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La Curiosidad en la Infancia

Este documento describe cómo la curiosidad de los niños los lleva a investigar el mundo que los rodea siguiendo pistas e hipótesis. Los niños pequeños aprenden a través del juego, observando y haciendo preguntas mientras exploran su entorno. Los maestros pueden acompañar este proceso estimulando el razonamiento y la búsqueda de conocimiento en los niños.

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La Curiosidad en la Infancia

Este documento describe cómo la curiosidad de los niños los lleva a investigar el mundo que los rodea siguiendo pistas e hipótesis. Los niños pequeños aprenden a través del juego, observando y haciendo preguntas mientras exploran su entorno. Los maestros pueden acompañar este proceso estimulando el razonamiento y la búsqueda de conocimiento en los niños.

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Siguiendo pistas

Por: Mari Carmen Díez Navarro

La curiosidad tiene algo de insolencia


de deseo apremiante
de agujero dudoso.

La curiosidad se atreve a pasear el vacío


a reconocer la falta
a pisar lo infranqueable.

La curiosidad viene vestida de impaciencia


de chispas en los ojos
de colores de cara.

La curiosidad tiene bastante de lo hermoso


de lo nuevo y reciente
de la ternura chica.

La curiosidad tiene mucho de añoranza


de ganas de retorno
y a la vez de alocada carrera
hacia un futuro caliente.
Investigar es seguir un vestigio, una huella, una pista. Es buscar, invadir, penetrar
el no saber hasta llegar a saberlo. Es moverse, ir hacia algo espoleados por el deseo de
conocer, agujero a colmar, motor del pensamiento.
Investigar es un hecho intencional, tiene detrás unas hipótesis, un recorrido
intuitivo, unas reflexiones, unas experiencias. Requiere atrevimiento, tenacidad,
seguridad, apasionamiento e imaginación, además de cierto sistema, unos
procedimientos adecuados, un orden, unas comprobaciones, un concluir.
Investigar incluye la actitud de querer saber, que proviene directamente de un
fuerte impulso interno de búsqueda, de una energía muy personal, de la curiosa
curiosidad que nos permite adaptarnos al mundo y estar vivos.
Los niños de edades tempranas, prendidos a su momento narcisista y mágico, a sus
impulsos, a sus ansias de placer, de inmediatez y de poderío, están en un continuo
palpar la realidad, en un continuo movimiento hacia unas cosas y otras, en un continuo
seguir los dictados de su curiosidad. Aprenden a partir del juego, de los sucesos
cotidianos, de las relaciones, de los afectos y todo ello les hace observar mucho, les
plantea preguntas y les abre el deseo de averiguar las respuestas, siguiendo las pistas
encontradas, y aventurando pequeñas hipótesis.
En esa dinámica se mueven husmeando, haciendo sus pesquisas, encontrando
satisfacción en sus búsquedas, y siguiendo los rastros que la realidad les tiende y que
tanto estimulan su innato instinto de saber. Para ello cuentan con su radiante
imaginación, con sus prisas y sus atolondramientos, con sus manipulaciones, con su
tozudez, con su ilusión, con la seguridad que dan unas repeticiones cada vez más
certeras, con sus ganas de añadir conocimiento y experiencia al bagaje que estrenan.
También cuentan con nosotros, los adultos que les andamos cerca y que, si no nos
empecinamos en que hagan diez mil fichas por día, podemos acompañarles el
placentero proceso de ir comprendiendo las cosas, de ir manejando y relacionando
unos temas con otros y, en fin, de alcanzar algunas parcelas de ese conocimiento que
tanto ansían.
A estos tanteos exploratorios de los niños pequeños podríamos llamarlos de muchas
maneras: averiguaciones, búsquedas, exploraciones, probaturas. Algunas personas
también les llaman investigaciones. A mí investigar me parece un concepto demasiado
grande para nombrar esos juegos interminables que ellos hacen y que sin duda tienen
todo el valor de una intensa actividad indagatoria, pero que son apenas el prólogo
placentero y rico que preparará el terreno para un posterior momento. Por ahora lo que
corresponde es ejercer su trabajo de niños, es decir: mirar, tocar, imaginar, y empezar a
pensar poquito a poco.

