LECTURAS DEL MIÉRCOLES 1 DE NOVIEMBRE DE 2017
(30ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 5, 1-12
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y
comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera
persiguieron a los profetas que los precedieron.»
Reflexión
El mundo nuevo, ya está en marcha; la llegada del Reino exige decisiones...
Por eso el Señor nos exhorta a ser misericordiosos, rectos, sinceros.
Las bienaventuranzas son camino a la eterna bienaventuranza.
Jesús promulga en un cerro, su Ley, ¨el programa del Reino¨
Esta ley de Jesús, ¨la nueva ley¨ no es un mandato de obligaciones, sino una invitación, un llamado libre.
Es la invitación a seguirlo, a ser como él.
Y esta invitación, no es sólo para sus discípulos, es también para la muchedumbre, en la que estamos representados todos
nosotros.
Las Bienaventuranzas, son las puertas de entrada en el reino de Dios, las leyes del nuevo pueblo de Cristo.
Y en nuestro mundo, que es tan contrario a estas leyes, necesitamos la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para comprenderlas
y asimilarlas.
Dice Jesús: felices los que eligen ser pobres; felices los que sufren; felices los sometidos; felices los no violentos; felices los
que tienen hambre y sed de justicia, del bien.
Las bienaventuranzas son una invitación a seguir el camino de Jesús. Son un llamado para todos los cristianos.
El mundo catalogaría las bienaventuranzas como las siete locuras de Cristo, pero para el cristiano son siete fuentes de
alegría.
El primer fruto de las Bienaventuranzas es el comenzar ya a adivinar en esta tierra la presencia del Dios vivo, el poder del
Espíritu Santo en nuestras vidas. Muchos no cristianos, como Ghandi, entendieron que ése es el camino para la verdadera
liberación.
Hay muchos cristianos que viven hoy las Bienaventuranzas, que son pobres de espíritu, que comparten con el necesitado,
que tienen una vida luminosa y transparente, que son solidarios con los oprimidos, que entregan su vida por el reino de Dios y
su justicia.
Hoy cabría preguntarnos, si nosotros vivimos las bienaventuranzas o si pensamos que son para otros.
María, nuestra Madre, las vivió plenamente, y su canto el Magnificat es la mejor expresión de que así fue.
Y muchos cristianos, las vivieron y no se equivocaron.
Decidámonos hoy a hacer vida las bienaventuranzas, con la seguridad de que sus frutos los recibiremos ya aquí en la tierra,
buscando el Reino de Dios y su justicia.
LECTURAS DEL JUEVES 2 DE NOVIEMBRE DE 2017
(30ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 25, 31-46
Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las
naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá
a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue
preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber;
estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.
Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?
Y el Rey les responderá: Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron
conmigo.
Luego dirá a los de su izquierda: Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus
ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me
alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.
Estos, a su vez, le preguntarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te
hemos socorrido?
Y él les responderá: Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron
conmigo.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.»
Reflexión
Hoy contemplamos a Jesús que vendrá al final de los tiempos con gran poder y majestad para juzgar –premiar o castigar- a
todos los hombres.
Nos sobrecoge la descripción que el Señor hace del Juicio final con el destino terrible de los condenados. Todos estamos en
camino hacia el gran Juicio final. Ante el trono de Dios no podremos esconder ni disimular nada. Tal vez tenemos miedo a
morir ante todo porque tememos ser avergonzados públicamente, y porque la sentencia será definitiva.
El texto bíblico nos presenta a Jesucristo como el Hijo del hombre en su gloria, como rey, juez del mundo y pastor que
separa las ovejas blancas de los cabritos negros.
¿No conocemos a Jesús como el Buen Pastor que va a buscar a la oveja que se perdió para llevarla de vuelta al rebaño? Aquí
el Buen Pastor asume rasgos de un juez muy severo. Parece que manda sin piedad a los cabritos de su izquierda a la
condenación eterna.
Se trata de una advertencia realmente grave que hace el Señor, ya que los dos grupos que separa no se percataban a quién
estaban haciendo el bien ni, mucho menos, a quién se lo negaban.
Y su ignorancia no los salvó ni los condenó, sólo fueron condenados por sus obras. Por las obras que hicieron o las que
omitieron hacer.
Las palabras de Cristo que la fundamentan, revelan que es decisivo, para salvarse o condenarse, cómo uno se ha portado para
con Él. Mientras Jesús vivía en esta tierra se lo podía encontrar entre los enfermos, entre los pobres de toda clase, entre los
marginados y excomulgados. Igualmente, hoy se lo encuentra en estos más pequeños de nuestros hermanos.
Este pasaje del Evangelio ilustra de una manera impresionante el mandamiento del amor de Jesús. Servir al hombre es servir
a Dios. Para conocer a Dios hay que mirar al hombre. Para encontrarse con Dios hay que salir al encuentro con el hombre.
Amando a la creatura, amamos al Creador.
Conviene recordar que no se trata de oponer el amor al prójimo al amor a Dios, o el servicio al hermano al culto a Dios.
Queda en pie que Jesús enseña el doble mandamiento de amor a Dios y al prójimo.
El texto de la descripción del juicio final es un texto didáctico que pretende instruirnos acerca de un solo aspecto de la vida
cristiana, sin ocuparse de otros. No se dice nada, por ejemplo de la necesidad de la fe para alcanzar la salvación. Se cometería
un grave error si se absolutizara este texto, y dejando de lado otros textos bíblicos igualmente importantes, se dijera que toda la
vida cristiana consiste sola y exclusivamente en la atención de los necesitados.
Jesús, con su palabra y con su ejemplo, nos enseña que para una vida realmente cristiana es imprescindible conocer su
Palabra, son fundamentales la oración, la catequesis y la celebración de los Sacramentos, especialmente la Santa Misa, si bien
todo eso quedaría vacío sin un sincero amor al hermano.
Con una imagen sugerente, la del pastor que dispone con absoluta libertad de su rebaño, nos ha advertido cómo piensa ser
Rey del universo: empezará a reinar cuando acabe de juzgar; con una decisión suya establecerá la suerte definitiva de sus
súbditos. Llegará el día - mal que nos pese, es nuestra fe - en que Jesús decidirá cómo va a ser Dios para nosotros, próximo o
alejado, y para siempre.
Celebrar el reino de Cristo, tener a Cristo como Rey supone hoy, poder sentirse acompañados y guiados por Él; pero implica,
también, tener que responder ante él y acatar cuanto él disponga.
Ése es el compromiso que tenemos que asumir hoy.
LECTURAS DEL VIERNES 3 DE NOVIEMBRE DE 2017
(30ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 14, 1-6
Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de
Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos
se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un
pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.
Reflexión
Jesús andaba con todos. No tenía reparos en juntarse incluso con fariseos. Pero donde estaba y con quien estaba actuaba
correctamente, llevando luz, verdad y vida. Toda ocasión era propicia para hacer el bien y esta, que se nos presenta en el
evangelio de hoy, con mayor razón. No deja de curar porque fuera sábado y nos da así una lección. El hombre no está sujeto a
las leyes, sino las leyes al hombre.
Esto es algo que olvidamos con suma frecuencia. Que esgrimimos como la fuente y razón de nuestros actos. «Es que la ley
dice…» «No puedo ir contra la ley…» «Mis abogados dicen…»
De esta forma y con estos argumentos pretendemos evadir nuestra responsabilidad en actos inhumanos, crueles y que afectan
a los demás. «Nosotros estamos cumpliendo con la ley…»
La ley decía que ni negros ni indios tenían alma. Se llegó a discutir si eran humanos. Las leyes avalaban la esclavitud, por
eso algunos no tuvieron reparo en tratarlos peor que a bestias.
La ley daba derechos a los hombres, mientras que ignoraba a las mujeres y a los niños… por eso no estudiaban, tenían
prohibido el voto, se les prohibía el ingreso a ciertos lugares y no se normaba su jornada laboral. Así tuvimos «amas de casa»
que eran verdaderas esclavas de sus maridos y niños dedicados a las tareas más degradantes y ruines, sin la menor consideración
ni reconocimiento.
Así llegó un dictador y decretó que una raza era superior y que había que exterminar a los judíos y todos los eunucos
mentales lo siguieron, porque así lo mandaba la ley, porque era legal.
Con el advenimiento de la era industrial se hicieron evidentes una serie de abusos que se cometían contra los trabajadores de
las fábricas, ya fuera por ignorancia o por necesidad. Se aceleró la acumulación de riqueza en unas cuantas y pocas manos, y se
impuso una gran diferencia entre asalariados y dueños de los medios de producción, todo refrendado por innumerables leyes
vigentes, que de no existir, se creaban, al servicio de quien ostentaba el poder.
Es contra esta apretada síntesis de la historia que el Señor se revela. El hombre, dotado de inteligencia y voluntad, nacido
para el amor, no puede estar sujeto a estas leyes o no puede esgrimirlas como impedimento para obrar el bien. La Caridad y la
Verdad, están por encima de la ley.
Esto quiere decir que no porque a nadie le importe, y la ley no lo norme, yo puedo abusar de una mujer, de un niño o de un
trabajador. A cada quien se le debe lo que le corresponde. Y esta medida, para el que es justo, está por encima de la ley. Así, no
tengo por qué pagar mejor a un trabajador amparándome en que estoy cumpliendo la ley que dice que este es «el sueldo mínimo
vital», cuando tengo enormes ingresos y estoy en posibilidad de pagarle muchísimo mejor.
LECTURAS DEL SÁBADO 4 DE NOVIEMBRE DE 2017
(30ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 14, 1. 7-11
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo
los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra
persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de
vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga:
«Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el
que se humilla será ensalzado.»
Reflexión
Nuevamente el Señor nos reclama la virtud cristiana de la humildad. Reiteradamente nos repite las palabras: «Aprendan de
mí, que soy manso y humilde de corazón». Y a pesar de la importancia que Jesús le da a que seamos humildes, pocas son las
virtudes que en nuestro tiempo se encuentran tan menospreciadas y falseadas, como esta. La virtud de la humildad se ha vuelto
una virtud humillada.
La verdadera humildad es la humildad que nace del corazón y da fruto en las obras, y no aquella que tantas veces
practicamos, que nace y muere en los labios.
La humildad verdadera se desarrolla en la inteligencia, que descubre y admite la verdad fundamental que nos revela el
Señor: «Sin mí nada pueden hacer».
Todos nuestros esfuerzos y todos nuestros desvelos se vuelven estériles sin la ayuda de la gracia de Dios. Dice el salmo que
«si el Señor no edifica la casa, en vano se cansan quienes la construyen». Que «si el Señor no custodia la ciudad, es inútil la
vigilancia del centinela».
La humildad nace de conocer la verdad indudable de que hemos recibido la existencia por gracia de Dios, de que todo lo que
tenemos, los talentos, los dones, los bienes, lo hemos recibido de Él, por los frutos de Jesús hecho Hombre.
Es necesario que descubramos al Señor en nosotros mismos para poder ser humildes y atribuirle a Él todo lo bueno que
tenemos. La humildad no consiste en cerrar los ojos a nuestras virtudes o a nuestras cualidades, sino en reconocer que son un
Dios de Dios, por las que debemos rendir cuentas. Para eso es necesario que nos esforcemos para que den fruto. No podemos
enterrar ninguno de los talentos que hemos recibido. Pero la gloria de los frutos es para el Señor y nunca debe ser la causa de
nuestra soberbia.
El Señor nos hizo una promesa: «Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón y hallarán la paz para sus almas».
Un corazón sincero y humilde no se turba de nada.
Casi siempre, el origen de nuestras inquietudes y la razón por la que tantas veces perdemos la paz y tanto nos cuesta
recuperarla, se debe a la preocupación excesiva de nosotros mismos, de nuestra propia estima; y al desmedido anhelo de que los
demás nos consideren y nos valoren.
Pidamos hoy que la humildad de María nos sirva de modelo para nuestras vidas.
