84 Hs Nürburgring
84 Hs Nürburgring
SUCESOS DEPORTIVOS
MISIÓN ARGENTINA
Por sus actores, tal como fuera relatado a MIGUEL ANGEL BARRAU
Asistentes Editoriales:
“Y porque todos somos argentinos, es que toda nuestra fé, todo nuestro
entusiasmo, se concentra en los colores de nuestra bandera y en estas palabras:
INDUSTRIA ARGENTINA, que como única insignia lucen esos coches que llevan
a Europa nuestra gran esperanza.”
MISIÓN ARGENTINA
A.P.R.A. también estuvo presente en la Misión Argentina. Como una familia, con
un cometido. Hubo quienes viajaron a Alemania y también quienes debieron
permanecer en Buenos Aires. Unos y otros, y el país entero —porque el país
entero fue audiencia— estuvieron comunicados mediante una sola onda, Radio El
Mundo, y una sigla, A.P.R.A.
Carlos Horacio Alfonso – Julián Osvaldo Aguilar – Antonio Barrio – Carlos Héctor
Bodratti – Pedro Juan Begue – Julio Cottini – Hugo Néstor Casucho – Néstor Jorge
Carbia – Oscar Enrique De Rosa – Roberto Víctor Drab – Alfredo Luis Diéguez –
Jorge Drago – Roberto Eguía – Oscar Héctor Frutos – Juan Alberto Fava –
Roberto Atilio Fossati – Toni Ferrando – Eduardo Jorge González Rouco – Omar
Gualberto Gabrieli – Alberto Francia Gagliardi – José Goldszmid – Pedro Heredia –
Alberto Oscar Juárez – Eduardo Lenczner – Luis Humberto Leoni – Carlos Alberto
Legnani – José Humberto Longo – Enrique Antonio Moltoni – Armando Héctor
Navone – Leo Roy – Alberto Eduardo Romero – Isidro Sojit – José Maria Safra –
Julio César Ubiría – Emilio Alberto Vencelblat – Jacinto Zaragozi – Carlos Luis Giri
– Máximo J. Kolble.
José Ayi – Miguel Angel Barrau – Alberto Hugo Cando – Eduardo Emilio
D’Agostino – Rolando García – Isidro González Longhi – Luis Enrique López
Castagnous – Osvaldo José Ochoa – Eduardo Pérez Trigás – Jorge Rocher – Luis
Elías Sojit – Roberto Oscar Bo – José Antonio Calabrese – Luis Garcia del Soto –
Anselmo Nicolás Lamarque – Guillermo Julio Macchione – Norberto Darío Rinaldi –
Carlos Alberto Rodríguez.
A todos.
M.A.B.
INTRODUCCIÓN
Y mojaba mi cabeza la lluvia y las gotas resbalaban sobre los cristales de mis
lentes, mientras los ojos se esforzaban por perforar la noche y se aguzaba el oído,
pretendiendo extraer del conjunto, el familiar, inconfundible tono de un escape.
Miré mi reloj. No porque me preocupara la hora. Fruto de un hábito que se iniciara
al lado de mi padre, cuando durante las veladas de gala del Teatro Colón, en las
fechas patrias, medía el tiempo en el que los aplausos saludaban al Presidente de
la Nación, mi cronógrafo había registrado, en minutos y segundos de
exteriorización, el respeto y el cariño que en esa noche y en ese lugar, Juan
Manuel Fangio supo le pertenecían.
Y el viento arremolinaba las gotas de lluvia y los charcos parecían cobrar vida al
pretender despegar del suelo. Y el aplauso surgió cálido, espontáneo. La piel
levantada por las ampollas tomó forma. Y los ojos, asombrados, buscaron el
origen del que aún era eco en los muros y calor en las palmas. Y el eco y el calor
se prolongaron en frases latinas y sajonas. Y la tonadas cordobesa agradeció, sin
haber entendido las palabras, el universal cumplido del aplauso.
Palermo se abre como un oasis, en un bosque de cemento. La recta que
transitamos vio a los grandes del volante caer vencidos, en una tarde también de
lluvia, cuando el nombre de Oscar Alfredo Gálvez llegó a los titulares de las
grandes rotativas del mundo. Y también llovía en Silverstone, como llovió en Le
Mans, cuando José Froilán González vio los brazos del deporte ceñirse a su cuello
con forma y color de laurel.
Pero todos los esfuerzos son vanos, y el auto sigue inmóvil. Un montículo de tierra
lo mantiene calzado. Sorpresa, trabajo, nervio, impotencia. El auto, que está
intacto, no se desplaza. En el reloj de Jorge Cupeiro avanzan escuadrones de
sesenta segundos que galopan y galopan, hasta formar regimientos de fatales
minutos. Y entonces, del brazo con su amargura, inicia un camino que es ahora
distinto. Más largo. Muy largo. Rumbo a los boxes. A casa.
Sí. Este libro vivía latente en un pliegue de mi conciencia donde también han
hallado, contra pesimismos y derrotistas, albergue y refugio dos palabras
hermanas, jóvenes, capaces de mantener su frescura a lo largo del tiempo: fue así
que la esperanza del regreso de nuestro automovilismo a las lides internacionales
convivió, en ese pliegue, con la ilusión de llegar a ser testigo del futuro.
—¿Qué tal, Juan? Está todo fenómeno. El auto anda bien. Estoy listo...
—Tené cuidado, hermano; en las primeras vueltas andá con prudencia... ¡A ver si
te sale alguno indiando...! Tratá de salir de los amontonamientos. Vas a encontrar
muchos. Mejor es esperar, dejar que se forme la fila india y después vas a
encontrar el puesto más fácil... Yo te voy a ir señalando...
—Gracias Juan— le respondí. Estate tranquilo, que no vamos a hacer pavadas.
Y... ¡Gracias, Juan! Gracias por todo.
Los veo agitados, nerviosos, pero ya hechos a las circunstancias y al lugar. ¡Qué
diferencia con aquellos 22 hombres que llegaron al filo de la medianoche,
cansados, hambrientos, desubicados...! Recuerdo que estaba todo cerrado, y no
había posibilidad de hacerlos comer en el hotel. Entonces se me ocurrió llevarlos a
una cervecería muy típica donde, a veces, con Lino de las Heras, nos “dábamos”
con los chopp y con los recuerdos del viejo TC. ¡Se armó la gorda! No sólo se
armó con “la gorda”, que era la dueña, sino también un lío bárbaro. Claro: éramos
24 personas, que caíamos de improviso... Una invasión como no la recordaba la
comarca desde que Atila, cuando cayó con los hunos, no dejó ni una brizna de
pasto para los “otros”... ¡Más o menos sucedió lo mismo! La gorda no quería saber
nada, pero yo le decía ij libe dij, que seguro no se escribe así, pero suena más o
menos así y quiere decir “yo te quiero, gordita” y entonces ella se reía. Yo le hice
señas de “hambre” y “tomar cerveza”. Como no tenía nadie que hiciera nada,
porque todo en Alemania cierra muy temprano, nosotros mismos fuimos a la
cocina y armamos un desparramo bárbaro ¡Quedamos de los más amigos! Y todo
el mundo se mataba de risa porque, al despedirnos, yo le decía “Oxidensen” y
“gute nag” y qué se yo... y todos me cargaban y decían que la gordita “estaba
conmigo”...
A estos enloquecidos más vale dejarlos pasar. ¡Allí van los Porsche...! Menos mal
que el circuito lo tenemos “remanyado”. Lo recuerdo todo, así que no importa el
tráfico. Por afuera o por adentro... ¡Je! Se tiene bien “la banana”... En la recta,
ahora, lo siento un poco raro, como si quisiera “retobarse”. Pero... cuando se
apoya, dobla bien... Esos se apuran demasiado... total... aunque des más de 9
vueltas, de aquí a las cuatro de la mañana, sólo te computan esas nueve... El
asunto es entrar en la décima vuelta, digamos, como a las cuatro y un segundo...
A ver...: si hago 9 vueltas en 15 minutos cada uno, son... Diez por nueve, noventa,
y cinco por nueve, cuarenta y cinco, más los noventa, da ciento treinta y cinco...
Son dos horas y cuarto... Se puede andar bien y despacio. Como para que
aquellos que no dominan el circuito se vayan poniendo en onda. Como para los
que largaron nervioso, se les pase... Fangio nos dijo girar en 18 minutos, para que
nos sobre margen, por cualquier cosa... ¡Esta es la recta trasera y... allí están,
arriba, todos los muchachos!
Voy... ¡quinto! Esta bien. El gasto comienza más tarde. Al final de la recta, curva a
la izquierda —en tercera— y luego tener cuidado con el puentecito... ¡hay un salto
feo!
¿Y los Fórmula 1, cuando andan a fondo, en una carrera “tirada”, de dos horas y
media o tres horas...? ¡Por entre los precipicios y los árboles...! Después decimos
que nosotros somos genios... ¿Y los europeos qué son? ¿Verdurita? Aunque, por
lo que hemos visto hasta ahora, en categoría Turismo, no le tenemos que tener
miedo a nadie. Ni a los autos, ni a los pilotos. Ellos tendrán una escuela bárbara,
pero la del TC tampoco es mala... ¡aunque a mi siempre me gustó la pista!
Y cuando ya me iba, casi desde la puerta del despacho, como si hablara en voz
alta...
Pero nadie más supo nunca de esta esperanza escondida que tengo. Es mejor
así. Venir y correr con confianza, pero con modestia. Con seriedad. Mostrando
que somos organizados y responsables. Esto es lo más importante: el recuerdo
que dejemos. Pero con el elemento humano que vino, no hay que tener miedo.
No les tiene que pasar nada... Esa también es responsabilidad mía. Sucede que
cuando hay gente que tiene muchas ocupaciones y problemas y se le lleva un
problema más... pero se nota que el entusiasmo está, que están convencidos que
el proyecto es bueno y cuando depositan su confianza en uno... entonces la
responsabilidad es mucho mayor. Pero casi toda mi vida ha sido igual.
Respondiendo a la confianza de la gente y sintiendo la responsabilidad de haber
aceptado esa confianza. Cuando yo corría, lo hacía bajo un auspicio, con la ayuda
de un grupo de amigos. Mi primera carrera, la primera carrera de mi vida, la corrí
porque un grupo de amigos me ayudaron. La segunda, por una rifa que se hizo.
Cuando fui a Europa, lo hice apoyado por el Automóvil Club y por el gobierno.
Después corrí para las fábricas. Prácticamente toda mi vida estuve corriendo con
lo ajeno y quizá eso me ayudó a que nunca dejara de tener presente mi
responsabilidad, como persona, frente a los que me otorgaron su confianza. Me he
considerado un engranaje más, pero pensando que ese engranaje no debía fallar.
Si vamos a correr con agua... ¡tampoco podemos fallar! O aunque hiciera frío o
calor. ¡Calor! Esa vez sí que fue difícil la patriada, cuando corrí con Mercedes
Benz, el día del gran calor, en el autódromo de Buenos Aires. Yo estaba
agotado...! Pero me repetía... “yo debo seguir, debo seguir, debo seguir”...
pensaba que el prestigio de una gran fábrica estaba en ese auto y yo era parte de
ese auto. Y que ninguna parte del auto, si yo lo podía evitar, iba a defraudar la
confianza que tanta gente había depositado en él.
Y ahora es parecido. Los hombres tienen otros nombres, pero son iguales que
antes. Por eso es que también tengo que estar lo más posible, con ellos. Aunque
solo sea el hecho de estar presente, eso ayuda mucho. Hay que acompañarlos a
cualquier hora, en cualquier momento. Yo tengo la experiencia y otra vez he visto
que sigue siendo cierta: que los mecánicos trabajan bien y con entusiasmo cuando
ven a sus pilotos preocuparse por lo que ellos hacen, por el auto. Y están allí, y si
tienen que atender alguna otra cosa, vuelven, y les traen un refresco o un
sandwich... Pero cuando un piloto abandona a sus mecánicos y se va por ahí...
¿qué querés hermano? Suerte que con estos muchachos no sucede así. ¡Qué
responsable es Berta, y qué capaz! Con los años que tiene puede llegar muy
lejos... ¡Lobbosco también...! Siempre presente el hombre. ¡Con este grupo
humano soy capaz de ir a cualquier lado...!
