El Hombre Inesperado by Eva Alexander
El Hombre Inesperado by Eva Alexander
El pacto 2
Eva Alexander
Derechos de autor © 2021 Eva Alexander
Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier similitud con
personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo intencionado por parte del autor.
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema de recuperación, ni
transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, o de fotocopia, grabación o de
cualquier otro modo, sin el permiso expreso del editor.
Han pasado tres meses desde que mi pesadilla terminó, tres meses desde
que nació mi hija y tres días desde que volví al trabajo. Rechacé la oferta de
Isabella, la doctora que era amiga de Olivia, y retomé mi puesto en el
hospital. Aquí conocía a la mayoría de los médicos y enfermeros y lo más
importante es que estaba a pocos minutos del apartamento.
Liv se quedaba en casa con Greta y el primer día lloré más que ella.
¡Dios! Ella ni siquiera me echó de menos, es un bebé, mientras tiene el
biberón lleno y el pañal seco está feliz.
No he vuelto al trabajo a jornada completa, solo cinco horas por la
mañana que fue lo que recomendó mi terapeuta. No me gustaba, el trabajo
no la terapeuta. Curar, ayudar, es lo que me hacía ilusión, pero ahora ya no.
El ambiente del hospital me parecía demasiado informal, agobiante, frío.
Veía los pacientes ir y venir, una consulta en urgencias por algún dolor y en
la mayoría de los casos le enviaba a casa con una receta. No sabía si
seguían mis indicaciones, si se curaban o si empeoraban.
Definitivamente el trabajo en el hospital no era para mí. Sentada en el
sofá en la sala del personal pensé en el sueño de mi padre, ser medico en
una ciudad pequeña. Ahí donde conoces a todos, donde sabes quien tiene
más probabilidades de sufrir un infarto o quien debería bajar el colesterol y
hacer algo al respeto.
Lo quería para mí y para Liv. Nueva York ya no me gustaba, demasiado
ruidosa, demasiados recuerdos. Me preguntaba cómo y dónde encontrar una
ciudad pequeña con un puesto de médico disponible para mí cuando se
abrió la puerta interrumpiéndome.
Mi corazón latió con miedo cuando vi la silueta del hombre en la puerta
y por un momento volví al sótano, pero él encendió la luz y con eso mi
miedo se fue.
Era alto, con el cabello negro largo que le caía sobre la frente. Lo tenía
despeinado como si hubiera pasado la mano a través de ello. Siempre me
han gustado los hombres morenos con el pelo largo y por eso siempre me
fijaba en el pelo primero. Luego en los ojos ya que tenía una debilidad por
los ojos verdes.
Él los tenía azules.
Qué pena.
Un azul bonito, el perfecto cielo primaveral, pero no era verde. Bajé mi
mirada hacia sus pómulos prominentes, hacia la nariz bien definida y me
quedé absorta mirando sus labios. Perfectas, no había otra palabra para
describirlas.
Ignoré la barba fina que cubría su rostro, no me gustaba la barba, aunque
debía reconocer que le quedaba bien. Más que bien, era increíblemente
guapo. Aparté la mirada de su rostro para ver su cuerpo y no me defraudó.
Debajo de un traje negro se podía vislumbrar indicios de un cuerpo
musculoso.
Sí, era un hombre guapo con un cuerpo que prometía. Pero, mi corazón
no saltó del pecho, mi respiración no se alteró y no mojé mis bragas. Estaba
jodida, pero bien jodida. Aunque debería decir que tenía un trauma y que
estaba trabajando en ello, es lo que me decía Jane, la terapeuta.
Pero era una pena no sentir nada por ese hombre, una pena.
Lo que yo no sabía era que mientras yo lo admiraba él hacía lo mismo.
Mi cabello rubio recogido en una coleta, ojos color miel, la nariz pequeña y
los labios rosa. No sabía que lo fasciné, que le encanté.
No lo sabía y por eso al reconocer el porte, la actitud, tensé los hombros.
—Esto es solo para médicos, si no eres uno, vete —espeté.
—Soy el agente White de FBI —dijo enseñándome su identificación—.
Me gustaría hacerle unas preguntas si tiene un momento.
—Ya os he contado todo, no hay más que puedo decir —respondí tensa y
me puse de pie.
—Entonces no vio nada sospechoso, nada fuera de lo normal.
—¿De qué está hablando? —pregunté confundida.
—Del secuestro del bebé de esta mañana —dijo él y no había terminado
cuando llevé la mano a la boca ahogando un gemido—. Ha visto algo.
Me dejé caer en el sofá antes de hablar con la voz entrecortada.
—Un par de veces al día paso por la sala para ver a los bebés y esta
mañana la vi. Una voluntaria estaba mirando fijamente a uno de los bebés,
una niña. Algo en su mirada me dio escalofríos, pero supuse que eran
imaginaciones mías, además siempre hay al menos dos personas vigilando.
No podría pasar nada malo y me olvidé de ello.
—¿Puede describirla? —preguntó sentándose en el sofá cerca de mí.
—Puedo hacer un dibujo, describir se me da fatal —dije.
Sonriendo sacó una pluma y una libreta del bolsillo y me las tendió. Me
concentré en el dibujo, en plasmar a la mujer que había visto antes, en
dibujarla lo mejor que podía. Claro que haciendo eso no vi al agente White
mirándome embobado.
—Aquí tienes, seguro que alguien sabe su nombre —dije y le tendí la
libreta.
Miró el dibujo por unos momentos y luego levantó la cabeza para atrapar
mi mirada. No sé cómo o por qué lo dejé poner su mano detrás de mi nuca y
acercarme. Me miró a los ojos dejando clara su intención, dándome tiempo
para rechazarlo. Me besó, tocó mis labios con los suyos suavemente y
cuando abrí la boca profundizó el beso.
Fue... interesante. Él besaba bien, la justa cantidad de presión, de lengua.
No, él besaba fenomenal y justo cuando el calor empezaba a descongelar mi
corazón y mi cuerpo él se detuvo.
—Gracias —susurró.
Se puso de pie y antes de salir por la puerta me miró, había llevado la
mano a mi boca y estaba tocando mis labios con los dedos ahí donde
todavía podía sentir su beso. Dejé caer la mano en el regazo y levanté la
otra en la que sujetaba su pluma.
—Tu pluma —murmuré.
—Quédatela, puedes traerla a nuestra primera cita —dijo el agente antes
de salir por la puerta.
¿Cita? ¿Qué cita?
Miré abajo a la pluma y pasé el índice sobre las dos letras. IW, ¿quién
lleva estos días en el bolsillo una pluma de oro grabada con sus iniciales?
White algo, ¿Irvin o Isaac?
¿Qué importa?
Guardé la pluma en el bolsillo de la bata y me levanté, tenía trabajo que
hacer y pensar en el agente White no servía de nada. No iba a salir con él.
Ni con él ni con nadie.
Pero dos días más tarde sentada en la consulta de la terapeuta
escuchando a Olivia hablar de Colin me di cuenta de que no había parado
de pensar en él. El maldito agente del FBI que se atrevió a besarme.
—¿Quién te ha besado? —preguntó Sarah.
Ella estaba a mi izquierda en el sofá, Liz a la derecha, Olivia y Jane
estaban sentadas en sillas al otro lado de la mesa de café. Las sesiones de
grupo fueron idea de Jane y aunque al principio me pareció una mala idea
ahora estaba contenta de haber aceptado. A veces me cuesta recordar que no
estuve sola allí, que no estoy sola.
—¿Quién a quién ha besado? —inquirió Liz.
¡Vaya! ¿Cómo no me di cuenta de que estaba hablando en voz alta?
Ahora tenía a cuatro mujeres mirándome curiosas y no había manera de
salir de esta habitación sin contarles lo que había pasado.
—Un agente del FBI que vino a interrogarme sobre el secuestro de un
bebé en el hospital —dije.
—¿Y? Vamos, Sam, necesitamos más que eso —pidió Olivia.
—¿Era guapo? —preguntó Liz.
—Sí, era guapo y por lo que he visto han cambiado las reglas en el FBI,
si un testigo te da la información que necesitas lo tienes que apremiar con
un beso.
—¡Oh, Dios! —exclamó Sarah.
—Vaya, yo quiero uno de esos —dijo Liz.
Sonreí pensando en él, dudo mucho que hay otro igual. Toda esa fuerza e
intensidad, era imposible haber dos como él en el mundo.
—Tú tienes a tu vecino —espetó Olivia mirando a Liz.
—Dime, Sam, —dijo Jane, estudiándome con esos ojos penetrantes —.
¿Qué sentiste cuando te besó?
Como si el mundo se hubiera detenido, como si hubiera temblado, como
si me soltase el mundo se acabaría. ¡Mierda! Estaba en problemas, en ese
momento no lo quise reconocer, pero lo había sentido. Miré abajo hacia mi
regazo cuando Jane bajó la mirada y vi que había presionado las uñas en mi
mano hasta sangrar.
No me había dado cuenta, no sentí el dolor solo recordé lo que él me
hizo sentir con su beso y el miedo se había apoderado de mí.
—No puedo —susurré, la mirada abajo hacia mis manos. No podía
levantar los ojos y mirarlas, ni a Jane ni a las chicas.
—¿Qué es lo que no puedes? —preguntó Jane.
Conocía ese tono de voz, suave y tranquilo, lo usaba cuando una de
nosotras estaba a punto de desmoronarse. Lo odiaba, el tono y saber que era
una mujer débil.
—No puedo salir con otro hombre.
—Pero lo dejaste besarte —continuó Jane.
Lo dejé, ¿no?
Lo vi acercar la cabeza, mirándome con esos ojos azules donde el deseo
se reflejaba claramente y ni siquiera pensé en decir que no.
—Lo dejé besarme porque tenía miedo, ¿no? Miedo a que me haga daño,
¿no? —pregunté.
—Dímelo tú, Sam. ¿Sentiste miedo?
—No, creo que no. Entonces, ¿por qué lo dejé besarme?
—Porque era un hombre guapo y atractivo, ¿por qué no besarlo? —
intervino Liz.
Sencillo, los hombres solo traen problemas y al final yo soy la que
termina herida, violada, encerrada en un maldito sótano.
—Tal vez lo dejaste porque él es el indicado, tu hombre perfecto —
murmuró Olivia.
—¡Dios, Olivia! —exclamé—. Yo no quiero un hombre perfecto, no
quiero un hombre para nada.
—Sí lo quieres, la vida es mucho más bonita al lado del hombre que
amas —insistió ella.
—Vamos a dejar el amor para otro día, ¿si se acerca un hombre ahora
para besarte vas a dejar que lo haga? —preguntó Jane.
—¡No! Claro que no —espeté.
—Entonces, ¿qué pasó con el agente? ¿Por qué a él sí?
Me pilló desprevenida, ¿no?
Estaba cansada, ¿no?
¿Por qué lo dejé?
—Vale, nuestra hora ha terminado —dijo Jane, poniéndose de pie—.
Sam, quiero que pienses en él y averigües la razón de ese beso. Olivia,
intenta reducir el número de duchas a dos hasta la próxima semana. Liz, tú
piensa qué harás si cierto caballero continua rechazarte y tú, Sarah, intenta
decir que sí la próxima vez que sí cuando te piden una cita. ¿Vale?
—¡Dios! Me siento como en el colegio —protestó Liz.
—Y yo —murmuró Olivia por lo bajo.
Salimos riendo de la consulta y la secretaria de Jane nos miró de mala
manera.
—Esa mujer tiene un palo metido en el...
—¡Liz! —gritó Sarah, interrumpiéndola —. No puedes decir eso de la
pobre mujer.
—Pero tiene razón —intervino Olivia mientras abría la puerta, la
sujetaba y nos dejaba salir.
—Vale, voy a reformular. Necesita una buena...
—¡Liz! —exclamó Sarah.
Me eché a reír, traumas y besos robados olivados. Olivia quería entrar y
tomar un café en algún sitio, pero Sarah dijo que quería ver a Liv. Al final,
Olivia llamó a su cafetería para encargar una bandeja de dulces y nos
fuimos a mi apartamento.
—¡Shh! —exclamó Greta en cuanto abrí la puerta.
Ella estaba viendo una telenovela mientras Liv dormía tranquila en su
cuna. Entramos y nos quedamos en la entrada quietas sin saber a dónde ir.
Sí, yo era ese tipo de madre, esa que si el bebé duerme no hace ni un ruido
para no despertarlo.
—¡Oh, por Dios! —dijo Greta.
Se puso de pie y empujó la minicuna de Liv hacia el dormitorio. Respiré
aliviada cuando cerró la puerta y las cuatro fuimos a sentarnos. Cuando
llegaron los dulces que había encargado Olivia fui a la cocina para ponerlos
en una bandeja.
—Sam.
Giré la cabeza hacia Olivia que me estaba mirando avergonzada.
—¿Qué pasa?
—Quería pedirte disculpas, tienes razón. No todas las mujeres quieren
un hombre en su vida.
—No tienes por qué pedirlas. A ti te sienta bien el amor y es normal si
quieres lo mismo para tus amigos —dije.
—Sam, ¿somos amigas? —preguntó ella.
La miré con el ceño fruncido sin entender a lo que venía la pregunta.
Pasamos un mes juntas en un sótano, compartimos la comida y otros
momentos embarazosos, disparé a un hombre para salvar su vida. Y luego
me ayudó cuando no tenía adónde ir con un recién nacido en mis brazos, me
dio su apartamento, me presentó a Greta que cuidaba a Liv como si fuera su
nieta.
—Creo que ya sabes la respuesta, Olivia. Mi hija lleva tu nombre,
¿recuerdas?
—Sí, Sam, pero es extraño para mí.
—¿Qué es extraño?
—Colin.
Suspiré.
Olivia tenía un problema con el hecho de que Colin fue novio de las
cuatro.
—Ven —dije, y cogiendo la bandeja me dirigí hacia la zona de estar
donde Sarah y Liz estaban hablando en voz baja. Me senté y me tomé un
minuto para decidir qué y cómo contárselo—. Mis padres se amaban con
locura, para ellos fue amor a primera vista y en algún momento de mi vida
deseé lo mismo para mí. Conocí a Colin y en ningún momento sentí por él
nada más que algo de atracción. No hubo ni flechazo ni amor ni nada por el
estilo. Para mí fue algo parecido a tener de nuevo una familia, él era
cariñoso y bueno, me ayudó cuando lo necesitaba, pero el día antes del
secuestro en la cena con su familia me di cuenta de que no estaba bien. Lo
estaba usando exactamente como Iris y no era justo para él.
—No lo amabas —dijo Olivia.
—No, y creo que él tampoco me amaba.
—Un año después de tu muerte tus cosas seguían en su apartamento —
declaró ella.
—Olivia, no quiero entrar en detalles sobre mi relación con Colin. Tú
eres su esposa y no me parece justo, pero es que eres muy cabezota.
¿Cuánto tardó en llevarte a la cama? —pregunté.
—Eso ya no —espetó Sarah—. No vamos a ir allí.
—¿Olivia?
—Semanas —respondió ella.
—Yo estuve meses con él y nunca lo hicimos —dije, y Olivia me miró
sorprendida—. Nunca, Olivia. Lo nuestro fue solo una idea, no fue una
relación de verdad. Nunca lo fue.
Juro que la vi respirar aliviada y casi me eché a reír. Lo hubiera hecho si
la manera de Sarah de evitar mi mirada no habría llamado mi atención.
Entonces miré a Liz y ella también estaba rara. ¿Qué mierda estaba pasando
aquí?
Me levanté y fui a la cocina a por papel y lápices, volví al sofá y
entregué una hoja y un lápiz a cada una.
—Sí o no, ¿quién se acostó con Colin? —dije.
—Define acostarse —dijo Liz.
—Sexo, ¿quién tuvo sexo con Colin?
—Vale.
¡Dios! Esto estaba de locos.
Escribimos nuestras respuestas y luego echamos los papeles a la caja de
pañuelos que había vaciado antes. Saqué el primer papelito, lo abrí y lo
puse en la mesa.
Sí.
El segundo.
No.
El tercero.
No.
El cuarto.
No.
Al parecer hay muchos secretos y por las miradas de las chicas ninguna
estaba preparada para compartir. Yo sabía por qué no había tenido sexo con
Colin, nunca era el momento, nunca sentí un deseo enloquecedor de estar
con él. Y él siendo tan buen hombre me dio el tiempo que creyó que
necesitaba. Pero las razones de Sarah y Liz eran un misterio.
—¿Puedo decir que estoy más feliz que nunca? —preguntó Olivia.
—Sí, puedes. Pero ten en mente que no tuvimos sexo, pero sí que hubo
besos y otras cosas —dijo Liz.
—¡Dios, Liz! ¿No puedes tener la boca cerrada por un momento? —
espetó Sarah.
—¿Qué? —exclamó Liz.
Por suerte o no, Greta llegó con Liv interrumpiendo la discusión. Las
chicas se quedaron un par de horas disfrutando de Liv, acunándola,
haciéndola reír, aunque era muy pequeña para hacerlo ellas insistían en que
las muecas que hacía la pequeña eran sonrisas.
—¿Y vas a bautizar a la niña, o qué? —espetó Greta.
Ella no se había ido a pesar de que yo ya estaba en casa y no necesitaba
cuidar a Liv y ahora que lo pienso nunca se iba. Al volver del trabajo se
quedaba para comer o cenar, me acompañaba mientras bañaba a Liv o para
ver algo en la televisión.
El bautizo nunca había pasado por mi mente, yo no iba a la iglesia. Mi
abuela sí, pero mis padres no, así que nunca fui muy religiosa.
—Eh —titubeé.
—La respuesta correcta es sí —intervino Olivia—. Di que sí, hazlo que
de otra manera Greta se convertirá en tu peor pesadilla.
Miré a Greta que sonreía amable mientras que sus ojos parecían de todo
menos amables. ¿Quería bautizar a Liv?
—Yo quiero ser la madrina —dijo Liz.
Madrina. Padrino. Las personas que se comprometen a cuidar al ahijado
en caso de que algo les suceda a los padres. Sí, necesito padrinos.
—¿Cuántos madrinas puede tener Liv? —pregunté a Greta.
Ella sonrió.
Tres días más tarde, el domingo, en la iglesia a la que iba Greta todos los
días, bautizamos a Liv. Junto a mi estaban las tres madrinas y el padrino,
Colin. No sé si las palabras pronunciadas por el sacerdote significaban algo,
pero Liv tenía una familia ahora. Cuatro personas que iban a estar a su lado
y eso era lo mejor.
Ella tendría una familia.
—Sam.
La fiesta, la celebración del bautizo de Liv tenía lugar en la casa de
Olivia y Colin a las insistencias de Olivia. Esa mujer era un peligro, no
había manera de hacerle cambiar de opinión cuando se le metía algo en la
cabeza.
Era una bonita fiesta, los padres de Colin estaban como su hermana junto
a su marido. El padre de Ryan acompañó a Greta y aunque éramos pocos la
fiesta era un suceso. Todos se estaban divirtiendo y se pasaban a la pequeña
Liv de los brazos de uno al otro. Ahora mismo estaba dormida en los brazos
de Victoria, la madre de Colin.
Lo que no entendía era por qué Colin estaba a mi lado viéndose como si
estaba a punto de recibir una inyección.
—Colin, gracias por la fiesta —dije.
—Fue un placer, Sam. Quería hablarte sobre algo si tienes un momento.
—Claro que sí, ¿qué pasa?
—Olivia me contó sobre la pequeña discusión sobre nosotros y quería
decir que es verdad, no te amaba, pero te tenía cariño.
—Lo sé, Colin, no hace falta que lo digas.
—Sí, hace falta. Olivia, aunque no quiere reconocerlo, está dividida
entre la amistad y los celos. Pero ahora está más tranquila y por eso tengo
que agradecerte. Por lo menos sabe...
—Colin, déjalo ir —lo interrumpí—. Olivia es una gran mujer y estoy
feliz por vosotros, el pasado no importa, solo el futuro, ¿vale?
—Vale, pero dime, Sam, si el pasado no importa, ¿por qué quieres irte de
Nueva York?
Busqué con la mirada a Olivia y cuando atrapé su mirada la miré con los
ojos entrecerrados. Ella era la única que sabía que quería irme de la ciudad.
—Paz, tranquilidad y para cumplir un sueño —murmuré sin apartar la
mirada de Olivia.
—Sabes que te echará de menos, ¿no?
—Sí, lo sé.
—Bien, entonces ve y habla con mi padre. Tiene un amigo en Lake
Spring que busca un médico para el pueblo —dijo Colin.
—¿Lake Spring?
Capítulo 3
Lake Spring
Jason Farell, el alcalde me esperaba para una entrevista.
¿Cómo diablos pasó esto?
Un día estaba pensando en que me gustaría irme a vivir a un pueblo
pequeño y al siguiente el padre de Colin, Kyle, me dice que hay un puesto
perfecto para mí. Eso fue el domingo y hoy el martes estoy sentada en el
coche de Greta mirando al centro del pueblo.
Tiendas pequeñas, personas caminando tranquilamente. Una cafetería
donde siempre hay alguien entrando o saliendo. Un gran edificio al fondo
con una gran placa que dice Ayuntamiento, otro a su lado más pequeño,
pero más moderno que al parecer era el centro médico.
Es primavera, los árboles han reverdecido. Hay flores en todos los sitios,
arriba en las ventanas y en los balcones, abajo en la calle en macetas o en
pequeños maceteros delante de todas las tiendas.
El pueblo es perfecto, demasiado perfecto.
Seguramente el sueldo es una mierda y el alcalde un viejo verde. O los
habitantes del pueblo son unos maleducados y querré salir corriendo antes
de saludar al primer paciente. Pero como no quiero ser una cobarde, aunque
sí lo soy, bajé del coche y caminé hasta el edificio del ayuntamiento.
Ahí me recibió una empleada sonriendo y hablando constantemente,
aunque no puedo decir que entendí algo de lo que me contaba. Cuando
llamó con los nudillos a una puerta y la abrió respiré aliviada. Entré y pude
ver que el alcalde no era ni viejo ni verde.
—Doctora Garrett, un placer tenerla con nosotros en Lake Spring —dijo
el hombre extendiendo la mano—. Soy Jason Farell, el alcalde.
—Encantada, señor Farell —dije tomando su mano.
—Siéntase y vamos a ver qué puedo hacer para convencerla de que no
hay otro lugar mejor para usted que Lake Spring.
Me senté y a pesar de que la primera impresión del alcalde fue buena sus
palabras me devolvieron a mi anterior estado. Algo no estaba bien en este
pueblo.
El alcalde era un hombre joven, guapo y quería convencerme de aceptar
el puesto. Sí, el sueldo era una miseria y la consulta un antro lleno de
cucarachas y sin equipamiento.
—Cuéntame —le pedí.
El señor Farell sonrió antes de empezar a hablar y en dos minutos estaba
convencida. El sueldo era mejor que el del hospital. La consulta era un
centro médico en toda regla que había sido renovada recientemente y todo
el equipamiento era nuevo. Había una recepcionista que llevaba cinco años
trabajando con el actual médico, él y su esposa que era la enfermera se iban
a jubilar y retirar a Florida.
Contratar a una enfermera iba a ser mi responsabilidad ya que era yo la
que tenía que trabajar con ella. El sueldo era bueno, las instalaciones
inmejorables y encima de todo eso había una casa esperándome. Una que
pagaba el ayuntamiento, gastos incluidos.
Perfecto, ¿no?
—Vale, y ahora es cuando me dices que por la noche todos los habitantes
del pueblo se convierten en vampiros, ¿no? —dije y Jason se echó a reír.
—¡Dios, no!
—Entonces no lo entiendo, Jason, y discúlpame, pero esto es demasiado
bueno para ser verdad.
—Para ti puede ser. Por lo que me han dicho estás buscando paz y
tranquilidad y aquí hay solo eso. No hay muchos médicos preparados para
venir a vivir aquí sin importar las condiciones. Es por la casa, ¿no? Mi
esposa me dijo que es demasiado y que vas a echar a correr.
—Deja un poco la impresión de que estáis desesperados, ¿para qué
mentir? —dije.
—Lo estamos, doctora Garrett, y más ahora después de leer sus
recomendaciones. Es una doctora excepcional y la necesitamos en nuestro
pueblo.
—Pues ya me tenéis —declaré.
—Bienvenida a Lake Spring —dijo Jason, sonriendo.
Después Jason me llevó al centro médico donde conocí al doctor Halls y
a su esposa, Mary. Los dos encantadores, pero el cansancio y los años se
reflejaban en sus rostros. La jubilación debería haber ocurrido hace años. La
recepcionista, Gina, era mujer de mediana edad, cabello castaño, ojos
castaños y dulce sonrisa. Parecía saber todo sobre cómo llevar la consulta y
me alegré de que ella no se iba a marchar también.
Luego fuimos a ver la casa.
—Demasiado, ¿no? —preguntó Jason cuando detuvo el coche delante de
la casa.
—Demasiado tarde para vosotros, si intentas quitarme el trabajo voy a
tener que denunciarte —respondí bajando del coche.
¡Dios!
Esa casa era bonita y justo lo que había soñado. Bueno, no yo. Mi madre,
era la casa de los sueños de mi madre. Pintada de blanco, dos plantas de
altura con plantas trepadoras que cubrían todo el frente de la casa. El porche
con balancín, el árbol alto con el tronco grande y las ramas gruesas donde
habían instalado un columpio.
El césped verde y las flores al lado del pequeño camino que llevaba
hacia la entrada a la casa. Era una casa de postal, perfecta para criar a mi
hija.
—La única pega es que no está amueblada, solo tiene el imprescindible.
La cocina, el dormitorio principal y un sofá en el cuarto de estar —me
informó Jason abriendo la puerta.
Tampoco necesitaba más pensé mientras Jason me mostraba la casa.
Cuarto de estar, comedor, un aseo y una oficina en la planta baja. La cocina
daba al jardín con un gran ventanal encima del fregadero y otro en el rincón
del desayuno. No era una de las estancias que me interesaban demasiado ya
que cocinar no se me daba muy bien. Pero podía verme en esa cocina
horneando galletas con Liv, en el desayuno o en la cena hablando de chicos
y tareas escolares exactamente como lo hice yo con mis padres. Jason me
guio por la casa y con cada habitación me parecía más perfecta.
Arriba había un dormitorio con baño privado, otras dos habitaciones que
compartían un cuarto de baño y otra mucha más pequeña. Esa podría ser
por ahora la habitación de Liv, estaba al lado del dormitorio principal y
cabían perfectamente la cuna y el cambiador. Aunque no sé para que
necesito una habitación para ella ya que siempre duerme conmigo.
—¿Qué te parece? —preguntó Jason.
—Me encanta.
—Muy bien, entonces ¿volvemos al ayuntamiento para firmar el
contrato?
—Volvemos.
Dos horas más tarde iba de camino a la ciudad, contenta con el nuevo
rumbo que tomaba mi vida y asustada como el infierno. Iba a estar sola, sin
Greta, sin las chicas. Por primera vez desde que fallecieron mis padres me
había encariñado con alguien y ahora iba a dejarlos atrás.
Pero tenía que ser fuerte, no era la primera vez que me quedaba sola y de
hecho no estaba sola. Tenía a Liv y un nuevo empleo en un pueblo idílico.
¿Qué podría salir mal?
Nada o todo, pero primero tenía que organizar la mudanza y hablar con
el abogado sobre mis cuentas. El estado no tenía prisa en devolverme mi
dinero y algo me decía que nunca lo hará. El juicio de Ryan se había
terminado y gracias a las cámaras de grabación del sótano no tuve que
testificar. Ahí sí que se dieron prisa, fue el juicio más rápido de la historia,
como si por alguna razón querían encerrarlo y tirar la llave.
Había muchas pruebas contra él y su abogado lo aconsejó llegar a un
acuerdo. Treinta años de prisión me parece poco castigo por lo que sufrí un
año encerrada. El otro, su ayudante, el que me lastimó estaba muerto y no
había a quién castigar por lo ocurrido.
Antes de llegar a casa fui a ver a mi abogado, uno que me recomendó
Sarah y que llevaba todos mis asuntos. Llegué pronto, pero la secretaria me
aseguró de que no había problemas. Me hizo pasar a la oficina y no me
comentó que él no estaba solo.
—Sam, por favor, pasa —dijo Gareth White.
Mi abogado era un hombre atractivo a pesar de que nunca me sentí
atraída por los hombres de su edad. Tendrá unos cincuenta, pero muy bien
llevados. Era alto, fuerte, con el cabello y la barba negra teñida de gris. Sus
ojos llamaron mi atención por primera vez y antes de poder recordar donde
los había visto antes un hombre se levantó de la silla.
El agente White.
—Sam, él es mi hijo, Ian White. Ya se iba —continuó Gareth.
Es una mierda de mundo pequeño, ¿no?
Ian.
Por lo menos su nombre no era Irving.
—Doctora Garrett —dijo Ian acercándose. Lo miré callada mientras
tomaba mi mano y la levantaba hasta su boca. Besó mis nudillos
mirándome a los ojos. Me quedé sin palabras, perdida en la intensidad de
sus ojos, perdida en todo lo que estaba tratando de decirme.
No estaba sola como la primera vez, estaba a salvo en la oficina de mi
abogado así que no lo dejé besar mi mano porque tenía miedo. Lo dejé
porque quería. Porque quería sentir de nuevo ese hormigueo en mi cuerpo.
Quería ver el interés y el deseo en sus ojos.
Estaba jodida, perdida y jodida. Una parte de mi quería todo lo que él me
ofrecía y la otra solo quería echar a correr. La suavidad con la que sujetaba
mi mano se convirtió en un agarre fuerte, la oficina luminosa pasó a ser un
sótano oscuro y el abogado cambió el lugar con dos mujeres gritando
asustadas.
El aire... ¿qué aire? No había suficiente aire.
—Sam, ¿estás bien? —escuché preguntar a Ian o fue Gareth. No lo
sabía.
Solté mi mano del agarre de Ian y la llevé a los botones de mi camisa,
los abrí para respirar mejor. No lo conseguí. Estaba respirando con la boca
abierta, asustada, perdida. No me di cuenta de que Ian me llevaba hasta la
ventana y que su padre la abría.
—Respira, nena, respira —ordenó Ian.