Pensando en voz alta

Pensar es una tarea que, por ventura, nos toca a mayores y pequeños. En mi clase
suelo pensar “en voz alta” comentando ideas, dudas, o preocupaciones que me rondan
por la cabeza y con las que incito a los niños a empezar a formular algunas respuestas.
Me pregunto cómo hacer algo, cómo organizarme, qué material usar para esto o lo
otro. Durante un tiempo mis alumnos (de tres, cuatro o cinco años) me escuchan sin
saber muy bien a qué viene que un adulto se pregunte tantas cosas en lugar de tener
las dudas ya resueltas, pero después empiezan a aportar sus versiones sobre lo que
planteo, y sus propias ideas les van dando fuerza, seguridad y capacidades. Aprenden
así (y de otros modos, claro), a planear, a ordenar, a averiguar, a secuenciar, a archivar,
a extrapolar, a recordar, y a recorrer esos pasos que componen el camino del
pensamiento.
El curso pasado, y estando en una de mis elucubraciones verbales: “No sé cómo
guardar los papeles que nos sobran, porque quiero que estén a mano, pero no me gusta
que estén todos mezclados…”, uno de mis alumnos me llamó al orden con estas
palabras: “Tú lo que tienes que hacer es pensar, que es lo que yo estoy haciendo
siempre. Me siento y pienso; me acuesto y pienso; juego y pienso. Siempre pienso".
El comentario de Eduardo me dejó efectivamente bastante pensativa. Conocer la
capacidad que tenemos de pensar, saber que reflexionando es cómo orientamos
nuestras acciones, reconocer que sólo así se puede elegir y decidir, es un buen nivel de
pensamiento para tener tan sólo cuatro años de recorrido. Supongo que Eduardo habrá
tenido cerca algún adulto pensante a quien observar detenidamente, porque pensar es
una de esas actividades humanas que necesitan un "otro" que ya lo haya descubierto.
Un padre, maestro, o compañero, que nos pueda contagiar, contar, e invitar a ser un
sujeto pensante más en la larga cadena.
A mí me gusta este papel de acompañante de pensamientos recién estrenados, me
gusta presenciar su emergencia en los niños. Me gusta ver la transformación que sufren
desde sus principios primitivos, irracionales y mágicos, hasta ser personas con sus
identidades, con consciencia de sí, con pensamientos que caminan hacia la lógica a
grandes zancadas, con autonomías que llegarán a ser si no tienen demasiadas trabas
para lograrlo.
Nuestra compañía, eso sí, ha de ser activa e intencionada. Hemos de organizar un
ambiente rico y provocador, donde haya objetos que "llamen" a ser tocados,
comparados, pensados; donde se discuta, se argumente, se razone; donde se permita
manipular, mezclar, escampar; donde se puedan probar y comprobar las cualidades de
los objetos y las reacciones de las personas, los cambios que produce el azar o nuestras
propias acciones; donde se valore plantearse preguntas o inventar... Hemos de tener un
ánimo provocador del razonamiento y la búsqueda y empujar a los niños a que pongan
palabras a lo que observan, a lo que descubren, a lo que desean saber. Hemos de
ponerlos a pensar, pedirles que asocien, que argumenten, que registren, que recuerden,
que ordenen, y que saquen conclusiones, aunque sean parciales y a su medida.
También estaría bien que estimuláramos el aspecto creador del pensamiento, cosa
que hacen los niños espontáneamente, y que otorga un buen lugar al placer y a la
libertad en el proceso intelectual. Los niños construyen su pensamiento desplegando
sus juegos, sus sueños, y sus ganas de inventar. Hay quien planea escenas teatrales,
coreografías de baile, construcciones, disfraces sugerentes, poesías, trabajos plásticos,
cuentos... Lo importante es la sensación de disfrute que se genera al hacer surgir algo
nuevo. El gusto de empezar algo que no sabe cómo acabará. La sorpresa y la
satisfacción ante la realización de lo que se vislumbraba apenas en unas imágenes
esbozadas y “sueltas” en nuestro interior, y que después de pasadas por nuestra acción
de plasmar o expresar, vemos puestas "afuera”.
Hay un libro de Rosa Montero que se llama La loca de la casa. El título está
refiriéndose precisamente a la imaginación, porque es verdad que tiene un algo de
“locura” esa desorganización que luego se organiza, ese riesgo de no saber los finales,
esas intuiciones que suenan a poco pensamiento, ese escaso realismo y abundante
fantasía que tanto se parece a los sueños, ese disfrute sencillo que se siente cuando
estamos jugando, o imaginando algo. Y es que el pensamiento necesita no perder el
aroma de la imaginación, si no, se puede volver algo rutinario, rígido y poco
innovador.
Quisiera situar estas cuestiones del averiguar de los niños en algunos momentos
que he vivido en la escuela y que transforman la cotidianidad en un hecho
significativo, movilizador y lleno de aprendizajes y de buenos encuentros para los
niños y para nosotros. Porque si emocionante es ver nacer el pensamiento en un niño,
es todo un privilegio ver cómo se construye la capacidad de razonar y de concluir a
partir de las aportaciones de todos los miembros de un grupo.
Con el tiempo de lo que me voy dando cuenta es de lo importante que es recibir
bien los asuntos que interesan a los niños, ya que provienen directamente de sus “pisos
de abajo” afectivos, y por lo tanto, son vividos por ellos con todo calor e implicación.
Así que llevo ya unos años intentando seguir las pistas que los niños van marcando. A
veces lo consigo, cuando me dejo llevar más por la intuición que por la programación,
cuando mis previsiones escolásticas no me atrapan excesivamente, cuando me doy
tiempo para pararme a mirarlos y a escucharlos. (O sea, cuando estoy más pendiente
de ellos que de mí). Y a veces lo estropeo cuando los pongo a trabajar sin ton ni son,
cuando no hago hueco suficiente a sus palabras, a sus juegos libres, a sus
razonamientos, a sus tanteos exploratorios, a sus probaturas informes y desordenadas
quizás, pero tan suyas. Será cuestión de seguir intentándolo.

