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Sexismo y especismo: cuerpos de consumo

El documento discute cómo el sexismo y el especismo van de la mano y cómo los cuerpos oprimidos son objetos de consumo para el poderoso. A lo largo de la historia, tanto las mujeres como los animales han servido como objetos para el dominio y la explotación del hombre, ya sea para el placer sexual, el trabajo o el consumo como alimento. El sistema capitalista de consumo masivo ha exacerbado este tratamiento de los cuerpos como mercancías descartables.

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Sexismo y especismo: cuerpos de consumo

El documento discute cómo el sexismo y el especismo van de la mano y cómo los cuerpos oprimidos son objetos de consumo para el poderoso. A lo largo de la historia, tanto las mujeres como los animales han servido como objetos para el dominio y la explotación del hombre, ya sea para el placer sexual, el trabajo o el consumo como alimento. El sistema capitalista de consumo masivo ha exacerbado este tratamiento de los cuerpos como mercancías descartables.

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Objetos de consumo: sexismo y especismo van

de la mano
Gritamos 1 de noviembre de 2018
Los cuerpos oprimidos existen para el capitalismo y para el patriarcado. Aunque las experiencias y
pesares son diferentes, el sexismo y el especismo son fenómenos que van de la mano y que tienen
como base la idea del ‘cuerpo dominado’, un objeto de consumo para que el poderoso imponga sus
deseos y necesidades sobre él.
 

Ilustración de Anabella
Hay una realidad que resulta cada vez más ineludible para muches de nosotres: el sistema patriarcal
en el que vivimos se conecta profunda y directamente con el sistema capitalista de explotación.
Ambos son sistemas que históricamente han servido para la concentración del poder en una parte de
la sociedad y el dominio absoluto, total, de las restantes. Estos dos sistemas están profundamente
arraigados en nuestra sociedad y nos imponen modos de comportamiento, gustos, intereses y hasta
formas de pensar que creemos «naturales» o «elegidos» conscientemente por nosotres pero que en
realidad son producto de una época, del contexto histórico, de aquello que nos rodea y que es
mucho más poderoso de lo que podemos reconocer.
En su espectacular libro «Calibán y la bruja», Silvia Federici analiza cómo a lo largo de la historia,
y sobre todo en los albores de la Modernidad, la mujer sirvió como escenario para la práctica de
diferentes métodos de tortura, hostigamiento y sometimiento que tendrían como objetivo final su
domesticación. La caza de brujas, la penalización del aborto y de la prostitución eran entre otras
algunas de las actitudes represivas que las sociedades modernas ejecutaban sobre los cuerpos
femeninos de modo de sojuzgarles, hacerles perder su potencial fuerza y, por sobre todo,
desorganizarles y disuadir cualquier posibilidad de encuentro o sororidad.
Del mismo modo que las mujeres y las identidades de género que recién hace unos pocos años atrás
se están empezando a aceptar socialmente han sufrido históricamente todo este tipo de dominio
sobre sus cuerpos y sus mentes, sobre sus vidas cotidianas y sus deseos, anhelos e intereses, las
especies animales también son altamente vulnerables al dominio del hombre. El especismo, aquello
que lleva al ser humano a aprovecharse de todos los seres vivos que lo rodean en su beneficio
propio, ha sido equiparado por muches al sexismo.
¿Puede existir tal comparación? Personalmente, considero que sí ya que ambas ideologías colocan a
su objeto de dominio (sea la mujer, sea una persona trans, sea un animal) en condición de objeto a
ser domesticado, pasivo de ser controlado, sojuzgado y dominado histórica y
tradicionalmente.  Mientras los animales sirven a diferentes fines (como alimento, como
entretenimiento, como fuente de trabajo o incluso como fuente de goce ante su sufrimiento), las
mujeres servimos al hombre (por lo general, blanco, occidental, cis, pero no exclusivamente)
como fuente de placer sexual, como cuerpos a controlar, como cuerpos a penalizar si
intentamos rebelarnos ante las imposiciones patriarcales, como cuerpos a ser normados por la
ley masculina y machista. 
Dejemos esto en claro: para el patriarcado la mujer nunca es «ser humano» según los términos que
el mismo patriarcado utiliza. Nunca somos individues, ni seres con alma (salvo que sirvamos a
alguna religión), ni seres que sufrimos, que sentimos o que podemos gozar cuando y como
queremos. Así también el especismo entiende que los animales son sólo un elemento que está ahí,
listo para ser utilizado por y para el goce humano.
Es importante señalar además un detalle trascendental que se suma a esta historia: vivimos
actualmente en sociedades de consumo masivo, donde aquellas ideas de descarte, de uso y abuso de
los recursos, de inmediatez, de liquidez según las palabras del filósofo Zygmunt Bauman son
esenciales y centrales a toda la maquinaria de poder y dominio. Esto no es ninguna novedad para la
mayoría de nosotres: sabemos y somos conscientes de que vivimos en comunidades donde lo único
que importa y lo único que da status es el consumo, ya sea desde la posesión de un pequeño objeto
que pueda costar cientos de dólares, hasta la posesión de enormes riquezas y el acceso a servicios de
lujo. El éxito personal ya no se encuadra dentro de la noción de defender algo con convicción
sino dentro del marco de la posesión y del status que se nos brinda a partir de poseer. 
En ese sentido, tanto los cuerpos de las mujeres y de las personas que se autoperciben fuera del
binario «hombre / mujer cis» sumados a los cuerpos de los animales son definitiva e
ineludiblemente transformados en objeto de consumo. Así, a las mujeres se nos empuja a un
mundo donde lo único que nos puede servir para triunfar es ser sexys, tener determinado
cuerpo o consumir tales productos para mejorar aquellas partes de nuestro cuerpo que no
sean tan perfectas. Nuestros cuerpos son sexualizados a tal nivel que, en sociedades altamente
controladoras y punitivas como las que conocemos en la actualidad, mínimos actos de rebeldía
como amamantar en la calle o ser independientes de la mirada ajena o sentirse hermanada con otras
mujeres son eje de burla, de incredulidad, de crítica y de juzgamiento pero actos neta y claramente
ilegales como los abusos intrafamiliares, las relaciones de hombres adultos con menores de edad,
los abusos dentro de las instituciones religiosas o las cientos de formas de machismo pasan
desapercibidos como «parte natural de la cultura» y hasta muchas veces celebrados en círculos de
hombres.
Nada es muy diferente para los animales que nacen pura y exclusivamente para servir al
humano, para transformarse en objetos de consumo, para ser abusados, torturados y
maltratados en las miles y miles de formas que la mente humana puede pensar. Claro, aquí
alguien podrá decir… «pero, ¿no fue siempre carnívoro el ser humano? ¿no usó siempre el ser
humano a todos los animales que lo rodeaban?» Sí, claro, pero nunca como ahora la producción
alimenticia del planeta fue tan masiva y significó que la vida animal se transformara en tal suplicio
como lo es hoy en día. A ver, necesito poner esto en claro: ningún animal que sirve para consumo
humano vive una vida de lujos ni de amor ni de tranquilidad y paz. Su nacimiento se da a través del
sufrimiento de sus progenitores que, a veces, no logran pasar más de un par de horas a su lado antes
de ser separados para nunca más volverse a ver, oler o sentir. Su vida transcurre en espacios
pensados y diseñados del mismo modo que el panóptico de Foucault para su control, su engorde, su
encierro y su matanza final tanto por la vía del consumo como por la del descarte en caso de que
presente alguna característica indeseable.
De este modo, la producción alimenticia a escala es profundamente cruel y como a nuestro plato no
llega nunca nada de ese sufrimiento, sino un trozo de lo que alguna vez fue un ser vivo, devoramos
en cuestión de minutos aquello que fue una vida, que sintió miedo, dolor, que tal vez nunca
experimentó placer ni se sintió acompañado, que llegó a este mundo para ser aniquilado. Hoy en
día, muchos sectores que se preocupan por el cambio climático señalan, además, a la producción
ganadera como una de las principales responsables del calentamiento global debido a que los
extensos campos donde millones de vacas, toros, ovejas, caballos y cabras son criados han sido el
resultado de la deforestación, de la transformación del medio ambiente, de la extinción de especies
que no interesan para el consumo humano y del eterno sufrimiento animal.
Tanto el capitalismo como el patriarcado crean, claro está, herramientas para justificar tanto
dolor, tanto sufrimiento, tanto abuso. Así, se construye la idea de macho exitoso sobre las ruinas
de los cientos de miles de mujeres asesinadas día a día, violadas y torturadas, invisibilizadas,
silenciadas y denigradas pero también sobre las ruinas de huesos de millones de animales que han
nacido, vivido y muerto para que ese macho muestre su poder, su fuerza, su energía vital.
Cuestionar el patriarcado es también cuestionar el sistema de producción económica en el que
vivimos: ambas cosas van ineludiblemente de la mano y del mismo modo que las gafas violetas nos
ayudan a ver cosas que ya no podemos dejar de ver, debemos crearnos otras gafas para no ser más
insensibles o funcionales al sufrimiento de otros seres vivos. Su vulnerabilidad es también la
nuestra y sobre ellas debemos construir nuestra fuerza para luchar por un mundo mejor tanto para
nosotras como para los más indefensos.

¿TRABAJO O ESCLAVITUD?

Lo que dicen las feministas sobre la


prostitución: un debate encendido
El enfrentamiento entre las posturas a favor o en contra del
oficio más antiguo del mundo sigue candente dentro de la
sociedad. Y no parece que vaya a remitir

Una prostituta en la ciudad


colombiana de Cartagena. (Ricardo Maldonado/ EFE)
Por
Enrique Zamorano
17/02/2020 - 05:00 Actualizado: 17/02/2020 - 08:35

“El trabajo sexual es la versión más extrema de la opresión violenta hacia las mujeres”. Con estas
contundentes palabras respondía Toni Van Pelt, la veterana presidenta de 72 años de la
Organización Nacional de Mujeres estadounidense en un reciente debate político celebrado en
Washington para decidir un proyecto de ley que tiene por objetivo despenalizar el trabajo sexual en
la capital. Pelt aseguró que, de hacerse definitivo dicho plan, “Washington se convertiría en el
primer destino internacional de turismo sexual” y representaría “una amenaza para las mujeres y
niñas”, según recoge 'The Daily Beast'.
Esto recuerda mucho a las palabras pronunciadas por Carmen Calvo, vicepresidenta del reciente
gobierno de coalición, durante una entrevista el año pasado en la que reiteraba la postura firme del
PSOE en cuanto a la prostitución: “Que cada hombre que diga que la prostitución es una
profesión, que apunte a su hija a una academia”, espetó. Así, se volvía a abrir el eterno debate
intrafeminista en el cual hay dos bandos enfrentados: el abolicionista (en el que se encuentra Calvo
y su partido, entre otras muchas asociaciones y teóricos feministas) y el regulacionista, representado
por varios colectivos que piden que el oficio más antiguo del mundo se legalice y se considere
como una profesión más.
Ocho de cada diez casos de trata de seres humanos tienen como fin la explotación sexual y el 90%
de las víctimas son mujeres y niñas
Antes de entrar en materia, merece la pena considerar una serie de datos: España es el país
europeo con mayor demanda de sexo pagado y el tercero a nivel mundial, según Naciones
Unidas. Esto nos coloca a nivel internacional en una posición bastante sensible en lo referente al
tema, ya que casi el 40% de los varones españoles ha consumido este tipo de servicios. Se debe
tener en cuenta no solo el gran volumen de negocio (alegal), sino que también nuestro país es uno
de los principales destinos de tráfico de mujeres del mundo. Es por ello que este posicionamiento de
la justicia española frente al tema de la prostitución, en cierto modo neutral, es beneficioso para este
tipo de organizaciones criminales, ya que ni se persigue ni se acepta, lo que coloca al país en una
situación muy comprometida.
Si hay algo en lo que coinciden ambos bandos es precisamente en esta idea. Ya en el preacuerdo
firmado para formar gobierno, Unidas Podemos y PSOE prometieron “erradicar la trata de
mujeres con fines de explotación sexual” y una Ley integral que incorporase “medidas de
prevención y persecución” contra las redes de tráfico de mujeres y niñas “que son obligadas a
ejercer la prostitución”, según recogía 'Europa Press'. De algún modo, se tiende a asociar el crimen
organizado con la prostitución. Y no es para menos: ocho de cada diez casos de trata de seres
humanos tienen como fin la explotación sexual, según estos mismos datos de la ONU, y el 90% de
las víctimas son mujeres y niñas. Por lo tanto, es normal hacer esta asociación de ideas, pero ello
no quiere decir que haya que generalizar que todas las prostitutas están subyugadas a bandas
criminales o son obligadas a ejercer su trabajo.
¿Libertad individual o esclavismo?
Esta lucha entre regular o bien perseguir el trabajo sexual lleva muchísimos años dentro de la arena
del feminismo. “Los delitos de lenocinio y explotación de la prostitución ajena son distintos e
independientes de los de trata, pues castigan a los terceros que se benefician de la prostitución
independientemente de las condiciones en que esa se ejerza, e incluyen casos en los que todos los
participantes, de manera voluntaria, ejercen la prostitución y se benefician de ella”, explica la
académica Claudia Torres, de la Universidad Autónoma de México (UAM) en un estudio sobre el
tema.
Las trabajadoras sexuales en muchas ocasiones son silenciadas o desmentidas de inmediato cuando
sufren una violación
En este sentido, uno de los puntos de divergencia más claros entre ambas visiones se da en 1992,
cuando una famosa abogada anti-pornografía llamada Catherine MacKinnon afirmó en su libro
'Prostitution and Civil Rights': “Las mujeres son prostituidas precisamente para ser degradadas y
sometidas a un tratamiento cruel y brutal sin límites humanos; eso es lo que se intercambia cuando
las mujeres son vendidas y compradas para tener sexo”, en declaraciones recogidas del
excelente trabajo de Marta Llanos de la UAM. De este modo, equipara el oficio con una “violación
repetida” o una “esclavitud sexual femenina”, planteando que una prostituta es legalmente una “no
persona”.

Un asunto... ¿de clase?


A lo largo de los últimos años, se ha publicado una cantidad ingente de literatura que aborda esta
problemática cuestión. Una de las más firmes representantes de este feminismo contrario a la
abolición es Virginie Despentes, autora de la influyente “Teoría King Kong”, quien ha vivido en
sus propias carnes el oficio de trabajadora sexual y también ha sido víctima de una violación. Para
ella, la prostitución no es tan diferente al resto de empleos, ya que hay otros ámbitos laborales en
los que la violencia sexista está muy presente. Sobre todo en aquellos en los que nadie quiere y
que, por ello, muchas mujeres inmigrantes se ven obligadas a aceptar, como vienen a ser los propios
del terreno doméstico, de limpieza o en las zonas rurales.
'Millennials' y puteros: por qué los clientes de la prostitución son cada vez más jóvenes
Fran Sánchez Becerril
Por ello, Despentes aquí hace una distinción de clase. Al igual que también existe la prostitución
de lujo, en la cual la mayoría de las trabajadoras son bien tratadas y están en mayor medida
protegidas, también abundan ciertos empleos relegados a las clases más bajas sin ninguna
connotación sexual de antemano en los que la violación es el plato de cada día. Pero también sucede
al revés: a raíz del fenómeno del #MeToo del año pasado, hemos visto cómo muchas mujeres de las
clases altas creativas con mucha posición social han declarado haber sido abusadas, por lo que bien
cabría hacer una reflexión aquí. Las conductas sexistas y las violaciones sexuales pueden ocurrir
en todas las esferas; quizás más en la de la prostitución por el riesgo que conlleva, pero el
problema aquí no es la decisión individual de hacerse prostituta; sino también como siempre, el
machismo que existe como telón de fondo.
Esto también nos lleva a pensar en la cantidad de víctimas sexuales que puede haber en la industria
pornográfica, y a las que no se les presta la suficiente atención o son acusadas de mentirosas. Por
ejemplo, Nikki Benz, una actriz de cine para adultos estadounidense que confesó haber sido violada
en la filmación de una película por sus compañeros de rodaje. Al declararlo por Twitter, no recibió
el más mínimo apoyo, ni de las instituciones ni de la opinión pública, y actualmente sus
supuestos agresores siguen libres.

La división de la izquierda
De vuelta en España, actualmente existe una gran confrontación entre ambos bandos. Hay un sinfín
de asociaciones que piden la abolición inmediata de la prostitución al “ir en contra de los derechos
humanos” y “reproducir la jerarquía sexual patriarcal”. Y dentro de la izquierda, el conflicto es
aún más grande. Uno de los hechos que más ejemplifica este desacuerdo ideológico y
programático es el de la dimisión forzada de Concepción Pascual de su cargo de directora general
de Trabajo. El desencadenante: haber firmado la inscripción en el registro del Sindicato de
Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS). Al parecer, Pascual firmó el documento sin
tener en cuenta a su superior, la ministra Magdalena Valerio.
Mucho feminismo pero ¿quién friega? La carta de una mujer harta de ocuparse de todo
P. Cantó
Algo parecido sucedió en Barcelona con el equipo de Ada Colau, formado por el PSC y
Barcelona en Comú cuando la alcaldesa de la ciudad aprobó subvenciones a la asociación Aprosex
(embrión de OTRAS), lo que no sentó nada bien al bloque abolicionista del Ayuntamiento. Jaume
Collboni, actual presidente de los socialistas de Barcelona, siempre se ha mantenido firme en su
voluntad de abolir la profesión más antigua del mundo, considerándola como “la esclavitud del
siglo XXI”. Por tanto, el enfrentamiento entre los dos bandos sigue recrudeciéndose y parece que
no vaya a terminar así como así. Mientras tanto, el campo de batalla sigue repleto de minas. Y en el
medio, las víctimas, las de siempre, aquellas que no tienen altavoz y suplican por una vida
digna.

Debate feminista sobre la prostitución


Este debate no es ni nuevo ni fácil dentro del feminismo: ¿Qué hacer con la prostitución? ¿Se puede
entender como un trabajo? La corriente mayoritaria, el feminismo abolicionista, considera que no es
un empleo sino una forma de explotación de las mujeres más vulnerables. Defienden perseguir a la
industria —que mueve en España 22.800 millones anuales, según la web sobre mercado negro
Havocscope—, sancionar a los clientes o puteros—cuatro de cada 10 españoles consumen
prostitución, según datos de APRAMP publicados en una guía del Ministerio de Sanidad en 2016—
y dar otras opciones de vida a las mujeres prostituidas. Hay otra corriente —y en medio posturas
intermedias—, con menos seguimiento pero que existe y defiende que además de las mujeres
obligadas (no hay datos oficiales, pero la Policía habla extraoficialmente del 80% como víctimas
forzadas) existe también un trabajo sexual que se ejerce de forma voluntaria y que debería estar
regulado. Son las llamadas regulacionistas o proderechos.
En septiembre, la Universidad de A Coruña canceló unas jornadas sobre trabajo sexual por la ola de
protestas que generó. El campus denunció el “rechazo, el acoso y la crueldad”. Apenas un mes
después, y en el mismo día, se han presentado este jueves dos iniciativas surgidas al calor de esa
polémica que impulsan docentes de una veintena de universidades en cada caso (a veces
coincidentes) que han hecho estallar en el mundo académico un debate abierto en canal en el
feminismo. Este jueves han visto la luz una plataforma con debates universitarios sobre el trabajo
sexual “sin censura” a lo largo del curso y una red académica de estudios sobre prostitución y
pornografía, que busca fortalecer la investigación “crítica” desde el abolicionismo.

"Quitar la voz"
Los debates sobre trabajo sexual nacen desde departamentos de Derecho y Antropología de los
campus de Salamanca, Sevilla, Carlos III, Barcelona, País Vasco, Granada o Valencia, entre otros.
Quienes las impulsan defienden que se trata de una cuestión de libertad de expresión. “Es
intolerable que en la Universidad no se pueda debatir cualquier tema, como este que es una de las
polémicas centrales en el debate feminista”, señala Encarna Bodelón, profesora de Filosofía del
Derecho de la UAB y directora del grupo Antígona. “No se puede quitar la voz a los trabajadores
sexuales”, añade Blanca Rodríguez, de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla.
Los zapatos de una prostituta en el polígono de Marconi de Madrid. ANDREA COMAS
Las principales críticas a las jornadas provienen del feminismo abolicionista, que teme que debatir
sobre trabajo sexual conlleve normalizar la explotación de la mujer y blanquear a sus explotadores,
“el lobby putero y el lobby proxeneta”. “Si lo enmarcas como trabajo sexual eso ya no es un debate,
la Universidad no puede servir para legitimar prácticas que son indignas para el conjunto completo
de las mujeres, como es la prostitución”, dice la filósofa Alicia Miyares. La catedrática de Filosofía
Moral y Política Amelia Valcárcel considera que la coordinación entre distintos campus “demuestra
una voluntad y la voluntad es normalizar una práctica antiética de enormes costos sociales a la que
el feminismo se ha opuesto desde siempre. Algo es seguro: Esto no consta en los fines de la
Universidad”.

La postura de las Universidades


Ni la conferencia de rectores de España, la Crue, ni la Universidad de A Coruña comparten esta
posición. “La Universidad es el lugar para debatir. Si no es aquí, ¿dónde va a ser?”, señala Eva
Alcón, delegada del presidente de la Crue, y rectora de la Jaume I. “Como mujer y a nivel personal
mi postura es que no deberíamos legalizar la prostitución, pero otra cuestión es que existe un debate
en el mundo feminista que no está cerrado y es aquí donde se tiene que tratar”. La vicerrectora de
Responsabilidad Social de A Coruña, Araceli Torres, añade: “En la Universidad nunca utilizaríamos
el término trabajo sexual en las actividades que organizamos, pero es innegable que el debate no
está cerrado y que permitir hablar de esto no significa blanquear ninguna situación en absoluto”.
La red de estudios de prostitución y pornografía integra a docentes de Salamanca, la Autónoma de
Barcelona, la Complutense de Madrid, Carlos IIII, Valencia o Sevilla, entre otras. Una de las
investigadoras al frente es Rosa Cobo, profesora titular de Sociología de A Coruña: “La prostitución
no es un trabajo, sino un modo de supervivencia para gente en situaciones de vulnerabilidad muy
extrema, sin derechos de ciudadanía, a veces con varias bocas a las que alimentar y sin cualificación
ni un lugar en el que vivir”. Cobo rechaza que la Universidad albergue debates que defiendan la
prostitución como un trabajo “igual que no los haría para defender la pena de muerte, el trabajo
infantil o la mutilación genital”.
“Afirmar que se puede ejercer el trabajo sexual con libertad no significa que se niegue que hay
violencia o situaciones no dignas”, replica Encarna Bodelón. El 15 de noviembre, en la Universidad
del País Vasco, se celebrarán las jornadas Derechos vs estigma, que impulsa la profesora de
Filosofía del Derecho María Ángeles Barrere. Asegura no han supuesto ningún coste para la
Universidad y que se ha hecho “tirando de amigas”. Y añade: “Es un debate que sigue abierto. No lo
cerremos en falso”.

El debate intrafeminista sobre prostitución


En las pasadas V Jornadas Feministas de Euskal Herria, feministAlde! dudamos mucho sobre la
conveniencia de plantear una mesa en torno al tema de la prostitución. Nos daba miedo. Sabemos de
sobra lo difícil que es discutir este tema entre feministas. Por eso, más que sobre prostitución
estrictamente (que también) nos parecía que el feminismo organizado necesitaba una reflexión
colectiva, serena y profunda, sobre el propio debate. Propusimos, por tanto, un “meta-debate”:
analizar y discutir entre todas cómo se está dando en el feminismo el debate sobre
prostitución. Además, insistimos en que el “meta-debate” tenía que ser en un tono respetuoso con
todas las posturas, que cada quién pudiera expresar su punto de vista atendiendo al de la otra y con
el objetivo de localizar acuerdos.
La cuestión del “sexo comercial” (en la que se engloba la prostitución junto con algunas otras
prácticas como el consumo de pornografía) dividió drástica e irreconciliablemente al
feminismo anglosajón hace décadas. Y desde entonces se supone que las feministas estamos
divididas eternamente entre dos polos excluyentes e irreconciliables: la lucha por la abolición
y la erradicación de la prostitución, de un lado, y la lucha por el reconocimiento de derechos a
las mujeres y, en general, a las personas que se dedican a ella, del otro.
Y este es un primer punto en el que queremos contribuir a reubicar el debate: no es cierto que sean
dos posiciones absolutamente irreconciliables, que no se pueda aspirar a la desaparición de la
prostitución a la vez que se busca reconocer derechos a las prostitutas, no es cierto que defender los
derechos de las prostitutas implique considerar la prostitución una forma de empleo entre otras.
Caben muchos matices, entre el blanco y el negro hay una tupida gama de colores que están siendo
sistemáticamente invisibilizados por quienes se encuentran en los extremos de ese continuo,
defendiendo posiciones que de entrada son tan legítimas como las demás, pero que en la medida en
que contribuyen a polarizarlo al máximo, que exigen adhesión completa y sin fisuras a un ideario,
que nos ponen a las demás en la tesitura del “conmigo o contra mí”, en esa medida, sí nos parece
que pierden parte —al menos— de su legitimidad.
Esos dos polos presentados siempre como irreconciliables reflejan tal vez la posición de algunas, o
incluso de muchas feministas, pero no hemos de presuponer que den cuenta de la opinión de la
mayoría de nosotras y, desde luego, no expresan la posición de todas las feministas.
Por eso quisimos reivindicar el lugar y el espacio que deben (debemos) tener las feministas que no
lo tenemos tan claro, que vemos tanto buenas razones como objeciones y pegas en ambas posturas.
Somos muchas (y aunque seamos pocas) las que reclamamos que no nos planteen un desgarrador
“o conmigo o contra mí”. Necesitamos dejar de poner el énfasis en las divergencias y acotar
terrenos de acuerdo y análisis compartido por todas las feministas.
Es cierto que hay desacuerdos y que son muy profundos, pero también sucede que cada una de las
posiciones enfoca y trae a primer plano distintos aspectos de la prostitución, de manera que no todo
lo que dicen unas y otras es obligatoriamente contradictorio e incompatible. A veces, simplemente,
estamos hablando en planos diferentes.