Mi cerebro no registró la palabra de cariño ni la suavidad con la que
acariciaba mi espalda. No sé cuánto tiempo pasé ahí delante de la ventana
respirando, minutos o horas. Sé que él estuvo a mi lado. Sé que Gareth me
trajo un vaso de agua y me obligó a tomar unos sorbos. Me quedé ahí
mirando hacia abajo a los coches y a las personas hasta que empecé a notar
donde estaba.
En el regazo del agente White, sus brazos alrededor de mí, su mano
acariciando en círculos mi rodilla, su boca cerca de mi oído susurrando una
canción de cuna.
—No soy un bebé —murmuré.
—¿No? A mi hermana le funciona la canción —dijo Ian.
—No soy un bebé —repetí.
—Lo sé, Sam, créeme, lo sé —susurró él.
Giré la cabeza al escuchar su tono a pesar de que mi cerebro me instaba
a no hacerlo, pero lo hice y vi que mi crisis no había borrado el deseo que
sentía por mí.
¡Maldición!
—Sam, ¿estás mejor? —preguntó Gareth.
Él estaba a unos pasos de nosotros con las manos en los bolsillos
mirándome preocupado. Me levanté y le sonreí.
—Sí, estoy bien. Disculpa las...
—No quiero escuchar disculpas, señorita, no hay nada que perdonar
aquí.
—Vale, Gareth. Necesito saber si has conseguido algo con mis cuentas
—dije.
Gareth miró a Ian y este se puso de pie.
—Os dejo solos —dijo y salió sin despedirse.
Fue muy extraño verlo salir sin una palabra, pero más extraño fue
sentirme abandonada, más asustada que antes. ¿Qué tendrá Ian para
hacerme sentirme segura?
—Ven, vamos a sentarnos —propuso Gareth.
—Las cuentas —dije una vez sentada en la silla enfrente de su escritorio.
—He recibido la respuesta de la oficina de gobierno y presuntamente
van a devolver el dinero. Lo único que tardaran de seis a doce meses.
—Pero ¿cómo pueden tardar tanto? Es mi dinero, seguro que el estado
tiene suficientes fondos.
—Los tiene, pero el estado es muy reticente a devolver algo que cree que
le pertenece. Pero tengo una buena noticia. El padre de Ryan, Al, me
contactó y hay un asunto que te quiero comentar.
—¿Al? —susurré.
Lo había conocido, era el novio de Greta. Un buen hombre que no tenía
ni pizca de maldad en todo su cuerpo. Me extraña que contactó a Gareth y
me asusta. ¿Quién sabe qué quiere de mí?
—Ryan tenía un fondo fiduciario gracias a los padres de Al, un fondo
que está controlado por Al y que tiene una cláusula que le permite cambiar
el beneficiario en el caso de que Ryan no cumple con unos requisitos. Al
entrar en prisión Ryan dejó de ser beneficiario de ese fondo y Al quiere
compartir el dinero entre las cuatro mujeres secuestradas.
—¿Qué?
—Es bastante dinero, Sam. Medio millón de dólares. Al entiende que no
puede borrar lo que ha pasado y sabe que ninguna cantidad de dinero
conseguirá vuestro perdón, pero quiere daros ese dinero.
Medio millón de dólares.
Nunca tuve tanto dinero. Nunca soñé con tener tanto.
Pero es dinero sucio, es del monstruo que pensó que al tenerme
encerrada iba a conseguir más dinero. Un año. ¿Un año de mi vida vale
medio millón de dólares? ¿Una violación lo vale?
—Sam —miré a Gareth—. Si no quieres el dinero piensa en tu hija. Lo
puedes poner en un fondo para ella, acéptalo. Nunca sabrás cuando lo vas a
necesitar. Además, Al es un buen hombre. Si aceptas el dinero le quitarás
algo de la culpabilidad.
Sí, Al era un buen hombre, pero algo de culpa sí que tiene. Ryan era su
hijo, si se hubiera dado cuenta de que era un psicópata ávido de dinero esto
nunca habría pasado.
Pero sí, iba a aceptar el dinero. Por Liv, por mí.
—Vale.
—Has tomado la decisión correcta, Sam.
Sonreí tristemente y firmé los papeles que puso Gareth sobre el
escritorio. Cambiamos un par de palabras más y nos despedimos. Decidí
poner la mitad del dinero en mi cuenta y la otra mitad en una para Liv, para
pagar sus estudios. Era suficiente dinero para amueblar la casa de Lake
Spring, incluso para comprarla. La próxima vez debería recordar y
preguntar a Jason si la casa estaba en venta.
Aunque debería esperar unos meses para ver si Lake Spring era tan
perfecto como parecía antes de comprar una casa allí. Estaba sumida en mis
pensamientos al salir de la oficina de Gareth y caminé hasta el ascensor sin
mirar a mi alrededor. Lo hice cuando entré en el ascensor y se cerraron las
puertas.
—¡Hola! —dijo Ian.
Miré su reflejo en el espejo que cubría las puertas de ascensor y su
sonrisa me hizo sentir algo, algo que no quería reconocer, algo que nunca
había sentido antes.
—¡Hola! —murmuré.
Nos mantuvimos en silencio mientras el ascensor nos llevaba abajo y
una vez fuera en la calle Ian puso su mano en mi espalda. Su toque quemó
mi piel y no de una buena manera. Me quedé quieta sin dar un paso
adelante, sin respirar.
—He pensado que podríamos tener esa cita ahora, es la hora de la
comida y me gustaría invitarte —propuso Ian, ajeno a lo que me estaba
pasando.
—No.
—Vale, entonces vamos a tomar un café y hablamos —continuó él.
—No.
—Sam, a lo mejor...
—¡He dicho que no! —espeté dando un paso atrás, alejándome de él, de
su toque—. No quiero comer, no quiero café y no quiero tus manos sobre
mí. ¿Sabes el significado de la palabra no, agente White?
Lo estaba mirando, pero no lo estaba viendo. Estaba demasiado
abrumada por mis sentimientos para darme cuenta de su reacción. Ian se
tensó, su expresión relajada borrada por mis palabras y lo que sea que
estaba pasando por su cabeza no era bueno. Lo cambió, lo convirtió en un
hombre que me miraba con los ojos fríos, pero como he dicho yo no estaba
prestando atención.
—No es la palabra que se usa para expresar la negación, ¿quieres más
detalles o tienes suficiente? —continué.
—No, gracias, doctora Garrett. Lo he entendido, no le molestaré más —
dijo Ian.
Él se dio la vuelta y se marchó. Lo seguí con la mirada hasta que se
perdió en la mar de personas. ¿Qué mierda pasó aquí?
Empecé a caminar y al llegar a la esquina me di cuenta de que mi coche
estaba aparcado en el otro lado. Volví, subí al coche y me fui a casa. En
ningún momento pude dejar de pensar en él. ¿Y sí había cometido un error?
Dos días más tarde estaba empacando los peluches de Liv mientras ella
se echaba una de sus tres siestas. Qué vida tienen los bebés, duermen todo
el día, lloran cuando necesitan cariño o comida y tan felices. Como me
gustaría poder echarme en la cama y dormir, quedarme ahí hasta que sea la
hora de comer.
Pero no, tenía que empacar y moverme a un pueblo a dos horas de mis
amigas. Unas amigas que todavía no sabían qué me iba el día siguiente. Sí,
era una cobarde y no quería decirle a Olivia y Liz que me iba. Sarah había
desaparecido de nuevo sin una palabra. Qué demonios planeaba esa mujer
solo ella lo sabía.
Maldije cuando hubo un golpe en la puerta, Liv llevaba menos de un
cuarto de hora dormida y era cuando se despertaba con más facilidad. Corrí
hacia la puerta y la abrí antes de darle la oportunidad a quien sea que estaba
al otro lado de llamar de nuevo.
—¡Olivia!
—Sí, Olivia. Tu amiga, ¿me recuerdas? —espetó ella entrando en el
apartamento.
Cerré la puerta y caminé hasta el sofá donde ella se había sentado con los
brazos cruzados y me miraba enfadada.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—¿Qué ha pasado? Pasa que mi amiga se va de la ciudad, se va a mudar
a un pueblo perdido y ni siquiera me avisa.
—Olivia…
—Es verdad, ¿no?
—Sí, me voy. Pero, Olivia, el pueblo está a dos horas. Puedes venir a
visitarnos y yo vendré a la ciudad a comprar. Ese pueblo no tiene una tienda
de ropa en condiciones. Además, tú ya sabías que quería irme, incluso se lo
has dicho a Colin y su padre me consiguió la entrevista.
Eso lo hizo mirar hacia abajo, suspiró y luego levantó la cabeza.
—Sarah se ha ido y ahora tú también —se quejó ella.
—No estaré lejos, ¿sabes qué? Vamos a fijar un día a la semana para
reunirnos, en Lake Spring o aquí, con Sarah y Liz, las cuatro.
—Sarah no está —dijo Olivia.
—La obligamos a acudir, le decimos que nos lo recomienda Jane.
—No es tonta, sabrá que mentimos.
—Sí, y también sabrá que la queremos con nosotras suficiente para
mentir.
—No es mala idea, vamos a llamarla —dijo Olivia.
Mi tarde de empacar se convirtió en una tarde de café con Olivia y
videollamadas con Liz y Sarah. Al final, Liz decidió abandonar Dios sabe
qué plan tenía para esa tarde ya que estaba vestida de negro, con el cabello
recogido debajo de una gorra del mismo color, y vino a ayudarme con las
cajas.
Lo único que dijo fue que su futuro marido no estaba colaborando y que
cabía la posibilidad de un secuestro.
—¡Elizabeth! ¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Olivia.
Liz que se había cansado de empacar estaba en el suelo jugando con Liv.
—Quiero ser feliz, Olivia, quiero lo que tú tienes con Colin y sé que él
es el único para mí. Haré lo que sea para estar con él. Además, no lo voy a
encerrar en un sótano como nos pasó a nosotras. Voy a atarlo a la cama,
¿qué hombre no diría que sí a eso?
La miré sorprendida, no por el plan descabellado, por su determinación.
Ella quería algo y estaba decidida a luchar por ello. En cambio, a mí me
asustó un simple toque, solamente la idea de que un hombre como Ian
estaría interesado en una relación conmigo me congeló, me convirtió en una
perra. Lo envié a la mierda con mi actitud y él no era el tipo de hombre que
insistía.
¡Mierda!
—¿Qué te pasa ahora, Sam? —preguntó Liz.
—Nada.
—Inténtalo de nuevo —dijo Olivia.
Me senté en el suelo al lado de Liz y tomé a Liv de sus brazos. Cerrando
los ojos besé su cabecita y aspiré ese olor a bebé que era cómo un calmante
para mí.
—Fui a ver a Gareth, mi abogado, y me presentó a su hijo, Ian White.
—¡Oh! El agente White, cuéntame más —pidió Liz.
—Fui una idiota, me comporté mal con él después de tener un ataque de
ansiedad por un simple beso en la mano. Él me sostuvo mientras me
recomponía, luego se fue dejándome con su padre para arreglar nuestros
asuntos y me esperó fuera. Me invitó a comer y no sé qué Dios me pasó,
pero me asusté. Rechacé la invitación, lo rechacé a él y lo hice siendo una
perra. Se fue diciendo que no me molestaría más.
—¡Oh, Sam! —exclamó Olivia.
—Y ahora te arrepientes —dijo Liz.
—Sí. No.
—¿Cuál de las dos, Sam? —preguntó Olivia—. ¿Qué pasa con ese
hombre?
—No lo sé, a veces pienso que me gustaría intentarlo, tener una relación
con él, pero luego recuerdo todas las razones por que no debería.
—Sin importar que pasó o cómo reaccionaste diría que el problema se ha
terminado. Te vas de la ciudad, ¿no? —dijo Liz.
Me voy, sí.
Ya no habrá posibilidad de encontrarlo en el hospital o en la oficina de
Gareth. Ya no veré más esos ojos negros que parecían mirar dentro de mi
alma y quemar el muro que me rodeaba.
Tal vez era lo que debía suceder, ¿para que luchar por algo que no estaba
seguro de que quería? No es que sabía cómo Liz que ese hombre era su
pareja perfecta, yo solo tenía unas sensaciones, un cosquilleo cuando me
miraba, un hormigueo que se apoderaba de mi cuerpo cuando me tocaba.
¡Mierda!
—¿Cómo sabes cuando estás enamorado? —pregunté sin darme cuenta.
Liz y Olivia se miraron sorprendidas antes de echarse a reír. Olivia vino
a sentarse con nosotros y puso su brazo sobre mis hombros.
—Lo sabes, así de fácil —dijo ella—. Es como un relámpago la primera
vez cuando lo ves o florece como las flores en primavera, despacio. Crece
con cada detalle, con cada beso, con cada caricia hasta que un día te das
cuenta de que no puedes vivir sin ver a esa persona. Quieres irte a dormir
con él, que sea la primera persona que ves por la mañana. Cuando ya no
puedes imaginar tu vida sin él es amor.
—¡Mierda! —exclamó Liz—. Yo no estoy enamorada.
—¿Qué dices? —pregunté.
—Que no —dijo ella levantándose—. No amo a John Ryder Brown. El
maldito hombre tenía razón, solo es un encaprichamiento. ¡Maldición! ¿Y
yo que hago ahora?
—¿Buscar otro hombre? —propuso Olivia.
—Vaya, qué pereza. Ya lo tenía todo planificado, la boda, la casa e
incluso los niños. Primero dos niños y luego una niña con los ojos de Ryder.
¡Dios! Deberías ver sus ojos.
—Capricho o no parece que Ryder te gusta, a lo mejor deberías esperar y
ver si florece el amor —dije.
—¿El amor florece? —preguntó Liz mirándome sorprendida. Ella se
paró a mi lado y tocó mi frente—. No tienes fiebre, entonces ¿qué te pasa?
¿Quién eres y qué has hecho con nuestra Sam?
—Muy graciosa, Liz, muy graciosa —murmuré.
La tarde se fue entre bromas y discusiones sobre hombres, entre mimos y
llantos de Liv que de repente decidió que ya no le gustaba el baño. Sí, iba a
echarlas de menos, pero antes de despedirnos prometimos vernos los
viernes en Lake Spring y el último domingo del mes pasarlo juntas, niños y
maridos o novios incluidos.
Por un momento me pareció algo que hacían las adolescentes, un pacto
de seguir en contacto, pero luego recordé que ya habíamos hecho uno. El
pacto para conseguir lo que cada una de nosotras quería. Liz quería a su
amor o capricho, a Ryder. Sarah dijo algo de recuperar la casa de su abuela,
pero desde que salimos de ese maldito sótano no ha vuelto a mencionarlo.
Ella solo desaparecía sin una palabra.
Se fueron y me quedé sola en un apartamento lleno de cajas. Como había
conseguido reunir en unos meses tantas cosas no tenía idea. A diferencia de
mi cuenta bancaria de la cual se había apoderado el estado cuando
encontraron mi coche y me declararon muerta, las cosas que tenía en el
apartamento de Colin seguían allí.
Cuando salí del hospital y vine al apartamento encontré todo aquí, la
ropa, los libros, las fotos de mis padres. Todo, Colin lo había guardado y
tenía que agradecerlo. La ropa no me importaba como lo hacían los álbumes
de fotos. Un día Liv querrá conocer a sus abuelos y esas fotos es lo único
que tengo.
Me fui a dormir, la esperanza luchando con el miedo.
Capítulo 4
Ian
¡Maldito infierno!
Soy idiota, irremediablemente idiota. No sé cuántas veces me tiene que
pasar lo mismo para aprender. Maldije al imbécil que no señalizó delante de
mi coche y después de girar a la izquierda aparqué el coche.
Mi casa no era nueva, había sido construida hace más de ochenta años y
necesitaba mucho trabajo, pero nunca tenía tiempo. A lo mejor era el
tiempo de vender y comprar algo nuevo. A lo mejor era el tiempo de un
cambio.
Llevaba mucho tiempo sintiéndome inquieto, pero lo ignoré. Pensé que
era por todo lo que estaba ocurriendo, la boda de mi padre con Lidia, el
nacimiento de los niños, mis hermanos. Luego la boda de Rachel y su
embarazo. El secuestro de Ailín.
Todo eso añadido al trabajo, al cansancio, me hace desear un poco de
paz. Algo sin criminales, sin delitos, sin tener que cuidar mi espalda cada
día.
Entré en la casa y me quedé en la entrada mirando alrededor. Una casa
de soltero limpia y sin personalidad. Muebles de calidad, aquí y allá algún
detalle para hacerla más acogedora, pero no lo era. No era cómo la casa de
Rachel y Eric, no como la de mi padre y Lidia.
¡Jodida mierda!
Fui a la cocina, tomé una cerveza y me senté en el sofá. Encendí la
televisión y encontré un partido de futbol, pero mi mente no estaba ahí.
Había vuelto atrás en el tiempo.
Tenía quince años cuando me enamoré por primera vez. Danielle King,
cabello rubio y largo, ojos verdes y la sonrisa más brillante del mundo.
Durante dos semanas creí que ella era la única para mí como lo fue mi
abuela para el abuelo. Luego me dejó por el capitán del equipo de futbol.
El primer año en la universidad conocí a Nina, morena de ojos azules.
Guapa, inteligente y divertida. Seis meses duró nuestra relación hasta que
ella decidió que quería disfrutar de su juventud. Traducción, ella quería
acostarse con todos los hombres que llamaban su atención.
Luego me enamoré, o eso es lo que pensaba que era el amor, de Kelley.
Ella llevaba ya un año en el FBI y se ofreció a ayudarme. Una cosa llevó a
otra y antes de darme cuenta estábamos viviendo juntos. Ocho meses duró y
nunca sabré si podría haber sido más, a ella la transfirieron a Washington y
no dudó en aceptar el traslado.
Uma Turner, otra morena de ojos negros. Ella no era la típica mujer
hermosa que disfrutaba que los hombres se giraban para mirarla. Ella era
una mujer normal con un trabajo de cajera y caí rendido a sus pies mientras
cobraba mis compras en el supermercado.
La invité a cenar y dijo que no. Insistí hasta que cedió. Pensarías que al
ser un hombre inteligente y agente del FBI sería más difícil engañarme.
Pero no, para Uma fue muy fácil. Mientras aceptaba mis flores, mis regalos,
mientras me llevaba a la cama cada vez que nos veíamos, mientras
hacíamos planes para el futuro ella intentaba conquistar a un anciano
millonario.
No debería sorprenderme que lo había conseguido, era muy tenaz
cuando se proponía algo. Eso ocurrió hace unos meses y decidí probar la
soltería.
Pero claro, como soy un idiota caí de nuevo. Esta vez mal, la miré y supe
que ella era mía. La doctora Sam Garrett. Hermosa, inteligente y con unos
ojos que esconden tanto dolor y tristeza que lo único que quiero hacer es
rodearla con mis brazos y no soltarla nunca. Quiero protegerla, quiero
hacerle olvidar lo que sea que le ha causado dolor.
Pero ella no me quiere.
Al final el problema es mío, ¿no?
Yo soy el que quiero lo que nadie quiere hoy en día. Amar a una sola
mujer, casarme, tener hijos y vivir felices. Es lo que llevo años buscando sin
conseguirlo y ahora ha llegado el momento de renunciar.
Esa mujer no existe.
Bueno, sí existe. Samantha Garrett es la mujer de mis sueños, pero
maldito sea si voy a perseguirla. No más implorar por amor, no más luchar,
no más tratar de conquistar a la mujer con detalles y declaraciones de amor.
¡A la mierda con el amor!
El móvil vibró con un mensaje, lo leí y contesté. Me duché y diez
minutos después salía de mi casa vestido con jeans y camiseta. El traje lo
había dejado en el suelo del vestidor. Llegué a la casa de mi padre al mismo
tiempo que Rachel salía de su casa.
Mi padre y mi hermana eran vecinos, mis abuelos vivían a cinco minutos
en el mismo barrio. Una gran familia feliz.
—Te ves como una mierda —saludó Rachel.
—Y tu caminas como un pato —le dije.
Me echó una mala mirada y entró en la casa cerrando la puerta en mi
nariz. Había ido demasiado lejos, ¿no? Pero al final era verdad, la tripa de
embarazada la hacía caminar como un pato, ¿qué culpa tenía yo por decirle
la verdad? Además, es mi deber como hermano mayor fastidiarla.
Entré en la casa y seguí el sonido de las conversaciones hasta la cocina.
Estaban todos ahí, los abuelos, Rachel y mi padre, los bebés. Mi familia. No
necesito más, que el amor se vaya al infierno.
Ignoré la mirada preocupada de Rachel e intenté borrar todo
pensamiento de mi mente. Nosotros teníamos una conexión, la mayoría de
los mellizos la tienen, pero no como la nuestra. Somos capaces de sentir lo
que siente el otro y no siempre es algo bueno. Al menos por Rachel no lo
fue durante mis primeros años en el FBI, todo lo que yo veía, lo que sentía
pasaba a ella. Dolor, crímenes, la maldad en su puro estado. Trabajé mucho
para conseguir vaciar mi mente, para mirar la escena de un crimen sin sentir
nada.
Toda mi vida quise trabajar en el FBI, pensaba que iba a cambiar algo,
que iba a limpiar las calles de criminales y delincuentes. Lo único que
conseguí fue insomnio, pesadillas y dolor de cabeza.
Arrestamos a uno y entre el fiscal y el juez consigue salir sin pasar ni un
solo día en la prisión. Lo arrestamos y por suerte lo encierran de por vida, al
día siguiente otro toma su lugar. Nunca va a terminar esto, es una lucha en
vano.
¡A la mierda con la lucha por la justicia!
De nuevo ignoré la mirada de Rachel y fui a saludar a mis abuelos. Robé
a la pequeña Ailín de los brazos de mi abuela y la acurruqué en mis brazos.
Era una bebé preciosa, no podría ser de otra manera. Lidia era una belleza y
mi padre tampoco era feo.
Cenamos, nos divertimos y conseguí relajarme. Nunca pude estar
enfadado alrededor de ellos y por eso cuando me fui a casa sabía lo que
tenía que hacer.
A las ocho en punto del día siguiente llamé a la puerta de la oficina de
mi jefe. Entré y presenté mi dimisión. Intentó convencerme, me dijo que si
me iba no podría volver, pero no me interesaba.
Esa etapa de mi vida se había terminado.
Recogí mis cosas y salí de las oficinas sintiéndome más ligero. Eso duró
justo medio minuto.
—¡Oye, White! Al final se dieron cuenta de que no valías para agente,
¿no?
Me di la vuelta sonriendo, reconocería esa voz entre miles. Lincoln Gray,
Linc. Fuimos juntos a la universidad, entramos en el FBI en el mismo año y
fuimos buenos amigos hasta que él decidió renunciar. Ahora era el sheriff
de su pueblo natal.
—Y tu vienes para implorar que te vuelvan a recibir, ¿no? —le respondí.
—Algo así, vamos a tomar algo y me cuentas qué has hecho para que te
despidan.
Guardé la caja con lo poco que había recogido de mi escritorio y seguí a
Linc hasta el bar de la esquina. Era un bar frecuentado solo por los agentes
del FBI y a esta hora estaba vacío. Nos sentamos y pedimos un café.
—Cuenta, White.
—No hay nada que contar, estoy cansado del trabajo y necesito un
cambio.
—¿Qué te parece Lake Spring? —preguntó él.
—¿Tu pueblo? No sé, dijiste que era un pueblo tranquilo.
—Lo es, pero hay algunos problemas y necesitaré ayuda. Además de un
nuevo ayudante si te interesa.
—¿Ayudante de sheriff en un pueblo tranquilo donde no pasa nada?
—De vez en cuando sí que pasa —dijo Linc sonriendo.
Seguro que se escapan las cabras e invaden la plaza del pueblo. Pero
mientras Linc me hablaba sobre el pueblo me encontré imaginándome vivir
allí. Tranquilidad, un puesto de trabajo junto a un amigo.
El pueblo no estaba muy lejos, seguiría cerca de mi familia, cerca y lejos
al mismo tiempo.
—¿Hay mujeres solteras en ese pueblo? —pregunté.
—¿Guapas? No. ¿Jóvenes? No. Siento decirte que no podrás conquistar
a ninguna mujer allí.
Mejor. No quería líos con mujeres.
¡A la mierda con el amor! ¿Recuerdas?
—Entonces, ¿le darás una oportunidad a Lake Spring? —preguntó Linc.
—Sí —dije chocando mi taza de café con la suya.
—Por los cambios —dijo Linc.
—Por los cambios.
No tenía idea de que lo que me traería el futuro, pero me hice una
promesa. Dejaré de perseguir mujeres.
Después de despedirme de Linc fui a ver a mi padre y aunque estaba
ocupado hizo tiempo para mí como siempre.
—Hijo, ¿qué te trae por aquí?
—He dimitido —dije mientras me sentaba en la silla.
Mi padre se quedó sin palabras y era la primera vez que ocurría. Creo
que le llevó unos tres minutos reaccionar.
—Has dimitido del FBI.
—Sí.
—Eso es inesperado, Ian. Me has pillado desprevenido.
—Lo sé.
—¿Puedo preguntar por qué? —inquirió mi padre.
—Me di cuenta de que es en vano, no podré arreglar el mundo ni
limpiarlo de todos los criminales. El mundo no será un lugar mejor solo
porque yo trabajo en el FBI.
—De todos no, pero de algunos sí —dijo mi padre.
—Sí, del cinco por ciento de los que arrestamos y que ingresa en prisión.
Padre, estoy cansado de tanta corrupción, de tanta burocracia. Necesito un
tiempo lejos para aclarar mi cabeza, para decidir qué hacer.
—Lo que creas que es mejor para ti, hijo. Sabes que estaré aquí por ti sin
importar que decisión tomas.
Lo sabía, mi padre siempre nos apoyó sin importar que queríamos hacer.
Los abuelos igual que eran mi próxima visita dejando a Rachel para el final.
La abuela no dijo nada cuando le comenté que había renunciado, pero
tuvo mucho que decir cuando escuchó que me iba a Lake Spring.
—¿Cómo puedes pensar en alejarte de nosotros? —dijo ella poniéndose
de pie.
—Mujer, tranquila. Solo son dos horas en coche no dos días en avión —
intervino el abuelo.
La abuela lo miró con el ceño fruncido antes de girarse hacia mí.
—Me iré contigo —declaró ella.
—¡No! —exclamó el abuelo.
—¡Abuela!
—No se habla más, no dejaré a mi pequeño irse a una nueva ciudad solo
—dijo ella.
—Abuela tengo treinta años y soy capaz de cuidarme solo. Vendrán a
visitarme en cuanto me establezca, ¿vale?
Eso pareció calmarla y pudimos continuar con la comida. Tuve que
contarle todo sobre Linc y Lake Spring. Le busqué fotos en internet y le
enseñé el pueblo. La abuela estaba mucho más tranquila cuando me fui,
aunque la conocía, ella estaba lejos de tranquila. Seguramente llamó a todos
sus amigas para ver si alguna conocía a alguien en Lake Spring.
Miedo me da que al llegar ahí me voy a encontrar por casualidad con
alguna amiga de la infancia de la abuela y con alguna nieta que busca
marido.
A lo mejor irme tan cerca no fue una buena idea, pero conociendo a la
abuela no estaré a salvo ni al Polo Norte.
Antes de llamar a la puerta de Rachel vi el coche de Lidia llegar y la
esperé.
—¡Hola, Lidia!
—Ian, hola. ¿Ha pasado algo? —preguntó ella.
—No, ¿por qué piensas que ha pasado algo?
—Porque es mediodía y tú no estás trabajando. O estás enfermo o de
repente el mundo está libre de delincuentes.
—Ni una ni otra —respondí.
—¡Oye! ¿Por qué no habláis más alto? No puedo escuchar nada —gritó
Rachel desde la ventana de su salón.
Lidia se echó a reír y juntos nos dirigimos a casa de Rachel donde nos
sentamos a la mesa de la cocina para probar una tarta de nata y frutas.
Desde que se quedó embarazada le dio por cocinar y preparar todo tipo de
postres, ninguno tenía el valor para decirle que no se le daba nada bien.
Comiendo tarta y tomando la sexta taza de café del día puse al día sobre
mis planes a las otras dos mujeres importantes de mi vida. Extrañamente ni
Lidia ni Rachel no reaccionaron de mala manera, sonrieron y me
acribillaron a preguntas. ¿Dónde iré? ¿Con quién? ¿Buscaré trabajo? ¿Mi
novia tiene algo que ver con eso?
Contesté a la mayoría de las preguntas ignorando a las que se referían a
las mujeres. Era cómo una maldición, había pasado un día desde que
prometí que me mantendría alejado de las mujeres y era imposible que
alguien no mencionará el asunto.
Menos mal que en Lake Spring no conocía a nadie. Ahí nadie me
preguntará qué y cómo. Entre una cosa y otra llegó la hora de la cena, Eric
volvió del trabajo trayendo un ramo de flores para Rachel. Ramo que
despertó la envidia de Lidia, al menos lo hizo en broma, pero cuando ella
no estaba mirando le envié un mensaje a mi padre.
Un cuarto de hora más tarde mi padre entraba por la puerta trasera de la
casa de Rachel llevando un ramo de flores. El rostro de Lidia brilló de
felicidad.
—¡Chivato! —murmuró Lidia sosteniendo el ramo.
Ese era yo, pero hace mucho tiempo mi abuelo me enseñó que hay que
hacer lo imposible para mantener a tu mujer feliz. ¿Quiere flores? Pues le
compras flores y si no te lo puedes permitir vas a un parque y rompes una.
¿Quiere un regalo caro para Navidad? Pues trabajas el doble, ahorras todo
lo que puedes y se lo compras.
Todo por ella. Lo que el abuelo olvidó fue decirme qué hacer si esa
mujer no es la adecuada y todo el esfuerzo es en vano. Eso es algo que
debería saber arreglarlo yo solo, no dejarme engañar por una cara bonita y
una sonrisa, poder mirar y ver detrás del maquillaje y la ropa.
¡Joder! ¿Cuándo me he convertido en un quejica?
Disfruté de la cena con mi familia y cuando me fui a casa pasé la mitad
de la noche empacando. Dormí un par de horas y al salir el sol ya estaba
conduciendo hacia Lake Spring. No había tráfico y admiré el paisaje
mientras conducía. Era una zona bonita, montaña, árboles y vegetación. Era
un milagro que no habían construido casas, urbanizaciones y centros
comerciales.
Aparqué el coche en el centro del pueblo cerca de la comisaría y fui a
buscar a Linc, la mujer detrás del escritorio de la recepción me dijo que
estaba en la cafetería. Salí sacudiendo la cabeza. Sí que estaba tranquilo el
pueblo si el sheriff estaba tomando un café durante las horas de trabajo.
