Perdidos 1
Perdidos 1
Editorial Universitaria
Cuarta Edición . Panamá,1995
AUTORIDADES DE LA
UNIVERSIDAD DE PANAMA
Dr . Justo Medrano V .
Vicerrector de Extensión
PUEBLOS PERDIDOS
Novela
Editorial Universitaria
Panamá, 7995
Pueblos Perdidos
(Novela)
Trece años tenía María de los Angeles cuando vino con sus
padres al Istmo . Había nacido en Antigua, la ciudad guatemalteca
que un volcán tricéfalo cubre con su sombra .
Francisco Vera, su padre, determinó un día trasladarse a Pa-
namá con su mujer, María, y su única hija . Todo indicaba que un
gran auge económico se dejaría sentir en breve en el Istmo, como
consecuencia de la apertura de un canal, por una compañía france-
sa .
Pocos eran los bienes de la familia Vera en Antigua : una casa
modesta y un huerto que no producía suficiente para el manteni-
miento de la familia . Remediaba tales limitaciones el modesto suel-
do de maestro de escuela que devengaba don Francisco .
Un día en el pedagogo prendió el espíritu de la aventura . Ha-
bía que salir en busca de fortuna y ésta parecía llamar desde la
tierra istmeña .
Vendió el señor Vera su casa y su huerto y emprendió viaje
con los suyos .
Traía el centroamericano un plan determinado : abrir una
fonda . Pensaba que en un lugar como Colón, donde habrían de
afluir por razón de los trabajos del Canal gente de todos los rin-
cones del mundo, un restaurante tenía que ser negocio pingüe . Su
mujer era fuerte y sana a más de conocedora de asuntos culina-
rios y su hija bien podría ayudarla .
No le costó trabajo a la familia guatemalteca encontrar donde
instalar su negocio . Fue en una barraca amplia, de las que abun-
daban entonces en Colón . Pronto afluyeron al restaurante traba-
jadores de distintas nacionalidades .
Eran pésimas las condiciones sanitarias que prevalecían en-
tonces en Colón, salvo en el barrio de Cristóbal, ocupado por los
franceses, donde la vigilancia médica y los servicios de la higiene
eran satisfactorios. El negocio de la familia Vera, naturalmente,
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estaba del lado abandonado, en el sector del que bien dijo un via-
jero de entonces que a su lado podían ganar premio de limpieza
las más sucias barriadas de Tolón, Génova, Nápoles y Estambul .
El agua lluvia formaba grandes charcas en las calles .Abun-
daban los mosquitos y las moscas y no eran raros los sapos y las
culebras . De una acera a otra había que pasar por tablas tendidas
sobre las charcas . El medio era bastante distinto al de Antigua,
donde los hontanares salían limpios del corazón de la montaña y
el agua se arrastraba por las calles sin enlodarse .
-Algún día- decía el señor Vera a su mujer y a su hija -
regresaremos a nuestra ciudad natal con dinero suficiente para
comprarnos una buena finca y vivir sin mayores preocupaciones .
Es cuestión de esperar pocos años . El negocio no va mal y ya te-
nemos una apreciable economía,
A veces el desánimo hincaba en el espíritu del guatemalteco
No había logrado él adquirir por compra el terreno donde se le-
vantaba su fonda . Todas sus gestiones con la firma Issac & Asch
habían fracasado, no porque ella se negara a vender sino porque
la Compañía del Ferrocarril alegaba ser dueña de toda el área de
la Isla de Manzanillo y desconocía los derechos de Isaac & Asch
sobre los lotes que ella misma habla rellenado y habilitado para
construcciones . La Compañía del Ferrocarril arrendaba por cinco
años, al cabo de los cuales podía negarse a rearrendar y obligar
al ocupante al desalojo.
La fonda de la familia Vera, a la que él dió el nombre de
La Antigua como culto afectivo a su pueblo natal, estaba situada
no muy lejos del Leviatán, enorme edificio de madera con apar-
tamientos y cuartos de alquiler, habitado casi totalmente por gen-
te colombiana muy distinguida, venida al Istmo atraída por las
posibilidades de lucro que ofrecería el Canal . Entre ella figuraban
también las autoridades políticas y militares .
No habían cumplido los Vera dos años de permanencia en
Aspinwall, como entonces llamaban también a Colón, cuando les
sobrevino el primer desastre : el 7 de septiembre de 1882 una te-
rrible conmoción sísmica sacudió el Istmo, colón fue la ciudad
más castigada, sin duda por la falta de consistencia de sus cons-
trucciones . Muchos edificios cayeron y otros tantos
quedaron
cuarteados e inhabitables, Puentes e instalaciones del ferrocarril
sufrieron fuertes daños y aunque sólo murieron cinco personas,
un terror pánico se apoderó de la población .
La fonda de los Vera no se escapó del desastre y don Fran-
cisco, con evidente amargura, comentaba-
-Me habían asegurado que el Canal se abrirla por Panamá
porque aquí no se producen terremotos y en un día he visto caer
más casas aquí que en Antigua en más de treinta años .
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Pero no era Francisco Vera hombre que se dejara arredrar
por un percance . Con sus economías levantó de nuevo su barraca
para reinstalar su fonda, con apartamientos contiguos para él, su
mujer y su hija .
Preocupaba al viejo maestro chapín la educación de María de
los Angeles . Le horrorizaba la idea de morir víctima de la fiebre
amarilla que por entonces se enseñoreaba de la ciudad-campa-
mento .
En las noches, cerrada la fonda a hora temprana, a la luz de
una linterna de querosín, se dedicaba a transmitir a su hija sus
conocimientos, lo que iniciaba siempre e invariablemente con la
misma frase :
-Aprende, hija, que cuando tus padres te falten sólo ha de
valerte lo que sepas .
María de los Angeles era quien llevaba las cuentas del nego-
cio y hacía la separación de las monedas, trabajo que requería
cierto adiestramiento, pues en el Colón de entonces, como en to-
da la Línea, circulaba toda clase de dinero y aun se permitía la
plata fraccionada .
Tres años llevaba la familia Vera de establecida en Colón
cuando la visitó la muerte . La fiebre amarilla hincó sus dientes
en don Francisco y doña María .
María de los Angeles quedó sola en el mundo . Se sintió des-
concertada y con todo fervor pidió a Dios que se la llevara con
sus padres .
Pero el Cielo quiso las cosas de otra manera y la joven inmi-
grante, serenado su dolor, dispuso enfrentarse a la vida y seguir
en la administración de La Antigua .
Tuvo a su favor la amistad de la familia Salazar, nativa de
Gatún, en cuya casa le dieron alojamiento para que no quedara
sola en los cuartos que antes ocupó con sus padres .
El tiempo iba moldeando a la muchacha en una mujer bella
y atractiva . El clima, que convertía a hombres y mujeres sanos en
seres macilentos y tristes, pareció respetar a la joven huérfana .
A los diez y siete años, María de los Angeles había desarro-
llado plenamente . De buena estatura, de formas perfectas, lucía
además un rostro bello alumbrado por sus ojos pardos . El luto
hacía resaltar el blanco mate de su piel . Sólo sus pómulos, ligera .
mente salientes, denunciaban en ella su remoto origen maya .
En el Colón de entonces, María de los Angeles lucía como
una piedra preciosa a orillas de un pantano .
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Capftufo
lo
LOS ASIDUOS
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entonación y la miraba con sus ojos verdes, llenos de deseos .
Aparentaba no más de treinta años . Tenía fama de mujeriego y pen-
denciero. A María de los Angeles le repugnaba aquel militar, pero
no de igual manera que Joselito . Era un temor físico, limpio de asco .
