Basilisco 101
Basilisco 101
/ / ^ / y y
RELIQUIAS Y RELATOS
Gustavo Bueno
CULTURAS ADÉMALES
Tomás R. I-eriiáiidc/'.
EREUD, HEGEL Y SIETZSCHE
SOBRE LA TRAGEDIA GRIEGA
Pilar Palop
SISTEMA DE LA
TEORÍA GENERAL DE LOS
SISTEAL\S
AlbcTEo Hidai,i;o
EL MITO DE LA
NEUTRALIDAD DE LA CIENCIA
Mi.iíüci A. Quintanilla
ATEÍSMO EIWSOEICO Y
RELIGIÓN PROGRESISTA
Domingo Blanco
ONTOGENh\ Y EILOGENIA
DEL BASILISCO
Gustavo Bueno Sánchez
ESPINOSA:
PROYECTO IILOSOEICO Y
MEDIACIÓN POLÍTICA
Javier Peña
CONCERTEOS CONJUGADOS
Gustavo Bueno
LÓGICA POLIVALENTE
Julián VeiarJe
NOTAS INÉDITAS SOBRE EL
CONGRESO DE BARCELONA
José María Laso Prieto
EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
SUMARIO
EE BASILISCO,7 NUMERO 1 l\ MARZO-ABRIL 197^
iAÍnriouuos
i Gusxasro^MG^[Link] y relatos 15
. Tomé^'Rumión'E¡emáadez: Culturas ánimaks ¡17
Domingo Élarico. Ateísmo filosófico \y religión progresista ¡32
Pilar Palop. Preüd, Hegel y Nietzsche sobre Idtrd^ia griega ¡41
Miguel Ángel QuintanillaJ El mito dé la,neutralidad de la'Ciencia ¡52
Alberto Hidáilgci. Sisterha de la Teoría general de los Sistemas ¡57
TEATRO a O T I C O
Gustavo Bueno Sánchez. Ontogenia y Filogenia del Basilisco ¡64
\ UEXICO ; i
Gustavo Bueno.' Conceptos (onjugfidos- ¡88
Julián Velarde Loiiibraña. Lógica polivalente ¡93
NOTAS
José María Laso Prieto. Notas inéditas sobre el Congreso de Barcelona ¡100
J.M-L. Información XV Congreso de Filósofos Jóvenes ¡112
CRITICA DE LIBROS
Alberto H i d a l ^ . Disciplinariedad versus sistematismo en Toulmin ¡113
PilarFalop. Un Freud sin controversia ¡117
José Manuel Fernández Cepedal. Ser marxistd-leninista hoy ¡118
Gustavo Bueno. Sobre el poder ¡120
Pilar Palop. Alinas precisiones a un libro piadoso ¡126
PRECIO DEL EJEMPLAR: 200 PTAS.: SUSCRIPCIÓN ANUAL ESPAÑA: 1.200 PTAS. SUSCRIPCIÓN ANUAL EX-
TRANJERO:. 1.800 PTAS...: PENTALFA EDICIONES. PUBLICACIÓN BIMESTRAL DISEÑA/IMPRIME; BARAZA-
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ARTÍCULOS
RELIQUIAS Y RELATOS:
CDNSTRUCCION DEL CX)NCEPID
DE «HISTORIA FENOMÉNICA»
GUSTAVO BUENO
Oviedo
os análisis que siguen son de tipo gnoseoló- merso en un «pasado» fantasmagórico, al mismo tiempo
gico, no son de tipo metodológico. La «me-, que este pasado se nos presenta como una atmósfera que
todología de la Historia» pertenece a la se respira únicamente desde el presente. Pero este pre-
• propia estructura de la ciencia, a su tecno- sente es precisamente el presente físicalista constituido
logía (la metodología de los stemmas es la por las reliquias.
^ c i e n c i a histórica lo que, por ejemplo, a k
metodología de la doble pasada es a la ciencia química).
La Gnoseología es filosófica,, su materia no es tanto la Este es un modo «denotativo» de designar el conte-
historia, cuanto la Historia —incluida la propia metodo- nido de lo que vamos a llamar «Historia fenoménica». :.
logía—. N o obstante, bajo la rúbrica «metodología» sue-
len acogerse cuestiones gnoseológicas y, aunque los en- Pero el análisis gnoseológico de este contenido plan-
tretejimientos son evidentes, conviene mantener la con- tea cuestiones muy complejas. En primer lugar, porque
ciencia de su distinción. los fantasmas del pretérito no son gratuitamente cons-
truidos (salvo cuando la historia se convierte en novela)
y no es fácil dar una razón precisa gnoseológica de los moti-
Cuando hablamos de «Historia científica», nos refe- vos por los cuales la Historia debe comenzar por construir
rimos a las «ciencias históricas particulares» (Historia so-
«fantasmas» —es decir— no es fácil redefinir la función
cial, Historia del Arte, etc.), y no a la «Historia total».
de estos fantasmas en términos gnoseológicos. (Aquí su-
Incluso la llamada «Historia general» (por oposición a la
«Historia del Arte», a la «Historia de la Ciencia»...) es geriremos que ellos son únicamente el soporte mínimo o
también (firente a la «Historia total») una «Historia espe- el «revestimiento imaginario» de las operaciones del pla-
cial», cuyo tema es la Historia política y económica. no i3 operatorio en el cual las reliquias han de ser re-
construidas, de suerte que nos remitan, eventualmente,
al descubrimiento de futuras reliquias: este es el único
sentido positivo que creemos posible atribuir a la predic-
tividad del futuro, asociada ordinariamente a la Historia
I. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN científica. Los «fantasmas» sólo figuran, por tanto, en la
Historia fenoménica, como operadores que enlazan las
«reliquias» diferentes entre sí). En^ segimdg_Jugar,
porque la Historia así establecida, sin perjuicio de que
1. La Historia —^la ciencia histórica— se construye pueda alcanzar evidencias tan apodícticás como las mate-
sobre ruinas, vestigios, documentos, monumentos: llame- máticas, no es sino una parte de la ciencia histórica, y
mos reliquias a todas estas cosas (reliquus —restante; re- acaso la de rango más bajo. ¿Cómo definir gnoseológica-
linquere —^permanecer). Pero el historiador, en cuanto tal mente la unidad, si es que existe, de esta ciencia históri-
no permanece inmerso en sus ruinas, no se limita a per- ca que llamamos Historia fenoménica y cómo establecer
cibirlas, a constatarlas en su corporeidad físicalista. Las sus relaciones (incluidas las relaciones de realimentación
puebla de «fantasmas». El «presente» (constituido por las con el otro tipo de Historia científica que (sin perjuicio
reliquias) aparece así, tras el trabajo del historiador, in- de que sus resultados sean mucho menos evidentes) con-
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sideraremos de rango más alto, denominándola «Historia que Gardiner ha llamado «falacia de la máquina del
teórica (no precisamente «Historia social»). Sobre todo si tiempo»(2).), cuando de lo que se trata es de analizar de
tenemos en cuenta la circunstancia de que, con este qué modo llegamos a la idea misma de pasado a partir de
nombre de «Historia teórica», designamos, más que a un único presente positivo que nos puede remitir a él: las
una ciencia unitaria, —^una «Historia total», una «Histo- reliquias son,desde luego, contenidos del presente —son
ria integral» que interpretaremos como un concepto in- «modificaciones» .de la corteza terrestre actual— y el
tencional y no efectivo —^ un conjunto de ciencias his- sentido más positivo de la fórmula habitual: «La Historia
tóricas muy heterogéneas (unas de índole social —^políti- se hace desde el presente» es, desde luego, este: «La
co, económico— y otras de índole cultural) y, por consi- Historia se hace desde las reliquias». Pero, para quienes
guiente, que la expresión «Historia teórica» nos remite a parten ya de la concepción del pasado como una suerte
una determinada propiedad, compartida por diferentes de entidad real <<per-fecta» (no «in-fecta», para utilizar la
ciencias históricas, y no a una determinada ciencia histó- distinción estoica, como lo es el presente operatorio)
rica, (sugerimos aquí, como criterio más adecuado para concebida epistemológicamente como envuelta en unas
formular el sentido gnoseológico de la oposición entre la brumas que se trataría sólo de rasgar (dejando al margen
«Historia fenoménica» y la «Historia teórica», la oposi- la contradicción ontológica de dar como real precisamen-
ción general entre las metodologías ^—operatorias y las te a lo que no existe sino como fantasma, de clasificar
metodologías íí-^-operatorias características de las cien- como hecho o evento precisamente a lo que no es un
cias humanas). ¿Dónde situar, entonces, al materialismo hecho sino un constructum, puesto que el hecho es la reli-
histórico en cuanto ciencia?. ¿Es Historia fenoménica o es quia) las reliquias serán, sin más, sobreentendidas como
Historia teórica? ¿Es Historia económico-social o es His- testimonios del pasado (de las sociedades pretéritas, de
toria cultural? ¿O es Historia total científica? ¿No es est^ los individuos pretéritos).
un concepto sin sentido?. Cuando se dice que Marx des-
cubrió, como Galileo, «el continente de la ciencia his-
tórica» ¿Se ha dicho en realidad algo, si no se nos ofre- ¿Qué puede querer decir todo esto en términos
cen las coordenadas gnoseológicas (Historia fenoméni- gnoseológicos?. Utilizando las coordenadas de la teoría
ca/Historia teórica; Historia social/cultural, etc.) de este del cierre categorial: que las reliquias no forman parte del
continente, de esta nueva ciencia.'' La realidad gnoseoló- campo recto de la ciencia histórica, sino de un campo oblicuo,
gica de un continente del que no se conocen las coorde- fenoménico. Las reliquias serán entendidas, de entrada,
nadas es similar a la realidad geográfica de un continente (para decirlo con terminología semiótica) como signifi-
como la Atlántida (1). cantes (presentes) de unos significados (pretéritos) que
subsisten más allá de ellos. Las reliquias serán signos que
2. Pocos historiadores negarán esta evidencia gno- nos representan algo distinto de ellos mismos; son refle-
seológica: que la ciencia histórica se apoya, exclusiva- jos de un pasado perfecto. Pero gnoseológicamente, la si-
mente sobre las reliquias. Pero no todos aceptarán el tuación no puede reducirse en modo alguno a estos tér-
análisis gnoseológico que estamos esbozando en torno a minos. En primer lugar, porque, por lo menos, ocurre,
su significado. En rigor, la cuestión comienza en este ya, en las ciencias históricas, algo que ocurre también en
punto: en el del análisis gnoseológico del significado de las ciencias físicas: que las «esencias» son el reflejo de
las reliquias en el conjunto de la construcción histórica, los «fenómenos» físicalistas, aunque la relación recíproca
y en el análisis de los procedimientos de construcción, deba establecerse de un modo cerrado por la propia
mediante los cuales ellas parecen ser desbordadas. Con ciencia (el argumento ontológico). El espectro es el reflejo
frecuencia, este análisis se pasa por alto. Se ejercita, aca- del átomo (ordo essendi), pero gnoseológicamente el átomo
so rigurosamente, el desbordamiento, y se formula el (el átomo de Bohr) es el reflejo del espectro; a partir de
proceso mediante una frase como ésta: las reliquias son los fenómenos espectrales comenzó aquél a ser científi-
los testimonios del pasado. «La Historia es la ciencia del camente construido. Así también, el pasdo será, ante
pasado» —se dice ingenuamente—. Los más críticos aña- todo, para la ciencia histórica, el reflejo del presente (el
den, con Croce: «De un pasado, naturalmente, compren- reflejo de las reliquias) y no recíprocamente. Las tareas
dido desde el presente» (un presente que envuelve todas de la teoría de la ciencia histórica consisten, muy princi-
las coordenadas de la comprensión, incluyendo los prejui- palmente, en el análisis de los mecanismos de paso del
cios ideológicos y las perspectivas prácticas orientadas al reflejo a lo reflejado, del significante al significado, en
futuro. Y en este sentido, dado que en el presente está el tanto estos pasos hacen posible el circuito de retorno.
futuro, podría concluirse, con el mismo derecho, que la En cualquier caso, toda construcción histórica que no
reconstrucción del pasado se hace desde el futuro). Pero quiera confundirse con un relato mítico («érase una
todas estas precisiones, aunque contienen determinacio- vez...») debe comenzar por el anacronismo de los fenó-
nes objetivas (si bien formuladas en términos obscuros y menos, por las reliquias, y por quienes las han trabajado.
metafísicos: «Futuro», «Presente»...) son precisiones de Es imposible hablar científicamente de Agamenón sin
índole epistemológica, más que gnoseológica. Se refieren hablar de Schliemann, de Tutankamon, sin hablar de
más a la crítica epistemológica que al análisis gnoseológi- Cárter, de Sargón, sin hablar de Layard. En segundo
co de los procedimientos de construcción histórica. Pre- lugar, porque el terminus ad quem de la construcción his-
suponen el pasado como algo dado de antemano (aunque tórica, el pasado, no tiene las características del terminus
deformado o refractado por el prisma del presente); el ad quem de las ciencias físicas. El átomo de Bohr, aún
pasado como algo a lo que habría que retroceder (es lo
(2) «Falacia de la máquina del tiempo», según GARDINER; «Los acontecimientos del pasado
subsisten en un mundo propio. Se tiene la Impresión de que si solo pudiéramos visitar ese
mundo, todo iría bien, y regresaríamos con un conocimiento incontrastable de lo que sucede
(1) Vid. la crítica de P. Vilar a ALTHUSSER; Hisíoire marxiste, histoire en consirucíion (essaj de allí». Desgraciadamente (continúa Gardiner), no podemos hacer tal cosa y nuestro conocimien-
dialogue avec hlúwmtz). Anuales, XXVIII, n° 1 (Enero-Febrero, 1973). to será fragmentario y defectuoso (Filosofía de la Historia, trad. esp., pág. 53).
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siendo un sistema construido (una esencia), ha de tratarse heterogéneas (militares, religiosas, urbanas, etc., etc.),
como si estuviese en el mismo plano (ordo essendi) que el por medio de las formas pretéritas, la naturaleza de estas
espectro (el fenómeno) que está siendo causado por la formas y su conexión gnoseológica con las reliquias, en
esencia, que es una realidad que coexiste con aquel, sin qué medida puede hablarse de un campo categorial uni-
perjuicio de que, al propio tiempo, el fenómeno coexista tario (el de la Historia fenoménica), integrado, precisa-
en un plano oblicuo, puesto que los efectos de las radia- mente, por elementos tan heterogéneos, y qué relaciones
ciones atómicas en el espectroscopio son el re- guarda con otros conceptos gnoseológico-descriptivos,
sultado del acoplamiento de ciertas instalaciones gnoseo- como pueden serio los de «Historia evenemencial»,
lógicas que no son esenciales al sistema mismo del «Historia-factual», «Historia-teatro», «Historia narra-
átomo. En cambio, el pasado al que llegamos tras la cons- ción», etc.
trucción sobre las reliquias, no cabe tratarlo como una
realidad coexistente con el fenómeno, sino precisamente De este modo, pretendemos fijar nuestra posición
como una «irrealidad», encubierta por la circunstancia de con respecto a las posiciones que el neo-positivismo ha
que es designada por significantes verbales («fue», mantenido ante las ciencias históricas. Brevemente, di-
«sido») tan positivos como los significantes que designan ríamos que compartimos con el físicalismo todo lo que él
el presente («es»). El pasado histórico no actúa sobre las tiene de crítica (más bien epistemológica) a la teoría de
reliquias del mismo modo como el átomo de Bohr actúa sobre el la Historia pre-positivista (la Historia como «ciencia del
espectro. Y paradójicamente, advertimos que los fenóme- pasado», etc.), pero, que nos separamos de él, en lo que
nos espectroscópicos son oblicuos a las realidades atómi- tiene de reductivismo. Reductivismo que, por otra parte,
cas, mientras que los fenómenos históricos, las reliquias, acaso no consiste tanto, aquí, en «rebajar» las estructuras
son, de algún modo, componentes rectos de las realidades de un «nivel superior» a otras pertenecientes a un nivel
pretéritas, son «contenidos formales» de la Historia. «inferior» (las estructuras biológicas a las químicas, las
culturales a las mecánicas...) cuanto en «reabsorber» las
determinaciones espectficas en otras genéricas, y ello al
3. Planteamos las cuestiones gnoseológicas primeras margen de que esta genericidad sea de un nivel ontoló-
de la teoría de las ciencias históricas como cuestiones gico más bajo (el que corresponde a los géneros anterio-
centradas en torno a los «procedimientos» de transición res a las especies) o sea (como ocurre aquí) de un nivel
(o construcción, regressus) a partir de las reliquias hasta más alto (géneros modulantes). Porque el componente
los fenómenos pretéritos, así como a los procedimientos fisicalista de las reliquias, en tanto mantenga la forma de
de enlace de los fenómenos entre sí, en tanto han de tales reliquias, no implica el descenso desde el nivel cul-
conducirnos de nuevo a reliquias (progressus) y, eventual- tural a un nivel genérico (absorbente): las reliquias no
mente, a la predicción del futuro fisicalista. De un futuro son tanto, para el historiador fisicalista, «carbonato calci-
que, si es predictible científicamente, es porque ya está co» o «celulosa», cuanto, por ejemplo, «sillares» o «pa-
determin áticamente coordinado con nuestro sistema, aun- pel». La genericidad considerada principalmente por la
que (ese futuro) nos sea desconocido. (Evidentemente, teoría de la Historia fisicalista es de índole epistemológi-
lo que se denota con la expresión «futuro gnoseológica- ca, y comporta, más que un rebajamiento de nivel, un
mente determinado» no puede ser otra cosa sino el con- empobrecimiento de los complejos procesos gnoseológi-
junto de reliquias aún desconocido). cos de construcción que ligan las reliquias y las formas
pretéritas (y ello junto con precisiones muy importantes
Podría ocurrir, y ocurre de hecho, que muchos his- en el orden fisicalista). Diríamos, pues, que el neo-positi-
toriadores protesten enérgicamente ante quien les pro- vismo fisicalista ha procedido aplicando a la ciencia histó-
pone semejantes objetivos científicos. Dirán que ellos no rica el principio general (certero) de la necesidad de una
se sienten estimulados por semejantes objetivos, sino, base fisicalista sobre la que se apoye toda proposición
por ejemplo, por el deseo de conocer el pasado humano, científica (considerada, epistemológicamente, como pro-
en tanto nos ofrece el marco para comprender el futuro. posición verificable) y se ha encontrado, más o menos,
Esta es una cuestión psicológica que, naturalmente, no se con lo que llamamos «reliquias» en cuanto correlato, en
trata aquí de impugnar. ¿Quién duda un momento de la las ciencias históricas, de lo que son los datos fisicalistas
sinceridad de tan nobles propósitos?. Pero, también po- en las ciencias naturales. Ahora bien, al atenerse a la
dría ocurrir que un físico protestase enérgicamente ante perspectiva de este principio fisicalista de verificación, el
quien le asigna como misión establecer, por ejemplo, el neo-positivismo se mantiene en un terreno abstracto
cierre de la teoría de las máquinas de vapor, alegando genérico, que pone entre paréntesis los mecanismos gno-
que su estímulo verdadero (su finis operantis) es el de seológicos de transición de los datos fisicalistas a las
resultar útil a la industria (incluso llegando a descubrir el formas pretéritas, o los reduce a mecanismos lógico-pro-
perpetuum mobile). Pero los motivos psicológicos son ex- posicionales, dentro de la teoría de la ciencia bipotético-
trínsecos a la estricta tarea gnoseológica (finis operis) e deductiva. «Toda afirmación acerca del pasado es equiva-
incluso pueden entrar en contradicción con ella. lente a una afirmación acerca de registros, documen-
tos...» decía Ryle (3). Pero esto no es cierto. No hay tal
Lo que nos importa, desde el punto de vista gnoseo- equivalencia —esta equivalencia no es otra cosa sino el
lógico, son las cuestiones relacionadas con el proceso de resultado de aplicar la perspectiva genérica a la que nos
cierre histórico, con los circuitos i constituidos por los referíamos. «Decir que sabemos que tal acontecimiento
procesos de transición de las reliquias a las formas preté- ocurrió en el pasado, equivale a declarar una pretensión:
ritas (el «pasado»), en la medida en que éstas nos de- la pretensión de que si se nos pide que produzcamos
vuelven de nuevo a las reliquias en un proceso recurren-
ce. Nos interesa la cuestión en torno a la naturaleza de
la unidad que pueda adscribirse a una ciencia constituida
en la construcción de estas conexiones de reliquias tan (3) RYLE, Análysis. 1936; GARDINER. op. cit., pig. 54.
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razones concluyentes .para justificar nuestra afirmación, teológica del mundo, como aquella que podemos atribuir
podremos producirlas» dice Dakeshott (4). Desde luego, todavía, sin temor a equivocarnos (y sin olvidar las
en una reducción dialógica de la cuestión. Pero la verda- excepciones), a la época del Renacimiento. Si todas las
dera cuestión comienza aquí: en el análisis gnoseológico formaciones de nuestro mundo deben ser entendidas
de esta «producción de razones concluyentes», que es como el resultado de la acción de dioses o de démones,
algo distinto de señalarlas deícticamente, como se señala las «reliquias» quedarían desdibujadas como tales. Dios
el interior de la «caja negra», en lugar de abrirla. La modeló con una arcilla (que, a su vez, había sido previa-
«caja negra» es aquí la misma ciencia histórica. mente creada por él) los cuerpos humanos; Dios había
llevado la mano de Moisés cuando éste escribía El Géne-
sis; esos inmensos apilamientos de sillares que hoy atri-
buímos a los romanos (reliquias de acueductos) habían
sido, acaso, fabricados por el diablo. Es preciso que los
II. RELIQUIAS Y RELATOS cielos y, sobre todo, la Tierra queden hmpios de dioses
y de démones, para que los hombres aparezcan como los
únicos fabricantes. Ni siquiera los animales, llegará a
decirse, pueden fabricar, porque son máquinas, autóma-
4. Las «reliquias» son «hechos», hechos físicos, cor- tas (5). Esta concepción del hombre como único ser do-
póreos, presentes. Pero no son hechos brutos, dados por tado en el mundo de inteligencia tecnológica (gnoseoló-
sí mismos, como sustancias aristotélicas. Son realidades gicamente: como único ser inteligible en el plano |3-ope-
que subsisten, por de pronto, en contigüidad con otras ratorio) aunque sea errónea, será el núcleo en torno al
realidades que no son reliquias, «entretejidas con ellas». cual se organizará la idea moderna de «Hombre», una
Es preciso deslindar, en el «continuo» {complejo) de las idea, por cierto, esquemática y demasiado rígida (ante-
realidades presentes, aquellas que son reliquias y aquéllas rior a la teoría de la evolución, que sólo comenzará a
que no lo son. Las operaciones que hacen posible esta abrirse camino al final del siglo XVIII). Idea moderna de
delimitación, (operaciones que pertenecen precisamente «Hombre», (como tema de las ciencias humanas) que
al plano |3-operatorio) suponen, en cada caso, un conjun- comporta, a la vez, la universalidad de la razón (digamos:
to complejo de precondiciones, cuya generalización y del plano |3-operatorio, como perspectiva común a todo
cristalización se encuentran en el origen mismo de las lo que es humano) y que es, al mismo tiempo que el tér-
ciencias humanas como ciencias históricas, y es claramen- mino de una idea cristiana (el hombre «rey de la crea-
te observable a partir del siglo XVIL El concepto de ción» «el único dios en la tierra. Cristo»), el principio de
reliquias, con alcance gnoseológico, forma parte, así, de la eliminación del cristianismo medieval y renacentista.
un sistema cuyas líneas principales podrían describirse Se ha pretendido dar cuenta de este nuevo «humanis-
del siguiente modo. mo» a partir de las coordenadas existencialistas, a partir
del concepto de una conciencia de la propia nihilidad del
Dasein como «conciencia del vacío», entendido «a la
En el ámbito del mundo físico, se configuran ciertas francesa», y así Foucault ha sostenido que el hombre (di-
formas, percibidas como fabricadas por hombres, según gamos, el Dasein) es un «invento del s. XVII», un in-
operaciones similares, a las que el propio investigador (el vento que habría tenido lugar mediante el autodescubri-
precursor del «sujeto gnoseológico») ha de ejecutar para miento de su propio hueco, de la conciencia de sí como
comprenderlas como tales formas destacadas de las for- el lugar vacío (6). Pero a nuestro juicio, las categorías
mas que las rodean, es decir, en el plano ^-operatorio. heideggerianas (o sartrianas), por disimuladas que se den,
Por ello es esencial a la dialéctica del concepto de «reli- no son suficientemente potentes para analizar la gran
quia», su inmersión en un contexto áe formas que no lo novedad que estamos considerando en sus repercusiones
sean, es decir, que no hayan sido construidas por el gnoseológicas. Para decirlo en el contexto de Foucault:
hombre, ni por nadie que opere antropomórficamente. el nuevo humanismo no habría aparecido a consecuenncia
Dicho exactamente: que no pueden ser comprendidas en de una conciencia que asciende y cristaliza en el hombre
ün plano íí-operatorio, sino en un plano/? -operatorio. El a partir de su propio ser, sino a consecuencia de una
concepto operatorio de reliquia, tal como lo estamos progresiva trituración de las evidencias dé que, tras las
construyendo, implica, por tanto: formas del mundo que nos rodea, actúan los ángeles, los
démones, o los propios dioses, el propio dios que hace
A. Que presuponemos dadas estructuras o forma- milagros (7). Por ello diríamos que es ciertamente en
ciones que, aún conocidas operatoriamente, no hayan Castilla (preservada de la religiosidad protestante) en
sido operatoriamente establecidas. Si esto no ocurriera donde las primeras nuevas evidencias cristalizan, pero no
alguna vez, el concepto mismo de operación perdería su tanto en el campo de la pintura, (el Velázque'z, de
significado objetivo. Solamente si hay operaciones que Foucault) cuanto en el campo del pensamiento abstracto,
pueden ser, no ya «proyectadas en los objetos» (la cau- en la tesis del automatismo de las bestias, de Gómez
salidad, de Piaget), sino eliminadas del objeto, es posible Pereira, precursor de Descartes. Descartes es quien ha
que las operaciones tengan la forma de tales, y ulterior-
mente, que pueda ser construido el concepto de un pla-
no íi-operatorio. La evidencia de que existen formacio-
(5) Vid. cap. IIl, & 4 (Pescartes). D e nuestra obrz-- Esíaíuto gnoseológico dt las ciencias humanas
nes constitutivas de nuestro presente que son debidas a (Ined.).
causas no operatorias —cuyo ejemplo límite son las
(6) FOUCAULT, Les mots et les choses, cap. L La fórmula utilizada por FOUCAULT para des-
causas mecánicas, o las leyes del azar- no podría abrirse cribir al Hombre moderno acaso procede de la fórmula que Maurice LEENHARDT utilizó para
describir al «Hombre canaco»: «El lugar vacío es él (dice LEENHARDT, presentando un dia-
camino en el seno de un concepción antropomórfica o grama de los cuerpos) y el es quien tiene un nombre» (Do Kamo, París, Gallimard. 1947, cap.
XI).
(4) GARDINER, op. cic, pág. 51. '' (7) Vid. parte II, cap. III & 4-, de Estatuto etc.
8 EL BASILISCO
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trazado el primer cuadro de conjunto de la nueva situa- sustancia metálica, especialmente en las nubes negras,
ción: el mundo es la totalidad de las formas que se con- que se coagula con la humedad circunfusa y que se aglu-
figuran en virtud de procesos mecánicos (plano '^-opera- tina en una masa (parecida a las de la harina amasada con
torio) y los hombres, una vez eliminados los ángeles y agua) y posteriormente se endurece a causa del calor, el
los genios malignos (o alejados a una distancia tal que los igual que un ladrillo» (8). No basta saber que «hay algu-
hace inoperantes ante las evidencias del cogito) son los nas formaciones fabricadas por el hombre» frente a todas
que únicamente actúan inteligentemente (en nuestros las demás, debidas a causas naturales y no a demonios o
términos: plano /3-operatorio), de suerte que pueden a dioses. Es preciso poder determinar, en cada caso, qué
comprender sus propias obras como producidas por formas pertenecen a una clase (las reliquias) y cuáles per-
ellos: verum est factum (Geunclinx, Vico). Solamente sobre tenecen a la otra (a la de las formas naturales o a la de
este fondo mecánico podrá destacar el concepto de «reliquia», aquéllas que se deriven naturalmente de reliquias pre-
como formación corpórea detrás de la cual está presente, vias). Porque sólo entonces es cuando podemos decir
precisamente, el homo-faher de la revolución industrial y que estamos ante un concepto operatorio de reliquia y
este concepto volverá a hacerse borroso cuando alguna que los conceptos (3-operatorios son efectivos y no «ideas
corriente del idealismo alemán pretenda reducir la totali- generales» (en el sentido de Bachelard; precisaríamos:
dad de las cosas a la condición de posiciones del Yo. La ideas generales absorbentes) tales como «un cierto vaho»
conciencia moderna del hombre se destacará, así, ante «una aglutinación». (El concepto de «formas que proce-
todo, por la negación de los ángeles y de los démones. den por vía natural de otras formas-reliquias» plantea
N o como la conciencia de un vacío, sino como la con- dificultades especiales —por cuanto a veces esas formas
ciencia de una actividad fabricadora que sólo puede reco- derivadas no podrían, sin más, reducirse a formas natu-
nocerse a sí misma en sus propias obras. Por ello, cuan- rales que aquí no consideraremos).
do en nuestros días vuelve una y otra vez a hacerse pre-
sente la sospecha (o la certeza) de que formaciones im- 5. Las reliquias constituyen, por tanto, una clase de
portantes de nuestro mundo (desde inscripciones aztecas, objetos corpóreos, dados entre otros objetos corpóreos
hasta ruinas egipcias) no han sido producidas por hom- (fundidos al paisaje, o a otras formas naturales de las que
bres, sino por extratrerrestres, que visitaron la Tierra ca- difícilmente pueden disociarse), pero caracterizados pre-
balgando en platillos volantes (Peter Kolossimo, Sendy, cisamente por esto: porque se nos presentan como efec-
etc., etc.), hemos de ver cómo resucitan los antiguos to de operaciones humanas. Tomamos como criterio de
démones y ángeles del helenismo y del renacimiento, y las operaciones humanas la similaridad al propio sujeto
como, lo que aquí nos importa propiamente: el concepto gnoseológico, en cuanto sujeto operatorio. Por ello, las
de reliquia, vuelve de nuevo a desdibujarse. Perderán su reliquias no son meramente restos (como pudiera serlo el
condición de reliquias, pongamos por caso, las ruinas de polen de Gradmann, tan útil, con todo, a los historiado-
Tihuanco. El concepto de «reliquias», en cuanto constitutivo res —pero en un sentido similar a aquel en el que la
del campo de las ciencias históricas modernas, implica la exor- Historia del hombre puede ser útil al geólogo). Las reli-
cización de los demonios, no sólo de los cuerpos de los hombres,. quias son restos dotados de un nombre (operatorio), aun-
sino de toda la faz de la Tierra, y en todas sus épocas geoló- que este nombre sea desconocido. Este es, probablemen-
gicas. En el momento en que una sola de las reliquias te, el criterio más profundo, aunque no siempre aplica-
que aparecen en ella fuera interpretada como resultado ble, para establecer la distinción entre reliquias y los res-
de la actividad fabricadora de un demon (de un «extra- tos paleontológicos. En un libro de Frederic A. Lucas,
terrestre»), el campo de las ciencias históricas perdería Director del Museo de Ciencias Naturales de Nueva
su propia estructura, sus propios límites. Y ello, precisa- York, figura esta anécdota: «Lo que más me admira de
mente porque estos límites no se establecen a partir de su ciencia —dice una señora que contempla esqueletos
un corte epistemológico (formas fabricadas por alguien/ de dinosaurios, de estegosaurios, al paleontólogo— es
formas naturales) sino a partir de un interna percepción cómo han podido llegar ustedes a saber los nombres de
de lo que es fabricado por sujetos, similares en todo a estos animales» (9). Esta ocurrencia nos sirve, al menos,
nosotros mismos, y en continuidad física (tradición) con para subrayar la aguda oposición entre los planos a-ope-
ellos. Es la extensión o propagación de esta percepción ratorios y /3-operatorios, a la vez que para constatar de
Interna, la que determinará, desde dentro, sus límites, qué. rnodo esta oposición queda sistemáticamente encu-
aquello que es natural, como clase complementaria de lo bierta en el proceso de atribución de «nombres científi-
que ha sido fabricado por los hombres o, incluso, por cos», que no tienen por qué coincidir siempre con los
sus predecesores antropomorfos. nombres vulgares y que muchas veces no existen. Pero
cuando no existen, entonces, aún cuando estuviéramos
ante «objetos himianos», estaríamos, probablemente,
B. Por ello también, es necesario al concepto de situados en el plano a-operatorio. N o todo aquello que
reliquia el que las formas conceptuadas como tales no sólo puede aparecer en el mundo fabricado por el hom-
puedan explicarse como efecto de causas impersonales, bre, es recíprocamente /S-operatorio. Basta pensar que,
mecánicas, sino como efecto de la actividad humana. La aunque dos edificios de una ciudad hayan sido fabricados
determinación de las formas precisas (tan distintas entre no por dioses, sino por hombres, (exigiendo por tanto un
sí) que han de entenderse como efectos de esa actividad, tratamiento |3-operatorio), su mera relación entre ellos
y la separación de las otras, es el único camino para el (con las figuras que ella determina, y que son, por ejem-
exacto establecimiento de la «escala» del campo de las plo, perspectivas culturales y no naturales) acaso ya no ha
reliquias, y de su anomalía, de sus diferencias y seriacio-
nes, de las leyes categoriales a que efectivamente obe-
dece. Todavía a mediados del siglo XVII, Ulises Aldro-
vandi describía las «reliquias paleolíticas» como «debidas (8} Apud Glyn Daniel, op. cir., pág. }A.
a una mezcla de un cierto vaho de trueno y rayo con (9) F.A. LUCAS: Animáis oflhtPasl. New York, 1913, pig.
EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
sido propiamente «fabricada», sino que es una resultancia demos pasar del presente al pasado.'. Cuando se da esta
que desborda el plano p-operatorio, en su forma más cuestión como resulta, el mecanismo de la tradición apa-
simple. rece oculto —o incluso se sobreentiende erróneamente
que son los objetos, por su supuesta actualidad objetiva
Las reliquias son objetos corpóreos, fabricados por de reliquias, los que, por sí mismos, nos remiten al pasado
sujetos similares al sujeto gnoseolQgi<^. Pero, a su vez, (un error sistemático, que se reproducirá una y mil ve-
las reliquias vienen definidas por una .marca negativa que ces, porque no es sino un modo abstracto-técnico de
se sobreañade a la marca genérica positiva: las reliquias denotar la actividad del historiador, que utiliza «reli-
no han sido fabricadas por hombres actuales, sino por sujetos quias» que «le hablan por sí mismas»). Pero ésto es una
similares a los hombres actuales. ¿Qué quiere esto decir, en petición de principio, que, a su vez, incluye la imagen
términos gnoseológicos?. Muy poco, o algo muy trivial, errónea del pasado como una estela que ha quedado
para quien dá ya por supuestos los fantasmas demiúrgi- atrás, respecto del presente, y que debiera anudarse" a este
cos. Mucho, para quien parte de la constatación del presente globalmente, como su pasado (testimoniado por
mundo presente como algo en el que hay objetos p-ope- las reliquias). La situación es muy distinta: si nos atuvié-
ratorios y otros que no lo son; para quien sólo a partir ramos únicamente a los objetos culturales, habría que decir
de aquella unidad (objetos fabricados por hombres, pero que éstos no podrían remitirnos a un pretérito: ellos son
objetos presentes) establece una disociación bastante pa- puro presente, incluso cuando su aspecto sea ruinoso;
radójica, a saber: objetos que han sido fabricados por porque las «ruinas>>__también son presentes.
hombres, pero que no han sido fabricados por hombres
vivientes, sino por difuntos, por hombres pretéritos que, por
Si los objetos culturales presentes pueden remitir-
tanto, no pueden ser percibidos. Pero esto es tanto como
nos al pasado es sólo por la mediación del presente políti-
decir que las «reliquias» son ya un concepto crítico, dia-
co-social, en cuanto que no es una entidad homogénea (a
léctico: lo fabricado por sujetos desconocidos S^Í? tale,
la que pudiera anudársele globalmente una «estela» pre-
invisibles. Por. consiguiente, al concepto de reliquia sólo
térita), sino una entidad heterogénea, rugosa o —con
cabe llegar de un modo constructivo, no perceptual, y
palabra también estoica— «anómala». De este modo, el
los planos de aquella construcción son muy complejos.
nexo entre el presente y el pasado sólo podrá entenderse
(Estos planos quedan ocultos y parecen superfluos a
como un desarrollo de los nexos entre las partes del presente
quien, míticamente, se representa, de un modo «intuiti-
anómalo entre sí, consideradas desde ciertas perspectivas.
vo», a \os fantasmas como si fueran personas vivientes, si
Correspondientemente, la ingenua fórmula según la cual
bien neutraliza su afirmación al ponerlas como presentes
«la Historia aparece a consecuencia del interés por el
en otro mundo imaginario). Es necesario, por de pronto,
pasado» ingenua porque (sobre todo cuando el concepto
que para que objetos dados en el mundo presente (rela-
de «interés» se toma en su reducción abstracta psicológi-
cionados, por tanto, con los hombres presentes) aparez-
co-individual, sin tener en cuenta que todo interés indi-
can, sin embargo, desconectados de esos mismos hom-
vidual está socialmente configurado) siendo el pasado
bres, a través de los cuales comienzan a ser entendidos
justamente aquello que la Historia construye, la fórmula
como objetos culturales, que esos objetos se nos mues-
revela tener la misma estructura de aquella otra que
tren como distintos de los actuales (y en ello tiene, sin
explica la acción soinnífera del opio por su «virtus dor-
duda, participación fundamental la propia imaginación
mitiva». Puede ser sustituida por otras fórmulas que nos
mítica que hay que comenzar, ya, por atribuir, aunque
permiten dar cuenta de ese mismo interés por el pasado
sea para ser destruida, a quien posee el concepto de reli-
y del pasado mismo. Nosotros suponemos que es a par-
quia). ¿Acaso son distintos porque estaban ocultos, por-
tir del presente social anómalo [¿íi'-cÍjpaJ^of ]• como es nece-
que ya no se usan, o porque están destrozados?. Pero
sario y suficiente proceder para llegar al concepto del pa-
todas estas circunstancias también pueden afectar a los
sado histórico. La anomalía del presente, a que nos referi-
—y afectan muchas veces— objetos actuales. N o es nada
mos, consta de los diversos escalones constituidos por las
trivial, por tanto, el establecer el mecanismo según el
«clases por edad» de los sujetos que conviven envueltos,
cual llegamos a determinar alguna forma física como reli-
por otra parte, en un sistema de relaciones «simétricas,
quia, particularmente si atendemos a un rasgo gnoseoló-
transitivas y reflexivas» mantenidas principalmente en el
gico más característico, a saber su perfección. Una reliquia
proceso lingüístico. La teoría del «presente anómalo»
es perfecta, —es decir— acabada. La reliquia conserva en
tiene, pues, una base genérica de naturaleza etológico-
su estado (incluso ruinoso) algo que importa por sí mis-
lingüística y no se apoya en hipótesis excesivamente es-
mo, que es intangible. Los objetos actuales (máquinas,
pecíficas sobre ritmos históricos. La tesis del «presente
viviendas) son, como dirían los estoicos por boca de
anómalo» —las «clases por e d a d » - ha sido interpretada
Varrón, infectos, porque están siendo utilizados y desa-
por la teoría de las generaciones en un sentido muy pecu-
rrollados, sin que hayan llegado a su acabamiento. Una
liar y poco fundado, al concretarla en la doctrina de los
reliquia es un objeto apartado de este desarrollo y con-
«grupos generacionales», de quince años de duración
vertido en sacrum. Es interesante asociar esta caracterís-
pública, período erigido en unidad del ritmo histórico
tica de las reliquias (su perfección) con su atribución a
(10). Pero el ritmo histórico de las generaciones no es
sujetos, también iiunutables, fenecidos. Las reliquias son
universal, porque depende de otros patrones culturales
perfectas, precisamente y en la medida en la cual, quienes
(industrialización, procesos de clases sociales, etc.). A
las fabricaron, ya no pueden volver a fabricarlas ni pue-
partir de la estructura del «presente anómalo», del
den comparecer jamás ante nosotros. (Comparecerán sus
solapamiento de las clases por edad, en unas sociedades
restos, sus esqueletos, pero justamente en cuanto obje-
en las cuales el lenguaje ha llegado a ser el principal ins-
tos, y no en cuanto sujetos).
trumento de socialización, podemos intentar construir el
¿Cómo podemos pasar a la determinación de los objetos
presentes como reliquias o, lo que es lo mismo, cómo po- (10) J. MARÍAS: Teoría délas generaciones, Madrid, Revista de Occidente, 1950.
10 EL BASILISCO
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concepto de Historia. No ya a partir de un supuesto interés opuesta a la Prehistoria. Esta oposición certera, se
por el «pasado», sino a partir de la presencia, para cada impuso en virtud, diríamos, de la naturaleza misma de
clase de edad, de las clases de edad más viejas: la presencia las cosas. Pero las interpretaciones gnoseológicas de ella
sistemática de personas (dotadas de lenguaje) que poseen dejan mucho que desear. Y acaso, por esto, dada la debi-
experiencias (tecnológicas) propias, y que relatan (tradi- lidad de estas fundamentaciones, ha sido constantemente
ción) a las clases de edad más jóvenes. Sólo a través de impugnada. ¿Acaso no es un privilegio gratuito, otorgado
estos relatos podemos concebir como algunos objetos culturales por los propios escribas —un privilegio «gramma-céntri-
pueden asumir la forma de reliquias. co»— el considerar a la escritura como fuente o reliquia
absolutamente peculiar frente a todas las demás?. Consi-
Podría pensarse que las «reliquias literarias» —los derada como fuente ¿Acaso no han resultado ser tanto
documentos o los textos de la Filología— son, a la vez, rela- más fértiles las fuentes arqueológicas y epigráficas, que
tos y que, por tanto, la distinción entre reliquias y relatos las fuentes literarias en el descubrimiento de antiguas
es confusa. Sin embargo, hay razones que nos inclinan a civilizaciones.-*. Las fuentes arqueológicas ¿no son suscep-
mantener la inclusión de los textos en la clase de las reli- tibles, no menos que las literarias, de una interpretación
quias (sin perjuicio de que ellas deban, ulteriormente, «apotética» y «mitemática»?. Así, los «secretos» —si los
subdividirse de un modo interno y sistemático), de suer- tiene— de la pirámide de Keops no consisten tanto en
te que estas mismas reliquias (los textos o documentos) determinaciones internas físicamente a su mole, ni se
están necesitadas de relatos, en el sentido estricto, para
que se aparezcan como tales. Podríamos ilustrar lo que
decimos recordando el papel que el copto desempeñó en descubren penetrando en su interior y permaneciendo
el desciframiento de las «reliquias jeroglíficas» por en él, en su «cámara funeraria», después de recorrer un
Champollion, y conforme había ya predicho el padre pasillo en rampa muy inclinada, según un ángulo de 26°,
Atanasio Kircher. Reliquias y relatos se presuponen mu- 18', 10". Acaso la clave de esta inclinación sólo la poda-
tuamente, y no podríamos formar el concepto de unas al mos conocer introduciendo —como hacen Smith y
margen de las otras. Toda la Historia científica se basa, Eith—- un objeto lejano, apotético, la estrella Alfa del
según esto, en la «tecnología» (lingüística) del relato Dragón (la estrella Polar de entonces) como objeto perci-
— del «mito» — , y del relato mediado precisamente por bido a lo lejos; pues, al parecer, en la prolongación de
las reliquias. El pasado histórico es, literalmente, el con- esta pendiente, más allá de su ventana, orientada precisa-
tenido de ese mito (un contenido mitemático), la prolon- mente en esa dirección, se encontraba la Estrella Alfa de
gación ideal y recurrente de la estructura del presente Dragón (11).
anómalo, y no una «dimensión» globalmente anudada
(en virtud de una «intuición o sentido histórico») a un Utilizando los mismos conceptos de los cuales nos
presente, también globalmente considerado. El «pasado» hemos valido para distinguir las reliquias (plano j3
es, así, un concepto regresivo a partir, no del presente, —operatorio) de las formas naturales (plano o-—operato-
sino de unas partes de este presente hacia otras partes rio) reconstruiríamos, aunque sólo aproximadamente, la
del mismo presente. Esta precisión tiene consecuencias distinción entre reliquias-monumentos y reliquias documen-
muy importantes en orden a la estructuración del con- tos, como distinción de alcance gnoseológico, del siguien-
cepto de Historia. Principalmente, ésta: la Historia (no te modo:
mítica) es, de algún modo, la destrucción del presente,
%\x desbordamiento. Mientras el mito es la construcción o —Hay un tipo de reliquias que, a través de reglas
progressus del presente a partir de sucesos que in illo tem- operatorias puestas por el historiador (por los relatos, en
pore ya lo tenían incorporado. el sentido dicho), nos remiten a otras reliquias (y fantas-
mas). El jplano |S—operatorio es ejercitado, exclusiva-
3. Las reliquias constituyen el componente fisicalista mente aplicado en el sentido del relato a la reliquia.
del campo de las ciencias históricas. Naturalmente, el
campo de estas reliquias es muy variado: ellas pertene- —Hay otro tipo de reliquias que, a su vez, se nos
cen a muy diferentes clases (constitutivas del propio presentan, ellas mismas, como relatos. El relato estricto
campo gnoseológico). Las posibilidades de diferenciación es necesario, sin duda (el copto en los jeroglíficos); pero
de estas clases son muy diversas (reliquias de piedra —ta- este relato estricto nos conduce a reliquias que, a su vez,
llada o pulimentada- reliquias de metal). Pero aquí nos son relatos —es decir— que nos presentan a los propios
importa introducir la diferenciación más general y pro- sujetos operatorios en la actitud de relatar ellos mismos,
funda, cuanto a su significado estrictamente gnoseológi- de suerte que pueda decirse que «interpretar la piedra
co, por respecto a la propia teoría de las ciencias históri- Rosetta» sea reproducir similares operaciones (lingüísticas)
cas. Esta diferenciaciónn debiera estar fundada en los a las que los propios egipcios debieron hacer, para remi-
propios conceptos que venimos utilizando. tirse a los objetos (reliquias, para nosotros) por ellos de-
signados.
EL BASILISCO 11
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Si los monumentos son reliquias, en general, térmi- relator está envuelto por el texto, y puede ser sometido
nos de nuestros relatos, los documentos, así entendidos, a crítica. Una nueva forma de conocimiento objetivo es
son «reliquias» de segundo orden, «reliquias de relatos». posible y ésta es la Historia.
Y esto nos descubre su privilegiada significación gnoseo-
lógica: no serían una «fuente más» (acaso más rica en in-
formación), sino una fuente cualitativamente diversa gno-
seológicamente. Pues así como el relato era el modo por III. HISTORIA FENOMÉNICA
el cual los objetos culturales asumían la forma de reli-
quias, así las reliquias de relatos son el modo por el cual
otros sujetos aparecen relatándose algo desde su propio
pretérito, y, por tanto, moldeando definitivamente el
«abovedado» del «espacio histórico». Se comprende tan- 1. Reliquias y Relatos son «hechos» —son los «he-
to mejor el alcance histórico de los documentos si tene- chos» sobre los cuales se edifica toda la ciencia histórica.
mos en cuenta la significación ontológica de la escritura Son «hechos» de naturaleza muy diferente, puesto que
en el marco del «presente anómalo» al que venimos re- los relatos, —como hemos dicho— son «hechos-reliquia»
firiéndonos. (Y esto, sin olvidar que la «escritura» no se- en su contenido de significantes, pero son, además, rela-
ñala ningún for/í radical, pues ella misma no es sino el tos por su significado. (Cuando Malebranche identificaba
desarrollo de otras formas de simbolismos del relato). ciertos hechos-relato a los hechos físicos-«mis datos son
Anteriormente a la escritura, la tradicióniincluso lingüisti- los de la Biblia, como los datos del físico son los proce-
ca), ya por sí misma, marca un proceso de diferenciación sos de las retortas»,-estaba simplemente confundiendo,
por respecto de la tradición animal (que sólo puede te- haciendo «oscurantismo»).
ner lugar por influencia «punto a punto» de condiciona-
miento de la conducta de las crías.) Scheler subraya, co- «Hecho» es una categoría gnoseológica, que, en la
mo característica del hombre frente a los animales supe- teoría del cierre categorial, hacemos corresponder, prin-
riores, la capacidad de «descoyuntar» progresivamente la cipalmente, con las determinaciones del sector fisicalista.
tradición, a la cual los animales superiores debieran ate- Los hechos son contenidos físicalistas (dados como tér-
nerse «mecánicamente»; sólo que Scheler ofrece un fun- minos, o como relaciones entre términos). Pero este
damento metafísico de esta diferencia: el hombre capta concepto de hecho no coincide exactamente con el con-
esencias, y supera, así, lo concreto (cuando, la génesis de cepto de «hecho» gnoseológico utilizado en la teoría de
este descoyuntamiento de la tradición podría atribuirse la ciencia positivista. Concepto que, aplicado a la teoría
precisamente, a la escritura). Pero mientras la mera tra- de la Historia (de la que el concepto gnoseológico de'
dición supone la dependencia absoluta respecto del narra- «Hecho» resulta adquirir determinaciones característi-
dor (el anciano, el viajero, que relata sus experiencias, cas), es origen dé confusiones y obscuridades que hay
puede acumular, en poco espacio, cantidades enormes de que aclarar urgentemente. N o se trata de confusiones só-
estas experiencias: pero ellas tendrán siempre la forma lo «subjetivas», sino de confusiones «objetivas», debidas
mítica, porque el relato comienza y acaba con la palabra de a la intersección parcial, pero objetiva , de series diver-
quien habla y de quien se depende, con una dependencia sas de conexiones. Ocurre que el concepto gnoseológico
que está en la línea de la tradición animal de Scheler), en de «hecho» incluye su corporeidad observable, y por lo
la escritura, es posible la liberación respecto del narrador, tanto, su presencia, pero el concepto de presente es preci-
y en una extensión que puede ser significativa. El propio samente una categoría histórica, opuesta al pasado. De
\ V [ ; ^\ ' \ f
HÉROE [Link] bN SALTAMOhTES CAZANDO VK BASILISCO DIBLJO DE Lh CAPITEL DE LA BASÍLICA DI \EZELA\
TOMADO DE PEDRO CAHIER. MFIASGES DARCHEOLOGIE, PARÍS lí>lí> )(
12 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
donde el concepto de «hecho pretérito» tendrá una es- rencia molecular o de la tradición «neurológica» (13), ya
tructura similar a la del concepto de «círculo cuadrado» — no serían hechos, en el sentido gnoseológico, (acaso, gno-
«hecho pretérito» es precisamente un hecho invisible, seológicamente, pudieran asumir la función de operacio-
inobservable; ni siquiera cabe en él una «experiencia po- nes o de normas). Agudamente viene a decírnoslo, a su
sible» (no es posible ya, salvo en la ciencia ficción, ob- modo, un prehistoriador: «estamos acostumbrados a ha-
servar la batalla de Cannas). La inobservabiUdad de estos blar de los ideales imperecederos de una sociedad, pero
hechos no derivan, por tanto, de su naturaleza metafísi- el prehistoriador es testigo del triste hecho de que los
co-espiritual (incorpórea) sino, todavía peor, de su «cor- ideales perecen mientras que lo que nunca perece son
poreidad incorpórea» pretérita. Y, sin embargo, la His- las vajillas y la loza de una sociedad. N o tenemos medio
toria es, con firecuencia, entendida como una ciencia alguno de conocer la moral y las ideas religiosas de los
capaz de establecer o demostrar «hechos pretéritos» (los ciudadanos protohistóricos de Mohenjo-Daro y Harappa,
llamados eventos). Estos hechos {eventos) son considerados pero sobreviven sus alcantarillas, sus vertederos de ladri-
ahora como tales, no tanto por oposición a «objetos llos, y sus juguetes de terracota» (14). Es decir, sus reli-
inobservables o metafísicos», cuanto por oposición a las quias.
«teorías» (a las teorías históricas, en nuestro caso). Así,
se dirá que es un hecho el asesinato de César, frente a
cualquier otra teoría que pueda mantenerse para explicar 3. Los hechos presentes, las reliquias, son fenómenos
este hecho. Ahora bien: el concepto neopositivista del en su propia entidad fisicalista. Son fenómenos, precisa-
hecho tiende a envolver confiísamente estas dos determi- mente porque han de ir referidos a sujetos operatorios
naciones: hecho, como opuesto a teorh (T) y hecho como ( jS -—operatorios), para que aparezcan en su forma de ta-
entidad observable (O), física, presente; porque se supone les. Y son fenómenos porque, al propio tiempo que son
que los hechos observables son, también, previos a las teo- el único acceso a la misma esencia, nos la ocultan. Y en
rías elaboradas para construirlos. Carnap: Las observa- Historia (así como en algunas otras ciencias etológicas),
ciones convenientes a un cierto planeta, descritas en un lo característico es que la ocultación no es sólo pasiva, sino
informe Ói, son incorporadas a una teoría (T)deOiy T, activa, por cuanto los «fenómenos» han sido, muchas veces,
el astrónomo deduce una predicción P, calculando la po- fabricados precisamente con la intención de encubrir, de ocul-
sición aparente del planeta para la noche siguiente, en la tar, de engañar: en realidad, esta intención, como tal
que habrá una nueva observación y la formulará en un (operatoria) sólo podría atribuirse a las ciencias históricas
nuevo informe O2, que verificará (o no) la teoría T (12). o humanas. El descubrimiento del engaño, por ello, no
Pero semejante análisis gnoseológico (que, por cierto, ya equivale automáticamente a una revelación de la «esencia»,
contiene la forma de un cierre operatorio, si se interpre- sino a la revelación del «fenómeno verdadero» ()3-opera-
ta T como un sistema de operadores, que nos llevan a la torio). La crítica filológica, la demostración, por Lorenzo
construcción de nuevos Ói) es, aún, demasiado grosera Valla, de la superchería que dio origen a la «donación de
para dar cuenta, aún con las adaptaciones consiguientes, Constantino», es, así, el más potente mecanismo del re-
del proceso de construcción histórica —desde luego— gressus desde las reliquias (o hechos) a los restantes con-
del proceso de construcción astronómico. Es un análisis tenidos del campo histórico. Pero estos contenidos no son,
gnoseológico basado en la oposición entre un orden de necesariamente, esencias, por la simple circunstancia de
hechos (orden ontológico-epistemológico: lo dado, lo haber sido construidos por medio de «teorías». No todo
puesto, lo positivo, en cuanto observable) y un orden de lo que se construye históricamente, no toda teoría histó-
teorías (orden lógico: lo construido, las proposiciones y rica, está «en otro orden» respecto de los hechos (15).
los enlaces de proposiciones en modelos, hipótesis). Se trata de explicar por qué los hechos pretéritos (los
Pero, evidentemente, en las ciencias históricas al menos, eventos) pueden seguir oponiéndose a las teorías. O, si se
(y 'mucho más en las otras), los hechos, en cuanto entida- quiere, con más rigor: es necesario oponer teorías de un
des físicas dadas, observables, no pueden ponerse en un nivel (no esenciales) a teorías de nivel 2 (esenciales),
orden positivo (no construido), opuesto a las teorías, para dar cuenta de la razón por la cual los hechos preté-
porque los hechos construidos, por tanto, «teorías fácti- ritos, sin perjuicio de sus diferencias epistemológicas con
cas». Es preciso, por tanto, distinguir urgentemente en- los hechos presentes (reliquias) se agrupan con ellos en
tre los «hechos fisicalistas» (hechos presentes) y los he- un orden gnoseológico característico, que es necesario
chos no «fisicalistas» (los hechos pretéritos, los eventos) determinar. A este efecto, es necesario introducir el con-
en tanto ambos se oponen a las teorías (históricas); pero cepto de «hechos intermedios» (entre las reliquias estric-
no, simplemente, para disociarlos en dos órdenes inco- tas y los eventos), que nos permiten advertir la continui-
municados (que se darían simplemente confundidos) dad (gnoseológica) entre los hechos fisicalistas y los hechos
sino, para dar cuenta de la unidad que enlaza a ambos pretéritos. Los hechos intermedios no son, ciertamente, reli-
órdenes, para dar cuenta de su misma confusión. quias: en este sentido, podría decirse, sin más, que son
«hechos pretéritos» construidos, inobservables. Pero, sin
2. Los hechos históricos, en su sentido estricto gno-
seológico, son, por todo ello, las reliquias (y el compo-
(13) Hoy se insiste de nuevo en la importancia de esta tradición hereditaria excesivamente
nente «reliquial» de los relatos). Las reliquias son la base minimizada por el «culturaiJsmo lamarckista» (Eiber-Eiberfeldt, op. cit.}. En cualquier caso, las
física, corpórea, observable, presente, en términos históri- fronteras entre «Animales» y «Hombres», para que fueran operatorias (gnoseológica y, por
tanto, ontológicaniente) habría que desplazarlas a tiempos posteriores a los habituales entre
cos: la forma de presencia del pasado. Es lo único que per- prehistoriadores. Por ejemplo, no sería el incesto, ni siquiera el lenguaje hablado primitiv» (mu-
cho menos, el uso de herramientas) aquello que determinaría un nuevo campo - e l campo
manece para la ciencia, en forma de hecho, (lo que del antropológico— sino, por ejemplo, el lenguaje escrito precisamente en tanto nos pone en pre-
pasado permanece en nosotros en la forma de hábitos sencia de un tipo de nexos entre individuos que ya no son de identidad sustancial causal (como
todavía en el lenguaje oral), sino esencial, etc. Es la Historia y no la cultura aquello que marca-
musculares o lingüísticos, incluso en la forma dé la he- ría la línea divisoria (nunca instantánea) entre Biología y Antropología.
EL BASILISCO 13
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
(20) M.H.A. MAESTRE: £/ triunfe militar en Anéal (Estudios Clásicos, 1971), aplicando la
metodología de Frederic Lanchester (Aircraft in Warfare, Londies, 1916).
(22) Vida, nota 20.
(2 I) Robert BRENTANO: Obispos y Santos, incluido en El lallir del historiador, de L.P. Curtis,
J e , México, F.C.E., 1976, pág. 60. (2 3) MOULOD, ?ormes st'acturís et mojes produclifs, París, Sedes, 1958, pág. 183.
16 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
(17). Este «sistema mitemático» (que supone que los car- relaciones entre los sucesos. Entendemos que esa relación es
tagineses tienen un «mapa» del Mediterráneo, lo perci- una relación de secuencia, no meramente cronológica o
:,_ben similarmente-, en lo que es pertinente, a como lo externa (espacio-temporal), sino interna. Y, aquí, «interna»
percibe el historiador actual, stfgún operaciones y rela- sólo puede querer decir «lógica», «racional», dada pre-
.>ii-GÍ@Sés apotéticas) serán relatados; y estos sucesos son el cisamente .en el plano &—operatorio (la racionalidad se
contenido mismo de este marco, su realización, —el refiere a esa operatividad). Ahora bien: esta racionalidad
marco mitemático, por sí mismo, sería vacio. Esta Histo- es fenoménica (mitemdtica), en tanto se mantiene precisamente
ria evenemencial es, en gran medida, la misma Historia en la determinación de «motivos», «planes», «prolepsis»,
clásica, la «Historia razonada» de Tucidides, y toda su «utopías» o «ideologías», que enlazan unos sucesos con otros,
tradición historiográfica. N o es necesariamente una His- en un espacio-tiempo «representativo» (el «mapa» de Iqs^
toria anecdótica, puesto que puede haber una selección Cartagineses, en el «relato» de Warmington antes cita-
«argumental», un marco mitemático. El relato es «relato do). En modo alguno se trata de mera «descripción», de
de razones, de causas o de motivos» (esencialmente: de una «Historia teatro». Podríamos apelar, a efectos mera-
causas finales, prolépticas) y articulación y secuencia de mente coordinativos, al concepto kantiano de fenómeno,
estos eventos. La crítica histórica, además, puede alcan- en tanto se da precisamente en el plano estético de la
zar certeza prácticamente «matemática» (apodíctica) en intuición representativa espacio-temporal. Naturalmente,
torno a esos eventos. (LSL Historia efenemencial puede ser de Kant tomamos aquí solamente la «armadura» de los
conceptos (para él, «intuiciones») del Espacio-Tiempo, en
una Historia crítica, frente a la Historia mítica, que relata
sucesos imaginarios). un plano fenoménico y representativo. Porque lo que esen-
cialmente queremos destacar, en este orden fenoménico,
Nos parece, en resolución, que la debilidad gnoseo- es la circunstancia de que él se organiza según la meto-
lógica asociada ál concepto áe «Historia relato», hay que dología j3—operatoria, que pide precisamente este nivel
referirla, más que a la materia o contenido mismo de esta re-presentativo, apotético, «escenográfico» (recuperando
Historia —^mejor, de toda esta tradición historiográ- así, lo que de profundo tiene el concepto metafórico de
fica—, a la forma del concepto gnoseológico, a la autoconcep- la «Historia-teatro») porque sólo en la representación és
ción de lo que efectivamente pueda significar gnoseoló- posible ordenar los eventos como fenómenos. Por ejemplo,
gicamente el contenido de ese género de Historia. Ocu- cuando, Juan Maldonado, relatando la batalla de Villalar
rriría, simplemente, que las fórmulas gnoseológicas de (19), nos dice que Padilla exhortaba a los soldados para
autoconcepción no Tiabrían acertado a determinar el que volviesen «rostros» a las tropas imperiales, está si-
nivel en el cual ese género histórico se desenvuelve sis- tuado en un plano &—operatorio, porque Juan Maldo-
temáticamente, entendiéndolo, o bien negativamente nado, cómo quien lo lea (entendie'ndolo), puede ejecutar
(Historia no teórica, sino factual; descriptiva, no cons- esa operación de «volver el rostro» (u otra similar); y si
tructiva), o bien positivamente, pero como si se tratase no la pudiese ejecutar, no podría entender él sentido del
de una Historia no científica (frente a la historia social o relato (pues la operación está en el contenido del senti-
económica, como si fuera, metafóricamente, una «Histo- do), ^recíprocamente, esta. Historia fenoménica se mantie-
ria-teatro»). ne en un nivel estético-escenográfico, pero no por ello
es extetna, dado que ella es el contenido mismo del
material pretérito, a un cierto nivel (y esto lo decimos en
A nuestro juicio, es posible atribuir un «marco sis- contra de la creciente tendencia a eliminar, incluso de
temático», un «marco lógico» (es decir: reconocerle la los planes de estudio, de las ciencias históricas, esta «his-
condición de Historia razonada, en el sentido de Tucidi- toria escenográfica» en nombre de una «historia social»
des, de Historia dotada de una lógica interna, de índole que, desconectada de los fenómenos, se convierte, necesaria-
estratégico-operatoria) a esa «Historia evenemencial», si mente, en una monótona reiteración de conceptos abs-
tenemos en cuenta, principalmente la naturaleza ontoló- tractos y cuasi vacíos). Diríamos que la Historia feno-
gica y gnoseológica del suceso. El suceso (evento) sólo ménica es un desarrollo científico-constructivo de la
existe como tal en un espacio y en un tiempo. Ciertamen- misma tecnología por la cual los sujetos vivientes de una
te, definir la ciencia histórica, en general, como algunos sociedad que se mueve entre reliquias aprender a disfra-
pretenden (por ejemplo, Marzewki) como la determina- zarse con ellas, a utilizarlas, a reproducir «teatralmente»
ción de los sucesos «en el espacio y en el tiempo» es la vida de sus antepasados, de sus fantasmas. (La «Histo-
una simple ingenuidad gnoseológica, que manifiesta con- ria-teatro» no es tanto, según esto, lo que ve el especta-
fusió'n de ideas (18). Porque esos «espacio» y «tiempo» dor, cuando lo que hace el propio actor en el escenario:
no son formas anteriores o previas a los sucesos, exter- el historiador estaría aquí, más cerca del actor, del actor
nas a ellos (salvo cuando son meras coordenadas métri- teatral, que del espectador). La Historia fenoménica sería
cas), sino que son la propia conexión de los sucesos. De- Historia-teatro en su germen. N o ya una Historia compara-
cir, pues, que la Historia sitúa a los sucesos en el ble al Teatro (incluso como si tuviese que avergonzarse,
Espacio y el Tiempo es sólo decir que esta Historia sitúa en cuanto científica, de esta comparación), sino teatro
cada suceso en el contexto de otros siy;esos. Pero, no ella misma. Porque el teatro no es, ahora, tanto algo al
por ello, la referencia al Espacio y al Tiempo es mera- margen de la Historia, cuanto su germen tecnológico
mente redundante, siempre que tomemos esta referencia como (en un sentido similar a como decimos que la escritura
una determinación implkita de la naturaleza misma de esas alfabética es el germen tecnológico de la Lingüística). La
(18) MAJRZEWSKI, Introduition a l'Histoire quantimive, Droz, Genéve, 1965, pág. 11: (19) «...pero Acuña, oyendo el alboroto, y conjeturando lo mismo que sucedía, manda a los
«L'objet cradicionel de l'Histoire est i'étude et lexplication des faits locaíisés dans le cemps et suyos ilacer altó y volver caras al enemigo, y cuando claramente conoció la tradición...» eic^.
