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Selección de artículos de Selección de artículos de

LE
LE

MONDE MONDE
diplomatique diplomatique

La experiencia zapatista resiste


por François Cusset

Zapatistas “pasados de moda”, pero siempre vivos


por Bernard Duterme

LA RESISTENCIA ZAPATISTA
La “otra campaña” de los zapatistas
por Fernando Matamoros Ponce

Diez años de zapatismo en Chiapas


por Bernard Duterme México, Chiapas, Subcomandante Marcos...

La resistencia
Marcos marcha hacia Ciudad de México
por Ignacio Ramonet

zapatista
Chiapas, nombre de dolor y de esperanza
por José Saramago

www.editorialauncreemos.cl
www.lemondediplomatique.cl
174
© 2017, Editorial Aún creemos en los sueños

La editorial Aún creemos en los sueños


publica la edición chilena de Le Monde Diplomatique.
Director: Víctor Hugo de la Fuente

Suscripciones y venta de ejemplares:


San Antonio 434 Local 14 - Santiago.
Teléfono: (56) 22 664 20 50
E-mail: [email protected]
www.editorialauncreemos.cl
www.lemondediplomatique.cl

Diseño: Cristián Escobar


Copyright 2017 Editorial Aún Creemos En Los Sueños.
ISBN: 978-956-340-1XX-X
ÍNDICE

La experiencia zapatista resiste


por François Cusset 5

Zapatistas “pasados de moda”, pero siempre vivos


por Bernard Duterme 19

La “otra campaña” de los zapatistas


por Fernando Matamoros Ponce 27

Diez años de zapatismo en Chiapas


por Bernard Duterme 33

Marcos marcha hacia Ciudad de México


por Ignacio Ramonet 41

Chiapas, nombre de dolor y de esperanza


por José Saramago 53
Una reinvención permanente del accionar político

La experiencia zapatista resiste


por François Cusset*

“Tienen miedo de que nos demos cuenta de que podemos


gobernarnos nosotros mismos”, dice la maestra Eloísa. Ya
se lo decía en agosto de 2013 a los centenares de simpati-
zantes llegados de México o del extranjero para aprender
de la experiencia zapatista durante una activa semana de
inmersión. Bautizada irónicamente como “Escuelita”, esta
iniciativa apuntaba a invertir el síntoma del evangelizador,
a “dar vuelta la tortilla”, como invitaba en otros tiempos
el antropólogo André Aubry: instruirse en contacto con
los centenares de campesinos mayas que practican, día
a día, el autogobierno. Inaugurando con estas palabras la
Escuelita de 2013, Eloísa recordaba entonces lo esencial
y dejaba incrédulos a algunos observadores: modesta y
no proselitista, no por eso la experiencia zapatista rompe
menos desde hace veintitrés años con los principios secu-
lares, hoy en día en crisis, de la representación política, de
la delegación del poder y de la separación entre gobiernos
y gobernados, que están en las bases del Estado y de la
democracia modernos.
Tiene lugar a una escala no despreciable. Aunque no
hay disponible ninguna cifra segura, se estima que, en esta
región de selvas y montañas que cubre más de un tercio

*Autor de La Droitisation du monde, Textuel, París, 2016. Artículo publicado en la edición


chilena de Le Monde Diplomatique, junio de 2017.
Traducción: Aldo Giacometti
5
del estado de Chiapas (28.000 kilómetros cuadrados, más
o menos el tamaño de Bélgica), entre el 15 y el 35% de la
población –de 100.000 a 250.000 personas según los con-
teos (1)– constituye la base del apoyo zapatista, es decir,
aquellos y aquellas que así se declaran y que participan.
Ese es el hecho más importante, que haría olvidar la visión
folklórica de los famosos pasamontañas o las elocuentes
astucias del ex subcomandante Marcos (que se rebautizó
como Galeano, en homenaje a un compañero asesinado):
a esta escala y con esta duración, la aventura zapatista es
la experiencia más importante de autogobierno colecti-
vo de la historia moderna. Más duradera que los soviets
obreros y campesinos montados a favor de la Revolución
Rusa de 1917 (antes del traspaso de poder al ejecutivo bol-
chevique); más que los clubes y los consejos de la Comu-
na de París, aplastados en mayo de 1871 después de dos
meses de efervescencia; más que el consejismo instalado
en Hungría y en Ucrania después de las insurrecciones de
1919; más que la democracia directa de los campesinos en
guerra de Aragón y de Cataluña entre 1936 y 1939, y más
que las autonomías políticas puntuales, o menos comple-
tas, que se experimentaron en barrios urbanos en Copen-
hague después de 1971 y hoy en día en Atenas.
Mientras que esas experiencias fueron reprimidas o rea-
daptadas, y que los gobiernos de izquierda del resto de
América Latina defraudaron a una parte de los movimien-
tos populares que los habían llevado al poder (en Brasil, en
Venezuela, en Bolivia, en Ecuador), el zapatismo se mantu-
vo. Poco a poco rompió con el Estado, consolidó sus bases
y montó una autonomía política inédita, sostenida hoy por
la primera generación nacida después de la insurrección
de 1994 por medio del abandono progresivo, y pragmáti-
co, de la creencia en el Estado y del vanguardismo leninista
de los comienzos: “Cuando llegamos éramos cuadrados,
como profesionales de la política, y las comunidades indí-
genas, que son redondas, nos limaron los ángulos”, repite
graciosamente Galeano. El desafío: cambiar la naturaleza
del poder político, y no tomarlo a una escala más vasta.
El resultado está a la vista: “El movimiento hoy en día es
todavía más fuerte, más determinado. Los hijos de 1994
6
son ahora los cuadros del zapatismo, sin recuperación ni
traición”, reconoce el sociólogo Arturo Anguiano que, lejos
de los cómplices naturales de la causa, fue el cofundador
del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT),
trotskista. Lo confirma, al día de hoy, la vida cotidiana de
las comunidades zapatistas.

Expandir la autonomía
“El capitalismo no va a parar. Lo que se anuncia es una gran
tormenta. Acá nos preparamos arreglándonoslas sin él”,
resume con una sonrisa un hombre de unos veinte años,
que desde hace tres pertenece a la Junta del Buen Gobierno
de Morelia, la menos poblada de las cinco zonas zapatistas,
y que se prepara para dejar su puesto una vez formados sus
sucesores. Ubicado en el corazón de la zona, a 1.200 metros
de altura, el caracol de Morelia está adosado a una colina
exuberante. El nombre caracol hace referencia a la lentitud
necesaria de la política y designa a los edificios de reunión
que ofician de capitales de cada zona. Aquí se asoma sobre
un paisaje de campos y cultivos: setecientas hectáreas de
tierras recuperadas para siete mil habitantes repartidos en
un territorio de gran extensión. Entre la cancha de básquet
y el básico auditorio de ladrillos pintados, unas decenas de
hombres y mujeres, a esta hora, se alejan del caracol car-
gando mochilas luego de tres días de reuniones. Arrastran
su paso cansado por largas horas de asamblea y tienen un
aire preocupado, mezcla, en sus rostros bronceados, de la
serenidad amena de los indios tzotzil –la tribu mayoritaria
acá– y de la preocupación de quienes vienen de pasar tres
días discutiendo, a título de los cargos que cada uno asume
benévolamente, desde la repartición de las cosechas hasta
la construcción de escuelas.
Al lado del pequeño cibercafé de hormigón, el joven
miembro del consejo continúa: “No buscamos extender
el zapatismo, que es muy particular. Pero su idea subya-
cente, la autonomía en general, sí”. Ahora son tres los que
nos describen la zona de Morelia. Hay un colectivo por
sector de producción, de la radio al artesanado textil o
la apicultura. Dotada con 140 cabezas de ganado y diez
hectáreas de campos de maíz (milpas), la zona consigue
7
su autosuficiencia alimenticia gracias a sus huertos, sus
pocos gallineros, sus cinco hectáreas de café y sus pana-
derías cooperativas.
Los excedentes se los venden a los no zapatistas de la
zona, los “partidistas”, que viven de los subsidios del Partido
Revolucionario Institucional (PRI), el partido que está en el
poder, que subvenciona a algunos pueblos para volverlos
vasallos. Indirectamente, es el dinero del gobierno el que
les permite a los zapatistas comprar, como colectivo, lo que
no producen: máquinas o material de oficina, más unos
pocos vehículos para llevar a las personas a las reuniones
desde todos los rincones de la zona. Los proyectos indivi-
duales, como la construcción de una cantina-almacén, son
financiados por los bancos autónomos zapatistas (Banpaz
o Banamaz), que prestan a una tasa del 2%. En toda la zona
se satisfacen las necesidades alimenticias, de manera fru-
gal y tradicional, sin ayuda del Estado ni de las organiza-
ciones no gubernamentales (ONG): arroz, tortillas, frijoles,
café, algunas frutas y menos frecuentemente aves de corral,
huevos, caña de azúcar. Pocas computadoras y libros en las
casas, pocos autos y una vestimenta sobria: las condiciones
materiales son mínimas, pero no falta nada esencial. Esta
sobriedad está en las antípodas del (engañoso) cuerno de la
abundancia euroestadounidense de los centros comercia-
les y de los préstamos al consumo.
Los encargados voluntarios del caracol de Morelia nos
describen las tres misiones sociales asumidas por la colec-
tividad: la educación, la salud y la justicia que garantizan
por turnos, más que profesores, médicos o jueces, “promo-
tores” benévolos (sus vecinos se ocupan de su tierra y de su
hogar durante su misión). Aunque las más o menos seis-
cientas escuelas zapatistas de las cinco zonas ofrecen todas
tres ciclos de estudios, todo lo demás se discute colectiva-
mente y se adapta a las necesidades, ya se trate del ritmo
de cada cual o de los programas y del calendario. Pero en
todos lados hay cursos de español y de lengua indígena, de
historia colonial y de educación política (crítica del capi-
talismo, estudio de las luchas sociales en otros países),
de matemática y de ciencias naturales (“vida en el medio
ambiente”). De la limpieza a los murales, el trabajo colec-
8
tivo es diario. Y, a partir del segundo ciclo, hacia los quince
años, los jóvenes, todos alfabetizados, pueden proponerse
para ocupar un cargo, después de un voto de la asamblea y
una formación de tres meses.
A lo que se le suma, en la salida de San Cristóbal, la
única universidad zapatista, fundada por Raymundo Sán-
chez Barraza: el Centro Indígena de Capacitación Integral
(Cideci). Desde el hierro forjado de las escaleras hasta las
cortinas pintadas, todo ahí es obra de los estudiantes, dos-
cientos jóvenes que son recibidos cada año para aprender
los saberes autónomos: fabricación de zapatos, teología o
uso de máquinas de escribir –más seguro que el procesa-
dor de textos, habida cuenta de los cortes de luz–, como así
también un seminario político los jueves. Inspirado tanto
en los principios antiutilitaristas del pedagogo alternativo
Iván Illich (“aprender sin escuela”) como en las primeras
profecías indígenas, el Cideci también es sede de los gran-
des coloquios zapatistas. El último, en diciembre de 2016,
fue sobre las ciencias exactas “a favor o en contra” de la
autonomía (ConCiencias).
El sistema sanitario también es confiable: hay “centros
de salud” que aseguran cuidados básicos de calidad, desde
una ecografía hasta un examen oftalmológico; cada caracol
cuenta con una clínica en la que operan, por el momento,
médicos solidarios del exterior; y son ONG las que proveen
los medicamentos alopáticos. Las hierbas medicinales y las
terapias tradicionales son recomendadas por todas partes, y
el acento se pone sobre la prevención. En cuanto a la justicia
zapatista, asegurada por voluntarios y comisiones ad hoc,
trata por supuesto por lo general casos sencillos –desacuer-
dos con respecto a las tierras o algunos conflictos internos
en los pueblos–, pero apunta siempre a reparar más que a
castigar: charla con el inculpado, trabajos colectivos en
vez del encierro (hay sólo una prisión en el conjunto de las
cinco zonas), ni caución ni corrupción. También en esto, los
no zapatistas prefieren este sistema más justo, que, en veinte
años, logró reducir la delincuencia y la violencia doméstica
–la prohibición del alcohol, que las mujeres impusieron en
el marco de su “ley seca”, la primera de las leyes zapatistas
que hicieron aprobar, contribuyó mucho al respecto–.
9
La novedad es el aumento por parte de los partidistas del
uso de los servicios zapatistas, que a veces permite reclu-
tarlos y que los aleja, sobre todo, del clientelismo, de la
burocracia y de la dependencia de los óbolos del partido.
La dependencia: es lo que se dedicaron a deshacer, paso a
paso, los zapatistas, incluso en lo que respecta a las ONG.
Pero la autonomía, “proceso sin fin” según ellos, sigue
siendo parcial, y por lo general es mixta: la electricidad se
obtiene sin pagarla de los cables del operador nacional, y
siguen siendo tributarios de las donaciones y de las com-
pras colectivas en algunos aspectos, por ejemplo, para
conseguir aceite de cocina o teléfonos celulares.
Esta experiencia insólita, lejos de los radicalismos de
papel, asume sus tanteos y sus arbitrajes delicados. Su
principio de aprendizaje: “caminar preguntando”. En cuan-
to a “mandar obedeciendo”, divisa que se puede leer por
todas partes, sugiere que al horizontalismo puro de las fan-
tasías anarquistas conviene siempre agregarle una dosis
incluso marginal de organización –y de eficacia– vertical.
A las comunidades se las consulta ampliamente, y median
idas y vueltas con los consejos zonales, pero por la inicia-
tiva de estos últimos, que formulan y presentan las pro-
puestas, y que de ser necesario organizan una votación por
mayoría. Los cargos benévolos son rotativos y revocables,
prueba de una política desprofesionalizada, pero los ocu-
pan los más competentes (para lo cual son elegidos) más
que los otros. Y a todos les queda reconocer que, al cabo
de minuciosas consultas, “a veces el pueblo está dormido”,
como decía otro maestro de la Escuelita. Más que un sis-
tema enteramente horizontal, existe una tensión, que se
quiere fecunda, entre el gobierno de todos y algunos meca-
nismos diagonales, o verticales. Una concepción evolutiva
y de proceso en la que se inventa y se prueba constante-
mente, ya se trate de reglas para votar o de la duración y de
los criterios de la asunción de los cargos (las mujeres, con
frecuencia menos cómodas en el compromiso público,
pueden por ejemplo ocupar un cargo de a dos o de a tres).
En el principio fue el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), que surgió de la selva Lacandona una
mañana de enero de 1994. Esta estructura militar vertical
10
cuenta con una instancia de comando, el Comité Clandes-
tino Revolucionario Indígena (CCRI).

