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Vida y legado de Sócrates en Atenas

Sócrates (470-399 a.C.) fue un filósofo griego de Atenas que se dedicó a examinar la naturaleza del hombre y su virtud a través del diálogo y la pregunta. Rechazó las enseñanzas de los sofistas y naturalistas de su época para enfocarse en la búsqueda desinteresada de definiciones universales. Su método filosófico influyó enormemente en el desarrollo del pensamiento occidental.

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Vida y legado de Sócrates en Atenas

Sócrates (470-399 a.C.) fue un filósofo griego de Atenas que se dedicó a examinar la naturaleza del hombre y su virtud a través del diálogo y la pregunta. Rechazó las enseñanzas de los sofistas y naturalistas de su época para enfocarse en la búsqueda desinteresada de definiciones universales. Su método filosófico influyó enormemente en el desarrollo del pensamiento occidental.

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Sócrates

subsistens
“La vida sin examen es indigna de un hombre”

- Platón, Apología de Sócrates, XXVIII


Vida de Sócrates

Sócrates nació en Atenas en el 470/469 a.C. y murió en el


399 a.C., condenado a muerte por impiedad (fue acusado de no
creer en los dioses de la ciudad y de corromper a los jóvenes; no
obstante, tras esas acusaciones se ocultaban resentimientos de
diversas clases y maniobras políticas). Fue hijo de un escultor
llamado Sofronisco y su madre, Fenareta, era partera. No fundó
una escuela, como los demás filósofos, pero enseñó en lugares
públicos (en los gimnasios y en las plazas públicas), como una
especie de predicador, ejerciendo una enorme fascinación no
sólo sobre los jóvenes, sino también sobre hombres de todas las
edades, lo cual le ganó notables aversiones y enemistades.
Parece cada vez más evidente que en la vida de Sócrates
hay que distinguir dos fases. En la primera frecuentó los físicos,
sobre todo a Arquelao1, quien profesaba una doctrina similar a
la de Diógenes de Apolonia2 (que mezclaba de modo ecléctico a

1 Filósofo ateniense maestro de Sócrates en su juventud, considerado,


junto a Diógenes de Apolonia, uno de los últimos filósofos
presocráticos. No se conservan obras suyas, pero por testimonio de
otros se sabe que sus investigaciones giraron en torno a la realidad
física del mundo.
2 Filósofo nacido en la Apolonia Póntica, se sabe que vivió en los años

460-425 a.C. Junto a Arquelao de Atenas y a Hipón de Samos

1
Anaxímenes3 con Anaxágoras4). Se hizo eco del influjo de la
sofística y se planteó sus mismos problemas, aunque en abierta
polémica con las soluciones que proponían los sofistas mayores.
La segunda etapa es la de su vejez, tal y como la conocemos por
los testimonios de Platón en sus diálogos, Aristóteles, que
ocasionalmente habla de él en sus escritos, y por Jenofonte5.
Tanto la juventud como la vejez de Sócrates tienen sus
raíces en la etapa histórica en la que le toco vivir, más que en los
hechos de su vida individual. No podemos ni siquiera
comenzar a comprender a Sócrates, si no tenemos muy claro
que su juventud y su primera madurez transcurrieron en una
sociedad muy distinta de aquella en la que se formaron Platón y

conforman la segunda etapa de los fisiólogos y eran llamados los


“eclécticos”. Diógenes consideraba que el aire es el fundamento último
de la naturaleza, que es de origen divino y que ordena el cosmos y
penetra todas las cosas con inteligencia. Como se dijo arriba, su teoría
es una mezcla de las de Anaxímenes y Anaxágoras.
3 Nacido en Mileto (588-524 a. C.), discípulo de Anaximandro y uno de

los primeros filósofos fisiólogos jónicos (presocráticos). Consideraba


que el ἀρχή, arjé (principio constitutivo de todas las cosas que
permanece en los cambios físicos) es el πνεῦμα, pneuma (aire).
4 Nacido en Clazómene (499-428 a. C.), filósofo bisagra entre los

fisiólogos jónicos o “presocráticos” y el mismo Sócrates, de quien fue


contemporáneo e incluso coetáneo. Consideraba que el arjé es el νοῦς,
nous, la Inteligencia ordenadora del cosmos.
5 Filósofo ateniense discípulo de Sócrates, se sabe que vivió entre 453-

430 a. C. Al igual que Platón, escribió numerosos diálogos cuyo


personaje principal es Sócrates. Es utilizado por la crítica académica
para contrastar el “Sócrates” mentado por Platón.

