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Donde Se Acaba El Viento - Libro

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Donde se acaba el viento pete w aI MSV Crast BCC Elsa Bornemann - Ricardo Mariiio - Ree c cat Reenter ton La maestra (1974) Laura AvILA Los jueves Hegaba el barco. Evina y su abuelo fueron hasta el pueblo a comprar algo de ver- dura fresca, un rollo de alambre y un abrigo nuevo. Evina ya tenfa once aitos y todo le iba quedando chico, Cuando llegaron a Stanley, el abuelo se sor- prendié de que el barco no tuviera bandera. Los vecinos se agolpaban en el muelle para mirar qué mercaderias habfan trafdo del continente. BI abuelo Gavin siguis hasta la barberia y pidi6 el mismo corte de pelo para él y para ella. Evina no queria, pero igual se senté y soporté la tijera del barbero. Salié ala vereda y se sintié como una oveja es- quilada cuando el viento frio le dio en la nuca Sacudié la cabeza como un cordero y se puso la gorra de lana, Voy a ver la cartelera —Ie dijo al abuelo, que ahora oeupaba el sillén de Ia barberia. El viejo Gavin le dio permiso con un gesto y ella caming hacia el tinico cine de Stanley, que es- taba en la misma cuadra. 6 Vio.un movimiento rato en la escuela del pueblo, Una chica muy joven aparecié en la puerta con un cajén de naranjas. La rodeaban ‘muchos nifos, vestidos con buenos abrigos de colores y mitones. La joven mujer les repartia Ia fruta con una sonrisa. Bvina se acercé caminando de costado. Ha- fa mucho que no probaba una naranja y tenia curlosidad por recuperar el sabor. Se mezclé con los otros nifios y a su turno la mujer le con- vvid6 una. — {fists anotada en la escuela? —le dijo sin perder la sonrisa. Era muy morena, alta y faca, de pelo castafo largo hasta los hombros. Se lo habia recogido en una trenza, porque el viento de Puerto Stanley era terrible, Vestia una espe- cie de trimica roja muy gruesa, tejida, como los sarapes que usaban los mexicanos en las peli- culas del Oeste. Como te Hamas? le pregunt6 a Evina. Una de las nifias, que chupaba su naranja, la sefial6 con el mentén, —Ella no es del pueblo, teacher. Noe dé fruta, —Me llamo Evina. Evina Campbell. Soy de Goose Green, —Ab, eso es en el camp. Yo soy Emilia, la nueva maestra, Bvina no sabia si tenia que devolver la na~ ranja por no ser de la escuela de Stanley. La maestra entré en el modesto edificio y reapa- recié enseguida con un cuadernillo y una cajita nueva de lapices de colores. —Tené, Evina Campbell, es para que vayas leyendo hasta que Ileguemos a Goose Green. Y ante los ojos de los demas alumnos, le dio ‘una naranja extra —Para el camino —e dijo, guifiandole un ojo, Evina le agradeci los regalos con una sonrisa, guard6 lapices y cuadernillo en el bolsillo de su. saco raido y se volvié a paso lento a la barberia. El abuelo discutia con el barbero, que le es- taba terminando el corte: —Que yo sepa, nadie los ams, —Estin haciendo cosas interesantes, Campbell. Hasta un aeropuerto nuevo constru- yyeron. Y venden gas envasado, més barato que la garrafa de la FIC. —El gas envasado es para los flojos. La turba es buena, por algo est por toda la isla —respondi Se sacudié el pelo sin mirarse al espejo, le page al barbero y salieron a la calle. En la vere- da de la escuela no se veia a nadie. Evina pensé que estarian adentro, empezando las clases. Le ofreci6 una de las naranjas al viejo y le clavé el diente ala suya, con céscara y todo. El jugo he- lado y dulce la llené de energia. El viejo la miré asombrado. — {De dénde las sacaste? elabuelo, 10 —Me las regalé un marinero —improvisé Bvina. Bl abuelo fue a la tienda escocesa y le com- pr6 un abrigo impermeable color topo, tres talles mas grande, un enterizo térmico azul y unas botas de goma. En el muelle consiguieron Iechugas, alam- bre, morrones, aaticar, café, licor. Ya aprovisio- nados se tomaron el hidroavion de regreso a Goose Green. La campifia quedaba muy lejos de Stanley. Bllos vivian en una granja alquilada, casi sin vecinos, cuidando las ovejas del duefio de una estancia. Tenfan una vaca con cuernos para la leche, tun pequefio establo para la esquila y un jardin de invierno, un cuartito todo de vidrio a un costado