemidos de placer. Dio la bienvenida a su
agresión ablandándose contra él, mostrándose sumisa; reconociendo, con sus
acciones, que le pertenecía por completo y sin cuestionamientos.
Su estrecho canal se aflojó y apretó sobre su polla, enviando ondas de crudo y
casi doloroso placer a lo largo de su columna vertebral y dentro de su corazón.
¡Suya! Ella era suya. La seguridad de eso era reforzada cada vez que su pene
entraba y salía de ella.
Quería quedarse, saborear la intimidad del primer beso, el intercambio de aliento
que marcara la primera unión verdadera de sus almas. Pero la noche era joven
aún, demasiado llena de depredadores de los cuales cuidarse. Y el ansia se
desencadenaba demasiado fieramente. Comandaba los espasmos de sus caderas,
la tensión de sus testículos, la innegable necesidad de marcarse tan
profundamente en ella que cada una de sus células llevara su nombre,
respondiera a su llamada.
Cambió el ángulo de sus cuerpos, sintiéndola temblar cada vez que golpeaba su
clítoris. Cada embestida era una demanda, una declaración de intenciones. Ellos
estarían juntos.
El grito de liberación de Aisling se derramó dentro de él, donde sus labios se
tocaban. Y como el fuego Djinn, su éxtasis quemó a través de él, desencadenando
el suyo, y olas y olas de semen manaron a chorros de su polla.
Largos minutos después, él abandonó aquella vaina y reluctantemente la puso
sobre sus pies. Los desgarradoramente bellos ojos se encontraron con los de él.
Ella se tocó los labios hinchados por los besos, y preguntó, - ¿Por qué?
Sabía que ella preguntaba por qué él se había negado en repetidas ocasiones a la
intimidad de los besos, hasta ahora, pero no tenía respuestas, nada que pudiera
revelar hasta que no encontraran a quienquiera que estaba creando Ghost, hasta
que él hubiera tratado con Javier y regresado al reino de los Djinn con la tabla,
hasta después que hubiera luchado por un futuro con ella y lo hubiera ganado.
- Encontremos una habitación más defendible, - dijo, tocando suavemente sus
labios con los suyos antes de tomarla de la mano y guiarla más profundamente
dentro del edificio, hasta una zona sin ventanas y con una única puerta que
vigilar.
Aisling se vistió y se sentó en un rincón, abrazándose con las rodillas junto al
pecho. Por el momento se contentó con el rompecabezas de la cuestión de Zurael,
el cambio que había tenido lugar entre ellos. Tantas otras veces se había alejado
cuando ella había pensado tocar su boca con la suya.
Se humedeció los labios, revivió el fuego de su beso, los momentos en que el
único aliento que le había permitido había sido el suyo, como si su propia vida le
perteneciera. Sus pezones y su clítoris punzaron con renovada necesidad
sufriendo por la boca y las manos de él.
Él se paró en la puerta. Sus fosas nasales se estremecieron, como si pudiera sentir
el aroma de su excitación. Sus diminutos pezones se irguieron apretados, y la
serpiente que usaba en su antebrazo se onduló. Sus ojos se encontraron y se
miraron.
La satisfacción femenina se acurrucaba en su vientre y en sus pechos. El rápido y
brutal acoplamiento había provocado en él más deseo. Estaba allí en sus
músculos tensos, en la tirantez de sus facciones, en su miembro, una vez más
presionando grande y duro contra la parte delantera de sus pantalones.
Ella quería ponerse en pie e ir hacia él, perderse en el placer, la seguridad y la
paz que había encontrado en sus brazos. Quería mantener la sentencia del ángel,
la palabra abominación, lejos de su mente y evitar la verdad de sus propios
orígenes demoníacos, la preocupación por su propia alma que nunca la había
importado hasta que Zurael y luego el ángel, aparecieron. Pero el cercano grito
de un puma exigía cautela.
Los sonidos de crujidos y movimientos en otras partes de la construcción la
mantuvieron en su lugar. El zumbido de un helicóptero en otra zona de Los
Baldíos le recordó el peligro si tuvieran que renunciar a este escondite.
Alejó su atención de Zurael. El amuleto en forma de sol presionaba contra su
palma. Al principio había pensado que estaba destinado para protegerse contra
Zurael, y más tarde, cuando se hizo evidente que los guardianes la estaban
cazando, se había preguntado si la familia de Tamara la había enviado hacia una
trampa. Ahora no creía siquiera que fuera verdadero.
Aisling flexionó la muñeca, exponiendo el encanto dorado.
- ¿Funciona esto en ti?
- No. Pero sí lo hace para las fuerzas celestiales.
Ella tembló ante la furia y el odio en su voz. Pero no se apartó de su línea de
pensamiento.
- Levanna sabía que podría necesitarlo. La matriarca Wainwright no me habría
dado un hechizo poderoso si no quisiera que encontrara la Señal de la
Hermandad y volviera con Anya. Creo que adivinó lo que eres, y supo que
estaría a salvo de cualquier cosa en Los Baldíos, excepto de un ángel.
Zurael asintió con la cabeza.
- También pensé que era una trampa. Ahora pienso lo contrario. Los guardianes
no necesitarían a los perros, no si sabían el camino que estábamos siguiendo.
Un helado escalofrío recorrió el pecho de Aisling y se asentó alrededor de su
corazón como un puño helado al recordar a los guardianes pidiendo una prenda
con olor. El temor por Aziel le congeló el aliento en la garganta. En su mente vio
a los guardias irrumpir en su casa para conseguir algo de ella para presentar a los
sabuesos, sus pesadas botas y armas mortales ¿para el hurón atrapado dentro de
ellos? O ¿para la búsqueda?
Se estremeció y una vez más se abrazó con las rodillas contra el pecho. Se dijo
que Aziel era inteligente. Encontraría un lugar donde esconderse. Por largos
momentos la preocupación y el miedo crecieron. Sólo disminuyeron cuando
aceptó que no podía cambiar lo sucedido, reconociendo que no habría sido mejor
llevar a Aziel a Los Baldíos.
Si era un demonio menor, como ella sospechaba, entonces se habría convertido
en objetivo para el ataque del ángel. Y a diferencia de Zurael, no habría sido
capaz de defenderse por sí mismo. Aziel estaba atrapado en algo fuera del
cuerpo que usaba.
Aisling volvió al asunto de los guardias y quién podría haberlos enviado. Zurael
y ella eran testigos de que Cassandra entraba en el edificio de la estación de
policías y guardias poco después de que salieran de la biblioteca después de
buscar en Internet información acerca de Ghost y la Hermandad de la Señal. Por
dos veces los coches policiales se habían detenido junto al autobús, y una vez
había visto un Jeep de los guardias. Si habían estado tras ella, observándola,
decididos a impedir su entrada en Los Baldíos, ¿no habrían tenido que detenerla
antes? Y si estaban vendiendo protección, o estaban involucrados en distribuir
Ghost, entonces, ¿no sabrían dónde encontrar el recinto de la Hermandad?
Las cejas de Aisling se unieron. Se sentía como un perro de granja persiguiendo
sombras y hojas susurrantes, hasta que pensó en el Padre Ursu y el Obispo
Rutledge. La banda magnética de su pase de autobús revelaría que ella había ido
hasta la parada más cercana a Los Baldíos por segunda vez, viajando con otra
persona, sólo que esta vez no había vuelto a casa. Ella había dormido en la
iglesia. Su aroma estaría en la toalla que había usado después de la ducha, en las
sábanas y en la almohada. La visión de Annalise Wainwright había confirmado
que el Padre Ursu y el Obispo Rutledge deseaban encontrar la fuente de Ghost.
- La Iglesia podría haber enviado a los guardias, esperando que los llevaríamos a
quien quiera sea el responsable de Ghost, - dijo Aisling, tensándose con su
siguiente pensamiento. ¿Y si los guardias tenían órdenes de llevarla de vuelta
con vida? ¿Y si había sido el accidente del helicóptero lo que cambió la
naturaleza de la cacería? Un nudo se formó en su estómago ante las muertes
añadidas a sus pies, la mancha oscura de siempre en su alma. Cerró los ojos y
apoyó la frente contra las rodillas.
Casi al instante Zurael estuvo allí, siguiendo con los dedos las vértebras de su
columna vertebral, conociéndola ya tan bien que podía adivinar sus
pensamientos. Su aliento era caliente contra su oreja, los labios suaves. - La presa
siempre tiene derecho a defenderse.
Un suave gemido se le escapó cuando su lengua le acarició el lóbulo de la oreja.
Lo siguió otro cuando recorrió la concha de la oreja y después se deslizó al
interior. Su mano se introdujo entre su pecho y las rodillas, posesiva, le acarició
los senos y los pezones y la obligó a abrirse de su postura defensiva. - Hay que
dormir, - le susurró, deslizando la palma hacia abajo. - Hemos perdido terreno al
venir aquí para escapar de los guardias y reducir el riesgo de encontrarnos con
otro ángel. Tendremos que recuperarlo mañana, a pie.
Los labios de su coño se hincharon, enrojecidos y resbaladizos, abriéndose con la
misma facilidad que sus muslos cuando la mano de Zurael se deslizó debajo de
la cintura de sus pantalones de trabajo y sus bragas. Con un gemido, ella inclinó
la cabeza hacia atrás, acogiendo satisfecha la forma en que él cubrió su boca con
la suya y demandaba entrar con los avances dominantes de su lengua.
Los dedos que recorrían su espina fueron hasta su cabello, abriéndose a través de
él, por lo que le era imposible escapar, incluso si lo hubiera querido. Su palma
quemaba cuando cubrió posesivamente su pubis. Sus dedos se deslizaron dentro
de ella, y levantó las caderas para que él pudiera penetrar más profundamente.
El gemido de Zurael aumentó su deseo y su confianza. Ella no estuvo sola
cuando se rompió la intensidad del ansia que estalló a la vida cuando se tocaron.
El apretón sobre sus cabellos aumentó. Su lengua sondeó empujando al mismo
ritmo que sus dedos dentro y fuera de su canal, y su palma se deslizó sobre su
clítoris endurecido.
Cuando ella habría debido tomar aliento, él le permitió tomar sólo el suyo.
Cuando ella habría dejado que el éxtasis la consumiera, él la obligó a esperar. Fue
implacable, inflexible. Exigió todo de ella.
Y ella se rindió.
Él se convirtió en su mundo. La única realidad hasta que el dulce olvido la
reclamó bajo sus órdenes.
Capitulo 15
El olor de la carne cocinándose en una fogata hizo que el estómago de Aisling se
apretara dolorosamente. Le llegó una brisa con aroma de pino junto con el
sonido de música entremezclada con voces humanas. Tocó el cuchillo atado a su
muslo con tiras de saco. La comida que había empacado para el viaje de ellos a
Los Baldíos había sido consumida hacia horas, y milla tras milla, más temprano,
antes de que los primeros rayos de luz atravesaran el cielo.
Habían recuperado mucha de la distancia que habían perdido, por temor a la
oscuridad. El sol estaba saliendo cuando dejaron la ruina de la civilización y se
deslizaron dentro del espeso bosque.
En intervalos al azar continuaron encontrando el símbolo de antiguos creyentes
tallado en un árbol o arañado en un grupo de rocas. Un estrecho sendero de
ciervo los conducía más profundo a un lugar en donde únicamente un pequeño
trozo de luz de sol se filtraba, donde la Naturaleza había reclamado lo que una
vez había sido devastado por el hombre. Dos veces habían asustado a los zorros
de sus escondites, una vez encontraron las huellas de un gato grande, un puma
podía ser, o un jaguar. Aisling no podía decir si eran animales puros o seres
animales.
Zurael la detuvo con una mano en su codo, instándola a dejar el sendero e ir
detrás de un árbol tan ancho que ella no hubiera podido envolver sus brazos
alrededor de este si hubiera tratado. - Quédate aquí, - susurró, volviéndose parte
de la brisa antes de que pudiera hablar.
Aisling deslizó el largo y afilado cuchillo de cocina de su rústica vaina de saco y
esperó. Su estómago gruñó. Su boca se hacía agua mientras el aroma de pan
horneado se unía al de la carne cocinada.
Gritos de - ¡Amen! - acompañaban a los zapatazos y palmadas, una pandereta y
unos platillos, los sonidos de adoración llegaban con el tentador olor de la
comida. El duro nudo de hambre en su estómago se convertía en un pavor
helado. El ácido caliente irritaba en su garganta.
La promesa que había hecho en las Tierras Fantasmas pesaba profundamente
sobre ella: encontrar a quien sea que estuviese creando Ghost y matarlos o verlos
morir. ¿Y si no era una sola persona sino una congregación entera? ¿Y si cada
miembro de la Comunidad del Signo podía ser declarado culpable, salvo los
niños?
Se estremeció. Comprendió así lo que antes no había comprendido, que cuando
Aziel ofreció el nombre de Zurael, le había dado el arma para usar en esta tarea.
El suave remolino de hojas en sus pies le advirtió del regreso de Zurael. No se
estremeció cuando se solidificó cerca de ella, sus dedos se cerraron alrededor de
su muñeca para prevenirla de usar accidentalmente el cuchillo sobre él. - Ellos
adoran sin tener guardias vigilando, - dijo. - Es seguro acercarnos.
Aisling guardó el cuchillo. Las voces y la música aumentaban mientras ellos se
movían hacia delante. Su curiosidad y temerosa ansiedad subían con cada paso,
hasta que una vez de nuevo Zurael la sacó del camino, esta vez guiándola más
profundo dentro del bosque hasta que alcanzaron un punto alto donde la maleza
proveía cobertura y aún les permitía observar y atestiguar la reunión de los
miembros de la iglesia.
El servicio estaba siendo ofrecido en un pequeño claro. Aisling observó la
reunión buscando a Anya, su tensión acumulándose hasta que se dio cuenta que
no veía a ningún niño más joven de seis o siete.
Miró las caras de lo hombres y sintió alivio cuando no encontró la cara del
vendedor de Ghost que había estado en Pecadores la noche que ella y Zurael
fueron allí.
Las mesas de picnic de madera estaban colocadas en fila en el lado opuesto del
claro. En frente de ellas había varios círculos de fuego, cada uno con un asador al
que le daba vueltas una adolescente vestida con ropa oscura y sombría, su
atención dividida entre la carne que estaba cuidando y el predicador que se paró
detrás de un ancho altar de piedra.
Dos jovencitos manejaban los fuegos a ambos lados del altar, atizándolos,
rastrillando carbón o madera en los montones para mantenerlos ardiendo. Y en
el altar mismo, Aisling contó quince cajas rectangulares, colocadas caóticamente,
como si hubieran sido colocadas allí en ofrenda.
Se preguntó que contendrían, hasta que el cascabeleo comenzó. Este llegaba
rápido y furioso. Suave, como el susurrar de hojas. Los estallidos de sonido largo
y corto, cada uno diferente, todos característicos. Especialmente para alguien que
había crecido en una granja en el país. Serpientes de cascabel.
El predicador caminó alrededor para pararse en frente del altar. Su voz se oía
profunda, rica y persuasiva. - Hermanos y hermanas. Están aquí porque Dios los
trajo. Están aquí, parte de esta comunidad o los preparados para participar, en su
voluntad. Ya conocen sus palabras, acerca de las que Marco nos habló en el
capítulo dieciséis, comenzando con el versículo quince, ¡pero voy a decírselas de
nuevo!
Un coro de - ¡Amen! - se unió a sus palabras.
Él levantó sus brazos y apuntó hacia Oakland. - Y él dijo, salgamos al mundo y
prediquemos el evangelio a cada criatura. Aquellos que crean y sean bautizados
serán salvados. Aquellos que no crean serán maldecidos. Y esos signos seguirán
a los que crean.
- En mi nombre ellos sacarán a los demonios.
- Hablarán con nuevas lenguas.
- Tomarán a las serpientes…
El predicador abrió la caja más cercana y buscó dentro sin mirar. Sacó una
serpiente de cascabel pesada.
- Y beberán cualquier cosa mortal y esto no los herirá.
- Pondrán las manos sobre la enfermedad y serán sanados.
El predicador buscó en la segunda caja, sacando otra serpiente, esta una verde y
gris, larga y delgada.
Levantó sus brazos, agarrando ambas serpientes mientras los cascabeles
terminaban cerca de su cara como adornos en el cabello.
- Y ellos siguieron adelante y predicaron en todas partes, el Señor trabajando con
ellos y confirmando la Palabra con los seguidores de los signos ¡Amen!
- ¡Amen! - Gritó la congregación, y una mujer comenzó a tocar un tambor, su
ritmo dominado, pulsando de la misma forma a través del aire y la tierra,
exigiendo movimiento.
Hombres y mujeres bailaron, algunos en el lugar, otros hacia el altar y cerca de
los fuegos que los dos jovencitos estaban atendiendo. Un anciano alcanzó al
predicador y estaba agarrando una serpiente. La colocó alrededor de su cuello,
entonces abrió una caja y sacó otra, abrazándola a su pecho antes de ofrecerla a
una chica que parecía tener dieciséis años.
El olor de carne quemada alcanzó a Aisling. Observó con horror a un adolescente
parado cerca del fuego, su cara una máscara de éxtasis espiritual mientras
sujetaba un hierro de marcar contra su pecho. Cuando lo levantó, tenía el signo
de la cruz.
Otros, algunos con marcas, algunos sin ellas, lo celebraban. Y mientras la
atención de Aisling fluctuaba entre los dos fuegos, los jovencitos recalentaban los
hierros y entonces los ofrecían a cualquiera que se acercara. Y perdidos en la fe, o
abrazados por esta, ninguno gritaba mientras su carne ardía.
Cuando finalmente alejó la vista, Aisling vio todas las cajas abiertas. Ambos
hombres y mujeres, de la misma forma viejos y jóvenes, se pasaban alrededor las
serpientes, manejándolas. Y el cascabel de las serpientes se mezclaba en perfecta
armonía con el vibrar del tambor.
Una mujer de la congregación se paró y comenzó a profetizar. Un anciano cayó al
suelo, retorciéndose, entonces comenzó a hablar en lenguas.
Aisling se estremeció, incapaz de alejarse de la escena. Era igualmente fascinante
y repelente, horroroso y asombroso. Y por primera vez entendió completamente
como civilizaciones poderosas y el mundo como una vez fue habían llegado a ser
destruidos a causa de la religión.
Lentamente la energía y el éxtasis del servicio de adoración se desvanecieron,
controlado por el lento y suave golpe del tambor. Las serpientes fueron
regresadas a sus cajas, y la gente se aglomeró, rodeando al predicador para una
oración final, dicha en voz baja, murmurada en tonos que no alcanzaban más allá
del círculo de los miembros de la iglesia.
Cuando esta terminó, las mujeres y los muchachos fueron directamente hacia las
mesas de picnic… todos excepto la tamborilera. Ella se dirigió al lado del
predicador.
Las cestas de picnic de mimbre fueron sacadas de debajo de las mesas. Platos y
cubertería, manteles y finalmente platos de comida fueron dispuestos. Un
movimiento al final del claro llamó la atención de Aisling. Zurael murmuró,
- Ahí está la niña.
La niña estaba instalada en donde los niños no serían llevados por jóvenes
adolescentes que ya estaban dirigiéndose hacia los adultos y la comida como
cachorros entusiasmados. Y como si la aparición de los niños fuera la señal para
comenzar la comida, los hombres aún en el altar levantaron las cajas con las
serpientes y fueron hacia las mesas de picnic.
Las cajas fueron colocadas en el suelo, sobre los bancos y mesas, como si fueran
libros de himnos colocados a un lado después de servicio de adoración. Los
cascabeles de las serpientes se apagaron lentamente, haciendo audible el sonido
de conversación y risas, mientras la gente tomaba asiento y comenzaba a comer.
El estómago de Aisling se apretó dolorosamente. Su boca se hacía agua.
Se giró para mirar a Zurael, sus ojos atrapados en el tatuaje de serpiente
enrollada alrededor de su antebrazo antes de levantarlos para encontrar los ojos
de él. El hambre o la observación perspicaz, las palabras llegaron de ninguna
parte. - Si voy sola, contigo en forma de serpiente, podrían darnos la bienvenida
con menos sospecha y hablar más libremente en frente de nosotros.
El rechazo destelló en los ojos de Zurael. Sus rasgos tirantes. Aisling llevó la
punta de sus dedos a los labios de él con una confianza que una vez había sido
ajena a ella.
- No digas que no. Es la mejor manera. Dejemos que piensen que soy una de
ellos, alguien cuya fe está marcada por un signo en el que creen.
Su mano se levantó para volverse un grillete alrededor de su muñeca. Una
violenta tormenta rugía en sus ojos, rendida únicamente a la calma de la mortal
promesa. Él empujó sus dedos de donde tocaban su boca. - Nos acercaremos a la
reunión como tu sugieres. Mi habilidad para protegerte está limitada por la
forma de la serpiente. Se cuidadosa, Aisling. Cualquiera que te amenace estará
muerto antes de que golpeen el suelo. No me arriesgaré a que seas herida.
Los dedos alrededor de su muñeca se apretaron, entonces desaparecieron
mientras se alejaba y se volvía la serpiente que había sido el día que Elena los
visitó, el día que él y Aisling fueron llevados en contra de su voluntad hacia las
Tierras Espirituales por el toque de Ghost. Ella lo levantó y lo colocó sobre su
cuello como había visto hacer a los adoradores, como había hecho una vez con
Aziel cuando usó el cuerpo de una serpiente rey.
