La figura de Sócrates
Como suele suceder en momentos de crisis, apareció el hombre capaz de desenmascarar la debilidad
esencial del punto de vista sofístico, una personalidad destinada, si no a restaurar la moral tradicional, sí en
todo caso a fundar una moral rigurosamente objetiva, un personaje llamado a mostrar que el relativismo de
los sofistas no era tan coherente como a primera vista podía parecer. Sócrates es una de las figuras más
extraordinarias y decisivas de toda la historia. Sea positivo o negativo el juicio que sobre él recaiga, de
cualquier manera es imposible desconocer su importancia. Apenas se sabe algo más que su existencia, de
modo parejo es muy poco lo que se sabe con seguridad acerca de Sócrates; no dejó nada escrito y los
testimonios que sobre él se poseen -principalmente Platón, Jenofonte y Aristófanes- no son coincidentes, y
aun son contradictorios en cuestiones capitales. Sócrates representa la reacción contra el relativismo y
subjetivismo sofísticos. Sócrates proclama su propia ignorancia.
Un amigo de Sócrates, Querefonte, fue una vez al oráculo del dios Apolo, en Delfos - el más venerado entre
todos los oráculos de Grecia-, y al que habían consultado siempre y seguirían consultando los griegos en los
momentos difíciles de su historia. Y al preguntar Querefonte al dios quién era el más sabio, el oráculo
respondió que el más sabio de los hombres era Sócrates. Pero cuando éste se entera, queda perplejo,
porque no reconoce en sí mismo ninguna sabiduría en el sentido corriente de la palabra. Sócrates se siente
confundido, porque tiene conciencia de estar lleno de dudas, no de conocimientos. ¿Será que el dios ha
mentido? Sin embargo, esto es imposible, porque un verdadero dios no puede mentir, como tampoco
puede haberse equivocado. Por lo tanto sospecha Sócrates que las palabras del oráculo deben tener un
sentido oculto, y que su vida será consagrada a poner de manifiesto y mostrar en los hechos el sentido
encubierto del pronunciamiento del dios.
Para aclarar las palabras del oráculo, Sócrates no encuentra mejor camino que el de emprender una especie
de pesquisa entre sus conciudadanos; se propone interrogar a todos aquellos que pasan por sabios y
confrontar así con los hechos la afirmación del dios y comprobar entonces si los demás saben más que él o
no, y en qué sentido. ¿Por quiénes empezar? Por nadie mejor que por aquellos que suelen sostener que lo
saben todo o el mayor número de cosas, y se ofrecen para resolver todos los problemas; es decir, los
políticos. Sócrates, entonces, empieza por interrogar a los políticos, y los interroga ante todo sobre algo que
debieran saber muy bien: ¿qué es la justicia?; ya que el propósito fundamental de todo gobierno debiera
ser primordialmente lograr un Estado justo. Pero sometidos al interrogatorio, pronto resulta que le
responden mal, o que no saben en absoluto la respuesta. Sócrates interroga luego a los poetas, y observa
que en sus poemas suelen decir cosas maravillosas, muy profundas y hermosas; pero que, sin embargo, son
incapaces de dar razón de lo que dicen, de explicarlo convenientemente, ni pueden tampoco aclarar por
qué lo dicen. Y es que el poeta habla, pero a través de él hablan -según decían los antiguos- las musas, las
divinidades, y no él mismo; el poeta es un inspirado ( significa literalmente en-diosado) y por ello ocurre
frecuentemente que el sentido más profundo de lo que dice se le escapa, en tanto que lo descubren los
múltiples lectores e intérpretes que vuelven una vez y otra sobre sus obras. Tampoco los poetas, entonces,
merecen ser llamados sabios. Sócrates interroga por último a los artesanos: zapateros, herreros,
constructores de navíos, etc., y descubre que éstos sí tienen un saber positivo: saben fabricar cosas útiles, y
además saben dar razón de cada una de las operaciones que realizan. Lo malo, sin embargo, reside en que,
por conocer todo lo referente a su oficio, creen saber también de las cosas que no son su especialidad-
como, por ejemplo, se creen capacitados para la política, cuando en realidad no lo están. Al final de esta
larga pesquisa comprende por fin Sócrates la verdad profunda de la declaración del dios: los demás creen
saber, cuando en realidad no saben ni tienen conciencia de esa ignorancia, mientras que él, posee esta
conciencia de su ignorancia que a los demás les falta. De manera que la sabiduría de Sócrates no consiste en
la posesión de determinada doctrina, no es sabio porque sepa mayor número de cosas; muchos, como los
artesanos, poseen múltiples conocimientos de que Sócrates está desposeído; pero en cambio él puede
afirmar con plena conciencia: "Sólo sé que no sé nada", y en esto consiste toda su sabiduría y su única
superioridad sobre los demás.