La cafetería era acogedora, ruidosa y olía divino.
—¡Buenos días! ¿Qué le sirvo? —preguntó una mujer mayor en cuanto
me senté a la barra.
—Un café y lo que sea que está oliendo tan bien. Ah, y al sheriff si sabe
por dónde anda.
—Un café y una tarta de zanahoria —dijo la mujer mientras apuntaba mi
pedido—. El sheriff vendrá enseguida, está detrás intentando arreglar el
horno.
—¿Linc, arreglando un horno? —pregunté incrédulo—. Pagaría por
verlo.
—Dime tu nombre y me lo pienso —dijo la mujer sonriendo y cuando lo
hizo reconocí la sonrisa. Ella era la madre de Linc.
—Ian White, señora Grayson. Un placer conocerla —dije tomando su
mano y besándola.
Ella se sonrojó y sonrió.
—¡White! —gritó Linc saliendo de la cocina—. Te he dicho que no hay
mujeres solteras y lo primero que haces es intentar conquistar a mi madre,
¿en serio?
—No he podido resistir, es una mujer hermosa —dije haciendo reír a la
madre de Linc.
—Sí que lo es, pero está felizmente casada —intervino un hombre. Él se
acercó a ella y le rodeó los hombros con el brazo. Besó la sien de ella y
extendió la mano—. Miles Grayson.
—Ian White, señor.
—Ah, el famoso Ian —dijo Miles—. Linc me contó algunas de vuestras
juergas...
—Eh, papá, no. Deja a mamá que tiene cosas que hacer, no la
entretengas con cuentos —intervino Linc.
—¿De verdad crees que no sé qué tonterías hacías cuando estuviste lejos
de nosotros? —preguntó Maeve, la madre de Linc.
Iba a gustarme ese pueblo, sí, señor.
Tomé mi café acompañado por Miles y Linc y antes de darme cuenta me
sentía como si perteneciese a este lugar. La gente se acercaba para
preguntarle algo a Linc o a Miles, a saludar o quejarse de lo que sea que les
molestaba.
Pronto se nos acercó el cuñado de Linc, Jason, el alcalde del pueblo. Se
sentó a mi lado y suspiró.
—¡Dios! Qué ganas de matar a alguien tengo —espetó haciéndole una
señal a Maeve para que le traiga un café.
—Lo siento, Jason. Es demasiado tarde para arrepentirse, tú has querido
casarte con ella —dijo Linc.
—No, no quiero matar a tu hermana, mi mujer, la madre de mi hijo.
Amo a Anna con todos sus defectos y locuras.
—¿Entonces?
—La nueva doctora, la llevé a su casa y aunque lo había notado la
primera vez que la vi hoy sucedió algo. Has visto la tristeza, el dolor en sus
ojos, ¿no, Linc?
—Sí, lo he visto. ¿Qué sucedió?
—Tropezó y agarré su brazo para evitar un encuentro con el suelo. Ella
me miró como a un monstruo, se soltó rápidamente y escondió sus ojos de
mí, pero lo vi. Vi el terror en su mirada y, Linc, juro que nunca lo olvidaré.
No sé qué le ha pasado, pero fue horrible. Incluso tengo miedo a acercarme
a ella, no quiero recordarle lo que sea que le asusta de esa manera.
Aparentemente no importa dónde me voy habrá algo que me recuerda a
ella. En Lake Spring hay una doctora con los ojos atormentados justo como
Sam. ¡Maldita mi suerte!
—Intenta mantener la distancia con ella, no la toques y siempre mírala a
los ojos. Nada de movimientos bruscos y si puedes no estar sola con ella
sería perfecto. Y que sea otra mujer —dije.
—¿Eso ayudará? —preguntó Jason.
—No hará daño, ella se sentirá un poco más segura, pero es difícil saber
por qué tipo de trauma pasó y qué es lo que puede desencadenar los
recuerdos.
—Tendré cuidado, gracias, Ian.
—De nada —murmuré.
Odio saber que hay hombres capaces de herir una mujer, odio no poder
detenerlos. Poco después Jason se fue y Linc me llevó a mi apartamento.
Estaba encima de la cafetería, pequeño y acogedor.
Es ahí donde me quedé los primeros días perdiendo el tiempo sin hacer
nada. Iba a la cafetería, le hacía compañía a Linc y a veces lo ayudaba
cuando lo necesitaba. Cuando me propuso cuidar a Ayala acepté solo para
tener algo que hacer.
Ayala era la exnovia o actual novia de Linc, ni ellos sabían qué eran. Lo
único seguro es que eran padres de un niño hermoso. Alguien amenazó a
Ayala y Linc la quería protegida todo el tiempo. Mi trabajo era cuidarla.
Parecía fácil, ¿no?
Cómo Linc se había ido a vivir a casa de Ayala me alquiló su casa, no
tenía nada en contra del apartamento, pero yo necesito espacio, aire. No
puedo estar encerrado en un lugar donde el único sitio donde puedo
sentarme es un balcón de medio metro.
La casa de Linc estaba a pocos metros de la calle principal, bien cuidada
y acogedora. Ni había colgado la ropa en el armario cuando llamó la abuela
para avisarme que venían a pasar el fin de semana. Ya que tenía habitación
de invitados.
No pregunté cómo sabía que la tenía, era en vano.
Preparé la habitación, fui a hacer las compras sabiendo que la abuela
pasará todo el tiempo en la cocina, cocinando y llenado la nevera y el
congelador con comida. Yo no iba a quejarme, ella era una gran cocinera.
Era viernes por la mañana cuando llegaron y los llevé a conocer el
pueblo.
Era viernes, el día que sabré que la vida da muchas vueltas y que mi
promesa será puesta a prueba.
Capítulo 5
Mudarme parecía fácil. Tan fácil como empacar y llamar a una empresa
de mudanzas. Claro, fácil. Pero no contaba con Liv que odiaba la silla del
coche, un coche nuevo que había comprado con el dinero del monstruo.
Jason me había asegurado de que no necesitaba un coche en Lake
Spring, la casa estaba cerca del centro médico y todo estaba ahí, tiendas,
guardería, farmacia. Pero quería tener la posibilidad de marcharme cuando
me apetecía, sí quería ir a la ciudad no tener que esperar a un taxi o pagar
los precios desorbitados.
Liz me acompañó al concesionario de coches y al principio pensé que
era una mala idea, ni una de las dos tenía idea de coches y eso fue claro
cuando Liz se puso muy contenta al ver un coche rosa. Puse los ojos en
blanco y la llevé a un todoterreno. Ahí nos encontró un vendedor y aunque
yo no sabía nada de coches, sabía cuando intentaban estafarme.
Al parecer, Liz también sabía. Ella le sonrió, le puso la mano en el brazo,
encantó al vendedor y al final consiguió el coche con un descuento de
treinta por ciento. A veces los hombres son tan tontos, se dejan engañar por
una sonrisa. Pero se lo merecen, ¿no?
La empresa de mudanzas había cargado las cajas y el camión se fue en
dirección a Lake Spring, Jason prometió que alguien estaría en casa para
abrir la puerta y dejarlos pasar. No estaba muy contenta con eso ya que
sabía que ellos no iban a poner las cosas donde debía. Solo pensar en
montar la cuna de Liv y se me quitaban las ganas de vivir.
El viaje de dos horas me llevó cuatro, pensaba dar media vuelta, pero el
apartamento ya estaba vacío. Pensé en quedarme en la carretera y llorar
hasta quedarme dormida. Liv no quería nada, excepto estar en mis brazos y
eso no era posible. Le daba el pecho, se quedaba dormida y como la ponía
en la silla se despertaba.
Un par de veces conseguí sentarme al volante y conducir unos
kilómetros. Al final, cambié su silla al asiento delantero después de
desactivar el airbag y sosteniendo su mano he conseguido llegar a Lake
Spring.
Una mujer me esperaba en el porche, Anna, la esposa de Jason. Ella me
ayudó a llevar a Liv y sus cosas arriba. No había rastro de cajas, todo estaba
colocado y estuve a punto de besar a Anna por hacerlo posible. Ahora solo
podía relajarme hasta el día que me tocaba ir a trabajar.
Dejé a Anna con Liv arriba y bajé a recoger las maletas que había dejado
en el coche y justo cuando las sacaba del maletero llegó Jason. Se ofreció a
ayudarme y acepté con la mala suerte de que tropecé.
No me caí ya que él me agarró y lo hizo con fuerza. Sus dedos sobre mi
brazo me transportaron de vuelta al sótano a ese maldito día. No voy a
mentir y decir que no me congelé o que el miedo no me paralizó, ni que las
lágrimas no llenaron mis ojos. No, todo eso ocurrió y Jason lo vio. Pero no
dijo nada, se comportó como si no había pasado nada y se lo agradecía. Lo
último que necesitaba eran preguntas y que sea el tema de las habladurías
del pueblo.
Olvidé el episodio como hacía con todos, sabía que de vez en cuando
ocurrían, pero cuando terminaban intentaba olvidar que había pasado. Anna
me dio el número de una mujer que dijo que era perfecta para cuidar a Liv
durante el día. Jason escuchó la conversación y vio que estaba preocupada
por dejar a mi hija al cuidado de una extraña y me comentó que el centro
médico tenía dos habitaciones que no se usaban.
Por la tarde Anna llegó y juntas fuimos a inspeccionar el centro, las
habitaciones estaban limpias y vacías. Pero Hanna, la mujer que recomendó
Anna para niñera, dijo que ella todavía guardaba las cosas de sus hijos.
Hanna era una madre viuda y que necesitaba hacer algo con su tiempo
mientras sus hijos adolescentes iban al colegio. Ella era muy joven pare
tener hijos adolescentes, pero no era mi asunto así que mantuve la boca
cerrada.
Las dos, Hanna y Anna, llamaron a sus amigos, vecinos y en media hora
empezaron a llegar con cosas para la guardería. Al día siguiente las dos
habitaciones estaban amuebladas con todo lo necesario.
Daba miedo como todo se arreglaba, la facilidad con la que todo se
resolvía. Yo esperaba el evento malo, eso que destruiría todo. Sí, soy de
esas personas que no se fían. Anna parecía buena persona, su hermano Linc,
el sheriff del pueblo igual. Además, él era mi vecino y no venía mal tener a
un policía al lado de la casa.
El primer día de trabajo vino y se fue sin problemas. La recepcionista,
una mujer muy maja, se encargó de que todo. Los pacientes acudieron solo
para conocerme, muy pocos tenían un problema de salud, pero ya que
estaban ahí les hice un chequeo.
Liv no protestó... mucho. Lloró porque no estaba acostumbrada con
Hanna y cada poco tiempo tenía que ir y calmarla.
Pero con todo eso el primer día fue un suceso. Días después contraté a
una enfermera, Ayala. Habíamos trabajado juntas en el hospital antes, antes
de lo mío y antes de lo de ella. Me sentía extraña a su lado, en calma, en
paz, era como si ella podía tomar todo mi dolor y podía respirar tranquila.
Ayala también tenía sus problemas, una era Linc y otra era ese don de
que no quería hablar. Mientras conseguíamos salvar vidas como lo hicimos
con Tom yo estaba feliz de tenerla trabajando conmigo.
Así que sí, Lake Spring había sido una buena idea. El trabajo me
encantaba, la gente era muy amable y Liv tenía su primer compañero de
juego, Luca, el hijo de Ayala. Así que me relajé, por dos días no tuve ni un
episodio, ni un ataque de ansiedad y pensé que el pueblo hacía milagros.
Hasta el viernes por la noche.
Por la tarde el cielo se cubrió de nubes y me di prisa en llegar a casa. La
lluvia me gustaba, las tormentas no. Llegué a casa cuando empezaban a
caer las primeras gotas de lluvia. Pasé la tarde en el sofá con Liv viendo la
televisión y cuando quise subir para prepararla para dormir se fue la luz.
Era pronto, ni siquiera eran las ocho, pero debido a la tormenta estaba
oscuro. Fuera y dentro. Había luz suficiente para ver por dónde ir sin
tropezar, aunque no fui muy lejos. Cogí el móvil y llamé a la compañía
eléctrica.
Me dijeron que el problema no era de ellos y que debía verificar el
cuadro eléctrico. Les dije que no sabía dónde estaba, ellos dijeron que
seguramente estaba en el sótano. Es ahí cuando sentí el frío y el miedo, era
como una niebla que se acercaba a mis piernas, me envolvía y empezaba a
subir por mis piernas.
Tenía a Liv en brazos y eché a correr, de camino a la puerta cogí mi
chaqueta del perchero y cuando salí al porche se la puse a Liv. Mi corazón
latía con fuerza, todo mi cuerpo temblaba y lo único que me mantenía de
pie era Liv.
Miré hacia dentro donde reinaba la oscuridad, hacia fuera donde la lluvia
caía con fuerza. No había forma de escapar, de encontrar un lugar seguro.
No lo había hasta que vi la luz encendida en la casa de al lado.
Linc.
Él podía bajar y verificar el cuadro eléctrico.
Eché a correr pisando el césped y las flores sin darme cuenta de que iba
descalza, mi única preocupación era llegar a la puerta de Linc. Llamé y
esperé temblando. Pareció durar años hasta que escuché ruido, voces desde
el interior y cuando la puerta se abrió olvidé respirar.
Él estaba ahí.
Delante de mí.
Guapo, despeinado, mirándome con el ceño fruncido.
El agente Ian White.
El mundo es un lugar jodidamente pequeño.
—Doctora Garrett —dijo él.
No me gustaba su manera de pronunciar mi nombre, no. Prefería su
nena, pero no tenía a quién culpar por ello.
—¿Sam, está todo bien? —preguntó Ian cuando lo único que hice yo fue
quedarme ahí temblando.
—No tengo luz —murmuré al mismo tiempo que oí la voz de una mujer
llamándolo—. ¿Está Linc?
—No, es su casa, pero la alquilé.
—Ian, cariño, ¿quién es? —preguntó la mujer abriendo más la puerta
para echar un vistazo.
¡Oh! Era su madre y yo ahí pensando que tenía una cita. ¿Y qué me
importa si tiene una cita?
—¡Hola! —murmuré, y la mujer me sonrió.
—Déjala pasar, Ian. ¿No ves que está temblando de frío?
Ian me miró antes de echarse a un lado y dejarme pasar, no había dado
dos pasos cuando la mujer vio a Liv.
—¡Oh, Dios! Un bebé, Ian, ¿cómo le hiciste esperar en el frío? —espetó
la mujer alargando las manos para coger a Liv.
—Disculpa a mi abuela, doctora. Ve un bebé y enseguida lo quiere coger
en brazos —dijo Ian.
No tenía problemas en dejar a mi hija en brazos de otros, pero en ese
momento era lo único que me mantenía cuerda. La mujer se dio cuenta de
ello y me sonrió.
—Sí, discúlpame. Es algo que hacemos los abuelos, vemos un bebé y
perdemos la cabeza. Yo soy Nora y ese hombre de ahí con muy malos
modales es mi marido, Dean.
—Sam y ella es mi hija Olivia, Liv —dije.
—No tengo malos modales —espetó Dean levantándose y acercándose
—. Las tengo mejores que tú. Sam, bienvenida.
—Gracias.
—Vamos dentro, ¿para qué nos quedamos en la entrada? —preguntó
Nora.
Antes de poder protestar ella me empujó hacia el cuarto de estar y el
sofá. Miré atrás hacia Ian perdiendo la mirada preocupada que Nora le dio a
Dean después de ver mis pies descalzos. Y el temblor de mi cuerpo que no
había cesado.
Ian me miraba con el rostro en blanco, esperaba ver el enfado por haber
llamado a su puerta, esperaba algo, lo que sea.
—¿Quieres que llamé a Linc? —preguntó él.
Sí, ahí estaba. Aunque no lo expresaba me quería fuera de su vista.
Asentí y él se acercó a la mesa de café para coger su teléfono. Mientras
tanto Nora le hablaba a Liv que al verse en el centro de atención empezó a
moverse inquieta y no tuve otra opción que dejar a Nora cogerla.
Aguanté, no sé cómo lo hice, pero conseguí no tener un ataque delante
de Nora y Dean. Dejé la suave voz de Nora penetrar en el miedo que me
había envuelto y poco a poco conseguí respirar fácilmente. Dejé de temblar.
Dejé de sentirme atrapada, atemorizada.
Y cuando miré a Dean vi que me miraba con atención. Me sonrió y no
entendí muy bien por qué se veía tan orgulloso.
—¿Te apetece un té o prefieres algo más fuerte? —me preguntó él.
—Un té, gracias.
Se levantó guiñándome el ojo y se dirigió hacia la cocina. Volvió poco
después con una taza que acepté como si fuese un salvavidas. Ian también
volvió y sus noticias no eran buenas.
—Linc no está en Lake Spring y no volverá esta noche —dijo Ian—.
¿Hay algo con que puedo ayudarte?
¿Qué? ¿Qué hacer?
No podía volver a la casa sin luz.
No podía pedirle ayuda a Ian.
No podía pedirle ayuda a nadie.
No había nadie que pudiera ayudarme.
Estaba sola.
Liv estaba sola, sola con una madre que no era capaz de protegerla.
—¿Sam?
La voz de Ian se escuchaba lejana a pesar de saber que estaba a pocos
pasos de mí.
—Sam, cariño —escuché a Nora, pero no me giré hacia ella—. Ian, haz
algo.
—Sam, mírame —pidió Ian y la cuarta vez lo hice. Él estaba agachado
cerca, las manos sobre sus rodillas y con una expresión suave en su cara—.
Has salido corriendo de tu casa, ¿hay alguien dentro?
Sacudí la cabeza.
—Bien —dijo Ian—. Dime qué pasó.
—La luz —susurré.
Ian giró la cabeza y miró por la ventana, no sabía que desde ahí podía
ver la entrada de mi casa.
—¿Se fue la luz?
—Sí.
—Vale, nena. Voy a ver qué pasa, ¿vale? —dijo y se puso de pie.
—¡No! —grité imitándolo, lo agarré de los brazos impidiendo que se
vaya—. Dijeron que hay que verificar el cuadro eléctrico y está en el
sótano. No puedes bajar al sótano. No puedes.
—Sam, ¿hay algo peligroso en el sótano? —preguntó él suavemente.
Asentí.
—Vale, te diré lo que haremos. Voy arriba a coger mi arma y me iré a tu
casa, el abuelo se quedará aquí a protegerte a ti y a Liv. ¿Está bien así?
Sacudí la cabeza.
Asentí.
Ian tomó mis manos en las suyas y las acarició con suavidad.
—Fui el mejor durante los entrenamientos para entrar en el FBI, soy
experto en armas y en la lucha cuerpo a cuerpo, cinturón negro en karate —
susurró Ian mientras sus dedos iban y venían en la palma de mi mano.
Asentí de nuevo.
Me soltó y se dio la vuelta.
Me senté en el sofá y Nora puso a Liv en mis brazos.
Esperé. Vi a Ian salir por la puerta.
Esperé.
Liv empezó a llorar y me di cuenta de que había pasado la hora de su
toma. Miré a Nora y ella lo entendió sin tener que pronunciar una palabra.
—Dean, ¿por qué no vas a la cocina a empezar la cena? —dijo ella.
—¿Yo? Pero... —Dean se calló en cuanto Nora le echó una mirada.
Amamanté a Liv.
Esperé.
Ella se había quedado dormida en mi pecho cuando se abrió la puerta y
entró Ian.
Estaba a salvo.
Respiré aliviada y no pensé por qué me sentía de esa manera, por qué
tenía miedo por él. Llevaba la camiseta mojada y me di cuenta de que había
salido corriendo de la misma manera que yo, sin pensar que había una
tormenta.
—El cuadro está destrozado —dijo él.
—¿Cómo destrozado?
—Hubo un cortocircuito y por eso se fue la luz, no por la tormenta. Has
tenido suerte de que no provocó un incendio.
Apreté a mi hija pensando en qué podría haber pasado. Un incendio.
Peor que la oscuridad y lo que pasaba ahí.
—Hay que cambiarlo y verificar toda la instalación eléctrica —continuó
Ian.
—Esto no puede pasar, ¿qué haré sin luz?
Ian evitó mi mirada como si pensase que le estaba pidiendo ayuda o Dios
sabe qué. Bien. Había obtenido lo que quería, sabía que problema tenía y
ahora tocaba arreglarla. Necesitaba un electricista. ¿Dónde podía conseguir
uno en medio de una tormenta y un viernes por la noche?
Colin.
—¿Puedo usar tu teléfono? —le pregunté a Ian.
Lo sacó del bolsillo y alargó la mano para entregármelo. Enseguida
tecleé el número de Colin, aunque demasiado tarde me di cuenta de que
debería haber llamado a Olivia.
Colin tardó bastante en contestar.
—Lawson —dijo él.
—Colin, es Sam. Sé que es tarde, pero ¿conoces a un electricista?
—Hola, Sam. Personalmente no, pero tengo algunos en nómina. ¿Qué
pasó?
Le conté sobre cómo se fue la luz y que iba a necesitar que alguien vaya
a ver si podía arreglarlo. Colin escuchó y luego me pasó a Olivia mientras
llamaba a uno de esos electricistas.
—¿Cómo está Lake Spring? —preguntó Olivia.
—Extraño —murmuré.
—¿Bueno o malo?
—No lo sé todavía.
Escuché a Olivia gritarle a Colin informándole de que mañana iban a
venir a verme. No los podía ver, pero estaba segura de que Colin había
puesto los ojos en blanco.
—Sam, ¿estás en casa? —preguntó Colin quitándole el teléfono a Olivia.
—No, estoy en casa de mi vecino.
—En dos horas vendrá un equipo, Josh Hamilton es el nombre del
electricista jefe.
—Colin, eh... —dudé.
Hubo un momento de silencio, luego unos susurros.
—Vale, deja la llave debajo del felpudo. ¿Está bien?
—Sí, está muy bien —dije, aunque no sabía cómo iba a entrar en la casa
para coger la llave.
—¿Dónde estarás? En la casa del vecino, ¿sí?
—No, iré al hotel. Hay uno en la calle principal. Me quedaré ahí hasta
mañana —dije.
—Nos vemos mañana y Sam, llama si necesitas ayuda, ¿vale?
—Vale.
Colgué mientras escuchaba a Olivia regañar a Colin por colgar sin
dejarla despedirse. Pobre Colin.
Había mirado hacia abajo durante la conversación y cuando levanté la
mirada encontré a Ian. Cerca, muy cerca y con una mirada que reflejaba
enfado. ¿Por qué? Ah, sí. Llevaba ya demasiado tiempo en su casa.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me puse de pie despacio para no
despertar a Olivia, aunque sabía que lo hará en cuanto la pondré en su silla
en el coche.
—Gracias por ayudarme —le dije a Ian.
—¿Gracias? —preguntó él.
—Eh, sí. Siento las molestias causadas, pero alguien vendrá a arreglar el
cuadro y necesito poner a dormir a Liv.
—En el hotel.
Asentí.
Me estaba perdiendo algo y no sabía qué era, lo que sabía era que no era
bueno. Algo pasaba con Ian, algo que se reflejaba en sus ojos, pero no tenía
idea de lo que era.
Se acercó y por instinto di un paso atrás, eso también le cambió la cara.
Maldijo en voz baja, estaba cerca y pude escucharlo, pero no dije nada. Él
sabrá por qué maldice. Tomó el teléfono e hizo una llamada.
—¿Colin? Soy Ian White, el vecino de Sam.… sí, ella estará en mi casa,
el número veintisiete. Si tus hombres necesitan algo pueden llamar a mi
puerta...mi padre es su abogado y mis abuelos están aquí... entendido.
Adiós.
Escuché a Nora decir algo de que tenía que ver cómo iba la cena, pero no
podía apartar la mirada de Ian. No podía entender qué había pasado, por qué
había llamado a Colin. Sí, escuché la conversación, bueno, la parte de
Colin, pero pude entender de qué iba. Pero seguía sin comprender.
—Hay cuatro dormitorios arriba, puedes elegir uno para pasar la noche
—dijo Ian.
—¿Por qué?
—¿No quieres elegir? No pasa nada, lo hago yo por ti, el de la izquierda
es más grande y es de color azul.
Giré la cabeza hacia la mesa donde había dejado la taza con el té, me
pregunté si Dean habría echado algo ahí porque esto no tenía sentido.
—¿Por qué llamaste a Colin?
—Porque tu novio debería estar aquí contigo en lugar de dejarte
conducir con esta tormenta hasta el hotel. Porque no hay razón de sacar a
Liv fuera con lo que está cayendo. Porque mi abuela está cocinando y hace
la mejor lasaña del mundo.
—Ian, no puedo —murmuré.
—Sí, puedes —insistió él—. No te pasará nada, estás a salvo aquí y si lo
necesitas puedes llamar a mi padre y el confirmará que ni yo ni los abuelos
comemos mujeres y bebés.
Sonreí sin darme cuenta.
—Convertirme en la cena no es lo que me preocupa —dije.
—¿No? ¿Y qué es lo que te preocupa?
Me senté antes de responder ya que Liv pesaba mucho y me dolían los
brazos. La dejé en el sofá y coloqué un cojín para que no se caiga. Todavía
no se daba la vuelta, pero con los niños hay que tener mucho cuidado. Miré
a Ian.
—Me preocupa molestar, me preocupa no tener lo que necesito para
pasar la noche fuera de casa, me preocupa tener... ¡Dios!
—¿Tener qué, Sam?
Sacudí la cabeza, estuve a punto de decirle sobre los ataques de pánico y
eso era algo que no estaba preparada para reconocer.
—No estás molestando, más que eso, me estás ayudando. Mi abuela no
para de hablar de la Señorita Perfecta y si estás aquí tendrá algo más que
hacer. Y respeto a lo que necesitas, no te preocupes, iré a recoger lo que te
hace falta.
—¿Señorita perfecta?
Ian miró hacia la cocina y se acercó, dio un paso, uno solo.
—Una tal Gina Flower, nieta de una amiga suya que mi abuela cree que
será la mujer perfecta para mí.
Me eché a reír y cuando Liv gimió en sueños me tapé la boca con la
mano. Pero seguía riendo e Ian se quedó mirando sin saber que me pasaba.
—Se está riendo de tus chistes, eso debe ser amor —dijo Dean.
—No le conté un chiste —explicó Ian sin apartar la mirada de mí.
—¿Entonces? —insistió Dean.
—Estoy esperando que terminé de reír para averiguar qué es tan gracioso
—dijo Ian y por su tono entendí que no le hacía gracia, pero sus ojos no
parecían molestos conmigo. Que extraño.
—Gina Flower —dije mientras intentaba ahogar la risa—. Uno noventa,
ciento veinte kilos, morena y quiere siete hijos. ¿Esa es la mujer perfecta
para ti?
—Nora, déjame ver de nuevo esa foto —pidió Dean.
Nora se acercó y después de buscar su teléfono se lo entregó a Dean, él
le echó un vistazo y luego me miró con el ceño fruncido.
—¿Es ella? —me preguntó mostrando el teléfono, ahí pude ver la foto de
Gina antes de ganar peso. Ella era una mujer bonita, ni fea ni hermosa, pero
tenía una sonrisa que hacía brillar su cara. Mi reacción fue debido a que Ian
se vería enano a su lado. Asentí y Dean se encogió de hombros—. Si Sam
dice que no es una buena mujer para Ian es que no lo es. Nora, busca otra.
—No, abuela no va a buscar nada —espetó Ian.
—Hijo, tu padre está feliz con Lidia, tu hermana está casada y
embarazada. Verás tan pronto como encontremos a la mujer perfecta para ti,
tú también lo serás —dijo Nora.
Ian miró hacia el techo y pensé que le iba a dar algo, pero finalmente
miró a sus abuelos y sacudió la cabeza. Sabía que no había manera de
detener lo que ellos querían hacer, lo único que podía hacer era dejarlos
seguir con sus planes.
Pagaría por ver cómo se libraba del matrimonio, Nora se veía una mujer
muy decidida y hasta podría apostar que antes del final del año Ian estará
casado.
—Iré a recoger las cosas de Sam de su casa, mientras tanto, ¿por qué no
la ayudas a elegir una habitación? —le dijo Ian a su abuela y se fue antes de
tener la oportunidad de decirle lo que necesitaba.
¡Mierda!
Tendrá que ir otra vez, no hay manera de saber todo lo que necesita Liv.
Capítulo 6
No podía dormir.
Podría ser el dormitorio desconocido. Bueno, no tan desconocido. Era de
Ian. Por extraño que parezca acabé durmiendo en dormitorio y no fue
decisión mía. Había cuatro habitaciones en la planta de arriba, uno de Ian,
otro de invitados con una cama grande que ya estaba ocupado por Nora y
Dean, otro con una cama pequeña que elegí para mí y Liv. Pensaba empujar
la cama hacia la pared y podríamos dormir las dos ahí, pero Nora no quiso
escuchar.
En cuanto le dije que Liv no dormía en su cuna por la noche insistió en
ver la otra habitación, igual que la que había elegido yo, pero con la mala
suerte de que la cama hacía un ruido horrible.
Entonces Nora me ofreció su habitación. Me negué. Lo intentó una y
otra vez e Ian nos encontró en medio del pasillo discutiendo. Sacudió lo
cabeza que por lo que he visto es su manera de reaccionar cuando piensa
que las mujeres están locas de atar, y abrió la puerta de su dormitorio.
—Cama grande y no hace ruido —dijo antes de entrar y dejar las tres
bolsas que había traído de mi casa.
Y es así cómo llegué a su cama. No quería pensar en qué sentí cuando
me metí en la cama, cuando noté su olor, cuando puse la cabeza sobre la
almohada. No, era algo que no había sentido antes y que no debería sentir.
No, era imposible.
No podía dormir.
Podría ser por la cena. La lasaña de Nora era mejor que la de mi abuela y
esa había ganado el premio al mejor plato en nuestro barrio cada año en la
feria del otoño. Dean habló mucho contando todo lo que le pasaba por la
cabeza, entreteniendo a todos y sin darme cuenta había comido todo lo que
me había servido Nora.
Sí, era por eso. Mi estomago llevaba un año y medio sin estar tan lleno.
No había vuelto a comer como debería cuando volví a casa, no podía comer
más de unos bocados. No se lo había dicho a la terapeuta, me hubiera
puesto una dieta y ya tenía bastantes cosas con que lidiar.
