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La Creación según Génesis 1

Este documento resume el primer capítulo del Génesis sobre la creación. En 3 oraciones: Dios creó los cielos y la tierra en el principio, pero la tierra estaba desordenada y vacía, cubierta de tinieblas y aguas. El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. El documento analiza el significado del relato bíblico y advierte contra la especulación más allá de lo que se revela, manteniéndose dentro de los límites de las Escrituras.

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La Creación según Génesis 1

Este documento resume el primer capítulo del Génesis sobre la creación. En 3 oraciones: Dios creó los cielos y la tierra en el principio, pero la tierra estaba desordenada y vacía, cubierta de tinieblas y aguas. El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. El documento analiza el significado del relato bíblico y advierte contra la especulación más allá de lo que se revela, manteniéndose dentro de los límites de las Escrituras.

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La creación

Génesis 1

1. EN el principio crió Dios los cielos y la tierra.

El Padre y el Hijo emprendieron la grandiosa y admirable obra que habían proyectado: la creación del mundo.

En el principio. Estas palabras nos recuerdan que todo lo humano tiene un principio. Sólo Aquel que está entronizado
como el soberano Señor del tiempo no tiene principio ni fin. De modo que las palabras con que comienzan las Escrituras
trazan un decidido contraste entre todo lo que es humano, temporal y finito, y lo que es divino, eterno e infinito. Al
hacernos recordar nuestras limitaciones humanas, esas palabras nos señalan a Aquel que es siempre el mismo, y cuyos
años no tienen fin (Heb. 1: 10-12; Sal. 90: 2, 10). Nuestra mente finita no puede pensar en "el principio" sin pensar en
Dios, pues él "es el principio" (Col. 1: 18; cf. Juan 1: 1-3). La sabiduría y todos los otros bienes tienen su principio con él
(Sal. 111: 10; Sant. 1: 17). Y si alguna vez hemos de asemejarnos de nuevo a nuestro Hacedor, nuestra vida y todos
nuestros planes deben tener un nuevo principio en él (Gén. 1: 26, 27; cf. Juan 3: 5; 1 Juan 3: 1-3). Tenemos el privilegio
de disfrutar de la confiada certeza de que "el que comenzó" en nosotros "la buena obra, la perfeccionará hasta el día de
Jesucristo" (Fil. 1: 6). El es "el autor y consumador de la fe" (Heb. 12: 2). Nunca olvidemos el hecho sublime implícito en
estas palabras: "En el principio... Dios".

Este primer versículo de las Sagradas Escrituras hace resaltar decididamente una de las seculares controversias entre los
cristianos que creen en la Biblia, por un lado, y los escépticos ateos y materialistas de diversos matices por el otro. Estos
últimos, que procuran en diferentes formas y en diversos grados explicar el universo sin Dios, sostienen que la energía es
eterna. Si esto fuera verdad y si la materia tuviera el poder de evolucionar, primero de las formas más simples de la
vida, yendo después a las más complejas hasta llegar al hombre, ciertamente Dios sería innecesario.

Génesis 1: 1 afirma que Dios es antes de todo lo que existe y que es, en forma excluyente, la única causa de todo lo
demás. Este versículo es el fundamento de todo pensar correcto en cuanto al mundo material. Aquí resalta la
impresionante verdad de que, "al formar el mundo, Dios no se valió de materia preexistente" (3JT 258).

El panteísmo, la antigua herejía que despoja a Dios de personalidad al diluirlo por todo el universo, haciéndolo así
sinónimo de la totalidad de la creación, también queda expuesto y refutado en Gén. 1: 1. No hay base para la doctrina
del panteísmo cuando uno cree que Dios vivió sereno y supremo antes de que hubiera una creación y, por lo tanto, está
por encima y aparte de lo que ha creado.

Ninguna declaración podría ser más apropiada como introducción de las Sagradas Escrituras. Al principio el lector
conoce a un Ser omnipotente, que posee personalidad, voluntad y propósito, existiendo antes que todo lo demás y que,
por lo tanto sin depender de nadie más, ejerció su voluntad divina y "creó los cielos y la tierra".

No debiera permitirse que ningún análisis de cuestiones secundarias concernientes al misterio de una creación divina, ya
sea en cuanto al tiempo o al método, oscureciera el hecho de que la verdadera línea divisoria entre una creencia
verdadera y una falsa acerca del tema de Dios y el origen de nuestra tierra consiste en la aceptación o el rechazo de la
verdad que hace resaltar este versículo.

Aquí mismo debiera expresarse una palabra de precaución. Durante largos siglos los teólogos han especulado con la
palabra "principio", esperando descubrir más de los caminos misteriosos de Dios de lo que la sabiduría infinita ha visto
conveniente revelar. Por ejemplo, véase en la nota adicional al final de este capítulo lo expuesto en cuanto a la teoría de
la creación basada en un falso cataclismo y restauración. Pero es ociosa toda especulación. No sabemos nada del
método de la creación más allá de la sucinta declaración mosaica: "Dijo Dios", "y fue así", que es la misteriosa y
majestuosa nota dominante en el himno de la creación. Establecer como la base de nuestro razonamiento que Dios
tiene que haber hecho así y asá al crear el mundo, pues de lo contrario las leyes de la naturaleza hubieran sido violadas,
es oscurecer el consejo con palabras y dar ayuda y sostén a los escépticos que siempre han insistido en que todo el
registro mosaico es increíble porque, según se pretende, viola las leyes de la naturaleza. ¿Por qué deberíamos ser más
sabios que lo que está escrito?
Muy en especial, nada se gana con especular acerca de cuándo fue creada la materia que constituye nuestro planeta.
Respecto al factor temporal de la creación de nuestra tierra y todo lo que depende de esto, el Génesis hace dos
declaraciones: (1) "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (vers. 1). (2) "Acabó Dios en el día séptimo la obra que
hizo" (cap. 2: 2). Los pasajes afines no añaden nada a lo que se presenta en estos dos textos en cuanto al tiempo
implicado en la creación. A la pregunta: ¿Cuándo creó Dios "los cielos y la tierra"? y a la pregunta: ¿Cuándo completó
Dios su obra?, tan sólo podemos contestar: "Acabó Dios en el día séptimo la obra" (cap. 2: 2), "porque en seis días hizo
Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día" (Exo. 20: 11).

Estas observaciones acerca del relato de la creación no se hacen con el propósito de cerrar el debate, sino como una
confesión de que no estamos preparados para hablar con certeza si vamos más allá de lo que está claramente revelado.
El mismo hecho de que tanto dependa del relato de la creación, aun el edificio completo de las Escrituras, impulsa al
piadoso y prudente estudiante de la Biblia a restringir sus declaraciones a las palabras explícitas de las Sagradas
Escrituras. Ciertamente, cuando el amplio campo de la especulación lo tienta a perderse en divagaciones en áreas no
diagramadas de tiempo y espacio, no puede hacer nada mejor que enfrentar la tentación con la sencilla réplica: "Escrito
está". Siempre hay seguridad dentro de los límites protectores de las comillas bíblicas.

Creó Dios. El verbo "crear" viene del hebreo bara', que en la forma en que se usa aquí describe una actividad de Dios,
nunca de los hombres, Dios crea "el viento" (Amós 4: 13), "un corazón limpio" (Sal. 51: 10) y "nuevos cielos y nueva
tierra" (Isa. 65: 17). Las palabras hebreas que traducimos "hacer", 'asah, "formar", yatsar y otras, frecuentemente (pero
no en forma exclusiva) se usan en relación con la actividad humana, porque presuponen materia preexistente. Estas
tres palabras se usan para describir la creación del hombre. Las mismísimas primeras palabras de la Biblia establecen
que la creación lleva la marca de la actividad propia de Dios. El pasaje inicial de las Sagradas Escrituras familiariza al
lector con un Dios a quien deben su misma existencia todas las cosas animadas e inanimadas (Heb. 11: 3). La "tierra"
aquí mencionada evidentemente no es el terreno seco que no fue separado de las aguas hasta el tercer día, sino todo
nuestro planeta.

2. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía
sobre la haz de las aguas.