Platón le hace decir en la “Apología” (una obrita que cuenta la muerte de Sócrates): Me parece, atenienses,
que sólo el dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que
toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a
Sócrates, sin duda se ha valido de mi nombre como de un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: "El
más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada". Frente a la
infinitud e inabarcable complejidad de la realidad, frente al misterio que late en todas las cosas y en
especial en la vida humana y en su destino, todo lo que el hombre pueda saber es siempre, por su finitud
irremediable, casi nada; el nombre es profundamente ignorante de los más grandes problemas que lo
conmueven, las grandes cuestiones de su destino y del sentido del mundo. Y, sin embargo, los hombres
presumen saberlo, sin quizás haberse siquiera planteado el problema, ni menos haberlo pensado
detenidamente. Cada hombre, por ejemplo, cree saber cuál debe ser el sentido de la vida humana, puesto
que en cada caso ha elegido (o, en el peor de los casos, desea) una determinada manera de vivirla -como
comerciante, o como poeta, o como médico, etc.-, afirmando con ello implícitamente el valor del tipo
escogido, así como el de las actitudes que asume en cada caso concreto -trabajar, o robar, o mentir, o rezar.
Y sin embargo muy pocos, se plantean el problema de la "verdad" o "bondad" de tal vida o tales actitudes,
ni menos todavía son capaces de "dar razón" de todo ello. Por lo común, más que realizar personalmente
sus existencias, los hombres se dejan vivir, se dejan arrastrar por la marea de la vida, por las opiniones
hechas, por lo que "la gente" dice o hace. De esta forma Sócrates descubre los límites de todo conocimiento
humano, piensa a fondo esta radical situación de finitud que caracteriza al hombre; éste sólo llega a la
conciencia adecuada de su humanidad, de aquello en que reside su esencia, cuando toma conciencia de lo
poco que sabe. En este sentido Sócrates es sabio: porque no pretende, ingenuamente, como los demás,
saber lo que no sabe.
La misión de Sócrates
Pero además Sócrates considera que, desde el momento en que la declaración de su "sabiduría" proviene
de un dios, de Apolo, tal declaración ha de tener algún otro significado; el origen divino del oráculo lo
convence a Sócrates de que tiene que cumplir una misión. O dicho con otras palabras: el resultado del
interrogatorio practicado sobre aquellos atenienses que pasaban por sabios le revela a Sócrates cuál debe
ser la tarea de su propia vida, la de Sócrates. Si su "sabiduría" se ha revelado mediante el examen
practicado entre sus conciudadanos y en tanto los examinaba, ello significa que sólo es sabio cumpliendo
esta tarea. Por tanto, que el dios lo llame sabio equivale a señalarle su misión, equivale a exhortarlo a que
siga interrogando a sus conciudadanos. Sócrates llega a la conclusión, entonces, de que el dios le ha
encomendado precisamente esta tarea, la de examinar a los hombres para mostrarles lo frágil de su
supuesto saber, para hacerles ver que en realidad no saben nada. Su misión será la de recordarles a los
hombres el carácter precario de todo saber humano y librarlos de la ilusión de ese falso saber, la de llevarlos
a tomar conciencia de los límites de la naturaleza humana. En este sentido, no fue propiamente un maestro,
si por maestro se entiende alguien que tiene una doctrina establecida y simplemente la transmite a los
