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Poesías de dolor y redención

Este poema narra la historia de un padre que pierde a su hijo de 8 años por una fiebre, ya que el médico se niega a atenderlo debido a que el camino hacia su rancho está en mal estado y no podría pagarle. El padre queda solo en su dolor, culpando a la ciencia por no tener conciencia de las necesidades de los más pobres. Al final, afila su cuchillo en la noche, meditando venganza por la muerte de su hijo. El poema critica la falta de acceso a la atención médica

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Poesías de dolor y redención

Este poema narra la historia de un padre que pierde a su hijo de 8 años por una fiebre, ya que el médico se niega a atenderlo debido a que el camino hacia su rancho está en mal estado y no podría pagarle. El padre queda solo en su dolor, culpando a la ciencia por no tener conciencia de las necesidades de los más pobres. Al final, afila su cuchillo en la noche, meditando venganza por la muerte de su hijo. El poema critica la falta de acceso a la atención médica

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Poesías : lenta agonía, agua que huele a resina, llamado a los doctores, tuya no es

toda la culpa juventud, angel sin alas, el señor cura, guerra civil.

AUTOR: HUMBERTO IBARRA CÓRDOVA

DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO

PL. 36 “COLOTEPEC”.

AUTORA: POETISA XALAPEÑA AURORA MANCISIDOR DE GOTTWALD

De un pueblo, a una Iglesia

Cierto día, penetró una pálida mujer

Con trabajo llegó a la sacristía, diciendo:

Al señor cura quiero ver.

Pasa, buena mujer – díjole el cura

A mis plantas no caigas de rodillas

Debes estar enferma de amargura

Para tener tan blancas la mejillas


Pero ven, pasa, siéntate, ¿estás cansada?

Algún dolor tu corazón oprime.

-Si padre, pues estoy excomulgada,

Es tan grande el pecado cometido

Y es tanto lo que debo confesar,

Que al sentirme morir, aquí he venido

Para ver si alguien me puede perdonar.

Pero no me llevéis hasta el santuario,

Dejadme aquí, mi voz se está extinguiendo,

Ya no es preciso del confesionario,

Pues vos, podréis mirar que estoy muriendo.

Ya caminar no puede mi cuerpo maltratado,


Ni siquiera llorar pueden mis ojos,

De ellos sólo dos cuevas han quedado,

Donde sólo reflejan despojos.

Miradme bien, pues voy a confesarme

Culpable del pecado cometido,

Todo comenzó por permitir besarme

De aquél que me hubo seducido.

Es la historia de siempre señor cura

Llega un hombre, nos seduce,

Y cuando hay existencia de ternura,

De la mano a un infierno nos conduce.

Más no es este el pecado,

Sino aquello que cometí por no encontrar cobijo,


Cobarde abandoné lo único bello,

Que la existencia nos da en forma de hijo.

Mis padres me expulsaron del hogar,

El pueblo entero me cerró las puertas,

Y no pude encontrar ningún lugar

Donde guardar mis esperanzas muertas.

Me refugié del campo en la maleza

Di a luz entre yerbas y zarzales,

Clamé al cielo, inclinando la cabeza,

Y mi hijo, durmió en los matorrales.

Mis ropas desgarré para arroparlo,

Lo quise alimentar inútilmente,


Me quise suicidar, a él matarlo,

Pero fui para el crimen impotente.

Con el en brazos regresé al hogar,

Para llevarlo al lado de mi madre,

No fue aceptado, pues iba a deshonrar

El buen nombre y la casa de mi padre.

Así vagué sin rumbo con mi hijo,

Y al sentirme del pueblo un mal ejemplo,

Abandoné a mi hijo en este pueblo.

Lo hice así, por que miré al pasar

Que salía toda la gente del rosario,

Solo él templo quedó, me puse a orar

Y a mi hijo abandoné en el santuario.


Al señor del calvario dije orando,

Mi hijo es inocente, yo pequé,

En tu casa señor lo estoy dejando

Con un papel que dice, soy José.

Igual que hoy,

Así salí de este lugar padre bendito,

Me tambalee al salir,

Porque sentí que estaba cometiendo un gran delito.