Un modelo heteróclito
El EZLN vigila la perennidad de la experiencia, pero deci-
dió retirarse de su funcionamiento político en 2003, en el
momento de la ruptura con el Estado mexicano y de la ins-
talación del sistema de autogobierno. Este funciona en tres
escalones, a partir de un recorte geográfico que deshizo las
divisiones administrativas anteriores: el nivel de la comu-
nidad de cada pueblo, donde ejercen agentes y comisio-
nes (para la seguridad, la producción, etc.); el nivel de las
comunas que reagrupan los pueblos (municipios), y arri-
ba, el nivel de las cinco grandes zonas, que tienen como
centro a los cinco caracoles (Morelia, La Garrucha, Rober-
to Barrios, Oventic y La Realidad).
Lo que hace a la originalidad del zapatismo limita tam-
bién la posibilidad para movimientos sociales de otras
regiones del mundo de trasladar tal cual las creaciones y
los mecanismos: la convergencia histórica, en su seno, de
ingredientes heterogéneos, incluso incompatibles, que
acá se volvieron indisociables. Hay un corazón indígena,
en principio, que reenvía a los pueblos mesoamericanos
de esta región (sobre todo a los tzotzils, los tzeltales, los
tojolabales y los choles) y a su tradición cosmoecológica
ancestral, pero también a una larga historia de resistencia
anticolonial. Si el indigenismo zapatista nunca es esencia-
lizado y conserva abierto su potencial universalizante, es
porque es menos un etnicismo que la memoria mantenida
de cinco siglos de luchas contra la “carnicería del Nuevo
Mundo” (2), incluido el colonialismo interno de las nuevas
élites mestizas del México independiente, que se atribu-
yeron la representación de los indígenas y devastaron sus
tierras y sus modos de vida. Después está el rol decisivo de
la Iglesia: tanto el catolicismo sincrético típico de México
como la versión local de la teología de la liberación, esta
“Iglesia de los pobres” inaugurada en Perú en los años
1960 –acá también memoria colonial, porque, desde el
siglo XVI, los únicos defensores de los indígenas de México
contra los conquistadores fueron religiosos, como el domi-
11
nicano Bartolomé de las Casas o el obispo Vasco de Quiro-
ga, con su proyecto de una “república de los Indios”–.
Hay un elemento marxista-leninista desencadenante,
por supuesto, que llegó de las guerrillas de los años 1960-
1970, pero que mutó después de 1994 en una lucha antisis-
témica más abierta contra el neoliberalismo, su saqueo de
recursos naturales y su mercantilización de las formas de
vida. Y hay componentes más inesperados, de tipo liber-
tario y sobre todo antipatriarcal, el principio zapatista de
la igualdad sexual radical que tiene una filiación precolo-
nial. Sin olvidar los intercambios con una vasta red inter-
nacional de apoyos que son invitados a los encuentros
anuales: decenas de músicos o de grupos de rap y de ska
con estribillos zapatistas (de Rage Against the Machine a
Manu Chao, de Nana Pancha en México a Pepe Hasegawa
en Japón), y miles de activistas e intelectuales que han par-
ticipado en esta construcción –los escritores José Sarama-
go, Gabriel García Márquez, John Berger o Umberto Eco,
los académicos Alain Touraine o Noam Chomsky, y tam-
bién, para mencionar sólo nombres famosos, el ecologista
José Bové, el cineasta Oliver Stone o Danielle Mitterrand–.
Incontables simpatizantes del zapatismo, o “zapatizantes”,
famosos o anónimos.
Y está la historia nacional mexicana, con su orgullo y
sus singularidades. Porque hacer del zapatismo un pro-
yecto de secesión, de independencia (contra)nacional es
no entenderlo para nada. En cada reunión del Congreso
Nacional Indígena (CNI), creado en 1996, suena el himno
nacional antes de los cantos zapatistas y la bandera tri-
color del país flamea junto a la bandera negra y roja. “No
pensamos en formar un Estado dentro del Estado, sino
un lugar en el que ser libres”, repiten los comandantes del
EZLN durante sus marchas a través del país. Este patrio-
tismo de combate es la herencia política de dos siglos de
luchas, desde la independencia de 1810. Es la herencia
epónima, para empezar, del jefe agrario Emiliano Zapa-
ta, general del Ejército Libertador del Sur que, antes de
ser aplastado en 1919, le opuso a la tradición latifundis-
ta su Plan de Ayala para la redistribución de las tierras y
la democracia local, que fue puesto en práctica durante
12
algunos años durante la “primera república social de los
tiempos modernos” (3), según las palabras del revolucio-
nario belga-ruso Victor Serge.
Más allá, está la sobrepolitización de un país dotado
de una red asociativa y militante de una rara densidad,
donde el combate por el estatuto comunal de la tierra (el
ejido) dura desde hace más de un siglo. Porque se entre-
mezclan, en México, al mismo tiempo corporativismos
oficiales (sobre todo el del partido-Estado, el PRI), que
manipulan movilización permanente y retórica de la jus-
ticia social, y muchos levantamientos auténticos cuya
sangrienta represión está anclada en la memoria colecti-
va: resistencias urbanas de finales del siglo XIX, como el
Movimiento Urbano Popular o las Asambleas de Barrio de
los años 1970-1980, estudiantes maoístas instalados en el
campo o autogestiones municipales más o menos en rup-
tura. Además de que este “cocktail” zapatista es en princi-
pio una combinación de la igualdad y la diferencia, de una
herencia comunista de base y de una promoción incansa-
ble de la diversidad étnica, cultural, sexual –dos ejes toda-
vía ampliamente divergentes dentro de los movimientos
de izquierda de Europa y de América del Norte, donde el
“movimientismo” más o menos identitario de las mino-
rías y el viejo unitarismo social, más o menos universalista,
siguen desconfiando el uno del otro–.
Pero la unidad zapatista se apoya tanto en este mixto
heteróclito como en la tonalidad del conjunto, el estilo de
lucha, el modo de vida que lo envuelven. Sus rasgos carac-
terísticos, resumidos en el concepto cardinal de dignidad,
surgen tanto de las explicaciones que formulan los indí-
genas como de los textos más imprevisibles, de registros
variados (panfletos, discursos, cuentos de hadas, cancio-
nes, poesía). Estos hicieron famoso al ex subcomandan-
te Marcos: modestia, solemnidad, orgullo de resistencia,
determinación marcial, dulzura gestual, paciente y plácida
relación con el tiempo, utopía y fragilidad asumidas, liris-
mo cósmico surgido de las herencias indígenas y siempre
el humor y la capacidad de reírse de sí mismo –que en el
pasado incitaban a Marcos a llamar a su burro “Internet”,
para mandarle en 1995 sus mensajes al gobierno por este
13
medio ancestral, o al EZLN a llamar “fuerza aérea del ejér-
cito zapatista” a las decenas de avioncitos de papel carga-
dos con mensajes disuasivos que lanzaban sobre las barri-
cadas militares–. En definitiva, es tanto Karl Marx como los
hermanos del mismo apellido; menos Che Guevara que el
antropólogo comprometido Pierre Clastres; menos Lenin
que Iván Illich; menos el dogma que el pragmatismo de
combate, y menos la dictadura del proletariado que la tra-
dición local del “realismo mágico” (esa mezcla de realismo
social y de estética mágica promovida por el escritor cuba-
no Alejo Carpentier) puesta al servicio de la autonomía
política. Marcos, antes de volverse Galeano, repetía que los
mejores textos occidentales de teoría política eran para él
Don Quijote, Macbeth y las novelas de Lewis Carroll.

Contra, con y sin el Estado


Detrás de la fórmula zapatista “abajo a la izquierda”, la uni-
dad es la de una coherencia ética y existencial. Si el zapa-
tismo ha sido visto como “la primera utopía democrática
universal que viene del sur” (4), es por esta reinvención
del accionar político, de las maneras de sentir y de luchar.
Pero es también porque su victoria de larga duración es
la de una lucha de varias décadas, empujada a la autono-
mía por sus enemigos y por la presión de la realidad. Largo
arrancamiento forzado, y no decretado, de la tutela estatal:
habiendo fracasado la autonomía negociada, se impuso
una autonomía a construir.
Formado de manera clandestina en 1983, el EZLN ocupó
las grandes ciudades de Chiapas el 1º de enero de 1994.
Siguieron doce días de combates, después veintitrés años
de una “antiguerrilla”, según la denominación de Yvon
Le Bot (5). Después del cese de hostilidades, monseñor
Samuel Ruiz García facilitó un diálogo de paz en la cate-
dral de San Cristóbal. Se vio interrumpido por la ofensiva
militar de febrero de 1995, que precedió a una larga gue-
rra de usura llevada a cabo por los paramilitares a sueldo
del gobierno. Chiapas se volvió entonces el epicentro de
los movimientos sociales, inspirando el surgimiento de
un “zapatismo civil” de Oaxaca a México, siendo sede de
la Convención Nacional Democrática de 1994 y de varios
14
encuentros internacionales, encendiendo a las izquier-
das del país (que ganaron la municipalidad de la capital
en 1997). Pero los asesinatos políticos fueron muchos y la
paramilitarización se intensificó –teniendo como punto
culminante la masacre de cuarenta y cinco indios, sobre
todo mujeres y niños, en el campamento de Acteal, a fines
de 1997–.
Pero la alianza con la izquierda oficial, principalmente
el Partido de la Revolución Democrática (PRD) de Andrés
Manuel López Obrador, terminó fracasando, antes de “la
distanciación y el divorcio” (6) de 1999. Sobre todo, los
acuerdos firmados en febrero de 1996 en San Andrés sobre
los “derechos y culturas indígenas” (para la autogestión
comunitaria y el desarrollo autónomo) quedarían como
letra muerta, rechazados por el presidente Ernesto Zedillo
y nunca inscriptos en la Constitución. La esperanza rena-
ció en el año 2000 con la elección de Vicente Fox, primer
presidente no perteneciente al PRI. La inmensa marcha
del Color de la Tierra, en 2001, no iba a alcanzar para ganar
la causa, a pesar de la intervención ante el Congreso de la
comandante Ester. Los zapatistas además decidieron rom-
per con el ciclo de la negociación y el mal gobierno. En
agosto de 2003, lanzaron en Oventic la construcción de la
autonomía política con la creación de los caracoles.
“La otra campaña” burlona y displicente que llevó a
cabo Marcos en 2006, antes de las elecciones que el PRI le
robó con fraude al PRD, aisló aún más a los zapatistas en la
trabajosa construcción de su autonomía. El hueco de 2009-
2012 alimentó incluso los rumores de un desinterés masi-
vo y de la muerte de Marcos. Los zapatistas lo interrum-
pieron el 21 de diciembre de 2012, día del cambio de ciclo
del calendario maya, con cuarenta mil personas ocupan-
do en silencio las ciudades que habían tomado en 1994.
Este silencio “es el ruido de su mundo que se derrumba, el
sonido del nuestro que resurge”, declaró el comunicado del
EZLN. Inauguró una nueva etapa en la lucha, con la for-
mación de la red informal de la Sexta, abierta a todas las
luchas sociales del mundo, y la llegada del subcomandan-
te Moisés, que reemplazó a Marcos/Galeano al frente del
EZLN. La historia del zapatismo en Chiapas se basa así en
15
tres palabras, que resumen las modalidades de su relación
con el Estado: contra (durante doce días de guerra), con
(nueve años de intentos de acuerdos) y, desde 2003, sin.

