Libro Laberintos de La Violencia 2008
Libro Laberintos de La Violencia 2008
Dante Alighieri
La Divina Comedia- Infierno4
Canto vigesimoquinto 67-78
El término incesto deriva del latín in-cestus, es decir no casto, impuro, y su antónimo
castus designaba aquello que era a la vez puro, no ensuciado, pero, sobre todo, conforme a
los ritos y a las regles, educado.
Si bien se habla tradicionalmente de incesto, pienso que debería ser planteado en plural,
dada la variabilidad con la cual se presenta en los diferentes campos en los que se enuncia,
tanto desde un punto de vista antropológico como jurídico o psicoanalítico. El incesto, o
mejor dicho los incestos, provocan horror y fascinación, repulsión y atracción, generando
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“Los Laberintos de la Violencia”, Editorial Lugar y Asociación Psicoanalítica Argentina, libro colectivo
compilado por Leticia Glocer Fiorini, Buenos Aires, 2008. Prohibida toda reproducción total o parcial.
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Versión ampliada y modificada del artículo “Los incestos y la negación de la alteridad” publicado en la
Revista de Psicoanálisis editada por la Asociación Psicoanalítica Argentina, t. LXI, Nº4, dic [Link]
Aires
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Médico egresado de la UBA con diploma de honor, psiquiatra de la Universidad de París XII; Psicoanalista,
miembro titular de la “Société Psychanalytique de Paris”, miembro titular con función didáctica de la
Asociación Psicoanalítica Argentina, Dr. en Psicología y profesor asociado de la Facultad de Psicología de la
Universidad de Paris-Nanterre, Profesor emérito” de la Facultad de Psicología de la USAL ( Buenos Aires),
Profesor titular del doctorado “Lo disruptivo y el psicoanálisis” en la USAL
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Traducción de Angel Battistessa, Asociación Dante Alighieri, Buenos Aires, 1984.
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una intensidad emocional que indujo probablemente que esta problemática no haya podido
ser pensada, quedando a menudo confinada, al menos en la clínica, al mismo silencio al
cual es compelida la víctima. En los últimos años ha sido retomada por los medios, pero de
manera sensacionalista, donde se habla mucho pero de manera inadecuada. Si uno revisa la
literatura psicoanalítica, es sorprendente constatar que son escasos los trabajos referidos al
incesto consumado. Más allá de los textos de Freud en los cuales hace mención, en
particular Tótem y tabú, en la literatura psicoanalítica contemporánea, cuando existen, han
sido publicados recién en los últimos quince años. Es llamativo que una problemática
asociada desde el inicio con lo humano, y del cual dan cuenta la Biblia, la mitología, la
literatura y la antropología, no haya encontrado en el campo psicoanalítico un eco acorde
con la importancia de la misma. En el campo del psicoanálisis se habla fácilmente de
deseos incestuosos, mucho menos de incestos consumados. ¿Hasta ese punto el medio
psicoanalítico quedó fijado al abandono por parte de Freud de lo que él consideraba su
neurótica? (Freud,1897). Es sabido sin embargo que esta renuncia fue tan sólo parcial y
que hasta el fin de su vida sostuvo la existencia de manera frecuente de escenas reales de
seducción de impacto fuertemente patógeno.
No está de más volver a preguntarse, sin embargo, que es lo que provoca su prohibición.
Veamos primero que nos dice la antropología con la cual el psicoanálisis puede compartir
una cierta mirada, aunque los motivos de la prohibición no sean isomórficos y se llegue a la
necesidad de la prohibición por caminos diferentes pero que confluyen.
Engels en su libro el Origen de la Familia (1884), suponía que en los primeros tiempos la
familia había vivido en tal promiscuidad que las relaciones sexuales existían entre todos sus
integrantes. Esta modalidad de la familia –según Engels- habría rápidamente desaparecido
para ser reemplazada por la familia por grupos antes de llegar a la familia contemporánea.
¿Al inicio, entonces, habría sido el desorden absoluto? Nada es más incierto que esta tesis
de Engels. Las teorías antropológicas modernas coinciden en negar la existencia, aún la
más remota, de tal magma familiar.
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----Un psicoanalista recibe un jóven adulto en una primera entrevista y le pregunta que es
lo que lo trae. Y el futuro paciente le responde: Y bien, todo comenzó cuando me casé.
