ESCUELAS LATINOAMERICANAS DE PENSAMIENTO
ECONÓMICO
Fernando Collantes *
Introducción
Esta asignatura presenta las principales corrientes del pensamiento económico
surgidas en América Latina desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días. 1
¿Por qué debería alguien interesarse por la historia del pensamiento económico?
Nuestra visión de la historia del pensamiento económico no será teleológica, sino
evolucionista. La historia teleológica del pensamiento económico plantea una larga
marcha desde la ignorancia hacia la sabiduría; una marcha basada en la paulatina
sustitución de ideas equivocadas por ideas correctas. Basada, también, en el dominio
de unas escuelas de pensamiento sobre otras. Lo real (las ideas y escuelas
dominantes) se considera lo racional (las ideas y escuelas más próximas a la verdad).
En contraste, la historia del pensamiento económico puede ser evolucionista,
en el sentido darwiniano introducido por Thorstein Veblen en el campo de la
*
Profesor Titular de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de
Zaragoza. Correo electrónico: collantf@[Link]
1
Este texto se ha preparado para la asignatura homónima del VI Máster
Iberoamericano en Cooperación Internacional y Desarrollo, Universidad de Cantabria, curso
2011/12 (noviembre 2011).
1
economía.2 La evolución de las ideas no necesariamente propende hacia un final
superior, como el saber o la comprensión. Como las especies de Darwin en el mundo
natural, las ideas también luchan por su supervivencia. En esta lucha cuentan con un
arma, con una especie de patrimonio genético: su consistencia interna. Y la lucha tiene
lugar en el marco de un ambiente de selección configurado por las condiciones de la
economía real y las características del mundo académico que produce tales ideas. La
evolución de ese ambiente explica por qué unas ideas se reproducen (generando
nuevas ideas que desarrollan la idea primaria) y otras no (entrando en un periodo de
decadencia). Por lo tanto, el dominio de unas ideas y escuelas sobre otras no
necesariamente refleja su mayor grado de proximidad a la verdad, sino que también
puede reflejar sesgos derivados de la realidad económica y académica.
¿Para qué sirve este tipo de visión del pensamiento económico y su historia?
Para relativizar el ascenso de las ideas y escuelas dominantes. Del mismo modo que
en el mundo natural necesitamos mantener la biodiversidad para no coartar nuestras
opciones de futuro, necesitamos mantener la diversidad intelectual para estar
preparados cuando la realidad nos fuerce a abandonar ideas durante largo tiempo
dominantes. Necesitamos por ello estudiar la historia de las escuelas alternativas de
pensamiento económico. Necesitamos comprender por qué surgieron. Necesitamos
comprender por qué perdieron influencia. Es decir, necesitamos comprender su
relación con las escuelas dominantes y con la realidad económica. Si hacemos esto,
estaremos mejor preparados para afrontar los debates del presente. No entraremos en
dichos debates desde la ideología, sino desde las ideas.
América Latina ocupa un lugar importante en esta historia de las escuelas
alternativas.3 A diferencia de las otras regiones objeto de estudio por parte de la
economía del desarrollo, América Latina cuenta ya a mediados del siglo XX con un
2
T. Veblen, “Why is economics not an evolutionary science?”, Quarterly Journal of
Economics, julio (1898).
3
C. Kay, Latin American theories of development and underdevelopment (Londres,
1993).
2
capital humano considerable. Esto permite a los economistas latinoamericanos
participar en un debate que trata sobre sus propios países. Además, la emergencia de
escuelas alternativas de pensamiento económico se ve favorecida en América Latina
por la importante labor de movilización intelectual llevada a cabo fuera del ámbito
estrictamente universitario. Cuando se cierra sobre sí misma, la universidad genera
dinámicas que tienden a la auto-reproducción del estatus quo. Buena parte del
pensamiento económico latinoamericano se fragua, por el contrario, dentro de
organizaciones internacionales que, sin descuidar el rigor intelectual, han buscado
sortear el academicismo y sus trampas.
Vamos a considerar tres grandes escuelas de pensamiento. Aunque en parte
se superponen en el tiempo, en no poca medida representan tres momentos diferentes
en la evolución del pensamiento económico latinoamericano. En los años posteriores
al final de la Segunda Guerra Mundial, y bajo el liderazgo del economista argentino
Raúl Prebisch y la influyente CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el
Caribe, de Naciones Unidas), se funda la escuela estructuralista. Más adelante, en las
décadas de 1960 y 1970 los investigadores latinoamericanos participan activamente
en la escuela dependentista. En tiempos más recientes, desde la década de 1990
hasta la actualidad, la refundación del estructuralismo conduce a la emergencia de la
escuela neoestructuralista.
Estas tres escuelas difieren entre sí en diversos aspectos, pero tienen en
común un punto importante. En todas ellas, la globalización ocupa un papel central. En
todas ellas, el mundo consta de un centro y una periferia cuyas evoluciones
económicas se encuentran vinculadas. En todas ellas, finalmente, se dedica un amplio
espacio a reflexionar sobre las políticas públicas que en mayor medida favorecen el
desarrollo de los países latinoamericanos. Por ello, estudiar la historia del
estructuralismo, el dependentismo y el neoestructuralismo es más que una tarea de
anticuario. Se trata de una aproximación histórica a dos temas clave en la agenda del
desarrollo a comienzos del siglo XXI: ¿cuáles son las implicaciones de la globalización
3
para el desarrollo de los países en vías de desarrollo?, y ¿qué deberían hacer los
gobiernos de estos países al respecto?
El estructuralismo
El estructuralismo es la primera escuela de pensamiento específicamente
latinoamericana.4 Por supuesto, ya hay economistas en América Latina antes de la
Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no forman una escuela, y menos una escuela
con un pensamiento distintivo y orientado de manera específica hacia la realidad
latinoamericana.
El estructuralismo surge en los años posteriores al final de la Segunda Guerra
Mundial. Merece la pena comprender el contexto en el que lo hace. Cuando a finales
de la década de 1940 comienza a hablarse de primer, segundo y tercer mundo, está
claro que los países latinoamericanos pertenecen a este último. No están tan
atrasados como la mayor parte de países asiáticos y africanos, pero aún son mayores
las diferencias que los separan de Europa y América del Norte. Desde su
independencia a comienzos del siglo XIX, las economías latinoamericanas han venido
buscando un desarrollo guiado por las exportaciones de productos primarios. Su éxito
a lo largo del siglo XIX y hasta la primera guerra mundial ha sido sin embargo
modesto. En general, las exportaciones de unos pocos productos primarios han
alimentado un crecimiento económico más intenso que el del periodo colonial, pero las
exportaciones no han crecido tanto como en otros países de condiciones similares
(Canadá, Australia), ni tampoco han generado encadenamientos notables con el
4
La mejor presentación retrospectiva del estructuralismo es probablemente la de R.
Bielschowski, “Cincuenta años del pensamiento de la CEPAL: una reseña”, en Cincuenta años
del pensamiento de la CEPAL: textos seleccionados, ed. CEPAL (Santiago de Chile, 1998).
Una rigurosa formulación de sus bases teóricas puede encontrarse en O. Rodríguez, La teoría
del subdesarrollo de la CEPAL (México D.F., 1981).
4
sector no exportador.5 Más adelante, a lo largo del periodo de entreguerras, las
economías latinoamericanas han sufrido como consecuencia de la inestabilidad de la
economía mundial y los efectos globales de la gran depresión. Dependientes de la
globalización para encontrar mercados para sus exportaciones y para absorber
capitales que cubran la brecha fiscal de sus gobiernos, las economías
latinoamericanas se ven profundamente sacudidas por la crisis global.6 La
vulnerabilidad económica de una región que siempre mantuvo un grado de apertura
comercial superior a la media se hace evidente. Comienza a cundir un sentimiento
receloso de la globalización. La región ha mantenido persistentemente altos grados de
apertura comercial: ¿por qué no consigue entonces dar el salto al desarrollo?
Los economistas latinoamericanos no encuentran respuesta a esta pregunta en
la economía de corriente principal. A comienzos del siglo XIX, David Ricardo había
culminado la tarea emprendida por Adam Smith: mostrar las ventajas que el comercio
internacional tenía para todas las partes implicadas. Según Ricardo, cada país posee
ventaja comparativa en alguna producción. Incluso aunque sus costes de producción
sean mayores en todos los sectores, siempre habrá algunos en los que dichos costes
sean comparativamente más bajos. Si los países se especializan en esos sectores, los
recursos de la economía mundial serán asignados de manera eficiente y, a través del
comercio internacional, los consumidores de todos los países tendrán acceso a un
mayor volumen de bienes de lo que habría sido posible en condiciones de autarquía. 7
A pesar de que este argumento ha recibido importantes críticas teóricas (de la mano
de Friedrich List, en Alemania, y Alexander Hamilton, en Estados Unidos), y a pesar de
que pocos gobiernos se lo han tomado en serio (no desde luego los gobiernos de los
países de crecimiento económico más rápido a lo largo del periodo 1850-1913, como
5
V. Bulmer-Thomas, La historia económica de América Latina desde la Independencia
(México D.F., 2003).