dela casa. Casi no entraban al jardin de invierno, Antes 1 abuelo intentaba cosechar unos tomates en canteros. Pero ahora estaba sucio y abandonado, con fantasmas de plantas decorativas y macetas rotas, pintadas con esmaltes de ufias Esa tarde cenaron came de cordero hervida con papas, escuchando la radio de onda corta que tenian en la granja. Habia una sola emiso- aque transmitia desde Puerto Stanley, aunque solo pasaba misica y noticias de Londres, de la BBC. E] abuelo aliments la estufa con panes de ‘turba seca y la casita se lené de calor. Se tomé una copa de licor y tocé el banjo para Evina, porque estaba de buen humor. Ella lo queria cuando él cantaba y tocaba su banjo. El pelo blanco del abuelo brillaba con la uz del fuego de la cocina y los ojos se le ponian alegres. Bra toda una ocasién, porque el abuelo Gavin no estaba alegre casi nunca. Una vez en su cuarto, a solas, Evina ajusto la Lampara de parafina, se senté en la cama y se atrevié a mirar el cuadernillo que le habia regalado la maestra. Intuia que a su abuelo no le gustaria que estuviera miréndolo, pero habia a 12 aguantado todo el dia y queria ver de qué se trataba. Tenia unos dibujos hermosos, pero gran par- te del texto estaba escrito en espatiol. Esparicl, lidioma del continente. Evina, que apenas si sabia leer en ingles, re- primié un suspiro de desilusién, En algunas ‘paginas solo ten‘a Iineas de puntos, como para completarlo a mano. Se levant y se miré en el pedazo de espe- jo que tenia colgado en su habitacién. Vio una chica rubia, de pelo muy corto. Nunca, en sus once afios de vida, habia usado el pelo largo. Se puso una chalina sobre la cabeza e intenté imaginarse que el pelo le pasaba los hombros, como el de la maestra, ‘Terminé arvancéndose la chalina y apagé la lampara de un manotazo. Esa semana el abuelo y Evina dieron vuelta la tierra para plantar nabos, cortaron panes de turba para secar, prepararon el forraje para que comieran las ovejas, palearon la wltima nieve de ese invierno para despejar el camino. Todo anduvo bien hasta que volvié el hidroavién, Bl piloto fue desde la laguna a la granja y Hamé golpeando las manos. Evina estaba arreglando la cerca cuando el abuelo recibié al piloto. Bl viejo la lamé con un grito que hizo que se pinchara con el alambre y se olvidara del arveglo. Las ovejas aprovecharon el descuido y se fugaron al cerro. El abuelo la esperaba con el piloto. Apenas ella llego corriendo, el viejo le mostré un nuevo cuadernillo. Qué es esto? —le dijo, Furioso. B1 piloto vio la cara de Bvina y quiso defen- derla —La maestra de espafiol anoté a su nieta en la clase. Sabia su nombre y apellido, y ustedes son los tinicos Campbell en Goose Green. Me pidi6 que le dejara este librito, Es para aprender a distanc Elabuelo no quiso ni tocarel cuadernillo. Le 3B 24 indicé a Evina que se vistiera para ir a Stanley y se tomaron el hidroavién. Apenas bajaron en el muelle, la agarné del brazo y la levé casi en al aire hasta la puerta dela escuela. Golpes enojado hasta que la propia seforita Emilia le abri6, Tras ella asomaron una decena de cabecitas curiosas. Hola! {Vienen a la clase? Usted debe ser l padre de Evina —le dijo, tendiéndole una ‘mano Ilena de anillos. El viejo no le devolvi6 el saludo. Sin levantar la voz, pero frio como el viento que cortaba la alle, le dijo: —HI padre de Evina se volvié a Londres cuando terminé su contrato de trabajo. Yo soy su abuelo, el dnico que se ocupa de ella. ¥ no quiero que ninguna recién llegada del conti- nente le llene la cabeza. Evina vio cémo la sonrisa de la maestra se apagaba, Sinti6 que se le estrujaba el corazén: —Pero yo quiero venir a la escuela, abuelo El abuelo Gavin gruno, Nilo suefies, Evina Campbell. Yo te ensefio todo lo que te hace falta para vivir en las islas. Los alumnos de la seforita Emilia lo miraban como si fuera un monstruo. A Evina le dio verguenza y salié corriendo. El viejo senialé a la maestra con un dedo, —No le mande més porquerias del conti- nente, Evina es una faiklander, no necesita sus lecciones, La maestra suspiré, Traté de recuperar su —Hiay lecciones para adultos también, sefior Carnpbell. Puede tomar una si quiere. Ahora fue el turno del