¡ Fue mi gran error ! Me casé con una viuda que tenía una hija de 25 años que se convirtió
en mi hijastra. Un día, mi padre nos visita e increíblemente se enamora de mi hijastra.
Poco tiempo después mi padre y mi hijastra se casan. De pronto mi hijastra deviene mi
madrastra. Tiempo después, tenemos un hijo con mi mujer que deviene el cuñado de mi
padre dado que es el medio-hermano de mi hijastra, que a su vez es la mujer de mi padre (y
por lo tanto mi madrastra). Ahora, mi bebé, es también el medio-hermano de mi madrastra
y por lo tanto es un poco mi tío. Mi mujer es también mi abuelastra pues es la madre de mi
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El incesto no es el Edipo
Más allá del horror (no desprovista de fascinación) que produce la transgresión del tabú
más antiguo de la humanidad, ¿cómo pensar lo impensable? Es difícil aceptar cómo, lo que
calificaríamos desde afuera como abyecto, ignominioso, aparece a menudo en ese tipo de
familias banalizado, casi como un estilo de comunicación que a veces perdura años, donde
todo el mundo sabe y no sabe a la vez.
Contrariamente al Edipo que articula el deseo a la ley, permitiendo la emergencia de la
alteridad, el incesto borra los límites de los miembros de la familia e introduce confusión
entre los mismos. Confusión de lugares (ya no se sabe más quién es padre, madre, hijo,
hija) y por ende confusión entre las generaciones y los sexos. Eros se pone al servicio de
Tánatos.
A mi juicio, conviene subrayar la radical diferencia entre la teoría de la seducción, que es
constituyente y fundante de la psicosexualidad infantil y de la represión, estimulante de la
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“amarlo/a como a un yo mismo, es al mismo tiempo avanzarme necesariamente en alguna crueldad”(trad.
personal)
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Centre Médico-Psycho-Pédagogique E. Pichon-Rivière - 9 Cour des Petites-Ecuries – 75010 Paris
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una violencia física explícita, pidiendo que no gritara “extrema delicadeza” exigida para
no despertar a la hermana mayor de Catherine, que compartía la habitación. Su hermana,
sin embargo, también había sido abusada, según una concepción original que tenía ese
padre de la equidad paterna. Con sollozos, osando apenas mirarme, con un gran pudor,
Catherine me dirá, me hará comprender, que lo que ella reprocha más a su padre es
haberla engañado respondiendo a su inmensa necesidad de ternura de una manera, como
definirla... sensual...? erótica...? apasionada? Palabras tan fáciles de emplear cuando se
refieren a una relación amorosa, y que toman aquí una connotación metálica, fría, odiosa.
A pesar de su edad y de su cuerpo de mujer, escuchaba, en su relato, la voz entrecortada,
ahogada, de la pequeña niña de entonces cuando Catherine me confiaba: “al contacto de
nuestros cuerpos desnudos yo me decía, puesto que él es mi padre, no puede hacerme
mal”. Y sin embargo...
Sus palabras, una vez liberadas, salen como piedras. Pero su silencio es tan o mas
elocuente aún. Es un silencio cargado de sentido, o más bien cargado de sin sentido, de lo
inexpresable, de lo impensable, lo indecible, como un compartimento estanco que la
cortaba de ella misma. El incesto, apenas representable, clivado, era tenido separado de
todo relato, de toda posibilidad de comunicación, y esto con una violencia igual a la del
acto sufrido. La misma mirada de Catherine estaba cargada de esta violencia dirigida por
supuesto a su padre, pero igualmente a todo adulto que por el hecho de su condición de
adulto no podía más que ser el cómplice de su genitor. La madre de Catherine había
fallecido cuando ella tenía 12 años. Su desasosiego convertía a este duelo en algo
inelaborable, salida melancólica de un duelo que se había hecho imposible por el
traumatismo sufrido. Tanto más difícil puesto que, abusando sexualmente de ella, su padre
había convertido a Catherine en doblemente huérfana: huérfana de madre por el hecho de
su muerte, se convertía en huérfana de padre por borramiento de la función simbólica
paterna a causa del incesto. De este modo Catherine sentía que le habían robado su
infancia, pero sobre todo su feminidad, de la cual se sentía vaciada, aspirada, durante los
encuentros vampíricos con su padre. A la inversa, de lo que estaba inundada era de objetos
persecutorios: la imago paterna en su aspecto terrorífico por supuesto, pero también la
imago materna, por momentos idealizada, por momentos acusada “de haber sabido” y de
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no haber hecho nada por protegerla. Quizás prefiriendo cerrar los ojos definitivamente en
vez de abrirlos por fin.-----
El niño como objeto-parcial, vivido como un pseudopodo del yo, no tiene un valor
contingente para los genitores incestuosos, sino de necesariedad narcisística, exigiendo un
lazo filiatorio. Y esta necesariedad filiatoria marca la diferencia estructural entre el
paidófilo y el padre o la madre incestuosa.
