Collins, Wilkie - Callejon Sin Salida
Collins, Wilkie - Callejon Sin Salida
Comentario [LT1]:
Callejón sin salida
OBERTURA
Día 30 del mes de noviembre del año de 1835. En Londres, el gran reloj de Saint Paul
marca las diez de la noche. Todas las iglesias menores londinenses esfuerzan sus gargantas
metálicas. Algunas empiezan, impertinentes, antes que la campana vigorosa de la gran
catedral; otras, tardas, lo hacen tres, cuatro o media docena de tañidos después; todas están
en una afinación lo bastante cercana como para dejar en el aire la resonancia de sus
armónicos, como si el padre alado que devora a sus hijos hubiese barrido el aire, al
sobrevolar la ciudad, con su vibrante guadaña gigantesca.
¿Qué reloj es éste, más grave que la mayoría de los restantes y tan grato al oído, éste que
esta noche se retrasa hasta el punto de coincidir sólo con la vibración final de los demás?
Es el reloj de la Casa de Niños Expósitos. En otros tiempos, se recibía a los expósitos sin
preguntas, en una cuna junto a la verja. En estos tiempos, se hacen preguntas sobre ellos y
se los recibe de favor, de las manos de unas madres que para siempre renuncian a saber de
ellos y a reclamarlos.
Hay luna llena y la noche es agradable, con nubes ligeras. El día ha sido mucho menos que
agradable, porque el cieno y el barro, aumentados por la niebla cerrada, ennegrecen las
calles. Una dama velada, que se desliza arriba y abajo junto a la puerta trasera de la Casa
de Niños Expósitos, tendrá que llevar buen calzado esta noche.
Se desliza de aquí para allí, sorteando la parada de los coches de alquiler, deteniéndose a
menudo a la sombra del ángulo oeste de la maciza tapia cuadrangular, y desde allí vuelve
el rostro hacia la puerta. Sobre ella se tiende la pureza del cielo iluminado por la luna y a
sus pies, la suciedad de la acera: ¿se sentirá, de igual modo, tal vez dividida mentalmente
entre los opuestos de la reflexión y la acción? Así como las huellas de sus pies, al cruzarse
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una y otra vez, han dibujado un laberinto en el lodo, ¿quizá el curso de su vida se habrá
transformado por sí mismo en una maraña densa e insuperable?
La puerta trasera de la Casa de Niños Expósitos se abre y sale una mujer joven. La dama se
detiene a un lado, observa con atención, ve que alguien cierra la puerta desde dentro sin
ruido, y sigue a la joven.
Han atravesado ya dos o tres calles, en silencio, cuando la dama, que seguía de cerca al
objeto de su atención, extiende la mano y toca a la muchacha, que entonces se detiene y,
sobresaltada, mira a sus espaldas.
—Usted me detuvo anoche y, cuando volví la cabeza, no quiso hablar. ¿Por qué me sigue
como un fantasma callado?
—No fue porque no quisiera hablar— respondió la dama con voz baja—, sino que no pude
cuando lo intenté.
—¿Qué quiere de mí? ¿Le he hecho algún daño alguna vez?
—-Jamás.
—¿La conozco yo?
—No.
—¿Pues qué quiere usted de mí?
—En este sobre hay dos guineas. Reciba mi pobre regalo y se lo diré.
El rostro de la joven, que es honesto y gracioso, se cubre de rubor cuando ella responde.
—No hay nadie, viejo o niño, en toda esa gran institución a la que pertenezco que no tenga
una palabra amable para Sally. Yo soy Sally. ¿Se podría pensar bien de mí, si dejara que
me comprasen?
—No pretendo comprarla, sólo quiero darle una muy pequeña recompensa.
Con gesto firme, pero sin rudeza, Sally cierra y aparta la mano hacia ella tendida.
—Si hay algo que pueda hacer por usted, señora, que no pueda hacerlo sin gratificación,
me confunde usted si piensa que lo haré por dinero. ¿Qué quiere?
—Usted es una de las enfermeras o ayudantes de la Casa, la he visto salir de allí hoy y
ayer.
—Sí, lo soy. Me llamo Sally.
—Hay un gesto agradable de persona paciente en su cara, que me hace pensar que los
niños se apegarán a usted con facilidad.
—¡Que Dios los bendiga! Así es.
La dama levanta su velo y deja ver un rostro de no mucha mayor edad que el de la
enfermera. Un rostro más fino e inteligente, pero desolado y consumido por la pena.
—Soy la desgraciada madre de una criatura que desde hace poco está bajo su cuidado.
Tengo que pedirle algo.
Instintivamente, respetuosa de la confianza que demuestra ese velo alzado, Sally —cuyas
maneras son sencillas y espontáneas— vuelve a bajar ese velo y vierte unas lágrimas.
—¿Hará caso de mi súplica?— pregunta con inquietud la dama—. ¿No hará oídos sordos
al ruego agónico de la suplicante destrozada en que me he convertido?
—¡Válgame, válgame Dios!— exclama Sally—. ¿Qué diré, qué puedo decir? No hable de
súplicas. Las súplicas se deben dirigir a Dios, Nuestro Padre, y no a enfermeras o personas
así. Además, sólo estaré en este puesto durante medio año más, hasta que otra joven reciba
el adiestramiento necesario para ocuparlo. Estoy a punto de casarme. No tendría que haber
salido anoche ni tampoco esta noche, pero como mi Dick (que es el hombre con quien voy
a casarme) está enfermo, voy a ayudar a su madre y a su hermana a cuidarlo. ¡No puede
ser, no puede ser!
—¡Oh, mi buena Sally, querida Sally— gimió la dama, a la vez que le cogía el vestido con
ademán suplicante— Usted está llena de esperanzas y yo sin ellas; usted tiene ante sí una
vida límpida por delante, cosa que nunca jamás se presentará ante mí; usted puede aspirar a
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convertirse en una esposa respetada y también en una madre orgullosa; usted es una mujer
viva y enamorada, a quien se llevará la muerte: por todo eso, ¡por el amor de DIOS,
escuche mi dolida petición!
—¡Pobre, pobre, pobre de MÍ!— exclamó Sally, cuya desesperación estalló en el
pronombre—. ¿Qué podría hacer yo? ¡Ay! ¡De qué manera vuelve usted mis propias
palabras en mi contra! Le he dicho que estoy a punto de casarme para hacerle ver que me
marcharé de allí y que, por lo tanto, no podría ayudarla aunque quisiera. Pobrecilla, y usted
hace que me sienta cruel por casarme y por no ayudarla. No es justo. ¿Cree usted que es
justo, Pobrecilla?
—¡Sally, escúcheme, querida! Mi súplica no tiene que ver con el futuro sino con el pasado.
Sólo son dos palabras.
—¡Vaya! Esto se pone cada vez peor— exclama Sally—, si he comprendido bien cuáles
son esas dos palabras.
—Lo ha comprendido. ¿Qué nombre le han puesto a mi pobre hijo? No le preguntaré más
que eso. He leído algo acerca de las costumbres de la institución. Lo bautizaron en la
capilla y lo registraron con algún apellido en el libro. Lo recibieron el lunes pasado por la
noche. ¿Qué nombre le han puesto?
De rodillas se habría hincado la dama, en el barro pestilente del callejón por el que se
habían desviado—un paso vacío y sin salida, que daba a los sombríos jardines de la Casa—
, mientras hacía su apasionada súplica, pero Sally se lo impide.
—¡No! ¡No! Usted hace que me sienta buena. Déjeme ver su bonita cara otra vez. Ponga
sus manos sobre la mía. Ahora prometa que jamás me preguntará nada que no sean esas
dos palabras.
—Jamás! Jamás!
—Que jamás hará mal uso de ellas, si se las digo.
—Jamás! Jamás!
—Walter Wilding.
La dama oculta su rostro en el pecho de la enfermera, la estrecha entre sus brazos, susurra
una bendición y las palabras «¡Déle un beso por mí!» y desaparece.
Primer domingo del mes de octubre del año de 1847. En Londres, el gran reloj de Saint
Paul señala la una y media de la tarde. El reloj de la Casa de Niños Expósitos hoy señala la
misma hora que el de la catedral. El servicio ha terminado en la capilla y los niños
expósitos están comiendo.
Hay muchos observadores en el comedor, como de costumbre. Dos o tres administradores,
familias enteras de la congregación, grupos pequeños de hombres y mujeres, personas
rezagadas de diversa condición. El brillante sol de otoño cae con fuerza sobre los pupilos;
las ventanas de cercos macizos a través de las que entra ese sol y los muros divididos en
paneles en los que se proyecta son tales que parecen reproducidos de los cuadros de
Hogarth. El refectorio de las niñas, donde también están los más pequeños, es la principal
atracción. Servidoras pulcras y calladas se deslizan entre las mesas ordenadas y
silenciosas; los observadores se desplazan o se detienen, según les plazca; los comentarios
susurrados, referidos a esa cara que está frente a determinada ventana, no son infrecuentes;
muchas de las caras son tales que llaman la atención. Algunas de las personas que llegan
de fuera son visitantes habituales. Tienen establecida cierta relación y hasta hablan con los
ocupantes de determinados puestos de las mesas, junto a los que se detienen y se inclinan
para decir una o dos palabras. No es un desmedro para su bondad el hecho de que en esos
puestos, por lo común, estén quienes despiertan sus atracciones personales. La monotonía
de las amplias salas y de las filas dobles de caras se aligera gratamente —aunque muy
poco— gracias a esos episodios.
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Una dama cubierta con un velo, que no va acompañada, se mueve entre los allí reunidos.
Se diría que ni la curiosidad ni la ocasión la han traído a este lugar antes. Tiene el aire de
sentirse algo confusa ante lo que ve y, mientras avanza a lo largo de las mesas, su paso es
vacilante y su actitud, inquieta. Por fin llega al refectorio de los niños. Son mucho menos
populares que las niñas, de modo que ve el lugar vacío de visitantes cuando mira desde el
umbral.
Mas en el vano mismo de la puerta se halla una gobernanta entrada en años, una matrona o
ama de llaves. A ella dirige la dama algunas preguntas comunes. ¿Cuántos niños hay? ¿A
qué edad se les deja salir del hospicio? ¿Son muchos los que se aficionan a la mar? Y todo
con un tono más y más bajo cada vez, hasta que llega a preguntar:
—¿Cuál es Walter Wilding?
La gobernanta sacude la cabeza. Va contra las normas.
—¿Usted sabe cuál es Walter Wilding? Con tal hondura siente la gobernanta la intensidad
con que los ojos de la dama examinan su rostro que baja de inmediato los suyos hasta el
suelo, para impedir que yerren en la dirección por la que podrían traicionarla.
—Sé cuál es Walter Wilding, señora, pero no es de mi competencia dar los nombres a los
visitantes.
—Pero puede señalármelo sin decirme nada.
La mano de la dama se acerca con suavidad a la de la gobernanta. Una pausa y silencio.
—Voy a pasearme entre las mesas— dice la interlocutora de la dama como si no hablase
con ella—. Sígame con los ojos. El niño junto al que me detenga y con el que hable no será
el que a usted le interesa. Pero el muchacho al que toque será Walter Wilding. No me diga
más y apártese de mí.
En respuesta inmediata al pedido, la dama entra en la sala y mira a su alrededor. Pocos
instantes después, la gobernanta, con un serio aire oficial, avanza por el lado extemo de las
filas de mesas, empezando por la de su izquierda. Recorre toda la hilera, se vuelve y
regresa por el lado interno. Tras una fugaz mirada hacia la dama, se detiene, se inclina y
habla. El niño al que se ha dirigido levanta la cabeza y responde. Con un gesto de buen
humor y familiaridad, mientras escucha lo que le dicen, la gobernanta apoya la mano en el
hombro del niño que está a su derecha. Para que su gesto sea evidente, mantiene la mano
sobre el hombro mientras replica, a su vez, y palmea al muchacho dos o tres veces antes de
alejarse. La mujer completa su inspección de las mesas sin tocar a nadie más, y se marcha
por la puerta del lado opuesto de la amplia sala.
Terminada ya la comida, la dama también avanza por la parte externa de la fila de mesas
que están a mano izquierda, llega al extremo, gira y vuelve por el lado interno; otras
personas han entrado en el refectorio, por fortuna para ella, y se mueven de aquí para allí.
La señora alza su velo, se detiene junto al muchacho señalado por la gobernanta y le
pregunta qué edad tiene.
—Doce años, señora— responde el niño, fijos sus ojos brillantes en los de la dama.
_¿Te encuentras a gusto? ¿Eres feliz?
—Sí, señora.
-¿Aceptarías estos dulces que te ofrezco?
-Si usted quiere dármelos.
Al inclinarse para hacerlo, la frente y los bellos de la señora tocan la cara del niño.
Después, de volver su rostro, la dama sigue su camino y se marcha sin mirar atrás.
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ACTO I
SE LEVANTA EL TELÓN
Una plaza de la ciudad de Londres, sin salida para vehículos ni peatones. Es un ensanche
de una calle empinada, resbaladiza y sinuosa, que conecta Tower Street con la ribera
Middlesex del Támesis; allí se alzan las oficinas de las Bodegas Wilding y Cía.
Probablemente, a modo de reconocimiento jocoso de la dificultad que presenta este acceso
principal, el punto más cercano a su base por el que se puede alcanzar el río (si poco
importan las circunstancias olfativas) lleva el nombre de Escalera Rompecuellos. La plaza
misma también recibió, en tiempos, el descriptivo título de Recodo del Baldado.
Años antes del de 1861, la gente había dejado de frecuentar los botes de la Escalera
Rompecuellos y los barqueros abandonaron ese lugar de servicio. La estrecha calzada
fangosa se había precipitado en el río por un lento proceso de suicidio, y dos o tres restos
de pilotes y una oxidada anilla para el amarre eran todo lo que quedaba de las pasadas
glorias de Rompecuellos. A veces, por cierto, una gabarra cargada de carbón se acomodaba
traqueteando en el lugar, y algunos afanosos cargadores —a los que se diría engendros del
cieno— se ponían en marcha, entregaban su carga en el vecindario, zarpaban y se
desvanecían; pero durante la mayor parte del tiempo, el único comercio de la Escalera
Rompecuellos consistía en el acarreo de barricas y botellas, tanto llenas como vacías,
desde y hacia las bodegas de Bodegas Wilding y Cía. Incluso estas faenas eran sólo
ocasionales, y en las tres cuartas partes de sus mareas el color indecorosamente sucio del
río llegaba a escurrirse, solitario, hasta el anillo herrumbrado para lamerlo, como si supiera
de los esponsales del Dux y el Adriático, y quisiera casarse con el gran conservador de su
suciedad, el muy Honorable Alcalde.
A unas doscientas cincuenta yardas a la derecha, en la colina enfrentada (según se subía
desde la Escalera Rompecuellos), estaba el Recodo del Baldado. Había una bomba en el
Recodo del Baldado, había un árbol en el Recodo del Baldado. Todo el Recodo del
Baldado pertenecía a Bodegas Wilding y Cía. Sus cavas se hundían en tierra, su vivienda
se elevaba en los aires. Había sido aquel edificio una verdadera mansión en los tiempos en
que los mercaderes vivían en la City, y tenía un elegante tejadillo que, sin ningún apoyo
visible, llegaba hasta la entrada, algo semejante al tornavoz de un antiguo pulpito. También
tenía una cantidad de aberturas estrechas y altas a modo de ventanas, dispuestas de tal
modo que la fachada de ladrillos oscuros resultaba simétricamente fea. En el tejado se
alzaba, asimismo, una cúpula con una campana.
—Cuando un hombre de veinticinco años puede ponerse el sombrero y decirse «este
sombrero cubre al dueño de esta propiedad y del negocio que en ella se ejerce», creo, Mr.
Bintrey, que sin hacer alarde puede estar profundamente agradecido. No sé qué piensa
usted al respecto, pero esto es lo que pienso yo.
Así habló Mr. Walter Wilding a su abogado, en su despacho, mientras cogía su sombrero
de la percha, para adecuar la acción a la palabra, y a continuación lo volvía a colgar, para
no transgredir su modestia natural.
Era hombre inocente, franco, de aspecto lozano, Mr. Walter Wilding, con su piel blanca y
sonrosada y una figura que para sus pocos años resultaba demasiado voluminosa a pesar de
su talla. Su cabello era ensortijado y castaño y sus ojos, cordiales, brillantes, azules. Se
trataba de un hombre muy comunicativo, un hombre para el que la locuacidad resultaba ser
la efusión irrefrenable de la ufanía y de la gratitud. Mr. Bintrey, en cambio, era un hombre
reservado, con ojos refulgentes como cuentas en una cabeza grande, inclinada y calva, que
disfrutaba por dentro, aunque con intensidad, de la gracia de la palabra, la mano o el
corazón abiertos.
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—No es necesario, no es necesario. Bien, Mr. Bintrey. ¡Así todos seremos una especie de
familia! Ya ve usted, Mr. Bintrey, en mi niñez no me habitué a esa clase de existencia
individual que la mayor parte de las personas llevan, más o menos, en la infancia. Después,
me entregué a la relación con mi querida difunta madre. Tras perderla, encuentro que me
va mejor ser uno en un conjunto que estar aislado. Serlo y a la vez cumplir mi deber con
los que de mí dependen tiene una suerte de aura patriarcal y grata. No sé qué piensa usted
al respecto, Mr. Bintrey, pero así es como pienso yo.
—En este asunto, el importante no soy yo sino usted—respondió Bintrey—. Por
consiguiente, lo que yo pueda pensar sobre este tema tiene muy poco interés.
—¡Pues yo pienso— dijo Mr. Wilding, con vivacidad— que es prometedor, rendidor,
encantador!
—Verá usted —volvió a sugerir el abogado—, no he querido decir...
—No voy a decirlo. Además, está Haendel.
—¿Está quién?—preguntó Bintrey.
—Haendel, Mozart, Haydn, Kent, Purcell, el Doctor Arne, Greene, Mendelssohn. Conozco
los coros de sus cantatas de memoria. La Colección de la Capilla del Hospicio. ¿Por qué no
íbamos a poder aprenderlos juntos?
—¿Aprenderlos juntos, quiénes?— preguntó el abogado, con tono más bien brusco.
—Empleador y empleados.
—¡Vaya, vaya! —dijo Bintrey, apaciguado, como si a medias hubiese estado esperando
que la respuesta fuera «abogado y cliente»—. Eso es otra cosa.
—¡No es otra cosa, Mr. Bintrey! Es la misma cosa. Una cláusula del pacto que hay entre
nosotros. Formaremos un coro en alguna iglesia tranquila y cercana al Recodo y, después
de haber cantado juntos un domingo con fruición, volveremos a casa para tomar nuestra
cena temprano, con fruición. La meta que ahora tengo en mente es poner este sistema en
marcha sin demora, para que mi nuevo socio lo encuentre ya establecido cuando se integre
en la sociedad.
—¡Que todo vaya bien! —exclamó Bintrey, mientras se ponía de pie—. ¡Que la
prosperidad les sonría! ¿Joey Ladle piensa tomar parte en eso de Haendel, Mozart, Haydn,
Kent, Purcell, el Doctor Arne, Greene y Mendelssohn?
—Eso espero.
—Les deseo a todos buenos frutos —replicó Bintrey de todo corazón—. Adiós, señor.
Se dieron la mano y se separaron. Después (no sin antes golpear con los nudillos para
anunciarse), llegó a presencia de Mr. Wilding, por una puerta que comunicaba el despacho
privado y la oficina de los empleados, el encargado de bodegas de la casa Wilding y Cía.
Bodegueros, y antiguo encargado de bodegas de la firma Pebbleson y Sobrino: el tal Joey
Ladle. Un hombre despacioso y robusto, cuyo tipo humano era el de un mozo de cuerda,
vestido con un traje arrugado y un mandil con peto, al parecer de un material entre esterilla
y piel de rinoceronte.
—Por lo del asunto de la casa y comida pa' tos, joven patrón Wilding —dijo.
—¿Sí, Joey?
—Hablaré por mí mismo, joven patrón Wilding, y jamás he hablao ni jamás hablaré por
nadie más; no quiero comida ni casa aún. Pero si usté quiere darme de come y alojarme,
hágalo. Puedo pica lo que sea, como la mayoría de los hombres. Dónde vaya a pica no es
un asunto tan importante como lo de Qué pico. Ni siquiera me preocupa demasiao Cuánto
pico. ¿Todos van a viví en la casa, joven patrón Wilding? ¿Los otro dó mancebo, los tré
mozo de cuerda, los dó aprendice y los ganapane?
—Sí. Espero que seamos una familia unida, Joey.
—¡Ah!—dijo Joey—. Pues que lo sean.
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de la gran chimenea, montaba guardia debajo de ella y sobre un aparador, con forma de
sarcófago, que en sus tiempos contenía algunas docenas de botellas del vino de Pebbleson
y Sobrino. Pero el menudo, rubicundo y viejo solterón, peinado con coleta, cuyo retrato
colgaba en la pared por encima del armario (y quien con facilidad podía identificarse,
decididamente, como Pebbleson y no Sobrino), había pasado a otro sarcófago, y el
calientaplatos se había enfriado tanto como él. De igual modo, los grifos que sostenían los
candelabros, que sujetaban en sus bocas las bolas negras en que remataban unas cadenas
doradas, tenían el aire de haber perdido con la edad todas las ganas de jugar a la pelota, y
parecía que exhibieran con pena sus cadenas en la fila de interrogatorios de una misión:
¿acaso estaban ya emancipados, y habían dejado de ser grifos y hermanos?
Aquella mañana de verano era tan descubridora como Colón, pues había descubierto el
Recodo del Baldado. La luz y el calor atravesaban las ventanas abiertas e lrradiaban sobre
el retrato de una dama que colgaba por encima de la repisa de la chimenea, único
ornamento de las paredes que quedaba por mencionar.
—Mi madre a los veinticinco años —se dijo Mr. Wilding, mientras sus ojos, entusiastas,
seguían la luz en el rostro del retrato—. Allí está, para que los visitantes puedan admirar a
mi madre en la flor de su juventud y de su belleza. A mi madre a los cincuenta la he puesto
en la intimidad de mi cuarto, como un recuerdo sagrado para mí. ¡Oh, es usted, Jarvis!
Dirigía estas últimas palabras a un empleado que había llamado a la puerta y entraba en ese
momento.
—Sí, señor. Sólo quería hacerle saber que ya han dado las diez, señor, y que hay varias
mujeres en el despacho.
—¡Vaya, por Dios!— dijo el bodeguero, a la vez que sus rojeces se volvían más rojas y sus
blancuras más blancas—. ¿Hay varias? ¿Cuántas? Será mejor que empiece antes de que
sean más. Las veré una a una, Jarvis, según el orden en que hayan llegado.
De inmediato se acomodó en su butaca, tras el gran tintero que había sobre la mesa, no sin
antes haber dispuesto una silla al otro lado, frente a su asiento; así inició Mr. Wilding su
tarea con una considerable ansiedad.
Tuvo que pasar por las apreturas por las que hay que pasar en tales ocasiones. Se
presentaron los habituales tipos de mujeres de honda carencia de simpatía, y los habituales
tipos de mujeres de excesiva simpatía. Se presentaron viudas corsarias que querían
apoderarse de él y que llevaban el paraguas sujeto bajo el brazo, como si cada paraguas
fuera él y cada brazo lo hubiese atrapado. Se presentaron señoritas solteras imponentes,
que habían conocido tiempos mejores, y que llegaron munidas de declaraciones clericales
sobre su teología, como si él fuera san Pedro, el de las llaves. Se presentaron doncellas
agradables, que iban para casarse con él. Se presentaron amas de llave profesionales, como
oficiales sin galones, que le tomaron examen sobre su modo de llevar la casa, en lugar de
someterse ellas a un aprendizaje. Se presentaron lánguidas inválidas, para las que el salario
importaba menos que las comodidades de un hospital privado. Se presentaron criaturas
sensibles, que estallaron en lágrimas cuando él les dirigió la palabra y tuvieron que ser
reconfortadas con vasos de agua fría. Se presentaron algunas candidatas que llegaban de a
dos, una muy aceptable y la otra inaceptable por entero; de ellas, la aceptable era la que
contestaba todas las preguntas con gran encanto, hasta que por fin se descubría que no era
la verdadera candidata sino una amiga de la inaceptable, que había mantenido la mirada
baja, en absoluto silencio y al parecer ofendida.
Por último, cuando ya el bondadoso y sencillo corazón del bodeguero estaba a punto de
claudicar, se presentó una aspirante muy distinta de las demás. Una mujer, tal vez de unos
cincuenta años aunque parecía más joven, con una cara notable por su plácida jovialidad y
una actitud no menos notable por su tranquilo aire ecuánime. Nada se podría haber
cambiado en sus ropas para mejorarlo. Nada se podría haber cambiado en la seguridad
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callada de su aire para mejorarla. Nada podía ser más acorde con ambos rasgos que su voz
cuando respondía a la pregunta: «¿Cuál es el nombre que tendré el placer de anotar?», con
las palabras: «Mi nombre es Sarah Goldstraw. Mrs. Goldstraw. Mi marido murió hace
muchos años y no teníamos familia».
Media docena de preguntas apenas habían obtenido algo más que de cualquier otra en
cuanto al objetivo principal. La voz resultaba tan grata a los oídos de Mr. Wilding mientras
tomaba nota que se demoró bastante en ello. Cuando alzó los ojos, la mirada de Mrs.
Goldstraw había dado vueltas, naturalmente, por la habitación y en ese momento volvía a
él desde la repisa de la chimenea. Su actitud era la de abierta disponibilidad para que la
interrogaran y para contestar con franqueza.
—¿Me excusará usted si le hago unas pocas preguntas?—dijo el modesto bodeguero.
—Por supuesto que sí, señor. De lo contrario no habría venido.
—¿Se ha desempeñado antes como ama de llaves?
—Sólo una vez. Viví durante doce años con la misma señora viuda. Desde que perdí a mi
marido. Era una dama inválida y ha muerto hace poco; por ella llevo luto.
—Me figuro que le habrá dejado excelentes recomendaciones— dijo Mr. Wilding.
—Creo que puedo decir las mejores. He pensado que lo propio era traer por escrito el
nombre y las señas de los albaceas de esa dama, señor— y puso una tarjeta sobre la mesa.
—Es notable, Mrs. Goldstraw, el recuerdo que me trae usted— dijo Wilding mientras
cogía la tarjeta— de una actitud y un tono de voz con los que en una época estuve
familiarizado. No de una persona, estoy seguro de eso, aunque no puedo recordar qué es lo
que tengo en la memoria, sino de una disposición. Debo añadir que se trataba de un talante
gentil y cordial.
La mujer sonrió al contestar.
—Oh, eso me alegra mucho, señor.
—Sí —dijo el bodeguero, y pensativamente repitió su última frase, a la vez que echaba una
rápida mirada a su futura ama de llaves—, era un talante gentil y cordial. Pero es todo lo
que puedo decir al respecto. El recuerdo a veces es como un sueño olvidado a medias. No
sé qué piensa usted al respecto, Mrs. Goldstraw, pero así es como yo lo veo.
Tal vez Mrs. Goldstraw pensaba algo semejante, porque aceptó en silencio el aserto. Mr.
Wilding habló de ponerse en inmediato contacto con los caballeros nombrados en la
tarjeta: una firma de procuradores del Colegio de Abogados de los Comunes. Mrs.
