Del libro “LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL” de Klaus Schwab
Recopilación Italo Orihuela – IPESEDE
3.3.3. Seguridad internacional
La cuarta revolución industrial tendrá un profundo impacto en la
naturaleza de las relaciones del Estado y la seguridad internacional.
Dedico especial atención a este tema en este apartado ya que considero
que, de todas las transformaciones importantes vinculadas a la cuarta
revolución industrial, la seguridad es una insuficientemente discutida en
el dominio público y en los sectores fuera de los gobiernos y la industria
de la defensa.
El peligro crítico es que un mundo hiperconectado con una desigualdad
en aumento pueda llevar a incrementar la fragmentación, la segregación
y el malestar social, que a su vez crean las condiciones para el
extremismo violento. La cuarta revolución industrial va a cambiar el
carácter de las amenazas a la seguridad al tiempo que influirá en los
cambios de poder, que se producen tanto geográficamente como de los
agentes del Estado a los agentes no estatales. Ante el auge de actores no
estatales armados dentro de lo que ya se considera un paisaje geopolítico
cada vez más complejo, la perspectiva de establecer una plataforma
común para la colaboración alrededor de los retos clave de seguridad
internacional se torna crítica y, a todas luces, exigente.
La naturaleza cambiante del conflicto
La cuarta revolución industrial afectará a la magnitud y la índole de los
conflictos. Las distinciones entre guerra y paz, y entre quién es un
combatiente y no lo es, se están desdibujando de manera incómoda. Del
mismo modo, el campo de batalla es cada vez más tanto local como global.
Organizaciones como el Da’esh, o ISIS, operan principalmente en zonas
definidas de Oriente Próximo, pero también reclutan combatientes de
más de cien países, en gran parte a través de las redes sociales, mientras
que ataques terroristas relacionados pueden ocurrir en cualquier lugar
del planeta. Los conflictos modernos son cada vez más híbridos en cuanto
a su naturaleza, y combinan técnicas bélicas tradicionales con elementos
previamente asociados más que nada a actores armados no estatales. Sin
embargo, dado que las tecnologías se están fusionando de formas cada
vez más impredecibles, y con los estados y los actores armados no
estatales aprendiendo unos de otros, la magnitud potencial del cambio
aún no se aprecia ampliamente.
A medida que este proceso avanza y nuevas y mortales tecnologías se
vuelven más fáciles de adquirir y de usar, está claro que la cuarta
revolución industrial ofrece cada vez más a los individuos diversas
maneras de dañar a otros a gran escala. Darse cuenta de esto conduce a
una mayor sensación de vulnerabilidad.
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Pero no todo es sombrío. El acceso a la tecnología también trae consigo
la posibilidad de una mayor precisión en la guerra, ropa de protección de
alta tecnología para el combate, la capacidad de imprimir piezas de
repuesto esenciales u otros componentes en el campo de batalla, y así
sucesivamente.
Guerra cibernética
La guerra cibernética presenta una de las amenazas más serias de
nuestro tiempo. El ciberespacio se está convirtiendo en un sitio de
enfrentamiento tanto como la tierra, el mar y el aire lo eran en el pasado.
Con seguridad, puedo postular que, mientras que cualquier futuro
conflicto entre actores razonablemente avanzados podría o no
desplegarse en el mundo físico, probablemente incluirá una
ciberdimensión, simplemente porque ningún oponente moderno se
resistiría a la tentación de alterar, confundir o destruir los sensores, las
comunicaciones y la capacidad de toma de decisiones de su enemigo.
