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La Casa de Doña Constanza

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(3458B

IllilíÜiliilllliilillllllill
LA

CASA DI DOM cornil.


EPISODIO DE LA REFORMA EN ESPAÑA,

POR

E/VIMA LeSLIE.

'ra:luc-2ión lilDre Isl francés.

DEPOSITO CENTRAL
DE LA SOCIEDAD DE PUBLICACIONES RELIGIOSAS.
Lcganitos, 4. Madrid.

Barcelona, Baños Nuevos, 16.


I

í»»ucHrsalcs. ^
Sevilla, Plaza de la Constitución, 32.
( Zakagoza, Escuelas Pías, 9.
LA CASA DE DOM CONSTANZA
LA

CASA Di DOÑA MTAIA.


EPISODIO DE LA REFORMA EN ESPAÑA,

POR

jEyvíMA Leslie.

Traducción UIdvq del francés.

DEPOSITO CENTRAL
DE LA SOCIEDAD DE PUBLICACIONES RELIGIOSAS,
Leganitos, 4, Madrid.

i Barcelona, Baños Nuevos, 16.


tí(ii«ur«ales: , Sevilla, Plaza de la Constitución, 32.
'
Zaragoza, Escuelas Pías, 9.
MADKID 1894.

IMP. DEL SUC. PE J. CRUZADO, Á CARGO DE F. MARQUÉS


Blasco de Garay, 9— Teléfono 3.14o.
LA CASA DE DOÑA CONSTANZA.

EPISODIO DE LA REFORMA EN ESPAÑA.

CAPÍTULO PRIMERO.

Doña Constanza.

En todos tiempos la capital de Andalucía, Sevilla, ha sido


mirada como una ciudad sobremanera bella. Hoy mismo,
^•oza de un justo renombre, bajo ese aspecto. Mas en la épo-
ca de que vamos á ociiparnos en estos capítulos, entonces
cuando España, por sus riquezas, su comercio, su poderlo
político y la extensión de sus colonias rivalizaba con cualquier
otro pais de Europa, Sevilla era una población de la que sus
habitantes tenían derecho á estar orgullosos. Los moros, que
en ella se habían fijado desde el siglo YIII, la habían elevado
á un esplendor verdaderamente oriental. Naturaleza por su
parte ha sido muy pródiga de sus dones con ella.
Erigida en medio de sus jardines de naranjos, limoneros
y granados, con sus torres de mármol brillantes al reflejo del
sol, ofrece á las miradas del observador un espectáculo sor-
prendente. Los moros estaban de tal manera prendados de
f'lla, que no esperaban hallar en el cielo, que su religión les

prometía, una morada tan maravillosa.


Ese pueblo, ardiente y aficionado á la guerra, así como á
la industria,acabó por ser expulsado por Fernando III do
No hablan quedado de él más que algunos
Castilla en 1248.
representantes, á los cuales se había dado más tarde, después
de su conversión al cristianismo, el nombre de «nuevos cató-
licos.»
Los «católicos viejos,» la crema de la caballería española,,
hablan tomado poco á poco posesión de sus casas, de sus.
palacios erigidos al estilo oriental, con sus grandes jmtios.
cuadrados, sus frescas fuentes, sus olorosas flores y sus árbo-
les frutales.
El elegante «patio» era el lugar de recepción de los con-
vidados y amigos. Ocupaba la parte central de la casa, y es-
taba separado del recinto exterior por puertas macizas d&
hierro ó bronce. Alrededor del i)atio habia cuartos desamue-
blados, sin adorno, casi miserables comparativamente con e\
esplendor que brillaba en el patio. Allí habia todo lo que pue-
de encantar y cautivar los sentidos. Un piso de mármol con
incrustaciones en mosaico, columnas igualmente de mármol,,
ó de pórfido con colgaduras de seda, una fuente con el surti-
dor transparente y musical, plantas exóticas de rara belleza
y de un perfume suave, que conservan en el ambiente una
deliciosa frescura: todo ello hace una estancia deliciosa y casi
enervante. Completábanla los divanes, los cogines, butacas y
sillas de todas clases, dispuestas con lujo.
Allí es donde las nobles damas conversaban de las mil
cosas que sirven de pasatiempo á la sociedad mundana, dis-
cutian sobre modas y trajes, daba cada una su opinión sobre
el uso nuevamente introducido de la mantilla, esa prenda de
cabeza de pliegues sencillos y graciosos, que aun en nuestros
dias usan en ocasiones solemnes las elegantes españolas; los
grandes señores por su parte discutían sobre los últimos acon-
tecimientos, y apreciaban cada uno á su manera la política
del hábil regente, el cardenal Jiménez.
Era la ocasión en que el joven príncipe Carlos, después
de haber recibido las lecciones del canciller de la Universidad
de Lovaina, Adriano, obispo de Tortosa, se preparaba á dejar
á Flandes para venir á tomar la dirección del reino en lugar
— 7 —
de su madre, la incapacitada Juana. Ya, de su propio impul-
so y sin consultar con nadie, liabia agregado á su preceptor
á Jiménez, para que partiese con él la regencia. Este acto de
independencia y esta precoz ambición de reinar, que indica-
ban en él un carácter entero y autoritario, no hablan tenido
lugar sin indisponer algún tanto contra él á la altiva nación
española, poco habituada todavía á un gobierno despótico.
Algunos miembros de la nobleza, que le habrían aceptado de
buen grado como el representante de su madre, le velan con
disgusto arrogarse el título, considerando esta manera de
obrar como una usurpación de poder y una amenaza á sus
libertades.
Pero loque preocupaba muy particularmente los espíritus,
y era el tema de las quejas más sentidas, era el modo de pro-
ceder de la Inquisición.
Las víctimas de este «santo oficio,» como se le llamaba, re-
chitadas entre los judies, los moros y los herejes de Aragón y
Cataluña, se elevaban ya á la cifra de trece mil, y se espera
ba ver aumentar el número mucho más.
La España, en efecto, gracias á lasincesantes emigraciones
de valdeuses y albigenses, no se habla visto purgada de estas
pretendidas herejías. Se trataba, pues, de -arrojarlas |de una
vez para siempre, al mismo tiempo que á los moros y á los
judíos, que pudieran todavía haber quedado. Los calabozos,
el suplicio de la rueda, los instrumentos de tortura, eran para

ello unos medios eficaces. Estos procedimientos tenían ade-


más la ventaja de que, haciendo desaparecer á las víctimas,
permitían al rey llenar con los bienes de ellas sus arcas vacías.
Fue con este doble objeto que el último rey de Espa-
ña, Fernando el Católico, habia solicitado del Papa una bula,
proclamando el establecimiento de la Inquisición.
El soberano pontífice, que vela en esto un medio de enca-
denar con un lazo en cierto modo indestructible la España al
papado, se habia apresurado naturalmente á concederla.
Esta institución no era, sépase bien, del gusto de todos.
Un gran número de notables de Sevilla habían ya discutido,
alrededor de las hermosas fuentes de sus suntuosos patios.
los medios de combatir este tribunal odioso, cuyos juicios
inicuos amenazaban hacer desaparecer el saber, asi como las
libertades civiles y religiosas. Sumas considerables hablan
sido enviadas, á título de regalos al Sumo Pontífice, para ob-
tener de él la reforma de los abusos inquisitoriales.
La ciudad habia enviado al encuentro del nuevo rey de-
legados, encargados de hacerle prometer, antes de su llegada
y de su confirmación en el trono, algunas mejoras en este
sentido.
Era aquella una misión difícil. Para ella habia sido elegi-
do D. Pedro de Castro, señor rico y poderoso, que se estaba
preparando para marchar á Asturias, donde debia hacer su
primera parada el joven monarca. Esta elección, que ])arecia
asegurar el éxito de la empresa, habia alegrado mucho á los
amigos del delegado. Mas no podia decirse lo mismo de su
joven esposa.
Doña Constanza esperaba ser pronto madre, y no le pare-
cía bien que en momento tan solemne su marido emprendiese
un viaje tan largo y tan peligroso. Mas por nada en el mun-
do hubiera impedido que su marido cumpliese lo que consi-
deraba un deber, y cuando algunos dias después de su par-
tida dio á luz un precioso niño, casi olvidó la pena que le
produjera la ausencia de su marido. Tan grande fue en ella
la alegría de ser madre.
Cuando hubo pasado el tiempo necesario para su resta-
blecimiento, comenzó á recibir á sus amigas en el patio, muy
orguUosa de hacerles admirar su precioso tesoro.
La primera pregunta que se le hizo naturalmente fue el
nombre del niño.
—¡Oh! Pedro, seguramente— respondió— meciendo con
amor en sus rodillas á su niñito, muy envuelto en sus paña-
les, y cuyo rostro fresco y rosado parecía respirar salud.
—¿Y cuándo piensa usted bautizarlo?— preguntó una de
las visitas.
—Cuando don Pedro haya vuelto de la misión que tiene
que cum])lir cerca del joven rey—respondió la encantadora
madre, muy alegre, mirando siempre á su querido niño.
— 9—
—¡Nuestro joven revi — replicó su —
compañera. ¿Porque
€S usted madre ya se cree usted vieja, Constanza? Me pare-
ce, sin embargo, haber oído que es usted, poco más ó me-
nos, de la edad del príncipe Carlos. ¡Tienen ustedes, pues,
en este año de gracia de 1517 ambos la venerable edad
de diecisiete años!¡He ahí que es usted muy vieja en
verdad!
— Soy tan dichosa como —
se puede ser respondió con los
ojos bajos y ñjos en su niño, y velando con el más exquisito
cuidado que ninguna gota de agua viniese á caer sobre su
rostro. (Los españoles son amantes del aire, pero no tienen
en general la misma predilección por el agua.)
—Creo, en efecto, que si los santos, y la misma Santísima
Virgen Maria pudiesen estar celosos, podrían estarlo de una
madre que tiene á su primogénito en sus brazos.
Constanza levantó sus grandes y rasgados ojos, con refle-
jos de ébano.
—¿Piensa usted que esto sea posible, Inés?
—Confieso que nunca mehe preocupado de esas cosas. Dejo
ese cuidadoá una amiga que tengo en Valladolid, doñaLeonor
de Vivero. Ella me ha hecho partícipe de algunas de sus re-
flexiones, y la he rogado guardarlas prudentemente jjara sí
sola, si no quería atraerse algún disgusto.
—Es, creo, por lo que usted me ha dicho, una judía, per-
teneciente á la clase de los nuevos convertidos. Tendrá la
intención, quizá, de volver á su antigua fe?
— No lo creo. Pero tiene ideas bastante extrañas tocante á
las doctrinas católicas.Tienen, en apariencia, mucho pareci-
do con las de esos albigenses que han dado tanto que hacer
al Santo Oficio.
—¡Qué lástima que esas gentes, así como los judíos y los
moros, hayan venido á establecerse en España! Sin ellos ten-
dría ahora á mi marido conmigo.
En este momento la nodriza vino á tomar al niño de bra-
zos de su madre, y las dos amigas, quedándose solas, se pu-
sieron á hablar de la llegada del joven monarca. No se sabia
gran cosa sobre este asunto. Se sabia que habia desembar-
— lo-
cado en tierra española, nada más. El momento de vuelta de
don Pedro estaba, pues, todavía muy incierto.
—¿En estas circunstancias— replicó Inés— no sería prefe-
rible bautizar al niño sin tardanza?

—No ciertamente, no es necesario apresurarse tanto res-

pondió Constanza con vivacidad. Mi marido debe estar pre
senté en el bautizo de nuestro niño. Si éste estuviese enfermo
ó á punto de morir, seria diferente; con la salud qne goza...
— Seria más prudente bautizarlo sin tardanza. Sucede al-
gunas veces que los niños mueren casi súbitamente.
Esta insistencia pareció haber inquietado por un momen-
to á la joven madre, Pero de ])rontose echó á reir con una risa
franca, no ])udiendo admitir que cosa parecida á una enfer-
medad pudiese arrebatar á su sano v robusto niño, y no quiso
oir hablar más de esta ceremonia antes de la vuelta de su
marido-, entonces podría hacerse con toda la magnificencia
que convenia darle.
Algunos instantes después, doña Inés se despedía de su
amiga, y dejaba el patío, en compañía de su dueña y séquito
que la esperaban. En aquella época, no se usaban todavía
los carruajes en Sevilla. Las calles eran tan estrechas y tor-
tuosas, que hubiera sido difícil, en muchos sitios, circular uno
de esos vehículos.
Después de la marcha de su visita, doña Constanza orde-
nó á su sirviente correr la cortina de seda, y se entregó en
seguida á su siesta habitual del mediodía.
Estaba todavía sumida en un sueño delicioso, en el que
veia á su marido meciendo dulcemente á su niño en sus bra-
zos, cuando fue despertada repentinamente por la voz de una
de las criadas alarmada.
—¿Qué hay?— preguntó la joven madre, levantándose con
un brusco movimiento.
—El niño, señora— articuló con voz apagada la sirvienta.
—¿Qué ha sucedido á mi niño?— preguntó la madre.
Y sin esperar respuesta, abrió precipitadamente la puerta
que conducía á la habitación del niño y su nodriza. Esta
habitación, un tanto oscura, estaba singularmente despro-
— 11 —
vista de muebles y comodidad. No se veia allí ese utensilio
esencial para la limpieza y salud de los niños, ricos ó pobres,
el baño. ¡Oh! si ese pueblo hubiese tenido conocimiento de la
utilidad del baño, ¡cuántos niños hubiesen sido preservados
por este medio de la muerte! Si en el mismo caso actual, la
nodriza, cuando vio al niño amenazado de convulsiones, se
hubiese apresurado á despojarlo de las envolturas que lo opri-
mían y hubiese metido en un baño caliente... pero se con-
lo
tentó con envolverlo todavíamás fuerte y mecerlo en su re-
gazo, invocando la asistencia de todos los santos del pa-
raíso.
No fue sino largo rato después, cuando vio que el pobre
niño no mejoraba, cuando hizo llamar á la madre, mien-
tras enviaba otra criada al vecino convento de San Isidoro
en busca de un sacerdote para que el niño, si se agravaba,
no muriese sin el bautisjno.
Doña Constanza tropezó al entrar en la habitación con
aquella criada; mas en su ansiedad no se fijó en ella.
— —
¿Qué ha sucedido? gritó, arrancando á su hijo de los
brazos de la nodriza, y oprimiéndole contra su corazón.
Pero ya sus grandes ojos abiertos, que casi saltaban de
sus órbitas, habían perdido su brillo; sus finos labios, en que
su madre había creído en algunas ocasiones distinguir la
primera sonrisa, no tenían más que un movimiento convul-
sivo. Constanza se dejó caer en una silla sin quitar sus ojos
de la alterada figura de su querido tesoro. Diez minutos nada
más hacia que tenia el niño en sus brazos, cuando su boca se
cerró, sus ojos se eclipsaron, y la muerte vino á grabar sobre
aquel rostro, tan fresco y tan rosado aquella misma mañana,
su sello glacial.
Hubo un último suspiro, un líltimo espasmo, y todo habia
concluido. La madre había perdido á su hijo.
—No ha muerto — murmuró aiín en voz baja, apretándolo
más fuertemente todavía, mientras la nodriza trataba de qui-
társelo de los brazos.
—Señora, está con
La mujer no se atrevió á decir más, v ocultando su rostro
~ 12 -
en sus manos, empezó á sollozar fuertemente. Amaba mucho
al niño con su dulce mirada y sus infantiles atractivos; mas
las palabras que quería pronunciar para consolar á la pobre
madre, espiraron en sus labios y penetraron como una espada
de acero en su propio corazón. No se atrevía, no podia pro-
nunciarlas, porque el niño no habia recibido el bautismo.
En el mismo momento el presbítero apareció en la puerta

habitación. Constanza le alargó el niño; pero él no se


-de la
acercó para recibirlo: se contentó con mirar aquella pequeña
ñgura, que poco á poco se iba ])oniendo rígida.
— —
El niño no vive dijo con voz impasible, volviéndose
hacia la nodriza.
Constanza lanzó un grito de desolación.
—No, no, no ha muerto, no puede estar muerto. No hace
más que una hora, yo le tenia muy sano en mis brazos.
Pronto se restablecerá y vivirá. Pero yo deseo que sea bau
tizado en el momento. ¿Va usted á bautizarlo, no es verdad?
Y diciendo estas palabras, la joven esposa, demasiado
altiva siempre para no pedir favores á quien quiera que
fuese, cayó sobre sus rodillas, humilde y suplicante delante
del presbítero, presentándole á su hijo en sus desfallecidos
brazos.
El espectáculo de tal desolación pareció conmoverle un
momento; pero no hizo ademan ninguno de tomar al niño.

¡Es ya tarde! — dijo echándose atrás, como si hubiese
temido mancharse con el contacto de aquel pequeño ca-
dáver.

¡Tarde! ¡Oh, no diga usted (jue es tarde ])ara bautizar
á mi querido niño! Por favor, no le cierre usted con su nega-
tiva la puerta del cielo.
— —
¡Imposible! respondió siempre insensible.— La Iglesia,
nuestra buena madre, ha esperado á vuestro hijo, pronta
para recibirlo, desde el dia que nació. Usted ha dilatado
fíiempre para más tarde el momento de presentarlo á los
abrazos de su seno maternal. Hé ahí i)or qué su juicio ha
caido sobre usted.
—Sobre mí, sí, sí; yo lo acepto, yo consiento en sufrir con
— 15 —
gusto la pena de mi pecado. Mas para él, para mi hijo queri-
do, ¿no hay remisión posible?
La nodriza le habia quitado de las manos el pequeño ca-
dáver. Pero ella seg-uia todavía á los pies del sacerdote, en
actitud suplicante, implorándole con febril ardor. El monje
meneó su cabeza y dijo:
— No puedo nada.
Constanza lanzó un gemido.
— ¿No hay, pues, esperanza ninguna de salvación para
los niños que mueren sin bautismo? ¿Y será necesario que
mi querido niño more eternamente en las regiones sombrías
y heladas del limbo, á la puerta del cielo, sin poder penetrar
nunca en él? ¡Oh! dígame usted que lo salvará, que lo arran-
cará á un tan espantoso martirio y yo haré don á su monas-
terio de todo loque poseo. Dígame usted solamente que yo
podré volverle á ver, vivir con él y quererle.
El presbítero meneó su cabeza, y dijo:
— Tal poder yo no lo tengo.
— Sí, mas la Iglesia tiene el poder de atar y desatar según
su voluntad; puede dispensar á los pecadores de las penas de
su pecado, y nada seguramente le impide abrir las puertas
del cielo á undébil niño como éste.
— Ella lo hubiera hecho, sin duda alguna, si le hubiese
sido presentado; pero no puede nada para aquellos que están
fuera de su verdadero redil, para los herejes y para los que
no han recibido el bautismo.
No esperó un momento más, ni aun para ver el efecto de
sus palabras. Sentía pasar su tiempo en balde; era su hora de
comer. Tenia el sentimiento de que sus hermanos, reunidos
alrededor de una mesa bien provista, se disponían á hacerle
el honor, sin pensar en dejarle su parte. Pronunció, pues, en

tono apresurado una especie de bendición, á la cual nadie


puso cuidado, y se marchó, dejando á la nodriza y á las don-
cellas el cuidado de llamar á la desolada madre al sentimiento
de la realidad.
16 ~

CAPITULO II.

La casa en dnelo,

La desaparición del joven heredero, arrebatado i)or la.

muerte antes de haber recibido el sacramento del bautismo,


puso en terrible consternación la casa de don Pedro. Nadie,
en semejantes circunstancias, se habia atrevido á dirigir á la
desolada madre una palabra de consuelo, sabiendo que no
había esperanza de que aquella pequeña criatura fuese un
dia libertada de aquella prisión sombría, llamada el Limbo,
destinada á recibir á los niños muertos fuera del seno de h\
Iglesia.
Los criados de don Pedro, en su mayor parte, estaban en
la casa desde los días de sus abuelos, y consideraban los in-
tereses de la casa como los suyos propios. No habia entre
ellos ninguno que en ocasión dada no hubiese puesto su vida
al servicio de su amo. Pero estaban ahora de tal manera ano-
nadados, que ninguno entre ellos, á excepción de uno que
habia marchado á anunciar á don Pedro el fatal aconteci-
miento, habría tenido bastante energía para tratar de dar al
pequeño cadáver sepultura cristiana.
Era, en efecto, una situación penosa y difícil la en que S(^
encontraba la afligida familia. Ausente el amo é incapaz el
ama de tomar una decisión y dar las órdenes convenientes
para sepultura de aquellos queridos restos, que por otra
la
parte era necesario enterrar pronto, la Iglesia rehusando dar
los consuelos y esperanzas que habría podido ofrecer si el
niño le hubiese sido presentado al bautismo ¿que^ se podía
— 17 -
h<acer? Se decidió por fin abrir una pequeña fosa en el jardín,
reservándose hablar á doña Constanza, cuando todos los pre-
parativos hubiesen estado terminados.
El jardinero era un viejo, cuyos antepasados, antiguos
valdenses, habían hallado en el castillo de los señores de Cas-
tro un refugio contra los furores de la Inquisición, en la épo-
ca en que los inquisidores, como manada de lobos hambrien-
tos, habían descendido á los llanos de Aragón para extermi-
nar á los valdenses y albigenses, ó acorralarlos en los valles
montuosos, de donde primitivamente habían sido expulsados.
Sucedía con bastante frecuencia entonces, que los barbas ó
pastores valdenses hallaban para si y para los suyos un asilo
en la fortaleza de algún poderoso castellano. Es precisamen-
te de uno de estos barbas de quien descendía el jardinero.
Aunque hacia mucho tiempo que los descendientes de es-
tos antiguos valdenses se habían conformado en el exterior
con las reglas de la Iglesia establecida, no habían dejado de
conservar contra ella ciertas dudas y alguna desconfianza. En
algunos de ellos, estos sentimientos moraban latentes, sin
que ellos mismos se diesen de ello cuenta. En ese número es-
taba nuestro jardinero. Pero en este día todos sus sentimien-
tos y desconfianzas se despertaron y surgieron de nuevo.
Acababa de arrancar algunas plantas de ñores del sitio don-
de iba á abrir la fosa, cuando repentinamente le asaltó este
pensamiento: «Xo, no, esto no es posible. Yo no puedo ereer
que Dios haya podido dar á una Iglesia, guiada por tales
conductores, un poder tan exorbitante. Dios ha dado al hom-
bre poder sobre una parte de sus obras. Yo puedo, por ejem-
plo, hacer de estas íiores lo que yo quiera, tirarlas ó tras-
plantarlas á otro sitio donde tengan más sol, ó á la sombra
de este ciprés. Pero si ellas tuviesen un alma inmortal, Dios
seguramente no me hubiera permitido tratarlas de esta ma-
nera como yo quiera. Pues lo mismo pasa con mi pequeño
amo. La Iglesia no tendrá nada que hacer con él; mas ¿esto
qué importa á su alma? Dios cuidará de ella y la trasplanta-
rá á una tierra mejor, donde el Sol eterno brillará á sus ojos
con unos ravos mucho más vivos.»
— 18 —
Calló, y consideró iin momento el mirto y el ciclamor que
tenia en su mano, y después continuó: «¡Si yo me acordara,
si me fuese posible recordar las enseñanzas que me daba mi
abuelo, cuando yo era muy joven, sobre el amor de Jesucris-
to y sobre el cariño con que recibía á los pequeños! Estas pa-
labras serian ahora muy oportunas, y consolarían mucho á
mi joven señora, como consolaron á mi madre en la pérdida
de un hijo, muerto sin ser bautizado. No habla en aquellas en-
señanzas nada que dijese relación á los santos, á los ángeles
ni á la misma Vírg-en. El Señor Jesús recibía á los niños, el
directamente los tomaba en sus brazos, y los bendecía en el
momento en que sus madres se los presentaban. Yo hablaré
á la señora, y yo pediré á mi amo cuando vuelva, el libro que
contiene esta historia. Mi abuelo leia en un libro que perte-
necía al viejo don Pedro, un libro muy precioso según él de-
cía, mas del cual no se podia hablar en ninguna manera j)ara
no llevar la turbación á sus nobles poseedores.»
El viejo se puso á cavar la fosa, y cuando la hubo termi-
nado, cubrió delicadamente el suelo con las blancas flores del
mirto. «Esto estará bien,» dijo contemplando un momento
aquella cunita perfumada y embellecida por las flores: «esto
estará en perfecta armonía con la inocencia del querido ser
que aquí va á descansar. >>

Apoyó entonces su mano, en actitud de


frente sobre su
reflexión,y de nuevo pensó: «¿Pero, qué es lo que me decía
mi abuelo respecto de los niños que mueren sin bautismo? Que
no era á causa de su inocencia, pues no era enteramente
inocente, habiendo nacido marcado con el pecado original:
sino que, como todos, tenia necesidad por eso de un Salvador;
que el Señor Jesucristo habia derramado por él su sangre
sobre la cruz á fin de lavarlo de su mancha, y que habia sido
recibido en el cielo, tan pequeñito como era, y sin ninguna
responsabilidad personal. ¿No era esto lo que me decia? Las
antiguas verdades, por las que mis antei)asados dejaron la
Provenza y vinieron á establecerse en Aragón, donde mora-
ron hasta que la Inquisición los arrojó de allí, me vienen
ahora á la memoria, á pesar de los años. Yo veo con mi pen-
- 19 —
que se deslizó mi in-
Sarniento el castillo y la casa rústica en
fancia; recuerdo lo que me contaba mi abuelo de la persecu-
ción en Aragón, del modo en que él aprendió la lengua
castellana con objeto de leer á los buenos caballeros y á su
servidumbre las Sagradas Escrituras, que acababan de ser
trasladadas á esta lengua.»
«¡Ay! si se descubriese que mi amo posee tal libro, qué
desgracia tan grande vendría sobre él por este descubrimien-
to! Es un pecado mortal, según dice el Santo Padre, el leer
las Escrituras en otros idiomas que los tres que figuraron en
la inscripción Y excepto algunas copias que están
de la cruz.
escondidas aquí y y cuyos poseedores no suponen ellos
allá,

mismos tal existencia, todas las traducciones que se han he


cho en español han sido quemadas, hace tiempo, por orden
del Santo Oficio.»
Entregándose á estas reflexiones, el viejo jardinero cogió
de dos geranios que estaban próximos, algunas ramitas de
flores de un rojo subido y las echó sobre las flores blancas
del mirto. Esta mezcla de escarlata con el blanco inmaculado
del mirto daban á la fosa un aspecto magnífico, semejante
más á un ramo de flores que á una fosa.
«Yo mostraré esto á la señora,» dijo, «y le contaré lo que
nos enseñan estas flores, á propósito de la esperanza que po-
demos tener sobre la salvación del niño.»
El buen jardinero lo puso todo en orden en el jardín, hizo
desaparecer las huellas de su trabajo, y fué en busca de la
doncella de la señora, para que pusiese en su conocimiento
lo que acababa de hacer, y le concediese algunos minutos de

audiencia.
No era muy frecuente que las altivas damas españolas de
aquel tiempo se dignasen hablar con sus criados, síqo para
comunicarles sus órdenes. Y aunque el jardinero y la donce-
lla,que era hija suya, tuviesen sobre este particular algún
privilegio,en las circunstancias actuales lo que solicitaba
era im gran favor, y él lo conocía muy bien. Mas el deseo de
hacer nacer en el corazón de doña Constanza un rayo de es-
peranza, le dio aliento.
— 20 —
No fue sin dificultad que María pudo persuadir á su se-
ñora á dejar su sombría alcoba, donde estaba recostada so-
bre un diván, y salir al gabinete donde el pobre jardinero la
esperaba. Pero una palabra que oyó, la hizo salir apresura-
damente.
— — —
No, no dijo con acento de supremo dolor usted no se
llevará á mi hijo.
Y haciendo un gesto de altiva impaciencia penetró en el
gabinete. Viéndola acercarse, el viejo jardinero se inclinó, y
dijo con acento de profunda simpatía:
— El dolor de la señora es el dolor de toda la casa.
Estas palabras de simpatía que oyó de los labios de su fiel
servidor, y las lágrimasque vio correr de sus ojos cuando le-
vantó la cabeza, hicieron desaparecer toda altivez.
— ¡Ah! — dijo — tenéis razón de llorar: en su muerte no hay
esperanza.
—No diga usted eso, señora— respondió respetuosamente.
— —
Pero si no estaba bautizado replicó sollozando doña

Constanza y la iglesia repudia á tales muertos y hasta les
niega sepultura cristiana.
— —
La voz de la iglesia no es siempre la voz de Dios res-
pondió con entereza el viejo.
La señora levantó los ojos y miró frente afrente á su ser-
vidor, como si hubiese esperado que algún rayo del cielo fue-
se á derribar á sus pies al que así habia blasfemado. Poco á
poco, no obstante, se acordó de lo que habia oído decir sobre
los antepasados del jardinero. Este recuerdo disipó la expre-
sión de horror que se habia pintado en su rostro.
— No turbe usted esta casa, vayase usted y déjeme usted
sola con mi muy querido muerto. La iglesia no quiere salvar
su alma: pero al menos no tiene derecho de arrebatarme sus
preciosos restos.
— Es precisamente de esto de lo que yo quiero hablar con
usted, señora;— se atrevió á decir el jardinero.— Es indispen-
sable que el niño sea enterrado. Su carita está ya cambiada,
y pensando que usted desearla conservarle lo más cerca po-
sible, le he preparado en el jardin una cunita muelle y agrá-
— 21 -
dable, donde los ruiseñores cantarán por cima de su cabeci-
ta, y le recordarán á usted con la suave dulzura de su canto,
que él canta también en el cielo.
I^a madre levantó la cabeza, mirándole fijamente.
—¿Qué quiere usted decir, hombre? ¿Se atreverá usted á
burlarse de la desgracia de una madre, la desgracia más
cruel que puede sobrevenirle?
— Señora, yo no me burlo. Es por el contrario, para en-
dulzar su dolor, para consolar á. usted con las mismas. pala-
bras que consolaron en otro tiempo á mi madre, y le dieron
esperanza, cuando se desesperaba bajo golpe de una des-
el
gracia igual, por lo que yo hablo como hago. lo

¿Perdió ella también un hijo no bautizado, y pudo en-
contrar consuelo en la Iglesia?
— De parte de la Iglesia no. Mas, lo halló en las, Santas
Escrituras, que son la palabra de Dios, la voz de Dios á su
pueblo.
Jamás doña Constanza, habia oido hablar de las Escritu-
ras. Habia leido las Cartas de Santa Matilde, las Meditacio-
nes de Landolfo , y otras varias obras, recomendadas como
las obras por excelencia de la religión y de la devoción por
el cardenal Jiménez, que tenia buen cuidado por otra parte
de quemar todas las Biblias en castellano que caian en su
poder. ,

La ignorancia de doña Constanza no tenia, pues, nada de


particular.

¿Es que su madre de usted se sintió consolada por ese
medio de que usted habla? ¿Las Escrituras pudieron darle la
esperanza de volver á hallar en el cielo al hijo que habia per-
dido?

Ciertamente, señora. Por eso es por lo que yo he veni-
do á pedir á usted que me acompañe hasta la pequeña cuni-
ta que yo he preparado, para hacerle oir á usted, según. yo
pueda, las mismas palabras.
La llegada de la nodriza, que venia á anunciar que era
preciso enterrar sin dilación al niño, decidió á Constanza á
ir al jardin. Prohibió á los demás sirvientes que la acompa:
— 22 —
fiasen. Después, apoyándose en el brazo de su doncella, si-
guió á través de las calles de naranjos y limone-
al jardinero
ros, hasta el punto en que se liabia abierto la fosa á la som-
bra de un ciprés.
— —
Está muy bien dijo después de haberla mirado un ins-
tante.

¿Me permite ahora la señora que le diga por qué he
puesto los geranios rojos sobre las blancas flores del mirto?
La señora inclinó la cabeza en señal de asentimiento, mas
])ermaneció muda pensando en el pequeño ser, que dentro
de poco tiempo la tierra iba á robar á su vista, y que por cul-
pa suya estaba condenado á no estar en el cielo.
El viejo se acercó á ella, y hablando á media voz, pero
pronunciando muy distintamente las palabras para que pe-
netrasen en el corazón de la madre, dijo:

Jesús dijo: «Dejad á los niños venir á mí, y no se lo im-
pidáis, porque de ellos es el reino de los cielos.»
Las palabras que habia oído hacia muchos años, le vinie-
ron fielmente á la memoria, y las pronunció en la dulce len-
gua castellana, en que hablan sido traducidas hacia ya mu-
chos años.
Doña Constanza levantó los ojos, délos que corrian grue-
sas lágrimas, y fijándolos sobre el viejo en actitud supli-
cante,

¡Oh! no se burle usted de mí, no me engañe usted
dijo.— Repítame usted, repítame usted esas palabras. Díga-
me usted que eso es la verdad, que podré ver á mi hijo en los
cielos.
Y lenta y solemnemente las repitió segunda vez. Mas esta
vez doña Constanza meneó su cabeza.
—Debe haber en eso algún error— dijo la señora.— María,
nuestra santa madre, hubiese sin duda recibido á mi hijo, y
por su intercesión, el Señor Jesús lo hubiese admitido en el
cielo, si la Iglesia se hubiese dignado aceptarlo. Mas ella no
ha querido y está destinado á no morar en el cielo.
recibirlo,
— No señora. No es la Iglesia, no es tampoco la virgen Ma-
ría, es el Señor Jesús, quien lo ha rescatado con su sangre. Es-
— 23 -
cuche usted, señora, la lección que yo aprendí de mi abuelo,
cuando yo era niño. Las flores blancas, de que he cubierto
la pequeña cuna, son el emblema de la inocencia, pues el
pequeño niño no habia cometido pecado. Mas al mirar yo
esas pequeñas flores, me acordé que nadie puede ser admiti-
do en el cielo apoyándose en su inocencia y en sus buenas
obras, y que el hijito mismo de la señora, aunque tan peque-
ño, llevaba dentro de sí la marca del pecado, aunque él
personalmente no habia pecado, que sólo la sangre de Jesu-
cristo puede quitar. Por eso entre las flores blancas he pues-
to alg'unas rojas. Sobre ellas descansará el pequeño niño,
como todo pecador necesita hacerlo sobre la sangre expia-
toria de Jesucristo.
— Quisiera Dios— dijo la madre, cruzando sus manos
que esto fuese la verdad. ¡Oh! ¡Si yo pudiese creer unas ver-
dades de tanto consuelo!
Mas ellas diferian tanto de todo lo que habia oido hasta
entonces; le parecía tan monstruoso el desprecio de la Iglesia
y de los santos, qué se espantaba al solo pensamiento de po-
der aceptarlas. Seria una herejía, y eso atraerla sobre su hijo
una condenación más terrible que la que tenia.
— Yo guardaré vuestro secreto— dijo á su criado yo ol- —
vidaré lo que he oido, pero nunca olvidaré los cuidados y la
sim])atíaque usted ha manifestado por sus amos. Yo vendré
aquí con frecuencia, y si en el limbo las almas pudiesen sa-
ber algo de lo que pasa en la tierra, el alma de mi hijo sabrá
mi pena y me perdonará mi descuido.
Anochecido, en el momento en que la luna se levantaba
y empezaba á proyectar sus argentinos rayos en los árboles
del jardín, en el momento en que el ruiseñor empieza á en-
viar á los aires sus dulces trinos, el cuerpo del niño, llevado
en brazos de la nodriza, fue depositado por el jardinero en
la sepultura. Doña Constanza, sostenida por dos de sus cria-
das, y acompañada de su amiga Inés, estaba en pié al borda
de la sepultura, silenciosa, entregada á un delirio de dolor.
No hubo ceremonia fúnebre, ni misa, ni canto. Sola la voz
del ruiseñor turbaba el silencio de la noche, y el arroyo que
— 24 -
corría próximo parecía (|uercr asociarse con su murmullo á
los sollozos de Inés y de la servidumbre.
Estas permitieron á la desolada madre inclinarse algún
tiempo sobre la sepultura, entretanto que el viejo jardinero
repetía con voz dolorida y solemne aquellas palabras: «Dejad
á los niños venir á mí y no los estorbéis, porque de ellos es
el reino de los cielos.»
Al oír tales palabras, la pobre madre se estremecía. Si ella
pudiese creer, si pudiese aceptarlas como la expresión de la
realidad, su dolor perdería mucha parte de su amargura. Mas
¡ay! no podía creerlas. Acometida de un frío convulsivo que
hacia temblar su cuerpo, se retiró de la tumba, y se dejó
conducir por sus criadas á través del jardín, á la casa vacía
y desolada.
Xo razón liabia elegido Constanza aquella hora de la
sin
noche para los funerales. La noche sombría había caído tam-
bién sobre su espíritu, que estaba rodeado de espesas tinie-
blas. Su vida entera iba á ser en adelante muy sombría. ¿Po-
dría alguna vez echar de sí el pensamiento de que á poco de
haber recibido su hijo la luz del día, había sido echado en
aquel lugar donde nunca podría ver á Dios, ni g'ozar de su
luz?
En cuanto al jardinero, la oscuridad de la noche le recor-
daba otro hecho: la oscuridad déla luz espiritual en su alma.
Esa luz, de la que actualmente no conservaba más que un
vago recuerdo, había brillado con esplendor en los días de
sus padres, y los había iluminado. Ahora sufría la noche es-
pesa y sombría que la Iglesia había traído.
¿Cómo volvería á disiparse tal oscuridad, y volvería él á
ver aquella claridad resplandeciente que habían disfrutado
sus padres, los antiguos valdenses? EsJo (^ue él se pregunta-
ba sin cesar, ])ero sin obtener respuesta.
25 —

CAPITULO III.

La vuelta de don Pedro.

Se pasaron algunos meses antes que don Pedro pudiese


volver á Sevilla al lado de su desolada esposa. Le escribía
cuantas veces la oportunidad de los correos se lo permitia,
y por este medio fue por el que supo la muerte del regente
Jiménez de Cisneros y la negativa 'en que se encerraba don
Carlos respecto á las demandas de reforma de la Inquisición.
El pueblo, por su parte, no desistia de sus demandas, y
ya la mayoría de sus representantes tomaron la resolución
de reclamar del soberano pontífice un Breve favorable á la
pretendida reforma de la Inquisición.
Cuando se lo permitieron las circunstancias, don Pedro
se apresuró á dejar á Yalladolid para volar al lado de su des-
consolada esposa.
Cuando vio el cambio que el dolor habia hecho en el ros-
tro de su amada Constanza, se aterró. Era á su casamiento
una de las primeras bellezas de Sevilla, de un carácter vivo
y alegre. Al partir para Valladolid, la habia dejado feliz y
alegre. Ahora, en todo habia venido una gran transfor-
mación.
Al entrar don Pedro en la casa, la señora se apresuró á
salirle al encuentro; pero parece que su ligereza habia per-
dido su elasticidad, y su mirada aquella llama que la anima-
ba antes. Las primeras palabras que pronunció revelaron al
esposo la causa de tal transformación.
- 26 -
- Si lio hubieras emprendido ese viaje— exclamó con acen-
to —
de honda desesperación nuestro hijo estaría ahora en el
cielo.
Estas palabras sonaron como campana fúnebre á los oidos
de D. Pedro.
— —
Mi querida Constanza respondió tiernamente, besando

con profundo amor la frente de la aflig'ida esposa aquí estoy
yo para partir nuestra desgracia y consolarte de la pérdida
de nuestro hijo.
— Nunca hubieras venido — respondió. —Los momentos de
felicidad que yo pudiera tener, serian una ofensa á nuestro
hijo perdido, ¡perdido en cuerpo y alma!
Don Pedro se sentó en el patio, y acercando hacia sí á su
esposa, le dijo:
— Yo veré si la Iglesia no puede hacer nada por nuestro
hijo. Yo consultaré al obispo y á los doctores de la Univer-
sidad.
— Es inútil— replicó doña Constanza. — Ya lo he hecho yo,
y unos y otros me han respondido que el objeto de tu viaje
bastaría por sí solo para inclinar á la Iglesia á no hacer nada,
aunque estuviese en su posibilidad hacerlo.
—¡Oh! No puedo creerlo. Una Iglesia que tiene en sus
manos el tesoro de los méritos de los santos y la Santísima
Virgen, y que lo ofrece largamente á los mismos ladrones y
asesinos, y adúlteros y maldicientes, con tal que paguen el
precio estipulado, no podrá menos de consentir en hacer lo
mismo con el alma de un inocente niño.
—Me temo que no.
— Pues yo iré en persona á Roma, defenderé mis derechos,
y como rico, ofreceré cuanto se me pida.
— ¡Ah! Yo quisiera ser papa por un poco de tiempo, y sin
necesidad de que nada me ofreciesen, yo abriría las puertas del
limbo para todos. Nuestro jardinero Díaz me ha contado que
también su madre perdió un hijo en circunstancias iguales.
Y á pesar de su promesa, doña Constanza contó á su es-
poso lo que el viejo jardinero le habia dicho respecto á las
Escrituras.
— 27 —
—Ese libro —dijo don Pedro — debe estar en la biblioteca
del castillo. Enviaré, si quieres, á Díaz á buscarlo.
Constanza en aquel momente no manifestaba ni deseo ni
curiosidad. A sus ojos, la Iglesia era la mediadora omnipoten-
te. De ella tínicamente es de quien debia venir la consola-

ción, si alguna podia esperarse. Y á despecho del desengaño


y desaliento que ella misma babia experimentado, insistió en
que su marido consultase lo más pronto posible al obispo.
La entrevista tuvo lugar antes de lo que podia esperarse.
No bien don Pedro habia mudado sus ropas de viaje, y habia
vuelto al patio, un criado vino á anunciar la presencia del
prelado. Este no esperaba sin duda encontrarse con don Pe-
dro. Habia venido para insinuar á Constanza la necesidad
de consagrar á la Iglesia una parte considerable de sus ri-
quezas en expiación de su pecado, la pérdida del hijo por su
falta.
Al ver al el obispo creyó prudente pasar en silen-
marido,
cio el objetode su venida. Por otra parte, don Pedro tenia
tanto deseo de encontrarle, que no le admiró el verle venir.
Pasados los primeros cumplimientos, abordó inmediatamente
la cuestión que tenia sobre su corazón, y declaró sin rodeos
que estaba dispuesto á apelar a Roma, si las autoridades es-
pañolas no estaban dispuestas á emplear la autoridad de la
Iglesia y su poder, y rehusaban su ayuda á un padre y una
madre, que después de todo eran buenos católicos, y que no
teniau otro delito que el haber perdido á un hijo, á quien una
muerte trágica no habia permitido recibir el bautismo. Oyén-
dole hablar, el obispo se permitió una sonrisa irónica.
— Puede usted, parece bien, llevar el asunto á Roma;
si le

pero el Papa se guardará de imponey al clero español lo que


no es necesario. La España, sépalo usted, no ha estado siem-
pre sumisa á la dominación romana; ni siempre ha aceptado
sus leyes.
— ¡Esto no es posible! — exclamó don Pedro asombrado.
Yo me habia figurado siempre que el obispo de Roma era la
cabeza de toda la Iglesia.
— No de la Iglesia española —respondió el obispo en un
— 28 —

tono de satisfticcion. La primera misa romana, en su forma
actual, no fue celebrada en Aragón hasta el 21 de Marzo de
1071, y en Castilla en 1086. Don Ramiro, que murió en 1063,
fue el primero de los reyes de España que reconoció la auto-
ridad papal y aceptó las leyes de Roma, y no fue hasta 1214,
es decir, cerca de trescientos años después, cuando los reyes
empezaron á prestar juramento de fídelidad al Papa.
El astuto prelado habia comprendido la turbación que una
revelación como esta producirla en el espíritu de aquellos,
que se disponían á apelar á Roma para obtener que el tribu-

nal de la Inquisición fuese puesto bajo el mismo pié que los


demás tribunales. Era, en efecto, la creencia general que Ro-
ma habla ejercido siempre su supremacía sobre la Iglesia de
España, y que por lo tanto tenia el poder de obrar á su volun-
tad respecto á lo que se consideraba como un juicio ecle-
siástico. De las palabras del prelado se desprendía claramen-
te el hecho de que los obispos de España y el clero hablan to-
mado las leyes que les placia adoptar, y hablan dejado á un
lado las que creían deber rechazar. Don Pedro tuvo un des-
engaño. Para mayor seguridad resolvió consultar los archi-
vos antiguos del reino sobre estas revelaciones extraordi-
narias.
En no dio aquel día gran prueba de su
definitiva el obispo
sagacidad. SI él hubiese leído un poquito solo en
el porvenir

y hubiese previsto los resultados que podía producU" su ha-


blar, hubiese sido sin duda menos orgulloso y altanero en
presencia de la perplejidad evidente de aquel gran señor. En
vano éste le preguntó á propósito de su hijo. El obispo no le
dejó entrever rayo ninguno de esperanza. Era, pues, solamen-
te con hacer una apelación á Roma, como únicamente espe-
raban obtener algún consuelo.
Durante este tiempo, doña Constanza se entregaba más
que nunca á las prácticas religiosas; Iba con regularidad á
confesarse, y no faltaba nunca á los oficios de la catedral. En
cambio, aparecía sólo muy rara vez entre la sociedad alegre
de Sevilla. Dejando á un lado sus joyas y sus trenes de lujo,
pasaba casi todos sus días en penitencias y oración. Espera-
- 39 -
ba por medio de estas obras de penitencia poder aliviar de
alguna manera la situación de su hijo. Con este objeto, y ce-
diendo alas solicitaciones incesantes de su confesor, consa-
graba grandes sumas á la Iglesia. Habia concebido también
la idea de renunciar á su casa, su marido y sus amigos, para
encerrarse en un convento, esperando que Dios aceptaría su
renuncia completa á ios goces del mundo en bien del alma de
su hijo.
Don Pedro le hacia observar que, si la Iglesia no tenia el
poder de librar á su hijo, este sacrificio seria completamente
estéril, y que poseyendo ella el dinero, ganarla más que con
todas las penitencias y sacrificios. Lo que no intentó fue el
retirarla de sus prácticas de devoción, pues las miraba para
su esposa como un medio de distracción, mientras él consul-
taba los viejos papeles de Estado, y las historias eclesiásticas,
para buscar las pruebas de las afirmaciones del obispo á pro-
pósito de la Iglesia de España.
|

Después de largas y minuciosas investigaciones, acabó |

por descubrir no solamente que habia sido independiente de '

Roma, sino que habia dirigido observaciones al Papa con mo-


tivo de algún concilio español. Allí, en efecto, los obispos de
España hablan atacado fuertemente el poder de Roma hasta
en sus cimientos, y hablan declarado que la rOca en que/l
descansa la Iglesia no es la persona de Pedro, sino la confe-
sion de fe hecha por Pedro. Tal declaración habia disgustado
al Papa, que la sometió á los diputados de España, á fin de i

que el arzobispo de Sevilla y sus colegas corrigiesen los erro-M


res que contenia. Pero los prelados españoles, en lugar de res-
ponder á las quejas del Papa, hicieron una segunda copia, /

acusando al Santo Padre de haber recorrido su rescripto con


demasiada precipitación y sin atención.
A la vista de este debate, don Pedro no sabia qué admi-
rar más, si la audacia de los obispos, ó sus declaraciones
dando como base á la Iglesia la doctrina, la fe, y no la per-
sona de San Pedro. Mas ¿cuál era en realidad esta fe, esta
doctrina? Y no recordaba haber encontrado el más mínimo
vestigio de ella: ni en las leyendas de la vida de Pedro, ni
eu las de los santos, cuando precisamente debia ocupar el
primer puesto eu la enseñanza de la Iglesia.
Don Pedro continuó sus investigaciones para ver de des-
cubrir, en los procesos verbales de los concilios ecuménicos,
algunas afirmaciones en pro ó en contra. Y halló enunciadas
muchas otras doctrinas; y vio que un papa habia sido decla-
rado públicamente hereje. En cuanto á la te de San Pedro no
halló ni rastro. La única conclusión á que don Pedro pudo
llegar, fue esta: que la Iglesia habia sido identificada desde
luego con esta doctrina, tanto que no habia sido necesario
recordarla, pero que desgraciadamente la habia ido olvidan-
ds poco á poco.
Absorto estaba don Pedro en tales investig*aciones, cuan
do supo que habia sido designado por la suerte para ir con
los diputados de Toledo, á hacer nuevos esfuerzos delante
del emperador, para impedir, á ser ])osible, que se vendiesen
ó se concediesen á los Flamencos todos los beneficios y car-
gos del Estado.
Después de haber estado, pues, Constanza algunos meses
con su marido, se quedó de nuevo sola, prosiguiendo con
nuevo ardimiento sus prácticas religiosas y devociones. Es-
peraba ser madre por segunda vez. Esto motivaba el que don
Pedro sintiese doblemente el tener que separarse de ella. Pero
antes de emprender su viaje, tomó todas las convenientes dis-
posiciones, y dejó las más explícitas instrucciones para que
el recien nacido fuese inmediatamente bautizado.
El viaje á Barcelona se hizo lo más rápidamente posible,
pero sin gran provecho. Se tuvo la noticia entonces de que
habia muerto Maximiliano, emperador de Alemania, y Car-
los se preparaba á sucederle en el trono imperial.
Las pretensiones de Carlos á tan alta dignidad eran muy
del agrado de los altivos señores españoles; y cuando después
de algunas dificultades vencidas, se supo que el rey habia sido
reconocido emperador, y que al título de Alteza ha])ia añadi-
do el de Majestad imperial, se miró esto como una disposi-
ción providencial del cielo, como un premio que Dios conce-
día á España por su celo en perseguir la herejía.
— 31 —
Retenido algún tiempo don Pedro en Barcelona, supo que
de nuevo habia sido elegido para ir á Roma, á fin de recabar
del papa los Breves tan deseados para reformar los procedi-
mientos de la Inquisición española. Sin embargo, antes de
emprender este viaje tan largo, quiso pasar algunos dias en
Sevilla, al lado de su esposa.
—Si mi presencia aquí es necesaria — dijo—tú me harás
llamar inmediatamente. ^

— —
No, no pienses en mí le contestó Constanza piensa —
solamente en ver si puedes recabar algo para que nuestro
hijo salga del Limbo. Ya hubiera yo deseado —
añadió con fe-
bril impaciencia —que estuvieses en Roma, en lugar de haber
venido á Sevilla.
No menos impaciente estaba también don Pedro por lle-
gar á Roma. Desde que dejó á Sevilla, la imponente comiti-
va de caballeros de que él formaba parte, hizo el viaje con
toda la rapidez posible, dado el mal estado de los caminos v
las dificultades de la marcha.
Habia en España más de un corazón impaciente por saber
el resultado del viaje de don Pedro. Para que España pudie-

se participar del saber, la ilustración y la libertad de otras


naciones, era de todo punto indispensable que esa terrorífica
institución, cuyo objeto línico era reducir á la nada toda as-
piración hacia esas cosas, fuese suprimida ó al menos muy
abatida. Mas el pontífice, aunque muy sabio, se cuidaba muy
poco de las reformas de esa índole. Tenia mucha necesidad
de dinero, y le importaba poco el medio de adquirirlo. Lo
que se llenasen sus arcas.
esencial era
Conociendo estas disposiciones, don Pedro y sus compa-
ñeros de diputación le ofrecieron un magnífico presente, es-
perando con esta llave de oro, hallar acceso á las riquezas
espirituales y á los favores de la Iglesia. Don Pedro pensaba
también que por este medio le sería fácil obtener una indul-
gencia plenaria, ó algún otro medio para sacar á su hijo del
Limbo. Mas, sea que el papa y los cardenales dudasen de su
poder para esto, sea que dilatasen su decisión para sacar más
dinero al rico español, éste, llamado á Sevilla por novedades
- 32 —
apremiantes, se vio precisado á dejar la ciudad papal sin ha-
ber obtenido respuesta al asunto que llevaba en su corazón,
mientras lo corte pontificia lo olvidaba, ocupada sin duda
en las intrigas políticas ó en otras cuestiones que le interesa-
ban más.
- 33

CAPITULO IV.

