Asunción
Asunción
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad,
para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor
de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria
de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro
Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos,
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y
siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la
gloria del cielo".
El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (#966) nos lo explica así, citando a Lumen Gentium 59,
que a la vez cita la Bula de la Proclamación del Dogma: "Finalmente, la Virgen Inmaculada,
preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue
llevada a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser
conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la
muerte".
Y el Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica esto mismo en los
siguientes términos:
"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En
efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del
mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio" (JP II, 2-julio-97).
Continúa el Papa: "María Santísima nos muestra el destino final de quienes `oyen la Palabra de
Dios y la cumplen' (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se
encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de
Nazaret, ya en la gloria celestial" (JP II, 15-agosto-97)
Los hombres y mujeres de hoy vivimos pendientes del enigma de la muerte. Aunque lo
enfoquemos de diversas formas, según la cultura y las creencias que tengamos, aunque lo
evadamos en nuestro pensamiento, aunque tratemos de prolongar por todos los medios a nuestro
alcance nuestros días en la tierra, todos tenemos una necesidad grande de esa esperanza cierta
de inmortalidad contenida en la promesa de Cristo sobre nuestra futura resurrección.
Mucho bien haría a muchos cristianos oír y leer más sobre este misterio de la Asunción de María,
el cual nos atañe tan directamente. ¿Por qué se ha logrado colar la creencia en el mito pagano de
la re-encarnación entre nosotros? Si pensamos bien, estas ideas extrañas a nuestra fe cristiana se
han ido metiendo en la medida que hemos dejado de pensar, de predicar y de recordar los
misterios, que como el de la Asunción, tienen que ver con la otra vida, con la escatología, con las
realidades últimas del ser humano.
El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la
agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra, sobre
nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María y los
Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como
se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en
nuestra futura inmortalidad y felicidad perfecta para siempre
Dogmas Marianos
Los padres conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos que
mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con su cuerpo. Se trata de
una creencia milenaria, expresada también en una larga tradición iconográfica, que representa a
María cuando «entra» con su cuerpo en el cielo.
El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En
efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del
mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio.
¿Cómo no notar aquí que la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo
cristiano, el cual, afirmando el ingreso de María en la gloria celeste, ha querido proclamar la
glorificación de su cuerpo?
A continuación se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más
allá. Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la Madre de Jesús
en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la Dormición y de la
Asunción de María.
La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor, después de su muerte,
desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y a partir del siglo XIV, se generalizó. En
nuestro siglo, en vísperas de la definición del dogma, constituía una verdad casi universalmente
aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo.
3. Así, en mayo de 1946, con la encíclica Deiparae Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia
consulta, interpelando a los obispos y, a través de ellos a los sacerdotes y al pueblo de Dios, sobre
la posibilidad y la oportunidad de definir la asunción corporal de María como dogma de fe. El
recuento fue ampliamente positivo: sólo seis respuestas, entre 1.181, manifestaban alguna reserva
sobre el carácter revelado de esa verdad.
Citando este dato, la bula Munificentissimus Deus afirma: «El consentimiento universal del
Magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la
asunción corporal de la santísima Virgen María al cielo (...) es una verdad revelada por Dios y por
tanto, debe ser creída firme y fielmente por todos los hijos de la Iglesia» (AAS 42 [1950], 757).
La definición del dogma, de acuerdo con la fe universal del pueblo de Dios, excluye definitivamente
toda duda y exige la adhesión expresa de todos los cristianos.
El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción de María, ofrece su fundamento,
porque pone muy bien de relieve la unión perfecta de la santísima Virgen con el destino de Jesús.
Esta unión, que se manifiesta ya desde la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación
de la Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo en su asociación al sacrificio redentor no puede
por menos de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente unida a la vida y
a la obra salvífica de Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo.
La Asunción es, por consiguiente, el punto de llegada de la lucha que comprometió el amor
generoso de María en la redención de la humanidad y es fruto de su participación única en la
victoria de la cruz.
Los dogmas marianos, hasta ahora, son cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua de
María, La Inmaculada Concepción y la Asunción de María.
FUNDAMENTO DE ESTE
DOGMA
El Papa Pío XII bajo la
inspiración del Espíritu Santo, y
después de consultar con todos
los obispos de la Iglesia
Católica, y de escuchar el sentir La Asunción de la Virgen Santísima
de los fieles, el primero de Nov. De la constitución apostólica
de 1950, definió solemnemente Munificentíssimus Deus
con su suprema autoridad del Papa Pío XII
apostólica, el dogma de la
Asunción de María. Este fue Con esta constitución apostólica, el Papa Pío XII proclamó el
promulgado en la Constitución dogma de la Asunción el 1ro de Noviembre de 1950.
"Munificentissimus Deus":
"Después de elevar a Dios Tomado de la Liturgia de las Horas del 15 de Agosto. (AAS
muchas y reiteradas preces y de 42 [19501, 760-762. 767-769)
invocar la luz del Espíritu de la
Tu cuerpo es santo y sobremanera glorioso
Verdad, para gloria de Dios
omnipotente, que otorgó a la
Virgen María su peculiar Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías
benevolencia; para honor de su y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la
Hijo, Rey inmortal de los siglos y Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho
vencedor del pecado y de la como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y -lo
muerte; para aumentar la gloria explican con toda precisión, procurando, sobre todo,
de la misma augusta Madre y hacerles comprender que lo que se conmemora en esta
para gozo y alegría de toda la festividad es, no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida
Iglesia, con la autoridad de de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino
nuestro Señor Jesucristo, de los también su triunfo sobre la muerte y su glorificación, a
bienaventurados apóstoles imitación de su hijo único, Jesucristo.
