0% encontró este documento útil (0 votos)
73 vistas13 páginas

Pudor y Pureza en el Catecismo Católico

El documento habla sobre el pudor y la pureza de espíritu según el Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo indica que el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia o deseo desordenado, y que la lucha contra esto requiere purificar el corazón a través de la castidad, la pureza de intención y mirada, y el pudor. El pudor protege la intimidad de la persona y promueve el respeto hacia los demás.

Cargado por

gabriel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
73 vistas13 páginas

Pudor y Pureza en el Catecismo Católico

El documento habla sobre el pudor y la pureza de espíritu según el Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo indica que el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia o deseo desordenado, y que la lucha contra esto requiere purificar el corazón a través de la castidad, la pureza de intención y mirada, y el pudor. El pudor protege la intimidad de la persona y promueve el respeto hacia los demás.

Cargado por

gabriel
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Autor: Catecismo de la Iglesia Católica | Fuente: Tercera parte: La vida en

Cristo
¿Qué dice el Catecismo sobre el Pudor y la pureza de espíritu? Fragmento
del Catecismo que habla de la codicia, la concupiscencia, el pudor, la limpieza
de corazón, el combate por la pureza y la permisividad de las costumbres.
Importante para los que desean conocer la posición de la Iglesia ante la
pornografía.  
ARTÍCULO 9
EL NOVENO MANDAMIENTO

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni


su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo
(Ex 20, 17).

El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su


corazón (Mt 5, 28).

2514 San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la


concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la
vida (cf 1 Jn 2, 16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno
mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la
codicia del bien ajeno.

2515 En sentido etimológico, la ‘concupiscencia’ puede designar toda forma


vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido
particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la
razón humana. El apóstol san Pablo la identifica con la lucha que la ‘carne’
sostiene contra el ‘espíritu’ (cf Gal 5, 16.17.24; Ef 2, 3). Procede de la
desobediencia del primer pecado (Gn 3, 11). Desordena las facultades
morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer
pecados (cf Cc Trento: DS 1515).

2516 En el hombre, porque es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe


cierta tensión, y se desarrolla una lucha de tendencias entre el ‘espíritu’ y la
‘carne’. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es
una consecuencia de él, y, al mismo tiempo, confirma su existencia. Forma
parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual:
Para el apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el
alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad
personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de las disposiciones
estables-, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de
sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la
acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: ‘si vivimos
según el Espíritu, obremos también según el Espíritu’ (Ga 5, 25) (Juan Pablo
II, DeV 55).

I La purificación del corazón

2517 El corazón es la sede de la personalidad moral: ‘de dentro del corazón


salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones’ (Mt 15, 19).
La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del
corazón:

Mantente en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños pequeños que


ignoran el mal destructor de la vida de los hombres (Hermas, mand. 2, 1).

2518 La sexta bienaventuranza proclama: "Bienaventurados los limpios de


corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). Los "corazones limpios"
designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias
de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm
4, 3-9; 2 Tm 2 ,22), la castidad o rectitud sexual (cf 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef 4,
19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf Tt 1, 15; 1 Tm 3-4; 2 Tm
2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe:

Los fieles deben creer los artículos del Símbolo ‘para que, creyendo,
obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su
corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen’ (S. Agustín, fid.
et symb. 10, 25).

2519 A los ‘limpios de corazón’ se les promete que verán a Dios cara a cara y
que serán semejantes a El (cf 1 Co 13, 12, 1 Jn 3, 2). La pureza de corazón es
el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según
Dios, recibir al otro como un ‘prójimo’; nos permite considerar el cuerpo
humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una
manifestación de la belleza divina.

II El combate por la pureza

2520 El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de


todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la
concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios
lo consigue

– mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar


con un corazón recto e indiviso;

– mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del


hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar y realizar
en todo la voluntad de Dios (cf Rm 12, 2; Col 1, 10);

– mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de


los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en
los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los
mandamientos divinos: ‘la vista despierta la pasión de los insensatos’ (Sb 15,
5);

– mediante la oración:

Creía que la continencia dependía de mis propias fuerzas, las cuales no sentía
en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito: que nadie
puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con
interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado
(S. Agustín, conf. 6, 11, 20).

