~ El misterio del orfanato ~
Instituto tecnológico de Pachuca
Teatro grupo B
Hace algunos años a mi hermano Cristóbal y a mí nos abandonaron en un orfanato.
Aunque era muy pequeño recuerdo a mi madre pelearse a golpes con mi padre, a mi
abuelo tener problemas con el abuso del alcohol y ni que decir de la abuela, quien sufría
ataques debido a una epilepsia invasiva; gracias a esto es que terminamos dentro del
internado que se encontraba en Tecalitlán, municipio de Emiliano Zapata en el estado de
Morelos.
La primera vez que puse un pie en ese lugar recuerdo que todo me parecía
interminable, tanto que me sorprendía el hecho de que solo estuviera al cuidado de
un simple sacerdote. Todos los niños en ese lugar teníamos algo en común,
problemas en nuestros hogares como violencia o abusos por parte de las personas
con las que habíamos estado; claro que al hablar de ello la idea de haber terminado
en ese lugar no era tan mala, aquí encontramos lo mas cercano a tener una familia.
Niñas y niños con edades desde los 3 hasta los 15 años, cada uno de nosotros
cumplía un rol importante dentro del lugar, desde el cuidado de la limpieza, hacer
la comida, enseñar a los más pequeños a leer y escribir, etc.
El sacerdote, quien nos visitaba a diario durante el día, parecía ser la persona más seria del
mundo, nunca cruzaba palabras con ninguno de nosotros, solo permanecía atento a las
actividades que realizábamos y cuando el sol comenzaba a ocultarse él se retiraba,
siempre cerrando la colosal y chirriante puerta de la entrada con una gran cadena y dos
candados viejos que solo se abrían con llaves extrañas, esto con el único propósito de que
ninguno de nosotros pudiera escapar en su ausencia, aún a sabiendas de que solo éramos
unos niños.
Cada noche, en ausencia de un adulto, los mayores se hacían cargo de nosotros, de
protegernos y de vez en cuando de organizar actividades para distraernos de la realidad,
de la vibra tan mordaz de aquel sitio, de los ruidos e incluso de las sombras que muchos
juraríamos haber visto más de una vez.
Recuerdo particularmente cierta noche en dónde todo comenzó a empeorar, el frio era
incomparable al de cualquier otra noche así que todos nos reunimos en un solo
dormitorio y prendimos todos candelabros de petróleo que encontramos, la obscuridad
era muy abrazadora y ninguno de nosotros tenía sueño, eran aproximadamente las doce
y media de la noche, así que Julián propuso contar algunas historias de terror que había
leído en el periódico que le llegaba todos los días al sacerdote.
Aún con miedo todos aceptamos, era una de las pocas distracciones que teníamos en ese
momento, no contábamos con televisor o radio, así que tomamos nuestras frazadas y ahí,
en un rinconcito del lugar, nos dispusimos a escuchar, atentos, en silencio.
Después de un largo rato y algunas historias escabrosas, uno de los niños más pequeños
llamado Luis, dijo: - “No conseguiré dormir, tengo mucha sed, pero me da miedo ir solo a
la cocina ¿Alguien podría acompañarme?”
En ese momento nadie quería acompañarlo, todos estábamos eclipsados y muertos de
miedo, era tanta la insistencia de Luis que los más grandes tuvieron que elegir a
alguien que lo acompañara. - “Descuida, yo iré contigo” mencionó Raúl, se
colocaron las sandalias, tomaron un candelabro y se dispusieron a ir hasta el otro
lado del convento por agua.
Habían pasado algunos minutos ya, la mayoría de nosotros permanecíamos más que
despiertos, esperando ver a nuestros amigos regresar, cuando de pronto se escuchó un
descomunal estruendo acompañado de gritos. Rápidamente José Luis y Sebastián
cerraron la puerta, aun sabiendo que nadie había vuelto, pero el miedo nos comía a
todos, yo solo corrí a abrazar a Cristóbal, de pronto todo se había vuelto silencio total,
mismo que se rompió con tres golpes fuertes llamando a la puerta; - “¡Soy Luis, por
favor déjenme entrar¡” -gritó desesperadamente y entre lágrimas, rápidamente abrieron
la puerta, estaba repleto de sangre y asustado, tanto que lo único que pudo decir fue
“alguien más está aquí y tiene a Raúl”. Al oír eso todos nos paralizamos, nadie quería
salir a investigar por miedo a que, lo que sea que hubiera atrapado a Raúl siguiera libre
por el convento, a la espera, eso o la idea de que todo era una broma para que nadie
volviera a pedir agua o algo a esas horas de la noche, gracias a la incertidumbre de la
situación es que decidimos esperar a la mañana siguiente y emprender la búsqueda con el
primer rayo de sol, así sucedió sin saber que lo que estábamos por presenciar sería aún
más terrorífico de lo que cualquiera podría imaginar, tres dedos y una lengua regados por
el convento. “¡Esto no puede estar pasando¡” refutó Fernando, atónito ante lo sucedido.
“Todos tómense de la mano” agregó, y haciendo el menor ruido posible, continuamos
caminando hacia la cocina, al llegar, mi hermano y Sebastián empujaron la vieja puerta
de madera que rechinó de una forma bastante inconveniente, inmediatamente el aroma
del lugar se hizo presente, era insoportable, pero, aunque inspeccionamos no logramos
ver ni un solo rastro más de Raúl, todo parecía impecable, ahí era imposible que hubiese
sucedido algo.
No sabíamos que hacer, creíamos que, si le decíamos al sacerdote, éste no nos creería y
pensaría que fuimos nosotros los que habíamos dañado a Raúl, lo cual nos traería
problemas, así que solo enterramos los dedos en la tierra del jardín y tratamos de que
no se diera cuenta de su ausencia, utilizando la ventaja de ser demasiados y era casi
imposible que lo notara.
Al paso de las noches, aunque todos buscábamos la manera de permanecer juntos, uno
tras otro comenzaron a desaparecer, tres pequeños, dos mayores, no podíamos esperar
más, así que decidimos escapar de ahí esa misma tarde apenas llegara el sacerdote.
Al abrir la puerta Gustavo y Alicia se lanzaron sobre él con una de las lámparas de
petróleo golpeando su cabeza, todos corrimos al verlo desplomarse, rápidamente lo
cargamos y lo metimos a la habitación dejándolo encerrado, eso nos hizo percatarnos de
sus piernas largas, las cuales se descubrieron de esa larga Túnica que siempre traía
puesta, tenía rasguños, esperamos a que despertara, solo para poder comprobar quien
era, sus ojos no eran como los nuestros, ni su boca o los rasgos que cualquiera pensaba
normales en una persona, de pronto su cuerpo parecía tomar otra forma cuando trataba
de reincorporarse, sus brazos eran largos y sus dientes tomaron un aspecto filoso,
habíamos descubierto que todo ese tiempo él no era quien decía ser, pues al abrir su boca
pudimos ver partes de los cuerpos de los niños desaparecidos, aterrados corrimos a
buscar ayuda, alertando a todos los vecinos que rápidamente acudieron a nuestro
llamado aunque al llegar al lugar la bestia había escapado, cada uno de nosotros fue
enviado a lugares distintos y nunca más volvimos a saber del que fue de ellos. Cuenta la
leyenda que aún se escuchan gritos por las calles aledañas al convento de los niños que
fueron víctimas de aquella bestia dejando siempre el mismo rastro, tres dedos y una
lengua.