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El documento aborda la represión de las disidencias sexuales en Argentina, vinculándola a la influencia histórica de la iglesia católica y las luchas políticas tras las independencias. Se exploran las dinámicas dentro de organizaciones político-militares de los años sesenta a los setenta, donde la aceptación de la diversidad sexual se enfrentaba a la moral revolucionaria predominante. A través de relatos personales, se ilustra la complejidad de la militancia y la lucha por la inclusión en un contexto de represión y conflicto social.

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El documento aborda la represión de las disidencias sexuales en Argentina, vinculándola a la influencia histórica de la iglesia católica y las luchas políticas tras las independencias. Se exploran las dinámicas dentro de organizaciones político-militares de los años sesenta a los setenta, donde la aceptación de la diversidad sexual se enfrentaba a la moral revolucionaria predominante. A través de relatos personales, se ilustra la complejidad de la militancia y la lucha por la inclusión en un contexto de represión y conflicto social.

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MOVIMIENTO S REVOLUCIONARIOS Y

REPRESIÓ N DE LAS DI SIDENCIAS SEXUALES

Rosario Galo Moya Pantoja


(Coquena)

Hablar de represión de las conductas sexuales no reproductivas, implica adentrarse en los orígenes

de la formación de una nación. En mi caso particular, hablar de la represión hacia el placer tiene que

ver directamente con la organización política posterior a las luchas de independencia, donde la

iglesia católica –tal y como lo venía haciendo desde la conquista y colonización- conserva los cotos

de poder correspondientes a la “formación moral de los ciudadanos”, como es el caso de Argentina.

Aquí, es conveniente difundir que la propia Constitución en su artículo primero, luego de asumir

como forma de gobierno la república representativa y federal, agrega en el mismo artículo, que

también adopta como religión oficial la católica, apostólica y romana. Con esos términos. Liberales

en la forma y conservadores en el fondo, los hombres que construyeron la institucionalidad (al decir

hombres, digo eso, hombres, no mujeres) dejaron libre al mercado, en ese momento histórico en

manos del imperialismo inglés, con una ley de la oferta y la demanda que dividía las naciones entre

productores de materia prima y exportadores de productos industrializados. Y le otorgaron al

Vaticano la posibilidad de encerrar a los ciudadanos en una celda de dogmas y reglas morales

imposibles de traspasar.
No pretendo realizar una explicación de la historia argentina, sino poner las bases de una

comprensión a la situación que se dio en las organizaciones político-militares de las décadas de

irrupción revolucionaria, es decir de los sesenta del siglo pasado hasta casi finalizar el siglo XX. De

entrada, hablar de la represión que se ejerció, y se ejerce, sobre las disidencias sexuales, es hablar

de una formación –tanto directamente relacionada con el proceso educativo, como en el quehacer

cotidiano- recibida desde el imaginario social, como lo socialmente correcto. En eso estamos de

acuerdo todos. En lo que podemos disentir es en la manera en que se llevó a cabo esta represión.

Hace unos días recibí el capítulo de un libro de memorias colectivas todavía en

construcción que me sirve muy bien a lo que apunto. La misma situación, la de mi salida del clóset

para darme a conocer en el ámbito en que me desenvolvía en ese entonces, tiene dos vertientes: la

mía y la del entrevistado. Eso sí, con la salvedad de que antes de cualquier posible publicación, yo

debía leer primero lo redactado. Paso a transcribir: “- Flaco. Antes de publicar esto que te cuento,

que lo lea el Coque”, comienza. Y después, continuando con el relato, dice:

EL COQUE EMPIEZA A HABLAR

… Sucedió un poco antes que volviéramos a caer en cana. Manuel nos cita a todos. A una
reunión en Jujuy, ni me acuerdo para qué. Estábamos el Trabuco, el pibe que después murió
con Manuel. El negro Hugo. Lucho Wista, que era de nuestro grupo operativo. Y el Coque
empieza a hablar. Yo no le entendía lo que quería decir. “Boludo. Hablá bien que parece
que estás enfermo”. “Me imagino que después de lo que les voy a decir me van a dejar de
lado. Pero yo quiero a la revolución y tengo un conflicto interno que se los tengo que decir.
Tengo que manifestarles que no tengo las mismas inclinaciones sexuales que ustedes”. Lo
miro al Negro Hugo. El Negro estaba pálido. Nunca lo vi así en mi vida. Yo pongo los
puños cerrados sobre la mesa y no levanto más la cabeza.
Quien rompió el silencio fue Manuel diciendo. “El compañero sigue siendo nuestro
compañero. Y esto va a quedar acá”.
¡Y yo que me crié tirándole piedras a los putos!
Cuando el Coque se va, Manuel dice otra cosa: “No podemos tener al frente de las
masas a un compañero de esta calidad. ¿Qué van a decir de Montoneros? Es una debilidad
ideológica.”
Y después, nosotros. ¡Que hiciera ejercicios físicos! “¡Como en Cuba!” Decía el
Negro. Yo, si no quería que le presentáramos compañeras. ¡Lo queríamos ganar!
“Eso en Cuba fue un desastre”. Fue lo que el Coque nos respondió.
Estaba ideológicamente más adelante que todos y nunca nos dejó, ni como amigos
ni como militantes.1