dans i'espace». etc. Maldonado, op. cit., piag. 195;
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ARTÍCULOS
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tias, los pájaros, los peces») ha sido respetado en la últi- zación del laboratorio en vez del ambiente natural. Con-
ma edición castellana (1975) de la traducción dé R. Mar- siderarían, pues, inadecuado pararse demasiado en este
galef, sigue siendo mundialménte más conocida, sin em- momento inicial para tratar de apresar en él rasgos esen-
bargo, por el título anterior, coincidente con el de la edi- ciales y de algún modo permanentes de esta disciplina. A
ción inglesa (King Solomon's Ring, 1952). Resulta inte- nuestro entender no hay contradicción entre reconocer
resante no olvidar el título original. grandes y profundos avances en la Etología y seguir argu-
mentando, como lo haremos en adelante, en favor de la
Se trata, en principio, de un libro de divulgación y existencia de tales rasgos esenciales visibles ya en sus
se estaría tentado de no darle, por ello, demasiada im- inicios.
portancia. En él se repiten hasta la saciedad escenas de
odios, amores, celos, temores, galanteos... en un mundo Pues bien, un aspecto esencial en el «Anillo del rey
cuajado de personajes demasiado «humanos» entre los Salomón» es que sabe mostrar el entramado de la esce-
que destaca el propio autor. Lorenz comparte, de alguna na, una trastienda donde el animal sobrepasa, con mu-
manera, con otros animales, toda una serie de pautas de cho, lo que la literatura científica será capaz, después, de
conducta de acuerdo con la especie de que se trate. Esta decir sobre él. Ello no constituye un defecto, sino un
relación o participación es la que nos interesa recalcar acercamiento más completo a las bases mismas sobre las
aquí, pues señala, a nuestro entender, un momento privi- que se construye la explicación científica. En sus páginas
legiado en el acercamiento rigiuroso a la comprensión del la relación del hombre con las grajillas, los gansos, los
comportamiento animal. Pues, sin duda, lo que el libro perros ó las cacatúas adquiere un nivel crítico que permi-
quiere y sabe mostrar es que se posee una clave que per- tirá acceder, entre otras cosas, a la forma de explicación
mite entrar en dicha conducta e instaurar desde este científica y sistemática de la Etología pero sin que esta
punto de apoyo una nueva forma de relación entre el últitáa pueda en ningún caso agotar su fuente. Se dirá (o
hombre y otras especies animales. Una forma de relación al menos debería decirse) que tampoco las demás cien-
que Loren2 expresa diciendo que puede hablar con los cias —sean físicas o no— agotan la relación humana con
animales, y que se institucionalizó con el nombre de los materiales que aparecen en su campo. Y así es sin
ciencia Etológica. duda. Pero lo peculiar de este caso es que se trata de
una relación de «comunicación» o de «entendimiento»,
(Los patos) «no podían imaginarse una madre por llamarlo de alguna manera. Expresado de otro modo,
que fuera tan alta. D e forma que si quería que me si- lo que quiere decirse es que el «Anillo del rey Salo-
guieran, tenía que andar agachado. N o resultaba muy món», como la obra de Malinowski en Etnología, ha
cómodo, y menos aún lo era el que una pata de verdad, mostrado lo que es un trabajo de campo etológico, seña-
en sus funciones de madre, grazne de manera continua- lando sobre el terreno los medios para conseguir que las
da. Si interrumpía mi melodioso «cuaegueguegueg», comunidades que se estudian puedan decirnos algo esen-
aunque fuese sólo durante medio minuto, los patitos es- cial. Ningún informe o trabajo etnológico puede tampo-
tiraban el cuello, lo cual equivale a «poner cara larga» en co agotar, no ya la vida de las comunidades estudiadas,
términos humanos, y si no graznaba en seguida, estalla- sino la propia relación del antropólogo con ellas. El que,
ban en lloros. Por lo visto, tan pronto como callaba, como Lorenz, ha hecho pareja con una grajilla compar-
creían que me había muerto o que ya no los quería, mo- tiendo sus amores, no ha desvelado con ello su mundo,
tivos suficientes para llorar (...). Aquello me fatigaba mu- sino que ha aprendido el modo de hablar con propiedad
cho. Imagínese lo que representa dos horas de paseo con sobre él. «Nada de particular tiene entender el «vocabu-
semejante prole, siempre agachado y graznando sin lario» de algunas especies animales. También podemos
cesar...» (p. 231). hablar a los animales en la medida que permitan nuestras
formas de expresión física y hasta el punto en que los
¿Antropomorfiza Lorenz a los animales que estudia animales estén dispuestos a establecer contacto con no-
o se animaliza él en la relación?. Indudablemente los sotros» (p. 117). Las suspicacias que pudiera surgir res-
animales actúan tal como ellos son (y esta es la finalidad pecto a la igualación (por lo menos a ün cierto nivel) en-
de la Etología), pero al hacerlo así el etólogo descubre y tre los dos campos aludidos, deberían tener en cuenta
participa de sus pasiones, sus odios, sus amores, sus con- que la nivelación se establece, no directamente entre
flictos y hasta de sus pensamientos. «En lo más profundo comunidades animales-comunidades humanas salvajes
de mi ser me sorprende de que sea posible entrar en una sino a través o por intermedio de la igualación con el
relación de tanta confianza y con un ave que vive en li- civilizado etólogo, con lo que, para bien o para mal, que-
bertad» (op. cit., p. 28). Lorenz se refiere aquí a Martín, damos todos metidos en el mismo saco.
un ganso a quien ve pasar volando por encima de su ca-
beza, confundido —pero sólo para el ajeno— en el inte-
rior de una bandada de congéneres. Entró en relación Realmente hay que reconocer que la historia poste-
con él al «prometerse» con Martina, la famosa oca que rior de la Etología apenas ha producido libros similares a
ocupa un puesto dé excepción en la Historia de la Etolo- éste, y algunos de ellos pertenecen al propio Lorenz. El
gía por haberse convertido —a través de la experiencia etólogo ha pasado, casi siempre, en la literatura sobre
conducta animal, á un segundo plano, y aquellas relacio-
del «imprinting»— en hija adoptiva del propio Lorenz.
nes con las más diversas especies, que hemos calificado
de fundamentales en el desarrollo de esta ciencia, pare-
Muchos etólogos, e incluso muchos de entre los afi- cen sustituidas en la mayoría de los casos por otras me-
cionados a sus temas, opinarán que han pasado bastantes nos «comunicativas» y más estandardizadas. Por debajo
años desde estas experiencias y que la Etología ha cam- de esta apariencia creemos que hay una continuidad
biado profundamente por su rigor, su progresiva mate- esencial: si Lorenz en su libro demuestra poseer una
matización y sobre todo por su profusa y creciente utili- clave con la que abrir la puerta a las comunidades ani-
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males, a partir de él esa forma de relación ya no aparece puntos de vista muy diferentes (Etología europea frente
personalizada porque se ha institucionalizado. En todo a Etología americana) reconocen la importancia decisiva
caso, basta recorrer la bibliografía actual sobre primates de Lorenz al respecto.
antropoides para descubrir un tipo de observación que
es, si cabe, más cercana aún al trabajo de campo etnoló-
gico que la que hemos descrito aquí. Buen exponente de El «Anillo del rey Salomón» posee, pues, a nuestro
ello son los trabajos de Lavich-Goodall con chimpancés, entender, la importancia de mostrar la verdadera génesis
los de G. Schaller con gorilas, de Washburn, De Vore y o el verdadero terreno de donde surgió esta nueva forma
otros con babuinos, o los trabajos de observación que de entendimiento de ías especies animales. Pero no está
ininterrumpidamente desde 1948 se vienen realizando de más recordar que, aparte de este valor intrínseco,
en el Japan Monkey Center con diversas tribus de maca- posee la importancia histórica de haber sido, durante
cos (Imanhisi, Itani, Kawamura, Kawai...), sobre los que muchos años —demasiados, quizá— la única obra de
volveremos más adelante. Si bien la relación no puede Lorenz ampliamente conocida en extensos círculos psico-
alcanzar tampoco en estos casos la «intimidad» de las lógicos de países como los [Link]. Recordemos que li-
descripciones del «Anillo del rey Salomón», nos encon- bros tan influyentes como «Theoríes of Learning» de
tramos, no obstante, frente a verdaderas encuestas etno- Hilgard y Bower, en su edición puesta al día de 1966, o
lógicas que requieren una observación ininterrumpida «A Textbook of Psychology» de Hebb, también de
con el fin de capmrar hasta el fondo las costumbres del 1966, citan exclusivamente esta obra de Lorenz. Los
grupo, el cual tiene que habituarse a la presencia conti- ejemplos podrían multiplicarse. La obra contribuyó deci-
nua del observador. sivamente, sin duda, al nacimiento de la Etología ameri-
cana, que surgió hacia los años 50 como «un nuevo
enfoque que sintetizaba estas nociones con las de la Psi-
Pero lo más importante que nos interesa recalcar cología comparativa y la Neurofisiología americanas»
aquí es que Lorenz, desde su peculiar acercamiento, pro- (Klopfer, 1974, p. 34). El autor hace aquí referencia,
porcionó los criterios para que dicha observación escapa- también, al libro que compartió con el de Lorenz el
se al antropomorfismo. Su clave fué definir el nivel en el papel de avanzadilla de la Etología europea en América,
que las conductas se revelan como propias de cada espe- «The Study of Instinct», Tinbergen, 1951).
cie determinada, de tal manera que puedan caracterizarla
con tanta o más seguridad que un rasgo morfológico. «Si Retomemos ahora la cuestión de la objetividad fren-.
hay un conflicto entre la evidencia proporcionada por te a ese posible antropomorfismo del que hablábamos.
carecieres morfológicos y los de la conducta, al taxóno-
mo está cada vez más inclinado a conceder mayor peso a Al adquirir sentido específico y encuadrados así fen
la evidencia etológica» (E. Mayr, 1958, p. 345). No entra- el conjunto de los mecanismos evolutivos, aquellos con-
remos ahora en los avatares de la polémica por la que ha ceptos cuyo origen está sin duda en las denominaciones
pasado el moderno concepto de «instinto» —de «acción sociales de las propias pautas humanas, pasaron a contex-
instintiva», según la denominación de Lorenz. Baste tualizarse en un marco distinto, en el cual la propia
recordar que dicha polémica se ha centrado en el innatis- acción humana correspondiente (galanteo, rivalidad, con-
mo de tales conductas. Ahora bien: todas las críticas a la ducta maternal, cooperación, etc.) pasaba de derecho a
posición más o menos innatista de la primera Etología convertirse en un caso más de los que se ofrecen al estu-
han conducido a la definición cada vez más rigurosa de dioso de las conductas animales. Este mecanismo es, por
una «conducta específica de especie» (ver Hinde, Tin- otra parte, general: conceptos físicos como «fuerza» o
bergen, 1958, p. 251) que exige, en todo caso la refe- «masa» poseen, de origen, un básico carácter antropo-
rencia a una programación hereditaria y con ello la obje- mórfico, pero la constitución de un cuerpo científico de
tivación, en el marco de las explicaciones biológicas, de explicaciones contexmaliza tales conceptos en un marco
conductas respecto a las cuales antes de la aparición de la propio, de tal manera que la «fuerza» o la «masa» huma-
Etología era poco menos que imposible evitar la explica- nas se convierten en un caso particular y pueden ser
ción antropomórfica. La importancia de Lorenz en este comprendidos en el marco de la ciencia Física. En suma,
sentido ha sido ampliamente reconocida. Tinbergen el origen humano de los conceptos etológicos no es
(1951) afirma que «los trabajos de Lorenz han facilitado causa suficiente de antropomorfismo en este sentido
en gran medida la selección de elementos de conducta peyorativo que lo opone a objetividad (y cuyo valor crí-
que son útiles para tareas taxonómicas. Aunque With- tico discutiremos más adelante).
man fue el primero en indicar la notable esterotipia de
ciertos movimientos de las aves, fue Lorenz quien por
vez primera caracterizó este tipo de movimientos (las Pero con ello hemos llegado a un punto en el que
«pautas fijas») tanto etológica como fisiológicamente, y parece exigirse la reducción de toda pauta humana a una
quien demostró que, del mismo modo que los elementos correspondiente explicación biológica, con lo que, a
morfológicos, son homólogos en especies emparentadas» juicio de muchos, la propia Cultura acabaría así reinte-
(p. 20). Para tomar otras referencias ínás actuales, es grándose a la Namraleza después de desvelarse su carác-
interesante el prólogo de Pribram (1969): «Lorenz es el ter de mera apariencia. Nada hay, sin embargo, más lejos
responsable de la introducción y aplicación amplia de las de nuestra intención. Todos los indicios que nos ha pro-
técnicas de la conducta a la investigación zoológica. Este porcionado el nacimiento de la moderna Etología tien-
tipo de interés llegó a estar tan extendido que su prácti- den, por el contrario, a hacernos pensar que lo difícil-
ca se desarrolló como una ciencia independiente, la mente sostenible es la creencia en el privilegio humano
Etología» (p. 2). Véase también, por ejemplo, Thorpe de la Cultura. La actitud de Lorenz, presentada aquí
(1974, p. 147) o Kloper (1974, p. 34), quienes desde como paradigmática, apunta hacia el reconocimiento de
lo familiar frente a cualquier barrera tajante. La Cultura,
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cuya exigencia es difícil de escamotear, se manifiesta, ría etológica consistente, Lorenz ha podido convertirse
para la especie humana, como una herencia antigua que en el padre tanto de sus seguidores como, indirectamen-
puede y debe perseguirse más allá del pretendido abismo te, de sus muchos detractores. Y el tema de las «Cultu-
que nos separa de otras especies animales. La distinción ras Animales» proporciona un ejemplo privilegiado de
Naturaleza-Cultura puede en principio seguir en pie: tan cómo su papel de pionero ha conducido a terrenos muy
sólo es necesario retocar su forma de distribución. alejados de su intención original.
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murciélagos y ranas a volver, en la época de reproduc- les de toda tradición, que no es sino un sistema resistente
ción, a su lugar de nacimiento, dando así continuidad a de transmisión de pautas adquiridas.
largas tradiciones. Esto es, sin duda,, un mecanismo pare-
jo a las costumbres migratorias de muchas aves, que Podría ocurrir también que los ejemplos presenta-
plantea problemas en lo referente a su adquisición, por dos, aun siendo numerosos, fueran interpretados como
tratarse, sin duda, de un aprendizaje especial (una espe- rarezas del mundo animal, recogidas en la criba de enor-
cie de «imprinting de habitat» como lo ha denominado mes \ cantidades de comportamientos y más o menos
Thorpe. Para una discusión de este problema ver Thorpe manipulados con el exclusivo fin de servir de contra-
(1963, p. 366 y ss.) y Hinde (1970, p. 185 y ss.). En pruebas frente a los argumentos favorables a la exclusi-
todo caso, [Link] reconoce, no han sido aún locali- vidad humana en lo referente a la Cultura. La identifica-
zados los estímulos de orientación en los vuelos migrato- ción de la Cultura con el hombre posee, en función de
rios, aunque se han propuesto multitud de modelos con muchos legados históricos, una evidencia o seguridad de
mayor o menor éxito, lo cual hace aún más difícil decidir sentido común, de lá>que participan todas las teorías que
sobre el problema de la adquisición. ;^ defienden tal postura por muy sofisticadas, científicas o
-académicas que sean. Correlativamente, toda postura
Pero hay ejemplos mucho más claros de aprendiza- contraria tiende inmediatamente a ser vista como artifi-
jes transmitidos generacionalmente, como el caso de las ciosía o rebuscada, por muy de «sentido común» que
crías de mangosta sudafricana, que no reconocen como sean sus argumentos.
comestible una banana si no se la ven comer a su madre
(E. Eibesfeldt, 1974, tr. p. 275). El Ostrero (Haematopus Indudablemente hemos tratado de ofrecer contra-
ostralegus) parece claro que transniite a sus hijos la técni- pruebas a la idea de que sólo la especie humana transmi-
ca de abrir las conchas de diversos moluscos. Es muy fa- te de generación en generación aquello que aprende.
mosa la pauta aprendida y transmitida por algunos carbo- Pero no se trata aquí, en absoluto, de rarezas sino de
neros (Paridae) de abrir las botellas de leche, colocada de procedimientos generales y básicos en la adaptación dentro
mañana en las puertas dé las casas, para beber la nata; del grupo de los vertebrados, si bien dentro de estos hay
esta conducta se ha extendido en unos treinta años por que destacar muy especialmente la clase de las Aves y la
zonas amplias de Inglaterra, Escocia, País de Gales e de los Mamíferos. Maynard-Smith (1966) lo afirma así,
Irlanda y ha sido estudiada fundamentalmente por Hinde diciendo que «la capacidad de aprender juega un papel
y Fisher (Galef Jr. 1976 p. 86). Las diferencias entre las importante en el éxito de aves y mamíferos» y recoge las
preferencias de presa por parte de las distintas aves rapa- experiencias de Snow (1956) sobre tordos, donde se
ces parece depender en gran medida de la enseñanza de muestra la importancia que el aprendizaje, la experien-
los adultos a sus crías (op. cit. p. 86; Thorpe, 1963, p. cia, tienen respecto al éxito en la nidificación, éxito pro-
355). Mamíferos predadores como mangostas, tigres, gresivo en los primeros años sin que ello pueda atribuir-
leopardos, nutrias, gatos domésticos, inician a sus hijos a se a factores de maduración, pues el desarrollo es com-
las técnicas de matar y comer la presa. Las crías de gace- pleto cuando abandonan el nido. Algo similar es lo que
la, cebra, gnú, aprenden de sus mayores la distancia de ocurre con muchas grandes aves marinas, que tardan tres
huida respecto a cada tipo de predador, etc. La lista sería o cuatro veranos en criar y cuya demora sólo puede ser
interminable y, evidentemente, estas tradiciones no entendida como período de aprendizaje (Maynard-Smith
humanas sé extienden mucho más allá del orden de los op. cit., p. 25). Mucho más fácil resulta, por supuesto,
buscar ejemplos entre los mamíferos no humanos.
primates. - ,
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contribuido de este modo a reforzar dicha impresión, a conocida pero no menos importante, de estudios realiza-
nuestro entender inexacta, aunque no carezcfa de funda- dos en el contexto de la vieja e inacabable lucha desrati-
mento. La tendencia a centrarse en el estudio de las pau- zadora y que suele cifrarse en la selección y utilización
tas innatas es sin duda más característica de la primera de venenos adecuados (1).
época, aunque constituye siempre una forma posible y
legítima de trabajo. Así parecen entenderlo algunos etó- Las dificultades de conjunción de estas tres corrien-
logos actuales como Eibl-Eibesfeldt. Pero no debe olvi- tes son profundas y proporcionarían un lugar privilegia-
darse aquella vieja distinción de Lorenz entre «compor- do donde analizar y ejemplificar muchos de los funda-
tamiento apetitivo» y «acción consumatoria» -distinción mentales problemas planteados a las ciencias de la con-
proveniente de Sherrington y que utilizaron en campos ducta. Constatemos aquí tan sólo la impresión de que ca-
muy diversos Craig (de quien Lorenz la tomó) o Wood- da corriente defiende «su rata». Por ejemplo, una rata
worth (1918). Mediante esta «alternancia» la acción ins- de las utilizadas normalmente en Aprendizaje es el pro-
tintiva, consumatoria, pasaba a ocupar tan sólo el final de ducto de muchos años de selección. Eysenck (1970 tr.)
la cadena conductual. Pues lo que interesaba no era —por citar una referencia— recoge los trabajos de Jones
tanto definir como instintivas la mayor parte de conduc- y Fennell para mostrar cómo el uso de distintas cepas
tas posibles, sino proporcionar una explicación biológica puede sustentar, insconcientemente, la defensa de con-
para toda conducta, fuese o no instintiva. N o vamos a cepciones teóricas diferentes sobre la naturaleza de los
pretender que el esquema de Lorenz, tal y como lo ideó, procesos de aprendizaje (cepa Long-Evans de Tolman
haya conseguido su finalidad omnicomprensiva, pero &stk frente a la cepa Spence). En general cabe decir que toda
en la base de la actual y progresiva unificación de los la ingente literatura sobre aprendizaje realizado en ratas
campos de estudio de la conducta. En todo caso el papel apenas ha producido conocimiento de las pautas de con-
del concepto de «instinto» no era agotar la explicación ducta propias de las distintas especies utilizadas o, en to-
de las conductas, sino encontrar una base segura de defi- do caso, lo ha hecho indirectamente. La cuestión es que
nición fílogenética. N o hay pues contradicción ni ambi- a la Teoría del Aprendizaje, aunque parezca lo contrario,
güedad entre la importancia reconocida aquí a los pro- la familia de las ratas no le interesa especialmente; este
cesos culturales de aprendizaje social y el énfasis puesto roedor no ha hecho más que sustituir al hombre, dema-
en la trascendencia, para el estudio objetivo del compor- siado complejo, subjetivo y hablador para muchas expe-
tamiento, de lo que comenzó denominándose «acción riencias de laboratorio.
instintiva». '
Las otras dos corrientes están más interesadas direc-
tamente por la propia rata, aunque en uno de los casos
3: NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO se trate de conseguir su exterminio. De todos modos la
motivación de la enemistad es una de las más producti-
vas.
Volviendo al tema de la importancia que tienen los La línea etológica se interesa por las especies de ra-
aprendizajes sociales en los vertebrados, especialmente tas como por otras especies, por lo que constituiría un ti-
Aves y Mamíferos, analizaremos más detenidamente al- po de posición intermedia entre las otras dos aportacio-
gunos ejemplos de particular interés. Trataremos de evi- nes. Frente a la Teoría del Aprendizaje los etólogos
tar con ello la posible impresión de que los casos recogi- quieren recordar no sólo que cepas diferentes pueden
dos constituyen una recopilación anecdótica de muestras tener coductas básicas diferentes, sino que, en general, la
más o menos aisladas y por tanto poco decisivas en la rata es un animal que suele vivir en laberintos por lo que
compresión del comportamiento animal. tiene ya mucho «aprendido», filogenéticamente, cuando
entra en el laboratorio del psicólogo. Quizá resida en es-
te punto una de las aportaciones básicas de la caja de
Comenzaremos por uno de los mamíferos sin duda Skinner y de la simplificación progresiva de los laberin-
más estudiados por las ciencias del comportamiento, la tos el librarse de la especie.
rata {Rattus). Las causas que han determinado esta aten-
ción son muy variadas y van desde su tamaño «maneja- Pues bien, parece haber ya, hoy día, «una rata» más
ble», especialmente apto para situaciones de laboratorio, o menos neutra, producto de la conjunción progresiva, a
hasta su capacidad de adaptación a dietas de lo más di- pesar de las diferencias, de los tres enfoques. Será cada
verso, pasando naturalmente por su peculiar aptitud para vez más, a nuestro entender, una «rata etológica» aunque
el aprendizaje. Su capacidad, en suma,para ocupar distin- teniendo en cuenta que dicha disciplina está en un pro-
tos nichos le define como uno de los más típicos genera- fundo proceso de transformación motivado, en gran me-
listas —^por oposición a especialistas— de todo el reino dida, por el encuentro irreversible con la Teoría del
animal. Hay pues un conjunto de rasgos biológicos que Aprendizaje. (Un exponente muy notable de ello es
le asemejan al hombre y esta semejanza ha funcionado Hinde y Stevenson-Hinde, 1973).
más o menos intencionada o conscientemente, para que
se convirtiera tanto en objeto de estudio, por parte del Todas juntas podrán dirigir, con mejores resulta-
hombre, como en su enemigo y competidor. dos esa lucha cultural que desde hace milenios hombres
Tres son las líneas o perspectivas en el acercamiento
(1) Es evidente que podría añadirse una J^ga tradición de estudios cuyo contexto inmediato es
a la conducta de estos roedores, y las tres se han mante- ia Psicofísiología, pero que, o bien se mantienen en otro nivel o tienen una dimensión conduc-
nido hasta hace poco relativamente independientes: la tual susceptible de influirse en alguno de los otros enfoques. En todo caso tampoco se trata
aquí de ofrecer una clasificación exhaustiva, aunque indudablemente tendría interés analizar
Teoría del Aprendizaje, la Etología y una tercera, menos con más detalle este problema de competencias y aportaciones.
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y ratas tenemos entablada y llegar, incluso, a una coexis- década de los 60. Rozin apunta como una de las causas
tencia pacífica —^pues es posible que la aniquilación total de tal aislamiento el hecho de que las ratas salvajes fue-
no sea ecológicamente recomendable. ran «organismos "evitados por los psicólogos (el senti-
miento fue probablemente mutuo)» {ibid., p. 35).
En el capítulo que Lorenz__(,1973 tr) dedica a las ra-
tas, éstas aparecen como ejemplo de unión familiar El conflicto entre la tendencia exploratoria y la
que vierte su agresividad hacia el exterior para mantener, tendencia de evitación de lo nuevo (neofobia) —alimen-
correlativamente, un fuerte vínculo de unión interno. tos en este caso— pone en juego un conjunto de meca-
Las ratas poseen unas tajantes divisiones tribales, en el nismos sociales que son los que aquí nos interesan espe-
seno de las cuales funciona un verdadero sistema de trans- cialmente. Es evidente que hay mecanismos de tipo fi-
misión generacional de los conocimientos adquiridos so- siológico que sustentan la capacidad de la rata individual
bre el medio."Por eso es tan difícil la desratización, ya para seleccionar, frente a un veneno, un conjunto de ras-
que la rata, que es uno de los más resistentes antagonis- gos pertinentes o relevantes sobre los que fundamentar
tas biológicos del hombre, emplea en el fondo los mis- la evitación posterior (y destacan al respecto los impor-
mos métodos que éste, de transinisión de las experien- tantes trabajos de J. García en el sentido de determinar
cias por tradición y su propagación en el seno de una so- las particulares conexiones gustatiyo-viscerales que cana-
ciedad muy umdsl'iop. cit., 182). Lo más característico de lizan los aprendizajes véase García y Koelling, 1966;
tales métodos se refiere a la conducta alimenticia, que García, Kovner y Green, 1970). Pero lo importante es
se transmite generacionalmente. Pero el mecanismo de la que la sociedad de las ratas no se ha «conformado» con
transmisión no explica por sí sólo, lógicamente, el éxito la utilización individual de tales nlecanismos, lo cual
de la rata, sino su ¡articulación con dos aprendizajes so- equivaldría a la repetición de la experiencia para todos y
ciales complementarios entre sí: ampliación de la dieta y cada uno de los congéneres, tanto para extender la dieta
evitación o rechazo de alimentos venenosos. cómo para rechazar todos y cada uno de los nuevos ali-
mentos-veneno propuestos (o de los posibles venenos,
Las habilidades de la rata en el terreno de la selec- fuera del contexto de la desratización). Ello multiplicaría
ción de comidas son proverbiales y sobre todo después enormemente el tiempo, los peligros, los eventuales
de las faijiosas experiencias de C.P. Richter, fundamen- fallos... El camino elegido de hecho no puede por menos
talmente en la década de los 40, sobre alimentación au- de resultarnos familiar: ¿cabe imaginar nuestras socieda-
toselectiva en omnívoros. Mediante un régimen que se des si cada experiencia hubiese de ser repetida o rehecha
ha denominado «de cafetería» se sometía a las ratas a un individualmente?. La propuesta es, obviamente, absurda
sistema de autoselección de los elementos necesarios pa- y se trata tan sólo de hacer ver cómo el conocimiento de
ra mantener la homeostasis metabólica. Entre una gran ciertos niveles —^fisiología-^- descubre condiciones nece-
diversidad de productos en estado puro la rata confec- sarias pero que no agotan o eliminan otros niveles de ex-
ciona con notable «tino» una dieta equilibrada. Pero más plicación. Más aún, hay que pensar que la selección bio-
significativa aún :—^y constituye la base de las experien- lógica de los mecanismos de orden «inferior» no podría
cias de Richter sobre hambres especializadas— es la ca- explicarse sin las correspondientes interacciones sociales,
pacidad de compensar adecuadamente la supresión en los que aparecen sin embargo, como una suerte de «super-
experimentos de algún compuesto esencial. Por ejemplo, estructura».
la eliminación de la vitamina B era subsanada rápidamen-
te por la' ingestión de una cantidad adecuada de heces,
que normalmente contienen complejos vitamínicos B.
D e igual manera subsanaban desajustes producidos por
ablaciones (por ejemplo, en ausencia del páncreas las
ratas redujeron considerablemente la ingestión de azúca-
res, etc.). (Véase Richter y Hawkes, 1941; Richter y
Schmidt, 1941; Richter, 1942).
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do. Así las ratas aprenden, en principio, a comer lo que Colorado) iniciados en 1935 y que constituyen un hito
come la tribu. Este, por supuesto, no es más que el lado fundamental en la Primatología de campo (ver Carpen-
conservador, inherente siempre a toda cultura o tradi- ter, 1965), la selección de los primatólogos parece orien-
ción y del cuál es exponente inmediato la neofobia. Pero tarse hacia ciertas cualidades de inteligencia de algunos
en las ratas manda también el progreso, la tendencia ex- monos del Viejo Mundo como el macaco rhesus {Macaca
ploratoi^ía, innovadora, que tiene dos caras, pues asienta mulatta) que ha visitado frecuentemente los laboratorios
el éxito sobre el riesgo de envenenamiento; el mecanis- americanos, en particular el «Wisconsin Regional Primate
mo consiste, aquí, en que las ratas tienen una fuerte ten- Research Centre» fundado por H.F. Harlow. El macaco
dencia a probar alimentos nuevos, pero suelen hacerlo japonés {Macaca fuscatta) ha' recibido gran atención, in-
tomando en principio dosis tan pequeñas que en caso de cluso en el laboratorio, después del importante camino
tratarse de un veneno este no sería letal, pero enseñaría abierto por el «Japan Monkey Centre». En la línea de
a no repetir. Lo interesante es que el descubrimiento de los trabajos de campo destacan los realizados sobre ba-
un veneno por una rata puede ser aprovechado por el buinos (Papío) por obra, fundamentalmente, de Wash-
resto, pues la que realiza la experiencia «marca» con burn. De Vore, Hall; siguiendo la inspiración de
excrementos el veneno para que las demás aprendan. Zuckerman parece que se ha buscado, en este caso, cier-
Ahora bien, es suficiente que los congéneres estén pre- tas condiciones de sociabilidad en los habitantes de la
sentes cuando una rata recha2a un alimento para que to- sabana, que son, en muchos aspectos, similares a las
das lo eviten en adelante y transmitan su pauta. Así, los presumibles condiciones y características de los homíni-
más sutiles trucos de los desratizadores suelen tener un dos antepasados del hombre actual.
alcance limitado pues pronto son descubiertos y transmi-
tidos.