2.
Decía Nietzsche que lo que tiene historia no tiene definición. Correlativamente, lo que tiene
definición carecería de historia. Bien: la prostitución (como ocurre con otras prácticas e
instituciones) y como fenómeno complejo que es se puede definir y también tiene historia. Las dos
cosas a la vez.
Las defensoras de los derechos de las prostitutas hacen un análisis fundamentalmente sincrónico de
lo que la prostitución es ahora, es decir, la definen olvidando su historia, o relegándola a un papel
secundario. Hoy la prostitución es una actividad con numerosas facetas, la ejercen no solo
mujeres sino también hombres para otros hombres así como hombres para mujeres. La prostitución
hoy puede ser “elegida” como forma de obtener ingresos (y, en ese sentido, es trabajo sexual, como
afirman las pro-derechos), con las limitaciones que toda elección tiene en los contextos capitalistas
y patriarcales.
Esta visión de la prostitución, que subraya su aspecto sincrónico, dice muchas cosas que son ciertas
hoy, pero es una visión atemporal, ahistórica. Define asépticamente la prostitución como “oferta
de servicios sexuales remunerados”, sean hombres o mujeres, cis o trans, quienes la ejercen y
quienes la solicitan. En alguna medida, es así. En pura teoría, en una sociedad hipermercantilizada,
cualquiera puede ofrecer o solicitar servicios sexuales a cambio de dinero. Hoy se dan además
facetas del asunto que antes no existían, y han aparecido prácticas más o menos colindantes a lo que
hemos entendido hasta ahora como prostitución, como son la asistencia sexual solicitada por
personas con alguna discapacidad (generalmente por hombres con alguna discapacidad, pero no
solo) o el caso de las mujeres como clientas de servicios sexuales (y a veces, sexo-afectivos); todo
ello añade complejidad a un fenómeno ya de por sí resbaladizo y poliédrico. Nos parece que son
cosas todas ellas que no se pueden pasar por alto.
Pero la prostitución, además de una práctica que tiene lugar en el mundo actual, es también
una institución con una larga historia. Y su historia también la hace ser lo que es hoy. Por eso es
necesario añadir a lo anterior un análisis diacrónico de la misma, contemplarla en su desarrollo
histórico, temporal. Este tipo de análisis es el que suele subyacer en los planteamientos de las
defensoras de la erradicación de la prostitución. En él aparecen aspectos que hacen más difícil
pretender hablar asépticamente de oferta de servicios sexuales a cambio de dinero al margen del
sexo/género de quien los ofrece y quien lo solicita de forma apabullantemente mayoritaria. En este
análisis se pone de manifiesto que históricamente (y hoy en una grandísima medida) son mujeres
las que ofrecen servicios sexuales a hombres, que a su vez son de forma masiva los clientes de la
prostitución, también cuando es ejercida por hombres. Esto no puede ser un dato secundario o una
trivialidad para ninguna feminista. No es un dato que pueda minimizarse como a veces parece que
hacen algunas feministas pro-derechos.
Cuando las feministas pro-derechos hablan de ‘personas’ que ejercen la prostitución están borrando
la historia. Y la prostitución como práctica social institucionalizada y con una historia es hoy
producto de lo que históricamente ha sido.
Este análisis más histórico es el que presupone la postura abolicionista, que considera la
prostitución como una institución patriarcal y capitalista, complementaria del matrimonio, que
desde una perspectiva feminista no cabe sino erradicar [1].
Por lo demás, concebir la prostitución y el matrimonio (y con él la familia) como instituciones
patriarcales complementarias es algo que hacen autoras vinculadas a las dos posturas. Victoria Sau,
abolicionista, explicaba que el patriarcado es una forma de distribución de mujeres, una para cada
hombre (institución del matrimonio) que deja un remanente de mujeres que no son propiedad de
ningún hombre en concreto porque son de todos, las prostitutas. De manera que combatir la
prostitución debía ser inseparable de combatir el matrimonio (aunque no parece que la abolición del
matrimonio esté en la agenda feminista; esto lo abordamos después). Pero también Gail Pheterson
(autora del clásico Nosotras, las putas) alude a que la diferencia entre prostitución y matrimonio es
la que hay entre apropiación privada y apropiación pública de las mujeres por parte de los
hombres.
Hasta aquí hemos reprochado a las feministas pro-derechos ignorar la historia. También nos parece
que puede reprochárseles que a veces hayan reducido a mero puritanismo sexual las opiniones que
discrepan de sus planteamientos, o que hayan tirado de algunas boutades para ‘argumentar’ su
posición, como aquello de que todas somos putas [2] (en cambio, algunas hoy se desdicen de
aquello otro de que la prostitución es un trabajo “como otro cualquiera”).
En un debate tan polarizado tampoco ha sido de mucha ayuda que las feministas pro-derechos
hayan hecho a veces un totum revolutum amalgamando la cuestión de la prostitución como trabajo
(según lo plantean ellas) con el insulto patriarcal de
puta →zorra→cerda/guarra→ mujer a la que le gusta el sexo y disfruta con él
Es decir, que hayan saltado del sustantivo aséptico (que aludiría a un trabajo remunerado, según lo
plantean ellas mismas) al insulto patriarcal que se pretendería “resignificar”. La resignificación
siempre es problemática. Lo que se logra transformar es una parte del significación, su connotación,
pero no la definición (o significado denotativo). Cuando se resignifica la palabra puta (u otras) o se
procura hacerlo, lo que cambia es la connotación peyorativa asociada al término en determinados
contextos (por lo demás bastante limitados), no la definición del diccionario que se mantiene
inamovible. Pero, en todo caso, si (hipótesis) la prostitución es un trabajo, no todas somos putas
(como rezaba también el título de una recopilación de relatos cortos ultramachistas, Todas putas).
Al margen del trabajo/empleo que cada una tengamos, o estando desempleadas, el sexo puede
gustarnos mucho o poco, pero adjetivar a la mujer a la que le gusta el sexo de “guarra” (fuera de
contextos sexuales en los que cabría hacer otras matizaciones) supone mantener un imaginario
judeo-cristiano que asocia el sexo con lo sucio, con lo rechazable. “Zorra”, por su parte, tiene las
mismas connotaciones que “puta” y también las de “mala persona” (por eso podía tener sentido un
ejercicio de “resignificación” como el de las Vulpes y su “me gusta ser una zorra”…). En fin,
dejemos esta deriva.
Sin embargo, no todo son reproches por nuestra parte a las feministas “pro-derechos”. Hemos de
reconocerles su significativa aportación al análisis y la denuncia del estigma social que recae
sobre quien se declara prostituta, uno de los más pesados que cabe soportar. No en vano “hijo
de puta” sigue siendo el insulto por antonomasia. Aunque no estemos necesariamente de acuerdo
con todas las consecuencias que ellas derivan del análisis del estigma, es cierto que la división
patriarcal entre mujeres “buenas” (madres, esposas, hijas… siempre “de” un sujeto varón) y
mujeres “malas” que son por excelencia las putas (junto con las brujas y las lesbianas) es central
para el mantenimiento del statu quo patriarcal. En la medida en que —aun sin pretenderlo—
reforcemos el estigma que recae sobre las prostitutas, estaremos apuntalando el orden patriarcal que
queremos derrumbar.
También tenemos algunas matizaciones con respecto a los planteamientos de las abolicionistas.
Las feministas no podemos obviar que en un momento dado algunas prostitutas tomaron la palabra
para reclamar, a veces con un orgullo similar al “orgullo gay” o al Black is beautiful, la
consideración social y el reconocimiento de la prostitución como una forma de trabajo sexual.
Es decir, se erigieron en sujetos del discurso que habla sobre lo que ellas hacen, sobre prostitución.
Creemos que no se puede pasar por alto.
Por eso nos parece muy desafortunado hablar sistemáticamente de “mujeres prostituidas” (como
acostumbran a hacer algunas abolicionistas) pasando de la voz activa a la pasiva para recalcar
subrepticiamente el carácter de objeto de las prostitutas, despojándolas de su condición de sujetos.
De forma similar, equiparar sistemáticamente toda forma prostitución a trata y explotación
sexual es falaz, es propagar una falsedad. Y aunque numéricamente haya que matizar cuántas son
las mujeres que reclaman con orgullo su condición de prostitutas, el caso es que algunas lo hacen, y
muchas más reclaman derechos para poder ejercer la prostitución en condiciones no lamentables.
Diacronía e historia sí, pero también sincronía: una de las cosas que hay hoy son mujeres que
ejercen la prostitución y reclaman derechos para ese ejercicio.
Pensamos que no se puede no reconocer la capacidad de agencia de las prostitutas, en eso
coincidimos con las pro-derechos. Pero ese reconocimiento no significa que debamos prescindir sin
más de todos los análisis feministas que abordan la prostitución como una institución
eminentemente machista y patriarcal. En eso coincidimos con las abolicionistas. Sincronía y
diacronía.
Pensamos además que reconocer derechos no implica dejar de analizar hechos. Habrá y hay
mujeres que siguen buscando dar con un buen marido y fundar una familia más o menos machista y
patriarcal. No se trata de que vayamos casa por casa diciendo a esas mujeres lo equivocadas que
están al hacer esa elección (que ahora lo es, en todo caso, gracias al feminismo). Debemos seguir
analizando la familia patriarcal como uno de los lugares en los que de forma central se materializa
la subordinación de las mujeres.
Y lo mismo deberemos seguir haciendo con la prostitución, institución con una historia
eminentemente patriarcal que en esta fase del capitalismo financiero hiper-mercantilizador de todo
lo que se mueve está adoptando nuevas formas que deberemos abordar las feministas de forma
sosegada y sin enfadarnos de por vida.
3.
Pero como sucede en casi todos los conflictos, la equidistancia no es aquí tampoco la posición más
justa. La equidistancia suele ser una forma de “lavarse las manos” que nosotras no queremos
llevar a cabo aquí. Nos parece que últimamente ha emergido un abolicionismo sectario e
intransigente que está tirando de la cuerda hasta tal punto que pareciera que su objetivo final fuera
romperla definitivamente. También en el otro extremo pueden estar dándose algunos excesos pero
creemos que, por lo general, se trata de actitudes reactivas ante los planteamientos de las
abolicionistas vehementes.
Muchas feministas se definirían como abolicionistas porque para ellas en un mundo ideal desde el
punto de vista feminista no habría prostitución; sin embargo, no se definen así públicamente porque
no quieren ser asimiladas a ese sector que estamos denominando —con una terminología lo más
neutra posible— “abolicionistas vehementes”. Se trata de unos planteamientos y —sobre todo—
unas formas de discusión que están proliferando últimamente sobre todo en las redes sociales.
Las abolicionistas vehementes suelen tener un argumentario cerrado que se niegan a someter a
discusión y que defienden como dogma de fe a la mínima ocasión. A veces la vehemencia se
convierte en agresividad cuando ponen su planteamiento sobre la mesa sea cual se el tema a debatir,
incluso aunque se les solicite expresamente que no lo hagan porque no es el tema del debate o la
mesa en cuestión.
Este abolicionismo además de vehemente es intransigente, niega que haya un debate político entre
feministas sobre prostitución. De hecho, no aborda la cuestión de forma política, sino que lo
hace de forma claramente religiosa. Los paralelismos con las discusiones teológicas son
abrumadores. La postura que adoptan ellas es la del dogmatismo religioso más integrista,
fundamentalista y exaltado. Que alguien niegue o simplemente ponga en cuestión lo que una
abolicionista intransigente de estricta observancia considera verdades eternas e indiscutibles
convierte automáticamente a esa persona en hereje. No comulgar al cien por cien con sus
planteamientos —repetidos como doctrina de la que no cabe disentir— supone ser lanzada a las
tinieblas de la excomunión. Para ellas, prestarse a discutir los matices de la cuestión y reconocer
contradicciones al abordarlas, dada su enorme complejidad, es alta traición, sacrilegio que debe ser
rechazado con un expeditivo vade retro satanás. La heterodoxia no se concibe. La flaqueza en la fe
no se perdona. Ser feminista es ser abolicionista, repiten como un mantra. La adhesión a la
ortodoxia ha de ser incondicional y completa, y afecta a todas las facetas de la vida de la creyente,
que defenderá el dogma con vehemencia en toda ocasión que se le presente. Una buena
abolicionista lo es de la mañana a la noche en todos los momentos de su vida, de manera que si en
su presencia alguien hace un comentario o una afirmación tenida en la secta por blasfema, ella se
rasgará las vestiduras, clamará al cielo henchida de santa indignación y afirmará con fervor su
adhesión inquebrantable a la verdadera fe, sin vacilar en ningún momento en descalificar de todas
las maneras posibles a la blasfema y lanzarla a las llamas del fuego eterno si ello fuera posible.
«Plantear el debate de la prostitución en términos políticos supone sacarla del terreno de la certeza
inmutable y llevarla al campo del debate y el disenso, del análisis matizado y de la duda, de lo
negociable, de lo revisable» Clic para tuitear
Por desgracia, no se trata de una caricatura, sino de una descripción bastante veraz del
comportamiento y la actitud de algunas abolicionistas intransigentes. Bien: esto es religión, no es
política.
Plantear la cuestión en términos políticos supone sacarla del terreno de la certeza inmutable y
llevarla al campo del debate y el disenso, del análisis matizado y de la duda, de lo negociable, de lo
revisable. Sabiendo que la cuestión está llena de pliegues y es tremendamente compleja.
Recordando —además— que no podemos discutir sine die, encantadas con lo enriquecedor
del debate interno o desgarrándonos vivas, porque es necesario actuar.

Ilustración: Señora Milton

4.
En el siglo XIX el término “abolicionismo” hacía referencia a la esclavitud a la que los blancos
sometieron a millones de personas de África y a sus descendientes. En general, el concepto alude a
la anulación tanto de leyes y normativas como a la erradicación y extinción de prácticas y
costumbres. Sinónimos de abolición serían: derogación, abrogación, anulación, revocación,
supresión, cancelación, disolución, prohibición, invalidación, eliminación, extinción. Algunos de los
verbos de la lista se aplican a las leyes y las normativas mientras que otros se asocian más a
prácticas y costumbres. Pero son cosas muy diferentes: derogar (o poner en marcha) normativas y
erradicar (o instaurar) prácticas o costumbres son cosas interrelacionadas de formas complejas, pero
no son lo mismo. Dicho con más precisión: la derogación de una legislación no es garantía de la
erradicación de una práctica. Más bien al contrario. La historia nos muestra que, a veces, prohibir
y penalizar una práctica supone incluso un incremento de la misma, pero en un contexto de
clandestinidad que sólo empeora las condiciones en que tiene lugar y agrava sus efectos nocivos
(como ocurrió célebremente con el consumo de alcohol durante el periodo de vigencia de la ley seca
en Estados Unidos y como ocurre en general con la penalización del comercio y el consumo de
algunas substancias psicoactivas).
En el contexto de la esclavitud de las personas negras en el siglo XIX no cabe duda de que había
que llevar a cabo una lucha por la abolición entendida en su doble vertiente: erradicación de una
práctica y derogación de la normativa en que se apoya. La práctica de la esclavitud se sostenía en
grandísima medida en su mera posibilidad legal. Cierto que había además todo un aparato
conceptual ad hoc que animalizaba y cosificaba a las personas sometidas a esclavitud,
despojándolas de su condición humana, pero que se evidenció insostenible en la medida que la
legislación que permitía la esclavitud se fue derogando.
Pero ¿de qué otras prácticas cabría aspirar a su abolición? ¿Qué hay de “abolir la pobreza”, por
ejemplo? En este caso, deberemos primero definir qué es pobreza, y establecer grados. ¿Qué
pobreza es la que queremos abolir?, ¿toda?, ¿la más extrema?, ¿y a partir de qué grado es extrema?
Una vez de acuerdo en ese punto tendríamos que pasar al cómo. Desde luego, no empeorando la
situación de las personas pobres (o empobrecidas, aquí sí es pertinente la voz pasiva, aunque
tampoco debamos abusar de ella), ni persiguiéndolas. ¿Persiguiendo a quienes generan pobreza, tal
vez? (¿cómo?).
Sólo queremos poner de manifiesto que la abolición de prácticas y normativas es una cosa bastante
compleja. Parece que ni es legítimo ni tiene mucho sentido aspirar a la abolición del consumo de
alcohol y de otras drogas (que son cosas que deben estar reguladas); sí en cambio debemos alcanzar
la abolición de la esclavitud (sin matices) y de la pobreza (con toda la complejidad que conlleva y
que acabamos de esbozar sumariamente); también debemos aspirar a la erradicación de la
prostitución forzada y de la trata de personas con fines de explotación sexual… ¿Pero qué
significa exactamente aspirar a la abolición de toda forma de prostitución? ¿Cómo se puede
garantizar que nadie-nunca-en-ningún-lugar ofrezca o solicite servicios sexuales a cambio de
dinero?
Lo anterior no significa que no estemos de acuerdo con que la prostitución y la pornografía
realmente existentes refuerzan y sostienen un modelo de sexualidad muy cuestionable desde el
punto de vista feminista. Nos parece muy preocupante que muchos hombres jóvenes se inicien en
el sexo mediante la prostitución o que recurran a prostitutas, es decir, a pagar, a convertirse en
clientes, para evitar determinados requerimientos de novias o compañeras sexuales exigentes.
Debemos incidir en la crítica a los modelos de sexualidad dominantes, de iniciación al sexo, en la
construcción de alternativas que entiendan que la sexualidad es un territorio amplísimo, en el que
caben muchas cosas cuando son deseadas y queridas, que cuestionen la objetualización sistemática
y la hipermercantilización de los cuerpos de las mujeres, que proyecten una forma de deseo de las
mujeres no esencializado ni monolítico, etc. Es una tarea a medio y largo plazo que en el ámbito
educativo precisaría de una gran inversión y de una potente planificación. Exijamos a las
instituciones que lo hagan, vigilemos que lo hagan bien.
Cierto que entre feministas hay discrepancias respecto a cómo entender la sexualidad, y muchas
más en la sociedad considerada en su conjunto. Pero también hay suficientes puntos de acuerdo
feministas que además en muchos casos han pasado a formar parte del consenso socialmente
vigente, sólo puesto en duda últimamente por la ultraderecha sin complejos. Incidamos por ese lado,
evitemos retrocesos, paremos los pies al neofascismo en lo que a educación sexual se refiere.
Negándose a abandonar el “o todo o nada” el abolicionismo intransigente se ha enfrentado en
algunos lugares a la puesta en marcha de políticas que buscan acabar con la trata de personas con
fines de explotación sexual. Esas políticas son factibles, y deberíamos presionar para que las
instituciones las pongan en marcha. Por desgracia, las tomas de partido concretas de este sector del
feminismo han sido muchas veces prohibicionistas más que abolicionistas (lo cual es, como
estamos viendo, algo difícil de concretar en el caso de la prostitución). Y el prohibicionismo como
medio para el fin de erradicar la prostitución se ha revelado ineficaz, cuando no contraproducente.
Como decíamos antes, parece que estamos todas de acuerdo en que el matrimonio y la
prostitución son instituciones patriarcales complementarias [3]. ¿Dónde quedaron entonces las
soflamas feministas que pretendían abolir el matrimonio, o la familia? Y, en todo caso, ¿cómo lo
hacemos, por decreto?, ¿y qué hacemos con las personas, también mujeres, también feministas,
también feministas lesbianas… que quieren casarse, fundar una familia y vivir en ella? Tal vez se
pueda desear su abolición, o aspirar a ella, ¿pero cómo se puede abolir de hecho una institución
como lo familia?
En realidad, nadie aspira ya a abolir el matrimonio o la familia, o muy poca gente lo hace. Nos
hemos dedicado más bien las feministas a procurar transformarla, y parece que con cierto éxito. Lo
que está claro es que hoy la familia tal y como se concebía hace unas pocas décadas, ya no existe, lo
que existen son muchos y muy variados modelos de familia. Parece que confiamos en que cabe
formar familias que no sean patriarcales, o por lo menos que no lo sean del todo. ¿Podría aplicarse
un razonamiento similar a otra forma de sexo comercial como es la pornografía, o a la propia
prostitución?
Sin embargo, lo anterior una vez más no es óbice para que veamos que se da un choque entre el
modelo de sexualidad promocionado de facto en la prostitución mayoritaria y las críticas feministas
a la sexualidad dominante. Este choque se hace evidente al hilo de algunas reivindicaciones de
organizaciones de prostitutas. Es una contradicción que asoma, por ejemplo, cuando en una
manifestación se grita “no te hagas pajas, que somos muy majas”. Somos conscientes de que un
eslogan de manifestación no es una ponencia, pero es muy significativo y revelador. Porque las
feministas podemos discrepar en muchas cuestiones, pero todas reivindicamos las bondades del
autoerotismo, y para nosotras es muy controvertido patrocinar que las prostitutas no se queden sin
clientes. Nos parece que tener clientes de forma permanente y sostenida es una necesidad práctica
de las prostitutas en particular que entra en contradicción con los (o con algunos de los) intereses
estratégicos de las mujeres en general.

5.
Necesitamos poder discutir con sosiego todas estas cuestiones y llegar a acuerdos de mínimos que
nos permitan apoyar como MF unas políticas públicas y denunciar otras, sabiendo que todas
tenemos que renunciar a nuestros máximos y que el enemigo no es la otra fracción feminista, sino el
antifeminismo y el machismo expreso del neoliberalismo patriarcal y del neofascismo (sin
olvidarnos, por supuesto, del machismo que también impregna a muchas gentes y organizaciones de
la izquierda).
Como decíamos al principio, necesitamos urgentemente acotar zonas de acuerdo y consenso. La
acción política así nos lo demanda. Para ello tenemos que —primero— enfriar y rebajar el tono del
debate y —después— renunciar a concebir nuestra postura como innegociable en su totalidad.
Municipios y otras instituciones del Estado se ven en la obligación de poner en marcha normativas
y regulaciones ante las que el MF ha de adoptar una postura. O, incluso, más allá de la acción
pasiva de posicionarse ante una determinada normativa puesta en marcha por la institución, el MF
debería tomar la iniciativa, participar en su elaboración y exigir su puesta en marcha.
En este punto nos parece crucial que el feminismo actúe unido, acordando un programa de mínimos
que sea sustraído al debate que seguiremos teniendo seguramente por mucho tiempo. Para ello es
necesario que todas aparquemos nuestras posiciones de máximos (“o todo o nada”). Y seguramente
también a estas alturas que curemos las heridas generadas en la contienda (“yo, con esas, nada”).
Es necesario también que acotemos terrenos de acuerdo. En este sentido, creemos que debemos
llegar a acuerdos en dos puntos: en la lucha sin cuartel contra la prostitución forzada y la trata y el
tráfico de personas con fines de explotación sexual, por un lado y, por otro, en el reconocimiento
efectivo de derechos para las mujeres (y personas en general) que ejercen la prostitución
vinculándolo a la obtención de papeles por parte de las mujeres migrantes.
El debate intrafeminista sobre prostitución había estado un tiempo en stand-by y ha vuelto en los
últimos tiempos con virulencia. No podemos permitirnos que se repitan los grados insoportables de
acritud y de encono del pasado. No puede ser que en el momento en el que el feminismo consigue
movilizar un número de mujeres inimaginable hace nada, que consigue marcar la agenda política
como nunca antes lo había hecho, los desacuerdos entre feministas y nuestras divisiones internas
nos pongan a los pies de quienes han aparecido en la escena para arrasar con todos los avances que
tan costosamente habíamos conseguido entre todas.
A algunas nos daba miedo tener el debate en las Jornadas. Finalmente lo tuvimos y fuimos
capaces de discutir con tranquilidad y respeto. Fue un primer paso. Debería haber más.
 

[1] Sin embargo se da en este punto una paradoja evidente. De entrada, parecería que historizar es una forma de relativizar y, al contrario, definir es una manera
de cerrar, de esencializar: definir algo es decir qué es y, por lo tanto, negar implícitamente que pueda llegar a ser otra cosa. Pero curiosa y paradójicamente,
quienes definen la prostitución de forma aséptica como trabajo sexual (las “pro-derechos”) toman en consideración los cambios que la práctica de la prostitución
ha incorporado en el último siglo, digamos. Por su parte, las abolicionistas (que, según estamos diciendo aquí, harían un análisis que tiene en cuenta no sólo lo
que la prostitución es hoy sino también lo que ha sido históricamente), no la conciben como algo cambiante y que puede evolucionar, sino más bien como una
esencia inmutable a la que sólo cabe oponerse de plano y sin matices.

[2] Cierto que el “todas somos putas” se ha utilizado a veces como se utilizó el “todas hemos abortado”, como una forma de mostrar solidaridad con quien sí lo
había hecho en este caso, o con quien ejercía la prostitución, en el otro.

[3] Pero, dado que en el estado español la institución matrimonial no es obligatoriamente heterosexual ¿habría que matizar la frase diciendo precisamente que “el
matrimonio heterosexual es el complemento necesario de la prostitución…”? ¿O sucede más bien que el matrimonio igualitario hace que —por ejemplo— las
lesbianas que se casan refuercen el patriarcado en uno de sus lados? Esta es una discusión que obviamente no queremos tener aquí… ¿pero mantendremos la
palabra prostitución en esa frase sin adjetivo ninguno?

El ¿escándalo? de Oxfam
Beatriz Gimeno
09/03/2018
En redOpinión
¿Qué es lo que nos perturba de que hombres cooperantes en Haití contratasen a prostitutas? Esa
pregunta nos invita a debatir con más tranquilidad y complejidad sobre la prostitución como
privilegio masculino.

