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Guerras Médicas y Liga de Delos

Este documento resume las Guerras Médicas entre los persas y los griegos en los siglos V-IV a.C. En la Primera Guerra Médica (490 a.C.), los atenienses derrotaron a los persas en la batalla de Maratón. En la Segunda Guerra Médica (480 a.C.), los griegos unidos derrotaron a los persas primero en la batalla naval de Salamina y luego en la batalla terrestre de Platea. Estas victorias griegas expulsaron a los persas de Europa y marcaron el inicio de la hegemonía

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Guerras Médicas y Liga de Delos

Este documento resume las Guerras Médicas entre los persas y los griegos en los siglos V-IV a.C. En la Primera Guerra Médica (490 a.C.), los atenienses derrotaron a los persas en la batalla de Maratón. En la Segunda Guerra Médica (480 a.C.), los griegos unidos derrotaron a los persas primero en la batalla naval de Salamina y luego en la batalla terrestre de Platea. Estas victorias griegas expulsaron a los persas de Europa y marcaron el inicio de la hegemonía

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TEMA 2

BLOQUE I: HISTORIA

LAS GUERRAS MÉDICAS Y LA LIGA DE


2 DELOS.

1. LAS GUERRAS MÉDICAS (500 – 479 a.C.)

Ciro, rey de Persia (559-529 a.C.), había unificado las tribus asiáticas de la
meseta de Irán y se había lanzado a la conquista de los países limítrofes hasta llegar al
mar Egeo. Las ciudades jonias de la costa son invadidas y puestas bajo las órdenes de
un sátrapa del imperio (546 a.C. aprox.)
Cambises (529 – 522 a.C.), hijo y sucesor de Ciro, fue el encargado de tomar Egipto.

La revuelta de Jonia
Cambises es sucedido por Darío I (522 – 486 a.C.). Bajo el reinado de Darío se
produce una revuelta de las ciudades de Jonia. Es muy significativo el papel de Mileto
en esta revuelta. Los milesios piden ayuda a Atenas. Aún con la ayuda que les presta
Atenas, Mileto es vencida y duramente reprimida. Después de estos hechos sacó el rey
la conclusión de que las ciudades jonias no estarían seguras si la Grecia continental
seguía fomentando las sublevaciones. Decidió, pues, lanzarse a la conquista de Grecia.

Primera Guerra Médica (490 a.C.)

Para afianzar el poder sobre las ciudades jonias, El rey Darío I (522 – 486 a.C.)
decidió conquistar la Grecia continental, para ello envió una expedición por mar que
desembarcó en la llanura de Maratón (490 a.C.), en el Ática. El lugar era amplio y
despejado, muy adecuado para el despliegue de sus tropas y para una victoria
contundente. Los atenienses habían pedido ayuda a los espartanos. Éstos, sin embargo,
se presentaron en el campo de combate cuando ya éste había terminado, excusándose
por cierta imposibilidad ritual para movilizar su ejército el día necesario. No obstante, la
batalla fue un éxito para los atenienses, que lograron derrotar y poner en fuga a las
tropas persas.

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Era entonces arconte Temístocles y estratego Milcíades. El orgullo que infundió


en los atenienses esta victoria imposible sobre el rey persa se hizo imborrable en la
conciencia de la polis, un estado único, democrático, en el que los ciudadanos pelean en
inferioridad de condiciones protegiendo sus hogares, su régimen democrático, esforzada
y sacrificadamente contra el todopoderoso Darío. Este sacrificio y este orgullo, puesto
de relieve años después en una magnífica oración fúnebre pronunciada por Pericles ante
el pueblo, ya se hace mito en su tiempo con la historia de Fidípides, el hombre que
corrió con su coraza y escudo sin descanso desde Maratón hasta Atenas para notificar la
victoria y avisar de que la flota persa podía estar navegando hacia la ciudad y había que
protegerse. Nada más dar su mensaje murió.

Segunda Guerra Médica (480 a.C.)