abuelo de huir. La joven mujer aquella, con su poncho rojo y sus anillos, lo enojaba y lo ponia nervioso. Apenas pis6 la granja, Evina se encerr6 en eljardin de invierno, Mir6 el sol frio y amarillo de la isla a través de los vidrios sucios. Agarré un pedazo de franela, lo enjabond y limpié to- dos los cristales. Recupers las macetas que no 35 16 estaban rotas y les cambié la tierra, Después se senté en un banguito de madera a ver caer la tarde. Su abuelo aparecié con el té. Como sabia que estaba enojada, él mismo lo habia preparado. ‘Tocé el vidrio con los nudillos y Evina le abrié la puerta sin mirarlo. —Hace frio aca, vamos ala cocina, Evina no le contest6, asi que el abuelo trajo el brasero de turba y lo adecué al jardin de in- vierno. Blla prendié una lampara y despej6 la mesita, El abuelo sirvis el té y ajusto la perilla de la radio, Estaban pasando misica country. —{No te gustan los scones? Ella no le contests. BI viejo Gavin medité en silencio. Era un hombre muy callado y le costaba decir las cosas. —Estas macetas las pints tu madre —dijo por fin. Bvina levantd la vista, sorprendida, Elabuelo nunca le hablaba de ella. —Cuando naciste te quiso mucho, pero a ‘medida que fue pasando el tiempo se dio cuen- ta de que te habia tenido muy joven. Ta madre queria estudiar, conocer otras partes del mundo. Irse, huir, en una palabra. Ella tom6 un sorbo de té, haciendo silencio para que él pudiera seguir. —Las islas no son para cualquiera, Evina. Hasta ella, que era mi hija, se sentia fuera de ugar en Goose Green, —Filla es tu hija, abuelo. E] abuelo se rascé la coronilla, mirando el fueguito dela lampara. —Si, Pero no pudo ser isletta, Cuando conocié ese extranjero, en Stanley... No valia gran cosa, pero yo supe que se iba air con élal cont Bl abuelo Gavin se qued6 callado, tomando su té, Evina le miré las manos, cuadradas, lasti- ‘madas por el frioy el rigor del trabajo. Yo no me voy a ir, abuelo —Ie dijo—. Yo también soy de las islas. Le mostré sus propias manos, finas pero ente, 17 38 también marcadas por las labores de la ganja. Elabuelo le acaricié los dedos con torpeza Evina le sonri —Pero quiero aprender otras cosas tam- bin, Idiomas nuevos, frutas nuevas, lecturas... Cosas que nos sirvan para ser de aca, pero com- partiendo, El abuelo Gavin dijo que si con la cabeza. Después terminaron su té, El hidroavion volvié con garrafas de gas enva-~ sado del continente, revistas, comidas enlatadas y ropa. Evina eligié una blusa para la primavera y el abuelo se la compré sin chistar. ‘También encargaron semillas de tomates y plantas omamentales para el jardin de invierno, un galén de remedio para la sarna de las ovejas yuna petaquita de licor. Ala tarde, cuando empezaba el viento frio, encendian la Vox que pasaba un programa de jazz, alimentaban la estufa de turba y ella se ponia a leer el nico cuadernillo que le habia quedado de la maestra. No habia caso, no entendia nada, pero al ‘menos podia pintar las ilustraciones con los lipices de colores y no tenfa que esconderse para leerlo, Uno de esos atardeceres de primavera, la radio dej6 de transmitir noticias de Londres y lavoz clara y alegre de la sefiorita Emilia se oy6 por toda la granja. —Esta es la clase de espaiiol para los ninos del camp. Vamos a transmitir los martes y los jueves. Evina Campbell de Goose Green, espero que me estés escuchando con tu abuelo, Todos pueden aprender, si quieren. Soy la maestra de Puerto Stanley, en directo para todas las islas Falklands, para todas las islas Malvinas. 19 Herido de sombras Manriw Buasco Sin destino fijo, como el humo voy surcando el espacio. “Herido de sombras", canci6n de Ibrahim Ferrer La imagen le llega por el rabillo del ojo. Juan levanta el arma. Ena distancia hay una figura, Y no es uno de los suyos. Lo sabe por detalles apenas perceptibles: la forma que tiene la figura de pararse (gser4 que ); 1a calidad dela tela de la ropa, que, aunque imposible de distinguir en la oscuridad de la noche ya tanta en otros paises se paran distinto? distancia, no es como la suya; incluso los pocos rasgos del hombre que puede intuir le hacen imaginar un rostro extranjero. Abi, en a distancia, se encuentra un enemigo, Un