demás; por el contrario, Sócrates insiste una y mil veces en que él no sabe nada, y que lo único que
pretende es poner a prueba el saber que los demás dicen tener. Su función es la de exhortar o excitar a sus
conciudadanos atenienses, pues a su juicio el dios lo ha destinado a esta ciudad. “Se me figura que soy yo el
que el dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para exhortaros todos los días, sin abandonaros un
solo instante”
Convencido de su misión, Sócrates persigue sin cesar a sus conciudadanos, por las plazas y los gimnasios,
por calles y casas; y los interroga constantemente -de un modo que sin duda debió parecer molesto,
cargoso y enfadoso a muchos de sus contemporáneos- para saber si llevan una vida noble y justa, o no, y
exigiéndoles además en cada caso las razones en que se fundan para obrar tal como lo hacen, y comprobar
así si se trata de verdaderas razones, o sólo de razones aparentes. Tal actitud, y la crítica constante a que
sometía las ideas y las personas de su tiempo, puede, por lo menos en buena medida, explicar el odio que
sobre sí se atrajo y la acusación de "corromper a la juventud e introducir nuevos dioses", acusación que lo
llevó a la muerte (muerte a la que no quiso substraerse, aunque lo hubiese logrado con facilidad, por
respeto a las leyes de su ciudad y a su propia convicción referente a la unidad entre pensamiento y
conducta). Sócrates, pues, no comunicaba ninguna doctrina a los que interrogaba. Su objeto fue
completamente diferente: consistió en el continuo examen que los demás y de sí mismo, en la permanente
incitación y requerimiento a problematizarlo todo, considerando que lo más valioso del hombre, lo que lo
define, está justo en su capacidad de preguntar, de plantearse problemas, que es lo que mejor le recuerda
la condición humana, a diferencia del Dios -el único verdaderamente sabio y por ello libre de problemas y
de preguntas. Por todo esto puede hablarse del carácter problematicista de su filosofar: su "enseñanza" no
consistía en transmitir conocimientos, sino en tratar de que sus interlocutores tomaran conciencia de los
problemas, que se percatasen de este hecho sorprendente y primordial de que hay problemas, y sobre todo
problemas éticos, problemas referidos a la conducta, o, si se quiere, problemas existenciales, esto es,
referentes a la existencia de cada uno de nosotros. Estos problemas no son casuales, ni caprichosos, ni
académicos; por el contrario, se insertan en la realidad más concreta de cada individuo humano. Se trata,
en defintiva, de la forma cómo debemos vivir nuestra vida, del sentido que ha de imprimírsele.
El hombre puede elaborar su existencia de maneras muy diversas, contrarias, o aún absolutamente
incomparables, el hombre puede reaccionar de mil modos diferentes. Por eso cada vida humana es tan
diferente de las demás.
Primer momento del método socrático: la refutación
Su filosofía, pues, la ejercita Sócrates con aquellos a quienes somete a examen; su filosofar es co-filosofar. El
filosofar socrático no es la faena de un hombre que, más o menos solitario o aislado del mundo, escriba en
su gabinete de trabajo páginas y más páginas conteniendo sus "doctrinas". Por el contrario, Sócrates filosofa
conversando con los demás, mediante el diálogo como especial organización de preguntas y respuestas
convenientemente orientadas, y en el que consiste el método socrático. Por tanto, habrá que explicar ahora
en qué consiste lo propio de este método y qué fines persigue.
