EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO
El libro “El hombre en busca de sentido” nos muestra una profunda reflexión sobre la
razón de ser del hombre cuando se le ha quitado todo aquello a lo que usualmente se
aferra, como lo es l el dinero, estrato social, el ejercicio de su profesión, su familia y
demás. El autor nos expone a través de su dura experiencia en un campo de
concentración durante la segunda guerra mundial un análisis sobre lo que motiva al
hombre a vivir a pesar de las situaciones extremas que pueda estar pasando.
La conclusión final que se puede extraer es que aquello que nos alienta a continuar
pese a las situaciones adversas que se puedan atravesar, es revelar el sentido de la
existencia y trascendiendo un poco más podemos deducir que es el amor el verdadero
sentido de la existencia.
El autor divide su análisis en tres fases: “la fase que sigue a su internamiento, la fase de
la auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación”. El ensayo seguirá ese
orden para desenvolver la temática acerca del sentido de la vida. La primera fase es
acerca de aceptar una nueva realidad. Para el autor esta nueva realidad era convertirse
en prisionero en un campo de concentración y desprenderse dolorosamente de su
pasado para comenzar desde cero una nueva vida. El autor nos deja constancia de esto
con la siguiente frase: “borré de mi conciencia toda vida anterior”. Este es el momento
donde lo único que se posee es la “existencia desnuda” y que todos en algún momento
pasamos o pasaremos por ello. Dicho momento es cuando perdemos algo o a alguien y
sentimos que perdemos lo que daba sentido a nuestra existencia, no vemos cómo
comenzar de nuevo y llega el momento de la decisión que será la que definirá nuestro
futuro y que indicará el sentido que tiene nuestra vida. Es preciso que los seres
humanos pasemos por estos momentos determinantes pues nos permite rediseñar
nuestra vida, nuestros propósitos y nos lleva a conocernos a nosotros mismos. Los
momentos definitorios nos permiten entender que somos más que una profesión, un
estatus social o posesiones económicas. Somos amigos, hermanos, hijos, padres, pero
lo más importante, somos humanos con la capacidad de amar.
La segunda fase consiste en transitar por aquella experiencia difícil, donde vivenciamos
la experiencia como tal de habernos desprendido de algo o de un todo y debemos
comenzar de nuevo. Puede que nuestra experiencia no sea tan difícil como lo fue para
el autor, pero podemos aprender mucho de ella. Ante el sufrimiento una primera
reacción que nos presenta el autor es la apatía, ese “adormecimiento de las
emociones”, como lo describe el autor, donde la insensibilidad es lo que predomina y
el dolor de los otros ya no nos duele. La apatía ante el constante sufrimiento es una
posición que asume el hombre ante una situación que no puede cambiar. La
experiencia es tan extrema y quien es testigo del sufrimiento se siente tan impotente
que mejor decide centrarse en él mismo y ser indiferente. Esta experiencia de apatía o
insensibilización no es tan ajena a nosotros, de hecho, la podemos vivir a diario y un
María Fernanda Solórzano Castillo
ejemplo es la actitud que tenemos hacia la situación de nuestro país. Día tras día oímos
del sufrimiento debido a la violencia de todo tipo que viven otros y es tan recurrente
ver este sufrimiento que la indiferencia, sin que seamos muy conscientes de ello, se va
estableciendo en nosotros y a la final ya no nos importa.
Sin embargo, el autor nos lleva a reflexionar que a pesar del trauma que puede
generar el sufrimiento el hombre tiene el potencial para sobreponerse a ese trauma y
a esa insensibilidad que genera el dolor, a través de la mentalidad que asuma ante la
situación.
El autor nos refiere que se observaba una paradoja pues “a menudo los menos
fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los más robustos”, esto es una
muestra del poder de la mente y de la actitud que las personas tienen ante situaciones
dolorosas.
El enriquecerse espiritualmente implica naturalmente conocer el amor y brindar amor.
Frankl nos relata que en medio de su difícil situación llegó a una verdad: “La verdad de
que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre”. Esa es la
meta del ser humano, el verdadero motor de la vida. Pero el amor no debe ser
entendido sólo como un sentimiento sino también como una decisión que trasciende
las emociones y que sirve de timón en la vida. Cuando el amor es la directriz de la vida
es muy fácil encontrar la felicidad en los pequeños detalles y no fijarse en lo que falta
sino en lo que se tiene en el momento.