El antiguo Valdense.

La salida precipitada de Roma de don Pedro habia sido


ocasionada por una carta enviada con toda premura, anun-
ciándole que su mujer acababa de ser madre de dos gemelos,
y que la Iglesia los reclamaba ambos. Al saber la nueva, don
Pedro no sabia qué creer, y se perdia en mil conjeturas de
qué significaria la frase: «que la Iglesia reclamaba los dos
gemelos.» La carta no le daba explicación ninguna.
Partió, pues, precipitadamente é hizo su viaje con toda la
rapidez posible, para impedir, si le era dado, que la Iglesia

se apoderase de sus hijos. Entonces no se conocían los cami-


nos de hierro ni aun las diligencias. Las grandes carreteras
estaban por hacer aún, en un pais tan rico y tan floreciente
como España. Don Pedro no podia viajar sino con muías ó
en literas. La guerra civil, y los desórdenes en que entonces
estaba envuelto el pais, obligaban muchas veces á los viaje-
ros á hacer su camino con grandes rodeos. Trataban de evi-
tar el tropezar con las partidas sublevadas, pero se ponían á
l)eligro de caer en manos de bandas de ladrones.
Todas estas dificultades impidieron á don Pedro el venir
á Sevilla tan pronto como él hubiera deseado. Ya hablan
trascurrido bastantes semanas del nacimiento de sus hijos,
cuando por fin llegó á Sevilla. Las primeras palabras de su
mujer le anunciaron que era ya tarde para sustraer á sus hi-
jos á la rapacidad de la Iglesia.

3
— 34 —

—¡Oh, Pedro, nuestros hijos! exclamó Coustanza, lan-
zándose en los brazos de su marido.
— —
¿Dónde están? preguntó ansioso.
Constanza le señaló con el dedo la catedral.
— El obispo los ha tomado á su carg'o
— ¿Cómo es eso? ¿cómo has permitido al obispo apoderarse

de mis hijos antes de mi vuelta? interrumpió él con tono al-
gún tanto irritado.
Ella entonces levantó su cabeza con altivez:
—Eran también míos, Pedro — le dijo.
—Es verdad— dijo don Pedro— y tú los amabas mucho.
¿Cómo, pues, has podido consentir en que la Iglesia te haya
robado esos tesoros?
— ¿Robármelos? No me los ha robado. He sido yo la que
se los he dado, y voluntariamente.
Don Pedro retrocedió asustado.
—¿Que tú los has dado voluntariamente?
— Sí, desde el momento en que me sentí madre, prometí
conjuramento á mi confesor y al obispo, consagrar á mi hijo,
fuese del sexo que fuese, á la Iglesia desde el dia mismo de
su nacimiento.
— ¿Y nada me has dicho de esta promesa?
— Me comprometí solemnemente á no hablar de ello.
Y pronunciando estas palabras, Constanza se esforza})a
por aparecer calmada y tranquila; mas su corazón de madre
suspiraba por sus hijos. Y los esfuerzos que hacia para con-
tener su dolor, agotaron sus fuerzas y cayó desvanecida en
los brazos de su marido.


—¡Pobre Constanza mía! exclamó don Pedro, viéndola
desmayada en sus brazos. Y se esforzó por acostarla en su
lecho.
Después, contemplándola en silencio, se dijo á sí mismo:
«¿Es justo hacer sufrir tan cruelmente á una madre tan tier-
na? La muerte me hubiese arrebatado á mis hijos, y el dolor
me hubiese sido menos amargo. ¡Cuánto más á mi querida
Constanza! Saber que Dios se los habia llevado consigo, sí,
esto mv hubiera sido menos penoso.»
— ;35 —
Pero ni aún este consuelo le quedaba. Al
que Dios habla
•arrebatado, era precisamente el que no habia recibido el bau-
tismo. Y Dios se lo habia arrebatado, no por quererlo más, no
para educarlo y cuidar de él, como habria hecho la Iglesia.
XiO habia arrebatado, antes de que ella lo hubiese recibido en
su seno, y le hubiese quitado la mancha original. Unas sema-
nas más y él habria podido ser admitido en el reino de los
cielos; mas esas semanas Dios no habia querido concedérse-
las. ¡Ah! no: casi podia decirse que la Iglesia era aún menos
severa que ese Dios santo y terrible. Mas este razonar de Don
Pedro era falso.
No podia resignarse á pensar que la Iglesia no habia tras-
pasado sus derechos, quitándole sus hijos, pues al menos de-
bía haberle dejado la niña, y haberse contentado con el varón.
Y esto le parecía más evidente, cuando pensaba que sus dos
hijos estarían en adelante en manos mercenarias, condenados
á pasar en los muros sombríos y helados de un convento una
^ida sin amor, y sin atractivos.
Este pensamiento no agitaba menos á doña Constanza. Su
salud estaba visiblemente quebrantada, su indiferencia para
todas las cosas de la vida, el desaliento para todo, y sobre todo
la expresión de ansiedad que tomaba su rostro, y la llama que
iluminaba sus ojos cuando se trataba de sus dos hijos ausen-
tes ¡oh! en aquellos momentos la pobre señora conmovía á
todo el mundo, y se atraia la compasión de todos.
Don Pedro sin más dilación, tomó el partido de trabajar
por todos los medios á su alcance, para que la Iglesia le res-
tituyese uno de sus hijos. Y se decidió por la Isabelita, cre-
yendo que tendria más probabilidades de éxito reclamando á
esta que al pequeño Rodrigo. Este, como le correspondía ser
el heredero principal de la fortuna paterna, seria más difícil
•el arrancarle de las garras de aquella Iglesia, ávida siempre
de dinero.
Mas antes de dar ningún paso, quiso tratar la cuestión
oon su mujer, y aprovechó la ocasión en que ambos estaban
solos, en la hora en que se preparaban para su siesta. Pensa-
ba naturalmente, que ella le escucharla con gozo, y le anima-
m-
ría la perspectivade estrechar en sus brazos á uno de su»
Mas, ¡cuál no fue su asombro, cuando oyó el gTÍto de-
liijos.

horror, y vio el movimiento de es})anto con que Constanza


recibió sus palabras!

¡Oh! Pedro, mi buen marido, no hag-as caer sobre mi ca-

beza la pérdida de otra alma exclamó con las manos cris-
padas de desesperación.

No en manera alguna, mi querida Constanza; mas no-
sotros podemos enseñar á nuestra hija á ser una buena y fer-
viente católica, sin desterrarla lejos de nosotros al encierro-
de un convento.

¿Y el voto que yo he heclioV ¿y nuestro hijo muerto sin
bautismo?
Por lo que hace á vuestro voto, bastante cumplido está
con el sacrificio de Rodrigo

;,Y cómo salvaré yo el alma de mi primogénito del Lim-
bo? Las oraciones de un fraile y una monja son delante de
Dios de gran eficacia. Y unidas éstas á los sacrificios de ])e-
nitencia y de dinero que yo haré, lograrán sacar su alma de.
allí y llevarla al cielo.

— fjPero no crees tú, Constanza ?

—No manera alguna de romper mi voto— res-


trates en
pondió con febril entonación. Tan pronto como lleguen al
uso de la razón, sabrán cuáles han sido los motivos que me
obligaron á obrar de esa manera, y comprenderán que el ob-
jeto de toda su vida es el orar por la salvación de su her-
mano.
— Si Isabel fuese sacada del convento, y la Iglesia ])riva-
da de sus servicios, piensa en (\\ie la maldición volverla á

caer sobre nuestras cabezas.


Don Pedro comprendió que (lel)ia ceder á las instancias de
su mujer, y renunciar á su propósito de sacar los niños de la
Iglesia. ]\Ias no estaba disi)uesto á abandonarse ciegamente
al gusto de una Iglesia, á la cual tenia el sentimiento de ha-

ber obedecido tanto^ tiempo. Frecuentemente, en sus paseos


por entre los naranjos y limoneros de su jardin, le venia á su
espíritu la declaración (Ui la Iglesia española antes de su su-
— 39 -
misión al poder pontifical, á saber, que la Iglesia no descansa
sobre la persona de Pedro, sino sobre su doctrina, sobre su fe.
Un dia decidió darse á estudiar seriamente estafe. Y sobre
ello iba meditando, cuando se encontró de manos á boca con
el jardinero Díaz, que estaba cuidando las flores de la peque-
ña tumba.

Hé ahí una tumba sin esperanza dijo dando un profundo
suspiro, al mirar tristemente el lug'ar donde descansaba el
cuerpo de su hijito.
— —
No diga usted eso respondió el viejo con respeto, pero

á la vez con entereza. Dios no ha hecho con el pequeño niño
lo que yo hag'O alguna-s veces con las pequeñas plantas, arran-
carlas para destruirlas. El Señor ha arrancado al niño á la in-
fluencia del sol abrasador de este mundo, para trasplantarlo
á las frescas umbrías del cielo.
Don Pedro miró al viejo con sorpresa, porque sus palabras
eran muy diferentes de las enseñanzas de la Iglesia.
— Tengo entendido que pronunciaste palabras semejan-
tes el dia del entierro de mi hijo. ¿Dónde las has aprendido?
— Señor, las aprendí, hace mucho tiempo, en la casa de mi
abuelo. Yo he pensado mucho sobre ellas desde aquella triste
tarde, y yo creo que son verdad, la verdad de Dios, porque mi
abuelo hablaba según la palabra de Dios.
Don Pedro recordaba entonces haber oído hablar á su mu-
jer de lo mismo, y haber ofrecido enviar á buscar en Castilla
en el castillo de sus antepasados, un manuscrito de la Biblia
en castellano.
Ese manuscrito habia escapado á las pesquisas del Santo
Oficio, cuando se habia dado la orden de destruir todas las
copias de los libros santos, y de las obras de Antonio Lebrija.
Los libros que este sabio habia compuesto, para esclarecer el
texto de las Escrituras, hablan sido arrebatados sin distin-
ción.
El mismo Lebrija habia sido acusado de herejía.
Pero el mismo padre de D. Pedro que asistió á las confe-
rencias dadas por aquel sabio en la Universidad de Sevilla,
habia dicho que «no era por causa de herejía, sino por celos
— 40 -
del clero contra Lebrija, el haberle acusado; porque Lebrija
era un sabio y el clero se oponía á la ciencia.
A pesar de la hostilidad de la Iglesia, los esfuerzos que
había hecho Lebrija para combatir la ignorancia, no habían
dejado de producir algunos frutos. Hubieran producido segu-
ramente más, sin el amor de las conquistas y expediciones
lejanas que atormentaba á la nobleza, y si la Iglesia, que veía
en esa pasión un preservativo muy á propósito contra las
preocupaciones religiosas y científicas, no hubiese buscado el
desenvolverla más y más. Sin embargo, algunos de los princi-
pales representantes de la nobleza habían adoptado esos prin-
cipios, y el padre de don Pedro no habia temido dar hospita-
lidad en su castillo á las desgraciadas familias de los valden-
ses, á quienes la persecución habia obligado á buscar en Es-
paña asilo y protección. Estos acontecimientos nos explican
el ])or qué don Pedro mismo, en lugar de haberse lanzado á

alguna expedición difícil, estaba ocupado en estudiar las gra-


ves cuestiones que agitaban aquella época.
En aquel momento se supo en Sevilla la nueva gozosa de
otro descubrimiento. Cortés, que á ejemplo de Cristóbal Co-
lon, habia partido á la cabeza de una porción de hombres
dis])uestos á todo, en busca de aventuras, acababa de arribar
a Méjico, cuya conquista habia hecho. Fundar á Veracruz,
sacrificar á los legítimos poseedores del suelo, reclamar la
soberanía en favor de la madre Iglesia con objeto de ser he-
cho por ella gobernador del pais, tales eran los medios poco
escrupulosos de que se habia servido aquel atrevido y faná-
tico con(j[uistador. Y el pueblo español no concedía á ello tan-
ta atención, y estaba dispuesto á dejar el cam})0 libre á los
curas, frailes y á la Inquisición, si esta institución debía ga-
rantirle los favores del cíelo y asegurarle una larga sucesión
de éxitos fructuosos.
Algunos homl)res serios y reflexivos, como don Pedro, ha-
brían i)referido ver la abolición de ese trí])unal inicuo, aunque
su desaparición hubiese costado á España algunas posesiones
lejanas. Don Pedro, en efecto, tenia el presentimiento de que
esa institución, si persistía en ser tolerada, acabaría por hacer
- 41 -
desaparecer hasta el último vestigio de las libertades civiles
y religiosas. Comprendía, después de todo, que era para él
prudente guardar secreto sobre la investigación que se pro-
ponía hacer á propósito de la Biblia castellana, si quería evi-
tar el tener rozamiento de ninguna clase con los Inquisidores.
Estas consideraciones le llevaron naturalmente á guardar
alguna reserva con su misma mujer. Este temor le hacia, sin
embargo, sufrir mucho, pues el ascendiente cada vez mayor,
que su confesor tenia sobre el espíritu de Constanza, era muy
manifiesto para que él no se pusiese en guardia, y no midiese
toda la trascendencia de lo que pensaba decir sobre los dere-
chos y el poder de la Iglesia. Don Pedro no pensaba cierta-
mente que su mujer quisiese deliberadamente atraerle ene-
migos. La conocía demasiado para suponer en ella tan bajo
y ruin pensamiento. Mas no ignoraba menos las preguntas
insidiosas del cura en el confesonario, preguntas á las cuales
ella podría creerse obligada á responder, y que podrían tener
por consecuencia la cárcel y aun la hoguera. Según la ley,
toda confesión debe ser secreta, mas don Pedro sabia á qué
atenerse respecto á la astucia y discreción de los confesores.
La estrecha y dulce comunión de ideas estaba, pues, muy
quebrantada entre marido y mujer. La distancia que los se-
paraba crecía cada vez más. Vivia cada uno de por sí, se ha-
blaban las menos veces posibles, 'y evitaban con mucho cui-
dado el abordar los asuntos que tenían en su corazón.
Don Pedro emprendió solo el viaje á Castilla, dando por
pretexto ciertas contestaciones que se hablan suscitado entre
los colonos de sus fincas. Pero doña Constanza y el jardinero
Díaz creían que aquello no era más que un pretexto, y era en
verdad algún asunto grave el que allí le llevaba.
El misterio, que su marido guardaba con Constanza, no de-
jaba de causar alguna pena á la joven esposa. Pero en el fon-
do no dejaba ésta de tener cierta satisfacción en que su ma-
rido no la hubiese revelado todo su pensamiento, pues de esa
manera, si el confesor le preguntaba, no podia responder na-
da sobre el particular.
Por otra parte, cuando ella pensaba en los intereses éter-
— 42 —
nos del alma de don Pedro, se sentía casi en la obligación de
dar cuenta al cura de sus dudas, y pedirle consejo sobre estas
materias, temiendo menos las dificultades que semejantes re-
velaciones pudieran traerle, que los fuegos eternos reserva-
dos en el infierno á los que se hablan hecho culpables de he-
rejía, ó al menos la habían tolerado.
La ausencia de don Pedro pareció menos sensible á Cons-
tanza en estas circunstancias que en los viajes anteriores. Su
simj)atia recíprocano érala misma, sus pensamientos llevaban
caminos muy diferentes. Mientras que ella prestaba una obe-
diencia cada vez más cieg-a y supersticiosa á la Iglesia, acep-
tando ciegamente todas sus prescripciones, él ponía en tela
de juicio sus dogmas, su autoridad, sus exigencias, compa-
rándolas con todo lo que había visto en Roma, en la corte del
Papa León X.
Como Lutero algunos años antes, se había escandalizado
profundamente de la corrupción y del ateísmo que pública-
mente exhibían el pueblo, el clero, los cardenales y el mismo
Papa. Era entonces moda corriente en la ciudad santa, poner
en duda la vida futura y la inmortalidad del alma. En la cor-
te pontificia nadie hacia escrúpulo de emplear los textos sa-
grados para los chistes y retruécanos más groseros, y bur-
larse de los misterios de la fe.
Y sin embargo, esa Iglesia, Iglesia escéptica, Iglesia de
costumbres corrompidas, era la Iglesia que reclamaba para
si sola el derecho de perdonar pecados, de abrir y cerrar á su

voluntad las puertas del cielo.


Nada de particulor tenia, pues, el que don Pedro, pen-
sando en estas cosas, acordándose de su hijo enterrado en el
jardín de Sevilla, porque no se le había concedido sepultura
eclesiástica por no haber recibido el bautismo de aquella
Iglesia corrompida, meditase seriamente en lo que le habia
dicho el jardinero, aunque sabia que aquella familia habia
sido perseguida en otro tiempo por la Inquisición por creerla
hereje.
Buscando, pues, en la biblioteca del viejo castillo de Cas-
tilla la Biblia traducida al español, se encontró con un legajo
— 43 -
de cartas, algunas de las cuales habían sido enviadas á su
padre por Lebrija, cuando la Inquisición habia condenado
sus trabajos sobre las Escrituras. Sobre todo, llamó podero-
sísimamente su atención el siguiente párrafo:
«¿No es bastante que yo someta mi juicio á la voluntad de
Cristo en las Escrituras? ¿Es necesario que yo rechace como
falso lo que me parece ser una verdad tan clara como la luz,
del medio dia? ¿Qué tiranía es esta la de querer impedir á un
hombre, bajo pena de los más crueles tormentos, el decir lo
que piensa, sobre todo, cuando hace profesión del más pro-
fundo respeto á la religión? ¿Sobre qué asunto debemos,
pues, reconcentrar nuestros pensamientos, si nos es prohibido
dirigirlos hacia aquellos oráculos sagrados, que han hecho,
á través de los siglos, las delicias de las almas piadosas?»
Estas palabras, salidas de la pluma del hombre más eru-
dito de la época, trazaron á don Pedro la marcha que debía
seguir. Tomó desde aquel momento la resolución de leer la
Biblia castellana que habia hallado, y procurarse al mismo
tiempo ciertos tratados de Lutero escritos en latín, así como
sus Comentarios sobre los Gdlatas, traducidos á la lengua
española. Todo esto lo podía obtener sin grandes dificulta-
des por medio de los mercaderes de Flandes, en donde estas
obras habían sido publicadas.
— 44

CAPITULO IV

La Inqnisicion.

Después de una corta temporada en Castilla, don Pedro


volvió á Sevilla, donde se esforzóuna vez más en convencer
á los nobles de la necesidad de insistir en que fuese refor-
mado el tribunal de la Inquisición. Nadie ig-noraba que el
rey habia pedido al Papa la anulación de tantos fueros otor-
gados á la Inquisición; pero la respuesta, que León X habia
dado á tal petición, no dejaba entrever éxito favorable. Tam-
bién habia amenazado anular por un decreto del tribunal de
la Rota las sentencias de confiscación pronunciadas hasta
entonces. «Se me ha asegurado,» dijo al rey el embajador,
«que si esta medida llega á ejecutarse, y liay alguna proba-
bilidad de ello, V. M. se veria obligado á restituir más de
un millón de ducados adquiridos por medio de la Inquisi-
ción.»
No debe sorprendernos que a([uel rey necesitado, siempre
escaso de dinero, que no cesaba de gravar á sus subditos
con nuevos impuestos, y se a eia en la imposibilidad de pagar
á sus soldados, se esforzase por todos los medios en secundar
á aquel tribunal inicuo, que hacia entrar tanto oro en sus
cofres, asi como en los de la Iglesia, cuando algún personaje
de importancia era convencido de herejía.
Carlos estaba pronto á no moverse para obtener la abro-
gación de los privilegios de los inquisidores. Sus ministros á
.su vez tampoco manifestaban las mejores disposiciones para
- 45 —
ello.La política seguida por uno de ellos, don Juan Manuel,,
llamaba mucho la atención de los nobles de Sevilla. El habia
escrito al rey aconsejándole aparentar favorecer á un monje-
sajón llamado Lutero, que causaba al Papa bastantes inquie-
tudes por los folletos que continuamente lanzaba contra la
autoridad papal.

¿Piensa usted que la política de don Juan Manuel debe

prevalecer? preguntó don Pedro al que le habia contado lo
que precede.
—Nuestro joven emperador puede muy bien aparentar
favorecer las opiniones del monje, para así obtener mejor deí
Papa la bula que desea. Pero ese Lutero no cree en Dios, ni
en en Santa María. Algunos dicen que es el
la Trinidad, ni
mismo Satanás en persona, que ha tomado la forma de hom-

bre para trastornar la Iglesia respondió gravemente su in-
terlocutor.
—El enseña, efectivamente, cosas extrañas en Alemania
añadió don Pedro.

Herejías perniciosas, que no pueden salir sino del abis-

mo del infierno respondió un segundo interlocutor.

Tal vez— respondió don Pedro.— Sin embargo, yo he-
leido la carta de Alfonso Valdés, secretario del emperador,
que está actualmente en Alemania. El ha asistido á los deba-
tes sí mismo lo ha oido todo. El reconoce que el monje
y por
es muyatrevido y valiente en su dialéctica, y condena, na-
turalmente, el que haya tenido la audacia de quemar las bu-
las pontificias.Mas no hace mención de los cuernos y uñas,,
que se atribuyen ordinariamente á la persona de Lutero, y
eso que le ha visto y oido largamente en la dieta, de Worms.
Xo da grandes detalles de sus opiniones, pero aconseja á
todos que lean sus escritos para conocerlos. Allí podrán en-
contrar el antídoto al lado del veneno.
Muchos por curiosidad resolvieron seguir este consejo. A
partir de aquel momento, los mercaderes de Amberes halla-
ron una venta fácil para los escritos de Erasmo y para los de
Lutero. Mas, bien pronto mercaderes y lectores comprendieron
que debían usar de mucha cautela para vender y leer aque-
- - 4(i -
Has obras. Poco tiempo después, en el mes de Marzo de 1521,
el Papa, en dos bulas que envió al condestable y almirante
de Castilla, gobernadores del reino en ausencia de Carlos,
les ordenaba tomar todas las medidas convenientes contra
los libros de Lutero y sus defensores. Al mes siguiente, el
cardenal "Adriano, en conformidad con aquella orden, en-
•cargaba á la Inquisición de recoger todos los libros de esa
especie.
Una vez más, algunos hombres honrados y reflexivos en-
sayaron el agrupar en torno suyo fuerzas suficientes para
combatir ese terrible tribunal. Mas la nobleza y el pueblo no
«upieron unirse para la preservación común.
Reflexionando en estas cosas, viendo á qué punto iban á
,ser reducidos unos y otros á merced del poder inquisitorial,

don Pedro no podia dejar de exhalar profundos suspiros. Sus


antepasados habían sido bastante poderosos para socorrer á
los antiguos valdenses; mas este poder le habia sido ya qui-
tado. Es verdad que le quedaba su castillo feudal; mas ahora
no tenia el derecho de proteger aun á los mismos miembros
•de su propia familia, dentro de aquellas murallas seculares

que habian dado abrigo á tantos proscritos.


Asi las cosas, la casa de don Pedro vino á ser menos triste;
un nuevo vastago trajo á ella la alegría. Gracias á los múlti-
ples cuidados que tenia que conceder á su hijita, doña Cons-
tanza se relajó un poco en la práctica de las reglas austeras
que se habia impuesto, y parecia que la paz y felicidad do-
mésticas estaban aún reservadas á los padres. Sentada en su
patio, la madre escuchaba gustosa, acunando á su hija, las re-
laciones que su marido le hacia de las agitaciones del mun»
do de fuera, particularmente las palpitantes de Valladolid,
las disputas religiosas de Alemania, y la ausencia prolonga-
da del rey, con gran disgusto de los españoles.
—¿Por qué— preguntó un día Constanza— el emperador
no quema á ese Lutero, como lo haria la Inquisición, si estu-
viese en SeXilla?
— Nuestro emperador no tiene poder para ello— respondió
don Pedro con cierta satisfacción.
- 47 —
—Pero Pedro, ese hombre no es digno de vivir; no cree,
según me dicho mi confesor, en nada de lo que nuestra
h<a

Iglesia tiene como más sagrado.


La mención del confesor recordó á don Pedro la pruden-
cia que iba olvidando. No se atrevía á decir á su mujer que
leia los libros de ios reformadores, y que se inclinaba secre-
tamente hacia sus doctrinas. Y se apresuró á cambiar el
rumbo de la conversación, para hablar únicamente de los
liltimos acontecimientos de Sevilla.
Un antiguo amigo,, Magallanes, á quien el amor de las
aventuras habia llevado á buscar una nueva ruta para las
Indias orientales, habia descubierto el nuevo estrecho, que
hoy lleva su nombre, y reclamaba en nombre de la Iglesia,
las tierras adyacentes.
Podían hablar de todas estas cosas, de la extensión in-
mensa de los dominios españoles en Europa y América, ex-
tensión que prometía al joven monarca una monarquía casi
universal; de los suntuosos trajes introducidos en España
por los flamencos; de la riqueza incomparable de los merca-
deres de Amberes, que venían frecuentemente del puerto de
Cádiz á Sevilla á asistir á las diversiones que habia en esta
ciudad.
En cuanto asunto que ambos tenían en su corazón, y
al
que les recordabala pequeña tumba de ñores que existia en
el jardín, se guardaban con estudiado esmero de no abor-
darlo.
Los dos gemelos, excluidos de la casa paterna, Isabel y
Rodrigo, eran dos niños tan hermosos como sanos. El padre
y la madre iban á verlos á intervalos regulares. Mas, como
se los consideraba ya consagrados á la vida monacal, no se
les permitía prolongar por mucho tiempo sus entrevistas. Era
para don Pedro un dolor extremo ver á estos dos niños en-
terrados vivos en los muros de un convento, desde su edad
más tierna, y privados para siempre de las santas y dulces
relaciones de la vida de familia. Se habia también arriesgado
á hacer entrever á su mujer, por insinuaciones indirectas,
toda la injusticia de este proceder. Mas ella se habia extraña-
— 48 -
do y se habia afligido tanto con estas observaciones que
consideraba como antireligiosas, que se habia visto forzado-
á renunciar al proyecto de sacarlos, y guardar para sí solo-
sus opiniones personales sobre Lutero.
Una nueva causa de inquietudes surgió bien pronto en
su camino. Tenia la costumbre, con algunos amigos serios y
reflexivos, de seguir las enseñanzas de un hombre, á quien
se daba el título de apóstol de Andalucía, Juan de Avila.
Este predicador difería de los otros predicadores de la época
por su enseñanza que él conformaba á la sencillez evangéli-
ca, y por su ])iedad, por su caridad, y sobre todo por su vida
ejemplar, que era una censura continua de la vida licenciosa
de lo restante del clero.
Constanza tenia por confesor á un enemigo jurado del
venerable Avila. Cuando apercibió que don Pedro seguia la
predicación de aquél, con preferencia á las arengas descara-
das y groseras con que él se esforzaba en inflamar el celo
mal ilustrado de sus oyentes, se aplicó á obrar sobre el espí-
ritu de la joven esposa, para hacerle odioso su marido y el
predicador Avila. Ambos, según él, eran sospechosos de he-
rejía.
Esta simple suposición era muy bastante para producir
alarma. Por otra parte, se habia desvanecido completamente
toda esperanza de obtener la reforma de la Inquisición. El
papa León habia muerto en Diciembre de 1521. Y acababa
de sucederle en el trono pontificio el cardenal Adriano, obis-
po de Tortosa, primer preceptor que liabia sido del joven em-
I)erador. Carlos no tenia nada que temer á pro])ósito de la
Inquisición: el pueblo, por el contrario, no tenia nada que
esperar. Toda tentativa, no ya para destruir, sino ni aun
para reformar aquel tribunal, era ademas de inútil, muy pe-
ligrosa. Jamás se habia visto en acecho por las calles de Se-
villa tanta afluencia de alguaciles y familiares. Si Torque-
mada, el primer inquisidor general, hubiese vivido en aquel
momento, hubiese podido disolver sin temor la guardia á ca-
ballo de sus agentes, y arrojar al rio los ganchos de los ani-
males de que se servía para prender á los herejes. El espíritu
— 49 —
caballeresco de resistencia á la opresión y la injusticia, habla
desaparecido poco á poco de entre aquellos vivientes. Toda
su atención estaba ahora consagrada á expediciones lejanas,
á la adquisición de riquezas y territorios más extensos.
Los inquisidoreSj ag-uijoneados en sus funciones por el ar-
dor que desplegaba el nuevo ponrifice en la busca y aprehen-
sión de libros heréticos, comenzaron á dirigir sus esfuerzos,
contra los libros, y contra los poseedores de ellos.
Las primeras sospechas recayeron sobre don Pedro. Afor-
tunadamente, ninguna prueba cierta contra él fue hallada. El,
confesor de Constanza no perdonaba ardid alguno por sacar
de los labios de esta señora alguna revelación sobre las ten-
dencias religiosas de su marido. Mas, sea que ella nada su-
piese, sea que se negase á soltar prenda alguna sobre este
particular, el fraile tuvo que resignarse por entonces á es-
perar.
Juan de Avila fue menos feliz que su devoto protector. El
fraile, celoso de la fama de aquel predicador, é irritado con
sus reproches, denunció á la Inquisición ciertas apreciacio-
nes que habia emitido sobre Lutero y sus doctrinas. Fue,
pues, preso y arrojado á un calabozo. Esto fue para don Pe-
dro una prueba muy dolorosa. Las glorias de la caballería
española estaban en su ocaso, y con gran pesar el orgulloso
barón lo comprendió. ¿Podría ahora, encerrándose en su cas-
tillo señorial, ofrecer á su amigo una protección suficiente, ó

bien ir con su sola banda de valientes á arrancarlo de las


manos de sus enemigaos, como habria podido hacerlo antes?
Era muy dudoso en efecto, que el pueblo con su humor
actual y sus actuales aspiraciones, se mostrase favorable á
una tentativa de esa índole. Tal era el celo que le inspiraba
el emperador, que unia en un mismo sentimiento de odio á

los turcos y á los luteranos, y con tanto gusto hubiera ahor-


cado á estos segundos como liubiera fusilado á los primeros,
en el campo de batalla.
La victoria de Milán, en que la Francia vencida habia
visto prisionero á su rey, y la España habia consolidado más
firmemente en Italia la bandera de su dominio, fue conside-
— 50 -
rada como una mi('\a pnu'ha del favor del cielo por el Santo
Oñcio. El orgullo nacional y la conciencia individual se in-
clinaron ante esta consideración. En otro tiempo, el carácter
del delator era mirado con más odio que el del hereje. Ahora
hablan cambiado completamente las cosas. Desde los piilpi-
tos, y en los confesonarios y en las conversaciones familia-
res, los frailes y los curas excitaban á sus oyentes á delatar,
bajo la pena de condenación eterna, á todo individuo que
fuese hallado leyendo ó ])Oseyendo una obra sospechosa de
^herejía ó favorable á las doctrinas de Lutero.
Un un amigo perteneciente al
dia sui)0 don Pedro, que
partido del quemenos podia esperarse, habia salido por fia-
dor de Juan de Avila. Un hombre, de un espíritu más pacífi-
co que lo que pedian sus funciones, el inquisidor Manrique,
habiendo oido hablar antes del es])íritu elevado del de Avila,
hizo esfuerzos por arrancai-h' de la ferocidad de sus colegas,
y lo consiguió.
Algún tiempo desi)ues, don Pedro, que por medida de
])rudencia se habia retirado momentáneamente á Castilla, se
apresuró á volver á Sevilla, donde le esperaba una nueva
prueba más dolorosa totbnía (¡ne las ])re(edciit('s. Kn su

amor á su mujer y á su hija, saboreaba ya de antemano el


l)lacer que experimentarla al volver á verlos. ¡Cuál no fué su
desolación, cuando al eiUrar en su casa, no halló en (día su :\

<iuerida Constanza!
— Bien podia liaber dejado su visita
al convento i)ara otro

dia — dijo en
su interior, cuando sus domésticos le dijeron
adonde había ido.
Mas no quiso quejarse. Se despojó de su traje de camino,
y se ])uso un precioso traje nuevo para celebrar de esa ma-
nera la venida de su mujer, y se bajó al patio.
Era ya la hora de la siesta, y Constanza no había vuelto.
Inquieto don Pedro, llamó á una de sus doncellas para saber
algo de su esposa. Muy poco fue lo que i)udo averiguar. Su-
po que la carta que habia enviado, anunciando su llegada,
habia producido emoción en ella, que habia llamado al con-
fesor, y ([ue pocos momentos después se habia marchado con
— 51 —
su hija, la nodriza y una doncella, al convento de Santa
María.
Al oir esto, un presentimiento terrible turbó el
corazón de
don Pedro. ¿Habria ella formado el de abandonar-
propósito
le, y romper el lazo sagrado que la misma Iglesia habia ben-
decido? Estos pensamientos .no le dejaban un instante de re-
poso, y todo agitado se paseaba'por el patio, mirando triste-
mente los hermosos surtidores de la fuente, que cual hilos de
plata subian al aire, y se desprendían desp ues como lluvia de
perlas sobre las raras y hermosas plantas que la rodeaban.
Las horas pasaban, el tiempo de la [siesta habia termina-
do, la tarde avanzaba, y Constanza no parecía. Don Pedro
hubiera salido en su busca, pero ¿y si en el entretanto venia
Constanza? Y él quería esperarla, porque tenia necesidad de
decirle cuánto la amaba, y de hablar con ella sobre el hijo
-que creian tener en el limbo.
Mas las sombras de la noche iban'cayendo, y la oscuridad
iba extendiéndose por Sevilla. Don [Pedro ya no queria en-
gañarse á sí mismo. Su querida Constanza le habia abando-
nado.
52 —

CAPÍTULO V.

En el convento

Los temores, que don Pedro habia concebido respecto á.


su mujer, recibieron muy pronto triste confirmación. El con-,
fesor liabia representado á aquella desgraciada mujer qu^
era pecado vivir con un hombre sospechoso de herejía. En
vano Constanza lehabia replicado que no tenia la más mí-
nima duda respecto á la ortodoxia de su marido, y que en,'
todo caso, se creia con fuerzas para hacerle volver á la ente-
ra sumisión á la Iglesia, y que ])ara preservar de herejía el
alma de su marido, ella prefería exponer la suya. El astuto
y tenaz confesor cerró sus oídos á estas razones.
La pequeña tumba del jardín era, lo sabia muy bien, el
arma acerada que podia penetrar mejor en el corazón mater-
nal y excitar su celo. No tuvo, ])ar;i vencer su resistencia,
más que exponerle que el acto más pequeño de desobedien-
cia á la Iglesia, seria bastante á inutilizar la larga carrera
de renuncias, á laque habia consagrado á sus hijos, y todas
las penitencias que se habia impuesto. Constanza, á tales
reflexiones, se puso completamente á nierci'il de! ((nifesor.
Todo lo que le costó este sacrificio, las angustias que
atormentaron su alma amante al abandonar aquella casa cu-
yos esplendores eran otras tantas pruebas del cariño de su
marido, el sacrificio que debió imponerse para romper así
definitivamente su compañía con él, el confesor no lo com-
prendió jamás.
'^ i'l. 1;
— 55 -
Ella debía, tan .pronto como recibiese noticia de la vuelta
de su marido, dejar la casa y trasladar su residencia al con-
vento con su hijita y una ó dos personas de su servidumbre.
El confesor le arrancó esta promesa, añadiéndole que este
era el único modo de conservar su fortuna personal, en el

caso de venir sobre su marido algún suceso desagradable.


Es muy posible que el fraile fuese inducido á todas estas
tramoyas por alguna inclinación criminal. Estaba dispuesto
á no dejar mucho tiempo á don Pedro en posesión de sus ri-
quezas, haciéndole vigilar muy
de cerca á su regreso á Se-
villa, y denunciándolo á á los primeros indi-
la Inquisición
cios de tendencias luteranas ó reformadas.
El mismo tomó sobre sí el cargo de instalar debidamente
á Constanza en el convento. Esta no tuvo más que trasladar-
se recibo de la carta de su marido.
allí al

Esta determinación de Constanza sorprendió en gran ma-


nera á sus numerosos amigos. Doña Inés, que acababa de
regresar de Madrid, á donde habia ido á hacer una visita á
la viuda del duque de Alenzon, hermana del rey de Francia
cautivo, la cuabhabia venido á España á tratar con Carlos V
sobre la libertad de su hermano, fue profundamente conster-
nada.
Cuando fué al convento á visitar á Constanza, la conver-
sación recayó, naturalmente, sobre el viaje que acababa de
hacer. La determinación de doña Constanza causó á Inés un
profundo dolor, que le impidió decir sobre este asunto todo
lo que debía. Toda la conversación fue, pues, sobre la jo-
ven duquesa, sobre el intento generoso que la había traído á
Madrid. Doña Inés, por lo demás, se extendió muy largamen-
te sobre este asunto: el continente de la duquesa, su belleza
sin igual, su saber, el desembarazo y habilidad con que ha-
bia tratado la causa de su hermano, la impresión evidente
que habia producido en el corazón del joven emperador. Cada
punto de estos los puso sobre el tapete con gran lujo de de-
talles.

—¿Y cree usted que nuestro Carlos le ofrecerá su mano?


preguntó doña Constanza.
56 -
— Etie rumor circula por la corte. Si así fuera, eso en todo
caso sería un grande aliento para los predicadores del Evan-
gelio, como se los llama en Alemania: porque usted sabe,

Constanza añadió, mirando con recelo por todos los lados
de aíjuel cuarto desnudo, como si temiese que las paredes

pudiesen oirle la princesa es luterana.
Al oír esto, Constanza sintió un horror tal, que se cubrió
la cara con ambas manos.
— No es posible que una tan buena y tan noble princesa

practique una tal iniquidad exclamó Constanza.
— —
Y no obstante replicó doña Inés— la divisa que ha he-
cho grabar sobre su escudo, no deja lugar á la duda; una ca-
léndula volviendo sus pétalos al sol, con estas palabras de
Virgilio: Non inferiora secutus: «No pongáis vuestro corazón
^n las cosas de aquí abajo.» Esta divisa no puede tener más
que una signiñcacion, y es, que ella dirige sus pensamientos
y sus deseos al Sol de lo alto, que es Dios; es decir, que es
luterana.
— Sí, pero el impuro monje no cree en Dios — replicó Cons-
tanza.
Doña Inés volvió á mirar de nuevo toda la celda con ojo
escrutador, y después, con voz apenas inteligible, dijo:
— Los curas y frailes odian á Lutero, porque él recomien-
da á los hombres la lectura personal de la Biblia, y les ense-
ña á no dar fe á lo que los papas y teólogos le hacen decir.
— ¡Mas la interpretación, Inés! Esa herejía consiste preci-
samente en que ella querría someter la Iglesia á la Biblia, y
acomodarla á su enseñanza. Mas nosotros sabemos que la
Iglesia tiene el poder de trasformar este libro, de enseñar á
los fieljBs todo lo que tiene de bueno, y de echar muy lejos
todo lo que toca á la herejía y al demonio.
Inés echó una mirada de compasión á su amiga.
— — —
Yo siento le dijo que no haya usted oído á la duque-
sa de Alenzon hablar de estas cosas. Por mi parte yo no es-
taría en Sevilla aún, si el espirar de su salvoconducto no
la hubiera forzado á volver á Francia. Yo no me he ocupado
nunca en hacer grandes esfuerzos de pensamiento, mas sien-
— 57 —
to la necesidad de dar gracias á Dios por haberme permitido
conocer algo el francés y haber sido señalada como dama de
honor de la duquesa. Con este motivo yo he tenido ocasión de
oir leer las escrituras y oir hablar del amor de Cristo. Cuán-
to gozarla yo que nuestro Carlos la tomase por mujer, en lu-
gar de la infanta Isabel, con quien dicen que va á casar.
— La infanta es una buena católica, y nuestro Carlos tam-

bién replicó Constanza.
— Y usted también, Constanza, sin necesidad de que obe-
deciese usted tan ciegamente al mandamiento de un confesor
ignorante, y no abandonase usted su casa y su marido por
enterrarse viva en las paredes de un convento.
Constanza llevó á sus labios un rosario que tenia en su
mano, lo besó con fervor, y dijo llorando:
— No sabe usted cuánto me ha costado llegar á esto.
— —
Ya lo sé yo contestó con energía doña Inés, levan-
tando con desden el libro grueso y de letra menuda, en que
Constanza leia cuando ella llegó, y en cuyo canto pudo leer
€l título: Vida de Santo Tomás B.
— —
Es un gran santo dijo Constanza, que hacia esfuerzos

por aparentar calma. Yo trato de fortalecer mi esf íritu en
la contemplación de la vida de estos hombres fieles, por el
temor que tengo de que Pedro intente venir á verme y lle-
varme consigo.
— ¿Y cree usted que él podria triunfar de su resolución de
usted? — preguntó su amiga.
— —
Es mi marido, el padre de mis hijos dijo, dejando esca-
par un suspiro.
Inés acercó á su pecho á su amiga, y echándole los bra-
zos al cuello, dijo:
— Constanza, ¿cómo es posible que usted crea que es bueno
romper los lazos tan sagrados del matrimonio?
— —
¡Oh! por Dios— respondió Constanza no me tiente us-
ted de esta manera. Es un ardid de Satanás que querría arran-
carme de este santo retiro, y hacerme perder de un golpe el
alma de mi hijo y la de mi marido. Inés, yo no lo denunciaré
nunca. Nunca diré, aunque lo llegara á saber, que participa
- 58 -
(le las doctrinas de Lutero. Mas no quiero en nianein alguna,

permaneciendo en contacto con la perniciosa herejía, permi-


tir á mi marido exponer mi alma y la de mi hijo. Interceder

dia y noche ante la Santísima Virgen María, para que lleve


á mi marido á romper con esas funestas doctrinas heréticas,
para que su alma sea al fin salvada, y que la felicidad que
nos es negada en la tierra, podamos tenerla en el cielo, es lo
que me queda que hacer.
Inútil pareció á doña Inés llevar más lejos la discusión.
Después de haber prometido á su amiga recoger todas las
noticias posibles sobre don Pedro, y volver pronto á decirle
cómo él habia soportado la dolorosa prueba, se despidió de
Constanza, más persuadida que nunca de que una Iglesia,
que hasta entonces habia considerado como santa, era indigna
de tal título, pues que podia sancionar y alentar una viola-
ción semejante de los derechos y lazos matrimoniales.
Se comprometió con Constanza á informarse de todo lo
relativo á su marido, y se dedicó á cumplir su misión más
decididamente aún de lo que lo habia prometido. Resolvió al
efecto hacer venir á don Pedro á su casa, contarle lo que ha-
bia costado á su mujer el separarse de él, y alentarle al mis-
mo tiempo á hacer todos los esfuerzos posibles para decidirla
á volver á su casa.
Abandonado y solitario don Pedro en la esplendidez de su
morada, habia sacado fuerzas y consuelo de la única fuente
de donde ya antes habia sacado luz, sabiduría y fuerza. La
vieja Biblia en español, que habia traído del castillo de sus
antepasados, había sido su compañera diaria. Cuanto más la
leia, más se instruía en sus santas enseñanzas, y su espíritu
se sublevaba contra las enseñanzas y prácticas de la Iglesia,
en cuyo seno habia sido educado. Comprendió que la vieja
Iglesia española no podia haber sido la Iglesia romana, por-
(jue la confesión de fede Pedro, sobre la cual estaba fundada
la primitiva Iglesia, no hacia intervenir en la obra de la Ee-
dencion, á los santos, ni á la Virgen, ni á los ángeles. Pedro
dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente;» conside-
rando por eso á Jesucristo como la sola piedra, el único fun-
- 59 -
(lamento. Mas, según la doctrina romana, la obra de Jesús
es casi completamente obscurecida por la de los hombres, las
tradiciones^ y las observancias del clero. Era la opinión que
cada vez más neta y sólida se iba formando en el espíritu de
don Pedro.
Don Pedro llegó bien pronto á la convicción clara y pre-
cisa de esta verdad: que la salvación no depende de la buena
voluntad de los curas, ni del Papa, ni de la intercesión de los
santos, ni de la obras meritorias que pueda el hombre hacer,
sino que fue adquirida y asegurada, una vez para siempre,
por la muerte de Cristo, para «todo aquel que en El cree,» y
no cuenta para la remisión de los pecados más que con la
aspersión de la sangre derramada sobre la cruz, «la cual,»
dice San Juan, <aios limpia de todo pecado.»
Comparando estos resultados, á que él había llegado, con
la declaración de Lutero, según la cual Dios está dispuesto
á recibirnos y bendecirnos como Padre nuestro, mientras
que el hombre incapaz por sus buenas obras de procurarse
un título para el cielo, no puede llegar á la justificación más
que merced á los méritos de Cristo, nuestro Salvador, com-
prendió que la doctrina del monje alemán, la doctrina de la
justificación por la fe, es la verdadera doctrina de salvación.
Una vez en posesión de esta verdad, no tardó en llegar á
la dulce conclusión de que su hijo, muerto sin haber recibido
el agua bautismal, había sido también rescatado. Habia leido
en los Comentarios de Lutero, traducidos al español, este
pasaje de la carta á los Calatas: «Cuando fue cumplido el
tiempo. Dios envió á su Hijo nacido de mujer, nacido bajo
la ley, á fin de que rescatase á los que estaban bajo la ley, y
que recibiésemos la adopción.»
Así se disiparon, hasta la última sombra, los temores que
habia concebido á propósito del pequeño niño, que por tanto
tiempo había considerado como perdido para la eternidad.
Durante este tiempo, don Pedro no habia quedado en la
inercia. Muchas y muchas veces habia intentado ver á su
mujer. Habia ido al convento, habia ido á hablar con el con-
fesor. Siempre se habia retirado con la misma negativa arro-
— 60 -
y obstinada, sin poder conseguir tener comunicación
¿palito
con Constanza. Los pretextos que se le daban eran, que ella
había renunciado á todo pensamiento de volverle á ver, su
amor para él habla muerto. Constanza se proponía, tan pron-
to como su hija Juana hubiese crecido, entrar definitivamen-
te en convento como religiosa, pues hasta entonces estaba
el

como huéspeda. Don Pedro habia escrito muchas veces á su


mujer, conjurándola á que le concediese una entrevista al
menos. Todo en vano. Cuando tuvo ya la certidumbre de que
su hijo estaba salvado, quiso intentar su líltimo esfuerzo. Es-
cribió una nueva carta, en la cual exponía al detalle las ra-
zones que le hacían pensar de aquella manera. Y para tener
más seguridad de que la carta llegaba á su destino, se puso
en marcha para llevarla él mismo al convento. Mas en el ca-
mino se encontró una doméstica de doña Inés, que iba á
anunciarle que su señora deseaba verle.
El pensamiento de que doña Inés habia visto ásu querida
Constanza, hizo saltar de alegría su corazón, y con toda pre-
cipitación volvió sobre sus pasos con la criada, aun antes de
haber llegado al convento. Habia oído decir, que desde su
regreso de Madrid, doña Inés no era ya muy adicta á la igle-
sia, y que habia dado parte de sus dudas á doña Isabel de Bae-
na. Pensó, pues, que podría sin peligro, confíarle el secreto
de sus nuevas ideas. Era una ocasión muy oportuna para ha-
cer participantes á otros de la gloriosa libertad que él mismo
había hallado en el Evangelio, y especialmente de decir á
las dos amigas de su Constanza, todo lo que Dios habia hecho
por su alma, arrancándola de las trabas del pecado y de los
errores de la Iglesia corrompida.
A su llegada á casa de doña Inés, la halló sentada en el
patio con doña Isabel de Baena, como él se había figurado.
Inés le habló primeramente de la duquesa de Alenzon, de la
«atención general que llamaban en Madrid las obras de Eras-
mo, y de los esfuerzos que se hacían para hacerlas desapare-
cer. Siendo este el tema de la conversación, era fácil venií*
á parar á la justificación por la fe. Don Pedro vio bien pron-
to que tenia dos oyentes muy dispuestas á escucharle.
— 61 —
Parecía que la decisión de doña Constanza, decisión que
por su naturaleza ardiente y afectuosa, le hacía considerarla
como forzada, }\abia provocado en el espíritu de estas dos
señoras una revolución completa en contra de la Iglesia que
se apropiaba tales derechos, y se arrogaba tal autoridad.
Fue un consuelo grande para el corazón destrozado de
don Pedro el saber que su mujer le amaba todavía. Mas se
quedó sobremanera asombrado cuando oyó á doña Inés de-
cirle que Constanza no habia sabido nada probablemente de
los esfuerzos continuos qne él habia hecho para verla.
— — —
Yo sin embargo dijo don Pedro le he escrito más de
ana carta por conducto de su confesor, y la respuesta ha sido
siempre, que ella no quería recibirme.
— Es posible que haya dicho eso, mas yo estoy muy per-
suadida de que no ha recibido carta alguna— dijo doña Inés.
Don Pedro iba y venia por el patio con aire pensativo.
¿Era posible que la religión y la moral se hubiesen rebajado
hasta ese punto de que un sacerdote pudiese afirmarle que
habia remitido con toda seguridad sus cartas á las manos de
su mujer, y ella hubiese rehusado rendirse á las siíplicas que
le hacía? ¿El tiempo de la vieja caballería española habia ya
pasado tan completamente, que fuesen en tan poco estimadas
la verdad, el honor, la justicia y la libertad? Hubo una época
en que una mentira como esta de que se habia hecho culpable
el confesor impuro, hubiese bastado para romper el escudo
del más noble caballero. Mas don Pedro se acordaba de que
la Iglesia, en lugar de crecer en pureza y santidad, se habia
enfangado más en el vicio y en la corrupción, ¡Qué había que
extrañar que en todas las demás clases, la virtud estuviese
por los suelos, y los comerciantes y los simples ciudadanos
se vendiesen ellos mismos y sacrificasen su cuerpo y su alma
á la sed del oro, cuando veían á los nobles ávidos de aventu-
ras, y á la Iglesia siempre insaciable de acaparar y enrique-
cerse? Que el joven monarca, el mismo emperador, se lanzase
tan pronto al movimiento del siglo, y quisiese añadir á una
monarquía casi universal, una tiranía sin límites, se compren-
de fácilmente.
- 62 -
Convencido á su vez de que sus cartas precedentes á Cons-
tanza .no habían llegado á sus manos, don Pedro pensó que
sería lo más discreto hacer llegar por manos de doña Inés la
que acababa de escribir, tanto más, cuanto que el contenido
de ella era muy suficiente, si caia en manos del confesor,
para entregarle al poder de la Inquisición.
En sus primeras cartas habla puesto exquisito cuidado,
para que no hubiese en ellas la menor expresión que pudiese
indicar tendencia á las ideas luteranas, que era por lo que
8u mujer le habia abandonado. Por eso habia juzgado pru-
dente no insertar en ellas nada que pudiera ofenderle, re-
servándose el hablarle directamente, si algún dia volvia á su
lado, como él esperaba. Mas cuando hubo ya perdido todo
resto de esperanza, cuando hubo comprendido que su mujer
se habia entregado completamente en brazos del confesor, y
ya se habia sustraídocompletamente de su influencia, se de-
cidió á confiar al papel la dulce esperanza que Dios hizo na-
cer en su alma, en el momento en que todo goce terrestre
habia desaparecido de sus ojos: la esperanza de volver á en-
contrar un día en el cielo á su primogénito. En dicha carta
exponía á su Constanza el origen y fundamento de sus ideas,
la excitaba á leer por sí misma las Sagradas Escrituras, y le

prometía enviarle un gran tesoro, su vieja Biblia castellana,


si ella prometía leerla.