LECTURAS DEL DOMINGO 5 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 23, 1-12
Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen
por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que
ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros
puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar «mi maestro» por la
gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar «maestro», porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A
nadie en el mundo llamen «padre», porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco «doctores»,
porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se
humilla será ensalzado.»
Reflexión
El Evangelio de la Misa nos habla de los escribas y fariseos que cambiaron la gloria de Dios por su propia gloria: Hacen
todas sus obras para ser vistos por los hombres. Los fariseos pretendían vivir según las normas mas estrictas de la ley, se creían
los justos.
Muchos de los maestros de la ley, eran también fariseos. Jesús aconseja al pueblo que cumplan lo que ellos les predican,
pero que no los imiten.....
La soberbia personal y la búsqueda de la vanagloria les habían hecho perder la humildad y el espíritu de servicio que
caracteriza a quienes desean seguir al Señor. Sin humildad y espíritu de servicio no hay eficacia, no es posible vivir la caridad.
Sin humildad no hay santidad, pues Jesús no quiere a su servicio amigos engreídos: «los instrumentos de Dios son siempre
humildes» .
Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada
servirían los mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede decir Señor Jesús (1 Corintios 12, 3). Cuando
luchamos por alcanzar esta virtud somos eficaces y fuertes. Si no somos humildes podemos hacer desgraciados a quienes nos
rodean, porque la soberbia lo inficiona todo. Hoy es un buen día para ver en la oración cómo es nuestro trato con los demás.
En la comunidad cristiana debe haber un gran sentido de igualdad y fraternidad.
Cuando Jesús dice: todos ustedes son hermanos, todos tienen un mismo Maestro..., nos está pidiendo que vivamos como
hermanos, que entre nosotros no haya celos, no haya envidia. Que solo prevalezca el espíritu de servicio
Es cierto que en todo grupo humano hay distintas capacidades, pero la mayor capacidad, no debe ser motivo para querer
destacarse, sino para servir.
Jesús establece una sólida norma de vida comunitaria, Él inculca que la verdadera grandeza, la mayor dignidad es el servicio
a los hermanos.
Jesús es el ejemplo supremo de humildad y de entrega a los demás: Yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue
siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. Ejemplo os he
dado para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis vosotros (Juan 13, 15). El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y
nos deja una regla muy sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu de servicio: Todo lo que queráis que
hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos (Mateo 7, 12): que nos comprendan cuando nos
equivocamos, que nadie hable mal a nuestras espaldas, que se preocupen por nosotros cuando estamos enfermos, que nos exijan
y corrijan con cariño, que recen por nosotros... Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos de hacer por
los demás.
Dice el Señor: porque el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado.
Muchas veces nuestro esfuerzo por elevarnos ante los hombres, nos hace rebajarnos ante Dios.
El servicio debe ser el lema de un cristiano. Y cuando al cristiano le toca ejercer algún puesto de mayor jerarquía, con más
razón aún.
En este Domingo la Iglesia nos invita a reflexionar sobre nuestra actitud, a la luz de la palabra de Dios, sobre cómo andamos
en nuestro servicio a nuestro prójimo, nuestra humildad y nuestra disposición a obrar como el Señor quiere, en cada
circunstancia de nuestras vidas. Y nos invita a que una vez que revisemos nuestra conducta y modo de actuar, nos decidamos a
producir los cambios necesarios.
La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y acaba por romper la resistencia más dura. «Amor saca amor», decía
Santa Teresa (Vida). De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los más próximos, en la propia familia. La
Virgen, Esclava del Señor, nos ayudará a entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la alegría en esta
vida y uno de los caminos más cortos para encontrar a Jesús. Para eso, hemos de pedirle que nos haga verdaderamente
humildes.
Vamos hoy a buscar de hacer un gesto que haga sentir a ese otro, a alguno, que yo soy su hermano en Cristo
Hagámoslo hoy, y digamos tal vez, solo por hoy. Es así, como de a poco, vamos a ir cambiando nuestra vida.
Pidamos a María la fuerza para que siempre haya en nuestra vida verdadera conversión. No pensemos como los fariseos, que
son los otros los que tienen que cambiar, todos..., tenemos que cambiar, y el Señor nos acompaña con especiales gracias, para
que logremos ese cambio.
LECTURAS DEL LUNES 6 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 14, 12-14
Jesús dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus
parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»
Reflexión
Este pasaje del evangelio debe interpretarse en forma espiritual y no de una manera literal. La enseñanza principal que Jesús
nos deja es que debemos hacer el bien a todos, sin esperar recompensas materiales, sino solamente la recompensa eterna en la
resurrección de los justos.
A los cristianos no nos debe mover el egoísmo en nuestros actos. Si buscamos ser recompensados por nuestras obras, o si
esperamos el elogio o la vanagloria, perdemos el mérito ante Dios. En cambio, si lo que nos mueve en nuestros actos buenos es
el amor de Dios, nos espera la recompensa eterna.
En otra ocasión el Señor les dice también a sus discípulos: «Si aman a los que los aman, que mérito tienen, pues también los
pecadores hacen lo mismo...» El amor al prójimo y la caridad van más allá, pues sobrepasan el plano natural de lo meramente
humano: da por amor al Señor, sin esperar nada a cambio.
La imagen del banquete no se limita a los bienes materiales. Abarca todo lo que podemos ofrecer a otros: el aprecio, la
alegría, el optimismo, la compañía, la atención.
Se cuenta que aún antes de estar bautizado, el Señor se le apareció en sueños a San Martín vestido con la mitad de la capa de
oficial romano que un tiempo antes le había dado a un pobre. Jesús dijo: Martín, que solo es catecúmeno, me ha cubierto con
este vestido. Entonces, el Santo recordó otras palabras de Jesús: «Cuantas veces hiciste eso a uno de mis hermanos más
pequeños, a Mi me lo hiciste.»
San Pablo alentaba a los primeros cristianos a poner alegría en los actos de generosidad, pues el que ama a Dios da con
alegría. A nadie le agrada recibir un servicio o un bien de mala gana o con tristeza. San Agustín decía: Si das el pan triste, el pan
y el premio perdiste. En cambio, el Señor valora la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin interés ni
cálculo.
Cada uno de nosotros podemos dar mucho a nuestro prójimo, y cooperar en obras de asistencia a los más necesitados.
Podemos dar una colaboración económica, aunque sea poca. Pero más valor tiene si nuestra contribución es nuestro tiempo,
nuestra compañía, nuestra preocupación por aquellos que lo necesitan. Se trata de poner al servicio de los demás los talentos que
recibimos del Señor.
La generosidad y disposición hacia las necesidades del prójimo no solo las tenemos que poner en práctica en tareas y
actividades programadas, en que ayudamos en forma constante, en la Parroquia, en la escuela, en el hospital...
También tenemos que aprovechar las múltiples oportunidades que todos los días se nos presentan, de situaciones y gente que
requieren nuestra colaboración. En esos casos, a pesar de que se altere nuestra rutina y tengamos que dejar lo que estábamos
haciendo, o postergar lo que teníamos planeado, debemos también, con alegría, prestar nuestra ayuda donde se necesita.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!, dice el
Señor. Así como los padres no recuerdan constantemente a sus hijos lo mucho que hicieron por ellos, conviene que una vez que
hicimos una buena obra la olvidemos, sin exigir nada a cambio a nuestro prójimo, ni que la hagamos pública para recibir una
alabanza de los demás.
Pidamos a nuestra Madre, María, ella que entregó con generosidad su vida al Señor, que siempre nos enseñe a estar atentos a
las necesidades de nuestro prójimo, por amor a su hijo Jesús, y que seamos generosos y desinteresados en nuestras ayudas y
colaboraciones.
LECTURAS DEL MARTES 7 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 14, 15-24
En aquel tiempo: Uno de los invitados le dijo: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!»
Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su
sirviente que dijera a los invitados: Vengan, todo está preparado. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero
le dijo: Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas
de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes. Y un tercero respondió: Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir.
A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: Recorre en seguida las plazas y las calles
de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos.
Volvió el sirviente y dijo: Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar.
El señor le respondió: Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene
mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena.»
Reflexión
La parábola del Evangelio de hoy nos tiene que llegar muy de cerca a cada uno de nosotros.
La invitación ha sido hecha por Dios a todos los hombres de buena voluntad y de corazón limpio. El Señor ha demostrado su
infinita generosidad, no limitándola a unos u otros.
Pero los cristianos, no hemos sido tan generosos en acudir a este banquete como el Padre celestial en invitarnos.
Son muchos, los que tantas veces, con pretextos fáciles nos excusamos de acudir a su invitación.
Tenemos tiempo para todo, menos para el espíritu. Cumplimos con nuestras obligaciones personales, laborales y sociales,
estamos al día con todo y con todos, menos con Dios.
No tenemos tiempo para hacer oración. No tenemos tiempo para rezarle un rosario a la Virgen.
No tenemos tiempo para asistir a misa y comulgar.
No encontramos tiempo para hacer un rato de meditación de la palabra de Dios.
No tenemos tiempo para leer la palabra de Dios, aunque haya mucho tiempo para leer revistas de actualidad, o el diario.
Aunque haya tiempo de mantener conversaciones vacías.
Aunque podamos pasar parte de nuestro día sentados frente a la televisión o la computadora o dedicados a protestar contra la
política, la economía o cualquier otro tema similar.
El Evangelio de hoy nos llama la atención sobre estas actitudes, y nos pide que no rechacemos la invitación que el Señor nos
hace.
Cuando nos entregamos desmedidamente a las cosas de la tierra, vamos perdiendo el gusto por las cosas del cielo. Y el
Señor nos advierte que si despreciamos los dones de Dios y los bienes del Reino, nos serán quitados y no nos serán devueltos.
Quién de nosotros, si un día fuese personalmente invitado a comer un asado por un personaje importante, por el presidente o
por otra autoridad política, dejaría de ir porque tiene que hacer un trabajito en su casa, o arreglar el jardín.
Sin embargo, cuantas veces, las razones que invocamos para dejar de ir a misa o para saltearnos la oración, son todavía
mucho más intrascendentes que la de hacer un tarea en nuestro hogar.
Y la invitación del Señor a su banquete tiene un valor incomparablemente mayor que la de un asado, porque el dueño de
casa que nos invita y los bienes que nos ofrece son infinitamente más altos que los que pueden ofrecer los hombres, por más
poderosos que sean.
Vamos hoy a proponernos descubrir en nuestras vidas las invitaciones y los llamados que nos hace todos los días el Señor. Y
vamos a pedirle a María, nuestra madre, que al momento de optar entre seguir a Jesús, o distraernos con cualquier otra
actividad, seamos generosos, en la certeza que recibiremos del Señor mucho más que lo que le entregamos.
LECTURAS DEL MIÉRCOLES 8 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 14, 25-33
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su
padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El
que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué
terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: Este
comenzó a edificar y no pudo terminar.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al
que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la
paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.»
Reflexión
Nos puede parecer que ser discípulo de Jesús no es algo difícil de ser deseado. La figura de Jesús se nos presenta atrayente
por su santidad, su bondad. Tan humana y tan divina que no puede menos que impulsar el deseo de seguirlo.
Vemos hoy como incluso los jóvenes no cristianos se muestran seducidos por la personalidad de Jesús y la han propuesto
como ideal.
Pero al verdadero discípulo de Jesús, tal como Él nos lo exige en el Evangelio, se le pide mucho más que una simple
admiración o un reconocimiento de sus cualidades y de sus virtudes.
Seguir a Jesús de veras y de cerca, supone mucho. Por encima de todo debe estar el amor a Dios. En el Evangelio nos dice
que debe superar el amor a nuestra familia e incluso a nosotros mismos. Jesús no rechaza el amor y las obligaciones con los
padres, esposa e hijos, pero quien quiera seguirlo, debe subordinar todo y todos, a su seguimiento.