Recomenzar
Fue al término de ese itinerario, y al comienzo de una
nueva fase, que llegó la decisión tomada a fines de 2016
por el CNI, en acuerdo con las comunidades, de formar un
Consejo Indígena de Gobierno. Su representante (va a ser
una mujer), que debe ser nombrada en 2017, será también
candidata a la elección presidencial de 2018. Mal entendi-
da, y todavía a la espera de la aprobación del Comité Elec-
toral Federal, la decisión del CNI asombró a unos y molestó
a otros –desde los partidarios de una secesión integral, que
vieron en eso un compromiso con el juego electoral, hasta
la izquierda nacional posicionada en vistas de las eleccio-
nes, sobre todo el Movimiento de Regeneración Nacional
(Morena) de López Obrador, exasperada por los primeros
sondeos, que le dieron un 20% de intención de voto a la
candidata desconocida–. Como otro golpe del zapatismo a
la izquierda de gobierno del primer país hispanoparlante
del mundo, que ya desestabilizó en repetidas oportunida-
des a lo largo del último cuarto de siglo.
Sin embargo, el sentido de esta decisión es bien distin-
to: “No es para el poder”, repite el CNI, sino para afirmar la
fuerza de las cincuenta y seis etnias autóctonas de Méxi-
co (dieciséis millones de habitantes, es decir, el 14% de la
población) y, más ampliamente, de “todas las minorías”. La
iniciativa apunta a dar a conocer su opresión y sus resis-
tencias, a alentar en todas partes las formas de organiza-
ción autónoma. Quiere difundir el virus de la oposición al
capitalismo e ir al territorio del adversario para revelarles a
todos los “indígenas” del mundo su estado de descompo-
sición terminal así como también la posibilidad ya demos-
trada de accionar sin él.
El contexto es la clave, en un país en el que el tráfico
de drogas (50.000 millones de dólares) tuvo un saldo en
estos último años de 200.000 muertos y 500.000 desplaza-
dos, en el que partidos y organizaciones son ampliamente
corruptos. El desprecio expresado por el nuevo presiden-
16
te de Estados Unidos, Donald Trump, debería sobre todo,
como lo espera el filósofo mexicano Enrique Dussel, inci-
tar a “recomenzar de nuevo, con un proyecto de autono-
mía y una descolonización de los espíritus que rompan
con el eurocentrismo de nuestras élites” (7). La decisión
de formar un Consejo Indígena de Gobierno y presentar
una candidata está justificada, en el comunicado del 29 de
octubre de 2016 (8), por una larga lista de luchas indígenas
en todo el país (contra el Estado, las multinacionales o los
carteles de la droga), luchas con las cuales el CNI se decla-
ra solidario, llamando a una coordinación de los combates
para romper el aislamiento. Lo esencial es eso, la relación
voluntaria con el afuera, con las resistencias no zapatistas,
con las cuales el diálogo es continuo, pero la cooperación
intermitente desde 1994.
A los occidentales que fueron a visitarlos, a los miembros
de la IV Internacional, a los movimientos de todos los rin-
cones del mundo cuya construcción de autonomía se acer-
ca a la experiencia zapatista (los kurdos de la “29º revuel-
ta”, los sudafricanos de Abahlali baseMjondolo (AbM) en
los townships del Cabo o a la internacional campesina Vía
Campesina), los zapatistas les hacen esta pregunta: “¿Y tú
qué?”. Pregunta que por lo tanto les hacen, esta vez, a las
resistencias indígenas locales que se levantan en todos
los estados de México, de Michoacán a Sonora, contra los
conglomerados mineros, las expropiaciones turísticas, los
saqueos de los narcos o los secuestros de estudiantes. Pero
también, siempre, a los movimientos sociales nacionales
que acompañan, como las huelgas de maestros del verano
de 2016 o las manifestaciones contra el alza del precio de la
nafta (“gasolinazo”) a principios de 2017.
Si esta candidatura tiene como fin volver a poner en
escena al zapatismo y extender la red de solidaridades acti-
vas, es también porque sigue habiendo muchos obstácu-
los, muchos enemigos emboscados –aunque más no sea el
ejército federal, que todavía tiene varias decenas de pues-
tos alrededor de las cinco zonas–. Los paramilitares siguen
sembrando el terror, como sucedió al menos puntualmen-
te con los enfrentamientos violentos en La Realidad en
mayo de 2014 y después en La Garrucha en el verano de
17
2015. Los proyectos de multinacionales son más numero-
sos que nunca en Chiapas: el Estado más pobre de México,
pero su principal proveedor de petróleo, de café o de ener-
gía hidroeléctrica, ya cedió cerca del 20% de su superficie
en concesiones mineras o en proyectos turísticos. Y en las
zonas zapatistas, donde se codean “bases de apoyo” y no
zapatistas, las subvenciones del Estado, las coimas de los
partidos, los “caciques” (grandes hacendados mestizos)
que embolsan fortunas de los grupos mineros a los que les
ceden sus tierras representan otras tantas amenazas coti-
dianas, directas o psicológicas, para comunidades con un
equilibrio político y económico precario –que se esfuerzan
en no responder a las provocaciones para no justificar una
operación militar–.
Ante la barrera del caracol de Morelia, hay un grupo
de partidistas sentados en ronda, bebiendo ruidosamen-
te desde la mañana cerveza y tequila para burlarse de
los zapatistas que llegaron para las asambleas y hacerles
lamentar su “ley seca”. Contra el orgullo de haber cons-
truido la autonomía política, de haber hecho renacer una
cultura e inventado un discurso de combate, de haberle
demostrado al mundo que no eran las marionetas del ven-
trílocuo Marcos, sigue habiendo en el día a día burlas y
humillaciones, tensiones y amenazas, que siguen pesando
sobre el “frágil ejército” (9). Pero, hasta ahora, resiste. u
1. En relación con el problema de las fuentes, cf. Bernard Duterme, “Zapatisme: la
rébellion qui dure”, Alternatives Sud, Vol. 21, Nº 2, Centre Tricontinental - Syllepse,
Louvain-la-Neuve - París, febrero de 2014.
2. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina [1971], múltiples ediciones.
3. Citado en Guillaume Goutte, Tout pour tous! L’expérience zapatiste, une alternative
concrète au capitalisme, Libertalia, París, 2014.
4. La expresión es del sociólogo mexicano Pablo González Casanova (La Jornada,
México, 5-3-1997).
5. Yvon Le Bot, Le Rêve zapatiste, Seuil, París, 1997.
6. Hélène Combes, Faire parti. Trajectoires de gauche au Mexique, Karthala, col.
“Recherches internationales”, París, 2011.
7. La Jornada, 16-1-2017.
8. “Que la tierra tiemble hasta en sus entrañas”, Enlace Zapatista, 29-10-2016, http://
enlacezapatista.ezln.org.mx
9. Título de una película filmada ahí mismo por Jacques Kebadian y Joani
Hocquenghem, 2002.

F.C.

18
A la sombra de las izquierdas que gobiernan en
América Latina

Zapatistas “pasados de moda”,


pero siempre vivos
por Bernard Duterme*

De manera discreta, continúa la represión contra los


zapatistas que resisten “abajo y a la izquierda”, en el terreno,
aislados de la escena política mexicana, construyendo con
dificultades y no sin contradicciones su “autonomía”.

“Está usted en territorio zapatista en rebeldía. Aquí manda


el pueblo y el gobierno obedece”. Con la pátina del tiempo,
oxidado, el gran cartel metálico que anuncia el acceso a las
zonas insurgentes sigue siendo bien visible. En Oventic, en
Chiapas, hace quince años que perdura “la autonomía de
hecho”. Con mayor determinación aún, desde que comen-
zó el siglo XXI, cuando los zapatistas decidieron reorien-
tar progresivamente su estrategia hacia el ámbito local,
escaldados por el balance de su marcha de 2001 a Ciudad
de México. Con el apoyo de más de un millón de simpa-
tizantes movilizados en el centro de la ciudad, habían ido
para pedir –en vano– la reforma constitucional prometida
en los acuerdos de San Andrés firmados el 16 de febrero de
1996 con el gobierno (1).

*Director del Centro Tricontinental (Cetri), Louvain-la-Neuve, Bélgica (www.cetri.be). Artículo


publicado en Le Monde Diplomatique edición chilena, octubre de 2009.
Traducción: Teresa Garufi
19
Siguió un período de repliegue, que en un primer
tiempo los “zapatizantes” de México, resto de América y
Europa comprendieron mal, y que después fue interpre-
tado como la definitiva renuncia a un cambio mediante
la vía política institucional. Sin embargo, esta tentativa
de construir “otro mundo”, precisamente allí donde la
discriminación y la marginalización habían empujado a
miles de campesinos mayas a alzarse en armas el 1º de
enero de 1994 hoy constituye de facto lo esencial de la
realidad de esta rebelión fuera de las normas.

Un movimiento vulnerable
En 2003, unas cuarenta municipalidades zapatistas fue-
ron repartidas en cinco “caracoles” (regiones autóno-
mas): Oventic, Morelia, La Garrucha, Roberto Barrios y
La Realidad. Para administrarlas se constituyeron otras
tantas Juntas de Buen Gobierno. Por turnos, delegados
–hombres y mujeres– de las comunidades asumen sus
responsabilidades durante una o dos semanas: funcio-
nan en forma colectiva, horizontal y rotativa. Según el
subcomandante Marcos, aún vocero del movimiento y
jefe militar del Ejército Zapatista de Liberación Nacio-
nal (EZLN), es el mejor medio de evitar las trampas del
poder, como la corrupción o el alejamiento respecto de
las preocupaciones cotidianas. ¿Con éxito?
Si bien esas municipalidades autónomas no se trans-
formaron en paraísos terrenales, los índices de ausentis-
mo escolar, desnutrición y mortalidad infantil –antes de
1994 eran los más elevados del país– disminuyeron. La
estricta aplicación de la “ley seca” que desde 1993 fuera
reivindicada por la componente femenina del movi-
miento hizo descender el alcoholismo –hasta entonces
endémico– y la violencia conyugal y el maltrato hacia las
mujeres que se le asocian.
En materia de justicia, el recurso a los usos comunita-
rios –aunque emancipados del tradicional caciquismo–
no deja de ser riesgoso e instala situaciones complejas
de “pluralismo jurídico”. No obstante, la antropóloga
Mariana Mora explica, al igual que otras personas, que
en el caracol de Morelia tanto mestizos como indígenas
20
zapatistas y no zapatistas hoy prefieren resolver sus pro-
blemas de tierra, robo y divorcio “acudiendo a las instan-
cias autónomas más que a las oficiales”. Están convenci-
dos de que las primeras son más “justas” y “eficaces”.
Por supuesto, el aspecto económico es el más proble-
mático. En las comunidades autónomas el clientelismo y
el asistencialismo estatal, eliminados desde 2003, fueron
remplazados por otra dependencia, con la solidaridad no
gubernamental, interna e internacional. Por cierto, ésta es
más respetuosa de las dinámicas y prioridades zapatistas,
sin embargo no logra romper con el esquema aleatorio u
obligatorio de la ayuda. Además, el conjunto de las regio-
nes indígenas rurales de Chiapas sigue pagando el costo de
una inserción cuanto menos desfavorable en el seno de la
economía nacional y mundial. Lo atestigua la emigración,
que también afecta mucho a las comunidades rebeldes.
Zapatista o no, el indígena chiapaneco sabe que en Can-
cún (México), en Estados Unidos o en otra parte, tanto en la
construcción como en cualquier otro sector, podrá ganar-
se la vida mejor que empecinándose en su pobre terreni-
to para producir un maíz que perdió su rentabilidad desde
que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN o NAFTA, por su sigla en inglés), de 1994, abrió la
vía a los excedentes de la agroindustria estadounidense.
Es verdad que Chiapas, rica en recursos naturales, es
tierra de inversiones, pero en sus formas actuales, sean
agrícolas, petroleras, gasíferas, forestales o mineras,
benefician en primer lugar a los capitales estadouniden-
ses, colombianos, españoles y otros. La organización del
mercado turístico local, por ser la más visible, constituye
la faceta más escandalosa de ese pillaje. El “pintoresquis-
mo de los indios” de Chiapas, el “misterio” de sus ruinas
precolombinas, su “lujuriosa naturaleza preservada”
hicieron de la región el lugar con el que sueñan los turis-
tas en busca de un cambio cultural soft, decorado huma-
no exótico y relación cautivante con el mundo… Sin
embargo, los primeros que se benefician con la afluencia
turística siguen siendo algunos operadores trasnaciona-
les y sus “fórmulas de ecoturismo todo incluido”, y no los
mayas, que en un 70% sufren de desnutrición…
21
Así, la módica suma adicional que los rebeldes zapatis-
tas hacen pagar “de manera totalmente ilegal” al ingresar
a las Cascadas de Agua Azul a los agentes de viaje que
vuelcan allí su cuota diaria de visitantes maravillados,
parece más la expresión simbólica e inofensiva de una
legítima voluntad de reapropiación que el trampolín a
una improbable inversión de tendencia.
Según los comandantes rebeldes, las principales amena-
zas que pesan sobre su proyecto autonomista y sobre “sus
resultados sanitarios y económicos alentadores” residen
en la estrategia contra-insurreccional que privilegian las
autoridades mexicanas en los últimos años. Una estrategia
con múltiples variantes que, por no haber aceptado pagar
el precio político de una erradicación militar del EZLN o,
al contrario, de negociaciones llevadas a buen término,
desde 1994 apuesta al cansancio de las poblaciones insur-
gentes, sometiendo activamente a las comunidades autó-
nomas a un acoso físico y psicológico.
División militar de las zonas rebeldes –ciento dieciocho
bases o puestos del ejército federal, de los cuales cincuen-
ta y siete instalados en tierras comunitarias–, amenazas y
desplazamientos forzados, “padrinazgo” de grupos para-
militares, cortes de electricidad y sabotajes varios, exa-
cerbación de las divisiones y los conflictos entre organi-
zaciones campesinas indígenas, particularmente median-
te el otorgamiento de títulos de propiedad sobre tierras
ocupadas por los zapatistas… Todo contribuye a pudrir la
situación. No pasa una semana sin que surja el eco de una
escaramuza más o menos violenta en tal o cual lugar de un
tejido social desgarrado desde hace mucho tiempo.
En las Organizaciones No Gubernamentales (ONG)
locales cercanas a comunidades rebeldes siguen siendo
optimistas. Se reconoce que los zapatistas “son menos
numerosos que hace diez años”, incluso cuando “el pro-
pio EZLN es incapaz de cuantificar con precisión sus
bases de apoyo, ya que algunos abandonan el movimien-
to y otros se le unen”. Pero sigue intacta la convicción de
que se trata de “un movimiento antisistémico”, “irreversi-
ble”, “más determinado que nunca” e “inscrito en el largo
plazo”. “Los colectivos de producción agroecológica otor-
22
gan vida a la autonomía, en estrecha relación con los sis-
temas de educación y de salud”.
Sin embargo, su relativo aislamiento político en el
resto de México aumenta la vulnerabilidad de los rebel-
des. El propio Marcos lo reconoce: “El zapatismo pasó de
moda”. Y en el seno de las izquierdas mexicanas existen
muchas voces que le atribuyen la responsabilidad al sub-
comandante en persona. Más allá de la inevitable recaí-
da de todo fenómeno mediático y del insoslayable agota-
miento de una movilización social, se cuestiona la estra-
tegia nacional e internacional del dirigente del EZLN y,
más aún, su discurso paradójico, que a menudo divide
más de lo que la humildad que exhibe dejaba traslucir.
Si bien las razones del progresivo alejamiento del
zapatismo de las organizaciones, los intelectuales y los
movimientos son múltiples, la elección presidencial de
2006 cristalizó la fractura. De la “Otra Campaña” que lan-
zara Marcos al margen de la campaña electoral oficial
para movilizar y articular las luchas de “los de abajo y a la
izquierda”, lo que se filtró en la opinión pública fue sobre
todo su “antipoliticismo”, en especial los repetidos ata-
ques contra el candidato favorito de la izquierda, Andrés
Manuel López Obrador. No sin algo de razón: tanto en
Chiapas como en el Congreso su formación política, el
Partido de la Revolución Democrática (PRD), a menu-
do “traicionó” la causa zapatista: esporádicos conflictos
sangrientos en Chiapas entre indígenas zapatistas e indí-
genas que reivindicaban al PRD; voto del PRD en 2001 en
favor de la “ley indígena” que equivale a la inadmisibili-
dad de los acuerdos de San Andrés; oportunismo político
y corrupción comprobados en el seno del partido; ambi-
güedades del programa económico de López Obrador…
Las diatribas del subcomandante irritaron también a
las izquierdas mexicanas que, en su mayoría y en toda
su diversidad –de los radicales a los centristas– cerraron
filas detrás del candidato del PRD. Más aún después de
las elecciones, cuando se trataba de oponerse a los frau-
des que le costaron el triunfo y devolvieron a la cabeza
de México a un Presidente de la derecha conservadora y
neoliberal, Felipe Calderón.
23
Además de su “soberbia” y de su “zigzagueo político”, a
Marcos se le reprocha haber “autoexcluido” al zapatismo
de la escena mexicana e internacional, desdeñando otras
dinámicas revolucionarias de América del Sur, cometien-
do tal o cual pecado de orgullo, balizando como nunca
la ruta a seguir, al mismo tiempo que repetía no querer
guiar el proceso… Lúcido, el subcomandante reconoce
algunos errores de apreciación. Pero aunque lamenta en
especial la ultrapersonalización del EZLN en momentos
de su fuerte mediatización, le resulta fácil asombrarse de
su propio descrédito ante aquellos que, apenas ayer, lo
ensalzaban como genial portavoz de una rebelión que
sin él no hubiera retenido la atención del mundo por
más de 48 horas.

