Friedrich Nietzsche
Sobre verdad y mentira
Prólogo y Traducción de Alfredo Tzveibel
inmuiiuiinio
Sobre verdad y mentira
Friedrich Nietzsche
Primera edición, 2008
Primera reimpresión, 2009
Edita
Miluno Editorial
Gelly y Obes 2250, 5 o piso, Buenos Aires
[Link]
Dirección editorial
Silvina Marf
Maquetación y corrección de estilo
Lucila Schonfeld
Dirección de a r t e
José Luis de Hijes
Impresión
Gráfica Latina S.A.
Nietzsche, Friedrich Wilhelm
Sobre verdad y mentira / Friedrich Wilhelm Nietzsche dirigido por
Süvina Marf; con prólogo de Alfredo Bernardo Tzveibel. - Ia ed. V ceimp. -
Buenos Aires : Miluno Editorial, 2009.
125 p. ; 18x11 cm. Traducido por; Alfredo Bernardo Tzveibel
ISBN 978-987-24161-0-2
1. Filosofía Alemana. I. Mari, Silvina, dir. II. Tzveibel, Alfredo Bernardo,
prolog. III. Tzveibel, Alfredo Bernardo, trad. CDD 194
© del prólogo, Alfredo Tzveibel
© de la traducción, Alfredo Tzveibel
© de la presente edición, Miluno Editorial
ISBN: 978-987-24161-0-2
Hecho el depósito de ley.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni
total ni parcialmente, incluido el diseño de portada, ni registrada en, ni trans-
mitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por
ningún medio, ya sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-
óptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo, por escrito, de la
editorial. Asimismo, no se podrá reproducir ninguna de sus ilustraciones sin
contar con los permisos oportunos.
Sobre verdad y mentira
en sentido extramoral 1
1
Ueber Wahrheit und Lüge im aussermoralischen Sinne. Es-
crito postumo de 1873. Tomado de Samtliche Werke. Kritis-
che Studienausgabe, Deutscher Taschenbuch Verlag-De
Gruyter, 1988. De ahora en adelante KSA.
23
1
En un rincón apartado del universo, donde bri-
llan innumerables sistemas solares, hubo una vez
un astro en el cual unos animales inteligentes in-
ventaron el conocimiento. Fue el minuto más so-
berbio y falaz de la "historia universal", pero sólo
un minuto. Después de unos pocos respiros de la
naturaleza ese astro se heló, y los animales inteli-
gentes debieron morir. Alguien podría haber in-
ventado una fábula así y sin embargo no habría
ilustrado lo suficiente el estado lamentable, som-
brío y fugaz; carente de sentido y caprichoso en
que se muestra el intelecto humano en la natura-
leza. Hubo eternidades en las que no existió, y
cuando desaparezca no habrá pasado nada; por-
que para ese intelecto no hay ninguna función
que vaya más allá de la vida humana, sino que es
humano, y sólo su poseedor y creador lo toma tan
25
patéticamente, como si los ejes del mundo gira-
ran en él. Pero si pudiéramos entendernos con
un mosquito, sabríamos que también él vuela por
el aire con el mismo pathos y se considera el
centro alado de este mundo. No hay nada tan
despreciable e insignificante en la naturaleza
que con un pequeño hálito de esa fuerza del co-
nocimiento no se hinche como un odre; y así
como cualquier mozo de carga quiere tener ad-
miradores, así el filósofo, el más orgulloso de los
hombres, cree que los ojos de todo el mundo di-
rigen en forma telescópica sus miradas a sus ac-
tos y pensamientos.
Es notable que se comporte así el intelecto,
él, que es sólo la ayuda de la criatura más desfa-
vorecida, delicada y efímera para sostenerse un
minuto en la existencia, y que sin esa ayuda
desaparecería tan rápidamente como el hijo de
Lessing,* por toda clase de motivos. Ese orgullo
ligado al conocimiento y a la sensación, que pone
una niebla cegadora sobre los ojos y los sentidos
de los hombres, se engaña así sobre el valor de la
existencia, porque lleva consigo la valoración
más aduladora del conocimiento mismo. Su efec-
to más general es el engaño, pero también los
efectos más particulares tienen algo de ese ca-
rácter.
