Constructivismos e Intervención Educativa
Constructivismos e Intervención Educativa
en la práctica
2
C L AV E S PA R A LA I N N O VA C I Ó N E D U C AT I VA
Director de la colección: Artur Parcerisa Aran
Selección de textos: Marta Rovira Gabarró
De esta edición:
ISBN: 978-84-7827-227-3
D.L.:
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zación escrita de los titulares del copyright.
Índice
Introducción, A. Parcerisa | 7
3
Educación infantil
Educación primaria
4
La enseñanza de la geografía en el marco de la teoría crítica | 92
Constructivismo y enseñanza de la geografía | 93
. La exploración de las ideas previas de los estudiantes | 94
. La introducción de nuevos conocimientos | 94
La aplicación de los nuevos aprendizajes a la solución de problemas | 95
Del constructivismo a la conciencia crítica y a la responsabilidad social | 96
Conceptualizar y representar el espacio urbano | 97
Observar e indagar en la ciudad | 99
Notas | 100
Educación secundaria
5
. Marco metodológico | 133
. Función de la computadora en la enseñanza secundaria | 134
. Condiciones que debe cumplir la computadora en la enseñanza secundaria | 134
Matemáticas y computadoras | 135
El programa cabri-géomètre | 136
Desarrollo de una actividad con el (CG) | 137
Referencias bibliográficas | 142
6
1
Constructivismo e intervención
educativa
¿Cómo enseñar lo que ha de construirse?
César Coll
Departamento de Psicología Evolutiva
y de la Educación. Facultad de Psicología.
Universidad de Barcelona.
Artículo que en su origen constaba de dos partes. La primera publicada en Aula de Innovación
Educativa, n. 2, pp. 79-82, mayo 1992. La segunda, en Aula de Innovación Educativa, n.3, pp. 79-
85, junio 1992.
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llamar la atención. Nos referimos a la clara asimetría existente entre, por una
parte, el tipo y la naturaleza de los conocimientos que suelen demandarse a la
psicología desde el campo de la educación y, por otra, el tipo y la naturaleza de
los conocimientos que razonable y honestamente puede ofrecer la psicología ante
tales requerimientos.
12
vertido, de tal o cual teoría psicológica y elevarla, supliendo las carencias con
intuiciones y extrapolaciones difícilmente justificables, a la categoría de una
explicación de conjunto de los procesos educativos.
Pero la alternativa utilizada con mayor asiduidad ha sido la que consiste
en seleccionar, del conjunto de conocimientos que brinda la psicología científi-
ca en un momento determinado, los que tienen supuestamente una mayor utili-
dad potencial para guiar la práctica docente, para resolver los problemas educa-
tivos y, en definitiva, para dar una base científica a la educación. Esta manera
de proceder, fruto quizás, en gran parte, de la presión sin interrupciones ejerci-
da sobre la psicología para dar respuestas concretas a cuestiones educativas, no
sólo es una constante en la historia de las relaciones entre psicología y educa-
ción a lo largo de nuestro siglo, sino que continúa teniendo una vigencia consi-
derable, como puede comprobarse fácilmente mediante un somero análisis del
contenido de la mayoría de los programas de formación para profesores y de los
manuales de psicología de la educación al uso.
Sin embargo, pese a su frecuente utilización y a su vigencia actual, esta
alternativa comporta peligros enormes, conduce a cometer errores sistemáticos
en el tratamiento de los temas educativos y sólo excepcionalmente y de manera
parcial consigue su objetivo de ofrecer un marco psicológico global de referen-
cia para orientar y guiar la actividad de los profesionales de la educación. Los
«catálogos de conocimientos psicológicos» generados mediante este procedi-
miento suelen ser el fruto de criterios más o menos intuitivos que tienen su ori-
gen en las preferencias teóricas de quienes hacen la selección, en modas pasa-
jeras, o también en las presiones sociales y políticas por encontrar soluciones
rápidas a problemas concretos; a menudo, se caracterizan por un acendrado
eclecticismo que degenera fácilmente en decisiones y actuaciones inconexas,
cuando no contradictorias, al ser utilizados por los profesionales de la educa-
ción; además, al ser presentados habitualmente como lo que la ciencia psicoló-
gica dice que hay que tomar en consideración, aparecen envueltos en un cierto
halo de cientificidad que es fuente de utilizaciones dogmáticas y refuerza la
práctica de cierto reduccionismo psicológico en la explicación de los fenómenos
educativos.
Los comentarios precedentes proporcionan las coordenadas en las que voy
a situar mi exposición. Por una parte, la demanda explícita o implícita formula-
da una y otra vez a la psicología por los profesores y otros profesionales de la
educación, que esperan encontrar en ella un marco de referencia global que les
oriente y les guíe en su actividad. Por otra, el fracaso, al menos relativo, de gran
parte de los intentos protagonizados hasta la fecha para responder a esta deman-
da; en particular, el fracaso de los intentos que consisten en tomar como punto
de referencia tal o cual teoría psicológica particular y en suplir con intuiciones
13
y extrapolaciones sus evidentes lagunas y carencias en la explicación de los pro-
cesos educativos; y también la escasa utilidad, el descrédito y los peligros que
entrañan los intentos de confeccionar «catálogos de conocimientos psicológi-
cos» potencialmente útiles para la educación sin detenerse previamente a refle-
xionar y a establecer los criterios, más allá del pragmatismo y del eclecticismo
declarados, sobre la base de los cuales deben confeccionarse tales catálogos.
