174 Zapatismo
174 Zapatismo
LE
LE
MONDE MONDE
diplomatique diplomatique
LA RESISTENCIA ZAPATISTA
La “otra campaña” de los zapatistas
por Fernando Matamoros Ponce
La resistencia
Marcos marcha hacia Ciudad de México
por Ignacio Ramonet
zapatista
Chiapas, nombre de dolor y de esperanza
por José Saramago
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© 2017, Editorial Aún creemos en los sueños
Expandir la autonomía
“El capitalismo no va a parar. Lo que se anuncia es una gran
tormenta. Acá nos preparamos arreglándonoslas sin él”,
resume con una sonrisa un hombre de unos veinte años,
que desde hace tres pertenece a la Junta del Buen Gobierno
de Morelia, la menos poblada de las cinco zonas zapatistas,
y que se prepara para dejar su puesto una vez formados sus
sucesores. Ubicado en el corazón de la zona, a 1.200 metros
de altura, el caracol de Morelia está adosado a una colina
exuberante. El nombre caracol hace referencia a la lentitud
necesaria de la política y designa a los edificios de reunión
que ofician de capitales de cada zona. Aquí se asoma sobre
un paisaje de campos y cultivos: setecientas hectáreas de
tierras recuperadas para siete mil habitantes repartidos en
un territorio de gran extensión. Entre la cancha de básquet
y el básico auditorio de ladrillos pintados, unas decenas de
hombres y mujeres, a esta hora, se alejan del caracol car-
gando mochilas luego de tres días de reuniones. Arrastran
su paso cansado por largas horas de asamblea y tienen un
aire preocupado, mezcla, en sus rostros bronceados, de la
serenidad amena de los indios tzotzil –la tribu mayoritaria
acá– y de la preocupación de quienes vienen de pasar tres
días discutiendo, a título de los cargos que cada uno asume
benévolamente, desde la repartición de las cosechas hasta
la construcción de escuelas.
Al lado del pequeño cibercafé de hormigón, el joven
miembro del consejo continúa: “No buscamos extender
el zapatismo, que es muy particular. Pero su idea subya-
cente, la autonomía en general, sí”. Ahora son tres los que
nos describen la zona de Morelia. Hay un colectivo por
sector de producción, de la radio al artesanado textil o
la apicultura. Dotada con 140 cabezas de ganado y diez
hectáreas de campos de maíz (milpas), la zona consigue
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su autosuficiencia alimenticia gracias a sus huertos, sus
pocos gallineros, sus cinco hectáreas de café y sus pana-
derías cooperativas.
Los excedentes se los venden a los no zapatistas de la
zona, los “partidistas”, que viven de los subsidios del Partido
Revolucionario Institucional (PRI), el partido que está en el
poder, que subvenciona a algunos pueblos para volverlos
vasallos. Indirectamente, es el dinero del gobierno el que
les permite a los zapatistas comprar, como colectivo, lo que
no producen: máquinas o material de oficina, más unos
pocos vehículos para llevar a las personas a las reuniones
desde todos los rincones de la zona. Los proyectos indivi-
duales, como la construcción de una cantina-almacén, son
financiados por los bancos autónomos zapatistas (Banpaz
o Banamaz), que prestan a una tasa del 2%. En toda la zona
se satisfacen las necesidades alimenticias, de manera fru-
gal y tradicional, sin ayuda del Estado ni de las organiza-
ciones no gubernamentales (ONG): arroz, tortillas, frijoles,
café, algunas frutas y menos frecuentemente aves de corral,
huevos, caña de azúcar. Pocas computadoras y libros en las
casas, pocos autos y una vestimenta sobria: las condiciones
materiales son mínimas, pero no falta nada esencial. Esta
sobriedad está en las antípodas del (engañoso) cuerno de la
abundancia euroestadounidense de los centros comercia-
les y de los préstamos al consumo.
Los encargados voluntarios del caracol de Morelia nos
describen las tres misiones sociales asumidas por la colec-
tividad: la educación, la salud y la justicia que garantizan
por turnos, más que profesores, médicos o jueces, “promo-
tores” benévolos (sus vecinos se ocupan de su tierra y de su
hogar durante su misión). Aunque las más o menos seis-
cientas escuelas zapatistas de las cinco zonas ofrecen todas
tres ciclos de estudios, todo lo demás se discute colectiva-
mente y se adapta a las necesidades, ya se trate del ritmo
de cada cual o de los programas y del calendario. Pero en
todos lados hay cursos de español y de lengua indígena, de
historia colonial y de educación política (crítica del capi-
talismo, estudio de las luchas sociales en otros países),
de matemática y de ciencias naturales (“vida en el medio
ambiente”). De la limpieza a los murales, el trabajo colec-
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tivo es diario. Y, a partir del segundo ciclo, hacia los quince
años, los jóvenes, todos alfabetizados, pueden proponerse
para ocupar un cargo, después de un voto de la asamblea y
una formación de tres meses.
A lo que se le suma, en la salida de San Cristóbal, la
única universidad zapatista, fundada por Raymundo Sán-
chez Barraza: el Centro Indígena de Capacitación Integral
(Cideci). Desde el hierro forjado de las escaleras hasta las
cortinas pintadas, todo ahí es obra de los estudiantes, dos-
cientos jóvenes que son recibidos cada año para aprender
los saberes autónomos: fabricación de zapatos, teología o
uso de máquinas de escribir –más seguro que el procesa-
dor de textos, habida cuenta de los cortes de luz–, como así
también un seminario político los jueves. Inspirado tanto
en los principios antiutilitaristas del pedagogo alternativo
Iván Illich (“aprender sin escuela”) como en las primeras
profecías indígenas, el Cideci también es sede de los gran-
des coloquios zapatistas. El último, en diciembre de 2016,
fue sobre las ciencias exactas “a favor o en contra” de la
autonomía (ConCiencias).
El sistema sanitario también es confiable: hay “centros
de salud” que aseguran cuidados básicos de calidad, desde
una ecografía hasta un examen oftalmológico; cada caracol
cuenta con una clínica en la que operan, por el momento,
médicos solidarios del exterior; y son ONG las que proveen
los medicamentos alopáticos. Las hierbas medicinales y las
terapias tradicionales son recomendadas por todas partes, y
el acento se pone sobre la prevención. En cuanto a la justicia
zapatista, asegurada por voluntarios y comisiones ad hoc,
trata por supuesto por lo general casos sencillos –desacuer-
dos con respecto a las tierras o algunos conflictos internos
en los pueblos–, pero apunta siempre a reparar más que a
castigar: charla con el inculpado, trabajos colectivos en
vez del encierro (hay sólo una prisión en el conjunto de las
cinco zonas), ni caución ni corrupción. También en esto, los
no zapatistas prefieren este sistema más justo, que, en veinte
años, logró reducir la delincuencia y la violencia doméstica
–la prohibición del alcohol, que las mujeres impusieron en
el marco de su “ley seca”, la primera de las leyes zapatistas
que hicieron aprobar, contribuyó mucho al respecto–.
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La novedad es el aumento por parte de los partidistas del
uso de los servicios zapatistas, que a veces permite reclu-
tarlos y que los aleja, sobre todo, del clientelismo, de la
burocracia y de la dependencia de los óbolos del partido.
La dependencia: es lo que se dedicaron a deshacer, paso a
paso, los zapatistas, incluso en lo que respecta a las ONG.
Pero la autonomía, “proceso sin fin” según ellos, sigue
siendo parcial, y por lo general es mixta: la electricidad se
obtiene sin pagarla de los cables del operador nacional, y
siguen siendo tributarios de las donaciones y de las com-
pras colectivas en algunos aspectos, por ejemplo, para
conseguir aceite de cocina o teléfonos celulares.
Esta experiencia insólita, lejos de los radicalismos de
papel, asume sus tanteos y sus arbitrajes delicados. Su
principio de aprendizaje: “caminar preguntando”. En cuan-
to a “mandar obedeciendo”, divisa que se puede leer por
todas partes, sugiere que al horizontalismo puro de las fan-
tasías anarquistas conviene siempre agregarle una dosis
incluso marginal de organización –y de eficacia– vertical.