Goldstraw asintió, agradecida, a esas palabras. El Colegio no estaba lejos de allí, por lo que
Mr. Wilding sugirió la posibilidad de que Mrs. Goldstraw volviera al cabo de tres horas,
Mrs. Goldstraw estuvo de acuerdo de inmediato en hacerlo así. En síntesis, como el
resultado de las averiguaciones de Mr. Wilding fuera muy satisfactorio, esa misma tarde
Mrs. Goldstraw se comprometió (en los términos perfectamente adecuados que ella misma
propuso) a volver al día siguiente para instalarse como ama de llaves en el Recodo del
Baldado.
Al día siguiente llegó Mrs. Goldstraw para hacerse cargo de sus deberes domésticos.
Después de acomodarse en su propio cuarto, sin molestar a los sirvientes y sin perder
tiempo, la nueva ama de llaves dijo que escucharía con gusto cualquier tipo de
recomendaciones que su señor quisiera hacerle. El bodeguero recibió a Mrs. Goldstraw en
el comedor en el que la había entrevistado el día anterior; y, una vez intercambiadas las
habituales cortesías por una y otra parte, los dos se sentaron para estudiar juntos los
asuntos de la casa.
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—Acerca de las comidas, señor —dijo Mrs. Goldstraw—, ¿tendré que ocuparme de
muchas o de pocas personas?
—Si puedo poner en marcha cierto antiguo plan mío—respondió Mr. Wilding—, tendrá
que ocuparse de muchas personas. Soy un soltero solitario, Mrs. Goldstraw, y me
propongo vivir con todas las personas de la firma como si fuesen miembros de mi familia.
Hasta que eso llegue, sólo tendrá que ocuparse de mí y de mi nuevo socio, al que espero
ahora mismo. No puedo decirle aún cuáles son las costumbres de mi socio. Pero de mí, le
anticipo que soy hombre de horarios regulares, con un apetito invariable del que siempre
podrá estar segura.
—¿En cuanto al desayuno, señor —preguntó Mrs. Goldstraw—, hay algo especial...?
El ama de llaves dudó por un momento y dejó la frase inacabada. Sus ojos se apartaron
lentamente de su patrón y se fijaron en la repisa de la chimenea. De no haber sido ella un
ama de llaves excelente y experimentada, Mr. Wilding podría haber pensado que la
atención de la mujer empezaba a vagar desde el comienzo mismo de la reunión.
—Desayuno a las ocho en punto —continuó el bodeguero—. Una de mis virtudes es no
cansarme jamás del tocino frito, y uno de mis pecados es mostrarme siempre suspicaz en
cuanto a la frescura de los huevos.
Mrs. Goldstraw volvió los ojos hacia él, aún dividida su atención entre la repisa de la
chimenea de su patrón y su patrón en persona.
—Tomo té —proseguía Mr. Wilding—, y tal vez sea yo bastante perentorio e impaciente al
respecto, porque me gusta beberlo en un momento preciso después que haya sido hecho. Si
mi té reposa demasiado...
A su vez, Wilding vaciló y dejó la frase sin terminar. Si no hubiese estado inmersa en la
discusión de un tema de tan grande interés para su persona como el desayuno de su patrón,
Mrs. Goldstraw podría haber pensado que la atención de él había empezado a vagar desde
el comienzo mismo de la reunión.
—¿Si su té reposa demasiado, señor? —dijo el ama de llaves, para retomar educadamente
el hilo de la frase de su patrón.
—Si mi té reposa demasiado —repitió el bodeguero, con tono mecánico, mientras su
mente se apartaba más y más de su desayuno y sus ojos se fijaban más y más inquisitivos
en el rostro de su ama de llaves—. Si mi té...
¡Válgame Dios, Mrs. Goldstraw! ¿Qué talante y tono de voz me recuerda usted? Hoy es
más fuerte que cuando la vi ayer. ¿Qué será?
¿Qué será? —repitió Mrs. Goldstraw.
El ama de llaves dijo esas palabras mientras, evidentemente, pensaba en otra cosa. El
bodeguero, que aún la miraba con aire inquisitivo, observó que los ojos de Mrs. Goldstraw
se desviaban una vez más hacia la repisa de la chimenea, para fijarse en el retrato de su
madre, colgado allí, y lo contemplaban con esa leve contracción del entrecejo que
acompaña un esfuerzo casi inconsciente de la memoria. Mr. Wilding señaló:
—Mi querida difunta madre, cuando tenía veinticinco años.
Mrs. Goldstraw le dio las gracias, con un movimiento de la cabeza, por haberse tomado el
trabajo de decirle de quién era el retrato, y comentó, ya distendido su ceño, que era el
retrato de una dama muy hermosa.
Mr. Wilding, otra vez sumergido en su anterior perplejidad, de nuevo procuró recuperar
aquella antigua reminiscencia asociada tan de cerca, aunque tan oscuramente, con la voz y
el talante de su nueva ama de llaves.
—Disculpe usted que le pregunte algo que no tiene nada que ver conmigo o con mi
desayuno —dijo—. ¿Podría decirme si alguna vez ha tenido alguna actividad distinta de la
de ama de llaves?
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—Oh, sí, señor. En mis primeros tiempos trabajé como enfermera en la Casa de Niños
Expósitos.
—¡Vaya, eso es! —exclamó el bodeguero y echó hacia atrás su silla—. ¡Ese talante es el
que usted me recuerda!
Mrs. Goldstraw le echó una mirada de asombro, cambió de color, se controló, fijó sus ojos
en el suelo y siguió sentada, sin decir una palabra.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Mr. Wilding.
—-¿Tengo que deducir que usted estuvo en la Casa de Niños Expósitos, señor?
—Claro que sí, no me avergüenzo de ello.
—¿Con el nombre que ahora lleva?
—Con el nombre de Walter Wilding.
—¿Y la dama...? —Mrs. Goldstraw hizo una pausa para echar una mirada al retrato, una
mirada que ya mostraba una alarma inequívoca.
—Mi madre, dice usted —interrumpió Mr. Wilding.
—Su... madre —repitió el ama de llaves, un poco forzada— ¿cuándo lo sacó de la Casa de
Niños Expósitos? ¿A qué edad, señor?
—Cuando estaba entre los once y los doce años. Es un episodio romántico, Mrs.
Goldstraw.
Le contó la historia de la dama que le había hablado cuando él estaba comiendo con los
demás niños en la Casa, y todo lo ocurrido después, a su manera inocente y comunicativa.
—Mi pobre madre jamás podría haberme encontrado —añadió— de no haber sido por una
de las gobernantas, que se apiadó de ella y consintió en tocar al muchacho cuyo nombre
era «Walter Wilding», mientras fuera paseándose entre las mesas, y así mi madre volvió a
encontrarme, después de haberse separado de mí cuando era yo un bebé, junto a las puertas
de la Casa de Niños Expósitos.
Ante esas palabras, la mano de Mrs. Goldstraw, que descansaba sobre la mesa, cayó
desmayada sobre su regazo. Sentada, fijos los ojos en su nuevo patrón, palideció como una
muerta y sus ojos expresaron una conmoción indescriptible.
—¿Qué ocurre? —preguntó el bodeguero—. ¡Un momento!—exclamó—. ¿Hay algo más
en el pasado que yo deba asociar con usted? Recuerdo que mi madre me habló de otra
persona de la Casa, con cuya bondad tenía una deuda de gratitud. Cuando se tuvo que
separar de mí, cuando yo era un bebé, una de las enfermeras le dijo cuál era el nombre que
me habían dado en la institución. ¿Era usted esa enfermera?
—Que Dios me perdone, señor, ¡yo era esa enfermera!
—¿Que Dios la perdone?
—Señor, será mejor que volvamos (si puedo atreverme a tanto) al tema de mis deberes en
la casa —dijo Mrs. Goldstraw—. Su desayuno a las ocho. ¿Toma un almuerzo o una
comida usted hacia mediodía?
La rubicundez excesiva que Mr. Bintrey había advertido en el rostro de su cliente empezó a
mostrarse una vez más. Mr. Wilding se llevó una mano a la cabeza, cuya confusión
momentánea dominó antes de volver a hablar.
—¡Mrs. Goldstraw —dijo—, usted me está ocultando algo!
El ama de llaves repitió con obstinación:
—Por favor, tenga usted la bondad de decirme si almuerza o come a mediodía, señor.
—No sé qué hago a mediodía. No puedo continuar con los asuntos domésticos, Mrs.
Goldstraw, antes de saber por qué lamenta usted un acto de bondad para con mi madre, del
que ella siempre habló con gratitud hasta el fin de sus días. No me hace usted ningún
servicio con su silencio. Me está inquietando, me está alarmando, me está trayendo otra
vez esos cánticos a la cabeza.
Volvió a llevarse la mano a la sien y la rojez de su cara se oscureció uno o dos grados.
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—Es duro, señor, precisamente en el momento en que entro a su servicio, tener que decirle
lo que tal vez me lleve a perder su buena voluntad. Recuerde, por favor, acabe esto como
acabe, que sólo hablo porque usted ha insistido en que lo haga y porque veo que le causo
inquietud con mi silencio. Cuando dije a la pobrecilla señora cuyo retrato tiene usted allí el
nombre con que habían bautizado a su niño en la Casa, me permití olvidar mi deber y eso
ha tenido terribles consecuencias, me temo. Le contaré la verdad, tan llanamente como
pueda. Pocos meses después del momento en que informé a aquella señora del nombre de
su niño, llegó a nuestra institución, pero en su casa de campo, otra dama, una desconocida,
cuyo interés estaba en adoptar a uno de nuestros niños. Llevaba consigo la autorización
obligatoria y, después de buscar entre la mayoría de los pequeños sin llegar a decidirse, se
encariñó con una de las criaturas, un chico, que estaba a mi cuidado. ¡Trate usted, señor, se
lo ruego, trate de tranquilizarse! No tiene sentido alargar el relato. ¡El niño que aquella
desconocida se llevó era el hijo de la dama cuyo retrato está colgado allí!
Mr. Wilding se puso de pie.
—¡Imposible! —exclamó, vehemente—. ¿De qué está hablando usted? ¿Qué historia
absurda me está contando? ¡Ese es su retrato! ¿No se lo acabo de decir? ¡El retrato de mi
madre!
—Cuando esa desdichada señora lo sacó a usted de la Casa de Niños Expósitos años más
tarde —dijo Mrs. Goldstraw con suavidad—, fue víctima, y también lo fue usted, de un
tremendo error.
Wilding volvió a caer en su silla.
—Me da vueltas la habitación —dijo—. ¡Mi cabeza!
¡Mi cabeza!
El ama de llaves se puso de pie asustada, y abrió las ventanas. Antes de que pudiera llamar
para pedir ayuda un repentino estallido de lágrimas alivió la opresión que, en un primer
instante, pareció amenazar la vida de Wilding, quien hizo una señal perentoria a Mrs.
Goldstraw para que no se apartara de él. La mujer esperó que el ataque de llanto se
aplacara. El bodeguero alzó la cabeza en cuanto se sintió recuperado, y la miró con el aire
de sospecha irracional e iracundo de un hombre débil —¿Un error?—preguntó, repitiendo
con furia la última palabra dicha por ella—. ¿Cómo puedo saber que usted no se equivoca?
—No hay posibilidad de que me equivoque, señor. Se lo explicaré en cuanto usted esté en
condiciones de oírlo.
—¡Ahora! ¡Ahora!
El tono de esas palabras hizo comprender a Mrs. Goldstraw que sería una consideración
cruel permitir que su patrón abrigara por más tiempo la vana esperanza de que ella podía
estar equivocada. Unas pocas palabras podían terminar con esa ilusión, y ella estaba
decidida a articularlas.
—Le he dicho a usted —dijo la mujer— que el niño de la dama cuyo retrato está colgado
allí fue adoptado y apartado de la Casa cuando era pequeño. Estoy tan segura de lo que
digo como de estar ahora sentada aquí y de verme obligada a afligirlo a usted, señor, muy
amargamente en contra de mi voluntad. Le ruego que conduzca su atención a unos tres
meses después de aquel momento. Entonces yo estaba en la Casa, en Londres, a la espera
de llevar a algunos niños a nuestra sede del campo. Hubo una conversación, ese día, acerca
del nombre de una criatura, un niño, que acabábamos de recibir. En general, tomábamos
los nombres de una Guía. En esa ocasión, uno de los caballeros que dirigían la Casa estaba
echando una mirada al Registro. Advirtió que habían tachado el nombre del pequeño dado
en adopción («Walter Wilding»), por supuesto porque ya no estaría más a nuestro cuidado.
«Aquí hay un nombre disponible», dijo, «se lo pondremos al nuevo expósito que se recibió
hoy». Se eligió ese nombre y con él se bautizó al niño. Usted era ese niño, señor.
La cabeza del bodeguero cayó sobre el pecho.
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—¡Yo era ese niño! —se dijo a sí mismo, mientras desesperanzado procuraba fijar esa idea
en su mente
—¡Yo era ese niño!
—No mucho después de recibido usted en la Casa, señor—prosiguió Mrs. Goldstraw—,
dejé aquel trabajo para casarme. Si quiere usted recordarlo y prestar atención al hecho, verá
por sí mismo cómo se produjo el error. Entre once y doce años pasaron antes de que la
dama a la que usted creyó su madre volviera a la Casa, en busca de su hijo, para llevárselo
a su hogar. La dama sólo sabía que el pequeño había recibido el nombre de «Walter
Wilding». La gobernanta que se compadeció de ella sólo pudo señalarle al único «Walter
Wilding» conocido en la institución. Yo, que podría haber puesto las cosas en su sitio,
estaba muy lejos de la Casa y de todo lo que se refería a ella. No había nada, realmente
nada que pudiera evitar que se produjera ese terrible error. Lo siento por usted... lo siento
de verdad, señor. Pensará usted, y con razón, que en mala hora he venido aquí (con total
inocencia, se lo aseguro) para ocupar el cargo de ama de llaves. Me siento como si hubiera
cometido una falta... me siento como si hubiese debido tener más dominio de mí misma. Si
tan sólo hubiera sido capaz de evitar que mi cara mostrase lo que ese retrato y sus propias
palabras traían a mi memoria, hasta el día de su muerte usted jamás habría sabido lo que
ahora sabe.
Mr. Wilding levantó la cabeza de pronto. La honestidad innata del hombre se alzó para
protestar contra las últimas palabras del ama de llaves. Su mente parecía haberse
tranquilizado, de momento, tras el golpe que acababa de recibir.
—¿Quiere decir que me habría ocultado esto, si hubiese podido? —inquirió.
—Quiero suponer que siempre podría haber dicho la verdad, señor, si me la preguntara
alguien —dijo Mrs. Goldstraw—. Y sé que es mejor para mí no tener un secreto de esta
clase como un peso en mi mente. Pero ¿es mejor para usted? ¿De qué vale ahora...?
—¿De qué vale? ¡Por Dios! Si lo que usted dice es verdad...
—¿Lo habría dicho, señor, en mi situación actual, de no haber sido la verdad?
—Le pido disculpas —dijo el bodeguero—. Tiene usted que comprenderme. Este horrible
descubrimiento es algo que todavía no puedo admitir. Había tanta ternura entre nosotros...
yo sentía tan hondamente que era su hijo. Ella murió en mis brazos, Mrs. Goldstraw, en
mis brazos... murió bendiciéndome como sólo una madre podría haber bendecido a su hijo.
¡Y que ahora, después de todos estos años, me digan que no era mi madre! ¡Ay! ¡Ay! ¡No
sé qué estoy diciendo! —exclamó, como si el control de sí que mantenía un momento antes
hubiera menguado y se hubiese extinguido—. No se trata de esta horrible pena: algo más
tenía en la cabeza al hablar. Sí, sí. Usted me ha sorprendido, me ha herido. Me ha hablado
como si me hubiera ocultado todo, de haber podido. No vuelva a decirme eso nunca más.
Hubiera sido un crimen ocultármelo. Su intención era buena, no quiero afligirla... Usted es
una mujer de buen corazón. Pero no tiene presente la posición en que me encuentro. Ella
me dejó todo lo que poseo, convencida de que yo era su hijo. Yo no soy su hijo. He
usurpado el lugar de otro hombre, me he apoderado inocentemente de su herencia. ¡Debo
encontrarlo! ¿Cómo sé que él no está ahora en la miseria, sin pan? La única esperanza que
tengo de soportar el golpe que ha caído sobre mí es la de hacer algo que ella hubiera
aprobado. Usted tiene que saber algo más de lo que me ha dicho, Mrs. Goldstraw. ¿Quién
era la desconocida que adoptó al niño? ¿No oyó el nombre de esa señora?
—Nunca lo supe, señor. No la he vuelto a ver ni tuve más noticias de ella desde entonces.
—¿Dijo algo cuando se llevó al niño? Trate de recordar. Tiene que haber dicho algo.
—Una sola cosa, señor, que yo recuerde. Teníamos mal tiempo ese año, y muchos de los
niños tenían problemas por ello. Cuando fue a recoger al niño, la dama me dijo riendo:
«No tema por la salud del pequeño. Se criará en un clima mucho mejor que éste: me lo
llevaré a Suiza».
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El nuevo socio, un joven apuesto, de mejillas bronceadas y más o menos la misma edad de
Wilding, con una mirada aguda y decidida y una actitud enérgica, replicó con el asombro
lógico:
—¿Que no eres tú mismo? —No el que supuse que era —dijo Wilding. —¡En el nombre
del Señor! ¿Qué has supuesto que eras y no eres? —fue la réplica, expresada con una
franqueza tan jovial que incluso habría invitado a la confidencia a un hombre más
reservado aún—. Ahora que somos socios puedo preguntarlo sin ser impertinente.
—¡Otra vez! —exclamó Wilding, a la vez que se echaba atrás en su silla y dirigía una
mirada perdida a su interlocutor—. ¡Socios! No tengo el derecho de estar en este negocio.
Nunca estuvo destinado a mí. Mi madre jamás pensó que tuviera que ser mío. Quiero decir,
su madre pensaba que tenía que ser de él, si es que quiero decir algo o si soy alguien.
—Venga, venga —dijo su socio tras una pausa, con la actitud de tranquila confianza que
inspira una naturaleza fuerte cuando de verdad quiere ayudar a otro, más débil—. Sea lo
que sea lo que haya ido mal, estoy seguro de que no ha sido por tu culpa. No he pasado
contigo, en este despacho, tres años bajo el antiguo régimen para dudar de ti, Wilding. No
éramos más jóvenes de lo que somos, ambos, para eso. Déjame que inicie nuestra sociedad
como un socio útil y que ponga en su sitio lo que esté fuera de lugar. ¿Esta carta tiene algo
que ver con todo esto?
—¡Ah! —dijo Wilding, llevándose una mano a la sien—. ¡Otra vez! ¡Mi cabeza! Estaba
olvidando la coincidencia. El matasellos de Suiza.
—Ahora que miro con atención, veo que la carta está cerrada, de modo que no es muy
probable que tenga mucho que ver con este asunto —dijo Vendale, con una calma
reconfortante—. ¿Es personal o para la firma?
—Para la firma —dijo Wilding.
—¿Qué te parece si la abro y la leo en voz alta, para quitarla de en medio?
—Gracias, gracias.
—Sólo es una carta de nuestros amigos fabricantes de champagne, la Casa de Neuchátel.
«Apreciado Señor: Acabamos de recibir su apreciada de fecha 28 pdo., en la que nos
informa de que Mr. Vendale ha pasado a ser socio de su empresa, por lo que le hacemos
llegar nuestra sincera enhorabuena. Permítanos aprovechar esta ocasión para recomendar
especialmente ante ustedes a M. Jules Obenreizer...». ¡Imposible!
Wilding alzó los ojos con una aprensión súbita.
-¿Qué?
—Un nombre imposible —respondió su socio con ligereza—Obenreizer «... para
recomendar especialmente ante ustedes a M. Jules Obenreizer, de Soho Square, Londres
norte, en adelante con plenas credenciales como agente nuestro, que ya ha tenido el honor
de tratar con Mr. Vendale en su (es decir, de M. Obenreizer) país de origen, Suiza». ¡Pero
mira en lo que estaba pensando! Ahora recuerdo: «de viaje con su sobrina».
—¿Con su...? —Vendale había dicho la palabra con tanta imprecisión que Wilding no la
había oído.
—De viaje con su Sobrina. La Sobrina de Obenreizer—dijo Vendale, con una dicción
exageradamente clara—. Sobrina de Obenreizer. Los conocí en mi primera visita a Suiza,
viajé con ellos por poco tiempo, y dejé de verlos durante dos años; los volví a ver en mi
penúltima visita a Suiza y desde entonces, nunca más. Obenreizer. La Sobrina de
Obenreizer. ¡Claro que sí! ¡Después de todo, un nombre posible! «M. Obenreizer es
depositario de nuestra absoluta confianza y no dudamos de que usted sabrá estimar sus
méritos». Firma ilegible por la casa Defresnier y Cía. Muy bien. Me comprometo a ver a
M. Obenreizer de inmediato y a quitárnoslo de bajo los pies. Con eso eliminamos lo del
matasellos suizo. Ahora bien, mi querido Wilding, dime qué puedo eliminar de tu camino,
y encontraré la manera de hacerlo.
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Más que preparado para aceptar que fuera así y agrádecido por ello, el honesto bodeguero
estrechó la mano de su socio y, tras declararse un Impostor con voz patética, le expuso el
caso.
—Por eso, sin duda, mandabas en busca de Bintrey cuando yo entré—dijo el socio,
después de pensar un momento. —Por eso.
—Tiene experiencia y es sagaz; estoy ansioso por oír su opinión. Es una osadía, es
arriesgado que te dé la mía antes de conocer la de él, pero no puedo guardármela. O sea
que, lisa y llanamente, no veo estas circunstancias tal como las ves tú. No veo tu posición
tal como la ves tú. Y lo de que seas un Impostor, mi querido Wilding, es sencillamente
absurdo, porque ningún hombre puede serlo sin ser parte consciente en un engaño. Es
indudable que tú jamás lo fuiste. En cuanto a la herencia recibida de la dama que te creía
su hijo, y a la que tú te viste llevado a considerar tu madre por lo que ella decía, piensa si
eso no surgió de vuestras relaciones personales. Poco a poco te sentiste más y más unido a
ella; poco a poco se sintió más y más unida a ti. A ti, a ti personalmente concedió ella esos
bienes mundanos; de ella, de ella personalmente los recibiste.
—Supuso —objetó Wilding, sacudiendo la cabeza— que me asistía un derecho natural
ante ella, un derecho que no tengo.
—Así es, debo admitir —respondió su socio— que eso es cierto. Pero, si ella hubiera
hecho seis meses antes de morir el descubrimiento que tú acabas de hacer, ¿crees que
habría olvidado los años que pasasteis juntos, la ternura mutua que os profesabais, el
conocimiento profundo de una y otro?
—Lo que yo piense —dijo Wilding, que con simplicidad, aunque también con obstinación,
se atenía al hecho puro— no puede alterar la verdad, tal como no puede hacer que se
derrumbe el firmamento. La verdad es que estoy en posesión de lo que pertenecía a otro
hombre.
—Tal vez esté muerto —dijo Vendale.
—Tal vez esté vivo —dijo Wilding—. Y si está vivo, ¿no lo he desposeído, inocentemente,
te garantizo que inocentemente, durante demasiado tiempo? ¿No lo he desposeído de todas
las horas felices que yo disfruté en su lugar? ¿No lo he desposeído del exquisito deleite que
llenó mi alma cuando la querida señora —señaló el cuadro con la mano— me dijo que era
mi madre? ¿No lo he desposeído de todos los cuidados que ella me dispensó? ¿No lo he
desposeído incluso de toda la devoción y respeto que con tanto orgullo le dispensé a ella?
Por eso me pregunto, George Vendale, y te pregunto a ti: ¿Dónde está ese hombre? ¿Qué
ha sido de él?
—¡Quién sabe!
—Debo tratar de encontrar a quien lo sepa. Debo hacer investigaciones. No debo
abandonar nunca esas investigaciones. Viviré de los intereses de mi capital, debería decir
del capital de él, en este negocio y dejaré el resto para él. Cuando lo encuentre, quizá me
encomiende a su generosidad, pero se lo entregaré todo. Lo haré, lo juro. Por lo mucho que
la he querido y respetado— dijo Wilding, mientras mandaba con la mano un beso
reverente al retrato; después se cubrió los ojos con esa misma mano—, por lo mucho que la
he querido y respetado, y porque tengo un mundo de razones para estarle agradecido— y
volvió a desplomarse.
Su socio se levantó de la silla que había ocupado y se acercó a él, para ponerle una mano
en el hombro con suavidad.
—Wilding, ya sabía antes de hoy que eres un hombre recto, con una conciencia limpia y un
corazón de oro. Es una fortuna para mí que tenga el privilegio de vivir tan cerca de un
hombre tan digno de confianza. Estoy agradecido por esto. Utilízame como tu mano
derecha y confía en mí hasta la muerte. No pienses mal de mí si te aseguro que en mis
sentimientos ahora mismo predomina uno confuso, y aun podría decirse que poco sensato.
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Siento mucha más pena por la señora y por ti, porque no soportas estas supuestas
relaciones, que la que siento por ese hombre desconocido (si es que llegó a ser un hombre),
porque él quedó desplazado sin saberlo. Has hecho bien en mandar llamar Mr. Bintrey. Lo
que pienso será una parte de la opinión de él, y sé que es la totalidad de la mía. No des ni
un paso precipitado en este serio asunto. Tendremos que guardar el secreto estrictamente
entre nosotros, porque darlo a conocer con ligereza sería una invitación a que se hagan
reclamaciones fraudulentas, sería dar alas a un montón de bribones, permitir una tormenta
de perjurios y enredos. No tengo más que decirte, Walter, como no sea recordarte que me
has vendido una parte de tu negocio expresamente para evitarte más trabajo del que ahora
te permite tu salud, y que la compré precisamente para trabajar y quiero hacerlo.
Con estas palabras y un apretón de despedida al hombro de su socio, que fue el mejor
modo posible de subrayarlas, George Vendale se dirigió de inmediato ali despacho y, a
continuación, a la casa de M. Jules Obenreizer.
Cuando desembocó en Soho Square, y dirigió sus pasos hacia el lado norte, una ola de
rubor pasó por su cara bronceada por el sol, idéntica a la que Wilding, si hubiera sido
mejor observador o se hubiese ocupado menos de sus propios problemas, podría haber
advertido cuando su socio leyó en voz alta cierto pasaje de su corresponsal suizo, que
además no leyó con tanta claridad como el resto.
Una peculiar colonia de montañeses vivía encerrada en ese pequeño barrio londinense de
Soho. Relojeros suizos, plateros suizos, joyeros suizos, importadores suizos de cajas
musicales suizas y de juguetes suizos de distintas clases se agrupaban allí. Profesores
suizos de música, de pintura y de idiomas; artesanos suizos con trabajos estables; correos
suizos y otros trabajadores siempre sin ocupación estable; industriosas lavanderas y
planchadoras suizas; mujeres y hombres suizos con una existencia misteriosa; suizos
apreciables y suizos nada apreciables; suizos en los que se podía confiar y suizos en los
que no se podía confiar; estas diversas partículas suizas eran atraídas por un centro en el
barrio de Soho. Míseras casas de comida suizas, cafeterías y pensiones, platos y bebidas
suizos, servicios religiosos suizos en día domingo, y escuelas suizas para los días
laborables, todo, se podía encontrar allí. Incluso las tabernas de ingleses nativos se
ocupaban de una especie de comercio inglés a medias: anunciaban en sus escaparates
aperitivos y copas suizos, y daban albergue en sus bares a escaramuzas suizas de amores y
enfados casi todas las noches del año.