6
A. Maddison, Dos crisis: América Latina y Asia, 1929-1938 y 1978-1983 (México D.F.,
1988).
7
D. Ricardo, Principios de economía política (México D.F., 1973, original de 1817).
5
Estados Unidos o Alemania), existe en 1945 un consenso teórico sobre las virtudes del
comercio libre y los males de aquellas medidas encaminadas a entorpecerlo.
Este es el contexto intelectual en el que se origina el estructuralismo de la
mano de los influyentes trabajos del economista argentino Raúl Prebisch. 8 Para
Prebisch, el problema central de las economías latinoamericanas es su
heterogeneidad estructural: en ellas conviven sectores de productividades muy
diferentes.9 Junto a unos pequeños brotes de industria intensiva en capital y altamente
productiva, junto a algunas explotaciones agrarias de rasgos similares y orientadas
hacia la exportación, convive un amplio sector de agricultura tradicional orientada
hacia el mercado interno: una agricultura muy intensiva en mano de obra y cuya
productividad es bastante reducida. Para Prebisch, esta heterogeneidad estructural
marca la trayectoria económica de América Latina. Como los vínculos entre los
sectores económicos son débiles, se demuestra difícil que el progreso de los sectores
líderes se transmita al resto de sectores. Esto no sólo dificulta el crecimiento
económico, sino que también genera la desigualdad que caracteriza a América Latina.
Como la población se ocupa en empleos con productividades muy diferentes entre sí,
también existe una diferencia fuerte entre los salarios que perciben unos y otros
grupos sociales.
Prebisch examina lo que ocurre cuando una economía de estas características
entabla relaciones comerciales con una economía ya desarrollada, que ha logrado ya
un cierto grado de homogeneización de su estructura productiva. Prebisch emplea el
término “periferia” para referirse a la primera y “centro” para referirse a la segunda. Las
diferencias van más allá de una diferencia cuantitativa en niveles de renta: hay
diferencias cualitativas, estructurales, entre centro y periferia. Primero, los productores
8
R. Prebisch, El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus
principales problemas (Santiago de Chile, 1949); A. Gurrieri (ed.), La obra de Prebisch en la
CEPAL (México D.F., 1982).
9
Véase también A. Pinto, “Naturaleza e implicaciones de la ‘heterogeneidad estructural’
de la América Latina”, El Trimestre Económico 145 (1970).
6
del centro, organizados en empresas monopolísticas u oligopolísticas, a menudo
gozan de poder de mercado, mientras que los productores de la periferia tienden más
bien a ser precio-aceptantes (como bien se ha comprobado durante los duros años de
la gran depresión y la contracción del comercio global de productos primarios).
Segundo, en la periferia continúa habiendo mano de obra excedente (es decir, mano
de obra subempleada y cuya productividad marginal tiende a cero), mientras que en el
centro el propio proceso de desarrollo ha ido eliminándola. Tercero y último, la mano
de obra del centro está organizada en sindicatos, mientras que la mano de obra de la
periferia no lo está.
Estas tres diferencias estructurales explican, según Prebisch, que las
ganancias de productividad asociadas al comercio internacional se distribuyan de
manera desigual entre centro y periferia. Prebisch no discute que existan tales
ganancias de productividad, al estilo de Ricardo. Prebisch más bien indaga en el modo
de distribución de dichas ganancias, y llega a conclusiones diferentes a las de Ricardo.
Según Prebisch, cuando centro y periferia comercian, la mayor parte de las ganancias
de productividad son apropiadas por las empresas y los trabajadores del centro. Como
las empresas del centro gozan de poder de mercado, no se ven forzadas a rebajar sus
precios al compás del aumento de la productividad, como sí deben hacer las empresas
de la periferia con objeto de competir contra sus rivales. Una parte de esas ganancias
de las empresas del centro son beneficios para sus propietarios, y otra parte va a los
trabajadores de dichas empresas. Como estos trabajadores están sindicados,
consiguen con mayor facilidad que los de la periferia que las ganancias de
productividad de sus empresas tengan efecto sobre sus salarios. Además, como en el
centro ya se ha agotado la mano de obra excedente, los sindicatos gozan de una
buena posición negociadora para lograr estas alzas salariales. En la periferia, en
cambio, la persistencia de mano de obra excedente, dispuesta a trabajar por salarios
de subsistencia, y el escaso desarrollo del movimiento sindical debilita la posición
negociadora de los trabajadores. El resultado es que las empresas y trabajadores del
7
centro se benefician más de todos aquellos cambios globales que provoquen un
aumento de la productividad, ya sea la difusión de una nueva tecnología o el
establecimiento de nuevas redes comerciales entre centro y periferia.
Esta sombría visión de lo que el comercio internacional puede aportar al
desarrollo de la periferia se ve completada en Prebisch por su famosa tesis sobre el
deterioro de los términos de intercambio de los países exportadores de productos
primarios. (En realidad, esta tesis fue desarrollada también, de manera paralela e
independiente, por otro economista, Hans Singer.) Según Prebisch, las economías
exportadoras de productos primarios se enfrentan a una tendencia problemática: la
demanda de tales productos es poco elástica al aumento de la renta. En los inicios del
desarrollo de los países desarrollados, los consumidores de estos países destinan
buena parte de sus ganancias de renta a comprar más, mejores y más variados
productos primarios. Sin embargo, conforme los países entran en etapas maduras de
su desarrollo, sus consumidores alcanzan niveles nutritivos satisfactorios y comienzan
a destinar sus ganancias de renta a otro tipo de productos, por ejemplo productos
industriales como coches o electrodomésticos. La combinación de estas dos
tendencias, una demanda de productos primarios que va desinflándose y una
demanda de productos industriales que va creciendo, hace que el cociente entre el
precio de los productos primarios y el precio de los productos industriales tienda a
caer. Se deterioran los términos de intercambio para los países exportadores de
productos primarios (por lo general, la periferia), mientras mejoran para los países
exportadores de productos industriales (por lo general, el centro). Una nueva llamada
al escepticismo en relación al comercio internacional y su efecto sobre el desarrollo de
la periferia.
El enfoque de Prebisch inspira a numerosos economistas latinoamericanos y
sirve de punto de partida para la escuela estructuralista. Pronto la crítica de Prebisch
es completada con la crítica tradicional a Ricardo: la crítica realizada por Friedrich List.
8
Según List, Ricardo sólo ha analizado los efectos estáticos del comercio. 10 Para List,
sin embargo, pueden ser aún más importantes sus efectos dinámicos: ¿qué tipo de
repercusiones tiene el desarrollo del sector exportador sobre el resto de la economía?
Pronto la CEPAL articula una idea en la que mucha gente está pensando de manera
intuitiva: mientras la globalización y la estructura de las ventajas comparativas en el
mundo continúen invitando a América Latina a ser una región exportadora de
productos primarios, América Latina se mantendrá en el atraso. ¿No hay, al fin y al
cabo, una conexión entre industrialización y desarrollo económico? ¿No comparten
todas las economías atrasadas el rasgo común de ser economías predominantemente
agrarias? Las señales de la globalización pueden conducir a ganancias estáticas, pero
sus efectos dinámicos sobre la trayectoria de desarrollo de la periferia pueden ser
temibles.
El enfoque estructuralista se desarrolla en la CEPAL, un organismo de creación
reciente libre de los efectos perniciosos del academicismo. Lo que los economistas
cepalinos persiguen es un análisis económico que pueda inspirar el diseño de la
política económica de los gobiernos latinoamericanos. El punto central de las
recomendaciones estructuralistas es la estrategia de “industrialización por sustitución
de importaciones” (ISI). Los gobiernos deben levantar barreras arancelarias sobre las
importaciones de productos industriales. De ese modo, el espacio dejado libre por las
importaciones será cubierto por las industrias nacionales. Al fomentar el carácter
industrial de la estructura económica nacional, podrán obtenerse ganancias dinámicas
que estaban ausentes en condiciones de especialización agrícola. ¿Y si la iniciativa
privada no acude a la cita? Entonces, argumentan los estructuralistas, el Estado debe
fomentar la industrialización nacional a través de la formación de industrias públicas.