* El hijo de Gotthold Ephraim Lessing murió al día siguien-
te de nacer. [N. del T.]
26
El intelecto, como medio para la conserva-
ción del individuo, despliega su mayor fuerza en
el acto de fingir, porque éste es el recurso con el
cual se mantienen los individuos más débiles y
menos robustos, ya que les está negado luchar
por la existencia con cuernos o agudas mordidas
de animales rapaces. Este arte de fingir llega en
el hombre a su cima: aquí el engaño, la adula-
ción, la mentira, la calumnia, el representar, el
vivir de brillos prestados, la máscara, la conven-
ción encubridora, la actuación ante otros y ante
sí mismo, en breve, el revoloteo constante en tor-
no a la llama de la vanidad son hasta tal punto la
regla y la ley, que casi nada es más inconcebible
que el que pueda aparecer en el hombre un
impulso honesto y puro hacia la verdad. Está
profundamente sumido en ilusiones y ensueños,
su mirada sólo resbala por la superficie de las
cosas y ve "formas"; su sensación no lo lleva en
ninguna parte a la verdad, sino que se conforma
con recibir estímulos y jugar a tantear el dorso de
las cosas. Además, a lo largo de toda su vida el
hombre se deja engañar de noche por sus sueños,
sin que su sentimiento moral trate de impedirlo,
mientras que hubo hombres que dejaron de ron-
car a fuerza de voluntad. ¿Qué sabe propiamen-
te el hombre de sí mismo? ¿Podría percibirse
siquiera una vez, expuesto como en una vitrina
iluminada? ¿No le oculta la naturaleza la mayor
parte de las cosas, incluso de su propio cuerpo,
27
para cautivarlo y encerrarlo en una conciencia
soberbia y engañadora, apartada de las circunvo-
luciones de sus intestinos, del rápido flujo de la
sangre, de las complicadas vibraciones de sus
fibras? La naturaleza arrojó la llave, y ¡que tenga
cuidado aquél que -movido por una funesta
curiosidad- pueda mirar una vez, a través de una
hendidura hacia fuera y hacia abajo de esa cá-
mara de la conciencia y vislumbrar que el hom-
bre descansa sobre lo despiadado, codicioso,
insaciable y asesino; y que en la indiferencia de
su inconciencia vive, en sueños, prendido al
lomo de un tigre! ¿Desde dónde, en todo mundo,
podría salir de esta constelación el impulso hacia
la verdad?
En la medida en que el individuo quiere con-
servarse frente a otros individuos, en el estado
natural de las cosas utiliza el intelecto la mayor
parte de las veces sólo para engañar. Pero al
mismo tiempo, como el hombre, por necesidad y
aburrimiento, quiere vivir socialmente y al modo
del rebaño, necesita un tratado de paz y por eso
intenta que desaparezca de su mundo por lo
menos lo más grosero del bellum omnium contra
omnes (guerra de todos contra todos). Este tratado
de paz comporta algo que parece ser el primer
paso hacia ese misterioso impulso hacia la ver-
dad. En ese momento se fija, por ejemplo, lo que
desde ahí en adelante será "verdad"; es decir, se
inventará una designación de las cosas válida en
28
general y obligatoria, y la legislación del lengua-
je da también las primeras leyes de la verdad.
Allí surge por primera vez el contraste entre ver-
dad y mentira: el mentiroso utiliza las designacio-
nes válidas, las palabras, para que aparezca como
real lo que no es tal. Dice, por ejemplo: "soy
rico", cuando en esa situación la designación
correcta sería "pobre". Utiliza mal las firmes con-
venciones mediante engaños arbitrarios o invir-
tiendo los nombres. Si hace eso en provecho pro-
pio y además produciendo daño, no será más
creído por la sociedad, y será expulsado de ella.
De este modo los hombres tratan de evitar, no
tanto el ser engañados sino el ser perjudicados
por el engaño. En este nivel, no odian en el fondo
al engaño, sino a las consecuencias malas y hos-
tiles de ciertos tipos de engaño. En un sentido
limitado en forma parecida, el hombre tampoco
quiere la verdad. Desea las consecuencias apro-
piadas y conservadoras de la vida que pueda traer
la verdad. Permanece indiferente frente al cono-
cimiento puro y sin consecuencias, y hasta
enemigo de las verdades quizá perjudiciales y
destructivas. Y además, ¿qué pasa con esas con-
venciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del
conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Coin-
ciden las designaciones y las cosas? ¿Es el len-
guaje la expresión adecuada de toda realidad?