A esta situación, cierta en términos generales, debo agregar lo siguiente; algo que leí hace dos años

en este mismo lugar y que intentaba dar una idea de lo que significaba el funcionamiento interno de

una organización. Cito:

Desde julio hasta octubre de 1974, fecha en que ingreso a la cárcel, estuve en un continuo
reflexionar sobre la revolución. Si ya estábamos, de hecho, fuera del peronismo oficial y no tenía
que guardar ningún tipo de conducta para afuera, era llegado el momento de plantear abiertamente
la cuestión tantas veces postergada: la preferencia sexual. Decidido a enfrentar directamente la
situación, pido una reunión con los responsables de la Regional, porque prefería una discusión para
aclarar estos puntos tan incómodos del ejercicio de la sexualidad, antes que abandonar el proyecto
político-ideológico al que me había entregado (…) Las condiciones sociales habían cambiado y era
ya muy difícil moverse sin que se despertaran sospechas del sistema represivo. Estábamos en
constante vigilancia y a pesar de esto, pudimos reunirnos. La primera respuesta fue que era insólito,
que se trataba de algo que jamás había sucedido –yo conocía casos de expulsión- y que, de todas

1
Nicolás Doljanín, “Eso no se hace”, capítulo 8 de un libro en preparación, aún sin título, Buenos Aires,
2007.
maneras, había algo que se llamaba “moral revolucionaria” que no permitía conductas burguesas
desviadas.2

Luego vino la cárcel, el exilio, la expulsión, el reingreso, Nicaragua, la derrota, etcétera. En función

de estas no coincidencias dentro de una misma situación, es que me permitiré hablar desde mi

posición de investigador-actor, desde mi propia microhistoria, desde mi narrativa, desde mi propia

etnia. Esto es, desde la etnia Coquena que está ligada a todo un proceso histórico, no evolutivo, sino

contradictorio, de análisis y síntesis tendientes a comprender(me) y entender(me) en un momento de

la historia de Nuestra América.3

*****

En los años sesenta del pasado siglo, después de la victoria de la Revolución Cubana, América

Latina se vio sacudida por una serie de movimientos guerrilleros que hacían suya la frase de

Klausewitz, aquella que decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios. De

entrada, los regímenes tanto dictatoriales como democráticos estaban alejados en sus gobiernos,

como en la actualidad, de la situación real de pobreza y explotación de la mayor parte de la

población de los países. En Argentina se sumaba a la ronda de gobiernos democráticos y dictaduras

militares la proscripción del peronismo como expresión de la política de los sectores populares,

2
Rosario Galo Moya, “De la culpa a la claridad. Otra manera de explicar la revolución”, en Disidencia sexual
e identidades sexuales y genéricas, Conapred, México, 2006.
3
Cfr., Nancy Lamenta Sholl da Silva, “La realidad no es una ventana”, en Pensares y Quehaceres. Revista de
políticas de la filosofía, n° 2, noviembre 2005-agosto 2006, pp. 113-128.
posterior a la llamada “revolución fusiladota” de 1955. Esa situación que en un comienzo dio lugar

a una resistencia sindical y de grupos aislados que combatían con lo que tenían a mano, los “caños”,

dio lugar posteriormente a una organización, gregaria en un comienzo y luego enmarcada en lo que

se conocería como “guerra popular”, que luchaba levantando una consigna clara: “Por el retorno del

pueblo y Perón al poder”.

Un intento de guerrilla rural, los Uturuncos, fue el origen de lo que posteriormente se

conoció como Fuerzas Armadas Peronistas; lo mismo, desde el ámbito estudiantil y de obreros

jóvenes que se iniciaron en el fascismo fueron tomado posiciones desde una línea nacional hasta

encontrar el término popular, que los llevó a posiciones de izquierda dentro del peronismo. La

misma estructura productiva de Argentina, país exportador de carne y cereales con escasos

propietarios latifundistas que constituyen la oligarquía y también pocos pequeños y medianos

productores agrícolas que incidían en el mercado local, y en un creciente proceso de

industrialización desde la década de los cuarenta, llevó a concebir la guerra revolucionaria como

esencialmente urbana. Esto es, el accionar guerrillero debía darse en las ciudades, con esporádicas

incursiones en el campo, porque era el lugar en donde estaba asegurada una retaguardia política.

Esto lo digo con respecto a las organizaciones que surgen y se forman desde el peronismo, como eje

aglutinador de la política de resistencia.


Es muy poco lo que puedo agregar de los comienzos, no por que no exista más, sino porque

es un proceso muy complejo, lleno de vueltas y vericuetos como la misma historia y que sería muy

temerario resumir en pocas páginas como las que aquí utilizo para dar un marco a la situación que

nos convoca: la represión de toda disidencia sexual.