O el insomnio podría ser por Ian, por su comportamiento. Verás, me dejó
su dormitorio para estar más cómoda, se fue a casa a recoger las cosas y
todavía tenía dudas de cómo había conseguido traer todo. Cuando digo todo
me refiero a todo lo que necesita un bebé.
Pañales, pijama, ropa de cambio, crema, toallitas, juguete de baño. Me
quedé sorprendida cuando lo vi y al mirar en la última bolsa mi corazón dio
un triple salto y aterrizó en mi estómago. Ian me había traído ropa, un
camisón blanco de maternidad que de sexy no tenía nada. Luego vi las
bragas, blancas y de algodón, de abuela como las había llamado Liz cuando
fuimos de compras.
Mis mejillas se habían sonrojado por la vergüenza de saber que él había
mirado en mi cajón de ropa interior. Me arrepentí de haberlos comprado, de
no haberle hecho caso a Liz y comprar algo más provocativo. Luego me di
cuenta de que no había manera de llegar a eso con Ian, ni él lo quería ni yo.
¿O sí?
Eso no importaba, aunque lo quisiera no es posible.
Miré a Liv, dormía tranquila sin nada que disturbé su sueño. ¿Por qué lo
haría? Ella tenía a su madre, había tomado su baño, el pañal seco y había
sido acunada para dormir por la que podría haber sido su abuela.
Nora había insistido en ayudar con el baño y no pude negarme. En lugar
de sentirme bien, me sentí triste. Liv nunca tendrá una abuela, un abuelo
para llevarla al parque y comprarle helado.
Mientras me duchaba Nora durmió a Liv y al salir de la ducha a ella no
le pasó desapercibida la rojez de mis ojos. No había podido aguantar y me
había echado a llorar en la ducha pensando en mis padres. Había pasado
mucho tiempo desde que no me dejaba llevar por la tristeza, al menos en
cuanto se refería a mis padres.
Así que había muchas cosas que me mantenían despierta sin olvidar lo
de habitual. Sabía que no había manera de dormir sin una tila o un libro
aburrido y me levanté de la cama para ir a buscar una de ellas o las dos.
Rodeé a Liv con las almohadas y encendí el vigilabebés. Cuando quise salir
de la habitación vi mi reflejo en el espejo y di vuelta atrás. El camisón no
era la prenda adecuada para usar en casa de un hombre que no conocía.
Busqué en la bolsa y no encontré la bata, al parecer Ian no había pensado
en todo. Recordé que había visto una en el cuarto de baño y sin tener otra
opción me la puse. Era grande, demasiado grande, pero Ian era así. Grande,
me pregunté si todo de él era igual de grande.
Bajé agradecida de que alguien había dejado la luz encendida y fui a la
cocina. Después de cinco minutos de buscar la caja de té renuncié y estaba a
punto de salir de la cocina cuando llegó Ian. Entró y levantó la mano para
coger algo del armario de encima de la nevera. Una caja.
—La abuela tomaría cincuenta tazas al día si la dejásemos, por eso se lo
escondemos —explicó él poniendo la caja sobre la encimera—. ¿Tila?
Asentí y él fue al fregadero y llenó la tetera con agua, encendió el fuego
y se dio la vuelta. Se apoyó contra la encimera y cruzó los brazos sobre su
pecho.
¿Y ahora qué?
—Gracias por dejarme pasar aquí la noche —dije, era lo único que
encontré para romper el silencio.
—¿Para qué están los vecinos? —respondió Ian.
Claro, vecinos.
—Tus abuelos son encantadores.
—Sí.
¡Dios! Eso era una tortura. ¿Antes había sido tan difícil mantener una
conversación con un hombre? Seguramente que no, pero yo estaba asustada
de lo que él me hacía sentir y con los mil traumas que me quedaron después
de ese año no había manera de conseguirlo. Y él tampoco ayudaba, pero eso
también lo podía entender. Había reaccionado mal cuando lo único que hizo
fue invitarme a comer.
Claro que si supiera por lo que pasé lo entendería, pero ¿quién se lo va a
decir?
La tetera silbó y él se dio la vuelta para apagar el fuego, segundos
después puso una taza sobre la encimera.
—Que duermas bien —dijo y salió de la cocina.
¿Por qué quería llamarlo y pedirle que me haga compaña? Que hablé
conmigo, que nada... no quiero nada. Cogí la taza y me fui al cuarto de
estar, me parecía haber visto libros ahí. Y por lo visto no era mi día.
Ian estaba ahí, sentado en el sofá viendo la televisión.
¡Maldita sea!
Se giró y me miró con las cejas arqueadas.
—Vine a buscar un libro —expliqué.
—¿Qué libro? —preguntó Ian.
—Uno aburrido.
Se levantó del sofá y caminó hasta el otro lado de la habitación donde
había una estantería con libros.
—¿Los pillares de la tierra?
—He dicho aburrido —dije.
—Este libro es aburrido —insistió Ian.
—Ni uno de los libros de Ken Follet es aburrido —declaré.
—Si tú lo dices —murmuró él.
Puso el libro en la estantería y buscó otro, me acerqué ya que por lo visto
si no lo hacía iba a quedarme aquí toda la noche esperando a que él
encontrase un libro.
—Aja —exclamó Ian, se dio la vuelta sosteniendo un libro—. La
elegancia del erizo.
—¡Dios, no! —protesté, tomé el libro y lo puse rápidamente encima de
los otros.
—Es aburrido —repitió él.
—No sé si es aburrido o no, pero que me hizo sentir estúpida sí lo sé.
Me encanta leer y lo hago cada vez que puedo, pero ese libro pudo
conmigo. No conseguí comprenderlo y solo había dos opciones, o me había
pillado en un mal momento o de verdad era estúpida si no era capaz de
comprender de que iba.
—Pues fuera, a ver otro. ¿Qué te parece Stephen King?
—¿En serio, Ian? No, gracias. Tengo suficiente con mis pesadillas, no
necesito añadir otras.
—Entonces lee esté, seguro que te vas a quedar frita después de medio
página.
Tomé el libro y por la portada me di cuenta de que no era mi genero
favorito, un libro de psicología, pero iba a servir.
—Gracias, Ian.
Me di la vuelta y me fui.
Ian no me dijo nada.
Entré en el dormitorio y me senté en la cama con el libro. Tres minutos
después apagaba la luz y me tumbaba, en medio minuto me quedé dormida.
El té se quedó intacto en la taza sobre la mesilla de noche.
Me desperté solo una vez alrededor de las cuatro y me felicité por haber
optado por la lactancia materna. No tenía que bajar a preparar un biberón y
sin contar el hecho de que Liv me despertó sacándome de la pesadilla.
Era sábado y mi cuerpo se había acostumbrado a la rutina, no había
alarma para despertarme a las siete, no había razón para levantarme de la
cama hasta las diez. Pero hoy después de poner a Liv a mi pecho recordé
dónde estaba y que quedarme en la cama no era posible.
Liv se quedó dormida de nuevo y fui a ducharme. Me vestí con la ropa
que me había traído Ian, jeans y camiseta, y bajé a por un café.
—¡Buenos días! —me saludó Nora al entrar en la cocina.
Ella estaba muy alegre por la mañana, Dean no tanto. Murmuró algo sin
levantar la cabeza de su periódico. Acepté la taza de café que me ofreció
Nora y me senté a la mesa como me indicó ella. Ni siquiera había abierto la
boca para decir que no tenía hambre cuando me obligó a sentarme.
Ella estaba preparando tortitas francesas, algo que no había comido
desde que murió mi madre y buscaba la manera de decirle cuando llamaron
al timbre. Momentos después entró en la cocina Ian. Jeans, camisa y pelo
mojado. Ojos fríos. ¿Qué diablos le pasa a este hombre?
—Te están buscando, Sam.
—Gracias.
Me levanté y fui a la puerta.
—¡Colin! No os esperaba hasta la tarde —dije.
—Olivia no podía esperar —dijo Colin.
—¿Yo? ¿Quién estaba despierto a las cinco de la mañana? —espetó
Olivia.
—Si no recuerdo mal alguien estuvo muy contenta de encontrarme
despierto a esa hora, ¿no, Olivia?
—¡Dios! ¿Podemos prohibir las alusiones al sexo? —pregunté.
—¿Era una alusión? —inquirió Olivia.
—No puedo contigo sin por lo menos un café —dije y me di la vuelta.
Volví a la cocina y tomé mi taza de la mesa, bebí sorbo tras sorbo hasta
que creí que tenía suficiente cafeína en mi sangre para lidiar con Olivia.
Claro que mientras yo tomaba mi café, perdida en mi mundo, Olivia y
Colin me habían seguido y cuando levanté la mirada estaban charlando con
Nora y Dean. Atrapé la mirada de Ian, algo diferente de la fría de antes.
Creo que tendría que empezar a apuntar todas sus miradas, a lo mejor
conseguiría entender que pasa por su cabeza.
—¿Tortitas? —exclamó Olivia—. Me muero de hambre.
—¡Dios! —murmuró Colin.
—Hay para todos, sentaos —declaró Nora.
Ahí va mi oportunidad para escapar.
— Nena, has desayunado en casa y luego has pedido donuts, ¿cómo
puedes tener hambre? —preguntó Colin.
—Estoy embarazada, ¿recuerdas, cariño? —dijo ella dulcemente, pero
fulminándolo con la mirada.
—Dean fue así durante mi embarazo, eso no puedes comerlo, eso
tampoco, eso engorda y luego no habrá quien aguante —imitó Nora a Dean
—. Luego tuvo un encontronazo con una sartén y dejó de fastidiar. Deberías
intentarlo.
Sin saber cómo terminamos todos sentados a la mesa, Colin explicando
no sé qué a Dean, Olivia hablando en voz baja con Nora e Ian y yo en
silencio. Yo fingía estar pendiente del vigilabebé y él de su desayuno.
—Sam, ¿te importa cambiar? —preguntó Colin mostrando su plato de
huevos—. Mi mujer se comió todas las tortitas y me muero por probarlas.
Colin lo sabía.
Cambiamos los platos antes de que alguien tuviera tiempo de protestar.
No vi cómo se le cambió la cara de Ian, hubiera tenido otra expresión para
añadir a la lista. Pero vi la de Olivia.
Dolida.
¡Mierda!
Ella bajó la cabeza, pero no antes de ver las lágrimas brillar en sus ojos.
¡Mierda!
—Una mañana Colin me sorprendió con tortitas en el hospital, tenía un
turno doble y pensó que era buena idea. Me pilló en un mal momento,
demasiado cansada para pensar correctamente y tiré el envase a la basura.
—¿Y eso debería hacerme sentir mejor? —preguntó Olivia.
—No, pero lo siguiente sí. Perdí los papeles y confesé que dejé de comer
tortitas el día que fallecieron mis padres, a dos semanas de cumplir
dieciocho. La noche anterior había cenado tortitas con ellos.
—Lo siento, soy mala persona —dijo Olivia.
—No, solo que dejas los celos comerte la cabeza. ¡Olvida el pasado,
Olivia! Colin te ama y es lo único que importa. ¿Y qué si cambiamos un par
de besos?
—¿Un par?
—Calla y escucha, es un buen hombre y me encanta que estéis juntos,
sois perfectos el uno para el otro.
—Liz y Sarah… —empezó ella y puse los ojos en blanco.
—¡Dios! ¿Qué importa? Pero si prefieres podemos romper el pacto ahora
mismo.
—Yo soy a favor de romper el pacto —intervino Colin—. Vamos, nena,
no me mires así. Sabes que es una mala idea, Liz quiere secuestrar a Ryder.
¿Sabes para quién trabaja?
—No y no me importa, lo prometimos y lo vamos a cumplir.
—Ya verás como mi hijo nacerá en la cárcel, ya verás —farfulló Colin.
—No pasará ya que tú no me dejarás ni un día en la cárcel, ¿no, amor?
Colin sacudió la cabeza y luego la bajó hacia su plato, empezó a comer
mientras ignoraba a Olivia. Eso le duró unos treinta segundos hasta que
decidió que la había castigado suficiente y la besó. Le murmuró algo que
hizo a Olivia sonrojarse.
Hasta este momento no me había dado cuenta de cuanto echaba de
menos ver el amor verdadero, ese que brilla en los ojos de los dos, ese que
te da la fuerza para seguir levantarte cada día.
Olivia lo tenía.
Nora lo tenía.
Si no recuerdo mal los padres de Colin también.
¿Podría hacerlo yo? Olvidar el miedo que me paraliza no solo cuando
pienso en el amor sino también cuando me toca un hombre. Parece difícil,
será difícil y no necesito ser psicóloga para saberlo. Justo en este momento
cuando siento un poco de envidia por el amor que comparten dudo, evito
mirar a Ian.
¿Ian?
Sí, él.
Me hace sentir algo que nunca sentí, algo que lucha para romper los
muros de miedo que me rodean, algo demasiado parecido a lo que veo en
los ojos de Olivia cuando mira a Colin.
¡Maldita sea! ¿Será posible enamorarme de él?
Lo miré sin que él se diera cuenta, estaba tomando su café estudiando a
Olivia y Colin con atención. No podía ver sus ojos, pero la línea de su
mandíbula no engañaba. No estaba nada contento al encontrarse a su mesa
de desayuno con tres extraños.
Quería... ¡Dios! Ya no sabía que quería.
Bajé la mirada y me perdí el momento en que Ian se giró para mirarme.
Me hubiera gustado esa mirada, pero estaba demasiada ocupada con mis
demonios para sentir la intensidad que se reflejaba en sus ojos.
Nora no se la perdió y sonrió.
Dean solo sacudió la cabeza.
Olivia escondió su sonrisa con la taza de café.
Colin nos miró preocupado a los dos.
Pero yo no lo vi, como he dicho, estaba tan metida en mi cabeza que el
mundo había dejado de existir. Segundos después escuché el llanto de Liv y
salí corriendo al dormitorio olvidando el vigilabebés.
Llegué y tomé a Liv en brazos, la besé, la acuné y le hablé. La cambié, la
vestí con el conjunto rosa que había elegido Ian para ella, le conté sobre
Olivia y Colin. Me comporté como siempre sin saber que Ian estaba
mirando y escuchando cada palabra. Sin saber que le daba la oportunidad a
Ian a ver a otra Sam, la de verdad, la que salía solo cuando estaba sola con
Liv.
Con Liv en brazos conseguí recoger nuestras cosas y guardarlas en las
bolsas, luego bajé para poner a Liv en los brazos de Olivia.
—La luz, ¿sabes cuándo estará todo arreglado? —le pregunté a Colin.
—Los hombres lo arreglaron anoche, la instalación está bien, solo había
un fallo en el cuadro eléctrico —respondió él.
—Que alivio, entonces puedo volver a casa.
—Será para ti —espetó Nora —. Te irás y te llevarás a esa preciosidad
contigo, me quedaré para pasar el resto del fin de semana solo con hombres.
—Iremos a comer por ahí, ¿por qué no venís con nosotros? —propuso
Olivia.
Y si no hubiera tenido a mi hija en brazos la hubiera pegado. Ian pensaba
lo mismo.
—Tenemos planes, abuela —dijo él.
—¿Qué? ¿Ver la tele todo el día?
—Los padres de Linc dan una fiesta y nos invitaron, ¿recuerdas?
De repente deseé poder echar a correr. Yo no recibí una invitación a esa
fiesta, me sentía dejada a un lado. Conocía a Maeve y Miles, a Linc y a
Anna, y aun así no estaba invitada a la fiesta. Sabía sobre sus fiestas, Hanna
me habló el otro día sobre qué bien se lo pasaban, que divertidas eran y
como invitaban a casi todo el mundo.
Pero a mí no.
—Entonces os dejamos ya que me muero por ver la casa —dijo Olivia
poniéndose de pie.
Murmuré algo sobre mis cosas y me di la vuelta. No sé cómo llegué
arriba o cómo llegué a mi casa, solo sé que Olivia dijo que iba a vigilar a
Liv mientras yo me preparaba para salir a mostrarle el pueblo. Luego me
encontré tomando otra ducha para poder decir que me entró champú en los
ojos y por eso los tenía rojos.
Mentía mucho estos días.
Lloraba mucho también.
Cuando bajé ni Olivia ni Colin preguntaron sobre mis ojos y fuimos al
pueblo. No había mucho que hacer, excepto visitar un par de tiendas, tomar
un café en la cafetería de Maeve y dar un paseo por el parque.
Olivia quería ir a caminar por el bosque, pero Colin no quiso.
Empezaron una discusión que ganó Colin, aunque estaba segura de que iba
a ceder ante la mirada imploradora de Olivia.
Comimos pizza ya que pasamos por el restaurante y se le antojó a Olivia.
Hablamos mucho, ellos más ya que yo no tenía mucho que decir y después
de la comida se fueron. Pero primero tuve una discusión con Colin sobre la
factura de los electricistas que yo insistía en pagar y él en que no.
Cómo pasó antes con Olivia yo tampoco he podido ganar, además me
hizo prometer que le llamaría la próxima vez si algo parecido volvía a
ocurrir.
Cerré la puerta de mi casa cuando ya no pude ver su coche y me
envolvió el silencio. Liv dormía en su cuna dejándome a mí sin nada que
hacer excepto caer presa de mis demonios.
Aunque intentaba ignorarlo sabía que pasaba mucho más a menudo de
que era normal. Cuando estaba ocupada, en el centro médico o con Liv, era
fácil olvidar y pensar que yo era una persona normal. Pero luego estaban
estos momentos cuando no había nada que distraerme y me daba cuenta de
quién era.
Samantha Garrett, una mujer con una fobia al amor y a las relaciones
causada por la muerte de mis padres.
Samantha Garrett, madre soltera.
Samantha Garrett, mujer traumatizada por un secuestro y una violación.
Hala, ya lo he dicho.
Me violaron y he sobrevivido, ¿por qué simplemente no puedo
olvidarlo? Ocurrió, no hay nada que cambiar y gracias a eso tengo a Liv.
¿Por qué no puedo seguir con mi vida como lo hizo Olivia o Liz?
Miles de mujeres son víctimas de una violación cada día y su vida no se
acaba, ¿por qué yo no puedo hacerlo?
Me di cuenta de que necesitaba ayuda, pero no quería volver a las
sesiones con la terapeuta en la ciudad, no tenía tanto tiempo para perder.
Ella me había dado el número de una psicóloga que tenía la consulta en el
siguiente pueblo. A lo mejor debería llamarla.
Lunes lo haré.
Después de tomar la decisión me sentí un poco mejor y pensé que era
buena idea para analizar lo que sentía por Ian. Tardé dos segundos en
renunciar que fue lo que me tomó recordar que él no quería nada conmigo.
¿Para qué admitir que me sentía a salvo con él? ¿Para qué reconocer que me
gustaría sentir sus labios de nuevo?
¿Para qué si él lo único que hacía era mirarme con indiferencia?
Capítulo 7
Ian
—Eres idiota, hijo, y no comprendo cómo es que eres nieto mío —dijo
Dean.
Era después de la noche que Sam pasó en mi casa, en mi cama. Después
de verla vestida con mi bata, después de sentarme a su lado en el desayuno.
Después de luchar conmigo mismo para no disparar a Colin a la cabeza
cuando lo vi mirándola con cariño.
¿Qué mierda le pasaba a ese hombre para mirar a otra mujer cuando
tenía a su esposa embarazada a su lado?
Eso se hizo mucho más difícil cuando Sam pronunció esas palabras. Un
par de besos. Ella lo había besado y ahora estaban los dos juntos en la
misma habitación, en mi maldita cocina.
Sí, me vi corriendo al dormitorio, coger el arma de la caja fuerte donde
la había puesto cuando Sam se quedó a dormir, volver y disparar a Colin
justo entre los ojos. Pero luego vi el amor con que miraba a su esposa y vi
el mismo en los ojos de ella y me calmé.
Quise preguntar de qué iba el pacto y a quién querían secuestrar. Quise
gritarle a Sam, sacudirla hasta hacerla entender que tiene una hija y no
debería hacer nada ilegal.
Pero no era asunto mío, ni ella ni Liv eran asunto mío.
Luego las vi juntas, solo tenía que ver a Sam y sabías que era una buena
madre, pero luego las vi cuando pensaba que estaba sola y quise subir y ver
de cerca esa sonrisa, esa calidez que se escuchaba en su voz. Nunca deseé
algo con tanta fuerza que estar con ellas dos en esa cama, mirar a Sam besar
y hacerle cosquillas a Liv.
No había duda, había caído fuerte por otra mujer, pero esta vez no haría
nada. Sin importar cuánto la deseaba, cuánto me gustaría verla sonreír.
Samantha Garrett será la mujer de mi vida, pero he terminado con las
mujeres. Para siempre.
Ella lo dijo, no es no.
Si estuvo en mi casa fue porque no tenía otra opción y reconozco que
tuve que ver con esa falta de opción. La vi tan asustada que lo único que
quise fue tenerla cerca, protegerla. No pude resistirme, pero ahora sé que no
está sola. Tiene amigos que le pueden echar una mano si lo necesita y me
imagino que ellos saben qué hacer sobre lo que le está atormentando.
Sería tan fácil averiguar qué le ha pasado, solo una búsqueda en la red de
información de la policía, pero no lo haré. No es asunto mío ¿o sí?
¿Y sí el hombre que le hizo daño vuelve? Debería saber si tengo que
vigilar por si alguien intenta herirla una vez más.
Sí, claro.
No me voy a meter. Samantha Garrett es solo la doctora del pueblo, mi
vecina y voy a ser amable con ella. Eso es todo.
Pero ahora, en medio de la fiesta de los Grayson el abuelo me llamó
idiota.
—¿Y por qué? —pregunté tomando un trago de mi botella de cerveza.
—Deberías haber invitado a Sam a la fiesta, ¿no has visto su cara?
Lo hice, pero ya había tomado mi decisión de que iba a alejarme de ella.
Si ella quería venir a la fiesta podría hacerlo sola, no me necesitaba a mí. Se
lo dije al abuelo y él sacudió la cabeza.
—¿Estáis hablando de la doctora? —preguntó Anna que justo pasaba por
ahí y se detuvo.
—Sí —respondió el abuelo.
—No la invitamos porque sabía que no iba a venir y no la quise poner en
un compromiso. Si la invitaba ella diría que sí solo por ser amable y Jason
me dijo que no estaría cómoda con tanta gente alrededor —explicó Anna.
—Pues te ha salido mal, ella quería venir —dijo el abuelo.
—Yo... —titubeó Anna.
—No te preocupes, Anna —dije.
—¿Cómo qué no? Ahora estará pensando que no queríamos invitarla.
Y de esa manera empezó.
Llegó Ayala, luego Linc, Maeve, incluso Miles tuvo algo que decir sobre
la no invitación de la doctora. Se culparon unos a otros, discutieron,
debatieron cuál era la mejor manera de arreglarlo y no llegaron a ninguna
conclusión. Bueno, solo a la que Jason era el culpable de la situación. Él
había sido la persona que les advirtió sobre ella.
No me gustó mucho, a Sam no le gustaría saber que la tratan de manera
diferente. Se los dije y todos me miraron con interés y decidieron que
debería ayudar a Jason a remediar el problema ya que por lo visto la
conocía mejor.
¡Maldita mi gran boca!
La fiesta de repente se convirtió en claustrofóbica y como no había modo
de convencer a mis abuelos de irnos temprano me llevé la botella de
cerveza al jardín y esperé. Era medianoche cuando llegamos a casa, los
abuelos alegres y un poco achispados. No mucho, lo suficiente para que el
abuelo le hiciera declaraciones indecentes a la abuela y ella se riera como
una adolescente.
Algo no estaba bien si los abuelos de uno se divierten más. Solo espero
que Rachel o mi padre no se enteren de eso, estarán de visita cada fin de
semana para convencerme de que debería volver.
Sí, mi decisión de irme de la ciudad para aclarar las ideas no fue una
muy buena. Lo fue hasta que vi que mi vecina era nada más y nada menos
que la misma mujer de que quería escapar.
Hala, he vuelto a quejarme.
Pues tendrá razón el abuelo. Soy idiota.
El domingo después del desayuno la abuela me dio una lista larga de
compras y me envió al supermercado. Incluso me dijo el tiempo exacto que
debería tardar ya que tenía que preparar algo y salir hacia la ciudad antes de
la puesta del sol.
Pasé por los pasillos del supermercado con rapidez y en menos de quince
minutos había tachado todo de la lista. El carro de la compra estaba a punto
de ceder y desgraciadamente estaba más pendiente de lo que había dentro
que de lo que había enfrente.
Mi carro chocó con otro.
Tenía la disculpa en la punta de la lengua cuando levanté la cabeza y ahí
estaba ella. Sam.
—Lo siento, no estaba atenta —dijo ella.
—Yo tampoco.
Liv estaba en sus brazos moviéndose inquieta y después de echar un
vistazo a su carro de compra decidí ser el vecino amable y ayudarla con la
compra.
—Si quieres puedo sujetar a Liv mientras haces la compra o al revés —
me ofrecí.
—No, ya he acabado.
Miré de nuevo en su carro. Café, una botella de leche, yogur natural,
queso y pan. La miré, pero de verdad no solo su cara bonita o sus curvas.
Sam era delgada, pero en el extremo malo de la delgadez, a un paso de
volar con un soplo de aire. ¿Cómo no lo vi antes?
—¿Liv come solo yogur? —pregunté.
—No, solo leche hasta cumplir los seis meses.
Vale.
Ella me miró. Yo la miré. Liv seguía moviéndose intranquila.
—Nos vemos —dijo ella finalmente empujando su carro.
—Hasta luego.
Tenía razón el abuelo, no era su nieto. Él había sido un conquistar en su
juventud, la abuela cuenta que tenía a todas las mujeres locas por él. Mi
padre igual y luego yo, incapaz de enamorar a la mujer que quiero. Será que
los genes que se necesitan para hacerlo se las llevó Rachel todas.
Por la tarde me despedí de los abuelos prometiendo que iba a llamarlos,
que iba a ir de visita, que iba a cuidar de esa chica que lo necesitaba. La
chica siendo Sam, por lo menos la abuela había olvidado su plan de
casarme con Gina no sé qué.
A las siete entré en la cocina para cenar y me detuve en la puerta,
parpadeé un par de veces pensando que no veía bien. Cada centímetro de la
encimera y de la mesa estaba cubierto con ollas, cuencos con comida,
bandejas con galletas y bizcocho.
No pensé que la abuela iba a usar todo lo que había comprado. Abrí la
nevera para meter algunas de las ollas y la cerré en un segundo. Estaba
llena. El congelador igual.
¡Maldita sea!
¿Ahora que hacía yo con toda esa comida?
Tardé unos minutos en encontrar una solución y cuando lo hice me di
cuenta de que la abuela no había olvidado su plan de casarme, solo había
cambiado la mujer. Tomé la bandeja de la lasaña, la noche anterior vi que a
Sam le encantó, y otra con el bizcocho.
En un minuto estaba saliendo por la puerta trasera y llamaba a la de Sam.
Ella no tardó mucho en abrir.
—¿Ian?
—Tengo un problema, ¿puedo pasar? Esto pesa.
Sam abrió más la puerta y me dejó pasar. Pasé por un pasillo abarrotado
con el carrito de Liv y otras mil cosas hacia la cocina. Puse las bandejas
sobre la mesa y esperé a Sam.
—¿Y qué problema tienes?
Le sonreí sin querer.
Era adorable, tenía una expresión relajada, calma, incluso podría decir
que era feliz. El cabello recogido en un moño con algunos rizos que habían
conseguido escapar, una camiseta de tirantes y un pantalón de pijama corto.
Morado.
—El problema, Ian —me recordó ella cuando se dio cuenta de que me
había quedado en silencio.
No creo que se le pasó inadvertida la manera en que la miré, ¿no?
—Comida, la abuela cocinó para medio pueblo y tengo la nevera llena.
Y el congelador, y la cocina. Tendré que comer sin parar durante días para
no se eché a perder.
—¿Y?
—Y necesito que me ayudes a comer, ¿no?
—Ya he cenado —dijo Sam.
—¿Yogur?
—No eres...
—Lo sé, ni tu novio ni tu padre. Siento haberte molestado —dije.
Tomé las dos bandejas, puse una encima de la otra sin importarme que
iba a arruinar la lasaña y me di la vuelta para irme. ¿Cómo mierda olvidé
que ella no quería comer conmigo? La otra noche necesitaba ayuda y por
eso aceptó.
—Ian, espera.
—No es no, Sam. Perdóname por haberlo olvidado.
No esperé, caminé decidido hasta la puerta. Sí, la quería, quería ver
donde nos podría llevar una relación, pero si ella no quería no iba a insistir.
Llevarle una comida casera no era una propuesta, no era una invitación.
Solo soy yo, Ian White. Un hombre que siempre ha cuidado a su familia,
a sus amigos, vecinos y al mundo entero. He perdido la cuenta de las veces
que llegué a casa sin abrigo porque se los daba a la gente que vivía en la
calle.
Y ahora estaba haciendo lo mismo para ella, le estaba echando una
mano. ¿No la quería? Pues muy bien. Si quiere morir de hambre y dejar a su
hija sin madre que así sea. ¿Quién soy yo para impedírselo?
—Espera, Ian, solo espera —dijo Sam.
Con la mano en la manilla de la puerta me detuve, miré fuera hacia la
puerta de mi casa y pensé porque su voz se sentía como un cuchillo a través
de mi corazón. Sin importar que decisión tomase alguien saldría herido, ella
o yo. Seguramente yo, Sam iba a comerme vivo, me va a destrozar.
Pero al parecer soy un idiota.
Me di la vuelta.
—¿Te gustaría cenar conmigo? —preguntó Sam.
Sí, señor. Iba a hacerme pedacitos.
—Sí.
—¿Lasaña?
Asentí y volví a la cocina, dejé de nuevo las bandejas sobre la encimera.
Sam seguía en el mismo sitio, a medio camino entre la puerta trasera y la
que daba al pasillo, a punto de echarse a correr.
—Vamos a dejar un par de asuntos claros antes de la cena, ¿vale? —dije.
Sam sacudió la cabeza.
—No me gustan las malas noticias antes de la cena.
—¿Cómo sabes que son malas? —pregunté con el ceño fruncido.
—Por tu expresión, estás entre furia, resignación y tristeza. No sé, es
difícil clasificarlas.
—¿Clasificar qué?