Pedro y Pablo y con la nuestra, Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor
pronunciamos, declaramos y de esta tradición, comparando la asunción de la santa
definimos ser dogma Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios,
divinamente revelado que La afirma, con elocuencia vehemente:
Inmaculada Madre de Dios y "Convenía que aquella que en el parto había
siempre Virgen María, conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo
terminado el curso de su vida también después de la muerte libre de la corruptibilidad.
terrenal, fue asunta en cuerpo y Convenía que aquella que había llevado al Creador como
alma a la gloria del cielo". un niño en su seno tuviera después su mansión en el
¿Cual es el fundamento para este cielo. Convenía que la esposa que el Padre había
dogma? El Papa Pío XII presentó desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que
varias razones fundamentales aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma
para la definición del dogma: había sido atravesada por la espada del dolor, del que se
1-La inmunidad de María de había visto libre en el momento del parto, lo contemplara
todo pecado: La sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre
descomposición del cuerpo es de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera
consecuencia del pecado, y como venerada por toda criatura como Madre y esclava de
María, careció de todo pecado, Dios."
entonces Ella estaba libre de la Según el punto de vista de san Germán de
ley universal de la corrupción, Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre
pudiendo entonces, entrar de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo,
prontamente, en cuerpo y alma,
en la gloria del cielo.
2-Su Maternidad Divina: Como
el cuerpo de Cristo se había
formado del cuerpo de María,
era conveniente que el cuerpo de
María participara de la suerte del
porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar
santidad de su cuerpo virginal:
"Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo,
todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y
convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo
celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y participe de la
vida perfecta."
Otro antiquísimo escritor afirma:
"La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y salvador, dador de la vida y de la
inmortalidad, por él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad,
ya que él la hizo salir del sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que él solo conoce."
Todos estos argumentos y consideraciones de los santos Padres se apoyan, como en su
último fundamento, en la sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre
de Dios unida estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los santos Padres
presentan a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida
a él, aunque de modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como
se anuncia en el protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el
pecado y la muerte, dos realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles.
Por lo cual, así como la gloriosa resurrección de Cristo fue la parte esencial y el ú1timo
trofeo de esta victoria, así también la participación que tuvo la santísima Virgen en esta
lucha de su Hijo había de concluir con la glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como
dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá
la palabra escrita: "La muerte ha sido absorbida en la victoria."
Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda
la eternidad, por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su
concepción, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno
triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación
de todos sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a
imitación de su Hijo, vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial,
para resplandecer allí como reina a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
-Versión electrónica del documento realizada por las Siervas de los Corazones Traspasados de
Jesús y María. SCTJM.
Hoy, solemnidad de la Asunción, la Iglesia refiere a María estas palabras del Apocalipsis de san
Juan. En cierto sentido, nos relatan la parte conclusiva de la "mujer vestida del sol" nos habla de
María elevada al cielo. Por eso la liturgia las enlaza oportunamente con la parte inicial de la historia
de María: con el misterio de la visitación a la casa de santa Isabel. Se sabe que la visitación tuvo
lugar poco después de la anunciación, como leemos en el evangelio de san Lucas: "En aquellos
días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá" ( Lc 1, 39).
Según una tradición, se trata de la ciudad de Ain-Karim. María, habiendo entrado en la casa de
Zacarías, saludó a Isabel. ¿Acaso deseaba contarle lo que le había sucedido, cómo había acogido
la propuesta del ángel Gabriel, convirtiéndose así, por obra del Espíritu Santo, en la Madre del Hijo
de Dios? Sin embargo, Isabel la precedió y, bajo la acción del Espíritu Santo, continuó con
palabras suyas el saludo del enviado angélico. Si Gabriel había dicho: "Alégrate, llena de gracia, el
Señor está contigo" (Lc 1, 28), ella, como prosiguiendo, añadió: "Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu seno" (Lc 1, 42). Así pues, entre la anunciación y la visitación, se forma la
plegaria mariana más difundida: el Ave María.
2. En el umbral de la casa de Zacarías, nace también el himno mariano del Magníficat. La Iglesia lo
repite en la liturgia de este día, porque ciertamente María, con mayores motivaciones aún, lo
proclamó en su Asunción al cielo: "Engrandece mi alma al Señor y mí espíritu se alegra en Dios mi
salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso,
santo es su nombre" (Lc 1, 46-49).
María alaba a Dios, y él la alaba. Esta alabanza se ha difundido ampliamente en todo el mundo. En
efecto, ¿cuántos son los santuarios marianos en todas las regiones de la tierra dedicados al
misterio de la Asunción! Sería verdaderamente difícil enumerar aquí a todos.
"María ha sido llevada al cielo, se alegra el ejército de los ángeles", proclama la liturgia de hoy en
el canto al Evangelio. Pero se alegra también el ejército de los hombres de todas las partes del
mundo. Y numerosas son las naciones que consideran a la Madre de Dios como Madre y su Reina.
En efecto el misterio de la Asunción está unido a su coronación como Reina del cielo y de la tierra;
"Toda espléndida, la hija del rey" --como anuncia el salmo responsorial de la liturgia de hoy-- ( Sal 45,
14) para ser elevada a la derecha de su Hijo: "De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro
de Ofir" (antífona del Salmo responsorial).
En la primera carta a los Corintios, san Pablo hace como un comentario profundo del misterio de la
Asunción. Escribe así: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron.
Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de
los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en
Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su venida» ( 1 Cor
15, 20-23). María es la primera que recibe la gloria; la Asunción representa casi el coronamiento del
misterio pascual.
Cristo ha resucitado, venciendo la muerte, efecto del pecado original , y abraza con su
victoria a todos los que aceptan con fe su resurrección. Ante todo a su Madre, librada de la
herencia del pecado original mediante la muerte redentora del Hijo en la cruz. Hoy Cristo
abraza a María, inmaculada desde su concepción, acogiéndola en el cielo en su cuerpo
glorificado, como acercando para ella el día de su vuelta gloriosa a la tierra, el día de la
resurrección universal que espera la humanidad. La Asunción al cielo es como una gran
anticipación del cumplimiento definitivo de todas las cosas en Dios, según cuanto escribe el
Apóstol: "Luego, el fin, cuando entregue (Cristo) a Dios Padre el Reino, para que Dios sea
todo en todo" (1 Cor 15, 24, 28). ¿Acaso Dios no es todo en aquella que es la madre
inmaculada del Redentor?
¡Te saludo, hija de Dios Padre! ¡Te saludo, madre del Hijo de Dios! ¡Te saludo, esposa
mística del Espíritu Santo! ¡Te saludo, templo de la santísima Trinidad!