Pronto se puso de manifiesto una fuerte rivalidad entre el
leguleyo maduro y el militar joven . Este, cuando llegaba, siempre
después que Joselito, soltaba una puya :
-María de los Angeles, por la vidita suya, sírvame un buen
almuerzo, pero le ruego que me reserve siempre los mismos pla-
tos porque no quiero que la comida que usted me prepara con
esas lindas manos llegue a mí en los que ya han sido usados por
ciertos viejitos que todo lo ensucian .
La solicitada sonreía y guardaba silencio . El aludido se mor-
día el bigote y también callaba . Bien sabía que si aceptaba la pro-
vocación, llevaba todas las de perder con el musculado y mozo
militar .
No eran Argüello y Cadavid los únicos cortejantes de Marta
de los Angeles . Había un mulato, capataz de las excavaciones del
Canal, que no le ocultaba su inclinación y raro era el cliente que
no se creyera con derecho a decirle piropos, no pocas veces de
grosera lubricidad .
La chapina se sentía lastimada en su pudor por todo aquello,
pero mantenía seguridad en sí misma . Ya podrían cansarse de
decirle cosas, que ella sabría ponerlos en su puesto .
Un día llegó al mesón un extraño huésped . Era la hora del
almuerzo y el lugar estaba concurrido . A la entrada del recién
llegado se produjo un breve silencio que fue interrumpido por
un coro en el que todos tomaron parte :
Buenos días, don Pedro .
El llamado don Pedro esbozó una sonrisa y apenas contesta
el saludo . Era un hombre de estatura menos que mediana, de tez
oscura y cabello crespo cuidadosamente partido en el medio . A-
parentaba andar poco arriba de los treinta años . Llevaba una le-
vita oscura muy de moda entre la gente de foro de ese entonces,
pantalón gris con pliegues a los lados, una camisa blanca y alfor-
zada, alto cuello sin doblez y gruesa corbata de rayas blancas y
negras,
El recién llegado pidió que le sirvieran sin especificar prefe-
rencia alguna y una vez servido se dedicó a comer sin apartar los
ojos del plato . Los otros comensales parecían intimidados por la
presencia del extraño, Este terminó primero que los demás, cubrió
el precio de su almuerzo, y levantando ligeramente su bombín gris
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les . Usted está sin amparo ante la ley. Es subarrendataria de la
firma Isaac & Asch, en una forma que los abogados llamamos eneris,
.qsnri,pouenctraóoelfuspadrylecio
La Compañia del Ferrocarril es todopoderosa y usted ni siquiera
puede alegar ser colombiana, porque es harto sabido que nació en
Guatemala. Pero nada le pasará si acepta lo que yo le propongo .
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EL PROTECTOR
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"Don Pedro : -decía la misiva- quiero hablar a solas con
usted . Venga más tarde, se lo ruego, cuando no haya comensales
María de los Angeles" .
Guardóse Prestán el papel y con pasos rápidos se dirigió a
la estación del ferrocarril . Allí anduvo diligenciando cosas y cuan-
do creyó que la guatemalteca estaba ya sola, regresó a La Antigua .
Su cálculo había sido correcto . Los comensales de María de
los Angeles se habían ido, sin duda ahuyentados por la ola de ca-
lor y por el presentimiento de lluvia torrencial,
-Estoy a su mandar - dijo Prestán ante el pequeño mostra-
dor que le servía de despacho a su bella amiga .
-Don Pedro -musitó la cuitada-, Yo le he pedido que ven-
ga a hablar conmigo porque he notado en usted un cariño respe-
tuoso y limpio por mí . Usted sabe cuál es mi situación . Soy muy
joven, mis padres murieron, estoy sola y desamparada y además,
soy extranjera . Vivo de mi trabajo y quiero mantenerme decente
-¿Alguien le ha faltado o ha tratado de injuriarla?- pregun-
tó Prestán con interés .
-Pues mire, don Pedro -,reanudó ella- aunque yo soy muy
moza, me explico que los hombres me digan cosas y traten de ga-
nar mi voluntad . De eso yo sé defenderme . Pero hay cosas ante
las que me siento indefensa . El señor José Argüello, a quien lla-
man Joselito, ha venido haciéndome proposiciones nada decentes
Yo las podría pasar por alto . La vida me ha enseñado muchas
cosas demasiado temprano . Pero ayer Joselito me ha amenazado
con hacerme desalojar de aquí si no me le entrego . Quiere conse-
guir por intimidación lo que no logrará nunca por amor . Yo me
siento en peligro, don Pedro, ¿Qué será de mí si me sacan de mi
mesón? El dice que la firma Isaac & Asch no puede conseguir que
la Compañía del Ferrocarril le reanude el contrato y yo soy re_
arrendataria de esa firma, La solución que me presenta Joselito
es la de que me vaya con él como su amante . . .
María de los Angeles habló con emoción de lágrimas, pero sin
exaltación . Prestán hizo un gesto como para tranquilizarla y luego
le dijo :
-No tiene usted nada que temer, María de los Angeles . Yo
no he tratado mucho a José Argüello, pero sí lo suficiente para
saber que es un cobarde . Ahora lo sé además miserable . Usted
deje esto al cuidado mío, que mañana mismo, aquí ante usted, él
desistirá de su sucio propósito .
El día transcurrió sin más incidente que un aguacero fuerte
y prolongado que hinchó las charcas de las calles . La mañana si-
guiente Joselito, como siempre, fue el primero en llegar a La An-
tigua al tiempo del desayuno . María de los Angeles esquivó sus
miradas .
Al medio día llegó nuevamente el tinterillo . Tras él se presen-
taron los clientes regulares y por último, Pedro Prestán .
Sin alterar en nada su rutina, Prestán se hizo servir, comió
y pagó . Mas antes de retirarse y con voz estentórea, se dirigió a
Joselito :
-Oígame usted bien, señor Argüello, porque lo que le voy
a decir tiene mucha importancia para usted y en la forma que m~
entienda y obedezca le va la vida . Usted ha amenazado a María
de los Angeles con un desahucio de este lugar que ocupa su me-
són . Yo sé que usted está al servicio de la Compañía del Ferrocarril
no como, abogado porque usted no lo es, sino como espía y tinte-
rillo . Sé que usted tiene suficiente fuerza para hacer el mal y que
si usted se lo pide así a sus amos, María de los Angeles será
desahuciada . Pero si tal cosa llega a ocurrir, óigame bien, Joselito
le repito, no habrá rincón donde usted se esconda donde yo no lo
encuentre para agujerearle con cuatro tiros su piel de lacayo . Us-
ted sabe y todo el que me conoce sabe, que yo jamás he amena-
zado a nadie en vano y que fundo mi nombre y mi honra en cum-
plir siempre mis amenazas.
Todos los concurrentes tenían los ojos fijos . en Prestán . Nin-
guno de ellos ignoraba que era hombre peligroso, que más de una
vez había hecho uso del revólver para solucionar diferencias .
Pálido y trémulo, el aludido trató de excusarse .
-Doctor Prestán ; usted está mal informado . Yo le he dicho
cosas a María de los Angeles sin ánimo de hacerle daño . ¿Qué de
malo hay en galantear a una mujer, sobre todo si es tan hermosa
como ella? Ayer le advertí con toda honradez que había una po-
sibilidad de que la Compañía del Ferrocarril no reanude el con-
trato de arrendamiento de lotes con la firma Isaac & Asch, porque
de eso me enteré circunstancialmente, pero yo no soy el hombre
con fuerza para determinar la reanudación y la cancelación de
un contrato entre dos entidades tan grandes .
-Yo no tengo tiempo ni temperamento para entrar en deta-
lles -concluyó Prestán .- Sólo le reitero que si a la señorita Vera
le ocurre algo, yo lo mato a usted sin vacilaciones y métase donde
se meta, aunque usted no haya intervenido en su daño . Y esto le
digo para que no haya omisión de su parte en la obligación que
le impongo de impedir que la desahucien o la mortifiquen en
cualquier otra forma .