En general, los estructuralistas son partidarios de un Estado activo en la consecución
del desarrollo económico. En contra de la visión clásica y neoclásica, según la cual el
óptimo social se alcanza cuando el papel del Estado se reduce a las funciones
10
F. List, Sistema nacional de economía política (México D.F., 1979, original de 1841).
9
estrictamente imprescindibles, los estructuralistas consideran que la superación del
atraso latinoamericano requiere un Estado fuerte y activo. Incluso en aquellos países y
sectores en los que las empresas estatales sean menos imprescindibles, el Estado
aún tendrá que desempeñar un papel activo a través de la planificación indicativa del
proceso de ISI. Un aspecto relevante de esta planificación es el manejo de los precios:
si, en una economía de mercado (y los estructuralistas nunca desean otra cosa), los
precios envían señales para que los empresarios decidan realizar unas u otras
inversiones, entonces una forma de transformar la estructura de las economías
latinoamericanas puede ser alterar dichas señales en beneficio del proceso de ISI. A
través del control de los precios y de los tipos de cambio (en el fondo, un tipo especial
de precio: aquel que regula el intercambio entre la moneda nacional y el resto), el
Estado puede enviar señales favorables a la inversión en empresas industriales que
lideren la ISI.
Prebisch y los estructuralistas son, sin embargo, muy conscientes del peligro
que acecha a la ISI: que el desarrollo orientado hacia el interior, receloso de la
globalización, termine creando un tejido industrial poco competitivo. Un tejido industrial
que, protegido por los aranceles y el resto de medidas distorsionadoras de las señales
del mercado, sea incapaz de cumplir el papel histórico que los estructuralistas le
asignan: sacar a América Latina del atraso. Por ello, los estructuralistas son enemigos
de la autarquía nacionalista y firmes partidarios de la integración económica
latinoamericana. Los estructuralistas saben que, en las décadas posteriores a la
Segunda Guerra Mundial, los principales sectores industriales operan con
rendimientos crecientes, por lo que son más competitivos cuanto mayor es el mercado
al que abastezcan. En la mayor parte de América Latina, sin embargo, los mercados
interiores son muy estrechos. Hay un gran número de pequeñas repúblicas pobladas
por apenas unos pocos millones de habitantes. Por todas partes, además, los niveles
de desigualdad son elevados, por lo que el tamaño efectivo de los mercados es menor
aún que el tamaño demográfico de los países. Incluso países grandes como Brasil
10
tienen un mercado interior relativamente reducido como consecuencia de los elevados
niveles de desigualdad con que se distribuye su renta. ¿Cómo podrían entonces las
empresas industriales latinoamericanas aspirar a ser competitivas? Respuesta
estructuralista: gracias, entre otras cosas, a la integración económica en el
subcontinente.
A lo largo de la década de 1960, los estructuralistas reflexionan de manera más
sistemática sobre los estrangulamientos que pueden pesar sobre el desarrollo de la
ISI. Reclaman entonces reformas encaminadas a eliminar tales estrangulamientos.
Una de sus piedras de toque es la reforma agraria. La agricultura representa en su
interior el problema central de las economías latinoamericanas: la heterogeneidad
estructural. La tierra está muy desigualmente distribuida y, en consecuencia, grandes
latifundios intensivos en capital conviven con minifundios intensivos en mano de obra.
Los estructuralistas reclaman la reforma agraria en virtud de dos principios: primero, la
obtención de mayores grados de equidad (es decir, justicia social para con los
pequeños campesinos y los jornaleros sin tierras); y, segundo, para aumentar la
demanda de productos industriales como resultado del aumento de los niveles de vida
de las poblaciones rurales desfavorecidas. Otra reforma reivindicada por los
estructuralistas es la reforma fiscal, con objeto de expandir la capacidad de gasto del
Estado (y alimentar así sus intervenciones de fomento de la ISI) y aumentar el grado
de progresividad del sistema fiscal. Esto último serviría para mejorar la distribución de
la renta y, por tanto, no sólo se justifica en términos de justicia social sino también en
términos de ensanchamiento del mercado interno de bienes de consumo.
Estas recomendaciones de política económica tienen un eco importante entre
los gobiernos latinoamericanos. Quizá, hasta cierto punto, lo que hacen es
proporcionar cobertura intelectual a un tipo de políticas que iban a implantarse de
todos modos. En el fondo, el proyecto de la ISI tiene una dimensión política
profundamente transformadora. En las décadas posteriores a la independencia de las
repúblicas latinoamericanas, se consolidan por todas partes Estados relativamente
11
débiles. Estos Estados tienen una capacidad financiera y política limitada, y actúan por
lo general como órgano de representación de los intereses de los grupos más
favorecidos por el desarrollo agroexportador: los terratenientes y los comerciantes de
importación-exportación. La gran depresión supone la ocasión idónea para que los
gobiernos ganen peso dentro y fuera de América Latina y, en cierta forma, el proyecto
estructuralista de ISI muestra a los Estados deseosos de fortalecerse una forma de
hacerlo: romper su alianza con los terratenientes y los comerciantes de importación-
exportación y sellar una nueva alianza con la burguesía industrial (si es que existe algo
así; si no, ¿puede crearse?) y con una parte de la clase media y la clase obrera (que
pueden ser atraídas al proyecto ISI por sus posibles efectos positivos sobre el nivel de
vida del conjunto de la población, en contraste con un modelo agroexportador que
hasta entonces ha beneficiado principalmente a las clases dominantes tradicionales).
El enfoque de la dependencia
La escuela de la dependencia no está tan unívocamente vinculada a América Latina
como la escuela estructuralista. Algunos de los dependentistas más influyentes son
norteamericanos, como André Gunder Frank, o egipcios, como Samir Amin. Sin
embargo, América Latina ocupa un papel clave en las reflexiones de estos autores y,
sin duda, el dependentismo inspira a muchos economistas y sociólogos
latinoamericanos durante las décadas de 1960 y 1970.11 De hecho, las fronteras entre
estructuralismo y dependentismo no siempre están claras, como tampoco lo estarán
más adelante entre dependentismo y neoestructuralismo. Una figura clave como
Osvaldo Sunkel es claramente influido por el estructuralismo en los inicios de su
11
F. H. Cardoso y E. Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina: ensayo de
interpretación sociológica (México D.F., 1978); C. Furtado, Desarrollo y subdesarrollo (Buenos
Aires, 1964); id., Creatividad y dependencia (México D.F., 1978).
12
carrera, más adelante es un dependentista y, hoy día, una de las figuras clave del
neoestructuralismo.12
El dependentismo toma del estructuralismo el recelo ante la globalización y el
libre mercado, pero, de la mano del marxismo, llega a posiciones más radicales. En
realidad, la principal base teórica del dependentismo es la teoría marxista del
imperialismo, tal y como había sido formulada a comienzos del siglo XX por Lenin,
Rosa Luxemburgo o Rudolf Hilferding. De acuerdo con Lenin, el imperialismo es el
estadio supremo del capitalismo. El imperialismo es una de las armas con que las
potencias europeas hacen frente a las contradicciones del desarrollo capitalista
señaladas por Marx. Las relaciones económicas desiguales con las colonias permiten
a los empresarios europeos asegurar mercados para sus producciones excedentes y
nuevas oportunidades de inversión para sus capitales. De este modo, el imperialismo
contribuye al desarrollo de la metrópoli, pero perjudica el de las colonias: convierte a
estas en piezas dependientes y subordinadas a las estrategias del capitalismo
metropolitano.13
La gran novedad de la escuela de la dependencia consiste en realizar
interpretaciones similares para países independientes, en lugar de para colonias. De
acuerdo con los dependentistas, no sólo las colonias se ven incorporadas a un modelo
subordinado. También países independientes, sobre todo países pobres con Estados
débiles, se ven expuestos a este problema. Lo que los dependentistas están diciendo
es que los problemas económicos del Tercer Mundo se deben a la existencia de una
especie de neo-colonialismo. Esta vez no se trata ya de un colonialismo sancionado
por la política, sino simplemente por la economía y las leyes del mercado, que tienden
a favorecer al más fuerte. Lo que antes hacían las compañías de comercio colonial y
los gobiernos europeos ahora lo hacen las empresas transnacionales y, en general, la
12
Un hilo común de estas distintas orientaciones puede encontrarse en O. Sunkel y P.
Paz, Subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo (México D.F., 1970).
13
V. I. Lenin, “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, en Obras escogidas de
Lenin (Moscú, 1948, original de 1917).