Esto no solo reducirá el umbral de la guerra, sino que difuminará la
distinción entre la guerra y la paz, porque cualquier red o dispositivo
conectado, desde sistemas militares hasta infraestructuras civiles, como
fuentes de energía, redes eléctricas, hospitales, controles de tráfico o
suministros de agua, puede ser hackeado y atacado. Como resultado, el
concepto de «adversario» también se ve afectado. Al contrario que en el
pasado, es posible que usted no esté seguro de quién lo está atacando, y
ni siquiera de si usted ha sido atacado para empezar. Los estrategas de
defensa, militares y de seguridad nacional se centraban en un número
limitado de estados tradicionalmente hostiles; ahora deben tener en
cuenta un universo casi infinito e indistinto de piratas informáticos,
terroristas, activistas, delincuentes y otros posibles enemigos. La guerra
cibernética puede adoptar muchas formas, desde actos delictivos y
espionaje hasta ataques destructivos como los de Stuxnet, que sigue
siendo en gran parte subestimado e incomprendido porque es demasiado
nuevo y difícil de contrarrestar.
Desde 2008, ha habido muchos casos de ataques cibernéticos dirigidos
a ciertos países y empresas, pero las discusiones acerca de esta nueva
“era de la guerra”, están aún en sus albores y la brecha entre aquellos
que entienden las cuestiones altamente técnicas de una guerra
cibernética y aquellos que desarrollan las ciberpolíticas es cada día más
grande. Si un conjunto de normas compartidas evoluciona para la guerra
cibernética, análogas a las desarrolladas para las armas nucleares,
biológicas y químicas, sigue siendo una incógnita. Incluso nos falta una
taxonomía para ponernos de acuerdo en lo que equivale a un ataque y su
respuesta correcta, y con qué y por parte de quién. Una fracción de la
ecuación para gestionar esta situación es definir qué datos viajan a través
de las fronteras. Esto es un indicio de hasta qué punto hay que controlar
con eficacia las transacciones cibernéticas sin disminuir los resultados
positivos de un mundo más interconectado.
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Guerra autónoma
La guerra autónoma, incluido el despliegue de robots militares y
armamento automatizado accionado por inteligencia artificial, crea la
posibilidad de una «guerra robotizada», que desempeñará un papel
transformador en futuros conflictos.
El fondo del mar y el espacio también son propensos a militarizarse cada
vez más, a medida que más y más actores —estatales y comerciales—
obtienen la capacidad de enviar satélites y movilizar vehículos
submarinos no tripulados capaces de afectar a los cables de fibra óptica
y el tráfico vía satélite. Las bandas criminales ya están utilizando drones
de cuatro hélices para espiar y atacar rivales. Armas autónomas, aptas
para identificar objetivos y decidir abrir fuego sin intervención humana,
serán cada vez más factibles, desafiando las leyes de la guerra.
Cuadro F. TECNOLOGÍAS EMERGENTES QUE TRANSFORMAN LA SEGURIDAD NTERNACIONAL
Drones: Son, esencialmente, robots voladores. En la actualidad, Estados Unidos lidera este
campo, pero la tecnología se está difundiendo ampliamente y es cada vez más asequible.
Armas autónomas: La combinación de la tecnología de los drones con la inteligencia artificial
tiene el potencial de seleccionar y atacar objetivos sin intervención humana, según criterios
previamente definidos.
Militarización del espacio: Aunque más de la mitad de todos los satélites son comerciales, estos
dispositivos de comunicaciones orbitales son cada vez más importantes para propósitos militares.
Una nueva generación de armas planeadoras hipersónicas está también a punto de entrar en este
dominio, aumentando la probabilidad de que el espacio desempeñe un papel importante en
futuros conflictos, lo cual suscita la preocupación de que los actuales mecanismos para regular
las actividades espaciales ya no sean suficientes.
Dispositivos portátiles (wearables): Pueden optimizar la salud y el rendimiento en condiciones
de estrés extremo o producir exoesqueletos que mejoren el rendimiento de los soldados, lo cual
permite que un ser humano lleve sin dificultad cargas de alrededor de noventa kilos.
Manufactura aditiva: Revolucionará las cadenas de suministro, pues permitirá fabricar piezas
de recambio in situ a partir de diseños transmitidos digitalmente y con materiales disponibles
localmente. También facilitaría el desarrollo de nuevos tipos de ojiva, con un mayor control del
tamaño de las partículas y la detonación.