Es que estas cosas tenemos que hacerlas y alguien debe hacer punta. Estas
cosas y también las temporadas internacionales. Y salir al extranjero como
ahora... ¡Con la idea de volver! Y aunque no se vuelva. Por eso les dije a estos
muchachos lo mismo que a aquellos, cuando tenía mi equipo en Europa. “Piensen,
cuando están afuera, que no se llaman Fualno de Tal. Que hay un país detrás.
Que hay un prestigio que asentar”. Y si la gente anda bien, aunque las cosas no
salgan algunas veces como uno piensa, entonces queda abierto el camino para
volver a intentarlo de nuevo.
¿De quién habrá salido la idea de correr las 84 horas de Nürburgring...? Por más
que lo pienso no recuerdo... ¿Berta o Bordeu? Cuando me vinieron a ver a mi ya
eran un pequeño grupo... “!Es la carrera para el Torino!” les dije entonces. Y lo
sigo creyendo ahora. Lo que nos puede fastidiar es la lluvia... ¡Es la carrera para el
Torino! Un Rally podría ser bueno, pero el hombre que conoce bien su terreno nos
llevaría mucha ventaja... ¡Una ventaja bárbara! Porque los Rally no son cosa
sencilla... ¡son verdaderas carreras! El que me gusta de alma es ese Rally de
Londres a Méjico... Si no fuera porque estamos embarcados con la temporada
internacional... ¡armábamos el equipo! Yo creo que el Torino también sería un
gran auto para correr ese Rally... Tres autos... ¡no es empresa fácil...! el tercero
lleva los repuestos y todo eso... ¡hay que hacerla bien...! En cada auto, tres
pilotos. Y uno de ellos turnándose, siempre durmiendo atrás. ¡Qué duro que va a
ser! El cansancio será un gran enemigo... ¡Y es factible...! Pero hay que pensar
esto de Nürburgring. Terminarlo bien y después ocuparnos de la temporada.
Preocuparnos de que los tres autos hagan la carrera que hemos pensado... ¡que
este tiro es muy largo!
¡Qué buenos mecánicos y chapistas hemos traído! Buen ojo tiene Berta para
elegir... porque ese auto, el que maneja Di Palma ahora, estaba bastante
golpeado... ¡Y los alemanes se reían cuando les dijimos que lo íbamos a arreglar y
que iba a correr! Y Galbato... ¡cómo ha trabajado Galbato! ¡Como un tigre...!
Pienso en la desgracia del accidente de Berta, cuando nos puso en la encrucijada
de presentar sólo dos autos, nos unió a todos más todavía. Hasta ahora, fue el
momento más difícil. Y lo superamos bien. ¡Con garra! Ahora que la carrera
comenzó, es como un plan de trabajo que hay que cumplir...
—A ver... ¡decime Lobbosco! ¿qué tiempo tienen que hacer para pasar justito
después de las cuatro...? Así entran en la vuelta diez, hermano...
—Copello y Gastón ya tienen que estar por llegar. Di Palma no: debe andar por la
mitad del circuito.
Los vi pasar y miré el reloj control. Las 3 y 46 y algunos segundos. Nos quedaban,
para finalizar la vuelta, antes de lo que los muchachos llamaban la “largada
efectiva”, 16 minutos. Íbamos bien.
CAPÍTULO III
Nürburgring, miércoles 20
Tranquilo Gastón. No tenés que pasarte de rosca. Hay que cumplir la maniobra.
Hacerles marcar el paso. ¡Pucha que están cerca esas luces...! ¿Te me venís...?
Dale... pasá... Es el Porsche oficial... ¡a la cola Gastón! ¿A ver si le gusta el
sinuoso...? ¡Ya es mío! Ajajá... hacemos punta otra vez... pero este paisano no
afloja... ¿Cómo se dirá paisano en alemán? No te distraigas Gastón... el Porsche
se viene de nuevo... todo el grupito de atrás tira fuerte... ¿Qué viene? Curva a la
derecha y puente. Peinadita al freno y tercera... ¡Qué gracioso este chico García
Veiga! Tiene cada cosa... mirá que venir a preguntarme, cuando me despisté en
entrenamiento... ¡Epa! Pase, aparcero... a nosotros nos dirán “argentinos locos”,
pero me parece que para alguno puede venir de piña... Este circuito no perdona,
pero nada. Yo lo conocía bien y me fui afuera. “¿Qué querés, que me quede a vivir
aquí?” le contesté al Nene cuando me preguntó... “¿Y qué va a hacer ahora, don
Gastón?” Y me ayudó a sacar el auto. Es natural irse afuera. Hay gente que no lo
entiende, pero hay que buscar el límite. Sucede que este circuito no perdona, pero
nada. Te salís una cuarta y viene de piña. Le pasó a Cacho, culpa de la
pinchadura, y a Canedo, por los benditos frenos... Encontrar el ritmo no es fácil...
¿Cuántas vueltas llevamos? Cuatro. Esto sigue de toma y daca. A ese Porsche, si
afloja en el sinuoso, lo paso de nuevo. Eso. Seguilo así... ¡es mío! Y... ¿qué pasa?
... ¿Se puso oscuro atrás? Y ahora llega el agua... Andalo tanteando Gastón...
¡Eh! Acá cuando llueve... ¡llueve! Guarda... a ver si aquel alemán tenía razón de
que, cuando se largue a llover, no pasa más nada con los argentinos... El auto se
tiene bien. Se ve menos, pero el circuito lo tengo bien memorizado... ¡hasta
anduve cambiando los radios de curva, para no tener que improvisar, si llegaba a
necesitar andar en pelotón!
¿Qué pasó allí? En la curva a la derecha, debajo del puente había un auto chico,
color rojo... ¿No será el Porsche? Sí, le tocó, fue gorda. Atenti Gastón, que llueve
como si fuera la última vez... Guarda con los charcos, que con el ancho de estos
neumáticos... ¿no te dije?... ¡hace “patito”! Pero allí había un torrente, no un
charquito...
Esas luces se van quedando y son las del Ford Capri... Me parece que la
maniobra mía salió bien: hicimos tirar a todo el mundo. Y... ¡vino el agua y
seguimos en punta! Parece que le falló el pronóstico al de “no pasa más nada con
los argentinos”. A los Porsche ya no los veo, el Ford Capri levantó... ¡Y el que
viene atrás... me parece... ¡otro Torino! En la próxima recta le hago señas con el
indicador de viraje... A ver... se arrima... ¡Es Copello...! Bajame las luces,
Eduardo... Eso. Fenómeno... ¡En tandem!
Nürburgring cuando ya la
LA PRIMERA VIGILIA
Cuando la luz comenzó a tornarse más precisa, pesadas gotas cayeron sobre el
piso del Eifel; al fondo de la recta, cuando los coches tras el último rebaje viraban
hacia la izquierda, un copo de niebla se asentaba en el lugar, esfumándolo. La
caravana tenía robustez. Febrilmente había consignado a las 6, la entrega de la
primera planilla; la que confirmaba la anormalidad del lanzamiento. Dos minutos
después, verificaba que Ballestrieri, piloto del Lancia 39, olvidando la letra del
reglamento, reclamaba a su pit, desde enfrente, ganándose una vuelta de castigo.
Y ocho minutos más tarde, un manto cayó sobre el circuito al ensombrecerse el
cielo. Se intensificó el juego de luces y se largó la lluvia. Pesada. Consistente y
fría. Los autos levantaban blancas cortinas de espuma en la recta; con el Capri
quedando atrás, paulatinamente, dos de nuestros autos apretaban al Porsche más
picante. (Algo así como dos nobles San Bernardo, separados por un nervioso y
descontrolado Terrier).
Fue entonces cuando alguien dejó caer un grito, preguntando: “¿Dónde está
Cupeiro?”. Eran las 12 y 45.
CAPÍTULO V
agosto de 1969
En cuando salí con el auto por segunda vez, ahí nomás, en los primeros
vericuetos del circuito, me dí cuenta que algo andaba mal. Era como si me lo
hubieran cambiado, como si alguna cosa lo hiciera inmanejable.
Pero ya no río más. Resulta que no es más de día... ¡Es noche cerrada...! Esta es
la bajadita que da al puente de Adenau... ¿Qué pasa allí? Hay una fila de autos...
¡Cuidado! ¡Esto es increíble...! Son piedras y tierra que arrastra el agua... ¡Si
parece uno de los vados nuestros, cuando ha llovido en la montaña! Adelante y
con cuidado... Tenelo derechito, Jorge... ¡Uno se fue afuera de pista...! ¡Y otro
más...! ¡Otra piña...! este volcó y... ¡es una chica, allí sobre esa piedra! Que divina,
me saludó así, como hace Balá en la TV... Lo que no me explico es cómo volcó,
allí en plena recta.. ¿Y eso que es...? ¿La laguna de Chascomús...? ¡Guarda...!
Esto es como andar en un túnel de agua... ¡Corregí...! ¡Huuuy!... Podrá parecer
imaginativo, pero creo que podría repetir todo lo que pensé en esos momentos...
Tal como podría dibujarles un plano del circuito, curva por curva, ahora y aquí.
Nada puedo hacer. El reglamento es más que claro en ese aspecto y sólo permite
que el piloto, utilizando los medios mecánicos del auto, trate de volverlo a la pista.
Imposible pensar en ayuda exterior y, ni siquiera, en lo que uno mismo pudiera
hacer desde afuera del auto.
Sólo pensar. Pensar en lo que pasó. Cómo pasó. Porqué pasó. Pensar en los que
laburaron... En los que se sacrificaron como beduinos... En Fangio, que estaba
jugado hasta la manija... ¡ciento cincuenta mil cosas había hecho Juan par que
este operativo saliera bien, para hacer un buen papel...! en los compañeros de
equipo... y ¡en los otros! Los otros argentinos que están al volante de los otros dos
autos... y me pregunto dónde están y qué les habrá pasado y cómo irán...
Un soldado abre la puerta. Habla francés... Es uno de los integrantes de algo que
nos pareció increíble: la pacífica invasión del ejército belga al suelo alemán, para
colaborar en la realización de esta carrera. Me entiendo con él. Sé, entonces, que
ya avisó al puesto central y que sólo debo esperar que me vengan a buscar. Miro
mi reloj pulsera. Un minuto desde que perdí contacto con la pista. Cuando voy a
cerrar la puerta, como si fuera un muñeco maligno, veo el mojón del Km. 13, que
ilumina el soldado con su linterna... ¡Lo que les decía...! ¿Ven que era de noche?
Ahora que lo pienso, sino reflexiono en función de la hora en que sucedió todo,
tengo toda la imagen que era de noche.
Volví a pensar en Juan, en Macagno, que estaba trabajando con los relojes y las
planillas... No lo supe entonces, pero sí después que en esos momentos
festejaban la pasada de Luis Di Palma, que logró hacer la vuelta en 23 minutos y
pico... En todos los boxes se temió en esos momentos que los pilotos no pudieran
girar en el máximo autorizado por el reglamento... pero eso lo supe después... Allí,
en ese instante... ¡me dio rabia ver el auto tan sano, tan entero y tan inútilmente
fuera de carrera! Para tranquilizarme creo que pensé en el año que viene. En que
hay que volver. En lo que más me gustó y que es, al mismo tiempo, lo más difícil
de lograr y que lo conseguimos: la unión, el espíritu de sacrificio, el desinterés que
revistió la Misión Argentina. En aquellas personas que yo no conocía y que
resultaron estar llenas de condiciones y bondades. ¡Tibor Teleki es un ejemplo
bárbaro! Pensé en las piñas de los entrenamientos. En que hay que dejar los
crónometros en casa. En que nadie quiere ser menos que nadie... En el
aburrimiento en los días previos, en la necesidad de llevar cosas, un mete-gol...
¡qué se yo! para entretenernos. Entonces lo vi a Larry. Pasó, miró como alarmado,
zigzagueó el auto y se perdió en la lluvia. Yo rumiando mi impotencia, rumbié
para boxes.
CAPÍTULO VI
En el circuito de Nürburgring, al
miércoles 20 de agosto.
por “LARRY”
Al comienzo, cuando recién llegamos, se nos hacía difícil de creer. Hasta que nos
acostumbramos a ver ingresar a la pista lo mismo a un matrimonio con sus hijos,
que a un supertuerca con cinturón de seguridad, casco y guantes. Desde una
inofensiva camioneta hasta un Porsche 911 tan rabioso, que el motor, al regular,
galopaba como pocas veces he visto. Y todo el mundo recorre el circuito, fuerte o
despacio, respetándose mutuamente.