Su preocupación por Aziel la distrajo. Tropezó, enviando a volar a un grupo de
codornices desde el refugio con el ruido que hizo. Aisling se forzó a concentrarse
en el momento, en la tarea a mano. Era bastante fácil seguir el sendero. Era de
lejos más difícil dejar el refugio y la protección del bosque.
Su corazón corrió en su pecho. Sabía que en la forma de serpiente, Zurael
probaría su miedo. Si fue la desbandada de las codornices o simplemente una
prueba de cuan alertas estaban a su entorno, a pesar de la comodidad con la cual
estaban reunidos alrededor de las mesas de picnic, todos los ojos parecieron estar
sobre ellos en el momento en que se detuvo en el claro.
El predicador se levantó de la mesa, así como lo hizo la tamborilera. Ambos se
acercaron para recibirle con tranquila confianza, la fuerza de sus personalidades
la alcanzaron antes de que ellos lo hicieran.
- Bienvenida. Soy el Hermano Edom y esta es mi esposa, la hermana Elisheba.
La voz del predicador era el calor de la casa, la promesa de familia y seguridad.
Sus ojos eran los de un padre, de un hermano, viendo pasar del pecado a lo
bueno que yace debajo y ofreciendo perdón y comprensión.
- Comparte con nosotros la comida, - dijo su esposa en tonos líricos, sus ojos
suaves, ofreciendo un amor de madre, una amistad de hermana. - ¿Cómo
deberíamos llamarte?
Sus carismas eran casi abrumadores. Presionando contra la sique de Aisling
como si buscaran lugares vacíos para llenarlos y ganar en seguridad. Sus dedos
se curvaron inconscientemente alrededor de la bolsa con el fetiche oculto. Y con
una brusquedad que la dejó balanceándose suavemente, estaba libre de la sutil
influencia de Edom y Elisheba.
Aisling miró al suelo, esperando que ellos vieran éxito con vacilación, en vez de
fracaso. - Llámenme Aisling, - dijo ella en un susurro.
- Te ves cansada y hambrienta, agotada de tus andares, - dijo Elisheba. - Déjanos
lavar tus pies y recibirte apropiadamente.
- No, - dijo, decidiendo que era mejor no dejarlos llevarla muy profundamente
dentro de su mundo. - No puedo quedarme.
Se atrevió a levantar su cara y encontrar sus ojos de nuevo. En ellos vio
compasión y pesar, tierna comprensión e infinita paciencia. Pero a diferencia de
antes, no se sintió golpeada por las emociones.
- Entendemos, - dijo Edom. - Para algunos toma tiempo creer y aceptar que Dios
ofrece una prueba del paraíso sobre la Tierra para aquellos que hacen Su trabajo.
Ven comparte una comida y compañía con nosotros.
Aisling los siguió a las mesas de picnic y fue presentada. Un lugar a la izquierda
de Elisheba fue limpiado rápidamente para ella, aunque cuando los otros
retornaron a sus asientos, notaron la presencia de Zurael y no se sentaron sino
dentro de una distancia prudente.
Un plato cargado con rebanadas de cerdo estaba colocado cerca de Aisling. Su
estómago gruñó tan alto que el calor coloreó sus mejillas. Pero la gente alrededor
suyo rió con buen humor y pusieron otro alimento en su dirección.
Ella comió, aunque después de los pocos primeros mordiscos el peso de Zurael,
cargado sobre su cuello, se hizo más pesado y su conciencia hizo que el alimento
perdiera algo de su sabor. Odió el pensamiento de él estando hambriento en
medio de tal banquete, pero se consoló con el conocimiento de que podía cazar
más tarde o encontrar la cocina de la Comunidad y deslizarse sin ser visto.
Cuando la comida terminó, las jóvenes recogieron los platos mientras los
mayores servían el postre. Muchachos de todas las edades se pararon,
amontonándose más cerca de la mesa donde ella se sentaba, aparentemente
atraídos por Zurael.
- Parece venenoso, - dijo uno de ellos, su mirada fascinada en él.
- Creo que podría serlo, - dijo Aisling y hubo murmullos de agradecimiento de
los muchachos cuando Zurael abrió su boca para revelar los mortales colmillos.
- Estaba en el extremo del claro. Lo recogí después de presenciar el servicio de
adoración.
Varios de los chicos asintieron.
Edom dijo, - ¡El Espíritu vino a ti, Aisling! ¡Te recuperó a través de un portal y en
la Comunidad… no solo para tu bien, también para el nuestro!
- ¡Amen! - Dijo la gente dentro del alcance de lo escuchado.
- Te envió como prueba al mundo, - dijo Edom.
- Dinos más, - respondió el coro.
- Dios es un dios vivo, - dijo. - Él es un espíritu. No tiene cuerpo. Excepto
nosotros. Somos su cuerpo.
- ¡Amen!
- Somos sus manos y su boca. Somos su camino en este mundo.
- ¡Amen!
- ¡Amen! - Dijo Edom, dejando un silencio pulsante y lleno de energía que
Aisling cubrió preguntando, - ¿Es ese el por que haces y vendes Ghost? ¿Así las
personas estarán abiertas al Espíritu?
Ella pensó que estarían a la defensiva, temerosos de que supiera acerca de Ghost.
Pero su pregunta fue recibida por sonrisas comprensivas y señales de aliento, por
murmullos de, - Bienvenida hermana.
Sus reacciones la confundieron. Esto hizo que su estómago se sintiera pesado y
frío. Su conciencia se estremeció y su alma retrocedió ante el pensamiento de
presenciar la matanza de las personas que parecían extrañamente inocentes,
inconscientes de la devastación que un día sería desatada a causa de sus
creencias.
Edom se inclinó hacia delante, sus ojos brillando con el fervor de su fe. - Hoy no
es la primera vez que El Espíritu ha venido a ti, ¿no es así? Llegó golpeando
cuando estabas en uno de esos lugares de pecado en la ciudad… lugares con
nombres que proclaman sus maldades. ¡Lujuria! ¡Codicia! ¡Envidia! Esos son solo
unos pocos de los clubes para multitudes de personas, tratando de llenar un
vacío que solo puede ser llenado por ¡Él!
- No se preocupe, Hermana, todos somos pecadores. Todos tenemos cosas en
nuestros pasados, obras y pensamientos de los que estamos avergonzados.
- No eres la primera persona que busca placer usando la cosa que la gente ha
terminado por llamar Ghost. No eres la única que al final enfrentará la desgracia,
el mal que se deslizó en tu vida mientras no estabas mirando. No eres la primera
persona que hace un peregrinaje desde la ciudad buscando la salvación,
respondiendo al llamado.
- Bien, ustedes lo han encontrado a Él y nos han encontrado a nosotros. ¡Amen!
- ¡Amen! - Corearon, vibrando a través de Aisling como un repicar de muerte.
- ¿Así que hacéis Ghost? - Preguntó de nuevo, necesitando estar segura pero
temiendo oírlos admitirlo.
El fruncimiento del ceño de Edom le dijo que la pregunta era inesperada,
inoportuna después de la pasión de sus palabras.
Elisheba cubrió su mano con la de ella y le dio a Aisling una pequeña y cómplice
sonrisa. - He oído que algunos se volvieron adictos a Ghost porque ocasiona un
éxtasis físico incomparable. Pero una vez has conocido el verdadero
arrobamiento espiritual, Aisling, ya no ansías más Ghost.
- Ninguno de los miembros de la Comunidad usa drogas. Ellos están
entusiasmados con Dios y la vida que les ha traído. No hacemos drogas aquí.
Conseguimos una pequeña cantidad de dinero por el intercambio para distribuir
Ghost y lo vendemos únicamente en la zona roja, donde aquellos que lo compran
pueden encontrar salvación en un lugar de condenación.
- ¿Realmente lo veis solo como una droga? - Preguntó Aisling, su voz cargada
con ambos horror e incredulidad.
Las caras molestas. La amabilidad desaparecida. Los ojos mirando atrás y
adelante entre ella, el predicador y su esposa.
Una niña pequeña, empezando a andar, se paró tambaleándose entre él y
Elisheba. - ¡Arriba, mami! - Dijo la niñita, y alrededor de la mesa algunas de las
sonrisas reaparecieron brevemente.
Edom midió a su congregación. Su expresión se volvió sombría y pensativa, el
carisma envolviéndose en él, haciéndolo parecer considerado, un hombre sin
temor de buscar y confrontar la verdad.
- ¿Qué quieres decir? - Preguntó y Aisling consideró si algunos de los miembros
de la Comunidad estaban opuestos a la venta de Ghost, si podría ser que ellos
después de todo no fueran ovejas.
Ella reunió sus pensamientos. Eligió las palabras y argumentos que al final los
llevaría a decirles quién de ellos distribuía Ghost.
- Tú dices que El Espíritu viene a una persona, tocando y abriendo una puerta a
la redención y la salvación.
Aisling se detuvo y de algún lugar detrás de ella el espacio fue llenado por un
suave, - Amen.
- Bien, Ghost puede servir a ese propósito. Estoy tomándolo de vuestra fe. Esto
puede traer la luz.
El Hermano Edom asintió. - Amen. Puede traer la luz.
- Pero tengo la certeza que puede traer la oscuridad. Puede abrir la puerta y dejar
entrar el mal. Lo he visto por mí misma.
- ¡Háblanos acerca de eso!
Aisling devolvió una sonrisa. Sintió un ritmo apoderándose, comprendiendo el
poder adictivo de la palabra.
- Lo que dijo el hermano Edom fue correcto. Estaba en un lugar de pecado. Un
lugar que alardea de esto en el nombre de lo que pasa.
- Hemos estado allí, Hermana.
- El Hermano Edom estaba equivocado cuando dijo que yo estaba usando Ghost.
No lo hice. Pero había hombres que sí. Hombres que lo compraban de uno de
ustedes. Quienes lo frotaban sobre sí mismos y lo comían. Quienes encontraron
el placer del que la Hermana Elisheba habló y lo volvieron un espectáculo
obsceno para otros en ese lugar.
- Dinos más.
- Estaba allí cuando una presencia maligna se deslizó en el cuarto como un viento
helado. Observé como esto llamaba a otros a unírsele y se movían sobre los
hombres, deslizándose en ellos como una mano dentro de un guante.
- ¿Entonces qué paso? - Llegó un coro de voces.
- ¡El mal reconoció al mal! - Una voz estridente de hombre respondió, y Aisling
giró su cabeza para ver al vendedor de Ghost que había estado presente esa
noche aproximándose a las mesas, su dedo apuntando acusadoramente hacia
ella.
Él estaba sucio, su ropa rota y sus ojos quemando con celo. El pelo marrón hasta
los hombros estaba enredado y enmarañado, salvaje… y por un instante su
imagen estuvo superpuesta sobre una que ella había visto en un libro de arte…
de la furia del salvador de los cristianos mientras arrojaba a los mercaderes del
templo.
- El mal reconoce al mal, - repitió el hombre. - Ellos la atacaron y fueron lanzados
del club. Los hombres fueron despedazados y comidos por lobos y perros
mientras la shaman y su amante corrían y los pecadores dentro brindaban por las
bestias. Y ahora el mal ha venido a nuestro hogar, como algunos de nosotros
dijimos cuando discutíamos en contra de conseguir dinero por distribuir Ghost.
Estás equivocado, Edom, para tratar con el malvado, nos enviaste fuera a sus
lugares de maldad. Y ahora todos pagaremos por esto a menos que Él vea que
podemos atenernos a su palabra y seamos dignos de protección.
El hombre abrió dos de las cajas y, sin mirar, buscó y sacó a las serpientes. Ellas
cascabelearon furiosamente, forcejeando y retorciéndose en su agarre, las bocas
abiertas.
- No deberíais permitir entre nosotros a cualquiera que sea un encantador, o
bruja, o un consultor familiarizado con espíritus, o un nigromante. ¡No deberían
permitirles vivir! - Gritó, lanzando las serpientes hacia Aisling y buscando a más
de ellas.
Las personas se levantaron de sus bancos. Trepando para alejarse de las
serpientes que se enrollaban, golpeaban y deslizaban a través de la mesa de
madera. Un niño gritó repetidamente, en forma estridente y aterrorizada.
Zurael se lanzó. Desvió una serpiente antes de que esta pudiera alcanzar a
Aisling, entonces se desplazó hacia delante. Un hombre gritó mientras una
serpiente giraba alrededor y mordía su mejilla mientras trataba de sojuzgar al
vendedor de Ghost.
Zurael golpeó y se apartó. Regresando a enrollarse a los pies de Aisling, la boca
abierta, la parte superior de su cuerpo levantada y balanceándose. El vendedor
de Ghost cayó, muerto antes de que alcanzara el suelo… tal y como Zurael había
prometido que pasaría a cualquiera que la amenazara.
El aire vibraba con el cascabeleo de las serpientes, entonces fue roto por los gritos
silenciados abruptamente de un niño. Los hombres se cerraron sobre las
serpientes liberadas, recapturando a las únicas que se mantuvieron en su espacio,
cazando a las que se deslizaron hacia el bosque.
Así lentamente el caos dio paso a la calma.
Entonces Aisling escuchó los sollozos, el ruego, las oraciones apasionadas. Ella se
giró para encontrar a Elisheba y Edom arrodillados en el suelo cerca de la bebé
regordeta. La niña estaba inconsciente, temblando. Las marcas de punción
deslucían sus brazos donde había sido mordida.
Ellos habían usado un cuchillo de la mesa para cortar y abrir su piel. Ahora
trataban fervorosamente de sacar el veneno con sus bocas. Pero la condición de la
bebé era prueba de cómo este ya se había extendido rápidamente.
Aisling se quitó el collar con el amuleto de sanación de bruja y se arrodilló cerca
de Elisheba. - ¿Aceptarías mi ayuda?
Edom la vio y escupió sangre. Sus cansados ojos en ella, no con el encantador
carisma que parecía ofrecer perdón y comprensión, sino con una intensidad de
divinidad, como si estuviera buscando la mancha negra del mal en su alma. Miró
a su niña. Por un horroroso segundo Aisling pensó que se negarían a su ayuda.
Elisheba lo alcanzó a través del pequeñito cuerpo y colocó su mano sobre su
brazo. - Edom, por favor, - dijo y él asintió.
Aisling esperaba que el amuleto fuera tan poderoso como Tamara afirmaba. Lo
presionó sobre la herida en el cuello de la niña. El efecto fue inmediato. La
pequeña niña dejó de temblar. Sus pestañas abanicando, primero rápido,
entonces más lento, como si estuviera siendo atraída a la conciencia a la misma
velocidad que el veneno estaba siendo absorbido por el amuleto.
Debajo de los dedos de Aisling, las hebras tejidas del amuleto se suavizaron y
tomaron la textura de hilo mojado antes de endurecerse de nuevo, cambiando de
gris pálido a negro, y finalmente desmoronándose desde fuera hacia adentro. Las
furiosas venas en los brazos y cuello de la niña, abandonadas por el veneno
propagado, se esfumaron. Desaparecieron.
Un gimoteo anunció el regreso de la pequeña a la conciencia. Elisheba acarició
los húmedos rizos rubio platino y susurró oraciones de agradecimiento. Lloró en
jubiloso alivio cuando los ojos de su hija se abrieron y los regordetes brazos se
alzaron hacia arriba.
Todo lo que quedó del amuleto fue un gran círculo del tamaño de una moneda.
Se había detenido el cambio contra los dedos de Aisling así que lo alejó de la piel
de la niña.
Edom dijo, - ¿le darás la ayuda que puedas al Hermano Samuel?
- Si, - respondió, buscando al hombre que había sido mordido en la mejilla
mientras trataba de detener al vendedor de Ghost.
El Hermano Samuel estaba tendido sobre una mesa de picnic, gimiendo de dolor.
Su cara ya estaba grotescamente distorsionada por la hinchazón, su pecho se
elevaba y caía rápidamente. Aisling no estaba segura que hubiera dejado
suficiente del amuleto para salvarlo. Pero ella lo apuraría. Alguien había cortado
a través de las heridas punzantes dejadas por los colmillos, pero poca sangre
rezumaba de la abertura.
- Mantenedlo abajo, - dijo Aisling.
Guiada por el instinto, por su experiencia con los fetiches que llevaba y las
entidades que representaban, extrajo su daga de la cubierta en su espalda y cortó
a través de la mejilla del hombre, profundizando la herida que ya estaba ahí
hasta que sangró libremente. Él gritó y se sacudió. Levantándose de la mesa.
Por la esquina de su ojo, Aisling vio a Zurael preparado para atacar.
- ¡No! - Dijo y rápidamente presionó el amuleto en la piel del hombre.
Este se estremeció. Continuó forcejeando hasta que lo que quedaba del amuleto
se puso empapado, entonces se endureció y finalmente se rompió.
- Estará bien ahora, - el hombre graznó, rodando hacia su costado y vomitando
cuando los otros lo soltaron. Su piel estaba húmeda, pero la hinchazón se había
ido de su cara.
Sobre otra mesa reposaba el cuerpo del vendedor de Ghost. La culpa se cernió
sobre Aisling por traer a la muerte con ella.
Pero no le permitió instalarse. En los ojos de su mente vislumbró la visión del
futuro capturada en una piscina de su propia sangre en las tierras de los
espíritus… imágenes alegres de un mundo donde los espíritus malignos
encontraban fácilmente los caminos de regreso al lugar que una vez llamaron
hogar.
Miró alrededor suyo y se encontró con expresiones sombrías. Se giró para
encontrar a Edom y Elisheba parados, la niñita en los brazos de su madre.
La tensión subió con el silencio. Y en ese silencio llegó el más ligero susurro de
hojas, como una brisa, levantándose de sus pies, enredándose a su alrededor,
levantando su pelo y haciéndole pensar que Zurael se había despojado de la piel
de serpiente y ahora esperaba para asumir desde lejos una forma más mortal que
la de las serpientes.
- Si sois los culpables de crear Ghost, más moriréis, quizás la mayoría, - dijo ella,
decidiendo decirles la verdad. - Vine aquí buscando a la persona responsable por
esto.
Edom se encontró con sus ojos por un largo momento. Un temblor superficial
corrió a través de él antes de que pareciera acumularse su carisma natural. Miró
alrededor, deteniéndose sobre algunos de los miembros más antiguos de su
iglesia, y dijo, - Dios es un dios vivo. Él es un espíritu. Él no tiene cuerpo, excepto
el nuestro.
- Amen.
- Usualmente cuando Él viene a nosotros estamos en un estado de oración. Nos
dice que tomemos a la serpiente, que pongamos Su marca sobre nuestra carne.
Pero no siempre.
- Amen.
- Hubo un tiempo en que Él se posesionó en mí y vi a un ángel.
- Dinos más.
- Quieren oír que esto fue una hermosa visión.
- Si, Hermano.
- Quieren oír que estaba lleno con su glorioso amor.
- Si, Hermano.
- Bueno, no voy a decirles ninguna de esas cosas. Voy a decirles que fue una
visión terrible. Esto me llenó de miedo, el mismo miedo que tengo ahora, parado
en presencia de esta extraña… ¡esta extraña que apareció con los seguidores de
los signos! ¡Pero estoy agradecido por el miedo! Estoy agradecido por la
oportunidad de hacer las cosas bien antes de que sea demasiado tarde.
Edom apuntó al cadáver colocado sobre la mesa de picnic. - Hermanos y
hermanas, nos hemos estado engañando a nosotros mismos sobre Ghost. Eso nos
costó un buen hombre.
- Él era un buen hombre, - llegó la réplica.
- El Hermano Scott vio el mensaje que Él entregara en ese lugar de pecado pero
no supimos como interpretarlo correctamente. Nos hemos estado diciendo a
nosotros mismos que todo era correcto porque no estábamos rompiendo ninguna
de las leyes, ya que el poco dinero que tomábamos por esto era para hacer Su
trabajo. ¡Pero no más!
- Amen.
- No seremos parte de los planes del demonio.
- Tienes razón en eso, Hermano.
- Amen, - dijo Edom, liberando el agarre que tenía sobre su congregación y
girándose hacia Aisling, moviéndose delante de ella. - Solo unos pocos de
nosotros sabemos de donde viene la droga. Es mejor si lo mantenemos de esa
forma.
Los miembros reunidos de la iglesia se dispersaron, respetando la necesidad de
privacidad. Las mujeres y las jóvenes comenzaron a limpiar las mesas de picnic.
Hombres y muchachos agrupados alrededor del cadáver, discutiendo los detalles
del entierro.
- Ella no cree que sabemos quien es, - dijo Elisheba cuando Aisling se paró cerca
del predicador y su esposa. - Edom y yo somos las únicas dos personas que
hemos visto su cara. Si descubre que la hemos reconocido, los guardias tendrán
una excusa para matarnos y ninguno preguntará o será prudente.
- ¿Quién es ella? - Preguntó Aisling.
- Ilka Glass, - dijo Edom, nombrando a la mujer depredadora de rojo que tan
fácilmente convenció a la multitud en Pecadores para que votaran para llevar a
los hombres Ghosting a sus muertes. - Ella es la esposa del hombre que está
encargado de los centinelas.-
-Y poderosa por derecho propio, - añadió Elisheba.
- Ella es hija de una de las Primeras Familias que reclamaron Oakland. Su esposo
nunca ha venido con ella, pero debe saber o ser parte de lo que está haciendo.
Hay muchos centinelas cazando en Los Baldíos los días en que ella nos da Ghost
y recoge lo que tomamos de aquellos quienes compraron el lote anterior.
Una voz de hombre interrumpió. - Hermano Edom, ¿Qué debemos hacer con
esto? Aún está lleno.