Energía renovable: Permite generar energía localmente, lo cual revolucionará las cadenas de
suministro y aumentará la capacidad de imprimir piezas bajo demanda, incluso en lugares
remotos.
Nanotecnología: Lo «nano» está llevando progresivamente hacia los metamateriales, es decir,
materiales inteligentes que poseen propiedades que no tienen de forma natural. Hará que las
armas sean más ligeras, móviles, inteligentes y precisas, y en última instancia dará por resultado
sistemas que pueden autorreplicarse y ensamblarse.
Armas biológicas: La historia de la guerra biológica es casi tan antigua como la de la guerra en
sí, pero los rápidos avances en biotecnología, genética y genómica son los heraldos de nuevas
armas altamente letales. El diseño de virus que viajan por el aire, la ingeniería de superbacterias,
las plagas genéticamente modificadas, etc. forman la base de potenciales escenarios apocalípticos.
Armas bioquímicas: Como en el caso de las armas biológicas, la innovación tecnológica hace
que el ensamblaje de estas armas sea casi tan fácil como hacer una tarea de bricolaje. Los drones
podrían emplearse para entregar armas.
Redes sociales: Aunque los canales digitales proporcionan oportunidades para difundir
información y organizar acciones para buenas causas, también pueden utilizarse para difundir
contenido malicioso y propaganda y, como hace el ISIS, ser empleados por los grupos extremistas
para reclutar y movilizar seguidores. Los adultos jóvenes son especialmente vulnerables, sobre
todo si carecen de una red de apoyo social estable.
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Muchas de las tecnologías descritas en el cuadro F, ya existen. Por
ejemplo, los robots SGR-A1 de Samsung, equipados con dos
ametralladoras y una pistola con balas de goma, forman ahora parte de
los puestos fronterizos en la zona desmilitarizada entre las dos Coreas.
De momento, son controlados por operadores humanos, pero podrían,
una vez programados, identificar y atacar por su cuenta objetivos
humanos.
El año pasado, el Ministerio de Defensa británico y BAE Systems
anunciaron que se probó con éxito el avión «fantasma» Taranis, conocido
también como Raptor, que puede despegar, volar a un destino
determinado y encontrar un blanco previamente fijado con poca
intervención de su operador a menos que ello se requiera. Hay muchos
ejemplos como este. Se multiplicarán y, en el proceso, plantearán
preguntas críticas en la intersección de la geopolítica, la estrategia y la
táctica militares, la normativa y la ética.
Nuevas fronteras de la seguridad global
Como se ha destacado varias veces en este libro, tenemos solo una
comprensión limitada del máximo potencial de las nuevas tecnologías y
de lo que vendrá en el futuro. Es también el caso de la seguridad nacional
e internacional. Para cada innovación que podamos imaginar, habrá una
aplicación positiva y un posible lado oscuro. Si bien neurotecnologías
como la neuroprótesis ya se usan para resolver problemas médicos,
después se podrían aplicar con fines militares. Sistemas informáticos
implantados en el tejido cerebral podrían permitirle a un paciente
paralizado controlar una pierna o un brazo robótico. La misma tecnología
se podría utilizar para dirigir un piloto biónico o un soldado. Dispositivos
para el cerebro diseñados para tratar los síntomas de la enfermedad de
Alzheimer podrían implantarse en soldados para borrar recuerdos o crear
otros. «No se trata de si los actores no estatales utilizarán algún tipo de
técnicas o tecnologías neurocientíficas, sino de cuándo y cuáles van a
utilizar —reconoce James Giordano, neuroético del Centro Médico de la
Universidad de Georgetown—. El cerebro es el próximo campo de batalla.»