A las comunidades se las consulta ampliamente, y median
idas y vueltas con los consejos zonales, pero por la inicia-
tiva de estos últimos, que formulan y presentan las pro-
puestas, y que de ser necesario organizan una votación por
mayoría. Los cargos benévolos son rotativos y revocables,
prueba de una política desprofesionalizada, pero los ocu-
pan los más competentes (para lo cual son elegidos) más
que los otros. Y a todos les queda reconocer que, al cabo
de minuciosas consultas, “a veces el pueblo está dormido”,
como decía otro maestro de la Escuelita. Más que un sis-
tema enteramente horizontal, existe una tensión, que se
quiere fecunda, entre el gobierno de todos y algunos meca-
nismos diagonales, o verticales. Una concepción evolutiva
y de proceso en la que se inventa y se prueba constante-
mente, ya se trate de reglas para votar o de la duración y de
los criterios de la asunción de los cargos (las mujeres, con
frecuencia menos cómodas en el compromiso público,
pueden por ejemplo ocupar un cargo de a dos o de a tres).
En el principio fue el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), que surgió de la selva Lacandona una
mañana de enero de 1994. Esta estructura militar vertical
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cuenta con una instancia de comando, el Comité Clandes-
tino Revolucionario Indígena (CCRI).
Un modelo heteróclito
El EZLN vigila la perennidad de la experiencia, pero deci-
dió retirarse de su funcionamiento político en 2003, en el
momento de la ruptura con el Estado mexicano y de la ins-
talación del sistema de autogobierno. Este funciona en tres
escalones, a partir de un recorte geográfico que deshizo las
divisiones administrativas anteriores: el nivel de la comu-
nidad de cada pueblo, donde ejercen agentes y comisio-
nes (para la seguridad, la producción, etc.); el nivel de las
comunas que reagrupan los pueblos (municipios), y arri-
ba, el nivel de las cinco grandes zonas, que tienen como
centro a los cinco caracoles (Morelia, La Garrucha, Rober-
to Barrios, Oventic y La Realidad).
Lo que hace a la originalidad del zapatismo limita tam-
bién la posibilidad para movimientos sociales de otras
regiones del mundo de trasladar tal cual las creaciones y
los mecanismos: la convergencia histórica, en su seno, de
ingredientes heterogéneos, incluso incompatibles, que
acá se volvieron indisociables. Hay un corazón indígena,
en principio, que reenvía a los pueblos mesoamericanos
de esta región (sobre todo a los tzotzils, los tzeltales, los
tojolabales y los choles) y a su tradición cosmoecológica
ancestral, pero también a una larga historia de resistencia
anticolonial. Si el indigenismo zapatista nunca es esencia-
lizado y conserva abierto su potencial universalizante, es
porque es menos un etnicismo que la memoria mantenida
de cinco siglos de luchas contra la “carnicería del Nuevo
Mundo” (2), incluido el colonialismo interno de las nuevas
élites mestizas del México independiente, que se atribu-
yeron la representación de los indígenas y devastaron sus
tierras y sus modos de vida. Después está el rol decisivo de
la Iglesia: tanto el catolicismo sincrético típico de México
como la versión local de la teología de la liberación, esta
“Iglesia de los pobres” inaugurada en Perú en los años
1960 –acá también memoria colonial, porque, desde el
siglo XVI, los únicos defensores de los indígenas de México
contra los conquistadores fueron religiosos, como el domi-
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nicano Bartolomé de las Casas o el obispo Vasco de Quiro-
ga, con su proyecto de una “república de los Indios”–.
Hay un elemento marxista-leninista desencadenante,
por supuesto, que llegó de las guerrillas de los años 1960-
1970, pero que mutó después de 1994 en una lucha antisis-
témica más abierta contra el neoliberalismo, su saqueo de
recursos naturales y su mercantilización de las formas de
vida. Y hay componentes más inesperados, de tipo liber-
tario y sobre todo antipatriarcal, el principio zapatista de
la igualdad sexual radical que tiene una filiación precolo-
nial. Sin olvidar los intercambios con una vasta red inter-
nacional de apoyos que son invitados a los encuentros
anuales: decenas de músicos o de grupos de rap y de ska
con estribillos zapatistas (de Rage Against the Machine a
Manu Chao, de Nana Pancha en México a Pepe Hasegawa
en Japón), y miles de activistas e intelectuales que han par-
ticipado en esta construcción –los escritores José Sarama-
go, Gabriel García Márquez, John Berger o Umberto Eco,
los académicos Alain Touraine o Noam Chomsky, y tam-
bién, para mencionar sólo nombres famosos, el ecologista
José Bové, el cineasta Oliver Stone o Danielle Mitterrand–.
Incontables simpatizantes del zapatismo, o “zapatizantes”,
famosos o anónimos.
Y está la historia nacional mexicana, con su orgullo y
sus singularidades. Porque hacer del zapatismo un pro-
yecto de secesión, de independencia (contra)nacional es
no entenderlo para nada. En cada reunión del Congreso
Nacional Indígena (CNI), creado en 1996, suena el himno
nacional antes de los cantos zapatistas y la bandera tri-
color del país flamea junto a la bandera negra y roja. “No
pensamos en formar un Estado dentro del Estado, sino
un lugar en el que ser libres”, repiten los comandantes del
EZLN durante sus marchas a través del país. Este patrio-
tismo de combate es la herencia política de dos siglos de
luchas, desde la independencia de 1810. Es la herencia
epónima, para empezar, del jefe agrario Emiliano Zapa-
ta, general del Ejército Libertador del Sur que, antes de
ser aplastado en 1919, le opuso a la tradición latifundis-
ta su Plan de Ayala para la redistribución de las tierras y
la democracia local, que fue puesto en práctica durante
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algunos años durante la “primera república social de los
tiempos modernos” (3), según las palabras del revolucio-
nario belga-ruso Victor Serge.
Más allá, está la sobrepolitización de un país dotado
de una red asociativa y militante de una rara densidad,
donde el combate por el estatuto comunal de la tierra (el
ejido) dura desde hace más de un siglo. Porque se entre-
mezclan, en México, al mismo tiempo corporativismos
oficiales (sobre todo el del partido-Estado, el PRI), que
manipulan movilización permanente y retórica de la jus-
ticia social, y muchos levantamientos auténticos cuya
sangrienta represión está anclada en la memoria colecti-
va: resistencias urbanas de finales del siglo XIX, como el
Movimiento Urbano Popular o las Asambleas de Barrio de
los años 1970-1980, estudiantes maoístas instalados en el
campo o autogestiones municipales más o menos en rup-
tura. Además de que este “cocktail” zapatista es en princi-
pio una combinación de la igualdad y la diferencia, de una
herencia comunista de base y de una promoción incansa-
ble de la diversidad étnica, cultural, sexual –dos ejes toda-
vía ampliamente divergentes dentro de los movimientos
de izquierda de Europa y de América del Norte, donde el
“movimientismo” más o menos identitario de las mino-
rías y el viejo unitarismo social, más o menos universalista,
siguen desconfiando el uno del otro–.