Desordenada y vacía. Más exactamente "desolada y vacía", tóhu wabóhu. Esto implica un estado de desolación y
vacuidad, pero sin implicar que la tierra una vez fue perfecta y después quedó arruinada o desolada. Cuando aparecen
juntas las palabras tóhu wabóhu en otros pasajes, tales como Isa. 34: 11; Jer. 4: 23, parecen ser prestadas de este texto,
pero la palabra tóhu se emplea con frecuencia sola como sinónimo de inexistencia o la nada (Isa. 40: 17, 23; 49: 4). Job
26: 7 muestra el significado correcto de esta palabra. La segunda parte de este versículo declara que Dios "cuelga la
tierra sobre nada" y la primera mitad presenta el paralelo "él extiende el norte sobre tóhu [vacío]". Este texto de Job
muestra claramente el significado de tóhu en Gén. 1: 2, en el cual este vocablo y su sinónimo bóhu indican que la tierra
estaba informe y sin vida. Sus elementos estaban todos mezclados, sin ninguna organización e inanimados.

Tinieblas estaban sobre la faz del abismo. El "abismo", de una raíz que significa "rugir", "bramar", se aplica con
frecuencia a las aguas bramadoras, a las olas rugientes, o a una inundación y de ahí las profundidades del mar (Sal. 42: 7;
Exo. 15: 5; Deut. 8: 7; Job 28: 14; 38: 16). "Abismo" es una palabra antigua y se usa aquí como sustantivo propio. Los
babilonios, quienes retuvieron algunas vagas reminiscencias del relato de la verdadera creación durante muchos siglos,
en realidad personificaron esta palabra tehom y la aplicaron a su deidad mitológico, Tiamat, de cuyo cadáver creían que
se creó la tierra. El registro bíblico muestra que originalmente no había luz sobre la tierra y que la materia de la
superficie estaba en un estado fluido porque "la faz del abismo" es paralela con "la faz de las aguas" en este versículo.

El Espíritu de Dios se movía. "Espíritu", rúaj. En armonía con la forma en que se usa en las Escrituras, el Espíritu de Dios
es el Espíritu Santo, la tercera persona de la Deidad. Partiendo de aquí y a través de todas las Escrituras, el Espíritu de
Dios ejerce el papel del agente divino de Dios en todos los actos creadores; ya sea de la tierra, de la naturaleza, de la
iglesia, de la nueva vida o del hombre nuevo. Véase el comentario del vers. 26 para una explicación de la relación de
Cristo con la creación.
La palabra aquí traducida "movía" es merajéfeth, que no puede traducirse correctamente "empollaba", aunque tiene
este significado en siriaco, un dialecto arameo postbíblico. La palabra aparece sólo dos veces en otras partes del AT. En
Jer. 23: 9, donde tiene el significado de "temblar" o "sacudir", al paso que en Deut. 32: 11 se usa para describir el
revolotear del águila sobre sus crías. El águila no está empollando sobre sus hijuelos vivientes, sino que se cierne
vigilante para protegerlos.

La obra del Espíritu de Dios debía tener alguna relación con la actividad que estaba por iniciarse luego, y una actividad
que hiciera salir orden del caos. El Espíritu de Dios ya estaba presente, listo para actuar tan pronto como se diera la
orden. El Espíritu Santo siempre ha estado haciendo precisamente esa obra. Este Agente divino siempre ha estado
presente para ayudar en la obra de la creación y de la redención, para reprochar y fortalecer a las almas descarriadas,
para consolar a los dolientes y para presentar a Dios las oraciones de los creyentes en una forma aceptable.

La luz Primer día

3. Y dijo Dios: Sea la luz: y fué la luz.

Y dijo Dios. El registro de cada uno de los seis días de la creación comienza con este anuncio. "El dijo, y fue hecho; él
mandó, y existió" (Sal. 33: 9), declara el salmista, y el apóstol dice que entendemos mediante la fe "haber sido
constituido el universo por la palabra de Dios" (Heb. 11: 3). La frase "dijo Dios" ha molestado a algunos como que
hiciera a Dios demasiado semejante a un ser humano. Pero ¿cómo podría haber transmitido el autor inspirado a mentes
finitas el acto de la creación llevado a cabo por el Dios infinito a menos que usara términos que puede entender el
hombre mortal? El hecho de que las declaraciones de Dios están relacionadas repetidas veces con actividades realizadas
por Dios (vers. 7, 16, 21, 27) indica convincentemente que se está expresando con lenguaje humano una revelación del
poder creador de Dios.

Sea la luz. Sin luz no podía haber vida. Era esencial que hubiera luz cuando el Creador comenzó la obra de sacar orden
del caos y dar comienzo a diversas formas de vida vegetal y animal en la tierra. La luz es una forma visible de energía
que, mediante su acción sobre las plantas, transforma los elementos y compuestos inorgánicos en alimento tanto para
el hombre como para los animales y rige muchos otros procesos naturales necesarios para la vida.

Siempre ha sido la luz un símbolo de la presencia divina. Así como la luz fisica es esencial para la vida física, así la luz
divina es necesaria si los seres racionales han de tener vida moral y espiritual. "Dios es luz" (1 Juan 1: 5), y para aquellos
en cuyo corazón se está llevando a cabo aprisa la obra de volver a crear la semejanza divina, él viene otra vez hoy día
ordenando que huyan las sombras de pecado, incertidumbre y desánimo al decir: "Sea la luz".

4. Y vió Dios que la luz era buena: y apartó Dios la luz de las tinieblas.

Vio Dios. Esta expresión repetida seis veces (vers. 10, 12, 18, 21, 25, 31) presenta en lenguaje humano una actividad de
Dios: la valoración de cada acto particular de la creación como completamente adecuado al plan y a la voluntad de su
Hacedor. Así como nosotros, al contemplar y examinar los productos de nuestros esfuerzos, estamos preparados para
declarar que concuerdan con nuestros planes y propósitos, así también Dios declara -después de cada acto creador- que
los productos divinos concuerdan completamente con su plan.

Separó Dios la luz de las tinieblas. Al principio sólo había tinieblas en esta tierra amorfa. Con la entrada de la luz se
realizó un cambio. Ahora existen tinieblas y luz, lado a lado, pero separadas entre sí.

5. Y llamó Dios á la luz Día, y á las tinieblas llamó Noche: y fué la tarde y la mañana un día.

Llamó Dios a la luz Día. Se dan nombres a la luz y a las tinieblas. Dar un nombre siempre fue un acto importante en la
antigüedad. Los nombres tenían su significado y eran escogidos cuidadosamente. Posteriormente Dios ordenó a Adán
que diera nombres a los animales. El Eterno a veces cambió los nombres de sus siervos para hacerlos concordar con la
experiencia o el carácter de su vida. Instruyó a los padres terrenales de su Hijo acerca del nombre que debían dar al
Salvador. Durante la semana de la creación, encontramos que Dios dio nombres aun a los productos sin vida de su
poder creador.
Fue la tarde y la mañana un día. Literalmente "tarde fue, mañana fue, día uno". Así termina la descripción somera del
primer día trascendental de la semana de la creación de Dios. Se han dado muchas y diversas explicaciones de esta
declaración que indica manifiestamente la duración de cada una de las siete partes de la semana de la creación y se
repite cinco veces más en este capítulo (vers. 8, 13, 19, 23, 31). Algunos han pensado que cada acto creador duró una
noche, desde que se hizo noche hasta la mañana; y otros que cada día comenzó con la mañana, aunque el Registro
inspirado declara evidentemente que la tarde antecedió a la mañana.

Muchos eruditos han entendido que esta expresión significa un largo período indefinido de tiempo, creyendo que
algunas de las actividades divinas de los días siguientes, como por ejemplo la creación de las plantas y de los animales,
no podría haberse realizado dentro de un día literal. Piensan hallar justificación para su interpretación en las palabras
de Pedro: "Para con el Señor un día es como mil años" (2 Ped. 3: 8). Es obvio que este versículo no se puede usar para
declarar la duración de los días de la creación, cuando uno lee el resto del pasaje: "Y mil años como un día". El contexto
de las palabras de Pedro aclara que lo que él quiere hacer resaltar es la eternidad de Dios. El Creador puede hacer en un
día la obra de mil años, y un período de mil años -un largo tiempo para los que esperan que se cumplan los juicios de
Dios puede ser considerado por él como sólo un día. Sal. 90: 4 expresa el mismo pensamiento.

