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El Hombre Inesperado by Eva Alexander

Samantha Garrett tenía su vida planeada, era doctora y estaba saliendo con un buen hombre, no lo amaba ni nada por el estilo. Él era simplemente agradable y ella sentía la necesidad de ser mimada. Pero luego la secuestraron y le robaron un año entero de su vida. Después de todo eso terminó asustada, más asustada de lo que jamás había sentido en toda su vida y con un bebé en brazos. Y, por supuesto, como dijeron sus amigas, apareció el príncipe azul. Ian White, de hecho, un príncipe azul. Un hombre que luchaba para hacer del mundo un lugar mejor, un hombre que no quería nada más que una mujer a la que amar. Ella le tenía miedo al amor y eso era todo lo que él anhelaba. ¿Tendrán la oportunidad de vivir felices para siempre?

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JMabel Mayorga
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Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
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El Hombre Inesperado by Eva Alexander

Samantha Garrett tenía su vida planeada, era doctora y estaba saliendo con un buen hombre, no lo amaba ni nada por el estilo. Él era simplemente agradable y ella sentía la necesidad de ser mimada. Pero luego la secuestraron y le robaron un año entero de su vida. Después de todo eso terminó asustada, más asustada de lo que jamás había sentido en toda su vida y con un bebé en brazos. Y, por supuesto, como dijeron sus amigas, apareció el príncipe azul. Ian White, de hecho, un príncipe azul. Un hombre que luchaba para hacer del mundo un lugar mejor, un hombre que no quería nada más que una mujer a la que amar. Ella le tenía miedo al amor y eso era todo lo que él anhelaba. ¿Tendrán la oportunidad de vivir felices para siempre?

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El hombre inesperado

El pacto 2

Eva Alexander
Derechos de autor © 2021 Eva Alexander

Todos los derechos reservados

Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier similitud con
personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo intencionado por parte del autor.

Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema de recuperación, ni
transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, o de fotocopia, grabación o de
cualquier otro modo, sin el permiso expreso del editor.

Diseño de la portada de: Eva Alexander


A ORQUIDEA TAM,
Sé feliz, disfruta cada día como si fuera el último, sonríe y ama. No hay nada que el amor y una
sonrisa no puedan curar.
Contenido
 
Página del título
Derechos de autor
Dedicatoria
El hombre inesperado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Epílogo
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Be happy!
El hombre inesperado
Capítulo 1

No sé cómo, pero lo sé y no es la primera vez.


 
La primera vez ocurrió cuando tenía nueve años. Era sábado, mi día
favorito de la semana, y llevaba esperando ese día desde hace semanas. Era
mi cumpleaños y a las once el jardín decorado con globos y todo lo que mi
madre fue capaz de comprar iba a llenarse de niños, vecinos y amigos.
Pero esa mañana desperté triste, tan triste que no era capaz de
levantarme de la cama. Mi madre dijo que eran los nervios, la excitación
por la fiesta, y me obligó a levantarme, desayunar y prepararme para recibir
a mis invitados.
Me puse el vestido rojo que había comprado mi madre especial para ese
día y forcé una sonrisa en mi rostro. Lo hice mientras el mago contratado
nos entretenía con sus trucos, mientras me cantaban cumpleaños feliz y
mientras abría los regalos.
Era la sensación más extraña del mundo, mi corazón, mi alma, todo mí
estaba llorando y mi mente de nueve años no era capaz de saber qué pasaba
o por qué. Lo averigüé cuando recibía mi último regalo al ver a mi padre
contestar a una llamada. Lo vi palidecer y mirar a mi madre con lágrimas en
los ojos.
Mi padre, el hombre más fuerte que había conocido, el que era capaz de
ahuyentar a los monstruos de debajo de mi cama. El hombre que siempre
sonreía, el que hacía sonreír a mi madre.
Pero en mi noveno cumpleaños un poco de la luz que brillaba en sus ojos
se apagó. Mi abuela, la madre de mi padre, tuvo un accidente de camino a
mi fiesta y falleció. Hannah, abu cómo la llamaba yo, era toda la familia
que teníamos.
Los padres de mi madre habían fallecido poco después del nacimiento de
mi madre y ella creció entre familias que nunca decidieron adoptarla y
hogares de acogida. De alguna manera mi madre consiguió salir adelante y
durante su primer año en el instituto conoció a mi padre.
Fue amor a primera vista, Paul y Paula, incluso sus nombres eran
iguales. Era predestinado, los dos rubios de ojos azules, altos y guapos.
Tenían quince años cuando se conocieron y desde ese momento fueron
inseparables.
A la familia de acogida de mi madre le daba igual si ella no dormía en
casa, si estaba ahí cuando llegaban los de los servicios sociales era
suficiente para ellos. Y así mi madre se fue a vivir con mi padre y la abuela.
La abuela se convirtió en la madre de los dos, los cuidó, los castigó.
Puso limites, reglas para que la relación de los dos no terminara por arruinar
el futuro de ninguno. Mis padres fueron a la universidad, los dos querían ser
médicos y con mucho trabajo y esfuerzo lo consiguieron.
Se casaron antes de empezar el primer año de Medicina. Continuaron
viviendo con la abuela hasta que terminaron los estudios y consiguieron
trabajo en el hospital, mi padre como cirujano y mi madre en pediatría.
Dos años después nacía yo para cumplir los sueños de los tres, para
aumentar la familia, la primera de muchos. Pero el destino fue caprichoso y
mi madre tuvo problemas en el parto y otro embarazo hubiera sido
peligroso para ella.
De esa manera éramos cuatro miembros en la familia Garrett.
Y desde mi noveno cumpleaños tres.
Nunca más quise celebrar mi cumpleaños, ni regalos ni tarta. De alguna
manera me sentía culpable por la muerte de la abuela, como si hubiera
tenido algo que ver con el accidente. Yo, una niña de nueve años sentada en
una silla rosa en el jardín rodeada de niños y no el hombre que se saltó el
color rojo del semáforo.
La segunda vez fue una semana antes de cumplir los dieciocho.
Me desperté de la misma manera, triste y rota. Era domingo y mis padres
estaban los dos trabajando. Los llamé y estaban bien, no iban a volver a
casa hasta el siguiente día. No les dije nada de lo que sentía, pero fui a
comer con ellos y luego a cenar.
Mi padre quiso cenar tortitas, mi madre riendo pidió lo mismo, y ya que
estaba yo también. Recuerdo que reímos, hablamos y tomamos docenas de
fotos. Les abracé con fuerza, les besé y les dije que los amaba.
A las siete cuarenta y dos de la mañana del lunes la policía llamó a la
puerta. Un hombre había entrado con un arma en el hospital y disparado a
todo el mundo, treinta y siete heridos y doce fallecidos. Mis padres eran
entre los doce.
Cumplí dieciocho años sola, nadie estuvo a mi lado. Todas las personas
queridas habían dejado este mundo, me habían dejado sola. Pero la vida
siguió a pesar del dolor y la tristeza. Fui a la universidad, estudié Medicina
como mis padres. En el último año conocí a Colin.
Colin.
Alto, moreno. El sueño de cualquier mujer, pero no mío. Salí con él
porque era guapo, atractivo y tenía una sonrisa bonita. Y era muy insistente.
Me enviaba flores, regalos, globos hasta que dije que sí.
No quería salir con él porque no tenía tiempo y porque no había lugar
para hombres ni en mi vida ni en mi corazón. Pero al final lo hice, salimos
unos meses y cuando tuve problemas con el alquiler de mi apartamento
Colin me ofreció el suyo.
Me llevó a conocer a su familia que eran buenas personas, eso sí
ignoramos a su hermana adoptiva, Iris. Esa mujer era una perra malvada,
una mujer adulta comportándose como una niña malcriada.
Eso fue el día antes de la tercera vez.
La tercera vez que me desperté triste y asustada. Llamé a Colin, pero
tenía una reunión importante y no me devolvió la llamada. Fui al trabajo
como siempre sabiendo que no podía impedir al destino hacer lo suyo. Iba a
pasar lo que tenía que pasar.
Por eso cuando volvía del trabajo y vi a la mujer al lado del coche en
medio de una carretera no lo dudé. Era de noche en un barrio peligroso y la
vi tan desesperada que decidí parar y ofrecerle mi ayuda.
Al llegar a su lado un escalofrío me recorrió y supe que Colin no estaba
en peligro, pero yo sí. Extrañamente no tuve miedo, no tenía miedo a la
muerte y nadie iba a llorar por mí. Por fin iba a estar con mis padres.
Sentí al hombre acercarse, agarrarme y tapar mi nariz con un trapo. Le di
la bienvenida a la oscuridad y cuando desperté el día siguiente en una jaula
en una sala que parecía un sótano me permití sentir miedo.
La pesadilla había comenzado, una que iba a durar un año y cambiaría
mi vida para siempre. Durante dos meses estuve sola.
Grité.
Lloré.
Supliqué.
La única persona que venía para traerme comida era un hombre
aterrador. Alto, fornido y espeluznante. Odiaba la manera en que me
miraba, odiaba sentir sus ojos recorrer mi cuerpo, odiaba el miedo que me
paralizaba al escuchar el sonido que hacía la puerta al abrirse.
Esperé, ¿qué? No lo sabía.
Algo o alguien que me diría porque estaba ahí o qué podría hacer para
volver a casa. Pensé que podría ser un secuestro para pedirle dinero o algo
más a Colin, pero pasaron días y días y me di cuenta de que si eso era lo
que estaba pasando él no había pagado el rescate.
Lo odié.
Sin importar cuánto lo intenté no conseguí averiguar la razón, si no era
Colin, ¿entonces qué era? Yo era una persona no muy sociable, me gustaba
la soledad, la tranquilidad, sentarme a leer un libro y viajar a otros mundos. 
Pero tenía cuidado con los que me rodeaban, vecinos, compañeros de
trabajo, conocidos. Era amable con todos y nunca hice nada para merecer
terminar encerrada en una jaula como los perros.
Sin importar cuántas vueltas le daba llegaba a la misma conclusión,
Colin. Él era rico y yo era su novia, algo haría él para ganarse el odio de la
persona equivocada con la mala suerte de que me tocó pagar a mí.
Días, semanas después la luz se encendió en medio de la noche, al
menos lo que yo suponía que era noche ya que la luz se apagaba y encendía
automáticamente cada periodo de tiempo. Fingí dormir en mi colchón,
tapada con una manta mientras mi corazón latía listo para saltar de mi
pecho.
Escuché los pasos del hombre y otro ruido más, como arrastrando algo
pesado. Abrí los ojos solo un poco para ver qué pasaba y lo vi metiendo a
una mujer en otra de las jaulas. Ella no estaba muerta a pesar de verse de
esa manera, si lo fuera no la encerraría, ¿no?
Él se fue y me quedé despierta esperando a que la mujer abriera los ojos.
Esperé mucho, horas interminables hasta que ella se despertó.
Sarah, joven y guapa, alta y con el rubio rojizo más espectacular que he
visto, de ojos verdes y el cutis perfecto, era una mujer hermosa. El tipo de
mujer que volvía locos a los hombres nada más entrar en una habitación.
Ella tampoco tenía idea por que la habían secuestrado, pasó por lo
mismo que yo. Gritó, lloró y luego se quedó callada hecha un ovillo en su
jaula.
Poco después, igual que había pasado con Sarah, el hombre llegó en
medio de la noche con otra mujer. Inconsciente a causa de lo que sea que el
hombre usaba para dormirlas. Por lo que recordaba Sarah usaba el mismo
método de la pobre mujer con el coche averiado. Todas caímos en la trampa
y me gustaría saber en qué pensaba esa mujer cuando esperaba ahí tranquila
sabiendo que ayudaba a un monstruo a hacer daño a otras mujeres. Me
pregunto si lo que le hubiera pagado valía la pena, si podía dormir por la
noche.
La tercera mujer tardó muy poco en despertarse.
Liz era su nombre y adivina quién era ella. Otra novia de Colin, exnovia
como Sarah y actual novia como yo. En ese momento no quedaron dudas,
lo que sea que nos había llevado a ese sótano era por él.
Liz tenía una teoría un poco espeluznante, como que a Colin le gustaba
tener a las mujeres de su vida encerradas para disfrutarlas cuándo y cómo le
daba la gana. No le dije que yo llevaba meses ahí y nada había pasado.
La vida ahí era igual, todos los días pasaban en silencio y ansiedad.
Comíamos lo que nos tiraban por un hueco del techo o lo que nos llevaba el
hombre, para las necesidades fisiológicas teníamos un cubo en las jaulas y
aunque la primera vez me dio asco luego llegué a apreciarlo. Al menos no
tenía que hacerlo en el suelo, al lado del colchón donde dormía.
La higiene era el tema olvidado, sin cepillo de dientes, sin agua excepto
los pocos minutos que nos dejaban salir de las jaulas cuando nos tiraban la
comida. Entonces debíamos lavarnos con agua, pero eran solo segundos que
no eran suficientes.
Así que un día me desperté harta, cansada y furiosa. ¿Y qué hice? Decidí
escapar y fue lo peor que pude haber hecho. El día que nos tiraron la
comida no volví a la celda pensando que de alguna manera podría subir la
escalera, abrir la puerta y ser libre.
Subí, eso sí, pero cuando se abrió la puerta el hombre me esperaba ahí y
me hizo pagar. Quiso dejar claro que cualquier intento de escapar no solo
que era en vano también iba a ser castigado.
Pagué muy caro por ello. A veces doy gracias a Dios por que solo duró
un minuto. Lo sé, conté y fueron sesenta y dos segundos. A veces odio a
Dios por permitir que eso me pase eso. El dolor, la humillación, la
vergüenza, no hay manera de olvidarlo. Y unos meses después me di cuenta
de que el destino era cruel y retorcido.
Estaba embarazada.
Al principio no lo podía creer. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Recé por un
milagro y no del bueno, por uno que se llevara el embarazo, que se quedara
solo en imaginaciones mías.
Luego, día a día, me acostumbré a la idea y cuando sentí al bebé
moverse por primera vez me enamoré. Un hijo mío, mío y de nadie más. Un
bebé para amar y cuidar, para proteger y educar.
Cambié los dulces que nos llevaban con ensaladas y frutas, Sarah y Liz
no querían dejarme su comida, pero una vez que les dije la razón lo
hicieron. Comí mejor, empecé hacer algo de ejercicio que no era mucho en
esa jaula donde podía tumbarme o estar de rodillas, pero era mejor que
nada.
La vitamina d tan importante para el desarrollo del bebé y las otras
vitaminas que debía tomar durante el embarazo faltaban, pero tenía
esperanzas de que todo saldría bien. La esperanza era lo único que me
quedaba.
Y un día me desperté feliz sin ninguna razón. No supe qué pasaba hasta
más tarde cuando llegó un hombre, uno que no era nuestro carcelero, con
ella.
Olivia, inconsciente, joven y vestida con un vestido verde de princesa.
La actual novia de Colin como averigüé más tarde. Sabía que llevaba
mucho tiempo encerrada, el bebé crecía en mi vientre y sabía que pronto
tenía que nacer, pero cuando ella me dijo que había pasado casi un año no
lo podía creer. Como tampoco pude creer cuando me dijo que me había
suicidado, yo, Sarah y Liz.
Las tres estábamos muertas, al menos oficial. En realidad, éramos
prisioneras de Dios sabe quién. Olivia tenía buenas noticias, Fred estaba
muerto. Me alegré, se lo merecía y me da igual que amaba con toda mi alma
al bebé que crecía en mi vientre, hijo de ese monstruo, estaba feliz de que
mi hijo nunca sabría quién fue su padre.
Olivia era un poco suicida también, ella ignoró nuestras protestas y
advertencias y decidió intentar escapar. Al final tuvo que disparar a alguien,
ella tuvo que clavarle un destornillador a Ryan, el responsable por nuestro
secuestro. Pasamos horas desesperadas cuando nos dimos cuenta de que la
puerta no se abría y Ryan que estaba herido y encerrado en una de las jaulas
no quería darnos el código para abrirla.
Sí, el secuestro tenía que ver con Colin, su primo quería no sé qué
herencia y no podía recibirla si Colin se casaba. Secuestrar a todas las
mujeres que habían llamado la atención de Colin me pareció bastante
exagerado, pero por lo que vi Ryan no estaba muy bien de la cabeza. La
avaricia, la envidia y el odio de un hombre que había visto una vez en una
cena me cambió la vida, me convirtió en prisionera por un año.
Pero también me dio a una hija.
Olivia Garrett, hija de Samantha Garrett, nació el mismo día que Colin y
su amiga Ava nos rescataron de ese sótano. Ella tenía mi cabello, mis ojos,
mi boca, mi tono de piel. Era mía y solo mía.
Volver a la realidad, a la vida de antes no fue posible y no solo porque
oficial estaba muerta, no tenía ni dinero ni ayuda. Aceptar la ayuda y la
amistad de Olivia fue difícil, pero lo hice porque mi hija, Liv, lo necesitaba.
No iba a esperar en la calle hasta arreglar mi documentación y conseguir de
vuelta el dinero de mis cuentas que se había llevado el estado al declararme
muerta.
No había pensado en hacer un testamento, no tenía mucho y tampoco a
quién dejárselo, pero ese dinero era suficiente para permitirme sobrevivir
hasta encontrar un trabajo. Olivia me dejó su apartamento y junto a su
amiga Greta, una mujer mayor que casualidades de la vida estaba saliendo
con Al, el padre de Ryan, me regalaron todo lo que necesitaba para Liv.
Los primeros días me quedé en el hospital vigilada por las enfermeras y
los doctores, acompañada por Sarah, Liz o Olivia y encantada con mi bebé.
Nada ocurrió hasta la primera noche en el apartamento de Olivia, cuando
puse a Liv en su cuna y fui al dormitorio para dormir. En ese momento sentí
que las paredes se cerraban, se preparaban para ahogarme, la oscuridad y el
silencio me buscaban para llevarme de vuelta al infierno.
Me senté en el suelo y lloré, sola y asustada, pero luego escuché a Liv
llorando y mientras corría hacia su habitación me di cuenta de que no podía
ser débil, no podía dejar vencer a los monstruos, al miedo. Tenía que ser
fuerte para ella, mi hija me necesitaba.
Desde esa noche Liv durmió conmigo, sentir su calor, escuchar su
respiración, ver su pecho subir y bajar me tranquilizaba. Sus pequeñas
manos buscándome durante la noche eran un alivio, una alegría. Nunca
podré describir lo que sentía cuando Liv se despertaba llorando y la tomaba
en brazos, se calmaba enseguida y yo me sentía la mujer más fuerte y feliz
del mundo.
Eso cuando no tenía pesadillas. Tenía muchas y las peores eran las que
tenía despierta. A veces un olor o un sonido desencadenaba un recuerdo y
me sumía en ese infierno. Tardaba minutos enteros en volver a la realidad,
en darme cuenta de que había conseguido salir de ese sótano.
Sabía que necesitaba ayuda, que sin la ayuda de un terapeuta no podría
hacerlo, pero no podía. No quería recordarlo y un terapeuta era justo eso lo
que pedía, recordar y hablar para poder dejarlo atrás, para poder sobrellevar
el trauma.
Maldita trauma.
Maldito Ryan.
Maldito el día en que conocí a Colin.
Sí, tenía a mi hija, la luz de mi vida, pero a veces levantarme de la cama
era muy difícil. A veces hacer la más pequeña tarea necesitaba demasiado
esfuerzo. A veces pensaba en morir y si no tuviera a Liv creo que lo hubiera
intentado.
Vivir con los recuerdos, con el miedo no era para nada fácil. Solo
esperaba que con el tiempo iba a mejorar. Lo esperaba y rezaba por ello.
Capítulo 2

Han pasado tres meses desde que mi pesadilla terminó, tres meses desde
que nació mi hija y tres días desde que volví al trabajo. Rechacé la oferta de
Isabella, la doctora que era amiga de Olivia, y retomé mi puesto en el
hospital. Aquí conocía a la mayoría de los médicos y enfermeros y lo más
importante es que estaba a pocos minutos del apartamento.
Liv se quedaba en casa con Greta y el primer día lloré más que ella.
¡Dios! Ella ni siquiera me echó de menos, es un bebé, mientras tiene el
biberón lleno y el pañal seco está feliz.
No he vuelto al trabajo a jornada completa, solo cinco horas por la
mañana que fue lo que recomendó mi terapeuta. No me gustaba, el trabajo
no la terapeuta. Curar, ayudar, es lo que me hacía ilusión, pero ahora ya no.
El ambiente del hospital me parecía demasiado informal, agobiante, frío.
Veía los pacientes ir y venir, una consulta en urgencias por algún dolor y en
la mayoría de los casos le enviaba a casa con una receta. No sabía si
seguían mis indicaciones, si se curaban o si empeoraban.
Definitivamente el trabajo en el hospital no era para mí. Sentada en el
sofá en la sala del personal pensé en el sueño de mi padre, ser medico en
una ciudad pequeña. Ahí donde conoces a todos, donde sabes quien tiene
más probabilidades de sufrir un infarto o quien debería bajar el colesterol y
hacer algo al respeto.
Lo quería para mí y para Liv. Nueva York ya no me gustaba, demasiado
ruidosa, demasiados recuerdos. Me preguntaba cómo y dónde encontrar una
ciudad pequeña con un puesto de médico disponible para mí cuando se
abrió la puerta interrumpiéndome.
Mi corazón latió con miedo cuando vi la silueta del hombre en la puerta
y por un momento volví al sótano, pero él encendió la luz y con eso mi
miedo se fue.
Era alto, con el cabello negro largo que le caía sobre la frente. Lo tenía
despeinado como si hubiera pasado la mano a través de ello. Siempre me
han gustado los hombres morenos con el pelo largo y por eso siempre me
fijaba en el pelo primero. Luego en los ojos ya que tenía una debilidad por
los ojos verdes.
Él los tenía azules.
Qué pena.
Un azul bonito, el perfecto cielo primaveral, pero no era verde. Bajé mi
mirada hacia sus pómulos prominentes, hacia la nariz bien definida y me
quedé absorta mirando sus labios. Perfectas, no había otra palabra para
describirlas.
Ignoré la barba fina que cubría su rostro, no me gustaba la barba, aunque
debía reconocer que le quedaba bien. Más que bien, era increíblemente
guapo. Aparté la mirada de su rostro para ver su cuerpo y no me defraudó.
Debajo de un traje negro se podía vislumbrar indicios de un cuerpo
musculoso.
Sí, era un hombre guapo con un cuerpo que prometía. Pero, mi corazón
no saltó del pecho, mi respiración no se alteró y no mojé mis bragas. Estaba
jodida, pero bien jodida. Aunque debería decir que tenía un trauma y que
estaba trabajando en ello, es lo que me decía Jane, la terapeuta.
Pero era una pena no sentir nada por ese hombre, una pena.
Lo que yo no sabía era que mientras yo lo admiraba él hacía lo mismo.
Mi cabello rubio recogido en una coleta, ojos color miel, la nariz pequeña y
los labios rosa. No sabía que lo fasciné, que le encanté.
No lo sabía y por eso al reconocer el porte, la actitud, tensé los hombros.
—Esto es solo para médicos, si no eres uno, vete —espeté.
—Soy el agente White de FBI —dijo enseñándome su identificación—.
Me gustaría hacerle unas preguntas si tiene un momento.
—Ya os he contado todo, no hay más que puedo decir —respondí tensa y
me puse de pie.
—Entonces no vio nada sospechoso, nada fuera de lo normal.
—¿De qué está hablando? —pregunté confundida.
—Del secuestro del bebé de esta mañana —dijo él y no había terminado
cuando llevé la mano a la boca ahogando un gemido—. Ha visto algo.
Me dejé caer en el sofá antes de hablar con la voz entrecortada.
—Un par de veces al día paso por la sala para ver a los bebés y esta
mañana la vi. Una voluntaria estaba mirando fijamente a uno de los bebés,
una niña. Algo en su mirada me dio escalofríos, pero supuse que eran
imaginaciones mías, además siempre hay al menos dos personas vigilando.
No podría pasar nada malo y me olvidé de ello.
—¿Puede describirla? —preguntó sentándose en el sofá cerca de mí.
—Puedo hacer un dibujo, describir se me da fatal —dije.
Sonriendo sacó una pluma y una libreta del bolsillo y me las tendió. Me
concentré en el dibujo, en plasmar a la mujer que había visto antes, en
dibujarla lo mejor que podía. Claro que haciendo eso no vi al agente White
mirándome embobado.
—Aquí tienes, seguro que alguien sabe su nombre —dije y le tendí la
libreta.
Miró el dibujo por unos momentos y luego levantó la cabeza para atrapar
mi mirada. No sé cómo o por qué lo dejé poner su mano detrás de mi nuca y
acercarme. Me miró a los ojos dejando clara su intención, dándome tiempo
para rechazarlo. Me besó, tocó mis labios con los suyos suavemente y
cuando abrí la boca profundizó el beso.
Fue... interesante. Él besaba bien, la justa cantidad de presión, de lengua.
No, él besaba fenomenal y justo cuando el calor empezaba a descongelar mi
corazón y mi cuerpo él se detuvo.
—Gracias —susurró.
Se puso de pie y antes de salir por la puerta me miró, había llevado la
mano a mi boca y estaba tocando mis labios con los dedos ahí donde
todavía podía sentir su beso. Dejé caer la mano en el regazo y levanté la
otra en la que sujetaba su pluma.
—Tu pluma —murmuré.
—Quédatela, puedes traerla a nuestra primera cita —dijo el agente antes
de salir por la puerta.
¿Cita? ¿Qué cita?
Miré abajo a la pluma y pasé el índice sobre las dos letras. IW, ¿quién
lleva estos días en el bolsillo una pluma de oro grabada con sus iniciales?
White algo, ¿Irvin o Isaac?
¿Qué importa?
Guardé la pluma en el bolsillo de la bata y me levanté, tenía trabajo que
hacer y pensar en el agente White no servía de nada. No iba a salir con él.
Ni con él ni con nadie.
Pero dos días más tarde sentada en la consulta de la terapeuta
escuchando a Olivia hablar de Colin me di cuenta de que no había parado
de pensar en él. El maldito agente del FBI que se atrevió a besarme.
—¿Quién te ha besado? —preguntó Sarah.
Ella estaba a mi izquierda en el sofá, Liz a la derecha, Olivia y Jane
estaban sentadas en sillas al otro lado de la mesa de café. Las sesiones de
grupo fueron idea de Jane y aunque al principio me pareció una mala idea
ahora estaba contenta de haber aceptado. A veces me cuesta recordar que no
estuve sola allí, que no estoy sola.
—¿Quién a quién ha besado? —inquirió Liz.
¡Vaya! ¿Cómo no me di cuenta de que estaba hablando en voz alta?
Ahora tenía a cuatro mujeres mirándome curiosas y no había manera de
salir de esta habitación sin contarles lo que había pasado.
—Un agente del FBI que vino a interrogarme sobre el secuestro de un
bebé en el hospital —dije.
—¿Y? Vamos, Sam, necesitamos más que eso —pidió Olivia.
—¿Era guapo? —preguntó Liz.
—Sí, era guapo y por lo que he visto han cambiado las reglas en el FBI,
si un testigo te da la información que necesitas lo tienes que apremiar con
un beso.
—¡Oh, Dios! —exclamó Sarah.
—Vaya, yo quiero uno de esos —dijo Liz.
Sonreí pensando en él, dudo mucho que hay otro igual. Toda esa fuerza e
intensidad, era imposible haber dos como él en el mundo.
—Tú tienes a tu vecino —espetó Olivia mirando a Liz.
—Dime, Sam, —dijo Jane, estudiándome con esos ojos penetrantes —.
¿Qué sentiste cuando te besó?
Como si el mundo se hubiera detenido, como si hubiera temblado, como
si me soltase el mundo se acabaría. ¡Mierda! Estaba en problemas, en ese
momento no lo quise reconocer, pero lo había sentido. Miré abajo hacia mi
regazo cuando Jane bajó la mirada y vi que había presionado las uñas en mi
mano hasta sangrar.
No me había dado cuenta, no sentí el dolor solo recordé lo que él me
hizo sentir con su beso y el miedo se había apoderado de mí.
—No puedo —susurré, la mirada abajo hacia mis manos. No podía
levantar los ojos y mirarlas, ni a Jane ni a las chicas.
—¿Qué es lo que no puedes? —preguntó Jane.
Conocía ese tono de voz, suave y tranquilo, lo usaba cuando una de
nosotras estaba a punto de desmoronarse. Lo odiaba, el tono y saber que era
una mujer débil.
—No puedo salir con otro hombre.
—Pero lo dejaste besarte —continuó Jane.
Lo dejé, ¿no?
Lo vi acercar la cabeza, mirándome con esos ojos azules donde el deseo
se reflejaba claramente y ni siquiera pensé en decir que no.
—Lo dejé besarme porque tenía miedo, ¿no? Miedo a que me haga daño,
¿no? —pregunté.
—Dímelo tú, Sam. ¿Sentiste miedo?
—No, creo que no. Entonces, ¿por qué lo dejé besarme?
—Porque era un hombre guapo y atractivo, ¿por qué no besarlo? —
intervino Liz.
Sencillo, los hombres solo traen problemas y al final yo soy la que
termina herida, violada, encerrada en un maldito sótano.
—Tal vez lo dejaste porque él es el indicado, tu hombre perfecto —
murmuró Olivia.
—¡Dios, Olivia! —exclamé—. Yo no quiero un hombre perfecto, no
quiero un hombre para nada.
—Sí lo quieres, la vida es mucho más bonita al lado del hombre que
amas —insistió ella.
—Vamos a dejar el amor para otro día, ¿si se acerca un hombre ahora
para besarte vas a dejar que lo haga? —preguntó Jane.
—¡No! Claro que no —espeté.
—Entonces, ¿qué pasó con el agente? ¿Por qué a él sí?
Me pilló desprevenida, ¿no?
Estaba cansada, ¿no?
¿Por qué lo dejé?
—Vale, nuestra hora ha terminado —dijo Jane, poniéndose de pie—.
Sam, quiero que pienses en él y averigües la razón de ese beso. Olivia,
intenta reducir el número de duchas a dos hasta la próxima semana. Liz, tú
piensa qué harás si cierto caballero continua rechazarte y tú, Sarah, intenta
decir que sí la próxima vez que sí cuando te piden una cita. ¿Vale?
—¡Dios! Me siento como en el colegio —protestó Liz.
—Y yo —murmuró Olivia por lo bajo.
Salimos riendo de la consulta y la secretaria de Jane nos miró de mala
manera.
—Esa mujer tiene un palo metido en el...
—¡Liz! —gritó Sarah, interrumpiéndola —. No puedes decir eso de la
pobre mujer.
—Pero tiene razón —intervino Olivia mientras abría la puerta, la
sujetaba y nos dejaba salir.
—Vale, voy a reformular. Necesita una buena...
—¡Liz! —exclamó Sarah.
Me eché a reír, traumas y besos robados olivados. Olivia quería entrar y
tomar un café en algún sitio, pero Sarah dijo que quería ver a Liv. Al final,
Olivia llamó a su cafetería para encargar una bandeja de dulces y nos
fuimos a mi apartamento.
—¡Shh! —exclamó Greta en cuanto abrí la puerta.
Ella estaba viendo una telenovela mientras Liv dormía tranquila en su
cuna. Entramos y nos quedamos en la entrada quietas sin saber a dónde ir.
Sí, yo era ese tipo de madre, esa que si el bebé duerme no hace ni un ruido
para no despertarlo.
—¡Oh, por Dios! —dijo Greta.
Se puso de pie y empujó la minicuna de Liv hacia el dormitorio. Respiré
aliviada cuando cerró la puerta y las cuatro fuimos a sentarnos. Cuando
llegaron los dulces que había encargado Olivia fui a la cocina para ponerlos
en una bandeja.
—Sam.
Giré la cabeza hacia Olivia que me estaba mirando avergonzada.
—¿Qué pasa?
—Quería pedirte disculpas, tienes razón. No todas las mujeres quieren
un hombre en su vida.
—No tienes por qué pedirlas. A ti te sienta bien el amor y es normal si
quieres lo mismo para tus amigos —dije.
—Sam, ¿somos amigas? —preguntó ella.
La miré con el ceño fruncido sin entender a lo que venía la pregunta.
Pasamos un mes juntas en un sótano, compartimos la comida y otros
momentos embarazosos, disparé a un hombre para salvar su vida. Y luego
me ayudó cuando no tenía adónde ir con un recién nacido en mis brazos, me
dio su apartamento, me presentó a Greta que cuidaba a Liv como si fuera su
nieta.
—Creo que ya sabes la respuesta, Olivia. Mi hija lleva tu nombre,
¿recuerdas?
—Sí, Sam, pero es extraño para mí.
—¿Qué es extraño?
—Colin.
Suspiré.
Olivia tenía un problema con el hecho de que Colin fue novio de las
cuatro.
—Ven —dije, y cogiendo la bandeja me dirigí hacia la zona de estar
donde Sarah y Liz estaban hablando en voz baja. Me senté y me tomé un
minuto para decidir qué y cómo contárselo—. Mis padres se amaban con
locura, para ellos fue amor a primera vista y en algún momento de mi vida
deseé lo mismo para mí. Conocí a Colin y en ningún momento sentí por él
nada más que algo de atracción. No hubo ni flechazo ni amor ni nada por el
estilo. Para mí fue algo parecido a tener de nuevo una familia, él era
cariñoso y bueno, me ayudó cuando lo necesitaba, pero el día antes del
secuestro en la cena con su familia me di cuenta de que no estaba bien. Lo
estaba usando exactamente como Iris y no era justo para él.
—No lo amabas —dijo Olivia.
—No, y creo que él tampoco me amaba.
—Un año después de tu muerte tus cosas seguían en su apartamento —
declaró ella.
—Olivia, no quiero entrar en detalles sobre mi relación con Colin. Tú
eres su esposa y no me parece justo, pero es que eres muy cabezota.
¿Cuánto tardó en llevarte a la cama? —pregunté.
—Eso ya no —espetó Sarah—. No vamos a ir allí.
—¿Olivia?
—Semanas —respondió ella.
—Yo estuve meses con él y nunca lo hicimos —dije, y Olivia me miró
sorprendida—. Nunca, Olivia. Lo nuestro fue solo una idea, no fue una
relación de verdad. Nunca lo fue.
Juro que la vi respirar aliviada y casi me eché a reír. Lo hubiera hecho si
la manera de Sarah de evitar mi mirada no habría llamado mi atención.
Entonces miré a Liz y ella también estaba rara. ¿Qué mierda estaba pasando
aquí?
Me levanté y fui a la cocina a por papel y lápices, volví al sofá y
entregué una hoja y un lápiz a cada una.
—Sí o no, ¿quién se acostó con Colin? —dije.
—Define acostarse —dijo Liz.
—Sexo, ¿quién tuvo sexo con Colin?
—Vale.
¡Dios! Esto estaba de locos.
Escribimos nuestras respuestas y luego echamos los papeles a la caja de
pañuelos que había vaciado antes. Saqué el primer papelito, lo abrí y lo
puse en la mesa.
Sí.
El segundo.
No.
El tercero.
No.
El cuarto.
No.
Al parecer hay muchos secretos y por las miradas de las chicas ninguna
estaba preparada para compartir. Yo sabía por qué no había tenido sexo con
Colin, nunca era el momento, nunca sentí un deseo enloquecedor de estar
con él. Y él siendo tan buen hombre me dio el tiempo que creyó que
necesitaba. Pero las razones de Sarah y Liz eran un misterio.
—¿Puedo decir que estoy más feliz que nunca? —preguntó Olivia.
—Sí, puedes. Pero ten en mente que no tuvimos sexo, pero sí que hubo
besos y otras cosas —dijo Liz.
—¡Dios, Liz! ¿No puedes tener la boca cerrada por un momento? —
espetó Sarah.
—¿Qué? —exclamó Liz.
Por suerte o no, Greta llegó con Liv interrumpiendo la discusión. Las
chicas se quedaron un par de horas disfrutando de Liv, acunándola,
haciéndola reír, aunque era muy pequeña para hacerlo ellas insistían en que
las muecas que hacía la pequeña eran sonrisas.
—¿Y vas a bautizar a la niña, o qué? —espetó Greta.
Ella no se había ido a pesar de que yo ya estaba en casa y no necesitaba
cuidar a Liv y ahora que lo pienso nunca se iba. Al volver del trabajo se
quedaba para comer o cenar, me acompañaba mientras bañaba a Liv o para
ver algo en la televisión.
El bautizo nunca había pasado por mi mente, yo no iba a la iglesia. Mi
abuela sí, pero mis padres no, así que nunca fui muy religiosa.
—Eh —titubeé.
—La respuesta correcta es sí —intervino Olivia—. Di que sí, hazlo que
de otra manera Greta se convertirá en tu peor pesadilla.
Miré a Greta que sonreía amable mientras que sus ojos parecían de todo
menos amables. ¿Quería bautizar a Liv?
—Yo quiero ser la madrina —dijo Liz.
Madrina. Padrino. Las personas que se comprometen a cuidar al ahijado
en caso de que algo les suceda a los padres. Sí, necesito padrinos.
—¿Cuántos madrinas puede tener Liv? —pregunté a Greta.
Ella sonrió.
Tres días más tarde, el domingo, en la iglesia a la que iba Greta todos los
días, bautizamos a Liv. Junto a mi estaban las tres madrinas y el padrino,
Colin. No sé si las palabras pronunciadas por el sacerdote significaban algo,
pero Liv tenía una familia ahora. Cuatro personas que iban a estar a su lado
y eso era lo mejor.
Ella tendría una familia.
—Sam.
La fiesta, la celebración del bautizo de Liv tenía lugar en la casa de
Olivia y Colin a las insistencias de Olivia. Esa mujer era un peligro, no
había manera de hacerle cambiar de opinión cuando se le metía algo en la
cabeza.
Era una bonita fiesta, los padres de Colin estaban como su hermana junto
a su marido. El padre de Ryan acompañó a Greta y aunque éramos pocos la
fiesta era un suceso. Todos se estaban divirtiendo y se pasaban a la pequeña
Liv de los brazos de uno al otro. Ahora mismo estaba dormida en los brazos
de Victoria, la madre de Colin.
Lo que no entendía era por qué Colin estaba a mi lado viéndose como si
estaba a punto de recibir una inyección.
—Colin, gracias por la fiesta —dije.
—Fue un placer, Sam. Quería hablarte sobre algo si tienes un momento.
—Claro que sí, ¿qué pasa?
—Olivia me contó sobre la pequeña discusión sobre nosotros y quería
decir que es verdad, no te amaba, pero te tenía cariño.
—Lo sé, Colin, no hace falta que lo digas.
—Sí, hace falta. Olivia, aunque no quiere reconocerlo, está dividida
entre la amistad y los celos. Pero ahora está más tranquila y por eso tengo
que agradecerte. Por lo menos sabe...
—Colin, déjalo ir —lo interrumpí—. Olivia es una gran mujer y estoy
feliz por vosotros, el pasado no importa, solo el futuro, ¿vale?
—Vale, pero dime, Sam, si el pasado no importa, ¿por qué quieres irte de
Nueva York?
Busqué con la mirada a Olivia y cuando atrapé su mirada la miré con los
ojos entrecerrados. Ella era la única que sabía que quería irme de la ciudad.
—Paz, tranquilidad y para cumplir un sueño —murmuré sin apartar la
mirada de Olivia.
—Sabes que te echará de menos, ¿no?
—Sí, lo sé.
—Bien, entonces ve y habla con mi padre. Tiene un amigo en Lake
Spring que busca un médico para el pueblo —dijo Colin.
—¿Lake Spring?
Capítulo 3

Lake Spring
Jason Farell, el alcalde me esperaba para una entrevista.
¿Cómo diablos pasó esto?
Un día estaba pensando en que me gustaría irme a vivir a un pueblo
pequeño y al siguiente el padre de Colin, Kyle, me dice que hay un puesto
perfecto para mí. Eso fue el domingo y hoy el martes estoy sentada en el
coche de Greta mirando al centro del pueblo.
Tiendas pequeñas, personas caminando tranquilamente. Una cafetería
donde siempre hay alguien entrando o saliendo. Un gran edificio al fondo
con una gran placa que dice Ayuntamiento, otro a su lado más pequeño,
pero más moderno que al parecer era el centro médico.
Es primavera, los árboles han reverdecido. Hay flores en todos los sitios,
arriba en las ventanas y en los balcones, abajo en la calle en macetas o en
pequeños maceteros delante de todas las tiendas.
El pueblo es perfecto, demasiado perfecto.
Seguramente el sueldo es una mierda y el alcalde un viejo verde. O los
habitantes del pueblo son unos maleducados y querré salir corriendo antes
de saludar al primer paciente. Pero como no quiero ser una cobarde, aunque
sí lo soy, bajé del coche y caminé hasta el edificio del ayuntamiento.
Ahí me recibió una empleada sonriendo y hablando constantemente,
aunque no puedo decir que entendí algo de lo que me contaba. Cuando
llamó con los nudillos a una puerta y la abrió respiré aliviada. Entré y pude
ver que el alcalde no era ni viejo ni verde.
—Doctora Garrett, un placer tenerla con nosotros en Lake Spring —dijo
el hombre extendiendo la mano—. Soy Jason Farell, el alcalde.
—Encantada, señor Farell —dije tomando su mano.
—Siéntase y vamos a ver qué puedo hacer para convencerla de que no
hay otro lugar mejor para usted que Lake Spring.
Me senté y a pesar de que la primera impresión del alcalde fue buena sus
palabras me devolvieron a mi anterior estado. Algo no estaba bien en este
pueblo.
El alcalde era un hombre joven, guapo y quería convencerme de aceptar
el puesto. Sí, el sueldo era una miseria y la consulta un antro lleno de
cucarachas y sin equipamiento.
—Cuéntame —le pedí.
El señor Farell sonrió antes de empezar a hablar y en dos minutos estaba
convencida. El sueldo era mejor que el del hospital. La consulta era un
centro médico en toda regla que había sido renovada recientemente y todo
el equipamiento era nuevo. Había una recepcionista que llevaba cinco años
trabajando con el actual médico, él y su esposa que era la enfermera se iban
a jubilar y retirar a Florida.
Contratar a una enfermera iba a ser mi responsabilidad ya que era yo la
que tenía que trabajar con ella. El sueldo era bueno, las instalaciones
inmejorables y encima de todo eso había una casa esperándome. Una que
pagaba el ayuntamiento, gastos incluidos.
Perfecto, ¿no?
—Vale, y ahora es cuando me dices que por la noche todos los habitantes
del pueblo se convierten en vampiros, ¿no? —dije y Jason se echó a reír.
—¡Dios, no!
—Entonces no lo entiendo, Jason, y discúlpame, pero esto es demasiado
bueno para ser verdad.
—Para ti puede ser. Por lo que me han dicho estás buscando paz y
tranquilidad y aquí hay solo eso. No hay muchos médicos preparados para
venir a vivir aquí sin importar las condiciones. Es por la casa, ¿no? Mi
esposa me dijo que es demasiado y que vas a echar a correr.
—Deja un poco la impresión de que estáis desesperados, ¿para qué
mentir? —dije.
—Lo estamos, doctora Garrett, y más ahora después de leer sus
recomendaciones. Es una doctora excepcional y la necesitamos en nuestro
pueblo.
—Pues ya me tenéis —declaré.
—Bienvenida a Lake Spring —dijo Jason, sonriendo.
Después Jason me llevó al centro médico donde conocí al doctor Halls y
a su esposa, Mary. Los dos encantadores, pero el cansancio y los años se
reflejaban en sus rostros. La jubilación debería haber ocurrido hace años. La
recepcionista, Gina, era mujer de mediana edad, cabello castaño, ojos
castaños y dulce sonrisa. Parecía saber todo sobre cómo llevar la consulta y
me alegré de que ella no se iba a marchar también.
Luego fuimos a ver la casa.
—Demasiado, ¿no? —preguntó Jason cuando detuvo el coche delante de
la casa.
—Demasiado tarde para vosotros, si intentas quitarme el trabajo voy a
tener que denunciarte —respondí bajando del coche.
¡Dios!
Esa casa era bonita y justo lo que había soñado. Bueno, no yo. Mi madre,
era la casa de los sueños de mi madre. Pintada de blanco, dos plantas de
altura con plantas trepadoras que cubrían todo el frente de la casa. El porche
con balancín, el árbol alto con el tronco grande y las ramas gruesas donde
habían instalado un columpio.
El césped verde y las flores al lado del pequeño camino que llevaba
hacia la entrada a la casa. Era una casa de postal, perfecta para criar a mi
hija.
—La única pega es que no está amueblada, solo tiene el imprescindible.
La cocina, el dormitorio principal y un sofá en el cuarto de estar —me
informó Jason abriendo la puerta.
Tampoco necesitaba más pensé mientras Jason me mostraba la casa.
Cuarto de estar, comedor, un aseo y una oficina en la planta baja. La cocina
daba al jardín con un gran ventanal encima del fregadero y otro en el rincón
del desayuno. No era una de las estancias que me interesaban demasiado ya
que cocinar no se me daba muy bien. Pero podía verme en esa cocina
horneando galletas con Liv, en el desayuno o en la cena hablando de chicos
y tareas escolares exactamente como lo hice yo con mis padres. Jason me
guio por la casa y con cada habitación me parecía más perfecta.
Arriba había un dormitorio con baño privado, otras dos habitaciones que
compartían un cuarto de baño y otra mucha más pequeña. Esa podría ser
por ahora la habitación de Liv, estaba al lado del dormitorio principal y
cabían perfectamente la cuna y el cambiador. Aunque no sé para que
necesito una habitación para ella ya que siempre duerme conmigo.
—¿Qué te parece? —preguntó Jason.
—Me encanta.
—Muy bien, entonces ¿volvemos al ayuntamiento para firmar el
contrato?
—Volvemos.
Dos horas más tarde iba de camino a la ciudad, contenta con el nuevo
rumbo que tomaba mi vida y asustada como el infierno. Iba a estar sola, sin
Greta, sin las chicas. Por primera vez desde que fallecieron mis padres me
había encariñado con alguien y ahora iba a dejarlos atrás.
Pero tenía que ser fuerte, no era la primera vez que me quedaba sola y de
hecho no estaba sola. Tenía a Liv y un nuevo empleo en un pueblo idílico.
¿Qué podría salir mal?
Nada o todo, pero primero tenía que organizar la mudanza y hablar con
el abogado sobre mis cuentas. El estado no tenía prisa en devolverme mi
dinero y algo me decía que nunca lo hará. El juicio de Ryan se había
terminado y gracias a las cámaras de grabación del sótano no tuve que
testificar. Ahí sí que se dieron prisa, fue el juicio más rápido de la historia,
como si por alguna razón querían encerrarlo y tirar la llave.
Había muchas pruebas contra él y su abogado lo aconsejó llegar a un
acuerdo. Treinta años de prisión me parece poco castigo por lo que sufrí un
año encerrada. El otro, su ayudante, el que me lastimó estaba muerto y no
había a quién castigar por lo ocurrido.
Antes de llegar a casa fui a ver a mi abogado, uno que me recomendó
Sarah y que llevaba todos mis asuntos. Llegué pronto, pero la secretaria me
aseguró de que no había problemas. Me hizo pasar a la oficina y no me
comentó que él no estaba solo.
—Sam, por favor, pasa —dijo Gareth White.
Mi abogado era un hombre atractivo a pesar de que nunca me sentí
atraída por los hombres de su edad. Tendrá unos cincuenta, pero muy bien
llevados. Era alto, fuerte, con el cabello y la barba negra teñida de gris. Sus
ojos llamaron mi atención por primera vez y antes de poder recordar donde
los había visto antes un hombre se levantó de la silla.
El agente White.
—Sam, él es mi hijo, Ian White. Ya se iba —continuó Gareth.
Es una mierda de mundo pequeño, ¿no?
Ian.
Por lo menos su nombre no era Irving.
—Doctora Garrett —dijo Ian acercándose. Lo miré callada mientras
tomaba mi mano y la levantaba hasta su boca. Besó mis nudillos
mirándome a los ojos. Me quedé sin palabras, perdida en la intensidad de
sus ojos, perdida en todo lo que estaba tratando de decirme.
No estaba sola como la primera vez, estaba a salvo en la oficina de mi
abogado así que no lo dejé besar mi mano porque tenía miedo. Lo dejé
porque quería. Porque quería sentir de nuevo ese hormigueo en mi cuerpo.
Quería ver el interés y el deseo en sus ojos.
Estaba jodida, perdida y jodida. Una parte de mi quería todo lo que él me
ofrecía y la otra solo quería echar a correr. La suavidad con la que sujetaba
mi mano se convirtió en un agarre fuerte, la oficina luminosa pasó a ser un
sótano oscuro y el abogado cambió el lugar con dos mujeres gritando
asustadas.
El aire... ¿qué aire? No había suficiente aire.
—Sam, ¿estás bien? —escuché preguntar a Ian o fue Gareth. No lo
sabía.
Solté mi mano del agarre de Ian y la llevé a los botones de mi camisa,
los abrí para respirar mejor. No lo conseguí. Estaba respirando con la boca
abierta, asustada, perdida. No me di cuenta de que Ian me llevaba hasta la
ventana y que su padre la abría.
—Respira, nena, respira —ordenó Ian.
Mi cerebro no registró la palabra de cariño ni la suavidad con la que
acariciaba mi espalda. No sé cuánto tiempo pasé ahí delante de la ventana
respirando, minutos o horas. Sé que él estuvo a mi lado. Sé que Gareth me
trajo un vaso de agua y me obligó a tomar unos sorbos. Me quedé ahí
mirando hacia abajo a los coches y a las personas hasta que empecé a notar
donde estaba.
En el regazo del agente White, sus brazos alrededor de mí, su mano
acariciando en círculos mi rodilla, su boca cerca de mi oído susurrando una
canción de cuna.
—No soy un bebé —murmuré.
—¿No? A mi hermana le funciona la canción —dijo Ian.
—No soy un bebé —repetí.
—Lo sé, Sam, créeme, lo sé —susurró él.
Giré la cabeza al escuchar su tono a pesar de que mi cerebro me instaba
a no hacerlo, pero lo hice y vi que mi crisis no había borrado el deseo que
sentía por mí.
¡Maldición!
—Sam, ¿estás mejor? —preguntó Gareth.
Él estaba a unos pasos de nosotros con las manos en los bolsillos
mirándome preocupado. Me levanté y le sonreí.
—Sí, estoy bien. Disculpa las...
—No quiero escuchar disculpas, señorita, no hay nada que perdonar
aquí.
—Vale, Gareth. Necesito saber si has conseguido algo con mis cuentas
—dije.
Gareth miró a Ian y este se puso de pie.
—Os dejo solos —dijo y salió sin despedirse.
Fue muy extraño verlo salir sin una palabra, pero más extraño fue
sentirme abandonada, más asustada que antes. ¿Qué tendrá Ian para
hacerme sentirme segura?
—Ven, vamos a sentarnos —propuso Gareth.
—Las cuentas —dije una vez sentada en la silla enfrente de su escritorio.
—He recibido la respuesta de la oficina de gobierno y presuntamente
van a devolver el dinero. Lo único que tardaran de seis a doce meses.
—Pero ¿cómo pueden tardar tanto? Es mi dinero, seguro que el estado
tiene suficientes fondos.
—Los tiene, pero el estado es muy reticente a devolver algo que cree que
le pertenece. Pero tengo una buena noticia. El padre de Ryan, Al, me
contactó y hay un asunto que te quiero comentar.
—¿Al? —susurré.
Lo había conocido, era el novio de Greta. Un buen hombre que no tenía
ni pizca de maldad en todo su cuerpo. Me extraña que contactó a Gareth y
me asusta. ¿Quién sabe qué quiere de mí?
—Ryan tenía un fondo fiduciario gracias a los padres de Al, un fondo
que está controlado por Al y que tiene una cláusula que le permite cambiar
el beneficiario en el caso de que Ryan no cumple con unos requisitos. Al
entrar en prisión Ryan dejó de ser beneficiario de ese fondo y Al quiere
compartir el dinero entre las cuatro mujeres secuestradas.
—¿Qué?
—Es bastante dinero, Sam. Medio millón de dólares. Al entiende que no
puede borrar lo que ha pasado y sabe que ninguna cantidad de dinero
conseguirá vuestro perdón, pero quiere daros ese dinero.
Medio millón de dólares.
Nunca tuve tanto dinero. Nunca soñé con tener tanto.
Pero es dinero sucio, es del monstruo que pensó que al tenerme
encerrada iba a conseguir más dinero. Un año. ¿Un año de mi vida vale
medio millón de dólares? ¿Una violación lo vale?
—Sam —miré a Gareth—. Si no quieres el dinero piensa en tu hija. Lo
puedes poner en un fondo para ella, acéptalo. Nunca sabrás cuando lo vas a
necesitar. Además, Al es un buen hombre. Si aceptas el dinero le quitarás
algo de la culpabilidad.
Sí, Al era un buen hombre, pero algo de culpa sí que tiene. Ryan era su
hijo, si se hubiera dado cuenta de que era un psicópata ávido de dinero esto
nunca habría pasado.
Pero sí, iba a aceptar el dinero. Por Liv, por mí.
—Vale.
—Has tomado la decisión correcta, Sam.
Sonreí tristemente y firmé los papeles que puso Gareth sobre el
escritorio. Cambiamos un par de palabras más y nos despedimos. Decidí
poner la mitad del dinero en mi cuenta y la otra mitad en una para Liv, para
pagar sus estudios. Era suficiente dinero para amueblar la casa de Lake
Spring, incluso para comprarla. La próxima vez debería recordar y
preguntar a Jason si la casa estaba en venta.
Aunque debería esperar unos meses para ver si Lake Spring era tan
perfecto como parecía antes de comprar una casa allí. Estaba sumida en mis
pensamientos al salir de la oficina de Gareth y caminé hasta el ascensor sin
mirar a mi alrededor. Lo hice cuando entré en el ascensor y se cerraron las
puertas.
—¡Hola! —dijo Ian.
Miré su reflejo en el espejo que cubría las puertas de ascensor y su
sonrisa me hizo sentir algo, algo que no quería reconocer, algo que nunca
había sentido antes.
—¡Hola! —murmuré.
Nos mantuvimos en silencio mientras el ascensor nos llevaba abajo y
una vez fuera en la calle Ian puso su mano en mi espalda. Su toque quemó
mi piel y no de una buena manera. Me quedé quieta sin dar un paso
adelante, sin respirar.
—He pensado que podríamos tener esa cita ahora, es la hora de la
comida y me gustaría invitarte —propuso Ian, ajeno a lo que me estaba
pasando.
—No.
—Vale, entonces vamos a tomar un café y hablamos —continuó él.
—No.
—Sam, a lo mejor...
—¡He dicho que no! —espeté dando un paso atrás, alejándome de él, de
su toque—. No quiero comer, no quiero café y no quiero tus manos sobre
mí. ¿Sabes el significado de la palabra no, agente White?
Lo estaba mirando, pero no lo estaba viendo. Estaba demasiado
abrumada por mis sentimientos para darme cuenta de su reacción. Ian se
tensó, su expresión relajada borrada por mis palabras y lo que sea que
estaba pasando por su cabeza no era bueno. Lo cambió, lo convirtió en un
hombre que me miraba con los ojos fríos, pero como he dicho yo no estaba
prestando atención.
—No es la palabra que se usa para expresar la negación, ¿quieres más
detalles o tienes suficiente? —continué.
—No, gracias, doctora Garrett. Lo he entendido, no le molestaré más —
dijo Ian.
Él se dio la vuelta y se marchó. Lo seguí con la mirada hasta que se
perdió en la mar de personas. ¿Qué mierda pasó aquí?
Empecé a caminar y al llegar a la esquina me di cuenta de que mi coche
estaba aparcado en el otro lado. Volví, subí al coche y me fui a casa. En
ningún momento pude dejar de pensar en él. ¿Y sí había cometido un error?