El Señor nos pide como requisito para seguirlo, que sepamos cargar la Cruz. Que aceptemos, por amor a Dios, llevar la Cruz
de las contrariedades y las penas de todos los días. Que lo sigamos, no importa con los obstáculos con que nos encontremos, no
importan los sufrimientos. E incluso no importa, si así nos los pide, dar nuestra vida como Jesús la dio por nosotros.
Con cada sufrimiento, con cada obstáculo, con cada dificultad, aceptados y ofrecidos con amor, nos unimos a Jesús y
estamos colaborando con Él en la redención del mundo.
A esto se refiere el Señor, cuando nos habla de tomar nuestra cruz y seguirlo
Ser discípulo de Jesús, no es seguirlo un instante por entusiasmo. Decidirse a seguirlo necesita de reflexión y oración, y de
nuestra disposición de renunciar a todo por Jesús y su Evangelio.
Jesús nos dice a cada uno: Quien quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga.
Sabemos que no es fácil seguirlo, pero tampoco es imposible. Jesús va delante y nos guía y nos ayuda a llevar nuestra cruz.
San Juan de la Cruz decía que el conocimiento de uno mismo es el primer paso que tiene que dar el alma para llegar al
conocimiento de Dios. Hoy, el Señor nos invita a revisar nuestra vida para ver cómo estamos siguiendo a Jesús. Nos invita a
mirar si acaso no estamos viviendo una religión cómoda.
En este caso, es el momento de decidirse a vivir el Evangelio, de volver a poner en el centro de nuestro cristianismo la Cruz
de Cristo. Sin temor.
No nos desanimemos por el peso de la cruz, porque el Señor no nos va a dar una cruz que no podamos soportar. Antes, nos
va a dar las fuerzas para llevarla. Junto al Señor, todo lo podemos. Con Él, podremos sobrellevar con alegría, incluso con buen
humor, todas las dificultades.
Pidamos a María que nos enseñe a sacar fruto de todas las dificultades que nos toque padecer o que estamos hoy padeciendo
en nuestra vida. Que sepamos llevarlas con sentido cristiano para crecer y progresar en el amor a nuestro Señor Jesucristo, y a
su Cruz.
LECTURAS DEL JUEVES 9 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Juan 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y
palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus
ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen
esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio.»
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»
Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres
días?» Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra
que había pronunciado.
Reflexión
El apóstol San Pablo, en la epístola a los Corintios, nos compara a nosotros con el Templo de Dios, porque en nosotros
habita también el Espíritu, y eso hace que nuestros cuerpos, así como el Templo sean sagrados.
Pero el Templo del Antiguo Testamento era solo un anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios que
ocurre en cada una de las Iglesias y capillas con la institución de la Eucaristía.
Y en el pasaje del Evangelio vemos la indignación de Jesús al ver la situación en que se encontraba el Templo de Jerusalén,
y la manera que expulsó de allí a los que vendían y compraban.
Hacía mucho tiempo que Moisés había dispuesto que nadie se presentase en el Templo sin nada que ofrecer. Para hacer más
fácil este precepto a los que venían de lejos, se permitió que a la entrada del Templo, en atrio, hubiese un servicio de venta de
animales para ser sacrificados y ofrecidos.
Y, con el correr de los años esto terminó siendo un verdadero mercado.
Lo que al principio empezó bien, había degenerado de tal forma que la intención de favorecer a los peregrinos se había
vuelto un vil comercio.
El Templo dejó de ser un lugar de encuentro con Dios, para convertirse en una feria de ganado.
El Señor, al expulsar a los mercaderes del Templo, nos quiso inculcar cuál ha de ser la veneración y el comportamiento que
se debe al Templo, por su carácter sagrado.
Mucho mayor habrá de ser nuestra actitud de respeto y devoción en nuestras Iglesias y Capillas donde se celebra la
Eucaristía y donde Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, está realmente presente en cuerpo y alma en el Sagrario.
Para un cristiano, la vestimenta, los gestos y las posturas litúrgicas, las genuflexiones ante el Sagrario, etc. son
manifestaciones concretas del respeto debido al Señor en sus Templos.
El Papa Juan Pablo II señala la influencia que tuvo en él la piedad de su padre al hacer oración.
El Papa cuenta que «el simple hecho de verlo arrodillado frente al Sagrario tuvo una influencia decisiva en mis años de
juventud».
San Lucas narra sobre este pasaje que Jesús, al expulsar a los mercaderes también les dijo: «Está escrito, Mi casa será una
casa de oración». Con esa devoción debemos ir siempre a la Iglesia. A rezar, ... a encontrarnos con el Señor que está allí
verdaderamente presente, esperándonos. .... A confiarle a Jesús, en el Sagrario, nuestras preocupaciones, nuestras esperanzas,
nuestras dificultades.
LECTURAS DEL VIERNES 10 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 16, 1-8
Jesús decía a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo
llamó y le dijo: ¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto.
El administrador pensó entonces: ¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir
limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Veinte barriles de aceite, le
respondió. El administrador le dijo: Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.
Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Cuatrocientos quintales de trigo, le respondió. El administrador le dijo: Toma
tu recibo y anota trescientos.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más
astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.»
Reflexión
San Lucas es el único evangelista que nos relata esta parábola.
El protagonista de la parábola es el mayordomo, el administrador.
Y cada uno de nosotros somos delante de Dios, precisamente eso, somos administradores.
Todo lo que poseemos: nuestros bienes materiales, nuestra riqueza intelectual, nuestra moral, los aspectos de nuestro
carácter, nos fueron dados por Dios, y de todo eso, el Señor nos pedirá cuenta. Dios nos confía un montón de beneficios, pero
no son nuestros, siguen perteneciéndoles a Dios.
Y nosotros, no tenemos derecho a malgastar los dones de Dios.
Él nos va a pedir cuentas de todo lo que nos dio.
Pero en esta parábola, cuando el patrón le pide al administrador cuentas de su conducta, el administrador rápida y
astutamente, comienza a asegurar su futuro. Se preocupa por asegurar su futuro.
Y el Señor, aunque nos parezca muy extraño, alaba irónicamente el proceder de este administrador deshonesto.
¿Por qué?
Porque se esfuerza por asegurar su futuro.
El administrador infiel se las ingenia para resolver su situación futura de indigencia. El Señor dá por supuesta la inmoralidad
de tal actuación que resulta evidente. En cambio, resalta y alaba la agudeza y el empeño que este hombre demuestra para sacar
provecho en un aspecto material de su antigua condición de administrador. Lo que Jesús nos enseña en esta parábola es que para
la salvación de nuestras almas y para la propagación del Reino de Dios, apliquemos al menos la misma sagacidad y el mismo
esfuerzo que el que ponen los hombres en sus negocios materiales, o en la lucha para hacer triunfar algún ideal humano.
El hecho de contar con la gracia de Dios no significa que no tengamos que poner todos los medios humanos honestos que
sean posibles para que nuestras tareas de apostolado alcancen el mayor éxito.
En nuestras vidas, a lo mejor somos como el administrador deshonesto, ¨previsores¨, para las cosas del mundo.
Pero muchas veces, no ponemos ni la misma eficacia, ni la misma inteligencia, para asegurar nuestros asuntos espirituales.
Por eso el Señor nos dice a cada uno de nosotros con mucha dureza, que ¨los Hijos de este mundo¨ son más astutos para sus
cosas que los ¨Hijos de la Luz¨
El Señor nos invita hoy, a través de esta parábola a poner todas nuestras cualidades humanas, todo nuestro ingenio,... al
servicio del Reino.
Él nos invita a hacer en virtud de la luz, lo que otros hacen por el poder de las tinieblas. Nos invita a no quedarnos en los
hermosos principios. Quiere que nos preocuparnos por ser eficaces en nuestra misión de colaborar en la construcción de su
Reino.
LECTURAS DEL SÁBADO 11 DE NOVIEMBRE DE 2017
(31ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 16, 9-15
Jesús decía a sus discípulos:
«Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno,
¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y
menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.»
Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. Él les dijo: «Ustedes aparentan
rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta
despreciable para Dios.»
Reflexión
Hoy oímos de labios de Jesús, un comentario de la parábola de ayer «el administrador astuto». A través de fórmulas claras
unas, bastante enigmáticas otras, Jesús expone su punto de vista sobre «el dinero».
Todos hemos notado, en otros pasajes del evangelio de qué modo Jesús nos pone en guardia contra la riqueza, como si fuera
un obstáculo absoluto para la vida cristiana.
Hoy en el evangelio, encontramos el mismo punto de vista, pero con indicaciones muy positivas sobre el uso del dinero.
Primero el Señor nos indica que el dinero no es «algo importante». Lo importante, para Jesús, es la «vida eterna», son los
bienes divinos, las cosas espirituales. Por el contrario, el dinero es «poca cosa».
Partiendo de esa constatación, Jesús nos aconseja aquí ser buenos gerentes, buenos «administradores» «de ese algo sin
importancia» que es lo temporal, a fin de ser también dignos de administrar asuntos de mayor importancia, de orden espiritual.
En segundo lugar Jesús nos dice que el dinero no es un «verdadero bien» del hombre. No es lo que hace que un hombre sea
hombre. La riqueza material no hace que un hombre sea bueno, ni inteligente, ni dichoso, ni humanamente grande. El verdadero
valor del hombre está en otra parte.
Lo que cuenta no es «el Tener», sino «el Ser»... Se puede «Tener» mucho y ser infeliz, ser malo, ser desgraciado.
Jesús no condena el tener dinero, sino que nos invita a «administrar ese bien «extraño» al hombre –que es el dinero-, porque
el administrar bien ese bien «extraño» al hombre, puede ser un buen aprendizaje para llegar a ser capaz de «administrar nuestro
verdadero bien».
También el Señor nos hace reparar en que el dinero es a menudo «injusto».
Jesús coincide aquí con el buen sentido popular: el dinero que es tan difícil de ganar y tan útil, ese dinero fruto del trabajo...
es a menudo desgraciadamente, fruto de la opresión y de la avaricia. Aquí se da lo «injusto» del dinero, que hace que la avaricia
de unos lleve a otros a no tener nada.
Pero también nos dice Jesús que el dinero puede «servir» y llegar así a ser un símbolo del amor. Nos dice:
«Gánense amigos con el dinero injusto»
En el fondo, éste era el sentido profundo de la parábola del «administrador astuto». Con un humor sorprendente, la parábola
acumulaba las cuatro «apreciaciones» de esta explicación de Jesús sobre el dinero en el evangelio de hoy. El dinero que es «no
importante», que es «un bien ajeno» al hombre, un «bien mal adquirido» en general por el hombre, pero «con el cual se puede
servir».
Hoy el Señor nos invita a darle al dinero su verdadero valor. El dinero no es malo, si lo tenemos para darlo y ganar así
amigos en el cielo.
Pidámosle hoy a María que nos ayude a no hacer del «tener» el centro de mis vidas, que siempre prefiramos «ser» mejores
personas.
LECTURAS DEL DOMINGO 12 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 25, 1-13
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
«El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas
eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también
llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya
viene el esposo, salgan a su encuentro.»
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco
de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero estas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan
a comprarlo al mercado.»
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos.»
Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco.»
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.»
Reflexión
Jesús quiere prevenir a su comunidad contra la «seguridad» que una vida cristiana puede alimentar.
Quienes aún esperan algo, «no lo tienen todo todavía». No se pueden sentir seguros los que tienen al Señor aún por venir.
La historia refleja bien las costumbres del tiempo de Jesús: un cortejo de jóvenes llevando candelas que acompañaba a la
novia hasta la casa del novio; el retraso de éste demora la fiesta; la luz se hace aún más necesaria, esa luz cuyo mantenimiento
era su responsabilidad.
No sabiendo cuándo se presentaría el esposo, algunas se proveyeron de aceite: su prudencia les permitió introducirse en la
fiesta.
Esto nos deja a nosotros una enseñanza. No basta con vivir «esperando» al Señor para gozar de su presencia: hay que estar
preparados por si se retrasa y responder de la luz encomendada.