En un movimiento de masas como el peronismo, definido como policlasista, nacional y

patriótico, no era nada raro encontrar posiciones contradictorias, tanto en la dirigencia política

clandestina como en los diferentes sectores de la población. Los cambios de los “delegados”

designados por Perón para la continuidad del proyecto interrumpido en 1955, pero sobre todo los

documentos de su autoría difundidos, daban pie a interpretaciones variadas, llevando cada sector

agua a su molino. Así, desde el elogio de la juventud “que lleva el bastón de mariscal en la

mochila”, la defensa de las por él llamadas “formaciones especiales”, hasta el elogio a la dirigencia

burocrática sindical y política, es decir, la política del “péndulo” como él mismo la denominaba, era

totalmente plausible el surgimiento de grupos u organizaciones que posteriormente llegarían a la

eliminación de los sectores incómodos, como los de la izquierda peronista, fundamentalmente

gracias a la política de Isabel y López Rega, este último el creador de la tristemente famosa Alianza

Anticomunista Argentina, la Triple A.

En la izquierda peronista surgieron tres organizaciones político-militares que tendrían

especial ingerencia en el proceso político desde casi fines de los sesenta hasta mediado los setenta.
Las Fuerza Armadas Peronistas (FAP) con origen en el activismo sindical y continuadores de la

guerrilla de Uturuncos; las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), cuyo origen se encuentra en

un posible apoyo a la guerrilla del Che en Bolivia y realiza un cambio al asumir al peronismo como

opción política, y Montoneros, que surge en 1969. En todo el primer periodo, hasta 1973, la

situación organizativa era clara. Por un lado, quienes asumían la lucha armada como opción no

tenían contactos directos con las agrupaciones de “superficie”; al contrario, los militantes sindicales,

estudiantiles, etc., desaparecían de un día para otro cuando optaban por la lucha armada.

El auge democrático que comienza a manifestarse, contradictoriamente después del

fusilamiento de los 23 guerrilleros en Trelew, y el llamado a elecciones sin proscripciones, lleva a

las organizaciones clandestinas a un cambio de política: era necesario un acercamiento mayor con la

militancia de “superficie”, tanto y tan grande como para incidir en la formación de un movimiento

de masas que incidiera directamente en la política partidaria y sindical. Es decir, la formación de un

movimiento afín a los planteamientos de la izquierda, entre ellos, la construcción del “socialismo

nacional”, según las palabras de Perón. Las FAP se abren a la formación del Peronismo de Base. En

tanto, Montoneros y FAR –en discusión ya de una posible unificación- centran sus esfuerzos en la

creación de Juventud Peronista-Regionales, un gran movimiento que comienza originalmente en las

universidades y que rápidamente concita adhesiones de gran parte del peronismo.


El retorno de Perón, el primero, el 17 de noviembre de 1972, nos encuentra ya casi subidos

al podio de los vencedores. Pero ese mismo retorno también es el comienzo del trabajo de zapa de

la derecha, del agrupamiento de diferentes grupos, tanto del peronismo como de fuera de él, que

tiene su demostración clara en la Masacre de Ezeiza, en junio del 73.

Esto, a grandes rasgos, es una especie de introducción, creo que necesaria de un momento

dentro de la historia en donde está enmarcada mi lectura.

*****

De una militancia de activista que asume su peronismo desde el estómago en una conmemoración

del 1° de Mayo, de una digamos irregular participación en un grupo de estudios: Grupo de Base

Independiente, todo siguiendo un ritmo más o menos tranquilo, hasta mi incorporación al ejército

para realizar el servicio militar. En ese año, 1972, como ya lo mencioné antes, dos sucesos fueron

desencadenantes de la primavera democrática que vivimos desde agosto y que culmina, en un

primer momento, con la elección de José Cámpora como presidente de Argentina en el proceso

electoral de marzo de 1973. Ellos fueron el fusilamiento de Trelew y el retorno de Perón.

En pláticas y discusiones previas con un compañero también homosexual, Manolo, me

afirmaba en la necesidad de asumir una militancia más comprometida en las organizaciones

clandestinas, Montoneros en este particular caso, porque era la única forma de llegar a consolidar el

proyecto político en donde estábamos inmersos, por un lado. Pero lo fundamental, le decía, era que
en esa militancia tendría la posibilidad de “olvidar” y “cambiar” mi desviación a la norma

heterosexual y encausar las energías en un algo que sí valía la pena: la revolución. Todo esto,

posterior a nuestra salida del grupo de estudios, porque Manolo tuvo la desgracia de enamorarse del

“líder” y el llamado líder a llamar a reunión y pedir la expulsión de mi amigo, por faltas a la moral

revolucionaria. En esa reunión no se expulsó a nadie, sino mas bien, el grupo en ese momento afín

al peronismo, el mejor formado políticamente, salimos y decidimos dedicarnos a la militancia fuera

de la Universidad, en ese entonces, en apoyo a un sindicato formado en una fábrica textil, nueva,

creada después del cierre de los ingenios azucareros en 1966, en Tucumán.