2521 La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El


pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo
que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza
proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de
las personas y con la relación que existe entre ellas.
2522 El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la
paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las
condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer
entre sí. El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene
silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se
convierte en discreción.

2523 Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo.
Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano
propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de
comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una
manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la
presión de las ideologías dominantes.

2524 Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin
embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual
propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en
el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona
humana.

2525 La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los
medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de
la discreción. La pureza de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los
espectáculos que favorecen el exhibicionismo y los sueños indecorosos.

2526 Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una


concepción errónea de la libertad humana; para llegar a su madurez, ésta
necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir a los
responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza
respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral
y espiritual del hombre.

2527 ‘La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura


del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la
seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las
costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida,
completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades
espirituales de cada pueblo o edad’ (GS 58, 4).
Resumen

2528 ‘Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella
en su corazón’ (Mt 5, 28).

2529 El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o


concupiscencia de la carne.

2530 La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación


del corazón y por la práctica de la templanza.

2531 La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde ahora la
capacidad de ver según Dios todas las cosas

2532 La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la


castidad y la pureza de intención y de mirada

2533 La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia, modestia y


discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona.

EL PUDOR
El pudor es un mecanismo instintivo, propio de la castidad, que
protege con la vergüenza la intimidad sexual. Evita todo tipo de
excesos y peligros morales en materia sexual.

-Es un muro protector de la pureza que ayuda a evitar excesos y


peligros morales de todo tipo en materia sexual. Aunque el pudor es
instintivo, también es necesario aprender ya desde pequeños para que
se sepa apreciar y guiar correctamente.

-El pudor protege la propia intimidad. No es casto el que trata de


ignorar lo sexual sino el que comprende su propósito en los designios
de Dios. El pudor es propio de la persona humana. Los animales no
tienen pudor. Por eso hacen en público sus funciones más íntimas.

"Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin
embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad
espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia
personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en
ellos el respeto de la persona humana" Catecismo #2524
-El pudor no indica miedo irracional a exponer el cuerpo. Supone
mas bien respeto a lo más personal del hombre.

El pudor se expresa en: la casa, el vestido y el lenguaje.


1-La casa es un lugar íntimo. Hay tiempos para compartir con otros,
pero también hay tiempos para que la familia este reunida a solas para
compartir desde el corazón con la confianza que no es propia tener
con todo el mundo. 

2-El vestido. Se cubren las partes más íntimas, que no se comparten


con cualquiera. Quien ama respeta y busca que se respete la
intimidad. De ahí el celo que muestra el marido o el novio por la
decencia en el vestir de su esposa o de su novia. -Pudor no es miedo
al cuerpo desnudo, sino respeto a su gran dignidad. Da libertad
para no ser dominado por la lujuria y protege también al prójimo. -
Protegerse de la mirada intrusa. Salvaguarda el sexo del uso
posesivo de los demás. No permite ser reducido a un objeto. Palpar
algo es, en cierta medida, un acto de posesión. Ver es como tocar
a distancia. Ofrecer a la mirada ajena las partes íntimas del cuerpo
supone dejarse poseer en lo que tiene uno de más íntimo. Toda
exhibición sugiere un acto de entrega. Hacerlo en público se asemeja
a la prostitución.

3-El lenguaje. El pudor no permite expresarse para hacer «de dominio


público» sus estados afectivos ni sus debilidades ante la tentación.
Evita aquellos aspectos de vulgaridad, chabacanería y desorden que
acompañan a ciertas expresiones sexuales.

San Pablo a los Corintios:

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor,


para el cuerpo.
Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No
sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es
un espíritu con él.

Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera


de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no
sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros
porque lo habéis recibido de Dios.
No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por
vosotros.
Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!  -1Corintios 6. 13c-15a. 17-
20

2. EL PUDOR

El pudor es un mecanismo de defensa, propio de la castidad, que protege


instintivamente la intimidad sexual con la vergüenza. Es un muro protector de
la pureza.