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lo cual en la práctica facilita enonnemente la observa- selva, donde cada joven aprende gradual y tranquila-
ción» (Yerkes, 1943, p. 4. Subrayado nuestro). «Coope- mente las cosas que lo ayudan a adaptarse a su grupo y
rar^ es aquí el término idóneo para expresar la elimina- su medio. El conocimiento de las plantas comestibles, de
ción de muchas barreras, aún cuando el chimpancé, las rutas de viaje, de la manera adecuada de responder a
como la rata, —^y en consonancia con ello—, haya sido vocalizaciones y gestos —estos y otros muchos aspectos
elegido «como el primate más adecuado para la explota- son parte, indudablemente, de la tradición del gorila,
ción experimental en sustitución del hombre» (ibid. p. transmitidos como resultado de la experiencia individual
295). de generación en generación y que constituyen una for-
ma rudimentaria de cultura» (p.289). Las observaciones
Ambos pioneros, Yerkes y Kohler, ejemplificarían de Schaller con gorilas incluyen, naturalmente, todo el
sin duda esa extensión de rasgos exclusivamente atribuí- conjunto de aspectos de organización social, rasgos
dos al hombre en su origen, sobre todo por referencia a psicológicos, costumbres, etc., que formarían parte, co-
las conductas inteligentes. N o aparece en ellos el tema mo decíamos, de cualquier encuesta etnológica. Su apor-
de la Cultura, pero de uno u otro modo han contribuido tación solamente es comparable a los trabajos de Lawick-
a formar una imagen bien distinta de la relación entre fe- Goodall con chimpancés, realizados en el «Gombe
nómenos animales y humanos. Es claro, por lo demás, Stream Research Centre» en Kigoma (Tanzania). (Ver
que los conceptos de «Inteligencia» y «Cultura» no son 19,68 y 1973 tr.). Los chimpancés poseen unas caracterís-
en absoluto independientes; aún cuando se sitúen en pla- ticas tales que permitieron a esta primatóloga un acerca-
nos distintos resulta inexcusable, postular su relación miento aún mayor que en el caso de Schaller. Una
cuando menos genética (problema que no abordaremos mayor curiosidad y vivacidad diferencian a estos simios
aquí). de ios gorilas, lo que posibilitó a Lawick-Goodall un
conocimiento muy preciso y detallado de las estructuras
familiares y sociales de las bandas que estudió. Entresa-
car de sus amplios reportajes todos aquellos rasgos que
Como cabría esperar es en el nivel de los Grandes pudieran ser indicio de transmisiones culturales supon-
Simios donde tienden a desarrollarse aquellos trabajos de dría poco menos que reescribirlos, pues parece evidente
campo que más arriba comparábamos con las encuestas que muy pocos comportamientos están libres de este
etnológicas. Las memorias de un cazador que vivió 35 tipo de aprendizajes sociales. Quizá sea necesario desta-
años en el Camerún francés, Merfield, contituyen uno de car las descripciones minuciosas sobre el uso de instru-
los primeros intentos de despejar la oscura leyenda so- mentos y su fabricación: en este caso un tipo determina-
bre los gorilas, (ver Merfield y Miller, 1956) y acercarse do de cañas adecuadas para sacar y comer termitas de sus
(sobre todo con menos miedo) a"sus verdaderas costum- hormigueros. El aprendizaje de estas técnicas instrumen-
bres. Quizá la profesión no fuera la más adecuada para tales, es, por supuesto, objeto de transmisión de madres
establecer un contacto —aunque no deben olvidarse las a hijos y no forma, en absoluto, parte de una pauta espe-
consecuencias teóricas de la desratización. En todo caso cífica sino local. (1973 tr., p.42 y ss.).
no es la primera vez que un encuentro cultural se esta-
blece a partir de la agresión. Schaller ejemplificaría, sin
fisuras, el nuevo estadio de relación cultural: «Me negué Recogemos de pasada este tema de la utilización de ins-
a llevar fusil ni revólver, considerando que las armas dé trumentos, por haber sido utilizado frecuentemente
fuego no tenían nada que ver con mis estudios» (1967 como criterio de Cultura. Una recopilación bastante am-
tr., p.21). Schaller (ver además 1963) ha desarrollado plia de los datos que se poseen sobre este aspecto en es-
una larga tarea de observación en contacto directo con pecies no humanas puede encontrarse también en Lawick
grupos de gorilas de Kabara, situado en el actual Zaire, Goodall (1970). Incluye este trabajo conductas instru-
a unos 200 km; al norte del lago Tanganica. Estas obser- mentales de águilas, buitres, pinzones, nutrias, mangos-
vaciones proporcionan un importante testimonio de tas, caballos, etc., además de primates. Parece claro a
mecanisínos culturales prehumanos. Entresacamos algu- nuestro entender, que el criterio de este tipo de con-
nos ejemplos: los hijos aprenden de sus madres lo que ducta fue, o es, utilizado por considerarlo «a priori»
puede comerse^ «De esta, manera los hábitos alimenticios inaccesible al resto de los animales, es decir, con la idea
soSTransmitíHos de ^ñeración en generación, forma pri- preconcebida de que no hay más cultura que la humana.
mitiva de cultura» (1967 tr., p.227). La vigilancia conti- Esta impresión se confirma al ver cómo, ante el empuje
nua de las madres impide a los pequeños tomar alimen- de la evidencia, muchos autores han transformado el cri-
tos que los adultos no consuman. Aprenden, por lo de- terio en «conducta instrumental de segundo orden»: so-
más, muchas técnicas para comer tipos especiales de lamgnte el hombre usa instrumentos para hacer instru-
plantas. Schaller cree probable, por otro lado, «que los mentos Grustrov, 1964). Ahora bien, no se trata, pensa-
gorilas y otros muchos mamíferos sociales aprenden la mos, de probar que el hombre posee habilidades que es-
manera de tratar a sus hijos observando otras hembras tán muy por encima de los demás seres vivos, e incluso
con los suyos» (ibid., p.268). El territorio habitual de ca- de pensar que son determinantes para el desarrollo de
da manada es también transmitido por generaciones formas de vida mucho más complejas, sino de definir un
(«tienden a permanecer en la extensión habitable cultu- concepto de «Cultura» que_no esté «motivado» o cons-
ralmente determinada» —entre 30 y 45 Km-. Ibid., truido «ad hoc», concepto que sería continuamente va-
p . 2 4 l ) . Acabaremos la referencia a este autor —que po- riable —^por su indeterminación— en función de los des-
dría ser demasiado larga— con el siguiente párrafo: «los cubrimientos biológicos. Dicho de otro modo, tratare-
antrópoides —^y esto vale para otros animales— no están mos de discernir un concepto o criterio firme que sirva
totalmente sometidos a sus instintos. El aprendizaje y la para otorgar significado consistente a un campo de fenó-
tradición desempeñan un papel importante en sus vidas, menos que se suelen mantener al socaire de determina-
un papel que es difícil de apreciar con precisión en la das interpretaciones ideológicas. La argumentación que
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hemos seguido durante todo este capítulo trata de ajus- no restrictivo que el hecho de referirse a estadios «pre-
tarse a estos requerimientos lógicos y, precisamente por humanos»). Desde estas fechas la investigación ha acu-
ello, puede entenderse como una mera constatación o mulado registros continuados de varios grupos que com-
aceptación de conclusiones implícitas en muchos estudios ponían en 1964 una población aproximada de 900 maca-
sobre comportamiento animal. Si se huye de ciertos tru- cos. Entre estos diversos grupos (Takasakiyama, Arashi-
cos ideológicos los trabajos sobre transmisión de apren- yama, Minoo, etc.) el de la isla de Koshima es quizá el
dÍ2ajes por vía generacional obligan a hablar de «Culturas importante, y a él nos atendremos básicamente siguiendo
Animales». a Kawai (1965). (Otras referencias directas pueden en-
contrarse en Itahi y Tokuda, 1958, también sobre el
Parece lógico volverse hacia los Grandes Monos a la grupo de Koshima; Itani 1958; Kawamura, 1958, 1959-
hora de perseguir estos procesos. Sin embargo la refe- Referencias indirectas y comentarios en, por ejemplo,
rencia más importante al respecto es, sin ninguna duda, Eibl-Eibesfeld, 1974 tr., JoUy 1972, Galef Jr., 1976, etc.)
el trabajo continuo, desde 1948, llevado a cabo por el
«Japan Monkey Centre», en Aichi, con monos japoneses Un día de setiembre de 1953 Imo, un macaco hem-
{Macaca fuscatta). Su posición privilegiada en la literatura bra de año y medio, se puso a lavar un boniato al borde
científica se debe a muchos factores. Indudablemente, de un arroyo, mojándole con una mano y frotando con
frente a los estudios sobre ratas, trabajos como este tie- la otra para eliminar la arena. Este fue el comienzo de la
nen la ventaja de referirse a una especie más cercana, costimibre de lavar boniatos (que llamaremos L.B.) cuya
más idónea para entablar ese tipo de «contacto» que propagación ha sido minuciosamente registrada. En tal
permita hablar con propiedad de una cierta relación cul- propagación se distinguen dos períodos: uno de «trans-
tural con el hombre. Los Simios, sin embargo, parecerían misión individual» y otro de «propagación pre-cultural».
más idóneos para desempeñar este papel. Si se ha desa- Durante el primero la pauta se extendió por imitación
rollado en una escala inferior de primates, tales ventajas siguiendo líneas familiares y de amistad («compañeros de
rrollado una escala inferior de primates, tales ventajas juego») y abarcó en 5 años a casi el 8 0 % de los macacos
hay que buscarlas entonces en las propias características jóvenes (entre 2 y 7 años), mientras que sólo el 18% de
del trabajo y esta es la razón por la cual vamos a ofrecer los adultos hacían L.B.; entre los mayores de 12 años no
un análisis más detallado. há logrado extenderse la pauta salvo en dos hembras.
Ahora bien, precisamente, de estas dos hembras una de
Los macacos estudiados por este centro japonés tie- ellas es Ebo, la madre de Imo y la otra es Mami, que esta-
nen para el investigador nombres propios, una familia, ba considerada por los investigadores como la más ma-
un campo de relaciones sociales, una biografía en suma, ternal de todas las hembras del griipo. Estas hembras
que se inserta en una historia del grupo, recogida cuida- aprendieron pues de sus hijos.
dosamente durante un cuarto de siglo. Por lo demás, el
largo trabajo realizado puede considerarse desde muchos Así, por el año 1960 casi todos los macacos, salvo
puntos de vista como el resultado de una toma de con- los mayores de 12 años, habían adquirido L.B., lo cual
tacto en el que ha jugado un papel de primer orden las incluía la mayor parte de las madres (la madurez sexual
«buenas relaciones» («una perfecta relación de amistad de los macacos se alcanza hacia los 6 años). Comienza así
está establecida entre (estos) monos y el hombre» Kawai, el segundo período, llamado de «Propagación pre-cultu-
1965, p.22). Muchas de las pautas estudiadas han surgido ral», cuyo canal fundamental es la enseñanza de madres a
precisamente de esta buena relación, en especial la cos- hijos, que reciben la pauta «como conducta alimenticia
turtlbre adquirida por los monos de extender la mano normal y la aprenden sin ninguna resistencia» (Kawai,
para pedir cacahuetes u otro tipo de alimentos. La op. cit., p. 8). Y tal sería también la impresión que reci-
conducta de bañarse, por ejemplo, fue inducida por Mrs. biría un observador ignorante de la historia.
Miyadi en el verano de 1950 tirando cacahuetes al agua
y dio origen a una costimibre estable y de propagación
La pauta de L.B. derivó, hacia 1957-58, en la pauta
progresiva.
de sazonar las batatas en agua salada (la conducta origi-
nal, de limpieza, era en agua dulce), mojando después de
Indudablemente este factor de acercamiento y cono- cada bocado. Ahora bien, es curioso notar que los maca-
cimiento personal de los macacos, que ha proporcionado cos que cogieron la costumbre de sazonar solían ser
a estas experiencias un puesto de excepción en la litera- aquellos que aprendieron L.B. en el segundo período, el
tura etológica, no es ajeno a las propias características «cultural».
mentales, biológicas, culturales etc., de esta especie,
frente al caso —por ejemplo— de los roedores enemigos
del hombre. La acumulación y el tipo de pautas es dife- El grupo de Koshima ha aprendido y transmitido,
rente al que considerábamos por medio de la dicotomía por canales similares, otras muchas pautas de conducta,
aceptación/rechazo en la conducta alimenticia de las entre ellas algunas que no pertenecen directamente a la
ratas, pues abarca verdaderas y sutiles preparaciones de alimentación, como el baño, aunque fué originalmente
los alimentos, que pueden considerarse (Rozín, 1976, inducida por la búsqueda de cacahuetes. La mayoría de
p.62-63) como una rudimentaria tradición culinaria. los adultos, a partir de cierta edad, no llegan a acostum-
brarse nunca en el primer período. Solamente habrá
Las observaciones sistemáticas de campo comenza- adultos que ejecuten esta pauta por mediación de la tra-
ron como decíamos, en 1948 y el primer planteamiento dición ya implantada, en la segunda fase.
teórico fue presentado por Imanishi (en 1952), quien
definió el campo de trabajo como estudio de «pre-cultu- Otra conducta minuciosamente registrada es la de
ras» (No parece haber otra razón para utilizar este térmi- «lavar trigo» (L.T.), iniciada también por Imo. Los inves-
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diciones. Para ello (ver 1976-a) trabajó en el Japan Mo. vio, por ejemplo, que la audacia para acercarse a objetos
C. tratando de descubrir las reacciones de estos monos nuevos es mayor en los sujetos criados con sus madres
ante objetos novedosos, pero evitando todo lo que tu- en libertad. Y aunque todas las tríadas llegaron a mane-
viera que ver con la alimentación. Es este un aspecto jar el columpio, solamente estos sujetos «idearon» el
interesante, por cuanto revela la intención de acceder a juego de columpiarse de pie en él - t a l como lo haría un
ciertos componentes generales o básicos, eliminando niño—. Pero esta conducta no llegó a constituir una «tra-
para ello —en la medida de lo posible— todo tipo de dición» general.
conexión con una eventual pauta específica. Diríase que
Menzel trata de alcanzar la mecánica cultural en estado Podrían considerarse estos trabajos de Menzel como
puro. Como ya vimos, los trabajos con macacos japone- un modo de llevar a su límite algunas características de
ses conectan, de manera más o menos directa, con la los realizados por los primatólogos japoneses.
conducta alimenticia, aspecto básico en los intercambios
específicos con el medio y factor nuclear de los procesos Si se juzga la tarea como un intento de detectar
de adaptación. La ruptura con la especie, como procedi- ciertos mecanismos culturales en grupos no-humanos,
miento que ha determinado aspectos básicos de la Psico- podría pensarse que la influencia ejercida por la relación
logía —fundamentalmente el Aprendizaje- guía aquí los con el hombre está aquí «exacerbada». Y, paradógica-
diseños experimentales. Menzel situó juguetes llamativos mente, se hace como medio de control. Ciertamente el
de plástico en lugares frecuentados por los macacos y «intervencionismo» humano no es una condición margi-
observó sus reacciones en términos de gradientes de nal de los procesos culturales o tradiciones de los maca-
acercamiento (con eventual • manipulación) y evitación. cos de Koshima. Este componente, que podría resultar
Los resultados confirman, precisándolos, aquellos meca- «molesto» cuando se compara con una encuesta etnoló-
nismos básicos descritos por Kawai y los demás prima- gica, es «eliminado» por Menzel por la vía de construir
tólogos del centro japonés. Los cambios en la conducta un modelo de transmisión cultural donde el peso de lo
de un grupo se asientan, fundamentalmente, en los indi- humano es llevado al máximo, al laboratorio. Esta cir-
viduos jóvenes —las crías— y en alguna pequeña medida, cunstancia obligaría a repensar algunos criterios frecuen-
al principio, en las hembras. «La conducta de todos los temente utilizados para distinguir entre una Psicología
grupos de edad está centrada sobre objetos sociales, Animal —de laboratorio— y una Etología que ha tenido a
objetos alimenticios y actividades generales de vigilancia.
gala el estudio de la conducta en su «verdadero» marco
Es interesante que las reacciones espontáneas a los obje-
—la Naturaleza—, como si la contraposición tuviese por
tos cotidianos comienzan a decrecer rápidamente en
sí misma un sentido evidente y esclarecedor. (Ver, como
aquellas edades (3-4 años) en que los sujetos, especial-
mente machos, van quedando sometidos a la presión más un ejemplo escogido entre otros muchos, Fabricius 1966
fuerte de la conducta social (op. cit., p. 180-181). Men- tr., p. 11 y ss.).
zel piensa que, en alguna medida, el grupo utiliza a las
crías para probar simaciones nuevas, como por ejemplo Este punto de vista arrastraría consigo una multitud
la ocupación de una nueva área alimenticia. de reformulaciones. Pero lo que aquí interesa tener en
cuenta es una condición general que subyace a todos
estos planteamientos y que es pertinente, sin duda, a
Las características de este trabajo son desarrolladas nuestras intenciones de presentar el fenómeno de las
un paso más en otra interesante experiencia posterior del «Culturas Animales»:
mismo autor (Menzel Jr. y otros, 1976-b). En este caso
se tíataba de crear experimentalmente un proceso de La suerte de tales culturas está ya subordinada al
transmisión de pautas en condiciones de laboratorio. Se éxito de la cultiura humana, y es solamente en estos tér-
eligieron 19 chimpancés de 3 años, 12 de ellos criados en minos de enfrentamiento de culturas como puede reve-
aislamiento total desde el parto, 4 en aislamiento relativo larse el contenido biológico de los últimos períodos de la
(contacto con otro a través de barrotes) y 3 que prove- Historia Natural. (Caminando hacia atrás habría, por
nían de grupos donde habían vivido en libertad durante supuesto, que extender este punto de vista a relaciones
el primer año. Fueron sucesivamente enfrentados a una específicas prehimianas). La evolución de los macacos
prueba, agrupándolos de tres en tres (en 17 combinacio- japoneses hacia formas más elevadas o hacia la extinción
nes), respecto a dos obetos «extraños», un columpio y depende fundamentalmente del hombre. Diríase que
un juguete mecánico (un «satélite»: balón que se despla- estas últimas adquisiciones a las que acabamos de asistir
zaba sólo emitiendo un ruido). La combinatoria de gru- dependen de un profundo cambio en la actitud de este
pos posibilitaba la transmisión de la pauta —ABC, BCD, enemigo biológico-cultural, quien una vez asegurado su
CDE, DEF..., siendo cada letra un individuo-; pauta triunfo puede volverse tranquilamente benefactor de
evaluada en términos de manipulación de los objetos quienes irremediablemente quedaron relegados.
propuestos. Pues bien, la pauta de manipulación parte de
cero, alcanza su máximo entre la 4^ y 8^ situación y se Planteadas así las cosas podría pensarse que muchas
transmite con algunas oscilaciones durante los ensayos especies de Simios, por ser más cercanas, han de conser-
posteriores. La transmisión «cultural» es evidente. Cier- var más clara la huella de la competición por el nicho
tos controles prueban que el aumento en la manipula- ecológico de los homínidos. En este punto se sitúa exac-
ción de los individuos no puede ser explicada básicamen- tamente la «hipótesis de deshumanización» de Kortlandt.
te si no es por referencia a la situación social (a «su esta-
tuto dentro del grupo y la capacidad de respuesta de los Para este autor los Grandes Simios —fundamental-
otros individuos» -p. 191). Los factores implicados en la mente gorilas y chimpancés, ya que el orangután es
transmisión son complejos, pero el diseño experimental mucho más arborícola— demuestran con sus hábitos
permite detectar, aislar y evaluar relaciones múltiples. Se semiterrestres- descender de antepasados de costumbres
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o características más «humanas» que las que en la actua- uso de instrumentos, hábitos de alimentación y preda-
lidad poseen. Habitantes de la sabana, fueron empujados ción. En el marco de sus hipótesis cobran sentido algu-
a la selva por los primeros homínidos cuando estos em- nas observaciones de campo que muestran a los simios
pezaron a usar armas arrojadizas. Esta hipótesis, formu- (principalmente chimpancés) como eventuales comedores
lada en 1957, ha sido discutida básicamente en tres escri- de carne (Lawick-Goodall, 1973, tr., p. 70), y con algu-
tos, Kortlandt, 1962, Kortlandt y Koij, 1963, y Kor- nos indicios de conducta predadora que pueden ser in-
tlandt y Van Zon, 1969. Pero sin duda el más importan- terpretados como residuales. Ahora bien: ambas cosas
te de ellos, por aportar mayor cantidad de material en aparecen en los simios de forma independiente —nunca
apoyo de la hipótesis, es el de 1963. se utilizan armas con fines de predación—, de modo que
aquí radicaría, en gran parte, la ventaja de los homínidos,
La «hipótesis de deshumanización», según el propio que fueron capaces de conjugar ambas cosas, establecien-
autor, está inspirada fundamentalmente en la inexplicable d o una predación armada, y no una mera defensa, contra:
diferencia existente entre las notables capacidades detec- sus competidores. «No se nos ha referido ningún caso
tadas en los Grandes Simios y su situación cultural real de chimpancé ni de otro simio o mono que demuestre la
que parece estar muy por debajo. Es decir, ¿por qué no existencia de verdadera caza armada. Los primates sub-
han alcanzado «una forma de vida más, humana y un humanos pueden usar un instrumento para matar a un
correspondiente nivel de cultura»?; (19632_p. 61). «De animal, presumiblemente porque tienen miedo de él;
acuerdo con esta hipótesis, los antejpásádos de los homi- pero entonces la víctima no es comida. Si la víctima es
noides africanos en el Plioceno y anteriormente en el percibida como presa no se utilizan armas. Solamente en
Pleistoceno se desarrollaron en gran medida, al princi- los primeros homínidos se ha integrado el uso de armas
pio, en zonas de bosques semiabiertas y sabanas, que con procurarse proteínas. ¡Desde este punto de vista la
favorecieron la emergencia de tipos de conducta proto- consumación de la evolución humana parece que podría
homínida y humanoide: pero en época evolutiva poste- haber sido un logro del canibalismo! Teilhard de Char-
rior, cuando los homínidos desarrollaron el venablo y din podría quedar sorprendido, sin • duda, de esta con-
pudieron matar a distancia en terreno abierto, sus parien- clusión». (1963, p. 84).
tes los simios fueron gradualmente forzados a retirarse,
casi por completo, hacia el interior de la foresta, es Kortlandt, aunque de modo parcial, ha planteado
decir, dentro dé un habitat desfavorable a las pautas de una hipótesis irremediable, que sólo arbitrariamente
conducta humanoides, de tal manera que tales pautas puede ser limitada a cierto tipo de simios. N o ha desa-
cayeron en desuso, se fueron debilitando y en gran me- parecido en él, curiosamente, el prejuicio sobre la exclu-
dida degeneraron», (op, 1969, p. 10). sividad de la cultura humana, lo que le impide reconocer
otros enfrentamientos similares al de su hipótesis. Ha-
Kortlandt piensa que, en todo caso, los chimpancés bría que reinterpretar la posición de Kortlandt como una
y gorilas deben ser considerados como «primates cultu- concesión a la familiaridad: cuando habla de «primates
rales» (1963, p. 62), en función de sus tradiciones socia- culturales» está refiriéndose realmente, en alguna medi-
les. Curiosamente no incluye en esta denominación a los da, a nuestra cultura. Tan sólo la similitud con el hombre
monos, que serían «primates instintivos». (Diríase que el —en el uso de instrumentos, en la vida social, en la inte-
estrato cultural solamente se alcanza por contaminación y ligencia— es lo que le ha impulsado a reconocer tal enti-
que ésta no llega más que a los veciiios inmediatos). dad cultural, calificada por él como conducta «proto-ho-
mínida»<1963, p. 63).'
La hipótesis está inspirada en múltiples estudios de
primatología, pero sobre todo en los dedicados a la inte-
ligencia de los simios, que han mostrado la gran capaci- ¿Pero es que acaso hay algún camino para «descu-
dad de los chimpancés (Kohler, Yerkes, Nissen...) para brir» las culturas animales que no sea el de la similitud
todo tipo de aprendizajes y para el uso de instrumentos. con los fenómenos humanos, referencia obligatoria en el
T o d o parece demostrar que los chimpancés se muestran origen del concepto?. Evidentemente no. En el tema de
en cautiverio, muy por encima de sus propias realizacio- la «cultura» nos encontramos plenamente dentro de esa
nes en libertad, dependiendo, claro está, de que se les tendencia a la extensión de rasgos humanos más allá de
ofrezca unas condiciones lo suficientemente estimulantes sus primitivas fronteras. Y es en esta dirección donde
(la «cooperación» con el hombre, de la que hablaba Kortlandt se ha quedado corto. En su hipótesis se asoma,
Yerkes). La huida a la selva a que se vieron obligados los inconscientemente, el deseo de mantener al hombre en
grandes simios, les permitió sobrevivir, pero resultó mu- su lugar privilegiado. El reconocimiento cultural de los
cho menos estimulante y adecuado para desarrollar su grandes simios es una concesión, casi obligada, a la cer-
notable capacidad en el uso de instrumentos. El estado canía: en el fondo la ventaja de estos primates está en
actual de sus culturas está en función del enfrentamiento que pudieron haber sido como nosotros.
con los primeros pasos de la cultura humana. Hoy se
encuentra por debajo de sus propias realizaciones pasa- Las «Culturas Animales», aun cuando representen
das. El uso actuíJ de instnmientos en algunos casos «po- de algún modo estados previos del desarrollo humano no
dría ser interpretado como un remanente pos-protohom mi- disuelven esta cultura en un mecanismo de orden infe-
do de su pasado evolutivo» (1963, p. 73). Kortlandt ha rior. Por el contrario, son otras especies animales las que
aportaído gran cantidad de pruebas recogidas en sus aparecen ahora como poseyendo rasgos imprevisibles,
observaciones de campo en África, en amplias encuestas lejanos a una concepción demasiado estrecha que esta-
dirigidas a directores y vigilantes de parques zoológicos blecía un corte profundo situando a las bestias en un
y, en general, a todos aquellos que tienen contacto con plano desde el cual el hombre resultaba definitivamente
simios en cautividad. Tales encuestas abarcan, además de inaccesible.
30 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
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EL BASILISCO 31
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
AKTICULOS
ATEÍSMO FILOSÓFICO Y
RELIGIÓN PROGRESISTA
DOMINGO BLANCO FERNANDEZ
Málaga
HEGEL O LA CRITICA RELIGIOSA nidad divina sobre el plano de una estatolatría monista.
El Espíritu absoluto, la idea de la idea (Noesis méseos), la
DE LA RELIGIÓN síntesis superadora de acción y pensamiento, de realidad
y concepto, de naturaleza y espíritu, de vida y muerte,
los alcanzaría la Historia en una Razón absoluto manifes-
omenzar por un esquemático recordatorio tada como Razón de Estado.
de la crítica hegeliana de la religión tiene
un interés superior al meramente históri- La crítica idealista de la religión se convierte así,
co, puesto que abandonar el cobijo idea- como decía Feuerbach antes de Marx, en un sucedáneo
lista le está resultando al pensamiento ac- de la religión, en una soteriología intramundana, en la
tual mucho más difícil de lo que se cree. última astucia de la razón para consolar a los hombres de
su condición indigente.
Si los hombres aceptan someterse a Dios como a su
Amo absoluto y entregan de ese modo su libertad es,
enseñaba Hegel, por miedo a la muerte y como precio
por el consuelo de soñar una vida en el Bien eterno. Los 2. MARX O EL IDEALISMO
hombres no nos veremos libres de amos humanos o del SUBYACENTE A UNA FILOSOFÍA
Amo divino mientras no aceptemos resueltamente el he-
cho inexorable y definitivo de nuestra propia muerte. DE LA PRAXIS
Pero Hegel no detuvo su filosofía en el análisis de
ésta que él llama «conciencia desgraciada», sino que en Es bien sabido que Marx entiende por religión la
su sistema dialéctico general integró «lo negativo» como ideología segregada por un organismo enfermo. En un
un momento esencial, como el motor que impulsa la his- mundo material que separa al hombre de sí mismo y le
toria humana hacia el fin positivo del Espíritu absoluto. impide realizarse, el hombre proyecta su realización al
El propio Hegel sostiene expresamente que la síntesis de cielo imaginario de la religión y crea la idea de un Dios
lo particular y de lo universal que Cristo representaba en creador de todo, incluido el hombre. Al producir la idea
cuanto Dios (universal) hecho carne (particular) debe de Dios, el hombre se rebaja a considerarse producto de
efectuarse, aunque no después de la muerte, sino ahora su producto.
y por nuestra acción; no en la trascendencia fantástica de
lo sobrenatural, sino en la inmanencia del Concepto que Desde Fichte hasta los neohegelianos de izquierda,
se encarna en el Estado moderno, en cuanto conciliador todo el idealismo alemán ha concebido al hombre como
que la justa organización social (lo universal) y de la li- productor en la aceptación más radical: en la de libertad
bertad de los individuos y grupos particulares. creadora, y ha rechazado apasionadamente la heterono-
mía del hombre. La producción humana no podría venir
Al traducir a conceptos las representaciones imagi- determinada por ninguna instancia superior, declaraban
nativas de la religión, la crítica idealista proyecta la infi- los idealistas, porque cualquier idea de un orden divino
32 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
o sobrenatural es, como tal idea, un producto humano. «Los hombres no comienzan de ningún modo por
Max Stirner, el último y más radical neohegeliano, escri- encontrarse a sí mismos en una relación teórica con las
bió El único y. su propiedad para proclamar la absoluta so- cosas del mundo exterior sino, a ejemplo de todo animal
beranía del yo humano y prevenir el riesgo de que el in- comienzan por comer, beber, etc., es decir, comienzan por
dividuo paralice, al objetivarse en su creatura, el dina- comportarse activamente y apoderarse de ciertas cosas
mismo activo y creador que constituye la verdadera vida. por la acción, satisfaciendo así sus necesidades. Más tar-
de, designarán esas cosas mediante un lenguaje según les
¿Dice lo mismo la crítica marxiana? En absoluto. Las aparece en función de su experiencia práctica» (2).
ideas de Stirner y demás familia idealista le parecen
«fantasías inocentes y pueriles». ¿Por qué? Porque no se N o niega Marx que la validez lógica y metodológica
libera a los hombres sólo por descargarles de sus fantas- de cualquier construcción teórica guarde un valor autó-
mas cerebrales. Eso sería tan ridículo, dice Marx, como nomo, mensurable por criterios meramente especulati-
suponer que para no caer en el vacío baste quitarse de la vos, pero sí sostiene que la verdad objetiva del conoci-
cabeza la idea de gravedad. miento, es decir, de toda teoría que sea más que tautoló-
gica, sólo puede probarse en y por la práctica (Tesis 2
N o es sólo el pensamiento lo que está por liberar, sobre Feuerbach). La teoría jamás podrá reducir la hete-
porque no hay otro pensamiento que el de los indivi- rogeneidad de sus fundamentos práctico-materiales y es
duos de carne y hueso y si éstos no son libres en la reali- en la pretensión contraria en lo que radica el carácter
dad tampoco lo será su pensamiento. ilusorio del idealismo.
La ideología (por ejemplo, la religión o la economía ¿Cómo es posible que hayan caído en el vacío cien
política) es el mundo al revés puesto que convierte a los años de insistencia en lo definitivamente inconmensura-
productos (Dios o el capital, respectivamente) en produc- ble de los dos órdenes y continúe hoy generalizada la
tores del productor (el hombre), pero lo que pone cabeza creencia de los intelectuales en un acercamiento asintótico
abajo el mundo de la ideología no es ningún error de del orden teórico al orden real.' ¿Por qué el idealismo
pensamiento, sino el vuelco histórico por el que el pro- resurge una y otra vez con la misma fuerza, como si fue-
ducto material del trabajo, convertido en capital, se ex- se inmune a la crítica? ¿No se topa aquí con una dificul-
propia la producción misma, transformando al trabajo en tad inherente a la índole misma del pensamiento en su
mercancía. El fetichismo religioso es un reflejo del feti- espontáneo ejercicio de la reflexión?. En efecto, criticar
chismo de la mercancía que expresa, a su vez, la inver- al idealismo equivale a pedir a la razón que se acepte
sión de la relación productor-producto en el orden práctico- heterónoma y esto es lo mismo que exigir a la razón que
material. sospeche de la evidencia que al reflexionar se ofrece a sí
misma. En la fascinación de la autoconciencia, el pensa-
La crítica marxiana del idealismo no se funda en una miento, «que no se ve venir, que se ve ser» (según la expre-
filosofía de la historia, lo que ya era el idealismo hegelia- sión certera del poeta), olvida o rechaza su dependencia
no, sino en una filosofía de la praxis que obliga a trascen- para con lo inconsciente material de que resulta. Como
der incluso los planteamientos históricos y el concepto decía Meyerson, «la razón no tiene más que un medio
de historia: de explicar lo que no viene de ella y es reducirlo a la
nada» (3).
«La primera premisa de toda existencia humana y
también, por tanto, de toda historia, es que los hombres Reconocer la primacía de la práctica exigía una re-
se encuentren, para hacer historia, en condiciones de po- forma tan completa y enérgica del entendimiento filosó-
der vivir. Ahora bien, para vivir hace falta comer, beber, fico-histórico que ni Marx ni nadie hubiera podido recti-
cobijarse bajo techo, vestirse y algunas cosas más (...). La pro- ficar de un golpe toda la carga de su formación idealista:
ducción de la vida material es una condición fundamental ¡deas, creencias, expectativas y postulados. La consiguien-
de toda historia que lo mismo hoy que hace miles de años te diplopía filosófica marxista vamos a examinarla, para
necesita cumplirse todos los días y a todas horas simple- empezar, en posiciones idealistas de Engels y Lenin,
mente para asegurar la vida de los hombres (...). La satis- señaladas por diversos autores marxistas, para remontar
facción de esta primera necesidad (...) conduce a nuevas después al origen de esas inconsecuencias en el pensa-
necesidades y esta creación de necesidades nuevas constituye miento de Marx.
el primer hecho histórico» (1).