De todo lo que el Concilio Vaticano II ha escrito, emerge de modo singular la imagen de la Madre
de Dios, insertada vivamente en el misterio de Cristo y de la Iglesia. María, Madre del Hijo de Dios,
es, a la vez, Madre de todos los hombres, quienes en el Hijo han llegado a ser hijos adoptivos del
Padre celestial, Precisamente aquí se manifiesta la lucha incesante de la Iglesia. Como una madre
a semejanza de María, la Iglesia engendra hijos a la vida divina, y sus hijos, hijos e hijas en el Hijo
unigénito de Dios, están amenazados constantemente por el odio del "dragón rojo: Satanás".
El autor del Apocalipsis, al mismo tiempo que muestra el realismo de esta lucha que continúa en la
historia, pone de relieve también la perspectiva de la victoria definitiva por obra de la mujer, de
María que es nuestra abogada y aliada potente de todas las naciones de la tierra. El autor del
Apocalipsis habla de esta victoria: "Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de
nuestro Dios y la potestad de su Cristo" (Ap 12, 10).
La solemnidad de la Asunción pone ante nuestros ojos el reinado de nuestro Dios y el poder de
Cristo sobre toda la creación.
5. ¡Cómo quisiera que por doquiera y en todas las lenguas se expresara la alegría por la Asunción
de María! ¡Cómo quisiera que de este misterio surgiera una vivísima luz sobre la Iglesia y la
humanidad! Que todo hombre y toda mujer tomen conciencia de estar llamados, por caminos
diferentes, a participar en la gloria celestial de su verdadera Madre y Reina.
La tradición de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado
en la singular participación de María en la misión de su Hijo".
"La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...)
Se puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia
inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".
Juan Pablo II destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el
privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".
"El Concilio Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática sobre
la Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción:
precisamente porque ha sido 'preservada libre de toda mancha de pecado original', María no podía
permanecer, como los otros hombres, en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia
de pecado original y la santidad, perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para
la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".
El Papa señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de
promover a la mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el origen del género
humano y de la historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse
no en un individuo, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay
una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva".
Para concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad
moderna somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la Asunción
proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano".
«El lazo de unión entre el dogma de la Asunción y el Jubileo no es casual --indica la profesora
Militello, catedrática en las facultades teológicas «Marianum» y «Teresianum» de Roma y
presidente de la Sociedad Italiana Para la Investigación Teológica--. Ya en el 1950, el año en el
que Pío XII lo proclamó, era un año santo. La misma constitución apostólica "Munificentisimus
Deus", que proclama esta verdad de fe, tiene un tono doxológico, es un himno de alabanza a Dios
por las maravillas realizadas en María. Y la alabanza es una dimensión típicamente jubilar».
--Sí. Pero dice también algo sobre nuestra condición de hoy, sobre este cuerpo nuestro, lugar de la
relación con el otro y con la creación. En el fondo de la Asunción está el misterio de la Encarnación
que hay que tomarlo en serio: si Cristo se ha hecho carne, tampoco la dimensión corpórea es ya la
de antes. El resucitado nos ha sumergido ya en la nueva realidad, nos lleva a interpretar el espacio
y el tiempo en manera diversa. Lo que en María se ha cumplido ya en plenitud, también nosotros
estamos llamados a experimentarlo en forma sacramental en la relación con nuestro cuerpo.
--Pero, ¿qué tiene que decir el cuerpo de María elevado a los cielos sobre nuestro destino último?
--Espara nosotros horizonte, meta, signo de esperanza. María nos muestra la plenitud de la
carne: la salvación no es una dimensión desencarnada. Las imágenes de las que se sirve la
Escritura, los bienes que se nos han prometido, lo dicen claramente. No se trata de hacer
una física de las realidades últimas: todo queda en el misterio. Pero imágenes como las del
Apocalipsis (la esposa, el banquete...) nos hacen intuir en forma simbólica que la plenitud
no será sólo espiritual.
--¿Por qué se hace memoria de este dogma justo en la fiesta de Todos los Santos?
--Hay un nexo profundo entre María y la comunión de los santos. Lo que contemplamos en la
Asunción como un «privilegio» de la Madre de Dios, en la solemnidad de Todos los Santos se hace
un hecho participado y común. Es un designio que implica a todos los redimidos: los del cielo y
junto a ellos todos los que viven en gracia. La comunión de los santos, en efecto, no es sólo de los
que nos han precedido: se relaciona, para usar la definición clásica, también con la Iglesia
peregrinante, la que vive en el mundo. La Asunción, por tanto, es la primera, no la única. Y en la
fiesta de Todos los Santos celebramos la coparticipación en todo lo que ella goza. Pío XII podía
perfectamente promulgar este dogma el día de la Asunción. Al escoger como fecha el 1 de
noviembre, en cambio, dio a esta verdad de fe una precisa impronta eclesiológica.
ZS00110104
Como es sabido, el Papa Pío XII, declaró el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen
en cuerpo y alma al Cielo el día 1o de noviembre de 1950.
Lo hizo desde el atrio exterior de San Pedro Vaticano, rodeado de 36 Cardenales, 555
Patriarcas, Arzobispos y Obispos, de gran número de dignatarios eclesiásticos y de una
muchedumbre entusiasmada, de aproximadamente un millón de personas. Definió así
solemnemente, con su suprema autoridad, este dogma mariano.
A continuación, las palabras mismas que definen este Dogma, tomadas de la Bula
Munificentissimus Deus:
«Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la
Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar
benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de
la muerte; para aumentar la gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda
la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles
Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma
divinamente revelado, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado
el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».
Puede entenderse por qué se levantó un grito al unísono de parte de la multitud
entusiasmada que estaba en la Plaza San Pedro: casi 1900 años de fe del pueblo y de la
Iglesia en esta verdad, confirmada y ratificada por el Romano Pontífice, apelando a la
infalibilidad conferida a quien es el Sucesor de San Pedro. También hubo millones de
espectadores en los cinco continentes, quienes vieron en televisión u oyeron por las
estaciones de radio del mundo católico, el importante anuncio papal.
A partir de ese momento ya ningún católico podía dudar del hecho de la Asunción de María
en cuerpo y alma al Cielo, sin apartarse de la Fe de la Iglesia.
Y es importante hacer notar aquí lo que Royo Marín nos dice en su tratado sobre la
Santísima Virgen, respecto de la irreversibilidad que tiene un Dogma declarado. Nos dice
que la infalibilidad del Papa al proclamar «ex-cathedra» un dogma de fe, no recae sobre el
valor de los argumentos esgrimidos por el mismo Pontífice para apoyar dicho dogma, sino
que cae sobre el objeto mismo de la definición.