Pero la unidad zapatista se apoya tanto en este mixto
heteróclito como en la tonalidad del conjunto, el estilo de
lucha, el modo de vida que lo envuelven. Sus rasgos carac-
terísticos, resumidos en el concepto cardinal de dignidad,
surgen tanto de las explicaciones que formulan los indí-
genas como de los textos más imprevisibles, de registros
variados (panfletos, discursos, cuentos de hadas, cancio-
nes, poesía). Estos hicieron famoso al ex subcomandan-
te Marcos: modestia, solemnidad, orgullo de resistencia,
determinación marcial, dulzura gestual, paciente y plácida
relación con el tiempo, utopía y fragilidad asumidas, liris-
mo cósmico surgido de las herencias indígenas y siempre
el humor y la capacidad de reírse de sí mismo –que en el
pasado incitaban a Marcos a llamar a su burro “Internet”,
para mandarle en 1995 sus mensajes al gobierno por este
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medio ancestral, o al EZLN a llamar “fuerza aérea del ejér-
cito zapatista” a las decenas de avioncitos de papel carga-
dos con mensajes disuasivos que lanzaban sobre las barri-
cadas militares–. En definitiva, es tanto Karl Marx como los
hermanos del mismo apellido; menos Che Guevara que el
antropólogo comprometido Pierre Clastres; menos Lenin
que Iván Illich; menos el dogma que el pragmatismo de
combate, y menos la dictadura del proletariado que la tra-
dición local del “realismo mágico” (esa mezcla de realismo
social y de estética mágica promovida por el escritor cuba-
no Alejo Carpentier) puesta al servicio de la autonomía
política. Marcos, antes de volverse Galeano, repetía que los
mejores textos occidentales de teoría política eran para él
Don Quijote, Macbeth y las novelas de Lewis Carroll.
Recomenzar
Fue al término de ese itinerario, y al comienzo de una
nueva fase, que llegó la decisión tomada a fines de 2016
por el CNI, en acuerdo con las comunidades, de formar un
Consejo Indígena de Gobierno. Su representante (va a ser
una mujer), que debe ser nombrada en 2017, será también
candidata a la elección presidencial de 2018. Mal entendi-
da, y todavía a la espera de la aprobación del Comité Elec-
toral Federal, la decisión del CNI asombró a unos y molestó
a otros –desde los partidarios de una secesión integral, que
vieron en eso un compromiso con el juego electoral, hasta
la izquierda nacional posicionada en vistas de las eleccio-
nes, sobre todo el Movimiento de Regeneración Nacional
(Morena) de López Obrador, exasperada por los primeros
sondeos, que le dieron un 20% de intención de voto a la
candidata desconocida–. Como otro golpe del zapatismo a
la izquierda de gobierno del primer país hispanoparlante
del mundo, que ya desestabilizó en repetidas oportunida-
des a lo largo del último cuarto de siglo.
Sin embargo, el sentido de esta decisión es bien distin-
to: “No es para el poder”, repite el CNI, sino para afirmar la
fuerza de las cincuenta y seis etnias autóctonas de Méxi-
co (dieciséis millones de habitantes, es decir, el 14% de la
población) y, más ampliamente, de “todas las minorías”. La
iniciativa apunta a dar a conocer su opresión y sus resis-
tencias, a alentar en todas partes las formas de organiza-
ción autónoma. Quiere difundir el virus de la oposición al
capitalismo e ir al territorio del adversario para revelarles a
todos los “indígenas” del mundo su estado de descompo-
sición terminal así como también la posibilidad ya demos-
trada de accionar sin él.
El contexto es la clave, en un país en el que el tráfico
de drogas (50.000 millones de dólares) tuvo un saldo en
estos último años de 200.000 muertos y 500.000 desplaza-
dos, en el que partidos y organizaciones son ampliamente
corruptos. El desprecio expresado por el nuevo presiden-
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te de Estados Unidos, Donald Trump, debería sobre todo,
como lo espera el filósofo mexicano Enrique Dussel, inci-
tar a “recomenzar de nuevo, con un proyecto de autono-
mía y una descolonización de los espíritus que rompan
con el eurocentrismo de nuestras élites” (7). La decisión
de formar un Consejo Indígena de Gobierno y presentar
una candidata está justificada, en el comunicado del 29 de
octubre de 2016 (8), por una larga lista de luchas indígenas
en todo el país (contra el Estado, las multinacionales o los
carteles de la droga), luchas con las cuales el CNI se decla-
ra solidario, llamando a una coordinación de los combates
para romper el aislamiento. Lo esencial es eso, la relación
voluntaria con el afuera, con las resistencias no zapatistas,
con las cuales el diálogo es continuo, pero la cooperación
intermitente desde 1994.
A los occidentales que fueron a visitarlos, a los miembros
de la IV Internacional, a los movimientos de todos los rin-
cones del mundo cuya construcción de autonomía se acer-
ca a la experiencia zapatista (los kurdos de la “29º revuel-
ta”, los sudafricanos de Abahlali baseMjondolo (AbM) en
los townships del Cabo o a la internacional campesina Vía
Campesina), los zapatistas les hacen esta pregunta: “¿Y tú
qué?”. Pregunta que por lo tanto les hacen, esta vez, a las
resistencias indígenas locales que se levantan en todos
los estados de México, de Michoacán a Sonora, contra los
conglomerados mineros, las expropiaciones turísticas, los
saqueos de los narcos o los secuestros de estudiantes. Pero
también, siempre, a los movimientos sociales nacionales
que acompañan, como las huelgas de maestros del verano
de 2016 o las manifestaciones contra el alza del precio de la
nafta (“gasolinazo”) a principios de 2017.
Si esta candidatura tiene como fin volver a poner en
escena al zapatismo y extender la red de solidaridades acti-
vas, es también porque sigue habiendo muchos obstácu-
los, muchos enemigos emboscados –aunque más no sea el
ejército federal, que todavía tiene varias decenas de pues-
tos alrededor de las cinco zonas–. Los paramilitares siguen
sembrando el terror, como sucedió al menos puntualmen-
te con los enfrentamientos violentos en La Realidad en
mayo de 2014 y después en La Garrucha en el verano de
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2015. Los proyectos de multinacionales son más numero-
sos que nunca en Chiapas: el Estado más pobre de México,
pero su principal proveedor de petróleo, de café o de ener-
gía hidroeléctrica, ya cedió cerca del 20% de su superficie
en concesiones mineras o en proyectos turísticos. Y en las
zonas zapatistas, donde se codean “bases de apoyo” y no
zapatistas, las subvenciones del Estado, las coimas de los
partidos, los “caciques” (grandes hacendados mestizos)
que embolsan fortunas de los grupos mineros a los que les
ceden sus tierras representan otras tantas amenazas coti-
dianas, directas o psicológicas, para comunidades con un
equilibrio político y económico precario –que se esfuerzan
en no responder a las provocaciones para no justificar una
operación militar–.
Ante la barrera del caracol de Morelia, hay un grupo
de partidistas sentados en ronda, bebiendo ruidosamen-
te desde la mañana cerveza y tequila para burlarse de
los zapatistas que llegaron para las asambleas y hacerles
lamentar su “ley seca”. Contra el orgullo de haber cons-
truido la autonomía política, de haber hecho renacer una
cultura e inventado un discurso de combate, de haberle
demostrado al mundo que no eran las marionetas del ven-
trílocuo Marcos, sigue habiendo en el día a día burlas y
humillaciones, tensiones y amenazas, que siguen pesando
sobre el “frágil ejército” (9). Pero, hasta ahora, resiste. u
1. En relación con el problema de las fuentes, cf. Bernard Duterme, “Zapatisme: la
rébellion qui dure”, Alternatives Sud, Vol. 21, Nº 2, Centre Tricontinental - Syllepse,
Louvain-la-Neuve - París, febrero de 2014.
2. Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina [1971], múltiples ediciones.
3. Citado en Guillaume Goutte, Tout pour tous! L’expérience zapatiste, une alternative
concrète au capitalisme, Libertalia, París, 2014.
4. La expresión es del sociólogo mexicano Pablo González Casanova (La Jornada,
México, 5-3-1997).
5. Yvon Le Bot, Le Rêve zapatiste, Seuil, París, 1997.
6. Hélène Combes, Faire parti. Trajectoires de gauche au Mexique, Karthala, col.
“Recherches internationales”, París, 2011.
7. La Jornada, 16-1-2017.
8. “Que la tierra tiemble hasta en sus entrañas”, Enlace Zapatista, 29-10-2016, http://
enlacezapatista.ezln.org.mx
9. Título de una película filmada ahí mismo por Jacques Kebadian y Joani
Hocquenghem, 2002.
F.C.