13
globalización (aunque por entonces aún no se ha acuñado este término). Los lazos de
dependencia entre el Tercer Mundo y las potencias occidentales se reflejan en una
auténtica transferencia de valor desde aquel hacia estas. Del mismo modo que, en
Marx, los empresarios explotan a los trabajadores y se apropian del excedente
generado por el trabajo de estos, también los países ricos explotan a los países
pobres. El desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros no son, entonces, fenómenos
independientes: al contrario, el desarrollo de los unos se apoya sobre el subdesarrollo
de los otros. El Tercer Mundo se ve entonces atrapado en lo que Frank llama “el
desarrollo del subdesarrollo”.14 O, en la formulación del latinoamericano Sunkel, el
desarrollo del capitalismo transnacional conduce a la desintegración nacional en
América Latina: a la conversión de las economías latinoamericanas en meros satélites
de las estrategias de las grandes empresas norteamericanas y europeas.15
Este enfoque tiene un gran atractivo para los intelectuales latinoamericanos de
las décadas de 1960 y 1970. Hay que tener en cuenta que, a diferencia del resto del
mundo en vías de desarrollo, las repúblicas latinoamericanas han dejado de ser
colonias al comienzo de la era contemporánea, en los inicios del siglo XIX. Sin
embargo, desde el inicio de su andadura independiente, estas economías, con su
modelo de desarrollo orientado hacia fuera, han mantenido estrechos lazos con las
potencias occidentales, en especial con Inglaterra y más adelante con Estados Unidos.
¿Son estos unos lazos de dependencia, de neo-imperialismo? ¿Son estos lazos los
responsables del atraso latinoamericano? ¿Son, simplemente, una manifestación
diferente del mismo tipo de procesos que conducían por esas mismas fechas al
subdesarrollo de las colonias asiáticas o africanas? Si la respuesta a estas preguntas
es afirmativa en todos los casos, entonces estamos ante una teoría general del
14
A. G. Frank, El desarrollo del subdesarrollo (Bilbao, 1974).
15
O. Sunkel, “Capitalismo transnacional y desintegración nacional en América Latina”,
El Trimestre Económico 150 (1971).
14
subdesarrollo que sitúa en el mundo desarrollado la responsabilidad del subdesarrollo
del Tercer Mundo.
Los mecanismos a través de los cuales el desarrollo del primer mundo conduce
al subdesarrollo del tercer mundo son, en la escuela de la dependencia, de naturaleza
empresarial y política. Un primer mecanismo de subdesarrollo son las compañías
transnacionales, que convierten a las economías latinoamericanas en satélites de los
países desarrollados. Satélites en los que estos países obtienen recursos naturales o
mano de obra a bajo precio, pero cuya actividad está orientada hacia la exportación,
por lo que no genera importantes transformaciones hacia adentro. Se trata de un
régimen de acumulación “extravertido”, en contraste con el régimen de acumulación
“auto-centrado” que caracteriza a los países desarrollados. Los vínculos entre las
transnacionales y la economía nacional (los agricultores, las pymes industriales y de
servicios) son débiles. Las transnacionales compran buena parte sus inputs en el
extranjero y nada impide que reinviertan sus beneficios en su país de origen o en
cualquier otro país. En consecuencia, el desarrollo del capitalismo no genera en la
periferia el mismo tipo de transformaciones económicas y sociales, tan positivas, que
generó y genera en el centro. Un aspecto interesante de este planteamiento es que
permite explicar una paradoja que comienza a ser evidente desde la década de 1960:
la estructura de las exportaciones de los países subdesarrollados está cambiando y
ahora ya no está tan volcada hacia los productos primarios, sino que cada vez más
países registran la llegada de multinacionales que realizan notables exportaciones de
productos industriales. Y, sin embargo, la exportación de productos industriales
tampoco parece el remedio para el subdesarrollo. ¿Por qué? Según los
dependentistas, porque la dependencia de compañías transnacionales impide que
esas exportaciones industriales generen transformaciones internas como las que, por
ejemplo, pudo vivir la Inglaterra de la revolución industrial.
Otro mecanismo de dependencia y subdesarrollo es, según los dependentistas,
el comercio internacional. El comercio internacional se presenta como un tipo de
15
comercio esencialmente diferente del comercio interno de un país, ya que está
modelado por las relaciones entre los Estados. En la influyente formulación de
Immanuel Wallerstein, por ejemplo, los Estados del centro utilizan su fuerza política
con respecto a los débiles o inexistentes Estados de la periferia para asegurarse unos
términos de intercambio favorables en el desarrollo del comercio internacional. 16 La
fuerza política de los Estados centrales les permite influir de manera decisiva en las
reglas del comercio internacional, como las reglas para la fijación de aranceles y otras
barreras proteccionistas, y la división internacional del trabajo, como las reglas
relacionadas con las patentes. Los Estados centrales tienen un gran margen de
discrecionalidad para fijar sus barreras arancelarias; los Estados periféricos, por no
hablar de los territorios periféricos que no son Estados sino colonias, carecen de tal
margen y con frecuencia son obligados por los países centrales a abrir sus mercados
al libre comercio. Esta asimetría en las reglas del comercio internacional hace que la
mayor parte de los beneficios derivados del mismo sean apropiados por los Estados,
las empresas y los trabajadores del centro, mientras los niveles de vida de la periferia
no progresan.
El resultado es el mismo al que había llegado Prebisch, pero con la diferencia
de que, en el planteamiento dependentista, la principal brecha estructural entre centro
y periferia reside en el diferente poder político de uno y otra. Además, conforme va
avanzando la segunda mitad del siglo XX, las implicaciones de esta brecha de poder
político parecen hacerse mayores. Los Estados centrales, por ejemplo, desempeñan
un papel clave en muchos procesos de descolonización en Asia y África,
condicionando la naturaleza de los gobiernos que llegan al poder en los nuevos países
independientes del tercer mundo. En América Latina, la influencia política de Estados
Unidos resulta evidente. La mejor ilustración de ello llega de la mano del
derrocamiento de Salvador Allende en Chile, que, además de alejar el espectro del
comunismo en el contexto de la guerra fría, sirve para convertir a Chile en una
16
I. Wallerstein, El moderno sistema mundial, 3 vols., Madrid (1979-1999).
16
economía de rasgos neoliberales en la que las empresas estadounidenses podrán
operar sin verse sujetas a incómodas trabas de naturaleza socialista o nacionalista. 17
En casos como este, resulta evidente que la mayor fuerza política del centro le permite
organizar a las economías periféricas en función de los intereses del centro.
La brecha de poder político también se percibe en el funcionamiento de las
organizaciones económicas internacionales. Estas organizaciones, el GATT (actual
Organización Mundial del Comercio), el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, han sido creadas tras la Segunda Guerra Mundial, en un intento de facilitar la
cooperación económica entre los países y evitar que las rivalidades económicas
desemboquen en crisis económicas y políticas como las que condujeron a la Gran
Depresión e incluso la Segunda Guerra Mundial. Hasta aquí todo bien, pero los
dependentistas pronto hacen notar que, en estas organizaciones, el poder político está
distribuido de manera desigual, por lo que sus actuaciones y recomendaciones de
política económica tienden a favorecer primordialmente los intereses del centro. Los
dependentistas subrayan, por ejemplo, que, mientras los países del centro consiguen
rebajas arancelarias para penetrar en los mercados de la periferia, se mantienen
reacios a conceder rebajas análogas a los países de la periferia; rebajas, por ejemplo,
en sus elevados muros de proteccionismo agrario. Mientras que los países del centro
consiguen que se liberalicen los mercados mundiales de productos y capitales, se
mantienen reacios a liberalizar el mercado mundial de mano de obra y permitir la libre
inmigración dentro de sus fronteras. De este modo, las organizaciones económicas
internacionales dan pie a una cooperación económica sesgada, que refuerza la
desigualdad entre centro y periferia.18
En suma, un conjunto de mecanismos empresariales y políticos actúan según
la escuela de la dependencia para reproducir el subdesarrollo de la periferia. En
17
A. G. Frank, Capitalismo y genocidio económico: carta abierta a la Escuela de
Economía de Chicago a propósito de su intervención en Chile (Bilbao, 1976).