Aisling se estremeció a la vista del pequeño envase parecido a un ataúd que el
vendedor de Ghost le ofreció en Pecadores, en los segundos anteriores a que una
frialdad barriera a lo largo del cuarto como una presencia maligna. El último.
- Tráelo aquí, - dijo Edom, y como si leyera los pensamientos de Aisling, añadió,
- no tenemos nada más de Ghost. El Hermano Scott tomó todo lo que había
quedado de lo que conseguimos el mes pasado en la ciudad. No aceptaremos
nada más de esto si nos es ofrecido después de la próxima luna llena.
- ¿Es entonces cuando lo consiguen? - Preguntó Aisling, sabiendo que la luna
llena era en una semana y no le sorprendía que una sustancia como Ghost fuera
creada en un momento cuando el poder de muchos seres sobrenaturales
alcanzaba la cima y la barrera entre este mundo y el espiritual se volvía delgada.
- Lo conseguimos al día siguiente de la luna llena, - dijo Elisheba.
El hombre quien había descubierto el recipiente caminó como si él estuviera
llevando una bomba que podría detonar en su mano, o un artefacto que podría
causar que los cielos se abrieran y una descarga de relámpago lo golpeara.
Cuando los alcanzó, Edom lo tomó y lo empujó hacia las manos de Aisling. Ella
luchó contra el impulso de lanzarlo a un lado y limpiar la humedad de las
palmas en sus pantalones.
Su corazón corrió. Se abrazó a sí misma, casi esperando que los vientos
espirituales le reclamaran a pesar del tentáculo de ónice escondido en su bolsa de
fetiches y la delgada rebanada de metal guardada conteniendo una sustancia
poderosa. No pasó nada. Su corazón bajó la velocidad. Soltó el aliento que estaba
conteniendo.
Aisling deslizó el envase en el bolsillo de su chaqueta. Mujeres y adolescentes
estaban levantando las cestas y reuniendo a los niños más pequeños, intentando
regresar al complejo de la Comunidad escondido de la vista.
- Ghost no era la única razón para venir aquí, - dijo, localizando finalmente a
Anya parada aparte, sus rasgos tirantes con la expresión de extrema fatiga que
había visto bastante a menudo en las caras de aquellos que dejaban a las puertas
de Geneva. - Vine por uno de los niños traídos aquí desde La Misión.
- ¿Recientemente? - Preguntó Elisheba.
- Ayer. Tiene un hogar en otra parte.
- Ah, esos niños aún no han sido recibidos por familias, - dijo Elisheba, el alivio
en su voz. - ¿Edom?
Él asintió. - Lleva a la niña contigo. Si has estado en La Misión, entonces sabes
que hay muchos otros que podríamos criar en nuestra comunidad.
Aisling miró al cielo. El viaje de regreso sería más rápido a partir del hecho de
que no necesitarían buscar los símbolos que guíaban a la Comunidad. Si se
apuraban, deberían regresar a las afueras de Oakland con tiempo para agarrar el
autobús y llevar a Anya a la casa de los Wainwright antes de oscurecer.
- Los dejaremos ahora, - dijo ella, buscando subrepticiamente a Zurael pero sin
ver a la serpiente.
- Que el espíritu esté contigo, - dijo Edom.
- Amen, - murmuró Elisheba.
Aisling fue hacia Anya. La niña tomó su mano extendida y la sorprendió
diciendo, - Soñé que venías por mí.
Una ola de nostalgia la asaltó mientras pensaba en sus hermanas y hermanos,
especialmente los jóvenes, talentosos. - Te voy a llevar a una familia a la cual
pertenecerás.
Anya afirmó solemnemente.
Un miembro de la iglesia le dio a Aisling una cesta con comida empacada
mientras ellas andaban. - Para tu viaje. Podría el espíritu quedarse contigo
mientras estás en la tierra del pecado.
- Gracias.
En el borde del bosque Aisling sintió el cálido aliento de una brisa
arremolinándose, pasando sobre ella. Desde el oscuro refugio de pino y roble,
Zurael emergió bloqueando el camino.
La mano de Anya se apretó ligeramente en la de Aisling. Con la misma voz
solemne con la cual le había agradecido, dijo, - Eres mágico. Como el hurón.
Zurael rió entre dientes y la gentil expresión en su cara mientras miraba a la niña
envió una cascada de calidez a los dedos de Aisling. Ella le entregó la comida. Él
se inclinó, susurrando un beso a través de sus labios. - Gracias. Tendremos que
apurarnos si esperamos hacerlo.
Ellos se turnaron, cada uno llevando a Anya, alternando entre caminar y correr.
Corrían hacia el sol, esquivando a los centinelas y humanos ilegales que
patrullaban Los Baldíos a la luz del día.
Sería un descanso llegar a La Misión. Pasar el apuro y subir a un autobús vacío.
Ambas, Tamara y su madre estaban en el porche de los Wainwright cuando
Aisling, llevando a una exhausta y dormida Anya, giró en la esquina con Zurael.
La niña no despertó cuando fue transferida a los esperados brazos de Annalisse.
Los dedos de Aisling fueron al colgante con forma de sol en su muñeca.
Annalisse agitó su cabeza negando y susurró, - Levanna quiere que te lo quedes.
El anochecer se aproximaba demasiado rápidamente para rezagarse. Pero Aisling
quería hacerlo. Su corazón se sentía extrañamente pesado, sus brazos vacíos
ahora que Annalisse tenía a Anya.
- Visita a la niña cuando puedas, - dijo con una sonrisa comprensiva.
- Lo haré.
Aisling abandonó el porche y se reunió con Zurael donde esperaba, más allá de
los límites protegidos de la propiedad de las brujas. Sus pensamientos fueron de
Anya a Aziel y apresuró su paso.
La destrucción y devastación la recibieron cuando abrió la puerta. El viejo y
desvencijado mueble estaba volteado, tirado contra la pared y roto. Las puertas
de los armarios colgaban abiertas en la cocina. Pero era el silencio, el vacío, el
temor de encontrar a Aziel muerto lo que le entumecía el corazón.
No protestó cuando Zurael la urgió a adelantarse y hacerse a un lado, cerrando la
puerta detrás de ellos, así el violento centinela no sabría que habían regresado.
- Déjame revisar los otros cuartos, - dijo él, la voz suave, sus nudillos frotando su
mejilla, sus ojos ardiendo con feroz ternura.
Aisling asintió y se inclinó contra la pared para apoyarse. La culpa la inundó.
Que fácilmente se había convencido de que era el Padre Ursu quien había
enviado a los centinelas detrás de ella, usando la ropa de cama o una toalla
descartada de su noche en la iglesia como un objeto para rastrearla. Que
fácilmente había puesto a un lado su preocupación por Aziel, diciéndose que él
estaba seguro en la casa. Si solamente…
- Aziel no está aquí, - dijo Zurael, y ella se hundió, dividiéndose entre el alivio y
el temor.
Capitulo 16
La rabia cursó a través de Zurael por la violación de la casa de Aisling y el dolor
radiando de ella por la pérdida de su mascota. Él se sentía salvaje, apenas sin
control, sin otra salida para su furia que la pasión. La tomó en sus brazos y
aplastó su boca en la de ella, prometiéndola con la fuerza de su beso que él vería
a su mascota volver y ella sufriría la venganza. Ella se suavizó inmediatamente.
Se aferraba a él con fuerza y consuelo, y al hacer eso, moderándole.
Cuando habían viajado a través de Los Baldíos, habían decidido un plan de
acción, razonando que el mejor lugar para buscar a los responsables de Ghost era
Pecadores, donde no habría repercusiones ni de humanos presentes ni de la ley.
- Si el hombre a cargo de guardaespaldas y su esposa saben algo sobre esto, lo
sabremos esta noche, - dijo Zurael, separándose del beso lo suficiente para decir
las palabras antes de volver a capturar sus labios.
Él frotó su lengua contra la suya. Sin saber como se había resistido al atractivo de
su boca, a la aplastante intimidad del alma de compartir un beso. Una
desesperación se asentó en él. Si tenían éxito esta noche en destruir a los
responsables de Ghost, entonces él tendría que volver su atención a su propia
tarea y ella se convertiría en el cebo para atrapar a Javier. No podía ver otro
camino. Pero el pensamiento de ella estando en peligro...
No podía evitarlo. Hasta que él hubiera vuelto al reino de su padre con la tabla
en su posesión, su futuro juntos era inseguro y su vida estaría en riesgo por los
Djinn. Con un gruñido levantó a Aisling y la llevó al cuarto de baño. La dejó de
pie al lado de la ducha.
- Necesitamos darnos prisa si vamos para ir a Pecadores, - dijo él, quitándose la
ropa antes de alcanzar para encender el agua.
Sus ropas cayeron rápidamente y él se estremeció en éxtasis al sentir su piel
contra la suya. Entraron debajo del agua, ya perdidos en el capullo lleno de
vapor de la pasión. Zurael la levantó, empalándola. Su lengua empujó contra la
suya con la misma urgencia en la que su pene se sumergía en su hendidura.
Él se prometió que un día la tumbaría en una cama cubierta con almohadas
sedosas y sábanas. Pasaría horas dándola placer con su boca y sus manos, y
recibiendo placer de vuelta. Pero aquí, ahora, con la noche aproximándose
rápidamente, él se acopló con ella furiosamente. Se tragó su grito de liberación y
llegó un estremecimiento, la caliente erupción cuando su canal se tensó como un
puño erótico alrededor de su pene.
Se dieron prisa a través del resto de la ducha, luego se vistieron y comieron. Una
llamada sonó cuando estaban listos para salir. Aisling fue a la ventana y miró
fijamente, sintió su respiración congelarse en sus pulmones a la vista de un
sacerdote en togas negras.
- Es el Padre Ursu, - dijo ella, manteniendo su voz lo bastante baja para no ser
oída a través de la puerta.
Un cálido remolino de aire la recibió anunciándose. Ella se giró para encontrar la
habitación vacía.
No creía que fuera una coincidencia que el Padre Ursu hubiera llegado tan
pronto después de que hubiera usado el pase del autobús, aunque a diferente de
antes, lo había deslizado a través del lector de la tarjeta magnética solo una vez,
luego usó el dinero doblado para pagar el billete de Zurael y de Anya, esperando
que la Iglesia no pasara el tiempo preguntando al conductor del autobús y
descubrir que no había viajado sola. Abrió la puerta pero la bloqueó con su
cuerpo para que el Padre Ursu no pudiera entrar y retrasarles de llegar a
Pecadores.
La preocupación arrugó su frente. Sus ojos estuvieron amables hasta que miró
detrás de ella, a la devastación del salón. La sorpresa se registró en su cara. Y
aunque nunca confiaría en él, no pensó que fuera fingido.
- ¿Qué ocurrió aquí? - Preguntó él. - ¿Quién hizo esto?
- No se quien es el responsable. Estaba así cuando regresé a casa.
Su atención cambió a la derecha. - Al menos tu mascota no fue herida.
Durante un instante la vista del negro hurón dejó a Aisling aturdida con
felicidad. Pero cuando no pió un saludo o se movió de su posición al lado de la
puerta supo que era Zurael y no Aziel.
Ella luchó con la preocupación que amenazó con aplastarla con los pensamientos
de Aziel, darse cuenta de la apariencia de Zurael significaba que consiguió una
reacción del Padre Ursu, para evaluar si o no podría saber donde estaba Aziel.
Aisling consideró lo que había visto en la cara del Padre Ursu y lo que oyó en sus
palabras. Una y otra vez pensó que no estaban fingiendo.
Se dio cuenta de que él debería haber preguntado al conductor quien les recogió
en el borde de Oakland el día anterior. Sino no hubiera sabido que Aziel no
estaba con ellos. Sin facilidad su estómago se anudó cuando miró al Padre Ursu y
le cogió con sus ojos cerrados, sus cejas juntas, su atención aún en Zurael.
Las palabras de Javier sonaron en su mente. Pasé un gran tiempo de mi infancia al
tierno cuidado de la Iglesia, mucho de este con el Padre Ursu, quien veía la oscura
naturaleza de mi alma, leía mi aura y la fuerza de mis talentos inherentes. El Padre
Ursu abrió sus ojos y la pilló mirándole. - Aisling, - dijo él, y el peso que le dio a
su nombre invitaba a la confesión, como si hubiera leído el aura de Zurael y
supiera que ella era la consorte de un demonio. - ¿Podría entrar?
- Estaba por salir.
- ¿Tan cerca del anochecer? ¿Piensas que es prudente?
Ella pensó que lo mejor era desviarle si podía. - No voy muy lejos. Solo a la casa
de un amigo.
La expresión de decepción se estableció en sus gestos. - Sospecho que al amigo
que intentas visitar es uno muy bueno que espero que hable contigo. Como
sabes, la muerte de Henri pesa pesadamente sobre mí. Fui su sacerdote, y a
menudo no, el único amigo que él sentía con el que podía hablar abiertamente.
Siento un gran trato de responsabilidad hacia ti también. Eres una mujer joven
maravillosa fuera de tu ciudad por primera vez y sola en un lugar extraño. Solo
porque lleve las túnicas de la Iglesia no significa que no comprenda la soledad o
las tentaciones de la carne.
Aisling no pudo impedir el calor subiendo en sus mejillas. Miró detrás de él al
anochecer cada vez mayor, quería deshacerse de su presencia y sus falsos
intentos de ser su amigo.
La cara del Padre Ursu se suavizó, invitando la confianza. - La última noche fue
traído a mi atención que bajaste del autobús cerca de La Misión y no lo habías
cogido para un viaje de regreso. Sospeché, dada tu historia, que podrías haber
decidido ayudar a Davida con los huérfanos. Pero estaba bastante preocupado al
contactarla. Me dijo que habías estado allí en la compañía de un hombre
previamente, y que te había visto entrar en Los Baldíos con ese mismo hombre
antes en el día.
El corazón de Aisling se aceleró con sus pensamientos. Las preguntas se
formaban pero ella no habló, porque hacerlas revelaría también lo que ella sabía,
lo que adivinaba. Cuando no dijo nada, la mirada del Padre Ursu llenó el espacio
entre ellos. Hizo un punto de la mirada a la devastación detrás de ella en el salón.
- Aisling, ¿has considerado que lo qué ocurrió aquí es un resultado de tu
participación con tu amigo? Ningún hombre decente llevaría a una joven mujer a
los Baldíos.
Ella mantuvo su silencio, y su expresión se convirtió en grave. Ella le sintió decir
más, responder a las preguntas que no se atrevía hacer.
Él dijo, - Un par de guardaespaldas perdieron sus vidas en Los Baldíos la pasada
noche porque después de hablar a Davida, me preocupé mucho por tu bienestar
e inicié una búsqueda.
Aisling se hundió con una disminución de la culpa por dejar a Aziel detrás. Ella
había tenido razón al pensar que la Iglesia estaba detrás de la búsqueda,
probablemente había ofrecido el cesto como artículos de rastro.
Su reacción pareció satisfacer al Padre Ursu. Ella se preguntó si él había
sospechado de ella por tener algo que ver con las muertes. Pensó quizás que el
propósito de su visita había sido lograda, pero entonces él dijo, - Tengo miedo de
que la Iglesia sufriera completamente un poco de gasto en tu nombre, Aisling.
Un dedo helado trazó su columna. Esto era algo por lo que estaba muy
preocupada desde el principio y buscaba evitarlo, ser atrapada por la deuda. Ella
encontró su mirada audazmente, negándose a convertirse en una víctima.
- Fue elección tuya iniciar la búsqueda.
Una parte de ella esperaba que él señalara a Zurael, insinuar que ella podía
encontrarse acusada de ser consorte de un demonio. En su lugar él asintió su
cabeza de acuerdo.
- Estás en lo correcto. La Iglesia no puede esperarte para rembolsar los gastos de
la búsqueda. De todas formas, hace bastante tiempo Henri pagó esta casa a la
Iglesia. Mientras él vivió en ella, no había razón para esperar la renta de la
propiedad. Pero con su muerte, y el coste acarreado por la búsqueda, esta a cargo
de la Iglesia financiar que sea exitosamente discutida que esta propiedad debería
ser ofrecida a alguien capaz de pagar una renta. Por la insistencia de Bishop
Routledge, te darán una semana antes de que abandones o firmes un acuerdo de
alquiler.
Aisling podía adivinar su plan. Si creían que Ghost era hecho durante la luna
llena, entonces ese sería el tiempo en el que ella usaría su arma contra los
fabricantes.
Ella no preguntó lo que sería la renta. Sabía que sería imposiblemente alto, así
que con la amenaza de desalojo inminente sobre ella, había pensado que era una
bendición cuando ofrecieron dejarla representar una tarea de intercambio para
ser capaz de seguir en la casa.
Eso explicaría por qué el Padre Ursu no insinuaba su alianza con un demonio,
por la contaminación que él podría ver en ella. Para acusarla de hacerla huir, o
podría atraer la sospecha a la Iglesia si durante un juicio eran encontrados por
haber usado sus servicios mientras sospechaban que ella podía invocar a un
demonio en el curso de hacer la tarea que le había pedido.
Pero incluso adivinando su plan, incluso sabiendo si tendría éxito esta noche, no
sería necesario buscar a los responsables de Ghost, el miedo amenazaba a la
multitud. Ella tendría que buscar algo más. No estaría de acuerdo en entrar en
un contrato con la Iglesia y darles la palanca sobre ella.
Aisling mantuvo su preocupación por el futuro escondite y se agarró al borde,
recordándose que de alguna forma había destruido su mobiliario que no había
encontrado y tomado el monedero de monedas de plata.
Compraría su tiempo. El sol que colgaba de su muñeca hizo que su esperanza
por los Wainwrights serviría como alianza importante si la Iglesia la amenazaba
con las acusaciones de magia negra.
Ella miró hacia el cielo oscuro otra vez y dijo, - Necesito irme ahora.
El Padre Ursu frunció el ceño, quizás esperando que llorara de miedo por la
amenaza de estar fuera en la calle, suplicarle que intercediera en su nombre. Pero
la oscuridad colgaba peligrosa para él, también, y se contentó con decir, - Te
comprobaré en unos pocos días.
Los mismos dos gorilas guardaban la puerta delantera de Pecadores. No
mostraron sorpresa cuando Aisling y Zurael se acercaron. Pero entonces Aisling
sospechó que estaban acostumbrados a ver gente escapando por poco de la
muerte, solo para volver otra noche para buscar.
Ella se estremeció, prefiriendo la oscuridad y a los depredadores que merodear
fuera con los que se deslizaban a través de los pasillos de la restaurada casa
Victoriana. Era sumamente consciente de la forma del ataúd que contenía Ghost
en su bolsillo, de los extraños que incluso ahora se reunían en las ventanas de los
clubes forrando la calle en anticipación de un noche de excesos y violencia.
El gorila de la izquierda tomó el dinero ofrecido. El de la derecha abrió la puerta.
Aisling se limpio la humedad de las palmas contra sus pantalones e intentó
desacelerar el salvaje latido de su corazón. Sería demasiado pronto, se dijo. Ella,
ellos, podían pasar por lo siguiente que viniera. Y entonces su familia estaría a
salvo.
Ella sintió deslizar su mano en el bolsillo de su chaqueta y tocó la pequeña caja
de metal. Era la única manera. La mejor manera. La manera más segura para
conseguir que Ilka y Felipe Glass respondieran a las preguntas que tenían para
ellos.
El estómago de Aisling se anudó cuando se imaginó metiendo sus dedos en la
sustancia gris y luego tocándoles, usando a Ghost para arrojarles en las tierras de
los espíritus de la misma manera que Elena había hecho con Zurael y con ella.
Su piel creció en humedad pensando en cometer semejante acto. Pero por su
acuerdo en las tierras de los espíritus, ella tenía que matarles o verles muertos si
eran culpables de crear Ghost.
El pensamiento de Zurael yendo a su casa para forzarles a venir a ella la
asustaba. Él habría sido vulnerable allí. El rico y poderoso podía afrontar
rechazos y trampas, y si eran realmente culpables de crear Ghost, entonces
habían tenido aliados en las tierras de los espíritus, entidades que serían capaces
de matar a Zurael. Ella no podía aguantar el pensamiento, no podía imaginarse
viviendo con la culpa por si él moría por ella.
Esta era la única manera. La mejor manera. Pero un frío barrió a través de ella.
¿Realmente podía hacer esto? Había estado tan segura, tan confiada cuando
estaban a millas y horas de distancia de enfrentarse a Ilka y a su marido.
En los Baldíos había resistido esos momentos en las tierras de los espíritus con
Ryker. Había detenido el recuerdo de los vientos de los espíritus viniendo para
abrazarles en un impenetrable capullo después de que hubiera deseado que la
niebla de las tierras de los espíritus bloquearan la vista y el sonido de sus amigos
llamándole. Pero cuando estaban a un paso dentro de Pecadores, viejas dudas la
asaltaron.
No tenía entrenamiento formal. ¿Y si estaba equivocada? No solo en su habilidad
en invocar a los vientos, sino en ser capaz de controlar el viaje de Ghost cuando
Elena había reclamado lo que el Padre Ursu estaba diciendo elevado. No había
círculo de protección. Nada para mantener los seres malignos de encontrarla
excepto su confianza en esos a los que ella llamaría antes de entrar en las tierras
de los espíritus.
Los dedos de Zurael rodearon su brazo posesivamente cuando pasaron por la
puerta de Pecadores. Ella levantó la mirada a su cara y tomó la confianza en la
fiereza de su expresión.
Ilka y Felipe estaban vestidos de rojo otra vez, solo esta noche era el color de la
vieja sangre. Aisling podía sentir la atención de esos reunidos en el primer piso
apartándose de la calle y abriéndose con el interés depredador de ella y Zurael.