Collage de Señora Milton


Éste es un artículo difícil de escribir y que he dudado hasta el final en publicar. Hay asuntos sobre
los que todavía no somos capaces de debatir con serenidad. Este es uno de ellos. Lo mencioné el
otro día en uno de mis cursos y pude así discutirlo con las estudiantes, que me ayudan muchas veces
a enfocar las cosas y que me ofrecen siempre perspectivas nuevas e interesantes. Lo que estuvimos
debatiendo es el escándalo sexual en Oxfam y la subsiguiente retahíla de escándalos en otras ONG
que, por otra parte, no son nuevos y son de hace tiempo conocidos. ¿Qué sentimos como
feministas ante el comportamiento de los cooperantes de Oxfam, que parece que es habitual
en otras organizaciones? Pues, aparentemente, parece que ha habido unanimidad en la
condena, así como también en que no hablamos de manzanas podridas, sino de que el machismo
está profundamente arraigado en los miembros masculinos de dichas organizaciones.
Y es aquí donde quiero abrir el debate. He leído con mucha atención lo que pasaba en Haití y no es
fácil tenerlo absolutamente claro porque las informaciones no lo clarifican. “Escándalo, abusos
sexuales, orgías»… no permiten hacerse una exacta composición de lugar. Pero por lo que he
podido entender, y al menos en Haití, las mujeres no fueron violadas y no eran menores: eran
prostitutas. Y es por aquí donde en mi clase surgió el debate: ¿No tienen derecho las haitianas a ser
prostitutas? ¿Son los cooperantes más machistas que los demás hombres o, simplemente, son los
mismos hombres haciendo lo mismo aquí que allí? ¿Qué es lo que nos parece mal? ¿Qué los
hombres hagan en países en los que ha habido un terremoto lo mismo que hacen aquí o en
otros países igualmente pobres pero sin catástrofe por medio? ¿O es el hecho de que sean
cooperantes, que se supone que van a ayudar? ¿No se puede ayudar y ser putero? ¿Qué aristas
del eterno debate sobre la prostitución quedan al descubierto con estas preguntas?
Lo que estos hombres hicieron en Haití, libres seguramente de los condicionamientos que todas y
todos tenemos cuando estamos inmersos en la vida cotidiana (familia, amigos, trabajo etc.) fue lo
que hacen millones de hombres en todo el mundo: contratar putas. Y a un sector del feminismo eso
no le parece mal; y es ese sector el que opina que no hay que estigmatizar al cliente (recordemos las
reacciones al video de Towanda Rebels) ¿Por qué entonces hay que estigmatizar a estos puteros en
concreto? ¿En qué se diferencian de los ejecutivos, obreros, médicos… que van a trabajar a un
país pobre (o aquí mismo) y contratan putas en sus ratos libres después de un duro día de
trabajo solidario o simplemente remunerado?
De acuerdo con los argumentos que suelen usar quienes no encuentran nada malo en estos
comportamientos, estas mujeres hicieron una elección racional dada la situación en la que estaban,
con el dinero ganado alimentaron a sus hijos e hijas, arreglaron sus casas, compraron ropa o
pudieron pagar un médico para un pariente. Ellas tuvieron esa opción y la aprovecharon. En cierto
sentido, quién sabe, fueron unas privilegiadas que pudieron ganar un dinero que otras no pudieron,
aunque lo necesitaban de la misma manera. De hecho, no sabemos si estas mujeres eran prostitutas
ya antes del terremoto, ¿qué nos hace pensar que no es así? ¿Hemos hablado con ellas? En todo
caso, lo que es muy posible es que no fueran especialmente mal tratadas: seguramente los
cooperantes tuvieron en no golpearlas ni matarlas, un cuidado que no tienen muchos puteros en el
mundo. Entonces, lo que nos parece mal, lo que nos parece machista… ¿es que dichas mujeres eran
especialmente vulnerables? ¿Nuestra opinión sobre el uso de mujeres por parte de los hombres
en la prostitución depende únicamente de la vulnerabilidad de éstas? Porque la
vulnerabilidad de las mujeres es una característica de la prostitución. En España hay mujeres
en prostitución venidas de zonas de conflicto, refugiadas que han pagado con múltiples violaciones
(aunque en muchos casos también “consentidas”) su llegada aquí; hay mujeres llegadas de zonas de
hambruna y, en todo caso, todas ellas necesitan ese dinero. ¿Por qué aquí no parece machista
contratarlas?
¿Qué hace diferente contratar una prostituta en Haití o en Camboya? ¿Qué haya habido un
terremoto? ¿El uso de la prostitución nos parece mal después de una catástrofe pero no si no hay
catástrofe? ¿Después de una guerra sí, pero sin guerra no? ¿Y si es una crisis económica? ¿Y si es
un país estructuralmente pobre? Entonces, los consumidores que viajan a las zonas más pobres del
planeta en lo que se llama turismo sexual, ¿nos parecen bien o mal? Para que el uso prostitucional
de las mujeres nos parezca no machista, ¿tiene que ejercerse en situaciones en las que exista un
mínimo bienestar? ¿Hacemos un examen de vulnerabilidad a las mujeres antes de juzgar si el acto
en sí es o no es machista? Quizá tiene que ver con que nos parece que los cooperantes no
deberían ser machistas y deberían ser hombres igualitarios con un cierto estándar ético
superior a los demás hombres. Entonces, ¿estamos asumiendo que los hombres que usan de la
prostitución son machistas? ¿Qué hay algo que no es ético en su uso? ¿Qué hay algo
intrínsecamente machista en el uso de la prostitución? Y si esto es así… ¿por qué razón no
deberíamos las feministas señalarlo?
Ya sé que hay más aristas, como que podrían ser –algunas de ellas- menores (aunque parece que en
el caso de Haití no lo eran). Estaríamos olvidando en ese caso que los hombres viajan a países
pobres, cada vez en mayor número, buscando, precisamente niñas y chicas menores; y estaríamos
olvidando que aquí mismo hay muchas menores en prostitución, cada vez más, como han
denunciado reiteradamente las organizaciones que trabajan sobre el terreno, y eso no nos
escandaliza y tampoco nos hace señalar a los puteros (vuelvo a recordar el video de Towanda). En
definitiva, más bien parece que los cooperantes de Haití eran hombres normales y corrientes,
puteros como millones, que hicieron allí lo que hacen en sus países. Y parece también que las
mujeres de allí y las que son prostitutas en otros lugares también son parecidas, pobres, vulnerables
y con las opciones que el patriarcado deja a las mujeres pobres: la prostitución sobre todas ellas.
¿Qué es exactamente lo que nos perturba entonces de este caso? ¿Es la prostitución, son los
cooperantes, es que eran muy pobres, es que hubo un terremoto?
Creo que la única diferencia es que en este caso se ve muy claro lo que es verdaderamente la
prostitución, lo que es siempre, pero lo que a menudo nos cuesta ver porque se nos presenta
escondida detrás de múltiples pantallas saturadas de argumentos publicitarios; en este caso se ve de
una manera sangrante la diferencia de poder que es consustancial a dicha institución, la
diferencia de estatus, el racismo implícito, y sobre todo, el machismo que es indisociable de la
transacción. Independientemente de la manera en que cada una de nosotras opine acerca de cuál es
la manera adecuada para cambiar este estado de cosas, independientemente de que se la vea como
un mal absoluto o un mal menor transitorio… ¿tenemos algo que ganar como feministas en la
defensa o en la naturalización de este privilegio masculino? ¿Ayuda o perjudica al feminismo y a
la igualdad que todos los hombres del mundo, independientemente de su raza, origen, nivel
económico o estatus, sepan desde el momento en que adquieren conciencia de sí, que ser hombre
implica el derecho a acceder por precio al cuerpo de mujeres? ¿Es feminista o ayuda a la igualdad
no combatir esa realidad, esa idea? ¿Seguimos sin cuestionar ese privilegio masculino? ¿Podemos
señalar a los que hacen uso del mismo, o no podemos? ¿Dejamos de una vez de pensar en
términos de prácticas individuales y comenzamos a pensar en estructuras sociales, en
instituciones… como, por cierto, somos capaces de hacer con cualquier otra institución
patriarcal excepto con ésta? Esas son cosas que creo que tenemos que debatir con más
tranquilidad de la que empleamos normalmente. Y son cosas que tenemos que pensar, cada una de
nosotras, despojándonos de prejuicios e ideas construidas o mal construidas; que hay muchos
intereses detrás, intereses económicos e intereses de género.

“Ninguna mujer...” El abolicionismo de la prostitución en la Argentina


“No woman...” Prostitution abolitionism in Argentina
“Nenhuma mulher...” O abolicionismo da prostituição na Argentina

Santiago Morcillo
Universidad Nacional de San Juan, Argentina
Cecilia Varela
Universidad de Buenos Aires, Argentina
“Ninguna mujer...” El abolicionismo de la prostitución en la Argentina
Sexualidad, Salud y Sociedad (Rio de Janeiro), núm. 26, pp. 213-235, 2017
Centro Latino-Americano em Sexualidade e Direitos Humanos (CLAM/IMS/UERJ)
Recepción: 12 Marzo 2016
Aprobación: 29 Mayo 2017
DOI: 10.1590/1984-6487.sess.2017.26.11.a
Resumen: Los debates feministas sobre la prostitución han sufrido una creciente polarización en la
última década. El presente artículo constituye una exploración en torno a ciertas expresiones del
abolicionismo en Argentina. Partimos del análisis de dos escenas que retratan experiencias que
hemos tenido al investigar sobre el mercado sexual en ese contexto de polarización. En primer
lugar, buscamos describir y analizar los elementos presentes en estas escenas que pueden remitir a
concepciones esencialistas y prácticas políticas que contribuyen a la segregación de las mujeres que
se definen políticamente como “trabajadoras sexuales”, como “otras” de ese movimiento. En
segundo lugar, nos interrogamos sobre las condiciones de posibilidad de esta deriva de algunas
vertientes del movimiento abolicionista local.
Palabras clave: prostitución, abolicionismo, Argentina, trata de personas, esencialismo.
Abstract: Feminist debates on prostitution have been increasingly polarized over the past decade.
This article is an exploration around certain expressions of abolitionism in Argentina, based on the
analysis of two scenes that depict experiences we have had as researchers on the sexual market.
First, we describe and analyze the elements present in these scenes that can refer to essentialist
conceptions and political practices that contribute to the segregation of women who define
themselves as sex workers as the “other” of that movement. Then we inquire about the conditions of
possibility of this drift by the local abolitionist movement.
Keywords: prostitution, abolitionism, Argentina, trafficking in persons, essentialism.
Resumo: Os debates feministas sobre a prostituição têm sido cada vez mais polarizados na última
década. Este artigo é uma exploração em torno de certas expressões do abolicionismo na Argentina,
com base na análise de duas cenas que retratam experiências que tivemos como pesquisadores no
mercado sexual. Primeiro, descrevemos e analisamos os elementos presentes nessas cenas que
podem se referir a concepções essencialistas e práticas políticas que contribuem para a segregação
das mulheres que se definem a si mesmas como profissionais do sexo como as “outras” do
movimento. Em seguida, perguntamos sobre as condições de possibilidade dessa deriva do
movimento abolicionista local.
Palavras-chave: prostituição, abolicionismo, Argentina, tráfico de pessoas, essencialismo.
Introducción
La experiencia de investigar en el mercado sexual implica hallarse frecuentemente envuelto en
discusiones que van de intensas a violentas, incluso puede acarrear ser acusado/a e injuriado/a. Si
bien en cada terreno de las ciencias sociales se plantean debates, un/a investigador/a avezado/a en
otros temas pero que recién ingrese a esta área puede llegar a sorprenderse de las formas extremas
que adoptan los intercambios cuando lo que se discute es el comercio sexual.
Varias/os autoras/es han relatado las múltiples dificultades que puede suponer estudiar sobre un
tema que desata pasiones como es la prostitución (Dewey, Zheng, 2013; Hammond, Kingston,
2014; Piscitelli, 2016). Escenas violentas en congresos, denuncias judiciales, acoso en terrenos
académicos y estigmatización en la vida social son moneda corriente en este campo. En el contexto
argentino, se ha advertido cómo el polarizado debate en torno al trabajo sexual puede convertirse en
un obstáculo para la libertad académica (Pecheny, 2013).
El debate feminista ha consolidado una dicotomía en torno a la cuestión de la prostitución, de un
lado quienes la conciben como trabajo sexual y del otro quienes aseveran que la prostitución es una
forma de violencia de género. Este proceso de polarización comenzó en la década de 1980,
originado en el ámbito norteamericano y luego se ha extendido a nivel internacional tanto en el
campo académico como en el activismo (Chapkis, 1997; Ferguson, 1984; Rubin, 2012). El debate
se ha organizado dicotómicamente en torno a cómo se concibe a la prostitución: ¿es un trabajo o es
violencia/esclavitud? Uno aspecto relevante de este debate es que, tal como se lo lee habitualmente,
parece que de la respuesta a esa pregunta se derivan linealmente posiciones políticas. De un lado se
busca legitimar la prostitución, concibiéndola como trabajo sexual, y por el otro se la condena como
una forma de violencia de género y se pretende la abolición de la prostitución/esclavitud sexual.
En el contexto local el debate sobre la prostitución se ha acelerado en los últimos años, aumentando
la polarización. Esto ha incidido en nuestras investigaciones desarrolladas en este período, donde
hemos podido observar el in crescendo de este proceso. En este contexto, nuestro posicionamiento
en el marco político del “trabajo sexual” surge como efecto de la polarización y su distribución de
“jugadores” en el campo (Vianna, 2013). Pero al mismo tiempo se liga al interés por desarrollar
investigaciones comprometidas con la construcción de espacios que hagan audibles las voces y
demandas de las trabajadoras sexuales organizadas. Por ejemplo, hemos colaborado con AMMAR
(Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina)1 en la elaboración de un informe sobre
vulneraciones de derechos a mujeres que ofrecen sexo comercial a partir del despliegue de las
políticas anti-trata (Varela y Daich, 2013). Varios aspectos de nuestra investigación han contribuido
a una crítica de la estigmatización buscando visibilizar sus efectos en la vida cotidiana de quienes
hacen sexo comercial (Morcillo, 2014; 2017). También desde el frente FUERTSA2, que integramos,
hemos impulsado la participación de las trabajadoras sexuales organizadas en distintas instancias de
discusión y debate en nuestras instituciones de trabajo.
Dentro este campo complejo y desde donde nos hemos posicionado, nos interesa contribuir a
reflexionar sobre las dinámicas del abolicionismo de la prostitución en Argentina por dos motivos3.
Por un lado, porque en nuestro país esta perspectiva ha atravesado un proceso de creciente
institucionalización a través de un cúmulo de legislaciones, políticas públicas e inserción en las
burocracias estatales (Morcillo, Justo, 2012; Varela, 2015). El derrotero seguido por algunas
vertientes del abolicionismo local a lo largo de los últimos 20 años muestra una serie de
transformaciones. Este proceso brindará las condiciones de posibilidad para un posicionamiento que
adquiere rasgos propios de concepciones esencialistas y que favorece la exclusión de quienes no
adhieren al principio de que la prostitución no puede en ningún caso ser considerada un trabajo.
Al interior de los feminismos las críticas a los esencialismos tienen una nutrida historia. Los
cuestionamientos a la postulación de la categoría mujer como un sujeto homogéneo pueden ser
rastreados en varios frentes, desde los feminismos negros, lesbianos, las feministas chicanas o
mestizas y las poscoloniales, pasando por los estudios queer (Bulter, 2001; hooks, 2004; Mohanty,
2003; Wittig, 2006). Los debates sobre pornografía y prostitución también han delineado algunas de
estas críticas (Chapkis, 1997; Leigh, 2016 [1997]). La operación de universalización invisibiliza las
demandas de aquellas “otras” mujeres cuyas experiencias se distancian de aquellas blancas, cis-
heterosexuales y de clases medias (y que no venden servicios sexuales). Tal como ha señalado
Butler, “insistir en la coherencia y la unidad de la categoría de las mujeres ha negado, en efecto, la
multitud de intersecciones culturales, sociales y políticas en que se construye el conjunto concreto
de «mujeres».” (2001: 67). Frente a esta crítica, algunas feministas han planteado que la
multiplicación del sujeto mujer amenaza con minar las bases del desarrollo del movimiento. En este
sentido emerge la alternativa de un “esencialismo estratégico” como un primer paso para construir
un movimiento feminista, si bien esta posición debería luego ser superada4. Chantal Mouffe ha
señalado que los esencialismos no necesariamente deben ser vistos como conservadores, no
obstante:
[El esencialismo] presenta algunas deficiencias ineludibles que interfieren con la construcción de
una alternativa democrática cuyo objetivo sea la articulación de distintas luchas ligadas a diferentes
formas de opresión. Considero que el esencialismo conduce a una visión de la identidad que no
concuerda con una concepción de democracia plural y radical y que no nos permite construir la
nueva visión de la ciudadanía que hace falta para aplicar tal política. (Mouffe, 1993: 3)
El análisis del esencialismo y las formas de movilización política que de este se derivan también ha
sido planteado en términos de fundamentalismo (Agustín, 2009; Wilson, 2001). A propósito de las
políticas llevadas a cabo por el feminismo anti-pornografía Elizabeth Wilson sugiere:
Las campañas anti-pornografía constituyeron una forma de fundamentalismo secular. Por
fundamentalismo entiendo una visión de mundo, una filosofía y una forma de vivir que insiste en
que los individuos vivan siguiendo normas y rituales rígidamente prescriptos, y que insiste en que
únicamente esta visión de mundo es la correcta. Aquellos que no sigan esta verdad y su iluminación
son rechazados y demonizados -‘y esto fue, ciertamente, lo que sucedió con las feministas que no
acordaban con la campaña anti-pornografía. El fundamentalismo ofrece certidumbre. El cambio y la
incertidumbre, por contraste, pueden llevar a la ansiedad e incluso al colapso; aún así el precio
pagado por la certidumbre es la rigidez y la intolerancia, y la creencia de que aquellos que no siguen
“el verdadero camino” deben ser o bien destruidos o bien salvados. (2001: 47 énfasis en el original)
Tomando en cuenta estas perspectivas, en el presente artículo emprendemos una exploración en
torno a ciertas expresiones del abolicionismo en Argentina. Partimos del análisis de dos escenas que
retratan experiencias que hemos tenido en distintos espacios universitarios y político institucionales
como investigadores en temas de mercado sexual5. En primer lugar, buscaremos describir y analizar
los elementos presentes en estas escenas que pueden remitir a concepciones esencialistas y prácticas
políticas que contribuyen a la segregación de las mujeres que se definen políticamente como
“trabajadoras sexuales”, como “otras” de ese movimiento. En segundo lugar, nos interrogamos
sobre las condiciones de posibilidad de esta deriva de algunas vertientes del movimiento
abolicionista local.
Si bien este movimiento no constituye el foco de nuestras investigaciones (centradas sobre los
distintos agentes del mercado sexual y sobre las burocracias judiciales y anti-trata), nuestra
implicación en el complejo campo de debates sobre la prostitución nos llevó a ser partícipes de estas
escenas. Así, el involucramiento en distintas instancias de debate habilitó un punto de vista singular
desde el cual buscamos ensayar una estrategia exploratoria. Pensadas como “situaciones sociales”
(Gluckman, 2003 [1940])6 que muestran los tipos de interacción y vínculos que se ponen en juego
en los debates en torno la oferta de servicios sexuales y la trata de personas, las escenas que
reconstruimos a continuación permiten abrir una ventana de indagación sobre la configuración del
campo de las políticas de la prostitución.
...
En septiembre de 2015 fui invitado para dar un seminario sobre trabajo sexual y trata de personas.
La actividad era organizada por el programa de género en el marco de una universidad pública.
Había preparado una exposición donde recuperaba algunos puntos críticos de mi investigación
sobre la estigmatización en las experiencias de las mujeres que se dedican al sexo comercial. Otras
presentaciones proponían reflexionar sobre los efectos de las políticas anti-trata. Salí temprano
hacia el lugar y compartí el viaje de varias horas con otra de las expositoras que me iba adelantando
su preocupación por el público abolicionista y sus posibles reacciones pues ella ya había tenido
experiencias de maltrato en otro país.
Al llegar, quienes organizaban la actividad estaban preocupados/as. Un grupo de unas 15 mujeres se
había apostado en el patio interior de la universidad justo al lado del salón donde debía darse el
seminario. Congregadas por una activista que se posiciona como ex-víctima de explotación sexual,
las mujeres portaban pancartas con las consignas abolicionistas “Prostitución no es trabajo”,
“Prostitución es violencia contra las mujeres”. Cuando llegamos comenzaron a batir tambores y
otros objetos para generar ruido, sin que hubiera mediado ninguna demanda previa de su parte. Su
intención parecía ser tanto llamar la atención como impedir el desarrollo de la actividad pues el
sonido de los tambores, los gritos y cánticos hacían difícil comenzar con el seminario.
El clima era muy tenso y los/as asistentes se miraban entre sí confundidos/as y preocupados/as.
Entonces, una de las organizadoras se acerca a hablar con las manifestantes para saber qué
intenciones tenían este grupo de mujeres. Le plantean que el seminario no puede dictarse, que es
una universidad pública y que “Argentina es abolicionista” por ende piden que se cancele la
actividad. Además, la activista/víctima afirma que ella debería haber sido invitada, sin embargo
tampoco quiere participar como asistente al seminario. La organizadora le recuerda que hace apenas
unos meses llevaron a cabo una actividad para presentar su libro donde la principal oradora era ella
misma. Ella se queja de que no asistió tanta gente y exige nuevamente que se suspenda la actividad.
La escena se prolongó durante casi una media hora en la cual el seminario está virtualmente
detenido y concluye cuando las manifestantes se retiran dejando una carta dirigida a las/os
organizadoras/os y amenazas de elevar una nota a las autoridades de la universidad para
“denunciar” lo ocurrido.
...
En el marco de la nueva gestión de uno de los organismos estatales de lucha contra la trata,
AMMAR fue invitada a una primera reunión en enero de 2016. Cuarenta y seis organizaciones y
activistas conformaban un amplio listado de invitadas/os que fue dado a conocer públicamente. El
evento simbolizaba un gesto de apertura hacia las organizaciones de la sociedad civil, quienes
resultaban reconocidas como interlocutoras para el desarrollo de la política pública.
Asistí a la reunión -como parte del Observatorio de violencia institucional hacia el trabajo sexual-
junto con Laura, una trabajadora sexual organizada en AMMAR7. Nuestra intención en este
encuentro era discutir los códigos contravencionales que aún penalizan la prostitución callejera en
19 provincias argentinas. Pensábamos que la derogación de estas normas podía constituir un punto
de acuerdo con organizaciones abolicionistas.
Feministas abolicionistas, integrantes de organizaciones católicas y organizaciones abocadas a
temas de género y ex prostitutas abolicionistas, conformaban una platea predominantemente
compuesta por mujeres. El moderador de la reunión explicó la dinámica: primero cada una/o se
presentaría brevemente, y en un segundo momento, la coordinadora del comité pasaría a contar las
líneas de trabajo de la nueva gestión.
Laura y yo nos presentamos como parte de AMMAR y el Observatorio respectivamente. A partir de
ese momento, el tono de las siguientes presentaciones y de la reunión en general cambiaría
drásticamente. Una activista abolicionista planteó con fervor su indignación por la presencia de “los
fiolos y las fiolas” (proxenetas) que promueven la explotación sexual de las mujeres. El público
asentía entre murmullos y varias alzaban su voz para compartir su indignación, mientras el
moderador hacía esfuerzos (infructuosos) por mantener el orden en la distribución de la palabra.
Algunas plantearon su incomodidad por la presencia de AMMAR diciendo que no se podía
“mezclar” a las organizaciones. “Mezclar las aguas”, “meter a todos en la misma bolsa”, “pensar
que somos iguales”, “juntarnos como si fuéramos parte de lo mismo” fueron algunas de las
expresiones que circularon para definir el malestar con las formas en que se había realizado la
convocatoria.
La presencia de AMMAR era objetada. Algunas argumentaban su complicidad (o identificación)
con “el proxenetismo”, otras planteaban que la ley que había creado al organismo convocante era
abolicionista y añadían que el estado argentino había adoptado esa posición desde la ratificación del
Convenio de 1949. La coordinadora pidió disculpas por si alguien se había sentido “lastimado” por
la presencia de AMMAR, pero explicaba que “como Estado” se veía en la obligación de abrirles las
puertas a todas.
Una activista objetó que tomara notas sobre su vida. Le respondí que no había asistido a la reunión
con el objeto de “investigarla”, sino que estaba allí como parte de un observatorio de violencia
institucional hacia el trabajo sexual y tomaba nota de quienes se iban presentando tal como lo
estaban haciendo otras personas allí. La explicación no calmó los ánimos, sino que brindó material
para la construcción de una sospecha adicional que fue expresándose en las siguientes
intervenciones: la antropóloga estaba obteniendo allí “información” que terminaría en las manos del
“proxenetismo organizado”.
La clave criminal para describir nuestra presencia en la reunión permeaba cada vez más las
intervenciones de los participantes. AMMAR era presentado como una “organización mafiosa” y yo
como una espía infiltrada del proxenetismo. El tono de voz de las intervenciones que objetaban
nuestra presencia se hacía cada vez más elevado y desataban aplausos. En un momento, algunas
asistentes comienzan a corear “¡¡que se vayan, que se vayan!!”. Frente al desorden imperante el
moderador decide someter a votación nuestra presencia en la reunión. La mayoría de las manos se
alzan para que nos retiremos. Sostengo frente a los organizadores que no pueden echarnos de una
reunión a la cual ellos mismos nos han invitado. No nos movemos de nuestros asientos y el
moderador evita dar el paso lógico siguiente (solicitar que nos retiremos) y el asunto se disipa.
El moderador logró por un tiempo orientar la reunión y las participantes discutieron sobre las líneas
de trabajo propuestas. Pero sobre el final volvieron a irrumpir las preocupaciones en torno a la
presencia de AMMAR -en clave de “mafias” o “proxenetismo organizado”- y a los peligros que la
“información” obtenida por nosotras podrían suponer para los/as activistas. Una joven abogada
concedió a la coordinadora que como “estado” tenía que escuchar a todas las organizaciones, pero
cuestionó que en nombre de esta pluralidad tuvieran que estar todas en la misma reunión. “Que
vengan cualquier otro día a tu oficina!” pidió visiblemente enojada, mientras Laura gritaba desde su
asiento “yo también soy mujer... no soy el enemigo público número uno!”
Fuera de escena
¿Quiénes pueden tener una voz en estas escenas y quienes pueden constituirse como sujetos de
saber? ¿De qué formas se ponen en juego las relaciones entre distintos actores en cada una de ellas?
¿Qué estrategias discursivas aparecen reflejadas en cada escena? ¿Podemos identificar elementos
que remitan a concepciones esencialistas en los discursos y estrategias desplegadas?
En la primera escena, las militantes abolicionistas demandan tener una voz, pero esta demanda
aparecerá casi en simultáneo con el pedido de suspender la actividad del seminario que estaba
siendo repudiado. Un tiempo atrás se habían desarrollado dos actividades donde se abordaba la
cuestión de la prostitución desde una perspectiva abolicionista. Aún así, en la carta presentada las
manifestantes plantean que la universidad, por el hecho de haber dado lugar a este seminario, ha
tomado una posición en el debate, y ha dejado de lado la mirada abolicionista. Además afirman:
Creemos que una universidad pública sostenida con recursos de todos los habitantes debe ser
pluralista en el sentido de tener en cuenta todas las posiciones relacionadas con un tema tan actual y
candente como son la prostitución y la trata, informar también que nuestro país es abolicionista y
firmó tratados internacionales que prohíben la explotación de la prostitución ajena y la instalación
de prostíbulos [...] Desde este punto de vista la prostitución no puede ser considerada un trabajo 8
Primero vemos una invocación a la pluralidad que aparece como una característica necesaria de la
universidad pública y del “conocimiento crítico”. Sin embargo, esta apelación al pluralismo entra en
tensión a continuación, al postular como enunciado de clausura la interpretación de que “nuestro
país es abolicionista” (por referencia a la ratificación del Convenio de 19499) de lo cual se deriva
que “la prostitución no puede ser considerada un trabajo”. La demanda por tener una voz se
transforma entonces en demanda por ser la única voz. Si consideramos el texto de la carta en el
contexto la acción política montada, un escrache10, la demanda de pluralidad -en tensión, en la
misma carta, con enunciados que obturan el pluralismo- puede ser interpretada como un gesto que
intenta salvar las formas que requieren las intervenciones en el espacio público en tanto arena
democrática. Estos gestos desaparecen en la segunda escena -donde la correlación de fuerzas
favorece a las activistas abolicionistas. Allí también se presenta el argumento de que “Argentina es
abolicionista” para excluir el discurso del trabajo sexual, pero se impone una exigencia de
segregación.
Las manifestantes sugieren en su carta que las formas de analizar la legislación propuestas en el
seminario por los/as investigadores/as son un modo de “defender a proxenetas y tratantes”. Allí
proponen que sean invitados, en cambio, funcionarias/os en el área de las políticas anti-trata que
han producido “estudios serios” sobre la cuestión. Esta apelación a las/os funcionarias/os como la
palabra autorizada expresa una transformación. En el inicio de la campaña anti-trata (2007-2011)
las organizaciones criticaban duramente a las/os funcionarias/os estatales por su falta de
conocimiento para lidiar con la cuestión. No obstante, a partir del año 2012, las burocracias
estatales se alinearon más estrechamente con la posición abolicionista (Varela y Gonzalez, 2015).
Emergió así, en el seno del campo estatal y sus burocracias, la experticia anti-trata que resulta
invocada en la escena como sujeto legítimo de saber.
La perspectiva de análisis propuesta por Claudia Aradau (2013) para pensar cómo se construyen
saberes y conocimientos en el marco de las campañas anti-trata puede resultar fructífera aquí, pues
no se trata de reparar en el valor de verdad sino de observar qué sujetos surgen legitimados como
portadores de conocimiento en estos procesos y qué otras voces y perspectivas resultan desplazadas.
En la primera escena, acontecida en un espacio universitario, las activistas proclaman en la carta
enviada a las autoridades que los informes de los/as investigadores son “falsos”, en contraste con
aquellos de las/os funcionarias/os anti-trata caracterizados como “serios”. La posición de
enunciación de las/os expositores hace necesario apelar a criterios propios del campo científico
(verdadero/falso) para excluir del debate a quienes no parten del supuesto de que la prostitución es
siempre y en todos los casos violencia contra las mujeres.
Las estrategias desplegadas en la segunda escena -donde la correlación de fuerzas es diferente- para
producir sujetos legítimos de saber presentan otras características. Las/os activistas se posicionan
como portadores de “informaciones” valiosas y sensibles, amenazados por la presencia de
AMMAR, quien pone en riesgo y vulnera la eventual potencia de esos conocimientos para combatir
a las “mafias”. Esta insistencia en la posesión de conocimientos sensibles cuya circulación debe
protegerse muestra una función productiva del conocimiento, al margen de su confiabilidad o
precisión para describir al mercado sexual. Los conocimientos y el secreto que en este caso debería
protegerlos al tiempo que legitiman a algunos sujetos como expertos excluyen a otros. De allí, la
pregunta es ¿cuál conocimiento es presentado en estos discursos como ilegitimo o bien carente de
valor? Aquí los saberes de quienes se identifican como trabajadoras sexuales o adhieren a su
perspectiva en esta disputa resultan marginados y carecen de capacidad para constituirse como
agentes epistémicos en la producción de políticas anti-trata.
El borramiento de los conocimientos y perspectivas de las trabajadoras sexuales organizadas se
enlaza también con la supuesta peligrosidad de sus organizaciones. En la segunda escena, la
aversión que se expresó a lo largo de la reunión frente a las “mezclas” que había producido la
convocatoria puede ser leída en los términos de Mary Douglas cuando señala que “algunas
contaminaciones son analogías para expresar una visión del orden social” (1973: 16). El lenguaje de
la contaminación es puesto en marcha para reconstruir el orden moral y sus fronteras, vulneradas
por la presencia de “proxenetas” o “prostituyentes”, tal como se concibe a quienes defienden los
derechos de las trabajadoras sexuales organizadas. Las poluciones indican que el orden moral se
encontraba amenazado. Una organización que demanda derechos en torno al reconocimiento de la
prostitución en tanto trabajo sexual no puede alojarse en esa visión de mundo y resulta recodificada
para ingresar en uno los dos polos. La operación que convierte a AMMAR en una “mafia” permite
eliminar la ambigüedad y restaurar un orden dicotómico: de un lado quienes luchan para rescatar a
las víctimas indefensas y del otro lado los perversos criminales que lucran con la explotación sexual
de las mujeres. En este caso AMMAR es una cómplice de las “mafias” (o directamente la “mafia”).
Las mujeres que hacen sexo comercial, resisten a su identificación como víctimas y se organizan
como trabajadoras sexuales sólo pueden ser ubicadas como una parte más de las mafias que los
activistas denuncian.
En ambas escenas se puede observar cómo, en distintos campos de fuerza y apelando a diversos
registros discursivos y estrategias políticas de impugnación, se bloquean las posibilidades de
discusión, o bien se demanda la expulsión de quienes tienen perspectivas diferentes de la
abolicionista. En dichas estrategias subyace una concepción homogénea de mujer que informa a
estas vertientes abolicionistas, una mujer que no puede nunca identificarse como trabajadora sexual.
Puntos de posible articulación como los problemas que produce el estigma de “puta”, los riesgos de
la criminalización de mujeres por las políticas anti-trata o la derogación de las normativas que
sancionan a las mujeres en prostitución desaparecen cuando no se adhiere al principio de que “la
prostitución no puede ser considerada un trabajo”.
Vaivenes abolicionistas. De la trata de blancas a las sex wars.
¿Cómo ha sido posible esta polarización dentro del movimiento feminista? ¿Qué procesos políticos
permiten comprender los contornos del abolicionismo y qué concepciones han ido modelando sus
transformaciones? Para intentar comenzar a responder estas preguntas resulta clave tomar en
consideración el derrotero histórico del abolicionismo y sus influencias transnacionales.
El abolicionismo de la prostitución -cuya denominación es tomada del abolicionismo de la
esclavitud- surge en la Inglaterra victoriana de fines del siglo XIX, ligado a la movilización contra
medidas que sometían a las mujeres sospechadas de prostitutas a controles de enfermedades
venéreas. Este movimiento feminista, liderado por Josephine Butler, tempranamente se alió con los
movimientos religiosos de “pureza social” en una campaña contra la “trata de blancas”. Esta alianza
abolicionista suponía que las mujeres europeas eran traficadas (por ello se la denominaba trata de
blancas) para ser explotadas sexualmente, entre otros países a Argentina y particularmente a la
ciudad de Buenos Aires.
De acuerdo con Guy (1994), la campaña contra la “trata de blancas” sobredimensionaba el
fenómeno. Este discurso evocaba un mito paternalista -las prostitutas siempre víctimas pasivas de
oscuros rufianes- y racista -todas las mujeres blancas en los prostíbulos extranjeros habrían sido
llevadas allí contra su voluntad-. La campaña, que se extendió rápidamente hacia Argentina,
expresaba a ambos lados del atlántico el rechazo hacia ciertas formas de conducta sexual femenina
que desestabilizaban el rol asignado a la familia, la identidad nacional, y el honor religioso. En la
Argentina, el caso paradigmático de este relato es el de la sociedad de rufianes judíos Zwi Migdal,
denunciada por Raquel Liberman una de las mujeres que habría sido engañada por esta red.
Sin embargo, las preocupaciones que desataba la “trata de blancas” comienzan a disiparse con el
tiempo. Años más tarde, cuando la primera y segunda guerra mundial habían puesto de relieve otros
problemas, la migración hacia América había decrecido y la trata de mujeres ya no constituía un
tema central de la agenda internacional, se aprueba en 1949 el Convenio para la represión de la trata
de personas y explotación de la prostitución ajena. A partir de entonces, el interés por la trata y la
prostitución decae por al menos tres décadas.
Posteriormente, durante la década de 1980, se da un fuerte debate sobre la sexualidad en el
feminismo euro-anglosajón, las llamadas sex wars, que marcará una divisoria de aguas dentro del
movimiento. Allí se opondrán las concepciones del feminismo radical, que conceptualiza al sexo en
contexto patriarcal como un peligro y el feminismo libertario, o pro-sexo, que lo enfocará como una
posibilidad de exploración y de placer (Ferguson, 1984). En estas discusiones las prostitutas
ocuparon tanto el lugar de esclavas sexuales como el de paradigma de la subversión sexual
(Chapkis, 1997).