Cuando el nuevo socio de Wilding y Cía. tocó el timbre de la puerta que mostraba un
rotundo apellido OBENREIZER grabado en una placa de bronce —la puerta interna de un
edificio importante, cuya planta baja estaba dedicada a la venta de relojes suizos—, entró
de inmediato en un ambiente doméstico suizo. Una estufa revestida de azulejos blancos,
para tiempos invernales, ocupaba la chimenea del salón al que le hicieron pasar; el suelo
desnudo era de varias maderas corrientes distintas, que formaban un dibujo bien definido;
la habitación tenía un aire de desnudez y gran limpieza; la pequeña alfombra cuadrada, de
flores, que había junto al sofá y la repisa de la chimenea, con su tapete de terciopelo, su
gran reloj y los vasos con flores artificiales establecían un contraste con ese tono, como si
al considerar el conjunto, se pudiera pensar que un parisiense había adaptado una vaquería
para sus fines domésticos.
Un sucedáneo de agua caía de la rueda de un molino debajo del reloj. El visitante no había
pasado un minuto siguiendo la caída con los ojos, cuando M. Obenreizer, a su lado, lo
sobresaltó diciendo, en muy buen inglés, con muy poco acento:
—¿Cómo está usted? ¡Qué alegría verle! —Oh, perdón. No le oí entrar. —¡Nada, nada!
Siéntese, por favor. Después de soltar al visitante, cuyos codos había sujetado suavemente
a modo de abrazo, M. Obenreizer se sentó, a la vez que comentaba, sonriente:
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dejaban ver sino un latido apenas perceptible, como si la maquinaria que debía elevar la
sangre ardiente estuviera allí, pero con sus conductos secos. Era hombre robusto, bien
proporcionado y de rasgos atractivos. Muchos podían intuir que cierto cambio superficial
en él les habría dado más tranquilidad, pero nadie era capaz de definir de qué cambio se
trataba. Si sus labios hubiesen sido mucho más gruesos y su cuello más delgado, habrían
visto colmados sus deseos.
Pero la gran peculiaridad de Obenreizer era una especie de niebla indefinible que cubría
sus ojos— al parecer por obra de su propia voluntad— con un velo impenetrable, que
eliminaba no sólo de esos delatores sino incluso de todo su rostro cualquier gesto que no
fuera el de la atención. Esto de ningún modo significaba que su atención fuera a centrarse
por entero en la persona con quien estuviese hablando, ni tampoco se concentraba en los
sonidos y objetos circundantes. Por el contrario, era una vigilancia de todo lo que tenía en
su propio cerebro, y de todo lo que sabía o suponía presente en el cerebro de los demás.
En ese momento de la conversación, aquella niebla cayó sobre Mr. Obenreizer.
—El objeto de mi presente visita —dijo Vendale— es asegurarle, casi no necesito
decírselo, la cordialidad de Wilding y Cía., el excelente crédito que tiene con nosotros y
nuestro deseo de servir a usted. En pocas palabras: esperamos ofrecerle nuestra
hospitalidad. Las cosas no están aún ordenadas por completo en nuestra firma, porque mi
socio, Mr. Wilding, está reorganizando el aspecto doméstico de la casa, y se ha visto
interrumpido por algunos asuntos privados. Creo que usted no conoce a Mr. Wilding.
Mr. Obenreizer no lo conocía.
—Tendrán que verse pronto. Wilding estará muy contento de conocerle, y creo que puedo
predecir que usted lo estará de conocerle a él. Supongo que no hace mucho que está usted
instalado en Londres, Mr. Obenreizer.
—Acabo de hacerme cargo de esta agencia.
—Mademoiselle... su sobrina, ¿no se ha casado?
—No se ha casado.
George Vendale echó una mirada a su alrededor, como si buscara alguna señal de ella.
—¿Ha estado en Londres?
—Está en Londres.
—¿Cuándo y dónde podré tener el honor de volver a presentarle mis respetos?
Mr. Obenreizer disipó la niebla que lo cubría, tocó el codo de su visitante tal como ya antes
lo había hecho y dijo con afabilidad:
—Suba conmigo.
Bastante agitado por la presteza con que se avecinaba la entrevista por él tan deseada,
George Vendale subió las escaleras. En una habitación que estaba justo encima del salón
que acababan de abandonar —una habitación también amueblada en estilo suizo—,
sentada junto a una de las tres ventanas, una joven bordaba con bastidor; una señora
mayor, sentada con la cara vuelta hacia otra estufa revestida de azulejos blancos (aunque
era verano y la estufa no estaba encendida), limpiaba guantes. La joven lucía una muy
abundante cabellera rubia de gran brillo, bellamente peinada en torno a una frente más
blanca y generosa que la del tipo inglés habitual, y su rostro también era una pizca —tal
vez se podría decir una chispa— más llena que la del tipo inglés habitual, en una figura
también algo más llena que la de una joven inglesa típica de diecinueve años. El notable
aire de libertad y gracia de sus miembros y de su actitud tranquila, y la magnífica pureza y
frescura en el color de su cara poblada de hoyuelos, y en el de sus relucientes ojos grises,
parecían estar colmados del aire de las montañas. También se asomaba Suiza, aunque el
aire general de sus ropas era inglés, en el gracioso corpiño que llevaba, y estaba latente en
el curioso bordado de sus medias rojas y en sus pequeños zapatos que lucían hebillas de
plata. La dama mayor, sentada con los pies apoyados en la barra de bronce de la parte baja
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de la estufa, con el regazo lleno de guantes, de los que estaba limpiando uno calzado en su
mano izquierda, era una verdadera imagen suiza de otro tipo; desde la amplitud de su
espalda abultada y la solidez de sus respetables piernas (si se considera admisible la
expresión), hasta el lazo de terciopelo negro bien ajustado a su garganta para reprimir una
creciente tendencia al bocio, o, más arriba aún, hasta sus grandes pendientes de oro
cobrizo, o, más arriba aún, hasta su tocado de tul negro montado sobre alambre.
—Miss Marguerite —dijo Obenreizer a la joven—, ¿recuerda usted a este joven?
—Pero —respondió a la vez que se ponía en pie sorprendida y algo confusa— ¿no es Mr.
Vendale?
—Sí que lo es —dijo Obenreizer con sequedad—. Permítame, Mr. Vendale, Madame Dor.
La señora mayor que estaba junto a la estufa, con el guante puesto en su mano izquierda,
como el rótulo de una guantería, se puso de pie a medias, miró a medias por encima de su
amplio hombro, se dejó caer en su asiento otra vez y siguió frotando.
—Madame Dor —dijo Obenreizer— es tan gentil que me mantiene libre de manchas y
desgarrones. Madame Dor complace mi debilidad de ir siempre pulcro y dedica su tiempo
a quitar todas mis manchas y motas.
Madame Dor, con el guante abierto en el aire, escrutaba con ojo avizor la palma; en ese
momento vio una mancha rebelde en Mr. Obenreizer y la frotó con energía. George
Vendale se sentó junto al bastidor (después de haber estrechado la linda mano que su
entrada había detenido), y miró la cruz de oro, que se hundía por detrás del corpino, con
algo similar a la devoción de un peregrino que, por fin, ha llegado al santuario. Obenreizer
se plantó en el centro del cuarto con los pulgares en los bolsillos de su chaleco y se cubrió
con su niebla.
—Me decía él abajo, Miss Obenreizer —observó Vendale—, que el mundo es tan pequeño
que las personas no pueden evitarse unas a otras. Yo lo he encontrado demasiado grande
para mí desde la última vez que nos vimos.
—¿Ha viajado usted mucho? —preguntó la joven.
—No, no mucho, porque sólo he ido a Suiza todos los años; pero hubiera deseado, y en
realidad lo deseé con frecuencia, que este pequeño mundo no brindara tantas oportunidades
de largos desencuentros como brinda. De haber sido menos, podría haber encontrado antes
a mis compañeros de viaje, sabe usted.
La guapa Marguerite se ruborizó y echó una mirada fugaz en dirección a Madame Dor.
—Nos encuentra usted al fin, Mr. Vendale. Quizá pueda perdernos otra vez.
—Confío en que no será así. La extraña coincidencia que me ha permitido encontrarlos me
anima a esperar que no sea así.
—¿Qué coincidencia es ésa, señor, si es usted tan amable? —Un exquisito toque local en
esa expresión y su tono lo volvían perfectamente cautivador, pensó George Vendale, al ver
otra vez esa mirada rápida dirigida a Madame Dor. Cierta advertencia parecía implícita,
por muy efímera que hubiese sido la ojeada, de modo que desde ese momento,
calladamente, empezó a prestar atención a Madame Dor.
—Pues ocurre que me he convertido en socio de una firma comercial de Londres, a la que
Mr. Obenreizer hoy mismo ha sido recomendado con calor, y esto por otra firma de
negocios suiza con la que ocurre que ambos tenemos relaciones mercantiles. ¿No se lo ha
dicho él?
—¡Ah! —intervino Obenreizer, sin su niebla—. No, no se lo había dicho a Miss
Marguerite. El mundo es tan pequeño y tan monótono que es envidiable tener una sorpresa
en un lugar tan pequeño y aburrido. Es como él se lo ha dicho, Miss Marguerite. Él, que es
de tan buena familia y ha tenido una educación tan digna, condesciende en comerciar.
¡Comerciar! ¡Como nosotros, pobres labriegos que hemos salido de entre las acequias!
Una nube se abatió sobre la frente despejada y la joven bajó sus ojos.
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También observó Vendale que, en la actitud con que Marguerite descartó el tema al que
por dos veces él se viera arrastrado a causa de la falacia de su presentación, había un deseo
de controlar la actitud indignada de su tutor: como si ella lo hubiera instigado contra él,
pero por influjo del temor. También observó —aunque era una nimiedad— que Obenreizer
en ningún momento transpuso la distancia que lo separaba de la joven en el instante en que
se detuvo en mitad del cuarto: como si hubiera límites fijados entre ellos. Tampoco se
había referido a ella sin anteponer el tratamiento «Miss», aunque siempre que empleaba la
palabra lo hacía con una muy sutil sombra de aire de burla. Y entonces se le ocurrió a
Vendale, por primera vez, que algo peculiar en ese hombre, algo que él nunca antes
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pudiera definir, era definible como una sutil esencia de burla que eludía toda aprehensión o
análisis. Sintió la convicción de que Marguerite era un tipo de prisionera aunque por propia
voluntad, si bien, frente a esos dos que estaban unidos, se mantenía firme por la fuerza de
su carácter, lo que, sin embargo, no bastaba para su liberación. Convencerse de esto no
significaba estar menos dispuesto a amarla que antes. En resumen, estaba
desesperadamente enamorado de ella y totalmente decidido a aprovechar la ocasión que,
por fin, se le presentaba.
De momento, sólo habló del placer que Wilding y Cía. tendría muy pronto al invitar a Miss
Obenreizer a honrar sus instalaciones con su presencia —un edificio antiguo muy especial,
si bien era vivienda de un soltero—, por lo que no prolongó su visita más allá de los límites
normales. Mientras bajaba por las escaleras, acompañado por su anfitrión, vio el despacho
de Obenreizer, al fondo del salón de recibo, y a varios hombres sucios, vestidos con ropas
de corte extranjero, que iban de un sitio a otro, a los que, con unas palabras en patois,
Obenreizer ordenó ponerse a un lado para que ellos pudieran pasar.
—Campesinos—explicó mientras conducía a Vendale hacia la puerta—. Pobres
compatriotas. ¡Agradecidos y fieles como perros! Adiós. Hasta más ver. ¡Encantado!
Otros dos ligeros toques en los codos lo despidieron en la calle.
La dulce Marguerite junto a su bastidor y las anchas espaldas de Madame Dor con su
telégrafo flotaron ante sus ojos hasta el Recodo del Baldado. A su llegada, Wilding y
Bintrey se habían reunido en consulta. Las puertas de la bodega estaban abiertas, y
Vendale encendió una vela sostenida por una vara partida y bajó a recorrer las cavas. La
grácil Marguerite lo siguió, fiel, flotando ante sus ojos, pero las anchas espaldas de
Madame Dor se quedaron fuera.
Las cavas eran muy amplias y muy viejas. Aquello, cuando el pasado no era pasado aún,
había sido una cripta de piedra: unos decían que integrante de un refectorio de monjes;
otros, que de una capilla y otros, que de un templo pagano. Pero ya estaba todo convertido
en uno. Que el que quisiera hiciese lo que le pareciera con una columna caída y un arco
quebrado o lo que fuese. El viejo Tiempo había hecho lo que él había querido con todo
ello, y se mostraba indiferente a las contradicciones.
El aire estancado, el olor a moho y el estrépito del tráfico de las calles, como si estuviesen
fuera de la rutina de la vida ordinaria, casaban bastante bien con la imagen de la bella
Marguerite que se mantenía firme ante los otros dos. Así siguió Vendale hasta que, en un
recodo de las cavas vio una luz como la que él llevaba.
—¡Oh! ¿Es usted, está aquí, Joey?
—¿Dónde iba a está, si no? Yo debería decí «¡Oh! ¿Usté por aquí, es usté, patrón
George?». Porque está aquí abajo es mi debe, pero no es el suyo.
—No gruña, Joey.
—Yo no gruño —respondió el encargado—. Si algo gruñe, es lo que se me ha metió por los
poros, no soy yo.
Cuídese de que no empiece a gruñí algo dentro de usté, patrón George. Quédese por aquí el
tiempo suficiente como para que los vapores hagan su trabajo, y lo harán.
Su ocupación en aquellos momentos consistía en meter la cabeza entre los recipientes,
tomar medidas y hacer cálculos mentales, y registrarlos en una libreta que parecía de piel
de rinoceronte y parte integrante de él mismo.
—Lo harán —repitió, mientras aplicaba la vara de madera con la que medía al espacio que
había entre dos toneles, anotaba sus últimos cálculos y enderezaba su espalda—, ya puede
fiarse de ellos. ¿Y ha entrao usté en el negocio por la vía lega, patrón George?
—Por la vía legal. Espero que no tenga usted objeciones, Joey.
—Yo no las tengo, bendito sea. Pero los Vapores objetan que usté es demasiao joven.
Ustedes son demasiao jóvenes los dó.
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SALE WILDING
A la mañana del día siguiente, Wilding salió sin compañía, tras dejar un mensaje a su
empleado. «Si Mr. Vendale pregunta por mí, o si Mr. Bintrey llamara, les dirás que he ido
a la Casa de Niños Expósitos», dijo. Todo lo que su socio le había expuesto, todo lo que su
abogado, siguiendo el mismo criterio, le había explicado, lo dejó inconmovible en su
propio punto de vista. Encontrar a ese hombre perdido cuyo lugar él usurpaba era en esos
momentos el supremo interés de su vida, y preguntar en la Casa de Niños Expósitos era,
sin duda, el primer paso que había que dar para hacer ese descubrimiento. Por
consiguiente, hacia la Casa de Expósitos se encaminó el bodeguero.
El aspecto en tiempos familiar del edificio había cambiado para él, así como había
cambiado el retrato colgado sobre la repisa de la chimenea. La asociación más querida con
el lugar que había cobijado su infancia estaba apartada para siempre de la Casa. Un extraño
desagrado lo invadió cuando explicó su asunto en la puerta. Le dolía el corazón cuando se
sentó a solas en la sala de espera, mientras iban a buscar al Tesorero de la institución.
Cuando empezó la entrevista, tuvo que hacer un esfuerzo doloroso para guardar la
compostura necesaria y explicar la naturaleza de su averiguación.
El Tesorero escuchó con una expresión que prometía toda la atención precisa y no
prometió nada más.
—Tenemos la obligación de ser cautos —dijo cuando fue su turno de hablar— ante todas
las preguntas que hagan personas desconocidas.
—No se me puede considerar un extraño —respondió Wilding con llaneza—, yo fui uno
de los pobres niños abandonados aquí, en tiempos pasados.
El Tesorero cortésmente reconoció que esa circunstancia le inspiraba un interés especial en
su visitante. Sin embargo, lo urgió a referir los motivos por los que hacía sus preguntas.
Sin más preámbulos, sin callar nada, Wilding le dijo cuál era su motivo.
El Tesorero se puso en pie e indicó el camino hacia la sala en la que se guardaban los
registros de la institución.
—Toda la información que haya en nuestros libros está a su entero servicio —dijo—.
Después del tiempo transcurrido, me temo que es la única información podemos ofrecerle.
Consultados los libros, se encontró la anotación que decía así:
«3 de marzo de 1836. Adoptado y apartado de la Casa de Niños Expósitos un varón
llamado Walter Wilding. Nombre y datos de la persona que adoptó al niño: Mrs. Jane Ann
Miller, viuda. Señas: Lime-Tree Lodge, Groombridge Wells. Referencias: reverendo John
Harker, Groombridge Wells, y Messrs. Giles, Jeremie y Giles, banqueros, Lombard
Street.»
—¿Esto es todo? —preguntó el bodeguero—. ¿No tuvieron ustedes ninguna noticia
posterior de Mrs. Miller?
—Ninguna: de lo contrario habría alguna otra anotación en este libro.
—¿Puedo copiar esta nota?
—¡Por supuesto! Usted está un poco excitado. Permítame que la copie yo.
—Mi única oportunidad, supongo —dijo Wilding, mientras echaba una mirada triste a la
copia—, es preguntar en el lugar de residencia de Mrs. Miller, y ver si sus referencias
pueden darme ayuda.
—Es la única posibilidad que veo en este momento—respondió el Tesorero—. De todo
corazón querría haber podido brindar a usted mayor ayuda.
Con esas reconfortantes palabras de despedida, Wilding emprendió su viaje de
investigación, que empezara en las puertas de la Casa de Expósitos. La primera etapa que
había que cumplir era, sin duda, acudir al despacho de los banqueros de Lombard Street.
Cuando Wilding preguntó por ellos, dos de los socios de la firma no estaban accesibles a
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—Un callejón sin salida, señor, sin salida. Creo que no hay modo de salir de esto en este
momento, y mi consejo es que se quede usted tranquilamente donde está.
El transcurso de la prolongada consulta se había llevado una frasca de más de una cántara
del oporto de cuarenta y cinco años, para remojar el legal gaznate de Mr. Bintrey; pero
cuanto mayor era la claridad con que veía la forma de liquidar el vino, mayor era el énfasis
con que no veía la forma de liquidar el caso; y cuantas veces dejaba sobre la mesa su copa
vacía, reiteraba idéntica frase.
—Mr. Wilding, un callejón sin salida. Tranquilícese y dé gracias.
Es indiscutible que la ansiedad sentida por el honesto bodeguero en cuanto a hacer
testamento nacía de una profunda responsabilidad, aun cuando es posible (y muy
relacionado con su rectitud) que inconscientemente pudiera haber obtenido cierta sensación
de alivio ante la idea de delegar su propia dificultad en los otros dos í hombres que iban a
quedar tras él. Pero aun así, continuó su nueva vía de pensamiento con gran empeño, y sin
pérdida de tiempo pidió a George Vendale y a Mr. Bintrey que se reunieran con él en el
Recodo del Baldado para escuchar sus confidencias.
—Reunidos los tres a puertas cerradas —dijo Mr. Bintrey dirigiéndose en ese momento al
nuevo participante—, deseo observar, antes que nuestro amigo (y cliente mío) nos haga
saber sus nuevos puntos de vista, que comparto lo que, por cuanto me ha dicho Mr.
Wilding, entiendo que ha sido su criterio, Mr. Vendale, que es el de cualquier hombre
sensato. Le he dicho que debe guardar esto en total secreto. He hablado con Mrs.
Goldstraw, en presencia y en ausencia de nuestro amigo; ¡y si en alguien hemos de
depositar nuestra confianza (lo que es un SI enorme), pienso que ella ha de ser la
merecedora de tal confianza hasta ese punto. He señalado a nuestro amigo (y cliente mío)
que poner en marcha indagaciones indiscriminadas sería no sólo tentar al Demonio, bajo la
forma de todos los timadores del Reino, sino también un despilfarro del patrimonio. Pues
bien, Mr. Vendale, nuestro amigo (y cliente mío) no quiere despilfarrar el patrimonio: por
el contrario desea administrarlo con economía para quien considera (aunque yo no lo veo
así) su legal propietario, por si algún día se encuentra a ese legal propietario. Y, o muy
equivocado estoy yo, o eso jamás ocurrirá, aunque esto no importa. Cuando menos, Mr.
Wilding y yo coincidimos en que el patrimonio no se debe despilfarrar. Ahora bien, he
cedido ante el deseo de Mr. Wilding de publicar de tiempo en tiempo, en distintos
periódicos, un anuncio con una cauta invitación a cualquier persona que pueda saber algo
sobre la criatura adoptada en la Casa de Niños Expósitos, para que se persone en mi
despacho; y me he comprometido a ocuparme de la publicación regular de ese anuncio.
Nuestro amigo (y cliente mío) me ha citado aquí para que me reúna con ustedes y escuche
las instrucciones que él quiera dar, no para que yo exponga mi parecer. Estoy pronto a
recibir sus instrucciones y a respetar sus deseos; pero usted tendrá a bien observar que tal
cosa no implica mi aprobación de ninguna de las dos cosas en el campo de la opinión
profesional.
Así dijo Mr. Bintrey, que habló para Wilding tanto como a Vendale. No obstante, a pesar
de su interés por su cliente, se mostraba tan divertido por su conducta quijotesca que, de
cuando en cuando, clavaba en él unos ojos en los que brillaba la luz de una muy risueña
curiosidad.
—Nada puede estar más claro —observó Wilding—. Sólo querría que mi cabeza estuviera
tan clara como la suya, Mr. Bintrey.
—Si se refiere a que vuelven esos cánticos —sugirió el abogado con expresión inquieta—,
déjela... me refiero a la entrevista.
—No, no es eso, gracias —dijo Wilding—. Lo que iba a...
—No se excite, Mr. Wilding —aconsejó el abogado.
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—No, no iba a hacerlo —dijo el bodeguero—. Mr. Bintrey y George Vendale: ¿dudarían o
harían alguna objeción a la idea de convertirse en mis fiduciarios y albaceas conjuntos, o
aceptarían de inmediato?
—Yo acepto —respondió George Vendale rápidamente.
—Yo acepto —dijo Bintrey no tan rápidamente.
—Les doy las gracias a ambos. Mis instrucciones para mi última voluntad y testamento son
breves y sencillas. Quizá tendrá usted la gentileza de tomar nota de ello ahora. Dejo la
totalidad de mi patrimonio verdadero y personal, sin ninguna excepción ni reserva de
ninguna clase a ustedes dos, mis fiduciarios y albaceas conjuntos, en depósito para
entregarlo al verdadero Walter Wilding, si se lo encontrara e identificase dentro de los dos
años posteriores a mi muerte. En caso contrario, encomiendo a ustedes entregarlos como
donación y herencia a la Casa de Niños Expósitos.
—Son éstas todas sus instrucciones, ¿verdad, Mr. Wilding? —preguntó Bintrey, después
de un silencio inespresivo, durante el cual nadie miró a nadie.
—Todas.
—Y en cuanto a estas instrucciones, ¿está usted absolutamente decidido, Mr. Wilding?
—Absolutamente, firmemente, irrevocablemente.
—Sólo resta —dijo el abogado con un encogimiento de hombros— atender al aspecto
técnico y material, y formatizarlas y certificarlas. ¿Urge esto, acaso? ¿Hay alguns prisa al
respecto? Porque usted no va a morir aún, señor.
—Mr. Bintrey —respondió Wilding con tono grave cuándo moriré es algo que está en
conocimiento de quien que no es usted ni yo. Me sentiré contento de quitarme este asunto
de la cabeza, si a usted no le importa.
—Somos abogado y cliente otra vez —replicó Bintrey, que de momento se mostraba casi
simpático—. Si de hoy en una semana, aquí, a la misma hora, les conviene Mr. Vendale y a
usted, lo anotaré en mi diario para cumplir el compromiso debidamente.
Se concertó y, en su momento, se respetó la cita. El testamento fue formalmente firmado,
sellado, leído y refrendado por testigos; después Mr. Bintrey se lo llevó para guardarlo a
salvo entre los papeles de sus clientes, ordenados en sus respectivas cajas de hierro, con los
respectivos nombres de sus propietarios por el lado de fuera, apiladas sobre baldas
metálicas en su despacho, como si ese santuario legal fuera una condensación de un
Panteón Familiar de Clientes.
Con más empeño que el que había puesto en los últimos días en anteriores temas de
interés, a continuación Wilding se entregó a la tarea de terminar con los arreglos de su
patriarcal firma, para lo que encontró gran ayuda no sólo de Mrs. Goldstraw sino también
de Vendale, quien tal vez tenía en mente la idea de ofrecer una comida a Obenreizer lo más
pronto posible. Fuera como fuese, una vez inserta la casa en un orden de trabajo firme, los
Obenreizer, tutor y pupila, fueron invitados a cenar y se incluyó a Madame Dor en la
invitación. Si antes Vendale había estado enamorado hasta por encima de su cabeza —una
frase que no debe tomarse como un juicio que admita la menor duda sobre su contenido—,
esa comida lo hundió en el amor a una profundidad de diez mil pies. Ni siquiera por su
vida misma pudo cambiar una palabra a solas con la encantadora Marguerite. En cuanto
parecía llegado el momento bendito, Obenreizer en su estado neblinoso se plantaba al lado
de Vendale o la amplia espalda de Madame Dor surgía ante sus ojos. Esa muda matrona
nunca se mostró en una vista frontal, desde el instante de su llegada hasta el de su partida,
con excepción de a la hora de la comida. Y cuando se retiraron al salón, después de haber
participado con ahínco en la mesa, la mujer volvió su cara hacia la pared una vez más.
Con todo, a lo largo de cuatro o cinco deliciosas aunque confusas horas, Marguerite estuvo
al alcance de los ojos, Marguerite estuvo al alcance de los oídos, Marguerite estuvo al
alcance de las manos, en una que otra ocasión. Cuando recorrieron las viejas cavas oscuras,
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Vendale la condujo de la mano; cuando ella cantó para él bajo las luces ya encendidas del
salón, al atardecer, Vendale de pie a su lado sujetaba los guantes que ella se había quitado,
y hubiera cambiado por ellos hasta la última gota del vino de cuarenta y cinco años,
aunque hubiese tenido cuarenta y cinco veces cuarenta y cinco años y aunque su precio
neto hubiese sido cuarenta y cinco veces cuarenta y cinco libras por docena. E incluso
cuando ella ya se había marchado, y un terrible apagavelas cayó de pronto sobre el Recodo
del Baldado, Vendale se atormentaba a sí mismo preguntándose si ella pensaba que él la
admiraba. ¡Si ella pensaba que él la adoraba! ¡Si ella sospechaba que lo había invadido en
cuerpo y alma! ¡Si se tomaba el trabajo de pensar en esas cosas! ¡Y así, con lo de si lo
hacía y no lo hacía, arriba y abajo por toda la escala, por encima y por debajo del
pentagrama, vaya, vaya! ¡Pobrecillo corazón humano incapaz de descanso! ¡Pensar que los
hombres que hoy son momias miles de años atrás hacían lo mismo, y jamás encontraron el
secreto para estar tranquilos después!