(Sea dicho entre paréntesis, los marxólogos tendrían
Nunca desarrolló Marx esta filosofía de la práctica un inagotable tema de estudio en la degradación que el
que La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach anun- marxismo padece desde su fundador a los epígonos, de-
cian. Pero hasta sus escritos finales, el último fundamen- gradación que, obviamente, no se detiene en Engels y
to de la ciencia marxiana, del «materialismo histórico» Lenin. Los fundadores del socialismo español, por ejem-
entero, es la filosofía que afirma la irreductible prioridad plo, aprendieron marxismo en las simplificaciones france-
de un orden práctico cuyo núcleo de exigencias es ante- sas —que sacaban de quicio a Marx y le llevaban a excla-
rior a la historia, invariable y fijo. Todavía el escrito de mar repetidamente: «yo no soy marxista»— de Guesde y
1880 contra el economista Wagner insiste en la primicia Lafargue, autor este último de un libro cuyo título, «El
de esa Praxis que es el terreno originario de la verdad derecho a la pereza», había de resultar premonitorio para
del conocimiento y del lenguaje:
(2 ) Karl Marx, Oeuvres. ed. Pléiade, París, t. II.
( 1 ) Carlos Marx y Federico Engels, Ut ideolotk alimaña, Ed. Pueblos Unidos—Grijalbo, Bar- 0 ) E. Meyerson, La deducción relativista, art. 186. Cit. por E. Gilson El ser y la esencia, Desclée
celona 1974, p. 28. (los subrayados son míos). de Brouwer, Buenos Aires 1951. lema.
EL BASILISCO 33
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
(4 ) Cf. E. Lamo, Filosofía y polüica en Julián Besteiro, Ed. Cuadernos para el diálogo, Madrid
1973. pp. 185, 194 y 235-
«No nos hagamos los jefes de una nueva intoleran-
(5 ) G. Bueno, Ensayos materialistas, Ed. Taunis, Madrid 1972, pp. 124 a 126.
cia, no nos convirtamos en apóstoles de una nueva reli-
gión, aunque ésta fuese la religión de la razón» (7).
(6 ) Lénine, Oeuvres, t. 14, Matérialtsme et Empiriocriticismo, Ed. sociales. París. Ed. en Langues
étrangéres—Moscou, p. 104: «II n'y a, il ne peut y avoir aucuae différence de principe entre le
phénoméne et la chose en so¡. li n'y a de différence qu'entre ce qui esc connu et ce qui ne 1 esr
pas encoré». (7 ) Cf. M. Rubel, Chronologie, en Marx, Oeuvres, Pléiade, I, p. LXIX.
34 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
Hoy son los «eurocomunistas» quienes denuncian importancia decisiva a los argumentos de autoridad. Re-
desde dentro la condición eclesial o cuasi-religiosa del sulta por eso poco menos que obligada la estrategia de
movimiento marxista. Por ejemplo, Santiago Carrillo, expresarse con palabras cargadas de más autoridad que
quien declaraba el 30 de junio de 1976 en la Conferen- las propias.
cia de PC europeos celebrada en Berlín:
Por ejemplo las de G. Gottier en su libro sobre El
«Era como si los comunistas tuviéramos una nueva ateísmo del joven Marx, donde muestra cómo el término
Iglesia con nuestros mártires y nuestros profetas; durante de «alienación» que Marx recibe de Hegel, lo había
años, Moscú ha sido nuestra Roma. Nosotros hablába- tomado éste de la Epístola paulina a los Filipenses en la
mos de la gran revolución de Octubre como de nuestra traducción de Lutero. San Pablo escribía (II, 6-9):
Navidad. Era nuestro período de infancia» (8).
Carrillo se expresaba en tiempo pasado porque en «Cristo, existiendo en la forma de Dios, no reputó
las autocríticas es casi inevitable. Y efectivamente, entre codiciable tesoro mantenerse igual a Dios; antes bien, se
tantos signos del pasado, cómo olvidar la insistencia ma- vació de sí mismo (se anonadó) tomando la condición de
chacona de Stalin en afirmar que la edificación del socia- esclavo (...) y una vez reconocido como hombre se humi-
lismo es, por encima de todo, una cuestión de Fe; o lló, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo
aquel estigma con que se fulminaba a los militantes arre- cual Dios le ha elevado a lo más alto y le ha gratificado con
pentidos, el mismo que se empleaba contra los sacerdo- el nombre que está por encima de todo nombre para
tes que volvían al siglo: «renegados». Pero cómo ignorar que ante él doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en
además, entre tantos signos del presente, que el PCUS la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que
sigue declarando el marxismo-leninismo «doctrina in- Cristo es Señor...».
mortal e invencible», lo que vale como una muy correcta
definición de Dogma; o que los tribunales de justicia La palabra «Kenosis» dice en griego el acto por el
soviéticos continúan condenando las ofensas a Lenin o a que Cristo se aniquila y asume la humanidad hasta la
la Revolución como «blasfemias» y «sacrilegios» (9). muerte y sólo así reconquista la positividad absoluta.
Este esquema de la kenosis pasa al idealismo alemán
¿Este presente es únicamente el de la URSS.' Si los como esquema dialéctico (afirmación, negación, negación
dirigentes latinos reconocen su error anterior ¿no es in- de la negación) a través de la traducción que del esque-
necesario insistir desde el punto de vista filosófico.' N o ma de la kenosis propuso Lutero utilizando el término
lo creo. Supongamos que el eurocomunismo desea since- Entaüsserung: alienación (10).
ramente la renuncia al espíritu religioso. Supongamos
incluso que la renuncia a la «dictadura del proletariado» Hegel esperaba que el Estado moderno efectuase la
no quede neutralizada, anulada por la conversación del síntesis de lo particular y de lo universal representada en
«centralismo democrático». ¿Se habría superado por eso la figura del Dios hecho carne. Para Marx, en cambio, es
el idealismo marxista? Porque si el idealismo sigue en el proletariado el que debe llegar como la persona de
pie, no se podrá evitar que los militantes continúen ha- Cristo hasta el fondo del sacrificio y de la negación de sí
blando y actuando como hombres de Iglesia. mismo para poder así, y por eso, elevarse hasta su plena y
soberana realización. Es la misma síntesis religiosa de lo
Sólo cabe una respuesta: es imposible superar un particular y de lo universal la que Marx declara realizable
error que no se ha reconocido, que ni siquiera parece en esa clase social que «por ser la pérdida total del hombre
barruntarse, y que podría formularse así: sólo puede ganarse así misma mediante la recuperación
total de hombre» (11).
Cuando Marx afirma, contra todo fetichismo, la auto-
nomía del hombre de carne y hueso, prejuzga a renglón Una crítica idealista de la religión se yuxtapone a la
seguido una autoidentidad humana expresable en razón crítica materialista en los escritos de Marx, incluido El
científica, con lo que su posición materialista bascula Capital, donde escribe:
hacia el hombre el postulado de una autonomía de la
Razón que contradice precisamente la primacía materia- «El reflejo religioso sólo desaparecerá para siempre
hsta del orden práctico. Es verdad que la no-heterono- cuando las condiciones de la vida diaria representen para
mía del orden práctico excluye la heteronomía de la los hombres relaciones claras y racionales entre sí y con
Razón para con cualquier presunta realidad trascendente respecto a la naturaleza» (12).
o sobrenatural por ella ideada, pero está implicando otra
heteronomía distinta: la de la Razón con respecto a la «Bien largo me lo fiáis», podrían comentar hoy los
Praxis misma. Aquí radica, a mi juicio, la fuente de las dirigentes del Este. Si la religión no desaparecerá hasta
inconsecuencias y contradicciones marxistas. que la vida diaria se vuelva racionalmente transparente,
hay religión para rato. Esa imagen marxiana de un futuro
Si ésta fuese una opinión personal, poco podría con- hombre racional que, al realizarse plenamente, ni siquie-
tar para un movimiento como el marxista en el que, jus- ra necesitará soñar por las noches, no era un concepto
to por lo que tiene de cuasi-religioso, se concede una
(10 ) G. Coctier, Valheisme du jane Marx, Vrin, París 1950, p. 28.—Cf. también Michel Hen-
ty, Marx, t. I, Gallimard, París 1976, pp. 120 a 161.
(8 ) Cf. U Umde de 1 de julio de 1976.
(11) Marx, En torno a la crt'tka íle la filosofía dd derecho de Ht^tl, en La Sagrada Familia y o/rijj
escritos, Grijalbo, México 1962, p. 1-4.
(9 ) cf. por ejemplo L'áffaire Siniavski-Daniel, Christian Bourgois éditeur, París 1967, pp. 71,
72, 128: insultar el nombre sagrado de Lenin —dice el juez— es una blasfemia y un sacrilegio. (12 ) El Capital, I, F.C.E., México, p. 44.
EL BASILISCO 35
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
científico, sino precisamente un sueño, el del «hombre Rheinische Zeitung de 7 de noviembre de 1848 y 18 de
total», a la vez cazador, pescador, intelectual, gobernan- mayo de 1849) y Stalin recomendaba a su policía, desde
te, obrero y campesino, individuo desarrollado en su 1937, la aplicación sistemática de la tortura. ¿No eran
totalidad y capaz de hacer frente a las exigencias más di- medidas consecuentes? ¿La Iglesia no se permitía acaso
versificadas del trabajo (13). Que el hombre total sea el torturar y tostar herejes porque aun los tormentos más
símbolo de lo que nos falta no basta para legitimar cien- atroces no eran nada en comparación con la salvación
tíficamente esa expectativa ni la que lleva aparejada de eterna que sólo la propia Iglesia administraba.'* Si la voz
una abolición de la división social del trabajo en tareas de la Iglesia era la palabra de Dios, el hereje, como el
de mando y tareas de ejecución, en manual e intelectual, ateo, no podía ser sólo un hombre equivocado; tenía que
vexata quaestio que los teóricos marxistas hacen lo posi- ser o un loco a quien encerrar o un pecador enemigo de
ble por soslayar. Dios al que se eliminaba para que no siguiera conspiran-
do contra los planes divinos. En estricto paralelo, si una
Excepción honrosa, Leszek Kolakowski acaba de organización política expresa el conjunto de intereses
hacer frente a ese tabú para revelar en profundidad el reales de los trabajadores, los disidentes, aún cuando
idealismo que subyace a la expectativa marxiana de uni- subjetivamente pueden equivocarse de buena fe, no
dad entre la sociedad política y la sociedad civil, expec- pueden ser, objetivamente considerados, más que cóm-
tativa que no es sino otro aspecto de la creencia en el plices de los explotadores y enemigos del pueblo, es decir,
«hombre total» y que Kolakowski caracteriza como alimañas a las que exterminar sin más argumentaciones,
«mito de la autoidentidad humana» (14). porque su misma inhumanidad les excluye de merecer
trato humano. En ambos casos, tanto para el cristiano
como para el militante progresista, ser o no ser hombre
viene a medirse, no como unas exigencias y una actividad
prácticas no por una individualidad de carne y hueso y
entendimiento, no por la praxis, sino por la adecuación o
inadecuación a un patrón ideal absoluto.
36 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
concentración permanente y justificaba esa promesa por solamente con la gente racional y una apelación a la
la necesidad de someter la sociedad civil al plan y a los argumentación racional es por lo tanto discriminatoria»
intereses generales del Estado. En la estatolatría que (19). Dirigir argumentos racionales contra alguna religión
diera plasmación histórica a la Idea absoluta de Hegel se es arriesgarse a ser respondido con menos contraargu-
ha cerrado así el círculo del idealismo marxista. mentos racionales que anatemas, descalificaciones mora-
les y demás desahogos de la agresividad. Está en la fuer-
* * * za de las cosas que los que apoyan sus convicciones en
el sentimiento reduzcan todo el contenido de los argu-
Los que más necesitan enterarse de algo suelen ser mentos a la alternativa «el que no está conmigo está
los menos dispuestos. El viento que mueven las palabras contra mí». Pese a todo, no cabe en este punto otro mo-
del profesor polaco, o las del ambicioso estudio de Mi- delo de conducta que el declarado en el prólogo a El
chel Henry (16), las de Sartre, Gustavo Bueno, el últi- Capital:
mo Lukács (17) y las de tantos otros que han confirmado
a Kolakowski, hará vibrar muy pocos tímpanos de mili- «En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión
tantes. N o resulta arriesgado pronosticar que las expecta- pública, a la que jamás he hecho concesiones, seguiré atenién-
tivas soteriológicas de Marx se conservarán tan intactas dome al lema del gran florentino: Segui il tuo corso e lascia
como hasta el presente. Las puertas de la burguesía no dir le gentil».
prevalecerán contra ellas. Y por lo mismo, muchos cris-
tianos desilusionados en su fe seguirán viendo en la futu- Añadiré una precisión final a este largo apartado. La
ra sociedad pintada por Marx, y literalmente hablando, el exposición tenía que centrarse en los aspectos filosófico-
«cielo» abierto. materialista e ideológico-idealista del marxismo, y apenas
ha quedado aludida su dimensión científica. Como la
Ahí está, como muestra, desde hace dieciséis años, expresión «socialismo científico» induce fácilmente a
la Critica de la razón dialéctica y sus destinatarios se en- confusión, conviene recordar que el aspecto científico de
cuentran hoy tan necesitados de su enseñanza como se la obra marxiana se reduce a la crítica de la Economía
encontraban entonces. Todos los esfuerzos de sus Ques- política, que Marx declaraba a su vez abierta, como toda
tions de méthode iban encaminados a mostrar cómo el ciencia, a la crítica. ¿Por qué sino por espíritu científico
idealismo marxista había llegado a perder el sentido de se negó Marx a presentar un proyecto articulado de la
lo que es un hombre y el interés por analizar los aconte- futura sociedad socialista que no hubiera podido ser más
cimientos reales. No se podrá reconquistar al hombre en utópico.'' La expresión «socialismo científico» no significa
el interior del marxismo, advertía Sartre, sin restablecer que se posea un saber científico sobre la sociedad futura,
la irreductibilidad de la praxis humana a la teoría, la pri- sino la voluntad de no ser utópico.
macía de la existencia sobre la esencia y la imposibilidad
de su unidad. Cuando Marx escribe que «la concepción Otra cosa es que Marx no pudiera evitar una previa
materialista del mundo significa simplemente la concep- representación del socialismo basada en las expectativas
ción de la naturaleza tal como es, sin ninguna adición utópicas que hemos examinado, acerca de una ciencia
exterior», Marx se toma a sí mismo por una mirada absoluta, de una sociedad racionalmente transparente y
objetiva que contemplaría la naturaleza tal como ella es de un mítico «hombre total» presuntamente superador
absolutamente. Ignora así que el experimentador forma de la división del trabajo (técnica y social) y de la divi-
parte del sistema experimental y en consecuencia, señala sión de las sociedades civil y política.
Sartre, recae en el postulado idealista del saber absoluto
(18). Que Marx no cobrase conciencia del idealismo de
esos postulados resulta explicable porque nunca desa-
rrolló la filosofía de la práctica, cuyo embrión sí contenía
una crítica consecuente de la región. Aunque aquí no es
Ciertamente, no es la «autoridad» lo que merece posible ni siquiera esbozar esos desarrollos, sí puede in-
discutirse en los autores expuestos, sino los argumentos tentarse la transposición del problema a los términos más
racionales. La reflexión filosófica, que siempre fue en asequibles y mejor conocidos de la filosofía tradicional,
gran medida ocupación solitaria, no debe proponerse con el propósito de plantear la cuestión de fondo del
reforzar las convicciones de nadie, ni siquiera las opinio- ateísmo.
nes de la mayoría, sino contribuir a la educación de esa
mayoría y, cada vez que haga falta, contribuir a la educa-
ción de los educadores. Resulta que la palabra alemana :i. U N EXISTENCIALISMO TEÍSTA:
«Praxis», además de «práctica», significa «clientela» o EL NEOTOMISMO
«parroquia» y desgraciadamente cabe preguntarse si no
es en esta segunda acepción como la entiende la mayoría
de sus cultivadores.
Comprender la heterogeneidad entre teoría y prácti-
ca encierra la misma dificultad que la filosofía cristiana
Conviene tener muy presente la fina advertencia de encontraba en pensar la distinción real de esencia y exis-
Paul Feyerabend: «los argumentos racionales van bien tencia.
(18 ) Sartre, Critique de la raison dialectique, Gallimard, París 1960, pp. 30-31 y 58-59. (19 ) Paul K. Feyerabend, Conía el método, Ariel, Barcelona 1974, p. 155.
EL BASILISCO 37
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
Para Tomás de Aquino, el esse es aliud que el id y el Deus absconditus está demasiado manifiesto si todavía se
quod est. Entiennt Gilson puso de manifiesto la falta de le llama Deus.
claridad de ese planteamiento. Al no disponer siquiera
de un lenguaje adecuado, el Aquinate se vio obligado a En el mismo mundo al revés del platonismo, que
un doble uso de los términos «potencia» y «acto» que le empezó desalojando la inicial carga existencial de la prote
llevó a sinsentidos como el de afirmar que «en cierto ousút aristotélica, el que induce a los teólogos a concebir
modo» (quodammodo) el acto es potencia. En efecto: la existencia como Entendimiento infinito a renglón
seguido de haberla declarado inconcebible, el que culmi-
na en Hegel, y el que somete la Praxis marxiana, apenas
declarada su primacía, a las idealizaciones y paradigmas
T><-v'rcxT/"T A L Potencia-Materia del «hombre total», es decir, al topos uranós de un futuro
P O T E N C I A D Acto-Forma esencia
imaginario.
ENTE
ACTO -Existencia \
De modo que la forma, qué~ eS acto último en el 4. UNA F I L O S O F Í A DE
orden de la ousút, resulta ser potencia en el orden de la LA CONTINGENCIA: EL
entidad (20).
EXISTENCIALISMO ATEO
Se topa con los límites del lenguaje cuando se inten-
ta superar el idealismo... aunque sólo sea a escala de Los tomistas han sabido siempre que es en el pro-
inmanencia mundana. Para el tomismo, el esse no es blema de la existencia donde se decide la cuestión del
objeto de concepto; «nunca lo repetiremos bastante» ateísmo. Ahora bien, es el existencialismo la corriente
advertía Descocqs, el esse no es pensable. Porque el esse filosófica que ha centrado su reflexión en la primacía de
trasciende la esencia, trasciende también el concepto. una existencia irreductible a la esencia, es decir, en la
primacía de una existencia sin atributos.
La inflexión clave del tomismo y su genial astucia
estaba en bautizar a la existencia misma con el nombre Su «ateísmo consecuente» lo fundaba Sartre, preci-
de Dios-Entendimiento infinito. Como la esencia de samente, en que la existencia es inconcebible, en que no
Dios es existir, la heterogeneidad o distinción real entre cabe ciencia ni teoría alguna de la existencia:
esencia y existencia resulta valer solamente a nivel de las
creaturas y de su débil y parásita realidad. A nivel de «El mundo de las explicaciones y de las razones no
realidad verdadera y última, la del infinito divino, se es el de la existencia. Un círculo no es absurdo, se expli-
cancela la heterogeneidad y se identifican esencia y exis- ca muy bien. Pero un círculo no existe. La existencia
tencia. Todo estudiante de filosofía sabe que esta identi- bruta está por debajo de cualquier explicación. La exis-
dad de Dios de lo idéntico (la Idea) y lo no-idéntico (la tencia no es la necesidad sino, al contrario, es la posición
Realidad existente) es el eje de la Teología cristiana, que de la contingencia como fundamento absoluto. Ningún
el idealismo hegeliano secularizó. ser necesario puede explicar la existencia. La contingen-
cia de lo existente no es una apariencia que alguna doc-
Considero inapelable esta sentencia de Gilson: «Una trina pudiera disipar. La contingencia es lo absoluto, la
ciencia del existir es una noción contradictoria», pero me gratuidad perfecta» (22).
pregunto por qué una teología del existir sería una
noción menos contradictoria. Era también Gilson el que La misma convicción impulsó de principio a fin la
escribía: reflexión de Merleau-Ponty:
«Todo lo que posee realmente la existencia es a fia «La contingencia del mundo no ha de ser entendida
de cuentas algo individual. Ahora bien, la ciencia no lle- como un ser menor o como una laguna en el tejido del
ga directamente más que a lo universal. Es, pues, inevi- ser necesario, como una amenaza a la racionalidad ni
table que ni aun la metafísica llegue, salvo indirectamen- como un problema que resolver lo antes posible por el
te, a esos actos particulares de existir de los que decía- descubrimiento de alguna necesidad'más profunda. Esta
mos que son lo que hay de más real en la realidad» (21). es una contingencia óntica que se da en el interior del
mundo. Pero la contingencia ontológica, la del mundo
De acuerdo, la existencia no se deja conceptualizar. mismo, al ser radical es, por el contrario, la que funda de
Pero ¿acaso puede llegar a proclamarse la identidad de la una vez por todas nuestra idea de la verdad» (23).
existencia con la esencia de un ser personal e infinito sin
«conceptualizar?» Una teología sin conceptualización se- Si dijéramos que la contingencia es un problema,
ría una teo-logh sin logos, sin discurso, sin saber. Afirma- habría que precisar que el problema es más profundo
ría la existencia como lo absoluto sin ninguna racionali- que cualquiera de sus soluciones, porque la inteligibili-
zación y, en pura consecuencia, debería renunciar incluso dad de éstas está en función de la existencia y supone
a la palabra «Dios», tan inevitablemente cargada de intacto su problema.
connotaciones conceptuales. La llamada «Teología nega-
tiva» es aún demasiado positiva si se considera Teo-logta,
(20 X Cf. E. Gilson, op. cit., p. 100. (22 ) Sartre, La nausee, Gallimard, París, pp. 161 ss.
(21) Ibid. p. 109. (23 ) M. Merleau-Ponty, Fenomenologá de la percepción, F.C.E., México 1957, p. 437.
i.
38 — EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
EL BASILISCO 39
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
(28 ) Así habló Zaratmtra, líüiiai, Ed., Madrid 1972, p. 256. (29 ) G. Bueno, Ensayos materialistas, p. 146.
40 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
ARTÍCULOS
EREUD,HEGELY
NIETZSCHE SOBRE LA
TRAGEDIA CLASICA
(I)
PILAR PAWPJONQVERES
Oviedo
EL BASILISCO 41
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
males de la civilización a factores de tipo biológico, rela- kegaard se interesó sobre todo por Anttgona, a la que
cionados con la vida instintiva y con el antagonismo en- Hegel, como es sabido, consagró sus más importantes
tre principio del placer/principio de la realidad, sin olvi- comentarios. Pero, con independencia de que se refirie-
dar tampoco el propio determinismo psicológico en el ran o no directamente a Edipo Rey, el pensamiento que
que se inscribe el complejo de Edipo. cada uno de estos autores vertió sobre la tragedia se
relaciona de un modo u otro con las cuestiones que lle-
Con todo, la más importante originalidad de Freud varon a Freud hacia la teoría del complejo de Edipo.
con respecto a la tradición a que aludíamos consiste en Tales son, p.e., la cuestión del pecado o la culpa, de la
haber reformulado el propio mito del pecado original, Hbertad o el destino, del, conflicto entre las diferentes
fundiéndolo con otro mito distinto y ajeno a la tradición instancias que presiden la elección moral, del tránsito de
judeo-cristiana: la leyenda de Edipo, el tirano de Tebas. la naturaleza a la cultura, etc.
Frente a los autores anteriormente mencionados, Freud
no se conformó con volver sobre el problema de la culpa La elección por Freud del destino de Edipo para
originaria, para ofrecer una nueva versión del contenido presentar o simbolizar el nacimiento de la conciencia
a que su simbolismo alude, sino que transformó el pro- moral aparece, a la luz de estos datos, no como el resul-
pio simbolismo y, al parecer, con un acierto nada des- tado de una decisión gratuita o de una ocurrencia arbi-
deñable, a juzgar por la trascendencia ideológica y socio- traria, sino como un episodio más de cierta tradición
lógica que en el pensamiento contemporáneo ha alcanza- histórico-cultural. Así considerada, la teoría del complejo
do la teoría del complejo de Edipo. de Edipo parece constituir la plasmacion categorial (psi-
cológica) de ciertas Ideas que, formuladas ya por la filo-
Parece legítimo preguntarse por qué Freud habría sofía de su tiempo, encontraron en el Psicoanálisis una
elegido, para ilustrar el mito del pecado original y el realización particular.
nacimiento de la conciencia ética, precisamente el argu-
mento de una tragedia clásica, el «Edipo rey» de Sófo- El análisis de estas Ideas conferirá, por cierto, según
cles, escrita hace veinticuatro siglos y que, en principio creo, un espesor ontológico insospechado a la teoría
no tendría por qué ser más representativa del destino freudiana y permitirá entrever por qué el complejo de
humano que cualquier otra leyenda menos inverosímil. Edipo ha logrado tan amplia popularidad y vigencia.
No parece relevante conceder aquí demasiada im- Indudablemente, el resucitado interés de los filóso-
portancia a los acontecimientos psicológicos que presi- fos alemanes, sobre todo a partir de Hegel, por la trage-
dieron en Freud la formulación del complejo de Edipo dia clásica se explica en el contexto general de ese
(2). La vida privada de los pensadores tiene, sin duda, su apasionado entusiasmo por el espíritu griego y por la
importancia, pero existen otras líneas de causalidad que Grecia antigua que, especialmente desde Winckelmann,
no pasan por la conciencia subjetiva y que la determinan impregnó la cultura alemana de finales del s. XVIII y
y la envuelven con mucha mayor realidad que los acon- principios del XIX (3). Se recordará que, en polémica
tecimientos inmediatamente vividos. En este caso, p.e., con el neoclasicismo francés (con Corneille, sobre todo)
parece mucho más indicativo, para entender el privilegio los filólogos y literatos de esta época (Lessing a la cabeza
concedido por J r e u d a la tragedia de Edipo, recordar de ellos) aspiraban a crear un drama genuinamente
ciertos hitos de una tradición histórico-cultural —en la alemán ahondando, precisamente, en el modelo griego
que el creador del Psicoanálisis indudablemente vivió in- de la tragedia, a la que se consideraba de modo unánime
merso— que debieron, directa o indirectamente, influir como el exponente más depurado de la expresión artísti-
en sus concepciones. ca. Fundidos, en el ánimo de aquellos estetas, los gérme-
nes de la Ilustración con las nuevas exigencias del Ro-
En efecto: antes de Freud, e incluso en su propia manticismo, la tragedia clásica parecía poder ofrecerles
época, una serie de insignes filósofos tomaron la tragedia una perfecta síntesis de ese equilibrio entre la razón y el
clásica como pretexto para elaborar una teoría de la sentimiento, entre la necesidad y la libertad, entre lo
ética. Así, tanto Hegel, en la Fenomenología del Espíritu, universal y lo particular que su ideario buscaba (4).
como Schopenhauer en El mundo como voluntad y repre-
sentación, o Kierkegaard en De la tragedia, se interesaron Cuando Hegel tome la tragedia como núcleo de sus
por este género literario en calidad de expresión ética reflexiones morales estará, pues, penetrando en un asun-
del alma griega y en calidad, asimismo, de símbolo gene- to que ha ejercido y sigue ejerciendo gran fascinación
ral de ciertos conflictos morales con los que todo indi- entre sus contemporáneos. Pero, a diferencia de Lessing,
viduo humano se enfrentaría. De estos filósofos, sólo de Holderlin (5) o de Goethe, p.e., para quienes la tra-
Hegel y Nietzsche se refirieron directamente a Edipo gedia era, ante todo, un género poético, Hegel la con-
Rey. Schopenhauer trató de la tragedia en general, Kier-
0 )Jacques Taminiaux, en su bellísimo libro La nostalgie de la Crece a l'auhe de l'idealisme
(2 ) E. Jones (Cf. Vida y obra de Sigmund Freud, Vol. I, tr.: Mario Karlinsky y José Cano Tem- allemand. Kani eí les Grecs dans l'iünéraire de Schiller, de Holderlin eí de Hegel (La Haya, Martinus
bleque, Barcelona, Anagrama 1970, p; 325) atribuye la formulación del complejo de Edipo al Nijhoff, 1967) estudia con pormenor esa impregnación nostálgica por lo griego que inspiró a
autoanálisis que Freud emprendió a partir de Julio de 1897 y del que queda constancia en la los más insignes representantes de la estética alemana, desde Winckelman a Hegel. Taminiaux
correspondencia con W. Fliess. Habría sido, segiin esto, el examen retrospectivo de su propia cita, entre estos estetas, a Herder, Goethe, W. von Humboldt o F. Schlegel, pero prefiere
infancia y de «la pasión hacia su madre y los celos que había sentido por su padre» 0ones, op. centrar su estudio en Schiller, Holderlin y Hegel por estimar que fueron estas tres figuras las
cif. p. 235) ios que habrían revelado a Freud la realidad de ese fenómeno psicológico. Y así más representativas de un itinerario estético que, en polémica con Kant, cubninó con el retor-
parece, en efecto, desprenderse de la carta de Freud a Fleiss del 15-10-1897 CCf Freud: Los no definitivo del clasicismo de inspiración griega.
orígenes del Psicoanálisis, Tr.: Ramón Rey Ardid. Madrid, Alianza 1975, p. 224). Sin embargo,
para comprender las causas detetminantes de esa formulación, tan importante o más que los (4 ) Cf. F. Holderlin: Ensayos, Tr.: F. Martínez Marzoa. Madrid, Ayuso, 1976. Sobre la tragedia
episodios psicológicos de la vida de Freud fue, sin duda, la situación general de la familia en como género poético ver, sobre todo, pp. 79-86.
los úlrimos años del imperio Austro-húngaro, situación que tan cuidadosamente han descrito
A. Janik y S. Toulmin (Cf La Viena de Wittgenslein, tr.: Ignacio Gómez de Liaño. Madrid, (5) Schiller supo encontrar, como nadie, la forma de expresar este idearioi Véase, p.e. su obra
Taurus 1974, pp. 51-57). El estatuto económico y social del patriarca en la familia burguesa de De la Graci y la Dignidad (Tr.: J. Probst y R. Lida. Buenos Aires, Nova, 1962) y, dentro de
la Viena de los Habsburgo y sus relaciones con los hijos debieron ser factores determinantes ella, léase, muy 'especíahnente, el ensayo «Sobre lo patético», traducido por A. Dornheim, y
de las preocupaciones (que luego heredarán los filósofos de la Escuela de Frartkfurt, Adorno dedicado al estudio de la tragedia, de sus orígenes, como género poético, en la Grecia antigua,
sobre todo) por la mentalidad autoritaria, el problema de la dominación, etc. así como de sus ingredientes emotivos, morales y estéticos.
42 EL BASILISCO
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templa como una figura de la eucidad y no solamente especialmente. El apartado B,c,2, dedicado al Arte espi-
del arte. Sin duda, Hegel tenía una justificación para ritual (dentro de la parte VII, que trata de lo que Hegel
proceder así. Las Cartas sobre la educación estética del hom- llama «la Religión del Arte») y, sobre todo, la parte VI,
bre de Schiller habían ya situado al arte como un peldaño sobre la Sittlichkeit, tienen la tragedia clásica como moti-
necesario en el camino del universo ético (6). Hegel vo central, si bien tomada a modo de pretexto por Hegel
apreciaba en sumo grado las concepciones de Schiller, y para elaborar, en torno a los temas y a las figuras trági-
así lo manifiesta en la introducción a la Estética (7). cas, una teoría de la Eticidad.
Adviértase, además, que, para la concepción del Hegel supo ver, antes que Freud, en los protagonis-
idealismo —sobre todo del idealismo hegeliano— la esté- mos de la tragedia, una encarnación de los conflictos que
tica y la moral no son sino dos —entre otras— manifesta- escinden la conciencia ética. El destino de Edipo y, fun-
ciones de lo mismo - d e l Espíritu— en su múltiple des- damentalmente, el de Antígona, son tratados por Hegel
pliegue. Por ello, el tránsito desde una concepción esté- como arquetipos del propio destino ético del hombre.
tica a una concepción ética de lo trágico no significará,
en la filosofía de Hegel, un cambio esencial de perspec- A diferencia de Freud, Hegel no trataba de buscar
tiva. en los personajes trágicos el rostro simbólico de esa cul-
pa originaria que habría marcado el porvenir de la huma-
En la filosofía posthegeliana la consideración armó- nidad. Como era habitual en su proceder, partía aquí de
nicamente asociada de lo moral y lo estético seguirá sien- la realidad in fieri y suponía el mundo ético ya dado, e
do una constante. La propensión a resaltar los aspectos incluso plasmado en instituciones como la familia o la
morales de la obra bella y la dimensión estética de la con- comunidad civil. No por ello dejaba, sin embargo, de
ducta prevalecerán en la doliente filosofía del «asalto a la vislumbrar, en cada uno de los delitos morales, la esencia
razón», tal vez porque, desesperanzados de poder funda- misma del pecado por excelencia: la actividad del Espíri-
mentar la opción ética en instancias intelectuales, tanto tu. Pero esa cuestión la abordaremos más adelante.