Hoy la palabra de Dios centra nuestra atención en una de las actitudes que mejor caracterizan la vida del cristiano, la
esperanza.
Buena falta nos hace que Jesús en el evangelio nos advierta del riesgo que corremos, cuando no nos preparamos con
inteligencia para su llegada.
Es que vivir esperanzados, no resulta fácil. Nos resulta bastante sencillo contentarnos con lo que logramos hoy y quizá
nuestra mayor lucha es tratar de conservar lo que ya tenemos. Sin embargo, poner empeño en conseguir algo que todavía no
tenemos, nos resulta mucho más difícil. Hemos perdido la capacidad de «creer» en algo mejor, y entonces no somos «capaces»
de salir a buscarlo.
Un cristiano debe ser feliz, no sólo por lo que tiene, sino también por lo que «espera». Pero el Señor nos dice que no basta
con que conservemos la fe en Dios si no se mantienen todas nuestras esperanzas en él.
Sólo quien estuvo preparado, con las lámparas encendidas y provisto de aceite por lo que pudiera ocurrir, entró con el novio
al banquete; todas las doncellas fueron invitadas, pero algunas perdieron su oportunidad por falta de previsión; no fueron lo
suficientemente precavidas como para contar con un retraso del esposo; no se prepararon para soportar la espera y no fueron
esperadas cuando el novio llegó; por no poder mantener la luz de sus lámparas, no gozaron de la fiesta para ellas preparada.
Este es el peligro sobre el que nos advierte Jesús: el retraso de su llegada nos ha vuelto perezosos; no creyendo que pueda
venir hoy, tampoco lo esperamos mañana y nuestra luz, como nuestra mejores ilusiones, son para otros: sean proyectos por
realizar o personas por querer.
Quien cree de verdad que Dios puede llamar a nuestra puerta en cualquier momento, sabe que ha de estar siempre dispuesto
a responder: tener la certeza de que Dios está en camino hacia nosotros.
Y,... que se retrase debe llenarnos de precauciones.
Pero en definitiva, para «esperar» a Dios, hay que «amarlo».
Sólo esperamos y echamos de menos a quien amamos. No esperamos a quien dejamos de amar. Por eso la razón más fuerte
para nuestra falta de atención es que no amamos suficientemente a Dios como para sentir la falta que nos hace. A quien ama de
verdad a quien espera, su retraso no le impide estar despierto; más bien le quita el sueño, le llena de recursos para esperarlo
mejor.
En un mundo que sabe poco de esperanza, los cristianos, que amamos a quien está por venir, tenemos una misión que
cumplir: llenar de luz la noche hasta que llegue el día del Señor.
Pidámosle hoy a María, que nos enseñe a ser esa luz que el mundo necesita mientras Cristo llega, pidámosle a ella que nos
ayude a amarlo cada vez más, para «esperar» preparados su venida.
LECTURAS DEL LUNES 13 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 17, 1-6
Jesús dijo a sus discípulos:
«Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de
moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños. Por lo tanto, ¡tengan cuidado!
Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti,
diciendo: Me arrepiento, perdónalo.»
Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe.»
El respondió: «Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: Arráncate de
raíz y plántate en el mar, ella les obedecería.»
Reflexión
Es tan radical lo que Jesús exige en cuanto a la reconciliación, que los discípulos le piden: Señor, auméntanos la fe.
La práctica de los judíos era perdonar tres veces, Jesús, perfecciona la ley y suprime todo límite en el precepto: se debe
perdonar siempre.
Es difícil para el cristiano vivir esa actitud de constante perdón. Para poder vivirlo, debemos vivir los valores del Evangelio
y tener sintonizadas constantemente las Bienaventuranzas.
Esta actitud de perdón, implica una gran apertura, porque significa que debemos acoger cordialmente aún a los hombres que
nos contradicen y nos perjudican.
Para poder vivir esta actitud de perdón, necesitamos una vida de oración, necesitamos estar arraigados en Cristo.
La fe no es otra cosa más que la adhesión a la Persona de Jesús, como Salvador. Y si lo aceptamos, aceptamos también un
cambio de vida, con una nueva escala de valores.
Los apóstoles piden a Jesús que aumente su fe, que aumente la cantidad y calidad de su fe. Que aumente la confianza
inquebrantable en el poder y en la bondad de Dios.
La fe vence todos los obstáculos y dificultades y supera todos los contratiempos. Cuando contamos sólo con nuestras propias
fuerzas, nuestras obras pueden no ser fecundas. Si en cambio, realizamos nuestras tareas con espíritu de fe y movidos por la
acción del Espíritu, se realizan fácilmente y son realmente productivas.
Por eso hoy, vamos a proponernos pedirle sinceramente al Señor, que aumente nuestra fe, y que aprendamos a perdonar de
corazón.
Dios perdona siempre, cuando estamos realmente arrepentidos. Jesús nos espera en el sacramento de la Reconciliación, para
perdonar nuestras ofensas a Dios y reconciliarnos con Él.
Dios en su infinita misericordia siempre acoge a quien se arrepiente. Si tomamos conciencia de todo lo que Dios nos perdona
a cada uno de nosotros, nuestra actitud para con los demás, deberá cambiar.
Nada de cuanto nos hagan los demás, se compara a lo que nosotros hacemos a Dios y sin embargo, Él siempre nos ofrece su
perdón.
Quien reconoce sus faltas ante Dios, disculpa más fácilmente y perdona a su prójimo.
Hoy vamos a pedirle a Jesús, presente en la Eucaristía, que nos fortalezca para aprender a perdonar, para que en nuestro
corazón, no guardemos rencor y vamos a pedirle a la Virgen nuestra Madre, que tome de su mano a todos los que están alejados
de Dios, mueva sus corazones y los acerque a la Confesión.
LECTURAS DEL MARTES 14 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 17, 7-10
El Señor dijo:
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le
dirá: Ven pronto y siéntate a la mesa? ¿No le dirá más bien: Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo
haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le
mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: Somos simples servidores, no hemos hecho más
que cumplir con nuestro deber.»
Reflexión
Este evangelio nos enfrenta con una realidad cotidiana de nuestra vida. No es que Jesús, en esta parábola, preste su
aprobación a ese trato abusivo y arbitrario del empleador para quienes trabajan para él. Pero se sirve de una situación que se
repite desde entonces hasta nuestros días para enseñarnos cuál debe ser nuestra disposición ante Dios.
Somos criaturas y Dios es el Creador. Desde nuestra existencia hasta la esperanza de la vida eterna, todo procede de Dios
como un inmenso regalo. De ahí que el hombre siempre debe agradecer al Señor, y por más que lo sirva fielmente, no pasan sus
acciones de ser una correspondencia incompleta a los dones de Dios.
El orgullo ante Dios no tiene sentido en el hombre. Lo que nos enseña Jesús en esta parábola, lo vemos hecho realidad en
nuestra Madre, la Virgen, y en tantos santos. Ellos se hicieron servidores de Dios.
San Ambrosio nos dice: «No te creas más de lo que eres. Debes reconocer, sí, la gracia de ser Hijo de Dios. Pero no debes
olvidarte de tu naturaleza, ni llenarte de soberbia por haber servido con fidelidad, ya que era tu deber.»
Los hombres no tenemos ningún derecho a hacer valer ante Dios.
Los fariseos habían acabado por persuadirse que a fuerza de buenas obras, adquirían derechos sobre Dios, por sus propios
méritos.
Nosotros no debemos olvidar que sin mérito de nuestra parte, Dios nos ha dado la dignidad de hijos, pero somos simples
instrumentos, simples siervos, que no debemos gloriarnos de nuestras obras ante Dios. Esas obras son sólo hacer lo que
debemos hacer.
Somos como un pincel en manos del artista. Las obras que Dios quiere realizar con nuestra vida deben ser atribuidas al
Artista y no al pincel. La gloria del cuadro pertenece al pintor. El pincel, si tuviera vida, tendría la alegría de haber colaborado
con el autor del cuadro, pero no tendría sentido que pretendiese el mérito de la obra.
Si somos humildes, deberíamos pedir siempre al Señor las gracias y ayudas necesarias para cada obra que iniciamos. Ser
humildes significa depositar nuestra confianza en el Señor.
Nos despedimos con una imagen de la Madre Teresa de Calcuta que nos dice:
Siempre digo que soy un pequeño lápiz en las manos de Dios.
El piensa y escribe. Él lo hace todo.
Y a veces es realmente difícil.
A veces su lápiz no tiene punta y Él tiene que sacarle la punta nuevamente.
Traten todos de convertirse en un pequeño instrumento en sus manos, para que Él pueda usarlos cuando quiera y donde
quiera.... Para ello es suficiente decirle SI.
LECTURAS DEL MIÉRCOLES 15 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 17, 11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro
diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes.» Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el
rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar
gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado.»
Reflexión
En este pasaje, no nos vamos a detener en el milagro, sino en el agradecimiento de un extranjero, un samaritano y la
ingratitud de los otros nueve curados, israelitas todos ellos.
Los diez leprosos tuvieron fe en Jesús porque le gritaron: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Y Jesús no los rechaza,
realiza el milagro, devolviéndoles una vida normal.
Siguen creyendo en Jesús cuando los manda a presentarse a los sacerdotes y van.
Pero quedan curados y sólo el samaritano, que por cierto los superaba en fe, regresa a Jesús agradecido alabando a Dios.
A Jesús le molestó la falta de agradecimiento de los otros nueve, y en cambio le agradó la fe agradecida del extranjero.
Y entonces Jesús le dijo: «Vete: tu fe te ha salvado».
Jesús le da la gracia de una gran curación y liberación, le da como premio a su fe una curación integral física y espiritual.
Hoy nosotros, cristianos, tal vez nos creemos con derechos y privilegios por estar bautizados, por estar en la Iglesia, y sin
embargo, cuántas veces somos desagradecidos a los dones del Señor.
Muchas veces, personas alejadas de Dios, pero sin embargo personas de buena voluntad, son mucho más agradecidos,
cuando se encuentran con Dios.
No seamos nosotros como los leprosos, todos ellos judíos y probablemente cumplidores de las leyes, y sin embargo con tan
poca delicadeza para agradecer a Dios.
No seamos ingratos, indiferentes a los regalos que nuestro Padre nos hace cada día, sobre todo a esos regalos que nos hace
por medio de Cristo, su Hijo. El perdón de los pecados y la vida nueva que nos regala en el sacramento de la reconciliación.
Jesús mismo que se nos regala en la Eucaristía, no pueden pasar inadvertidos para nosotros: NO podemos no dar gracias por
esos regalos.
Pidamos a María que nos enseñe a ser agradecidos a Dios por los dones que recibimos y así poder trasmitir aliento y
optimismo a los que nos rodean.
LECTURAS DEL JUEVES 16 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 17, 20-25
Los fariseos le preguntaron cuándo llegará el Reino de Dios. Él les respondió: «El Reino de Dios no viene ostensiblemente,
y no se podrá decir: Está aquí o Está allí. Porque el Reino de Dios está entre ustedes.»
Jesús dijo después a sus discípulos: «Vendrá el tiempo en que ustedes desearán ver uno solo de los días del Hijo del hombre
y no lo verán. Les dirán: Está aquí o Está allí, pero no corran a buscarlo. Como el relámpago brilla de un extremo al otro del
cielo, así será el Hijo del hombre cuando llegue su Día.
Pero antes tendrá que sufrir mucho y será rechazado por esta generación.»
Reflexión
El Reino de Dios. La palabra mágica, que tenía concentrada toda la espera febril de Israel: Un día, Dios tomaría el poder y
salvaría a su pueblo de todos sus opresores...
Era la espera de «días mejores», la espera de la «gran noche», el deseo de «una sociedad nueva», el sueño de una humanidad
feliz.