Pistas que surgen a partir de la cotidianidad y del ambiente

Los pequeños problemas cotidianos a resolver que surgen continuamente en la


escuela constituyen una buena fuente de conocimientos y de estrategias de
funcionamiento autónomo y traen consigo puntas de pensamiento muy aprovechables.
Unas veces las pistas tienen que ver con nociones matemáticas, otras con el
conocimiento físico, los comportamientos, las costumbres, las formas de actuar, las
relaciones, el propio cuerpo de los niños, con cuestiones del ámbito natural...
En una ocasión el conflicto surgió cuando intenté colgar una figura móvil en el cáncamo que
teníamos en el techo de la clase. Los niños estaban dibujando a Satin, la perrita de Elena,
que nos había visitado por la mañana. Yo hacía probaturas, pero no alcanzaba el techo
ni subiéndome en la silla más alta, ni siquiera poniéndola encima de la mesa. Cuando
me vieron poner cara de duda ante la improvisada e insegura "escalera", Álvaro dijo:
"No te subas ahí, que te vas a romper la crisma". Y Ángel me aconsejó que le pidiera
ayuda al padre de Óscar, "que era el más alto del colegio".
Al final me animé a subir y conseguí colgar la figurita ante los interesados ojos de
mis alumnos. Una vez abajo, y puestos los muebles en sus sitios habituales, pregunté a
Álvaro qué era eso de la crisma.
─Mi abuela lo dice, dijo Mateo adelantándose.
─La crisma está por aquí, por los riñones, afirmó Álvaro lleno de convencimiento.
─Vamos a ver qué pone el diccionario, porque yo también lo digo a veces, pero no
sé dónde está en realidad la crisma, y conviene averiguar lo que no se sabe, así es como
se va aprendiendo.
Busqué la palabra sin mucha esperanza de encontrarla, ¡pero sí que estaba! Ponía
dos acepciones: "aceite..." y "cabeza..."
─Bueno, se lo diré a mi madre, que creo que no lo sabe, dijo Álvaro.
Días después entró el padre de Javier, y Mireia se fijó en que le había dado con la
cabeza a la figurita que estaba colgada en el cáncamo. Esto me recordó el asunto de las
alturas paternas y pregunté a Ángel por qué había dicho que el más alto del colegio era
el padre de Óscar.
─Porque veo que lo es, y ya lo veía desde el año pasado.
─¿Y cómo estás tan seguro? A lo mejor es el de Javier, o el tuyo, que es bombero y
parece bastante alto.
Esta alusión personal le convenía y le hizo ponerse a pensar, abandonando su
radical afirmación.
─Pues los ponemos en el suelo acostados a todos y los medimos con "el metro de
dos metros" que tenemos.
─¿Tú crees que querrán?
─No, mejor los ponemos de pie, que así no se manchan.
─Pero mi padre vive en Madrid, dijo uno de los niños.
─Y el mío no podrá venir, porque está siempre trabajando, dijo una niña.
─Bueno, pues se lo preguntamos en una carta, sugerí. Ellos saben lo que miden ¿Os
parece bien?
Les gustó la idea, sí. Las cartas salieron esa tarde hacia las casas y al día siguiente
muchas estuvieron de vuelta. Yo las iba leyendo y situaba la medida en una tira de
papel de 2 metros, que nos "copiamos" del "metro de 2 metros". Pronto surgieron los
comentarios y las comparaciones o discusiones acerca de los padres y sus alturas.
-Mi padre es más alto que el tuyo.
-Bueno, pero el mío tiene más años.
-Mi padre es mediano, pero es guapo.
-Mi padre es el más gordo de todos.
-Mi padre seguro que gana, porque llega casi a la parte de arriba de las puertas.
-Pues mi madre es más alta que mi padre.
-Mi padre no es muy alto, pero es el más calvo.
Había tres padres más destacados: el de Óscar con 1'92 cms, el de Álvaro con 1'91 y
el de Alejandro con 1'90, pero aún faltaban unos cuantos niños por traer el papel, dos
de los cuales podían ser candidatos al "triunfo", porque sus padres parecían altísimos.
El caso es que durante un tiempo, estuvimos removidos con el asunto. Los niños
estudiando el metro, midiéndolo todo y clavando sus miradas escrutadoras en
cualquier padre que se asomaba. Los padres y madres haciendo sus hipótesis,
comentando. Los maestros también. (Por cierto, ganó el padre de Lola con 1'93 cms.)
Otra pista que seguimos fueron las “vaguerías” que vinieron a partir del comentario de
Andrés, que nos contó que le iban a poner gafas porque tenía un “ojo vago”. Al oírlo Carlos
dijo que él también tenía las piernas vagas porque a veces corría mucho y otras veces