¿Qué significa esto? Significa que no pudiera darse el caso de que alguno de los
argumentos utilizados fuesen considerados posteriormente dudosos -o incluso, falsos.
Después de la definición de un dogma, la verdad definida es asunto de fe. La infalibilidad
cae sobre esa verdad y no sobre los argumentos empleados por los Teólogos e, inclusive,
por el Papa en la introducción a la misma definición del dogma.
Sin embargo, este teólogo mariano considera que los argumentos teológicos que explican el
Dogma de la Asunción -al igual que el de la Inmaculada Concepción- son del todo firmes y
seguros, y por sí solos nos llevarían -como llevaron a la Iglesia durante tantos siglos- a
creer con certeza en la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma.
Continuando con la Bula de la Asunción, he aquí algunos de estos argumentos, contenidos
en la misma. Los dos primeros argumentos son el de la Tradición y el de la Liturgia. Luego
sigue que:
1. Es una exigencia de la Inmaculada Concepción:
«Este privilegio -el de la Asunción de María- resplandeció con nuevo fulgor desde que Pío
IX, definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción. Estos dos privilegios
están -en efecto- estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su muerte, venció la muerte y el
pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria, en virtud de Cristo, todo
aquél que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero, por ley general,
Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino
cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los justos se
disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse cada uno con su
propia alma gloriosa.
«Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen María. Ella,
por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada; por eso
no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la
redención de su cuerpo hasta el fin del mundo.»
2. Es una exigencia de su dignidad de Madre de Dios y del amor de su Divino Hijo hacia
ella:
«Todas estas razones y consideraciones de los Santos Padres y de los Teólogos tienen como
último fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta a la excelsa Madre de Dios
unida estrechamente a su Hijo y siempre partícipe de su suerte. De donde parece imposible
imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, después de esta
vida, a Aquélla que le concibió, le dio a luz, le nutrió con su leche, le llevó en sus brazos y
le apretó a su pecho.
"Desde el momento en que nuestro Redentor es Hijo de María, ciertamente, como
observador pefectísimo de la divina ley que era, no podría menos de honrar, además de al
Eterno Padre, también a su amantísima Madre. Pudiendo, pues, dar a su Madre, tanto honor
al preservarla inmune de la corrupción del sepulcro, debe creerse que lo hizo realmente».
3. Por su condición de nueva Eva y Corredentora de la humanidad:
«Pero hay que recordar especialmente que desde el Siglo II María es presentada por los
Santos Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si bien sujeta a El, en
aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue preanunciado en el Protoevangelio
(Gen. 3, 15), había de terminar con la plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte,
siempre unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes (cf. Rom 5 y 6; I Cor. 15, 21-26;
54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final
de esa victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la glorificación
de su cuerpo virginal; porque, como dice el Apóstol, cuando ... este cuerpo mortal sea
revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue escrito: la muerte fue absorbida por
la victoria (I Cor 15, 54).
4. Por el conjunto de los demás privilegios:
«De tal modo la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde toda la
eternidad con un mismo decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen sin
mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino Redentor, que obtuvo un pleno
triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias, al fin, como supremo coronamiento de
sus privilegios, fue preservada de la corrupción del sepulcro y, vencida la muerte, como
antes por su Hijo, fue elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece
como Reina a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cf. I Tim. 1, 17).»
Luego hay un aparte en la Bula en el que se resumen todos los motivos que hubo para
declarar el Dogma de la Asunción:
«Y como la Iglesia universal, en la que vive el Espíritu de la Verdad, que la conduce
infaliblemente al conocimiento de las verdades reveladas, en el curso de los siglos ha
manifestado de muchos modos su fe, y como los Obispos del orbe católico, con casi
unánime consentimiento piden que sea definido como dogma de fe divina y católica la
verdad de la Asunción corporal de la Bienaventurada Virgen María al Cielo -verdad
fundada en la Sagrada Escritura, profundamente arraigada en el alma de los fieles,
confirmada por el culto eclesiástico desde tiempos remotísimos, sumamente en consonancia
con otras verdades reveladas, espléndidamente ilustrada y explicada por el estudio de la
ciencia y sabiduría de los teólogos- creemos llegado el momento pre-establecido por la
Providencia de Dios para proclamar solemnemente este privilegio de María Virgen».
He aquí, entonces, el texto de la fórmula definitoria del Dogma de la Asunción: es «Dogma
de Revelación Divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado
el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial».
El significado de la Asunción de María al Cielo queda plasmado y maravillosamente
resumido en el Prefacio de esta Solemnidad Mariana, en la cual celebramos la glorificación
de la Madre de Dios ... y también nuestra propia glorificación: la que nos espera al final de
los tiempos.
Así rezamos en el Prefacio de la Asunción: "Hoy ha sido llevada al Cielo la Virgen Madre
de Dios. Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella es consuelo
y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra. Con razón no quisiste, Señor, que
conociera la corrupción del sepulcro la Mujer que, por obra del Espíritu Santo concibió en
su seno al autor de la vida".
Pero ... ¿qué pasó luego del aggiornamento que nos trajo el Concilio
Vaticano II? ¿Dónde quedó el Dogma de la Asunción de la Santísima Virgen en
cuerpo y alma al Cielo? Sabemos que la devoción a María disminuyó
notablemente entre los Católicos a partir de 1960. En esa década se promovió -
con mucho acierto- , pero tal vez en desmedro de la devoción a la Santísima
Virgen, un catolicismo “Cristocéntrico”.
¿En qué consiste, entonces, eso que los Católicos tenemos como uno de
nuestros dogmas: la Asunción de la Santísima Virgen?
Para entender mejor en qué consiste ese privilegio de María, hija predilecta
del Padre, citamos del libro La Madre de Dios según la Fe y la Teología, escrito en
1955, al Teólogo Gabriel María Roschini: “Al término de su vida terrestre, María
Santísima, por singular privilegio, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria -gloria
singularísima- del Cielo. Mientras a todos los otros santos les glorifica Dios al
término de su vida terrena únicamente en cuanto al alma (mediante la Visión
Beatífica), y deben, por consiguiente, esperar al fin del mundo para se glorificados
también en cuanto al cuerpo, María Santísima -y solamente Ella- fue glorificada en
cuanto al cuerpo y en cuanto al alma”.