La declaración literal "tarde fue [con las horas siguientes de la noche], y mañana fue [con las horas sucesivas del día], día
uno" es claramente la descripción de un día astronómico, esto es, un día de 24 horas de duración. Es el equivalente de
la palabra hebrea compuesta posterior "tardes y mañanas" de Dan. 8: 14, que en la versión Valera de 1909 aparecen
como días, significando aquí días proféticos y como la palabra griega de Pablo nujthémeron, traducida como "una noche
y un día" (2 Cor. 11: 25). Así los hebreos, que nunca dudaron del significado de esta expresión, comenzaban el día con la
puesta del sol y lo terminaban con la siguiente puesta del sol (Lev. 23: 32; Deut. 16: 6). Además el lenguaje del cuarto
mandamiento no deja una sombra de duda de que la tarde y la mañana del registro de la creación son las secciones
componentes de un día terreno. Este mandamiento, refiriéndose con palabras inconfundibles a la obra de la creación,
declara: "Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el
séptimo día" (Exo. 20: 11).

La tenacidad con que tantos comentadores se aferran a la idea de que los días de la creación fueron largos períodos de
tiempo -aun miles de años- encuentra principalmente su explicación en el hecho de que ellos tratan de hacer concordar
el registro inspirado de la creación con la teoría de la evolución. Geólogos y biólogos han enseñado a los hombres a
creer que la historia remota de esta tierra abarca millones de años en los cuales fueron tomando forma lentamente las
formaciones geológicas y fueron evolucionando las especies vivientes. La Biblia contradice esta teoría de la evolución en
sus páginas sagradas. La creencia en una creación divina e instantánea, como resultado de las palabras pronunciadas
por Dios, está en completa oposición con la teoría sostenida por la mayoría de los científicos y muchos teólogos de hoy
día, de que el mundo y todo lo que está en él llegó a existir mediante un lento proceso de evolución que duró
incontables siglos.

Otra razón por la cual muchos comentadores declaran que los días de la creación fueron largos períodos de tiempo es
que rechazan el día de reposo del séptimo día. Un famoso comentario expresa así este pensamiento: "La duración del
séptimo día necesariamente determina la duración de los otros seis... El descanso sabático de Dios es entendido por los
mejores intérpretes de las Escrituras como que continuó desde la terminación de la creación hasta la hora presente, de
modo que esta lógica demanda que los seis días previos sean considerados no de corta duración, sino indefinida"
(Pulpit). Este razonamiento se mueve en un círculo vicioso. Debido a que el descanso del séptimo día, tan claramente
definido en las Sagradas Escrituras como un día de descanso que se repite semanalmente, es rechazado como tal, se
declara que el séptimo día de la semana de la creación ha durado hasta el presente. Partiendo de esta explicación que
no es bíblica, también se expande la duración de los otros días de la creación. Una sana interpretación escriturística no
concuerda con esta clase de razonamiento, sino que insiste en dar un significado literal al texto, siguiendo el ejemplo del
divino Expositor de la Palabra que rechazó cada ataque del adversario declarando: "Escrito está" (Mat. 4: 4, 7, 10).
Las Escrituras hablan clara y palmariamente de siete días de creación (Exo. 20: 11) y no de períodos de duración
indefinida. Por lo tanto, estamos compelidos a declarar enfáticamente que el primer día de la creación, indicado por la
expresión hebrea: "tarde fue, mañana fue, día uno", fue un día de 24 horas.

El firmamento y la atmosfera Segundo día

6. Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

"POR LA palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca. . . . Porque él
dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." "El fundó la tierra sobre sus basas; no será jamás removida." (Sal 33: 6, 9; 104: 5)

Expansión. O "firmamento". La obra del segundo día de la creación consistió en la creación del firmamento. La gran
masa de "aguas" primitivas fue dividida en dos cuerpos separados. "Las aguas que estaban sobre la expansión" (vers. 7)
son consideradas generalmente por los comentadores como el vapor de agua. Las condiciones climáticas de la tierra,
originalmente perfecta, eran diferentes de las que existen hoy.

Exploraciones llevadas a cabo en las zonas hiperbóreas prueban que exuberantes selvas tropicales cubrieron una vez
esas tierras que ahora están sepultadas bajo nieve y hielo eternos. Generalmente se admite que prevalecían
condiciones climáticas agradables durante esa remota historia de la tierra. Se desconocían los extremos de frío y calor
que hacen ahora desagradable la vida en la mayoría de las regiones del mundo y virtualmente imposible en algunas.

7. E hizo Dios la expansión, y apartó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la
expansión: y fué así.

8. Y llamó Dios á la expansión Cielos: y fué la tarde y la mañana el día segundo.

Llamó Dios a la expansión Cielos. El producto del poder creador de Dios en el segundo día de la semana de la creación
recibió un nombre, así como lo había recibido la luz del primer día. En el hebreo, tanto como en las traducciones
modernas, la palabra "Cielos" es el nombre que se da a la morada de Dios y también al firmamento. En este versículo
"Cielos" se refiere a los cielos atmosféricos que aparecen ante el ojo humano como un palio, o cúpula, que cubre como
una bóveda nuestra tierra.

Ninguna vida es posible sin aire. Plantas y animales lo necesitan. Sin atmósfera, nuestra tierra estaría muerta como la
luna, tremendamente tórrida en aquella parte expuesta al sol y extremadamente fría en las otras secciones. En ninguna
parte se hallaría ningún brote de vida vegetal y no podría existir ningún ser vivo durante ningún tiempo. ¿Estamos
agradecidos por esta atmósfera que proviene de Dios?
Expansión: “Ampliación del espacio que ocupa algo”

Separó la tierra seca del agua y creo la flora Tercer día

9. Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase la seca: y fué así.

Júntense las aguas. El tercer acto creador llevado a cabo durante la primera parte del tercer día fue la separación de las
aguas de la tierra seca. La pluma inspirada del salmista describe este hecho en los siguientes términos pintorescos y
poéticos: "Sobre los montes estaban las aguas. A tu reprensión huyeron; al sonido de tu trueno se apresuraron;
subieron los montes, descendieron los valles, al lugar que tú les fundaste. Les pusiste término, el cual no traspasarán"
(Sal. 104: 6-9). La reunión de las aguas en un lugar sólo implica que de allí en adelante habrían de estar reunidas en un
"lugar" y retenidas por sí mismas dentro de los límites de ese lugar como para permitir que quedara en relieve la
superficie terrestre. Debe haber sido un espectáculo grandioso para cualquier observador celestial ver subir las colinas
del agua que tan completamente había cubierto la faz de la tierra. Donde sólo había estado el agua hasta donde pudiera
ver el ojo, de pronto surgieron grandes continentes y dieron a este planeta una apariencia completamente nueva.

10. Y llamó Dios á la seca Tierra, y á la reunión de las aguas llamó Mares: y vió Dios que era bueno.
La tierra que salió de las manos del Creador era sumamente hermosa. Había montañas, colinas y llanuras, y entre medio
había ríos, lagos y lagunas. La tierra no era una vasta llanura; la monotonía del paisaje estaba interrumpida por colinas y
montañas, no altas y abruptas como las de ahora, sino de formas hermosas y regulares. No se veían las rocas
escarpadas y desnudas, porque yacían bajo la superficie, como si fueran los huesos de la tierra. Las aguas se distribuían
con regularidad.

Vio Dios que era bueno. Ahora la mirada de Dios descansó, con placer y satisfacción, en el producto terminado del tercer
día de creación. "Era bueno". Esa tierra seca primitiva difícilmente nos hubiera parecido buena a nosotros. Era un
mundo de valles, colinas y llanuras sin verdor que surgieron de debajo de las aguas. En ninguna parte había ni una
brizna de hierba ni un liquen colgante. Sin embargo, le pareció bueno a su Hacedor, que podía verlo en relación con los
usos para los cuales lo destinaba, y como un paso preparatorio adecuado para las nuevas maravillas que iba a iniciar.

11. Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé simiente; árbol de fruto que dé fruto según su género, que
su simiente esté en él, sobre la tierra: y fué así.

Cuando salió de las manos del Creador, la tierra era sumamente hermosa. La superficie presentaba un aspecto
multiforme, con montañas, colinas y llanuras, entrelazadas con magníficos ríos y bellos lagos. Pero las colinas y las
montañas no eran abruptas y escarpadas, ni abundaban en ellas declives aterradores, ni abismos espeluznantes como
ocurre ahora; las agudas y ásperas cúspides de la rocosa armazón de la tierra estaban sepultadas bajo un suelo fértil,
que producía por doquiera una frondosa vegetación verde. No había repugnantes pantanos ni desiertos estériles.
Agraciados arbustos y delicadas flores saludaban la vista por dondequiera. Las alturas estaban coronadas con árboles
aun más imponentes que los que existen ahora. El aire, limpio de impuros miasmas, era claro y saludable. El paisaje
sobrepujaba en hermosura los adornados jardines del más suntuoso palacio de la actualidad. La hueste angélica
presenció la escena con deleite, y se regocijó en las maravillosas obras de Dios.