Ya llego a la recta principal. Tengo que mirar con cuidado el sector nuestro. Con
esta lluvia es posible que hasta un cartel pase desapercibido... ¡Menos mal que el
agua no pasa al motor...!
Después de la subidita está el otro charco grande... Mejor aflojar... ¡Qué carrera!
El reglamento ha sido hecho como para no perdonar un estornudo. Sin embargo,
la definición que dio el Director de la Prueba, el señor Willy Gillard, es de lo más
sensata...
“Esta es una competencia —dijo— en la que los autos deben andar lo más
rápidamente que puedan, durante 84 horas, sin que les pase nada. Y esas
palabras, ese concepto —sin que les pase nada— son el espíritu mismo de la
carrera. Son el porqué de las penalizaciones y de su severidad. La dureza de la
prueba es otra historia.... señores: recuerden que la Marathon de la Route, las 84
horas de Nürburgring, son la prolongación de la Lieja-Sofía-Lieja... ¡Esa es razón
suficiente!”.
¡Lo más rápido posible, durante 84 horas, en el circuito de Nürburgring y sin que
pase nada! Por la forma como he visto andar algunos autos... Claro que, en una
carrera puede suceder cualquier cosa. Pero yo creo que el piloto tiene mucho que
ver con el estado de “salud” del auto; hay quienes son capaces de tirar durante
toda la carrera y, sin embargo, el auto queda intacto. A mí, personalmente, que me
gustan los autos como expresión de un verdadero arte —que lo es la ingeniería
mecánica— el maltratar un auto me parece una aberración. Va en contra de mi
naturaleza.
¡Qué extraordinaria naturaleza la de este país...! Me dijeron que existe una ley que
obliga, por cada árbol que se corte, a plantar dos... ¡Cuidado...! ¡De todas las
cosas se me tenía que cruzar un ciervo...! Y no es el primero. Copello casi se lleva
por delante otro, durante los entrenamientos, y Gastón en la madrugada. Bueno.
Prepararse. Primero el abastecimiento. Allí debe estar Lobbosco y en el box,
Berta... Frenando suave, indicador de viraje y... ¡adentro!
—¡Al pelo...!
—Ahora seguís hasta boxes, por adentro, por el lado de acá del guard-rail. Vas a
sentir una bocina estridente, como la de policía. No le hagas caso. Anuncia que te
vas a detener en boxes. Fangio y Berta están allí. Eduardo te releva. ¿Completa la
carga? ¿Aceite listo? ¡Dale Larry!
—Todo bien... Tené cuidado, Eduardo, con unos charcos muy espesos que hay.
Sobre todo en el km. 13 y en el 15. El auto está al pelo.
—¿OK?
Oreste Berta, linterna en mano pese a ser de día... (¡tal era la oscuridad!)
controlaba el desgaste de los neumáticos.
“...y a todos los argentinos que siguen las alternativas de esta misión. Los autos
andan muy bien y salvo el problema de Cupeiro, que fue una cosa totalmente
fortuita, que pudo pasarle a cualquiera, el equipo está intacto. Aprovecho para
agradecer a todos los que han hecho posible que se concretara la Misión
Argentina. Nada más... buenas noches... y muchas gracias.
—Han escuchado a “Larry”, Alberto Rodríguez Larreta, piloto que hace pocos
minutos ha dejado el volante del Torino Nº 3, directamente desde el circuito de
Nürburgring, Alemania... ¡Los autos de la Misión Argentina mantienen las
posiciones de privilegio...! ¡Primero y segundo...! Hasta luego, Argentina... hasta
nuestra próxima conexión a las 22, hora local, 17 horas en la República Argentina.
Ha sido, directamente desde...”. Apagué la radio. El silencio duró menos que el
tiempo que se puede registrar en un cronómetro. De golpe hablamos todos a la
vez...
Cuando salí del despacho del doctor Lorenzo Blanco, donde estábamos, y me
dirigí a verlo a Mikulán, por los pasillos de la planta de Pachecho de Ford Motor
Argentina había tanta excitación como en un parque cerrado de TC después de
una etapa del Gran Premio.
Me detuve en un lado y en otro. Creo que fue el día que más tiempo tardé para
caminar 500 ó 600 metros en la planta de Ford. Como yo, me di cuenta que
muchos más llevaban una pequeña radio en el bolsillo. Es que... ¿quién puede
mantenerse ajeno a una cosa como estas? Ya no es cuestión de marcas... Yo soy
tan fordista como Henry Ford en persona...
—Mirá... querido... yo creo que los glóbulos de mi sangre son ovalados... ¿Te das
cuenta? Pero... ¿qué querés? Es el país el que está compitiendo... Estoy seguro
que en General Motors, en Chrysler y en las demás fábricas pasa igual... Oíme...
Yo lo he visteo en la calle... Montones de gente parada alrededor de alguno que
escuchaba la radio en una esquina cualquiera...
Alguna vez paseamos la mecánica argentina por los países de América... Fue
fantástico... bárbaro... La gente estaba enloquecida y nos aplaudían en la calle y
nos agasajaban. Pero esto es distinto. Son hombres y autos.
—¿Qué les parece si ponemos una cartelera? Para que todos se enteren de cómo
va la carrera hora por hora.
En una mesa, estábamos: Oreste Berta, su esposa, Héctor Luis Gradassi, Bernard
Tramont y yo. Era el primer almuerzo tranquilo luego de experimentar durante
cuatro días consecutivos las posibilidades de un Torino 380 W en uno de los
recorridos del Rally de Montecarlo. En otra, pegada a la nuestra, el equipo Citroën
tomaba su último almuerzo “civil”.
Esa noche, Lucien Bianchi, Jean Claude Oggier, Robert Neyret, la señorita Pointet
y sus coequipers se lanzarían a una aventura de cinco días de duración. Sin
embargo, no estaban preocupados ni mucho menos. Esperaban el momento con
tanta tranquilidad como para interesarse por este grupo de argentinos que estaba
allí y por ese auto “grande” que habían traído.
Los caminos de cornisa que llevan de Niza a Menton fueron la pista de prueba.
Oggier aceleraba y desaceleraba, como queriéndose convencer de que, a pesar
de la demultiplicación “larga”, la aceleración del Torino no era un espejismo. La
sorpresa se pintó aún más en su rostro cuando vio cómo doblaba el “gran auto” en
el sinuoso. Cuando bajaron, agotadas ya todas las preguntas sobre las
características del 380 W, me confiaron con una sonrisa: “Dígale al Presidente de
Ika-Renault que si se corre el “Tour de l’Argentine” nos gustaría mucho poder
hacerlo con un coche como este. Es mucho más auto que el Mustang y aquí, en
Europa, podría andar muy bien. Sólo hay que saber elegir las carreras. No
creemos que en un Rally como el de Montecarlo se le pueda extraer el máximo de
rendimiento, pero en Italia hay rallyes —como el “De las Flores”— en que los
caminos de montaña son anchos y de tierra. Nosotros sabemos que los pilotos
argentinos andan muy fuerte en ese tipo de caminos. Si con este coche llegan a ir
al Safari del África les puede ir muy bien”.
Y “BANANAS”
¡Lo de la “banana” fue sensacional! ¡Un auto que habíamos descartado...! Había
recibido un golpe lo suficientemente grande como para que pensáramos que no
iba a tener arreglo. Pero resulta que otro auto tuvo un golpe más grande todavía.
Entonces se creó la disyuntiva: presentábamos sólo dos autos o arreglábamos el
menos golpeado. Se eligió presentar el equipo completo... ¡Los alemanes no lo
podían creer! Sin embargo, el auto quedó, aparentemente, en condiciones. Lo que
sucede es que, al estar la carrocería desplazada tuvimos que centrar el tren
delantero y el trasero. La verdad es que quedó bastante bien... algún problemita
en las rectas tiene... pero... ¿Qué me querrá decir este mozo...? ¡Mientras no sea
que la cocina está cerrada...! El idioma es un problema... ¡Qué buena anécdota la
que nos pasó con Zurita...! Anduvimos como dos horas buscando, por todo
Adenau, la calle Morgen Nº 12. Resulta que necesitábamos pastillas de frenos y
fuimos a un taller Renault, en Adenau, a buscarlas. Yo le mostraba las pastillas y
escribí en un papel “Mercedes Benz 220”, porque son las mismas que las del
Torino, y el buen señor repetía la palabra “morgen” y escribía el número 12. Allí
fue donde pifiamos y nos pasamos media mañana buscando por todo Adenau, la
calle Morgen Nº 12. Cuando alguien nos explicó que la palabra “morgen” quiere
decir “mañana” y que todo lo que teníamos que hacer era ir a buscarlas “mañana a
las 12”, la carcajada que soltamos debe haberse escuchado hasta en Berlín...
¡Entre que nos reímos de nosotros y que no ganamos para sustos, esta es una
vida de altibajos increíbles!
Con Fangio nos asustamos mucho cuando vino esa lluvia torrencial y se inundó
todo el circuito. Nürburgring es sumamente peligroso solo... ¡con temporal es diez
veces peor! Cuando Cupeiro se fue afuera, pensamos que podríamos quedarnos
sin ningún auto... ¡Y ahora vamos primeros! Este Fangio es un compañero
maravilloso. Hace como 70 horas , que está en pie... Además, como bien decía
Zurita, si trabajar acompañado —de noche— rinde más, porque uno no se siente
solo, cuando esa compañía es la de Juan Manuel Fangio... ¡que embromar...! ¡Fue
quíntuple campeón del mundo! Uno saca fuerzas, si no las tiene, de cualquier
lado... Además, es un ejemplo, es el hombre a quien le puede pasar cualquier
cosa pero nunca se da por vencido. ¡Y nos pasó casi cualquier cosa! Eso antes de
la carrera. Por el momento, salvo lo de Cupeiro, los autos andan bien. Sin
problemas.
Me decían si no sería mejor, para el año que viene, si venimos, el armar equipos
incluyendo algún muchacho mecánico. De esa manera podrían salvarse algunas
detenciones en el box, que son penalizables, y hacerlas enfrente, donde la parada
no se paga... Yo no sé... Pero creo que, si venimos, había que comenzar a
prepararse en seguida... Esto es muy duro. Hay que enseñarles mecánica ligera a
los pilotos. ¡Yo creo que es preferible enseñarle mecánica ligera a un piloto, que
no a correr ligero a un mecánico...!
¡Ahí va “la banana”... ¡ Me parece que Eduardo estuvo un poco exagerado al
bautizar así al auto... ¡Anda bastante bien! Además, va tercero... ¿Qué más
queremos?
comenzado la carrera.
¡Esto es muy bueno...! Si ese auto mantiene mi ritmo, se va a hacer más fácil
andar en el agua. ¡Si casi voy sobre piso seco...! Pero no... afloja... Mejor pasarlo.
Bajo el agua, me dijeron Fangio y Berta, no bajar de 14 minutos y medio. En la
última vuelta me marcaron justo eso... ¿será mejor viajar en 15? ¡Y ahora el que
no se despega es el que pasé...! Era Tony Fall, el del Lancia. Claro... ¡me está
haciendo el mismo jueguito que yo intenté! Me imagino que debe andar lo más
descansado, como por sobre dos rieles. Con los neumáticos anchos que usamos
nosotros, el asfalto detrás de mí debe quedar seco como si le pasaran una
plancha.
Esta parte está más seca. Aquí ha llovido menos. ¡Qué circuito sensacional...! Yo
no creo que sea tan difícil, como dicen, sino —más bien— difícil de retenerlo. Lo
menos, pero lo menos, hacen falta unas 20 vueltas para acordarse de tomar las
referencias... No... ¡si no es nada sencillo! Lo que es una verdadera picardía es
que no tengamos un circuito como éste en la Argentina... ¡Con los lugares que
hay! Se podría hacer sin mucho problema. En Córdoba mismo; en La Cumbre hay
una parte que es muy parecida a esto. Habría que hablar con alguien... no sé...
Pero vale la pena intentarlo.