Y el Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción, explica
esto mismo en los siguientes términos:
Mucho bien haría a muchos cristianos oír y leer más sobre este misterio de la
Asunción de María, el cual nos atañe tan directamente. ¿Por qué se ha logrado
colar la creencia en el mito pagano de la re-encarnación entre nosotros? Si
pensamos bien, estas ideas extrañas a nuestra fe cristiana se han ido metiendo en
la medida que hemos dejado de pensar, de predicar y de recordar los misterios,
que como el de la Asunción, tienen que ver con la otra vida, con la escatología,
con las realidades últimas del ser humano.
El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos invita a hacer una
pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí
en la tierra, sobre nuestro fin último: la Vida Eterna, junto con la Santísima Trinidad, la
Santísima Virgen María y los Angeles y Santos del Cielo. El saber que María ya está en el
Cielo gloriosa en cuerpo y alma, como se nos ha prometido a aquéllos que hagamos la
Voluntad de Dios, nos renueva la esperanza en nuestra futura inmortalidad y felicidad
perfecta para siempre.
Siguiente capítulo:
El dogma de la Asunción
“Este privilegio -el de la Asunción de María- resplandeció con nuevo fulgor desde
que Pío IX, definió solemnemente el Dogma de la Inmaculada Concepción. Estos
dos privilegios están -en efecto- estrechamente unidos entre sí. Cristo, con su
muerte, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta
también la victoria, en virtud de Cristo, todo aquél que ha sido regenerado
sobrenaturalmente por el bautismo. Pero, por ley general, Dios no quiere
conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino
cuando haya llegado el fin de los tiempos. Por eso también los cuerpos de los
justos se disuelven después de la muerte, y sólo en el último día volverá a unirse
cada uno con su propia alma gloriosa.
“Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada
Virgen María. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su
Concepción Inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la
corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta
el fin del mundo.”
“Pero hay que recordar especialmente que desde el Siglo II María es presentada
por los Santos Padres como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, si
bien sujeta a El, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue
preanunciado en el Protoevangelio (Gen. 3, 15), había de terminar con la
plenísima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unidos en los
escritos del Apóstol de las Gentes (cf. Rom 5 y 6; I Cor. 15, 21-26; 54-57). Por lo
cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de
esa victoria, así también para María la común lucha debía concluir con la
glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el Apóstol, cuando ... este
cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que fue
escrito: la muerte fue absorbida por la victoria (I Cor 15, 54).
“De tal modo la augusta Madre de Dios, misteriosamente unida a Jesucristo desde
toda la eternidad con un mismo decreto de predestinación, inmaculada en su
concepción, virgen sin mancha en su divina maternidad, generosa socia del divino
Redentor, que obtuvo un pleno triunfo sobre el pecado y sobre sus consecuencias,
al fin, como supremo coronamiento de sus privilegios, fue preservada de la
corrupción del sepulcro y, vencida la muerte, como antes por su Hijo, fue
elevada en alma y cuerpo a la gloria del Cielo, donde resplandece como Reina
a la diestra de su Hijo, Rey inmortal de los siglos (cf. I Tim. 1, 17).”
Luego hay un aparte en la Bula en el que se resumen todos los motivos que
hubo para declarar el Dogma de la Asunción:
La asunción de María
MAGISTERIO
Tradición
San Juan Damasceno se distingue entre todos como testigo eximio de
esta tradición; él considera la Asunción corpórea de la gran Madre de
Dios en la luz de los demás privilegios.
Era necesario que aquella que, al ser madre, había conservado intacta
su virginidad, obtuviese la incorrupción de su cuerpo después de morir.
Era preciso que quien llevó en su seno al Creador hecho niño, habitara
en los divinos tabernáculos. Era preciso que la novia que el Padre había
desposado, residiera en la cámara nupcial de los cielos. Era preciso que
la que había visto a su Hijo en la cruz, con lo cual atravesó su corazón la
espada del dolor que no había conocido en el parto, contemplara
después a su Hijo sentado junto a Dios Padre. Era preciso que la Madre
de Dios poseyera las cosas de su Hijo, y que por todas las criaturas
fuera ella venerara como sierva del Señor y Madre de Dios.
LA DEFINICION DOGMATICA
1.-Que la Asunción de María ocurre inmediatamente después del término de su vida mortal
y,
La Asunción de María, ocurre inmediatamente después del término de su vida inmortal,
así pues, para entender correctamente esta frase hay que considerar las siguientes
cuestiones:
a) el significado de la fórmula:
La fórmula significa que la Asunción de María no hay que aplazarla hasta el final de los
tiempos, como sucederá con todos los hombres, sino como hecho que ya ocurrió; y, además
que el cuerpo santísimo de la Vírgen no sufrió descomposición alguna, como ocurre con los
cadáveres.
En la Bula aparece repetidas veces el tema de la muerte de María, pero ello (estudiado
bien el texto), no favorece ni niega la postura contraria. Hay que decir, en resumen, que aún
no se ha llegado a una solución definitiva sobre este punto.
Este es el elemento esencial del dogma de la Asunción. Enseña que la Vírgen, al término
de su vida en este mundo, fue llevada al cielo en cuerpo y alma, con todas las cualidades y
dotes propias del alma de los bienaventurados e igualmente con todas las cualidades de los
cuerpos gloriosos. Se trata, pues, de la glorificación de María, en su alma y en su cuerpo,
tanto si la incorruptibilidad y la inmortalidad le hubieren sobrevenido sin una muerte previa
como si le hubiesen sobrevenido después de la muerte mediante la resurrección.
Una vez visto el contenido del dogma, con más fuerza y claridad se aprecia el hincapié
que se hace sobre la glorificación corporal de María (más que la de su alma), si tenemos en
cuenta lo siguiente:
a) María estuvo exenta de todo pecado: del original y del actual.
c) El premio o castigo del alma (para todos los hombres) es inmediato a la muerte.
Por consiguiente, resulta sencillo entender que el premio del alma de María (por su
excelsa santidad) estaba ya decidido, esto es, su glorificación; por ello, resultaría supérflua
la definición si no tratara sobre todo de la glorificación inmediata del cuerpo, que es en lo
que consiste el privilegio de la Asunción.