No me parece posible agrupar a los padres incestuosos en una nosografía particular, aún si,
siguiendo a C. Balier (1996) se los pudiese clasificar entre las perversiones, en una relación
de vasos comunicantes con la psicosis.
Parafraseando a Racamier(1992), podemos afirmar que el incesto no es el Edipo, sino todo
lo contrario. En la grave configuración psicopatológica familiar incestuosa, se produce un
ataque masivo a la triangulación edípica con borramiento de los vértices que designan los
lugares descritos por los términos: padre, madre, hijo/a
Si como sostiene G. Bataille(1957) la transgresión levanta el interdicto sin suprimirlo, el
incesto no sería la simple transgresión de la prohibición del incesto. Es como si la
prohibición no tuviera valor representacional para el padre abusador.
El acto incestuoso, negando la existencia de la falta, impide al niño constituir su propia
subjetividad, consecuencia de la negación de su alteridad.:
----La madre psicótica de un adolescente de 16 años, Jerôme, decía en su delirio que, en
sus futuras reencarnaciones, podría darse que se convierta en la hermana de su hijo, o que
su hijo sea su padre, o incluso, al azar de reencarnaciones sucesivas, que se convierta en
la pareja de su hijo.----
Éste breve discurso psicótico revela que el acto incestuoso no busca tan solo el intercambio
corporal, sino que simultáneamente, es el deseo omnipotente de querer ocupar todos los
lugares a la vez. Ser padre-madre-hija-hijo al mismo tiempo. El deseo incestuoso, dice P.
Legendre(1985), es un deseo de ser todopoderoso: es desear lo imposible. La ley de la
prohibición del incesto está ahí para poner un límite a ese deseo absoluto. Dios y la Santa
Familia –remarca Legendre- no conocen el incesto, dado que a Dios nada le falta.
En su trabajo sobre el incesto en la mitología griega, Jean Rudhart (1981) señala que los
griegos condenaban las uniones incestuosas, en particular aquellas entre ascendientes y
descendientes. Los deberes recíprocos entre padres e hijos eran considerados de tipo
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religioso. Si las uniones estaban prohibidas, era en la medida que siendo sagradas, se
agregaba sagrado a lo sagrado conviertiéndose en hipersagradas. Se condenaba pues la
veleidad del hombre que pretendiese, a través de un acto hipersagrado adquirir una
condición divina, que lo aleje de su anclaje humano.
Re-pulsión
La familia incestuosa carece de la dimensión de la alteridad., no existiendo límites que los
separen. Son familias que funcionan como si el grupo conformara un solo cuerpo y varias
cabezas, a la manera de una hidra. Su ecuación sería la siguiente: 1+1+1=1 y no 3.
Un padre incestuoso expresaba el temor que su hija adolescente fuera atacada sexualmente
por la calle diciendo: “Si me pasara algo a ella...” Lapsus revelador de la indiferenciación
que reinaba en dicho vínculo.
El acto incestuoso deniega la incompletud. Es un intento desesperado para evitar la
confrontación –a la que está sujeto todo ser humano- con la ambivalencia y la pérdida del
objeto. El incesto busca la aconflictualidad, intentando borrar el conflicto con el yo que
supone la existencia de un otro irreductible. A lo que todo ser humano deber confrontarse,
es decir a la falta, que nunca falta, el padre abusador pretende, por el contrario, funcionar
como si la falta no fuera fundante.
El hombre incestuoso no busca integrar una bisexualidad psíquica siempre conflictiva; por
el contrario, querría que la sexualidad y la diferencia de sexos fuesen a-conflictiva
Estamos aquí muy lejos de la concepción de Freud, que parecía admitir en todo acto sexual
la implicación de cuatro personas (carta a Fliess del 1-8-1899) en alusión a la bisexualidad
psíquica. En el caso que nos interesa no se puede ni siquiera hablar de la implicación de dos
personas en la medida que el otro no existe.
