Poesías : lenta agonía, agua que huele a resina, llamado a los doctores, tuya no es
toda la culpa juventud, angel sin alas, el señor cura, guerra civil.
AUTOR: HUMBERTO IBARRA CÓRDOVA
DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO
PL. 36 “COLOTEPEC”.
AUTORA: POETISA XALAPEÑA AURORA MANCISIDOR DE GOTTWALD
De un pueblo, a una Iglesia
Cierto día, penetró una pálida mujer
Con trabajo llegó a la sacristía, diciendo:
Al señor cura quiero ver.
Pasa, buena mujer – díjole el cura
A mis plantas no caigas de rodillas
Debes estar enferma de amargura
Para tener tan blancas la mejillas
Pero ven, pasa, siéntate, ¿estás cansada?
Algún dolor tu corazón oprime.
-Si padre, pues estoy excomulgada,
Es tan grande el pecado cometido
Y es tanto lo que debo confesar,
Que al sentirme morir, aquí he venido
Para ver si alguien me puede perdonar.
Pero no me llevéis hasta el santuario,
Dejadme aquí, mi voz se está extinguiendo,
Ya no es preciso del confesionario,
Pues vos, podréis mirar que estoy muriendo.
Ya caminar no puede mi cuerpo maltratado,
Ni siquiera llorar pueden mis ojos,
De ellos sólo dos cuevas han quedado,
Donde sólo reflejan despojos.
Miradme bien, pues voy a confesarme
Culpable del pecado cometido,
Todo comenzó por permitir besarme
De aquél que me hubo seducido.
Es la historia de siempre señor cura
Llega un hombre, nos seduce,
Y cuando hay existencia de ternura,
De la mano a un infierno nos conduce.
Más no es este el pecado,
Sino aquello que cometí por no encontrar cobijo,
Cobarde abandoné lo único bello,
Que la existencia nos da en forma de hijo.
Mis padres me expulsaron del hogar,
El pueblo entero me cerró las puertas,
Y no pude encontrar ningún lugar
Donde guardar mis esperanzas muertas.
Me refugié del campo en la maleza
Di a luz entre yerbas y zarzales,
Clamé al cielo, inclinando la cabeza,
Y mi hijo, durmió en los matorrales.
Mis ropas desgarré para arroparlo,
Lo quise alimentar inútilmente,
Me quise suicidar, a él matarlo,
Pero fui para el crimen impotente.
Con el en brazos regresé al hogar,
Para llevarlo al lado de mi madre,
No fue aceptado, pues iba a deshonrar
El buen nombre y la casa de mi padre.
Así vagué sin rumbo con mi hijo,
Y al sentirme del pueblo un mal ejemplo,
Abandoné a mi hijo en este pueblo.
Lo hice así, por que miré al pasar
Que salía toda la gente del rosario,
Solo él templo quedó, me puse a orar
Y a mi hijo abandoné en el santuario.
Al señor del calvario dije orando,
Mi hijo es inocente, yo pequé,
En tu casa señor lo estoy dejando
Con un papel que dice, soy José.
Igual que hoy,
Así salí de este lugar padre bendito,
Me tambalee al salir,
Porque sentí que estaba cometiendo un gran delito.
En la calle escuchaba el llanto de mi hijo,
Que tal vez por mí clamaba,
O era que llegó a sentir espanto,
Al mirar que su madre lo dejaba.
Pero no me volví,
Seguí de frente,
Dejando el corazón en mis pisadas,
Pensando que el destino era inclemente,
Sintiendo nublarse las miradas.
Cuantas cosas viví desde aquel día,
Infamias, vejaciones, amarguras,
Sedienta descubría algo de mi hijo
En las demás criaturas.
En los parques formábanse corrillos,
Haciendo comprender que estaba loca,
Pues con ansia le rogaba a los chiquillos,
Que me dieran algún beso de su boca.
Ya me voy a morir,
Y no he tenido la dicha de que mi hijo me besara,
El no me besará,
Pero he venido a morir, a donde a el lo abandonara.
Pedidle a Dios que me perdone,
Pedidle que haga al mundo más humano,
Para que así, una madre no abandone,
A su hijo para hundirse en el pantano.
Pero vos, ¿Por qué llorad por mi pecado,
Usted señor que de Dios es emisario?
Si voz creéis que Dios me ha perdonado,
Ponedme el crucifijo de un rosario.
Fue lo único que dijo,
Como breve murmullo de algún rezo,
El cura dio en ese momento
A la muerta en la frente, un dulce beso.
El cura se inclinó mientras decía,
Poniéndole a la muerta el crucifijo,
-Dios ha de perdonarte, Madre mía,
Y yo le voy a pedir, por ser tu Hijo
POESIA: QUE ME PERDONE LA CIENCIA
AUTOR: CLAUDIO MARTÍNEZ PAIVA
DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO
PL. 36 “COLOTEPEC”.
Estoy sólito en mi rancho
Me he quedado solo en mi casa,
Ladran los perros afuera
Como si vieran fantasmas
Y alumbran mi pensamiento
Candiles de luces malas
Álijones de pájaros negros
Le ponen luto a mi alma.
Y es tan grande el sentimiento
Que llevo dentro de mi alma
Que no lo dicen las cosas,
Ni lo explican las palabras.
Ocho años tenía… ocho años
El pobre hijito de mi alma
Que despertó una mañana
Con los ojos encendidos
Y el cuerpecito echando llamas.
Me muero nana, decía
Me muero tata, gritaba
Siento una sed de martirio
Siento un fuego que me abraza.
Bese el cachorro en la frente
Y lo deje sobre la cama
Y volé, volé en mi caballo, siete leguas,
Siete leguas de distancia
Siete puñales de punta
Metidos en mi garganta
Y el grito de mi hijo adentro,
Agua nana, agua tata.