La definición pontificia sobre la Asunción de María estuvo precedida, desde muchos
siglos atrás, de múltiples razones teológicas y testimonios que llevaron (en su momento) a
la feliz proclamación de este dogma mariano. Las
principales razones fueron las siguientes:
San Juan Damasceno, en el siglo VII, escribe: "convenía que aquella que en el parto había
conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su cuerpo después de
la muerte; convenía que Aquella que había llevado en su seno al Creador, hecho niño,
habitara en la morada celeste; convenía que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial;
convenía que Aquella que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su corazón el
dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase sentado a la diestra del Padre;
convenía que la Madre de Dios poseyera lo que corresponde a su Hijo y que fuera honrada
como Madre y esclava de Dios por todas las criaturas.
San Germán de Constantinopla, del siglo VII: "Así como un hijo busca y desea estar con
la propia madre, y la madre ansía vivir con el hijo, así fue justo también que Tú, que
amabas con un corazón materno a tu Hijo y Dios, volvieses a Él. Y fue también muy
conveniente que Dios, que te amaba como Madre suya, te hiciere partícipe de la comunidad
de vida con Él mismo. De esta forma, Tú, habiendo sufrido la pérdida de la vida, propia de
las cosas caducas, has emigrado a las moradas que durarán por los siglos, allí donde mora
Dios, junto al que Tú vives, oh Madre de Dios, sin separarte de su compañía".
Recogiendo la doctrina de sus predecesores, Juan Duns Scoto, en el siglo XIV, podía
afirmar: "Convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo".
El fundamento del dogma dela Asunción de María se desprende y es consecuencia de los
anteriores dogmas marianos. En efecto, si por la plena asociación de María a la persona y a
la obra de su Hijo se debió su redención anticipada; por esa misma razón, convenía también
su glorificación anticipada, su asunción corporal, como veremos enseguida.
Puesto que María (por su Inmcaculada Concepción) estuvo exenta de todo pecado, no
quedaba sujeta a la ley de padecer la corrupción del sepulcro (castigo del pecado) ni, por
consiguiente, tampoco tenía necesidad de esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del
mundo.
Si Adán y Eva introdujeron en el mundo la muerte del alma, que es el pecado y, con él
también la muerte del cuerpo, que es la corrupción; Cristo, por el contrario, introduce la
vida del alma (que es la gracia), y la inmortalidad del cuerpo por medio de la resurrección.
Por estas dos consideraciones, María que es Madre de Cristo y Madre de los hombres, es
lógico que la que es causa de vida y antídoto contra la muerte, Ella, no permanezca en el
sepulcro presa de la misma muerte.
Así pues, dado que nuestro Redentor es Hijo de María, su glorificación anticipada parece
ser exigida: Cristo que pudiendo dar a su Madre tanto honor y tanta gloria, necesariamente
lo hizo.
a) La Asunción de la Vírgen es un argumento prueba de que todos los hombres, de los
que Ella es Madre, estaremos también en el Cielo con nuestro cuerpo glorificado: si
aprendemos a gastar la vida en el cumplimiento de la voluntad de Dios como lo hizo Santa
María.
b) María es nuestra esperanza, pues en Ella se ha dado con plenitud lo que todo hombre
está llamado a ser al final de los tiempos. María es nuestro consuelo, ya que podemos
dirigirnos a Aquella que antes de nosotros recorrió este valle de lágrimas y ahora fija sus
ojos en la luz eterna. María es nuestro refugio porque con su ternura nos devuelve la paz y,
por su poderosa intercesión nos sabemos amparados. Glorificadsa anticipadamente, vive en
el cielo con una solicitud maternal y amorosa por todos sus hijos.
.
LA TRADICIÓN COMO FUENTE DE DOGMA:
LA ASUNCIÓN DE MARÍA
En 1946 el Papa Pío XII envió una carta a los obispos de todo el mundo con respecto a la Asunción de
María:
... Deseamos saber si ustedes, Venerables Hermanos, con vuestra erudición y prudencia
consideran que la Asunción corporal de la Bendita Virgen puede proponerse y definirse como
dogma de fe, y si en adición a vuestros deseos este es también el deseo de vuestros clérigos y el
pueblo.- Deiparae Virginis Mariae N°4
Esta no era una invitación casual para que los obispos expresaran su opinión, sino el comienzo de un
proceso colegial formal mediante el cual se desarrolla una doctrina catolicorromana [877, 888-892]. El
papa quería saber si los obispos consideraban que era apropiado clasificar la creencia en la Asunción de
María como un dogma de la fe catolicorromana, una doctrina definida infaliblemente que los católicos
deben creer [88-90]. El negar una creencia de la Iglesia que ha sido formalmente definida es
equivalente a apostatar de la fe [2089].
Para responder al papa, los obispos necesitaban determinar la fuente de la creencia en la Asunción de
María. ¿Era ella meramente una leyenda creída por unos cuantos católicos piadosos? ¿O formaba parte
del depósito de fe, la revelación transmitida desde los apóstoles? Sólo si se demostraba que era la
última podía la Iglesia definirla como dogma [88, 891]. Por lo tanto, los obispos investigaron los dos
canales a través de los cuales la Iglesia Católica enseña que la fe apostólica ha sido transmitida:
Escritura y Tradición.
Primero acudieron a las Escrituras. Allí no encontraron una clara enseñanza sobre la muerte, sepultura
y resurrección de María, ni de la Asunción.
Los obispos luego acudieron a la Tradición. ¿Era la Asunción de María parte del depósito de fe
transmitido en forma no escrita?
Esta era una pregunta más difícil de contestar. La Tradición reside en la vida de la Iglesia. Transmite
revelación como «cosas y palabras» (Concilio Vaticano II, "Constitución Dogmática sobre Revelación Divina", N° 8) , palabras no
escritas. Los obispos no podían simplemente escoger un índice de creencias y prácticas contenidas en la
Tradición y ver si la Asunción estaba allí. Más bien, los obispos tendrían que examinar la fe católica
según la habían vivido y la estaban viviendo los papas, los obispos y los fieles. Se considera que estos
tres grupos son los órganos o instrumentos mediante los cuales la Tradición se expresa o describe. La
investigación para hallar evidencia en apoyo de la creencia en la Asunción se centraría en siete áreas:
¿Qué descubrieron el papa y los obispos? El papa Pío XII analizó las conclusiones de los obispos en
Munificentissimus Deus, el documento que finalmente definía la asunción de María como dogma de la
Iglesia. Los resultados pueden resumiese como sigue:
La respuesta, por supuesto, era no. Precisamente la cuestión que el Magisterio estaba tratando de
resolver en 1946 era si la Asunción de María debía formar parte de la enseñanza dogmática de la Iglesia
Católica o no.