14
Newman, Griffin y Cole, 1989; Rogoff, 1990). Por otra parte, al integrar en un esque-
ma coherente aportaciones relativas a diversos aspectos o factores de la escolarización
y de los procesos de enseñanza y aprendizaje, pone al alcance de los profesores y otros
profesionales de la educación un conjunto de conocimientos psicoeducativos cuya
accesibilidad les sería de otro modo ciertamente difícil y cuya utilidad resultaría con-
siderablemente mermada si se mantuviera su carácter parcial y disperso.
De hecho, este argumento no es nuevo. La utilización del constructivismo
como marco global de referencia para la educación escolar ha sido frecuente en la
última década en el ámbito de la enseñanza y del aprendizaje de las ciencias, espe-
cialmente en lo que se refiere a la enseñanza y al aprendizaje de los conceptos cien-
tíficos (cf., por ejemplo, Pozo, 1987; Posner y otros, 1988; Novak, 1988; Driver,
Guesne y Tiberghien, 1989). Por lo demás, aunque en menor número tampoco fal-
tan ejemplos de utilización de los principios constructivistas como marco global de
referencia para la enseñanza y el aprendizaje de otros contenidos curriculares, e
incluso para la enseñanza y el aprendizaje de la totalidad de los contenidos esco-
lares (Aebli, 1988; Resnick, 1989; Glaser, 1991).
Mi segundo argumento es que, pese a las ventajas innegables que puede supo-
ner un esquema integrador de esta naturaleza, subsisten riesgos considerables: riesgo
de perseverar en un eclecticismo encubierto, seleccionando simplemente de teorías o
enfoques distintos los elementos aparentemente no contradictorios; riesgo de desgajar
los elementos seleccionados del marco epistemológico, metodológico y conceptual en
el que han sido elaborados y del que extraen, en definitiva, su poder explicativo; ries-
go de que la convergencia apuntada sea mucho menor de lo que se supone y de que,
tras la aceptación generalizada del término «constructivismo», se esconda en realidad
una divergencia de fondo en cuanto a la explicación del aprendizaje y de la enseñan-
za; riesgo de dejar al margen elementos que, pese a su interés intrínseco para la teoría
y la práctica educativas, no encajan en un esquema integrador preocupado por la cohe-
rencia del conjunto; riesgo de olvidar las lagunas inmensas que todavía subsisten en
cuanto a nuestra comprensión de cómo los alumnos construyen su conocimiento en la
escuela y de cómo es posible ayudarles en esa tarea, sucumbiendo a la tentación de
colmarlas mediante el procedimiento de tomar como verdades firmemente estableci-
das lo que son únicamente hipótesis de trabajo plausibles; riesgo, en suma, de utiliza-
ciones dogmáticas y de seguir favoreciendo la práctica del reduccionismo psicológico
en la explicación de los fenómenos educativos.
Algunos de estos riesgos son inherentes a cualquier intento de integración y la
única manera de hacerles frente consiste en practicar las reservas exigibles por el
hecho de que, en el momento actual, el constructivismo sigue siendo más una con-
vergencia de principios explicativos —totalmente abierta, por tanto, a matizaciones,
ampliaciones y correcciones— que una teoría en sentido estricto de los procesos de
enseñanza y aprendizaje. Sin embargo —y es mi tercer argumento—, si añadimos a
15
estas reservas epistemológicas una serie de precauciones que tienen más bien su ori-
gen en una reflexión sobre la educación y en un rechazo radical de reduccionismo
psicológico como manera de entender las relaciones entre psicología y educación
(Coll, 1989), entonces es posible soslayar la mayoría de los riesgos mencionados sin
renunciar a las ventajas que supone utilizar el constructivismo como un marco psi-
cológico global de referencia, articulado y coherente, de la educación escolar.
Entre estas precauciones, las siguientes merecen a mi juicio una mención
especial: hay que insertar las aportaciones de la psicología, y más concretamente
los principios constructivistas sobre el aprendizaje y la enseñanza, en una reflexión
más amplia sobre la naturaleza y las funciones de la educación escolar; es necesa-
rio tener en cuenta que los procesos de construcción del conocimiento en la escue-
la presentan unos rasgos muy determinados, fruto de la naturaleza y funciones de
la educación escolar y de las características propias de las situaciones escolares de
enseñanza y aprendizaje; hemos de renunciar a la aspiración, a todas luces excesi-
va, desorbitada y esencialmente errónea a mi juicio, de considerar las aportaciones
de la psicología —en la ocasión, los principios constructivistas— como plataforma
científica única y suficiente de la educación; y por último, hemos de perseguir la
integración de estas aportaciones con las que tienen su origen en otras disciplinas
o ámbitos del conocimiento que proporcionan visiones complementarias, pero
igualmente necesarias, de los procesos educativos.
La adopción de estas precauciones ha permitido utilizar el constructivismo
como uno de los pilares sobre los que se fundamenta el planteamiento curricular
adoptado en el proceso de reforma del sistema educativo en el Estado español. Se
ha intentado de este modo, como se ilustra en el siguiente apartado, sacar provecho
de las ventajas que supone disponer de un marco psicológico global de referencia
para la educación escolar evitando, en la medida de lo posible, los riesgos apunta-
dos, en especial los que conciernen a las tentaciones de eclecticismo, dogmatismo
y reduccionismo psicologizante.