Dos días más tarde estaba empacando los peluches de Liv mientras ella
se echaba una de sus tres siestas. Qué vida tienen los bebés, duermen todo
el día, lloran cuando necesitan cariño o comida y tan felices. Como me
gustaría poder echarme en la cama y dormir, quedarme ahí hasta que sea la
hora de comer.
Pero no, tenía que empacar y moverme a un pueblo a dos horas de mis
amigas. Unas amigas que todavía no sabían qué me iba el día siguiente. Sí,
era una cobarde y no quería decirle a Olivia y Liz que me iba. Sarah había
desaparecido de nuevo sin una palabra. Qué demonios planeaba esa mujer
solo ella lo sabía.
Maldije cuando hubo un golpe en la puerta, Liv llevaba menos de un
cuarto de hora dormida y era cuando se despertaba con más facilidad. Corrí
hacia la puerta y la abrí antes de darle la oportunidad a quien sea que estaba
al otro lado de llamar de nuevo.
—¡Olivia!
—Sí, Olivia. Tu amiga, ¿me recuerdas? —espetó ella entrando en el
apartamento.
Cerré la puerta y caminé hasta el sofá donde ella se había sentado con los
brazos cruzados y me miraba enfadada.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—¿Qué ha pasado? Pasa que mi amiga se va de la ciudad, se va a mudar
a un pueblo perdido y ni siquiera me avisa.
—Olivia…
—Es verdad, ¿no?
—Sí, me voy. Pero, Olivia, el pueblo está a dos horas. Puedes venir a
visitarnos y yo vendré a la ciudad a comprar. Ese pueblo no tiene una tienda
de ropa en condiciones. Además, tú ya sabías que quería irme, incluso se lo
has dicho a Colin y su padre me consiguió la entrevista.
Eso lo hizo mirar hacia abajo, suspiró y luego levantó la cabeza.
—Sarah se ha ido y ahora tú también —se quejó ella.
—No estaré lejos, ¿sabes qué? Vamos a fijar un día a la semana para
reunirnos, en Lake Spring o aquí, con Sarah y Liz, las cuatro.
—Sarah no está —dijo Olivia.
—La obligamos a acudir, le decimos que nos lo recomienda Jane.
—No es tonta, sabrá que mentimos.
—Sí, y también sabrá que la queremos con nosotras suficiente para
mentir.
—No es mala idea, vamos a llamarla —dijo Olivia.
Mi tarde de empacar se convirtió en una tarde de café con Olivia y
videollamadas con Liz y Sarah. Al final, Liz decidió abandonar Dios sabe
qué plan tenía para esa tarde ya que estaba vestida de negro, con el cabello
recogido debajo de una gorra del mismo color, y vino a ayudarme con las
cajas.
Lo único que dijo fue que su futuro marido no estaba colaborando y que
cabía la posibilidad de un secuestro.
—¡Elizabeth! ¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Olivia.
Liz que se había cansado de empacar estaba en el suelo jugando con Liv.
—Quiero ser feliz, Olivia, quiero lo que tú tienes con Colin y sé que él
es el único para mí. Haré lo que sea para estar con él. Además, no lo voy a
encerrar en un sótano como nos pasó a nosotras. Voy a atarlo a la cama,
¿qué hombre no diría que sí a eso?
La miré sorprendida, no por el plan descabellado, por su determinación.
Ella quería algo y estaba decidida a luchar por ello. En cambio, a mí me
asustó un simple toque, solamente la idea de que un hombre como Ian
estaría interesado en una relación conmigo me congeló, me convirtió en una
perra. Lo envié a la mierda con mi actitud y él no era el tipo de hombre que
insistía.
¡Mierda!
—¿Qué te pasa ahora, Sam? —preguntó Liz.
—Nada.
—Inténtalo de nuevo —dijo Olivia.
Me senté en el suelo al lado de Liz y tomé a Liv de sus brazos. Cerrando
los ojos besé su cabecita y aspiré ese olor a bebé que era cómo un calmante
para mí.
—Fui a ver a Gareth, mi abogado, y me presentó a su hijo, Ian White.
—¡Oh! El agente White, cuéntame más —pidió Liz.
—Fui una idiota, me comporté mal con él después de tener un ataque de
ansiedad por un simple beso en la mano. Él me sostuvo mientras me
recomponía, luego se fue dejándome con su padre para arreglar nuestros
asuntos y me esperó fuera. Me invitó a comer y no sé qué Dios me pasó,
pero me asusté. Rechacé la invitación, lo rechacé a él y lo hice siendo una
perra. Se fue diciendo que no me molestaría más.
—¡Oh, Sam! —exclamó Olivia.
—Y ahora te arrepientes —dijo Liz.
—Sí. No.
—¿Cuál de las dos, Sam? —preguntó Olivia—. ¿Qué pasa con ese
hombre?
—No lo sé, a veces pienso que me gustaría intentarlo, tener una relación
con él, pero luego recuerdo todas las razones por que no debería.
—Sin importar que pasó o cómo reaccionaste diría que el problema se ha
terminado. Te vas de la ciudad, ¿no? —dijo Liz.
Me voy, sí.
Ya no habrá posibilidad de encontrarlo en el hospital o en la oficina de
Gareth. Ya no veré más esos ojos negros que parecían mirar dentro de mi
alma y quemar el muro que me rodeaba.
Tal vez era lo que debía suceder, ¿para que luchar por algo que no estaba
seguro de que quería? No es que sabía cómo Liz que ese hombre era su
pareja perfecta, yo solo tenía unas sensaciones, un cosquilleo cuando me
miraba, un hormigueo que se apoderaba de mi cuerpo cuando me tocaba.
¡Mierda!
—¿Cómo sabes cuando estás enamorado? —pregunté sin darme cuenta.
Liz y Olivia se miraron sorprendidas antes de echarse a reír. Olivia vino
a sentarse con nosotros y puso su brazo sobre mis hombros.
—Lo sabes, así de fácil —dijo ella—. Es como un relámpago la primera
vez cuando lo ves o florece como las flores en primavera, despacio. Crece
con cada detalle, con cada beso, con cada caricia hasta que un día te das
cuenta de que no puedes vivir sin ver a esa persona. Quieres irte a dormir
con él, que sea la primera persona que ves por la mañana. Cuando ya no
puedes imaginar tu vida sin él es amor.
—¡Mierda! —exclamó Liz—. Yo no estoy enamorada.
—¿Qué dices? —pregunté.
—Que no —dijo ella levantándose—. No amo a John Ryder Brown. El
maldito hombre tenía razón, solo es un encaprichamiento. ¡Maldición! ¿Y
yo que hago ahora?
—¿Buscar otro hombre? —propuso Olivia.
—Vaya, qué pereza. Ya lo tenía todo planificado, la boda, la casa e
incluso los niños. Primero dos niños y luego una niña con los ojos de Ryder.
¡Dios! Deberías ver sus ojos.
—Capricho o no parece que Ryder te gusta, a lo mejor deberías esperar y
ver si florece el amor —dije.
—¿El amor florece? —preguntó Liz mirándome sorprendida. Ella se
paró a mi lado y tocó mi frente—. No tienes fiebre, entonces ¿qué te pasa?
¿Quién eres y qué has hecho con nuestra Sam?
—Muy graciosa, Liz, muy graciosa —murmuré.
La tarde se fue entre bromas y discusiones sobre hombres, entre mimos y
llantos de Liv que de repente decidió que ya no le gustaba el baño. Sí, iba a
echarlas de menos, pero antes de despedirnos prometimos vernos los
viernes en Lake Spring y el último domingo del mes pasarlo juntas, niños y
maridos o novios incluidos.
Por un momento me pareció algo que hacían las adolescentes, un pacto
de seguir en contacto, pero luego recordé que ya habíamos hecho uno. El
pacto para conseguir lo que cada una de nosotras quería. Liz quería a su
amor o capricho, a Ryder. Sarah dijo algo de recuperar la casa de su abuela,
pero desde que salimos de ese maldito sótano no ha vuelto a mencionarlo.
Ella solo desaparecía sin una palabra.
Se fueron y me quedé sola en un apartamento lleno de cajas. Como había
conseguido reunir en unos meses tantas cosas no tenía idea. A diferencia de
mi cuenta bancaria de la cual se había apoderado el estado cuando
encontraron mi coche y me declararon muerta, las cosas que tenía en el
apartamento de Colin seguían allí.
Cuando salí del hospital y vine al apartamento encontré todo aquí, la
ropa, los libros, las fotos de mis padres. Todo, Colin lo había guardado y
tenía que agradecerlo. La ropa no me importaba como lo hacían los álbumes
de fotos. Un día Liv querrá conocer a sus abuelos y esas fotos es lo único
que tengo.
Me fui a dormir, la esperanza luchando con el miedo.
Capítulo 4
Ian

¡Maldito infierno!
Soy idiota, irremediablemente idiota. No sé cuántas veces me tiene que
pasar lo mismo para aprender. Maldije al imbécil que no señalizó delante de
mi coche y después de girar a la izquierda aparqué el coche.
Mi casa no era nueva, había sido construida hace más de ochenta años y
necesitaba mucho trabajo, pero nunca tenía tiempo. A lo mejor era el
tiempo de vender y comprar algo nuevo. A lo mejor era el tiempo de un
cambio.
Llevaba mucho tiempo sintiéndome inquieto, pero lo ignoré. Pensé que
era por todo lo que estaba ocurriendo, la boda de mi padre con Lidia, el
nacimiento de los niños, mis hermanos. Luego la boda de Rachel y su
embarazo. El secuestro de Ailín.
Todo eso añadido al trabajo, al cansancio, me hace desear un poco de
paz. Algo sin criminales, sin delitos, sin tener que cuidar mi espalda cada
día.
Entré en la casa y me quedé en la entrada mirando alrededor. Una casa
de soltero limpia y sin personalidad. Muebles de calidad, aquí y allá algún
detalle para hacerla más acogedora, pero no lo era. No era cómo la casa de
Rachel y Eric, no como la de mi padre y Lidia.
¡Jodida mierda!
Fui a la cocina, tomé una cerveza y me senté en el sofá. Encendí la
televisión y encontré un partido de futbol, pero mi mente no estaba ahí.
Había vuelto atrás en el tiempo.
Tenía quince años cuando me enamoré por primera vez. Danielle King,
cabello rubio y largo, ojos verdes y la sonrisa más brillante del mundo.
Durante dos semanas creí que ella era la única para mí como lo fue mi
abuela para el abuelo. Luego me dejó por el capitán del equipo de futbol.
El primer año en la universidad conocí a Nina, morena de ojos azules.
Guapa, inteligente y divertida. Seis meses duró nuestra relación hasta que
ella decidió que quería disfrutar de su juventud. Traducción, ella quería
acostarse con todos los hombres que llamaban su atención.
Luego me enamoré, o eso es lo que pensaba que era el amor, de Kelley.
Ella llevaba ya un año en el FBI y se ofreció a ayudarme. Una cosa llevó a
otra y antes de darme cuenta estábamos viviendo juntos. Ocho meses duró y
nunca sabré si podría haber sido más, a ella la transfirieron a Washington y
no dudó en aceptar el traslado.
Uma Turner, otra morena de ojos negros. Ella no era la típica mujer
hermosa que disfrutaba que los hombres se giraban para mirarla. Ella era
una mujer normal con un trabajo de cajera y caí rendido a sus pies mientras
cobraba mis compras en el supermercado.
La invité a cenar y dijo que no. Insistí hasta que cedió. Pensarías que al
ser un hombre inteligente y agente del FBI sería más difícil engañarme.
Pero no, para Uma fue muy fácil. Mientras aceptaba mis flores, mis regalos,
mientras me llevaba a la cama cada vez que nos veíamos, mientras
hacíamos planes para el futuro ella intentaba conquistar a un anciano
millonario.
No debería sorprenderme que lo había conseguido, era muy tenaz
cuando se proponía algo. Eso ocurrió hace unos meses y decidí probar la
soltería.
Pero claro, como soy un idiota caí de nuevo. Esta vez mal, la miré y supe
que ella era mía. La doctora Sam Garrett. Hermosa, inteligente y con unos
ojos que esconden tanto dolor y tristeza que lo único que quiero hacer es
rodearla con mis brazos y no soltarla nunca. Quiero protegerla, quiero
hacerle olvidar lo que sea que le ha causado dolor.
Pero ella no me quiere.
Al final el problema es mío, ¿no?
Yo soy el que quiero lo que nadie quiere hoy en día. Amar a una sola
mujer, casarme, tener hijos y vivir felices. Es lo que llevo años buscando sin
conseguirlo y ahora ha llegado el momento de renunciar.
Esa mujer no existe.
Bueno, sí existe. Samantha Garrett es la mujer de mis sueños, pero
maldito sea si voy a perseguirla. No más implorar por amor, no más luchar,
no más tratar de conquistar a la mujer con detalles y declaraciones de amor.
¡A la mierda con el amor!
El móvil vibró con un mensaje, lo leí y contesté. Me duché y diez
minutos después salía de mi casa vestido con jeans y camiseta. El traje lo
había dejado en el suelo del vestidor. Llegué a la casa de mi padre al mismo
tiempo que Rachel salía de su casa.
Mi padre y mi hermana eran vecinos, mis abuelos vivían a cinco minutos
en el mismo barrio. Una gran familia feliz.
—Te ves como una mierda —saludó Rachel.
—Y tu caminas como un pato —le dije.
Me echó una mala mirada y entró en la casa cerrando la puerta en mi
nariz. Había ido demasiado lejos, ¿no? Pero al final era verdad, la tripa de
embarazada la hacía caminar como un pato, ¿qué culpa tenía yo por decirle
la verdad? Además, es mi deber como hermano mayor fastidiarla.
Entré en la casa y seguí el sonido de las conversaciones hasta la cocina.
Estaban todos ahí, los abuelos, Rachel y mi padre, los bebés. Mi familia. No
necesito más, que el amor se vaya al infierno.
Ignoré la mirada preocupada de Rachel e intenté borrar todo
pensamiento de mi mente. Nosotros teníamos una conexión, la mayoría de
los mellizos la tienen, pero no como la nuestra. Somos capaces de sentir lo
que siente el otro y no siempre es algo bueno. Al menos por Rachel no lo
fue durante mis primeros años en el FBI, todo lo que yo veía, lo que sentía
pasaba a ella. Dolor, crímenes, la maldad en su puro estado. Trabajé mucho
para conseguir vaciar mi mente, para mirar la escena de un crimen sin sentir
nada.
Toda mi vida quise trabajar en el FBI, pensaba que iba a cambiar algo,
que iba a limpiar las calles de criminales y delincuentes. Lo único que
conseguí fue insomnio, pesadillas y dolor de cabeza.
Arrestamos a uno y entre el fiscal y el juez consigue salir sin pasar ni un
solo día en la prisión. Lo arrestamos y por suerte lo encierran de por vida, al
día siguiente otro toma su lugar. Nunca va a terminar esto, es una lucha en
vano.
¡A la mierda con la lucha por la justicia!
De nuevo ignoré la mirada de Rachel y fui a saludar a mis abuelos. Robé
a la pequeña Ailín de los brazos de mi abuela y la acurruqué en mis brazos.
Era una bebé preciosa, no podría ser de otra manera. Lidia era una belleza y
mi padre tampoco era feo.
Cenamos, nos divertimos y conseguí relajarme. Nunca pude estar
enfadado alrededor de ellos y por eso cuando me fui a casa sabía lo que
tenía que hacer.
A las ocho en punto del día siguiente llamé a la puerta de la oficina de
mi jefe. Entré y presenté mi dimisión. Intentó convencerme, me dijo que si
me iba no podría volver, pero no me interesaba.
Esa etapa de mi vida se había terminado.
Recogí mis cosas y salí de las oficinas sintiéndome más ligero. Eso duró
justo medio minuto.
—¡Oye, White! Al final se dieron cuenta de que no valías para agente,
¿no?
Me di la vuelta sonriendo, reconocería esa voz entre miles. Lincoln Gray,
Linc. Fuimos juntos a la universidad, entramos en el FBI en el mismo año y
fuimos buenos amigos hasta que él decidió renunciar. Ahora era el sheriff
de su pueblo natal.
—Y tu vienes para implorar que te vuelvan a recibir, ¿no? —le respondí.
—Algo así, vamos a tomar algo y me cuentas qué has hecho para que te
despidan.
Guardé la caja con lo poco que había recogido de mi escritorio y seguí a
Linc hasta el bar de la esquina. Era un bar frecuentado solo por los agentes
del FBI y a esta hora estaba vacío. Nos sentamos y pedimos un café.
—Cuenta, White.
—No hay nada que contar, estoy cansado del trabajo y necesito un
cambio.
—¿Qué te parece Lake Spring? —preguntó él.
—¿Tu pueblo? No sé, dijiste que era un pueblo tranquilo.
—Lo es, pero hay algunos problemas y necesitaré ayuda. Además de un
nuevo ayudante si te interesa.
—¿Ayudante de sheriff en un pueblo tranquilo donde no pasa nada?
—De vez en cuando sí que pasa —dijo Linc sonriendo.
Seguro que se escapan las cabras e invaden la plaza del pueblo. Pero
mientras Linc me hablaba sobre el pueblo me encontré imaginándome vivir
allí. Tranquilidad, un puesto de trabajo junto a un amigo.
El pueblo no estaba muy lejos, seguiría cerca de mi familia, cerca y lejos
al mismo tiempo.
—¿Hay mujeres solteras en ese pueblo? —pregunté.
—¿Guapas? No. ¿Jóvenes? No. Siento decirte que no podrás conquistar
a ninguna mujer allí.
Mejor. No quería líos con mujeres.
¡A la mierda con el amor! ¿Recuerdas?
—Entonces, ¿le darás una oportunidad a Lake Spring? —preguntó Linc.
—Sí —dije chocando mi taza de café con la suya.
—Por los cambios —dijo Linc.
—Por los cambios.
No tenía idea de que lo que me traería el futuro, pero me hice una
promesa. Dejaré de perseguir mujeres.
Después de despedirme de Linc fui a ver a mi padre y aunque estaba
ocupado hizo tiempo para mí como siempre.
—Hijo, ¿qué te trae por aquí?
—He dimitido —dije mientras me sentaba en la silla.
Mi padre se quedó sin palabras y era la primera vez que ocurría. Creo
que le llevó unos tres minutos reaccionar.
—Has dimitido del FBI.
—Sí.
—Eso es inesperado, Ian. Me has pillado desprevenido.
—Lo sé.
—¿Puedo preguntar por qué? —inquirió mi padre.
—Me di cuenta de que es en vano, no podré arreglar el mundo ni
limpiarlo de todos los criminales. El mundo no será un lugar mejor solo
porque yo trabajo en el FBI.
—De todos no, pero de algunos sí —dijo mi padre.
—Sí, del cinco por ciento de los que arrestamos y que ingresa en prisión.
Padre, estoy cansado de tanta corrupción, de tanta burocracia. Necesito un
tiempo lejos para aclarar mi cabeza, para decidir qué hacer.
—Lo que creas que es mejor para ti, hijo. Sabes que estaré aquí por ti sin
importar que decisión tomas.
Lo sabía, mi padre siempre nos apoyó sin importar que queríamos hacer.
Los abuelos igual que eran mi próxima visita dejando a Rachel para el final.
La abuela no dijo nada cuando le comenté que había renunciado, pero
tuvo mucho que decir cuando escuchó que me iba a Lake Spring.
—¿Cómo puedes pensar en alejarte de nosotros? —dijo ella poniéndose
de pie.
—Mujer, tranquila. Solo son dos horas en coche no dos días en avión —
intervino el abuelo.
La abuela lo miró con el ceño fruncido antes de girarse hacia mí.
—Me iré contigo —declaró ella.
—¡No! —exclamó el abuelo.
—¡Abuela!
—No se habla más, no dejaré a mi pequeño irse a una nueva ciudad solo
—dijo ella.
—Abuela tengo treinta años y soy capaz de cuidarme solo. Vendrán a
visitarme en cuanto me establezca, ¿vale?
Eso pareció calmarla y pudimos continuar con la comida. Tuve que
contarle todo sobre Linc y Lake Spring. Le busqué fotos en internet y le
enseñé el pueblo. La abuela estaba mucho más tranquila cuando me fui,
aunque la conocía, ella estaba lejos de tranquila. Seguramente llamó a todos
sus amigas para ver si alguna conocía a alguien en Lake Spring.
Miedo me da que al llegar ahí me voy a encontrar por casualidad con
alguna amiga de la infancia de la abuela y con alguna nieta que busca
marido.
A lo mejor irme tan cerca no fue una buena idea, pero conociendo a la
abuela no estaré a salvo ni al Polo Norte.
Antes de llamar a la puerta de Rachel vi el coche de Lidia llegar y la
esperé.
—¡Hola, Lidia!
—Ian, hola. ¿Ha pasado algo? —preguntó ella.
—No, ¿por qué piensas que ha pasado algo?
—Porque es mediodía y tú no estás trabajando. O estás enfermo o de
repente el mundo está libre de delincuentes.
—Ni una ni otra —respondí.
—¡Oye! ¿Por qué no habláis más alto? No puedo escuchar nada —gritó
Rachel desde la ventana de su salón.
Lidia se echó a reír y juntos nos dirigimos a casa de Rachel donde nos
sentamos a la mesa de la cocina para probar una tarta de nata y frutas.
Desde que se quedó embarazada le dio por cocinar y preparar todo tipo de
postres, ninguno tenía el valor para decirle que no se le daba nada bien.
Comiendo tarta y tomando la sexta taza de café del día puse al día sobre
mis planes a las otras dos mujeres importantes de mi vida. Extrañamente ni
Lidia ni Rachel no reaccionaron de mala manera, sonrieron y me
acribillaron a preguntas. ¿Dónde iré? ¿Con quién? ¿Buscaré trabajo? ¿Mi
novia tiene algo que ver con eso?
Contesté a la mayoría de las preguntas ignorando a las que se referían a
las mujeres. Era cómo una maldición, había pasado un día desde que
prometí que me mantendría alejado de las mujeres y era imposible que
alguien no mencionará el asunto.
Menos mal que en Lake Spring no conocía a nadie. Ahí nadie me
preguntará qué y cómo. Entre una cosa y otra llegó la hora de la cena, Eric
volvió del trabajo trayendo un ramo de flores para Rachel. Ramo que
despertó la envidia de Lidia, al menos lo hizo en broma, pero cuando ella
no estaba mirando le envié un mensaje a mi padre.
Un cuarto de hora más tarde mi padre entraba por la puerta trasera de la
casa de Rachel llevando un ramo de flores. El rostro de Lidia brilló de
felicidad.
—¡Chivato! —murmuró Lidia sosteniendo el ramo.
Ese era yo, pero hace mucho tiempo mi abuelo me enseñó que hay que
hacer lo imposible para mantener a tu mujer feliz. ¿Quiere flores? Pues le
compras flores y si no te lo puedes permitir vas a un parque y rompes una.
¿Quiere un regalo caro para Navidad? Pues trabajas el doble, ahorras todo
lo que puedes y se lo compras.
Todo por ella. Lo que el abuelo olvidó fue decirme qué hacer si esa
mujer no es la adecuada y todo el esfuerzo es en vano. Eso es algo que
debería saber arreglarlo yo solo, no dejarme engañar por una cara bonita y
una sonrisa, poder mirar y ver detrás del maquillaje y la ropa.
¡Joder! ¿Cuándo me he convertido en un quejica?
Disfruté de la cena con mi familia y cuando me fui a casa pasé la mitad
de la noche empacando. Dormí un par de horas y al salir el sol ya estaba
conduciendo hacia Lake Spring. No había tráfico y admiré el paisaje
mientras conducía. Era una zona bonita, montaña, árboles y vegetación. Era
un milagro que no habían construido casas, urbanizaciones y centros
comerciales.
Aparqué el coche en el centro del pueblo cerca de la comisaría y fui a
buscar a Linc, la mujer detrás del escritorio de la recepción me dijo que
estaba en la cafetería. Salí sacudiendo la cabeza. Sí que estaba tranquilo el
pueblo si el sheriff estaba tomando un café durante las horas de trabajo.
La cafetería era acogedora, ruidosa y olía divino.
—¡Buenos días! ¿Qué le sirvo? —preguntó una mujer mayor en cuanto
me senté a la barra.
—Un café y lo que sea que está oliendo tan bien. Ah, y al sheriff si sabe
por dónde anda.
—Un café y una tarta de zanahoria —dijo la mujer mientras apuntaba mi
pedido—. El sheriff vendrá enseguida, está detrás intentando arreglar el
horno.
—¿Linc, arreglando un horno? —pregunté incrédulo—. Pagaría por
verlo.
—Dime tu nombre y me lo pienso —dijo la mujer sonriendo y cuando lo
hizo reconocí la sonrisa. Ella era la madre de Linc.
—Ian White, señora Grayson. Un placer conocerla —dije tomando su
mano y besándola.
Ella se sonrojó y sonrió.
—¡White! —gritó Linc saliendo de la cocina—. Te he dicho que no hay
mujeres solteras y lo primero que haces es intentar conquistar a mi madre,
¿en serio?
—No he podido resistir, es una mujer hermosa —dije haciendo reír a la
madre de Linc.
—Sí que lo es, pero está felizmente casada —intervino un hombre. Él se
acercó a ella y le rodeó los hombros con el brazo. Besó la sien de ella y
extendió la mano—. Miles Grayson.
—Ian White, señor.
—Ah, el famoso Ian —dijo Miles—. Linc me contó algunas de vuestras
juergas...
—Eh, papá, no. Deja a mamá que tiene cosas que hacer, no la
entretengas con cuentos —intervino Linc.
—¿De verdad crees que no sé qué tonterías hacías cuando estuviste lejos
de nosotros? —preguntó Maeve, la madre de Linc.
Iba a gustarme ese pueblo, sí, señor.
Tomé mi café acompañado por Miles y Linc y antes de darme cuenta me
sentía como si perteneciese a este lugar. La gente se acercaba para
preguntarle algo a Linc o a Miles, a saludar o quejarse de lo que sea que les
molestaba.
Pronto se nos acercó el cuñado de Linc, Jason, el alcalde del pueblo. Se
sentó a mi lado y suspiró.
—¡Dios! Qué ganas de matar a alguien tengo —espetó haciéndole una
señal a Maeve para que le traiga un café.
—Lo siento, Jason. Es demasiado tarde para arrepentirse, tú has querido
casarte con ella —dijo Linc.
—No, no quiero matar a tu hermana, mi mujer, la madre de mi hijo.
Amo a Anna con todos sus defectos y locuras.
—¿Entonces?
—La nueva doctora, la llevé a su casa y aunque lo había notado la
primera vez que la vi hoy sucedió algo. Has visto la tristeza, el dolor en sus
ojos, ¿no, Linc?
—Sí, lo he visto. ¿Qué sucedió?
—Tropezó y agarré su brazo para evitar un encuentro con el suelo. Ella
me miró como a un monstruo, se soltó rápidamente y escondió sus ojos de
mí, pero lo vi. Vi el terror en su mirada y, Linc, juro que nunca lo olvidaré.
No sé qué le ha pasado, pero fue horrible. Incluso tengo miedo a acercarme
a ella, no quiero recordarle lo que sea que le asusta de esa manera.
Aparentemente no importa dónde me voy habrá algo que me recuerda a
ella. En Lake Spring hay una doctora con los ojos atormentados justo como
Sam. ¡Maldita mi suerte!
—Intenta mantener la distancia con ella, no la toques y siempre mírala a
los ojos. Nada de movimientos bruscos y si puedes no estar sola con ella
sería perfecto. Y que sea otra mujer —dije.
—¿Eso ayudará? —preguntó Jason.
—No hará daño, ella se sentirá un poco más segura, pero es difícil saber
por qué tipo de trauma pasó y qué es lo que puede desencadenar los
recuerdos.
—Tendré cuidado, gracias, Ian.
—De nada —murmuré.
Odio saber que hay hombres capaces de herir una mujer, odio no poder
detenerlos. Poco después Jason se fue y Linc me llevó a mi apartamento.
Estaba encima de la cafetería, pequeño y acogedor.
Es ahí donde me quedé los primeros días perdiendo el tiempo sin hacer
nada. Iba a la cafetería, le hacía compañía a Linc y a veces lo ayudaba
cuando lo necesitaba. Cuando me propuso cuidar a Ayala acepté solo para
tener algo que hacer.
Ayala era la exnovia o actual novia de Linc, ni ellos sabían qué eran. Lo
único seguro es que eran padres de un niño hermoso. Alguien amenazó a
Ayala y Linc la quería protegida todo el tiempo. Mi trabajo era cuidarla.
Parecía fácil, ¿no?
Cómo Linc se había ido a vivir a casa de Ayala me alquiló su casa, no
tenía nada en contra del apartamento, pero yo necesito espacio, aire. No
puedo estar encerrado en un lugar donde el único sitio donde puedo
sentarme es un balcón de medio metro.
La casa de Linc estaba a pocos metros de la calle principal, bien cuidada
y acogedora. Ni había colgado la ropa en el armario cuando llamó la abuela
para avisarme que venían a pasar el fin de semana. Ya que tenía habitación
de invitados.
No pregunté cómo sabía que la tenía, era en vano.
Preparé la habitación, fui a hacer las compras sabiendo que la abuela
pasará todo el tiempo en la cocina, cocinando y llenado la nevera y el
congelador con comida. Yo no iba a quejarme, ella era una gran cocinera.
Era viernes por la mañana cuando llegaron y los llevé a conocer el
pueblo.
Era viernes, el día que sabré que la vida da muchas vueltas y que mi
promesa será puesta a prueba.
Capítulo 5

Mudarme parecía fácil. Tan fácil como empacar y llamar a una empresa
de mudanzas. Claro, fácil. Pero no contaba con Liv que odiaba la silla del
coche, un coche nuevo que había comprado con el dinero del monstruo.
Jason me había asegurado de que no necesitaba un coche en Lake
Spring, la casa estaba cerca del centro médico y todo estaba ahí, tiendas,
guardería, farmacia. Pero quería tener la posibilidad de marcharme cuando
me apetecía, sí quería ir a la ciudad no tener que esperar a un taxi o pagar
los precios desorbitados.
Liz me acompañó al concesionario de coches y al principio pensé que
era una mala idea, ni una de las dos tenía idea de coches y eso fue claro
cuando Liz se puso muy contenta al ver un coche rosa. Puse los ojos en
blanco y la llevé a un todoterreno. Ahí nos encontró un vendedor y aunque
yo no sabía nada de coches, sabía cuando intentaban estafarme.
Al parecer, Liz también sabía. Ella le sonrió, le puso la mano en el brazo,
encantó al vendedor y al final consiguió el coche con un descuento de
treinta por ciento. A veces los hombres son tan tontos, se dejan engañar por
una sonrisa. Pero se lo merecen, ¿no?
La empresa de mudanzas había cargado las cajas y el camión se fue en
dirección a Lake Spring, Jason prometió que alguien estaría en casa para
abrir la puerta y dejarlos pasar. No estaba muy contenta con eso ya que
sabía que ellos no iban a poner las cosas donde debía. Solo pensar en
montar la cuna de Liv y se me quitaban las ganas de vivir.
El viaje de dos horas me llevó cuatro, pensaba dar media vuelta, pero el
apartamento ya estaba vacío. Pensé en quedarme en la carretera y llorar
hasta quedarme dormida. Liv no quería nada, excepto estar en mis brazos y
eso no era posible. Le daba el pecho, se quedaba dormida y como la ponía
en la silla se despertaba.
Un par de veces conseguí sentarme al volante y conducir unos
kilómetros. Al final, cambié su silla al asiento delantero después de
desactivar el airbag y sosteniendo su mano he conseguido llegar a Lake
Spring.
Una mujer me esperaba en el porche, Anna, la esposa de Jason. Ella me
ayudó a llevar a Liv y sus cosas arriba. No había rastro de cajas, todo estaba
colocado y estuve a punto de besar a Anna por hacerlo posible. Ahora solo
podía relajarme hasta el día que me tocaba ir a trabajar.
Dejé a Anna con Liv arriba y bajé a recoger las maletas que había dejado
en el coche y justo cuando las sacaba del maletero llegó Jason. Se ofreció a
ayudarme y acepté con la mala suerte de que tropecé.
No me caí ya que él me agarró y lo hizo con fuerza. Sus dedos sobre mi
brazo me transportaron de vuelta al sótano a ese maldito día. No voy a
mentir y decir que no me congelé o que el miedo no me paralizó, ni que las
lágrimas no llenaron mis ojos. No, todo eso ocurrió y Jason lo vio. Pero no
dijo nada, se comportó como si no había pasado nada y se lo agradecía. Lo
último que necesitaba eran preguntas y que sea el tema de las habladurías
del pueblo.
Olvidé el episodio como hacía con todos, sabía que de vez en cuando
ocurrían, pero cuando terminaban intentaba olvidar que había pasado. Anna
me dio el número de una mujer que dijo que era perfecta para cuidar a Liv
durante el día. Jason escuchó la conversación y vio que estaba preocupada
por dejar a mi hija al cuidado de una extraña y me comentó que el centro
médico tenía dos habitaciones que no se usaban.
Por la tarde Anna llegó y juntas fuimos a inspeccionar el centro, las
habitaciones estaban limpias y vacías. Pero Hanna, la mujer que recomendó
Anna para niñera, dijo que ella todavía guardaba las cosas de sus hijos.
Hanna era una madre viuda y que necesitaba hacer algo con su tiempo
mientras sus hijos adolescentes iban al colegio. Ella era muy joven pare
tener hijos adolescentes, pero no era mi asunto así que mantuve la boca
cerrada.
Las dos, Hanna y Anna, llamaron a sus amigos, vecinos y en media hora
empezaron a llegar con cosas para la guardería. Al día siguiente las dos
habitaciones estaban amuebladas con todo lo necesario.
Daba miedo como todo se arreglaba, la facilidad con la que todo se
resolvía. Yo esperaba el evento malo, eso que destruiría todo. Sí, soy de
esas personas que no se fían. Anna parecía buena persona, su hermano Linc,
el sheriff del pueblo igual. Además, él era mi vecino y no venía mal tener a
un policía al lado de la casa.
El primer día de trabajo vino y se fue sin problemas. La recepcionista,
una mujer muy maja, se encargó de que todo. Los pacientes acudieron solo
para conocerme, muy pocos tenían un problema de salud, pero ya que
estaban ahí les hice un chequeo.
Liv no protestó... mucho. Lloró porque no estaba acostumbrada con
Hanna y cada poco tiempo tenía que ir y calmarla.
Pero con todo eso el primer día fue un suceso. Días después contraté a
una enfermera, Ayala. Habíamos trabajado juntas en el hospital antes, antes
de lo mío y antes de lo de ella. Me sentía extraña a su lado, en calma, en
paz, era como si ella podía tomar todo mi dolor y podía respirar tranquila.
Ayala también tenía sus problemas, una era Linc y otra era ese don de
que no quería hablar. Mientras conseguíamos salvar vidas como lo hicimos
con Tom yo estaba feliz de tenerla trabajando conmigo.
Así que sí, Lake Spring había sido una buena idea. El trabajo me
encantaba, la gente era muy amable y Liv tenía su primer compañero de
juego, Luca, el hijo de Ayala. Así que me relajé, por dos días no tuve ni un
episodio, ni un ataque de ansiedad y pensé que el pueblo hacía milagros.
Hasta el viernes por la noche.
Por la tarde el cielo se cubrió de nubes y me di prisa en llegar a casa. La
lluvia me gustaba, las tormentas no. Llegué a casa cuando empezaban a
caer las primeras gotas de lluvia. Pasé la tarde en el sofá con Liv viendo la
televisión y cuando quise subir para prepararla para dormir se fue la luz.
Era pronto, ni siquiera eran las ocho, pero debido a la tormenta estaba
oscuro. Fuera y dentro. Había luz suficiente para ver por dónde ir sin
tropezar, aunque no fui muy lejos. Cogí el móvil y llamé a la compañía
eléctrica.
Me dijeron que el problema no era de ellos y que debía verificar el
cuadro eléctrico. Les dije que no sabía dónde estaba, ellos dijeron que
seguramente estaba en el sótano. Es ahí cuando sentí el frío y el miedo, era
como una niebla que se acercaba a mis piernas, me envolvía y empezaba a
subir por mis piernas.
Tenía a Liv en brazos y eché a correr, de camino a la puerta cogí mi
chaqueta del perchero y cuando salí al porche se la puse a Liv. Mi corazón
latía con fuerza, todo mi cuerpo temblaba y lo único que me mantenía de
pie era Liv.
Miré hacia dentro donde reinaba la oscuridad, hacia fuera donde la lluvia
caía con fuerza. No había forma de escapar, de encontrar un lugar seguro.
No lo había hasta que vi la luz encendida en la casa de al lado.
Linc.
Él podía bajar y verificar el cuadro eléctrico.
Eché a correr pisando el césped y las flores sin darme cuenta de que iba
descalza, mi única preocupación era llegar a la puerta de Linc. Llamé y
esperé temblando. Pareció durar años hasta que escuché ruido, voces desde
el interior y cuando la puerta se abrió olvidé respirar.
Él estaba ahí.
Delante de mí.
Guapo, despeinado, mirándome con el ceño fruncido.
El agente Ian White.
El mundo es un lugar jodidamente pequeño.
—Doctora Garrett —dijo él.
No me gustaba su manera de pronunciar mi nombre, no. Prefería su
nena, pero no tenía a quién culpar por ello.
—¿Sam, está todo bien? —preguntó Ian cuando lo único que hice yo fue
quedarme ahí temblando.
—No tengo luz —murmuré al mismo tiempo que oí la voz de una mujer
llamándolo—. ¿Está Linc?
—No, es su casa, pero la alquilé.
—Ian, cariño, ¿quién es? —preguntó la mujer abriendo más la puerta
para echar un vistazo.
¡Oh! Era su madre y yo ahí pensando que tenía una cita. ¿Y qué me
importa si tiene una cita?
—¡Hola! —murmuré, y la mujer me sonrió.
—Déjala pasar, Ian. ¿No ves que está temblando de frío?
Ian me miró antes de echarse a un lado y dejarme pasar, no había dado
dos pasos cuando la mujer vio a Liv.
—¡Oh, Dios! Un bebé, Ian, ¿cómo le hiciste esperar en el frío? —espetó
la mujer alargando las manos para coger a Liv.
—Disculpa a mi abuela, doctora. Ve un bebé y enseguida lo quiere coger
en brazos —dijo Ian.
No tenía problemas en dejar a mi hija en brazos de otros, pero en ese
momento era lo único que me mantenía cuerda. La mujer se dio cuenta de
ello y me sonrió.
—Sí, discúlpame. Es algo que hacemos los abuelos, vemos un bebé y
perdemos la cabeza. Yo soy Nora y ese hombre de ahí con muy malos
modales es mi marido, Dean.
—Sam y ella es mi hija Olivia, Liv —dije.
—No tengo malos modales —espetó Dean levantándose y acercándose
—. Las tengo mejores que tú. Sam, bienvenida.
—Gracias.
—Vamos dentro, ¿para qué nos quedamos en la entrada? —preguntó
Nora.
Antes de poder protestar ella me empujó hacia el cuarto de estar y el
sofá. Miré atrás hacia Ian perdiendo la mirada preocupada que Nora le dio a
Dean después de ver mis pies descalzos. Y el temblor de mi cuerpo que no
había cesado.
Ian me miraba con el rostro en blanco, esperaba ver el enfado por haber
llamado a su puerta, esperaba algo, lo que sea.
—¿Quieres que llamé a Linc? —preguntó él.
Sí, ahí estaba. Aunque no lo expresaba me quería fuera de su vista.
Asentí y él se acercó a la mesa de café para coger su teléfono. Mientras
tanto Nora le hablaba a Liv que al verse en el centro de atención empezó a
moverse inquieta y no tuve otra opción que dejar a Nora cogerla.
Aguanté, no sé cómo lo hice, pero conseguí no tener un ataque delante
de Nora y Dean. Dejé la suave voz de Nora penetrar en el miedo que me
había envuelto y poco a poco conseguí respirar fácilmente. Dejé de temblar.
Dejé de sentirme atrapada, atemorizada.
Y cuando miré a Dean vi que me miraba con atención. Me sonrió y no
entendí muy bien por qué se veía tan orgulloso.
—¿Te apetece un té o prefieres algo más fuerte? —me preguntó él.
—Un té, gracias.
Se levantó guiñándome el ojo y se dirigió hacia la cocina. Volvió poco
después con una taza que acepté como si fuese un salvavidas. Ian también
volvió y sus noticias no eran buenas.
—Linc no está en Lake Spring y no volverá esta noche —dijo Ian—.
¿Hay algo con que puedo ayudarte?
¿Qué? ¿Qué hacer?
No podía volver a la casa sin luz.
No podía pedirle ayuda a Ian.
No podía pedirle ayuda a nadie.
No había nadie que pudiera ayudarme.
Estaba sola.
Liv estaba sola, sola con una madre que no era capaz de protegerla.
—¿Sam?
La voz de Ian se escuchaba lejana a pesar de saber que estaba a pocos
pasos de mí.
—Sam, cariño —escuché a Nora, pero no me giré hacia ella—. Ian, haz
algo.
—Sam, mírame —pidió Ian y la cuarta vez lo hice. Él estaba agachado
cerca, las manos sobre sus rodillas y con una expresión suave en su cara—.
Has salido corriendo de tu casa, ¿hay alguien dentro?
Sacudí la cabeza.
—Bien —dijo Ian—. Dime qué pasó.
—La luz —susurré.
Ian giró la cabeza y miró por la ventana, no sabía que desde ahí podía
ver la entrada de mi casa.
—¿Se fue la luz?
—Sí.
—Vale, nena. Voy a ver qué pasa, ¿vale? —dijo y se puso de pie.
—¡No! —grité imitándolo, lo agarré de los brazos impidiendo que se
vaya—. Dijeron que hay que verificar el cuadro eléctrico y está en el
sótano. No puedes bajar al sótano. No puedes.
—Sam, ¿hay algo peligroso en el sótano? —preguntó él suavemente.
Asentí.
—Vale, te diré lo que haremos. Voy arriba a coger mi arma y me iré a tu
casa, el abuelo se quedará aquí a protegerte a ti y a Liv. ¿Está bien así?
Sacudí la cabeza.
Asentí.
Ian tomó mis manos en las suyas y las acarició con suavidad.
—Fui el mejor durante los entrenamientos para entrar en el FBI, soy
experto en armas y en la lucha cuerpo a cuerpo, cinturón negro en karate —
susurró Ian mientras sus dedos iban y venían en la palma de mi mano.
Asentí de nuevo.
Me soltó y se dio la vuelta.
Me senté en el sofá y Nora puso a Liv en mis brazos.
Esperé. Vi a Ian salir por la puerta.
Esperé.
Liv empezó a llorar y me di cuenta de que había pasado la hora de su
toma. Miré a Nora y ella lo entendió sin tener que pronunciar una palabra.
—Dean, ¿por qué no vas a la cocina a empezar la cena? —dijo ella.
—¿Yo? Pero... —Dean se calló en cuanto Nora le echó una mirada.
Amamanté a Liv.
Esperé.
Ella se había quedado dormida en mi pecho cuando se abrió la puerta y
entró Ian.
Estaba a salvo.
Respiré aliviada y no pensé por qué me sentía de esa manera, por qué
tenía miedo por él. Llevaba la camiseta mojada y me di cuenta de que había
salido corriendo de la misma manera que yo, sin pensar que había una
tormenta.
—El cuadro está destrozado —dijo él.
—¿Cómo destrozado?
—Hubo un cortocircuito y por eso se fue la luz, no por la tormenta. Has
tenido suerte de que no provocó un incendio.
Apreté a mi hija pensando en qué podría haber pasado. Un incendio.
Peor que la oscuridad y lo que pasaba ahí.
—Hay que cambiarlo y verificar toda la instalación eléctrica —continuó
Ian.
—Esto no puede pasar, ¿qué haré sin luz?
Ian evitó mi mirada como si pensase que le estaba pidiendo ayuda o Dios
sabe qué. Bien. Había obtenido lo que quería, sabía que problema tenía y
ahora tocaba arreglarla. Necesitaba un electricista. ¿Dónde podía conseguir
uno en medio de una tormenta y un viernes por la noche?
Colin.
—¿Puedo usar tu teléfono? —le pregunté a Ian.
Lo sacó del bolsillo y alargó la mano para entregármelo. Enseguida
tecleé el número de Colin, aunque demasiado tarde me di cuenta de que
debería haber llamado a Olivia.
Colin tardó bastante en contestar.
—Lawson —dijo él.
—Colin, es Sam. Sé que es tarde, pero ¿conoces a un electricista?
—Hola, Sam. Personalmente no, pero tengo algunos en nómina. ¿Qué
pasó?
Le conté sobre cómo se fue la luz y que iba a necesitar que alguien vaya
a ver si podía arreglarlo. Colin escuchó y luego me pasó a Olivia mientras
llamaba a uno de esos electricistas.
—¿Cómo está Lake Spring? —preguntó Olivia.
—Extraño —murmuré.
—¿Bueno o malo?
—No lo sé todavía.
Escuché a Olivia gritarle a Colin informándole de que mañana iban a
venir a verme. No los podía ver, pero estaba segura de que Colin había
puesto los ojos en blanco.
—Sam, ¿estás en casa? —preguntó Colin quitándole el teléfono a Olivia.
—No, estoy en casa de mi vecino.
—En dos horas vendrá un equipo, Josh Hamilton es el nombre del
electricista jefe.
—Colin, eh... —dudé.
Hubo un momento de silencio, luego unos susurros.
—Vale, deja la llave debajo del felpudo. ¿Está bien?
—Sí, está muy bien —dije, aunque no sabía cómo iba a entrar en la casa
para coger la llave.
—¿Dónde estarás? En la casa del vecino, ¿sí?
—No, iré al hotel. Hay uno en la calle principal. Me quedaré ahí hasta
mañana —dije.
—Nos vemos mañana y Sam, llama si necesitas ayuda, ¿vale?
—Vale.
Colgué mientras escuchaba a Olivia regañar a Colin por colgar sin
dejarla despedirse. Pobre Colin.
Había mirado hacia abajo durante la conversación y cuando levanté la
mirada encontré a Ian. Cerca, muy cerca y con una mirada que reflejaba
enfado. ¿Por qué? Ah, sí. Llevaba ya demasiado tiempo en su casa.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me puse de pie despacio para no
despertar a Olivia, aunque sabía que lo hará en cuanto la pondré en su silla
en el coche.
—Gracias por ayudarme —le dije a Ian.
—¿Gracias? —preguntó él.
—Eh, sí. Siento las molestias causadas, pero alguien vendrá a arreglar el
cuadro y necesito poner a dormir a Liv.
—En el hotel.
Asentí.
Me estaba perdiendo algo y no sabía qué era, lo que sabía era que no era
bueno. Algo pasaba con Ian, algo que se reflejaba en sus ojos, pero no tenía
idea de lo que era.
Se acercó y por instinto di un paso atrás, eso también le cambió la cara.
Maldijo en voz baja, estaba cerca y pude escucharlo, pero no dije nada. Él
sabrá por qué maldice. Tomó el teléfono e hizo una llamada.
—¿Colin? Soy Ian White, el vecino de Sam.… sí, ella estará en mi casa,
el número veintisiete. Si tus hombres necesitan algo pueden llamar a mi
puerta...mi padre es su abogado y mis abuelos están aquí... entendido.
Adiós.
Escuché a Nora decir algo de que tenía que ver cómo iba la cena, pero no
podía apartar la mirada de Ian. No podía entender qué había pasado, por qué
había llamado a Colin. Sí, escuché la conversación, bueno, la parte de
Colin, pero pude entender de qué iba. Pero seguía sin comprender.
—Hay cuatro dormitorios arriba, puedes elegir uno para pasar la noche
—dijo Ian.
—¿Por qué?
—¿No quieres elegir? No pasa nada, lo hago yo por ti, el de la izquierda
es más grande y es de color azul.
Giré la cabeza hacia la mesa donde había dejado la taza con el té, me
pregunté si Dean habría echado algo ahí porque esto no tenía sentido.
—¿Por qué llamaste a Colin?
—Porque tu novio debería estar aquí contigo en lugar de dejarte
conducir con esta tormenta hasta el hotel. Porque no hay razón de sacar a
Liv fuera con lo que está cayendo. Porque mi abuela está cocinando y hace
la mejor lasaña del mundo.
—Ian, no puedo —murmuré.
—Sí, puedes —insistió él—. No te pasará nada, estás a salvo aquí y si lo
necesitas puedes llamar a mi padre y el confirmará que ni yo ni los abuelos
comemos mujeres y bebés.
Sonreí sin darme cuenta.
—Convertirme en la cena no es lo que me preocupa —dije.
—¿No? ¿Y qué es lo que te preocupa?
Me senté antes de responder ya que Liv pesaba mucho y me dolían los
brazos. La dejé en el sofá y coloqué un cojín para que no se caiga. Todavía
no se daba la vuelta, pero con los niños hay que tener mucho cuidado. Miré
a Ian.
—Me preocupa molestar, me preocupa no tener lo que necesito para
pasar la noche fuera de casa, me preocupa tener... ¡Dios!
—¿Tener qué, Sam?
Sacudí la cabeza, estuve a punto de decirle sobre los ataques de pánico y
eso era algo que no estaba preparada para reconocer.
—No estás molestando, más que eso, me estás ayudando. Mi abuela no
para de hablar de la Señorita Perfecta y si estás aquí tendrá algo más que
hacer. Y respeto a lo que necesitas, no te preocupes, iré a recoger lo que te
hace falta.
—¿Señorita perfecta?
Ian miró hacia la cocina y se acercó, dio un paso, uno solo.
—Una tal Gina Flower, nieta de una amiga suya que mi abuela cree que
será la mujer perfecta para mí.
Me eché a reír y cuando Liv gimió en sueños me tapé la boca con la
mano. Pero seguía riendo e Ian se quedó mirando sin saber que me pasaba.
—Se está riendo de tus chistes, eso debe ser amor —dijo Dean.
—No le conté un chiste —explicó Ian sin apartar la mirada de mí.
—¿Entonces? —insistió Dean.
—Estoy esperando que terminé de reír para averiguar qué es tan gracioso
—dijo Ian y por su tono entendí que no le hacía gracia, pero sus ojos no
parecían molestos conmigo. Que extraño.
—Gina Flower —dije mientras intentaba ahogar la risa—. Uno noventa,
ciento veinte kilos, morena y quiere siete hijos. ¿Esa es la mujer perfecta
para ti?
—Nora, déjame ver de nuevo esa foto —pidió Dean.
Nora se acercó y después de buscar su teléfono se lo entregó a Dean, él
le echó un vistazo y luego me miró con el ceño fruncido.
—¿Es ella? —me preguntó mostrando el teléfono, ahí pude ver la foto de
Gina antes de ganar peso. Ella era una mujer bonita, ni fea ni hermosa, pero
tenía una sonrisa que hacía brillar su cara. Mi reacción fue debido a que Ian
se vería enano a su lado. Asentí y Dean se encogió de hombros—. Si Sam
dice que no es una buena mujer para Ian es que no lo es. Nora, busca otra.
—No, abuela no va a buscar nada —espetó Ian.
—Hijo, tu padre está feliz con Lidia, tu hermana está casada y
embarazada. Verás tan pronto como encontremos a la mujer perfecta para ti,
tú también lo serás —dijo Nora.
Ian miró hacia el techo y pensé que le iba a dar algo, pero finalmente
miró a sus abuelos y sacudió la cabeza. Sabía que no había manera de
detener lo que ellos querían hacer, lo único que podía hacer era dejarlos
seguir con sus planes.
Pagaría por ver cómo se libraba del matrimonio, Nora se veía una mujer
muy decidida y hasta podría apostar que antes del final del año Ian estará
casado.
—Iré a recoger las cosas de Sam de su casa, mientras tanto, ¿por qué no
la ayudas a elegir una habitación? —le dijo Ian a su abuela y se fue antes de
tener la oportunidad de decirle lo que necesitaba.
¡Mierda!
Tendrá que ir otra vez, no hay manera de saber todo lo que necesita Liv.
Capítulo 6