Sólo mediante el olvido puede el hombre lle-
gar a suponer que posee la verdad en el grado
29
que acabo de reseñar. A menos que se contente
con la verdad en la forma de la tautología, es
decir con cascaras vacías, tomará siempre ilusio-
nes por verdades. ¿Qué es una palabra? La copia
en sonidos de un estímulo nervioso. Pero deducir
de un estímulo nervioso que tiene una causa fuera
de nosotros es ya el resultado de un uso falso e
injustificado del principio de razón. Si en la géne-
sis del lenguaje la verdad y el punto de vista de
la certeza fueran los únicos factores determinan-
tes, ¿cómo tendríamos derecho a decir "la piedra
es dura"; como si lo "duro" fuera algo ya conoci-
do y no sólo un estímulo totalmente subjetivo?
Dividimos las cosas en géneros, designamos el
árbol como masculino y la planta como femenina,
¡qué asignación tan arbitraria!, ¡qué sobrevuelo
por sobre el canon de la certeza! Hablamos de
una serpiente; la designación no alcanza más que
al retorcerse, de modo que también podría apli-
carse al gusano. ¡Qué delimitaciones caprichosas,
qué preferencias parciales por tal o cual propie-
dad de una cosa! Los diferentes idiomas -puestos
uno al lado del otro-, muestran que en las pala-
bras nunca importan la verdad ni la expresión
adecuada: ya que de otro modo no habría tantos
idiomas. La "cosa en sí" (que sería justamente la
verdad pura y sin consecuencias) es incluso para
el que crea un idioma algo inconcebible y no
digna de búsqueda. Este se limita a designar las
relaciones de las cosas con los hombres y para
30
expresarlas recurre a las metáforas más audaces:
en primer lugar ¡un estímulo nervioso transpues-
to en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen
a su vez transformada en un sonido! Segunda
metáfora. Y todas las veces se salta de una esfera
a otra totalmente diferente y nueva. Se puede
imaginar un hombre totalmente sordo y que
nunca ha tenido una sensación de los sonidos y
de la música; si acaso mirara asombrado las figu-
ras sonoras de Chladni* en la arena, encontrara
su causa en las vibraciones de la cuerda y con-
fiara en ello, entonces debería saber qué es lo
que los hombres llaman "sonido". Así nos suce-
de a todos con el lenguaje. Creemos saber algo
de las cosas mismas cuando hablamos de árbo-
les, colores, nieve y flores; y sin embargo tene-
mos sólo metáforas de las cosas, que de ningún
modo corresponden a su carácter natural. Del
mismo modo que el sonido como figura en la
arena; esa enigmática X de la cosa produce pri-
mero el efecto de un estímulo nervioso, después
de una imagen, y finalmente de un sonido. En
todo caso el surgimiento de un lenguaje no pro-
cede de un modo lógico, y todo el material en el
cual y con el cual trabaja luego el hombre de la
* Ernst Chladni (1756-1824), físico alemán, investigador
en acústica. Sus "figuras sonoras" son láminas recubiertas
de arena fina, la cual forma figuras a partir de sonidos. [N.
del T.]
31
verdad, el investigador, el filósofo, sale, si no de
Cucópolis de las nubes,* tampoco del ser de las
cosas.
Pensemos en particular en la formación de
los conceptos. Toda palabra se convierte en con-
cepto tan pronto como deja de servir para recor-
dar la experiencia única, totalmente individual a
la que debe su aparición, y en cambio debe ajus-
tarse a innumerables casos más o menos pareci-
dos, en sentido estricto nunca iguales, es decir
sólo desiguales. Todo concepto surge mediante
la igualación de lo no igual. Tan cierto como que
jamás una hoja es igual a otra, es que el concep-
to hoja se ha formado abandonando arbitraria-
mente estas diferencias individuales, mediante
un olvido de lo diferente; y entonces se despier-
ta la idea de que en la naturaleza hay algo
—aparte de las hojas—, que sería "la hoja", acaso
una forma originaria a partir de la cual todas las
hojas se han tejido, esbozado, diseñado, colore-
ado, fruncido y pintado, pero con manos torpes,
de modo que ningún ejemplar resulta ser una
copia fiel del original, correcta y confiable.