Nuestra idea era cuidar los frenos a muerte. Tratar de que aguantaran, sin cambiar
pastillas, durante toda la carrera. Aunque en las últimas horas anduviéramos muy
pobres. Berta coincidió y, con Fangio, decidieron que giráramos entre 13 minutos y
13 minutos y medio, durante el día y en seco. De noche y bajo la lluvia aumentar
un minuto el ritmo de marcha.
¡Y qué lluvia! Fue el momento más difícil de todo lo que va de la carrera. Fangio
estaba preocupado. Después, me dijo:
—¿Sabés una cosa, hermano? Tuve miedo que el agua nos sacara afuera los tres
autos.
No era para menos. Hubo algunos autos que no pudieron completar la vuelta en
los 24 minutos que otorga el reglamento, durante el diluvio. ¡Qué tensión!
¡Qué lindo equipo hemos hecho con Larry y con Franco. Todo el grupo es
extraordinario pero, entre nosotros, entre los tres pilotos de este auto, ha nacido
“algo”. Una especie de confianza mutua que es muy importante. Bueno... Larry
tiene años de esto y todos conocemos lo que es capaz de hacer y el
temperamento que tiene. Pero “Cacho” me resultó un tipo extraordinario, un
compañero de excepción. Y con más modestia que la que justifican sus propias
cualidades. Y su habilidad. Cuando dimos vueltas juntos, durante los
entrenamientos, preguntaba esto o aquello y me dio la impresión que, en su
cabeza, anotaba cada respuesta como si lo hiciera en una libreta. Además de
veloz, es seguro. Y tranquilo. Son cualidades que hacen a una personalidad
definida en un piloto. Y eso también cuenta.
Oreste Berta se sentó detrás del volante y me dijo “Vení que te lo muestro”. Claro,
él ya lo conocía y salió rápido. En ritmo de carrera. Yo, que lo sé un hombre
responsable y que maneja a la par de cualquiera, tuve absoluta confianza en lo
que estaba haciendo. Pero el circuito me impactó. Y la experiencia fue
tremendamente útil, porque no es lo mismo conocer Nürburgring arriba de un auto
de paseo, andando despacio, que tener la primera impresión a ritmo de carrera.
De ese momento en adelante tuve confianza absoluta en que, más allá de andar
bien, quizá pudiéramos ganar. Pero la primera impresión es que este circuito es...
¡un loquero de curvas!
¡Qué bien anda el auto! Me hace recordar a los primeros Torino que corrieron en
TC. En San Pedro. Estos están un poco más pesados y los motores con algo
menos de potencia... creo yo... pero básicamente son lo mismo ¡Qué bueno!
Corriendo en Europa, en Nürburgring, en una competencia de la importancia de
ésta y... ¡en Turismo Carretera!
¡Les estamos corriendo a las mejores marcas del mundo con un auto argentino! ¡Y
vamos en punta! ¿Y ésto ya no es el comienzo... van... 42 horas y pico de
carrera... Pasamos la mitad... Hemos comenzado la segunda parte... ¡y vamos en
punta!
Esto puede ser la punta del ovillo... Tanto vivir entre complejos y “cucos” favoreció
un aislacionismo que, hasta este momento, no produjo nada.
Ahora estoy seguro que estamos, también, para otras cosas. Tanto en lo que hace
a autos, como en lo que se refiere a pilotos. No quedará muy elegante que yo diga
esto, pero no deja de ser la verdad: creo que en pilotos tampoco tenemos nada
que envidiar.
En Adenau, al mediodía de
jueves 21 de agosto.
ESTO YA ES SENSACIONAL...
No hizo falta que reiterara la invitación muchas veces. El grupo estaba formado y,
en un par de autos, salimos rumbo a Adenau.
Yo iba al volante. Por la forma como conduje reconozco que estaba bastante
excitado. No era para menos. Los Torinos del equipo de la Misión Argentina iban
primero y tercero. ¡Casi mitad de carrera y primero y tercero! ¡Era sensacional...!
Adolfo Donati, como yo, concesionario de Ika-Renault, iba en el otro auto. Al
observarlo, me di cuenta que éramos como dos chicos con juguete nuevo... Adolfo
gesticulaba, hablaba hasta por los codos, y la sonrisa que lucía era como si se la
hubieran dibujado con tinta indeleble. ¡Me reí a carcajadas, porque a mi me
pasaba lo mismo!
Nos ubicamos en el restaurant y juntamos dos mesas, cosa que allí debería hacer
un siglo que no sucedía.
—¿Argentinien...?
Torino... Recuerdo que cuando escuche el nombre por primera vez, pensé en lo
mismo que ahora. En la primera vez que leía algo sobre el motor. Fue en una
revista, en un “Car and Driver”, allá por el año 1962, que leí un comentario sobre el
nuevo diseño que Willys incorporaba a su línea de producción. El autor, el editor
técnico de la revista, hacía una comparación entre las características similares que
compartía ese nuevo motor con el exitoso 3.800 de Jaguar. Y entonces me asaltó
el pensamiento, tal como ahora lo hace el recuerdo, de “que bueno sería disponer
de un motor así en la Argentina”.
—De veras. Me traje como diez metros de cinta argentina. No tuve nunca ninguna
duda de que esto sería un éxito... Además tengo escarapelas para repartir. Y va a
ver como tengo razón cuando llegue el final estamos allí, prendidos o ganando...
Lo miro a mi padre, que comparte nuestra mesa. Me sonríe. Creo adivinar lo que
piensa. Más de una vez me ha dicho:
“Quién tuviera tu edad, para poder vivir así, respirando entusiasmo y futuro!” No
será muy formal, pero lo hago un guiño. Nos reímos un poco a escondidas, como
si fuéramos cómplices de una travesura.
Barrau y Lamarque se despachan contra la mala suerte que tuvo Jorge Cupeiro...
comunicaciones de Ika-Renault. En
Alemania Occidental son las 23 hs. hora
local, 18 hs del día jueves 21 de agosto.
VIVÍAMOS ASÍ
En el circuito de Nürburgring,
el viernes 22 de agosto de 1969.
Quedaban, en carrera, 34 autos, sobre
79 anotados inicialmente.
En el circuito de Nürburgring,
en la madrugada del 22 de agosto.
¡Sí...! Llegué llorando a los boxes y... ¡qué hay? ¿Qué tiene? ¿Quién puede saber,
sino el que lo pasó, lo que significa perder un auto así, a esa altura de la carrera?
No fue lo mismo que otras veces. No fue igual a nada que yo haya experimentado
antes.
Todos saben que yo, alguna vez, me he ido afuera. Creo que jamás podré olvidar
lo que fue mi primer vuelco... la sensación de haber perdido el control... los tumbos
del auto... sentir esa extraña fuerza que parecía quererme arrancar del asiento...
los ruidos del metal que se dobla... de los vidrios que se astillan y luego... el
silencio. El silencio repentino, que parece total, como si el mundo se hubiera
detenido en ese mismo instante. Sí, ese es un recuerdo que a ninguno de
nosotros le gusta tener como compañero de almohada.
Pero esto... ¡esto fue distinto! Peor. Mil veces peor. Y no por el golpe, que no llegó
nunca, ni por los destrozaos, que no existieron. Para comprenderme hay que
conocer toda una historia y recién entonces sabrán porqué un hombre puede
llorar, aunque no le haya pasado nada.
Traten de ponerse en situación. Piensen en todo lo que se había conseguido ya,
en cuántas personas habían comprometido muchas cosas (y cosas muy
importantes) para que existiera la Misión Argentina. Para que un grupo de pilotos
estuviéramos girando, haciendo entrenamiento, en el circuito de Nürburgring.
Piensen, ahora, en los primeros resultados. En el largo y cansador trabajo de los
mecánicos, que deben pasarse horas y horas al lado de los autos, corrigiendo una
cosa, mejorando la otra o remendando lo que los pilotos rompimos...
¡Yo lo sé bien, porque lo he hecho! Piensen que un accidente hizo que se
descartara un auto, que quedó tirado en un rincón, como inservible. Y que otro
“fuera de pista”, de peores consecuencias que el primero, redujo el equipo a sólo
dos Torinos.
Entonces sucedió lo que creo que sólo los argentinos somos capaces de hacer:
Fangio, Berta y Lobbosco cambiaron ideas, conversaron con Macagno y con
Zurita, y decidieron que aquel auto, el que había quedado tirado en un rincón,
como inservible, correría las 84 Horas de Nürburgring... ¡De los dos, hicieron
uno...! Lo llamamos... “la Banana”.
A todo esto, sabíamos que una de las cosas contra la que más deberíamos pelear
era contra el peso de los autos. Mayor peso significa mayor desgaste de frenos y
neumáticos. Entonces yo pensé en la posibilidad de encontrarle un ritmo al
circuito, utilizar los frenos lo menos posible, y poca caja para cuidar el embrague, y
también lograr que el motor no trabajara muy “arriba” en vueltas. Lo busqué,
practiqué, me equivoqué algunas veces, acerté otras, hasta que di en la tecla.
Traté, en esa forma, de encontrar “el tiempo” como para girar en carrera y cuando
supuse que lo había logrado, pedí que me controlaran. Andaba bien. Conversé el
tema con los otros muchachos, y llegué a la conclusión de que todos habían
pensado más o menos lo mismo. Les conté como lo hacía yo, cómo me había
salido, cómo usaba el freno solamente dos veces a lo largo de una vuelta y la
segunda velocidad sólo una vez... ¿Se dan cuenta que lo que nosotros queríamos
era cuidar los autos...?
Ahora piensen, un poquito, en lo que significó, para el grupo de mecánicos, el
fabricar “la banana”. Si nosotros casi no lo podíamos creer... ¡la cara de los
alemanes era impagable!
Así fue que largamos la carrera, después de todos estos inconvenientes, con tres
autos. La verdad es que “la Banana” era poco menos que “la sensación”. Para
Galbato, para Cacho Fangio y para mí, que integramos el equipo, antes que
Galbato ... (¡qué tipo sensacional!...) cediera su puesto a Gastón, “la Banana”
también era una sensación... ¡pero distinta!
Resulta que el auto había quedado bastante derecho, pero... algo tenía que lo
hacía más raro que cualquier otro que yo haya manejado en mi vida. En la recta
era difícil de llevar... ¡pero doblaba fenómeno! Luego que Berta hizo unas
correcciones finales, quedamos bastante contentos. Además... podíamos correr, y
eso... ¿les parece poco? Pero sigan pensando en todo lo que significó el poder
poner ese auto en la pista.
Largó Carmelo. Todo anduvo bien. Cuando lo reemplacé... ¡qué se yo...! me
equivoqué... me trabuqué con el asunto de pasar justo a las cuatro de la
madrugada por el control, y resulta que quedé como a siete minutos. Sin variar
mucho el ritmo comencé a pasar autos y autos y autos, y fuimos arrimando en la
clasificación. Al día siguiente, sobre el medio día, cuando llovían sapos y
culebras... ¡se fue afuera Cupeiro! Allí quedo el auto, intacto, sin un rasguño. Sólo
quedaban dos autos. Y uno de ellos, “la Banana”.
Jorge cree que sabe disimular, pero... ¡la bronca le quemaba por dentro...! Sin
embargo, yo quisiera decirles que cualquiera de nosotros pudo haberse ido afuera
durante esa tormenta. Tan es así, que vimos un montón de autos que quedaron
sembrando el circuito. Y sin contar los que no pudimos ver porque se habían ido
abajo!
En fin... ¡que nos quedamos con dos autos! Se integró entonces Gastón Perkins al
equipo de “la Banana” y seguimos tirando y tirando, sin pasarnos de rosca, porque
Fangio y Berta nos guiaban continuamente, hasta que llegamos a escoltar al
Torino Nº 3. Pero esto, que se cuenta así de fácil, no fue sencillo de hacer.
Por eso les pedía a ustedes que piensen en cada esfuerzo, en cada sacrificio, en
lo que significó el llegar con dos autos a las posiciones que ocupábamos en ese
momento de la carrera. Y en todo lo que hubo que poner, de valores humanos,
para que “la Banana” pudiera largar la carrera.
Y entonces, cuando todo estaba casi hecho, cuando nos pareció que tocábamos
el cielo con las manos... entonces... ¡entonces me toca a mí el problema de las
luces!
