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Aaa Coral

Esta escultura representa criaturas fantásticas hechas de ganchillo y piel de cordero. Combina elementos de la infancia con formas biológicas y monstruos de la ciencia ficción en una manera ominosa y perturbadora.

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Renzo Casares
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Esta escultura representa criaturas fantásticas hechas de ganchillo y piel de cordero. Combina elementos de la infancia con formas biológicas y monstruos de la ciencia ficción en una manera ominosa y perturbadora.

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Coral Roncante 2017- 2018

Algodón tejido con ganchillo y piel de cordero persa.


210 x 80 x 35 cm.

 
____Supongamos que somos niños. Supongamos nuestra
habitación apañada por muñecos: algunos se agazapan en
los rincones, reposan otros en las repisas, o dormitan
contra el cristal de la ventana. Los más osados o queridos,
encargados de atizar nuestros temores, permanecen
apoyados en la cabecera de la cama, velando por nuestros
sueños, respaldando su distorsión hacia la pesadilla. Si
basta con esto para el surgimiento de lo siniestro,
imaginemos que esa ternura dificultosamente emanada
muta, y que los otrora personajes amigables asumen una
fisonomía entre deforme y agigantada. Que son sus
alteraciones o demonios, especialmente sus interioridades,
las que salen a flote desde un sustrato anterior a nuestra
visión domesticada, desde un agua oceánica, visceral o
amniótica. Lo unheimlich se aprovecha aquí de un
imaginario de la infancia, levemente regurgitado en ciertos
giros ingenuos -esas formitas redondeadas a lo Miró,
llevadas al volumen y pululando- o, especialmente, en la
reapropiación del tejido con ganchillo, la apariencia
preferida de Héctor Velázquez para revestir sus piezas.
Algo de esa reminiscencia niña viene de allí, de esa textura
que las abuelas nos legaban y de la que gozaban muchos
de nuestros juguetes, sumada, por qué no, al vasto
imaginario de las animaciones sofisticadas, que enlazan
variantes clásicas de monstruos con hipertrofias digitales
de una reciente ciencia ficción.

____Almohadas espeluznantes, decoraciones estrafalarias


-el “coral roncante” trae, y esto es notorio, un aspecto de
fleco o de borla de cortina, de tapicería fina y estilizada-, o
incluso souvenirs artesanales de un pasado prehispánico,
de esos a la venta en ferias, en esta versión de factura
impecable y amplificados, prolija a la altura del mundo del
desarrollo, son estas esculturas que no han llegado al
estatuto de tal pero que lo son, definitivamente, por ese
ablandamiento que lo rígido ha sufrido en este abismo de la
modernidad. Joseph Beuys, indeleblemente inscripto en
esa geografía berlinesa que el mexicano Velázquez recorre
a diario, ha abierto el juego de la materia abundante, del
usufructo de lo textil, que aquí se maximiza. Esa es en
efecto la técnica más tangible, aunque sea indistinto el
lugar de origen de la materia, su índole mineral o la resina
que se utiliza, porque la búsqueda recae en una
reorganización de las condiciones microscópicas del
universo, en su mecanismo biliar y viscoso, terrestre o
subacuático, y en la contagiosidad de sus términos. Darle
un devenir industrial a lo natural profundo le resulta a
Velázquez imprescindible. Asimismo, algo de los
objetos/sueños de Louise Bourgeois parecieran aquí
realizarse; o una figuración con dejos surrealistas a lo Dalí;
e incluso, esa geometría curva con que Gaudí defenestra la
ubicuidad de la línea recta. Lo que sucede es que estas
ominosas criaturas de Velázquez arrastran con ellas, no
ese pulsional modo del sueño de la razón, sino un aura
donde la ciencia ya se ha impuesto, una hibridez cuyo
punto de partida no se sabe cuál es y tampoco el de
llegada. El “alga órgano” no acaba nunca: además de sus
filamentos -ni vesículas ni rizoides-, con apéndices
conectores al aire-ambiente, están esas dos manos de
humano soporte recibiendo o absorbiendo, sosteniendo o
abrazando, incluso lanzando o vomitando su dimensión
protuberante. La reversibilidad del afuera y del adentro, un
continuum de cinta de Moebius, es clave en la obra de
Velázquez, porque el hombre recibe a la tripa o al tumor en
él confinado como a una inherencia de la que hay que
horrorizarse, una expectoración, o un engendro
indeclinable. El “mirlo pólipo” es a la vez pájaro de mano
humanoide y dadivosa, y tumor malformando una armonía
previamente consagrada: la del mirlo que no está en ningún
lado, salvo en ese negro de la juntura que une y espanta,
tenebroso. Unas manos rojas, como enguantadas, reciben
y eyectan sus garfios en las “epífitas plantas”, no tan
parasitarias ni perjudiciales: ¿adherencias o hinchados
apéndices con tentáculos? Ignoramos el principio y el final
de estos reinos, colonizándose unos a otros,
succionándose a partir de sus ventosas; si se impondrá su
tesitura androide, animal o vegetal; si la terrestre o la
marina; lo benigno o lo maligno; lo punzante o lo
invaginado; lo sintético o lo vivaz: ¿cuál de estos trastornos
tomará ventaja? Las esferas culturales, igualmente
interpenetradas, prestan su atención a ese mundo de lo
infrahumano que nos ocupa tanto por estos tiempos, a sus
intenciones ni siquiera sospechadas.

Valeria Melchiorre

ZANCADA 2020 – Diseño: SEBASTIAN MONTI /


CHRISTIAN BORRONE

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