No podía dormir.
Podría ser el dormitorio desconocido. Bueno, no tan desconocido. Era de
Ian. Por extraño que parezca acabé durmiendo en dormitorio y no fue
decisión mía. Había cuatro habitaciones en la planta de arriba, uno de Ian,
otro de invitados con una cama grande que ya estaba ocupado por Nora y
Dean, otro con una cama pequeña que elegí para mí y Liv. Pensaba empujar
la cama hacia la pared y podríamos dormir las dos ahí, pero Nora no quiso
escuchar.
En cuanto le dije que Liv no dormía en su cuna por la noche insistió en
ver la otra habitación, igual que la que había elegido yo, pero con la mala
suerte de que la cama hacía un ruido horrible.
Entonces Nora me ofreció su habitación. Me negué. Lo intentó una y
otra vez e Ian nos encontró en medio del pasillo discutiendo. Sacudió lo
cabeza que por lo que he visto es su manera de reaccionar cuando piensa
que las mujeres están locas de atar, y abrió la puerta de su dormitorio.
—Cama grande y no hace ruido —dijo antes de entrar y dejar las tres
bolsas que había traído de mi casa.
Y es así cómo llegué a su cama. No quería pensar en qué sentí cuando
me metí en la cama, cuando noté su olor, cuando puse la cabeza sobre la
almohada. No, era algo que no había sentido antes y que no debería sentir.
No, era imposible.
No podía dormir.
Podría ser por la cena. La lasaña de Nora era mejor que la de mi abuela y
esa había ganado el premio al mejor plato en nuestro barrio cada año en la
feria del otoño. Dean habló mucho contando todo lo que le pasaba por la
cabeza, entreteniendo a todos y sin darme cuenta había comido todo lo que
me había servido Nora.
Sí, era por eso. Mi estomago llevaba un año y medio sin estar tan lleno.
No había vuelto a comer como debería cuando volví a casa, no podía comer
más de unos bocados. No se lo había dicho a la terapeuta, me hubiera
puesto una dieta y ya tenía bastantes cosas con que lidiar.
O el insomnio podría ser por Ian, por su comportamiento. Verás, me dejó
su dormitorio para estar más cómoda, se fue a casa a recoger las cosas y
todavía tenía dudas de cómo había conseguido traer todo. Cuando digo todo
me refiero a todo lo que necesita un bebé.
Pañales, pijama, ropa de cambio, crema, toallitas, juguete de baño. Me
quedé sorprendida cuando lo vi y al mirar en la última bolsa mi corazón dio
un triple salto y aterrizó en mi estómago. Ian me había traído ropa, un
camisón blanco de maternidad que de sexy no tenía nada. Luego vi las
bragas, blancas y de algodón, de abuela como las había llamado Liz cuando
fuimos de compras.
Mis mejillas se habían sonrojado por la vergüenza de saber que él había
mirado en mi cajón de ropa interior. Me arrepentí de haberlos comprado, de
no haberle hecho caso a Liz y comprar algo más provocativo. Luego me di
cuenta de que no había manera de llegar a eso con Ian, ni él lo quería ni yo.
¿O sí?
Eso no importaba, aunque lo quisiera no es posible.
Miré a Liv, dormía tranquila sin nada que disturbé su sueño. ¿Por qué lo
haría? Ella tenía a su madre, había tomado su baño, el pañal seco y había
sido acunada para dormir por la que podría haber sido su abuela.
Nora había insistido en ayudar con el baño y no pude negarme. En lugar
de sentirme bien, me sentí triste. Liv nunca tendrá una abuela, un abuelo
para llevarla al parque y comprarle helado.
Mientras me duchaba Nora durmió a Liv y al salir de la ducha a ella no
le pasó desapercibida la rojez de mis ojos. No había podido aguantar y me
había echado a llorar en la ducha pensando en mis padres. Había pasado
mucho tiempo desde que no me dejaba llevar por la tristeza, al menos en
cuanto se refería a mis padres.
Así que había muchas cosas que me mantenían despierta sin olvidar lo
de habitual. Sabía que no había manera de dormir sin una tila o un libro
aburrido y me levanté de la cama para ir a buscar una de ellas o las dos.
Rodeé a Liv con las almohadas y encendí el vigilabebés. Cuando quise salir
de la habitación vi mi reflejo en el espejo y di vuelta atrás. El camisón no
era la prenda adecuada para usar en casa de un hombre que no conocía.
Busqué en la bolsa y no encontré la bata, al parecer Ian no había pensado
en todo. Recordé que había visto una en el cuarto de baño y sin tener otra
opción me la puse. Era grande, demasiado grande, pero Ian era así. Grande,
me pregunté si todo de él era igual de grande.
Bajé agradecida de que alguien había dejado la luz encendida y fui a la
cocina. Después de cinco minutos de buscar la caja de té renuncié y estaba a
punto de salir de la cocina cuando llegó Ian. Entró y levantó la mano para
coger algo del armario de encima de la nevera. Una caja.
—La abuela tomaría cincuenta tazas al día si la dejásemos, por eso se lo
escondemos —explicó él poniendo la caja sobre la encimera—. ¿Tila?
Asentí y él fue al fregadero y llenó la tetera con agua, encendió el fuego
y se dio la vuelta. Se apoyó contra la encimera y cruzó los brazos sobre su
pecho.
¿Y ahora qué?
—Gracias por dejarme pasar aquí la noche —dije, era lo único que
encontré para romper el silencio.
—¿Para qué están los vecinos? —respondió Ian.
Claro, vecinos.
—Tus abuelos son encantadores.
—Sí.
¡Dios! Eso era una tortura. ¿Antes había sido tan difícil mantener una
conversación con un hombre? Seguramente que no, pero yo estaba asustada
de lo que él me hacía sentir y con los mil traumas que me quedaron después
de ese año no había manera de conseguirlo. Y él tampoco ayudaba, pero eso
también lo podía entender. Había reaccionado mal cuando lo único que hizo
fue invitarme a comer.
Claro que si supiera por lo que pasé lo entendería, pero ¿quién se lo va a
decir?
La tetera silbó y él se dio la vuelta para apagar el fuego, segundos
después puso una taza sobre la encimera.
—Que duermas bien —dijo y salió de la cocina.
¿Por qué quería llamarlo y pedirle que me haga compaña? Que hablé
conmigo, que nada... no quiero nada. Cogí la taza y me fui al cuarto de
estar, me parecía haber visto libros ahí. Y por lo visto no era mi día.
Ian estaba ahí, sentado en el sofá viendo la televisión.
¡Maldita sea!
Se giró y me miró con las cejas arqueadas.
—Vine a buscar un libro —expliqué.
—¿Qué libro? —preguntó Ian.
—Uno aburrido.
Se levantó del sofá y caminó hasta el otro lado de la habitación donde
había una estantería con libros.
—¿Los pillares de la tierra?
—He dicho aburrido —dije.
—Este libro es aburrido —insistió Ian.
—Ni uno de los libros de Ken Follet es aburrido —declaré.
—Si tú lo dices —murmuró él.
Puso el libro en la estantería y buscó otro, me acerqué ya que por lo visto
si no lo hacía iba a quedarme aquí toda la noche esperando a que él
encontrase un libro.
—Aja —exclamó Ian, se dio la vuelta sosteniendo un libro—. La
elegancia del erizo.
—¡Dios, no! —protesté, tomé el libro y lo puse rápidamente encima de
los otros.
—Es aburrido —repitió él.
—No sé si es aburrido o no, pero que me hizo sentir estúpida sí lo sé.
Me encanta leer y lo hago cada vez que puedo, pero ese libro pudo
conmigo. No conseguí comprenderlo y solo había dos opciones, o me había
pillado en un mal momento o de verdad era estúpida si no era capaz de
comprender de que iba.
—Pues fuera, a ver otro. ¿Qué te parece Stephen King?
—¿En serio, Ian? No, gracias. Tengo suficiente con mis pesadillas, no
necesito añadir otras.
—Entonces lee esté, seguro que te vas a quedar frita después de medio
página.
Tomé el libro y por la portada me di cuenta de que no era mi genero
favorito, un libro de psicología, pero iba a servir.
—Gracias, Ian.
Me di la vuelta y me fui.
Ian no me dijo nada.
Entré en el dormitorio y me senté en la cama con el libro. Tres minutos
después apagaba la luz y me tumbaba, en medio minuto me quedé dormida.
El té se quedó intacto en la taza sobre la mesilla de noche.
Me desperté solo una vez alrededor de las cuatro y me felicité por haber
optado por la lactancia materna. No tenía que bajar a preparar un biberón y
sin contar el hecho de que Liv me despertó sacándome de la pesadilla.
Era sábado y mi cuerpo se había acostumbrado a la rutina, no había
alarma para despertarme a las siete, no había razón para levantarme de la
cama hasta las diez. Pero hoy después de poner a Liv a mi pecho recordé
dónde estaba y que quedarme en la cama no era posible.
Liv se quedó dormida de nuevo y fui a ducharme. Me vestí con la ropa
que me había traído Ian, jeans y camiseta, y bajé a por un café.
—¡Buenos días! —me saludó Nora al entrar en la cocina.
Ella estaba muy alegre por la mañana, Dean no tanto. Murmuró algo sin
levantar la cabeza de su periódico. Acepté la taza de café que me ofreció
Nora y me senté a la mesa como me indicó ella. Ni siquiera había abierto la
boca para decir que no tenía hambre cuando me obligó a sentarme.
Ella estaba preparando tortitas francesas, algo que no había comido
desde que murió mi madre y buscaba la manera de decirle cuando llamaron
al timbre. Momentos después entró en la cocina Ian. Jeans, camisa y pelo
mojado. Ojos fríos. ¿Qué diablos le pasa a este hombre?
—Te están buscando, Sam.
—Gracias.
Me levanté y fui a la puerta.
—¡Colin! No os esperaba hasta la tarde —dije.
—Olivia no podía esperar —dijo Colin.
—¿Yo? ¿Quién estaba despierto a las cinco de la mañana? —espetó
Olivia.
—Si no recuerdo mal alguien estuvo muy contenta de encontrarme
despierto a esa hora, ¿no, Olivia?
—¡Dios! ¿Podemos prohibir las alusiones al sexo? —pregunté.
—¿Era una alusión? —inquirió Olivia.
—No puedo contigo sin por lo menos un café —dije y me di la vuelta.
Volví a la cocina y tomé mi taza de la mesa, bebí sorbo tras sorbo hasta
que creí que tenía suficiente cafeína en mi sangre para lidiar con Olivia.
Claro que mientras yo tomaba mi café, perdida en mi mundo, Olivia y
Colin me habían seguido y cuando levanté la mirada estaban charlando con
Nora y Dean. Atrapé la mirada de Ian, algo diferente de la fría de antes.
Creo que tendría que empezar a apuntar todas sus miradas, a lo mejor
conseguiría entender que pasa por su cabeza.
—¿Tortitas? —exclamó Olivia—. Me muero de hambre.
—¡Dios! —murmuró Colin.
—Hay para todos, sentaos —declaró Nora.
Ahí va mi oportunidad para escapar.
— Nena, has desayunado en casa y luego has pedido donuts, ¿cómo
puedes tener hambre? —preguntó Colin.
—Estoy embarazada, ¿recuerdas, cariño? —dijo ella dulcemente, pero
fulminándolo con la mirada.
—Dean fue así durante mi embarazo, eso no puedes comerlo, eso
tampoco, eso engorda y luego no habrá quien aguante —imitó Nora a Dean
—. Luego tuvo un encontronazo con una sartén y dejó de fastidiar. Deberías
intentarlo.
Sin saber cómo terminamos todos sentados a la mesa, Colin explicando
no sé qué a Dean, Olivia hablando en voz baja con Nora e Ian y yo en
silencio. Yo fingía estar pendiente del vigilabebé y él de su desayuno.
—Sam, ¿te importa cambiar? —preguntó Colin mostrando su plato de
huevos—. Mi mujer se comió todas las tortitas y me muero por probarlas.
Colin lo sabía.
Cambiamos los platos antes de que alguien tuviera tiempo de protestar.
No vi cómo se le cambió la cara de Ian, hubiera tenido otra expresión para
añadir a la lista. Pero vi la de Olivia.
Dolida.
¡Mierda!
Ella bajó la cabeza, pero no antes de ver las lágrimas brillar en sus ojos.
¡Mierda!
—Una mañana Colin me sorprendió con tortitas en el hospital, tenía un
turno doble y pensó que era buena idea. Me pilló en un mal momento,
demasiado cansada para pensar correctamente y tiré el envase a la basura.
—¿Y eso debería hacerme sentir mejor? —preguntó Olivia.
—No, pero lo siguiente sí. Perdí los papeles y confesé que dejé de comer
tortitas el día que fallecieron mis padres, a dos semanas de cumplir
dieciocho. La noche anterior había cenado tortitas con ellos.
—Lo siento, soy mala persona —dijo Olivia.
—No, solo que dejas los celos comerte la cabeza. ¡Olvida el pasado,
Olivia! Colin te ama y es lo único que importa. ¿Y qué si cambiamos un par
de besos?
—¿Un par?
—Calla y escucha, es un buen hombre y me encanta que estéis juntos,
sois perfectos el uno para el otro.
—Liz y Sarah… —empezó ella y puse los ojos en blanco.
—¡Dios! ¿Qué importa? Pero si prefieres podemos romper el pacto ahora
mismo.
—Yo soy a favor de romper el pacto —intervino Colin—. Vamos, nena,
no me mires así. Sabes que es una mala idea, Liz quiere secuestrar a Ryder.
¿Sabes para quién trabaja?
—No y no me importa, lo prometimos y lo vamos a cumplir.
—Ya verás como mi hijo nacerá en la cárcel, ya verás —farfulló Colin.
—No pasará ya que tú no me dejarás ni un día en la cárcel, ¿no, amor?
Colin sacudió la cabeza y luego la bajó hacia su plato, empezó a comer
mientras ignoraba a Olivia. Eso le duró unos treinta segundos hasta que
decidió que la había castigado suficiente y la besó. Le murmuró algo que
hizo a Olivia sonrojarse.
Hasta este momento no me había dado cuenta de cuanto echaba de
menos ver el amor verdadero, ese que brilla en los ojos de los dos, ese que
te da la fuerza para seguir levantarte cada día.
Olivia lo tenía.
Nora lo tenía.
Si no recuerdo mal los padres de Colin también.
¿Podría hacerlo yo? Olvidar el miedo que me paraliza no solo cuando
pienso en el amor sino también cuando me toca un hombre. Parece difícil,
será difícil y no necesito ser psicóloga para saberlo. Justo en este momento
cuando siento un poco de envidia por el amor que comparten dudo, evito
mirar a Ian.
¿Ian?
Sí, él.
Me hace sentir algo que nunca sentí, algo que lucha para romper los
muros de miedo que me rodean, algo demasiado parecido a lo que veo en
los ojos de Olivia cuando mira a Colin.
¡Maldita sea! ¿Será posible enamorarme de él?
Lo miré sin que él se diera cuenta, estaba tomando su café estudiando a
Olivia y Colin con atención. No podía ver sus ojos, pero la línea de su
mandíbula no engañaba. No estaba nada contento al encontrarse a su mesa
de desayuno con tres extraños.
Quería... ¡Dios! Ya no sabía que quería.
Bajé la mirada y me perdí el momento en que Ian se giró para mirarme.
Me hubiera gustado esa mirada, pero estaba demasiada ocupada con mis
demonios para sentir la intensidad que se reflejaba en sus ojos.
Nora no se la perdió y sonrió.
Dean solo sacudió la cabeza.
Olivia escondió su sonrisa con la taza de café.
Colin nos miró preocupado a los dos.
Pero yo no lo vi, como he dicho, estaba tan metida en mi cabeza que el
mundo había dejado de existir. Segundos después escuché el llanto de Liv y
salí corriendo al dormitorio olvidando el vigilabebés.
Llegué y tomé a Liv en brazos, la besé, la acuné y le hablé. La cambié, la
vestí con el conjunto rosa que había elegido Ian para ella, le conté sobre
Olivia y Colin. Me comporté como siempre sin saber que Ian estaba
mirando y escuchando cada palabra. Sin saber que le daba la oportunidad a
Ian a ver a otra Sam, la de verdad, la que salía solo cuando estaba sola con
Liv.
Con Liv en brazos conseguí recoger nuestras cosas y guardarlas en las
bolsas, luego bajé para poner a Liv en los brazos de Olivia.
—La luz, ¿sabes cuándo estará todo arreglado? —le pregunté a Colin.
—Los hombres lo arreglaron anoche, la instalación está bien, solo había
un fallo en el cuadro eléctrico —respondió él.
—Que alivio, entonces puedo volver a casa.
—Será para ti —espetó Nora —. Te irás y te llevarás a esa preciosidad
contigo, me quedaré para pasar el resto del fin de semana solo con hombres.
—Iremos a comer por ahí, ¿por qué no venís con nosotros? —propuso
Olivia.
Y si no hubiera tenido a mi hija en brazos la hubiera pegado. Ian pensaba
lo mismo.
—Tenemos planes, abuela —dijo él.
—¿Qué? ¿Ver la tele todo el día?
—Los padres de Linc dan una fiesta y nos invitaron, ¿recuerdas?
De repente deseé poder echar a correr. Yo no recibí una invitación a esa
fiesta, me sentía dejada a un lado. Conocía a Maeve y Miles, a Linc y a
Anna, y aun así no estaba invitada a la fiesta. Sabía sobre sus fiestas, Hanna
me habló el otro día sobre qué bien se lo pasaban, que divertidas eran y
como invitaban a casi todo el mundo.
Pero a mí no.
—Entonces os dejamos ya que me muero por ver la casa —dijo Olivia
poniéndose de pie.
Murmuré algo sobre mis cosas y me di la vuelta. No sé cómo llegué
arriba o cómo llegué a mi casa, solo sé que Olivia dijo que iba a vigilar a
Liv mientras yo me preparaba para salir a mostrarle el pueblo. Luego me
encontré tomando otra ducha para poder decir que me entró champú en los
ojos y por eso los tenía rojos.
Mentía mucho estos días.
Lloraba mucho también.
Cuando bajé ni Olivia ni Colin preguntaron sobre mis ojos y fuimos al
pueblo. No había mucho que hacer, excepto visitar un par de tiendas, tomar
un café en la cafetería de Maeve y dar un paseo por el parque.
Olivia quería ir a caminar por el bosque, pero Colin no quiso.
Empezaron una discusión que ganó Colin, aunque estaba segura de que iba
a ceder ante la mirada imploradora de Olivia.
Comimos pizza ya que pasamos por el restaurante y se le antojó a Olivia.
Hablamos mucho, ellos más ya que yo no tenía mucho que decir y después
de la comida se fueron. Pero primero tuve una discusión con Colin sobre la
factura de los electricistas que yo insistía en pagar y él en que no.
Cómo pasó antes con Olivia yo tampoco he podido ganar, además me
hizo prometer que le llamaría la próxima vez si algo parecido volvía a
ocurrir.
Cerré la puerta de mi casa cuando ya no pude ver su coche y me
envolvió el silencio. Liv dormía en su cuna dejándome a mí sin nada que
hacer excepto caer presa de mis demonios.
Aunque intentaba ignorarlo sabía que pasaba mucho más a menudo de
que era normal. Cuando estaba ocupada, en el centro médico o con Liv, era
fácil olvidar y pensar que yo era una persona normal. Pero luego estaban
estos momentos cuando no había nada que distraerme y me daba cuenta de
quién era.
Samantha Garrett, una mujer con una fobia al amor y a las relaciones
causada por la muerte de mis padres.
Samantha Garrett, madre soltera.
Samantha Garrett, mujer traumatizada por un secuestro y una violación.
Hala, ya lo he dicho.
Me violaron y he sobrevivido, ¿por qué simplemente no puedo
olvidarlo? Ocurrió, no hay nada que cambiar y gracias a eso tengo a Liv.
¿Por qué no puedo seguir con mi vida como lo hizo Olivia o Liz?
Miles de mujeres son víctimas de una violación cada día y su vida no se
acaba, ¿por qué yo no puedo hacerlo?
Me di cuenta de que necesitaba ayuda, pero no quería volver a las
sesiones con la terapeuta en la ciudad, no tenía tanto tiempo para perder.
Ella me había dado el número de una psicóloga que tenía la consulta en el
siguiente pueblo. A lo mejor debería llamarla.
Lunes lo haré.
Después de tomar la decisión me sentí un poco mejor y pensé que era
buena idea para analizar lo que sentía por Ian. Tardé dos segundos en
renunciar que fue lo que me tomó recordar que él no quería nada conmigo.
¿Para qué admitir que me sentía a salvo con él? ¿Para qué reconocer que me
gustaría sentir sus labios de nuevo?
¿Para qué si él lo único que hacía era mirarme con indiferencia?
Capítulo 7
Ian

—Eres idiota, hijo, y no comprendo cómo es que eres nieto mío —dijo
Dean.
Era después de la noche que Sam pasó en mi casa, en mi cama. Después
de verla vestida con mi bata, después de sentarme a su lado en el desayuno.
Después de luchar conmigo mismo para no disparar a Colin a la cabeza
cuando lo vi mirándola con cariño.
¿Qué mierda le pasaba a ese hombre para mirar a otra mujer cuando
tenía a su esposa embarazada a su lado?
Eso se hizo mucho más difícil cuando Sam pronunció esas palabras. Un
par de besos. Ella lo había besado y ahora estaban los dos juntos en la
misma habitación, en mi maldita cocina.
Sí, me vi corriendo al dormitorio, coger el arma de la caja fuerte donde
la había puesto cuando Sam se quedó a dormir, volver y disparar a Colin
justo entre los ojos. Pero luego vi el amor con que miraba a su esposa y vi
el mismo en los ojos de ella y me calmé.
Quise preguntar de qué iba el pacto y a quién querían secuestrar. Quise
gritarle a Sam, sacudirla hasta hacerla entender que tiene una hija y no
debería hacer nada ilegal.
Pero no era asunto mío, ni ella ni Liv eran asunto mío.
Luego las vi juntas, solo tenía que ver a Sam y sabías que era una buena
madre, pero luego las vi cuando pensaba que estaba sola y quise subir y ver
de cerca esa sonrisa, esa calidez que se escuchaba en su voz. Nunca deseé
algo con tanta fuerza que estar con ellas dos en esa cama, mirar a Sam besar
y hacerle cosquillas a Liv.
No había duda, había caído fuerte por otra mujer, pero esta vez no haría
nada. Sin importar cuánto la deseaba, cuánto me gustaría verla sonreír.
Samantha Garrett será la mujer de mi vida, pero he terminado con las
mujeres. Para siempre.
Ella lo dijo, no es no.
Si estuvo en mi casa fue porque no tenía otra opción y reconozco que
tuve que ver con esa falta de opción. La vi tan asustada que lo único que
quise fue tenerla cerca, protegerla. No pude resistirme, pero ahora sé que no
está sola. Tiene amigos que le pueden echar una mano si lo necesita y me
imagino que ellos saben qué hacer sobre lo que le está atormentando.
Sería tan fácil averiguar qué le ha pasado, solo una búsqueda en la red de
información de la policía, pero no lo haré. No es asunto mío ¿o sí?
¿Y sí el hombre que le hizo daño vuelve? Debería saber si tengo que
vigilar por si alguien intenta herirla una vez más.
Sí, claro.
No me voy a meter. Samantha Garrett es solo la doctora del pueblo, mi
vecina y voy a ser amable con ella. Eso es todo.
Pero ahora, en medio de la fiesta de los Grayson el abuelo me llamó
idiota.
—¿Y por qué? —pregunté tomando un trago de mi botella de cerveza.
—Deberías haber invitado a Sam a la fiesta, ¿no has visto su cara?
Lo hice, pero ya había tomado mi decisión de que iba a alejarme de ella.
Si ella quería venir a la fiesta podría hacerlo sola, no me necesitaba a mí. Se
lo dije al abuelo y él sacudió la cabeza.
—¿Estáis hablando de la doctora? —preguntó Anna que justo pasaba por
ahí y se detuvo.
—Sí —respondió el abuelo.
—No la invitamos porque sabía que no iba a venir y no la quise poner en
un compromiso. Si la invitaba ella diría que sí solo por ser amable y Jason
me dijo que no estaría cómoda con tanta gente alrededor —explicó Anna.
—Pues te ha salido mal, ella quería venir —dijo el abuelo.
—Yo... —titubeó Anna.
—No te preocupes, Anna —dije.
—¿Cómo qué no? Ahora estará pensando que no queríamos invitarla.
Y de esa manera empezó.
Llegó Ayala, luego Linc, Maeve, incluso Miles tuvo algo que decir sobre
la no invitación de la doctora. Se culparon unos a otros, discutieron,
debatieron cuál era la mejor manera de arreglarlo y no llegaron a ninguna
conclusión. Bueno, solo a la que Jason era el culpable de la situación. Él
había sido la persona que les advirtió sobre ella.
No me gustó mucho, a Sam no le gustaría saber que la tratan de manera
diferente. Se los dije y todos me miraron con interés y decidieron que
debería ayudar a Jason a remediar el problema ya que por lo visto la
conocía mejor.
¡Maldita mi gran boca!
La fiesta de repente se convirtió en claustrofóbica y como no había modo
de convencer a mis abuelos de irnos temprano me llevé la botella de
cerveza al jardín y esperé. Era medianoche cuando llegamos a casa, los
abuelos alegres y un poco achispados. No mucho, lo suficiente para que el
abuelo le hiciera declaraciones indecentes a la abuela y ella se riera como
una adolescente.
Algo no estaba bien si los abuelos de uno se divierten más. Solo espero
que Rachel o mi padre no se enteren de eso, estarán de visita cada fin de
semana para convencerme de que debería volver.
Sí, mi decisión de irme de la ciudad para aclarar las ideas no fue una
muy buena. Lo fue hasta que vi que mi vecina era nada más y nada menos
que la misma mujer de que quería escapar.
Hala, he vuelto a quejarme.
Pues tendrá razón el abuelo. Soy idiota.
El domingo después del desayuno la abuela me dio una lista larga de
compras y me envió al supermercado. Incluso me dijo el tiempo exacto que
debería tardar ya que tenía que preparar algo y salir hacia la ciudad antes de
la puesta del sol.
Pasé por los pasillos del supermercado con rapidez y en menos de quince
minutos había tachado todo de la lista. El carro de la compra estaba a punto
de ceder y desgraciadamente estaba más pendiente de lo que había dentro
que de lo que había enfrente.
Mi carro chocó con otro.
Tenía la disculpa en la punta de la lengua cuando levanté la cabeza y ahí
estaba ella. Sam.
—Lo siento, no estaba atenta —dijo ella.
—Yo tampoco.
Liv estaba en sus brazos moviéndose inquieta y después de echar un
vistazo a su carro de compra decidí ser el vecino amable y ayudarla con la
compra.
—Si quieres puedo sujetar a Liv mientras haces la compra o al revés —
me ofrecí.
—No, ya he acabado.
Miré de nuevo en su carro. Café, una botella de leche, yogur natural,
queso y pan. La miré, pero de verdad no solo su cara bonita o sus curvas.
Sam era delgada, pero en el extremo malo de la delgadez, a un paso de
volar con un soplo de aire. ¿Cómo no lo vi antes?
—¿Liv come solo yogur? —pregunté.
—No, solo leche hasta cumplir los seis meses.
Vale.
Ella me miró. Yo la miré. Liv seguía moviéndose intranquila.
—Nos vemos —dijo ella finalmente empujando su carro.
—Hasta luego.
Tenía razón el abuelo, no era su nieto. Él había sido un conquistar en su
juventud, la abuela cuenta que tenía a todas las mujeres locas por él. Mi
padre igual y luego yo, incapaz de enamorar a la mujer que quiero. Será que
los genes que se necesitan para hacerlo se las llevó Rachel todas.
Por la tarde me despedí de los abuelos prometiendo que iba a llamarlos,
que iba a ir de visita, que iba a cuidar de esa chica que lo necesitaba. La
chica siendo Sam, por lo menos la abuela había olvidado su plan de
casarme con Gina no sé qué.
A las siete entré en la cocina para cenar y me detuve en la puerta,
parpadeé un par de veces pensando que no veía bien. Cada centímetro de la
encimera y de la mesa estaba cubierto con ollas, cuencos con comida,
bandejas con galletas y bizcocho.
No pensé que la abuela iba a usar todo lo que había comprado. Abrí la
nevera para meter algunas de las ollas y la cerré en un segundo. Estaba
llena. El congelador igual.
¡Maldita sea!
¿Ahora que hacía yo con toda esa comida?
Tardé unos minutos en encontrar una solución y cuando lo hice me di
cuenta de que la abuela no había olvidado su plan de casarme, solo había
cambiado la mujer. Tomé la bandeja de la lasaña, la noche anterior vi que a
Sam le encantó, y otra con el bizcocho.
En un minuto estaba saliendo por la puerta trasera y llamaba a la de Sam.
Ella no tardó mucho en abrir.
—¿Ian?
—Tengo un problema, ¿puedo pasar? Esto pesa.
Sam abrió más la puerta y me dejó pasar. Pasé por un pasillo abarrotado
con el carrito de Liv y otras mil cosas hacia la cocina. Puse las bandejas
sobre la mesa y esperé a Sam.
—¿Y qué problema tienes?
Le sonreí sin querer.
Era adorable, tenía una expresión relajada, calma, incluso podría decir
que era feliz. El cabello recogido en un moño con algunos rizos que habían
conseguido escapar, una camiseta de tirantes y un pantalón de pijama corto.
Morado.
—El problema, Ian —me recordó ella cuando se dio cuenta de que me
había quedado en silencio.
No creo que se le pasó inadvertida la manera en que la miré, ¿no?
—Comida, la abuela cocinó para medio pueblo y tengo la nevera llena.
Y el congelador, y la cocina. Tendré que comer sin parar durante días para
no se eché a perder.
—¿Y?
—Y necesito que me ayudes a comer, ¿no?
—Ya he cenado —dijo Sam.
—¿Yogur?
—No eres...
—Lo sé, ni tu novio ni tu padre. Siento haberte molestado —dije.
Tomé las dos bandejas, puse una encima de la otra sin importarme que
iba a arruinar la lasaña y me di la vuelta para irme. ¿Cómo mierda olvidé
que ella no quería comer conmigo? La otra noche necesitaba ayuda y por
eso aceptó.
—Ian, espera.
—No es no, Sam. Perdóname por haberlo olvidado.
No esperé, caminé decidido hasta la puerta. Sí, la quería, quería ver
donde nos podría llevar una relación, pero si ella no quería no iba a insistir.
Llevarle una comida casera no era una propuesta, no era una invitación.
Solo soy yo, Ian White. Un hombre que siempre ha cuidado a su familia,
a sus amigos, vecinos y al mundo entero. He perdido la cuenta de las veces
que llegué a casa sin abrigo porque se los daba a la gente que vivía en la
calle.
Y ahora estaba haciendo lo mismo para ella, le estaba echando una
mano. ¿No la quería? Pues muy bien. Si quiere morir de hambre y dejar a su
hija sin madre que así sea. ¿Quién soy yo para impedírselo?
—Espera, Ian, solo espera —dijo Sam.
Con la mano en la manilla de la puerta me detuve, miré fuera hacia la
puerta de mi casa y pensé porque su voz se sentía como un cuchillo a través
de mi corazón. Sin importar que decisión tomase alguien saldría herido, ella
o yo. Seguramente yo, Sam iba a comerme vivo, me va a destrozar.
Pero al parecer soy un idiota.
Me di la vuelta.
—¿Te gustaría cenar conmigo? —preguntó Sam.
Sí, señor. Iba a hacerme pedacitos.
—Sí.
—¿Lasaña?
Asentí y volví a la cocina, dejé de nuevo las bandejas sobre la encimera.
Sam seguía en el mismo sitio, a medio camino entre la puerta trasera y la
que daba al pasillo, a punto de echarse a correr.
—Vamos a dejar un par de asuntos claros antes de la cena, ¿vale? —dije.
Sam sacudió la cabeza.
—No me gustan las malas noticias antes de la cena.
—¿Cómo sabes que son malas? —pregunté con el ceño fruncido.
—Por tu expresión, estás entre furia, resignación y tristeza. No sé, es
difícil clasificarlas.
—¿Clasificar qué?
—Tus expresiones, Ian. Tengo una lista, el indiferente, el enfadado, pero
como he dicho recién estoy empezando. No tengo todos los datos.
Así que estaba prestando atención.
—Entonces vamos a cenar —dije sonriendo.
Sam se acercó al armario y sacó platos y cubiertos. La camiseta de
tirantes dejaba sus hombros desnudos y ahí se podía notar muy bien su
delgadez. Los huesos, incluso las venas se notaban a través de su piel
blanca.
—¿Cena y película? —preguntó Sam mientras llenaba los platos—. Hay
una nueva serie que llevo semanas queriendo ver.
—¿Tiene algo de acción?
—Eh, creo que hay algo de boxeo.
—No parece exactamente tu tipo de película, ¿no?
—Sí, es exactamente mi tipo. Hay un duque, vizconde, incluso un
príncipe —enumeró Sam.
—Habrá que verlo entonces —dije y recibí puntos por mi respuesta.
Sam levantó la mirada y me sonrió.
¡Dios! Era guapa cuando sonreía. Era guapa siempre, pero cuando
sonreía como ahora con sus labios y ojos, nada más que alegría reflejada en
su rostro.
—¿Una copa de vino? —preguntó.
—Cerveza si tienes.
Sam colocó en una bandeja los platos, una cerveza para mí y un vaso de
agua para ella.
—Permíteme —dije y cogí la bandeja.
La seguí al cuarto de estar donde tenía el fuego encendido en la
chimenea. Nos sentamos, yo en el sofá y ella en el suelo.
—Es más cerca de la mesa —explicó ella.
—Entonces no te importa si yo hago lo mismo, ¿no?
Terminamos los dos sentados en el suelo, yo con la espalda apoyada
contra el sofá y ella al otro lado. Lejos, pero su rodilla tocaba mi muslo y
creo que no se dio cuenta ya que no se apartó.
—Vale, dame las malas noticias —dijo Sam después de tomar un bocado
de la lasaña.
¿Malas noticias? Me tomó algo de tiempo darme cuenta a que se refería
ya que mi cerebro se había quedado bloqueado al sentirla tan cerca.
Idiota cómo diría el abuelo.
—Desde pequeño quise salvar al mundo y empecé con los animales que
encontraba por la calle. Gatos, perros o pájaros. Los cuidaba y luego mi
padre les encontraba una casa. Cuando crecí pasé a las personas sintecho,
les daba mi almuerzo, mi dinero y mi ropa. La abuela fue la que se dio
cuenta de ello, llegaba a casa hambriento y congelado de frío. Con la ayuda
de los vecinos empezó a llevar comida a los que vivían en la calle, ropa,
mantas. A algunos les ayudó a encontrar una casa y un trabajo.
—Sabía que me gustaba Nora —dijo Sam.
—Sí, la abuela es especial. Cada semana encontraba una misión, alguien
o algo que necesitaba ayuda, hasta un día que me metí en algo que era
demasiado para un niño. Vi como asesinaban a un hombre en un callejón,
llamé a la policía, les di la descripción del asesino y aun así no consiguieron
arrestarlo. En ese momento decidí hacerme policía.
—Pero eres agente del FBI.
—Lo era, sí. Los años pasaron y me di cuenta de que podía hacer más en
el FBI.
—¿Lo eras?
—Esa es otra historia, lo que yo quería decir, Sam, es que lo entiendo.
No es no, no te gusto y no quieres salir conmigo. Pero somos vecinos, si
puedo ayudarte lo haré con placer y sin pedir nada a cambio. Si tengo
comida para alimentar a medio pueblo quiero darte a ti también, es como
soy. Si me pides que te ignoré lo haré, pero tienes que saber que me costará.
Podemos ser amigos, eso y nada más.
Hablando de expresiones, la de Sam era un cumulo de sentimientos y a
pesar de los años de entrenamiento no podía comprenderla. Se sentía triste,
contenta, asustada al mismo tiempo. ¿Cómo podía ser eso?
—Quieres ser mi amigo —murmuró ella.
—Sí, ya sabes. Ver una película juntos, pedir prestado el coche o que te
ayudé con la limpieza del sótano.
Su sonrisa se evaporó en cuanto pronuncié la palabra sótano.
¡Maldición! Al final tendré que averiguar qué le ha pasado. Si no lo sé no la
puedo ayudar y seguro que habrá algo que pueda hacer.
—¿Qué...qué hay en el sótano? —preguntó con la voz temblorosa.
—Un montón de cajas, herramientas, muebles. Seguramente los antiguos
dueños lo olvidaron.
—Seguro que sí, pero tendré que hablar con Jason. Él paga la casa.
—¿Cómo?
—La casa, los gastos todo fue parte de la oferta de trabajo y lo paga el
pueblo, aunque me gustaría comprar la casa. Pero voy a esperar unos meses
para ver si de verdad me voy a quedar aquí para siempre.
—Y yo pensaba que era el único que no sabía qué hacer con su vida —
dije.
Ella levantó su copa.
—Por los indecisos —dijo chocando su vaso contra mi botella de
cerveza.
—Por las nuevas oportunidades.
Bebí de mi cerveza mirándola a los ojos y la vi sonrojarse. ¿A qué
diablos venía eso?
—Entonces seremos amigos —declaró Sam.
—Ese es el plan, sí.
—Estoy de acuerdo, ahora vamos a ver si ese duque es tan guapo como
dicen.
No lo era, al menos para mí, pero yo soy un hombre. Sam era el tipo de
persona que no podía apartar la mirada de la tele si le gustaba lo que veía y
ahora estaba encantada.
No recuerdo mucho de lo que vi, pasé más tiempo mirando a Sam que a
la tele. Me levanté para llevar la bandeja a la cocina y ni se dio cuenta, metí
los platos en el lavaplatos e hice una bolsa de palomitas.
Sam murmuró un gracias y empezó a comer. Creo que no sabía que
había comido tanto, una porción bastante grande de lasaña y ahora las
palomitas. Solo reaccionó cuando escuchó a Liv llorar.
—Si quieres puedo ir yo —me ofrecí.
Ella pareció dudarlo un momento, pero al final sacudió la cabeza. Se fue
arriba y yo esperé. La vi de nuevo en la cámara del monitor de bebé, se
sentó en la cama con Liv y bajó el tirante de su camiseta.
Cerré los ojos.
No soy un pervertido.
Le di la vuelta al monitor para no verlo y esperé, pero parecía que me
estaba llamando así que me levanté y caminé hasta las puertas francesas que
daban al jardín. Las abrí y salí a respirar, dentro parecía que no había
suficiente aire.
Amigos, ¡mierda!
Será lo más difícil que hice en mi vida. Necesitaba toda mi fuerza para
no abrazarla, besarla y prometerle que nada, nada volverá a hacerle daño.
Sam no volvió. Pasó media hora y luego una hora. Preocupado miré el
monitor y la vi durmiendo. Recogí las botellas, las palomitas y las llevé a la
cocina. Verifiqué las puertas y las ventanas de la planta baja, le dejé una
nota en la cocina y me fui. Cerré la puerta con la llave que había cogido de
un cajón de la cocina y entré en mi casa.
El lunes fui a la comisaría y respondí a un par de avisos. Peleas de
adolescentes, un robo en la cocina de la cafetería de Maeve. Como alguien
podía ser tan idiota y robar en la cafetería de la familia del sheriff de pueblo
era algo que no podía comprender.
No vi a Sam.
El martes más de lo mismo. Una señora mayor se quedó encerrada fuera
de su casa y necesitó ayuda. Encontramos al ladrón de la cafetería, un
hombre de un pueblo cercano que buscaba algo fácil para robar y vender.
De nuevo tuve dudas sobre qué mierda podías vender de la cocina, ¿el
horno o los cubiertos?
Pero de nuevo la mente humana no dejaba de sorprenderme.
No vi a Sam.
El miércoles tuve el día libre.
La vi salir por la mañana. Iba con prisa y ni siquiera me vio en el porche.
Pasaron días, semanas sin hablar con ella.
Las cosas en el pueblo se complicaron, Ayala tuvo problemas. La
secuestraron, a ella y a su hermana pequeña y al rescatarlas encontraron una
red de tráfico de niños. Tuve la oportunidad de conocer a Ava, una mujer
con recursos desconocidos, muchos y desconocidos.
Pero, de nuevo, yo era bueno en mi trabajo y podía leer a la gente y Ava
era mucho más que un guardaespaldas. Ella sabía que yo lo sabía, me sonrió
y me guiñó el ojo.
—Tú deja de preocuparte por mí y cuida a Sam, ella lo necesita más —
había dicho un día que vino a ver a Linc.
Sí, quería paz y tranquilidad, quería un lugar donde pensar y no tener
que escuchar consejos sobre que debería hacer con mi vida. Pero la suerte
no estaba de mi lado. Tenía a los que pensaban que sabían mejor y a la
mujer que atormentaba mis días y noches al lado de mi casa.
Más de una vez me encontré buscando excusas para ir a verla.
¿Quieres ver una película?
Patético.
¿Necesitas algo del supermercado?
Igualmente.
¿Me puedes prestar un poco de café?
Doblemente patético.
Jason se unió a los bienintencionados consejeros y estuve a punto de
darle una paliza y eso que no soy de saltar tan rápido. Él solo dijo que
debería invitarla a salir, que seguramente le vendría bien salir a cenar en
algún sitio nuevo y bonito, que a mí me conoce y le haría un favor al pueblo
si consigo borrar la tristeza del rostro de la doctora.
¡Maldito pueblo entrometido!
Capítulo 8

Amigos.
Sí, claro. Amigos y su madre.
Los amigos se llaman para charlar. Los amigos aún más si son vecinos
pasan a decir hola o para pedir un poco de café.
Los amigos te invitan a dar un paseo o se apuntan si vas tú a dar uno.
Los amigos no se olvidan de ti.
Los amigos no se van en medio de la noche sin avisar.
Dejó una nota.
He visto que te habías quedado dormida y no quise despertarte. Me llevé
la llave para cerrar la puerta. Ian.
Ni un me lo pasé bien, ni un hay que repetirlo.
Esperé.
Un día. Dos. Tres.
Justo cuando había decidido intentarlo él desaparece. Quería ver cómo
nos iba como amigos y luego pasar a algo más. Me sentía segura a su lado,
tan segura que esa noche cuando me quedé dormida sabiendo que él estaba
abajo dormí hasta la madrugada. Sin despertarme, sin pesadillas.
Maldito hombre por hacerme desear algo y quitármelo sin mirar atrás.
—¿Apostamos a que el maldito hombre es el agente White? —preguntó
Olivia.
Era sábado, tenía el día libre y Olivia había organizado una fiesta solo
para nosotras cuatro. Greta estaba arriba con Liv y el pobre Colin había sido
echado de su propia casa.
—Es una fiesta solo para mujeres —había dicho Olivia antes de
empujarlo por la puerta.
Colin había puesto los ojos en blanco.
—Si os metéis en problemas con la justicia no voy a pagar la fianza —
había gritado él yendo hacia su coche.
Liz dijo que ella tenía dinero para todas.
Así que había comida, postre y vino para Liz y Sarah, zumo para Olivia
y yo. Y cotilleo. Les conté lo que había pasado con Ayala y se quedaron
sorprendidas, luego me pidieron abandonar el pueblo. No estaba seguro
para una madre soltera según ellas.
Por lo visto ahora llegamos al otro tema interesante. Ian White.
—Es un idiota —espeté.
—A mí me pareció un buen hombre, atractivo, con una buena familia.
¿Qué más puedes pedir? —preguntó Olivia.
—¿Qué me llamé?
—Cuenta desde el principio que yo me perdí —pidió Sarah.
—Me ayudó cuando se fue la luz, casi me obligó a quedarme en su casa
a dormir. Luego apareció en mi puerta con comida y lo invité a cenar.
Vimos esa serie con el duque juntos y se fue sin despedirse.
—¿Cómo que se fue sin despedirse? —preguntó Liz.
—¿Se levantó y se fue? —inquirió Olivia.
—No, fui a amamantar a Liv y me quedé dormida. Por la mañana
encontré una nota en la cocina.
—Vale, vuelve que me has perdido de nuevo —dijo Sarah —. Tú subes a
atender a Liv, te quedas dormida y él se va. Ahora estás enfadada que se fue
sin despedirse. ¿Qué querías que hiciese? ¿Subir a tu dormitorio y decir que
se iba?
Ahora que lo pienso tiene razón, seguro que me hubiera asustado al
encontrármelo en mi dormitorio.
—No es solo eso —me defendí—. Dijo que quería ser mi amigo y han
pasado semanas sin dar una señal de vida.
—Aja —exclamó Olivia.
—¿Aja qué?
—Nada —respondió ella escondiendo su sonrisa con el vaso de zumo.
—Lo que Olivia quiere decir, y no tiene las agallas, es que lo tienes mal,
chica —intervino Sarah—. Te gusta Ian y estás dolida por su falta de
interés.
Quise negar, pero tenía razón.
Necesitaba su amistada para poder seguir con el plan. Lo necesitaba para
volver a ser la misma de antes. Bueno, no la de antes. Quería ser mejor,
quería ser una mujer normal capaz de salir a cenar con un hombre, de darle
una oportunidad a una relación, de pensar en pasar el resto de mi vida con
un hombre.
¿Cuándo pasó eso?
¿Cuándo empecé a desear lo que me prometí que no desearía nunca
cuando murieron mis padres?
—Sam, eso es bueno. Es el tiempo de recuperar tu vida —dijo Liz.
—Sí, Sam, es el tiempo y tienes suerte. Ian White parece un buen
hombre —añadió Olivia.
Miré a Sarah, esperando su veredicto.
—No hagas nada, si están destinados a estar juntos, sucederá. No lo
pienses, déjalo suceder.
Asentí sabiendo que tomaré su consejo. Era una cobarde, aterrada por el
miedo y por la posibilidad de un rechazo.
—¿Alguien más tiene problemas? —preguntó Liz y viendo que nadie
respondió, continuó—. Entonces vamos a por Liv, me muero por darle dos
besos.
Pasé el sábado con ellas, una cosa llevó a otra, la comida se convirtió en
cena y antes de darme cuenta ya se había oscurecido. Olivia insistió en que
debía quedarme a dormir, Colin insistió también y al final me quedé.
El domingo por la mañana tomé un café y antes de las nueve me marché
de la casa de Olivia. Ellos tenían un compromiso y aunque me dijeron que
podía quedarme no me apetecía.
Conduje y como nunca Liv se quedó dormida, por eso cuando noté
enseguida que algo no estaba bien con el coche me detuve en el arcén y
bajé. No tuve que buscar mucho, la rueda delantera estaba pinchada.
No sabía si tenía otra de recambio, pero si la tuviese no sabía cambiarla.
Vi un coche detenerse justo antes de entrar en pánico, que estaba a punto de
hacerlo, ¿para qué mentir?
Un todoterreno negro, familiar.
El destino era muy retorcido.
Del coche bajó Ian.
—¡Buenos días! ¿Problemas?
—No, solo me gusta parar en el arcén y admirar el paisaje —espeté.
—¿No es un poco pronto para tanto malhumor, Sam? —preguntó él
acercándose y mirando la rueda.
—Lo siento, no debería...
—No te preocupes, si te hace sentir mejor incluso puedes gritarme —
dijo Ian.
—No hace falta, pero gracias.
—¿Tienes rueda de repuesto?
Me encogí de hombros y Ian fue a abrir el maletero, y adivina qué... no
tenía. Según Ian todos los coches se vendían con una rueda de repuesto,
Ahora tenía sentido el descuento que me hizo en vendedor. Miré el coche
con los ojos entrecerrados preguntándome qué más se le habría olvidado
poner en el coche.
¿Y sí le faltaba algo importante y tenía un accidente con Liv en el coche?
—Sam, está bien —dijo Ian, viéndome temblar—. Llamaremos a la grúa.
—No es suficiente, no vuelvo a subir al coche si no lo verifican antes.
No puedo estar segura de que ese hombre no me vendió un coche malo, ¿y
si tiene los frenos en mal estado?
—¿Qué hombre?
Le conté sobre la compra del coche y tuve la oportunidad de ver otra de
sus expresiones. Furia, pero fuera de los límites. Por mí.
Ahí al lado de la carretera con los coches pasando a gran velocidad miré
a sus ojos y sin saberlo lo dejé ver lo que deseaba. A él. A sus brazos
alrededor. A su furia, su fuerza y su protección. No hizo falta pronunciar las
palabras, él lo vio en mis ojos.
Levantó la mano y la acercó a mi mejilla, pero no me tocó. Se quedó a
milímetros de mi piel, sentía su calor, deseaba su toque. Un toque que
nunca llegó.
—Vamos a cambiar a Liv a mi coche, no es seguro aquí —dijo y fue al
otro lado del coche.
Llevamos las cosas del maletero, la silla de Liv que Ian tardó menos de
un minuto en instalar y milagro de los milagros Liv no se despertó. Me subí
en el asiento trasero ya que no sabía cuándo iba a despertarse y no quería
que se asustara.
Ian llamó a la grúa y le dio la dirección de un taller, luego condujo
dejando mi coche en el arcén.
—¿Te importa si paso para saludar a mi padre antes de ir al pueblo? —
preguntó él.
—Claro que no.
Solo cinco minutos después aparcó el coche delante de una cafetería
muy concurrida y mi estomago decidió que era un buen momento para
anunciarle al mundo entero que necesitaba comida.
Ian se giró y me miró sonriendo.
—Tienen las mejores tortitas del mundo —dijo.
—¿No tienes que ver a tu padre? —pregunté.
—Está dentro esperándome para desayunar.
—No creo...
—Vale, sin problemas. Voy a decirle hola y vuelvo en dos minutos —me
interrumpió.
—¡Ian! —espeté.
Estaba a punto de salir de coche cuando le grité y se giró de nuevo.
Expresión nueva, incredulidad.
—Iba a decir que creo que no es buena idea, pero de todas las maneras
estoy demasiado hambrienta para que me importe lo que piense tu padre.
—Muy bien.
Muy bien.
Me giré hacia Liv y vi que estaba despierta y mirándome curiosa, su
expresión parecida a la de Ian.
—Sí, Liv, mamá se ha vuelto loca —dije justo cuando Ian abría la puerta
en el lado de Liv.
La sacó de su silla hablándole en voz baja mientras yo bajaba y cogía la
bolsa de Liv. Al llegar a su lado tuvo lugar un momento embarazoso, muy
embarazoso por mí. Ian alargó la mano para coger el bolso y al mismo
tiempo dejaba a Liv en mis brazos. Y cuando haces dos cosas al mismo
tiempo no es inusual que pasen cosas que no deberían, su mano tocó mi
pecho.
Eso es nada, vas a decir, solo un toque accidental. Sí, claro, pero díselo a
mi cuerpo que reaccionó visiblemente. Ian vio mi reacción, vio el rubor en
mis mejillas. ¿Sabes que hizo? Nada.
Pero hubiera preferido algo, lo que sea. Una disculpa, otro toque... ¿qué
estoy diciendo? Será verdad que me estoy volviendo loca.
Luego se dirigió hacia la entrada de la cafetería, medio metro después de
dio cuenta de que no lo seguía, se detuvo y me miró con una ceja arqueada.
¡Dios! Era tan guapo, lo he dicho, ¿no? Pero ahí con el sol brillando, con
sus ojos intensos y la esquina de su boca esbozando una media sonrisa era
un dios.
Y yo la pobre mortal que se iba a enamorar.
La parte mala es que las historias de amor entre dioses y mortales nunca
terminan bien, el dios sique con su vida mientras que el mortal muere por
amor. Lo que me gustaría saber es cómo diablos se muere alguien por un
corazón roto.
—¿Sam?
Suspiré dejando las preguntas para otro momento y caminé hasta Ian.
Abrió la puerta y entramos juntos en la cafetería. Había ruido, pero no tanto
como para molestar a Liv, a ella no le gustaba para nada.
—Ahí están —dijo Ian.
Miré hacia donde miraba él y vi a Gareth con una mujer sentados a una
mesa en medio de la cafetería. Ella tenía los ojos de Gareth y el parecido
con Ian era increíble, era su versión femenina. La sonrisa pícara, el brillo de
los ojos.
—Sam, que sorpresa —dijo Gareth poniéndose de pie—. Por fin puedo
conocer a la pequeña Olivia, ¿puedo?
Ese puedo era para Liv. ¿Qué le pasa a la gente que quiere coger en
brazos a los bebés?
—Sam, mi abuela le pasó a mi padre los genes de los bebés. Está como
loco y eso que tiene dos en casa —dijo Ian.
Al final, dejé a Liv en los brazos de Gareth mientras Ian me presentaba a
su hermana, Rachel. Nos sentamos y la camarera llegó enseguida, estaba
tan hambrienta que pedí huevos, tostadas y tortitas.
—Sam, ¿y cómo es que conoces a mi padre y a mi hermano? —preguntó
Rachel.
—¡Rachel! —exclamó Ian.
—¿Qué? Apareces en el desayuno con una mujer y, ¿piensas que me voy
a quedar callada?
—Sí, ya sabemos que pasó con Lidia, ¿no, Rachel? —dijo Ian.
No estaba incomoda, estaba a punto de levantarme e irme, pero Gareth
intervino.
—Sam es mi clienta y la mujer que ayudó a Ian a encontrar a tu hermana
cuando la secuestraron. ¿Necesitas saber algo más?
Rachel quiso preguntar, pero una mirada de Ian la hizo cerrar la boca.
—¿Tu hermana? —pregunté a Ian.
Nos conocimos en el hospital cuando vino a preguntar si había visto a
quién se había llevado a una bebé. Por suerte lo había hecho.
—Sí, mi hermana pequeña era el bebé que secuestraron del hospital —
explicó Ian.
Luego me contó que Gareth se había casado con Lidia y tenían dos hijos,
niño y niña. A la niña se la habían llevado del hospital y Ian fue a buscarla.
Mientras tanto llegó la camarera con el pedido y comí menos de lo que
había pedido. Menos significa una tortita, eso es lo que comí.
Mi apetito había desaparecido debido a la actitud de Rachel. Ella me
odiaba y no entendía por qué. De repente sentí una tensión proveniente de
Ian y lo vi mirar fijamente a Rachel, era como si se entendían sin palabras,
solo con mirarse.
—Disculpa a mis hijos, abusan de esa conexión que tienen como
mellizos para tener conversaciones —dijo Gareth—. Solo me queda esperar
que los otros no la han heredado.
—¿Qué dices, papá? Si te encanta —dijo Rachel.
—Me encanta, sí. Me gusta ver que mis hijos se llevan tan bien, pero
siempre nos hizo sentir como si no fuéramos bastante buenos para
compartir vuestros secretos.
—Pero yo siempre te lo he contado todo —se quejó Rachel.
Ian se echó a reír y recibió una mala mirada de su hermana. Sin darme
cuenta empecé a comer y seguí la conversación de Ian con su familia. Que
Rachel llevaba años con su novio y no se lo dijo a su padre. Que ella
guardaba un secreto sobre su madre. Que si no sé qué de Lidia. Que si el
trabajo. Que si la casa.
Ian atrapó mi mirada y me guiñó el ojo.
Liv estaba contenta en los brazos de Gareth.
Estaba relajada, sentada al lado de Ian, tan cerca que lo rozaba cada vez
que levantaba la taza de café a la boca. Al otro lado de la mesa Gareth, un
hombre que me inspiró confianza y seguridad desde el primer momento.
Rachel, que una vez que dejó de verme como al enemigo, se convirtió en
una mujer amable y divertida.
Gracias a ellos podía sentarme en una cafetería rodeada de extraños,
mujeres y hombres, y no tener un ataque de pánico. Por lo visto la terapeuta
tenía razón, el tiempo lo cura todo.
—¿Vienes a comer a casa de papá? —preguntó Rachel a Ian cuando nos
estábamos preparando para irnos.
—No, tengo que llevar a Sam y Liv a casa.
—Por mí no te preocupes, Ian. Puedo llamar a Liz o Sarah...
—No, yo te llevo —insistió Ian.
—Es muy cabezota —intervino Rachel.
Salimos de la cafetería, Rachel y Gareth delante de nosotros, Liv en
brazos de él. Gareth no la había soltado ni un momento y era extraño para
Liv estar tanto tiempo con una persona que no conocía.
Ian estaba caminando a mi lado y puse la mano sobre su brazo para
detenerlo.
—No tienes que cambiar tus planes para mí —le dije.
—Sam, puedo comer con mi familia cualquier día. No hay problema.
Ahora importante es llevarte a casa.
—Sí, para hacer la colada y limpiar los baños —me quejé.
Ian se acercó, puso un dedo debajo de mi barbilla e inclinó mi cabeza.
—Samantha Garrett, ¿me harás el honor de pasar el día conmigo y con
mi familia?
Asentí perdida en la intensidad de sus ojos. Nos miramos hasta que
Rachel silbó y gritó que su padre estaba pensando en llevarse a Liv a su
casa. Ella ya se estaba poniendo nerviosa, era la hora de su toma. Yo estaba
de la misma manera sin saber cuánto tardaríamos en llegar a casa de Gareth,
Liv no tenía mucha paciencia cuando se trataba de comer.
Ella quería su leche y lo quería ya.
Gareth me la devolvió y ella enseguida empezó a buscar mi pecho.
Caminé hasta el coche con la cabeza baja, tenía las mejillas sonrojadas por
la vergüenza. Lo sé, amamantar es lo más normal del mundo, pero para mí
no lo era.
No podía hacerlo cuando había alguien cerca, no podía hablar de ello sin
sonrojarme.
Subí al coche de Ian e ignoré su mirada interrogante. Pero me estaba
preocupando para nada, porque en lugar de cerrar mi puerta Ian dijo mi
nombre. Lo miré, aunque no quería.
—¿Te importa si voy a la tienda de la esquina a comprarle flores a Lidia?
No tardaré mucho —dijo él.
—No hay problema —murmuré.
En cuanto él cerró la puerta abrí los botones de mi vestido y bajé la copa
del sujetador, Liv se enganchó enseguida y empezó a succionar. La pobre,
estaba muy hambrienta.
Me daba vergüenza, lo reconozco, pero era lo mejor para ella. Hanna y
Ayala se dieron cuenta de que no estaba cómoda con ellas en la habitación
cuando le daba el pecho a Liv y se iban poniendo excusas tontas cuando no
tenían por qué.
Con Olivia me sentía a salvo, con Liz y Sarah igual. Podía estar en la
misma habitación, amamantando a Liv y hablar sobre tonterías.
Ya.
Y yo quería ver a donde me llevaba esto con Ian. Si ni siquiera podía
destapar mi pecho para que mi hija comiera, ¿cómo mierda iba a dejarlo
tocarme, verme desnuda?
Liv se quedó dormida y la sostuve hasta que llegó Ian que por lo visto
tiene un radar y sabe exactamente cuando tiene que volver. Subió al coche y
dejó un ramo inmenso en el asiento, luego se giró y me entregó un ramo de
tulipanes blancos.
Miré el pequeño ramo, las flores delicadas pensando que mis flores
favoritas eran los lirios. Pero ya no, desde este día serán los tulipanes
blancos.
—Gracias, son preciosas.
Él me miró, luego miró a Liv y bajó del coche. Abrió mi puerta y se
agachó.
—Voy a besarte, Sam —declaró.
Inclinó la cabeza despacio, justo cómo lo había hecho ese día en el
hospital y luego tocó mis labios. Los suyos eran duros y fríos, sabían a café
y a Ian. ¿Cómo podía reconocer su sabor después de un solo beso?
Me besó despacio, sus labios convenciendo a mi boca a abrirse y dejar
entrar a su lengua. El beso se calentó todo lo que se podía calentar en el
coche, él fuera y yo dentro. Pero fue el mejor beso de mi vida, caliente,
intenso y eso que solo se tocaban nuestros labios.
Me imaginé que sentiría cuando dejaría sus manos tocarme, acariciarme,
y gemí. Ian separó nuestras bocas y pude ver que respiraba con dificultad.
—Abróchate el cinturón —dijo antes de cerrar la puerta.
Ian me besó.
Fue bueno, muy bueno y no solo porque el hombre sabía besar. Mi
corazón no se sobresaltó con miedo, mi respiración no se alteró con terror,
lo hizo por otras razones, pero era bueno.
Me estaba curando.
Mi cuerpo.
Mi mente.
El futuro ya no parecía tan negro.
Capítulo 9