2
Jenofonte. Sócrates no escribió nada, ya que consideraba que su
mensaje debía comunicarse a través de la palabra viva, a través
del diálogo y la oralidad dialéctica. Sus discípulos establecieron
por escrito una serie de doctrinas que se le atribuyen. Esas
doctrinas, sin embargo, a menudo no coinciden y, a veces,
incluso se contradicen. El cómico Aristófanes6 caricaturizaba
habitualmente a un Sócrates que no es el de la última madurez.
En la mayor parte de sus diálogos Platón idealiza a Sócrates y lo
convierte en portavoz de sus propias doctrinas; en
consecuencia, resulta muy difícil determinar qué es lo que
pertenece efectivamente a Sócrates y qué corresponde, en
cambio, a replanteamientos y reelaboraciones que formula
Platón.
En tal estado de cosas, se ha llegado a sostener la tesis de
la imposibilidad de reconstruir la figura histórica y el auténtico
pensamiento de Sócrates, y las investigaciones socráticas han
conocido una grave crisis durante varios lustros. Hoy en día,
sin embargo, se va abriendo camino el criterio que podría
definirse como «perspectiva del antes y del después de
Sócrates», más bien que una elección entre las diversas fuentes
o una ecléctica combinación de éstas. Cabe constatar que a
partir del momento en que Sócrates actúa en Atenas, la
literatura en general y la filosofía en particular experimentan

6 Vivió en Atenas (444-385 a. C.). Fue un comediógrafo, principal


exponente de la comedia griega. Muy conocido en su época por
parodiar a los filósofos (Sócrates entre ellos) en sus obras.

3
una serie de novedades de alcance muy considerable, que más
tarde en el ámbito griego permanecen como adquisiciones
irreversibles y puntos de referencia constante. Pero hay más
aún: las fuentes que antes hemos mencionado —y también
otras— concuerdan en atribuir a Sócrates la autoría de tales
novedades. Por tanto con un alto grado de probabilidad
podremos referir a Sócrates aquellas doctrinas que la cultura
griega recibe a partir del momento en que Sócrates actúa en
Atenas y que nuestros documentos atribuyen a él. Si se
replantea de acuerdo con estos criterios la filosofía socrática
manifiesta un influjo tan notable en el desarrollo del
pensamiento griego, y en general del pensamiento occidental,
que puede compararse con una auténtica revolución espiritual.

4
La búsqueda desinteresada de lo universal: la esencia
del hombre y su virtud

Antes de la entrada en escena de Sócrates, la filosofía era


ejercida fundamentalmente por los naturalistas o fisiólogos. Estos,
desde tres siglos antes de Sócrates, buscaban un principio
constitutivo del cosmos (ἀρχή, arjé) que dé explicación a los
cambios y multiplicidad de la naturaleza física circundante. Es
decir, sus investigaciones (y los resultados que proponían) no
se centraban en el hombre, sino en el cosmos físico. Sus
preguntas eran entonces: “¿Qué es la naturaleza y cuál es su
fundamento último”?7
Cosa distinta hicieron los sofistas, que con todo mérito se
les puede atribuir un primer giro del objeto de estudio
filosófico. Estos, impulsados por múltiples factores sociales,
políticos, económicos y culturales, se empeñaron en la enseñanza
de los ciudadanos. Los sofistas eran profesores, incluso
profesionales de la enseñanza, que simplemente se encargaron
de responder a una demanda por parte de aquellos que
solicitaban formación para las actividades políticas. Esto ya
significa un cambio de actitud radical. Sus afanes, que en un
primer momento se dirigían a la búsqueda del saber, muy

7 Es fundamental entender que los presocráticos se preguntaban por la


naturaleza en el sentido que hoy le damos vulgarmente: realidad
física, material, sometida a cambio. El término griego Φύσις, fisis,
significa brote en un sentido dinámico que no tenemos en español,
algo así como “brotación”, es decir, realidad en continuo cambio.