—¿Qué piensas de Mr. Obenreizer, George? —preguntó Wilding al día siguiente—. No te
preguntaré qué piensas de Miss Obenreizer.
—Ni sé —dijo Vendale— ni nunca he sabido qué pensar de él.
—Es un hombre bien informado y listo—dijo Wilding.
—Listo sí que lo es.
—Un buen músico —había tocado y cantado muy bien la noche anterior.
—Sin duda, un buen músico.
—Y habla bien.
—Sí— dijo George Vendale, rumiando sus ideas—, y habla bien. ¿Sabes, Wilding?, de
pronto se me ocurre, ahora que pienso en él, que no guarda silencio tan bien.
—¿Qué quieres decir? No es de los que hablan sin parar.
—No, si no me refiero a eso. Pero es que cuando calla, vagamente, aunque quizá de una
manera muy injusta, no puedes por menos que desconfiar de él. Piensa por ejemplo en
alguien a quien conozcas y te guste. Elige a cualquiera que conozcas y te guste.
—Está hecho, mi buen amigo —dijo Wilding—, te elijo a ti.
—No pensaba en esto, no se me había ocurrido —respondió Vendale, riendo—. Sin
embargo, vale, elígeme a mí. Reflexiona un momento. ¿Tu idea aprobatoria de mis rasgos
más notables la traduce (por diversas que sean las expresiones que pueda mostrar) mi cara
cuando estoy en silencio?
—Creo que sí —dijo Wilding.
—Yo también lo creo así. Pues bien, cuando Obenreizer habla, es decir, cuando tiene
ocasión de explicarse con amplitud, sale del paso bastante bien; pero cuando no tiene la
oportunidad de explicarse con amplitud, queda bastante mal librado. Por eso digo que no
guarda silencio demasiado bien. Y si paso revista rápida a las caras de quienes conozco y
no me merecen confianza, me inclino a pensar, ahora que pongo atención en ello, que
ninguna de esas personas guarda silencio como es debido.
Esta afirmación en materia de fisonomías era nueva para Wilding, que al principio tardó en
admitirla, hasta que se preguntó si Mrs. Goldstraw guardaba silencio bien, y al recordar
que su cara en reposo sin duda invitaba a la confianza, se sintió contento como todos los
hombres lo están de creer lo que quieren creer.
Pero, como se mostrara muy lento en la recuperación de su ánimo y de su salud, su socio,
como otro medio de que terminara de establecerse—y quizá también pensando en
Obenreizer—, le recordó aquellos planes musicales suyos relacionados con su idea de una
familia, con la que había que organizar lecciones de canto en la casa y un coro en la iglesia
vecina. Las lecciones quedaron fijadas con presteza y, como dos o tres personas ya tenían
ciertos conocimientos musicales y cantaban tolerablemente, pronto quedó organizado el
coro. Wilding era quien dirigía y daba casi todas las clases corales, pues tenía esperanza de
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—Usted va a cambiar la suerte, Miss —dijo Joey, con otra nueva reverencia—. Es como si,
estando usted aquí, se fuera a reanimar la buena suerte del lugar.
—¿Yo puedo? ¿Reanimar la suerte? —respondió ella, en su gracioso inglés y con un
gracioso asombro—. Me temo que no comprendo. Soy muy tonta.
—El joven patrón Wilding, Miss —explicó Joey con tono confidencial, aunque sin lograr
iluminarla demasiado—, cambió la suerte antes de asociarse con el joven patrón George.
Así lo digo yo y así lo verán ellos. ¡Señó! ¡Usté sólo venga por aquí y cántenos la suerte
unas poca de veces, Miss, y no habrá manera de que no sea así!
Con esto y toda una plaga de nuevas reverencias, Joey se apartó de la reunión. Pero como
Ladle era una persona con mando y como aun una conquista involuntaria resulta grata a la
juventud y a la belleza, Marguerite preguntó por él la vez siguiente, con alegría.
—¿Dónde está mi Mr. Joey, por favor? —interrogó a Vendale.
O sea que Joey fue convocado, se estrecharon las manos y eso se convirtió en una
Costumbre Institucionalizada.
Otra Costumbre Institucionalizada surgió de distinta forma. Joey era un poco duro de oído.
El mismo decía que eran los «Vapores» y tal vez lo fueran; pero fuera cual fuese la causa
de ese efecto, el efecto estaba en él. En la primera ocasión lo habían visto deslizándose a lo
largo de la pared, con la mano izquierda a modo de bocina sobre la oreja izquierda, para
escabullirse al fin a una silla muy cercana a la cantante, lugar y posición en que se mantuvo
hasta que dirigió a sus amigos aficionados la felicitación antes mencionada. Al miércoles
siguiente se observó que la actividad de Joey como «máquina de picar» no fue normal
durante la comida, y en la mesa corrió el rumor de que eso se explicaba por sus muy altas
expectativas respecto de la intervención de Miss Obenreizer, y por su temor de no tener un
lugar desde el que pudiera oír cada nota y cada sílaba. El rumor llegó a oídos de Wilding,
quien, llevado por su buen natural, llamó a Joey a primera fila por la noche, antes de que
Marguerite empezara. Así nació para las veladas sucesivas la Costumbre Institucionalizada
de que Marguerite, mientras deslizaba los dedos sobre el teclado, antes de cantar, siempre
dijese a Vendale: «Por favor, ¿dónde está mi Mr. Joey?», y Vendale siempre fuera en su
busca y lo acomodara en un sitio cercano. Además, también se hizo costumbre que
entonces, cuando todos los ojos estaban fijos en él, Ladle expresara en su cara el máximo
desdén por los esfuerzos de sus amigos, y confianza sólo en Marguerite, a la que
contemplaba de pie, con un aire no demasiado distinto del que tendría un rinoceronte de un
libro de lectura infantil, domesticado y erguido sobre las patas traseras. Y asimismo fue
costumbre que cuando, después de las canciones, se quedaba en estado de éxtasis y algún
osado, a sus espaldas, le preguntaba: «¿Qué te ha parecido, Joey?», replicara como si
respondiese a un estímulo que en ese mismo instante le inspirase sus palabras: «¡Despué
d'esto, tóos ustede pueden irse a la cama!». Todos estos fueron los elementos de la
Costumbre Institucionalizada.
Mas los placeres sencillos y las pequeñas bromas del Recodo del Baldado no estaban
destinados a tener una larga vida. Debajo de ellos desde el primer momento hubo un asunto
serio, que cada miembro de la patriarca familia conocía aunque, por acuerdo tácito, nadie
hablara de él: la salud de Mr. Wilding no era buena.
Podría haber superado el golpe si hubiese contado con el único gran afecto de su vida, o
podría haber superado el conocimiento de estar en posesión de la propiedad de otro
hombre; pero ambas cosas juntas eran demasiado para él. Al verse acosado por dos
fantasmas se hundió en una profunda depresión. Los espectros inseparables se sentaban
con él ante su escritorio, comían de su plato, bebían de su copa y se quedaban junto a su
cama por las noches. Cuando recordaba el amor de su supuesta madre, se sentía como si lo
hubiese robado. Cuando recuperaba en parte sus fuerzas gracias al respeto y la adhesión de
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sus dependientes, se sentía como si incluso fuera un embaucador al hacerlos felices, porque
eso tendría que haber sido el deber y la gratificación del hombre desconocido.
Poco a poco, bajo la presión de las cavilaciones de su mente, su cuerpo se abatió, su paso
perdió elasticidad, sus ojos pocas veces se alzaban del suelo. Sabía que no era responsable
del lamentable error que se había cometido, pero también sabía que no podía enmendarlo,
porque los días y las semanas pasaban y nadie reclamaba su nombre ni sus propiedades. Y
entonces empezó a apoderarse de él una conciencia nebulosa de una confusión reiterada
con frecuencia en su cabeza. Se perdía misteriosamente, a veces durante horas enteras, y
otras durante un día y una noche enteros. Una vez, su memoria se paralizó cuando se
levantó de la cabecera de la mesa, tras la cena, y quedó en blanco hasta el amanecer. Otra
vez, la perdió mientras marcaba los tiempos al coro, y la recuperó en momentos en que
caminaba con su socio por el patio, a la luz de la luna, mediada ya la noche siguiente.
Preguntó a Vendale (siempre considerado, capaz de colaborar y cooperar) qué había
ocurrido. Vendale sólo respondió: «No te encontrabas bien, eso es todo». Después buscó
explicaciones en los rostros de su gente, pero ellos salían del paso con un «Me alegro de
verlo tan bien, señor» o «Espero que siga usted bien, señor», frases en las que no había
información ninguna.
Por fin, cuando la sociedad sólo tenía cinco meses de vida, Walter Wilding cayó en cama,
y su ama de llaves se convirtió en su enfermera.
—Ahora que estoy postrado aquí, tal vez no le importará que la llame Sally, ¿verdad, Mrs.
Goldstraw? —dijo el pobre bodeguero.
—Me suena más natural que cualquier otro nombre, señor, y me gusta más.
—Gracias Sally. Creo, Sally, que últimamente debo de haber sufrido algunos ataques. ¿Es
así, Sally? No le importe decírmelo.
—Así ha sido, señor.
—¡Ah! ¡Ésa es la explicación! —se dijo con calma—. Mr. Obenreizer, Sally, dice que el
mundo es tan pequeño que no es extraña la frecuencia con que las mismas personas se
encuentran, y que se encuentran en distintos lugares y en distintos momentos de su vida.
Pero me resulta extraño, Sally, que yo tuviera que ir a la Casa de Expósitos para morir.
Tendió su mano a la mujer, que la cogió con dulzura.
—Usted no va a morir, querido Mr. Wilding.
—Eso decía Mr. Bintrey, pero creo que estaba equivocado. Esa vieja sensación infantil
vuelve a mí, Sally. Aquello de a callar y a descansar, como cuando me quedaba dormido.
Después de una pausa volvió a hablar con voz tranquila.
—Por favor, enfermera, déme un beso —y era evidente que se creía acostado en el viejo
Dormitorio.
Acostumbrada a inclinarse sobre los niños sin padre ni madre, Sally se inclinó sobre el
hombre sin padre ni madre, posó los labios en su frente y murmuró:
—¡Que Dios lo bendiga!
—¡Que Dios la bendiga! —respondió él, en idéntico tono.
Después de otra pausa, abrió los ojos, pero en su personalidad adulta.
—No me haga nada por lo que voy a decirle, Sally; estoy a gusto. Creo que ha llegado mi
hora. No sé qué le parece a usted, Sally, pero...
La inconsciencia lo invadió por unos minutos; volvió a recuperarse una vez más.
—No sé qué le parece a usted, Sally, pero eso es lo que yo creo.
Tras haber terminado conscientemente su frase favorita, llegó su hora y murió.
ACTO II
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VENDALE ENAMORADO
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Marguerite le dio las gracias un tanto forzada, mientras, insegura acerca de su contenido,
miraba el estuche de la joyería. Al abrirlo y descubrir la forma solícitamente sencilla con la
que el obsequio de Vendale se le ofrecía, comprendió los motivos del joven de inmediato.
Su rostro se volvió hacia él, resplandeciente y con una mirada que decía: «Reconozco que
me ha complacido y halagado». Nunca antes había estado tan encantadora a los ojos de
Vendale como en ese momento. Su vestido de invierno —un refajo de seda oscura, con un
corpino de terciopelo negro que llegaba hasta su cuello y le envolvía el rostro en un halo de
plumón de cisne— hacía resaltar por contraste el tono rubio deslumbrante de su cabello y
su tez clara. Sólo cuando ella se apartó de él para ponerse ante un espejo y, tras quitarse el
broche que llevaba, puso en su lugar el regalo de Año Nuevo, la atención de Vendale se
alejó de ella lo bastante como para descubrir la presencia de otras personas en el salón. En
ese instante tuvo conciencia de que las manos de Obenreizer se habían posesionado
afectuosamente de sus codos. Oyó entonces la voz de Obenreizer, que le daba las gracias
por su atención para con Marguerite, con el más débil posible de los tonos de burla en la
voz. («¡Qué regalo tan sencillo, estimado amigo! ¡Cuánto tacto demuestra!») En ese
instante advirtió por primera vez que había otro invitado más, aparte de él mismo, un
hombre al que Obenreizer presentó como un compatriota y amigo. El rostro del amigo era
insulso; la figura del amigo era rechoncha. Su aire sugería la etapa otoñal de la vida
humana. En el curso de la velada demostró unas capacidades extraordinarias. Una era la
del silencio; la otra era la de vaciar botellas.
Madame Dor no estaba en la sala. Tampoco había a la vista un lugar reservado para ella,
cuando se sentaron a la mesa. Obenreizer explicó: «La sencilla costumbre de la buena Dor
es comer siempre hacia la mitad del día. Más tarde, durante la velada, vendrá a presentar
sus saludos». Vendale se preguntó si en esta ocasión la buena Dor habría cambiado su
actividad doméstica y, en lugar de limpiar los guantes de Obenreizer, se había ocupado de
cocinar la cena de Obenreizer. Al menos una cosa era segura: los platos servidos, todos y
cada uno, eran obras de arte culinarias, muy por encima del nivel del rudo y elemental arte
cocineril inglés. La cena fue de una perfección impertinente. En cuanto al vino, los ojos del
amigo silente se deslizaron por él, como en un éxtasis solemne. Aveces decía «¡Bien!»,
cuando llegaba a la mesa una botella llena; otra veces decía «¡Ah!», cuando una botella se
alejaba, vacía, y a eso se limitaron sus contribuciones al regocijo de la velada.
A veces el silencio es contagioso. Dominados por sus personales ansiedades, Marguerite y
Vendale parecían experimentar la influencia del amigo silente. Toda la responsabilidad de
mantener la conversación recayó sobre los hombros de Obenreizer, quien con valentía la
sostuvo. Abrió su corazón de extranjero ilustrado y cantó loores a Inglaterra. Cuando otros
temas se agotaban, volvía él a esa fuente inagotable, y siempre encontraba un caudal tan
abundoso como el de antes. Obenreizer habría dado un brazo, un ojo o una pierna por
haber nacido inglés. Fuera de Inglaterra no existía una institución como el hogar, algo
como un lugar junto al fuego, un elemento como una mujer bonita. Su querida Miss
Marguerite le perdonaría que adjudicara la belleza que la adornaba a la teoría de que en
tiempos remotos tuvo que haber habido algún antepasado inglés entre los suyos, oscuros y
desconocidos. ¡Miren hacia la nación inglesa y verán gentes altas, limpias, rozagantes y
fuertes! ¡Miren sus ciudades! ¡Cuánta magnificencia en sus edificios públicos! ¡Cuánto
orden y decoro en sus calles! ¡Cuan admirables sus leyes, que suman el principio eterno de
la justicia y el otro principio eterno de las libras, los chelines y los peniques, para aplicar el
total a todos los agravios civiles, desde el agravio al honor de un hombre, hasta el agravio a
las narices de un hombre! Usted ha perdido a mi hija: ¡libras, chelines y peniques! Usted
me ha tumbado de un golpe en la cara: ¡libras, chelines y peniques! ¿Hasta dónde podía
llegar la prosperidad material de un país semejante? Obenreizer se proyectaba hacia el
futuro pero no era capaz de ver el fin. El entusiasmo de Obenreizer pedía autorización para
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mostrarse, al estilo inglés, en un brindis. ¡He aquí terminada nuestra modesta cena, he aquí
nuestro frugal postre sobre la mesa, y he aquí a un admirador de Inglaterra que se adapta a
las costumbres nacionales y pronuncia un discurso! ¡Un brindis por sus blancos acantilados
de Albion, Mr. Vendale! ¡Por sus virtudes nacionales, su clima estupendo y sus fascinantes
mujeres! ¡Por sus Chimeneas, por sus Hogares, por su Habeas Corpus y por todas sus
demás instituciones! En una palabra: por Inglaterra! ¡Hip, hip, hip, hurra!
La voz de Obenreizer apenas había terminado de enunciar la última palabra de su brindis
inglés, el amigo silente apenas había acabado de tomar la última gota de su vaso, cuando el
festejo se vio interrumpido por un mesurado golpe en la puerta. Una doncella entró y se
acercó al señor de la casa con una nota en la mano. Obenreizer abrió el papel con el ceño
fruncido y, despues de leerla con una expresión de verdadero fastidio, la pasó a su
compatriota y amigo. El ánimo de Vendale se fortaleció al ver esos trámites. ¿Tendría un
aliado en la pequeña nota fastidiosa? ¿Llegaría por fin la oportunidad por la que esperaba
hacía tanto tiempo?
—Me temo que no hay más remedio —dijo Obenreizer a su compatriota—. Me temo que
debemos ir.
El amigo silente le devolvió la misiva, encogió sus anchos hombros y se sirvió un último
vaso de vino. Sus gordos dedos se demoraron con cariño en torno al cuello de la botella y
lo apretaron con un estrujón amante en el momento de la separación. Sus ojos saltones
miraron nublados a Vendale y Marguerite, como a través de una bruma interpuesta. Con
mucho esfuerzo consiguió elaborar y dar a luz, articulada, una frase completa.
—Creo —dijo— que habría tomado un poco más de vino— le falló el aliento tras tamaño
esfuerzo, resolló y se encaminó a la puerta.
Obenreizer se dirigió a Vendale con un aire de profunda preocupación.
—Estoy tan sorprendido, confundido, afligido —empezó a decir—. Un compatriota mío ha
tenido un contratiempo. Está solo, no habla inglés... mi buen amigo aquí presente y yo no
tenemos más alternativa que acudir en su ayuda. ¿Qué puedo decirle para excusarme?
¿Cómo puedo describirle mi aflicción por verme privado de esta manera del honor de su
compañía?
Hizo una pausa, evidentemente con la expectativa de que Vendale cogiera su sombrero y
se marchase. Al ver, por fin, su oportunidad, Vendale decidió que no haría nada de eso. Se
enfrentó a Obenreizer con habilidad con las mismas armas de Obenreizer.
—Por favor, no se aflija —dijo—. Esperaré aquí con gusto a que usted regrese.
La cara de Marguerite se cubrió de un hondo sonrojo; la joven se dirigió al rincón cercano
a una de las ventanas, donde estaba su bastidor de bordado. La niebla surgió en los ojos de
Obenreizer, y una sonrisa un tanto acida subió a sus labios. Si decía a Vendale que no
había posibilidades concretas de que regresara a una hora adecuada, corría el riesgo de
ofender a un hombre cuya opinión favorable tenía una sólida importancia comercial para
él. Por tanto, aceptó su derrota con la mayor elegancia posible, y declaró que se sentía
igualmente honrado y encantado por la propuesta de Vendale.
—¡Tan abierta, tan amistosa, tan inglesa! —decía a la vez que iba de un lado a otro, al
parecer buscando algo que necesitaba; desapareció un momento por la puerta plegable que
comunicaba con la sala contigua, volvió con su sombrero y su abrigo y, asegurando que
regresaría lo antes posible, abrazó los codos de Vendale y se desvaneció de la escena en
compañía del amigo silente.
Vendale se volvió hacia el rincón cercano a la ventana, en el que Marguerite se había
enfrascado en su labor. Allí, como si hubiera caído del cielo raso o emergido del suelo, allí,
en su actitud de siempre, con la cara vuelta hacia la estufa, ¡estaba sentado un obstáculo
que no se había visto antes, en la persona de Madame Dor! La mujer se incorporó a
medias, a medias miró por sobre sus anchos hombros a Vendale y se dejó caer otra vez.
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¿Estaba trabajando? Sí. ¿Limpiaba los guantes de Obenreizer, como en otras ocasiones?
No: zurcía los calcetines de Obenreizer.
El caso era desesperado. Dos consideraciones serias se concretaron en la mente de
Vendale. ¿Era posible meter a Madame Dor en la estufa? No cabía dentro de la estufa. ¿Era
posible tratar a Madame Dor no como a una mujer viva sino como a un objeto del
mobiliario? ¿Podría la mente ser obligada a contemplar a esa respetable matrona como a un
mero equivalente de una cómoda, con un tocado de tul negro accidentalmente abandonado
sobre ella? Sí, se podía forzar a la mente a hacerlo.
Con un empeño ligero, en términos comparativos, la mente de Vendale lo hizo. Cuando
tomó asiento en el antiguo poyo de la ventana, cerca de Marguerite y de su bordado, se
produjo en la cómoda un movimiento sutil, pero no salió de ella ninguna observación. Hay
que tener presente que los muebles sólidos no son fáciles de mover y que, en consecuencia,
tienen esa ventaja: no existe el peligro de desbaratarlos.
Silenciosa e incómoda, en contra de lo habitual, mientras su rubor se desvanecía, veloz, de
su rostro, con los dedos invadidos por una energía febril, la bella Marguerite se inclinaba
sobre su labor y trabajaba como si su vida dependiese de ello. No mucho menos agitado,
Vendale sintió la importancia de llevarla con el máximo de tacto a la declaración que
estaba deseoso de hacer y a la otra declaración, más dulce aún, que tanto anhelaba oír. El
amor de una mujer nunca ha de tomarse por asalto, pues se rinde insensiblemente ante una
actitud de aproximación gradual. Se aventura por caminos sinuosos y escucha las voces
medidas. Vendale evocó sus anteriores encuentros, cuando viajaban juntos por Suiza.
Ambos recordaron sus impresiones y los acontecimientos de ese feliz tiempo pasado. Poco
a poco la incomodidad de Marguerite se desvaneció. Sonreía, se mostraba interesada,
miraba a Vendale, empezó a dejar de lado la aguja, y dio algunas puntadas torpes en su
labor. Sus voces se volvían cada vez más bajas; sus caras se acercaban más y más a medida
que hablaban. ¿Y Madame Dor? Madame Dor se portó como un ángel. En ningún
momento miró hacia atrás; en ningún momento dijo una palabra: seguía con los calcetines
de Obenreizer. Estiraba cada uno de ellos sobre su brazo izquierdo, y lo alzaba de cuando
en cuando para tener luz en su trabajo; hubo momentos, delicados e indescriptibles
momentos, en que Madame Dor parecía estar sentada cabeza abajo, mientras observaba
una de sus respetables piernas levantada en el aire.
A medida que pasaban los minutos, esas elevaciones se sucedieron tras espacios más y más
prolongados. De vez en cuando el tocado de tul negro se balanceaba, caía hacia adelante,
se volvía a enderezar. Un atado de calcetines se deslizó suavemente del regazo de Madame
Dor y quedó en el suelo sin que nadie lo advirtiera. Un prodigioso ovillo de hilo siguió a
los calcetines y rodó, indolente, bajo la mesa. El tocado de tul negro se balanceó, cayó
hacia delante, se enderezó, se inclinó otra vez, cayó hacia delante otra vez y ya no volvió a
enderezarse. Un sonido compuesto, en parte como el ronroneo de un gato enorme y en
parte como el de un cepillo que alisara una madera blanda, se alzaba por encima de los
susurros de los amantes y vibraba a intervalos regulares en la habitación. La Naturaleza y
Madame Dor se habían unido a favor de los intereses de Vendale. La mejor de las mujeres
dormía.
Marguerite se puso en pie para detener no los ronquidos sino, digamos, el reposo audible
de Madame Dor. Vendale puso su mano en el brazo de la joven y con suavidad hizo que
volviera a su silla.
—No la moleste —susurró—. Estaba esperando para decirle un secreto. Permítame que lo
haga ahora.
Marguerite volvió a su asiento. Trató de volver a su aguja. Inútil, los ojos le fallaban, la
mano le fallaba, no podía encontrar nada.
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—Hablábamos —dijo Vendale— del tiempo feliz en que nos conocimos y por primera vez
viajamos juntos. Tengo que hacerle una confesión. Le he ocultado algo. Cuando hablamos
de mi primera visita a Suiza, le enumeré todas las impresiones que me traje de regreso a
Inglaterra, excepto una. ¿Adivina usted de cuál se trata?
Los ojos de la muchacha se fijaron decididos en el bordado y su cara se apartó un poco de
él. En el impecable corpino de terciopelo empezaron a mostrarse unos signos de
perturbación, en la zona en que estaba el broche. Marguerite no respondió. Vendale repitió
la pregunta sin misericordia.
—¿Puede adivinar cuál es esa única impresión suiza de la que aún no le he hablado?
La cara de la joven se volvió a él y un sonrisa débil tembló en sus labios.
—¿Quizá una impresión de las montañas? —dijo con timidez.
—No, una impresión mucho más preciada que esa.
—¿De los lagos?
—No. Los lagos no se han vuelto más queridos mi recuerdo cada día. Los lagos no están
asociados con felicidad presente ni con mis esperanzas futuras, Marguerite. Todo lo que
hace apreciable la vida para mí está suspendido de una palabra de sus labios. ¡Marguerite!
¡La amo!
Cuando él le cogió la mano, la cabeza de la joven se abatió. Vendale la atrajo hacia sí y la
miró. Las lágrimas que brotaban de sus ojos bajos caían lentamente por sus mejillas.
—¡Oh, Mr. Vendale —dijo con tristeza—, habría sido más amable de su parte guardar su
secreto! ¿Ha olvidado la distancia que hay entre nosotros?
—Marguerite... una distancia que usted impone. Mi amor, querida mía, no hay rango más
alto en bondad, no hay rango más alto en belleza que el suyo. ¡Por favor! ¡Murmure esa
breve palabra que me diga que será mi mujer!
Marguerite suspiró con amargura. —¡Piense en su familia —susurró—, y piense en la mía!
Vendale la atrajo un poco más hacia sí. —Si usted se ampara en un obstáculo como ése —
dijo—, pensaré una sola cosa: pensaré que la he ofendido.
La muchacha se sobresaltó y alzó los ojos.
—¡Oh, no!— exclamó inocentemente. En cuanto esas palabras salieron de sus labios,
comprendió que podían ser la base de muchas cosas. Su confesión se le había escapado a
su pesar. Una preciosa ola de rubor le invadió la cara. Hizo un esfuerzo breve para
desprenderse de los brazos de su amante. Lo miró con aire de súplica. Procuró hablar. Las
palabras murieron en sus labios bajo el beso que les imprimió Vendale.
—¡Suélteme, Mr. Vendale! —pidió con voz débil.
—Llámame George.
Marguerite dejó caer la cabeza sobre el pecho. Todo su corazón, al fin, fue hacia él.
—¡George! —susurró.
—Dime que me amas.
Los brazos de la joven se enlazaron con dulzura en torno al cuello de Vendale. Sus labios,
tímidos, tocaron la mejilla del muchacho antes de susurrar las palabras deliciosas.
—Te amo.
En el instante de silencio posterior, el sonido de la puerta de la casa, que se abrió y cerró,
llegó con claridad hasta ellos desde la quietud helada de la calle.
Marguerite se puso de pie.
—¡Déjame! —pidió—. ¡Él ha vuelto!
Atravesó el salón de prisa y al pasar tocó el hombro de Madame Dor, que se despertó en
medio de un ronquido sonoro, miró primero por encima de un hombro y después por
encima del otro, echó una mirada a su regazo y descubrió que no había en él ni calcetines
ni hilo ni aguja de zurcir. Al mismo tiempo se oyeron pasos que subían la escalera.