soldado, como él, pero del bando contrario, 2a 22 Parado, con un rifle en la mano, en el medio de ese campo de batalla que eso tinico que los une Juan tiene que disparar y sin embargo no lo hace, Algo lo detiene. Quizés a sorpresa (je6mo llegé el enemigo tan cerca?) lo leva a evaluar una vez masa situacién antes de actuar, & si es uno de los suyos? Esas cosas pasan, ha escuchado muchos casos, el tan mentado fuego amigo. Hermanos en armas, muertos por balas propias, la sintesis mas clara de lo absur- das que son las guerras. Pero Juan sabe que no es uno de los suyos. Esa sombra a la distancia jamas podria ser uno de los suyos, El rifle tiem- bla en sus manos. El dedo esté en el gatillo. Pero no dispara. {Cudnto tiempo ha pasado? jHace cuanto estén los dos en el medio de la noche con sus respectivas armas apuntando? Una fraccion de segundo, o tal vez ya se van acercando al minuto: no tiene forma de saberlo, Puede tratarse de una ilusién éptica producto del cansancio y los nervios. Quizés 24 por eso no dispara, Para asegurarse de que no se trata de un conjunto de rocas 0 uno de esos arbustos tristes que hay cada tanto en el te- reno. Objetos haciéndose pasar por humanos para sumar confusién a la guerra, Si dispara en vano, va a asustar a todos. Debe ser eso lo que lo detiene. Para estar seguro, Pero no es un arbusto ni una roca: es una fi- gura humana, es un soldado, es un enemigo. ¥ su condenado dedo sigue negandose a apretar el gatillo. Ha pasado suficiente tiempo para que Juan se haga otra pregunta: zy por qué no dispara é?? Quizds, como Juan un segundo antes, el cotzo esté evaluando si ese bulto en la oscuridad Guan en este caso) tiene vida. Esto lo leva a Juan a quedarse bien quieto, como si conver- tirse en estatua fuera la lave para evitar reci- bir un disparo, Pero el otro debe verlo tan bien como Juan lo vea él. ¥en cuanto cruza esa idea por su cabeza, Juan no puede evitar hacer lo que hasta un instante antes le parecia su condena: se mueve, Tuerce su cuerpo hacia Ta derecha, como si intentara ver qué hay deteas de la figu- xa, un movimiento que no tiene sentido, que no viene al caso, automatico, quizas la forma que tiene su cuerpo de decitle a ese otro cuerpo en la distancia: “Mir4, no soy un arbusto, no soy una xo¢a, soy un soldado, y alguno de los dos va a te- ner que disparar”. El otro hace lo mismo y eso lleva a Juan a tornarse al lado contrario, como si al estar ambos asomados hacia la izquierda se rompiera un equilibrio de pesos y, como en tuna balsa, corrieran riesgo de caer al mar. Pero lotro hace lo mismo, también se balancea para el otro lado, y por un momento Juan recuerda ‘a su madre, que por las tardes ponia boleros y lo obligaba a bailar con ella (lo obligaba? ,O era Juan el que le pedia bailar? ,Qué estar ha- ciendo su vieja ahora? JLo extranara?). Un baile tan ridiculo como puede ser el de una madre y un hijo: ella, las manos sobre sus hombros; él, apenas tocando su cintura, los brazos estirados en todo su largo, y ese bamboleo simple, como 25 26 este, primero para un lado, luego para el otro, y la misica de fondo. Juan sube el rifle, apunta, no es momento de bailar. Y cuando el otro hace lo mismo, Juan vuelve a dudar. ;Serd un reflejo? Pero dénde puede estar reflejandose? No hay lagos cristalinos en ese terreno mezela de tierra y pasto helado, y mucho menos espejos abando- nados. Ademés, la figura no es Juan, no se le pa- rece en nada, Es una figura, pero no la suya. ‘Yentonces comprende: eso que tiene enfren- te es un fantasma. Lo sabe con cada étomo de su ser, losiente en su piel, no importa lo fantas- tico que resulte (0 lo logico que resulte, gdénde mas va a haber fantasmas que en un campo de batalla”). Piensa en darse vuelta y salir corriendo. O ‘mejor ain, ahora si, disparar, disparar como un loco, hasta que el fantasma o enemigo vuele en pedazos. Pero la noche se disipa un poco, solo lo justo para que pueda ver el rostro fantasmal con més claridad, solo los ojos, como si la noche se abriera para mostrarle esa franja en exclusiva de Ta cara, ¥ en esos ojos hay miedo, mucho miedo. Comprende: el otro también cree estar viendo tun fantasma, No solo lo cree, esta seguro. Tan seguro como Juan, que ahora tiene un miedo distinto, un miedo mas profundo (cuando fue la ultima vez que comié? zPor qué no puede recordarlo?). Baja el arma. Fl otro hace lo mismo. Por un segundo entero, se miran a los ojos. Sin nece- sidad de palabras surge un pacto técito, un ar misticio. Ninguno de los dos disparara. Mejor no averiguar quién es el soldado y quién el fan- tasma, Se dan vuelta. En silencio, comienzan a perderse en las heridas de sombras de esa tierra fantasmal. Unsoldado y un fantasma. Un fantasia y un soldado. Quizas, solo dos soldados, cansados de dispavar. 