Si se aceptara, como lo proponía Lacan (1970) la idea de que “la mujer, no siendo toda”,
“no hay (por lo tanto) relación sexual”, se podría decir que el hombre incestuoso busca una
relación sexual “complementaria” en la medida que, en búsqueda de una completud, quiere
toda la mujer en él.
El padre incestuoso quisiera aprehender la feminidad a través del acto incestuoso,
apropiársela por medio de una actividad pretendidamente masculina puesta al servicio de la
denegación de la diferencia de sexos y de las generaciones.(Tesone,1998).
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Uno. Entre el padre abusador y la niña no existe una relación de sí-mismo a un otro (que
desaparece) sino de sí-mismo a sí-mismo.
El adulto abusador, en lugar de ser el soporte de la ley exogámica, se pretende hacedor de
la ley, pero una ley negativa, endogámica, donde se presenta como un ser todopoderoso y
sin fallas a quien todo le pertenece. Niega toda conflictualidad interna anexando el otro a su
narcisismo. Busca una doble inmunidad: respecto a sus conflictos internos y respecto al
objeto. Hace como una negación preventiva ontológica de la existencia del otro La
forclusión psicótica o la desestima perversa están a menudo en juego, tomando el otro a
menudo, el valor de un objeto fetichista inanimado.
Es así que las pulsiones de destrucción parecen jugar el rol de último recurso buscando
neutralizar al objeto, englobando la realidad que lo rodea en la misma devastación.
Es frecuente que aquellos niños que han vivido relaciones incestuosas tengan accidentes, o
incluso, francos intentos de suicidio, como expresión de una necesidad de castigo interno.
En “Principio de relajación y neocatarsis” Ferenczi (1930) afirma que “padres y adultos
pueden ir muy lejos en su pasión erótica por los niños”, y sugiere como hipótesis de la
amnesia consecutiva a este tipo de traumas una “psicosis pasajera”, como primera reacción
al shock. Concibe la misma como “una ruptura con la realidad, por un lado en forma de
alucinación negativa, y por otro en forma de compensación alucinatoria positiva inmediata
que da ilusión de placer”. Se genera “un clivaje psicótico de una parte de la personalidad
que permanece secreto”, induciendo “una auto-destrucción psíquica”, que busca
paradojalmente protegerlo de la emergencia de la angustia y lo condena a un sufrimiento
mudo.
La efracción de lo cuantitativo, de lo perceptual pulsional, induce un daño cualitativo aún
más devastante en la medida que el incesto ha sido repetitivo en el tiempo; actuando por
traumatismos acumulativos, que impregnan el psiquismo de pulsión de muerte.
Se produce un triple efecto traumático: 1) lo traumático del incesto en sí mismo 2) la
descalificación perceptual a menudo asociada ( el adulto le dice al niño que el incesto no es
un incesto, es decir niega el carácter de gravedad del acto 3) en el acto mismo del incesto,
el niño se convierte en huérfano ( el padre y/o la madre siguen siendo los progenitores
biológicos pero han borrado la función simbólica paterna y/o materna.
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Como lo subraya G. Droz (1992) en su análisis de los mitos platónicos, es por intermedio
de Diótima que Sócrates se expresa: a diferencia de lo que sostiene Aristófanes, el amor
para Diótima no es tan sólo reencuentro con la mitad perdida. Es renovador y fecundante.
Estimula al ser amado, lo invita a crear y a superarse. Abre a lo inédito, es decir, al tercero.
En el mito de Aristófanes –precisa G. Droz- el amor era también tensión pero dirigida al
otro como una parte perdida de sí-mismo y en el mejor de los casos reconstituía la antigua
fusión.
El amor para Diótima en cambio, es una tensión dinámica y extravertida que estimula,
enriquece. La ecuación sería entonces: 1 + 1 = 3. (En la medida que siempre se abre a lo
inédito, la pareja crea algo nuevo)
El padre abusador se encierra en el discurso del llamado “amor” aristofánico, niega el
discurso de Diótima. Aunque estrictamente al afecto imperante en la relación incestuosa no
se lo puede llamar amor. En la medida que siempre predomina la destrucción del otro. El
padre incestuoso no retrocede frente a su búsqueda del goce, “el lugar posible de la angustia
es ocupado por el goce del acting” (Milmaniene, 1995”. La erotización mortífera pretende
enmascarar la dimensión tanática, pero lo único que logra es revelarla: “El goce, – alejado
del reparo ordenador y pacificador del palabra y la ley- siempre desemboca en posiciones
tanáticas”, afirma éste autor.