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—¡Mon Dieu! —dijo Madame Dor dirigiéndose a la estufa y temblando como una hoja.
Vendale recogió los calcetines y el ovillo y se los pasó por encima del hombro—. ¡Mon
Dieu! —dijo Madame Dor por segúnda vez, cuando el alud de objetos cayó en su amplia
falda.
La puerta se abrió y entró Obenreizer. Su primera mirada al salón le hizo ver que
Marguerite estaba ausente.
—¡Qué! —exclamó— ¿Mi sobrina se ha retirado? ¿Mi sobrina no está aquí para atenderlo
en mi ausencia? Esto es imperdonable. La traeré de inmediato.
Vendale lo detuvo.
—Le ruego que no moleste a Miss Obenreizer —dijo—. ¿Ha vuelto usted solo, sin su
amigo?
—Mi amigo se ha quedado para consolar a nuestro afligido compatriota. Una escena
enternecedora, Mr. Vendale. Las cosas del hogar estaban perdidas en el silencio de la casa
de empeños. Mi admirable amigo fue el único que mantuvo la compostura; de inmediato
mandó a buscar una botella de vino.
—¿Puedo decirle unas palabras en privado, Mr. Obenreizer?
—Por supuesto —se volvió a Madame Dor—. Mi buena mujer, usted necesita descansar
con toda urgencia. Mr. Vendale la dispensará.
Madame Dor se puso de pie y con trayectoria sesgada inició su camino desde la estufa a la
cama. Dejó caer un calcetín. Vendale lo recogió, se lo dio y le abrió una de las puertas
plegables. Ella dio otro paso y dejó caer otros tres calcetines. Mientras Vendale se
inclinaba para recogerlos, como antes, Obenreizer se interpuso disculpándose con
profusión a la vez que echaba una mirada de advertencia a Madame Dor, que dio por
recibida la amonestación tirando todo el atado de calcetines y huyendo llena de pánico de
la escena del desastre. Obenreizer recogió todo el montón con las dos manos y un gesto
decidido.
—¡Vayase! —gritó y con el increíble revoltillo que llenaba sus manos describió una curva
en el aire.
—¡Mon Dieu! —dijo Madame Dor y se esfumó en la habitación contigua, perseguida por
una lluvia de calcetines.
—¡Qué pensará usted, Mr. Vendale —dijo Obenreizer al cerrar la puerta—, de esta
lamentable intrusión de pormenores domésticos! Por mi parte, me avergüenzo. Estamos
empezando el Año Nuevo del peor modo posible; todo ha ido mal esta noche. Siéntese, por
favor... Dígame: ¿qué puedo ofrecerle? ¿Podemos presentar nuestros mejores respetos a
otra de sus nobles instituciones inglesas? Es mi deseo mostrarme alegre, como dicen
ustedes. ¿Qué le parece un grog?
Vendale rechazó el grog con todos los debidos respetos hacia tan noble institución.
—Quiero hablarle de un tema en el que estoy profundamente interesado —dijo—. Usted
habrá observado, Mr. Obenreizer, que desde un primer momento he sentido una
admiración nada común por su encantadora sobrina.
—Usted es muy cortés. Le doy las gracias en nombre de mi sobrina.
—¿Notó usted, últimamente, que mi admiración por Miss Obenreizer se ha transformado
en un sentimiento más tierno y hondo...?
—¿Podríamos llamarlo amistad, Mr. Vendale?
—Podríamos llamarlo amor... y estaríamos más cerca de la verdad.
Obenreizer saltó de su silla. El latido apenas visible que era su mayor aproximación a un
cambio de color se dejó ver de pronto en sus mejillas.
—Usted es el tutor de Miss Obenreizer —prosiguió Vendale—. Le pido que me otorgue el
mayor de todos los favores: le pido que me conceda la mano de su pupila.
Obenreizer volvió a caer en la silla.
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que parecía implicar que ella corresponde al sentimiento con que usted tiene la bondad de
mirarla.
—Me asiste la felicidad inestimable —dijo Vendale— de saber que me ama.
Obenreizer se mantuvo en silencio por un momento, cubiertos sus ojos de niebla, a la vez
que volvía a hacerse visible el débil latido de sus mejillas.
—Si me excusara usted unos pocos minutos —dijo con una amabilidad ceremoniosa—, me
gustaría tener la ocasión de hablar con mi sobrina —con esas palabras se inclinó y
abandonó la sala.
A solas, los pensamientos de Vendale (como resultado necesario de la entrevista, hasta ese
instante) se centraron de modo instintivo en la consideración de los motivos de Obenreizer.
Había puesto obstáculos en cuanto al cortejo; ahora ponía obstáculos en cuanto al
matrimonio, matrimonio que ofrecía unas ventajas que ni siquiera su ingenuidad podía
discutir. Ante todo esto, su conducta era incomprensible. ¿Qué podía significar?
Buscó una respuesta a esa pregunta bajo la superficie; recordó que Obenreizer era un
hombre de su misma edad, poco más o menos; que Marguerite, en términos estrictos, sólo
era su media sobrina, y se preguntó a sí mismo, con los celos siempre prestos de un
enamorado, si debía temer a un rival, además de tener que llevarse bien con un tutor. Esa
idea, tan pronto como se insinuó en su mente, desapareció. La sensación del beso de
Marguerite, que aún perduraba en su mejilla, le recordó dulcemente que incluso los celos
momentáneos implicaban ya hacerle traición a ella.
Tras pensarlo bien, le pareció más posible que un motivo personal de otro tipo pudiera ser
la explicación real de la conducta de Obenreizer. La gracia y la belleza de Marguerite eran
preciados encantos en aquella limitada vida doméstica. Le otorgaban una atracción y una
importancia social especiales. Daban a Obenreizer cierta reserva de influencia, gracias a la
que siempre podía esperar que su casa resultara más atractiva, y que siempre podía aplicar
a la consecución de sus propios fines privados. ¿Sería él la clase de hombre que renunciaba
a tales ventajas, tal como la situación presente implicaba, sin obtener la mayor
compensación posible por la pérdida? Una relación por vía matrimonial con Vendale le
ofrecía ventajas seguras, más allá de cualquier duda. Pero en Londres había cientos de
hombres con poder mayor y con influencia mucho más amplia que los que Vendale tenía.
¿Era posible que la ambición de ese hombre buscara en secreto más allá de las más altas
perspectivas que le podía brindar la alianza propuesta para su sobrina? Cuando la pregunta
se concretaba en la mente de Vendale, el hombre en cuestión reapareció para contestarla, o
para no contestarla, como estaba por verse.
Cuando Obenreizer ocupó nuevamente su sitio, era notorio un hondo cambio en su rostro.
Su actitud era menos segura, y había evidentes huellas en torno a su boca de una agitación
reciente que no había logrado aplacar. ¿Habría dicho algo, respecto a Vendale o a sí
mismo, que hubiese despertado la rebeldía de Marguerite, y que lo hubiera puesto, por
primera vez, frente a una afirmación resuelta de la voluntad de su sobrina? Tal vez sí o tal
vez no. Pero una cosa era segura: tenía el aspecto de un hombre que se había enfrentado a
un rechazo.
—He hablado con mi sobrina —empezó a decir—. He descubierto, Mr. Vendale, que ni
siquiera su influjo la ha cegado por entero a las objeciones sociales que se pueden hacer a
su propuesta.
—¿Puedo preguntarle si ése es el único resultado de su conversación con Miss Obenreizer?
—preguntó Vendale.
Un relámpago efímero atravesó la niebla de Obenreizer.
—Usted es el dueño de la situación —respondió, con un tono de acatamiento sardónico—.
Si insiste en que lo admita, lo hago en estos términos. La voluntad de mi sobrina y la mía
solían ser una, Mr. Vendale. Usted se ha interpuesto, y la voluntad de ella ahora es suya.
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En mi país sabemos cuándo estamos derrotados, y nos sometemos del mejor modo posible.
Lo hago, del mejor modo que me es posible, con ciertas condiciones. Volvamos a los
detalles de su posición económica. Tengo una objeción al respecto, mi estimado señor: una
objeción notable, una objeción audaz, contando con que la plantea un hombre de mi
posición a un hombre de la suya.
—¿De qué se trata?
—Usted me honra al pedirme la mano de mi sobrina. De momento (con mi mayor
agradecimiento y respeto), me disculpo por tener que negársela.
—¿Por qué?
—Porque no es usted lo bastante rico.
La objeción, como había previsto quien la hacía, sorprendió por completo a Vendale, que
por un instante quedó sin habla.
—Sus ingresos son de mil quinientas al año —prosiguió Obenreizer—. En mi mísero país
yo caería de rodillas ante sus rentas y diría: «¡Qué fortuna principesca!» En la rica
Inglaterra, me quedo sentado, como estoy, y digo: «Una independencia modesta, estimado
señor, nada más. Suficiente, quizá, para una esposa que tenga su propio rango, que no deba
luchar contra los prejuicios sociales. Pero ni la mitad de lo necesario para una mujer que es
una extranjera de baja condición y que tiene todos los prejuicios sociales ingleses en su
contra» -Señor: si mi sobrina se casa con usted algún día, tendrá que avanzar cuesta arriba,
como se suele decir, para ocupar el puesto que le corresponde. Sí, sí; usted no lo ve así,
pero es mi punto de vista inamovible. Por el bien de mi sobrina, le pido que esa cuesta
arriba sea lo más suave que pueda ser. Todas las ventajas materiales que pueda tener como
ayuda deben estar a su disposición, por mera justicia. Dígame, Mr. Vendale, ¿con sus mil
quinientas al año puede su mujer tener una casa en un barrio elegante, un lacayo que le
abra la puerta, un mayordomo que atienda su mesa y un coche y caballos que la lleven de
un lado a otro? Veo la respuesta en su cara; su cara dice «no». Muy bien. Dígame algo
más, y habré terminado. Consideremos el conjunto de sus educadas, cultas y encantadoras
compatriotas: ¿es o no es un hecho que una dama que tiene casa en un barrio elegante, un
lacayo que le abra la puerta, un mayordomo que atienda su mesa y un coche y caballos que
la lleven de un lado a otro es una dama que ha subido cuatro peldaños en la escala de la
estima femenina desde un principio? ¿Sí o no?
—Vayamos al grano —dijo Vendale—. Usted ve este asunto como una cuestión de
condiciones. ¿Cuáles son las suyas?
—Las más elementales, estimado señor, en las que usted pueda dar a su mujer esos cuatro
peldaños desde un principio. Duplique sus ingresos actuales: ni la economía más estricta
podría conseguirlo con menos en Inglaterra. Hace un momento me ha dicho que espera
acrecentar en mucho el valor de su negocio. ¡A trabajar, pues, y a aumentarlo! ¡Después de
todo, soy un diablo bondadoso! Cuando me diga, y me muestre pruebas concretas de ello,
que sus ingresos han llegado a tres mil al año, pídame la mano de mi sobrina y se la
concederé.
—¿Puedo preguntar si ha mencionado estas condiciones a Miss Obenreizer?
—Lo he hecho. Aún tiene un resto de consideración hacia mí, algo que no es suyo, Mr.
Vendale. En otras palabras, acepta tomar en cuenta el interés de su tutor por su bienestar y
el mayor conocimiento que su tutor tiene del mundo.
Obenreizer se echó hacia atrás en su silla, seguro de su posición y dominador absoluto ya
de su mejor temple.
Cualquier reivindicación de sus propios intereses, dada la situación en que se veía, era
desesperada para Vendale, al menos de momento. Se encontraba, literalmente, sin suelo
bajo sus pies. Ya fuesen las objeciones de Obenreizer un producto genuino de su visión del
caso, o bien sólo trataran de demorar el matrimonio con la esperanza de conseguir evitarlo,
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en cualquier caso toda resistencia por parte de Vendale en esa situación sería inútil por
completo. No había más remedio que ceder, aunque tratando de obtener los mejores
términos posibles.
—Protesto contra las condiciones que usted me impone—empezó a replicar.
—Naturalmente —dijo Obenreizer—, me atrevería a decir que también yo protestaría, si
estuviera en su lugar.
—Sin embargo, digamos que acepto sus términos —prosiguió Vendale—, pero que debe
permitirme que a mi vez haga dos salvedades. En primer lugar, espero que me permita ver
a su sobrina.
—¡Ah! ¿Ver a mi sobrina? ¿Y suscitar en ella la misma prisa que usted tiene por casarse?
Supongamos que le digo que no. ¿Intentaría verla sin mi autorización?
—¡Por supuesto!
—¡Qué franqueza admirable! ¡Qué exquisitamente inglesa! Podrá verla, Mr. Vendale, en
días determinados que fijaremos de común acuerdo. ¿Qué más?
—Su objeción a mis ingresos —continuó Vendale— me ha tomado por sorpresa. Quiero
tener la seguridad de que no se repetirá una sorpresa tan absoluta. Su actual punto de vista
sobre mis méritos respecto al matrimonio es que debo tener una renta de tres mil al año.
¿Puedo tener la seguridad de que en el futuro, a medida que se amplíe su conocimiento de
Inglaterra, su estimación no se elevará?
—Dicho sin reparos: ¿duda usted de mi palabra? —dijo Obenreizer.
—¿Acaso usted ha dicho que aceptará mi palabra cuando le informe que he doblado mis
ingresos? —preguntó Vendale—. Si mi memoria no falla, hace un instante usted habló de
pruebas concretas.
—¡Buena jugada, Mr. Vendale! En usted se suman la rapidez foránea y la solidez inglesa.
Acepte mi enhorabuena más sincera. Acepte también mi garantía escrita.
Se puso de pie, se sentó ante una mesa auxiliar, escribió unas líneas y entregó el papel a
Vendale con una inclinación de cabeza. El compromiso, perfectamente explícito, estaba
firmado y fechado con escrupulosa precisión.
—¿Está satisfecho con su garantía?
—Lo estoy.
—Encantado de oírlo, por supuesto. Ya hemos sostenido nuestra pequeña escaramuza y
hemos estado muy inteligentes ambas partes. De momento, su asunto está en regla. No
tengo ninguna malicia. Usted no tiene ninguna malicia. Venga, Mr. Vendale, un buen
apretón de manos inglés.
Vendale tendió la mano, un tanto perplejo al ver cómo pasaba Obenreizer, en súbitas
transiciones, de un estado de humor a otro.
—¿Cuándo podré ver a Miss Obenreizer otra vez? —preguntó mientras se ponía en pie
para marcharse.
—Hágame el honor de visitarme mañana —dijo Obenreizer— y lo arreglaremos. ¡Tome un
grog antes de marcharse! ¿No? ¡Bien! ¡Bien! Dejaremos ese grog para cuando usted tenga
las tres mil al año y esté preparado para casarse. ¡Eso! ¿Cuándo será?
—Hace unos meses hice un cálculo de los rendimientos de mi negocio —dijo Vendale—.
Si esa estimación es correcta, doblaré mis actuales ingresos...
—¡Y se casará! —interrumpió Obenreizer.
—Y me casaré —prosiguió Vendale— dentro de un año contado desde hoy. Buenas
noches.
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vida. Me alegro de que usté se lo tome con calma, señó. En tiempos de Pebbleson y
Sobrino, no nos lo habríamos tomao con calma hasta vé el fin del asunto. Sin ánimo de
jaztarme en esta casa, joven Mr. Vendale, le deseo que salga con bien de ésta. Con el debió
respeto, señó —dijo el encargado, mientras abría la puerta para salir; antes de cerrarla echó
una mirada ominosa al interior del despacho—. Estoy confundió y melancónico, se lo
prometo. Pero soy un antiguo servido de Pebbleson y Sobrino y le deseo que salga con
bien de estas sei caja de vino tinto.
Cuando estuvo a solas, Vendale se echó a reír y empuñó la pluma. «Debo mandar unas
líneas a Defresnier y Compañía antes de olvidarlo», pensó. A continuación escribió:
Una vez despachada esta carta, el asunto desapareció de la mente de Vendale: tenía otras
cosas mucho más interesantes en las que pensar. Ese mismo día, más tarde, hizo a
Obenreizer la visita que habían concertado. Quedaron establecidas algunas tardes de la
semana para que tuviera en ellas el privilegio de ver a Marguerite, aunque siempre en
presencia de una tercera persona. En esta condición insistió Obenreizer con cortesía pero
con firmeza. La única concesión que hizo fue permitir que Vendale eligiera quién sería esa
tercera persona. Confiado en su pasada experiencia, eligió sin dudarlo a la excelente señora
que zurcía los calcetines de Obenreizer. Al oír que se le encomendaba esa responsabilidad,
la naturaleza intelectual de Madame Dor estalló de pronto en un nuevo estadio de
desarrollo. Esperó hasta que los ojos de Obenreizer se apartaron de ella y entonces miró a
Vendale e hizo un débil guiño.
Pasó el tiempo, las tardes felices con Marguerite llegaron y se fueron. Era el décimo día
desde aquel en que Vendale escribiera a la firma suiza cuando apareció la respuesta en su
escritorio, junto a la correspondencia del día.
Apreciados señores: Les presentamos nuestras excusas por el pequeño error cometido. Al
mismo tiempo, lamentamos añadir que el conocimiento de nuestro error, logrado gracias a
ustedes, nos llevó a un descubrimiento inesperado. Se trata de un asunto muy serio tanto
para ustedes como para nosotros. Los detalles son los siguientes:
En vista de que ya no teníamos champagne de la cosecha que les habíamos enviado,
hicimos los arreglos pertinentes para mandar a su firma la nota de crédito por el valor de
las seis cajas, tal como ustedes mismos sugirieron. Al iniciar el trámite, ciertos formularios
que se cumplimentan en nuestra gestión comercial exigían una referencia de nuestros libros
bancarios y de nuestro registro. El resultado es la certeza moral de que la letra de cambio
que ustedes mencionan nunca ha llegado a nuestra casa y una certeza literal de que el
importe de ningún envío se ha ingresado en nuestra cuenta bancaria.
En esta etapa de los hechos, es inútil molestar a ustedes con detalles. El dinero, sin duda,
fue robado en su trayecto desde ustedes hasta nosotros. Ciertas peculiaridades que
observamos, relacionadas con la forma en que se perpetró la estafa, nos llevan a deducir
que el ladrón debe haber pensado que estaría en condiciones de pagar la suma sustraída a
nuestros banqueros antes de su inevitable descubrimiento, tras nuestro balance anual. Esto
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no habría ocurrido hasta dentro de tres meses, de haber seguido las cosas el curso de
siempre. Durante este período, de no mediar la carta de ustedes, podríamos haber seguido
perfectamente inconscientes del robo que se ha cometido.
Mencionamos esta última circunstancia porque contribuirá a demostrarles que, en este
caso, nos enfrentamos con un ladrón poco corriente. De momento, no tenemos ni siquiera
una sospecha acerca de quién pueda ser el estafador. Pero creemos que ustedes pueden
ayudarnos en la búsqueda del ladrón, si examinan el recibo (falso, por supuesto) que sin
duda les habrá llegado desde nuestra casa. Les rogamos tengan a bien buscarlo y ver si se
trata de un recibo totalmente manuscrito o si es un formulario impreso y numerado que
sólo requiere que se rellene el espacio destinado al monto de la operación. Conocer este
detalle en apariencia trivial es, lo aseguramos, una cuestión de vital importancia.
Quedamos, ansiosos, a la espera de la respuesta de ustedes y les hacemos llegar nuestra
alta estima y consideración.
Defresnier y Cía.
—¡Una torpeza por mi parte! —dijo Obenreizer—. Estas terribles noticias me han
impresionado, retrocedí...—estaba demasiado interesado en recoger los sobres esparcidos
como para terminar la frase.
—No se moleste —dijo Vendale—, un empleado terminará de ponerlo todo en su sitio.
—¡Qué terribles noticias! —repitió Obenreizer, a la vez que continuaba recogiendo los
sobres—. ¡Qué terribles noticias!
—Si lee usted la carta —dijo Vendale—, comprobará que no he exagerado en nada. Allí
está, abierta, sobre el escritorio.
Volvió a su búsqueda y al cabo de un momento descubrió el recibo falso. Era un
formulario numerado e impreso, tal como lo habían descrito desde la casa suiza. Vendale
tomó nota del número y de la fecha. Después de volver a guardar el recibo en la cámara de
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caudales, tuvo ocasión de advertir que Obenreizer leía la carta sentado en el hueco de una
ventana, en el extremo más apartado de la habitación.
—Acerqúese al fuego —dijo Vendale—. Parece usted aterido de frío allí. Llamaré para que
traigan más carbón.
Obenreizer se puso de pie y se acercó con lentitud al escritorio.
—Marguerite, en cuanto lo sepa, sentirá esto tanto como yo —dijo con suavidad—. ¿Qué
piensa hacer?
—Estoy en manos de Defresnier y Cía. —respondió Vendale—. En mi total
desconocimiento de las circunstancias, sólo puedo hacer lo que ellos recomiendan. El
recibo que acabo de encontrar es un formulario impreso y numerado. Al parecer le dan una
importancia especial a este hecho. Usted, cuando estaba en la sede suiza, tuvo
conocimiento del modo en que ellos trabajan. ¿Se le ocurre qué tienen en mente?
Obenreizer hizo una sugerencia.
—¿Y si examino ese recibo?—dijo.
—¿Se encuentra mal? —preguntó Vendale, sorprendido por el cambio del rostro de su
interlocutor, que veía claramente en ese momento—. Por favor, acerqúese al fuego. Veo
que está temblando, espero que no esté a punto de caer enfermo.
—No hay cuidado —dijo Obenreizer—. Quizá haya pillado frío. Su clima inglés puede
haber prescindido de un admirador de las instituciones inglesas. Déjeme ver el recibo.
Vendale abrió la cámara de caudales. Obenreizer cogió una silla y la acercó a la chimenea.
Estiró ambas manos hacia las llamas.
—Déjeme ver el recibo —repitió con vehemencia, cuando Vendale reapareció con el papel
en la mano. En ese mismo momento un mozo entró en el cuarto con una carga de carbón.
Vendale le dijo que atizara el fuego. El hombre obedeció la orden con una diligencia
calamitosa. Cuando se acercó a la chimenea y alzó el cubo del carbón, su pie tropezó en un
pliegue de la alfombra y así fue como toda la carga de carbón cayó sobre las brasas. El
resultado fue que la llama desapareció de inmediato y surgió una columna de humo
amarillo, sin que ni un mínimo rastro de fuego la justificara.
—¡Imbécil! —murmuró Obenreizer para sí mismo, al tiempo que echaba una mirada que el
hombre recordaría a lo largo de muchos días después de ése.
—¿Quiere que vayamos a la oficina de los empleados?—preguntó Vendale—. Allí hay una
estufa. —No, no. Es igual.
Vendale le tendió el recibo. El interés de Obenreizer por examinar el papel parecía haberse
apagado con tanta rapidez y tan totalmente como el fuego mismo. Miró por encima el
documento.
—¡No, no lo entiendo! Lamento no poder ayudarle —dijo.
—Escribiré a Neuchátel una carta que saldrá en el correo de esta noche —dijo Vendale,
mientras dejaba en su sitio, una vez más, el recibo—. Tendremos que esperar y ver qué
ocurre.
—En el correo de esta noche —repitió Obenreizer—. Veamos. Tendrá respuesta dentro de
ocho o nueve días. Estaré de regreso antes. Si no puedo ser útil como agente viajero, quizá
usted me haga saber lo que suceda. ¿Me enviará instrucciones escritas? Se lo agradezco
mucho. Estaré ansioso por conocer la respuesta de Neuchátel. ¿Quién sabe? Mi querido
amigo, puede que sea un error después de todo. ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Ánimo!
Había entrado en el despacho como si no tuviera ninguna prisa. Sin embargo, cogió el
sombrero y se marchó de inmediato con la actitud de un hombre que no tiene un instante
que perder.
Una vez a solas, Vendale dio una vuelta por la habitación, pensativo.
Su anterior impresión acerca de Obenreizer se tambaleaba a causa de lo que había oído y
visto en esa visita que acababa de producirse. Por primera vez, se sentía dispuesto a pensar
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que tal vez había sido un tanto precipitado y duro al juzgar a otro hombre. La sorpresa y la
pena manifestadas por Obenreizer cuando supo las noticias de Neuchátel tenían todas las
características de sentimientos genuinos y no de fórmulas adoptadas con cortesía para la
ocasión. Abrumado por inconvenientes propios, pues al parecer sufría de los primeros
síntomas inquietantes de una enfermedad seria, había mostrado el aire y dicho las palabras
de un hombre que de verdad deplorara el desastre que se había precipitado sobre su amigo.
Hasta entonces Vendale había intentado en vano cambiar su primera opinión sobre el tutor
de Marguerite, por amor a Marguerite. Todos los instintos generosos de su naturaleza se
sumaban ahora y hacían vacilar lo que hasta ese momento le había parecido indiscutible.
«¿Quién sabe?», pensó, «quizá haya interpretado equivocadamente la cara de ese hombre,
después de todo.»
Pasó el tiempo, las tardes felices con Marguerite llegaron y se fueron. Otra vez era el
décimo día desde aquel en que Vendale escribiera a la firma suiza, y otra vez apareció la
respuesta sobre su escritorio con el resto de la correspondencia del día.
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se debería culpar? Como hombre de negocios, Vendale no tenía más que un camino a
seguir. Volvió a guardar la carta.
—Es muy enojoso —dijo a Obenreizer—. Este olvido de M. Rolland me pone en un serio
problema y en una posición absurdamente falsa ante usted. ¿Qué voy a hacer? Se trata de
un asunto muy serio y estoy obrando en una total oscuridad. No tengo más elección que
seguir no el espíritu sino la letra de mis instrucciones. Me figuro que usted lo comprenderá.
Sepa que, de no verme comprometido de este modo tan estricto, con mucho gusto habría
aceptado sus servicios.
—¡No diga más!—respondió Obenreizer—. En su lugar, yo haría lo mismo. Amigo mío,
no me lo tomo a mal y le agradezco su cumplido. De todos modos, viajaremos juntos —
añadió Obenreizer—. ¿Partirá usted de inmediato, como yo?
—De inmediato. Antes, por supuesto, debo hablar con Marguerite.
—¡Claro que sí! ¡Claro que sí! Hable con ella esta tarde. Vaya a recogerme de camino a la
estación. ¿Saldremos en el tren postal de esta noche?
—En el tren postal de esta noche.
Era más tarde de lo previsto por Vendale cuando llegó a la casa de Soho Square. Se habían
presentado por docenas los inconvenientes en el negocio, originados por su partida
intempestiva. Una cruelmente larga parte del tiempo que había esperado dedicar a
Marguerite se le había perdido en los deberes de su despacho, que era imposible dejar de
lado.
Para su sorpresa y deleite, la joven estaba sola en el salón cuando él llegó.
—No tenemos más que unos pocos minutos, George —dijo Marguerite—, pero Madame
Dor ha sido buena conmigo, y podremos pasarlos a solas —le echó los brazos al cuello y
susurró ansiosa: —¿Has hecho algo que pueda haber ofendido a Mr. Obenreizer?
—¡Yo! —exclamó Vendale perplejo.