5
pronto se vieron trastocados por la estricta búsqueda de
resultados prácticos, por el afán de lucro, una visión
cosmopolita del mundo griego y de un relativismo moral que se
traducía en el desarrollo de una fina retórica. Esta era muy útil
en la naciente democracia griega donde la participación
ciudadana en los problemas de la polis comenzó a tener más
importancia. Es de capital importancia entender este contexto
de crisis cultural que atravesó Grecia en el s. V a. C. para
entender cabalmente la dimensión de la reacción que inició
Sócrates. Esta crisis era generalizada, no se reducía al
pensamiento escéptico o relativista de los sofistas, sino que
incluso el hombre común y de a pie comenzó a poner en tela de
juicio la religión de la polis y los valores morales en los que esta
se sustentaba.
A diferencia de los naturalistas y de los sofistas, Sócrates
estaba motivado por la exclusiva búsqueda del saber
desinteresado, es decir no motivado por el lucro ni utilidad
alguna: buscaba saber por el saber mismo. Ahora bien, el objeto
de búsqueda de este saber era lo esencial, aquello que responde
a la pregunta por el qué es esto, es decir, la búsqueda de la
definición de lo que se investigue. Así, si preguntamos por la
esencia de una mesa diremos que es un objeto fabricado con la
finalidad de apoyar cosas sobre él. Si es de madera, de color
marrón o si tiene tres o cuatro patas son características
accidentales, que bien pueden modificarse sin que deje por ello
de ser una mesa. Esto que permanece debajo de los accidentes y

6
que expresamos con la definición es la esencia de la cosa.
Sabemos por Platón que Sócrates interrogaba por la esencia de
la justicia, de la belleza, del saber, del alma, del Estado, etc. Pero
fundamentalmente se preguntaba, e interrogaba a otros, por la
esencia del hombre: ¿Qué es el hombre8 y cuál es su finalidad?
Así, leemos por pluma de Jenofonte:

-Dime, Eutidemo, -pregunta Sócrates- ¿has estado


alguna vez en Delfos?
-En dos ocasiones.
-Has notado, en no sé qué parte del templo, la
inscripción: conócete a ti mismo?
-Yo sí.
-Ahora bien, ¿no has prestado ninguna atención a
esa inscripción, o bien la has grabado en tu mente y
te has vuelto hacia ti mismo para examinar lo que
eres?...9

Y Platón refiere estas palabras a Sócrates:

No podría consentir nunca que un hombre, que no


tiene conocimiento de sí mismo, pudiera ser sabio.
Pues hasta llegaría a afirmar que precisamente en

8 Nos cuenta Aristóteles que “Sócrates no se ocupaba de la naturaleza


(fisis), y trataba sólo de las cosas morales, y en éstas buscaba lo
universal y tenía puesto su pensamiento, ante todo, en la definición”.
Metafísica, I, 6, 987.
9 Memorab., IV, 2.

7
esto consiste la sabiduría, en el conocerse a sí
mismo, y estoy conforme con aquel que en Delfos
escribió la famosa frase10.

En otro diálogo escribe:

¿Es, acaso, -se pregunta Sócrates- cosa fácil


conocerse a sí mismo, y fue hombre de poco valor
quien escribió este precepto sobre el templo de
Apolo, o bien es cosa difícil y no accesible a todos?
Vamos, ¡ánimo!, ¿de qué manera podría este
descubrirse a sí mismo?... ¿Qué es el hombre?11

Este cuestionarse por la esencia del hombre implica


también la búsqueda de su ἀρετή, areté, virtud, es decir, de
cuál es el fin que lo llevará a su perfección, a su más alto grado
de excelencia. Si nos preguntamos cuál es la esencia de una
lapicera, por ejemplo, debemos incluir en su definición aquello
que corresponde a su finalidad intrínseca: diremos que es un
utensilio para escribir. Este “para escribir” corresponde a su
areté, a su virtud. Con el hombre sucede algo similar, su esencia

10 Carmides, 164. La “famosa frase” es justamente la mencionada en la


cita anterior: γνωθι σεαυτόν, ghnóthi seautón, conócete a ti mismo.
11 Alcibíades I, 129 y ss.