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A la sombra de las izquierdas que gobiernan en
América Latina
Un movimiento vulnerable
En 2003, unas cuarenta municipalidades zapatistas fue-
ron repartidas en cinco “caracoles” (regiones autóno-
mas): Oventic, Morelia, La Garrucha, Roberto Barrios y
La Realidad. Para administrarlas se constituyeron otras
tantas Juntas de Buen Gobierno. Por turnos, delegados
–hombres y mujeres– de las comunidades asumen sus
responsabilidades durante una o dos semanas: funcio-
nan en forma colectiva, horizontal y rotativa. Según el
subcomandante Marcos, aún vocero del movimiento y
jefe militar del Ejército Zapatista de Liberación Nacio-
nal (EZLN), es el mejor medio de evitar las trampas del
poder, como la corrupción o el alejamiento respecto de
las preocupaciones cotidianas. ¿Con éxito?
Si bien esas municipalidades autónomas no se trans-
formaron en paraísos terrenales, los índices de ausentis-
mo escolar, desnutrición y mortalidad infantil –antes de
1994 eran los más elevados del país– disminuyeron. La
estricta aplicación de la “ley seca” que desde 1993 fuera
reivindicada por la componente femenina del movi-
miento hizo descender el alcoholismo –hasta entonces
endémico– y la violencia conyugal y el maltrato hacia las
mujeres que se le asocian.
En materia de justicia, el recurso a los usos comunita-
rios –aunque emancipados del tradicional caciquismo–
no deja de ser riesgoso e instala situaciones complejas
de “pluralismo jurídico”. No obstante, la antropóloga
Mariana Mora explica, al igual que otras personas, que
en el caracol de Morelia tanto mestizos como indígenas
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zapatistas y no zapatistas hoy prefieren resolver sus pro-
blemas de tierra, robo y divorcio “acudiendo a las instan-
cias autónomas más que a las oficiales”. Están convenci-
dos de que las primeras son más “justas” y “eficaces”.
Por supuesto, el aspecto económico es el más proble-
mático. En las comunidades autónomas el clientelismo y
el asistencialismo estatal, eliminados desde 2003, fueron
remplazados por otra dependencia, con la solidaridad no
gubernamental, interna e internacional. Por cierto, ésta es
más respetuosa de las dinámicas y prioridades zapatistas,
sin embargo no logra romper con el esquema aleatorio u
obligatorio de la ayuda. Además, el conjunto de las regio-
nes indígenas rurales de Chiapas sigue pagando el costo de
una inserción cuanto menos desfavorable en el seno de la
economía nacional y mundial. Lo atestigua la emigración,
que también afecta mucho a las comunidades rebeldes.
Zapatista o no, el indígena chiapaneco sabe que en Can-
cún (México), en Estados Unidos o en otra parte, tanto en la
construcción como en cualquier otro sector, podrá ganar-
se la vida mejor que empecinándose en su pobre terreni-
to para producir un maíz que perdió su rentabilidad desde
que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN o NAFTA, por su sigla en inglés), de 1994, abrió la
vía a los excedentes de la agroindustria estadounidense.
Es verdad que Chiapas, rica en recursos naturales, es
tierra de inversiones, pero en sus formas actuales, sean
agrícolas, petroleras, gasíferas, forestales o mineras,
benefician en primer lugar a los capitales estadouniden-
ses, colombianos, españoles y otros. La organización del
mercado turístico local, por ser la más visible, constituye
la faceta más escandalosa de ese pillaje. El “pintoresquis-
mo de los indios” de Chiapas, el “misterio” de sus ruinas
precolombinas, su “lujuriosa naturaleza preservada”
hicieron de la región el lugar con el que sueñan los turis-
tas en busca de un cambio cultural soft, decorado huma-
no exótico y relación cautivante con el mundo… Sin
embargo, los primeros que se benefician con la afluencia
turística siguen siendo algunos operadores trasnaciona-
les y sus “fórmulas de ecoturismo todo incluido”, y no los
mayas, que en un 70% sufren de desnutrición…
21
Así, la módica suma adicional que los rebeldes zapatis-
tas hacen pagar “de manera totalmente ilegal” al ingresar
a las Cascadas de Agua Azul a los agentes de viaje que
vuelcan allí su cuota diaria de visitantes maravillados,
parece más la expresión simbólica e inofensiva de una
legítima voluntad de reapropiación que el trampolín a
una improbable inversión de tendencia.
Según los comandantes rebeldes, las principales amena-
zas que pesan sobre su proyecto autonomista y sobre “sus
resultados sanitarios y económicos alentadores” residen
en la estrategia contra-insurreccional que privilegian las
autoridades mexicanas en los últimos años. Una estrategia
con múltiples variantes que, por no haber aceptado pagar
el precio político de una erradicación militar del EZLN o,
al contrario, de negociaciones llevadas a buen término,
desde 1994 apuesta al cansancio de las poblaciones insur-
gentes, sometiendo activamente a las comunidades autó-
nomas a un acoso físico y psicológico.
División militar de las zonas rebeldes –ciento dieciocho
bases o puestos del ejército federal, de los cuales cincuen-
ta y siete instalados en tierras comunitarias–, amenazas y
desplazamientos forzados, “padrinazgo” de grupos para-
militares, cortes de electricidad y sabotajes varios, exa-
cerbación de las divisiones y los conflictos entre organi-
zaciones campesinas indígenas, particularmente median-
te el otorgamiento de títulos de propiedad sobre tierras
ocupadas por los zapatistas… Todo contribuye a pudrir la
situación. No pasa una semana sin que surja el eco de una
escaramuza más o menos violenta en tal o cual lugar de un
tejido social desgarrado desde hace mucho tiempo.
En las Organizaciones No Gubernamentales (ONG)
locales cercanas a comunidades rebeldes siguen siendo
optimistas. Se reconoce que los zapatistas “son menos
numerosos que hace diez años”, incluso cuando “el pro-
pio EZLN es incapaz de cuantificar con precisión sus
bases de apoyo, ya que algunos abandonan el movimien-
to y otros se le unen”. Pero sigue intacta la convicción de
que se trata de “un movimiento antisistémico”, “irreversi-
ble”, “más determinado que nunca” e “inscrito en el largo
plazo”. “Los colectivos de producción agroecológica otor-
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gan vida a la autonomía, en estrecha relación con los sis-
temas de educación y de salud”.
Sin embargo, su relativo aislamiento político en el
resto de México aumenta la vulnerabilidad de los rebel-
des. El propio Marcos lo reconoce: “El zapatismo pasó de
moda”. Y en el seno de las izquierdas mexicanas existen
muchas voces que le atribuyen la responsabilidad al sub-
comandante en persona. Más allá de la inevitable recaí-
da de todo fenómeno mediático y del insoslayable agota-
miento de una movilización social, se cuestiona la estra-
tegia nacional e internacional del dirigente del EZLN y,
más aún, su discurso paradójico, que a menudo divide
más de lo que la humildad que exhibe dejaba traslucir.
Si bien las razones del progresivo alejamiento del
zapatismo de las organizaciones, los intelectuales y los
movimientos son múltiples, la elección presidencial de
2006 cristalizó la fractura. De la “Otra Campaña” que lan-
zara Marcos al margen de la campaña electoral oficial
para movilizar y articular las luchas de “los de abajo y a la
izquierda”, lo que se filtró en la opinión pública fue sobre
todo su “antipoliticismo”, en especial los repetidos ata-
ques contra el candidato favorito de la izquierda, Andrés
Manuel López Obrador. No sin algo de razón: tanto en
Chiapas como en el Congreso su formación política, el
Partido de la Revolución Democrática (PRD), a menu-
do “traicionó” la causa zapatista: esporádicos conflictos
sangrientos en Chiapas entre indígenas zapatistas e indí-
genas que reivindicaban al PRD; voto del PRD en 2001 en
favor de la “ley indígena” que equivale a la inadmisibili-
dad de los acuerdos de San Andrés; oportunismo político
y corrupción comprobados en el seno del partido; ambi-
güedades del programa económico de López Obrador…
Las diatribas del subcomandante irritaron también a
las izquierdas mexicanas que, en su mayoría y en toda
su diversidad –de los radicales a los centristas– cerraron
filas detrás del candidato del PRD. Más aún después de
las elecciones, cuando se trataba de oponerse a los frau-
des que le costaron el triunfo y devolvieron a la cabeza
de México a un Presidente de la derecha conservadora y
neoliberal, Felipe Calderón.