Produzca la tierra. Después de la separación de la tierra seca del agua, otra orden divina fue en ese tercer día: la
vegetación fue llamada a la existencia. Algunos han considerado al primero de los tres términos empleados en la orden
divina como un término general para las plantas, que incluye al segundo y al tercero. Sin embargo, es preferible
tomarlos como clases distintas.

Hierba. Heb. déshe', "ser verde", "crecer verde", "brotar". Esta palabra designa los brotes verdes y las tiernas hierbas:
las diversas clases de plantas que proporcionan alimento para los animales. Probablemente aquí se usa "hierba" como
un sinónimo de la palabra "pasto", 'eseb, cuando esta última aparece sin la expresión cualitativa "que da semilla" (ver
vers. 30; Sal. 23: 2).

Hierba que dé semilla. "Hierba", 'eseb, es el herbaje más maduro en el cual la semilla es la característica más resaltante,
que proporciona una de las dos clases de alimentos designados por Dios para el consumo de los seres humanos (vers.
29).

Árbol de fruto. Se advierten aquí tres características de los árboles que dan fruto: (1) el dar fruto, (2) el contener la
semilla dentro del fruto y (3) dar ese fruto "sobre" o encima de la tierra. Estos árboles habían de ser otra fuente de
alimento para el hombre (vers. 29).

12. Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya simiente está
en él, según su género: y vió Dios que era bueno.

Produjo, pues, la tierra. La vegetación del tercer día surgió del suelo. Eso no significa que estuviera en el suelo el poder
de producir plantas con vida. La idea de la generación espontánea es tan ajena a las Escrituras como lo es a la ciencia.

Según su género. Esta expresión aparece diez veces en el primer capítulo del Génesis y, en conjunto, 30 veces en los
libros de Moisés, especialmente en Gén. 1, 6 y 7; en Lev. 11 y en Deut. 14. La referencia es a los géneros de animales y
plantas, y no a su forma de reproducirse. Sin embargo, es un hecho natural que los seres vivientes produzcan
descendientes que se parezcan a sus padres. Dentro de ciertos límites, son posibles ciertas variaciones, pero esos
límites son demasiado estrechos como para permitir la creación de géneros claramente nuevos de plantas y animales.
Ver Gén. 6: 20; 7: 14; Lev. 11: 14-16, 29; Deut. 14: 13-15.

13. Y fué la tarde y la mañana el día tercero.

Las colinas, montañas y bellísimas llanuras estaban adornadas con plantas y flores, y altos y majestuosos árboles de toda
clase, muchísimo más grandes y hermosos que los de ahora. El aire era puro y saludable, y la tierra parecía un noble
palacio. Los ángeles se regocijaban al contemplar las admirables y hermosas obras de Dios.

Ver com. de vers. 5.

Astros celestes Cuarto día

14. Y dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche: y sean por señales, y para las
estaciones, y para días y años;

Haya lumbreras. "Lumbreras", me'oroth, no es lo mismo que "luz", 'or de los vers. 3 y 4. Significa fuentes de luz,
recipientes de luz, luminarias. La expresión de que están colocadas en el firmamento, o la expansión de los cielos, se
presenta porque es allí donde las ven los habitantes de la tierra.

Para separar el día de la noche. Para regular y continuar de allí en adelante con la diferencia entre luz y tinieblas,
diferencia que había existido desde que Dios decretó que hubiera luz en el primer día.

De señales. Estos cuerpos celestes señalaron actos especiales del favor de Dios o de su desagrado, como en los días de
Josué (Jos. 10: 12, 13) y de Ezequías (2 Rey. 20: 11) y en el día de la crucifixión (Mat. 27: 45). La caída de "las estrellas"
sirvió como una de las señales de la segunda venida de Cristo (Mat. 24: 29).

Algunos han pensado erróneamente que todos los cuerpos celestes fueron también designados para determinar los
destinos individuales de los hombres. Los astrólogos han recurrido al vers. 14 para justificar su práctica. Sin embargo, la
Biblia se opone tan decididamente a cualquier forma de adivinación o predicción de la suerte, que debe rechazarse
enfáticamente el pensamiento de que Dios puso el sol, la luna y las estrellas para servir como guías a los astrólogos para
que predijeran los asuntos y el destino humanos. Jeremías advierte a los hebreos que no teman las señales de los cielos
ante las cuales temblaban los paganos con terror inútil (Jer. 10: 2), e Isaías habla con mofa e ironía contra los astrólogos,
los contempladores de estrellas y adivinos, en cuyo consejo es necio e impío confiar (Isa. 47: 13, 14). Aunque la
superstición de leer el destino del hombre en las estrellas nunca se arraigó entre los antiguos israelitas, ellos no tenían
suficiente fortaleza moral, en términos generales, para resistir el ejemplo de adoración de los astros de sus vecinos
paganos (Jer. 19: 13; Eze. 8: 16; Sof. 1: 5).

Para las estaciones. Los períodos de fiesta anuales y otras ocasiones definidas habían de regularse por el movimiento de
los cuerpos celestes (Sal. 104: 19; Zac. 8: 19). Esos cuerpos tienen además una determinada influencia periódica sobre la
agricultura, la navegación y otras ocupaciones humanas, tanto como sobre el curso de la vida animal y vegetal, como por
ejemplo el tiempo de la procreación de los animales y la migración de las aves (Jer. 8: 7).

Para días y años. Los días y los años están fijados por el movimiento de la tierra en relación con el sol, que junto con el
de la luna ha proporcionado a los hombres de todos los siglos la base de los calendarios: lunar, solar, o una combinación
de ambos.

15. Y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra: y fué así.

Por lumbreras. No para producir luz por primera vez en este mundo, pues Dios decretó que hubiera luz en el primer día,
sino para servir como instrumentos permanentes para la distribución de la luz en este planeta.

16. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para
que señorease en la noche: hizo también las estrellas.
Hizo también las estrellas. La palabra "hizo" ha sido añadida. En cuanto al origen de las estrellas, se han presentado dos
puntos de vista principales: (1) Las estrellas fueron llamadas a la existencia durante la semana de la creación, junto con
el sol y la luna. (2) Las "estrellas" aunque fueron creadas antes, son mencionadas aquí de paso por Moisés pues está
tratando de las lumbreras de los cielos. El primer punto de vista lleva a la conclusión de que antes de la semana de la
creación el vasto universo era un vacío completo. Esta conclusión no parece justificable.

Sin embargo, acerca de ésta, como de otras declaraciones crípticas de las Escrituras de la forma misteriosa en que actúa
Dios, debiéramos ser lentos para dogmatizar. No debiéramos olvidar que la verdad esencial que Moisés procuró
presentar en cuanto al origen del sol, la luna y las estrellas es que, sin excepción, son el resultado del poder creador de
Dios. Aquí hay una refutación adicional a la antigua pero siempre presente herejía de la eternidad de la materia.

17. Y púsolas Dios en la expansión de los cielos, para alumbrar sobre la tierra,

18. Y para señorear en el día y en la noche, y para apartar la luz y las tinieblas: y vió Dios que era bueno.

Era bueno. A diferencia de nuestra tierra actual, que ha cambiado mucho como resultado de la entrada del pecado, los
cuerpos celestes no han sufrido los resultados de la transgresión del hombre y reflejan el poder de su Creador. Es un
hecho universalmente reconocido que las leyes del universo son fielmente obedecidas por todos los astros. Los
astrónomos y los marinos están seguros de que no ocurren desviaciones de las reglas establecidas en el mundo
astronómico. Saben que los cuerpos celestes no los van a chasquear, que son dignos de confianza debido a su continua
obediencia a las leyes establecidas para ellos.

19. Y fué la tarde y la mañana el día cuarto.

Animales marinos y alados Quinto día

20. Y dijo Dios: Produzcan las aguas reptil de ánima viviente, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de
los cielos.

Produzcan las aguas. Aquí tenemos la forma en que se poblaron el agua y el aire con la creación de seres marítimos y
alados. El original podría traducirse: "Produzcan las aguas abundantemente seres vivientes que se mueven", lo que sería
más claro que la frase hebrea que significa literalmente: "Enjambren las aguas con enjambres". El verbo aquí usado
como "enjambrar" también se usa con el significado de "multiplicar abundantemente". El término no sólo se aplica a los
peces sino a todos los animales acuáticos, desde los más grandes hasta los más pequeños y también a los reptiles.