Le expliqué al doctor el caso
Y se acomodó en su butaca
Me miro de arriba abajo
Y me dijo: ¡Señor lo siento mucho!
Pero la senda que va a ese rancho
Es muy mala y me va a estropear el auto.
El médico no venía… el médico no venía
No porque fuera mala la senda que va a mi rancho
Si no porque no tenía con que pagarle a la ciencia.
Siete leguas, siete leguas de distancia
Ahí comprendí yo, entonces
Que la ciencia, no es tan ciencia
Cuando no tiene conciencia.
¡Porque en esos mismos caminos
Por donde muchos médicos no andan,
Cruza a galopes la muerte
Y va y viene la desgracia!
Me ordenó que le comprara
Al pasar por la botica
Un frasco de limonada
Y trajera a mi enfermo
Cuando la fiebre pasara.
Yo regrese a mi rancho
Igual que regresaría todo padre
En iguales circunstancias
El corazón en los labios
Y la tristeza en el alma
La fiebre, duro poquito
La fiebre duró poquito
Y se me fue una mañana
Entre el canto de zarzales
Y el suave aclarar del alba.
Yo abrazaba a mi hijo, lo besaba
Así se me fue mi hijo
Así murió mi hijito
Con la frente, muy helada
Y yo sin voz ni dinero
Parado junto a mi casa.
Así… así la tierra lo aguarda
Con las manos sobre el pecho
Acuñando mi desgracia
Sin vida su cuerpecito
Ya de la fiebre descansa.
Estoy, sólito en mi rancho
me he quedado solo en mi casa,
ladran los perros afuera
Como si vieran fantasmas
Y alumbran mi pensamiento
Candiles de luces malas,
Y al filo de media noche
Mi cuchillo cabo de plata
La única plata del pobre
Que no le sirve pa´ nada
Y medito mi venganza
Y por eso grito al mundo
Que me perdone la ciencia,
No me culpen si mañana,
Me gritan que soy bandido.
O un mal hombre sin entrañas,
Nací buey y me hacen puma
Soy cordero y me ponen garras.
¡Dios! ¡Dios! Todo poderoso
has que despunte el alba
y arranca de mi pecho
este grito, este grito que me mata:
agua nana, agua.. agua tata.
POESIA: QUE ME PERDONE LA CIENCIA
AUTOR: CLAUDIO MARTÍNEZ PAIVA
DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO
PL. 36 “COLOTEPEC”.
QUE ME PERDONE LA CIENCIA
- (Claudio Martínez Paiva) -
Estoy solito en mi rancho,
me he quedado solo en casa.
Ladran los perros afuera
como si vieran fantasmas,
y alumbran mis pensamientos
candiles de luces malas.
Alones de pájaros negros
me ponen luto en las mangas,
y es tan grande el sufrimiento
que voy llevando en el alma
que no lo explican las cosas,
ni lo dicen las palabras.
Ocho años tenía apenas
el gurisito de mi alma
y despertó una mañana
con los ojos encendidos
y el cuerpito echando llamas.
—Me muero mama,- decía...
—Me muero tata,- gritaba.
—Siento una sed de martirio,
tengo un fuego que me abraza.-
Besé al cachorro en la frente
y a la madre en la mirada,
y volé en mi caballo al pueblo
siete leguas de distancia,
siete puñales de punta
clavados en mi garganta,
y el grito de mi hijo adentro...
"Agua mama, agua tata".
Le expliqué al doctor el caso.
Se acomodó en su butaca.
Me miró de arriba abajo
y me dijo:—Leoncio, ¡lo siento mucho!
Pero el camino que va a tu rancho es malo
y me va a estropear el auto.
Ahí comprendí yo, entonces
que la ciencia, no es tan ciencia
cuando no tiene conciencia.
¡Porque en esos mismos caminos
donde muchos médicos no andan,
cruza a galopes la muerte
y va y viene la desgracia!
Me ordenó que le comprara
al pasar por la botica
un frasco de limonada
y que trajese al enfermo
cuando la fiebre pasara.
Yo regresé a mi rancho
como regresaría todo padre
en iguales circunstancias:
El corazón en los labios
y la tristeza en el alma.
El médico no venía... el médico no venía
no porque fuera mala la senda que va a mi rancho
sino porque no tenía con qué pagarle a la ciencia
siete leguas, ¡siete leguas de distancia!
La fiebre, duró poquito,
se le cortó una mañana
entre un canto de zorzales
y el suave clarear del alba.
La madre abrazada al hijo,
mi hijo, la frente helada.
Y yo sin voz ni presencia
parado junto a la cama.
Poco después de enterrarlo
se empezó a turbar mi Juana,
Se la pasaba llorando
con las manos sobre el pecho
lo mismo que si acunara
a un niño recién dormido.
Y así se me fue la pobre,
así la tierra la guarda,
con los brazos sobre el pecho
acunando mi desgracia.
Estoy solito en mi rancho,
me he quedado solo en casa.
Ladran los perros afuera
como si vieran fantasmas.
Y alumbran mis pensamientos
candiles de luces malas.
Y afilo a la media noche
mi cuchillo, cabo de plata
la única plata del pobre
que no le sirve pa´ nada.
Y medito mi venganza.
Por eso le grito al mundo:
Que me perdone la ciencia,
no me culpen si mañana,
me dicen que soy bandido.
o un mal hombre sin entrañas.
Nací can y me hacen puma.
fui cordero y me ponen garras.
¡Dios! ¡Dios Todopoderoso!
Haz que despunte el alba
y arráncame de mi pecho
este grito, este grito que me mata:
—"Agua mama, agua... agua tata."