De golpe me quedé ciego. Lo peleé. Traté de adivinar la curva. Doblé, pero me
había pasado del radio. Hice todo lo que pude, pero me fui afuera. Y no pude
regresar al circuito.
Y entonces... ¡Sí! Llegué llorando a los boxes... ¿Entienden ahora porqué un
hombre puede llorar, aunque no le haya pasado nada?
CAPÍTULO XVI
Nürburgring, en horas de la
mañana del viernes 22 de agosto.
LA VERDAD...
¡A MÍ ME DIO UNA BRONCA BÁRBARA!
Resulta que yo estaba chocha por cómo iban las cosas. No es que sea una
fanática pero... seguro que, si no se corta la luz, gana “la Banana”... ¡hubiera sido
bárbaro!
Para entonces los argentinos brotaban de toda Europa y caían a Alemania y los
mozos del restaurante nos conocían y nos reservaban la mejor mesa... Era
fenómeno, ver a los argentinos unidos, “hinchando” por una misma cosa, los autos
que andaban como la gran flauta y, aunque una no supiera el idioma ya pescaba
la onda de lo que la gente decía.
Después, esa admiración... Era como Fangio volviendo... pero, en vez de Fangio,
sus autos. ¡Pobre Luisito! ¡Ay! A mi me dio una bronca bárbara. Da rabia, sobre
todo que se haya quedado por una cosa tan estúpida. Yo aprovechaba para
dormir cuando dormía Gastón, pero justo ese día, se me hizo un poquito tarde.
Entonces fue pensando ... “!Huy...! ¡Gastón ya debe estar corriendo!” Pero,
cuando llegué a los boxes me dijeron: “Luisito tuvo tal problema...”
¡Qué se yo! Es la impotencia lo que más mortifica, porque si hubiera sido un
problema-problema, un palier o el diferencial o algo así... pero... ¡por cortarse las
luces...! ¡Por un cablecito estúpido...! Además, si hubiera sido de día no pasaba
nada, pero, en fin... Así son las carreras.
Yo nunca tengo miedo cuando corre Gastón, porque le tengo una fe bárbara. En
esta carrera menos todavía, porque no era una carrera de “a fondo”, de esas que
todo el mundo va “al mango”. Aunque algunas veces Gastón se tentó. Recuerdo
que cuando el Ford Capri los alcanzaba, Gastón hizo una vuelta en algo así como
12 minutos y pico... y en seguida Fangio puso banderas y carteles por todos lados,
para que aflojara. ¡Qué bárbaro Fangio...! Se quedó levantado... ¡pero muchísimo!
Estaba en todo. Además, cada vez que paraba uno de los corredores, le daba una
palmada, un aliciente... “Bueno, hermanito, estuviste muy bien...” ¡y qué sé yo!
¡Qué bárbaro Fangio! Las diez mujeres más monas del mundo no llaman tanto la
atención como él. Es increíble... ¡Y cómo trabajó y se preocupó! ¡sabíamos tanto
del reglamento como el que más, y tenía a todos supercontrolados... Tanto, que
uno de los directivos (uno alto, grandote, rubio, muy serio) dijo que de todos los
equipos éramos el más correcto, en todo. Y eso que hay equipos con mucha
experiencia. Y los italianos que son muy divertidos y, además, unos japoneses,
pero... ¿quién va a entender japonés? Están de lo más recluidos en sí mismos. A
mí, los que más me llaman la atención y charlamos y dicen “chau” y qué sé yo,
son los italianos.
Pero... ¡que rabia! por un cablecito estúpido nos quedamos con un solo auto. Y
Gastón de a pie, por segunda vez... Pero esto va a salir bien, y yo... no sé... pero
me encantaría intentarlo otra vez el año que viene... Aunque Gastón dice que los
demás también se vana a preparar mejor y que va a ser tan difícil como ahora. La
verdad es que, con todas las piñas que hubo, que no se le haya pasado nada a
nadie ya es bastante suerte...
¡Pobre...! Yo aquí, lamentándome por Gastón, y esa monada de chico que es el
“Nene” García Veiga ni siquiera tuvo la posibilidad de subirse a un autos. Está bien
que Gastón haya tenido mala suerte por partida doble, pero corrió en dos autos
y... no es que yo sea una fanática de mi marido pero... seguro que, si no se corta
la luz, gana “la banana”. Hubiera sido bárbaro...
CAPÍTULO XVII
¿DE SUPLENTE?
DE PINCHE, DE LAVAPIEZAS, DE
CUALQUIER COSA
Nürburgring, al amanecer
del día viernes 22 de agosto de 1969.
Los primeros reflejos del alba comienzan a iluminar este viernes, cuando decido
tomarme un descanso. Desde el martes hasta este momento (las 5.30 de la
mañana), mi contacto con la almohada apenas si alcanzó a 5 horas en total.
Camino del hotel, voy haciendo un “racconto” de todo lo vivido. Sin desvestirme
siquiera me tiro boca arriba en la cama, las manos entrelazadas en la nuca y
apretando los párpados como para apurar el sueño que no llega, pese al
cansancio. Pero los nervios pueden más que la fatiga. La visión retrospectiva
anduvo desandando el tiempo hasta el instante en que Di Palma apareció en los
boxes confirmando la noticia de su “no va más”. Ahora lo que tiene vigencia es esa
imagen del coche Nº 3 punteando la competencia.
Tengo necesidad de dormir. Comprendo que si pierdo este par de horitas de
descanso ya no tendré reposo hasta entrada la noche del sábado. Sin embargo,
cuando no es el rumor de los autos pasando, que el viento empuja hasta mí, es un
teclear del telex que no me abandona; que como un fantasma penetra en mis
oídos, recorre sus laberintos y regresa. Creo enloquecer. Necesito dormir. Es el
arrastre de 19 días digitando sobre un teclado, que se ha incorporado a todo mi
ser y se agita en repiqueteo infernal.
De cuando en cuando el martilleo penetrante, cede. Es para dejar paso a otro
rumor que, aunque apagado, se filtra por la ventana sin persianas de mi
habitación. Se trata del rumor alegre, sonoro, vibrante, del escape del Torino.
Cada 14 minutos, aproximadamente, se repite la música argentina. Y ya no pienso
más en dormir. Ni siquiera entorno los párpados. Sólo espero el momento en que
el Torino encara la “chicana”.
Y no aguanto más. El reloj me dice que son las 8 y monedas. Me pongo de pie y
en instantes más estoy en marcha hacia el circuito. Pero me detengo brevemente
en el puente de la “chicana” a esperar el paso del coche Nº 3. El suspenso se
prolonga. Y vuelvo atrás el tiempo en la memoria. Y pienso en Fangio, en su larga
vigilia con los pies sobre un bidón porque el box está inundado. Veo a don Pablo
Macagno con el cronómetro y la planilla, arrancándole rezongos trasnochados al
mate que ceba Cordero, o Sanz o Giacone, mientras los demás mecánicos se
turnan enarbolando las pizarras y Berta remedia el reposo del guerrero dentro de
la carpa, con un problema de angina rebelde...
Vuelven a desfilar como en una galería de cuadros, todos los rostros familiares de
tantos días vividos como ermitaños. En Nürburgring. La pena de Di Palma, el
gesto de amargura de Perkins por su doble “quedarse de a pie”; el dolor interior de
Cupeiro, la nobleza de Galbato en su renunciamiento, la solidaridad de Cacho
Fangio y García Veiga; el toque de humor de Rodríguez Canedo para matar el
tedio, la seriedad mayor de Franco, la inquietud de “Larry” por relevar al
compañero; las gestiones sin tregua de Teleki, los cigarrillos devorados por
Lobbosco, los termos con cacao preparados por Lino de Las Heras, los asados de
Casarín (y su valija fantasma), los emparedados que consiguió Donati, a pecio de
oro y las noches en vela de Ruata, Astiz, Verna y “Bieletta”. Y pienso en mis
colegas viviendo a pleno todas las emociones, pero también sufriendo el agua, el
frío y las vigilias.
Y pienso en la tierra lejana; en todos aquellos que creyeron en la patriada y que
ahora quizás estén pegados a los receptores escuchando en las voces radiales de
habituales jornadas locales, el mensaje de este sensacional primer puesto que
aún mantiene el auto argentino. Y siguen en caravana los recuerdos, desde el día
en que dejamos atrás Ezeiza rumbo a eso que algunos tildaron de aventura
imposible y que hoy ha trocado en “misión posible”. Y pasa el tiempo y el Torino
no aparece. Van 13 minutos... ¡Ahí está...! El bramido lo delata. Los cambios se
suceden y la trompa agresiva del auto argentino emerge de la curva; y al pisar
sobre la recta del puente, revienta un trueno que resquebraja los cristales del aire.
Ya pasó; se pierde en el fondo de la recta . Pero una rumorosidad, acaso
desusada, deja un poco en suspenso la repentina alegría que experimenté ante
esa presencia que permitía seguir alentando esperanzas. Algo no anda bien, me
digo en reflexión inmediata. Y una nube oscura, la de la duda, se suma a la tropilla
de bajas nubes amenazantes que el viento arrea rumbo a cualquier parte.
Y estoy otra vez en el circuito. Son las diez y cuarto. No hace falta preguntar nada.
La pizarra indica al coche Nº 3 que debe ingresar a boxes, y observo preparativos
e inquietud en la gente argentina. Por ahí, siempre procurando no ser inoportuno,
me atrevo a averiguar algo más. Efectivamente, aquella rumorosidad era anormal.
El escape estaba suelto. Pasan unos minutos y aparece el Torino (Copello al
volante). Manos ágiles y diestras manejan un alambre como remedio de
emergencia para salir del paso. La tarea lleva 2m45s. Lo suficiente para que el
auto sea castigado con tres vueltas de descuento y de esa manera deje de ser el
puntero de la competencia, bandera que mantuvo en alto a través de 57 horas. A
partir de ese momento es el Ford Capri, Nº 7, el auto que marcha a la vanguardia.
Duele. Nos habíamos acostumbrado mal. Llegamos a olvidarnos de que,
humildemente, vinimos a competir; a entregar una imagen argentina. Y ahora nos
molesta abandonar la delantera; nos produce desaliento. Pero más en frío,
reflexiono y se me ocurre que éste es “un triunfo que no necesita bandera a
cuadros...”. Y en esa inteligencia me dispongo a seguir la tarea.
Ha transcurrido una hora. “Larry, que relevó a Copello, recibe indicaciones para
que cambie pastillas de freno y rodado, parte trasera izquierda. Son ya las 11.45 y
“Larry” ingresa al parque de reparaciones, donde el piloto puede realizar tareas sin
penalización alguna. Y “Larry” comienza la suya. Procede con mucha cautela.
Desprecia la rapidez en beneficio de la seguridad. Pero nadie nos quita la
angustia, porque el reloj es terminante con su marcha inexorable, y la aguja va
estrechando el margen de tiempo para poder dar la vuelta en los 24 minutos que
exige la reglamentación de la carrera. Ya “Larry” concluyó con el cambio de
pastilla y rodado. Mientras se ajusta el cinturón de seguridad, consulta. “¿Cuánto
me queda...?” La respuesta es, “!Catorce minutos!”. Apenas si se escucha decir...
“!catorce...!”. No necesita saber más y pisa con fuerza y nervio. Va a jugarse una
carta muy difícil. Con partida detenida es casi imposible bajar de 14 minutos. El lo
sabe, nosotros también, y lo acompañamos. En esa carta nos jugamos todos.
....Estamos viviendo el momento de mayor angustia. Solamente un milagro puede
mantenernos en carrera. Diez minutos y diez segundos insumió la detención.
Vuelvo la mirada al cronómetro: 12 minutos han quedado atrás... Pero allí se
escucha al Torino, ¡está entrando en la “chicana”! Se acerca, ya está frente al
control y tembloroso nuestro pulgar hunde con rabia la perilla. Las agujas se
clavan en 13m08s. Y mientras pienso en que existen los milagros, la muchachada
argentina, brazos en alto y aplaudiendo, señala a “Larry” que entró en tiempo. La
mano del piloto haciendo la clásica seña de “O.K.”, una sonrisa y un guiño, lleva
tranquilidad a todos. Todavía estamos temblando. Clavar 13m08s con partida
detenida es realmente un milagro. ¡Increíble”.
