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Camino Corto y Camino Largo III
Como hemos vimos en la clase anterior el cerebro realiza dos caminos para evaluar
situaciones uno llamado corto:
Y otro llamado largo:
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Si la evaluación emocional de un suceso pone en marcha el camino corto y su
respuesta emocional y corporal, mientras este ya está activo, la UCCM continúa
con una evaluación más completa a través del camino largo tálamo-corteza
(siempre y cuando el estímulo no sea considerado muy peligroso, pues si fuera así
la amígdala sola comandaría la situación).
Cuando ya existe una emoción y su respuesta corporal, la corteza, a través de su
evaluación más compleja informa a los lóbulos prefrontales de la misma y estos
pueden entonces ajustar la respuesta emocional, vetarla o permitirle seguir su
cauce.
La corteza prefrontal es el área cerebral que puede frenar, modelar, o al menos
mitigar todos los arranques emocionales, salvo los más intensos.
Esto nos lleva a comprender que nuestra UCCM puede llegar a tener dos
interpretaciones de un hecho: una emocional y otra racional, y otras veces sólo
emocional.
La emocional es mucho más rápida, actúa sin ver todos los detalles, descarta la
reflexión y el análisis más complejo, pues su función es garantizarnos la vida o sea
nuestra supervivencia en el aquí y ahora.
Como las emociones siempre se sienten en el cuerpo ―ya que las mismas son
impulsos para la acción― dan una fuerte sensación de certeza, algo indispensable
para ponernos en acción: por ejemplo huir de una “posible víbora”. Como vimos en
la clase pasada, si no hubiese una fuerte conexión emoción-cuerpo, la
supervivencia estaría en serios riesgos.
Dudar no garantiza la supervivencia
Luego de una respuesta emocional fuerte, e incluso muchas veces durante esta,
nos encontramos pensando para qué sigo en este estado o por qué lo hice.
Si tomamos en cuenta el relato final de la clase anterior, cuando al intentar cruzar
la calle reaccionamos tan rápidamente que sin haberlo pensado salvamos nuestra
vida, nos encontramos con un caso en donde observamos cómo el cerebro
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emocional, a través del camino corto, nos salvo la vida; aquí su respuesta es
totalmente válida y correcta.
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Pero ahora, imaginemos otra situación, por ejemplo, una discusión con nuestra
pareja por la manera de ubicar los libros en la biblioteca nueva que hemos
comprado.
Cada uno de nosotros puede tener una visión personal de cómo acomodarlos. Si
no coincidimos con las ideas, este estímulo será evaluado a través del camino
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corto; si es considerado muy doloroso se desatará una respuesta amigdalina
emocional y corporal acorde.
En este caso quizá estemos cometiendo un gran error, pues gritar o pelear
(respuesta de ataque defensivo), desear salir corriendo (respuesta de huída),
resignarnos y aceptar lo impuesto por nuestra pareja (respuesta de sumisión), o
sentir que esto es algo imposible de solucionar y deprimirnos, son respuestas de
las que después seguramente podemos llegar a arrepentirnos. Nos Descubriremos
más tarde haciéndonos preguntas de cómo nos hemos podido dejar llevar por las
emociones en lugar de controlarlas.
Pero, si nos Neurosicoeducamos, adquirimos información sobre neurociencias,
evolución, genética, y la existencia de los dos caminos de evaluación del cerebro,
podremos responder a través del intérprete (estudiado por Michael Gazzaniga, de
manera tal que nos permita comprendernos, comprender al otro, entender la
situación, y determinar si con comprender la situación alcanza, o es necesario un
plan para ajustar nuestros impulsos (neurosicoentrenamiento).
Pero si desconocemos esto podemos llegar a interpretar la situación como correcta
y ampliar aún más nuestro banco de memoria dolorosa y considerar a nuestra
pareja como alguien malo, que no nos valora, o tal vez, pensar que el otro siempre
se aprovecha de nosotros, etc., varias respuestas que todos conocemos.