Una carta como esta era más que suficiente para testificar
la herejía del autor. Si no hubiese encontrado en su camino
á la criada de doña Inés, á las pocas lioras probablemente se
hubiese visto en los calabozos más hondos de Triana.
Encargándose doña Inés de llevar ella misma la carta á
Constanza, salvó á don Pedro de aquel peligro, y al mismo
tiempo le hizo concebir alguna esi)eranza de obtener contes-
tación. A los pocos días, que fueron para él un sig-lo, volvió
á casa de doña Inés, donde le esperaba una corta carta, en
que le testificaba sí, el afecto inalterable de Constanza, pero
también una nueva confirmación de la resolución que habia
tomado de no volverle á ver, para no perder de un golpe sus
dos almas y la de su hijo.
— 63 —
El desvanecimiento de su última esperanza fue una prue-
ba terrible para don Pedro. Creyó por algún tiempo que no
podría soportarla. En cuanto á renunciar á sus ideas nuevas,
no quiso pensar ni un solo instante. Doña Inés y doña Isabel
de Baena lo sostuvieron en su desgracia, y lo confortaban en
su resolución. Estas dos g'randes señoras se hablan entrega-
do, aunque con el secreto más profundo, al estudio de las Sa-
gradas Escrituras y de las obras de Lutero. Inés, por su par-
te, prometió continuar visitando á Constanza, y tener á don

Pedro al corriente de lo que ocurriera.


Don Pedro se decidió á abandonar á Sevilla, é ir á Ma-
drid, donde los partidarios de las nuevas doctrinas traba-
jaban por agrupar sus fuerzas para defender las obras de
Erasmo contra el furor de los frailes, que hacian desesperados
esfuerzos por hacerlas desaparecer.
--64 —

CAPITULO VI.

El soldado de la iglesia.

Tocaba á su fin el año 1526. Don Pedro dejó tras de sí los


naranjos y limoneros, que crecen y hermosean tanto áSevilla,
y emprendió sU viaje para la villa naciente de Madrid. Des-
pues de las fiestas y regocijos que habían tenido lug'ar con
motivo del casamiento del joven soberano con la hermana del
rey de Portugal, la España acababa de entrar en una espe-
cie de calma, y los amigos de la ciencia y de la Reforma se
hablan reunido poco á poco en Madrid, para tratar de con-
trarestar el furioso fanatismo de un clero tan supersticiosa
como ignorante.
Don Pedro de Lerma, profesor de teología y canciller de
la universidad de Alcalá, había sido uno de los ])rimeros en
desenvolver en sus enseñanzas las nuevas doctrinas. A este
amigo, con objeto de conferenciar con él, fue á quien se di-
rigió primeramente don Pedro, antes de entrar en Madrid.
En aquellos momentos habia también en Alcalá otro perso-
naje á quien don Pedro concedía gran simpatía y mucho in-
terés, don Iñigo ó Ignacio, el hijo más joven de la casa de
r^oyola.
Desde su infancia los habia unido una estrecha amistad,
juntos hablan estudiado el Amadis de Gaula, y escuchado
una tras otra las viejas leyendas de la Caballería española,
hasta que llegó un dia en que ambos sintieron despertar en
su corazón el deseo de imitar á los valientes caballeros en sus^
- 65 —
brillantes empresas. Ambos habían hecho
voto de abrazar la
carrera de las armas, ya por amor á ya por la
la caballería,
sed de conquistas. Mas la inclinación precoz de don Pedro
hacia Constanza, le habla impedido imitar á su amigo Iñigo,
y de proseguir con él los proyectos que juntos hablan for-
mado.
En la época de que se trata, ambos hablan sidq forzados
á renunciar á sus planos de dicha terrestre, y á llorar sus es-
peranzas defraudadas. He ahí por qué ambos hablan pedido
á la religión el aliento y consuelo de que estaban tan necesi-
tados.
Don Iñigo habia sido herido cinco años antes en la defen-
sa de Pamplona contra el ejército francés, y sus heridas no

hablan podido cicatrizarse completamente. Se le habían vuel-


to á renovar en dos ó tres combates, pues prefería sufrir
atroces dolores antes que renunciar al deseo de su corazón.
Haciendo á don Pedro el relato de las torturas que habia
tenido que sufrir, le declaró que éstas eran nada en compa-
ración de las angustias morales que le habían sobrevenido
después.
—Mí vida entera— le dijo—no me parece más que una ca-
dena de pecados. Mi dolor, á este pensamiento, es tan profun-
do algunas veces, que me veo inclinado á tirarme por la ven-
tana. Me ha sucedido ayunar de un domingo á otro domin-
go, para vencer este sentimiento y obtenerla paz de mi con-
ciencia.
— Sólo Dios es el que puede conceder esa paz — le contes-
tó don Pedro.
—Lo sé — le contestó Iñigo —y estoy decidido á trabajar
con este objeto.

Sí, mas es un don gratuito, que Dios nos hace por la

mediación de su Santo Hijo Jesucristo replicó don Pedro.
Iñigo no se dio por aludido de las últimas palabras de don
Pedro.
—Voy— dijo — á contar á usted una visión que tuve, cuan-
do agobiado por las heridas, comprendí que no podía conti-
nuar prestando mis servicios al emperador. Yo veía en vi-
- (ÍG —
sion dos campos, el uno en Jerusalem y el otro en Babilonia.
El primero era el de Cristo, el segundo el de Satanás. En el
primero todo era bueno y hermoso, en el segundo todo era
feo y repugnante. Los dos campos estaban prontos á levan-
tarse en lucha. Desde aquel momento mi camino estaba tra-
zado. Cristo era mi rey, y sus batallas mis batallas. Ninguna
dama es más grande y más noble que la dama que yo he ele-
gido: la Iglesia bajo cuya enseña yo combatiré en adelante.
—¿No ha leído usted en las Escrituras las verdades que
Dios nos ha revelado? preguntó don Pedro.
Iñigo meneó su cabeza en sentido negativo. Hasta aquel
momento los dos amigos habían hecho, como Lutero su gran
contemporáneo, las mismas experiencias de las dificultades
religiosas. Pero desde entonces, sus caminos hablan tomado
direcciones opuestas.
— Yo no tengo nada que hacer con las Escrituras — contes-
tó Iñigo. —La obediencia es el primer deber del soldado. He
jurado á mi dama soberana, someterme sin discu-
la Iglesia,
tirlas, á todas sus órdenes, á todas sus reglas, y á todas sus

exigencias, creer todo lo que ella me manda creer, aunque


pueda ser muy costoso á mis deseos personales y á mi razón
carnal.
Don Pedro ensayó de hacer volver á su amigo de su de-
terminación, y persuadirle á tomar por base de sus estudios la
Palabra de Dios, mejor que la Vida de Santo Dominyo y
San Francisco, en la esperanza de que en Paris, donde con-
taba ir á estudiar cuatro años la teología, entraría en rela-
ciones con alguno de aquellos hombres eminentes, que en
aquella ciudad representaban las ideas de la Reforma. Es-
peraba, por otra parte, que su naturaleza ardiente le ayuda-
ría á triunfar de las pruebas y dificultades, ante las cuales
retrocedería un hombre ordinario, pensando que si él y al-
gunos de sus sabios compatriotas eran llevados á abrazar las
nuevas doctrinas, España podría rivalizar con Alemania en
su resistencia á los decretos del papado y del imperio, y que
el Evangelio obtendría libertad para circular sin obstáculo's
en las provincias dé su vasto territorio.
— 67 —
Las esperanzas de don Pedro no debían, desgraciada-
mente, realizarse. El porvenir iba bien pronto á remachar
más fuerteá que nunca sobre España y sobre Loyola, las ca-
denas del romanismo, y á permitir que ambas influencias re-
unidas ahogasen la luz que hacia bien poco habia echado sus
primeros resplandores en esta tierra de hermoso sol en el
cielo, pero de espesas tinieblas en los corazones.
Dejando, pues, á Alcalá don Pedro con toda la compa-
ñía de su servidumbre, emprendió los tortuosos caminos de
la montaña que conducen á la capital del Norte, atravesó
bien pronto el último afluente del Guadalquivir, y perdió fi
nalmente de vista la hermosa tierra del naranjo y del grana-
do. Durante cierto tiempo aún pudieron ver algunas higue-
ras y algunos olivos; pero no tardaron mucho en desaparecer
estos árboles para dar lugar á las encinas verdes y á los ma-
jestuosos pinos. Entonces comprendió ya don Pedro la dis-
tancia que le separaba de su casa \' de Sevilla.
Desde lo alto de Sierra Nevada podia, si no ver, recordar
al menos la hermosa región donde estaba asentada como en
un nido su moreras y naranjos, sus parras de
villa natal, sus
ramas y entrelazadas, sus olivares de sombrío folla-
flexibles
je, sus campos de cañas de azúcar con sus setos de higueras
chumbas, que forman en el linde de los caminos una barrera
infranqueable para los animales, que gustan de entrar en
«aquellas llanuras cultivadas.
Cuando después de franquear los peligrosos desñladeros
de Sierra Nevada, don Pedro empezó á bajar la pendiente
opuesta de aquella sierra, sus ojos empezaron á ver una ve-
getación muy diferente de la primera. El viñedo era allí ra-
quítico en comparación del que acababa de dejar detrás de
sí en aquellas regiones de ardiente sol: el laurel y el mirto

apenas son conocidos, los manzanos sustituyen poco á poco


á los naranjos y granados.
Muchas veces, ya en sus viajes precedentes, don Pedro
habia seguido la misma ruta, pero nunca habia sentido una
melancolía tan profunda como ahora. Otras veces había atra-
vesado estas regiones precipitadamente, y las horas le pare-
- 68 -
€¡aii muy largas con el afán de llegar al lado de su querida
Constanza: ahora tenia tiempo y espacio para contemplar los.
cambios de decoración que le ofrecia la naturaleza. ¿Qué pri-
sa podia tener ahora? ¿Su existencia, despojada de todas las,
dulzuras y los goces de la familia, no era una vida vacía y
sin objeto? En cuanto á los bandidos que infestaban aquella,
región, no se cuidaba mucho de ponerse al abrigo de ellos,,
porque su vida le parecía ya de poco valor.
Su servidumbre no tenia la misma seguridad que su amo.
Procuraban hacerle apresurar la marcha, hasta haber atra-
vesado los sitios peligrosos, y entonces, le decian, podrá us-
ted entregarse sin distracción á sus pensamientos y á su
melancolía.
Fue un viaje muy doloroso. Cada paso que
este para él
daba aumentaba su tristeza. Mas de todos los sentimientos.
le
diversos que le agitaban, iba poco á poco desentendiéndose;,,
y su espíritu iba preparándose á una suprema resolución.
Antes de entrar en la capital, habia formado delante de Dios
el propósito solemne de consagrar el resto de su vida á la pro-
pagación de la Reforma en su ])ais natal.
Conforme á sus previsiones, halló en la corte un gran nú •

mero de partidarios de las doctrinas reformadas, venidos la


mayor parfre á asistir á una Junta eclesiástica, que debía
celebrarse, para tratar de las obras de Erasmo. Todos espe-
raban ansiosos el resultado final. Habían escrito al mismo
Erasmo. Pero desgraciadamente, las esperanzas de todos-
fueron fallidas. Los defensores de la ignorancia y de la su-
jjersticion fueron más en número con mucho, que los amigos
de la verdad y la libertad de conciencia. No sólo se prohi-
bieron los libros de Erasmo en aquella Junta, sino que se
denunció á la Inquisición á don Pedro de Lerma como par-
tidario de las ideas de Lutero. Afortunadamente la noticia
llegó á los oídos de aquel profesor, antes que los alguaciles
del Santo Oficio comenzasen sus pesquisas, y el de Lerma.
tuvo tiempo para ponerse en salvo, huyendo de España y di-
rigiéndose á París.
Conociendo los disgustos domésticos de don Pedro y la.
- 69 -
imposibilidad en que se encontraba de sustraerse por mucho
tiempo á la atención de los inquisidores, sus amigos le acon-
•sejaron que huyese con
el de Lerma. Mas se negó resuelta-
mente á respondió que dejarla á Madrid durante un
ello:
cierto tiempo y se encerrarla en la casa de sus antepasados
para entregarse allí en secreto al estudio de ciertos libros que
habia podido esconder. Mas dejar á España, donde tenia á
Constanza y sus hijos, aseguró que nunca lo haria.
Ocupábase entonces el mundo oficial en hacer grandes
preparativos para festejar el nacimiento de un heredero del
reino y de las dignidades imperiales. La vieja ciudad de
Valladolid y su competidor nuevo Madrid, se hablan engala-
nado con todo su esplendor, cuando de repente una orden
del emperador vino á cortar de un golpe todos los prepara-
tivos.
— ¿Qué ha sucedido?— se preguntaban unos á otros los
mercaderes, viendo que nadie compraba las preciosas mercan-
cías de que habían preparado un repuesto para las fiestas.
^Está en peligro de muerte la emperatriz Isabel, ó es que
el niño imperial ha muerto antes de poder ver la luz del sol?
Pronto se puso ya en claro la causa de aquella suspensión.
El recien nacido, Felipe, y su madre, gozaban de perfecta
.^alud. Era que el ejército español acababa de obligar al
pontífice á refugiarse en el castillo de Sant Angelo, al cual
habían puesto también sitio. Era lo bastante para que cesa-
sen todos los regocijos.
A pueblo bajo no podía volver de su asom-
tal noticia, el
bro, y matronas españolas creían estar oyendo
las piadosas
una visión. ¡El Pontífice puesto en peligro, sitiado por el
ejército español! Entonces ¿por qué el emperador, hijo sumi-
so de la Iglesia, no volaba con sus huestes á salvar al padre
espiritual y defenderlo de los ultrajes impíos de la soldadesca
gTosera, cuya mayor parte era formada por suizos y alema-
nes luteranos?
La respuesta era sencilla. No entraba en los intereses del
Emperador ir al socorro de Roma, ni su Jefe, por muy santo
«que se le creyese. Ocupaba entonces la silla pontificia Cíe-
— Tó-
mente Vil, que ansioso, tanto como el Emperador, de ejercer
su poder temporal sobre Italia, se habia opuesto ya varias
veces á los proyectos de Carlos.
No tiene, pues, nada de particular que en vista de su ac-
titud hostil, y sobre todo, al saber que el llamado Vicario do
Dios en la tierra habia solicitado al marqués de Pescara para
que hiciese traición á Carlos y volviese sus armas contra éL
el sentimiento popular, ya fuertemente pronunciado en favor

de Carlos, sublevóse todo entero contra el Pontífice, cuyoa


manejos odiosos hablan sido más embarazosos y más funes-
tos á don Carlos que las turbulencias causadas por el monje
Lutero. Este, hasta entonces odiado universalmente, apare-
cía ahora como una especie de héroe en su oposición á la vo-
luntad pontifical; y sus doctrinas, por una consecuencia na-
tural, estaban ahora en favor.
Sin embargo, la Inquisición no por esto amainó velas;
antes se dio más prisa y maña para encarcelar á los que le-
vantasen su voz en contra del Papa y de las doctrinas de Roma.
Aún no habia llegado á París el de Lerma, y ya su sobrino,
que le habia sucedido en su cátedra, fue acusado de ser par-
tidario de las nuevas doctrinas, y como su ti o, pudo huir á
tiempo de no caer en manos de los esbirros inquisitoriales.
No fue tan feliz su hermano Juan de Vergara y uno de sus
amigos, que sorprendidos, fueron encerrados en los calabozos-
de la Inquisición de Toledo.
*
El silencio que vino sobre ellos, hizo esperar por mucho
tiempo que habrían logrado evadirse de la cárcel. Pero era
el procedimiento habitual del Santo Oficio dejar en el silencio
de la tumba á los desgraciados que caian en su poder, hasta
el di a en que los llevaba á la plaza pública á presentarlos en

espectáculo á los ángeles y á los hombres en los horribles


instrumentos de tortura, haciéndoles expiar en los más crue-
les tormentos su crimen de herejía. Así fue con estos dos
hombres de ciencia, hasta que un dia fueron conducidos á la
catedral de Toledo para abjurar las doctrinas de que se los
habia acusado.
Esperaban con una vigilancia semejante cerrar la boca
— 71 —
de los partidarios de Lutero é impedir el que propagasen sus
doctrinas. Sin embargo, sucedia con frecuencia todo lo con-
trario. Así se vio que don Pedro, apenas informado de la re-
tractación de sus dos amigos, abandonó el castillo en que
habia vivido solitario durante muchos meses, y fué á estable-
cer su residencia en Valladolid con el objeto de extender las
nuevas doctrinas en el círculo de sus amigos. Estos, en su
mayoría, pertenecían á la nobleza y á las clases más altas de
la sociedad, y procedía con ellos con la mayor precaución y

la más exquisita prudencia.


Xo habia síntoma ninguno de que la Inquisición se can-
sase de perseguir á los herejes, ni el pueblo se sintiese fati-
gado del yugo inquisitorial. La época de las conquistas y
de los grandes descubrimientos estaba en su plenitud: aca-
baba de tenerse noticia de que se habia descubierto el Perú
en 1531. Sus minas de metales preciosos y las riquezas de
toda especie que se contaban de aquel pais, eran una no pe-
queña garantía del auge que esto podia traer á la santa ma-
dre Iglesia.
Por otra parte, algunos personajes de la corte, en particu-
lar Alfonso Valdés, secretario del emperador, que habia acom-
pañado á su señor á Alemania á la dieta de Augsburgo y que
habia hecho conocimiento con Melancton, hablaba frecuente-
mente de los Reformadores más favorablemente que lo habia
hecho en el pasado.
Un pequeño círculo de partidarios suyos se habia forma-
do poco á poco en Valladolid, y muchos miembros de la no-
bleza española, que como Alfonso Valdés hablan seguido al
emperador á Alemania, se reunían periódicamente en casa
de don Pedro. Mas estas conferencias secretas no bastaban
para Valdés. Comprendiendo que la ignorancia es el auxiliar
poderoso de la superstición, se esforzó en abogar la causa
de la instrucción en las clases populares, así como en las
clases más acomodadas. Secundado en esta empresa por su
amigo Virués, capellán del emperador, vela ya en esperanza
á su pais señalarse á la atención de los pueblos por su saber,
como se habia señalado por su política, sus descubrimientos
- • 72 -
y sus conquistas. Mas la Inquisición tenia fijos sus ojos sobre
los dos amigos. Virués pudo marchar á Sevilla cu compañía
de don Pedro; pero Valdés fue muy })ronto cogido y presen-
tado al Tribunal de la Inquisición, bajo la triple acusación
de profesar las ideos de Lutero, de sostener relaciones con
los Reformadores de Alemania y de haber colaborado con su
hermano Juan en la publicación de los Diálogos.
Después de haber franqueado las montañas y haber lle-
gado á las llanuras de Andalucía, Virués podia felicitarse de
híil)er podido, gracias á sus talentos de orador sobresa-

liente y al alto favor de que gozaba cerca del emperador,


escapar al peligro y sustraerse á los cerrojos de acero de la
Inquisición,
De todas maneras, llegó á Sevilla lleno de las más gran-
des esperanzas por el porvenir de aquella Universidad, que
habia ido á visitar, y no estaba dispuesto á participar de los
sombríos presentimientos de su compañero de viaje.
Desde su llegada, don Pedro se apresuró á ir á su casa,
para tomar una vez más informes de su mujer y de sus hijos.
Supo con gran gozo por el jardinero Díaz, que Constanza no
residía enteramente en el convento. Iba de cuando en cuando
á hacer una visita al castillo y á pasar allí algunas semanas
seguidas. Se la veia frecuentemente sentarse durante horas
enteras bajo el ciprés al pié del cual estaba la tumba de su
liijo.Parecia que esta tumba tenia para ella una inmensa
atracción, pues habia llevado allí á sus dos gemelos en sus

trajes de fraile y de monja, y les habia enseñado á orar por


el reposo del alma de su hermano.
Era para corazón de su })adre un gran dolor el ver que
el
sus hijos tuviesen una semejante educación, entregados á
las enseñanzas de una Iglesia, que pone las tinieblas en lugar
de la luz, que llama bien al mal y viceversa, y que iba á im-
pregnar para siempre sus jóvenes almas del más ciego y más
amargo fanatismo contra todo lo que él consideraba como el
bien más precioso y más[querido.
Después de muy serias consideraciones, formó el atrevi-
do proyecto de arrancarlos al convento, costase lo que eos-
— 73 —
tase, y huir con ellos á Inglaterra, donde hallarían asilo y
protección.
Un cierto número de miembros de su familia habian ido
á Londres con Catalina de Aragón, tia del emperador, y vi-
vían todavía con la reina en su retiro de Kimbolton. Después
de su divorcio con Enrique VIII, el reino de Inglaterra se
había separado del papismo. Esperaba hallar seguramente
en el circulo de la soberana amigos bastante ilustrados por
la luz que acababa de aparecer en aquel país, para recibirlos

y venir en su ayuda.
Don Pedro sabia que dejar á España era perder su ho-
nor, sus riquezas, su posición, todo lo que hay de más pre-
cioso en la vida. Mas todas estas cosas le parecían muy in-
significantes cuando las comparaba con el conocimiento del
amor de Dios revelado en Cristo Jesús, y consideraba que
sus hijos podían ser educados en este conocimiento, que es
muy superior á toda consideración de riqueza y glorias te-
rrestres.
Mas un proyecto como este no podía ser llevado á cabo
más que con los más grandes cuidados y la más exquisita
prudencia. Por el momento, don Pedro no veía el modo de
ponerlo en ejecución. Tomó, pues, la resolución de permane-
cer en Sevilla, esperar, velar y orar por la dicha de los seres
que le eran más queridos que su misma vida.
74

CAPITULO VIII.

Turbaciones de doña Constanza.

Los amigos, que don Pedro híibia dejado en Sevilla, y que


habian comenzado á abrir sus espíritus á las ideas de Lute-
ro, no liabian quedado inactivos en su ausencia. Un noble
caballero, Juan Valdés, hermano del secretario del empera-
dor y autor de los Diálogos, habia visitado á la familia de
doña Inés de Caronel y se habia concillado, así por su piedad
como por su predicación sabia y distinguida, el afecto de
sus parientes, don Domingo de Guzman, don Juan Ponce de
León, y hasta del sabio y espiritual Constantino Ponce de la
Fuente.
Parecia imposible, á primera vista, que pudiese tener lu-
gar la simpatía entre Constantino y Juan. Dotado de un espí-
ritu sutil y siempre despierto, era difícil á Constantino dejar
escapar las ocasiones de hacer alguna frase oportuna ó sati-
rizar las mañas de un clero grotesco y ridículo, así como vi-
cioso y perverso. Juan, por el contrario, era de una natura-
leza calmosa, reflexiva y meditabunda. Habia leido las obras,
místicas de Faubert, así como las de Lutero y Erasmo. Esta
diferencia de humor y de carácter, el odio que ambos tenían
á la ignorancia, y el deseo de trabajar por el levantamiento
intelectual y moral de España, los habia unido con la más
estrecha amistad.
Varios diferentes personajes habian tomado la costumbre
<le reunirse en el patio de don Pedro y de Isabel dé Baena^
donde Juan de Valdés les hacia oir su palabra conmovedora
y persuasiva. Uno de entre ellos, no obstante, el que habia
vuelto con don Pedro de Valladolid, Alfonso de Virués, no
habia aparecido aún en tales reuniones. Don Pedro se mara-
villaba de ello, persuadido de que, por secretas que fuesen
aquellas conferencias, debian ser conocidas de él. Presintien-
do algún acontecimiento desagradable, resolvió informarse
por si mismo cerca de los hermanos de su orden.
Andando un día la estrecha y tortuosa «calle de Guzman»,
tuvo precisamente ocasión de encontrar uno á su paso. Se
acercó á él y quiso hablarle. El fraile se contentó con ocultar
más profundamente su cabeza dentro de su capucha; después,
señalando con una mirada espantada á dos familiares de la
Inquisición, que le seguían los pasos, se alejó y desapareció.
Don Pedro creyó que era únicamente el siniestro traje
negro y la máscara de aquellos hombres lo que habia hecho
saltar de miedo al benedictino. Y en verdad, que no era sin
motivo. Todo caballero, cualquiera que él fuese, tenia muy
buen cuidado de hallarlos en su camino lo menos posible.
Tenia mucho de siniestro el andar furtivo y el misterio de
que rodeaban cada uno de sus actos, y que hacia pasar por
el alma mejor templada un estremecimiento frió de horror.

A don Pedro, por otra parte, no le faltaban motivos para te-


mer el hallarse en su presencia. Perdonó, pues, tacilmente al
fraile poltrón la pérdida de su sangre fria, y dejó para más
tarde sus informaciones, esperando ocasión más favorable,
en que no tuviese que temer la presencia de testigos de tan
poca seguridad.
Muchas semanas pasaron sin que tuviese ocasión de en-
contrar en la calle un benedictino, que no fuese seguido de
los siniestros familiares inquisitoriales. Y por cierto parecía
que entonces estaban más en movimiento que nunca. Don
Pedro y sus amigos, advertidos de aquellos movimientos, juz-
garon prudente renunciar, al menos por entonces, á sus re-
uniones habituales.
El momento que él esperaba se le presentó por fin. Un
monje, llamado Casiodoro, al que habia conocido, no hacia
— 76 -
mucho, se halló un dia cu su camino. Don Pedro le pidió no-
ticias de Virués. Casiodoro era menos poltrón, y menos difí-
cil que sus hermanos. Sabia también que don Pedro y sus

4imigos tenian ciertas aprensiones sobre su amigo, y él par-


ticipaba á su vez de las mismas. Habia llegado á sus oidos
que Virués habia caido en manos de la Inquisición: su repen-
tina desaparición confirmaba sus sospechas.
Hechas estas confidencias, Casiodoro pidió á don Pedro
que le procurase algunas obras referentes á la herejía, que-
riendo, decia, juzgar i)or sí mismo si Virués era verdadera-
mente culpable, y habia merecido ser encerrado en los cala-
bozos de Triana.
Aunque Casiodoro era monje, don Pedro sabia que podia
contar con su buena fe. Así que no tuvo reparo en hacer lle-
gar á sus manos diversos escritos de Lutero y Erasmo.
Los temores que se abrigaban respecto de Virués, desgra-
ciadamente fueron confirmados. Parecía no obstante que, al
poner su mano sobre el predicador favorito del emperador,
la Inquisición habia traspasado esta vez los límites de sus
derechos. Era el emperador el que le habia levantado al más
alto grado de poder, y le habia impuesto al pueblo contra su
grado y por temor. Debia, pues, en aquel momento pensar
que era un poco duro y humillante el ver á la Inquisición
extender sus poderes hasta sobre el suyo. Era también
tema de todas las conversaciones en Sevilla el discutir quién
vencerla en esta lucha, sobre todo desde que era del dominio
l)úblico, que el emperador habia tratado de detener el proce-
so, y el tribunal, á despecho del mandato real, lo proseguía.
Nada tenia de particular, pues, que en momentos tan crí-
ticos en que se veia luchar el poder real y la Inquisición, y
se veia arrojado de Sevilla al inquisidor general, el que to-
dos concediesen atención más que nunca á Lutero y su he-
rejía. Pero una cosa es derribar á un inquisidor, y otra de-
rribar el poder de la Inquisición.
— ¿Cuál es su sentir de usted?— preguntó un dia don Pe-
dro á su amigo Domingo.— ¿Qué determinación le parece á
usted que debe tomar nuestro CárlosV
— 77 —
—Pues no espero gran cosa de esto — respondió Domingo.
— Que nuestro emperador no está satisfecho del procedimiento
lo revela bastante el haber elegido á Juan de Valdés para que
íe acompañe á Alemania. Pero quepueda librar á un prisione-
ro de las garras de la Inquisición, creo que es muy dudoso.
— Juan Valdés me parece que va á hacer defección — res-
pondió tristemente don Pedro.
— —
No hariamos mal en ir todos á Alemania replicó Do-
mingo.
— Sí; pero si el emperador llega á arrebatar un prisionero^

entonces la nobleza seguirla su ejemplo.


—Sobre todo, guardémonos de caer en sus manos; el cas-
tillo de Triana ha cerrado sus puertas á un inquisidor desti-

tuido, pero no las ha abierto á Virués.


— Es verdad; pero lo veremos dentro de poco.
Debates como éste se oian en todas partes en Sevilla. Y
todos, olvidando preocupaciones y asuntos de diversiones y
de comercio, trataban de asuntos religiosos, y se esforzaban
por proporcionarse los libros prohibidos.
I>íi sociedad elegante de Sevilla no debia tardar en tener

una nueva sorpresa. Rodrigo de Valero, pariente, aunque


lejano, de doña Constanza, habia vivido mucho tiempo en
medio de los placeres y frivolidades del siglo. Los caballos,
sobre todo, hacían sus delicias, y más de un joven señor ha-
bría podido acusarle de haberse metido, por su ejemplo, en
ruinosas locuras. Los mercaderes de Flandes, por el contra-
rio, habrían debido estarle muy reconocidos por su faittuoso

amor al lujo, que les proporcionaba numerosos compradores.


Pero hé aquí que en un momento el joven y brillante caba-
llero desapareció de Sevilla, sin que se pudiese decir adonde
se habia marchado. Por su parte, no habia nada que temer
en relación con la Inquisición. Los estudios científicos, así
como los estudios religiosos, no le habían preocupado mucho
en ningún tiempo. Y todos los señores españoles podían lle-
var una vida tan alegre como quisiesen, con tal que fuesen
regularmente á la misa y á la confesión: la Iglesia los tenia,,
por lo demás, abandonados.
— 78 —
Cuando doña Constanza fue informada por doña Inés de
la desaparición de su pariente, ambas se pusieron bien pronto
á discutir los diferentes motivos que podian haberle llevado
á obrar de aquella suerte. La razón más plausible les parecía
ser la ruina de su fortuna; pero las comadres de Sevilla ha-
blan descubierto que todas sus deudas hablan sido pagadas
en previsión de su partida, de suerte que esta razón no tenia
fundamento.
— Estuvo con nosotros la noche antes de la desaparición
dijo doña Inés. —
Habia llevado consigo á un joven doctor,
Cristóbal Losada, el cual, digámoslo entre paréntesis, no mi-
raba con indiferencia á mi pequeña Beatriz.
— No puede usted ahora llamar pequeña á Beatriz res-—

pondió Constanza. ¿No tiene dieciseis años, un año más que
Juana? Que mi hija hubiese ya llegado á algunos meses más,
y yo la confiarla á la guarda de las hermanas del convento
para hacerme yo misma beata.
— ¿Beata? — contestó Inés consternada.
— Sí por cierto. Juana no es ya una niña, y bien podrá
pasarse sin mí
—¿Y consentirá usted, Constanza?...
Esta puso su cabeza entre sus manos, y después, abriendo
sus ojos llenos de la más inexplicable ansiedad.
— — —
Inés dijo suspirando es necesario que yo tome una
determinación. Yo he tenido más de una vez el pensamiento
de tomar el velo y entrar definitivamente en el convento, co-
mo reclusa. Mas yo conozco demasiado la vida del convento,
habiéndolo habitado yo misma. No es lo que yo pensaba. Yo
no podría nunca llevar la vida de monja. He conocido la vida
y el amor del mundo exterior. La monotonía, la vida insus-
tancial y las bajas querellas de la comunidad me serian inso-
portables. Es con dificultad el que puedo someterme ahora,
•cuando pienso en la dicha de mi casa y en mi muy querido
marido. ¡Oh! ¡y que no pueda yo forzar mi corazón á olvi-
darlo completamente! Mi confesor cree que lo he hecho, y
que las angustias que me atormentan provienen de otra cosa.
Desde el momento en que leí la carta que usted me trajo^
— 79 —
hace ya tanto tiempo, he tenido siempre un secreto que ocul-
tar, cuando me arrodillo á los pies del santo padre en el con-
fesonario, y usted comprende cuánto me hace sufrir el no po-
der revelárselo. Algunas veces me parecía que iba á adivinar
mi pensamiento. El envolvía mi espíritu en una red tal de
preguntas, que yo apenas sabia qué respuesta darle, para no
venderme. Yo sabia no obstante que lo engañaba. Y cuando
me daba la absolución, yo presa de remordimientos, ator-
mentada por el sentimiento de mi pecado, estaba á punto de
descubrirlo todo, de darle la carta, que llevarla, yo lo sé, á
mi amado Pedro á las manos de los inquisidores, y quizá á
la muerte. Esta consideración ha pesado siempre sobre mi
corazón más que otra alguna. Y cuando me alejaba en silen-
cio de los pies del confesor, me sentia abrumada y como ano-
nadada por el sentimiento de este pecado, que muchas veces
he ensayado á expiar con penitencias, fuera de la confesión.
— —
Lo cual es contrario á las leyes de la Iglesia contestó
doña Inés con gravedad.
Doña Constanza lanzó sobre ella una mirada escrutadora.
— —
Me parecía dijo— haber oído á usted decir en alguna
ocasión que no tiene una fe muy firme en la confesión.
— — —
Asi es replicó Inés. Yo quería nada más recordar á
usted las órdenes de la Iglesia. Y si usted rompe con ella en
este punto, ¿qué mal puede haber en romper en los otros?
— Por favor, Inés, no me ponga usted en tortura. No sabe
usted lo que yo sufro cuando voy al confesonario. Ese se-
creto pavoroso está siempre presente á mi espíritu. Siento
continuamente que me quema los labios, obligada á pesar
con sumo cuidado mis palabras para evitar que una de ellas
me descubra. ¡Oh! no me diga usted nunca que yo seria eter-
namente condenada por haber amado demasiado á mi mari-
do, y haberme resistido á hacerle traición.
— Esté usted tranquila, Constanza. Era solamente para
convencer á usted de que hay circunstancias en que es abso-
lutamente imposible el cumplir las leyes de la Iglesia, para
lo que he hablado como lo he hecho. Las exigencias del con-
fesonario son muchas veces peligrosas. Nadie desconoce el
— 80 —
uso que el sacerdote puede hacer contra nosotros ó contra
las personas que nosotros amamos, de las confidencias que él
busca recibir de nosotros.
No es en mi en quien yo pienso, es en mi querido Pedro
y en mi primogénito, que reposa en el jardin de mi casa.
—Pues respecto á este punto, hace ya mucho tiempo que
don Pedro está muy tranquilo.

Es verdad. Y nuestro viejo jardinero Diaz acaricia tam-
bién las mismas esperanzas ilusorias. El pobre apenas puede
tenerse derecho, y sin embargo, vela con la misma solicitud
de siempre sobre la pequeña tumba y para consolarme,
:

cuando voy á visitar aquel fúnebre sitio, viene siempre á ha-


blarme con grande interés de la felicidad de que goza mi
hijo.
— Sus palabras nodeberían ser tan entristecedoras para
usted, doña Constanza. El Divino Salvador, que murió para
expiar nuestros pecados sin necesidad de nuestra obra per-
sonal, ni la mediación de un sacerdote, se dignará, sin duda,
acordarse del alma del pequeño niño, sin que la Iglesia tenga
que intervenir para nada.
—Hábleme usted mucho de estas cosas, Inés. Aunque yo
no me atrevo á creerlas, sin embargo, en ellas tanto
jha\^
consuelo! Yo me aliento sabiendo que hay otras personas que
creen así, y pensando que pudiera suceder que yo estuviese
en el error.
—En error seguramente estamos todos, Constanza. La
Iglesia nos ha tenido decididamente alejados de la influencia
de la Biblia, el solo libro que puede enseñarnos la verdad, á
conocer á Jesucristo como el Hijo de Dios enviado al mundo
par'a revelar á todos el amor del Padre.
—Mas, aunque nosotros la tuviésemos en nuestras ma-
— —
nos contestó doña Constanza seríamos por nuestra par-
te incapaces de comprenderla. La Iglesia condena como
pecado mortal toda traducción de este libro en lengua vul-
gar. Por otra parte, el griego y el hebreo pueden ser de tan-
tas maneras interpretados, que sólo la Iglesia, gracias á su
carácter infalible, puede descubrir el verdadero sentido y de-
— 81 ~
cidir qué es lo que se debe creer y lo que se debe desechar.
Yo misma he estado en ansiosa perplejidad respecto á cier-
tas palabras que oí al viejo jardinero Díaz. No podia apar-
tarlas de mi espíritu, y me causaban algún consuelo. Pero
las consulté con mi confesor que me dio la explicación de
ellas.Entonces comprendí que estaba equivocada; y tales pa-
labras, en lugar de darme consuelo como hasta entonces, au-
mentaron mi condenación y la de mi hijito.
— ¿Qué palabras eran esas, Constanza? ¿Las recuerda
usted?
— ¡Oh, sí, las recuerdo! Y ciertamente hubiera querido ol-

vidarlas, porque se presentan siempre á mi memoria como


un reproche de mi culpable descuido. Jesús dijo: «Dejad á
los niños venir á mí, y no los impidáis, porque de los tales
es el reino de los cielos.» Yo no las recordaba bien, y sentia
tener que volver á preguntárselas; pero el confesor me apre-
miaba á ello, y á su vez queria saber quién era el que me las
habia dicho, añadiendo que eran difíciles y peligrosas para
una persona ignorante. Y desde que el confesor me enseñó
su verdadero sentido yo estoy tranquila.
— ¿Y cuál es ese sentido?
— Me dijo el confesor que no querían decir «ir á Cristo,»
sino «ir á la Iglesia,» porque la Iglesia es ya la que represen-
ta á Cristo. Y como yo fui descuidada en llevar á mi hijo á la
Iglesia para su bautismo, he ahí por qué yo comprendo que
toda la culpa de que mí hijo no esté en el cielo la teng'O yo.
— Querida Constanza, dígame usted, ¿quién tiene derecho
para corregir las palabras de nuestro Salvador? El dijo: «De-
jad á los niños venir á mí;» no dijo: «Dejad que vayan á la
Iglesia.» Yo entiendo que tales palabras, así como otras mil
semejantes que en el Evangelio hay, deben entenderse y
practicarse como suenan y dicen. Yo veo que era el mismo
Jesucristo el que tomaba á los niños en sus brazos, y que
eran sus propias madres las que los presentaban, no la vir-
gen María ni los apóstoles. Es más, yo he leido que los após-
toles, más que presentar, lo que hicieron en esta ocasión fue
rechazar, apartar á las madres del lado de Jesús.
- 82 --

— ¿Pues qué, no estaba allí la virgen para interceder por


ellas?
-No. El Evangelio, ni en esa ocasión ni en ninguna otra,
nos habla de intercesión de virgen, apóstoles, ángeles, sacer-
dotes, etc. El Evangelio nos habla siempre y solamente de
los llamamientos de Jesús, de su compasión, de su ternura.
—¿Y el Hijo de Dios recibia directamente en sus brazos á
los niños? ¡Oh! si yo hubiera vivido entonces yo le hubiera
llevado á mi hijo hasta que hubiese llegado el dia de llevarlo
á la Iglesia.
—Mas suponed que él os hubiese respondido: «No necesi-
táis llevarlo á ellapara tener vida, porque yo soy el que la
doy directamente.»
— Entonces yo lo hubiera creido.
— Pues créalo usted ahora, Constanza. Porque ahora mis-
mo lo dice Jesucristo como lo decia entonces: «Dejad á los
niños venir á mí.» Y en otra parte: «Al que á mí viene, yo
no echo fuera;» y en otra: «Venid á mi todos los que estáis
le
trabajados y cargados, que yo os haré descansar;» y en otro
lugar: «Yo conozco mis ovejas, y les doy vida eterna, y na-
die las arrebatará de mi mano.» Es verdad que ahora Jesu-
cristo no está en carne mortal sobre la tierra; pero con la
misma facilidad con que las madres judías llevaban sus hijos
á la presencia corporal de Jesucristo, puede usted llevarlo á
la presencia espiritual de nuestro Salvador, y éste lo acepta-
rá, lo bendecirá. En lugar de hacer que la Iglesia se lo pre-
sente, presénteselo usted misma, que es más interesada y lo
hará con más decisión y con más empeño. Y Jesucristo lo
bendecirá.
Al oir esta argumentación tan sencilla y tan natural, doña
Constanza se quedó como anonadada. Su espíritu empezó á
vislumbrar lo que hasta entonces no habla visto. Y después
de unos momentos de reflexión respondió:
—Ir á él sin estar apoyada en la intercesión de la virgen,
los santos y los sacerdotes... ¡Ah! Inés, si yo fuese santa como
dicen que lo soy, entonces podría fomentar tales pretensio-
nes; mas yo sé que mi corazón está lleno de pecado, que mis
- 83 —
confesiones son imperfectas, que las durísimas penitencias
•que yo me impongo son impotentes para hacer desaparecer
de mi corazón el amor terrenal, y el deseo ardiente que tengo
de volver á mi casa, á mi marido y á mis hijos.
— ¡Ah! querida Constanza. ¿Quién ha enseñado á usted
•que sólo los santos son los recibidos por Jesucristo? Precisa-
mente él mismo dijo en una ocasión á los fariseos: «Los sanos
no necesitan médico, sino los enfermos. Yo he venido á bus-
car y salvar á los pecadores.» Y á los trabajados y cansados
•es á quienes llamaba, y á los sedientos á. quienes convidaba,

y á la samaritana, á la pecadora de Jerusalem, á los lepro-


sos, á los muertos, al ladrón sobre la cruz á quienes hacia
sus favores, porque «vino á buscar á las ovejas perdidas.»
Doña Inés no insistió más por entonces, dejando al Espí-
ritu del Señor trabajar aquella alma.
Por lo demás, Constanza era tenida como santa, y las gen-
tes se admiraban de que no hubiese tomado ya el velo de re-
ligiosa. La vida que llevaba en el convento hacia un gran
•contraste con la que habia llevado en otro tiempo. No estaba
ya en su ancho y elegante patio con sus hermosos surtido-
res, sus verdes y floridas macetas y sus comodísimos diva-
nes: una estrecha celda de piedra, de paredes desnudas y he-
ladas, una pobre cama de madera ordinaria, un sofá de paja
«n un rincón, y por todo adorno, un cuadro de Cristo en la
pared, una calavera y un reloj de arena sobre la mesa; he
^hí la habitación miserable en que veía sucederse lenta y
monótonamente sus dias, envuelta en una ropa de paño bur-
^0 y oscuro, é imponiéndose las más severas penitencias, y
no permitiéndose más que con intervalos largos de dias ver
•el rostro de su hijo y á su graciosa Juana, que vivia elegan-

temente instalada en otra habitación, al extremo opuesto del


convento.
Cuando doña Inés contemplaba el rostro macilento y el
cuerpo prematuramente encorvado de su amiga de la infan-
cia, cuando pensaba en su juventud pasada en compañía de
ella, en el brillante porvenir que le ofrecía el matrimonio con
-don Pedro, un marido tan amante, tan afable y tan noble, y
— 84 —
veia ahora todas sus esperanzas desvanecidas, enterradas e»'
tumba, y aquel riente porvenir quemado-
las tinieblas de la
en la mañana de la vida por el viento maléfico de la supersti-
ción grosera y del poder despótico de una Iglesia que se lla-
maba Sa7ita y Divina, sentia levantarse en su corazón un
sentimiento de indignación y de horror^ y una resolución más.
firme para romper los lazos que la retenían aún en aquella
Iglesia,y sacudir aquel yugo impuro y odioso que la moles-
taba tanto.
- 85

CAPITULO IX.

La casa de don Pedro.