Las revueltas internas hacen que los persas no puedan volver a intentar la
conquista de Grecia hasta unos años después. El rey Darío ha muerto. En su lugar reina
Jerjes (486 – 465 a.C.). Es un hombre ambicioso que ante un tiempo adverso en el
estrecho del Helesponto que rompe el puente de barcos por el que pretende hacer cruzar
a su ejército de Asia a Europa, no duda en hacer azotar al mar con cadenas de hierro por
su insolencia. Su ejército, según un historiador de la época, es de más de millón y medio
de hombres. ¿Qué podrán hacer ante él los desunidos estados griegos?
La primera reacción fue de terror ante la nueva amenaza. En Atenas, Temístocles
había promovido un nuevo cambio constitutivo que hacía a la polis más gobernable ante
un estado de guerra: los arcontes perdieron importancia ejecutiva y el mando supremo
del ejército. Además, ya no se designaban, sino que se elegían entre los candidatos al
arcontado, pero por sorteo. Los estrategos (generales), en cambio, cobraron mayores
poderes, incluidos los administrativos. Asimismo, estos estrategos podían ser reelegidos
para dar estabilidad a la política de guerra. Parece que fue como estratego y ya no como
arconte el modo en que Temístocles afrontó esta segunda guerra médica.
Frente a la idea de encerrarse en la ciudad, el flamante nuevo estratego impulsó
la creación de una gran escuadra formada por doscientas trirremes que tendrían una
importancia capital en el desarrollo de las operaciones bélicas.
Los griegos, y esto es una novedad importante en su historia, declararon una paz
total entre los estados por la proximidad de la guerra. Esparta también firmó dicha paz.

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Entre otras decisiones, se ordenó el regreso de todos los desterrados para la ayuda de la
patria.
Se decidió también hacer fuerte el Peloponeso construyendo una muralla en el
estrecho de Corinto, a fin de que refugiaran tras ella todos los griegos que lo desearan.
A fin de dar tiempo a la construcción de esta fortificación, se despachó un ejército al
desfiladero de las Termópilas (480 a.C.), paso obligado para los persas camino de
Atenas. Las Termópilas (las puertas calientes) recibían su nombre de las aguas termales
que allí había. El lugar era una buena fortificación natural pues, además de ser
fácilmente defendible por pocos hombres por su estrechez, era difícil de atacar por mar
debido a que la costa inmediata eran lagunas de demasiado poco calado para llegar sin
riesgo en barco.
Allí, pues, se apostó el ejército de siete mil griegos. Durante dos días enteros
resistieron las embestidas de las tropas persas en aquel desfiladero, sin que la diferencia
de número se hiciera valer. Sin embargo, ayudados por guías locales, se enteraron los
bárbaros de la existencia de un sendero de pastores que llevaba, a través de la montaña,
hasta la espalda de los griegos. El rey espartano Leónidas, que era quien comandaba la
tropa helena, viendo que el final irremediable se aproximaba, despidió a la mayor parte
de sus tropas y se quedó guarneciendo el lugar con tan sólo trescientos espartanos y
setecientos aliados. La batalla estaba perdida de antemano, pero el objetivo de enviarlos
allí era ganar tiempo, y eso es exactamente lo que pensaba hacer con su escasa tropa. El
tercer día fue extremadamente largo para Jerjes, quien esperaba una rendición que no
llegó. En su lugar tuvo que ver cómo sus inmortales tuvieron que emplearse a fondo
contra un puñado de griegos que luchaban empecinadamente, algunos con las espadas
rotas, otros con sus puñales y todos, cuando las armas se acabaron, con sus puños y
dientes hasta que el último cayó muerto.

Perdidas las Termópilas, los atenienses dudaron entre quedarse a defender la


ciudad o retirarse. Venció la opinión de Temístocles, que tenía confianza en su flota
recién construida. La población fue evacuada a las islas más cercanas, Egina y
Salamina. Frente a esta última se apostó también la flota combinada de los griegos.
El avance de los persas ya fue imparable hasta Atenas. Allí tan sólo quedaban los que
voluntariamente habían querido hacerlo. Se encontraban fortificados en la acrópolis,
esperando que por algún milagro el Rey de reyes la respetara o que la fortificación