No eran solo los fariseos los que deseaban ese Día. También los apóstoles, en el momento en que Jesús iba a dejarles se
acercaron a preguntarle ¿Es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?
Todos,... esperaban el Reino.
¿Nosotros también?
¿No deberíamos también nosotros, como la gente de la época de Jesús, estar ansiosos por darle a este mundo nuestro,... tan
alejado de Dios,... el Reino de Dios?
Y el Señor les contestó, que el Reino de Dios viene sin dejarse sentir.
Y esa respuesta los decepcionó.
Tal vez a nosotros nos esté pasando hoy lo mismo.
Sería más fácil si ese Reino que el Señor prometió, viniese en forma espectacular. Pero Dios no lo ha querido así. Dios quiso
reinar de una manera discreta, modesta, «sin dejarse sentir»
Y nos enseña a nosotros, que para promover el Reino de Dios, no necesitamos hacer grandes cosas. El reino de Dios lo
vamos gestando en las pequeñas cosas, en esas cosas sin apariencia.
El Reino de Dios no está solamente entre nosotros, sino está fundamentalmente en nosotros, es decir, dentro nuestro.
Muchas veces quedamos encandilados por las cosas exteriores, por el mundo de la apariencia. Nos seducen el movimiento,
las luces, la agitación, los espectáculos, las diversiones. Nos atrae lo que se mira, lo que se oye y lo que se siente. Todo lo de
afuera.
Y a pesar de eso, de ese vivir extrovertidamente, ese llenarse de todo lo de afuera, de vivir de todo lo ajeno,... a pesar de
eso,... o a lo mejor debería decirse, precisamente por eso, no estamos satisfechos de nosotros mismos, y con frecuencia vivimos
soledad y sentimos como un vacío.
El interior de cada hombre es su verdadera casa, lo que propiamente le pertenece. El reducto al que solamente él entra con
derecho propio; los demás y lo demás, entran en ese interior, pero lo hacen usurpando un derecho,... violentando una propiedad.
No debemos olvidarnos. El Reino de Dios está dentro de nosotros. No debe ser buscado afuera ni lejos. Somos nosotros
quienes debemos instalar el Reino de Dios en el mundo, pero para eso lo debemos instaurar previamente en nuestros corazones,
en nuestras obras y en nuestras vidas.
El Reino de Dios se instaurará en nosotros si nos dejamos amar por Cristo, si permanecemos siempre unidos a Él, si vivimos
de las riquezas que el Espíritu Santo va constantemente regalándonos.
El que busque siempre y en cada circunstancia seguir a Jesús, ese tendrá el Reino de Dios.
Para los judíos del tiempo de Jesús, el Reino de Dios constituía el centro de sus esperanzas. Con él se iniciaría la época
mesiánica. Para nosotros, los cristianos de hoy, el Reino de Dios está dentro de nosotros, en medio de nosotros y somos
nosotros los que debemos consolidarlo, viviendo la fe y la esperanza.
Y somos nosotros los que debemos propagarlo en los ambientes en los que nos toque movernos y actuar, llenándolos del
Evangelio, preparándolos para que puedan recibir el Reino de Dios.
Siempre tendremos la tentación de ir a buscar los signos de Dios en otra parte, sin embargo es en nuestra vida cotidiana
donde se encuentra a Dios. Vamos a pedirle hoy a María, que nos ayude a abrir nuestro corazón al Señor, para que habite en
nosotros, para que venga a nosotros el Reino de Dios.
LECTURAS DEL VIERNES 17 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 17, 26-37
Jesús dijo a sus discípulos:
«En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempo de Noé. La gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que
Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos.
Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía. Pero el día en
que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos. Lo mismo sucederá el Día
en que se manifieste el Hijo del hombre.
En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas. Igualmente, el que esté en el campo, no
vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará.
Les aseguro que en esa noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres
que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada.»
Entonces le preguntaron: «¿Dónde sucederá esto, Señor?»
Jesús les respondió: «Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres.»
Reflexión
Cuándo el año litúrgico se acerca a su fin, en esta terminación del milenio, el pasaje del Evangelio nos invita a que nuestros
pensamientos se orienten también hacia una reflexión sobre el «fin» de todas las cosas.
A medida que Jesús subía hacia Jerusalén, su palabra se orientaba hacia el último fin. Cada vez que a algo le llega «su fin»,
deberíamos ver en eso un anuncio y una advertencia. Cuando muere uno de nosotros, es un anuncio de nuestra propia muerte...
Cuando arde un gran inmueble es un signo de la profundo de la fragilidad de las cosas.
Y a Jesús no le interesa satisfacer la curiosidad de la gente respecto al lugar en que se producirá el fin de los tiempos. Jesús
quiere moverlos a ellos y movernos a nosotros a la conversión.
El Señor espera de nosotros que nos decidamos a cambiar de vida.
Cuando el Hijo del Hombre vuelva, será un día gozoso para los hombres y mujeres de buena voluntad que han buscado el
Reino de Dios en una forma o en otra.
Será un día maravilloso para los que se han decidido a seguir a Jesús y han hecho del Reino el ideal de su vida.
También será un buen día para aquellos que sin conocer a Jesús, a ojos cerrados han buscado la luz y la verdad y han hecho
el bien a sus semejantes.
Sin embargo, el Señor nos advierte que será un mal día para los egoístas, para los que han hecho el mal, para los que obraron
injustamente.
El que se encierre sobre sí mismo, y no se preocupe por los demás, se perderá. La suerte de cada uno, dependerá de su propia
decisión.
El aceptar a Jesús resucitado, el comprometerse en el servicio de los hermanos, nos pone en la línea de la salvación.
Hay siempre sorpresa en la última venida del Hijo del Hombre, por eso hay que vigilar nuestro obrar. El Señor nos invita a
tener las lámparas prendidas, vigilando nuestra actitud de amor hacia los demás, nuestra oración y nuestro servicio fraterno.
LECTURAS DEL SÁBADO 18 DE NOVIEMBRE DE 2017
(32ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 18, 1-8
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
«En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que
recurría a él, diciéndole: Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario.
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta
viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme.»
Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche,
aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia.
Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»
Reflexión
San Lucas comienza esta parábola revelando el objetivo que el Señor tiene al relatarla: Transmitir a sus discípulos la
necesidad que tenemos todos de orar siempre y no desfallecer. Este resumen previo que el evangelista hace de la parábola del
juez injusto nos indica la importancia que el Señor predicó a sus discípulos sobre la perseverancia en la oración.
La parábola es una enseñanza muy expresiva sobre la eficacia que tiene la insistencia de la oración. El Señor destaca el
contraste entre Dios Padre y el juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres, ... y nos dice que si hasta quien se
desempeña injustamente termina haciendo justicia a aquel que insiste con perseverancia, cuánto más escuchará Dios nuestras
oraciones, Él que es infinitamente justo y es Padre nuestro.
Tenemos necesidad de orar todo el tiempo y no desfallecer.
Debemos orar, primero de todo, porque somos creyentes. La oración es el reconocimiento de que venimos de Dios, somos
criaturas de Dios y retornaremos a Él. Y esta convicción nos lleva a abandonarnos al Señor con total confianza.
La oración es, ante todo, un acto de la inteligencia que se conjuga con un sentimiento de humildad y de reconocimiento.
Es una actitud de confianza y abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor.
La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios. Es un diálogo de confianza y amor.
Tenemos que rezar como creyentes que somos. Pero además, por ser cristianos, debemos orar como cristianos. El cristiano
es discípulo de Jesús. Es el que cree verdaderamente que Jesús es Hijo de Dios y Salvador nuestro.
Y la vida de Jesús en la tierra fue una vida de oración continua. En innumerables pasajes, el evangelio nos muestra al Señor
haciendo oración. Son muchas las veces que los evangelistas nos refieren que Jesús pasó la noche haciendo oración.
Los cristianos sabemos que todas nuestras oraciones parten de Jesús. Es Él quien ora en nosotros, con nosotros y por
nosotros. Todos los que creen en Dios, rezan. Pero los cristianos oramos en Jesucristo, porque Él es nuestra oración.
Nuestra oración ha de ser, primero, de alabanza y adoración a Dios.
Rezamos también al Señor en agradecimiento por cuánto hemos recibido de Él. Por ser cristianos, bautizados, hijos del
Padre. Por todos los bienes espirituales y materiales que gratuitamente nos ha dado.
Rezamos al Señor pidiendo por nuestras necesidades, y las de nuestros familiares y amigos.
Rezamos al Señor pidiéndole perdón por nuestras faltas.
Hoy, vamos a proponernos rezar más y mejor en la confianza de que el Señor siempre escucha la oración humilde y
perseverante.
LECTURAS DEL DOMINGO 19 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 25, 14-30
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A
uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que
recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos
se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado.»
«Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a
participar del gozo de tu señor.»
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que
he ganado.» «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a
participar del gozo de tu señor.»
Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has
sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»
Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he
esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses.
Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le
quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes.»
Reflexión
El significado de la parábola es claro. Los siervos somos nosotros; los talentos son las condiciones con que Dios nos ha
dotado a cada uno: la inteligencia, la capacidad de amar, de hacer felices a lo demás, los bienes naturales. El tiempo que dura el
viaje del amo es nuestra vida. El regreso inesperado: la muerte. La rendición de cuentas es el juicio. Entrar en el banquete: el
Cielo.
En la época del Evangelio, el talento era una unidad contable que equivalía a unos cincuenta kilos de plata, y se empleaba
para medir grandes cantidades de dinero. Era equivalente a unos seis mil denarios, y un denario aparece en el Evangelio como el
jornal de un trabajador del campo. Aún el siervo que recibió menos bienes (un talento) obtuvo del Señor una cantidad de dinero
muy grande. Una primera enseñanza de esta parábola: hemos recibido bienes incontables.
Es por eso que no nos deben parecer desconcertantes o incomprensibles las palabras de esta parábola que nos dicen que a
quien no tiene, aún lo poco que tiene le será quitado.
El Señor, lo que nos enseña en este pasaje, es que todos tenemos que corresponder a las gracias que hemos recibido, hayan
sido estas mayores o menores. Aquel que recibió mucho, deberá rendir cuenta por lo mucho que recibió, y se le exigirá muchos
frutos. Pero aquel que recibió poco, también está obligado a responder por aquello que recibió.
En este pasaje se nos enseña a todos la necesidad de hacer fructificar los dones recibidos, de una manera esforzada, exigente
y constante durante toda nuestra vida. Tenemos la necesidad de producir buenas obras, y estas buenas obras deben ser realizadas
proporcionalmente a los dones recibidos, ya que los talentos de la parábola designan la capacidad que recibimos para hacer
buenas obras.
Hoy vamos a pedir al Señor que siempre nos preocupemos de hacer fructificar los talentos recibidos, poniéndolos al servicio
de Dios y de nuestro prójimo.
LECTURAS DEL LUNES 20 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 18, 35-43
Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente,
preguntó qué sucedía. Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten
compasión de mí!» Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten
compasión de mí!»
Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor,
que yo vea otra vez.»
Y Jesús le dijo: «Recupera la vista, tu fe te ha salvado.» En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús,
glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.
Reflexión
El evangelio de hoy nos muestra el milagro que Jesús hace en premio a la fé y a la constancia del ciego de Jericó, que sin
preocuparse de la opinión de los que los rodeaba, grita pidiendo a Jesús que tenga compasión de él.
La fe y la tenacidad del ciego de Jericó nos enseñan a nosotros la manera de pedir en nuestras oraciones al Señor.
Jesús lo escuchó desde el principio, pero lo dejó insistir en su petición. Dejó que el ciego perseverase en su pedido y
demostrase su fe. Dejó también que enfrentase las dificultades del ambiente que lo rodeaba. El evangelio nos dice que: Los que
iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!
La situación se repite todos los días. El ambiente que nos rodea, la opinión pública, la televisión y tantas cosas parecen que
trataran de acallar nuestras manifestaciones de fe.