Pero hay todavía un cuarto argumento. Las ventajas de disponer de un marco psi-
cológico global de referencia para la educación escolar no son únicamente, a mi enten-
der, de orden práctico o aplicado. Las exigencias que plantea la integración de aporta-
ciones referidas a distintos aspectos de los procesos educativos, así como la necesidad
de articularlas en una visión coherente de conjunto, puede conducir a la identificación
de problemas nuevos, a la revisión de postulados comúnmente aceptados como obvios
de forma un tanto acrítica y al señalamiento de prioridades para la investigación, adqui-
riendo de esta manera un indudable valor heurístico desde el punto de vista de la diná-
mica interna de la evolución del conocimiento psicoeducativo.
Ampliaré este cuarto argumento en el último apartado de esta exposición
remitiéndome, como en el caso anterior, a nuestra experiencia en el intento de uti-
lizar los principios constructivistas como marco psicológico global de referencia en
16
tareas de diseño y desarrollo del currículum escolar. Esta experiencia nos ha brin-
dado la oportunidad de comprobar directamente las dificultades enormes que
encierra todavía el intento de establecer las implicaciones concretas de los princi-
pios constructivistas para el diseño y el desarrollo del currículum, lo cual debe
interpretarse a su vez, al menos en parte, como consecuencia del carácter aún exce-
sivamente general de estos principios y de las limitaciones explicativas del cons-
tructivismo. Un punto en concreto, entre otros muchos posibles, merece ser seña-
lado a este respecto. Se trata de las limitaciones actuales del constructivismo para
dar cuenta de los procedimientos o mecanismos mediante los cuales los profesores
consiguen —cuando lo consiguen— ejercer una influencia sobre los procesos de
construcción del conocimiento de sus alumnos.
En efecto, la psicología de la educación y la psicología de la instrucción nos
brindan en la actualidad un corpus considerable de conocimientos sobre los proce-
sos psicológicos implicados en la construcción del conocimiento. Sin embargo, las
informaciones sobre cómo aprenden los alumnos, pese a ser un aspecto cuya perti-
nencia para avanzar en tareas de planificación y desarrollo curricular está fuera de
discusión, no son suficientes; es necesario, además, disponer de informaciones pre-
cisas sobre cómo los profesores pueden contribuir con su acción educativa a que
los alumnos aprendan más y mejor. Y en este punto es forzoso reconocer que los
conocimientos disponibles son mucho más limitados.
Pero lo que quiero subrayar, al margen de otras consideraciones, es que la
toma de conciencia de estas dificultades y limitaciones permite identificar priori-
dades para la investigación. Y lo que es quizá más interesante, permite formular
estas prioridades en términos directamente relevantes para seguir avanzando en la
elaboración de un marco psicológico global de referencia para la educación esco-
lar de naturaleza constructivista que sea cada vez más potente desde el punto de
vista explicativo y más útil desde el punto de vista de su utilización práctica. En
suma, que responda de manera más ajustada a las demandas que, implícita o explí-
citamente, se formulan a la psicología desde el ámbito de la educación.
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polémicos. Comenzaremos por el tercero que, como hemos dicho, afirma que es
posible, deseable y útil adoptar los principios constructivistas como un marco psi-
cológico global de referencia para la educación escolar a condición de tomar una
serie de precauciones que eviten los riesgos derivados de un intento integrador de
esta naturaleza, en especial los que conciernen a las tentaciones de eclecticismo,
dogmatismo y reduccionismo psicologizante que han teñido casi siempre las rela-
ciones entre la psicología y la educación. Y lo haremos apoyándonos en la utiliza-
ción que se ha hecho del constructivismo en el actual proceso de reforma del sis-
tema educativo español, más concretamente en lo que concierne al planteamiento
curricular adoptado en él.
Está por supuesto fuera del alcance de esta exposición presentar, siquiera en
términos generales, los rasgos más destacados del planteamiento curricular adop-
tado en la reforma educativa2. Mis objetivos son mucho más limitados. Se trata bási-
camente de ilustrar dos puntos que están, por lo demás, estrechamente relaciona-
dos. Primero, que los principios constructivistas sobre el aprendizaje y la enseñan-
za se enriquecen considerablemente y devienen un marco psicológico global de
referencia particularmente útil para las tareas de diseño y desarrollo del currícu-
lum cuando se insertan en una reflexión más amplia sobre la naturaleza y las fun-
ciones de la educación escolar. Y segundo, que en la formulación de propuestas
curriculares concretas la explicación constructivista del aprendizaje y de la ense-
ñanza no puede —y por mi parte me atrevería a decir que no debe— erigirse en
plataforma única y suficiente de toma de decisiones, sino que es necesario contar,
además, con toda una serie de informaciones, consideraciones y reflexiones que
trascienden las aportaciones estrictas de la psicología sobre el aprendizaje escolar
entendido como un proceso de construcción del conocimiento.
Respecto al primer punto, el hecho que hay que destacar es que se abando-
na el procedimiento habitualmente utilizado para formular y fundamentar propues-
tas pedagógicas y curriculares a partir de las aportaciones de la psicología. En efec-
to, el procedimiento ya no consiste en derivar prescripciones concretas sobre cómo
debe organizarse la educación y sobre cómo debe planificarse y llevarse a la prác-
tica el currículum escolar a partir de los principios constructivistas; el procedi-
miento utilizado es algo más complejo y consiste en partir de una reflexión crítica
y valorativa de la naturaleza, funciones y objetivos de la educación escolar en nues-
tra sociedad utilizando, cuando es posible, los principios constructivistas como ins-
trumento de indagación y análisis.
