Dominar nuestra mente: cómo dirigir nuestro
cerebro
No halle culpables, halle remedios.
HENRY FORD
En este capítulo hablaremos de hallar remedios. Hasta ahora nos hemos referido a lo que usted debe
cambiar si de- sea que cambie su vida, qué clases de estados le confieren po- deres y qué otros le
dejan paralizado. Ahora va a aprender usted cómo cambiar sus estados de modo que pueda produ-
cir lo que quiera, siempre que quiera. Por lo general no es que las personas carezcan de recursos,
sino que carecen de con- trol sobre sus recursos. Este capítulo le enseñará cómo asu- mir ese
control, cómo sacarle más jugo a la vida, cómo cam- biar sus estados, sus actos, y por consiguiente
los resultados que produce usted en su organismo, y ello en cuestión de instantes.
El modelo de cambio que yo enseño y que enseña la PNL (Programación Neuro-Lingüística) es
muy diferente del que utilizan muchas escuelas terapéuticas. El canon terapéutico, que es una
mezcla de diferentes escuelas, ha llegado a ser tan
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conocido que es casi un lugar común. Entre muchos tera- peutas está difundida la creencia de que,
para cambiar, uno tiene que retroceder hacia ciertas experiencias negativas, profundamente
arraigadas, y vivirlas otra vez. La idea es que las experiencias negativas de la vida se acumulan
dentro de las personas como un líquido dentro de un recipiente, hasta que finalmente no hay cabida
para ellas y se desbordan o revien- tan. Según dicen los terapeutas, la única manera de establecer
contacto con este proceso es volver a experimentar aquellos hechos y aquellos sinsabores, para
tratar de librarse de todo de una vez.
Toda mi experiencia me dice que ésta debe ser una de las maneras menos eficaces para ayudar a las
personas en difi- cultades. En primer lugar, cuando se obliga a un individuo a retroceder y volver a
vivir algún trauma tremendo, se le está sometiendo a una de las experiencias más penosas y de
mayor desvalimiento en que uno pueda encontrarse. Ahora bien, cuando se pone a alguien en
condiciones de desvalimiento disminuyen mucho sus posibilidades de producir nuevos
comportamientos y resultados desde el pleno dominio de sus recursos. Incluso es posible que ese
planteamiento refuerce hábitos psicológicos desafortunados o desgraciados. Al ac- ceder
constantemente a estados neurológicos de limitación y dolor, en el futuro será cada vez más fácil
desencadenar tales estados. Cuanto más revive uno una experiencia, más tenderá a repetirla otras
veces. Tal vez por eso los terapeutas tradi- cionales tardan tantísimo tiempo en obtener algún
resultado.
Tengo algunos amigos terapeutas. Son gente que se preo- cupa sinceramente por sus pacientes.
Creen que lo que ha- cen con ellos les sirve de ayuda. Y así es. La terapéutica tra- dicional produce
resultados. Pero la cuestión es: ¿no podrían obtenerse los mismos resultados con menos dolor para
el paciente y en menos tiempo? La respuesta es que sí... si mo- delamos las acciones de los
terapeutas más eficaces del mun- do, que fue precisamente lo que hicieron Bandler y Grinder. En
realidad, una vez se entienden los fundamentos básicos de cómo funciona el cerebro, uno puede
convertirse en su pro- pio terapeuta y consejero psicológico. La terapia queda su-
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perada desde el momento en que uno puede cambiar cual- quier sensación, emoción o
comportamiento propios en i uestión de instantes.
Producir resultados más eficaces empieza, a mi modo de ver, por crear un nuevo modelo para el
proceso de cambio. Si usted cree que sus problemas se acumulan en su interior has- i.i rebosar, va a
ser eso, precisamente, y no otra cosa, lo que experimentará. Para mí, nuestra actividad neurológica
no es eomo un líquido letal que se acumula, sino más bien como una sinfonola. En realidad, los
seres humanos guardan las ex- periencias en el cerebro como una sinfonola guarda los dis- i os. Y
esos registros pueden reproducirse a voluntad cuando incide el estímulo oportuno del medio
ambiente, como si se apretase un botón de la máquina.