En la calle escuchaba el llanto de mi hijo,

Que tal vez por mí clamaba,

O era que llegó a sentir espanto,

Al mirar que su madre lo dejaba.


Pero no me volví,

Seguí de frente,

Dejando el corazón en mis pisadas,

Pensando que el destino era inclemente,

Sintiendo nublarse las miradas.

Cuantas cosas viví desde aquel día,

Infamias, vejaciones, amarguras,

Sedienta descubría algo de mi hijo

En las demás criaturas.

En los parques formábanse corrillos,

Haciendo comprender que estaba loca,

Pues con ansia le rogaba a los chiquillos,

Que me dieran algún beso de su boca.


Ya me voy a morir,

Y no he tenido la dicha de que mi hijo me besara,

El no me besará,

Pero he venido a morir, a donde a el lo abandonara.

Pedidle a Dios que me perdone,

Pedidle que haga al mundo más humano,

Para que así, una madre no abandone,

A su hijo para hundirse en el pantano.

Pero vos, ¿Por qué llorad por mi pecado,

Usted señor que de Dios es emisario?

Si voz creéis que Dios me ha perdonado,

Ponedme el crucifijo de un rosario.


Fue lo único que dijo,

Como breve murmullo de algún rezo,

El cura dio en ese momento

A la muerta en la frente, un dulce beso.

El cura se inclinó mientras decía,

Poniéndole a la muerta el crucifijo,

-Dios ha de perdonarte, Madre mía,

Y yo le voy a pedir, por ser tu Hijo


POESIA: QUE ME PERDONE LA CIENCIA

AUTOR: CLAUDIO MARTÍNEZ PAIVA

DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO

PL. 36 “COLOTEPEC”.

Estoy sólito en mi rancho

Me he quedado solo en mi casa,

Ladran los perros afuera

Como si vieran fantasmas

Y alumbran mi pensamiento

Candiles de luces malas

Álijones de pájaros negros

Le ponen luto a mi alma.

Y es tan grande el sentimiento

Que llevo dentro de mi alma

Que no lo dicen las cosas,

Ni lo explican las palabras.

Ocho años tenía… ocho años

El pobre hijito de mi alma


Que despertó una mañana

Con los ojos encendidos

Y el cuerpecito echando llamas.

Me muero nana, decía

Me muero tata, gritaba

Siento una sed de martirio

Siento un fuego que me abraza.

Bese el cachorro en la frente

Y lo deje sobre la cama

Y volé, volé en mi caballo, siete leguas,

Siete leguas de distancia

Siete puñales de punta

Metidos en mi garganta

Y el grito de mi hijo adentro,

Agua nana, agua tata.

Le expliqué al doctor el caso

Y se acomodó en su butaca

Me miro de arriba abajo

Y me dijo: ¡Señor lo siento mucho!

Pero la senda que va a ese rancho

Es muy mala y me va a estropear el auto.

El médico no venía… el médico no venía


No porque fuera mala la senda que va a mi rancho

Si no porque no tenía con que pagarle a la ciencia.

Siete leguas, siete leguas de distancia

Ahí comprendí yo, entonces

Que la ciencia, no es tan ciencia

Cuando no tiene conciencia.

¡Porque en esos mismos caminos

Por donde muchos médicos no andan,

Cruza a galopes la muerte

Y va y viene la desgracia!

Me ordenó que le comprara

Al pasar por la botica

Un frasco de limonada

Y trajera a mi enfermo

Cuando la fiebre pasara.

Yo regrese a mi rancho

Igual que regresaría todo padre

En iguales circunstancias

El corazón en los labios

Y la tristeza en el alma

La fiebre, duro poquito


La fiebre duró poquito

Y se me fue una mañana

Entre el canto de zarzales

Y el suave aclarar del alba.

Yo abrazaba a mi hijo, lo besaba

Así se me fue mi hijo

Así murió mi hijito

Con la frente, muy helada

Y yo sin voz ni dinero

Parado junto a mi casa.

Así… así la tierra lo aguarda

Con las manos sobre el pecho

Acuñando mi desgracia

Sin vida su cuerpecito

Ya de la fiebre descansa.