Decimos que un hombre es honrado. ¿Por qué
hoy actuó tan honradamente? Nuestra respuesta
* Expresión utilizada por Aristófanes en Las aves, para refe-
rirse despectivamente a Atenas. Significa "El país de los
mentirosos". [N. del T.]
32
suele ser: por su honradez. ¡La honradez! Eso es
como decir que la hoja es la causa de las hojas.
No sabemos nada de una cualidad sustancial
llamada honestidad, pero sí de numerosas accio-
nes individualizadas, y por ello desiguales, que
igualamos dejando de lado lo desigual; final-
mente formulamos —a partir de ellas- una quali-
tas occulta (cualidad oculta) a la que llamamos
honradez.
El pasar por alto lo individual y real nos da
el concepto, así como la forma, mientras que la
naturaleza nada sabe de formas y de conceptos,
como tampoco de especies, sino que en ella sólo
hay una X inaccesible e indefinible para
nosotros. También nuestra oposición de indivi-
duo y especie es antropomórfica y no proviene
del ser de las cosas, aunque no me animo a
decir que no se ajusta a ellas ya que esa sería
una afirmación dogmática, tan indemostrable
como su contraria.
¿Qué es, entonces, la verdad? Un flexible
ejército de metáforas, metonimias y antropomor-
fismos; en breve, una suma de relaciones huma-
nas que, reforzadas, transmitidas y adornadas
poética y retóricamente, y que después de un uso
prolongado le parecieron a un pueblo firmes,
canónicas y obligatorias. Las verdades son ilu-
siones de las cuales se ha olvidado que son tales,
metáforas que han sido desgastadas y han perdi-
do fuerza, monedas que han perdido su figura y
33
ahora son consideradas como metal, no ya como
monedas.
Seguimos sin saber de dónde viene el impul-
so hacia la verdad, pues hasta ahora sólo hemos
oído hablar de la obligación que la sociedad
establece para poder existir, la de ser veraz, o sea
de utilizar las metáforas corrientes, por lo tanto,
dicho en términos morales: de mentir según una
firme convención, en un estilo obligatorio para
todos. Ahora bien, el hombre ciertamente olvida
que ello es así, por lo tanto miente —en la forma
en que se ha señalado— no consciente, y justo por
esa inconciencia, por ese olvido llega al senti-
miento de la verdad. En el sentimiento de estar
obligado a llamar a una cosa roja, a otra fría, y
muda a una tercera, despierta un sentimiento
moral que se refiere a la verdad: a diferencia del
mentiroso en quien nadie confía, a quien todos
excluyen, el hombre comprueba lo respetable,
confiable y provechoso de la verdad. Ahora -co-
mo ser racional— pone su acción bajo el dominio
de abstracciones. Ya no aguanta ser arrastrado
por impresiones repentinas y por intuiciones;
generaliza primeramente todas estas impresiones
en descoloridos y fríos conceptos para atarlos al
vehículo de su vida y su acción. Todo lo que des-
taca al hombre frente a los animales depende de
esa capacidad de volatilizar en esquemas las
metáforas intuitivas y así disolver una imagen en
un concepto. En el ámbito de esos esquemas se
34
hace posible algo que jamás se hubiera podido
lograr quedándose en las primeras impresiones
intuitivas: construir un orden piramidal según
castas y grados, crear un nuevo mundo de leyes,
privilegios, subordinaciones y delimitaciones;
que ahora se enfrenta al otro mundo intuitivo de
las primeras impresiones, como lo más firme,
más universal, más consabido, más humano, y
por ello como lo regulador e imperativo. Mientras
que cada metáfora intuitiva es individual y sin
igual, y por eso escapa a toda clasificación, el
gran edificio de los conceptos muestra la rígida
regularidad de un columbarium* romano y da a
la lógica el rigor y la frialdad propios de la mate-
mática. El que se halle envuelto en esta fría
atmósfera apenas creerá que el concepto, óseo y
octogonal como un dado, y como tal cambiable,
no es otra cosa que el residuo de una metáfora, y
que la ilusión de la translación artística de una
excitación nerviosa hacia una imagen es, si no la
madre, por lo menos la abuela de todo concepto.