De ahí la plática con mi amigo y de ahí mismo ver la incorporación a otro nivel de

militancia, como forma de “desviar el problema”. Sigue igual todo, como digo ingreso al servicio

militar y me dedico, en la medida de lo posible a aprender el manejo de armas y a leer los manuales

de formación castrense, para aprovecharlos posteriormente en beneficio propio. Y digo en la

medida de lo posible porque en las prácticas de tiro solamente se utilizaban un par de fusiles,

quedando el que teníamos a nuestro cargo solamente para pasar revista, limpiarlos y lucirlos en los

desfiles. Nunca tiré con el fusil que tenía designado. De aquí, dentro de un todo de maniobras

políticas destinadas a preservar una supuesta buena imagen de la sangrienta dictadura que comenzó

en 1976, esta situación derivó en la masacre de las Malvinas, donde tantos y tantos soldaditos

murieron porque su fusil jamás funcionó. Y que otros tantos murieran de frío, porque los militares
se regían por el comienzo de las estaciones para determinar el tipo de ropa que se tenía que usar; de

esta manera, como todavía no llegaba el invierno los enviaron sin ningún tipo de abrigo con las

necesarias consecuencias de congelamiento y amputaciónes.

Regresando. En el periodo de vacaciones en el servicio militar, una semana en invierno,

regreso a Tucumán, donde había hecho mis prácticas políticas, y logro conectarme con un miembro

de Montoneros. De nuevo en el camino, tendría que cubrir una cita que nunca se hizo efectiva,

debido a las fuertes cargas de trabajo organizativo que tenía ¡un solo compañero! en mi región.

Luego, una operación militar, exitosa en un comienzo y desastrosa en su culminación, dejó a

Montoneros sin gente: los que no fueron apresados y encarcelados, quedaron “descolgados” de toda

tarea, en los que me incluyo.

Así llego al 17 de noviembre, fecha del retorno de Perón. Acababa de salir de la “colimba”

y descolgado como estaba me fui al acto por el retorno; allí me fijé en la gente, en los grupos y

sobre todo, escuché las consignas para saber dónde estaba el lugar que debía ocupar. Un sector

grande de la gradería del estadio estaba ocupado por un grupo vociferante que enarbolaba carteles

con fondo negro y letras blancas donde se leía “Juventud peronista”; “bastante fascistas”, pensé.

Pero de ahí surgía lo que quería escuchar: “Perón, Evita, la Patria socialista”, y “FAR y Montoneros

son nuestros compañeros”. Los había encontrado. Y me incorporé. Nuevas situaciones, empezar de

nuevo hasta retomar el contacto necesario. Llegaron las elecciones, ganamos, y salieron los presos
de las cárceles. Y de nuevo estaban ahí los compañeros. Y comenzó ya la actividad necesariamente

ligada a un gran proyecto político que rebasaba los límites de una política partidaria. Un gran

proyecto que significaba ya la formación de una nueva nación y la construcción de nuevas

relaciones sociales. El gran proyecto de la revolución, el de la creación de un socialismo con bases

netamente nacionales.

Y se decide en reunión hacer una especie de golpe de mano, para quedarnos con la

estructura juvenil del partido, la misma que tenía serias contradicciones con la dirigencia partidaria,

pero que estaba en manos de un caudillito, ya próximo a cumplir los treinta años y, por lo tanto, ya

casi fuera de la “juventud”, que dirigía la ya entonces denominada “Rama de la Juventud” con fines

más que personales. Organizamos esa reunión, todavía en el local del Partido Justicialista, y

logramos la remoción del líder. Y de golpe, de militante de base paso a ocupar el rol de dirigente.

De ser uno más de los muchos que participaba en actos, pintadas, movilizaciones, paso a ser figura

pública. Y aquí viene el problema.

Hasta ese momento, me desenvolvía tranquilamente sin preocuparme demasiado, es decir,

sin salir del clóset, pero moviéndome alrededor de un grupo de amigos. De la incorporación a la

estructura clandestina para olvidar mi desviación de la norma, nada de nada. Pero, ahora desde mi

nueva posición tendría que ocultar todo. Y olvidar, ahora sí, que me sentía bien transgrediendo la

norma. No más las escapadas con los amigos, ya no el ejercicio de mi sexualidad. La imagen de un
hombre políticamente correcto, de moral intachable, era necesaria para el proyecto. Y a esa imagen

le dediqué toda la vida. Si bien apenas comenzaba la década de los setenta, estoy hablando de 1973,

ya existía en Buenos Aires un grupo con el cual, si bien no tuve un contacto directo, sí tuve la

oportunidad de leer una revistita que editaban. También, por información me entero de la aparición

de unas pintadas en donde un FHAR, se había unido a la campaña por el retorno de Perón, que

agregaba su sigla a la tradicional P, envuelta por una V (que significaba Perón Vuelve). Donde

poníamos JP, ellos la firmaban cono FHAR. Detalles de la politización del momento de auge de las

acciones populares.

*****

Ahora bien, la militancia clandestina exigía a todos un comportamiento moral, acorde con las

exigencias del compromiso político asumido. Esto no es nuevo. Eso mismo aparece en la serie de

fragmentos transformados en libro oficial que, en 1947, fue distribuido en el congreso nacional

donde quedó fundado el Partido Peronista. En el discurso inicial de Perón, él mismo se encarga de

dar los lineamientos generales que deben seguir los militantes del nuevo partido. Es conveniente

aclarar que, en las elecciones de 1946, posterior al movimiento de masas de octubre de 1945 por la

liberación del entonces coronel Perón, el naciente movimiento nacional acude gracias al préstamo

del Partido Laborista, de clara adscripción tradeunionista, ganando por amplia mayoría, a pesar de

la oposición de todos los sectores políticos del momento, desde la oligarquía conservadora hasta el
Partido Comunista, pasando por los partidos de clase media, como el Radical y otros, todos unidos

bajo la convocatoria de Spruille Braden, embajador de EU en ese momento.