La risita de anticipación se formó en un tono bajo del tintineo los vasos y el
murmullo de la conversación. Unos pocos vasos discutiendo hacia Ilka y Felipe.
Cuando hubieron hecho su visita previa, Aisling y Zurael se movieron al marco
de la ventana. Ella se estableció contra él, su espalda en su pecho.
Sus brazos estaban alrededor de ella. Sus labios dejaban tiernos besos a lo largo
de su cuello. La vista de ellos capturada tan inmediatamente en los cristales
fascinando a Aisling. Bloqueando el ruido, la presencia de otros.
Algo había cambiado entre ellos en los Baldíos, después de la pelea con el ángel.
Pero ella era demasiado cobarde para hablarle sobre el futuro. Tenía demasiado
miedo de aprender que seguiría los pasos de su madre y, en tomar a un demonio
por amante, garantizando un lugar en el infierno.
Un estremecimiento la atravesó antes de que pudiera pararlo. Los brazos de
Zurael se tensaron. - Podemos abandonar este plan y hacer otro, - susurró él, mal
interpretando la fuente de su ansiedad.
- No, - dijo ella, viendo las imágenes de Ilka y Felipe aproximándose en el cristal.
- Estáis de vuelta, - ronroneó Ilka, los ojos brillantes, como si el peligro de
enfrentar a alguien que ella había dejado el voto en contra, alguien que había
sobrevivido a lo que esperaba en la oscuridad, la excitara sexualmente.
Ella se inclinó hacia delante, ofreciendo una vista del escote, una indirecta de un
pezón. Sus uñas eran largas, pintadas de rojo para hacer juego con su traje y
pinta labios. Ellas merodearon en el aire luego lentamente descendiendo hacia el
brazo de Zurael.
Contra la espalda de Aisling él vibró con sorprendente furia, haciéndola pensar
en la firmeza, inestable sonido de una serpiente de cascabel antes de golpear.
Pero Zurael permitió que la mano de Ilka se estableciera sobre él como cuando
estuvieron de acuerdo en los Baldíos, y Aisling odió la vista de la otra mujer
tocándole.
- Así que esta vez estáis interesados en jugar, - dijo Felipe, siguiendo el ejemplo
de su esposa, inclinándose, desnudando a Aisling con sus ojos.
Era todo lo que podía hacer para tolerar su cercanía. Cada célula gritaba en
protesta cuando él recorrió sus dedos por la línea de los botones de su camisa.
La bilis subió a su garganta. Ella no podía hablar, no podía pronunciar las
palabras necesarias.
- Podrías decir que no vamos a alejarnos, - dijo Zurael, su voz baja, peligrosa, su
mano moviéndose más abajo en el vientre de Aisling, su toque posesivo,
descaradamente sensual. - Pero no queremos ser el entretenimiento esta noche.
La risa de Ilka fue un ronco trinó de victoria. - Todos son el entretenimiento aquí.
Mira y serás visto, aunque creo que no habéis estado aquí suficiente tiempo la
última vez para comprender la diversión de Pecadores.
Su mano se deslizó hacia arriba. Sus dedos se curvaron alrededor de la camisa de
Aisling y los liberó, exponiendo la parte superior de la curva de sus pechos.
- Aquí no, - gruñó Zurael, agarrando la muñeca de Felipe con una rapidez de
serpiente.
- Algún lugar privado, - dijo Aisling, finalmente apañándoselas para romper a
través de la parálisis de su repulsión.
- Hmm, - dijo Ilka, cambiando su atención hacia Aisling por primera vez e
inclinándose para que sus labios casi se tocaran. - La privacidad es posible, para
algo. ¿Has estado con otra mujer?
- No. - Fue a penas un susurro.
- Entonces te diré un pequeño secreto. Eso conduce a los hombres a la locura.
Volviéndolos unos sementales. - Ella recorrió su lengua a lo largo de la costura
de la boca de Aisling cuando su mano cogió el pecho de Aisling. - Pero ya sabes
lo que gusta ser montada por un semental, ¿verdad?
- Sí, - dijo Aisling, luchando por aceptar el toque de Ilka, poniendo en blanco su
mente para eso.
- Aquí no, - dijo Zurael, pareciendo probar el reclamo de Ilka al apartar su mano,
luego posesivamente capturó el pezón de Aisling con sus dedos, atormentándolo
hasta que un pequeño gemido de placer escapó a pesar de su audiencia.
Ilka lamió sus labios. - Umm, delicioso. Vamos a disfrutar jugando juntos.
- Pensar en privacidad está bien, - dijo Felipe. - Al menos al principio. Algunos
tesoros no quieren ser compartidos... al principio.
Ellos se alejaron del marco de la ventana con una gracia perfectamente
sincronizada. Felipe ofreció su brazo y Ilka lo tomó. Ni siquiera miraron atrás
cuando se alejaron caminando, sus pasos sin prisa, la multitud dividiéndose
delante de ellos como si fueran reyes.
Los labios de Zurael encontraron la oreja de Aisling. - Hazlo rápidamente. No
puedo tolerarles tocándote.
Especulativas y evaluativas miradas les siguieron cuando siguieron a Ilka y a
Felipe hacia las escaleras y bajaron un pasillo que no tenía puertas, hasta que
giraron una esquina. Felipe paró delante de la única habitación poseyendo una
puerta y produciendo una inclinación. Una sonrisa de anticipación se formó en
los labios rojos oscuros de Ilka. Sus ojos viajaron a la parte delantera de los
pantalones de Zurael. - Es un poco más que un armario. Pero creo que será
perfecto para conseguir conocernos mejor.
La puerta barrió abierta. Aisling tembló y sintió las uñas de Zurael afilarse y
curvarse golpe de las mortales garras en que se convirtieron. Se inclinó dentro,
rozando un beso a través de su mejilla y oído, susurrando, - Libérame de mi
acuerdo, Aisling. Déjame hacer lo que se necesita ser hecho.
- No, - dijo ella, y entraron en la habitación.
Era pequeña, confinada. Una cama y dos sillas ocupaban mucho del espacio del
suelo. Una de las paredes se parecía a una habitación bordada. Estaba lineada
con togas y correas de cuero, con látigos y otras cosas que Aisling no podía
identificar. Las reservas estaban encerradas en una segunda pared y el marco de
la cama como la pared.
Los pensamientos de Aisling destellaron cuando Zurael había atado sus muñecas
a la cama, al placer que ella había encontrado. Ella encontró sus ojos, vio el
caliente deseo en ellos, la promesa. El calor dio el camino hacia el hielo helado
cuando Ilka y Felipe entraron en la habitación y cerraron la puerta detrás de
ellos.
Las uñas rojo oscuro se establecieron sobre el corazón de Zurael. - Creo que
necesitamos encadenarte a la pared.
- No, por favor. Le quiero en la cama con nosotros, - susurró Aisling, dejándoles
oír su miedo, usándolo para su ventaja cuando el endurecido Felipe desabotonó
la parte delantera de su camisa.
La atención de Ilka cambió. Sus ojos viajaron sobre la longitud de la piel desnuda
de Aisling. Ella lamió sus labios y alcanzó una barra de madera salpicado con
metal, sacándola de su lugar de la pared. - Solo si él se comporta. Solo si ambos
os compartáis.
Las manos de Felipe fueron a los hombros de Aisling. Él comenzó a quitarse la
chaqueta para que la camisa pudiera seguirla. Su corazón triplicó su latido. Su
respiración se hizo más corta.
- Lo haré, - dijo ella, dándoles la espalda en un gesto aparentemente tímido.
- Delicioso, - ronroneó Ilka.
Las manos de Aisling se sacudieron cuando deslizó el pequeño, diminuto ataúd
de su bolsillo y lo tiró en la banda de su pecho. Se deshizo de la chaqueta y la
camisa, casi desnudando la parte superior de su cuerpo excepto por la bolsa de
fetiche y el ancho desnudo de ropa que usaba para vendar sus pechos.
- Que extraño y pasado de moda, - dijo Ilka, - lo que una encantadora venda
hace. O quizás lo usaremos como una mordaza.
Aisling cuidadosamente desató la banda de los pechos, asegurándose de que el
contenedor de Ghost permanecía presionado en su piel hasta el último momento,
cuando ambos bordes de la venda tocaban sus rodillas. El miedo anudó su
estómago, pero no la detuvo de abrir la diminuta caja y hundir al principio dos
dedos de ambas manos en la sustancia gris, entonces silenciosamente llamó los
nombres de las entidades de quienes presenciaban cuando esta tarea fue dejada
ante ella en las tierras de los espíritus.
Ella dejó caer el contenedor y la ropa en el suelo cuando se giró. Tomó la ventaja
de que la atención de Ilka y Felipe estaba tirada en su carne expuesta, parando
solamente lo suficiente para asegurarse de que Zurael estaba libre de su toque
antes de caminar hacia ellos y agarrar sus muñecas.
La comprensión destelló en sus ojos en el instante de que la salvaje caricia de los
vientos de los espíritus tiraron sus almas de sus cuerpos y les arrojó en un
remolino, de niebla densa. Aisling sabía que sus guardianes habían venido en su
ayuda cuando la niebla gris agarró a Ilka y a Felipe en una reserva sin ver.
La furia y la rabia asesina hicieron una camino hacia la especulación astuta y
ellos pararon de estremecerse. - No eres la más inteligente, - dijo Ilka. - Es raro
que alguien sea mejor que nosotros, pero aparentemente somos tus prisioneros,
por el momento. ¿Qué quieres? ¿Venganza? No creo que seas tan inteligente para
saborear semejante oportunidad deliciosa en algo así. Podemos ofrecerte mucho
más.
- Quiero saber si sois responsable de crear Ghost.
Ilka rió, y su risa agarró la suprema confianza de alguien que siempre tenía la
seguridad del poder y la protección de los ricos, quienes creían desde el
nacimiento que la cuidad era su patio y ella podía hacer lo que quisiera.
Felipe se rió entre dientes. - Dije a mi querida esposa que era un error echarte de
Pecadores. Ilka encontró difícil de creer que hubiera sido tan fácil de manipular
haciendo algo fuera de nuestros mejores intereses. Parecía como si hubiera sido
probado que era cierto.
- ¿Qué puedo decir? Conseguí cogerlo en el momento, como alguien hace en
Pecadores. Después de todo me arrepiento por supuesto, pero no hay nada que
pudiera hacer.
- Cierto, pero creo que podemos hacer un pacto con la shamaness. Ella tiene una
familia como cosechadores en una granja de Stockton que creo que mi capitán
dijo en su informe. Sospecho que no le gustaría saber que ellos no están solo a
salvo sino que tienen la seguridad que viene con la propiedad de sus tierras.
Entre los guardaespaldas que controlo y el estado real de las propiedades de tu
familia, podemos llegar a un acuerdo satisfactorio.
- Estás consiguiendo adelantarte, Felipe. Es posible que esta sea su manera de
conseguir librarse de la competición y tomar el negocio de Ghost ella misma.
- Cierto. Pero de algún modo creo que intenta eliminarnos. Tengo que ir con la
situación cuando la veo.
Felipe hizo un punto al examinar la desnudez de Aisling entonces a él y a su
esposa. - Creo que el juego está en la agenda para esta noche, una vez podamos
alcanzar un acuerdo. Y señalaré, incluso antes del viaje de Aisling a la librería
que te dije que era un error usar esos encargos de serpientes a los religiosos
fanáticos para distribuir Ghost. Era solo una cuestión de tiempo antes de que
alguien hiciera la conexión y encontrara su camino a la Hermandad.
Felipe sonrió pero solo había cálculo en sus ojos. - Para el recuerdo, Aisling, no
tengo nada que ver con el sabueso que fue enviado detrás de ti la pasada noche.
Era una búsqueda de rutina, incluso si el Padre Ursu la inició. No fue en la
oficina y no necesitó mi aprobación.
Su completa falta de conciencia enfermó a Aisling. Su falta de miedo la
preocupaba. Ella podía sentir los vientos de los espíritus tensándose, golpeando
contra ella como si fuera empujada hacia atrás por algo que luchaba por
conseguir a través de la barrera gris formando un capullo protector a su
alrededor.
- ¿Dónde está Aziel? - Preguntó Aisling.
- ¿Aziel? - La sorpresa de Felipe pareció genuina.
- Mi mascota. El hurón que traje conmigo desde Oakland.
- No lo sé.
El dolor se deslizó a través de su corazón como un cuchillo. Pero le creyó. Él
tenía una pequeña razón para mentir y ya había demostrado una completa
confianza que hubiera dejado a muchos gritando de miedo.
- ¿Sois responsables de crear Ghost?
La sonrisa de Ilka fue maliciosa. - Tenemos a un compañero silencioso. Pero ya
debes haber adivinado eso. Sino no te hubieras atrevido a usar Ghost en
nosotros. Si te damos su nombre, ¿le matarás? - Ella rió. - No es que te culpe. No
es que Felipe y yo protestemos. Podemos vender más de lo que nuestro
compañero produce. Y encontrarás que es más fácil reunir los ingredientes
necesarios con los guardaespaldas ayudando, especialmente cuando algunos de
los ingredientes necesitan ser traídos vivos. Incluso en Oakland, donde hay plena
pobreza y destitución, no es todo tan fácil para hacer desaparecer a alguien.
El estómago de Aisling se sacudió y giró. - ¿Quién es vuestro compañero?
- ¿No puedes adivinarlo? - Dijo Ilka. Una pulla sedosa.
Y jugando de vuelta a las cosas que dijeron, lo que había ocurrido la primera vez
que ella y Zurael visitaron Pecadores, lo que habían aprendido desde entonces.
Aisling podía.
- Fue un error echaros de Pecadores. Ilka encontraba difícil de creer que
habíamos sido fácilmente manipulados haciendo algo que no era de nuestro
mejor interés. Tú lo encontraste más divertido echarla con los otros. Ella es una
shamaness. Una interesante pieza de información, Peter.
- Peter Germaine, - dijo Aisling, nombrando al hermano mayor, al jefe de policía
que no era amigo de ningún humano con talentos sobrenaturales.
Casi tan pronto como había hablado, Aisling pensó que debía estar equivocada
porque él había tenido que estar dotado para hacer Ghost. Pero antes de que la
duda pudiera establecerse, la expresión de Ilka ofreció la confirmación, y Felipe
hizo eco al preguntar, ¿Y ahora que?
La pared gris de niebla se dividió y el hermano de Elena pasó a través para
quedarse de pie al lado de Aisling. - ¡Felipe! ¡Ilka! No podéis imaginaros cuanto
me alegra de que finalmente estéis aquí. Debería haber adivinado que teníais
algo que ver con Ghost.
John acarició con sus dedos el cable alrededor de su cuello como si golpeara un
collar de perro. Se inclinó para que su cara estuviera a unas pulgadas de la de
Felipe, pero el otro hombre no parpadeó, no parecía ver al hermano de Elena.
- ¿Aún bajo el pulgar de Ilka? - Preguntó John. - ¿Aún dejándola llevar la
iniciativa? ¿Ella ordenó mi muerte? ¿O te resentiste por la perdida del negocio
por mí? Una patética razón de todas formas. Yo difícilmente hice alguna
ganancia suplementando el entretenimiento de tus guardaespaldas, no en el
momento de afeitar mis razones por debajo del corte de las tuyas. Pero entonces
querida Ilka nunca te guste, ¿verdad? Y si recuerdo correctamente, ella era
absolutamente reacia a mi hermana, no es que la culpe por eso. Deseo que mi
querida Elena se una a nosotros, es lo único que haría esto un mejor espectáculo,
pero aún lo disfrutaré inmensamente. - Se giró hacia Aisling. - ¿Fantaseas
conmigo como yo lo hago contigo?
- ¿Por qué estás aquí?
- Para dejar la escena, mi maravilloso áng... - El cordón de acero se tensó, su
espalda se arqueó, y los tatuajes de rompedor de leyes estaban de pie fuera en un
alivio severo en su cara.
John fue cayendo de rodillas. La correa de metal se aflojó.
Un golpe de locura brilló en sus ojos. Susurró, - Sigo olvidando que donde tú
estás preocupada yo tengo que ser muy, muy cuidadoso de no ofender.
Él alcanzó a Aisling, como si la usara para ponerse de pie a sí mismo. Ella
retrocedió, sintiendo el roce del vasto pelo contra su piel desnuda y supo que la
entidad representada por el fetiche del oso estaba de pie detrás de ella.
John se puso de pie y comenzó a caminar un círculo. La espesa hebra de cable
que le colgaba desde su muerte viajaba detrás de él. Y cuando paseó fuera del
diseño, la niebla fantasmal adelgazó para revelar a hombres, mujeres y niños por
docenas, todos mirando a Felipe e Ilka con ferviente intensidad, prevenidos de
moverse más cerca por el límite del círculo.
Aisling reconoció a cuatro de los muertos inmediatamente. Sus caras estaban sin
dañar aunque sus cuerpos estaban desgarrados abiertos. Los órganos colgaban
de las hebras de músculo y tendones. Los intestinos girados en el suelo a través
de las ensangrentadas ropas echas jirones. Ellos eran los hombres fantasma
quienes había muerto la noche que ella y Zurael fueron a Pecadores por primera
vez.
Al lado y detrás de ellos estaban otros quienes habían compartido el mismo
destino, hombres y mujeres enviados a sus muertes cuando Felipe y Ilka guiaban
el voto. Y entremezclados con esos estaban las víctimas quienes habían sido
ejecutados con disparos en la cabeza, quienes llevaban togas o anchos nudos
alrededor de sus cuellos. Pero no eran los más horribles de los muertos.
Niños y mujeres jóvenes con ojos hundidos estaban de pie con huecos en las
cavidades del pecho, sus corazones extraídos. Al verles, Aisling supo que esto
era lo que Ilka había querido decir cuando dijo, Algunos de los ingredientes
necesitan ser traídos en vida.
Ella se había preguntado como las tierras de los espíritus podían ser abiertas para
que los vientos fluyeran sobre una sustancia terrenal y crearan una puerta en las
tierras de los fantasmas. Había sabido que semejante hazaña no podía ser
complicada a menos que fuerzas poderosas en el mundo de los espíritus
estuvieran involucradas. Esos seres demandarían muerte. Devorarían inocencia y
disfrutarían los gritos de miedo que venían con eso. Lo encontrarían divertido
para usar los corazones de sacrificio como cebo para almas ya reclamadas.
- ¿Juzgas a tus prisioneros responsables por la creación de Ghost? - Preguntó una
profunda voz masculina y profunda, y Aisling giró para enfrentar a la entidad
cuyo nombre había llamado para protección.
Ella no sabía si era su forma real o era la que él ofrecía porque su mente podía
aceptarla. Pero era cuanto había esperado encontrar, apareciendo como un
shaman viejo en una forma humana cubierta en el pellejo de un oso.
Su cara estaba escondida de ella aunque sus ojos brillaban a través de la
enmarañada cabeza vestida. Sus brazos humanos desaparecieron en los pliegues
del pelo, sus manos y dedos se convirtieron en garras de oso.
- Ellos no son los únicos responsables, - dijo Aisling, - pero son culpables.
- Entonces debes matarles o verles muertos.
Un temblor fue a través de Aisling. Ella había sido testigo de demasiadas
muertes. El hombre Fantasmal. Ese al que Zurael e Irial golpearon. El asaltante
que había matado en su casa. ¿Qué eran dos más? ¿Especialmente estos?
Y aún sabía que estos dos la cambiarían para siempre. Que por matarles aquí, en
las tierras de los espíritus, en los límites de círculo creado por un alma que había
creído que era la posesión de su padre, estaba siendo tirada más profundamente
en un mundo perteneciente a los enemigos de Zurael.
Ella miró pasado el círculo al silencio, esperando la muerte. Ellos matarían por
ella. Solo tenía que romper el círculo que John había creado con el cable que le
unía a su amo, y ellos lo traspasarían. Pero el riesgo era grande. Sería asesinada.
Si no por ellos, entonces por lo que les siguiera.
Sintió el peso del fantasma de la daga que llevaba en una vaina a la mitad de su
espalda, pero cuando miró hacia abajo, la desnuda vista de su piel estaba sin
romper excepto por la bolsa de fetiche alrededor de su cuello.
El brazo del viejo shaman se levantó, los amarillentos dientes del oso y los
impenetrables ojos, las muñecas desapareciendo en el pelo y las garras. Sin avisar
él golpeó. Barriendo las afiladas garras por su cara.
El dolor la condujo a sus rodillas, una agonía que la dejó jadeando, sollozando,
incapaz de gritar cuando mil agujas de hielo se deslizaron a través de sus ojos,
dejándola aterrada. Cuando los abriera estaría ciega.
Pequeños temblores continuaron desgarrando a través de ella después de que el
último dolor helado cayera. Estaba débil y asustada. El coraje sin refinar para
apartar sus manos forzosamente de sus ojos. Para abrir sus párpados. El miedo la
agarró entonces. Solo había la nada gris en todas partes donde miraba.
Estaba ciega a las manos a solo unas pulgadas de su cara. A su forma arrodillada.
Su corazón latió en sus oídos, como si la tranquilizara su latido. El pánico
amenazó con engullirla.
Ella lo luchó y fue recompensada con una conciencia de movimiento. La niebla
pulsó en el rápido latido de su corazón cuando miró al lugar que sabía que
estaban sus muñecas.
Las hebras grises surgieron en una fina onda que capturó y definió la forma de
sus dedos, sus manos, sus brazos, el resto de ella, como si estuviera revestida en
una telaraña.