Pero dentro de este juego de dados de los con-
ceptos, se llama "verdad" a utilizar cada dado tal
como está señalado, contar con precisión sus
puntos, hacer clasificaciones correctas y no con-
* El significado original era "jaula para palomas". Después
adquirió en Roma el sentido de "cementerio", es decir nichos
donde se guardaban las urnas con las cenizas. [N. del T]
35
travenir jamás la secuencia de las categorías. Así
como los romanos y los etruscos dividían el cielo
con rígidas líneas matemáticas y en un espacio
así delimitado encerraban a un dios como en un
templo, así todo pueblo tiene sobre sí un seme-
jante cielo de conceptos dividido matemática-
mente y entonces, bajo la exigencia de la verdad,
entiende que cada "dios concepto" debe ser bus-
cado sólo en su esfera. Según esto bien se puede
admirar al hombre como un poderoso genio de la
construcción, que sobre fundamentos movedizos,
por decirlo así sobre agua que fluye pudo cons-
truir una catedral de conceptos infinitamente
complicada. Por cierto, para mantenerse firme
sobre tales fundamentos, tuvo que ser un edificio
como una tela de araña: tan flexible como para
soportar las olas y tan fuerte como para no ser
llevado de un lado a otro por el viento. Como
genio de la construcción, el hombre se eleva por
encima de las abejas por cuanto éstas construyen
con cera que sacan de la naturaleza, y aquél lo
hace con un material mucho más fino que prime-
ro tiene que fabricar por sí mismo. En esto es
muy admirable, pero no por su impulso a la ver-
dad o al conocimiento puro de las cosas.
Si alguien esconde una cosa detrás de un
arbusto, y justo allí la busca y encuentra, no hay
mucho que alabar en este buscar y encontrar; y
sin embargo eso sucede en el buscar y encontrar
la "verdad" dentro del ámbito de la razón. Si
36
hago la definición de mamífero y luego declaro,
tras la inspección de un camello: "mira: un
mamífero", con ello ciertamente se manifiesta
una verdad, pero de valor limitado, quiero decir
que es antropomórfica y no contiene un solo
punto que sea "verdadero en sí", real y válido
universalmente, independientemente del hom-
bre. El que busca tales verdades busca en el
fondo sólo la metamorfosis del mundo en el hom-
bre, lucha por entender el mundo como una cosa
humana y consigue con esfuerzo —en el mejor de
los casos— el sentimiento de una asimilación. En
forma parecida al astrólogo, que considera que
las estrellas están al servicio del hombre y en
relación con su dicha y sus sufrimientos, así un
tal investigador considera al mundo entero como
algo ligado al hombre; como el eco infinitamente
entrecortado de un sonido original, del hombre,
como la copia infinitamente reproducida de una
figura original, del hombre. Su comportamiento
es sostener que el hombre es la medida de todas
las cosas, pero ello proviene del error de creer
que tiene ante sí esas cosas como puros objetos,
de un modo inmediato. De este modo olvida que
las metáforas intuitivas originales son metáforas,
y las toma como si fueran las cosas mismas.
Sólo mediante el olvido de ese primitivo mun-
do de metáforas, sólo mediante el endurecimien-
to y el hacerse rígidas de una muchedumbre de
imágenes originalmente surgidas, en cálida flui-
37
dez, de la capacidad humana original de fantase-
ar; sólo mediante la inconmovible creencia de
que este sol, esta ventana, esta mesa son una ver-
dad en sí; dicho brevemente: sólo gracias a que
el hombre se olvida de sí como sujeto, y cierta-
mente como sujeto que crea artísticamente, vive
en una tranquilidad, seguridad y coherencia. Si
pudiera dejar -aunque fuera por un instante— de
estar preso en esta creencia, desaparecería inme-
diatamente su "autoconciencia". Ya le cuesta
reconocer que el insecto o el pájaro perciben un
mundo totalmente diferente del humano, y que la
pregunta acerca de cuál de ambas percepciones
es la correcta carece de sentido, porque para res-
ponderla deberían ser medidas con una vara de
la percepción correcta, que no existe. Pero en
general la percepción correcta -si se llama así a
la expresión adecuada de un objeto en un suje-
t o - me parece un absurdo lleno de contradiccio-
nes, ya que entre dos esferas totalmente diferen-
tes, como sujeto y objeto, no hay ninguna
causalidad, ninguna rectitud, ninguna expresión,
sino a lo sumo una conducta estética, quiero
decir una translación alusiva, una traducción
balbuciente a una lengua totalmente extraña.