23
Además de su “soberbia” y de su “zigzagueo político”, a
Marcos se le reprocha haber “autoexcluido” al zapatismo
de la escena mexicana e internacional, desdeñando otras
dinámicas revolucionarias de América del Sur, cometien-
do tal o cual pecado de orgullo, balizando como nunca
la ruta a seguir, al mismo tiempo que repetía no querer
guiar el proceso… Lúcido, el subcomandante reconoce
algunos errores de apreciación. Pero aunque lamenta en
especial la ultrapersonalización del EZLN en momentos
de su fuerte mediatización, le resulta fácil asombrarse de
su propio descrédito ante aquellos que, apenas ayer, lo
ensalzaban como genial portavoz de una rebelión que
sin él no hubiera retenido la atención del mundo por
más de 48 horas.
B.D.
25
La “otra campaña” de los zapatistas
por Fernando Matamoros Ponce*
El viento de abajo
El voto “útil” por la derecha en 2000, que provocó la derro-
ta electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI),
llevó a la presidencia a Vicente Fox (PAN, Partido de Acción
Nacional). Su promesa de presentar al Congreso una propo-
Búsqueda de oxígeno
Sin embargo, desde la aparición pública de los zapatistas, el
1 de enero de 1994, los tiempos cambiaron. Luego de haber
influido en la mentalidad de la “sociedad civil mundiali-
zada”, de haber acumulado un gran capital moral y jugado
un importante papel en la transición mexicana, el EZLN no
29
pudo convertirse en una fuerza nacional. En la IV Declara-
ción de la Selva Lacandona, el 1 de enero de 1996, Marcos
lanzó efectivamente la idea de un Frente Zapatista de Libe-
ración Nacional (FZLN), organización hermana pero dife-
rente que, fundada veinte meses más tarde en Ciudad de
México, intentó ser el brazo político de la guerrilla. El inten-
to fracasó. Poco a poco, Marcos se vio eclipsado por Andrés
Manuel López Obrador (AMLO), alcalde y ex-alcalde PRD
de la capital mexicana, favorito en las próximas elecciones
presidenciales. Esos comicios podrían dar al país el primer
gobierno de centroizquierda de su historia.
Es en ese contexto que, conscientes del debilitamiento de
su movimiento, los zapatistas reaparecieron repentinamen-
te con la VI Declaración de la Selva Lacandona, en junio de
2005: “Un nuevo paso adelante en la lucha indígena sólo
es posible si el indígena se junta con obreros, campesinos,
estudiantes, maestros, empleados... o sea, los trabajadores
de la ciudad y del campo” (8). Esta declaración, búsqueda
de oxígeno ante el “suicidio” del aislamiento, es una inter-
pelación, una proposición teórica a la vez que práctica para
organizar la acción política, que pretende ser un incendio
atizado por el “viento de abajo”.
Al proponer una alianza con las organizaciones popula-
res y una concertación para la elaboración de un “programa
nacional de lucha anticapitalista y de izquierda” como con-
trapeso a los partidos tradicionales, el EZLN pretende ins-
cribirse en la nueva etapa de las resistencias mundiales, de
las que, a su entender, son ejemplo las manifestaciones de
Seattle, Roma, París, Hong-Kong, La Habana, Caracas, Bra-
silia y La Paz.
F.M.P.
32
La estrategia de los Caracoles
Identidad y universalidad
El zapatismo no se reduce, sin embargo, a sus interaccio-
nes con el gobierno federal y a los avatares de un proceso de
negociación estancado. En diez años de vida pública consi-
guió marcar profundamente los espíritus mucho más allá de
México. Gracias a sus actos y sus escritos, pero también a su
evolución, sus diálogos con el exterior, su reacomodamien-
to a las circunstancias, la originalidad del movimiento logró
consenso. Los guerrilleros gozan de una repercusión inver-
samente proporcional a sus acciones armadas. Contestata-
rios, asumen sus filiaciones históricas -indígena, marxista-
guevarista, cristiana...- sin reducirse a ellas. Haciendo de
necesidad virtud, este movimiento armado latinoamericano
no pretende tomar el poder y aspira a desaparecer lo más
rápido posible, porque se considera como algo “absurdo”. El
fenómeno es como para desconcertar.
Una insurrección indígena que lucha a golpes de comu-
nicados de prensa, de declaraciones solemnes, de accio-
nes simbólicas y de happenings pacíficos. Un portavoz, el
“subcomandante” Marcos, erudito e irónico, cuyas pala-
bras se cuelan en la red y desestabilizan a sus interlocuto-
res. Un ejército de indios mayas, “primer movimiento sim-
bólico contra la globalización” (3), que reivindica derechos
legítimos, alienta a democratizar México y a combatir el
neoliberalismo. Un levantamiento pos Guerra Fría, con la
35
suficiente identidad como para no disolverse y suficiente-
mente universal como para no replegarse. Un movimiento
social regional que multiplica sus anclajes -indio, mexicano
y humanista- sin oponerlos, que atempera su cosmopolitis-
mo mediante el arraigo y su apego al territorio mediante el
autosarcasmo. Revolucionarios demócratas y con identidad
que conminan a la “sociedad civil” a tomar la posta. Una
revuelta que habla de “indefinición” cuando se la incita a
definirse, que ostenta sus dudas a manera de verdades. Un
grupúsculo pionero del altermundialismo que, desde 1996,
invita al mundo entero al “primer gran encuentro interga-
láctico por la humanidad y contra el neoliberalismo”. Icono-
clastas, los rebeldes son también detonantes.
La última iniciativa zapatista vigente es la creación, en
agosto pasado, de cinco Caracoles (4) en las regiones re-
beldes de Chiapas, en el lugar y ubicación de las antiguas
Aguascalientes (La Garrucha, Morelia, Oventic, La Realidad
y Roberto Barrios). Son espacios de resistencia y de diálogo
que desde 1994 han servido de marco a múltiples encuen-
tros con la “sociedad civil”. En un nuevo paso de afirmación
de la autonomía zapatista, la instauración de los Caracoles
está dirigida a “aplicar los acuerdos de San Andrés en los
territorios rebeldes” por la vía de los hechos. Las treinta co-
munas autoproclamadas “autónomas zapatistas” desde di-
ciembre de 1994 tienen allí su gobierno regional -los cinco
“consejos de buen gobierno”- encargado de la educación, la
salud, la justicia y el desarrollo.
B.D.
39
Marcos marcha hacia Ciudad de
México
por Ignacio Ramonet*
Tomar la iniciativa
Al cabo de nueve meses de silencio, el anuncio de esta mar-
cha a través de un comunicado de Marcos del 2-12-00, al día
siguiente de la asunción del nuevo Presidente mexicano,
tuvo el efecto de una bomba. La audaz iniciativa tomó de
sorpresa a toda la clase política en un momento muy parti-
cular. Porque el 2-7-00 el Partido Revolucionario Institucio-
nal (PRI), en el poder durante más de 70 años, había perdi-
do las elecciones presidenciales ante Vicente Fox, candidato
del conservador Partido de Acción Nacional (PAN). Y con-
trariamente a las fuertes sospechas de fraude y de corrup-
ción que habían planeado sobre la elección de los dos últi-
42
mos presidentes -Carlos Salinas (1988-1994) y Ernesto Zedi-
llo (1994-2000)- la de Vicente Fox fue unánimemente reco-
nocida como el fiel reflejo de las urnas. Fox, que asumió su
cargo el 1-12-00, es, por primera vez en mucho tiempo, un
Presidente cuya legitimidad parece indiscutible.
En una carta abierta dirigida al nuevo Presidente, Mar-
cos señala: “Señor Fox: A diferencia de su antecesor Zedi-
llo (quien llegó al poder por la vía del magnicidio y con el
apoyo de ese monstruo corrupto que es el sistema de par-
tido de Estado), usted llega al Ejecutivo federal gracias al
repudio que el PRI cultivó con esmero entre la población.