—Tus expresiones, Ian. Tengo una lista, el indiferente, el enfadado, pero
como he dicho recién estoy empezando. No tengo todos los datos.
Así que estaba prestando atención.
—Entonces vamos a cenar —dije sonriendo.
Sam se acercó al armario y sacó platos y cubiertos. La camiseta de
tirantes dejaba sus hombros desnudos y ahí se podía notar muy bien su
delgadez. Los huesos, incluso las venas se notaban a través de su piel
blanca.
—¿Cena y película? —preguntó Sam mientras llenaba los platos—. Hay
una nueva serie que llevo semanas queriendo ver.
—¿Tiene algo de acción?
—Eh, creo que hay algo de boxeo.
—No parece exactamente tu tipo de película, ¿no?
—Sí, es exactamente mi tipo. Hay un duque, vizconde, incluso un
príncipe —enumeró Sam.
—Habrá que verlo entonces —dije y recibí puntos por mi respuesta.
Sam levantó la mirada y me sonrió.
¡Dios! Era guapa cuando sonreía. Era guapa siempre, pero cuando
sonreía como ahora con sus labios y ojos, nada más que alegría reflejada en
su rostro.
—¿Una copa de vino? —preguntó.
—Cerveza si tienes.
Sam colocó en una bandeja los platos, una cerveza para mí y un vaso de
agua para ella.
—Permíteme —dije y cogí la bandeja.
La seguí al cuarto de estar donde tenía el fuego encendido en la
chimenea. Nos sentamos, yo en el sofá y ella en el suelo.
—Es más cerca de la mesa —explicó ella.
—Entonces no te importa si yo hago lo mismo, ¿no?
Terminamos los dos sentados en el suelo, yo con la espalda apoyada
contra el sofá y ella al otro lado. Lejos, pero su rodilla tocaba mi muslo y
creo que no se dio cuenta ya que no se apartó.
—Vale, dame las malas noticias —dijo Sam después de tomar un bocado
de la lasaña.
¿Malas noticias? Me tomó algo de tiempo darme cuenta a que se refería
ya que mi cerebro se había quedado bloqueado al sentirla tan cerca.
Idiota cómo diría el abuelo.
—Desde pequeño quise salvar al mundo y empecé con los animales que
encontraba por la calle. Gatos, perros o pájaros. Los cuidaba y luego mi
padre les encontraba una casa. Cuando crecí pasé a las personas sintecho,
les daba mi almuerzo, mi dinero y mi ropa. La abuela fue la que se dio
cuenta de ello, llegaba a casa hambriento y congelado de frío. Con la ayuda
de los vecinos empezó a llevar comida a los que vivían en la calle, ropa,
mantas. A algunos les ayudó a encontrar una casa y un trabajo.
—Sabía que me gustaba Nora —dijo Sam.
—Sí, la abuela es especial. Cada semana encontraba una misión, alguien
o algo que necesitaba ayuda, hasta un día que me metí en algo que era
demasiado para un niño. Vi como asesinaban a un hombre en un callejón,
llamé a la policía, les di la descripción del asesino y aun así no consiguieron
arrestarlo. En ese momento decidí hacerme policía.
—Pero eres agente del FBI.
—Lo era, sí. Los años pasaron y me di cuenta de que podía hacer más en
el FBI.
—¿Lo eras?
—Esa es otra historia, lo que yo quería decir, Sam, es que lo entiendo.
No es no, no te gusto y no quieres salir conmigo. Pero somos vecinos, si
puedo ayudarte lo haré con placer y sin pedir nada a cambio. Si tengo
comida para alimentar a medio pueblo quiero darte a ti también, es como
soy. Si me pides que te ignoré lo haré, pero tienes que saber que me costará.
Podemos ser amigos, eso y nada más.
Hablando de expresiones, la de Sam era un cumulo de sentimientos y a
pesar de los años de entrenamiento no podía comprenderla. Se sentía triste,
contenta, asustada al mismo tiempo. ¿Cómo podía ser eso?
—Quieres ser mi amigo —murmuró ella.
—Sí, ya sabes. Ver una película juntos, pedir prestado el coche o que te
ayudé con la limpieza del sótano.
Su sonrisa se evaporó en cuanto pronuncié la palabra sótano.
¡Maldición! Al final tendré que averiguar qué le ha pasado. Si no lo sé no la
puedo ayudar y seguro que habrá algo que pueda hacer.
—¿Qué...qué hay en el sótano? —preguntó con la voz temblorosa.
—Un montón de cajas, herramientas, muebles. Seguramente los antiguos
dueños lo olvidaron.
—Seguro que sí, pero tendré que hablar con Jason. Él paga la casa.
—¿Cómo?
—La casa, los gastos todo fue parte de la oferta de trabajo y lo paga el
pueblo, aunque me gustaría comprar la casa. Pero voy a esperar unos meses
para ver si de verdad me voy a quedar aquí para siempre.
—Y yo pensaba que era el único que no sabía qué hacer con su vida —
dije.
Ella levantó su copa.
—Por los indecisos —dijo chocando su vaso contra mi botella de
cerveza.
—Por las nuevas oportunidades.
Bebí de mi cerveza mirándola a los ojos y la vi sonrojarse. ¿A qué
diablos venía eso?
—Entonces seremos amigos —declaró Sam.
—Ese es el plan, sí.
—Estoy de acuerdo, ahora vamos a ver si ese duque es tan guapo como
dicen.
No lo era, al menos para mí, pero yo soy un hombre. Sam era el tipo de
persona que no podía apartar la mirada de la tele si le gustaba lo que veía y
ahora estaba encantada.
No recuerdo mucho de lo que vi, pasé más tiempo mirando a Sam que a
la tele. Me levanté para llevar la bandeja a la cocina y ni se dio cuenta, metí
los platos en el lavaplatos e hice una bolsa de palomitas.
Sam murmuró un gracias y empezó a comer. Creo que no sabía que
había comido tanto, una porción bastante grande de lasaña y ahora las
palomitas. Solo reaccionó cuando escuchó a Liv llorar.
—Si quieres puedo ir yo —me ofrecí.
Ella pareció dudarlo un momento, pero al final sacudió la cabeza. Se fue
arriba y yo esperé. La vi de nuevo en la cámara del monitor de bebé, se
sentó en la cama con Liv y bajó el tirante de su camiseta.
Cerré los ojos.
No soy un pervertido.
Le di la vuelta al monitor para no verlo y esperé, pero parecía que me
estaba llamando así que me levanté y caminé hasta las puertas francesas que
daban al jardín. Las abrí y salí a respirar, dentro parecía que no había
suficiente aire.
Amigos, ¡mierda!
Será lo más difícil que hice en mi vida. Necesitaba toda mi fuerza para
no abrazarla, besarla y prometerle que nada, nada volverá a hacerle daño.
Sam no volvió. Pasó media hora y luego una hora. Preocupado miré el
monitor y la vi durmiendo. Recogí las botellas, las palomitas y las llevé a la
cocina. Verifiqué las puertas y las ventanas de la planta baja, le dejé una
nota en la cocina y me fui. Cerré la puerta con la llave que había cogido de
un cajón de la cocina y entré en mi casa.
El lunes fui a la comisaría y respondí a un par de avisos. Peleas de
adolescentes, un robo en la cocina de la cafetería de Maeve. Como alguien
podía ser tan idiota y robar en la cafetería de la familia del sheriff de pueblo
era algo que no podía comprender.
No vi a Sam.
El martes más de lo mismo. Una señora mayor se quedó encerrada fuera
de su casa y necesitó ayuda. Encontramos al ladrón de la cafetería, un
hombre de un pueblo cercano que buscaba algo fácil para robar y vender.
De nuevo tuve dudas sobre qué mierda podías vender de la cocina, ¿el
horno o los cubiertos?
Pero de nuevo la mente humana no dejaba de sorprenderme.
No vi a Sam.
El miércoles tuve el día libre.
La vi salir por la mañana. Iba con prisa y ni siquiera me vio en el porche.
Pasaron días, semanas sin hablar con ella.
Las cosas en el pueblo se complicaron, Ayala tuvo problemas. La
secuestraron, a ella y a su hermana pequeña y al rescatarlas encontraron una
red de tráfico de niños. Tuve la oportunidad de conocer a Ava, una mujer
con recursos desconocidos, muchos y desconocidos.
Pero, de nuevo, yo era bueno en mi trabajo y podía leer a la gente y Ava
era mucho más que un guardaespaldas. Ella sabía que yo lo sabía, me sonrió
y me guiñó el ojo.
—Tú deja de preocuparte por mí y cuida a Sam, ella lo necesita más —
había dicho un día que vino a ver a Linc.
Sí, quería paz y tranquilidad, quería un lugar donde pensar y no tener
que escuchar consejos sobre que debería hacer con mi vida. Pero la suerte
no estaba de mi lado. Tenía a los que pensaban que sabían mejor y a la
mujer que atormentaba mis días y noches al lado de mi casa.
Más de una vez me encontré buscando excusas para ir a verla.
¿Quieres ver una película?
Patético.
¿Necesitas algo del supermercado?
Igualmente.
¿Me puedes prestar un poco de café?
Doblemente patético.
Jason se unió a los bienintencionados consejeros y estuve a punto de
darle una paliza y eso que no soy de saltar tan rápido. Él solo dijo que
debería invitarla a salir, que seguramente le vendría bien salir a cenar en
algún sitio nuevo y bonito, que a mí me conoce y le haría un favor al pueblo
si consigo borrar la tristeza del rostro de la doctora.
¡Maldito pueblo entrometido!
Capítulo 8
Amigos.
Sí, claro. Amigos y su madre.
Los amigos se llaman para charlar. Los amigos aún más si son vecinos
pasan a decir hola o para pedir un poco de café.
Los amigos te invitan a dar un paseo o se apuntan si vas tú a dar uno.
Los amigos no se olvidan de ti.
Los amigos no se van en medio de la noche sin avisar.
Dejó una nota.
He visto que te habías quedado dormida y no quise despertarte. Me llevé
la llave para cerrar la puerta. Ian.
Ni un me lo pasé bien, ni un hay que repetirlo.
Esperé.
Un día. Dos. Tres.
Justo cuando había decidido intentarlo él desaparece. Quería ver cómo
nos iba como amigos y luego pasar a algo más. Me sentía segura a su lado,
tan segura que esa noche cuando me quedé dormida sabiendo que él estaba
abajo dormí hasta la madrugada. Sin despertarme, sin pesadillas.
Maldito hombre por hacerme desear algo y quitármelo sin mirar atrás.
—¿Apostamos a que el maldito hombre es el agente White? —preguntó
Olivia.
Era sábado, tenía el día libre y Olivia había organizado una fiesta solo
para nosotras cuatro. Greta estaba arriba con Liv y el pobre Colin había sido
echado de su propia casa.
—Es una fiesta solo para mujeres —había dicho Olivia antes de
empujarlo por la puerta.
Colin había puesto los ojos en blanco.
—Si os metéis en problemas con la justicia no voy a pagar la fianza —
había gritado él yendo hacia su coche.
Liz dijo que ella tenía dinero para todas.
Así que había comida, postre y vino para Liz y Sarah, zumo para Olivia
y yo. Y cotilleo. Les conté lo que había pasado con Ayala y se quedaron
sorprendidas, luego me pidieron abandonar el pueblo. No estaba seguro
para una madre soltera según ellas.
Por lo visto ahora llegamos al otro tema interesante. Ian White.
—Es un idiota —espeté.
—A mí me pareció un buen hombre, atractivo, con una buena familia.
¿Qué más puedes pedir? —preguntó Olivia.
—¿Qué me llamé?
—Cuenta desde el principio que yo me perdí —pidió Sarah.
—Me ayudó cuando se fue la luz, casi me obligó a quedarme en su casa
a dormir. Luego apareció en mi puerta con comida y lo invité a cenar.
Vimos esa serie con el duque juntos y se fue sin despedirse.
—¿Cómo que se fue sin despedirse? —preguntó Liz.
—¿Se levantó y se fue? —inquirió Olivia.
—No, fui a amamantar a Liv y me quedé dormida. Por la mañana
encontré una nota en la cocina.
—Vale, vuelve que me has perdido de nuevo —dijo Sarah —. Tú subes a
atender a Liv, te quedas dormida y él se va. Ahora estás enfadada que se fue
sin despedirse. ¿Qué querías que hiciese? ¿Subir a tu dormitorio y decir que
se iba?
Ahora que lo pienso tiene razón, seguro que me hubiera asustado al
encontrármelo en mi dormitorio.
—No es solo eso —me defendí—. Dijo que quería ser mi amigo y han
pasado semanas sin dar una señal de vida.
—Aja —exclamó Olivia.
—¿Aja qué?
—Nada —respondió ella escondiendo su sonrisa con el vaso de zumo.
—Lo que Olivia quiere decir, y no tiene las agallas, es que lo tienes mal,
chica —intervino Sarah—. Te gusta Ian y estás dolida por su falta de
interés.
Quise negar, pero tenía razón.
Necesitaba su amistada para poder seguir con el plan. Lo necesitaba para
volver a ser la misma de antes. Bueno, no la de antes. Quería ser mejor,
quería ser una mujer normal capaz de salir a cenar con un hombre, de darle
una oportunidad a una relación, de pensar en pasar el resto de mi vida con
un hombre.
¿Cuándo pasó eso?
¿Cuándo empecé a desear lo que me prometí que no desearía nunca
cuando murieron mis padres?
—Sam, eso es bueno. Es el tiempo de recuperar tu vida —dijo Liz.
—Sí, Sam, es el tiempo y tienes suerte. Ian White parece un buen
hombre —añadió Olivia.
Miré a Sarah, esperando su veredicto.
—No hagas nada, si están destinados a estar juntos, sucederá. No lo
pienses, déjalo suceder.
Asentí sabiendo que tomaré su consejo. Era una cobarde, aterrada por el
miedo y por la posibilidad de un rechazo.
—¿Alguien más tiene problemas? —preguntó Liz y viendo que nadie
respondió, continuó—. Entonces vamos a por Liv, me muero por darle dos
besos.
Pasé el sábado con ellas, una cosa llevó a otra, la comida se convirtió en
cena y antes de darme cuenta ya se había oscurecido. Olivia insistió en que
debía quedarme a dormir, Colin insistió también y al final me quedé.
El domingo por la mañana tomé un café y antes de las nueve me marché
de la casa de Olivia. Ellos tenían un compromiso y aunque me dijeron que
podía quedarme no me apetecía.
Conduje y como nunca Liv se quedó dormida, por eso cuando noté
enseguida que algo no estaba bien con el coche me detuve en el arcén y
bajé. No tuve que buscar mucho, la rueda delantera estaba pinchada.
No sabía si tenía otra de recambio, pero si la tuviese no sabía cambiarla.
Vi un coche detenerse justo antes de entrar en pánico, que estaba a punto de
hacerlo, ¿para qué mentir?
Un todoterreno negro, familiar.
El destino era muy retorcido.
Del coche bajó Ian.
—¡Buenos días! ¿Problemas?
—No, solo me gusta parar en el arcén y admirar el paisaje —espeté.
—¿No es un poco pronto para tanto malhumor, Sam? —preguntó él
acercándose y mirando la rueda.
—Lo siento, no debería...
—No te preocupes, si te hace sentir mejor incluso puedes gritarme —
dijo Ian.
—No hace falta, pero gracias.
—¿Tienes rueda de repuesto?
Me encogí de hombros y Ian fue a abrir el maletero, y adivina qué... no
tenía. Según Ian todos los coches se vendían con una rueda de repuesto,
Ahora tenía sentido el descuento que me hizo en vendedor. Miré el coche
con los ojos entrecerrados preguntándome qué más se le habría olvidado
poner en el coche.
¿Y sí le faltaba algo importante y tenía un accidente con Liv en el coche?
—Sam, está bien —dijo Ian, viéndome temblar—. Llamaremos a la grúa.
—No es suficiente, no vuelvo a subir al coche si no lo verifican antes.
No puedo estar segura de que ese hombre no me vendió un coche malo, ¿y
si tiene los frenos en mal estado?
—¿Qué hombre?
Le conté sobre la compra del coche y tuve la oportunidad de ver otra de
sus expresiones. Furia, pero fuera de los límites. Por mí.
Ahí al lado de la carretera con los coches pasando a gran velocidad miré
a sus ojos y sin saberlo lo dejé ver lo que deseaba. A él. A sus brazos
alrededor. A su furia, su fuerza y su protección. No hizo falta pronunciar las
palabras, él lo vio en mis ojos.
Levantó la mano y la acercó a mi mejilla, pero no me tocó. Se quedó a
milímetros de mi piel, sentía su calor, deseaba su toque. Un toque que
nunca llegó.
—Vamos a cambiar a Liv a mi coche, no es seguro aquí —dijo y fue al
otro lado del coche.
Llevamos las cosas del maletero, la silla de Liv que Ian tardó menos de
un minuto en instalar y milagro de los milagros Liv no se despertó. Me subí
en el asiento trasero ya que no sabía cuándo iba a despertarse y no quería
que se asustara.
Ian llamó a la grúa y le dio la dirección de un taller, luego condujo
dejando mi coche en el arcén.
—¿Te importa si paso para saludar a mi padre antes de ir al pueblo? —
preguntó él.
—Claro que no.
Solo cinco minutos después aparcó el coche delante de una cafetería
muy concurrida y mi estomago decidió que era un buen momento para
anunciarle al mundo entero que necesitaba comida.
Ian se giró y me miró sonriendo.
—Tienen las mejores tortitas del mundo —dijo.
—¿No tienes que ver a tu padre? —pregunté.
—Está dentro esperándome para desayunar.
—No creo...
—Vale, sin problemas. Voy a decirle hola y vuelvo en dos minutos —me
interrumpió.
—¡Ian! —espeté.
Estaba a punto de salir de coche cuando le grité y se giró de nuevo.
Expresión nueva, incredulidad.
—Iba a decir que creo que no es buena idea, pero de todas las maneras
estoy demasiado hambrienta para que me importe lo que piense tu padre.
—Muy bien.
Muy bien.
Me giré hacia Liv y vi que estaba despierta y mirándome curiosa, su
expresión parecida a la de Ian.
—Sí, Liv, mamá se ha vuelto loca —dije justo cuando Ian abría la puerta
en el lado de Liv.
La sacó de su silla hablándole en voz baja mientras yo bajaba y cogía la
bolsa de Liv. Al llegar a su lado tuvo lugar un momento embarazoso, muy
embarazoso por mí. Ian alargó la mano para coger el bolso y al mismo
tiempo dejaba a Liv en mis brazos. Y cuando haces dos cosas al mismo
tiempo no es inusual que pasen cosas que no deberían, su mano tocó mi
pecho.
Eso es nada, vas a decir, solo un toque accidental. Sí, claro, pero díselo a
mi cuerpo que reaccionó visiblemente. Ian vio mi reacción, vio el rubor en
mis mejillas. ¿Sabes que hizo? Nada.
Pero hubiera preferido algo, lo que sea. Una disculpa, otro toque... ¿qué
estoy diciendo? Será verdad que me estoy volviendo loca.
Luego se dirigió hacia la entrada de la cafetería, medio metro después de
dio cuenta de que no lo seguía, se detuvo y me miró con una ceja arqueada.
¡Dios! Era tan guapo, lo he dicho, ¿no? Pero ahí con el sol brillando, con
sus ojos intensos y la esquina de su boca esbozando una media sonrisa era
un dios.
Y yo la pobre mortal que se iba a enamorar.
La parte mala es que las historias de amor entre dioses y mortales nunca
terminan bien, el dios sique con su vida mientras que el mortal muere por
amor. Lo que me gustaría saber es cómo diablos se muere alguien por un
corazón roto.
—¿Sam?
Suspiré dejando las preguntas para otro momento y caminé hasta Ian.
Abrió la puerta y entramos juntos en la cafetería. Había ruido, pero no tanto
como para molestar a Liv, a ella no le gustaba para nada.
—Ahí están —dijo Ian.
Miré hacia donde miraba él y vi a Gareth con una mujer sentados a una
mesa en medio de la cafetería. Ella tenía los ojos de Gareth y el parecido
con Ian era increíble, era su versión femenina. La sonrisa pícara, el brillo de
los ojos.
—Sam, que sorpresa —dijo Gareth poniéndose de pie—. Por fin puedo
conocer a la pequeña Olivia, ¿puedo?
Ese puedo era para Liv. ¿Qué le pasa a la gente que quiere coger en
brazos a los bebés?
—Sam, mi abuela le pasó a mi padre los genes de los bebés. Está como
loco y eso que tiene dos en casa —dijo Ian.
Al final, dejé a Liv en los brazos de Gareth mientras Ian me presentaba a
su hermana, Rachel. Nos sentamos y la camarera llegó enseguida, estaba
tan hambrienta que pedí huevos, tostadas y tortitas.
—Sam, ¿y cómo es que conoces a mi padre y a mi hermano? —preguntó
Rachel.
—¡Rachel! —exclamó Ian.
—¿Qué? Apareces en el desayuno con una mujer y, ¿piensas que me voy
a quedar callada?
—Sí, ya sabemos que pasó con Lidia, ¿no, Rachel? —dijo Ian.
No estaba incomoda, estaba a punto de levantarme e irme, pero Gareth
intervino.
—Sam es mi clienta y la mujer que ayudó a Ian a encontrar a tu hermana
cuando la secuestraron. ¿Necesitas saber algo más?
Rachel quiso preguntar, pero una mirada de Ian la hizo cerrar la boca.
—¿Tu hermana? —pregunté a Ian.
Nos conocimos en el hospital cuando vino a preguntar si había visto a
quién se había llevado a una bebé. Por suerte lo había hecho.
—Sí, mi hermana pequeña era el bebé que secuestraron del hospital —
explicó Ian.
Luego me contó que Gareth se había casado con Lidia y tenían dos hijos,
niño y niña. A la niña se la habían llevado del hospital y Ian fue a buscarla.
Mientras tanto llegó la camarera con el pedido y comí menos de lo que
había pedido. Menos significa una tortita, eso es lo que comí.
Mi apetito había desaparecido debido a la actitud de Rachel. Ella me
odiaba y no entendía por qué. De repente sentí una tensión proveniente de
Ian y lo vi mirar fijamente a Rachel, era como si se entendían sin palabras,
solo con mirarse.
—Disculpa a mis hijos, abusan de esa conexión que tienen como
mellizos para tener conversaciones —dijo Gareth—. Solo me queda esperar
que los otros no la han heredado.
—¿Qué dices, papá? Si te encanta —dijo Rachel.
—Me encanta, sí. Me gusta ver que mis hijos se llevan tan bien, pero
siempre nos hizo sentir como si no fuéramos bastante buenos para
compartir vuestros secretos.
—Pero yo siempre te lo he contado todo —se quejó Rachel.
Ian se echó a reír y recibió una mala mirada de su hermana. Sin darme
cuenta empecé a comer y seguí la conversación de Ian con su familia. Que
Rachel llevaba años con su novio y no se lo dijo a su padre. Que ella
guardaba un secreto sobre su madre. Que si no sé qué de Lidia. Que si el
trabajo. Que si la casa.
Ian atrapó mi mirada y me guiñó el ojo.
Liv estaba contenta en los brazos de Gareth.
Estaba relajada, sentada al lado de Ian, tan cerca que lo rozaba cada vez
que levantaba la taza de café a la boca. Al otro lado de la mesa Gareth, un
hombre que me inspiró confianza y seguridad desde el primer momento.
Rachel, que una vez que dejó de verme como al enemigo, se convirtió en
una mujer amable y divertida.
Gracias a ellos podía sentarme en una cafetería rodeada de extraños,
mujeres y hombres, y no tener un ataque de pánico. Por lo visto la terapeuta
tenía razón, el tiempo lo cura todo.
—¿Vienes a comer a casa de papá? —preguntó Rachel a Ian cuando nos
estábamos preparando para irnos.
—No, tengo que llevar a Sam y Liv a casa.
—Por mí no te preocupes, Ian. Puedo llamar a Liz o Sarah...
—No, yo te llevo —insistió Ian.
—Es muy cabezota —intervino Rachel.
Salimos de la cafetería, Rachel y Gareth delante de nosotros, Liv en
brazos de él. Gareth no la había soltado ni un momento y era extraño para
Liv estar tanto tiempo con una persona que no conocía.
Ian estaba caminando a mi lado y puse la mano sobre su brazo para
detenerlo.
—No tienes que cambiar tus planes para mí —le dije.
—Sam, puedo comer con mi familia cualquier día. No hay problema.
Ahora importante es llevarte a casa.
—Sí, para hacer la colada y limpiar los baños —me quejé.
Ian se acercó, puso un dedo debajo de mi barbilla e inclinó mi cabeza.
—Samantha Garrett, ¿me harás el honor de pasar el día conmigo y con
mi familia?
Asentí perdida en la intensidad de sus ojos. Nos miramos hasta que
Rachel silbó y gritó que su padre estaba pensando en llevarse a Liv a su
casa. Ella ya se estaba poniendo nerviosa, era la hora de su toma. Yo estaba
de la misma manera sin saber cuánto tardaríamos en llegar a casa de Gareth,
Liv no tenía mucha paciencia cuando se trataba de comer.
Ella quería su leche y lo quería ya.
Gareth me la devolvió y ella enseguida empezó a buscar mi pecho.
Caminé hasta el coche con la cabeza baja, tenía las mejillas sonrojadas por
la vergüenza. Lo sé, amamantar es lo más normal del mundo, pero para mí
no lo era.
No podía hacerlo cuando había alguien cerca, no podía hablar de ello sin
sonrojarme.
Subí al coche de Ian e ignoré su mirada interrogante. Pero me estaba
preocupando para nada, porque en lugar de cerrar mi puerta Ian dijo mi
nombre. Lo miré, aunque no quería.
—¿Te importa si voy a la tienda de la esquina a comprarle flores a Lidia?
No tardaré mucho —dijo él.
—No hay problema —murmuré.
En cuanto él cerró la puerta abrí los botones de mi vestido y bajé la copa
del sujetador, Liv se enganchó enseguida y empezó a succionar. La pobre,
estaba muy hambrienta.
Me daba vergüenza, lo reconozco, pero era lo mejor para ella. Hanna y
Ayala se dieron cuenta de que no estaba cómoda con ellas en la habitación
cuando le daba el pecho a Liv y se iban poniendo excusas tontas cuando no
tenían por qué.
Con Olivia me sentía a salvo, con Liz y Sarah igual. Podía estar en la
misma habitación, amamantando a Liv y hablar sobre tonterías.
Ya.
Y yo quería ver a donde me llevaba esto con Ian. Si ni siquiera podía
destapar mi pecho para que mi hija comiera, ¿cómo mierda iba a dejarlo
tocarme, verme desnuda?
Liv se quedó dormida y la sostuve hasta que llegó Ian que por lo visto
tiene un radar y sabe exactamente cuando tiene que volver. Subió al coche y
dejó un ramo inmenso en el asiento, luego se giró y me entregó un ramo de
tulipanes blancos.
Miré el pequeño ramo, las flores delicadas pensando que mis flores
favoritas eran los lirios. Pero ya no, desde este día serán los tulipanes
blancos.
—Gracias, son preciosas.
Él me miró, luego miró a Liv y bajó del coche. Abrió mi puerta y se
agachó.
—Voy a besarte, Sam —declaró.
Inclinó la cabeza despacio, justo cómo lo había hecho ese día en el
hospital y luego tocó mis labios. Los suyos eran duros y fríos, sabían a café
y a Ian. ¿Cómo podía reconocer su sabor después de un solo beso?
Me besó despacio, sus labios convenciendo a mi boca a abrirse y dejar
entrar a su lengua. El beso se calentó todo lo que se podía calentar en el
coche, él fuera y yo dentro. Pero fue el mejor beso de mi vida, caliente,
intenso y eso que solo se tocaban nuestros labios.
Me imaginé que sentiría cuando dejaría sus manos tocarme, acariciarme,
y gemí. Ian separó nuestras bocas y pude ver que respiraba con dificultad.
—Abróchate el cinturón —dijo antes de cerrar la puerta.
Ian me besó.
Fue bueno, muy bueno y no solo porque el hombre sabía besar. Mi
corazón no se sobresaltó con miedo, mi respiración no se alteró con terror,
lo hizo por otras razones, pero era bueno.
Me estaba curando.
Mi cuerpo.
Mi mente.
El futuro ya no parecía tan negro.
Capítulo 9
*
—Vamos a intentarlo de nuevo, señor White —dijo el detective, un
hombre mayor con un rostro que reflejaba una adicción a la bebida—. ¿Qué
hacía con el señor Trevor a las tres de la madrugada?
—Charlar —respondí.
Mentía, yo lo sabía y el detective también, pero decir la verdad no estaba
en mis planes. Llevaba horas en la comisaría, desde que llamé a
emergencias. En cinco minutos habían llegado y en dos me pusieron las
esposas.
Ni siquiera escondían el hecho de que no tenían nada en mi contra, solo
querían mantenerme encerrado. De concederme mi llamada telefónica ni
hablar y de abogado menos.
—¿A las tres de la madrugada?
—Sí, a las tres. Y ahora quiero mi llamada o mejor aún, pueden dejarme
ir.
—¿Por qué lo haríamos? —preguntó el otro detective, Daniels. Él no
estaba en esto, pero el otro era su jefe y obedecía órdenes. Yo fui una vez
así, obedecía sin preguntar.
—Yo no maté a Trevor, excepto si he conseguido dispararle desde detrás
de mi coche mientras conducía. No hay residuos de disparo en mis manos,
no tenéis ni una prueba.
—Tenemos un testigo —dijo el detective gilipollas y Daniels lo miró
sorprendido.
Estaba jodido, esto iba para largo. Ya no intentaban mantenerme alejado,
ahora me querían encerrado y lo querían por mucho tiempo.
De repente se abrió la puerta y entró Kevin, mi antiguo compañero del
FBI.
—Detectives, el señor White queda en mi custodia —dijo dejando un
papel sobre la mesa.
El gilipollas lo leyó y maldijo.
Daniels sonrió.
Los dos salieron de la habitación y me dejaron solo con Kevin.
—Vamos —dijo él.
No esperé ni un segundo, me levanté y en cinco minutos estábamos fuera
de la comisaría y subiendo al coche de Kevin.
—Te has metido en un buen lío —dijo él arrancando el coche.
—Dime algo que no sé.
—Vale, ese papel es falso y tardarán unas horas en averiguarlo.
—¡Joder, Michaelson!