La búsqueda del goce absoluto, en el sentido de alcanzar la Cosa que evitara la
confrontación con la falta, es la tentativa imposible del acto incestuoso.
El acto incestuoso interrumpe la cadena de las generaciones. No admite descendencia ni
ancestro; ni origen ni posteridad. Como afirma Milmaniene (2005) “sólo la superación del
narcisismo merced a la asunción de la castración simbólica posibilita el jubiloso tránsito
desde el tiempo sin tiempo del narcisismo hacia el tiempo trascendente del encuentro con el
Otro”. Y agrega: “los acontecimientos fundamentales que obligan a la necesaria destitución
del narcisismo, con la consiguiente temporalización del tiempo, son entonces: la sexualidad
en tanto reconocimiento de la alteridad en su irreducible diferencia, la paternidad asumida a
través del don al hijo y la muerte en tanto aceptación creativa de la finitud”. Detrás de todo
incesto, cualquiera sean las formas que toma, está en filigrana el incesto madre-hijo, aquel
sobre el cual Freud insiste. Y la Ley tiene siempre por función excluir el incesto
fundamental.
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Presentado por primera vez en el “ 2nd COWAP (IPA) European Conference on Incest”,Lisboa, 21 y 22 de
Marzo 2005. Publicado en IDE, Revista de Psicoanálisis de la “ Sociedad Brasileira de Psicoanálisis de San
Pablo”, Nº41, , pp107-114, Julio 2005, San Pablo
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pérdida del cabello, y una amenorrea crónica, expresaron en su cuerpo la intensidad del
sufrimiento padecido. No haré el relato de un análisis que duró varios años. Me limitaré a
dos escenas traumáticamente entrelazadas.
Las condiciones de la cárcel, el hacinamiento, el maltrato, la repugnancia por el olor de
las letrinas que invadía la celda compartida con otras dos compañeras formaron parte del
relato del perjuicio padecido. Mucho más tarde, cuando sus angustias persecutorias y de
desconfianza transferencial se vieron apaciguadas, me relata una escena, particularmente
angustiante. Nunca la había contado, “a nadie” me aclara. Quizás ni a ella misma.
Balbuceando, con dificultad para poner en palabras lo sucedido me cuenta que en una
oportunidad, estando ella en la celda, se introduce al interior de la misma un oficial del
ejército. Ni la presencia de sus compañeras ni su propia resistencia habían podido impedir
que el militar la penetrara digitalmente en su vagina. Lo sucedido llegó a oídos del jefe de
la prisión, un militar de mayor rango, quien no encuentra mejor cosa, para supuestamente
averiguar lo ocurrido, que organizar un careo entre Eurídices y el oficial violador. Frente
a dicho siniestro personaje, y en presencia del jefe, no atinó a hacer la menor acusación.
En primer lugar pues lógicamente teme por su vida y las represalias del violador. Pero en
segundo lugar, y lo dice en sollozos, sofocada, porque en el momento de la penetración,
había sentido placer.....Y dicho placer, avergonzada, habría invalidado, en su vivencia, su
derecho a denunciarlo. Se reprochaba, o mejor dicho reprochaba a su cuerpo de haberla
traicionado, de haberse entregado a la violencia libidinal del carcelero, personaje
detestable y que odiaba. Esta experiencia le produjo un sentimiento de extrañamiento, casi
un momento psicótico de desdoblamiento de su personalidad. Esta escena, de por sí
traumática se revelará más tarde no exactamente como recuerdo encubridor, aunque
obrara como pantalla, sino diría como la vivencia de repetición: en su vida, en más de una
ocasión no había podido disponer libremente de su cuerpo. Un cuerpo que le había sido
robado de manera repetitiva. Desde aproximadamente los tres años y hasta lo 6 o 7, su
abuelo materno había abusado sexualmente de ella, bajo la forma de fellatios y
tocamientos. Desde aquella época nunca había podido hacerse curar los dientes, las
múltiples tentativas de confiarle su boca a un dentista, o sea a un otro, la sumían en crisis
de angustia expresados en forma de gritos y llantos. Sus padres, separados, en particular
la madre con quien vivía, nunca habían emitido la mínima sospecha de lo que ocurría.