8
determinará cuál es su virtud y esto ocupaba gran parte de la
búsqueda de Sócrates12:

-¿Qué, pues? ¿Podremos saber nunca cuál es el arte


que convierte a cada uno en mejor (areté), mientras
ignoremos qué es lo que somos nosotros mismos?
-Imposible…
-Entonces, hasta que no nos conozcamos a nosotros
mismos y no seamos sabios, ¿podremos saber jamás
qué es lo bueno que nos pertenece y qué lo malo?13

De esta manera, Sócrates, inicia la investigación filosófica


sobre la virtud del hombre, es decir, sobre aquello que
corresponde a la perfección de su esencia y que este, el hombre,
debe realizar con sus actos para alcanzar la felicidad. Esto es lo
que luego Aristóteles llamará ética.
Para Sócrates, la perfección del hombre, su virtud, y por
lo tanto su felicidad última, radica en mejorar cuanto sea
posible su parte más divina: su alma. Así leemos por Jenofonte
estas palabras de Sócrates:

12 Nos cuenta Jenofonte que Sócrates: “Razonaba siempre sobre la


cosas humanas, indagando qué es la piedad, y qué la impiedad, lo
bello, lo feo, lo justo y lo injusto, en qué consiste la sabiduría y en qué
la locura; qué es la fortaleza y la vileza; qué es el Estado y qué el
hombre de Estado. Y así, de muchas cosas más, de las que juzgaba que
quien posee estos conocimientos es un hombre libre, y el que carece
de ellos se encuentra en estado de esclavitud”. Memor., I, 1.
13 Ibid., 128 y 133.

9
Pero ciertamente, si algo de la naturaleza humana
participa de lo divino, es indudablemente el alma.14
Dios ha infundido en el hombre lo que éste tiene de
más grande y mejor: el alma.15

En resumen, Sócrates filosofaba para encontrar lo


universal de las cosas, su esencia, y específicamente, la esencia
del hombre. Esta no es otra que su alma, que es de origen
divino, y el afán de Sócrates no era otro que buscar su
perfección, su bien, su virtud16 porque en esto consiste
precisamente la felicidad del hombre: en buscar su propia
perfección.

14 Memorab., IV, 3.
15 Ibid., I, 2.
16 Sabemos que Sócrates conocía una multitud de virtudes: la justicia,

la prudencia, la fortaleza, la templanza, la piedad, etc. Pero según él


todas se reducen a una sola virtud, a la virtud propia del alma. En este
punto hay discrepancias de si esta virtud es el Amor o la Justicia.
Considero que, como veremos en el siguiente apartado, la manera
correcta de interpretar esta unidad de las virtudes es entendiendo que
,en último término, lo que más le importaba a Sócrates era que el
hombre busque la sabiduría, y que el hombre sabio era para él el modelo
de hombre perfecto, o, mejor dicho, del hombre que está en camino de
perfeccionarse.

10
La filosofía: una misión sagrada

Sócrates estaba fuertemente influido por las enseñanzas


de la religión órfica. Esta era una religión no oficial practicada
en la antigua Grecia por un grupo reducido de fieles que
adherían a las antiguas enseñanzas del poeta Orfeo. A pesar de
su organización sectaria, esta religión tuvo un influjo enorme en
las enseñanzas de muchísimos filósofos y poetas, las cuales
conformaron un cúmulo de conocimientos y prácticas
asentadas de manera casi indeleble en el espíritu occidental
hasta la llegada del Cristianismo. A modo de resumen, las
enseñanzas órficas nos dicen que:

a. En el hombre se alberga un principio divino, un


δαίμων, daimon, demonio (alma o espíritu) que
cae en un cuerpo debido a una culpa originaria17.
b. El alma no sólo preexiste al cuerpo, sino que no
muere junto con él. El alma está destinada a
reencarnarse en cuerpos sucesivos a través de

17Según los himnos órficos conservados estos veneraban a Zeus y a su


hijo Dionisos nacido de Perséfone. Dicen estos himnos que Dionisos
fue devorado por los Titanes (a excepción de su corazón, que fue
devorado por Zeus) y que de sus cenizas nacieron los hombres.
Finalmente, Dionisos renació en Zeus, gracias a que su corazón estaba
en posesión de este. De esta manera se da fundamento al origen
divino del alma humana y a la concepción de su transmigración y
ciclo de renacimientos.