18
S. Amin, El capitalismo en la era de la globalización (Barcelona, 2002).
17
realidad, lo que se genera es un círculo vicioso, ya que los lazos de dependencia con
el exterior generan en América Latina una estructura social poco adecuada para el
desarrollo económico. La tradicional orientación hacia el exterior de las economías
latinoamericanas, combinada con la actual dependencia de empresas multinacionales,
está impidiendo la hegemonía de una burguesía nacional, la clase social que en su
momento impulsó el desarrollo europeo. En su lugar, la dependencia económica con
respecto a los países desarrollados está generando una estructura social deforme,
dominada por grandes terratenientes, comerciantes de exportación-importación, y
empresarios locales que actúan como correa de transmisión de las estrategias de las
compañías transnacionales. Un conjunto de clases dominantes que puede alcanzar
altos niveles de vida sin necesidad de transformar la sociedad latinoamericana, como
sí hizo la burguesía europea durante la industrialización de su continente durante el
siglo XIX. El resultado es una acumulación “extravertida”, en lugar de una acumulación
“auto-centrada” que conduzca a la superación del subdesarrollo.19
¿Qué recomendaciones de política económica se desprenden de lo anterior? A
diferencia de los estructuralistas, cuyo objetivo es reformar el capitalismo
latinoamericano para mejorar su funcionamiento, los dependentistas piensan que son
precisos cambios radicales. Los lazos de dependencia, encarnados en las
multinacionales, en el comercio internacional, en la desigual distribución del poder
político, impiden que el capitalismo, de efectos tan positivos para el centro, conduzca
también al desarrollo de la periferia. No hay manera de reformar el sistema. Si se
mantienen los lazos económicos con el centro, éste se apropiará de la mayor parte de
las ganancias de productividad a través de su control del poder empresarial y político.
Prebisch y los estructuralistas aspiraban a reformar la periferia para que sus rasgos
19
A. G. Frank, Lumpenburguesía, lumpendesarrollo (Barcelona, 1972); Samir Amin, La
acumulación a escala mundial: crítica de la teoría del subdesarrollo (México D.F., 1974); id., El
desarrollo desigual: ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico
(Barcelona, 1978); id., ¿Cómo funciona el capitalismo?: el intercambio desigual y la ley del
valor (México D.F., 1987).
18
estructurales dejaran de ser diferentes de los del centro. Los dependentistas, en
cambio, aseguran que los rasgos estructurales de la periferia no pueden ser
eliminados; más bien al contrario, el desarrollo del capitalismo global tiende a
acentuarlos. Por ello, la mejor estrategia para la periferia es la desconexión: retirarse
selectivamente de la economía global para conseguir desarrollar procesos de
acumulación auto-centrados. La China comunista, que rompe con su pasado de
dependencia con respecto a las potencias coloniales que operaban en el país,
constituye un posible ejemplo a seguir. La conferencia de Bandung de 1955, en la que
un grupo nutrido de países de la periferia se declaran no alineados en relación a la
guerra fría y se proponen estrechar los lazos de colaboración mutua, se plantea como
ejemplo del único tipo de relación con el exterior que puede contribuir a superar el
subdesarrollo. La globalización es culpable del subdesarrollo, así que el camino hacia
el desarrollo pasa por desconectarse de la economía global.20
El desafío neoliberal y la refundación del estructuralismo
A lo largo de la década de 1980, las escuelas alternativas de pensamiento económico
localizadas en América Latina sufren un duro revés. Los acontecimientos del mundo
real parecen debilitar su credibilidad. Ya desde la década de 1970, la ISI
latinoamericana se está estrangulando a sí misma. La ISI no está siendo capaz de
reducir el problema clave detectado por los estructuralistas: la heterogeneidad interna
de las economías latinoamericanas. Sí, se está produciendo industrialización, pero no
se trata de una industrialización competitiva. Un tejido de empresas industriales
parapetadas tras los muros de la protección abastece el estrecho mercado interno,
pero carece de penetración en los mercados internacionales. Continúa habiendo un
notable grado de heterogeneidad interna también en el ámbito del empleo. Conforme
20
S. Amin, La desconexión: hacia un sistema mundial policéntrico (Madrid, 1988).
19
avanza la ISI, los problemas de esta heterogeneidad adquieren un nuevo rostro: la
formación de importantes bolsas de marginalidad urbana, como consecuencia de una
emigración campo-ciudad excesiva provocada por el sesgo urbano de las políticas de
fomento de la industrialización.
La combinación de la estrategia ISI con esta persistente heterogeneidad
sectorial genera peligrosas brechas. Hay una brecha comercial, porque la orientación
hacia dentro está desincentivando las exportaciones (sobre todo, de productos
agrarios) pero no está siendo capaz de reducir las importaciones (ya que, para
producir los nuevos bienes industriales, se necesita importar maquinaria y tecnología).
Esto pone bajo gran presión la balanza comercial de los países y sus tipos de cambio.
También hay una brecha fiscal, ya que los gobiernos incurren sistemáticamente en
déficit para impulsar la ISI sin obtener a cambio unos resultados tan satisfactorios
como les gustaría. Y también hay, finalmente, una brecha financiera: desde la década
de 1970, la inmensa mayoría de gobiernos latinoamericanos deciden desenredar los
estrangulamientos de la ISI a través de la inyección de préstamos concedidos por
bancos extranjeros. Se trata de un periodo de oferta abundante de dinero en el mundo,
sobre todo tras la crisis del petróleo y la consiguiente transferencia de rentas hacia las
elites de los países exportadores de petróleo. Los bancos están más que dispuestos a
prestar, y los gobiernos comienzan a basar la continuación del desarrollo en la
absorción de deuda. A lo largo de la década de 1980, sin embargo, la situación
internacional cambia drásticamente. El nuevo rumbo de la política monetaria
estadounidense tras la subida al poder de Ronald Reagan dispara los tipos de interés
y, dadas las reglas de los préstamos previamente contraídos por los gobiernos
latinoamericanos, multiplica la magnitud de la deuda de estos. El resultado es el
estallido de una brutal crisis de deuda, que bloquea definitivamente la continuación de
la ISI en América Latina. La ISI se ha estrangulado, ha sido incapaz de sortear los
20
peligros que se presentaron en su camino. 21 ¿No es esta, plantean muchos, la mejor
demostración de la falta de validez del estructuralismo? ¿No se ha demostrado
equivocado el camino alternativo propuesto por Prebisch y los suyos?
El otro acontecimiento del mundo real que debilita a las escuelas alternativas
latinoamericanas es la exitosa industrialización del sudeste asiático. En 1945, Corea
del Sur, Taiwán, Singapur y Hong-Kong estaban menos desarollados que los países
latinoamericanos. Para la década de 1980, está claro que han conseguido escapar del
mundo en vías de desarrollo, cosa que no puede decirse de América Latina. El
ascenso del sudeste asiático se basa en las exportaciones de productos industriales,
lo cual contrasta con la falta de competitividad de las industrias latinoamericanas. ¿No
es esto una prueba de las virtudes de la orientación hacia el exterior? ¿No es una
prueba a contrario de la equivocación estructuralista de promover un modelo de
desarrollo orientado hacia el interior? Más aún: ¿no estamos ante una refutación
contundente e inapelable de los postulados dependentistas? ¿Cómo que no es posible
que el desarrollo del capitalismo conduzca al progreso de la periferia? Estos cuatro
países, con su economía de mercado y su vinculación a la globalización, se han
desarrollado en las décadas precedentes con gran fuerza. ¿Cómo que la globalización
empobrece a la periferia? ¿No ha sido la globalización, por el contrario, la condición
necesaria de su modelo de desarrollo?
Llegan tiempos de vacas flacas para el estructuralismo y el dependentismo. Se
impone el neoliberalismo. Se está imponiendo en los países desarrollados, de la mano
de Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Reino Unido, y se impone en
los países en vías de desarrollo a través del llamado “consenso de Washington”. 22 El
consenso de Washington hace una recapitulación de lo aprendido y establece
21
R. Thorp, Progreso, pobreza y exclusión: una historia económica de América Latina
durante el siglo XX (Washington, 1998); R. Ffrench-Davis, Ó. Muñoz y J. G. Palma, “Las
economías latinoamericanas, 1950-1990”, en L. Bethell (ed.), Historia de América Latina, vol.
11, América Latina: Economía y sociedad desde 1930 (Barcelona, 1994).