En las palabras de Perón, un verdadero cuadro político del nuevo partido, en el capítulo

“Las fuerzas del espíritu guían a los hombres”, debe “estar unido al otro que piensa y siente lo

mismo, pero quien piensa distinto, aún cuando se ponga un rótulo” debe ser considerado como un

enemigo. No lo dice con estas palabras, claro, pero después agrega que “quien no tenga el espíritu

inclinado a pensar y sentir de una manera similar a la de su agrupación será siempre un hombre

díscolo y difícil dentro de un movimiento de hombres que tienen un mismo sentir y pensar”4. Con

esto quiero decir que, posteriormente, las organizaciones siguieron con ese mismo patrón de

unificación de pensamiento, por cuanto pasada la época gregaria de toda organización, cuando las

decisiones se tomaban entre los pocos iniciadores y se llega, en función de los nuevos momentos

políticos y a la incorporación de una gran cantidad de militantes, con el nombramiento jefes y

responsables nacionales, regionales o zonales, a una maraña burocrática donde lo único claro son

los documentos de coyuntura que “se bajan”, se discuten y se acatan.

Esto lo dice Perón claramente en su discurso inaugural del peronismo, al hacer una escala

vertical de compromisos: “En primer grado son los que dirigen el conjunto; en segundo grado son

los que dirigen las partes, y en tercer grado son las partes mismas que realizan obedeciendo”. Y

4
Juan Domingo Perón, Doctrina Peronista, Buenos Aires 1948, sin pie de imprenta, pp. XVI-XXI y ss.
entre todas las indicaciones, las que se refieren al comportamiento ético de los dirigentes y bases,

tiene su fundamento en la disciplina, como forma de compromiso político.5

Las organizaciones político-militares toman esta manera de transmitir las directivas

políticas, aunque, para decirlo de algún modo, incorporan la teoría del centralismo democrático

leniniano en el quehacer político. Lo que me interesa demostrar es que no solamente son las

condiciones históricas las que marcan un determinado accionar político, sino que existen en la

historia de los movimientos sociales que luego se institucionalizan un patrón común de

comportamiento que se repite, a pesar de que existan condiciones diferentes.

La etapa gregaria de las organizaciones político-militares se caracterizaba, por lo menos las

que conozco, en una libre discusión de propuestas, en un aporte colectivo que se resolvía

democráticamente, ya se trate de acciones puramente políticas, como también de las militares,

donde siempre se tomaban acuerdos decididos por todos los integrantes. El paso siguiente, como

resultado de una mayor complejidad política y organizativa, deviene en un centralismo de la cúpula,

que solamente se permite bajar las líneas generales para el consumo y obediencia de las bases.

Ahora bien, el año pasado se publicó un libro extraordinario escrito por Raquel Gutiérrez, a

quien tuve oportunidad de conocer en Bolivia, cuando apenas había salido de la cárcel de mujeres

5
Idem.
de Obrajes, en La Paz. Es conveniente que leamos el prólogo a la edición mexicana. Aquí expresa

lo que me hubiera gustado decir con la claridad que ella utiliza. Cito:

La tradición de la que yo provengo y con la que discuto a lo largo del texto, se inscribe en el
conjunto de múltiples esfuerzos revolucionarios latinoamericanos que se plantearon la toma
del poder como eje ordenador de su estrategia, y la construcción de un partido-ejército
como medio para conseguir tal objetivo. De ahí la elección de los temas a discutir, la forma
que adquiere tal reflexión, la preocupación por los problemas recurrentes, etcétera. No sé
qué tanto tales discusiones (…) puedan interesar (…) a un lector o lectora (…) que no tiene
que deshacerse de tantos dogmas o que reacomodar tantas cargas”.6

También me gustaría acercar la reflexión de Mario Payeras –fundador del Ejército Guerrillero de

los Pobres (EGP) en Guatemala, organización que posteriormente junto con las otras organizaciones

político-militares del país centroamericano forman la Unidad Revolucionaria Nacional

Guatemalteca (URNG)-, acerca del accionar clandestino revolucionario y del necesario alejamiento

de la realidad concreta en función de las actividades de supervivencia, antes de la formación del

ejército que inevitablemente llevará a la toma del poder. En términos generales, Payeras critica el

6
Raquel Gutiérrez Aguilar, ¡A desordenar! Por una historia abierta de la lucha social, CEAM-Tinta Limón-
Juan Pablos, México 2006, 1ª reedición, p. 12.
tipo de organización compartimentada por cuanto entra en contradicción con la vida cotidiana,

sobre todo cuando se tiene que ligar el accionar propiamente militar con el político.7

Esta descripción del modo de funcionamiento de las organizaciones político-militares

apunta a enmarcar las condiciones donde se desarrollaron las prácticas represivas a todo tipo de

disidencia sexual. Aquí me permito incorporar a la represión también al placer, por el solo hecho de

ser placer, por cuanto todo aquello que no sea directamente ligado a una sexualidad reproductiva y

en pareja, era totalmente cuestionado. La pareja, bendecida por la organización, era la depositaria de

las nuevas relaciones que se irían construyendo con el transcurrir del tiempo que harían posible la

llegada de una nueva sociedad. Aunque desde la izquierda, volvemos aquí al paradigma

conservador: la familia como depositaria de la sociedad, el lugar clave donde se forman los hijos de

la patria, donde se inculcan los valores necesarios para la conservación moral de la especie humana.