Estoy, sólito en mi rancho

me he quedado solo en mi casa,

ladran los perros afuera

Como si vieran fantasmas

Y alumbran mi pensamiento

Candiles de luces malas,

Y al filo de media noche


Mi cuchillo cabo de plata

La única plata del pobre

Que no le sirve pa´ nada

Y medito mi venganza

Y por eso grito al mundo

Que me perdone la ciencia,

No me culpen si mañana,

Me gritan que soy bandido.

O un mal hombre sin entrañas,

Nací buey y me hacen puma

Soy cordero y me ponen garras.

¡Dios! ¡Dios! Todo poderoso

has que despunte el alba

y arranca de mi pecho

este grito, este grito que me mata:

agua nana, agua.. agua tata.


POESIA: QUE ME PERDONE LA CIENCIA

AUTOR: CLAUDIO MARTÍNEZ PAIVA

DECLAMA: SAIRA GATICA SANTIAGO

PL. 36 “COLOTEPEC”.

QUE ME PERDONE LA CIENCIA

- (Claudio Martínez Paiva) -

Estoy solito en mi rancho,

me he quedado solo en casa.

Ladran los perros afuera

como si vieran fantasmas,

y alumbran mis pensamientos

candiles de luces malas.

Alones de pájaros negros

me ponen luto en las mangas,

y es tan grande el sufrimiento

que voy llevando en el alma

que no lo explican las cosas,

ni lo dicen las palabras.


Ocho años tenía apenas

el gurisito de mi alma

y despertó una mañana

con los ojos encendidos

y el cuerpito echando llamas.

—Me muero mama,- decía...

—Me muero tata,- gritaba.

—Siento una sed de martirio,

tengo un fuego que me abraza.-

Besé al cachorro en la frente

y a la madre en la mirada,

y volé en mi caballo al pueblo

siete leguas de distancia,

siete puñales de punta

clavados en mi garganta,

y el grito de mi hijo adentro...

"Agua mama, agua tata".

Le expliqué al doctor el caso.

Se acomodó en su butaca.

Me miró de arriba abajo

y me dijo:—Leoncio, ¡lo siento mucho!

Pero el camino que va a tu rancho es malo

y me va a estropear el auto.
Ahí comprendí yo, entonces

que la ciencia, no es tan ciencia

cuando no tiene conciencia.

¡Porque en esos mismos caminos

donde muchos médicos no andan,

cruza a galopes la muerte

y va y viene la desgracia!

Me ordenó que le comprara

al pasar por la botica

un frasco de limonada

y que trajese al enfermo

cuando la fiebre pasara.

Yo regresé a mi rancho

como regresaría todo padre

en iguales circunstancias:

El corazón en los labios

y la tristeza en el alma.

El médico no venía... el médico no venía

no porque fuera mala la senda que va a mi rancho

sino porque no tenía con qué pagarle a la ciencia

siete leguas, ¡siete leguas de distancia!

La fiebre, duró poquito,


se le cortó una mañana

entre un canto de zorzales

y el suave clarear del alba.

La madre abrazada al hijo,

mi hijo, la frente helada.

Y yo sin voz ni presencia

parado junto a la cama.

Poco después de enterrarlo

se empezó a turbar mi Juana,

Se la pasaba llorando

con las manos sobre el pecho

lo mismo que si acunara

a un niño recién dormido.

Y así se me fue la pobre,

así la tierra la guarda,

con los brazos sobre el pecho

acunando mi desgracia.

Estoy solito en mi rancho,

me he quedado solo en casa.

Ladran los perros afuera

como si vieran fantasmas.

Y alumbran mis pensamientos

candiles de luces malas.


Y afilo a la media noche

mi cuchillo, cabo de plata

la única plata del pobre

que no le sirve pa´ nada.

Y medito mi venganza.

Por eso le grito al mundo:

Que me perdone la ciencia,

no me culpen si mañana,

me dicen que soy bandido.

o un mal hombre sin entrañas.

Nací can y me hacen puma.

fui cordero y me ponen garras.

¡Dios! ¡Dios Todopoderoso!

Haz que despunte el alba

y arráncame de mi pecho

este grito, este grito que me mata:

—"Agua mama, agua... agua tata."

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