La disponibilidad y, en ocasiones, la naturaleza no regulada de muchas
de estas innovaciones, tienen una implicación más importante. Las
tendencias actuales sugieren una rápida y masiva democratización de
la capacidad de infligir daño a una escala muy grande, algo circunscrito
previamente a los gobiernos y las organizaciones muy sofisticadas. Desde
armas impresas en 3D hasta ingeniería genética en laboratorios caseros,
las herramientas destructivas en toda una serie de tecnologías
emergentes se consiguen cada vez con mayor facilidad. Y con la fusión de
tecnologías, un tema clave de este libro, afloran de manera inherente
dinámicas impredecibles que desafían los marcos jurídicos y éticos.
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Hacia un mundo más seguro
Ante estos desafíos, ¿cómo persuadimos a las personas de que se tomen
en serio las amenazas a la seguridad de las tecnologías emergentes? Más
importante aún, ¿podemos alentar la cooperación entre los sectores
público y privado a una escala global para atenuar estas amenazas?
Durante la segunda mitad del siglo pasado, el miedo a la guerra nuclear
dio gradualmente paso a la estabilidad relativa de la «destrucción mutua
asegurada» (MAD, por sus siglas en inglés), y parece haber surgido un
tabú nuclear.
Si la lógica de la MAD ha funcionado hasta ahora, es porque solo un
número limitado de entidades poseían el poder de destruirse por
completo unas a otras y entre sí se equilibraban. Una proliferación de
actores potencialmente letales, sin embargo, podría socavar este
equilibrio, por lo cual los estados nucleares acordaron cooperar para
mantener un club nuclear con unas dimensiones reducidas y negociaron
el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP, por sus siglas en inglés) a
finales de los años sesenta.
Dado que no estaban de acuerdo con la mayoría de los demás temas, la
Unión Soviética y Estados Unidos entendieron que su mejor protección
consistía en permanecer vulnerable ante el otro. Esto condujo al Tratado
sobre Misiles Antibalísticos (ABMT), que, en efecto, limitaba el derecho a
adoptar medidas defensivas contra los misiles provistos de armas
nucleares. Cuando la capacidad destructiva ya no se reduce a un puñado
de entidades con recursos, tácticas e intereses básicamente similares
destinados a prevenir la escalada, las doctrinas como la MAD se vuelven
menos relevantes.
Motivados por los cambios anunciados por la cuarta revolución
industrial, ¿podríamos descubrir algún equilibrio alternativo que
convierta de manera análoga la vulnerabilidad en estabilidad y
seguridad? Los actores con intereses y perspectivas muy diferentes deben
ser capaces de encontrar algún tipo de modus vivendi y cooperar con el
fin de evitar la proliferación negativa.
Los interesados deben cooperar para crear marcos jurídicos vinculantes,
así como normas autoimpuestas de común acuerdo, estándares éticos y
mecanismos a fin de controlar las tecnologías emergentes potencialmente
dañinas, preferiblemente sin obstaculizar la capacidad de investigación
para garantizar la innovación y el crecimiento económico.
Seguramente se necesitarán tratados internacionales, pero me preocupa
que los reguladores en este campo acaben rezagados respecto de los
avances tecnológicos debido a su velocidad e impacto multifacético. Por
lo tanto, es necesario que las conversaciones entre educadores y
desarrolladores acerca de los estándares éticos se apliquen con urgencia
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a las tecnologías emergentes de la cuarta revolución industrial para
establecer directrices éticas comunes e incorporarlas en la sociedad y la
cultura. Con los gobiernos y las estructuras de gobierno quedándose
atrás en el espacio regulatorio, el sector privado y los actores no estatales
podrían en verdad tomar la iniciativa.
El desarrollo de las nuevas tecnologías bélicas tiene lugar,
comprensiblemente, en una esfera relativamente aislada. Una
preocupación que tengo, sin embargo, es el potencial repliegue de otros
sectores, como la medicina y la investigación basadas en la genética, a
círculos aislados con un alto nivel de especialización que disminuirían
nuestra capacidad colectiva para analizar, comprender y administrar los
retos y las oportunidades.