no. A continuación varios niños más dijeron sus puntos más débiles o pasivos, sus
lugares “a trabajar”.
Jesús dijo que era “vago de mano”, porque “hay días que la mano no me deja pintar
bien”. Kike que era “vago de nariz”, porque “hay veces que no puedo respirar”.
Alfredo que era “vago de mofletes”, porque “tardo en comer”. Pablo L. que era “vago
de piernas” porque “por las mañanas no quiero andar”. Lara que era “vaga de pies”
porque “a ratos me canso”. Y Mario que era “vago de nariz” “porque tengo muchos
mocos”.
Una pista vivita y coleante fueron dos bichos que Paula encontró en el campo y que trajo
metidos en sendas botellas transparentes. Su papá nos recomendó en tono severo y con el
dedo en alto que NO SE PODÍAN TOCAR, PORQUE ERAN MUY PELIGROSOS. Por
lo que decía, si nos picaban, se nos quedaría el brazo o la pierna paralizados y
tendríamos que ir al hospital. Nada más irse, uno de los niños le dijo a Paula:
-¿Y para qué trae tu padre estos bichos si tienen tanto peligro?
Ella contestó que “ver bichos era muy interesante y que como teníamos lupas y
linternas, lo pasaríamos muy bien". Yo tenía mis dudas, pero al oír semejante
argumentación, opté por sellar bien las tapaderas y hacer un turno para observar a los
animalicos. Eso sí, bajo mi control.
El rato estuvo genial, Carla buscó la foto de los bichos en el libro de insectos que
teníamos, y así supimos sus nombres. Eran una escolopendra y una araña de jardín
gigante. También acudimos al diccionario de clase y, una vez confirmado que picaban,
los miramos sin agitar las botellas para que no se pusieran nerviosos.
Por último Alfredo acercó el octoscopio para “hacer más bichos iguales” y
efectivamente, vimos los bichos multiplicados de tal modo que nos hicieron escalofriar
(a mí al menos). Mientras los íbamos mirando, escuchábamos a Pablo M. que, con su
desbordante imaginación, nos iba amenizando el momento. “Y si se hicieran muchos
bichos de verdad, y rompieran las botellas, y nos picaran a todos, y nos fuéramos al
hospital juntos, y se nos quedaran los brazos paralíticos y... “
Me alegro de haberme atrevido a no ser demasiado prudente. Aprender tiene sus
riesgos.
La estantería donde están en mi clase las cosas naturales y el material para experimentación
está siempre muy concurrida. Los juegos de agua, las linternas, los espejos, los imanes, las
piedras, las caracolas, las hojas y las estrellas de mar cambian de sitio todos los días.
Siempre hay manos y ojos que juegan, toquetean y prueban sus hipótesis una y otra
vez. Hace unos días dos nuevos focos de atención han pasado a engrosar nuestra ya
abundante colección de colecciones. Uno ha sido un gran trozo de corcho que trajo
Lucas, cogido por él mismo de un alcornoque. Al irlo pasando de mano en mano
Andrés dijo:
-Esto en el agua flotará como un barco que yo tengo.
Sugerí comprobarlo, después de que explicitaran lo que esperaban que ocurriera.
-¿Entonces qué decís, se hundirá o flotará?
-Flotará porque pesa poco, insistía Andrés
-¿Y una tiza?, dije yo
-También flotará, dijeron varios niños
-Sí, porque pesa poco, como el corcho, siguió Andrés
-¿Y si metiéramos una piedra en el agua?
-Se hundirá, afirmaron bastantes niños
Traje un cuenco transparente con agua y probamos. Efectivamente el corcho flotaba,
pero la tiza se hundía...
-Será porque no tiene agujeros y el corcho sí
-Claro, por eso le hacen puertas y bodegas a los barcos para que les entre aire y
floten
-Tendremos que comprobarlo con más cosas que tengan agujeros, dijo Teresa.
El otro foco de atención fue un pedazo de carbón que se troceó nada más tocarlo. Lo
trajo Valeria del fuego de su chimenea. Comprobamos que manchaba las manos de
negro. Lía decía que era “al revés de la tiza, que las mancha de blanco”. Aproveché
para hablarles del grafito, que es el carbón que ponen de “mina”a los lápices, el que
permite que se pueda escribir con ellos. Y comenté la buena idea que tendría algún
inventor de recubrirlo de madera para no mancharse los dedos, ni el papel al escribir.
Esto les gustó, y a mí me gustó que les gustara. Qué le vamos a hacer. Ilusiones
pequeñas de las que puedo disfrutar, desvelarles realidades a modo de
descubrimientos. Compartir con ellos algunas parcelas del inacabable saber al que
accederán de aquí en adelante.