Pedro Prestán no dijo más y dejando a Joselito con una frase
sin cuajar en los labios, se ausentó del mesón, no sin antes des-
cubrirse ante María de los Angeles y dar las buenas tardes a los
comensales .
Capítulo
IV
CAMILE ROSTAND
-¿Pero,
cómo quiere usted que no hagamos revoluciones cuan-
do el gobierno es ejercido por grupos arbitrarios, impuestos por
la maña y la violencia y sin preocupación alguna por mejorar las
condiciones del pueblo?- interrogó Prestán- Colombia ha sido
víctima de dictaduras, desde Bolívar hasta nuestro días . Los con-
servadores, en convivencia con las fuerzas regresivas del clero,
pretenden imponerse sobre las mayorías liberales . Y si ellos se
imponen por la violencia ¿qué camino nos queda a los liberales .
sino el de buscar solución en la fuerza?
-Lo que usted dice, amigo Prestán -arguyó el francés- tal
vez explique las continuas revoluciones, pero no niega mi afirma-
ción de que no han logrado ustedes establecer una convivencia
pacífica y libre que les permita desarrollar sus inagotables e inex-
plotados recursos y alcanzar, como lo están alcanzando los Estados
Unidos, bajo el amparo de sabias leyes y con el concurso de fuer-
tes corrientes inmigratorias, riqueza y prosperidad .
Una sonrisa entre amarga y sarcástica se dibujó en los labios
del abogado liberal .
-¡Riqueza! ¡Prosperidad! ¡Paz! -dijo Prestán con tono zum-
bón- Ustedes quieren que de la noche a la mañana nosotros ten-
gamos lo que ustedes, los europeos más cultos, no lograron alcan-
zar sino tras muchos siglos de luchas y sin haber logrado librarse
totalmente del azote de la guerra . ¿La franco-prusiana no fue
acaso más cara en dinero y sangre que nuestras revoluciones y ro
ha dejado la simiente de una guerra futura que sin duda iniciará
Francia cuando se considere suficientemente fuerte para recon-
quistar Alsacia y Lorena?
-Amigo Prestán, amigo Prestán -reconvino el francés tra-
tando de serenar con la suavidad de la voz lo que de recriminato-
río habla en sus palabras- usted está llevando la discusión a un
terreno en el que los dos vamos a quedar empantanados . Yo per-
sonalmente no tengo prejuicios nacionales ni raciales, usted lo sa-
be, ni sostengo que Europa ha alcanzado normas de vida ideales .
En cierto modo, soy un decepcionado del Viejo Mundo y vine al
nuevo, no como un aventurero de fortuna, sino como un ingeniero
interesado en ayudar a mejorar el olvido de Dios al hacer una
América sin canal de intercomunicación de los dos océanos . Pero
discrepo de usted en lo de que las revoluciones son necesarias, que
ellas deben cubrir una etapa de la historia de los paises hispano .
americanos y que las llamadas guerras civiles van a traer las solu-
ciones que necesitan estos pueblos .
-Es porque usted no puede entendernos, amiga Rostand -a-
firmó el abogado .- Yo seré un revolucionario mientras en mi
patria no haya un gobierno que nos dignifique a todos : blancos,
negros, indios, mulatos, zambos . A mí me acusan de que odio a
los extranjeros y muy especialmente a los norteamericanos Eso
es falso, y usted lo sabe . Pero no puedo negar que soy un resen-
tido . Culturalmente, me siento a la altura de los hombres cultos
de Europa y los Estado> Unidos . Hablo mi lengua Y con bastante
perfección el francés y el inglés . Mi ejercicio es la abogacía, 11
que me obliga al estudio continuo, Mas para el magnate y aun
para el subalterno blanco de la Compañía del Ferrocarril, soy Un
despreciable mulato de nacionalidad indeterminada, pues hasta.
han hecho circular la especie falsa del todo de que soy haitiano
Yo no me he parado a desmentir este embuste porque me parece
que de hacerlo, demostraría tener en mengua haber nacido en
Haití y yo no quiero hacer a los haitianos tal ofensa .
-Yo lo entiendo a usted, Prestán -aceptó el francés- Y si
de mí dependiera, las cosas estarían arregladas de manera que los
hombres de la cultura y de la hidalguía de usted no tuvieran que
sentirse menospreciados por una circunstancia tan ajena a su pro'
pía determinación como es el color de la piel . Y me angustia su
resentimiento, porque en un hombre de su impulso, puede llevar«
lo algún día a extremos trágicos,
-También yo me lo temo amigo Rostand -convino el abo-
gado _ Yo siento en ml una fuerte pasión que me lleva a en.
frentarme a dificultades superiores a mí . Cuando pienso en el
desprecio que los blancos sienten por los negros y los mulatos y
veo que éstos les rinden honores a aquéllos como si aceptaran ser
inferiores a ellos, me dan ganas de gritar y actuar en forma TIC
los blancos comprendan que hay entre los míos un hombre, que
soy yo, que no les teme y que los mira de igual a igual, como amigos
o como enemigos, según ellos escojan .
Habla oscurecido . Prestán propuso a María de los Angeles que
cerrara y que aceptara la escolta de él y del francés hasta su casa .
Capítulo
V
EL AMOR
PLENITUD
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-María de los Angeles -le dijo mientras andaban- mucho
realza la ropa negra el color de tu piel, pero creo que la vida que
vas a comenzar conmigo, de amor y felicidad, exige que cubras tu
cuerpo de trajes más alegres . Mañana mismo te llevaré a que com-
pres nuevas ropas, un bonito sombrero, una sombrilla parisina, en
fin, cuanto se requiera para darle a tu belleza todo el realce que
se merece .
-Sí, es verdad -convino ella .- Ya hace varios años de la
muerte de mis padres, pero no me había quitado el luto porque nada
asomaba en mi vida que justificara usar ropas de color . Ahora ha
venido usted . . .
-Tú, -interrumpió el francés .- No sentiré que me amas
mientras no rompas ese insufrible tratamiento .
-Tú, pues -dijo élla riente .- Tú, que has venido a dar a mi
vida un cambio tan grato .
-Escucha bien, María de los Angeles -advirtió el francés .-
Mañana mismo vendes tu negocio de La Antigua . Tú no puedes
ocuparte de esos menesteres ni yo tampoco . Pero yo sé quién puede
arreglar eso . No sería difícil porque Colón está lleno de chinos
ansiosos de abrir mesones y . . . pero todo esto me parece muy sór-
dido. Lo que interesa es que te deshagas de ese negocio a cualquier
precio y aun regalado si no hay quien compre . Yo veré hoy mismo
a Prestán, si es que se encuentra aquí, y él se encargará de todo .
Además, él nos conseguirá casa . No te sonrojes . Hay que pensar
en todo lo que nos conduzca a la culminación de nuestra felicidad .
Los jóvenes se sentaron en la grama a contemplar la inquieta
bahía, donde se bamboleaban algunas unidades de guerra norteame-
ricanas, numerosos barcos de vela de todos los tamaños y unos grises
paquebotes europeos .
Emprendieron el camino de regreso, indiferentes a las miradas
de los curiosos .
Camile condujo a la muchacha a su casa y besó al despedirse la
punta de sus dedos .
-Voy en busca de Prestán -le dijo .- Me urge arreglarlo to-
do hoy mismo .
Capítulo
vil
EN CASA DE PRESTAN
-25-
cosas mías, que yo no puedo casarme mientras no haya roto el vinculo
que me une a la esposa que quedó en Francia . Quiero llevarme a
María de los Angeles conmigo con su plena voluntad . Desde luego,
no le vengo a pedir permiso a usted. Por delicadeza, ya que usted
la ha protegido y fue quien me la presentó, y porque necesito su
ayuda, vengo a darle cuenta de mi proyecto .