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En todo incesto hay crimen. En todo caso “asesinato del alma” como diría Schreber (1903)
que de eso sí entendía. Pero concomitantemente, quizás en todo crimen hay una dimensión
incestuosa, lo cual pone en relación el incesto con la dimensión incestuosa de todo acto
abusivo de los regímenes despóticos, entre los cuales la tortura. ¿Acaso Creón, en su
empecinamiento en no permitir a Antígona honrar a su sentimiento fraterno, en su violencia
política en nombre de la razón de Estado, no retrotrae a la misma a la dimensión incestuosa
de su historia familiar?
¿Antígona, en su lucha con su tirano tío, no busca recrear lazos familiares en los cuales
reine la Ley simbólica, alejando así el encadenamiento infernal del incesto y del parricidio
que recorre las distintas generaciones?
Curiosa mezcla la de Creón, entre su poder despótico en nombre de la ciudad y su
concepción de la función paterna. Acaso no aconseja a su hijo Hemón, novio de Antígona,
quién se rebela frente al poder despótico de su padre: “ he aquí hijo mío la regla que debes
conservar en el fondo de tu corazón: estar siempre ahí, detrás de la voluntad paterna”
Teniendo que tener alejada a la mujer: “Es mejor- dice Creón- sucumbir al brazo de un
hombre, de manera tal que no vengas a decir que estamos bajo las órdenes de una
mujer”(Antigona de Sófocles) Como lo remarca Segal(1981), citado por George
Steiner(1984) “el conflicto entre Creón y Antígona no opone solamente la ciudad a la casa,
opone también el hombre a la mujer. Creón identifica su autoridad política a su identidad
sexual”. Y pregunto: ¿Creón, pretende mantener alejado a la mujer o a lo femenino en el
hombre? En todo caso no fue matando a Antígona y empujando a su esposa al suicidio que
Creón solucionó el conflicto entre lo femenino y lo masculino...en él. Preludio quizás de su
propia muerte
Disponer del cuerpo del otro ha sido siempre la manera de manifestarse de los sistemas
totalitarios, públicos, privados o corporativos.
¿Es casual que la paciente Eurídices asocie las dos escenas, la del incesto con su abuelo y la
escena de abuso en la cárcel? No dudamos del carácter violento del incesto del abuelo.
¿Pero el carcelero, al violentarla sexualmente, no transgrede al mismo tiempo el basamento
de toda ley simbólica, que es la prohibición del incesto?
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Los regímenes despóticos pretenden instalar una lógica jurídica (¿no suelen ser prolíficos
en leyes de todo tipo?) en detrimento de la Ley simbólica. Y cual es la Ley simbólica por
excelencia sino la Ley de prohibición del incesto.
Antígona en uno de los versos se lamenta y exclama: “¿padre, porqué me has
abandonado?” Y como bien lo remarca Lacan (1960), el suplicio de Antígona va a consistir
en estar encerrada, suspendida, en la zona entre la vida y la muerte. Sin estar aún muerta,
está como tachada del mundo de los vivos. Antígona se identifica con Niobé, petrificada. Y
Lacan (1960) subraya que dicha petrificación es quizás la expresión de la pulsión de
muerte. ¿Y no es de esa petrificación que sufre la niña incestada, impregnada de la pulsión
de muerte por parte de su padre, que en el mismo acto del incesto la abandona como hija?
¿La excluye de una filiación posible?
La niña incestada, para poder advenir a la vida debe despojarse de la cultura de muerte
trasvasada por un padre incestuoso, luchar contra el poder despótico de un padre narcisista
omnipotente, expresión desesperada del intento de completud de este último, que se revela
mortífero. La niña incestada debe desconstruir la sexualidad inoculada, alejarse de un goce
mortífero, reapropiarse de su cuerpo, hacerlo finalmente suyo. Salvando las distancias me
permito preguntar: ¿no se parece a lo que tienen que hacer los sujetos frente a un estado
despótico? El porvenir de nuestras democracias es tributario de dicha lucha incesante. En
esa lucha incesante para protegerse de lo narcisista omnipotente reino de lo mortífero que
representa todo poder que se excede y la construcción de la subjetividad deseante, radica
quizás la verdadera “opción”.
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