—¡Calla! —pidió ella—. No quiero que nos oigan. ¿Recuerdas la fotografía tuya que me
diste? Esta tarde estaba sobre la repisa de la chimenea. El la cogió y la miró, y yo le vi la
cara en el espejo: ¡supe entonces que lo habías ofendido! Es un hombre despiadado,
vengativo y tan impenetrable como una tumba. ¡No viajes con él, George, no viajes con él!
—¡Amor mío —respondió Vendale—, no dejes que tu imaginación te inquiete! Obenreizer
y yo nunca hemos sido mejores amigos que en este momento.
Antes de que pudieran decir una palabra más, el movimiento de un cuerpo robusto
estremeció el suelo del cuarto contiguo y, a continuación, entró Madame Dor.
—¡Obenreizer! —exclamó la excelente señora en un susurro y sin demora se dejó caer en
su sitio de siempre, junto a la estufa.
Entró Obenreizer con una bolsa de correo colgada del hombro.
—¿Está preparado? —preguntó a Vendale— ¿Puedo llevarle algo? Usted no tiene una
bolsa adecuada y yo llevo ésta. Aquí está el compartimiento para los papeles, abierto y a su
disposición.
—Gracias —dijo Vendale—. Llevo un solo documento importante, y estoy obligado a
cuidar de ese papel personalmente. Aquí está —añadió, tocando el bolsillo interno de su
abrigo— y aquí seguirá hasta que llegue a Neuchátel.
Mientras decía estas palabras, la mano de Marguerite tomó la suya y la oprimió
significativamente. La joven miraba hacia Obenreizer. Antes de que Vendale, a su vez,
pudiera mirarlo, Obenreizer giró en redondo para despedirse de Madame Dor.
—Adiós, mi encantadora sobrina —dijo de inmediato a Marguerite—. ¡En marcha, amigo
mío, a Neuchátel! —palmeó a Vendale con suavidad sobre el bolsillo interno de su abrigo
y se encaminó a la puerta.
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La última mirada de Vendale fue para Marguerite. Las últimas palabras que Marguerite le
dijo fueron: «¡No vayas!».
ACTO III
EN EL VALLE
La actitud de cada uno de los dos viajeros para con el otro era la que sigue. Obenreizer,
amenazado por una desgracia inminente a causa de la rápida acción de Vendale, veía que el
círculo se cerraba más y más a cada hora gracias a la energía del joven, por todo lo cual lo
odiaba con la animosidad de un animal feroz y astuto. Siempre tenía reacciones instintivas
en su corazón contra su compañero; quizá por el resentimiento antiguo del labriego ante el
caballero; quizá por el carácter abierto de la naturaleza de Vendale; quizá porque era más
guapo; quizá por su éxito con Marguerite; quizá por todas estas causas, las dos últimas de
las cuales no eran las menos importantes. Además, en esos momentos, veía en él al cazador
que iba tras su rastro. Por su parte, Vendale, mientras continuaba luchando generosamente
contra su primera y vaga desconfianza, se sentía por entonces más obligado que nunca a
desterrarla pues se decía una y otra vez: «Es el tutor de Marguerite. Estamos en una
relación perfectamente amistosa; me acompaña por su propia voluntad y no puede tener
ningún motivo interesado para compartir este incómodo viaje». A estas alegaciones
favorables a Obenreizer, el azar añadió otra, nueva, cuando llegaron a Basilea, tras un viaje
que duró más del doble de lo normal.
Habían tomado la cena muy tarde y estaban solos en un cuarto de la posada, a orillas del
Rin, que en ese punto fluía veloz y profundo, crecido y ruidoso. Vendale descansaba sobre
un canapé y Obenreizer caminaba de un lado a otro: ya se detenía junto a la ventana,
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miraba los reflejos movedizos de las luces de la ciudad en las aguas oscuras (y tal vez
pensara: «¡Si pudiera arrojarlo al río!»), o bien volvía a sus paseos con los ojos fijos en el
suelo. «¿Se lo robaré, si puedo? ¿Lo mataré, si es preciso?». Así como él recorría la
habitación, el río fluía y fluía.
Por fin la carga le resultó tan pesada, le pareció que crecía tanto, que se detuvo, con la idea
de proyectar otra carga sobre su compañero.
—Esta noche el Rin suena como un salto de agua de mi pueblo —dijo sonriendo—. El
salto de agua que mi madre mostraba a los viajeros; recordará usted que se lo conté hace
unos meses. El sonido de esa cascada cambiaba según el tiempo, como lo hace el de todos
los saltos y corrientes de agua. Cuando yo era aprendiz de relojero, recuerdo que me
parecía que se pasaba los días diciéndome: «¿Quién eres tú, pobrecillo infeliz? ¿Quién eres
tú, pobrecillo infeliz?». Recuerdo que otros días, cuando su sonido era hueco y se acercaba
una tormenta al puerto, me parecía decir: «Bum, bum, bum, pégale, pégale», como mi
madre (que no sé si era mi madre) cuando rabiaba.
—¿Si era? —dijo Vendale que con lentitud se incorporó hasta quedar sentado—. ¿Si era?
¿Por qué dice usted «si era»?
—¿Cómo puedo saberlo? —respondió su interlocutor con tono negligente, alzando las
manos y dejándolas caer a su antojo—. ¿Cómo podría saberlo usted? Mi origen es tan
oscuro que no puedo afirmarlo. Yo era muy pequeño y los del resto de la familia eran ya
hombres y mujeres y mis presuntos padres eran viejos. Todo es posible en un caso así.
—¿Dudó usted alguna vez...?
—Ya se lo he dicho, dudo de que esos dos estuvieran casados —respondió, alzando otra
vez las manos, como si desechara ese desagradable tema—. Pero aquí estoy, en este
mundo. Yo no vengo de una familia distinguida. ¿Qué importa?
—Al menos usted es suizo —dijo Vendale, después de seguir sus paseos con la mirada.
—¿Cómo voy a saberlo? —respondió con brusquedad y se detuvo para echarle una mirada
por encima del hombro—. Yo le digo a usted: al menos usted es inglés. ¿Cómo lo sabe?
—Por lo que me dijeron cuando era niño.
—¡Ah! Yo también lo sé por eso.
—Y por mis primeros recuerdos —dijo Vendale, que iba tras un pensamiento que no podía
apartar de sí.
—También yo lo sé por eso, si es que ese modo de saberlo es satisfactorio.
—¿A usted no le resulta satisfactorio?
—Tiene que satisfacerme. No hay nada como el «tiene que» en este pequeño mundo. Tiene
que: dos palabras breves pero más potentes que cualquier prueba o que los razonamientos
extensos.
—Usted y el pobre Wilding nacieron en el mismo año. Eran casi de la misma edad —dijo
Vendale, que había vuelto a observar, pensativo, las idas y vueltas de Obenreizer.
—Sí, más o menos.
¿Sería Obenreizer el hombre desaparecido? Dentro de la asociación desconocida de las
cosas, ¿habría un sentido más sutil que el que él mismo creía en esa teoría, tantas veces
repetida, acerca de la pequeñez del mundo? ¿La carta de presentación proveniente de Suiza
habría llegado tan poco después de la revelación de Mrs. Goldstraw respecto al niño
llevado a Suiza precisamente porque él era ese niño, convertido en un hombre? En un
mundo en el que tantos abismos son aún desconocidos, bien podría ser. Las casualidades, o
las leyes —se las llamase como se las llamase—, que habían determinado que la relación
de Vendale con Obenreizer reviviera y madurase hasta llegar a la intimidad, y que los
habían llevado a estar juntos en esa noche de invierno no eran mucho menos curiosas;
vistas bajo esa luz, parecían confluir hacia el avance de un fin inteligible.
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Los recién nacidos pensamientos de Vendale se ahondaron, mientras sus ojos, meditativos,
seguían los paseos de Obenreizer por el cuarto, a la vez que el río corría marcando el ritmo:
«¿Se lo robaré, si puedo? ¿Lo mataré, si es preciso?». El secreto de su amigo muerto no
corría peligro en los labios de Vendale, pero así como su amigo había muerto bajo aquel
peso, del mismo modo él sintió la carga de aquella misión recibida como herencia menor, y
la obligación de seguir cualquier rastro, por muy débil que fuese. De inmediato se preguntó
si ese hombre sería el verdadero Wilding. No. Aunque su desconfianza se hubiera
desdibujado, no se sentía propenso a poner a ese sustituto en el lugar de su difunto socio,
tan candido, franco e inocente. Tenía sobre Marguerite más poder que el necesario, tal
como estaban las cosas, y la riqueza podría darle aún más. ¿Aceptaba que ese hombre fuera
el tutor de Marguerite, aunque no mantuviera con ella ninguna clase de relación, por muy
apartado y distante que estuviera? No. Pero esas consideraciones no podían interponerse
entre él y la fidelidad al muerto. Tenía que ocuparse de que pasaran por su cabeza sin dejar
más huella que la sensación de que habían pasado por su cabeza y lo habían dejado
dispuesto a cumplir con un deber solemne. Y de eso se ocupó, mientras seguía con ojos
propicios a su compañero, que continuaba paseándose arriba y abajo por el cuarto, ese
compañero al que suponía malhumorado por sus reflexiones acerca de su cuna, sin
sospechar que pensaba en la muerte violenta de otro hombre y sin soñar siquiera en cuál
sería ese hombre.
El camino que iba de Basilea a Neuchátel estaba en mejores condiciones que las previstas.
Las últimas horas habían sido buenas. Los conductores de caballos y mulas llegaron esa
tarde después del anochecer, y dijeron que sólo había que superar pruebas de paciencia, de
arreos, ruedas, ejes y trallas. Pronto contrataron un carruaje y caballos para que los llevara
por la mañana, con la idea de partir antes del amanecer.
—¿Cierra usted la puerta por la noche cuando viaja? —preguntó Obenreizer que estaba de
pie, calentando sus manos junto a los leños encendidos en la chimenea del cuarto de
Vendale antes de marcharse a su habitación. —No. Duermo profundamente. —¿Duerme
profundamente?—repitió Obenreizer, con una mirada admirativa—. ¡Qué ventura!
—Lo es para el resto de la casa —respondió Vendale—, que no tendrá que despertarse por
la mañana con los golpes en la puerta de mi cuarto.
—También yo —dijo Obenreizer— dejo abierta la puerta de mi cuarto. Pero permítame
que le advierta, como buen conocedor de Suiza: siempre que viaje por mi país, ponga sus
papeles y su dinero, por supuesto, bajo la almohada. Siempre en el mismo sitio.
—No es muy cortés con sus compatriotas —dijo Vendale riendo.
—Mis compatriotas —dijo Obenreizer a la vez que repetía aquel ligero toque en los codos
de su amigo, a modo de buenas noches y bendición—, supongo, son como la mayoría de
los hombres. Y la mayoría de los hombres tendrán lo que se merezcan. ¡Adiós! A las
cuatro en punto de la mañana. —¡Adiós! A las cuatro.
Una vez a solas, Vendale juntó los leños encendidos, los cubrió con las cenizas blancas que
había en la chimenea, y se acomodó para poner en orden sus pensamientos. Pero otra vez
se fijaron en el último tema, y el ruido del río parecía agitarlos, más que aquietarlos.
Cuando se sentó para reflexionar, la poca disposición de dormir que tenía desapareció.
Comprendió que era inútil acostarse aún, y se quedó vestido junto al fuego. Marguerite,
Wilding, Obenreizer, el asunto que tenía entre manos y mil esperanzas y dudas que nada
tenían que ver con todo ello ocuparon su mente de inmediato. Todo parecía tener poder
sobre él, menos el sueño. La desaparecida disposición de dormir se mantenía lejana.
Hacía un rato que estaba sentado pensando, junto a la chimenea, cuando lávela se
consumió, se extinguió su luz. No tenía importancia, había luz suficiente con el fuego.
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—Y también armado —dijo Vendale, a la vez que echaba una mirada al cinturón de su
interlocutor.
—Un puñal de viajero que siempre llevo cuando salgo al camino —respondió Obenreizer
como al descuido, desenvainando a medias con la mano izquierda, para volver de
inmediato el puñal a su sitio—. ¿Usted no lleva algo así?
—No, nada.
—¿Pistolas tampoco? —dijo Obenreizer, y echó una mirada a la mesa y después a la
almohada sin usar.
—Nada de eso.
—¡Qué confiados son ustedes, los ingleses! ¿Quiere dormir?
—Hubiera querido dormir hace un rato, pero ahora no.
—Ni yo, después de esa pesadilla. Mi fuego se ha apagado, como su vela. ¿Puedo sentarme
aquí? ¡Las dos! No falta mucho para las cuatro, no vale la pena volver a la cama.
—No me voy a tomar el trabajo de meterme en la cama ahora —dijo Vendale—. Siéntese
aquí y hágame compañía, es usted bienvenido.
Obenreizer se dirigió a su cuarto para arreglar sus ropas y volvió al cabo de unos
momentos con una amplia capa y zapatillas. Se sentaron a ambos lados de la chimenea.
Entre tanto, Vendale había echado al fuego unos leños de la cesta que había en su cuarto.
Obenreizer puso sobre la mesa su cantimplora y un vaso.
—No es más que brandy corriente de cabaret —dijo mientras llenaba el vaso—, comprado
en la calle, no como el que tienen en el Recodo del Baldado. Pero el suyo se ha terminado.
Tanto peor. Una noche fría, la hora más fría de la noche, un país frío y una casa fría. Esto
será mejor que nada, pruébelo.
Vendale tomó el vaso y probó la bebida.
—¿Qué le parece?
—Tiene un dejo áspero en el paladar —dijo Vendale, y tendió el vaso con un ligero
estremecimiento—, y no me gusta.
—Es verdad —dijo Obenreizer, que había probado la bebida y hacía chasquear los
labios—, tiene un dejo áspero y tampoco a mí me gusta. ¡Aj! ¡Esto quema!—arrojó el resto
de la bebida al fuego.
Ambos tenían un codo apoyado en la mesa, y la cabeza en la mano, y estaban sentados
observando los leños encendidos. Obenreizer se mantenía atento e inmóvil; pero Vendale,
después de unos gestos bruscos, en un impulso se puso de pie, miró espantado a su
alrededor, y se hundió en una extraña confusión de imágenes. Llevaba sus papeles en una
cartera o libreta de cuero, en un bolsillo interior de su abrigo de viaje abotonado; y
cualquiera que fuese su sueño, en el letargo que se apoderó de él algo que importunaba
esos papeles lo arrancó de ese sueño, aunque no pudo despertar por entero de él. Lo
retenían en las estepas de Rusia (un personaje oscuro decía el nombre del lugar) junto a
Marguerite; sin embargo, la sensación de una mano en su pecho, que tanteaba la libreta
guardada en su bolsillo, mientras él dormía junto al fuego, era vivida para él. Había
naufragado y estaba en un bote descubierto, en medio del mar, había perdido sus ropas y
sólo se protegía con una vela vieja; no obstante, una mano que lo palpaba, buscando
papeles en todos los demás bolsillos de la ropa que llevaba, sin encontrar respuesta a su
búsqueda, le advertía que tenía que ponerse de pie. Estaba en la vieja cava del Recodo del
Baldado, a la que habían llevado la mismísima cama que había en el cuarto de la posada de
Basilea; Wilding (que no había muerto, como él suponía, aunque eso no le parecía
demasiado extraño) lo sacudía y le susurraba: «¡Mira a ese hombre! ¿No ves que se ha
levantado y está mirando bajo la almohada? ¿Por qué iba a dar vuelta a la almohada si no
está buscando esos papeles que llevas en el bolsillo? ¡Despierta!». Pero él siguió
durmiendo y se extravió en otros sueños.
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Atento e inmóvil, con un codo apoyado en la mesa y la cabeza sobre la mano, al fin habló
su compañero.
—¡Vendale! Nos están llamando. ¡Pasa de las cuatro!
Cuando abrió los ojos, vio vuelta de perfil hacia él la cara de Obenreizer oculta en su
niebla.
—Ha dormido profundamente —dijo—. ¡La fatiga del largo viaje y el frío!
—Ahora estoy bien despierto —exclamó Vendale, y se levantó de un salto, aunque con pie
inseguro—. ¿Usted no ha dormido?
—Quizá haya dormitado algo, pero me parece que estuve mirando el fuego largamente.
Sea como sea, debemos asearnos, tomar el desayuno y partir. ¡Pasa de las cuatro, Vendale,
pasa de las cuatro!
Lo dijo con un tono perentorio, porque el muchacho ya estaba medio dormido otra vez.
Mientras se preparaba para la jornada y durante el desayuno, volvió a hundirse en un sueño
virtual, aunque siguiera moviéndose mecánicamente. Antes que el día frío y oscuro se
acercara a su fin, no tuvo del viaje una impresión más precisa que el sonido de los
cascabeles, el mal tiempo, los caballos que resbalaban, las laderas torvas, los bosques
sombríos y una parada en algún albergue de la carretera, donde pasaron por un establo para
poder subir al salón destinado a los viajeros. De muy poco más tuvo conciencia,
exceptuado Obenreizer, que se mantuvo sentado y pensativo a su lado todo el día, sin dejar
de mirarlo.
Pero cuando se liberó de su letargo, Obenreizer no estaba a su lado. El coche se había
detenido para un descanso en otro albergue del camino, y una fila de carretones largos y
estrechos, cargados con barriles de vino y tirados por caballos que llevaban grandes
colleras azules y fuertes cabezadas, también estaba detenida en un descanso. Los
carretones iban en dirección contraria a la del coche, y Obenreizer (nada pensativo en ese
momento, sino animado y vivaz) estaba hablando con el primer carretero. Cuando Vendale
estiraba las piernas, para que circulara la sangre, y se liberaba de las telarañas de su
modorra, yendo y viniendo con energía en medio de ese aire tonificante, la fila de
carretones avanzó: todos los carreteros saludaban a Obenreizer al pasar a su lado.
—¿Quiénes son? —preguntó Vendale.
—Son nuestros conductores... de Defresnier y Cía. —respondió Obenreizer—, y ésos,
nuestros cascos de vino—canturreaba para sí mismo y encendió un cigarro.
—Hoy he sido un acompañante pesado y soso —dijo Vendale—. No sé qué me ocurría.
—No ha dormido anoche, y a menudo se produce una especie de congestión del cerebro,
cuando se pasa este frío por primera vez —dijo Obenreizer—. Lo he visto muchas veces.
Al fin y al cabo, parece que hemos hecho el viaje para nada.
—¿Cómo para nada?
—La Casa está en Milán. Ya sabe, aquí en Neuchátel está la bodega, y en Milán hay una
sedería. Pues bien, ocurre que la seda de pronto es más importante que el vino, y
Defresnier tuvo que ir a Milán. Rolland, el otro socio, cayó enfermo tras la partida de su
socio y los médicos no le permiten que vea a nadie. En Neuchátel encontrará una carta que
así se lo dice. Lo he sabido de boca de nuestro jefe de carreteros, ése con el que estaba
hablando. Se sorprendió al verme, y dijo que tenía que darle esta noticia, si se encontraba
con usted. ¿Qué piensa hacer? ¿Regresar?
—Seguir —dijo Vendale. —¿Seguir?
—Sí, seguir. Cruzar los Alpes y bajar a Milán. Obenreizer se quitó el cigarro de la boca
para mirar a Vendale, y después dio una calada larga, miró carretera arriba y carretera
abajo, miró las piedras del camino que tenía a sus pies.
—Lo que llevo entre manos es un asunto muy serio —dijo Vendale—, hay más
formularios extraviados que pueden convertirse en cuentas falsas o en algo peor; me
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pidieron que no perdiera el tiempo y que ayudara a la firma a descubrir al ladrón, y nada
me hará volver atrás. —¿No? —exclamó Obenreizer, que se quitó el cigarro de la boca
para sonreír, a la vez que estrechaba la mano de su compañero de viaje—. Pues tampoco a
mi me harán volver atrás. ¡Eh, conductor! De prisa. ¡Rápido! ¡Sigamos adelante!
Viajaron toda la noche. Había nevado y parte de la nieve se estaba fundiendo, por lo que el
camino se hizo casi al paso, con muchas paradas para dar un respiro a los caballos,
cubiertos de barro y torpes ya en su andar. Cuando había transcurrido una hora desde que
se hiciera la plena luz del día, se detuvieron a la puerta de la posada de Neuchátel: les
había llevado unas veintiocho horas avanzar unas ochenta millas inglesas.
Después de reponer energías y cambiar de ropa, a toda prisa, fueron juntos a las oficinas de
Defresnier y Compañía. Allí encontraron la carta de la que había hablado el carretero,
dentro de la cual estaban las pruebas y comparaciones de escritura esenciales para
descubrir al estafador. Tomada ya la decisión de seguir adelante sin descansar, lo único que
podía demorarlos era la cuestión del puerto por el que podrían cruzar los Alpes. Con
respecto al estado de los pasos de San Gotardo y Simplón los guías y los acemileros no se
ponían de acuerdo; además, ambos puertos estaban lo bastante lejos como para evitar que
los viajeros obtuvieran noticias de alguien que los hubiese atravesado recientemente. Por
otra parte, sabían muy bien que un chubasco de nieve podía cambiar por entero las
condiciones descritas en el breve lapso de una hora, aunque les hubieran transmitido datos
correctos. No obstante, en general parecía que el Simplón era el camino más adecuado, y
Vendale decidió emprender esa ruta. Obenreizer no participó casi en la discusión, y apenas
si dijo alguna palabra.
A Ginebra, a Lausana, por la margen llana del lago hasta Vevey, luego a través del valle
barrido por el viento entre las estribaciones de la montaña y, por fin, al valle del Ródano.
El ruido de las ruedas del coche, mientras avanzaba traqueteando a lo largo del día y de la
noche, se convirtió en algo así como las ruedas de un gran reloj que registrara las horas. No
hubo en el tiempo cambios que alterasen la jornada, transcurrida en medio de un duro frío
de hielo. Contra un cielo sombrío y amarillento, vieron las cimas de los Alpes; también
vieron en montañas y laderas más cercanas la cantidad suficiente de nieve como para
manchar por contraste la pureza de lagos, torrentes y saltos de agua y hacer que las aldeas
pareciesen descoloridas y sucias. Pero no nevó ni hubo ventiscas sobre la carretera. El
discurrir lento, a través del valle, de una masa de bruma más o menos cerrada y blanca, que
en sus cabellos y ropas se convertía en carámbanos, era el único cambio que se producía
entre ellos y el cielo sombrío. Incansables en el día, incansables en la noche, las ruedas.
También ellos, incansables, seguían adelante, mientras en el oído de uno, como una carga,
sonaba la carga rítmica del Rin, un tanto cambiada: «Pasado el momento de robarle en
vida, debo asesinarlo».
Al fin, llegaron a la pequeña ciudad de Brig, al pie del Simplón. Arribaron cuando ya había
oscurecido, pero aun así advirtieron cuánto se empequeñecían las obras de los hombres y
los hombres mismos junto a esa montaña inmensa que se cernía sobre ellos. Tuvieron que
descansar allí esa noche; disfrutaron del calor del fuego, de una luz, de la comida y el vino,
y de una conversación de sobremesa con guías y conductores. Ningún ser humano podría
atravesar el puerto hasta dentro de cuatro días. La nieve por encima de la línea de nieves
eternas era demasiado blanda para soportar un coche, y no estaba lo bastante dura para los
trineos. En el cielo había nieve. Había habido nieve en el cielo durante varios días, era una
rareza que no hubiera caído, y era seguro que tenía que caer. Ningún vehículo podía cruzar.
Se podía intentar con muías o a pie, pero en ambos casos los mejores guías pedían una
paga de alto riesgo, ya fuese que consiguieran pasar a los dos viajeros o bien decidieran
regresar por razones de seguridad y lograran traerlos de vuelta.
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EN LA MONTAÑA
La senda estaba bastante buena para caminantes vigorosos, y el aire se volvía más ligero y
respirable a medida que ascendían. Sin embargo, el cielo continuaba sombrío como en días
pasados. La naturaleza, al parecer, había llegado a una pausa. El oído, no menos que la
vista, se alteraba al tener que esperar durante tanto tiempo por el cambio, fuera cual fuese,
que se presentía. El silencio era palpable y tan pesado como las nubes bajas, o más bien la
nube única, porque todo el cielo no se veía sino como una sola nube que lo cubría por
completo.
Aunque la luz resultaba tan velada y melancólica, la vista no quedaba oculta. Allá abajo, a
espaldas de ellos, en el valle del Ródano, se podía seguir el cauce del río en todos sus
meandros, en toda su oscuridad solemne, gris plomiza, en su amplitud yerma y
descolorida. Allá arriba, sobre sus cabezas, los heleros y los aludes potenciales se
proyectaban sobre los puntos por los que tendrían que pasar en un momento u otro; a la
derecha, hondo y sombrío, se abría un precipicio temible y rugía un torrente; en todas las
direcciones no se alzaban más que montañas inmensas. El paisaje titánico, sin el alivio de
un toque de luz cambiante ni de un solitario rayo de sol, a pesar de todo tenía una claridad
tremenda en su fiereza. Los corazones de dos hombres solitarios se encogerían algo, si
tuvieran que avanzar con esfuerzo a lo largo de millas y horas entre una legión de hombres
callados e inmóviles —hombres como ellos mismos— que los estuvieran mirando con
fijeza y con el ceño fruncido. ¡Pero cuánto peor era que esa legión fuera la más potente
obra de la Naturaleza y que el ceño fruncido pudiera convertirse, en un instante, en furia!
A medida que ascendían, el camino se tornaba más y más áspero y difícil. Pero el ánimo de
Vendale se fortalecía mientras iban subiendo y dejando atrás, ya conquistada, una parte de
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—Ya lo han oído todos ustedes. Mi amigo está urgido por las circunstancias, y no
queremos consejos ni ayuda.
Yo, estimados compatriotas, soy tan buen guía como el que más. Por favor, sírvannos algo
de comer y de beber.
Del mismo modo y casi con las mismas palabras, cuando ya estaba oscureciendo, habían
sorteado las dificultades incluso aumentadas del camino, y habían llegado al albergue en el
que pasarían la noche, se expresó Obenreizer ante los rostros atónitos de la gente reunida
en torno a ellos delante del fuego, mientras ambos se quitaban sus botas mojadas y
sacudían la nieve de sus ropas.
—Sería bueno que nos entendiéramos, señores. Este caballero...
—Tiene mucha prisa por pasar —interrumpió Vendale sonriendo—. Debo pasar el puerto.
—¿Lo han oído? Tiene mucha prisa por pasar, debe hacerlo. No queremos consejos ni
ayuda. Yo soy montañés de nacimiento y voy como guía. No nos llenen de preocupaciones
con sus comentarios, dennos algo de comida y vino, y una cama.
Seguían esa noche el frío intenso y el silencio ominoso. Una vez más, al amanecer no hubo
ni un rayo de sol que dorase o enrojeciera la nieve. El mismo yermo interminable de
blancura mortal, el mismo aire inmóvil, el mismo velo uniforme en el cielo.
—¡Viajeros! —les dijo una voz amiga desde la puerta, cuando ya estaban a punto de salir,
con las mochilas a la espalda y los bastones en la mano, como en la víspera—. Recuerden
que hay cinco refugios, muy cercanos entre sí, en esta peligrosa senda que tienen por
delante, después hay una cruz de madera y algo más adelante está la posada. No se aparten
de la senda. ¡Si se desencadena la tourmente, busquen abrigo de inmediato!