Pudor no es miedo al cuerpo desnudo, sino respeto a él. No es casto el que


trata de ignorar lo sexual, sino el que sabe mirarlo con ojos limpios.

El pudor distingue al hombre de los animales.

El pudor ayuda a evitar eficazmente excesos y peligros morales de todo tipo


en materia sexual.

Además, evita aquellos aspectos de vulgaridad, chabacanería y desorden que


acompañan a ciertas expresiones sexuales.

Alfonso López Quintás, en su libro 'El amor humano' escribe: 'El pudor no
indica gazmoñería, apego irracional a costumbres pacatas. Supone respeto a lo
más personal del hombre. Protegerse de la mirada ajena, no indica ñoñería
sino salvaguardar su sexo del uso posesivo de los demás. Palpar algo es, en
cierta medida, un acto de posesión. Ver es como tocar a distancia. Ofrecer a la
mirada ajena las partes íntimas del cuerpo supone dejarse poseer en lo que
tiene uno de más íntimo.

Toda exhibición sugiere un acto de entrega. Hacerlo en público se asemeja a la


prostitución'(871).

Dice el psicopedadogo Bernabé Tierno:

'La educación del pudor sólo es posible allí donde imperan ideas nobles y
sentimientos limpios.

El pudor sólo es sentido por quien todavía es sensible a las amenazas que sufre
la virtud. En medio de un ambiente que apenas distingue la línea divisoria
entre lo que es bueno y lo que es malo, hay que devolver a los jóvenes el
sentido de dignidad personal, y a la opinión pública una mayor sensibilidad.
Pero no podemos cometer el error pedagógico de atribuir a toda realidad
sexual una sensación de vileza o un sentimiento de vergüenza que se identifica
muchas veces con el pudor.

Los educadores hemos de poner el acento, no sobre la educación sexual, sino


sobre la educación de la persona. No educamos la sexualidad del muchacho;
es él el verdadero artífice de su educación como persona, que, en
consecuencia, se expresa también en sus comportamientos sexuales. Lo que
debe ser educado, no es la sexualidad, sino la persona.

La actitud egocéntrica de la persona hace neuróticamente compulsiva,


especialmente en la adolescencia, la necesidad de autoafirmación que se
manifiesta claramente en el sector de la sexualidad. La compulsión se hace
tanto más fuerte cuanto más se convence el joven de su falta de valía, lo que le
hace aferrarse al sexo como único medio de autoafirmación...

Está claro que una atmósfera cargada de hedonismo sexual que se nos cuela de
rondón en casa a través de la 'ventana televisiva', envuelve al joven por
doquier, y no contribuye lo más mínimo a una higiene mental que favorezca el
dominio normal sobre los propios impulsos.

La trivialización de la sexualidad conduce a la desvalorización de las


relaciones heterosexuales, cada vez más frecuentes y precoces. En el fondo es
la desvalorización misma de la persona del 'otro' que queda reducida a la
condición de simple instrumento al servicio del placer...

La apología que ciertos medios de comunicación hacen de aberrantes


conductas sexuales contribuye a deformar el concepto y la naturaleza de los
papeles sexuales con los que deben identificarse los jóvenes'(872).

Esforcémonos por ver todo lo que tiene el vicio de repugnante y abominable.


Esto nos ayudará a amar la castidad. Todo lo que tiene ella de grande y de
noble, de dominio propio y de respeto, lo tiene el vicio impuro de bajo y
despreciable.

La persona impura es una persona sin voluntad. La razón, que debería ser la
señora, se vuelve esclava de los instintos animales; el hábito vicioso se
convierte en el peor de los tiranos, exige cada vez más y vuelve a la persona
egoísta, con un egoísmo de la peor especie: la persona impura lo sacrifica todo
para satisfacer su propia pasión. El vicio impuro quita a la persona la
tranquilidad de conciencia, la alegría, la libertad, la fe, la esperanza, el
verdadero amor, la honra, la fortuna, la salud y, en fin, la gloria del cielo.

No es raro que a la persona que se deja dominar del vicio impuro le


sobrevenga, antes o después, la dureza de corazón, la pérdida de la fe, y al fin
la condenación eterna.