22
J. Williamson, The Washington consensus (Washington, 1990).
21
recomendaciones de política económica en consecuencia. Dichas recomendaciones
se estructuran en torno a dos ejes. Primero, debe reducirse el grado de intervención
del Estado en la economía. Los estructuralistas y dependentistas confían en el Estado
para que corrija los fallos de mercado y lidere el desarrollo de los países, pero olvidan
que los Estados también tienen fallos. Los Estados son más ineficientes que las
empresas privadas, ya que están dirigidos por personas que manejan el dinero de
otros. Los Estados no siempre buscan objetivos de interés general, sino que con
frecuencia se convierten en el instrumento a través del cual las elites políticas y
burocráticas consiguen sus objetivos de poder y renta. Es preciso, por lo tanto,
impulsar procesos de privatización de las empresas públicas y reducir el grado de
regulación estatal. El otro gran eje del consenso de Washington, muy relacionado,
tiene que ver con los mercados. Los mercados deben funcionar de la manera más
flexible posible. La excesiva intervención de los gobiernos latinoamericanos durante la
etapa ISI ha impedido que los mercados envíen las señales correctas. Ahora hay que
conseguir que los precios sean los adecuados. Hay que evitar que, como hasta ahora,
la regulación estatal distorsione la estructura de precios relativos y haga que las
economías latinoamericanas se dediquen a actividades para las que no disfrutan de
ventaja comparativa. (¿Para qué empeñarse en desarrollar la industria, si quizá la
ventaja comparativa latinoamericana está en la explotación de sus recursos
naturales?) Hay que evitar que, como hasta ahora, las políticas públicas distorsionen
las señales del mercado laboral e incentiven sin quererlo una emigración campo-
ciudad tan excesiva que las ciudades latinoamericanas se ven desbordadas. Hay que
evitar que, como hasta ahora, la regulación distorsione las condiciones en que se
desarrolla la inversión directa extranjera en América Latina. En una palabra, hay que
permitir que los mercados funcionen de manera libre. Hay que confiar en que dicho
funcionamiento conducirá a un óptimo social, como plantea la teoría económica de
corriente principal; si nos evadimos de esta regla, tarde o temprano acabamos
22
pagando las consecuencias. Llega la hora del ajuste neoliberal: la hora de corregir los
excesos derivados de un pensamiento económico alternativo.
En esto consiste, intelectualmente hablando, la década de 1980. El golpe es
muy duro para la escuela de la dependencia, que en sentido estricto no se recupera.
Su mensaje central ha sido demasiado radical. Ha apostado a todo o nada en contra
del capitalismo y la globalización, y el éxito del sudeste asiático deja claro que la
periferia no está necesariamente condenada y que una estrategia tan complicada de
implantar como la desconexión no es en absoluto la única vía posible hacia la
superación del subdesarrollo. Cuando el antiguo dependentista Fernando Henrique
Cardoso llega a la presidencia de Brasil en la década siguiente, no propone la
desconexión: propone una vía bastante convencional de inserción de Brasil en la
economía global. ¿Qué queda, pues, de la dependencia? Queda su enfoque, más que
su mensaje. El enfoque consiste en que la transformación interna de un país no sólo
depende de factores endógenos, sino que sus vínculos con el resto de países (y
especialmente con el centro desarrollado) condicionan su estructura productiva, su
estructura social, sus estructuras de gobierno. Queda, por tanto, un marco de análisis
que los investigadores deberían utilizar para estudiar casos concretos. Pero pocos
investigadores latinoamericanos, ni siquiera en las filas de la heterodoxia, están por la
labor de etiquetarse ya como dependentistas.
La mayor parte de los heterodoxos latinoamericanos se apuntan, en su lugar, a
un nuevo proyecto que va fraguándose durante la década de 1980: refundar el
estructuralismo. Se trata de oponer una alternativa intelectual al neoliberalismo, para lo
cual es necesario también aprender de los posibles errores que se cometieran en el
estructuralismo inicial. Oponerse al neoliberalismo… ¿por qué? ¿No ha resultado
triunfador a raíz del estrangulamiento de la ISI y la crisis de la deuda? En realidad, el
supuesto triunfo del neoliberalismo pronto es cuestionado y matizado. Cuestionado,
porque pronto se ve que los resultados sociales del ajuste neoliberal son muy
negativos en América Latina. Comienzan a restablecerse los necesarios equilibrios
23
macroeconómicos, pero la desigualdad y la pobreza aumentan. La carga del ajuste
recae sobre los grupos sociales más desfavorecidos. ¿Realmente es necesario el
sufrimiento de las clases bajas y medias-bajas para salir del atolladero económico?
¿Qué clase de desarrollo es ese que no beneficia precisamente a quienes más lo
necesitan?23 El discurso neoliberal también es matizado en un punto importante: un
análisis sereno de la experiencia del sudeste asiático revela que no se trata ni mucho
menos de un caso a favor de las recetes neoliberales. 24 Sí, es cierto que estos países
han contado con la globalización para desarrollarse y que, en este sentido, han estado
más abiertos que los países latinoamericanos. Sin embargo, no es cierto que estos
países hayan seguido la receta neoliberal de reducir el papel del Estado y dejar que
los mercados funcionen libremente. Antes al contrario, en estos países el Estado ha
desempeñado un papel activo. Como en América Latina, el Estado ha buscado una
industrialización por sustitución de importaciones. La diferencia está en que lo que
fracasó en América Latina tuvo éxito en el sudeste asiático. ¿Por qué? Porque se trató
de una ISI mejor diseñada, en la que la protección arancelaria y la distorsión del libre
mercado fueron utilizadas de manera selectiva con objeto de fomentar la
competitividad industrial y favorecer la inserción internacional de las empresas como
exportadoras industriales. Se cuidaron más los incentivos, se evitó en mayor medida
que el Estado terminara siendo una marioneta en manos de los grupos de poder
empresariales. En suma, la estrategia general de desarrollo del sudeste asiático va
más en la línea de la estrategia estructuralista que de la estrategia neoliberal.
Esto sienta las bases para la refundación del estructuralismo: para el
surgimiento de la escuela neoestructuralista. De hecho, la revisión de la experiencia
asiática y su comparación con la ISI latinoamericana sirve para revalorizar el trabajo
de los estructuralistas de la década de 1970. Así, en la década de 1970, Prebisch y
23
R. Villarreal, La contrarrevolución monetarista: teoría, política económica e ideología
del neoliberalismo (México D.F. 1986).
24
H.-J. Chang, Retirar la escalera: la estrategia del desarrollo en perspectiva histórica
(Madrid, 2004).
24
otros estructuralistas ya llamaban la atención sobre los evidentes peligros que
acechaban a la ISI.25 Frente a la acusación neoliberal de que los estructuralistas eran
entusiastas del proteccionismo, lo cierto es que en esa década los estructuralistas
habían mostrado su escepticismo con respecto al tipo de proteccionismo aplicado por
los gobiernos latinoamericanos: un proteccionismo integral que no estimulaba el
progreso de la competitividad. De hecho, en esa década se habían levantado voces
estructuralistas urgiendo a relanzar las exportaciones, buscar una auténtica
competitividad y, en una palabra, no desconectarse de la economía global. También
se habían levantado voces que alertaban contra los peligros de un endeudamiento
excesivo: los peligros derivados de confiar en el endeudamiento para que este hiciera
lo que en realidad deberían estar haciendo las exportaciones. En otras palabras, los
estructuralistas estaban pidiendo un mejor diseño de la ISI. Todo esto cayó en saco
roto, pero está en los escritos estructuralistas de la década de 1970 y sirve para
defender a la escuela de algunas acusaciones injustas. Aunque los gobiernos
latinoamericanos han prestado atención a la recomendación estructuralista de
perseguir una ISI en los cincuenta, han prestado poca atención a sus propuestas de
reforma de los años sesenta y prácticamente ninguna a sus preocupaciones de los
setenta. Por ello, aunque el estructuralismo es inicialmente una cobertura intelectual
para la ISI latinoamericana, la forma concreta que adopta esta ISI tiene más que ver
con las decisiones concretas de los gobiernos. En particular, si la ISI latinoamericana
ha terminado siendo tan diferente de la ISI asiática, ello no se debe a
recomendaciones equivocadas de los estructuralistas. Buena parte de los escritos de
los estructuralistas en los sesenta y setenta alertaban, precisamente, sobre aquellos
aspectos que diferenciaban una ISI de otra. Fueron los gobiernos los que no prestaron
atención.
25
R. Prebisch, Transformación y desarrollo: la gran tarea de América Latina (México
D.F., 1970).