—¡Estos pobres diablos y su negocio! —dijo Obenreizer a su compañero, a la vez que
hacía un gesto despectivo con la mano sin volverse hacia el que hablaba—. ¡No piensan
más que en su negocio! Los ingleses siempre dicen que los suizos somos mercenarios y
parece que es así, por cierto.
Habían cargado en las dos mochilas todas las vituallas que pudieron conseguir por la
mañana y que les había parecido sensato llevar. A Obenreizer le había correspondido llevar
el vino y a Vendale, el pan, la carne y el queso, además de la botella de brandy.
Durante un buen rato subieron y avanzaron con dificultad, porque la nieve les llegaba por
encima de las rodillas en la senda misma, y quién sabe cuál sería su espesor en torno a ella,
y todavía marchaban cuesta arriba en medio de un tramo espantoso de aquella desolación
temible, cuando empezó a nevar. En el primer momento sólo fueron unos copos que
bajaban lentos y serenos. Al cabo de un rato, la precipitación se hizo mucho más densa y
de pronto, sin causa visible, empezó a arremolinarse. De inmediato, tras este cambio, un
helado golpe de aire se precipitó, rugiente, sobre ellos: todos los estruendos y las potencias
hasta entonces contenidos se desbocaron.
Uno de los sombríos pasos cubiertos por los que discurría el camino en ese peligroso sitio,
una cueva reforzada con arcos muy sólidos, se abría cerca de ellos. Se dieron prisa en
llegar, mientras la tempestad arreciaba con furia. El estruendo del viento, el fragor del
agua, el retumbo de las masas de rocas y de nieve que caían, la voz aterradora que aquel
desfiladero y todos los demás de la monstruosa cadena de montañas parecían haber
adquirido de pronto, la oscuridad casi nocturna, la nieve en torbellinos que golpeaba y
rompía en polvo cegador, la locura destructiva e insaciable de todo lo que los rodeaba, la
sustitución súbita de la extraña calma por una violencia furibunda y del silencio por el
estrépito, todos esos fenómenos eran cosas que, al borde de un abismo insondable, podían
helar la sangre, si el viento feroz, que en esos instantes arrastraba hielo y nieve, no hubiera
helado antes.
Obenreizer, mientras recorría arriba y abajo la galería sin detenerse, hizo a Vendale una
seña para que le ayudara a quitarse la mochila de la espalda. Podían verse pero no oírse.
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Cuando Vendale hizo lo que le ordenaba su compañero, Obenreizer sacó su botella de vino
sirvió un poco e indicó a Vendale que tomara vino y no brandy para calentarse. Vendale
obedeció una vez más y Obenreizer bebió a continuación, al parecer; ambos se movían de
un lado a otro: ambos sabían que detenerse o dormir significaba morir.
La nieve, que entraba con fuerza por el extremo de la galería por el que debían salir —si lo
conseguían, porque el camino ya recorrido estaba aún más peligroso que antes—, empezó
a cegar el arco. Al cabo de una hora había subido lo suficiente como para quitar la mitad de
la restablecida claridad diurna, pero se había endurecido y se podía pasar a gatas por los
lados o por encima de ella. En la montaña, la violencia de la tempestad se redujo a una
nevada serena. El viento soplaba con fuerza a ratos, ya no sin cesar, y cuando se aplacaba,
volvían a caer gruesos copos.
Podían haber transcurrido unas dos horas en esa cárcel horrenda, cuando Obenreizer,
después de aplastar la nieve que cerraba la salida, para trepar con la cabeza gacha y el
cuerpo inclinado, consiguió salir. Vendale lo siguió de cerca, pero lo hizo sin darse cuenta
de lo que hacía ni entender el motivo: el letargo que lo invadiera en Basilea volvía a
apoderarse de él y a dominar sus sentidos. Cuánto se habían apartado del paso o qué
obstáculos habían tenido que vencer desde el momento de la salida, no lo sabía. De pronto
cobró conciencia de que Obenreizer estaba encima de él y de que ambos luchaban,
desesperados, entre la nieve. De pronto tuvo memoria de lo que su agresor llevaba en el
cinturón. Lo buscó a tientas, lo sacó, le dio con él, volvió a luchar, le dio otra vez, lo apartó
de sí y quedó cara a cara con el hombre.
—Le prometí guiarlo, hasta el fin de su viaje —dijo Obenreizer— y cumplo mi promesa.
El viaje de su vida acaba aquí. Nada puede prolongarlo. Se está durmiendo de pie.
—Usted es un infame. ¿Qué me ha hecho?
—Usted es un tonto. Lo he drogado. Usted es tonto por partida doble, porque ya lo había
drogado antes, para probarlo. Usted es tonto por partida triple, porque yo soy el ladrón y
estafador, y dentro de unos momentos arrancaré esas pruebas contra el ladrón y estafador
de su cuerpo sin vida.
El joven atrapado trataba de rechazar el letargo, pero el abrazo fatal era tan vigoroso y
firme que, aun cuando oía aquellas palabras, estúpidamente se preguntaba cuál de los dos
estaba herido y de quién era la sangre que veía esparcida sobre la nieve.
—¿Qué le he hecho para que se convierta en un vil asesino? —preguntaba con lengua
pesada y torpe.
—¿Qué me ha hecho? Podría haberme destruido, pero ha llegado al fin de su viaje. Su
maldita diligencia se interpuso entre mí y el momento en que había pensado reponer el
dinero. ¿Qué me ha hecho? Se ha cruzado en mi camino, no una ni dos sino muchas veces.
¿Acaso no traté de quitármelo de encima desde el principio? Pero no había modo de
librarme de usted y por eso va a morir aquí.
Vendale trataba de pensar con coherencia, de hablar con coherencia, trataba de recoger el
bastón con contera de hierro que había dejado caer; como no pudo alcanzarlo quiso
continuar sin esa ayuda. ¡Era todo en vano, todo en vano! Trastabilló y cayó pesadamente
hacia delante, sobre el borde del hondo abismo.
Espantado, mareado, imposibilitado de ponerse en pie, con los ojos velados y mermado su
oído, hizo un esfuerzo tan tremendo que, mientras se apoyaba en sus manos, vio a su
enemigo de pie a su lado, tranquilo, y oyó sus palabras.
—Usted puede llamarme asesino —dijo Obenreizer con una risa torva—. Poco importa la
palabra. Pero al menos me he jugado la vida para tomar la suya, porque también yo estoy
rodeado de peligros y puede que jamás salga de aquí. Vuelve a estallar la tourmente,
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vuelve a arremolinarse la nieve y yo tengo que apoderarme ahora mismo de esos papeles.
Me va la vida en cada instante de demora.
—¡Alto! —gritó Vendale con un tono terrible, tambaleándose mientras un último rayo se
encendía en su mente y deteniendo con las suyas las manos ladronas que se acercaban a su
pecho—. ¡Alto! ¡Apártese de mí! ¡Dios bendiga a mi Marguerite! Por fortuna jamás sabrá
cuál ha sido mi muerte. Quédese allí y deje que vea su cara asesina. Deje que me
recuerde... algo... que me queda por decir.
Ante la vista de ese hombre que luchaba con tanta energía para mantenerse consciente y
con la duda de que fuera capaz, y no por un instante, de mostrar la fuerza de una docena de
hombres, el agresor se quedó inmóvil. Mientras le echaba una mirada feroz, Vendale
balbuceó palabras inconexas.
—No seré yo... quien traicione... la confianza... del muerto... presuntos padres... una
fortuna no merecida... ¡averigüelo!
Su cabeza se dobló sobre el pecho y volvió a trastabillar, como antes, hasta el borde del
abismo; las manos ladronas otra vez, rápidas e inquietas volvieron a su pecho. Convulso,
intentó gritar «¡No!», rodó hacia el precipicio y cayó, lejos del alcance de su enemigo,
como un fantasma en un pesadilla horrenda.
La tormenta volvió a sacudir la montaña y, una vez más, pasó. Las voces temibles de los
abismos se diluyeron, surgió la luna y cayó la nieve suave y callada.
Dos hombres y dos grandes perros salieron de la posada. Los hombres examinaron con
atención los alrededores y el cielo. Los perros se revolcaban en la nieve, hundían el hocico
y rascaban en ella con sus patas. Uno de los hombres habló.
—Ahora podemos salir. Puede que los encontremos en uno de los cinco refugios.
Ambos llevaban una cesta a la espalda; ambos sostenían en la mano un palo grueso con un
garfio en la punta; ambos tenían, anudada bajo los brazos, una fuerte cuerda que los unía.
De pronto los perros abandonaron sus juegos en la nieve, miraron hacia la cuesta, alzaron
sus hocicos, se mostraron muy excitados y al mismo tiempo empezaron a ladrar con
energía.
Los dos hombres miraron las caras de los dos perros. Los dos perros, al menos con idéntica
inteligencia, miraron las caras de los dos hombres.
—¡Venga! Au secours! ¡Socorro! ¡Al rescate! —gritaron los hombres. Los perros, tras
soltar un ladrido feliz, hondo y generoso, salieron a la carrera.
—¡Otros dos locos! —dijeron los hombres, paralizados de asombro, a la vez que
observaban bajo la luz de la luna—. ¿Cómo es posible con este tiempo? ¡Y uno es una
mujer!
Cada uno de los perros llevaba entre los dientes un pliegue del vestido de la mujer y la
guiaban. Ella les acariciaba la cabeza mientras subían y avanzaba con el paso de quien está
habituado a la nieve. No ocurría lo mismo con el hombre robusto que la acompañaba, a
quien se veía extenuado, sin resuello.
—¡Queridos guías, queridos amigos de los viajeros! Soy compatriota de ustedes.
Buscamos a dos caballeros que debían atravesar el puerto, que deberían haber llegado a la
posada esta tarde.
—Por aquí pasaron, ma'amselle.
—¡Gracias a Dios! ¡Oh, gracias a Dios!
—Pero por desdicha siguieron su camino. Estábamos a punto de salir en su busca.
Teníamos que esperar hasta que pasara la tourmente. Ha sido terrible allá arriba.
—¡Queridos guías, queridos amigos de los viajeros! ¡Déjenme ir con ustedes, déjenme ir
con ustedes, por el amor de DIOS! Uno de esos caballeros será mi marido. ¡Lo amo tanto,
tanto! Ya ven ustedes que no estoy débil, ya ven que no estoy cansada. Soy hija de
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labriegos. Les demostraré lo bien que sé atarme con sus cuerdas. Voy a hacerlo con mis
propias manos. Si quieren, les juraré ser valiente y buena, pero déjenme ir con ustedes. Si
alguna desgracia le hubiese ocurrido, mi amor lo encontraría aunque nadie fuera capaz de
hacerlo. ¡Lo pido de rodillas, queridos amigos de los viajeros! ¡Por el amor que sus amadas
madres tuvieron por sus padres!
Los hombres, rudos y bondadosos, estaban conmovidos.
—Después de todo —se dijeron—, no dice más que la verdad. Conoce la montaña. ¡Mira
cómo ha sabido llegar hasta aquí! Pero, ¿y Monsieur, ma'amselle?
—Querido Mr. Joey —dijo Marguerite en el idioma de su acompañante—, ¿querrá usted
quedarse en la posada y esperarme? ¿Querrá usted?
—Si supiera cuár de los dó ha dicho eso —gruñó Joey Ladle a la vez que echaba a los dos
hombres una mirada furiosa—, pelearía con los dó por seis peniques y les regalaría media
corona para sus gastos. No, miss. Me pegaré a usté mientras me quede algo de pegamento
y moriré por usté cuando no pueda hacer ná mejó.
El aspecto de la luna indicaba que no se debía perder ni un instante, y los perros mostraban
signos de gran inquietud, por lo que ambos hombres tomaron una pronta decisión. La
cuerda con la que estaban atados se reemplazó por otra más larga; el grupo quedó bien
unido, Marguerite en segundo lugar y el encargado de la bodega en el último, y así
partieron en dirección a los refugios. La distancia real hasta esos lugares no era mucha: los
cinco y la siguiente posada estaban alineados en las siguientes dos millas, pero la
fantasmagórica senda estaba borrada por la capa de nieve.
Llegaron sin vacilaciones hasta el paso en que los dos viajeros se habían refugiado. La
segunda tormenta de viento y nieve había barrido el lugar con tal saña que las huellas
habían desaparecido. Pero los perros corrían de un lado a otro husmeando muy seguros.
Sin embargo, cuando el grupo se detuvo junto al arco de salida, donde la segunda tormenta
había descargado con especial furia y donde la nieve estaba muy alta, los perros se
mostraron desorientados e iban de un lado a otro como en busca de una meta perdida.
Como sabían que a la derecha se abría un hondo precipicio, se desviaron demasiado hacia
la izquierda y tuvieron que volver a la senda con duro esfuerzo a través de una planicie de
nieve espesa. El conductor de la fila se había detenido y observaba los puntos de
referencia, cuando uno de los perros empezó a escarbar en la nieve a corta distancia de
ellos. Avanzaron y se detuvieron para ver qué había, con la idea de que alguien podría estar
sepulto allí, y vieron que lo que había era una mancha y que la mancha era roja.
El otro perro miraba hacia el fondo del abismo: tenía las patas delanteras estiradas para no
caer y todo su cuerpo se estremecía. Entonces el perro que había encontrado la nieve
manchada se le unió y los dos corrieron de un lado a otro, gimiendo inquietos. Por fin
ambos se detuvieron sobre el borde, alzaron las cabezas y se deshicieron en aullidos
lúgubres.
—Hay alguien allí abajo —dijo Marguerite. —Eso parece—dijo el hombre que guiaba—.
Que los dos de atrás retrocedan, nosotros miraremos abajo.
El otro hombre sacó dos antorchas de su cesto y se las entregó. El jefe empuñó una,
Marguerite la otra, y ambos miraron hacia abajo: tan pronto protegían sus ojos de la llama,
tan pronto movían las teas de derecha a izquierda o las levantaban o bajaban, mientras la
ya escasa luz de la luna también luchaba con las negras sombras. Un grito agudo de
Marguerite quebró un prolongado silencio.
—¡Dios mío! ¡Allí, en aquel resalte, donde la pared de hielo llega hasta el torrente, veo una
forma humana!
—¿Dónde, ma 'amselle, dónde?
—¡Allí, allí! ¡Sobre esa plataforma de hielo, debajo de los perros!
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El guía, con aire de malestar, se echó atrás y todos callaban. Pero no todos estaban
inactivos, pues Marguerite, con sus dedos veloces y hábiles ya había desatado la cuerda
que los unía al hombre y a ella con los otros, en unos segundos.
—Déjeme ver las cestas. ¿Estas dos cuerdas son las únicas?
—Las únicas que tenemos aquí, ma'amselle, pero en la posada hay más...
—Si está vivo... Sé que es mi prometido... Estará muerto antes de su regreso. ¡Queridos
guías! ¡Benditos amigos de los viajeros! Mírenme. Miren mis manos. Si vacilan o yerran,
deténganme por la fuerza. Si mis manos son firmes y lo hacen bien, ¡ayúdenme a salvarlo!
Anudó una cuerda por debajo de sus brazos y su pecho, hizo con ella una especie de
camisa, la reforzó con varios nudos, unió el extremo de esa cuerda con el de la otra, las
entrelazó, las ató juntas, puso un pie en los nudos, tiró de las cuerdas y las tendió a los
hombres para que las tensaran.
—Está inspirada —se dijeron los hombres.
—¡Por Dios misericordioso! —exclamó la joven— Ustedes saben que soy la más ligera de
todos nosotros. Denme el brandy y el vino y bájenme. Después vayan en busca de ayuda y
de una cuerda más fuerte. Cuando la bajen podré atarla en torno a su cuerpo, como lo he
hecho con ésta. Vivo o muerto lo subiré o moriré con él. Lo amo con pasión. ¿Qué más he
de decirles?
Los hombres se volvieron hacia el acompañante de la joven, pero lo vieron desmayado
sobre la nieve.
—¡Bájenme hasta él —dijo, a la vez que cogía dos barriletes que habían llevado y se los
colgaba del cuello— o me arrojaré aunque me haga pedazos! Soy una campesina, no sé de
vértigo ni de miedo y esto no es nada para mí y lo amo con pasión. ¡Bájenme!
—Ma'amselle, ma'amselle, debe estar moribundo o muerto.
—Moribundo o muerto, la cabeza de mi prometido descansará en mi pecho o me arrojaré
para hacerme pedazos.
Avasallados, cedieron. Con tanta precaución como permitían la habilidad de los hombres y
las circunstancias, la dejaron deslizarse desde el borde, mientras ella misma se guiaba a lo
largo de la abrupta pared de hielo con las manos y fueron soltando, soltando y soltando
cuerda hasta que oyeron el grito de «¡Basta!».
—¿Es él? ¿Está muerto? —gritaron, mientras miraban hacia abajo.
—Está sin conocimiento, pero su corazón late. Late junto al mío —subió la respuesta.
—¿Dónde ha caído?
—Sobre una placa de hielo. Se ha fundido debajo de él y se está fundiendo a mis pies.
Dense prisa. Si morimos juntos, moriré contenta.
Uno de los hombres partió con los perros a toda la velocidad que pudo; el otro hundió las
antorchas en la nieve y se ocupó de atender al inglés. Muchas palmadas con nieve y un
poco de brandy lo reanimaron, pero estaba confuso y no tenía noción del lugar.
El guardián se mantuvo junto al borde del precipicio y no dejó de gritar en todo momento.
Nadie dijo nada cuando algunos hombres lo pusieron sobre la parihuela y otros bajaban
otra cuerda fuerte. Otra vez subió el grito en medio de un silencio de muerte.
—¡Arriba! ¡Despacio!
Pero cuando la sujetaron sobre el borde del precipicio, estallaron en gritos, lloraron, dieron
gracias al cielo, besaron los pies de la joven, besaron su vestido, los perros le hicieron
fiestas, le lamieron las manos amoratadas y con sus cabezotas tiernas le calentaron el
pecho helado.
Se desprendió de todos, se inclinó sobre la parihuela en que estaba él y puso sus manos
amantes sobre aquel corazón que seguía en silencio.
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—¡Ánimo! Pronto llegarán. ¿Cómo está? —Su corazón aún late junto al mío. Lo estoy
calentando entre mis brazos. Me he quitado la cuerda, porque el hielo se hunde debajo de
nosotros y la cuerda me separaría de él, pero no tengo miedo— se oyó en respuesta.
La luna se puso tras las cimas de las montañas y todo el precipicio se hundió en la negrura.
Otra vez bajó el grito.
—¿Cómo está?
—Nos hundimos cada vez más, pero su corazón aún late junto al mío.
Por fin el ladrido excitado de los perros y el resplandor de una antorcha sobre la nieve
proclamaron que llegaba la ayuda. Veinte o treinta hombres, candiles, antorchas,
parihuelas, cuerdas, mantas, leña para encender un gran fuego, cordiales y estimulantes
llegaron a toda prisa. Los perros corrían de un hombre a otro y de este objeto a aquel otro y
se precipitaban hasta el borde del abismo, suplicando sin palabras: ¡de prisa, de prisa, de
prisa!
Bajó un grito.
—¡Ya tenemos todo preparado! ¿Cómo está? —Aún nos estamos hundiendo y estamos
helados. Su corazón ya no late junto al mío. Que nadie baje, para que haya menos peso.
Échenme sólo la soga —subió la respuesta.
El fuego ardía en altas llamas y la luz de muchas antorchas iluminaba los lados del
precipicio, se bajaron varios candiles y una cuerda fuerte. Veían a la joven mientras pasaba
la cuerda en torno al cuerpo del hombre y la anudaba.
En medio de un silencio de muerte subió el grito.
—¡Arriba! ¡Despacio!
Veían la figura de la joven, que se empequeñecía mientras él iba subiendo en el aire.
ACTO IV
CERRADURA DE RELOJERÍA
El agradable escenario era Neuchátel; el agradable mes era abril; el agradable lugar era la
oficina de un notario; la agradable persona que estaba allí era el notario: un hombre
maduro rozagante, cordial, de buen ver, el notario mayor de la ciudad, conocido a lo largo
y a lo ancho del cantón como Maître Voigt. Como profesional y como persona, el notario
era un ciudadano popular. Sus innumerables atenciones y sus innumerables rarezas lo
habían convertido, tras muchos años, en uno de los personajes característicos de la
agradable ciudad suiza. Su larga levita marrón y su gorro negro se contaban entre las
instituciones del lugar; además, era dueño de una caja de rapé que, creían todos, por su
tamaño no tenía igual en Europa.
Había otra persona en el despacho del notario, mucho menos agradable que él. Se trataba
de Obenreizer.
Era aquélla una oficina con un extraño aire pastoril, que jamás se habría visto conveniente
en Inglaterra. Daba a un pulcro patio interior, al que una valla separaba de un bello jardín
florido. En la entrada ramoneaban varias cabras, y una vaca estaba a unos seis pies de
hacerle compañía al amanuense. El despacho de Maître Voigt era un cuarto pequeño, lleno
de luz y reluciente, con paredes cubiertas de paneles, como un rincón de juguetes. Según
las estaciones, asomaban por las ventanas rosas, girasoles o malvas. Las abejas de Maître
Voigt zumbaban en la habitación todo el verano, con frecuencia entraban por una ventana
y salían por otra durante su jornada de labor, como si la miel tuviera que fabricarse con la
dulce disposición del notario. Sobre la repisa de la chimenea, una caja de música grande a
menudo gorjeaba la obertura de Fra Diavolo o una selección de Guillermo Tell, con trinos
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tan vivaces que por fuerza había que detenerla ante la entrada de cualquier cliente, aunque
irreprimiblemente volvía a funcionar en el momento en que esa persona daba la espalda.
—¡Ánimo, ánimo, muchacho! —decía Maître Voigt palmeando la rodilla de Obenreizer en
un gesto paternal y alentador—. Mañana iniciará usted una nueva vida en este despacho.
Obenreizer, vestido de luto y con un aire manso, levantó una mano en la que sujetaba un
pañuelo blanco, hasta la altura del corazón.
—Mi gratitud está aquí, pero me faltan las palabras para expresarla —dijo.
—¡Venga, venga! ¡No me hable de gratitud! —dijo Maître Voigt—. Me disgusta ver a un
hombre abrumado. Lo veo a usted abrumado y le tiendo la mano por instinto. Además, no
soy tan viejo aún como para no recordar mis tiempos juveniles. Su padre me envió mi
primer cliente. Era un asunto de un viñedo de medio acre que pocas veces daba alguna uva.
¿No estoy en deuda, pues, con el hijo de ese padre? Contraje una obligación de amistad
con él y saldo la deuda en usted. Creo que lo he dicho con gran propiedad —agregó Maître
Voigt, muy satisfecho de sí mismo—. Permítame que premie mi propio mérito con un
pulgarada de rapé.
Obenreizer fijó los ojos en el suelo, como si no fuese digno siquiera de mirar cómo tomaba
su rapé el notario.
—Le pido una última gentileza, señor —dijo cuando alzó la mirada—. No obre por un
mero impulso. Hasta este momento, no tiene usted más que una idea general de mi
situación. Tome conocimiento detallado de mis circunstancias favorables y desfavorables
antes de admitirme en su despacho. Permítame esperar de su benevolencia que su sensatez
me admita al par que su buen corazón. Sólo en ese caso podré levantar la cabeza contra mis
peores enemigos y hacerme una nueva reputación sobre los despojos de lo que he perdido.
—Como usted quiera —dijo Maître Voigt—. Habla muy bien, hijo mío. No tardará en ser
un buen abogado. —No hay muchos detalles —continuó Obenreizer—. Mis desdichas
comenzaron con la muerte accidental de mi difunto compañero de viaje, mi perdido y
apreciado amigo Mr. Vendale.
—Mr. Vendale —repitió el notario—. Sí, eso es. Oí y leí el nombre varias veces en estos
dos meses. Es el nombre del infortunado caballero inglés que murió en el Simplón. Y fue
cuando usted se hizo esa herida en la mejilla y el cuello.
—Con mi propio cuchillo —dijo Obenreizer, a la vez que tocaba lo que tuvo que haber
sido un corte terrible en su momento.
—Con su propio cuchillo —asintió el notario—, y cuando trataba de salvar a su
compañero. Bien, bien, bien. Eso estaba muy bien. Vendale. Sí. Después pensé varias
veces en la extraña coincidencia de que tuviera yo, hace tiempo, un cliente de ese nombre.
—Es que el mundo, señor, es muy pequeño —respondió Obenreizer, a la vez que tomaba
nota de que el notario había tenido en el pasado un cliente de ese nombre.
—Como le decía, señor, la muerte de ese querido compañero de viaje dio origen a mis
problemas. ¿Qué ocurrió después? Pude salvarme, bajé hasta Milán, me recibieron con
frialdad en Defresnier y Cía., y poco después me despidieron de la firma. ¿Por qué? No
dicen los motivos. Pregunto si dudan de mi honor. Ninguna respuesta. Pregunto si me
acusan de algo. Ninguna respuesta. Pregunto si tienen pruebas contra mí. Ninguna
respuesta. Pregunto qué tengo que pensar. La respuesta es: «M. Obenreizer es muy dueño
de pensar lo que quiera. Lo que piense M. Obenreizer no tiene importancia para Defresnier
y Cía.». Y eso es todo.
—Perfectamente. Eso es todo —reconoció el notario a la vez que tomaba una generosa
pulgarada de rapé.
—Pero ¿es bastante, señor?
—No es bastante —dijo Maître Voigt—. La firma Defresnier es de mi ciudad... gente muy
respetada, muy estimada... pero la Casa Defresnier no puede destruir a la callada la
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honorabilidad de un hombre. Usted puede rebatir una aseveración pero, ¿cómo rebatir el
silencio?
—Su sentido de la justicia, mi querido bienhechor —respondió Obenreizer—, ha resumido
en dos palabras la crueldad de este caso. Pero, ¿termina ahí todo? No. ¿Y qué viene
después?
—Es verdad, mi buen muchacho —dijo el notario a la vez que asentía con la cabeza—, su
pupila se rebela por todo eso.
—Decir que se rebela es poco —replicó Obenreizer—. Mi pupila se aparta de mí con
horror, me desafía. Mi pupila se aparta de mi autoridad y se refugia (y con ella Madame
Dor) en casa de ese abogado inglés, Mr. Bintrey, que a los pedidos de usted para que mi
pupila vuelva a someterse a mi autoridad responde que ella no lo hará.
—Y que después escribe —dijo el notario, mientras apartaba su gran caja de rapé para
buscar entre los papeles que había debajo una carta— que viene a hablar conmigo.
—¿De verdad? —respondió Obenreizer, bastante perplejo—. Pues bien, señor, ¿no me
asiste ningún derecho?
—Claro que sí, mi buen muchacho —replicó el notario—, todo el que no sea un villano
tiene derechos.
—¿Y quién dice que soy un villano? —preguntó Obenreizer con furia.
—Nadie. Tenga calma aun en estas circunstancias. Si la Casa Defresnier lo hubiera
llamado villano, sin duda que sabríamos cómo tratar con ellos.
Mientras decía estas palabras, tendió la breve carta de Bintrey a Obenreizer, que la leyó y
la devolvió.
—Al decir que viene a consultar con usted —observó Obenreizer, que había recobrado la
compostura—, este abogado inglés quiere decir que viene a cancelar mi autoridad sobre mi
pupila. —¿Cree usted eso?