Seres vivientes. El original de esta frase, néfesh jayyah, hace una clara distinción entre los animales y la vegetación
creada dos días antes. Es cierto que las plantas tienen vida como los animales y cumplen ciertas funciones que se
asemejan a las de los animales, pero permanece el hecho de que existe una diferencia marcada entre el mundo vegetal
y el animal. Los animales poseen órganos que les permiten tomar decisiones, moverse en procura de alimento y sentir
dolor, gozo o pesar, en mayor o menor grado.

Por lo tanto, pueden ser llamados "seres vivientes" ["bichos vivientes", BJ; "inquietos seres vivientes", Bover-Cantera],
expresión que no tiene una aplicación tan específica para las plantas. Este debe ser el significado de la muy discutida
palabra hebrea néfesh, traducida correctamente como "seres" ["bichos vivientes"; "inquietos seres vivientes"] en este
versículo, un término que atribuye a los animales una forma de vida más elevada que a las plantas, que no son néfesh.
En las ediciones de la versión Reina-Valera, antes de la revisión de 1960, se empleó la expresión "ánima viviente" que
confundía a los lectores y no daba correctamente el pensamiento del autor inspirado.

Aves que vuelen. Las aguas habían de producir animales acuáticos, pero no las aves como parece indicar aquí la VVR. En
el cap. 2: 19 se declara que "toda ave de los cielos" fue formada por Dios "de la tierra". La traducción correcta del texto
hebreo del cap. 1: 20 "y vuelen aves sobre la tierra" elimina esta aparente dificultad. La palabra "aves" -literalmente
"seres alados"- debiera más bien ser "pájaros". Están incluidos tanto pájaros domésticos como silvestres.

21. Y crió Dios las grandes ballenas, y toda cosa viva que anda arrastrando, que las aguas produjeron según su género, y
toda ave alada según su especie: y vió Dios que era bueno.
Creó Dios los grandes monstruos marinos. La palabra "creó", bará', se usa por segunda vez en este capítulo para indicar
la introducción de algo completamente nuevo: la creación de seres vivientes. Al ejecutar lo que había ordenado, Dios
creó los grandes animales marinos, tanninim. La traducción "grandes ballenas" de la versión de Valera de 1909 es
demasiado limitada en sus alcances. La palabra tiene diversos significados, tales como "culebra" (Exo. 7: 9, 10, 12) y
"dragón" (Isa. 51: 9; Eze. 29: 3), pero debe significar "monstruo marino" en este pasaje y en Sal. 148: 7.

Se mueve. El verbo "mover", ramas´, es especialmente aplicable a los animales que se arrastran (Gén. 9: 2), ya sea sobre
la tierra (Gén. 7: 14) o en el agua (Sal. 69: 34), aunque aquí signifique claramente seres acuáticos.

Según su género. Como en el caso de las plantas creadas en el tercer día, se declara que tanto los peces como las aves
fueron creados "según su género". Esto explícitamente indica que las distintas clases de animales que vemos
comenzaron en la creación y no a través de un proceso de evolución como lo sostienen los evolucionistas (ver com. de
vers. 12).

Por qué las aves y los peces fueron creados en el mismo día, no se explica por ninguna supuesta similitud entre el aire y
el agua como pensaron Lutero, Calvino y otros. Además no se declara que sólo fue creada una pareja de cada género.
Por el contrario, las palabras: "Produzcan las aguas seres vivientes" parecen indicar que los animales fueron creados no
sólo con una rica variedad de géneros, sino con un gran número de individuos. El hecho de que sólo fuera creado un ser
humano al principio, de ninguna manera da pie a la conclusión de que los animales también fueron creados uno a uno.

Vio Dios que era bueno.

La tierra debe haberle parecido deleitable en sumo grado al Creador cuando la contempló al final del quinto día. No sólo
había verdeantes colinas, resplandecientes corrientes de agua y lagos azules, sino también seres vivientes que se
movían, nadaban y volaban dando a este mundo, por primera vez, la calidad de vida que no había poseído antes. He
aquí criaturas que hasta podían cantar alabanzas a su Creador, que revelaban cierta medida de entendimiento al buscar
el debido alimento (Mat. 6: 26) y al construir nidos para protegerse (Mat. 8: 20).

Las grandiosas obras de Dios realizadas en los días previos fueron ciertamente admirables, pero la naturaleza recibió su
ornamento en el día quinto. Sin la vegetación creada en el tercer día, el mundo habría ofrecido una apariencia muy
poco atrayente. Mucho mayor habría sido la falta de atracción y alegría si hubiesen estado ausentes las miríadas de
seres vivientes que pueblan la tierra. Cada uno de esos seres, pequeños o grandes, debiera enseñarnos una lección
acerca de la maravillosa maestría del gran Dios, a quien debemos adoración como al autor y preservador de toda forma
de vida. Esos seres debieran darnos un saludable respeto por la vida, que no podemos impartir sino que debiéramos
proteger cuidadosamente y no destruir.

22. Y Dios los bendijo diciendo: Fructificad y multiplicad, y henchid las aguas en los mares, y las aves se multipliquen en
la tierra.

Dios los bendijo. La obra del quinto día no sólo fue declarada buena por el Creador sino que recibió una bendición que
no fue dada ni a los productos inanimados de la creación de Dios ni a las plantas. Esta bendición, que se enfoca en su
propagación y aumento -"fructificad y multiplicaos"- llegó a ser una fórmula usual de bendición (caps. 35: 11; 48: 4).

23. Y fué la tarde y la mañana el día quinto.

Animales terrestres y al Hombre Sexto día

24. Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su
especie: y fué así.

Seres vivientes. A semejanza del tercer día, se distingue el sexto por un acto doble de creación: la producción de
animales terrestres y la creación del hombre. Después de que el mar y el aire estuvieron llenos de seres vivientes,
néfesh jayyah (vers. 20), la palabra de Dios se dirigió a la tierra para que produjera seres vivientes según su género.
Estos son divididos en tres clases:
Bestias. De behemah, que se deriva de la raíz baham -"ser mudo"- con el significado de "animales mudos".
Generalmente la palabra denota los cuadrúpedos domésticos más grandes (Gén. 47: 18; Exo. 13: 12, etc.), pero
ocasionalmente los animales terrestres más grandes en conjunto (Prov. 30: 30; Ecl. 3: 19, etc.).

Serpientes. De rémes´, que indica los animales más pequeños que se mueven, ya sea sin pies, o con pies que son apenas
perceptibles, tales como gusanos, insectos y reptiles. Aquí se refiere a los rémes´ terrestres; los rémes' del mar fueron
creados el día anterior.

Animales de la tierra. De jayetho 'érets. Este antiguo y raro término hebreo indica los animales silvestres errantes.

25. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que anda arrastrando
sobre la tierra según su especie: y vió Dios que era bueno.

Animales de la tierra. El orden de creación de seres vivientes que se da aquí difiere de aquel del vers. 24. El último grupo
del versículo anterior es el primero que aquí se enumera. Esta es una bien conocida disposición del idioma hebreo,
llamada "paralelismo invertido" (Gén. 10: 1, 2, 6, 21; Prov. 14: 16, 17).

Según su especie. La declaración se refiere a todas las tres clases de seres vivientes, cada una de las cuales tiene sus
géneros distintos. Estas palabras inspiradas refutan la teoría de la evolución que declara que las formas superiores de
vida evolucionaron de las inferiores y sugiere que todavía resultaría posible producir materia viviente de la tierra
inanimada. Aunque los estudios científicos confirman la declaración bíblica de que todos los organismos animados son
hechos de la tierra -que no contienen otros elementos sino los que tiene la tierra-, los científicos nunca han podido
producir de la materia inerte una sola célula que pudiera vivir y reproducirse según su especie.

Vio Dios que era bueno. El breve relato de la creación de todos los animales terrestres termina con la acostumbrada
palabra de aprobación, y el autor pasa prestamente al relato de la creación del hombre, con la que culmina la obra de la
creación.

26. Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar,
y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra.

Después de crear la tierra y los animales que la habitaban, el Padre y el Hijo llevaron adelante su propósito, ya concebido
antes de la caída de Satanás, de crear al hombre a su propia imagen. Habían actuado juntos en ocasión de la creación de
la tierra y de todos los seres vivientes que había en ella. Entonces Dios dijo a su Hijo: "Hagamos al hombre a nuestra
imagen".