Algo de suma importancia, que también nos enseña el autor con su propia historia, es
que el valor de la vida no lo dictaminan los demás ni las circunstancias, sino que es algo
que determina la propia persona. En aquellos campos de concentración que nos relata
el autor el prisionero judío era deshumanizado por los soldados nazis, presas de un
odio irracional. Los nazis creían que la raza judía era una raza inferior que nunca iba a
producir el “superhombre”. Por este motivo en los campos de concentración los nazis
eran tan crueles con los prisioneros judíos y los consideraban seres insignificantes.
Pero a pesar de los tratos inhumanos que recibían los prisioneros por parte de sus
captores y que los aproximaban a que perdieran el sentido de ser humano había una
lucha interna en cada prisionero por no perder el valor de la vida humana y el
sentimiento de su propia individualidad. Cada persona es responsable de su propia
estima, como decía anteriormente, el amor propio no puede estar determinado por las
demás personas ni por las circunstancias, sino que es un tesoro por el que muchos de
aquellos judíos lucharon dándonos un loable ejemplo. De una forma sutil hoy en día
persiste la corriente de restarle valor a una persona que no cumple con los estándares
de éxito del mundo. Ahora se piden complementos para considerar a la persona como
un ser humano con valor y hay una corriente en este mundo que promulga
discretamente que el hombre sólo cuenta por su posición social, su dinero, por sus
múltiples títulos académicos, su belleza física o por tener un talento en específico, pero
no por el hecho de ser un ser humano. Por tanto, según esta corriente, el que no posea
María Fernanda Solórzano Castillo
alguna de las características antes enunciadas no cuenta, sólo es un número más en la
población al igual que en los campos de concentración en donde los hombres sólo
contaban como número y no como una persona. El reto que tenemos es ir en contra
de la corriente y darle valor a la vida de los demás, y a la nuestra, por el hecho de ser
seres humanos y nada más. Junto con darle valor a la vida humana, el relato que hace
el autor nos invita además a conferirle a cada día también un valor especial. Nosotros
no tenemos certeza del mañana, sólo cuenta lo que hacemos hoy. El vivir tan
afanados, estresados y preocupados deriva de no entender el valor de vivir un día a la
vez sin ser jactanciosos del día de mañana. Es bueno hacer un alto en el camino, ojalá
antes de que surja un tiempo difícil que nos obligue a tomar conciencia de la vida, y
reflexionar acerca de nuestra existencia y de nuestro ser. Como ya se había indicado,
una constante durante el tiempo en los campos de concentración era que quien mejor
sobrellevaba este tiempo de sufrimiento no era el más fuerte corporalmente sino el
más fuerte emocionalmente, el que más riqueza interior tuviera. No obstante el autor
nos lanza la pregunta “¿Pero cuántos hombres libres, por no hablar de los prisioneros,
lo poseen (el amor propio)?” Es una excelente pregunta y la respuesta es tal vez que el
número de quienes poseen amor propio es muy bajo porque muy pocas son las
personas que hacen el alto en el camino para reflexionar acerca de sus vidas, pues es
más fácil eludir la pregunta y confundir el amor propio con esforzarse en alcanzar el
éxito según el mundo pensando que esto es realización personal y que de esto
depende el amor propio. Sin embargo, sabremos a ciencia cierta sí poseemos
verdadero amor propio si por un momento nos preguntamos si realmente poseemos
aprecio por nuestras vidas, por nuestro ser, haciendo a un lado nuestros logros,
nuestra posición social y todas aquellas cosas que según el mundo son las que nos dan
valor y observándonos sólo como un ser humano. Ante esta reflexión muchos
descubrirían el vacío tan grande que están ocultando tras los adornos que ofrece el
mundo. Por tanto, la mentalidad que posea el hombre en cuanto a sí mismo es
fundamental, pero también es fundamental la actitud del hombre en cuanto a los
demás y en cuanto a las circunstancias. Al hombre se le ha dotado de algo muy valioso,
pero que también conlleva una gran responsabilidad: el libre albedrío, es decir, el
poder de decisión. Es algo que nada ni nadie le podrá arrebatar al hombre, ni siquiera
un campo de concentración. Es el poder de decisión sobre qué actitud tomar frente a
cada situación. De este modo podemos tener la seguridad de que las circunstancias no
son lo que determinan mi futuro, son las decisiones que tome frente a esas
circunstancias lo que lo determinan. Eso es de lo que nos habla el autor, Viktor Frankl,
en la sección llamada “La libertad interior”, en la cual se hace una profunda reflexión
sobre esa libertad que toda persona, por el hecho de ser un ser humano, posee.