Pero si tienes en cuenta que nuestra UCCM es la misma que poseía aquel homo
sapiens-sapiens de hace aproximadamente 150.000 años atrás en la sabana
africana, podrás entender claramente lo importante que es al camino corto para la
supervivencia, ya que le permite tomar decisiones en cuestión de milésimas de
segundo y escapar de ser el almuerzo de un hambriento león.
La mente emocional es como un radar para percibir el peligro: “es mejor
equivocarse y correr de más que no haber huido”. Pero en nuestro mundo
civilizado, con tantos estímulos, muchas veces se equivoca y nos trae serios
inconvenientes.
No obstante, los seres humanos podemos aprender y desarrollar nuestros LPF.
Parte de este desarrollo hoy es más conocido es el término "inteligencia
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emocional", que fue acuñado en 1990 por dos psicólogos: John Mayer de la
universidad de New Hampshire, y Peter Salovey, de Yale. Abarca cualidades del
ser humano como la comprensión de las propias emociones, la capacidad de
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saberse poner en el lugar de otras personas y la capacidad de conducir sus propias
emociones de forma que mejorar la calidad de vida.
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Para los creadores de la inteligencia emocional estos son los puntos a desarrollar:
1. Conocimiento de las propias emociones (autoconocimiento).
2. Capacidad de manejarlas (control emocional).
3. Capacidad de automotivarse.
4. Capacidad de reconocimiento de las emociones de los demás (empatía).
5. Habilidad en las relaciones (habilidades sociales y liderazgo).
Nosotros diríamos que la inteligencia debe ser aún más amplia, pues en realidad lo
que debemos alcanzar es el desarrollo pleno de los lóbulos prefrontales y sus
funciones cognitivas y, sobre todo, las ejecutivas, tal como lo vimos al estudiar sus
áreas más importantes.
Razonar,
Pensar,
Evaluar,
Ver a futuro,
Planificar,
Prever consecuencias de las acciones,
Perseverar,
Flexibilidad y cambio de planes,
Adaptación a los cambios,
Interpretación de las emociones convirtiéndolas en sentimientos,
Control de los impulsos,
Toma de decisiones voluntarias - Capacidad de elección,
Dar significación de nuestro mundo y nuestra vida,
Automotivación,
Capacidad creativa - Creación de nuevas opciones y alternativas,
Retardo de la gratificación, Asociación Educar para el Desarrollo Humano (000815/03)
Manejar nuestros estados emocionales,
Dirección hacia planes de vida constructivos,
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Elección de valores fines o sociales- Trascendencia,
Manejar la adversidad y la frustración,
Empatía – Manejo de las relaciones interpersonales – Teoría de la
mente ajena.
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Antes, desde los principios del siglo XX, se creía que el cociente de inteligencia (CI)
permitía valorar toda la inteligencia de una persona y cuál era su posible potencial
de éxito.
Desde un punto de vista genético, uno nace con, o sin; con más o con menos,
capacidad para desarrollar habilidades matemáticas, lingüísticas, o de otras clases
mensurables.
Sin embargo, todos conocemos a personas que tienen sin dudas un alto CI y que
no se desempeñan bien en sus trabajos o no logran ningún éxito, y a otros que
con un CI medio logran objetivos muchísimo mayores que los anteriores. Ya no
quedan dudas que el cociente intelectual no es una medida infalible, como bien
destaca Daniel Goleman, doctor en Filosofía y profesor en la Universidad de
Harvard, en su libro "Inteligencia Emocional", publicado en 1995.
Porque si sólo se tiene en cuenta a este cociente, estamos olvidándonos de otros
factores muy importantes como lo son el contexto en el que una persona se
encuentra y de la capacidad de conocer y poder manejar su mundo emocional.
Para esto, es necesario no sólo tener lóbulos prefrontales sanos (LPF), sino
también una muy buena calidad de información (Neurosicoeducación) para que los
mismos puedan actuar correctamente, logrando un equilibrio entre nuestras
emociones y nuestra capacidad de raciocinio de forma que nos permita mejorar
nuestra calidad de vida y el mundo en el que vivimos.
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