Para lo cual se necesitaría, en todo caso, una
esfera intermedia y una facultad intermedia que
poeticen e inventen libremente. La palabra
"fenómeno" encierra muchas seducciones, por lo
cual la evito en lo posible: porque no es verdad
38
que el ser de las cosas se manifieste en el mundo
empírico. Un pintor sin manos, que quisiera
expresar cantando la imagen que le viene a
mientes, podría revelar más —con esta sustitu-
ción de esferas— que lo que revela el mundo
empírico del ser de las cosas. La misma relación
entre un estímulo nervioso y la imagen que pro-
duce no es en sí necesaria, pero cuando justa-
mente la misma imagen es producida millones de
veces y es heredada por muchas generaciones
humanas, y por fin, aparece a toda la humanidad
siempre a continuación del mismo motivo, enton-
ces adquiere para el hombre la misma significa-
ción que si fuera la única y necesaria imagen y
como si esa relación de la originaria excitación
nerviosa con la imagen producida fuera la de una
estricta causalidad; así como un sueño siempre
repetido sería sentido y juzgado como realidad.
Pero el hacerse dura y rígida de una metáfora no
garantiza de ningún modo la necesidad y justifi-
cación exclusiva de la misma.
Seguramente, todo hombre familiarizado con
estas consideraciones ha sentido una profunda
desconfianza contra todo idealismo de este tipo;
con tanta frecuencia se ha persuadido claramen-
te de la eterna coherencia, actualidad e infalibi-
lidad de las leyes de la naturaleza, que ha llega-
do finalmente a la conclusión: tan lejos como
podamos penetrar en las alturas del mundo te-
lescópico y en las profundidades del mundo
39
microscópico, todo será tan seguro, desarrolla-
do, infinito, legal y sin huecos, que la ciencia
podrá excavar en estas minas con éxito y todo lo
que se encuentre concordará y no entrará en
contradicción consigo. Esto no se parece a un
producto de la fantasía; ya que, si fuera así,
dejaría adivinar en algún lado la apariencia y la
irrealidad. Contra esto se puede decir: si cada
uno de nosotros tuviera una percepción sensorial
diferente, nosotros mismos podríamos percibir a
veces como pájaros, a veces como gusanos,
a veces como plantas; o si uno de nosotros viera
el mismo estímulo como rojo, el otro como azul,
y un tercero hasta lo oyera como un sonido, nadie
hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino
que la concebiríamos sólo como un producto
altamente subjetivo. ¿Qué es entonces para nos-
otros, a fin de cuentas, una ley de la naturaleza?
No es algo conocido en sí mismo, sino en sus
efectos, es decir en sus relaciones con otras leyes
de la naturaleza, que a su vez conocemos sólo
como relaciones. Por lo tanto, todas estas relacio-
nes vuelven a remitir siempre unas a otras y son
ininteligibles para nosotros según su ser. Sólo
son conocidas realmente por nosotros las cosas
que aportamos: el tiempo, el espacio, así como
relaciones de sucesión y números. Todo lo mara-
villoso, lo que nos asombra en la naturaleza, lo
que reclama nuestra explicación y nos podría
inducir a una desconfianza hacia el idealismo,
40
reside únicamente en el rigor matemático y el
carácter inviolable de las representaciones del
espacio y del tiempo. Pero estas nociones las
producimos en nosotros y a partir de nosotros
con la misma necesidad con la que la araña teje
su tela. Si estamos forzados a concebir todas las
cosas en esas formas, entonces ya no es para
asombrarse que en todas las cosas captemos jus-
tamente estas formas, porque todas deben llevar
en sí las leyes del número, y precisamente el
número es lo más asombroso en las cosas. Toda
la regularidad que admiramos en el curso de las
estrellas y en los procesos químicos, coincide en
el fondo con esas propiedades que nosotros mis-
mos aportamos a las cosas, de modo que con ello
nos admiramos a nosotros mismos. De allí resul-
ta que esa formación artística de metáforas con
la que comienza en nosotros toda sensación,
presupone ya esas formas, y por lo tanto se rea-
liza en ellas. Sólo por la firme perseverancia de
estas formas primarias se explica la posibilidad
de que después se construya, desde las metáfo-
ras mismas, un edificio de conceptos. O sea que
éste es una imitación de las relaciones de tiem-
po, espacio y número, hecha sobre la base de las
metáforas.