El catolicismo romano enseña que los decretos solemnes de los obispos reunidos en un concilio
ecuménico son infalibles y obligatorios a los católicos en todas partes [88, 891]. Pero ninguno de los
veinte primeros concilios ecuménicos reconocidos por la Iglesia Católica Romana había declarado alguna
vez que María había ascendido al cielo. Asimismo, ninguno de los papas había enseñado
dogmáticamente dicha doctrina. Estos son ejemplos de lo que la Iglesia llama el Magisterio
extraordinario. En esa ocasión, por lo tanto, la certeza de la Asunción quedaba pendiente.
El catolicismo reconoce a ochenta y ocho hombres como Padres de la Iglesia. La mayoría eran obispos.
Diez eran papas. Otros eran abates, sacerdotes, monjes y apologistas. Todos vivieron en cierta época
durante los ocho primeros siglos y casi todos habían sido canonizados por la Iglesia Católica como
santos. Entre ellos estaban Clemente de Roma, Policarpo, Ignacio, Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Eusebio
de Cesarea, Benedicto, el papa León el Grande, y el papa Inocente I.
La Iglesia Católica estima de mucho valor los escritos de los Padres de la Iglesia, pero no los considera
infalibles. Al contrario, no sólo reconoce que los Padres a veces no concuerdan unos con otros, sino
también que ocasionalmente enseñan error. El papa León XIII escribió que los Padres de la Iglesia «a
veces han expresado las ideas de sus propios tiempos y, por lo tanto, han hecho declaraciones que en
estos días se han abandonado por incorrectas». (Papa León XIII, Sobre el estudio de la Sagrada Escritura, St. Paul Editions, pag.24)
¿De qué valor, entonces, son los escritos de los Padres de la Iglesia?
William A. Jurgens, erudito católico, explica [688]:
"El valor de los Padres y escritores es este: que en el agregado demuestran lo que la Iglesia hizo y
todavía cree y enseña. En el agregado proveen un testigo para el contenido de la Tradición, esa
Tradición que en sí misma es el vehículo de la revelación."
(The Faith of the Early Fathers, Collegeville, MN: The Liturgical Press,1970, tomo 3, pag.359)
"Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas
van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora."
(Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre revelación divina, N°8)
¿Qué tenían que decir los Padres de la Iglesia con respecto a la Asunción de María? El hecho
extraordinario es que los obispos hallaron apoyo para la creencia en los escritos de sólo dos de los
Padres (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°21-22) . Ambos eran del siglo VII: Germano de Constantinopla
(634-733) y Juan Damasceno (675-749).
Sin embargo, el hecho de que los obispos no pudieron hallar evidencia en apoyo de la creencia en la
Asunción de María en los escritos de los otros ochenta y seis Padres de la Iglesia no los disuadió ni a
ellos ni al papa. A pesar de que la Iglesia respeta los escritos de los Padres, mantiene sin embargo
«suprema independencia hacia esos escritos; los juzga más de lo que ellos la juzgan a ella» (Jean Bainvel,
The Catholic Encyclopedia, pag.10) . Por esta misma razón, el hecho de que dos Padres de la Iglesia creían en la
Asunción de María no probaba que la creencia era doctrina auténtica. Jurgen comenta:
... debemos recalcar que un texto patrístico aislado en ningún caso debe considerarse como una
«prueba» de una doctrina determinada. Los dogmas no se «prueban» por declaraciones patrísticas
sino por los instrumentos de enseñanza infalible de la Iglesia.
(The Faith of the Early Fathers, [Link], pag.359)
La Iglesia Católica Romana ha honrado con el título de Doctor de la Iglesia a unos cuantos maestros a
quienes considera como guías excepcionalmente fidedignos de la fe católica. Algunos son de las filas de
los Padres de la Iglesia. Todos son santos canonizados.
Los ocho primeros hombres que recibieron el título de Doctor de la Iglesia fueron: Atanasio (297-373),
Basilio el Grande (329-379), Gregorio de Nazianzo (330-390), Ambrosio (340-397), Jerónimo
(343-420), Juan Crisóstomo (347-407), Agustín de Hippo (354-430), y el papa Gregorio el Grande
(540-604). Estos ocho son los Doctores mayores de la Iglesia. En el siglo xvi, Tomás de Aquino (1
225-1274), el «Doctor angelical», y Bonaventura (1 217-1274), el «Doctor seráfíco», fueron
reconocidos como doctores menores de la Iglesia. En la actualidad hay un total de treinta y dos doctores
de la Iglesia Católica Romana incluyendo dos mujeres, ambas místicas: Caterina de Siena (1347-
1380) y Teresa de Ávila (1515-1582).
Al igual que con los Padres de la Iglesia, el catolicismo romano no considera que la enseñanza de los
Doctores de la Iglesia es infalible ni obligatoria para los fieles.
¿Qué tenían que decir los Doctores de la Iglesia acerca de la Asunción de María? El papa y los obispos
no hallaron apoyo en favor de dicha doctrina entre ninguno de los Doctores mayores de la Iglesia.
Asimismo, ninguno de los Doctores menores de la Iglesia de los primeros once siglos enseñó esa
doctrina, con una excepción: Juan Damasceno (675-749), quien, siendo también uno de los Padres de
la Iglesia, ya se había mencionado.
Entre los Doctores de siglos posteriores, el papa Pío XII hizo una lista de apoyo a favor de la creencia en
la Asunción a partir de Antonio de Padua (1195-123 l), Alberto el Grande (1200-1280),
Bonaventura (1217- 1274), Tomás de Aquino (1225-1274), Robert Bellarmine (1542-1621),
Francisco de Sales (1567-1622) y Alfonso de Liguori (1696-1787). (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°27-35)
A la enseñanza oficial de los obispos por medios normales y cotidianos como catecismos, homilías y
cartas se le llama el Magisterio ordinario [2032-2034, 2049]. La Iglesia Católica considera que la fe
común de los obispos expresada por estos medios de instrucción corrientes es una guía infalible para la
fe católica [890, 892].