El gris dio paso al color, mezclándolo todo lo que seguía visible de esas hebras
iniciales que eran una delgada línea destacada hacia abajo, como la correa de
cable de John. Solo, comprendió intuitivamente que la amenaza que vio atrás a
su cuerpo físico, porque estaba viva, su alma era suya.
Aisling miró a Felipe y a Ilka. Vio la red revistiendo hasta que parpadeó y estaba
coloreado, dejando solo los hilos guiando a sus cuerpos físicos visibles. Ella sabía
que solo tenía que tocarlos, para cortar esas uniones.
Y, como si siguiera sus pensamientos, la profunda voz del viejo shaman dijo, - Es
tu renacimiento. Úsalo para hacer lo que debe ser hecho.
Aisling se puso de pie. Se atrevió a mirarle. Él parecía exactamente como antes.
El hermano de Elena y esos que estaban de pie fuera del círculo eran puros
espíritus, transparentes y casi sin forma hasta que sintió mirarles de la misma
manera que ella siempre los había visto. Y aparecieron, rasgados y acribillados a
balazos, muchos de ellos atados a entidades sin ver por hilos sedosos, almas
canjeadas por protección, o vendidas mientras vivían y reclamaban en muerte.
Ella no podía pedir a Zurael hacer lo que ella misma estaba en desacuerdo en
hacer, aunque sabía que él estaba de acuerdo en matar a Felipe y a Ilka, incluso
había prometido como muchos en la librería cuando tropezaron con la foto en el
periódico y tenía nombres acompañados de caras del hombre y la mujer de rojo.
Pero se negaba a pedirle eso. Esta era su tarea. Su carga.
- ¿Es Peter Germaine tu único compañero? - Preguntó ella, su voz temblorosa
cuando agarró las cuerdas atadas a sus espíritus hacia sus cuerpos físicos.
Sus cejas se juntaron en una sorpresa sobre su extraña conducta. Vio un
parpadeo de intranquilidad aparecer en los ojos de Felipe, solo para desaparecer
debajo de la grasa astucia. - Te hemos dicho completamente todo lo que podemos
ofrecerte. Pero todavía no nos has dicho lo que tienes que ofrecernos.
Una fuerte sacudida por los vientos de los espíritus avisó a Aisling que ella
estaba fuera de tiempo. No respondió al comentario de Felipe. En su lugar bajó la
mirada a las delgadas hebras grises de los sedosos hilos que agarraba.
Ella intentó romperlos. Estaba en su mente hacerlo. Pero antes de poder actuar,
se oscurecieron entre sus dedos, disolviéndose en la nada con una sensación que
tuvo su mente destellando de vuelta al instante cuando había tocado a su
asaltante derrumbado en la puerta hecha a mano, cuando él abrió sus ojos y miró
aterrado a algo sin ver cuando su espíritu dejó su cuerpo y entró en las tierras de
los espíritus. Ella le había querido muerto, lo deseaba cuando le luchó, y ahora
sospechaba que era su tacto lo que le mató, y no el golpe en su cabeza contra el
borde de la valla como había creído.
El movimiento delante de ella sacó a Aisling de sus pensamientos. Liberados de
las sogas de sus cuerpos físicos, Felipe y Ilka no estarían inmóviles, atrapados en
la niebla del fantasma.
Ellos aún no comprendían lo que les había ocurrido. Sus expresiones le decían
demasiado a Aisling, la manera en que sus ojos agarraron al misma intensidad
depredadora como cuando se deslizaron hacia el marco de la ventana donde ella
y Zurael estaban de pie.
Ella retrocedió involuntariamente, y sus sonrisas se ampliaron. - Es una pena que
no tengas una oferta mejor mientras podías, - ronroneó Ilka, caminando hacia
delante, su audiencia aún sin ver.
Aisling se retiró aún más lejos, hacia el borde del círculo. Ilka y Felipe se
movieron divididos, pensando en atraparla entre ellos, haciendo caso omiso de
los límites definidos de su seguridad. Su ignorancia era una vida corta.
Los ojos de John destellaron con un brillo triunfal cuando el pie de Felipe rompió
el plano del círculo y la verdad fue revelada. Por primera vez, Aisling vio
verdadero terror en las caras de Felipe e Ilka.
Los reunidos surgieron hacia delante, su regocijo y satisfacción como algo con
vida y respirando. Ellos entraron en hambrienta venganza, usando manos y
dientes para desgarrar la carne y músculos y tejidos de órganos. Encontraron un
castigo que podía durar por toda la eternidad, llenando el aire con gritos que
llevaban los vientos de los espíritus cuando Aisling fue barrida de las tierras de
los espíritus.
Capitulo 17
Zurael atrapó a Aisling antes de que golpeara el suelo. La meció en sus brazos,
andando los pocos pasos necesarios para alcanzar la cama. La frialdad de su piel
lo alarmó, se apresuró a sacarse la camisa así podría abrazarla, calentándola con
el fuego Djinn.
Ella sonrió, y tocó cada parte de él, alcanzando su corazón y envolviéndolo
completamente. - ¿Está hecho? - Preguntó él, pensando que los cadáveres sobre
el suelo parecían la respuesta a la pregunta.
- Hay uno más. Peter Germaine. Estaba aquí esa noche.
- Lo recuerdo.
Zurael presionó sus labios en los de ella, compartiendo el aliento que era espíritu
Djinn. Los crudos sentimientos de impotencia que había experimentado mientras
ella estaba en las tierras de los espíritus con Felipe e Ilka se desvanecieron con
Aisling en sus brazos.
Durante su tiempo con ella, había obtenido una nueva apreciación por aquellos
comprometidos con la Casa del Cuervo, y los únicos que los estimaban. Si las
tierras fantasmas eran un lugar peligroso, entonces el lugar de nacimiento del
espíritu del Djinn sería no menos pavoroso. Él no envidiaba a aquellos cuya tarea
era guiar el regreso del Djinn por el renacer.
Él profundizó el beso y gimió cuando la lengua de ella recibió a la suya con una
resbalosa calidez de calor contra calor. Una feroz emoción aumentó en su pecho
y la atrajo más apretada contra él. Se sentía tan cerca a ella, espíritu entrelazado
con espíritu, como si fueran un solo ser forzado a vivir en cuerpos separados e
incapaces de encontrar la plenitud a menos que estuvieran juntos.
- Aisling, - susurró él cuando levantó su boca, permitiéndole a ella tomar un
respiro que no fuera el suyo.
Se perdió en ojos que eran de un interminable azul cielo, una piscina de
profundo océano. Cuando sus labios se separaron y ella bajó la mirada,
tímidamente, repentinamente pareció más vulnerable, su corazón aceleró en
anticipación de escucharla nombrar lo que había entre ellos.
- Yo… - comenzó, solamente para agarrotarse y caer en sus brazos, su piel
helándose contra la suya.
El sentimiento de protección aumentó en Zurael. Puso a Aisling en el centro de la
cama antes de levantarse. Con apenas una vacilación del pensamiento, las uñas
claras se volvieron garras negras de demonio.
La posición de los cadáveres. Los ojos muertos y vacíos de Felipe llenándose
lentamente, revelando regocijo junto con un asomo de crueldad y locura. Ilka
estaba abrazando la vacuidad de un zombi.
Lo que había hecho a Felipe reír con la voz de John y tocar su cuello. Su mirada
vaciló sobre Zurael, desechándolo en favor de Aisling. - ¿Otra mascota muerta,
belleza? Y yo que estaba esperando… Bueno estoy seguro que puedo divertirme
en otra parte antes de ser forzado a irme. - Él inclinó su cabeza hacia Ilka. Con un
susurro teatral dijo, - Ella es peso muerto ahora, lo cual es una vergüenza, pero
estoy seguro que ya tomó nota de eso.
John agarró el brazo de Ilka, entonces notó la varita clavada a sus pies. Se agachó
y la sacó.
- Un juguete. ¡Que divertido! Usarlo sobre Ilka no será lo mismo desde que ella
realmente no está con nosotros, pero es el pensamiento lo que cuenta, y
disfrutaré el pensarlo.
En la entrada golpeó la ropa hasta que encontró la llave del cuarto y la deslizó en
la cerradura completamente.
- Te sugeriría que te quedaras aquí, disfruta de tu mascota. Sabrás cuando nos
estemos yendo por las buenas.
Las garras de demonio se volvieron uñas claras con la partida de John. Zurael
aseguró la puerta y regresó a la cama. La energía manejada para protegerla se
convirtió en un deseo pulsante por poseer cuando los pechos firmes de Aisling y
los pezones endurecidos presionaron contra su pecho. Excepto por el suave
saquito de cuero conteniendo sus fetiches, ella aún estaba desnuda de la cintura
hacia arriba.
La imagen de su cambio, permitiéndole a otros verla, el recuerdo de Felipe e Ilka
tocándola, aún brevemente, aunque esto había sido necesario, arrastraba todo
pensamiento racional de la mente de Zurael. Ella le pertenecía.
Zurael la desnudó con manos posesivas, sabiendo que la única manera para
erradicar todo vestigio del toque de otro, de la mirada de otro, era rendirse al
ansia de cabalgarla con primitiva intensidad. Él se despojó de su propia ropa sin
levantar nunca su boca de la de ella, de su cuello, de sus pechos.
Aisling tembló de deseo debajo de él. Abriéndose a él así que cuando acomodó
su peso sobre ella, su polla encontró el calor mojado e hinchado de sus labios
abiertos. Su servicial sumisión puso un tope a la crudeza de su lujuria,
salvándolo de comportarse como una criatura feroz. Sus músculos apretados con
el esfuerzo de aguantarse, para saborear el éxtasis de estar dentro de ella
mientras sus lenguas se emparejaban.
Él se estremeció cuando ella liberó su pelo de su trenza y este los envolvió como
una sensual cortina. Le hizo lo mismo y quedó embelesado por la visión del
dorado miel de Aisling entretejido apretado con el negro cuervo suyo.
Zurael rodó sobre su espalda, llevándola con él. Lleno de lujuria por la sedosa
sensación de la piel de ella y su pelo contra su carne. Creció más la excitación
cuando la boca de ella reclamó la suya en un beso sofocante mientras bañaba su
polla en calor, latiendo excitada.
Sus manos volaron sobre su cuerpo, palmeando sus pechos y nalgas. Él tragó sus
gemidos de placer y se arqueó por encima del colchón cuando ella comenzó a
mecerse, frotando su clítoris contra su abdomen, follándose a sí misma sobre su
polla con insoportable lentitud.
Fue demasiado, el crudo placer fue más de lo que pudo soportar. Puso a Aisling
debajo de él de nuevo, y esta vez no peleó contra el impulso salvaje, la necesidad
frenética de acoplarse con ella, de tomar su cuerpo y alma, y reforzar su reclamo
sobre su corazón.
Después de que la abrazara, enterró su cara en el dorado de su cabello mientras
ella se colgaba de él en un sueño exhausto. Él trazó la delicada línea de su
columna, contemplando el futuro y lo que podía decirle al Príncipe, a Malahel de
la Casa de la Araña y a Iyar de la Casa del Cuervo.
Moriría por Aisling. La comprensión debería de haberlo llenado de terror. En
cambio solo trajo la determinación de finalizar lo que necesitaba ser hecho así
podría pelear por un futuro con ella.
Los pensamientos de Zurael fueron al Salón de Historia, a Jetrel, el primero de
los hijos del Príncipe, el único que le había dado la espalda a la Casa de la
Serpiente y escogido vivir entre las creaciones del dios extraterrestre en vez de
los Djinn. Perezosamente levantó un mechón del cabello de Aisling,
comprendiendo finalmente lo que había llevado a Jetrel a tomar tal decisión.
El amuleto en forma de sol brilló en su muñeca. Su atención fue atraída por un
momento a la bolsa amuleto. En el ojo de su mente, Zurael vio los tapetes en la
Casa de la Araña. Y por primera vez, se preguntó si los Djinn podrían reclamar la
tierra que una vez fue suya a través de una alianza en vez del derramamiento de
sangre.
El ruido más allá de la puerta lo sacó de sus reflexiones. Gritos de - ¡Voto! ¡Voto!
¡Voto! - Latieron a través de Pecadores como una corriente eléctrica.
Zurael se alejó de Aisling. Ella no se movió mientras él se vestía. No se despertó
cuando la vistió en caso de que ellos necesitaran salir rápidamente.
Salió del cuarto y aseguró la puerta detrás de él. Los salones estaban vacíos, pero
el rumor de conversación le dijo que aquellos en el segundo piso estaban
reuniéndose en la parte delantera, donde las ventanas panorámicas ofrecían una
vista de cada lugar tan buena como la de la planta baja.
La expectación aferrada al aire, levantándose y sintiéndose como una bestia
inhalando y exhalando. Zurael trenzó su cabello mientras caminaba.
Hubo una ola de excitación mientras alcanzaba los cuartos de la parte delantera.
Hombres y mujeres vestidos y semi vestidos se aglomeraban adelante,
murmuraban y susurraban, sus voces corriendo juntas.
Él se detuvo más cerca, sin molestarse en escuchar sus palabras. No encontró
placer en lo que vio en la calle. Pero había una satisfacción salvaje en observar
como los hombres lobos y perros salvajes se llevaban los cadáveres abandonados
de Felipe e Ilka Glass.
Salieron del cuarto cerrado poco después del amanecer. En la luz gris Aisling vio
las delgadas huellas de las líneas que definían los límites del ser físico y que
contenían el espíritu de cada persona que buscaba y salvaba por Zurael.
Se negaba a creer que él no tuviera alma, basado en cambio en la explicación de
porque podía llegar a estar sin forma, su espíritu no estaba contenido de la
manera en que la de un humano lo estaba.
Pero aún dejando las líneas como telaraña ocultarse de la vista y dejando
Pecadores no olvidaba la terrible certeza de que todo lo que faltaría sería un
toque, acompañado con un pensamiento, y las hebras entretejidas que ella podía
ver cuando deseaba se oscurecerían y disolverían en la nada, separando el alma
del cuerpo.
Ella quería una ducha y desayuno, una oportunidad para llegar a término con los
sucesos en las tierras espirituales, con el horrible regalo de su derecho de
nacimiento. Pero cuando rodearon la esquina de su calle, Elena estaba
esperándolos, paseando cerca de su coche con chofer.
- Ella puede ser capaz de ayudarme a encontrar a Peter Germaine, - dijo Aisling,
apretando sus manos en puños, deseando adelantarse.
Elena estaba golpeando su pie impacientemente para el momento en que la
alcanzaron. Su mirada fue de atrás hacia delante entre Aisling y Zurael, hasta
que finalmente se posó sobre Aisling. - Necesito hablar contigo, en privado.
Un paso la llevó al coche. Ella abrió la puerta. Cuando Aisling dudó, Elena dijo,
- Si no estás más interesada en mi negocio, entonces puedes devolverme las
piezas de plata.
El sudor brotó sobre la piel de Aisling a pesar del frío del temprano aire de la
mañana. Su estómago se tensó con preocupación mientras la conversación con el
Padre Ursu aparecía en su mente. Ella necesitaría esas monedas para encontrar
un lugar seguro para quedarse. El instinto se rebelada contra la idea de entrar al
coche con Elena, pero la razón mandaba. El motor estaba apagado y Zurael
estaba cerca.
Aisling se deslizó en el asiento trasero. Elena la siguió, cerrando la puerta detrás
de ella. Los seguros automáticos se activaron. El conductor encendió el coche y se
alejó de la acera.
- ¿A dónde vamos? - Preguntó Aisling, peleando contra el pánico que brotaba
dentro de ella diciéndose que Zurael podría seguirlos fácilmente tomando otra
forma.
Elena se movió impacientemente en el asiento, inquieta. Jugaba con los anillos en
sus dedos y las pulseras en sus muñecas, recordándose Aisling de los adictos que
algunas veces encontró en las tierras espirituales.
- Oí por casualidad a Bishop Routledge decirle a Luther que fuiste a Los Baldíos
y por causa de esto la Iglesia contrajo una fuerte deuda con la guardia. ¿Estabas
buscando al hombre que me vendió Ghost la noche que fui llevada de
Pecadores?
- Él está muerto, - dijo Aisling pero no reveló la conexión del vendedor de Ghost
con la Iglesia, que las marcas en sus manos le fueron dadas por asociarse con
demonios. - ¿Era Peter, el hermano de Luther, la noche que fuiste sacada en
Pecadores?
Elena resopló. - ¿Le has conocido?
- No, lo vi allí, el día que me visitaste y me contrataste. Más tarde descubrí quien
era.
- Hipócrita celoso. Él afirma que visitar los clubes es parte de su trabajo como
asistente del jefe de la policía y contacto con la Iglesia. Pero es la única vez que he
visto su polla presionando contra el frente de sus pantalones. Es afecto
particularmente a visitar los cuartos donde las mujeres son atadas y
amordazadas. He conocido abundancia de hombres como él. Cree que las
mujeres son inferiores y débiles, pero al mismo tiempo las ve como seductoras
quienes llevan por el mal camino a los hombres. Peter me desprecia. Afirma que
Luther terminará en el infierno a causa de su romance conmigo… como si Luther
no hubiera tenido suficientes de otras amantes además de esa perra fría y
religiosa con la que está casado. Peter pensaría que es justicia divina si fuera
sacrificada al demonio. Pero no estaba en Pecadores la noche en que yo estaba
fantasmeando. Y él no tiene las pelotas para actuar de ninguna forma. Nunca
hace ningún trabajo sucio él mismo. Está convencido de que el Día del Juicio está
justo a la vuelta de la esquina y no quiere manchar su alma.
Aisling miró sus propias manos. Había matado con ellas. Y a sus pies yacían aún
más cuerpos. La carga de sus muertes pesaba fuertemente sobre ella.
La muerte te envuelve como un manto, había dicho Raisa mientras miraba las hojas
de té. Se retuerce a tus pies y se enrolla alrededor tuyo como un nido de serpientes,
mientras tu toque se convierte en su heraldo.
Aún mientras Aisling recordaba a aquellos quienes habían sido recibidos por
Felipe e Ilka en las tierras espirituales, se dio cuenta que no temía por su alma
como una vez había hecho. La habilidad para apartar al espíritu de la carne
podía ser su terrorífico y no deseado derecho de nacimiento demoníaco, pero si
aquellos a los que tocó fueron reclamados por lugares oscuros que podrían ser
etiquetados como infierno, fue el resultado de las decisiones que hicieron en sus
vidas.
El coche ingresó en la zona roja. Condujeron a través de un área contentiva de
tiendas de sexo y burdeles donde las prostitutas se mostraban desnudas detrás
de las ventanas. Pasaron la calle donde la hilera de estampados Victorianos
estaba en cualquier lado, entonces comenzaron a viajar a lo largo de una pared
que se alargaba por tantas cuadras que Aisling perdió la cuenta de ellas.
- Esto es El Laberinto, - dijo Elena. - Hay cámaras colocadas a través de todo esto,
con alimentadores para algunos de los clubes de apuestas. A los criminales
convictos se les ofrece una oportunidad de correr a una orden para eludir un
tatuaje o a una sentencia de muerte. Otros corren por dinero.
La mano de Aisling fue a su bolsa amuleto. - ¿Qué hay en El Laberinto?
Elena se encogió de hombros. - No sé. Imagino que depende de lo que pueda ser
capturado o comprado. Nunca he estado ahí o en los clubes de apuestas
conectados a esto. Participar en los deportes de sangre no me atrae.
El coche disminuyó la velocidad hasta parar en frente de una casa que estaba
bien aparte y separada de sus vecinos. - Quiero que conozcas a un conocido, -
dijo Elena.
- ¿Quién?
- ¿Importa? Te contraté y más allá de eso no he conseguido nada por mi dinero.
El chofer abrió la puerta y Elena salió. Le frunció el ceño impacientemente,
comenzando a manipular sus anillos y pulseras de nuevo.
- ¿Preferirías regresar las monedas de plata y el papel moneda que te di? Soy
perfectamente capaz de llevar el caso a la corte.
Aisling se estremeció. Su estómago se anudó con tensión. Ella comprendió el
juego que Elena estaba jugando, pero no había escogido participar. La
intranquilidad se apoderó de ella mientras abandonaba el coche. Sus espíritus
estaban solo un poco despejados por la cálida brisa que se arremolinaba
alrededor de ella, oliendo el desierto.
Elena no tocó cuando alcanzó la puerta frontal. Se detuvo adentro, parecía
preocuparse solamente de si Aisling estaba o no siguiéndola. Los muebles eran
funcionales, las paredes desnudas. El sonido de sus pisadas viajaron delante de
ellas hacia el vestíbulo. Al final de este una pesada puerta se mantenía abierta.
El aire caliente flotó pasando los brazos de Aisling. Elena pasó a través del
primer portal. Ella la siguió. Un relampagueo rojo fue la única advertencia de
que había una trampa cerrándose. Vio la figurilla de la tienda de Javier justo
mientras el rociado arterial de la garganta de Elena chorreaba la baldosa del
suelo y Javier comenzaba el encantamiento.
Antes de que Aisling pudiera reaccionar, la asistente de Javier estaba detrás de
ella con un cuchillo, la hoja brillante de sangre presionada contra su cuello
evitando que hablara o se moviera. Horror, pesar, una agonía de amor palpitó a
través de ella mientras Zurael brillaba a la vista, una banda de símbolos
formándose como un collar alrededor de su cuello.
Él forcejeó, desnudo excepto por unos pantalones ondeantes y casi transparentes.