Ante todo hay que llamar la atención sobre una característica general del método, o, mejor, sobre el tono
general del mismo, que es al propio tiempo rasgo distintivo de la personalidad de Sócrates: la ironía. En
sentido corriente, el vocablo "ironía" se refiere a la actitud de quien dice lo contrario de lo que en efecto
piensa, pero de manera tal que se echa de ver que en realidad piensa justamente lo opuesto de lo que dice
(como si alguien, viendo a un calvo, le preguntase por el peine que usa, o viendo a una persona muy
delgada, le preguntase si ha roto la balanza). En griego "ironía", "disimulo", o la acción de interrogar
fingiendo ignorancia. En Sócrates se trata de su especial actitud frente al interrogado: disimulando
hábilmente la propia superioridad, manifiesta Sócrates su falta de conocimiento acerca de tal o cual tema, y
finge estar convencido del saber del otro, con objeto de que le comunique ese supuesto saber; para
terminar, según se verá, obligándolo intelectualmente a que reconozca su propia ignorancia. De manera que
la ironía califica la actitud de Sócrates frente a la presunción del falso saber, y resulta del contraste entre el
alto ideal que Sócrates tiene del conocimiento, y la orgullosa ignorancia o jactancia del interrogado. Ahora
bien, el método propiamente dicho tiene dos momentos: el primero, que es un momento negativo, se llama
refutación; y el segundo, positivo, que es la mayéutica. La refutación consiste en mostrar al interrogado,
mediante una serie de hábiles preguntas, que las opiniones que cree verdaderas son, en realidad, falsas,
contradictorias, incapaces de resistir el examen de la razón. Sócrates se dirige, por ejemplo, a un general,
pidiéndole que le diga qué es la valentía; o se dirige a un pedagogo preguntándole qué es la virtud, hacia la
cual toda educación debiera orientarse; o bien le pregunta a un político qué es la justicia, puesto que toda
política debiera empeñarse por realizarla.
Sócrates mismo no responde a estas preguntas, arguyendo que ignora las respuestas. Los interrogados, en
cambio, creen ingenuamente saber lo que se les pregunta -como, por los demás, todos creemos
ingenuamente saberlo-; pero el interrogatorio a que Sócrates los somete pone en evidencia que se trata de
un falso saber: en el momento en que ello se hace manifiesto, Sócrates los ha refutado.
La búsqueda de Sócrates es siempre una y la misma: lo universal. Sócrates busca el "universal" (como se
dirá en la Edad Media), la esencia o naturaleza. Porque la esencia es lo que hace que una cosa sea lo que es
y no otra (la esencia de la valentía es lo que hace que un acto sea valiente, y no cobarde; la esencia del
triángulo es ser una figura de tres lados). La esencia, considerada (no tanto en la cosa a la que determina,
sino) en el pensamiento, o, en otros términos, la esencia en tanto se la piensa, se llama concepto. Y la
respuesta a la pregunta por la esencia de algo se llama definición -por ejemplo, si se pregunta: "¿qué es el
triángulo?", la definición será: "el triángulo es una figura de tres lados". De manera que la definición
desarrolla o explica la esencia de algo. Resulta, por consiguiente, que Sócrates busca la definición de los
conceptos (o esencias): de la "valentía"; de la "piedad' en el Eutifrón; de la "justicia" en la República, etc.
Habiéndose aclarado lo que Sócrates busca, el interrogado aventura una definición. Pero Sócrates, mediante
nuevas preguntas, mostrará que la definición aducida es insuficiente; y los nuevos esfuerzos del interrogado
para lograr otra u otras definiciones hacen que Sócrates ponga de manifiesto que tampoco sirven, que son
incompatibles entre sí, contradictorias, o que conducen a consecuencias absurdas.
Los manuales de lógica enseñan que la definición no debe ser ni demasiado amplia (por ejemplo, "el
triángulo es una figura") ni demasiado estrecha ("el triángulo es una figura de tres lados iguales"); "de-finir"
viene a ser tanto como fijar los límites de algo, establecer sus confines, de manera tal que lo definido quede
perfectamente de-terminado, que no se le quite terreno ni se le dé de más, sino sólo el que le corresponde
("el triángulo es una figura de tres lados"). La función de la definición consiste en separar, en acotar con
todo rigor lo que se quiere definir.
El procedimiento de refutación, entonces (en que se reconoce, por lo menos en parte, el método de
reducción al absurdo corriente en las matemáticas), consiste en llevar al absurdo la afirmación del
interlocutor; mediante una serie de conclusiones legítimas se pone de relieve el error o la contradicción que
aquélla encierra, aunque a primera vista no lo parezca. Sócrates no comienza negando la tesis propuesta,
sino admitiéndola provisionalmente, pero luego, mediante hábiles preguntas, lleva a su interlocutor a
desarrollarla, a sacar sus consecuencias, lo arrastra de conclusión en conclusión hasta que se manifiesta la
insostenibilidad del punto de partida, puesto que se desemboca en el absurdo o en la contradicción.