Anclaje local, ética universal


El aislamiento, aunque real, sólo es relativo. Oficialmen-
te, en consonancia con su “Otra Campaña” que lo vio
recorrer el país en búsqueda de las minorías rebeldes –
sociales, étnicas, sexuales, generacionales…–, el EZLN
sigue creyendo en “la posibilidad de un movimiento
nacional anticapitalista de izquierda”, horizontal, de
base, al margen de cualquier representación, mediación
o institución política. A comienzos de 2009, en Chiapas
tuvo lugar un nuevo encuentro internacional para cele-
brar el 15º aniversario del levantamiento: el Festival de la
Digna Rabia. Por cierto menos concurrido que los ante-
riores “Encuentros intergalácticos” organizados desde
1996, el “happening” reunió sin embargo un interesan-
te muestrario de intelectuales y políticos latinoamerica-
nos, de movimientos indígenas y campesinos nacionales
e internacionales, entre ellos la Vía Campesina (2), en la
que los zapatistas parecen reconocerse.
Pase lo que pase con esta rebelión de los confines de
México, conserva el mérito de haber dado vida, a partir de
su anclaje local, a un ideal ético y político de ahora en más
universal: la articulación de la agenda de la redistribución
con la del reconocimiento. Al principio con las armas, des-
pués en forma pacífica, según las circunstancias, las rela-
ciones de fuerza y la adaptación de sus propias estrategias.
24
“Iguales porque diferentes”, repiten sus comandantes bajo
sus pasamontañas, que se convirtieron en el inesperado
símbolo de una afirmación identitaria.
Amotinados en 1994 por “la democracia, la libertad y
la justicia”, es cierto que no lograron refundar la Cons-
titución, descolonizar las instituciones, democratizar el
país, pero pretenden seguir pesando sobre las opciones
de sociedad, en un México bloqueado políticamente y
muy abierto a los vientos dominantes de la economía
globalizada.
Así, el zapatismo participa plenamente de esos movi-
mientos indios que en México, Bolivia y otros países, de
la base a la cima, dan prueba –frágil– de que la moviliza-
ción por el reconocimiento de las diversidades no impli-
ca necesariamente crispación identitaria o “choque de
civilizaciones”, y puede ir de la mano con la lucha por la
justicia social y el Estado de Derecho. u
1. Al término de una primera fase de la negociación, esta reforma constitucional se
refería a los derechos y las culturas indígenas. Por falta de aplicación, las otras fases
de negociación previstas –en especial sobre las reivindicaciones socioeconómicas
del EZLN– no pudieron mantenerse. Véase Ignacio Ramonet, “Marcos en ciudad de
México”, Le Monde diplomatique, edición chilena, abril de 2001.
2. Movimiento internacional nacido en 1993, Vía Campesina milita por el derecho a la
seguridad alimentaria y por el respeto del pequeño y mediano campesinado.

B.D.

25
La “otra campaña” de los zapatistas
por Fernando Matamoros Ponce*

El 1 de enero de 2006, sin armas, pero luciendo su tradicio-


nal capucha, el Subcomandante Marcos, el más célebre diri-
gente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN),
partió de su feudo en las montañas de Chiapas. Rebautizado
“Delegado Cero”, Marcos inició un periplo en moto que lo
llevará, junto a una delegación indígena, por los 31 Estados
mexicanos y que durará hasta la víspera de las elecciones
presidenciales de junio próximo.
Más allá de constituir un guiño al épico viaje por Suda-
mérica realizado en 1952 en su rugiente motocicleta “La
Poderosa” por quien se convertiría en el Che Guevara (1), la
iniciativa del “Sub” reviste un alcance nacional e internacio-
nal. Decidido a ir a “escuchar a la gente” y a desarrollar “otra
campaña”, Marcos anunció claramente en su primera etapa,
en San Cristóbal de las Casas, el sentido que pretende darle
a esta nueva acción. Allí afirmó haber definido “una línea
muy clara, de izquierda y anticapitalista. No de centro, no
de medio-centro, no de derecha moderada, no de izquierda
racional e institucional, sino de izquierda, como decimos,
donde está el corazón y donde está el futuro”.

El viento de abajo
El voto “útil” por la derecha en 2000, que provocó la derro-
ta electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI),
llevó a la presidencia a Vicente Fox (PAN, Partido de Acción
Nacional). Su promesa de presentar al Congreso una propo-

*Instituto de Ciencias Sociales, Universidad Autónoma de Puebla (México). Artículo


publicado en la edición chilena Le Monde Diplomatique, marzo de 2006.
Traducción: Carlos Alberto Zito
27
sición de “ley indígena” que debía ser incluida en la Consti-
tución, concluyó en una nueva decepción para los zapatis-
tas. La firma en 1996 del Acuerdo de San Andrés “sobre los
derechos y la cultura indígena”, al cabo de un diálogo con el
gobierno de Ernesto Zedillo, había alimentado por un tiem-
po las esperanzas. Sin embargo, y a pesar de los compromi-
sos asumidos, Zedillo interpuso su veto.
La llegada del PAN al gobierno no cambió nada al respec-
to. En la primavera boreal de 2001, los principales partidos
del Congreso, el PAN, el PRI y también el (PRD) -centroiz-
quierda- votaron una “ley indígena”. Pero esa norma, que
estaba muy lejos de la letra y del espíritu del Acuerdo de
San Andrés, sólo servía -en opinión del EZLN y del Congre-
so Nacional Indígena- para perpetuar el paternalismo del
Estado respecto de la población autóctona. Por esa época, al
cabo de una marcha de 3.000 kilómetros hasta la capital, los
zapatistas rompieron nuevamente el diálogo (2).
Desde entonces, evitando los enfrentamientos e igno-
rando las provocaciones, las comunidades zapatistas deci-
dieron aplicar unilateralmente los acuerdos de 1996 en los
territorios rebeldes. A partir de agosto de 2003, inspirándose
en el imaginario colectivo maya, concentraron sus esfuerzos
en la reconstrucción de sus antiguas técnicas de resistencia,
construyendo la autonomía por medio de zonas bautiza-
das “caracoles” y de juntas de buen gobierno, instancias de
coordinación de las comunas autónomas en cada zona (3).
El “viento de abajo” mencionado en 1994 por Marcos
parece soplar cada vez más fuerte: “Este ‘viento de abajo’,
el de la rebeldía, el de la dignidad, no es sólo respuesta a la
imposición del ‘viento de arriba’, (...) no es sólo la destruc-
ción de un sistema injusto y arbitrario, es sobre todo una
esperanza, la de la conversión de dignidad y rebeldía en
libertad y dignidad.(...) De la montaña vendrá este viento,
nace ya bajo los árboles y conspira por un nuevo mundo, tan
nuevo que es apenas una intuición en el corazón colectivo
que lo anima...” (4).
Nuevas formas de organización... Las comunidades apli-
can sus propios programas de educación, de salud, de
comercialización, creando pequeños almacenes y coope-
rativas. Rechazando el dinero y los proyectos del gobierno,
28
ellas definen de manera crítica su tiempo contra el de la
mercantilización; afrontan el discurso de la mundialización
gracias a la memoria y a las leyendas indígenas. “Cuentan
los antiguos que era el Yacoñooy un guerrero pequeño, pero
valiente y audaz, que nada temía, por grande y poderoso
que pareciera. (...) Rió el sol, confiado en su poder y forta-
leza, e ignoró al pequeño ser que, desde el suelo, lo retaba.
Yacoñooy volvió a desafiarlo y así dijo: ‘No me espanta la
fuerza de tu luz, tengo por arma el tiempo que en mi cora-
zón madura’, y tensó su arco, apuntando la flecha al centro
mismo del soberbio sol. Rió de nuevo el sol y apretó enton-
ces el meridiano cinturón de fuego de su calor en torno al
rebelde, para así más empequeñecer al pequeño. Pero el
Yacoñooy se protegió con su escudo y ahí resistió mientras
el mediodía cedía su lugar a la tarde. Impotente veía el sol
cómo su fuerza disminuía al paso del tiempo y el pequeño
rebelde seguía ahí, protegido y resistiendo bajo su escudo,
esperando el tiempo del arco y la flecha” (5).
Los zapatistas no desean ser los dominadores, pero quie-
ren que las ramas del pensamiento se unan a la memoria,
como quizá las raíces de la ceiba, árbol mítico maya, lugar
de reunión y de conversación de las comunidades (6). Por
supuesto, esa consolidación silenciosa del poder local pre-
senta sus problemas, como los inconvenientes surgidos en
la rotación prevista en la dirección de las juntas: “Se trata
-explica Marcos- de que la tarea de gobierno no sea exclusi-
va de un grupo, de que no haya gobernantes “profesionales”,
de que el aprendizaje sea para los más posibles y de que se
deseche la idea de que el gobierno sólo puede ser desem-
peñado por ‘gente especial’... Este método dificulta la reali-
zación de algunos proyectos, pero a cambio tenemos una
escuela de gobierno que, a la larga, dará frutos en una nueva
forma de hacer política” (7).

Búsqueda de oxígeno
Sin embargo, desde la aparición pública de los zapatistas, el
1 de enero de 1994, los tiempos cambiaron. Luego de haber
influido en la mentalidad de la “sociedad civil mundiali-
zada”, de haber acumulado un gran capital moral y jugado
un importante papel en la transición mexicana, el EZLN no
29
pudo convertirse en una fuerza nacional. En la IV Declara-
ción de la Selva Lacandona, el 1 de enero de 1996, Marcos
lanzó efectivamente la idea de un Frente Zapatista de Libe-
ración Nacional (FZLN), organización hermana pero dife-
rente que, fundada veinte meses más tarde en Ciudad de
México, intentó ser el brazo político de la guerrilla. El inten-
to fracasó. Poco a poco, Marcos se vio eclipsado por Andrés
Manuel López Obrador (AMLO), alcalde y ex-alcalde PRD
de la capital mexicana, favorito en las próximas elecciones
presidenciales. Esos comicios podrían dar al país el primer
gobierno de centroizquierda de su historia.
Es en ese contexto que, conscientes del debilitamiento de
su movimiento, los zapatistas reaparecieron repentinamen-
te con la VI Declaración de la Selva Lacandona, en junio de
2005: “Un nuevo paso adelante en la lucha indígena sólo
es posible si el indígena se junta con obreros, campesinos,
estudiantes, maestros, empleados... o sea, los trabajadores
de la ciudad y del campo” (8). Esta declaración, búsqueda
de oxígeno ante el “suicidio” del aislamiento, es una inter-
pelación, una proposición teórica a la vez que práctica para
organizar la acción política, que pretende ser un incendio
atizado por el “viento de abajo”.
Al proponer una alianza con las organizaciones popula-
res y una concertación para la elaboración de un “programa
nacional de lucha anticapitalista y de izquierda” como con-
trapeso a los partidos tradicionales, el EZLN pretende ins-
cribirse en la nueva etapa de las resistencias mundiales, de
las que, a su entender, son ejemplo las manifestaciones de
Seattle, Roma, París, Hong-Kong, La Habana, Caracas, Bra-
silia y La Paz.

Contra la “frustración anunciada”