Pistas que surgen a partir de proyectos de trabajo

Una pista que hemos seguido ha sido el interrogante que surgió cuando Kike aportó un
llamativo podium que había construido en su casa ayudado por su madre para colaborar en el
proyecto sobre deportes en el que estábamos implicados. El podium consistía en tres
cajas forradas de papel rojo con unos flamantes números en una de las caras. Nada más
ver el podium, Héctor se preguntó en voz alta:
-¿Aguantará mi peso? ¿Y el de mi amigo?
Hubo opiniones varias, dudas razonables y sentencias firmes. Tuvimos que probar y
comprobar. Uno por uno fuimos subiendo al escalón 1, al 2 y al 3 del podium, después
de escuchar las previsiones que iban haciendo los demás.
-Seguro que a ti no te aguanta el peso
-Si sube Paula la aguantará muy bien
-Si sube éste se romperá...
Contra todos los pronósticos, las tres cajas sostuvieron el peso de todos los niños, e
incluso el de la maestra, por lo que hubo que ovacionar a Kike y a su madre por traer
un podium tan fuerte y tan bueno.
A raíz de esta cuestión y de las lecturas e informaciones que íbamos recogiendo
sobre la alimentación más correcta para los deportistas y para cualquier persona, se
suscitaron algunas dudas y preocupaciones. Uno de los niños entendió que “era mejor
comer poco, para pesar poco y así correr más". Otro que había que comer muy poco
"para que no se ponga grasa en el corazón, si no te cansas al correr y te mueres pronto".
Además teníamos a un niño bastante preocupado porque tenía un poco de sobrepeso y
le daba miedo que realmente le pasara “algo malo” a su corazón, y a una niña que
comía poco y le daba miedo “quedarse demasiado floja”.
Esto nos llevó a leer más sobre la alimentación sana, a pedir aclaraciones a los
padres expertos que vinieron a visitarnos, a tranquilizar a los preocupados, y también
a pesarnos con la báscula digital que trajo uno de los niños y que nos ayudó a rellenar
con fiabilidad un gráfico en el que se reflejaba si pesábamos mucho, poco o "regulín”.
Cuando alguien se subía y se bajaba del peso, o se movía antes de salir el número cero,
salía un letrero que ponía ERR. Entonces Kike decía con voz de oráculo: “¡NO!
¡ERROR!”, y había que empezar de nuevo, en medio de un silencio que yo intuía lleno
de dudas. Una de las veces Diego se animó a expresar su extrañeza, haciendo,
probablemente, de portavoz de otros: “¿y cómo lo sabe el peso que yo me he movido?”
Una mezcla de hipótesis mágicas, de asombro y de curiosidad que se le veía en los ojos,
a la vez temerosos y chispeantes de emoción.
Una tarde la palabra "alba" salió a relucir en la lectura de un cuento. Como nuestra Alba
no supo decirnos lo que significaba su nombre, lo expliqué yo. Lo “malo” fue que
todos quisieron una explicación sobre sus nombres y yo no sabía mucho sobre el tema.
Así que quedé con ellos en que cuando acabáramos de aprender sobre los deportes,
averiguaríamos los significados de sus nombres. Y así lo hicimos.
Elaboré una pequeña encuesta que se llevaron a sus casas. En ella preguntaba por
qué les habían puesto esos nombres y no otros, si sabían su significado, y si les
llamaban de algún modo especial, o cariñoso cuando eran pequeños. Cuando
empezamos a leer las encuestas que iban llegando fue divertidísimo enterarnos de que
a Jesús su madre le llamaba de pequeño “Perlita” y su padre “Perdigón”, que a Alfredo
le llamaban “Fito”y a Carolina “Carolinita”.
En uno de los libros que manejábamos decía que los hombres primitivos ponían
como nombres algunas cualidades familiares, la descripción del que había nacido, o de
las circunstancias de su nacimiento. Por ejemplo: “El que ha nacido con lluvia”, “La
que nació junto al río”, “La de la madre más joven”... Y de pronto se me ocurrió
preguntarles a los niños cómo se les podría llamar a ellos si lo hiciéramos al estilo
primitivo. Fueron diciendo cosas de sí mismos en un tono de lo más bonito. Algunos
no sabían cómo nombrarse y los demás les decían posibilidades. Sin mucho pensar,
según iban saliendo... He anotado algunos de estos nuevos nombres para el recuerdo:
-Yo me podría llamar “la niña que le gustan las pulseras”
-Yo sería “la niña que come poco”
-Yo soy “la niña que baila”
-Yo “el niño que quiere a los amigos”
-Yo soy “el niño que crece muy rápido”
-Alfredo puede ser “el niño de la voz de pájaro”
-Yo “la niña que le gusta pintar”
-Yo “el niño que sabe muchísimas cosas”
-Yo “el niño que corre rápido”. O “el niño que me han puesto gafas nuevas hoy”
-Yo el niño que inventa juegos
-Yo el que inventa historias
-Yo “el niño de la coleta, o el niño de la montaña”, porque siempre voy a montañas
-Yo “el niño que come mucho”
-Yo no sé...
-Pues podrías ser “la niña que lleva corona”, porque la traes muchos días
-Yo“la niña que tiene la cara alegre”
-Lía será “la niña que chilla y se divierte”
-Jesús es “el que se ríe de todo”
-Yo “la maestra que hace bromas”
-No, mejor “la maestra que baila mientras nosotros pintamos”
Tiempo después estuvimos trabajando en un proyecto sobre las máquinas. Teníamos una
máquina que les interesaba mucho. Era la caja registradora que había en la tienda que
teníamos en clase. Primero la diversión era el ruido, le daban unos zarandeos de
impresión, logrando que se abriera el cajoncillo en plan efectista. Después María se fijó
en los números que aparecían en una pantalla.
—¡Ha salido un cinco, pero ha salido solo, yo no lo he puesto!, comentaba
alborozada.
—Habrás apretado el botón cinco, le contestaba Pau.
—No, no, yo no he hecho nada, insistía ella.
—Eso es imposible, hay que hacer algo para que las máquinas te hagan caso, como
en el mando de la televisión de mi casa. Si le das al cinco, sale la cadena cinco, y si le
das al nueve sale el “Canal Nou”.
Qué gracioso y bien expresado el razonamiento de Pau: “hay que hacer algo para
que las máquinas te hagan caso”. Sus explicaciones tienen un cariz realista que María
irá integrando, a medida que observe y compruebe. Cada niño responde desde sus
experiencias, su momento de evolución concreto, su situación familiar, su modo de ser.
Los pensamientos van madurando al ritmo y la manera de cada cual.