41
2
Como vimos, en la construcción de los conceptos
trabaja originariamente el lenguaje, y en tiempos
posteriores la ciencia. Así como la abeja al
mismo tiempo construye las celdillas y las llena
de miel, así trabaja inconteniblemente la ciencia
en ese gran columbarium de los conceptos, ce-
menterio de las intuiciones, construye siempre
pisos nuevos y más altos, apuntala, limpia y
renueva las viejas celdas; y ante todo se ocupa de
llenar este enorme entramado y ordenar en él
todo el mundo empírico, esto es, el mundo antro-
pomórfico. Si el hombre de acción ata su vida y
su razón a sus conceptos, para no ser arrastrado
y perderse, el investigador hace su choza junto a
la torre de la ciencia, para encontrar ayuda junto
a ella y protección bajo el baluarte existente. Y
necesita protección, porque hay terribles fuerzas
42
que lo amenazan continuamente y que oponen a
la verdad científica "verdades" de tipo muy dis-
tinto y con las más diferentes etiquetas.
Ese impulso a crear metáforas, impulso fun-
damental del hombre del cual no podría prescin-
dir ni un momento, porque en ese caso prescindi-
ría del hombre mismo, no está en verdad forzado
ni es domado por el hecho de que se haya cons-
truido, como fortaleza, un mundo regular y nuevo
a partir de sus evanescentes productos, los con-
ceptos. Busca un nuevo ámbito para su acción y
otro cauce; y los encuentra en el mito y sobre
todo en el arte. Continuamente confunde las cla-
sificaciones y casillas de los conceptos poniendo
nuevas transferencias, metáforas y metonimias;
continuamente muestra el afán de recomponer el
mundo del hombre despierto haciéndolo tan co-
lorido, irregular, sin consecuencias, inconexo,
encantador y siempre nuevo como el mundo del
sueño. Ciertamente, el hombre despierto sabe
que está despierto sólo por el rígido y regular
tejido de los conceptos, y justamente por ello
llega a creer que sueña cuando ese tejido, algu-
na vez, es destrozado por el arte. Pascal tiene
razón cuando afirma que si tuviéramos todas las
noches el mismo sueño, estaríamos tan ocupados
con él como con las cosas que vemos a diario: "Si
un obrero estuviera seguro de soñar cada noche,
durante doce horas enteras, que es un rey; creo
—dice Pascal— que sería simplemente tan feliz
43
como un rey que todas las noches soñara duran-
te doce horas que es un obrero". La vigilia de un
pueblo estimulado por el mito, como por ejemplo
los antiguos griegos, es -por la maravilla siempre
efectiva, tal como la supone el mito— más pareci-
da al sueño que el día de un pensador desilusio-
nado por la ciencia. Si cada árbol pudiera hablar
alguna vez como una ninfa, o si un dios pudiera
raptar jovencitas disfrazado de toro, si la misma
diosa Atenea de golpe pudiera ser vista pasean-
do por las plazas de Atenas en un hermoso carro
acompañada por Pisístrato (y eso creía el honra-
do ateniense); entonces en todo momento, como
en los sueños, todo es posible; y la naturaleza
entera revolotea en torno de los hombres como si
sólo fuera la mascarada de los dioses, quienes
haciendo esto harían sólo una broma, la de enga-
ñar a los hombres en todas las formas.