27 Caso Gaspar usa Bornean Aburrido de recorrer la ciudad con su valja a cuestas para vender -por lo menos- doce man- teles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidi6 caminar sobre Jas manos. Desde ese momento, todos los feria- dos del mes se los pasé encerrado en el atillo de su casa, practicando posturas frente a un gran espejo. Al principio, le cost6 bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las pienas para riba, pero al cabo de reiteradas pruebas el buen ruchacho logré marchar del revés con asom- bbrosa habilidad. Una ver conseguido esto, dedicé ‘todo su empetio para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alenté: 29 30 Desde hoy, basta de zapatos! jSaldré a vender mis manteles caminando sobre las ma- nos! —exclamé Gaspar una mafiana, mientras dlesayunaba dicho y hecho- se dispuso a iniciar esa jor- nada de trabajo andando sobre las manos. ‘Su vecina barria la vereda cuando lo vio sali. Gaspar la saludo al pasar, quitandose caballe- rosamente la galera —Buenos dias, dona Ramona, zQué tal sus canarios? Pero como la sefora permanecié boquia- bierta, el muchacho volvié a colocarse la galera ydoblé la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valja con los mantles, mientras hacia complicadas contor siones a fin de alcanzar los timbres de las ca- sas sin ponerse de pie. Lamentablemente, a pesar de suentusiasmo, esa mafana no vendié ni siquiera un mantel. iNinguna persona confiaha en ese vendedor 31 32 domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos! "Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas... Si supieran que distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarian... Paciencia... Ya impondré la moda de caminar sobre las manos..”, pens6 Gaspar, y se aprest6 a cruzar una amplia avenida, Nancallo hubiera hecho: ya era el mediodia.. Los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aqui para all. Cuidado! Un loco suelto!!! gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuché divertido y siguié atvavesando la avenida sobre suis manos, lo mas campante. —gLoco yo? Bah, opiniones. Pero la gente se agiomeré de inmediato a su alrededor y los vehiculos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que habia provocado con su singular manera 34 de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon: —Esté detenido —aseguré uno de ellos, tomandolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policia iPobre Gaspar! Un camién celular lo condujo a la comisaria mas proxima, y alli fue interro- ¢gado por innumerables policias: —ZPor qué camina con las manos? js muy sospechoso! {Qué oculta en sus guantes? \Con- fiese! (Hable! Ese dia, ls ladrones dela ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranguilidac: toda la policia estaba ocupadisima con el “Caso Gaspar ~sujeto sospechoso que marcha sobre las manos. A pesar de que no sabia qué hacer para salir de esa dificil situacion, el muchacho mantenia Ja calma y ~jsorprendente!~ continuaba hacien- do equilibrio sobre sus manos ante Ta furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente, se le ocurrid preguntar: —@sté prohibido caminar sobre las manos? Bl jefe de policia trags saliva y le repitié la pregunta al comisario mimero 1, el comisario rGimero 1 sela transmiti6 al niimero 2, elnimero 2 al mimero 3, el niimero 3 al mimero 4... En. lun momento, todo el Departamento Central de Policia se preguntaba: ESTA PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por mas que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibicién no apareci6. No, sefior. INo existia ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies! ‘As{ fue como Gaspar recobré la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no mo- lestara a los demas con su conducta. Radiante, volvié a salir ala calle andando so- bre las manos. ¥ porla calle debe de encontrarse cen este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicili. li caminando sobre las manos!!! 