Está cerca el mediodía. Hace un rato “Larry” intentó repetir su proeza cambiando
pastillas y rodado del lado derecho. Pero las pastillas estaban muy duras y los
minutos pasaban volando. Calculando que no iba a poder realizar la tarea y dar la
vuelta en término, “Larry” dejó todo como estaba y reanudó la marcha. Eso no era
el mayor problema. El verdadero está en el escape. Como esta mañana. Acaso
más acentuado, pese al recurso del alambre. Y el nervio, la angustia, el cansancio
y el sueño, siguen marchando del brazo con el café y el cigarrillo. Son mis
trasnochados compañeros. Y con ellos hago un paréntesis en el bar del circuito. A
través de sus ventanales sigo la carrera, mientras recopilo apuntes.
Y la rumorosidad del Torino crece... allá afuera, sobre la pista...
CAPÍTULO XIX
Nürburgring, viernes 22 de
agosto, 17.00 hs.
¿Cómo he podido desparramar tantas cosas en tan poco tiempo? Paseé la mirada
por la habitación del hotel... ¡Qué lindo revoltijo...! Había dado instrucciones que...
¡por favor! al arreglar mi habitación, la mucama no tocara nada, no moviera nada
de su lugar. Me dispuse a ordenarlo y ordenarme.
Anotaciones, planillas, registros, medicamentos. Ese habías sido mi mundo
durante menos tiempo del que me parecía y constituía, además de una obligación
aceptada con orgullo, una experiencia de profunda significación profesional.
Soy médico y mi especialidad es la medicina del deporte. La reflexión me hizo un
poco de gracia, ya que, aún sin alejarme demasiado de mi función específica,
pude haber pasado a los ojos de algún observador incauto como un ayudante de
cocina o “gaucho” experto en asados.
El decir que “junto mis notas” puede ser una curiosa paradoja. La verdad es que
las desparramo frente a mí. Quiero observar. Confrontar. Estoy seguro y, sin
embargo, dudo. Mi función está en la ciencia, pero soy humano. Y son hombres en
desgaste, en tensión, en el resultado de un trabajo, cuya exigencia psicofísica es
inmensa, los que me preocupan. Estamos en el umbral de la última noche de la
Maratón de la Ruta. Es, también, la cuarta noche consecutiva en la que el sueño
es un amigo esquivo o un imposible compañero en un trabajo que no lo admite. Es
por eso que, aún estando seguro, dudo. Porque la responsabilidad es de todos. Y
muy grande. Porque dentro de esa responsabilidad también está la mía.
Soy el médico de la Misión Argentina. Suena bien y sabe bien... ¡Dios mío... que
salga bien!
Pienso que Bordeu, quien me propuso para ocupar este cargo, es el único
ausente. Claro que soy amigo de todos y los conocía... ¡los he revisado tantas
veces en el consultorio del ACA...! Sin embargo, de todos los amigos que me
propusieron y aceptaron como uno más de ellos, esta noche esto más cerca del
que está más lejos.
¡Qué lejos está el comienzo del viaje! ¡!Qué lejos las revisiones previas, los
primeros consejos, las normas iniciales. ¡Qué lejos el pánico de Eduardo
Rodríguez Canedo! Fue mi primer enfermo. Lo atendí a bordo del Boeing 707 de
Aerolíneas Argentinas. Puedo aseverar, como facultativo, que Canedo no tenía
absolutamente ningún placer en volar... Tuve que medicarlo y los resultados
saltaron a la vista en su retorno a la normalidad. El “Chino” volvió a regar de buen
humor al grupo. Y cuando digo “grupo”, también quiero decir “unión”.
No desperdicié las horas de viaje. Logré iniciar el estudio psicológico de los
muchachos, lo que dio base para otras consideraciones, además de la que
antecede. Luego llegó el trabajo. Las dietas cumplieron su función. También los
medicamentos. A estos los suspendí 5 días antes de iniciarse la prueba y tampoco
mediqué durante las primeras 48 horas de carrera... ¡Lo que me costó trabajo fue
entenderme con el doctor Schwartz...! Fue un honor conocer a ese prestigioso
colega, también dedicado a la medicina del deporte. Su inquietud coincidía con la
nuestra y se admiró de la previsión de nuestro equipo, actitud de la que
desconocía precedentes. Me he dado cuenta de que, por algún minuto, he clavado
la vista en la brasa del cigarrillo que reposa en el cenicero... ¿Cansancio? Quizá...
¿Preocupación? Seguro. La hipnosis es una enemiga. La fatiga es su aliada y,
además, el vértigo puede hacerse presente en cualquier instante. Son mis tres
enemigos. También los enemigos de mis muchachos. A 24 horas de la finalización
de la carrera, suman un peso a los riesgos que aún debe afrontar la Misión
Argentina.
Los ojos fijos en la ruta, en la noche, los haces de los faros como imanes, lo
monocorde del sonido que acompaña, la tensión que no decrece... ¡la hipnosis!
Hay que evitarla, combatirla.
La fatiga, de hacerse presente, es su gran colaboradora. Pero los pilotos
descansan... ¿cuánto descansan? Es difícil, para mí, saberlo. Retirarse a una
habitación es una cosa, conciliar el sueño, otra bien distinta. Pero no he bajado la
guardia. Podemos combatir la fatiga, y la enfrento con buenas armas.
Luego, el vértigo. Puede parecer mentira, pero una persona no sólo se marea por
enfermedad o por viajar en un barco, o por volar. Puede también marearse en un
circuito, al competir en él. Nürburgring presenta mayor proporción de curvas hacia
la derecha que hacia la izquierda. El sentido del equilibrio puede verse afectado,
gradualmente, sin mostrar su peligro hasta que la evidencia es mutua.
Hipnosis. Fatiga. Vértigo. Proteínas desgrasadas, hidratos de carbono, cacao,
vitaminas. Desfatigantes. Y entrenamiento. ¡Pocos se dan cuenta de la
importancia del entrenamiento...! Pongo en orden mis papeles y, como si fuera un
contador, hago mi balance de sumas y saldos. Creo poder estar tranquilo. Pero...
¿lo estoy? Me lleno los bolsillos de lo que me hará falta durante la última noche de
carrera. Mi puesto estará en el lugar lógico: los boxes. Me abrigo y me dispongo a
salir. Una ojeada final a la habitación. Cuando regrese a ella, todo podrá traducirse
en un resultado. Siento que la fe crece. No debo tener dudas. Esta misión tiene
grandes pilotos para un gran auto.
CAPÍTULO XXIII
En mi domicilio, durante la
noche del viernes al sábado 23 de agosto.
—No hay ninguna duda, muchachos, que el Torino es un gran auto... ¡Y qué
pilotos extraordinarios son los argentinos! Miren: yo creo que el TC ha tenido
mucho que ver para lograr esta categoría de pilotos, capaces de andar en el
Nürburgring igual o mejor que los especialistas europeos...
Me rodean mis hijos, en el living room de nuestro hogar, que entre la radio
permanentemente encendida, las planillas de clasificación y los cálculos de
pronósticos, se había convertido en algo así como una lejana pero nerviosa central
de operaciones.
—Jimmy.. —le dije al más pequeño, que sólo tiene siete años— creo que es hora
de ir a la cama.
Protestó más que siempre y esta vez cedí en un detalle. Le permití que se
acostara en mi dormitorio, desde donde podía escuchar mejor la transmisión, en
lugar de hacerlo en el suyo, más alejado.
Kimbell, Marcos y Kelly, mis otros tres hijos, estaban dispuestos a seguir en pie, a
no perder ni una sola de las alternativas de la última noche de carrera.
Aprovechando las vacaciones, ya que cursan sus estudios en los Estados Unidos
—Kimbell en la Universidad de Stanford, y Marcos y Kelly en un instituto
preparatorio para la Universidad— habían venido a Buenos Aires. Los tres son
muy entusiastas de las carreras de automóviles, pero Kimbell, que tiene un Torino
en los Estados Unidos, estaba aún más excitado.
Nos preparamos para una larga vigilia. La verdad es que esta no sería la primera
vea que una hazaña del Torino me tuviera en pie toda la noche. Y uno de los
protagonistas de aquella primera demostración de virtudes estaba, ahora, en
Nürburgring. Lo acababa de escuchar en sus impresiones de la carrera y recordé,
de inmediato, aquella otra hazaña: la del “Chasqui Argentino”, cuando Miguel
Angel Barrau y Arturo Castro Almeyra unieron Río Gallegos con San Salvador de
Jujuy sin etapas, en menos de 36 horas, con ruta abierta. También esa vez me
pasé en pié toda la noche... ¿Cómo no iba a hacerlo ahora, cuando el Torino
estaba demostrando, frente a las mejores marcas del mundo, su clase
internacional?
Recuerdo que cuando Fangio me vino a hablar y conversamos largo sobre la idea
de la Misión Argentina yo pensé, en ese momento que Juan Manuel era como un
moderno Don Quijote, que estaba buscando molinos de viento contra los que
pelear. Pero a medida que se fue avanzando con la idea, en la que Fangio me
invitó a participar, y analizamos las características del auto, los tiempos
comparativos que conocíamos de otras marcas en ese circuito, y teniendo en
cuenta que eran 84 horas de carrera, y la rigidez y la fuerza de los Torinos,
entonces pensamos que teníamos una buena posibilidad en la Marathon de la
Route.
—¡JIMMY...! Get back to bed... Desde la cama puedes escuchar perfectamente la
radio… Oye, Kelly.. ¿a qué tiempo estamos del Mazda, del Nº 29...?
—A tres vueltas. Algo así como 42 minutos...
—Si el Torino mantiene este ritmo, lo vamos a alcanzar...
Podría haber asegurado que el motor no tendría ningún problema. No sabía bien
hasta donde había llegado el trabajo que el ingeniero Leeper realizara en la
fábrica, pero sí que la prueba de rutina de esos motores se hace a 5.500 rpm,
durante 100 horas. Y ahora están girando en la mayor parte del circuito, según dijo
Eduardo, entre 4.400 y 4.600 rpm.
—¿Quiénes conducen ese auto? —preguntó Marcos.
—Copello, Larry y Cacho Franco —le respondí—.
—¡Qué lástima los otros!
—¡Hey, Dad...! ¿What do you think que hubiera pasado si el auto de Eduardo no
se le rompe el escape y los autos Nº 1 y 2 no se van de pista?
—Bueno... —respondí a Kimbell— yo creo que... mirá, creo que... ¡hubiéramos
terminado uno, dos y tres! Creo que sí. Sin importar el tiempo feo y la lluvia, que
perjudica a los autos de mayor peso, como el Torino.
Avanzó la hora. Era ya algo así como la medianoche nos anunció que el Torino Nº
3 entraba en la misma vuelta que el Mazda. De allí en adelante ya estuve seguro
de que lo superaríamos y que, al monos finalizaríamos cuartos.
Marcos y Kelly comenzaron a hacer números y cálculos para ver si sería posible,
ganar, también el tercer puesto.
—¡Si se deciden a buscarlo es posible!— nos informó Marcos. Yo pensé que la
responsabilidad era muy grande para Fangio y para Berta, teniendo un solo auto
en carrera. Pensé también qué hubiera hecho yo en esa eventualidad. ¿Hubiera
ordenado “tirar” al Torino, ir a buscar al Triumph, o quizá...?
Y otra vez Jimmy, parado en la puerta, con sus ojos cargados de sueño y en
pijama...
¡Qué chico éste! Además, es hincha del TC... Así se fue, en mi hogar, la última
noche en que se disputaba la Marathon de la Route 1969. En familia, pegados a la
radio, atendiendo cada novedad, calculando, seguros en nuestra esperanza.
Digo sólo una verdad al afirmar que muchas cosas pasaron por mi mente esa
noche. Desde la primera carrera de TC, en San Pedro, en que nació el nombre del
Torino a la fama, hasta los comentarios del hijo de Feisal, el rey de Arabia Saudita,
cuando probó, en los Estados Unidos, el Torino de Kimbell. Así pasó la noche, y
cuando la mañana fue la nueva compañera de nuestra vigilia, y contamos cada
segundo de la última vuelta que Cacho Franco y el Torino Nº 3 realizaron al
circuito de Nürburgring, supimos, entonces, que —lo necesitara o no— el Torino
ya tenía nivel internacional.