Pero ciertos aspectos del EZLN resultan sorprendentes, ya
que Marcos ataca vigorosamente al PRI y al PAN, pero tam-
bién al PRD, “el partido de los errores tácticos”, al cual pare-
ce dirigir incluso sus golpes más duros. El 24 de abril de 2005
una enorme multitud desfiló en Ciudad de México para
defender el derecho de Andrés Manuel López Obrador a ser
candidato en las elecciones presidenciales de 2006, mien-
tras que el gobierno maniobraba para dejarlo fuera de carre-
30
ra. “El proceso de desafuero de AMLO -ironiza Marcos- fue,
además de una comedia con ribetes trágicos, un indicador
del descontento popular (...) y, sobre todo, un inmejorable
empuje electoral... para el desaforado” (9). Y a continua-
ción saca su artillería pesada: “Para saber cuál es el proyec-
to de quien aspira al Poder no hay que escuchar lo que dice
hacia abajo, sino lo que dice hacia arriba (por ejemplo, en
las entrevistas a los diarios estadounidenses The New York
Times y The Financial Times). (...) La oferta central del pro-
grama presidencial de ‘AMLO’ (...) es la estabilidad macro-
económica, es decir, ganancias crecientes para los ricos,
miseria y despojos crecientes para los desposeídos, y un
orden que controle el descontento de estos últimos”.
No se puede explicar la “otra campaña” -construcción
de espacios políticos autónomos- como una lucha por los
puestos directivos entre el EZLN y el PRD. Desde el punto de
vista de los zapatistas, el hecho de que López Obrador sea
de extrema izquierda o reformista de centroizquierda, no es
fundamental para entender lo que representa. No se trata
del individuo y/o de las corrientes del PRD -algunas de las
cuales se dicen de derechas y anti-zapatistas- sino de millo-
nes de mexicanos.
Los hombres y mujeres, zapatistas urbanos y perredistas
(simpatizantes del PRD) que lucharon contra la proscrip-
ción de AMLO, salieron a la calle para defender las con-
quistas obtenidas en Ciudad de México. Igual que Marcos,
López Obrador es el símbolo de una voluntad histórica de
transformación y no sólo representa un pasado de luchas,
sino también la palabra exaltada por los neo-zapatistas y los
chilangos (10). Los símbolos se mezclan: en la imaginación
popular, AMLO está asociado a Marcos y concentra las par-
tículas del deseo de cambio.
La “otra campaña” refuerza esos deseos, pero a la vez pre-
tende ser un seguro contra la “frustración anunciada”, tanto
por la práctica y los discursos de ciertas corrientes del PRD
contra los zapatistas como por la presión de las institucio-
nes financieras mundiales. Su existencia no es el anuncio
de una contra-campaña ni un apéndice de la candidatura
de López Obrador, a pesar de que así aparece en los debates
nacionales e institucionales.
31
Se le reprochó al EZLN hacer perder votos y militantes a
López Obrador y al PRD. Los zapatistas recordaron que su
forma de organización no está centrada en las elecciones.
Según los significados indígenas de la palabra, la “otra cam-
paña” constituye un escudo de reflexión frente a las prác-
ticas politiqueras y “hacia el corazón del tiempo, que hace
brotar fuentes de rebeliones esparcidas por el viento de
abajo”.
No se trata de atacar a AMLO y al PRD, sino efectivamente
de posicionarse en el tablero político, de exigir de los gober-
nantes que digan lo que han hecho, lo que hacen y lo que
quieren hacer. En efecto, los zapatistas no olvidan que en
abril de 2001 todos los partidos se pusieron de acuerdo para
votar contra los acuerdos de San Andrés; que los traiciona-
ron durante “reuniones secretas”; que se burlaron de los
indígenas y de sus esperanzas de reconocimiento al votar
contra la “ley indígena”. Según el EZLN, eso fue producto
de un “cálculo político” de ciertas corrientes del PRD, con
el objeto de evitar que la organización se imponga pública-
mente y a nivel nacional y para mantenerla “prisionera” en
las montañas azules de Chiapas.
A pesar de que muchos perredistas se solidarizan con los
zapatistas, éstos no olvidan que otros los abandonaron, con-
denándolos a una muerte lenta. u
1. Ernesto Che Guevara, Diarios de la motocicleta, Planeta, Buenos Aires, 2001.
2. Ver Ignacio Ramonet, “Marcos marcha hacia Ciudad de México”, Le Monde
Diplomatique, edición chilena, abril de 2001, reproducido también en este mismo libro.
3. Cada junta de buen gobierno tiene su sede en uno de los cinco caracoles.
4. EZLN, “Dos vientos: una tempestad y una profecía”, en Documentos y comunicados,
vol. I, Era, México, 1994.
5. Marcos, La Jornada, México, 3-2-03.
6. Según los mitos mayas, la ceiba representa las raíces de la historia, los muertos, la
esperanza de liberación Cf. Jean-Marie Le Clézio, Le rêve mexicain, Gallimard, París,
1988.
7. Envío, Managua, septiembre de 2004.
8. VI declaración de la selva Lacandona, disponible en: www.ezln.org/
documentos/2005/sexta.es.htm
9. Subcomandante Marcos, “La (imposible) ¿geometría? del Poder en México”,
Montañas del sureste mexicano, México, en el sexto mes del año 2005.
10. Así se suele apodar a los habitantes de Ciudad de México.

F.M.P.

32
La estrategia de los Caracoles

Diez años de zapatismo en Chiapas


por Bernard Duterme*

Con su revalorización de la democracia y su voluntad de


crear espacios autónomos dentro de Estados plurales, los
zapatistas se diferencian de los movimientos revolucionarios
anteriores y de los identitarios contemporáneos. Han
sido pioneros de la afirmación de un nuevo movimiento
indígena en América Latina y de los debates de la
altermundialización, así como testimonio de la necesidad
y las dificultades de una reformulación de la praxis de
izquierda. Se avizora una confrontación con las empresas
transnacionales por las riquezas naturales de Chiapas.

“Luchamos por el trabajo, la tierra, un techo, alimentación,


salud, educación, independencia, libertad. Democracia,
justicia y paz. No dejaremos de combatir antes de haber ob-
tenido satisfacción y formado un gobierno libre y democrá-
tico para nuestro país” (1). Los términos de la primera de-
claración de la Selva Lacandona, difundida el 1º de enero de
1994 en el sudeste mexicano, no se prestan a equívoco. Su
resolución y evidencia remiten al perfil de la organización
que la firma, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional
(EZLN). Un “ejército” de algunos miles de indios mayas,
provistos o no de verdaderos fusiles, con el rostro muchas

*Sociólogo, director del Centro Tricontinental de Lovaina la Nueva (Bélgica), autor en


particular de Indiens et zapatistes, Luc Pire, Bruselas, 1998. Artículo publicado en la
edición chilena de Le Monde Diplomatique, enero-febrero de 2004.
Traducción: Lucía Vera
33
veces escondido tras un pañuelo o un pasamontañas, que
se apoderaron de cuatro localidades importantes del Esta-
do de Chiapas... ¡el mismo día de la entrada en vigencia del
Tratado de Libre Cambio Norteamericano (TLCaN, o NAF-
TA según su sigla en inglés) entre México, Estados Unidos y
Canadá!
La sorpresa de las autoridades estuvo a la altura de la au-
dacia de los insurgentes. La sorpresa tal vez fuera fingida, la
audacia parecía suicida. En todo caso, la noticia del levan-
tamiento dio la vuelta al mundo, otorgando de entrada una
resonancia internacional vital a la insólita rebelión de los ol-
vidados del “milagro mexicano”.
Rechazados militarmente, los zapatistas se replegarían a
lo más recóndito de sus regiones y aldeas de origen. En la
ciudad de México una manifestación masiva reclamó el fin
de las hostilidades y el 12 de enero el presidente Carlos Sali-
nas de Gortari decretó un cese del fuego unilateral. Comen-
zaron entonces laboriosas negociaciones entre el gobierno
federal y el EZLN.
El 16 de febrero de 1996 las dos partes terminaron firman-
do los únicos acuerdos a los que se ha llegado hasta hoy; los
llamados de San Andrés. Se refieren a los “derechos y cul-
tura indígenas” y tienen su fuente en los aportes de un am-
plio panel de “consejeros” externos, actores y expertos en la
materia, invitados por los delegados zapatistas a participar
de los debates. Estaban previstos otros temas de discusión,
como “democracia y justicia”, “desarrollo y bienestar”, etc.,
pero a comienzos de septiembre del mismo año los coman-
dantes rebeldes deciden “suspender” el diálogo, debido fun-
damentalmente a la reticencia gubernamental para poner
en práctica los acuerdos firmados y al hostigamiento militar
contra los pueblos y aldeas favorables a los zapatistas.
Siete años más tarde, a pesar de cierta democratización
del juego político mexicano, los datos del problema prácti-
camente no han cambiado. Es cierto que después de más de
70 años en el poder el Partido Revolucionario Institucional
(PRI) cedió su lugar a la cabeza del Estado, en diciembre de
2000, al Partido de Acción Nacional (PAN). Es cierto que el
nuevo presidente electo, Vicente Fox, se jactaba, al tomar
el poder, de que solucionaría el conflicto de Chiapas “en
34
un cuarto de hora”. Es cierto que, como consecuencia de la
“marcha de los zapatistas a la ciudad de México” en marzo
de 2001 (2), se votó finalmente una reforma constitucional
dirigida a dar efectividad a los acuerdos de San Andrés. Pero
como el proyecto redactado en 1996 por la Comisión Parla-
mentaria de Concordia y de Pacificación (Cocopa) quedó
desnaturalizado, la reforma fue percibida por los rebeldes,
los movimientos indígenas mexicanos y la mayoría de los
observadores como un nuevo insulto a la realidad, como
“una negación de las poblaciones autóctonas como suje-
tos de derecho”, según el análisis de Gilberto López y Rivas,
ex presidente de la Cocopa. La resolución del conflicto no
avanzó un ápice. Siempre armado, el EZLN se mantuvo
acantonado en los confines de Chiapas.

Identidad y universalidad
El zapatismo no se reduce, sin embargo, a sus interaccio-
nes con el gobierno federal y a los avatares de un proceso de
negociación estancado. En diez años de vida pública consi-
guió marcar profundamente los espíritus mucho más allá de
México. Gracias a sus actos y sus escritos, pero también a su
evolución, sus diálogos con el exterior, su reacomodamien-
to a las circunstancias, la originalidad del movimiento logró
consenso. Los guerrilleros gozan de una repercusión inver-
samente proporcional a sus acciones armadas. Contestata-
rios, asumen sus filiaciones históricas -indígena, marxista-
guevarista, cristiana...- sin reducirse a ellas. Haciendo de
necesidad virtud, este movimiento armado latinoamericano
no pretende tomar el poder y aspira a desaparecer lo más
rápido posible, porque se considera como algo “absurdo”. El
fenómeno es como para desconcertar.
Una insurrección indígena que lucha a golpes de comu-
nicados de prensa, de declaraciones solemnes, de accio-
nes simbólicas y de happenings pacíficos. Un portavoz, el
“subcomandante” Marcos, erudito e irónico, cuyas pala-
bras se cuelan en la red y desestabilizan a sus interlocuto-
res. Un ejército de indios mayas, “primer movimiento sim-
bólico contra la globalización” (3), que reivindica derechos
legítimos, alienta a democratizar México y a combatir el
neoliberalismo. Un levantamiento pos Guerra Fría, con la
35
suficiente identidad como para no disolverse y suficiente-
mente universal como para no replegarse. Un movimiento
social regional que multiplica sus anclajes -indio, mexicano
y humanista- sin oponerlos, que atempera su cosmopolitis-
mo mediante el arraigo y su apego al territorio mediante el
autosarcasmo. Revolucionarios demócratas y con identidad
que conminan a la “sociedad civil” a tomar la posta. Una
revuelta que habla de “indefinición” cuando se la incita a
definirse, que ostenta sus dudas a manera de verdades. Un
grupúsculo pionero del altermundialismo que, desde 1996,
invita al mundo entero al “primer gran encuentro interga-
láctico por la humanidad y contra el neoliberalismo”. Icono-
clastas, los rebeldes son también detonantes.
La última iniciativa zapatista vigente es la creación, en
agosto pasado, de cinco Caracoles (4) en las regiones re-
beldes de Chiapas, en el lugar y ubicación de las antiguas
Aguascalientes (La Garrucha, Morelia, Oventic, La Realidad
y Roberto Barrios). Son espacios de resistencia y de diálogo
que desde 1994 han servido de marco a múltiples encuen-
tros con la “sociedad civil”. En un nuevo paso de afirmación
de la autonomía zapatista, la instauración de los Caracoles
está dirigida a “aplicar los acuerdos de San Andrés en los
territorios rebeldes” por la vía de los hechos. Las treinta co-
munas autoproclamadas “autónomas zapatistas” desde di-
ciembre de 1994 tienen allí su gobierno regional -los cinco
“consejos de buen gobierno”- encargado de la educación, la
salud, la justicia y el desarrollo.

La estrategia de los Caracoles


El proyecto, que ahora reserva para el EZLN y sus coman-
dantes una función estrictamente militar, persigue así
un doble objetivo conexo: controlar mejor las relaciones
exteriores de las comunidades zapatistas, tanto con sus
interlocutores externos (organizaciones no gubernamen-
tales, solidaridad internacional, etc.) como con los indí-
genas no zapatistas.
La estrategia de los Caracoles corresponde al inédito per-
fil del movimiento en su conjunto, a lo que ha llegado a ser
con el correr de los años, a pesar de sus postergaciones y
sinsabores. Apuesta a la irreversibilidad de la movilización
36
chiapaneca, a su pleno desarrollo en el seno de un movi-
miento social, campesino e indígena, fuerte y autónomo.
Del zapatismo militar, al límite de sus posibilidades desde
los primeros días de la insurrección, trata de emerger in-
eluctablemente un zapatismo social, civil, abierto y plural.
Aunque para los rebeldes la justicia social sigue siendo la
estrella a alcanzar, su búsqueda se apoya necesariamente
en hacer más responsable al poder (mandar obedeciendo),
en la revalorización de la democracia y la construcción de
espacios autónomos multiculturales en el seno de Estados
multiétnicos y soberanos.
Este importante aspecto, que diferencia a los zapatistas
-así como a otros movimientos indígenas del continente- de
los revolucionarios latinoamericanos que los precedieron,
menos preocupados por la articulación del respeto a las di-
versidades que por el imperativo de igualdad, también los
diferencia de otros movimientos identitarios contemporá-
neos, separatistas, frecuentemente violentos, replegados y
crispados sobre míticas identidades homogéneas.
En Chiapas, sin embargo, dejó sus huellas la guerra de
desgaste que llevó a cabo el gobierno del presidente del PRI
Ernesto Zedillo (1994-2000). Exacerbados por las activida-
des de bandas paralimilitares y por la inyección de capitales
sociales en aldeas oscilantes, los conflictos inter o intra co-
munitarios persisten. Por cierto es difícil estimar su impacto
real en la determinación de las “bases de apoyo” zapatistas,
pero el cansancio gana terreno en una población cuya vida
cotidiana se ha deteriorado desde 1994.
La iniciativa de los Caracoles supone reconstruir lo que
pudo degradar la intransigencia purista de algunos líderes
rebeldes en relación con otras organizaciones indígenas. La
actitud de las autoridades hacia esas estructuras paralelas
de poder será determinante. Hoy en día es conciliadora o
indecisa en las declaraciones; en el terreno, los militares si-
guen visibles. Pero hay otra tendencia que adquiere impor-
tancia: es la que, con ayuda de la privatización de los bienes
públicos, transformará la tensión entre pueblos indígenas y
Estado en una confrontación entre pueblos indígenas y em-
presas transnacionales, que tiene como elemento central en
juego las riquezas naturales de Chiapas (5).
37
En el plano nacional, la simpatía flotante de la opinión
pública por “la palabra de los sin rostro” sigue siendo una
carta de triunfo para la rebelión, convertida así en una suer-
te de autoridad moral que es preferible no enajenarse para
quien sueñe con pretender un mandato presidencial. Pero
el radicalismo democrático de los rebeldes seduce más de
lo que compromete. A pesar de múltiples intentos de arti-
culación social, partidaria u organizativa, su aterrizaje en la
escena política nacional ha terminado por capotar. La pos-
tura del subcomandante Marcos, que otorga los buenos o
malos puntajes según las circunstancias, no deja de tener
alguna influencia. Pero la razón principal reside, segura-
mente, en la dificultad para inscribir en la esfera pública de
un país motor de la mundialización neoliberal un proyecto
que exige renovaciones de la cultura política de contornos
deliberadamente imprecisos... Entretanto, “el problema de
Chiapas” ha dejado de contarse entre las prioridades de la
agenda nacional.
A escala internacional, el zapatismo se apoya esencial-
mente en lo que de él hacen los observadores y los “parti-
darios del zapatismo” de Europa y América del Norte por
un lado, y en las “apariciones” intermitentes del portavoz
Marcos por otro. En la agenda de los primeros, la dinámica
altermundialista de los Foros sociales mundiales ha cam-
biado un tanto la meta Chiapas. El talento del subcoman-
dante, su peso preponderante en la (in)definición política
del zapatismo y, por lo tanto, en su repercusión interna-
cional siempre vital, no son cuestionados. Pero si bien en
un primer momento todos reconocían fácilmente su sabor
preferido en el cocktail zapatista, la atención tiende ahora
a centrarse en lo que podría alterarlo. Dicho claramente,
los debates de militantes y teóricos referidos al zapatismo
remiten a los mismos debates que crispan el movimiento
altermundialista: ¿qué identidad plural y qué estrategia or-
ganizativa para qué eficacia política?
Suceda lo que suceda en los próximos meses, el balance
del aporte de diez años de zapatismo a la actualidad latinoa-
mericana y a la dinámica de las luchas es considerable. Ca-
talizadores de la democratización de Chiapas y de México,
artesanos de la caída del PRI, motores de la constitución de
38
un movimiento indígena nacional, e incluso latinoamerica-
no, afirmativo, masivo y democrático, iniciadores de un nue-
vo universalismo que respeta las particularidades, los insur-
gentes de rostro cubierto “invitan a superar esas oposiciones
que la modernidad occidental cree irreconciliables (6): la
tensión entre igualdad y diferencia, la exclusión mutua de
lo individual y lo colectivo. “Entre los ‘futuros promisorios’
y el desencanto posmoderno, entre la intolerancia identi-
taria y la disolución de las culturas”, el zapatismo participa
“en la instauración de un nuevo pensamiento crítico” (7).
Diez años después de la espectacular insurrección del 1º de
enero de 1994 contra la injusticia y la pobreza, el reconoci-
miento mundial de los méritos de los insurgentes alimenta
y se nutre de la dignidad reencontrada. u
1. ¡Ya Basta! Les insurgés zapatistes racontent un an de révolte, Dagorno, París, 1994.
2. Ver Ignacio Ramonet, “Marcos marcha hacia Ciudad de Mexico”, Le Monde
Diplomatique, edición chilena, abril de 2001, reproducido también en este mismo libro.
3. Ignacio Ramonet, Marcos, la dignidad rebelde, Editorial Aún Creemos en los
Sueños, 2001.
4. “La espiral es una referencia de larga data de los zapatistas para describir su acción:
expansiva, de barrido amplio, se mueve sin cesar, pero no en redondo. Escapa al círculo
repetitivo de la tradición, rompe el encadenamiento y la rutina. Evolutiva, nunca
cerrada, no tiene ni interior ni exterior, va y viene desde adentro hacia afuera, inspira
y expira, irradia y absorbe, reúne y disemina”. Joani Hocquenghem, La stratégie de
l’escargot (http://cspcl.ouvaton.org), 2003.
5. Braulio Moro, “El Plan Puebla-Panamá, una recolonización disfrazada”, Le Monde
diplomatique, edición chilena, diciembre de 2002.
6. Jérôme Baschet, L’étincelle zapatiste - Insurrection indienne et résistance planétaire,
Denoël, París, 2002.
7. Ibidem.