35 Los cuatro increibles RIcARDO Mario En épocas muy remotas y en un lugar lejano sucedi6 que un Rey cayé enfermo. Para curarse, Jos médicos le recomendaron que antes de una semana bebiera agua de la Gran Cascada, lotmico que lo podia sanar. De no hacerlo en ese tiempo, ‘aseguraron, irremediablemente moriria, Pero la Gran Cascada estaba a muchas jor- nadas de camino a través de las montafias, por senderos inaccesibles para los caballos y las mulas. Solo un corredor superdotado podria llegar hasta allen el tiempo requerido. El Rey dio a conocer un bando, con el que mandaba a llamar a los hombres mas répidos del reino, A quien realizara la hazafa en el me- nor tiempo le prometia una gran recompensa. 7 38 Uno de los que ley6 el anuncio fue Godofredo el Veloz, y nibien terminé de leer salié hacia el castillo del Rey. En el camino encontré aun hombre que es- taba de rodillas en el suelo, aplicando su oido a la tierra. —Hombre, qué estashaciendo? le pregunts Godofredo. —Eotoy escuchando el ruido que hace una plantita a punto de nacer. —éfan poderoso es tu ofdo? —iWalo creo! Me llaman Todo Oidos. —Entonces por qué no vienes conmigo al castillo, jBl Rey esta enfermo y nos necesital Caminaron juntos um rato hasta que se detu- vvieron ante una mujer que estaba mirando hacia las montafias. —:Qué estas mirando? —le preguntaron, Miro la ctispide de la montaia: alli hay ‘un dguila cuidando su nido... Glan poderosa.es tu vista? —No esel aguila la que me llama la atencién 40 sino uno de sus pichoncitos: tiene una pequefia ‘mancha blanca en las plumitas que rodean su pico. —iIncrefble! Tendrias que unirte 2 noso- tros. El Rey enfermo nos necesita..., me llamo Godofredo el Veloz. = yo soy Todo Oidos. —Acepto. Mi nombre es Telescdpica. Anduvieron los tres hasta encontrar a un hombre que estaba tirando una piedra. —No hay ningiin animal por aqui. 2A qué le estas tirando? —le preguntaron. —Tiré una piedra para hacerla pegar en la chimenea de mi casa, que esta a ochenta cuadras de aqui. Es para avisarle a mi mujer que empiece ahacerla comida. —iBs cierto! —exclamé Telescopica—. Bs- toy viendo la piedra. Se dirige a la chimene.. ;Dio en el blanco!, y una mujer se esta poniendo un delantal. —Me llamo Piedrazo, Jamas fallo. —Si te unes a nosotros podras ayudar al Rey —le dijeron, Al fin Iegaron al castillo y ofrecieron sus servicios. Ni bien vio a Godofredo el Veloz, el Rey se dio cuenta de que ese era el hombre indicado. Pero también se habfan ofrecido para ir a buscar el agua de la Gran Cascada Tiidor el Gigante y Osvalda la Peor. A la madrugada siguiente salieron los tres competidores evando cintaros para traer agua de la Gran Cascada. Muy pronto Godofredo el Veloz aventajé a los otros dos. ¥ en lugar de tardar una semana, fue hasta la Cascada en un rato. Mientras re- gresaba con un cAntaro leno de agua, encontré a sus dos adversarios, que todavia no habian recorrido mas que un corto trecho. —Eh! {Un momento! —le grité Osvalda la Peor—. Ya ganaste, tu velocidad es inigualable, Por qué no descansas un poco y después retomas la carrera, an a PESOS D Godofredo el Veloz aceptd, pero ni bien se apoyé sobre una piedra, Tiidor el Gigante lo urmié de un golpe. en hecho. Ya tenemos el agua. Podemos regresar. —Moraleja: mejorserastuto querépido —dijo Osvalda la Peor, sonriendo desagradablemente. —Bs0, eso —le dio la razén Tidor el Gigante. Mientras tanto, en as afueras dl castillo los ami- {g0s de Godofredo el Veloz esperaban ansiosos. —Algo pasa —dijo Todo Oidos—. Escucho los pasos del Gigante y de Osvalda. Pero caminan hacia aqui. Estain a unas cien cuadas. —Es cierto, Ya veo —dijo Telescopica— Esos dos vienen con un céntaro Ileno de agua. iBs el cintaro que levaba Godofredo el Veloz! Yun poco més alld. @ ciento veinte cuadras est Godofredo... Parece dormido 0 desmayado. Tiene la cabeza apoyada sobre una piedra. —No hay problema —dijo Piedrazo— Consiganme algo para arrojar. 