El feminismo radical11 sostiene una posición absoluta sobre la prostitución: solo puede ser
violencia. En este sentido, MacKinnon interpreta al pago en la prostitución como una forma de
coerción que la iguala a una violación: “el dinero sirve para coaccionar el sexo, no garantiza el
consentimiento. Esto convierte a la prostitución en una forma de violación en serie” (2011: 17). Las
distintas modalidades en las que se comercializa sexo se homogeneizan, subsumidas todas bajo el
signo de la dominación. Se desestiman las diferencias entre los distintos estratos socioeconómicos,
entre adultas y niñas, cuando hay o no proxenetas y/o coacción física y/o psíquica. Así, Dworkin
señala que ninguna de las circunstancias en que ocurra la prostitución importa “porque estamos
hablando de la utilización de la boca, la vagina y el recto. Las circunstancias no mitigan o
modifican lo que es la prostitución.” (1993: 2). También Barry, expresa esta mirada al afirmar que
“virtualmente la única distinción que se puede hacer entre el tráfico de mujeres y la prostitución
callejera es que el primero involucra cruzar fronteras” (1988: 20).
Por aquella década, los temas y problemas del feminismo local eran distintos en nuestras latitudes.
En el contexto postdictatorial, las feministas argentinas demandaban por el divorcio vincular, la
patria potestad conjunta, la igualdad en derechos laborales y el aborto legal. Incluso, cuando la
prostitución entra en la agenda feminista en la década de 1990, no lo hace ligada al debate
explotación/trabajo, sino a las asignaturas pendientes de la transición democrática. En 1998, en el
contexto de los debates sobre el Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires12, se dará
una discusión en torno a los alcances de la regulación policial del espacio público. Un punto central
allí será la derogación de los edictos policiales que sancionaban la prostitución callejera. 13
En este proceso, grupos de feministas abolicionistas, como la Asamblea Raquel Liberman (formada
en 1996) construirán una articulación con las primeras trabajadoras sexuales organizadas de
Argentina, nucleadas en AMMAR desde 1995. A pesar de sus diferencias en la perspectiva de la
prostitución, compartían el objetivo de hacer desaparecer el control policial sobre las mujeres que
vendían sexo en las calles. Una muestra de esta articulación por encima de las diferencias es la
experiencia del colectivo de “Vecinos y vecinas por la convivencia”, donde además de feministas y
prostitutas participan también otros colectivos como organizaciones de Derechos Humanos,
estudiantiles, de homosexuales, de Travestis (CLADEM, 2003).
Dentro de este amplio arco de organizaciones nucleadas por valores ligados al progresismo y
contrapuesto a las fuerzas que defendían valores sexuales tradicionales, las feministas abolicionistas
se oponían a la penalización del “ejercicio independiente de la prostitución”, al sostener que esta
normativa violaba los derechos de las mujeres en prostitución y a la vez favorecía a los
proxenetas14. En este marco el Convenio de 1949 será invocado para cuestionar la legalidad del art.
71 Código contravencional que penalizaba la prostitución callejera (Fontenla, 1999).
El abolicionismo en esos momentos aparecía definido por estas feministas como un movimiento
que “se opone a todo control legal y estatal de la prostitución, pero prohíbe su explotación
organizada, reprimiendo el proxenetismo” (Vasallo, 1999: 40, énfasis añadido). El conflicto que
atravesaba y dividía al feminismo anglosajón era observado a la distancia, mientras entre las
abolicionistas locales se construía una mirada más matizada sobre las contiendas de las sex wars e
incluso se deslizaban sospechas sobre las derivas prohibicionistas del feminismo radical en
norteamérica (Vasallo, 1999).
Born in America, hecho en Argentina.
Con el cambio de milenio la campaña anti-trata de principios de siglo re-emerge en Estados Unidos
a través de una nueva alianza entre grupos de feministas radicales provenientes del movimiento
anti-pornografía y organizaciones cristianas. Para Doezema (2010), la nueva campaña reactivaba el
mito de la “esclavitud blanca”, ahora bajo la etiqueta de “trata de mujeres” o “trata de personas”. La
institucionalización de la campaña durante la era Bush (2001-2009) redundó en la creación de un
conjunto de mecanismos de presión de alcance extraterritorial que rápidamente lograron
globalizarla con un fuerte contenido anti-prostitución15 (Soderlund 2005, Weitzer, 2007)
En nuestro país los primeros casos visibilizados como delito de “trata” se vinculan a la migración de
mujeres dominicanas hacia la Argentina en 1990, cuyas trayectorias migratorias ofrecían elementos
que permitían una lectura en clave “trata” e incluso despertaron algún revuelo mediático e
institucional. Sin embargo, la alta visibilidad que adquirió el problema de la trata giró
principalmente en torno a un caso singular: la desaparición de Marita Verón16 y la lucha de su
madre, Susana Trimarco, por encontrarla. ¿Qué llevó a que este caso sea el que mayor repercusión
ha alcanzado y a que se torne paradigmático, al crear una imagen, en primer lugar, de la “trata” y,
por extensión, del funcionamiento del mercado sexual?
En momentos en que el caso parecía encaminarse hacia el olvido, los ojos del departamento de
Estado de Estados Unidos se posaron sobre la historia de Susana Trimarco. El 8 de marzo de 2007
ella recibe de manos de Condoleezza Rice el premio “Mujeres de Coraje”. Su nominación había
sido elevada por la Embajada Argentina en razón de que la cuestión “trata” era prioridad para el
gobierno de los Estados Unidos (Vallejos, 2013). Este reconocimiento despertó inmediatamente una
enorme atención local. Al año siguiente el caso se transformó en una referencia ineludible a partir
de la emisión en horario central de la telenovela “Vidas Robadas”.17 La telenovela estuvo plagada
de referencias implícitas al caso Verón, lo cual la abrió a una dimensión testimonial que aspiraba a
reconstruir la verdad sobre los sucesos que rodearon la desaparición de Marita (Justo von Lurzer,
2011).
El reconocimiento obtenido por Trimarco produce resonancias inmediatas en el campo local, de
manera tal que una organización feminista, la Casa del Encuentro pone en marcha, en el quinto
aniversario de la desaparición de Marita Verón, la primera manifestación pública en el Congreso de
la Nación bajo la consigna “aparición con vida de las mujeres desaparecidas en democracia y
castigo a los responsables”. La consigna elegida fundía la retórica del movimiento de derechos
humanos en Argentina, cuyo lenguaje remite a la demanda de justicia por los crímenes de estado del
último período dictatorial, con la militancia feminista. Buscaba modelar así un marco de
interpretación afín a un público no-feminista. Este paradigma trata-desaparición se extendió,
evocando asociaciones automáticas entre “desaparición” y “prostitución” y subrayando así el
carácter forzoso de cualquier forma de sexo comercial (Varela, 2015).
Finalmente, Marita y su madre logran movilizar un conjunto de símbolos que remiten tanto a las
retóricas de “memoria verdad y justicia” del pasado reciente, así como evocan el mito de la “esclava
blanca” que había animado las campañas de principios de siglo. En primer lugar, Trimarco como
madre se inscribe en un linaje de madres luchadoras caro a la historia de las luchas sociales en
Argentina, que en el pasaje de lo privado a lo público imbrican política, parentesco y valores
familiares. En segundo lugar, Marita simboliza fundamentalmente la víctima inocente: una joven
blanca, madre, argentina, cisexual, en un hogar conyugal heteronormado, de clase media, es
arrancada abrupta y violentamente del seno familiar. El misterio que rodea su desaparición y la
ausencia de su cuerpo fortalecen una narrativa que apunta a la responsabilidad de las “mafias” que
sumergen a esta mujer en un submundo criminal y perverso. La potencia de la víctima inocente
reside también en su capacidad de producir una interpelación amplia, capaz de alcanzar a todas las
familias argentinas.18
Mientras se potenciaba la visibilidad mediática del caso Verón, se activaban las discusiones a partir
de los estándares fijados por el Protocolo de Palermo19. Surge entonces un conjunto heterogéneo de
organizaciones anti-trata. Sólo una parte minoritaria de estas organizaciones provenían del
feminismo abolicionista de los noventa y se posiciona discursivamente como un movimiento
“histórico”, siendo además su usina ideológica20. Estas organizaciones construyen, a través de sus
publicaciones, una tradición abolicionista nacional (Fontenla-Belloti, 2007; Campaña ni una mujer
más víctima de las redes de prostitución, 2008; Fontenla, 2012) donde se inscriben las figuras de
Julieta Lanteri como la madre fundadora del abolicionismo y de Raquel Liberman como la heroína
que desafía a las mafias. En pocas o ninguna oportunidad se menciona la raigambre anglosajona del
movimiento ni la reactualización de la campaña anti-trata durante la era Bush. De este modo, se
eclipsan las conexiones transnacionales del abolicionismo y de la campaña anti-trata. Esta
construcción de una tradición abolicionista nacional permite, junto con una interpretación de los
alcances del Convenio de 1949, consolidar la idea de que Argentina “es abolicionista”, que suele
surgir en los debates postulada como un hecho indiscutible.
Este feminismo abolicionista hegemonizó el emergente movimiento anti-trata, pasando a ser
identificado como la única posición feminista en los debates públicos sobre prostitución y trata de
personas. Su hegemonía le permite instalar el planteo de que el consentimiento de las víctimas debe
ser irrelevante en la legislación sobre trata de personas. A partir de esta discusión, se modifica la ley
de trata en diciembre de 2012 y se logra inscribir simbólicamente la idea de que ninguna inserción
en el mercado sexual puede ser consentida (ver Varela, 2013). Dicha transformación legal es sólo un
vértice de un proceso más amplio y complejo de institucionalización de la política anti-trata
abolicionista que se aceleró a partir del 201121. Este proceso muestra la adopción de una
perspectiva abolicionista en el diseño de políticas públicas, lográndose imponer finalmente la idea
de que “trata y prostitución son las dos caras de una misma moneda”.22
El proceso que aquí delineamos muestra que, para comprender los derroteros y actuales
posicionamientos del abolicionismo argentino, resulta indispensable pensar sus vinculaciones con la
cuestión de la “trata” y con el movimiento abolicionista anglosajón. Tanto al momento de su
surgimiento en Argentina a principios del siglo XIX como en la última década, la “trata” ha sido
una herramienta de movilización política del abolicionismo local en sintonía con el movimiento
anglosajón. Esto no supone una simple traducción de un lenguaje foráneo, sino que implica una
recreación a partir de símbolos que resuenan tanto en las coyunturas locales como en las capas de la
memoria histórica. Estos complejos procesos de ensamblaje, reapropiación e institucionalización de
las campañas anti-trata potencian la homogeneización de concepciones acerca del mercado sexual y
habilitan asimismo la adopción de concepciones esencializadas sobre la mujer que cierran las
puertas del feminismo a “otras” mujeres.
Reflexiones finales
¿Quién reconoce a la puta como suya?, ¿acaso la puta tiene un padre que diga esta es mi hija?,
¿acaso la puta tiene una madre que diga esta es mi hija? ¿Qué mujer dice esta puta es mi amiga?
¿Hay un hermano que la nombre hermana? ¿Hay un hijo que diga esta puta es mi madre? ¿Hay una
cultura que la nombre como perteneciente o una comunidad que la nombre como parte suya? La
respuesta es un único y rotundo no. Todos quieren expulsarla, al mismo tiempo que la utilizan
(Ninguna mujer nace para puta, Galindo, Sanchez, 2007)
“Ninguna mujer nace para puta” fue, en primer lugar, el nombre de una muestra organizada por ex
prostitutas, más tarde el título de un libro y finalmente, se extendió como un slogan que conformó
rápidamente un sentido común en torno al comercio sexual. En la frase resuenan los
cuestionamientos a “la biología como un destino”, tan cara al feminismo. Al mismo tiempo, la
postulación en términos negativos y en singular (“ninguna mujer”) presupone una idea universal de
mujer, frente a la cual la “puta”, expulsada, funciona como exterior constitutivo (y mantiene intacto
el poder del estigma). La puta aparece en esta concepción como un ser abyecto que está por fuera de
las estructuras que se asocian a la imagen de la “mujer” -especialmente la familia- y despojada de la
posibilidad de ser parte de una cultura o de resignificarse.
En este sentido, las vertientes hegemónicas del abolicionismo en Argentina parecen haber acabado
sosteniendo una concepción esencializada de la mujer y operar políticamente sin preocuparse por
las exclusiones que pueden generar frente a otras feministas y otras experiencias de mujeres en el
mercado sexual. Como hemos visto en las escenas descriptas en el comienzo de este artículo, esa
exclusión se produce bajo distintos mecanismos. Aunque en ocasiones se invoca el principio
democrático de pluralidad de voces, esta demanda se tensa cuando se plantea que “Argentina es
abolicionista”. Entonces se apela a la ley como un discurso monolítico que no puede ser sometido a
discusión -una suerte de naturalización y por ende despolitización de la ley- y también como el
cierre definitivo de la posibilidad de debatir el estatuto del sexo comercial. Esta concepción
finalmente se transforma en un modo de negar la existencia misma de las trabajadoras sexuales
organizadas y borrar a las trabajadoras sexuales de un campo de debate político.
La exclusión de quienes asumen una identificación como trabajadoras sexuales también se produce
bajo el argumento de que estas organizaciones constituyen, en el mejor de los casos, “pantallas para
las mafias”, cuando no son ellas mismas “mafias”. Esto es, la exclusión de las trabajadoras sexuales
organizadas se produce a partir de imputarles un carácter criminal. Esta operación de segregación se
ensambla con una visión que divide el mundo de forma dicotómica entre víctimas y victimarios.
Esta línea divisoria amenaza con cancelar la posibilidad de articular las luchas de otras mujeres y
por ende socavar su potencial transformador. Durante los años 90 fueron posibles articulaciones y
alianzas coyunturales entre abolicionistas y trabajadoras sexuales -tal como vimos en el contexto de
la lucha contra los edictos policiales-. Sin embargo, en los últimos diez años esas posibilidades
fueron minadas por la polarización del debate feminista ligada en buena medida a la emergencia de
la campaña anti trata y la creciente identificación entre prostitución y trata de personas.
La construcción de una imagen estereotipada del mercado sexual a partir de los relatos de víctimas
inocentes secuestradas por mafias -la amalgama trata-prostitución- es una pieza fundamental,
aunque no es la única. Hemos visto que estas transformaciones se ligan con un conjunto de
fenómenos: la influencia de la campaña anti-trata norteamericana y los marcos interpretativos del
abolicionismo anglosajón -especialmente del feminismo radical-; la reapropiación de esta campaña
en el contexto local a través de las retóricas de “memoria, verdad y justicia” y la asociación que
genera entre trata y desaparición forzada; los usos de la campaña anti-trata de principios de siglo
para forjar una tradición abolicionista argentina; y la proliferación de narrativas estereotipadas sobre
el mercado sexual en los medios de comunicación.
Otras cuestiones en juego ciertamente abren interrogantes. Enumeramos dos: ¿Qué papel jugó en
este proceso la institucionalización de una perspectiva de género que puso el acento en la necesidad
de proteger a las mujeres, muchas veces a través del sistema de justicia criminal? ¿Qué tensiones
produjo la creciente politización de las organizaciones de trabajadoras sexuales y la construcción de
una serie de demandas en torno a una ley de reconocimiento del trabajo sexual? Con esto queremos
dejar planteado que las transformaciones que han permitido que el debate se polarice y amenace las
posibilidades de articulación entre feministas no dependen de un único factor, sino que resultan de
un entramado complejo.
Para finalizar, nos interesa mencionar otras dos cuestiones que surgen de este trabajo. Por un lado,
los rasgos esencialistas en la concepción de mujer y las políticas que se articulan desde esta
perspectiva llaman la atención sobre ciertos riesgos que emergen en el contexto actual, de
institucionalización de una perspectiva con estas características. ¿De qué formas se utilizarán los
recursos del estado, especialmente en términos de su monopolio de la violencia legítima, en el
abordaje de la cuestión del comercio sexual? Por otro lado, hasta hace poco tiempo las posiciones
abolicionistas no presentaban estos rasgos. Entonces, ¿sobre qué bases y en qué puntos pueden
reconstruirse articulaciones que suspendan las dicotomías en torno del comercio sexual y potencien
las luchas feministas?
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Notas
1 AMMAR nuclea a las trabajadoras sexuales en el seno de la CTA (Central de Trabajadores
Argentinos).
Notas
2 Frente de Unidad Emancipatorio por el Reconocimiento de derechos a la Trabajadoras Sexuales
Notas
3 En otros trabajos hemos analizado las tensiones entorno a la posición del trabajo sexual (Morcillo,
2013; 2014).
Notas
4 Para un análisis más profundo de los problemas de la categoría de “esencialismo estratégico” ver
Mattio (2009)
Notas
5 Las escenas han sido reconstruidas para resguardar el anonimato de las/os participantes.
Notas
6 Gluckman sostiene que las “situaciones sociales” constituyen una materia prima fundamental para
el antropólogo ya que su análisis permite abstraer la estructura social, las relaciones sociales, las
instituciones, etc. de la sociedad estudiada. Son relaciones sociales en acción, elegidas por su
tipicidad, que permiten iluminar la trama de relaciones sociales más amplia.
Notas
7 El observatorio fue creado en 2015 por AMMAR e investigadores/as que estudian en las áreas de
trabajo sexual y trata de personas.
Notas
8 Disponible en http://kasandrxs.radioteca.net/article/nota-a-la-universidad-nacional-del-litoral/
Notas
9 Este convenio de Naciones Unidas considera que la prostitución es incompatible con “la dignidad
y el valor de la persona humana” y condena a quien facilite o explote la prostitución ajena, aun con
el consentimiento de la persona.
Notas
10 El “escrache” es una forma de protesta política creada por la agrupación de Derechos Humanos
HIJOS para denunciar a los represores de la última dictadura militar que habían sido indultados. El
escrache constituía una acción directa de un grupo de militantes que realizaba performances en el
domicilio de un represor para visibilizarlo frente a la población. Sin embargo, en los últimos años
esta forma de protesta se ha extendido a otras militancias y sus usos se han transformado,
funcionando a veces como una suerte de shaming espectacularizado.
Notas
11 Resulta difícil sintetizar aquí las posiciones de feminismo radical, pero un rasgo clave es la
concepción del patriarcado como un sistema donde varones dominan a las mujeres y donde los roles
de género y especialmente la sexualidad (heterosexual) juegan un papel definitorio para sostener
dicha dominación –más que otras variables como la clase o raza– (Morcillo, 2016).
Notas
12 La Ciudad de Buenos Aires tuvo carácter de territorio federal hasta que la reforma constitucional
de 1994 estableció su autonomía y un régimen republicano de gobierno. Dentro de la “ilusión
fundacional” que dominó la creación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, muchos sectores del
derecho y la política colocaron sus esperanzas de construir un poder judicial y policial fundado en
valores democráticos. (Tiscornia, Sarrabayrouse y Eilbaum, 2000)
Notas
13 Sabsay (2011) explora en detalle las dimensiones sexuales y de género que se jugaron en los
debates del nuevo Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Véase sobre
este proceso también Tiscornia, Sarrabayrouse y Eilbaum (2000).
Notas
14 Volante 8 de Marzo, “Día de duelo en la Ciudad ¿Autónoma? de Buenos Aires” firmado por la
Asamblea Raquel Liberman, ATEM, Feministas independientes-Lesbianas a la vista, Revista
“Brujas” N°26 1999.
Notas
15 Fundamentalmente los Trafficking in persons Reports, que califican a los países de acuerdo con
estándares norteamericanos; la eventual sanción económica sobre los países que incumplan con las
recomendaciones del Departamento de Estado; y la Anti Prostitucion Pledge, que impidió el
financiamiento de organizaciones afines a la concepción del trabajo sexual.
Notas
16 Marita Verón es una joven tucumana desaparecida en abril del 2002. Su madre, Susana Trimarco,
emprendió su búsqueda y los primeros indicios apuntaron a una red de prostíbulos riojanos.
Notas
17 Emitida con gran repercusión en 2008, “Vidas robadas” narra la historia de una joven
secuestrada por una red de explotación sexual y los esfuerzos de su madre por rescatarla.
Notas
18 Aquí nos interesa, más que los hechos concretos del caso, cómo este contribuye a la construcción
de una la narrativa sobre la “trata”. En este sentido, el relieve que el caso adquirió contrasta con el
rápido olvido en que cayeron los casos de las mujeres dominicanas, a pesar de resultar
cuantitativamente más importantes.
Notas
19 Protocolo de Naciones Unidas para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas,
especialmente mujeres y niños, año 2000.
Notas
20 Nos referimos a las organizaciones que lideran la “Campaña Ni una mujer más víctima de las
redes de prostitución y trata”.
Notas
21 Forman parte de este proceso, entre otros: la prohibición de publicar oferta de servicios sexuales
a través del decreto 936/2011, la prohibición de cabarets en varias provincias y municipios a lo
largo del país, proyectos para penalizar a los clientes de prostitución y la formación de burocracias
estatales de rescate (para una descripción de los puntos salientes de este proceso véase Morcillo y
Justo, 2012; Varela y Daich 2014).
Notas
22 Se trata de una expresión recurrente tanto entre activistas como funcionarios/as de burocracias
estatales (ver por ejemplo https://www.lmneuquen.com/prostitucion-y-trata-se-complementan-
n189916/amp o http://www.telam.com.ar/notas/201304/15220-aseguran-que-la-trata-y-la-
prostitucion-son-dos-formas-de-explotacion-sexual.html )
Notas de autor
[email protected]@gmail.com

Por qué legalizar la prostitución no es


compatible con la igualdad entre hombres y
mujeres
El debate en torno a la industria de la prostitución y, por tanto, a la situación de las mujeres
prostituidas, ha traspasado fronteras. El tema genera polémica dentro del feminismo, creando una
división entre aquellas que se posicionan a favor del “trabajo sexual”, denominadas regulacionistas;
y las que luchan por abolir el sistema prostituyente, llamadas abolicionistas.
Muchas conversaciones sobre el sistema prostituyente, entre personas informadas y otras no tanto,
que no tienen completamente definida una posición frente a la prostitución, llegan a las
conclusiones de que el abolicionismo no está bien explicado, no se entiende o tiene un discurso
que ya no cala en la sociedad. Mientras, el discurso regulacionista va ganando terreno, con ideas
que, en primera instancia, parecen ir de la mano con el progresismo y la liberación de las mujeres.