Si esto sucedía con la llamada sexualidad “normal”, ¿qué se podía esperar cuando se

planteaban cuestiones netamente de disidencia sexual. En términos generales, para el común de la

gente –y todo gracias a esa caparazón ideológica con que nos envuelve el patriarcado- el insulto, los

golpes, las expulsiones, la represión a final de cuentas de los homosexuales no es más que la

expresión corriente de conductas no solamente toleradas, sino instigadas desde todas las estructuras,

como las educativas, del sistema patriarcal. Es demasiado fácil deshacerse de los molestos

7
Mario Payeras, El trueno en la ciudad, Ediciones del Pensativo, Colección Zahorines, 3ª edición, Guatemala
2006.
homosexuales, al fin que nada ni nadie estará en desacuerdo. Es lo que decía mi amigo Chacho, en

el fragmento que leí al comienzo: “¡Y yo que me crié tirando piedras a los putos!” La nueva familia,

el nuevo hombre, que no la nueva mujer, para ser nuevos, debe tener ciertas características que la

distingan claramente de las viejas. Esto es, deben estar en condiciones de construir la nueva

sociedad sin explotados ni explotadores y entregar hasta la última gota de sangre en ese proyecto.

Demás está decir que poco, mas bien nada, podía hacerse desde la disidencia sexual, es decir desde

mi propia homosexualidad ya asumida, pero que en función de las circunstancias, y con tremendo

síndrome de Estocolmo encima, me obligaba a buscar opciones que me permitieran regresar a la

patria revolución. Luego del planteamiento primero con un inicio de discusión viene la cárcel y

después el exilio y de nuevo el limbo (aunque Ratzinger diga ahora que no existe). Ante el

inminente retorno al país para continuar la lucha, decido entablar una discusión, ya con el tiempo

necesario para hacerlo porque el exilio a que estábamos sometidos nos daba reales posibilidades de

hacerla. Además, en este caso, los informes llegaron antes que yo, así que no era necesario efectuar

muchos esfuerzos, sólo continuar con lo que había quedado interrumpido. La respuesta por obvia ya

la esperaba, pero no sé por qué abrigaba esperanas de discusión y reflexión sobre una situación que

nos competía como seres humanos que somos. Fue terminante: expulsión de las filas de la

organización por desviaciones pequeño-burguesas y, como en edicto policial, por faltas a la moral.

Luego se cambia la sentencia. Quedaba fuera, pero sólo hasta que termine el proceso de “curación”,
para lo cual se me designa un responsable político y una profesional de la psicología, quienes se

encargarían de encaminarme por “los correctos caminos de la heterosexualidad”. De ahí que hable

de síndrome de Estocolmo; de ahí que me encuentro aprisionado en un hábitat de esquizofrenia

práctica. Estaba expulsado de la organización, pero continuaba dentro cumpliendo tareas de

responsabilidad política muy grande. Deseaba ganar la discusión iniciada, pero me conformaba con

recibir “terapia” para “curarme” y no quedar fuera del proceso revolucionario.

Ahora me parece que la discusión tendría que haberse planteado de otra manera, no

solamente desde el punto de vista de un homosexual en la organización, sino, como dice Raquel

Gutiérrez en ¡A desordenar!: “… quisiera provocar la crítica llamando a muchas y muchos a

discutir y reflexionar sobre eso que se llama actividad política”.8 Precisamente, la reflexión debe

hacerse desde esa actividad política, esa misma actividad que nos condujo a asumir un proyecto

político-militar, que no es nada más, pero nada menos, que un proyecto de vida. Salir del clóset, del

armario, del ropero o del placard, es una actividad política; como también, luego de la salida, es una

actividad política nuestra vida misma, porque vayamos donde vayamos estamos exigiendo con

nuestra sola presencia el derecho a ser libres y ejercer nuestra libertad: el derecho a Ser, aunque

suene un poco ontológico.

8
Raquel Gutiérrez Aguilar, op. cit., p. 15. Las cursivas son de la autora.
Entre contradicciones principales y secundarias, entre maniobras estratégicas y tácticas,

entre prioridades primeras, principales y secundarias, y sumado a todo esto, el “centralismo

democrático” que nos permitía “estudiar” los documentos de la conducción para hacerlos

políticamente claros, no había tiempo ni lugar para nada que pudiera retrasar la toma del poder. No

solamente la cuestión de una disidencia sexual a la norma, como en mi caso particular, sino también

cualquier situación que “distrajera” u ocultara el “horizonte” al cual debíamos llegar. Si en el caso

de la homosexualidad podría quedar como discusión para después, también las mujeres tuvieron lo

suyo. Regreso a Raquel Aguilar, cuando expresa la esperanza de que su escrito llegue

“principalmente a las hermanas, a las mujeres que en aquella militancia pasada no encontraron,

buscándolo, todo lo que querían o imaginaban y ahora habitan un plomizo terreno de de difusa

frustración…”.9 Y el después se transforma en nunca, porque nunca llegamos a la toma del poder.