-Usted sabe cuánto lo estimo, Rostand . Usted es uno de los
pocos extranjeros que han ganado mi aprecio, -dijo Prestán con
voz serena -pero quiero hacerle constar que mi aversión por los
blancos que muchos califican de odio, no es sino hija del resenti-
miento por la forma con que ustedes tratan a la gente que no es
de su raza. María de los Angeles es blanca de color, pero evidente-
mente mestiza de español con maya, Es joven y bella y no tiene
padres ni parientes en nuestro país . Yo he intervenido en su vida
sólo para protegerla . Y ahora viene usted a decirme bonitamente
que piensa hacer de ella su querida . ¿No es eso? .
-Pedro Prestán -respondió el francés con severidad . -Usted
es un hombre inteligente y tenido con justicia por revolucionario
extremo. Usted vive en rebeldía contra el orden existente . Los
gólgotas colombianos le resultan retardatarios y se ha hecho radical .
Aquí los que no lo quieren, le temen . Yo conozco bastante bien su
biografía . Lo sé de orígenes muy modestos . De simple carretero,
por el estudio y la voluntad, ha llegado a ser una figura nacional .
Los gobiernos tiemblan cuando usted llama a rebeldía y los más po-
derosos han buscado su alianza . Y ahora, cuando yo vengo a ha-
blarle de un problema eminentemente humano cual es el de la unión
de dos jóvenes que se aman, usted me sale con argumentos con-
vencionales y manidos . No era eso lo que esperaba de usted .
-Amigo Rostand -suavizó Prestán- no hay en mi actitud,
como usted mal ha entendido, sumisión alguna a manidos conven-
cionalismos . Si usted fuera un hombre de mi país, de mi misma
extracción étnica, yo no vería daño alguno en lo que se propone
hacer . Pero usted es francés, un ejemplar refinado de la cultura
europea. Siente la atracción carnal de María de los Angeles y
quiere tenerla para usted sin pensar en las consecuencias, ¿ Qué
ocurrirá cuando usted haya satisfecho su deseo en la muchacha
centroamericana? Ella apenas sabe leer y escribir, lo poco que le
enseñó su padre, quien no tuvo tiempo de educarla mejor, Usted
sabe que la unión de dos seres, dentro o fuera de la Iglesia y la Ley,
es una larga conversación . ¿Cree usted poder sostenerla con María
de los Angeles, desconocedora de los valores espirituales y estéticos
que lleva usted como una segunda naturaleza ?
-Ya yo he pensado largas horas en eso, amiga Prestán -acep-
tó el francés .--. María de los Angeles es ignorante pero posee una
viva inteligencia
. Su juventud y capacidad mental permiten esperar
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mucho de ella, Yo me propongo convertirla en una dama culta .
Pero vamos a razonar un poco más . María de los Angeles me ama .
Sé que soy su primer amor y el único hombre de los que la han cor-
tejado por quien no siente repugnancia . Suponga usted que yo apro-
vechara la voluntad que me tiene y que anula totalmente la suya, para
seducirla . ¿Qué seria de ella? O contemple usted otra alternativa :
que yo, por escrúpulos de caballero no la vea de nuevo . Ella seguirá
asediada por pretendientes, todos del ambiente inferior que la rodea .
Esclavizada a un trabajo que agota y mediocriza, o se marchitará
en él sin gozar la vida o se entregará a un amante menos escrupuloso
que yo o, lo que es peor y no me tome por cínico, se lo ruego, so
casará con un hombre inferior que hará de ella una esclava . No creo
que haya más alternativas en este muladar físico y moral que es esta
ciudad.
-Sin duda hay miga en cuanto usted dice -convino Prestán
con rostro sonriente .- En verdad, nada como los franceses para lle-
gar a donde quieren por el camino de la más convincente lógica . Y
ahora, ¿cuál es mi papel en esta unión libre que usted se propone
perfeccionar con mi joven amiga ?
-Es muy sencillo para usted- explicó Rostand . -Yo quiero,
antes que todo, que María de los Angeles se deshaga de La Antigua .
No me interesa el dinero que de la venta se saque . Puede quedar
por la molestia de la gestión . Usted sabe que si de algo estoy yo
apurado no es de dinero .
-Aquí sobran chinos moñones ansiosos de abandonar sus tra .
bajos en la excavación para establecerse en esa clase de negocios,
-dijo Prestán, -Yo tengo el hombre para este asunto y se arreglará
mañana mismo. Las escrituras serán firmadas por nuestra amiga
sin que tenga ella que sufrir ninguna otra molestia . ¿Eso es todo? .
-No! . Eso no es todo, -dijo el francés .- Necesitamos un ho-
gar . Usted tiene tres o cuatro casas en Colón y si en ninguna de
ellas puede darnos acomodo, le sobran a usted relaciones que le
hagan fácil complacerme . Ruégole, sí, que me arregle ésto a la
mayor brevedad posible,
-Yo no soy hombre que demora el cumplimiento de sus pro-
yectos, sea para servir a un amigo o a una causa, sea para levantar-
me contra un régimen opresivo . Usted dice que conoce bastante
de mi biografía y me lo ha probado en su discurso . Quede tran-
quilo, que todo será arreglado con prontitud .
-Le anticipo las gracias y cuente con mi eterna gratitud -cum-
plimentó el francés,
Pedro Prestán soltó una sarcástica carcajada .
-¿Qué es lo que le ha hecho gracia? -preguntó su visitante .
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No haga caso . He reído al pensar que yo, Pedro Prestán, el
mulato resentido de los blancos, el que encamina todas sus luchas
hacia la dignificación de los mestizos de mi América, me encuentre
ahora comprometido en la empresa de favorecer la unióextralg
de un europeo con una muchacha indoamericana a quien hasta ahora
había logrado proteger de los asedios de un Joselito Argüello y de
otros paisanos míos . ¿Qué pensarían de mí mis seguidores y qué
no dirían de mí mis muchos y poderosos enemigos si lo supieran?
-Yo no lo sé -dijo sonriente el francés- pero le aseguro que
jamás le daré motivo para arrepentirse de su ayuda .
Prestán acompañé al ingeniero hasta la puerta para reintegrarse
en seguida al grupo pintoresco que lo aguardaba .
Capítulo
VIII
PRESTAN SE PREPARA
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María de los Angeles se sentía tranquila y feliz con Camile
Rostand . El tiempo pasado a su lado había operado en ella una
halagüeña transformación . Aprendió a vestir con elegancia, a usar
perfumes, a lucir modales mesurados y cultivó su inteligencia con
la buena conversación y la lectura .
Prestán, escoltado por cuatro hombres armados de machetes,
se presentó apenas entrada la noche a casa de María de los Angeles .
Camile Rostand, quien en ese momento tenía en los brazos a su hijo,
se mostró sorprendido al ver a su visitante con tan extraña guardia .
Repuesto de su sorpresa, lo invitó a entrar, lo cual hizo Prestán de-
jando a la puerta a sus cuatro hombres . El ingeniero entregó el
niño a la madre . Esta dio las buenas noches al compadre cariñosa-
mente y se llevó el hijo al cuarto .
-Le extrañará mi visita, compadre -comenzó Prestán- pero
ha llegado el momento en que yo lo necesito y no he dudado en tocar
a sus puertas porque tengo razones para considerarlo mi amigo .
-Yo nunca olvido los servicios recibidos -contestó el francés-
y en cuanto pueda servirle en lo personal, estoy a su mandar .