En
el siglo XVI, las beatas en España venían á ser lo que

ííonhoy en día las hermanas de la caridad. Sin estar ligadas


con votos monásticos, como el clero regular, consagraban
íiu vida al cuidado de los enfermos, al consuelo y socorro
de pobres y afligidos, á remediar las necesidades de los i^a-
•cientes, ya con sus recursos personales, ya con limosnas que
recogían de personas caritativas.
Entrar, pues, en esta Orden, era para Constanza un cami-
no abierto, más apropiado que la vida de convento á su natu-
raleza sensible, pues en ella tendría la facilidad de dar libre
curso á las energías de su carácter, por tanto tiempo compri-
midas.
El confesor, que veia en esta resolución, tomada sin con-
sejo ni aun conocimiento previo de su marido, una prepara-
cion para la vida claustral deñnitiva, se guardó muy bien de
hacer oposición alguna.
Pero Constanza tenia también que pensar en su hija Jua-
na. Era ésta en aquel entonces una preciosa joven de quince
años, bella, dotada de espíritu y carácter hermosos, pero no
devota, ni inclinada al monaquismo. En el confesonario, so-
bre todo, su actitud no tenia nada de particularmente respe-
tuoso ni recogido. Cuando el padre le dirigía alguna deman-
da, que su modestia de joven le señalaba como fuera de lugar
-ó culpable, cuando le hacía preguntas insidiosas, adelantando

la respuesta que deseaba que la penitente le diese, ella no te-


— 86 —
mia oponer á todas estas licencias el silencio más obstinado^
Esta independencia de carácter habia ofrecido al confesor
ocasión de imponerle las más severas penitencias.
Doña Constanza, que habia sorprendido á su hija más de
una vez pasando las cuentas de su rosario, más por distrac-
ción y pasatiempo que por devoción y oración, estaba pro-
fundamente afligida de la indiferencia religiosa de Juana. Y
no era ciertamente por falta de conocimiento y reflexión por
lo que Juana obraba asi. Lo sabian su madre y su aya. Mu-
chas veces la joven les habia hecho ciertas preguntas sobre
su padre y sobre su estancia en el convento, que hubiera de-
seado mejor en otra casa, preguntas á las que se hablan vis-^
to muy embarazadas para responder. Y si cuando iba cre-
ciendo en edad, hablaba menos del misterio de que estaba
rodeada su infancia, no era porque estuviese menos preocu-
pada por ello. Habia llegado por sí misma, en fuerza de su&
observaciones personales, á descubrir el secreto, y á com-
prender que consistía únicamente en la sospecha de herejía
que pesaba sobre su padre. Este descubrimiento, en lugar de
hacérselo sospechoso y retraerla de él, habia por el contra-
rio hecho crecer más su simpatía hacia él.
Educada dentro de los muros del convento, bajo la direc-
ción y vigilancia de las monjas, no habia tardado en descu-
brir los celos mezquinos y los pequeños escándalos de la
comunidad. Atenta, sin que lo sospechasen, á observar toda
lo que pasaba en torno siiyo, todo lo vela y lo ola todo. Este
espectáculo la habia desengañado de tal manera, que á pesar
de su juventud, |no veia en la religión sino una farsa engaña-
dora, una comedia hipócrita, con que el clero se burlaba del
pueblo, y llegó á persuadirse que el clero no creía en la
existencia de Dios más que ella.
Cuando llegó á saber que su madre había tomado la deter-
minación de hacerse beata, formó el proyecto de hacer todo
lo contrario, es decir, de ponerse en la mayor comunicación
posible con el mundo exterior. Ese mundo estaba sumido en
el pecado y envuelto en tinieblas espantosas: el coní^sor se lo
había dicho muchas veces: pero al menos todo estaba á la vis-
— 87 —
ta y sin velo. Y esto era bastante para que ella lo prefiriese
á la sociedad hipócrita del convento. De hechd
esto no había
misterio ninguno al confesor. Este, que esperaba del fácil y
franco hablar de su penitente alguna arma de guerra de que
pudiera servirse contra su padre, cuando ella hubiese salido
del convento, se guardó muy bien de detenerla. Doña Cons-
tanza, por otra parte, no tuvo más que indicarle el deseo de
su hija de ir á su castillo y vivir con su padre, para que diese
inmediatamente su consentimiento.
El fraile tenia el olfato muy fino en materia de herejía.
Hasta entonces. don Pedro habia obrado con la más exquisita
prudencia. Ni en sus escritos, ni en sus palabras habia dejado
traslucir motivo alguno para una acusación. Habia podido
burlar la vigilancia más activa y estar al abrigo de las perse-
cuciones de las autoridades de Triana, que el padre Antonio
hubiera querido, hacia mucho tiempo, desencadenar sobre él.
Ahora el presbítero no desesperaba de hallar pruebas de sus
suposiciones, pues iba á continuar siendo el confesor de Jua-
na. Pensaba que no tendría dificultad en obtener de ella al-
gunos datos que deseaba, sobre la vida del castillo y sobre las
ideas del gran señor en cuanto á las doctrinas de Lutero.
Don Pedro, pues, fue informado en un hermoso dia, de la
vuelta próxima de su hija Juana. Ya habia sabido por doña
Inés, que Constanza habia resuelto entrar en la orden de las
beatas. Pero el descalabro que habia sufrido en la tentativa
que hiciera para arrancar á sus dos hijos del dominio y direc-
ción de la Iglesia, le habia desengañado tanto, que creyó inú-
til hacer en favor de su mujer una nueva tentativa, que se-

ria tan infructuosa como la ¡Drimera.


Habia sido efectivamente en balde el haber tomado todas
las medidas necesarias para apoderarse de ellos, y el haber
entrado en inteligencias con el capitán de un barco inglés,
anclado en San Lúcar, y que debia conducirlos en seguridad
á Londres. Su hijo Rodrigo, entonces hermano Fernando, nun-
ca fue autorizado á traspasar las murallas del claustro, mien-
tras que la dulce Isabel habia sido relegada al convento de
Santa Clara de Valladolid.
— 88 —
Las nuevas que le llegaron algunos dias después, del con-
vento de Santa María, habían sido como un bálsamo conso-
lador sobre la llaga que le produjera el fracaso de sus espe-
ranzas.
¡Iba á recibir en su casa á su hija Juana! Podia ya en
adelante estrecharla fuertemente contra su corazón con toda
libertad y con toda la vivacidad de su amor de padre, vivir
con ella y para ella, y prodigarle toda la ternura que sentía
desbordar de su alma. ¿Qué cosa más natural que sintiese
tanto regocijo á esa perspectiva, y que se afanase por tomar
las disposiciones convenientes para su próxima instalación
en el castillo?
Primeramente se aseguró del concurso de una dama, viu-
da de alguna edad, que él sabía era favorable en secreto á
las nuevas doctrinas, y que debia llenar con su hija el cargo
de dama de compañía, asistirla en sus recepciones en el cas-
tillo, acompañarla en sus paseos y en las visitas á sus amigas.

En cuanto á vigilarla y dirigirla, don Pedro no veía la nece-


sidad de ello. La existencia de su hija había sido hasta enton-
ces monótona é incolora. Quería ahora procurarle una exis-
tencia variada y brillante, y tan alegre como [posible fuera.
Su amada hija no debia sufrir otra voluntad que su voluntad
propia; debía ser libre de vivir á su gusto; y buscar sus pla-
ceres donde ella quisiese.
Así fue como Juana dejó el convento de Santa María, y
fue instalada en el suntuoso palacio de don Pedro.
Encantada de todas las magnificencias que la rodeaban,
perfectamente feliz con la sociedad de su amiga Beatriz de
Caronel, hija de doña Inés, parecía i^or el momento cuidarse
muy poco de las diversiones del mundo y de sus frivoli-
dades.
Había en una torre morisca, desde cuyo balcón
el castillo

se extendia la vista ámuchísima distancia por cima de los


tejados de la ciudad. Juana pasaba allí horas enteras, ocu-
pada unas veces en contemplar la marcha noble y arrogante
de su padre, paseándose á lo largo y ancho del lujoso patio,
y en preguntarse á sí misma con asombro, cómo pudo ser
— 91 —
que su madre hubiese podido renunciar á todos aquellos ob-
jetos tanamables y encantadores, para encerrarse en los
sombríos claustros de un monasterio. Otras veces contem-
plaba desde aquella torre las aguas rápidas del Guadalquivir,
siguiendo con ansiosa mirada aquel hermoso rio que llevaba
en sinuosos repliegues sus argentinas aguas hacia el Océano,
á través de los bosques de robles y álamos, de las huertas
de naranjos y limoneros cubiertos de frutos y flores, de las
plantaciones de granados de brillantes colores, entre los pa-
lacios de mármol con sus balcones moriscos, asombrada cada
vez más, cuando comparaba con este encantador espectáculo
la vida uniforme y vacia del convento.
Poco á poco, sin embargo, las conversaciones que tenia
con su joven amiga Beatriz, iban excitando su atención ha-
cia el mundo. Gustaban muy particularmente de hablar de
Cristóbal Losada. Hablar de él era hablar de Rodrigo de Va-
lero, de su repentina desaparición de los placeres y diver-
siones de la alegre Sevilla, de los que aquél era una viva
personificación.
Aunque doña Inés y su hija hablan renunciado á la mayor
parte de los goces mundanos, era embargo, á Bea-
fácil, sin
triz contar á Juana, que salia de su convento, más de una
anécdota interesante sobre las hazañas de Valero y el círculo
íntimo de sus amigos. Nada más natural que el que una jo-
ven, extraña en absoluto á todas estas cosas, se quedase en-
cantada de oirías.
Gracias á las lecciones que ella recibía también, doña
Juana de Castro no tardó en ser reputada en toda Sevilla
como la más brillante personificación de la moda. Se habia
¡arrojado con el ardor de su carácter bullicioso, á todos los
placeres que le sallan al paso, sin que don Pedro, como otros
padres indulgentes, pero poco sabios, hiciese nada por poner
freno al desbordamiento de sus deseos.
Habria podido ser de otra manera: pero en aquel entonces
don Pedro y la pequeña sociedad de reformados de Sevilla,
estaban en grande ansiedad con respecto al capellán del em-
perador. Los inquisidores hablan ganado el pleito. Más de
— 92 —
•cuatro años habían trascurrido desde la tentativa de Carlos
para obtener la libertad de Virués, y él estaba lang-uidecieudo
en los sombríos muros de Triana. Actualmente corría la
voz de que iba á celebrarse en la catedral un auto de fe,
en que Virués iba á abjurar públicamente las herejías de
Lutero.
Un brillante concurso de todo lo que Sevilla encerraba
de más instruido y más distinguido, se había formado para
asistir á la humillación de aquel hombre erudito y elocuente.
Fatigado éste por el inmenso trabajo á que se había dedicado
para preparar los argumentos y las respuestas de su defensa,
no esperaba más que el momento de desaprobar delante de
los jueces las doctrinas de Lutero y oír la sentencia del tri-
bunal.
Esta fue relativamente dulce, comparada con la que otros
habían oído pronunciar contra ellos; pero era muy severa,
atendida la naturaleza ardiente de Virués. Estar encerrado
durante dos años en los muros de un monasterio, con la
prohibición de hablar en piíblico otros dos años después de
-su salida, no era una pena insignificante para un hombre
como él.

Esto fue al mismo tiempo un rudo golpe para todos los


que se sentían en peligro de caer bajo las mismas acusacio-
nes. ¿Qué esperanza podía quedar á los simples particulares,
cuando el emperador mismo, con todo su poder, habia sido
incapaz de arrancar á su favorito de las garras de la Inqui-
sición,y para obtener la gracia y autorización de oírle otra
vez predicar delante de sí, habia tenido que implorar la ayu-
da del Soberano Pontífice, y presentar un Breve de parte de
Su Santidad?
Después de la retractación de Virués, todos los habitantes
de Sevilla habían comprendido que el poder del Santo Oficio
€n adelante, estaría por cima de cualquier influencia, por
grande que fuese. Más de un fraile, en aquel día, se habia
deslizado artificiosamente entre la multitud, para sondear la
opinión popular y sorprender particularmente las impresio-
nes de don Pedro, de doña Isabel de Baena y de doña Inés.
- 93 -
Mas todos estaban en g-uardia y tenían mucho cuidado en no
revelar, ni con palabras ni con gestos, su secreta simpatía
por el preso. El confesor mismo de doña Constanza tuvo no
poco empeño, y hubo de reconocer que, al menos esta vez,
habia sido completamente burlado.
Las preguntas insidiosas que habia dirigido á Juana para
arrancarle alguna revelación sobre las creencias de su padre,
no habían tenido éxito. Las respuestas que ella consentía en
darle en el confesonario, no salían del dominio de las diver-
siones, á las que se entregaba habitualmente.
Cambiando entonces de táctica, el presbítero se decidió á
vigilar cuidadosamente los alrededores de la casa de don
Pedro, para ver qué huéspedes la frecuentaban, á fin de po-
der por las indicaciones que pudiera obtener, hacer recaer
sobre él las sospechas de herejía. Así que, deslizándose y
confundiéndose con la muchedumbre, siguió de cerca á Juana
y su dueña, sin perderlas un solo instante de vista, con objeto
de sorprender la conversación que pudiesen tener, al volver
al castillo, con las personas que hallasen en su camino.
Pero precisamente aquel día Juana esperaba amigas. Y
necesitaba ir de prisa á casa, para mudar su traje y reci-
bir á sus huéspedes. Entró, pues, en su castillo sin detenerse
con nadie. El padre Antonio, que no quería ser despistado ni
por Juana ni por su padre, pensó que la joven le habría visto-
entre la multitud; pero que una vez entrada en su gran patio,
no podría ya sorprenderle en su escondrijo, y quedaría libre
de observar á su gusto la actitud de los concurrentes. En
consecuencia, se arrebujó en un recodo oscuro, al otro lado
de la calle, donde la luna empezaba á proyectar una sombra
espesa, y esperó. Bien pronto vio venir algunas damas ele-
gantes, acompañadas de sus dueñas, apuestos caballeros, y
de tiempo en tiempo algnin sabio de austero mirar, ó alguna
grave matrona. No era ciertamente aquella la sociedad que
él esperaba encontrar.

En suma, la reunión de aquella noche se hizo sin ruido.


Don Pedro habia invitado á algunos de sus amigos íntimos,
Constantino Ponce, Domingo de Guzman, Fernando de San
— 94 —
Juan y otros muchos caballeros particulares, ganados secre-
tamente á la Reforma, para hablar sobre los últimos aconte-
cimientos, y darles lectura de una carta de Lutero á uno de
sus amigos de Alemania, y que un comerciante de Amberes
le habia enviado.
El contenido de la carta era como sigue:
«Hermano mío, aprende á conocer á Cristo y Cristo cru-
»cificado; levanta á él tu alma, y dile, desesperando de ti:
»Señor Jesús, tú eres mi justicia y yo soy tu pecado. Tú has
»tomado sobre ti lo que era mió, y me has dado lo que era tuyo,
»tú te has hecho lo que no eras nunca, y has hecho de mi lo

»que yo no merecía. Guárdate de pretender por ti mismo
»una gran pureza. Tal pretensión podria darte la ilusión de
»que estás sin pecado. El Señor Jesús no consiente establecer
»su morada más que en casa délos pecadores. Es para hacerse
» solidario de sus faltas para lo que ha descendido del cielo,

» donde residía con el Santo. Considera toda la extensión de

»tal amor, y beberás en la fuente que corre de sus dulces


» consuelos.»

—Yo creo que no está lejos el tiempo en que tendremos


necesidad de que Dios, por su presencia, nos dispense sin
medida, consuelos y fuerzas— dijo al oir la lectura, Fernando
de San Juan.
— — —
¿No os parece dijo otro de los asistentes que la verdad
vivificante de Dios acabará por extenderse é implantarse en
este suelo, suelo tan ricamente dotado, de nuestra querida
España? Ha sido de algún tiempo á esta parte objeto de tan-
tos favores, que me parece destinada á ser, antes de mucho
tiempo, la dueña del mundo.
— —Si respondió don Pedro— si es que por conservar con
engaños é injusticias, como lo estamos haciendo, la América
no destruimos la esperanza de la más bella herencia que po-
demos desear, la herencia del cíelo. ¿Creéis que sea bueno,
que sea justo á los ojos de Dios, arrancar á los negros de
África á sus moradas para hacerlos trabajar en las minas dei
Nuevo Mundo? Eso es un gran mal seguramente. Hemos es-
tablecido una esclavitud más servil que la que está en uso
- 95 -
entre turcos. Pensad en que nosotros á su vez seremos redu-
cidos á servidumbre.
— No, no. Eso es ir demasiado lejos— dijo un interlocutor.
— Nuestro emperador se cuidará muy bien de evitarlo.
— Nuestro emperador no puede gran cosa, frente del poder

siempre creciente del Santo Oficio replicó tristemente don
Pedro.
— La Inquisición no ha puesto su mano más que sobre un
individuo--dijo Domingo. —Mas recordad la reciente expedi-
ción contra los corsarios de África, y observad que la cris-
tiandad está todavía unánime en admirar el valor de nuestro
«efior don Carlos, y cantar las glorias de Su Majestad.
— Ha sido ciertamente una gran acción, digna de los des-
cendientes de los viejos caballeros, dar la libertad á más de
veinte mil esclavos de toda nacionalidad, condenados sin pie-
dad por los piratas á la más dura esclavitud, y haberlos de-
vuelto á sus hog'ares después de haberles proporcionado ali-
mento y vestido. El que ha podido llevar á cabo acción tan
digna, no se detendrá ahí seguramente, y nos permitirá rom-
per las trabas espirituales, las cadenas y grillos forjados en
Roma por el clero — añadió otro interlocutor.
— Espero vivamente que podremos llegar á eso — dijoPonce
de León. — El emperador debe estar muy ofendido de los pro-
cedimientos de Inquisición con Virués, y en el próximo
la
concilio que va á reunirse para sancionar las doctrinas que
deben ser creídas por el pueblo, no dejará de insistir sobre la
supresión de esa institución injusta.
No todos los que hablan asistido á esa conversación, al
abrigo de la sombra protectora de los arcos de la sala, partici-
paban de las mismas esperanzas. La Inquisición gozaba ante^
el papa de un favor muy grande, y el emperador, que habia
debido á ésta muchas veces el buen éxito de sus empresas, y
veia en ella un auxiliar muy útil, así para triunfar de sus ene-
migos políticos, como para llenar sus cofres vacíos á costa de
los herejes cuyas riquezas se apresuraba á confiscar, se guar-
darla muy bien de contradecirle.
Después de haber leido un capítulo de la Carta á los Gala-
— 96 —
tas, seguido dela explicación hecha por Lutero en su Comeíi-
tario, lapequeña sociedad, que habia buscado la tranquilidad
en aquel agradable retiro, volvió á la sociedad alegre que se
hallaba en el patio, y se mezcló con los amigos de Juana, to-
dos del gran mundo de Sevilla. El humor inagotable de Cons-
tantino Ponce de la Fuente, y su reputación de sabio hablan
reunido en torno suyo á toda la juventud de la reunión. A
ejemplo de Erasmo, Constantino se complacía muy particu-
larmente en disparar contra los frailes perezosos é ignorantes
los dardos más acerados de su espíritu cáustico. Los compa-
raba á los zorros, á las comadrejas, y contaba á propósito de
ellos las más extrañas historias. Mas por extrañas que fuesen,,
encerraban siempre gran parte de verdad, y los santos no de-
jaban también en sus labios de hacer una lastimosa y grotesca
fígura.
Estas historias agradaban mucho á Juana, cuyo espíritu
penetrfinte podia hallar con facilidad el fondo de verdad que
contenían bajo el disfraz del ridículo.

Todos los que le rodeaban, no tenían la misma perspica-


cia, y muchos de ellos sacaban poco provecho de oir los he-
chos y manejos del clero. Los eclesiásticos eran, á sus ojos,,
los guias espirituales, en cuyas manos podían descargar toda
})reocupacion religiosa, y poner con seguridad la salvación
de sus almas. Presentarse de tiempo en tiempo en la Iglesia,
asistir á la misa, arrodillarse cuando el sacerdote consagraba

y elevaba la hostia, ir á confesar de cuando en cuando, no se


les pedia más. No tenían necesidad de atormentar su cabeza
por saber lo que debían creer ó dejar de creer. La Iglesia,
como madre bondadosa^ tomaba sobre sí toda la responsabi-
lidad, los dejaba en libertad de entregarse á su gusto á todos
los placeres, á todas las empresas comerciales de la época
sin que tuviesen que preocuparse de la vida venidera. Nada
chocante hallaban en aquellas historias, de las que Juana, con
el conocimiento profundo que tenia de la vida del convento,
daba testimonio de autenticidad; se contentaban con enco-
gerse de hombros, uniendo su risa á las carcajadas que aque-
llos relatos provocaban. No pasaba por su espíritu el pensar
— 97 -
por mismos en la religión, desde el momento en que la sen-

cilla observancia mecánica de los deberes religiosos y de los


ritos de la Iglesia era todo lo qne se les exigia.
La parte seria de la sociedad, por el contrario, discutía
con calor ciertas nuevas que acababan de llegar de Venecia.
Más de uno entre ellos habia conocido al soldado de Loyola,
ó habia oido hablar de sus luchas espirituales. Algunos de
ellostambién, entre ellos don Pedro, habían esperado que su
estancia en Paris le habria llevado á buscar en las Santas Es-
crituras luz y dirección, mejor que consagrar á la Iglesia una
obediencia ciega y pasiva. Estaban todos asombrados. Se ha-
bia extendido la noticia de que Loyola, eñ compañía de al-
gunos otros individuos de su humor y su carácter, habia co-
menzado á predicar en Venecia. Habia recibido las órdenes
sagradas, y la pequeña sociedad habia adoptado el nombre de
Compañía de Jesús.
Algunos señores de los que estaban sentados en torno de
la fuente de mármol, estaban muy lejos de pensar que esta
Sociedad de Jesuítas, recientemente creada, seria en manos
de la Iglesia el más poderoso de todos los agentes, destina-
do á ahogar la luz, que tan deseosos estaban de ver exten-
derse en toda aquella tierra, gobernada por los sacerdotes.
98

CAPITULO X.

La peste en Sevilla.

La esperanza del padre Amonio habia sido completamente


defraudada. Le habia sido en absoluto imposible penetrar
los sentimientos secretos de don Pedro.
Las frecuentes reuniones que se celebraban en casa dft
don Pedro, y á las que asistían elementos tan diferentes, no
le hablan proporcionado ningún hilo conductor. Se habia visto
oblig'ado á renunciar á sus investigaciones, y esperar ocasión
que le fuese más favorable. Esperaba también que Juana en
el confesonario le hiciese algunas revelaciones. Mas, aunque
la joven pudo conocer las ideas de su padre, era también la úl-
tima con quien el presbítero debió contar. Estaba muy lejos
de mirar como pecado el silencio sobre las cosas que no estaba
dispuesta á confesar, y Constanza tuvo que suplicarle con
lágrimas que se mostrase más respetuosa en su actitud con
el confesor.
Ahora existia un lazo de unión entre el marido y la mujer,
hacia tanto tiempo separados. Los dias en que la hija debia ir
á visitarla, doña Constanza, que residía todavía en el con-
vento, esperaba febrilmente su llegada. Estaba impaciente
por tener nuevas de su marido. Don Pedro por su parte no es-
peraba con menos impaciencia el momento en que Juana, á
su regreso del convento, le comunicara el estado en que se
encontraba su querida Constanza, ^l^ás de una vez le habia
ocurrido enviarle algún mensaje afectuoso. Mas, aunque ella
lo recibía con placer, y conservaba en su corazón cada una
— 99 —
de las palabras que él transmitia, como un depósito necesario
á su existencia, nunca se decidió á responderle, temerosa de
acrecentar el peso ya muy grande de pecados que tenia que
ocultar á su confesor.
Era sinembargo un consuelo para don Pedro el saber que
la salud de su mujer era mejor que antes, y que las penosas
funciones de asistir á los enfermos, que se habia impuesto, en
lugar de fatigarla, parecía que desarrollaban más su energía
dormida. Algunas veces, cuando sabia que ella debia volver
del hospital al convento, habia acariciado la idea de salir á su
encuentro en la calle y hablarla. Mas pensaba que, inmedia-
tamente qne realizara un intento de esta índole, podria cau-
sarle molestia, y decidirla aligarse definitivamente con votos
irrevocables. Así, por amor á ella, se contentaba con subir á
la azotea, desde donde podia ver á las beatas en el momento
en que dejaban el convento, y seguir con su miradíi á la que
creia ser su querida Constanza.
Durante este tiempo, la sola vista á distancia de aquellas
figuras encapuchadas satisfacía el corazón de don Pedro. Mas
en el momento en que el calor abrumador del estío comenzaba
á sumir aquella bulliciosa ciudad en la languidez y enerva-
miento, otro enemigo que habia llevado con frecuencia la de-
vastación á ciudades enteras, vino á posarse sin piedad sobre
la población de Sevilla consternada, hiriendo sin distinción
lo mismo al gran señor que al simple ciudadano. No se oia
de todas las bocas sino este grito de angustia: «La peste está
en Sevilla; la peste está en Sevilla!» Los hospitales, demasía
do estrechos, rebosaban de enfermos. Don Pedro estaba es-
pantado al pensar que su mujer debía estar todos los días en
contacto con los apestados, esperando á cada instante la noti-
cia de que habia caído víctima de tan terrible enfermedad.
Envió á su hija Juana á una villa lejana al abrigo del conta-
gio. Sus amigos le aconsejaban que se fuese con ella; mas la
ansiedad que le oprimía el corazón pensando en doña Cons-
tanza, le detuvo en Sevilla
Se había informado escrupulosamente del número de bea-
tas que debían ir diariamente'al hospital. Podia así contarlat»
— 100 —
á su paso, y saber si su mujer formaba parte del cortejo. Para
esto había renunciado á su antiguo observatorio, para ir, cada

vez, al ángulo de la calle de San Sebastian, desde donde po-


día verlas entrar en el hospital.

Muchos de sus amigos, que le habían sorprendido espiando

en aquella vecindad, habían prevenido del peligro que co-


le
rría de ser tocado de la infección. Mas don Pedro era indife-
rente á tales advertencias. Día tras día iba al mismo rincón^
contemplando con una mirada furtiva el semblante consumi-
do y demacrado de doña Constanza, en el momento en que
pasaba, con su cabeza encorvada por la pena, para ir al con-
vento.
Mientras esperaba, le sucedía con frecuencia ver pasar á
su lado á algún desgraciado atacado de la peste, presa del de-
lirio de la fiebre, que era trasportado al hospital. Pensando en
los cientos que así pasaban cada día, y que ya sentía al ángel
de la muerte extendiendo su helado aliento sobre su rostro,
se sentía temblar de terror.
Un día estaba esperando desde su rincón, y vio con fasci-
nación abrirse las puertas del hospital. Las beatas salieron,
y faltaba una. ¿No era doña Constanza? Esa fue la pregunta
que vino á la mente de don Pedro. Atormentada su alma de
dolor, quiso ir á informarse. Mas apenas tuvo tiempo de dar
un paso, cuando un espasmo general se apoderó de él. Ape-
sar del calor abrasador del estío y de las hogueras de cípre-
ses y enebros, que se encendían sin descanso en las calles para,
purificar el aire, un temblor convulsivo sacudía todo su ser.
Perdiendo al instante el conocimiento, herido de la peste,,
acabó por desplomarse en el suelo, insensible y sin movi-
miento.
¿Cuánto tiempo permaneció en aquella crítica situación?
nadie pudo decirlo. La Providencia quiso que uno de sus
amigos, don Domingo, que iba á dejar la ciudad é iba preci-
samente á despedirse de don Pedro, pasase por allí: se detuvo
delante de aquella forma, apenas humana, que le impedia el

camino, y le reconoció. Hé aquí lo que yo había presentí-
— —
do se dijo á sí mismo. ¡Ha estado tanto tiempo bajo la ín-
— 101 —
fluencia de esta atmósfera apestada, que ha acabado por ser
víctima del mal!
Sin esperar á buscar lo que debia hacer para ayudar á su
amigo, y sin pensar en el peligro que él mismo corría, llamó
en su ayuda á dos ó tres personas que pasaban, y mientras
éstas lo llevaban al castillo, él corrió á todo correr al con-
vento, pidiendo la asistencia de una de las beatas, que hiciese
de enfermera con don Pedro, pues los criados de la casa se
hablan marchado con Juana.
De cuatro en cuatro subia las escaleras del convento,
cuando se encontró precisamente con una de las hermanas.
Ansioso de volver al lado del amigo, y cuidar de que fuese
transportado con todo cuidado á su casa, se dirigió á la bea-
ta, y en dos palabras la declaró el objeto de su visita. Si no
hubiere ido tan apresurado ni tan ansioso, le habría sido fá-
cil ver, á la pronunciación del nombre de don Pedro, el ros-

tro ya descolorido de la enfermera tomar una palidez mortal,


y hubiera observado el temblor de su voz, cuando lanzando
un suspiro, murmuró casi sin aliento: «Yo voy, yo me
debo á él.»
Cumplido su mensaje, don Domingo volvió sus pasos atrás
para vigilar y dirigir á los que llevaban el cuerpo inanimado
de don Pedro, pero pensando en si la beata se olvidaría de la
demanda que se le había hecho, ó si sabría ir sola á la casa
del enfermo.
Mas cuál fue su asombro, cuando al llegar con don Pedro,
la hallóya instalada en la alcoba que había de recibirle, dan-
do sus órdenes, y habiendo mandado ya encender en toda la
casa fogatas de enebro, y habiendo enviado apresuradamente
por un médico. Sólo doña Constanza podía haber manifestado
tanta solicitud. Esta idea, que asaltó al pensamiento de Do-
mingo, no tardó en verse confirmada.
Doña Constanza, en efecto, pues ella era, se había inclina-
do sobre su enfermo, y había depositado á despecho del peli-
gro, un prolongado beso sobre la frente abrasada de su ma-
rido. Al contacto de aquellos labios amantes, el apestado pa-
reció tener un momento conciencia de lo que pasaba, y reco-
— 102 —
üocer aquella enfermera que estaba inclinada sobre su lecho.
Abrió sus ojos, miró en torno suyo, y pudo oirse salir de sus.
crispados labios el nombre de «Constanza.» Ella entonces
le dijo:
— Sí, mi querido Pedro, mi marido muy amado, sí, soy yo.

Yo que he venido á buscarte.


Mas sus ojos volvieron á cerrarse. Y vacia sobre el lecho^
como si la vida se hubiese cxting-uido en él para siempre.
Después de un espacio de tiempo considerable, apareció
elmédico. Sin apresurarse gran cosa, mandó encender en la
habitación una cantidad de mirra; después se decidió á acer-
carse y examinar al paciente. Su pronóstico no tuvo nada de
consolador. Dejó entrever que debia esperarse más bien un
tin próximo que un restablecimiento. Doña Constanza le es-

cuchó con una calma relativa. Mas cuando le vio girar sobre
sus pies y salir sin haber propuesto remedio ninguno, se
volvió como una loca hacia don Domingo, que esperaba en
pie delante de la puerta, y haciéndole una señal de que detu-
viese á ese hombre, á ese médico insensible:
— — —
Dígale usted exclamó que yo estoy dispuesta á some-
terme á todo-, si es necesario, hasta á volver al convento. Mas,
por Dios, que salve la vida de mi marido.
—No es posible— respondió el médico.— Su cuerpo está ya
todo cubierto de las manchas negruzcas de la peste. Sus pul-
mones respiran sólo aire de muerte.
Y pronunciando estas palabras se escapó al patio, donde
el humo del enebro quemado mezclaba sus blancos penachos
con los argentinos hilos de agua, que saliendo de la fuente
caian en menuda lluvia sobre las losas.
—Señora, este hombre no tiene corazón — exclamó don Do-
mingo. —Yo voy á buscar un joven médico, llamado Cristóbal
Losada, que no rehusará, estoy seguro, de hacer cuanto sea
posible. Mientras vuelvo, no abandone usted ni un momento
alquerido enfermo.
—No tenga usted cuidado— respondió Constanza, inclinan-
do la cabeza.
A toda prisa se despachó un sirviente en busca del joven
— 103 —
médico. Sea que éste, á causa de su juventud tuviese menor
clientela, y por consiguiente más tiempo á su disposición^ sea
que obrase por miramiento de Beatriz de Caronel, que él sa-
bia era amiga de la familia de don Pedro, fué inmediatamen-
te al lado de éste.
Examinó con toda solicitud el estado del enfermo, le hizo
una sangría, y ordenó que se renovase en la habitación la fu-
migación prescrita por el primer médico. El humo se hizo ya
tan intenso, que las columnas de mármol y las arcadas del
artesonado, desaparecieron bajo las nubes oscuras de él. Mas
Constanza estaba muy lejos de inquietarse por ello. Insensi-
ble á todo lo que pasaba á su alrededor, no tenia más que
una preocupación^, que era salvar á su muy amado don Pedro.
Prescribió también una medida que parecerá extraña en la
época actual, pero que entonces era practicada por todos los
médicos: el no dejar dormir al enfermo. Durante los accesos
de fiebre y delirio, así como en los momentos de entorpeci-
miento y debilidad, se debia sin descauso tenerlo despierto,
por el temor de que la muerte no viniese á soí[3renderle du-
rante el sueño.
Conforme con tal prescripción, doña Constanza mantenía
al enfermo en un estado constante de vigilia, humedeciendo

sus secos labios con agua de nieve, traida de Sierra Nevada.


Al mismo tiempo, cuidaba de conservar encendido el brasero
que ardia junto á la puerta, no permitiendo á nadie más que
al médico entrar en la alcoba, y rehusando obstinadamente
la asistencia de los domésticos, que le ofrecían partir la asis-
tencia dolorosa y los esfuerzos constantes que habia que ha-
cer para evitar que el enfermo durmiese. Absorta toda ella en
estos cuidados, parecía haber olvidado su vida del convento.
A no haber visto la vestidura de paño burdo que llevaba, y
el rosario que pendía de su cintura, no se hubiese creído que
vivía hacia tanto tiempo separada de su marido. Habia de-
jado el convento sin dar á nadie parte de sus intenciones, y
sin decir á nadie que salía de él.
Muchas de sus conpañeras, sabiendo la nueva de su re-
pentina desaparición, se perdían en mil conjeturas, temiendo
— 104 —
que hubiese sucumbido al golpe de la peste que hacia estra-
gos en la ciudad.
Este pensamiento traia desconcertado al padre Antonio.
Doña Constanza, por sumisa que fuese, le inspiraba grandes
recelos. Xo habia hecho aún donación de su gran fortuna á
la Iglesia^ y el presbítero no estaba en manera alguna dis-
puesto á dejar escapar de las manos lo que creia ya seguro.
No habia economizado astucia ni esfuerzos por Mava^' á su
confesada á pronunciar los v^otos religiosos, ó hacer al con-
vento donación de sus bienes. Pero Constanza tenia á su hija
Juana, y pensaba en ella. Sabia muy bien que la Iglesia no
dejarla de reclamar la parte de su hermano y hermanas ma-
yores. Habia reflexionado que Juana, aunque con su titulo
de hija de un grande de España, podría muy bien encontrar-
se un dia sin rentas. Y este pensamiento le vedaba ceder á
su hija hubiese mostrado inclina-
las instancias del fraile. Si
ción á la vida monástica, como
lo habia esperado al princi-
pio, no habria vacilado un instante en llegar hasta el fin. Hu-
biesen tomado el velo juntas, y habria desaparecido de un gol-
pe toda necesidad de conservar su fortuna.
Mas Juana habia preferido el mundo á la Iglesia y al con-
vento. Habia llegado, poco á poco, á ser entre su madre y
la casa que habia abandonado, un lazo poderoso, que ejercía
sobre el espíritu de doña Constanza una atracción continua,
despegándola insensiblemente del convento, á despecho de
lasamenazas de su confesor, y de los remordimientos de su
propia conciencia.
Tres dias después de su regreso, Constanza estaba sumida
en sus reflexiones, con su cabeza inclinada sobre su marido,
cuando sintió un ligero ruido á la puerta de la habitación.
Fué á abrir. ¡Era el padre Antonio, acompañado de uno de
los domésticos, que venia á reclamarla! La inesperada apa-
rición de su confesor la turbó al principio profundamente, y
su rostro, ya marchito por el sufrimiento, tomó, bajo el velo
que llevaba, una apariencia cadavérica. Mas el tono insolen-
te en que el presbítero le dirigió la palabra, no tardó en po-
nerla eu posesión de sí misma.
— 105 —
—Hermana Rosalia —
le dijo, llamándola por el nombre
que llevaba en el —
convento vengo en persona para volver á
usted en seguridad al redil.
Doña Constanza, en lugar de avanzar, se echó algunos
pasos atrás en la alcoba.
— — —
Mi deber de enfermera respondió me ordena perma-
necer aquí.
— Otra cumplirá mejor que usted ese deber; ya vendrá del
hospital para reemplazar á usted.
El eco de esta voz enojada y áspera, hicieron seguramen-
te impresión en los sentidos embotados del enfermo, porque
se removió penosamente sobre su lecho.
Constanza se acercó para calmarle, y no dejarle dormir.
Después volviéndose del lado de la puerta, dijo:
— Está usted turbando á mi marido.
— —
Lo siento vivamente respondió el presbítero con cierto
aire de ironía; —mas, puesto que nuestra conversación lo per-
turba, sígame usted al patio, Rosalía; allí discutiremos los
dos los medios de hacer venir otra en lugar de usted.
Doña Constanza hizo con su cabeza un signo nega-
tivo.
— No puedo dejarle un instante — dijo — el sueño puede
.serle fatal.

—Que un doméstico se quede velándole, hasta que otra


hermana venga del hospital — replicó el padre Antonio, diri-
giéndose hacia la puerta de la alcoba, que él se habia apre-
surado á abandonar.
Los domésticos, pensando que en el caso de ser tomados
del contagio, los santos no tendrían, para hacer con ellos un
milagro, las mismas razones que con el padre Antonio, que
tenia derecho para reclamar de ellos ese favor como justo sa-
lario de los esfuerzos que habia hecho para destruir la here
jia y hacer desaparecer los libros heréticos, habían tenido
muy buen cuidado de ponerse al abrigo del contagio, dejando
la proximidad de la alcoba ajtestada.
Mas el confesor no tenia el menor deseo de tener que re-
currir á la asistencia de los santos. Se apresuró á retirarse
— lOtí —
cuanto antes, mientras doña Constanza, de pie en la puerta,
procuraba retenerlo.
— —
No puedo absolutamente alejarme de él dijo pero yo —
seria muy feliz en que usted me diese su bendición; porque,
¿quién sabe si yo no seré también atacada de la peste?
— Hé ahí porqué, hija mía, le exhorto á volver al convento,
donde estará usted en toda seguridad. La Iglesia, como buena
madre, le tiende sus brazos en señal de bienvenida, y yo le
ruego que no resista á su llamamiento.
— Sí, mas yo no puedo abandonar á mi marido ahora res- —

pondió con los ojos bajos. Reciba usted ahora mi confesión,
padre, yo se lo ruego, ya que usted ha venido, pues tengo al-
gunas cosas que decirle, y déjeme usted cuidar á mi marido.
Al decir esto, cayó de rodillas sobre el suelo de la alcoba;
mas, aunque la penitente estuviese pronta para confesar, é
implorase con insistencia y súplicas el perdón de sus faltas,
el presbítero no se mostraba dispuesto en manera alguna á
concedérselo. Y viendo á Constanza de rodillas, se echó para
atrás, y con voz severa, le dijo:
— Vuelva usted primero al seno de la Iglesia, nuestra co-
mún madre, y yo entonces la oiré á usted en confesión.
Constanza se levantó lentamente de su humilde postura,
dirigiendo sus miradas hacia la puerta entreabierta. ¿Debia,
en la situación en que se hallaba, abandonar á su marido,
abandonarle en manos extrañas, cuando sólo, sólo el cuidado
de su mujer era lo que podia salvarle, y salvarle de una
muerte más terrible que la muerte corporal, arrancar su alma
de la muerte eterna, procurándole tiempo de arrepentimiento,
y entrar de nuevo en el seno de la Iglesia, de la cual hacia
tanto tiempo que se habia olvidado? La lucha que estos di-
versos sentimientos produjeron en su alma, fue de no larga
duración.
—Padre mió — dijo humildemente, y bajando sus ojos— me
es imposible dejar á mi marido en el estado en que se encuen-
tra; elvoto de fidelidad que yo le hice el dia en que me uní
con él, me lo veda.
— La iglesia tiene el poder de romper esos votos. Ya lo
— 109 —
estarían hace mucho tiempo, si usted lo hubiese querido.
— Noj padre. Está enfermo y en peligro de muerte. Yo
siento en estos momentos que los votos que me unen con él
me estrechan más. Permítame usted, por favor, que yo me
quede á su lado hasta que él esté mejor, hasta que la peste
le haya dejado.
Mas aquel hombre era incapaz de piedad.
— Usted tiene que volver ahora mismo al
convento, y sin
á usted enteramente cerrada. Tome
esto, la iglesia le será

usted su capuchón y sígame añadió en un tono imperioso é
impertinente.
El buen presbítero se habia olvidado de que estaba hablan-
do á la mujer de uno de los más grandes señores de España.
Mas sus palabras, llenas de arrogancia, hablan herido profun-
damente el alma generosa de doña Constanza. La sangre al-
tiva, que circulaba por sus venas, habia afluido á su rostro^
dando á su mirada una animación que el presbítero no habia
visto en ella nunca, é irguiendo altivamente su cabeza,
— Padre Antonio — dijo — he implorado la bendición de us-
ted sobre la obra que estoy cumpliendo aquí; usted puede re-
husármela, está en su derecho de usted, pero á usted no le
corresponde hacerme renunciar al más querido de mis debe-
res. ¡Soy la esposa de don Pedro! En el peligro que le ame-
naza, mi deber es estar á su lado.
El fraile fijó un momento sobre ella su mirada malvada é
hipócrita, y observó que á pesar de los esfuerzos que Cons-
tanza hacia por aparecer calmada, sus labios temblaban.
Creyó entonces poderla vencer por el terror.
— Pues que es así, escúcheme usted, esposa de don Pedro
— gritó con una voz chillona y colérica: —
La Iglesia rechaza
á usted para siempre, si en este mismo instante usted no vuel-
ve á ponerse bajo su protección.
Y no esperó á ver el efecto de sus palabras. Giró sobre sus
pies, se marchó y desapareció.
— lio

CAPITULO XI.

Lnz en el seno de las tinieblas.

Durante alf>'unos minutos, doña Constanza quedó inerte,


como petrificada, en el mismo sitio donde el presbítero la
habia dejado. Y era que la terrible sentencia pronunciada por
él perturbó hondamente la conciencia de la infeliz: «La Igle-

sia te rechaza para siempre.» «¡Para siempre!» repitieron


sus labios convulsivos.
Su primer movimiento fue ])reci pitarse en pos del sacer-
dote, prometerle que volverla al convento tan i)ronto como
otra hermana viniese á reemplazarla al lado de su marido.
Mas antes de que hubiese podido hacerlo, oyó el crujido de
la verja de hierro al cerrarse. Comprendió, pues, que era
tarde: el presbítero habia dejado la casa. Y no volvería más
í;ino á pronunciar tal vez sobre ella una condena definitiva.
A tan terrorífico pensamiento, Constanza se desplomó sin
conocimiento sobre las baldosas de mármol de la habitación,
abismada en su desgracia y en su desesperación. Toda la hiél
de aquella espantosa maldición, se habia repartido por su co-
razón como un líquido emponzoñado, y ella yacia sobre el
pavimento como si hubiese sido herida por la enfermedad que
tan grandes estragos estaba haciendo en Sevilla.
¿Cuánto tiempo permaneció en tal situación? Ella misma
no habría podido darse cuenta. Mas el pensamiento de que su
marido no debia estar solo tanto tiempo, vino poco á poco á
su cabe;!ia. Se levantó, pues, lentamente, y dio algunos pasos
— 111 -
vacilantes en la habitación, donde reinaba un calor sofocan-
te, y y con precaución al lecho del en-
se acercó en silencio
fermo; repentinamente agitó sus brazos un movimiento de
ang'ustia indescriptible. La maldición, que no habia sido pro-
nunciada aún de una manera formal, pero que según ella
pensaba, no dejarla de serlo, habia comenzado ya, sin duda,
su obra de destrucción. Don Pedro estaba sumido en un pro-
fundo letargo. La inmovilidad era tan completa, que el grito
de angustia que Constanza habia lanzado al verle en aquel
estado, aunque repercutió y resonó en aquellas bóvedas y
corredores, no habia producido la más lig'era impresión sobre
los sentidos aletargados del durmiente. Era inútil el preten-
der despertarlo. Era su desobediencia al cura lo que habia
hecho recaer sobre su marido esta insensibilidad ds plomo.
Ya no era tiempo de arrepentirse.
Finalmente, abrumada bajo el peso de los sufrimientos
acumulados sobre ella, extenuada por las vigilias prolonga-
das que habia tenido que guardar sobre su marido, cayó de
rodillas, y reclinando su cabeza sobre la almohada en que
reposaba la de su marido, se sintió á su vez acometida por
un pesado y profundo sueño.
Cuando los domésticos se apercibieron de que la pequeña
provisión de higos, melón y uvas que don Pedro debia chu-
par como refresco, estaba por tanto tiempo intacta junto á l-a
puerta, donde la dueña de la casa les habia ordenado poner-
la todas las mañanas, comenzaron á alarmarse. Penetrar en
aquella habitación infestada, era exponerse á una muerte
casi cierta; y la prohibición de doña Constanza respecto á
este asunto era formal. Mas las horas se sucedian con rapi-
dez. Ninguna voz se sentia en la cámara; ninguna mano ve-
nia á tocar el alimento que esperaba tanto tiempo sin tocar
en el mismo sitio. ¿Habrían sucumbido los dos esposos vícti-
mas del mismo mal?
Asustados á este pensamiento, los domésticos fueron á ex-
poner sus temores al jardinero, y á pedirle su consejo sobre
lo que deberla hacerse. Fuera de los cuidados que él tenia so-

bre la pequeña tumba, á la cual no permitia á nadie to-


— 112 —
car, el viejo Diaz apenas podia ya trabajar. ^Nlas á medida
({liesus fuerzas se iban debilitando, su espíritu parecía cada
vez más penetrante y más despejado. Este ardor de inteligen-
cia y su buen sentido, le hablan concillado la confianza y el
afecto de sus compañeros de servicio, que acudían siempre 4
pedir sus luces en los momentos difíciles.
hacia mucho tiempo que él se habría arriesgado á en-
Ya
trar en la cámara de don Pedro, si doña Constanza no se lo
hubiese prohibido. Mas ahora, estimulado por el peligro que
veía sobre sus amos, no vaciló un instante en hacerlo.
Silenciosamente y de puntillas puso su pie en la puerta, y
con el corazón lleno de respeto y religiosa ternura, esperan-
do hallarse ante un triste espectáculo de muerte, entró y se
acercó al lecho.
En el mismo momento don Pedro abrió lentamente los
ojos. No tenían nada de extraño ni de extraviado, antes al
contrario, en su mirada se reflejaba una llamarada de inte-
ligencia. Primero miró al viejo, después miró á la persona
cuya cabeza reposaba junto á la suya. El rostro de doña
Constanza estaba casi cubierto por los pliegues de la colcha
de seda que cubría toda la cama. Mas por una intuición re-
pentina, el enfermo comprendió muy pronto que era la com-
pañera de su vida, su querida Constanza, que la Iglesia le
había arrebatado por tanto tiempo.
— —
¿Está ella también enferma? preguntó con voz débil,
dirigiéndose á Diaz.
— La señora nos había prohibido la entrada en esta cáma-
ra; mas su silencio prolongado nos alarmó, y yo he entrado
para averiguar la causa.
— Ya estoy mejor— dijo don Pedro;— pero ¿está ella mala?
Diciendo esto, intentó incorporarse sobre su brazo, pero
demasiado débil para tan grande esfuerzo, volvió á caer gi-
miendo sobre la almohada. El viejo le acercó con toda prisa
unos granos de uva y hielo para refrescarle; después, levan-
tando el cuerpo de doña Constanza, la colocó sobre el mismo
lecho al lado de su marido, y juntos la despojaron de parte
de sus vestidos. Cuando vieron sus brazos demacrados, com-
— 113 -

prendieron que había sido atacada de la peste, y que la te-


rrible enfermedad se manifestaba ya con sus manchas amo-
ratadas sobre lo blanco de la piel.
A tal vista, don Pedro lanzó un grito de horror. El viejo
jardinero se esforzó en asegurarle que muchos de los que
habian sido atacados de la peste, como él, hablan podido ven-
cerla. Después, habiendo atizado el brasero casi apagado,
envió un doméstico en busca del joven médico.
Pasaron muchos dias. Don Pedro habia recobrado bastan-
tes fuerzas para levantarse y dar algún paseo por el patio.
Pero su esposa yacia todavía en el lecho, luchando entre la
vida y la muerte. Se le habian enviado muchos mensajes
desde el convento, pero ninguno de ellos habia llegado á sus
oídos. Don Pedro habia vuelto á tomar sobre ella la autoridad
y derechos de marido, y habia rehusado enérgicamente el de-
jarla trasportar ni al hospital ni al convento.
El P. Antonio, por su parte, acariciaba en su interior la
secreta esperanza de hacer expiar al noble señor su resis-
tencia obstinada, tan pronto como cesase la peste.
Felizmente para don Pedro, los desig*nios de venganza
del clérigo no habian de realizarse. Una mañana se supo
que la peste le habia invadido, y pocos dias después llegó la
noticia de su muerte. Doña Constanza entraba apenas en su
convalecencia. Su marido evitó cuidadosamente que llegase
aquella noticia á sus oídos, temiendo que la emoción le pro-
dujese una recaída.
Poco á poco, sin embargo, á medida que recobraba sus
fuerzas, se veía apoderarse de su espíritu una tristeza pro-
funda. Don Pedro conoció que deseaba saber si el presbítero
habia vuelto. Le anunció con todos los miramientos posibles
que el P. Antonio ya no espiaría más por las calles de la ciu-
dad, ni lanzaría los rayos de la Iglesia contra los que prefe-
rían obedecer á la voz interior de su conciencia antes que á
las exigencias de su enseñanza despótica.
Doña Constanza volvió fácilmente de la impresión dolo-
rosa que en el primer momento le causara esta noticia. Mas
por eso no quedó menos abatida y preocupada.
— 114 —
— ¡Oh! Pedro, mi querido esposo, ¿sabes que si yo hubiese
muerto durante esta terrible enfermedad, no habria habido
para mí ningún medio de salvación? Mi último acto con el
Padre Antonio habia sido un acto de desobediencia. Él rehusó
oir mi confesión y se marchó.
— No tengas miedo por eso, Constanza. Hay uno á quien
podemos libremente hacer nuestra confesión, que está siem-
pre dispuesto á oiría y concedernos el perdón que él nos ha
ganado con su propia sangre.
Constanza miró con ojo escrutador á su marido. Este,
sacando del bolsillo de su ropa la vieja Biblia castellana que
le habia dado tanto aliento y consuelo en sus horas de an-
gustia,
— —
—Escucha le dijo las ])alabras que nuestro buen Salva-
dor pronunció por si mismo.
Y, abriendo el Santo Libro, leyó con una voz conmo-
vida y penetrante el llamamiento de Jesús á los pecadores:
«Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo
os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis des-
canso para vuestras almas.»
— ¿Pero seria á la Virgen y á los santos apóstoles á quienes
se dirigía?— preguntó Constanza.
— No, querida Constanza: no fue á los santos solamente á
quienes se dirigió: Dijo: «Venid á mí todos los que estáis tra-
bajados y cargados.»
— —
Trabajados y cargados re])itió Constanza trabajados
y cargados... sí, cargados de buenas obras, ¿no es verdad? Y
estas buenas obras yo no las he hecho. Yo no he podido cum-
plir bien una sola, aun en los tiempos en que he estado ence-
rrada en el convento. Todos mis actos hasta aquí, mi corazón
me dice que están manchados por el pecado, y por consi-
guiente, que no son puros á los ojos de Dios. Yo pensaba
haber podido amontonar un tesoro de buenas obras, más que
suficiente para mi salvación y la tuya, Pedro. Pero me he
engañado miserablemente. Tu recuerdo, el recuerdo de una
vida de dicha y de ternura, á la que ya habia renunciado,
— 115 -
me asaltaban continuamente en níi espíritu y veniíin á tur-
barme en medio de mis más solemnes devociones. Agitada
continuamente por el sentimiento de que yo tenia siempre
que guardar respecto de tí un secreto que quemaba mis la-
bios, yo no he podido cumplir más que sacrificios incomple-
tos y actos no buenos. Estoy, pues, muy lejos de estar carga-
da de esas obras de virtud de que habla Jesús, y que él pide
á cambio de su perdón y su salvación.
Don Pedro no habia querido interrumpirla. Era la pri-
mera vez que ella hablaba de la vida del convento. Y espe-
raba saber si ella habria encontrado allí las satisfacciones
que esperaba. Mas sus últimas palabras estaban impregnadas
de una tristeza tal y tan profunda; el corazón, de donde se
escapaban en dolorosa queja, estaba trabajado y cargado
hasta un grado tan alto del sentimiento de culpabilidad y de
pecado, que él ya no pudo contenerse más.
— — —
Constanza le dijo ¿tú te sientes trabajada y cargada
por el pecado, no es verdad?
Ella le miró fijamente.
— — —
¡Oh! Pedro le contestó tuno sabes cuan pesadamente
estoy cargada-, no puedes conocer cuan pesada es la carga
que se ha amontonado sobre mis espaldas; me abruma has-
ta la tierra, y por fin, me precipitará sin esperanza en el fue-
go eterno del infierno.