—¡Joder, White! ¿Qué querías que hiciera? Dejar a mi amigo pudrir en
la cárcel no me apetecía mucho.
—¿Morir sí te apetece?
—Cuéntame que pasa y cómo vamos a arreglarlo —dijo Kevin.
—Ryan Lawson secuestró a cuatro mujeres con el único propósito de
heredar unas tierras y como la herencia no llegaba se montó un espectáculo
online con las mujeres encerradas.
—Recuerdo el caso, ¿cómo has conseguido involucrarte en esto?
—Sam Gareth, la primera mujer que secuestraron es la mujer de mi vida.
Kevin silbó.
—¿La rubia de ojos miel?
Asentí.
Kevin me conocía bien y no era una sorpresa, cuatro años de trabajar
juntos, día y noche, caso tras caso, asesinato tras asesinato. En un momento
llegué a pasar más tiempo con él que con mi familia.
—Volviendo al tema —dije— hay un socio y quieren secuestrar de
nuevo a Sam, no sé cómo ni cuándo, pero antes de eso hay otro problema.
Fue violada, se quedó embarazada y ahora los padres del violador quieren la
custodia del bebé.
—¡No jodas! —exclamó Kevin.
—Iba a ver a El Tigre pensando que podía averiguar algo sucio sobre los
padres, pero él va y me suelta eso. Ahora está muerto y eso me hace pensar
que hay más sobre esto de lo que pensábamos.
—Déjame pensar —dijo Kevin, en traducción eso significaba quedarme
callado mientras él daba mil vueltas al asunto.
—Toma la salida hacia Lake Spring —dije.
Tenía un trabajo que hacer, pero necesitaba ver a Sam y no solo eso,
tocarla, ver con mis propios ojos que estaba bien. Y convencer a Linc de
que deje que Sam y Liv se queden en su casa. Esa casa era una fortaleza, el
mejor sistema de seguridad, muros y ventanas blindadas sin olvidar que
Ayala era la hija de un jeque.
Nadie era tan idiota e intentar entrar en la casa para secuestrar a Sam. Si
ella estaba a salvo podía ir a buscar a los hombres detrás del negocio de los
videos. Los Sanders podrían haber averiguado que Sam estaba embarazada
a través de esos videos o de alguno de sus contactos.
Pero ellos habían bajado al segundo puesto, había otra amenaza mayor.
No sabía si debía contarle sobre el negocio en internet, contarle que el
mundo entero fue testigo de su infierno. Un mundo que no solo que no hizo
nada para ayudar ahora estaban dispuestos a pagar por verla de nuevo en
esa jaula.
—Ese informante tuyo no era tonto, ¿no te dijo algo más? —preguntó
Kevin.
—No, ¿por qué?
—Porque sabía que si abría la boca iba a morir así que creo que habrá
tomado algunas medidas de precaución, tú harías lo mismo, ¿no?
Repasé la conversación con El Tigre, pero no había nada ahí, ni una
palabra fuera de contexto y si me hubiera dejado algo en el coche no había
manera de conseguirlo. Mi coche se lo había quedado la policía.
Pero sí había algo.
—Necesitas darte prisa —le dije a Kevin y él aceleró sin hacer
preguntas.
Una hora más tarde llegamos a Lake Spring y le pedí a Kevin aparcar
delante de la comisaría.
—Y yo decía que me aburría —dijo Linc al vernos entrar.
—Grayson, te sienta bien el puesto de sheriff, solo te falta la barriga —le
dijo Kevin.
—¡Vete a la mierda, Michaelson!
Ignoré su particular manera de saludarse y me senté al escritorio, encendí
el ordenador y le pedí a Linc su contraseña.
—¿Olvidaste la tuya? —espetó.
—No, pero no quiero arriesgarme.
Usé el usuario de él para acceder a internet, activé un par de programas
que me permitían conectar a la red sin ser rastreado y luego entré en mi
correo electrónico. A veces El Tigre me enviaba información ahí y esperaba
encontrar algo.
—¡Bingo! —exclamé al ver el mensaje.
Peligro.
Solo él podría enviar un mensaje con un archivo adjunto con ese
nombre. Qué pena que estaba muerto, era un buen hombre.
—¿Qué tienes? —preguntó Kevin.
—No lo sé todavía, necesito tiempo para verificar el contenido del
archivo —respondí.
—Tienes hasta las ocho cuando se acaba mi turno, me voy a dormir un
rato. Vigilad el castillo mientras tanto —dijo Linc.
Kevin hizo una remarca sobre el amor y en lo que había convertido a
Linc, este le respondió levantando un dedo. Y mientras intentaba averiguar
la contraseña del archivo sonreí.
Amigos, luchar por la justicia, por hacer el bien, proteger a los inocentes
incluso si era de los que debían protegerlos en primer lugar. Eso era lo que
yo quería, eso era mi sueño desde pequeño.
Horas después salía el sol, Kevin dormía en la silla con la cabeza sobre
el escritorio, Linc estaba en la oficina organizando papeles y yo estaba
tomando mi quinto café. Había perdido toda la noche con ese maldito
archivo y nada. No había manera de abrirlo.
—Vamos, es hora del desayuno —dijo Linc.
Kevin se despertó en menos de un segundo.
—¿Desayuno? Bien, estoy muerto de hambre.
—Necesito un minuto —dije.
Envié el archivo a otras cuentas, a mi padre, a Linc y a algunos amigos
solo por si acaso. Luego transferí los datos a tres tarjetas de memoria, una la
guardó Linc en la caja fuerte, otra se la llevó Kevin y la tercera para mí.
Tenía que averiguar que había ahí, pero ahora había algo más que quería
hacer.
Sam.
Liv.
Seguimos a Linc a su casa, por lo visto anoche tuvieron una fiesta de
pijamas. Ayala, Sam y las niñas, Melie, la hermana pequeña de Ayala y Liv.
Luca, el hijo de Ayala y Linc, había pasado la noche en casa de los padres
de Linc. Por lo visto la cosa de solo chicas iba en serio y Linc tenía
instrucciones de no volver a casa antes de las nueve.
A las nueve en punto entramos en la casa.
—¡Cariño, estoy en casa! —gritó Linc.
—Como si no lo sabía ya —replicó Ayala.
Ella llegó desde la cocina, fue directo hacía él y lo abrazó. Parecía a
punto de tener un ataque de nervios, pero en unos momentos se recuperó.
—Ian, me alegro de que hayas vuelto —dijo ella, intentaba decirme algo,
pero maldita sea si podía leer lo que expresaban sus ojos.
—¿Sam?
—En la cocina.
Fui a buscarla, dejé a Linc para presentarle a Kevin a Ayala y la encontré
justo donde Ayala dijo. En la cocina, de pie al lado de la isla donde Melie le
daba de comer a Liv. No hace falta decir que la comida iba a todos los sitios
menos a la boca de Liv.
Sam estaba riendo y a primera vista parecía feliz, pero solo a primera
vista que luego se podían notar los hombros tensos, las ojeras. Y hasta
podría jurar que había perdido peso, pero eso no era posible en solo tres
días, ¿no? Además, ella ya no tenía de donde perder peso, estaba solo piel y
huesos.
¡Malditos bastardos! Iba a matarlos por hacerle esto a Sam, iban a pagar
incluso si era lo último que hacía.
Ella me vio y parpadeó varias veces como si no podía creer que estaba
ahí, luego de unos segundos corrió a mis brazos. Enterró la cara en mi
cuello y me apretó con fuerza, la sentí temblando y la abracé.
—¡Buenos días, Ian! —dijo Melie.
Levanté la mirada y atrapé la de ella, de nuevo vi lo mismo que vi en los
ojos de Ayala. ¿Qué mierda había pasado y por qué intentaba advertirme
una niña de diez años?
—Melie.
—Voy a lavarle la cara a Liv —dijo ella, cogió a la pequeña y salieron de
la cocina.
Sam continuaba abrazándome con fuerza, aunque los temblores habían
disminuido.
—¿Qué ha pasado, Sam?
—Nada —susurró ella.
Tomé su rostro en mis manos e incliné su cabeza, sus ojos estaban rojos
signo de que había llorado. Iba a matar a Linc, prometió protegerla y aquí
estaba ella con los ojos rojos y temblando.
—Nada, ahora que estás aquí —continuó Sam.
—Ese nada no me convence, Sam.
—Lo sé, pero no quiero hablar.
No insistí, no solo porque ella dijo que no quería, pero también porque vi
la súplica en sus ojos. Bajé la cabeza y presioné mis labios contra las de ella
en un beso corto que debía asegurarle de que todo estaba bien. Que todo
estaría bien, aunque a mí también me costaba creerlo.
Llegaron los otros y Sam no se movió de mis brazos, le presenté a Kevin
y él hizo una broma como siempre, una que Sam encontró bastante
divertida y se echó a reír.
—¡Dios! —exclamó Kevin poniendo la mano en el pecho—. Por fin una
mujer que se ríe con mis bromas. Sam, si te aburres de él ya sabes dónde
encontrarme.
—Ian, tengo el arma arriba si la necesitas —ofreció Linc.
—Sin sangre en mi casa —protestó Ayala.
—Puedo hacerlo en el jardín —dije, y di un paso atrás alejándome de
Sam ya que ella levantó la mano para pegarme en el brazo.
Eso era lo que deseaba para ella, que sea feliz, que sea capaz de sonreír y
bromear.
—¿Qué os parece si me ayudan a preparar el desayuno en lugar de
hablar de asesinato? —preguntó Ayala.
Desayunamos todos juntos sentados a la mesa de la cocina, bromeando y
conversando sobre cosas sin importancia. Melie contó sobre su último
proyecto escolar que incluía toneladas de fieltro, purpurina y pegamento. Y
unos tres días de aspirar la purpurina del suelo de la casa.
Ayala nos contó sobre los cotilleos del pueblo, por lo visto un señor que
nadie sabía decir quién era estaba engañando a su esposa con la vecina.
Todo el pueblo estaba mirando a diestro y siniestro buscando averiguar
quién era el hombre, aunque por lo que decía Ayala querían saber más quién
era la vecina.
A pesar de lo entretenido que era pasar tiempo con mis amigos quería,
necesitaba, estar a solas con Sam. Algo le había pasado y sabía que una vez
solos podía convencerla de que me diga que había ocurrido.
Por otro lado, temía ese momento, sabía que iba a preguntarme sobre lo
que averigüé y las noticias no eran buenas. Primero tenía que decir que no
tengo nada sobre los Sanders y luego la peor noticia, la que no estaba
seguro de que no iba a provocarle otro desmayo.
—¡Dios! ¿Pero por qué los hombres son tan idiotas? —preguntó Liz
entrando en la cocina.
Había olvidado que ella también estaba aquí y su entrada me tomó por
sorpresa, a mí, a Kevin le quitó la respiración. Él se quedó fascinado
cuando la vio entrar, vestida con jeans y una camiseta ajustada, el cabello
suelto cayendo en ondas sobre sus hombros. Liz era una mujer guapa y
Kevin acababa de enamorarse.
—Ni lo sueñes —le dijo ella al verlo mirando embobado.
—¿No? Te puedo asegurar que yo no soy idiota —dijo Kevin.
—Vamos a ver—replicó Liz, se sentó al lado de él, apoyó el codo en la
mesa, la barbilla en la mano y lo miró a los ojos—. Te digo que te amo, que
lo hago desde que era una niña, que eres el hombre de mis sueños, que
quiero que seas el padre de mis cinco hijos y que soy virgen. ¿Qué dices tú?
—¿Las Vegas o quieres esperar y organizar una boda por todo lo alto? —
preguntó Kevin sin dudar ni siquiera un segundo.
Él había perdido a su familia en un accidente cuando era pequeño y su
deseo era tener una familia grande, era claro que iba a decirle que sí a Liz.
¿Qué hombre no lo haría? La parte mala es que ella no esperaba esa
respuesta.
—¡Dios! ¿Por qué me odias? —preguntó ella mirando al techo—. ¿Por
qué me envías a un hombre guapo y dispuesto a pasar el resto de su vida
conmigo cuando sabes que no puedo dejar de amar a ese gilipollas?
—Liz, deja el drama y desayuna —espetó Sam.
—Pero, Sam…
—Todavía queda la parte ilegal de tu plan y si eso tampoco funciona ahí
tienes a Kevin, seguro que estará dispuesto a esperar unas semanas, ¿no,
Kevin? —dijo Sam.
—Soy agente del FBI, cualquier indicio de delito estoy obligado a
denunciarlo —explicó Kevin.
Me abstuve de recordarle que había falsificado los papeles para
liberarme del interrogatorio de la policía solo unas horas antes.
—Entrar en la casa de un hombre, atarlo a la cama y aprovecharte de él
es delito, ¿no? —preguntó Liz.
Kevin levantó la mirada hacia el techo justo cómo lo había hecho Liz
unos momentos antes.
—¿Por qué me odias?
Me eché a reír y solo un segundo después paré cuando escuché la risa de
Sam, un sonido cristalino, feliz. El mejor sonido del mundo y sin poder
detenerme tomé su rostro en mis manos y la besé. No me importó ni las
exclamaciones ni los silbidos.
Tenía a mi mujer en mis brazos.
Ella era feliz.
Nada más importaba.
Capítulo 15
Lo sabía.
Lo sentía en cada célula de mi cuerpo.
Lo soñé la noche anterior.
¡Dios!
Iba a pasar de nuevo, alguien querido iba a morir y no había nada que
podía hacer para impedirlo. Liv. Ian. Olivia. Liz. Sarah. Uno de ellos o
todos.
Días atrás Ian se marchó para conseguir información sobre los Sanders,
me asusté para que mentir y decir que no me preocupé por él en cada
momento. Me asusté pensando que podría pasarle algo, que podría pasarme
a mi algo sin él. No sé cómo o cuándo, pero Ian era mi salvavidas, no podía
estar sin él.
Fueron solo tres días sin él, días en que estuve muy bien acompañada.
Liz apareció de la nada, aunque no era exactamente de la nada. Era culpa
de ese hombre terco que por lo visto continuaba tratando a Liz de la misma
manera. Con indiferencia y eso la volvía loca. Ella estaba a punto de
renunciar, creo que lo hubiera hecho hace mucho, el problema es que es
muy difícil renunciar a los sueños y menos cuando llevas toda la vida
soñando con ello.
Pero con todo el drama fue una muy buena compañía y consiguió
distraerme. Ian se marchó por la mañana y Nora con Dean llegaron poco
después del mediodía. Tenían planes para la casa de Ian, redecorar su
dormitorio que me pareció una muy mala excusa.
Los cinco nos fuimos a la otra ciudad para comprar cortinas, eso dijo
Nora, cortinas. Volvimos a casa con cortinas para todas las habitaciones,
sábanas nuevas, una colcha preciosa que elegí yo para Ian, toallas, una
cama nueva y si Liv no se hubiera negado a comer una hamburguesa creo
que seguiríamos en esa tienda.
Nora era un peligro comprando y Dean, bueno, no podía decidirme si era
un buen marido o uno malo. Lo único que hacía era sonreír, asentir, pagar y
decir Lo que tú quieres, Nora.
Siempre había alguien conmigo y por alguien quiero decir un hombre.
Dean, Miles cuando Dean tuvo que llevar a Nora a comprar pintura, Linc
cuando Miles tuvo que volver a casa, incluso Jason vino a preguntar cómo
me iba, si estaba contenta en el pueblo.
Todo parecía tan normal, solo amigos y vecinos pasando a saludar, pero
no me engañaron y a Liz tampoco. Tuve que contarle, no todo, solo
suficiente para que sepa que las cosas estaban mal.
A pesar de todo estaba bien, todo lo bien que podía estar sin Ian, como
he dicho él se había vuelto imprescindible para mí. Pero ese bien se
convirtió en mal, peor que mal la madrugada del domingo.
Ayala llamó el sábado por la tarde para invitarme a una fiesta de pijamas,
Liz aceptó encantada y no tuve otra opción que empacar, coger a la niña e ir
y pasar la noche en casa de Ayala. Fue divertido, Ayala y Liz se llevaron
bien desde el primer momento, fue como si se conocieran desde siempre.
Buena comida, o sea pizza, cerveza sin alcohol y mucho helado. Hemos
bromeado mientras veíamos una película romántica, hablamos sobre
hombres y sueños, sobre sexo, pero eso fue mucho más tarde cuando Melie
se había ido a dormir.
Liz casi se cayó desde el sillón cuando le conté que me había acostado
con Ian, casi. Se quedó boquiabierta por la impresión, luego se excusó y se
fue a llorar al cuarto de baño. Lo que me pasó fue traumático para ella
también, pero nunca me había dado cuenta de ello. Yo fui la que sufrió el
abuso, el dolor, pero para ellas iba más allá de físico.
Creo que fue por eso por lo que soñé.
Soñé con mis padres, estaban vivos, encantados con Liv e Ian. Soñé con
mi boda, vestida de blanco y besando a Ian. Se sentía tan real y me sentía
tan feliz que cuando el sueño se convirtió en una pesadilla no supe que
hacer.
La iglesia decorada con tulipanes blancos se convirtió en un sótano,
jaulas llenando cada espacio y dentro de esas jaulas había todas las personas
de mi vida, las vivas y las muertas. Fred estaba ahí rodeado de otros
hombres, mirándome, esperándome.
Quería correr, escapar, pero no podía dejarlos encerrados ahí, no quería
quedarme sola. Fred iba a lastimarme, los hombres igual y todos iban a
mirar. Mi padre, Ian, Liv.
Grité, hice lo único que podía hacer, gritar. Y lo hice sin darme cuenta de
que lo hacía de verdad, que mis gritos iban a romper el silencio de la noche
y asustar a todos.
Fue Ayala la que consiguió despertarme, pero solo después de luchar con
ella. Le grité, le pegué. En mi mente ella era Fred y quería hacerme daño.
Finalmente, abrí los ojos y vi lo que había causado. Liz sosteniendo a mi
pequeña que lloraba asustada, Melie detrás de la puerta mirando con
lágrimas en los ojos y Ayala con arañazos en los brazos.
Poco después todos volvieron a la cama incluida yo con la mala suerte
de quedarme dormida de nuevo. Mala suerte porque desperté sabiendo que
algo iba a pasar, ese mismo algo que pasó tres veces antes en mi vida.
La abuela, mis padres y el secuestro.
Ian volvió y al abrazarlo ese sentimiento desapareció. Fue muy extraño y
no me fiaba, podía ser que mi cerebro estaba jugando conmigo, ¿quién
sabe? Pero decidí disfrutar del poco tiempo que tenía con ellos todos.
Después del desayuno Liz se fue de compras con Kevin, sí con el
hombre que dijo que quería casarse con ella. En menudo lío se había metido
Liz. Ian nos llevó a casa, a Liv y a mí, y después de ver que sus abuelos no
estaban fuimos a mi casa.
Y con Liv durmiendo tranquila en la cuna bajé al cuarto de estar donde
me esperaba Ian. Me senté en su regazo y puse la cabeza sobre su pecho.
Por fin.
Estaba a salvo, los miedos, los presentimientos borrados por su abrazo,
por su calor y su fuerza.
—¿Me vas a contar qué ha pasado? —me preguntó Ian.
—¿Me lo vas a decir tú?
Ian suspiró y no necesité más para entender que no traía buenas noticias,
pero tampoco esperaba algo bueno después de la noche que había tenido.
—Tenía nueve años cuando murió mi abuela, recuerdo ese día como si
fuese ayer. Desperté triste sin razón alguna, solo quería encerrarme en mi
habitación y llorar. Horas después nos llamaron para avisarnos sobre el
fallecimiento.
—Lo siento, Sam. ¿La querías mucho? —preguntó Ian.
—Sí, pero no de eso quiero hablarte —dije levantando la cabeza de su
pecho y mirándolo a la cara—. Pasó de nuevo, ese despertar en la mañana
triste sin saber por qué, pasó el día que fallecieron mis padres.
—¡Joder!
Ignoré su maldición y continué. —La tercera vez fue el día del secuestro
y la cuarta hoy.
Su expresión no reflejaba nada extraño, solo curiosidad y algo de
preocupación y eso me dio fuerza para continuar.
—Tengo miedo, Ian, por Liv, por ti, por todas las personas que conozco
y que he llegado a.... todos mis amigos. Las otras veces no hice nada, no
estaba consciente de que era algún tipo de premoción, pero ahora sí. Ahora
quiero hacer algo, pero no sé de dónde empezar. ¿Quién está en peligro?
—Tú, tú estás en peligro, Sam —anunció Ian.
—¿Yo? —pregunté, mi voz temblando.
Yo.
Sí, mi voz temblaba. Por miedo, pero también por alivio. Ellos estarán
bien. Ni Liv ni Ian ni nadie más estaba en peligro. ¿Qué me podía pasar a
mí?
Morir, podía morir y dejar a Liv huérfana.
Morir, sin haber tenido la oportunidad de vivir como debía.
Morir, sin haber admitido que amaba a Ian.
Lo amaba de la misma manera que amaba mi madre a mi padre, con
locura, con delicadeza y hasta siempre.
—Yo... —empecé, pero a pesar de que mi corazón estaba a punto de
explotar con lo que sentía, de que mi cerebro dio la orden de hablar mi boca
se negó a abrirse y pronunciar esas dos palabras.
Te amo.
No podía.
—Sam, mírame —pidió Ian, y cuando nuestras miradas se encontraron
sonrió—. Repite conmigo.
No entendía que quería, pero su mirada era tan intensa que asentí.
—No... —dijo Ian.
—No...
—Te...
—Te —repetí.
—Amo.
—Amo —dije mi voz apenas un susurro.
—No te amo, Samantha Garrett —dijo Ian.
—No te amo, Ian White —declaré.
No lo amo.
Repetí las palabras una y otra vez hasta que Ian tomó mi boca en un beso
y tuve que callarme. Me dejé llevar por la pasión, lo dejé tomarme justo ahí
en el sofá. Y mientras me entregaba al placer tomé la decisión de no luchar.
Haría lo que tenía que hacer, morir si eso era necesario, por ellos.
Ian y Liv seguirán con vida, felices sin mí. Era así como debía ser. Mi
vida por la de ellos. Lo más extraño de todo es que ya no sentía miedo y eso
fue algo bueno cuando poco después de arreglar nuestra ropa llamaron la
puerta.
Ian fue a abrir ya que él estaba más cerca.
—¿Papá?
Gareth entró y tenía una expresión que no auguraba nada bueno, me
senté en el sofá y suspiré. Él se acercó y se sentó en el sillón, un sobre en
sus manos que parecía quemándolo por la prisa que tuvo de dejarlo sobre la
mesa.
—No hay nada que pueda asustarme en este momento, Gareth, solo
tengo curiosidad así que dilo ya —dije.
—Han cambiado la fecha de la audiencia, tenemos que presentarnos
delante del juez mañana a las nueve.
—¡Maldita sea! —exclamó Ian que se había quedado de pie detrás de mí
—. No pueden hacer eso.
—Pueden si el juez es el mejor amigo de tu hermano —gruñó Gareth.
Una cosa es llegar a la conclusión de que no temes a la muerte y que
estás bien con lo que puede pasar, pero es otra diferente quedarte sentada y
dejarlos jugar con la vida de tu hija. Esos Sanders se iban a enterrar.
White, padre e hijo, se quedaron durante mucho tiempo callados, Gareth
pensando en Dios sabe qué e Ian dando vueltas por el cuarto.
—Ian, ¿has averiguado algo? —le pregunté.
Me miró con el ceño fruncido y no entendía porque hasta que recordé
que podían escucharnos. Puse los ojos en blanco.
—O sea que no —continué —. Pues nada, iremos mañana y que pase lo
que Dios quiera.
Los dejé en el cuarto de estar y subí a ver a Liv que por primera vez
estaba despierta y jugando con su manta. Ella siempre lloraba cuando se
despertaba sola.
Ian subió poco después y se sentó en un extremo de la cama para mirar a
Liv jugando, ella llevaba un cuarto de hora jugando con esa maldita manta e
ignorándome.
—Mi hija prefiere a una manta en el lugar de su madre —me quejé.
—Ya verás el día que prefiere a su novio —dijo Ian.
Lo fulminé con la mirada.
—Liv no lo hará —insistí.
—¿No? —sonrió Ian.
—No, porque tú matarás a cualquier chico que se atreverá a acercarse a
ella.
—Creo que solo podré matar al primero, a los otros será más difícil
desde la cárcel —bromeó Ian.
—Ya te apañaras —dije riendo —. ¿Gareth sigue aquí?
—Está en mi casa, la abuela está cocinando. Además, han llegado todos.
Lidia, los niños. Rachel y Erick. Nos esperan para cenar.
—¿Cenar? —pregunté sin creer que era tan tarde.
Miré el reloj y sí que lo era, entre confesiones y dejarnos llevar por la
pasión en el sofá se nos fue el tiempo. Separé a Liv de su nuevo juguete, la
vestí con un conjunto nuevo y caminamos a la casa de Ian.
Ni siquiera habíamos llegado a la entrada cuando escuchamos el ruido.
Risas, voces altas y otras bajas, llanto. Podía imaginarme lo que había
dentro, la familia White.
Divertidos.
Cariñosos.
Una familia para Liv.
Ella merecía una familia así, que la ame, que la cuide.
¡Que se jodan los Sanders!
¿Ellos conocen a un juez? Pues yo conozco a alguien mejor, ¿cómo no lo
pensé antes?
Yo puedo hacer cualquier cosa.
Esas fueron sus palabras y sus ojos morados reflejaban confianza, mucha
confianza.
Isabella Taylor Kincaid, la hermana de Ayala.
—Necesito hacer una llamada —le dije a Ian antes de entrar en la casa.
—Vale —respondió él, tomó a Liv y la bolsa de pañales y entró en la
casa.
Cinco minutos y una llamada más tarde mi suerte cambió. Una limusina
se detuvo delante de la casa y de ella bajó Isabella.
—Vamos a dar una vuelta —dijo ella.
Subí al coche después de decirle a Nora que había salido al porche que
volvería pronto. El coche arrancó en cuanto Isabella se sentó.
—Dijiste que podías hacer cualquier cosa —empecé.
Ella sonrió, una sonrisa de esas de brujas malas de los cuentos de hadas,
pero en este caso sabía que ella no era ni bruja ni mala. Por lo menos para
mí no lo era.
—Casi cualquier cosa, dime que puedo hacer por ti.
—Mañana tengo que presentarme en el juzgado para que un juez decida
la custodia de mi hija y teniendo en cuenta el hecho de que es amigo de la
otra parte voy a perderla, mi hija se irá a vivir con sus abuelos, con los
padres del hombre que me encerró en una jaula y abusó de mí. Voy a decir
que él no es el padre y pedir una prueba de paternidad.
—No te sigo, Sam —me interrumpió ella.
—Una prueba que tú vas a cambiar, puedes hacerlo, ¿no?
—Puedo, sin importar cuantas veces pidan las pruebas y cuantos
laboratorios van a hacerla. El padre de tu hija no será ese hombre. Pero
¿estás segura?
—Sí, voy a morir y quiero que mi hija crezca con una familia de verdad
y me da igual que no tienen la misma sangre. Sé que la van a cuidar como si
lo fuera.
—¿Vas a morir? —preguntó Isabella de repente preocupada.
Ella sacó su teléfono y unos segundos después levantó la mirada curiosa.
—No estás enferma —declaró ella.
—No, pero tengo una premonición.
—¡Cuéntame!
Lo hice y unos minutos después ella sacudía la cabeza triste.
—¿Qué te parece si ayudamos un poco al destino o a lo que sea que está
jodiendo con tu vida? —preguntó ella.
—De acuerdo, ¿cómo lo haremos?
—Primero dime cómo quieres acabar con la familia Sanders, ¿dejar a los
abogados que lo arreglen en sus oficinas, en silencio, o quieres dejarles
claro a todos que nadie se mete con tu familia?
—Segunda opción, gracias —dije sonriendo.
¿Soy mala, vengativa?
¡Sí!
Durante un año estuve indefensa, sin nadie a mi lado y si Isabella me
daba la oportunidad de proteger a mi hija iba a tomarla. Iba a gritar a los
cuatro vientos que mi hija sí tenía a alguien a su lado capaz de protegerla.
—¡Dios! Me va a encantar esto —exclamó Isabella.
—¿Cuál es el plan?
Isabella me lo contó, aunque me dijo que posiblemente alguna cosa
podría cambiar ya que no tenía toda la información que necesitaba y no la
tendría hasta llegar a su casa y ponerse a investigar.
El plan era sencillo, pero no sería posible sin alguna cosita no
exactamente legal. ¿A quién mierda le importa si es legal o no? Había
llegado a ese punto donde nada importaba, solo mi hija.
Isabella me llevó a casa y entré sonriendo. Todos me miraron
sorprendidos.
—¿Qué has hecho, Sam? —preguntó Ian.
No le respondí, en cambio, fui a abrir la puerta dejando entrar a los dos
médicos y a las otras tres personas del juzgado.
Sonreí.
Sí, esto iba a ser divertido.
Capítulo 16
Temblaba.
Sabía que todo iba a salir bien, pero eso no me impedía temblar. Subí las
escaleras del juzgado agarrando con fuerza la mano de Ian. Había tenido
mucho cuidado por la mañana cuando me vestía, había elegido un vestido
negro, ajustado y elegante. Zapatos con tacones altos y alrededor de mi
cuello las perlas de mi abuela que las heredó mi madre y luego yo, que en
algún momento heredará Liv. El cabello suelto caía en ondas brillando
después de todo el tiempo que pasé en el espejo peinándome.
Ian, era la pareja perfecta a mi lado con su traje negro y camisa blanca.
Era guapo y cuando iba tan serio como ahora, con esa mirada intensa que
todos que se nos cruzaban se alejaban de nuestro camino, me entraban
ganas de tirarme a sus brazos y besarlo. Y otras cosas.
Él no sabía lo que había planeado con Isabella, no hubo manera de
encontrar un momento a solas o un lugar donde poder hablar sin miedo.
Ayer por la tarde no tuvimos un momento de paz, su familia era ruidosa,
divertida y bastante entrometida. Todos querían saber qué pasaba y no
pararon hasta que Gareth le dijo que era confidencial. Claro que luego
Rachel empezó a preguntármelo a mí ya que yo era la única que podía
contarlo. Ian tuvo que intervenir y lo hizo contando una de las travesuras
que hizo ella de pequeña, una por la que le habían castigado a él. A partir de
eso la casa de Ian se convirtió en un manicomio.