Este cambio de perspectiva ha permitido enriquecer considerablemente los
principios constructivistas sobre el aprendizaje hasta configurar lo que hemos dado
en llamar «la concepción constructivista del aprendizaje y de la enseñanza», enten-
dida ésta como «un esquema de conjunto, elaborado a partir de una serie de tomas
de postura jerarquizadas sobre algunos aspectos cruciales de los procesos de ense-
18
ñanza y aprendizaje», que aspira a facilitar «una lectura y una utilización crítica de
los conocimientos actuales de la psicología de la educación», y del que es posible
«derivar tanto implicaciones para la práctica como desafíos para la investigación y
la elaboración teóricas» (Coll, 1990: 437-438). La clave de esta caracterización hay
que buscarla en la frase «elaborado a partir de una serie de tomas de postura jerar-
quizadas sobre algunos aspectos cruciales de los procesos de enseñanza y aprendi-
zaje», y más en concreto, en la jerarquización de las tomas de postura.
Al nivel más elevado de la jerarquía corresponden las tomas de postura rela-
cionadas con el hecho de que la educación escolar, al igual que los otros tipos de
prácticas educativas vigentes en nuestra sociedad, es ante todo y sobre todo una
práctica social compleja con una función, entre otras, netamente sociabilizadora.
Sintetizando al máximo, y a riesgo de simplificar en exceso, las posiciones en clave
constructivista que surgen de este análisis pueden resumirse en unos cuantos enun-
ciados (Coll, 1990: 441):
. La educación escolar es uno de los instrumentos que utilizan los grupos
humanos para promover el desarrollo de sus miembros más jóvenes. Su
especificidad respecto a otras prácticas o actividades educativas —como,
por ejemplo, las que tienen lugar en la familia— reside en la creencia de
que, para garantizar determinados aspectos del desarrollo de los niños y
niñas en nuestra cultura, es necesaria una ayuda sistemática, planificada
y sostenida que sólo es posible asegurar en la escuela. Obviamente, en la
medida en que estamos ante una práctica social compleja, la educación
escolar tiene otras muchas funciones, como por ejemplo las tantas veces
señalada de conservar o reproducir el orden social existente. La concep-
ción constructivista no ignora este hecho, pero entiende que la función
prioritaria de la educación escolar es, o mejor debería ser, la de promover
el desarrollo y el crecimiento personal de los alumnos.
. Esta función de apoyo al desarrollo se cumple, o más bien se intenta cum-
plir, facilitando a los alumnos el acceso a un conjunto de saberes y formas
culturales y tratando de que lleven a cabo el aprendizaje de éstos, apren-
dizaje que sólo puede ser una fuente creadora de desarrollo en la medida
en que posibilite el doble proceso de integración social y de individuali-
zación; es decir, en la medida en que permita a los alumnos construir una
identidad personal en el marco de un contexto social y cultural determi-
nado.
. Esto es posible gracias al hecho de que el aprendizaje no consiste en una
mera copia, reflejo exacto o simple reproducción del contenido que debe
aprenderse, sino que implica un proceso de construcción o reconstrucción
en el que las aportaciones de los alumnos desempeñan un papel decisivo.
Es precisamente este factor de construcción o reconstrucción intrínseca al
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funcionamiento psicológico de los seres humanos el que permite entender
por qué el aprendizaje de unos saberes culturales es, al mismo tiempo, la
condición indispensable para que los alumnos se conviertan en miembros
de un grupo social determinado —y por lo tanto, con unas características
comunes y compartidas por todos los miembros del grupo— y una de las
fuentes principales del carácter único e irrepetible de cada uno de ellos
en su individualidad como personas.
20
De ahí una de las tensiones básicas que caracterizan la construcción del
conocimiento en la escuela: los alumnos sólo pueden aprender mediante
la actividad mental constructiva que despliegan ante los contenidos esco-
lares, pero esta actividad por sí sola no garantiza el aprendizaje; es nece-
sario, además, que se oriente a construir unos significados acordes o com-
patibles con lo que significan y representan los contenidos de aprendiza-
je como saberes culturales ya elaborados. De ahí, también, la importancia
de no considerar la construcción del conocimiento en la escuela como un
proceso de construcción individual del alumno, sino más bien como un
proceso de construcción compartido por profesores y alumnos en torno a
unos saberes o formas culturales preexistentes en cierto modo al propio
proceso de construcción.
. Pero esto nos lleva directamente a plantear el tema del papel del profesor
en el proceso de construcción del conocimiento de los alumnos. Si admiti-
mos las consideraciones precedentes sobre la naturaleza y funciones de la
educación escolar y sobre las características del conocimiento que los
alumnos han de construir en la escuela, entonces ya no es posible limitar
únicamente el papel del profesor a la organización de actividades y situa-
ciones de aprendizaje susceptibles de favorecer una actividad mental cons-
tructiva de los alumnos rica y diversa. El papel del profesor aparece de
repente como más complejo y decisivo ya que, además de favorecer en sus
alumnos el despliegue de un actividad de este tipo, ha de orientarla y guiar-
la en la dirección que señalan los saberes y formas culturales seleccionados
como contenidos de aprendizaje. Aceptar que la incidencia de la enseñan-
za sobre los resultados del aprendizaje está mediatizada por la actividad
mental constructiva de los alumnos obliga a sustituir la imagen clásica del
profesor como transmisor de conocimientos por la imagen del profesor como
orientador o guía. Pero caer en la cuenta de que los conocimientos que
deben construir los alumnos en la escuela están ya en gran medida elabo-
rados a nivel social obliga, a su vez, a corregir, o al menos a matizar, esta
imagen, puesto que en realidad se trata de un orientador o una guía cuya
misión consiste en engarzar los procesos de construcción de los alumnos
con los significados colectivos culturalmente organizados.