Pistas que surgen a partir de una discusión

Otro ejemplo de pistas productivas fue la discusión continuada que mantuvimos el curso
pasado sobre los colores azul y rosa. Los azules son “de chico” y los rosas son “de chica”,
decían los niños. Los colores son de todos, decía yo..., sin convencer a nadie.
Recordando una sugerente exposición que vi en Barcelona titulada “Colors”, decidí
copiar unas cuantas ideas que abrieran un poco el punto de mira de los niños,
demasiado estereotipado, a mi modo de ver. Metí objetos de varios colores en botes
transparentes. (En uno maíz, para el amarillo, en otro tapones de botellas de agua, para
el azul, en otro carbón, para el negro, en otro estropajos verdes, en otro un dulce al que
llaman “nubes” para el rosa, etc.) Les propuse pensar un menú rosa y otro azul.
Pintarse las uñas de azul y de rosa...
También con fines proselitistas, los puse una mañana a pintar con blanco y con rojo,
y cuando aparecieron los primeros rosados, y los vi disfrutar de los matices y
comentarlos, les señalé que parecía que los tonos rosa estaban gustándoles tanto a unos
como a otras... Lo mismo pasó otro día con el azul oscuro y el blanco, y con los bonitos
tonos de azul claro que fueron saliendo. Pero aún así, ellos seguían manteniendo que
“el azul es de chico y el rosa es de chica”. Pensé pedir ayuda a las familias para ver si
conseguíamos avanzar un poco, así que puse un “bando” anunciando que recibiríamos
bien ideas sobre este asunto.
Alejandra, la mamá de Ivo, se ofreció a venir a clase a contarnos una “explicación
antropológica” sobre el posible motivo de la predilección notoria de los chicos por el
azul y de las chicas por el color rosa. Vino de buena mañanita con la cara ilusionada y
soñadora, y empezó preguntando a los niños cosas sobre la vida y las costumbres de
los hombres primitivos. Ella iba ayudando y guiando la conversación con mucho
respeto, buena escucha y un tono distendido, al tiempo que claro en el orden y las
normas.
Después pidió a cada cual que eligiera un dibujo entre varios que tenía preparados
y que representaban objetos prehistóricos. Con los dibujos extendidos en el suelo y
clasificados en dos montones: los elegidos por los chicos y los elegidos por las chicas,
fue acercándonos a la idea que traía y que venía a ser que la elección de esos dos
colores venía motivada por el estricto reparto de tareas que había en aquellos tiempos
y que llevaba a las mujeres a recolectar frutas (que al madurar son rosas, naranjas o
rojas), y a los chicos a desear cielos claros (azules) para tener buena visibilidad de cara
a lograr buena caza. Acabó leyéndonos un cuento que se había inventado sobre el tema
y que gustó mucho a los niños. Sus explicaciones fueron lógicas y difíciles de rebatir,
así que... nos hicieron pensar bastante.
Otra situación de discusión útil ocurrió cuando Ignacio, de cinco años, se incorporó a la
escuela. El primer día de curso entró alterado y tenso, se movía tembloroso, daba
pequeños gritos incontrolados... Enseguida cogió una serpiente de juguete, calmándose
mientras la manipulaba sin parar. Así que, con este objeto mediador, se dio a conocer
un poco ante los demás, en parte como amante de los animales, y en parte como
alguien que se sentía inseguro.
Otro de los niños, Óscar, llegó a las doce y, para gastarles una broma a los demás, lo
escondí en el armario mientras entraban del patio. En plan efectista llamé a la puerta
del armario y pregunté: "¿Hay alguien ahí dentro?", a lo que él contestó a voz en grito:
"¡SIIII!”, y en medio del asombro general, salió sonriendo con su puñal en la mano, y
"pose" guerrera.
Inesperadamente, Ignacio se le plantó delante y, aunque bastante nervioso, le dijo
con energía: -"No vayas a hacerle nada a mi serpiente, porque si no, le puedo decir que
te ataque con el veneno que tira por los dientes". (O sea, que no sólo la quería para
calmarse, también la pensaba como instrumento de defensa). Haciendo caso omiso de
la amenaza y del hecho de no conocerlo de nada, Óscar le discutió:
-"No lo tira por los dientes, sino por la lengua, que lo vi en la televisión."
-"No, eso no es", afirmó Ignacio, que en esto de los bichos se mostraba muy seguro,
y entonces me miraron los dos a ver qué decía yo... Remití la duda al grupo, porque
"no me acordaba bien", y ahí empezó la investigación más repentina que he vivido
hasta ahora. Una reacción adaptativa que por su intensidad logró que el grupo se
movilizara primero para discutir y luego para aprender juntos sobre las serpientes.