B.D.

39
Marcos marcha hacia Ciudad de
México
por Ignacio Ramonet*

El PRI ya no gobierna México y el presidente de derechas


Vicente Fox no está cuestionado en su legitimidad. Es el
momento que aprovecha el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional para ir a su encuentro en Ciudad de México
desde la selva Lacandona, Chiapas, en una marcha que
se inició el pasado 24 de febrero. El zapatismo no es un
movimiento secesionista sino de inclusión. Saltó a la luz
el 1-1-1994, primer día de vigencia del Tratado de Libre
Comercio (TLC, Canadá-Estados Unidos-México). Su líder,
el subcomandante Marcos, aparece como el primero en
articular la lucha contra la globalización con la suerte de los
pueblos indígenas de América Latina.

Unos días antes del comienzo de la marcha Marcos nos


recibe flanqueado del comandante Tacho y del mayor
Moisés, a mil kilómetros al sur de Ciudad de México, en la
pequeña aldea de La Realidad (450 habitantes), encarama-
da a 1500 metros de altura sobre la lluviosa ladera de una
montaña cubierta de un espeso manto de jungla y cerca de
su cuartel general secreto.
Enmascarado por su eterna capucha, equipado de un
auricular de teléfono satelital, cubierto con una gorra gas-
tada de color indefinible y con su vieja ametralladora a la
espalda, explica por qué los zapatistas marchan hacia la

*Director de la edición española de Le Monde Diplomatique. Artículo publicado en la


edición chilena de Le Monde Diplomatique, abril de 2001.
41
capital: “Esta no es la marcha de Marcos, ni del EZLN: es la
marcha de todos los pueblos indígenas. Pretende mostrar
que se acabó el tiempo del miedo. Nuestro principal obje-
tivo es que los pueblos indígenas sean reconocidos por el
Congreso mexicano como sujetos colectivos de derecho.
La Constitución de México no reconoce al indio. Quere-
mos que el Estado admita que México está constituido por
diferentes pueblos; que esos pueblos indígenas poseen su
propia organización política, social y económica y que man-
tienen una fuerte relación con la tierra, con su comunidad,
con sus raíces y con su historia. No pedimos una autono-
mía excluyente. No pedimos ningún tipo de independencia.
No queremos proclamar el nacimiento de la nación maya,
ni fragmentar el país en múltiples pequeños países indíge-
nas. Queremos que se reconozcan los derechos de una parte
importante de la sociedad mexicana, que posee sus propias
formas de organización y pide que éstas sean legitimadas.
Nuestro objetivo es la paz. Una paz fundada sobre un diá-
logo que no sea un simulacro. Un diálogo que permita esta-
blecer las bases para una reconstrucción de Chiapas y que
favorezca la reinserción del EZLN en la vida política corrien-
te. La paz sólo se logrará si se reconoce la autonomía de los
pueblos indígenas. Ese reconocimiento es una condición
importante para que el EZLN abandone definitivamente
las armas y la clandestinidad, participe abiertamente en la
vida política y también pueda dedicarse a la lucha contra los
peligrosos proyectos de la globalización”.