¿Qué es el abolicionismo?
La prostitución es una problemática social que afecta a millones de mujeres en todo el mundo. Más
de cinco millones son víctimas de trata con fines de explotación sexual, según la Organización
de Naciones Unidas (ONU)1. La UNODC prevé que por cada víctima registrada hay al menos
20 que no aparecen en las estadísticas. A esta cifra habría que añadir aquellas que afirman
ejercerla libre y voluntariamente. Las estadísticas oficiales acerca de las mujeres que se encuentran
en situación de prostitución en cada país son escasas o inexistentes. Aún más dificultoso es precisar
una cifra exacta en las estadísticas mundiales.
El delito por trata de seres humanos con fines de explotación sexual está tipificado por las leyes, los
convenios y tratados internacionales -como el Protocolo de Palermo (2000), enmarcado en la
Convención de Naciones Unidas contra la delincuencia organizada trasnacional, ratificado en
España en el año 2002-, pero no hay ninguna ley establecida en contra de la prostitución,
únicamente del lucro por la prostitución ajena. Por ello, cada país establece su marco legal ante la
problemática, en la mayoría de los casos omitiendo su situación y discusión entre la clase
política y manteniendo la prostitución en un marco de alegalidad.
En el año 2010, Naciones Unidas aprueba el Plan de Acción Mundial para Combatir la Trata de
Personas, tras haberse ratificado los convenios de 1904, 1910, 1921, 1933 y 1949. España se limita
a implantar el Plan Integral de lucha contra la trata de mujeres y niñas con fines de explotación
sexual 2009-2012 y, posteriormente, el de 2015-2018.
Según datos de la ONU en 2016, el 70% de las víctimas por trata sexual son mujeres y niñas. La
trata de mujeres existe porque la demanda de prostitución es inabarcable con la oferta actual,
por lo tanto la primera es consecuencia de la segunda. España ocupa el tercer puesto en los
países del mundo y líder de la Unión Europea en consumo de prostitución2. El debate se encuentra
en auge en este país, cuyo origen es de carácter abolicionista.
Las feministas abolicionistas también inciden en que el ejercicio de la prostitución implica la
desigualdad de género, que debe combatirse con la educación de las nuevas generaciones.

La prostitución, ¿es una cuestión de género?


El sistema prostitucional revela cifras esclarecedoras: la inmensa mayoría de víctimas de trata
sexual son mujeres y niñas. Este dato indica que nos encontramos ante una cuestión de género: las
mujeres son las prostituidas y los hombres son los demandantes de prostitución y los
proxenetas.
La mirada de la sociedad ante la prostitución, además, crea una discriminación entre las mujeres: las
decentes y las indecentes, las esposas y las prostitutas, las respetables y las desechables; las
privadas y las públicas. Simone de Beauvoir añadía la separación entre mujeres perdidas y mujeres
honradas. “En la prostitución se resumen al mismo tiempo todas las imágenes de la esclavitud
femenina”, añadía la filósofa francesa.
El foco del sistema prostitucional, según las expertas feministas, debe situarse en el varón: el
demandante de prostitución. Él es el principal motor por el que existe esta industria y, a su
vez, el más invisibilizado en el debate. El hombre crece en su adolescencia con la pornografía y
con la creencia de que debe “hacerse hombre” y “macho” yendo de putas, como ocio y diversión y
como derecho propio de su masculinidad. Se sobreentiende que ellos deben satisfacer una necesidad
sexual, libidinal, inevitable, que a las mujeres no se les plantea. “La prostitución es una práctica por
la que los varones se garantizan el acceso al cuerpo de las mujeres. El derecho incuestionable de
todo varón a disponer del cuerpo de las mujeres, jóvenes preferentemente, por una cantidad variable
de dinero”, indica la filósofa feminista Ana de Miguel.
No existe un perfil concreto del hombre demandante de prostitución: cualquier edad, físico, tipo
de formación, empleo, raza, clase social… Lo único en común es el género masculino y que han
sido educados en una sociedad heteropatriarcal y machista3. La superviviente de trata Amelia
Tiganus asegura que “son nuestros vecinos, hermanos, padres, compañeros de clase, de trabajo,
nuestros amigos, novios y maridos. La prostitución es un espacio donde los hombres reafirman su
masculinidad hegemónica. Una “fábrica de putas”, señala Tiganus: “un campo de concentración de
mujeres”. Un “harén para demócratas”, añade de Miguel.
La solución, desde una perspectiva abolicionista, radica en la educación de las próximas
generaciones y en trabajar con la sociedad actual penalizando al demandante de prostitución,
nunca a la mujer prostituida. “Nosotras, las mujeres, somos la principal materia de esta gran
industria ilícita. Además, a nuestros hijos adolescentes, varones, les están mandando un mensaje de
que penetrarlas por todos los agujeros simplemente por ocio no tiene absolutamente nada de malo, y
que ser proxeneta es tan respetable como ser panadero. La respuesta de la sociedad debe ser
contundente, si es verdad que apostamos por la igualdad entre hombres y mujeres, por el buen trato
y por los derechos humanos”, declara Tiganus ante la polémica suscitada por las jornadas sobre
trabajo sexual de la Universidad Da Coruña4.

¿Qué sucede con las mujeres que ejercen libremente la


prostitución?
La primera cuestión que se suele plantear cuando en una conversación sale a la luz el tema de la
prostitución es qué pasaría con las mujeres que realmente quieren ejercer la prostitución. ¿Qué
sucederá con aquellas mujeres que no están oprimidas por las redes de trata y ejercen de manera
autónoma y libre la prostitución?
Ana de Miguel sostiene el mito de la libre elección, mediante el cual las mujeres se encuentran
coaccionadas por su situación económica, familiar o social; o, en su ausencia, toman la decisión
por consecuencia de la educación sexual que han recibido como mujeres en una sociedad patriarcal,
capitalista y androcéntrica, basada en el falocentrismo y en la visión de la mujer como objeto de
placer y no como sujeto5.
Un argumento muy usado por el colectivo pro-prostitución es que hay que escuchar a las putas, que
las abolicionistas deciden sin su voz. El abolicionismo, como movimiento feminista, no concibe ir
en contra de la voluntad de las mujeres ni excluir a este colectivo del sistema. El abolicionismo,
como movimiento feminista, tampoco está en contra de las mujeres que se autodenominan
“trabajadoras sexuales”. El abolicionismo, como movimiento feminista, insiste en incluir
soluciones para todas las mujeres en situación de prostitución y exige al Estado y a las
instituciones internacionales, políticas públicas de lucha contra la trata, alternativas laborales
para todas las mujeres en situación de prostitución -para aquellas que quieran abandonar el
sistema-. Sin dejar a ninguna fuera del sistema, donde se encuentran actualmente debido al estigma
generado social y políticamente contra la mujer prostituida.
La feminista Nidia Kreig defiende que “sostener que las mujeres pueden elegir en el contexto de
desigualdad patriarcal y capitalista es dejarlas a merced del sistema prostitucional, en un
grado de desamparo aún mayor, más brutal porque la explotación no estaría sólo legitimada
por una naturalización, sino por la ley”.
¿Legalizar la prostitución como trabajo implicaría la
liberación sexual de la mujer?
El movimiento abolicionista es tachado de puritano, anti-sexual, conservador, de carácter
tradicional, cuando en realidad persigue la liberación sexual de la mujeres, su autonomía; y el fin
de la cosificación, sumisión y degradación a la que son sometidas por los hombres, tanto las
prostituidas como las no prostituidas, debido a que en el sistema patriarcal se legitima la
prostitución bajo el precepto de que “todas las mujeres podemos ser prostituidas”.
La mujer se encuentra oprimida por dos sistemas que cooperan: el patriarcado y el capitalismo. Con
libertad o no, de forma voluntaria o no; la mujer en la prostitución es el producto, la
mercancía. De Miguel encuentra la explicación en un análisis marxista de la plusvalía: “Al igual
que la capacidad humana de trabajar es fuente de valor y genera una plusvalía que la clase
capitalista extrae a la clase trabajadora, en las sociedades patriarcales los varones extraen una
plusvalía de dignidad genérica en todas sus interacciones con las mujeres”.
Carole Pateman señala en ‘El contrato sexual’ que “el amor libre y la prostitución son polos
diferentes. La prostitución es la utilización del cuerpo de la mujer por un varón para su propia
satisfacción, que no existe por parte de la prostituta. Es el uso unilateral por un hombre del
cuerpo de la mujer a cambio de dinero”.
La revolución sexual viene dada en un contexto de ideología patriarcal, en la que -señalan Alicia H.
Puleo6 y Kate Millet7– predomina la humillación de la mujer ante el placer erótico. En un marco de
una sexualidad ligada al androcentrismo y al falocentrismo, incluso las integrantes del colectivo
pro-prostitución admiten que las relaciones no son consensuadas, como en esta publicación de la
Secretaria General de AMMAR8 de Argentina, Georgina Orellano9.

¿Por qué se habla de prostitución ante el sexo y el cuerpo y no


ante otro trabajo?
La prostitución se señala como el oficio más viejo del mundo. Pero, ¿es realmente un trabajo? Julie
Bindel, periodista de The Guardian e investigadora de Reino Unido, señala que “el interior del
cuerpo de una mujer no puede ser un trabajo”. Beatriz Gimeno halla la explicación en el matriz
cultural y social que define al sexo: “Si tener sexo fuera como dar un masaje, entonces el
significado del sexo sería como el de dar un masaje y no estaríamos hablando de ello”.
La prostitución no puede clasificarse como cualquier otro trabajo, porque ningún trabajo
debe generar las consecuencias psicológicas y físicas que provoca esta industria. Leonor G.
Núñez, psicóloga argentina, señala que hay ausencia de registros oficiales sobre las consecuencias
psicológicas traumáticas o lesiones físicas -como desgarros vaginales-, infecciones y
enfermedades, así como el padecimiento social y represivo que sufren las víctimas y supervivientes
de la prostitución. Estos datos los secunda la también psicóloga estadounidense Melissa Farley10:
alienación, disociación mente-cuerpo, repudio de la sexualidad. O Magdalena González,
incidiendo en el dolor pélvico crónico, desgarros perineales, lesiones provocadas por las
penetraciones con botellas de vidrio o la utilización de picana eléctrica o empalamientos. Todo lo
que se le ocurra y le apetezca al demandante.
Datos sobre la mesa: qué ha sucedido en los países que ya han
implantado el modelo abolicionista y qué ha ocurrido con los
que la han legalizado.
La vinculación directa entre prostitución y trata de mujeres, como se ha explicado anteriormente, la
reconoce en sus informes sobre explotación sexual el Parlamento Europeo11. Se estima que la
prostitución mueve alrededor de 186.000 millones de dólares estadounidenses anuales en todo
el mundo, modificando el PIB de cada país.
Algunos países han implantado el modelo regulacionista, legalizando la prostitución, como
Alemania (2002)12, Holanda o Uruguay. Los informes oficiales indican que la prostitución está
legalizada y la trata continúa. Además, la ley dificulta la persecución de los delitos de trata de
seres humanos y de proxenetismo, según un informe del Parlamento Europeo13. Alemania, junto a
Holanda y Grecia, fue señalado por la ONU como unos de los principales países de destino de
víctimas de trata y tráfico de seres humanos.
Por otro lado, los modelos abolicionistas de la prostitución implantados en Noruega y Suecia,
señalados como referentes, han reducido la magnitud de la explotación sexual de las mujeres14.
España continúa en el limbo de la alegalidad y la prostitución es un tema que no figura como
prioritario en la agenda política.

Mi cuerpo es mío y yo decido


La prostitución afecta a todas las mujeres, no sólo a las que se encuentran en situación de
prostitución. Enseña un mensaje a la sociedad de cosificación de la mujer, de legitimar la compra
de su cuerpo para el disfrute sexual del hombre anulando su autonomía y eliminándola como sujeto
de placer. “Todo el mundo acepta la prostitución como trabajo, excepto si la que tiene que trabajar
de ello es su hija”, sostiene una superviviente del sistema prostitucional que consiguió abandonarlo
hace seis años.
La Asociación de Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (AMADH) ratifica que “es más
fácil dar un carnet de trabajadora sexual que trabajar en políticas públicas integrales para abordar la
problemática desde el Estado, por ello la clase política invisibiliza el problema y no profundiza”.
“Todas somos hijas, hermanas, madres, esposas… somos mujeres. Hay que profundizar más en qué
es la prostitución y qué hay dentro de ella, no quedarse en la superficie de si podemos llamarlo
trabajo sexual porque se gana dinero con ello. La prostitución no es un trabajo porque es violencia,
lo elijas o no lo elijas”, reclama Yanelli, víctima también de la prostitución en Argentina y Paraguay.
“Sin revictimizar, sin estigmatizar y sin culpabilizar. Escuchad a las supervivientes de
prostitución y trata y decidme en qué manera legalizar un sindicato de trabajadoras sexuales
mejoraría su situación”, sentencia la investigadora Beatriz Ranea.

¿Qué reclama el movimiento abolicionista?


• En primer lugar, el movimiento feminista en España reclama una ley abolicionista.
• El desmantelamiento de las redes de prostitución, así como el cierre de los prostíbulos.
• Condenas efectivas a proxenetas y sanciones a demandantes de la prostitución, tanto en
territorio nacional como internacional.
• Que la mujer en prostitución no sea penalizada; no es una delincuente. Así como que se
erradique la violencia institucional ejercida contra ellas.
• La garantía de derechos a las personas en prostitución, políticas públicas integrales y
efectivas para su derecho al trabajo, educación, salud, vivienda; así como todos los derechos
civiles, políticos, sociales, económicos y culturales15.
• Que los asesinatos de mujeres en prostitución se reconozcan dentro de las estadísticas
como feminicidios y crímenes de género.
• Trabajar desde la educación en igualdad para erradicar la prostitución16.

Más información: CAP (Coalition Abolition Prostitution)17


Notas al pie
1 https://www.traffickinginstitute.org/unodc-releases-2016-global-report/
2 https://www.publico.es/sociedad/prostitucion-espana-tercer-pais-consumo-prostitucion.html
3 ‘El putero español. Quiénes son y qué buscan los clientes de prostitución’: Rosa María Verdugo,
Silvia Pérez y Águeda Gómez.
4 https://www.instagram.com/p/B2EhtitDGUx/
5 ‘Neoliberalismo sexual: el mito de la libre elección’. Ana de Miguel Álvarez.
6 ‘Dialéctica de la sexualidad’: Alicia H. Puleo.
7 ‘Política sexual’: Kate Millet.
8 Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina.
9 https://www.instagram.com/p/B19W3OmABxN/
10 https://geoviolenciasexual.com/melissa-farley-2/
11 http://www.europarl.europa.eu/sides/getDoc.do?pubRef=-//EP//TEXT+REPORT+A7-2014-
0071+0+DOC+XML+V0//ES#_part1_def26
12 https://www.spiegel.de/international/germany/human-trafficking-persists-despite-legality-of-
prostitution-in-germany-a-902533.html
13 http://www.europarl.europa.eu/sides/getDoc.do?pubRef=-//EP//TEXT+REPORT+A7-2014-
0071+0+DOC+XML+V0//ES#_part1_def26
14 https://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/modelo-nordico/modelo-nordico-
paises-abolicionistas
15 ‘Trata y prostitución: herramientas para la lucha abolicionista’. Varias autoras. Argentina.
16 https://cadenaser.com/programa/2019/08/26/hoy_por_hoy/1566816049_467216.html
17 http://www.cap-international.org/campaigns/parliamentarians/

Pornografía: pedagogía de la violencia sexual y


cosificación de las mujeres
“Date la vuelta o te violo, que estoy muy cachondo”. Los ojos de Lucía Burgos, madrileña de 23
años, se abrieron de par en par al escuchar esta frase. Al chico, de su misma edad, con el que estaba
a punto de mantener relaciones sexuales le pareció muy erótico utilizar la violación como una
fantasía sexual. Pero no es el único: el vídeo porno más visto de la web -con 225 millones de
visitas- recrea una violación a una joven por cuatro hombres que la secuestran y la fuerzan mientras
ella grita y llora1. De hecho, el vicepresidente de una de las tres páginas de porno más visitadas en
el mundo aseguraba que el número de búsquedas en España de la violación de La Manada era
“preocupante”2.
Lucía ha tenido varias experiencias, igual que muchas mujeres, a causa del porno: “Otra vez, volvía
con un amigo de fiesta, nos acostamos y fue muy incómodo. No hubo comunicación, me sobaba sin
más, sólo gruñía. Sin tocarme, sin besarme, empezamos a hacerlo. Le dije de parar pero no sé por
qué seguí. Después me sentí muy sucia y me cuestioné a mí misma. Me dio mucho asco”, recalca.
La educación sexual de las nuevas generaciones ha quedado en manos de la pornografía. Según
algunos estudios los niños y niñas comienzan a ver porno a los 8 años3– y si no tienen control
parental pueden acceder a páginas web gratis con suma facilidad.

1. La educación sexual en función del género


Mientras que para los hombres masturbarse es algo totalmente normal y se habla con naturalidad, la
masturbación femenina es un tema tabú. Todo esto se debe a que recibimos una educación sexual
diferente según nuestro género. El rasgo más evidente es que vivimos en una sociedad falocentrista:
la virginidad se rompe únicamente con la penetración, todo lo previo a la penetración se denomina
“preliminares” y la relación sexual se da por concluida cuando el hombre eyacula…
En su ausencia, una pornografía cada vez más violenta y basada en la dominación alimenta y se
retroalimenta de la masculinidad hegemónica. Tal y como explica Mónica Alario, una estudiosa de
la pornografía desde la perspectiva feminista, en su artículo ‘La Manada y el porno’: “La
masculinidad hegemónica no es una cosa que se posea de manera estable, sino una cosa que se
demuestra. Y se demuestra al grupo de iguales: uno solo es suficientemente hombre si los demás del
grupo le reconocen como uno más. Los varones que responden a esta masculinidad hegemónica
deben demostrar ante su grupo de iguales (aquellos que también responden a esta masculinidad) que
están por encima de las mujeres. Del reconocimiento entre los miembros de este grupo nace lo que
se ha conceptualizado como “fratría” (Amorós, 2005). Esta fratría se refuerza en las prácticas que
permiten a los varones desarrollar una complicidad con respecto a su capacidad de dominar a las
mujeres”4.
Las Towanda Rebels, en su libro #HolaGuerrera [Aguilar, 2018], abordan en uno de sus capítulos,
denominado #PoderClitoriano, la visión de las mujeres y de los hombres respecto al sexo. Teresa
Lozano y Zúa Méndez reflexionan acerca de los estereotipos que se asocian a cada género en el
ámbito sexual: “Que para nosotras es más difícil llegar al orgasmo, que tendemos a unir sexo y
emoción o sexo y amor, que nos masturbamos menos que los hombres porque no tenemos tanta
necesidad…”. “La pureza de un hombre no tiene nada que ver con la actividad de su entrepierna; la
nuestra, sí. Perdemos valor una vez el hombre ha introducido su miembro en nuestro cuerpo”,
expresan las autoras.
Las activistas también ponen sobre la mesa el enigma del clítoris, el órgano sexual femenino que
cuenta con 8.000 terminaciones nerviosas (el doble que el pene), que ha sido un gran desconocido
para muchas mujeres. De hecho, el 10% de las mujeres nunca ha experimentado un orgasmo y una
de cada tres tiene dificultades para lograrlo, según un estudio de EEUU5.
La educación sexual que recibe la mujer la sitúa más como un objeto de placer que como un sujeto.
“Que el hombre sintiera placer era lo único que me preocupaba hasta hace más o menos un año,
cuando me di cuenta de la situación y he estado trabajando por cambiarlo. Aún no he podido
ponerlo en práctica, pero espero hacerlo pronto y que mi placer también sea prioridad para mí”,
señala Cristina González, activista de una organización madrileña que lucha contra la trata y la
prostitución.
La experiencia de Lucía es similar: “Tengo una relación muy distinta entre el sexo con hombres y
con mujeres. En ambos casos busco el placer de la otra persona, pero con los hombres me siento
más evaluada. Me preocupo de si sienten o no placer y me olvido de que yo también tengo que
sentirlo, hago cosas que no me seducen demasiado, y siento la obligación de practicar sexo oral
porque se espera eso de mí”, incide.
No se trata de casos aislados: hasta el año 1952 los médicos diagnosticaban a las mujeres una
“enfermedad” que denominaban “histeria femenina”6, cuyo tratamiento eran “masajes pélvicos” por
parte del doctor, hasta conducir a la mujer al orgasmo, que denominaban “paroxismo histérico”. El
objetivo, que la “paciente” retomara su rutina con menos estrés.

2. “La pornografía es la teoría; la prostitución, la práctica”


Maduritas, negras, asiáticas, coreanas, culos grandes, doble penetración, fantasías de padrastro,
MILF, gordas, interracial, jovencitas/viejos… la oferta es ilimitada. Los jóvenes tienen a su
disposición una lista infinita de categorías sobre porno. Pero algo sí tienen en común: están creadas
para la mirada del hombre. Mientras a ellos en muchas ocasiones ni se les verá la cara y no importa
la edad que tengan; ellas son siempre muy jóvenes, con una belleza normativa y extravagante,
completamente depiladas, y su papel se representa desde el lado de la sumisión, la humillación y la
violencia. Todo, en primer plano. Y es que el porno no sólo es misógino, como señala Ana de
Miguel7, también es racista y clasista.
A pesar del discurso de ‘trabajadoras sexuales libres’ y de que las actrices porno disfrutan de su
trabajo, muchas de las mujeres que trabajan o han trabajado en la pornografía han revelado
situaciones de abuso, violencia e incluso violaciones.
“La pornografía hegemónica parte del siguiente esquema: el hombre es el sujeto que tiene un deseo
sexual y la mujer es el objeto que él va a utilizar para satisfacer su deseo. Da igual cuál sea el deseo
de él: en la pornografía hegemónica lo va a satisfacer. Y da igual lo que ella quiera, sienta o desee.
La pornografía hegemónica presenta como excitante para los varones la satisfacción de su deseo
sexual independientemente de lo que sientan o quieran las mujeres. En esta pornografía se parte de
una desigualdad entre hombres y mujeres que no cierra la puerta a la violencia sexual”, escribía
Mónica Alario. En su artículo, citaba los siguientes mensajes de la pornografía hegemónica:
• “Producirles dolor físico a las mujeres durante las relaciones sexuales siempre es
sexualmente excitante”: “Se puede observar en la enorme cantidad de prácticas que aparecen
en esta pornografía que causan dolor físico a las mujeres y que siempre se muestran como
una parte más, excitante, de las relaciones sexuales”.
• Gangbangs: “el esquema de la manada en la pornografía: gangbang podría significar “sexo
en grupo”. Algunos traductores, sin embargo, traducen esta expresión directamente como
“violación múltiple” o “violación colectiva”. Gangbang es una categoría dentro de la
pornografía hegemónica en que se encuentran vídeos en los cuales, con diversos niveles de
violencia, un grupo de varones”.
• Bukkakes: un tipo de gangbang: “Esta práctica tiene muchos aspectos en común con los
gangbangs. En los bukkakes también hay un gran refuerzo de la fratría y los varones
celebran su complicidad con respecto a su capacidad de dominar a las mujeres, en estos
casos, produciéndoles asco”.
• “Mantener relaciones sexuales con (violar a) una mujer que está dormida, borracha, drogada,
inconsciente o en estado de shock, es sexualmente excitante”: “la carencia de empatía, la
confirmación ante el grupo de iguales de una masculinidad basada en la capacidad de
dominar a las mujeres, la centralidad del deseo sexual masculino… ¿cómo pueden ellos
obtener placer sexual en una situación en la que ella ni siquiera muestra estar plenamente
consciente?”.
• “Aunque parezca que las mujeres no quieren mantener relaciones sexuales contigo, en el
fondo lo están deseando”: “Este mensaje se encuentra en la enorme proporción de vídeos
que muestran situaciones en que ellas, al principio, claramente no desean mantener
relaciones sexuales, en que acaban realizando esas prácticas por algún tipo de presión,
coacción o chantaje, y en que, más adelante, según avanzan las prácticas sexuales, ellas
comienzan a participar activamente y a expresar que están sintiendo mucho placer. Así, la
violencia sexual de estas situaciones en que ellas son presionadas, coaccionadas o
chantajeadas queda oculta tras el hecho de que ellas, finalmente, parecen disfrutar. La
moraleja es clara: al final disfrutan y, por tanto, lo de mostrar que no querían era un engaño,
en realidad lo estaban deseando. Este discurso convierte cualquier “no” de una mujer en un
“puede que sí” y esto, claramente, colabora en la reproducción de la violencia sexual”.
• “Violar es sexualmente excitante”: “La pornografía hegemónica erotiza la violencia sexual y
las violaciones, y erotiza el dolor, el sufrimiento, el miedo, el bloqueo y la angustia de las
mujeres”.
• La humillación por la humillación: “En algunos casos, la pornografía se revela como un
catálogo de prácticas cuya función principal ya no es producir placer sexual a los varones,
sino humillar a las mujeres. Hay vídeos en los que las penetran mientras meten sus cabezas
en retretes, en bañeras y se las mantienen sumergidas haciendo fuerza con sus manos
durante el tiempo suficiente como para que ellas empiecen a moverse de manera
descontrolada”.