Entonces, querida mía, tú perteneces á la categoría de
aquellos por quienes Jesucristo pronunció estas palabras con-
soladoras. Es precisamente á los pecadores á quienes se di-
rige, á todos los que se reconocen por tales, y que lloran

amargamente sus miserias replicó don Pedro con calma.

¡No, no, eso no es posible! —
exclamó ella, mirándole

con aire de incredulidad. No, el Señor Jesús está muy lejos
de nosotros, y nosotros no ])odemos atraerlo directamente.
Sólo la Santísima Virgen y los santos que componen el ejérci-
to celestial, pueden servir de intermediarios entre El .v nos-
otros. El es infinitamente santo, y no puede sufrir el contacto
-del pecado: le tiene horror.
— Es verdad, Constanza. El Señor Jesús tiene horror al
116 -
pecado, pero ama al pecador. Es para que el pecador pueda
acercarse á él, para lo que él vino en persona á quemar y
destruir en la cruz el poder del pecado. Escúchame el ejemplo
que voy á ponerte. Tú amas mucho á nuestra hija Juana, ¿no
es verdad? Pero no amas la ligereza con que ella mira las
cosas religiosas. Y á pesar de esto tú te guardarás muy bien
de renegar de ella. Al contrario, viéndola en el peligro en
que se halla, dices: «Yo ganaré su corazón, y entonces ella
no obrará asi, sabiendo el disgusto que me da.» Pues esa ha
sido la conducta de Jesucristo con los pecadores. Jesucristo
detesta el pecado, mas ama á los pecadores con toda la gran-
deza de su amor. Y para testificarles este amor, consintió en
dejar ese cielo y separarse de su Padre, de quien es Hijo
único y muy amado. Ese sacrificio, revelando toda la gran-
deza de su amor, les gana al mismo tiempo el i)rivilegio de
levantarse personalmente hasta su trono, y les garantiza por
toda la eternidad la morada al lado de él en aquella mansión
de la justicia, de la pureza y del amor. ¿Comprendes?
Doña Constanza estaba absorta, atenta á las palabras de
don Pedro, para no perder una de ellas. Mas cuando hubo él
concluido, meneó su cabeza con tristeza.
—Yo no he querido jamás considerarme como una peca-
dora. Yo, por el contrario, he querido siempre por mis es-
fuerzos llegar á ser una santa.
— ¿Y lo has logrado? — preguntó gravemente don Pedro.
— ¡Ay! tú sabes bien hasta qué punto me he extraviado.
— Pues este extravío puede, quieres, llevarte á Jesu-
si

cristo. Confiesa que, queriendo por tus propias fuerzas li-


brarte de las trabas del pecado, lo que has obtenido es caer
más de lleno bajo su poder. Dile, pues, que desesperando
ahora de ti misma y de tus esfuerzos para llegar al bien y á la
justicia, quieres implorar su socorro.
La importante conversación terminó con la entrada del
viejo jardinero, que traia una garrafa de agua de hielo, y un
canastillo de higos y racimos frescos.
El viejo no habia cesado de prodigar sus cuidados á los
dos enfermos. Gracias á su adhesión y á su prudencia, los
— 117 —
otros domésticos habían sido protegidos de la infección. La
pefte empezó poco á poco á disminuir sus estragos. Muchas
de las personas que habian huido ante el contagio, estaban
ya dispuestas á volver á Sevilla, y la ciudad iba tomando de
dia en dia su carácter habitual.
Doña Constanza no habia manifestado ningún deseo de
volver al convento. Como el confesor que habia ejercido an-
tes sobre ella una influencia tan funesta, ya habia muerto,
don Pedro esperaba que en adelante ella seria dejada en re-
poso, y seria conducida por el Espíritu de Dios á abrazar la
fe pura y santificante del Evangelio. Mas las cadenas del ro-
manismo, que habian atado tan estrechamente y por tanto
tiempo su espíritu, no podían ser tan fácilmente quebrantadas.
Semejante á la tierna yema, cuyas hojas nacientes no
pueden soltarse sino con grande dificultad de la estrecha en-
voltura que las retiene, y salen frescas y verdes solamente
después de haber absorbido el calor y la luz del sol primave-
ral, el alma de doña Constanza no debia romper sus ligadu-
ras sino lenta y gradualmente.
Ella habría deseado oír sin descanso la lectura y explica-
ciones que le hacia su marido de la vieja Biblia castellana.
Mas cuando se hallaba sola consigo misma, y reflexionaba so-
bre las verdades allí reveladas, y las comparaba con la ense-
ñanza de la Iglesia que habia aprendido desde su más tierna
infancia, á venerar como una iglesia santa é infalible, sentía
una pena infinita. Asaltada continuamente por la duda, se
preguntaba con ansia dónde estaba la verdad. ¿Debia buscar-
la, como le decían su marido y los sabios reformadores de

Alemania, en la Biblia, ó en la Iglesia, esa vieja Iglesia roma-


na depositaría de las reliquias de los santos y de los mártires,
que tenia derecho á disponer como dueña absoluta de los teso-
ros acumulados de méritos y obras de supererogación, que
podía á su arbitrio conceder el perdón ó pronunciar la des-
gracia, y otorgar indulgencia plenaria y perpetua al que ob-
serva sus leyes y sus mandatos? Bajo la influencia de esta
íncertidumbre, se decidió á pedir á su marido su consejo so-
bre la elección de un nuevo confesor.
— 118 -
En realidad don Pedro no sabia si aleg^rarse ó entriste-
cerse de esta nueva resolución. Habia esperado que su niu^'er
no recurriese ya más á la dirección de un presbítero; que
ningnin hombre vendría ya en adelante á partir con él los
secretos íntimos y sag-rados de su alma; que ningún confesor
seria ya poderoso á cambiar aquel corazón amante, ni contra
él, ni contra la enseñanza del Dios vivo. Por otra parte, el he-

cho de haberle consultado ella sobre la elección del confesor,


le parecía un paso adelante en dirección de la verdad. Antes,
cuando habia (luerido disuadirla de tomar al padre Antonio
por director de su conciencia, ella le habia respondido que no
tenia que intervenir en sus asuntos espirituales, que la Igle-
sia sola era la que tenia derecho en esa materia. Así que, la
consulta que le habia hecho, era una señal que revelaba que
no tenia ya una confianza tan absoluta en los derechos y po-
der de la Ig"lesia. Todo bien considerado, él no podía aún es-
perar que ella renunciase de un golpe, á lo que ella habia
considerado siempre como una ayuda y un conductor. Aun-
que en esto vio un obstáculo que retardaría sus progresos
espirituales, accedió á la demanda, y le recomendó que eli-

giese padre Casiodbro, cuyas secretas sim])atías por las


al
ideas déla Reforma conocía.
Fué, pues, para Constanza un gran gozo el tener de nuevo
un confesor. Mas los consejos de éste eran tan opuestos á los
(jue le habia dado el padre Antonio, que no pudo menos de
sentir por ello cierto asombro. El primero no le habia acon-
sejado sino frecuente asistencia á la misa, muchos ayunos, la
adoración de los santos, la confesión auricular y otras prác-
ticas como éstas. El padre Casiodoro, por el contrarío, le pre-
sentaba todas estas cosas como procedimientos absolutamente
ineficaces para conseguir el perdón y las bendiciones de
Dios.
Por el el padre Casiodoro no se había atrevido á
pronto,
ir más Mas, poco á poco, el maestro y la díscípula em-
lejos.
pezaron á perder la confianza ciega que habían tenido en las
enseñanzas de Roma, y aprendieron á mirar al Cristo de la
Biblia como el solo sacrificio expiatorio, ofrecido una vez
— 119 —
para siempre por los pecados del mundo, como el único Me-
diador entre Dios y los hombres. Una vez en posesión de esta
verdad fundamental, llenos de fe y confianza, uno y otra ha-
llaron el reposo de su alma.
120

CAPITULO XII.

Rodrigo de Valero.

La espantosa plaga se había disipado ya. Los fugitivos


habian vuelto á Sevilla, y entre ellos Juana, acompañada de
los domésticos que la habian seguido en su huida.
Grande fue la sorpresa, pero más grande aún la alegría,
cuando vio á su madre, aunque vestida todavía con su traje
de beata, ocupar en la casa el lugar que le correspondía.
Doña Constanza por su parte no fue menos felizmente
asombrada del cambio indefinible que el alejamiento prolon-
gado de la ciudad habia obrado en toda la persona de su
hija. No parecía más aficionada á la misa que lo que antes
era, tampoco frecuentaba la confesión más que antes; y sin
embargo, ahora tenia á las prácticas religiosas un respeto
que antes no habia conocido nunca su madre.
Juana estaba un dia sentada al balcón de la torre en com-
pañía de su amiga Beatriz de Caronel. Ambas agitaban pe-
rezosamente sus abanicos, y miraban con indiferencia correr
las aguas del rio, señal infalible de que su pensamiento esta-
ba en otra cosa, cuando repentinamente Beatriz rompió el
silencio, diciendo con acento de tristeza:
— Conozco á uno, que acaba de dejar á Sevilla.

—¿Uno que acaba de dejar á Sevilla? repitió Juana,

echando una mirada escrutadora sobre su amiga. Pues yo
conozco uno que volverá bien pronto á Sevilla.
— —
No. Ha marchado sin esperanza de volver respondió
— 121 —
tristemente Beatriz, mientras tristes lági-imas brotaban de

sus ojos. Se ha despedido de mí anoche, diciéndome que no
se atrevia á pensar más en mí, porque mis padres no habian
respondido favorablemente á sus deseos.
—¿Hablas del joven médico Cristóbal Losada? preguntó —
Juana.
Beatriz bajó su cabeza en señal afirmativa. Y rompió en
sollozos, sin tratar de contenerlos delante de su amiga.
—¡Era tan franco, tan noble, tan leal!— exclamó con acen-
to de dolor. — Mas ¡ay! ¡no podia ser!
— ¿Por qué no, Beatriz? ¿No pertenece Losada á una fa-
milia honrada? ¿no es el médico más distinguido de la ciudad?
¿Qué más se puede desear?
— ¡Ay!Muchas cosas — contestó Beatriz, no pudiendo con-
tener sus lágrimas. — Dices que Cristóbal tieue todo lo que se
puede desear. Desgraciadamente él es extremadamente adic-
to á la antigua fe, á la adoración de los santos, á las vanas
ceremonias de la Iglesia, mientras yo he aprendido de mi
madre á creer en el Señor Jesús, y á adorarle á él solo. La
diferencia entre los dos puntos de vista es tan considerable,
que es imposible toda avenencia. Pero lo que más me aflige,
es el verle entregarse tan ciegamente á las prácticas supers-
ticiosas del clero.
Beatriz habia oido á Juana decir muchas veces que no
tenia fe en ninguna religión. Así, esperaba casi, que, reve-
lándole la naturaleza de los obstáculos que se oponían á la
realización de su dicha, la vería reírse y burlarse. Juana, por
el contrario, la abrazó con ternura, y con acento de tierno
cariño, le dijo:
—Siento por ello mucha pena, Beatriz.
Mas al mismo tiempo parecía preocuparle otro pensa-
miento.
— —
¿Xo es»peligroso profesar esas doctrinas? añadió. ¿Y —
el señor Losada, en despecho, no puede lanzar sobre tí y tu
familia la sospecha de herejía, como lo han hecho otros con-
tra el capellán del emperador?
Oyendo sospechar tal bajeza en aquel que ella amaba, y
— 122 —
cuyo carácter generoso conocía, Beatriz sintió sonrojarse sus
mejillas.
—No conoces al señor Losada — —
respondió; de otra mane-
ra, no me hubieras hecho esa pregunta. No, ciertamente. El
guardará para sí nuestro secreto. El se ha dedicado á leer los
escritos de Lutero y Erasmo, aunque tiene el presentimiento
de que no serán de su aprobación. ¿Y tú, Juana, dices que
alguien va á volver bien pronto á Sevilla? ¿Es alguno de
nuestros amigos?

¿No era uno de ellos Rodrigo de Valero? respondió —
Juana.
— —
El venia á vernos ocasionalmente respondió Beatriz.
Mas tú sabes que nosotros no participábamos ni aprobábamos
todos los placeres, que él habia hecho la única ocupación de
su vida. ¿En qué respecto viene él á Sevilla? ¿Tiene acaso
intención, ahora que está ya cansado de los placeres del
mundo, de entrar en algún convento? Hemos oido decir que
después de su partida vive en completo aislamiento, dando
su cuerpo y alma al estudio y á las prácticas religiosas. Tal
manera de obrar me parece singularmente extraña.
— —
Y sin embargo, es la verdad respondió Juana. Yo —
misma le he visto más de una vez en sus paseos solitarios,
durante mi ausencia de Sevilla. El sabia que éramos algo pa-
rientes. Sabia también que yo amaba, como él antes, la vida
elegante y mundana. Hemos conversado los dos más de una
vez.
—¿Y el señor Valero comprendía naturalmente tu amor á
estas cosas?
— Y me ha enseñado á mí, á mí, que no las comprendía,
que ni aun me ha enseñado otras cosas más. Se
las conocía,
jia entregado á un estudio concienzudo del latín para poder
llegar á leer la Vulgata, la línica versión de los libros santos
tolerados en España.

¿Y sabes por qué se permite la versión de la Vulgata, al
mismo tiempo que se prohibe la lectura en hebreo?— pregun-
tó Beatriz.
— No; yo he pensado poco en estas cosas, como tú sabes.
— V2'ó —
—Pues yo me he ocupado de ello, así como mi madre. Y
he oido decir que la Yulgata es una versión falsificada, hecha
con objeto de dar más autoridad á las invenciones y á las co-
rrupciones de la Iglesia romana. He aquí por qué las Biblias
en hebreo son quemadas en la plaza pública, y el estudio de
esta lengua está prohibido. El papa y los sacerdotes no con-
sienten que los errores de su versión latina sean descubiertos
y sacados á luz. Mas, aunque no hay en España más que un
pequeño número de sabios que puedan comprender la Biblia
en su lengua original, los que la comprenden están empeña-
dos en comparar la traducción autorizada por la Iglesia con
los documentos auténticos, y no tienen temor de declarar
que está plagada de errores. El señor Valero no me ha dicho
que estos errores hayan llamado su atención. Cuando me ha
hablado de la Biblia, ha sido siempre para hablarme de Cris-
to, de la obra de redención que consumó para nuestra salva-

ción y para revelarnos el amor y voluntad del Padre.


— —
Volverá á Sevilla pronto continuó diciendo Juana —
se propone obrar con ardor cerca de los miembros del clero,
hablar á los frailes y á los curas, clamar contra su vida es-
candalosa, y denunciar el odioso procedimiento, por el cual,
torciendo en su provecho el sentido de las verdades divinas,
tienen al pueblo bajo en la ignorancia, la superstición y la
esclavitud del pecado.
—Sí — contestó Beatriz — mas en su camino encontrará mil
dificultades y miserias. Y al decir esto, miró instintivamente
al castillo de Triana, que proyectaba una sombra negra sobre
el hermoso azul del horizonte.
— Lo hará bravamente, como un valiente caballero de los

tiempos pasados dijo Juana, acompañando su dicho con una

mirada expresiva. Yo me he representado frecuentemente,
al oir contar á mi aya las hazañas de mis antepasados, el
gozo que yo habría sentido al vivir en aquella época, el pla-
cer que hubiera tenido en ser la dama de alguno de esos no-
bles caballeros, al ponerle su casco y su armadura, animarlo
al combate, aunque hubiese tenido la perspectiva de quedar
solitaria con alguna vieja dueña, encerrada como una reclu-
— 124 —
sa en los tristesmuros de alg'un castillo viejo. Yo veia en mi
imaginación, partir el brillante cortejo de esos caballeros^ en-
cabritándose sus caballos, desplegada su bandera, y la lanza
brillando en su puño. Yo me los representaba, levantando to-
dos sus escudos contra la crueldad, la opresión y la injusti-
cia; yo veia al caballero de mis pensamientos, no pudiendo
combatir sino por las nobles causas, aunque hubiese queda-
do en el mundo solo contra todos.
— Eso —
que ha hecho Lutero contestó Beatriz — y lo
es lo
que piensa hacer Rodrigo sin duda.
Juana, cuyas mejillas se coloraban con el más encendido
rojo, al hablar de estas cosas, dijo:
— Empiezan á caer las sombras de la noche, ¿quieres,
Beatriz, que nos vayamos al patio, donde estarán ya muchos
de nuestros amigos?
La noticia de la vuelta de Valero era vivamente discutida
por la parte femenina de la reunión. Doña Inés hacia á doña
Constanza la historia de la vida anterior del joven, y del
cambio súbito que habia habido en sus sentimientos.
Don Pedro y algunos otros grandes señores, muy disgus-
tados, cambiaban sus impresiones sobre las contribuciones
cada vez más exorbitantes, que el emperador hacia pesar so-
bre ellos. Era muy bueno llevar la guerra á los turcos, y si
éstos no querian venir al cristianismo, hacerlos desaparecer
de sobre la haz de la tierra. Pero no era sólo contra los tur-
cos contra quienes el emperador movia la guerra. Los fran-
ceses y los italianos eran también objeto de sus miras ambi-
ciosas; y más de uno decia que si el proyecto que hablan for-
mado el emperador y la majestad cristianísima del rey de
Francia, de arreglar sus diferencias en combate personal, se
llevaba á cabo, sería un buen negocio que ahorraría muchas
desdichas y mucha sangre.
—Pues yo creo que no se ganaría gran cosa— dijo don Pe-
dro, que era de distinta opinión. —
Ved el mal que su manera
de obrar ha provocado ya. Han dado un mal ejemplo, y nues-
tra juventud fogosa y caprichosa se ve precipitada á seguir-
lo. En otros tiempos, los antiguos caballeros practicaban el
— 125 —
combate singular, es verdad. Pero ¡cuan diferente era aque-
del duelo que hoj' está en moda! No era por el fútil placer
llo

de lavar un insulto, ó disipar una querella, por lo que ellos


cruzaban sus espadas. Hoy, un individuo pronuncia contra
su compañero una palabra alg'un tanto agria; éste se declara
ofendido, y ya tenemos el motivo de un duelo. Y ¡cuántas
vidas se pierden por ese medio!

Sí, pero los males que la guerra lleva consigo son mu-
chos y grandes, y yo temo que esta cuestión de las contribu-
ciones es para el emperador un motivo de quitarnos la poca

libertad y poder que aún nos queda respondió uno de los
más de Sevilla, don Juan Ponce de León.
ilustres señores
— —
¿Cómo así? preguntó con viveza don Pedro.

El emperador nos negará el derecho del voto, y la li-

bertad de hacer oir nuestra voz en las Cortes respondió don
Juan.
Sí— — —
interrumpió un tercero; mas, rehusando el clero^
como probablemente lo hará, pagar sus cuotas, seg'uramen-
te el emperador
— Le dará en la cabeza — respondió bruscamente don Pe-
dro. — Bien poco se inquietaba por el papa y el clero, cuando
hace doce años el papa Clemente estaba sitiado por los ejér-

citos españolesen su castillo de Sant- Angelo. Mandó rogati-


vas y procesiones en favor de su libertad, para engañar á la
muchedumbre. Pues todos sabían que una palabra suya hu-
biera tenido más influencia que todas las oraciones y procesio-
nes. Por lo demás, se vio muy bien, cuando el papa, accedien-
do á sus deseos, le ofreció la corona de hierro de Lombardía.
Así trataban de engañarse uno á otro, y todo bajo la másca-
ra de religión. En todo ese tiempo, las cadenas de la ignoran-
cia y la superstición oprimían cada vez más al pueblo, que
veía desaparecer una á una todas sus libertades.
En aquella época las murmuraciones de la nobleza indig-
nada llegaron más de una vez á oídos del emperador. Pero
no lograron sino apresurar la hora de su completo aniquila-
miento. Se les quitó el derecho del voto, y se les prohibió toda
intervención en los negocios del reino. No había en adelante
— 126 —
en España más que dos poderes, el del emperador y el déla
Iglesia. Como ambos poderes se apoyaban mutuamente, no les
era difícil reducir á la nada los esfuerzos de sus adversarios
y ahogar en su nacimiento la más pequeña chispa de li-
bertad.
Mas el yugo no habia producido aún herida a!guna, si se
exceptúa solamente el cuello de algunos altísimos señores,
sobre el que pesaba primeramente. Y el pueblo se preocupaba
muy poco de la suerte de esos altos personajes.
La sociedad aristocrática, por el contrario, se manifestó
muy agitada, cuando supo, algún tiempo después, que el que
en otro tiempo le habia dado tono, Rodrigo de Valero, estaba
de regreso, no para presidir fiestas y diversiones, sino para
denunciar los vicios del clero.
No se contentaba don Rodrigo con censurar á los clérigos
y frailes; desenmascaraba ante el pueblo las aberraciones de
todas las órdenes eclesiásticas, tanto bajo el punto de vista
doctrinal, como bajo el punto de la vida práctica, demostran-
do á quien queria oírle, que el deber de cada uno era aplicar
á la llaga un remedio inmediato y radical, antes de que se
hiciese incurable.
Mas el remedio propuesto por un prosélito tan ilustrado
como enérgico, estuvo muy lejos de agradar á los ciegos con-
ductores del pueblo. No tenia el derecho, como lego, de leer
])or sí mismo las Santas Escrituras. Y no sólo las leia, sino

que aconsejaba á los demás hacer lo mismo. Tal osadía no


debia tardar en desencadenar sobre él el odio de aquéllos cu-
yos abusos denunciaba.
Fax el círculo de los amigos íntimos, Valero hacia más que
recomendar el estudio personal de las Escrituras: las explica-
ba él mismo, no á la manera de la Iglesia^ sino según las lu-
ces que el Espíritu Santo le daba. Sin haber recurrido á los
escritos de Lutero, habia llegado á la misma verdad funda-
mental: la justificación x^or la fe en Cristo, opuesta á la doc-
trina romana, según la cual el pecador, por medio de las pe-
nitencias y las buenas obras, puede obtener el perdón y lle-
gar á la salvación.
— 127 —
Sin embargo, no todos los amigos de Valero le reconocían
el derecho de interpretar las Escrituras. Sola la Iglesia, según
alg'unos de ellos, tenia el poder de distribuir al pueblo los
alimentos espirituales, habiendo sido siempre la depositaría,
y poseyendo un fondo inagotable de favores y luces, que por
su parte estaba siempre dispuesta á dar en participación á
sus hijos en la fe.
Tal era la objeción que le hizo un dia uno de los asiduos
concurrentes á la casa de don Pedro. Juana, con los ojos fijos
sobre Valero, á quien veia hojear las páginas amarillentas y
manchadas de la Biblia castellana de su padre, esperaba con
curiosidad la respuesta.
—Escuche usted— dijo en tono caluroso y lleno de fervor
—escuche usted la manera en que Dios, en antiguos tiempos,
alimentaba á su pueblo en el desierto.
Y abriendo la Biblia en el libro del Éxodo, leyó en voz
alta cómo el Señor enviaba el maná á los israelitas, siendo
deber de cada uno el recogerlo.
—¿No ve usted, seg'un esta historia, que cada uno debia
recoger la cantidad que le era necesaria? Allí no habia orden
especial dada á los sacerdotes y á los ancianos de distribuir
el maná al pueblo, ni á Moisés tampoco se mandó construir
graneros para hacer provisiones de reserva. Era un don que
venia directamente de la mano de Dios, y directamente caia
en las manos y al alcance de todos. Nada de intermediarios.
Esto explica el por qué el maná se corrompía, cuando alguno
quería recoger más de lo que necesitaba, y las personas que
comían este maná así guardado, caían enfermas ó morían.
¿No comprende usted ahora el error de la iglesia romana?
Ella se ha alejado de la sencillez del Evangelio y ha olvidado
los mandamientos de Dios. En lugar de alentar á los hombres
al estudio de las Santas Escrituras para recoger individual-
,

mente el maná espiritual, ha edificado graneros de almace-


naje, que ha llenado, no de un alimento sano y provechoso,
sino de su propia corrupción.
— Y de las reliquias de los santos y mártires, ¿qué piensa
usted?— preguntó Juana, cuando después de haberse mar-
- 128 —
chado las otras visitas, quedó sola en el patio con Valero,
don Pedro y doña Constanza.
— —
Las verdaderas reliquias, señora respondió Valero—
son los escritos de los apóstoles, de los cuales los hombres se
han alejado para creer con preferencia en la eficacia de un
hueso, de un mechón de pelo ó de un pedazo de un viejo ves
tido. En las cartas de San Pablo precisamente, hay un verda-
dero relicario de gran valor. Es, entre otros, el pasaje en que
habla de la roca de donde salia el agua cristalina, que satis*
facia la sed de los israelitas. Permitidme que os lo lea.
Y hojeando de nuevo la Biblia de don Pedro leyó:
«Bebian de la roca espiritual que los seguia, y la roca era

Cristo.» Vean ustedes aquí que no se habla de santos, ni de
intermediario alguno que se interpusiese entre el alma alte-
rada y el Señor Jesús, cuyo solo amor basta á subvenir á to-
das las necesidades. En esta fuente cada uno bebia por sí
mismo. Pues lo mismo es ahora. Cada pecador puede por sí
mismo ir á sacar consuelo, fuerza y «toda gracia excelente
de la roca divina, que es Cristo.»
Juana comenzó por fin á creer en un Dios personal.
— — —
Es necesario decia á despecho de los escándalos que
cometen en su nombre los miembros del clero, que exista un
Dios. ¿Cómo explicar de otra manera la trasformacion radi-
cal que se ha operado en Rodrigo de Valero, sino por la
acción del Espíritu de Dios, que le ha revelado su amor y su
voluntad? Una enseñanza humana no es seguramente capaz
de una metamorfosis semejante. No puede ser otro que Dios,
que se ha manifestado á él en su retiro y soledad, y le ha
ayudado á distinguir, en medio de las aguas turbias de la
Vulgata, la onda saliente y pura que da la vida. Es Dios mis-
mo, que con su mano protectora lo ha llevado sano y salvo
por encima de los peligros y abismos. Hé ahí por qué él se ha
levantado enérgicamente, no como un conductor del pueblo,
sino como un reformador de los que están revestidos de ese
augusto cargo, y para que apacienten al pueblo de Dios, no
«como ciegos que guian á otros ciegos,» sino en los pastos
de la justicia, del amor y de la verdad.
— 129 —
Tal era la misión que se habia impuesto Valero; no fre-
cuentaba otra sociedad que la que se reunía en casa de Isa-
bel de Baena^ ó en la de don Pedro. Le gustaba más concu-
rrir á esta última. Se ponia en comunicación directa con
Juana, y un lazo especial de simpatía se habia establecido
entre ambos. Habia bastado á estas dos naturalezas ardientes
y generosas el ponerse en contacto para comprenderse y
amarse.
130

CAPITULO XIII.

El torneo.

La inclinación recíproca de Juana y Rodrigo de Valero,


bien que sin ser pública, causaba grande alegría á don Pe-
dro y doña Constanza. Valero habia acometido con energía
laempresa difícil de ilustrar al clero y álos frailes, á fin de
que por su medio la verdad y la luz divina, contenidas en las
Santas Escrituras, se extendiesen por su amada España.
Hasta que esta misión hubiese sido llevada á buen término
de alguna manera, los dos jóvenes debían permanecer secre-
tamente prometidos.
Una espléndida ceremonia, en relación con el rango y la
dignidad de los dos desposados, debía tener lugar en su ho-
nor el dia de su matrimonio. Pero á la hora presente, sólo al-
gunos amigos íntimos se habían reunido en el palacio de don
Pedro, para implorar sobre ellos las bendiciones del cielo.
Uno de los invitados era doña Beatriz. Viendo la alegría
que se reflejaba en el rostro de su amiga, la llama de felici-
dad que brillaba en sus negros ojos, no podía menos de pen-
sar con tristeza en aquél que ella amaba, y que se habia ex-
cluido á sí mismo de la sociedad. La vida parecía abrirse
con los más hermosos colores ante los ojos de Juana. El sol
de ella, el sol que debia iluminar su cielo, por el contrario, se
habia eclipsado ya en las tinieblas do la noche. Beatriz no
podia echar de sí este pensamiento. Miraba algunos años
adelante. ¡Cuan diferente seria la conclusión de lo que habia
podido preverse!
La perspectiva de felicidad que Valero tenia delante de sí,
— 131 -
no le impedia proseguir con energía su obra de reforma-
ción en Sevilla. Juana, y con ella mucTios otros personajes
pertenecientes á la clase elegante é ilustrada de la sociedad,
le miraban como un doctor enviado del cielo. Pero nadie le
escuchaba con más respetuosa humildad que Juan Gil, cono-
cido por el nombre de doctor Egidio, canónigo principal y pre-
dicador de la catedral. Había sido llamado unánimemente á
este puesto de honor, hacia algunos años. Mas su predicación,
aunque nutrida de las obras de Santo Tomás de Aquino y
Scoto, no tenia aquella vida y fuerza que da el Evangelio, y
el predicador no habia llegado á conseguir popularidad. Más

concienzudo que la mayor parte de sus compañeros, habia re-


suelto resignar sus funciones.
Valero tuvo noticia de este proyecto. Conocía por otro
lado, la tristezay desaliento que se hablan apoderado del es-
píritu del doctor; sabia cuánto sufría aquella alma sensible
de estar así coartada por las doctrinas de la Iglesia, que en-
cadenaban sus talentos naturales y le impedían conquistar
las simpatías de las masas. Pensó, pues, que le seria fácil ha-
cerse oir de él. ün dia que el doctor acababa de hacer su
predicación ordinaria, Valero esperó para salir, cuando toda
la congregación se hubiese dispersado: y cuando el doctor se
disponía á salir de la catedral, le abordó sin rodeos, y princi-
pió á refutar, con la audacia que le era habitual, algunas de
las proposiciones que habia emitido en su discurso.
Esta conversación, tan original en su forma, no tardó en
llevar sus frutos. Muj' pronto se hizo la luz en el espíritu del
predicador. Renunció á hablar de las vidas de los santos,
ayunos, penitencias y rosarios, para mirar únicamente á Je-
sús tal como nos es revelado en la Biblia, como el único Me-
diador entre Dios y los hombres, el único intercesor cerca
del Padre, el único sacrificio expiatorio, ofrecido y valedero
para la salvación del creyente.
El cambio súbito operado en la manera de enseñar de
Egidio, no dejó de producir sensación en el auditorio. Inútil
era ya buscar popularidad, inútil también resignar sus fun-
ciones.
— 132 -

Un principio de vida nueva se habia apoderado de él y lo


había trasformado. No habia ya en sus predicaciones esa
actitud entonada y severa, esa manera de hablar tria y
acompasada, que le cerraban el camino de los corazones.
Todos sus discursos eran otros tantos llamamientos podero-
sos, directos, incisivos, que iban en derechura á la concien-
cia. Hablaba con esa con ese calor comu-
solicitud afectuosa,
nicativo, propio del cristiano que quiere hacer á sus semejan-
tes participantes de los beneficios que él ha recibido del Se-
ñor. Y muy pronto tuvo el placer de ver que sus esfuerzos no
hablan sido vanos.
Durante este tiempo, se amontonó un nubarrón muy es-
peso sobre el horizonte brillante de Juana. La sorpresa que
las tentativas de reforma hechas por Valero habia producido
en el espíritu de los frailes, no tardó en presentársele como
un evidente peligro. Se preguntaban con amargura y con
cierta saña reconcentrada, con qué derecho un simple lego
se permitía atacar las instituciones tan honrosas en la Igle-
sia, y sancionadas por la más alta autoridad.
Un hermoso dia pudo verse á dos ó tres alguaciles espiar
el paso de Valero á través de las calles tortuosas y estrechas
de Sevilla. Cuando Juana los vio desde lo alto de su torreón,
donde estaba casi de continuo de centinela, y reconoció en el
que ellos perseguían á su prometido, su corazón casi cesó de
latir. Sabiendo que venia para conversar con ella sobre Aquel,,

que los amó tanto que dio por ellos á su Hijo muy amado,
bajó precipitadamente la escalera de caracol, que comunica-
ba con las otras habitaciones del palacio, y ordenó á uno de
sus criados abrir precipitadamente la puerta al señor Valero.
Juana habia llegado á ser una joven reflexiva y muy de-
ferente para con sus padres. Sin dar parte á su madre, cuyo
rostro pálido y demacrado veia, del peligro que presentía,
esperó con toda la paciencia que le era posible, la llegada de
su amado, junto á la puerta de bronce que daba al patio. Los
minutos sucedían á los minutos, y la ansiedad de la joven
era cada vez más intensa. En fin, la puerta de bronce giró
sobre sus goznes, y el criado dijo:
— i;^ -
— Señorita, yo no he visto al señor Valero.
Juana, trastornada, corrió apresuradamente á su padre.
— ¡Oh, padre niio!— —
exclamó lo han cogido; se han apo-
derado de él, de mi Rodrigo.
Don Pedro la miró, no pudiendo creer á la evidencia.
— —
¿Quién lo ha preso? preguntó.
Los alguaciles del Santo Oficio. Yo lo he visto llegar á la
plaza.
La noticia no dejaba de ser alarmante, si era verdad.
Pero don Pedro no podía creer tal cosa, y pensaba más bien
que todo era una equivocación de su hija. No podia creer
que la Inquisición hubiese tenido la osadía de echar mano de
un personaje del rango y calidad de Rodrigo de Valero, y so-
bre todo en un momento como aquél, en que los más nobles
señores de España estaban reunidos en Sevilla para tomar
parte en el torneo que iba á celebrarse muy pronto.
Don Pedro debía asistir con toda su familia á aquel bri-
llante espectáculo, que trae su origen de la brillante caballe-
ría española. Valero, por complacer á Juana, había consen-
tido también en tomar parte .en la liza, montando un fogoso
caballo andaluz y magníficamente adornado con los colores
de su dama. La joven suspiraba impaciente por la llegada de
aquel día, que ella consideraba como un triunfo para su ama-
do. Ya le veía con el pensamiento, envuelto en su brillante
armadura, romper no solamente una lanza, sino sostener con
la firmeza del acero los impetuosos y reiterados asaltos del
adversario, y finalmente, después de haberle desmontado,
quedar dueño de la plaza. Se representaba las aclamaciones
entusiastas, que recibiría al recorrer la pista y venir con su
visera levantada á colocarse frente á ella. Mas todas estas
esperanzas se habían desvanecido. La Inquisición lo había
arrebatado, lo había encerrado en algún sombrío calabozo, y
sólo Dios sabia sí recobraría alguna vez la libertad. El tor-
neo en la hora actual se le presentaba bajo un carácter muy
diferente y mucho más serio. La lucha, en la cual su prome-
tido estaba ahora empeñado, era mucho más peligrosa; mas
á su vez, ¡cuánto más noble que los juegos de la caballería!
- 134 —
El habia entablado lucha con el clero, había atacado los abu-
sos y la corrupción de la Iglesia, habia sido vencido y ence-
rrado. Pero sus amigos vendrán en su socorro, y no le aban-
donarán sin defensa en manos de sus enemigos.
La joven, al hacerse estas reflexiones, conocía muy poco
los planes y los i)rocedímientos de Sabia que
la Inquisición.
el golpe en secreto era su manera habitual de obrar; pero no
se figuraba que aquel tribunal tuviese el valor de violar im-
j)anemente las leyes más elementales de la equidad y la jus-
ticia. Pidiendo á su padre marchar adelante, desafiar abier-
tamente la autoridad de aquella institución, no tenia la me-
nor idea de las dificultades y del peligro que tal empresa po-
día ocasionarles.

Es lo supremo de la injusticia— exclamaba— que se pue-
da obrar de esa suerte contra mi Rodrigo, cuando tanto»
otros señores en Sevilla dicen por lo bajo lo que él ha tenida
el valor de decir en voz alta.
— — —
¡Ah! Juana le respondió su padre; ¿no sabes que en-
tre pensar y decir hay todo un mundo de diferencia? Hace
mucho tiempo que yo pienso lo que Rodrigo ha proclamado
abiertamente. Mas yo he usado de precaución y prudencia.
Yo he pensado mucho, pero he hablado poco. No obstante,
no tengas inquietud, el señor Valero sabrá que tiene todavía
amigos. El emperador no ha ganado en favor de su capellán
más que una victoria dudosa. Los nobles tendrán más éxito.
En realidad, don Pedro esperaba mucho de la interven-
ción de la nobleza en favor de la causa de don Rodrigo, y
consideraba la numerosa afluencia de los señores más pode-
rosos del reino como una circunstancia muy favorable.
Don Pedro comenzó á rodearse del lujo y de los esplen-
dores, á los que habia renunciado desde el momento en que
su mujer le habia dejado para retirarse al convento. Cons-
tanza misma se dejó persuadir sin gran dificultad á dejar
á un lado su traje de sarga, para vestirse el día del torneo
con un soberbio traje bordado en plata. Era para don Pedro
muy discreto y de buena política el aparecer en esta fiesta él y
su familia con todo el brillo y magnificencia de su alto rango*
— 135 —
Fue en realidad im brillante cortejo el que salió aquel
día por la gran puerta morisca del castillo. Don
Pedro, mon-
tado sobre un soberbio corcel ricamente ensillado, llevaba
un hermoso traje, todo él adornado de plata, oro y piedras
preciosas. Doña Constanza, ricamente prendida á la moda
castellana, conuna mantilla de madroños color rubí, iba sen-
tada en una litera tirada por muías tan ricamente enjaeza-
das como el caballo de su marido. La señorita Juana, que
habla esperado para esta ocasión un espléndido triunfo, no
iba menos eleg'antemente vestida. Pero sus pensamientos es-
taban muy lejos del espectáculo gozoso que ella se habia re-
presentado anteriormente.
En el momento en que dejaba la calle
el brillante cortejo
estrecha para entrar en la parte más ancha de
la ciudad/ le-
vantaba las cortinillas de seda de su litera y se inclinó para
echar una rápida mirada sobre el sombrío castillo de Triana.
Era allí donde estaba encerrado su amado^ el que debia ser
el héroe triunfante de la jornada de aquel dia, el que para
ella debia ser el vencedor, cualquiera que fuese la empresa
que acometiese.
Para Juana era aquel dia una fatiga insoportable ver y
oir los choques de las pesadas armaduras y de las lanzas que
se cruzaban. A pesar de los aplausos y de las aclamaciones
que se levantaban de todas partes de aquel vasto anfíteatro,
cada vez que un caballero era desmontado, todo á ella le pa-
recía triste y sin vida en aquella fiesta. Sentia al ver aquel
lujo de riquezas y diversiones mundanales un disgusto que
nunca hasta entonces habia sentido. Habría querido que^ ter-
minada la lucha, el vencedor del torneo se hubiese puesto á
la cabeza de aquella tropa de caballeros, que hubiese tomado
el mando de todos, y que juntos hubiesen corrido á Triana
para libertar á Rodrigo. Si esta idea, por extravagante que
fuese, de marchar al asalto del castillo de Triana, con sus es-
coltas, hubiese prevalecido, ella no hubiese tenido miedo de
ponerse á la cabeza de aquella tropa, montando en un fogoso
corcel y dando ella misma la señal del ataque.
Mas, aunque habia allí caballeros á millares, eran dema-
— 136 —
siado prudentes, y el emperador era un monarca demasiado
absoluto para que se atreviesen á lanzarse á una aventura
semejante. Si en el momento de su advenimiento al poder,
cuando su autoridad no estaba aún bastante afirmada, los no-
bles y el pueblo, olvidando sus intereses personales, hubiesen
sabido unirse para un esfuerzo común, en interés de todos,
no les habría sido difícil sacudir el yugo de la tiranía de su
soberano, destruir el poder inicuo de la Inquisición y con-
quistar la libertad política y religiosa. Desgraciadamente, el
aniquilamiento de los comuneros de Valladolid y Toledo, que
hablan osado levantarse contra la autoridad real, habia se-
guido mu}^ de cerca á la guerra de las Comunidades. Todas
las libertades españolas hablan quedado enterradas juntas en
la llanura siniestra de Villalar. Tal fue el fruto amargo de
aquel desastre.
Cuando la g*randeza reunida tuvo consejo para buscar las
medidas de precaución contra la odiosa institución de la In-
quisición, no pudo sacar otra conclusión sino que tenia que
sufrir sus funestos efectos.
La sentencia de condenación contra Valero fue, no obstan-
te, menos severa de lo que habia podido temerse al principio.
¿Es que sus jueces se dejaron influir por las tentativas que
sus amigos hicieron en su favor? ¿Temerían tal vez emplear
la violencia contra un descendiente de las más ilustres fami-
liasespañolas, ó creerían quizá realmente lo que el proceso
arrojaba de sí, que habia perdido la razón? De todos modos,
no tardaron en pronunciar su fallo contra el prisionero. Ro-
drigo de Valero, declarado demente, fue condenado á la pér-
dida total de sus bienes: después de lo cual se abrieron delan-
te de él las puertas de la Inquisición, como se habrían abierto
delante de un pobre loco sin espíritu y sin dinero.
La altiva y digna hija de don Pedro se inquietaba poco
j3orque los inquisidores hubiesen confiscado en provecho suyo
los bienes de su prometido; mas, que hubiesen tenido la osa-
día de acusar de loco á un espíritu tan noble y tan generoso,
le llenó de profunda indignación. En cuanto á ella, le recibió

á la salida de la prisión con una alegría tan intensa como si


— 137 —
hubiese salido triunfante del torneo. El asalto no habia sido
menos heroico, pues habia sostenido una lucha abierta con-
tra la ignorancia y la superstición del clero.
— —
Y no obstante, Juana le dijo, tomando asiento junto á
ella en el patio—yo no soy hereje. Mi intento no es establecer
lina religión nueva, sino volver á la religión primitiva, al sen-
cillo Evangelio, tal como nos lo dejó Cristo y lo trasmitieron
sus apóstoles. La adoración de los santos y de sus huesos
trasformados en reliquias es una invención moderna, compa-
rativamente á la verdad divina revelada en las Santas Escri-
turas, y la mayor parte de las invenciones de esta especie no
se remontan á mucho más que un centenar de años.
Juana, por lo demás, no se sentia muy ofendida del epíte-
to de hereje, que se habia aplicado al nombre de Valero. Le
bastaba oirle hablar, para que ella se sintiese dispuesta á ex-
ponerlo todo y cumplirlo todo por darle gusto. El siempre la
excitaba, no á atenerse á sus dichos, sino á compararlos con
la vieja Biblia castellana, á fin de darse personalmente cuen-
ta de si las verdades que él enseñaba, estaban ó no conteni-
das y conformes con ella.
Para deferir á los deseos de sus amigos, Valero renunció
por algún tiempo á exponer en piiblico sus creencias. Se con-
tentó simplemente con reanudar con sus amigos íntimos las
conversaciones que anteriormente hablan tenido, ya en casa
de Isabel de Baena, ya en la de don Pedro, explicándoles
en la Carta á los Romanos la justificación por la fe. Mas ni la
confiscación de sus bienes, ni la perspectiva de un castigo
más severo, pudieron contenerla expansión de su celo. ¿Cómo
podia contentarse con las conversaciones secretas con sus
amigos, cuando por todas partes, á su paso, encontraba de-
Aotos fanáticos que iban á Compostela para implorar ante los
altares de Santiago, patrón de España, los beneficios de que
Dios solo es depositario y dispensador?
Estas peregrinaciones á Compostela, y las que entonces
estaban en boga á la virgen de Monserrat, eran calurosamen-
te recomendadas por los miembros del clero. Un viaje de un
número mayor ó menor de leguas; una ofrenda voluntaria de-
— 138 —
positada sobre el altar del santo ó virgen, acompañados de un

suplemento de postraciones y g-enuflexiones; esto era todo lo


que entonces se creia necesario para expiar los pecados de
una vida, la más disipada y corrompida.
Testigo diario de todos estos actos de ignorancia y fana-
tismo, indignado de ver á la Iglesia, con sus exhibiciones con-
tinuas de reliquias, entregarse á un comercio infame, que no
tenia otro objeto que sonsacar el dinero de los tontos, Valero
no pudo contener mucho tiempo el celo indomable que le im-
pulsaba.
--No puedo soportar más tiempo estas supercherías — dijo
un dia á Juana con acento entusiasta. — Cristo en su miseri-
cordia se ha dignado concederme su amor. ¿Debo yo ahora,
en calma y reposo, dejar á los frailes y curas, lobos hambrien-
tos, devorar la grey del Señor, que va á su perdición falta de
conocimiento y de dirección?
—¿Mas qué podemos, Rodrigo? Ya usted ha hablado á los
frailes. Solamente algunos le han escuchado. ¿Qué puede la
voz de un solo hombre contra una muchedumbre? Créame us-
ted, dejemos á Sevilla, y vamos á buscar en Inglaterra ó Ale-
mania, países de libertad, un asilo más seguro que esta casa
respondió Juana ansiosa, agitada por el temor de que su pro-
metido, saliendo de la reserva que habia guardado durante
mucho tiempo, no se atrajese algún nuevo embarazo.
— No, no — replicó Valero con firmeza. — Yo no puedo aban-
donar á España en medio de sus errores, en que está sumida
tan ciega y profundamente. Como usted me ha hecho obser-
var, Juana, la voz de un hombre puede poco; pero no es me-
nos verdad que un solo guerrero, puesto á la cabeza de un
puñado de soldados decididos y valientes, puede en un com-
bate cambiar la marcha de los acontecimientos y decidir la
suerte de la batalla. Y esto es lo que yo haré con la gracia
de Dios. Yo no puedo dejar de creer que el Señor Jesús ten-
ga puestos sus ojos sobre Sevilla, y esperar que, si caigo en
la lucha, dé á un nuevo campeón el valor de volver á izar el

estandarte de la verdad, y marchar á la victoria.


Este es el lenguaje de un viejo general. Después de su
— 139 —
prisión, suamor por el Salvador no hizo más que crecer é in-
flamarse cada dia más. Viéndole pronto á partir, llevando un
ejemplar de la Santa Biblia bajo su capote, se le figuraba á
Juana tener delante un valiente caballero marchando á la ba-
talla. Si no tenia en su mano la pica, la ballesta y la armadu-
ra impenetrable, poseia un arma invencible, la Palabra de
Dios, capaz de disipar la oscuridad que reinaba en España, y
arrancar las almas del poder de Satán.
140 —

CAPITULO XTV.

El valiente Reformador de Sevilla.