-Personal es lo que vengo a pedirle, compadre -aseguró Pres-
tán con leve sonrisa . -Yo estoy en estos momentos metido en la
aventura más peligrosa de mi vida . Me estoy jugando el todo por
el todo . Mis posibilidades de triunfo son remotas . De frente tengo
al gobierno, a todas las poderosas empresas extranjeras que sólo ve-
lan por su lucro sin importarles un ardite con que Núñez burle nues-
tras instituciones democráticas y tengo también de frente al gobier-
no de los Estados Unidos, a quien premune un tratado para garan-
tizar la paz y la tranquilidad en Colón y en toda la Línea . Siento
que la tragedia aletea sobre mí . Casi todas las posibilidades están
en mi contra, mas no temo por mi seguridad personal . Lo que me
preocupa es mi mujer y mi hija, No he podido lograr sacar a María
Félix de Colón . Como una espartana, quiere participar de mis difi-
cultades . Yo vengo a pedirle, Camile Rostand, que vele por ellas .
Que cuando yo esté acorralado, incapaz de atenderlas, usted me las
saque a lugar seguro . Eso es todo .
-Mi estimado compadre -contestó el francés- descanse usted
en la seguridad de que cuanto yo pueda hacer por su mujer y su hija,
lo haré con sumo gusto . Yo creo que todavía no es tarde para que
usted, a través de Aizpuru, busque una fórmula de transacción con
el gobierno . Aizpuru, usted lo conoce, no pelea causa perdida y
hasta ahora ha sido un maestro en eso de buscar arreglos . Pero no
quiero que usted tome este consejo como deseo mío de esquivar la
misión que me pide que asuma . María Félix y América serán pro-
tegidas por mí, pase lo que pase .
-Nada menos que eso esperaba yo de un caballero francés . Y
ahora, permítame que le dé yo a mi vez un consejo que ojalá usted
siga, por más que yo, por motivos que no pueden siquiera discutirse,
no siga el suyo . Saque de esta casa a María de Los Angeles y a mi
ahijado. Lléveselos a Cristóbal, donde tendrán la protección fran-
cesa, Aquí, en este sector, no habrá garantías ni seguridad para
nadie tan pronto comience la batalla, porque aquí vamos a vencer o
a morir.
-Ya yo había pensado en eso, caro amigo -replicó el francés- .
-No creo que en mis superiores encontraré objeción alguna a poner
a María de los Angeles y a mi hijo bajo la seguridad de la Compañía .
Usted bien sabe que los franceses no tenemos entre nuestros de-
fectos ser puritanos .
Prestán estrechó con sus dos manos la derecha de Camile Ros-
tand y se volvió a sus hombres, camino de su cuartel .
Capitulo
IX
-33-
-Cualquier agresión por parte de los barcos norteamericanos
contra nosotros pondrá en peligro las vidas, no sólo de los rehenes,
sino las de todos los conciudadanos de usted residentes en Colón .
Quizás no estaba en el ánimo del revolucionario cumplir tan
terrible amenaza . Oportunidades tuvo de fusilar a los rehenes cuan-
do, después de haberles dado libertad, los apresó de nuevo porque
el capitán del Galena insistió en no entregar las armas que había
traído el Colón, lo que sin duda venía a crear una situación deses-
perada para Prestán y los suyos. El sabia que la resistencia, con las
escasas armas de que disponía, era empresa inútil y aun suicida .
-Yo he querido probarles a estos señores -explicó a los que
formaban su estado mayor,- que su nacionalidad y su raza no los
ponen a cubierto de mi autoridad revolucionaria . Sé que por pri-
mera vez en la historia de América un mulato se ha atrevido a poner
sus manos sobre ciudadanos blancos de los Estados Unidos y ello me
llena de orgullo porque he reivindicado con mi acto la dignidad del
negro, ultrajado por el blanco a través de muchos siglos .
Para prevenir a los habitantes de los terribles momentos que
se avecinaban para la ciudad, Prestán lanzó la siguiente proclama,
que fue impresa y leída por bando
"Connacionales y extranjeros :
"Mi mejor deseo en todo caso es evitar efusión de sangre entre
hermanos ; pero si desgraciadamente se me obliga a combatir, para
ello estoy resuelto con los valientes voluntarios que me acompañan ;
y para el caso de un conflicto, conjuro finalmente a los que puedan
temer algo, a la pronta evacuación de esta plaza que puede ser
teatro de combates más o menos sangrientos .
¡Conciudadanos todos! ¡Confiemos en la victoria! .
"Cuartel General en Colón, a 18 de marzo de 1885 .
"P. Prestán" .
No pocos fueron los que, ante tan clara advertencia, abando-
naron la ciudad para buscar protección en los pueblos de La Línea
y en Portobelo . Pero los más se quedaron . Tenían la esperanza de
que surgiera una forma de arreglo que impidiera la acción bélica .
Prestán tenía propiedades en Colón . Su mujer y su hija, a quienes
adoraba, vivían en el corazón de la ciudad . Además, él había sido
amigo y seguidor de Rafael Núñez . Fue prefecto de Colón y hasta
representó a la provincia en una asamblea del Estado de Panamá .
Antes que como guerrero, se le conocía como hombre de parla-
mento . Además, la defensa de Colón con los limitados elementos con
que contaba y sin las armas que esperaba recibir, era empresa de
locos . Prestán llegaría a acordar una capitulación honrosa, pensa-
ban los más,
- 34 -
El jefe insurgente estaba inquieto, pero aparentaba absoluta
serenidad . Tenía el abogado radical la virtud del dominio de sí mis-
mo en los momentos difíciles . De ahí que, en vez de fusilar a los
dos norteamericanos en su poder, lo que consideraba un acto cruento
que en nada mejoraba su posición, los hiciera trasladar a Monkey Hill,
otero inmediato a Colón donde él se había hecho fuerte para inter-
ceptar el forzado paso de las tropas que vendrían de Panamá .
Gónima tenía completo conocimiento de la situación de su ad-
versario . Sabía que éste no podría resistir un ataque formal, por
lo que creyó con acierto que bastaba el envío de ciento sesenta hom-
bres bien armados para hacer caer los baluartes de Prestán como
castillos de naipes. Despachó, pues, ese número de tropas al mando
del coronel Ramón Ulloa y del comandante Santiago Blum el día
30 de marzo . Un tren los transportó a Mindí, estación distante po-
cas millas de la ciudad atlántica, para proceder en la madrugada
del día siguiente a atacar a Monkey Hill . No fueron sorprendidos
los revolucionarios por el ataque, el que esperaban con precisión .
Pero sus revólveres y escopetas no pudieron oponerse a las armas
modernas que traían las tropas del gobierno .
Las descargas cerradas de los atacantes pusieron pronto en re-
tirada a los defensores de Monkey Hill. El capitán Dow y su com-
pañero aprovecharon la confusión que en los revolucionarios produjo
el severo impacto de los hombres de Ulloa y Brun, para emprender la
fuga hacia Colón, sin más consecuencias que el temor a ser alcanza-
dos por alguna bala perdida .
Amanecía cuando los atacantes llegaban a las puertas de Colón .
Era una mañana limpia y esplendorosa . La brisa del norte rizaba la
bahía y jugaba con los penachos enhiestos de los cocoteros .
Prestán recorría las trincheras animando a su gente . Los tres
cañones portobeleños fueron de ningún servicio . Mas la voluntad
de resistir, en las condiciones más desfavorables que jamás enfrentó
defensor alguno de una ciudad, hizo que la conquista de las esmi-
rriadas trincheras y la fuga de sus mal armados defensores se toma-
ra más de ocho horas . A las dos de la tarde el triunfo de las tropas
atacantes estaba del todo consumado .
Entonces ocurrió algo pavoroso . La ciudad comenzó a arder des-
de varios puntos de su sector norte . Las casas de madera, resecas
por el verano, se entregaron indefensas al furor del fuego . E , vien-
to apacentaba el rebaño bermejo de las llamas . Se oían por todas
partes gritos de terror y palabras de alarma pronunciadas, en todos
los idiomas concebibles . Chinos de multicolores túnicas, de largas y
trenzadas coletas, corrían despavoridos, seguidos a cortos pasos por
sus mujeres que andaban con la impedimenta de sus pies deforma-
dos en metálicos zapatos . Antillanos británicos, haitianos, hindúes,
europeos de diferentes nacionalidades, ancianos, niños y adultos,
- 35 -
corrían a buscar refugio en Cristóbal, o se precipitaban irreflexiva-
mente hacia el sur, perseguidos por el fuego .