Hay que tener en cuenta que los pecados contra la pureza no son los únicos, ni
los más graves. No podemos olvidarnos que el buen cristiano, además de la
virtud de la pureza, debe tener la de la justicia y la caridad. Hay entre nosotros
demasiada ambición, avaricia, egoísmo, soberbia, odio, envidia, ruindad de
corazón y falta de honradez profesional.

Los fieles tienen derecho a ser informados fielmente en la doctrina católica.

El 7 de enero de 1987 la Comisión Episcopal Española para la Doctrina de la


Fe, publicó un documento donde dice: 'A quienes elaboran materiales
catequéticos, de enseñanza religiosa o de divulgación teológica, les pedimos
que pongan un empeño especial en transmitir con fidelidad e integridad la
enseñanza de la Iglesia sobre estos temas. A los fieles cristianos les asiste el
derecho a que no sean difundidas, con ligereza y arbitrariedad, doctrinas
parciales o hipótesis relacionadas con la moral, y en concreto con la moral
sexual, sin que previamente hayan sido sometidas al estudio y al parecer de la
comunidad teológica y, en última instancia, al discernimiento de los pastores
(n 18)... El fin de las normas objetivas morales no es la represión de la
sexualidad, sino proteger y favorecer que el dinamismo profundo de la
sexualidad llegue a su plenitud y sentido (n 15)'.

Rafael Gómez Pérez resume la concepción cristiana de la sexualidad así:

'a) Dios estableció la institución matrimonial como principio y fundamento de


la familia y de la sociedad.

b) El sexto precepto del Decálogo -no fornicar- protege el amor humano y


señala el camino moral para que el individuo coopere libremente en el plan de
la creación, usando la capacidad de engendrar, que ha recibido de Dios,
solamente dentro del matrimonio.
c) El sexo es un don de Dios abierto a la vida, al amor y a la fecundidad. Su
ámbito natural y exclusivo es el matrimonio. Jesucristo elevó el matrimonio a
la dignidad de sacramento.

d) La generación no es el resultado de una fuerza irracional, sino de una


entrega libre y responsable -es decir, humana- de acuerdo con la dignidad
natural de la persona creada por Dios.

e) Como los demás mandamientos, el sexto precepto del Decálogo está


impreso en la naturaleza humana, es parte de la ley natural, y, por tanto, obliga
a todos los hombres.

f) La virtud de la castidad consiste esencialmente en la ordenación de la


función sexual al fin que Dios le ha señalado; por eso es una virtud positiva
que se ha de vivir según las características de la vocación regida por Dios:
virginidad o matrimonio.

g) Con frecuencia, la corrupción de las costumbres comienza por los pecados


contra la castidad; se tiende a querer justificarlos, de modos diversos, a través
de la deformación del juicio de la conciencia.

h) Por tratarse de una exigencia de la ley natural, todos los hombres reciben de
Dios la ayuda necesaria para cumplir este precepto del Decálogo. Por otra
parte se señala la necesidad de medios sobrenaturales que Dios no niega nunca
a los creyentes que los imploran por medio de la oración'.

¿Pudor o tabú?

El pudor, salvaguardia de la dignidad humana

No pocas personas estiman que la exhibición corpórea debe ser permitida


porque la contraponen al tabú, no al pudor, con los valores positivos que éste
encierra para la personalidad humana. El término “tabú” apenas indica nada
preciso: se limita a sugerir un ámbito de realidades o acciones prohibidas,
intocables. Su misma oscuridad le confiere poder estratégico, porque el
vocablo “prohibición” se opone a “permiso”, “apertura”, “libertad”, vocablos
que están cargados de prestigio en la sociedad actual. Esta contraposición deja
al término “tabú” -y al término “pudor”, en cuanto rehuye el exhibicionismo-
en una situación desairada.
Conviene, por ello, esforzarse en dar a cada término su sentido preciso. El
pudor tiene un valor funcional, relativo al sentido que otorgamos a nuestra
vida al relacionarnos con otras personas. No trata sólo ni principalmente de
ocultar algunas partes del cuerpo, sino de darles el trato respetuoso que
merecen. El pudor vela las partes del cuerpo que denominamos “íntimas” por
estar en relación directa con actos personales que no tienen sentido en la
esfera pública, sino sólo en la esfera privada de la relación dual a la que está
confiada la creación de nuevas vidas.No faltan actualmente quienes parecen
sentir complacencia en quebrantar las normas del pudor, a las que tachan de
ñoñas y obsoletas. “El cuerpo no es malo -proclaman como algo obvio-; todas
sus partes tienen el mismo valor y deben contemplarse con normalidad”.