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lante el tema de cómo es posible orientar y guiar el proceso de construcción del
conocimiento de los alumnos cuando me ocupe de las limitaciones de la concep-
ción constructivista y del señalamiento de prioridades para la investigación3.
Lo dicho basta, sin embargo, para cumplir el primero de los objetivos que me
había fijado en este apartado: mostrar que los principios constructivistas sobre el
aprendizaje y la enseñanza se enriquecen considerablemente y devienen un marco
psicológico global de referencia particularmente útil para las tareas de diseño y
desarrollo del currículum cuando se insertan en una reflexión más amplia sobre la
naturaleza y las funciones de la educación escolar. Conviene ahora ocuparse del
segundo objetivo, y con la mayor concisión posible: ilustrar cómo este marco psi-
cológico global de referencia de la educación escolar se complementa, en la toma
de decisiones y en la formulación de propuestas curriculares concretas, con otras
aportaciones que lo trascienden.
Sería relativamente fácil rastrear la influencia de la concepción constructivis-
ta, entendida en este sentido amplio, en la mayoría de las decisiones y propuestas
que configuran el planteamiento curricular de la reforma educativa. Así, por citar
sólo algunos ejemplos, la concepción constructivista no es ajena a una cierta reva-
lorización de los contenidos en la enseñanza; a la inclusión de contenidos procedi-
mentales, actitudinales, de valores y normas, junto a los tradicionales contenidos
factuales y conceptuales; a la importancia acordada a la memorización comprensiva
de los contenidos; a la revisión de la idea de que la capacidad de aprendizaje depen-
de esencial o únicamente del nivel de desarrollo cognitivo o de competencia inte-
lectual del alumno; a la importancia acordada a los conocimientos y experiencias
previas de los alumnos en la planificación y ejecución de actividades de aprendiza-
je; a la definición de los objetivos educativos en términos de capacidades; al esfuer-
zo por incluir un amplio elenco de capacidades —cognitivas, motrices, afectivas o
de equilibrio personal, relacionales y de actuación e inserción social— en el currí-
culum escolar; al énfasis sobre la funcionalidad del aprendizaje en los procedi-
mientos y actividades de evaluación; a los procedimientos previstos para el trata-
miento de la diversidad de intereses, motivaciones y capacidades de los alumnos; a
la opción nítida por los principios de normalización y de integración en el trata-
miento de las necesidades educativas especiales; y un largo etcétera.
Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, cuando se analizan en detalle
las propuestas formuladas en el planteamiento curricular de la reforma, se detecta
que, en la toma de decisiones que las sustenta, la concepción constructivista del
aprendizaje y de la enseñanza no ha sido el único factor determinante. Esto es par-
ticularmente obvio en algunas de las propuestas y decisiones mencionadas, como
las que se refieren al tratamiento de la diversidad, la integración de alumnos con
necesidades educativas especiales o la selección de objetivos y contenidos que se
incluyen en el currículum. Un breve comentario sobre cómo se ha intentado resol-
22
ver el complejo y polémico tema de la distribución de competencias y responsabi-
lidades en el establecimiento del currículum escolar puede ayudar a entender
mejor este punto.
Al igual que en otros países con una fuerte tradición centralista y burocráti-
ca, en España la Administración Educativa se ha reservado siempre, con pequeños
matices atribuibles a las circunstancias políticas del momento, la competencia y la
responsabilidad exclusivas en el establecimiento del currículum escolar, relegando
a los profesores al papel de simples ejecutores de un plan previamente establecido
y reduciendo hasta límites irrisorios su capacidad de autonomía y de iniciativa per-
sonal.
Parece claro, sin embargo, que la concepción constructivista del aprendizaje
y de la enseñanza es incompatible con un planteamiento de esta naturaleza. Si
aprender consiste fundamentalmente en construir significados y atribuir sentido a
lo que se aprende, y si los alumnos llevan a cabo este proceso de construcción a
partir de los conocimientos, capacidades, sentimientos y actitudes con los que se
aproximan a los contenidos y actividades escolares; si esto es así, entonces parece
lógico tener en cuenta esta información dejando un amplio margen de maniobra a
los profesores para que puedan tomar las decisiones curriculares oportunas en cada
caso atendiendo, entre otros extremos, a las características de sus alumnos. La con-
cepción constructivista del aprendizaje y de la enseñanza se vincula, pues, clara-
mente con un planteamiento curricular abierto y flexible que rompe con la tradi-
ción de currículos cerrados y altamente centralizados.
Y ésta ha sido en efecto la opción finalmente elegida, aunque con algunos
matices que tienen en gran parte su origen en consideraciones ajenas a la propia
concepción constructivista. En primer lugar, se ha valorado la necesidad de ase-
gurar que, en el período correspondiente a la educación obligatoria, todos los
niños y niñas tengan acceso a las experiencias educativas juzgadas imprescindi-
bles para garantizarles un adecuado proceso de desarrollo y de integración social.