Alguien lanzó un grito acusador, que circuló entre las multitu-
des aterrorizadas :
-¡Prestán, al verse perdido, ha incendiado la ciudad!
Veinticuatro horas duró el incendio . No había elementos con
qué combatirlo . Ni agua, ni bomberos, ni organización alguna para
volar las manzanas y localizar el siniestro .
Ya declinaba la tarde cuando Pedro Prestán, convencido de su
derrota, buscó salida por el mar . Sesenta y dos hombres lo acom-
pañaban. Con ellos abordó varios cayucos que había en la orilla de
la bahía, para tomar rumbo a Portobelo . Las aguas agitadas por el
viento del septentrión eran más seguras para él que la cólera de
sus enemigos, llevada a su máximo por la especie de que él, Prestán,
había incendiado la ciudad .
Cuando el revolucionario derrotado se embarcaba en uno de los
cayucos, dos norteamericanos : el cónsul Wright y el teniente de ma-
rina Dozen, lo vieron desde una distancia al alcance de tiro de rifle .
También lo vió el teniente Jud, que encabezaba un destacamento
que haba desembarcado como interventor .
A una orden del Teniente Jud los fusileros prepararon sus ar-
mas y ya se disponía el oficial a dar la orden de fuego, cuando
sintió una mano que se le posaba sobre su hombro derecho y oyó
unas palabras pronunciadas en inglés con acento galo :
-¡No haga eso, por Dios! Ese hombre es un fugitivo . Está in-
defenso y en extrema desgracia . Dispararle es un asesinato .
El teniente Jud volvió el rostro a la voz . No conocía al hom-
bre que le había congelado en los labios la orden de fuego . Pero im-
presionado por las palabras serenas del extraño, calló la orden fatal .
-¿De quién tengo el honor de recibir órdenes? -preguntó el
norteamericano con manifiesta ironía .
-No ha sido orden sino súplica -contestó el intruso .- Yo soy
su servidor Camile Rostand, ingeniero de la Compañía Francesa del
Canal .
Capítulo
X
LA FUGA
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una vez en Portobelo, se apresurara a solicitar al reverendo padre
párroco Genaro Ayarza, de raizal familia portobeleña y viejo amigo
suyo, que celebra el día siguiente una misa solemne, a la que asistió
él con sus hombres .
Dos días después de su arribo a la antigua ciudad de las ferias,
Prestán se embarcó con sus hombres en dos balandras y un buque
que se encontraban surtos en la bahía y de los cuales se incautó en
nombre del sagrado derecho de vida . Previamente surtió sus bar-
cos con los comestibles que encontró en el pequeño comercio de ul-
tramarinos y con cuanta verdura consiguió en las sementeras inme-
diatas al poblado y bien provisto también de agua, dirigió su pe-
queña escuadra hacia el campamento del general Gaitán Obeso .
En la madrugada del 18 de abril fondeaban las tres embarca-
ciones de Prestán en la bahía de Barú .
-Muchachos -dijo el jefe a sus hombres,- esperemos que
amanezca para desembarcar, pues en la oscuridad los hombres del
general Gaitán pueden confundirnos con el enemigo y disparar sobre
nosotros .
Tan pronto hubo suficiente visibilidad, Prestán y sus seguidores
desembarcaron . Una vez puestos en formación y llevando a la ca-
beza una bandera roja, los rebeldes avanzaron hacia el campamento
del Cerro de la Popa .
Un centinela dió la voz convencional :
-¡Alto!, ¿Quién vive?
-Soldados de la causa revolucionaria -contestó el insurgente .
-Ruégole que me anuncie inmediatamente al general Gaitán Obeso .
Soy Prestán y él me conoce .
El centinela, desconfiado aún, llamó a grandes voces para que
acudieran a él otras unidades de su bandería . A poco aparecieron
varios hombres armados y prestos a disparar . Prestán parlamentó
con el que parecía ser jefe del grupo .
-Esténse quietos aquí -dijo el oficial- mientras yo aviso a
mii general.
Con cálido entusiasmo recibió en su campamento el general
Gaitán a Prestán y sus hombres, una vez fue enterado de su presen-
cia . Ordenó que prepararan desayuno para todos e invitó al derro-
tado de Colón a la ranchería que él había hecho construir a manera
de cuartel general .
Prestán refirió a Obeso su frustrada aventura .
-Todo ha estado contra mí -concluyó, Otra cosa habría ocu-
rrido de haber recibido yo el armamento del Colón .. . Más que los
hombres de Gónima, me derrotaron los norteamericanos . Pero la
- 38 -
revolución no está perdida y aquí me tiene usted a su mandar para
llevarla adelante .
-Es lamentable -comentó Gaitá n - que la ciudad de Colón
haya sido destruida por el fuego . Sin duda le achacarán la catástrofe
a usted y a sus hombres .
-No le quepa la menor duda -aceptó Prestán- . A mi sali-
da, ya mis enemigos, entre los que cuentan numerosos extranjeros,
habían regado la especie, del todo falsa, de que yo hice incendiar a
Colón al verme derrotado . Tropas norteamericanas, premunidas por
convenio que permite a los Estados Unidos mantener el orden a lo
largo de La Línea, desembarcaron en la ciudad creando así un prece-
dente que ha de tener hondas repercusiones en el futuro de la Re-
pública.
Al abrigo de la persecución de sus enemigos creía encontrarse
Prestán cuando llegaron, pocos días después de su arribo al campa-
mento de Cerro de la Popa, unos emisarios enviados desde Cartagena
por los generales revolucionarios Foción Soto y Daniel Hernández
y por el doctor Felipe Pérez este último de Barranquilla, para soli-
citarle al general Gaitán Obeso que no protegiera a Prestán, pues
ello significaría complicar la causa revolucionaria con el incendio de
Colón y concitaría contra ella la acción bélica de los Estados Unidos .
Dudaba Gaitán si aceptar la petición de sus distinguidos copar-
tidarios, cuando un nuevo factor vino a inclinar su voluntad contra
el refugiado . El 21 de abril fondeó en la bahía de Cartagena la fra-
gata estadounidense "Powhatan", la que venía en persecución de
Prestán y sus hombres . Allí se enteró el comandante Beardalay, a
cuyo mando venía el barco guerrero, del paradero de su perseguido,
por lo que se apresuró a enviarle un despacho escrito al general
Gaitán Obeso en el que le pedía, como un "amistoso servicio" a los
Estados Unidos, la entrega de Prestán y sus hombres . Acusaba el
oficial de marina norteamericano a su perseguido de haberle inferi-
do "gran insulto" a su gobierno y terminaba diciendo sin mayores ni
menores eufemismos, que de no ser entregado el rebelde, la estricta
neutralidad de su país, que ya había sufrido quebranto a causa de
Prestán, no podría continuar .
Fue aquel un trago amargo para el general Gaitán Obeso . Se-
guir protegiendo a Prestán era atraer sobre la revolución la acción
armada norteamericana .
Así se lo habían manifestado los jefes revolucionarios de Car-
tagena y Barranquilla . Resolvió, pues presentarle a su refugiado
el asunto, para lo cual se encerró con 11 a solas en su rancho.
-Amigo Prestán entérese de estos documentos- dijo, alargán-
dole las notas que habían recibido de los generales Hernández y Soto,
del doctor Felipe Pérez y del Comandante Beardalay .
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Prestán, con frente fruncida, leyó todas las comunicaciones y
las devolvió al general Obeso mientras decía :
-Comprendo, mi general, que por causa mía no debe usted com-
prometer la suerte de la revolución, aunque entiendo claramente que
Washington está contra nosotros y que mi entrega no lo hará cam-
biar . No he de abogar siquiera por que usted me mantenga bajo su
protección . Estoy a sus órdenes y puede usted tomar las medidas
para mi entrega .