El destino es muy traicionero, tanto que si fuera una persona de verdad


yo misma lo mataría. Tomaría el arma de Ian o de Linc y le dispararía entre
los ojos. Luego le quemaría vivo o no ya que estaba muerto.
En fin, ya me entiendes.
El destino es muy caprichoso, te da esperanza, te deja vislumbrar el
futuro y te lo pinta de color rosa. Claro que te ilusionas, ¿quién no lo haría?
Yo después de lo que sucedió me agarré con fuerza a esa luz de esperanza.
Me agarré con fuerza a él. A Ian. A la promesa de un futuro con él. Y
luego todo se va a la mierda. Mis esperanzas destrozadas, mis sueños rotos,
el poco avance que había hecho en mi curación, en mi camino hacia una
vida normal y feliz desparecido.
Pero me estoy adelantando.
Han pasado tres semanas desde el día que se pinchó mi rueda y Ian vino
a mi rescate. Conocí a su hermana, fuimos a comer a casa de Gareth donde
me presentó a Lidia.
Ella era una mujer hermosa, rubia y encantadora. Me recibió en su casa
con alegría, me dejó acostar a Liv en una de las cunas de sus hijos. E
intentó esconder el hecho de que lo sabía. No ocultaba lo que me había
pasado, pero tampoco quería hablar de ello.
Al principio ella no sabía cómo comportarse, intentaba darme mi
espacio, hablaba en voz baja cómo si fuese una niña asustada que
necesitaba protección y cariño.
Sus hijos eran unos bebés preciosos igual que los padres. Erick, el
marido de Rachel, un hombre guapo de sonrisa fácil. Y luego estaban Nora
y Dean que se unieron a la comida al último momento. Deberías haber visto
la sonrisa de Nora, parecía el gato que se había comido el ratón.
Pero fue divertido, pude ver a Ian interaccionar con su familia, pude
relajarme. Bueno, todo lo que se podía relajarse una mujer cuando el
hombre que la había besado en el coche la miraba con deseo. Y no era fácil
resistir a la tentación de llevarlo a la primera habitación libre y pedirle otro
beso.
Pero como dije, conseguí aguantar las ganas de hacerlo y no solo porque
estaba en casa de mi abogado que también era el padre del hombre que
quería besar, también tenía miedo.
No era tan fácil pedirle un beso o acercarme a él, no. El miedo seguía, no
había desaparecido por arte de magia ni había sido borrado por un beso.
Luego había otra cosa que me molestaba y era que Ian mantenía la
distancia conmigo. He visto como Gareth acariciaba a Lidia cuando estaban
cerca, un toque en la mano o en la espalda, un beso en la comisura de la
boca o en la mejilla. He visto también a Erick, pero él era más audaz y
besaba a Rachel en la boca sin importarle que la familia de ella estaba
cerca.
Y cuando Dean, silbando una canción sacó a bailar a Nora supe que algo
no estaba del todo bien. Ian se mantenía alejado, ni un toque ni una caricia.
Ni un maldito dedo tocando mi mano a escondidas.
No lo sé, será que una vez tomé la decisión de ir hacia adelante con lo
que sea que había entre nosotros quería ver algo de avances.
Espera, sí que me tocó y fue cuando me acercó la cesta del pan. Muy
romántico, ¿no?
Pero, lo perdoné y lo hice en el momento en que lo vi por primera vez
sosteniendo a Liv. Había tanto cuidado y cariño en la manera de sujetarla
que nada más importó.
Poco a poco me relajé y pude no solo seguir las conversaciones, también
pude participar. Era imposible no sentirte bien al lado de esta familia.
Ah, y las flores. Lo que al principio me pareció un ramo enorme eran
tres más pequeños. Para Lidia, Rachel y Nora. El mío venía en un pequeño
jarrón de cristal con agua y lo había dejado en el coche lo que fue causa de
regaño para Ian, recibió tres miradas malas de las mujeres, una sacudida de
cabeza de Gareth y un idiota de Dean.
Ian se limitó a encogerse de hombros lo que me pareció extraño, no
entendía por qué los dejaba creer que había sido tan insensible de regalar
flores a todas excepto a mí.
Por la tarde cuando llegué a casa llevé el ramo con su jarrón a mi
dormitorio y se quedó ahí incluso después de secarse. Tiré el agua y dejé las
flores marchitas en el jarrón para secarse bien. Esos tulipanes nunca
acabarán en la basura.
En el camino de vuelta a casa Liv se quedó dormida y yo también, me
despertó Ian cuando aparcó delante de su casa. Me ayudó a llevar las cosas
dentro y se ofreció a ayudarme con el baño de Liv. Lo rechacé, pero lo
invité a tomar algo después y a ver una película. Lo rechazó él.
—Estarás cansada, ¿por qué no lo dejamos para mañana? —había dicho
Ian.
—No lo estoy —murmuré.
—Mentir parece que no me funciona, vamos a ver que tal me va con la
verdad —dijo Ian acercándose, puso su dedo debajo de mi barbilla e inclinó
mi cabeza—. Quiero besarte, abrazarte, acariciarte. Quiero hacerte el amor,
Sam, y sé que no es el momento.
—¿Y mañana lo será? —pregunté sin aliento.
—No, pero tendré más control.
Lo dudaba, pero asentí.
Ian me besó, una repetición del beso del coche, y luego se fue. Esa noche
me quedé dormida sonriendo.
El lunes a las once de la mañana estaba cansada, nerviosa y preparada
para enviar al infierno a los hombres que se quedaron con la mentalidad de
cuando vivían en cuevas. Había tenido dos pacientes, recién empezada la
mañana, dos hermanos de setenta y cuatro años con varios problemas de
salud que rechazaron ser atendidos por una mujer.
Normalmente no tengo problemas en enviarlos al más próximo hospital,
pero Elder, el mayor, tenía la tensión muy alta y necesitaba cuidados
inmediatos. El hermano, que por lo visto fue educado de la misma manera,
no ayudó gritando y llamando al anterior doctor.
Menos mal que Gina los conocía y los amenazó con llamar al sheriff, eso
los calmó. Con la ayuda de Ayala administré el tratamiento a Elder y los
envié al hospital por su chequeo.
Luego llegó una madre con su pequeño de siete años que no quería
comer sus verduras y que según ella estaba demasiado pálido. Ni la madre
ni el niño sabían comportarse en la consulta de un médico. Ella no paraba
de decirme qué tratamiento debería recetarle al niño y el pequeño no paraba
de abrir cajones y tocar el instrumental. Al final los envié a casa con una
dieta estricta que incluía muchas verduras y nada de azúcar.
Y así llegué a las once con ganas de matar a alguien.
Y apareció él.
—He oído que necesitas una pausa —dijo Ian, sosteniendo una bolsa de
la cafetería de Maeve.
—Necesito algo más que eso.
—Café y muffin de calabaza con chocolate, ¿te ayuda? —preguntó
dejando la bolsa sobre mi escritorio.
Asentí, pero no cogí la bolsa. Estaba demasiado ocupada admirándolo en
su uniforme de ayudante de sheriff. Nunca me di cuenta de que me gustaban
los hombres en uniforme ¿o será solo porque es Ian?
Lo escuché reír por lo bajo y lo miré, atrapó mi mirada y me sonrió.
—Café —me recordó él.
—Café —asentí cogiendo la bolsa. Solo había un café y un muffin—.
¿No me acompañas?
—No puedo, estamos ocupados hoy.
—¿De verdad? Y me dijeron que Lake Spring era todo paz y
tranquilidad —murmuré.
—Es lo mismo que me dijeron a mí.
—Y yo sigo esperando encontrarme con un vampiro o un zombi por la
calle —dije, y él se echó a reír.
—Tengo que volver —dijo, pero no hizo ni un gesto para irse.
Se quedó delante de mí escritorio, esperando o pensando, no lo sabía.
Pero sabía que quería yo y después de la mañana que había tenido decidí ser
valiente. Me levanté, rodeé el escritorio y me detuve delante de él. Había
poco espacio entre el escritorio y Ian, pero, de todos modos, logré colarme
y terminé atrapada con solo unos centímetros separándome de su cuerpo.
Sin apartar la mirada de sus ojos me puse de puntillas, apoyé las manos
en sus hombros y acerqué mi boca a la suya. No lo hice despacio, lo hice
rápido antes de tener la oportunidad de sucumbir al miedo. Presioné mi
boca sobre la suya, toqué sus labios con los míos, con mi lengua hasta que
abrió y me dejó entrar. Me dejó besarlo, despacio, no duro como me
apetecía. Y cuando presioné mi cuerpo contra el suyo, me agarró
lentamente, pero lo hizo. Puso una mano en mi espalda baja y me abrazó
con fuerza. La otro fue a la parte de atrás de mi cabeza en mi cabello, su
toque más suave que el de mi espalda.
Y amé cada uno de sus toques, me hizo sentir viva, me hizo desear más.
Levanté las manos a su cabeza y agarré su cabello, era grueso y suave, se
sentía genial en mis dedos incluso si mi intención no era esa. Quería
acercarlo más, quería que el beso fuera más profundo.
Gemí, creo que fui yo, y él se hizo cargo del beso. Era más caliente, más
duro, más intenso, más todo. Mejor, mejor, miles de veces mejor que
cualquier otro beso que había recibido en mi vida.
Gemí queriendo más y me apreté aún más contra él. Lo sentí duro, todo
era duro. Su pecho, su abdomen, todo él.
Gemí una vez más y él rompió el beso, presionó sus labios en mi frente y
maldijo.
Su respiración era irregular, la mía también.
Me sentía bien en sus brazos, a salvo.
Me sentía... no había manera de escribir cómo me sentía, pero era bueno.
—Debería irme —susurró Ian.
—Sí, deberías —dije, pero no me alejé. Él tampoco lo hizo.
Nos quedamos ahí abrazados hasta que sonó el teléfono de él. Respondió
sin soltarme y pude escuchar a Linc pidiéndole que vaya a la escuela, algo
de un robo de material didáctico.
—¿Material didáctico? —pregunté riendo.
—Por lo visto es la mercancía más buscada en este pueblo —bromeó
Ian.
—Ve —dije.
—Me voy, toma tu café y descansa.
Bajó la cabeza para besarme y fue muy difícil no agarrarme de nuevo a
él. Pero lo conseguí y cuando se fue vi en su mirada que él sentía lo mismo.
Cinco minutos después sentada a mi escritorio disfrutaba del café
tranquila y llegó Ayala. Ella sonreía y consiguió mejorar mi humor incluso
más, me sentía en el séptimo cielo. Se sentó en la silla y miró mi muffin.
—¿No vas a compartir con tu enfermera? —preguntó ella.
Me caí del cielo. Fuerte, de vuelta al infierno donde la comida llegaba
por un hueco en el techo, donde había que racionar el agua y cada bocado.
Donde reinaba la oscuridad, el silencio y el terror.
Donde...
—Sam, vuelve —susurró Ayala.
La miré, pero no la estaba viendo. Había otra mujer en su lugar, Liz o
Sarah, mirándome con lágrimas en los ojos. Y el hombre, me estaba
lastimando...
—¡Samantha! —gritó Ayala, la miré con ojos nublados por las lágrimas
—. Ya pasó, estás a salvo. Ya pasó, estás a salvo.
Ella lo repitió, yo también lo hice hasta que los malos recuerdos
desparecieron. Temblando tomé la taza de café y bebí.
El café que me compró Ian.
El hombre que me besó. Que me hizo olvidar. Que me hizo disfrutar en
sus brazos.
—Tan bueno, ¿eh? —preguntó Ayala.
La miré con los ojos entrecerrados.
—Ese don tuyo es tan extraño —le dije, recordando todos los momentos
en que ella me dejó ver lo que podía hacer. A veces sabía si un paciente
estaba mal antes de consultarlo, otras veces me miraba cómo si supiese qué
estaba pasando por mi cabeza y casi siempre era cuando tenía un ataque de
ansiedad.
—Lo sé, es una maldición.
Sabía algo de eso, pero decidí no compartirlo con ella. En cambio,
compartí el muffin y pasamos un rato charlando sobre los habitantes del
pueblo. Las dos habíamos llegado recientemente y todavía nos sorprendían
muchas cosas.
La jornada laboral terminó de la misma manera, con mucho lío. Esta vez
fue una paciente que llegó con su marido preocupado por los mareos de ella
y claro que lo primero que pregunté fue si estaba embarazada. Ella lo negó,
pero le pedí una muestra de orina. La prueba de embarazo dio positivo y
ella no reaccionó cómo yo pensaba.
Cogió el teléfono del escritorio y me lo tiró a la cabeza.
Pasó tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar y me golpeó en la
frente. Ni me di cuenta de que estaba sangrando hasta que Gina llegó
corriendo. En un segundo la consulta se convirtió en un manicomio.
La mujer gritando que había falsificado la prueba.
El marido reprochándole que le había engañado.
Gina intentando calmarlos.
Luego llegó Ayala con Linc, ella me hizo sentarme en la silla y curró mi
herida, él arrestó a la mujer a pesar de mis protestas.
Y, ¡Dios!, las noticias vuelan en este pueblo. Ayala ni siquiera había
conseguido poner los puntos sobre mi ceja cuando Ian entró en la consulta.
Parecía un vikingo, furia en sus ojos, deseo de matar a quién se había
atrevido a lastimarme y no dudé ni un momento que era capaz de hacerlo.
La tensión en la consulta aumentó y era imposible respirar. Ian parecía
un guerrero a punto de cometer una matanza, de vengar a su amada.
Incluso la mujer que me había agredido dejó de luchar contra Linc y este
consiguió ponerle las esposas.
—White, te necesito en la comisaría—dijo Linc, pero éste no le hizo
caso—. ¡White!
— Dejadnos solos —pedí sin apartar la mirada de Ian.
Ayala se levantó llevándose todo el instrumental que usó para tratar la
herida. Linc sacó a la mujer de la consulta y el marido los siguió
murmurando una disculpa. En cuanto Ayala cerró la puerta Ian caminó
hacia mí, se arrodilló delante y puso las manos sobre mis rodillas.
Y entre tanto drama me pregunté por qué no me había puesto un vestido
por la mañana, ahora podría haber sentido las manos de él sobre mi piel
desnuda.
—Mañana lo haré —susurré.
—¿Qué harás mañana?
—Ponerme un vestido —respondí.
Ian me miró ceñudo.
—¿Sabes qué día es hoy, Sam?
Me eché a reír, el pobre pensaba que había perdido la cabeza por el
golpe.
—El lunes, el día que me puse jeans para venir a trabajar. El día que una
mujer loca me tiró un teléfono a la cabeza. El lunes cuando lo único que
quiero es sentir tus manos sobre mi piel.
Por la mirada de Ian entendí que él seguía pensando que algo no
funcionaba bien en mi cabeza, pero aun así sentí sus manos subir por mis
muslos.
Despacio, suavemente. Subir hasta mi abdomen y echar a un lado mi
bata. Despacio, suavemente. Ian metió las manos debajo de mi camisa y
tocó mi abdomen.
Cerré los ojos al sentir su toque, su calor.
—¿Así? —murmuró él.
—Ahora sería el momento perfecto para decirme que eres un vampiro y
que me vas a llevar en una abrir y cerrar de ojos a tu guarida —dije.
—¿Y qué te haría una vez ahí? —preguntó Ian sin dejar de acariciarme.
—No sé, ¿chupar mi sangre? —bromeé.
—No —dijo él, se acercó y empezó a besar mi mejilla, besos cortos y
suaves—. Si voy a chupar algo no será tu sangre. Será tu lengua, tus labios,
tus pezones y tu clítoris. Y luego…
Luego nada, no lo dejé continuar. Lo agarré por el cuello y lo besé,
estaba tan caliente, tan necesitada que no pensé.
Me abalancé sobre él con toda mi fuerza, besándolo, acercándolo. Lo
que conseguí fue empujarlo hacia atrás hasta que los dos caímos al suelo.
—¡Joder! —maldijo Ian.
Su expresión era igual a como me sentía yo, caliente y desesperada. Nos
besamos, froté mis pechos doloridos contra su pecho, mi centro contra su
entrepierna.
—Tócame —pedí.
Y justo cuando Ian llevó su mano hacia mi pecho escuchamos a Linc en
la puerta.
—¡White, ahora!
Nos separamos, mejor dicho, separamos nuestras bocas, el resto de
nuestros cuerpos seguían pegados deliciosamente.
—La próxima vez cerraré la puerta con llave —declaré.
—Linc es capaz de disparar solo para entrar.
—Entonces tendremos que hacer algo más definitivo, ¿no?
—Claro, como no meternos mano en la consulta durante el horario de
trabajo —dijo Ian.
—No, yo pensaba en echarle un somnífero en el café o arsénico.
—Ayala lo echaría de menos —dijo él levantándose. Al mismo tiempo
me levantó a mí como si no pesara más que un saco de patadas, y me sentó
en mi silla—. ¿Duele?
Él estaba mirando mi herida y me encogí de hombros.
—No, en este momento no.
—Bien, espérame que voy a volver para llevarte a casa —ordenó.
—Ian, es una herida de nada.
—Sam, es una herida en la cabeza. ¿De verdad quieres arriesgar tu vida
y la de Liv conduciendo a casa?
—Puedo caminar.
—Puedo llevarte.
—Puedo…
—Puedes decir gracias y esperarme, ¿vale?
Puse los ojos en blanco, recibí su beso y lo miré saliendo por la puerta.
Suspiré.
¡Vaya día!
Esperé, ¿qué otra cosa podía hacer? Linc volvió o nunca se fue, me tomó
la declaración y me ignoró cuando le dije que no quería poner una
denuncia.
Ian llegó solo dos minutos después de que Linc se fue, esperó mientras
recogía mis cosas y las de Liv, luego nos llevó a casa. Tuve que dejar el
coche de repuesto que me había prestado el taller enfrente del centro,
esperaba encontrarlo en el mismo sitio mañana por la mañana.
Sin más incidentes llegamos a casa donde se repitió la escena de anoche.
Ian me ayudó con Liv, pero cuando lo invité a quedarse me rechazó. De
nuevo.
—Ian, ¿me estoy perdiendo algo? —pregunté.
—No, Sam —dijo él haciendo de nuevo todo el gesto de inclinar mi
cabeza con su dedo, gesto que me encantaba—. Necesitas descansar y por
eso iré a mi casa a recoger algo de comida y volveré pronto. ¿Está bien?
—Más que bien —susurré.
—No bañes a Liv, ahora vengo a ayudarte —ordenó antes de salir por la
puerta.
¿Ayudarme con qué?
Subí a mi dormitorio, puse a Liv en su balancín con esa canción que no
iba a poder olvidar durante días y me quité la ropa. Siempre hacía lo mismo
al llegar de la consulta, era una costumbre que había cogido cuando
trabajaba en el hospital, ducharme nada más llegar a casa después del
trabajo.
Antes pasaba unos buenos minutos frotando bien cada centímetro de mi
cuerpo, cada pelo de mi cabeza, pero con Liv las cosas han cambiado y me
duchaba en dos minutos, tres si lavaba mi pelo. Hoy lo hice, olvidando que
tenía los puntos en la ceja y maldije al sentir el escozor.
Salí de la ducha y mientras me secaba me miré en el espejo. Estaba tan
delgada, solo había piel y huesos, nada de curvas, ni culo ni pechos. Era un
milagro poder amamantar a Liv con esos pechos tan pequeños.
¿Qué pasó con mi cuerpo? Ese que llamaba la atención cada vez que
entraba en una habitación y los pechos que me obligaban a usar sujetador,
aunque lo odiaba. Todo eso ya no existía, se había evaporado dejando atrás
un cuerpo demacrado.
—¿Sam?
Ian, ¿cómo había entrado en la casa?
No podía pensar en eso ahora mismo, lo importante era que él estaba al
otro lado de la puerta y yo estaba desnuda.
—Un momento —grité, y me puse el albornoz.
Fui a abrirle la puerta maldiciendo el tiempo que perdí mirándome en el
espejo.
—¡Hola! —dijo él.
—¡Hola!
Se había cambiado y ahora vestía jeans y camiseta, una que hacía difícil
apartar la mirada de su pecho, o de los músculos de sus brazos. Me daba
miedo mirar hacia abajo y ver mejor cómo se ajustaban los jeans a sus
piernas y a otra parte de su anatomía.
—Si quieres puedo llevarme a Liv a bajo y dejarte tranquila mientras
terminas de prepararte —se ofreció Ian.
Normalmente me ponía el camisón, bañaba a Liv, cenaba y a dormir,
pero hoy tenía que cambiar el plan y vestirme con algo más.
—Vale, solo tardaré unos minutos —acepté.
—No hay prisa, la comida tardará un poco en descongelarse —dijo Ian
entrando en la habitación—. ¡Hola, preciosa! ¿Vamos a dar un paseo? —le
preguntó a Liv. Ella no le respondió, siguió hechizada por el baile de los
animalitos del balancín.
—No es nada personal —le dije a Ian —. Ni siquiera a mí me hace caso
cuando está ahí, esos animalitos le encantan.
—Vaya, una mujer que no cae rendida a mis encantos. Tendré que
verificar si todo está en regla.
—Sí, hazlo —bromeé entrando en el cuarto de baño.
Lo escuché hablar con Liv mientras bajaban y sonreí. Todo estaba bien
con sus encantos, solo que Liv era demasiado pequeña para entender. Yo ya
había caído.
Me sequé el cabello y fui al vestidor a vestirme. Buscaba algo adecuado
para pasar la tarde en casa con un hombre atractivo cuando vi la bolsa con
el regalo de Liv. Lo había encontrado en la mesa de la cocina antes de irme
de su casa y no tuve tiempo de ver que contenía.
La abrí y encontré lencería. Sí, lencería. Tres conjuntos, rojo, negro y
blanco, cada uno más sexy que el otro. Encaje, satén, seda. Iba a matar a
Olivia, pero primero decidí probarlas. Me puse el blanco y me lo quité
enseguida, el blanco y la palidez es una mala combinación.
El rojo estaba bastante mejor y me lo dejé puesto, luego me puse un
vestido camisero y bajé antes de cambiar de opinión y volver a ponerme
mis bragas blancas de algodón y el sujetador de lactancia.
Ian estaba en la cocina preparando una ensalada mientras le contaba a
Liv algo sobre un perro sin dueño y por lo visto a ella le interesaba ya que
estaba escuchando y lo seguía con la mirada.
—No le metas ideas en la cabeza desde ahora, no me gustan los perros
—dije, inclinándome para besar a Liv.
Ian dejó de cortar los tomates y me miró sorprendido.
—¿No te gustan los perros?
—Cuando tenía tres años me mordió el chihuahua de una vecina y les he
cogido miedo desde entonces.
—¿Un chihuahua?
Ian intentaba no echarse a reír y por primera vez me di cuenta de que era
una tontería. Les tenía miedo a los perros por algo que hizo uno de ellos y
aquí estaba con Ian en mi cocina, preparada para dejarlo entrar en mi vida.
Estaba lista para dejar ir mi miedo hacia los hombres, Ian estaba aquí y no
tenía miedo. Si pudiera volver a confiar en un hombre, ¿por qué no en un
perro también? No todos los perros me morderán como tampoco todos los
hombres me lastimarán.
—Tienes razón, pero ten en cuenta que para un niño de tres años la
mordedura de un animal es muy traumática —dije.
Ian dejó lo que hacía y rodeó la isla.
—Sí, nena. Muy traumática, ¿Dónde te mordió? —preguntó y le mostré
la pequeña cicatriz en mi mano izquierda.
Ian levantó la mano a su boca y besó la cicatriz. Sentí su aliento sobre la
palma de mi mano y mis hormonas gritaron a por más. No había manera de
que él no lo supiera, tenía sus dedos justo donde podía sentir el latir de mi
pulso.
—Baño, cena —dijo él soltando mi mano.
—¿Qué?
—Vamos a bañar a Liv, a cenar, a hablar y luego ya veremos.
Eso sonaba interesante, no voy a negar que tenía algo de miedo, pero el
deseo era más fuerte. No podía esperar a acostar a Liv para explorar.
Ian me ayudó con el baño, aunque no se lo había pedido y tengo que
admitir que todo es mucho más fácil cuando hay dos personas. La hora del
baño no es siempre un momento relajante, es una marcha contrarreloj
porque nunca se sabe cuándo Liv empezará a llorar.
Pero con Ian ahí todo fue de maravilla, pude disfrutar de bañar a Liv, a
jugar con ella sin preocupaciones.
—Qué duermas bien, preciosa —le dijo Ian a Liv besando su frente—.
Voy a ver cómo va la cena, ¿vale?
Es perfecto, ¿no?
Me ayuda, sabe que necesito tiempo a solas con mi hija, baja a preparar
la cena. Bueno, a calentarla, pero ya lo entiendes.
Sí, no hay duda alguna.
Ian White es perfecto.
Lo que queda por ver es si juntos somos igual de perfectos, porque Dios
sabe que yo no lo soy. Tanto drama en mi vida, tanto miedo me ha
convertido en una mujer débil, asustadiza y sin confianza.
Solo espero que Ian sea tan perfecto y que tenga la paciencia suficiente
para esperarme. Esperarme.
Así que, en cuanto se durmió Liv bajé, encontré a Ian en la cocina
sacando la bandeja del horno. Lo miré preguntándome si Nora llevaba toda
la vida cocinando para él y aunque por un lado me parecía bien por otro no
tanto. Ian era un hombre adulto, no necesitaba a su abuela venir y cocinar
para él.
—Mi padre sabe cocinar, Rachel sabe y yo también —dijo Ian leyendo
mis pensamientos—. La abuela fue la que nos enseñó, pero al mismo
tiempo piensa que no lo haremos bien o que estamos tan ocupados y al final
terminaremos por comer por ahí. Mi padre se libró al casarse y Rachel
igual, eso la deja conmigo, el único al que puede cuidar. Ella fue la única
madre que conocimos y si ella quiere hacerlo voy a dejarla, si me apetece
cocinar lo hago.
—No quería…
—Sam, está bien. Reconozco que yo pensaría lo mismo, pero es mi
abuela y sé que si le digo que pare le romperé el corazón.
—Eres un buen nieto —dije.
Lo que yo decía, el maldito hombre perfecto. Claro que no es ningún
sacrificio tener la comida preparada todo el tiempo, pero, aun así.
Después de haber probado la lasaña no podía esperar a ver que más
había preparado Nora o al menos eso es lo que me decía a mí misma. Lo
que me interesaba era lo que venía después.
Después de cenar un tipo de carne en salsa con ensalada, después de
recoger la cocina, después de verificar a Liv.
Finalmente me senté al lado de Ian en el sofá para ver la televisión.
Estuve callada por un tiempo hasta que escuché reír a Ian.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Mira —dijo haciendo un gesto hacia la televisión donde había algún
tipo de documental sobre la vida de las hormigas.
—Muy interesante —dije.
—Claro que sí.
—¡Ian! —advertí.
—¿Sam?
—Estoy nerviosa, impaciente y no me estás ayudando.
—Estás preciosa —dijo Ian.
Me quedé mirando a sus ojos, mi corazón latiendo fuerte, intentando
decidir hasta dónde quería llegar o si debería contarle primero lo que me
había pasado. Pero de nuevo me estaba preocupando por nada.
—No es no, ¿recuerdas, Sam?
Asentí y cuando Ian alargó la mano la tomé y le permití rodearme con
sus brazos. Acarició con los dedos el lado de mi frente donde se estaba
formando un moretón, bajó por la mejilla, la mandíbula y se detuvo en la
base de mi cuello. Esas pequeñas caricias enviando placer a todo mi cuerpo,
solo eso, solo unas caricias suaves. Me daba miedo lo que podría sentir más
adelante.
Pero iba a averiguarlo pronto.
Bajó la cabeza y me besó.
Lo hizo durante tanto tiempo y cuando se detuvo y me miró sus ojos se
entrecerraron con intensidad. Agarré su cabeza y lo besé, fue mi turno para
devorar su boca, para besarlo hasta dejarlo sin aliento. Todo, el beso, las
manos de Ian sobre la piel desnuda de mi cuello, era demasiado bueno y
aun así estaba lista para ir más allá.
Lo empujé hasta que estuvo tumbado sobre el sofá y entonces levanté la
cabeza y lo miré.
—Necesito sentir tus manos.
—Lo que tú quieras, nena, lo que tú quieras —dijo él antes de poner la
mano detrás de mi cuello y bajar mi cabeza para besarme.
Pronto me di cuenta de que atraparlo debajo de mi había sido mala idea,
me gustaba sentirlo debajo de mí, pero dejaba las partes de mi cuerpo que
necesitaban sus caricias inalcanzables.
—Me estás matando, nena —susurró Ian.
—¿Yo?
—¿Hay otra mujer aquí capaz de volverme loco de deseo solo con un
beso?
No pude responder ya que Ian se movió, se puso de lado con la espalda
hacia el respaldo del sofá y me colocó en la misma posición. Un brazo
debajo de mí, una pierna entre las mías y la otra mano en mi cintura.
Impaciente froté mi centro contra su muslo.
El placer fue exquisito y tuve que hacerlo una vez más y otra vez.
—¡Maldita sea! —maldijo Ian antes de besarme.
Mientras la fricción llenaba mi cuerpo de sensaciones hace mucho
olvidadas Ian abrió los botones de mi vestido.
Maldijo.
—Sam, dime que la parte de abajo no es igual que la de arriba.
Mi cerebro no era capaz de entender a lo que se refería hasta que bajé la
mirada y lo vi mirando fijamente el sujetador rojo.
—¿Igual? No, es mejor.
Llevé la mano al bajo del vestido y lentamente lo subí hasta dejarlo ver,
el pequeño trozo de seda negra entre mis muslos sobre su pierna vestida con
jeans. La imagen era caliente, no me preguntes porqué, pero envió una
corriente de placer hasta mi centro mojando mis bragas.
En ese momento Ian perdió el control y me tocó. Primero bajó la copa de
mi sujetador y besó mis pechos, luego su mano empezó a trazar el borde del
tanga. Y cuando por fin me tocó donde estaba mojada y necesitada dejé de
razonar. Nada existía, solo su boca, sus dedos y su cuerpo. Me perdí
mientras pasaba con lentitud su lengua por mi pecho, mientras sus dedos
echaban a un lado la seda y me tocaban.
Un toque, dos y antes de darme cuenta volé alto. Creo que gemí, creo
que grité su nombre, no lo sé. El orgasmo había sido tan fuerte e
inesperado, tan bueno que me hizo perder la mente. Por minutos enteros
solo fui capaz de estar ahí en sus brazos y respirar fuerte.
Ian acariciaba mi muslo mientras me miraba con intensidad. Sentí el
rubor subir a mis mejillas.
—Ni lo sueñes, nena. Fue increíble verte sucumbir al placer y eso es
suficiente para mí.
—Pero…
—No hay pero. Solo tienes que decir si estás preparada para más.
Asentí.
¡Dios! ¿Más de ese orgasmo enloquecedor?
Sí, por favor.
Capítulo 10

Ajena a lo que se avecinaba viví el comienzo de mi relación con Ian con


alegría, con ilusión. Me dejé llevar por la sensación de seguridad que tenía a
su lado. Me permití disfrutar de la vida. Olvidé por unos días que mi pasado
estaba lleno de drama y dolor.
Ian era maravilloso.
Ian era cariñoso.
Ian era cuidadoso.
Era todo lo que una mujer, o mejor dicho yo, deseaba en un hombre. Era
guapo e inteligente, atractivo. Ponía mi bien antes que el suyo, me mimaba,
vaya si lo hacía. Recuerdo el primer orgasmo en sus brazos, el segundo y el
tercero, los tres míos y ni uno de él.
Sus caricias eran como una droga y me volví adicta desde ese momento.
A veces si no tenía pacientes iba a comprar un café y aprovechaba para
llevarle una a él a la comisaría. ¿No era una suerte que él tenía una oficina
con cerrojo?
Otras veces aparecía él en la consulta, pero yo no tenía cerrojo. En
cambio, tenía una recepcionista cotilla, una enfermera casamentera y una
niñera loca por las novelas de amor. Eso significa que lo único que podía
darme Ian cuando me visitaba era el café y un beso casto en los labios.
—Es perfecto, ¿no? —preguntó Liz.
Era viernes y las chicas vinieron para nuestra cita habitual, Liv estaba en
casa con Hanna y nosotras en la cafetería de Maeve. Yo me hubiera
quedado en casa, pero Olivia insistió que necesitaba olvidar por una hora
que era madre. Como si eso era posible.
—Demasiado perfecto —declaró Sarah.
—Algo tendrá —dijo Olivia.
—No tiene ni un defecto, os juro que es perfecto —insistí.
Sí, estábamos hablando de Ian.
—Guapo, tiene un buen trabajo, se porta bien con Liv y es capaz de darte
tres orgasmos en media hora —enumeró Olivia.
—Demasiado perfecto —repitió Sarah.
—Apuesto a que tiene el pene pequeño —declaró Liz haciendo a Olivia
escupir su café.
Maeve que estaba cerca de nuestra mesa limpió la mesa mirándonos
curiosa.
—¿Ian? —dijo ella y asentí—. Según su abuela no sabe elegir a sus
mujeres, siempre va a por la que le va a romper el corazón, olvida las fechas
de los cumpleaños y odia el marisco.
—¿Esos son sus defectos? —pregunté.
—Sí, es lo que Nora me contó la última vez que vino de visita. Si puedes
vivir sabiendo que nunca te sorprenderá en tu cumpleaños entonces él es tu
hombre.
—El cumpleaños es importante —dijo Sarah mirando a Maeve alejarse.
—El marisco también —declaró Liz.
Me eché a reír y entre carcajadas les dije que era alérgica al marisco,
entonces ellas decidieron que podíamos dar por finalizada mi parte del
pacto. Aunque yo había dicho que ya tenía todo lo que quería de la vida, el
trabajo, ellas decidieron que necesitaba un hombre.
Por lo visto tenían razón y ni siquiera tuvieron que intervenir. El destino
hizo posible nuestro encuentro no una sino dos veces, entonces eso significa
que estamos destinados a estar juntos.
Pasó una semana.
Siete días de besos y manitas en el sofá después de la cena.
Siete días de preludio.
Siete días de No es el momento, nena.
Siete días de preguntarme si había algo más que él no me quería decir,
porque yo era más que entusiasmada por pasar a la acción y se lo había
dicho más de una vez.
Y ahora estábamos ahí de nuevo, después de la cena en la misma
posición de lado en el sofá. Había engordado algo, no mucho, pero tenía
mejor color y la ropa se veía mejor sobre mí. Había pedido online otros
conjuntos de lencería, más sexy, creyendo que iba a conseguir romper ese
control suyo.
Pero fue imposible.
—No, nena —dijo solo diez segundos antes de ponerme de pie.
—¿Por qué? Explícamelo, Ian, que no lo entiendo —le pedí.
Ian se sentó y empezó a abrochar su camisa, la misma que había
desabrochado yo un minuto antes.
Él había llegado pronto, alrededor de las seis, para cocinarme el plato
favorito de toda su familia. Pollo con salsa de mostaza y miel, no me
gustaba mezclar sabores, pero dije que sí para no ser maleducada. Al final
me encantó.
A él le encantó mi vestido negro, el liguero que me aseguré de que lo
viera cuando me agaché para recoger algo, los tacones. Vamos que le
encantó todo y no paró de admirarme toda la cena, pero al aparecer no fue
suficiente.
—Sam...
—No, Ian. ¿Cuál es el problema?
—Tú, tú eres el problema —dijo.
Di un paso atrás mi pierna chocando con la mesilla de café y me hubiera
caído si Ian no me habría agarrado. Tiré de mi muñeca y me alejé.
Yo era el problema, en traducción no me deseaba. Pero lo había sentido,
había visto el deseo en sus ojos, ¿cómo es que era yo el problema?
—Nena, necesitas tiempo y es mejor no apresurar las cosas —continuó
Ian.
—¿Quién dijo que necesito tiempo?
Ian bajó la mirada y supe que lo sabía. Por eso no me quería. Ahora todo
tenía sentido. Estaba sucia, mancillada.
Me froté los brazos intentando alejar el frío que sentía de repente. Así
que Ian White no era perfecto, era el tipo de hombre perfecto para no salir
con él.
—Nadie lo dijo, Sam, pero trabajé durante años en el FBI. Sé reconocer
las señales y por eso creo que deberíamos tomarnos las cosas con calma.
—¿No sabes qué me pasó?
—No.
Lo miré incrédula, habíamos salido en las noticias, aunque sin nombres y
fotos, pero se habló de nosotros durante días. Además, era el hijo de Gareth,
mi abogado.
—¿No lo has visto en las noticias? —pregunté.
—No.
—¿No te lo ha dicho tu padre?
—No, nena. Mi padre es tu abogado y cualquier cosa que hables con él
es confidencial.
—¿Quieres saberlo?
Una nueva expresión apareció en su rostro, pensé que les había visto
todas, pero no. Esta era tan nueva que ni siquiera podía decir si era buena o
mala.
—Diría que sí, si necesitas hablar de ello y para saber qué puedo hacer o
que no puedo hacer. Diría que no porque una vez que me lo digas buscaré el
hombre que te hizo daño y lo mataré, entonces iré a la prisión y ya no podré
verte, besarte. ¿Entiendes, Sam? Lo mataré por lastimarte, por ese miedo
que veo en tus ojos cada vez que se te acerca un hombre desconocido.
—Yo no...
—No, Sam. No sabes lo que me hace saber que estuviste indefensa, que
alguien se atrevió a tocarte. A ti, a la mujer que supe en cuanto la vi que era
la mujer de mi vida.
—Cállate, Ian, no tienes ni idea de lo que me ha pasado.
—Eso te estoy diciendo, que tengo una buena idea y lo que quiero hacer
es matar cuando sé que es en contra de todo lo que he creído toda mi vida.
—Y yo te estoy diciendo que esto no es sobre ti, soy yo a la que
secuestraron, a la que metieron en una jaula, a la que la violaron como
castigo por haberse atrevido a intentar escapar, a la que le robaron un año de
su vida, a la... —grité y hubiera seguido hacerlo, pero Ian se puso de pie y
en dos pasos estuvo a mi lado. Tomó mi cara en sus manos y presionó sus
dedos sobre mis labios.
—Tú ganas, Sam. Mañana te haré el amor, despacio, rápido, como que tú
quieras, pero después me iré, me voy a buscar a ese bastardo y lo mataré.
¿Entiendes?
Eso era lo que me faltaba, escuchar a alguien decir que iba a vengarme,
ver la furia que intentaba ocultar detrás de una expresión indiferente. Parece
una tontería, pero yo no tuve a nadie. Olivia tenía a Colin, a Greta y a toda
la familia de Colin preocupados y preparados para apoyarla y cuidarla. Liz
tenía a su familia, sus padres que eran incluso mejor que los de Colin y
Sarah, no sé si tenía a alguien, pero por lo que he visto ella no necesita a
nadie.
Yo sí, yo necesito la furia, la venganza, el cariño y sobre todo eso
necesito el amor. Soy la mujer de su vida, eso es lo que dijo. La verdad es
que eso me asusta más que las pesadillas que tengo sobre lo ocurrido.
No sé si seré capaz de darle todo lo que quiere de mí, ni siquiera sé si
podré amarlo. Porque yo ahora mismo no amo a Ian, ¿no?
—Sam, ¿me has escuchado? —preguntó Ian al verme perdida en mis
pensamientos.
—Sí, y tengo una pregunta.
—¿Cuál es?
—Y si ya está muerto, ¿la primera parte de tu plan sigue de pie?
—Sí, nena —susurró él apoyando su frente en la mía—. Sigue de pie.
—¡Genial! —exclamé encantada.
Ian levantó la cabeza y miró en mis ojos.
—Mañana, ahora irás a dormir y descansarás.
—No soy una niña, White —espeté.
¿Quién se creía?
Intenté soltarme de su abrazo y no lo conseguí, intenté empujarlo, pero
mis manos no tenían la fuerza suficiente para moverlo. Fue él quien me
soltó.
—Lo sé, Sam. Mi intención es hacerlo lo más especial para ti.
—Ah, vale.
—Vale —repitió Ian —. ¿Ahora me das un beso de buenas noches?
Asentí y me acerqué, puse las manos sobre su pecho y lo besé poniendo
en ese beso todo lo que no podía expresar con palabras. Finalmente me
soltó y se marchó dejándome demasiado excitada para dormir.
Me fui a la cama, pero no conseguí dormir. No sabía qué planeaba Ian ni
cómo ni dónde. No sé cuándo, pero en algún momento de la madrugada me
dormí y me despertó el olor a café.
¡Dios! Como echaba de menos el café, el de verdad no ese sin cafeína
que de café solo tenía el color. Pero la cafeína no era buena para Liv y me
tocaba esperar, ¿cuánto? No sabía, no tenía en plan dejar la lactancia.
Liv seguía dormida cuando bajé a ver a Ian, no me había devuelto la
llave y era el único que podía entrar en mi casa. Además, era el que se había
ganado mi confianza suficiente para guardar una llave.
—¡Buenos días! —lo saludé al entrar en la cocina.
—¡Buenos días!
Ian me tomó en brazos y me besó hasta que perdí el aliento. Fue el
último momento tranquilo del día. Desayuné de pie ya que Ian me dijo que
deberíamos marcharnos pronto. Ducha, Liv y todo eso nos tomó más de una
hora, ni siquiera pensé en preguntar a Ian adónde me llevaba.
Claro que al verle tomar la salida del pueblo hacia la ciudad lo entendí,
pero no entendía para que me llevaba a la ciudad cuando podíamos
quedarnos tranquilos en casa. Liv estaba tranquila en su nueva silla, sí,
nueva.
El taller había devuelto mi coche, rueda de repuesto en el maletero y con
la garantía de que todo funcionaba cómo debía. La sorpresa llegó cuando
me dijeron que la factura la pagaba el concesionario de donde la había
comprado. Coloqué de nuevo la silla de Liv y esta mañana quise sacarla
para ponerla en el coche de Ian, pero él dijo que no hacía falta.
Había una nueva silla en su coche y no hay nada mejor que diga que el
hombre va en serio que una silla de bebé para la hija de su novia.
El trayecto fue divertido, escuchamos música y charlamos sobre nuestros
gustos. De lo que no hablamos fue lo que me ocurrió y tuve que admitir que
me había gustado ver a Ian tan furioso por ello, me había gustado mucho.
Que no había vuelto a pedirme más detalles me parecía extraño, pero hoy
era un día especial y no iba a hablar de eso, me negaba a arruinar mí día.
—¿Por qué vamos a casa de Olivia? —pregunté cuando Ian aparcó
enfrente de la casa de ella.
—Especial, ¿recuerdas?
—Sí, pero aun así no tiene sentido, excepto si tu especial se refiere a una
orgia.
Sus ojos azules resaltados por el color de la camisa me miraron con
irritación.
—Especial, nena, significa tú y yo, nadie más. Y si estamos en casa de
Olivia es porque la llamé y se ofreció a cuidar a Liv mientras vamos a dar
un paseo, ¿te parece bien?
Asentí, me había quedado sin palabras. Además, mi cerebro ya está
trabajando para ver cuánto tiempo podría estar lejos de Liv, cuanto...
—He cogido de tu congelador las bolsas de leche necesarias para hoy, no
tienes que preocuparte por eso.
—Has pensado en todo, ¿no?
—Espero que sí.
Y yo, Ian White, yo espero lo mismo.
Dejamos a Liv con su madrina y Greta que por lo visto había escuchado
que Olivia iba a hacer de niñera y quería ver a la pequeña. Confiaba en
Olivia, claro que sí, pero me sentía más tranquila sabiendo que no estaría
sola con Liv. Sí, era ese tipo de madre que se preocupaba por todo.
—Estoy nerviosa —admití cuando Ian condujo fuera de la propiedad de
Colin.
—Es normal, pero Liv estará bien cuidada —dijo él.
—No por eso, por nosotros.
Ian llevó la mano del cambiador de velocidades y tocó mi rodilla
desnuda, el vestido que me había puesto era corto, justo por encima de las
rodillas y él lo aprovechó.
—Es solo un día en la ciudad, no hay nada por qué preocuparse.
Asentí, pero no me sentía menos nerviosa. Pronto iba a darme cuenta de
que no había razón para sentirme de esa manera, Ian sabía lo que hacía.
Me llevó a tomar un café en una terraza en el centro de la ciudad, nos
sentamos y miramos a la gente pasear. Luego fuimos a mirar escaparates,
después a comer en lo que me dijo que era su restaurante favorito y que
pronto se convirtió en el mío. Era pequeño, acogedor y la comida increíble.
Me lo pasé genial, averigüé muchas cosas de él, lo vi más relajado, vi a
otro Ian, uno que me gustaba incluso más que el que conocía hasta ahora.
Como he dicho, todo fue genial hasta que de repente mientras
paseábamos Ian se detuvo y me empujó hasta la entrada de un callejón.
—¿Ian?
—No está bien —dijo él.
—¿Qué no está bien?
—Sam —murmuró, su voz baja—. Reservé una habitación en el hotel,
con jacuzzi, con champan y fresas con chocolate, pero no está bien.
Para mi sonaba muy bien, más que eso. Era perfecto, pero por la
expresión de Ian deduje que algo había cambiado en el poco tiempo que
transcurso desde que hizo el plan y ahora.
—¿Por qué no? —pregunté.
—Porque lo nuestro es más que un revolcón en una cama de hotel, te
quiero en mi cama, Sam —declaró él.
—Vale, esperamos —dije y me puse de puntillas para besarlo.
—O no.
¿Cómo qué no?
Pero no tuve tiempo de ponerle la pregunta ya que cogió mi mano y
caminamos rápidamente hasta el coche. Subimos y él condujo hasta no sé
dónde, sé que poco después aparcó delante de una casa.
Me ayudó a bajar y luego dentro. La casa era normal, nada del otro
mundo, limpia, moderna y poco amueblada.
—Mi casa —susurró Ian en mi oído.
Apoyé la espalda contra su pecho y miré atentamente, será suya, pero
nada de ahí decía Ian White, ni la decoración ni siquiera el color de las
paredes. Excepto la televisión, era claro que la casa pertenecía a un hombre
soltero, una mujer nunca se compraría una tan grande que ocupaba tres
cuartos de la pared.
—Muy... bonita —dije y él se echó a reír.
—Es solo una casa, ahora dime si quieres algo de beber.
—Quiero ver la cama, ¿qué te parece? —pregunté.
—Muy bien, nena.
Ian me dirigió hacia el pasillo, caminando detrás con las manos en mi
cintura y los labios en mi cuello. ¡Por fin!
De repente empecé a preocuparme, estaba demasiado excitada por hacer
el amor con él. ¿No debería tener miedo? Hace unas semanas no aguantaba
ni siquiera un toque accidental de cualquier hombre y ahora no podía
esperar a saltar en su cama. A ver, que me seguía estremeciendo cada vez
que un hombre se me acercaba más de lo normal, pero no con Ian.
Con él me sentía a salvo, no le tenía miedo ni a él ni a sus caricias. ¿Por
qué no?
Me detuve en la puerta abierta y miré la cama. La colcha azul y los
cojines estaban en contraste con la falta de color de lo que había visto hasta
ahora de su casa. Sí, miré esos cojines mientras pensaba si era normal o no.
Mi corazón latía fuerte y no sabía si era por el miedo o porque no tenía
miedo. Anoche le grité que no quería hacerme el amor y hoy me bloqueo.
¿Por qué?
—¿Quieres sentarte en la cama y ver una película? —me preguntó.
—¿Tienes una televisión aquí?
—Sí, ven.
Me dejé llevar dentro del dormitorio hasta la cama y él cogió un mando
de la mesilla de noche e hizo bajar una pantalla del techo.
—¡Vaya!
—Vamos a elegir una película —propuso Ian.
—Elige tú, tengo que hacer una llamada.
Lo dejé ahí y me fui a la entrada donde había dejado mi bolso, cogí el
teléfono e hice una llamada. Un cuarto de hora después volvía al
dormitorio, Ian estaba sentado en la cama con la espalda apoyada contra el
cabecero. Caminé hasta la cama y me senté a su lado en la misma posición.
—¿Estás bien? —me preguntó Ian.
—Me iba a casa después de un doble turno en el hospital y vi a una
mujer al lado de un coche parado en el arcén, era de noche en un barrio
bastante peligroso y pensé que debía parar y ayudar. Lo que pasó fue el
contrario, alguien me agarró por atrás y me durmieron con cloroformo. Me
desperté en una jaula, me daban comida y agua, aunque había muchas más
cosas que echaba en falta, pero por lo menos no me dejaron morir de
hambre. No sabía quién o porqué, estuve ahí semanas hasta que un día
trajeron a otra mujer y luego a otra. Sarah y Liz, las dos habían sido novias
de Colin y en el momento del secuestro yo lo seguía siendo.
—¿El Colin de Olivia? —me interrumpió él.
—Sí, el mismo. Unos días después me desperté valiente o eso pensé,
luego se demostró que solo fue estupidez no valentía. Las jaulas tenían una
cerradura electrónica y nos dejaban salir para ir al fondo de la sala a recoger
la comida, ese día decidí no volver y enfrentar a quien sea que nos mantenía
prisioneras. Ahí estaba yo en el medio de un sótano esperando con las
manos vacías, valiente, pensando que podré defenderme y escapar. No sabía
que iba a bajar un hombre, uno aterrador que me castigará por desafiarlos,
Fred se llamaba. Me dijo su nombre mientras me empujaba al suelo, me
pegaba y me violaba.
—¡Maldita sea, Sam!
Me giré en sus brazos y lo miré.
—Necesito contarlo, Ian —susurré y cuando Ian asintió pude continuar
—. Durante días me quedé en esa jaula sin moverme y no solo por el dolor,
también era la vergüenza, la impotencia y el miedo. Sarah y Liz me
cuidaron en lo único que podían, me llevaban la comida y poco a poco
conseguí borrar el incidente de mi mente, de relegarlo a una parte de mi
mente y pretender que nunca había pasado. Pero luego me di cuenta de que
estaba embarazada, podría decir que me alegré, pero mentiría. Pasaron los
meses sin incidentes, la vida era siempre la misma, luz encendida de día y
apagada de noche, comida cada dos días hasta que trajeron a Olivia. Ella
también intentó escapar después de unas semanas y lo consiguió más o
menos. Encontró un arma en un armario y con esa conseguí salvar su vida.
—¿Tú?
—Yo, sé usar un arma. Me enseñó mi padre y nunca fui más feliz que en
ese día cuando gracias a él pude ayudar a Olivia. Disparé a Ryan, el primo
de Colin que era el que nos había secuestrado y después de otros incidentes
nos rescataron.
—¿Ryan? Él está muerto, ¿no?
—No, Fred. Ryan está en prisión y todo porque quería un terreno que iba
a heredar Colin. Me robó un año de mi vida por unos millones de dólares.
—La gente hace mucho más por mucho menos —dijo Ian.
—Lo sé, al menos pensé que lo sabía, pero cuanto te toca a ti te cuesta
comprender que hay tanta maldad en el mundo. Tú eres de los buenos —
dije en voz baja.
—¿Eso crees?
—Sí, lo supe desde el primer momento. Por eso te dejé besarme, por eso
te rechacé cuando me invitaste a comer.
—Pensabas que era un buen hombre y me rechazaste —repitió Ian.
—Sí, me hacías sentir algo que nunca había sentido y eso unido al
trauma del secuestro jugaron con mi mente y decidí que era mejor alejarte
de mí.
—Sabes que voy a preguntar qué es lo que sientes por mí, ¿no?
Suspiré, esperaba la pregunta, pero eso no significaba que era más fácil
expresarlo.
—Olvido todo cuando estás conmigo, el miedo, el dolor, todo
desaparece. No sé qué es o lo sé y no estoy preparada para reconocerlo,
pero sí sé que te quiero en mi vida, quiero seguir viéndote cada día, quiero
tus besos y tus caricias. Te quiero a ti, Ian White.
—No sabes cuánto he esperado estas palabras. No sabes cuánto,
Samantha Garrett.
—¿Cuánto?
—Semanas, días, pero ¿por qué no te lo enseño mejor? —murmuró y
bajó la cabeza para besarme.
Había mucho más de contar, más de compartir, pero ahora no era el
momento. Ahora iba disfrutar de ser viva, de decir que sí a un hombre, de
darle mi cuerpo.
Dejé que me besara, lentamente al principio y con fuerza solo unos
segundos después. El tiempo de tomarlo despacio se había ido, había tenido
días de lentitud, de besos y caricias, ahora necesitaba lo de verdad,
necesitaba sentirlo. Lo necesitaba a él.
Lo dejé besarme mientras me sentaba y lo empujaba sobre las
almohadas, luego, sin mirar, comencé a desabrocharle la camisa y me rendí
poco después porque Ian no estaba jugando. Tenía ambas manos levantando
mi vestido y subiendo, no donde podía sentirlo duro y donde lo necesitaba.
Solo subía en mis caderas, en mis muslos con el único propósito de
volverme loca.
Nos besamos, dejamos que nuestras manos se tocaran, exploraran,
volviendo loco uno al otro con cada pequeño gesto, con cada beso o caricia.
Era un juego para ver cuál podía hacer que el otro suplicara primero. Quería
ganar y rompí el beso y bajé.
Abajo en su pecho deteniéndose para besar y lamer, abajo en su
abdomen besando y lamiendo más, hasta que llegué a su cinturón. Ahí es
donde puso una mano sobre la mía y la otra levantó mi barbilla para poder
mirarme a los ojos.
—Ahora no, Sam. Más tarde.
—Ahora, Ian. Tiene que ser ahora, porque te deseo mucho y quiero que
esto dure más.
—Lo hará, lo prometo.
Sabía cómo funcionaba esto, él llevaba días besándose en mi sofá sin
que él obtuviera nada, tuve todo los orgasmos y el placer mientras él no
obtuvo nada y no es que no lo hubiera intentado. Y quería dárselo ahora,
pero por su mirada supe que no iba a conseguirlo y lo dejé bajarme sobre la
cama.
Me pregunté sobre este momento, no sobre Ian, sobre la primera vez que
dejaré que un hombre me sujete a la cama. Pensé que me asustaría y gritaría
o el miedo se apoderaría de mí y me quedaré allí y dejaría que el hombre
usara mi cuerpo.
Pero nada de eso pasó, todo en lo que podía concentrarme era en Ian. Su
olor, su cuerpo, su fuerza. Además, ya sabía que cuando me besaba mi
mente se quedaba en blanco. Ahora no era diferente a los demás, ¿o tal vez
lo era?
Ahora había algo en su beso, una nueva intensidad. En la forma en que
bajó sobre mi cuerpo quitándome el vestido, besando, mordiendo y
lamiendo la piel recién expuesta. Sí, me quedé ahí y le dejé hacer lo que
quisiera. Me aferré a sus hombros y de vez en cuando gimiendo o
suplicando, pero dejé que se saliera con la suya.
Y lo hizo. Bajó, muy abajo sobre mi cuerpo, allí donde estaba cubierta
solo por un pequeño trozo de seda negra. Me besó a través de él.
—Sam, mírame —me dijo y yo lo hice.
Verlo entre mis piernas, sus hombros desnudos bronceados junto a mis
muslos blancos como la nieve, envió un espasmo a través de mi cuerpo. Y
mientras me miraba a los ojos deslizó un dedo debajo de mi ropa interior, su
toque envió una nueva ola de placer a través de mi cuerpo.
Luego agregó otro dedo, después quitó la seda y colocó su boca allí
mismo. En ese momento dejé caer mi cabeza sobre la almohada incapaz de
aguantar, la vista y su lengua sobre mí eran demasiado para soportar.
Chupó mi clítoris hasta que comencé a moverme debajo de él, luego me
metió dos dedos y me folló con ellos hasta que grité su nombre. Mientras
trataba de recuperar el aliento, deslizó la tanga en mis piernas y lentamente
se acostó sobre mí.
Lo hizo tan lentamente que pensé que nunca sucedería, pero cuando sentí
su cuerpo fuerte sobre mí valió la pena la espera. El toque de nuestros
cuerpos desnudos, su pecho sobre el mío, nuestras piernas enredadas,
nuestras bocas unidas en un beso caliente era increíblemente bueno. Podía
sentirlo duro entre mis muslos, palpitando, esperando.
—Ahora, Ian, por favor, ahora.
—Un segundo, nena, déjame sentirte.
—Me sentirías mejor por dentro —le dije, y él se río.
—Condón —gruñó.
—El hospital del condado envió los resultados de tus pruebas, estás bien
—le dije. Ian levantó la cabeza y me miró fijamente.
—¿Las has leído?
—Sí —respondí de repente preocupada por la expresión de su rostro y
dije rápido: —Yo también estoy bien, después me hicieron todas las pruebas
y él no...
—¡Cállate, Samantha!
Abrí la boca para protestar, pero aprovechó la oportunidad para besarme
y metió la lengua dentro. Ah, bueno, podemos discutir más tarde acerca de
que leí su historial médico.
Ahora que no había nada que lo detuviera, comenzó, de nuevo
lentamente y quise gritar. Odio la lentitud. Gemí cuando lo sentí
profundamente dentro de mí. Dios, era grande, tan grande que estaba
agradecida de que se tomara las cosas con calma. Sabía que era grande; he
visto la evidencia, la he sentido los últimos días mientras nos besábamos y
nos tocábamos, pero Dios, eso era demasiado.
Lo escuché reír lentamente.
—¿Te estás quejando? —me preguntó, y me di cuenta de que hablé en
voz alta.
—En realidad no, solo estaba afirmando un hecho.
Se río de nuevo y elegí ese momento para moverme, puse mis piernas
alrededor de él llevándolo más profundo en mi interior. Eso hizo que dejara
de reír y comenzara a follarme. La lentitud de antes perdida, su control
también perdido, y todo lo que quedó fue el placer.
Decir que era bueno no era suficiente, era más que bueno, era perfecto.
Cada uno de sus golpes, dentro y fuera, sus manos sosteniéndome fuerte y
la forma en que me besó, fuerte, sin control, dejando que el placer lo
condujera. Sí, todo eso fue perfecto y fue mejor cuando sentí que el éxtasis
se acercaba. Fue miles de veces mejor con él dentro de mí, miles de veces
mejor sintiéndolo dejarse llevar por el orgasmo.
¡Sí!
Estaba bien, hice por primera vez el amor con un hombre y estaba bien.
Por un momento deseé que Fred no estuviese muerto para gritarle a la cara
que me había hecho daño, que había ganado una batalla, pero yo he ganado
la guerra. Que he sobrevivido, que soy fuerte y lo seguiré siendo hasta el
último aliento.
Ian se dejó caer a mi lado llevándome con él y puse el brazo sobre su
pecho. El sol brillaba, el corazón de Ian latía con fuerza debajo de mi mano
y la vida era buena.
Giré la cabeza para mirar a Ian, él me estaba mirando preocupado.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Dímelo tú, estás muy callada.
—No —me reí—. Estoy satisfecha, feliz y esperando a ver cuánto tardas
en recuperarte.
Ni siquiera había terminado de pronunciar la última palabra cuando me
encontré encima de él.
—¿Decías? —murmuró Ian mientras me sentaba a horcajadas.
—No recuerdo.
Y era verdad, la conversación había dejado de interesarme cuando lo
sentí duro debajo de mí y como estaba arriba tomé el control. Bajé hasta
que lo tuve dentro... ¡Dios! Esto era incluso mejor la segunda vez.
La tercera también.
Capítulo 11
Ian