La preocupación de fondo es, en este caso, de tipo sociológico e ideológico, ya que
la valoración realizada responde al hecho tantas veces constatado de que las des-
igualdades sociales, económicas y culturales se traducen directamente en des-
igualdades de acceso al currículum y en desigualdades educativas si no se adop-
tan las medidas correctoras oportunas. En segundo lugar, se ha valorado el nivel
de formación de los profesores en ejercicio y las dificultades reales con las que
éstos se enfrentan para tomar decisiones curriculares ajustadas a las característi-
cas de sus alumnos y a los diversos factores presentes en cada situación educati-
va particular. En este caso, estamos más bien ante un factor relacionado con el
análisis y la valoración del contexto educativo en el que ha de implantarse el
currículum. En tercer lugar, la propia lógica interna de los contenidos de las áreas
curriculares, o al menos de algunas de ellas, aboga por el establecimiento de una
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cierta secuenciación que asegure la coherencia y la continuidad en su aprendiza-
je progresivo por los alumnos a lo largo de la escolarización. En este caso, la con-
sideración atañe a lo que podríamos llamar la estructura del contenido o la epis-
temología interna de los ámbitos de experiencia y de conocimiento incluidos en el
currículum escolar.
Una decisión razonable respecto a la distribución de competencias y respon-
sabilidades en la elaboración del currículum escolar ha de tener en cuenta necesa-
riamente éstas y otras consideraciones que, como puede comprobarse, no apuntan
siempre en la misma dirección. Al margen de la decisión concreta adoptada en el
caso que nos ocupa4 y de que podamos considerarla más o menos acertada, este
ejemplo ilustra claramente la afirmación anterior de que la concepción constructi-
vista del aprendizaje y la enseñanza —y lo mismo cabría decir de cualquier otro
marco de referencia psicológico— no puede, ni debe, erigirse en plataforma única
y suficiente para la toma de decisiones en el ámbito de la planificación u del des-
arrollo del currículum escolar.
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concretamente a cómo se ha abordado en este marco el tema de la metodología de
la enseñanza, para desarrollar ambas partes del argumento.
Si se acepta que el aprendizaje escolar consiste, como postula la concepción
constructivista, en un proceso de construcción de significados y de atribución de
sentidos cuya responsabilidad última corresponde al alumno; y si se acepta, como
se hace habitualmente desde esta perspectiva teórica, que nadie puede sustituir al
alumno en dicha tarea; si se aceptan ambas premisas, entonces ¿cómo cabe enten-
der la influencia educativa que trata de ejercer el profesor cuando enseña a sus
alumnos? La pregunta no es banal, como lo demuestra el hecho de que no hayan
faltado voces en la historia reciente de la psicología de la educación que han lle-
gado a poner en duda que sea posible enseñar en sentido estricto. Es el caso de
algunos psicólogos de orientación constructivista que, totalmente imbuidos del
individualismo que ha impregnado históricamente el constructivismo en psicología,
han tenido la tentación de responder negativamente a la cuestión de si se puede
enseñar lo que el alumno inevitablemente ha de construir.
Por nuestra parte, coincidimos plenamente con Solé (1991: 35) cuando afir-
ma que y que nadie puede suplir al alumno en su proceso de construcción perso-
nal, nada puede sustituir la ayuda que supone la intervención pedagógica para que
esa construcción se realice.
Volviendo, pues, a la pregunta formulada en el párrafo anterior, nuestra pro-
puesta consiste en entender la influencia educativa
[...] en términos de ayuda prestada a la actividad constructiva del alumno; y
la influencia educativa eficaz en términos de un ajuste constante y sostenido de
esta ayuda a las vicisitudes del proceso de construcción que lleva a cabo el
alumno. Conviene subrayar el doble sentido del concepto de ayuda pedagógi-
ca. Por una parte, es sólo una ayuda porque el verdadero artífice del proceso
de aprendizaje es el alumno; es él quien va a construir los significados y la fun-
ción del profesor es ayudarle en ese cometido. Pero, por otra parte, es una
ayuda sin cuyo concurso es altamente improbable que se produzca la aproxi-
mación deseada entre los significados que construye el alumno y los significa-
dos que representan y vehiculan los contenidos escolares. (Coll, 1990: 448)
25
gógica y que puede concretarse en múltiples metodologías didácticas particula-
res según el caso. En ocasiones, el ajuste de la ayuda pedagógica se logrará pro-
porcionando al alumno una información organizada y estructurada; en otras, ofre-
ciéndole modelos de acción que imitar; en otras, formulando indicaciones y suge-
rencias más o menos detalladas para resolver unas tareas; en otras aún, permi-
tiéndole que elija y desarrolle de forma totalmente autónoma unas determinadas
actividades de aprendizaje.
Esta interpretación de la enseñanza, o si se prefiere, de la influencia educa-
tiva eficaz es compatible con los resultados obtenidos en las investigaciones reali-
zadas durante las tres últimas décadas sobre el tratamiento educativo de las dife-
rencias individuales —en particular con las investigaciones que han dirigido sus
esfuerzos a buscar interacciones entre las aptitudes de los alumnos y las caracte-
rísticas de los métodos educativos—5; y también con lo que nos dice la experien-
cia y el análisis empírico de la enseñanza. El profesor capaz de promover en sus
alumnos aprendizajes con un alto grado de significatividad y funcionalidad es el
profesor que, entre otros extremos, puede utilizar de forma flexible, atendiendo a
las características concretas de cada situación, la gama más o menos amplia de
recursos didácticos de que dispone.