La refutación como catarsis
Cuando el interrogatorio de Sócrates llega al punto en que se hace evidente la insostenibilidad de la
"definición" de su interlocutor acerca de algo, por ejemplo Laques, éste expresa de modo muy vivo el
estado de ánimo, la perplejidad y desazón en que se encuentra: No estoy acostumbrado a esta clase de
discursos; [...] en verdad que me irrita verme tan incapaz de expresar lo que pienso. Pues creo que tengo el
pensamiento de lo que es la valentía, pero se me escapa no sé cómo, de manera que mis palabras no
pueden llegar a captarlo y formularlo.
Este estado de ánimo, de perplejidad y decepción, lo expresa -y tras interrogatorio relativamente breve- un
hombre que, como él mismo dice, no está acostumbrado a tal género de discusiones, que no está habituado
a los discursos filosóficos, pero que, de todos modos, siente una especial incomodidad en su espíritu, que él
ve solamente como incapacidad para expresarse: cree "saber" aquello que se le pregunta, pero no se
encuentra en condiciones de ponerlo adecuadamente en palabras. -Podría muy bien preguntarse, sin
embargo, si tiene derecho a decir que posee una idea exacta de una cuestión quien no se encuentra en
condiciones de expresarla, puesto que en tal caso lo que ocurra es tal vez que no se tiene idea de ella o no
se la piensa con precisión; porque si en verdad se tiene la idea rigurosa de algo, se tendrá, al propio tiempo,
la expresión, puesto que pensamiento y lenguaje, concepto y palabra, probablemente marchen siempre
estrechamente unidos. Mas sea de ello lo que fuere, lo que ahora interesa es más bien otra cuestión. En
otro diálogo platónico, en el Menón, el personaje que da nombre a la obra expresa en cierto momento el
mismo estado de ánimo en que se encontraba Laques. Menón acaba de ser refutado, y entonces observa:
pasajes de la refutación a Trasímaco en el Libro I de la República). Al respecto conviene tener en cuenta, de
un lado, que con frecuencia las discusiones de Sócrates tienen por contrincante a un sofista, y si utiliza los
procedimientos propios de éste, con ello no hace más que valerse de sus propias armas y mostrar a la vez
que no se trata de un instrumento confiable. Por otro lado, lo que en definitiva importa es que el refutado
resulta incapaz de sostener adecuadamente su propia opinión y dar las razones de la misma. Sea por obra
de sofismas o sea por obra de argumentos legítimos, su "saber" resulta insuficiente, y es esto lo que a
Sócrates le interesa mostrar; porque un auténtico saber ha de ser capaz de legitimarse aun ante los
sofismas.
- Menón. Sócrates, había oído decir, antes de encontrarte, que tú no haces otra cosa sino plantearte dudas y
dificultades y hacer que los demás se las planteen.
Estas palabras reflejan bien lo que hemos llamado el carácter problematicista del filosofar socrático, cuyo
objeto era sembrar dudas, hacer que los demás pensasen, en lugar de estar convencidos y contentos de
saber lo que en realidad no sabían. Y agrega Menón: Si me permites una broma, te diré que, tanto por tu
aspecto cuanto por otros respectos, me pareces muy semejante a ese chato pez marino llamado torpedo.