No hay dudas, soy idiota.


¿Cómo diablos es posible no controlarme a esta edad? Me faltó muy
poco no tomarla ese día en su consulta, muy poco y si no hubiera sido por la
llamada de Linc lo habría hecho. Ella necesitaba suavidad, paciencia y era
justo lo que me fallaba cuando la tenía en mis brazos.
¡Dios! Y si es ella la que me besa me toma toda la fuerza del mundo
controlarme. Tenía que conseguirlo sin importar lo duro que era, ella se lo
merecía. Confía en mí y no voy a defraudarla.
Y aquí estoy de nuevo haciendo lo que prometí no hacer, pero lo haré
por Sam. Aunque ella romperá mi corazón por lo menos la ayudaré en
encontrar su fuerza, en confiar de nuevo en los hombres.
El otro día en la comisaría pasé media hora mirando fijamente su
expediente, debatiendo si leer o no. Al final no lo hice, no quería romper su
confianza y sabía que llegado el momento no podré mirarla a la cara y
mentir.
Era difícil disfrutar sabiendo que al final sufriré, ver a Sam con Liv me
hacía desear que fuéramos una familia, ser el marido de Sam, el padre de
esa pequeña que era una copia perfecta de la madre. Pero aun así valía la
pena. Aprovecharé el tiempo que tenga con ella y que sea lo que el destino
quiera.
El otro asunto en el que no quería pensar era la manera en que reaccioné
cuando me dijeron que la habían herido. Ni siquiera recuerdo cómo llegué
al centro médico, solo sé que entré en su consulta y la vi con sangre en la
frente y quise matar a alguien.
Pero luego la situación cambió.
Llegaron las tardes pasadas con ella y Liv, las cenas, la hora del baño
con la pequeña que crecía a un ritmo increíble. Las noches pasadas en su
salón, en el sofá. Horas de besos y caricias, provocándole placer hasta que
sentía que iba a explotar.
Y por fin llegó el día.
Claro que yo no lo tenía planeado, yo quería esperar unas semanas más,
pero Sam no. Ella ya había esperado suficiente y me lo pidió a gritos. Tuve
que improvisar, llamé a su amiga para quedarse con Liv. No tenía nada en
contra de la niña, pero pensaba que la primera vez Sam necesitaba sentirse
libre y sin preocupaciones.
Hice una reserva en un hotel de cinco estrellas y cuando estábamos de
camino me di cuenta de que no quería tomarla por primera vez en una
habitación de hotel y la llevé a mi casa. Lo que había sido mi casa durante
los últimos cinco años, lo que por la expresión de Sam cuando entró no le
gustaba nada.
Luego ella tuvo que hacer una llamada y pensé que iba a llamar a Olivia
y preguntar sobre Liv, por eso pasados unos minutos la seguí al cuarto de
estar. La escuché antes de llegar ahí, oí la palabra miedo y trauma y volví al
dormitorio. Sabía que era demasiado rápido y que debería haber tenido más
control y no aceptar, pero ¿qué hombre es capaz de decirle que no a su
mujer? Yo desde luego que no.
Tuve que encontrar fuerzas de no sé dónde para estar quieto y escucharla
mientras me contaba su historia. Años de servicio en el FBI, años de
estudios y entrenamiento, años de creer que podría cambiar algo y aun así
me quedé en esa cama, con Sam en mis brazos sintiendo la mayor
impotencia del mundo.
Un año de su vida vivido en una jaula.
Una violación.
Nadie había ido a rescatarla.
El bien, la justicia no había ganado. El mal lo había hecho.
Recuerdo todas las veces que hablé con los familiares de las víctimas,
prometiendo justicia y entendí porque me miraban de esa manera. Nada, ni
un castigo sería suficiente, nada iba a borrar el dolor y el sufrimiento.
Nada iba a convencerme de que de alguna manera la había fallado. No
importa que no la conocía, ella era, es, mía. Debería haber sabido, sentido
de alguna manera que ella estaba en peligro.
Pero al menos pude darle esto, placer, pude ayudarla a pasar de una
experiencia traumática. Hay mujeres que pasan años y no consiguen tener
relaciones de nuevo, años enteros y por eso pensé que Sam necesitaba más
tiempo para sanar.
Me sorprendió y me alegro de que está bien, por ella y por mí. A lo
mejor lo nuestro no será una relación pasajera. A lo mejor algún día podré
pedirle matrimonio, convertirme en su marido, en el padre de Liv y de
muchos más niños.
A lo mejor la vida será buena.
Ahora lo era, más que buena. Con Sam desnuda en mis brazos me sentía
más feliz que nunca. Sabía que pronto debería despertarla e ir a recoger a
Liv.
—Piensas demasiado —murmuró Sam.
—¿Tú crees?
—Sí, puedo escuchar las ruedas dando vueltas en tu cabeza.
Me eché a reír y sentí sus labios curvarse en una sonrisa, labios que
estaban justo encima de mi corazón.
—Tienes razón, a veces pienso demasiado.
—Cuéntame —me pidió.
—No quieres saberlo —dije.
—Sí, quiero —insistió.
—Estaba pensando en anillos, bebés y domingos de tortitas en la
cafetería.
Ahí estaba, la prueba de que era un idiota al darle a las mujeres lo que
me pedían, en el silencio de Sam. Para ella era un hombre que pensaba en el
matrimonio después de la primera noche, en nuestro caso el primer día.
Ella no sabía que me enamoré de ella en el primer momento, no sabía
que llevo años buscándola, esperándola. Y seguramente no sabe que estaré
dispuesto a esperar años, los que hace falta.
Ella era mía, la mujer de mis sueños.
Y por su reacción era pronto, demasiado pronto.
Se levantó de la cama y se vistió con lo primero que encontró, mi
camisa. Estuvo de espaldas mucho tiempo, tiempo que usé para
maldecirme.
—No puedo, Ian.
—Lo sé, no tienes que preocuparte por mis sentimientos, Sam.
Ella se dio la vuelta.
—No puedo ahora o mañana, tampoco sé si podré dentro de un año, pero
me gustaría que tú fueras el hombre con que pasaré el resto de mi vida. Si
pudiera.
—No entiendo, Sam. ¿Es por lo que te pasó?
—Fue algo que me pasó, pero no el secuestro. Te lo contaré, lo prometo,
pero no hoy. Ya he tenido bastante drama.
—Vale, nena. Vamos a tomar una ducha y luego iremos a buscar a Liv.
Sam asintió sin mirarme a los ojos.
Soy idiota.
Fuimos a recoger a Liv y nos quedamos a tomar algo con Olivia y Colin,
ese algo se convirtió en cena y volvimos a Lake Spring muy tarde. No hubo
baño para Liv o para Sam, las dejé solas por un momento y cuando subí con
la bolsa de pañales las dos estaban durmiendo.
Las cubrí con la manta y me fui. No quería hacerlo, el día había sido
especial y solo quería quedarme con Sam, sostenerla en mis brazos y
dormir.
Al día siguiente me despertó una llamada a las cuatro de la mañana, un
robo en una de las fincas más alejadas del pueblo. Había dos heridos y un
fallecido.
—¡Maldita sea! —exclamó Linc después de ver el cadáver.
Ese también había sido mi reacción, pero extrañamente me parecía
correcto. El hombre, de unos treinta años había llegado con un amigo para
robar el toro de la finca, un toro que valía mucho dinero. El dueño escuchó
un ruido y fue al establo a investigar y ahí se topó con los ladrones. Por lo
que pude averiguar el que había muerto disparó primero hiriendo al dueño
en la pierna, el dueño disparó también, pero su puntería era mejor. El
fallecido era irreconocible, la bala le alcanzó en la cara.
El otro ladrón echó a correr y la mala suerte lo hizo tropezar y caer en un
hoyo a pocos metros del establo.
—Legítima defensa, caso cerrado —dije.
Linc me miró con una ceja arqueada.
—¿No eras tú el que decía que hay que dejar a la justicia hacer su
trabajo?
—Lo era, pero también soy el que se ha dado cuenta de que estamos
luchando contra los molinos de viento. El dueño tenía todo derecho a
defender su propiedad, su vida.
—Lo que tú digas, agente White.
—¡Vete a la mierda, sheriff!
—Bonito comportamiento, chicos.
Me giré para ver a la mujer que se había acercado sin que ninguno se
diese cuenta.
Ava.
Guapa, letal a pesar de esconderlo debajo de una expresión amable y una
sonrisa bonita. Pero lo podías ver la manera en que se movía, había una
fuerza, una destreza inconfundible. Ava era un arma letal.
—Lo que me faltaba hoy —se quejó Linc.
—No te preocupes, no he venido a verte a ti —dijo Ava y se giró hacia
mí.
—¡Diablos, no, Ava! —espetó Linc—. Es mi ayudante y no quiero
buscar otro.
—Tranquilo, no te lo voy a quitar. Pero tiene o, mejor dicho, tendrá un
problema y es mejor que lo sepa antes.
—¿Qué problema?
—¿Por qué no vamos a dar un paseo? —preguntó Ava.
—¿Por qué no dejas los rodeos y lo dices de una puta vez?
—Está de mal humor hoy —dijo Linc.
—Y solo es el principio. Vale, allá voy —dijo Ava—. Kristin y Brian
Sanders van a pedir la custodia de Liv.
Linc tenía razón, estaba de mal humor. Había dormido mal, me había
despertado mal y no estaba de humor para ver cadáveres. Aunque la verdad
es que nunca estaba de humor para la muerte.
Y lo peor que podrías decirme es que alguien quería llevarse a Liv.
—¿Quién mierda son esos? —pregunté.
—Los padres de Fred Sanders, el padre biológico de Liv —explicó Ava.
—El violador —murmuré entre los dientes apretados.
—¡Maldición! —exclamó Linc.
—Liv dijo que está muerto.
—Lo está, lo mató el padre de Olivia Devlin en la prisión. No sé cómo
averiguaron sobre el bebé, acabo de averiguar esta mañana de que hay una
demanda y todavía no he tenido tiempo de investigar —dijo Ava.
¿El padre de Olivia?
¡Mierda! Esta historia estaba tan complicada. Ava se dio cuenta de que
me faltaba información y me puso al día.
El padre de Olivia estaba en la cárcel donde llevaron a Fred, el hombre
que había sido contratado por Ryan para secuestrar a las mujeres. El padre
lo mató, al parecer Fred se jactó de lo que iba a hacer a las mujeres en
cuanto saldría de la cárcel.
Me pregunté si lo había matado en un área común y si pudiera conseguir
las imágenes, de repente quería ver si ese bastardo sufrió antes de morir.
Fred Sanders era el único hijo de una pareja rica, tan rica que le dieron
todo, todo menos la educación. No le enseñaron lo que era bien y lo que no.
Por la información que tenía Ava los padres querían una nueva oportunidad
y la querían con Liv.
Lo que ellos no sabían era que eso nunca pasaría. Nadie iba a quitarle a
Sam a su hija. Nadie.
Dejé a Ava con Linc y volví al pueblo, tenía que preparar a Sam por la
noticia. Ella no estaba en el centro, tenía cita con la pediatra y no iba a
volver hasta más tarde.
¡Mierda de día!
Desde ahí solo empeoró.
No pude volver a buscar a Sam ya que tuvimos más trabajo que nunca.
Un accidente de tráfico a la entrada en el pueblo, dos chicos de dieciséis
años estaban gravemente heridos y otros dos leves. Declaraciones, fotos,
testigos y toda la mierda que se necesita hacer.
Cuando me preparaba para marcharme a las cinco en punto llegó una
mujer para denunciar a su marido por maltrato. Ella tenía la mitad de la cara
amoratada y las dos niñas de seis y tres años se veían asustadas como el
infierno.
Tomé su declaración, las llevé al hotel de Anna sabiendo que ahí estarán
bien cuidadas y fui a arrestar al marido. El idiota nos esperaba en el porche,
el rifle en su mano, y ni siquiera nos dejó acercarnos antes de empezar a
disparar.
Lo disparé y no en la cabeza cómo quería, en la mano derecha y después
en la izquierda ya que seguía disparando. ¿Qué podía hacer?
La justicia era algo divino.
Ese hombre nunca volverá a tocar a una mujer.
Eran casi las siete cuando llegué a casa y fui directo a la de Sam. Estaba
cansado, muerto de hambre y enfadado con el mundo entero. Y la echaba de
menos.
Entré y ella estaba en la cocina, Liv sentada en una trona jugaba con una
cuchara en un cuenco con pure.
—¡Hola, extraño! —dijo Sam, acercándose.
Se detuvo a un paso de mí y me estudió con atención.
—¡Hola!
Puse las manos en su cintura y la acerqué, bajé la cabeza y la besé.
—Te eché de menos —le dije.
—Yo también, no viniste a verme hoy —se quejó Sam.
—Ha sido un día difícil.
—¿De verdad? Siéntate y cuéntame mientras preparo la cena, mi día
también empezó de manera extraña.
—¿Qué pasó? —pregunté yendo a la nevera para tomar una botella de
cerveza. La abrí, tiré el tapón a la basura y me senté cerca de Liv, lo que ella
hacía con la comida era interesante, su cara era todo un poema.
—Tuve que llevar a Liv a su revisión de seis meses y ese pediatra es un
idiota —dijo Sam mientras iba y venía en la cocina, nevera, horno,
fregadero. Era la primera vez que la veía cocinado y me gustaba—. Liv está
bien de peso, de altura y de todo, pero luego tuve que contestar a las
preguntas del cuestionario de salud y el pediatra me miraba mal cada vez
que no le gustaba una respuesta.
—¿Qué cuestionario? —pregunté.
—Son cosas normales para asegurarse de que el bebé está bien cuidado.
Si usas silla en el coche, que medicamentos le das si tiene fiebre, cuantas
veces le das de comer al día, cosas así. Pensé que iba a explotarle la cabeza
cuando le dije que Liv dormía conmigo.
Sam continuó contándome sobre su cita mientras preparaba la cena. Que
el pediatra le dijo que Liv necesitaba ser independiente, que debía darle de
comer cada no sé cuánto tiempo y no cuando lo pedía. Que no debía bañar a
la niña todos los días, que el otro no que el otro sí.
Ella estaba enfadada por las indicaciones y muy decidida en pedir otro
pediatra. Tenía que decirle sobre la demanda y no sabía cómo se lo iba a
tomar. Seguramente será peor. Cenamos en la cocina, un poco antes de lo
habitual, pero Sam quería acostumbrar a Liv a comer en la mesa. Aunque
comer no era exactamente lo que hacía Liv, era escupir, meter la mano en el
cuenco y jugar.
Al terminar los tres necesitábamos un baño y mientras Sam baño a Liv
yo limpié la cocina. Seguía en ello cuando Sam bajó una hora después.
—Creo que dejarla comer sola no ha sido buena idea —dijo ella.
—Creo que no.
—Deberías quitarte la camisa, está manchada —propuso Sam
caminando hacia mí y por su mirada supe que las manchas de mi camisa no
eran su prioridad.
—Debería —murmuré, la tomé en mis brazos y la levanté hasta la
encimera.
Me coloqué entre sus piernas abiertas y tomé su boca en un beso
hambriento. La necesitaba para hacerme olvidar solo por unos momentos el
día que había tenido y lo que se acercaba.
No pensé más allá del su sabor, su piel fina y delicada respondiendo a
mis caricias. Quería sentirla rodeándome con su calor, sentirla deshacerse
en mis brazos. La besé, le subí el vestido y le quité las bragas.
—¡Ian! —gimió ella aferrándose con fuerza a mis hombros.
La tomé sobre la encimera, en la cocina que olía a pollo y pure para
bebés, ahí donde me di cuenta de que haré lo imposible para verla feliz, lo
que sea sin importar las consecuencias.
La tomé duro y cuando me enteré profundamente dentro de ella me sentí
completo por primera vez en mi vida.
Mía, para siempre.
—Un poco posesivo, ¿no? —susurró Sam.
—¿Lo dije en voz alta?
—Sí, y me alegro mientras sea reciproco.
—De eso puedes estar segura, Sam, no hay otra mujer en mi vida y no lo
habrá.
Sus ojos brillaron con emoción y lo que sea que le pasaba por la mente
se perdió en el momento en que se escuchó el timbre de la puerta. Miré el
reloj y vi que era tarde, no tarde de noche, pero en el pueblo todo el mundo
estaba ya en sus casas y no iban a salir hasta la mañana siguiente. Excepto
si era una emergencia y por el día que he tenido me esperaba abrir la puerta
y encontrarme con una triple homicidio o Dios sabe qué.
Ayudé a Sam a bajar de la encimera y fui a abrir sin pensar que era su
casa y no la mía y que la persona llamando la estaría buscando a ella.
Supe que había hecho un error cuando vi al hombre vestido de traje
sosteniendo un sobre. No debería haberla tomado en la cocina, debería
haberle contado sobre la demanda y ahora era demasiado tarde.
—¿Samantha Garrett?
Capítulo 12

Sexo en la encimera, ¿quién lo hubiera dicho?


No me entiendas mal, Ian es un hombre muy atractivo, con un cuerpo de
infarto, pero es de alguna manera tranquilo. No te imaginas que podrá
tomarte en sus brazos y hacer volar tu mente en minutos.
Ayer lo hizo, lo hicimos en su cama y fue muy bueno, pero lo de hoy fue
mejor. Más intenso. Más todo. Claro que estamos al principio de nuestra
relación, todo es mejor ahora, ¿no?
Me sorprendió con sus planes, llevarme a disfrutar de un día fuera de
casa, asegurándose de que Liv estaría bien cuidada. La reserva del hotel me
descolocó un poco, pero al final todo salió genial. Todo excepto el final del
día.
Me fui arriba con Liv y me quedé dormida, cuando me desperté era de
madrugada y no había señal de Ian. Pero, de nuevo, nunca lo había ya que
siempre desaparecía cuando me quedaba dormida.
No es que podría hacer otra cosa, quedarse a ver la televisión o a dormir
en una de las habitaciones de invitados era una tontería cuando su casa
estaba justo al lado. Pero lo quería a mi lado y había llegado el momento de
hacérselo saber.
A lo mejor no le apetecía quedarse a dormir, con Liv en mi cama no era
fácil y por eso tenía un plan. Iba a bajar el lateral de la cuna de Liv y
pegarla a mi cama, y sería como una continuación de la cama. Ella tendrá
su espacio, yo el mío y por la noche solo tenía que acercarme a su lado para
darle el pecho.
Era perfecto.
El pediatra y sus consejos se puede ir a la mierda. No voy a dejar a mi
hija sola en una habitación al otro lado de la casa. ¡No!
Pero... un pensamiento llegó de la nada en mi mente, ¿y si tenía razón y
le estaba creando algún tipo de trauma? Yo sabía bastante de traumas para
estar segura de que no quería ninguna para mi pequeña.
Arreglé mi ropa mientras daba vueltas al asunto y de repente escuché mi
nombre. Verifiqué mi ropa antes de dirigirme hacia la puerta donde había un
hombre, donde Ian lo estaba mirando fijamente.
—Ian, ¿qué pasa?
—¿Samantha Garrett? —preguntó el hombre y asentí. Alargó la mano y
me dio un sobre—. Una notificación del juzgado.
Se dio la vuelta y se fue en el segundo en que acepté el sobre. Ian
maldijo y cerró la puerta mientras yo miraba el sobre con los ojos
entrecerrados.
El juzgado.
El juicio contra Ryan estaba finalizado, él estaba condenado y no había
nada más que hacer o decir sobre eso. Se había terminado. ¿No?
—Ven —dijo Ian, tomó mi mano y me llevó al cuarto de estar donde se
sentó en el sofá y a mí en su regazo.
El sobre lo tiró sobre la mesilla de café.
¡Mierda!
No había terminado. ¿Pero qué más podría pasar? Ian lo sabía y lo que
sea no era bueno, él evitaba mi mirada, sentía cada musculo de su cuerpo
tenso y la mano que tenía en mi cintura me apretaba con fuerza.
—¡Cuéntame!
—Los abuelos de Liv quieren su custodia —dijo Ian.
Lo miré sacudiendo la cabeza. Al principio no entendía a que se refería
con abuelos, mi niña no tenía abuelos. Luego me di cuenta de que sí los
tenía y quise levantarme, pero Ian no me dejó.
—¡No!
—No, bien dicho, Sam. No van a conseguirlo, nadie te quitará a Liv.
—¿Por qué? ¿Cómo?
—No lo sé, Ava vino esta mañana y me lo dijo. Pronto sabremos más.
—¿Ava? ¿Quién es Ava?
—Morena, joven, con cara de ángel, pero un poco aterradora.
Ava, la mujer que llegó con Colin al rescatarnos del sótano del infierno.
Cómo sabía o por qué sabía ella sobre la custodia era un misterio, pero en
este momento no me interesaba. Lo único que quería saber era si podían
ganar.
—¿Ian?
—Sí, nena.
—Legalmente, ¿qué pueden hacer?
—No soy abogado, tendremos que hablar con mi padre, pero no creo que
tienen posibilidades. No tienen argumentos para pedir la custodia total.
—Pero si pueden pedir visitas y... ¡Dios! Mi hija estará con las personas
que criaron a un violador.
—Sam…
—No, Ian. No puedo, ni siquiera quiero imaginar a mi hija con los
padres de ese monstruo. Me niego.
—Entiendo que estás enfadada, pero necesitas calmarte. Vamos a ver que
hay en el sobre y luego llamaremos a mi padre, ¿vale?
Asentí y lo dejé abrir el sobre, no quería tocar los papeles. Ian las miró y
segundos después sacó su teléfono. Hizo una llamada y puso el altavoz,
Gareth no tardó en contestar.
—Ian, estoy un poco ocupado —dijo él.
—Es importante.
—Dame un momento.
Se escucharon llantos, voces y otros sonidos que eran muy parecidos a
los de la hora del baño de Liv. Había olvidado que Gareth tenía dos niños
pequeños.
—Dime qué pasa, Ian.
—Sam recibió los papeles de demanda de custodia, los abuelos paternos
piden la custodia total argumentando que Sam tiene problemas mentales.
Hubo unos momentos de silencio, pero yo no lo noté, mi mente se había
quedado en esas dos palabras. Problemas mentales.
—Envíame los papeles, Ian —pidió Gareth.
Cinco minutos tardó Ian en hacer fotos de cada página y enviárselas a su
padre. Cinco minutos en que esperé una conclusión de Gareth, cinco
minutos en que lo único que me mantuvo quieta fue la furia de Ian.
La escondía, pero no muy bien. Emanaba de cada poro, de cada gesto,
casi podías decir que había tomado el control de su cuerpo. De alguna
manera verlo así de furioso me tranquilizó, supe qué hará todo lo que está
en su poder para asegurarse de que nadie se llevaría a mi hija.
Pero ¿y si no había nada que nadie pudiera hacer? ¿Y si llegamos al
juicio y un juez considera que no soy buena madre? Si preguntan al pediatra
en cinco segundos me quitan la custodia.
—Nunca he visto tanta estupidez en mi vida —dijo Gareth—. Lo único
que se puede comparar con esto es la demanda que le puso el exmarido a
Lidia, idiota.
—Papá, ¿entonces qué ocurre?
—Allegan que Sam no debería cuidar a Olivia, hay tres páginas de
tonterías sobre como que se quedó traumatizada con el secuestro y que ellos
pueden cuidar a la pequeña.
—¿En serio? —espeté—. Su hijo me secuestró, si tengo traumas es por
lo que me hizo ese monstruo.
—Sam, tranquila. Ni un juez le dará la custodia.
—¿Seguro?
—Totalmente. Tienes un trabajo, amigos, vas a terapia.
—Eh…
—¿No vas? —preguntó Gareth.
—Al principio sí, pero desde que me mudé a Lake Spring solo he ido un
par de veces a las sesiones de grupo. Pero estoy bien.
—Vale, ya veremos qué pasa. Probablemente pedirán un informe a un
experto y tendrás que ir para hablar con él, pero no hay problema.
Experto.
Otra persona a la que tendré que contar lo que había sufrido, recordar el
miedo, la miseria, la impotencia. Y todo porque unos idiotas querían a mi
hija.
Hablamos un poco más con Gareth y él insistió en que no debería
preocuparme, que nadie puede quitarme a mi hija, pero no dijo nada de
visitas. Un juez diría que los abuelos tienen derecho a conocer a su nieta y
no hay nada que Gareth, Ian u otra persona podrá cambiar.
Pensar que dos días a la semana o los fines de semana tendré que dejar a
mi hija con unos completos extraños me encogía el corazón. Conocerlos,
verlos. Tener que invitarlos a los cumpleaños de Liv.
¡Dios, no!
Sé que es vivir sin familiares, pero no quiero a esas personas cerca de mi
hija y si me obligan a dejar a mi hija con ellos tendré que hacer algo. No
importa si tengo que dejar atrás mi vida y todo lo que he conseguido, lo
haré por mi hija.
Pero primero lucharé, no dejaré a alguien usar lo que me ha pasado
contra mí. Yo soy la víctima y nadie me castigará por algo que no fue mi
culpa y mucho menos los padres de la persona que sí que tuvo la culpa.
—¿Nena?
—¿Sí?
—No pasará —dijo Ian, giré y lo miré con el ceño fruncido—. Liv es tu
hija y de nadie más, esas personas no tocarán a Liv si tu no quieres. Esa es
mi promesa, Sam. Nadie te quitará a Liv, nadie te obligará a entregar a tu
hija cada dos semanas a unos desconocidos. ¡Nadie!
—No puedes prometerme eso, Ian.
—Sí, puedo. Confía en mí, Samantha.
Confiar, sí. Confiaba en Ian, pero no sabía si podía hacer algo en este
caso. En el peor de los casos me marcharé en medio de la noche con Liv y
nunca volveré a ver a Ian. Me iré a algún país perdido en medio de la nada
y nunca volveré a Estados Unidos.
—Eso tampoco pasará, huir de la justicia no es fácil —declaró Ian y no
entendí cómo pudo saber qué eso era lo que pasaba por mi cabeza—. Te
conozco, Sam, y aunque es difícil de creer yo haría lo mismo. Así que la
segunda parte de mi promesa es que si a pesar de todos mis esfuerzos los
Sanders ganan la custodia o el derecho de visitar a Liv lo haremos juntos,
los tres vamos a desaparecer sin rastro.
—No puedes prometerme eso, Ian —repetí.
—Sí, y ¿sabes por qué? Porque te esperé toda mi vida y no dejaré que
nadie nos separe, solo tú puedes hacer eso. Solo tú puedes ponerle fin a
nuestra relación.
No pude responderle porque Liv decidió despertarse justo en ese
momento y fui a verla. Mientras la tranquilizaba pensé en todo lo que había
pasado, el buen día que tuve ayer, la mañana desastrosa con el pediatra,
pero aun así estuve feliz todo el día.
Tenía esperanzas.
Tenía a un hombre en mi vida y lo más importante es que era feliz. Dos
días había olvidado lo que me había ocurrido, dos días sin pensar en ello,
sin sentir miedo o ansiedad. Y ahora esto.
El destino era retorcido, pero que muy retorcido.
Lis se quedó dormida y yo con ella. Me desperté horas después
desorientada, no había luz en la habitación y por un momento pensé que
estaba de vuelta en el sótano, pero luego pasó un coche por la calle y la luz
de los faros iluminó el dormitorio.
Había olvidado dejar la lampara encendida. Estaba asustada, no pensaba
correctamente y me dejé llevar por las emociones. Y mientras me duchaba
las dejé controlarme, no el miedo, la furia. Furia con el maldito cabrón, con
sus padres, pero como ninguno de ellos estaba aquí me desquité con el que
sí que estaba.
Mejor dicho, con el que no estaba.
Ian.
De nuevo se había escapado. No hacía falta bajar y ver que no estaba, lo
sentía. Hoy cuando lo necesitaba él se había marchado a su casa. ¿No era
mi novio? ¿No debería estar a mi lado?
Me puse el primer camisón que encontré, bajé al salón y cogí el teléfono.
—Sam, ¿está todo bien? —contestó Ian dos segundos después.
—No, Ian. Todo está lejos de bien, es una mierda, un desastre y la única
persona que quiero a mi lado, la única persona en la que confío no está
conmigo —espeté.
—¡Sam!
—No, ¿sabes qué? Quédate ahí, he sobrevivido sola un año, ahora
también lo haré.
Colgué y tiré el teléfono en el sofá, luego me senté en ese mismo sofá y
puse la cabeza entre mis rodillas. Respiré contando hasta diez como me
había enseñado la terapeuta, ahora no estaba asustada, estaba enfadada, pero
me imaginé que podría funcionar.
No conseguí averiguarlo ya que al llegar a nueve escuché la puerta. En
menos de un segundo estaba de pie y caminado hacia la cocina, lista para
gritarle a Ian. Pero de nuevo no lo conseguí.
Ian, vestido solo con unos pantalones de pijama, caminaba furioso hacia
mí y no me dio la oportunidad de hablar. Me levantó en sus brazos y me
llevó al cuarto de baño de abajo. Ahí me puso de pie y me dio la vuelta
hacia el espejo.
—¿Qué...?
—¡Cállate, Samantha! —dijo, la furia que veía en su rostro no se notaba
en su tono, en realidad su voz era suave—. Mírate, Sam, ¿ves esas arugas
en tu frente, esas dos líneas?
Sí, las veía. Pero no podía entender que tenía eso que ver con... ¿de qué
estaba hablando? Había perdido el hilo de mis pensamientos al vernos en el
espejo, su brazo rodeando mi cintura, los músculos tensos, su pecho
desnudo. Y yo, pequeña, rubia, semi desnuda, mis pechos subiendo y
bajando con cada respiración a punto de salir del escote del camisón.
La imagen era caliente, tanto que no podía concentrarme en lo que él me
estaba diciendo.
—¡Sam! ¿Las ves? —insistió y asentí—. Bien, las odio. No son arrugas
de expresión o simplemente arrugas, son del miedo, de las preocupaciones,
de todo lo que te molesta y las tienes siempre. Incluso cuando estás en mis
brazos viendo una película, pero hay dos momentos cuando esas arrugas
desaparecen, cuando te dejas llevar por el orgasmo y aunque me gustaría
tenerte siempre en mi cama y darte placer eso no es posible. Y el otro
momento es cuando estás con tu hija, solas en vuestra habitación, hablando
o durmiendo.
—Ian...
—Sí, Sam. Cada noche me marcho a mi casa a pesar de desear con todo
mi corazón dormir contigo, pero no puedo porque quiero verte feliz, quiero
ver la paz en tu rostro, esa paz que te da dormir con tu hija.
—Tengo miedo, Ian —admití.
—Te prometí que nada te pasará, ¿recuerdas?
—No es suficiente, Ian. Te quiero a mi lado todo el tiempo que sea
posible.
—Me tendrás, dime cuándo y cómo y me tendrás.
Ahora, lo quería ahora, pero primero había algo que quería más que sus
brazos a mi alrededor mientras dormía. Lo quería a él y se lo dejé saber.
Puse mi mano sobre la suya y la bajé hasta mi centro, levanté el camisón
con su mano y presioné su mano entre mis muslos.
Ian no necesitó más que eso, tomó el control y me dio lo que le pedí.
Arqueé el cuello para recibir mejor sus besos, empujé mi trasero hacia atrás,
todo sin apartar la mirada del espejo. Dudé un momento cuando bajó las
tirantes del camisón, pero sus dedos sobre mis pechos me convencieron.
Sus dedos, Ian hacía milagros con esos dedos y lo consiguió ahora también.
Solo después de recuperarme del orgasmo me tomó y lo hizo despacio,
con suavidad, como si supiese que quería disfrutar al máximo de la
experiencia. Miré nuestro reflejo en el espejo, lo miré a él mientras me
penetraba con fuerza y miré cuando se dejó llevar por el placer.
Mi cabeza estaba jodida.
Diez minutos antes lo odiaba, ahora lo miraba como si mi vida no tendría
sentido sin él. Al aparecer Ian pensaba lo mismo.
—Te amo, Samantha Garrett —declaró mirándome a los ojos.
Lo último que vi fueron sus ojos nublados por la preocupación.
*
Ayala
—Mira que eres idiota —le dije a Ian.
—¡Nena! —me advirtió Linc.
—¿Tú sabes lo que vivió Sam? ¿Cómo se te ocurre decirle que la amas?
—espeté.
Ignoré la mirada perpleja de Ian y me giré hacia Sam, ella estaba
tumbada sobre el sofá. Su pulso estaba estable y tenía dos opciones, una
bofetada o dejarla despertar por sí misma. Su mente necesitaba tiempo.
No era justo, tanto sufrimiento y no había terminado. ¡Dios! No se había
terminado. Sam lo estaba haciendo muy bien, volviendo poco a poco a la
normalidad, dejando atrás lo que le había pasado. No había nada mejor que
el amor para conseguirlo, pero Sam preferiría pasar otro año en ese infierno
que escuchar esas dos palabras.
Será incluso peor cuando se dará cuenta de que ella también lo ama,
mucho peor. Luego estaban los otros, la pareja que pedía a Liv. Había tanta
maldad en ellos que se me helaba el corazón solo con ver su imagen en mi
mente.
¡Maldito don bueno para nada!
Después de la muerte de sus padres Sam necesitaba paz, tranquilidad y
amigos, pero no dejó a nadie acercarse a ella y luego llegó Colin y sus
problemas. Y todo seguía igual, como conseguía avanzar un poco ahí iba de
nuevo el destino para joderle de nuevo la vida.
Sí, Sam era una mujer fuerte y al final ganará, tendrá su final feliz, pero
la lucha será dura y solo con amor y confianza lo conseguirá. Pero es muy
pronto para el amor, Sam necesita un poco más de tiempo para
acostumbrarse.
—¿No vas a despertarla? —preguntó Ian.
—Está descansando, déjala dormir —dije.
—No está descansando, la vi desmayarse así sin más —insistió él.
—¡Hombres! —murmuré.
Fui a coger el maletín de Sam que estaba al lado de la puerta y busqué el
frasco para despertarla. Ya se encargará ella de decirle a Ian que solo estaba
durmiendo. Pero cuando medio minuto más tarde ella abrió los ojos entendí
que él había tenido razón.
Mi maldito don se encargó de dejarme saber que le había pasado, que
estaba pasando ahora, que pasará en las próximas semanas, pero no me dijo
que lo que yo pensaba que era una siesta había sido un infierno para ella.
Los ojos de Sam reflejaban un terror que nunca había visto, un miedo
que salió de ella y nos envolvió a todos. Sentí a Linc estremecerse y mi
Linc era un hombre fuerte, no se asustaba de mucho.
¿Qué demonios le habrá pasado a Sam? ¿Dónde estuvo cuando yo
pensaba que ella dormía?
—¿Mi bebé? —susurró ella llevando las manos a su abdomen.
—Liv está durmiendo —dije en voz baja.
Sam me miró como si me viera por la primera vez, poco a poco pareció
darse cuenta de dónde estaba y con quién. Miró a Linc y luego a Ian.
—No puedes amarme —le dijo y cuando Ian dio un paso hacia adelante
Sam levantó la mano—. No puedes amarme, prométemelo, Ian.
Había tanta desesperación en su voz que no pude soportarlo, parpadeé
para alejar las lágrimas y me senté despacio en el sofá.
—No te ama —dije y rápidamente le hice un gesto a Ian cuando protestó
—. No te amará, ¿vale, Sam?
Ella asintió y vi como sus hombros se relajaban. ¿Cómo alguien podía
temerle tanto al amor?
—Voy a ver a Liv —dijo Sam.
La miramos marcharse y solo cuando pensó que yo no podía
escucharnos Ian se giró.
—¿Qué mierda, Ayala?
—No puedo decírtelo.
—Pero si le puedes decir a la mujer de mi vida que no la amo y que
nunca la amaré, ¿eso si puedes?
—Cuidado, White, ella es la mujer de mi vida y no me gusta que le
grites —dijo Linc.
—Ian, créeme, es lo que ella necesitaba en este momento. Un día podrás
decirle que la amas y ella no se sentirá en el infierno, no se desmayará por
el susto. Confía en mí.
Podía ver en sus ojos que no me creía, pero era todo lo que podía decirle.
¿Qué sentido tenía contarle que antes de poderle decirle esas dos palabras le
romperá el corazón? No, no le haría ningún bien.
Nos marchamos y de camino a casa Linc estaba muy callado, eso nunca
era bueno.
—Solo dilo.
—No hay nada que decir, Ayala. Ian es mi amigo y no entiendo, sí que
entiendo, pero no quiero.
—¿De qué estás hablando?
—Te conozco y por tu expresión sé que esto solo es el comienzo. No
quiero eso para él, para ella tampoco. Sé que sufrirán y me gustaría hacer
algo para impedirlo.
—No hay nada que hacer, Linc. Ya lo sabes, el destino tiene su manera
de arreglar las cosas.
—Sí, primero te jode la vida y luego tienes que luchar para conseguir tu
felicidad.
Ahí tenía razón, es lo que nos había pasado a nosotros. El sufrimiento, la
lucha y por fin estábamos en la mejor parte, la de felices para siempre.
Aunque no se podía ser feliz completamente cuando los amigos sufrían.
Pero ellos también llegarán ahí, solo necesitaban amor y paciencia. Y
luchar.
Capítulo 13