Pistas que surgen a partir de un acontecimiento afectivo o relacional

Normalmente los niños hablan mientras están pintando, en la comida, en los ratos de juego
libre... A veces plantean: "tenemos que hablar de algo que ha pasado", pidiendo un
tiempo para conversar en gran grupo. A veces soy yo la que propone hablar, porque
observo que ocurren cosas que conviene que se comenten. Después de la fiesta de
Navidad, les pedí que hablaran de ese día. Cómo se sintieron, qué les gustó más, o
menos, qué les enseñaron a sus padres de la clase... Cuando acabaron los comentarios,
saqué a colación algo que presencié y que aún no habíamos tenido ocasión de
comentar.
-Yo lo pasé muy bien en la fiesta, pude hablar con vuestros padres, os vi
guapísimos, bailasteis genial, etc. Aunque también hubo algo que no me gustó y me ha
hecho pensar. Me refiero a lo que dijo una niña de aquí sobre otra compañera ¿Podrías
contarlo tú, Alba, que estabas cerca y lo oíste?
-Sí. Es que al entrar Patri, Luciana le dijo: "vas muy fea", pero no era verdad, porque
venía muy guapa con su lazo y con su falda y con su chaleco.
-Eso es lo que pasó, sí, pero lo que no sé es por qué haría esto Luciana ¿Estaría
peleada con Patri? ¿Qué dices tú, Luciana? Y los demás ¿qué opináis?
-Yo no dije eso, se defendió Luciana.
-Sí, yo te oí y lo dijiste dos veces, insistió Alba.
-Será que tenía envidia por el pelo de Patri, que es muy rizado, y a mí me encanta,
aventuró Héctor.
-¿Será porque ella quiere tener los ojos azules como Patri?, añadió Lía.
-Estáis hablando de envidias posibles, pero ¿no será que estaban disgustadas entre
ellas por alguna cosa?
-No, no estaban peleadas, ellas no juegan juntas.
-¿Y tú, Patri, quieres decir algo?
-Que yo oí eso, pero como sé que iba guapa, no pasa nada, la perdono y ya está.
-¿Qué dices a esto, Luciana?
-Que sí que era envidia, porque la vi más guapa que todos los días, y yo quería ser
la mejor guapa de las chicas.
-Ibáis muy bien todas las chicas, cada una a su estilo, acuérdate de tu camisa de
brillo. Los chicos también iban muy bien. No conviene que ataques a otra por algo que
sientes tú, eso es cosa tuya.
-¿Y tú qué haces si tienes envidia?, me preguntó Luciana con verdadero interés.
-Pues suelo hacer dos cosas: una es pensar en las cosas buenas que tengo y la otra
aguantarme.
Una mañana al entrar César a clase comentó que había visto dos policías en la puerta del
colegio hablando con Cari, la maestra de la clase vecina. Salí a mirar, pero estaban lejos
de la entrada, así que volví con sensación de curiosidad insatisfecha, y se lo comenté a
los niños.
-Me muero de curiosidad
-Y yo, y yo, dijeron ellos
-¿Sabéis qué es la curiosidad?
-Sí, que quiero saberlo todo, definía Carol, metiéndose en la explicación
-Yo quiero saberlo todo y pronto, enseguida, añadía Alfredo
-Yo tengo mucha de esa curiosidad
-Y yo, que soy como mi perro de curioso, que me lo dice mi abuela.
Antes de empezar a planear el día me acerqué a la clase vecina, Cari ya había venido
y le pedí que nos contara qué ha ocurrido. Explicó que la policía les puso una multa a
los albañiles que estaban viendo cómo arreglar la escalera de la escuela. Y como no los