Tomar la iniciativa
Al cabo de nueve meses de silencio, el anuncio de esta mar-
cha a través de un comunicado de Marcos del 2-12-00, al día
siguiente de la asunción del nuevo Presidente mexicano,
tuvo el efecto de una bomba. La audaz iniciativa tomó de
sorpresa a toda la clase política en un momento muy parti-
cular. Porque el 2-7-00 el Partido Revolucionario Institucio-
nal (PRI), en el poder durante más de 70 años, había perdi-
do las elecciones presidenciales ante Vicente Fox, candidato
del conservador Partido de Acción Nacional (PAN). Y con-
trariamente a las fuertes sospechas de fraude y de corrup-
ción que habían planeado sobre la elección de los dos últi-
42
mos presidentes -Carlos Salinas (1988-1994) y Ernesto Zedi-
llo (1994-2000)- la de Vicente Fox fue unánimemente reco-
nocida como el fiel reflejo de las urnas. Fox, que asumió su
cargo el 1-12-00, es, por primera vez en mucho tiempo, un
Presidente cuya legitimidad parece indiscutible.
En una carta abierta dirigida al nuevo Presidente, Mar-
cos señala: “Señor Fox: A diferencia de su antecesor Zedi-
llo (quien llegó al poder por la vía del magnicidio y con el
apoyo de ese monstruo corrupto que es el sistema de par-
tido de Estado), usted llega al Ejecutivo federal gracias al
repudio que el PRI cultivó con esmero entre la población.
Usted lo sabe bien, señor Fox: usted ganó la elección, pero
no derrotó al PRI. Fueron los ciudadanos. Y no sólo los
que votaron en contra del partido de Estado, también los
de generaciones anteriores y actuales que, en una u otra
forma, resistieron y combatieron la cultura de autoritaris-
mo, impunidad y crimen que construyeron los gobiernos
priístas a lo largo de 71 años” (1).
Durante la campaña electoral, Fox había prometido
solucionar “en un cuarto de hora” pacífica y políticamen-
te el problema zapatista. La marcha del subcomandante
Marcos lo sorprende en pleno “periodo de gracia” y lo obli-
ga a abrir en caliente el espinoso expediente de la cuestión
indígena. “La idea de la marcha es un golpe genial”, nos
dice el escritor Carlos Monsivais, que acaba de entrevis-
tarse largamente con Marcos. “El gobierno está obligado a
acomodarse a un calendario de negociaciones establecido
ahora por Marcos, quien retoma así la iniciativa. Y Fox se
ve forzado a aceptarlo, no sólo porque existe una presión
nacional e internacional que lo impulsa en ese sentido,
sino porque no ignora que Marcos, al venir a Ciudad de
México a discutir con las nuevas autoridades, reconoce su
legitimidad, mientras que no reconocía la legitimidad de
Salinas ni de Zedillo, considerados por los zapatistas y por
una gran parte de los mexicanos como fraudulentos, tram-
posos, usurpadores” (2).
“Después de todo -agrega el antropólogo André Aubry,
responsable de los archivos diocesanos en San Cristóbal
de las Casas, y cercano al ex obispo monseñor Samuel
Ruíz- lo que pide Marcos no es nada del otro mundo. Al
43
organizar esta marcha conmina al nuevo presidente Fox
a decir qué nación mexicana piensa construir. Marcos
reclama simplemente que los indígenas formen parte de
esa nación”.
Una vez pasado el efecto sorpresa, el presidente Fox,
buen jugador, reaccionó favorablemente al proyecto de la
marcha zapatista. Luego de calmar algunas mentes exal-
tadas en el seno de su propio bando -como el gobernador
del Estado de Querétaro- que habían tratado a los coman-
dantes zapatistas de “traidores” y los habían amenaza-
do de muerte, terminó por admitir que la marcha repre-
sentaba “una esperanza para México”. ¿Podía acaso ser
menos que el presidente colombiano, Andrés Pastrana,
que el 8-2-01 viajó a la zona controlada por la principal
guerrilla de su país para entrevistarse personalmente con
el mítico jefe de la rebelión, Manuel Marulanda, “Tirofi-
jo”? Para tranquilizar eventuales inversionistas inquietos,
Fox declaró el 26 de enero pasado en Davos: “Nadie debe
temer por la marcha del EZLN hacia Ciudad de México.
No debemos tener miedo de incluir a todos los mexica-
nos en un proyecto destinado a permitir el desarrollo de
todos. La marcha será pacífica y deberíamos lograr un
acuerdo de paz en Chiapas” (3).
De allí en más, Fox hasta se transformó en un verdade-
ro propagandista de la marcha: “Mi gobierno está a favor
de la marcha. Tenemos que creer en el EZLN y le vamos
a dar la oportunidad de demostrar si realmente quiere la
paz. Está en juego nuestra naciente democracia y hay que
demostrar que tiene la elasticidad suficiente para absorber
en su seno todas las distintas formas de pensar en este país,
así sean las posiciones más radicales” (4). Por último, reto-
mando los argumentos zapatistas, Fox no dudó en recor-
dar el escandaloso destino de los indígenas: “¡Ya basta de
esta infamia de cinco siglos! ¡Ya basta de un México sin sus
indígenas y sin integrar a sus pobres y marginados! Los
indígenas de México han sido sometidos a humillaciones
racistas, a políticas públicas y privadas que implicaron su
exclusión del desarrollo y la educación, impidiéndoles
cualquier posibilidad de manifestarse como ciudadanos
libres y con plenos derechos” (5).
44
El entusiasmo de Fox a favor de la marcha terminó por
irritar a Marcos: “El Presidente -nos dice el subcomandan-
te- ahora trata de apropiarse de la marcha zapatista y hasta
es capaz de presentarla como una marcha foxista. Esa estra-
tegia apunta a presionar al EZLN, tratando de convencer a
todo el mundo de que la paz ya se alcanzó, por así decirlo,
y que si no llegara a firmarse sería únicamente por culpa de
los zapatistas. Es una especie de extorsión. Él busca la rendi-
ción incondicional del EZLN. Pero sabe perfectamente que
aun antes de iniciar las negociaciones propiamente dichas,
reclamamos tres modestos signos de buena voluntad de su
parte: liberación de todos los prisioneros zapatistas, retira-
da del ejército de siete posiciones militares y ratificación de
los Acuerdos de San Andrés sobre los derechos de los indí-
genas, firmados por el gobierno en 1996, que siguen siendo
letra muerta”.
Al iniciarse la marcha, el 24 de febrero, sobre un cente-
nar de detenidos zapatistas las autoridades sólo habían
liberado a 60, las fuerzas armadas se habían retirado sólo
de cuatro de las siete posiciones reclamadas por Marcos y
los Acuerdos de San Andrés no habían sido ratificados. “Si
Fox no puede cumplir las tres condiciones que plantean los
zapatistas -explica André Aubry- quiere decir que no tiene
realmente el poder, que no es él quien manda, que no es el
jefe y que el ejército está por encima de él. Después de todo,
desde 1920 la tradición mexicana consiste en arreglar los
problemas políticos de manera militar. Es lo que Salinas y
Zedillo trataron de hacer con los zapatistas en su momento.
Pero fracasaron. Si Fox quiere llegar a una solución y si ver-
daderamente desea la paz, como no se cansa de proclamar,
debe demostrar que es realmente el Presidente, que manda
al ejército y que, en signo de buena voluntad, acepta las tres
condiciones de los zapatistas. Estos por su parte demuestran
claramente su voluntad de paz al salir del monte y dirigirse
desarmados a Ciudad de México. Marcos dijo que el Pre-
sidente tenía hasta el 11 de marzo y hasta el fin de la mar-
cha para aceptar las tres condiciones. Lo que está en juego
merece que el Presidente haga un esfuerzo, pues se trata de
la condición de los indígenas. Y la deuda que México tiene
con ellos es inmensa”.
45
500 años de infamia
En efecto, durante los últimos 500 años los pueblos indíge-
nas fueron parcialmente exterminados, expulsados, explo-
tados, humillados, y tuvieron una existencia abominable.
Son precisamente los sufrimientos de esos indígenas de
Chiapas, sometidos a la opresión brutal de los conquista-
dores, los que evocaba el célebre dominicano Bartolomé de
Las Casas, obispo de San Cristóbal, en su Brevísima relación
de la destrucción de Indias (1522). Su abrumador testimonio
permite imaginar lo que fue para los indígenas la pesadilla
de la conquista.
Luego de la independencia de México en 1810, y aun
después de la Revolución de 1911 -que sin embargo se hizo
al grito de “¡Tierra y libertad!”- la suerte de los indígenas
no mejoró. La relegación, la explotación y el desprecio pro-
siguieron, al igual que su lento exterminio, llevado a cabo
desde entonces por los grandes propietarios rurales, pro-
ductores de café o de cacao, con la ayuda de bandas de ase-
sinos a sueldo y de milicias paramilitares. La Constitución
sigue sin reconocer la existencia de los pueblos indígenas,
que constituyen el 10% de la población. Con el pretexto
de que la mayoría es mestiza, México exalta oficialmente
la figura del mestizo pero ignora, y hasta desprecia, a sus
indígenas.
“De todos los habitantes de México -explica el subco-
mandante Marcos- los indígenas son los más olvidados.
Se los considera como ciudadanos de segunda clase, un
estorbo para el país. Pero nosotros no somos las sobras.
Formamos parte de esos pueblos que tienen una historia
y una sabiduría milenarias. Pueblos que, aunque pisotea-
dos y olvidados, aún no han muerto. Y aspiramos a conver-
tirnos en ciudadanos como los demás; queremos formar
parte de México sin perder nuestras particularidades, sin
vernos obligados a renunciar a nuestra cultura; en fin, sin
dejar de ser indígenas. México tiene una deuda con noso-
tros. Una deuda que ya tiene dos siglos, que sólo podrá sal-
dar reconociendo nuestros derechos”.
Los indígenas siguen siendo víctimas de un etnocidio
silencioso. Olvidados de todos, “invisibles”, están condena-
dos a ver apagarse inexorablemente sus lenguas y sus valo-
46
res más que milenarios. Es contra semejante fatalidad que
se revelaron el EZLN y el subcomandante Marcos.
Arraigados en las verdes montañas de Chiapas y en los
bosques húmedos del extremo sur de México, cerca de la
frontera con Guatemala, los zapatistas denuncian desde
hace siete años la dramática condición de las comunida-
des indígenas. “Ser indio en México no es simplemente
tener cierta apariencia física”, nos explica el escritor y
ensayista Carlos Montemayor, autor de un libro indis-
pensable para entender los orígenes de la revuelta zapa-
tista (6); “es hablar una lengua indígena, ocupar un terri-
torio ancestral, practicar las costumbres tradicionales y
adherir a los valores milenarios de la comunidad en el
seno de la cual se vive. En Chiapas, un tercio de la pobla-
ción es indígena, es decir, más de un millón de personas.
Exceptuando a los zoques, emparentados con los popo-
lucas y con los mixes, la mayoría de los grupos que viven
en Chiapas pertenecen a la familia maya de México: tzo-
tziles, tzeltales, choles, tojolabales, lacandones, mames,
mochos, kakchikeles, con un total de doce grupos lin-
güísticos. Pero las importantes migraciones recientes
modificaron profundamente la composición social,
ideológica y política de las diferentes subregiones de lo
que se da en llamar la selva lacandona, principal base
social del EZLN. Se puede estimar que al menos 200.000
indígenas de etnias diferentes sostienen de una manera
o de otra al EZLN en Chiapas”.
Estado muy rico, Chiapas posee los más importantes
yacimientos de petróleo y las mayores reservas de gas y
suministra al resto del país el 40% de la energía hidroeléc-
trica, lo que por otra parte permitió a México brindarle a
Estados Unidos la electricidad que le faltó de modo espec-
tacular en California en diciembre pasado... “A pesar de la
enorme riqueza de Chiapas -comprueba el sociólogo Her-
man Bellinghausen, uno de los mejores conocedores de
la insurrección zapatista- un tercio de sus niños sigue sin
escolarización y apenas un alumno de cada cien llega a la
universidad. El analfabetismo supera el 50% entre los indí-
genas, cuya tasa de mortalidad es superior en un 40% a la
de los habitantes de la capital...”
47
Pueblos indígenas y globalización
El subcomandante Marcos y el EZLN se rebelaron el 1-1-
1994 para protestar contra la suerte de los indígenas y lla-
mar dramáticamente la atención internacional sobre el des-
tino de esas comunidades humanas, que se cuentan entre
las más desfavorecidas del mundo. Luego de combates que
dejaron como saldo decenas de muertos, los zapatistas
ocuparon ese día cuatro importantes ciudades de Chiapas,
entre ellas San Cristóbal de las Casas, con 50.000 habitantes.
“Pero al mismo tiempo, y ésa es la gran originalidad de
ese movimiento -comenta Bellinghausen- Marcos com-
prende que ya está superado el tiempo de las guerrillas tra-
dicionales como las que hubo en América Latina a lo largo
de toda la segunda mitad del siglo XX. Que el fin de la guerra
fría, la caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de
la Unión Soviética en 1991 y la ofensiva de la globalización
modificaron radicalmente la realidad geopolítica y cambia-
ron completamente las estructuras del poder. Que ya no son
únicamente las fuerzas políticas las que dirigen el destino
de los Estados, sino también otras, en primer lugar los mer-
cados financieros y las lógicas librecambistas, una de cuyas
expresiones es el Acuerdo de Libre Comercio de América
del Norte”.
Es por eso que los zapatistas eligieron la fecha del 1-1-
1994, día de entrada en vigor del TLC entre México, Estados
Unidos y Canadá, para hacer irrupción en la vida políti-
ca mexicana. Al tiempo que levanta la bandera de la causa
indígena, ese mismo día Marcos firma de alguna manera la
primera revuelta simbólica contra la mundialización. Habrá
que esperar a la movilización internacional contra el Acuer-
do Multilateral sobre las Inversiones (AMI) en 1998; luego a
las manifestaciones de Seattle contra la cumbre de la OMC
en 1999 y a las de Davos contra los “dueños del mundo” en
2000, para ver multiplicarse las nuevas rebeliones contra la
globalización. Marcos es el primero en haber intentado teo-
rizar la articulación entre la lógica de la mundialización y la
marginalización de los pobres del Sur.
“A partir de la caída del muro de Berlín -analiza Marcos-
apareció y se desarrolló un nuevo superpoder, estimulado
por las políticas neoliberales. El gran triunfador de la guerra
48
fría -que se puede calificar de Tercera guerra mundial- fue
Estados Unidos, pero por encima de esa potencia hegemó-
nica inmediatamente comienza a aparecer lo que podría-
mos llamar un superpoder financiero, que empieza a dar
directivas a todo el mundo. Eso produce lo que, a grandes
rasgos, llamamos la globalización. El ideal de la globali-
zación es un mundo transformado en una gran empresa y
manejado por un consejo de administración constituido por
el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la OMC y el presidente
de Estados Unidos. En ese contexto, los gobernantes de cada
Estado son apenas los representantes de ese consejo de
administración, especie de gerentes locales. Y lo que uste-
des definieron perfectamente en Le Monde diplomatique
como “el pensamiento único” tiene como función suminis-
trar la argamasa ideológica para convencer a todo el mundo
de que la globalización es irremediable y de que cualquier
otra propuesta sería quimérica, utópica, irrealista. A esca-
la mundial, la gran batalla que se libra actualmente -y que
podríamos llamar la Cuarta guerra mundial- enfrenta a los
partidarios de la mundialización con todos aquellos que, de
una manera o de otra, tratan de frenarla. Todo lo que impida
que la globalización se extienda, desde ahora está amenaza-
do de destrucción”.
¿Qué relación tiene eso con la dramática situación de
los indígenas? “En su furor hegemónico -prosigue Marcos-
la globalización apela a elementos de la cultura y aspira a
homogeneizar culturalmente el mundo. En cierta medida,
globalización económica significa globalización del modo
de vida de Estados Unidos. Los valores del mercado se impo-
nen en todos lados. Actualmente no sólo dirigen el funcio-
namiento de los gobiernos, sino también el de los medios,
el de la escuela, e incluso el de la familia. El individuo sólo
puede ocupar un lugar en la sociedad en la medida que
tenga capacidad de producir y de comprar. Por lo tanto, los
criterios del mercado eliminan toda una parte de la huma-
nidad, que resultaría no rentable. Esto concierne a todos los
indígenas de América Latina. La globalización exige su eli-
minación. Por medio de una guerra abierta, si hace falta, o
de una guerra silenciosa, si es necesario. El pretexto es que
los indígenas no son útiles a la dinámica de la globalización,
49
que no pueden integrarse y que hasta podrían convertirse
en un grave problema debido a su potencial de rebelión”.
Como conductor de una lucha concreta en el seno de
las comunidades indígenas de Chiapas, Marcos analiza su
propia práctica de combate, reubicándola en el contexto
geopolítico internacional y en el marco de la actual mundia-
lización (7). Es una especie de idealista práctico, de estra-
tega mediático que se vale de Internet como de un arma,
cubriendo el planeta de comunicados, textos, análisis, cuen-
tos, parábolas y poesías. Anuda relaciones solidarias con
cientos de asociaciones cívicas y decenas de personalidades
comprometidas en la defensa de los derechos de las mino-
rías. Su fuerza disuasiva mediática se revela más original y
en definitiva más eficaz que la del Estado mexicano. Ya el
12-1-1994, es decir apenas once días después del inicio de
la insurrección, Marcos abandonaba la opción armada. Los
zapatistas no dispararían ni un solo tiro más, adoptarían
desde entonces una estrategia no violenta, para conquistar
el corazón y la mente de la opinión pública internacional.

El arma de la palabra
Jefe carismático y promotor de un nuevo estilo de acción
política, desprovisto de arrogancia y de suficiencia, Marcos
aparece además como un escritor talentoso, lleno de humor
y de gracia, que cita frecuentemente a sus autores preferi-
dos. Estos, como Gramsci, se caracterizan por el pesimismo
de la razón y el optimismo de la voluntad: Cervantes, Lewis
Carrol, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges...
Se entiende por qué, aunque marche hacia Ciudad de
México, Marcos no va a en busca de poder. “El problema
no es conquistar el poder -afirma sonriendo- porque sabe-
mos que actualmente el lugar del poder está vacío y que la
lucha por el poder es una lucha por la mentira. A la hora de
la globalización lo que se necesita es construir una nueva
relación entre el poder y los ciudadanos. Si se firma la paz,
el EZLN dejará de hacer política como la hizo hasta ahora.
La hará de otra manera, sin pasamontañas, sin armas, pero
al servicio de las mismas ideas. Pues hemos aprendido que
somos como un espejo y que, a nuestra manera, reflejamos
otros movimientos de resistencia de todo el mundo. Por ello
50
nos sentimos solidarios con otras luchas. Por ejemplo, con
la de los homosexuales y lesbianas, víctimas de todo tipo
de persecuciones y discriminaciones. O con la lucha de los
emigrantes, contra los cuales en todo el mundo se instalan
dispositivos racistas. Se quiere que las personas renieguen
de sus particularidades, del color de su piel, de su origen
o de su país de nacimiento. Se les quiere hacer sentir que
haber nacido así, con ese color o en ese lugar, es un crimen.
Y que por ello deben ser castigados”.
¿Cuándo se quitará su pasamontañas? “El día en que un
indígena pueda gozar de los mismos derechos que un blan-
co en cualquier punto de la República; el día en que el siste-
ma del partido-Estado se haya acabado y en el que las elec-
ciones no sean más sinónimo de fraude”, había respondido
Marcos a Régis Debray, que le hizo la pregunta en 1996 (8).
La segunda condición, por increíble que parezca, ya se cum-
plió, y la primera, si la marcha logra su objetivo (y según lo
dicho por Fox), deberá cumplirse dentro de poco.
Por lo tanto, vuelvo a hacerle la misma pregunta, cuando
la noche y la lluvia comienzan a caer y mientras La Reali-
dad -que aún ignora la electricidad- se cubre poco a poco
de penumbras: “Lo que es seguro -responde Marcos- es que
nosotros queremos deshacernos rápidamente del pasa-
montañas y de las armas. Porque queremos hacer política a
cara descubierta. Pero no nos quitaremos el pasamontañas
a cambio de simples promesas. Los derechos de los indíge-
nas tienen que ser reconocidos. Si el gobierno no lo hace,
no sólo nosotros retomaremos las armas, sino que lo harán
otros movimientos mucho más radicales, mucho más into-
lerantes, mucho más desesperados y mucho más violentos
que nosotros. Pues la cuestión étnica, aquí como en otros
lados, puede generar movimientos fundamentalistas dis-
puestos a todo tipo de locuras asesinas. En cambio, si todo se
desarrolla como deseamos, y los derechos de los indígenas
son finalmente reconocidos, Marcos dejará de ser el subco-
mandante o el líder, o el mito. Se entenderá entonces que el
arma principal del EZLN no fue el fusil, sino el discurso, la
palabra. Y cuando la polvareda levantada por nuestra insu-
rrección se disipe, la gente descubrirá una verdad funda-
mental: en toda esta lucha, esta resistencia y esta reflexión,
51
Marcos habrá sido un combatiente más. Por eso digo siem-
pre: si quieres saber quién es Marcos, quién se esconde tras
su pasamontañas, toma un espejo y mírate. El rostro que allí
veas será el de Marcos. Pues todos somos Marcos”.
Ya se hizo de noche en La Realidad. Galaxias de luciérna-
gas titilan en la oscuridad. Agobiados por la organización de
la marcha, Marcos y sus dos amigos zapatistas se pierden
en la jungla, rápidamente devorados por la vegetación y las
sombras. Del éxito de esta marcha depende en gran medida
el destino de los pueblos indígenas de México. Pero, ¿tendrá
éxito? Recordamos una frase del escritor José Saramago, que
devuelve la esperanza a todo el mundo: “Los zapatistas se
cubrieron el rostro para hacerse visibles, y efectivamente los
hemos visto por fin. Ahora marchan hacia la capital mexica-
na. Cuando entren en ella, el 11 de marzo, Ciudad de Méxi-
co será la capital del mundo”. u

1. Carta del subcomandante Marcos al nuevo presidente de México”, en


http://www.ezln.org
2. La Jornada, México DF, 8-1-01.
3. Proceso, México DF, 4-2-01.
4. Excelsior, México DF, 18-2-01.
5. La Jornada, México DF, 15-2-01.
6. Carlos Montemayor, Chiapas, la rebelión indígena de México, Editorial Joaquín
Mortiz, México DF,1997.
7. Subcomandante Marcos, Desde las montañas del Surestemexicano, Plaza y Janés,
México DF, 1999.
8. Régis Debray, “La guérilla autrement”, Le Monde, París, 14-5-1996.