44 ‘Todo Oidos se quité una botay se laalcanzé. Piedrazo tomé la bota, se arqueé hacia atras ylalanz6. —iJusto! exclamé unos minutos después ‘Telescépica—. La bota pegé contra la piedra y desperté a Godofredo. Se esta rascando la ca beza... Ahora parece haber comprendido lo que cocurrié... Ahi sale Godofredo... jUh! Ya alcanzo al Gigante ya Osvalda y les arrebats el cAntaro, y viene para aca y. —Va lleg6! —gritaron todos. El Rey bebio el agua, se curé y dio una recom- pensa a Godofredo. No era mucho: los reyes suelen ser tacafios y ereen que la gente queda satisfecha solo con conocerlos. Al menos alcanzé para comprar una nueva bota para Todo Oidos. Después recor daron que la esposa de Piedrazo tenia lista la comida y se fueron a festejar el haberse encon- trado, con una buena comilona Un monte para vivir Gustavo Ronan El rio de aguas marrones corria bortleado por la sombra de los arboles. Pequefios remolinos jugaban con las hojas que caian bailoteando en elaire. Yun rumor de abejas flotaba en la tarde. En fin, era una buena tarde de verano. Pero el coati estaba triste. E| mono estaba triste. La pulga estaba triste. El quirquincho estaba triste. En realidad, todos estaban tristes. Nadie cantaba, ni jugaba, ni corria, nadie hacia ningtin ruido, porque hacta un tiempo que el tigre andaba al acecho, Y¥ cuando no hay ruidos, el monte se vuelve triste, 45 ‘Yun monte triste es un mal lugar para vivir. —Claro —aijo la paloma—, sino puedo decir currucuct, mis plumas pierden el brillo. ~Y yo —aijo el monito—, cuando no puedo saltar de rama en vama, ando arrastrando la cola. —Si no puedo correr —dijo el coati—, se me caen las lagrimas, y cuando se me caen las lagrimas, me dan ganas de llorar. —Lo peor —dijo la pulga— es que ya no tengo ni ganas de picar. —[Bah! —dijo la vizeacha—, todo es cuestién de acostumbrarse, Esto tiene muchas ventajas. —Yo no le encuentro ninguna —grité la pulga medio enojada —Pero tiene muchas. Todo esta muy orde- nado, ¥ eso de que los monos no puedan andar saltando de rama en rama me parece muy bien. 2Acaso vieron alguna viecacha que ande ha- ciendo eso? 48 —jPero yo no puedo decir currucuei! —dijo la paloma. —Si, si —dijo la vizcacha—. Pero gqué tiene de lindo? Yo no digo nunca currucucty ast estoy ‘muy pero muy bien. Pero dofia vizcacha —dijo el tordo—, to- dos decian que mi canto era muy lindo y ahora no puedo cantar. —Son los excesos, m’hijo, los excesos. Usted sillbaba todo el dia. Mireme a mi, yo nunca silbo, y tan contenta. El picaflor, que ahora tenfa que estar quietito en una rama, protesté: —Los picaftores siempre estamos volando. Comemos volando, tomamos agua volando, y vamos como una flecha de un lado para el otro, Eso es lo que yo digo. ~Alguien vio que una vizcacha haga una cosa asi? Qué es eso de quedarse parado en el aire? A mi nunca se me ocurriria hacerlo. Y me parece muy bien que el tigre haya prohibido todas esas cosas. —Los que tenemos patas largas necesitamos correr —dijo el piojo parado en la cabeza del ‘and. —Bueno, bueno —dijo la vizcacha—, pero al tigre prohibié todo y listo. Es la nueva ley y hay que respetarla. —Pero la mano viene un poco mas dura —dljo el tati—. Y por algunas cosas que hice, el tigre me anda buscando con malas intenciones, Mejor me voy a vivir al otro lado del rio. —Y yo también me voy —dijo el loro—. Pare- ceque estoy entre los primeros de la lista, y me voy al otro lado del —A mi me tiene marcado el murciélago ore- judo —dijo el hornero—. También es mejor que me vaya, —Y yo tambien y yo también —dijeron la calandria yla iguana, y mil animales mas, Y se fueron a buscar un lugar para vivir. Se fueron. Pero no se fueron contentos. —Yo me quedo aqui —dijo la pulga—, y que me encuentren si son brujos. 