Una vez creada la tierra con su abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre, corona de la
creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada. A él se le dio dominio sobre todo lo que sus ojos pudiesen
mirar; pues, "dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree ... en toda la
tierra. Y crió Dios al hombre a su imagen, varón y hembra los crió." (Gén. 1: 26, 27)

Aquí se expone con claridad el origen de la raza humana; y el relato divino está tan claramente narrado que no da lugar
a conclusiones erróneas. Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. No hay en esto misterio. No existe
fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las
formas bajas de la vida animal o vegetal. Tales enseñanzas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas
y terrenales concepciones humanas. Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que
rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen. El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó
con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando
quiso coronar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos
que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de
gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el "hijo de Dios."
(Luc 3: 38, V.M.)
Hagamos al hombre. Desde el mismo principio, el Registro Sagrado proclama la preeminencia del hombre por encima de
todas las otras criaturas de la tierra. El plural "hagamos" fue considerado casi unánimemente por los teólogos de la
iglesia primitiva como que indica a las tres personas de la Deidad. La palabra "hagamos" requiere, por lo menos, la
presencia de dos personas que celebran un consejo. Las declaraciones de que el hombre había de ser hecho a "nuestra"
imagen y fue hecho "a imagen de Dios", llevan a la conclusión de que los que celebraron consejo deben ser personas de
la misma Deidad. Esta verdad, implícita en varios pasajes del AT, tales como el que hemos tratado aquí y Gén. 3: 22; 11:
7; Dan. 7: 9, 10, 13, 14; etc., está plena y claramente revelada en el NT, donde se nos dice en términos inconfundibles
que Cristo, la segunda persona de la Deidad -llamada Dios por el Padre mismo (Heb. 1: 8)- estuvo asociada con su Padre
en la obra de la creación. Textos como Juan 1: 1-3, 14; 1 Cor. 8: 6; Col. 1: 16, 17; Heb. 1: 2 no sólo nos enseñan que Dios
el Padre creó todas las cosas por medio de su Hijo sino que toda vida es preservada por Cristo.

Aunque es cierto que esta luz plena de la verdad no brilló sobre estos textos del AT, previos a la revelación contenida en
el NT, y que la comprensión precisa de las diferentes personas de la Deidad no fue tan fácilmente discernible sólo por los
pasajes del AT, la evidencia inicial de la existencia de Cristo, en el tiempo de la creación, como colaborador con su Padre,
se halla en la primera página de la Biblia. Estos textos no ofrecen dificultad para los que creen tanto en la inspiración del
AT como del NT, en vista de que una parte explica la otra y que ambas se ensamblan armoniosamente como las piedras
de un bello mosaico. No sólo los vers. 26 y 27 indudablemente contienen indicios de la actividad de Cristo como la
segunda persona de la Deidad en la obra de la creación, sino que el vers. 2 menciona al Espíritu Santo como colaborando
en la misma obra. Por lo tanto, tenemos fundamento para declarar que la primera evidencia del sublime misterio de la
Deidad se encuentra en la primera página de la Biblia, misterio que se presenta con luz más clara cuando la pluma de la
inspiración de los diferentes autores de los libros de la Biblia fue movida a revelar más plenamente esta verdad.

La palabra "hombre" es 'adam en hebreo, la misma palabra empleada para nombrar al padre de la raza humana (cap. 5:
2). Su significado se ha explicado de diversas formas. Describe ya sea su color, de 'adam "ser rojo"; o su apariencia, de
una raíz arábiga que significa "brillar", haciendo de Adán "el brillante"; o su naturaleza como la imagen de Dios de dam,
"semejanza"; o -y lo que es más probable- su origen: "el suelo", de 'adamah, "el del suelo".

A nuestra imagen. "El hombre había de llevar la imagen de Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter" (PP
25). Esa imagen se hacía más evidente en términos de su naturaleza espiritual. Vino a ser un "ser viviente"*, dotado de
libre albedrío, una personalidad autoconsciente.

Esta naturaleza reflejaba la santidad divina de su Hacedor hasta que el pecado destruyó la semejanza divina. Sólo
mediante Cristo, el resplandor de la gloria de Dios, y la "imagen misma de su sustancia" (Heb. 1: 3), se transforma
nuestra naturaleza otra vez a la imagen de Dios (Col. 3: 10; Efe. 4: 24).

Y señoree. La relación del hombre con el resto de la creación es la de un gobernante*. Al transferir a Adán el poder de
gobernar sobre "toda la tierra", Dios tenía el plan de hacer del hombre su representante, o virrey, sobre este planeta. El
hecho de que no se mencione las bestias del campo, ha sido tomado por algunos comentadores como una indicación de
que los animales que ahora son salvajes no estuvieron sometidos a Adán. Esta opinión es insostenible. También faltan
las plantas en la enumeración de las obras creadas sujetas a Adán, aunque nadie negará que el hombre ha tenido el
derecho de regir la vegetación hasta el día de hoy y que las plantas deben haber estado incluidas en la frase "toda la
tierra". En realidad, esta frase abarca todas las cosas de esta tierra no mencionadas por nombre, incluso "las bestias del
campo" (Sal. 8: 6-8). Con todo, Dios limitó la supremacía del hombre a esta tierra; no le confió a Adán el dominio sobre
los cuerpos celestes.

27. Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.

El hombre había de llevar la imagen de Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter. Sólo Cristo es "la
misma imagen" del Padre (Heb. 1: 3); pero el hombre fue creado a semejanza de Dios. Su naturaleza estaba en armonía
26 con la voluntad de Dios. Su mente era capaz de comprender las cosas divinas. Sus afectos eran puros, sus apetitos y
pasiones estaban bajo el dominio de la razón. Era santo y se sentía feliz de llevar la imagen de Dios y de mantenerse en
perfecta obediencia a la voluntad del Padre.
Cuando el hombre salió de las manos de su Creador, era de elevada estatura y perfecta simetría. Su semblante llevaba
el tinte rosado de la salud y brillaba con la luz y el regocijo de la vida. La estatura de Adán era mucho mayor que la de
los hombres que habitan la tierra en la actualidad. Eva era algo más baja de estatura que Adán; no obstante, su forma
era noble y plena de belleza. La inmaculada pareja no llevaba vestiduras artificiales. Estaban rodeados de una envoltura
de luz y gloria, como la que rodea a los ángeles. Mientras vivieron obedeciendo a Dios, este atavío de luz continuó
revistiéndolos.

Creó Dios al hombre. El relato de la realización del propósito divino se expresa en una forma de poesía hebrea, común a
todos los libros poéticos del AT, en los cuales el pensamiento expresado en la primera parte de una estrofa se repite con
ligeras variaciones de palabras, pero no en el significado, en la segunda o aun en la tercera parte de la estrofa, como es
el caso en nuestro versículo:

"Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó".

Moisés, que nos ha dado otros ejemplos de su habilidad poética (Exo. 15; Deut. 32, 33; Sal. 90), fue el primero de todos
los escritores inspirados que se refirió a las admirables obras de Dios con palabras poéticas. Cuando había llegado en su
registro al punto de narrar la creación del hombre, la corona de la obra de Dios en esta tierra, dejó el estilo narrativo
ordinario y empleó poesía.

A su imagen. Es digno de notarse el uso del singular "su". El plural del vers. 26 revela que la Deidad posee pluralidad en
la unidad, al paso que el vers. 27 hace resaltar que la pluralidad de Dios no niega su unidad.

Varón y hembra. Se introduce un nuevo elemento en la información dada en cuanto a la creación del hombre al
mencionar la diferencia de sexo. Las dos palabras "varón" y "hembra" son traducciones de adjetivos hebreos que
indican el sexo de dos individuos. La bendición de la fertilidad pronunciada sobre los animales (vers. 22) implica que
también deben haber sido creados con diferencias sexuales, pero no se menciona este hecho. Probablemente existía
una razón especial para mencionarlo en relación con la creación del hombre. Esa razón puede deberse a que
únicamente en el hombre la dualidad de sexos culmina en la institución de un santo matrimonio. Este versículo nos
prepara para la revelación concerniente al plan de Dios para la creación de la familia que se presenta en el cap. 2.

28. Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces
de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

Adán fue colocado como representante de Dios sobre los órdenes de los seres inferiores. Estos no pueden comprender
ni reconocer la soberanía de Dios; sin embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre. El salmista
dice: "Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: . . . asimismo las bestias del
campo; las aves de los cielos, . . . todo cuanto pasa por los senderos de la mar." (Sal. 8: 6-8.)