 En el nivel biológico, esta afirmación es cierta. Cada parte del cuerpo


realiza la función que le compete y está, por ello, plenamente
justificada. De ahí que en las consultas médicas se muestre el cuerpo
con toda espontaneidad, sin necesidad de sonrojarse, pues la desnudez
presenta aquí un sentido ético positivo por ser necesaria para la curación
de la persona.

 En el nivel lúdico o creativo, el cuerpo es “la palabra del espíritu”, el


lugar viviente de la realización del hombre como persona. No es un útil a su
servicio, ni un instrumento de instrumentos. Te doy la mano para saludarte y
en ella vibra toda mi persona. Cuando dos personas se abrazan, no estamos
sólo ante dos cuerpos que se entrelazan, sino, al mismo tiempo y en un nivel
superior, ante dos personas que crean un campo de afecto mutuo. Esta
simultaneidad es posible porque los cuerpos no son únicamente algo material;
son ámbitos, fuentes de posibilidades, realidades expresivas vivificadas por
ese hálito de vida enigmático que llamamos alma. No hay en el mundo ni un
solo objeto o instrumento que tenga semejante poder de hacer presente a una
persona. Pensemos en la expresividad de un gesto, una sonrisa, una palabra
amable…, y veremos que el cuerpo humano supera inmensamente todos los
objetos, los útiles, los instrumentos, los materiales de un tipo u otro.Si nos
hacemos cargo del poder que tiene el cuerpo humano de remitir a realidades
superiores que en él se hacen de algún modo presentes y en él actúan,
advertiremos que, al unirse sexualmente dos personas, no realizan un mero
ayuntamiento corpóreo; crean una relación personal que debe estar cargada de
sentido. En toda relación amorosa, el cuerpo juega un papel expresivo
singular. No es una especie de trampolín para pasar hacia algo que está más
allá de él, como cuando oímos o comunicamos una noticia. En este caso, lo
importante es tomar nota de lo que se comunica. Apenas importa quién lo hace
y de qué forma. En la relación amorosa, en cambio, el cuerpo se hace valer, es
vehículo indispensable de la presencia de quienes manifiestan su afecto.El
cuerpo participa activamente en las relaciones amorosas íntimas. Intimidad
significa aquí que tú y yo estamos fundando una relación de encuentro en la
cual tú no estás fuera de mí ni frente a mí. Los dos estamos en un mismo
campo de interacción y enriquecimiento mutuo, y actuamos con
espontaneidad, sinceridad, apertura de espíritu, confianza, fidelidad y
cordialidad. Ese campo de juego común es para nosotros algo singular,
irrepetible, incanjeable, único en el mundo. Por eso no puede ser comprendido
de veras sino por quienes lo están creando en cada momento, pues el
encuentro es fuente de luz, y, al encontrarnos, vamos descubriendo lo que
somos, los ideales que impulsan nuestras vidas, los sentimientos que suscita
nuestro trato, el sentido que va cobrando nuestra existencia.Lo que significa
nuestra vida en la intimidad sólo nos es accesible a nosotros, no a quienes se
encuentran fuera de ella. Consiguientemente, exhibir lo que sucede en ese
recinto privado no tiene el menor sentido, es insensato. Puede tener un
significado, en cuanto significa un incentivo erótico para quienes lo
contemplan; pero no tiene sentido reducir una parcela de la vida privada de
unas personas a mero incentivo para enardecer los instintos. Una realidad
digna de respeto en sí misma es tomada como mero medio para unos fines y,
por ello, degradada.Figurémonos que en la puerta de una habitación de un
hotel hay una cerradura a la antigua usanza, y se te ocurre contemplar a su
través un acto íntimo realizado por una pareja. Si alguien te sorprende, te
sonrojas, porque sabes que tal acción es indigna de una persona adulta. Lo es
por carecer de sentido. Nadie te ha prohibido realizar semejante acto. Ni se
trata, tampoco, de un tabú. Sencillamente, intuyes que tal gesto no tiene
sentido, aunque tenga un significado -el de saciar una curiosidad morbosa-. Lo
que de verdad expresa el acto que contemplas sólo puede ser comprendido por
quienes lo realizan. Contemplarlo desde fuera es sacarlo de contexto;
constituye una profanación.Tal profanación acontece a diario en algunos
espectáculos y medios de comunicación. Las páginas de los diarios y las
revistas, así como las pantallas de cine y televisión vienen a ser gigantescos
ojos de cerradura por los que millones de personas se adentran en la intimidad
de otros seres. Como éstos suelen exhibirse voluntariamente a cambio de una
gratificación económica, convierten su intimidad en un medio para lograr
fines ajenos a la misma, la rebajan de rango, la envilecen, literalmente la
prostituyen. Este verbo español procede del latino “prostituere”, que significa
poner en público, poner en venta.

