Contractualismo
El contractualismo es una corriente moderna de filosofía política y del derecho, a el origen de la
sociedad y del Estado como un contrato original entre humanos, por el cual se acepta una limitación
de las libertades a cambio de leyes que garanticen la perpetuación y ciertas ventajas del cuerpo social.
Esta doctrina se opone a la idea de que la sociedad o el Estado son algo natural o preexistentes a la
voluntad de los individuos
En general, el contractualismo considera que puede pensarse un estado previo a la institución de la
sociedad civil o el Estado. Ese estado se denomina “estado de naturaleza” donde los hombres llevan
una existencia peculiarmente individual y no tienen ninguna conciencia de grupo. Por alguna razón, se
da un “contrato social”, es decir, un pacto de unión entre los hombres que forma la “sociedad civil”.
¿Contrato social, que es?
Contrato social es una expresión que se utiliza en la filosofía, la ciencia política y la sociología en
alusión a un acuerdo real o hipotético realizado en el interior de un grupo por sus miembros, como por
ejemplo el que se adquiere en un Estado en relación a los derechos y deberes del estado y de sus
ciudadanos. Se parte de la idea de que todos los miembros del grupo están de acuerdo por voluntad
propia con el contrato social, en virtud de lo cual admiten la existencia de unas leyes a las que se
someten. El pacto social es una hipótesis explicativa de la autoridad política y del orden social.
El contrato social, como teoría política, explica, entre otras cosas, el origen y propósito del Estado y
de los derechos humanos. La esencia de la teoría (cuya formulación más conocida es la propuesta por
Jean-Jacques Rousseau) es la siguiente: para vivir en sociedad, los seres humanos acuerdan un
contrato social implícito, que les otorga ciertos derechos a cambio de abandonar la libertad completa
de la que dispondrían en estado de naturaleza. Siendo así, los derechos y deberes de los individuos
constituyen las cláusulas del contrato social. El Estado es la entidad creada para hacer cumplir el
contrato. Del mismo modo, quienes lo firman pueden cambiar los términos del contrato si así lo
desean; los derechos y deberes no son inmutables o naturales. Por otro lado, un mayor número de
derechos implica mayores deberes; y menos derechos, menos deberes.
El concepto de contrato social de Thomas Hobbes
El primer filósofo moderno que articuló una teoría contractualista detallada fue Thomas Hobbes
(1588-1679). Hobbes escribió su obra cumbre, Leviatán (1651), en un período de guerra civil en
Inglaterra donde se discutió quién debía ocupar la soberanía, el Rey o el Parlamento. En ella define la
necesidad de crear un contrato social para establecer la paz entre los hombres.
Hobbes se plantea la cuestión del poder en términos muy generales, se pregunta por qué debe existir y
cómo ha de ser. Para responder a estos interrogantes la figura del contrato social es clave, aunque
Hobbes no use el término “contrato” (que usará por primera vez Rousseau) para referirse a ese pacto
originario. Si para Aristóteles y, en general, para el pensamiento clásico desde la Antigüedad, el orden
político es una continuación del orden natural, para Hobbes el orden político es, por el contrario, el
resultado de un contrato, y por lo tanto, de una convención, de una decisión tomada libremente por
quienes lo adoptan, y es eso lo único que puede fundamentar las bases del poder civil.
En efecto, para Hobbes, desde el punto de vista de su naturaleza, todos los seres humanos son iguales,
pero lo más básico y más fundamental de la naturaleza humana, aquello a lo que esta queda reducida,
en último término, si se eliminan todas las convenciones, es decir, si se reduce al hombre a su mero
estado de naturaleza es el instinto de conservación. La naturaleza humana es un instinto de
conservación que cada uno tiene derecho a conservar; pero la consecuencia de ese derecho es un
enfrentamiento entre los hombres, es decir, la guerra.
Hubo una época (que Hobbes llama Estado de la naturaleza) en que estas agrupaciones de individuos
no disponían de un poder superior y estas tendencias dominaban las relaciones entre las personas
manteniéndolos en una "guerra de todos contra todos":
"cada hombre es enemigo de cada hombre; los hombres viven sin otra seguridad que sus propias
fuerzas y su propio ingenio debe proveerlos de lo necesario. En tal condición no hay lugar para la
industria, pues sus productos son inciertos; y, por tanto, no se cultiva la tierra, ni se navega, ni se usan
las mercancías que puedan importarse por mar, ni hay cómodos edificios, ni instrumentos para mover
aquellas cosas que requieran gran fuerza o conocimiento de la faz de la tierra ni medida del tiempo, ni
artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor que nada, hay un constante temor y peligro de muerte
violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, grosera, brutal y mezquina".*
En el Homo homini lupus de Hobbes no hay ningún rastro de maniqueísmo. Se trata del miedo de la
sociedad entera a sí misma porque se sabe capaz de realizar atrocidades que en ningún modo desea.