Estas organizaciones no solamente no cambiaron nada, sino que desde la misma izquierda

fueron también los reproductores del sistema patriarcal. Podemos afirmar que el patriarcado está

asentado en tres patas que nos aplastan: clasismo, racismo y sexismo. El combate contra la

explotación y la toma del poder se centró fundamentalmente en cercenar la primera pata, el

clasismo. Con la segunda ya no es tan claro, porque en el caso de Nuestra América, la

transformación, en los programas llamados revolucionarios, de los pueblos originarios en

9
Raquel Gutiérrez Aguilar, ibid., p. 16.
campesinos, origina el desconocimiento de la identidad de tantos pueblos que todavía se resisten a

ser eliminados. Y eso, aunque no lo crean ni lo quiera, es racismo. Y con lo que no hay ninguna

duda es con respecto al sexismo. La división obligatoria en dos sexos, masculino y femenino con

sus correspondientes géneros, y la sexualidad solamente aceptada como reproductiva, no fue

cuestionada de ninguna manera.10 Estoy hablando de los tres últimos decenios del siglo pasado. Es

más, como dije anteriormente, esto era totalmente aceptado y difundido. Hay una canción, una

especie de marcha cuasi militar, que se cantaba en los mítines y marchas, que resumía lo que

afirmo. Decía así: “A parir madres latinas / a parir más guerrilleros”, lo que marcaba el orgullo de la

maternidad para la guerra y de la sexualidad reproductiva para aumentar las filas de la revolución.

Ahora bien, creo que la revolución no está perdida, ni es una cuestión de la que no se tiene

que hablar, sino que es una necesidad real ante la patética situación que estamos viviendo con la

globalización y el neoliberalismo, a los que considero como la suma del patriarcado. Pero, esta

revolución tendría que ser, como lo dice Raquel Gutiérrez: “… una obra colectiva gozosa,

voluntaria, satisfactoria, donde todos y todas pusiéramos lo mejor de nosotros y creáramos en

común algo que a todos nos perteneciera…”.11

*****

10
Cfr., Diana Maffía (comp.), “Introducción”, en Sexualidades migrantes. Género y transgénero, Feminaria
Editora, Buenos Aires 2003, pp. 5-8.
11
Ibid.
La represión a la disidencia sexual existe. Eso no lo podemos negar; que se haya dado también en

las organizaciones político-militares llamadas revolucionarias tampoco lo podemos negar. Creo que

en mi caso, las circunstancias hicieron que a mis planteamientos no se respondiera con otros actos

de mayor dureza. Y en recordación especial de esa represión constante, sistémica, cotidiana, pienso

que no debemos quedarnos y mantenernos en situación de víctimas. Nada es mejor para promover

mayores castigos que permanezcamos inmóviles pidiendo una ayuda que no vendrá sino de

nosotros mismos. Es decir, que tenemos la obligación de utilizar las pocas herramientas con que

contamos. Tenemos el Artículo 1° de la Constitución política; tenemos (o está en proyecto) una ley

que penaliza la discriminación por preferencia sexual. Está a nuestra disposición un instituto

nacional paraestatal, dedicado a bregar contra las diferentes discriminaciones; además, la ley de

Sociedades de Convivencia, aprobada el año pasado que, si bien no cubre todas expectativas, es un

comienzo necesario para profundizar mucho más en la cuestión. Y más reglamentos y leyes que nos

protegen de la violencia y la discriminación. Pero tenemos usarlas, hacernos dueños y dueñas de eso

que ya está legislado y promoverlas, aunque más no sea con nuestra presencia fuera del clóset.

Pero hay algo más que me inquieta y las traduzco a una serie de tres preguntas que me

cuestionan: ¿quién soy?, ¿qué soy?, ¿dónde estoy? Las dos primeras están relacionadas con la

identidad y la última me remite al lugar en donde estoy parado, sea histórico o territorial.
Con respecto a la identidad, Félix Guattari la resume también en una serie de preguntas.

Dice:

¿Lo que organiza un comportamiento, una relación social, un sistema de producción es el


hecho de que está circunscrito a una identidad? ¿O es tener pegada una etiqueta? ¿O que se
ejerza bajo leyes prefijadas por un reglamento? ¿Será que la relación fundadora del yo,
aquello que nos da sentimiento de ser nosotros mismos, está en nuestra obediencia al código
de una microsociedad o a las leyes de una sociedad? ¿O en la referencia a una ideología
religiosa, política o cualquier otra?12

Pero más adelante aclara que esa misma identidad que llevamos pegada como etiqueta, en este caso

la etiqueta homosexual, nos permite la construcción de una subjetividad diferente que produce

“devenires” en una sociedad, es decir que traspasa las capas de la sociedad y se interrelaciona con

ellas. A esto yo agregaría que esa interrelación, es una interlocución que tenemos que realizar, pero

como movimiento constituido. De ahí las preguntas que me hago. ¿Estamos constituidos como

movimiento, o mejor, somos un movimiento social?