Pues entorpece súbitamente a quien se le acerca y lo toca; y tú me parece que ahora has producido en mí
algo semejante. Verdaderamente, se me han entorpecido el alma y la boca, y no sé ya qué responderte. Tal
como Menón lo dice de manera tan plástica, la refutación socrática termina por turbar el ánimo del
interrogado -que creía saber y estaba muy satisfecho de sí mismo y de su pretendida ciencia-, hasta dejarlo
en una situación en la cual ya no sabe qué hacer, en que no puede siquiera opinar, pues se encuentra como
paralizado mentalmente. Pero, ¿qué se proponía Sócrates al conducir a los interrogados a ese estado de
turbación?, ¿qué fin buscaba con la refutación? No debe creerse que quisiese poner en ridículo las
opiniones ajenas o burlarse de aquellos con quienes discutía -aunque sin duda muchas de las víctimas del
método hayan creído que, efectivamente, se estaba mofando de ellas. Es indudable que en muchos casos el
procedimiento envuelve buena dosis de ironía; pero, de todas maneras, no se trata de un juego intelectual
ni de una burla. Por el contrario, y a pesar del "humor" con que la lleva a cabo Sócrates, hombre que conoce
todas las debilidades humanas y las comprende, la refutación es actividad perfectamente seria. Más aun, se
trata de una actividad, no sólo lógica o gnoseológica, sino primordialmente moral. Pues la meta que la
refutación persigue es la purificación o purga que libra al alma de las ideas o nociones erróneas. Para
Sócrates la ignorancia y el error equivalen al vicio, a la maldad; sólo se puede ser malo por ignorancia,
porque quien conoce el bien no puede sino obrar bien. Por tanto, quitarle a alguien las ideas erróneas
equivale a una especie de purificación moral. Se han empleado los términos "liberación", "purificación" y
"purga", que el propio Sócrates utiliza. En el Sofista, otro diálogo platónico, se desarrolla este tema trazando
una especie de paralelo con la teoría médica contemporánea acerca de la purga. La palabra griega es
catarsis ( [kátharsis]), que significaba "limpieza", "purificación" en sentido religioso, y "purga". Quien tiene
el alma llena de errores, vale decir, quien tiene su espíritu contaminado por nociones falsas, no está en
condiciones de admitir el verdadero conocimiento; para poder asimilar adecuadamente la verdad, es
preciso que previamente se le hayan quitado los errores, que se haya liberado, purificado o purgado el
alma, que se la haya sometido pues a la "catarsis". En el diálogo mencionado dice Sócrates lo siguiente: En
efecto, los que purgan [a los interrogados, es decir, los filósofos] están de acuerdo con los médicos del
cuerpo en que éste no puede obtener provecho ninguno del alimento que ingiere hasta que no haya
eliminado todos los obstáculos internos. La teoría médica sostenía que el cuerpo no se halla en condiciones
de aprovechar los alimentos mientras se encuentren en él substancias o humores que lo perturben en su
natural equilibrio; sólo una vez que la purga haya eliminado los humores malignos y haya limpiado el
organismo, restableciendo el equilibrio perturbado, el enfermo podrá asimilar los alimentos de manera
conveniente. Aquéllos [los filósofos] han pensado del mismo modo respecto del alma: que ésta no podrá
beneficiarse de la enseñanza que recibe hasta tanto no la hayan refutado, y hasta que no hayan llevado así
al refutado a avergonzarse de sí mismo y lo hayan desembarazado de las opiniones que le impedían
aprender, y así lo hayan purgado y convencido de saber sólo lo que sabe, y nada más. De manera semejante
a lo que ocurre con el cuerpo sucede con el espíritu, según Sócrates: mientras esté infectado de errores,
mal podrá aprovechar las enseñanzas, por mejores que éstas sean; se hace preciso, pues, purgarlo,
purificarlo de las falsas opiniones, que no son sino obstáculos para el verdadero saber. La refutación hace,
pues, que el refutado se llene de vergüenza por su falso saber y reconozca los límites de sí mismo. Sólo
merced a este proceso catártico -de resonancia no sólo médica, sino también religiosa- puede colocarse al
hombre en el camino que lo conduzca al verdadero conocimiento: tan sólo el reconocimiento de la propia
ignorancia puede constituir el principio o punto de partida del saber realmente válido. Se comprende
entonces mejor lo que Sócrates busca: la eliminación de todo saber que no esté fundamentado. Por este
lado, su método se orienta, pues, hacia la eliminación de los supuestos. A su juicio nada puede tener valor si
resulta incapaz de sostener la crítica, si no puede salir airoso del examen a que lo someta el tribunal de la
razón. Un conocimiento sólo merecerá el nombre de tal en la medida en que sea capaz de superar cualquier
crítica que sobre él se ejerza; de otro modo, no puede pasar de ser una mera opinión -provisoria,
teóricamente insostenible, útil quizá para la vida más corriente del hombre, pero no para una vida
plenamente humana, consciente de sí misma.