11
una serie de renacimientos para expiar aquella
culpa originaria (transmigración de las almas).
c. La vida órfica, con sus ritos y prácticas, es la
única que está en condiciones de poner fin al
ciclo de reencarnaciones, liberando así el alma de
su cuerpo.
d. Para quien se haya purificado (es decir, para el
iniciado en los misterios órficos) hay un premio
en el más allá. Para los no iniciados hay castigos.
e. El destino último del hombre consiste en volver a
estar cerca de los dioses.

Esta antigua religión fue asumida por Pitágoras y sus


discípulos, pero con una importante variante: la purificación
del alma que pondrá fin al ciclo de renacimientos y la elevará a
su reencuentro con los dioses, no consiste sólo en las prácticas
rituales, sino en el culto por el saber. Recordemos que la
etimología de la palabra filosofía es invención de Pitágoras. El
saber es algo divino, queda al hombre buscarlo, anhelarlo, pero
jamás poseerlo (porque es propiedad de la divinidad). De esta
manera, filosofando, es como el hombre, el alma inmortal, logra
ponerse en contacto con las cosas divinas18 y tener la esperanza
de retornar a la compañía de los dioses.

18Pitágoras decía que todo el cosmos está ordenado por el Uno, es


decir, la Unidad y la armonía numérica que es de origen divino. Los
números, para él, constituyen la esencia de todas las cosas. Tanto él

12
Esta tradición llegó a Sócrates y, al igual que para
Pitágoras, la búsqueda del saber es una misión divina, sagrada.
En un extenso pero muy claro fragmento de la Apología de
Sócrates de Platón, podemos leer lo siguiente:

Si aún me dijeseis: ¡oh Sócrates!, no consentimos en


lo que quiere Anito19, y te dejamos en libertad, pero
con la condición de que no emplees más tu tiempo
en hacer esas investigaciones y que no filosofes más;
de lo contrario, si te sorprendemos nuevamente,
morirás; si, como digo, me dejaseis en libertad, pero
de acuerdo a ese pacto, yo os diría: mis queridos
atenienses, os saludo, pero obedeceré más bien a
Dios, que no a vosotros, y hasta que yo tenga aliento
y fuerzas, no dejaré de filosofar y de haceros
advertencias y daros consejos, a vosotros y a quien
se llegue hasta mí, diciéndole como me es habitual
ya: ¡Oh, hombre óptimo!. . . ¿no te da vergüenza de

como sus discípulos fueron grandes matemáticos, y aún hoy se


estudian sus avances en este terreno (véase, por ejemplo, su famoso
teorema).
19 Político griego que junto con el orador Licón y el poeta Meleto

llevaron a Sócrates a juicio acusándolo de impiedad (no creer en los


dioses de la polis) y de corromper a los jóvenes. Finalmente Sócrates
fue condenado a elegir entre el exilio o la muerte. Este eligió beber
cicuta y morir filosofando junto a sus amigos más cercanos. Los más
estudiosos académicos coinciden en que Anito tenía rencor hacia
Sócrates porque este acusó públicamente a Anito de querer acomodar
en cargos públicos a su hijo.

13
preocuparte de tus riquezas con el fin de que se
multipliquen hasta lo que sea posible, y de la
reputación y el honor, y no cuidar y tener solicitud
de la sabiduría, de la verdad y del alma, con el objeto de
que llegue a ser tan buena como es posible? Y si alguno
de vosotros me responde que él se preocupa de ello,
no lo dejaré en seguida; no lo abandonaré, sino que
lo interrogaré, lo examinaré y escrutaré. Y si me
parece que no posee la virtud, aunque él lo afirma,
lo reprenderé, pues considera vil lo que es
valiosísimo y le atribuye valor a lo que es
sumamente vil. Y esto lo hago con jóvenes y viejos,
y en cualquier parte que me encuentre, con
forasteros y ciudadanos. . .
Pues, sabedlo, esto me lo ordena Dios; yo creo que la
ciudad no tiene ningún bien mayor que este servicio
que yo presto al Dios, este mi constante andar acá y
allá no haciendo otra cosa sino confortaros, a
jóvenes y a viejos, a no preocuparse por el cuerpo ni
por la riqueza, ni antes ni con mayor celo que el que
tenéis para el alma, para que ella mejore en lo posible;
diciendo que a los ciudadanos y a la ciudad la
virtud no proviene de la riqueza, pero sí la riqueza
y todo otro bien de la virtud. Y agregaré: atenienses.
. . aunque me absolváis o no me absolváis, yo no