-No . No es tal mi propósito -replicó Gaitán Obeso .- De nin-
guna manera he de ser yo quien lo entregue . Es usted quien debe
ir al encuentro de sus perseguidores . Le hacen a usted el cargo de
haber incendiado a Colón y no podrán condenarlo sin celebrarle jui-
cio . Usted se va a presentar con su conciencia limpia a desvanecer
la terrible acusación.
-Está bien, mi general -dijo a poco Prestán . -Yo sé que no
seré juzgado en justicia sino en rencor, pero estoy presto a presen-
tarme ante quienes han de ser mis verdugos, no mis jueces . Sólo una
cosa le pido : que desobedezca la petición que le han hecho en esas
notas en lo que se refiere a los hombres que me siguieron hasta aquí .
Mis perseguidores no insistirán en su entrega una vez que me tengan
en su poder .
Apenas con un puñado de sus hombres Prestán abandonó casi
inmediatamente el campamento de Gaitán . Días después llegó a Car-
tagena donde los jefes revolucionarios, temerosos de la cólera yan-
qui, lo obligaron a seguir adelante . Se refugió en Barranquilla el
9 de mayo, de donde salió a instancias del general Camargo .
¡Prestáis llevaba la lepra del odio de Washington!
Penetró entonces en el Estado del Magdalena, y al tocar a un
pequeño puerto fue apresado por unos voluntarios conservadores,
quienes lo llevaron encadenado a Barranquilla . Allí pasó una sema-
na prisionero y luego por orden del general Antolines fue embarca-
do bajo custodia en el buque inglés "Bee" .
El 11 de agosto, arrastrando cadenas, Prestán hacía su entrada
en la ciudad en ruinas .
El rebelde fumaba un habano . Su mirada serena se paseó por
sobre la multitud, las ruinas y las tiendas de lona que cubrían parte
de Colón .
No hubo en la multitud un sólo grito de condena ni de simpatía,
El silencio fue completo, apenas alterado por el ruido de las cadenas
que arrastraba el prisionero .
Lleváronlo sus aprensores a una capilla protestante, uno de los
edificios que se salvaron del siniestro, convertida temporalmente en
cuartel y cárcel.
El destino de Prestán parecía llevarlo de la mano hacia la muerte .
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Capítulo
XI
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mo interés . Yo no sé si a usted le ha de parecer ridículo . A través
de mi vida dura y accidentada, yo he mantenido un culto caballe-
resco por la mujer y muy especialmente por María Félix . Yo la
arranqué de la vida tranquila y segura que llevaba en el seno de
una familia sencilla de Gorgona . Debió haberse casado con un hom-
bre bueno, sin complicaciones, que le hubiese asegurado una exis-
tencia distinta a la de sobresaltos que a mi lado ha pasado . Yo he
estado recordando un romance anónimo de la literatura castellana .
El francés tiene cosas similares, pero el español supera a todos los
otros idiomas en esto de la poesía popular . Hablo del romance de
Durandalte . Se trata de un caballero que, herido de muerte, pide
a su primo que llega con oportunidad de recibir su último aliento, . . .
pero mejor es que se lo recite :
"-iOh, mi primo Montecinos!
Lo postrero que os rogaba,
Que cuando yo fuere muerto,
Y mi ánima arrancada,
Que llevéis mi corazón
A donde Belerma estaba,
Sacándomele del pecho
Con esta afilada daga" .
-Si amigo - continuó Prestán- yo quiero que después de mi
ejecución mi corazón sea arrancado de mi pecho, como lo quiso el
caballero del romance, y que sea entregado, ya embalsamado, a Ma-
rta Félix, mi Belerma, mi compañera y madre de mi hija, a quien
he hecho desgraciada . Y a ella le pido que reivindique mi memoria .
Usted perdone, amigo Rostand, mas cuando un hombre está espe-
rando la muerte como yo y tiene consigo a un amigo como usted,
parece lo más humano que abra el corazón . Yo voy a leerle la carta
que le he escrito a mi mujer y que quiero que llegue a sus manos
después de mi ejecución . Usted se encargará de ello, ¿verdad? Per-
mítame que se la lea :
Mary :
Dios ha querido al fin que la desgracia me confunda . ¡Bendita
sea su voluntad! Se me ha condenado a muerte ignominiosa e in-
fame, siendo, como tú sabes inocente, pero en absoluto. Dios los
perdone . Nunca, por nada de este mundo, dejes de trabajar en el
sentido de que la verdad se esclarezca . En eso, Dios mediante, es-
triba tu felicidad y tu nombre, y la felicidad y el nombre de nues-
tra hija infortunada .
Yo al fin voy a descansar del mundo con la conciencia serena
y tranquila . ¡Pobre de tí que quedas en él sin amparo ninguno!
Dios te ampare y te bendiga . Tú eres buena, eres desgraciada y
Dios no te olvidará . Cuida y educa a nuestra hija, no solamente en
lo intelectual sino en lo moral .
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Sigue siendo virtuosa para que Dios te bendiga. No desampa-
res a mi pobre madre ; cuídamela hasta que se abra para ella el se-
pulcro, que creo será muy pronto ; a Trinidad tenla como hija y
procura cortarle el mal camino, que así puede ser menos desgra-
ciada que tú . No abandones a mis desgraciados hermanos ; si te lo
permiten, hazte cargo de mi cadáver y procura sacar mis restos, los
que depositarás en la iglesia de Panamá o de Cartagena, con esta
inscripción : "Pedro Prestán murió el . . . de Agosto de 1885" .
Lo que es el corazón, es tuyo, ve que me lo saquen y consérva-
lo para que vaya junto contigo a la tumba, cuando Dios quiera lle-
varte a su seno,
Creo que Dios me dará valor para morir perdonando a los que
me sacrifican ; perdónalos tú también . En fin, alma de mi alma,
adiós ; corazón de mi corazón, acuérdate de mi y sé buena para que
podamos vernos allá, en el cielo.
Recibe, hija mía, mi bendición de esposo y no olvides mi me-
moria . Mil besos de despedida eterna a Felipa, a Eulogia y a todas .
Adiós . Tuyo hasta la tumba ., .
La voz de Prestán pareció quebrarse al dar término a la lec-
tura de la carta,
-Sólo falta precisar la fecha - dijo .- Sé que habrá prisa en
condenarme y ejecutarme . Ya usted verá.
El francés sentía que la emoción le anudaba la garganta . La
carta que Prestán le acababa de leer le pareció el documento más
doloroso que jamás había oído . Ella encerraba el alma grande y
atormentada de ese hombrecito de apariencia insignificante, cuyas
facciones camiticas se acusaban más bajo el peso de la desgracia,
de ese Ayax mulato que había atraído sobre su cabeza el odio del
Olimpo moderno, donde Mercurio quitó el mando supremo a Júpi-
ter .
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con largos bigotes, sobresaliente papada y visible deseo de notorie-
dad. En español macarrónico dijo que 61 "sabia que Prestán ame-
nazó con incendiar la ciudad de Colón si era derrotado, y que en el
momento de su derrota dijo a sus compañeros : "estamos perdidos,
cumplamos lo que tenemos prometido" ; que inmediatamente co-
menzó el fuego de la ciudad, el cual se procuró por medio de pe-
tróleo que de antemano estaba preparado en torno de algunos edi-
ficios y al que vió prender por medio de una mecha ; que toda la
gente que acompañaba a Prestán y prendió la ciudad, obedecía a
Prestán y nada hacía sino por orden suya" .
Nadie preguntó a Beltrame cómo sabía él que se preparaba el
incendio de Colón "de antemano", ni qué hizo por evitarlo, como
tampoco a qué persona vió prender una mecha, ni si había oído él
personalmente la amenaza de Prestán de prender la ciudad .