25
La figura clave en la refundación del pensamiento estructuralista es Fernando
Fajnzylber.26 Buen conocedor de las experiencias del sudeste asiático y su
comparación con América Latina, Fajnzylber contribuye a desmontar los mitos
neoliberales propagados en la década de 1980 acerca de la ISI como una estrategia
condenada a fallar y acerca del milagro asiático como un producto de la mano
invisible. Sin embargo, Fajnzylber también se da cuenta de que es preciso fundar una
escuela neoestructuralista que se adapte a los nuevos tiempos y corrija los principales
errores del pensamiento estructuralista original. Es preciso corregir dos errores y evitar
un tercero. El primer error que debe ser corregido tiene que ver con el recelo ante la
globalización. A comienzos de la década de 1990, y tras la caída del bloque comunista
europeo, la economía mundial es una economía global. Es preciso participar en ella: la
globalización tiene sus riesgos, pero quienes se desconectan lo pasan peor. Durante
el periodo ISI, la economía latinoamericana ha mirado demasiado hacia adentro. El
resultado ha sido el estrangulamiento de la ISI y la crisis de la deuda. Hay que rescatar
lo que algunos estructuralistas comenzaron a decir en los setenta y hay que decirlo
mucho más alto: ¡la inserción global, la competitividad internacional, son importantes!
Los dependentistas han exagerado: han propuesto que los factores globales
determinan la senda de transformación de la periferia. Han propuesto que la inserción
global reproduce el subdesarrollo. Pero, en realidad, los factores globales simplemente
condicionan la senda de cambio en la periferia, y con frecuencia lo que hacen es abrir
oportunidades que deben ser aprovechadas.27 Como explica Osvaldo Sunkel, se trata
de impulsar el desarrollo desde (no hacia) dentro.28
26
M. Torres (ed.), Fernando Fajnzylber: una visión renovadora del desarrollo en
América Latina (Santiago de Chile, 2006).
27
CEPAL, América Latina y el Caribe: políticas para mejorar la inserción en la
economía mundial (Santiago de Chile, 1995).
28
O. Sunkel, El desarrollo desde dentro: un enfoque neoestructuralista para la América
Latina (México D.F., 1991).
26
El segundo error tiene que ver con el Estado. Según Fajnzylber, los
estructuralistas originales han idealizado al Estado. Lo han visto como un deus ex
machina capaz de resolver de un plumazo los problemas económicos de la sociedad.
Sin embargo, como han hecho notar los neoliberales, la intervención del Estado puede
generar más problemas que los que soluciona. Con frecuencia, las empresas públicas
están mal gestionadas. Y, cuando se trata de regular la actividad industrial, los
políticos y burócratas persiguen más sus propios intereses de poder y renta que los
intereses generales del proceso de desarrollo. Por ello, es preciso acabar con el
intervencionismo, entendido como aquella intervención que, por excesiva y
distorsionadora, genera más problemas que los que resuelve. ¿Supone esto una
rendición al credo neoliberal? No necesariamente. Una cosa es acabar con el
intervencionismo y otra muy diferente proponer que el Estado no tiene funciones que
cumplir en el proceso de desarrollo. El Estado no intervencionista de los
neoestructuralistas será un Estado activo, bien distinto del Estado neoliberal.
Junto a la corrección de estos dos errores, los neoestructuralistas se proponen
aprender de la experiencia previa y evitar un tercer error. La industrialización no es la
panacea. En 1945, en el contexto de una América Latina aún muy agraria, lo parecía:
parecía que la industrialización conduciría a una reducción de la heterogeneidad
estructural que subyacía al atraso. Parecía que la industrialización lograría
homogeneizar la estructura productiva y los mercados laborales. Parecía que lograría
al mismo tiempo crecimiento económico y una reducción de la desigualdad, conforme
la población de los sectores de baja productividad fuera transferida a la industria. En
torno a 1990, sin embargo, está claro que la industrialización no ha acabado con la
heterogeneidad estructural. Dicha heterogeneidad, simplemente, ha adoptado nuevas
caras. Por ejemplo, ha surgido un enorme sector informal urbano y muchas empresas
no agrarias operan con niveles bajos de productividad. Además, la desigualdad y la
pobreza no sólo están relacionadas con puestos de trabajo de baja productividad, sino
también con el acceso al crédito, a la información, a la salud, a la educación…
27
¿Moraleja? No debemos ser fetichistas al respecto de lo que tal o cual sector
económico puede aportar. La clave no está en que los sectores posean características
esenciales que los hagan mejores o peores. Es más bien al revés: los sectores serán
más o menos útiles para el desarrollo en función de cuánto contribuyan a reducir el
grado de heterogeneidad estructural de las economías.
Hechas estas consideraciones, los neoestructuralistas proponen analizar los
problemas del desarrollo latinoamericano desde un marco de pensamiento similar al
estructuralista original.29 Su método es histórico-estructural, es decir, es un método
que está menos interesado en las generalizaciones teóricas que en análisis que
incorporen las especificidades de América Latina. (De hecho, si hubiera que situar el
neoestructuralismo en el árbol del pensamiento económico contemporáneo,
tendríamos que situarlo en sus ramas institucionalistas, las más atentas al problema
meta-teórico de la especificidad.30) En este sentido, el espíritu de Prebisch sigue vivo.
También se toma un importante legado del estructuralismo y, sobre todo, del
dependentismo: el gusto por los análisis de tipo interdisciplinar, que rebasan el ámbito
de lo estrictamente económico. En la década de 1990 y en los inicios del siglo XXI, eso
significa prestar atención a asuntos como el fortalecimiento de la democracia o el
respeto a los derechos humanos.31 ¿Qué más tienen en común el neoestructuralismo y
el estructuralismo? Por supuesto, siguen considerándose las diferencias estructurales
entre centro y periferia. En tiempos de desregulación financiera y globalización, los
neoestructuralistas van a poner el énfasis en el concepto de vulnerabilidad. 32 La
periferia es extremadamente vulnerable a fluctuaciones globales. Si a Prebisch le
preocupaba el impacto de las fluctuaciones en el mercado global de productos
29
R. Bielschowski, “Sesenta años de la CEPAL: estructuralismo y neoestructuralismo”,
Revista de la CEPAL 97 (2009).
30
G. M. Hodgson, How economics forgot history: the problem of historical specificity in
social science (Londres, 2001).
31
CEPAL, Equidad, desarrollo y ciudadanía (Santiago de Chile, 2000).
32
J. A. Ocampo, Más allá de las reformas: dinámica estructural y vulnerabilidad
macroeconómica (Bogotá, 2005).
28
agrícolas, a los neoestructuralistas les preocupan las fluctuaciones especulativas en
los mercados globales de capitales y la dependencia que muchas economías tienen
de unos pocos productos de exportación sobre cuyos mercados globales carecen de
cualquier tipo de control.
El neoestructuralismo se lanza con un atractivo eslogan: “transformación
productiva con equidad”.33 Al fin y al cabo, dicen, estos dos han sido los temas
centrales del pensamiento estructuralista desde sus inicios: lo que nosotros hacemos
es aplicar el método estructuralista a la realidad del presente. La idea de la
transformación productiva con equidad surge de Fajnzylber. En un importante análisis
comparativo sobre pautas de industrialización tras la Segunda Guerra Mundial,
Fajnzylber encuentra que existen cuatro tipos de países: aquellos que han
experimentado una alta tasa de crecimiento y una reducción de la desigualdad;
aquellos que han crecido poco pero han reducido la desigualdad; aquellos que han
visto aumentada la desigualdad pero han crecido de manera rápida; y, finalmente,
aquellos que han crecido lentamente y, además, han visto aumentar la desigualdad.
Fajnzylber llega a una conclusión impactante: si vamos situando cada uno de los
países latinoamericanos en estos cuatro casilleros, encontramos que… ¡ninguno de
ellos entra en el primero de los casilleros! Se trata, en la poderosa expresión de
Fajnzylber, del casillero vacío de América Latina. 34 El reto, concluye, es llenar ese
casillero: conseguir que haya simultáneamente una transformación productiva y una
reducción de la desigualdad.
¿Cómo lograrlo? El punto de partida está, como siempre, en reducir la
heterogeneidad interna de las economías latinoamericanas: en lograr una
homogeneización de las estructuras productivas. Para ello es preciso lograr que las
economías latinoamericanas sean capaces de absorber y generar progreso
33
CEPAL, Transformación productiva con equidad: la tarea prioritaria del desarrollo en
América Latina y el Caribe en los años noventa (Santiago de Chile, 1990).
34
F. Fajnzylber, “Industrialización en América Latina: de la caja negra al casillero
vacío”, Cuadernos de la CEPAL 60 (1990).