Ciertamente, el principio de ajuste de la ayuda pedagógica permite ya deri-
var criterios y orientaciones que guíen la actuación de los profesores con el fin de
promover en sus alumnos el aprendizaje significativo de contenidos escolares;
sobre todo si este principio se considera en estrecha interconexión con los otros
principios y tomas de postura de la concepción constructivista (cf., por ejemplo,
Solé, 1990). Sin embargo, es necesario admitir, al mismo tiempo, que nuestro cono-
cimiento de cómo los profesores consiguen —cuando lo consiguen— ajustar su
ayuda al proceso de construcción de conocimiento de los alumnos es todavía, cuan-
to menos, extremadamente limitado.
Se plantea de este modo una prioridad a la investigación piscoeducativa que
puede sintetizarse en la pregunta ¿cómo enseñar lo que ha de construirse? La
inclusión de esta pregunta en el título de esta exposición responde al propósito de
subrayar que, desde mi punto de vista, es urgente y necesario concentrar mayores
esfuerzos en aportar elementos de respuesta al respecto. Mientras no dispongamos
de ellos, la utilidad del constructivismo como marco psicológico global de referen-
cia para el análisis y la planificación de los procesos educativos continuará siendo
necesariamente limitada. Pero es que, además, esta pregunta señala una de las
limitaciones explicativas más importantes del constructivismo en el campo de la
educación. Mientras no podamos responderla, seguirá habiendo algo de paradójico,
contradictorio o misterioso, según se mire, en el hecho de afirmar simultáneamen-
te que, por una parte, los seres humanos sólo aprendemos aquello que somos capa-
ces de construir por nosotros mismos merced a la actividad mental constructiva que
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caracteriza nuestro funcionamiento psicológico y, por otra, que gran parte de los
aprendizajes que realizamos son tributarios de la influencia que sobre nosotros
ejercen otras personas.
En definitiva, podríamos decir que el problema de fondo con el que nos
enfrentamos no es tanto, o no es sólo, comprender mejor cómo los alumnos cons-
truyen el conocimiento, sino comprender mejor cómo los profesores pueden influir
sobre este proceso de construcción, facilitarlo y encauzarlo hacia el aprendizaje de
unos contenidos determinados. Por supuesto, ambos aspectos están íntimamente
relacionados, y difícilmente podremos avanzar en nuestra comprensión de cómo es
posible influir sobre el proceso de construcción del conocimiento de los alumnos
sin un avance simultáneo de nuestra comprensión de la naturaleza y dinámica
interna de este proceso de construcción. No obstante, es forzoso reconocer que,
hasta la fecha, los esfuerzos de la investigación psicoeducativa se han centrado
mayoritariamente en el estudio de esta dinámica interna, dando lugar, por cierto, a
progresos considerables en nuestra comprensión de ellos. Lo único que estoy sugi-
riendo es que quizás ha llegado el momento de poner igual empeño en comprender
mejor cómo esta dinámica interna puede verse afectada por los intentos más o
menos conscientes, sistemáticos y planificados de los profesores —o de los agen-
tes educativos en general— de incidir sobre ella y de encauzarla en una determi-
nada dirección.
De hecho, aunque todavía minoritarios en términos relativos, en el trans-
curso de la última década ha aumentado significativamente el número de traba-
jos teóricos y de investigación que responden más o menos directamente a esta
problemática, sobre todo en el marco de la educación familiar y, en menor medi-
da, en el marco de la educación escolar (cf., por ejemplo, Wood, 1980; Rogoff,
1984; Kaye, 1986; Wertsch, 1988; Edwards y Mercer, 1988; Cazden, 1991; etc.).
Si bien no puedo detenerme en la descripción y valoración de las tendencias que
empiezan a apuntarse en ellos, sí quiero, en cambio, mencionar, a título de ejem-
plo, algunas ideas directrices que sería conveniente tener en cuenta en las inves-
tigaciones cuyo objetivo fundamental sea comprender mejor cómo los profesores
consiguen influir sobre el proceso de construcción del conocimiento de sus alum-
nos. Son ideas que tienen su origen en el intento mismo de elaborar un marco glo-
bal de referencia para la educación escolar de carácter constructivista y, en este
sentido, su mención servirá para completar la argumentación que estoy desarro-
llando.
En primer lugar, hay que cambiar el énfasis en el diseño y selección de
las situaciones de observación en el proceso de recogida de datos y en los pro-
cedimientos de análisis respecto a lo que es todavía el proceder habitual en las
investigaciones psicoeducativas inspiradas en los principios constructivistas.
Nótese que el objetivo prioritario ya no es captar la dinámica del proceso de
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construcción del conocimiento de los alumnos, sino más bien captar cómo esta
dinámica está más o menos condicionada por el hecho de producirse en el
marco de unas tareas, de unas actividades escolares, en cuya configuración las
intervenciones del profesor son decisivas. Se requieren, pues, situaciones de
observación en las que sea posible captar tanto la actividad que llevan a cabo
los alumnos como la que lleva a cabo el profesor en el desarrollo de las activi-
dades escolares; necesitamos datos que nos informen sobre cómo se articula la
actividad de unos y otro durante la realización de estas tareas; y los análisis
deben prestar una especial atención a estar formas de organización de la acti-
vidad conjunta, que son al mismo tiempo el soporte de la actividad mental
constructiva de los alumnos y la plataforma que puede utilizar el profesor para
incidir sobre ella.