—Estoy convencido. Lo conozco. Es un hombre terco y litigante. Usted me dirá, querido
señor, si mi autoridad es indiscutible o no hasta que mi pupila llegue a la mayoría de edad.
—Absolutamente indiscutible.
—Pues la haré valer. Haré que ella se someta, porque se lo debo a usted, señor —dijo
Obenreizer cambiando su tono iracundo por el de un acatamiento agradecido—, que con
tanta bondad ha tomado bajo su protección a un hombre injuriado y le ha dado trabajo.
—Cálmese —dijo Maître Voigt—. Dejemos el tema y nada de dar las gracias. Venga por
aquí mañana por la mañana, antes que los demás pasantes, entre las siete y las ocho. Me
encontrará en este cuarto y yo mismo lo pondré al tanto de sus tareas. ¡Márchese,
márchese! Tengo que escribir varias cartas. Ni una palabra más.
Despedido con tan generosa precipitación y satisfecho con la impresión favorable que
había causado en el ánimo del notario, Obenreizer tuvo el tiempo necesario para recordar
que Maître Voigt decía haber contado entre los suyos, en tiempos, a un cliente apellidado
Vendale.
«Creo que conozco Inglaterra bastante bien», se decía, sentado en un banco del patio. «Y
nunca supe de nadie con ese apellido excepto —echó una mirada involuntaria por encima
de su hombro— él. ¿Será tan pequeño el mundo que no me pueda yo librar de él, ni
siquiera cuando está muerto? En su último momento confesó que había traicionado la
confianza del muerto, que no merecía heredar una fortuna. Y me dijo que yo lo averiguara.
Y que me apartara, que mi cara se lo recordaba. ¿Por qué mi cara, a menos que eso tenga
que ver conmigo? Estoy seguro de que dijo eso, porque sus palabras suenan en mis oídos
desde entonces. ¿Habrá algo que se refiera a este asunto entre los papeles de este viejo
imbécil? ¿Algo que me permita recuperar mis bienes y desacreditar su memoria? Insistió
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en mis recuerdos de infancia aquella noche, en Basilea. ¿Por qué, a menos que se
propusiera algo?».
Los dos chivos más grandes de Maître Voigt le daban topetazos, como si hubieran oído la
mención irrespetuosa de su amo. Obenreizer se puso en pie y salió del patio. Pero caminó
largo rato a orillas del lago, con la cabeza gacha, sumergido en sus pensamientos.
Entre las siete y las ocho de la mañana siguiente, se presentó otra vez en el despacho.
Encontró al notario preparado para atenderlo, mientras trabajaba en ciertos papeles que
habían llegado la noche anterior. En pocas y claras palabras, Maître Voigt explicó a
Obenreizer la rutina del despacho y los deberes que tendría allí. Faltaban aún cinco
minutos para las ocho, cuando las instrucciones previas ya estaban expuestas.
—Le enseñaré el resto de la casa y los otros despachos—dijo Maître Voigt—, pero antes
debo guardar estos papeles. Los mandan de la alcaldía, y he de mantenerlos a buen
recaudo.
Obenreizer vio en ese momento la ocasión de saber dónde guardaba su empleador los
papeles reservados.
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La casa y la oficina se habían cerrado hacía unos pocos minutos cuando la puerta de un
reluciente armario, en el reluciente despacho del notario, se abrió y Obenreizer salió del
interior. Fue hasta una ventana, abrió los postigos, se aseguró de que podría escabullirse
por el jardín sin que lo vieran, volvió al cuarto y se sentó en la butaca del notario. Estaba
encerrado en la casa y tenía que esperar cinco horas hasta que dieran las ocho.
Supo en qué entretenerse a lo largo de las cinco horas: leyó los libros y periódicos que
había sobre la mesa; pensó a ratos; a ratos caminó de un lado a otro. Llegó el crepúsculo.
Cerró los postigos antes de encender una luz. Encendida ya la bujía, cuando ya estaba muy
próximo el momento, se sentó con el reloj en la mano y los ojos en la puerta de roble.
A las ocho, serena, suave y silenciosa, se abrió la puerta.
Uno tras otro, leyó los nombres en las filas exteriores de cajas. ¡No estaba el de Vendale!
Apartó la fila externa y miró la que estaba detrás. Eran cajas más viejas y estropeadas. Las
cuatro primeras que miró tenían nombres franceses y alemanes. La quinta llevaba un
nombre casi ilegible. La llevó al despacho y la examinó con cuidado. Allí, cubierto por las
manchas del tiempo y por el polvo estaba el nombre de Vendale.
Atada con una cuerda estaba la llave. Abrió la caja y sacó cuatro folios sueltos que había
en ella, los puso sobre la mesa y empezó a leerlos. No había pasado un minuto en esa tarea,
cuando su cara pasó de la expresión anhelante y ávida a otra, de asombro desencantado y
desánimo. Pero después de pensárselo un instante copió los papeles. De inmediato los puso
en su lugar, puso en su lugar la caja, cerró la puerta, apagó la bujía y se marchó con
cautela.
Cuando su pie asesino y ladrón salía del jardín, los pasos del notario y los de alguien que lo
acompañaba se detuvieron ante la puerta de entrada de la casa. En la calleja lucían las
farolas y el notario blandía en la mano su llave.
—Le ruego que no se marche, Mr. Bintrey —dijo—, sin hacerme el honor de entrar en mi
casa. Hoy tenemos medio día feriado en nuestra ciudad, es la fiesta de Tir, pero mi gente
llegará ahora mismo. ¡Qué casualidad que me haya preguntado a mí la forma de llegar al
hotel! Vamos a comer y beber algo antes.
—Gracias; esta noche, no —dijo Bintrey—. ¿Puedo venir a verlo mañana a las diez?
—Estaré encantado, señor, de tener tan pronta ocasión de remediar los males de mi
ofendido cliente —replicó el buen notario.
—Sí —respondió Bintrey—, está bien lo de su cliente... pero... le diré una palabra en
secreto.
Susurró algo al notario y se marchó. Cuando el ama de llaves del notario regresó a la casa,
lo encontró de pie en la puerta, inmóvil, con la llave en la mano y la puerta aún cerrada.
LA VICTORIA DE OBENREIZER
Cambia la escenografía una vez más: al pie del Simplón, del lado suizo.
En uno de los tristes cuartos de la triste y pequeña posada de Brig, Mr. Bintrey y Maître
Voigt estaban reunidos a solas en amable consejo. Mr. Bintrey buscaba algo en su
vademécum. Maître Voigt miraba una puerta cerrada, cuya pintura marrón quería imitar la
caoba, que comunicaba con un cuarto interno.
—¿No tendría que estar ya aquí? —preguntó el notario, al tiempo que cambiaba de
posición y echaba una mirada a una segunda puerta, al otro lado del cuarto, cuya pintura
amarilla quería imitar el abeto.
—Aquí está —respondió Bintrey, después de escuchar con atención.
Un criado abrió la puerta amarilla y Obenreizer entró en el cuarto.
Tras saludar a Maître Voigt con una cordialidad que, al parecer, causaba no poco embarazo
al notario, Obenreizer inclinó la cabeza con soltura y distante urbanidad ante Bintrey.
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—¿Por qué motivo me han traído desde Neuchátel hasta el pie de la montaña? —preguntó
mientras ocupaba el asiento que el abogado inglés le señalara.
—Se satisfará esta curiosidad suya antes del fin de nuestra entrevista —replicó Bintrey—.
De momento, permítame que sugiera que vayamos directamente al tema. Ha habido cierta
correspondencia entre usted, Mr. Obenreizer, y su sobrina. Estoy aquí para representar a su
sobrina.
—En otras palabras, usted, un abogado, está aquí para representar una infracción de la ley.
—¡Bien dicho! —respondió Bintrey—. ¡Si toda la gente con la que tengo que tratar fuera
tal como usted, qué fácil sería mi profesión! Estoy aquí para representar una infracción de
la ley: éste es su punto de vista. Yo estoy aquí para establecer un compromiso entre usted y
su sobrina: éste es mi punto de vista.
—Tiene que haber dos partes para establecer un compromiso —replicó Obenreizer—. En
este caso, me niego a ser una de ellas. La ley me da autoridad para controlar las acciones
de mi sobrina hasta que llegue a la mayoría de edad. Ella no es mayor de edad aún y
reivindico mi autoridad.
En ese momento Maître Voigt quiso hablar. Bintrey no se lo permitió con un tono y un
gesto de indulgencia compasiva, como si hiciera callar a su hijo dilecto.
—No, mi digno amigo, ni una palabra. No se acalore innecesariamente, déjeme esto a mí
—se volvió para dirigirse otra vez a Obenreizer—. No puedo pensar en nada parecido a
usted, Mr. Obenreizer, como no sea el granito, aunque incluso el granito cede al paso del
tiempo. En bien de la armonía y de la concordia, por su propia dignidad, sosiégúese un
poco. Si usted delegara su autoridad en otra persona de mi conocimiento, se podría confiar
en que esta persona jamás abandonaría a su sobrina, ni de noche ni de día.
—Malgasta usted su tiempo y el mío —respondió Obenreizer—. Si mi sobrina no vuelve a
mi lado en el plazo de una semana a contar desde hoy, recurriré a la ley. Si usted se resiste
a la ley, me la llevaré por la fuerza. Se puso en pie tras pronunciar la última palabra.
Maître Voigt volvió a mirar hacia la puerta marrón que comunicaba con un cuarto interior.
—Tenga piedad de la pobrecita niña —rogó Bintrey—. ¡Recuerde que hace poco su
prometido tuvo una muerte horrible! ¿Nada hay que lo conmueva a usted? —Nada.
A su vez, Bintrey se puso en pie y miró a Maître Voigt. Una mano de Maître Voigt, que
descansaba sobre la mesa, empezó a temblar. Los ojos de Maître Voigt estaban fijos, como
posesos por una fascinación irresistible, en la puerta marrón. Obenreizer, que lo observaba
con suspicacia, también miró hacia la puerta.
—¡Hay alguien escuchando allí dentro! —exclamó a la vez que echaba una miraba
penetrante a Bintrey. —Hay dos personas escuchando —respondió Bintrey. —¿Quiénes?
—Ahora las verá.
De inmediato alzó la voz y dijo una palabra, una palabra que está en boca de todos a todas
las horas del día. —¡Adelante!
Se abrió la puerta marrón. Apoyado en el brazo de Marguerite, sin aquel color bronceado
de antes, con el brazo derecho vendado y en cabestrillo... Vendale estaba ante el asesino,
como un hombre que vuelve de la
tumba.
En el instante de silencio que se produjo, el único sonido que vibró en el cuarto fue el
canto de un pájaro enjaulado en el patio contiguo. Maître Voigt tocó a Bintrey y le señaló a
Obenreizer.
—¡Mírelo! —dijo el notario en un susurro. El choque había paralizado por completo el
cuerpo del criminal, con excepción de su sangre. Su cara se veía como la cara de un
cadáver. El único vestigio de color que conservaba era una lívida línea purpúrea que
señalaba la cicatriz de la herida que su víctima le había hecho en la mejilla y el cuello. Sin
palabra, sin respiro, sin movimiento, quietos sus ojos y sus miembros, parecía como si, a la
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vista de Vendale, la muerte que había dado a Vendale lo hubiera aniquilado en el mismo
sitio en que estaba.
—Alguien tiene que hablarle —dijo Maître Voigt—.
¿Puedo?
Aun en ese momento, Bintrey insistió en que el notario callara y en que él llevaría adelante
el asunto. Contuvo a Maître Voigt con un gesto y despidió a Marguerite y a Vendale con
unas pocas palabras.
—Ya se ha conseguido lo que queríamos con la presencia de ustedes aquí, si se retirasen
ahora, quizá eso contribuiría a que Mr. Obenreizer se recuperara.
Contribuyó. En cuanto los dos la traspusieron y la puerta se cerró tras ellos, soltó un largo
suspiro de alivio. Echó una mirada a la silla que estaba a sus espaldas y se desplomó sobre
ella.
—¡Déle tiempo! —rogó Maître Voigt. —No —dijo Bintrey—. No sé cómo lo usaría si se
lo diese —se volvió una vez más hacia Obenreizer y continuó hablando—. No admito,
entiéndalo bien, que le deba yo esto a usted, que tenga que explicarle mi intervención en
este asunto, que se ha hecho por consejo mío y bajo mi exclusiva responsabilidad. ¿Me
escucha usted? —Lo escucho.
—¿Recuerda el momento en que partió hacia Suiza en compañía de Mr. Vendale? —
empezó Bintrey—. No habían pasado aún veinticuatro horas de su partida de Inglaterra,
cuando su sobrina cometió un acto de imprudencia que ni siquiera usted, con su
penetración, podía prever. La joven siguió a su prometido en su viaje, sin pedir a nadie
parecer ni permiso, y sin mejor compañero que la protegiese que un encargado de la
bodega de Mr. Vendale.
—¿Por qué me siguió? ¿Y cómo pudo ser que el encargado de la bodega fuera su
acompañante?
—Partió de inmediato —respondió Bintrey— porque sospechaba que se le había ocultado
algún serio enfrentamiento entre usted y Mr. Vendale, y porque creía con razón que usted
era capaz de recurrir al crimen para salvaguardar sus intereses o por mera enemistad. En
cuanto al encargado de la bodega, entre otras, fue una de las personas del negocio de Mr.
Vendale a las que, en cuanto ustedes se marcharon, preguntó si había ocurrido algo entre
ambos. El encargado fue el único que le supo decir algo, una superstición sin sentido, un
accidente nimió que había tenido su patrón en la bodega y que, en la cabeza de este
hombre, implicaba que Mr. Vendale corría peligro de ser asesinado. Su sobrina se encontró
con una confidencia que decuplicaba el temor que la había invadido. Con el sentimiento de
que había hecho daño, este hombre, por su propia voluntad, quiso llevar adelante la única
reparación que le era posible. «Si mi patrón está en peligro, miss, tengo el debe de cuida de
usté», dijo. Partieron juntos y, por una vez, la superstición resultó ser buena. Decidió a su
sobrina a emprender el viaje y así la llevó a salvar la vida de un hombre. ¿Hasta aquí me
sigue usted? —Hasta aquí lo sigo.
—La primera noticia del crimen que usted había cometido —prosiguió Bintrey— me llegó
en una carta escrita por su sobrina. Todo lo que debe saber es que su amor y su valentía
recuperaron el cuerpo de su víctima, y contribuyeron en los esfuerzos posteriores para
devolverlo a la vida. Mientras él estaba indefenso en Brig, bajo su cuidado, ella me
escribió para que viniera aquí. Antes de partir, comuniqué a Madame Dor que sabía que
Miss Obenreizer estaba bien y que conocía su paradero. A su vez, Madame Dor me dijo
que había llegado una carta para su sobrina, en la que había reconocido la letra de usted.
Me hice cargo de esa carta y dispuse que me enviaran cualquier otra carta que llegara en
adelante. Al llegar a Brig, encontré a Mr. Vendale fuera de peligro, y de inmediato, sin
tardanza, preparé el día en que tendríamos que habérnoslas con usted. Defresnier y Cía. lo
despidió como sospechoso, por la información reservada que les hice llegar. Después de
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—Mi primera prueba —dijo Obenreizer, sacando un papel de su billetero—. Copia de una
carta, escrita por una dama inglesa, casada, a su hermana viuda. El nombre de la persona
que escribe la carta no lo diré hasta que haya terminado. El nombre de la persona
destinataria de la carta, quiero decirlo de inmediato. Está dirigida a Mrs. Jane Anne Miller,
de Groombridge Wells, Inglaterra.
Vendale, sobresaltado, abrió los labios para hablar. Bintrey lo detuvo tal como había hecho
antes con Maître Voigt.
—No —dijo el tenaz abogado—. Déjeme esto a mí.
Obenreizer prosiguió.
—No voy a molestarlos con la primera mitad de la carta—dijo—. Puedo resumirla en
pocas palabras. La persona que escribe está en las siguientes condiciones: ha estado
viviendo con su marido en Suiza, obligada por el estado de salud de él. Van a mudarse a su
nueva casa, a orillas del lago Neuchátel, en el término de una semana y podrán recibir allí
la visita de Mrs. Miller quince días después. Dicho esto, la dama que escribe se ocupa de
un importante asunto personal. No ha tenido hijos durante muchos años y ella y su marido
ya no tienen esperanzas de tenerlos, se sienten solos, quieren algo que los una a la vida,
han decidido adoptar un niño. Aquí empieza lo importante de la carta y, por lo tanto, leeré
completa esta parte.
Volvió a doblar el primer folio de la carta y leyó:
... ¿Nos ayudarás, querida hermana, a llevar adelante nuestro proyecto? Como ingleses,
queremos adoptar un niño inglés. Esto se puede hacer, creo, en la Casa de Niños Expósitos:
los abogados londinenses de mi marido te dirán cómo. Dejo librada a tu criterio la
elección, con sólo dos condiciones: que sea una criatura de menos de un año de edad y que
sea un varón. Perdona las molestias que te causo, hazlo por mí. ¿Nos traerás al niño
contigo, junto a los tuyos, cuando vengas a Neuchátel?
Tengo que añadir una palabra acerca de los deseos de mi marido en este asunto. Está decidido a evitar al niño
que adoptemos cualquier futura aflicción y pérdida de respeto que pudiera causarle el conocimiento de su
verdadero origen. Llevará nuestro apellido y lo criaremos en la creencia de que es nuestro hijo carnal. La
herencia que le dejemos se le asegurará no sólo según las leyes sucesorias inglesas sino también según las
suizas, porque tendremos que vivir tanto tiempo en este país que dudamos de que no se nos vaya a considerar
«residentes» en Suiza. La única precaución que resta por tomar es la de impedir que se pueda seguir la pista
desde la Casa de Expósitos. Nuestro apellido es bastante poco corriente y, si aparecemos en el Registro de
esa institución como las personas que adoptan al niño, existe la posibilidad de que se pudiera encontrar al
pequeño. Tu apellido, querida mía, es el de miles de personas y si tú consintieras en que sea el que se asiente
en el Registro, no habrá que temer que se descubra nada en el futuro. Por orden del médico, nos mudamos a
una zona de Suiza en la que se desconoce nuestra situación y tú, según me has dicho, vas a contratar a una
nueva niñera para el viaje. En estas circunstancias, el niño puede ser tomado por mi hijo, que llega al cuidado
de mi hermana. La única persona que vendrá con nosotros será mi doncella, de la que me puedo fiar a ciegas.
En cuanto a los abogados ingleses y suizos, su profesión es la de guardar secretos y no nos preocupa este
aspecto. ¡Aquí tienes nuestra inocente conspiración! Responde a vuelta de correo, cariño, y dime que serás
cómplice de ella...
—¿No nos dirá aún el nombre de la persona que escribió esa carta? —preguntó Vendale.
—No lo diré hasta el final —respondió Obenreizer—. Continúo con mi segunda prueba:
esta vez un simple trozo de papel, como ven ustedes. Es el escrito enviado al abogado
suizo que se hizo cargo de los papeles mencionados en la carta que acabo de leer, y que
dice lo siguiente: «Adoptado en la Casa de Niños Expósitos de Inglaterra, 3 de marzo de
1836, un niño varón, llamado en el hospicio Walter Wilding. Persona que se asienta en el
Registro como responsable de la adopción: Mrs. Jane Anne Miller, viuda, que actúa en esta
circunstancia en nombre de su hermana casada, con domicilio en Suiza». ¡Sea paciente! —
dijo Obenreizer cuando Vendale se liberó de Bintrey y se puso en pie—. No mantendré
oculto el nombre mucho tiempo más. Otros dos folios más y habré terminado. ¡Tercera
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prueba! El certificado del Dr. Ganz, que aún vive y ejerce su profesión en Neuchátel,
fechado en julio de 1838. El doctor certifica, como lo verán ustedes con sus propios ojos,
primero: que ha atendido al niño adoptado de sus enfermedades infantiles; segundo: que
tres meses antes de la fecha de la certificación, el caballero que había adoptado a la criatura
había muerto; tercero: que en la fecha en que se extiende el certificado, la viuda y su
doncella se marchan de Neuchátel hacia Inglaterra y se llevan consigo al niño. Otro
eslabón más para que mi cadena de pruebas esté íntegra. La doncella siguió al servicio de
su señora hasta la muerte de la dama, ocurrida unos pocos años más tarde. La doncella
puede declarar bajo juramento cuál fue la identidad del niño adoptado, desde su niñez hasta
su juventud, desde su juventud hasta su mayoría de edad presente. Aquí está su dirección
en Inglaterra, y aquí está la cuarta prueba, la prueba final, Mr. Vendale.
—¿Por qué me la da a mí? —dijo Vendale cuando Obenreizer tiró sobre la mesa el papel
en que estaba escrita la dirección.
Obenreizer se volvió hacia él con un repentino estallido triunfal.
—¡Porque usted es ese hombre! Si mi sobrina se casa con usted, lo hará con un bastardo,
criado por la caridad pública. Si mi sobrina se casa con usted, lo hará con un impostor, sin
nombre ni familia, oculto bajo las apariencias de un caballero de buena posición y de buen
nombre.
—¡Bravo! —exclamó Bintrey—. ¡Bien dicho, Mr. Obenreizer! Sólo falta una palabra para
completar la cosa. Se casa, pura y exclusivamente gracias a sus empeños, con un hombre
que hereda una bonita fortuna, con un hombre cuyo origen le dará más orgullo aún ante su
mujer de origen campesino. ¡George Vendale, como albaceas conjuntos, congratulémonos!
El último deseo de nuestro difunto amigo tan querido se cumple por fin. Hemos encontrado
al perdido Walter Wilding. Como bien lo acaba de decir Mr. Obenreizer, usted es ese
hombre.
Estas palabras no llegaron a los oídos de Vendale. En esos instantes no percibía más que
una sensación, no oía más que una voz: la de Marguerite que murmuraba en su oído:
—Jamás te he querido tanto como ahora, George!
CAE EL TELÓN
Primero de mayo. Hay fiesta en el Recodo del Baldado, humean las chimeneas, en el
patriarcal comedor cuelgan guirnaldas y Mrs. Goldstraw, la respetada ama de llaves, está
muy activa, porque en esa mañana radiante el joven señor del Recodo del Baldado se casa
con su joven prometida allá lejos: en la pequeña ciudad de Brig, en Suiza, junto al puerto
del Simplón, en el que ella le salvó la vida.
Las campanas tañen felices en la pequeña ciudad de Brig, y hay banderas colgadas a ambos
lados de la calle, y se oyen disparos de fusil y la música resonante de una banda. Barricas
de vino adornadas con gallardetes se llevaron rodando hasta debajo de un colorido toldo,
tendido sobre la calle delante de la posada, y habrá un convite yjolgorio para todos. Con
campanas y enseñas, con las colgaduras en los balcones, las salvas y el metal de las
bandas, toda la pequeña ciudad de Brig vibra como los corazones de sus sencillos
habitantes.
Por la noche hubo tormenta y las montañas están cubiertas de nieve. Pero en esta mañana
luce el sol, el aire dulce está fresco, las torrecillas de metal de la pequeña ciudad de Brig
son plata reluciente y los Alpes, una cadena de nubes blancas lejanas en la hondura del
cielo azul.
Los simples habitantes de la pequeña ciudad de Brig han construido un frondoso arco
verde que atraviesa la calle, por el que los recién desposados pasarán en triunfo al salir de
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la iglesia. Por ese lado, lleva una inscripción: «¡HONRA Y AMOR PARA
MARGUERITE VENDALE!»,
porque toda la gente siente por ella un orgullo entusiasta. Este saludo a la recién casada
con su nuevo nombre se ha pensado para que sea una tierna sorpresa y, por lo tanto, se han
puesto de acuerdo todos en que ella, sin saber la causa, vaya a la iglesia por una callejuela
trasera. Un plan nada difícil de llevar adelante en el tortuoso trazado de la pequeña ciudad
de Brig.
Ahora todo está dispuesto y ellos van a ir y volver andando. Juntos en la mejor sala de la
posada, vestidos de fiesta, están la novia y el novio, el notario de Neuchátel, el abogado de
Londres, Madame Dor y cierto misterioso y robusto inglés, conocido por todos como
Monsieur Yoé-Ladelle. Y presten atención a Madame Dor, que lleva un par de
inmaculados guantes propios, que no tiene ninguna mano en el aire sino ambas echadas al
cuello de la novia: para abrazarla, Madame Dor ha dado su amplia espalda a todos los
presentes, firme en sus hábitos.
—¡Perdona, niña mía —ruega Madame Dor—, por haber hecho de gata para él! —¿De
gata, Madame Dor?
—Obligada a guardar a mi encantadora ratoncilla —son las palabras con que lo explica
Madame Dor, a la vez que deja oír un sollozo de penitente.
—¡Pero si usted ha sido nuestra mejor amiga! George, querido, díselo a Madame Dor. ¿No
fue ella nuestra mejor amiga?
—Claro que sí, cielo. ¿Qué habríamos hecho sin ella? —Ambos son muy generosos —
solloza Madame Dor, que acepta el consuelo y vuelve a la carga de inmediato—. Pero
empecé como una gata.
—¡Ah! Pero como el gato del cuento, mi buena Madame Dor, usted ha sido una verdadera
mujer —dice Vendale mientras le pellizca la mejilla—. Y como mujer de verdad, sus
simpatías estuvieron con el amor de verdad.
—No quiero arrebatar a Madame Dor su parte de los abrazos que se dispensan —interviene
Mr. Bintrey, con el reloj en la mano—, ni quiero poner objeción alguna a que estén ustedes
allí, en ese rincón, apartados como las tres Gracias. Sólo quiero señalar que me parece que
es hora de ponernos en marcha. ¿Cuáles son sus sentimientos al respecto, Mr. Ladle?
—Muy claros, señó —responde Joey, con una sonrisa socarrona—. Los tengo más claros
que nunca, señó, despué de haberme pasao tantas semanas en la superficie. Nunca antes
estuve ni la mita de este tiempo en la superficie y esto me ha hecho pero que mucho bien.
En el Recóo del Baldao, es que estaba muy abajo, y en la cima del Simpletón, demasiao
arriba. Aquí, señó, encontré el medio justo. Y aunque no vuelva a ponerrue alegre con lo
que beba en el resto de mis días, piense hacerlo hoy, brindando por que «Dios los
bendiga».
—¡Y yo! —dice Bintrey—. Veamos, Monsieur Voigt, usted y yo seremos los dos hombres
de Marsella y allons, marchons, del brazo.
Salen por la puerta, donde otros esperan, y se encaminan tranquilos hacia la iglesia, donde
se celebra la feliz boda. Cuando la ceremonia aún está en marcha, alguien llama al notario.
Cuando ya ha terminado, está de regreso, de pie, a espaldas de Vendale y le toca el
hombro.
—Vaya un momento a la puerta lateral, Monsieur Vendale. Solo. Deje a Madame
conmigo.
Junto a la puerta lateral de la iglesia, están los mismos dos hombres del albergue. Tienen
las ropas llenas de nieve y aire cansado. Le desean felicidad y después uno y otro ponen su
mano ancha sobre el pecho de Vendale y uno dice en voz baja, mientras el otro lo mira
fijamente:
—Aquí está, Monsieur. En sus angarillas, en sus mismas angarillas.
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