Usted lo sabe bien, señor Fox: usted ganó la elección, pero
no derrotó al PRI. Fueron los ciudadanos. Y no sólo los
que votaron en contra del partido de Estado, también los
de generaciones anteriores y actuales que, en una u otra
forma, resistieron y combatieron la cultura de autoritaris-
mo, impunidad y crimen que construyeron los gobiernos
priístas a lo largo de 71 años” (1).
Durante la campaña electoral, Fox había prometido
solucionar “en un cuarto de hora” pacífica y políticamen-
te el problema zapatista. La marcha del subcomandante
Marcos lo sorprende en pleno “periodo de gracia” y lo obli-
ga a abrir en caliente el espinoso expediente de la cuestión
indígena. “La idea de la marcha es un golpe genial”, nos
dice el escritor Carlos Monsivais, que acaba de entrevis-
tarse largamente con Marcos. “El gobierno está obligado a
acomodarse a un calendario de negociaciones establecido
ahora por Marcos, quien retoma así la iniciativa. Y Fox se
ve forzado a aceptarlo, no sólo porque existe una presión
nacional e internacional que lo impulsa en ese sentido,
sino porque no ignora que Marcos, al venir a Ciudad de
México a discutir con las nuevas autoridades, reconoce su
legitimidad, mientras que no reconocía la legitimidad de
Salinas ni de Zedillo, considerados por los zapatistas y por
una gran parte de los mexicanos como fraudulentos, tram-
posos, usurpadores” (2).
“Después de todo -agrega el antropólogo André Aubry,
responsable de los archivos diocesanos en San Cristóbal
de las Casas, y cercano al ex obispo monseñor Samuel
Ruíz- lo que pide Marcos no es nada del otro mundo. Al
43
organizar esta marcha conmina al nuevo presidente Fox
a decir qué nación mexicana piensa construir. Marcos
reclama simplemente que los indígenas formen parte de
esa nación”.
Una vez pasado el efecto sorpresa, el presidente Fox,
buen jugador, reaccionó favorablemente al proyecto de la
marcha zapatista. Luego de calmar algunas mentes exal-
tadas en el seno de su propio bando -como el gobernador
del Estado de Querétaro- que habían tratado a los coman-
dantes zapatistas de “traidores” y los habían amenaza-
do de muerte, terminó por admitir que la marcha repre-
sentaba “una esperanza para México”. ¿Podía acaso ser
menos que el presidente colombiano, Andrés Pastrana,
que el 8-2-01 viajó a la zona controlada por la principal
guerrilla de su país para entrevistarse personalmente con
el mítico jefe de la rebelión, Manuel Marulanda, “Tirofi-
jo”? Para tranquilizar eventuales inversionistas inquietos,
Fox declaró el 26 de enero pasado en Davos: “Nadie debe
temer por la marcha del EZLN hacia Ciudad de México.
No debemos tener miedo de incluir a todos los mexica-
nos en un proyecto destinado a permitir el desarrollo de
todos. La marcha será pacífica y deberíamos lograr un
acuerdo de paz en Chiapas” (3).
De allí en más, Fox hasta se transformó en un verdade-
ro propagandista de la marcha: “Mi gobierno está a favor
de la marcha. Tenemos que creer en el EZLN y le vamos
a dar la oportunidad de demostrar si realmente quiere la
paz. Está en juego nuestra naciente democracia y hay que
demostrar que tiene la elasticidad suficiente para absorber
en su seno todas las distintas formas de pensar en este país,
así sean las posiciones más radicales” (4). Por último, reto-
mando los argumentos zapatistas, Fox no dudó en recor-
dar el escandaloso destino de los indígenas: “¡Ya basta de
esta infamia de cinco siglos! ¡Ya basta de un México sin sus
indígenas y sin integrar a sus pobres y marginados! Los
indígenas de México han sido sometidos a humillaciones
racistas, a políticas públicas y privadas que implicaron su
exclusión del desarrollo y la educación, impidiéndoles
cualquier posibilidad de manifestarse como ciudadanos
libres y con plenos derechos” (5).
44
El entusiasmo de Fox a favor de la marcha terminó por
irritar a Marcos: “El Presidente -nos dice el subcomandan-
te- ahora trata de apropiarse de la marcha zapatista y hasta
es capaz de presentarla como una marcha foxista. Esa estra-
tegia apunta a presionar al EZLN, tratando de convencer a
todo el mundo de que la paz ya se alcanzó, por así decirlo,
y que si no llegara a firmarse sería únicamente por culpa de
los zapatistas. Es una especie de extorsión. Él busca la rendi-
ción incondicional del EZLN. Pero sabe perfectamente que
aun antes de iniciar las negociaciones propiamente dichas,
reclamamos tres modestos signos de buena voluntad de su
parte: liberación de todos los prisioneros zapatistas, retira-
da del ejército de siete posiciones militares y ratificación de
los Acuerdos de San Andrés sobre los derechos de los indí-
genas, firmados por el gobierno en 1996, que siguen siendo
letra muerta”.
Al iniciarse la marcha, el 24 de febrero, sobre un cente-
nar de detenidos zapatistas las autoridades sólo habían
liberado a 60, las fuerzas armadas se habían retirado sólo
de cuatro de las siete posiciones reclamadas por Marcos y
los Acuerdos de San Andrés no habían sido ratificados. “Si
Fox no puede cumplir las tres condiciones que plantean los
zapatistas -explica André Aubry- quiere decir que no tiene
realmente el poder, que no es él quien manda, que no es el
jefe y que el ejército está por encima de él. Después de todo,
desde 1920 la tradición mexicana consiste en arreglar los
problemas políticos de manera militar. Es lo que Salinas y
Zedillo trataron de hacer con los zapatistas en su momento.
Pero fracasaron. Si Fox quiere llegar a una solución y si ver-
daderamente desea la paz, como no se cansa de proclamar,
debe demostrar que es realmente el Presidente, que manda
al ejército y que, en signo de buena voluntad, acepta las tres
condiciones de los zapatistas. Estos por su parte demuestran
claramente su voluntad de paz al salir del monte y dirigirse
desarmados a Ciudad de México. Marcos dijo que el Pre-
sidente tenía hasta el 11 de marzo y hasta el fin de la mar-
cha para aceptar las tres condiciones. Lo que está en juego
merece que el Presidente haga un esfuerzo, pues se trata de
la condición de los indígenas. Y la deuda que México tiene
con ellos es inmensa”.
45
500 años de infamia
En efecto, durante los últimos 500 años los pueblos indíge-
nas fueron parcialmente exterminados, expulsados, explo-
tados, humillados, y tuvieron una existencia abominable.
Son precisamente los sufrimientos de esos indígenas de
Chiapas, sometidos a la opresión brutal de los conquista-
dores, los que evocaba el célebre dominicano Bartolomé de
Las Casas, obispo de San Cristóbal, en su Brevísima relación
de la destrucción de Indias (1522). Su abrumador testimonio
permite imaginar lo que fue para los indígenas la pesadilla
de la conquista.
Luego de la independencia de México en 1810, y aun
después de la Revolución de 1911 -que sin embargo se hizo
al grito de “¡Tierra y libertad!”- la suerte de los indígenas
no mejoró. La relegación, la explotación y el desprecio pro-
siguieron, al igual que su lento exterminio, llevado a cabo
desde entonces por los grandes propietarios rurales, pro-
ductores de café o de cacao, con la ayuda de bandas de ase-
sinos a sueldo y de milicias paramilitares. La Constitución
sigue sin reconocer la existencia de los pueblos indígenas,
que constituyen el 10% de la población. Con el pretexto
de que la mayoría es mestiza, México exalta oficialmente
la figura del mestizo pero ignora, y hasta desprecia, a sus
indígenas.
“De todos los habitantes de México -explica el subco-
mandante Marcos- los indígenas son los más olvidados.