Y los bendijo Dios. Las bendiciones de Dios conferidas a los seres vivientes el día anterior fueron repetidas al fin del sexto
día con adiciones especiales apropiadas para el hombre. Dios "los" bendijo, no "lo" bendijo. Esto indica que la creación
de Eva debe haber ocurrido antes de que terminara el sexto día y que las bendiciones y responsabilidades que les fueron
conferidas fueron compartidas por ambos de igual manera.

Les dijo. Existe una diferencia entre los premios a las bendiciones de los vers. 22 y 28 que es digna de notarse. La
bendición para los animales fue pronunciada en forma indirecta -"Dios los bendijo, diciendo"-, al paso que la bendición
para la raza humana se presenta directamente con las palabras "les dijo". Como seres inteligentes, podían escuchar a
Dios y recibir comunicaciones. Este versículo contiene la primera revelación de Dios al hombre.

Fructificad. En primer lugar, la bendición del Creador se refería a la propagación y perpetuación de la especie, bendición
que nunca ha sido rescindida por Dios y que es el origen de los miles de millones de seres humanos que ahora llenan
todos los continentes del mundo. La comisión divina ha sido entendida por diversos comentadores como que indicara
que la reproducción de los seres humanos no debiera continuar interminablemente, sino que había de cesar cuando la
tierra estuviera llena de seres humanos y de sus súbditos irracionales.
Sojuzgadla. Esta revelación también contiene instrucciones en cuanto al deber y destino del hombre de regir las obras de
la creación terráquea, comisión expresada casi con las mismas palabras como las del consejo divino registrado en el vers.
26. La única diferencia es la palabra adicional "sojuzgadla", que concede al hombre el derecho de utilizar para sus
necesidades los vastos recursos de la tierra, mediante labores de agricultura y minería, investigaciones geográficas,
descubrimientos científicos e invenciones mecánicas.

Dios señala el alimento para el hombre y las bestias

29. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda hierba que da simiente, que está sobre la haz de toda la tierra; y todo árbol
en que hay fruto de árbol que da simiente, seros ha para comer.

Toda planta. Luego se hizo provisión para el sustento del recién nombrado monarca y de sus súbditos. Sabemos por el
registro divino que el hombre había de comer tanto de los productos del campo como de los árboles. En otras palabras,
cereales, frutas oleaginosas y las otras frutas. Los animales habían de comer "toda planta verde": verduras y pasto.

La redacción de esta orden revela que no era la voluntad de Dios que el hombre matara animales para alimentarse, o
que los animales debieran devorarse entre sí. Por lo tanto, la violenta y a veces penosa destrucción de vida hecha por
hombres y animales es un resultado de la entrada del pecado en el mundo. Sólo después del diluvio Dios dio permiso al
hombre de comer carne de animales (cap. 9: 3). Aun las leyendas paganas hablan de una edad áurea, de inocencia,
cuando el hombre se abstenía de matar animales (Ovidio, Metamorfosis, I. 103-106). Que ningún animal de especie
alguna comía carne al principio se puede inferir del anuncio profético en Isa. 11: 6-9; 65: 25, del estado de la tierra
nueva, donde la ausencia del pecado y la transformación completa del mundo al convertirse en el reino de Dios estarán
acompañadas por el cese de toda matanza de las criaturas de Dios.

La clara enseñanza de las Escrituras de que la muerte entró en el mundo por el pecado muestra palmariamente que el
propósito original de Dios era que ni el hombre ni los animales quitaran la vida para proveerse de alimentos.

Todos los argumentos basados en la premisa de que es necesario matar animales para frenar su aumento excesivo, son
de valor dudoso. Es fútil especular con lo que habría sucedido en este mundo si los animales y los seres humanos se
hubieran multiplicado sin control, perpetuamente. Ciertamente, Dios había trazado sus planes para hacer frente a
eventualidades cuando se presentaran. Esos planes no nos han sido revelados porque el pecado entró en el mundo
antes de que surgiera la necesidad de frenar una reproducción excesiva (vers. 28).

30. Y á toda bestia de la tierra, y á todas las aves de los cielos, y á todo lo que se mueve sobre la tierra, en que hay vida,
toda hierba verde les será para comer: y fué así.

31. Y vió Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fué la tarde y la mañana el día sexto.

He aquí que era bueno en gran manera. La creación del hombre y su instalación como gobernante de la tierra pusieron
fin a la creación de todas las cosas terráqueas. De acuerdo con el registro, Dios frecuentemente había repasado su obra
y la había declarado buena (vers. 4, 10, 12, 18, 21, 25). El examen realizado al fin del sexto día abarcó todas las obras
completadas durante los días anteriores, y "he aquí que era bueno en gran manera". Cada cosa era perfecta en su clase;
cada ser respondía a la meta fijada por el Creador y estaba aparejado para cumplir el propósito de su creación. La
aplicación del término "bueno" a cada cosa que Dios había hecho y la repetición de la palabra con el énfasis "en gran
manera" al fin de la creación, con el hombre como su corona y gloria, indican que nada imperfecto había salido de las
manos de Dios. Esta expresión de admiración excluye enteramente la posibilidad de que cualquier imperfección de lo
creado fuera responsable de la debilidad demostrada por Adán y Eva durante la hora de la tentación.

NOTA ADICIONAL AL CAPÍTULO 1

El versículo inicial de Gén. 1 ha sido objeto de muchos debates en los círculos teológicos a través de la era cristiana.
Algunos han sostenido que el versículo se refiere a una creación de este mundo físico y de toda la vida que hay en él en
un momento de tiempo muy anterior a los siete días de la semana de la creación.
Este concepto es conocido como la teoría de la catástrofe y la restauración. Esta teoría ha sido sostenida durante siglos
por teólogos especuladores que han leído en la expresión hebrea tóhu wabóhu, "desordenada y vacía" (vers. 2), la idea
de que un intervalo de tiempo -ciertamente, de gran duración- separa el vers. 1 del vers. 2. Se ha hecho significar a tóhu
wabóhu como que "la tierra fue obligada a estar desordenada y vacía". En este enfoque del texto se basa el concepto de
que el mundo fue creado perfecto en algún momento de un remoto pasado (vers. 1), pero un tremendo cataclismo
destruyó todo rastro de vida en él y redujo su superficie a una condición que podría describirse como "desordenada y
vacía". Muchos que sostienen esta opinión creen que hubo varias creaciones. Finalmente, después de incontables
eones, una vez más Dios procedió a poner orden en el caos y a llenar la tierra con vida, como se registra en los vers. 2-
31.

Hace más de un siglo, varios teólogos protestantes se aferraron firmemente a este enfoque pensando que encontraban
en él un medio de armonizar el relato mosaico de la creación con la idea que entonces divulgaban ciertos científicos: que
la tierra había pasado por largas eras de cambios geológicos. Este concepto es popular entre ciertos fundamentalistas.
Según él, las capas estratificadas de rocas que forman gran parte de la superficie de la tierra fueron depositadas durante
el curso de los supuestos cataclismos, y se supone que los fósiles sepultados en ellas son las reliquias de la vida que
existió en esta tierra antes de ese tiempo.

Otros hallan en esta teoría un argumento para sostener la idea de que cuando Dios realizó su obra creadora registrada
en los vers. 2-31, dependió de materia preexistente. Así limitarían su poder disminuyendo, o aun negando, el hecho de
que trajo la materia a la existencia y que "lo que se ve fue hecho de lo que no se veía" (Heb. 11: 3). Varios aspectos de
esta teoría se han reflejado en diversas traducciones modernas de la Biblia.

El concepto de una "restauración" debe rechazarse de plano porque: (1) Las palabras hebreas tóhu wabóhu no dan la
idea de algo dejado desolado, sino más bien describe un estado de la materia, desorganizada y sin vida. Por lo tanto, la
interpretación dada a estas palabras es completamente injustificable. (2) Las Escrituras enseñan claramente que la obra
de la creación de Dios "estaban acabadas desde la fundación del mundo" (Heb. 4: 3). (3) Este punto de vista implica la
blasfema doctrina de que diversas tentativas de creación de Dios, muy particularmente la del hombre, fueron
imperfectas y sin éxito debido a la operación de fuerzas sobre las cuales él tenía sólo un dominio limitado. (4) Seguido
hasta su conclusión lógica, este punto de vista en realidad niega la inspiración y autoridad de las Escrituras en su
conjunto, limitando al Creador al empleo de materia preexistente en la obra de la semana de la creación y sometiéndolo
a las leyes de la naturaleza. (5) La idea de sucesivas creaciones y catástrofes anteriores a los acontecimientos de la
semana de la creación no tiene para apoyarse ni una pizca de evidencia válida, ya sea de parte de la ciencia o de la
Palabra inspirada. Es pura especulación. (6) Podría añadirse de paso que el origen y la evolución de este punto de vista
están contaminados con las paganas especulaciones filosóficas de varias sectas heréticas y teñido con los conceptos
racionalistas del naturalismo y la evolución.