Schopenhauer como Kierkegaard o Nietzsche se inclina-
rán, más bien, a justificarla mediante categorías de la H a sido frecuente considerar las reflexiones hegelia-
sensibilidad. Por ello mismo, la tragedia antigua, donde nas sobre la Antígona de Sófocles desde el punto de vista
lo artístico y lo ético se enlazan en una trama única, exclusivo del conflicto entre familia y sociedad civil. Sin
constituirá un importante motivo de atención para estos duda esta interpretación es la primera y más transparente
pensadores. Ellos serán quienes, de hecho, desarrollen el por lo que está, de suyo, justificada, y hasta debe tomar-
tema kantiano de la sublimidad de lo trágico como es- se como punto de partida. Pero, además de esa signifi-
pectáculo de lo bello que sobrecoge (Schopenhauer) y cación, las especulaciones de Hegel implican toda una
los que dejarán, asimismo, planteado el problema - q u e teoría sobre la culpa, el castigo y la responsabilidad
Freud rubricará con la teoría de la sublimación— del moral. Ello es lo que las hace particularmente significati-
componente estoico (ético) de la actividad del artista. vas para entender ciertos conceptos psicoanalíticos pos-
teriores, como la dualidad principio del placer/principio
Interesa, sin embargo, perseguir el tema de la trage- de la realidad, en cuanto asociada con el espectro fami-
dia en la filosofía con una minucia algo más detenida, a har padre/madre, o como la propia noción de inconscien-
fin, sobre todo, de puntualizar con mayor finura esos te, o la culpa entendida como delito cultural, etc.
hilos ocultos que, en la tramoya invisible del «subcons-
ciente objetivo» (8) de Freud, movieron el desarrollo de En las líneas que siguen me propongo exponer el
la teoría del complejo de Edipo. Con ese fin trataremos pensamiento de Hegel sobre la tragedia, tal y como se
de averiguar el papel de Hegel y Kierkegaard, Schopen- desarrolla en la Fenomenología del Espíritu, con el fin de
hauer y Nietzsche asignaron a la tragedia clásica dentroaveriguar, después, hasta qué punto las consideraciones
de su filosofía y en qué términos llevaron a cabo su hegelianas guardan relación con los conceptos psicoana-
análisis. líticos. Examinaré, antes que nada, la distinción entre
«ley de la familia»/«ley de la comunidad civil» que
Hegel formula en el apartado de la Sittlichkeit. Esa dis-
tinción puede, según creo, quedar subsumida en otra
más general, acuñada por G. Bueno: la dicotomía Etican
PARTE II: Moral. El análisis de esas dualidades axiomáticas arrojará,
EL ANÁLISIS HEGELIANO seguramente, alguna luz sobre la oposición psicoanalítica
DE LA ETICIDAD entre principio del placer/principio de la realidad. Pero,
además, intentaré analizar, siquiera de forma breve, el
espectro familiar padre/madre, tal y como Freud lo ha
configurado, y en conexión con los principios normativos
a que aluden las dicotomías que acabo de enunciar. Fi-
Como se sabe, las páginas de la Fenomenología del nalmente me centraré en el tema de la culpa, donde
Espíritu han hecho doblemente memorables a los perso- aparecen especialmente claras las relaciones entre Filoso-
najes sofócleos de la trilogía tebana, y a Antígona muy fía y Psicoanálisis.
{6) Cf. SchiHer, J.C.F.: Cartas sobre la educación estética del homhre Tr.: Vicente Romano García.
Madrid, Aguilar 1969- Carta XXIII, pp. 125-130.
(7) Cf. Hegel, G.W.F.: Aesthelia, Lecturn oi: fine Art. Tr. al inglés por T.M. Knox. Oxford at
1. Ley subterránea y ley manifiesta
the Clarendon Press, 1975, vol. I. pp. 61-62.
(8 )La noción de «Inconsciente objetivo esencial» en G. B\ieao:^nsayos Materialistas. Madrid.
Hegel —como es sabido— vio en la tragedia una ale-
Taurus 1972, pp. 408-409. goría de los antagonismos que desgarran lo que él llamó
EL BASILISCO 43
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
«La substancia ética». Supuso que la eticidad no es algo se halla vinculado al equilibrio de la sangre y a la rela-
simple e indiviso, sino una realidad que, al desarrollarse, ción exenta de apetencia. Por eso, la pérdida del herma-
queda escindida en dos instancias distintas: de un lado, la no es irreparable para la hermana, y su deber hacia él, el
llamada «ley subterránea» o «derecho de las sombras»; más alto de todos» (12).
de otro, la llamada «ley humana» o, también, «la ley de
arriba que rige manifiestamente a la luz del sol». La pri- La ley humana es, por el contrario, identificada por
mera de ellas es, según Hegel, la propia voz de la sangre Hegel con las normas de la comunidad civil, las del pue-
y de la familia —la voz de los penates familiares— presi- blo y las de la ciudad. El espíritu de esta ley se hace
dida por la piedad y que dicta los deberes de filia que patente en la costumbre, pero se expresa de forma cons-
unen, entre sí, a los consanguíneos. ciente en el gobierno y en la palabra del gobernante. Se
trata —dice Hegel— de una «ley que rige manifiesta a la
Philía, en la acepción del término griego, significa, luz del día» (13) y cuya justificación no está en el indi-
según Vernant (9) precisamente el afecto recíproco entre viduo —como la de la familia— sino en los intereses ge-
padres e hijos o entre hermanos y hermanas, en cuanto nerales de la comunidad, que trascienden siempre el
unidos por la identidad de carne y sangre: bien particular de cada ciudadano. Creón presenta, en la
interpretación hegeliana, las leyes de la ciudad. Es el
«Le mot phííos, qui a valeur de possessif et corres- político, que esgrime su razón de Estado, teñida de seni-
pond au latin suus, designe d'abord ce qui est sien, c'est- lidad, frente al apasionado y juvenil arrebato fraternal de
á-dire pour le parent son proche parent. Aristote, á plu- Antígona.
sieurs reprises et a propos en particulier de la tragedle
indique que cette philía repose sur une sorte d'identité Ante las leyes de la polis, los individuos no tienen,
entre tous le membres de la famille restreinte. Chaqué como ante la familia, el valor de seres irremplazables.
parent est pour son parent un alter-ego, un_s_oi-mérne Los ciudadanos son, para el político, perfectamente sus-
déboublé ou multiplié. En ce sens la philía s'oppose á tituibles unos por otros. El valor supremo es, ahora, la
Yeros, au désir amoureux, qui porte sur un «autre» que comunidad, la patria. Con relación a ella el individuo es
soi, autre par le sexe, autre par l'appartenance familiale. algo abstracto, sujeto a derechos que concede la justicia
Pour les Grecs, fidéles sur ce point á la tradition hésio- y de deberes que exige el bien común. La infracción no
dique, le commerce sexuel unit des opposés, non des conoce, aquí, excepciones y los deberes patrióticos tam-
semblables». poco las conocen. Ante tales deberes la muerte es un
episodio natural y el Estado, a diferencia de la familia,
La piedad filial, que une a los miembros de una mis- nunca la contempla como el mal absoluto, porque a
ma estirpe es, para Hegel, «la ley divina». La presenta veces la defensa de la ciudad exige la muerte de los- ciu-
como una fuerza subterránea (interior) que, a pesar de dadanos y en ese caso el holocausto por la patria es un
que aparentemente descansa tan sólo en la sensibilidad, tributo necesario y un honor.
funda, de todos modos, una relación de naturaleza uni-
versal, es decir, un deber. Ese deber se orienta, como , La pugna entre Antígona y Creón, tal y como se
«fin positivo peculiar» a «lo singular como tal», i.e., al desarrolla a lo largo de la tragedia de Sófocles, ha sido
individuo en calidad de miembro irremplazable del interpretada por Vernant como un exponente de los
grupo. propios conflictos jurídicos que habrían existido en el
derecho práctico griego. Observa Vernant que, carecien-
En efecto, el código de la ley subterránea hace, se- do los griegos, a diferencia de los romanos, de la idea de
gún Hegel, de cada uno de los miembros del grupo fa- un derecho absoluto, fundado en principios y organizado
miliar una individualidad única, un ser singular y nece- en un todo coherente, se mostraban, por ello, mucho
sario (10) que guarda con los demás una relación especí- más sensibles a la coexistencia —no siempre armónica-
fica y cuya persona resulta insustituible en el corazón de de legalidades diferentes y superpuestas (14). De ahí, se-
los otros. Por ello, ante esa legalidad, la muerte del fami- gún Vernant, la presencia, en la tragedia clásica de un
liar es el dolor más incomparable y por ello, también, el apretado vocabulario jurídico y de ahí, también, la pre-
deber más sagrado del consanguíneo es dar sepultura al dilección por temas de crímenes sangrientos. El conflicto
muerto, arrebatando su cadáver de esas fuerzas de la entre .Creón y Antígona constituiría, en la interpretación
naturaleza que borrarían su memoria sin dejar huella de Vernant (15) el reflejo de la situación antinómica
(11) y preservando del olvido, al rendir culto al muerto, entre la religión privada y familiar, centrada en el hogar
el recuerdo de aquella su singularidad. doméstico y el culto a los muertos, y la religión pública
de los dioses tutelares de la ciudad:
Hegel encarna en Antígona la ley subterránea y di-
vina. Ella, inconsolable ante el destino de Polimce, se «Entre ees deux domaines de la vie religieuse il y a
convertirá en el símbolo mismo de la piedad familiar. El une constante tensión qui, dans certains cas (ceux-lá
hermano muerto será, a sus ojos, una pura individuali- mémes que retient la tragedle), peut conduire á un con-
dad, espejo de la propia, porque entre ellos —dice flict insoluble.
Hegel— «el momento del sí mismo singular que recono-
ce y es reconocido puede afirmar aquí su derecho, pues
(12 ) Ibid, p. 259.
(9 ) Cf. «OEdipe sans compiexe» en; VERNANT, J. Fierre y VIDAL-NAQUET, R: Mythe et (13 ) Ibid. 267
tragédie en Grece ancienne. París, Maspero 1973, p- 89).
(10) cf- He^jel, G.W.F.: Vtnometwlogia del Eipiritu. Tr.: Wenceslao Roces, con Ricardo Guerra. (14 ) cf. «Tensions et ambigüités dans la tragédie grecque». En; Vernant, J.P. y Vidal-Naquet,
México, F.C.E. 1966, p. 264. P. Mythe et tragédie en Grece ancienne, óp. cit. en (9), pp. 2 MO.
\\\) cf. Hegel; Fenomenología dei Espíritu, op. cir. p; 265. (15 ) Ibid., p. 34
AA: EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
Comme l'observe le choryphée, il est pieux de pieu- conexión con la dualidad Etica Moral, tal y como G.
sement honorer ses morts, mais á la tete de la cité, le Bueno la ha analizado.
magistral suprérne a le devoir de faire respecter son
krátos et la loi qu'il a edictée. Aprés tout, le Socrate du Aunque los términos «Etica» y «Moral» suelen pre-
Criton pourra soutenir que la piété, comme la justice, sentarse como equivalentes o intercambiables, G. Bueno
commande d'cbéir aux lois de sa patrie, méme injustes, ha creído poder oponerlos en función de un importante
méme si cett injustice se tourne contra vous et vous con- matiz: la consideración o no de la «esfera» (2ü) del cuer-
damne á mort. Car la cité, c'est-á-dire, ses nomoi, est la po humano como módulo normativo. Todas aquellas re-
plus venerable, plus sacrée qu'une mere, qu'un pére et glas de conducta que contemplan eJ cuidado del cuerpo
que tous les ancétres ensemble» (16). (el alimento, las relaciones sexuales, la enfermedad, la
muerte, etc..) e implican la convivencia, o incluso la
Así, la contienda entre dos legalidades igualmente promiscuidad, pertenecerían a un plano axiomático dis-
sagradas: la de los valores familiares, ligados a la tradi- tinto de aquellas otras que presiden situaciones en las
ción heroica, y la de los nuevos valores democráticos, que el cuerpo es un componente secundario, accidental
surgidos en la polis, presidiría pues, según Vernant, la o accesorio.
vida de aquellos griegos para los que Sófocles escribió
(17). G. Bueno supone, en efecto, que la Etica (tal y
como la tradición de Aristóteles, de Spinoza, etc.. la han
Hegel percibió claramente, en la tragedia sofóclea, configurado) remite, más bien, a ese conjunto de normas
esa colisión de legalidades diferentes sobre la que nos que «controlan la conducta humana en tanto que está
ilustra Vernant. Pero el análisis hegeliano de «Antígona» centrada en torno al individuo corpóreo y al grupo (muy
se plantea con un alcance todavía más profundo. Puede, limitado) de individuos corpóreos que pueden rodear y
sin duda, interpretarse a esta misma luz: como un inten- acompañar a cada uno de ellos durante su trayectoria»
to de subrayar, certeramente, que todo individuo, siendo (21).
a la vez miembro de una familia y habitante de una
ciudad, y debiendo simultáneamente venerar a los pena-
tes y obedecer a los nomoi, es decir, someterse tanto a Las reglas morales, en cambio, lejos de tener al
las obligaciones familiares como a las civiles, participa de cuerpo como módulo o punto inexcusable de referencia,
lleno en esa contradicción que hace difícilmente conci- se relacionarían con otras estructuras más amplias, que
liables esos múltiples deberes. De hecho Creón, como desbordan la escala del cuerpo y ante las cuales el indi-
gobernante que hace cumphr la ley general, vulnera la viduo aparece, solamente, como una parte o una pieza
piedad familiar al condenar a Antígona a la muerte; que podría ser cambiada y reemplazada por otra similar,
ella, en cambio, obedeciendo a los dictados de la sin afectar al funcionamiento del conjunto. La considera-
filia, ha infringido sus deberes de ciudadana. Pero esa ción o no de la corporeidad individual como radio del
interpretación, con todo y ser muy verdadera, no agota, universo regulativo de la conducta sería, pues, elemento
sin embargo, el significado de las reflexiones hegelianas; primordial en la programación y en el enjuiciamiento de
Hegel quiere decirnos mucho más. N o son tan sólo la la vida práctica desde uno u otro planos.
familia y la ciudad, o la joven y el gobernante, los que se
enfrentan en la contienda que Hegel nos describe; son, Ahora bien, cuando la presencia del cuerpo define
además, lo femenino y lo masculino los elementos que la vida práctica, se vuelven relevantes ciertos ingredien-
entran eti pugna, y asimismo «el placer del goce» con tes de la subjetividad, tales como el placer y el dolor, las
«la virtud que goza de los frutos de su sacrificio» (18). Y pasiones y la culpa, la enfermedad y la muerte. Esta
precisamente esos otros ingredientes del desgarramiento últinia, sobre todo, adquiere una significación decisiva.
ético, tal y como Hegel lo describe, son los que pueden Por eso la Etica se ha orientado tradicionalmente hacia la
aproximarnos a las relaciones entre la visión hegeiiana y ordenación de la conducta según una racionalidad que no
el Psicoanálisis (19). pierde de vista la inevitable y previsible desaparición del
cuerpo y que pone siempre a la muerte en el cómputo
[Link] juego mismo de las pasiones. Es más: la muerte
— que supone el aniquilamiento del cuerpo— es el propio
2. Etica y Moral
límite de la Etica. De ahí que, ante la legalidad ética, el
matar o el dejarse morir constituyan el supremo mal y la
El desgarramiento ético de que Hegel nos habla po- más grave infracción (22). Los axiomas morales, en
dría, seguramente clarificarse mucho más poniéndolo en contrapartida, al no estar referidos al sujeto corpóreo en
cuanto tal, relegan la muerte a la condición de un episo-
dio secundario. La muerte estaría, de hecho, prevista por
(18 ) Hegel: Fenomenología del Espíritu, op. cit. en (10), p, 270. la ley moral «como una de sus operaciones ordinarias —
(19 ) En efecto, la interprecación monocroma de Antígona, encarnando las leyes de la ciudad y
p.e. en la guerra, en el sacrificio heroico o en el castigo
de Creón, personificando las de la comunidad es, indudablemente, demasiado simple. A esa capital» (23).
interpretación cabría objetar, como le objetó Goethe a Hinrichs -quien, al parecer, en su obra
ha esencia de la tragedia antigua, había llevado las tesis hegelianas al extremo de suponer que
todo conflicto trágico comportaría una colisión entre la familia y el Estado- las consideraciones
siguientes;
(20 ) Para el concepto de «esfera», Cf G. Bueno; El papel de la filosofía en el conjunlo del saber.
«Cierto que todos vivimos en el seno de la familia y el Estado y que no es fácil que nos alcan- Madrid. Ciencia Nueva 1970, pp. 117-119.
ce un sino trágico que, como a miembros de ambos, no nos afecte. Pero podemos muy bien
ser personajes trágicos, quedando relegada a segundo término nuestra condición de miembros (21 ) G. Bueno; La metafísica presocráíica. Madrid, Oviedo, Pentalfa 1974, p. .^59.
de la familia y el Estado. Porc]ue lo que determina la tragedia es el conflicto insoluble y éste
puede originarse en la contradicción de circunstancias de cualquier orden, siempre que tenga (22 ) Ibid.
sólida base en la naturaleza y sea genuinamente trágico» (Goethe; «Conversaciones con Ecker-
mann». Miércoles 18 de Marzo de 1827). (23 ) Ibid. pp. 359-360.
EL BASILISCO 45
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
Los principios éticos, frente a los morales, regularían La conexión entre «derecho de las sombras»/«ley
todas aquellas situaciones en las cuales la presencia física manifiesta» con la dicotomía Etica/Moral no es, sin duda,
del cuerpo propio o del prójimo fuera conditio sine qua inmediatamente evidente, pero es de todo punto efecti-
non de la conducta. Así, ciertas instituciones, como la fa- va. Porque la familia y el Estado son, en realidad, dos
milia, o ciertas relaciones, como la amistad (el círculo de instituciones particulares con las que Hegel, erigiéndolas
los amigos, el Jardín epicúreo, etc.) que exigen la coha- en paradigmas, ha ejemplificado la existencia de estruc-
bitación, o al menos, la convivencia y el trato íntimo turas normativas de universal generalidad que envuelven,
estarían presididas por normas éticas. Observa G. Bueno a título de casos, las normas del grupo familiar y las de la
que en la Etica a Nicémaco la familia —sostenida por rela- comunidad política. Dichas estructuras normativas se
ciones de filia (que son esencialmente asimétricas, por- contraponen mutuamente en la consideración o no,
que atienden a la peculiaridad personal de cada compo- como término relevante en el ámbito de la conducta, del
nente del grupo) es reconocida como una estructura cuerpo humano individual. La primera de estas dos lega-
ética. En cambio, el Estado —«fundado en relaciones de lidades —llámese «Etica» o «Ley familiar»— atendería a
igualdad, aritmética o geométrica y sostenido por la jus- las necesidades de la corporeidad y tendría, asimismo,
ticia» (24)— sería, reinterpretando a "Aristóteles, una rea- presentes las pasiones que configuran la conducta del
lidad de tipo moral. sujeto. Las razones del corazón, la voz subterránea de la
sangre y las exigencias de la sensibilidad cumplirían,
Lo más interesante, sin embargo, con relación a esa aquí, un cometido primordial, cometido que, con toda
duplicidad axiomática, tal y como Bueno la analiza, resi- justeza, habría subrayado el epicureismo. El otro plan-
de en el conflicto dialéctico de valores y contravalores teamiento — el que Bueno llama «Moral»— tendería, en
que enfrentarían estos dos diferentes órdenes, por lo cambio, a considerar el pathos como un epifenómeno,
demás mutuamente entrelazados. Así -dice Bueno como una realidad apariencial e insignificante que se re-
(25)— la sinceridad constituiría una virtud ética, la men- suelve, en realidad, en otras líneas de actuación supra-
tira una virtud política; la justicia, un valor de tipo individuales y suprasubjetivas. El Estoicismo se habría
moral; el afecto o la piedad (que tienen poco que ver
instalado en la perspectiva de las estructuras morales o,
con la justicia) valores de tipo ético. «El conflicto dialéc-
en la acepción hegeliana, en la perspectiva del «Espíritu
tico entre el orden ético y el orden político -observa
Objetivo». N o se hace, pues, difícil advertir que la duali-
G. Bueno— se produce en el contexto de la symploké:
el sacrificio del hijo en aras de la Patria es el paradigma dad EticayMoral puede absorber, en gran parte, el conte-
deí conflicto entre ética y moral. En un cierto estadio de nido de la distinción de Hegel.
desarrollo histórico, las estructuras éticas sólo son posi-
bles gracias a las estructuras políticas, y en el seno de
ellas (el llamado «derecho de familia» según el cual la 3. Principio del placer y principio de la realidad
familia aparece como una institución de derecho públi-
co), así como las estructuras políticas sólo son posibles
gracias a las estructuras éticas (existe la tendencia a defi- Las consideraciones precedentes nos interesan, sin
nir el Estado^ como una «gran familia» cuyos individuos embargo y ante todo, en la medida en que parece posi-
están vinculados por la caridad, o por el amor —concep- ble encontrar algún tipo de relación entre las dualidades
tos éticos o ético-religiosos— bajo un padre común)s>(26). mencionadas y otros conceptos psicoanalíticos afines.
Pues bien, aquél de los aspectos de la teoría freudiana
que mejor puede ser conectado con las dicotomías hasta
La symploké entre el orden ético y el orden moral
aquí expuestas es la distinción, por Freud, de dos gran-
ha sido expresamente vinculada por G. Bueno con la
des imperativos o axiomas prácticos que regularían la
oposición hegeliana entre «Espíritu subjetivo» y «Espíri-
conducta del sujeto psicológico: el principio del placer y
tu Objetivo» y, también, con la oposición estoicismo/
el principio de la realidad.
epicureismo (Bueno afirma que el epicureismo es una :
filosofía ética, frente al estoicismo, al que concibe como
una filosofía política o moral (27). Pero sería convenien- El primero de ellos, tal y como Freud lo concibe, es
te establecer, además, la conexión entre, de un lado, el resultado de las pulsiones instintivas y se manifiesta de
Etica/Moral y, de otro, la distinción hegeliana «derecho forma general como una apremiante tendencia hacia la
de las sombras»/«ley manifiesta». ILa dicotomía entre felicidad y como una compulsión al goce inmediato y
Éticidad {Siíílichkeií) y Moralidad (MoraUtat), también absoluto. El segundo es un transformado del primero a
piresente en la Fenomenología del Espíritu pasa por otras consecuencia, especialmente, de la presión del mundo
líneas diferentes (28)J exterior y, sobre todo, del medio social. Orienta, tam-
bién, la conducta a la búsqueda del goce, pero por vías
indirectas, con rodeos, con ardides, y para ello se vale de
una transformación y reorganización de los instintos y de
(24 ) Ibid., p. 360
los valores a ellos asociados.
(25 ) Ibid.
El principio del placer pertenece al ámbito de lo
( 2 6 ) Ibid.
subjetivo; el principio de la realidad depende, en cam-
(27 ) Ibid. bio, de otras entidades que son externas, transubjetivas,
(28 ) Las relaciones entre Sttlichkeit y Mcralitdt son explicadas por Hegei en la filosofía del sociales. Ambos se conciben psicológicamente, i.e., des-
Espíritu (tr.: E. Barriobero y Herran. Buenos Aires, Claridad 1969). Las Sttlichkeit sintetiza,
dentro del Espíritu Objetivo, el derecho formal abstracto de la persona, (que Hegel determina de la órbita privada de la economía libidinal del indivi-
^n el derecho de propiedad) y el deber (la Moralidad), en cuanto contradistinto del derecho.
Hegel concibe la Sttlichkeit como la virtud que «encuentra su realidad en el espíritu del
duo. Será éste, en definitiva, quien, de acuerdo con sus
pueblo» (Ibid. p. 436) y se encama en la costumbre, desplegándose en instituciones como la cálculos de placer y dolor, efectúe, en cada caso, la elec-
familia, la sociedad civil y el Estado. Así pues, esta distinción hegeliana no parece establecerse
por las mismas líneas divisorias que las divisiones que comentamos. ción de someterse a uno o a otro principios. N o obstan-
46 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
te, el principio de la realidad no puede explicarse tan hacia el Nirvana (hacia ese hipotético paraíso perdido del
sólo como resultado de esa economía libidinal subjetiva. reposo inorgánico, no turbado todavía por pulsión algu-
Para dar cuenta de dicho principio Freud ha apelado, de na) inaugurarían una actividad encaminada a acallar los
hecho, a factores extrapsicológicos y suprasubjetivos: a la deseos. El efecto inopinado de esa actividad sería, sin
sociedad y a la cultura como organizaciones objetivas y embargo, la Cultura, esa ingente tarea que los individuos
desligadas (o incluso contrarias y antagónicas) de la feli- emprenden con la vana ilusión de ver en ella aplacadas
cidad individual. sus necesidades y que resulta ser, a la postre, un gran
aparato coercitivo que sólo progresa a costa de una cada
En una primera aproximación parecería, pues, posi- vez más implacable represión de la vida instintiva. Sería
ble señalar una cierta correspondencia entre el principio difícil no descubrir, en estas concepciones, la huella
de la realidad, por una parte, y, por otra, los principios hegeliana. Porque Hegel, como se sabe, puso también el
morales (o, en la terminología hegeliana, el «Espíritu motor de la Historia y de la Cultura en el pathos psico-
Objetivo», la «Ley humana» etc.). Más difícil es, en lógico y supo situarse en un plano de consideración des-
cambio, apreciar los vínculos del principio del placer con de el cual las pasiones particulares obran también —y
los principios éticos (o con el «Espíritu subjetivo»). Es burlando con astucia al que las sufre— en provecho de la
cierto que la caracterización por Freud del principio del comunidad, del Estado y de la Idea, en donde el Espíritu
placer como una aspiración general e incoercible a la encuentra su realización.
felicidad coincide con el propio fin que tanto Aristóteles
como los estoicos y' epicúreos confirieron a la Etica. Pero ... «el movimiento de la ley humana y de la ley divi-
esa coincidencia es, a pesar de todo, demasiado vaga, na tiene la expresión de su necesidad en individuos en
principalmente porque Freud, al margen de cualquier quienes lo universal aparece como un pathos y la activi-
consideración moral, ha definido el principio del placer dad del movimiento como un obrar individual que da la
como algo puramente biológico e instintivo. La Etica apariencia de lo contingente a la necesidad de dicho mo-
clásica se relacionaría, entonces, al parecer, mejor con el vimiento» (31).
principio de la realidad, que no supone ninguna renuncia
al goce, antes conlleva siempre una aspiración a él, pero En este sentido no pueden olvidarse las considera-
bajo cuyos auspicios la compulsión incondicional al pla- ciones que en sus Lecciones de Filosofía de la Historia hacía
cer se ha transformado en evitación del sufrimiento y en Hegel en torno al héroe y al juego de las pasiones en el
donde se propician ciertos sabios rodeos para alcanzar escenario de la Historia universal:
indirectamente y con demoras, el objeto de la apetencia.
«Los grandes hombres de la historia son aquellos
Deberá tenerse en cuenta, no obstante, que el prin- cuyos fines particulares encierran lo substancial, que es
cipio de la realidad es, en sí mismo, vacío y que carece la voluntad del Espíritu del mundo» (32).
de contenido cuando se lo contempla aisladamente y al
margen del principio del placer. Freud no reconoce otro
En estos hombres obran el propio interés, la ambi-
móvil a la conducta que la búsqueda de la satisfacción.
ción, el deseo de poder y otras pasiones no menos sub-
Eros y Tanatos —esas dos fuerzas antagónicas en que se
jetivas. Pero...
desdobla la vida instintiva— sólo son dos manifestaciones
del Nirvana (29), i.e., de esa querencia insaciable por la
quietud, por el reposo absoluto, no perturbado por nin- «... debe llamárseles héroes en tanto que sacan sus
guna necesidad. Pero el Nirvana se confunde con el pro- fines y su vocación, no simplemente del tranquilo y or-
pio principio del placer, pues el placer no es otra cosa denado transcurso de las cosas, consagrado por el siste-
que la ausencia de necesidad o deseo. ma que las mantiene estables, sino de un manantial cuyo
contenido es recóndito y no ha brotado hasta una exis-
tencia actual; del Espíritu interior, que es todavía subte-
Se da, entonces, la circunstancia de que entre el rráneo, y que aldabonea al mundo exterior como una
principio del placer y el principio de la realidad existe máscara y la hace estallar, porque él es otra almendra
una dialéctica enteramente análoga a la que Hegel ha que la de esa cascara» (33).
descrito para el juego de las pasiones en el reino de la
eticidad, ya que tampoco la eticidad es, para Hegel, nada Esa visión hegeliana del reino de las pasiones como
al margen del juego de las pasiones. En el Psicoanáhsis una cascara, como una pura apariencia cuya realidad que-
se trata de una dialéctica cuyo acicate es la vida pulsional da rota y arrumbada por la eclosión de otra realidad más
y cuyo paradójico resultado es, precisamente, la cultura potente y ajena a la subjetividad está, también, contenida
con todas sus manifestaciones espirituales. En la Feno- en la Fenomenología del Espíritu. Podríamos decir que el
menología del Espíritu, o en la Filosofía de la Historia apartado de la Sittlichkeit se encamina, primordialmente,
hegelianas los protagonistas de esa dialéctica son los indi- a ofrecer una crítica del pathos, no para negarlo o anate-
viduos, movidos por sus designios particulares y por la matizarlo sino, por el contrario, para redimirlo en el
fuerza de sus pasiones; el resultado es la tranquila quie- marco de sus efectos y de la legalidad en que su obrar se
tud del mundo ético «cuya pureza no mancha ninguna inscribe. Porque los dictados de la pasión están siempre,
escisión» (30). según Hegel, más allá de la pasión, aunque se alimentan
de ella.
Según la teoría freudiana, los instintos, presididos
por el principio del placer e impulsados retroactivamente
(31 ) Ibid., pp. 280-281
(29 ) Cf. Marcusc, H.; Eros y Civilización. Tr.: Juan García Ponce. México: Joaquín Morciz
19S5, Cap. II. (32 ) Hegel: Filosofía de la Historia. Tr.; José M^ Quinrana Barcelona, Zeuz 1970, p. 57.
(30 ) Hegel: Venomenotogia del Espíritu, op. cit. en (10), p. 272. (33 ) Ibid.