Muy tarde conseguimos marcharnos, bañar a Liv que estaba cansada y
de mal humor y después de la ducha me quedé dormida sin ni siquiera darle
un beso a Ian. Él se quedó a dormir ya que en su casa no había sitio, todos
se quedaron a dormir, excepto Erick que tenía que ir a trabajar y Gareth que
necesitaba pasar por la oficina antes de ir al juzgado por la mañana.
Me desperté muy pronto para prepararme y tres horas antes de la
audiencia nos marchamos hacia la ciudad. Nora se llevó a Liv a la casa de
Ian, no estaba preocupada por ella. Estaba preocupada por mí ya que Ian no
dejaba de mirarme de una manera extraña.
—Siéntate —ordenó Ian una vez que entramos en la sala a la espera del
juez.
No tenía sentido protestar, me senté en una silla justo cuando llegaba
Gareth. Me miró sacudiendo la cabeza.
—Tú y yo vamos a tener una conversación muy seria, señorita —me dijo
él entre dientes.
—¿Qué pasa? —preguntó Ian, pero yo no le respondí y no sé si lo hizo
Gareth ya que mi atención estaba en la puerta.
Habían llegado los Sanders.
No sabía sus nombres, no me había interesado suficiente para
averiguarlo. Y sí, mentí, engañé y ellos nunca conocerán a Liv, su nieta. No
me arrepentía ya que su intención no era conocerla, ser parte de su vida, no.
Ellos querían quitármela, separar a una hija de su madre Dios sabe por qué.
Los dos no parecían tener más de sesenta años, caminaban muy rectos y
reservados. Ni una mirada entre ellos ni una sonrisa. Él, vestido con un traje
caro, zapatos tan brillantes que si hubiera estado cerca creo que habría
podido retocar mi maquillaje en ellos y un reloj igual de brillante que podría
cegarte si lo mirabas a la luz del sol.
Luego estaba ella, la madre que parió a un monstruo o lo educó para ser
uno. Muy elegante con su traje azul marino, falda ajustada por encima de
las rodillas, camisa blanca con los primeros botones abiertos que era
bastante extraño teniendo en cuenta su edad, pero se veía bien. Guapa,
elegante, exudando riqueza con cada movimiento.
Ni uno miró hacia nosotros, ni él ni ella. Su abogado saludó a Gareth y
los tres se sentaron detrás de la mesa a esperar. Justo como nosotros, solo
que delante solo estábamos Gareth y yo, Ian estaba detrás de la barandilla
sentado detrás de mí.
Había un policía en la sala y un hombre sentado a una mesa entre
nosotros y la mesa del juez, ese hombre se levantó y nos pidió hacer lo
mismo.
—Su Señoría, el juez Maurice Collins —dijo el hombre.
El juez entró y aunque no supiera que ellos tenían un plan, que todo era
una farsa para quitarme a Liv solo con verle la cara al juez me hubiera dado
cuenta. He visto dos jueces en la sala de un juzgado, la primera vez en el
juicio contra Ryan y ahora. El primer juez era más o menos de la misma
edad que Maurice Collins, pero se le notaba en la cara que era un hombre
bueno, justo.
Con el juez Maurice Collins sabías desde el primer momento que justicia
no ibas a encontrar en su sala. Su rostro reflejaba dureza, indiferencia y
muy poco entendimiento.
El hombre dijo que podíamos sentarnos y empezó a recitar los datos de
la denuncia.
—Sanders contra Garrett, Olivia Garrett, bla, bla, bla —decía el hombre,
pero mi atención estaba en el juez que hojeaba sin interés los papeles que
tenía sobre en su escritorio.
Este hombre tenía en sus manos la vida, el futuro de una niña y se
comportaba como si nada. Me pregunto cuántas vidas ha destruido con su
indiferencia o tomando decisiones convenientes para sus amistades.
—Su Señoría —dijo Gareth, poniéndose de pie—. Antes de empezar
creo que debería leer el último informe, hay informaciones muy...
—Señor White, no le he dado permiso para hablar.
—Mis disculpas, Su Señoría, pero teniendo en cuenta que los Sanders no
son familia de Olivia Garrett esta audiencia es una pérdida de tiempo —dijo
Gareth y es ahí cuando se desató el infierno.
—¡Su Señoría! —exclamó el abogado de los Sanders.
—¿Dónde está ese informe? —preguntó el juez.
El secretario se acercó para ayudarle a buscar el informe, tardó unos dos
segundos en hacerlo. Al juez le tomó diecisiete segundos para leerlo, lo sé
porque conté. Levantó la mirada del informe y nos miró, a Gareth y a mí,
con furia.
—El informe no es válido, se necesita un laboratorio independiente —
declaró el juez.
—Hay otros cinco informes y no solo de laboratorios independientes,
hay uno del hospital donde nació la niña, Su Señoría —dijo Gareth.
—Eso es imposible —protestó el otro abogado.
—Fred Sanders no es el padre de Olivia Garrett, pido la... —dijo Gareth,
pero fue interrumpido por la señora Sanders.
—¡Esa niña es mi nieta, vi cuando Fred la violó! —gritó la mujer.
La miré sin creer lo que acababa de decir. Sentí la mano de Ian sobre mi
hombro y cuando me giré vi algo en sus ojos y ese algo rompió mi corazón.
Remordimientos.
Lo vio.
¿Cómo?
¿Quién?
Lo que pasaba en la sala había dejado de importarme, en lo único que
podía pensar era en que alguien vio, no solo Olivia, Liz y Sarah, alguien
más. Las cámaras, había muchas en el sótano, pero siempre pensé que eran
para vigilarnos.
¡Dios!
¿Qué han hecho?
Escuché a medias como el abogado de los Sanders intentaba justificar las
palabras de la mujer, pero lo que estaba diciendo no llegaba a penetrar la
niebla que se había apoderado de mi cerebro.
No reaccioné ni siquiera cuando entraron en la sala cuatro hombres
vestidos de traje y un montón de policías, creo que también había un
reportero grabándolo todo. Juró que pensé que venían a por mí, que alguien
se había enterado de lo que hizo Isabella y venían a arrestarme.
Pero no, los hombres se detuvieron delante del juez.
—Maurice Collins, queda detenido por corrupción, tráfico de personas,
malversación de fondos. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo
que diga puede ser usado en su contra en la corte...
Quise reír, pero estaban grabando y no necesitaba que la gente se
preguntase por qué me parecía divertido ver como arrestaban a un juez.
Pero pensando en las acusaciones a lo mejor debería reírme.
El juez tampoco se lo creía.
—Pero esto... no puede ser... yo no... —murmuraba, pero fue en vano.
Lo esposaron y se lo llevaron.
Fin de la historia.
O no.
Inmediatamente entró otro juez, mejor dicho, una jueza. Mucho más
joven y con una expresión más amable.
—Su Señoría, Marie Irvine —presentó el secretario sin tener que repetir
todo el proceso de levantarnos y sentarnos.
—Señores abogados, ¿necesitáis una pausa o podemos continuar? —
preguntó ella.
—Podemos continuar, Su Señoría —dijo Gareth y el otro abogado
aceptó también.
—Muy bien, vamos a ver que tenemos aquí —dijo la jueza.
Leyó los informes y lo hizo de verdad.
—Por lo que veo no hay necesitad de una audiencia, la menor no tiene
ninguna relación con la familia Sanders...
De nuevo mi mente se bloqueó, por las expresiones de los Sanders y su
abogado entendí que habíamos ganado, pero en lugar de celebrar mi cerebro
volvía a recordar las palabras de la mujer.
Vi cuando la violó.
Ian lo sabía, él también lo había visto y no me lo había dicho. ¿Por qué?
¿Por qué no decírmelo? Confiaba en él, le conté sobre lo que viví ahí
dentro, cómo me sentí con la muerte de mis padres.
¡Maldita sea!
Confiaba tanto en él que estaba preparada para entregarle a mi hija.
¡Estúpida! Confiar la vida de mi pequeña en un hombre que me mintió.
La jueza seguía hablando, golpeó con su martillo y luego se puso de pie.
Se marchó y empezaron los gritos.
Los Sanders gritaban y me miraban furiosos, el policía que estaba en la
sala tuvo que ponerse delante de la mujer cuando esta se abalanzó con
intención de pegarme. Pero no solo ese hombre intervino para protegerme,
Ian también.
Él puso el brazo sobre mis hombros y me dirigió hacia la salida,
necesitaba su ayuda, pero su mano sobre mi quemaba. Quemaba peor que
las pesadillas.
Salimos del juzgado y una vez fuera me detuve. Ahí en el medio de las
escaleras me giré hacia él y lo miré.
—¿Cómo?
—Nena, ahora no es el momento —dijo Ian.
—Ahora sí, Ian. Dime cómo es posible, dime cómo esa mujer fue testigo
de mi violación y, por Dios, Ian, dime cómo es que tú lo sabías y no me lo
dijiste.
—Ahora. No.
Me agarró de la mano sin mirarme, giré la cabeza hacía donde miraba él
y vi un grupo de reporteros.
—Ellos también me han visto, ¿no? —espeté —. ¿Qué más da si me ve
discutiendo en medio de la calle?
—Ellos no, Sam. Detrás —susurró Ian.
Los vi.
Atrás, en la calle al lado de un coche negro, estaban cuatro hombres.
Altos, musculosos y aterradores. Ropa oscura, tatuajes, cicatrices en el
rostro de uno de ellos. Me recordaban tanto a Fred que no pude detener el
escalofrío que me recorrió.
—No te muevas —ordenó Ian.
No lo haría, aunque quisiera, estaba paralizada.
—¿Ian?
—Kevin, ¿dónde estás? Necesito ayuda —dijo Ian.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza sobre el pecho de Ian, él me apretó
con fuerza, y recé. Había dejado de rezar después de los primeros días en el
sótano cuando vi que nadie acudió para rescatarme.
Ian maldijo.
—Ian, ¿qué quieren?
Él no me respondió.
—Vamos a caminar despacio hacia el coche, no sueltes mi mano y si te
digo que corras hazlo sin mirar atrás, ¿entiendes, Sam?
Asentí y bajé las escaleras con las piernas temblando. ¿Qué digo? Todo
mi cuerpo estaba temblando. Al mismo tiempo los hombres empezaron a
caminar no hacia nosotros, hacia el coche de Ian.
—¿Nena?
—¿Qué?
—Te encontraré, espera todo el tiempo que sea necesario. Vendré, Sam.
Lo juro.
Y luego pasó.
Otro coche paró detrás del nuestro, otro delante y de ellos bajaron otros
hombres. No les conté, solo sé que eran muchos y ahí en las escaleras del
juzgado ocurrió.
Uno de los hombres se acercó a Ian.
—Solo la queremos a ella, tú puedes irte tranquilo —le dijo a Ian.
Tú, Sam, tú estás en peligro.
Lo había olvidado. Pero ¿por qué?
—Eso no pasará —respondió Ian.
Entonces pasaron dos cosas.
Mi corazón y mi cerebro se pusieron de acuerdo. Amaba a Ian.
Y justo en el momento en que esas palabras tomaban forma en mi cabeza
escuché el disparo. Me asusté, tonta de mí. Pensé que habían disparado a las
ruedas del coche para impedirnos irnos. Pensé, no sé en qué pensé, pero
seguramente no pensé que podrían disparar a Ian.
Lo habían hecho.
Sentí cómo su mano me soltaba, luego lo vi caer. Ahí en las escaleras del
juzgado, en la mañana y delante de las cámaras de un grupo de reporteros.
Mataron a Ian.
Grité.
O creo que lo hice.
Me agaché para ayudar a Ian, pero no llegué a hacerlo. Alguien me
agarró y me alejó de él. Me alejaron del todo.
Grité y pataleé, pero fue en vano. El hombre que me sujetaba era muy
fuerte y me metió en un coche. Nadie se lo impidió.
Nadie.
Ni los reporteros ni una de las otras personas que estaban ahí.
—¿Qué quieren de mí? —grité.
El hombre que estaba a mi derecha empezó a reír y el de la izquierda me
miró de una manera que me hubiera asustado si no estuviera ya muerta de
miedo.
—Sonríe —me dijo un tercer hombre, uno que estaba en el asiento
delantero.
Me estaba grabando.
No sonreí.
Ese hombre le hizo un gesto con la cabeza al de la izquierda, gesto que
averigüé dos segundos después que significaba darme una bofetada para
obedecer.
—¡Sonríe, puta! —gritó de nuevo el hombre.
¿Sonreí? ¡No, maldita sea, no!
El hombre de la derecha puso las manos alrededor de mi cuello y me
giró hacia el de la izquierda, presionado poco a poco hasta que respirar se
volvió difícil.
—Sonreír, es lo único que tienes que hacer por ahora —me dijo el
hombre, tocando mi pecho con un dedo—. Sonríe y seré bueno contigo más
tarde, no lo hagas y deseas estar muerta.
¿Sonreír?
¿Cuándo mataron al hombre que amaba, cuando solo un día antes había
llegado a la conclusión de que no le tenía miedo a la muerte?
¡No, maldita sea, no!
Cuando me soltó y pude respirar, levanté la mirada hacia el hombre y lo
escupí. No fue una acción muy inteligente, pero valió la pena ver su
expresión. Lo vi levantar la mano y golpearme una y otra vez hasta que le
di la bienvenida a la oscuridad.
Isabella
Esto era una mierda. No, era un infierno, un lugar habitado por los
peores hombres de la humanidad.
Era después de la audiencia en el tribunal donde tuve que sentarme
detrás de Sam y ver a ese juez listo para quitarle la custodia. Ese juez era un
pedazo de mierda y no era solo un presentimiento, se convirtió en realidad
cuando en el medio de la audiencia llegó el FBI para arrestarlo.
La jueza que lo reemplazó era correcta y eso me hizo sentir mal cuando
decidió que los Sanders no tenían razón para pedir la custodia. No sé qué
hizo Sam o cómo lo hizo, pero esa prueba de ADN que aseguraba que Fred
Sanders no era el padre de Liv era falsa.
Era después de que Sam me miró como si la hubiera traicionado de la
peor manera. Sí, sabía que en la web había videos con Sam, lo sabía y no se
lo había dicho. No había encontrado ni el momento ni la manera oportuna
para hacerlo.
El domingo fue una verdadera locura, mi familia, Sam y Liv, la cena, el
tiempo que quería pasar con todos ellos. Todo eso y el miedo a no poder
ayudarla y protegerla habían acabado conmigo. Ni siquiera había sido capaz
de abrir el archivo de El Tigre, Kevin prometió llamar a un amigo para ver
si lo conseguía, pero de todos modos esa ayuda iba a llegar tarde.
Era después de fallar a Liv y dejar que se la llevaran de nuevo. Estaba
demasiado seguro de que esos hombres no actuarían frente a tanta gente,
pero estaba equivocado. Sentí el dolor causado por la bala al atravesarme y
por un momento no lo creí posible, necesitaba ser fuerte y proteger a Sam,
pero nuevamente me equivoqué.
Sentí como se me iban las fuerzas y como se cerraban mis ojos. Lo peor
fue sentir la mano de Sam deslizarse de la mía. Y luego nada, oscuridad
hasta unos momentos más tarde cuando desperté en la ambulancia y los que
me atendían no quisieron escucharme y me pusieron algo para dormirme.
Me desperté mucho más tarde en el hospital y ahí tuve suerte con la
doctora. Ella me ayudó y pude ir a buscar a Sam. Kevin estaba en la sala de
espera haciendo exactamente eso, esperando noticias y el pobre se llevó una
sorpresa al verme de pie cuando media hora antes le habían dicho que
estaba en cirugía.
Yo también cuando vi el vendaje que cubría mi abdomen, pero la doctora
me inyectó algo antes de irme y no sentía nada de dolor. No sentía nada
excepto rabia y miedo por Sam.
No quería pensar en que le podrían haber hecho durante las horas que
estuvo con ellos y aunque Ava me dijo que estaba bien no iba a creerlo
hasta verlo por mí mismo.
Ava, esa mujer era mucho más de lo que dejaba ver. Fue ella la que me
recogió en la puerta del hospital en un todoterreno negro, iba acompañada
de dos hombres vestidos de negro y de Vladimir Lazarov.
No sé si fue por lo que me había inyectado la doctora antes, pero no me
pareció extraño ir a rescatar a mi mujer acompañado del asesino más cruel
del mundo. El FBI lleva años buscándolo, pero, aunque lo hicieran no
podrían hacerle nada. Sabían a lo que se dedicaba Lazarov, pero no tenían
ni una prueba.
Durante el camino me informaron sobre lo que íbamos a hacer. El plan
era sencillo.
—Entramos, neutralizamos y rescatamos a las chicas —había dicho Ava
mirando fijamente a Vladimir—. Y por neutralizar quiero decir que los
quiero vivos, tengo planes.
—¿Puedo mirar? —había preguntado él.
—Puedes si prometes no intervenir.
La doctora me había drogado, no encontraba otra explicación al hecho de
estar en el coche con dos personas, una de ellas un asesino muy temido, y
sonreír mientras ellos hablaban sobre ¿estacas?
Pero al final llegamos al almacén, me armé con las armas que me prestó
Ava y entramos. No estábamos solos, había por lo menos otros veinte
hombres y por lo que he visto sabían que era lo que tenían que hacer.
Había cuatro equipos ya en sus posiciones, cuatro y con los que habían
llegado con nosotros eran por lo menos otros tres. No sabía lo que se traía
Ava entre manos, pero estaba agradecido. La mayoría de los secuestros
terminaban con la muerte de los rehenes, entre que los infractores no tienen
escrúpulos y que la policía necesita seguir unas reglas los rehenes tenían
muy pocas posibilidades de sobrevivir.
Más de una vez rompí la regla de Ava, neutralizar no matar, pero la
situación lo requería. Había ido a rescatar a Sam no a dejarme matar. Y más
de una vez usé más fuerza de lo que era necesaria. Era como si todos esos
años de reprimirme, de seguir las reglas, de tratar bien a los delincuentes
habían tomado control de mi cuerpo y mente.
Ahora tuve la oportunidad de hacerles pagar por llevarse a Sam, pagar
por el primer niño asesinado que tuve que investigar, por esa madre que
perdió a toda su familia solo porque su marido fue testigo de un crimen.
Pagaron por todos los casos sin resolver, por todos los criminales que no
terminaron en la prisión porque tenían dinero y relaciones.
¡Que se jodan!
Estaba esposando a un hombre cuando escuché a Vladimir llamarme,
dejé al hombre inmovilizado en el suelo y me asomé a las escaleras. Al
principio no entendía que era lo que quería de mí, pensé que necesitaba
ayuda con la mujer y la niña que estaban a su lado.
La mujer tenía el rostro amoratado e hice una mueca al pensar en cuanto
dolor debía sentir esa pobre mujer. Pero luego vi el pelo, rubio. El vestido
negro que a pesar de las manchas de sangre era fácil de reconocer.
Quise mirar a los ojos a la mujer, pero no era posible y no solo por la
distancia, los tenía tan hinchados que era un milagro si podía ver algo.
Bajé las escaleras en cinco segundos y me detuve delante de ella.
De Sam.
Levanté la mano para tocarla, pero me detuve a medio camino
preocupado por no hacerle daño. Ella puso la mano sobre la mía y la llevó a
su mejilla. Despacio me acerqué y la abracé.
—Quiero el nombre del hombre que se atrevió a pegarla —le dije a
Vladimir—. Lo quiero ya.
Sentí a Sam estremecerse en mis brazos, pero era algo que tenía que
hacer. Si no he sido capaz de protegerla por lo menos podré vengarla, nadie
golpea a mi mujer. Nadie.
—Ian —murmuró Sam.
—Aquí estoy nena, estás a salvo.
—Pensé que estabas muerto —susurró ella con los labios sus labios
apretados contra mi cuello.
—No, nena. Te prometí que vendría, ¿no?
Claro que podría haber muerto y dudo mucho que hubiera sido posible
rescatarla como fantasma, pero eso no fue el caso.
—Quiero irme a casa —dijo.
—Dentro de un momento —murmuré mirando a Vladimir que gesticuló
hacia un hombre tendido en el suelo.
Muerto.
Vladimir también había roto las reglas de Ava y en este momento no
estaba muy contento con él por quitarme el placer de matar a ese cabrón.
Con el brazo alrededor de los hombros de Sam quise darme la vuelta y en
ese momento vi a la niña que sostenía de la mano.
Rubia como Sam, con el cabello atado en dos coletas, los ojos verdes y
grandes, y maldita sea, el mismo miedo que había visto en los ojos de Sam
la primera vez que la conocí también se reflejaba en los ojos de la niña.
Tristeza, soledad, tanta desesperación que el poco control que tenía se
fue a la mierda.
—Vámonos —dije y los tres subimos las escaleras.
Las llevé hasta la primera ambulancia y las dejé al cuidado de los
médicos.
—¿Ian? —llamó Sam.
—Olvidé algo, ahora vuelvo —dije, besé su frente que era la única parte
de su cabeza que no estaba llena de moretones o cortes.
Me di la vuelta y volví al almacén.
—¿Dónde está Ava? —pregunté a uno de los hombres.
—Abajo, donde las jaulas, pero yo no iría —me respondió el hombre
haciendo un gesto con la cabeza hacia la pared donde otro hombre, de los
nuestros, estaba sentado en el suelo pálido como si hubiera visto un
fantasma. Uno que le hizo devolver hasta la primera papilla—. Johnson
estuvo en Irak, Afganistán y en muchos otros sitios que harían el infierno
parecerse un parque infantil, pero lo de abajo es demasiado para él. Tú
verás.
Asentí y bajé, no importaba lo que había ahí abajo yo necesitaba hablar
con Ava. Fui recibido por gritos y un olor a sangre insoportable, caminé por
el centro mirando las jaulas e intenté olvidar que Sam había pasado horas
ahí. No quería pensar en lo que le hubieran hecho si no hubiéramos llegado.
De repente los gritos cesaron y solo quedaron los sollozos, las
imploraciones.
—¡Dios, no! ¡No me hagas eso!
—¡Por favor, tengo mucho dinero! —decía un hombre.
Me detuve detrás de Ava y Vladimir, lo que estaba viendo parecía sacado
de una película de terror. En el suelo estaban sentados unos veinte hombres
desnudos rodeados de los hombres de Ava y todos miraban con miedo hacia
el centro de la sala.
No vomité. ¡Dios! Pero quise hacerlo, quise haber tomado el consejo del
hombre y no haber bajado, quise arrancar mis ojos. Porque he visto muchas
cosas en mis años de trabajo en el FBI, asesinatos, cuerpos quemados o que
habían sido sometidos a torturas, pero eso que estaba viendo ahora era
horrible, no había atrocidad más grande que meterle a un hombre una estaca
por el trasero y sacarla por la boca.
—¡Jesús Cristo! —murmuré.
—White, ¿no te habías ido? —preguntó Vladimir.
—No, y me arrepentiré el resto de mi vida —dije y él se echó a reír.
Vladimir se echó a reír a solo dos metros de donde un hombre estaba
atravesado por un estaca.
—¿Necesitas algo más, Ian? —preguntó Ava.
—Sí, pero se me ha olvidado. ¿Quién mierda hizo eso?
—Yo —declaró Ava orgullosa —aunque, tengo que reconocer que no es
tan divertido cómo pensaba.
Miré hacia el hombre, luego hacia los otros que estaban esperando su
turno y a las estacas que estaban clavadas en el suelo esperando a las
siguientes víctimas.
—Divertido no es la palabra que elegiría yo —murmuré.
—Claro que no, tú eres de los buenos —declaró Ava.
—Nosotros también lo somos, ¿recuerdas, Ava? —dijo Vladimir.
—Buenos, pero usamos métodos poco ortodoxas. Pero, en mi defensa,
tengo que decirte, Ian, que tenía ordenes de dar un castigo ejemplar. El
próximo hombre que quiera secuestrar a una mujer lo pensará dos veces
antes de hacerlo. Créame, una vez que vean este video perderán las ganas
—dijo Ava.
Sacudí la cabeza, la idea aunque era buena y estaba de acuerdo con
hacer lo que sea para prevenir los delitos, la tortura me parecía un poco
excesiva.
—Los videos de Sam, ¿puedes averiguar donde los tienen y borrarlos?
—pregunté recordando porque había bajado.
—Ya están borrados y los que todavía guardaban copias estarán pronto
castigados —dijo Vladimir.
—Gracias —dije.
—Será un placer —añadió Ava.
—Me voy antes de dispararme a la cabeza para no tener que recordar
esta imagen —dije.
—Te entiendo —dijo Ava —yo esperaba algo más de dolor, esto es muy
sangriento, pero en dos minutos mueren. Esto no es castigo suficiente.
—Me voy y Ava, por favor, deja pasar unas semanas. Mantente alejada
un tiempo hasta que pueda olvidar lo que he visto.
—No te hagas ilusiones, White, nunca lo olvidarás. Te atormentara hasta
el día que te mueras —dijo Vladimir.
Lo que me faltaba, les hice un gesto y me di la vuelta. Había terminado
mi trabajo ahí y era la hora de volver con Sam. Una vez arriba con ella
tuvimos problemas, la niña no quería separarse de ella y los de la
ambulancia no las dejaban ir las dos en la misma.
Como ni Sam ni la niña necesitaban cuidados con urgencia las subí a uno
de los coches de Ava y las llevé al hospital. Ahí la misma historia, querían
separarla y la niña empezó a llorar.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó la doctora que me había atendido antes,
la de los ojos morados.
La niña que se negaba a soltar a Sam se quedó hipnotizada por los ojos
de ella.
—Emily tiene miedo, no quiere separarse de mí, ¿no se puede quedar
conmigo? —preguntó Sam.
Isabella se agachó delante de la niña y le sonrió.
—Claro que sí, Emily. Puedes quedarte con Sam hasta que llegan tus
padres a buscarte. ¿Está bien?
—Mi padre era un drogadicto que murió antes de mi nacimiento y mi
madre dos años después. No llegarán —respondió la niña.
Encontré la mirada de Sam por encima de la cabeza de la niña y ella se
encogió de hombros.
—Lo siento, luego veremos lo que podemos hacer. Mientras tanto hay
que examinarte, a Sam también.
Isabella continuó hablando con Emily y la convenció, en unos minutos
se fueron juntas a una sala de consulta y otro médico llegó a consultar a
Sam.
La buena noticia era que nada estaba roto, excepto el labio que iba a
curarse solo y un corte feo en la ceja en el mismo lugar donde esa mujer la
había golpeado semanas antes.
La mala era que iba a tardar semanas en recuperarse. Le recetaron algo
para el dolor y la hinchazón y eso fue todo. La subieron a una habitación
donde Sam insistió en ducharse.
—Liv se va a asustar —dijo ella peinado su cabello mojado.
—Sí, pero creo que se va a asustar más si no te ve durante dos semanas.
Sam, ¿estás bien? —pregunté cuando se quedó con la mano levantada a
medias y con la mirada fija en el suelo.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que estuvimos en el juzgado?
—Quince horas, ¿por qué?
—Porque parece que fue más —murmuró ella.
Me acerqué e incliné su cabeza para mirarla a los ojos. No podía leer que
sucedía en su mente, no estaba triste o asustada. No sabía cómo se sentía.
—Sam, habla conmigo.
—Dímelo.
—¿Decir qué, Sam?
—Sin el no, dímelo sin el no —susurró ella.
Quería escuchar las palabras, lo que había ocurrido hoy la cambió, si era
para bien o para mal quedaba por ver. Pero por ahora podría tener a la mujer
que amaba en mis brazos y decirle lo que me pedía.
—Te amo.
—Yo...
—Tú sientes lo mismo —dije acariciando sus labios con mi índice—.
Sientes lo mismo.
Descansé mi frente contra la de ella y nos quedamos abrazados hasta que
escuchamos la puerta abrirse.
—¡Qué bonito!
Me giré hacia Ava y la miré con el ceño fruncido.
—¿Escuchaste lo que te dije? —le pregunté.
—Eso de dejar pasar tiempo? Sí, pero confío en ti, White. No eres de
esos debiluchos que se desmayan con un poco de sangre.
—¿Un poco? Ava, en serio, tienes que hacértelo mirar.
—Lo que tú digas, ahora necesito hablar con Sam —dijo ella.
—¿Qué pasa?
Ava se quedó callada unos momentos antes de sentarse en una silla, Sam
se sentó en la cama y yo me quedé de pie esperando. No me gustaba la
expresión de Ava, quién sabe que había ocurrido.
—Lo siento, Sam. Le prometí a Linc investigar el asunto y no lo hice, le
pasé el encargo a uno de mis hombres y él falló. Por nuestra culpa te
secuestraron.
—¿Te sientes culpable? —preguntó Sam.
—Sí, y créeme que es algo nuevo para mí.
—Será porque no es tu culpa, es de los hombres que lo hicieron. Tú no
has tenido nada que ver con el secuestro, Ava, así que puedes dormir
tranquila.
Resoplé pensando en cómo de tranquila podía dormir cuando su mente
era capaz de imaginar algo tan cruel.
—Tu novio considera que fui demasiado dura en administrar el castigo a
los responsables de lo sucedido —dijo Ava.
—¿Cómo de dura?
—No se lo digas, Ava. No dormirá el resto de su vida sin pesadillas —le
dije a Ava.
—Quiero saber —declaró Sam mirándome a los ojos—. Te dispararon,
mataron a la abuela de Emily y he visto lo que les hicieron a las otras
mujeres, por lo que me contaron el año que pasé encerrada por culpa de
Ryan fue como unas vacaciones comparado con lo tenían planeado para
nosotros. ¿Sabes qué querían hacer antes de la llegada de Ava? Obligar a
Emily a luchar con una de las otras mujeres, la que perdía iba a ser
violada...
—¡Jesús Cristo, Sam! Olvida lo que ha pasado —le dije.
—Escucha a Ian, Sam. Esos hombres no volverán a hacer daño a nadie y
un gran número de los que están afuera y quieren hacer lo mismo se lo
pensarán dos veces antes de hacerlo —dijo Ava.
—¿Sí? Permítame que lo dude, Ava. Nada los ha detenido hasta ahora, la
policía está corrupta, los jueces también. Esos no le temen a nada.
—¿Has escuchado hablar de Drácula? —preguntó Ava.
—¿El vampiro? Sí, pero no entiendo que tiene que ver esto con lo que
estamos hablando.