Por tanto, nosotros podemos optar por recordar expe- riencias o apretar botones que correspondan
sólo a «cancio- nes» de alegría y buena suerte, o por el contrario, apretar aquellos botones que van a
hacernos daño. Si el plan tera- péutico consiste en darle una y otra vez al botón de las vi- vencias
que nos duelen, es posible que se esté reforzando el mismo estado negativo que deseábamos
cambiar.
Creo que se necesita un plan totalmente distinto. Quizá bastaría reprogramar la sinfonola de manera
que saliese otro disco distinto. Al apretar el mismo botón ya no sonaría la can- ción triste, sino una
música jubilosa. O podríamos regrabar el disco, es decir tomar esos recuerdos antiguos y
cambiarlos.
La cuestión es que los discos que uno no toca tampoco se acumulan hasta explotar. Eso es absurdo.
Y así como es sen- cilla la tarea de reprogramar una sinfonola, también es senci- llo cambiar
nuestros modos de producir sentimientos y emociones de desvalimiento. No es necesario volver a
pasar por las vivencias dolorosas para cambiar nuestro estado. Lo que hemos de hacer es cambiar la
representación interna ne- gativa por otra positiva, que se movilice automáticamente y nos conduzca
a obtener resultados más eficaces. Hay que aumentar la potencia de los circuitos que llevan al
éxtasis y cortar la corriente a los circuitos del dolor.
La PNL contempla la estructura, no el contenido de la 117
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experiencia humana. Si bien, desde un punto de vista perso- nal, podemos simpatizar con ella, en
realidad lo ocurrido nos importa un rábano. Lo que sí nos importa, y mucho, es cómo ha construido
usted en su mente lo que ocurrió. ¿En qué se diferencia su modo de producir un estado de depresión
del que da lugar a uno de éxtasis? La diferencia principal está en la manera de estructurar las
representaciones internas.
Nada tiene ningún poder sobre mí, a no ser el que yo mismo le concedo mediante mis pensamientos
cons- cientes.
ANTHONY ROBBINS
Estructuramos nuestras representaciones internas a tra- vés de nuestros cinco sentidos: la vista, el
oído, el tacto, el gusto y el olfato. O, dicho de otra manera, experimentamos el mundo en forma de
sensaciones visuales, auditivas, cenes- tésicas, gustativas y olfativas. Es decir, que cualquier expe-
riencia que tengamos almacenada en nuestra mente se ha de representar por medio de estos
sentidos, en particular a tra- vés de las tres modalidades predominantes, que son los men- sajes
ópticos, acústicos y cenestésicos.
Estas modalidades son agrupaciones extensas de nuestros modos de formarnos las representaciones
internas. Podría- mos considerar que los cinco sentidos o sistemas de repre- sentación son los
ingredientes con los que componemos toda experiencia o resultado. Recuérdese que si alguien
consigue un resultado determinado, éste se crea por medio de acciones determinadas, tanto mentales
como físicas. Si uno repite exactamente las mismas acciones, podrá reproducir los re- sultados que
produjo aquella persona. Y para producir un resultado hay que saber qué ingredientes lo componen.
Los «ingredientes» de todas las experiencias humanas derivan de nuestros cinco sentidos, o
«modalidades». Sin embargo, no basta con saber los ingredientes que se necesitan, pues si
queremos reproducir un resultado con exactitud necesitare-
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mos saber, también con exactitud, qué proporción de cada ingrediente interviene en él. Si
echáramos demasiado o de- masiado poco de algún ingrediente en particular, el resultado que
obtendríamos no sería del mismo tipo o calidad.
Cuando los seres humanos quieren cambiar algo, por io común se trata de una de estas dos cosas, o
de ambas a la vez: cómo se encuentran (es decir, el estado en que se hallan) y/o cómo se comportan.