49 50 Yo también —Aijoel tordo—. Yo no sécan- taren otro lado, y ya veré cémo me las arreglo. —¥ yo —dijo el monito—, yo me cuidaré muy bien de lo que hago. O por lo menos delante de quién lo hago, —Y yo y yoy yo —dijeron el coatt y el sapo y lapaloma y lacotorrita verdey mil animales ms. Se quedaron, Pero no se quedaron contentos. Yaasi pasaron los afios. Muchos. ‘Avveces habia noticias de los unos para los otros. A veces algiin encuentro los enaba de alegria ydetristeza. ‘A veces comenzaban a olvidarse. Pero otras veces, no. En el fondo, todos estaban un poco tristes. Las aguas marrones del rio seguian jugue- teando con las hojas, cada vez con menos entu- siasmo. El piojo, parado en la cabeza del iandi, miraba el rio y pensaba. Después de un rato dijo: —Los que tenemos patas largas ya no aguantamos mas, —Si, pero gqué podemos hacer? —pregunt la paloma. —Yo digo: Punto y coma, el que no se escondié se embroma! —bramé la pulga con bramido de pulga. = yo y yo ¥ yo —dijeron el quirquincho y el tordo y el coat! y la cotorrita verde y mil ani- males mas. —Si, pero squé podemos hacer? —repitié la paloma —Bueno, bueno —dijo el sapo—, no es que este sapo quiera saber mas que nadie, pero ya tenemos la solucién. Cul es? ;Cusl es? Esa que dijo la pulga y que repitieron todos: Punto y coma, el que no se escondié se embro- ‘mal iQué les parece si bss bss bss? —y cont6 en secreto sus planes. El picaflor volé mas répido que nunca, para contarles a los que se habian ido. El tordo volé para el otro lado. 51 52 Y la paloma para el otro. Y la cotorrita verde para el otro. Y el quirquincho. Bueno, el quirquincho no vols, pero se fue con trotecito de quirquincho tambien para algiin lado. Bl tigre, el zorro, la vizcacha, el carancho, la yarara y el murciélago orejudo vieron de lejos Ta polvareda que se acercaba. {Qué es eso? —rugié el tigre—. jAqui estoy con mis amigos y no me gusta toda esa tierral i qué ruido, don tigre! jEs0 le debe gustar ‘menos! —dijo la vizcacha, zalamera. —Woy corriendo a ordenar silencio! —se ofrecié el 2orre, YY se fue al trote para poner un poco de orden. Pero al ratito estaba de vuelta con la cola entre las patas. —Mire, don tigre, me parece que la cosa se complica... —Bah —dijo el tapir—, dejen todo en mis ‘manos. Y se fue a ver qué pasaba, Al rato volvié con la cabeza gacha. Y la pol- vareda seguia acercindose cada vez més. —No y no —dijo la yarara moviendo la ca- beza para todos lados—, dejen todo en mis ‘manos... digo, dejen todo a mi cargo. Y se fue arrastrando su veneno hacia la pol- vareda, Pas6 un rato, Pas6 otto rato. Cuando al tercer rato la yarara no volvia, el tigre empez6 a ponerse Enesola viollegar. Veniachata yarrastrandose conesfuerzo. —Don tigre, don tigre —dijo sacando esa lengua que ya no asustaba a nadie—, vienen todos juntos, los que se fueron y los que se quedaron, —fTocos juntos? Los que se fueron y los que se quedaron? don tigre, y vienen gritando: ;Punto y coma, el que no escondié se embroma! =a vienen muchos? 53 34 Muchos no, don tigre, jvienen todos! oY grtan fuerte? A grit pelado, don tigre. =W con los ojos brillantes? —Muy brillantes, don tigre. Pero yo soy el tigre! —Si, si, es0 lo saben. —Ah, me conocen bien... —Si, lo conocen bien, y por eso vienen gri- tando: jAdénde esta ese tigre! —Entonces conviene que el murciélago ove- judo vaya a ver —dijo el tigre mirando para todos lados. ero el murcilago orejudo hacia rato que se hhabia borrado y no quedaban ni rastros de él, —Don tigre —dijo la vizcacha temblando—, ‘me parece que ya llegan. Raja, don tigre, asi se asustan, El tigee respiré hondo, abrié muy grande la boca y largé su rugido mas fuerte, Pero apenas se oy6 un grrr de gatito con hambre, Entonces dijo: —W si nos vamos? Dicon que corrieron y corrieron, mientras la gran polvareda los seguia de cerca. Dicen que se fueron hasta donde el sol se pone. Hasta donde nacen los rios. Hasta donde se acaba el viento. Dicen que se fueron con un miedo como para siempre. El monte volvié a llenarse de ruidos, de sil- bidos de tordo, de monos saltando de rama en rama, de palomas que decian currucuet, —Juguemos una carrera —le dijo el piojo al picaflor—. Los que tenemos patas largas que- remos correr siempre. Y corrieron. ¥ legaron juntos hasta el rio de aguas marrones que ahora jugueteaba con las hojas haciendo mil remolinos, —Uf —dijo el piojo parado en la cabeza del ‘nandi—, cuesta trabajo, pero qué lindo es tener ‘un monte para vivir. Biografias de los autores

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