—No era vampiro, su nombre real era Vlad y era el príncipe de una
región de Rumania. Fue un gobernante autoritario, un tirano, pero lo único
que quería era paz. Castigaba a sus enemigos, a los ladrones y durante su
reinado había copas de oro en las fuentes que todos usaban para beber agua.
Nadie se atrevía a desobedecer, claro que al final lo mataron, pero ese
hombre fue cruel con los que lo merecían y el pueblo vivió tranquilo y el
país prosperó. Así que su método funciona y te aseguro que el miedo a un
empalamiento funcionara hoy. Créeme, Sam, muchos se lo pensaran dos
veces después de ver el video de hoy.
—¿Qué video? —preguntó Isabella.
—Este —dijo Ava mostrándole el teléfono móvil.
Isabella miró durante unos segundos, luego a Ava, de nuevo al video y
otra vez a Ava.
—Ava, ¿cómo te lo digo? —preguntó Isabella.
—Sencillo. Buen trabajo, Ava —respondió Ava.
—No, no es eso. El empalamiento, aunque no dudo que sea efectivo,
es... ¡Dios! Ni siquiera puedo encontrar una palabra para describirlo.
—Cruel —murmuré.
—¿Empalamiento? —preguntó Sam.
—Una estaca metida... —empezó Isabella, pero en ese momento llegó
Emily con una enfermera y se calló.
La niña fue corriendo hacia Sam y se sentó a su lado.
—¿Estás bien, Emily? —le preguntó Sam.
—Sí, ¿podemos llamar a Daphne ahora? No quiero dormir en el hospital
—dijo la niña.
Sam la miró con el ceño fruncido y luego giró hacia Isabella.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó esta.
—Emily no tiene a nadie y le conté sobre Tina y Daphne, una pareja
encantadora del pueblo que llevan años esperando adoptar. Creo que las tres
formarían una familia perfecta —dijo Sam.
—¿Apellido? —pidió Isabella sacando su teléfono del bolsillo.
—Grimm.
—Vamos a ver —murmuró Isabella tecleando en su teléfono y solo en
unos momentos miró a Emily y sonrió—. Tina y Daphne son perfectas,
¿quieres irte a vivir a una granja?
—¡Sí!
Me quedé ahí de pie escuchando a Isabella, Sam y Emily hablando y
haciendo planes y no podía creerlo. Había sido un día infernal.
Me dispararon, secuestraron a Sam y ahora mismo ella estaba charlando
como si nada de eso hubiera ocurrido, como si no me había despertado con
un agujero en el abdomen y sabiendo que ella estaba en manos de unos
hombres que no iban a dudar en hacerle daño.
¿Qué mierda estaba pasando aquí?
Escuché a Sam decir mi nombre, pero no podía focalizar. ¡Dios! Ni
siquiera podía recordar donde demonios estaba, pero sabía que tenía que
hablar con Sam. Tenía que decirle algo importante.
¿Qué era?
Capítulo 19
Acaricié la frente de Liv, pasé los dedos por su fino cabello pensando en
el momento en que podré hacerle coletas y ponerle lazos de todos los
colores. Ahora no aguantaba ni el más pequeño de los lazos, los notaba
enseguida y no paraba hasta quitarlos y tirarlos al suelo.
Mi pequeña.
Fruncí el ceño pensando en las últimas horas, muchas horas sin ver a
Liv. Horas en las que volví a sentir miedo, a que me hagan daño, a perder a
alguien amado. Pero esta vez no tuve que esperar un año, solo unas horas y
llegaron a rescatarme. Y no solo a mí, a Emily también.
Entendía muy bien lo que era estar solo en el mundo, pero
afortunadamente pudimos ayudar a Emily. Y sí, la suerte estaba de su lado
después de todo lo que había sufrido la pequeña. Vio cómo mataban a su
abuela, la secuestraron y tuvo que enfrentarse al hecho de que iba a
quedarse a la merced de desconocidos.
De alguna manera en esas horas que pasamos juntas en el sótano se creó
una conexión entre nosotros, ella confiaba en mí y yo le había cogido
cariño. Con la ayuda de Isabella le encontramos una nueva familia, una
dispuesta a cuidarla y a amarla como se merecía.
Tina y Daphne estaban en la ciudad celebrando su aniversario y cuando
las llamé aceptaron venir enseguida al hospital. Para ese momento Ian
estaba tumbado en mi cama inconsciente. En un momento estaba de pie y al
siguiente se cayó golpeándose la cabeza con la esquina de la mesa.
Isabella tuvo que darle puntos y mientras lo hacía me explicó que le
había dado un medicamento contra el dolor, uno experimental para darle la
fuerza que necesitaba. Al parecer Ian ni siquiera se había despertado bien de
la anestesia y quería bajarse de cama para ir a buscarme.
El efecto de ese medicamento despareció cuando estábamos hablando y
el cuerpo de Ian cedió con la mala suerte de hacerse una nueva herida. Lo
tumbaron en mi cama y lo dejamos bajo la supervisión de una enfermera
mientras íbamos a otra sala para reunirnos con Tina y Daphne.
—¡Dios! ¿Qué te ha pasado? —preguntó Tina.
—Es una larga historia —dije y de repente me di cuenta de que
habíamos hecho mal las cosas.
Le dijimos a Emily que iba a tener una familia antes de hablar con ellas,
¿y si ellas no la querían? Podrían haber cambiado de opinión en las últimas
semanas.
—Su nombre es Emily, tiene diez años y no tiene familia. Si quieren
adoptarla...
Ni siquiera pude terminar de hablar y Tina ya estaba de pie, Daphne me
miraba con la boca abierta y yo no tenía idea de lo que pasaba.
—¿Una niña? —susurró Daphne.
—Sí.
—¿Cuál es el truco? —preguntó Tina.
—No hay truco —intervino Isabella—. Emily necesita una familia y
después de verificar hemos llegado a la conclusión de que vosotras podéis
ser esa familia. No hay periodo de espera, no hay visitas imprevistas de los
trabajadores sociales. Vais a conocerla y si no hay problemas por parte de
Emily os la podéis llevar a casa esta noche.
—Repito, ¿cuál es el truco? —insistió Tina.
—Sin trucos, Tina. La vida de Emily no ha sido fácil y necesita un hogar.
Por ella y por vosotras haremos un truco y ese es que si ella acepta esta
noche os vais a convertir en una familia. Tendréis todo nuestro apoyo en
todo lo que hará falta y lo único que tenéis que hacer vosotros es amar a esa
niña.
—¿Cuándo podremos conocerla? —preguntó Daphne.
—Ahora mismo —le respondí.
Fui a buscar a Emily a la otra sala y cuando entramos ella se quedó en la
entrada mirando fijamente a las dos mujeres que podrían convertirse en su
familia. Lo hizo durante mucho tiempo, mirando en silencio mientras que
nadie se atrevía a decir nada. Excepto Daphne, ella le sonrió.
—Te pareces a mí —dijo Daphne—. Incluso tenemos el mismo corte de
cabello.
Poco a poco, contando nimiedades sobre cabello y peinados, sobre la
granja y el pueblo, anécdotas sobre Tina, Daphne se ganó a Emily. Una hora
más tarde seguían hablando a pesar de que la pobre Emily se caía de sueño.
Isabella llevó a las tres a una habitación para que la niña descansara.
Yo también quería dormir y volví a la habitación donde Ian estaba
dormido bajo los efectos de lo que sea que le había dado de nuevo Isabella.
Esa mujer era un peligro con sus inyecciones. Me subí a la pequeña cama,
puse la cabeza sobre el pecho de Ian y me dormí.
Me desperté cuando sentí a Ian moverse.
—Buenos días —dije besando su mejilla.
—Buenos días, ¿puedes decirme por qué me siento como si me hubiera
atropellado un camión?
—Isabella lo sabe mejor, yo solo puedo decirte que estuviste bajo los
efectos de no sé qué droga.
—Y yo pensaba que Ava era peligrosa —murmuró Ian.
—A mí me gusta Ava, aunque Isabella es mi persona favorita —dije.
—¿Será por su ayuda con una prueba en especial?
—Por eso y por hacer feliz a tres personas. Emily, Tina y Daphne serán
una familia perfecta. Ya lo verás.
—Hablando de familias, ¿qué te parece si nos vamos a casa?
Nos fuimos a casa después de esperar dos horas la llegada de Isabella
que a pesar de no haber dormido más de unas horas se veía como siempre,
feliz y sonriente. Dijo que no iba a desperdiciar su tiempo en intentar de
convencer a Ian que era mejor quedarse en el hospital y que yo era médico,
debía cuidarlo. Luego ella echó un vistazo a mi cara y llamó a Ayala para
cuidarnos.
Tenía tantas ganas de llegar a casa y ver a Liv que no protesté. Sabía que
ella estaba bien, había hablado con Nora y me aseguró de que todo iba muy
bien. Había cogido las bolsas de leche congeladas de mi casa y no hubo
problemas con el biberón. Lidia y Rachel se habían quedado y con tanta
gente alrededor Liv no tenía tiempo para echarme de menos.
Dudaba que eso era verdad, ella nunca había dormido sin mí por la
noche y seguramente lloró hasta quedarse dormida. Quería llegar a casa,
abrazarla y seguir con nuestras vidas.
Con Ian.
Isabella nos envió a casa en una limusina, a veces era bueno tener
amigos ricos. Es ahí donde Ian decidió que era el momento de pedirme
disculpas.
—Lo siento, Sam. No sabía cómo decirte sobre los videos.
—¿Qué videos? —pregunté, aunque tenía una idea no estaba del todo
segura.
—Ryan Lawson era un hijo de puta desesperado por dinero y tenía las
cámaras grabando y emitiendo live todo el tiempo que estuviste
secuestrada. Hay mucho enfermo en el mundo que se divierte viendo
mujeres en jaulas.
—Y sus padres lo sabían. ¡Dios! ¿Cuántas personas habrán visto lo que
me ha pasado?
No solo Olivia, Sarah y Liz. No, había Dios sabe cuántas personas
viendo como Fred me violaba. Han pagado por verlo, pagado y no hicieron
ni una maldita cosa por ayudar. Claro que no, si ellos pagan por verlo no
iban a avisar a la policía, ¿no?
—No lo sé, pero Ava dijo que recibirán su castigo y que los videos han
sido borrados. No queda rastro de lo que ha pasado.
—Sí, queda —dije pensando en mis pesadillas, en Liv.
—Según Ava, los Sanders sabían lo que iba a pasar y querían quitarte a
Liv antes, aunque la verdad es que no tiene sentido. Si solo hubieran
esperado hasta tu secuestro el estado les habría dado la custodia de Liv sin
problemas.
—¿Lo sabían?
—Sí, Ryan tenía un socio que siguió con el negocio después de que este
entró en prisión. Un tal Ferguson, amigo de los Sanders, que les dijo que
recibían muchas peticiones y que te quería de vuelta.
—Espero que Ava le metió esa estaca hasta el...
—No lo digas, Sam —me interrumpió y lo miré sonriendo.
Sí, soy mala persona, pero ¿quién puede culparme? A veces unos años
en la prisión no son suficientes, hay que ser más duro.
—Ven aquí —me pidió Ian, me quité el cinturón y me acerqué. Él me
abrazó y besó mi cabeza—. Sabes que voy a preocuparme si te veo con Ava
o con Isabella, ¿no?
—No, ¿por qué?
—Porque con tus ganas de venganza y sus recursos ilimitados Dios sabe
que haréis las tres.
—Por ahora no quiero nada más que llegar a casa, que se curen mis
labios para darte un beso en condiciones y vivir tranquila para el resto de mi
vida.
—Es un buen plan —murmuró Ian.
Sí, señor.
Un plan genial y durante unos días lo fue.
Llegamos a casa donde Liv lloró media hora cuando me vio y eso que
había usado la trusa de maquillaje que me prestó Isabella para esconder el
daño de mi rostro, pero no fue suficiente. Liv, aunque era un bebé notó que
algo no estaba bien. La pobre se quedó dormida llorando en mi pecho,
suspirando tanto que me rompía el corazón.
Pero poco a poco las cosas volvieron a la normalidad.
Uma se fue.
Es el nombre de la mujer, de la madre del hijo de Ian. ¿Su novia? ¿Su
amante? No tengo idea de quién es, pero lo averiguaré pronto, muy pronto.
Se fue después de repetirme una vez más el mensaje para Ian.
Se fue, pero en realidad no lo hizo. Seguía viéndola en mi porche, la
imagen de esa mujer hermosa y embarazada no se iba de ahí. Se había
quedado grabada en mi mente.
Había tantas cosas pasando por mi cabeza que no podía concentrarme en
solo una. Primero los celos. Ian tuvo una relación con esa mujer que era
perfecta, solo con una mirada te dabas cuenta de que no había nada mal con
ella. Ni traumas ni secuestros que llevan a uno al hospital con un agujero en
el abdomen.
Luego estaba la traición. Él lo sabía y no me lo había dicho, iba a ser
padre y se lo ha guardado para él mismo. No tenía muy claro porque, él era
un genial con Liv. Le cambia el pañal, ayuda a la hora del baño e incluso se
despierta por la noche y la trae a la cama cuando le toca la toma.
Podría ser porque seguía teniendo una relación con ella y yo era la
amante, aunque eso era un poco difícil de creer. Estaba todo el tiempo
conmigo, al menos las últimas dos semanas no nos hemos separado excepto
las horas de trabajo.
Pero ¿qué sé yo sobre engaños? Hay tantas mujeres engañadas por sus
maridos que nunca se enteran y al revés también. No iban a ser tan
estúpidos como para dejar pruebas del engaño a vista de la pareja, lo
esconden, por ejemplo, durante el horario de trabajo o las visitas a la
ciudad.
Y al final lo que ganó fue la furia.
Estaba harta de sufrir. ¡Maldita sea!
Las horas pasaban y mi furia aumentaba. Cené con Liv, la bañé, jugué
con ella y la acosté. No sé cómo lo hice sin perder la paciencia ya que la
niña debió de notar mi malhumor y se contagió de lo mismo. No quiso
cenar, lloró durante el baño y tardó una hora en quedarse dormida.
Al final lo conseguí y bajé al cuarto de estar a esperar a Ian. Eran las
nueve.
Y luego las diez.
A las once recibí un mensaje de él.
Surgió algo, llegaré tarde a casa. No me esperes.
—Muy bien, Ian. No te esperaré —dije en voz alta.
Me duché y me fui a dormir. Sola por primera vez desde el secuestro y
mis ojos no se cerraron ni siquiera por un minuto. Fue imposible. Mil cosas
daban vueltas por mi cabeza y ni una era buena.
Al enfado inicial se le añadió eso, por su culpa no podía descansar. Claro
que estaba exagerando, pero ya no podía pensar con claridad.
A las seis de la mañana me levanté de la cama y bajé a la cocina. ¿Para
qué? Ni idea, lo hice por hacer algo.
Ian no había vuelto.
Y mientras me tomaba el café pensando en qué desayunar vi su coche
aparcado delante de su casa. O la de Linc, lo que sea, la casa en la que vivió
hasta hace unas semanas. Aunque el primer impulso fue de ir y hablar con
él me convencí de que no era una buena idea. Debía esperar.
Eso no me fue muy bien.
A las diez de la mañana Sarah llegó a recogerme para ir a la ciudad,
había quedado con las chicas para almorzar e ir de compras.
—Buenos... ¡Dios! Nada de bueno para ti hoy —dijo Sarah cuando le
abrí la puerta.
—He tenido una mala noche, Sarah, y no quiero hablar de ello.
—Sí, claro. A ver si convences a Olivia de eso —espetó ella entrando y
cogiendo a Liv de mis brazos —. ¡Hola, cielo! Tú sí que has dormido bien,
solo hay que ver esta sonrisa preciosa —le dijo a Liv.
—Sabes que no te puede contestar, ¿no?
—Sabes que puedo llevarme a tu hija y dejarte aquí con tu malhumor,
¿no?
Me callé, Sarah no tenía la culpa de que yo estaba nerviosa. Mientras
caminaba hacia el coche de Sarah me di cuenta de que iba a seguir igual
hasta hablar con Ian.
—Ahora vuelvo —dije poniendo a Liv en los brazos de Sarah.
Corrí hacia la casa de Ian y entré sin llamar.
—¿Ian?
—¡Aquí!
La voz de Ian llegó desde la cocina y al llegar lo vi sentado tranquilo a la
mesa desayunando.
¿Qué mierda?
Iba sin afeitar y su cabello estaba desordenado, pero salvo eso estaba
como siempre. Guapo, demasiado guapo para mi bien.
—Me voy a la ciudad —dije.
—Que te diviertas.
Abrí la boca para repetir sus palabras, pensaba que al decirle en voz alta
me daría cuenta de que me estaba imaginando la indiferencia de su tono. Su
maldita frialdad. Mis sospechas se convirtieron en verdaderas.
Ian, todo lo nuestro había sido una mentira. Nada de lo que vivimos fue
verdad, ni su amor ni su cariño. Parecía una pesadilla, pero no. Mi corazón
latía con fuerza, al menos lo hizo hasta que lo sentí romperse con la
desilusión.
Pero había una pequeña parte de mí que no quería renunciar tan fácil.
—Te esperé anoche —susurré.
—Llegué muy tarde y no quise despertarte —dijo Ian sin mirarme a la
cara.
—Ian, ¿hay algo que quieres compartir conmigo? —insistí.
—No, nada. Vas a llegar tarde.
Todo ese dolor, toda la lucha conmigo misma, con mis miedos, ¿por
esto? Por unas semanas de felicidad. Sí, el destino era muy retorcido.
¡Que se joda!
—Dice Uma que la llames —solté antes de darme la vuelta y salir de su
casa.
No vi la sorpresa en su rostro, en cambio lo escuché llamándome. Lo
ignoré y caminé más rápido, tuve suerte que Sarah tenía el coche encendido
y arrancó en cuanto me senté en el asiento.
—Echaba de menos algo de drama —dijo ella conduciendo, llevándome
lejos de Ian.
El Ian que se quedó en la acera mirando el coche alejarse.
¡Que se joda!
¿Y qué si se veía triste? Dijo que no tenía nada que compartir, pues que
así sea. No lo necesito, ¿a qué no? En mi cabeza imaginé lo que sería mi
futuro. Seguiría en Lake Spring, me gustaba el pueblo, el trabajo y no iba a
salir corriendo solo porque el hombre con que tuve una relación de un par
de semanas tenía novia e iba a ser padre en una semana.
No, señor. Iba a quedarme en el pueblo, pero primero me compraría una
casa. ¿Y que si esa casa era perfecta? Necesitaba tiempo y distancia antes
de poder mirar a Ian a la cara sin gritarle. O pegarle que también deseaba
hacerlo.
¡Que se joda!
Para cuando llegamos a casa de Olivia estaba más nerviosa de lo que
hubiera creído posible. La pobre Sarah no dejaba de echarme miradas
preocupadas.
—Cuidado, está de malhumor —advirtió Sarah a Olivia y Liz.
—¿En serio? Ya somos dos —dijo Liz.
—Válgame Dios —murmuró Olivia.
—Ni Dios ni nada —espeté, puse a Liv en brazos de Olivia y me dirigí
hacia el bar—. ¡Mierda! No puedo beber.
—Sí que puedes —dijo Liz.
Después de cuarenta minutos pasados en compañía del maldito extractor
tenía suficientes bolsas de leche para Liv, al menos para poder tomarme una
copa de vino. Olivia llamó a Greta para cuidar a Liv y cuando me vio salir
del cuarto de baño me miró triste.
—Y esta es la razón de que nunca quise un hombre en mi vida —dijo
ella. Se acercó y me abrazó—. Ya tienes una hija que te haga compañía, no
lo necesitas.
—¡Greta! —exclamó Olivia.
—¿Qué? Si te hace sufrir no merece la pena, ni un hombre lo merece —
declaró Greta cogiendo a Liv—. Nosotros estaremos en el jardín
disfrutando del sol, ¿a qué lo vamos a pasar bien, pequeña?
Se fue hablándole a Liv y las miré pensando que no era mala idea
quedarme soltera el resto de mi vida.
—Ni lo pienses —me advirtió Olivia.
Agarré la copa que puso en mi mano e hice una mueca.
—¿Zumo de naranja?
—Y champan, es lo único que puedes tomar con alcohol a esta hora —
dijo Olivia.
—Siéntate de una vez y cuenta que hizo tu hombre perfecto —me pidió
Liz.
Ella y Sarah estaban sentadas en el sofá y fui a tomar asiento en uno de
los sillones, tomé un sorbo de la mimosa antes de mirarlas y empezar a
hablar.
—¡No jodas! —exclamó Liz.
—Tampoco es para tanto —dijo Sarah.
—¿Cómo qué no? —pregunté.
—Pues no, no sabes si lo que te dijo esa mujer es verdad. Tienes tanto
miedo que te agarras a cualquier cosa.
—Yo no estoy haciendo eso —espeté.
Sarah fue la única que mantuvo mi mirada, las otras evitaron mis ojos.
—¿Y qué si lo hago? Es normal protegerme, no tengo porque dejar a Ian
que haga lo que le da la gana con mi vida. Yo necesito sinceridad y sí él no
es capaz de dármelo entonces no vale la pena perder mi tiempo con él.
—¿Y tú has sido sincera con él? —preguntó Olivia.
—Sí...
—No, deberías haberte quedado y hablar con él, pero en lugar de eso
elegiste lo que era fácil. Correr.
Lo hice, ¿no?
Creí cada palabra de esa mujer y cuando Ian no quiso hablar no insistí,
simplemente tomé la decisión de abandonarlo. Y yo decía que lo amaba, si
lo haría lucharía.
—¿Por qué no insistí? —murmuré en voz baja.
—Porque tienes miedo a que te hagan daño —dijo Sarah.
—¿Sabes qué? —pregunté poniéndome de pie—. ¡A la mierda con todo!
Necesito un coche y que cuiden a Liv.
—Toma mi coche —dijo Sarah al mismo tiempo que Olivia decía que
iba a cuidar a la niña.
Sonreí en agradecimiento y me fui. Conduje hasta Lake Spring
respectando el límite de velocidad y esas dos horas fueron muy extrañas.
Pasaba del enfado al miedo, de planear en detalle cada palabra que quería
decirle a Ian a tener ni idea de lo que quería.
Al aparcar detrás de su coche la decepción era la que me acompañaba. El
dolor y otros sentimientos que no quería reconocer que sentía los había
enterrado en el fondo de mi mente. Habrá tiempo más tarde de pensar en
ello.
No entré en la casa a pesar de saber que la puerta estaba abierta y de
tener las llaves en el bolso. Llamé y esperé. Será que mi mente había
reconocido el coche rojo que estaba aparcado al otro lado de la calle, no lo
sé, pero llamar pareció una buena idea.
—¿Sam?
Ian abrió la puerta y se sorprendió al verme, pero antes de que la
sorpresa tuviera tiempo de aparecer en su rostro vi otra cosa. Miedo.
¿Qué mierda?
—Necesitamos hablar —dije.
—Ahora está un poco ocupado.
Miré por encima de su hombro y ahí estaba ella, Uma, la embarazada. La
odiaba y no solo porque ella me había robado a Ian, también por cómo se
veía. Guapa con su tripa de embarazada, incluso podría ser la imagen de
una campaña de publicidad, era así de guapa.
Y yo, recuerdo la primera vez que me miré en el espejo. Fue cuando me
llevaron al hospital después del rescate, me dieron permiso para ducharme
después de gritar a las enfermeras que había pasado un año desde que me
duché y no iba coger en brazos a mi bebé sucia.
No lo hice antes, lo hice después de lavarme bien usando todo el gel de
ducha. Me miré desnuda en el gran espejo, ¿sabes qué vi? Una mujer
delgada, pálida, con una tripa de embarazada pequeña. Ni siquiera era
bonita.
—Sam, ahora no puedo...
—Tiene que ser ahora —interrumpí a Ian, entré en la casa y Uma hizo
una mueca.
—Si no lo has entendido, Ian está ocupado —espetó ella.
—Uma, esto no te concierne —dijo Ian.
—¿Cómo qué no? Estamos hablando de nuestro futuro —gritó ella y
tuve que recapacitar.
Uma podría ser la mujer más guapa del mundo, pero cuando gritaba y
dejaba salir toda la maldad era fea.
—Hablaremos más tarde, ahora, por favor, vete —le dijo Ian.
—¿Me estás echando?
—Sí, eso es lo que está haciendo —dije.
¿Dije fea? No, en cuanto empezó a maldecir se convirtió en una bruja.
La mitad de las palabras que usó ni siquiera sabía que significaban, bueno,
lo sabía, pero me costaba entenderlas.
Pero se fue, tomó su bolso y salió dando un portazo.
—¿Por qué has vuelto, Sam? —preguntó Ian sin mirarme, se había
quedado delante de la puerta.
—Necesito una explicación.
—Soy un idiota, ¿esta te sirve?
—No, pero antes de seguir necesito una copa de vino —dije.
Me fui a la cocina y después de buscar en los armarios renuncié y cogí
una botella de cerveza de la nevera. La abrí y tomé un sorbo.
—No me gusta la cerveza —murmuré, pero llevé la botella conmigo al
cuarto de estar.
Ian se había sentado en el sofá y tenía la cabeza baja apoyada en las
manos. Se veía tan mal que me costó mucho no ir a su lado y abrazarlo.
¿Quién era el idiota ahora? Me senté en el sillón al otro lado poniendo
distancia entre nosotros y esperé.
—¿Es tu novia? —pregunté minutos después cuando mi paciencia se
había agotado.
Ian levantó la cabeza y por primera vez encontró mis ojos, los suyos
reflejaban incredulidad y dolor.
—¿En serio me crees capaz de engañarte? No, mejor no respondas, y no,
no es mi novia. Lo fue, pero ya no.
—¿Y me vas a contar qué está pasando o seguirás mirándome cómo si
hubiera roto tu corazón?
—Salimos durante unos meses y ahora ha vuelto diciendo que yo soy el
padre de su bebé soy yo.
—¿Y lo eres?
—Lo dudo, pero lo sabré seguro después del nacimiento.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¡Joder, Sam! Has tenido suficiente en las últimas semanas, no quería
preocuparte.
—¿Y qué pensabas hacer? ¿Llegar un día con un bebé en brazos y
presentarme a tu hijo?
—¡No lo sé, Sam, no lo sé! —gritó Ian.
Se puso de pie y caminó hasta la ventana.
—Ian, ¿me amas?
Se giró rápidamente y la intensidad en sus ojos me congeló en el asiento.
—Vale, vale —dije sonriendo. Me amaba—. Entonces esperaremos el
parto.
—¿Esperaremos?
—Mira, Ian, he tenido una mala noche, una mañana igual y por lo que
veo tú quieres empeorar mi tarde también así que vamos a dejar claras un
par de cosas. Me amas, te amo y vas a tener un hijo con otra mujer y eso no
va a cambiar con nada nuestra relación, ¿correcto?
Ian asintió y empezó a caminar hacia mí.
—Ni lo sueñes —le advertí cuando se arrodilló delante de mí y tomó mi
cara en sus manos—. Necesito saber por qué no me lo contaste.
—Idiota, ¿recuerdas? —dijo él, suspiró cuando vio que no era suficiente
—. Toda mi vida he querido una sola cosa, encontrar a la mujer perfecta,
formar una familia, y la busqué, pero todas las mujeres con las que estuve
no solo que no eran perfectas, eran justo lo opuesto. Fui el novio perfecto,
ese que lleva flores a cada cita, que respecta a la mujer y no pide sexo en la
primera cita. Perfecto e idiota ya que cada una de esas mujeres me usaron y
al final se rieron en mi cara.
—Ian, no...
—Uma estaba viendo a otro hombre al mismo tiempo, uno mayor y con
mucho dinero. Por eso no sé con seguridad si ese bebé es mío. Fui idiota,
Sam, te busqué durante tanto tiempo y mi deseo de encontrarte nubló mi
mente. Tomé las decisiones equivocadas, hice las cosas equivocadas.
—Lo sigues haciendo, Ian. Deberías habérmelo contado.
—Lo haré, la próxima vez prometo decírtelo enseguida —dijo Ian.
—Por tu bien espero que no haya otra próxima vez. Si ese bebé es tuyo
tendremos que aguantar a la madre el resto de nuestras vidas y no creo que
podremos con más de una. Esa Uma es...
—¿Terrorífica?
—Maleducada diría yo.
—Samantha Garrett, ¿te he dicho cuánto te amo?
—No, hoy no —sonreí.
—Más que a mi vida, más que al aire. Me enamoré en el primer
momento en que vi tus ojos fulminándome, lo supe en el momento en que
nuestros labios se tocaron por primera vez. Te amo, Sam, y lo haré hasta mi
último día en este mundo.
—Bien, ahora puedes besarme.
—El romanticismo no es lo tuyo, ¿no?
¡A la mierda!
Incliné la cabeza y lo besé. Se me daba mucho mejor mostrar que decir.
Epílogo
Fin
Querido lector,
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Libros en esta serie
El pacto
Cuatro mujeres que amaban al mismo hombre. Cuatro mujeres encarceladas
por el mismo hombre. Cuatro mujeres decididas a reconstruir sus vidas.
Olivia tiene todo lo que siempre ha querido en su vida y todo lo que tiene
que hacer es ser feliz con su hombre perfecto. Su historia es El hombre
perfecto.
En las siguientes novelas seguiremos los pasos de Sam, Liz y Sarah hacia el
cumplimiento de sus sueños.
Sam dice que no necesita nada, pero las otras tres mujeres le mostrarán que
está equivocada.
Liz sabe lo que quiere y hará cualquier cosa para conseguirlo. El chantaje,
el secuestro, la seducción, todo para tener el anillo de John Ryder Brown en
su dedo. Y a él en su vida para siempre.
Sarah ... luchará para recuperar la casa de su abuela y lo hará contra su
familia y contra el hombre que hace temblar sus rodillas con solo una
mirada.
Espérame
Una historia de amor donde la realidad se mezcla con la fantasía, donde los
sueños se hacen realidad. Esta es una historia romántica y surrealista con
algunos toques paranormales.
Keira es una mujer joven que un día conoce a un hombre demasiado guapo
para ser verdad, pero cuando le ofrece el mundo ella se asusta.
Jace lleva años buscando a su pareja, la mujer que es su alma gemela y
cuando la encuentra no lo duda ni un momento.
Pero Keira se va y Jace tiene que convencerla de que su lugar está junto a
él. Él lo conseguirá, seguramente lo hará ... ¿lo hará?
Be happy!