Estaba Juana sentada al balcón de la torre, esperando á


través de la intrincada red de callejuelas de Sevilla, á Eodri-
go de Valero. Este, con paso firme, y su cabeza levantada,
marchaba orgulloso.
No era un hombre que llevase en su frente una marca de
infamia; era un héroe, depositario de una gran misión. Vién-
dole así, Juana sentia latir su corazón de indecible alegría.
Repentinamente, la joven juntó sus manos sobre su pecho.
Acababa de observar á Valero, parando en su camino á un
individuo, á quien su túnica de sarga^ y la cuerda que pendía
de su cintura, denunciaba como fraile. Aunque la distancia
era muy considerable para poder distinguir otra cosa que la
silueta de los dos interlocutores, comprendí^, por la gesticu-
lación animada, y la actitud levantada y noble de su prome-
tido, que una vez más éste habia desechado todo disimulo, y
se creía en el deber de batir en brecha la vida corrompida del
clero, exhortando á cada uno de sus miembros á volver á
entrar en «los viejos senderos» del Evangelio de Cristo, y
anunciarlo á los fieles.
A cada visita que él hacia al castillo, Juana pensaba que
podría muy bien ser la iiltima; y se comprende, sin dificultad,
que en medio de los sobresaltos continuos en que ella vivía,
con la perspectiva de ser separado de ella para siempre, si
continuaba en el camino que acababa de emprender, sentia
— 141 —
muchas veces desfallecer y abandonarla su valor. Y sin em-
bargo, ¿cómo pedirle el que renunciase á una misión, peli-
grosa sí, pero sublime, de anunciar el amor del Salvador á
todos con quienes pudiera encontrarse? ¿Cómo impedir el que
enseñase que ese Jesús, á quien la Iglesia representa como
un juez duro y severo, es por el contrario, un Salvador com-
pasivo, el amigo Todopoderoso de los pecadores, siempre dis-
puesto á dar la vida á todos los que recurren á El? De los
labios mismos de Rodrigo habia aprendido ella á conocer los
beneficios de esas verdades vivificantes. ¿Qué posibilidad ha-
bia de excitarlo á buscar su salvación en la fuga, cuando sa-
bia que en el momento que eso se hiciese, Sevilla quedaba
abandonada en medio de la oscuridad que la envolvia?
Por otra parte, y ésta era la objeción que le hacía Vale-
ro, los que habian comenzado ya á buscar un camino mejor

y perseveraban en ese empeño, considerándolo digno de sus


esfuerzos y sus sacrificios, ¿qué seria de ellos, si el que los
habia excitado á marchar adelante, ahora le viesen retroce-
der delante del peligro? No, no. Como bravo caballero, él
proseguía su lucha hasta el fin. Quizá sucumbiría antes del
momento de la victoria; mas no faltaría otro que tomase el
glorioso estandarte, y lo hiciese notar por cima de todos los
obstáculos del enemigo. En cuanto á ella, estaba decidida á
no intentar ningún esfuerzo, ni para desanimarlo, ni para
hacerle retroceder, aunque á cada nueva separación, tenía
el presentimiento de que los alguaciles del Santo Oficio se
aprestaban para echarle mano.
Sus temores no tardaron en realizarse. Un día, Valero
cesó súbitamente de comparecer en casa de sus amigos. Se
buscaron informes. El castillo de Triana había cerrado segun-
da vez sus puertas tras de él.
Que Valero seria condenado, nadie lo puso en duda. Cuál
habia de ser su condenación, nadie podía aventurarlo. La
hoguera no se había encendido hasta entonces más que para
los judíos, los moros y los albigenses. No se podía, pues, pre-
ver cuál sería lapena á que se le condenaría.
Corrió la noticia de que se iba á celebrar un auto de fe en
— 142 —
la iglesia de San Salvador. En circunstancia tan dolorosa,
cada uno de los amigos y discípulos secretos de Valero se
impuso el piadoso deber de acudir á la Iglesia para testificar
•con su presencia su simpatía á su querido maestro. E! día
empezaba apenas á iluminar el horizonte, y ya una muche-
dumbre madrugadora é impaciente se apretaba en la calle
que conduela á la iglesia. Muchos otros acusados debian com-
parecer á la vez que Rodrigo. Mas éste era á los ojos de todos
el principal, tanto por las acusaciones que pesaban sobre él,
como por su posición social. Por segunda vez iba á ser reves-
tido con el sanbenito. Este odioso vestido, este manto de in-
famia de que se cubria á los desgraciados acusados de here-
jía,era una especie de túnica de color amarillo, cubierta de
figuras grotescas y de demonios armados de instrumentos de
tortura, túnica que caia en pliegues largos y flotantes alre-
dedor del cuerpo del paciente.
Cuando Juana apercibió á su prometido entrando en la
iglesia con aquel horroroso traje, cuya monstruosidad era
aumentada por la coroza, especie de mitra cardenalicia que
tenia las mismas pinturas que el sanbenito, y que ocultaba
su frente noble y calmada, empezó á sentirse mal. Mas por
nada en el mundo habría querido dejar aparecer á su amado
su momentánea debilidad. Comprendía muy bien la amargu-
ra que despertarla en su amante corazón el pensamiento de
verla sufrir. Levantando entonces su alma en oración, pidió,
no á la virgen detras de la cual estaba sentada, sino á Dios,
su Padre celestial^ la fuerza que le era necesaria para sopor-
tar hasta el fin aquel doloroso espectáculo.
Por fin se apagaron los cirios, y las campanas empezaron
á dar clamores fúnebres, y en medio de un silencio sepulcral
se oyó al tribunal del Santo Oficio pronunciar solemnemente
la sentencia. Rodrig'o de Valero, convicto de profesar y en-
señar abiertamente doctrinas heréticas, era condenado á pri-
sión perpetua, á llevar el sanbenito toda su vida y á presen-
tarse con aquel horrible vestido siempre que en la iglesia de
San Salvador se celebrase alguna solemnidad ó fiesta reli-
giosa.
- 143 —
Oyendo la sentencia que le condenaba á reclusión perpe-
tua, Valero se volvió á su prometida, y sin dejarse intimidar
por la presencia de los jueces, tuvo el valor y atrevimiento
de dirigirle algunas palabras de aliento, exhortándola á mi-
rar á Cristo y buscar en él la asistencia y la fuerza necesaria
para continuar adelante.
Cuando Juana vio la sombría procesión salir de la igle-
sia, cayó desmayada en brazos de su padre, y perdió por al-
gunos instantes la conciencia del golpe que la habia herido.
Como prometida de un hereje tan obstinado como Rodri-
go de Valero, se vio poco á poco abandonada de sus amigas.
Los hijos más ortodoxos de la Iglesia iban desamparando uno
tras otro la casa de don Pedro. Los partidarios de la Re-
forma, por el contrario, rodeaban cada vez más estrecha-
mente con sus simpatías á la joven atribulada. Pero, ni los
amigos, ni sus testimonios de cariño eran capaces de satis-
facer el corazón ardiente de Juana. Esta guardaba en su co-
razón las conversaciones que habia tenido con Valero; se
acordaba de haberle oido decir que si conociese á alguien
que sostuviese la bandera que él se habia atrevido á izar, la
amargura de su prisión sería la mitad menos. Así que, ella
tomó la resolución de extender su mano y hacer cuanto en
su poder estuviese, para continuar la obra de su prometido.
Mas ¿por dónde principiar? Muchos de sus amigos ha-
bíanse ya impuesto la tarea de repartir las Escrituras. El
mismo doctor Egidio, en lugar de detenerse en su celo por
la condenación de Valero, anunciaba cada vez con claridad
mayor las verdades, que el primero habia hecho oir á los
curas y frailes.
Una mañana,
debia predicar en la catedral. El sol comen-
zaba apenas á hacer reverberar sus rayos en las aguas del
Guadalquivir, y proyectar á través de las hojas de los olivos
y de los mirtos sus lentejuelas de oro. Don Pedro y su hija,
acompañados de un modesto séquito de sus domésticos, es-
taban sentados en su sitio de siempre, esperando la hora de
la solemnidad. No tardaron en agregárseles otros dos amigos»
el doctor Vargas v Constantino Ponce de la Fuente. La fe de
— 144 —
estos dos hombres, un poco vacilante antes de la prisión de
Valero, se había afirmado y hecho inquebrantable después
de aquél acontecimiento. Contaban á don Pedro que estaban,
resueltos á unirse al doctor Egidio, para llevar á la predica-
ción del Evangelio más pureza y más método. El doctor
Vargas debia continuar la explicación de la Carta á los ro-
manos, principiada por Valero, y Constantino ayudarla al
doctor Egidio en los deberes de su ministerio. Estos dos per-
sonajes, muj^ visibles por su posición social, eran al mismo
tiempo dos sabios. Parecía, pues, que la obra emprendida
por Valero, reducida ahora al silencio en los muros de un
calabozo, debia ser proseguida con más éxito que antes.
Aunque no eran más que las cinco de la mañana, toda la
población de Sevilla estaba ya en pie. Los buscadores ávidos
de verdad, cuyo espíritu había comenzado á abrirse á las
nuevas ideas, aprovechaban esta hora de la mañana, en
que la brisa embalsamada les llevaba el perfume de los
naranjos y limoneros, para pensar en lo que amaba su co-
razón.
Mas la causa de este movimiento no era el asistir á la
misa, que debia celebrarse temprano, sino más bien escuchar
la predicación del doctor Egidio aquella mañana. La muche-
dumbre afluía de todas partes. Juana, ante este espectáculo,
por abrumada que estuviese del dolor, no pudo menos de ele-
var al cielo sus acciones de gracias y sus bendiciones á Dios,
porque no había permitido que la lucha comenzada por su
amado, hubiese sido emprendida en vano. Pensaba en su
hermano y hermana encerrados en el convento. No les había
sido posible aún oír la buena nueva de salvación^ que había
empezado á extenderse por Alemania, Inglaterra y la misma
España. Desde aquel momento tomó su determinación.
Quería comenzar por ellos. Les iba á contar todo lo que Dios
habia hecho por ella y por otros muchos habitantes de Se-
villa. Valero se habia propuesto, principalmente, dirigirse á
los frailes. ¿No podría ella, por medio de su hermano, ponerse
efectivamente en comunicación con ellos más fácilmente que
el mismo Valero, á quien su carácter laico hacia más difícil
— 145 —
su acceso á ellos, y llevar á buen término esta obra á que él
se habia consagrado?
Con respecto á Rodrigo, no creia encontrar grandes obs-
táculos. El monasterio de San Isidoro no estaba más que á
una legua de Sevilla. No habia visto á su hermano hacía
bastante tiempo. Era un razonable motivo para pedir auto-
rización para verle. ¡Cuánto gozo sentia su corazón al pen-
samiento de meterse en ese campo de trabajo, de tomar en
sus manos de joven y desplegar aquella bandera que su pro-
metido habia tenido!
Un que estaba ocupada en escribir á su hermano la
dia,
carta, que había resuelto enviarle, dándole cuenta de la
transformación que habia Dios obrado en ella por medio de
su santa palabra, de la ignorancia y superstición en que es-
taban los miembros del clero, sentia en todo su ser un gozo
que no parecia tener nada de terrenal. Su rostro parecía res-
plandecer.
— Sí, sí — se si misma
decia á —
esto vale la pena. Vale la
pena de esperanza del gozo terrenal que pu-
sacrificar toda
diera tener con Rodrigo, cuando se tiene la seguridad de que
hay un Dios, un Dios que no solamente tolera á los jDobres
pecadores, sino que los ama y desea su salvación.
— —
¡Oh! ¡Madre mia! dijo levantándose á la presencia de
ella, que acababa de entrar en su gabinete —
¡qué angustias
mortales, qué tinieblas tan impenetrables las que has debido
pasar, pensando que mi hermano, muerto sin bautismo, debe
estar eternamente privado de la presencia de su Dios!
— —
Nunca, nunca, querida Juana respondió Constanza
podrás formarte una idea de ello. —
Y abrazó á su querida
hija.
Actualmente todavía se estremecía Constanza pensando
todo lo que habia sufrido, cuando en cuerpo y alma estaba
bajo el yugo tiránico del papismo. Las cadenas tenaces que
aprisionaban su espíritu, se habían ido relajando poco á poco.
Pero aún la retenían algunos eslabones, y la impresión que
ellas habían dejado sobre su alma era tan profunda, que to-
davía le era imposible hablar de la suerte de su primogénito
10
— 146 —
sin sentirse profundamente afectada. Hacía mucho tiempo
que carecia de la esperanza de que el alma de su hijo querido
estuviese cerca de Dios. Mas cuando en compañía de su es-
poso y su hija iba á sentarse junto á las flores que cubrían su
tumba, no podia, como ellos, mirando á través de las hojas
misma certidumbre, la misma
soleadas de los árboles, tener la
convicción de que estaba en el cielo, y que cerca del Padre
él formaba un lazo poderoso, destinado á levantar sus pensa-
mientos y sus corazones á aquella morada celestial, en la
cual ellos no hubieran pensado tan frecuentemente sin esto.
Doña Constanza se asociaba con toda su alma al proyecto
que había formado Juana, de anunciar á su hermano y her-
mana el glorioso mensaje del Evangelio. Pero le asustaba el
])eligro. La Inquisición no res])etaba sexo ni edad, y si era
descubierta... Su corazón de madre se estremecía, poseído de
angustia terrible, al pensamiento de que tal desgracia pu-
diera venir sobre la única hija que le quedaba. Instintiva-
mente la cogió, y la estrechó fuertemente contra su corazón.
— —
No tengas miedo por mi respondió la valiente hija
seré todo lo prudente que pueda. Sí alguna vez la Inquisi-
ción se apodera de mí, estaré encerrada en los mismos muros
que mi Rodrigo, y me parece que eso seria para mí una fe-
licidad.
— Por el amor que me tienes, no hables así, hija mía— sus-
piró doña Constanza.
Nunca, desde la prisión de Valero, su hija le había pare-
cido más contenta que aquel día, y temía no medítase algún
proyecto temerario, capaz de envolverlos á todos en inven-
cibles dificultades. No sabía que era Dios mismo quien fortifi-
caba el corazón de su joven hija, derramando á grandes rau-
dales el gozo en su alma, á fin de que fuese hecha capaz de
soportar el nuevo golpe, que muy pronto iba á sentir.
La fiesta de Santiago, patrón de España, se celebraba
todos los años en Julio. Esta era para el pueblo ocasión de
grandes diversiones. Mas aquel año se anunciaba con mayor
magnificencia que otros años. La muerte de la emperatriz
Isabel había impedido el año anterior toda diversión. El
- 147 -
pueblo quería este año cobrarse de la tristeza forzada que le
habia impuesto el duelo de su soberano. Xo se hablaba de
otra cosa que de corridas de toros, bailes y torneos. El pen-
samiento de Juana era muy diferente.
Con ocasión de la fiesta, Valero, con otros penitentes como
él, debia ser conducido, revestido de su traje horrible, á la

iglesia de San Salvador, para oir allí á un fraile ignorante y


grosero censurar la herejía, prohibir á sus oyentes la lectura
de la Palabra divina, exhortarles á abstenerse de ella como de
un pecado mortal, y á no disputar á la Iglesia el derecho de
ejercer la suprema autoridad sobre el cuerpo, sobre el alma
y sobre la conciencia de los hombres.
Por repugnante que fuese este espectáculo á Juana, se
decidió á asistir á él.

Recordaba aquel tiempo en que, aiín niña, se representa-


ba marchando para la guerra al caballero de sus ilusiones,
que ella veia en su imaginación cubierto de la brillante arma-
dura, que sus manos delicadas le habían ajustado. ¡Ahora
cuan diferente era el cuadro! En lugar de la reluciente coraza
veia el repugnante sanhenito, y en lugar del brillante casco
veía grotesca coroza. ¡Cuánto hubiera querido alejar de su
la
que la obsediaba! Mas por cima
espíritu esta horrible visión'
de todo ¿era tan considerable la diferencia? ¿No era Valero
el más bravo de todos los caballeros? ¿No era el de más em-
puje? ¿No habia tenido el valor de declarar abiertamente en
Sevilla, y delante de todas las autoridades pontificales, que
todos los derechos que la Iglesia se arrogaba, en lugar de
estar apoyados en la verdad, no tenían otra base que la men-
tira y la hipocresía? Y fortificada por estos pensamientos y por
el Espíritu de Dios, Juana se fué á la iglesia el día indicado.
El sol apenas con sus primeros rayos hacia brillar lo alto
de la Giralda y las más altas torres de la catedral, y ya en
toda la ciudad reinaba extraordinaria animación. La diver-
sión principal de aquel día era una gran corrida de toros,
que debia celebrarse después de la misa primera, y las horas,
aunque el día apenas estaba en su aurora, parecían muy cor-
tas para tantas diversiones como estaban prometidas.
— 148 —
La corrida de toros del doming-o precedente no habia he-
cho más que abrir el apetito para esta clase de horrores.
El populacho miraba con regocijo y con carcajadas gro-
seras é insolentes el grupo de condenados que se le presen-
taban entre dos ñlas de familiares encapuchados y de algua-
ciles á caballo, sintiendo al ver pasar á estos desgraciados,
extenuados por el dolor, las mismas emociones feroces que
habria sentido en la plaza ante el espectáculo "sangriento de
caballos destripados y agonizantes. Esta exhibición de sus
victimas, en la que se complacía la Iglesia, ¿no tenia quizá
por objeto hacer sus ceremonias más atractivas, y saciar
los malos instintos de una muchedumbre, ávida siempre de
nuevos placeres?
Sin embargo, no todo el mundo participaba de esta misma
bestial alegría. Habia entre la concurrencia otros ojos, que
bajo la infame hopalanda sabian distinguir la nobleza y eí
valor. Y Valero pudo distinguir entre la efervescente muche-
dumbre que se apiñaba en la nave de la iglesia, más de un
rostro simpático y amigo.
El tema del predicador versó, naturalmente, sobre los
méritos de los santos. Era á ellos á quienes iba dirigida la
alabanza y adoración que sólo á-Dios es debida.
Oyendo este discurso, Valero, que no sabia la extensión
que habia tomado en Sevilla la predicación de la verdad, ni
los considerables progresos que se hablan verificado en el
alma de muchos de sus amigos, y que temía, por consiguien-
te, que tomasen por verdad lo que no era sino falsedad y

mentira, no pudo contenerse en silencio. Y cuando el predi-


cador hubo concluido de hablar, repentinamente tomó la pa-
labra, y mientras la muchedumbre estaba en sepulcral silen-
cio, consternada al ver el atrevimiento del penitente, éste
refutó las doctrinas que acababan de oirse, llamando con ca-
lor á todos á buscar directa y personalmente en las Escritu-
ras la verdad que el clero trataba de ocultar. Mas ¡ay! entre
los asistentes habia muy pocos que hubiesen leido ó hubiesen
oido hablar de las Escrituras. Todos los dias podian oir hablar
de las Decretales, del Breviario, de algún libro de devoción,,
— 149 —
del Oficio parvo de la Virgen: todos los días podían oír una
misa en y un rosario de avemarias, y podían besar y
latin
ganar indulgencias con adorar alguna reliquia de santos
pero de las Escrituras, del Evangelio de Jesucristo, de las
Cartas ó Epístolas de los apóstoles, ¿cuándo oían y qué cono-
cían? Para la muchedumbre, la buena nueva que acababa de
anunciar Valero, parecía más extraña y más nueva que el
mismo modo de anunciarla. Sin embargo, más de un corazón
fue conmovido aquel dia y llevado por aquella escena á in-
quirir la verdad, de la cual antes apenas habían podido supo-
ner la existencia.
A Valero se impuso muy pronto silencio, sacándole de la
iglesia los esbirros del Tribunal. Mas,aunque habían sido
muy pocas sus palabras, pronunciadas con gran calor y con
una mirada que rebosaba amor cristiano, fueron muy bastan-
tes para infundir aliento á sus discípulos.
Desde aquel dia, las predicaciones del doctor Egidío
eran esperadas con más ansia y más frecuentadas que nunca.
Se había comprendido que las doctrinas que habían causado
á Valero todos sus sufrimientos, eran precisamente las que el
doctor enseñaba.
150

CAPITULO XV.

Sobre el Guadalquivir.

La carta que Juana habia escrito á su hermano, fue lle-


vada con toda seguridad al convento, y entregada directa-
mente á Rodrigo por el confesor Cassiodoro.
Aunque el superior hizo algunas objeciones, antes de per-
mitir á Rodrigo una conversación particular con el mensa-
jero, Juana quedó muy satisfecha de las nuevas que éste le
contó. Rodrigo se habia dado á reflexionar seriamente sobre
el contenido de la carta, y á Vulgata que existia en la
leer la
biblioteca del convento. No un joven
era fácil ni prudente en
el dedicarse á tal estudio. Corria el peligro de sufrir un grave
castigo, si era sorprendido. Esto fue lo que él hizo observar
á Cassiodoro, pero sin inquietarse grandemente por ello.
La seguridad de que su hermano se entregarla á un exa-
men atento de las Escrituras, alentó mucho á Juana. Quiso
escribirle una segunda carta, para anunciarle la triste nueva
que acababa de recibirse de Ñapóles, la muerte de su com-
patriota Juan Valdés, y al mismo tiempo enterarle de la
obra magnífica que Dios habia hecho por su medio en aque-
lla ciudad. Su padre habia recibido algunos fragmentos de
ías meditaciones que Valdés tenia la costumbre de hacer los
domingos en presencia de sus amigos en Cristo. Ella le copió
algunos pasajes, entre otros, el siguiente, que dice así: «Mi
sentir es este: tener fe es creer, y tener por cierto, todo lo que
está contenido en las santas Escrituras, poner toda confianza
— 151 —
en las promesas que ellas encierran, considerándolas como
hechas á cada uno personalmente. Tener esperanza es hacer
servir la fe para esperar pacientemente el cumplimiento de
las promesas de Dios, sin enredarse en el servicio vicioso del
mundo ó de sus concupiscencias carnales, que es el servicio
de Satanás. Tener caridad es devolver á Dios por Cristo todo el
amor y toda la consagración que viene de la fe. La fe des-
aparecerá, cuando ya no habrá lugar de creer, sino de con-
íiar; Ir esperanza caerá también, cuando después de la se-

gunda venida de Cristo, ya no habrá nada que esperar. La


caridad no desaparecerá nunca, porque nunca desaparecerá
el objeto del amor. En la vida eterna amaremos eternamente

á Dios nuestro Padre y á nuestro Salvador Jesucristo. Vién-


dolos y contemplándolos^ hallaremos nuestra eterna dicha y
placer, nosotros que habremos vivido sobre la tierra en la fe,
la esperanza y la caridad, incorporados al cuerpo de nuestro
Señor Jesucristo.»
Ninguna mención, en tal escrito, ni de los ángeles ni san-
tos interviniendo para la salvación de los hombres. Jesucristo
era la primera y la iiltima palabra del piadoso español en sus
Consideraciones. Su calidad de español habia conquistado á
sus escritos más simpatía que hubieran encontrado en las
obras de los reformadores alemanes.
La Alemania, donde las luchas religiosas entrañaban como
consecuencia, dificultades de todas clases, inspiraba al pue-
blo español cierta suerte de antipatía. El emperador estaba
continuamente ocupado en reprimir desórdenes y hacer la
guerra. No venía á España más que para levantar impuestos,
aumentar la tasa de los ya conocidos, y apropiarse las ri-
quezas del Nuevo Mundo.
Algún tiempo después de su líltima carta, Juana habia
recibido una contestación muy consoladora del convento de
San Isidoro. Rodrigo y otros tres jóvenes se hablan dedicado
seriamente al estudio de las Santas Escrituras. Pedia á su
hermana que le enviase por conducto de seguridad la obra
de las Consideraciones de Valdés, pues la creia necesaria
para secundar sus esfuerzos en busca de la verdad.
— 152 —
Aunque la Inquisición, por orden del Tribunal, habia de-
cretado la destrucción de todos los escritos de los Reforma-
dores, estuviesen en español ó en latin, fue fácil á Juana res-
ponder á la petición de Rodrigo. D. Pedro habia conservado,
ya en Sevilla, ya en su castillo de Castilla, un gran número
de esas obras. Por medio de Cassiodoro le fue fácil hacer lle-
gar algunas de esas obras al convento.
En algunas semanas, la luz divina habia penetrado en
aquel asilo de la opresión papal, é iluminado con sus vivifi-
cantes rayos uno tras otro á los monjes del convento.
Durante este tiempo, el corazón de Juana, ya muy pro-
bado, experimentó un nuevo golpe. Ni la deshonra, ni la pri-
sión hablan podido quebrantar el celo indomable de Valero.
Este aprovechaba para desenmascarar los abusos de Roma
todas las ocasiones que alguna nueva fiesta en San Salvador
le proporcionaba de salir al público. Esperaba que el predi-
cador acabase su sermón: después, en lugar de entregarse á
las demostraciones de dolor que se exigían á los herejes obs-
tinados y endurecidos, y,que se procuraba provocar por me-
dio de ultrajes y malos tratamientos, tomaba animosamente
la palabra, y refutaba una á una las proposiciones del predi-
cador que hallaba contrarias á la palabra de Dios.
Cada vez que Juana asistía á una de esas extraordinarias
ceremonias, sentía oprimirse su corazón por algún triste pre-
sentimiento. Estaba persuadida de que el santo oficio acaba-
rla por hallar algún modo de cerrar la boca de aquel molesto
contradictor. El suplicio de las llamas no habia tomado toda-
vía en los procedimientos de los inquisidores el lugar que
debia ocupar más tarde. Y habia muchos que temían que
fuese esa la suerte de Valero^ si insistía en desafiar abierta-
mente la autoridad de la Iglesia.
Sea que los miembros del santo oficio fuesen menos vio-
lentos que lo que más tarde hablan de ser, sea que la posi-
ción social del prisionero los detuviese en tomar una medida
tan radical, el juicio final que por último pronunciaron sobre
él, fue menos severo que hubiera debido esperarse algunos

años más tarde. Las tendencias infernales de la Inquisición


— 153 —
no habían llegado á su completo desenvolvimiento. Lo que
«1 Tribunal deseaba era desembarazarse lo más seguramente
posible de un prisionero encumbrado. Decidió, pues, encer-
rarlo en un convento vecino de San Liicar, á algunas leguas
de Sevilla.
Era el año 1541, cuando Valero entró vivo en aquella
tumba.
Sus enemigos, para no verse más importunados, estaban
decididos á no dejarle salir más de allí. Habían pensado que,
una vez aprisionado él, los amigos que había dejado en Se-
villa perderían poco á poco su memoria, y que la venda de
superstición y de ignorancia que él había por un momento
quitado, acabaría por apretarse más fuertemente sobre los
ojos del pueblo. No sabían que el Espíritu de Dios habia
acompañado las palabras de Valero, que se habia cernido por
encima de las tinieblas, hasta lograr que la vida divina se
manifestase en los corazones de muchos, y que, sí Valero
podía ser olvidado, la obra de Valero subsistiría siempre, sin
que las puertas del infierno pudiesen prevalecer sobre ella.
Por medio de sus amigos se informó don Pedro del mo-
mento en que el prisionero había de ser trasladado desde el
castillo de Tríana á su reclusión del convento. El viaje debía
hacerse por el rio. Se tomaron las disposiciones convenientes
para que Juana pudiese ver por última vez á su prometido.
El día convenido, la magnífica embarcación de don Pedro,
con su proa cincelada en oro y sus cortinas de seda, apareció
amarrada á alguna distancia de Tríana; iban en ella Juana y
su padre, don Juan Ponce de León, Domingo de Guzman y
algunos otros amigos, que habían aprendido de Valero á co-
nocer la verdad.
Las cortinas de la cámara se mantuvieron prudentemente
corridas, hasta que el convoy de familiares y alguaciles, con-
duciendo al prisionero, hubiesen dejado la orilla. Mas tan
pronto como las dos embarcaciones se hallaron frente á fren-
te, se corrieron súbitamente las cortinas, y los semblantes
entristecidos de los amigos aparecieron á los ojos del intré-
pido prisionero.
— 154 —
La angustia muda que se manifestaba en el rostro de
Juana, impresionó profundamente. Hizo un movimiento
le
doloroso de cabeza (se habían tomado precauciones para im-
pedirle hablar) y levantó las manos al cielo La sombría
barca habia ya pasado. Mas, por corta que habia sido la en-
trevista, habia bastado para levantar el ánimo y afirmar la fe
de la joven española. Se hablan dado cita en el cielo, en la
perfecta casa que Dios tenia preparada, y en la estructura
de la cual iban en adelante á ser obreros con El, de común
acuerdo, Valero en la soledad de la prisión, al borde del rio,
orando é intercediendo delante de Dios por la evangelizad on
de su pais natal, y Juana obrando directamente, y haciendo
conocer la verdad á todas las personas colocadas bajo su in-
fluencia.
Las dos barcas se deslizaban lentamente sobre las aguas
soleadas del rio, cuyas riberas ofrecían los cuadros más varia-
dos. Aquí habia bosques de naranjos y limoneros, inclinados
bajo el peso de sus maduros frutos; allá plantaciones de mo-

reras y castaños gigantes; más lejos vastos campos de lino y


maiz en ñor, con sus vallados de cactus con sus flores escar-
lata, y de ciruelos, cuyas ramas, cargadas de fruto, caian
sobre las aguas del rio; mientras la viña, cargada de sus ra-
cimos encarnados, mezclaba su follaje con las ramas del
mirto, llegando casi hasta el suelo. Era verdaderamente una
tierra rica y fértil esa vasta península con sus orillas baña-
das por el mar, y su riente clima. Defendida contra los rigores
del invierno por los vientos calientes que soplan del África,
protegida contra los calores sofocantes del estío por la vecin-
dad de lasmontañas y bosques y por la fresca brisa del mar,
era en verdad la tierra del Sud por excelencia, fluyendo leche
y miel, y todas las riquezas de que naturaleza generosa la ha
dotado.
Permítasenos al describir, como acabamos de hacerlo, las
hermosas orillas del Guadalquivir, suspender un momento
nuestra narración para dar expansión á nuestro espíritu, y
admirar y proclamar las bellezas de esa hermosa España, tan
favorecida del cielo. Sobre la fertilidad de su suelo, está
— 157 —
también muchedumbre de sus ciudades hermosas y nota-
la
bles, tanto por sus construcciones modernas, cuanto por las
antigüedades que presenta á la admiración del 'viajero. Ma-
drid, ciudad moderna, y que dia tras dia va ensanchándose
y levantando construcciones con todos los gustos del arte
moderno. Cádiz, con su especial situación sobre el Estrecho,
que entonces la hacia el centro del comercio entre los dos
Océanos. Granada, la antigua y rica ciudad de los moros;
Toledo, Valladolid, Zaragoza, Barcelona
La España poseia entonces también la Sicilia, una gran
parte de Italia y dependencias importantes en África. Los
nuevos y grandes descubrimientos marítimos llevaban su
poder casi al infinito. El mundo entero parecía, de Oriente á
Poniente, abrirle su vasto seno para permitirle llevar, hasta
sus más alejados limites, la extensión de sus riquezas y de su
poder.
Tal era de España, cuando Dios le ofreció,
la situación
como á Alemania más precioso de todos sus
é Inglaterra, el
favores, el Evangelio de libertad.
¿Ese don incomparable, que era ofrecido á la dueña del
mundo, lo rechazarla ella definitivamente, como habla recha-
zado ya álos primeros mensajeros que se lo hablan revelado,
ó acabaría por aceptarlo con la humildad y sencillez de un
niño? Nadie entonces podia decirlo. Era lo que se pregunta-
ban don Pedro y sus amigos, deslizándose suavemente por
las aguas del Guadalquivir hacia San Lücar, en donde debia
desembarcar el pobre mártir para ser encerrado en los cala-
bozos de un convento. Esperaron que la sombría puerta se
cerrase tras de él; luego, después de haber enviado al cielo
una ferviente oración, pidiendo á Dios que se dignase soste-
ner y fortificar por su Espíritu al amigo querido que les ha-
bla sido arrebatado, se dispusieron á volver á Sevilla.
El corazón de Juana estaba muy firme. Estaba resuelta á
consagrar todos sus esfuerzos á propagar el Santo Evange-
lio. Habla escrito á su hermano, y le habla dicho todo lo que

podia decirle. Ahora quería volver toda su atención á sus


domésticos. El viejo Diaz, el mayordomo, el camarero, eran
— 158 —
ya favorables á las ideas de la Reforma. Mas la joven no co-
nocía á los otros domésticos, como no conocía á los frailes
del convento. El mayordomo, que se regocijaba de ver á su
joven ama tomar tan grande interés en los servidores que él
tenia bajo sus órdenes, le prestó su concurso. Todo fue arre-
glado de manera que pudiesen reunirse una ó dos veces por
semana para oir la lectura de un capítulo de la vieja Biblia
castellana.
Cuando las primeras palabras llegaron á los oídos del vie-
jo jardinero, éste, que en los líltimos años de su vida había
sentido revivir en sí la fe de sus antepasados, la fe de aque-
llos Yaldenses, que tenían por divisa una antorcha rodeada
por estas palabras, Lux lucet in tenehriH (la luz resplandece
en humildemente su cabeza.
las tinieblas) inclinó
— — —
Ha reaparecido por ñn murmuró yo no pensaba vol-
verlo á ver. Mas ha reaparecido el libre Evangelio, que mi
a,buelo anunciaba en los castillos delante de los caballeros
y las damas, en las chozas y á los pobres. Señorita — añadió
en el momento en que Juana cerraba el libro ¿querría us- —
ted leerme el cántico del pobre viejo, que esperaba la venida
del Señor Jesús y la salvación prometida á Israel?
Una alegría de triunfo resplandeció en el rostro del pobre
viejo, cuando oyó aquel cántico de Simeón.
— Sí, sí — exclamó — yo puedo ya ir en paz hacia mis pa-
dres. Yo he vivido lo bastante para ver penetrar en la orgu-
llosa Andalucía esta verdad á la cual ellos lo sacrificaron to-
do, y puedo contemplar con mis ojos la luz del sol, naciendo
sobre esta hermosa y querida España. Mas sed prudentes,

jóvenes dijo mirando en torno suyo el grupo de sirvientes

más jóvenes que él. La Iglesia ha perseguido á los Valden-
,ses hasta su completo exterminio; contad con que os perse-

guirá también á vosotros. ¿Cuál de los dos vencerá? Yo no


podré decirlo, Dios sólo lo sabe. Mas, si desgraciadamente el
Evangelio no prevaleciese, si esta luz fuese segunda vez
ahogada, entonces será verdaderamente el reinado de las ti-
nieblas. El día de la buena voluntad y de la gracia principia
á extender sus primeros resplandores sobre España; mas si
— 159 —
España no lo reconoce, si pone una venda sobre los ojos para
no ver brillar esta aurora, si rechaza esta salvación que le es
ofrecida, entonces verá hundirse con la verdad, todas sus
grandezas, todas sus glorias, todas sus riquezas y sus liber-
tades todas. En lugar de permanecer la dueña del mundo, y
ser la reina de todas las naciones, será para todas ellas un
objeto de burla y desprecio. La más negra oscuridad envol-
verá al país; el pueblo será sumido en tinieblas y sombra de
muerte.
La profecía del viejo hizo asomar una sonrisa á los labios
de algunos de los oyentes. Era para ellos el lenguaje de un
iluminado ó un visionario.
No les parecía posible que se cumi3liese semejante pre-
dicción. Les parecía tanto como declarar que España seria
susceptible un día de cambiar su situación geográfica, per-
der su hermoso clima, sus brisas tibias y embalsamadas, su
cielo excepcíonalmente bello; que vendría un tiempo en que
cesaría de oírse en primavera el canto de los pájaros en um-
brías arboledas, ó que el país, en fin, se transformaría en un
terreno seco y árido. Estaban muy lejos de pensar que aque-
lla profecía se cumpliría hasta en su última tilde. No cono-

cían los funestos efectos de la ignorancia. No sabían que


abandonados á esta ignorancia, dejados por Dios en libertad
de seguir los impulsos de su espíritu ciego, los hombres se
armarían del hacha y cortarían de raíz, hajo el pretexto erró-
neo de que ellos eran una causa permanente de fiebre, los
árboles seculares que servían para conservar la frescura y
proteger sus arroyos contra los ardores del sol del estío. No
habían pensado nunca que un suelo seco é improductivo po-
día tomar el lugar de sus soberbios jardines con sus frutos
tan suaves como variados, de sus campos de doradas míeses,
de sus verjeles tan productivos, y que el sol, libre en adelan-
te de arrojar sobre la tierra los dardos de su luz abrasada, po-
día transformar esta rica comarca en un desierto de arena es-
téril y sin agua. Y no obstante, esto tenía que suceder. Hoy
mismo serán necesarios largos años de paciencia y de esfuer-
zos y de trabajo inteligente para reparar los funestos efectos
— 160 —
de los errores papistas, de la tiranía y la ignorancia de la In-
quisición, si es que es posible llegar alguna vez á esto.

Con todas las ventajas de su situación excepcional y de


sus riquezas minerales, á pesar de sus minas de oro, plata,
hierro, mercurio, plomo, etc., á pesar de su suelo susceptible
de cultivo, la España es hoy en Europa uno de los países más
pobres, más ignorantes y atrasados. Privada de toda verda-
dera libertad, política, civil y religiosa, á pesar de vivir en
tiempos y con la denominación de liberal, parece haber per-
dido su carácter nacional, haberse enervado y hecho indo-
lente en tal grado, que en política prevalece siempre el parti-
do que manda; en religión hay un indiferentismo que mata; en
agricultura, industria, economía, comercio, arrastra una vida
muy lánguida.
Si es verdad no obstante que la sangre de los mártires e»
una semilla de la Iglesia, la España no debe desesperar. En
ningún otro pueblo, la Reforma del siglo XVI ha contado más
ni quizás tantos héroes como en ella. Ella dio un gran contin-
gente al ejército de los elegidos, que rodean el trono de Dios.
Aquellos de sus hijos que opusieron la firmeza de su fe y el
celo de su valiente osadía á las infernales crueldades de la
Roma papal, pueden con justo título tomar plaza entre los
mártires gloriosos, que en los primeros siglos del cristianismo'
supieron resistir á todas las crueldades de la Roma pagana.
161 —

CAPITULO XVI.

De Sevilla á Valladolid.

Dos años habían transcurrido en relativa calma. El nií-


nuevas ideas habia crecido
niero de los convertidos á las rá-
pidamente en Sevilla. Doña Constanza manifestó entonces un
deseo tan ardiente de ver á su hija mayor, que don Pedro se
decidió á ir con su familia á Valladolid, á vivir allí alg'un

tiempo, pues á dicha ciudad habia sido llevada la hija.


Sus amigos le aconsejaron aparecer una vez más en la
corte, para dar al rey una prueba de su adhesión. Estaba
próximo el matrimonio del príncipe de Asturias, don Felipe,
con la infanta María de Portugal. Presentábase, pues, la oca-
sión muy favorable. Los esponsales de aquella pareja se ha-
bían celebrado en Diciembre de 1542: ahora era el fin del es-
tío de 1543.
La antigua ciudad de Salamanca habia perdido su calma
habitual. Toda ella se habia puesto en movimiento para pre-
parar al joven principe y á su prometida una recepción dig-
na de sus Altezas. Los más grandes señores del reino, como
don Pedro, se apresuraban á reunirse con el duque de Alba,
para ir en gran pompa á recibir á la infanta y darle la bien-
venida.
Doña Constanza no había visitado nunca la capital, ni el
castilloque su marido poseía en Castilla. En cuanto á Juana,
nunca habia pasado los confines de Andalucía.
Ya, al principio del viaje, á medida que avanzaban, y la ca-
li
— 162 —
deiia de Sierra Morena estaba más cerca de ellas, sus majes-
tuosas cumbres, cuyas forestas de hayas y encinas cubrían
su agreste majestad, les hacian lanzar continuas exclamacio-
nes de sorpresa. Pero, cuando después de franquear los bos-
ques, los viajeros se metieron en el sendero estrecho y roca-
lloso, que debia conducirlos á través de un puerto á la
verti-ente opuesta, y llegadas á la roca pelada, pudieron con-
templar libremente que eleva-
los picos casi perpendiculares,
ban majestuosamente á los aires sus crestas nevadas bajo los
rayos brillantes de un sol espléndido, ambas señoras no pu-
dieron contener un grito de asombro. Al aspecto grandioso
de estas montañas, las palabras de las Escrituras que les ha-
blan revelado á Dios como la roca de su salvación, se repre-
sentaban á su memoria con una signifícacion que hasta en-
tonces no hablan conocido.
En medio de todos estos sentimientos de admiración, Jua-
na sentía deslizarse en su corazón una impresión de tristeza.
Rodrigo de Valero, vestido del sanbenito, estaba todavía en-
cerrado en los sombríos muros del convento de San Lúcar. Y
el pensamiento de que esta cadena de montañas, y los montes
de Toledo que aún tenían que atravesar, aumentarían la dis-
tancia que la separaba de él, hacia tan intensa su tristeza, que
á pesar de su deseo de volver á ver á su hermana, hubiera
vuelto voluntariamente atrás. Pero, ahora para ella la volun-
tad de sus padres estaba por cima de todo. Se contentaba con
dejar escapar algún suspiro, y volviendo la espalda á su que-
rida Andalucia, apretó el paso de su muía, y continuó en su-
bir el sendero de la montaña.
La numerosa comitiva que llevaban, y el mal estado de
los caminos les impedian marchar más rápidamente, y creye-
ron un momento que no les seria posible llegar hasta Toledo.
Doña Constanza habla caido enferma á algunas millas de esta
ciudad, y se vieron obligados á retroceder para buscar asilo
en un pequeño pueblo.
Su rango solo, si ya la noble figura no hubiese prevenido
en su favor, habría bastado para despertar la atención de los
habitantes del pueblo, y abrirles la puerta de la más im-
— 163 —
portante posada de aquel contorno. Pero era fácil, al ver la
fisonomía triste y afligida de la dueña de la casa, que la lle^a.
da de los huéspedes era más que importuna. La doncella de
Juana, un tanto curiosa, averiguó de la pobre mujer que
acababa de perder á su marido, y que con tal motivo habia te-
nido lamentables disgustos con la Iglesia.
Informada del hecho y deseosa de llevar alguna consola-
ción á aquella afligida mujer, Juana dejó por un momento el
lecho en que descansaba su madre, y se fué en busca del ama
de la casa. La halló llorando, en medio de la más profunda an-
gustia, sentada en un gabinete que daba al jardin.
— Dios sólo puede calmar un dolor semejante al de usted
le dijo con voz simpática.— ¿Mas no puedo yo hacer algo por
usted?
— ¡Ah! señorita, no sabe usted cuánto sufro, sin poder es-
perar consuelo ninguno — respondió, meneando su cabeza en
señal de negativa.
—También yo he sufrido— replicó Juana.
La mujer levantó sus ojos al rostro pálido que se inclinaba
sobre y pudo convencerse en efecto, de que la paciencia
ella,

hecha perfecta por el sufrimiento, habia dejado unaá huellas


imborrables.
— Voy á dar á usted cuenta de mi pena — dijo en un tono
confidencial. —Pero es sin esperanza, sí, sin esperanza.
Juana se sentó á su lado.
— Xo, no hable usted de ese modo. En nuestro jardin, en
Sevilla, está enterrado un niño muerto, sin haber recibido el
agua bautismal, y, con ese motivo, mi madre ha llorado como
usted, muchos años, sin querer recibir consuelo.
— ¿Pero puede una recibir consuelo para tanta pena? ex- —
clamó la mujer llena de sorpresa.
— Jesucristo ha consolado á mi madre, conduciéndola al
conocimiento de las verdades contenidas en el Evangelio
respondió Juana con mucha firmeza.
— Sí; mas el niño con su demonio que impidió que fuese
bautizado, y mi marido con su pecado no confesado^ ambos
están condenados, el niño al limbo v mi marido al infierno.
— 164 —

¿Vuestro marido murió sin recibir los sacramentos de la
Iglesia?— preguntó Juana.
La pobre mujer hizo una señal afirmativa de cabeza, pu-
diendo apenas hablar.
— — —
No es de eso de lo que se trata replicó Por el contrario,
.

mi Antonio fue siempre un hijo sumiso y amante de la Iglesia.


Iba á confesarse con toda regularidad. Pero un dia, un árbol
cayendo sobre él, lo magulló. Perdió su conocimiento, y pasó
un tiempo considerable, antes de poder recobrar sus senti-
dos, y poder confesarse con el cura. Por fin, el sacerdote vino,
y mi marido le contó todos los pecados de que se acordaba.
El confesor le dio la Unción. Y como mi marido, al sufrir tal
caida, habia sido j)recisamente por cortar flores para llevar
á la Iglesia, le dio la absolución sin imponerle penitencias,
ni sujetarle-al purgatorio si moria. Mas, después que se mar-

chó el cura,Antonio trataba de consolarme, cuando de re-


jjente se acordó de que habia olvidado un pecado. Fuimos de
nuevo á buscar al confesor. Mi pobre marido pidió con mu-
cho empeño al Señor que le conservase la vida hasta te-
ner la seguridad de que su pecado era perdonado. Pero an-
tes de que viniese el confesor,, viejo y cascado, mi marido
murió.
—¿Pero su marido de usted, confesó su. pecado á Dios?
preguntó de nuevo Juana.
—¡Oh, si! Ciertamente. Cuando vio que el sacerdote tar-
daba confesó á Dios su pecado, no una, sino muchas veces.
— — —
Mi querida mujer contestó Juana si su marido de us-
ted ha pedido perdón á Dios, ¿puede usted creer que Dios
no se lo haya concedido? El mismo nos ha dicho claramente
en su Palabra, que está siempre más dispuesto á hacernos
gracia, que lo estamos los unos para hacerla á los otros
—¡Pero el cura no estaba allí!— interrumpió la mujer.
— —
No; pero Dios sí estaba añadió Juana afectuosamen-
te; —Dios, que es nuestro Padre; Dios^, que nos ama y nos ha
amado de tal manera que nos dio á su Hijo Unigénito para
que ocupase nuestro lugar, y pagase la muerte que nosotros
debemos por nuestros pecados, y subió luego á los cielos
t
— 165 —
para ser allí nuestro Mediador, el sólo Sacerdote capaz áe
perdonar los pecados de los hombres.
—¿Quiere usted hablarme de Nuestro Señor Jesucristo?

preguntó la mujer con grandes sollozos. Mas usted sabe
que sin la intercesión de su santísima Madre y la absolu-
ción de la Iglesia, yo me temo que habrá condenado á mi
Antonio.
— Al contrario, buena mujer. El mismo invita á los peca-
dores á ir á él. No dice: «Id á la iglesia, ó Id á María.» No, ha
dicho: «Venid á Mi.» Y lo que él dice no lo dice en vano. No
quiere que vayamos ni á los santos, ni á los ángeles, ni á los
sacerdotes, sino á él mismo, á él sólo. Y á los que van á él,
los recibe y los bendice. Yo voy á leer á usted una historia,
la historia de uno que se dirigió á Jesús sin ningún interme-
diario, sin bautismo, sin sacramento, sin la asistencia del sa-
cerdote ni de la Iglesia.
Y abriendo un pequeño libro en que habia copiado algu-
nos extractos de la vieja Biblia castellana, le leyó el recitado
del ladrón sobre la cruz, su corta oración: «Señor, acuérdate
de mí,» y la respuesta inmediata y favorable de Jesús: «Hoy
serás conmigo en el paraíso.»
La mujer, bajo la impresión de esas palabras de misericor-
dia, que tanto la consolaron, miraba á la joven, como no atre-
viéndose á esperar que Dios hubiese querido ser tan clemente
con su pobre Antonio, como lo habia sido con el ladrón. Esta
nueva le parecía tan alegre, que no se atrevía á creerla ver-
dad. Por otra parte, aceptar esta esperanza de que quizá hu-
biese sido oida por Dios la oración de su marido, era á su
juicio,como poner en duda ó rechazar las enseñanzas de la
Iglesia. Y los lazos que la sujetaban á ésta eran tan fuertes,
que sentía más dolor en romperlos que en pensar que su ma-
rido estaba doblemente perdido. Y no era la primera vez que
habia oido poner en tela de juicio y hasta ridiculizar la au
toridad de la Iglesia. Poseía, escondido en el fondo de su

baúl de encina, un ejemplar de dos Diálog'os, que hablan


«dado, secretamente, la vuelta al mundo.
Estos dos folletos, impresos en Yenecia, hablan salido de
t
— 16G —
la pluma de Juan de Valdés. El uno era un diálogo entre Ca-
rente y Mercurio, departiendo en la laguna Estigia sobre las
guerras de Europa; el otro era una discusión sobre la toma
de Roma en 1527. En ambos se esforzaba el autor por hacer
conocer á sus lectores las doctrinas de Lutero, y ponerlos en
guardia en contra de la* mayor parte de las prácticas de la
Iglesia, sin exceptuar al clero, cuya vida depravada y escan-
dalosa no era á la vista de todos más que una confirmación
de los reproches que les dirigía el autor.
Antonio y su mujer habían leido ambos folletos, Pero te-
miendo para sí mismos las mismas dificultadesque esta pu-
blicación habla ocasionado á los dos hermanos, Juan y Alfon-
so Valdés, que los hablan escrito, habían obrado con mucha
prudencia. En lugar de comunicarlos á otros, los habían
guardado en su cofre de encina, donde los tenían á salvo de
las pesquisas de los inquisidores. Ahora la pobre mujer se
acordaba de que los tenia allí guardados. Prometió dárselos
á Juana, y pensar por su parte en lo que acababa de oír con-
cerniente á su marido.
La indisposición de doña Constanza los retuvo en aquella
población casi un mes. Durante este tiempo, Juana tuvo la
satisfacción de ver que sus palabras habían llevado consola-
ción al espíritu de la viuda. Los terribles temores que ella
antes sentía respecto al alma de su marido, hablan por fin
desaparecido. Llegó poco á poco á convencerse de que, á
pesar del olvido de su marido y de la ausencia del cura, en
sus últimos momentos, el Sumo Sacerdote, Jesucristo, había
oído la oración que le dirigió, y de que Antonio mismo había
llegado al conocimiento de Dios su Padre y de su Salvador
Jesucristo, al abrigo ya de las tinieblas, de la superstición y
délas invenciones papales, en medio de las cuales marchaba.
ella misma todavía, no viendo sino imperfectamente.
Este imprevisto retraso obligó á don Pedro á salir para
Salamanca casi en cuanto llegó á Valladolid. La infanta de
Portugal debía dejar la casa paterna, y salir de Lisboa los.
primeros días de Octubre para trasladarse á la frontera, don-
de un brillante cortejo se aprestaba para recibirla y condu-
— 167 —
cirla á Salamanca, Era allí donde debía encontrar á su pro-
metido Felipe.
Don Pedro, pues, apenas tuvo tiempo para instalar á su
familia en Valladolid, reunir su tropa de soldados y agregar-
se con ellos al séquito del duque de Medina Sidonia, el más
rico y el más poderoso hidalgo de Andalucía.
Este último había puesto á disposición de la infanta su pa-
lacio de Badajoz, y lo había embellecido para el caso con todo
el lujo y esplendores de su rango. Las tapicerías y colgadu-

ras estaban bordadas de oro; las camas, la sillería y los mue-


bles todos brillaban al resplandor de la plata ó de metales
preciosos. El día mismo de la recepción, el duque había mon-
tado en una soberbia litera tirada por muías cubiertas mate-
rialmente de oro macizo, mientras que tres mil soldados, con
los profesores de Salamanca, vestidos de sus togas acadé-
micas, los jueces y el corregidor de la ciudad con trajes de
terciopelo carmesí, medias y calzado brillantes de blancura,
servían de escolta al rico y poderoso señor.
La princesa no estaba rodeada de menor esplendor. So-
berbiamente vestida de una tela de tisú de plata, cubierta su
cabeza de una rica mantilla castellana de terciopelo color
violeta, recogido su peinado en un gorro del mismo color
adornado de una pluma blanca y azul, venia montada en una
muía soberbiamente enjaezada, cuya silla era de plata.
El lugar del encuentro había sido fijado en Salamanca.
Mas Felipe estaba muy impaciente por ver á la mujer que iba
á ser suya. En el momento de la partida, Felipe se juntó con
uno ó dos de sus amigos particulares, habiendo cuidado an-
tes de disfrazarse de cazador, y cubrir su cabeza con un som-
brero de terciopelo, envuelto en una gasa, que pudo permi-
tirle sin ser conocido, mezclarse con la muchedumbre al lado
de la infanta, y satisfacer á su gusto su ardiente y legitima,
curiosidad.
Este disfraz no impidió á don Pedro reconocerle, y aper-
cibiren la sombría expresión de su rostro, que no era un
príncipe dispuesto á sufrir ninguna contrariedad, ni dejar pa-
sar desapercibida la más ligera infracción de su voluntad.
— 168 —
Este carácter era debido en gran parte al carácter demasia-
do indulgente de su preceptor, que no habia hecho ningún
esfuerzo por domar su voluntad rebelde y déspota, á pesar
de las quejas continuas de su padre Carlos V.
La noche siguiente, 12 de Noviembre, tuvo lugar la cele-
bración del matrimonio. Las fiestas, soberbiamente organi-
zadas, duraron una semana entera. Pero el héroe de todos
estos esplendores, don Felipe, príncipe de Asturias, y here-
dero del más poderoso reino del mundo, no parecía tomar
gran parte en ellas. En realidad, nadie podia todavía que-
jarse de los arrebatos de su carácter; pero nadie tampoco po-
dia citar de él un rasgo de generosidad
Por fin, la vieja y tranquila ciudad de Salamanca, volvió
á su calma habitual, encerrada á la sombra de sus altas y
macizas torres. La pareja privilegiada habia marchado á
Valladolid. Don Pedro, por su parte, habia vuelto al seno de
su familia.
Las fiestas suntuosas de que habia sido testigo, no hablan
alcanzado á disipar la tristeza de que estaba embargado su
corazón desde la encarcelación de Valero. Los descubrimien-
tos que él y algunos de sus amigos liabian hecho sobre el ca-
rácter del joven príncipe, no eran en verdad para tranquili-
zar su ansiedad.
Ya corría el rumor de que el emperador tenia intención
de abdicar el poder en las manos de Felipe, para ir á con-
cluir sus días en un monasterio. No era de extrañar, qiie la
adhesión de don Felipe á las supersticiones de la Iglesia, su
carácter sombrío y triste, su amor al poder despótico y ab-
.soluto, hiciese nacer temores en el espíritu de los partidarios
de la verdad, que hubiesen querido ver desenvolverse en Es-
paña el espíritu de examen é investigación, que se sentía ya
necesario en todas las clases sociales de España. No debe ex-
trañarse tampoco que más de uno de los que hablan visto al
príncipe en Valladolid, se sintiese turbado al pensamiento de
tener que sufrir dentro de poco una dominación tan tiránica.
- 169 -

CAPITULO XVII.