EL BASILISCO 47
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La perspectiva hegeliana según la cual las pasiones triunfo de la Idea. Por eso mismo, tanto la «petulancia
de órbita particular encuentran su justificación en el de la juventud» como la severidad estólida del anciano,
desarrollo del Espíritu universal ha permitido a Hegel, «muerta ya para el placer y el goce» (38), quedan a los
por cierto, configurar una Antígona algo diferente a la ojos de Hegel, igualmente redimidas. Ambas obedece-
de la semblanza de Sófocles. En efecto: de hacer caso a rían, sin saberlo, al dictado de leyes que transcienden los
Rodríguez Adrados, la tragedia clásica y, de modo espe- fines privados y ambas conducirían a una situación —no
cífico, la tragedia sofóclea, contendría una crítica, e in- prevista por los sujetos particulares, pero sí por el desig-
cluso una condena del pathos individual (del pathos heroi- nio del Espíritu— donde la justicia se restablece:
co) elaborada desde los nuevos ideales democráticos de
la ciudad. Al igual que observaba ya Aristóteles en la «... la justicia no es una esencia extraña, que se halle
Poética (34) observa también Rodríguez Adrados que los en el más allá, ni la realidad, indigna de ella, de mutuos
personajes de la tragedia son siempre héroes de la leyen- ardides, traiciones, ingratitudes, etc., que a la manera de
da y de la vida, es decir, hombres insignes que se ofre- lo contingente carente de pensamiento ejecutara la sen-
cen al espectador ordinario con un aura de dignidad y tencia como una conexión al margen de todo concepto y
excelsitud. Pues bien, R. Adrados ha querido^ver en esa una acción o una omisión inconsciente; no, sino que
superioridad del héroe trágico, en su carácter noble y como justicia del derecho humano, que reduce a lo uni-
teñido de majestad, la causa misma de las desgracias que versal el ser para sí que se sale de su equilibrio (...) es el
la acción dramática le concita: gobierno del pueblo, que es la individualidad presente
ante sí de la esencia universal y la voluntad propia y
«... La falta del héroe no es un añadido maligno a su autoconsciente de todos. Pero la justicia que reduce de
carácter elevado, sino que nace precisamente de su pro- nuevo a equilibrio a lo universal, cuando se hace dema-
pia elevación y grandeza, de su propia autoafirmación y siado prepotente sobre lo singular, es asimismo el espíri-
su propia fuerza» (35). tu simple de lo que ha sufrido el desafuero (...) ello mis-
mo es la potencia subterránea, y es su Erinia la que se
Adrados descubre en la tragedia una crítica a los encarga de la venganza; pues su individualidad, su san-
ideales heroicos por parte del ciudadano de la pohs y gre, pervive en la casa.
cree poder ver reflejado en las obras, tanto de Sófocles
como de Esquilo, un recelo político-religioso contra esa (...) El reino ético es, así, en su subsistir, un mundo
desmesura que engendra la hybris y contra aquel antiguo •inmaculado cuya pureza no mancha ninguna escisión. Y
ideal aristocrático frente al cual se alza, desde la Atenas asimismo, su movimiento es un devenir quieto de una de
democrática, el nuevo valor de \^ sophrosyne (36). las potencias de él en la otra, de tal manera que cada una
de ellas mantiene y produce por sí misma la otra» (39)-
En Hegel, ciertamente, no se percibe semejante
recelo en contra de la nobleza heroica. Sin dejar de Freud, a diferencia de Hegel, y mucho menos opti-
reconocer que la pasión hace al héroe tanto más expues- mista en sus concepciones (más cercanas, como se ha
to al sufrimiento cuanto más elevados son los fines por dicho a veces, a las de Schopenhauer) entendería el
los que combate, Hegel se inclina, más bien, a entender holocausto de los instintos individuales en aras de la Cul-
ese sufrimiento como la expresión de aquellas fuerzas tura y de la Historia como un proceso encaminado, no a
hostiles contra la individualidad que tejen el desarrollo coronarse con el restablecimiento de la libertad o de la
general del Espíritu. Recordaremos aquí la semblanza justicia, sino más bien como un camino progresivo hacia
que en sus Lecciones de Filosofía de la Historia hacía Tañaros, hacia la destrucción (40). N o por ello dejan de
Hegel de la trayectoria del héroe cultural: percibirse, sin embargo, marcadas huellas de la concep-
ción hegeliana de la historia en la teoría psicoanalítica.
«Si seguimos echando una mirada al destino dé esos
individuos de la historia imiversal que tenían vocación de 4. Lo femenino y lo masculino como deberes
ser los gerentes del espíritu del mundo, veremos que su
destino no ha; sido nada dichoso. N o gozaron del tran- Las analogías entre la visión hegeliana y la psicoana-
quilo sosiego, sino que su vida entera fué trabajo y es- lítica no se detienen, empero, ahí. Cabe, incluso, señalar
fuerzo, y toda su naturaleza consistió tan sólo en su pa- otros puntos de contacto más precisos y concretos. Se
sión» (37). trata, p.e. de la proyección sobre los sexos de los papeles
morales. Como es sabido, Freud ha explicado la morali-
El pathos, desmesurado de suyo» desencadenaría la dad como el resultado de un penoso aprendizaje y de
respuesta hostil, y todo exceso pagaría su desafuero una renuncia a la gratificación instintiva. Tal renuncia
ello sólo ocurriría para la subjetividad, que es lavúnica sería un resultado diferido, pero esencial, del proceso
que entiende de dolor y placer, de vergüenza y culpa. El conocido como «complejo de Edipo». En ese proceso,
Espíritu, despiadado y providente, seguiría incólume su que se efectúa siempre dentro de lá familia, corresponde
camino de ascenso y esos «penosos sacrificios» no serían, siempre a la madre im papel benigno, basado en la sensi-
en su hacer, sino otros tantos peldaños necesarios para el bilidad y sustentado en el principio del placer. El padre
o patriarca asume, en cambio, un rol ajeno a lo sensible
<^A ) Aristóteles: Poécíque. París, Les Selles Lectres 1965 (1454 b-8-15).
(35 ) Rodríguez Adrados; Ilustración y Política en la Grecia clásica. Madrid. Rev. de Occidente
1966, p. 345. (38 ) Hegel: Fenomenología delEspíHtu, op. cit. en (10), p. 281.
(37 ) Hegel: Filosofía de la Historia., op. cit. en (32), p. 58. (40 ) Cf-, p.e. Freud: El malestar en la cultura , op. cit. en (1), pp. 87-í
48 EL BASILISCO
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y relacionado con la normadvidad supraindividual. Sus respecto al rol femenino en la familia y la comunidad
amenazas, sus exigencias, sus expectativas se inspiran en civil. H e aquí el texto de Freud:
el principio de la realidad.
«Las mujeres representan los intereses de la familia
Pues bien, esa misma duplicidad de papeles morales, y de la vida sexual; la obra cultural, en cambio se con-
en cuanto encarnada en los sexos, es la que atraviesa, vierte cada vez más en tarea masculina, imponiendo a los
como un hilo rojo, todo el análisis hegeliano al que ante- hombres dificultades crecientes y obligándoles a sublimar
riormente nos referíamos. Hegel, con una magistral pe- sus instintos, sublimación para la que las mujeres están
netración en la naturaleza de las relaciones familiares, ha escasamente dotadas. Dado que el hombre no dispone
puesto de manifiesto que lo biológico tiene siempre, de energía psíquica en cantidades ilimitadas, se ve obli-
dentro de la institución familiar, un significado genuina- gado a cumplir sus tareas mediante una adecuada distri-
mente ético. bución de la libido. La parte que consume para fines
culturales la sustrae, sobre todo, a la mujer y a la vida
... «ambos sexos se sobreponen a su esencia natural sexual; la constante convivencia con otros hombres y su
y se presentan en su significación ética, como diversida- dependencia de las relaciones con éstos, aún llega a sus-
des que dividen entre ambos las diferencias en que la traerlo de sus deberes de esposo y padre. La mujer,
substancia ética se da» (41). viéndose, así, relegada a segundo término por las exigen-
cias de la cultura, adopta frente a ésta una actitud hostil»
El varón, p.e., encarna las funciones civiles y asume, (45).
en nombre de todos los miembros de la familia, las nor-
mas (morales) de la comunidad en las que encuentra, Compárese estas palabras con las de Hegel:
según Hegel, «su esencia autoconsciente» (42).
«Mientras la comunidad sólo subsiste mediante el
La mujer personifica, en cambio, según Hegel, las quebrantamiento de la dicha familiar y la disolución en la
virtudes familiares (o «éticas») inspiradas en los dictados autoconciencia universal, se crea un enemigo interior en
de la sensibilidad y én las leyes naturales de la genera- lo que oprime y que es, al mismo tiempo, esencial para
ción. ella, en la femeneidad en general. Esta femeneidad. —la
eterna ironía de la comunidad— altera por medio de la
... «Las relaciones de madre y esposa —dice Hegel— intriga el fin universal del gobierno en un fin privado,
tienen la singularidad, en parte como algo natural, perte- transforma su actividad universal en una obra de este
neciente al placer y en parte como algo negativo, que individuo determinado e invierte la propiedad del Esta-
sólo ve en ello su propia desaparición» (43). do, haciendo de ella el patrimonio y el oropel de la fami-
ha» (46).
Obedeciendo a la inclinación biológica y dejándose
guiar por la subjetividad, la mujer obra, sin embargo, Indudablemente, Freud ha desarrollado sus tesis en
éticamente y sus acciones en el seno de la familia son la términos puramente psicológicos, mas, si se les reinter-
manifestación de un deber y no sólo el resultado de la preta a la luz de las Ideas hegelianas, dichas tesis adquie-
pasión o de la apetencia. Por eso -dice H e g e l - : ren profundidad y vigor. Los episodios familiares que el
Psicoanálisis describe se configuran, entonces, en una
... «En la morada de la eticidad no se trata de este dimensión ontológica, y las conductas adquieren una sig-
marido o de este hijo, sino de un marido o de los hijos en nificación moral. El comportamiento femenino, p.e.,
general, y estas relaciones de la mujer no se basan en la tomado en sus aspectos más genéricos, deja de aparecer
sensación, sino en lo universal» (44).
(44 ) Ibid.
Esta concepción hegeliana de los papeles sexuales en Por cierto que estas paJabras de Hegel redimen a la Antigona de Sófocles de una acusación
la vida ética de la familia coincide con la de Freud que, contra uno de sus parlamentos, formuló Goethe. Me refiero a las palabras vertidas por
éste en su conversación con Eckermann el Miércoles 21 de Marzo de 1827 (pp. 1330-1351) en
mucho más de lo que pudiera creerse. También Freud ha las que dice haber encontrado «una mácula» en el texto sofocleo:
atribuido al varón las virtudes civiles y políticas, que en- «Es aquél en que la hermana, que en el curso de la obra adujo las más plausibles razones para
trarían muchas veces en conflicto con el círculo familiar. justificar su conducta, poniendo de manifiesto la nobleza de su alma pura, sale, a última hora,
cuando ya va a morir, alegando un motivo incongruente y que hasta frisa en lo cómico. Dice
La mujer, en cambio, permanecería - e n el concepto de Antígona en ese paso que lo que ha hecho por su hermano no lo habría hecho por un hijo
suyo, si fuera madre, ni por su marido, de ser casada. "Pues —añade— si se me hubiera muerto
Freud— en el centro de la vida afectiva de la familia, y un marido, me habría buscado otro, y si se me hubiera muerto un hijo, ya habría tenido otro
sus intereses no coincidirían con los fines de la vida cul- de mi marido. Mientras que en el caso de mi hermano, no queda ese recurso. No puedo tener
otro hermano, porque habiéndose muerto mis padres, nadie hay que me lo pueda engendrar".
tural (porque ésta se sustentaría en una renuncia cons- Tal es, por lo menos, el sentido escueto de ese paso que, puesto en boca de una heroína que
se Q%i2. muriendo, destruye el ambiente trágico y a mí me parece, además, harto alambicado y
tante a los impulsos biológicos e instintivos), sino con los de puro artificio dialéctico» (pp. I330-133I).
fines naturales de la reproducción. Hegel, ante el mismo pasaje de la tragedia de Sófocles no se extrañó ni escandalizó, antes bien,
supo leer en sus líneas el reconocimiento de una verdad: la de que la mujer, en los papeles de
esposa y madre, asume la función de un deber universal que no la obliga, sin embargo, en
Resulta, en este sentido, ilustrativo comparar dos cuanto hermana. En calidad de hermana, la joven posee su individualidad de modo íntegro,
como ia posee, también, el hermano varón. La relación con el marido y con los hijos exige, en
textos: uno de Freud, perteneciente a «El Malestar en la cambio, una cierta renuncia a su libre individualidad, porque, como dice Hegel: «en tanto en
ese comportamiento de la mujer se mezcla la singularidad su eticidad no es pura {fenomenología
Cultura» y otro de la Fenomenología hegeliana, en los p. 269). De ahí que la joven que, ajena a toda determinación, se compara con el hermano,
aprecie en él ese equilibrio de la fraternidad (esa «relación exenta de apetencia») que los equi-
cuales se expresa una gran similitud de concepciones. para. (Adviértase que Hegel Q^XS. constatando una realidad de hecho: las funciones femeninas
tal y como están dadas en la propia realidad social de su tiempo, que no es, por lo demás, muy
diferente de la nuestra. Pero Hegel, en todo caso, no incorpora - n i tendría por qué incorpo-
(41 ) Hegel: ¿f del Espíritu, op. cit., en (10), p. 270. r a r - ninguna reivindicación feminista).
(42 ) Ibid. (45 ) Freud: El malestar en la cultura {op. cit. en (1), p. 46j
(43 ) Ibid. p. 269. (46 ) Hegel: Fenomenologá del Espíritu (op. cit. en {10), p. 281).
EL BASILISCO 49
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
como el simple resultado de condicionamientos biológi- formalmente considerado, una afirmación de la voluntad
cos, psíquicos (la incapacidad para la sublimación, etc.) o de obrar y, por lo tanto, un acto de rebeldía. La esencia
incluso sociológicos y se perfila con la dignidad de un de todo pecado radica pues, en lo que tiene de autoafir-
deber ético. Y lo mismo ocurre con el comportamiento mación de la conciencia (47) y en lo que conlleva de
del varón. Su entrega a la obra cultural, más que resul- actividad autónoma, de decisión, de determinación.
tado de su preeminencia física o intelectiva, se explicaría
como resultado de las exigencias del «Espíritu objetivo» «La autoconciencia -dice H e g e l - se convierte por
así como de la propia diversidad de papeles que la etici- la acción en culpa. Pues la culpa es su obrar y el obrar su
dad exige en el seno de una comunidad compleja. esencia más propia (...); sólo es inocente el no obrar,
como el ser de una piedra, pero no lo es rii siquiera el
ser de un niño» (48).
5. La culpa
El obrar es, de suyo, culpable porque determina y
niega, al efectuarse, las posibilidades infinitas, antes
Cuando se aborda, desde la misma óptica de las abiertas («la decisión es en sí lo negativo» (49); porque
Ideas, el tema de la culpa, ocurre algo semejante. Se di- es, en suma, finito». (Como diría más tarde Kierkegaard,
ría que los diferentes hitos que jalonan el delito primiti- el pecado es una negación porque cancela ese abismo,
vo, tal y como Freud lo ha descrito (el asesinato del abierto de posibilidades que configuran el espectro de la
padre, la abolición transitoria del tabú del incesto, la lu- angustia (50).
cha fratricida entre los hermanos, la reinstauración de las
normas paternas y el nacimiento consiguiente de las pri- La formulación metafísica que ha dado Hegel a estos
meras normas jurídico-sociales) han sido recorridos por planteamientos enmascara, en parte, su significación: la
Hegel en la Fenomenología desde una perspectiva genui- actuación y el obrar serían, según ello, culpables porque
namente ontológica, si bien no de un modo lineal (histó- rompen la quietud del ser, destruyen la perfecta inmovi-
rico o de historia ficción, como ocurre en el psicoanáli- lidad de la esencia e introducen en ella el cambio y el
sis) sino separadamente, y a través del examen de varios devenir:
paradigmas trágicos diferentes.
«Lo que obra no puede negar el crimen y su culpa:
Hegel ha contemplado, en efecto, el crimen de el hecho consiste en poner en movimiento lo inmóvil, en
Edipo —en su doble versión de asesinato y de incesto—, hacer que brote lo que de momento se halla encerrado
pero ha considerado también, a propósito de la rivalidad solamente en la posibilidad» (51)
entre Eteocles y Polinice, el delito de la guerra fratricida,
y ha abordado, además, el tema del delito cultural, to-
mando como pretexto la desobediencia de Antígona. Pero cuando se considera que el propio Freud ha
presentado la vida como una especie de infracción contra
A través del análisis de esas infracciones, Hegel el reposo inorgánico, la ha caracterizado como un acci-
plantea tres importantes problemas con relación a la dente que vino a perturbar la quietud de lo inerte, y ha
culpa: el de su naturaleza, i.e., el de la esencia del mal llegado a subordinar a ello el propio maiestar_cultural, ja
frente al bien moral; el de la responsabilidad en el delito infelicidad del hombre y la quiebra de su vida instintiva,
— cuestión que se relaciona con la del destino, así como los planteamientos hegefiaños adquieren, cuanto menos,
con el tema del inconsciente— y, por fin, el de las duali- una significación actual.
dades deber/placer, o bien, felicidad/virtud. Sólo exami-
naremos la primera de estas cuestiones. La culpa no es, sin embargo, ante la mirada hegelia-
na, algo puramente negativo. Hegel —como también
El tema de la naturaleza de la culpa lo enfoca Hegel Kierkegaard, Nietzsche y el propio Freud— han subraya-
desde presupuestos sumamente abstractos, que se ali- do en la culpa la positividad de la acción, en cuanto que
nean dentro de una tradición en la que el pecado se in- emana de una conciencia que se autofirma obrando. De
terpreta, de un lado, como algo negativo, es decir, como ahí que el pecado, aunque conlleve la pérdida de la ino-
una perturbación, como una limitación y, de otro, como cencia y acarree el advenimiento del castigo, sea, con
algo positivo, i.e., como una afirmación de la libertad todo, la condición misma de la individualidad humana
humana y del obrar consciente. Ambos aspectos de la
culpa fueron ya entrevistos por la tradición cristiana y (47 ) También para Hólderlin el delito trágico tiene el sentido de un aero blasfemo, por cuanto
que supone la reivindicación de la libertad del alma y la defensa de la independencia espiritual
escolástica, de la que Hegel es, ciertamente, deudor. humana frente a la voluntad de los dioses. Así, en sus «Notas sobre Antígona» dice Hólderlin:
Pero el tratarniento que estas cuestiones recibirá en la «Sin duda el más alto rasgo de Antígona. La blasfemia sublime, en cuanto que la sagrada locura
Fenomenomenologta del Espíritu transformará los postula- es la más alta presencia del hombre y es aquí más alma que lenguaje, excede a todas las demás
manifestaciones de ella; y es también necesario hablar así de la belleza, en superlativo, porque
dos teológicos que las presidían en otros nuevos que la actitud, entre otras cosas, reposa también en lo superlativo del espíritu humano y de la vir-
tuosidad heroica.
anuncian claramente el humanismo existencialista de
Kierkegaard y el Psicoanálisis freudiano. Es un gran recurso del alma que trabaja en secreto el que, al punto de la más alta conciencia,
rehuya la conciencia y, antes de que el dios presente se apodere efectivamente del alma, ella le
haga frente con palabra audaz, a menudo incluso blasfema, y así mantenga la sagrada posibili-
dad viviente del espíritu» (Hólderlin: Ensayos, op. cit. en (4), p, 146).
Hegel ha dado al tema de la naturaleza de la culpa
un alcance absolutamente general. Sea cual fuere el con- (48 ) Hegel: Fenomenología áélEsptritu, op. cit. en (10), p. 276
tenido de la infracción —la desobediencia a las leyes del (49 ) Ibid., p. 277
gobernante, el atentado contra la propiedad familiar, la (50 ) Cf. Kierkegaard, S.: El concepto de la Angustia. Tt.: Demetrio G. Ribero. Madrid, Guada-
lucha a muerte de los hermanos o el asesinato del padre rrama, 1965, pp. 122-12.?.
y el incesto- el delito supone siempre, para Hegel, y (51 ) Hegel: Fenomenología del Espíritu., op. cit. en (10), p. 277
50 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
pues, como dice Kierkegaard: «el concepto de pecado y Cualquiera que haya sido, sin embargo, el contenido
de culpa pone cabalmente al individuo en cuanto indivi- preciso conferido a ese delito primitivo, lo cierto es que
duo» (52). los tres autores citados convienen, de un modo u otro,
en situar en él el nacimiento de la cultura y de la Histo-
Así, p.e., Freud ha subordinado, en la ontogénesis, ria. El que la infracción haya consistido en un asesinato
la constitución del super-ego o yo-ideal, fuente de la colectivo (Freud), en la pérdida de la inocencia moral
individualidad espiritual, a la superación ordinaria del (Kierkegaard) o en el acto de sustraer los cadáveres al
complejo de Edipo y, por consiguiente, a la adquisición olvido natural (Hegel) es un dato secundario; lo que
del sentimiento de culpa. Hegel, a su vez, ha presentado priva e importa es la forma misma de ese delito (la deso-
la desobediencia de Antígona como una reivindicación bediencia sacrilega), así como sus consecuencias genera-
de la individualidad espiritual en la persona del hermano les, a saber: la configuración del individuo como con-
muerto: ciencia independiente frente a la autoridad (la autoridad
divina, la del padre de la horda o la del gobernante) y la
«La consanguinidad viene, pues, a completar el mo- necesidad de enfrentarse,, a partir de ese momento, con
vimiento natural abstracto añadiendo a él el movimiento la penosa tarea de la construcción cultural, y de la libre
de la conciencia, interrumpiendo la obra de la naturaleza elección de valores.
y arrancando de la destrucción a los consanguíneos o,
mejor, porque la destrucción, su convertirse en ser puro^ Por supuesto que la virtualidad de estas interpreta-
es necesario, es por lo que asume el acto de la destruc- ciones (tan mitológicas, por cierto, como el propio mito
ción. De este modo acaece que también el ser muerto, el judeo-cristiano en que se inspiran) no radica en su capa-
ser universal, devenga algo que ha retornado a sí mismo, cidad explicativa (en lo que se refiere, p.e., a la historia
un ser para sí, o que la pura singularidad, carente de del género humano). Su interés descansa, sobre todo, en
fuerza, sea elevada a individualidad universal» (5 3). haber sabido afrontar el destino del hombre como si se
tratara del de un héroe trágico —Edipo, Antígona, etc.—
Y Kierkegaard reconocerá, todavía más expresamen- cuyo delito se inscribe en la necesidad. Pero esa necesi-
te, que la culpa y el delito son la condición de la vida de dad no es, ahora, la voluntad incomprensible de los
la conciencia: dioses, sino la propia opacidad de la conciencia humana,
la inconmensurabilidad entre el saber y el no saber (57)
«La culpa tiene a los ojos del espíritu ese poder de o la coincidencia entre el deber y la pasión (58).
encantamiento que es tan característico de la mirada de
la serpiente. En este punto está la verdad parcial de la «Al abolir la fatalidad antigua -dice J.M. Dome-
concepción de los carpocracianos, según los cuales sólo nach— al invertir, en cierto modo, las posiciones recípro-
se alcanza la perfección a través del pecado» (54). cas del hombre y de Dios, el cristianismo hubiese anula-
do lo trágico si éste hubiese tenido como única dimen-
Naturalmente, estas concepciones de la culpa no se sión el duelo entre los héroes de la tierra y las potencias
refieren exclusivamente al delito del individuo, sino tam- del cielo. Ahora bien, las fatalidades resurgen de la
bién y sobre todo al mitológico delito de la humanidad: acción humana (...). Toda acción, todo proyecto ratifica
al pecado original. Es cierto que cada uno de los tres un valor; la libre elección no se encuentra nunca entre
autores citados ofrece una versión diferente del conteni- las posibilidades neutras o cerradas, sino que incluye una
do posible de aquella infracción primitiva. Kierkegaard visión del hombre, una opción para la humanidad (...).
se limita a aludir a esa misteriosa distinción entre el bien Lo trágico nace debido a que la reconciliación del héroe
y el mal que surgió - t a l y como relata la Biblia- tras con su pasión, su carácter, su nacimiento —su muerte— o
probar el fruto del árbol prohibido. «Ninguna ciencia incluso su felicidad, se paga con un transtorno en el cielo
puede explicar cómo sucedió tal cosa» - d i c e - (55). o en la tierra, con un desorden a menudo superior al
orden que acaba de establecerse (...). El héroe trágico,
impulsado o no por los dioses, nos revela, en cuanto
Freud —como observa Marcuse (56)— «no nos lleva
actúa, esa incompatibilidad originaria entre los valores,
a la imagen de un paraíso que el hombre ha perdido por
tanto más claramente cuanto que es hombre de un obje-
su pecado contra Dios, sino a la dominación del hombre tivo único y se identifica con una pasión exclusiva. Esa es
por el hombre establecida por un padre déspota y terre- la feroz ley de la acción humana, puesta al desnudo por la
nal y perpetuada por la fracasada e incompleta rebelión tragedia» (59)
contra él. El «pecado original» fué contra el hombre».
Y, por su parte, Hegel, aunque no se refiere sino tácita-
mente a ese pecado legendario, parece significarlo con el
delito de Antígona, puesto que ese delito consiste en el
culto a los muertos, rito que tantas veces se ha aducido
como criterio de tránsito desde la vida animal o el salva-
jismo a la vida civilizada.
(55 ) He.i;e!. Fsriomerioloí^ía del Espíritu, op. cit. eti (10), p. 266.
(57 ) Cf. Hegel: Fcriumeirolü^^íi del Espíritu, op. cir. en {10), p. 42".
(54 ) Kierkegaard; El concepto de la Afi^uitici. op. cit. en (50), p. 19.S.
( 5 8 ) Ibid., pp. 2 - > 2 " 4 .
(55 ) [bid. p. 147.
(59 ) Jean Marie Domenacli: El rttonn, de lo trd^^ico. Tr.: R Gil Novales. Barcek)na. Península,
(56 ) Marcuse, H: £mi y citilización. op. cic. en (29), p. ^.í. 1969.
EL BASILISCO 51
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
ARTÍCULOS
EL MITO DE LA
NEUTRALIDAD
DE LA CIENCLA.
LA RESPONSABILIDAD DEL
CIENTÍFICO Y EL TÉCNICO*
MIGUELA. QUINTANILLA
Salamanca
1 problema de la responsabilidad moral de to y control de la realidad, por una parte, y los princi-
los científicos ha ido adquiriendo una im- pios morales (y políticos) que deben guiarnos en
portancia extraordinaria y creciente desde nuestras actuaciones, por otra. En consecuencia se hace
la segunda guerra mundial hasta nuestros necesaria una especie de reforma moral (y una nueva po-
días. El fenómeno tiene quizá sus oríge- lítica) para los tiempos nuevos. Quizá tanto este diagnós-
nes en la traumática experiencia que toda tico de la situación, como la terapia que se propone
una generación de científicos tuvo que sufrir con motivo sigan siendo válidos todavía en lo fundamental; pero, en
de su intervención en la creación de armamento. A par- todo caso, ambos resultan extremadamente imprecisos y
tir de entonces, el desarrollo industrial acelerado, en el olvidan un dato decisivo: que la propia ciencia constituye
que la ciencia ha intervenido de forma planificada y di- una parte importante de esa misma cultura que se quiere
recta, ha servido para poner de relieve, cada vez más cla- reformar en sus aspectos morales o políticos. La situa-
ramente, tanto el carácter global e inevitable que tiene la ción no mejora cuando el análisis de la crisis moral de
influencia de la ciencia sobre la sociedad, como el paula- nuestra civilización «científica» se hace utilizando las ca-
tino cambio de naturaleza que la investigación científica tegorías del materialismo histórico en términos de
y técnica ha ido experimentando como resultado de su desfase o contradicción entre fuerzas productivas y re-
intervención en el proceso productivo. Paralelamente a laciones de producción, o entre la base y la superestruc-
estas transformaciones, también el planteamiento del tura de una formación social como la nuestra. También
problema de la responsabilidad moral del científico ha aquí el planteamiento resulta excesivamente global (cf
ido sufriendo un deplazamiento desde posiciones próxi- Bueno, 1971). Así pues, hay que ser más preciso y seña-
mas a una ética de la responsabilidad individual ante las lar aquellos aspectos de la cultura o, si se prefiere, de las
desastrosas consecuencias potenciales de la aplicación relaciones sociales que hay que revisar. Más aún, lo más
de los resultados de la ciencia, hasta las posiciones actua- probable —al menos esta es mi opinión— es que previa-
les de algunos sectores de comunidad científica (un mente a todo eso haya que empezar revisando la propia
ejemplo sintomático puede ser Levi-Leblod 1975) que autoconcepción de la ciencia. Dicho de otra manera:
tienen más que ver con una toma de conciencia colectiva pienso que, aunque el desfase entre la moral y la ciencia
y política sobre el carácter de la ciencia y de los científi- (por atenernos al planteamiento tradicional), sea eviden-
cos en el conjunto de la sociedad. te, no es sin embargo el más importante. El desfase fun-
damental residirá, por el contrario, entre la realidad ins-
Es corriente describir esta crisis moral de la ciencia titucional de la ciencia y las concepciones filosóficas que
aproximadamente en estos términos: el ritmo de creci- sobre ella seguimos manteniendo.
miento de la ciencia y la técnica —se dice— ha produci-
do un desfase entre nuestras capacidades de conocimien- En resumen: para pasar de la investigación científi-
ca a la responsabilidad moral del científico se necesita
una teoría de la investigación científica o, si se quiere,
una filosofía de la ciencia. Mi tesis es que, si se toma en
(*) Leído en ik I Semana de Filosofía de la Ciencia, Escuela Superior de Ingenieros industria-
les. Barcelona. Diciembre de i9'*6. serio la transformación que para la ciencia está suponien-
52 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
do su inserción en el proceso productivo, entonces nues- las exigencias morales que éstas plantean. Por otra parte,
tra revisión de los conceptos básicos de la teoría de la el científico es un ciudadano como otro cualquiera, pero
ciencia debe ir más allá de la simple superposición de cier- especialmente cualificado para conocer los efectos posi-
tas consideraciones morales o políticas a una epistemolo- bles de la utilización de la ciencia y, en esa medida, tiene
gía que se mantiene en lo fundamental idéntica a la epis- también una responsabilidad moral de informar a los de-
temología tradicional de corte idealista. más y de criticar el posible mal uso que se haga de ella.
(Popper 1970).
En esta revisión el tema de la neutralidad de la cien-
cia ocupará un lugar central, aunque, como veremos, no A diferencia de este planteamiento que llamamos
es fácil someterlo a discusión independientemente de tradicional, el de la teoría histórico-sociológica parte de
otros temas de la filosofía de la ciencia, concretamente, una distinción básica diferente: no se acepta la separa-
de las ideas de autonomía y objetividad o carácter pro- ción entre investigación científica y aplicación tecnológi-
gresivo de ésta. ca porque se considera, con buen criterio, que en la ac-
tual sociedad industrial, ambos procesos van unidos.
Antes de seguir adelante, conviene que hagamos dos Pero el papel que cumplía en la teoría tradicional la se-
acotaciones a nuestro tema. La primera consiste en ad- paración entre investigación científica y aplicación tecno-
vertir que aquí nos ocupamos solamente de la pretensión lógica de la ciencia, lo pasa a desempeñar ahora una dis-
de neutralidad en sentido moral, dejando de lado otras tinción entre la realidad de la investigación científico-téc-
cuestiones que, sin embargo, están muy relacionadas con nica en si misma considerada y la realidad de las condicio-
ésta, como son las del compromiso ontológico o axioló- nes sociales concretas en que aquí y ahora se halla inmersa.
gico en general de la ciencia (cf M.A. Quintanilla A partir de aquí se establecen los siguientes principios:
1976). La segunda se refiere a que aquí prescindimos de
las modalidades que históricamente haya podido presen- 1) La ciencia-técnica es en si misma un valor positi-
tar este problema, limitándonos a discutir la idea de la vo en función no sólo de su servicio al objetivo general
neutralidad de la ciencia en el contexto actual. Y aún del descubrimiento de la verdad, sino también en
dentro de este contexto, nos fijaremos solamente en dos función de que, gracias a este conocimiento verdadero
opciones que nos parecen representativas aunque, tal que la ciencia proporciona, se puede liberar a la huma-
como las expondremos, no tendrán más remedio que ser nidad de sus necesidades materiales.
caricaturas de las correspondientes teorías de la ciencia.
Nos referimos a ellas con los nombres de «Teoría tradi- 2) Los resultados de la ciencia son, por lo tanto,
cional» y «Teoría histórico-sociológica». La primera se también en sí mismos valiosos respecto al doble objetivo
puede considerar representada en buena medida por la general de la ciencia, pero moralmente son neutrales, es
filosofía de la ciencia de corte popperiano «ortodoxo». decir pueden de hecho utilizarse para liberar a la huma-
La segunda por los teóricos de la revolución científico- nidad o para oprimirla. Y esto sucederá en un sentido o
técnica en especial Bernal (1939) y Richta (1971). en otro según el contexto social en que se encuentre inserta la
ciencia.
Por lo que respecta a nuestro tema, una buena for-
ma de analizar la estructura de las dos opciones consiste 3) Por consiguiente la responsabilidad moral del
en poner de manifiesto la distinción fundamental sobre científico tiene también un doble componente. Po"^ ^'^^
la que se articulan. parte debe cumplir, como en el caso anterior, con las
normas del método científico. Pero, por otra parte, debe
Pues bien, lo que llamamos teoría tradicional se arti- intentar liberar a la ciencia de las constricciones que ac-
cula sobre la distinción entre investigación científica y tualmente sufre, debidas al sistema social al que sirve, es
aplicación tecnológica de los resultados de tal investiga- decir debe comprometerse en el cambio a una sociedad
ción. Y las tesis que le podemos atribuir son las siguien- diferente en que la finalidad de la ciencia —su servicio a
tes: las necesidades de la humanidad sin limitaciones de inte-
reses particulares— pueda ser plenamente cumplida. Este
1) La investigación científica es una empresa con va- compromiso moral es ya un verdadero programa de in-
lor intrínseco, cuyo objetivo es el descubrimiento de la tervención política que podría concretarse como una
verdad, para lo cual se guía por normas metodológicas alianza de los científicos con las fuerzas progresivas de la
(algunas de las cuales tiene carácter moral, como por sociedad y, en particular, con la clase obrera que es la
ejemplo la sinceridad, la actitud crítica, el respeto a la única que garantiza con su liberación la libertad de todos
tradición científica, a las opiniones adversas, etc.) que se y, por lo tanto, también de la ciencia.
justifican en función de su adecuación para el objetivo
propuesto. Creo que están bastante claras las diferencias entre
una concepción y otra por lo que se refiere al problema
2) Los resultados de la investigación son, por lo de la responsabilidad moral y política de los científicos.
tanto, también valiosos respecto al objetivo general de la También hay diferencias básicas respecto al marco gene-
ciencia, pero neutrales respecto a los criterios externos ral en que se plantea el problema. Lo que me interesa
de tipo moral. Por consiguiente se puede hacer un uso resaltar, sin embargo, es lo que tienen en común:
bueno o malo de ellos.