I.R.

52
Chiapas, nombre de dolor y
de esperanza
por José Saramago*

“No vamos a ir a pedir perdón ni a suplicar, no vamos a


pedir limosna ni a recoger los restos que caen de las mesas
abundantes de los poderosos. Vamos a exigir lo que es el
derecho y la razón de todo ser: libertad, justicia, democracia,
todo para todos, nada para nosotros” . Los indígenas sin
rostro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN,
alzado en armas desde el 1º de enero de 1994), anunciaron
con claridad el sentido de su combate al iniciar su ciclo de
negociaciones con el gobierno de México.Al cabo de largos
esfuerzos, apoyados por una sociedad civil adormecida
hasta entonces, los zapatistas dan en 1996 la impresión de
acercarse al fin de su agotadora travesía histórica. El 16 de
febrero de ese año firman con el gobierno los acuerdos de
San Andrés, redactados con la participacion de expertos
nacionales e internacionales en cuestiones indígenas. Pero el
proyecto de ley y de reforma constitucional propuesto el 29 de
noviembre de ese mismo año por la Comisión de concordia y
pacificación (Cocopa) es rechazado por el poder, que alude
a la soberanía nacional y al riesgo de balcanización. Sin
embargo la autonomía, tal como la conciben los zapatistas,
no es sinónimo de secesión ni de separatismo. En San Andrés
se establecieron cláusulas para garantizar que aquella no
debilite las garantías constitucionales, especialmente en
materia de derechos humanos y de dignidad de las mujeres...
El costo político de una solución militar sería demasiado
elevado para el presidente Ernesto Zedillo. Un nuevo

*Escritor. Texto publicado en el libro MEXICO, Editorial Aún Creemos en los Sueños 2015
(escrito en 1999)
53
choque armado, por limitado que fuese, podría provocar
el pánico de los mercados financieros. Apostando al
tiempo y al olvido, combinando programas de asistencia
con planes de contrainsurgencia, el poder se propone
la erosión gradual de las fuerzas zapatistas mediante
un cerco tan mortal como silencioso. Militarización,
proliferación de grupos civiles armados, hostigamientos,
violencias... Más de un centenar de muertos anónimos
desde que se interrumpieron las negociaciones, hace
dos años. Desde entonces, el presidente Zedillo presionó
para lograr un diálogo directo, que el EZLN rechaza.
Escarmentados, los insurrectos prefieren buscar una
solución apoyándose en la sociedad civil: a finales
de noviembre de 1998 se reunieron con tres mil
representantes de organizaciones populares e invitaron
al pueblo mexicano a pronunciarse sobre el tema de la
incorporación de una ley indígena a la Constitución.
Poco antes de recibir el Nobel de Literatura 1998, el
escritor José Saramago visitó Chiapas para reunirse con
el subcomandante Marcos y atestiguar ante el mundo los
sufrimientos de los indígenas de México.

En 1721, con una ingenuidad fingida que no escondía la


acidez del sarcasmo, Charles-Louis de Secondat nos pre-
guntó: “¿Persas? Pero ¿cómo es posible ser persa?”. Va ya
para trescientos años que el Barón de Montesquieu escri-
bió sus famosas Lettres Persanes, y hasta ahora todavía
no conseguimos encontrar la manera de elaborar una
respuesta inteligente a la más esencial de las cuestio-
nes guardadas en el itinerario histórico de las relacio-
nes entre los seres humanos. De hecho, continuamos sin
entender cómo fue posible que alguien haya sido “persa”
y, todavía más, como si ya no fuese desproporcionada tal
extravagancia, persistir en serlo hoy, cuando el espectá-
culo que el mundo ofrece pretende convencernos de que
sólo es deseable y provechoso ser aquello que, en térmi-
nos muy generales y artificiosamente conciliadores, se
acostumbra designar como “occidental” (occidental de
mentalidad, de modas, de gestos, de hábitos, de intereses,
de manías, de ideas...), o, en el caso demasiado frecuen-
54
te de no haber logrado llegar a tan sublimes alturas, ser
al menos bastardamente “occidentalizado”, sea que ese
resultado haya sido alcanzado por la fuerza de la persua-
sión, sea, de modo más radical, si no hubo otro medio,
por la persuasión de la fuerza.
Ser “persa” es ser el extraño, es ser el diferente, es, en
una palabra, ser otro. La simple existencia del “persa”
basta para incomodar, confundir, desorganizar, pertur-
bar la mecánica de las instituciones. El “persa” puede lle-
gar incluso al extremo de causar desasosiego en aquello
por lo cual todos los gobiernos del mundo son más celo-
sos, la soberana tranquilidad de su poder. Fueron y son
“persas” los indios de Brasil (donde los sin tierra repre-
sentan ahora otra modalidad de “persas”), fueron pero
ya casi dejaron de ser “persas”, en su tiempo, los incas,
los mayas, los aztecas, fueron y son “persas” sus descen-
dientes, donde quiera que hayan vivido o todavía vivan.
Hay “persas” en Guatemala, en Bolivia, en Colombia, en
Perú. También sobreabundan los “persas” en la dolorida
tierra mexicana, donde nos dijeron: “¿Cómo es posible
que os falte, a vosotros, occidentales y occidentalizados
del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, tan cultos, tan
civilizados, tan perfectos, el poco de inteligencia y de sen-
sibilidad suficiente para comprendernos, a nosotros, a los
“persas” de Chiapas?”.
De eso, realmente, se trataría: de comprender. Com-
prender la expresión de aquellas miradas, la gravedad
de aquellos rostros, el simple modo de estar juntos, de
sentir y de pensar juntos, de llorar en común las mismas
lágrimas, de sonreír la misma sonrisa, comprender las
manos del único sobreviviente de una matanza coloca-
das como alas protectoras sobre las cabezas de los hijos,
comprender este río interminable de vivos y de muertos,
esta sangre perdida, esta esperanza ganada, este silencio
de quien lleva siglos reclamando respeto y justicia, esta
ira reprimida de quien finalmente se cansó de esperar.
Cuando, hace seis años, las alteraciones introducidas en
la Constitución mexicana, en obediencia a la “revolu-
ción económica” neoliberal, orientada desde el exterior
e impiadosamente aplicada por el gobierno, vinieron a
55
poner término a la distribución agraria y reducir a la nada
la posibilidad de que los campesinos sin tierra dispon-
gan de una parcela de terreno para cultivar, los indígenas
creyeron que podrían defender sus derechos históricos
(o simplemente consuetudinarios, en el caso de preten-
der que las comunidades indias no ocupan ningún lugar
en la Historia de México...), organizándose en socieda-
des civiles que se caracterizaban y continúan caracte-
rizándose, singularmente, por repudiar cualquier tipo
de violencia, comenzando por la que podría ser la suya
propia. Esas sociedades tuvieron, desde el principio, el
apoyo de la Iglesia Católica, pero esa protección de poco
les sirvió: sus dirigentes y representantes fueron sucesi-
vamente metidos en la cárcel, creció la persecusión sis-
temática, implacable, brutal por parte de los poderes del
Estado y de los grandes latifundistas. Mancomunados a
la sombra de los intereses y privilegios, prosiguieron las
acciones violentas de expulsión de las tierras ancestrales
y las montañas y la selva tuvieron que ser, muchas veces,
el último refugio de los desarraigados. Allí, entre las nie-
blas densas de cimas y valles, germinaría la semilla de la
rebelión.
Los indios de Chiapas no son los únicos humillados y
ofendidos de este mundo: en todas partes y épocas, con
independencia de raza, de color, de costumbres, de cul-
tura, de creencia religiosa, el ser humano que nos con-
gratulamos de ser supo siempre humillar y ofender a
aquellos a quien, con triste ironía, continúa llamando sus
semejantes. Inventamos lo que no existe en la naturale-
za, la crueldad, la tortura, el desprecio. Por un uso per-
verso de la razón hemos venido dividiendo a la huma-
nidad en categorías irreductibles entre sí: los ricos y los
pobres, los señores y los esclavos, los poderosos y los
débiles, los sabios y los ignorantes; y en cada una de esas
divisiones hicimos divisiones nuevas, para variar y mul-
tiplicar a gusto, incesantemente, los motivos para el des-
precio, para la humillación y la ofensa. Chiapas fue, en
estos últimos años, el lugar donde los más despreciados,
los más humillados y los más ofendidos de México fueron
capaces de recuperar intactas una dignidad y una honra
56
nunca definitivamente perdidas, el lugar donde la pesa-
da losa de una opresión que dura desde siglos se despe-
dazó para dejar pasar, en la vanguardia de una procesión
interminable de asesinados, una procesión de vivientes
nuevos y diferentes, estos hombres, estas mujeres y estos
niños de ahora que no están reclamando más que el res-
peto por sus derechos, no sólo como seres humanos de
esta humanidad, sino también como indios que quieren
continuar siendo. Se levantaron con algunas armas en la
mano, pero se levantaron sobre todo con la fuerza moral
que únicamente la honra y la dignidad son capaces de
hacer nacer y alimentar en el espíritu, aunque el cuerpo
esté padeciendo el hambre y las miserias de siempre. Del
otro lado de los Altos de Chiapas no está sólo el gobier-
no de México, está el mundo entero. Por mucho que se
haya pretendido reducir el acuerdo de Chiapas a un mero
conflicto local, cuya solución sólo podrá encontrarse en
el cuadro estricto de la aplicación de las leyes naciona-
les (hipócritamente moldeables y ajustables, como se vio
una vez más, a las estrategias y a las tácticas del poder
económico y del poder político, su sirviente), lo que se
está jugando en las montañas chiapanecas y en la Selva
Lacandona sobrepasa las fronteras mexicanas para alcan-
zar el corazón de aquella parte de la humanidad que no
renunció ni renunciará nunca al sueño y a la esperanza, al
simple imperativo de una justicia igual para todos. Como
escribió un día esa figura, por muchos motivos excepcio-
nal y ejemplar, que conocemos bajo el nombre de subco-
mandante Marcos, “un mundo donde quepan muchos
mundos, un mundo que sea uno y diverso”, un mundo,
me permito agregar, que, para todos y siempre, declara-
se intocable el derecho de cada quien a ser “persa” por
el tiempo que quiera y sin obedecer nada más que a sus
propias razones...
Los macizos montañosos de Chiapas son, sin duda,
uno de los más asombrosos paisajes que mis ojos nunca
vieron, pero son también un lugar donde campean la
violencia y el crimen protegido. Millares de indígenas,
expulsados de sus casas y de sus tierras por el “imperdo-
nable delito” de ser simpatizantes silenciosos o confesos
57
del Frente Zapatista de Liberación Nacional, están amon-
tonados en campamentos de chozas improvisadas donde
falta la comida, donde la poca agua de que disponen está
casi siempre contaminada, donde enfermedades como
la tuberculosis, el cólera, el sarampión, el tétano, la neu-
monía, el tifus, el paludismo van diezmando a adultos y
niños ante la indiferencia de las autoridades y de la medi-
cina oficial. Alrededor de sesenta mil soldados, nada más
y nada menos que un tercio de los efectivos permanen-
tes del Ejército mexicano, ocupan actualmente el Estado
de Chiapas, so pretexto de defender y asegurar el orden
público. Pero la realidad de los hechos desmiente la jus-
tificación. Si el Ejército mexicano protege a una parte de
los indígenas -y no sólo los protege sino que los arma,
instruye, entrena y pertrecha- esos indígenas, en general
dependientes y subordinados al Partido Revolucionario
Institucional que ejerce desde hace setenta años, sin inte-
rrupción, un poder prácticamente absoluto, son, pero no
por alguna coincidencia extraordinaria, aquellos que for-
man los diversos grupos paramilitares constituidos con el
objetivo único de realizar el trabajo represivo más sucio,
esto es, agredir, violar, asesinar a sus propios hermanos.
Acteal fue un episodio más de la terrible tragedia ini-
ciada en 1492 con las invasiones y la conquista. A lo largo
de quinientos años, los indígenas de Iberoamérica (es
intencionalmente que empleo esta designación para no
dejar fu era de enjuiciamiento a los portugueses, y des-
pués a los brasileños, sus continuadores en el proce-
so genocida, que redujeron los 3 o 4 millones de indios
existentes en Brasil en la época de los descubrimientos a
poco más de 200 mil en 1980), esos indígenas anduvie-
ron, por decirlo así, de mano en mano, de mano del sol-
dado que lo mataba a mano del señor que lo explotaba,
en medio con la mano de la Iglesia Católica, que les cam-
bió unos dioses por otros, pero que al final no consiguió
cambiarles el espíritu. Cuando después de la carnicería
de Acteal comenzaron a oírse en la radio palabras que
decían “vamos ganando”, cualquier persona despreveni-
da podría haber pensado que se trataba de una procla-
ma insolente y provocativa de los asesinos. Se engañaba:
58
esas dos palabras eran un mensaje de ánimo, un recado
de coraje que unía por los aires, como en un abrazo, a las
comunidades indígenas. Mientras lloraban a sus muertos,
otros 45 a sumar a una lista cinco veces secular, las comu-
nidades, estoicamente, erguían la cabeza, se decían unas
a otras “vamos ganando”, porque realmente sólo puede
haber sido una victoria, y grande, la mayor de todas, ser
capaz de sobrevivir así a la humillación o a la ofensa, al
desprecio, a la crueldad y a la tortura. Porque esa victoria
es del espíritu.
Cuenta Eduardo Galeano, el gran escritor uruguayo,
que Rafael Guillén, antes de convertirse en Marcos, vino
a Chiapas y habló a los indígenas, pero ellos no lo enten-
dieron. “Entonces se metió en la niebla, aprendió a escu-
char y fue capaz de hablar”. La misma niebla que no deja
ver es también la ventana que se abre al mundo del otro,
el mundo del indio, el mundo del “persa”... Miremos en
silencio, aprendamos a oír, tal vez después, finalmente,
seamos capaces de comprender. u

J.S.

59
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Pueblo mapuche y autodeterminación
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