Su cara retorcida y su garganta trabajando como si gritara, aunque ningún
sonido salía. El encantamiento no paró hasta que Zurael se quedó inmóvil,
cubierto de sudor, los músculos saltando y la respiración cortada. Sus ojos ardían
con la misma rabia terrible y odio que ella había visto la noche que lo invocó.
- Una forma tosca de atar a un demonio para tus criterios, bella Aisling, pero
efectivo, - dijo Javier. Ella abrió su boca consiguiendo únicamente tener la hoja
del cuchillo para sacar sangre. Javier agitó su cabeza. - Me temo que no puedo
permitirte hablar hasta estar seguro de que nos entendemos. Aubrey te matará si
forcejeas o intentas invocar ayuda. Espero no llegar a eso. Como dije durante
nuestro muy breve almuerzo, creo que podemos trabajar muy bien juntos. Y
estoy contento de compartir nada más que una relación de trabajo contigo. De
hecho, en algún momento en el futuro, estaría permitiendo dejarte tener de
regreso a tu amante.
Aisling forzó a su cuerpo a relajarse. Hizo a su corazón ir más lento. Peleó contra
el pánico que demasiado fácil se esparcía en sus pensamientos. Se volvió
consciente de la bolsa de fetiche escondida debajo de su camisa. Esta se sentía
como si fragmentos helados perforaran el suave cuero y se enterraran en su piel.
El amuleto de cristal representando el ser que ella pensaba ahora era su padre se
volvió pesado, haciéndola recordar el día que lo había encontrado, cuando Aziel
le nombró al más poderoso protector y le dije que él no estaba atado por las
tierras espirituales. Ella podía llamarlo con un pensamiento y pagar cualquier
precio que él demandara… salvo que Zurael estaba indefenso y ya había llamado
a su padre su enemigo.
Mientras el frío se extendía desde el cristal llenando el pecho de Aisling, la
claridad llegó y trajo esperanza. Pensó en el horroroso derecho de nacimiento
que había ganado cuando forzó a Felipe e Ilka a las tierras espirituales, un plan
comenzó a tomar forma. Su mente se calmó. Vio el brazo de Aubrey, sostenido
en alto para mantener el cuchillo en su mortal posición, un miembro bronceado
cubierto por sedosas hebras metafísicas de gris.
Solo le tomaría un toque. Un pensamiento. Pero a pesar del cuchillo en la mano
de Aubrey, ella no era la amenaza más grande. Aisling se encontró los ojos de
Zurael y vio la rabia impotente en ellos, sabía que con una orden, él se
convertiría en el arma de Javier contra ella. Exhaló un suspiro tembloroso, y
Javier asintió. - Creo que puedes aflojar solo un poco, Aubrey. Por el momento
tenemos más que sangre suficiente para nuestros propósitos.
Aubrey aflojó su agarre. La sangre resbalando por el cuello de Aisling, la suya y
la de Elena.
Javier miró al círculo a su alrededor, entonces fue a donde Elena yacía en una
piscina de sangre, los chorros de su rociado arterial habían iniciado y potenciado
un círculo más grande, el que usó para atrapar a Zurael hasta que estuvo atado.
- Es totalmente irónico, de verdad. La iglesia, trabajando bajo la creencia errónea
de que me poseían y por lo tanto, posiblemente, yo no podía tener nada que ver
con el dramático aumento en las ceremonias de magia negra, susurró en mi oído
que yo debería saber que habría una compensación financiera si la pequeña
Jezebel del alcalde terminaba como una oveja sacrificada en una determinada
noche. - Javier se rió entre dientes. - Su plan era ingenioso en algunas maneras. El
querido Luther dio el dinero para traerte a Oakland para que así su interés en ti
no fuera obvio. El Padre Ursu probablemente estaba loco de alegría cuando captó
un asomo de tu aura. Te advertí acerca de su talento especial. No dudo que él
estaba esperando que esto fuera una pérdida de tiempo, pero las personas con tu
talento, y quienes pueden ser considerados desechables, no son fáciles de
conseguir. ¿Y Elena? Espero que no te sientas mal por ella, Aisling. Raisa la
observó dejando tu casa el otro día e inconscientemente me dijo acerca de eso,
pensando que era un rumor inofensivo. Esto picó mi curiosidad, como puedes
imaginar. Elena nunca estuvo verdaderamente interesada en saber el porque fue
sacada de Pecadores. Llevó tres minutos en su presencia para imaginarse que
quería hacer un trato con quienquiera estuviera creando Ghost, formar una
sociedad donde ofrecería los servicios de su cautiva shaman para recorridos
guiados a las tierras espirituales. Tomó otros tres minutos convencerla de que
habías resuelto como hacer Ghost. Y para nuestro quinto momento juntos, le
había vendido la idea de que podías ser persuadida de colaborar si solamente te
traía aquí. Es una vergüenza que no pueda arriesgarme a dejarte hablar, Aisling.
A diferencia de la enorme mayoría de practicantes de magia, no estoy
enamorado del sonido de mi propia voz. Pero quizás romperíamos el monólogo
un poco para dejar que tu demonio hable. Tengo curiosidad. De verdad más allá
que curiosidad. Estoy fascinado. Y tengo envidia.
Javier se detuvo en el borde del pequeño círculo de protección en el que estaba.
Sus manos resbalaron por los pliegues de su bata negra. Una de ellas estaba
envuelta con tiras blancas de tela, manchadas donde la sangre había rezumado a
través de estas. - ¿Dónde comenzamos? - Preguntó, uniendo sus manos como en
oración mientras las puntas de sus dedos descansaban sobre sus labios. - Un
nombre sería apropiado. No lo necesito con este hechizo de trampa en particular,
pero se cuanto odian los demonios dar sus nombres.
Él tocó una banda de símbolos que rodeaba su muñeca. Las formas eran las
mismas que las que estaban alrededor del cuello de Zurael.
- Dame tu nombre.
Aisling se condolió mientras veía a Zurael peleando la orden. El sudor goteaba
en sus sienes, rodando por sus mejillas y haciéndola consciente de las lágrimas
en su propia cara. Que el diminuto trozo de esperanza que había mantenido, de
que él podría ser más fuerte que el hechizo que lo obligaba, se marchitó cuando
dijo, - Zurael en Caym.
- Un nombre interesante. Tengo volúmenes y volúmenes de textos nombrando
demonios, y el tuyo no se parece a ninguno de ellos. ¿Qué tipo de entidad eres?
Zurael luchó para no responder. La noche que Aisling lo llamó por su nombre en
los vientos espirituales, él había hervido y enfurecido, conociendo el verdadero
terror por primera vez en su vida. La habría asesinado sin pensarlo dos veces.
Pero ahora se daba cuenta de cuan suaves eran sus invocaciones, cuanto de su
propia voluntad había retenido comparado con la obligación del hechizo de
Javier. Luchó para permanecer en silencio. Pero la respuesta se formaba una y
otra vez, enlazada a través de su mente, creciendo más y más alta.
La impaciencia de Javier creció y le preguntó una segunda vez. Entonces una
tercera. Zurael se disoció de su ser físico. Se convirtió en un espectador,
observando mientras sus labios se abrían y las palabras dejaban su boca. - Soy un
Djinn.
Sus ojos encontraron los de Aisling y su corazón lloró a la vista de sus lágrimas,
leyó la culpa y la angustia en su cara.
Javier levantó sus cejas. - La palabra me es vagamente familiar. Estoy seguro que
la he visto. - Se encogió de hombros e inclinó su cabeza a un lado. - Hay tiempo
suficiente para buscarla más tarde. En lo que estoy interesado es en ver tu
verdadera forma de demonio. Según todo el mundo hiciste un trabajo rápido
matando a mis estudiantes. Y además hay rumores de que Aisling fue echada de
Pecadores junto con su compañero… tú, supongo, lo cual explicaría los
cadáveres de hombres lobo y el hecho de que ella sobrevivió a la experiencia.
Muéstrame como te ves.
Porque él estaba en su forma más verdadera, Zurael no sintió la obligación de
cambiar. Pero tomó la imagen de demonio, esperando ser capaz de usar las
filosas garras y la mortal cola para liberar a Aisling.
Si ella rompía el círculo más grande, el que lo contenía a él, podría liberarlo del
hechizo trampa. Y liberado, podría matar a Javier sin el temor de volverse ifrit.
- Impresionante, - dijo Javier. - ¿Puede el Djinn tomar posesión de un cuerpo
humano?
- No, - dijo Zurael, conservando su fuerza para no forzar a Javier a repetir la
pregunta por segunda o tercera vez.
- Que mal. Tengo curiosidad. ¿Cómo te invocó Aisling?
Zurael peleó en contra de responder eso. Él no quería revelar nada acerca de ella.
Pero al final no pudo evitar traicionarla. - Dijo mi nombre en los vientos
espirituales.
- ¿Cómo es eso posible?
- Ella está profundamente conectada a las tierras fantasmas. Nació de ellas y
puede llamar a los vientos espirituales a voluntad.
Las palabras de Malahel en Raum sonaron en la mente de Zurael. Ellas crecieron
más fuertes y más fuertes, hasta que, con una tercera repetición de la pregunta,
no pudo contenerlas más tiempo.
La excitación brilló en los ojos de Javier. Dudó solamente un segundo antes de
dejar el pequeño círculo protector en el que él estaba e ir a una mesa cubierta con
una tela negra. Se inclinó y sacó una jaula de alambre de abajo, de donde había
estado escondida por el oscuro material.
Aisling jadeó a pesar de la hoja presionando su garganta. Una fresca ola de furia
atragantó a Zurael a la vista de su mascota, su piel mate con la sangre, una zarpa
frontal metida contra su pecho, incapaz de soportar el peso.
Javier levantó su mano vendada e hizo la pantomima de estudiarla. - Bastante
extraño, Aisling, a pesar de una increíble colección de libros de sombra de brujas,
ninguna poción sencilla de sanación o hechizo ha trabajado sobre las heridas que
sufrí capturando a tu hurón. No tuve intención de dejar tu casa en tal estado de
destrucción, pero eso difícilmente importa. Te mudarás conmigo. Piensa en esto
como en un período para conseguir conocernos mientras comenzamos a trabajar
juntos.
Él sacó un arma parecida a una pistola de debajo de la mesa. Zurael no la
reconoció inmediatamente, pero el gimoteo de aflicción de Aisling transmitió su
horror y angustia por la vista de esto.
Javier presionó el final del cañón contra la malla abierta de la jaula y apretó el
gatillo. Un dardo conectado a un alambre delgado golpeó a Aziel. Se sacudió,
lloró, convulsionó mientras las cargas eléctricas pulsaban en él hasta que Javier
liberó el gatillo, dejando a Aziel descansando sobre su lado, excepto por su
rápida respiración.
Una furia diferente a cualquier otra que Zurael hubiera conocido lo llenó. Peleó
contra el hechizo trampa hasta que estuvo jadeando tan fuerte como Aziel. La
sangre manó desde el cuello de Aisling cuando había tratado de agarrar a su
mascota. Javier agitó su cabeza. - Esto no es todo lo que haría.
Hizo una demostración ajustando la posición de la pistola. - Si me fuerzas a
apretar el gatillo, Aisling, me forzarías a matar a tu mascota. No hables a menos
que específicamente te haga una pregunta. No te muevas a menos que te lo diga.
- Javier miró a su asistente. - Aubrey, aléjate y libérala. - Aubrey se alejó de ella
manteniendo el cuchillo delante como si se sintiera vulnerable sin su rehén.
Zurael habría golpeado de buena gana, pero no era la oportunidad. Javier dijo,
- Mata a Aubrey, - y lo hizo en un rápido rasgar de garras y cola.
Era el instante en el que Aisling debería haberse lanzado hacia Javier y tocarlo
antes de que pudiera mandar a Zurael a detenerla, pero no podía hacerlo. Su
amor por Aziel la mantuvo en su lugar y la ocasión se perdió en una rociada de
sangre y crujir de hueso.
- Odio malgastar una prometedora y muy dispuesta estudiante, - dijo Javier,
- pero temo que dadas las circunstancias era inevitable. Los estudiantes pueden
aprender demasiado. Entonces ahora, Zurael, quiero que tomes la posición de
Aubrey detrás de Aisling. No hay necesidad de que te preocupes por un cuchillo.
Tus garras contra su yugular deberían ser suficiente.
Llevó tres órdenes. Pero al final las cumplió. Un calor familiar la inundó mientras
él abrazó su espalda contra su pecho. Las afiladas puntas de sus uñas
presionaron su garganta y ella tembló con verdadero miedo, como el que tuvo la
primera vez que las había sentido sobre su piel, y no el temor erótico que había
experimentado desde entonces.
- Hazla sangrar, - dijo Javier, sin preocuparse en detenerse antes de emitir la
orden dos veces más para forzarlo a obedecer. Aisling se puso rígida. Las
lágrimas caían libremente por su cara mientras las filosas garras se hundían en
ella, enviando chorritos de sangre camino abajo por su cuello.
- Es suficiente, - dijo, aparentemente satisfecho a pesar de haber pertenecido una
vez a ella. Zurael estaba ahora completamente bajo su mando.
Javier usaba su mano vendada para quitar la sabana negra que tapaba lo que
Aisling pensaba que era una mesa, pero veía ahora que era un altar. Una tabla de
arcilla yacía encima, próxima a una urna rectangular colocada a su lado.
Ella podía sentir la onda de choque a través de Zurael. Podía sentirlo peleando
para liberarla, y aunque no podía ser positiva, pensaba que era la visión de la
tabla lo que causaba su reacción y no la urna.
Javier levantó la urna, estaba cubierta con símbolos. Sacó un tapón y lo colocó en
el altar. - Admitiré, que no he tenido mucho éxito en encerrar demonios. Para la
mayoría de nosotros es extremadamente peligroso invocarlos en primer lugar,
mucho menos encerrarlos en un contenedor. Y entonces naturalmente, hay el
riesgo de ofender a cualquier señor demonio que ellos llamen maestro. Pero dada
la aparente devoción de Zurael hacia ti… bueno, me estoy sintiendo bien acerca
de mi oportunidad de tener éxito. Tráela más cerca.
Aisling apenas miró el altar. Su atención fue hacia Aziel. La sangre fresca estaba
manchando a través del suelo de metal de la jaula. Su respiración se había
controlado, pero sus ojos permanecían cerrados. Ella quería llorar a la vista de él.
En cambio apretó sus manos en puños, preparándose a sí misma para actuar
cuando la oportunidad se presentara.
- Estoy casi avergonzado de compartir esto contigo, Aisling, - dijo Javier. - Y
sospecho que tus habilidades, quizás emparejen con la aplicación de Ghost,
haciéndome sentir como si hubiera malgastado años de mi vida, y bastante poco
de las vidas de mis estudiantes, tratando de reunir todas las piezas perdidas de
esta tabla y convirtiéndola en algo útil. Últimamente he estado tan seguro que un
pequeño ajuste aquí, una educada suposición allá, y el encantamiento
funcionaría. Desafortunadamente con todo lo que he terminado es con cuerpos
vacíos y, más, recientemente, con estudiantes muertos que me trajeron una
atención inoportuna de sus ricas familias.
Aisling miró la tabla. Era vieja, rota, con secciones pequeñas aún perdidas. Una
forma vacía al final, capturó su atención. Sus pensamientos le mostraron al
amante muerto de Tamara, su mano acercándose a una pieza plana de piedra con
escritura grabada en esta, su forma igual a la que estaba enfrente de ella.
Algunas de las piezas recuperadas, encajaban juntas apretadamente. Otras se
desmoronaban en las esquinas, distorsionando los símbolos o dejando espacios
en blanco.
Vagos recuerdos se removieron mientras ella examinaba el texto. Recuerdos
ancestrales quizás, aunque algunas de las curvas y formas le recordaban aquellas
que Zurael había dibujado en la tierra. Un frío estremecimiento se deslizó por su
columna cuando llegó a los símbolos que reconoció, los que había visto pintados
sobre Elena y más tarde en Nicholas.
Javier llevó sus dedos sobre una línea de texto. - No te aburriré con todos los
detalles de cómo he adquirido las piezas perdidas a través de los años, pero
como puedes ver la tabla es antigua. De hecho si crees algo de lo que está escrito
en los mohosos libros que la Iglesia tiene en su posesión, esto fue entregado a
una élite del clero por Dios mismo, así como los Mandamientos fueron
entregados a Moisés. Aunque en vez de las leyes, lo que está inscrito en la tabla
dio a la humanidad, o al menos a aquellos considerados dignos por el clero,
dominio sobre los demonios y otros seres de espíritu. Es irónico cuando piensas
en todos los herejes, brujas y practicantes de magia negra quienes han sido
quemados en la hoguera o sino asesinados por la Iglesia y sus antecesores
religiosos. Muchos de ellos estaban trabajando con hechizos y encantamientos
defectuosos y débiles, desarrollados por un hombre, mientras la Iglesia una vez
tuvo en su poder las instrucciones dadas por Dios. Pero me aparto del tema…
Se giró ligeramente, cambiando su vista a la jaula a sus pies. - Si ella intenta
invocar ayuda, Zurael, mátala.
Javier retiró la punta del dardo de la Taser de Aziel con un tirón de su brazo. El
hurón lloró, trató de pararse, cayó a su lado de nuevo. - Bueno, - dijo Javier,
poniendo la pistola en el suelo, entonces desenganchó la jaula. Esperó un minuto
antes de alcanzarlo y agarrar a Aziel por el pescuezo. - Te hice una pregunta en
el almuerzo, Aisling, pero declinaste responderla. Quizás lo reconsiderarías
ahora y confirmarás lo que ya se que es verdad. ¿Puedes invocar a un espíritu y
exigirle que posea el cuerpo de alguien lo suficientemente tonto para Ghost?
El miedo por Aziel acompañó a su estómago. Imágenes de pesadilla de su primer
viaje a Pecadores la invadieron. – Sí.
- Excelente. Ves, ya estamos comenzando a trabajar bien juntos. Ahora una
pregunta más peligrosa. ¿Puedes invocar a un espíritu y exigirle que posea a
alguien que está muerto?
La garganta de Aisling se cerró mientras recordaba la voz de John saliendo del
cadáver de Felipe. Su corazón retumbó en sus oídos. Ella negó con su cabeza.
Mintiendo.
- Respuesta equivocada, creo, - dijo Javier. - Y verdaderamente, eres de poco uso
para mí si no puedes hacer eso. Ghost es difícil de obtener, y siempre hay la
posibilidad de que esto desaparecerá en un momento inoportuno o volverse
inalcanzable.
De los pliegues de su bata Javier recuperó una daga. Y tan rápidamente como
Aubrey había cortado la garganta de Elena, él le hizo lo mismo a Aziel.
- Prueba que puedes ser útil para mí, - dijo Javier, dejando caer el cadáver en el
altar. - Trae a tu mascota de regreso a la vida o llena su caparazón con otra
entidad.
Aisling se agitó con dolor y rabia. Su garganta quemando. Su corazón cayó como
si este hubiera sido desgarrado de su cuerpo. Aún con el conocimiento de que
Aziel había muerto antes, cuando usó otros cuerpos, no reducía la angustia de
tener que ser testigo de esta muerte, de saber que él había sufrido.
A través de los ojos llenos de lágrimas vio las hebras de la telaraña
entrecruzándose en la cara y manos de Javier. Se forzó a apartar a un lado el
salvaje dolor que estallaba a través de su corazón.
- Tengo que tocarlo, - dijo Aisling, las palabras apenas un susurro. - Y a menos
que quieras que el espíritu de Zurael tome el cuerpo de Aziel, él no puede
tocarme mientras lo hago.
Los ojos de Javier se volvieron hielo negro. - ¿Está diciendo la verdad, Zurael?
- No lo sé.
Dudó un momento. La estudió de cerca, entonces asintió finalmente. - Libérala.
Pero se mantiene mi orden anterior. Si trata de invocar ayuda, mátala.
Un suspiro tembloroso escapó de Aisling cuando las garras mortales de Zurael
cayeron lejos de su cuello. Ella dio un paso vacilante hacia delante, manteniendo
su cabeza gacha y tratando de no mostrar sus intenciones.
Javier se alejó del altar. La daga permaneció en sus manos, como si, como
Aubrey, se sintiera vulnerable sin un rehén enfrente de él. Aisling alejó las
lágrimas y trató de aparentar como si su atención estuviera únicamente en su
mascota muerta. Ella era pequeña y Javier estaba armado, no confiaba
únicamente en su fuerza personal al tener a Zurael bajo su mando. Nunca
esperaría un ataque físico, no había pensado en ordenarle prevenir cualquier
cosa pero clamaría por ayuda.
Con cada paso reforzaba el deseo de la muerte de Javier, justo como con cada
giro del fetiche del búho en su taller, ella había querido desesperadamente a su
agresor como para matarlo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca se lanzó hacia delante, y sintió el corte
de la hoja de la daga a través de su palma mientras él instintivamente se
defendía. Pero si había algo, era que el regalo de su sangre solo aseguraba que su
alma sería enviada a aquellos cuyos nombres ella llamó en las tierras espirituales.
Tan pronto como le tocó, sus ojos se abrieron con incredulidad. Se llenaron con
horror en el instante en que ella apartó su alma de su cuerpo, cortando
limpiamente a través como una guadaña a través del trigo.
Una cruda emoción avanzó a través de Zurael mientras el hechizo trampa se
dispersaba. Él alcanzó a Aisling antes de que el cadáver de Javier golpeara el
suelo, tomándola en sus brazos y abrazándola mientras ella se rendía a la
angustia de perder a Aziel.
- Aisling, - susurró, los ojos encendidos mientras presionaba besos en sus
húmedas mejillas, sus labios, en los lugares de su cuello en donde sus garras
habían perforado su piel.