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resistiera, ayudado por sus dioses tutelares. Éste, sin embargo, tras ponerle un sitio que
duró varios días, entró en ella, pasó a la población a cuchillo y destruyó completamente
el lugar, incluido el templo de la protectora de la ciudad, Atenea.
La flota griega se encontraba, como quedó dicho, al sur de Atenas, en la isla de
Salamina (480 a.C.). Sus jefes debatían si deberían plantear batalla a los barcos persas o
retirarse, como se había decidido al principio, tras la seguridad del muro de Corinto.
Finalmente, sea por el apuro de abandonar la ciudad de Atenas y a los suyos, sea por la
fuerza de los argumentos de Temístocles, se acordó dar la batalla allí mismo. La flota se
ocultó en las calas de Salamina, a fin sorprender a los persas, cuyos barcos habían
tomado posiciones nocturnas en la entrada de la isla. Los griegos entonces fingieron
querer retirarse del lugar. Los persas entraron en la angosta lengua de mar que separa la
isla del Ática y eso fue su perdición. Queriendo perseguir a los helenos, se encontraron,
de repente, rodeados de los barcos que salían de las calas. La estrechez del lugar hacía
que la superioridad no valiera pues, envueltos como estaban, y en tan poco espacio de
agua, no había modo de moverse con soltura. La derrota persa fue tan contundente, que
la sorprendida flota inició su retirada. Una batalla en tierra firme poco después, en la
llanura de Platea (479 a.C.), libró definitivamente la guerra del lado griego. Esta vez las
falanges espartanas fueron las protagonistas y las vencedoras absolutas. Los persas
regresaban a su tierra y ya no volvieron a intentar la invasión

Se había obrado el milagro. Dos ciudades opuestas en su modo de vida, la culta


Atenas y la militarizada Esparta comandaron las fuerzas de los estados griegos, un
pequeño ejército, contra el millón y medio de soldados persas, según la cifra que da el
historiador contemporáneo de los hechos, Heródoto de Halicarnaso.
Y aquellos ciudadanos unidos, luchando por su libertad, vencen. ¡Qué diferente
de la guerra de Troya! En aquella ocasión, una cuestión de dignidad real herida guió a
reyes y nobles. Ahora es el pueblo el que defiende sus leyes y sus hogares. Han dejado
el arado y tomado la lanza. En lugar del trillo sujetan el escudo. Y como una piña,
hombro con hombro, en esa compacta formación llamada ʺfalangeʺ, expulsan al invasor.
Y no lo derrotan una, sino tres veces, y las tres de modo contundente. Maratón (490
a.C.), Salamina (480 a.C.) y Platea (479 a.C.).
Los años que siguen son de imparable crecimiento para las potencias
vencedoras, Atenas y Esparta. Fuera de juego Persia, tanto una como la otra se rodean

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de aliados comerciales y bélicos (el miedo a Persia aún subsiste). Atenas se erige en
líder de una liga de estados griegos aliados que aportan dinero y barcos para un eventual
nuevo enfrentamiento contra los persas. Al guardarse estos haberes en la isla de Delos,
la coalición toma su nombre: liga de Delos.

2. LA LIGA DE DELOS (477 a.C.)

Tras la expulsión definitiva de los persas y la liberación de las ciudades griegas


de Asia Menor, comienza la pugna entre Esparta y Atenas por la hegemonía de Grecia.
Temístocles, el vencedor de Salamina, convierte Atenas y el puerto del Pireo, unido a la
ciudad por los Muros Largos, en una poderosa fortaleza, para garantizar su seguridad e
independencia.
El mutuo recelo entre Atenas y Esparta, motivó un incidente sumamente
característico al proponerse los atenienses 1a reedificación los muros de Atenas, casi
totalmente destruidos durante la ocupación de la ciudad por los persas. Esparta, por su
situación geográfica y por no ser una polis, no tenía necesidad de fortificaciones y
astutamente propuso a Atenas que no se reedificasen las suyas y que incluso se
impusiese a las otras ciudades que estaban al norte del istmo de Corinto la demolición
de las que tenían. Temístocles, en Atenas, no dejó de darse cuenta de la finalidad de la
política de Esparta, que era dejar indefensas a Atenas y toda la Grecia no peloponésica
frente a la supremacía militar espartana, y puso todo su empeño en reconstruir a toda
prisa las fortificaciones.
Sin aceptar el relato de Tucídides (I, 89 ss.), según el cual los muros habrían sido
reconstruidos mientras Temístocles, al frente de una delegación ateniense, entretenía en
Esparta a los éforos ‐ya que esta versión supone una increíble ingenuidad en los

magistrados espartanos‐, lo verosímil es que la embajada de Temístocles ofreciese a


Esparta toda clase de seguridades y obtuviese el éxito de sus negociaciones, gracias a la
existencia en Esparta de un fuerte grupo de admiradores de Atenas y de Temístocles
mismo, que no podía consentir en romper los lazos de camaradería creados en los días
de la guerra, todavía muy recientes.
La presurosa reconstrucción de los muros, en el invierno de 479‐478, significó la
realización de la primera parte del plan de Temístocles, que aspiraba a convertir Atenas