Por ello decide, en un acto de egoísmo colectivo, sustraerse determinados derechos y entregarlos a
una instancia superior creada por ella, el Leviathan, para asegurarse su supervivencia
Por tanto, ya que no hay norma que regule la convivencia entre los hombres, es necesario crear un
orden artificial. Para ello, nadie puede quedarse sin ninguna partícula de libertad, entendida ésta como
la posibilidad de hacer lo que se quiera para conservarse, pues se volvería al orden natural.
Ahora bien, los pactos, sin la espada que imponga que se respeten, no sirven para lograr el objetivo
deseado. Por consiguiente, según Hobbes, es preciso que todos los hombres encarguen a un único
hombre (o a una asamblea) su representación.
El pacto social no lo establecen los súbditos con su soberano, sino los súbditos entre sí. El soberano
permanece fuera del pacto, es el único depositario de las renuncias a los derechos que poseían antes
los súbditos y, por lo tanto, el único que conserva todos los derechos originarios. Si también el
soberano entrase en el pacto, no podrían eliminarse las guerras civiles, ya que muy pronto aparecerían
diferentes enfrentamientos en la gestión del poder. El poder del soberano (o de la asamblea) es
indivisible y absoluto. Puesto que el soberano no entra en el juego de los pactos, una vez que ha
recibido en sus manos todos los derechos de los ciudadanos, los detenta de manera irrevocable.
Con respecto al miedo dice en De cive:
En suma, debemos concluir que el origen de todas las sociedades grandes y estables ha consistido no
en una mutua buena voluntad de unos hombres para con otros, sino en el miedo mutuo de todos entre
sí.
Hobbes pretende crear unas condiciones que evite ese enfrentamiento y que alguien mande por la
fuerza. En el estado de naturaleza no hay normas que indiquen el bien y el mal que sí existen en el
orden artificial, y para establecer esas normas debe existir una autoridad que dirima sobre lo que está
bien y lo que está mal.
El contrato social en la obra de John Locke
John Locke (1632-1704) recoge su visión del contrato social en su principal obra, Dos ensayos sobre
el gobierno civil (1690). La idea de naturaleza humana en Locke es cristiana: el hombre es una
criatura de Dios, por lo que el hombre no puede destruir su vida ni la de los demás hombres pues no le
pertenece, sino que le pertenece a Dios. El hombre tiene el derecho y el deber de conservar su vida.
Así mismo, el hombre no es súbdito de ningún otro hombre, sino que es libre.
Si la naturaleza humana lleva inserta el derecho y el deber de preservar su vida, ¿para qué hace falta
una comunidad? Para Locke puede darse que nadie cumpliera ese derecho y ese deber, y en caso de
conflicto en su cumplimiento la naturaleza humana no cuenta con la existencia de una autoridad que
lo dirimiera, por lo que la comunidad trata de suplir esas carencias del estado de naturaleza: la
existencia de una autoridad que juzgue en caso de conflicto. Se trata pues de hacer un contrato que
funde un orden social o civil que atienda exclusivamente a suplir esas carencias del estado de
naturaleza, es decir, aplicar una justicia o una autoridad que diga, en caso de choque entre dos
individuos, qué se debe hacer.
El pacto social es en sí bastante limitado, tratándose de lograr el establecimiento de un juez que
dirima las controversias que vienen de la propia ley natural. Se dictan unas normas que sean la
continuidad de las leyes naturales y que consistirán en el reconocimiento de los fines de la naturaleza
de hombres libres e iguales, a asegurar los derechos de la libertad, la igualdad, la vida y la propiedad.
Sólo una sociedad será civil o política cuando cada uno de los individuos renuncia al poder de ejecutar
la ley natural. Lo ejecutará la comunidad y los órganos de la comunidad. En el estado de naturaleza es
cada individuo quien juzga las leyes de la naturaleza. En la sociedad civil, por el contrario, es una
autoridad, un juez, quien las juzga y quien dictamina quién se ha saltado las leyes. Y esa autoridad ha
de ser un parlamento que represente al conjunto (no se entienda parlamento en su sentido moderno,
sino como un conjunto de representantes de la comunidad). Como crítica principal a Hobbes, si
hubiera un poder absoluto por encima de la comunidad, para Locke, realmente no se habría salido del
estado de naturaleza, pues en la monarquía absoluta, al confundirse los poderes, no hay imparcialidad
por parte de éste y no hay manera de apelar o recurrir su sentencia, con lo que su existencia es
incompatible con la existencia de una sociedad civil. Para que haya sociedad civil tiene que haber un
juez separado del poder ejecutivo (al considerarse todos los hombres como iguales, se entiende como
el poder de ejecutar de cada uno de los individuos, considerándose al monarca absoluto como otro
ejecutor más de poder) que sea imparcial respecto a los mitigantes.
A su vez, Locke distingue entre dos procesos en la formación del contrato social:
1º Contrato de la formación de la sociedad, donde se crea la comunidad que supera el estado de
naturaleza;
2º Contrato de la formación del gobierno, donde se crea la relación entre gobernante y gobernado.