29
tecnológico. Si lo hacen, serán auténticamente competitivas y podrán apoyarse en la
globalización (en lugar de tener miedo de ella). Deben ponerse en pie sistemas
nacionales de innovación que, sobre la base de mejoras en las infraestructuras, el
capital humano y las políticas de incentivos empresariales, permitan la formación de
economías verdaderamente competitivas. Unos sectores irán inevitablemente por
delante de otros, por lo que el fortalecimiento de la innovación debe acompañarse del
fortalecimiento de la cohesión del tejido productivo. Es decir, los frutos de la
innovación deben poder difundirse por toda la economía: deben primarse los vínculos
intersectoriales, lo que años atrás Albert Hirschman había llamado
“encadenamientos”.35 Mediante la articulación fluida de los diferentes sectores
productivos, será posible alcanzar una transformación productiva en la que la
innovación se difunda por toda la economía y se produzca una homogeneización de
los niveles de productividad de los distintos sectores.
¿Y la equidad? Si se logra reducir el grado de heterogeneidad en la estructura
productiva, se habrá dado un gran paso adelante en el campo de la equidad: las
características de los empleos no serán tan dispares, por lo que los salarios tenderán
a igualarse. Además será preciso prestar una atención especial a las otras fuentes de
heterogeneidad y desigualdad social: el acceso a la educación y a la sanidad, por
ejemplo. La educación, en particular, desempeña un papel clave en la estrategia
neoestructuralista de desarrollo. Por un lado, constituye bienestar, en la línea
defendida por ejemplo por Amartya Sen.36 Por el otro, el aumento de los niveles
educativos es fundamental para impulsar el sistema nacional de innovación, la
incorporación de progreso tecnológico y la homogeneización de las estructuras
productivas.37
35
A. O. Hirschman, The strategy of economic development (New Haven, 1958).
36
A. Sen, Desarrollo y libertad (Barcelona, 2000).
37
CEPAL y UNESCO, Educación y conocimiento: eje de la transformación productiva
con equidad (Santiago de Chile, 1992).
30
Todo ello muestra que los neoestructuralistas, pese a haber roto con el mito
estructuralista del Estado como deus ex machina, están a favor de un Estado activo.
De un Estado encargado de la producción y de regulaciones directas, pasamos a un
Estado creador de capacidades y solucionador de problemas. Creador de capacidades
individuales, porque debe impulsar la educación o la sanidad, y creador de
capacidades sociales, como el sistema de innovación nacional o la democracia. Un
Estado, también, solucionador de problemas, porque, como han pedido con insistencia
los neoestructuralistas desde mediada la década de 1990, debe diseñar políticas anti-
cíclicas que permitan a las economías latinoamericanas protegerse de su
vulnerabilidad ante fluctuaciones bruscas en los mercados financieros y comerciales
globales. Otra tarea importante del Estado sería el fomento de los conciertos público-
privados en aquellas áreas en las que la intervención exclusiva del Estado sería
demasiado ineficiente y la intervención exclusiva del sector privado descuidaría las
externalidades sociales (positivas o negativas) de los proyectos. Finalmente, los
Estados también deberían buscar un “regionalismo abierto” (en la línea de Mercosur,
por ejemplo) tendente a estrechar los lazos económicos dentro de América Latina.38
¿Cuál es el impacto del neoestructuralismo sobre el diseño de la política
económica de los gobiernos latinoamericanos? Como ha ocurrido previamente con los
estructuralistas, los neoestructuralistas dan cobertura intelectual a una nueva
estrategia de desarrollo: una estrategia que sortea al mismo tiempo los peligros del
estatismo y la autarquía y los peligros del neoliberalismo. En este caso, de hecho,
buena parte del mensaje neoestructuralista lanzado desde la CEPAL se ha elaborado
contando con los gobiernos. Es decir, en lugar de una relación de sentido único desde
economistas con ideas hacia gobernantes que diseñan políticas, hemos pasado a una
relación de doble sentido en el que las ideas de los economistas y los gobernantes se
influyen mutuamente. El neoestructuralismo es así una escuela de pensamiento con
38
CEPAL, El regionalismo abierto en América Latina y el Caribe: la integración
económica al servicio de la transformación productiva con equidad (Santiago de Chile, 1994).
31
un componente institucional más acentuado. En el fondo, se trata de una evolución
lógica. Tanto el estructuralismo como su sucesor fueron desarrollados por académicos
vinculados a organismos internacionales (más que a universidades), así que es natural
que su evolución corra paralela a las inquietudes de los políticos pertenecientes a la
esfera de influencia de dichos organismos.39
Conclusión
Este recorrido por las escuelas latinoamericanas de pensamiento económico ha
intentado mostrar lo que podemos ganar de la “biodiversidad intelectual”, es decir, de
mantener vivas tradiciones de pensamiento diferentes de la corriente principal. La
corriente principal de la economía ha desarrollado desde sus orígenes una creciente
tendencia al análisis formalizado, haciendo abstracción de las especificidades del
tiempo histórico y las regiones geográficas. La corriente principal construye una teoría
económica que reclama ser válida en todo momento y lugar. Las escuelas alternativas
de pensamiento económico se han caracterizado tradicionalmente por prestar mayor
atención a las especificidades históricas y geográficas. Por ello, más que una teoría en
el sentido fuerte del término, las escuelas alternativas más bien ofrecen un enfoque
teórico. La teoría nos dice qué ocurrirá con A si cambia B, suponiendo C constante. El
enfoque teórico se niega a suponer que C es constante y asegura que lo que ocurra
con C tendrá una influencia sobre el sentido de la relación observada entre A y B.
El pensamiento estructuralista sobre proteccionismo y desarrollo es un buen
ejemplo de ello. La corriente principal asegura que el proteccionismo (A) tiene un
impacto negativo sobre el desarrollo (B), suponiendo constantes todos los demás
39
Sobre la perspectiva actual del neoestructuralismo, véase CEPAL, La transformación
productiva 20 años después: viejos problemas, nuevas oportunidades (Santiago de Chile,
2008).
32
factores (C). El estructuralismo y el neoestructuralismo, en cambio, entienden que
esos otros factores (la estructura social, la secuenciación de las medidas ISI, los
sistemas nacionales de innovación) son los que explican por qué, en unos casos
(sudeste asiático), el proteccionismo y el desarrollo van de la mano y, en otros
(América Latina), el proteccionismo termina bloqueando el desarrollo. A esto los
historiadores lo llaman dependencia combinativa: el impacto de una variable sobre otra
depende de con qué otras variables se combine.40 En este importante punto, las
escuelas alternativas son superiores a la corriente principal.
La otra gran lección de nuestro recorrido es que las heterodoxias no pueden
permitirse el lujo de eludir el diálogo con la corriente principal. El éxito del
neoestructuralismo a partir de 1990 es consecuencia directa de su capacidad para
digerir los principales golpes dados por el pensamiento neoliberal. Al incorporar lo que
había de valioso en el pensamiento neoliberal, el neoestructuralismo ha sido capaz de
salvaguardar la tradición de pensamiento histórico-estructural que había arrancado
con Prebisch. La escuela de la dependencia, en cambio, por su orientación más
radical tuvo una capacidad de diálogo mucho menor. El resultado es que su influencia
se desvaneció a lo largo de la década de 1980 y tras la caída del muro de Berlín. Las
heterodoxias, por definición, se distancian de la ortodoxia, pero no deben hacerlo tanto
que se conviertan en mundos aparte. Cuando es así, aumentan sus posibilidades de
volverse irrelevantes.
El neoestructuralismo, en cambio, ha sido una más de las sub-corrientes de
pensamiento que, dentro y fuera de la corriente principal, han terminado con la
hegemonía neoliberal en la economía del desarrollo. Hoy día, no sólo otros
heterodoxos, como los economistas institucionalistas, inciden en la necesidad de que
un Estado activo cree capacidades individuales y sociales para impulsar el
40
D. S. Landes, “What room for accident in history? Explaining big changes by small
events”, Economic History Review 47 (1994).
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desarrollo.41 Dentro de la propia corriente principal, cada vez son más los economistas
que ponen el énfasis en este punto. De hecho, las instituciones se han convertido en el
punto central de la agenda de la economía del desarrollo a comienzos del siglo XXI. El
propio Banco Mundial, en otros tiempos asociado al pensamiento neoliberal, se ha
convertido a esta nueva ortodoxia. En parte por ello, el neoestructuralismo parece hoy
menos original que su predecesor: parece que dice cosas menos rompedoras, más
estándar. Pero, en realidad, lo que ocurre es que ha puesto su granito de arena para
que algunas heterodoxias del pasado se conviertan en ortodoxias del presente.
¿Puede haber mejor balance que ese para una escuela alternativa de pensamiento
económico?
41
Sobre la conexión entre estructuralismo e institucionalismo, véase por ejemplo A. di
Filippo, “Estructuralismo latinoamericano y teoría económica”, Revista de la CEPAL 98 (2009).
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