14
haré otra cosa distinta, ni aun en el caso de que
tuviese que morir muchas veces.20

Nos cuenta también Platón que un amigo de Sócrates,


Querefonte, fue a consultar al oráculo de Delfos si hay hombre
más sabio que Sócrates. El oráculo respondió que no hay
ninguno más sabio que él.21 Por este motivo, Sócrates comenzó
a indagar a los hombres que se decían sabios:

Habiéndome puesto a conversar con él (con uno de


estos hombres reputados como sabios), me pareció
que este hombre, aunque bien parecía sabio a
muchos otros hombres, y especialmente a él mismo,
pero que en realidad no lo era. Y traté de
demostrárselo: tú crees ser sabio, pero no lo eres…
Habiéndome ido, comencé a razonar, y me dije así:
yo soy más sabio que este hombre, pues, por lo que
me parece, ninguno de nosotros dos sabe nada
bueno ni bello, pero éste cree saber, y no sabe; yo no
sé, pero tampoco creo saber. Y parece que por esta
pequeñez soy más sabio yo, pues no creo saber lo que
no sé.22

De esta manera Sócrates nos enseña la importancia de la


modestia, de la humildad, que es puerta y principio

20 XVII, 29-30.
21 Apol. V-VI.
22 Ibid.

15
fundamental para emprender el camino de la búsqueda del
saber, porque quien cree que ya sabe ¿cómo podrá seguir
buscando el saber? Sin embargo, quien reconoce su propia
ignorancia está siempre dispuesto a saber, puesto que no sabe.

16
La ironía de Sócrates: refutación y mayéutica

Esta constante búsqueda del saber no queda guardada


como en una caja fuerte. No al menos para Sócrates. Ya
pudimos ver que para él la filosofía es una misión sagrada, algo
que le manda a hacer “el Dios” para conducirse a sí mismo y a
los demás a la perfección de su alma. Ahora bien, ¿de qué
manera intenta lograr esto? De Sócrates no nos quedó nada
escrito, y es entendible que así sea, puesto que para él la única
manera genuina de conducir el alma a la verdad y al saber es
por medio del diálogo directo, cara a cara, con el otro. De esta
manera es como se hizo tan famoso entre sus pares: Sócrates no
impartía una “enseñanza”, como podemos entender esto hoy en
día (un aula, bancos, un profesor, alumnos, etc.). No. Él
dialogaba con quien sea en lugares públicos, en plazas y
gimnasios (que eran los lugares más concurridos de aquella
época). Allí, sin más, ponía en práctica su tan conocida ironía.
Esta ironía tan propia de Sócrates tenía dos caras: por un lado la
refutación y por el otro lo que él llamaba mayéutica.
Podemos observar en los diálogos de Platón, que Sócrates
acostumbraba a mover al otro a que diga su postura, emita un
juicio o elabore una defensa sobre el tema que se esté
conversando, haciendo preguntas o pidiéndolo explícitamente.
De esta manera, teniendo al desnudo la postura del otro, le
mostraba sus aporías, contradicciones, o lo que hoy llamamos
falacias. Le mostraba con mucha precisión su acierto o

17
desacierto elaborando una refutación. Así, leemos a uno de sus
interlocutores muy molesto por este procedimiento:

He ahí, ¡por Hércules!, la acostumbrada ironía de


Sócrates. Y yo bien sabía esto, y se lo predije a ellos,
que tú no habrías querido responder, sino que te
habrías servido de la ironía, y si alguien te
interrogara lo habrías hecho todo, menos
responder… Sí, sí, lo creo… (vosotros hacéis) de
manera que Sócrates obre como le es habitual: de no
responder él mismo, y en cambio, cuando otro
responde, tomar su discurso y refutarlo… He aquí
la sabiduría de Sócrates.23