Pero Jesús recompensa la tenacidad del ciego, lo premia por no desfallecer, y le devuelve la vista.
Acudamos nosotros también, en forma confiada, al Señor, teniendo la certeza que si pedimos con fe lo es conveniente para
nosotros, Jesús nos lo concederá.
Pero este evangelio tiene también para nosotros otra enseñanza. El Señor nos hace ver el dolor físico. La vida de este ciego
estaría llena de penalidades: problemas económicos, rechazos de la sociedad, mil limitaciones diarias, grandes y pequeñas.
Triste es la ceguera del cuerpo, pero más triste aún es la ceguera del alma: la falta de fe. Aquellos que no tienen fe no ven
nada del mundo sobrenatural. No saben quién es Jesús, ni quien es la Virgen. Quien no tiene fe tiene una visión plana, pegada a
la tierra, de dos dimensiones. La fe nos da la tercera dimensión, la altura.
Es lamentable la ceguera del que nunca tuvo fe, pero más aún es la del que la tuvo y la perdió. Porque la fe no se pierde sin
culpa propia.
Dios no niega a nadie el don de la fe, pero hay que estar dispuesto a recibirla, y poner los medios para perseverar en ella.
También nosotros somos a veces ciegos a la vera del camino. Con frecuencia no vemos claro, y nos apartamos del camino
del Señor. Es necesario que Jesús mismo nos dé ojos nuevos. Vamos a darle gracias al Señor por la fe recibida y a pedirle que
esa fe crezca cada día en nosotros.
LECTURAS DEL MARTES 21 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 19, 1-10
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los
publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó
y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.
Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»
Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente al
Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.» Y Jesús le
dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre
vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»
Reflexión
No sólo los pobres son marginados, lo son también muchos ricos esclavizados por la riqueza y acosados por la conciencia.
Zaqueo era muy rico pero estaba marginado por la gente porque era cobrador de impuestos.
Esto lo hacía ser un pecador público en aquella pequeña ciudad de Jericó.
Además era muy bajo., por eso se sube a un árbol para ver a Jesús.
Jesús alza los ojos y se hace invitar, y Zaqueo lo recibe contento.
Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con nuestra familia.
Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos necesidad de dar el primer paso.
Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas. Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para servirle.
Cuando alguien recibe en su casa a quien más quiere, lo recibe con alegría, como Zaqueo a Jesús. Por eso en nuestro hogar,
debemos experimentar la alegría de recibir a Jesús
Pero Zaqueo nos prueba que no bastan los buenos deseos para convertirse de veras a Dios. Hay que tomar decisiones y
ponerlas en práctica.
Zaqueo había robado y promete devolver cuadruplicado a los que ha perjudicado, y del resto de los bienes dar la mitad a los
pobres.
Zaqueo ha dicho sí al llamado de Jesús y ha recibido la salvación. En Zaqueo, surge un hombre nuevo y surge la necesidad
de reparar el mal que se ha hecho.
Jesús también alcanza su salvación a los ricos, que muchas veces como Zaqueo, viven esclavizados por la injusticia. Allí
también se necesita la salvación de Dios y Jesús la ofrece.
Tal vez nos sintamos un poco envidiosos de Zaqueo. Pero nosotros podemos recibir a Jesús en nuestra casa, gozar de su
compañía, recibir sus consejos.
Cristo vienen a nosotros en la Sagrada Comunión y nosotros como Zaqueo tenemos que preparar nuestra casa para recibir
bien al Señor.
Para preparar nuestra casa, recurramos frecuentemente a la oración, y a la lectura de la palabra de Dios, y por cierto, no
desaprovechemos los sacramentos, que Cristo nos dejó para perfeccionar nuestra vida..., para preparar adecuadamente nuestra
alma para hospedarlo.
LECTURAS DEL MIÉRCOLES 22 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 19, 11-28
Jesús dijo una parábola, porque estaba cerca de Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a aparecer de un
momento a otro.
Él les dijo: «Un hombre de familia noble fue a un país lejano para recibir la investidura real y regresar en seguida. Llamó a
diez de sus servidores y les entregó cien monedas de plata a cada uno, diciéndoles: Háganlas producir hasta que yo vuelva. Pero
sus conciudadanos lo odiaban y enviaron detrás de él una embajada encargada de decir No queremos que este sea nuestro rey.
Al regresar, investido de la dignidad real, hizo llamar a los servidores a quienes había dado el dinero, para saber lo que había
ganado cada uno. El primero se presentó y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido diez veces más. Está bien,
buen servidor, le respondió, ya que has sido fiel en tan poca cosa, recibe el gobierno de diez ciudades.
Llegó el segundo y le dijo: Señor, tus cien monedas de plata han producido cinco veces más. A él también le dijo: Tú estarás
al frente de cinco ciudades.
Llegó el otro y le dijo: Señor, aquí tienes tus cien monedas de plata, que guardé envueltas en un pañuelo. Porque tuve miedo
de ti, que eres un hombre exigente, que quieres percibir lo que no has depositado y cosechar lo que no has sembrado. Él le
respondió: Yo te juzgo por tus propias palabras, mal servidor. Si sabías que soy un hombre exigente, que quiero percibir lo que
no deposité y cosechar lo que no sembré, ¿por qué no entregaste mi dinero en préstamo? A mi regreso yo lo hubiera recuperado
con intereses.
Y dijo a los que estaban allí: Quítenle las cien monedas y dénselas al que tiene diez veces más.
¡Pero, señor, le respondieron, ya tiene mil!
Les aseguro que al que tiene, se le dará; pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. En cuanto a mis enemigos, que
no me han querido por rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia.»
Después de haber dicho esto, Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén.
Reflexión
Los contemporáneos de Jesús esperaban un Reino muy inmediato. Los judíos pensaban que la llegada del Reino de Dios
consistiría en la entrada de Jesús triunfal en Jerusalén, después de vencer al poder romano. Y ellos especulaban con recibir un
lugar privilegiado cuando llegara ese momento.
Para corregir ese error, el Señor les narra la parábola del Evangelio de hoy.
Jesús quiere que comprendan que habrá un tiempo, antes de la llegada del Reino, un tiempo durante el cual, se nos van a
confiar responsabilidades.
Y nos muestra, que no basta soñar, con la venida del Reino, hay que hacer negocios, hacer producir, lo que Dios deja en
nuestras manos, hasta que él vuelva.
Era costumbre que los reyes de los territorios dependientes del imperio romano fueran coronados por el emperador, y para
eso a veces tenían que ir a Roma. En la parábola, el futuro rey, les deja la administración de su país a diez hombres de su
confianza, y se marcha a recibir su investidura.
Les entregó cien monedas a cada uno y les encargó, trabajar con ellas hasta su vuelta.
Se trataba de hacer rendir este capital. Y estos hombres cumplieron con el encargo. Trabajaron bien para su Señor durante
semanas, meses y años..
Y esto es lo que sigue haciendo la Iglesia, y todos los que pertenecemos a ella, desde Pentecostés, donde recibimos al
Espíritu Santo; desde que Jesús nos dejó su palabra y los sacramentos.
Nos toca a nosotros, a cada cristiano, hacer rendir el tesoro de gracias que el Señor deposita en nuestras manos. Este es
nuestro mandato mientras el Señor vuelve para cada uno, al final de la vida.
Al cabo de un tiempo, dice el evangelio, volvió aquel Señor hecho rey. Entonces recompensó espléndidamente a aquellos
que se preocuparon de hacer rendir lo que recibieron.
Por el contrario, aquel que no trabajó y no multiplicó lo que había recibido, aquel que no glorificó a su amo, fue castigado.
Glorificar a Dios es dedicar las facultades que Él nos da, para conocerle, amarle y servirle. Este es el fin de nuestra vida:
Amar a Dios y a nuestro prójimo, con obras y de verdad.
Tenemos que proponernos hacer crecer todos los días de nuestra vida las cualidades y los talentos que el Señor nos dió a
cada uno de nosotros, y emplearlas constantemente para ayudar material y espiritualmente a nuestro prójimo.
LECTURAS DEL JUEVES 23 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 19, 41-44
Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el
mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes.
Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el
tiempo en que fuiste visitada por Dios.»
Reflexión
En este Evangelio, Jesús, al llegar a Jerusalén y contemplar el exterior y el interior de la ciudad, con todas sus injusticias y
todas sus inmoralidades, lloró.
Esa Jerusalén que produce la tristeza del Señor es hoy nuestra alma, cada vez que estamos alejados de Dios.
Por eso nosotros no tenemos que ocuparnos de los males que recayeron en la ciudad de Jerusalén hace casi 20 siglos, sino
que tenemos que meditar sobre nosotros, sobre cómo está nuestra alma, porque la ciudad de Jerusalén, para nosotros hoy, es
nuestra alma.
Cuando estamos alejados de Dios, nos hacemos merecedores del castigo y nuestra alma se destruye
Cuando el cristiano rechaza a Jesús, rechaza su fe, su gracia, su amor, entonces le sobrevienen todas las penas.
En cambio, cuando estamos cerca de Dios, el Espíritu Santo, penetra nuestra alma, la purifica y empieza a levantar en ella un
edificio de virtudes, hasta que se instale en nuestra alma el amor y entonces vamos a conseguir en nuestra vida PAZ .
Sólo cuando tengamos Paz en nosotros, vamos a poder escuchar a Dios. Escucharlo cuando nos dice que está contento con
nosotros, que está contento con lo que hacemos de nuestras vidas.
Cada día debemos analizar nuestra vida y preguntarle a Jesús, si cuando el Padre ve nuestra alma, cuando ve nuestra vida,
siente ganas de llorar, o si estamos en el camino correcto.
Cuando en este Evangelio dice que Jesús lloró sobre Jerusalén, pensemos también cómo reaccionaría Jesús con nuestras
ciudades hoy.
Jesús amaba su patria, su ciudad, y le duele que ella haya rechazado la salvación, y por eso se haya condenado. Jerusalén va
a ser destruida unos años más tarde.
Si miramos un poco nuestra ciudad, sin buscar demasiado, encontramos maldad, inmoralidad, soberbia, egoísmos, y sobre
todo mucha falta de amor, y entonces, no puede hacerse acreedora a la Paz de Cristo.
Hoy vamos a pedirle al Señor su Paz, porque nosotros queremos que aquí en nuestro pueblo, todos podamos convivir en
armonía, porque queremos que nuestros gobernantes sean rectos, porque queremos compartir con aquellos que necesitan más
que nosotros.
Nos proponemos hoy, analizar un poco si nosotros amamos a la gente de nuestra ciudad, si amamos a nuestra patria, a
nuestro pueblo, como Jesús amó al suyo.
Y si lo amamos, entonces miremos un poco qué podemos hacer qué podemos aportar para solucionar algunos de los
problemas de su gente.
Por eso vamos también a pedirle a María que nos ilumine para que siempre sepamos descubrir y rechazar en nosotros y en
nuestro pueblo, las cosas que nos apartan de Dios, porque nuestra vida queremos construirla sobre los valores del Reino, y
muchas veces estamos ciegos y no nos damos cuenta de que nos alejamos del camino del Señor.
LECTURAS DEL VIERNES 24 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 19, 45-48
Jesús al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración,
pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»
Y diariamente enseñaba en el Templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los más importantes del pueblo, buscaban la
forma de matarlo. Pero no sabían cómo hacerlo, porque todo el pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras.
Reflexión
Jesús entró en el templo, dice el Evangelio.
Y ese era el objetivo de la subida a Jerusalén.
Toda la gloria de Jerusalén se encontraba allí, en ese templo, signo de la Presencia de Dios.
Y Jesús entró en el Templo –podemos imaginarnos-, con todo el derecho de quien llega a su propia casa. Pero la encontró
convertida en un refugio de ladrones.
Entonces, lo primero que hace es ejercer su autoridad, purificando el lugar, echando de allí a los vendedores.
El Señor manifiesta su celo por la gloria del Padre, que debe reconocerse en el respeto al Templo.