Lo sentía desde la punta de mis pies, subiendo por mis pantorrillas,


arriba enroscándose como una serpiente, ahogándome con su oscuridad y
malicia. Por primera vez ni siquiera las pequeñas manos de Liv tocándome
no podían liberarme. Ni siquiera los sonidos que hacía ella succionado no
podían penetrar el miedo.
Estaba atrapada.
Era real. El infierno era real y lo estaba viviendo. Iban a quitármelo todo,
a Liv, a Ian, a Olivia. Todo, iban a dejarme sola en el mundo. Sola y
esperando un final que tardará años en llegar.
Estaba atrapada en mi mente y no sentí a Liv quedarse dormida como
tampoco escuché a Ian entrar en la habitación hasta que no me cubrió con la
manta. Levanté la cabeza asustada y dejé salir un pequeño grito.
—Lo siento —dijo Ian enderezándose y levantando las manos—. Pensé
que estabas dormida.
—No, creo que ya he dormido suficiente.
Miré el reloj y vi que eran pasadas las tres. Pensé en el nuevo día, un día
lleno de pacientes, un día entero de sonreír y fingir que me importa el
mundo, y no me apetecía levantarme de la cama. Quería quedarme ahí
sumida en mi miseria.
—¿Sam?
—¿Sí?
—Dime que necesitas, ¿qué puedo hacer?
—No lo sé, Ian, no lo sé —murmuré.
Ian se dio la vuelta y se marchó sin una palabra, volvió poco después con
un libro que no sabía de dónde lo había sacado y se sentó en la cama. Yo
estaba de lado, Liv dormía en la misma posición pegada a mí y él se sentó a
mi espalda sin tocarme y con la espalda apoyada contra el cabecero.
Había pensado en ello, ¿no? Quería a Ian en mi cama, pero ¿por qué
ahora que lo tenía cerca no podía ni siquiera moverme?
Ian empezó a leer y poco a poco me dejé atrapar por la historia de una
mujer que se perdía en un templo. La voz de Ian consiguió sacarme de ese
estado y me encontré sonriendo cuando la mujer fue rescatada por un
hombre muy atractivo. Giré la cabeza y vi a Ian leyendo con el ceño
fruncido. Él atrapó mi mirada.
—Nunca más podré mirar a la cara a Lidia —anunció.
—¿Por qué?
—Es su libro.
—¿Lidia te ha prestado una novela romántica?
—No, ella lo ha escrito y como he visto cuanto se gastan en pañales y
ropa para mis hermanos decidí comparar sus libros, ayudar un poco,
¿sabes? Lo que no me esperaba es tener que leer escenas subidas de tono.
—Es solo un beso, Ian, y por si no lo sabías esos hermanos tuyos no
fueron traídos por la cigüeña.
—Una cosa es saberlo y otra leerlo. No quiero…
—¿Sabes qué? —lo interrumpí—. Me pasas el libro y las leo yo, a mí no
me importa.
—En voz baja —añadió Ian.
—En voz baja —acepté.
Salió el sol e Ian seguía leyendo, no sé si a él le interesaba la historia,
pero a mí me tenía enganchada y solo tuve que leer un par de veces. Me
divertí leyendo, exclamé y me abaniqué con la mano fingiendo que lo que
estaba leyendo estaba muy apasionado. Lo era, pero no tanto. Ian no lo
sabía y la próxima vez que llegó a una parte subida de tono no me dio el
libro, leyó el mismo las escenas de pasión.
En algún momento Liv se había movido inquieta y aproveché para
ponerla en la cuna, luego poco a poco me acerqué a Ian hasta terminar
pegada a su cuerpo. Los dos debajo de la manta, leyendo, podía fingir que
todo estaba bien, que mi mundo no estaba a punto de desmoronarse.
Faltaba poco para las siete, la hora a la que debía empezar a prepararme
para ir a trabajar, cuando Ian terminó de leer el libro.
—Me gustaría que mi vida fuera un libro —murmuré.
—Lo es, ¿no? —dijo Ian sus dedos jugando con mi cabello.
—Sí, si es un drama.
—No, Sam. Has tenido drama y has sobrevivido, ahora tienes una hija
preciosa, amigos, vecinos encantados con tenerte en el pueblo y no hay que
olvidar que tienes un vecino en especial, bastante atractivo y muy, muy
interesado en ti. Yo diría que es una novela romántica en toda regla.
¡Dios! Quería creerlo, de verdad quería.
—Cuando era pequeña me gustaba la lluvia, las tormentas. Me sentaba
en el jardín y miraba como se acercaban las nubes, como el sol desaparecía
para dejar las nubes tomar el cielo. Lo mejor era ese momento de paz antes
de la lluvia cuando no había ni un sonido, ni una hoja movida por el viento,
nada más que silencio antes de las primeras gotas o el primer trueno. Este es
mi momento de paz, Ian.
—Pero la lluvia no es mala, como tampoco lo que estás viviendo ahora.
Saldrás más fuerte de esto, Sam.
—¿Fuerte? Ian, esa pequeña que duerme con su dedo en la boca es lo
único que me hace levantarme de la cama cada mañana, por ella lo hago
todo y si me la quitan...
—No lo harán, Sam, y si lo intentan hay una pequeña isla que llevo
mucho tiempo deseando visitar —dijo Ian.
Será capaz de hacerlo, Ian abandonará a su familia y amigos para venir
conmigo, lo sé y no quiero que lo haga. No podré soportar vivir con eso
sobre mi conciencia, pero por un momento me permití fantasear.
Ian, Liv y yo en una isla paradisiaca. Él trabajando en el bar de la playa y
yo cuidando a Liv y a nuestro hijo, un bebé con los ojos de su padre. O otra
niña, rubia como él. Días de sol y playa, noches de pasión y amor... no,
amor no.
Dejé de soñar cuando vi la hora y salté de la cama.
—¡Voy a llegar tarde! —exclamé.
—Hoy tienes el día libre —me informó Ian y me senté de nuevo en la
cama.
—¿Cómo?
—Ayala reprogramó tus citas y las que eran urgentes las envió al
hospital.
—¿Por qué?
—Porque anoche te desmayaste y tienes que descansar.
Y una mierda.
Lo miré, tan relajado en mi cama y traté de ignorar como de bien se veía
ahí y concentrarme en enfadarme. Pero me di cuenta de que no debía
hacerlo, ni loca iba a rechazar un día libre.
—Muy bien —dije y me puse de pie—. ¿Te preparó un café para llevarlo
contigo?
—No, yo también tengo el día libre así que siéntate que yo voy a
preparar el café.
Vale, podría hacerlo, pero primero me agaché, puse las manos sobre el
pecho de Ian y lo besé. El recuerdo de lo que hicimos en el cuarto de baño
volvió a mí mente y el deseo despertó con fuerza. Rompí el beso, miré a Liv
que seguía dormida y cogí la mano de Ian. Lo llevé al cuarto de baño y me
detuve delante del espejo.
Ian no necesitó más que una mirada para entender que era lo que quería,
lo hizo rápido, me quitó el camisón sin dejar de mirarme a los ojos. Todo el
resto lo hizo sin dejar de mirarme, besos, caricias. Yo fui la que los cerró
cuando lo sentí entrando en mí.
—¡Mírame, Sam!
Lo miré a pesar de que era difícil aguantar, el placer era demoledor,
había acaparado todo mi cuerpo, cada célula de mi cuerpo había sido
tomada por el placer. Lo miré mientras gruñía su placer y segundos después
vi algo en sus ojos. Nuevo, aterrador, esperanzador.
—¡No te amo, Samantha Garrett!
En ese momento, con Ian todavía dentro de mí, hice algo que no había
desde hace años. Me eché a llorar y por primera vez entendí lo que quería
decir mi madre, las lágrimas son buenas y malas. Las mías eran buenas.
Ian White no me amaba y si no me amaba no iba a morir.
Liv tampoco me amaba, los bebés no saben que es el amor.
Todo iba a salir bien.
Claro que minutos después mientras me duchaba me di cuenta de que lo
que estaba haciendo era exactamente lo que no debería. Que si llegamos al
juicio un psiquiatra iba a escucharme y luego iba a firmar mi ingreso en un
hospital.
En el fondo sabía que Ian me amaba, había visto el brillo en sus ojos en
ese primer momento en el hospital. Conocía muy bien ese brillo, lo había
visto en los ojos de mi padre cada vez que miraba a mi madre.
Y no solo eso, lo sentía. Aun sabiéndolo necesitaba escuchar las
palabras. No te amo. Porque si no me ama está a salvo, justo el
razonamiento de una persona loca. Pero no me importa, nadie tiene que
saber lo que ocurre en mi mente o que hago para poder sobrevivir.
Al salir del cuarto de baño encontré a Ian cambiándole el pañal a Liv.
Me quedé en la puerta parpadeando por si acaso me lo estaba imaginando.
—Tengo dos hermanos pequeños, ¿recuerdas?
—Se te da bien —dije observando que tranquila estaba Liv cuando
normalmente no paraba de moverse—. Tan bien que podrías hacerlo
siempre, ¿no?
Lo dije en broma y esperaba una respuesta igual, pero Ian me mostró, de
nuevo, que él no era como los otros hombres.
—Si tú te encargas de las comidas y cuando digo comidas me refiero a
esa experiencia aterradora con esa pasta verde de anoche, yo me encargo de
los pañales.
Así sin más llegamos a un acuerdo.
Minutos después seguía sin creerlo, Ian se había marchado a su casa
mientras yo le daba el pecho a Liv y prometió volver para preparar el
desayuno. Como siempre me quedé dormida, pero Liv no.
Ian volvió y al encontrarla despierta se la llevó abajo, yo seguía dormida
sin saber que pasaba a mi alrededor. Una hora después me desperté y lo
primero que vi fue el monitor de bebé, Liv sentada en su balancín sobre la
mesa de la cocina riendo a algo que le decía Gareth.
—Vaya mierda de vida —murmuré levantándome.
Por un momento al ver a Liv feliz olvidé lo que estaba pasando y
mientras caminaba hasta el vestidor me di cuenta de que había renunciado
sin luchar, en mi mente los Sanders ya tenían derecho a llevarse a mi hija.
Mis padres estarían tan decepcionados, ellos no criaron a una niña débil
que se deja pisotear y ahora no se trata de mí, hay una pequeña inocente que
me necesita. Tengo que dejar de sentir pena por mí misma, por llorar por lo
que me ha tocado vivir.
Sí, mis padres se han muerto y me he quedado sola en el mundo. Podría
haber sucedido cuando tenía diez años y hubiera crecido en casas de
acogida con familias a las que no le importaba ni una mierda lo que me
pasaba.
Sí, fui secuestrada y encerrada en un sótano. Podrían haberme vendido y
obligado a prostituirme, o simplemente quitar mis órganos y deshacerse de
mi cuerpo en el fondo del mar.
Sí, fui violada. Podría haber pasado más de una vez y durado mucho más
que un minuto. Y tenía a Liv. No tenía que olvidar el hecho de que hice
amor con Ian sin problemas, o sea que no me quedé con traumas de por
vida.
Así que, a la mierda, podría haber sido peor. Soy una superviviente y
lucharé por mi hija y por mi vida. Ya he tenido suficiente de sentir miedo y
lastima, era hora de hacer orgullosos a mis padres.
—¡Buenos días! —saludé contenta al entrar en la cocina.
Los dos hombres White me miraron sorprendidos y tan parecidos que me
pareció que eran el mismo hombre. Ian iba a envejecer de una muy buena
manera, seguiría igual de atractivo y casi sentí envidia. Las mujeres
necesitan cuidarse mucho y los hombres nada, para ellos pasa el tiempo y lo
hace a su favor.
—¡Buenos días, Sam! —dijo Gareth.
Le sonreí mientras me acercaba a Ian y le besaba. Vi la sorpresa en los
ojos de Gareth y le guiñé el ojo, pero él me miró preocupado. Ian se veía de
la misma manera y suspiré.
—¿Malas noticias? —pregunté y Gareth asintió—. Justo cuando había
decidido ser fuerte —murmuré.
—Pues será una prueba para tu fortaleza, ¿no? —dijo Ian.
Me senté en la silla que Ian había desocupado y besé a Liv, ella seguía en
su mundo, feliz y sonriendo. Gareth me preguntó sobre la ciudad, los
pacientes y otras cosas sin importancia mientras Ian preparaba el desayuno
a pesar de que era muy tarde. Un poco más y podría ser el almuerzo.
No hablamos sobre lo que había traído a Gareth a mi casa hasta que no
terminé de desayunar.
—Vale, estoy preparada —le dije a Gareth que cambió una mirada con
Ian antes de girar de nuevo hacia mí.
—Los Sanders, ¿has hablado alguna vez con ellos?
—No.
—En el certificado de nacimiento de Liv pone padre desconocido, ¿me
puedes explicar eso?
—¿Qué hay de explicar? El hombre que me violó y me dejó embarazada
estaba muerto y aunque no lo estaba nunca hubiera hecho algo para
conectarlo a mi hija. Ese hombre no existe. ¿A qué viene esto?
Gareth miró de nuevo a Ian y suspiré. Sabían algo y no me lo querían
contar, pero maldita sea si iban a dejarme fuera de esto. Era mi hija, mi vida
y que importaba si luego iba a desmayarme del susto, necesitaba saberlo.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—En tu declaración no hay mención alguna del embarazo, ni en la de las
otras mujeres —dijo Ian, y lo miré confundida—. Se lo has dicho al policía
que te tomó declaración, ¿no?
—Sí, a ver, no con tantas palabras, pero vinieron el día después de nacer
Liv. Les dije que día era cuando me secuestraron y sobre lo que me hizo
Fred. No tenían pinta de idiotas, creo que lo entendieron.
—El problema es, Sam, que el tema de Liv no se comentó en ningún
sitio, ni siquiera en el juicio. No sabemos cómo o por qué y aunque es
bueno para ella, no hay razón para que el mundo entero sepa cómo fue
concebida; pero tampoco sabemos cómo averiguaron los Sanders de su
existencia —dijo Ian.
Intenté recordar si Fred bajó alguna vez al sótano después de eso, pero
solo lo hizo un par de veces y yo siempre dormía con la espalda hacia la
puerta y las cámaras. Aunque Olivia se dio cuenta del embarazo enseguida,
ellos también podrían haberlo visto a través de las cámaras.
—Sigo sin entender por qué es tan importante cómo averiguaron sobre
Liv.
—Los Sanders son una pareja de reputación irreprochable, él tiene una
empresa de construcción, ella es la presidenta de una organización benéfica
que ayuda a miles de personas cada año. El hermano de ella es juez en el
Tribunal Supremo, la hermana de él es senadora —explicó Gareth.
—Vale, entonces no serán tan malas personas, solo el hijo lo era —dije
pensando que a lo mejor no sería tan mala idea dejar a Liv conocer a las
únicas personas que tenían su misma sangre.
—Quieren la custodia, Sam, y créeme cuando te digo que con todas las
conexiones que tienen lo van a conseguir sin importar que tú eres una buena
madre y que Liv estaría mejor contigo. Sin importar lo que yo haga o
cualquier otro abogado del mundo, ellos van a ganar. A no ser que podemos
demostrar que obtuvieron la información por medios ilegales o que incluso
sabían sobre lo que su hijo hacía.
Ahí estaba la confirmación de que todo se iba a la mierda, de que a pesar
de mis esfuerzos iba a perder. No podía entender por qué la querían ¿Qué
razón había detrás de su desesperación? Porque eran desesperados si iban a
luchar sucio.
—Vale, ¿y nosotros no podemos luchar sucio? —pregunté.
Gareth sacudió la cabeza, pero las comisuras de su boca subieron para
esbozar una sonrisa. Ian me miraba de una manera extraña y sentí la
necesidad de defender mi punto de vista.
—Es lógico, Ian, si ellos harán lo que sea para quitarme a mi hija yo
tengo que hacer lo mismo. Da igual si es legal o no, tengo que hacerlo. Lo
único es que no sé cómo hacerlo.
—No lo haremos, vamos a confiar en la justicia —declaró Ian, se puso
de pie y se fue de la cocina.
Gareth me guiñó el ojo.
¿Qué mierda?
Me levanté y seguí a Ian, lo encontré en mi cuarto de baño preparándose
para tomar una ducha.
¿Qué mierda?
Había ido a su casa para tomar una antes, iba vestido en jeans y
camisera, y Liv no había tirado su comida por toda la cocina manchándolo.
Su deseo de tomar una ducha no tenía sentido. Excepto si la ducha no
estaba en sus planes. Claro, Ian me abrazó y puso sus labios en mi mejilla.
Quería sexo, pero eso tampoco tenía sentido.
—¿Qué mierda, Ian? —espeté.
—FBI, ¿recuerdas, nena? —susurró con sus labios pegados a mi oído,
asentí. ¿Cómo podía olvidar que era agente del FBI? —.  Conozco ese tipo
de personas, cómo trabajan, sus métodos, cómo piensan y estoy seguro de
que te están vigilando. Tendrán a alguien siguiendo cada paso, a otra
persona escuchando tus llamadas telefónicas e incluso podrían tener
micrófonos en la casa.
Incliné la cabeza horrorizada, esto no podía pasar. Empezamos con una
demanda para la custodia y terminamos en medio de una película de
suspense. O de acción, Dios no lo quiera.
—Así que nada de conversaciones sobre actos ilegales, nada que puedan
usar contra ti —continuó Ian.
—Entonces si pienso que debería usar el dinero que me dio el padre de
Ryan para contratar un asesino es mejor guardármelo para mí, ¿no?
—Sí, nena. Incluso sería mejor no pensarlo, no sabemos qué tipo de
medico traerán para la evaluación.
—Da igual lo que pienso o digo, ese si está pagado por ellos dirá lo que
tiene que decir.
Con cada detalle, cada momento que pasaba me daba cuenta de que
estaba en un buen lío y lo peor de todo es que no tenía muchas esperanzas.
—No estás sola, Sam. Lo conseguiremos, de una manera u otra —dijo
Ian y elegí fingir.
Fingir que sus palabras eran verdaderas.
Fingir que estos días no podrían ser los últimos que pasaba con mi hija.
Fingir que todo estaba bien.
Fingir, algo que se me daba muy bien. Llevaba fingiendo vivir desde que
fallecieron mis padres, ya era una experta. Incluso podían darme un premio
a la mejor actuación.
Capítulo 14
Ian

—¡Jodida mierda! —exclamé colgando y guardando el teléfono en el


bolsillo.
Justo lo que necesitaba ahora mismo, más líos, más problemas que no
podía resolver. Sabía que Uma iba a darme problemas, pero no sabía que
íbamos a llegar a esto. Pero dejé eso a un lado y entrecerrando los ojos
busqué al hombre que había visto hace poco entrar.
El Tigre era su apodo y nunca pudo entender por qué. Era un hombre
bajo, delgado y con una barba que le hacía verse como uno de los siete
enanitos. A pesar de vivir en el peor de los barrios, de que sus amigos eran
la escoria de la sociedad, él era un buen hombre.
En el interior, muy bien oculto de los ojos de los demás había un corazón
listo para ayudar cada vez que tenía la posibilidad. Esperaba que hoy la
tenía.
Lo miré mientras intentaba conquistar a una mujer rubia y no pude evitar
sonreír cuando ella lo rechazó. Pero él no renunció, lo intentó con otra y
otra hasta que el barman gritó que era la hora de cerrar.
Habían quedado muy pocas personas en el bar, dos moteros jugando al
billar, un hombre vestido con traje ocupado con una mujer semidesnuda y al
fondo del bar el hombre que llevaba tres días siguiéndome.
A veces me sorprendía la estupidez de las personas, me costaba creer
que los Sanders no sabían que fui agente del FBI y enviaron a seguirme a
un amateur. Su coche apareció detrás del mío solo dos minutos después de
dejar Lake Spring.
No fue fácil dejar a Sam y a Liv sabiendo que hay personas vigilando
cada paso, pero no había otra opción. Tiempo tampoco teníamos, la fecha
para la primera audiencia era el próximo lunes. Muy poco tiempo para
encontrar los secretos de los Sanders.
Pero Linc iba a cuidarla, lo prometió y confiaba en él. Luego estaban los
abuelos que mi padre llamó con la excusa de que mi casa necesitaba
algunos arreglos y que yo no estaré en casa para protestar.
Liz también llegó de improvisto. Estaba en el cuarto de baño con Sam
explicándole que tenía que marcharme cuando llamaron al timbre y ahí
estaba Liz. Ella entró maldiciendo a los hombres, bueno, no a todos, a uno
en especial.
Entre una cosa y otra dijo que necesitaba un lugar para aclarar sus ideas
y hacerse a la idea que la única hija que tendría será su ahijada Liv. Me
pareció demasiado drama y mucho lío, a mi padre también y aprovechamos
que Sam estaba acompañada y nos fuimos a mi casa para aclarar los últimos
detalles.
Hablé con Sam un par de veces en los últimos días, pero fueron
conversaciones cortas sin ningún interés para los que nos escuchaban.
—Te echo de menos. Yo.
—¿Cuándo vuelves? Sam.
—¿Has leído el libro? Yo.
—¿Cuándo vuelves? Sam.
Me quería de vuelta a Lake Spring, yo también lo quería, pero primero
tenía un trabajo que hacer. El Tigre, por alguna razón me ignoraba. Me
había visto dos minutos después de sentarme a la mesa, pero decidió hacer
como si no me conocía.
Y eso no era bueno, era jodidamente malo.
Por fin El Tigre decidió poner fin a su noche y salió caminando despacio
del bar. Pagué la cuenta y lo seguí, pero no había ni rastro de él en el
aparcamiento vacío. Mientras caminaba hacia mi coche escuché la puerta
del bar y luego pasos detrás, podía apostar mi vida que se trataba de mi
sombra. La verdad es que no sabía si ese hombre era tan estúpido o quería
que yo supiera que me seguía.
Abrí la puerta del coche y subí notando enseguida el olor a cerveza
barata. Me senté en el asiento, metí la llave en el contacto y esperé.
—¿Ese es estúpido o lo hace a propósito? —preguntó El Tigre.
—Eso mismo me pregunto yo —murmuré arrancando el coche.
—Ve a la derecha y sigue recto hasta el tercer semáforo, luego coge la
salida hacia el puente.
Conduje siguiendo las instrucciones, aunque mi instinto me advertía que
algo no estaba bien. Las calles estaban vacías a esta hora de la noche y aún
más siendo este el barrio con la peor fama de la ciudad. En alguna esquina
había mujeres ofreciendo sus servicios a los pocos hombres que paraban sus
coches.
—Me gustas, White —dijo él de repente—. Me has gustado desde el
primer momento y no me gustaría verte muerto así que mi consejo es correr.
Coge a tu mujer, a esa niña, y corre sin mirar atrás.
El primer impulso fue detener el coche, girarme hacia los asientos de
atrás y coger al hombre y sacudirlo. Era un buen informante, bastaba con
enviarle un mensaje y en menos de veinticuatro horas tenía la información
que necesitaba, pero no le había enviado ni un mensaje. Decidí venir a
buscarlo en persona sabiendo que podrían vigilar mis mensajes y llamadas.
—¿Qué sabes tú de mi mujer?
—Más de lo que me gustaría, White, más de lo que me gustaría —fue su
respuesta.
—O empiezas a hablar o saco la pistola y te meto un tiro entre los ojos,
Tigre. Tú decides.
—La quieren de vuelta en el sótano —dijo él y sin importarme que
estaba el coche atrás vigilando, me giré hacia él.
—¿Quién la quiere y por qué?
—Lawson la secuestró porque quería el dinero, quería vender esa
montaña y enriquecerse, pero mientras tanto encontró otra manera de hacer
dinero. Había cámaras de grabación en el sótano y pagando un precio
podrías acceder a ellas en vivo. No te imaginas cuánta gente degenerada
hay que disfruta mirando a una mujer encerrada.
Vi rojo delante de mis ojos, los oídos me pitaban y mi corazón estaba
acelerado. Ese hijo de puta la encerró durante un año, le robó un año de su
vida y como si eso no fuese suficiente la vendió. Su imagen, su calvario
disponible para todos los pervertidos del mundo.
Sam.
¡No!
No puedo pensar en eso ahora.
—¿Qué más sabes?
—Hay mucha demanda y aunque el socio de Lawson tiene a otra chica
encerrada, el público quiere a tu mujer. Quieren ver cómo reaccionaría a
otro año, a otra… ya me entiendes.
¡Maldita mierda!
Frené en el medio de la carretera y me di la vuelta, El Tigre estaba
tumbado sobre los asientos y me miraba serio.
—Dime que estás bromeando.
—No lo estoy, hay gente obsesionada con ella. Incluso hay una subasta
por ella, por ser el que vaya a ese sótano y.… ya sabes.
—Violación, esa es la palabra que buscas —gruñí.
—Esa es, pero, hombre, no sé si puedes hacer algo para impedirlo. Esas
personas son peligrosas, tienen ayuda y por ayuda quiero decir que hay
policías entre sus filas, incluso hay un juez.
—Necesito nombres.
—Sabes que estoy muerto si lo hago, ¿no? —preguntó él.
Lo sabía, pero no tenía otra opción. Además, podía protegerlo, podía
llevarlo a una casa segura donde nadie podía encontrarlo. Pero antes de
poder contarle el plan vi a dos coches de policía rodear mi coche. Me
hicieron una señal para seguir mi camino y lo hice. Había olvidado que
estaba en el medio de la carretera.
—Puedo protegerte —le dije.
Él resopló.
—Hombre, tienes que proteger a tu mujer. Además, ya estoy harto de
esta puta vida.
Fue como si sus palabras hubiesen invocado a la muerte, en un segundo
estaba hablando y al otro escuché el disparo, sentí las salpicaduras en la
parte de atrás de mi cabeza y cuello. Detuve el coche y miré atrás.
El Tigre tenía un agujero en la cabeza.

*
—Vamos a intentarlo de nuevo, señor White —dijo el detective, un
hombre mayor con un rostro que reflejaba una adicción a la bebida—. ¿Qué
hacía con el señor Trevor a las tres de la madrugada?
—Charlar —respondí.
Mentía, yo lo sabía y el detective también, pero decir la verdad no estaba
en mis planes. Llevaba horas en la comisaría, desde que llamé a
emergencias. En cinco minutos habían llegado y en dos me pusieron las
esposas.
Ni siquiera escondían el hecho de que no tenían nada en mi contra, solo
querían mantenerme encerrado. De concederme mi llamada telefónica ni
hablar y de abogado menos.
—¿A las tres de la madrugada?
—Sí, a las tres. Y ahora quiero mi llamada o mejor aún, pueden dejarme
ir.
—¿Por qué lo haríamos? —preguntó el otro detective, Daniels. Él no
estaba en esto, pero el otro era su jefe y obedecía órdenes. Yo fui una vez
así, obedecía sin preguntar.
—Yo no maté a Trevor, excepto si he conseguido dispararle desde detrás
de mi coche mientras conducía. No hay residuos de disparo en mis manos,
no tenéis ni una prueba.
—Tenemos un testigo —dijo el detective gilipollas y Daniels lo miró
sorprendido.
Estaba jodido, esto iba para largo. Ya no intentaban mantenerme alejado,
ahora me querían encerrado y lo querían por mucho tiempo.
De repente se abrió la puerta y entró Kevin, mi antiguo compañero del
FBI.
—Detectives, el señor White queda en mi custodia —dijo dejando un
papel sobre la mesa.
El gilipollas lo leyó y maldijo.
Daniels sonrió.
Los dos salieron de la habitación y me dejaron solo con Kevin.
—Vamos —dijo él.
No esperé ni un segundo, me levanté y en cinco minutos estábamos fuera
de la comisaría y subiendo al coche de Kevin.
—Te has metido en un buen lío —dijo él arrancando el coche.
—Dime algo que no sé.
—Vale, ese papel es falso y tardarán unas horas en averiguarlo.
—¡Joder, Michaelson!
—¡Joder, White! ¿Qué querías que hiciera? Dejar a mi amigo pudrir en
la cárcel no me apetecía mucho.
—¿Morir sí te apetece?
—Cuéntame que pasa y cómo vamos a arreglarlo —dijo Kevin.
—Ryan Lawson secuestró a cuatro mujeres con el único propósito de
heredar unas tierras y como la herencia no llegaba se montó un espectáculo
online con las mujeres encerradas.
—Recuerdo el caso, ¿cómo has conseguido involucrarte en esto?
—Sam Gareth, la primera mujer que secuestraron es la mujer de mi vida.
Kevin silbó.
—¿La rubia de ojos miel?
Asentí.
Kevin me conocía bien y no era una sorpresa, cuatro años de trabajar
juntos, día y noche, caso tras caso, asesinato tras asesinato. En un momento
llegué a pasar más tiempo con él que con mi familia.
—Volviendo al tema —dije— hay un socio y quieren secuestrar de
nuevo a Sam, no sé cómo ni cuándo, pero antes de eso hay otro problema.
Fue violada, se quedó embarazada y ahora los padres del violador quieren la
custodia del bebé.
—¡No jodas! —exclamó Kevin.
—Iba a ver a El Tigre pensando que podía averiguar algo sucio sobre los
padres, pero él va y me suelta eso. Ahora está muerto y eso me hace pensar
que hay más sobre esto de lo que pensábamos.
—Déjame pensar —dijo Kevin, en traducción eso significaba quedarme
callado mientras él daba mil vueltas al asunto.
—Toma la salida hacia Lake Spring —dije.
Tenía un trabajo que hacer, pero necesitaba ver a Sam y no solo eso,
tocarla, ver con mis propios ojos que estaba bien. Y convencer a Linc de
que deje que Sam y Liv se queden en su casa. Esa casa era una fortaleza, el
mejor sistema de seguridad, muros y ventanas blindadas sin olvidar que
Ayala era la hija de un jeque.
Nadie era tan idiota e intentar entrar en la casa para secuestrar a Sam. Si
ella estaba a salvo podía ir a buscar a los hombres detrás del negocio de los
videos. Los Sanders podrían haber averiguado que Sam estaba embarazada
a través de esos videos o de alguno de sus contactos.
Pero ellos habían bajado al segundo puesto, había otra amenaza mayor.
No sabía si debía contarle sobre el negocio en internet, contarle que el
mundo entero fue testigo de su infierno. Un mundo que no solo que no hizo
nada para ayudar ahora estaban dispuestos a pagar por verla de nuevo en
esa jaula.
—Ese informante tuyo no era tonto, ¿no te dijo algo más? —preguntó
Kevin.
—No, ¿por qué?
—Porque sabía que si abría la boca iba a morir así que creo que habrá
tomado algunas medidas de precaución, tú harías lo mismo, ¿no?
Repasé la conversación con El Tigre, pero no había nada ahí, ni una
palabra fuera de contexto y si me hubiera dejado algo en el coche no había
manera de conseguirlo. Mi coche se lo había quedado la policía.
Pero sí había algo.
—Necesitas darte prisa —le dije a Kevin y él aceleró sin hacer
preguntas.
Una hora más tarde llegamos a Lake Spring y le pedí a Kevin aparcar
delante de la comisaría.
—Y yo decía que me aburría —dijo Linc al vernos entrar.
—Grayson, te sienta bien el puesto de sheriff, solo te falta la barriga —le
dijo Kevin.
—¡Vete a la mierda, Michaelson!
Ignoré su particular manera de saludarse y me senté al escritorio, encendí
el ordenador y le pedí a Linc su contraseña.
—¿Olvidaste la tuya? —espetó.
—No, pero no quiero arriesgarme.
Usé el usuario de él para acceder a internet, activé un par de programas
que me permitían conectar a la red sin ser rastreado y luego entré en mi
correo electrónico. A veces El Tigre me enviaba información ahí y esperaba
encontrar algo.
—¡Bingo! —exclamé al ver el mensaje.
Peligro.
Solo él podría enviar un mensaje con un archivo adjunto con ese
nombre. Qué pena que estaba muerto, era un buen hombre.
—¿Qué tienes? —preguntó Kevin.
—No lo sé todavía, necesito tiempo para verificar el contenido del
archivo —respondí.
—Tienes hasta las ocho cuando se acaba mi turno, me voy a dormir un
rato. Vigilad el castillo mientras tanto —dijo Linc.
Kevin hizo una remarca sobre el amor y en lo que había convertido a
Linc, este le respondió levantando un dedo. Y mientras intentaba averiguar
la contraseña del archivo sonreí.
Amigos, luchar por la justicia, por hacer el bien, proteger a los inocentes
incluso si era de los que debían protegerlos en primer lugar. Eso era lo que
yo quería, eso era mi sueño desde pequeño.
Horas después salía el sol, Kevin dormía en la silla con la cabeza sobre
el escritorio, Linc estaba en la oficina organizando papeles y yo estaba
tomando mi quinto café. Había perdido toda la noche con ese maldito
archivo y nada. No había manera de abrirlo.
—Vamos, es hora del desayuno —dijo Linc.
Kevin se despertó en menos de un segundo.
—¿Desayuno? Bien, estoy muerto de hambre.
—Necesito un minuto —dije.
Envié el archivo a otras cuentas, a mi padre, a Linc y a algunos amigos
solo por si acaso. Luego transferí los datos a tres tarjetas de memoria, una la
guardó Linc en la caja fuerte, otra se la llevó Kevin y la tercera para mí.
Tenía que averiguar que había ahí, pero ahora había algo más que quería
hacer.
Sam.
Liv.
Seguimos a Linc a su casa, por lo visto anoche tuvieron una fiesta de
pijamas. Ayala, Sam y las niñas, Melie, la hermana pequeña de Ayala y Liv.
Luca, el hijo de Ayala y Linc, había pasado la noche en casa de los padres
de Linc. Por lo visto la cosa de solo chicas iba en serio y Linc tenía
instrucciones de no volver a casa antes de las nueve.
A las nueve en punto entramos en la casa.
—¡Cariño, estoy en casa! —gritó Linc.
—Como si no lo sabía ya —replicó Ayala.
Ella llegó desde la cocina, fue directo hacía él y lo abrazó. Parecía a
punto de tener un ataque de nervios, pero en unos momentos se recuperó.
—Ian, me alegro de que hayas vuelto —dijo ella, intentaba decirme algo,
pero maldita sea si podía leer lo que expresaban sus ojos.
—¿Sam?
—En la cocina.
Fui a buscarla, dejé a Linc para presentarle a Kevin a Ayala y la encontré
justo donde Ayala dijo. En la cocina, de pie al lado de la isla donde Melie le
daba de comer a Liv. No hace falta decir que la comida iba a todos los sitios
menos a la boca de Liv.
Sam estaba riendo y a primera vista parecía feliz, pero solo a primera
vista que luego se podían notar los hombros tensos, las ojeras. Y hasta
podría jurar que había perdido peso, pero eso no era posible en solo tres
días, ¿no? Además, ella ya no tenía de donde perder peso, estaba solo piel y
huesos.
¡Malditos bastardos! Iba a matarlos por hacerle esto a Sam, iban a pagar
incluso si era lo último que hacía.
Ella me vio y parpadeó varias veces como si no podía creer que estaba
ahí, luego de unos segundos corrió a mis brazos. Enterró la cara en mi
cuello y me apretó con fuerza, la sentí temblando y la abracé.
—¡Buenos días, Ian! —dijo Melie.
Levanté la mirada y atrapé la de ella, de nuevo vi lo mismo que vi en los
ojos de Ayala. ¿Qué mierda había pasado y por qué intentaba advertirme
una niña de diez años?
—Melie.
—Voy a lavarle la cara a Liv —dijo ella, cogió a la pequeña y salieron de
la cocina.
Sam continuaba abrazándome con fuerza, aunque los temblores habían
disminuido.
—¿Qué ha pasado, Sam?
—Nada —susurró ella.
Tomé su rostro en mis manos e incliné su cabeza, sus ojos estaban rojos
signo de que había llorado. Iba a matar a Linc, prometió protegerla y aquí
estaba ella con los ojos rojos y temblando.
—Nada, ahora que estás aquí —continuó Sam.
—Ese nada no me convence, Sam.
—Lo sé, pero no quiero hablar.
No insistí, no solo porque ella dijo que no quería, pero también porque vi
la súplica en sus ojos. Bajé la cabeza y presioné mis labios contra las de ella
en un beso corto que debía asegurarle de que todo estaba bien. Que todo
estaría bien, aunque a mí también me costaba creerlo.
Llegaron los otros y Sam no se movió de mis brazos, le presenté a Kevin
y él hizo una broma como siempre, una que Sam encontró bastante
divertida y se echó a reír.
—¡Dios! —exclamó Kevin poniendo la mano en el pecho—. Por fin una
mujer que se ríe con mis bromas. Sam, si te aburres de él ya sabes dónde
encontrarme.
—Ian, tengo el arma arriba si la necesitas —ofreció Linc.
—Sin sangre en mi casa —protestó Ayala.
—Puedo hacerlo en el jardín —dije, y di un paso atrás alejándome de
Sam ya que ella levantó la mano para pegarme en el brazo.
Eso era lo que deseaba para ella, que sea feliz, que sea capaz de sonreír y
bromear.
—¿Qué os parece si me ayudan a preparar el desayuno en lugar de
hablar de asesinato? —preguntó Ayala.
Desayunamos todos juntos sentados a la mesa de la cocina, bromeando y
conversando sobre cosas sin importancia. Melie contó sobre su último
proyecto escolar que incluía toneladas de fieltro, purpurina y pegamento. Y
unos tres días de aspirar la purpurina del suelo de la casa.
Ayala nos contó sobre los cotilleos del pueblo, por lo visto un señor que
nadie sabía decir quién era estaba engañando a su esposa con la vecina.
Todo el pueblo estaba mirando a diestro y siniestro buscando averiguar
quién era el hombre, aunque por lo que decía Ayala querían saber más quién
era la vecina.
A pesar de lo entretenido que era pasar tiempo con mis amigos quería,
necesitaba, estar a solas con Sam. Algo le había pasado y sabía que una vez
solos podía convencerla de que me diga que había ocurrido.
Por otro lado, temía ese momento, sabía que iba a preguntarme sobre lo
que averigüé y las noticias no eran buenas. Primero tenía que decir que no
tengo nada sobre los Sanders y luego la peor noticia, la que no estaba
seguro de que no iba a provocarle otro desmayo.
—¡Dios! ¿Pero por qué los hombres son tan idiotas? —preguntó Liz
entrando en la cocina.
Había olvidado que ella también estaba aquí y su entrada me tomó por
sorpresa, a mí, a Kevin le quitó la respiración. Él se quedó fascinado
cuando la vio entrar, vestida con jeans y una camiseta ajustada, el cabello
suelto cayendo en ondas sobre sus hombros. Liz era una mujer guapa y
Kevin acababa de enamorarse.
—Ni lo sueñes —le dijo ella al verlo mirando embobado.
—¿No? Te puedo asegurar que yo no soy idiota —dijo Kevin.
—Vamos a ver—replicó Liz, se sentó al lado de él, apoyó el codo en la
mesa, la barbilla en la mano y lo miró a los ojos—. Te digo que te amo, que
lo hago desde que era una niña, que eres el hombre de mis sueños, que
quiero que seas el padre de mis cinco hijos y que soy virgen. ¿Qué dices tú?
—¿Las Vegas o quieres esperar y organizar una boda por todo lo alto? —
preguntó Kevin sin dudar ni siquiera un segundo.
Él había perdido a su familia en un accidente cuando era pequeño y su
deseo era tener una familia grande, era claro que iba a decirle que sí a Liz.
¿Qué hombre no lo haría? La parte mala es que ella no esperaba esa
respuesta.
—¡Dios! ¿Por qué me odias? —preguntó ella mirando al techo—. ¿Por
qué me envías a un hombre guapo y dispuesto a pasar el resto de su vida
conmigo cuando sabes que no puedo dejar de amar a ese gilipollas?
—Liz, deja el drama y desayuna —espetó Sam.
—Pero, Sam…
—Todavía queda la parte ilegal de tu plan y si eso tampoco funciona ahí
tienes a Kevin, seguro que estará dispuesto a esperar unas semanas, ¿no,
Kevin? —dijo Sam.
—Soy agente del FBI, cualquier indicio de delito estoy obligado a
denunciarlo —explicó Kevin.
Me abstuve de recordarle que había falsificado los papeles para
liberarme del interrogatorio de la policía solo unas horas antes.
—Entrar en la casa de un hombre, atarlo a la cama y aprovecharte de él
es delito, ¿no? —preguntó Liz.
Kevin levantó la mirada hacia el techo justo cómo lo había hecho Liz
unos momentos antes.
—¿Por qué me odias?
Me eché a reír y solo un segundo después paré cuando escuché la risa de
Sam, un sonido cristalino, feliz. El mejor sonido del mundo y sin poder
detenerme tomé su rostro en mis manos y la besé. No me importó ni las
exclamaciones ni los silbidos.
Tenía a mi mujer en mis brazos.
Ella era feliz.
Nada más importaba.
Capítulo 15

Lo sabía.
Lo sentía en cada célula de mi cuerpo.
Lo soñé la noche anterior.
¡Dios!
Iba a pasar de nuevo, alguien querido iba a morir y no había nada que
podía hacer para impedirlo. Liv. Ian. Olivia. Liz. Sarah. Uno de ellos o
todos.
Días atrás Ian se marchó para conseguir información sobre los Sanders,
me asusté para que mentir y decir que no me preocupé por él en cada
momento. Me asusté pensando que podría pasarle algo, que podría pasarme
a mi algo sin él. No sé cómo o cuándo, pero Ian era mi salvavidas, no podía
estar sin él.
Fueron solo tres días sin él, días en que estuve muy bien acompañada.
Liz apareció de la nada, aunque no era exactamente de la nada. Era culpa
de ese hombre terco que por lo visto continuaba tratando a Liz de la misma
manera. Con indiferencia y eso la volvía loca. Ella estaba a punto de
renunciar, creo que lo hubiera hecho hace mucho, el problema es que es
muy difícil renunciar a los sueños y menos cuando llevas toda la vida
soñando con ello.
Pero con todo el drama fue una muy buena compañía y consiguió
distraerme. Ian se marchó por la mañana y Nora con Dean llegaron poco
después del mediodía. Tenían planes para la casa de Ian, redecorar su
dormitorio que me pareció una muy mala excusa.
Los cinco nos fuimos a la otra ciudad para comprar cortinas, eso dijo
Nora, cortinas. Volvimos a casa con cortinas para todas las habitaciones,
sábanas nuevas, una colcha preciosa que elegí yo para Ian, toallas, una
cama nueva y si Liv no se hubiera negado a comer una hamburguesa creo
que seguiríamos en esa tienda.
Nora era un peligro comprando y Dean, bueno, no podía decidirme si era
un buen marido o uno malo. Lo único que hacía era sonreír, asentir, pagar y
decir Lo que tú quieres, Nora.
Siempre había alguien conmigo y por alguien quiero decir un hombre.
Dean, Miles cuando Dean tuvo que llevar a Nora a comprar pintura, Linc
cuando Miles tuvo que volver a casa, incluso Jason vino a preguntar cómo
me iba, si estaba contenta en el pueblo.
Todo parecía tan normal, solo amigos y vecinos pasando a saludar, pero
no me engañaron y a Liz tampoco. Tuve que contarle, no todo, solo
suficiente para que sepa que las cosas estaban mal.
A pesar de todo estaba bien, todo lo bien que podía estar sin Ian, como
he dicho él se había vuelto imprescindible para mí. Pero ese bien se
convirtió en mal, peor que mal la madrugada del domingo.
Ayala llamó el sábado por la tarde para invitarme a una fiesta de pijamas,
Liz aceptó encantada y no tuve otra opción que empacar, coger a la niña e ir
y pasar la noche en casa de Ayala. Fue divertido, Ayala y Liz se llevaron
bien desde el primer momento, fue como si se conocieran desde siempre.
Buena comida, o sea pizza, cerveza sin alcohol y mucho helado. Hemos
bromeado mientras veíamos una película romántica, hablamos sobre
hombres y sueños, sobre sexo, pero eso fue mucho más tarde cuando Melie
se había ido a dormir.
Liz casi se cayó desde el sillón cuando le conté que me había acostado
con Ian, casi. Se quedó boquiabierta por la impresión, luego se excusó y se
fue a llorar al cuarto de baño. Lo que me pasó fue traumático para ella
también, pero nunca me había dado cuenta de ello. Yo fui la que sufrió el
abuso, el dolor, pero para ellas iba más allá de físico.
Creo que fue por eso por lo que soñé.
Soñé con mis padres, estaban vivos, encantados con Liv e Ian. Soñé con
mi boda, vestida de blanco y besando a Ian. Se sentía tan real y me sentía
tan feliz que cuando el sueño se convirtió en una pesadilla no supe que
hacer.
La iglesia decorada con tulipanes blancos se convirtió en un sótano,
jaulas llenando cada espacio y dentro de esas jaulas había todas las personas
de mi vida, las vivas y las muertas. Fred estaba ahí rodeado de otros
hombres, mirándome, esperándome.
Quería correr, escapar, pero no podía dejarlos encerrados ahí, no quería
quedarme sola. Fred iba a lastimarme, los hombres igual y todos iban a
mirar. Mi padre, Ian, Liv.
Grité, hice lo único que podía hacer, gritar. Y lo hice sin darme cuenta de
que lo hacía de verdad, que mis gritos iban a romper el silencio de la noche
y asustar a todos.
Fue Ayala la que consiguió despertarme, pero solo después de luchar con
ella. Le grité, le pegué. En mi mente ella era Fred y quería hacerme daño.
Finalmente, abrí los ojos y vi lo que había causado. Liz sosteniendo a mi
pequeña que lloraba asustada, Melie detrás de la puerta mirando con
lágrimas en los ojos y Ayala con arañazos en los brazos.
Poco después todos volvieron a la cama incluida yo con la mala suerte
de quedarme dormida de nuevo. Mala suerte porque desperté sabiendo que
algo iba a pasar, ese mismo algo que pasó tres veces antes en mi vida.
La abuela, mis padres y el secuestro.
Ian volvió y al abrazarlo ese sentimiento desapareció. Fue muy extraño y
no me fiaba, podía ser que mi cerebro estaba jugando conmigo, ¿quién
sabe? Pero decidí disfrutar del poco tiempo que tenía con ellos todos.
Después del desayuno Liz se fue de compras con Kevin, sí con el
hombre que dijo que quería casarse con ella. En menudo lío se había metido
Liz. Ian nos llevó a casa, a Liv y a mí, y después de ver que sus abuelos no
estaban fuimos a mi casa.
Y con Liv durmiendo tranquila en la cuna bajé al cuarto de estar donde
me esperaba Ian. Me senté en su regazo y puse la cabeza sobre su pecho.
Por fin.
Estaba a salvo, los miedos, los presentimientos borrados por su abrazo,
por su calor y su fuerza.
—¿Me vas a contar qué ha pasado? —me preguntó Ian.
—¿Me lo vas a decir tú?
Ian suspiró y no necesité más para entender que no traía buenas noticias,
pero tampoco esperaba algo bueno después de la noche que había tenido.
—Tenía nueve años cuando murió mi abuela, recuerdo ese día como si
fuese ayer. Desperté triste sin razón alguna, solo quería encerrarme en mi
habitación y llorar. Horas después nos llamaron para avisarnos sobre el
fallecimiento.
—Lo siento, Sam. ¿La querías mucho? —preguntó Ian.
—Sí, pero no de eso quiero hablarte —dije levantando la cabeza de su
pecho y mirándolo a la cara—. Pasó de nuevo, ese despertar en la mañana
triste sin saber por qué, pasó el día que fallecieron mis padres.
—¡Joder!
Ignoré su maldición y continué. —La tercera vez fue el día del secuestro
y la cuarta hoy.
Su expresión no reflejaba nada extraño, solo curiosidad y algo de
preocupación y eso me dio fuerza para continuar.
—Tengo miedo, Ian, por Liv, por ti, por todas las personas que conozco
y que he llegado a.... todos mis amigos. Las otras veces no hice nada, no
estaba consciente de que era algún tipo de premoción, pero ahora sí. Ahora
quiero hacer algo, pero no sé de dónde empezar. ¿Quién está en peligro?
—Tú, tú estás en peligro, Sam —anunció Ian.
—¿Yo? —pregunté, mi voz temblando.
Yo.
Sí, mi voz temblaba. Por miedo, pero también por alivio. Ellos estarán
bien. Ni Liv ni Ian ni nadie más estaba en peligro. ¿Qué me podía pasar a
mí?
Morir, podía morir y dejar a Liv huérfana.
Morir, sin haber tenido la oportunidad de vivir como debía.
Morir, sin haber admitido que amaba a Ian.
Lo amaba de la misma manera que amaba mi madre a mi padre, con
locura, con delicadeza y hasta siempre.
—Yo... —empecé, pero a pesar de que mi corazón estaba a punto de
explotar con lo que sentía, de que mi cerebro dio la orden de hablar mi boca
se negó a abrirse y pronunciar esas dos palabras.
Te amo.
No podía.
—Sam, mírame —pidió Ian, y cuando nuestras miradas se encontraron
sonrió—. Repite conmigo.
No entendía que quería, pero su mirada era tan intensa que asentí.
—No... —dijo Ian.
—No...
—Te...
—Te —repetí.
—Amo.
—Amo —dije mi voz apenas un susurro.
—No te amo, Samantha Garrett —dijo Ian.
—No te amo, Ian White —declaré.
No lo amo.
Repetí las palabras una y otra vez hasta que Ian tomó mi boca en un beso
y tuve que callarme. Me dejé llevar por la pasión, lo dejé tomarme justo ahí
en el sofá. Y mientras me entregaba al placer tomé la decisión de no luchar.
Haría lo que tenía que hacer, morir si eso era necesario, por ellos.
Ian y Liv seguirán con vida, felices sin mí. Era así como debía ser. Mi
vida por la de ellos. Lo más extraño de todo es que ya no sentía miedo y eso
fue algo bueno cuando poco después de arreglar nuestra ropa llamaron la
puerta.
Ian fue a abrir ya que él estaba más cerca.
—¿Papá?
Gareth entró y tenía una expresión que no auguraba nada bueno, me
senté en el sofá y suspiré. Él se acercó y se sentó en el sillón, un sobre en
sus manos que parecía quemándolo por la prisa que tuvo de dejarlo sobre la
mesa.
—No hay nada que pueda asustarme en este momento, Gareth, solo
tengo curiosidad así que dilo ya —dije.
—Han cambiado la fecha de la audiencia, tenemos que presentarnos
delante del juez mañana a las nueve.
—¡Maldita sea! —exclamó Ian que se había quedado de pie detrás de mí
—. No pueden hacer eso.
—Pueden si el juez es el mejor amigo de tu hermano —gruñó Gareth.
Una cosa es llegar a la conclusión de que no temes a la muerte y que
estás bien con lo que puede pasar, pero es otra diferente quedarte sentada y
dejarlos jugar con la vida de tu hija. Esos Sanders se iban a enterrar.
White, padre e hijo, se quedaron durante mucho tiempo callados, Gareth
pensando en Dios sabe qué e Ian dando vueltas por el cuarto.
—Ian, ¿has averiguado algo? —le pregunté.
Me miró con el ceño fruncido y no entendía porque hasta que recordé
que podían escucharnos. Puse los ojos en blanco.
—O sea que no —continué —. Pues nada, iremos mañana y que pase lo
que Dios quiera.
Los dejé en el cuarto de estar y subí a ver a Liv que por primera vez
estaba despierta y jugando con su manta. Ella siempre lloraba cuando se
despertaba sola.
Ian subió poco después y se sentó en un extremo de la cama para mirar a
Liv jugando, ella llevaba un cuarto de hora jugando con esa maldita manta e
ignorándome.
—Mi hija prefiere a una manta en el lugar de su madre —me quejé.
—Ya verás el día que prefiere a su novio —dijo Ian.
Lo fulminé con la mirada.
—Liv no lo hará —insistí.
—¿No? —sonrió Ian.
—No, porque tú matarás a cualquier chico que se atreverá a acercarse a
ella.
—Creo que solo podré matar al primero, a los otros será más difícil
desde la cárcel —bromeó Ian.
—Ya te apañaras —dije riendo —. ¿Gareth sigue aquí?
—Está en mi casa, la abuela está cocinando. Además, han llegado todos.
Lidia, los niños. Rachel y Erick. Nos esperan para cenar.
—¿Cenar? —pregunté sin creer que era tan tarde.
Miré el reloj y sí que lo era, entre confesiones y dejarnos llevar por la
pasión en el sofá se nos fue el tiempo. Separé a Liv de su nuevo juguete, la
vestí con un conjunto nuevo y caminamos a la casa de Ian.
Ni siquiera habíamos llegado a la entrada cuando escuchamos el ruido.
Risas, voces altas y otras bajas, llanto. Podía imaginarme lo que había
dentro, la familia White.
Divertidos.
Cariñosos.
Una familia para Liv.
Ella merecía una familia así, que la ame, que la cuide.
¡Que se jodan los Sanders!
¿Ellos conocen a un juez? Pues yo conozco a alguien mejor, ¿cómo no lo
pensé antes?
Yo puedo hacer cualquier cosa.
Esas fueron sus palabras y sus ojos morados reflejaban confianza, mucha
confianza.
Isabella Taylor Kincaid, la hermana de Ayala.
—Necesito hacer una llamada —le dije a Ian antes de entrar en la casa.
—Vale —respondió él, tomó a Liv y la bolsa de pañales y entró en la
casa.
Cinco minutos y una llamada más tarde mi suerte cambió. Una limusina
se detuvo delante de la casa y de ella bajó Isabella.
—Vamos a dar una vuelta —dijo ella.
Subí al coche después de decirle a Nora que había salido al porche que
volvería pronto. El coche arrancó en cuanto Isabella se sentó.
—Dijiste que podías hacer cualquier cosa —empecé.
Ella sonrió, una sonrisa de esas de brujas malas de los cuentos de hadas,
pero en este caso sabía que ella no era ni bruja ni mala. Por lo menos para
mí no lo era.
—Casi cualquier cosa, dime que puedo hacer por ti.
—Mañana tengo que presentarme en el juzgado para que un juez decida
la custodia de mi hija y teniendo en cuenta el hecho de que es amigo de la
otra parte voy a perderla, mi hija se irá a vivir con sus abuelos, con los
padres del hombre que me encerró en una jaula y abusó de mí. Voy a decir
que él no es el padre y pedir una prueba de paternidad.
—No te sigo, Sam —me interrumpió ella.
—Una prueba que tú vas a cambiar, puedes hacerlo, ¿no?
—Puedo, sin importar cuantas veces pidan las pruebas y cuantos
laboratorios van a hacerla. El padre de tu hija no será ese hombre. Pero
¿estás segura?
—Sí, voy a morir y quiero que mi hija crezca con una familia de verdad
y me da igual que no tienen la misma sangre. Sé que la van a cuidar como si
lo fuera.
—¿Vas a morir? —preguntó Isabella de repente preocupada.
Ella sacó su teléfono y unos segundos después levantó la mirada curiosa.
—No estás enferma —declaró ella.
—No, pero tengo una premonición.
—¡Cuéntame!
Lo hice y unos minutos después ella sacudía la cabeza triste.
—¿Qué te parece si ayudamos un poco al destino o a lo que sea que está
jodiendo con tu vida? —preguntó ella.
—De acuerdo, ¿cómo lo haremos?
—Primero dime cómo quieres acabar con la familia Sanders, ¿dejar a los
abogados que lo arreglen en sus oficinas, en silencio, o quieres dejarles
claro a todos que nadie se mete con tu familia?
—Segunda opción, gracias —dije sonriendo.
¿Soy mala, vengativa?
¡Sí!
Durante un año estuve indefensa, sin nadie a mi lado y si Isabella me
daba la oportunidad de proteger a mi hija iba a tomarla. Iba a gritar a los
cuatro vientos que mi hija sí tenía a alguien a su lado capaz de protegerla.
—¡Dios! Me va a encantar esto —exclamó Isabella.
—¿Cuál es el plan?
Isabella me lo contó, aunque me dijo que posiblemente alguna cosa
podría cambiar ya que no tenía toda la información que necesitaba y no la
tendría hasta llegar a su casa y ponerse a investigar.
El plan era sencillo, pero no sería posible sin alguna cosita no
exactamente legal. ¿A quién mierda le importa si es legal o no? Había
llegado a ese punto donde nada importaba, solo mi hija.
Isabella me llevó a casa y entré sonriendo. Todos me miraron
sorprendidos.
—¿Qué has hecho, Sam? —preguntó Ian.
No le respondí, en cambio, fui a abrir la puerta dejando entrar a los dos
médicos y a las otras tres personas del juzgado.
Sonreí.
Sí, esto iba a ser divertido.
Capítulo 16