Los espectadores debemos considerar si es digno participar en tal


proceso de envilecimiento. Recordemos que el sentido del tacto es el más
posesivo. Agarrar algo con la mano y “tenerlo en un puño” es signo de
posesión. Al tacto le sigue en poder posesivo la mirada, que es una especie de
tacto a distancia. “Si no lo veo, no lo creo”, solemos decir, ya que ver
equivale a palpar la realidad de algo. Por eso, dejarse ver es, en cierta medida,
dejarse poseer. Y, viceversa, mirar supone un intento de poseer. Pero intentar
poseer lo que de por sí exige respeto, estima y colaboración significa un
rebajamiento injusto y presenta -como sabemos- una condición sádica.

Cuando Orfeo -en el conocido mito- recobró a su amada Eurídice del


reino de los muertos, fue advertido de que, para retenerla junto a sí, debería no
mirarle al rostro durante una noche. En la literatura y la mitología, la noche
simboliza un período de prueba. Mirar indica el afán de poseer. El rostro es el lugar
en que vibra el ser entero de una persona. A Orfeo se le vino a decir que para crear
una relación estable, auténtica, con Eurídice debía renunciar al deseo de poseerla y
adoptar una actitud de respeto, estima y voluntad de colaboración.

Ofrecer a las miradas ajenas las partes íntimas del cuerpo implica dejarse poseer en
lo que tiene uno de más peculiar, propio y personal. Protegerse pudorosamente de
miradas extrañas no indica ñoñería, aceptación de tabúes, sometimiento a preceptos
religiosos irracionales -como se dice a veces banalmente-. Significa evitar que lo
más genuino de la propia persona sea rebajado de rango y convertido en pasto
erótico. El pudor tiene un sentido eminentemente positivo. No consiste tanto en
ocultar una parte de nuestra superficie corpórea cuanto en salvaguardarnos del uso
irrespetuoso, manipulador, posesivo, de nuestras fuerzas creadoras, a fin de estar
disponibles para la creación de formas elevadas de unidad o encuentro.

No tiene el menor sentido afirmar que se practica el exhibicionismo


para “liberarse” de normas y tabúes, porque, si una norma es juiciosa y fomenta
nuestro desarrollo personal, prescindir de ella supone perder todas las posibilidades
creativas que nos otorga. Ofrecer la intimidad a un público anónimo, como si fuera
un mero objeto de contemplación, un espectáculo, significa renunciar al encuentro
personal. Constituye, por tanto, una degradación.

A tal degradación se exponen quienes contemplan escenas fuertemente eróticas en


las pantallas de televisión o cine. Si alguien piensa que este acto no es degradante
porque las personas contempladas se exhiben libremente a cambio de una
retribución pecuniaria, debe pensar que vender la intimidad significa rebajar el
propio cuerpo a la condición de medio para el logro de un fin. La consecuencia de
este envilecimiento, provocado por el vértigo de la ambición, es la tristeza y la
amargura. Se comprende el rictus amargo de los rostros que figuran en las
imágenes pornográficas.

También podría gustarte