El segundo testigo fue Clement Depuy, superintendente de la
Compañía del Ferrocarril, quien dijo que "con relación a la respon-
sabilidad que gravita sobre Pedro Prestán y sus compañeros por el
delito de incendio de la ciudad de Colón", sabía que "varios días
antes del fuego se presentó en la Oficina del Ferrocarril Pedro
Prestán, y dijo, con tono de amenaza que quemaría la ciudad de
Colón y mataría a todos los americanos que viven en ella si no te-
nía la suerte de ser victorioso en la campaña ; parte de la amenaza
se verificó el día treinta y uno de marzo del presente año y quedé
en mi alma y conciencia convencido de que él es el hombre sobre
el cual debe caer la responsabilidad de lo ocurrido en dicha ciudad
de Colón".
Dupuy era ciudadano norteamericano y hablaba un español te-
rriblemente anglicado . Aparentaba unos cincuenta años . Su estatu-
ra era aventajada, su rostro, rosado y rasurado totalmente . Tenía
los ojos azules y remediaba su avanzada miopía con lentes muy
gruesos .
Nadie objetó que su declaración encerraba opinión condenato-
ria contra el reo ni hubo quien tratara de aclarar su testimonio de
referencia .
Fue tercer testigo el súbdito alemán Hugo Diestrich, a quien
ni siquiera se le preguntó por su nacionalidad ni por su oficio . Era
comerciante de la plaza de Colón . De mediana estatura, pasados ya
los cuarenta años, lucía brillante calva, unos bigotes rubios y unos
ojos verdes un tanto saltones . Aunque con fuerte acento tudesco, su
español tenía buena sintaxis, Dijo el alemán que a él le constaba
que PEDRO PRESTAN, antes del treinta y uno de marzo pasado,
había manifestado enfáticamente que en caso de ser derrotado 0
tener que abandonar la ciudad prendería fuego , a ésta ; que entre
las personas de completa honorabilidad que oyeron ésto contaba el
doctor Therington y agregó que él juzgaba a Prestán capaz de cual-
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quier crimen y que no tenía duda de que fuera él quien prendió
fuego a Colón en la fecha citada .
Nadie preguntó a Dietrich si él personalmente oyó de labios de
Prestán las amenazas, ni nadie objetó que en su declaración dictara
fallo condenatorio contra el acusado solitario .
Fue el cuarto y último testigo William Connor, empleado de la
Pacific Mail S .S . Co ., a quien ni siquiera se le tomaron las genera-
les, tal era la prisa que tenía el Tribunal de cancelar el caso . Con-
nor declaró en pésimo español y socorrido frecuentemente por un
intérprete, cosa que no se hizo constar en el acta de la audiencia .
Dijo que "el treinta del pasado mes de marzo fue hecho prisionero
por Pedro Prestán en esta ciudad y que pocos momentos después de
apresado, Prestán le dijo que si del buque de guerra "GALENA", se
disparaba a la costa un sólo tiro, presenciaríamos la mayor confla-
gración que haya asombrado al mundo civilizado . Que uno que pa-
recía oficial de Prestán porque lo acompañaba y obedecía armado
de espada y pistola, le dijo al declarante poco después, que en rea-
lidad ellos cumplirían la amenaza hecha por su jefe, que las tropas
del gobierno tenían más que perder que ellos . Que estando prisio-
nero en una colina que dista unos tres cuartos de milla de Monkey
Hill, el oficial que lo guardaba le dijo a las cuatro de la mañana del
día treinta y uno, que eran muchísimas las dificultades que tenía
que vencer el gobierno para llegar a Colón y que aunque llegaran
lo encontrarían en cenizas porque tenían orden de su jefe para que-
mar la ciudad en caso de derrota, Que estando a las doce del día 31
de marzo en un balcón alto de la casa oficina de la Compañía de la
"Malas del Pacífico", vió que en el espacio de menos de diez minu-
tos aparecieron ardiendo casi simultáneamente el muelle número 5
Y una casa frente al muelle de la "Mala Real", hecho que unido a
su convicción íntima no le deja duda de que Prestán con su cuerpo
de hombres a su servicio prendió fuego a la ciudad" .
Connor era un hombre de más de seis pies de estatura, cenceño
y de grandes huesos, quijada prognata, ojos grises y cabellos entre-
canos, Pronunciaba las erres muy fuertes, a fuer de escocés .
Nadie objetó a Connor que expresara su "convicción íntima"
de la culpabilidad de Prestán.
Sobre las declaraciones de cuatro extranjeros que apenas co-
nocían nuestro idioma y que miraban en Prestán a un tipo racial-
mente inferior, se adelantó el proceso . La quinta diligencia era la
indagatoria de Prestán, El Auditor de Guerra, Pedro Nel Ospi-
na, interrogó al acusado, quien contestó con calma y sobriedad . Des-
de las cuatro de la mañana hasta las dos de la tarde estuvo en el
recinto de la cuadra perteneciente a la Calle de Bolívar, en que se
encontraba edificada la casa de Gobierno, cuya cuadra estaba rodea-
da de trincheras . De allí no salió sino a las dos de la tarde poco
más o menos, apenas se apercibió del incendio ; que desde las cua-
tro de la mañana, cuando principió el combate entre las tropas del
Gobierno y las revolucionarias que él comandaba, no se ocupó en
otra cosa que en las operaciones bélicas . Que durante ese lapso,
naturalmente, habló de varios asuntos con su gente .
Cuando el Auditor de Guerra le preguntó qué personas o casa
comercial hicieron para él el pedido de las armas que llegaron en
el vapor "Colón", contestó con sencilla dignidad :
-No creo conducente al esclarecimiento del crimen de que se
me acusa que yo delate a las personas que por amistad a mí o sim-
patía a mi causa hicieron venir el armamento que trajo el vapor
"Colón" . Mi sentido del honor y de la dignidad me impide ser su
delator y ruego que se me exima de contestar esta pregunta .
Fue respetada la reserva solicitada por el acusado e inmedia-
tamente se le dió oportunidad al reo para que declarara .
Prestán limitó su primera intervención a refutar por falsas las
declaraciones de los cuatro extranjeros representantes de intereses
foráneos. Todos eran testimonios de referencia . Ninguno de los de-
clarantes había sido testigo de sus amenazas de incendiar a Colón,
ni nadie lo había visto a él, ni a persona determinada que estuviera
a sus órdenes, prendiendo fuego a la ciudad .
-He pedido - dijo- que se tomen declaraciones a los señores
Francisco Martínez Montero, Francisco Grave de Peralta, José Ma-
ría Vega y Avila, Manuel S . Navarro y Manuel Pernét, todos los
cuales pueden abonar mi inocencia . Martínez Montero fue precisa-
mente quien me llamó a grandes voces para que viera el incendio .
Pedí también los testimonios de Felipe Morales y de Demetrio Mu-
ñoz Morales, quien ha estado detenido bajo el cargo de homicidio, por
lo que resulta fácil hacerlo comparecer a la audiencia . También soli-
cité que se fijaran avisos para que todo el que tuviera conocimien-
to de los hechos se presentara a declarar, lo que sin duda arrojaría
plena luz sobre este asunto . Pero mis testigos, todos colombianos,
con apellidos raizales en mi país, no han sido encontrados, pero sí
loa cuatro extranjeros apasionados que falsamente han declarado en
mi contra sin aportar una sola referencia que los califique como
testigos oculares del delito que se me imputa . Tampoco se pusieron
los avisos solicitados por mí en mi carácter de defensor de mi
causa .
El señor Auditor de Guerra procedió seguidamente a dar la
palabra al acusador, quien, con renuncia de las dos horas de tregua
a que tenía derecho, procedió a darle lectura a su discurso .