Temblaba.
Sabía que todo iba a salir bien, pero eso no me impedía temblar. Subí las
escaleras del juzgado agarrando con fuerza la mano de Ian. Había tenido
mucho cuidado por la mañana cuando me vestía, había elegido un vestido
negro, ajustado y elegante. Zapatos con tacones altos y alrededor de mi
cuello las perlas de mi abuela que las heredó mi madre y luego yo, que en
algún momento heredará Liv. El cabello suelto caía en ondas brillando
después de todo el tiempo que pasé en el espejo peinándome.
Ian, era la pareja perfecta a mi lado con su traje negro y camisa blanca.
Era guapo y cuando iba tan serio como ahora, con esa mirada intensa que
todos que se nos cruzaban se alejaban de nuestro camino, me entraban
ganas de tirarme a sus brazos y besarlo. Y otras cosas.
Él no sabía lo que había planeado con Isabella, no hubo manera de
encontrar un momento a solas o un lugar donde poder hablar sin miedo.
Ayer por la tarde no tuvimos un momento de paz, su familia era ruidosa,
divertida y bastante entrometida. Todos querían saber qué pasaba y no
pararon hasta que Gareth le dijo que era confidencial. Claro que luego
Rachel empezó a preguntármelo a mí ya que yo era la única que podía
contarlo. Ian tuvo que intervenir y lo hizo contando una de las travesuras
que hizo ella de pequeña, una por la que le habían castigado a él. A partir de
eso la casa de Ian se convirtió en un manicomio.
Muy tarde conseguimos marcharnos, bañar a Liv que estaba cansada y
de mal humor y después de la ducha me quedé dormida sin ni siquiera darle
un beso a Ian. Él se quedó a dormir ya que en su casa no había sitio, todos
se quedaron a dormir, excepto Erick que tenía que ir a trabajar y Gareth que
necesitaba pasar por la oficina antes de ir al juzgado por la mañana.
Me desperté muy pronto para prepararme y tres horas antes de la
audiencia nos marchamos hacia la ciudad. Nora se llevó a Liv a la casa de
Ian, no estaba preocupada por ella. Estaba preocupada por mí ya que Ian no
dejaba de mirarme de una manera extraña.
—Siéntate —ordenó Ian una vez que entramos en la sala a la espera del
juez.
No tenía sentido protestar, me senté en una silla justo cuando llegaba
Gareth. Me miró sacudiendo la cabeza.
—Tú y yo vamos a tener una conversación muy seria, señorita —me dijo
él entre dientes.
—¿Qué pasa? —preguntó Ian, pero yo no le respondí y no sé si lo hizo
Gareth ya que mi atención estaba en la puerta.
Habían llegado los Sanders.
No sabía sus nombres, no me había interesado suficiente para
averiguarlo. Y sí, mentí, engañé y ellos nunca conocerán a Liv, su nieta. No
me arrepentía ya que su intención no era conocerla, ser parte de su vida, no.
Ellos querían quitármela, separar a una hija de su madre Dios sabe por qué.
Los dos no parecían tener más de sesenta años, caminaban muy rectos y
reservados. Ni una mirada entre ellos ni una sonrisa. Él, vestido con un traje
caro, zapatos tan brillantes que si hubiera estado cerca creo que habría
podido retocar mi maquillaje en ellos y un reloj igual de brillante que podría
cegarte si lo mirabas a la luz del sol.
Luego estaba ella, la madre que parió a un monstruo o lo educó para ser
uno. Muy elegante con su traje azul marino, falda ajustada por encima de
las rodillas, camisa blanca con los primeros botones abiertos que era
bastante extraño teniendo en cuenta su edad, pero se veía bien. Guapa,
elegante, exudando riqueza con cada movimiento.
Ni uno miró hacia nosotros, ni él ni ella. Su abogado saludó a Gareth y
los tres se sentaron detrás de la mesa a esperar. Justo como nosotros, solo
que delante solo estábamos Gareth y yo, Ian estaba detrás de la barandilla
sentado detrás de mí.
Había un policía en la sala y un hombre sentado a una mesa entre
nosotros y la mesa del juez, ese hombre se levantó y nos pidió hacer lo
mismo.
—Su Señoría, el juez Maurice Collins —dijo el hombre.
El juez entró y aunque no supiera que ellos tenían un plan, que todo era
una farsa para quitarme a Liv solo con verle la cara al juez me hubiera dado
cuenta. He visto dos jueces en la sala de un juzgado, la primera vez en el
juicio contra Ryan y ahora. El primer juez era más o menos de la misma
edad que Maurice Collins, pero se le notaba en la cara que era un hombre
bueno, justo.
Con el juez Maurice Collins sabías desde el primer momento que justicia
no ibas a encontrar en su sala. Su rostro reflejaba dureza, indiferencia y
muy poco entendimiento.
El hombre dijo que podíamos sentarnos y empezó a recitar los datos de
la denuncia.
—Sanders contra Garrett, Olivia Garrett, bla, bla, bla —decía el hombre,
pero mi atención estaba en el juez que hojeaba sin interés los papeles que
tenía sobre en su escritorio.
Este hombre tenía en sus manos la vida, el futuro de una niña y se
comportaba como si nada. Me pregunto cuántas vidas ha destruido con su
indiferencia o tomando decisiones convenientes para sus amistades.
—Su Señoría —dijo Gareth, poniéndose de pie—. Antes de empezar
creo que debería leer el último informe, hay informaciones muy...
—Señor White, no le he dado permiso para hablar.
—Mis disculpas, Su Señoría, pero teniendo en cuenta que los Sanders no
son familia de Olivia Garrett esta audiencia es una pérdida de tiempo —dijo
Gareth y es ahí cuando se desató el infierno.
—¡Su Señoría! —exclamó el abogado de los Sanders.
—¿Dónde está ese informe? —preguntó el juez.
El secretario se acercó para ayudarle a buscar el informe, tardó unos dos
segundos en hacerlo. Al juez le tomó diecisiete segundos para leerlo, lo sé
porque conté. Levantó la mirada del informe y nos miró, a Gareth y a mí,
con furia.
—El informe no es válido, se necesita un laboratorio independiente —
declaró el juez.
—Hay otros cinco informes y no solo de laboratorios independientes,
hay uno del hospital donde nació la niña, Su Señoría —dijo Gareth.
—Eso es imposible —protestó el otro abogado.
—Fred Sanders no es el padre de Olivia Garrett, pido la... —dijo Gareth,
pero fue interrumpido por la señora Sanders.
—¡Esa niña es mi nieta, vi cuando Fred la violó! —gritó la mujer.
La miré sin creer lo que acababa de decir. Sentí la mano de Ian sobre mi
hombro y cuando me giré vi algo en sus ojos y ese algo rompió mi corazón.
Remordimientos.
Lo vio.
¿Cómo?
¿Quién?
Lo que pasaba en la sala había dejado de importarme, en lo único que
podía pensar era en que alguien vio, no solo Olivia, Liz y Sarah, alguien
más. Las cámaras, había muchas en el sótano, pero siempre pensé que eran
para vigilarnos.
¡Dios!
¿Qué han hecho?
Escuché a medias como el abogado de los Sanders intentaba justificar las
palabras de la mujer, pero lo que estaba diciendo no llegaba a penetrar la
niebla que se había apoderado de mi cerebro.
No reaccioné ni siquiera cuando entraron en la sala cuatro hombres
vestidos de traje y un montón de policías, creo que también había un
reportero grabándolo todo. Juró que pensé que venían a por mí, que alguien
se había enterado de lo que hizo Isabella y venían a arrestarme.
Pero no, los hombres se detuvieron delante del juez.
—Maurice Collins, queda detenido por corrupción, tráfico de personas,
malversación de fondos. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo
que diga puede ser usado en su contra en la corte...
Quise reír, pero estaban grabando y no necesitaba que la gente se
preguntase por qué me parecía divertido ver como arrestaban a un juez.
Pero pensando en las acusaciones a lo mejor debería reírme.
El juez tampoco se lo creía.
—Pero esto... no puede ser... yo no... —murmuraba, pero fue en vano.
Lo esposaron y se lo llevaron.
Fin de la historia.
O no.
Inmediatamente entró otro juez, mejor dicho, una jueza. Mucho más
joven y con una expresión más amable.
—Su Señoría, Marie Irvine —presentó el secretario sin tener que repetir
todo el proceso de levantarnos y sentarnos.
—Señores abogados, ¿necesitáis una pausa o podemos continuar? —
preguntó ella.
—Podemos continuar, Su Señoría —dijo Gareth y el otro abogado
aceptó también.
—Muy bien, vamos a ver que tenemos aquí —dijo la jueza.
Leyó los informes y lo hizo de verdad.
—Por lo que veo no hay necesitad de una audiencia, la menor no tiene
ninguna relación con la familia Sanders...
De nuevo mi mente se bloqueó, por las expresiones de los Sanders y su
abogado entendí que habíamos ganado, pero en lugar de celebrar mi cerebro
volvía a recordar las palabras de la mujer.
Vi cuando la violó.
Ian lo sabía, él también lo había visto y no me lo había dicho. ¿Por qué?
¿Por qué no decírmelo? Confiaba en él, le conté sobre lo que viví ahí
dentro, cómo me sentí con la muerte de mis padres.
¡Maldita sea!
Confiaba tanto en él que estaba preparada para entregarle a mi hija.
¡Estúpida! Confiar la vida de mi pequeña en un hombre que me mintió.
La jueza seguía hablando, golpeó con su martillo y luego se puso de pie.
Se marchó y empezaron los gritos.
Los Sanders gritaban y me miraban furiosos, el policía que estaba en la
sala tuvo que ponerse delante de la mujer cuando esta se abalanzó con
intención de pegarme. Pero no solo ese hombre intervino para protegerme,
Ian también.
Él puso el brazo sobre mis hombros y me dirigió hacia la salida,
necesitaba su ayuda, pero su mano sobre mi quemaba. Quemaba peor que
las pesadillas.
Salimos del juzgado y una vez fuera me detuve. Ahí en el medio de las
escaleras me giré hacia él y lo miré.
—¿Cómo?
—Nena, ahora no es el momento —dijo Ian.
—Ahora sí, Ian. Dime cómo es posible, dime cómo esa mujer fue testigo
de mi violación y, por Dios, Ian, dime cómo es que tú lo sabías y no me lo
dijiste.
—Ahora. No.
Me agarró de la mano sin mirarme, giré la cabeza hacía donde miraba él
y vi un grupo de reporteros.
—Ellos también me han visto, ¿no? —espeté —. ¿Qué más da si me ve
discutiendo en medio de la calle?
—Ellos no, Sam. Detrás —susurró Ian.
Los vi.
Atrás, en la calle al lado de un coche negro, estaban cuatro hombres.
Altos, musculosos y aterradores. Ropa oscura, tatuajes, cicatrices en el
rostro de uno de ellos. Me recordaban tanto a Fred que no pude detener el
escalofrío que me recorrió.
—No te muevas —ordenó Ian.
No lo haría, aunque quisiera, estaba paralizada.
—¿Ian?
—Kevin, ¿dónde estás? Necesito ayuda —dijo Ian.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza sobre el pecho de Ian, él me apretó
con fuerza, y recé. Había dejado de rezar después de los primeros días en el
sótano cuando vi que nadie acudió para rescatarme.
Ian maldijo.
—Ian, ¿qué quieren?
Él no me respondió.
—Vamos a caminar despacio hacia el coche, no sueltes mi mano y si te
digo que corras hazlo sin mirar atrás, ¿entiendes, Sam?
Asentí y bajé las escaleras con las piernas temblando. ¿Qué digo? Todo
mi cuerpo estaba temblando. Al mismo tiempo los hombres empezaron a
caminar no hacia nosotros, hacia el coche de Ian.
—¿Nena?
—¿Qué?
—Te encontraré, espera todo el tiempo que sea necesario. Vendré, Sam.
Lo juro.
Y luego pasó.
Otro coche paró detrás del nuestro, otro delante y de ellos bajaron otros
hombres. No les conté, solo sé que eran muchos y ahí en las escaleras del
juzgado ocurrió.
Uno de los hombres se acercó a Ian.
—Solo la queremos a ella, tú puedes irte tranquilo —le dijo a Ian.
Tú, Sam, tú estás en peligro.
Lo había olvidado. Pero ¿por qué?
—Eso no pasará —respondió Ian.
Entonces pasaron dos cosas.
Mi corazón y mi cerebro se pusieron de acuerdo. Amaba a Ian.
Y justo en el momento en que esas palabras tomaban forma en mi cabeza
escuché el disparo. Me asusté, tonta de mí. Pensé que habían disparado a las
ruedas del coche para impedirnos irnos. Pensé, no sé en qué pensé, pero
seguramente no pensé que podrían disparar a Ian.
Lo habían hecho.
Sentí cómo su mano me soltaba, luego lo vi caer. Ahí en las escaleras del
juzgado, en la mañana y delante de las cámaras de un grupo de reporteros.
Mataron a Ian.
Grité.
O creo que lo hice.
Me agaché para ayudar a Ian, pero no llegué a hacerlo. Alguien me
agarró y me alejó de él. Me alejaron del todo.
Grité y pataleé, pero fue en vano. El hombre que me sujetaba era muy
fuerte y me metió en un coche. Nadie se lo impidió.
Nadie.
Ni los reporteros ni una de las otras personas que estaban ahí.
—¿Qué quieren de mí? —grité.
El hombre que estaba a mi derecha empezó a reír y el de la izquierda me
miró de una manera que me hubiera asustado si no estuviera ya muerta de
miedo.
—Sonríe —me dijo un tercer hombre, uno que estaba en el asiento
delantero.
Me estaba grabando.
No sonreí.
Ese hombre le hizo un gesto con la cabeza al de la izquierda, gesto que
averigüé dos segundos después que significaba darme una bofetada para
obedecer.
—¡Sonríe, puta! —gritó de nuevo el hombre.
¿Sonreí? ¡No, maldita sea, no!
El hombre de la derecha puso las manos alrededor de mi cuello y me
giró hacia el de la izquierda, presionado poco a poco hasta que respirar se
volvió difícil.
—Sonreír, es lo único que tienes que hacer por ahora —me dijo el
hombre, tocando mi pecho con un dedo—. Sonríe y seré bueno contigo más
tarde, no lo hagas y deseas estar muerta.
¿Sonreír?
¿Cuándo mataron al hombre que amaba, cuando solo un día antes había
llegado a la conclusión de que no le tenía miedo a la muerte?
¡No, maldita sea, no!
Cuando me soltó y pude respirar, levanté la mirada hacia el hombre y lo
escupí. No fue una acción muy inteligente, pero valió la pena ver su
expresión. Lo vi levantar la mano y golpearme una y otra vez hasta que le
di la bienvenida a la oscuridad.
Isabella

—¡Joder! ¡Ava! —grité.


—Por Dios, Isabella, recuerdas que estamos en un hospital, ¿no? —
espetó Ava entrando en mi oficina.
—¿Tú no tenías que investigar el asunto de Sam?
—Peters, el chico nuevo está en ello.
—Pues Peters está haciendo un trabajo de mierda —dije volviendo el
portátil hacia ella.
Ava maldijo al ver el video del secuestro de Sam.
—¿White?
—Ahora lo traen, herida de bala en el abdomen, pero está consciente. Al
menos lo estaba al principio. Tuvieron que sedarle porque quería ir y
rescatar a Sam.
—Ya voy yo —dijo Ava.
—Ava —la llamé cuando estaba a punto de abrir la puerta—. Quiero que
paguen, ¿me entiendes?
—¿No lo hacen siempre?
—Estoy harta, Ava, harta de esos hombres que piensan que pueden
secuestrar a una mujer a plena luz del día y nadie moverá un dedo. Quiero
un ejemplo, quiero un castigo ejemplar para ellos y para todas esas mierdas
de reporteros que grabaron y ni siquiera cogieron el teléfono para llamar a
la policía.
—Entendido.
—No, Ava, no lo has entendido. Sé qué haces tu trabajo bien y nunca
cuestioné el modo en que lo hacías, pero ahora necesito que subes un poco
el nivel.
El modo de Ava era el dolor, la tortura hasta que la persona rezaba que la
muerte llegase más rápido. No tenía problemas con eso, todos y cada una de
las personas que llegaban a conocer a Ava, la verdadera Ava, merecían lo
que ella les hacía.
Y ahora había llegado a mí limite. Si una mujer no estaba a salvo junto a
su hombre en medio del día, en frente del maldito juzgado había que hacer
algo y hacerlo bien.
—¿Eso significa que puedo probar el empalamiento? —preguntó Ava.
¡Dios!
Aunque pensándolo bien no era mala idea.
—Deberías llamar a Vladimir.
—¡Diablos, no! Seguro que él mata a todos y no deja ni uno para mí. Y,
en serio, empalar a un muerto no es nada divertido.
—Lo que tú digas —murmuré.
Una cosa era saber lo que ella hacía y otra muy diferente querer hablar
de ello. Yo salvo vidas, es mi don, mi pasión. Y ahora mismo debería ir y
salvar al hombre de Sam.
Bajé a emergencias y justo en ese momento llegaba la ambulancia. La
herida no era grave, pero aun así decidí operarlo yo. Era lo menos que podía
hacer después de haberle fallado a Sam.
Sí, le di lo que me pidió. Cambié el resultado de las pruebas y algo más,
me aseguré de que el juez pasaría el resto de su vida en la prisión. Y los
Sanders, ahí también hice un par de cositas, pero iban a tardar unos días en
recibir su merecido.
Dos horas después entraba en la habitación de Ian White y lo encontraba
despierto y discutiendo con la enfermera.
—Tengo... que... irme —dijo él, la anestesia todavía no se había ido de
su sistema y hablar era difícil para él.
—Ava ha ido a por Sam, no te preocupes.
—Mi mujer, mi trabajo protegerla, rescatarla.
¿Qué pasa con estos hombres que se despiertan en el hospital heridos y
enseguida van a por sus mujeres? Será algo en su ADN, pero no hay dudas
de que me gusta. No hay nada mejor en el mundo que el amor de un hombre
que se levanta herido y va a rescatar a su mujer.
Nada mejor, bueno, excepto vivir el resto de tu vida a su lado.
Eso haré, de alguna manera conseguiré el final feliz para Ian y Sam. Pero
primero tenía que ayudar a Ian y llamar a Ava. Tenía la impresión de que a
Ian le gustaría estar presente a esa tortura.
Capítulo 17

¡No, de nuevo no!


No tenía que abrir los ojos para saber que estaba en problemas.
Recordaba muy bien lo que había pasado, cada detalle desde que me detuve
en las escaleras.
¿Por qué lo hice?
A lo mejor nos hubiera dado tiempo a llegar al coche, subir y
marcharnos antes de la llegada de los hombres. Ian no estaría muerto.
Ian. Mi Ian.
Muerto y a pesar de todos mis esfuerzos de no dejar a nadie entrar en mi
corazón, él lo había conseguido y ahora su muerte dolía. Y dolía igual que
lo hizo cuando perdí a mis padres, incluso más ya que él murió por mi
culpa.
Él estaba ahí por mí, por acompañarme.
Él tomó una bala por protegerme.
¿De quién es la culpa si no mía?
Ni siquiera pude mirarle a la cara por última vez, ni siquiera pude
tocarlo.
¡Dios!
¿Por qué?
Quería seguir sintiendo pena por mí misma, tristeza por él, culparme por
la muerte de Ian, quería hacer lo que sea para no tener que abrir los ojos. Mi
cara dolía, dolía como nunca, pero no era por eso por lo que no quería
abrirlos.
Los sonidos.
Sollozos. Gemidos de dolor.
Quise llorar, quise morir, cualquier cosa para no abrir los ojos. No hacía
falta abrirlos para saber que estaba de nuevo en el infierno.
Te encontraré, espera todo el tiempo que sea necesario. Vendré, Sam. Lo
juro.
Las últimas palabras de Ian volvieron a mi mente, pero él no vendrá.
Seguramente nos encontraremos en el otro lado suponiendo que los dos
iremos al mismo lugar.
Finalmente reuní suficiente valor para abrir los ojos, bueno, el ojo ya que
uno estaba hinchado y no podía abrirlo. Me habían golpeado en la cara y no
quería saber cómo me veía, lo suponía y no era bueno. Un ojo hinchado y el
otro abierto a medias lo que significaba que estaba igual que el otro,
hinchado y morado. Me costaba respirar por la nariz y eso era un claro
indicio de traumatismo.
¿Qué más?
El sabor a sangre en mi boca, la imposibilidad de tragar. Todo lo que
sabía era que dolía y que no iba a morirme sin importar cuanto lo deseaba.
Soy una mala madre, ¿no?
Quiero morir y lo que eso significa para Liv no me importa, pero sí lo
hace. Sé que otro periodo de tiempo encerrada me hará perder la mente, que
la muerte de Ian me va a destrozar. Sé que cuando saldré de aquí, sí salgo,
ni diez terapeutas podrán ayudarme.
Nunca volveré a ser la misma. Nunca.
Y al ver las barras de las jaulas fue toda la confirmación que necesitaba.
De nuevo. ¿Estaba maldita o qué? Jaulas de nuevo, ¿cómo podía el destino
jugar de esta manera conmigo?
La sala en la que estaba se parecía al sótano de antes, pero esta era más
grande, mucho más grande. Las jaulas también estaban más grandes,
aunque tampoco podías ponerte de pie y dentro había un colchón y una
manta.
Ni comida ni agua. Cubo tampoco.
O sea, esta vez era peor. Iba a morir de hambre o sed.
Delante había más jaulas, podía ver cuatro y a mi izquierda otra. Y como
no, en cada una había una mujer. Jóvenes, delgadas y golpeadas.
La mujer de la primera jaula, rubia, tenía los muslos llenos de
moretones. La cara también. Al otro lado una mujer morena sollozaba en un
rincón con la cabeza sobre sus rodillas, no pude ver si estaba herida o no,
pero por su llanto podía apostar que sí lo estaba.
Otra mujer, otros signos de abuso en la tercera jaula y más de lo mismo
en la cuarta. Pero cuando giré la cabeza, solo un centímetro para ver a la
mujer de la jaula de al lado, mi corazón quiso saltar de mi pecho y echar a
correr.
Una niña.
No podría tener más de diez años, mirando con los ojos llenos de
lágrimas a las mujeres. Por lo menos ella no estaba herida, por lo menos.
Pero eso no significaba que no iba a pasar. Ella me vio mirándola y se
acercó a las barras, me miró con tanta esperanza que si tuviera el poder
saldría de aquí y mataría a esos hombres.
—¿Sabes dónde estamos? —me preguntó ella.
—No.
—¿Sabes si vendrán a rescatarnos?
¿Qué le digo? Que sí, pero no podría asegurarlo. Que no, y entonces se
sentiría mucho peor que ahora.
—Vendrán —murmuré.
—Nadie vendrá —dijo la mujer morena—. Nadie llegó en los últimos
cuatro meses, ¿qué te hace pensar que vendrán ahora?
Me eché a reír. Y no, no me he vuelto loca, ¿o sí?
Podría sobrevivir cuatro meses, era nada comparado con un año.
—Esta ya está loca —dijo la rubia.
—Posiblemente, pero ¿quién no lo estaría después de pasar un año
encerrado en un sótano? —dije.
La morena se echó a reír, se acercó a las barras y me miró. La intensidad
de sus ojos era visible a pesar de los metros que nos separaban.
—Esto no es estar encerrado, ¿ves esa zona sucia a tu derecha? —
preguntó ella y asentí, era un espacio libre con el suelo sucio—. En ese
sitio, cada tres días tendrás que luchar con una de nosotras. El premio para
la ganadora es comida y agua, y veo en tus ojos que piensas que no lo harás.
Sí lo harás, ¿sabes por qué? Porque si no lo haces nos violan a las dos, pero
si luchas la ganadora puede comer mientras la perdedora será violada.
¡Dios, no!
El año que creía que era un infierno de repente me parecía como unas
vacaciones, silencio y tranquilidad. Pero si era verdad lo que decía la mujer
no iba a sobrevivir y no solo por lo que ellos me harán.
No, no voy a dejar que me toquen de nuevo. He pasado una vez por eso,
me he sentido débil e indefensa y haré lo imposible para que no me vuelva a
pasar. Si moriré intentándolo que así sea.
La niña estaba llorando en su jaula y aun sabiendo que no podía hacer
mucho por ella me levanté y gateé hasta las barras. Metí la mano a través de
las barras y toqué su cabeza. Ella se giró enseguida y me miró con unos
ojos azules preciosos, pero rojos de tanto llorar.
—¿A mí también? —preguntó ella.
—No lo sé, cariño —mentí.
Lo sabía, si estaba en esa jaula a ella iba a pasarle lo mismo. Hay
muchas personas pervertidas y malas en el mundo.
—Han matado a mi abuela.
—¿Quién?
—Los hombres, entraron en la casa en medio de la noche y la
dispararon. Estoy sola, ya no me queda nadie.
Dejé caer la cabeza sobre las barras. No había esperanza, no había fe.
¿Para qué?
—De todas las maneras iba aquedarme sola —continuó la niña y levanté
la cabeza—. La abuela estaba enferma, los médicos le dieron tres meses de
vida y eso fue hace cuatro. Los servicios sociales están esperando para
llevarme a un centro. Mi vida es un infierno.
—¿Por qué a un centro? ¿No tienes otros familiares o amigos que
pueden cuidarte?
—No hay nadie, ni familiares ni amigos. Y nadie quiere adoptar a una
niña de diez años, solo quieren bebés, eso dijo la mujer de los servicios
sociales.
—Yo conozco a alguien que quiere adoptar a un niño o niña y la edad no
es un problema —dije.
—¿En serio?
—En serio, pero primero tienes que decirme tu nombre. Yo soy
Samantha, pero todos me llaman Sam.
—Emily Gibbons.
Pasé las próximas horas contándole a Emily sobre Tina y Daphne, una
pareja del pueblo que llevaba años en la lista de espera para poder adoptar.
Había conocido a Tina cuando vino a la revisión anual, tenía treinta y cuatro
años y un sentido del humor un poco extraño.
Daphne era algo más seria, pero cuando quería era más divertida que
Tina. Llevaban juntas desde el instituto, se habían casado hace tres años y
desde entonces esperaban. Pensaban que iba a ser fácil con todos los niños
huérfanos del país, pero se equivocaban.
Le describí a Emily el rancho donde Tina y Daphne cuidaban a un
montón de animales, vacas, cerdos, caballos y los ojos de ella brillaron al
escucharme. Le conté que Tina hacía mermelada de fresas, lo sabía ya que
me había enviado una caja.
La caja seguía en la despensa, no la había abierto y probablemente nunca
lo haré.
Luego le hablé de Lake Spring, de Maeve y Miles, de Ayala y Melie, de
todas las personas que conocía y eran muchas. No me había dado cuenta de
que en el poco tiempo que llevaba en el pueblo había llegado a conocer a
casi todos los habitantes.
Emily se quedó dormida sosteniendo mi mano. La sostuve mientras
apagaron la luz y cuando eso me trajo recuerdos cerré los ojos y la apreté
más fuerte.
Te encontraré, espera todo el tiempo que sea necesario. Vendré, Sam. Lo
juro.
Me quedé dormida repitiendo las palabras de Ian, recordando todos los
momentos que pasamos juntos que eran demasiado pocos.
El primer beso, el último, su sonrisa, sus abrazos.
Pensé en mis padres y en su amor, en que fui una cobarde al encerrarme
en mi trabajo y correr asustada cada vez que sentía algo por un hombre.
Pensé en todo lo que podríamos haber vivido juntos estos meses. Meses y
no solo días.
Recordaba la cita, nuestra primera cita, pero parecía que habían pasado
años desde ese momento.
Ian.
Liv.
Mi pequeña Liv, será huérfana o una niña con una madre loca, el futuro
no pintaba nada bien por ella. Por mí tampoco, pero al menos yo había
tenido una infancia feliz con unos padres cariñosos.
Dormí y soñé que estábamos todos juntos, Ian, Liv, mis padres. Todos
riendo, pasándolo bien en un jardín lleno de tulipanes blancos. La abuela
estaba en un rincón sacudiendo la cabeza y cuando nuestras miradas se
encontraron ella murmuró algo.
Todavía no, Sam, todavía no.

Un crujido fuerte me despertó y abrí el ojo a medias, ni eso, solo un poco


ya que se había hinchado más, justo a tiempo para ver a dos hombres llegar.
No sabía dónde estaba la puerta y no podía decir con exactitud por donde
habían entrado, los vi de pie al lado de la primera jaula.
Mirando y murmurando.
Pasaron a la segunda y luego repitieron lo mismo en todas.
—Gino se ha pasado con esta —dijo uno de ellos cuando llegaron
delante de mí jaula.
—Lo sé, los clientes no están contentos por esperar y tienen que esperar.
Si no le ven bien la cara no sabrán que es ella —replicó el otro.
—¿La niña?
—No sería justo, ¿no? Ella perdería en un minuto.
—Esa es la idea, ¿no?
Se echaron a reír.
¡Malditos pervertidos!
Emily apretó mi mano y la furia nubló mi mente, pero no había nada que
podía hacer excepto sostener su mano y rezar. Vi como uno de los hombres
se agachó delante de la jaula de Emily y sonrió, una sonrisa que heló mi
sangre.
—Despierta, bella durmiente, es hora de brillar —dijo él.
—¿Tienes una hija? —le pregunté y él, sorprendido, giró hacia mí.
—Mira quien está despierta, ¿tienes ganas de conversar, doctora Garrett?
—Sí —dije sin dejarme intimidar por su tono—. Quiero saber si tienes
una hija y que pensarás si alguien le hará a ella lo que estás pensando en
hacerle tú a esta pobre niña.
—Claro que nadie le haría nada a su hija, se lo haría el mismo —
intervino el otro.
De nuevo se echaron a reír como si el abuso era algo divertido. Emily
empezó a llorar y yo estaba a punto de hacerlo también. Por la impotencia,
por la rabia.
—Deseo que algún día alguien te haga lo mismo a ti —susurré y las risas
se hicieron más fuertes, pero yo seguí—. Que aten tus manos y pies, que
alguien más fuerte y grande que te haga sufrir, que te...
—Que te meta una estaca por el culo —dijo una mujer.
Ella apareció de la nada detrás de los hombres. Ava. Su sonrisa era
maquiavélica, esa sonrisa que ves en las películas de miedo y sabes que en
los próximos minutos vas a cerrar los ojos para no ver que les pasa a los
protagonistas.
Pero esto no era una película y yo quería ver lo que tenía ella planeado.
Por empezar le dio con el arma en la nuca a uno dejándolo fuera de combate
y con el otro jugó un poco antes de darle una patada en la entrepierna que le
hizo gritar, doblarse y caer al lado de su amigo.
—Señoritas, esto se va a poner doloroso y sangriento, muy sangriento.
¿Se quedan para disfrutar del espectáculo o prefieren subir? Hay
ambulancias esperando para atenderlas y llevarlas a casa con sus familias.
—Yo me quedo —dije y Ava me guiñó el ojo.
Todas se fueron, llegaron unos hombres vestidos de negro, armados
hasta los dientes y las ayudaron. A la morena tuvieron que sacarla con una
camilla ya que estaba muy mal.
—Y tú, pequeña, ¿no quieres ir con mamá? —le preguntó Ava a Emily.
—Está muerta, me quedo con Sam.
—Vale, pero tienes que cerrar los ojos y cubrir tus oídos cuando yo lo
diga, ¿vale?
Emily asintió.
—Vamos, antes de que venga Vladimir y arruinar mi diversión —dijo
Ava.
Y mientras ella daba órdenes y sus hombres corrían a cumplirlas yo salí
de la jaula y me senté delante de la de Emily.
—Ven —le dije.
Ella tardó medio segundo en salir de ahí y sentarse a mi lado, la abracé y
juntas miramos. No sabíamos lo que querían hacer, pero si esos iban a pagar
yo quería verlo todo. Cuando llegaron con estacas empecé a preocuparme y
me arrepentí de mi decisión.
—¿Ava? —ella se dio la vuelta—. Quiero irme.
—Mejor, ese hombre tuyo ya está medio loco, no necesito que te vea de
nuevo en un sótano —dijo ella.
—¿Mi hombre?
—Sí, White. Está arriba encargándose de los otros, pero creo que no les
falta mucho.
—¿Ian está vivo? —pregunté con la voz temblando.
—Sí, Sam. Ian White está vivo, furioso, herido y un dolor en mi trasero.
Me puse de pie tan rápido que me mareé y si no hubiera sido por Emily
me habría caído. Ella me sostuvo y sin darme cuenta empecé a correr hacia
la puerta abierta al fondo de la sala, sin darme cuenta de que todavía
sostenía la mano de Emily y ella corría conmigo.
Ian estaba vivo.
Los hombres de negro se apartaban de mi camino cuando me veían
correr hasta que giré en el pasillo a punto de subir las escaleras. Ahí me
encontré con el hombre con los ojos más fríos que he visto en mi vida. Me
congelé en el lugar sin poder mover un musculo, sin poder respirar.
—¡White! ¿Bajas o qué? —gritó el hombre.
Miré arriba y ahí estaba él.
Vivo.
Capítulo 18
Ian

Esto era una mierda. No, era un infierno, un lugar habitado por los
peores hombres de la humanidad.
Era después de la audiencia en el tribunal donde tuve que sentarme
detrás de Sam y ver a ese juez listo para quitarle la custodia. Ese juez era un
pedazo de mierda y no era solo un presentimiento, se convirtió en realidad
cuando en el medio de la audiencia llegó el FBI para arrestarlo.
La jueza que lo reemplazó era correcta y eso me hizo sentir mal cuando
decidió que los Sanders no tenían razón para pedir la custodia. No sé qué
hizo Sam o cómo lo hizo, pero esa prueba de ADN que aseguraba que Fred
Sanders no era el padre de Liv era falsa.
Era después de que Sam me miró como si la hubiera traicionado de la
peor manera. Sí, sabía que en la web había videos con Sam, lo sabía y no se
lo había dicho. No había encontrado ni el momento ni la manera oportuna
para hacerlo.
El domingo fue una verdadera locura, mi familia, Sam y Liv, la cena, el
tiempo que quería pasar con todos ellos. Todo eso y el miedo a no poder
ayudarla y protegerla habían acabado conmigo. Ni siquiera había sido capaz
de abrir el archivo de El Tigre, Kevin prometió llamar a un amigo para ver
si lo conseguía, pero de todos modos esa ayuda iba a llegar tarde.
Era después de fallar a Liv y dejar que se la llevaran de nuevo. Estaba
demasiado seguro de que esos hombres no actuarían frente a tanta gente,
pero estaba equivocado. Sentí el dolor causado por la bala al atravesarme y
por un momento no lo creí posible, necesitaba ser fuerte y proteger a Sam,
pero nuevamente me equivoqué.
Sentí como se me iban las fuerzas y como se cerraban mis ojos. Lo peor
fue sentir la mano de Sam deslizarse de la mía. Y luego nada, oscuridad
hasta unos momentos más tarde cuando desperté en la ambulancia y los que
me atendían no quisieron escucharme y me pusieron algo para dormirme.
Me desperté mucho más tarde en el hospital y ahí tuve suerte con la
doctora. Ella me ayudó y pude ir a buscar a Sam. Kevin estaba en la sala de
espera haciendo exactamente eso, esperando noticias y el pobre se llevó una
sorpresa al verme de pie cuando media hora antes le habían dicho que
estaba en cirugía.
Yo también cuando vi el vendaje que cubría mi abdomen, pero la doctora
me inyectó algo antes de irme y no sentía nada de dolor. No sentía nada
excepto rabia y miedo por Sam.
No quería pensar en que le podrían haber hecho durante las horas que
estuvo con ellos y aunque Ava me dijo que estaba bien no iba a creerlo
hasta verlo por mí mismo.
Ava, esa mujer era mucho más de lo que dejaba ver. Fue ella la que me
recogió en la puerta del hospital en un todoterreno negro, iba acompañada
de dos hombres vestidos de negro y de Vladimir Lazarov.
No sé si fue por lo que me había inyectado la doctora antes, pero no me
pareció extraño ir a rescatar a mi mujer acompañado del asesino más cruel
del mundo. El FBI lleva años buscándolo, pero, aunque lo hicieran no
podrían hacerle nada. Sabían a lo que se dedicaba Lazarov, pero no tenían
ni una prueba.
Durante el camino me informaron sobre lo que íbamos a hacer. El plan
era sencillo.
—Entramos, neutralizamos y rescatamos a las chicas —había dicho Ava
mirando fijamente a Vladimir—. Y por neutralizar quiero decir que los
quiero vivos, tengo planes.
—¿Puedo mirar? —había preguntado él.
—Puedes si prometes no intervenir.
La doctora me había drogado, no encontraba otra explicación al hecho de
estar en el coche con dos personas, una de ellas un asesino muy temido, y
sonreír mientras ellos hablaban sobre ¿estacas?
Pero al final llegamos al almacén, me armé con las armas que me prestó
Ava y entramos. No estábamos solos, había por lo menos otros veinte
hombres y por lo que he visto sabían que era lo que tenían que hacer.
Había cuatro equipos ya en sus posiciones, cuatro y con los que habían
llegado con nosotros eran por lo menos otros tres. No sabía lo que se traía
Ava entre manos, pero estaba agradecido. La mayoría de los secuestros
terminaban con la muerte de los rehenes, entre que los infractores no tienen
escrúpulos y que la policía necesita seguir unas reglas los rehenes tenían
muy pocas posibilidades de sobrevivir.
Más de una vez rompí la regla de Ava, neutralizar no matar, pero la
situación lo requería. Había ido a rescatar a Sam no a dejarme matar. Y más
de una vez usé más fuerza de lo que era necesaria. Era como si todos esos
años de reprimirme, de seguir las reglas, de tratar bien a los delincuentes
habían tomado control de mi cuerpo y mente.
Ahora tuve la oportunidad de hacerles pagar por llevarse a Sam, pagar
por el primer niño asesinado que tuve que investigar, por esa madre que
perdió a toda su familia solo porque su marido fue testigo de un crimen.
Pagaron por todos los casos sin resolver, por todos los criminales que no
terminaron en la prisión porque tenían dinero y relaciones.
¡Que se jodan!
Estaba esposando a un hombre cuando escuché a Vladimir llamarme,
dejé al hombre inmovilizado en el suelo y me asomé a las escaleras. Al
principio no entendía que era lo que quería de mí, pensé que necesitaba
ayuda con la mujer y la niña que estaban a su lado.
La mujer tenía el rostro amoratado e hice una mueca al pensar en cuanto
dolor debía sentir esa pobre mujer. Pero luego vi el pelo, rubio. El vestido
negro que a pesar de las manchas de sangre era fácil de reconocer.
Quise mirar a los ojos a la mujer, pero no era posible y no solo por la
distancia, los tenía tan hinchados que era un milagro si podía ver algo.
Bajé las escaleras en cinco segundos y me detuve delante de ella.
De Sam.
Levanté la mano para tocarla, pero me detuve a medio camino
preocupado por no hacerle daño. Ella puso la mano sobre la mía y la llevó a
su mejilla. Despacio me acerqué y la abracé.
—Quiero el nombre del hombre que se atrevió a pegarla —le dije a
Vladimir—. Lo quiero ya.
Sentí a Sam estremecerse en mis brazos, pero era algo que tenía que
hacer. Si no he sido capaz de protegerla por lo menos podré vengarla, nadie
golpea a mi mujer. Nadie.
—Ian —murmuró Sam.
—Aquí estoy nena, estás a salvo.
—Pensé que estabas muerto —susurró ella con los labios sus labios
apretados contra mi cuello.
—No, nena. Te prometí que vendría, ¿no?
Claro que podría haber muerto y dudo mucho que hubiera sido posible
rescatarla como fantasma, pero eso no fue el caso.
—Quiero irme a casa —dijo.
—Dentro de un momento —murmuré mirando a Vladimir que gesticuló
hacia un hombre tendido en el suelo.
Muerto.
Vladimir también había roto las reglas de Ava y en este momento no
estaba muy contento con él por quitarme el placer de matar a ese cabrón.
Con el brazo alrededor de los hombros de Sam quise darme la vuelta y en
ese momento vi a la niña que sostenía de la mano.
Rubia como Sam, con el cabello atado en dos coletas, los ojos verdes y
grandes, y maldita sea, el mismo miedo que había visto en los ojos de Sam
la primera vez que la conocí también se reflejaba en los ojos de la niña.
Tristeza, soledad, tanta desesperación que el poco control que tenía se
fue a la mierda.
—Vámonos —dije y los tres subimos las escaleras.
Las llevé hasta la primera ambulancia y las dejé al cuidado de los
médicos.
—¿Ian? —llamó Sam.
—Olvidé algo, ahora vuelvo —dije, besé su frente que era la única parte
de su cabeza que no estaba llena de moretones o cortes.
Me di la vuelta y volví al almacén.
—¿Dónde está Ava? —pregunté a uno de los hombres.
—Abajo, donde las jaulas, pero yo no iría —me respondió el hombre
haciendo un gesto con la cabeza hacia la pared donde otro hombre, de los
nuestros, estaba sentado en el suelo pálido como si hubiera visto un
fantasma. Uno que le hizo devolver hasta la primera papilla—. Johnson
estuvo en Irak, Afganistán y en muchos otros sitios que harían el infierno
parecerse un parque infantil, pero lo de abajo es demasiado para él. Tú
verás.
Asentí y bajé, no importaba lo que había ahí abajo yo necesitaba hablar
con Ava. Fui recibido por gritos y un olor a sangre insoportable, caminé por
el centro mirando las jaulas e intenté olvidar que Sam había pasado horas
ahí. No quería pensar en lo que le hubieran hecho si no hubiéramos llegado.
De repente los gritos cesaron y solo quedaron los sollozos, las
imploraciones.
—¡Dios, no! ¡No me hagas eso!
—¡Por favor, tengo mucho dinero! —decía un hombre.
Me detuve detrás de Ava y Vladimir, lo que estaba viendo parecía sacado
de una película de terror. En el suelo estaban sentados unos veinte hombres
desnudos rodeados de los hombres de Ava y todos miraban con miedo hacia
el centro de la sala.
No vomité. ¡Dios! Pero quise hacerlo, quise haber tomado el consejo del
hombre y no haber bajado, quise arrancar mis ojos. Porque he visto muchas
cosas en mis años de trabajo en el FBI, asesinatos, cuerpos quemados o que
habían sido sometidos a torturas, pero eso que estaba viendo ahora era
horrible, no había atrocidad más grande que meterle a un hombre una estaca
por el trasero y sacarla por la boca.
—¡Jesús Cristo! —murmuré.
—White, ¿no te habías ido? —preguntó Vladimir.
—No, y me arrepentiré el resto de mi vida —dije y él se echó a reír.
Vladimir se echó a reír a solo dos metros de donde un hombre estaba
atravesado por un estaca.
—¿Necesitas algo más, Ian? —preguntó Ava.
—Sí, pero se me ha olvidado. ¿Quién mierda hizo eso?
—Yo —declaró Ava orgullosa —aunque, tengo que reconocer que no es
tan divertido cómo pensaba.
Miré hacia el hombre, luego hacia los otros que estaban esperando su
turno y a las estacas que estaban clavadas en el suelo esperando a las
siguientes víctimas.
—Divertido no es la palabra que elegiría yo —murmuré.
—Claro que no, tú eres de los buenos —declaró Ava.
—Nosotros también lo somos, ¿recuerdas, Ava? —dijo Vladimir.
—Buenos, pero usamos métodos poco ortodoxas. Pero, en mi defensa,
tengo que decirte, Ian, que tenía ordenes de dar un castigo ejemplar. El
próximo hombre que quiera secuestrar a una mujer lo pensará dos veces
antes de hacerlo. Créame, una vez que vean este video perderán las ganas
—dijo Ava.
Sacudí la cabeza,  la idea aunque era buena y estaba de acuerdo con
hacer lo que sea para prevenir los delitos, la tortura me parecía un poco
excesiva.
—Los videos de Sam, ¿puedes averiguar donde los tienen y borrarlos?
—pregunté recordando porque había bajado.
—Ya están borrados y los que todavía guardaban copias estarán pronto
castigados —dijo Vladimir.
—Gracias —dije.
—Será un placer —añadió Ava.
—Me voy antes de dispararme a la cabeza para no tener que recordar
esta imagen —dije.
—Te entiendo —dijo Ava —yo esperaba algo más de dolor, esto es muy
sangriento, pero en dos minutos mueren. Esto no es castigo suficiente.
—Me voy y Ava, por favor, deja pasar unas semanas. Mantente alejada
un tiempo hasta que pueda olvidar lo que he visto.
—No te hagas ilusiones, White, nunca lo olvidarás. Te atormentara hasta
el día que te mueras —dijo Vladimir.
Lo que me faltaba, les hice un gesto y me di la vuelta. Había terminado
mi trabajo ahí y era la hora de volver con Sam. Una vez arriba con ella
tuvimos problemas, la niña no quería separarse de ella y los de la
ambulancia no las dejaban ir las dos en la misma.
Como ni Sam ni la niña necesitaban cuidados con urgencia las subí a uno
de los coches de Ava y las llevé al hospital. Ahí la misma historia, querían
separarla y la niña empezó a llorar.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó la doctora que me había atendido antes,
la de los ojos morados.
La niña que se negaba a soltar a Sam se quedó hipnotizada por los ojos
de ella.
—Emily tiene miedo, no quiere separarse de mí, ¿no se puede quedar
conmigo? —preguntó Sam.
Isabella se agachó delante de la niña y le sonrió.
—Claro que sí, Emily. Puedes quedarte con Sam hasta que llegan tus
padres a buscarte. ¿Está bien?
—Mi padre era un drogadicto que murió antes de mi nacimiento y mi
madre dos años después. No llegarán —respondió la niña.
Encontré la mirada de Sam por encima de la cabeza de la niña y ella se
encogió de hombros.
—Lo siento, luego veremos lo que podemos hacer. Mientras tanto hay
que examinarte, a Sam también.
Isabella continuó hablando con Emily y la convenció, en unos minutos
se fueron juntas a una sala de consulta y otro médico llegó a consultar a
Sam.
La buena noticia era que nada estaba roto, excepto el labio que iba a
curarse solo y un corte feo en la ceja en el mismo lugar donde esa mujer la
había golpeado semanas antes.
La mala era que iba a tardar semanas en recuperarse. Le recetaron algo
para el dolor y la hinchazón y eso fue todo. La subieron a una habitación
donde Sam insistió en ducharse.
—Liv se va a asustar —dijo ella peinado su cabello mojado.
—Sí, pero creo que se va a asustar más si no te ve durante dos semanas.
Sam, ¿estás bien? —pregunté cuando se quedó con la mano levantada a
medias y con la mirada fija en el suelo.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estuvimos en el juzgado?
—Quince horas, ¿por qué?
—Porque parece que fue más —murmuró ella.
Me acerqué e incliné su cabeza para mirarla a los ojos. No podía leer que
sucedía en su mente, no estaba triste o asustada. No sabía cómo se sentía.
—Sam, habla conmigo.
—Dímelo.
—¿Decir qué, Sam?
—Sin el no, dímelo sin el no —susurró ella.
Quería escuchar las palabras, lo que había ocurrido hoy la cambió, si era
para bien o para mal quedaba por ver. Pero por ahora podría tener a la mujer
que amaba en mis brazos y decirle lo que me pedía.
—Te amo.
—Yo...
—Tú sientes lo mismo —dije acariciando sus labios con mi índice—.
Sientes lo mismo.
Descansé mi frente contra la de ella y nos quedamos abrazados hasta que
escuchamos la puerta abrirse.
—¡Qué bonito!
Me giré hacia Ava y la miré con el ceño fruncido.
—¿Escuchaste lo que te dije? —le pregunté.
—Eso de dejar pasar tiempo? Sí, pero confío en ti, White. No eres de
esos debiluchos que se desmayan con un poco de sangre.
—¿Un poco? Ava, en serio, tienes que hacértelo mirar.
—Lo que tú digas, ahora necesito hablar con Sam —dijo ella.
—¿Qué pasa?
Ava se quedó callada unos momentos antes de sentarse en una silla, Sam
se sentó en la cama y yo me quedé de pie esperando. No me gustaba la
expresión de Ava, quién sabe que había ocurrido.
—Lo siento, Sam. Le prometí a Linc investigar el asunto y no lo hice, le
pasé el encargo a uno de mis hombres y él falló. Por nuestra culpa te
secuestraron.
—¿Te sientes culpable? —preguntó Sam.
—Sí, y créeme que es algo nuevo para mí.
—Será porque no es tu culpa, es de los hombres que lo hicieron. Tú no
has tenido nada que ver con el secuestro, Ava, así que puedes dormir
tranquila.
Resoplé pensando en cómo de tranquila podía dormir cuando su mente
era capaz de imaginar algo tan cruel.
—Tu novio considera que fui demasiado dura en administrar el castigo a
los responsables de lo sucedido —dijo Ava.
—¿Cómo de dura?
—No se lo digas, Ava. No dormirá el resto de su vida sin pesadillas —le
dije a Ava.
—Quiero saber —declaró Sam mirándome a los ojos—. Te dispararon,
mataron a la abuela de Emily y he visto lo que les hicieron a las otras
mujeres, por lo que me contaron el año que pasé encerrada por culpa de
Ryan fue como unas vacaciones comparado con lo tenían planeado para
nosotros. ¿Sabes qué querían hacer antes de la llegada de Ava? Obligar a
Emily a luchar con una de las otras mujeres, la que perdía iba a ser
violada...
—¡Jesús Cristo, Sam! Olvida lo que ha pasado —le dije.
—Escucha a Ian, Sam. Esos hombres no volverán a hacer daño a nadie y
un gran número de los que están afuera y quieren hacer lo mismo se lo
pensarán dos veces antes de hacerlo —dijo Ava.
—¿Sí? Permítame que lo dude, Ava. Nada los ha detenido hasta ahora, la
policía está corrupta, los jueces también. Esos no le temen a nada.
—¿Has escuchado hablar de Drácula? —preguntó Ava.
—¿El vampiro? Sí, pero no entiendo que tiene que ver esto con lo que
estamos hablando.
—No era vampiro, su nombre real era Vlad y era el príncipe de una
región de Rumania. Fue un gobernante autoritario, un tirano, pero lo único
que quería era paz. Castigaba a sus enemigos, a los ladrones y durante su
reinado había copas de oro en las fuentes que todos usaban para beber agua.
Nadie se atrevía a desobedecer, claro que al final lo mataron, pero ese
hombre fue cruel con los que lo merecían y el pueblo vivió tranquilo y el
país prosperó. Así que su método funciona y te aseguro que el miedo a un
empalamiento funcionara hoy. Créeme, Sam, muchos se lo pensaran dos
veces después de ver el video de hoy.
—¿Qué video? —preguntó Isabella.
—Este —dijo Ava mostrándole el teléfono móvil.
Isabella miró durante unos segundos, luego a Ava, de nuevo al video y
otra vez a Ava.
—Ava, ¿cómo te lo digo? —preguntó Isabella.
—Sencillo. Buen trabajo, Ava —respondió Ava.
—No, no es eso. El empalamiento, aunque no dudo que sea efectivo,
es... ¡Dios! Ni siquiera puedo encontrar una palabra para describirlo.
—Cruel —murmuré.
—¿Empalamiento? —preguntó Sam.
—Una estaca metida... —empezó Isabella, pero en ese momento llegó
Emily con una enfermera y se calló.
La niña fue corriendo hacia Sam y se sentó a su lado.
—¿Estás bien, Emily? —le preguntó Sam.
—Sí, ¿podemos llamar a Daphne ahora? No quiero dormir en el hospital
—dijo la niña.
Sam la miró con el ceño fruncido y luego giró hacia Isabella.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó esta.
—Emily no tiene a nadie y le conté sobre Tina y Daphne, una pareja
encantadora del pueblo que llevan años esperando adoptar. Creo que las tres
formarían una familia perfecta —dijo Sam.
—¿Apellido? —pidió Isabella sacando su teléfono del bolsillo.
—Grimm.
—Vamos a ver —murmuró Isabella tecleando en su teléfono y solo en
unos momentos miró a Emily y sonrió—. Tina y Daphne son perfectas,
¿quieres irte a vivir a una granja?
—¡Sí!
Me quedé ahí de pie escuchando a Isabella, Sam y Emily hablando y
haciendo planes y no podía creerlo. Había sido un día infernal.
Me dispararon, secuestraron a Sam y ahora mismo ella estaba charlando
como si nada de eso hubiera ocurrido, como si no me había despertado con
un agujero en el abdomen y sabiendo que ella estaba en manos de unos
hombres que no iban a dudar en hacerle daño.
¿Qué mierda estaba pasando aquí?
Escuché a Sam decir mi nombre, pero no podía focalizar. ¡Dios! Ni
siquiera podía recordar donde demonios estaba, pero sabía que tenía que
hablar con Sam. Tenía que decirle algo importante.
¿Qué era?
Capítulo 19

Acaricié la frente de Liv, pasé los dedos por su fino cabello pensando en
el momento en que podré hacerle coletas y ponerle lazos de todos los
colores. Ahora no aguantaba ni el más pequeño de los lazos, los notaba
enseguida y no paraba hasta quitarlos y tirarlos al suelo.
Mi pequeña.
Fruncí el ceño pensando en las últimas horas, muchas horas sin ver a
Liv. Horas en las que volví a sentir miedo, a que me hagan daño, a perder a
alguien amado. Pero esta vez no tuve que esperar un año, solo unas horas y
llegaron a rescatarme. Y no solo a mí, a Emily también.
Entendía muy bien lo que era estar solo en el mundo, pero
afortunadamente pudimos ayudar a Emily. Y sí, la suerte estaba de su lado
después de todo lo que había sufrido la pequeña. Vio cómo mataban a su
abuela, la secuestraron y tuvo que enfrentarse al hecho de que iba a
quedarse a la merced de desconocidos.
De alguna manera en esas horas que pasamos juntas en el sótano se creó
una conexión entre nosotros, ella confiaba en mí y yo le había cogido
cariño. Con la ayuda de Isabella le encontramos una nueva familia, una
dispuesta a cuidarla y a amarla como se merecía.
Tina y Daphne estaban en la ciudad celebrando su aniversario y cuando
las llamé aceptaron venir enseguida al hospital. Para ese momento Ian
estaba tumbado en mi cama inconsciente. En un momento estaba de pie y al
siguiente se cayó golpeándose la cabeza con la esquina de la mesa.
Isabella tuvo que darle puntos y mientras lo hacía me explicó que le
había dado un medicamento contra el dolor, uno experimental para darle la
fuerza que necesitaba. Al parecer Ian ni siquiera se había despertado bien de
la anestesia y quería bajarse de cama para ir a buscarme.
El efecto de ese medicamento despareció cuando estábamos hablando y
el cuerpo de Ian cedió con la mala suerte de hacerse una nueva herida. Lo
tumbaron en mi cama y lo dejamos bajo la supervisión de una enfermera
mientras íbamos a otra sala para reunirnos con Tina y Daphne.
—¡Dios! ¿Qué te ha pasado? —preguntó Tina.
—Es una larga historia —dije y de repente me di cuenta de que
habíamos hecho mal las cosas.
Le dijimos a Emily que iba a tener una familia antes de hablar con ellas,
¿y si ellas no la querían? Podrían haber cambiado de opinión en las últimas
semanas.
—Su nombre es Emily, tiene diez años y no tiene familia. Si quieren
adoptarla...
Ni siquiera pude terminar de hablar y Tina ya estaba de pie, Daphne me
miraba con la boca abierta y yo no tenía idea de lo que pasaba.
—¿Una niña? —susurró Daphne.
—Sí.
—¿Cuál es el truco? —preguntó Tina.
—No hay truco —intervino Isabella—. Emily necesita una familia y
después de verificar hemos llegado a la conclusión de que vosotras podéis
ser esa familia. No hay periodo de espera, no hay visitas imprevistas de los
trabajadores sociales. Vais a conocerla y si no hay problemas por parte de
Emily os la podéis llevar a casa esta noche.
—Repito, ¿cuál es el truco? —insistió Tina.
—Sin trucos, Tina. La vida de Emily no ha sido fácil y necesita un hogar.
Por ella y por vosotras haremos un truco y ese es que si ella acepta esta
noche os vais a convertir en una familia. Tendréis todo nuestro apoyo en
todo lo que hará falta y lo único que tenéis que hacer vosotros es amar a esa
niña.
—¿Cuándo podremos conocerla? —preguntó Daphne.
—Ahora mismo —le respondí.
Fui a buscar a Emily a la otra sala y cuando entramos ella se quedó en la
entrada mirando fijamente a las dos mujeres que podrían convertirse en su
familia. Lo hizo durante mucho tiempo, mirando en silencio mientras que
nadie se atrevía a decir nada. Excepto Daphne, ella le sonrió.
—Te pareces a mí —dijo Daphne—. Incluso tenemos el mismo corte de
cabello.
Poco a poco, contando nimiedades sobre cabello y peinados, sobre la
granja y el pueblo, anécdotas sobre Tina, Daphne se ganó a Emily. Una hora
más tarde seguían hablando a pesar de que la pobre Emily se caía de sueño.
Isabella llevó a las tres a una habitación para que la niña descansara.
Yo también quería dormir y volví a la habitación donde Ian estaba
dormido bajo los efectos de lo que sea que le había dado de nuevo Isabella.
Esa mujer era un peligro con sus inyecciones. Me subí a la pequeña cama,
puse la cabeza sobre el pecho de Ian y me dormí.
Me desperté cuando sentí a Ian moverse.
—Buenos días —dije besando su mejilla.
—Buenos días, ¿puedes decirme por qué me siento como si me hubiera
atropellado un camión?
—Isabella lo sabe mejor, yo solo puedo decirte que estuviste bajo los
efectos de no sé qué droga.
—Y yo pensaba que Ava era peligrosa —murmuró Ian.
—A mí me gusta Ava, aunque Isabella es mi persona favorita —dije.
—¿Será por su ayuda con una prueba en especial?
—Por eso y por hacer feliz a tres personas. Emily, Tina y Daphne serán
una familia perfecta. Ya lo verás.
—Hablando de familias, ¿qué te parece si nos vamos a casa?
Nos fuimos a casa después de esperar dos horas la llegada de Isabella
que a pesar de no haber dormido más de unas horas se veía como siempre,
feliz y sonriente. Dijo que no iba a desperdiciar su tiempo en intentar de
convencer a Ian que era mejor quedarse en el hospital y que yo era médico,
debía cuidarlo. Luego ella echó un vistazo a mi cara y llamó a Ayala para
cuidarnos.
Tenía tantas ganas de llegar a casa y ver a Liv que no protesté. Sabía que
ella estaba bien, había hablado con Nora y me aseguró de que todo iba muy
bien. Había cogido las bolsas de leche congeladas de mi casa y no hubo
problemas con el biberón. Lidia y Rachel se habían quedado y con tanta
gente alrededor Liv no tenía tiempo para echarme de menos.
Dudaba que eso era verdad, ella nunca había dormido sin mí por la
noche y seguramente lloró hasta quedarse dormida. Quería llegar a casa,
abrazarla y seguir con nuestras vidas.
Con Ian.
Isabella nos envió a casa en una limusina, a veces era bueno tener
amigos ricos. Es ahí donde Ian decidió que era el momento de pedirme
disculpas.
—Lo siento, Sam. No sabía cómo decirte sobre los videos.
—¿Qué videos? —pregunté, aunque tenía una idea no estaba del todo
segura.
—Ryan Lawson era un hijo de puta desesperado por dinero y tenía las
cámaras grabando y emitiendo live todo el tiempo que estuviste
secuestrada. Hay mucho enfermo en el mundo que se divierte viendo
mujeres en jaulas.
—Y sus padres lo sabían. ¡Dios! ¿Cuántas personas habrán visto lo que
me ha pasado?
No solo Olivia, Sarah y Liz. No, había Dios sabe cuántas personas
viendo como Fred me violaba. Han pagado por verlo, pagado y no hicieron
ni una maldita cosa por ayudar. Claro que no, si ellos pagan por verlo no
iban a avisar a la policía, ¿no?
—No lo sé, pero Ava dijo que recibirán su castigo y que los videos han
sido borrados. No queda rastro de lo que ha pasado.
—Sí, queda —dije pensando en mis pesadillas, en Liv.
—Según Ava, los Sanders sabían lo que iba a pasar y querían quitarte a
Liv antes, aunque la verdad es que no tiene sentido. Si solo hubieran
esperado hasta tu secuestro el estado les habría dado la custodia de Liv sin
problemas.
—¿Lo sabían?
—Sí, Ryan tenía un socio que siguió con el negocio después de que este
entró en prisión. Un tal Ferguson, amigo de los Sanders, que les dijo que
recibían muchas peticiones y que te quería de vuelta.
—Espero que Ava le metió esa estaca hasta el...
—No lo digas, Sam —me interrumpió y lo miré sonriendo.
Sí, soy mala persona, pero ¿quién puede culparme? A veces unos años
en la prisión no son suficientes, hay que ser más duro.
—Ven aquí —me pidió Ian, me quité el cinturón y me acerqué. Él me
abrazó y besó mi cabeza—. Sabes que voy a preocuparme si te veo con Ava
o con Isabella, ¿no?
—No, ¿por qué?
—Porque con tus ganas de venganza y sus recursos ilimitados Dios sabe
que haréis las tres.
—Por ahora no quiero nada más que llegar a casa, que se curen mis
labios para darte un beso en condiciones y vivir tranquila para el resto de mi
vida.
—Es un buen plan —murmuró Ian.
Sí, señor.
Un plan genial y durante unos días lo fue.
Llegamos a casa donde Liv lloró media hora cuando me vio y eso que
había usado la trusa de maquillaje que me prestó Isabella para esconder el
daño de mi rostro, pero no fue suficiente. Liv, aunque era un bebé notó que
algo no estaba bien. La pobre se quedó dormida llorando en mi pecho,
suspirando tanto que me rompía el corazón.
Pero poco a poco las cosas volvieron a la normalidad.