habían podido convencer de que se la perdonaran, los albañiles se habían enfadado.
Sabido esto, hice una frase tipo moraleja para cerrar el asunto y pasar a otra cosa.
-Claro, hay que seguir las reglas. Si estaban mal aparcados, los policías los han
tenido que multar, por eso yo quiero que aprendáis a cumplir las normas.
-Pues mi madre se saltó ayer un semáforo en rojo
-Y mi padre se los salta siempre
-Mi hermana cruza con el semáforo en rojo y un día la va a pillar un coche
-A mi padre se le llevó la grúa el coche por un momentín que paró para recoger a mi
abuela
-¿Por un momentín también ponen multas?
-A veces sí, si no le pides permiso al guardia
-¿Y si no te ve?
-Si te saltas un semáforo en rojo, aunque no te vean, puedes atropellar a alguien, o
chocar. Las normas son para que no haya accidentes, para proteger a las personas.
-Claro, no se puede hacer lo que se quiere, pegar, morder, o saltarse el semáforo en
rojo
-Eso, porque aunque no te vean los guardias, te ves tú mismo, concluyó Héctor.
Carlos comentó en la asamblea que en su casa hizo un contrato con sus padres y lo firmaron
los tres.
-¿Y qué habéis contratado?, le pregunté.
-Nada, era un papel que decía CONTRATO y abajo iban las firmas.
-Es que contrato significa tratar con otros sobre algo, acordar alguna cosa.
-Ah, pues no lo sabía.
-Si tú quieres hacemos un contrato tú y yo, le propuse. Podríamos acordar que te
sentarás cuando haya que sentarse y no un rato después, como sueles hacer ¿Qué te
parece?
-Bueno, sí.
-Escríbelo tú mismo y lo firmamos los dos.
Así lo hicimos y hubo un buen cumplimiento del acuerdo, cosa que le valoré ante el
grupo. Cuando acabé de hablar, Lía dijo:
-Pues aquí hay más que tienen que hacer contratos de ésos.
-¿Quiénes son?, pregunté. Y entre todos fueron diciendo en lo que pensaban que
unos y otros tenían que mejorar.
-Tú debías contratar que no vas a pegar más.
-Y tú que vas a comértelo todo.
-Tú contrata trabajar más que ahora.
-Vosotros podíais contratar no jugar siempre al fútbol, que os ponéis muy pesados
con los balonazos.
-Y vosotras no discutir tanto a ver quien manda cada día.
-Yo voy a contratar hablar más.

A la mañana siguiente Carlos amaneció con un montón de papeles en la mano. En


todos ellos ponía CONTRATO de su puño y letra, el contenido estaba por delimitar.
¡Cómo me gustan estas cosas que pasan, y me sorprenden, y me hacen admirar las
redes de aprendizaje y de relación en las que se mueve cada grupo! A su ritmo y
manera. Con las aportaciones de unos y de otros. Con los entusiasmos o las
pasividades. Con la buena y rica mezcla que supone estar juntos en esto del aprender.

Ojalá consigamos ser más decididos a la hora de estar en la escuela con los niños.
Ojalá no tengamos miedo de seguir los hilos que enmarañan los asuntos y los despejan
a un tiempo. Ojalá logremos no pasar por encima de sus preguntas, de sus
comentarios, de sus propuestas, de sus deseos y de esas jugosas pistas que nos tienden
y con las que se ponen a aprender a manos llenas y apasionadamente.

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