El 88% de las películas porno contienen violencia física contra la mujer8. Mujeres siendo
penetradas por varios agujeros, por más de uno y de dos penes, introduciéndoles cualquier tipo de
objeto, siendo golpeadas, atadas, agredidas. O uno de los vídeos más demandados, las felaciones
mientras la actriz llora y se atraganta hasta incluso vomitar. Después, estas prácticas, estas
“enseñanzas”, se ponen en práctica en las relaciones personales y los hombres repiten lo que ven en
la pornografía en la prostitución. Como señala la catedrática feminista Rosa Cobo: el porno es la
teoría; la prostitución, la práctica.
La ex actriz porno Mia Khalifa, libanesa de 26 años, trabajó un año en la industria, a la cual accedió
debido a su baja autoestima, según declara en una entrevista para la BBC. Este año, Khalifa ha
denunciado públicamente que fue manipulada para entrar en la pornografía y que no tenía las
herramientas para identificar esa coacción9. La joven asegura que, a pesar de que no se le obligó en
ningún momento a mantener relaciones sexuales, se sentía intimidad y asustada, así que no puso
objeciones a lo que le pedían.

Varias situaciones similares se relatan en el documental ‘Hot Girls Wanted’10. Las jóvenes se
introducen en el mundo del porno ilusionadas ante unas expectativas que les ha vendido el discurso
neoliberal: sexo libre, dinero rápido, reconocimiento profesional… Pero más adelante se dan de
bruces con la realidad. El dinero no es tan “fácil” ni tan rápido, prácticamente todo se va en ropa,
maquillaje, operaciones que, aunque no estén impuestas, favorecen a su imagen y amplían sus
posibilidades de oferta laboral… Ello sumado a la angustia de sus familiares y parejas, a que se
sienten cohibidas en algunas escenas y no se atreven a confesarlo, o a que se las cosifica y se auto-
cosifican. En el documental, una de las actrices revela que acude a un casting, en el que
presuntamente tenía una escena de una felación. En el plató le dicen que va a ser una “felación
forzada” y ella se aterroriza: “Entendí que así se sentían las víctimas de una violación”, relata la
joven. Es una deshumanización constante a la mujer.

3. El estigma de todas las mujeres


Esa deshumanización reiterada no sólo la sufren las mujeres dentro de la pornografía, también
cargan con ese estigma aquellas que se encuentran dentro del sistema prostituyente y, por ende,
todas las mujeres.
Esa imagen neoliberal del empoderamiento sexual femenino a través de la pornografía y la
prostitución, donde la imagen que se vende es la de la liberación sexual, la del control sobre los
hombres, la del goce del placer a cambio de dinero. Un estigma que cargan todas las mujeres
invisibilizadas, ya que la sociedad no se cuestiona la situación de cada mujer, sus circunstancias, las
razones que la empujaron a formar parte de estas dos industrias que, a fin de cuentas, van de la
mano. Son dos grandes negocios para el Estado, que ve aumentado su PIB de forma desmesurada11.
La solución que plantea el discurso neoliberal es el de legalizar la prostitución y legitimar la
industria pornográfica para eliminar así el estigma que cargan las mujeres. Una vez más, el foco se
centra en las mujeres y no en los demandantes de prostitución, denominados puteros, o en los
actores porno, que no cargan con ese estigma. La pornografía, al igual que la prostitución, es una
cuestión de género: la página web ‘Pornhub’ señaló que por cada tres hombres que ven porno, sólo
hay una mujer que lo consume12.

4. La cultura de la violación


La actriz porno Amarna Miller defiende que el porno no tiene porqué servir de educación sexual,
igual que las películas de ‘Fast&Furious’ no son un mecanismo para aprender a conducir13. Pero la
realidad es que lo que aprenden los jóvenes en la pornografía después lo ponen en práctica en el
sexo, cuando lo mantienen en sus relaciones personales o cuando acuden a la prostitución14.
Así, según varias expertas feministas como las Towanda Rebels, Beatriz Gimeno o Leticia Dolera,
se crea y se fomenta la cultura de la violación. Los vídeos de violaciones múltiples son de los más
visionados y buscados de estas páginas. A su vez, en España han sido denunciadas 155 agresiones
sexuales múltiples desde el año 201615. El vídeo de la violación de La Manada fue uno de los más
buscados y el vídeo porno más visto en España tiene como título “Chico caliente se folla a su
madrastra”, y cuenta con 141.292.321 visualizaciones a día de hoy.

Según Dale una vuelta16, un proyecto de sensibilización contra el consumo perjudicial de


pornografía, una de cada cinco búsquedas en internet desde el móvil es sobre porno, cada usuario ve
una media de 348 vídeos al año y se registran 68 millones de búsquedas diarias. El negocio mueve,
según sus fuentes, 13 billones de dólares al año en beneficios, 230 millones en apps porno que se
descargan cada año y 800 millones de webs porno en el mundo, tres de cada cinco alojadas en
Estados Unidos.
Un estudio de la Red Jóvenes e Inclusión y Red Jóvenes e Inclusión Social y Universitat de Illes
Baleares concluyó que “la primera vez que los jóvenes encuentran pornografía es a los 8 años
debido a la familiaridad con la tecnología móvil”. Según sus datos, publicados en Europa Press
Data17, uno de cada cuatro varones comenzó a consumir pornografía antes de los 13 años y la edad
media en el inicio del consumo es a los 14 años, mientras que la edad media entre las mujeres es de
16 años. El consumo de pornografía antes de los 16 años, la edad mínima de consentimiento sexual,
es del 75,8% de los hombres y del 35,5% de las mujeres.

En el año 2018, la web ‘Pornhub’ situó a España entre los 20 países más consumidores de su web y,
dos años antes, se situaba en el puesto 13, contando con que cada español consumidor de porno
pasa 8 minutos y 4 segundos frente a la pantalla del cine pornográfico. Ese mismo año, la búsqueda
más frecuentada por los españoles fue “Maduritas”, seguida de “Adolescentes”. En 2016 estas
estadísticas colocan a España en el puesto número 13, en un ranking encabezado por Estados
Unidos, con gran diferencia con el segundo gran consumidor: el Reino Unido.
Tal y como alertó Mónica Alario, “ Si se visualizaran, de manera lineal, todas las horas de
pornografía que se vieron en esta página en el año 2015, se estaría viendo pornografía durante
502.283 años; si se hiciera lo mismo con la pornografía vista en 2016, se estarían 525.114 años
viendo pornografía. Con los vídeos subidos a esta página en el año 2017 se puede estar viendo
pornografía de continuo durante 68 años”. En su artículo ‘La Manada y el porno’, Alario concluía lo
siguiente sobre la cultura de la violación: “La cultura de la violación se alimenta, en parte, no
llamando violencia sexual a lo que es violencia sexual. Se apoya en la idea de que la violencia
sexual es únicamente lo que ocurre bien entrada la noche o incluso, en la madrugada, cuando un
desconocido persigue a una mujer por un callejón oscuro o un descampado y la alcanza. Además,
cuando la alcanza, ella se resiste, forcejea, grita y lucha, poniendo en juego su propia vida. Pero, si
bien esto es claramente violencia sexual, la violencia sexual se da de muchas otras maneras. El
hecho de que la idea de que este tipo de violación es la única violencia sexual se haya instalado en
nuestra sociedad invisibiliza muchos otros tipos de violencia sexual”.
5. Un porno, ¿feminista?
¿Es posible la existencia de un porno feminista? Gayle Rubin, antropóloga estadounidense,
afirmaba que “existe un sistema jerárquico independiente del patriarcado que ordena las
orientaciones y las identidades, recompensando unas y castigando otras”18.
A modo de conclusión, estamos ante un modelo de la pornografía hegemónica, que deja de lado un
espacio en el que el deseo de la mujer cobre el mismo protagonismo que el del hombre, que elimine
la cosificación y la auto-cosificación del cuerpo de la mujer como meros agujeros que deben ser
penetrados, imposibilitando generar una mayor autonomía de la sexualidad femenina.
A este respecto, Mónica Alario añadía que “dado que la presentación de las mujeres como objetos
sexuales está tan presente en tantas manifestaciones de nuestra cultura, también se integra en la
construcción del deseo sexual masculino hegemónico. Esto es muy relevante en la violencia sexual:
para que un varón pueda ejercer violencia sexual contra una mujer tiene que poder cosificarla y
sexualizarla, es decir, considerar que sus emociones, sus deseos, su placer, su autonomía… no son
relevantes, y que su cuerpo, aquello a lo que la reduce, es sexualmente excitante. Si considerara que
sus emociones y sus deseos son relevantes, no podría ejercer violencia sexual contra ella”.
El feminismo continúa abriendo los ojos de la sociedad. El porno se empieza a ver como una
industria misógina. “Tengo sentimientos encontrados cuando veo ese tipo de vídeos, porque me
excita ver ciertas escenas, pero a la vez pienso que no son respetuosas”, señala Lucía. Lo mismo le
sucedió a Cristina, que dejó de consumir porno hace ocho años.
Víctor también está en un proceso de deconstrucción: “Desde que me voy metiendo en el mundo del
feminismo, desde hace más o menos año y medio, he dejado de consumir porno. Me cuestiono y me
planteo muchas cosas, y una de ellas es que el porno es machista y es muy evidente. La
comunicación dentro del sexo es fundamental”.
¿Cuáles son las soluciones que el feminismo plantea? Principalmente, una concienciación feminista
de que estamos ante una sociedad machista enfocada en el falocentrismo, concienciarse sobre la
educación sexual, formación de género para entender el significado de la pornografía y las
consecuencias que conllevan su visionado, o cuestionarse el modelo sexual que está implantado,
que segrega en función del género y clasifica a las mujeres según sus relaciones sexuales. La
pornografía se ha convertido en un tema político y está en manos del feminismo.

6. Referencias
1 https://www.lasexta.com/programas/equipo-investigacion/noticias/el-video-porno-mas-visto-de-

internet-recrea-una-brutal-violacion-en-grupo-video_201905175cdee7c30cf235bc412cb3d9.html
2 https://www.elespanol.com/reportajes/20180504/grandes-porno-advierte-cientos-espanoles-

buscan-manada/304719560_0.html
3 https://www.lavanguardia.com/vida/20190610/462769543338/acceso-pornografia-adelanta-8-

anos.html
4 https://geoviolenciasexual.com/manada-en-el-porno/
5 https://www.agenciasinc.es/Reportajes/El-orgasmo-femenino-reclama-su-lugar
16 #HolaGuerrera. Towanda Rebels, 2018. Aguilar
97 Neoliberalismo sexual: el mito de la libre elección. Ana de Miguel, 2015. Feminismos
8 https://traductorasparaaboliciondelaprostitucion.weebly.com/blog/las-ensenanzas-del-porno-las-

mujeres-son-objetos-de-consumo-abuso-y-desecho
9 https://www.marca.com/tiramillas/cine-tv/2019/11/14/5dcd03ec46163fc0378b4591.html
10 https://www.youtube.com/watch?v=JzfDPfcUBKE
11 https://elpais.com/economia/2014/06/12/actualidad/1402564871_895351.html
12 Datos de la página web Pornhub. 2016
13 https://elpais.com/elpais/2017/11/17/tentaciones/1510913581_896808.html
14 https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2017/08/04/el-consumo-temprano-porno-aumenta-

probabilidad-misoginia-1190193-310.html
15 https://geoviolenciasexual.com/
16 https://www.daleunavuelta.org/
17 https://www.epdata.es/datos/consumo-pornografia-jovenes-datos-graficos/385
18 Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad. https://museo-
etnografico.com/pdf/puntodefuga/150121gaylerubin.pdf

“Nos necesitamos todas: hagamos la revuelta


de las putas”
El sexagésimo quinto período de sesiones de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de
Naciones Unidas (#CSW65) que se celebra desde el 15 de marzo pasado hasta el 26 de marzo -este año de manera
virtual por la pandemia de COVID-19-, en el 2021 tiene como tema principal “la participación de las mujeres y
la adopción de decisiones por ellas de forma plena y efectiva en la vida pública”. Amelia Tiganus participó en
representación de Feminicidio.net-La Sur en el evento paralelo “El empoderamiento de las supervivientes de
trata y su impacto en la lucha contra la trata de personas” organizado por Rescue Freedom International.
Lamentablemente se quedó sin tiempo suficiente para exponer su discurso, declinó acortarlo y prefirió que se
cedieran los pocos minutos que quedaban para culminar el evento, a preguntas del público a sus compañeras
supervivientes que intervinieron. Compartimos el relato de su testimonio que preparó.
Muy buenas tardes a todas y a todos. Es un honor participar en este acto y compartir este espacio
virtual con mis hermanas supervivientes y ustedes. Hoy he venido a hablarles de “la revuelta de las
putas” y de lo que significa para mí, parte fundamental de mi proceso de empoderamiento y
resiliencia.
Hace cuatro años escribí el articulo ‘La revuelta de las putas’ y en estos momentos estoy
escribiendo mi primer libro con el mismo nombre, que estará disponible a partir de septiembre de
este año.
Mi proceso de empoderamiento empezó cuando descubrí el Feminismo y situé mi historia personal
en un plano profundamente político.
Comprender que mi historia no era algo anecdótico sino una consecuencia del gran entramado
político, económico, social y cultural que cada año arroja a la prostitución a millones de niñas y
mujeres a nivel mundial, me ayudó no solo a liberarme de la culpa, del miedo y de la vergüenza
sino que también me ofreció las herramientas intelectuales y discursivas para identificar, reconocer
y denunciar la prostitución como una forma atroz de violencia machista.
Tardé muchos años en poder identificarme como víctima. Porque hacerlo implicaba defenderme
como no culpable. Debido al machismo y la misoginia que lo impregna todo en este mundo
patriarcal es lo que nos toca hacer a las mujeres víctimas de violencia machista, especialmente a las
víctimas del sistema prostitucional. Este sistema que nos prostituye a las mujeres. No a todas.
Principalmente a las mujeres más empobrecidas y vulneradas del planeta. Aunque en este sistema
todas somos prostituíbles por el mero hecho de haber nacido mujeres.
En estos momentos somos las únicas víctimas que debemos demostrar nuestra inocencia ante una
maquinaria criminal perfectamente integrada en los Estados, sus Instituciones, y el mercado global.
La identificación y criminalización de los proxenetas y los puteros depende injustamente de
demostrar nuestra inocencia tras denunciar la injusticia. Un reto difícil si valoramos el hecho de que
las marcadas como putas somos culpables y responsables del mal propio y ajeno, por definición.
Una definición patriarcal, claro está.
Debo confesar que el victimismo es algo que detesto profundamente y al no encajar en el
estereotipo de ‘víctima perfecta’ que la sociedad espera que seamos me ha sido muy complicado
diferenciar entre victimista y víctima y entender que ser víctima es un concepto jurídico y político
muy importante, que se refiere a una persona inocente que sufre o ha sufrido la vulneración de sus
derechos humanos y civiles por parte de un victimario, o varios, y por parte del propio Estado y de
la sociedad como parte del mismo.
Las putas se fabrican. He desarrollado este concepto al reflexionar sobre mi historia personal y
también al darme cuenta de que las historias de las mujeres prostituidas tienen un punto en común.
La pobreza puede ser un factor importante. Pero la violencia sexual sufrida en la infancia y
adolescencia es también otro factor clave. No todas las mujeres pobres acaban siendo prostituidas.
Ni todas las mujeres que han sufrido la violencia sexual en edades muy tempranas. Pero de las que
acabamos en la prostitución todas hemos sufrido abusos y agresiones sexuales como ritual de
creación de la puta, con su consiguiente estigma.
Nací en Rumanía, en una familia de clase obrera. Soy la mayor de dos hermanas. No sufrí la
pobreza económica aunque sí las carencias afectivas que pueda sufrir una criatura cuya madre y
padre se pasan el día trabajando para sacar adelante a su familia. Era muy buena estudiante. Soñaba
con ser profesora o médica. Mi vida cambió cuando a los 13 años sufrí una violación múltiple. A
raíz de ese episodio tan violento todo se trastocó. No solo por el terrible acto llevado al cabo por
esos cinco violadores. Sino porque la propia sociedad, mi propio entorno, me estigmatizaron, me
marginaron expulsándome del núcleo social que tanto necesitamos los seres humanos para
sobrevivir. Así me fabricaron como puta. Entre todos. Y para ser la puta de todos y de todas. Porque
no solo fui la puta de los puteros y proxenetas que utilizaron mi cuerpo durante los cinco largos
años en los que estuve en esos campos de concentración que son los prostíbulos. Utilizaron mi
cuerpo, algunos para divertirse y otros para enriquecerse, transfiriendo de esta manera el poder de
unos a otros con mi cuerpo como mero instrumento, reduciendo mi humanidad a tres agujeros
penetrables.
También fui la puta de todas esas mujeres que se niegan a reconocernos como sus iguales y no
como las otras. La dicotomía milenaria y patriarcal entre las no putas (que gozan de reconocimiento
social) y las putas (que sufrimos el estigma) sigue muy presente y será nuestro mayor obstáculo a la
hora de conseguir la emancipación de las mujeres y las niñas.
Mi resiliencia y mi empoderamiento tienen que ver con esas mujeres valientes que aunque nunca
estuvieron en el lugar donde yo sí, fueron capaces de verme como una igual y de reconocerme como
a una persona valiosa y mucho más que un cuerpo a disposición de la satisfacción sexual de los
hombres. Y así me lo hicieron saber (al contrario que las defensoras de la prostitución como un
trabajo). Ellas, las abolicionistas, se atrevieron a transgredir el estigma de la puta y con ello
rompieron con la dicotomía que nos discrimina a las mujeres y nos enfrenta a unas contra otras:
buena-mala, privada-pública, santa-puta.
Con las mujeres abolicionistas aprendí a vivir y dejé de sobrevivir en la competitividad férrea en la
que se nos adiestra en la prostitución. También aprendí a trabajar en equipo. Colaborando. A las
víctimas y supervivientes del sistema prostitucional se nos tacha muchas veces de tener actitudes
egoístas e individualistas. Eso no es del todo cierto. Esas actitudes tienen que ver con la soledad, el
miedo, el abandono y la autosuficiencia extrema hechas callo. Por eso necesitamos que se nos
escuche y se nos tenga en cuenta como interlocutoras válidas y expertas en una realidad no solo
pensada y reflexionada sino también vivida. Y juntas hacer esa revuelta de las putas,
reconociéndonos todas como hermanas.
Para ello es necesario incorporar la mirada no asistencialista, poniendo en valor una perspectiva
emancipadora que acompañe y potencie la autoafirmación y la resiliencia desde un enfoque
feminista.
Es necesario romper la dicotomía patriarcal entre las mujeres y dejar de ser “la otra” y “la otra de la
otra” del hombre, considerado sujeto en el sistema patriarcal, parafraseando a Simone de Beauvoir.
Esta dicotomía entre la buena y la mala mujer, la privada y la pública, la que goza de
reconocimiento social y la que sufre el estigma, nos debilita como sujeto político de lucha feminista
por la emancipación de las mujeres y las niñas. Es urgente reconocernos como todas mujeres y
transgredir la lógica milenaria que ha alimentado la rivalidad entre las mujeres por la supervivencia,
y el dominio divisorio en base a nuestra capacidad sexual y reproductiva. Entendernos por separado,
como ‘las unas’ y ‘las otras’, nos perjudica a la hora de aplicar la ética y la política feministas, y
sigue alimentando al sistema patriarcal.
También es necesario potenciar la capacidad de resiliencia. Potenciar las conexiones y las buenas
relaciones interpersonales es un primer paso imprescindible en el proceso de resiliencia. Para ello,
formar parte de un grupo de iguales, de mujeres al margen de la ya mencionada dicotomía, ayudará
en la manera de interpretar y responder ante retos futuros, aceptando el cambio como parte de la
vida. Así como perseguir metas planteando objetivos realistas y tomando acciones decisivas en
situaciones adversas.
Un entorno que nutre la visión positiva y la confianza en una misma y en el grupo permite
desarrollar la capacidad para resolver problemas y enfrentarse a eventos dolorosos o situaciones
estresantes desde una perspectiva más amplia y positiva en la cual se pueda visualizar lo deseado y
el camino para lograrlo, dejando en un segundo plano las preocupaciones ante los miedos que
puedan surgir. Todo ello sin perder de vista las propias necesidades y sentimientos, y el autocuidado
a través de la participación en actividades físicas, emocionales e intelectuales que preparan el
cuerpo y la mente para hacer frente al proceso de resiliencia y a trascender las experiencias difíciles.
Tenemos mucho que aprender las unas de las otras y juntas acabar con la violencia sexual. Esa
cuestión prioritaria en la agenda feminista de la Cuarta Ola. Lo que nos une es el hecho de ser
mujeres y de sufrir la violencia sexual en el ámbito privado y público.
Como mujeres privadas o públicas, hagamos pues la revuelta de las putas, para recuperar nuestra
condición de sujeto de nuestras propias vidas y del feminismo.
Para todo ello es necesario exigir y lograr políticas publicas destinadas a la prevención, protección y
reparación de las víctimas. Y no me refiero solo a ayudas económicas. Son necesarios el acceso a
una vivienda, la formación, la terapia, el trabajo, el acompañamiento psicosocial, el asesoramiento
jurídico…todo ello como una cuestión de Estado y no de bondad caritativa por parte de
asociaciones. No es una cuestión caritativa. Es una cuestión de justicia social y de paz para las
mujeres y las niñas.
Y para que esa paz llegue es necesario abolir la prostitución, perseguir y castigar a los proxenetas y
puteros, educar a las generaciones más jóvenes en la ética feminista así como a la población en
general y a todos los actores especialistas que intervienen en este problema social.
Tuve que encontrar un sentido a tanto dolor para poder seguir. Y lo he encontrado. Quiero dejar el
mundo como me hubiese gustado encontrarlo cuando empecé este viaje llamado vida. Por ello y
porque quiero honrar la vida y sola no lo puedo hacer. Porque nunca nadie se salva solo. Juntas
estamos escribiendo una página de la Cuarta Ola. Nos necesitamos todas: hagamos la revuelta de las
putas. Por las niñas del hoy y las mujeres del mañana. Por un mundo sin prostitución.
¡Muchas gracias!

Abolicionismo de la prostitución

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El abolicionismo de la prostitución es un modelo teórico jurídico que considera que la prostitución
debe ser abolida, es decir, derogada sin vigencia legal, del sistema social como defensa de la
dignidad de las personas. Por ese motivo propugna que, con el objetivo de erradicar esa actividad,
carezca de reconocimiento en el mundo jurídico.1 El abolicionismo alienta a los gobiernos a tomar
medidas para penalizar la demanda y no a la persona en situación de prostitución.2 El modelo
abolicionista centra su interés en la persona en situación de prostitución, sea varón o mujer o
transexual, prohibiendo las medidas de control administrativo o policial que sobre ellos puedan
ejercerse al tiempo que designa como reprochable la conducta del prostituyente, tanto sea proxeneta
como cliente.3 El enfoque abolicionista, que alienta a los gobiernos a tomar medidas para penalizar
la demanda y no a la mujer en situación de prostitución, considera la estrecha relación entre las
formas criminales de explotación sexual, trata de personas y prostitución, y cree que los derechos
humanos de las mujeres, transexuales o niños son incompatibles con los varones que compran
servicios sexuales.2
Para el feminismo abolicionista, la prostitución debe ser abolida, es decir, erradicada, no prohibida,
porque es una institución patriarcal basada en la desigualdad entre varones y mujeres. Esta corriente
teórica considera que la explotación sexual y la prostitución son fenómenos inescindibles.
Considera a la prostitución como un sistema de opresión sexista, racista y clasista.4 Se opone a la
constante represión policial que sufren las mujeres que la ejercen y a la desaparición de mujeres,
secuestradas por redes de trata con fines de explotación sexual. Considera especialmente a la trata
como una seria violación de los derechos humanos y que la mayoría de las personas en situación de
prostitución son víctimas de la trata.1
Investigaciones realizadas en todo el mundo muestran que las personas que se prostituyen están
expuestas a un alto riesgo de violencia física y riesgo de ser asesinadas.5 Los estudios, además,
muestran que la mayoría de las prostitutas han experimentado abuso sexual infantil, graves formas
de violencia al ejercer la prostitución y sufren de trastorno por estrés postraumático con un nivel de
severidad comparable al de los veteranos de guerra.6 nota 1 Una investigación realizada en la
Universidad de California, San Francisco, en el año 2019, concluyó que los varones clientes de la
prostitución eran más propensos que los varones no compradores sexuales de cometer todo tipo de
delitos incluyendo uso de armas, abuso de sustancias y delitos de violencia contra la mujer.8
Investigaciones realizadas en Canadá, Colombia, Alemania, México, Sudáfrica, Tailandia, Turquía,
los Estados Unidos y Zambia mostraron que los actos de violencia, como violaciones, golpes,
torturas, humillaciones, acoso, insultos, degradaciones, eran algo normal en la prostitución. Estas
investigaciones concluyen que la prostitución es una forma de violencia que resulta en beneficio
económico solo para quienes venden a las mujeres, niños o niñas.6 Es por eso que el abolicionismo
considera a la prostitución en sí misma una forma extrema de violencia que debería ser eliminada.2
La Declaración de Viena sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, aprobada por la
Organización de Naciones Unidas en 1993, reconoce la prostitución como una forma de violencia
contra las mujeres.9 La trata de personas se ha vuelto un tema prioritario para la Organización
Internacional para las Migraciones (OIM), ya que las cifras conocidas dicen que hay cientos de
miles de mujeres y niñas que son víctimas de la trata para explotación sexual a través de fronteras
internacionales.10
La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
sostiene, en su artículo 6, que los estados partes deberá tomar todas las medidas apropiadas, incluso
de carácter legislativo, para suprimir todas las formas de trata de mujeres y explotación en la
prostitución de la mujer.11 Considera que la trata de mujeres y la prostitución forzada son formas de
violencia contra las mujeres.12 Sostiene que las causas fundamentales de la trata con fines de
explotación sexual están directamente vinculadas al sistema social de la prostitución. Que la
prostitución y la explotación sexual generan el tráfico de personas. También se afirma que los
perpetradores gozan de una impunidad generalizada y que las mujeres son objeto de formas
extremas de violencia. Por eso proponen desalentar la demanda sexual como forma de prostitución
para desmantelar el sistema que utiliza a las mujeres en situación de vulnerabilidad.11
El Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena de
Organización de las Naciones Unidas (ONU) establece que los estados no tienen potestad para
controlar, perseguir, someter a exámenes médicos, registrar o cobrar impuestos a las personas que
estén en situación de prostitución y sí están obligados a perseguir a proxenetas y tratantes, como a
generar políticas públicas para quienes quieran salir de la prostitución. También establece que se
comprometen a castigar a toda persona que, para satisfacer las pasiones de otra, aun con el
consentimiento de tal persona.13
El abolicionismo comparte estas ideas y por eso pretende que se persiga al proxenetismo, tanto
individual como organizado, es decir, tanto la relación prostituta/chulo como las casas de citas,
prostíbulos, burdeles, pero no a las mujeres en situación de prostitución o a la prostitución en sí.14
En todos los países la mayoría de las prostitutas suelen ser inmigrantes.1516171819 En España, el
90 % son extranjeras.20 Como el crimen organizado funciona de manera internacional y no todos
los países de Europa son abolicionistas, por ejemplo, cuando se aprobó la ley abolicionista en
Francia en 2016, aumentó el número de prostitutas en Alemania, sobre todo en las fronteras con
Francia.21
Diferencias entre modelos
3