Un auto de fe.

La llegada de Felipe á Valladolid, fue para esta ciudad


•ocasión denuevas fiestas. Esto en nada preocupaba á don
Pedro. Lo que le interesaba más, así como á uno de sus ami-
gos íntimos, don Carlos de Seso, era la suerte de un prisio-
nero, San Román, que el emjierador habia enviado cargado
de cadenas, de Ratisbona á Arg'el, y cuya vuelta próxima á
Valladolid se esperaba.
San Román era un joven noble, español de nacimiento.
Habiendo vivido en los Paises Bajos, abrazó las ideas de Lu-
tero.Perseguido por esto, estuvo preso por es])acio de ocho
meses. Amigos influyentes que tenia, obtuvieron su libertad
bajo la esperanza de que viviendo en un j^ais católico, abju-
raría de su. herejía. En el momento de marchar, supo que se
estaba celebrando una dieta en Ratisbona, y que el empera-
dor parecía algún tanto favorable á las ideas de Lutero.Esta
noticia le estimuló tanto, que en lugar de dirigirse á España,
se encaminó á la dieta para encontrar allí al emperador.
Habiendo logrado una entrevista con él, le expuso muy cla-
ramente el objeto de su visita. Le representó el estado deplo-
rable en que la religión se encontraba en España, y le su-
plicó empleara su real poder para detener las crueldades
crecientes y los atropellos de la Inquisición y del clero, cuya
violencia y crueldad no tenían otro objeto que sustraer á
España de la influencia de la verdad, y aprovechando su ig
norancia, ahogar las enseñanzas de Jesucristo.
— 170 —
Enardecido por la respuesta, relativamente bondadosa, deí
emperador, quiso intentar segunda vez la misma empresa.
Esto no hizo sino exasperar á algunos españoles que forma-
ban el séquito real, y que seguramente no hubieran tenido
escrúpulos en arrojarle al Danubio, sin otra forma de pro-
ceso, si el emperador mismo no hubiese intervenido y les hu-
biese recordado que sólo á los jueces es á quienes correspon-
día el ejercer la justicia. Consecuencia de esto, fue encade-
nado y obligado á seguir de esa manera la escolta del
emperador, primero de Alemania á Italia, después de Italia
á África, hasta el dia en que, después de la desgraciada cam-
paña de Argel, se le embarcó para España, para que fuese
juzgado por el Santo Oficio, bajo la inculpación de herejía.
Era una misión delicada y peligrosa el trabajar en favor
de un prisionero tan comprometido como San Román. Pera
don Carlos de Seso tenia hechos grandes servicios al empe-
rador. El era el que habia obtenido en otro tiempo la mano
de doña Isabel de Portugal, princesa de la familia real de-
Castilla y de León, y parienta lejana de don Pedro. Tenia,,
pues, alguna esperanza de que el emperador, cediendo á las
instancias de la princesa, acabase por mandar sobreseer el
proceso del prisionero.
Don Pedro no participaba de estas mismas esperanzas
que don Carlos de Seso. Tenia muy presentes aún los recuer-
dos del proceso de Virués. Recordabaque el mismo emperador
habia sido impotente á detener la persecución contra su ca-
pellán, y que la influencia de Carlos V no habia impedido que
el tribunal condenase al acusado á cuatro años de prisión.
Se acordaba, además, de las grandes dificultades que habia
tenido que vencer para obtener para él el obispado de Ca-
narias.
Por lo demás, no eran solos don Pedro y su amigo los que
en Valladolid profesaban las doctrinas luteranas. Habia allí,,
como en Sevilla, un pequeño grupo de j)artidarios secretos de
la Reforma. Don Pedro mismo habia sido el encargado por el
doctor Egidio de llevar de su parte un paquete de cartas á
uno de sus amigos y condiscípulos en la academia de Alcalá^
— 171 —
el doctor Agustiu Cazalla, capellán y predicador del rey. Se

habían celebrado reuniones regulares de los nuevos conver-


tidos, ya en casa de don Pedro, ya en la de Carlos de Seso^
*y9i en la de doña Leonor de Vivero, madre del doctor Cazalla.

Allí se leian los Diálogos y las Consideraciones divinas de


Juan de Valdés, y las santas Escrituras. Esperaban que na
se tardarla el tiempo^ en que éstas serian traducidas y publi-
cadas en lengua castellana. Un sabio español. Encinas, que
habia marchado á los Países Bajos, acababa, en efecto, de
hacer una versión al castellano del Nuevo Testamento griego,
y la habia hecho imprimir en Amberes. Don Pedro había re-
cibido ya un ejemplar y esperaba recibir otros, cuando se es-
parció el rumor de que los examinadores, á quienes habia
sido sometida esta traducción, y que debían consentir su pu-
blicación, la considerabancomo tocada de herejía. Le repro-
chaban de El Xuevo Pacto, expresión muy luterana,
el título

y especialmente aquellas palabras de nuestro perfecto Re-


dentor, que sabían mucho á Reforma.
Desesperando Encinas de que su versión obtuviese la
aprobación de los examinadores, había remitido su edición á
las manos de mercaderes de libros, de suerte que se podia
esperar que habría pronto copias.Xo se debía, pues, tardar
mucho en saber que habia sido perseguido por haberse atre-
vido á publicar una obra sin el permiso de las autoridades,
competentes.
Durante este tiempo, San Román habia llegado á Vallado-
lid, donde habia sido entregado á disposición de los inquisi-
dores. Profesaba la gran doctrina reformada de la justifica-
ción por la fe en la misericordia de Dios mediante el sacri-
ficio expiatorio de Jesucristo, el solo Mediador, en contra de

la doctrina romana de las Obras y del mérito personal para


obtener la salvación. Denunciaba como blasfemia contra el
Dios viviente, la celebración de la misa, la confesión auricu-
lar, la creencia en el purgatorio, la invocación délos santos^
y adoración de las imágenes. Su proceso, por consiguien-
la
te,no debía ser muy largo. Un credo semejante hacía inútü
todo empeño en su faA'or.
— 172 —
D. Carlos de Seso le había oido hacer esta bella y difícil
profesión de fe. Mas, aunque él admirase secretamente el va-

lor y firmeza del prisionero, sabia que era tan imprudente


como inútil hacer tentativa alguna en su favor.
Habíase extendido por la ciudad el rumor de que muy
pronto debia verificarse un auto de fe. Un cierto número de
g-uardias de corps del emperador, que le hablan seguido á
Alemania, y que se hablan mezclado con el ejército luterano
en el saqueo de Eoma, y en la defensa de Ñapóles, pensaba
con pena en los deberes que tendrían que llenar en tan sensi-
ble circunstancia. Fue por la mediación de uno de ellos, algo
pariente de uno de los criados de don Pedro, por donde supo
é'ste la sentencia que condenaba á San Román á ser que-

mado.
—No, no es posible — exclamó Juana, pálida de indigna-
ción, cuando supo por una de sus doncellas tan dolorosa no-

ticia. No, la Inquisición no se atreverá á obrar con tal rigor.
— — —
Pues yo me temo respondió la doncella que sucederá.
Mi tio tiene una profunda pena por ello. Es guardia del rey,
y por este motivo tendrá que asistir á la ejecución.
— Pues me asombra — respondió Juana — que este espec-
táculo le disguste. He oido decir que las damas de elevada
alcurnia y los caballeros asistían á estos espectáculos, cuan-
<io se quemaba á los moros y judíos.
— Ciertamente. Mas el señor San Eoman no es ni judío ni
moro. Es, según cuenta mi tio, un noble mártir de la fe cris-
tiana, y es su amor á la verdad lo que hace que sea con-
denado.
—¿Cree tu tio en las mismas doctrinas que tú y tu padre
habéis aprendido del viejo Diaz?
—Y de usted, señorita— respondió la doncella. Diaz me—
ha enseñado mucho, pero usted me ha enseñado más. Y
ahora que ya Diaz murió, yo conservo como un tesoro en mi
corazón todo lo que usted me dice, para enseñárselo á mi
padre.
— ¿Pero tu tio, el soldado, cómo ha aprendido estas doc-
trinas?
— 175 —
— En Roma primeramente, señorita. En aquella ciudad es-
taba alojado junto con un viejo soldado alemán. De él apren-
dió á conocer la vida escandalosa del clero y el verg'onzoso
tráficode las indulg'encias. Pudo ver por sí mismo cuan poco
se cuidaban de la religión los cardenales y el mismo Papa.
Aquel espectáculo descorazonador le hacia estar más atento
á lo que el alemán le contaba de los actos y escritos del fraile
Martin Lutero. En Ñapóles oyó al señor Valdés enseñar las
mismas doctrinas. Comprendió que eran la verdad. Después
ha tenido frecuentes conversaciones con San Román mismo,
cuando venia con él de África á España, y está ahora per-
suadido más que nunca de que es la Biblia, y no el clero co-
rrompido de Roma la que enseña la verdad.
Las nuevas traídas por el soldado no tardaron en confir
marse. San Román, efectivamente, fue condenado á las lla-
mas por hereje obstinado y endurecido. Bien tempranito toda
la ciudad estuvo de pie para asistir al auto de fe, en el que
la principal víctima era él.
¡Lúgubre procesión la que salió del castillo, cuando en el
dia fijado para la ejecución, la aurora naciente de una her-
mosa mañana primaveral vino á iluminar las macizas y som-
brías puertasl Un grupo de soldados, más ó menos satisfe-
chos del cargo que estaban desempeñando, abria la marcha.
Detrás iban muchos sacerdotes de sobrepelliz, acompañados
de coristas, que iban cantando alternativamente los oficios
de la liturgia para estos casos, y los salmos del oficio de di-
funtos. En pos de ellos iban los prisioneros, divididos en di-
ferentes clases, según el grado de culpabilidad que se les ha-
lóla más culpables los primeros. Ocupaba el
atribuido, los
puesto primero San Román, con el repugnante sanbenito,
lina cuerda al cuello y una vela apagada en la mano. Cada
prisionero iba guardado por dos familiares. Pero San Román,
como condenado á muerte, iba acompañado de un sacerdote,
que durante todo el trayecto le ofrecía á besar un crucifijo, y
se esforzaba por arrancarle una retractación. Detrás de los
condenados iban los magistrados déla ciudad, los jueces, los
hombres de estado, toda la nobleza á caballo ó en literas;
- 176 —
luego el clero secular y los monjes de todos los conventos de
las cercanías. Por fin avanzaban lenta y solemnemente los
miembros del Santo Oficio, precedidos del procurador fiscal.
Este llevaba en sus manos la bandera de seda de la Inquisi-
ción, donde se podian ver grabados en grandes caracteres
los nombres ylas insignias de Sixto IV y Fernando el Cató-
lico,fundadores de la famosa institución. Esta bandera ter-
minaba en un crucifijo de plata maciza sobredorada. El po-
pulacho tenia mucha devoción á esta efigie. Terminaban la
procesión los familiares del Santo Oficio, á caballo, sirvien-
do de escolta.
En este orden, avanzaba el cortejo en medio de apiñada
muchedumbre hasta llegar á la plaza principal de la ciudad,
donde se hablan levantado dos estrados, uno frente á otro.
El primero era para los inquisidores, el segundo joara los pri-
sioneros.
Los que asistian aquella mañana á tal escena no todos ha-
blan ido por amor á tal espectáculo. Muchos entre la muche-
dumbre, participaban secretamente de las ideas de los que
iban á morir por la verdad cristiana, después de haber con-
fesado públicamente su fe, y no hablan concurrido sino por
despistar la vigilancia de los inquisidores, que hubieran sos-
pechado de ellos á no haberlos visto concurrir á tal espectá-
culo. Estos oian sin atención el sermón de un predicador, que
muy pronto, por ofensas á la misma Iglesia, debia sufrir
iguales tratamientos, el doctor Carranza, y sus miradas re-
corrían furtivamente los diferentes grupos de los condenados
para descubrir á San Román, y llevar á este desgraciado, es-
cuálido, macilento y que se habia puesto desc onocido por las
torturas de la prisión, el testimonio de su profunda simpatía.
Cuando el orador hubo acabado su sermón, el secreta-,
rio del tribunal leyó la sentencia. Eran castigados con di-
versas penitencias, confiscación de bienes, encierros má&
ó menos duraderos y otras penas semejantes, todos los pre-
sos que se hablan reconciliado con la Iglesia. Cuando los
condenados de esta categoría hubieron oido esta sentencia
que los condenaba, cayeron de rodillas, declararon pública-
— 177 —
mente que se reconocían culpables de herejía, y que re-
nunciaban para siempre á tales doctrinas. Al oír esto, el in-
quisidor g'eneral bajó de su sitial, y acercándose á ellos los
declaró absueltos de sus faltas. Después se volvió á los es-
pectadores, que se prosternaron á su vez, y pronunció delan-
te de aquella muchedumbre así humillada una arenga vehe-
mente, exhortando á todos los que le oían, á vivir y morir en
la fe de la Iglesia, á defender y sostener la Santa Inquisición.
Se leyó después la sentencia de muerte contra San Román,
que fue inmediatamente entregado al brazo secular, que de-
bía hacerle sufrir la pena en vigor contra todo hereje endu-
recido. Por una ironía cruel é impía, los inquisidores reco-
mendaron á los magistradosel tratarlo con dulzura y cle-
mencia, cuando todo el mundo sabia que cinco días antes ha-
bían ordenado ya al verdugo preparar una hoguera para po-
ner en ella al prisionero, y que no había» ninguna autoridad
bastante poderosa para hacer gracia y misericordia, cuando
el tribunal había hecho oir su irrevocable sentencia.

La prueba terrible, que le esperaba, no quebrantó la fir-


meza del prisionero. Con la expresión de una compasión
profunda miró á los que se habían retractado, reconociendo
que la vida, por preciosa que sea, no vale el sacrificio de la
fe. No consintió en cambiar el suplicio del fuego por el de la
horca, que era menos doloroso, porque no quería sujetarse
á dos condiciones necesarias para el cambio: el confesarse
con un sacerdote y el inclinar la cabeza ante un crucifijo que
se le presentaba.
Una vez en poder del brazo secular, se le condujo fuera
de la ciudad con una escolta de soldados y un cortejo de sa-
cerdotes, para ejecutarlo. La muchedumbre, hasta entonces
compacta, se dispersó en grupos numerosos; unos se dirigían
al lugar del suplicio, otros acompañaban á los retractados
hasta el lugar de su prisión: un pequeño número, cabizbajos
y pensativos, tomaron el camino de sus casas.
Juana, sin acordarse que era el día señalado para el auto
de fe, había ido aquella mañana muy temprano, en compañía
de su dueña, al culto que debía presidir el doctor Cazalla.
12
— 178 —
Habia, naturalmente, pocos oyentes. El culto fue muy corto.
Mas como las puertas de la Iglesia están abiertas siempre á
los devotos que deseen ofrecer su culto á las estatuas é imá-
genes, le era muy fácil á Juana esperar allí hasta que el en-
jambre de curiosos que llenaba las calles se hubiese disper-
sado. Allí podia ocupar su tiempo en leer un pequeño libro,
que llevaba escondido bajo los pliegues de su ancho manto.
La sombra discreta que la luz, pasando á través de los vidrios,
proyectaba en la iglesia, el silencio profundo que reinaba
bajo aquellas bóvedas, se prestaban á ese pasatiempo. Se
sentón con la mirada distraida, dirigida al altar mayor, don-
de lucia la llama temblorosa de la lámpara sobre un candele-
ro de plata, mientras que su pensamiento fugitivo estaba en
el héroe, que bien pronto iba á obtener la corona de la vic-
toria, y después naturalmente, sobre el héroe más querido
de su corazón, que reducido al silencio de un calabozo, no
era menos noble y glorioso mártir en su prisión de San
Liícar.
Absorta estaba en estas reflexiones, cuando fue distraida
por un ligero ruido que se produjo en la puerta de entrada, y
por la voz quejumbrosa de una joven que hacia esfuerzos
por contener sus sollozos.
—-¡Xo, yo no puedo! ¡yo no puedo! —
gritaba. —
Déjeme us-
ted quedar aquí, y yo pediré por su alma!
—Pero es necesario orar á la Santísima Virgen, como se
hace ordinariamente, sin lo cual no adelantarás nada— res-
pondía otra voz.
— ¡Déjeme usted, déjeme usted rezar!— suplicaba la joven.
— Yo pediré también á mi confesor que me imponga otra pe-
nitencia, pero que me dispense de asistir al auto de fe cuyo
espectáculo horrible yo no podria soportar. ¡Oh, por favor,
déjeme usted quedar aquí!
Y así hablando, se habia acurrucado junto á la puerta, en
nn rincón, sin querer moverse de allí. La persona que la
acompañaba, de mucha más edad, no se atrevía á insistir,
temerosa de promover un escándalo. Se contentaba con mur-
murar algunas palabras ininteligibles, y se marchó, dejando
— 171) —
^ la joven muy agitada en el sitio de donde no podía arran-
carla.
Durante este diálogo, Juana se habia acercado.
— —
¿Qué le pasa á usted, pobrecita? le dijo con cariño.
La desconocida no le pudo responder por el pronto más
que con gruesas lágrimas, que en grande abundancia corrían
por sus mejillas. Después de algunos inst antes de este des-
ahogo,
—¿Cree usted en la santa Virgen?— dijo.
— ¿La — repitió Juana. — Yo creo que es la
santa Virgen?
madre de nuestro Señor Jesucristo, una mujer pura y santa,
que amó mucho en él á su divino Salvador, así como á
su Hijo.

¿Pero piensa usted que ella oye nuestras oraciones?

preguntó, insistiendo la joven. Oh señorita, dígamelo usted,
enséñeme usted á quién yo pueda dirigir mi oración y con-
fesar mi falta.
—El Señor Jesús es el solo sacerdote capaz de perdonar

pecados, y de oír y atender nuestras oraciones contestó Jua-

na. Mas, ¿cómo has llegado á pensar en estas cosas? ¿quién
te ha hablado de esto?
—Mi hermano, mi querido Carlos, muerto últimamente
en la guerra, en la que acompañó al emperador. La última vez
que vino á casa, me contó que ya no hacia sus oraciones á
la Virgen, sino que habia aprendido á dirigirse al Salvador
Jesús. Y me aconsejó hacer lo mismo, y á no confesar más
que á Cristo lo que yo tuviera que decir al sacerdote. Ahora
ya no puede repetírmelo. Mas yo no he olvidado sus palabras,
y hace ya mucho tiempo que yo no me confieso; pero mi ma-
dre y el cura me dicen que yo hag'o como los herejes, y para
curarme de la herejía, mi director me ha mandado como pe-
nitencia asistir al auto de fe. Pero, señorita, si el Señor Jesús
oye mis oraciones sin el intermedio de la Iglesia, yo no tengo
necesidad de ir al confesonario á oír al confesor preguntáis
que me dan vergüenza y me sacan los colores á la cara, ¿no
•es verdad?
180 —

CAPITULO XVIII.

La monja de Santa Clara.

Juana no habia tenido tiempo aún de dirigir una palabra


de aliento á la joven, que con tanta franqueza acababa de
abrirle su corazón, cuando la otra mujer estaba ya de vuelta,
insistiendo para que dejase la iglesia y le acompañase al lu-
gar del suplicio, donde el doctor Carranza debia pronunciar
un elocuente discurso. Juana vino en su ayuda. Se acercó á
la madre, le reveló su nombre y condición, le dijo que tenia
necesidad de una doncella, y acabó por pedirle que le cedie-
se á su hija para cumplir estas funciones.
¡Doncella de una gran señora! Esto era una proporción
de las que no se presentaban fácilmente á una hija del pue-
blo. Valia, pues, la pena de pensar en ello, antes de dejar es-
capar la ocasión. Por otra parte, desembarazarse de la hija,
era librarse de sobresaltos y temores que habian empezado á
apoderarse de ella, y conservar intacta en la familia la repu-
tación de buenos católicos que habian tenido hasta entonces.
La mujer ignoraba que su hijo se hubiese separado de la Igle-
sia. Sus parientes y vecinos lo ignoraban también. Habia,
pues, escapado sin dificultad de la prevención que la Iglesia
hacia recaer sobre la cabeza de todo aquel que hubiese teni-
do relaciones de algún modo con un hereje.
Mas también habia conocido con profunda tristeza las ten-
dencias religiosas de su hija. Y los recelos habian llegado á
los oidos del confesor, desde cuyo momento, la ¡Dobre jóven_
— 181 —
^ivia en iin continuo tormento, temiendo á cada instante que
el secreto fuese divulg-ado, y ella llegase á ser objeto de dis-
gusto y horror á los ojos de los vecinos de la ciudad.
El ofrecimiento de Juana de tomar á su servicio á la mu-
chacha, vino, pues, con la mayor oportunidad. De un golpe
desaparecerían todas las diñcultades. No le quedaba ya sino
el manifestar á su confesor que habia adquirido colocación en

una casa de católicos devotos, que no le permitirían desertar


del confesonario. No sospechaba de que, en la
la posibilidad
<iatólicaEspaña, la familia de don Pedro fuese otra cosa que
una devota ferviente de la Iglesia, Eran sólo algunos merca-
deres y soldados, como el prisionero San Román, los que ha-
blan traido consigo de Alemania la herejía, como habrían po-
dido traer la peste ó cualquier otra enfermedad. Mas, que un
hidalgo, un noble señor español pudiese estar infectado, era
una suposición inadmisible. Va\ virtud de todas estas conside-
raciones, la proposición fue admitida.
Sin consultar á su hija, sin preguntarle si deseaba entrar

al servicio de la joven señorita con la que acababa de hacer


conocimiento de una manera tan extraña, consintió en dejarla
marchar con Juana en el mismo momento.
La joven, sorprendida asi sin preparación y sin antece-
dentes, habria podido manifestar alguna duda. Mas las seña-
les de interés y simpatía que le dio Juana, eran tan alenta-
doras, que se doblegó sin dificultad, y consintió sin pena en
acompañar ya desde aquel momento á su nueva señorita.
Para esperar á que la muchedumbre se dispersase, debie-
ron permanecer todavía en la iglesia un buen rato, antes de
ponerse en camino á su casa. Esta tardanza inesperada co-
menzaba á inquietar á la familia de Juana, que habia envia-
do ya en su busca á algunos criados.
— —
Estaba muy inquieta por ti le dijo la madre, estrechán-

dola contra su pecho. Habia pensado primeramente que
habrías ido al convento, de donde te habían enviado la auto-
rización para ver á tu hermana Isabel. Mas cuando he sabi-
do que no habías ido allá, se ha apoderado de mí una gran
ano'ustia.
— 182 -
— ¿De manera que ya tengo autorización para ver á mi
hermana?— preguntó Juana muy contenta. — Yo comenzaba
á perder las esperanzas.
— ¡Ah! hubiese querido el cielo que no os hubieseis sepa-

— —
rado nunca suspiró Constanza. ¡Si yo pudiese aún sacar á
mis queridos hijos de los errores en que están sumidos, y de
su superstición!
— Madre, yo haré con Isabel lo que he hecho con mi her-
mano. Quizá ella podrá hacer en el convento lo que él ha he-
cho en el monasterio: separarse de las supersticiones de la
Iglesia, y llevar á otras á buscar con ella la verdad en las Es-
crituras. Yo copiaré para ella las Consideraciones de Yaldés,.
que mi padre ha recibido últimamente de la imprenta de Ve-
necia, y espero que será para ella, como ha sido para mi, de
una gran ayuda.
La tentativa que don Pedro liabia hecho, hacia algunos
años, para librar á su hija del poder de la Iglesia, habia he-
cho muy difíciles las negociaciones para obtener una entre-
vista entre las dos hermanas. Hacia ya mucho tiempo que no
se hablan hablado, y en una y otra se habia verificado una
gran transformación.
Al dia siguiente de haber obtenido el permiso, Juana se
fue muy temprano al convento de Santa Clara. Inmediata-
mente se le dio entrada en una vasta sala. Esta pieza, blan-
queada con cal, sin más adorno que dos miserables retratos
de santos, uno enfrente de otro, era fria, oscura y lúgubre.
Era el locutorio de la superiora. A través de una espesa reji-
lla, colocada en una de sus extremidades, una hermana con-

versa cambiaba algunas palabras en voz baja con una vieja


monja. Anunció la presencia de Juana. Algunos minutos des-
pués se abrió la puerta; la vieja monja, acompañada de una
monja más joven, se presentó al otro lado de la reja. Xo era
posible á las dos hermanas cambiar un beso. Mas la monja jo-
ven no parecía haber sido muy afectada. Su rostro, sin haber
perdido toda la frescura de la juventud, no dejaba escapar
ninguna emoción especial. Los esfuerzos de la voluntad para
domar las pasiones rebeldes parecían haber quemado en ella
— 183 —
la fuente de la sensibilidad, y haberla hecho incapaz de amar.
Se habria dicho, al verla encapuchada, la frente cubierta con
una toca de tela blanca, envuelto el cuerpo en un sudario de
sarga, que era un cadáver recien salido de la tumba.
— Doy á usted media hora para hablar con la señora dijo —
la anciana monja inclinándose delante de Juana. —
Por un fa-
vor sin precedentes, las dos hermanas pudieron cambiar sus
pensamientos durante alg-unos instantes. La vieja ensayó el
colocar bien su oido en el agujero de la cerradura, queriendo
tomar al vuelo las cosas que se dijeran. Pero fas dos jóvenes
estaban al corriente de esta práctica, muy usada en los con-
ventos, y Juana se habia preparado y llevaba por escrito lo
([ue teniíi principalmente en el corazón. Así que, no tuvo más
que hacer que pasar por entre las rejas, á las manos de su
hermana, la copia de las Consideraciones de Valdés.
—Doña Constanza ¿tiene buena salud? preguntó la jo- —
ven monja con voz ahogada y sepulcral. (La Iglesia era su
madre, y no se atrevía por consiguiente, á dar este titulo ca-
riñoso á la que le habia dado el ser).
Juana inclinó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Habria
querido poder apoyarla sobre el seno de su amada hermana,
y allí contarle confidencialmente la historia de sus amores y
de la prisión de su prometido! ¡Mas ay! no podia soñar en
esto. Y aunque hubiese podido hacerlo, Isabel no habria po-
dido ni comprenderla, ni simpatizar con su dolor.
— ¿Eres aquí dichosa, Isabel? —
se decidió á pregun-
tarle.
Una llama siíbita brilló en los negros ojos de la monja, y
un ligero tinte coloreó sus pálidas mejillas. Pero un momento
después habia desaparecido aquella repentina emoción.
— —
¿Cómo podría ser de otra manera? respondió evasiva-

mente: yo no he conocido el mundo de pecado, que se agita
fuera de los muros del convento.

¿Pero el mundo en que vives, Isabel, es realmente el
lugar de reposo, de paz y satisfacción que algunos pre-
tenden?

Yo no he llegado todavía á ese reposo respondió con —
— 184 —
cierta melancolía. —
Mi corazón no está todavía enteramente
subyugado, y es probable que...
—¿No has suspirado nunca por otra morada, por los pa-
dres, por los amigos? — le preguntó Juana.
Esta fue una pregunta poco discreta que sintió muy
pronto haber hecho. Casi á pesar suyo se le habia escapado
de los labios.
Esta vez toda la llama de un amor por mucho tiempo con-
tenido, iluminó el demacrado rostro de la joven religiosa.
Sus huesosas manos se crisparon. Se hubiese dicho que ha-
bría querido estrechar á su hermana en un abrazo apasio-
nado.
—¡Desearla yo tanto que te fuese posible venir conmigo

á casa! continuó Juana, conmovida hasta asomarle las lá-
grimas por la visible turbación de su hermana.
— — —
¡Imposible! respondió mi casa es aquí, en el seno de
la Iglesia.
— En el cielo nos hallaremos en familia — añadió Juana.
Allí no habrá ni rejas ni muros de convento para separarnos.
Isabel miró á su hermana sin casi comprenderla. El cielo
no habia parecido, á través de su imaginación de monja,
le
más que como un convento construido en más elevada es-
cala, en que los sentimientos del corazón, reprimidos, ven-
cidos, aniquilados^ tendrían un reposo absoluto. Pero la
dicha, la dicha tal como ella podia verla bajo la figura de los
mendigos que venían á pedir limosna á la puerta del con-
vento, y que ella no podía menos de envidiar; la dicha que
brilla en los ojos de un niño mecido en los brazos de su ma-
dre; la dicha de la madre que se extasía de ternura en la
contemplación de su pequeño, era una dicha puramente
mundanal, y por consiguiente, para ella llena de pecado. En
el cíelo no podia haber tales emociones ni amores semejantes.
Y sin embargo, ni los ayunos, ni las vigilias que se imponía
eran capaces de domar los sentimientos apasionados que
sentía á la vista de su madre, de su padre y de su hermana,
y que persistían siempre tenaces, á pesar de los esfuerzos
que hacia por arrancarlos de su corazón.
— 185 —
— Yo no sé lo que tú entiendes por cielo — añadió con nna
•especie de lástima. —El cielo de las monjas es de otra manera
manera santo que el que está reservado á los
•elevado, de otra

y por lo tanto muy diferente.


;seglares,
—No lo comprendo — respondió Juana. — Para mi, estoy
persuadida de una cosa: que yo habitaré en compañía del
Señor Jesús y de todos aquellos que la crueldad de los hom-
bres me ha arrebatado, como nuestro hermano y mi Rodrigo.
Por lo demás yo espero estar allí con ellos y verlos con mis
ojos.
Isabel no tuvo más tiempo que de guardar el manuscrito
que habia llevado su hermana. La vieja monja acababa de
le
entrar de nuevo en el locutorio. Algunos instantes después,
Juana dejaba el convento, mientras que su hermana, ence-
rrada en su celda, se entregaba con avidez á la lectura del
precioso manuscrito.
Abriéndolo, cayeron sus ojos sobre estas palabras de Val-
dés: «Para comprender de qué manera nosotros, que somos
miembros de Cristo, debemos obtener todas las cosas de Dios
por Cristo, considero que en el mundo intelectual y moral
pasa como en el mundo físico. De la misma manera que el
que tiene el perfecto uso de sus ojos, distingue claramente
la forma de los objetos materiales por medio del sol, en el que
Dios ha colocado su luz; así el hombre que tiene el uso sano
de su espíritu, comprende por medio de Cristo, en quien Dios
ha colocado todos los tesoros de su gracia, las cosas del espí-
ritu. De la misma manera que conviene al ciego pedir á Dios
que le libre de su enfermedad, para poder gozar de los res-
plandores del sol, así es natural que el que no tiene todavía
conocimiento de las riquezas infinitas que Dios ha comuni-
cado á los hombres por Cristo, dirija á Dios su oración, pi-
diéndole que le haga capaz de comprenderlas, de apreciarlas
y de recibirlas, pues que ellas han sido puestas por Jesu-
cristo mismo á disposición de todos.»
«Nosotros lo hemos recibido todo de su plenitud y gracia
sobre gracia, » dijo elapóstol Juan. «Por Moisés Dios nos habia
colocado bajo el régimen de la ley; por Cristo nos ha coloca-
— 186 —
do bajo el de la gracia, siendo cada uno justificado por la jus-
ticia de Cristo, é iluminado por las luces del Espíritu Santo,
de quien procede toda luz y toda verdad.»
Isabel habia acabado su lectura, hacia ya algunos minu-
tos, y aún tenia entre sus dedos el papel, mirándolo con asom-
bro como si hubiese dudado de la sinceridad de sus sentidos,
pudiendo apenas rendirse á la evidencia.
Juana le decia además, en una carta especial en que la
exhortaba al estudio de los Libros Santos, que el escrito que
acababa de leer era debido á la pluma de un piadoso español,
que habia acompañado al rey á Italia, y que este español, al
mismo tiempo que cumplía cerca del rey de Ñapóles las fun-
ciones de secretario^, habia hecho por ilustrar á las almas sin-
ceras, y darles un conocimiento más preciso y más recto de
Dios y de su voluntad que la misma Iglesia con sus sacerdo-
tes y sus enseñanzas. Le anadia que sus escritos, considera-
dos por sus amigos como un tesoro inapreciable, hablan sido
impresos en Yenecia, y enviados á España en cantidad con-
siderable.
«Un conocimiento de Dios más recto y más preciso» repe-
tía,leyendo la carta de Juana. No es así en manf^ra alguna
como lo enseña la Iglesia. Esta carta me dice que es Cris-
to el depositario de todos los tesoros de la divinidad, mientras
que la Iglesia reclama para sí misma este depósito. Y luego
no hace mención ninguna de ángeles ni de santos, ni de su
intercesión. ¿Será posible que la Iglesia se haya equivocado
y haya interpretado mal las Escrituras concernientes á Cris-
to? Quiero saber lo que á este propósito dicen San Pablo y
San Juan. Hay en la Biblioteca una Vulgata, que yo he visto
algunas veces en las manos de las monjas más ancianas. Es
necesario que yo la lea. Ese Juan Valdés escribe cosas muy
extrañas acerca de la justificación. Si somos justificados por
la justicia de Cristo, ¿para qué necesitamos trabajar nosotros
individualmente por medio de obras tales como el ayuno, ora-
ciones, penitencias, y desterrarnos lejos del mundo á los mu-
ros de un convento? ¿Será un error todo lo que yo he traba-
jado y sufrido para reducir al silencio las pasiones de mi co-
— 187 —
razón, y todos los sacrificios que me he impuesto para abrir
el cieloá mi hermano^, muerto sin bautismo?
Isabel no tuvo más tiempo para seguir meditando estas-
materias. La campana de la capilla llamaba á las monjas al
coro para asistir á la misa, que se celebraba aquel dia por el
descanso del alma de la emperatriz Isabel.
La joven monja ocultó cuidadosamente el peligroso ma-
nuscrito en un pliegue de su hábito, y abandonó apresurada-
mente su celda para ir á cumplir los deberes monótonos que
la religión impone á todas las hermanas de la orden en aque-
lla ceremonia.

Durante este tiempo, Juana habia vuelto á su casa, donde


le esperaban nuevos motivos de turbación. Algunos guardias
de corps del emperador, partidarios secretos de las ideas de
Lutero, habian sido impresionados tan vivamente por la cons-
tancia y firmeza heroica del mártir San Román, que habian
recogido sus cenizas. El mismo embajador inglés habia reco-
gido alguno dé sus huesos, para guardarlos como recuerdo
del mártir.
La Inquisición, siempre en acecho, no dejó de fijar sus^
ojos en aquellos atrevidos pecadores, que habian osado poner
en sospecha de sus juicios. Los soldados fueron
la justicia
aprisionados, y una orden dictada por el tribunal, prohibió al
embajador el contacto con el príncipe Felipe y tomar parte en
los regocijos públicos.
Una manifestación tal de censura á los que conservaban
simpatías por el mártir, hubiera debido bastar, al parecer,.
para impedir el hablar de él y de sus opiniones. Mas produjo
el efecto contrario. Hasta entonces, los partidarios de la Re-
forma no habian hablado de sus ideas sino en voz baja, y so-
lamente con sus amigos íntimos. Desde entonces todos los es-
píritus se fijaron sobre San Román, como sobre un centro
común. La reflexión excitada por la muerte del glorioso már-
tir, por la prisión de los soldados y por las medidas con el

embajador, habia hecho desaparecer aquel temor. La simpa-


tía por San Roman^ la admiración por sus ideas privaban en
todas las conversaciones, de suerte que era muy fácil á los.
— 188 —
partidarios de la nueva fe^, como se los llamaba, reconocerse
mutuamente.
La intrepidez con que San Román habia sufrido los tor-
mentos de aquella horrible muerte, habia disipado la tímida
reserva en que se hablan encerrado los discípulos secretos,
que en adelante ya no temian confesar su fe delante de sus
-amigos. Sus confidencias recíprocas, fortificaban naturalmen-
te la esperanza de todos. Aunque siempre eran necesarias las
precauciones para desorientar de lo^ inquisido-
la vigilancia
res, el pequeño círculo que se reunía en casa de don Pedro
«e ensanchaba más cada dia.
El doctor Cazalla era ciertamente menos avanzado en sus
ideas,, que muchos de sus oyentes de Valladolid. Al menos
así se deducía del puesto de honor á que el emperador le lla-
mó más tarde. Pues le tomó por predicador de la corte, y le
llevó consigo á Alemania para refutar pública y privadamen-
te las ideas de Lutero.
Si Felipe hubiese podido prever el efecto que habia de
producir en el espíritu del doctor el contacto de la pura fe
evangélica, seguramente no le habría elevado á aquella en-
cumbrada posición. A semejanza de sus compatriotas, envia-
dos antes que él á Alemania ó Inglaterra con el mismo moti-
vo, su espíritu se abría gradualmente á la luz. Confirmaba
así la palabra de un escritor católico de la época: «Han ido
lejos á llevar á otros la luz, y han vuelto llenos de tinieblas.
Engañados en sus esperanzas, llenos de ambición^ devorados
por la sed de parecer más instruidos que los otros por el hecho
de haber sido enviados á países lejanos, se han extraviado, y
se han hecho herejes, como aquellos á quienes tenían la mi-
sión de combatir.» Esto le pasó al doctor Cazalla. Murió por
la verdad.
— 189

CAPITULO XIX.

Mnerte de doña Constanza.

Mientras que las ideas de la Reforma se extendian por to-


das las clases de la sociedad, así las clases elevadas como las-
militares que hablan acompañado al emperador á la guerra^
hacían también su camino entre las monjas del convento de
Santa Clara.
La hija de don Pedro no se habla contentado con estudiar
ella sola las Escrituras; habla dado cuenta á muchas de sus
compañeras de las obras de Juan Valdés. Y reunidas éstas,
habían tomado la resolución de leer la Palabra de Dios, para
darse cuenta de si era la verdad, ó era nada más un engaño
del demonio y de Lutero.
El nombre del gran Reformador alemán habla penetrado
hasta los conventos de España, y no habia monja piadosa
que, oyéndolo pronunciar, no se santiguase para evitar las
tentaciones de Satanás, de quien se le miraba como una vi-
viente personificación.
A pesar de esa idea, Isabel y dos ó tres de sus amigas se
hablan puesto silenciosa y laboriosamente á estudiar la ver-
dad que el fraile Lutero habla descubierto hacia algunos
años, la verdad que le habia arrancado de las trabas de la
vida monástica, le habia hecho levantar la voz contra los
abusos escandalosos de la época; la verdad, que habia eman-
cipado ya á centenares de almas del yugo pesado del roma-
nismo; la gloriosa y vivificante verdad de la Justificación
por la fe.
— 190 —
Poco á poco se iba haciendo la luz, lenta y confusamente,
<ísverdad, pero seguramente en el espíritu de las jóvenes
monjas, y comenzaban á entrever el momento en que si- ,

guiendo el ejemplo de sus hermanas de Alemania, podrían


romper sus votos monásticos, y tomar en la sociedad el ver-
dadero destino de la mujer. No que tuviesen ya el pensamien-
to de volver al seno de sus familias; semejante idea les pare-
cía profundamente atrevida^ para que pudiesen j^ensar en
^ílla un solo instante; sino que hablan comenzado á ver y

comprender que su salvación estaba asegurada una vez para


«iempre, que era impío ofrecer á las imágenes, á los santos,
á las reliquias, á los ángeles^ el culto que á solo el Salvador
Jesús era debido, y debían apresurarse á manifestarle su
amor, siguiendo su ejemplo, mezclándose con el mundo y de-
dicándose á socorrer las desgracias y á consolar á los afli-
gidos.
B.EiceYSG beata era el más ardiente deseo de
Isabel. Pero
llegar á ello era muy no lo disimulaba. Resolvió,
difícil: ella

pues, participar á su familia el cambio que se había verifica-


do en su espíritu, y hacerle conocer el deseo que tenia, con
una de sus compañeras, de dejar el convento. Faltaba saber
si sus padres estarían dispuestos á asumir sobre sí mismos la
vergüenza que la Iglesia hacia recaer sobre toda persona
•que ayudaba á una monja á romper sus votos monásticos.
Juana, á quien se comunicó desde luego este proyecto,
no vaciló en manifestar el deseo de ver rotas las cadenas que
tenían aprisionada á su hermana desde su nacimiento. No co-
nocía toda la tenacidad de esas cadenas, y no sabia hasta qué
punto ellas tenían á su madre sujeta á la vieja fe adulterada.
Doña Constanza había sacudido una parte del yugo. Admi-
tía con una fe humilde y confiada todas las verdades vivifi-
cantes del Evangelio^, y como un desesperado se había aga-
rrado á la esperanza que se le ofrecía de ser salva, no por
sus obras, sino por el sacrificio expiatorio ofrecido una vez
por Jesucristo para todos. Pero quedaba aún apegada á cier-
tas formas, á ciertas ceremonias de la Iglesia romana, y vi-
vía en medio del temor y la esclavitud, no habiendo podi-
— 191 —
do emanciparse completamente de las trabas que detenían
^u alma. Sentía amargamente haber sacrificado en otro tiem-
po á sus hijos, y haberlos encerrado en los muros de un
claustro. Pero ya que el sacrificio estaba consumado, y ella
misma los había dado á la Iglesia, se resistía á quitárselos, y
<"on cierto terror y miedo había escuchado á su marido las
primeras alusiones á este proyecto.
Juana ignoraba completamente los escrúpulos secretos de
su madre. Cuando oyó á su hermana hablarle, no solamente
de salir del convento, del placer que tendría en dejarlo, vio
en un momento, en su imaginación de joven, todos los obs-
táculos orillados y á Isabel de vuelta en medio de ellos. Muy
gozosa volvió á casa, y sin detenerse en ninguna parte, co-
rrió á las habitaciones de doña Constanza, á llevarle la feliz
nueva.
Al oír el deseo de Isabel, doña Constanza sintió una con-
moción muy intensa, como sí hubiese recibido un golpe
mortal.

Madre, ¿qué hay? ¿qué te he dicho yo?— preguntó Juana
alarmada.

¡Oh, hija mía, hija mía! ¡mí querida Isabel! ¡Qué he he-


cho yo! gritó, retorciéndose las manos en señal de desespe-
ración.

— Pero madre contestó Juana — ¿qué inconveniente hay
en que nos sea devuelta? Nosotros la amaremos mucho, y la
rodearemos de la ternura de que ha estado privada por tan-
tos años.
Doña Constanza meneó su cabeza con aire resuelto.
— ¡Imposible! — exclamó llorando. — Eso no puede ser. Yo
no quiero exponerla al pecado de quebrantar sus votos, esas
solemnes promesas que yo hice por ella, cuando era todavía
niña pequeña; promesas que ella confirmó más tarde. ¡Xo, y
— —
no, Juana! añadió con altivez. Sería para nuestro nombre
y para nuestra familia una vergüenza eterna, si se supiese
que se nos había presentado un tal pensamiento.
La palabra vergüenza dejó helado el espíritu de Juana.
No se había creído humillada por la acusación de locura lan-
— 192 —
zada contra Rodrigo de Valero, y su encarcelamiento como
hereje. Estarla, pues pronta á sufrir, sin mayor pena, la
,

afrenta, con tal que pudiese obtener la libertad de su her-


mana.
— En cuanto al pecado, madre
—Seria imperdonable — interrumpió Constanza. — Daria
yo mi vida, voluntaria y alegremente la daria porque Isabel
nos fuese devuelta, si pudiera esto hacerse sin pecado. ¡Mas^
el poder de la Iglesia es tan grande! Su maldición, si Isa-
bel rompiese sus votos, recaerla sobre ella y sobre todos los-
que la hubiesen ayudado. Juana, hazme un favor, prométe-
me que volverás al convento y hablarás á tu hermana. Vé;;
dile que confie en Jesucristo, y busque en él su perdón y
salvación. Mas recuérdale que está desposada con el mismo
Salvador, y que como tal no puede volver al mundo. Podrá
hablar á las otras hermanas de la pura fe, y de la esperanza
viva que á nosotros nos ha sido revelada. Mas por favor^ ¡oh!
¡por favor, Juana! no la induzcas á cometer un pecado tan
imperdonable como el de dejar el seno de la Iglesia.
Fue con la más amarga pena, que Juana se vio precisada
á acceder á la petición de su madre. Pero con la intensidad
de su emoción, Constanza le habia agarrado las manos. Se
las apretaba con tal ardor, con tal expresión de desespera-
ción, que Juana, para consolarla y animarla, no pudo menos
de consentir en lo que pedia.
Su promesa no pudo calmar enteramente á Constanza. En
vano se lo repitió varias veces, y le demostró las señales de
la más ardiente ternura. Su corazón de madre estaba roto.
Isabel quería dejar el convento, el convento donde ahora es-
taba encerrada, retenida á su pesar, donde habia sido apri-
sionada sin su consentimiento por las manos mismas de su
madre. Era éste un golpe demasiado violento para el corazón,
ya gravemente herido de doña Constanza. Juana, bañada
en lágrimas, mandó un criado á su padre, rogándole viniese
inmediatamente.
Viendo el cambio que se habia operado sobre el rostro de
su mujer, don Pedro se aterró. Envió á toda prisa á buscar
- 193 —
un Diédico. Pero doña Constanza, esforzándose por sonreír,
dijo <á media voz:
—No es necesario, no es necesario, Pedro, el mal está
aquí; — é indicaba su corazón.
—El médico puede darte un remedio — respondió el marido,
inclinándose sobre el lecho donde estaba acostada.
—¡No! ¡no! No hay remedio. ¡Oh! ¡no! ¡Este pobre corazón
ha recibido tantas heridas! Temo que éste será al ñn el
último golpe. Pero no te aflijas, Pedro. Salgo de la escla-
vitud para entrar en plena posesión de la libertad. En el cie-
lo, esa patria que el Señor Jesús ha adquirido para mí, en

esa casa del Padre, donde Él está quizá en este momento


preparándome un lugar. Él me hará distinguir lo que es
bueno de lo que es malo; mientras que aquí abajo todo me
parece dudoso, incierto, salvo una sola cosa: que yo soy una
gran pecadora y que Jesús es un gran Salvador.
Cesó durante algunos momentos de hablar. Don Pedro
miraba con ansiedad aquel pálido y demacrado rostro, en el
que los cabellos antes de un negro de ébano, caian en aquel
momento en mechones blancos sobre sus hundidas sienes.
¡Con qué rapidez su pobre mujer se habia gastado bajo la
influencia deletérea de esa Iglesia corrompida, que encade-
naba aiín su corazón con tanta tenacidad!
—Me llevarás á Sevilla, Pedro— replicó después de una

pausa. Quiero ser enterrada en el jardín, cerca de nuestro
querido hijo.
Don Pedro miraba á su mujer y no podía rendirse á la evi-
dencia. No podía admitir que la muerte estuviese tan cerca
como ella suponía. Sin embargo, mirándola atentamente,
comprendió que se operaba poco á poco un cambio en aquel
rostro descolorido. Las mejillas tomaban un tinte terroso, la
mirada perdía insensiblemente su brillo. Las privaciones, las
penitencias que se habia impuesto durante los años de su
juventud, habían g-astado, uno tras de otro, los resortes de la
vida. Habia sido suficiente una ligera sacudida para traer
el fin.