El motivo principal de la carta del papa Pío XII era el de reunir la opinión de los obispos como la voz del
Magisterio ordinario. Les formuló dos preguntas:
«¿ ... juzgan ustedes que la Asunción corporal de la bendita Virgen puede
proponerse y definirse como un dogma de fe? ¿Lo desean ustedes, junto con
sus clérigos y el pueblo?»
(Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°11)
La respuesta de los obispos fue clara: Dieron «una respuesta afirmativa casi unánime a estas dos
preguntas .... » (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°12)
Puesto que lo que la Iglesia hace refleja lo que la Iglesia cree, la práctica universal de la Iglesia también
se considera un testigo de confianza de la fe católica romana. En la encíclica Munificentissimus Deus, el
papa Pío XII analizó cómo la Iglesia había dedicado «innumerables templos ... a la Virgen María
que ascendió al cielo», había instalado en sus iglesias «imágenes sagradas» de la Asunción, y
había dedicado regiones «al patronato y cuidado especiales de la Virgen Madre de Dios que
ascendió al cielo» (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°15) . Además, el cuarto misterio glorioso del rosario
conmemoraba la Asunción de María (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°15), y el calendario de la Iglesia Católica
honraba la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°19).
Además, la liturgia de la Iglesia Católica hacía varias referencias a la Asunción de María al cielo (Papa Pío
XII, Munificentissimus Deus, N°12) . La liturgia, el culto público de la Iglesia, se considera una expresión
especialmente fidedigna de la fe católica, puesto que requiere la aprobación del Magisterio [1069-1070,
1124-1125]. El papa Pío XII escribió que la liturgia «tiene como su contenido la fe católica, por
cuanto es testigo público de la fe de la Iglesia». (Papa Pío XII, Mediator Dei, N°47)
En conjunto, estas prácticas demostraban una creencia en la Asunción de la Virgen entre los católicos
romanos que se remontaba a varios siglos en el pasado.
En 1946, la devoción a María entre los católicos llegó al nivel más alto de todos los tiempos. La
imaginación del pueblo se vio cautivada por los relatos de sus apariciones y milagros relacionados con
las mismas. Las recientes enseñanzas de la Iglesia Católica habían recalcado la misión de María en la
redención. Además, la definición de la Inmaculada Concepción de María en 1854 había alentado a los
católicos devotos a María para que elevaran peticiones al Vaticano a fin de que declarara que la
Asunción también formaba parte de la fe.
Desde la perspectiva de la Iglesia, estos adelantos eran un progreso saludable en la fiel comprensión de
la Tradición [94]. El pueblo no estaba inventando una nueva doctrina acerca de María. Al contrario, se
estaba familiarizando con una antigua creencia, una que había estado viviendo dentro de la Iglesia
Católica durante siglos. Ahora, mediante un nuevo discernimiento, la creencia venía a la luz y se
expresaba [66, 93, 99]. Esta, dice la Iglesia, es una de las maneras en que la Tradición progresa
en la Iglesia [94].
"Esta tradición ... va creciendo ... ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las
meditan en su corazón (cp. Lc. 2:19, 51), ya por la percepción íntima que experimentan de las
cosas espirituales."
(Concilio Vaticano II, "Constitución Dogmática sobre Revelación Divina", N° 8)
El hecho de que tantos católicos ya habían aceptado la Asunción de María como parte de su fe era
extraordinario. El catolicismo romano enseña que los fieles tienen el «sentido sobrenatural de la fe»
(Concilio Vaticano II, "Constitución Dogmática sobre la Iglesia", N°12) . A esto le llaman sensus fidelium, el sentir de los fieles
[67, 91-93, 785, 904]. Esto es una «sensibilidad y discriminación instintivas que los miembros de la
Iglesia poseen en asuntos de fe». [889].
No está claro cómo los fieles pueden reconocer infaliblemente la verdad. La mayoría de los católicos
laicos no tiene más que un conocimiento superficial de las Escrituras o de la teología catolicorromana.
Sin embargo, el papa Pío XII, de acuerdo con la creencia catolicorromana consideró que la piedad del
pueblo era un testigo fidedigno de la auténtica fe católica. Por esa razón, en su carta de 1946 el papa
también pidió que los obispos le informaran en cuanto a «la devoción de vuestro clero y pueblo
(teniendo en cuenta su fe y piedad) hacia la Asunción de la Santísima Virgen María» (Papa Pío XII, Deiparae
Virginis Mariae, N°4). La meta del papa aquí era determinar el sentimiento común del pueblo.
Alentado por su solicitud en cuanto al aporte de ellos, el clérigo y el laicado respondieron con
entusiasmo. Para 1950, el Vaticano había recibido, incluyendo las peticiones anteriores, respuestas de
32.000 sacerdotes y hermanos, de 50.000 monjas, y de 8.000.000 de laicos. (Michael O. Carroll, C.S. Sp.,
Theotokos: A Theological Encyclopedia of the Blessed Virgin Mary (Wilmington, DE: Michael Glazier, Inc. 1982, pag.56)
El papa Pío XII consideró que la respuesta había sido «verdaderamente extraordinaria».
(Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°9)
"Estos estudios e investigaciones han traído a una luz aun más clara el hecho de que
el dogma de la Asunción de la Virgen María al cielo está contenido en el depósito de la
fe cristiana confiada a la Iglesia."
(Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°8)
Al tomar esta decisión, el papa era consciente de que las Escrituras enseñaban claramente que como
consecuencia del pecado, Dios había declarado a Adán y a sus descendientes: «Polvo eres, y al polvo
volverás» (Gn. 3:19). Sin embargo, el papa determinó que «Dios ha querido que la Bendita Virgen María
fuese exenta de esta regla general». (Papa Pío XII, Munificentissimus Deus, N°5)
En Resúmen:
El dogma de la "Asunción de María en cuerpo" fue promulgado por el Papa Pío XII con el único
basamento de... LA OPINIÓN POPULAR.
Por lo tanto
Los fieles católicos creen en la Asunción de María porque así lo dice la Iglesia
y la Iglesia cree en la Asunción de María porque así lo dijeron los fieles...