Existen diferentes modelos jurídicos para la prostitución, por ejemplo, el prohibicionismo, el


abolicionismo, el reglamentarismo y el regulacionismo.22 A su vez el abolicionismo puede ser
radical, clásico o mixto.
El prohibicionismo suprime penalmente la prostitución y la considera un delito. El
prohibicionismo, liderado por cristianos que defienden el concepto de la familia cristiana, es una
corriente moralista conservadora anti-prostitución que considera que la prostitución es un pecado
que atenta contra la noción de familia occidental y cristiana. Suprime la prostitución oficializada o
estatal,14 impone una condena moral a las prostitutas y supone la criminalización de las mismas.22
La moral sexual católica condena la prostitución por pecaminosa,2324 tanto para la mujer como
para el varón prostituyente o cliente, ya que peca también quien paga por obtener placer sexual de
otro. La prostitución es considerada un desorden moral grave, porque cuando alguien vende su
cuerpo, «vende su alma».2526 Es un criminal todo aquel que busca los servicios de una
prostituta.27 «La prostitución no solo destruye vidas, matrimonios y familias, sino que también
destruye el espíritu y el alma de una manera que conduce a la muerte física y espiritual».28 Si la
prostitución es considerada una actividad inmoral, es un vicio al cual el estado debe prohibir y las
prostitutas, no sus clientes, deben ir a la cárcel.22 nota 2
El abolicionismo radical,3nota 3 a diferencia del prohibicionismo, no toma en cuenta el criterio
moral, sino que enfatiza el punto de vista de la prostituta como víctima de la dominación sexual
masculina. La prostituta no debe ser castigada sino resocializada.22 ONG como la Asociación para
la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida se ocupan de estos temas.
El modelo sueco es el mejor ejemplo de abolicionismo radical. Hasta ahora, mostró que cuando los
compradores se arriesgan a ser castigados, el número de varones que compran personas prostituidas
disminuye y los mercados locales de la prostitución se vuelven menos lucrativos.31 La ley sueca
considera que la prostitución es un mecanismo de opresión y de objetivación de la mujer. Según una
investigación en Suecia, solicitada por el gobierno sueco, las mujeres en situación de prostitución
vivían inmersas en un mundo de violencia y opresión, de drogas y de crímenes, de poder y de
sujeción.32 Según el informe de evaluación de la Ley de abolición de la prostitución de 2016 en
Francia, publicado en 2020 con entrevistas a todos los implicados en la aplicación de la ley
(prefectos, policías, fiscales, delegados de los derechos de la mujer, asociaciones de base, grupos de
presión, ONGs, trabajadores de la Justicia y de asuntos sociales), donde se aplica el modelo
abolicionista radical la ley funciona y disminuye la trata de personas.433 El abolicionismo radical
cree que las mujeres que se prostituyen de forma voluntaria son una minoría demasiado pequeña. La
Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) afirma que en Europa, una de
cada siete así llamadas «trabajadoras sexuales» han sido esclavizadas en la prostitución a
consecuencia de la trata de personas.34
El abolicionismo clásico,3 no impone una condena moral a las mujeres en situación de
prostitución.22 Este abolicionismo cuestiona la estigmatización de las mujeres en situación de
prostitución por considerar que vulnera sus derechos,35 y critica los aspectos de misoginia y
opresión de esta actividad en la cual generalmente mujeres y niñas son objetos y varones son
clientes.3
El abolicionismo mixto es moderado porque asume que la prostitución es una realidad,35 y
diferencia prostitución voluntaria de trata y busca garantizar los derechos de las mujeres en
situación de prostitución.35 Considera que hay que desalentar la demanda sexual, apoya la
criminalización del cliente, con la idea de controlar al consumidor - «sin cliente no hay putas» es el
eslogan - pero cuestiona las deficiencias del sistema penal. No criminaliza a la mujer que llega a
prostituirse, señala la importancia de garantizar los derechos de las mujeres en situación
prostitución y propone distinguir la trata de personas de la prostitución supuestamente voluntaria,
sin ignorar ni minimizar los efectos negativos de la prostitución y su importancia en la economía
tanto individual como social.322 Esta corriente jurídica cree que la prostitución en sí misma es una
actividad indeseable pero que no es razonable perseguir a quienes salen más perjudicadas y son
explotadas por otros para satisfacer sus deseos.22
El reglamentarismo, en cambio, utiliza un sistema de control sanitario y policial, que es ejercido
únicamente sobre las prostitutas y no sobre los clientes consumidores, con el objetivo de prevenir
contagios masivos de enfermedades venéreas.22 La prostitución es permitida en ciertas zonas
delimitadas.3nota 4
El regulacionismo defiende la prostitución como un trabajo, reclamando para quienes la ejercen los
mismos derechos que cualquier trabajador y el reconocimiento de sus necesidades específicas, por
ejemplo, una atención médica adaptada. Como el modelo neozelandés, que reconoce la prostitución
como un trabajo y establece medidas protectoras sin obligar a las profesionales del sexo a
registrarse como tal.37 Sostiene que la industria del sexo no es sinónimo de misoginia ni de
desigualdad sexual y que las mujeres ingresan voluntariamente en la prostitución. Considera que la
ausencia de regulación es lo que, en realidad, genera clandestinidad y que es esta la que expone a
las llamadas trabajadoras sexuales a encontrarse más vulnerables frente a las diversas formas de
violencia y opresión. El regulacionismo quiere que la prostitución sea considerado un trabajo como
cualquier otro y que las prostitutas gocen de derechos como cobertura médica y jubilación, como
cualquier trabajador.38 Para la noción de prostitución en términos de trabajo sexual, el varón
consumidor de prostitución se presenta como un sujeto desexualizado y desprovisto de género, igual
que cualquier otro servicio.22 Organizaciones como Ammar, Colectivo Hetaira y OTRAS sostienen
esta postura.
El regulacionismo cuestiona al abolicionismo porque considera que lo que llaman trabajo sexual
está mal visto por un tema moral, de puritanismo y que negarle a la actividad su condición y
dignidad de trabajo es una violencia simbólica contra las mujeres que eligen vivir libremente su
sexualidad.39 Los que apoyan el regulacionismo insisten en la capacidad de las mujeres de decidir
libremente sobre lo que quieren hacer con su cuerpo y sobre su sexualidad, que el trabajo sexual es
voluntario y la mujer decide en total libertad del uso que quiere hacer de su cuerpo, que no todo
trabajo sexual es trabajo forzado,40 mientras que los abolicionistas consideran que el acuerdo para
vender sexo nunca puede ser voluntario y que, por lo tanto, la prostitución en general equivale a la
explotación sexual.2 El regulacionismno busca la despenalización del trabajo sexual.
El abolicionismo se opone al regulacionismo, además, porque considera que potencia la trata de
personas. Un estudio en 150 países demostró que aquellos en los cuales la prostitución estaba
legalizada y regulada por el estado, se potenciaba la trata de personas para explotación sexual.41
Considera que el regulacionismo no toma en cuenta la coerción o la manipulación y que cree
ingenuamente que la prostitución es una elección voluntaria de la mujer o persona (varón, travesti,
transexual etc) sin tomar en cuenta su vulnerabilidad o falta oportunidades. Considera, además, que
la demanda genera más trata de personas.22

Índice
• 1 Teoría: La prostitución como explotación
• 1.1 Dominio masculino sobre las mujeres
• 1.2 Una consecuencia y correlación de la violencia contra las mujeres
• 1.3 La naturaleza racista y clasista de la prostitución
• 2 Diferencias entre modelos jurídicos
• 2.1 Prohibicionismo
• 2.2 Abolicionismo radical
• 2.3 Abolicionismo clásico
• 2.4 Abolicionismo mixto o moderado
• 2.5 Reglamentarismo
• 2.6 Regulacionismo
• 2.7 Precedentes históricos
• 3 Por países
• 4 Críticas al modelo abolicionista
• 4.1 Coacción
• 4.2 Consentimiento
• 4.3 Los efectos a largo plazo sobre las prostitutas
• 4.4 Críticas al modelo sueco
• 4.5 Dilema: abolición vs. regulación
• 4.6 Enfoque marxista
• 4.7 Los cierres de burdeles y acuerdo de la ONU 1949
• 4.8 Josephine Butler
• 4.9 Protestas contra las leyes abolicionistas
• 5 Véase también
• 6 Notas
• 7 Referencias
• 8 Bibliografía
• 9 Enlaces externos

Teoría: La prostitución como explotación


El abolicionismo de la prostitución es un modelo teórico jurídico que considera que la prostitución
debe ser abolida, es decir, derogada sin vigencia legal, del sistema social como defensa de la
dignidad de las personas. Por ese motivo propugna que, con el objetivo de erradicar esa actividad,
carezca de reconocimiento en el mundo jurídico.1 El abolicionismo alienta a los gobiernos a tomar
medidas para penalizar la demanda y no a la mujer en situación de prostitución.2 El modelo
abolicionista centra su interés en la persona en situación de prostitución, sea varón o mujer o
transexual, prohibiendo las medidas de control administrativo o policial que sobre ellos puedan
ejercerse al tiempo que designa como reprochable la conducta del prostituyente, tanto sea proxeneta
como cliente.3 El enfoque abolicionista, que alienta a los gobiernos a tomar medidas para penalizar
la demanda y no a la mujer en situación de prostitución, considera la estrecha relación entre las
formas criminales de explotación sexual, trata de personas y prostitución, y cree que los derechos
humanos de las mujeres, transexuales o niños son incompatibles con los varones que compran
servicios sexuales.2
Investigaciones realizadas en todo el mundo muestran que las personas que se prostituyen están
expuestas a un alto riesgo de violencia física y riesgo de ser asesinadas.5 Los estudios, además,
muestran que la mayoría de las prostitutas han experimentado abuso sexual infantil, graves formas
de violencia al ejercer la prostitución y sufren de trastorno por estrés postraumático con un nivel de
severidad comparable al de los veteranos de guerra.6 En un estudio que entrevistó a 854 personas
en situación de prostitución "voluntaria" en 9 países (Alemania, Canadá, Colombia, Estados
Unidos, México, Sudáfrica, Tailandia, Turquía y Zambia), se encontró que el 71 % de los
entrevistados fue agredido físicamente ejerciendo la prostitución, el 63 % fue violado, el 89 %
querían escapar de la prostitución pero no tenían otras opciones para sobrevivir, el 75 % había
estado sin hogar en algún momento de su vida y que el 68 % cumplía los criterios para el trastorno
de estrés post traumático.7 Una investigación realizada en la Universidad de California, San
Francisco, en el año 2019, concluyó que los varones clientes de la prostitución eran más propensos
que los varones no compradores sexuales de cometer todo tipo de delitos incluyendo uso de armas,
abuso de sustancias y delitos de violencia contra la mujer.8 Investigaciones realizadas en Canadá,
Colombia, Alemania, México, Sudáfrica, Tailandia, Turquía, los Estados Unidos y Zambia
mostraron que los actos de violencia, como violaciones, golpes, torturas, humillaciones, acoso,
insultos, degradaciones, eran algo normal en la prostitución. Estas investigaciones concluyen que la
prostitución es una forma de violencia que resulta en beneficio económico solo para quienes venden
a las mujeres, niños o niñas.6 Es por eso que el abolicionismo considera a la prostitución en sí
misma una forma extrema de violencia que debería ser eliminada.2

Dominio masculino sobre las mujeres


Algunas feministas que se oponen a la prostitución están de acuerdo en que la liberación sexual para
las mujeres fuera de la prostitución es importante en la lucha por la igualdad de género pero dicen
que es crucial que la sociedad no reemplace una visión patriarcal sobre la sexualidad femenina —
por ejemplo, que las mujeres no deben tener relaciones sexuales fuera del matrimonio o casual, que
el sexo es vergonzoso para una mujer, etc.— con otro punto de vista opresivo y patriarcal similar —
la aceptación de la prostitución, una práctica sexual basada en una construcción de la sexualidad
altamente patriarcal, que el placer sexual de una mujer es irrelevante, que su único papel durante el
sexo es someterse a las demandas sexuales del hombre, que el sexo debe ser controlado por el
hombre y que la respuesta y la satisfacción de la mujer son irrelevantes. Estas feministas
argumentan que la liberación sexual para las mujeres no puede lograrse mientras normalicemos
prácticas sexuales desiguales donde un hombre domina a una mujer.(MacKinnon, 2009)
Tales feministas ven la prostitución como una forma de dominio masculino sobre las mujeres, ya
que el cliente tiene relaciones sexuales con una mujer que no lo disfruta y que puede estar haciendo
un tremendo esfuerzo psicológico para disociarse mentalmente del cliente. Dicen que el acto de
prostitución no es un acto sexual mutuo e igualitario ya que coloca a la mujer en una posición
subordinada, reduciéndola a un mero instrumento de placer sexual para el cliente. Estas feministas
creen que muchos clientes usan los servicios de prostitutas porque disfrutan del "viaje de poder"
que deriva del acto y del control que tienen sobre la mujer durante la actividad sexual.(MacKinnon,
2009)
La prostitución es vista por estas feministas como el resultado de un orden social patriarcal que
subordina las mujeres a los hombres y donde la desigualdad entre los géneros está presente en todos
los aspectos de la vida. Estas feministas creen que la prostitución es muy perjudicial para la
sociedad, ya que refuerza la idea de que las mujeres son objetos sexuales que existen para el disfrute
de los hombres, que pueden ser "compradas" y que pueden ser "utilizadas" únicamente para la
gratificación sexual de los hombres. Las abolicionistas argumentan que cuando una sociedad acepta
la prostitución, envía el mensaje de que es irrelevante cómo se siente la mujer durante el sexo o
cuáles serán las consecuencias del sexo para ella, y que es aceptable que un hombre participe en
actividades sexuales con una mujer que no lo disfruta y que podría forzarse mental y
emocionalmente para poder sobrellevar la situación; la normalización de tales encuentros sexuales
unilaterales puede afectar negativamente la forma en que los hombres se relacionan con las mujeres
en general y puede aumentar la violencia sexual contra las mujeres.(MacKinnon, 2009).

Una consecuencia y correlación de la violencia contra las mujeres


Algunas feministas, en particular muchas que apoyan la abolición de la prostitución, ven la venta de
sexo como un posible efecto posterior de la violencia contra las mujeres. Quienes apoyan esta
posición citan estudios de violencia experimentada por mujeres en la prostitución antes de ingresar
a la prostitución. La mayoría (60 % a 70 %) fueron abusadas sexualmente cuando eran niñas,42
65 % fueron violadas, la mayoría antes de los 15 años,43 y muchas mujeres jóvenes y niñas
ingresan a la prostitución directamente de la atención estatal, al menos en Inglaterra, Noruega,
Australia y Canadá.44
Los abolicionistas de la prostitución también citan similitudes entre la prostitución y la violencia
contra las mujeres. Farley, Lynne y Cotton (2005) sostienen que la prostitución se parece más a una
agresión porque involucra de manera similar un patrón de comportamiento coercitivo y de control
—por parte de proxenetas, procuradores y traficantes, así como clientes— que resulta en el control
de las mujeres en la prostitución. La investigación realizada por Giobbe  (2005) encontró
similitudes en el comportamiento de proxenetas y agresores, en particular, mediante el uso de
aislamiento social forzado, amenazas, intimidación, abuso verbal y sexual, actitudes de propiedad y
violencia física extrema. Algunas prostitutas sostienen que la prostitución tiene similitudes con la
violación porque es una forma de sexualidad que está totalmente controlada por el cliente, ya que la
violación es una forma de sexualidad en la que el violador controla la interacción, sin tener en
cuenta los deseos, el bienestar físico o dolor emocional de la víctima.(Whisnant y Stark, 2004)
La naturaleza racista y clasista de la prostitución
Las abolicionistas adoptan un enfoque interseccional para comprender las relaciones de poder
involucradas en la prostitución. Es decir, consideran que la prostitución está atravesada por
múltiples formas de poder social opresivo, no solo por el sexismo contra las mujeres. Algunos
analistas sobre temas de derechos humanos relacionados con la prostitución, como Sigma Huda en
su informe para la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, también adoptan este
enfoque:
65. Por definición, la prostitución aúna en una sola interacción dos formas de poder
social (el sexo y el dinero): en ambas esferas (la sexualidad y la economía) el hombre
ostenta sobre la mujer un gran poder de forma sistemática.  En la prostitución, estas
diferencias de poder se funden en un acto que asigna y reafirma a la vez la función
social dominante del hombre subordinando socialmente a la mujer.
66. La demanda de sexo comercial suele además basarse en diferencias de poder social
relacionadas con la raza, la nacionalidad, la casta y el color de la piel.
Informe de la Relatora Especial sobre los derechos humanos de las víctimas de la trata
de personas, especialmente mujeres y niños, Sra. Sigma Huda45

En todos los países la mayoría de las prostitutas suelen ser inmigrantes.15161718 19 En España, el
90 % son extranjeras.20Como el crimen organizado funciona de manera internacional y no todos
los países de Europa son abolicionistas, por ejemplo, cuando se aprobó la ley abolicionista en
Francia en 2016, aumentó el número de prostitutas en Alemania, sobre todo en las fronteras con
Francia.21

Diferencias entre modelos jurídicos


Existen diferentes modelos jurídicos para la prostitución, por ejemplo, el prohibicionismo, el
abolicionismo, el reglamentarismo y el regulacionismo.322 A su vez el abolicionismo puede ser
radical, clásico o mixto.

Prohibicionismo
El prohibicionismo suprime penalmente la prostitución y la considera un delito. El prohibicionismo,
liderado por cristianos que defienden el concepto de la familia cristiana, es una corriente moralista
conservadora anti-prostitución que considera que la prostitución es un pecado que atenta contra la
noción de familia occidental y cristiana. Suprime la prostitución oficializada o estatal,14 impone
una condena moral a las prostitutas y supone la criminalización de las mismas.22 La moral sexual
católica condena la prostitución por pecaminosa,2324 tanto para la mujer como para el varón
prostituyente o cliente, ya que peca también quien paga por obtener placer sexual de otro. La
prostitución es considerada un desorden moral grave, porque cuando alguien vende su cuerpo,
«vende su alma».2526 Es un criminal todo aquel que busca los servicios de una prostituta.27«La
prostitución no sólo destruye vidas, matrimonios y familias, sino que también destruye el espíritu y
el alma de una manera que conduce a la muerte física y espiritual».28 Si la prostitución es
considerada una actividad inmoral, es un vicio al cual el estado debe prohibir y las prostitutas, no
sus clientes, deben ir a la cárcel.22
2355 La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto
que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente
contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha
su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución constituye una
lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y
los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo).
Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el
chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.29

Abolicionismo radical
El abolicionismo radical, a diferencia del prohibicionismo, no toma en cuenta el criterio moral, sino
que enfatiza el punto de vista de la prostituta como víctima de la dominación sexual masculina. La
prostituta no debe ser castigada sino resocializada.22 ONG como la Asociación para la Prevención,
Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida se ocupan de estos temas.3 La idea es que los
mercados dependen de los compradores para que funcionen y proponen reprimir a quienes se auto-
atribuyeron el derecho de comprar el cuerpo de otras personas y usarlos para satisfacción propia.30
El modelo sueco es el mejor ejemplo de abolicionismo radical. Hasta ahora, mostró que cuando los
compradores se arriesgan a ser castigados, el número de varones que compran personas prostituidas
disminuye y los mercados locales de la prostitución se vuelven menos lucrativos.31 La ley sueca
considera que la prostitución es un mecanismo de opresión y de objetivación de la mujer. Según una
investigación en Suecia, solicitada por el gobierno sueco, las mujeres prostituidas o en situación de
prostitución vivían inmersas en un mundo de violencia y opresión, de drogas y de crímenes, de
poder y de sujeción.32 Según el informe de evaluación de la Ley de abolición de la prostitución de
2016 en Francia, publicado en 2020 con entrevistas a todos los implicados en la aplicación de la ley
(prefectos, policías, fiscales, delegados de los derechos de la mujer, asociaciones de base, grupos de
presión, ONGs, trabajadores de la Justicia y de asuntos sociales), donde se aplica el modelo
abolicionista radical la ley funciona y disminuye la trata de personas.433 El abolicionismo radical
cree que las mujeres que se prostituyen de forma voluntaria son una minoría demasiado pequeña. La
Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) afirma que en Europa, una de
cada siete así llamadas «trabajadoras sexuales» han sido esclavizadas en la prostitución a
consecuencia de la trata de personas.34

Abolicionismo clásico
El abolicionismo clásico,3 no impone una condena moral a las mujeres en situación de
prostitución.22 Este abolicionismo cuestiona la estigmatización de las mujeres en situación de
prostitución por considerar que vulnera sus derechos,35 y critica los aspectos de misoginia y
opresión de esta actividad en la cual generalmente mujeres y niñas son objetos y varones son
clientes.3 Como ejemplo de este tipo de abolicionismo, Sonia Sánchez y Alika Kinan son dos
activistas argentinas que estuvieron en situación de prostitución.4647

Abolicionismo mixto o moderado


El abolicionismo mixto es moderado porque asume que la prostitución es una realidad,35 y
diferencia prostitución voluntaria de trata y busca garantizar los derechos de las mujeres en
situación de prostitución.35 Considera que hay que desalentar la demanda sexual, apoya la
criminalización del cliente, con la idea de controlar al consumidor —«sin cliente no hay putas» es
el eslogan—, pero cuestiona las deficiencias del sistema penal. No criminaliza a la mujer que llega a
prostituirse, señala la importancia de garantizar los derechos de las mujeres en situación
prostitución y propone distinguir la trata de personas de la prostitución supuestamente voluntaria,
sin ignorar ni minimizar los efectos negativos de la prostitución y su importancia en la economía
tanto individual como social.322 Esta corriente jurídica cree que la prostitución en sí misma es una
actividad indeseable pero que no es razonable perseguir a quienes salen más perjudicadas y son
explotadas por otros para satisfacer sus deseos.22

Reglamentarismo
El reglamentarismo, en cambio, utiliza un sistema de control sanitario y policial, que es ejercido
únicamente sobre las prostitutas y no sobre los clientes consumidores, con el objetivo de prevenir
contagios masivos de enfermedades venéreas.22 La prostitución es permitida en ciertas zonas
delimitadas.3
Aspectos policiales (erradicación de elementos potenciales de desorden social) y sobre
todo médicos (preocupación creciente de los higienistas ante el gran miedo de las
enfermedades venéreas) confluyeron en la gestación de tal normativa, y el prostíbulo
reglamentado vino a ser el resultado de un compromiso estratégico entre Familia y
Estado, en una sociedad de vigilancia y disciplina social.36

Regulacionismo
El regulacionismo sostiene que la industria del sexo no es sinónimo de misoginia ni de desigualdad
sexual y que las mujeres ingresan voluntariamente en la prostitución. Considera que la ausencia de
regulación es lo que, en realidad, genera clandestinidad y que es esta la que expone a las llamadas
trabajadoras sexuales a encontrarse más vulnerables frente a las diversas formas de violencia y
opresión. El regulacionismo quiere que la prostitución sea considerado un trabajo como cualquier
otro y que las prostitutas gocen de derechos como cobertura médica y jubilación, como cualquier
trabajador.38 Organizaciones como Ammar, Colectivo Hetaira y OTRAS sostienen esta postura.
El regulacionismno busca la despenalización del trabajo sexual. El abolicionismo se opone al
regulacionismo porque considera que potencia la trata de personas. Un estudio en 150 países
demostró que aquellos en los cuales la prostitución estaba legalizada y regulada por el estado, se
potenciaba la trata de personas para explotación sexual.41 Considera que el regulacionismo no toma
en cuenta la coerción o la manipulación y que cree ingenuamente que la prostitución es una elección
voluntaria de la mujer o persona (varón, travesti, transexual etc) sin tomar en cuenta su
vulnerabilidad o falta oportunidades. Considera, además, que la demanda genera más trata de
personas.22
El regulacionismo] defiende la prostitución como un trabajo, reclamando para quienes la ejercen los
mismos derechos que cualquier trabajador y el reconocimiento de sus necesidades específicas, por
ejemplo, una atención médica adaptada. El abolicionismo también es opuesto a la despenalización
de la prostitución (modelo neozelandés), reconoce la prostitución como un trabajo y establece
medidas protectoras sin obligar a las profesionales del sexo a registrarse como tal.37