Se los considera como ciudadanos de segunda clase, un
estorbo para el país. Pero nosotros no somos las sobras.
Formamos parte de esos pueblos que tienen una historia
y una sabiduría milenarias. Pueblos que, aunque pisotea-
dos y olvidados, aún no han muerto. Y aspiramos a conver-
tirnos en ciudadanos como los demás; queremos formar
parte de México sin perder nuestras particularidades, sin
vernos obligados a renunciar a nuestra cultura; en fin, sin
dejar de ser indígenas. México tiene una deuda con noso-
tros. Una deuda que ya tiene dos siglos, que sólo podrá sal-
dar reconociendo nuestros derechos”.
Los indígenas siguen siendo víctimas de un etnocidio
silencioso. Olvidados de todos, “invisibles”, están condena-
dos a ver apagarse inexorablemente sus lenguas y sus valo-
46
res más que milenarios. Es contra semejante fatalidad que
se revelaron el EZLN y el subcomandante Marcos.
Arraigados en las verdes montañas de Chiapas y en los
bosques húmedos del extremo sur de México, cerca de la
frontera con Guatemala, los zapatistas denuncian desde
hace siete años la dramática condición de las comunida-
des indígenas. “Ser indio en México no es simplemente
tener cierta apariencia física”, nos explica el escritor y
ensayista Carlos Montemayor, autor de un libro indis-
pensable para entender los orígenes de la revuelta zapa-
tista (6); “es hablar una lengua indígena, ocupar un terri-
torio ancestral, practicar las costumbres tradicionales y
adherir a los valores milenarios de la comunidad en el
seno de la cual se vive. En Chiapas, un tercio de la pobla-
ción es indígena, es decir, más de un millón de personas.
Exceptuando a los zoques, emparentados con los popo-
lucas y con los mixes, la mayoría de los grupos que viven
en Chiapas pertenecen a la familia maya de México: tzo-
tziles, tzeltales, choles, tojolabales, lacandones, mames,
mochos, kakchikeles, con un total de doce grupos lin-
güísticos. Pero las importantes migraciones recientes
modificaron profundamente la composición social,
ideológica y política de las diferentes subregiones de lo
que se da en llamar la selva lacandona, principal base
social del EZLN. Se puede estimar que al menos 200.000
indígenas de etnias diferentes sostienen de una manera
o de otra al EZLN en Chiapas”.
Estado muy rico, Chiapas posee los más importantes
yacimientos de petróleo y las mayores reservas de gas y
suministra al resto del país el 40% de la energía hidroeléc-
trica, lo que por otra parte permitió a México brindarle a
Estados Unidos la electricidad que le faltó de modo espec-
tacular en California en diciembre pasado... “A pesar de la
enorme riqueza de Chiapas -comprueba el sociólogo Her-
man Bellinghausen, uno de los mejores conocedores de
la insurrección zapatista- un tercio de sus niños sigue sin
escolarización y apenas un alumno de cada cien llega a la
universidad. El analfabetismo supera el 50% entre los indí-
genas, cuya tasa de mortalidad es superior en un 40% a la
de los habitantes de la capital...”
47
Pueblos indígenas y globalización
El subcomandante Marcos y el EZLN se rebelaron el 1-1-
1994 para protestar contra la suerte de los indígenas y lla-
mar dramáticamente la atención internacional sobre el des-
tino de esas comunidades humanas, que se cuentan entre
las más desfavorecidas del mundo. Luego de combates que
dejaron como saldo decenas de muertos, los zapatistas
ocuparon ese día cuatro importantes ciudades de Chiapas,
entre ellas San Cristóbal de las Casas, con 50.000 habitantes.
“Pero al mismo tiempo, y ésa es la gran originalidad de
ese movimiento -comenta Bellinghausen- Marcos com-
prende que ya está superado el tiempo de las guerrillas tra-
dicionales como las que hubo en América Latina a lo largo
de toda la segunda mitad del siglo XX. Que el fin de la guerra
fría, la caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de
la Unión Soviética en 1991 y la ofensiva de la globalización
modificaron radicalmente la realidad geopolítica y cambia-
ron completamente las estructuras del poder. Que ya no son
únicamente las fuerzas políticas las que dirigen el destino
de los Estados, sino también otras, en primer lugar los mer-
cados financieros y las lógicas librecambistas, una de cuyas
expresiones es el Acuerdo de Libre Comercio de América
del Norte”.
Es por eso que los zapatistas eligieron la fecha del 1-1-
1994, día de entrada en vigor del TLC entre México, Estados
Unidos y Canadá, para hacer irrupción en la vida políti-
ca mexicana. Al tiempo que levanta la bandera de la causa
indígena, ese mismo día Marcos firma de alguna manera la
primera revuelta simbólica contra la mundialización. Habrá
que esperar a la movilización internacional contra el Acuer-
do Multilateral sobre las Inversiones (AMI) en 1998; luego a
las manifestaciones de Seattle contra la cumbre de la OMC
en 1999 y a las de Davos contra los “dueños del mundo” en
2000, para ver multiplicarse las nuevas rebeliones contra la
globalización. Marcos es el primero en haber intentado teo-
rizar la articulación entre la lógica de la mundialización y la
marginalización de los pobres del Sur.
“A partir de la caída del muro de Berlín -analiza Marcos-
apareció y se desarrolló un nuevo superpoder, estimulado
por las políticas neoliberales. El gran triunfador de la guerra
48
fría -que se puede calificar de Tercera guerra mundial- fue
Estados Unidos, pero por encima de esa potencia hegemó-
nica inmediatamente comienza a aparecer lo que podría-
mos llamar un superpoder financiero, que empieza a dar
directivas a todo el mundo. Eso produce lo que, a grandes
rasgos, llamamos la globalización. El ideal de la globali-
zación es un mundo transformado en una gran empresa y
manejado por un consejo de administración constituido por
el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la OMC y el presidente
de Estados Unidos. En ese contexto, los gobernantes de cada
Estado son apenas los representantes de ese consejo de
administración, especie de gerentes locales. Y lo que uste-
des definieron perfectamente en Le Monde diplomatique
como “el pensamiento único” tiene como función suminis-
trar la argamasa ideológica para convencer a todo el mundo
de que la globalización es irremediable y de que cualquier
otra propuesta sería quimérica, utópica, irrealista. A esca-
la mundial, la gran batalla que se libra actualmente -y que
podríamos llamar la Cuarta guerra mundial- enfrenta a los
partidarios de la mundialización con todos aquellos que, de
una manera o de otra, tratan de frenarla. Todo lo que impida
que la globalización se extienda, desde ahora está amenaza-
do de destrucción”.
¿Qué relación tiene eso con la dramática situación de
los indígenas? “En su furor hegemónico -prosigue Marcos-
la globalización apela a elementos de la cultura y aspira a
homogeneizar culturalmente el mundo. En cierta medida,
globalización económica significa globalización del modo
de vida de Estados Unidos. Los valores del mercado se impo-
nen en todos lados. Actualmente no sólo dirigen el funcio-
namiento de los gobiernos, sino también el de los medios,
el de la escuela, e incluso el de la familia. El individuo sólo
puede ocupar un lugar en la sociedad en la medida que
tenga capacidad de producir y de comprar. Por lo tanto, los
criterios del mercado eliminan toda una parte de la huma-
nidad, que resultaría no rentable. Esto concierne a todos los
indígenas de América Latina. La globalización exige su eli-
minación. Por medio de una guerra abierta, si hace falta, o
de una guerra silenciosa, si es necesario. El pretexto es que
los indígenas no son útiles a la dinámica de la globalización,
49
que no pueden integrarse y que hasta podrían convertirse
en un grave problema debido a su potencial de rebelión”.