Antes de la llegada del médico, don Pedro pudo conven-

ís
— 194 —
cerse que sus socorros serian impotentes para conservar
aquella existencia que era tan preciosa; que su querida
le

Constanza estaba verdaderamente á punto de dejarlo, de


acabar con aquella lenta agonía que habla principiado para
ella en el momento que él habia emprendido su primer viaje
para ver de obtener la reforma de la Inquisición.
Juana contó á su padre su visita al convento y los deseos
de su hermana Isabel. Pero en la hora presente, no habia, na-
turalmente, ninguna tentativa que hacer en este asunto. An-
tes habia habido promesa contraria á este asunto. Se hacia,
en efecto, más y más evidente que el fin de doña Constanza
se acercaba. Era de rigor, sin embargo, que Juana volviese
al convento y llevase á su hermana el mensaje que le habia
confiado su madre. Se habia encargado, y bien á su pesar,
no podia faltar á su promesa.
Juana volvió, pues, delante de la rejilla que la separaba
de Isabel. Empezó á hablar con trabajo, las palabras entrecor-
tadas por suspiros, los ojos hinchados de llorar, sintiendo en
sí misma que cada una de sus palabras resonaba como una

sentencia de muerte en los oidos de su hermana.


Isabel, en efecto, abrió poco á poco su corazón á la espe-
ranza que le habia comunicado Juana, habia llegado á espe-
rar el momento en que podría oir la voz de su padre y echarse
sin reserva en los brazos de su madre. Así, esta dulce espe-
ranza le habia sido encantadora. Su madre la habia colocado
en el convento desde su nacimiento. En el momento de dar
el último suspiro, la intimaba la orden de quedarse en él. Se
sometía á su voluntad.
Antes de dejar marchar á Juana, Isabel le hizo prometer
no hablarle nunca en adelante del deseo que habia tenido de
dejar el convento, y para dispensar á su padre y á su her-
mana de todo sentimiento, para evitarles la tentación de vio-
lar sus compromisos y de hacer en relación con esto nuevos
intentos, le declaró que no estaba ya decidida á romper sus
votos.
Estaba, sí, decidida á consagrar en adelante sus esfuerzos
á hacer conocer á las otras monjas los fragmentos de las
— 195 —
•obras de Lutero que Juana le había proporcionado, y á ex-
tender por este medio el conocimiento del Salvador, á quien
eila habia aprendido á amar. En cuanto á salir del convento
para mezclarse con el mundo, seria pisotear la última volun-
tad de su madre, si ya no incurrir en la maldición de la Ig-le-
sia. y esto no lo podia hacer.

Pocos dias después de esta entrevista, espiró doña Cons-


tanza. Mientras su alma, libre ya de toda traba, volaba hacia
su nueva morada, don Pedro no podia echar de sí un senti-
miento de gozo, al pensar que ya su esposa estaba para
«iempre por cima de tantas pruebas y sufrimientos, en pose-
sión de la libertad y reposo, al abrigo de dudas y temores que
tanto la hablan atormentado durante su vida.
Conforme á su líltima petición, se domaron inmediata-
mente medidas necesarias para marchar á Sevilla. El via-
las
je, largoy fatigoso, debia durar muchas semanas. Era nece-
sario contar con detenerse en las poblaciones que se encon-
trasen en el camino. De ahí la necesidad de enviar correos,
que tomasen todas las disposiciones necesarias en tales cir
cunstaucias.
El rico y espléndido ataúd de doña Constanza estaba cu-^
bierto casi todo de láminas de plata, construidas por un fa-
l)ricante de Valladolid, Juan García, que habia grabado en
ellas diferentes textos de la Escritura, que le habia dictado
ilon Pedro.
Este nuevo modo de decorar los ataúdes llamó la atención
y excitó la curiosidad de García, que^se apresuró á pedir á
•don Pedro la explicación de ello. Este, como muchos otros
personajes importantes de la ciudad, habia salido hasta cierto
punto de la reserva que antes se habia impuesto. No vaciló
un momento en dar al fabricante los puntos importantes de
la doctrina reformada. García se manifestó vivamente im.
presionado de lo que oyó. Algunos dias después, fae presen-
tado á un joven dominico, discípulo de Carranza, Domingo
Rojas. Este, avanzando sobre ¡las ideas ya liberales de su
maestro, habia llevado mucho más lejos sus investigaciones,
y habia desechado, como contrarias á las Escrituras, las doc-
- 196 -
trinas del Purgatorio, la misa y otros artículos de la fe esta>
blecida.
Los partidarios de las nuevas doctrinas se hablan agru-
pado en torno de Rojas. No formaban aún una iglesia regu-
larmente establecida, teniendo á su cabeza á un Pastor^
como debian hacerlo en adelante. Mas, sin tener el título,
Rojas tenia todas las cualidades y llenaba todas las funciones
en aquella pequeña comunidad, que se reunia, ya en casa de
doña Leonor de Vivero, ya en la de don Pedro. Don Carlos,
de Seso habia dejado á Valladolid, para ir á establecerse en
Toro, donde era corregidor, y donde desplegaba todo el celo-
de que era capaz para la propagación de la Reforma. Mas en
los últimos tiempos, otros personajes de calidad habíanse
congregado con la pequeña grey de los reformados, y habían
engrosado sus filas. Don Pedro, pues, podia partir á su vez,,
sin temor de que su partida fuese tan cruelmente sentida
como lo hubiera sido antes.
Toda nueva adquisición era calurosamente acogida en la
Iglesia en formación. Así que, fue con un gran gozo que Ro-
jas vio venir á ella un espíritu investigador como el de Juan
García. Se consagró á hacer todo lo de potencia por ayudarle
á hallar la verdad, ya dándole enseñanza particular, ya pres-
tándole las obras de la Reforma y la traducción del Nueva
Testamento hecha por Encinas.
En medio de muchas lágrimas y sentimiento de sus nu-
merosos amigos, don Pedro, acompañado de su fúnebre-
cortejo, dejó á Valladolid y se puso en camino de Anda-
lucía.
Juana y su camarera viajaban en la misma litera. La jo-
ven camarera no habia querido separarse de su ama, y era,
de temer que al llegar á su pueblo, por donde necesaria-
mente tenían que pasar, se tratase de detenerla. Sus amigos,
habiendo oido decir que la familia de don Pedro era sospe-
chosa de herejía, habían hecho ya tentativas para hacerla
volver. Eran gentes muy orgullosas, muy satisfechas de su
título de cristianos viejos. Hubiesen considerado como una
gran afrenta que uno de la familia hubiese sido hallado infiel
— 197 —
il las ordenanzas de la Iglesia. Este temor los traia en agita-
•ciou continua.

Es aquí donde estaba sentado mi hermano, cuando nos
habló del Señor Jesús á Bartolomé Carranza y á mí, y nos lo
señaló como el único sacerdote que puede sacrificar á Dios
— dijo en vozbaja la joven, en el momento que el cortejo
atravesaba un bosque de encinas que habia á la entrada del
pueblo.— Bartolomé creyó y yo también. Dio también parte
á su hermana de todo lo que habia apercibido, y ambos ce-
nsaron de ofrecer sus oraciones á la virgen, para consagrar
-sólo á Jesucristo sus adoraciones. Me alegrarla de ver á Leo-
nor. He traido para ella un pequeño tratado que usted me
dio un dia. El podria abrirle los ojos sobre muchos puntos.
— Puedes verla, mientras nosotros estemos en la iglesia —
respondió Juana.
Xi Juana, ni su padre creian en vanas ceremonias. Pero
íie trataba de cumplir la última voluntad dé la esposa y la

madre. Y así no podían dispensarse de asistir.


Algunos instantes después de esta conversación, el cor-
tejo hizo alto; una procesión de presbíteros, vestidos de so-
brepellices, rodeó el ataúd, mientras se elevaba á los aires
el cántico del De profundis, en medio de las nubes blancas
de humo del incienso de los turiferarios.
No faltaban muchos curiosos. Todos los desocupados del
pueblo habían acudido á presenciar el espectáculo. Juana
aprovechó la ocasión de repartir trataditos á algunos de los
asistentes, en la esperanza de que aquella semilla produciría
á su tiempo frutos á la gloria de Dios.
La camarera se apresuró á tener algunos minutos de con-
versación con su amiga. Supo que muchas familias, á imita-
•cion de la suya, habían abrazado la fe nueva. No profesaban,
•es verdad, tales ideas, sino secretamente, por temor á los cu-

ras y á la Inquisición. Mas esperaban que vendría un tiempo


en que desaparecería todo temor, y cada uno, hombre ó mu-
jer, sería libre de pensar y obrar según su conciencia en ma-
teria de fe.
198

CAPITULO XX.

La vuelta á Sevilla.

Juana, oyendo expresarse de esa manera á su confiada ca-


marera, hizo un movimiento de cabeza.
— — —
Temo dijo que no llegue á suceder eso. Porque Ioíí.
curas y frailes tienen demasiado interés en que continúe so-
metida la conciencia del pueblo, para que se decidan á con-
cederle libertad.
— Perdóneme usted, señorita; pero yo creo que las cosas,
están en buen camino. Parece que todo el mundo abre
sus oí-
dos con complacencia á las nuevas doctrinas y quiere abra-
zarlas. Los soldados, que hablan sido presos por haber reco-
gido los restos de San Román, no han dejado su fe en la cár-
cel cuando han sido puestos en libertad. Algunos de ellos no.
han tenido miedo de decir por qué han sufrido la prisión. Y
muchas personas que no habrían dudado en quemar á un he-
reje, hablan ahora con simpatía de los soldados del rey que-
fueron encarcelados, y á algunas personas las han llevado á.
la salvación.
El corazón de Juana no se abria tan fácilmente á la es-
peranza. Valero estaba todavía prisionero en San Lúcar. Ca-
da legua que andaba, estaba más cerca de Andalucía, y la
abrasaba el deseo de estar más cerca de él.
Pero se avanzaba muy lentamente. En cada población se
repetían las mismas ceremonias fastidiosas y monótonas. Su
incesante repetición acabó por producir en Juana un disgus-
to profundo.
— 199 —
De tiempo en tiempo venia, sin embargo, alguna nueva
noticia á reanimar el valor de los viajeros. Sabian que ami-
gos, á quienes nunca habían visto ni oido, pero amigos ver-
daderos, amigos en Jesucristo, los esperaban y se prepara-
ban á recibirlos con los brazos abiertos.
La reputación de nuevo convertido precedía á don Pedro
en su viaje. A
pesar de las misas, que señalaban su paso por
las villas y ciudades, le sucedía frecuentemente ser tomado
aparte por algún amigo secreto, que le ofrecía la más cordial
hospitalidad, y al cual podia revelar sin temor los progresos
que la Reforma hacia todos los días en la capital.
Durante el estío de 1545, se supo en todo el reino que don
Felipe habla tenido un hijo y la princesa Isabel habla muer-
to. Mas el cambio gradual que se iba operando en el piie-
blo, á propósito de religión, este cambio, del que se esperaba
que, á semejanza de la levadura, irla trasformando radical-
mente el estado de los asuntos eclesiásticos en España, hacia
mucho menos ruido: nadie osaba hablar sino á media voz.
Era un movimiento indefinible que se operaba lentamente, y
en secreto, en el espíritu de las masas. Cada uno lo tenia en
su conciencia. Mas era im{>osible á la Inquisición, á pesar de
toda su vigilancia, echar mano sobre un agente particular.
Se llegó ya por fin cerca de Toledo, á la población donde
doña Constanza habla caldo enferma en su viaje á Vallado-
lid. Juana supo allí por boca de su patrona que un gran mí-

mero de personas del pueblo y de los pueblos de alrededor,


hablan abrazado las nuevas doctrinas. Estas gozosas nuevas
dieron esperanza á la joven, que creyó que el régimen de la
verdad vendría pronto á reemplazar al del error, que hasta
entonces había reinado en la Iglesia. Su gozo era tan gran-
de que hubiera deseado participarlo á Rodrigo de Valero.
Mas, ¿cómo hacer llegar á él la noticia? El prisionero estaba
todavía encerrado en San Lúcar, y era evidente que no se le
daria permiso para verle, cualquiera que fuese el empeño que
tuviese en conseguir este favor. Medio de escribirle no habla.
Su carta, si se decidla á hacerla, no traerla sino compromisos
para ella y sus amigos.
— 200 —
Aunque le parecía imposible todo medio de comunicación,
Juana no dejaba de pensar en el gozo que sentirla el prisio-
nero al saber las nuevas de los progresos que el Evangelio
iba haciendo en su querida patria. No podia dejar de pensar
en que la viuda de aquel pueblo acababa de contarle, el
lo
consuelo y descanso que habla sentido desde que habia colo-
cado su confianza en Jesucristo. Los temores que antes le
atormentaban, cuando pensaba en el pecado que su marido
habia olvidado de confesar al sacerdote, hablan desaparecido
casi del todo desde que sabia que es á Dios sólo á quien deben
confesarse los pecados. Y no queriendo guardar para sí sola
las gracias de que habia sido objeto, no podia estar inactiva.
Habia contado á sus amigas y vecinas lo que le habia sucedi-
do, y les habia comunicado con los diálogos de Valdés, mu-
chos otros escritos, en particular una nueva copia del Nuevo
Testamento de Encinas^ que le habia enviado Juana.
A medida que esta se acercaba á Sevilla, sentía crecer los
deseos de comunicar estas buenas nuevas á Valero. Se llegó
ya por ñn á la vista del Guadalquivir. ¡Cuánto hubiera desea-
do, á semejanza de una arista que flota sobre las aguas del rio,
flotar ella también, y correr silenciosa y desconocida á tocar
los muros de la prisión!
Espléndidas ceremonias debían señalar la llegada á Sevilla
de los restos mortales de Constanza. Estas ceremonias, y el
enterramiento en el jardín absorbieron naturalmente los pri-
meros dias de la estancia de Juana en aquella ciudad. Des-
pués era necesario ver los antiguos amigos, sobre todo á los
que hablan conocido á su madre, que deseaban conocer las
circunstancias de su muerte, y muy particularmente á doña
Inés de Caronel, su amiga intima y la confidente de todos sus
secretos.
Doña Inés, por su parte, tenia muchas nuevas que contar
á Juana, á cambio de las que ella le traía de Yalladolid. El
doctor Egidio, que habia sido secundado con tanto talento por
Vargas y Constantino Ponce de la Fuente, en sus empresas de
Reforma en Sevilla, habia quedado solo para combatir la ig-
norancia y la superstición.
- 201 —
Vargas habia muerto, y Coustantino, que habia predicado
delante del emperador, en una visita que este habia hecho
á Sevilla, habíase captado de tal manera las simpatías del
monarca, que éste le eligió por su capellán. Constantino aca-
baba de recibir precisamente una orden de dejar su trabajo
que le era tan querido, y prepararse á acompañar al empe-
rador á los Países Bajos «para mostrar á los ílameucos que
España tenia sabios y oradores distinguidos.
—¿Y cree usted que Constantino se prestará á la orden del

emperador? preguntó Juana, que se acordaba de los lazos
de unión íntima que habían existido entre éste y Valero.
— Hasta el presente ha resistido á todas las indicaciones
que se le han hecho. Mas es muy difícil resistir abiertamente
— —
á la voluntad del emperador respondió Inés. Por lo demás,
él cree que esto es un buen medio para entrar en relaciones
con los reformadores de Flandes, y que estas relaciones le se-
rán de mucha utilidad al volver á España.
— ¿Y el i)ríncipe debe juntarse pronto con ellos?
— Inmediatamente. Don Felipe ha ido á hacer una pere-
grinación á Nuestra Señora de Montserrat, y terminadas sus
devociones, Constantino debe juntarse con él en Barcelona.
— ¿Y piensa usted que nuestro amigo pueda convencer al
príncipe de que la nueva doctrina es la verdad? Entonces se-
guramente aguardarán á España dias muy hermosos dijo, —
suspirando, Juana.
— —
Bahl no tome usted un aire tan triste respondió Inés,
acercando á sí á la joven.
Las dos señoras estaban sentadas en el patio, cerca de la
fuente, cuyos saltos de agua caian en gotas argentinas sobre
las plantas exóticas, precisamente como en otro tiempo, cuan-
do Inés conversaba con doña Constanza, algún tiempo des-
pués del nacimiento de su primer hijo, cuando aquella madre
dichosa presagiaba en los labios de suhijito dibujarse la pri-
mera sonrisa, que la muerte cortó tan repentinamente, echan-
do sobre ellos un velo, arrebatándole al niño. Doña Inés re-
cordaba, como si hubiera sido el dia antes, todas aquellas es-
cenas, diciéndose con tristeza que si la pura fe hubiese sido
— 202 —
predicada y conocida en Sevilla, la vida de sufrimientos quo
habia llevado doña Constanza, y la muerte prematura que la
habia arrebatado, no hubiesen venido sobre ella.
— ¿Piensa usted que la verdad acabará por triunfar en
nuestra querida España, como ha triunfado en la lejana In-

glaterra y Alemania? preguntó Juana con ansiedad.
—Lo pienso y lo creo— respondió Inés con confianza.— Mu
chas personas distinguidas por su saber y por la nobleza de
su rango, se han adherido á ella de corazón, ya que no pue-
den hacerlo abiertamente. El doctor Zafra, vicario de San Vi-
cente, es bien conocido por su afición á las ideas de Lutero.
Su gran saber y su carácter irreprochable, le han merecido
más de una vez el cargo de calificador en el tribunal de la
Inquisición, á fin de que emitiese dictamen sobre las acusa-
ciones que se hacian á las personas denunciadas al Santo Ofi-
cio. Más de una vez ha tenido ocasión de salvar la vida á per-
sonas acusadas de herejía.
— —
¿Y son muchas estas personas? preguntó Juana.
—Muchas, y las penas que se les han impuesto han sido
muy ligeras. Por lo demás, cada dia se tienen noticias de que
la Reforma se extiende por las poblaciones alrededor de Se-
villa. El doctor González, ])or un estudio personal de las San-
tas Escrituras, ha llegado al mismo resultado que los refor-
madores. Ha dado cuenta de sus investigaciones á su herma-
na y á muchas otras personas de su rango. Su sabia elocuen-
cia lo hará ciertamente tan célebre como el doctor Egidio. Y
no es conocido solamente en Sevilla, sino en toda Andalucía.
—¿Es que ha penetrado la luz en los monasterios?— pre-
guntó Juana, pensando en su hermano, que habia comenza-
do, después de su partida de Sevilla, á estudiar las Escrituras.
— Sí. Hay en Andalucía algunos conventos que comienzan

á echar fuera las tinieblas. Los frailes, en lugar de consumir-


se en una vida de ociosidad y de comodidad, empiezan á es-
tudiar la Vulgata y la traducción del Nuevo Testamento. El
prior del monasterio dominicano de San Pablo está animado
de gran celo por la propagación de las nuevas doctrinas. El
monasterio de Santa Isabel las lia abrazado ya; pero el doctor
-- 203 —
García de Arias ha tenido más éxito en el monasterio de San
Isidoro, donde, gracias á él, la Reforma ha hecho rápidos
progresos.
—¿Entonces mi hermano participará de los beneficios del
Evangelio?— interrumpió Juana con gran alegría.
— Sí, los frailes allí están afanados, cada uno más que el
otro, por buscar la verdad.
— ¿Pero el — —
Santo Oficio replicó Juana no tiene conoci-
miento de estas cosas? ¿Se i)odrá esperar que él se reforme á
sí mismo, ó que acabe per desaparecer del todoV

—No se sabe lo que pasa en el corazón de los hombres y



en su espíritu respondió Inés.— García de Arias y los otros
tienen mucho cuidado de no hacer cosa que pueda atraer las
miradas de los inquisidores. Ellos han roto con la vieja fe,
pero han juzgado prudente, por el momento, conservar las
formas exteriores. Más tarde, cuando los reformadores, más
ilustrados de lo que aún hoy están, habrán distinguido las
cosas permitidas y las que no lo son, entonces romperemos
completamente con la Iglesia. Por el momento, basta que Je-
sucristo sea anunciado como Salvador único, para que el es-
píritu de los hombres sea preparado á rechazar todas las su-
persticiones, como lo van haciendo con el culto de los santos
y las imágenes.
Pero la Inquisición ejercía sobre las clases elevadas de Se-
villa una vigilancia más atenta de lo que creía doña Inés y
sus amigos. Hacia tiempo que tenia sus ojos muy abiertos
sobre el doctor Egidio y sus dos coadjutores. Vargas y Cons-
tantino. Pero Vargas había muerto, Constantino había gana-
do el favor del emperador, y el Santo Oficio había juzgado
más político no intentar proceso alguno por ahora contra el
doctor Egidio. Este, con la facilidad que tenia en desenmas-
carar los abusos de la Iglesia, era más odioso que otros á los
inquisidores, que estaban tanto más indignados contra él,
cuanto por su franqueza y su noble carácter se ganaba la
simpatía de todas las clases.
Mientras las dos amigas se visitaban, y conversaban así
en la casa de doña Isabel de Baena, los espías de la Inquisi-
— 204 —
cion recibían en el castillo de Triana la orden de vigilar de
cerca á su guia espiritual.
Estas reuniones secretas no eran conocidas más que de los
inquisidores y sus familiares. Como las semanas se sucedían
sin que ningún suceso desagradable viniese á turbar su cur-
so, ninguno de los que en ellas tomaban parte pudo suponer
la tempestad que se preparaba en silencio, pronta á desenca-
denarse sobre el Pastor que ellos amaban.
Juana habla hecho conocimiento con otras dos jóvenes,
la señorita González y doña María de Bohorques. Esta última
era hija de uno de los señores más poderosos de España, y á
la nobleza de su cuna juntaba la grandeza de un alma ele-
vada^ las capacidades de un esj^íritu fino y muy cultivado.
Gracias al doctor Egidio, que habia sido su preceptor, habla
aprendido latin y tenia un conocimiento profundo del griego.
También habia aprendido de él las doctrinas de Lutero.
Todas estas damas, pertenecientes á las más ricas fami-
lias españolas, teman la costumbre de reunirse en el patio
de don Pedro ó de doña Isabel de Baena, para estudiar con
cuidado los textos de la Vulgata, ó algunos escritos de los re-
formadores. Doña María, á pesar de su juventud, tenia un
espíritu muy reflexivo, y temia, como Juana, que se susci-
tase persecución contra la verdad que ellas trataban de co-
nocer. Sabia que el estudio de las Santas Escrituras estaba
prohibido, y que era peligroso poseer una simple copia de
ellas. Podia venir tiempo en que les fuese imposible estudiar-
las ni aun en secreto. Quiso prevenir esta nueva dificultad,
dedicándose á aprender con el corazón los Evangelios. Otras
siguieron su ejemplo. Los pasajes de las Escrituras, que
aprendían de memoria, debían más tarde consolar su cora-
zón, fortificar su fe y darles el noble valor, que les seria ne-
cesario para sufrir los tormentos inauditos que la Inquisición
iba á hacerles sufrir bien pronto en el fondo de sus terribles
calabozos.
En medio de la calma feliz en que ellas y sus amigas vi-
vían por aquel tiempo, Juana no olvidaba al prisionero en-
cerrado en la celda del convento. Más de una vez su barca.
— 205 —
deslizándose majestuosamente sobre las aguas tranquilas del
Guadalquivir, había tocado los muros severos del monasterio.
Pero los muros 'hablan guardado un silencio de muerte, y
nada le hablan dicho del valiente caballero, que languidecía
en su recinto impenetrable. Frecuentemente se habia pregun-
tado á sí misma si no habría proyectado la luz en aquel mo-
nasterio algunos rayos, como habla sucedido en San Isidora
y otros de Andalucía, y no habria podido Valero, por este
si

medio, tener conocimiento de los progresos que la Reforma


hacia diariamente en f]spaña.
Sabia que una tal noticia seria para él un gran gozo. Se
decidió, pues, un dia á pesar del peligro que tal tentativa,
podría hacerle correr, á ir á cantar una serenata al desgra-
ciado cautivo. La prisión del monasterio daba al rio, y no era
imposible que su voz llegara hasta él. Comenzó por tocar á
la guitarra un aire muy conocido, un hablan
aire que ellos
cantado juntos en los dias felices de otros tiempos. Después,,
levantando más la voz y pronunciando muy distintamente
las palabras, cantó al mismo aire palabras improvisadas, ha-
blando defsol que empezaba á levantarse en España. Lle-
gando el canto á los oidos del prisionero, no podia dudarse
de que despertarían su atención, habituado como estaba á
estas suertes de metáforas, y comprendería perfectamente lo
que con tanto ardor ella quería decirle. En cuanto á los frai-
les, si alguno habia por allí, no podrían ver en ello más que

un romance bizarro sobre el astro que alumbra á la tierra, y


prosigue su curso sin detenerse, á través de los espacios in-
finitos de un cielo abrasado.
Sin embargo, no habría sido muy discreto renovar fre-
cuentemente, y publicar así á la faz del sol lo que pasaba en
la sociedad. Después de algunas serenatas de este género,,
juzgó prudente renunciar á ellas, al menos por algún tiempo»
Los adversarios de Egidío se habían contentado hasta en-
tonces con proferir amenazas. En 1550, el emperador le de-
signó para ocupar la Sede vacante de Tortosa. Era uno de
los más ricos beneficios de España. Este favor real no hizo
más que inflamar más el odio de sus perseguidores, y lan_^
— 206 —
zarlos á la violencia contra él. Le acusaron abiertamente de
herejía, publicando por todas partesque su elevación al epis-
copado era precursor de grandes calamidades para
el sig^no

España. De esto á denunciarle al Santo Oficio no habla más


que un paso. Poco tiempo después, estaba ya encerrado en
un calabozo.
Este arresto no conmovió solamente á la pequeña socie-
dad de reformados, que se habia agrupado en torno suyo:
€ausó mucha sensación en la población toda de Sevilla. Las
vistas, que expuso públicamente para su defensa, sobre la
Justificación, no hicieron más que aumentar más la emoción.
Sus amigos tenían mucho miedo. Sus adversarios se gozaban
viendo en aquella exposición precisa de su fe, una razón su-
ficiente para condenarle. Mas el emperador escribió en su fa-
vor y el Cabildo hizo lo mismo. Cosa más extraña todavía:
Correa, uno de los jueces más intratables del Santo Oficio, se
hizo su abogado. Bajo la influencia de tales autoridades, la
Inquisición se vio obligada á endulzar un poco sus rigores, y
SQ. contentó con condenar á Egidio solamente á tres años de
prisión.
20<

^CAPITULO XXI.

Conclusión.

Sentada estaba eu el patio Juana con una media docena


de grandes señoras: doña González, María de Bohorques, Ma-
ría de Yirués, Isabel de Baena y María de Caronel, todas ellas
muy adictas á la nueva fe, hablando todas con gran calor y
no menor ansiedad del sensible golpe que les habia dado la
Inquisición con la prisión de uno de sus amigos, Hernández.
— —
¿Cuál es su opinión de usted, Juana? preguntó doña
Isabel. —
¿Piensa usted que desaparecerá el peligro, como
desapareció, cuando el ama de gobierno del doctor Zafra fue
á los inquisidores á anunciarles la nueva de que su amo era
un hereje?
— ¡Ay! ¡pobre María! — respondió Juana.— Nadie sabe lo

que costó abandonar la Iglesia, y pensar que era menos


le
perfecta que se habia creído antes. Fue la turbación de su
espíritu la que la llevó á aquel acto de locura. Pero sus reve-
laciones habrían podido llevarnos á todos á la cárcel, si el

doctor Zafra, que conocía su profunda adhesión á la causa


delatada, no se hubiese presentado con firmeza al tribunal y
no hubiese convencido á los jueces de que la desgraciada ha-
bia perdido la razón.
— Fue la —
razón más discreta respondió Isabel y puede —
muy bien decirse que por su prudencia el doctor Zafra salvó
la pequeña sociedad de reformados de Sevilla. ¿Pero piensa
usted que le será tan fácil á Hernández safarse del peligro?
Algunos tienen grandes temores respecto de él.
— 208 —
— Mi padre es uno de ellos, y precisamente en este mo-
mento está con Cristóbal Losada^ Constantino Ponce y don
Doming-o de Guzman, discutiendo el asunto.
— ¿Las copias de las Santas Escrituras, que se le enviaron
al convento de San Isidoro, han llegado sin difícultad á los
frailes de él?— preguntó María de Bohorques.
Juana sabia por medio de su hermano todo lo que pasaba
en el convento. Por aquel lado las nuevas eran alegares para
todos los que deseaban ver la luz de la verdad levantarse en
España. El prior del convento, de concierto con los herma-
nos, habia trasformado todas las reglas de la comunidad.
Las horas, que antes se pasaban en momerías ridiculas,
se las empleaba ahora en escuchar con recogimiento la expli-
cación de las Santas Escrituras; las oraciones por los muertos
fueron sustituidas por oraciones por los vivos. Hablan re-
nunciado al vergonzoso tráfico de las Indulgencias, al culto
á las imágenes y á la adoración de los santos y la virgen.
Hablan conservado la ceremonia exterior de la misa, que no
era prudente rechazar de un golpe.
— ¿Y piensa usted que habrán comunicado á los hermanos

de otros conventos lo que ellos han recibido? preguntó doña.
Isabel.
— Sí, ya lo han hecho. Una carta que he recibido de mi
hermano, me dice que sus esfuerzos han tenido gran éxito en
las casas monásticas de los Jerónimos. Los frailes y las mon-
jas de esta orden se han adherido, de común acuerdo, á la
Reforma_, con tanto ardor como el que está en peligro de
muerte se agarra á la vida.
— ¿Piensa usted que esto se hará extensivo al resto de

España? preguntó otra señora.
— Mi padre cree, y lo mismo opinan otros muchos, que si
nosotros pudiésemos seguir un año sin ser inquietados, el
número de los reformados seria por lo menos igual, si no su-
j)erior, al de los miembros de la Iglesia ortodoxa; y como los
nuevos convertidos se reclutan principalmente entre personas
influyentes, seríamos capaces de sacudir por completo el yu-
go de Roma, y echar los cimientos de una Iglesia enteramen-
— 209 —
te librede toda influencia papal, una Iglesia Reformada. Con
esto no quiero decir que destruiríamos la Iglesia establecida;
nosotros pedimos solamente con la libertad de la enseñanza
y de la palabra, la libertad de adorar á Dios y servirle según
nuestra conciencia.
—¿Y piensa usted que el joven rey don Felipe nos conce-
derá la libertad de conciencia? Todo el mundo sabe que el
orgulloso Pontífice Paulo IV detesta á nuestro rey^ que ha
reunido y tomado á sus expensas un ejército de luteranos
para despojarle del reino de Ñapóles-, lo que no ha impe-
dido al rey Felipe el ordenar al duque de Alba el ir á postrar-
se delante del Pontífice para implorar su gracia, y prometer-
le obediencia. ¿Cree usted que si él se ha humillado hasta el
punto de besar la sandalia del papa, no llevará su frescura
hasta el punto de ofrecer su brazo á la Inquisición jiara el
exterminio de la herejía?
— —
No lo dudo en manera alguna respondió la joven sus-

pirando porque el viejo emperador, desde el fondo de su
retiro, ha recomendado de una manera especial á su hijo se-
cundar y sostener la Inquisición.
A pesar de los temores y presentimientos, la nueva Igle-
sia de Sevilla pudo continuar su curso de instrucción, y sus
progresos durante un poco tiempo, sin que ningún nuevo
obstáculo viniese á detenerla en su marcha. Los temores, que
muchos habían experimentado á la prisión de Hernández,
hablan desaparecido, y todos se felicitaban de la calma que
gozaban, cuando un dia, la presencia siibita de un fraile ves-
tido de paisano, y que habiendo salido del convento de San
Isidoro, entró precipitadamente en casa de don Pedro, vino á
producir la alarma entre ellos.
— —
¡Rodrigo! gritó Juana, viendo á su hermano penetrar
de improviso en el patio.
— ¿No están aquí los apóstoles de la verdad, padre mió?
preguntó el fraile con ansiedad, avanzando presuroso hasta
el sitio donde estaba sentado don Pedro.

Al eco de esta voz, que no le era enteramente desconoci-


da, el viejo, sorprendido, levantó su blanca cabeza. Sus ojos,

14
— 210 -•

debilitados por la edad, no habían estado tan prontos, como


los de Juana, para distinguir, bajo aquel extraño disfraz, los
rasgos del visitante, y por un instante, tuvo sus dudas sobre
la identidad de su hijo.

¿De dónde viene usted, señor paisano^— preguntó mi-
rando atentamente el humilde traje del visitante.
—De San Isidoro, padre mió —respondió.
—Es Kodrigo — interrumpió Juana. —Pero, hermano mió,
¿qué pasa, que has venido aquí de esta manera?
—No te alarmes, hermana mia, ¡tranquilícense ustedes! y
yo les contaré tan brevemente como pueda, lo que nos ha in-
ducido^ á otros hermanos y á mí, á obrar de esta manera
—Nosotros nos hemos concertado todos para examinar si

no habria medio de huir á donde pudiéra-


tierra extranjera,
mos, aun sufriendo privaciones y pobreza, gozar de tranqui-
lidad de espíritu y libertad religiosa. Mas no nos parece po-
sible dejar el convento todos de una vez, y emprender tal via-
je sin ser descubiertos. Y examinadas todas las circunstan-
cias, todo el mundo ha convenido en que lo único que nos
cumple hacer es confiar en Dios y perseverar en el camino
del deber. Nuestro prior nos hizo, sin embargo, la reflexión
de que seria más bien tentar á Dios que agradarle, el expo-
ner la vida á un tan grande peligro^ que tenemos el ejemplo
de los apóstoles, que liuian de la persecución, y podíamos
obrar como ellos sin comprometer nuestros principios. Y en
vista de esto, fueron designados por la suerte doce para huir
de España.
— —
¿Y tú eres uno de ellos? dijo Juana palideciendo.

Ya lo ves, hermana mia. Pero no debemos ir juntos. Cada
uno tomará camino diferente, para reunirse en Ginebra den-
tro de un año.
—Huyamos también nosotros con Rodrigo — dijo Juana vi-
vamente. — Nuestra ausencia no seria notada en Sevilla. Los
inquisidores pensarían que nos habíamos retirado á nuestras
posesiones de Castilla.
El lazo que retenia á Juana en Andalucía, había sido roto
hacia algún tiempo. El sanbenito que Rodrigo de Valero
-^ 211 —
había llevado tanto tiempo en su prisión, habia sido colgado
en la catedral de Sevilla. El alma del mártir habia tomado
su vuelo hacia la morada eterna. Ginebra estaba también
más cerca del cielo que Andalucía. Juana podria pensar en
aquel que durante largos años habia vivido en muerte ^or la
verdad evangélica.
Por otra parte, Rodrigo, cuya existencia entera se habia
deslizado dentro de los muros de un convento, no conocía
nada de la vida del mundo. Estas consideraciones y el amor
á su hermano ayudaron á Juana á hacer desaparecer de su
rostro toda huella de tristeza, á separarse con menos pena de
todos los esplendores que la habían rodeado en su casa, y á
decir adiós á todos los que eran queridos en Sevilla, para
trasladarse á un país de un cielo, es verdad, no tan claro,
pero sí menos tormentoso.

Comenzáronse inmediatamente los preparativos de la mar-


cha. Se tomaron todas las precauciones para que nadie, aun
los mismos sirvientes de la casa, se diesen cuenta de la pre-
sencia de Rodrigo. Y algunos días después, don Pedro y los
suyos dejaban para siempre la ciudad de Sevilla.
Se dirigieron primeramente hacia Castilla. Juana y su pa-
dre, al despedirse de la antigua ciudad de los moros, recorda-
ban aquel dicho: Quien no lia visto á Sevilla, no ha visto ma-
ravilla. Pero no era la ocasión de abandonarse á la melanco-
lía y á los pesares, aun teniendo que dejar una ciudad tan

maravillosa y tan querida.


Tenían que atravesar las difíciles gargantas de las monta-
ñas, y tenían que evitar el encuentro de los agentes del San-
to Ofício, que no habrían tenido inconveniente en considerar-
los como fugitivos y encerrarlos como herejes en la prisión
de Triana. Tenían, pues, que evitar con el más exquisito cui-
dado todo lo que pudiera despertar algunas sospechas.
Con este objeto, don Pedro resolvió ir primeramente á Ya-
lladolíd, con el pretexto de negocios políticos, y aprovechar
la ocasión de entrar en inteligencia con su hija Isabel. Espe-
raba poder convencerla á dejar el convento de Santa Clara,
para llevarla consigo á tierra extranjera. Combinó, pues, para
— 212 —
ello un plan, cuyo éxito ])romet¡a buen resultado con el con-
curso de la camarei-a de Juana. Desgraciadamente, sus es])e-

ranzas debían salir fallidas.


Al llegar á Valladolid, supieron que Isabel liabia partido
])ara otra tierra más bella que la de Ginebra y de la misma
EsjDaña. Después de las visitas que en otro tiempo le habia
hecho su hermana Juana, no habia tardado en atraerse las
sospechas de la superiora del convento, que bien pronto la
acusó de profesar las doctrinas deLutero. La joven no inten-
tó siquiera el negarlo. Mas para evitar el escándalo que se hu-
biera producido al saberse que una hermana de la orden se
habia hecho hereje, no se la entregó á la Inquisición. Las
autoridades del convento, es verdad, no fueron más indul-
gentes que la Inquisición. Fue arrojada sin piedad en un
calabozo húmedo, donde enfermó i)OCO tiem])o después, y mu-
rió en medio de atroces sufrimientos el dia mismo en que su
hermano Jlodrigo escapaba del convento.
Don Pedro no supo estos detalles. Algunas horas antes de
su muerte, Isabel fue retirada de la prisión, recibió la abso-
lución de la Iglesia, y fue enterrada con gran pompa, como
una monja muerta en la fe ortodoxa, en olor de santidad. Se
le dijeron también misas con objeto de sacar su alma del Pur-

gatorio. Pero Juana, que conocía la vida ejemplar y la piedad


conñada de su hermana, no tenia temor ninguno sobre esto.
Habiendo ella misma, hacia ya mucho tiempo, echado de su
espíritu estas creencias, tenia la plena seguridad de que el
alma de su hermana gozaba del reposo en el reino de Dios, y
no era necesaria ninguna oración, ni intervención alguna de
santos, para procurarle una salvación que Jesús sólo habia
adquirido con su sangre, y ella poseia ya.
No se detuvieron mucho tiempo en Valladolid. Volviendo
á tomar su marcha hacia el Nordeste, á través de Castilla,
ganaron muy pronto á Pamplona en las fronteras de Na-
varra.
Aquí no dejaban de existir grandes dificultades. Habia en
todos los pasos por las montañas centinelas apostados para
examinar á los viajeros y las mercancías todas y bagajes que
— 213 —
iutentaseu salvar las fronteras.Don Pedro lo habia previsto
todo. Habia hecho trasportar su equipaje por medio de sus
criados, que debían seguir cada uno camino diferente, y ha-
bla cuidado además de no llevar consigo libro ninguno que
pudiese infundir sospechas. De esta manera pudieron pasar
sin grandes peligros. Algunas horas más tarde les hubiera
sido imposible la huida. Apenas habían franqueado la lUtima
posta, cuando los alguaciles del Santo Oficio, puestos como
centinelas, habían recibido la consigna de detener á todos los
viajeros que marchasen en aquella dirección.

Después de estar amenazando por mucho tiempo la tem-


pestad, por último estalló. En el mes de Febrero de 1558, el
hipócrita y orgulloso pontífice Paulo IV, dirigió al inquisidor
general una comunicación en la cual le excitaba á no perdo-
nar medio para exterminar la herejía. Felipe, en lugar de
alarmarse por esta bula impía y cruel, la hizo acompañar
con un edicto que condenaba á las llamas á todo el que fue-
se sorprendido leyendo ó vendiendo alguno de los libros pro-
hibidos.
El tribunal de la Inquisición era entonces presidido por
Fernando Valdés, cardenal de Sevilla. Había en este hombre
duro é inexorable, toda la crueldad y fanatismo necesarios
para hacer de él un gran inquisidor. Había trabajado por
mucho tiempo en silencio, cavando la mina que, una vez
prendida, debía exterminar á sus enemigos. Su procedi-
miento favorito era enviar entre los sospechosos espías, que,
colándose entre ellos, procurasen por todos los medios posi-
bles ganar su confianza. Gracias á la perfidia de los unos, al
espíritu timorato ó á los escrúpulos religiosos de los otros,
pudo obtener las revelaciones que no habia podido arrancar
al prisionero Hernández.
Algunos dias después de la partida de los doce frailes de
San Isidoro, los hermanos que habían quedado en el conven-
to, habían sido detenidos y aprisionados, á la vez que se ha-

bia dado una orden por todo el reino de detener á toda per-
sona sospechosa de herejía.
- 014 -
Fue ])ara la^^ un verdadero g'olpe
de.sí>'raciadas víctimas
repentino. No habia Hombres y mujeres,
resistencia posible.
clérigos y legos, todos sin distinción de sexos, de rango ó de
profesión, eran detenidos en sus mismas casas, y arrojados á
loscalabozos de la Inquisición. En la sola ciudad de Sevilla
fueron encarceladas desde el ])rimer momento más de mil
personas.
El arresto de unas era seguido del de otras. Lanzados á
viva fuerza en fondo de los calabozos, solos, sin amigos,
el

sin consejeros, sin un rostro simpático que los sostuviese y


alentase, sumidos en la duda y en la pena, ¿qué otra cosa
podian hacer aquellas víctimas, que ceder á las solicitacio-
nes hipócritas de sus jueces, y hacer fatales revelaciones so-
bre sus amigos y sobre sí mismos?
Las seis amigas de Juana, doña Inés, doña González, Isa-
bel de Baena, María de Virués, María de Caronel, María de
Bohorques, sufrieron la misma suerte, y fueron encerradas
en las prisiones del Santo Oftcio. Estas grandes señoras, cuya
mayoría estaban en la flor de su juventud y de su belleza,
que hablan vivido hasta entonces en medio del lujo y de las
grandezas, dieron un fiel la verdad. Jamás con-
testimonio á
sintieron en negar ó en retractar ninguna de las doctrinas
que les eran tan queridas. Después de algunos meses de los
más atroces tormentos sufridos con extraordinario valor,
después de las privaciones y las torturas inauditas que se les
aj)licaba-n en sus calabozos infectos, tan infectos, que Cons-
tantino Ponce de León sucumbió en ellos en pocas semanas,
subieron todas á la hoguera, en compañía del monje Casio-
doro, del doctor González, de don Juan Ponce de León, y de
muchos otros personajes nobles, obteniendo con la corona de
mártires, la palma de la victoria.
España atormentando á estas santas víctimas y ha-
creia,
ciéndolas morir, ser agradable á Dios. Creia, extinguiendo
hasta la iiltima chispa de la luz de la verdad, ahogando en
germen la planta fecunda de la libertad, merecer los favores
del cielo. El genio atrevido, que habia guiado á España du-
rante su desenvolvimiento político, habia perdido sus alas en
— 215 —
el momento en que se trataba de llevarla á su desenvolvi-

miento intelectual y moral, y se habia detenido súbitamente


en su marcha, herido de un golpe mortal. Los laureles que
habia conquistado en las batallas, la corona de valor, que na-
die habia podido arrebatar de su frente vencedora, empeza-
ban á marchitarse. Cuando España se declaró campeón del
fanatismo y la ignorancia, el cielo, en su sabiduría, paralizó
la espada que tenia en sus manos.
Su coraje, lanzado hasta el exceso en una mala causa, se
cambió en furor; su bravura degeneró en rabia feroz. Aca-
bada una vez la lucha, salió de ella cubierta de vergüenza,
tanto como de sangre de sus enemigos.
la
Habia principiado el eclipse de España. Las tinieblas, que
hablan nacido en Sevilla en 1558, fueron creciendo cada año
más, hasta llegar á hacerse casi completas.
Sin embargo, en nuestra época, un rayo de luz parece in-
filtrarse en medio de las tinieblas, y desvanecer su oscuridad.
¿No podria concluirse que España está destinada á aceptar
el Evangelio, antes de mucho tiempo, y á recibir con empeño

la gracia que rehusó con obstinación, hace trescientos años?


Si es verdad qiie la sangre de los mártires es una semilla de
la Iglesia, se puede esperar el ver nacer, crecer y madurar
una rica cosecha. La simiente no ha ñiltado. Ha sido desparra-
mada con profusión á lo ancho y á lo largo del territorio es-
pañol. Ha estado por mucho tiempo escondida y oculta. Dios
no la ha olvidado. Que sus amigos no olviden tampoco á Es-
paña en sus oraciones, que pidan con confianza al Señor que
eche una mirada de compasión sobre España, y despliegue
en ella sus favores y misericordia, y España volverá al cami-
no de la rectitud y la justicia, que levanta á los pueblos y
hace grandes á las naciones.

=^>(^i<®#l^^=-
índice,

PÁGS.

Capítulo primero.— Doña Constanza 5


— II.— La casa en duelo 16
~ III.— La vuelta de don Pedro 25
— IV.— El antiguo valdense 33
— V.— La Inquisición 44
— VL — En el convento 52
VIL— El soldado de la Iglesia 64
— VIIL— Turbaciones de doña Constanza. . 74
IX. — La casa de don Pedro 85
— X. —La peste en Sevilla 98
— XL— Luz en el seno de las tinieblas 110
— XII.— Rodrigo de Valero 120
XIIL— El torneo 130
— XIV.— El valiente reformador de Sevilla . 140
XV.— Sobre el Guadalquivir 150
— XVI.— De Sevilla á Valladolid 161
— XVIL— Un auto de fe 169
— XVIIL— La monja de Santa Clara 180
— XIX.— Muerte de doña Constanza 189
— XX.— La vuelta á Sevilla 198
— XXI,— Conclusión 207
EN EL MISMO DEPOSITO Y SUCURSALES

SE EXCUENTRAX LAS OBEAS Y FOLLETOS SIGUIENTES;

Ptag. Cfcs.

Discusiones entre un protestante y los católico-roma-


nos, ó Noches con los romanistas. En 8.° prolonga-
do, pasta, 356 páginas • J 50
Véndense también por separados los capítulos,
cada uno » 10
Innovíiciones del romanisnio, en tres partes: 1,^ Des-
arrollo de las doctrinas. 2.^ Lista cronológica.
3.'^ Contraste entre elantiguo y el nuevo Credo. En
8."^ prolongado, pasta, 340 páginas 2 »

También se venden por separado los capítulos,


cada uno » 10
El Evangelio y el Catolicismo romano. Con textos del
Antiguo y Nuevo Testamento, según la traducción
del limo. P. Scio de S. 'Miguel. Libro útil para to-
dos los que buscan la verdad salvadora. En 8." pro-
longado, rústica, 94 págs ,^ 50
Año Bíblico, ó una palabra santa para cada dia del mes,
]3or J. Lobstein. En 8.° francés, 400 páginas. En
pasta 3 );•

En rústica 2 50
El Protestantismo. Contestación á los Sres. Segur y
Tejado, por D. Cipriano Tornos. Precio al alcance
de todos t 25
El Cristo, por Ernesto Naville. Siete notables discursos
sobre la cuestión de la «Divinidad de Cristo,» y por
consiguiente de la divinidad del Cristianismo. En
8.^ 224 páginas 2 »

Véndense cada uno á


los discursos sueltos, » 25
Tratado de Dios, por Santo Tomás de Aquino. En 8.°
I^rolongado, 210 páginas 1 50
El primero de todos los libros. En 8.^ francés, 32 págs. » 10
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