Porque la casa de Dios, es precisamente una casa de oración.
En aquel tiempo, a fin de que todo judío pudiera cumplir con el impuesto sagrado en moneda del templo, estaban allí los
cambistas. Luego se permitió el acceso a los mercaderes, que ofrecían las víctimas que se adquirían para ofrecerlas en el templo
–bueyes, ovejas, palomas-
Y el Señor, al ver aquel espectáculo, hizo un látigo con las cuerdas y expulsó a los comerciantes y a los que compraban.
El Señor, no quiere que convirtamos su casa en una cueva de bandidos.
Y nosotros hoy, también somos merecedores de los reproches de Jesús, cuando no hacemos de nuestro Templo un lugar de
oración.
Nosotros, que tenemos en nuestros templos, la presencia real de Dios en el Santísimo Sacramento, con mayor razón aún
tenemos que respetar la casa de Dios.
Tenemos que adoptar la actitud de respeto que merece nuestro Señor.
Acudamos con frecuencia a la casa de Dios a rezar al Señor, a visitarlo. Él nos espera en el sagrario
Este evangelio nos enseña que el Templo, que es la casa de Dios, es el lugar donde él desea especialmente ser adorado y
reverenciado de un modo particular, ya que allí se encuentra sacramentalmente presente.
Continúa el pasaje del evangelio diciéndonos que «Todos los día estaba Jesús en el Templo enseñando». El Señor fue al
Templo a enseñar. Jesús inauguró un nuevo culto, ese culto donde la palabra es prioritaria.
Jesús valorizó la palabra por sobre los ritos, y nos enseña que el verdadero culto que Dios espera de nosotros es la
obediencia a su Palabra, y ese culto no se cumple en un santuario sino en la vida de cada día.
Jesús aprovechó toda ocasión para enseñar a la gente la doctrina del evangelio, y nos enseña a nosotros, que debemos
alimentarnos de su palabra
Vamos a pedirle hoy a Jesús, que sepamos gustar de sus enseñanzas, que dediquemos nuestro tiempo a escucharle a través
de su evangelio y que busquemos en familia las oportunidades para compartir su palabras con los que nos rodean.
LECTURAS DEL SÁBADO 25 DE NOVIEMBRE DE 2017
(33ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 20, 27-40
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si
alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había
siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron
los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya
que los siete la tuvieron por mujer?»
Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del
mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios,
al ser hijos de la resurrección.
Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven
para él.»
Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Y ya no se atrevían a preguntarle nada.
Reflexión
Los saduceos formaban una especie de movimiento o asociación, de la que formaban parte las familias de la nobleza
sacerdotal. Desde el punto de vista teológico eran conservadores... rechazaban toda evolución del judaísmo. Por ejemplo
permanecían anclados en las viejas concepciones de los patriarcas que no creían en la resurrección... y no admitían algunos
libros recientes de la Biblia, como el libro de Daniel
Para atacar la creencia en la resurrección, los Saduceos tratan de ridiculizarla ¡aportando una cuestión doctrinal que se
discutía entonces, como era el caso de una esposa que lo había sido de siete hermanos. Quieren demostrar con eso que la
resurrección no tenía ningún sentido.
En tiempos de Jesús, mientras los saduceos no creían en la resurrección, los fariseos, pensaban en la vida de resucitados
como simple continuación de su vida terrestre. Jesús entonces, les dice a ambos, que la resurrección existe y supone un cambio
radical.
Ese mundo de resucitados es un mundo donde la gente no muere más y donde entonces no es necesario engendrar nuevos
seres.
Al referirse Jesús al libro del Éxodo donde Moisés dice que el Señor es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de
Jacob, aclara que Dios es un Dios de vivos.
Es la afirmación referida a una escritura no cuestionada por los saduceos, deja clara la certeza de la resurrección. Si
Abraham, Isaac y Jacob estuviesen muertos, esas afirmaciones serían irrisorias.
Nuestros difuntos son unos «vivientes», viven «por Dios».
Y para tener esa fe, es preciso «creer en Dios». Es preciso creer que es Dios quien ha querido que existiésemos, quien nos ha
dado la vida. Es preciso creer que es Dios quien ha inventado la maravilla de la «vida»; quien llama a la vida a todos los seres
que Él quiere ver vivos. Dios no desea encontrarse un día solamente con cadáveres y cementerios.
¿Cómo será esa nueva vida a la que nos llama?
No lo sabemos. ¡Es preciso confiar!
¿Acaso somos capaces de comprender todo lo creado por Dios?
¡Hay tantas maravillas inexplicadas en la creación!
Por eso más que preocuparnos por pensar cómo va a ser nuestra resurrección, ocupémonos más bien de agradar a Dios
mientras tenemos este corto paso por el mundo y ¡creámosle a Él!, cuando nos habla de las maravillas que el Padre tiene
preparadas para quienes le aman.
Pidámosle hoy a María a ella que fue capaz de creerle a Dios como ninguna otra criatura humana,- también como nosotros
sin «entender» todo-, que nos ayude a vivir de cara a Dios para merecer un día esa resurrección prometida.
LECTURAS DEL DOMINGO 26 DE NOVIEMBRE DE 2017
(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 25, 31-46
Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las
naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá
a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue
preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber;
estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver.
Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber?
¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?
Y el Rey les responderá: Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron
conmigo.
Luego dirá a los de su izquierda: Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus
ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me
alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron.
Estos, a su vez, le preguntarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te
hemos socorrido?
Y él les responderá: Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron
conmigo.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.»
Reflexión
Hoy en el último domingo del año litúrgico, festejamos la solemnidad de Cristo Rey y contemplamos a Jesús que vendrá al
final de los tiempos con gran poder y majestad para juzgar –premiar o castigar- a todos los hombres.
Nos sobrecoge la descripción que el Señor hace del Juicio final con el destino terrible de los condenados. Todos estamos en
camino hacia el gran Juicio final. Ante el trono de Dios no podremos esconder ni disimular nada. Tal vez tenemos miedo a
morir ante todo porque tememos ser avergonzados públicamente, y porque la sentencia será definitiva.
El texto bíblico nos presenta a Jesucristo como el Hijo del hombre en su gloria, como rey, juez del mundo y pastor que
separa las ovejas blancas de los cabritos negros.
¿No conocemos a Jesús como el Buen Pastor que va a buscar a la oveja que se perdió para llevarla de vuelta al rebaño? Aquí
el Buen Pastor asume rasgos de un juez muy severo. Parece que manda sin piedad a los cabritos de su izquierda a la
condenación eterna.
Se trata de una advertencia realmente grave que hace el Señor, ya que los dos grupos que separa no se percataban a quién
estaban haciendo el bien ni, mucho menos, a quién se lo negaban.
Y su ignorancia no los salvó ni los condenó, sólo fueron condenados por sus obras. Por las obras que hicieron o las que
omitieron hacer.
Las palabras de Cristo que la fundamentan, revelan que es decisivo, para salvarse o condenarse, cómo uno se ha portado para
con Él. Mientras Jesús vivía en esta tierra se lo podía encontrar entre los enfermos, entre los pobres de toda clase, entre los
marginados y excomulgados. Igualmente, hoy se lo encuentra en estos más pequeños de nuestros hermanos.
Este pasaje del Evangelio ilustra de una manera impresionante el mandamiento del amor de Jesús. Servir al hombre es servir
a Dios. Para conocer a Dios hay que mirar al hombre. Para encontrarse con Dios hay que salir al encuentro con el hombre.
Amando a la creatura, amamos al Creador.
Conviene recordar que no se trata de oponer el amor al prójimo al amor a Dios, o el servicio al hermano al culto a Dios.
Queda en pie que Jesús enseña el doble mandamiento de amor a Dios y al prójimo.
El texto de la descripción del juicio final es un texto didáctico que pretende instruirnos acerca de un solo aspecto de la vida
cristiana, sin ocuparse de otros. No se dice nada, por ejemplo de la necesidad de la fe para alcanzar la salvación. Se cometería
un grave error si se absolutizara este texto, y dejando de lado otros textos bíblicos igualmente importantes, se dijera que toda la
vida cristiana consiste sola y exclusivamente en la atención de los necesitados. Jesús, con su palabra y con su ejemplo, nos
enseña que para una vida realmente cristiana es imprescindible conocer su Palabra, son fundamentales la oración, la catequesis
y la celebración de los Sacramentos, especialmente la Santa Misa, si bien todo eso quedaría vacío sin un sincero amor al
hermano.
La fiesta de Cristo, Rey del universo, concluye el año litúrgico; durante él hemos ido haciendo memoria de cuanto Dios ha
hecho ya por nosotros y pudimos por eso sentirnos con Él agradecidos. Tenemos buenos motivos para festejar el reinado de
Cristo, que inició cuando venció su muerte y que terminará cuando aniquile toda muerte, también la nuestra. Pero nuestra
alegría sería tan inútil como nuestras esperanzas, sin no nos preguntáramos si, de verdad, queremos pertenecer a ese reino.
Con una imagen sugerente, la del pastor que dispone con absoluta libertad de su rebaño, nos ha advertido cómo piensa ser
Rey del universo: empezará a reinar cuando acabe de juzgar; con una decisión suya establecerá la suerte definitiva de sus
súbditos. Llegará el día - mal que nos pese, es nuestra fe - en que Jesús decidirá cómo va a ser Dios para nosotros, próximo o
alejado, y para siempre.
Celebrar el reino de Cristo, tener a Cristo como Rey supone hoy, poder sentirse acompañados y guiados por Él; pero implica,
también, tener que responder ante él y acatar cuanto él disponga.
Ése es el compromiso que tenemos que asumir hoy
Esta fiesta de hoy, fue especialmente instituida, para mostrar a Jesús como el único soberano ante una sociedad que parece
querer vivir de espaldas a Dios.
Cristo vino a establecer su reinado, no con la fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor.
Con este espíritu buscó Jesús a los hombres dispersos, a los hombres alejados de Dios por el pecado.
Jesús, curó, Jesús sanó sus heridas. Jesús los amó y nos amó, dando por nosotros la vida.
Y Cristo como Rey viene para revelar el amor de Dios.
Por eso quienes queremos seguir a Jesús, debemos ser fermento y signo de salvación, para construir un mundo más justo,
más fraterno, más solidario. Para construir un mundo inspirado en los valores evangélico de la esperanza, de la Vida verdadera a
la que todos fuimos llamados.
Así es el Reino de Cristo, y cada uno estamos llamados a trabajar por él, para extenderlo.
Tenemos que hacer presente a Cristo en nuestro mundo.
Tenemos que poner al Señor de cara a quienes los tienen contra la pared o en un rincón de su alma.
Tenemos la misión de afirmar, con nuestras palabras y con nuestras obras, que aspiramos a hacer de Cristo un auténtico Rey
de todos los corazones.
Pidámoselo hoy especialmente a nuestra Madre María, que seamos capaces de extender el Reino de su Hijo.
LECTURAS DEL LUNES 27 DE NOVIEMBRE DE 2017
(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 21, 1-4
Levantado los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de
condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que
nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía
para vivir.»
Reflexión
En el arca del tesoro del templo había trece alcancías, una de las cuales estaba destinada a las donaciones voluntarias.
El evangelio nos muestra que los ricos daban mucho y lo hacían notar. Se sentían complacidos y buscaban ser vistos.
En cambio llegó una viuda y colocó dos pequeñas monedas. Y Jesús hace les dice a sus discípulos que la escasa ofrenda de
la viuda, superó a las ofrendas de los ricos.
El Señor les muestra que los ricos daban de su abundancia, en cambio la mujer daba lo que necesitaba para vivir, por eso
ante Dios, su entrega fue mayor y más auténtica.
Y Jesús, valora la intención, no la cantidad. Lo que Dios mide es la intensidad del amor con que le ofrecemos nuestra
ofrenda, y no la magnitud de la ofrenda.