Como conductor de una lucha concreta en el seno de
las comunidades indígenas de Chiapas, Marcos analiza su
propia práctica de combate, reubicándola en el contexto
geopolítico internacional y en el marco de la actual mundia-
lización (7). Es una especie de idealista práctico, de estra-
tega mediático que se vale de Internet como de un arma,
cubriendo el planeta de comunicados, textos, análisis, cuen-
tos, parábolas y poesías. Anuda relaciones solidarias con
cientos de asociaciones cívicas y decenas de personalidades
comprometidas en la defensa de los derechos de las mino-
rías. Su fuerza disuasiva mediática se revela más original y
en definitiva más eficaz que la del Estado mexicano. Ya el
12-1-1994, es decir apenas once días después del inicio de
la insurrección, Marcos abandonaba la opción armada. Los
zapatistas no dispararían ni un solo tiro más, adoptarían
desde entonces una estrategia no violenta, para conquistar
el corazón y la mente de la opinión pública internacional.
El arma de la palabra
Jefe carismático y promotor de un nuevo estilo de acción
política, desprovisto de arrogancia y de suficiencia, Marcos
aparece además como un escritor talentoso, lleno de humor
y de gracia, que cita frecuentemente a sus autores preferi-
dos. Estos, como Gramsci, se caracterizan por el pesimismo
de la razón y el optimismo de la voluntad: Cervantes, Lewis
Carrol, Bertolt Brecht, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges...
Se entiende por qué, aunque marche hacia Ciudad de
México, Marcos no va a en busca de poder. “El problema
no es conquistar el poder -afirma sonriendo- porque sabe-
mos que actualmente el lugar del poder está vacío y que la
lucha por el poder es una lucha por la mentira. A la hora de
la globalización lo que se necesita es construir una nueva
relación entre el poder y los ciudadanos. Si se firma la paz,
el EZLN dejará de hacer política como la hizo hasta ahora.
La hará de otra manera, sin pasamontañas, sin armas, pero
al servicio de las mismas ideas. Pues hemos aprendido que
somos como un espejo y que, a nuestra manera, reflejamos
otros movimientos de resistencia de todo el mundo. Por ello
50
nos sentimos solidarios con otras luchas. Por ejemplo, con
la de los homosexuales y lesbianas, víctimas de todo tipo
de persecuciones y discriminaciones. O con la lucha de los
emigrantes, contra los cuales en todo el mundo se instalan
dispositivos racistas. Se quiere que las personas renieguen
de sus particularidades, del color de su piel, de su origen
o de su país de nacimiento. Se les quiere hacer sentir que
haber nacido así, con ese color o en ese lugar, es un crimen.
Y que por ello deben ser castigados”.
¿Cuándo se quitará su pasamontañas? “El día en que un
indígena pueda gozar de los mismos derechos que un blan-
co en cualquier punto de la República; el día en que el siste-
ma del partido-Estado se haya acabado y en el que las elec-
ciones no sean más sinónimo de fraude”, había respondido
Marcos a Régis Debray, que le hizo la pregunta en 1996 (8).
La segunda condición, por increíble que parezca, ya se cum-
plió, y la primera, si la marcha logra su objetivo (y según lo
dicho por Fox), deberá cumplirse dentro de poco.
Por lo tanto, vuelvo a hacerle la misma pregunta, cuando
la noche y la lluvia comienzan a caer y mientras La Reali-
dad -que aún ignora la electricidad- se cubre poco a poco
de penumbras: “Lo que es seguro -responde Marcos- es que
nosotros queremos deshacernos rápidamente del pasa-
montañas y de las armas. Porque queremos hacer política a
cara descubierta. Pero no nos quitaremos el pasamontañas
a cambio de simples promesas. Los derechos de los indíge-
nas tienen que ser reconocidos. Si el gobierno no lo hace,
no sólo nosotros retomaremos las armas, sino que lo harán
otros movimientos mucho más radicales, mucho más into-
lerantes, mucho más desesperados y mucho más violentos
que nosotros. Pues la cuestión étnica, aquí como en otros
lados, puede generar movimientos fundamentalistas dis-
puestos a todo tipo de locuras asesinas. En cambio, si todo se
desarrolla como deseamos, y los derechos de los indígenas
son finalmente reconocidos, Marcos dejará de ser el subco-
mandante o el líder, o el mito. Se entenderá entonces que el
arma principal del EZLN no fue el fusil, sino el discurso, la
palabra. Y cuando la polvareda levantada por nuestra insu-
rrección se disipe, la gente descubrirá una verdad funda-
mental: en toda esta lucha, esta resistencia y esta reflexión,
51
Marcos habrá sido un combatiente más. Por eso digo siem-
pre: si quieres saber quién es Marcos, quién se esconde tras
su pasamontañas, toma un espejo y mírate. El rostro que allí
veas será el de Marcos. Pues todos somos Marcos”.
Ya se hizo de noche en La Realidad. Galaxias de luciérna-
gas titilan en la oscuridad. Agobiados por la organización de
la marcha, Marcos y sus dos amigos zapatistas se pierden
en la jungla, rápidamente devorados por la vegetación y las
sombras. Del éxito de esta marcha depende en gran medida
el destino de los pueblos indígenas de México. Pero, ¿tendrá
éxito? Recordamos una frase del escritor José Saramago, que
devuelve la esperanza a todo el mundo: “Los zapatistas se
cubrieron el rostro para hacerse visibles, y efectivamente los
hemos visto por fin. Ahora marchan hacia la capital mexica-
na. Cuando entren en ella, el 11 de marzo, Ciudad de Méxi-
co será la capital del mundo”. u
I.R.
52
Chiapas, nombre de dolor y
de esperanza
por José Saramago*
*Escritor. Texto publicado en el libro MEXICO, Editorial Aún Creemos en los Sueños 2015
(escrito en 1999)
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choque armado, por limitado que fuese, podría provocar
el pánico de los mercados financieros. Apostando al
tiempo y al olvido, combinando programas de asistencia
con planes de contrainsurgencia, el poder se propone
la erosión gradual de las fuerzas zapatistas mediante
un cerco tan mortal como silencioso. Militarización,
proliferación de grupos civiles armados, hostigamientos,
violencias... Más de un centenar de muertos anónimos
desde que se interrumpieron las negociaciones, hace
dos años. Desde entonces, el presidente Zedillo presionó
para lograr un diálogo directo, que el EZLN rechaza.
Escarmentados, los insurrectos prefieren buscar una
solución apoyándose en la sociedad civil: a finales
de noviembre de 1998 se reunieron con tres mil
representantes de organizaciones populares e invitaron
al pueblo mexicano a pronunciarse sobre el tema de la
incorporación de una ley indígena a la Constitución.
Poco antes de recibir el Nobel de Literatura 1998, el
escritor José Saramago visitó Chiapas para reunirse con
el subcomandante Marcos y atestiguar ante el mundo los
sufrimientos de los indígenas de México.
J.S.
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Libros publicados
Reforma Agraria
Siria
Recuperar el agua
Nuevo terrorismo
NO+AFP
Mujeres
Los kurdos
Pueblo mapuche y autodeterminación
Otra política es posible
Comunicación y proceso constituyente
El derecho a la rebelión
Desarrollo sustentable
Las drogas de los detenidos
Armamentismo
Teatro internacional
El viaje de los imaginarios en 31 días por Federica Matta
Las dos Coreas
Conspiraciones
Espacios regionales
Cambio climático
México
Asamblea Constituyente
Alemania
Derechos Humanos
Manuales escolares
España Podemos / Grecia Syriza
Espionaje
Democratizar las comunicaciones
Estado Islámico
A cambiar el modelo
Que la audacia cambie de lado Serge Halimi
Videojuegos
Jacques Derrida
Una historia que debo contar por Luis Sepúlveda
Mujeres trabajando
Las batallas por el agua
Allende, la UP y el Golpe
Brasil
Diversidad sexual
Migraciones
China
Allende, discursos fundamentales
Clases medias
Recuperar los recursos naturales
Cárceles
¿Un planeta sobrepoblado?
Crónicas de Luis Sepúlveda
Le Monde Diplomatique. Más que un periódico
Luis Sepúlveda. Asalto a mano santa
Palestina-Israel
La Crisis del Siglo por Ignacio Ramonet
La condición animal
¿Un mundo sin petróleo?
Salvar el Planeta
Porto Alegre: la ciudadanía en marcha