Segundo momento del método socrático: la mayéutica
Del segundo momento del método socrático, el momento positivo, se hablará sólo brevemente, porque su
desarrollo corresponde más bien a la filosofía platónica. Sócrates, que como todos los griegos era muy dado
a las comparaciones pintorescas, lo llama mayéutica ( [maieutiké]), que significa el arte de partear, de
ayudar a dar a luz. En efecto, en el Teétetos Sócrates recuerda que su madre, Fenareta, era partera, y
advierte que él mismo también se ocupa del arte obstétrico; sólo que su arte se aplica a los hombres y no a
las mujeres, y se relaciona con sus almas y no con sus cuerpos. Porque así como la comadrona ayuda a dar a
luz, pero ella misma no da a luz, del mismo modo el arte de Sócrates consiste, no en proporcionar él mismo
conocimientos, sino en ayudar al alma de los interrogados a dar a luz los conocimientos de que están
grávidas. Insiste Sócrates de continuo en que toda su labor consiste sólo en ayudar o guiar al discípulo, y no
en transmitirle información. Por eso el procedimiento que utiliza no es el de la disertación, el de la
conferencia, el del manual, sino sencillamente el diálogo. La verdad solamente puede hallarse de manera
auténtica mediante el diálogo, en la conversación, lo que supone que no hay verdades ya hechas, listas -en
los libros o donde sea-, sino que el espíritu del que aprende, para que su aprendizaje sea genuino, tiene que
comportarse activamente, pues tan sólo con su propia actividad llegará al saber. Lo que se busca no es
"informar", entonces, sino "formar", para emplear expresiones más actuales. La verdadera "ciencia",
entonces, el conocimiento en el sentido superior de la palabra, es el saber que cada uno encuentra por sí
mismo; de manera tal que al maestro no le corresponde otra tarea sino la de servir de guía al discípulo. El
verdadero saber no se aprende en los libros ni se impone desde fuera, sino que representa un hallazgo
eminentemente personal. Por eso es por lo que, siguiendo las huellas de su maestro, los diálogos de Platón
-sobre todo los que suelen llamarse "socráticos" -no terminan, propiamente, como ocurre por ejemplo con
el Laques. Ahí se plantea el problema acerca de qué sea la valentía, pero esa pregunta no se responde; se
discuten y critican distintas soluciones posibles, pero por último el diálogo concluye, los interlocutores se
despiden, y parece que no se ha llegado a nada, porque la definición buscada no se ha hallado. Pero es que
ésta no interesaba tanto como más bien lograr que el lector pensase por su cuenta. ¿Qué se diría de un
autor teatral que, después de la representación de su obra, saliese al escenario para explicar a los
espectadores lo que ha sucedido? Sin duda, se diría que es mal dramaturgo, ya que considera que el público
no ha podido darse cuenta de lo ocurrido, del sentido de la trama. Los diálogos socráticos, y, en general, casi
todas las obras de Platón, hay que leerlas, podría decirse, como piezas teatrales, las que, en cierto modo,
quedan inconclusas por lo que a su sentido se refiere, y donde el propio espectador, por su cuenta, debe
sacar las conclusiones. El diálogo hace patente el problema, permite que el lector penetre en el sentido
pleno de la cuestión, y finalmente llega a su fin sin dar la respuesta, como diciéndole al lector que, si es
persona suficientemente madura e inteligente, continuando el camino señalado por el diálogo habrá de
encontrar la respuesta buscada. Porque ni en filosofía, ni en ninguna cuestión esencial, es posible dar
respuestas hechas. Así como la refutación, entonces, ha liberado el alma de todos los falsos conocimientos,
la mayéutica trata de que el propio interrogado, guiado por Sócrates, encuentre la respuesta. En un célebre
pasaje del Menón, por ejemplo, Sócrates interroga a un joven esclavo, inteligente, sin duda, pero
totalmente ignorante de geometría, y por medio de hábiles preguntas -que propiamente no "dicen" nada,
sino que tan sólo "orientan" al esclavo, o le llevan la atención hacia algo en que no había reparado lo