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en una verdadera fortaleza terrestre y naval. A continuación se acometieron los trabajos


de fortificación del nuevo puerto del Pireo ‐que se terminaron dentro de la misma
década‐ y, más tarde, poco antes de 460, se construyeron el Muro de Falero, que unía
con un estrecho pasillo el recinto amurallado de la ciudad al puerto de Falero. De esta
manera, la ciudad de Atenas tenía asegurada su comunicación con los puertos de su
poderosa flota y no podía ser aislada y reducida por el hambre.
Frente a la actitud soberbia de Esparta y de la Liga del Peloponeso, Atenas
promueve, el año 478 a C. la formación de la Liga de Delos, la creación política más
importante del s. V. El artífice de la misma fue Arístides. Su sede y su tesoro estaban en
la isla sagrada de Delos, cuna mítica de Apolo, antigua capital de la anfictionía jónica.
Los Estados que la constituían buscaban esencialmente la protección contra los persas.
Necesitaban, pues, crear un fuerte poderío marítimo, lo cual exigía cuantiosos
desembolsos. Debían aportar naves de guerra o pagar periódicamente un tributo para
financiar la flota. La mayor parte eligió la segunda opción. Gracias a su gran fuerza
naval, la Liga de Delos controlaba el mar Egeo. La potencia que la presidía, Atenas,
había creado un extenso imperio
Tras la caída en desgracia de Temístocles y la muerte de Arístides, poco después
del año 470 a.C., aparece en escena Cimón, como dueño absoluto de los destinos de
Atenas. Expulsa a los persas de la costa meridional del Asia Menor (466 a.C.) y a las
últimas guarniciones de los mismos que aún se mantenían en Europa. Bajo su mando, la
Liga de Delos logró que todas las ciudades de Jonia pasaran a la zona de influencia
ateniense.
Sin embargo, bajo el liderazgo de Atenas los miembros de esta liga se habían ido
convirtiendo poco a poco de aliados en súbditos de la gran potencia hegemónica a la
que pagaban el tributo federal. Más aún, el tesoro de la confederación fue trasladado de
Delos a Atenas y utilizado en provecho de las grandiosas obras de fortificación y
embellecimiento de !a ciudad, sobre todo de su Acrópolis.
Los miembros de la liga fueron perdiendo autonomía. Algunos veían en el
dominio de Atenas y en pago de un tributo un signo de opresión.
Para mantener la cohesión dentro de los confederados, Atenas recurrió al
establecimiento de guarniciones militares y de cleruquías en territorios de sus aliados.
Klerouchos era el colono ateniense que obtenía un kleros, o lote de tierra. La creación
de estas cleruquias en tierras confiscadas a los aliados, aunque llevaba consigo una
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disminución de la cuota tributaria agravó aún más los resentimientos contra Atenas.
Poco a poco fue acrecentándose el malestar provocado por la conducta imperialista de la
potencia dirigente y comenzaron las deserciones, reprimidas duramente por Atenas.

La rebelión de la isla de Samos en 441 fue el acontecimiento que más sacudió,


en estos años de paz con Esparta, la tranquilidad y seguridad del imperio ateniense. La
isla, que contaba con cierta independencia en la Liga por el hecho de aportar su flota y
no pagar tributo, se enfrentó abiertamente a Atenas cuando ésta prestó su apoyo a
Mileto en lugar de a ellos en una disputa territorial. Los oligarcas samios derrocaron el
régimen democrático que les había impuesto Atenas. La respuesta ateniense fue el
bloqueo de la isla que, tras varias alternativas y sin que ni que Persia ni Esparta osasen
intervenir, terminó en 439 con la rendición de la isla bajo las más severas condiciones:
entrega de la flota, desmantelamiento de sus defensas, pago de una fuerte indemnización
a Atenas por los gastos de campaña.
Atenas, enriquecida por las aportaciones de los aliados utilizó parte del dinero de
la Liga en su propio embellecimiento y progreso, argumentando que, mientras tuviera a
raya a los persas, que era la finalidad de la confederación, no debía rendir cuentas del
dinero.
Tras varios gobernantes desde las Guerras Médicas, Pericles (495 – 429 a.C.) es
elegido estratego principal (462 – 430 a.C.). Bajo su mando, renovado durante varios
años por voluntad popular, Atenas vive su mayor momento de gloria. Continúa las obras
de reconstrucción de la ciudad, reconstruye la Acrópolis de la ciudad y emprende
importantes medidas de gobierno, lo que hará que el siglo V a.C. lleve su nombre: el
siglo de Pericles o la edad de oro ateniense.

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