1) Respecto al problema concreto de la responsabi-
3) El problema moral del científico tiene, pues, dos lidad moral existe, bajo las evidentes diferencias de plan-
dimensiones: por una parte su primera obligación es ate- teamiento, un aspecto común: la presencia de una doble
nerse a las normas del método científico y cumplir con dimensión en lo que podríamos llamar el código moral
EL BASILISCO 53
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
de los científicos y la ausencia de ardculación suficiente rara nevar a caoo nuestra tarea nos centraremos en
en ambas dimensiones. Es decir, en los dos casos se exi- dos puntos: el problema de la autonomía del desarrollo
ge, por una parte, h. fidelidad al método científico que es la científico, es decir, de cómo el poder interviene en la
garantía de que se cumpla el objetivo general de la cien- génesis de las teorías científicas; y el problema de la obje-
cia; descubrir la verdad; por otra parte hay un compromiso tividad de la ciencia, es decir, de cómo el poder intervie-
derivado que, en iin caso, se refiere a la utilización de ne en la evaluación de las teorías o programas de investi-
cada uno de los resultados de la ciencia, en el otro, de gación científica.
forma global, a la inserción de la investigación científico-
técnica en su contexto social. Respecto al primer punto se hace necesaria una re-
visión de los esquemas de relación entre la investigación
2) Esta doble articulación del código moral de los científica y la aplicación tecnológica teniendo en cuenta
científicos es posible gracias a que en ambos casos se la inserción de la investigación en el proceso productivo.
mantiene una idea común respecto a la ciencia (o a la
ciencia-técnica) en sí misma considerada: su carácter valio- El esquema clásico de la relación entre investigación
so tal como queda definida por una metodología que no científica y aplicación tecnológica es el siguiente: partien-
se pone en cuestión y que se supone independiente de la do de un problema teórico determinado (suscitado gene-
aplicación de la ciencia en un caso, o de su inserción en ralmente por la presencia de un acontecimiento A) se
un contexto social, en otro. intenta construir una teoría T que ponga en relación una
serie de circunstancias C con el acontecimiento A de
Estos elementos comunes son los que realmente nos forma que éste quede explicado como resultado de aque-
preocupan. En primer lugar porque significan el mante- llas circunstancias si la teoría es verdadera.
nimiento de la desconexión de hecho entre la moral del
científico en cuanto científico dedicado al descubrimien- La aplicación tecnológica parte, por el contrario, de
to de la verdad, y la moral del científico en cuanto ciuda- un objetivo (o acontecimiento A) que hay que conseguir,
dano (preocupado en un caso por la utilización de la y de unas teorías ya dadas T; la tarea consiste en descu-
ciencia y, en otro, por el problema más radical de la in- brir las condiciones o circunstancias C que, en virtud de
serción de ésta en una sociedad injusta). En segundo lu- las previsiones de las teorías T, permitirán conseguir el
gar porque ese supuesto común, que podríamos calificar objetivo A.
como presupuesto del valor absoluto de la investigación cien-
tífica, sólo se puede mantener, en la teoría tradicional, Desde esta perspectiva está claro que, mientras el
gracias a que se considera la investigación científica co- poder externo a la ciencia determina en la tecnología el
mo algo al margen de su realidad social y sus aplicacio- objetivo A que hay que alcanzar, en la investigación
nes tecnológicas, cosa que no nos parece realista. Y en científica pura no interviene para nada.
la segunda teoría, en la que se tiene en cuenta estos as-
pectos institucionales de la ciencia, el supuesto en cues- Una primera forma de articular la investigación cien-
tión sólo se puede mantener a costa de la coherencia, tífica con la aplicación tecnológica en el proceso produc-
como un residuo de una teoría de la ciencia que no ha tivo quedaría reflejada por una leve modificación de los
sido revisada con suficiente profundidad. esquemas anteriores para hacerlos compatibles con los
presupuestos de la teoría histórico-sociológica: de acuer-
do con ella también la investigación científica pura en-
Nuestro propósito será, pues, realizar esta revisión cuentra su objetivo (la explicación del acontecimiento
de lo que llamamos el valor absoluto de la investigación A) determinado en gran parte por poderes externos a la
científico-técnica con vistas al replanteamiento del pro- ciencia (en la medida, por ejemplo, en la que se finan-
blema de la responsabilidad moral o política de los cien- cian las investigaciones dedicadas a un tema determinado
tíficos de manera que podamos situar este problema en y no otras, etc.).
el núcleo mismo de la investigación científico-técnica y
no en cuestiones externas a ella. Por lo demás ambos esquemas seguirían siendo váli-
dos. Concretamente la búsqueda de unas teorías u otras
Como veremos, nuestra propuesta implicará, en últi- y la opción entre ellas es una empresa enteramente libre,
mo término, interiorizar en la ciencia lo que generalmen- regulada tan sólo por los cánones de la objetividad y del
te se considera externo a ella. Esperamos mostrar que servicio a la verdad.
esta simple operación tiene repercusiones en el plantea-
miento del problema de la moral o la política de los Pues bien, precisamente este último supuesto es el
científicos. que nos parece insostenible. Frente a él pensamos lo si-
guiente:
El punto central de nuestra argumentación es el si-
guiente: si se acepta la caracterización de la ciencia como 1) La intervención del poder «externo» a la investi-
algo inseparable de la técnica y del proceso productivo, gación científica no se limita solamente a señalar los ob-
entonces la ciencia en sí misma considerada no es neutral, jetivos de la investigación. De una u otra forma quedan
sino que implica opciones de tipo, en último término, también limitadas las posibilidades de costrucción de teo-
moral. Por consiguiente no bastará con añadir a las nor- rías a través de los más diversos mecanismos, pero fun-
mas del método científico un código moral que regule damentalmente a través de las restricciones impuestas en
las relaciones del científico con la sociedad, sino que ha- la investigación científico-técnica respecto al tipo de
brá que replantearse el propio significado de las normas condiciones C que al poder le interesa tener en cuenta y,
metodológicas teniendo en cuenta esta realidad social de a través de esto, respecto al tipo de teorías T que es po-
la ciencia. sible construir (M. A. Quintanilla 1976).
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2) Además el poder «externo» a la ciencia intervie- poderes políticos y económicos. Este postulado puede no
ne también en la evaluación de teorías o programas de parecer gratuito si se parte del supuesto previo de que la
investigación. Para explicar en qué sentido esto tiene lu- investigación científica está regulada exclusivamente por
gar y cuáles son sus repercusiones debemos hacer su fecundidad en cuanto a posibilidades de utilización
algunas advertencias a propósito de la caracterización tecnológica de nuestro conocimiento. En ese caso se
que en filosofía de la ciencia se hace de un programa de podría suponer, en efecto, que existen unos criterios fi-
investigación. jos para medir el rendimiento de los programas de inves-
tigación y que estos criterios son compartidos tanto por
La situación se puede resumir de la siguiente mane- los científicos como por los detentores del poder «exter-
ra: Kuhn (1971) ha hecho hincapié en el papel que jue- no» a la ciencia.
gan los «paradigmas» en la investigación y el desarrollo
científicos, y en el hecho de que no es posible decidir Pero, si se acepta esto último, se está echando por
racionalmente entre dos paradigmas opuestos porque son la borda uno de los puntos más atractivos de las teorías
semánticamente inconmensurables. De ahí que las revo- de Kuhn: la cuestión de las diferencias en el significado
luciones científicas se expliquen por factores externos, que los diversos paradigmas confieren a las teorías que
sociológicos, aunque Kuhn se refiere fundamentalmente en ellos se desarrollan y, por lo tanto, la imposibilidad
a las relaciones sociales que se establecen en el seno de de comparar dos teorías pertenecientes a dos paradigmas
las propias comunidades científicas. Las propuestas que diferentes de acuerdo con un único patrón. Yo no creo
hace Laicatos (1975) en su metodología de los programas que las tesis de Kuhn se puedan sostener en todos sus
de investigación intenta, por una parte, situar el proble- puntos. Por el contrario creo que es preferible plantear
ma de la evaluación de las hipótesis científicas en un ám- los problemas en términos de programas de investigación
bito más amplio que el de las teorías aisladas, es decir en comparables. Pero también creo que un programa de in-
el ámbito de los programas de investigación, que son vestigación tiene sobre las teorías e hipótesis científicas
unidades complejas en las que él distingue fundamen- unos efectos similares a los de los paradigmas de Kuhn.
talmente un núcleo central, que se considera irrefutable Hace variar el significado de los términos y enunciados
(lo mismo que un paradigma), y unos principios inter- de las teorías. La solución a la antinomia que de esta ma-
pretativos que sirven para el desarrollo del programa. nera podría presentarse consiste, me parece, en abando-
A diferencia de. Kuhn, sin embargo, piensa que se puede nar la concepción holística del significado de los térmi-
establecer criterios para evaluar un programa de investi- nos científicos.
gación e incluso para optar entre un programa y otro.
Estos criterios tienen que ver con el carácter progresivo
O estancado de un programa. Un programa será progre- N o podemos detenernos en el análisis de la teoría
sivo si, como dice Lakatos, su desarrollo teórico anticipa del significado que subyace a las tesis de Kuhn o Laka-
el desarrollo empírico, es decir, si permite hacer descu- tos. Nos limitaremos a proponer una alternativa inspira-
brimientos no previstos fuera del programa. Si no es así, da en Bunge (1975). Según este autor, el significado de
el programa termina quedando estancado. Lo qué el una teoría debe descomponerse en los dos elementos
científico debe hacer, por principio, es potenciar los pro- clásicos: el sentido y la referencia; pero Bunge define
gramas progresivos (Lakatos, 1975). estos conceptos semánticos de forma que tanto el sentido
como la referencia de dos teorías son comparables y se
puede evaluar, en principio, el grado de su correspon-
dencia. Pues bien, si esto es así, las diferencias entre dos
El propio Lakatos, sin embargo, tiene conciencia de
programas de investigación pueden presentar matices
que con esto no se han resuelto todos los problemas,
muy complejos; la situación más común será probable-
pues está claro que la decisión sobre el carácter progre-
mente una identidad parcial tanto de sentidos como de
sivo de los programas es función del tiempo, y la meto-
referencias. Pero entonces tan inaceptable resulta la idea
dología no puede proponer una norma temporal definiti-
de que dos programas distintos son semánticamente in-
va. Por eso, casi sin querer, y a modo de respuesta a
conmensurables (Kuhn) como la de que las diferencias
algunas de las objecciones recibidas, Lakatos viene a
semánticas entre dos programas comparables son metódi-
resolver la cuestión en estos términos: a nadie se le pue-
camente irrelevantes. En lugar de adoptar estas posturas
de prohibir que se aferré a un programa estancado, de
extremas, la comparación de teorías o programas debería
todas las maneras la cuestión —dice él— no sería muy
hacerse teniendo en cuenta, en primer lugar, que los cri-
grave, pues en último término las revistas científicas de-
terios para decidir entre ellos son parciales y relativos (es
jarían de admitir trabajos elaborados por ese señor, y los
decir sirven para decidir entre partes de las teorías en
poderes financieros dejarían de prestarle ayuda para de-
cuestión, aunque de hecho la decisión afecte al conjunto
sarrollar su programa (Lakatos, 1975).
de la teoría); en segundo lugar que la opción entre dos
teorías alternativas afecta por lo general no sólo a cues-
Esta concesión es más decisiva de lo que quizá Laka- tiones metodológicas sino también a cuestiones de senti-
tos pensara al hacerla, pues supone simplemente recono- do. Dicho de otra manera, cuando, de acuerdo con de-
cer que, también a la hora de evaluar los programas y terminado criterio, abandonamos un programa de investi-
teoría científicas, los poderes «externos» tienen un papel gación no estamos, por lo general, abandonando simple-
decisivo en la ciencia. El problema entonces es cómo ha- mente un trasto inútil sino también la posibilidad de ver
cer compatible esta intervención del poder con la idea el mundo de una manera alternativa. Más aún: si recor-
de la racionalidad inherente al desarrollo científico. Para damos que en la investigación científica industrial una
ello será preciso postular como garantizada de antemano teoría no es solamente una forma de ver el mundo, sino
una comunidad de criterios de evaluación entre los pro- también un elemento que interviene en la transforma-
fesionales de la investigación y los detentadores de los ción del mundo y, por lo tanto, en su configuración, en-
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56 EL BASILISCO
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AKTICULOS
EL «SISTEMA» DE LA
TEORÍA GENERAL DE LOS
SISTEMAS
(REEXPOSICION CJOTICA)
PRIMERA PARTE
ALBERTO HIDALGO
Oviedo
unque el notable biólogo vienes Ludwig «estado uniforme» y de «proceso irreversible» debe atri-
von Bertalanffy expuso originalmente el buirse a Burton en 1939 y al propio von Bertalanffy en
proyecto de construir una Teoría General 1940 (2). A pesar de estos adelantos, la T.G.S. hubo de
de los Sistemas (T.G.S.) —interpretable esperar a que nuevas y revolucionarias disciplinas como
alternativamente como Teoría de Sistemas la Cibernética, la Teoría de los Juegos, la Teoría de la
Generales— en el seminario filosófico de Información y la Teoría de la Decisión crearan el clima
Charles Morris en 1937, su primera publicación sobre el de libertad intelectual adecuado para su recepción. Una
tema no aparece hasta 1945 en alemán y 1950 en inglés interpretación «tendenciosa» de von Bertalanffy, destina-
(1). La fi*ía acogida dispensada por la Universidad de da sin duda a sacar ganancia del «río revuelto» de las de-
Chicago a un proyecto tan «metafísico» hizo sospechar a nominaciones y de los orígenes, presenta estas disciplinas
su promotor que el Zeitgeist no le resultaba favorable como capítulos empíricos de acumulación de modelos y
aún. N o obstante, debe subrayarse que por estas mismas generalizaciones abstractas únicamente, integrables bajo
fechas se estaba elaborando el concepto clave de la Teo- la Weltansschauung omnicomprensiva de la T.G.S.
ría, tanto en su aspecto técnico como en su vertiente
ideológica. En efecto, los componentes intuitivamente Ahora bien, quiero llamar la atención aquí, a título
diferenciales de la noción de sistema abierto aparecen en de inventario, sobre algunos datos relevantes para una
un trabajo de Wolfgang Kóhler publicado en 1938, si versión más sinuosamente dialéctica y, en consecuencia,
bien su rigurosa caracterización biofísica en términos de más definitiva. Ni qué decir tiene que la Segunda
Guerra Mundial sirvió, de rebote, para potenciar los
(1) El argumento principal de este trabajo gira en tomo a la figura y la. obra de L. von Bertalan- nuevos enfoques científicos útiles en algún grado a la
ffy, fundador y principal promotor de la T.G.S. en su sentido moderno. Nacido en la todavía
«Imperial y Real» Viena de los Habsburgo en 1901, estudiante y profesor de Biología en su tecnología del hardware militar. En este sentido no es
Universidad, pertenece a una generación que vio desplomarse un sistema de vida y una cosmovi-
sión aparentemente definitivos e inmortales (cfer. sobre el clima intelectual de la ciudad entre
casual que durante la década de los cuarenta se produzca
i 890 y 1919 el excelente libro de A. Janik y S. Toulmin. LM Vieua dt Wingeastein. Taurus, una notable «institucionalización» de la Cibernética y
Madrid, 19'7'^)- Dos rasgos que hallamos en la confección de la T.G.S., a saber, el convencimien-
to de la relatividad de ¡as categorías o «perspectivismo" y la imperiosa necesidad de construir Teorías afínes (3). La T.G.S., en cambio, no alcanza for-
una nueva y más resistente cosmovisión, pueden relacionarse significativamente con los escigmas
que este trauma cultural, psicológicamente interiorizado, pudieron grabar en la «mente>' de
ma institucional hasta 1954 tras la fundación de la Society
von Betalanffy. Tras contribuir con su monumental Theontischi; Bioiogie (2 vols. Berlín, Born- for General Systems Research como resultado de los con-
traeger, 1932) a la institucÍonalÍ2acÍón académica de esca disciplina vuelve a Vicna como Cate-
drático en 1934, donde permanece hasta 1948. Aunque su formación filosófica es de corte tactos mantenidos entre el citado von Bertalanffy, el eco-
neopositivista (M. Schlick en Viena, H. Reichembach en Berlín), su interés por la mística ale-
mana (Ni¡o!i¿i4S von Kuei. Munich, G. Müller. 1928), el relativismo histórico de Spenglur (ia
decadencia de occidente es un hecho -afirma con ia convicción delque ha tenido una vivida {ly Las rclt-rencias de los trabajos citados sobre íiífmitjs cíbitrtoí son:
experiencia de ello-) y otras tradiciones heterodoxas "le impidió ser un buen positivista^.
Pese a ello encontramos fuertes vestigios carnapianos en su ideal de una ciencia unificada, su
(•formalismo» y su obsesión por la «operativídadí.. Entre 1955 y 1958 lo hallamos como Direc- — 1938: W. Kóhler, The Place of Valúes in the WorU of Fac, Liveright, Cap. 8°, pp. 314-28.
tor de investigación biológica en el Hospital del Monte Sinai, después de cinco años de bautis- Reproducido en la compilación de F.E. Emery: Systems Thinktng, Penguin Books, Har-
mo americano en ia Universidad de Ottawa. Entre 1961 y 1968 profesa en la Universidad de mondsworth, Middlesex, England, 1969.
Alberta (Edmonton, Canadá), desde donde pasa a la del Estado de New York en Buffalo. La
publicación mencionada en el texto es el artículo «Zu einer ailgemeninen Systemlehre>', publi- — 1939^ A. C Bureen, «The Propieties of the Steady State Compared to Those Equilibrium
cado originalmente en {n Deulsihi; Zuitschrift für Philosophie. ¡S. N " 3/4, 1945; en inglés apare- as Shown in Characteristic Biological behavior», Journal of Cellular and Comparathe Phy-
ce como «An Outline of General System Theory» en el British Joumul of ihe Philosophy of siology, 14, pp. 327-49.
• Scie/lCi', I. Z950. El Capitulo IIl" del libro Geficral Sysleni Theory. F'jundtítioiis. Dmelopmiffil.
AppÜccHions. ed. George Braziller, Inc, New York, 1968 condensa perfectamente el contenido — 1940: L. von Bertalanffy, «Der Organismus ais Physlkalisches System Betrachtet», Dte
del artículo. (Hay versión castellana de la edición inglesa de 1971 en F.C.E., Madrid. I9"'6?. Naturwissencbaflen, 28, pp. 521-531. El Capítulo V° de General System Theory iop. cit,} re-
produce con leves modificaciones el artkulo.
EL BASILISCO 57
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nomista Kenneth E. Boulding, el biomatemático de orí- Para los propósitos de la presente nota estos apreta-
gen ruso Anatol Rapoport y el fisiólogo Ralph Gerard dos apuntos cronológicos resultan suficientes. Epistemó-
en el seno de la American Association for the Advancement logos y teóricos de la ciencia profundizarán en el futuro
of Science. Desde 1956 la Sociedad publica un Yearhook, el análisis histórico de esta provocativa Teoría, que se
citado normalmente como General Systems. Esta rápida autoconcibe y se presenta como un nuevo «paradigma
institucionalización a nivel de órganos careció, sin científico». Mis designios aquí se limitan a poner en en-
embargo, de una pronta proyección internacional seme- tredicho ciertas ambigüedades epistemológicas y ontoió-
jante a la que la Cibernética experimentó en manos de gicas de principio, que subyacen a la alegre recepción del
Norbert Wiener. Curiosamente, el marco teórico ofreci- «programa» de von Bertalanffy por parte justamente de
do por la T.G.S. sólo. inicia su despegue a partir de la las disciplinas académicas de más débil estatuto gnoseo-
década de los sesenta, al mismo tiempo y al mismo lógico. La moda de la T.G.S. está invadiendo también la
ritmo que la estrella de la Cibernética parece ir extin- geografía de nuestro país a través de teorizaciones de
guiéndose con el entusiasmo y la vida de Wiener (4). segunda mano (pienso en prospecciones como la de
Otra interpretación de von Bertalanffy (no menos ten- W. Buckley en el campo de la Sociología o en sistemati-
denciosa que la anterior) insinúa que la T.G.S. es como zaciones como la de Jiménez en la Ciencia de la Admi-
el Ave Fénix resurgente de las cenizas «mecanicistas» de nistración (6) —por citar obras meritorias— y precisa
la Cibernética, la Teoría de los Juegos, la Teoría de la urgentes correcciones de carácter crítico. N o se trata, na-
Información y la Teoría de la Decisión, varadas todas turalmente, de cometer la demagógica ingenuidad de eti-
ellas por su «empirismo unilateral», la parcialidad de sus quetar la nueva Teoría con el rótulo de «siniestro instru-
enfoques respectivos y la insuficiencia de sus «magras y mento ideológico del capitalismo», a la manera de algu-
endebles aplicaciones» (5). nos sociólogos a-críticos (por más que reclamen para sí
el apelativo de críticos), incapaces de ver en el concepto
de sistema los aspectos dinámicos olvidados por el con-
servador funcionalismo parsoniano, o excesivamente pa-
gados de la noción pseudomarxista de la determinación
económica de las superestructuras (7). Tampoco se trata
de detenerse maliciosamente en la mera constatación
sociológica del relevo biológico de líderes intelectuales
—digamos, de N . Wiener por L. von Bertalanffy o de
0 ) En efecto, si prescindimos de lo que Voiker Hernn ha denominado la «Prehistoria de la
Cibernética» {Convivium, 3 , 1971, pp- 47-72), puede aseverarse que el enfoque cibernético se J. von Neumann por A. Rapoport—, si bien tal situación
inicia con el artículo de A. Rosenblueth, N . Wiener y J. Bigelow, «Behavior, Purpose, and Te-
leology» {Philosophy of Science, 10) en 1943 y se institucionaliza durante las diez conferencias
sé contempla en La estructura de las revoluciones científicas
que bajo los auspicios de la Jossiah Macy jr. Foundation se celebran entre 1942 y 1953 (de las de Thomas S. Kuhn (8) como una conditio sine qua non
que destacamos aquí por su importancia la de Princeton en 1943-44 y la reunión de New York
en 1946). La publicación de Cybemetics (M.I.T. Press, Cambrigde, 1948) por Wiener supone la para la sustitución de un «paradigma» por otro. Mi análi-
definitiva consagración del nuevo campo científico del control. A partir de entonces se suceden
los Congresos Internacionales (París. 1951; Namur, 1956; Zurich, 1957, etc.) y la fundación de
sis pretende ser gnoseológico e incidir en cuestiones
nuevas revistas {Cibernética, 1958; Kyhemética, 1965). Abusando de los paralelismos, me atre-
vería a decir que Cibemétics de Wiener guarda con el movimiento cibernético en 1948 la mis-,
ma proporción que veinte años después General System Theory guardará con el movimiento de
la T.G.S. No es casual que el primer Journal of General Systems, comience a publicarse en 1972.
(4) Las ideas de Norbert Wiener (1894-1964) «prendieron» en seguida. Quizá su peculiar per-
Algo semejante ocurre con la Teoría de los Juegos, cuyos tópicos centrales quedan sustan- sonalidad contribuyese a tan rápida difusión y aceptación. Una sugerente glosa de la misma fue
cialmente tratados en la monumental obra de John yon Neumann y Oskar Morgenstern, Theory redactada in memoriam por Stephen Toulmin en 1964: «The Importance of Norbert Wiener»
of Games and Economic Behavior en época tan temprana como 194^ (Princeton University Press, The New York Review of Books, sept. (Reproducido en Perspectivas de la revolución de los computa-
2^ ed. 1947). Desde un punto de vista histórico debe recordarse, no obstante, que von Neu- dores, Zenón W. Pylyshyn (ed.), Alianza, Madrid, 1975). El punto que interesa destacar aquí
mann comenzó a desarrollar la Teoría diurante los apos-veinte («Zur Theorie- der Ges- puede expresarse también en términos de Toulmin: «Cuando Wiener se acercaba a los setenta
sellshaftsspiele» Matheniaíische A>malm. 100. 1928) y que, antes aún, E. Bocel había conce- años, algunos ya tenían dudas acerca de la importancia de su contribución, ¿Habría sido justi-
bido algunas ideas sobre el tema. Una presentación verbal de la Teoría y sus aplicaciones en la ficado todo el primer alboroto?. ¿No se habían exagerado las pretensiones iniciales sobre el
actualidad nos la sirve M. D . Davis {Teoría del juego. Alianza Universidad, Madrid, 1971). Los significado y consecuencias de la Cibernética?» (Ib. p. 207). N o debe extrañar la asunción y
aspectos matemáticos pueden consultarse en la Introducción a la Teoría matemática de los Juegos fomento de esta corriente de dudas por parte de von Bertalanffy, quien pasa de la constatación
(Aguilar, Madrid, 1966) de J.C.C. Mckinsey. de su aplicación limitada a las regulaciones «secundarias» en 1955 a la clara afirmación de su
fracaso (no de su utilidad) en 1967,
Por lo que respecta a la Teoría de la Informaciórj resulta más difícil prescindir de los antece-
dentes, dada la íntima conexión del concepto de información con el termodinámico de entropía y
los trabajos precusores de H. Nyquist en 1924 y R.V.L. Hartley en 1928. N o obstante, el tra- (5) Si von Bertalanffy ha señalado las limitaciones de la Cibernética, Rapoport ha insistido más
bajo fundamental en el aspecto técnico sigue siendo el artículo de Claude E. Shanon, «The en las de la Teoría de los Juegos del malogrado von Neumann (1903-1957). Cfer.: «Critiques
Mathematical Theory of Communication», publicado originalmente en el Bell System Technical of Games Theory» Behavioral Science, 4, 1959. También «Uso y abuso de la Teoría de los
Journal, Julio y Octubre de 1948. Las exégesis de Warren Weaver tuvieron el mérito indiscuti- Juegos» en David M. Messick (compilador): Matemáticas en. las ciencias del comportamiento
ble de ponerlo a disposición de un público más amplio desde una perspectiva más general. Para (Alianza, Univ., Madrid, 1974). Las críticas a la Teoría de la información, en cambio, no afec-
una versión reciente de la Teoría en su relación con la noción de sistema puede verse Lee Tha- tan al desarrollo técnico de Claude Elwood Shannon (n. 1916), sino a sus aplicaciones bioló-
yer, Communication and Communication Systems, (Homewood, Illinois, R.D. Irwin, 1968; ver- gicas y a su generalización como teoría oranicomprensiva. Un cuadro resumen de estas críticas
sión cast. Península, Barcelona, 1975), que además de una abundante bibliografía aporta una se hallann en General System, (op. cit.), pp. 10,3, ss.
muestra de la potencia paradigmática de la Teoría de la Comunicación como Teoría General.
(6) Walter Buckley: Sociology and Modem System Theory, Prentice Hall Englewood Cliffs, New
La Teoría de la Decisión tiene orígenes más oscuros. Por un lado se conecta con el problema Jersey, 1967. Versión castellana en Amorronu, Buenos Aires, 1971.
de la decidibilidad «lógica» o «matemática», en torno al cual se condensa una larga constela-
ción de contribuciones, cuyo inventario puede consultarse en W. Ackermann, Solvable Cases of Juan Ignacio Jiménez Nieto: Teorm General de la Administración. La Ciencia Administrativa a la
the Decisión Problem (Amsterdam, 1954) y, por otro, con la técnica de adopción de decisiones luz del Análisis Sistémico, ed. Tecnos, Madrid, 1975.
racionales sobre todo en situaciones de incertidumbre. Herben A. Simón en su Administrative
Behavior. AStudy of Decisión—Making Processes in Administrative Org/tnization MacMíllan, New (7) Los sociólogos que han tenido noticia de la T.G.S. a través del libro de Buckley se han
York, 1947) puede considerarse im clásico que contribuye decisivamente a la institucionaliza- apresurado a emitir un juicio irremisiblemente negativo sobre ella. N o se han molestado en
d o n de la disciplina. Esta Teoría y la de los juegos convergieron en el terreno común de la in- consultar las fuentes y han ignorado sistemáticamente hechos tales como la recepción de esta
ferencia estadística y desde Abraham Wald, Stadistical Decisión Functions (J. Wiley and Sons, Teoría en el campo socialista. A este propósito conviene recordar que von Bertalanffy mismo
N e w York, 1954) pueden considerarse inseparable por lo que a sus aspectos matemáticos se se queja amargamente de que la paternidad de sus ideas no le haya sido reconocida en U.S.A.
refiere. y sí, en cambio, en las U.R.S.S. y en los países de Europa Oriental (Cfer: Robots, Men and
Minds. Psychology in the modem World, George Braziller, New York, 1967; versión cast. en
Entre estas Teorías se produce un profundo intercambio de ideas, en el que la concepción Guadarrama, Madrid, 1974, p. 81). Por lo demás, la T.G.S. ofrece internamente un mayor
interdisciplinar propugnada por la Cibernética merece la responsabilidad principal. Baste aquí rigor en el esclarecimiento y utilización del concepto d e totalidad, cuya raigambre marxista, al
con recordar que J. von Neumman fiíé asiduo colaborador de Wiener, llegando incluso a orga- menos desde Lukács, resulta inexcusable. Convengo aquí con esta apreciación de M. García
nizar el Congreso de Princeton en 1943- Wiener por su parte fue uno de los pn^meros en se- Pelayo, pero no afirmo con él que la T.G.S, es «un nuevo fenómeno a añadir a la teoría de la
ñalar las limitaciones de la Teoría de los Juegos desde la perspectiva cibernética. El mutuo in- tendencia a la convergencia entre el campo sociahsta y capitalista» (Cfer.: «La Teoría General
terés por el dise_ño_de comp_utadores en términos lógicos favoreció una fecunda colaboración. de los Sistemas» Revista de Occidente, Diciembre, 1975, p. 59). El modelo matemático de «sis-
N o menos significativa resulta la'deferencia mutua que Wiener y Shannon se dispensan en tema», que ofrece von Bertalanffy es tan privativo del capitalismo o del socialismo, como pue-
relación a la paternidad de la Teoría de la Información. Si Shannon enfatiza su enorme deuda dan serlo sus ecuaciones diferenciales. *
con las ideas filosóficas básicas de Wiener, éste puntualiza generosamente que el mérito del
desarrollo matemático de tales ideas pertenece por entero a Shannon. Digamos para concluir (8) Puesto que von Bertalanffy apela explícitamente a la Teoría de la Ciencia de Kuhn (ed.
que el mutuo interés por la lógica matemática les acerca a los problemas más rigurosos de la castellana en F.C.E., México, 1971) debe ser consciente de este detalle y no es necesario recor-
Teoría de la Decisión. dárselo.
58 EL BASILISCO
EL BASILISCO, número 1, marzo-abril 1978, [Link]
tales como el Carácter científico de la T.G.S., sus dife- más concreto y más profundo» (p. 89). En suma, la
rencias de «paradigma», si existen, en relación con la T.G.S. en su aspecto científico no parece contentarse
Cibernética, su rendimiento epistemológico en contras- con desempeñar el papel de una ciencia particular y es-
te con su propio «programa», la propia utilización y al- pecializada más, sino que aspira, en palabras de von Ber-
cance ontológico del concepto mismo de sistema, etc. talanffy a reemplazar lo que se conoce como «teoría de
Los parágrafos siguientes tratarán de evidenciar las con- las categorías» de N . Hartmann por un sistema exacto
tradicciones y ambigüedades insertas en los planteamien- de leyes lógico-matemáticas» (p. 88).
tos de la T.G.S., al objeto de proceder a una valoración
más ajustada de sus merecimientos. En segundo lugar, la T.G.S. debe entenderse como
una tecnología de los sistemas. Ahora bien, de las asercio-
nes del biólogo vienes se desprende que lo que aporta
en este aspecto su Teoría no es precisamente un conjun-
to de técnicas nuevas aplicables a problemas específicos,
1. ¿UNA EMPRESA CIENTÍFICA CON sino una «actitud de naturaleza holista, gene