Escudarse en situaciones difíciles del pasado para justificar una actitud es una mera
excusa para no asumir responsabilidades. Aquellos prisioneros judíos vivieron en
situaciones inhumanas, totalmente precarias que podrían haber sido usadas como
excusa para convertirse en personas amargadas y llenas de odio, pero el autor nos deja
claro lo siguiente: “el tipo de persona en que se convertía un prisionero era el
María Fernanda Solórzano Castillo
resultado de una decisión íntima y no únicamente producto de la influencia del
campo”. La forma en que las personas ven el mundo y asumen su situación presente es
lo hace la diferencia.
Por esto el asumir una actitud pesimista o llena de esperanza es lo que determina
nuestro futuro cuando estamos pasando por una difícil situación. Es seguro que si
tomamos una postura de autocompasión y pesimismo va a ser casi imposible superar
aquella dura prueba y nos vamos a llenar de amargura y temor, pero si tomamos una
postura de esperanza donde veamos aquella dura circunstancia como una oportunidad
de ser mejores y fortalecernos es seguro que saldremos triunfantes de aquella
situación y preparados para asumir retos mayores. Bien nos dice el autor: “la fortaleza
íntima del hombre puede elevarse por encima de su adverso sino” y esto es lo que nos
da la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de nosotros mismos. Sin
embargo, la decisión de tomar la mejor postura frente a una situación desfavorable
debe ir acompañada de esperanza. Ésta es como un motor que nos permite avanzar en
medio de las dificultades y cuando se pierde, se pierde todo. Frankl nos relata que
aquellos prisioneros que perdían la esperanza y la fe en un futuro estaban condenados
a morir porque esto los llevaba a un estado de rendición donde todas sus fuerzas tanto
mentales como emocionales y físicas decaían al punto donde sus propios cuerpos ya
no respondían y el hálito de vida se desvanecía. Hay esperanza cuando hay sueños,
anhelos y un propósito. Pero tener un propósito demanda un “cambio radical en
nuestra actitud hacia la vida”, como lo sugiere el autor, un cambio de mentalidad
sobre la vida donde no prime más el qué me dará la vida sino el qué le voy a aportar a
la vida y yo diría más bien, que prime el qué le voy a aportar a los demás. El autor
finaliza su relato de la segunda fase de la reacción mental del hombre ante una
situación difícil, que en este caso era el ser prisionero en un campo de concentración,
con una maravillosa reflexión acerca de qué es el hombre: “¿Qué es, en realidad, el
hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras
de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme murmurando
una oración.” Esto significa que, como ya se había indicado, no son las circunstancias
las que determinan el destino del hombre sino sus decisiones frente a esas
circunstancias. Después de salir de esa condición de sufrimiento extremo aquellos
prisioneros judíos debían asumir la verdad de que “nadie tenía derecho a obrar mal, ni
aun cuando a él le hubieran hecho daño”. Esta verdad no es fácil de asumir, y me
atrevo a decir que es casi imposible, si no se posee la capacidad de perdonar,
reconociendo que la justicia perfecta sólo proviene de un ser perfecto que conoce
hasta lo más recóndito del corazón humano y es Dios.
El hacer justicia no pertenece al hombre, el papel del hombre es el perdonar y el amar
a sus enemigos, esa es la decisión que trae verdadera libertad. Por último, el autor
expone su propuesta de una nueva forma de psicoterapia llamada logoterapia que
según Frankl “se centra en el significado de la existencia humana, así como en la
búsqueda de dicho sentido por parte del hombre”. Y es que descubrir el sentido de
María Fernanda Solórzano Castillo
nuestra existencia es el mayor estímulo para vivir a plenitud. Este sentido, como se
había indicado en un principio, es el amor verdadero y no la autorrealización, como se
podría creer erróneamente, la autorrealización será simplemente una consecuencia de
vivir según el amor.
María Fernanda Solórzano Castillo