El miedo por ella, la furia y el terror de ser esclavizado y forzado a herirla,
observar indefenso mientras era lastimada, todo esto palidecía en comparación a
la dolorosa agonía de presenciar su desolación y sabiendo que tenía que dejarla.
Él tenía que tomar la tabla y regresar al reino de su padre. No era solo su honor
el que estaba en juego, sino un futuro con ella.
Su pecho se apretó con la preocupación y el miedo. La tarea que ella había
aceptado en las tierras espirituales no estaba completa. Peter Germaine aún vivía.
Contra su pecho los sollozos de ella dieron paso a temblores de dolor, a
estremecidos jadeos. Él frotó su mejilla contra su pelo, diciéndole que estaba a
salvo por el momento y que no se iría lejos.
- Aziel regresará, - susurró Aisling contra su pecho, repitiéndolo varias veces
más, cada vez con más seguridad, como si decirlo lo hiciera realidad. Entonces
ella se alejó, levantó una cara asolada por la pena, y Zurael encontró su belleza
exquisita, completamente convincente en su vulnerabilidad.
Trajo sus manos a su boca, presionando un beso en sus palmas en
reconocimiento silente de lo que había hecho, al salvarlos a ambos. Comprendía
ahora su silencio desde que regresó de las tierras espirituales después de llevarse
a Felipe e Ilka de allí, podía suponer lo que había pasado, el terrible precio que
había pagado por un regalo que no era bienvenido.
- Necesito marcharme, Aisling, - dijo, y era apenas capaz de soportar el dolor que
se deslizaba a través de su corazón cuando las lágrimas se formaron en sus ojos.
Ella exhaló un suspiro entrecortado y hizo un ligero asentimiento de
comprensión. - Quieres la tabla.
Se inclinó, besando las lágrimas. - Te quiero, Aisling, solo a ti. Si no hubiera
prometido regresar a los Djinn tan pronto como consiguiera la posesión de la
tabla, entonces no te dejaría, ni siquiera por un momento.
Sus labios tomaron posesión de los de ella. Su lengua buscando la suya,
hablando de las cosas que él aún no había puesto en palabras, las emociones que
ella provocaba, lo que había llegado a significar para él.
- Regresaré, - dijo cuando el beso terminó.
Cada instinto peleando en contra de dejarla. Pero el honor y el deber lo
demandaban. Él se alejó, girándose hacia el altar donde el cuerpo sin vida de
Aziel yacía y sintió reavivarse un arrebato de furia. La punzada del fracaso.
Zurael recogió las piezas de la tabla. Y cuando estuvo hecho, besó de nuevo a
Aisling, prometiéndole de nuevo, - Regresaré a ti, - entonces dejó su forma física
y regresó a un lugar que no era más su hogar.
El silencio se instaló alrededor de ella, pesado y espeso, como el entumecimiento
que hacía difícil pensar, saber lo próximo que hacer. Lentamente se volvió
consciente del olor metálico de la sangre colgando en el aire, el hedor de la
muerte de cuerpos vacíos.
Elena. Aubrey. Javier. Aziel.
Las lágrimas comenzaron a correr de nuevo. No lo dejaría aquí con los otros.
Aisling le levantó, intentando escapar de la casa. Pero mientras pasaba a Elena,
sintió el pinchazo fantasma de las garras de Aziel en su hombro, el cálido
cepillado imaginario de su cola contra su mejilla, como si aún muerto él
cumpliera como su guía, recordándole la promesa que le había hecho a Sinead en
el intercambio por ser llevada adonde Nicholas estaba atado al altar.
No esperaría. Tan peligroso como era el viajar a las tierras espirituales desde esta
casa donde la magia había sido fortalecida por sacrificio humano, Aisling sabía
esperar, lo más peligroso sería localizar a Elena y reunirla con Sinead. Aún así,
ella podría haber retrasado el llevar a cabo la tarea, convenciéndose que nadie se
pondría a vigilar su caparazón físico, que sería mejor esperar, quizás vigilar el
refugio con las brujas Wainwright hasta que Zurael regresara y Peter Germaine
estuviera muerto.
Pero la pesada sensación del amuleto de cristal en su bolsa fetiche, el frío aún
irradiando de este, tan diferente al calor de Zurael, haciéndole sentir como si el
ser que esto representaba fuera consciente de su grave situación y se colocara
listo para protegerla.
Abandonó el cuarto donde los cadáveres yacían como habían caído. La casa
estaba en silencio, el vacío sentimiento del abandono.
Estaba en la zona roja. Se preguntó si eso la protegería de ser arrestada o si
debería dar un paso adelante y atribuirse el ser una víctima antes de que los
cuerpos fueran descubiertos. El chofer de Elena podía testificar que ella no había
venido de buena gana.
Aisling hizo a un lado sus preocupaciones para más tarde, para después de que
hubiera pagado su deuda. Se deslizó en un pequeño cuarto, una oficina con una
puerta que aseguró. Se arrodilló en el suelo sin ceremonia y fijó el nombre de su
protector más poderoso en su mente, aunque no lo invocó mientras se deslizaba
en el gris mundo de las tierras espirituales.
Capitulo 18
La elaborada puerta tallada a la Casa de la Araña se abrió. El mismo Hombre
Djinn que llevaba un sencillo pantalón blanco de estudiante hizo una profunda
reverencia y dio un paso atrás, fuera del camino. - Bienvenido, Príncipe Zurael
de Caym de la Casa de la Serpiente. Nos honra con su presencia.
Zurael entró y encontró Malahel Raum esperándole. Ella estaba, una vez más,
vestida con las discretas túnicas grises de un viajero del desierto, que mostraban
poco a excepción de los ojos tan oscuros que parecían negros. - Ya veo que
tuviste éxito.
Le dio la tabla, ansioso de librarse de eso, deseoso de irse. A pesar de todos los
argumentos que había forjado y sus planes para hacer de Malahel en Raum e Iyar
en Batrael sus aliados, sintió una necesidad imperiosa y urgente de volver a
Aisling.
- ¿La hembra humana que te convocó está muerta? - Preguntó Malahel.
Incluso la pregunta envió un espasmo de dolor a través de su corazón. - No. Ella
no es un enemigo de los Djinn. No voy a permitir que sea dañada.
Los ojos negros de la Araña lo perforaron. - Te ha esclavizado.
Se puso rígido, desviando la mirada, y vio de nuevo los tapices de pared con sus
representaciones carnales de humanos, ángeles y Djinn entrelazados. Y en lugar
de negar el reclamo de Malahel, dijo, - No estoy sujeto a ella en la forma en que
implica.
La llegada de Iyar en Batrael evitó lo que fuera que Malahel podía decir. Él entró
en la habitación desde uno de los muchos pasillos que llevaban a esta, sus ojos
dorados brillaban en su rostro oscuro.
- ¿La mujer tuvo la oportunidad de aprender lo que estaba escrito en la tablilla?
Todos los músculos en el cuerpo de Zurael se tensaron. En su mente vio a Aisling
arrodillada en la tierra después de que había dejado la tienda de ocultismo,
duplicando fácilmente el texto Djinn que él había escrito en la tierra. La vio de
pie junto al altar de Javier, escudriñando la tabla, encomendando esta sin
esfuerzo a la memoria.
- Vio la tabla, pero mató al humano que la poseía. Ella me liberó de su hechizo
demonio y no hizo ningún esfuerzo para detenerme de volver a casa con ella en
mi poder.
Zurael encontró sus ojos, les dejó leer su determinación, sus intenciones,
recordándoles con la fuerza de su voluntad de que era un príncipe de la Casa de
la Serpiente. - Ella no es un enemigo de los Djinn. No voy a permitir que sea
dañada.
Ellos no le ofrecieron nada. Ni Alianza ni abierto desacuerdo, y él no se quedó.
Aisling estaba sola. Sin protección. Físicamente debilitada y sufriendo
emocionalmente por la pérdida de Aziel.
Zurael buscó al Príncipe. Pero cuando su padre no le concedió una audiencia, se
alejó de la casa de su padre y se apresuró hacia la puerta cubierta de símbolos
que llevaba al mundo que una vez perteneció a los Djinn.
Pocos podían pasar por ella sin el permiso del Príncipe. Zurael hubiera preferido
ganarla, advertir a su padre que perdería a un hijo si él enviaba un asesino a
Aisling.
Miizan en Rumjal, asesor de su padre, estaba en la puerta. Llevaba el escorpión
de su casa en el cuello, aunque en la prisión del reino de los Djinn no era
necesario.
- El Príncipe me ha enviado, - dijo Miizan. - Estoy para recordarle que sus
palabras siguen siendo ley aquí y él no ha cambiado las que le dijo la última vez.
A menos que sea convocado, puede dejar el Reino de los Djinn sólo una vez. No
me dio más instrucciones, pero voy a emitir una advertencia. La Casa del
Escorpión está consciente de su regreso. Somos conscientes de la amenaza
planteada por la hembra que lo convocó. Sabemos que aún vive y de su deseo de
que permanezca con vida. Ninguno de mi casa ha sido aún enviado a ella. Pero si
usted rompe la ley del Príncipe y regresa a ella, vamos a terminar lo que no hizo.
Miizan miró a la puerta, y luego se transportó sin decir nada más, dejando el
camino de regreso a Aisling sin vigilancia. Zurael quería descargarse. Quería
reunir la arena a su alrededor en una masa hirviendo y rugiente a través del
desierto. La cruda impotencia y la furia lo llenaban igual que lo que había
sentido cuando estaba atrapado y atado por el hechizo de Javier. Aisling. Sufría
por ella, temía por ella. Odiado estar lejos de ella.
Zurael se apartó de la puerta. Una nueva determinación surgió a través de él.
Forzaría su camino para ver a su padre si era necesario. Un remolino de aire
precedió a la firma de energía que era Irial. El príncipe Cuervo tomó forma. Sus
blancos dientes brillaron en una sonrisa salvaje. Los ojos verdes ardían con
intensidad.
- Así que la jugada está hecha. Un príncipe de las Serpientes se convierte en el
peón a ser sacrificado por un niño de barro. Encontraría la situación más
divertida si no sospechara que un destino similar espera por mí.
*****
Aisling se sentía cambiada, diferente. Si había ganado su derecho de nacimiento
en su última visita o la culminación de sus experiencias desde que fue traída a
Oakland, no lo sabía. Pero a medida que los vientos espirituales se
arremolinaban a su alrededor a modo de saludo, susurrándole, sintió una
confianza que nunca había experimentado antes, y sabía que, mientras Elena no
había entrado en uno de los lugares de poder en las tierras espirituales, entonces
podría encontrarla fácilmente.
Pero no era el nombre de Elena el que Aisling dijo. Fue el de Aziel. Se atrevió a lo
que ella no hubiera hecho antes, y la nada gris se abrió para revelar a un hombre.
La confusión la invadió con su primera visión de él. Era Irial y sin embargo no lo
era. En lugar de un cuervo estilizado tatuado en la mejilla, alas negras y garras
extendidas repartidas en el pecho. Y a diferencia de la imagen demoníaca que
había visto cuando invocó a Irial, Aziel estaba desnudo excepto por unos finos
pantalones como los que aparecieron en Zurael cuando el hechizo de Javier lo
obligó a adoptar una forma.
La comprensión llegó. - Eres un Djinn, - dijo, sintiéndose incómoda,
extrañamente tímida ahora que Aziel era un hombre.
Aziel sonrió y eso la inundó con calidez y familiar consuelo. Él cerró la distancia
entre ellos y tomó su cara en sus manos, presionó un beso en su frente, tocándola
en las tierras de los espíritus, donde unos pocos lo hacían.
Sus pulgares alejaron con una caricia las lágrimas que ella no se había dado
cuenta que estaban cayendo. - Siempre me has amado bien, Aisling. Y por ti hay
esperanza para otros de mi especie. Una lección final.
Él se alejó. En un parpadeo de un ojo un extraño con bata estaba de pie donde
Aziel había estado, un hombre de pelo negro con fuertes y poco familiares
rasgos. Ella intentó verle como había visto la muerte rodeando a Felipe y a Ilka,
esperó verle como un espíritu puro, transparente y casi sin forma, quizás atado
con sedosos hilos para no ser vistos. En su lugar vio una masa anudada, dos
entidades enredadas juntas rigurosamente sus formas físicas fluctuando entre
extraños con togas y la imagen del Djinn.
- Los Djinn son los hijos de la Tierra, - dijo Aziel. - Existimos mucho antes de que
el dios extraterrestre llegara con su armada de ángeles. Él pensaba que nos
esclavizaría, dándonos a sus hijos de barro como familiares. Maté al hechicero
que me unía y ahora nuestros espíritus están unidos. Esto es lo que significa
convertirse en ifrit (invocado). Es la peor pesadilla de un Djinn, lo que tememos
incluso más que estar atados, convertirnos en ifrit, almas manchadas, que
nuestros nombres no sean mencionados más, saber que nunca caminaremos en el
reino forjado en la profundidad de las tierras de los espíritus donde los Djinn
esperan una oportunidad para reclamar lo que una vez fue nuestro. Al principio,
cuando los humanos eran marcados, el dios extraterrestre intentó hacer un
ejemplo de uno de nosotros. Forzó al Príncipe en la imagen que Zurael e Irial te
han mostrado, entonces fueron llamados demonios. Nosotros fuimos los
primeros en llamarlos por ese nombre, pero los seres vinieron después, los
creados por los niños de barro, ellos eran los verdaderos demonios.
- ¿Y mi padre?
Aziel se inclinó y presionó otro beso en su frente. Un amor que había existido
desde sus primeros recuerdos volaron por el vínculo que compartían, viniendo
con sus pensamientos. - Elena espera, la veré en Sinead. Dejo este lugar. - Y
Aisling no consiguió ninguna oportunidad cuando los vientos de los espíritus
barrieron.
Ella se levantó de donde había estado arrodillada en la pequeña oficina cerrada,
aún acunando lo que había sido Aziel pero que ya no lo era más. La visión del
hurón trajo una ola fresca de tristeza, no por su muerte esta vez, sino por la
pérdida de su vida.
Una lección final.
Él no volvería a ella otra vez. Aisling tragó fuerte. Se preguntaba si Zurael
volvería, o si una vez había estado entre los de su especie, libre del horror de
estar atado por Javier, él decidiría no regresar. Niña de barro. La había llamado en
más de una ocasión. Él no mantenía en secreto lo que pensaba sobre los
humanos. No todos los humanos, susurró una pequeña voz interna en su mente.
Sintió su ausencia con agudeza. Él había esperado estar de vuelta por ahora.
Aisling abrió la puerta y caminó hacia el pasillo. Un movimiento la hizo girarse.
Su respiración atrapada por el miedo cuando vio al conductor de Elena salir de la
habitación del final del vestíbulo. Él se estaba santiguando, mascullando él
mismo, sus dedos se tensaron alrededor de un pequeño garrote.
Sus ojos se abrieron cuando la vio. Se detuvo y tomó un paso hacia atrás luego
rápidamente se recuperó. - Sabía que Elena era malas noticias la primera vez que
la traje. Pareces como si hubieras vivido a través de una pesadilla, pero eso no
me sorprende. La zona roja es el patio de juegos del diablo. - El conductor corrió
hacia ella. - Hora de salir de aquí, - dijo él, y Aisling se relajó, sintió casi un débil
alivio.
En el coche él abrió la puerta para ella. Pero antes de que consiguiera entrar, el
dolor gritó a través de ella como si el garrote la hubiera golpeado la cabeza. La
oscuridad la tomó antes de que pudiera decir un nombre en los vientos de los
espíritus.
***
Zurael permitió a un séquito del príncipe servirle. Irial disfrutaría acosándole,
pero su llegada a la puerta no sería por este específico propósito.
- ¿Sabías que ella me convocó? - Preguntó Irial.
- Sí.
- La habría matado. Intenté conseguirlo pero su círculo me agarraba.
- Aisling me contó lo suficiente. Me dijo que elegiste ayudarla.
- Sí. - Irial ladeó su cabeza. Esta vez su sonrisa fue masculina y apreciativa. - Ella
es seductora. En muchas maneras. Puedo ver como ignoraste mi aviso.
Continuaste emparejándote con la pequeña shamaness. Compartiste respiración
y espíritu. Ahora ella es como una potente droga cursando a través de tu
corriente sanguínea y dominando tu ingle. Y si tengo razón, pronto te costará un
reino. Pero quieres ser esclavizado por ella. Y nosotros ganamos, ¿ella te dijo que
su mascota se me mostró?
Con la mención del hurón, Zurael intentó analizar a través de las otras palabras
de Irial. Un puño tenso en su corazón por la pérdida de Aisling y su pena. - Me
dijo que viste a Aziel.
- ¿Ese es el nombre por el que le conoces?
Zurael se tranquilizó. - ¿Le conoces por otro?
- Le conozco por lo que es. - Irial se movió más cerca, como si tuviera miedo de
decir la palabra demasiado alta. - Ifrit.
Un frío helado floreció en el pecho de Zurael. El horror hacía peor haber sido
atado tan recientemente a Javier.
- ¿Estás seguro?
Irial golpeó su estilizado cuervo en su mejilla. - Estoy seguro. Es la palabra de mi
casa la que guarda los libros que tiene la relación de los nombres de esos quienes
se han perdido, para sufrimiento de todos los Djinn cuyos espíritus nunca
guiaremos de vuelta para renacer. Él estuvo una vez en mi casa, es todo lo que
sé. ¿Y si estaba adivinando? Por algo, el amor de un padre nunca muere.
Zurael oyó el sonido de la verdad en las palabras de Irial, recordando sentirse
como si él estuviera atrapado, cogido en la tela de una araña con Aisling, por
fuerzas poderosas e invisibles.
- ¿Ves la mano de tu padre en esto?
- No solo su mano, sino la del Príncipe y la de Malahel.
Espontáneamente, Zurael se vio de pie en el Vestíbulo de la Historia con El
Príncipe, los dos delante del mural de Jetrel, el hijo cuya pérdida era una
profunda cicatriz en el corazón de su padre. - ¿A que juego han jugado?
Irial rió. - Una buena pregunta. Y desde que soy tanto un peón como tú, haré el
movimiento esperado de mí. ¿Sabes que hay una manera para que el Djinn esté
de acuerdo en unirse a un humano? ¿Para unir almas para que ambas almas sean
igualmente esclavizadas y ninguna se convierta en el familiar de la otra?
El corazón de Zurael latió tan alto que las únicas palabras que pudo formar en
medio de su rugido fue – Dímelo.
- Tu desesperación no es buena señal para mis propias oportunidades de evitar
un enredo. Si haces esto, Zurael, dudo que seas capaz de pasar a través de la
puerta y volver a este lugar. Te costará un reino. ¿Realmente quieres a la
shamaness lo suficiente para pagar semejante alto precio?
- Sí.
Irial tocó el estilizado cuervo de su mejilla otra vez, una que tomó un significado
como pocas veces tenía, solo cuando Zurael raramente demostraba la marca de
su casa y la naturaleza de su espíritu cuando él estaba en el Reino de los Djinn.
No había necesidad de hacerlo. Su apariencia era opcional, a diferencia de que
cuando él estaba en el mundo ahora tomado por humanos.
- Comparte tu respiración y harás que tu alma entre en ella, - dijo Irial. - Y ahora
te diré como llegué aprender que era posible. Entonces sabrás por qué creo que el
Príncipe y Malahel tienen sus manos en este juego, también.
Zurael sintió la esperanza alzarse en su pecho. - Estoy escuchando.
Irial dijo, - Cuando le hablé a mi padre sobre la figura que viste en la tienda
oculta, me envió a la librería de nuestra casa para buscar la cuestión más lejana.
Bastante extraño, un libro que había pensado que no podía ser encontrado, y así
que él lo arregló para que yo usara la librería en la Casa de la Araña. Mientras
estaba en la biblioteca de la araña, me mostró una colección de libros que podría
tener la información que estaba buscando, entonces sin atención. La araña cuenta
una historia, no es lo mismo que un cuervo o Serpiente. Tenía curiosidad, como
imagine que ellos sabían que iba a ser, así que hojeé los de la sección que me
habían dado rienda suelta a explorar. - Los ojos verdes se pusieron sombríos. -
Había un cuento del primer hijo del príncipe, cuyo nombre ya no se encuentran
en El Libro de los Djinn. Cuenta la Araña que él vino a su casa buscando un
modo de atar a la mujer humana que el amó por encima de todos los otros. Él
quiso ampliar su vida más allá de los pocos años que los niños de barro poseen,
incluso si eso significaba acortar la suya propia. No hubo ninguna convocatoria
en aquellos días. No hubo encantamientos que nos forzara a la voluntad de un
ser humano. Los Djinn que podrían ser capturados con vida ni fueron marcados
con bandas escritas y dadas a los hijos de barro como si fueran animales. No
existía ningún conocimiento de lo que significaba ser ifrit porque nadie lo había
experimentado todavía el horror. El primer hijo del príncipe pronto lo sabría. -
Irial sacudió su cabeza. - Las palabras del príncipe eran ley entonces, tal y como
son ahora. Sus pensamientos no están escritos cuenta la Araña de la historia. Lo
que está escrito es que El príncipe les prohibió compartir el conocimiento de
cómo un Djinn podía obligar a un ser humano. Y al final su hijo se perdió de una
manera que ninguno de nosotros podría haber concebido y de una manera que
podría haber sido evitada si hubiera sido ya vinculado a la mujer.