Génesis 2

Séptimo día

1. Y FUERON acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento.

Fueron, pues, acabados. Los primeros versículos del capítulo segundo y la mitad del vers. 4 son en realidad una
continuación ininterrumpida del relato de la creación del capítulo primero. El vers. 1, en solemne retrospección, vincula
la obra de los seis días precedentes con el descanso sabático que siguió. Cuando Dios "acabó... la obra que hizo" no dejó
nada inconcluso (Heb. 4: 3). La palabra "ejército", tsaba', denota aquí todas las cosas creadas.

2. Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho.

El gran Jehová había puesto los fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de belleza, y
había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran
obra de la creación fue realizada en seis días. Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Todo era perfecto, digno
de su divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho con los frutos de su sabiduría y
bondad y con las manifestaciones de su gloria.

En el día séptimo. Se han hecho varios intentos para resolver la aparente dificultad entre el vers. 1 y el vers. 2: uno
declara que la obra de Dios fue terminada en el sexto día y el otro en el séptimo día. La LXX y las versiones samaritano y
siríaca han elegido el camino más fácil para resolver el problema, sustituyendo con la palabra "sexto" la palabra
"séptimo" del texto hebreo donde se la usa por primera vez. Algunos comentadores están de acuerdo con este cambio,
pensando que la palabra "séptimo" del texto hebreo es un error de copista. Sin embargo, al proceder así infringen una
de sus propias reglas básicas de crítica textual: que la más difícil de dos lecturas posibles es generalmente la original.
"Acabó", yekal. Algunos eruditos, comenzando con Calvino, han traducido yekal como "había acabado", lo que es
gramaticalmente posible. Otra interpretación considera que la obra de la creación fue terminada tan sólo después de la
institución del día de reposo. La terminación consistió pasivamente en la cesación de la obra creadora y positivamente
en la bendición y santificación del día séptimo. La cesación, en sí misma, formó parte de la terminación de la obra.

Reposó. El verbo "reposó", shabath, significa literalmente "cesar" de una labor o actividad (ver Gén. 8: 22; Job 32: 1,
etc.). Como un artífice humano completa su obra cuando la ha llevado hasta su ideal y entonces cesa de trabajar en ella,
así también, en un sentido infinitamente mayor, Dios completó la creación del mundo cesando de producir algo nuevo, y
entonces "reposó". Dios no descansó porque lo necesitara (Isa. 40: 28). Por lo tanto, el reposo de Dios no fue el
resultado ni del agotamiento ni de la fatiga, sino el cesar de una ocupación anterior.

Debido a que la frase usual "tarde fue, mañana fue, el séptimo día" no aparece en el Libro Sagrado, algunos expositores
bíblicos han pretendido que el período de descanso no continuó únicamente durante 24 horas -como cada uno de los
seis días precedentes- sino que comenzó al terminar el sexto día de la creación y continúa todavía. Pero este versículo
refuta tal punto de vista. Este no es el único texto de las Escrituras que impresiona al lector imparcial con el hecho de
que el descanso de Dios sólo se efectuó durante el séptimo día, pues el Decálogo mismo declara palmariamente que
Dios, habiendo trabajado seis días, descansó el séptimo día de la semana de la creación (Exo. 20: 11).

De acuerdo con las palabras del texto, los seis días de la creación fueron días terrestres de duración común. Ante la
ausencia de cualquier clara indicación contraria, debemos entender de la misma manera el séptimo día, y más todavía
puesto que en cada pasaje donde se menciona como la razón del día de reposo terrestre, es considerado como un día
común (Exo. 20: 11; 31: 17).

3. Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho.

Después de descansar el séptimo día, Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el
hombre. Siguiendo el ejemplo del Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras
contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra de la creación de Dios; y para que,
mientras mirara las evidencias de la sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su
Creador.

Al bendecir el séptimo día en el Edén, Dios estableció un recordativo de su obra creadora. El sábado fue confiado y
entregado a Adán, padre y representante de toda la familia humana. Su observancia había de ser un acto de agradecido
reconocimiento de parte de todos los que habitasen la tierra, de que Dios era su Creador y su legítimo soberano, de que
ellos eran la obra de sus manos y los súbditos de su autoridad. De esa manera la institución del sábado era enteramente
conmemorativa, y fue dada para toda la humanidad. No había nada en ella que fuese obscuro o que limitase su
observancia a un solo pueblo.

Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y
actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y
bondad. Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su
gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.
Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza
habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo. "Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una
noche a la otra noche declara sabiduría." (Sal. 19: 1, 2.) La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de
Dios. La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las
delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a
los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador.

Bendijo Dios al día séptimo. Se añade una explicación del significado y la importancia de este día de reposo. Aquí el
Registro sagrado relaciona estrechamente el día de reposo semanal con la obra de Dios de la creación y su descanso en
el séptimo día así como lo hace el cuarto mandamiento. La bendición sobre el séptimo día implicaba que por ella era
señalado como un objeto especial del favor divino y un día que sería una bendición para las criaturas de Dios.

Y lo santificó. El acto de santificación consistió en una declaración de que el día era santo, o puesto aparte para
propósitos santos. Así como después fue santificado el monte Sinaí (Exo. 19: 23) o, temporariamente, investido con
santidad como la residencia de Dios, y así como Aarón y sus hijos fueron santificados, o consagrados, para el oficio
sacerdotal (Exo. 29: 44), y el año del jubileo fue santificado, o consagrado, para propósitos religiosos (Lev. 25: 10), así
también aquí fue santificado el séptimo día y, como tal, fue proclamado como día festivo. Este acto de bendecir el
séptimo día y declararlo santo se hizo en favor de la humanidad para cuyo beneficio fue instituido el sábado. El día de
reposo semanal con frecuencia ha sido considerado como una institución de la dispensación judaica, pero el Registro
sagrado declara que fue instituido más de dos milenios antes de que naciera el primer israelita (un descendiente de
Jacob - Israel). Además tenemos la palabra de Jesús que declara: "El día de reposo fue hecho por causa del hombre"
(Mar. 2: 27), lo que indica claramente que esta institución no sólo fue ordenada para los judíos sino también para toda la
humanidad.

Porque en él reposó. Dios no podría haber tenido una razón más excelsa para ordenar que el hombre reposara en el
séptimo día que aquella de que al descansar así el hombre pudiera disfrutar de la oportunidad de reflexionar en el amor
y bondad de su Creador, y así asemejarse a él. Así como Dios trabajó durante seis días y descansó en el séptimo, así
también el hombre debía trabajar asiduamente durante seis días y descansar en el séptimo. Este día de reposo semanal
es una institución divina dada al hombre por Dios, el Creador, y su observancia es requerida por Dios, el Legislador. Por
lo tanto, el hombre que retenga para sí cualquier parte de todo este tiempo santo se hace culpable de desobediencia
contra Dios y de robarle como propietario original de las facultades y del tiempo del hombre. Como una institución
establecida por Dios, el sábado merece nuestra honra y estimación. Su descuido Dios lo computa como pecado.

El sábado demanda la abstención de todo trabajo físico común y la dedicación de la mente y del corazón a las cosas
santas. Se advirtió a los israelitas que lo usaran para santas convocaciones (Lev. 23: 3). Los Evangelios afirman que así
fue usado por Cristo y los apóstoles (Luc. 4: 16; Hech. 17: 2; 18: 4, etc.) y que deberían continuar observándolo los
cristianos después de que Cristo completara su ministerio terrenal (Mat. 24: 20).

El hecho de que el sábado continuará siendo celebrado en la tierra nueva como un día de culto (Isa. 66: 23) es una
indicación clara de que Dios nunca tuvo el propósito de que su observancia se transfiriera a otro día. El sábado semanal
es el monumento conmemorativo de la creación, que hace recordar al hombre, cada semana, el poder creador de Dios y
cuánto le debe a un Creador y Sustentador misericordioso. Un rechazo del sábado, es un rechazo del Creador, y abre de
par en par la puerta a toda suerte de teorías falsas. "Es un testimonio perpetuo de su existencia [de Dios], y un recuerdo
de su grandeza, su sabiduría y su amor. Si el sábado se hubiera santificado siempre, jamás habría podido haber ateos ni
idólatras" (PP 348, 349).

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