conduce a extraer una serie de conclusiones relativamente complicadas, de modo que el esclavo mismo es
el primero en sorprenderse por haberlas descubierto. Sobre la base de un dibujo, el esclavo debe calcular la
superficie de un cuadrado (ABCD). Sócrates le pregunta luego acerca del cuadrado cuya superficie sea doble
de la del primero: ¿cuánto medirá su lado? El esclavo no acierta en un primer momento; dice que ese lado
será doble del lado del primer cuadrado. Pero pronto comprende, guiado por Sócrates, que de ese modo se
obtiene un cuadrado cuya superficie (DEFG) es cuatro veces mayor que la del primero. Por último descubre
que el lado buscado se encuentra en la diagonal (AC) del primer cuadrado, y que el cuadrado resultante se
construye sobre esta diagonal (HIJK). El esclavo mismo declara haber dicho mucho más de lo que creía
saber. Es posible pensar que Sócrates no se comporte tan pasivamente como afirma hacerlo. Pero, de todos
modos, lo que interesa notar es que sus preguntas o incitaciones ponen en marcha la actividad del
pensamiento del discípulo, de tal manera que el interrogado emprende efectivamente la tarea de conocer,
de usar la razón; y esto es lo primordial. Enseñar, en el sentido superior y último de la palabra, no puede
consistir en inculcar conocimientos ya listos en el espíritu de quien simplemente los recibiría, no puede ser
una enseñanza puramente exterior, sino preparar e incitar el espíritu para el trabajo intelectual, y para que
se esfuerce por su solución. El maestro no representa más que un estímulo; el discípulo, en cambio, debe
llegar a la conclusión correcta mediante su propio esfuerzo y reflexión.
La anamnesis
Ahora bien, ¿cómo se explica que el espíritu, simplemente guiado por el maestro, pueda alcanzar por sí solo
la verdad? Sócrates sostiene que el interrogado no hace sino encontrar en sí mismo, en las profundidades
de su espíritu, conocimientos que ya poseía sin saberlo. De algún modo, el alma descubre en sí misma las
verdades que desde su origen posee de manera "cubierta", des-oculta el saber que tiene oculto; la
condición de posibilidad de la mayéutica reside justo en esto: en que el alma a que se aplica esté grávida de
conocimiento. La explicación "mitológica" que Platón da de la cuestión se encuentra en la doctrina de la
pre-existencia del alma. Ésta ha contemplado en el más allá el saber que ha olvidado al encarnar en un
cuerpo, pero que justamente "recuerda" gracias a la mayéutica: "conocer" y "aprender" son así "recuerdo",
anamnesis ( o "reminiscencia". Así pues, siendo el alma inmortal y habiendo nacido muchas veces, y
habiendo visto todas las cosas, tanto las de este mundo cuanto las del mundo invisible, no hay nada que no
haya aprendido; de modo que no es nada asombroso que pueda recordar todo lo que aprendió antes
acerca de la virtud y acerca de otras cuestiones. Porque como todos los entes están emparentados, y como
el alma ha aprendido todas las cosas, nada impide que, recordando una sola -lo que los hombres llaman
aprender-, descubra todas las otras cosas, si se trata de alguien valeroso y no desfallece en la búsqueda.
Porque el investigar y el aprender no son más que recuerdo. Con la frase "mundo invisible" nos referimos a
"en el (mundo de) Hades", nombre del dios que presidía la región adonde iban las almas de los muertos, el
"otro" mundo, y nombre que literalmente significaría "in-visible". Esa expresión es un recurso literario-
mitológico utilizado aquí para contraponer a las cosas sensibles, otros entes que no cambian, y al
conocimiento sensible otro de especie totalmente diferente. De hecho hay en el hombre, además del
conocimiento empírico, a posteriori, es decir, referido a las cosas sensibles, a las cosas de este mundo, otro
conocimiento radicalmente diferente, que no depende de la experiencia, es decir racional o a priori (como,
por ejemplo, 2 + 2 = 4), y que por tanto se refiere a lo no-sensible, a lo in-visible.- Pero con esta teoría de la
anamnesis y del conocimiento a priori nos encontramos ya, probablemente, con temas que pertenecen
propiamente a Platón, más que a su maestro.