Rachel y Lidia volvieron a sus casas.


Dean y Nora se quedaron unos días más, Nora no quiso dejarnos solos y
de nuevo nadie pudo hacer algo para convencerla de que no debía quedarse.
Ian se mudó con nosotros y fue sin pensarlo. La primera noche en Lake
Spring después de mi secuestro simplemente nos fuimos a dormir juntos. A
dormir nada más, a mí me dolía la cara y él tenía un agujero en el abdomen.
Con el paso de los días llegamos a entendernos solo con miradas, éramos
un equipo y todo fluía sin problemas. Él se quedaba con Liv mientras yo me
duchaba y luego íbamos los tres a la cocina a desayunar.
Y así todos los días, pasamos tiempo los tres como una familia, los dos
como una pareja que a veces parecía que llevaban años de matrimonio y
otras veces como si fuese nuestra primera cita.
Sin darme cuenta empecé a vivir de verdad, sin miedo y sin pesadillas y
eso fue lo más extraño del todo. No tuve pesadillas después de la segunda
vez que me secuestraron, ni una vez. Ni sobre eso ni sobre lo que yo pensé
que era la muerte de Ian.
Esos días mientras nos recuperamos fueron los mejores de mi vida.
Hablamos mucho, sobre el pasado y el futuro, sobre hijos y casas de vallas
blancas.
Sí, hablamos de boda y de anillos.
Yo dije que era algo que no había soñado como las otras mujeres.
Ian dijo que era lo que siempre había deseado, una mujer con la que
construir una familia.
Lo hablamos, pero solo fue eso, una discusión. A pesar de todo los dos
sabíamos que era muy pronto, además ya estábamos viviendo juntos y era
perfecto. Por ahora.
Así que mientras esperábamos a la completa recuperación de los dos
pasamos el tiempo compartiendo besos y caricias. El deseo crecía con cada
día que pasaba y se volvía más intenso durante la noche. Dormir abrazados
era el cielo y el infierno al mismo tiempo.
Además de todo lo que había pasado conseguí dejar a Liv dormir en su
habitación. No sé qué hizo Nora, pero dormía mucho mejor en su cuna y
decidí mover la cuna en la habitación de al lado. Claro que dormía con la
puerta abierta y no importaba que tenía el monitor de bebé y podía escuchar
si se despertaba. Había colocado la cuna de manera que podía verla desde
mi cama.
Sí, para Liv el cambio fue fácil, para mí no tanto. Pero no estaba tan mal,
ahora podía quedarme hasta la madrugada y hablar con Ian. Hablar, por lo
menos hasta dos semanas después.
Así que llegó la noche, esa noche en que después de ducharme y
mirarme en el espejo no me asusté. La cicatriz de la ceja estaba más grande,
pero no quería someterme a una cirugía para quitarla. Era un recuerdo de lo
que he vivido, de que he sobrevivido.
La herida de Ian también había mejorado y solo le molestaba de vez en
cuando. Por eso después de la ducha no me puse el camisón, caminé
descalza y desnuda hasta la cama.
—¡Jesús! —exclamó Ian.
Sonreí, algo nerviosa, dudando de sí había sido una buena idea. No sabía
si tumbarme al lado de él o si sentarme en su regazo.
¡Maldita sea! ¿De dónde venían estos nervios? Este era Ian, el hombre
que me había abrazado todas las noches durante las últimas semanas, el que
me susurró al oído todo lo que pensaba hacerme.
Dudé solo un momento y él usó ese tiempo en su favor, se inclinó, puso
las manos en mi cintura y me tumbó en la cama. De espaldas, debajo de él. 
Luego me besó.
Sin pensar, ni por un instante, le devolví el beso.
No lo hicimos por mucho tiempo, pero lo hicimos muy bien. Tan bueno
que estaba completamente perdida en él cuando rompió el beso, se deslizó
por mí, sus manos fueron a la parte posterior de mis rodillas. Los levantó,
los extendió ampliamente, se instaló y luego su boca estaba sobre mí.
—¡Oh, Dios mío! —respiré, mi cabeza presionando el colchón, mis
piernas tensas.
Él podía hacer esto, Ian podía. Lo hizo antes y fue genial. Pero esto era
diferente, se sentía diferente. Su boca estaba hambrienta, codiciosa,
desesperada. Chupó mi clítoris. Me folló con su lengua. Pellizcó la unión de
mi muslo con sus dientes, haciéndome gemir, luego regresó y me dio más.
Mientras tanto, sus manos grandes y ásperas sostenían mis piernas dobladas
en alto.
Fue increíble, tanto que me corrí en su boca, gimiendo, lloriqueando, mis
dedos en puños en su cabello para abrazarlo.
No estaba ni cerca de terminar cuando él se fue, durante demasiado
tiempo, y antes de que pudiera mirar y averiguarlo, él estaba de regreso.
Cubriéndome, su polla golpeando dentro de mí.
—¡Sí!  —suspiré, envolviendo mis brazos y piernas alrededor de él,
empujando mi cara en su cuello.
Ian empujó fuerte y rápido y gruñó en el mío. Jadeé y una de sus manos
se deslizó por mi costado, abajo, sobre mi vientre, y luego su pulgar estaba
allí.
—¡Ian! —jadeé, todo mi cuerpo se sacudió cuando su toque me abrasó.
Jadeé de nuevo cuando el clímax me atravesó y grité su nombre. De
nuevo, una y otra vez.
—Joder, sí —gimió, enterrándose dentro de mí.
Cerré mis ojos sintiendo todo su peso sobre mí. Me abrazó, se quedó
dentro de mí, su boca se movió sobre mi cuello durante mucho tiempo antes
de que su mano se deslizara por mi cuerpo entre nosotros, por mi cuello.
Acarició mis labios con su pulgar y sus labios llegaron a mi mandíbula
donde me besó.
—¿Soy yo o esto fue mejor que nunca? —pregunté.
—Diría que es mejor por todo ese asunto del amor, pero luego me
quitarán el carné de hombre —bromeó Ian.
—Y eso sería una pena —dije moviéndome debajo de él, sintiendo como
se endurecía de nuevo—. ¿Otra vez?
—Sí, nena. Otra vez —dijo Ian.
Y me besó. Una y otra vez hasta que caí rendida.

Ha pasado otra semana.


Ian ha vuelto al trabajo, yo hice lo mismo. La vida continuó como si
nada hubiera ocurrido, excepto que ahora Ian y yo éramos una pareja que
recibía un montón de miradas y cuchicheos de los habitantes del pueblo.
Ese viernes desperté antes de tiempo, apagué la alarma y desperté a Ian.
Con mi boca.
—Buenos días —dije levantándome para besarlo.
—¿Buenos? Diría que es mucho mejor que eso —dijo Ian y me dio la
vuelta atrapándome debajo de su cuerpo—. Y será aún mejor.
Lo fue, en cuanto lo sentí moviéndose dentro de mí, el día pasó de ser
bueno a maravilloso.
—Necesito ir a la ciudad, ¿quieres ir conmigo? —preguntó Ian mientras
preparaba el café.
—Me gustaría, pero tengo que trabajar —dije.
Liv estaba jugando con su comida, como siempre, y yo preparaba las
tostadas. Las mañanas eran mi momento favorito de día. Y la cena o el
almuerzo cuando Ian venía al centro médico para comer conmigo. Me había
convertido en un clon de Olivia, todo el tiempo feliz, todo el tiempo
sonriendo.
Pero eso cambió a las cuatro de la tarde. Era viernes y en el pueblo eso
significaba que todo el mundo ya estaba de fin de semana, a partir de las
dos de la tarde nadie pisaba por el centro médico, pero hoy me había
quedado para organizar los archivos.
No me apetecía volver a casa sabiendo que Ian no estaba, las chicas
tampoco pudieron venir a tomar el café y cotillear. Creo que de alguna
manera lo intuía, sabía que al llegar a casa me esperaba algo.
Mejor dicho, alguien.
Aparqué el coché mirando a la mujer que me esperaba en el porche, cogí
a Liv y despacio caminé hacia la entrada. Morena, el cabello largo, delgada.
Bueno, delgada a pesar del estado avanzado de embarazo. Si tuviera que
adivinar el parto no estaba lejos.
Guapa, ¿he dicho que era guapa? Lo era, a pesar de la fea expresión de
sus ojos.
—Buenas tardes —saludé.
—Serán buenas para ti —dijo ella de mala manera.
—¿Te puedo ayudar con algo? —pregunté.
—Sí, le puedes decir a tu novio que me contesté al teléfono y que asuma
de una vez por todas sus responsabilidades —espetó ella.
—Creo que hay un error...
—No hay ningún error —dijo ella en voz alta asustando a Liv.
—No sé de qué me está hablando y le pido que se vaya, si no tendré que
llamar a la policía —le pedí acercándome a la puerta preparada para entrar.
—Dile a Ian que me llamé, si no lo hace recibirá una llamada de mi
abogado.
Ian.
La mujer sonrió al ver mi sorpresa y puso la mano sobre su barriga.
—También le puedes decir que falta una semana para el nacimiento de
nuestro hijo y que dejé de ser tan cabezota —continuó ella.
Ian.
Capítulo 20

Uma se fue.
Es el nombre de la mujer, de la madre del hijo de Ian. ¿Su novia? ¿Su
amante? No tengo idea de quién es, pero lo averiguaré pronto, muy pronto.
Se fue después de repetirme una vez más el mensaje para Ian.
Se fue, pero en realidad no lo hizo. Seguía viéndola en mi porche, la
imagen de esa mujer hermosa y embarazada no se iba de ahí. Se había
quedado grabada en mi mente.
Había tantas cosas pasando por mi cabeza que no podía concentrarme en
solo una. Primero los celos. Ian tuvo una relación con esa mujer que era
perfecta, solo con una mirada te dabas cuenta de que no había nada mal con
ella. Ni traumas ni secuestros que llevan a uno al hospital con un agujero en
el abdomen.
Luego estaba la traición. Él lo sabía y no me lo había dicho, iba a ser
padre y se lo ha guardado para él mismo. No tenía muy claro porque, él era
un genial con Liv. Le cambia el pañal, ayuda a la hora del baño e incluso se
despierta por la noche y la trae a la cama cuando le toca la toma.
Podría ser porque seguía teniendo una relación con ella y yo era la
amante, aunque eso era un poco difícil de creer. Estaba todo el tiempo
conmigo, al menos las últimas dos semanas no nos hemos separado excepto
las horas de trabajo.
Pero ¿qué sé yo sobre engaños? Hay tantas mujeres engañadas por sus
maridos que nunca se enteran y al revés también. No iban a ser tan
estúpidos como para dejar pruebas del engaño a vista de la pareja, lo
esconden, por ejemplo, durante el horario de trabajo o las visitas a la
ciudad.
Y al final lo que ganó fue la furia.
Estaba harta de sufrir. ¡Maldita sea!
Las horas pasaban y mi furia aumentaba. Cené con Liv, la bañé, jugué
con ella y la acosté. No sé cómo lo hice sin perder la paciencia ya que la
niña debió de notar mi malhumor y se contagió de lo mismo. No quiso
cenar, lloró durante el baño y tardó una hora en quedarse dormida.
Al final lo conseguí y bajé al cuarto de estar a esperar a Ian. Eran las
nueve.
Y luego las diez.
A las once recibí un mensaje de él.
Surgió algo, llegaré tarde a casa. No me esperes.
—Muy bien, Ian. No te esperaré —dije en voz alta.
Me duché y me fui a dormir. Sola por primera vez desde el secuestro y
mis ojos no se cerraron ni siquiera por un minuto. Fue imposible. Mil cosas
daban vueltas por mi cabeza y ni una era buena.
Al enfado inicial se le añadió eso, por su culpa no podía descansar. Claro
que estaba exagerando, pero ya no podía pensar con claridad.
A las seis de la mañana me levanté de la cama y bajé a la cocina. ¿Para
qué? Ni idea, lo hice por hacer algo.
Ian no había vuelto.
Y mientras me tomaba el café pensando en qué desayunar vi su coche
aparcado delante de su casa. O la de Linc, lo que sea, la casa en la que vivió
hasta hace unas semanas. Aunque el primer impulso fue de ir y hablar con
él me convencí de que no era una buena idea. Debía esperar.
Eso no me fue muy bien.
A las diez de la mañana Sarah llegó a recogerme para ir a la ciudad,
había quedado con las chicas para almorzar e ir de compras.
—Buenos... ¡Dios! Nada de bueno para ti hoy —dijo Sarah cuando le
abrí la puerta.
—He tenido una mala noche, Sarah, y no quiero hablar de ello.
—Sí, claro. A ver si convences a Olivia de eso —espetó ella entrando y
cogiendo a Liv de mis brazos —. ¡Hola, cielo! Tú sí que has dormido bien,
solo hay que ver esta sonrisa preciosa —le dijo a Liv.
—Sabes que no te puede contestar, ¿no?
—Sabes que puedo llevarme a tu hija y dejarte aquí con tu malhumor,
¿no?
Me callé, Sarah no tenía la culpa de que yo estaba nerviosa. Mientras
caminaba hacia el coche de Sarah me di cuenta de que iba a seguir igual
hasta hablar con Ian.
—Ahora vuelvo —dije poniendo a Liv en los brazos de Sarah.
Corrí hacia la casa de Ian y entré sin llamar.
—¿Ian?
—¡Aquí!
La voz de Ian llegó desde la cocina y al llegar lo vi sentado tranquilo a la
mesa desayunando.
¿Qué mierda?
Iba sin afeitar y su cabello estaba desordenado, pero salvo eso estaba
como siempre. Guapo, demasiado guapo para mi bien.
—Me voy a la ciudad —dije.
—Que te diviertas.
Abrí la boca para repetir sus palabras, pensaba que al decirle en voz alta
me daría cuenta de que me estaba imaginando la indiferencia de su tono. Su
maldita frialdad. Mis sospechas se convirtieron en verdaderas.
Ian, todo lo nuestro había sido una mentira. Nada de lo que vivimos fue
verdad, ni su amor ni su cariño. Parecía una pesadilla, pero no. Mi corazón
latía con fuerza, al menos lo hizo hasta que lo sentí romperse con la
desilusión.
Pero había una pequeña parte de mí que no quería renunciar tan fácil.
—Te esperé anoche —susurré.
—Llegué muy tarde y no quise despertarte —dijo Ian sin mirarme a la
cara.
—Ian, ¿hay algo que quieres compartir conmigo? —insistí.
—No, nada. Vas a llegar tarde.
Todo ese dolor, toda la lucha conmigo misma, con mis miedos, ¿por
esto? Por unas semanas de felicidad. Sí, el destino era muy retorcido.
¡Que se joda!
—Dice Uma que la llames —solté antes de darme la vuelta y salir de su
casa.
No vi la sorpresa en su rostro, en cambio lo escuché llamándome. Lo
ignoré y caminé más rápido, tuve suerte que Sarah tenía el coche encendido
y arrancó en cuanto me senté en el asiento.
—Echaba de menos algo de drama —dijo ella conduciendo, llevándome
lejos de Ian.
El Ian que se quedó en la acera mirando el coche alejarse.
¡Que se joda!
¿Y qué si se veía triste? Dijo que no tenía nada que compartir, pues que
así sea. No lo necesito, ¿a qué no? En mi cabeza imaginé lo que sería mi
futuro. Seguiría en Lake Spring, me gustaba el pueblo, el trabajo y no iba a
salir corriendo solo porque el hombre con que tuve una relación de un par
de semanas tenía novia e iba a ser padre en una semana.
No, señor. Iba a quedarme en el pueblo, pero primero me compraría una
casa. ¿Y que si esa casa era perfecta? Necesitaba tiempo y distancia antes
de poder mirar a Ian a la cara sin gritarle. O pegarle que también deseaba
hacerlo.
¡Que se joda!
Para cuando llegamos a casa de Olivia estaba más nerviosa de lo que
hubiera creído posible. La pobre Sarah no dejaba de echarme miradas
preocupadas.
—Cuidado, está de malhumor —advirtió Sarah a Olivia y Liz.
—¿En serio? Ya somos dos —dijo Liz.
—Válgame Dios —murmuró Olivia.
—Ni Dios ni nada —espeté, puse a Liv en brazos de Olivia y me dirigí
hacia el bar—. ¡Mierda! No puedo beber.
—Sí que puedes —dijo Liz.
Después de cuarenta minutos pasados en compañía del maldito extractor
tenía suficientes bolsas de leche para Liv, al menos para poder tomarme una
copa de vino. Olivia llamó a Greta para cuidar a Liv y cuando me vio salir
del cuarto de baño me miró triste.
—Y esta es la razón de que nunca quise un hombre en mi vida —dijo
ella. Se acercó y me abrazó—. Ya tienes una hija que te haga compañía, no
lo necesitas.
—¡Greta! —exclamó Olivia.
—¿Qué? Si te hace sufrir no merece la pena, ni un hombre lo merece —
declaró Greta cogiendo a Liv—. Nosotros estaremos en el jardín
disfrutando del sol, ¿a qué lo vamos a pasar bien, pequeña?
Se fue hablándole a Liv y las miré pensando que no era mala idea
quedarme soltera el resto de mi vida.
—Ni lo pienses —me advirtió Olivia.
Agarré la copa que puso en mi mano e hice una mueca.
—¿Zumo de naranja?
—Y champan, es lo único que puedes tomar con alcohol a esta hora —
dijo Olivia.
—Siéntate de una vez y cuenta que hizo tu hombre perfecto —me pidió
Liz.
Ella y Sarah estaban sentadas en el sofá y fui a tomar asiento en uno de
los sillones, tomé un sorbo de la mimosa antes de mirarlas y empezar a
hablar.
—¡No jodas! —exclamó Liz.
—Tampoco es para tanto —dijo Sarah.
—¿Cómo qué no? —pregunté.
—Pues no, no sabes si lo que te dijo esa mujer es verdad. Tienes tanto
miedo que te agarras a cualquier cosa.
—Yo no estoy haciendo eso —espeté.
Sarah fue la única que mantuvo mi mirada, las otras evitaron mis ojos.
—¿Y qué si lo hago? Es normal protegerme, no tengo porque dejar a Ian
que haga lo que le da la gana con mi vida. Yo necesito sinceridad y sí él no
es capaz de dármelo entonces no vale la pena perder mi tiempo con él.
—¿Y tú has sido sincera con él? —preguntó Olivia.
—Sí...
—No, deberías haberte quedado y hablar con él, pero en lugar de eso
elegiste lo que era fácil. Correr.
Lo hice, ¿no?
Creí cada palabra de esa mujer y cuando Ian no quiso hablar no insistí,
simplemente tomé la decisión de abandonarlo. Y yo decía que lo amaba, si
lo haría lucharía.
—¿Por qué no insistí? —murmuré en voz baja.
—Porque tienes miedo a que te hagan daño —dijo Sarah.
—¿Sabes qué? —pregunté poniéndome de pie—. ¡A la mierda con todo!
Necesito un coche y que cuiden a Liv.
—Toma mi coche —dijo Sarah al mismo tiempo que Olivia decía que
iba a cuidar a la niña.
Sonreí en agradecimiento y me fui. Conduje hasta Lake Spring
respectando el límite de velocidad y esas dos horas fueron muy extrañas.
Pasaba del enfado al miedo, de planear en detalle cada palabra que quería
decirle a Ian a tener ni idea de lo que quería.
Al aparcar detrás de su coche la decepción era la que me acompañaba. El
dolor y otros sentimientos que no quería reconocer que sentía los había
enterrado en el fondo de mi mente. Habrá tiempo más tarde de pensar en
ello.
No entré en la casa a pesar de saber que la puerta estaba abierta y de
tener las llaves en el bolso. Llamé y esperé. Será que mi mente había
reconocido el coche rojo que estaba aparcado al otro lado de la calle, no lo
sé, pero llamar pareció una buena idea.
—¿Sam?
Ian abrió la puerta y se sorprendió al verme, pero antes de que la
sorpresa tuviera tiempo de aparecer en su rostro vi otra cosa. Miedo.
¿Qué mierda?
—Necesitamos hablar —dije.
—Ahora está un poco ocupado.
Miré por encima de su hombro y ahí estaba ella, Uma, la embarazada. La
odiaba y no solo porque ella me había robado a Ian, también por cómo se
veía. Guapa con su tripa de embarazada, incluso podría ser la imagen de
una campaña de publicidad, era así de guapa.
Y yo, recuerdo la primera vez que me miré en el espejo. Fue cuando me
llevaron al hospital después del rescate, me dieron permiso para ducharme
después de gritar a las enfermeras que había pasado un año desde que me
duché y no iba coger en brazos a mi bebé sucia.
No lo hice antes, lo hice después de lavarme bien usando todo el gel de
ducha. Me miré desnuda en el gran espejo, ¿sabes qué vi? Una mujer
delgada, pálida, con una tripa de embarazada pequeña. Ni siquiera era
bonita.
—Sam, ahora no puedo...
—Tiene que ser ahora —interrumpí a Ian, entré en la casa y Uma hizo
una mueca.
—Si no lo has entendido, Ian está ocupado —espetó ella.
—Uma, esto no te concierne —dijo Ian.
—¿Cómo qué no? Estamos hablando de nuestro futuro —gritó ella y
tuve que recapacitar.
Uma podría ser la mujer más guapa del mundo, pero cuando gritaba y
dejaba salir toda la maldad era fea.
—Hablaremos más tarde, ahora, por favor, vete —le dijo Ian.
—¿Me estás echando?
—Sí, eso es lo que está haciendo —dije.
¿Dije fea? No, en cuanto empezó a maldecir se convirtió en una bruja.
La mitad de las palabras que usó ni siquiera sabía que significaban, bueno,
lo sabía, pero me costaba entenderlas.
Pero se fue, tomó su bolso y salió dando un portazo.
—¿Por qué has vuelto, Sam? —preguntó Ian sin mirarme, se había
quedado delante de la puerta.
—Necesito una explicación.
—Soy un idiota, ¿esta te sirve?
—No, pero antes de seguir necesito una copa de vino —dije.
Me fui a la cocina y después de buscar en los armarios renuncié y cogí
una botella de cerveza de la nevera. La abrí y tomé un sorbo.
—No me gusta la cerveza —murmuré, pero llevé la botella conmigo al
cuarto de estar.
Ian se había sentado en el sofá y tenía la cabeza baja apoyada en las
manos. Se veía tan mal que me costó mucho no ir a su lado y abrazarlo.
¿Quién era el idiota ahora? Me senté en el sillón al otro lado poniendo
distancia entre nosotros y esperé.
—¿Es tu novia? —pregunté minutos después cuando mi paciencia se
había agotado.
Ian levantó la cabeza y por primera vez encontró mis ojos, los suyos
reflejaban incredulidad y dolor.
—¿En serio me crees capaz de engañarte? No, mejor no respondas, y no,
no es mi novia. Lo fue, pero ya no.
—¿Y me vas a contar qué está pasando o seguirás mirándome cómo si
hubiera roto tu corazón?
—Salimos durante unos meses y ahora ha vuelto diciendo que yo soy el
padre de su bebé soy yo.
—¿Y lo eres?
—Lo dudo, pero lo sabré seguro después del nacimiento.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Joder, Sam! Has tenido suficiente en las últimas semanas, no quería
preocuparte.
—¿Y qué pensabas hacer? ¿Llegar un día con un bebé en brazos y
presentarme a tu hijo?
—¡No lo sé, Sam, no lo sé! —gritó Ian.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana.
—Ian, ¿me amas?
Se giró rápidamente y la intensidad en sus ojos me congeló en el asiento.
—Vale, vale —dije sonriendo. Me amaba—. Entonces esperaremos el
parto.
—¿Esperaremos?
—Mira, Ian, he tenido una mala noche, una mañana igual y por lo que
veo tú quieres empeorar mi tarde también así que vamos a dejar claras un
par de cosas. Me amas, te amo y vas a tener un hijo con otra mujer y eso no
va a cambiar con nada nuestra relación, ¿correcto?
Ian asintió y empezó a caminar hacia mí.
—Ni lo sueñes —le advertí cuando se arrodilló delante de mí y tomó mi
cara en sus manos—. Necesito saber por qué no me lo contaste.
—Idiota, ¿recuerdas? —dijo él, suspiró cuando vio que no era suficiente
—. Toda mi vida he querido una sola cosa, encontrar a la mujer perfecta,
formar una familia, y la busqué, pero todas las mujeres con las que estuve
no solo que no eran perfectas, eran justo lo opuesto. Fui el novio perfecto,
ese que lleva flores a cada cita, que respecta a la mujer y no pide sexo en la
primera cita. Perfecto e idiota ya que cada una de esas mujeres me usaron y
al final se rieron en mi cara.
—Ian, no...
—Uma estaba viendo a otro hombre al mismo tiempo, uno mayor y con
mucho dinero. Por eso no sé con seguridad si ese bebé es mío. Fui idiota,
Sam, te busqué durante tanto tiempo y mi deseo de encontrarte nubló mi
mente. Tomé las decisiones equivocadas, hice las cosas equivocadas.
—Lo sigues haciendo, Ian. Deberías habérmelo contado.
—Lo haré, la próxima vez prometo decírtelo enseguida —dijo Ian.
—Por tu bien espero que no haya otra próxima vez. Si ese bebé es tuyo
tendremos que aguantar a la madre el resto de nuestras vidas y no creo que
podremos con más de una. Esa Uma es...
—¿Terrorífica?
—Maleducada diría yo.
—Samantha Garrett, ¿te he dicho cuánto te amo?
—No, hoy no —sonreí.
—Más que a mi vida, más que al aire. Me enamoré en el primer
momento en que vi tus ojos fulminándome, lo supe en el momento en que
nuestros labios se tocaron por primera vez. Te amo, Sam, y lo haré hasta mi
último día en este mundo.
—Bien, ahora puedes besarme.
—El romanticismo no es lo tuyo, ¿no?
¡A la mierda!
Incliné la cabeza y lo besé. Se me daba mucho mejor mostrar que decir.
Epílogo

—¡Ahora, Sam! —ordenó Ian, el tono de su voz desencadenando la


explosión de placer.
Mordí mis labios ahogando los gritos sabiendo que detrás de la puerta
había unas doscientas personas que no necesitaban escucharme gemir de
placer.
—No me gustas —le dije a Ian minutos después cuando recuperé mi
aliento.
—No, no te gusto. Me amas, señora White.
¡Maldición! Tenía razón.
¿Y qué si solo minutos después de entrar en el salón donde íbamos a
celebrar nuestra boda él me agarró de la mano y me llevó a una habitación
oscura? ¿Y qué si me había levantado las trescientas capas de tela blanca de
mi vestido de novia y deslizado por mis piernas el pequeño trozo de tela
que debería ser una sorpresa para la noche de boda?
¿Y qué si puso la boca justo en mi centro y me dio el primer orgasmo de
mujer casada?
Esas eran muy buenas razones para amarlo, ¿no? En cambio, yo estaba
un poco irritada. Y todo tenía que ver con mi sorpresa, esa que llevaba
semanas planeado y escondiendo de él. La misma que estaban disfrutando
los invitados y no nosotros.
Ian esperó mucho por esa sorpresa, tres años para ser precisos.
Tres años desde que Uma dio a luz a un niño que horas después
descubrimos que no era hijo de Ian. A pesar de saber que la vida no sería
fácil con Uma alrededor Ian se había acostumbrado a la idea de ser padre.
Un hijo no tenía que pagar por los errores de los padres y él estaba
decidido a hacer todo para ese bebé. Solo que las cosas no salieron cómo él
quería. Y lo más extraño fue que habló con Uma después y ella seguía
empeñada en decir que el padre era Ian.
No sé si la mujer estaba loca o no, pero definitivamente algo no estaba
bien con ella. Meses después nos enteramos de que había encontrado al
padre del bebé y que había cedido todos sus derechos a cambio de
doscientos mil dólares.
Esa semana, mientras esperábamos el parto de Uma fue muy rara. Ian
fue más reservado, más frío y después de unos días conseguí hacerlo hablar.
Sentía que me había defraudado, que me merecía algo mejor, un hombre
mejor que no se dejaba engañar por una mujer como le había pasado con
Uma.
Creo que tardé más de una hora convencerle de que era justo el hombre
que deseaba a mi lado y no me importaban sus relaciones anteriores. Solo
me importaba cómo se comportaba conmigo, el resto era historia.
Llegó el otoño, el invierno y nosotros seguíamos de la misma manera.
Felices en nuestra casa. Mejor dicho, mi casa. Finalmente, decidí comprarla
y Jason no tuvo problemas en venderla. Ian también decidió comprar la casa
de Linc y en ese momento llevábamos meses sin discutir.
Lo hicimos esa noche cuando me contó sus planes de comprar la casa en
la que llevaba meses sin dormir. Vivíamos juntos en la mía y no veía la
necesidad de tener dos casas.
—Hay una razón muy buena —dijo Ian, mirándome desde el otro lado
de la mesa—. ¿Quieres saberla?
—¿Tú qué crees? —espeté.
—Te encontré, Sam, después de tantos años por fin estoy con la mujer
que he soñado y quiero una familia. Quiero hijos, hermanos para Liv, quiero
una gran familia y esta casa es demasiado pequeña para la familia que yo
quiero.
Habíamos hablado de eso, sabía que él quería una familia como él
también sabía que a pesar de mi amor por él el matrimonio no estaba en mis
planes. La otra cosa que sabía era que él quería hijos y aunque teníamos a
Liv no era suficiente. Lo sabía, pero no estaba preparada todavía.
—Ian...
—Esperaré, Sam, pero mientras tanto voy a planear, voy a hacer todo
perfecto para ese momento.
Y esperó, lo único que yo pensaba que iba a hacer justo eso, esperar y
planear. Pero no, Ian planeó y llevó a cabo los dichosos planes.
En nuestra primera Navidad me regaló una cadena de cual colgaba
nuestras iniciales, la suya, la mía y la de Liv. Me pregunté qué pasaría con
esa cadena al añadir las iniciales de todos los hijos que quería Ian.
De San Valentín me sorprendió con una escapada de fin de semana a
Paris. Imagínate, Paris. Pasamos más tiempo en el avión que ahí, pero fue
maravilloso. Bueno, no todo fue tan maravilloso. Ian estaba raro, como si
tuviera mil cosas en la cabeza y no supe que pasaba hasta el día siguiente.
Había reservado una suite y el primer día fuimos a ver la ciudad,
cenamos en uno de esos restaurantes tan románticos, paseamos. Por la
noche me hizo el amor y me quedé dormida encantada de la vida.
Y por la mañana al salir del dormitorio me encontré con el salón lleno de
tulipanes blancos. Cada superficie estaba ocupada con jarrones y ramos que
casi fue imposible llegar al centro del salón donde en la mesa había una
cajita.
La abrí y el anillo llenó mis ojos de lágrimas. Era el anillo de
compromiso de mi madre.
—No te lo estoy pidiendo, Sam —escuché decir a Ian, me di la vuelta y
ahí estaba, en la puerta del dormitorio vestido solo con los pantalones de
pijama y con una intensidad nueva en sus ojos.
—¿No? —susurré decepcionada.
—No, porque no estás preparada. Pero yo estoy harto de ver a todos los
hombres mirarte e invitarte a salir. En ese pueblo todos están locos y por lo
visto si no tienes mi anillo en tu dedo no van a parar. Así que, Sam, vas a
ponerte ese anillo para mostrar al mundo que eres mía.
Sonreí recordando todas las veces que me invitaron a salir, pacientes,
familiares, incluso el hermano de Jason lo hizo y Kevin no paraba de
bromear y preguntar cuando iba a dejar a Ian y escaparme con él.
—¿Estás celoso? —pregunté sorprendida ya que nunca había mostrado
serlo.
—Sí, nena. Lo soy, ¿quién no lo sería? —dijo acercándose—. Solo con
una mirada los hombres caen rendidos a tus pies.
Me eché a reír, que sí, que recibía muchas invitaciones y los hombres
flirteaban conmigo, pero no caían rendidos a mis pies.
—Mira —dijo él girándome hacia el espejo donde podía vernos y mis
ojos se fijaron en él, en su pecho desnudo, en su barba que había llegado a
amar y no solo porque lo hacía verse más atractivo, también por cómo se
sentía en mi piel—. A ti, Sam, mírate. Mira tu cuerpo, pero mejor mira tus
ojos. ¿Ves esa luz? Esa felicidad es lo que los atrae y quiero que sepan que
una pequeña parte de esa luz es gracias a mí.
—Una gran parte —lo interrumpí.
Ian sonrió.
—Lo que tú digas, pero la idea es que tú eres mía y quiero que todos lo
sepan.
—Pues entonces deberíamos casarnos, ¿no crees?
En un momento estaba de pie en el centro de la habitación mirando a Ian
y al siguiente estaba en sus brazos, su mano en mi cabello, su boca
chocando con la mía. Abrí los labios dejando entrar a su lengua mientras
sus manos se movían sobre mí. No como siempre, diferente.
Posesivo.
Duro.
Asombroso.
En un suspiro bajó los tirantes de mi camisón y lo dejó caer a mis pies, y
sin saber cómo me encontré tumbada sobre la mesa. Ian se inclinó sobre mí,
su boca trazando un camino desde mi cuello hacia abajo. Se aferró a mi
pezón y lo metió en su boca, chupó fuerte mientras me retorcía debajo de él.
De repente, abrió mis piernas con grandes manos apretadas a los lados
de mis rodillas, y él estaba de rodillas en el suelo, su boca entre mis piernas.
Clavé mis talones en su espalda, mi propia espalda se arqueó más alto,
mientras un grito escapaba de mis labios y el clímax me atravesaba,
destrozándome.
En menos de un segundo Ian estaba sobre mí. Sentí la punta de su polla
deslizándose a través de mi humedad y empujó dentro, llenándome.
—¡Ian! —suspiré, envolviendo mis brazos alrededor de él, levantando
mis rodillas, presionando mis muslos contra sus costados.
—Mía, por fin mía —gruñó contra mi cuello, golpeando dentro de mí
fuerte, una y otra vez.
Me agarré fuerte mientras sentía acercarse el segundo orgasmo, mientras
sentía el de él unirse al mío.
—Tuya —susurré.
Dos semanas después en nuestra fiesta de compromiso lo supo todo el
pueblo, aunque eso no significa que dejé de recibir miradas. No, creo que
los hombres del pueblo disfrutaban atormentando a Ian y por eso
continuaron.
Y ahora somos por fin marido y mujer, eso sí, me tomé mi tiempo en
organizar la boda. Esperaba algo, no sabía qué exactamente hasta que
ocurrió. Y hace dos meses fijé la fecha de la boda.
¿Fue una locura organizar una boda en dos meses? ¡Sí!
Verás, yo quería algo sencillo solo con la familia y los amigos. Pero
cuando nos sentamos a hacer la lista de invitados las cosas fueron de todo
menos sencillas.
La familia de Ian. Gareth, Lidia y los niños. Su hermana y sus niños. Los
abuelos.
Mis amigas. Olivia, Colin y más niños. Liz, Sarah.
Los amigos que sin saber cómo pasó eso llegaban a una cifra de tres
números. Linc, Ayala. Incluso vinieron Ava e Isabella con sus familias.
Todos estaban ahí fuera esperando, preguntando dónde estaban los
novios.
—No me gustas —le repetí a Ian.
—Lo que tú digas, señora White —respondió mi marido arreglando su
traje.
Maldito hombre, no era justo que solo con meter su camisa en los
pantalones y abrocharlos se veía como si nada. En cambio, yo tenía que
pasar por lo menos un cuarto de hora en el aseo arreglándome para no dejar
ver a los invitados que mi marido me folló en el guardarropa.
Y ese cuarto de hora no fue suficiente ya que volví a la fiesta e
ignorando a Ian que bailaba con Liv me senté a la mesa de las chicas.
—Vaya, vaya, alguien tenía prisa por celebrar la noche de bodas —dijo
Liz.
—¡Cállate! —espeté.
—Sí, Liz, calla y vamos a brindar —propuso Olivia y levantó la copa de
champan—. Por Sam que ha conseguido algo que no deseaba, por nosotras
que no hicimos nada para ayudar, pero aun así ella ya tiene su final feliz.
Por nuestro pacto.
—Por ese tonto pacto —brindó Sarah.
—Por los finales felices —dijo Liz.
Chocamos nuestras copas al mismo tiempo que mi marido se acercaba
para sacarme a bailar. Tomé su mano y caminamos hasta el centro de la
pista de baile.
—¿Sigues enfadada? —preguntó Ian rodeándome con sus brazos y
empezando a moverse al ritmo de la música.
—Sí, señor White. Has arruinado mi sorpresa —me quejé.
—Nena, creo que hasta ahora ya sabes que no me gustan los globos
llenos de purpurina.
—Es que estos eran especiales —murmuré.
—¿En serio? ¿Y qué hace especial un globo?
—No lo sé, Ian, pero tengo una idea de que era el mensaje que iba en
esos globos tan especiales.
—¿Qué mensaje, nena?
Me acercó más a su cuerpo aprovechando que más gente se nos había
unido en la pista de baile. Yo aproveché para pisar su pie. Era una tontería
estar enfadada con él justo el día de nuestra boda, pero quise hacer algo
especial, algo que recordaría para siempre.
—Estoy embarazada —dije con malhumor.
Ian se detuvo y las parejas daban vueltas alrededor sin importar que
nosotros estábamos ahí sin movernos, solo mirándonos unos a los otros a
los ojos.
—No lo quieres —dijo Ian sorprendiéndome.
—¿Qué dices?
—No quieres tener un hijo conmigo, por eso tardaste tanto tiempo en
decírmelo.
—¿Lo sabías?
—Nena, a pesar de que mi abuelo me lo repite cada vez que tiene la
oportunidad, no soy idiota y los cambios han sido muy obvios. Brillas, hay
una luz especial en tus ojos y puedo decir justo el día que apareció. Ese
domingo que Liv se quedó a dormir en casa de Ayala y fuimos a cenar,
¿recuerdas esa noche? Yo sí, pero recuerdo mejor la mañana siguiente
cuando saliste del cuarto de baño con una sonrisa que iluminaba toda tu
cara.
—No dijiste nada —murmuré.
—No, no lo hice porque pensé que necesitabas tiempo para
acostumbrarte a la idea.
—Quería hacerlo especial...
—Nena, cada día es especial desde que estás en mi vida, desde que me
convertí en el padre de Liv. Cada día, cada minuto que paso contigo es
especial, no necesito globos. Solo te necesito a ti.
—Vale, ya no estoy enfadada —dije y él estalló en risa.
—Te amo, señora White.
—Y yo a ti, señor White.
Y cuando bajó la cabeza para besarme sonreí. Ya no estaba enfadada,
pero aun así iba a pagar por hacerme sentir avergonzada el día de mi boda.
—Jefa, me voy.
Levanté la cabeza del historial de mi último paciente y vi a Ayala en la
puerta de mi oficina.
—Vale, nos vemos el lunes.
—Nos vemos mañana en la fiesta de Luca, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo, pero pensaba fingir que estaba cansada y enviar a Liv
con Ian a la fiesta.
—Buena suerte con eso —dijo Ayala riendo.
Ya, iba a necesitar suerte, mucha, si quería quedarme en casa sola. Ian
estaba paranoico, un miedo incomprensible había tomado el control de su
mente y no había manera de convencerle de que todo estaba bien. De que
todo iba a estar bien.
Y eso que no sabía la verdad. Algo me dice que no estará muy feliz
conmigo el día del parto, pero creo que se le pasará. No tendrá tiempo de
gritarme, estará demasiado ocupado.
Guardé el historial del paciente, apagué el ordenador y después de coger
mis cosas me fui del centro cerrando con llave. Me apetecía comer tarta de
chocolate y me dirigí hacia la cafetería.
Era un día de primavera perfecto, sol, el olor a fresco, a limpio.
Me paré en el medio de la calle cuando sentí el agua bajar por mis
piernas.
Un día perfecto para dar a luz.
—¡Maldición!
Miré alrededor por su alguien había notado algo y como nadie me hacía
caso me di la vuelta y volví al centro. Tomé una ducha, me puse un vestido
nuevo que guardaba en el armario para emergencias y luego caminé hasta la
comisaría. Ian tenía el turno de tarde y por suerte, o no, estaba sentado en el
extremo de su escritorio hablando por teléfono.
Maldije, esta vez en mi cabeza, ya que no entendía cómo diablos podía
encontrarlo tan atractivo y desear llevarlo a una habitación y pedirle que me
haga suya cuando estaba de parto.
Eso no era normal y todo era su culpa, que era demasiado atractivo y que
estaba demasiado embarazada.
—Nena, ¿ya te vas? —preguntó él colgando el teléfono.
—Sí, y tú también. Nos vamos al hospital.
Palideció, pero se recuperó enseguida y me tomó en sus brazos para
llevarme al coche. Insistí que no hacía falta, que era capaz de caminar, pero
no quiso escuchar. Me sentó en el asiento trasero, abrochó mi cinturón y un
segundo después de sentarse arrancó el coche.
Palideció más cuando quiso tomar la salida hacia el hospital y le dije que
debía tomar la que llevaba a la ciudad.
—¿Por qué?
—Ordenes de Isabella —dije sonriendo.
Ian maldijo y aceleró. A lo mejor debería haber llamado a Isabella y
pedirle el helicóptero. A lo mejor, pero ya era demasiado tarde. Pensé que
tendría tiempo suficiente, pero cuando a medio camino comenzaron las
contracciones me di cuenta de que me había equivocado.
No solo eso, también me tocó aguantar el dolor y fingir. Ian ya estaba
bastante nervioso, lo único que le faltaba era decirle que había una gran
posibilidad de dar a luz en el coche. Pero tuvimos suerte, suerte de que no
pasó nada, excepto el dolor.
Y mientras me llevaban en la silla de ruedas hacia el paritorio supe que
era demasiado tarde. Tarde para la epidural, tarde para la cesárea.
Y muy para tarde para arrepentirme de no haberle contado la verdad a
Ian.
—¡Empuja, Sam! —gritó Isabella.
Grité mientras sentía como me rompía en dos y sonreí segundos después
al ver la cara de Ian cuando miró al bebé que sostenía Isabella. Nuestro
bebé.
—Es un niño —dijo Isabella.
—Un niño, Sam, tenemos un niño —dijo Ian besando mi frente.
Él era feliz, pero la felicidad se esfumó cuando Isabella habló y dijo que
tenía que empujar de nuevo.
—¿De nuevo? —repitió Ian.
—Lo siento... —empecé, pero cualquier disculpa fue borrada de mi
cabeza por la siguiente contracción y por el nacimiento de nuestra hija.
—Adam y Adele White —susurró Ian en mi oído mientras mirábamos a
los médicos atender a los bebés.
Sonreí al darme cuenta de que Ian decidió poner los nombres que eligió
Liv. Ella estaba encantada con la idea de tener un hermano o una hermana y
ahora iba a tener a los dos.
—Ian...
—Sí, nena.
—No te esperaba, pero gracias por entrar en mi vida. Gracias por
devolverme la vida, por hacerme la mujer más feliz del mundo.
Sonrió mientras Adam White dejaba saber a medio hospital que no
estaba para nada contento con lo que sea que le estaban haciendo los
médicos.
—¿Te he dicho hoy que te amo? —preguntó Ian.
—A mí sí, pero ve y díselo a nuestros hijos.
Sí, a veces la vida te sorprende cuando menos te esperas y ese destino
tan retorcido que había llegado a odiar por fin se estaba portando bien. Y
seguirá haciéndolo hasta el último día de mi vida.

Fin
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Libros en esta serie
El pacto
Cuatro mujeres que amaban al mismo hombre. Cuatro mujeres encarceladas
por el mismo hombre. Cuatro mujeres decididas a reconstruir sus vidas.
Olivia tiene todo lo que siempre ha querido en su vida y todo lo que tiene
que hacer es ser feliz con su hombre perfecto. Su historia es El hombre
perfecto.
En las siguientes novelas seguiremos los pasos de Sam, Liz y Sarah hacia el
cumplimiento de sus sueños.
Sam dice que no necesita nada, pero las otras tres mujeres le mostrarán que
está equivocada.
Liz sabe lo que quiere y hará cualquier cosa para conseguirlo. El chantaje,
el secuestro, la seducción, todo para tener el anillo de John Ryder Brown en
su dedo. Y a él en su vida para siempre.
Sarah ... luchará para recuperar la casa de su abuela y lo hará contra su
familia y contra el hombre que hace temblar sus rodillas con solo una
mirada.

El hombre perfecto, El pacto 1


 
Colin está feliz con su vida de soltero. Tiene su trabajo y a su familia, en el
amor no he la ido muy bien y renunció a la idea de encontrar a una mujer
con la que podría pasar su vida. Cada mañana su chofer lo deja en la misma
cafetería para comprarse un café, aunque su secretaria ya tiene uno
esperándolo. Y todo por verla a ella, la morena deslumbrante que nunca
recuerda cómo le gusta el café.

Olivia busca a un hombre guapo, divertido y que le haga sentir mariposas.


Y tiene un posible candidato, pero lo único que consigue de él es un gracias
y una mirada distante.
Y ella cada mañana olvida hasta su nombre cuando el aparece.
Los dos tratan de ignorar la atracción que sienten. Durante días, durante
meses.
La situación cambia con un traje manchado de café y un despido.
Añade unos intentos de secuestro, una hermana malvada o no, un pacto
entre cuatro mujeres y tienes una historia que te atrapará.
Libros de este autor
Felices para siempre, Encontrar la felicidad 1
 
Isabella se enamoró cuando tenía dieciséis, siguió amándolo mientras el
salía (no era exactamente salir) con otras mujeres.
James se perdió en los ojos atormentados de una chica demasiado joven
para él. Su única opción fue esperar el momento oportuno.
Un par de citas llevan a una boda en Las Vegas, pero no a su felices para
siempre. Para llegar allí deberán superar más de un obstáculo. ¿Lo
lograrán?

Mia, Encontrar la felicidad 2


 
Una historia de amor, un cliché en toda regla.
Ella. Joven, guapa, insegura y virgen. Si, virgen. Pero solo durante las
primeras páginas del libro. Luego ya no. Es casi como si no lo fuera.
Él. Joven, atractivo, dominante y rico. Si, rico. Pero si ignoras el coche de
dos millones de dólares y el avión privado, casi podrás imaginar que es un
pobre empresario.
Mia tiene un solo propósito en la vida: ser la esposa de Zein.
Zein también tiene uno: gobernar su país cuando su padre abandoné el
poder.
Ella lleva años tratando de seducirlo y él lleva el mismo tiempo ignorando
sus avances.
Y como en cualquier historia de amor hay una tragedia, que tampoco es una
tragedia con mayúsculas, solo algo para que les haga ver lo que de verdad
importa en la vida.
¿Qué más hay?
Tenemos a otro hombre que le quiere reparar el corazón roto a Mia, una ex
prometida de Zein. Y algún que otro intento de secuestro y un poco más.

Sueño de felicidad, Encontrar la felicidad 3


 
Ava es una mujer fuerte e independiente.
Pablo, otro hombre rico (lo sé, pero ¿qué puedo decir? Me encantan las
novelas románticas cliché).
¿Dónde estábamos? Ella lo odia, él la odia a ella. Pero en realidad los dos se
mueren por estar juntos. Pasan una noche juntos y luego él arruina todo. Y
luego ella lo hace. Y luego él de nuevo.
Montones y montones de líos, secretos e incluso una sorpresa del pasado,
los acerca y los hace luchar por su amor.
¿Lo logrará Pablo? ¿Obtendrá el amor de su vida como lo hicieron sus
hermanas?
¿Ava será lo suficientemente fuerte como para permitirse amarlo?

Ayala, Encontrar la felicidad 4


 
Ayala tiene un don y ese don le dijo desde el primer momento que Linc era
el hombre de su vida. Durante tres meses tuvo razón. Después, las mentiras
y secretos los separaron.
Dos años después decide empezar de nuevo, un nuevo trabajo y una nueva
ciudad. Y adivina quién es el sheriff de esa ciudad.
Se reencuentran y los secretos salen a la luz, pero el destino no quiere
ponérselo tan fácil y cuando alguien amenaza a Ayala, Linc está ahí para
protegerla.
Tienen que perdonar, olvidar los errores del pasado y luchar para encontrar
la felicidad.

El cuento de Evie, Encontrar la felicidad 5


 
Namir es un hombre acostumbrado a ser libre, a disfrutar de la vida hasta
que su tío le ofrece la oportunidad de su vida, pero hay una condición.
Necesita una esposa.
Evie ha tenido una vida difícil y cuando pensó que todo estaba bien, su
familia le recordó que se necesitaba mucho más que una carrera para
deshacerse de ellos.
Necesita escapar de su familia.
La solución perfecta para ambos es el matrimonio.
¿Qué puede ir mal?
Bueno, casi todo.
Como en cualquier cuento, hay brujas y dragones que matar antes de vivir
felices para siempre, hay atracción, hay mentiras. ¿Ganará el amor?

Simplemente Eva, Encontrar la felicidad 6


 
Eva y Vladimir.
Ella tuvo un sueño y lo vio. Lleva años esperando por ese hombre capaz de
quitarle el aliento con solo una mirada.
Él la vio a través de la mira de su rifle. Lleva años esperando que ella
crezca para poder hacerla suya.
Llega el momento esperado, pero ni Eva ni Vladimir son capaces de hacerlo
bien. Ella es muy cabezota y él muy protector.
Organizaciones criminales, intentos de asesinato, fantasmas del pasado y
corazones rotos harán de esta historia una novela que te atrapará, el final
digno de la serie Encontrar la felicidad.
Libros de este autor
Cumplir un sueño
 
Lidia pensaba que había encontrado el amor de su vida, que era una mujer
con un matrimonio feliz. Entonces llegó su marido con los papeles del
divorcio y le demostró que todo era un espejismo. Y se convenció de que
envejecería sola.
Gareth sabía que la vida no podría ser mejor. Tenía dos hijos mayores, era
un abogado exitoso y la atención de las mujeres nunca le había faltado.
Pero entonces, una cadena de errores lo cambia todo.
Tres, ni más ni menos. Tres errores los unen para siempre. Pero, de nuevo,
la vida nunca es fácil y tendrán que pelear con una hija malcriada y celosa,
con cambios hormonales y muchos malentendidos. Y no debemos olvidar el
secuestro.
En fin... para que los su

Espérame
 
Una historia de amor donde la realidad se mezcla con la fantasía, donde los
sueños se hacen realidad. Esta es una historia romántica y surrealista con
algunos toques paranormales.
Keira es una mujer joven que un día conoce a un hombre demasiado guapo
para ser verdad, pero cuando le ofrece el mundo ella se asusta.
Jace lleva años buscando a su pareja, la mujer que es su alma gemela y
cuando la encuentra no lo duda ni un momento.
Pero Keira se va y Jace tiene que convencerla de que su lugar está junto a
él. Él lo conseguirá, seguramente lo hará ... ¿lo hará?
Be happy!

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