Pero el hombre mismo tiene una invencible
tendencia a dejarse engañar y está como encan-
tado ante la felicidad cuando el rapsoda le cuen-
ta leyendas como verdaderas o cuando el actor,
haciendo el papel de rey, actúa con más realeza
que la que le muestra la realidad. El intelecto,
ese maestro en el arte de fingir, es libre y está
eximido de su esclavitud habitual cuando puede
engañar sin hacer daño y entonces festeja sus
Saturnales; nunca es más exuberante, rico, orgu-
lloso, diestro y audaz. Con gusto creador arroja
metáforas desordenadas y desplaza los mojones
44
de la abstracción, de manera que designa, por
ejemplo, un río como un camino que se mueve, y
que lleva al hombre allí adonde va habitualmen-
te. Ahora se deshizo de los signos de su servi-
dumbre: siempre esforzado con afligida diligen-
cia en mostrar al pobre individuo que ansia
existir la vía y los medios para ello, y ayudando
como un sirviente a su señor en busca de la presa
y el botín; ahora se hizo señor y puede borrar de
su rostro la expresión de indigencia. Todo lo que
ahora hace lleva consigo, comparado con su
hacer anterior, el fingir; así como el anterior lle-
vaba consigo la distorsión. Copia la vida del
hombre, pero la toma como una cosa buena y
parece darse por satisfecho con ella. Aquellas
enormes vigas y andamios de los conceptos, afe-
rrándose a los cuales el hombre menesteroso se
salva a través de la vida, son para el intelecto
que se ha liberado sólo un tablado y un instru-
mento de juego para sus más audaces piezas de
arte: y cuando los deshace, los desordena y los
vuelve a ordenar irónicamente, equiparando lo
más extraño y separando lo más cercano, mani-
fiesta que no necesita aquellos recursos de la
indigencia, y que ahora se guía no por conceptos
sino por intuiciones. Ningún camino normal con-
duce desde estas intuiciones al país de los es-
quemas espectrales, las abstracciones. No está
hecha la palabra para ellas, el hombre enmude-
ce cuando las ve, o bien habla en metáforas
45
prohibidas y en inauditas composiciones de con-
ceptos, para corresponder por lo menos en forma
creadora a la impresión de la poderosa intuición
actual, mediante la destrucción o burla de los
antiguos límites conceptuales.
Hay épocas en las que el hombre racional y el
hombre intuitivo andan juntos, uno angustiado
ante la intuición, el otro burlándose de la abs-
tracción; tan irracional el último como poco artis-
ta el primero. Ambos ansian dominar la vida:
éste, sabiendo tratar las principales necesidades
con previsión, prudencia y regularidad; en tanto
aquél, como "héroe pletórico de alegría", no ve
esas necesidades y toma como real sólo la vida
que se ajusta a la apariencia y la belleza. Allí
donde el hombre intuitivo —como por ejemplo en
la antigua Grecia— maneja sus armas con más
fuerza y más victoriosamente que su adversario,
se puede, en casos favorables, formar una cultu-
ra, y fundar el dominio del arte sobre la vida. Ese
fingir, esa negación de la necesidad, ese esplen-
dor de las intuiciones metafóricas y en general
esa inmediatez del engaño acompañan todas las
manifestaciones de semejante vida. Ni la casa, ni
el paso, ni el vestido ni el jarro dejan ver que la
necesidad los inventó; parece que en todos ellos
debiera expresarse una felicidad sublime y una
serenidad olímpica. Mientras que el hombre
guiado por conceptos y abstracciones sólo evita
la infelicidad con ellos, sin ganarse la felicidad,
46
mientras trata, lo más posible, de evitar los dolo-
res, el hombre intuitivo, estando en una cultura,
además de evitar los males cosecha una claridad,
una animación y una liberación que fluyen con-
tinuamente. Es cierto que cuando sufre, sufre
más fuertemente. Incluso sufre más a menudo
porque no sabe aprender de la experiencia y
vuelve a caer en el mismo hoyo en el que había
caído. Es tan irracional en el dolor como en la
dicha, grita fuerte y no tiene consuelo. ¡Cuan
diversamente se encuentra en la misma des-
gracia el estoico, que ha aprendido de la expe-
riencia y se domina a sí mismo a través de con-
ceptos! El, que siempre busca sólo la sinceridad,
la verdad, la falta de engaños y cuidarse de los
ataques cautivantes, ofrece ahora, en la desgra-
cia, como aquél en la felicidad, la obra maestra
del fingimiento; no lleva el rostro contraído y
viviente, sino que como una máscara con digna
proporción en los rasgos, no grita ni cambia su
voz. Cuando una nube tormentosa se descarga
sobre él, se envuelve en su manto y camina bajo
ella con paso lento.
47