Subjetividad dice Guattari. Sujetividad, o sea, condición de sujeto, aporta Horacio Cerutti13.

Es decir, que todavía nos falta caminar mucho en este proceso que nos lleva a la construcción del

12
Félix Guattari y Suely Rolnik, Micropolítica. Cartografías del deseo, Tinta y Limón, Buenos Aires 2005,
pp. 94 y 95.
13
Horacio Cerutti Guldberg, “Identidad Nuestroamericana”, en Francesca Gargallo y Rosario Galo Moya
(coord.), Las políticas del sujeto en Nuestra América, en prensa, México 2007.
sujeto. Este siglo ha comenzado con ganas de cambios. En primer lugar se encuentran los

movimientos indígenas que de una u otra manera están haciendo retroceder al sistema.

Comenzamos en el 2000 con la toma de las sedes de los poderes políticos en Quito, Ecuador; le

siguió el levantamiento de Cochabamba en Bolivia, conocido como la Guerra del Agua, que evitó la

privatización del vital líquido. A eso tenemos que sumarle en el mismo país la destitución de dos

presidentes en dos grandes levantamientos de las naciones aymara y quechua y la presidencia de

Evo Morales y la recuperación de los hidrocarburos. Y aquí también hablamos de identidad, de una

identidad recobrada por los movimientos indígenas, que no se trata tan sólo de una etiqueta sino

que recobra lo que por más de quinientos años les ha sido negado, combatido, escondido y

pretendido exterminar. Ahora Tupac Katari, según la leyenda, ya está a punto de volver a reunir los

miembros cercenados luego de su levantamiento.

Pero también surgieron otros movimientos que se transformaron en sujeto. No quería hablar

de la comunidad lésbica, pero me parece importante, en este proceso de construcción de sujeto,

nombrar a las lesbianas negras de Brasil (y en general donde existen comunidades afro) en su afán

de lucha contra el semen del blanco como formador de la identidad brasileña. También, en Buenos

Aires, Argentina, los piqueteros que llevaron la protesta a los rutas y caminos, ante la falta de

trabajo y comida y su organización comunitaria. Y no dejemos de lado la derrota del golpe de


estado de estado contra Chávez y el comienzo de algo que todavía no se ve como definido, pero que

sin embargo guarda buenas expectativas: el socialismo.

Y podría seguir, pero prefiero hablar en primera persona y presentarme. Yo soy Coquena,

gay, nacido en Argentina pero mexicano por adopción y querencia, nuestroamericano por afinidad

política. Esta es mi identidad. Y ahora estoy pisando este momento histórico y este territorio, por lo

tanto, tengo un lugar desde donde reflexionar y además, tengo un cuerpo desde donde pienso y

actúo, un lugar asumido desde mi propia gayacidad.

Quiero terminar con un párrafo del libro de Raquel Gutiérrez que, me parece, sintetiza lo

que expresé aquí, quizás de manera inconexa.

Percibo que la “política”, la actividad política y la militancia, la oficial y la promovida por


las propias organizaciones radicales ha dejado de ser un conjunto de preguntas sencillas
sobre cómo queremos que sea la vida y cómo emprendemos el esfuerzo individual y
colectivo, inmediato y a largo plazo para construir lo que deseamos y necesitamos, para
convertirse en una artificiosa ideologización de cómo gobernar a otros, de cómo ejercer
poder y normar la vida. Pareciera que la “política” hubiera perdido su sentido prioritario de
responder a la pregunta de cómo gestionar la vida social, sobre la mejor manera de resolver
necesidades comunes y en tomar en manso propias la construcción de sus soluciones, de
manera autónoma, libre y múltiple, para convertirse en variadas teorías sobre los
mecanismos más eficaces de subordinar la rebeldía, lo humano… Hay, sin embargo,
todavía muchas preguntas que siguen estando ahí y que es imprescindible, por lo menos,
plantear.14

14
Raquel Gutiérrez Aguilar, op. cit., pp 17 y 18.
BIBLIOGRAFÍA

CERUTTI GULDBERG, Horacio, “Identidad nuestroamericana”, en Francesca Gargallo y Rosario


Galo Moya (coord.), Las políticas del sujeto en Nuestra América, en prensa, México 2007.

DOLJANÍN, Nicolás, “Eso no se hace”, cap. 8 de libro en preparación, mimeo, Buenos Aires 2007.

GUATTARI, Félix y Suely Rolnik, Micropolítica. Cartografías del deseo, Tinta Limón, Buenos
Aires 2006.

GUTIÉRREZ AGUILAR, Raquel, ¡A desordenar! Por una historia abierta de la lucha social,
CEAM-Tinta Limón-Juan Pablos, México 2006.

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MAFFÍA, Diana, “Introducción”, en Diana Maffía (comp.), Sexualidades migrantes. Género y


Transgénero, Feminaria Editora, Buenos Aires 2003.

MOYA PANTOJA, Rosario Galo, “De la culpa a la claridad. Otra manera de explicar la
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Guatemala 2006, 3ª edición.

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