Una segunda idea directriz se vincula directamente con la necesidad de
atender a la dimensión temporal en el estudio de las formas de organización de
la actividad conjunta. No basta con identificar, categorizar y analizar los com-
portamientos que despliegan el profesor y los alumnos durante la realización de
una tarea; es necesario además tener en cuenta el momento en que se produ-
cen. Actuaciones o comportamientos aparentemente idénticos pueden tener
significaciones completamente distintas según se produzcan, por ejemplo, en el
momento en que se está definiendo la tarea que hay que realizar, en el trans-
curso de su realización o en la valoración de los resultados obtenidos una vez
finalizada.
Para no alargar más la exposición, señalaré aún una tercera idea directriz
cuyos vínculos con la caracterización que hemos hecho de los procesos de cons-
trucción del conocimiento en la escuela son fáciles de establecer. me refiero a la
importancia del contenido y/o de las tareas como una de las variables que deben
considerarse e integrar seriamente en el diseño de las investigaciones que persi-
guen una mejor comprensión de cómo los profesores consiguen influir, o no consi-
guen influir, sobre la actividad mental constructiva de sus alumnos. La manera
como el profesor y los alumnos organizan su actividad conjunta no es indepen-
diente de la naturaleza del contenido sobre el que están trabajando o de las exi-
gencias de la tarea que están llevando a cabo. Parece, en consecuencia, extrema-
damente difícil, si no imposible, profundizar en el estudio de las formas de orga-
nización de la actividad conjunta y, a través de ellas, en la comprensión de cómo
se ejerce la influencia educativa, sin una consideración atenta del contenido y/o
de la tarea que se está realizando, de su naturaleza, de su estructura y de sus
características.
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Comentario final
Quisiera, para terminar, añadir un último comentario al tema de las relaciones
entre psicología y educación con el que iniciaba este texto. Creo que no es exagerado
afirmar que estas relaciones han sido siempre intensas, pero también complejas y tor-
tuosas. Y lo han sido porque —probablemente entre otras muchas razones— los pro-
fesionales de la educación, incluidos los psicólogos implicados en tareas de planifica-
ción e intervención educativa, necesitan algo que la psicología todavía no ha podido
ofrecerles: una explicación global de los procesos educativos en general, y de los pro-
cesos escolares de enseñanza y aprendizaje en particular, suficientemente articulada,
precisa y con sólidos apoyos empíricos, que goce de amplio consenso y aceptación más
allá de la diversidad de las tradiciones, enfoques y escuelas de pensamiento.
No hay razones para pensar que esta demanda pueda ser satisfecha en un futu-
ro inmediato ni que vayamos a asistir en los próximos años a un cambio radical en la
naturaleza de estas relaciones.
Sin embargo, no por ello dejará de sentirse la misma necesidad ni dejarán
los profesionales de la educación —incluidos, insisto, los psicólogos que trabajan
en el campo educativo— de construirse, cada uno con los recursos a su alcance y
de forma más o menos intuitiva según los casos, su propio marco de referencia al
respecto. Ante esta situación, la convergencia en torno a los principios construc-
tivistas del aprendizaje y de la enseñanza abre al menos la posibilidad de sentar
las bases sobre las cuales intentar la elaboración progresiva de este marco psico-
lógico global de referencia para la educación escolar de una manera menos intui-
tiva y más rigurosa. Pero también, y muy especialmente, de una manera más res-
petuosa con la complejidad y especificidad de los fenómenos educativos que la
que ha sido habitual en otros intentos de similares características realizados hasta
el momento.
Notas
1. Este artículo corresponde a una ponencia presentada en el Congreso
Internacional de Psicología y Educación. «Intervención Educativa». Madrid,
Noviembre 1991.
2. Una exposición detallada del modelo puede encontrarse en Coll (1987); ver
también los dos números monográficos de Cuadernos de Pedagogía dedica-
dos al planteamiento curricular de la reforma (AA. VV., 1986; 1989) y los
capítulos introductorios de los volúmenes de presentación del diseño curri-
cular base de la educación infantil, la educación primaria i la educación
secundaria obligatoria (MEC 1989).
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3. En los que concierne a la caracterización de los procesos psicológicos implica-
dos en la actividad mental constructiva de los alumnos, el aspecto más destaca-
ble es, quizá, la importancia concedida, junto a los conocimientos y capacidades
previas, a los componentes afectivos, motivacionales y relacionales. La cons-
trucción de significados ante un nuevo contenido o situación de aprendizaje es
inseparable del «sentido» que se le atribuye a dicho contenido o situación (Coll,
1988), razón por la cual es necesario tener en cuenta no sólo las capacidades y
los conocimientos previos con los que los alumnos abordan el aprendizaje, sino
también sus actitudes, expectativas, motivaciones e intereses al respecto.
4. En síntesis, la solución adoptada consiste en distinguir tres niveles sucesivos
en el proceso de elaboración del currículum escolar denominados, respectiva-
mente, diseño curricular base, proyectos curriculares de centro y programacio-
nes de aula. El primero tiene un carácter prescriptivo y fija, con un amplio mar-
gen de maniobra que exige posteriores adaptaciones y concreciones, las expe-
riencias de aprendizaje que se han de garantizar a todos loas alumnos, siendo
su elaboración y control competencia y responsabilidad del la Administración
Educativa; los otros dos son competencia exclusiva de los equipos docentes y
de los profesores, que complementan y concretan las directrices contenidas en
el diseño curricular base atendiendo a las características de los alumnos, a los
recursos de los centros y a sus propias opciones pedagógicas.
5. Ver, por ejemplo, Cronbach y Snow (1977) y Corno y Snow (1986).
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