La campanilla del teléfono cubrió, en parte la emocionada voz de los relatores.
Acabábamos de finalizar la carrera. Creo que fue Kimbell quien me alargó el
tubo...
—For you, Dad...
—!Hello…!
—!Aló...! ¿Mister McCloud...?
—Si.. ¿quién es? Ohh.. Gracias... Muy amable Monsieur Lavaud... Igualmente.
CAPÍTULO XXIV
Había recibido la señal de “NAFTA”. Para mis adentros no pude menos que
sonreírme de la previsión. Todos los cálculos previos otorgaban al auto autonomía
suficiente como para finalizar la carrera. Sin embargo, la orden de boxes, la orden
de Fangio y Berta fue “NAFTA”. Cubrirse. Nada debía quedar librado al azar, que
no fuera el azar mismo. Pero, sin embargo, quizá debido a la natural excitación
que marcaba la vecindad del fin de la competencia, cuando me acerqué a la zona
de abastecimientos la encontré... ¡desierta ¡No había nadie...! Volví a reír, esta vez
de adentro hacia fuera, y di otra vuelta al circuito al ritmo impuesto por la dirección
del equipo. Esta vez, sí, al acercarme a reaprovisionamientos, me esperaban. Con
Carlos Lobbosco intercambié algunas impresiones, las últimas antes de la
finalización de la carrera. Cuando me reintegré al circuito lo hice velozmente,
aunque dentro de la prudencia que las circunstancias aconsejaban. La intención
era completar el circuito antes de que el reloj marcara las 13.00 horas; de esta
forma, cruzando la raya antes de esa hora, tendría oportunidad de completar un
giro más y así, llevar el Torino al galardón de haber sido el automóvil que más
vueltas reales cumpliera durante las 84 horas.
Me fui controlando con mi reloj, al que previamente había sincronizado con la hora
oficial de la competencia. Paseé el control, justo, a las 12.48 horas. Faltaban dos
minutos. Comenzó, entonces, la que fuera la última vuelta del Torino Nº 3 al
circuito de Nürburgring. La inicié tranquilo. La primer parte del circuito, el que
nosotros denominábamos “el circuito chico” y que es la que se anexa al habitual
para esta carrera, la hice muy tranquilo.
Creo que la sensación del final, la noción de estar terminando la competencia
necesitó de ese tiempo para filtrarse hasta mi ánimo. En cuanto ingresé al “circuito
grande”, cuyo primer tramo pasa por detrás de los boxes y no vi a nadie, no vi
gente y supe, entonces, que estaban todos aplaudiendo y festejando en la línea de
llegada, fue que la pensadora se puso en funciones y el resto del circuito se
transformó en el más largo de las 84 horas. En el más largo del mundo.
En ese Torino y en mí estaba depositada, en ese instante, toda una esperanza
grande. Y yo, prácticamente, iba de regalo en ese auto. Ese no era mi puesto. Le
correspondía, por derecho, a Juan Manuel Bordeu... Si yo... hace apenas 4 ó 5
años... ¡corría en kart y en Ford T! Y en ese momento tanta gente, allí y en nuestro
país, estaba pendiente de ese auto. Y de mí. De esa última vuelta.
Me asaltaron mil pensamientos. Y pensé en mi Azul, en mi gente. Y en las
quemaduras de Giacone. Y en las noches sin dormir de algunos y en el esfuerzo
de todos. Vi a mi esposa y a mis padres, y la cara manchada de grasa de Larry y
los enrojecidos ojos de Copello.
Y entonces sentí que me ahogaba, que las ganas de reír fuerte, a carcajadas,
hacían fuerza hacia fuera, en la garganta. Y con el dorso de la mano, entonces,
enjugué la primera lágrima.
Yo no siento vergüenza de haber lagrimeado como un chico. Es que... ¡nunca me
lo hubiera podido imaginar” Estaba allí, terminando la carrera, mientras Fangio,
Berta y Lobbosco, Zurita y Macagno y todos, aguardaban, mientras en mi país y
en mi Azul estarían contando cada segundo, mientras el grupo de mecánicos
estaba a punto de tocar el único premio a tanto desvelo, y yo estaba allí,
terminando la carrera...
Y entonces se me hizo más difícil ver, aunque el día estaba claro. Y el recuerdo de
Jorge Cupeiro y de Luis Di Palma se sumó a la sensación de no estar solo, en ese
auto, que se desplazaba casi lentamente por el circuito. Y vi las figuras de los
planilleros dobladas sobre improvisadas tarimas, controlando, contando, avisando.
Y las de los mecánicos en las largas guardias, y las de los periodistas en la sala
de telex y en las cabinas de transmisión, y las de los compatriotas que llegaban de
aquí y de allá, de toda Europa, para sumar su presencia a la nuestra, para
integrarse a la modestia de un intento y al orgullo de ser símbolo.
Era la última curva, a la derecha, la que da a la recta principal.
Y entonces fue como si todos, todos los integrantes de la Misión Argentina me
hablaran, allí, en ese momento. Y escuché a mi propia voz...
—¿Porqué...? ¿No tengo yo el derecho a llorar...?
Y entonces lloré y reí. Me tragó un embudo de gente y vi cintas argentinas caer
sobre el auto y a Adolfo Donati repartir escarapelas, y brazos en alto y saltos de
júbilo. Y me pareció imposible que ese banderazo me hubiera caído a mí... ¡Nunca
lo hubiera podido imaginar...! Y ví a Fango ser llevado en andas, y luego a Berta, y
debí proseguir la marcha. No pude ver más. El parque cerrado era inflexible y allí,
en el recinto donde el idioma me incomunicaba, tuve que soportar toda esa alegría
solo.
El vencedor me estrechó la mano y el dolor pareció correr su propia carrera. Las
quemaduras que me produjera el escape me hicieron volver a pensar.
¡Si no hubiera sido por ...! Di toda la vuelta alrededor del auto. Es curioso. No he
corrido una infinidad de carreras, pero sí algunas, y nunca me sucedió algo igual.
El auto. Era como un amigo. Un compañero más. Alguien con quien compartí
muchas horas, que hacía su trabajo y lo hacía bien, con ganas, como si él también
estuviera orgulloso de ser embajada. Y entonces me dí cuenta que no era la
primera vez que le hablaba. Sí, le había hablado al Torino Nº 3 como si fuera una
persona y me entendiera. No una, sino muchas veces. Le había pedido,
conversado, rogado y exigido. Fue así que lo palmoteé en un guardabarro, como
para llamarle la atención, mientras le dije, a media voz...
—¿Viste...? ¿Viste lo que hicimos? Y esto no es nada. Más vale que te vayas
preparando... Creémelo... ¡Vas a ver el año que viene...!
Después recibí el abrazo grande de Juan Manuel Fangio. Y cuando volví a quedar
solo, busqué en mí la forma de llenar la necesidad de dar las gracias. No sé.
Quizá sea ésta la forma. Decir públicamente, a todos, que no siento vergüenza de
haber lagrimeado como un chico.
CAPÍTULO XXV
Y HABÍAN DICHO...
“CON ESOS MONSTRUOS... ¡QUÉ
PRETENDEN HACER AQUÍ?”
Se había decidido que Larry y Cacho Franco llevaran el auto hasta Lieja. No quise
separarme de ellos hasta el mismo momento en que partieron y, en verdad,
hubiera querido seguirlos, tal como lo hicieron 2 autos más. Uno de ellos llevaban
a Pepe Diez y Giacone, por cualquier eventualidad que se pudiera presentar, y el
otro... bueno... ¡el otro se perdió, al equivocarse de camino, y apareció en Aachen!
No niego que haya sido agradable el demorarme un poco, ya que tuve oportunidad
de presentar a la gente que concurrió al asado que preparó, como buen experto
que es, el gordo Casarín. Además, en un aparte, pude comenzar a palpar qué
significaba lo realizado por la Misión Argentina y por el Torino. Dos periodistas,
uno inglés y otro español, virtualmente me secuestraron y, antes que pudiera
darme cuenta, estaba respondiendo a un hábil cuestionario en el interior de un
Volswagen. Fue un buen interrogante el que me plantearon... “¿Por qué, después
de 11 años de ausencia, la Argentina se ha decidido a volver al plano
internacional...?” El nudo de la inquietud periodística se había prolongado más allá
de las características de los autos y de la clasificación lograda. Recuerdo que les
respondí con una gran sinceridad, con la misma que ahora inspira estas líneas...
“Creo —les dije— que ha sido, primero, una cuestión de oportunidad. Luego, que
Fangio se decidió a hacerlo, siendo esto más importante que lo que muchos cree,
y además —aquí salió a la luz un legítimo orgullo familiar—, porque hasta el
nacimiento de este automóvil, no había auto argentino que pudiera participar”.
Con el B.M.W. que gentilmente no cediera la fábrica, y disfrutando de una alegría
interior que no podía ocultar, finalizadas estas entrevistas, me dirigí a Lieja. Di
alcance a los muchachos en Eupen. De allí seguimos juntos, en una pequeña y
jubilosa caravana.
Luego llegó la recepción formal, en el Chaud-fontaine. Los aplausos, los vítores,
las flores y unos besitos que dos chicas belgas, muy monas, obsequiaron a Larry y
a Cacho. La caravana se integró con aquellos participantes que habían finalizado
la prueba y proseguimos viajando a Lieja, donde estacionamos los autos frente al
Royal Motor Union. Apenas había tenido tiempo de impactarme la diferencia entre
los 19 autos presentes y los 79 que inscribieron su nombre en la Marathon de la
Route, cuando una voz, desde la escalinata de acceso al Club, preguntó...
—¿Usted es el señor Teleki...? ¿Quién es el señor Teleki?
—Yo soy... —respondí— dirigiéndome a quien me llamaba.
—Señor Teleki, urgente, lo buscan por telex... Creo que me largué a reír... Resulta
que, desde el comienzo de la carrera y también desde mucho antes, pero en
menor escala, yo me pasaba gran parte del día en la sala de telex del Sport Hotel
Tribune...
Fue en la sede del Club donde, realmente, percibí que nuestra clasificación tenía
real dimensión de éxito. No sólo por los periodistas, sino directivos de esa
institución, y de otras, inquirían, felicitaban, mostraban su curiosidad por el auto,
por sus índices de venta, por la calidad de nuestros pilotos, por la sensación que
fuera el arreglo de “la Banana”, por los notables recursos de nuestros mecánicos y
por lo que ellos denominaban “el regreso”. Sí, el regreso de Juan Manuel Fangio.
Me vi, entonces, al comienzo de una tarea que ahora finalizaba, dialogando con
Fangio sobre la necesidad de que una persona que tomara a su cargo las
relaciones públicas de la misión...
—“Mirá, hermano, cada uno de nosotros tiene que dedicarse a lo suyo. Los
mecánicos, los pilotos, yo, Lobbosco, Berta, todos tenemos cosas que hacer y hay
otras cosas, muy importantes, que también deben ser atendidas”.
Y de aquella conversación nació un ritmo de trabajo de 16 o más horas diarias,
que se desplegaba en una esfera increíblemente vasta. Desde establecer
contactos con la Embajada Argentina y las autoridades de la prueba, hasta
conseguir la tintorería que lavara las camisas de los muchachos...
Llamadas telefónicas en las que, la más de las veces, no se sabía en qué idioma
responderían del otro lado de la línea, entrevistas den todo nivel, solución de
problemas graves y nimios, contactos con Bosch, Griling, Dunlop. Los hoteles, los
medios de información y, en otro nivel, los muchachos nuestros, que aunque
algunos hablaran inglés o italiano y se hubieran podido entender, recurrían a mí.
Como yo hablaba alemán... Lo curioso de esta experiencia fue que me preocupé
por llegar a Alemania antes que Fangio, para tratar de solucionar todo aquello que
estuviera a mi alcance. Y resultó que Fangio, aún estando ausente, me ayudó a
mí. La sola mención de su nombre, el actuar en su representación, es una llave
maestra que abre y abre puertas. No había sospechado, siquiera, este hecho, que
trasciende a otros niveles. La conciencia del nombre de Fangio, en Europa, va de
generación en generación. Es como una leyenda.