Precedentes históricos
La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer
sostiene, en su artículo 6, que los estados partes deberá tomar todas las medidas apropiadas, incluso
de carácter legislativo, para suprimir todas las formas de trata de mujeres y explotación en la
prostitución de la mujer.11 Considera que la trata de mujeres y la prostitución forzada son formas de
violencia contra las mujeres.12 Sostiene que las causas fundamentales de la trata con fines de
explotación sexual están directamente vinculadas al sistema social de la prostitución. Que la
prostitución y la explotación sexual generan el tráfico de personas. También se afirma que los
perpetradores gozan de una impunidad generalizada y que las mujeres son objeto de formas
extremas de violencia. Por eso proponen desalentar la demanda sexual como forma de prostitución
para desmantelar el sistema que utiliza a las mujeres en situación de vulnerabilidad.11
El Convenio para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena de
Organización de las Naciones Unidas (ONU) establece que los estados no tienen potestad para
controlar, perseguir, someter a exámenes médicos, registrar o cobrar impuestos a las personas que
estén en situación de prostitución y sí están obligados a perseguir a proxenetas y tratantes, como a
generar políticas públicas para quienes quieran salir de la prostitución. También establece que se
comprometen a castigar a toda persona que, para satisfacer las pasiones de otra, aun con el
consentimiento de tal persona.13 Sería anacrónico hablar de abolicionismo antes del compromiso
de Josephine Butler en 1870. Sin embargo, es posible identificar, en la historia de las sociedades,
corrientes de pensamiento o personajes cuya actitud hacia la prostitución era una forma de
abolicionismo antes de tiempo: la condena de la prostitución como institución contraria a la
dignidad humana, la negativa a penalizar a las personas prostituidas y la lucha contra la clientela.
La Declaración de Viena sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, aprobada por la
Organización de Naciones Unidas en 1993, reconoce la prostitución como una forma de violencia
contra las mujeres.9 La trata de personas se ha vuelto un tema prioritario para la Organización
Internacional para las Migraciones (OIM), ya que las cifras conocidas dicen que hay cientos de
miles de mujeres y niñas que son víctimas de la trata para explotación sexual a través de fronteras
internacionales.10
La Resolución del Parlamento Europeo del 5 de abril de 2011, sobre prioridades y esbozo de un
nuevo marco político para luchar contra la violencia contra las mujeres, sostiene que, dado que la
violencia de género, predominantemente de varones contra mujeres, es un problema estructural y
generalizado en toda Europa y, considerando que la violencia contra las mujeres abarca una amplia
gama de violaciones de derechos humanos, que incluyen la prostitución y la trata de mujeres y
niñas, el Parlamento Europeo reconoce el grave problema de la prostitución en la Unión Europea y
solicita que se realicen más estudios sobre la prostitución ya que llama la atención el preocupante
aumento de la trata de personas en Europa, e insta a miembros a tomar medidas combatir esa
práctica.48
El profeta Oseas en el siglo viii a. C. denuncia la prostitución que se desarrolla en los dos reinos
hebreos. Asocia la prostitución con la idolatría, dando una dimensión teológica a su denuncia. Sin
embargo, se casa con una prostituta, Gomer. Él no la acusa, sino a los clientes, sacerdotes y
gobernantes de su prostitución.
Agustín de Hipona, en el siglo v prohibió a su diócesis asistir a los juegos donde era bien sabido que
habría tráfico prostibulario en el lugar. En el mismo sermón, recordó las palabras de Jesús
declarando que "las rameras van delante de vosotros [los sacerdotes y los ancianos del templo] el
reino de los cielos" Mateo 21.3149
Desde 1542 hasta 1548, Ignacio de Loyola fundó la Casa de Santa Marta en Roma. La prostitución
florece en la Roma del siglo xvi. Sus críticos lo acusan por querer «deshacerse» de la prostitución
en Roma. Para ello, abre una casa donde, para ingresar, las prostitutas deben indicar su situación,
especialmente si están casadas o solteras. Después de un retiro predicado por Ignacio, pueden elegir
regresar con sus esposos, casarse o convertirse en monjas. Ignacio reclutaría a los candidatos entre
los cortesanos de Roma. Ante la hostilidad de la sociedad de la época y la indiferencia de la reciente
Compañía de Jesús, la misión de reintegración de Casa Santa Marta fue abandonada poco después
de que Ignacio cumpliera con sus responsabilidades en esta fundación.50
La Comuna de París cierra los burdeles en varios distritos de París , tanto que muchas personas
prostituidas hacen causa común con los revolucionarios.51
En 1840, Flora Tristán denunció en un capítulo titulado Mujeres Públicas de su libro Paseos por
Londres el funcionamiento de las redes de proxenetas y burdeles de Londres. Describió
amargamente las vejaciones, maltratos y denigrantes condiciones de vida de miles de mujeres
jóvenes y niñas. Alejadas de sus familias, eran retenidas en los burdeles; primero los importantes y,
a medida que su salud se resentía, eran trasladadas a otros de más baja categoría. Menos de diez
años después, morían a causa de múltiples enfermedades.
Tristán entiende a la prostitución como la «más horrorosa de las plagas que produce la desigual
repartición de los bienes de este mundo» haciendo culpables a los industriales de la época y su
hipócrita moral corrompida por la riqueza generada por el nuevo modelo económico liberal y
descriminalizando a las prostitutas. «¡Por ello, que esta monstruosidad sea imputada a vuestro
estado social y que la mujer sea absuelta!»
La propuesta de Tristán se aleja tanto del prohibicionismo como del regulacionismo:
Por lo demás, la prohibición de la ley es absurda; porque siendo la prostitución un
resultado forzoso de la organización de las sociedades europeas, a disminuir más bien la
intensidad de las causas que la provocan a reglamentar su uso es a lo que actualmente
deben tender los gobiernos.52

Por países
En Europa, la mayoría de los estados son abolicionistas. En Lituania y Rumania, Finlandia, Irlanda
del Norte y el Reino Unido, la prostitución es ilegal y son prohibicionistas,222 La prostitución está
legalizada y regulada en los Países Bajos, Alemania, Austria, Grecia, Hungría y Letonia.2
Dinamarca, Italia y España adoptaron algunas medidas de reconocimiento jurídico.22
En los Países Bajos, la regulación y la legalización aumentó la trata de personas sin mejorar las
condiciones de las prostitutas.2153| En los Países Bajos la trata de personas ha aumentado y dos
tercios de las prostitutas son inmigrantes extranjeras en situación de vulnerabilidad. La policía
holandesa estima que entre el 50 % y el 90 % de las mujeres del barrio rojo probablemente sean
víctimas de la explotación sexual y trata de personas.21 El estado tiene la premisa de que las
trabajadoras y los trabajadores del sexo puedan hacer frente a sus derechos como los demás
trabajadores y se arreglan solos, con la consecuencia de las condiciones laborales quedan
exclusivamente en mano de los empleadores, es decir, los dueños de los prostíbulos. Las prostitutas
ejercen, supuestamente, como autónomas y no en relación de dependencia, por lo que no logran los
beneficios del trabajo en blanco.22 Los burdeles son legales,54 pero la calidad de vida de las
prostitutas no solo no ha mejorado sino que ha desmejorado y la prostitución clandestina sigue
existiendo.53 En los Países Bajos, un estudio mostró que la mayoría de las prostitutas no eran
toleradas en las calles por lo que se veían empujadas a ejercer en los prostíbulos, el 95 % de ellas
trabajaban sin contrato como autónomas, a pesar de trabajar en prostíbulos y del alto nivel de
control de su trabajo por parte de los operadores de dichos prostíbulos, la mayoría de las prostitutas
no tenían derecho a ninguna prestación de servicios sociales ni seguridad social ni de salud, y el
bienestar emocional de ellas había disminuido, según todas las variables que evaluaron por lo que la
angustia de las mujeres era mayor.53En los Países Bajos, las mujeres continúan con el estigma de
puta y el seguro médico lo tienen que pagar en forma privada. Aunque la legalización supuso un
mayor control sobre la actividad, la prostitución ilegal sigue siendo mayoritaria y esas mujeres
reciben con mayor frecuencia abuso, violencia e insalubridad.55
En Grecia, que es un país reglamentarista, el Estado justifica la intervención en la regulación de la
actividad y la obligatoriedad de los controles por motivos de salud pública y de seguridad
ciudadana, y habilita el ejercicio de la prostitución solamente en prostíbulos registrados. Está
prohibido el trabajo sexual sin licencia para ejercerlo. En Grecia la prostitución clandestina continúa
funcionando.40 Una encuesta realizada en ese país encontró que muchas mujeres jóvenes
trabajaban en la industria sexual para escapar de la pobreza, a causa de un desempleo prolongado, el
consumo de drogas y la exclusión social.56
Argentina es un país abolicionista en donde las mujeres en situación de prostitución no deben ser
perseguidas, la prostitución a título personal no es delito, pero sí lo son el proxenetismo y los
burdeles. En los prostíbulos de ejerce de manera clandestina.1 México sigue el modelo
reglamentarista.1

Críticas al modelo abolicionista


El regulacionismo cuestiona al abolicionismo porque considera que lo que llaman trabajo sexual
está mal visto por un tema moral, de puritanismo y que negarle a la actividad su condición y
dignidad de trabajo es una violencia simbólica contra las mujeres que eligen vivir libremente su
sexualidad.39 Los que apoyan el regulacionismo insisten en la capacidad de las mujeres de decidir
libremente sobre lo que quieren hacer con su cuerpo y sobre su sexualidad, que el trabajo sexual es
voluntario y la mujer decide en total libertad del uso que quiere hacer de su cuerpo, que no todo
trabajo sexual es trabajo forzado,40mientras que los abolicionistas consideran que el acuerdo para
vender sexo nunca puede ser voluntario ya que y que, por lo tanto, la prostitución en general
equivale a la explotación sexual.2 El regulacionismno busca la despenalización del trabajo sexual.
Varias organizaciones internacionales como Amnistía Internacional, critican el modelo abolicionista
y apoyan la despenalización de la prostitución. La opinión de estas organizaciones, basada en
informes sobre el terreno, es que sancionar la demanda de prostitución empuja a las trabajadoras
sexuales a la clandestinidad y empeora su estigma. A su vez, la GAATW (Global Alliance Against
Traffic in Women), afirma que la abolición del comercio sexual no resolverá las condiciones que
originan la trata de blancas.575859
El abolicionismo es criticado porque, según ellos, implicaría la criminalización de las trabajadoras
sexuales. En algunos países abolicionistas, como Suecia, Noruega o Irlanda, las trabajadoras
sexuales sufren deportaciones, desahucios e incluso penas de prisión por culpa de las leyes
abolicionistas.60
La afirmación abolicionista que relaciona más violaciones con la despenalización de la prostitución,
es refutada en estudios formales como el de Rhode Island y Holanda, que recogen una correlación
inversa, es decir, la despenalización de la prostitución tuvo el efecto de disminuir claramente los
delitos sexuales.616263
En Irlanda, país abolicionista, cerca del 56 % de trabajadoras sexuales declara que las leyes
abolicionistas han vuelto su trabajo más peligroso. Mientras que en Nueva Zelanda, país que aplicó
la despenalización de la prostitución, más del 90 % de trabajadoras sexuales aseguran que la
despenalización les ha permitido acceder a derechos que antes no tenían. Esto según dos encuestas
de los ministerios de Justicia de ambos países.64
Clara Serra, política feminista y responsable del Área de Mujer e Igualdad del Consejo Ciudadano
estatal de Podemos, criticó el modelo abolicionista, razonando que «incluso si persigues al cliente,
al final haces que las propias prostitutas se vean obligadas a negociar en peores condiciones y a
esconderse de la policía, y que la policía sea el enemigo». Clara además protestó contra la actitud de
los grupos abolicionistas, acusándolos de censurar a las trabajadoras sexuales y afirmando que «Una
cosa es desear un mundo sin prostitución y otra muy distinta es querer impedir que mujeres
prostitutas hablen en la universidad. Hace falta haber olvidado muchas cosas fundamentales para
demostrar semejante grado de intolerancia».6566
Durante la crisis por el coronavirus (COVID-19) de 2020, María José Barrera y Mariano Beltrán,
activistas por el feminismo y los derechos humanos, firmaron un artículo especialmente crítico con
el abolicionismo. En el artículo afiman que los derechos de las prostitutas son aún más importantes
durante la pandemia, y piden aumentar estos derechos mediante la despenalización del trabajo
sexual. Afirman que «Los derechos humanos de las trabajadoras y trabajadores sexuales tienen que
ser no solo defendidos, sino también promocionados. Y en esa defensa de la dignidad, el
abolicionismo ni está ni se le espera; las posturas abolicionistas no hacen otra cosa que ahondar en
el estigma».67

Coacción
Según la teoría abolicionista, en la mayoría de los casos, la prostitución no es una opción consciente
y calculada. Sostiene que la mayoría de las mujeres que se convierten en prostitutas lo hacen porque
fueron obligadas o coaccionadas por un proxeneta o víctimas del tráfico de personas.
Esta teoría no concuerda con los informes oficiales más recientes. La UNOD (Oficina de las
Naciones Unidas contra la Droga y el delito) publicó un estudio en 2010 "Trata de personas hacia
Europa con fines de explotación sexual", según el cual el porcentaje de mujeres ejerciendo la
prostitución de forma forzada sería una de cada siete (14 % del total).68
En la misma línea, en España, el CITCO (Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen
Organizado) formado por miembros del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Civil (entre
otros), recopiló en los años 2013 y 2014 datos oficiales, publicados en el “Plan Integral de Lucha
contra la Trata de Mujeres y Niñas con fines de Explotación Sexual”. En las páginas 37 a 39 de
dicho informe oficial, se indica que unas 14 000 trabajadoras sexuales entre un total de 45 000 (es
decir, un 31 %) estarían “en riesgo de encontrarse en situación de trata”, por lo que las mujeres
realmente forzadas a ejercer la prostitución en España serían menos del 31 % del total.697071

Consentimiento
Desde la perspectiva abolicionista, el verdadero consentimiento en la prostitución no es posible. Las
abolicionistas creen que no se puede decir que alguien pueda estar realmente de acuerdo con su
propia opresión y que ninguna persona debería tener el derecho de consentir a la opresión de otros.
Esto no se corresponde con la opinión general de las asociaciones de trabajadoras sexuales, que
afirman que sí hay consentimiento en la prostitución. Argumentan que el abolicionismo utiliza
muestras sesgadas, que tienen en cuenta únicamente a las víctimas de trata, olvidando que la
prostitución es mayoritariamente consentida y que las medidas abolicionistas afectarían
negativamente a todos los tipos de prostitución.7273
Las abolicionistas de la prostitución ven a la prostitución como una forma de violencia masculina
contra las mujeres, las niñas y los niños. (Farley et al., 1998) Este entendimiento es la principal raíz
teórica de los llamamientos para despenalizar la prostitución —en su mayoría mujeres– pero
continúa criminalizando a quienes los prostituyen, incluidos clientes, proxenetas, procuradores y
traficantes. Del mismo modo, en otras formas de violencia contra las mujeres, las feministas contra
la violencia esperan que las mujeres golpeadas, violadas, incididas, hostigadas y amenazadas no
sean castigadas por los delitos cometidos contra ellas, mientras que los autores masculinos, en su
mayoría conocidos por las víctimas, sean criminalizados de acuerdo con la ley.

Los efectos a largo plazo sobre las prostitutas


Una de las razones esgrimidas por el abolicionismo para oponerse a la prostitución, es que es una
práctica que conduce a graves efectos negativos a largo plazo para las prostitutas, como trauma
psíquico, estrés, depresión, ansiedad, automedicación a través del consumo de alcohol y drogas,
trastornos de la alimentación y un mayor riesgo para sí misma incluido el suicidio.
Estas razones chocan con la opinión de varias organizaciones como la OMS y Amnistía
Internacional. Estas organizaciones, basándose en informes sobre el terreno, afirman que el
abolicionismo empeora el estigma asociado al trabajo sexual, y señalan este estigma como el
causante de los costes psicológicos mencionados. Estas organizaciones piden la mejora de las
condiciones de trabajo mediante la despenalización de la prostitución (modelo neozelandés), para
reducir los contagios de enfermedades como el VIH, y dar acceso de las trabajadoras sexuales a los
programas de prevención de enfermedades de transmisión sexual (ETS).747557

Críticas al modelo sueco


En 1999, Suecia se convirtió en el primer país en ilegalizar la compra de servicios sexuales, pero no
la venta (el cliente comete un delito, pero no la prostituta).76 Se aprobaron leyes similares en
Noruega (en 2009), en Islandia (en 2009).
La Universidad de Lund (Suecia) investigó los efectos de la aplicación de la ley abolicionista, entre
2005 y 2010, publicando unos resultados muy negativos: la prostitución no bajó, sólo se expandió a
otros territorios, y el riesgo de las trabajadoras sexuales a ser asaltadas y violadas aumentó
significativamente.77
A día de hoy el gobierno de Suecia aún no ha aportado una demostración estadística que concluya
que la ley ha supuesto una disminución del número de hombres que pagan por sexo, así como una
reducción de la trata con fines de explotación sexual.78
Varios estudios aseguran que el modelo sueco ha sido un fracaso. Estos estudios afirman que el
efecto de la ley ha sido volver la prostitución una actividad más clandestina y, en consecuencia, ha
hecho que las condiciones de trabajo de las personas que se prostituyen sean más peligrosas.798081
Dilema: abolición vs. regulación
El debate sobre prostitución -según algunos autores- tiende a reducirse únicamente a dos modelos,
el abolicionista y el regulacionista, dando por sentado que estas son las únicas alternativas.82
Las asociaciones de trabajadoras sexuales critican esta actitud argumentando que hay otros modelos
posibles. Sugieren el modelo neozelandés (despenalización) como el más indicado para hacer valer
sus derechos y disminuir el estigma asociado al trabajo sexual. Paula Sánchez, del Colectivo
Hetaira, explica que «cuando se cuestiona el modelo sueco [abolicionista] automáticamente se pasa
a señalar los horrores del modelo alemán [regulacionista], porque como el bipartidismo español, o
eres de uno o eres del otro. Pues miren, en algo estamos de acuerdo: no queremos una regulación,
queremos derechos, preferimos el modelo neozelandés».608384
Organizaciones que trabajan en derechos humanos y en apoyo a mujeres mujeres prostituidas como
la Asociación para Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (APRAM) denuncian
sin embargo que la prostitución es una forma de esclavitud moderna,8586 que está relacionada de
manera habitual con la trata de personas siendo uno de los negocios más lucrativos en Europa con
beneficios estimados de 3.000 millones de dólares al año y que la prostitución «no es una expresión
de libertad sexual de la mujer, sino que tiene que ver casi siempre con la violencia, la marginación,
la dificultad económica y la cultura sexista y patriarcal».87

Enfoque marxista
Los teóricos marxistas y las feministas socialistas y comunistas se han situado en bloque en contra
de la prostitución. Marx y Engels entendían que era una ignominiosa forma de abuso y violencia
contra el sexo femenino. Engels (1884) sostiene que «desmoraliza mucho más a los hombres que a
las mujeres. La prostitución, entre las mujeres, no degrada sino a las infelices que caen en sus garras
y aun a estas en grado mucho menor de lo que suele creerse. En cambio, envilece el carácter del
sexo masculino entero» esto es, que no puede ser considerado un trabajo sino una forma de
violencia que envilece también la humanidad de los varones.
Pero no es esta la única vez que Engels se manifiesta al respecto. En Principios del comunismo
sostiene:
La comunidad de las mujeres es un fenómeno que pertenece enteramente a la sociedad
burguesa y existe hoy plenamente bajo la forma de prostitución. Pero la prostitución
descansa en la propiedad privada y desaparecerá junto con ella. Por consiguiente, la
organización comunista, en lugar de implantar una comunidad de mujeres, la suprimirá.

Para Engels la existencia de la prostitución es absolutamente incompatible con los principios


comunistas porque supone una dominación y una explotación de personas convertidas en objetos,
negando su dignidad, autonomía y humanidad.
Marx y Engels también defienden la abolición conjunta de los sistemas prostibularios y de
propiedad burguesa en el propio Manifiesto comunista, donde afirman que «fácil es comprender
que, al abolirse el régimen actual de producción, desaparecerá con él el sistema de comunidad de la
mujer que engendra, y que se refugia en la prostitución, en la oficial y en la encubierta.»(Marx y
Engels, 1848)
Los cierres de burdeles y acuerdo de la ONU 1949
El objetivo de los activistas abolicionistas era la disminución de la demanda artificial de sexualidad
comercializada. La adopción por la Asamblea General de las Naciones Unidas del 2 de diciembre
de 1949 de la Convención sobre la Prevención de la Trata de Personas y la Explotación de Otros ha
sido considerada, entre otras cosas, como resultado de los esfuerzos transnacionales de los
abolicionistas desde fines del siglo xix.
El objetivo de la Convención era prevenir la trata internacional con fines de prostitución y trabajo
sexual, e incluye un artículo considerado abolicionista porque persigue la prostitución voluntaria
(artículo 1)(Dolinsek, 2016). La presencia de este artículo abolicionista ha provocado el rechazo de
la mayoría de países al Convenio de 1949, siendo ratificado únicamente por 9 estados. En contraste,
el Protocolo de Tráfico (2000), que también persigue la trata pero sin incluir medidas abolicionistas,
ha sido ratificado por 171 estados.8889

Josephine Butler
Artículo principal: Josephine Butler
El movimiento abolicionista propiamente dicho nace de la reacción a la alineación del Reino Unido
sobre la regulación higienista de la prostitución como en Francia, por medio de las Contagious
Diseases Acts, en la década de 1860.90 En 1869, bajo la dirección de Josephine Butler, se organiza
un movimiento de mujeres de inspiración cristiana que condena la reglamentación: la Ladies
National Association for the Repeal of the Contagious Diseases Acts91
Estos edictos decretaban que las prostitutas podían ser detenidas y obligadas a someterse a
exámenes médicos obligatorios. Esta reglamentación estaba orientada a combatir las enfermedades
de transmisión sexual. Sin embargo, no se preveía control alguno para los clientes masculinos de las
prostitutas.90
La International Abolitionist Federation fue fundada por Josephine Butler en Ginebra en 1875.91
El nombre "abolicionismo" es una referencia deliberada al movimiento antiesclavista de los Estados
Unidos: Butler se opuso a la esclavitud legal y sexual de las mujeres, que ella creía haber culminado
en la prostitución y el "tráfico de esclavos blancos".
Estas acciones internacionales se materializan con la redacción del Convenio internacional para la
represión del tráfico de esclavos blancos, en París el 4 de mayo de 1910.92
Sin embargo, ocultas en este debate a fines del siglo xix y principios del xx, hubo formas de
violencia sexual dentro y fuera de la prostitución que afecta a mujeres no blancas, ya sea en los
Estados Unidos o en áreas coloniales. Los debates y las políticas se caracterizaron por supuestos
racistas sobre la hipersexualidad de las mujeres negras y su supuesta propensión "natural" a la
prostitución, por un lado, y la construcción de la inocencia femenina de las mujeres blancas, por el
otro.(Dolinsek, 2016)

Protestas contra las leyes abolicionistas


En Suecia, que ilegalizó la compra de servicios sexuales en 1999, ha habido protestas contra la ley,
especialmente después del asesinato de Eva Marree Kullander Smith. Los servicios sociales suecos
retiraron a Eva la custodia de sus hijos por ser trabajadora sexual, incluso aunque su expareja había
mostrado ya comportamientos amenazantes. Poco después, en julio de 2013, Eva era asesinada por
su expareja mientras visitaba a su hijo.93 El documental francés Là où les putains n'existent pas
("Donde las putas no existen") describe el caso de Eva.9495
En Noruega, las organizaciones de ayuda a las prostitutas critican la ley abolicionista de 2009,
alegando que las empuja a la clandestinidad y aumenta su exposición a amenazas y actos
violentos.96
En Francia, país abolicionista desde 2016, varias organizaciones de ayuda a las prostitutas, así como
Médicos del Mundo Francia, se han manifestado en contra de la nueva ley abolicionista.
Argumentan que la ley se anuncia como protectora pero no protege, deteriorando las condiciones de
trabajo de las prostitutas.9798 Según el diario francés Le Figaro, el problema es que, para mantener
y proteger a su clientela, las prostitutas se han visto obligadas a "esconderse aún más",
exponiéndose "a mayores riesgos".99

Véase también
• Puntos de vista feministas sobre la prostitución
• Regulacionismo de la prostitución
• Prohibicionismo de la prostitución
• Despenalización del trabajo sexual

Notas
1.
• En un estudio que entrevistó a 854 personas en situación de prostitución "voluntaria" en 9
países (Alemania, Canadá, Colombia, Estados Unidos, México, Sudáfrica, Tailandia,
Turquía y Zambia), se encontró que el 71 % de los entrevistados fue agredido físicamente
ejerciendo la prostitución, el 63 % fue violado, el 89 % querían escapar de la prostitución
pero no tenían otras opciones para sobrevivir, el 75 % había estado sin hogar en algún
momento de su vida y que el 68 % cumplía los criterios para el trastorno de estrés post
traumático.7
• 2355 La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye,
puesto que queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga
peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió
su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20).
La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres,
pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos
casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente
pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión
social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.29

• La idea es que los mercados dependen de los compradores para que funcionen y proponen
reprimir a quienes se auto-atribuyeron el derecho de comprar el cuerpo de otras personas y
usarlos para satisfacción propia.30
4. Aspectos policiales (erradicación de elementos potenciales de desorden social) y
sobre todo médicos (preocupación creciente de los higienistas ante el gran miedo
de las enfermedades venéreas) confluyeron en la gestación de tal normativa, y el
prostíbulo reglamentado vino a ser el resultado de un compromiso estratégico
entre Familia y Estado, en una sociedad de vigilancia y disciplina social.36

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Puntos de vista feministas sobre la prostitución


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El Barrio rojo de Ámsterdam.


Existe una diversidad de puntos de vista feministas sobre la prostitución. Muchas de estas
posiciones se pueden reducir a dos puntos de vista generales: crítico o de apoyo a la prostitución y
el trabajo sexual.1
Las feministas abolicionistas sostienen que la prostitución es una forma de explotación de las
mujeres y del dominio masculino sobre las mujeres y una práctica que es el resultado del orden
social patriarcal existente. Estas feministas argumentan que la prostitución tiene un efecto muy
negativo, tanto en las propias prostitutas —o, como ellas las llaman, mujeres en situación de
prostitución— como en la sociedad en su conjunto, ya que refuerza visiones estereotipadas sobre las
mujeres, que son vistas como objetos sexuales que pueden ser utilizados y abusados por los
hombres.
Las feministas regulacionistas sostienen que la prostitución y otras formas de trabajo sexual pueden
ser opciones válidas para mujeres y hombres que elijan participar en ellas. Desde este punto de
vista, la prostitución debe diferenciarse de la prostitución forzada, y las feministas deben apoyar el
activismo de las trabajadoras sexuales contra los abusos tanto de la industria del sexo como del
sistema legal.
El desacuerdo entre estas dos posturas ha demostrado ser particularmente polémico y puede ser
comparable a las guerras sexuales feministas —debates enconados sobre cuestiones sexuales— de
finales del siglo XX.2
Newman y White en Women Power and Public Policy (2012) sostienen que las perspectivas
feministas sobre la prostitución coinciden en tres puntos principales: «Primero, condenan la política
legal actual que impone sanciones penales contra las mujeres que ofrecen sexo a cambio de dinero.
En segundo lugar, están de acuerdo en que el consentimiento auténtico es la condición sine qua non
del sexo legítimo, ya sea en forma comercial o no comercial. En tercer lugar, todas las feministas
reconocen que las trabajadoras sexuales comerciales están sujetas a coerción económica y, a
menudo, son víctimas de violencia, y que se hace poco para abordar estos problemas».3

Índice
• 1 Referencias
• 2 Véase también
• 3 Bibliografía
• 4 Enlaces externos

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3. NEWMAN, Jacquetta; WHITE, Linda A. (2012). Women, Politics, and Public Policy: The
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ISBN 978-0195432497.

Véase también
• Abolicionismo de la prostitución
• Regulacionismo de la prostitución

Bibliografía
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Enlaces externos
• SHRAGE, Laurie (13 de julio de 2007). «Feminist Perspectives on Sex Markets:
Prostitution». Stanford Encyclopedia of Philosophy,
• AYME ROMAN (16 de abril de 2019). «ABOLICIONISMO DE LA PROSTITUCIÓN: Datos,
argumentos, propuestas y problemas». Youtube.

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