Por otro lado, Sócrates muy raras veces se extendía en


monólogos o discursos. Por el contrario, inducía a que el otro
pueda descubrir la verdad por sí mismo, haciendo preguntas,
refutando, razonando con él, induciendo dudas o simplemente
señalando los puntos importantes del tema en cuestión. Es lo
que él llamaba mayéutica. La μαιευτική, maieutiké,
mayéutica, era el arte de las parteras, es decir, el de asistir
a una mujer que está por dar a luz. Así nos lo cuenta
Platón por boca de Sócrates:

Y ¿no has oído decir que soy hijo de una partera


muy hábil y seria, Fenareta? —Sí, lo he oído decir—.

23 Platón, República, lib. I, XI-XII, 337-38.

18
Y ¿has oído, también, que yo me ocupo igualmente
del mismo arte? —Eso no—. Pues bien, debes saber
que es así… Reflexiona en la condición de la partera,
y comprenderás más fácilmente lo que quiero decir.
Sabes que ninguna de ellas asiste a las parturientas,
cuando ella misma se encuentra encinta o
parturienta, sino únicamente cuando no se halla en
estado de dar a luz… ¿Y no es natural y necesario
que a las mujeres grávidas las ausculten mejor las
parteras que las otras? —Ciertamente—. Y las
parteras tienen también medicinas y pueden, por
medio de cantilenas, excitar los esfuerzos del parto
y hacerlos, si quieren, dóciles, y aliviar a las que
tienen un parto muy penoso, y hacer abortar
cuando sobreviene un aborto prematuro. —Así es,
efectivamente—. Ahora bien, todo mi arte de
obstétrico es semejante a ese en lo demás, pero
difiere en que se aplica a los hombres y no a las
mujeres, y se relaciona con sus almas parturientas y no
con los cuerpos. Sobre todo, en nuestro arte hay la
siguiente particularidad: que se puede averiguar
por todo medio, si el pensamiento del joven va a dar
a luz alguna cosa fantástica o falsa, o algo genuino y
verdadero. Pues, lo mismo que a las parteras, me
sucede lo siguiente: yo soy estéril de sabiduría, y lo
que me han reprochado muchos, que interrogo a los
demás, pero que después yo no respondo nada

19
sobre nada, por falta de sabiduría, en verdad puede
reprochárseme. Y la causa es la siguiente: que el
Dios me constriñe a obrar como obstétrico, pero me
veta dar a luz. Y yo, pues, no soy sabio, ni puedo
ostentar ningún descubrimiento mío, engendrado
por mi alma. Pero los que me frecuentan, al
principio parecen (algunos también en todo)
ignorantes, pero después, alcanzando familiaridad,
como asistidos por el dios, obtienen un provecho
admirablemente grande, tal como les parece a ellos
mismos y a los demás. Y sin embargo, es evidente
que nada han aprendido nunca de mí, sino que ellos
han encontrado por sí mismos, muchas y bellas
cosas, que ya poseían24. Y es verdad que mis
familiares pasan justamente por el mismo estado de
las parturientas, porque sienten los dolores del
parto y están llenos de angustia, día y noche, aún
mayores que las de aquéllas. Pero mi arte puede
suscitar y hacer desaparecer prontamente estas
angustias. Confíate, entonces, a mí, como a hijo de
partera y obstétrico yo mismo, y a las preguntas que

24
Este, “que ya poseían” no es de poca importancia. A partir de esta
suerte de “saber innato” que posee el alma (que, recordemos, es de
origen divino) es como empieza a dibujarse la teoría de la
reminiscencia de Platón.

20
te haré trata de responder de la manera en que eres
capaz.25

Es decir, Sócrates, quien se reconocía ignorante de todo


saber, asume la condición de partera de almas. Por su asistencia
ayudaba a que los demás pudieran encontrar por sí mismos
aquella verdad oculta. Así es como se da la ironía de que el
ignorante, incapaz de dar a luz por sí mismo saber alguno (al
menos así lo entendía Sócrates), podía ayudar a otros a
engendrar el saber y la verdad que tienen en su interior.

25 Teetetos, 148-151.

21

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