Un fumador, por ejemplo, a menu- do desea cambiar la manera en que se siente (el estado) física y
emocionalmente, así como también el hábito rutinario de encender un cigarrillo tras otro. En nuestro
capítulo sobre el poder de nuestros estados explicamos que hay dos maneras de cambiar el estado de
las personas, y por tanto su conducta: o cambiando su fisiología, con lo que uno se encontrará y ac-
tuará de otra manera, o cambiando las representaciones in- ternas. En este capítulo trataremos de
aprender cómo cam- biar concretamente nuestra manera de representarnos las cosas, de tal manera
que potencie nuestros sentidos y la crea- ción del tipo de comportamiento que fomentará la conse-
cución de nuestros objetivos.
En cuanto a nuestras representaciones internas, son dos las cosas que podemos cambiar. En primer
lugar, lo que nos representamos. Así, por ejemplo, si hemos imaginado la peor situación posible,
podemos acostumbrarnos a representar- nos la mejor situación posible. En segundo lugar, cómo nos
lo representamos. Muchos de nosotros tenemos en nuestra mente ciertas claves que activan de una
manera determina- da las reacciones cerebrales. Algunas personas, por ejemplo, han descubierto
que las motiva mucho el imaginarse una cosa como muy grande, de gran tamaño. Para otros, el tono
de voz con que se hablan a sí mismos constituye un factor de motivación más importante que
cualquier otro. Casi todos nosotros tenemos ciertas submodalidades claves que desen- cadenan
reacciones inmediatas en nosotros. Una vez hemos descubierto las diferentes maneras en que nos
representamos l.is cosas y cómo nos afectan, podemos asumir el gobierno de aiestra propia mente y
empezar a representárnoslas a fin le que nos estimulen y den poder, en vez de limitarnos.
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Si alguien ha obtenido un resultado que nos gustaría mo- delar, necesitamos saber algunas cosas
más, aparte el hecho de que se representó algo en su mente y se dijo algo a sí mis- mo. Hacen falta
herramientas más afiladas para penetrar de verdad en lo que ocurre en las mentes. Ahí es donde
inter- vienen las submodalidades. Vienen a ser como las dosis exac- tas de los ingredientes que se
necesitan para crear un resulta- do. Son el ladrillo mínimo, de dimensiones definidas, con que se
levanta la estructura de la experiencia humana. Para poder comprender, y luego controlar, una
experiencia visual, nos es preciso saber más acerca de ella. Hemos de averiguar si es oscura o
luminosa, en blanco y negro o en color, móvil o estática. De modo similar, en el caso de una
comunicación auditiva conviene saber si es tenue o estrepitosa, próxima o lejana, resonante o
tintineante. De la experiencia táctil debe- mos averiguar si tiene las calidades de lo blando o de lo
duro, de lo afilado o de lo redondeado, de lo flexible o de lo rígido. En estas páginas he dado una
lista de submodalidades a título de orientación.
Otra distinción importante es la que estriba en saber si una imagen es asociada o disociada. La
imagen asociada es la que uno experimenta como si estuviese realmente allí; uno la ve a través de
sus propios ojos, y oye y siente lo que oiría y sentiría si estuviese presente en ese lugar y momento,
en car- ne y hueso. La imagen disociada es la que uno experimenta como si fuese un espectador
alejado y diferente de uno mis- mo; algo así como asistir a una película de la que uno fuese actor.
Tómese un momento para recordar una experiencia agra- dable que haya tenido recientemente.
Métase en esa expe- riencia. Vea lo que usted vio con sus propios ojos: los hechos, las imágenes, el
color, la luz y todo lo demás. Escuche lo que oyó: las voces, los sonidos, etcétera. Recupere las
demás sen- saciones: las emociones, la temperatura, y así sucesivamente. Recree la experiencia.
Ahora, aléjese de su cuerpo y distan- cíese deliberadamente de la situación, pero poniéndose en un
lugar desde donde todavía pueda verse como protagonista de la experiencia. Imagínesela como si se
viese a sí mismo en una