Recuerdo que una tarde debíamos encontrar un frigorífico, para almacenar los
1.500 kg. de carne que nos enviaría CAP. Fuimos, con Juan Manuel, a una
carnicería, para tratar de averiguar los dónde y los cómo de la solución a nuestro
problema. Entramos al local y... —¡Herr Fangio...! —exclamó, lleno de sorpresa, el
dependiente que estaba detrás del mostrador.
¿Hace falta decirlo? La solución la encontró la magia de este nombre.
Esta vez. Y otra vez. Y muchas veces. Su ayuda fue valiosísima. Con su
presencia, con su sonrisa, por haber estrechado una mano o firmado un autógrafo.
Y con la magia de su nombre. Y con su fe. Su fe en la empresa que represento, en
los Torino, y en la maravillosa idea que él mismo bautizó con el nombre de Misión
Argentina.
CAPÍTULO XXVI
Fue en 1968 cuando, por primera vez, Juan Manuel Fangio me habló sobre este
proyecto. Nosotros sabíamos de las bondades, de las virtudes del Torino, y
conocíamos la opinión que este automóvil había merecido —de expertos— en
Europa, donde lo enviamos para su evaluación. Allí se lo consideró un “fuera de
serie”, no comparable con un auto de gran producción, sinó más bien un producto
de categoría especial.
En una palabra: en Europa lo valoraron mucho. Por lo general más que en éste, su
país de origen.
No por nada yo tuve, desde un principio, mucha fe en el Torino. Sucede que es un
automóvil bien nacido. La idoneidad de los ingenieros capaces de haberlo hecho
(y bien) estaba demostrada. Tuve, además, el respaldo de la gente de Ingeniería
de Productos de Renault-Francia, que vino aquí, lo desarmó en su totalidad, lo
estudió pieza por pieza, y quedó absolutamente conforme.
Pero... ¿qué podíamos hacer para demostrar que ese automóvil era, realmente, de
nivel internacional? Pensamos en elegir una prueba que resultara en una
comprobación fehaciente... Ir a correr a cualquier circuito... o en cualquier
competencia no era, por cierto, el objetivo. En este sentido dimos comienzo a
conversaciones con algunos amigos y, sobre todo, con Juan Manuel Fangio. Y fue
precisamente Fangio quien, un día, nos expuso su idea de que la Marathon de la
Route era la prueba que buscábamos.
A primera vista me pareció algo muy importante. Algo quizá un poquito atrevido
por la duración de la competencia, por las enormes dificultades del circuito, y por
lo sumamente difícil y estricto del reglamento de esa prueba, que lleva toda la
exigencia tradicional de la muy famosa Lieja-Sofía-Lieja.
Pero la verdad es que no teníamos, salvo la apreciación de Fangio, datos que nos
posibilitaran evaluar la posible performance del Torino. Nunca un Torino había
rodado en Nürburgring, ni tampoco ningún piloto argentino lo había hecho en un
auto similar. Teníamos, sí, la apreciación de Fangio sobre el Torino y sobre
Nürburgring. Esa fue, entonces, nuestra base. Resultó de esta forma que la idea,
desde un principio considerada aceptable, no fue puesta en práctica ese año,
1968, por la sencilla razón de que quisimos saber un poco más sobre todas las
exigencias del proceso. Partieron —entonces— para Europa, Fangio, Berta y
Lobbosco, para interiorizarse de lo que significaban, en la práctica, los detalles del
reglamento.
Así fue que examinaron con ojo crítico el circuito y lo recorrieron con un auto de
serie. De ese viaje, surgió la conclusión, reiterada por Fangio, de que los Torino
podrían comportarse muy bien en ese escenario y en esa carrera. Seguimos
adelante, conversando sobre la idea, analizándola, y finalmente Fangio presentó
su proyecto, al que denominó Misión Argentina.
Gustó a todos. La fábrica, entonces, se hizo cargo de la preparación de los tres
autos, con sus repuestos, y los entregó a la Misión Argentina con el fin específico
de competir en las 84 horas de Nürburgring.
Pero la verdad es que, en un principio, estábamos muy lejos de tener como
objetivo r a ganar la carrera. Puede ser, pienso ahora, que íntimamente Juan
Manuel lo haya supuesto. Pero en lo que hace a nosotros, no conocíamos el
circuito, no disponíamos de datos seguros acerca de a competencia que
deberíamos enfrentar...
Nuestro enfoque fue, entonces, el de una prudente modestia: ira a hacer la
prueba, comparar nuestros autos con los demás, con aquellos producidos por
países de una gran tradición como fabricantes de automóviles, con margas de
bien ganada fama, y ver el nivel en que nuestros pilotos podían medirse con
volantes europeos, especialistas en este circuito y también en este tipo de
competencias.
Pensamos en la Misión Argentina como si fuera una especie de embajada. Por
primera vez los argentinos salían de su país, integrando un equipo totalmente
argentino, y eso —a nuestro juicio— era uno de los hechos más significativos de la
Misión.
La consigna era ésa. Demostrar cómo somos y qué fabricamos. Y andar. Andar lo
mejor posible... ¡Y cómo anduvimos! Tanto que, en un momento dado, todas las
probabilidades para pronosticar los ganadores de la carrera apuntaban a los
Torino.
Algunas pequeñas dificultades, alguno que otro problema de escasa importancia
(adquirida sólo en función del severísimo reglamento de la prueba) nos quitaron un
triunfo muy posible. Pero no es menos cierto que logramos demostrar, mediante
esta embajada de directivos, técnicos, pilotos, mecánicos y automóviles, que en la
Argentina, como bien se ha dicho, “no sólo hay gauchos y pampas”.
Logramos, también, demostrar seriedad, orden y organización. Es decir: lo que se
llama un equipo. Y éste —considero yo— además de uno de los factores
preponderantes del éxito, fue un éxito en sí mismo, ya que quedó palpablemente
demostrado que los argentinos son hombres bien organizados como los que más.
Quizá —no quiero pecar de exagerado, pero lo pienso así— quizá, también, los
que demostraron la mejor capacidad para trabajar ordenada y serenamente. Esto
fue para nosotros de una enorme satisfacción, por cierto muy comprensible, ya
que vino a corroborar la fe y la confianza que habíamos depositado en ese grupo.
Y ahora quiero hacer justicia. Cuando gente de Renault llegó a la Argentina
procedente de Francia, de Italia, de Bélgica, de España, y de otros países del
mundo, y se afincaron aquí, estaban acostumbrados a los autos de la marca
francesa. Pero fue notable ver cómo, a los muy pocos días, se tomaban a pecho el
Torino. Lo han querido, lo han transformado en “cosa propia”, simplemente porque
lo han manejado. Porque lo han disfrutado y también porque han colaborado en su
fabricación.
Recordemos que el Torino fue para nosotros, cuando llegamos a la Argentina, una
herencia. Pero una herencia de gran significado, de gran trascendencia. Por eso
quiero rendir, en estas líneas, homenaje a los hombres que lo han creado, a quien
fuera el impulsor y el ejecutor de la idea de su fabricación en el país, el señor
James F. McCloud, al tiempo que no podría separar de “la aventura” del Torino a
otro gran hombre argentino, que es el de Fangio. El también tuvo que ver, con su
experiencia y su consejo, en el nacimiento de este gran auto argentino.
Este automóvil que hoy nos enorgullece. A todos.
EPÍLOGO
de
LA NACIÓN
en su edición del día
23/8/69, por Alfredo Parga,
enviado especial a Alemania.
de
LA PRENSA
en su edición del día
24/8/69, por Stanley Parker.
de la revista
EL GRAFICO
en su edición del 26/8/69
por Alfredo Imas,
enviado especial a Alemania.
...Y si bien es cierto que antes de partir, la Misión encontró un eco alentador en
todas las puertas que golpeó, porque tanto los hombres de gobierno como los
empresarios y los industriales de todas las ramas la apoyaron moral y
económicamente sin pensar que el triunfo beneficiaría e una sola firma en
particular (EL GRÁFICO fue uno de los primeros en integrar ese ejército de
“creyentes”), encuentra —inmediatamente después de la hazaña— que no sólo
se ha ampliado su crédito, sino que el triunfo —de orden nacional— tuvo la virtud
de congregarnos a todos los argentinos en un solo sentimiento de admiración que
no conoce distinciones ni intereses particulares o comerciales.
de la revista
EL GRAFICO
en su edición del 26/8/69
por Carlos Fontanarrosa,
Director Editorial.
El que quedó, el Torino Nº 3, fue el auto más veloz de la Marathon y pudo haber
seguido en carrera muchas horas más. ¿Qué otra cosa puede pedírsele a un auto
y a un equipo de corredores? Sería arriesgado olvidar que el objetivo inicial de la
Misión Argentina fue el “aprender” y casi se gana la carrera. Además, en una
competencia de este tipo, abandonar no es una eventualidad: la eventualidad es
llegar.
... Pero, pasado el acontecimiento de Nürburgring, momento inaugural de una
nueva zona de la competición para los equipos argentinos (hombres y máquinas),
el futuro se presenta expectante. Puede suceder que cualquier desconocido se
largue a correr en pistas europeas con autos que a lo mejor tiene una decena de
carreras encima y carecen de la preparación necesaria. Los fracasos posibles en
este tipo de empresas no pueden, sin embargo, retrotraer a la etapa anterior a
Nürburgring. Sobre todo, luego de la impecable preparación y el criterioso enfoque
demostrado por la reciente Misión Argentina.
Luego de lo demostrado, una imagen nueva y otra bastante vetusta se convertirán
en indudable atractivo para cualquier organizador internacional de carreras de
autos-turismo: la de incorporar a los avasalladores Torino, una nueva marca que,
para sorpresa de muchos, viene de las lejanas tierras de América del Sur,
presumiblemente habitadas —para esa segunda imagen— por los habitantes
siesteros a los que los monos presurosos les obsequian cocos desde típicos
arbustos.
de la revista
ANALISIS
en su edición del 2/9/69.
El Sport Hotel Tribune volvía a quedar vacío, y en el circuito rodaban los “tuercas”
que durante días se conformaron con mirar desde el ángulo predilecto. La lluvia
había vuelto a caer con fuerza. La torre del castillo no se veía. Las últimas
instalaciones de los boxes, ya vacíos, estaban desmanteladas. Las valijas del
centenar de argentinos listas para el regreso, algunas. Con otros destinos, muchos
de ellos. Unos a Francia, otros a Italia, Londres... Con cierta tristeza los recientes
amigos de Nürburgring le levantaban el brazo para la despedida del centenar de
argentinos que los enloquecieron durante un mes. Las camareras, las mucamas,
las telefonistas, los guardianes, los porteros, los tranquilos habitantes del anillo de
Nürburgring. Las manos se agitaban entre la bruma de la lluvia, mientras todo
Nürburgring comenzaba a memorizar para siempre, con su difícil español, Fangio,
Berta, Franco, Perkins, Copello, Larreta, Montero, Galbato, Di Palma, Fangio
Junior, Canedo, García Veiga, Ruata, Teleki, Lobbosco, Sojit, argentinos, Torino,
Argentina, Argentina, Argentina...
de la revista
GENTE
en su edición del
2/9/69, por Samuel Gelblung,
enviado especial a Alemania.
del diario
CRONICA
en su edición del
sábado 23/8/69, por Víctor Navas Prieto,
enviado especial a Alemania.
de la revista
COMPETICION
en su edición del 26 de agosto de 1969.
de
AUTOMUNDO
Edición del 30/9/69,
por Rodolfo Villanueva, enviado
especial al Viejo Mundo.
En los últimos años de la década del ’20, un argentino —Luis Angel Firpo— puso
el nombre de nuestro país en boca de todo el mundo, al sacar a Jack Dempsey
fuera del ring. Fue el primer “Toro Salvaje de las Pampas”. Hoy, dentro del “ring”,
un segundo “Toro” —esta vez un 380 W— sin lograr una victoria rotunda, a pesar
de ser quien más vueltas dio en la pista de Nürburgring, lleva nuevamente la
imagen argentina al resto del mundo, demostrando la calidad de nuestras
máquinas y pilotos ante una Europa automovilística muy asombrada e incrédula.
de
PARABRISAS CORSA,
Edición del 26/8/69,
por Carlos Figueras,
enviado especial a Alemania.
de
PARABRISAS CORSA,
edición del 26/8/69,
por Guillermo Mártire, Director.