La mente de Zurael se aceleró con las consecuencias. No fue coincidencia que
Irial tropezó con la historia de Jetrel y hacía el papel de peón, compartiéndolo.
No fue una coincidencia que él mismo hubiese sido enviado para la tabla. Su
pensamiento hizo girar su visita a la Casa de la Araña, a las palabras que había
hablado y de las respuestas de Malahel. La Casa del Escorpión está llena de asesinos
capaces de hacer lo que pides.
Lo que dices es cierto, pero ninguno de ellos fue convocado como era. Ninguno de ellos fue
llevado a la Casa de la Araña por sus destinos.
Un cuervo y una araña, una serpiente y un ifrit ¿Qué juego jugaron ellos?
Espontáneamente, la imagen del círculo del amuleto de Aisling vino a él, un
cuervo, una araña, una serpiente y un oso unidos por la sangre. ¿Por qué el Djinn
busca una alianza con un ser humano que podría convocar con la voz un nombre
sobre el espíritu del viento? Aquel cuyo espíritu guardián fue ifrit
La respuesta llegó en una ráfaga que lo dejó sin aliento. La emoción se levantó
como cima, cayó bruscamente cuando pensó que debía estar equivocado. Y sin
embargo, no pudo evitar decir, - Si Aisling puede convocar un ifrit, es decir que
otro no pudo descifrar la tabla y deshacer la maldición que creó uno. ¿Que
trabajaron juntos, una hechicera y una shamaness no podía encontrar y liberar a
aquellos cuyos nombres ya no podemos hablar?
- Tus pensamientos reflejan los míos y por lo que sospecho que un niño de barro
será mi destino. Tal como era el plan suplicaré a mi Padre, y al tuyo, así como a
Malahel, aunque si realmente pensaron dejar de averiguarlo seguirá siendo una
pregunta sin respuesta hasta que esto llegue al final.
El dolor y la preocupación se deslizaron a través Zurael. El frotó el lugar sobre su
corazón. - Ella tiene un enemigo aún vivo. Si estamos en lo correcto, ¿por qué me
han prohibido volver a ella?
- A menos que seas convocado. ¿No eran las palabras que oí decir a Miizan?
La esperanza se encendió en Zurael luego murió tan rápidamente. Como él bien
recordó los ojos sombríos de miedo de Aisling cuando le advirtió contra
convocarle. Con qué facilidad se acordó de la culpa y la angustia que había leído
en ellos cuando Javier lo había obligado. - Ella no llamara mi nombre en los
vientos del espíritu.
- Tal vez no, - dijo Irial. - Dada la elección quizás le darán una oportunidad.
Zurael miró a la puerta que separaba su mundo de Aisling y vio una prueba en
lugar de un obstáculo, delicados hilos conducen este momento en el tiempo. Un
hijo que deshonra a su padre no podía ser de confianza. Un amor que no fue lo
suficientemente fuerte para salvar la brecha entre los Djinn y el niño de barro no
podía ser sostenido. Ella tendría que convocarle o no habría futuro para ellos
dos.
***
El sentido volvió lentamente, con un remolino de desorientación de sensación y
visión, las náuseas se apoderaron de Aisling que trajeron el pánico salvaje de que
ella se ahogaría con su propio vómito y moriría antes de que pudiera forzarse a
tragar. Estaba atada a una silla, las manos y los pies inutilizados. Amordazada
con fuerza, quienquiera que la hubiera atado fuertemente estaba aterrado de que
ella pudiera hablar.
Una mesa pequeña, pesada fue colocada frente a su silla. El martillo que
descansaba en la parte superior de la misma parecía estar fuera de lugar,
siniestra y amenazante.
Poco a poco los montones de pequeños huesos triturados entraron en foco, el
pentagrama ónice roto, la piedra rota de su bolsa de amuletos tirada al suelo.
Demasiado tarde se dio cuenta que el coche de Elena y el chofer probablemente
pertenecían a Lutero Germaine, y el conductor, por asociación, fue Peter también.
Como si pensar en Peter Germain lo hubiera conjurado, sostuvo la silla al otro
lado de la mesa.
- He tenido bastantes problemas para arreglar tu muerte, pero has conseguido
evitarlo. El hombre que salvé de la suerte de un tercer golpe y la ejecución
precipitada, a cambio de pagarle una visita, se encontró muerto. Los guardias,
que tienden a dejarse llevar y volver en busca de caza, no pudieron encontrarte
en Los Baldíos, después de que el padre Ursu conoció su falta de coger el
autobús y regresar a casa. La Iglesia se equivoca al ponerse en peligro. Mi
hermano y el resto de ellos se equivocan si piensan que obligando a la gente que
ha sido tocada por el diablo en una zona de la ciudad, puede limitar su influencia
y evitar hacerse cargo y dirigir la atención de Dios lejos de nosotros de una vez
por todas. Su tipo es una enfermedad que se extenderá hasta que no haya lugar
en la Tierra que esté libre de ella. Eres una asquerosa perversión que Dios previo
en el momento que nos ha creado.
Peter metió la mano en su bolsillo. Cuando su mano surgió, sostenía una
pequeña caja familiar. Sus ojos llenos de éxtasis mientras acariciaba el fino metal.
- No entiendo por qué has sido elegida para cumplir el más alto poder, pero lo
has sido. No es mi lugar preguntar a lo divino. Si vas a ser la herramienta que
abrirá las puertas del infierno e inunde este mundo con demonios para causar el
Apocalipsis y juicio Final, que así sea.
Abrió el recipiente y metió los dedos en la sustancia gris. Una presencia maligna
barrio, éste era más poderoso que cualquier que Aisling había encontrado en las
tierras de los espíritus.
Ella retrocedió cuando Peter se inclinó sobre la mesa, la mano extendida.
Mentalmente convocó el único que no estaba limitado por los límites de la
frontera de las tierras de los fantasmas, su padre, aunque el precio por llamar su
nombre sería muy alto. Él llegó como un relámpago, iluminando la habitación de
un blanco cegador y llenándolo con un horror sin sentido, el terror instintivo. Las
alas de ángel se extendieron gloriosamente, la espada levantada y cayendo,
imponiendo rápida, la justicia inflexible marcada por un grito que continuó
mucho después de la muerte de Peter, como si la venganza siguiera el sendero
del Espíritu profundamente en la vía las tierras de los espíritus donde se originó.
Cuando se dio vuelta y la miró, Aisling tomó todo el coraje para no temblar y
encogerse en su presencia. Su respiración era fuerte y rápida. Su corazón se
aceleró y los recuerdos del ángel en Los Baldíos se apretaron fusionándose con la
visión del ser que estaba frente a ella.
La empuñadura de su espada se extendía hacia ella y un gemido escapó a pesar
de su voluntad de mostrar valentía solamente. Se sacudió cuando la punta de la
espada tocó las cuerdas, y el frío azotó sus muñecas antes de que sus ataduras
cayeran, destrozadas como si las fibras estuvieran hechas de finos hilos de hielo.
Él liberó sus tobillos de la misma manera, entonces se arrodilló antes de que ella
pudiera pararse, atrapándola en la silla con la sola fuerza de su presencia.
La espada desapareció de su mano y él se inclinó hacia delante, desatando
suavemente la mordaza y tirándola a la basura. Sus ojos se encontraron,
sosteniéndose. Y Aisling se perdió en la oscuridad silenciosa y sin fin llena con
una galaxia de estrellas brillantes.
Él la llamó desde el lugar que la mantenía paralizada diciendo, -Has hecho bien.
Has logrado todo lo que se esperaba de ti. Te has convertido en lo que soñé que
podrías ser cuando tu madre conoció mi precio.
Un dolor agudo se deslizó pasando las costillas de Aisling y su corazón. Este
reemplazó al dolor sordo que nunca había desaparecido por completo por ser
abandonada, dejada en un umbral siendo un bebé. De alguna manera era peor
saber que era el resultado final de un acuerdo con las tierras fantasma, y sin
embargo no podía evitar el preguntar, - ¿Quién es ella?
- ¿Qué importa? Ella eligió la vida de un vampiro. - Se puso de pie,
reacomodando las elegantes alas mientras él ofreció su mano, Aisling la tomó,
permitiéndole ponerla de pies. Cuando la soltó, ella luchó contra el impulso de
hundirse hasta las rodillas, agachando su cabeza en presencia de su terrible
belleza. Se obligó a mirarlo a los ojos de nuevo, y aunque su voz era poco más
que un susurro tembloroso, se las arregló para preguntar, - ¿Y el precio que te
debo?
- Terminaré lo que hay que hacer aquí en primer lugar, entonces discutiremos lo
que mi ayuda te ha costado.
Las alas masivas se extendieron hacia fuera para formar un escudo a su
alrededor. Levantó los brazos, y dos espadas brillantes aparecieron en sus
manos. El estallido del trueno que sonó en la sala fue su única advertencia.
Entonces, rayo tras rayo del relámpago cayó, atravesando la casa como si se
arrastrara desde el cielo y dirigiera por la ira de un ángel.
Las llamas estallaron a su alrededor, destruyendo cualquier evidencia de su
presencia o de la muerte de Peter Germaine. Las olas de calor resplandeciente
fueron mantenidas a raya por un frío más profundo que cualquiera que Aisling
alguna vez hubiera conocido.
Sólo cuando el techo y las paredes empezaron a caer bajó sus brazos. La arropó
contra él en un gesto sorprendentemente protector. Un blanco cegador llenó su
visión. Y cuando se despejó, estaba parada en medio de la familiar destrucción
de su propia sala de estar.
- Invoca a tu Djinn, - le dijo su padre y Aisling supo que quería decir a Zurael. Su
mirada se desvió a su muñeca, donde el amuleto en forma de sol que había
recibido de Levanna Wainwright aún descansaba sobre su piel. Los dedos de su
padre hacían círculos en su muñeca mientras el sol dorado estaba atrapado entre
su carne y la suya.
- ¿Tu Djinn significa tanto para ti? ¿Que te arriesgarías a mi ira, incluso después
de ser testigo sólo de una fracción de lo que soy capaz?
- Él significa mucho para mí, - dijo Aisling, consciente de que dejaría a su padre
cortar las cuerdas espirituales que la ataban al cuerpo físico y llevarla a las tierras
espirituales con él antes de ella traicionara a Zurael.
- Tu valor me agrada. Pero ten cuidado en que no se convierta en exceso de
confianza. El encanto no funcionará en los anfitriones más altos. La visión de esto
es razón suficiente para que ellos te derriben.
Cambió su agarre, pasando su pulgar sobre el diminuto sol. - Una lucha se está
preparando, a diferencia de la que se peleó en los albores de la creación humana.
Hay ángeles que abiertamente reclaman a los seres humanos como sus
compañeros y reconocen a los hijos que ya hayan creado. Pero hay muchos que
patrullan este mundo y ven a sus habitantes como poco más que un experimento
en cautividad. Que consideran acostarse con humanos un sacrilegio, y a los hijos
de tales uniones abominaciones. Hubo un tiempo en el pasado cuando las
ciudades fueron arrasadas y poblaciones enteras sacrificadas para borrar
cualquier rastro de sangre de ángel entre aquellos creados del barro.
- ¿Y ahora? - Preguntó Aisling, temblando al recordar la mirada que el ángel en
Los Baldíos le había dado, el modo en que había escupido la palabra
abominación hacia ella. Había pensado que él la veía como parte demonio, o
maldita por haber estado con Zurael, pero teniendo en cuenta la confesión de su
padre, se preguntó si había percibido su herencia angelical.
- Ahora es el momento de construir alianzas, para reforzarlas con vínculos de
sangre.
Aisling experimentó una punzada de dolor al hacerse eco de lo que había sentido
cuando supo que su madre se la había llevado con fines lucrativos. Esta era la
razón de su padre para su nacimiento. - ¿Quieres usarme para formar una
alianza con los Djinn?
Él le soltó la muñeca. - Es un posible uso. Pero hay otros. - Ellos podían haber
estado discutiendo qué sembrar en los campos, cuales animales reproducir y
cuales vender o sacrificar… las decisiones prácticas de la agricultura. Ella
parpadeó para contener las lágrimas, negándose a dejarle herirla con su frialdad.
Con su falta de reconocimiento hasta de su nombre. Se tragó su orgullo, su dolor,
pensando en el lugar de Aziel, cuya voz contenía tanto anhelo cuando habló del
Djinn, de Zurael, que había llegado a significar tanto para ella.
Aisling apretó las manos en puños. Ella encontró valientemente los ojos de su
padre. - ¿Qué harás si lo llamo? - La espada apareció en la mano de su padre de
la nada. La vista de esto hizo que su respiración se entrecortara y sus pulmones
se llenaran con hielo, pero ella se mantuvo firme. La aprobación brilló en el
rostro de su padre.
- Aisling, - dijo, y el sonido de su nombre fue una sinfonía, un hermoso coro que
trajo lágrimas a sus ojos, junto con un conocimiento terrible. Su voz era tanto un
arma como la espada. Con esta podía ofrecer elogios tan gloriosos que ella podía
hacer cualquier cosa para disfrutar. O podía lanzar visiones torturadoras de la
condenación tan horribles que su mente podría hacerse añicos.
Cuando los efectos de su voz se desvanecieron, dijo, - Tienes una deuda, pero no
tomaré tu libre albedrío como parte de mi precio. Este momento ha estado
durante mucho tiempo preparándose. No es casualidad que Aziel haya sido tu
compañero desde tu nacimiento. Invoca al hijo del príncipe. Estás dispuesta a
arriesgarte a mi ira y entregar tu alma con el fin de protegerlo; dale la
oportunidad de demostrar que corresponde a tus sentimientos, que está
dispuesto a renunciar a un reino por ti.
Un centenar de imágenes diferentes se volcaron. Un centenar de recuerdos la
tocaron. La esperanza cautelosa con el miedo. Recuerdos compitiendo. La furia
de Zurael al haber sido invocado la primera vez. La promesa de retribución que
ella había visto en sus ojos. Su reconocimiento más tarde de que había venido a
matarla. Descansa tranquila, niña de barro. Estás a salvo de mí a menos que me
convoques otra vez.
Su gentileza. Su protección y posesividad. La manera en que había alejado el
beso de sus lágrimas antes de dejarla con la tabla.
Te quiero, Aisling, solo a ti. Si no hubiera prometido regresar a los Djinn tan pronto
cuando consiguiera la posesión de la tabla, entonces no te dejaría, ni siquiera durante un
momento.
La mano de Aisling fue a la base de su garganta en un gesto inconsciente,
buscando el consuelo familiar de sus fetiches, solo para recordar que su ausencia
era por su destrucción. Una vez, su pérdida la había dejado sentir insegura,
asustada de su talento, pero ahora sabía mejor quien era, que propósito podría
servir en su vida.
Su padre estaba de pie delante de ella, ofreciéndola el futuro completo que ella
apenas se había permitido soñar, uno con Zurael. No era una trampa. Era una
prueba. Y habría arriesgado bastante convocando a Zurael y viendo el odio en
sus ojos para nunca saber lo que habría ocurrido si solo ella hubiera tenido el
coraje de creer en sí misma y en él.
- Le convocaré, - dijo ella, pensando que su padre quería tomarla en las tierras
fantasmas cuando la situó para que estuviera de pie con su espalda a pulgadas
de su pecho.
En su lugar levantó su brazo y fue como si su espada cortara a través de una
barrera invisible separándola de su mundo. Los vientos de los espíritus
barrieron, rodeando y arremolinándose, esperando que ella hiciera la oferta.
- Zurael. Heredero serpiente. Hijo del que es el Príncipe. Te convoco a mí, - dijo
Aisling, y esta vez pudo sentir los vientos llevando sus palabras en la
profundidad de las tierras de los espíritus.
Él llegó con el pecho desnudo, llevando los pantalones volando y pareciendo
cada pulgada del heredero de un reino. El corazón de Aisling saltó al verle,
reincorporándose al hambre en sus ojos cuando vagaron sobre ella, como si el
ángel a su espalda, el que una vez le había llamado enemigo, no existiera. Como
si él diera la bienvenida a su invocación.
La espada en la mano de su padre desapareció, y con ella la entrada a las tierras
de los espíritus. - ¿Te quedarás en este mundo y te unirás con mi hija?
La atención de Zurael fue al ser que estaba de pie detrás de ella, y Aisling se
tranquilizó, sintió su pulso latir con fuerza en la base de su garganta. Ella tenía
miedo de que el odio estallara en sus ojos, sospecha; en su lugar solo había dura
resolución. - Tú y mi padre habéis logrado hacer lo que se presentaba. Pero no
creo que nos usaras como peones otra vez. Aisling es mía y no será fácil separarla
de mí.
- No esperaría menos del hijo del Príncipe. - Su padre retrocedió, tomando su frío
helado con él.
- Acábalo para que pueda ser testigo de la primera alianza que ha sido sellada.
Zurael puso a Aisling en su abrazo y se estremeció de placer una y otra vez
teniéndola en sus brazos. Él había estado sorprendido de ver al ángel, pero no
sacudido, no después de las revelaciones de Irial, no después de lograr ver la
profundidad del juego de su padre y de los otros jugadores.
Él debería haber adivinado lo que era Aisling, ver la prueba de eso en su caricia
de la piedra roja del ángel contra sus angelites azules cuando él visitó la Casa de
la Araña. Pero si lo hubiera sabido, hubiera estado indefenso contra ella. Ella le
había esclavizado, cautivado desde el primer momento con su gentil espíritu e
indomable coraje. Él había dado un reino por ella. Habría dado su alma por ella.
- Ata tu vida a la mía, Aisling, toma mi espíritu en ti para que podamos vivir y
amarnos en este mundo y más allá.
- Sí, - susurró ella, y él presionó su boca en la suya, gimiendo cuando separó sus
labios y enredó su lengua con la suya en una bienvenida calurosa.
Su ingle se tensó, urgiéndole a unir lo físico con lo espiritual. Y se prometió que
lo haría tan pronto como el ángel se fuera, sabía que cuando se emparejara con
Aisling, o sería una oferta de unión o un reclamo primitivo, siempre sería una
unión de dos almas en una.
Él le dio su respiración, su espíritu. Deseándose dentro de ella como si fuera una
de las vasijas que solía envolver a los Djinn de edad. Él sintió la conexión entre
ellos profundamente, como si hebras de telarañas se unieran para formar una
elaborada tela de araña agarrando ambos espíritus en su centro.
El deseo llameó entre ellos, caliente y feroz. Su cuerpo estaba suave contra el
suyo, sus pequeños temblores de necesidad casi le deshicieron. Reluctantemente
él acabó el beso y se apartó. Giró su cabeza para encontrarse solo con Aisling en
una habitación.
Su jadeo llamó su atención hacia su brazo, hacia la serpiente de tinta enroscada
en su muñeca, como el brazalete que él se había convertido cuando habían sido
lanzados a las tierras de los espíritus juntos. Él miró su propio brazo y solo vio
piel morena donde una vez había llevado la marca de su casa.
Entonces estaba hecho. Pero a diferencia de la primera vez que ella le había
llamado en los vientos de los espíritus, él no sintió furia. Solo sintió alegría ya
que ella sabía su nombre.
Aisling rió cuando Zurael la levantó y la llevó hacia su dormitorio. Ella desató su
trenza cuando caminaba, revelando de esa manera que su cara se tensaba y sus
ojos aumentaban en líquido por su toque.
Ellos necesitaban hablar. Sobre lo que habían aprendido. Donde había vivido.
Los peligros que enfrentaron. Pero por el momento, por siempre, su felicidad
estaría encontrada en los brazos de un Djinn.
Aisling abrazó sus brazos alrededor de la cintura de Zurael...
Eso había empeorado la lujuria de un demonio. Pero ella no podía al parecer
detenerse de quererle, de ceder un poco más de ella misma cada vez que la
tocaba. - Necesitamos salir, - susurró ella, casi agradecida de ir alguna parte
donde no estaría a solas con él.
Su mano dejó su cuello y barrió su columna. Ella gimió suavemente cuando se
detuvo contra ella. Hizo su dolor de una manera que ella nunca había conocido
antes. Él hizo sus fantasías sobre cosas que no deberían estar permitidas que
ocurrieran...
Ella giró su cabeza y besó su cuello.
- Aisling, - dijo él, y el sonido la hizo hincharse y separarse preparada para él.
Sus manos subieron por sus costados y giraron para encontrar sus pezones. Ella
frotó sobre ellos, y la encantó la manera que él golpeaba ligeramente y acunaba
sus nalgas para que pudiera empujarla más tensamente contra él.
- Dime, Aisling. ¿Puedo pasar por humano? - Había una diversión oscura en su
voz que la hizo temblar...
Fin
SIGUIENTE LIBRO DE LA SAGA: 2º- Ghostland World - Strong
La autora de Ghostland continúa con su historia de un mundo postapocalíptico
Donde los seres sobrenaturales abandonan su guarida para salir a la luz.
Retenido como prisionero por los humanos, su angelical memoria y poder
perdidos a causa del collar grabado que lleva al cuello, Tir sueña con la libertad y
ansía la venganza. Ha jurado no yacer jamás con una mortal, pero cuando Araña
le libera de los grilletes y le ayuda a escapar de su cautiverio, derrite su control
de hielo y le hace arder de deseo. Es una tentación a la que le es imposible
resistirse… un enemigo desconocido que podría esclavizarle con mayor eficacia
que las cadenas que ha llevado durante siglos.
Poderosas fuerzas les han unido para servir a un propósito mayor, pero
averiguar la verdad de lo que son les destruirá… a menos que su amor sea lo
bastante fuerte como para superar el oscuro legado de una batalla que comenzó
en los albores de la Humanidad.
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