Por eso el elogio que Jesús hoy hace de la ofrenda de la viuda, debe servirnos a nosotros para ver cómo es nuestra
disposición de ofrenda a Dios.
Dios valora nuestra disposición de corazón cuando le ofrecemos algo, por eso, cuando damos nuestra ofrenda, no importa
objetivamente la cantidad, que a los ojos de los demás puede ser mucho o insignificante sino nuestra disposición al ofrecerla.
La limosna no consiste en dar un poco de lo mucho que se tiene, sino en hacer lo que hizo aquella viuda, que dió todo lo que
tenía. Esta mujer nos enseña que podemos conmover el corazón de Dios, al entregarle todo aquello que tenemos a nuestro
alcance, que será siempre muy poco frente a los dones que recibimos de nuestro Padre Dios
La ofrenda la hacemos a Dios, y él ve detrás de la acción, nuestro corazón, generoso o mezquino en la entrega.
Hoy también hay muchas personas humildes como la viuda, que rebuscan en sus bolsillos una moneda para ofrecerla en la
colecta en la misa. El Señor, resalta la ofrenda de la viuda, y nos muestra que por más dificultades que tengamos, por muy
pobres que seamos siempre tenemos algo que ofrecer a Dios, y que si ofrecemos a Dios todo, confiando en su providencia
divina, el Señor lo ve. El Señor nunca está distraído, ve sobre todo la disposición de nuestro corazón en el ofrecimiento que le
hacemos, y el Señor no se deja ganar en generosidad.
El Evangelio de hoy nos invita en primer lugar a ser generosos, a vivir desprendidos de las cosas materiales, que no son más
que un medio, pero nunca un bien absoluto. Y esta parábola nos invita también a valorar las cosas pequeñas pero ofrecidas con
amor.
Nada de lo que nosotros ofrezcamos a Dios es digno de él, sin embargo, cuando el ofrecimiento está hecho con el corazón,
Dios lo valora.
Así como los judíos daban de su dinero para el templo, nosotros los católicos, tenemos la obligación de contribuir al
sostenimiento de nuestra Iglesia, pero Dios quiere que nuestra disposición de ayuda sea generosa y que no busquemos llamar la
atención y merecer las alabanzas de los hombres. Hoy vamos a pedirle a nuestra Madre, María, que sepamos ser generosos.
Todo lo que somos y todo lo que tenemos viene de Dios, y son sólo medios que Dios puso en nuestras manos y espera de
nosotros que sepamos compartirlo.
LECTURAS DEL MARTES 28 DE NOVIEMBRE DE 2017
(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 21, 5-11
Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De
todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?»
Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y
también: «El tiempo está cerca.» No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que
esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»
Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en
muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en cielo.»
Reflexión
Comienza hoy la lectura del último discurso de Jesús.
En estos pasajes, están mezcladas dos perspectivas: el fin del Jerusalén... y el fin del mundo...-
La primera es simbólica respecto de la segunda.
El acontecimiento que Jesús tiene a la vista –la destrucción de Jerusalén- nos da una clave para interpretar muchos otros
acontecimientos de la historia universal.
En tiempos de Jesús, el Templo estaba recién edificado, incluso no terminado del todo.
Era considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Sus mármoles, su oro, sus tapices, sus artesonados
esculpidos, eran la admiración de los peregrinos.
Se decía: Quien no ha visto el santuario, ése no ha visto una ciudad verdaderamente Hermosa.
Y Jesús, profetiza su destrucción.
En las palabras de Jesús se entrelazan tres cuestiones relacionadas entre sí: la destrucción del Templo de Jerusalén, que va a
ocurrir cuarenta años después cuando es arrasado por las tropas del emperador Tito en el año 70; el final del mundo y la
segunda venida de Cristo, con toda su gloria y majestad.
En espera de que ocurran estas tres realidades, el Señor nos invita a vivir siempre unidos a Él por los sacramentos y la
oración
Los discípulos, al oír que Jerusalén iba a ser destruida, preguntan cuál será la señal que anuncie este acontecimiento, ya que,
para la mentalidad de los judíos de la época, esta destrucción iba a coincidir con la del fin del mundo. Jesús les contesta a ellos y
a nosotros, con una advertencia: «No se dejen engañar», no se dejen llevar por los falsos profetas, ... permanezcan fieles a Mí.
También hoy existen quienes pretenden engañarnos. Con frecuencia, falsos profetas tocan a nuestra puerta y pretenden que
dejemos al Señor por otros objetivos. Muchas veces somos tentados a modificar nuestra fe o nuestra doctrina.
Jesús nos previene que estos falsos profetas se presentarán afirmando que son el Mesías y anunciando que el tiempo está
cerca. El Señor nos advierte de que no confundamos cualquier catástrofe - hambres, terremotos, guerras- con las señales que
anuncian el fin del mundo. Estas ruinas, explica Jesús, prefiguran el fin de los tiempos, pero no indican su inminente cercanía.
La ruina del Templo de Jerusalén tuvo sus signos propios y ocurrió a los pocos años de ser anunciado por el Señor. El fin del
mundo, en cambio, permanece en el secreto de Dios, y el tiempo de este acontecimiento final ni siquiera Jesús quiso
revelárnoslo.
La enseñanza práctica que nos deja el evangelio de hoy nos debe llevar a no preocuparnos por el momento del fin del
mundo, ni aún el fin de nuestras vidas, sino de ocuparnos de vivir constantemente cerca de Jesús, frecuentando los sacramentos
y cumpliendo sus mandamientos.
Pidamos a María, nuestra Madre, que nos ayude a perseverar en la verdadera fe, y que por más que falsos profetas se
presenten en su nombre, no abandonemos nunca el camino del Señor.
LECTURAS DEL MIÉRCOLES 29 DE NOVIEMBRE DE 2017
(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Lucas 21, 12-19
Jesús dijo a sus discípulos:
«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores
a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que
ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia
salvarán sus vidas.»
Reflexión
Jesús prepara en este pasaje del evangelio a sus discípulos para las pruebas. Muchos de esos hombres murieron mártires.
Hoy en nuestro tiempo y en nuestros países, son pocos los que sufren martirio.
Sin embargo, mártir quiere decir «Testigo» y cada uno de nosotros tiene muchas oportunidades de dar testimonio de Cristo,
y eso es lo que el Señor nos pide en el Evangelio de hoy. Nos pide ser valientes, ser capaces de confesar a Jesucristo en nuestro
medio y en los ambientes que desarrollamos nuestras vidas delante de los hombres. Aún a pesar de que el precio de confesar
nuestra fe sean las persecuciones, que también se dan en nuestra época de una forma diferente, más encubierta que la que existía
en tiempos del Señor.
Si examinamos nuestra vida, veremos que hay muchas circunstancias en que tenemos ocasión de confesar a Jesús y su
Evangelio. La forma de hacerlo es con nuestro actuar, manifestando con nuestros actos y con nuestra palabra oportuna, que
somos cristianos. Es usando en nuestro trabajo y en nuestra relación con la sociedad criterios y principios verdaderamente
cristianos.
El verdadero cristiano debe ser todo de Cristo. Su vida debe estar en todos sus ámbitos, regida por los criterios del evangelio.
La fortaleza necesaria para vivir nuestra fe, nos la da Jesús a través de su Espíritu Santo con su dones.
Para permanecer fieles a las exigencias de nuestra fe necesitamos fortaleza. Pío XII dijo que él le tenía más miedo que a la
acción de los malos, al cansancio de los buenos.
Para no cansarnos, para no ser tibios, para no dejarnos estar, el Señor nos envió en su Espíritu la virtud de la fortaleza, que
recibimos y renovamos con los sacramentos y la oración. Por eso aunque estemos cansados, acudamos al Señor que nos espera
en la Confesión y en la Eucaristía, y volvamos a empezar. El triunfo lo conseguiremos con esfuerzo. Sólo cuando somos
perseverantes en la lucha podremos vencer.
Hoy vamos entonces a pedirle al Señor, que nos dé fortaleza para vivir nuestra fe.
Jesús resucitado nos asegura que si perseveramos en la fe, tenemos reservado un lugar en el banquete celestial. Pero eso no
significa que todo nos vaya bien siempre. Lo que el Señor nos asegura es el triunfo final, la vida eterna.
LECTURAS DEL JUEVES 30 DE NOVIEMBRE DE 2017
(34ª Semana. Tiempo Ordinario)
+ Mateo 4, 18-22
Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés,
que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.
Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la
barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.
Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.
Reflexión
Este tiempo de adviento es tiempo de alegría y de preparación para el advenimiento especial de Jesús a nuestra alma el día
de Navidad.
Dos aspectos distintos marcan al tiempo de adviento: la alegría porque esperamos el Nacimiento del Redentor, y la
penitencia y conversión que hacemos para prepararnos para recibirlo.
Y hoy celebramos la fiesta de San Andrés, apóstol, y pedimos al Señor, especialmente que llame hoy también a muchos
jóvenes a seguirlo desde el sacerdocio y la vida consagrada
Jesús no es un profeta solitario, que deja alguno que otro discípulo y desaparece. Él pretende formar una comunidad que siga
anunciando el reino de Dios; que proclame la salvación hasta que él vuelva a recoger a los suyos. Y ¨quiere¨ asociar a otros
hombres a su obra. Él los llama y ellos, dejándolo todo, lo siguen sin dudar.
Llama a los que quiere... Quien elige es Jesús Jesús que llama,... Jesús que invita a seguirlo.
Y ellos... podrían haber dicho no, o ponerle condiciones.
La mayoría de los primeros, de los doce, ya habían tenido contacto con Jesús, y aun cuando todavía con limitaciones creen
en Jesús.
Van a vivir con él, dejando su pueblo, su familia, su trabajo. Y ya no retrocederán. Para ellos no hay marcha atrás. La misión
de Jesús va a ser su misión. Ya han comprometido su vida.
¿Y nosotros? Todos los cristianos estamos también llamados por el Señor a ser pescadores de hombres, a anunciar la Buena
Noticia del reino. Nuestra vocación apostólica parte de nuestro Bautismo y Confirmación, por eso los laicos estamos llamados a
dar testimonio.
Pero hay otros hombres a los que el Señor llama «especialmente» a dejarlo todo para seguirlo y ser pescadores de hombres.
Esos hombres reciben de Dios esa «vocación». La vocación no se inventa, se recibe de Dios.
Tal vez Pedro y Andrés, estaban distraídos en sus ocupaciones y no esperaban lo que iba a suceder y sucedió, que el Señor
los llamó.
¡Así es Dios!, sorpresivo en sus llamados. Y es absolutamente libre de llamar a quien quiera, dónde Él quiera y como Él
quiera.
Y ese llamado, esa vocación, es en primer lugar para estar al lado de Jesús, para gozar de su intimidad. Sólo después se
puede salir a «pescar» hombres, porque se necesita compartir el gozo de estar junto a Jesús, atrayendo otros hombres hacia Él.
Nadie nace pescador de hombres, es el Señor el que hace pescadores de hombres. Y es un oficio que hay que aprender como
cualquier otro.
La vocación es un llamado que tenemos que saber escuchar, que tenemos que distinguir.
Es tarea de todos, ayudar a nuestros jóvenes a discernir su vocación y apoyarlos totalmente si esa vocación es seguir al Señor
desde el sacerdocio.
Aproximadamente treinta años después de esta escena que relata el evangelio, Andrés pago con su sangre la fidelidad a
Jesús, por quien se apasionó este joven.
El instrumento de su martirio fue una cruz en forma de aspa conforme cuentan los antiguos. Al ver la cruz cuentan que
Andrés exclamó:
¡Salve, Cruz bendita! Mereciste tanto esplendor y belleza por los miembros sagrados del Señor, que te tocaron. Por ti el
Señor me rescató. Por ti llegaré donde Él está ahora.
Hoy vamos a pedirle a María, que seamos capaces de reconocer el llamado del Señor y no dudar en dejar todo y seguirle